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LA CATEGORÍA DE ÉLITE EN LOS ESTUDIOS POLÍTICOS.

Una exploración epistemológica

LA CATEGORÍA DE ÉLITE EN LOS ESTUDIOS POLÍTICOS.

Una exploración epistemológica

Oscar Mejía Quintana carOlina castrO

En esta investigación colaboraron igualmente los estudiantes del Departamento de Ciencia Política, Ivonne León y PabLo Reyes

colaboraron igualmente los estudiantes del Departamento de Ciencia Política, I vonne L eón y P abLo
colaboraron igualmente los estudiantes del Departamento de Ciencia Política, I vonne L eón y P abLo
colaboraron igualmente los estudiantes del Departamento de Ciencia Política, I vonne L eón y P abLo

CatalogaCión en la PubliCaCión universidad naCional de Colombia

Mejía Quintana, José Oscar Eduardo, 1956- La categoría élite en los estudios políticos: una exploración epistemológica / Oscar Mejía Quintana, Carolina Castro; colaboración de Ivonne León y Pablo Reyes. - Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas, 2008 164 p. - (Colección Estudios políticos y sociales; 06)

ISBN: 978-958-719-127-1

1. Elite (Ciencias sociales)

2. Poder (Ciencias sociales) - Aspectos

políticos 3. Participación social I. Castro Cañón, Carolina, 1985-

CDD-21

305.52 / 2008

La Colección Estudios Políticos y Sociales se publica gracias al apoyo de la Dirección de Investigaciones Sede Bogotá de la Universidad Nacional de Colombia.

la Categoría de élite en los estudios PolítiCos.

Una exploración epistemológica

© Oscar Mejía Quintana Carolina Castro

© Universidad Nacional de Colombia Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales Departamento de Ciencia Política

© Grupo de Investigación Theseus

Primera edición: enero de 2009 ISBN: 978-958-719-127-1

Editor: Jairo Estrada Álvarez Diseño de carátula: Oscar Javier Arcos Orozco - Diseñador Gráfico Diagramación: Doris Andrade B.

Impresión: Digiprint Editores E.U. Calle 63 Bis Nº 70-49 - Tel.: 251 70 60 Bogotá, D.C.

Introducción

cOntenidO

La teoría clásica de las élites Primera generación de la teoría El aporte de la sociología comprensiva Max Weber y la clase dirigente Mannheim: sociología del conocimiento e intelligentsia La sociología del conocimiento La categoría de intelligentsia Segunda generación de la teoría

Minorías selectas, poliarquía y élites Aron: minorías selectas Dahl: poliarquía, tecnocracia y élites Democracia decisional: Sartori

Poder, clases sociales y élites (Post)estructuralismo y poder Poulantzas: bloque en el poder La cuestión del poder Élites y bloque en el poder Burocracia y élites

Élites intelectuales y hegemonía Gramsci: intelectual orgánico y hegemonía Laclau & Mouffe: crítica al concepto de hegemonía Élites y democracia restringida

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73

Cultura/contracultura, cotidianidad y élites

85

Adorno: élites y pseudocultura

88

La industria cultural

88

Comunicación, técnica y control

90

Pseudocultura de masas

91

Opinión pública y mass media

9

Nuevas formas de alineación social

98

Élites, cotidianidad y resistencia

102

Dinámica de las resistencias

102

Espacio/tiempo de las resistencias

103

Prácticas de las resistencias

10

Élites, imaginarios e identidades sociales

107

Habitus y conflicto de subjetividades

110

Imaginarios sociales

112

Identidades culturales

114

Opinión pública, élites y contraélites

119

Habermas: poder y opinión pública

123

Esfera de la opinión pública

123

Minorías y desobediencia civil

126

Nancy Fraser: redistribución y reconocimiento

128

Warner: públicos y contrapúblicos

137

Excurso. Élites, actores y estrategias

141

Actores y estrategias

143

Dinámicas simbólicas y ciudadanía

148

Conclusión

151

Bibliografía

159

6

Introducción

En un escrito anterior sostuve como hipótesis de trabajo que el estatuto epistemológico de la teoría política se constituía a partir de su ruptura con la filosofía política, a través de la concreción de sus propias unidades de análisis Estado, sistema político y poder, que, posteriormente, derivan en la

de democracia deliberativa como categoría estructural de interpretación 1 . Se sostenía que una de las maneras más directas en que podíamos diferenciar

a la teoría política de otras disciplinas, era determinar las problemáticas

históricas, que, partiendo en buena parte de la filosofía política, han querido caracterizar la reflexión sobre lo político. De ello se derivarían

los problemas estructurales que la reflexión sobre la política ha tenido históricamente y de donde podríamos inferir sus unidades de análisis 2 .

En efecto, la primera temática esencial giraba alrededor del problema del Estado. Más allá de los desarrollos específicos de cada escuela o autor, la modernidad temprana –tanto con el republicanismo de Maquievalo y Bodin como con el contractualismo, de Hobbes a Kant, pasando por Locke

y Rousseau, y, posteriormente, con la reacción de Hegel, quien lo eleva a

la altura de “espíritu absoluto” como sujeto de la historia–, convierte al

Estado en el tema de reflexión central de toda esta época. El pensamiento de Marx y el marxismo, tanto ortodoxo como heterodoxo, así como el mismo contrapunteo del anarquismo frente a su abolición y desaparición, o la defensa del fascismo y las diferentes expresiones de la dictadura en Schmitt, por ejemplo, consagran en la misma dirección la problemática

posthegeliana. Durante casi cinco siglos, el Estado constituye el elemento de reflexión sustancial de lo político que, en las más diversas tonalidades

y variaciones, caracteriza al abordaje moderno sobre el mismo 3 .

1 Oscar Mejía Quintana, “El estatuto epistemológico de la teoría política”, en Revista Ciencia Política (No. 1), Bogotá D.C.: Departamento de Ciencia Política (Universidad Nacional de Colombia), 2006.

2 Sobre este método, ver Lucien Goldmann, “Génesis y Estructura” y “Hacia un enfoque marxista de los estudios sobre marxismo”, en Marxismo y Ciencias Humanas, Buenos Aires: Amorrortu, 1975, pp. 17-27, 172-176.

3 Oscar Mejía Quintana, “La tradición contractualista”, en Justicia y Democracia Consensual, Bogotá: Siglo del Hombre/Ediciones Uniandes, 1997, pp. 13-35; Jean Michel Palmier, “La filosofía del derecho”, en Hegel, México: F.C.E., 1977, pp. 81-100; Nicos Poulantzas, “El Estado capitalista y las clases dominantes”, en Poder Político y Clases Sociales en el Estado Capitalista, México: Siglo XXI, 1978, pp. 247-289; Enrique Serrano, “La política entre amigos y enemigos”, en Consenso y Conflicto: Schmitt y Arendt, México:

Cepcom, 1998, pp. 41-61; Peter Koller, “Las teorías del contrato social como modelos de justificación de las instituciones políticas”, en L. Kern y H:P: Muller, La Justicia: ¿Discurso o Mercado?, Barcelona: Gedisa, 1992, pp. 21-65. Igualmente, Antoni Negri, “Sobre algunas tendencias de la teoría del Estado más reciente: reseña crítica”, en La Forma-Estado,

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La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

La segunda temática esencial se definía, a partir de la postguerra, alrededor del sistema político, desde un abordaje funcional, inicialmente, y, más tarde, sistémico. Parsons, primero, desde la sociología, e Easton, después, inaugurando explícitamente la teoría política a través de esta –en adelante– categoría central de lo político, configuran tanto el dominio, como la herramienta, desde el cual lo político tiene que empezar a ser considerado y estudiado. Siguiendo y profundizando esta línea, posteriormente Luhmann retoma y lleva a su máxima expresión la categoría de sistema político, pese a las reconsideraciones que introduce en torno al Estado, pero en estrecha relación ahora con el sistema político en conjunto 4 .

La tercera temática esencial se consolida a través de la crítica postestruc- turalista al discurso moderno, que incluye directamente la categoría de Estado, e, indirectamente, la de sistema político, en su crítica a las implicaciones metafísicas de la de estructura. En esta línea se desarrolla la reflexión sobre el poder como una nueva categoría que intenta dar razón de las implicaciones más generales que éste tiene sobre la política, en un cuestionamiento a los postulados convencionales que sobre el poder había considerado la modernidad, reduciéndolo o al Estado o a las diferentes estructuras (la económica, la ideológica, la de la legitimidad, etc.), que pretendían explicar su naturaleza o dinámica. El poder se revela como la dimensión trans-social que comprehende la totalidad de manifestaciones macro y micropolíticas y que, por tanto, no puede ser reducido ni al Estado ni al sistema y se desliza en todos las instancias sociales no sólo en términos de dominación, sino, simultáneamente, de posibilidad de resistencia 5 .

De lo anterior quedaba claro que, históricamente, podemos inferir tres temáticas esenciales de la teoría política que constituyen el punto de apoyo normativo de la ciencia política en general: Estado, sistema político y poder, a las que vemos sumada una nueva, la de democracia deliberativa, en los últimos tiempos. Temáticas esenciales que, ya en el terreno de la teoría política, devienen unidades de análisis que configuran esquemas de abordaje, tanto teórico como práctico, de problemáticas propias de los campos políticos contemporáneos.

10

Madrid: Akal, 2003, pp. 295-335, El Poder Constituyente, Madrid: Libertarias, 1994; Antoni Negri y Michael Hardt, “El derecho postmoderno y el marchitamiento de la sociedad civil”, en El Trabajo de Dionisos, Madrid: Ediciones Akal, 2003, pp. 31-86; y Varios, Antonio Negri: Una Teoría del Poder Constituyente, Barcelona: Anthropos, 1993.

4 Ver David Easton, “Categorías para el análisis sistémico de la política”, en Enfoques sobre Teoría Política, Buenos Aires: Amorrortu, 1973, pp. 216-231; Niklas Luhmann, “La política como sistema autorreferente” y “El futuro de la democracia”, en Teoría Política en el Estado de Bienestar, Madrid: Alianza, 1994, pp. 47-60; 159-170; Niklas Luhmann, “L’ Etat el la politique”, en Politique et Complexité, Paris: Cerf, 1999, pp. 77-142.

5 Franca D’Agostini, “Postestructuralismo y postmodernismo”, en Analíticos y Continentales, Madrid: Cátedra, 2000, pp. 439-480.

osCaR Mejía QuIntana / CaRoLIna CastRo

En una línea de razonamiento que pretende continuar aquellas reflexiones, este escrito buscará demarcar epistemológicamente, en lo posible a partir de una reconstrucción histórico-estructural de la categoría, los linderos desde los cuales puede ser utilizado el concepto de “élites” como unidad de análisis e interpretación teórica de los fenómenos políticos.

La élite, en términos generales, puede entenderse como una minoría selecta que gobierna sobre la mayoría, en virtud de atributos psicológicos “superiores” y de su posición privilegiada dentro de la organización social. La élite es un actor social estratégico, cuya acción está inscrita en las relaciones de poder, razón por la cual las jerarquías sociales se definen en términos de pertenencia o no a la élite, cuyos miembros ocupan las más altas posiciones en los ámbitos cultural, social, económico, político

y militar.

Los rasgos subjetivos y estructurales son variantes fundamentales en el análisis elitista, pues permiten caracterizar la élite como actor fundamental en la organización social, en la medida que estructura relaciones de poder, y, al mismo tiempo, produce identidad, símbolos, imaginarios, discursos, en síntesis, cultura. Por su importancia en los diversos procesos sociales, la élite se ha convertido en una categoría analítica fundamental para la teoría política. Desde el pensamiento político griego antiguo ya se puede rastrear la idea de élite en el Libro Primero de la Políteia de Aristóteles, cuando advierte que se “naturaliza la relación social entre el señor y el esclavo, así como el derecho de mandar del primero, a raíz de la superioridad de su mérito (asociado a la virtud) sobre el segundo. El atributo individual superior, característico de la política clásica, se erige así sobre la diferencia de las virtudes” 6 .

En la modernidad, Saint-Simon será el primero en acercarse a una reflexión sobre las élites, cuando hable de un gobierno de los científicos

y de los industriales. Sin embargo, la teoría elitista sólo aparece después

de la obra de Karl Marx, como crítica al concepto de clase que se define por la posición en las relaciones de producción. Esta idea le da un papel privilegiado a la clase en el sistema económico, “que se hace extensivo al dominio político a partir de la influencia burguesa en el aparato militar, la ideología, las formas jurídicas y las formas de conciencia social” 7 . Los teóricos elitistas interpretan esta idea marxista como una forma de determinismo económico del que depende la esfera política; para W. Mills, por ejemplo, “la frase clase dominante, en su sentido político habitual, no permite reconocer bastante autonomía al orden político y a sus agentes

11

6 Varios, “Aproximación a las teorías de Élites”, en Élites, Eticidades y Constitución en Colombia, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 2004, p. 10.

7 Véase Karl Marx, Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Buenos Aires: Edición Nueva, 1968; La Cuestión Judía, Madrid: Editorial Planeta, 1992.

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

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y no dice nada a propósito del orden militar […] Clase es una expresión económica, ‘dominio’ es una expresión política” 8 .

En ese orden, la hipótesis de trabajo que el escrito buscará ilustrar es la siguiente:

La demarcación epistemológica de la categoría de élites, que permite fundamentarla como unidad de análisis e interpretación teórica de los fenómenos políticos, requiere la reconstrucción histórica de su trayectoria para demostrar su tradición y versatilidad en la interpretación de las dinámicas políticas. Ello posibilita advertir el paso de la interpretación inicial de la élite, como una pluralidad de grupos influyentes, a la noción de élite ilustrada que sustituye al pueblo a través de los procedimientos democráticos, así como, más tarde, el tránsito a la versátil noción de poder del postestructuralismo, cuyo desconocimiento de los mecanismos específicos de dominación ejercidos por las élites dominantes sólo logra ser superado por la categoría de bloque en el poder, que facilita percibir los mecanismos por los cuales la(s) élite(s) se articula(n) a través de fracción(es) hegemónica(s) que cohesiona(n) al conjunto de las élites políticas, económicas y burocráticas dominantes a través del Estado. Esto viabiliza entender las estrategias hegemónicas que las élites vehiculizan y que garantizan su penetración en el mundo de la vida, concibiendo, en el marco de la democracia liberal, estrategias sociales e institucionales de dominación, que usufructúan, a través de los medios de comunicación masivos, los procesos de voluntad y formación de opinión pública. Lo anterior revela a la cotidianidad como un campo social en tensión en el que se da un conflicto de imaginarios e identidades socio-políticas en pugna, encarnado en sujetos sociales diversos, en minorías y en élites. El conflicto allana la comprensión de los complejos dominios cotidianos en que se proyectan las maniobras de dominación de las élites, así como la dinámica espacio-temporal de la desobediencia civil y las resistencias contestatarias, en la que se trenzan las estrategias hegemónicas y contrahegemónicas en la base misma que sostiene toda la pirámide social. De esa manera, se vislumbra el espacio de la esfera pública como un ámbito, no de públicos o contrapúblicos en pos de identidades y programas de reconocimiento, sino como un campo de confrontación entre posiciones hegemónicas y contrahegemónicas encarnadas por élites y contraélites sociales y políticas.

En primer lugar se realizará un acercamiento a la teoría clásica de las élites, señalando los aportes de las primeras generaciones de autores que abordan el problema, lo que nos proporcionará el punto de partida de

8 Wrigth Mills, La Élite del Poder, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1963, p. 277.

osCaR Mejía QuIntana / CaRoLIna CastRo

la problemática (1). Enseguida nos acercaremos al concepto de minorías

selectas de Aron, así como al de Dahl de poliarquía y su relación con las élites, en una elaboración más contemporánea de la cuestión que nos posibilite visualizar las continuidades y discontinuidades temáticas del asunto, abordando igualmente la teoría decisional de la democracia de Sartori, que consagra el manejo elitista como el único efectivo para un sistema democrático (2). Posteriormente, abordaremos el planteamiento que sobre el poder desarrolla el postestructuralismo francés y, en su órbita, la articulación que los análisis marxistas de Poulantzas hacen de aquel con la categoría de bloque en el poder y la relación explícita que se plantea en su relación con las élites (3). Inmediatamente, a partir de la reflexiones gramscianas sobre el intelectual orgánico y la hegemonía, entendidas como expresión de organizaciones colectivas selectas, reconstruiremos la crítica de Laclau y Mouffe, así como el planteamiento

de Dubiel y Wellmer sobre las dinámicas de dominación y desobediencia que involucran potencialmente a élites y minorías (4).

Con ello podremos considerar, en el siguiente paso, y en el contexto de la teoría de la pseudocultura de Adorno, la tensión ya presente entre cultura y contracultura y el entronque que, en el marco de los procesos cotidianos, involucra a los diversos sujetos sociales en eventuales prácticas hegemónicas elitistas y populares contrahegemónicas (5). Ello nos facultará para intentar articular una teoría de las élites con la

categoría habitus, así como con las de imaginarios e identidades sociales,

y desustancializar a las élites, comprendiéndolas como una pluralidad

de perspectivas ideológicas y políticas en tensión y conflicto (6). Ello nos debe permitir interpretar las dinámicas y contradinámicas que se dan en el marco de los procesos de voluntad y opinión pública y en qué forma puede inferirse de ese marco la noción de élites y contraélites como relación de dominio-resistencia a su interior (7). Finalmente, el excurso busca precisar una serie de conceptos complementarios que lo acerquen a la categoría de élites y a su realización práctica.

13

La teoría clásica de las élites

En esta primera parte, el escrito busca presentar en términos meramente

expositivos con el objetivo de ubicar los orígenes y antecedentes de la teoría de las élites, lo que serán, en primer lugar, los planteamientos de Pareto y Mosca y su debate con Marx en torno al carácter, alcance y justificación o no de la dominación de las élites (1.1.), para, enseguida, adentrarse en lo que será el aporte de la sociología comprensiva de Weber y la sociología del conocimiento de Mannheim y sus categorías de clase dirigente e intelligentsia, desde perspectivas fundamentadas sociológicamente y, en

el caso del segundo, particularmente críticas, alimentadas estas últimas

del instrumental marxista sobre la ideología (1.2.). Este apartado se cierra con la exposición de la segunda generación de la teoría de las élites, en

la que se presentan los aportes de Mills, Schumpeter y Bottomore y sus

respectivas visiones sobre el particular, con lo que quedan claras, no solo la tradición y permanencia de la categoría, sino su versatilidad en

la interpretación de las dinámicas políticas (1.3.).

Primera generación de la teoría

Wilfredo Pareto y Gaetano Mosca son exponentes de la primera generación de la teoría de la élite, sus ideas confluyen en el marxismo y la democracia liberal, específicamente en la idea de una sociedad sin clases.

Pareto elaboró su teoría de elitista, en un intenso debate con el fantasma

de Marx. Sus análisis de las relaciones entre las clases, de las fuentes de poder político y del sistema económico, carecían de sentido para Pareto, pues, en todo caso, el “pueblo” jamás se movió o se guió por un análisis racional de su situación 9 ; todos los movimientos y cambios sociales han sido promovidos por y para unas minorías. Para Marx, son las condiciones económicas y tecnológicas las que condicionan la aparición de las clases, y las élites son subproductos de la división en clases. Así, pues, la burguesía y el proletariado son producto de transformaciones en las formas de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

A pesar de que todos los movimientos han sido hasta ahora movimientos

de minorías, o se han producido en provecho de minorías, de todas las clases sólo la mayoritaria, el proletariado, es una clase verdaderamente revolucionaria.

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9 Irving Zeitlin, Ideología y Teoría Sociológica, Buenos Aires: Amorrortu, p. 190.

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La burguesía destruye toda élite, mientras el comunismo no es más que una especificación del proletariado. El socialismo científico –escribe Pareto– nació de la necesidad de dar una apariencia científica a las aspiraciones de la humanidad; así, entonces, las relaciones de las clases sociales, “el vivir en una colectividad dada imprime en la mente ciertos conceptos, ciertas formas de pensar y de actuar, ciertos pre-juicios, ciertas creencias que luego se mantienen y adquieren una experiencia seudo- objetiva, como tantas otras entidades análogas. En Europa, la propaganda marxista de la “luchas de clases” sirvió para fortificar las fuerzas instintivas (residuos) correspondientes en la clase de los “proletarios”, o, mejor de una parte del pueblo 10 .

Pareto acepta del marxismo la importancia del contexto social, pero poniéndole límites. Excluye, ante todo, que el ambiente pueda borrar la heterogeneidad entre los individuos, pues cada individuo ocupa una determinada posición en la pirámide social, y si se ordena a los individuos según su grado de influencia y de poder político, en casi todas las sociedades, los que tienen mayor influencia y poder político son también los de mayor riqueza: ésta es la élite. Como Marx, ve una correspondencia entre el poder político y el poder económico, pero mientras que el poder económico, para el primero, tendía a determinar el político, Pareto los consideraba a ambos como motivados por la presencia de individuos de ciertas características de élite, de sentimientos de élite 11 .

Con la categoría de diferenciación social, Pareto expresa el hecho de que los individuos son física, moral e intelectualmente diferentes. Algunos individuos son superiores a otros y, en esta línea, el término élite se refiere a la superioridad, en habilidad, poder e inteligencia. La clase selecta (élite) de una sociedad está compuesta por aquellos que tienen los índices mayores en sus respectivas ramas de actividad. Pareto divide la élite en dos: aquellos que tienen participación notable en el gobierno, los cuales constituirán la clase selecta de gobierno, y el resto, que será la clase selecta de no gobierno 12 . El estrato inferior o no-élite está formada por aquellos que están gobernados, y, según Pareto, su influencia política es casi nula.

Hay para Pareto residuos de la clase I en el estrato superior, es decir, una propensión a las combinaciones, una búsqueda de las combinaciones que se juzgan mejores y que han conducido al progreso. El científico, así como la élite, imagina, inventa y se guía por preceptos, conjeturas y suposiciones. Para el no-científico, en cambio, el sentimiento desempeña un papel fundamental y, por tanto, acepta las proposiciones por la fe. La racionalidad es para el dominio exclusivo de las élites y la no racionalidad

10 Wilfredo Pareto, Escritos Sociológicos, Madrid: Alianza Editorial, 1987, p. 23.

11 Zeitlin, p. 191.

12 Pareto, p. 66.

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para el de las masas 13 , a las que les es atribuido el tipo de residuos de la clase II, es decir, hábitos, costumbres, tradiciones y otras creencias y prácticas que persisten a través del tiempo: en síntesis, son elementos recibidos pasivamente, aceptados y mantenidos con tenacidad. La masa es pasiva en su recepción y retención de sentimientos, en tanto que la élite es activa en la explotación de éstos por medio de sus fórmulas ingeniosas.

Ahora bien, los elementos superiores no son solo los aptos para gobernar, sino también los que están dispuestos a usar la fuerza. Los electos inferiores temen el uso de ésta, la élite en decadencia se aparta del uso de la fuerza

y trata, entonces, de comprar a sus adversarios. Así pues, las sociedades

en general subsisten porque en la mayoría de los miembros que las constituyen, los sentimientos correspondientes a residuos de sociabilidad (clase IV) se hallan vivos y vigorosos.

Cuanto mayor son los residuos de sociabilidad mayor es la uniformidad y, viceversa, en las sociedades generalmente heterogéneas la exigencia de uniformidad es muy fuerte en algunos individuos, moderada en otros, muy ausente y casi nula en algunos. Cuando se acentúan las diferencias entre la clase gobernante y la clase sometida, las combinaciones y los instintos tienden a predominar en la clase gobernante y los sentimientos de persistencia del grupo en la clase sometida: estas diferencias casi insuperables son la que conducen a la revolución.

La lucha y circulación de las élites es la esencia de la historia. Por ello, los levantamientos populares no tienen verdaderas consecuencias para el pueblo; sirven para facilitar la caída de la vieja élite y el surgimiento de la nueva. Las élites sólo usan a las clases inferiores para conservar o tomar el poder, y, por ello, se afirma que la historia es un cementerio de aristocracias y que su caída se produce como resultado de la reducción de su calidad, en el sentido que disminuye en ellas la energía y se modifican las proporciones de los residuos que les ayudaron a adueñarse del poder

y a conservarlo: la clase gobernante se restaura en número y en calidad

mediante familias que vienen de los estratos inferiores y que aportan los residuos necesarios para mantenerse en el poder 14 .

Por su parte, Gaetano Mosca reconoce que la distinción entre gobernantes

y gobernados no es innovadora. Sin embargo, sólo en Saint-Simon

encuentra una anticipación a su doctrina, según la cual una vez que una sociedad llega a una etapa de desarrollo, el control político, en el más amplio sentido de la expresión, es siempre ejercido por una clase especial

o por una minoría organizada. Así pues, en todas las sociedades existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados. La primera, que es siempre la menos numerosa, desempeña todas las

19

13 Irving, p. 199.

14 Pareto, p. 71.

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

funciones políticas y monopoliza el poder y disfrute de las ventajas que van unidas a él.

En tanto, la segunda, la más numerosa, es dirigida y regulada por la primera de una manera más o menos legal, o, bien, de un modo más o

menos arbitrario y violento, y ello le suministra los medios materiales de subsistencia indispensables para la vida política 15 . En la práctica de la vida reconocemos la existencia de esta clase política: aun en las democracias subsiste la necesidad de una minoría organizada que, a pesar de las apariencias en sentido contrario y de los principios legales sobre los que

se basa el gobierno, conserva el control real y efectivo del Estado.

La clase dominante constituye un atributo permanente de la sociedad, al

igual que la lucha por la preeminencia. En todas las sociedades ha habido

y seguirá habiendo dos clases: la que domina y la que es dominada.

Las masas dominadas pueden ejercer presiones sobre los dominadores, las cuales surgen de su descontento y de las pasiones que las mueven,

ejerciendo con ello cierta influencia sobre las medidas de la clase política. Ello puede provocar derrocamiento y cambios de la antigua clase dirigente por una nueva integrada por miembros de la masa. La clase dominante

o

política asume la preponderancia en la determinación del tipo político

y

también del grado de civilización de los pueblos.

Las minorías gobernantes están constituidas, por lo común, de una manera tal, que los individuos que las componen se distinguen de la masa de los gobernados por determinadas cualidades que les otorgan cierta superioridad material e intelectual e, incluso, moral. O bien son los herederos de los que poseían ciertas cualidades 16 . La clase dominante es una minoría organizada y, por esta razón, detenta el poder, en contraste con la mayoría desorganizada. Esta desorganización deja a cada uno de sus miembros impotente ante el poderío organizado de la minoría, que logra actuar concertadamente.

Para Mosca hay una ley social inherente a la naturaleza del hombre, según

la cual los representantes del pueblo se transforman de sirvientes en amos y

muy pronto desarrollan intereses propios, convirtiéndose en el ejercicio de

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la

promoción de estos intereses en una minoría bien organizada, poderosa

y

dominante. La ley psicológica básica que impele a los hombres a luchar

por la preeminencia, desemboca siempre en la victoria de la minoría, la cual, en virtud de su organización y cualidades superiores, obtiene el control decisivo sobre ciertas fuerzas sociales, y el control sobre cualquier fuerza social –militar, política, económica, religiosa o moral– puede llevar

al control de los otros.

15 Gaetano Mosca, La Clase Política, México: F.C.E., 1995, pp. 106.

16 Idem, p.110.

osCaR Mejía QuIntana / CaRoLIna CastRo

Todas las minorías gobernantes tienden a convertirse en hereditarias,

si no de hecho, sí de derecho. Las conexiones y parentesco permiten al

individuo orientar sus acciones, de acuerdo con las pautas que impone el grupo al que pertenece. La posición social, la tradición familiar y los

hábitos de clase determinan y condicionan el carácter de los hombres. Además de ciertas bases sociales, existen ciertas bases culturales que explican la superioridad de la clase política, que debe sus cualidades especiales no tanto a su sangre como a su educación particular, que ha desarrollado ciertas tendencias intelectuales y preferencias con

respecto a otras. La clase dominante debe su existencia a una naturaleza básica e inmutable del hombre: los hombres siempre lucharán por la preeminencia y esto dará como resultado la dicotomía entre gobernados

y gobernantes 17 .

La minoría organizada tiende a estabilizar su poder superior, haciéndolo aceptable para las masas. Lo consigue por medio de una fórmula política, una fuerza social importante, que permite subsistir a la sociedad y que incluye valores, creencias, sentimientos y hábitos comunes que resultan de la historia colectiva de un pueblo y que hacen a éste receptivo a las ficciones de la clase gobernante para legitimar su poder. Las ideas gobernantes no pueden apartarse demasiado de la cultura dominante sin producir conflictos que amenacen la supervivencia de la sociedad.

Además de la fórmula política, Mosca llama la atención sobre la emergencia en las clases inferiores de una minoría dirigente, una suerte de clase plebeya que es contraria a la clase legalmente gobernante; es una subminoría (clase media), cuyo papel consistirá en asegurar el equilibrio del sistema a partir de un ejercicio de renovación permanente de valores, prácticas e intereses, que en todo caso dependen del nivel de movilidad, integración y actividad que tenga dicha minoría.

La clase dirigente se convierte en un Estado dentro del Estado: cuanto mayor es el descontento de las clases inferiores tanto mayor es la probabilidad de que éstas apoyen el derrocamiento del gobierno legal existente. Las clases políticas declinan inexorablemente cuando ya no pueden ejercer las cualidades mediante las que llegaron al poder, cuando no pueden prestar más el servicio social que prestaban o cuando mediante sus cualidades y servicios pierden importancia en el ambiente social donde viven.

En efecto, la circulación de las élites puede que conlleve a su sustitución

o a su renovación por el ingreso a ella de individuos procedentes de las

clases bajas, o bien esta movilidad se puede dar en virtud del reemplazo de una vieja clase dominante por una nueva. De igual forma, sobre dicha circulación influyen factores no propiamente políticos. Un ejemplo de ello lo constituyen los cambios tecnológicos o culturales que potencializan

21

17 Zeitlin, p. 226

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

en la escena política grupos que la élite no contemplaba dentro de sus transacciones previstas y que hacen más compleja la estabilidad de una minoría y más posible su renovación 18 .

22

El aporte de la sociología comprensiva

Max Weber y la clase dirigente

La aparición de la clase política, y en el interior de esta clase de un grupo dirigente, se justifica según la perspectiva marxista por la necesidad de la división social del trabajo a la que conduce la concentración de los medios de producción y la separación del obrero de esos medios. Sin embargo, Weber destaca la concentración de los medios de administración y de violencia de los que dispone la minoría dirigente para mantenerse en el poder. En un análisis que revela las dinámicas de dominación que no habían sido contempladas por el marxismo y que desbordan la sola apropiación de los medios de producción, la estructura burocrática se caracteriza, pues, por la concentración de los medios administrativos y de poder político.

Con el fin de explicar los posibles fundamentos de la autoridad política, Weber utiliza el método del tipo ideal que “no es una hipótesis pero brinda una guía para la construcción de hipótesis. No es una descripción de la realidad, pero tiende a dar a tal descripción medios no ambiguos de expresión” 19 . Bajo este instrumento conceptual se examinan los diferentes tipos de racionalización y autoridad característicos de la sociedad moderna, de donde se distingue la racionalidad formal, la racionalidad material y, finalmente, la racionalización de las imágenes del mundo 20 .

Por otra parte, Weber entiende el concepto de poder como la capacidad de imponer la voluntad propia pese a la resistencia, distinto de la dominación, que es entendida como la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas. Él presupone, a su vez, la continuidad en el ejercicio del poder, es decir, el surgimiento necesario de una “asociación”, de un eventual “cuadro administrativo” que regule dicha asociación. Así pues, la dominación hace referencia a la existencia de relaciones sociales y de una cierta distribución de roles sociales en roles de dominación y roles de subordinación.

Se conoce como autoridad la dominación legítima, por tanto, la autoridad política no es más que la autoridad ejercida en un grupo político. Se pueden distinguir tres tipos ideales de autoridad política: la primera es

18 Véase James Meisel, El Mito de la Clase Gobernante: Gaetano Mosca y la Élite, Buenos Aires: Amorrortu, 1975.

19 Zeitlin, p. 136.

20 Véase Enrique Serrano, Legitimación y Racionalización, Barcelona: Anthropos, 1994.

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la autoridad tradicional (la tradición es fundamento suficiente para justificar el orden); la segunda es la autoridad carismática que reposa

sobre el reconocimiento de los partisanos del poder personal de su jefe,

y el tercer tipo ideal es la autoridad legal-racional, que corresponde

fundamentalmente a la mayor parte de de los Estados modernos, la cual se funda sobre un cuerpo de reglas legalmente instituidas que asignan

una esfera precisa de competencia a cada titular de autoridad; este tipo

es propio de la organización burocrática. Los tres tipos de autoridad se

entremezclan y se entrecruzan en la realidad para producir una minoría

que gobierna: la burocracia.

Mannheim: sociología del conocimiento e intelligentsia La sociología del conocimiento

La sociología del conocimiento de Mannheim parte de su teoría de la ideología. La ideología particular se encuentra referida al ámbito psicológico individual. El paradigma de la forma particular de la ideología es la mentira, tal y como se entiende en el sentido común, aunque la ideología particular se ha diferenciado gradualmente de aquella, incluyendo una diversidad de deformaciones que oscilan entre las mentiras conscientes y los disfraces semiinconscientes, entre los esfuerzos calculados para engañar a los otros y el autoengaño. También puede ser grupal, pues la psicología colectiva puede reducirse a la individual 21 .

El concepto de ideología total es más amplio e incluyente que el particular.

Pone en duda toda la cosmovisión del oponente, su entero aparato conceptual, que se entiende como resultado de la vida social que realiza. También se refiere al mundo intelectual de una época. En la ideología total queda afectado el contenido, pero también la forma y la estructura conceptual de un modo de pensar.

La evolución histórica que permite el paso del concepto particular de

ideología al concepto total, se inicia con la aparición de la “filosofía de la conciencia”, que implicó el reemplazo de la unidad objetiva del mundo propugnada por la teología por la unidad impuesta por el sujeto que percibe: la conciencia en sí, el sujeto absoluto del idealismo ilustrado. Luego, aparece la perspectiva histórica tal y como se presenta en la obra de Hegel, que cuestiona el sujeto abstracto supratemporal y segregado de

lo social y lo contrapone al espíritu objetivo, integrado por los elementos

culturales históricamente acumulados en la vida social de una época y de un pueblo. De este modo, el sujeto formal abstracto de la Ilustración da paso a un sujeto más concreto e históricamente cambiante. Más tarde, aparece el concepto de “clase”, que ocupa el lugar del pueblo como portadora de la conciencia histórica. A partir de aquí se puede entender

21 Idem, p. 237.

23

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

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que las clases sociales generan una diversidad de formas intelectuales que dependen de éstas 22 .

La capacidad de observar que distintos grupos generan una diversidad de ideologías especiales con las que entran en una relación de determinación social, es la que abre la posibilidad de hablar del concepto total de ideología. En la concepción total de la ideología se es consciente tanto de la ideología especial propia como de las ideologías de los otros. El concepto de ideología total podrá generarse en el momento histórico en que aparece una multiplicidad de perspectivas y criterios más seculares de comprensión de la realidad.

El creador del sentido moderno de la palabra ideología fue Napoleón, quien se refirió de modo despectivo a estos “ideólogos”, entendiendo que su pensamiento no tenía validez al ser poco realista. Del mismo modo como Napoleón desacreditaba a sus adversarios mostrando la naturaleza ideológica de su pensamiento, después la palabra ideología se utiliza por el proletariado como arma contra la burguesía. De este modo, el hecho de atacar a los otros tildando su pensamiento de ideológico constituye una tendencia a extenderse y generalizarse con el desarrollo de una multiplicidad de perspectivas de la realidad 23 .

La ideología especial se produce cuando alguien no pone en cuestión su propia posición, a la que entiende como absoluta, y, al mismo tiempo interpreta las ideas de los adversarios como determinadas por la posición social que ocupan. Por el contrario, la formulación general del concepto de ideología significa que dicho término se utiliza no solamente para aquel que desde una posición especial somete al análisis ideológico las ideas del otro, sino cuando, además de tener en cuenta el punto de vista de este adversario, incluye todos los enfoques, también el suyo propio. Con la formulación general del concepto total de ideología, la teoría de la ideología se convierte en sociología del conocimiento. Esto es, cuando somos capaces de detectar la determinación social de la totalidad del pensamiento de una variedad de perspectivas que corresponden a una diversidad de grupos, entre los cuales se incluye el nuestro, nos encontramos ya en el territorio de la sociología del conocimiento. Lo esencial para la sociología del conocimiento es, por tanto, comprender la multiplicidad de “perspectivas” de los grupos en la medida en que se derivan de sus condiciones de vida 24 .

La sociología del conocimiento es posible entenderla de dos modos, uno no valorativo y otro valorativo 25 . El modo no valorativo consistiría en asumir una posición epistemológica que intentaría ser neutral ante los valores,

22 Idem, p. 239.

23 Idem, p. 241.

24 Idem, p. 242.

25 Idem, p. 244.

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evitaría los juicios de valor. El modo valorativo incluiría la preocupación de la aproximación no valorativa por el análisis científico de las correlaciones, pero incorporaría una epistemología transformada en función de los criterios propios de la sociología del conocimiento. A partir de esta concepción valorativa de la ideología surge el relacionismo de Mannheim, que asume que cualquier afirmación está ligada necesariamente a una perspectiva de la realidad. La sociología del conocimiento que utiliza la concepción valorativa de la ideología acepta que es inevitable presuponer de entrada una concepción ontológica, un modo de comprender la realidad, y valores éticos.

Mannheim sustituye el concepto de ideología total y general por el de perspectiva, entendiendo por ésta la conexión que existe entre una determinada situación social y sus formas de pensamiento asociadas. La sociología del conocimiento aparece, pues, en el momento en que se es consciente de una multiplicidad de perspectivas, incluyendo la propia, pero además se dirige a la totalidad de la cosmovisión y aparato mental que cabe asociar a una determinada situación histórico-social o a un grupo. Se ocupa del modo en que las estructuras mentales se forman inevitablemente de manera distinta cuando se trata de marcos sociales históricos diferentes 26 .

Mannheim va a introducir las ideas de imputación y particularización. De este modo, cuando se pregunta sobre la verdad o validez de una afirmación, hay tres respuestas posibles:

• negar la validez absoluta de una afirmación cuando demostramos su relación estructural con una situación social concreta;

• señalar que las imputaciones que hace la sociología del conocimiento entre la afirmación y quien la fórmula no dicen nada con respecto al valor de verdad de la afirmación, puesto que la génesis no afecta la validez (aunque Mannheim cree que la génesis social afecta también el problema de la validez);

• intentar establecer no solamente la existencia de la relación entre la afirmación y la situación social e histórica, sino intentar al mismo tiempo particularizar su ámbito y grado de validez 27 .

La categoría de intelligentsia

Mannheim generalizó el concepto de clase de Marx, diferenciándolo de la categoría de posición social, entendida como la ubicación común que les ha caído en suerte a ciertos individuos en la estructura económica y de poder de una sociedad. Es un término general que se refiere a la exposición continuada de algunos individuos a influencias análogas o a iguales

26 Idem, p. 247.

27 Idem, pp. 249-250.

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La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

oportunidades y restricciones. Por otro lado, la posición de clase implica cierta afinidad de intereses dentro de una sociedad diversificada, que asigna el poder selectivamente y distribuye prerrogativas y oportunidades económicas de un modo desigual.

El hombre bajo la perspectiva de Mannheim se comprende por su conducta y sus motivaciones y éstas, a su vez, dependen de la orientación del hombre en una situación dada: se trata, entonces, de una conducta de posición que se guía por lo impulsos en una determinada localización. La forma más importante de conducta de posición es aquella que está exclusivamente guiada por los intereses económicos de un individuo. Se puede hablar de clase, si los individuos actúan uniformemente en el proceso de producción de acuerdo con posiciones e intereses análogos.

En ese contexto, la intelligentsia es

[…] una capa social, sin clase, a la que se le ha asignado un papel de satélite de una u otra clase y partidos existentes. Es un conglomerado entre, pero no sobre las clases. El miembro individual de la intelligentsia puede tener y con frecuencia tiene, una orientación particular de clase y, en conflictos reales, puede alinearse con uno u otro partido político. Esta capa social no es una clase social propia dicha, ya que no tienen intereses comunes, no pueden formar un apartido separado por su relativa independencia, y por último, son incapaces de llevar una acción común concertada28 .

Ellos son ideólogos de una u otra clase pero nunca hablan por sí mismos:

los intelectuales no son un estrato superior, ni su peculiar posición social asegura mayor validez a sus perspectivas. El intelectual se siente impulsado por el hecho de que su preparación lo ha facultado para enfrentar los problemas del momento desde varias perspectivas y no solo desde una, como sucede con la mayoría de los participantes en las controversias.

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Ahora bien, los intelectuales son relativamente autónomos, lo cual alude al hecho bien establecido de que no reaccionan ante determinados problemas de una manera tan cohesiva, como sí lo hacen los obreros. Si bien durante la edad media se pudieron emancipar en cierto grado de las clases superiores, fue en instituciones como los salones y los cafés, en los que pudo verse por primera vez a los intelectuales en una posición relativamente libre.

En la época moderna, al menos algunos intelectuales pudieron evitar una relación de dependencia con respecto al medio, la institución, la clase y el partido. Sin embargo, a pesar que el intelectual libre en potencia tiene una

28 Karl Mannheim, Ensayos de Sociología y Psicología Social, México: F.C.E., 1963, p. 38.

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visión más basta y esta menos cegado por los intereses y los compromisos particulares, carece al mismo tiempo de los frenos de la vida real. Se halla más inclinado a crear ideas sin ponerlas a prueba en la práctica, esto es, en las acciones y consecuencias de la vida cotidiana. Por pequeño que sea este estrato, tiene un importante papel que al mismo tiempo es diagnostico, constructivo y crítico. Su postura consciente debe en todo momento ser crítica, con respecto a sí mismo, tanto como con respecto a otros. Mannheim reconocía que los intelectuales son impotentes, pero creía, sin embargo, que pueden tener un papel influyente en la conservación de la libertad y en la reconstrucción social.

Segunda generación de la teoría

Los desarrollos teóricos expuestos por Pareto y Mosca y su dicotomía élite gobernante-masa dirigida ponen de manifiesto la desigualdad insalvable en la sociedad. Esto ha motivado el que en las últimas décadas haya existido toda una controversia sobre la configuración de la estructura de poder en las sociedades industriales modernas. En este debate se encuentran dos posturas: la primera es aquella que defiende la idea de una élite unificada que detenta el poder, y la segunda es aquella que defiende la idea de una pluralidad de élites cuyo poder e influencia están en competencia. El debate contemporáneo se definirá así entre los partidarios de la “élite en el poder” y el establishment y los teóricos del “pluralismo político” y el equilibrio de poderes.

C. Wright Mills es uno de los principales exponentes de la sociología del poder y de la teoría de élites. Su punto de partida fue el concepto marxista de clase social, el cual tiene, según él, un significado acentuadamente económico: es por esta razón que prefiere utilizar la noción de élite con la que combina criterios económicos, políticos y militares y, además, hace referencia a los individuos que detentan el poder en cada uno de estos dominios sociales, quienes, como tales, comparten características que los unifican y agrupan como unidad social.

El poder es detentado por algunos individuos que llegan a ocupar posiciones en la sociedad, desde las cuales tienen la posibilidad de tomar decisiones que afectan poderosamente a hombres y mujeres corrientes. La minoría poderosa “tiene el mando de las jerarquías y organizaciones más importantes de la sociedad moderna: gobiernan las grandes empresas, gobiernan la maquinaria del Estado, dirigen la organización militar, ocupan los puestos de mando de la estructura social” 29 .

Para Mills el máximo de poder nacional en Estados Unidos reside en los dominios económico, político y militar, específicamente en sus élites, es decir, en círculos superiores que se forman en cada uno de estos tres ámbitos

27

29 Wrigth Mills, La Élite del Poder, Buenos Aires: F.C.E., 1963, p. 12.

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en razón de la centralización del poder de sus decisiones. Así pues, la economía es dirigida por los jefes de empresa –ricos corporativos y altos directivos− y grandes compañías –hoy transnacionales− que intervienen en todas las decisiones importantes que afectan a la sociedad.

El orden militar después de la II Guerra Mundial, al convertirse Estados Unidos en uno de los primeros Estados militares del mundo, ha derivado en la mayor y más costosa de las empresas del gobierno. Los generales

y almirantes han obtenido un poder más grande para tomar decisiones

o para influir en ellas con un alto grado de autonomía, especialmente en temas de seguridad y defensa. En el orden político, el Estado se ha convertido en una institución ejecutiva centralizada que permea todos los ámbitos de la estructura social. La élite, en este sentido, está formada por los individuos del directorio político, miembros del aparato ejecutivo de Estado, que toman las decisiones en nombre de la nación.

“Como cada uno de esos dominios ha coincidido con los otros, como las decisiones tienden a hacerse totales en sus consecuencias, los principales individuos de cada uno de los tres dominios de poder tienden a unirse, a formar la minoría del poder de los Estados Unidos” 30 . Así pues, la minoría está formada por quienes tienen el máximo de lo que puede tenerse, es decir, dinero, poder y prestigio, de tal forma que ocupan un lugar privilegiado dentro de las instituciones.

Las élites se consideran a sí mismas “el círculo íntimo de las altas clases sociales. Forman una entidad social y psicológica más o menos compacta, tienen una conciencia más o menos clara de sí mismos como clase social

y se conducen entre sí de un modo distinto a como se conducen con

individuos de otras clases. Se aceptan unos a otros, se comprenden entre sí, se casan entre sí y tienden a trabajar y a pensar, si no juntos por lo menos del mismo modo” 31 . La mayor parte de los individuos que pertenecen a la élite comparten orígenes sociales análogos, mantienen a lo largo de sus vidas una red de conexiones familiares o amistosas y la intercambiabilidad de posiciones entre las jerarquías diversas del dinero, del poder y de la fama.

La minoría es la que ocupa los lugares privilegiados dentro de la jerarquía social. Puede considerarse como la formadora de individuos pertenecientes al estrato superior de la sociedad capitalista, autodefinidos como individuos selectos, es decir, personas de carácter y energía superiores, naturalmente dignas de lo que poseen. Sus riquezas y privilegios son ampliaciones naturales de sus personalidades selectas, “mientras la élite florezca como clase social o como equipo de hombres que ocupan los puestos de mando, siempre seleccionara y formará ciertos

30 Idem, p. 16.

31 Idem, p. 18.

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tipos de personalidad y rechazará otros” 32 . Todo aquel que este por fuera de este grupo dominante hace parte de la masa.

La élite del poder ha sido formada por la coincidencia de intereses entre los que dominan los principales medios de producción y los que controlan los instrumentos de violencia recientemente incrementados, dada la decadencia del político profesional y el ascenso al mando político de los dirigentes corporativos y los militares profesionales. Los individuos que toman las decisiones en cada una de las esferas jerárquicas –la economía, el ejército y el gobierno− se han visto obligados a actuar concertadamente, van conformando una comunidad activa y consiente de intereses, de objetivos y actitudes. Esto es lo que Mill denomina élite del poder.

“Entendemos por élite del poder los círculos políticos, económicos y militares que, como un conjunto intrincado de camarillas que se trasladan e imbrican, toman parte en las decisiones que por lo menos tienen consecuencias nacionales. En la medida en que se deciden los acontecimientos nacionales, la élite del poder está constituida por quienes los deciden” 33 . Su unidad se apoya en el desarrollo paralelo y la coincidencia de intereses entre las organizaciones económicas, políticas y militares. Se funda también en la similitud de origen y de visión y el contacto social y personal entre los altos círculos de cada una de dichas jerarquías dominantes” 34 , en las que existe un gran intercambio de miembros, así como de intermediarios.

La unificación de la élite del poder se ha llevado a cabo bajo tres procesos estructurales, a saber:

militarización de la economía capitalista: el capitalismo norteamericano es ahora, en gran medida, un capitalismo militar, y la relación más importante entre la gran corporación y el Estado se funda en la coincidencia de los intereses militares y corporativos;

politización del ejército: el poder militar también ha tendido a orientarse y desarrollarse, introduciéndose en la política externa e interna con objetivos específicamente militares: la seguridad y la defensa;

debilitamiento de la democracia: la decadencia de la política como debate auténtico, además de la ausencia de políticos profesionales o de partido, hacen de los Estados Unidos una democracia formal más que una estructura social.

Las decisiones son confiadas a la élite, a miembros de la riqueza corporativa, del alto mando militar y a unos cuantos políticos que, en última instancia, centralizan el poder de decidir sobre los destinos de

29

32 Idem, p. 22.

33 Idem, p. 25.

34 Idem, p. 273.

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hombres y mujeres corrientes. Así pues, “las masas son únicamente soberanas en algún momento de adulación plebiscitaria” 35 .

Ahora bien, la idea de una élite unificada se funda, en primer lugar, en el ascenso del poder militar en una economía organizada en empresas privadas y, en sentido más amplio, en las diversas coincidencias de intereses entre las instituciones económicas, militares y políticas; en segundo lugar, en las similitudes sociales y afinidades psicológicas, y, en tercer lugar, en un intercambio de posiciones con totalización virtual de las decisiones que se toman en la cúspide.

La cima de la sociedad norteamericana está cada vez más unificada en cuanto ha surgido una élite de poder. Los niveles medios son una serie de fuerzas a la deriva: sin embargo este centro no une la cima con la base. En la parte inferior de la jerarquía social se encuentra una sociedad de masas, políticamente fragmentada, con una identidad orientada por los medios de comunicación que proveen no solo nuevas identidades sino “nuevas aspiraciones respecto a lo que desearíamos ser y a lo que desearíamos parecer. Nos han brindado en los modelos de conducta que nos presentan una serie nueva, más vasta y más flexible de apreciaciones de nuestros propios yos” 36 .

La democracia de masa, al convertirse en una lucha de grupos de intereses poderosos y de gran escala, relega al individuo, lo cual ensancha la distancia entre los miembros de la masa y los líderes. Es por ello que la idea de una sociedad de masas sugiere la idea de una élite del poder, que impide la participación de amplios sectores sociales que están por fuera de la minoría del poder.

Un abordaje crítico del tema de las élites es el realizado por Thomas B. Bottomore. La preocupación del autor consiste en caracterizar la relación entre élites y democracia, de modo que pueda superarse el carácter excluyente de la democracia moderna y descollar a la vez el determinismo de los teóricos de la élite, sin derivar en el marxismo 37 . Al respecto de la primera tensión, la desigualdad de las facultades individuales, señala la teoría de las élites, se opone a la idea democrática de igualdad, del mismo modo que la noción de una minoría gobernante se opone a la teoría democrática del gobierno de mayoría. Se abre, así, una polémica con la teoría de Joseph Schumpeter.

Schumpeter sostiene una discusión con la concepción clásica de la democracia que ponía en primer lugar el poder del electorado para decidir sobre las controversias políticas y, en segundo lugar, la relación

35 Idem.

36 Idem, p. 291.

37 Véase, Thomas Bottomore, Minorías Selectas y Sociedad, Madrid: Editorial Gredos,

1965.

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de dicha opinión pública con el cuerpo “representativo” que habría de resguardarla. Schumpeter desplaza la centralidad de la voluntad general presente en la concepción clásica, en cuanto toma de decisiones socialmente vinculantes, hacia una concepción que considera más realista, en donde la competencia por el caudillaje político, que entiende libertad de competencia como la libertad de voto, adquiere mayor centralidad.

De esta forma, el sistema político aparece como análogo al sistema económico por la vía competitiva, y la democracia es descrita como un sistema institucional para llegar a la toma de decisiones de contenido político, en el que los individuos adquieren el poder de decidir mediante la competencia por el voto del pueblo. Schumpeter rompe igualmente con el mito socialista que señalaba que la democracia sólo era posible en su dimensión real en un sistema no capitalista, aludiendo a que, después de todo, la gestión efectiva de la economía socialista significa dictadura en la fábrica, no del proletariado, sino sobre el proletariado, y, en esta medida, esa democracia no representaría mayor grado de libertad personal, deviniendo incluso un engaño mayor que el de la democracia capitalista 38 .

Por lo tanto, el principal impulsor de una teoría de las élites no es la democracia, sino el marxismo. A pesar de ello, Bottomore reconoce varios aportes del marxismo, entre ellos el intento de analizar rigurosamente las fuentes del poder político y de explicar los cambios fundamentales del régimen político. No obstante, se inscribe entre quienes critican el evolucionismo marxista, que supone que el antagonismo de clase derivará en la emancipación final del ser humano, anteponiendo a ello el crecimiento de una “clase media”, una diferenciación mucho más compleja de posiciones sociales y una separación entre el poder político y el poder económico, fruto de la introducción del sufragio universal 39 .

Para Bottomore, la teoría de élites supone que todos los hombres que ejercen el poder constituyen un grupo coherente. En este caso, decide acercarse a Weber y emplear la metodología de los tipos ideales para conceptuar la clase dirigente. Bottomore reconoce que la clase dirigente no es una clase, al menos no bajo las características marxistas. La clase dirigente exige la movilización social que habilite la circulación de élites para que la misma pueda existir, de modo que si bien es cierto que la clase dirigente tiende a prolongar su poder en el tiempo (a través de la herencia de las fuentes del poder que la sustentan –bienes económicos, por ejemplo–) requiere necesariamente un movimiento familiar en los distintos niveles sociales, que le mantengan viva.

31

38 Véase Joseph Schumpeter, Capitalismo, Socialismo y Democracia, Buenos Aires:

Ediciones Orbis, 1983, p. 343.

39 Véase Thomas Bottomore, Sociología Política, Madrid: Aguilar, 1982.

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Bottomore termina por decirle sí a las minorías selectas, pero como vanguardia del proceso social, no como minoría dirigente. Señala que es posible acabar con la ficción según la cual la relación entre élites y sociedad deviene necesariamente una relación jerárquica opresiva y que, por el contrario, es posible construir una relación en la cual se rescate el carácter creativo de las primeras y el ámbito de relación de la segunda. La igualdad de Bottomore es una igualdad de oportunidades que sólo puede tener lugar en una sociedad sin clases o minorías selectas, con lo que la idea de oportunidad no significaría una lucha por elevarse a una clase superior, sino la posibilidad de que cada individuo desarrolle plenamente las cualidades de inteligencia y sensibilidad que poseyese como persona en libre asociación con otros hombres 40 .

32

40 Véase, Thomas Bottomore, Introducción a la Sociología, Barcelona: Editorial Península, 1968; La Sociología como Crítica Social, Barcelona: Editorial Península, 1976.

Minorías selectas, poliarquía y élites

En un segundo momento del desarrollo de la teoría de las élites, que históricamente podríamos ubicar en el periodo final de la Guerra Fría, encontramos dos aproximaciones bastante representativas del pensamiento liberal, la de Raymond Aron (2.1.) y Robert Dahl (2.3.), para quienes –en una lectura alternativa a la de Mills sobre el problema del poder–, éste no está, de hecho, tan concentrado como la teoría elitista quiere mostrar, sino que existe una pluralidad de grupos influyentes y de élites sociales, cada uno de los cuales ejerce su influencia en determinados sectores específicos, pese a que, como en el caso de Dahl, particularmente, todos los procedimientos democráticos sólo tienen plausibilidad cuando una élite tecnocrática, por su conocimiento y manejo adecuado del conjunto de las instituciones democráticas, sustituye al “pueblo”. En uno y en otro, el “gobierno del pueblo” deviene “gobierno para el pueblo y por el pueblo pero sin el pueblo”, en unos casos por la diseminación del poder en una pluralidad de perspectivas político-institucionales, y, en otros, por la complejidad de los sistemas sociales, que sólo determinadas minorías pueden manejar técnicamente. Ello no estará muy lejos de la posición de Sartori quien, en su teoría decisional de la democracia –como veremos– consagra el manejo elitista como el único medio efectivo para un sistema democrático.

Aron: minorías selectas

Raymond Aron concentra su atención en la posibilidad de establecer una relación entre minorías selectas (élites) y clases sociales 41 . Dicha relación parte de la distinción entre minorías selectas –grupos funcionales principalmente constituidos por individuos que ejercen profesiones liberales y tienen una posición elevada (por cualquier razón) en una sociedad–, clase política –grupos que ejercen poder e influencia política y se hallan empeñados en luchas por la jefatura de la misma– y élite política –compuesta por individuos que ejercen efectivamente el poder político en una sociedad y un tiempo determinados–.

La dificultad de esta relación coloca su acento en la clase política (de difícil delimitación), que al mismo tiempo comprende la existencia de contra-élites (como, por ejemplo, los jefes políticos que no se han hecho al poder, o los nuevos intereses que la misma dinámica moderna hace surgir). Cuando Aron piensa la relación de esta estructura social con el régimen político

3

41 Véase, Raymond Aron, La Lucha de Clases, Barcelona: Seix Barral, 1961.

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imperante, considera la democracia como un régimen que habilita un equilibrio en la pluralidad de las minorías 42 .

De este modo, Aron conserva la crítica a la posibilidad de entender la democracia como gobierno por el pueblo (debido principalmente a la complejidad de las sociedades actuales, que obligan necesariamente al carácter representativo de las mismas –minoritario–) y califica al régimen de gobierno para el pueblo. La democracia estabiliza tres factores fundamentales para la preservación de esta relación:

• un gobierno capaz de resolver las disputas entre los grupos, de ejecutar las medidas que exigen el interés general;

• una administración económica eficaz que conserva su movilidad, y

• la limitación de los individuos y los colectivos que persiguen la transformación total de la sociedad.

Su crítica a la sociedad sin clases consiste en identificar la misma como la imposibilidad por parte de la sociedad de apelar a algún medio que le permita una posible defensa contra la élite (el partido único), construyendo, de ese modo, su alternativa, de alcance más limitado, que apela a una descentralización más radical del poder (que no implica necesariamente autogobierno) y que se enriquece de una mixtura entre el marxismo, con la colectivización corporativista de la propiedad, y el capitalismo, y la dinámica mercantil bajo esta apropiación corporativa-colectiva 43 .

36

Dahl: poliarquía, tecnocracia y élites

El aporte de Robert Dahl a la teoría de élites se inicia con el estudio de la ciudad norteamericana de New Haven, en la que analiza la composición de las élites locales: el seguimiento histórico de los grupos dirigentes de la ciudad le permitió observar el paso de una oligarquía patricia que dominaba los recursos de forma acumulativa, al equilibrio de los diferentes grupos de líderes, cada uno de los cuales tenía acceso a un recurso de poder diferente 44 .

Dahl caracteriza el orden democrático con cuatro premisas fundamentales. La primera es la participación efectiva: “en todo proceso de adopción de decisiones obligatorias, los ciudadanos deben contar con oportunidades apropiadas y equitativas para expresar sus preferencias con respecto a la solución final” 45 ; la segunda, la igualdad de votos en la etapa decisoria:

42 Véase, Raymond Aron, Democracia y Totalitarismo, Barcelona: Seix Barral, 1961.

43 Véase, Raymond Aron, Introducción a la Filosofía Política: Democracia y Revolución, Barcelona: Paidós Ibérica, 1999.

44 Robert Dahl, “Límites y posibilidades de la democracia”, en La Democracia y sus Críticos, Barcelona: Paidós, 1991, pp. 257-360.

45 Idem, p. 134.

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“a todo ciudadano debe garantizarse igualdad de oportunidades para expresar una opción, cuyo peso se considerará igual al de las opciones expresadas por cualquiera otros ciudadanos” 46 ; la tercera, la comprensión esclarecida, y la cuarta, el control del programa de acción 47 . Este análisis le permite definir las sociedades democráticas con el principio de equilibrio de poderes. Según este principio, el Estado, sujeto a multitud de presiones diferentes, tiene como misión reconciliar los intereses de los diferentes intereses de grupo, tratando de mantener una cierta neutralidad y dando soluciones a los posibles conflictos, con lo cual posibilita el mantenimiento de una política democrática, competitiva y pluralista.

En un sistema político cuyos miembros se consideran unos a otros iguales, son colectivamente soberanos y poseen todas las capacidades, recursos e instituciones necesarios para autogobernarse, se debe tener presente una distribución equitativa de poder. Esta igualdad se traduce en un cuerpo “colectivamente soberano”, con capacidad para autogobernarse. En las sociedades complejas, el sistema representativo parece la única alternativa viable para el ejercicio de esta soberanía colectiva.

En el gobierno democrático que intentamos clasificar, el poder final de las decisiones debería ser ejercido por lo que Dahl llama “mezclados”, una combinación entre todos los intereses de la sociedad, lo cual permitiría asegurar la máxima representatividad de las decisiones políticas. Este modelo sugiere una sociedad pluralista, con subsistemas autónomos, que derivan en parte de las propias capacidades, recursos e instituciones necesarios para el autogobierno con que cuentan los individuos. En estas condiciones es natural que los intereses al interior de la sociedad se traduzcan en subsistemas capaces de alimentar al sistema con demandas particulares articuladas.

No obstante, Dahl hace una crítica a la teoría de élites de Mosca por poseer un alto grado de universalidad y de imprecisión conceptual 48 . Dahl hace una reinterpretación de Mosca y le da centralidad al problema de los regímenes políticos. Según su concepción, la permanencia en el poder de una élite en modo alguno significa que no se haya operado ningún cambio de fondo en la sociedad. La democracia representa un cambio con respecto a la relación dirigentes-dirigidos, al menos si se tiene como referencia un régimen autoritario o personalista previo (fenómeno del cual, Mosca no consigue dar cuenta). No obstante “la poliarquía es un régimen con un conjunto singular de instituciones políticas que, en su conjunto, lo diferencian de otros regímenes. Puede considerarse que la poliarquía es un gobierno en que las instituciones indispensables para el funcionamiento del proceso democrático existen en un nivel que supera cierto umbral. Si

37

46 Idem.

47 Idem, p. 138.

48 Véase Robert Dahl, La Poliarquía, Buenos Aires: Editorial Rei, 1989, pp. 27-28.

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bien las poliarquías son la realización histórica más completa del proceso democrático en la gran escala del Estado Nacional” 49 .

La democracia, según Dahl, potencia dos movimientos: el debate público (liberalización) y los derechos de participación (representación). El proceso de liberalización, como posibilidad de manifestación de la opinión pública, permite que un régimen político de carácter hegemónico se desplace a uno más competitivo, o una oligarquía competitiva se transforme en una poliarquía.

Estos procesos han llevado a una creciente democratización que lleva a la sociedad a un Estado de poliarquía (concepto que considera más preciso para caracterizar las democracias imperfectas).De algún modo, el papel central que Dahl le otorga a la competencia electoral, en tanto reguladora de la circulación de élites, implica que la política tenga en consideración las preferencias que manifiestan las mayorías, de tal forma que sea improbable para la minoría dominante prever sus acciones 50 .

El cambio de escala y sus consecuencias –el gobierno representativo, la mayor diversidad, el incremento de las divisiones y conflictos– contribuyó al desarrollo de un conjunto de instituciones políticas que distinguen la moderna democracia representativa de todos los restantes sistemas políticos, ya se trate de regímenes no democráticos o de los sistemas democráticos anteriores. A este régimen se lo ha denominado poliarquía:

“Puede concebirse la poliarquía de diversas maneras: como resultado histórico de los empeños por democratizar y liberalizar las instituciones políticas de los Estados nacionales; como un hito peculiar de régimen político, diferente en aspectos significativos no sólo de los sistemas no democráticos de toda laya, sino también de las anteriores democracias en pequeña escala; como un sistema de control político (a lo Schumpeter) en que los principales funcionarios del gobierno son inducidos a modificar su proceder para ganar las elecciones en competencia política con otros candidatos, partidos o grupos; como un sistema de derechos políticos; o como un conjunto de instituciones necesarias para el funcionamiento del proceso democrático en gran escala. Estas diferentes nociones sobre la poliarquía se complementan” 51 .

Para Dahl 52 , el aumento de la escala de la democracia tuvo las siguientes consecuencias: la asamblea de ciudadanos de la democracia antigua fue

49 Robert Dahl, La Democracia y sus Críticos, Barcelona: Paidós, 1993, pp. 213-331.

50 Idem, p. 265.

51 Idem, p. 264.

52 Robert Dahl, “Límites y posibilidades de la democracia”, en La Democracia y sus Críticos, Barcelona: Paidós, 1991, pp. 257-360.

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sustituida por los representantes actuales, adoptándose la representación como elemento de la democracia moderna. Los primeros intentos por democratizar al Estado nacional se dieron en países con legislaturas cuya finalidad era representar los intereses sociales diferenciados (aristócratas, terratenientes, comerciante, plebeyos, etc.). Cuando el locus de la democracia se trasladó al Estado nacional, la proporción de ciudadanos que podía congregarse o participar disminuyó; de allí, que para aplicar la igualdad política a la escala del Estado nacional fuera necesario pasar de la democracia “directa” de las asambleas ciudadanas a un gobierno representativo –necesidad que fue presentada por Mill como obvia–.

Como consecuencia del mayor tamaño, algunas formas de participación política quedan inherentemente más limitadas en las poliarquías que en las antiguas ciudades-Estados, donde existían posibilidades teóricas que ya no existen en un país democrático, debido a que la participación efectiva disminuye con la escala, aunque se recurra a medios electrónicos de comunicación; ahora existen gobiernos representativos con electorados que gozan de amplios derechos y libertades individuales y conviven en medio de gran diversidad. Los anteriores aspectos –representación, extensión ilimitada, límites a la democracia participativa, diversidad, conflicto– contribuyeron al desarrollo de instituciones políticas que diferencian a la democracia representativa moderna de otros sistemas políticos; este régimen es llamado por Dahl poliarquía.

En cuanto a las características de las poliarquías, Dahl señala que en éstas los adultos gozan de los derechos políticos primarios; además, existe la posibilidad de oponerse al gobierno.

Entre las instituciones de la poliarquía necesarias (pero no suficientes) para la democracia en el Estado nacional, Dahl reseña:

1.

funcionarios electos: el control de las decisiones de políticas públicas corresponde a los funcionarios electos;

2.

elecciones libres e imparciales: los funcionarios son elegidos mediante voto;

3.

sufragio inclusivo: casi todos los adultos tienen derecho al voto;

4.

derecho a ocupar cargos públicos;

5.

libertad de expresión;

6.

variedad de fuentes de información;

7.

autonomía asociativa.

39

Los países varían de acuerdo al grado en que sus gobiernos satisfacen los criterios del proceso democrático o sustentan las instituciones indispensables para una poliarquía. Estas instituciones son:

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

1.

los funcionarios electos deben, por mandato constitucional, ejercer control de las decisiones gubernamentales sobre las medidas oficiales;

2.

los funcionarios son elegidos y sustituidos por otros (pacíficamente) mediante elecciones libres e imparciales, con un grado limitado de coacción;

3.

prácticamente todos los adultos tienen derecho a votar en las elecciones;

4.

la mayoría de los adultos tienen derecho a ocupar cargos públicos presentándose como candidatos en las elecciones;

5.

los ciudadanos tienen derecho a la libertad de expresión política, incluyendo la critica a los funcionarios, a la conducción del Estado, al sistema político, económico y social, y a la ideología prevaleciente;

6.

los ciudadanos tienen acceso a diferentes fuentes de información, la cual no está monopolizada por el gobierno ni por ningún otro grupo;

7.

los ciudadanos tienen derecho a la libertad de formar asociaciones autónomas, incluidas asociaciones políticas (partidos políticos, grupos de interés, etc.).

Las pautas de desarrollo relevantes de una poliarquía son:

1.

cuando en un país con un régimen no poliárquico (RNP) surgen y perduran condiciones favorables, es probable que haya una transición hacia la poliarquía y que ésta persista; entonces: RNP poliarquía estable;

2.

si en un país con un RNP no surgen condiciones favorables o éstas son exiguas, no habrá transición hacia la poliarquía: RNP RNP;

3.

en un país con RNP, condiciones heterogéneas o temporalmente favorables, las posibilidades son:

40

a. la poliarquía colapsa en un periodo breve (menos de 20 años):

RNP poliarquía RNP;

b. igual que en a. pero con una redemocratización: RNP poliarquía

RNP poliarquía;

c. igual que en b, sólo que la poliarquía no se consolida y el sistema oscila entre ésta y RNP: RNP poliarquía RNP poliarquía

etc.

Otras explicaciones para entender la ausencia o presencia de la poliarquía están relacionadas con lo que Dahl denomina “sociedades modernas, dinámicas y

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pluralistas” (MDP), las cuales pueden posibilitar la poliarquía 53 . Sin embargo, para Dahl la existencia de una sociedad MDP no es suficiente para que exista una poliarquía. Una sociedad MDP, con control de los medios para ejercer la violencia coactiva, no basta para producir una poliarquía. Para que la poliarquía funcione bien en países con amplio grado de pluralismo subcultural, hay que recurrir a la solución de la “democracia consociativa”. Dado que muchos países pocos desarrollados no sólo están desgarrados por conflictos subculturales, sino que carecen de otras condiciones favorables a nivel económico, político y social (que en ellos son bastante endebles), por tanto es difícil que surjan poliarquías estables.

Finalmente, para Dahl, la legitimidad de la poliarquía está basada en tres proposiciones:

1. el grado en que los activistas creen en la legitimidad de la poliarquía;

2. la independencia de la poliarquía de las características culturales y económicas del país;

3. la creencia de la población en la legitimación de las instituciones po- liárquicas, la cual potencia la posibilidad de subsistencia de la misma.

Democracia decisional: Sartori

Sartori pretende en este texto mirar la teoría de la democracia, pero desde la perspectiva de la toma dediciones: a) individuales, b) grupales, c) colectivas, d) colectivizadas. Las primeras, las toma cada individuo, independientemente de si es movido por influencias externas o siguiendo su propio criterio. Las segundas, las toma un grupo concreto, un conjunto de individuos relacionados que participan en la adopción de tales decisiones 54 . Las terceras son aquellas que adoptan muchos, presuponen un agregado humano considerable que no puede actuar (grupos concretos) 55 .

En las decisiones colectivizadas –a nivel de las grandes dimensiones– puede decirse que la política consiste en decisiones sustraídas a la competencia de cada individuo como tal y que alguien las adopta por algunos otros. Las decisiones deciden por todos solamente en el sentido de que su decisión recae sobre cada uno. Para Sartori, cualquier colectividad organizada se somete a normas de colectivización. Las razones que justifican las decisiones colectivas están relacionadas con imperativos tecnológicos, el servicio y las necesidades de bienes colectivos de las sociales actuales.

Ahora Sartori entra a analizar los riesgos externos y costes de la decisión basado en los siguientes axiomas:

41

53 Idem, pp. 302-303.

54 Giovanni Sartori, “Una teoría decisional de la democracia”, en Teoría de la Democracia, Buenos Aires: REI, pp. 261- 318.

55 Idem, pp. 261-262.

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42

1. todas la decisiones de grupo o colectivas suponen costes internos, es decir, costes para los que adoptan las decisiones;

2. todas las decisiones colectivizadas implican riesgos externos, es decir, riesgos para los destinatarios, para aquellos que reciben las decisiones de fuera, ab extra 56 .

Sartori sostiene que los costes de las decisiones son costes intragrupo y que son atribuidos a quien decide. Los riesgos externos son extragrupales

y son remitidos a la colectividad por quien se toma las decisiones.

Cuando se habla de costes internos, se hace referencia a los costes del proceso de decisión: tiempo, energía, utilidad y similares. Los riesgos externos son riesgo. Un coste es determinante (ex-post), mientras un riesgo no es determinante (ex-ante). Un riesgo es un tipo particular de incertidumbre, una peligrosidad; es la pérdida (no la ganancia) lo que

se considera riesgo.

Finalmente concluye: a) las decisiones colectivas conllevan riesgos externos; b) los riesgos externos pueden no traducirse en un daño; pero, c) el problema consiste en aumentar los resultados beneficiosos y minimizar los resultados perjudiciales. De ahí que la colectividad objeto de decisiones que no sean las propias estén expuestas a un riesgo, puesto

que la atención se centra en los riesgos políticos, que son dos: riesgos de daños de opresión y riesgos derivados de la incompetencia, la estupidez

o de intereses siniestros.

Los riesgos externos se producen sólo cuando se colectiviza un ámbito de decisión, y cualquier cosa que suceda en términos de pérdidas y ganancias dentro del grupo que participa en esa decisión es irrelevante. Para que se colectivice una decisión debe existir: a) un cuerpo que decide; b) un grupo externo expuesto al riesgo, porque no puede decidir por sí mismo. El axioma 1 (costes internos) asume que las necesidades grupales (colectivas) implican costes de adopción de la decisión. Una decisión de un hombre (dictadura) tiene un coste decisional cero: este sólo asume costes psicológicos, irrelevantes para el problema en cuestión. Lo primero es que las decisiones sólo tienen un coste con más de un decidor; segundo, los costes son procedimentales, de trabajo y de tiempo 57 . Finalmente, el órgano que adopta las decisiones tiene costes y la colectividad receptora asume riesgos; ambas nociones se definen estrechamente: los costes son sólo internos y procedimentales; los riesgos son sólo externos y relacionados con el perjuicio.

En los costes decisionales, la variable es el número de personas que participan en la decisión; cuando es mayor el número, es mayor el coste

56 Idem, p. 264.

57 Idem, p. 266.

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de adopción de decisiones (coste de decisión en función del tamaño del cuerpo decidor). La fórmula es la siguiente: cada participante tiene voz

y voto independiente, el número de decisiones está en relación directa

con el coste de las decisiones. Para Sartori, será irracional ampliar el

órgano decisorio que incremente costes sin justificación. La razón de la ampliación, en primera instancia, será proteger a terceros (reducir riesgos externos); y, segundo, el número de decisores está en relación inversa con los riesgos externos (órgano decisor crece, disminuyen riesgos externos).

Sartori entra a definir cómo conformar el órgano de decisión, teniendo en cuenta dos variables: 1) el método de formación del órgano decisorio:

cómo se nombra o recluta y cuál es su composición o naturaleza; 2) la norma que rige la toma de decisiones: los principios y procedimientos de la adopción de decisiones. La primera reduce los riesgos externos y la segunda incide en los costes de la adopción de decisiones.

La regla de la mayoría se utilizará donde no se puede practicar unanimidad. En la regla de la mayoría se subsumen tres magnitudes: a) la mayoría cualificada (mayoría de dos tercios); b) la mayoría simple o absoluta (50 por 100 más 1), y c) la mayoría relativa o pluralidad (minoría mayoritaria: una cantidad inferior a la mayoría del 50 por 100). Cada una de las mayorías se mide con el universo, con los que están presentes o votan. Los criterios de mayoría se escogen porque reducen costes de decisión y con ello aseguran que un asunto no quedara sin decidir, además de reducir los riesgos externos. Esta es la razón de que las reformas constitucionales exijan mayorías cualificadas y de que las decisiones importantes requieran de mayoría absoluta. Las minorías carecen de poder para decidir, y no pueden imponer sus preferencias, sólo las pueden proteger 58 .

Sartori explora igualmente los resultados de las decisiones y sus contextos, haciendo referencia a las reglas con las cuales se adoptan decisiones y la relación con la naturaleza del resultado. La pregunta es: ¿cómo se decide, con qué resultado final? Este nuevo aspecto trae nuevos elementos: a)

el tipo de resultado; b) el contexto de la decisión; c) la intensidad de la

preferencia. El tipo de resultado está relacionado generalmente con si es provechoso en la modalidad de suma positiva, o no lo es en la modalidad de suma cero. Un juego es de suma cero cuando un jugador gana exactamente lo que otro pierde (el problema es ganar). Este juego sólo se reduce a ganar o perder; un juego de suma positiva es cuando todo jugador gana (partir y redistribuir ganancias).

En teoría de juegos, la suma positiva es interpretada como juego de cooperación y negociación. Cuando la anterior teoría (teorías de juegos) se desplaza hacia la política, se hace necesario comprender que la política

43

58 Idem, pp. 271-272.

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de suma positiva no tiene por qué ser de cooperación, pero puede ser el resultado de una combinación de cooperación y conflicto. Si nos alejamos de una política como guerra y nos acercamos a una política como negociación, nos estaríamos moviendo de una política de suma cero a una de suma positiva 59 .

Lo anterior tiene que ver también con la intensidad de la preferencia. Esta dimensión plantea cómo cada problema suscita un grado diferente de afecto, compromiso o desinterés, lo que determina la intensidad desigual de las preferencias individuales. Estas varían por diversas o por su mayor o menor intensidad. En este contexto surge la pregunta por las minorías intensas y las razones por las que triunfan y consiguen lo que se proponen. La respuesta es que hay grupos concretos, cuyo impacto

y fuerza de atracción son activados y explicados por la intensidad. Esta

intensidad se puede presentar alrededor de un solo problema o en torno

a una serie de subproblemas circunscritos a uno fundamental. De ahí que

las mayorías intensas se disuelvan a medida que cambia el problema. La mayoría intensa es ocasional, mientras los pequeños grupos son iguales de intensos y duraderos ante un conjunto global de problemas.

La diferencia sustancial reside en que las minorías intensas son reales, en tanto que las mayorías intensas son agregados efímeros y, a la vez,

están movilizadas por minorías intensas 60 . Lo anterior lleva a concluir

a Sartori que la ley formulada por Mosca se comprueba, que es verdad

que las minorías gobiernan, reconociendo que hay minorías controladoras dirigiendo el discurso de la historia. La intensidad se traduce en actividad, el activo ata al inactivo, llevando a que triunfen activos e intensos –que son grupos pequeños– frente a conjuntos amorfos y pasivos. Tales grupos pueden ser sectarios, sediciosos o autodestructivos, lo cual contribuye a explicar por qué el éxito de las minorías intensas es poco frecuente.

En esta línea Sartori se interesa en la relación entre los comités y la unanimidad, en cuanto que el mecanismo para conseguir un acuerdo en el seno del grupo consiste en que la parte no intensa cede ante los miembros que sienten el problema con mayor intensidad. Lo anterior es conocido como los grupos decisorios o comités. El concepto de comité responde a 44 tres características:

1. un comité es un grupo pequeño que se comunica personalmente y cuyos miembros se influyen mutuamente (grupo compuesto por tres miembros para que la relación sea triádica);

2. un comité es un grupo duradero e institucionalizado, porque su existencia es reconocida legal o informalmente por el hecho de que ciertas cosas tienen que hacerse a través de un grupo concreto; está

59 Idem, pp. 273-274.

60 Idem, p. 277.

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institucionalizado por las tareas que se le asignan, y es duradero cuando sus miembros actúan como si fueran permanentes;

3. un comité es un grupo decidor, en el que el flujo de decisiones determina la existencia de un interlocutor de tipo comité. Así, cuando se habla del comité, se hace referencia a un contexto decisional continuo, a diferencia de las decisiones concretas sobre temas aislados 61 .

La importancia del comité está corroborada por las siguientes consi- deraciones: a) los comités no son en parte visibles y no se tiene conocimiento de ellos por su dispersión y fragmentación; b) el sistema de comité es la parte más omnipresente, crucial y peor entendida del contenido real de la política, cuando todas la decisiones que adopta una comunidad política son examinadas previamente por uno o más comités. El gobierno, al ser un comité, es el que decide en última instancia. Los comités funcionan pocas veces sobre la base de la mayoría. Las decisiones no se someten a votación: las decisiones son unánimes, pero no se someten a la regla de la unanimidad y cada miembro tiene poder de veto.

Los miembros del comité logran acuerdos unánimes, porque cada componente del grupo supone que, a cambio de avenirse en la discusión de un problema, los demás accederán con ocasión de otro problema. Hay reciprocidad en las concesiones (código operacional): doy algo para recibir. Los miembros se comprometen a intercambios con objetivos puestos en el futuro: este elemento temporal genera la compensación recíproca diferida 62 .

Sartori busca finalmente concluir que las decisiones de los comités son de forma positiva (compensación reciproca diferida), en las que todos los miembros del grupo están dispuestos a ganar y es un juego continuo. Cuando el comité asume crisis adoptan la decisión por mayoría, pero cuando ésta se vuelve continua, el comité está funcionando y deja de ser comité. El principio de mayoría es la línea divisoria entre comités y no comités. Las decisiones adoptadas por comité son de suma positiva y las que adoptan por el principio de mayoría son de suma cero.

El criterio de la mayoría impone una estructura dicotómica de opción tal que los votantes y los que toman la decisión se ven forzados a expresar su primera preferencia. Al contrario, los comités permiten ordenaciones de las preferencias y estimulan acuerdos en segundas o terceras preferencias. Sartori refuerza como el principio de mayoría es de suma cero. Cualquier grupo que decide mayoritariamente: a) aborda cada problema como un problema aislado; b) desemboca, problema a problema, en un resultado de suma cero; c) premia la formación o estabilización de una mayoría que lo gana todo.

61 Idem, pp. 279-280.

62 Idem, p. 281.

4

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46

Sartori aborda también la concomitancia de comités, participación y demo- distribución. El comité que opera en una democracia adquiere caracteres

propios. Sartori analiza los comités que se dedican a los múltiples ámbitos (formulación de políticas), los cuales proliferan más en las democracias que en las autocracias. Una razón es que un cuerpo decidor se agranda, generando en su ámbito un grupo más pequeño. Lo anterior se presta

a dos interpretaciones de signo contrario: equivale a un desarrollo

de anticuerpos y representa un desarrollo antidemocrático, o bien es congruente con el desarrollo pluralista de la democracia.

Esta última opinión acepta que la proliferación de comités maximiza la democracia participativa, proporcionando nuevos lugares para la participación real. Empero este último argumento no tiene valor, puesto que la participación no tiene otro significado que el de tomar parte en persona: la participación es una proporción que puede expresarse como una fracción y relacionarse con una frecuencia. Cuando se

habla de participación electoral y de participación de masas, se estima excesivamente el concepto para que indique una participación simbólica de estar incluido. Lo anterior genera dudas acerca de que el comité sea

la unidad óptima de participación real 63 .

De ahí que Sartori pasa a preguntarse si los comités y las democracias son opuestos entre sí, o si los comités son una rémora para la democracia o significan un apoyo para la misma. Al hablar de democracia como el poder del pueblo, nada se ajustará nunca a este significado. La formación de macrodemocracias y su profundización es más en términos de su producto de demo-distribución, mientras lo que hay que generar es más igualdad en los beneficios y menor desigualdad en las pérdidas para el pueblo. Para la gente, el gobierno popular difícilmente significa que el pueblo deba hacerse con el poder, más bien es la satisfacción de las necesidades populares. Al mirar la democracia como producto, un sistema de comités genera un sistema de adopción de decisiones que sustenta la demo-distribución. Entonces los pagos colaterales traspasan los umbrales del comité y se convierten en pagos externos, extendiéndose al universo de los representantes (sistema decisional de suma positiva) 64 .

El principio de mayoría implica resultados de suma cero en los siguientes

casos: a) elecciones, b) referendo y c) siempre que una mayoría concreta es relativamente estable y cristalizada. Así pues, la regla de la mayoría no es una regla de suma cero. En la práctica y en el ámbito de la política democrática, esto equivale a decir que, si bien los parlamentos se rigen por el principio de mayoría, la adopción de decisiones puede resultar de suma positiva: a) si sus mayorías son cíclicas; b) si una mayoría

63 Idem, pp. 286-287.

64 Idem, pp. 287-288.

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parlamentaria es permeable; c) si carece de disciplina o muestra escasa unión. Cuando dichas circunstancias no se dan en el contexto de la decisión, el comité está aislado y la regla de la mayoría es de suma cero.

Para Sartori, el sistema ideal de toma de decisiones tiene que satisfacer los siguientes requisitos: a) dar la misma importancia o peso a cada individuo; b) conferir el mismo peso a las intensidades; c) equilibrar resultados de suma cero o de suma positiva; d) minimizar riesgos externos; e) minimizar costos de la adopción de decisiones. Lo que genera que no haya principio o sistema de adopción que satisfaga las anteriores exigencias 65 .

Por último, Sartori realiza una evaluación profunda de los comités y tiende a favorecerlos. En primera instancia, los grupos pequeños, cuyos miembros están relacionados directamente y disponen de códigos operacionales, permiten una elaboración discutida y razonada de las decisiones:

1.

los comités pretenden ser la unidad óptima de la formación de decisiones;

2.

no solo dan cuenta de la intensidad desigual de las preferencias, la utilizan eficazmente;

3.

permiten la reducción de los riesgos externos, sin incremento del costo de las decisiones;

4.

arrojan resultados de suma positiva para la colectividad (demo- distribución);

5.

las minorías sustantivas (étnicas, religiosas o de otro tipo) que son derrotadas, encuentran en el comité el lugar en que sus reivindicaciones preferidas más intensamente pueden llegar a ser aprobadas.

Las decisiones no son producto de la mayoría, ni de la regla de unanimidad. Las decisiones unánimes o cuasi-unánimes de los comités no derivan de la mayoría, ya que su elemento esencial, el veto, no concuerda con el código operacional de las compensaciones recíprocas diferidas. La variable intensidad crea un área intermedia que no es mayoritaria y no transforma la regla de la mayoría en una regla de minoría sustantiva. Más bien, se afirma que entre más acentuada es la intensidad, mayor es el número de decisiones de tipo comité.

65 Idem, pp. 290-291.

47

Poder, clases sociales y élites

En este apartado, el escrito se orienta a exponer, en primer lugar, la reflexión del pensamiento francés estructuralista-postestructuralista sobre el poder, que inaugura lo que podríamos denominar una nueva unidad de análisis de la teoría y la ciencia política, superando la concepción monolítica que lo reducía al Estado y poniendo de presente la red de vectores que el poder supone, tanto a nivel micro como macrosocial. Concepción que si bien no es un tratamiento específico de las élites, aborda la problemática a través de una tensión que recorre su planteamiento: en un polo, la existencia de “élites” que encarnan el poder en multiplicidad de situaciones políticas y sociales, pero, de otro, confrontadas permanentemente por otras minorías que ejercen sobre el poder estrategias de resistencia espontáneas y variadas (3.1.). Mayo del 68 fue, de hecho, el ejercicio de estas “minorías actuantes” que pulularon por toda Francia y, más tarde, por Europa entera como expresión de microresistencias generalizadas que pusieron en calzas prietas al poder establecido.

Pero el discurso estructuralista-postestructuralista cae, pese a estos efectos prácticos colaterales y no propiamente previstos, en una abstracción de los mecanismos concretos y específicos de dominación ejercidos, precisamente, por las minorías en el poder. En ese orden, el trabajo de Poulantzas permite articular la dimensión del poder con la del Estado y de estos con las clases sociales que detentan el poder a través, específicamente, del Estado. La categoría de bloque en el poder constituye un paso adelante en la reflexión sobre las élites, en la medida que permite comprender cómo el bloque en el poder se articula a través de la dominación de una fracción hegemónica y cómo esa fracción hegemónica se articula a través de élites o minorías a su interior. Minorías económicas, políticas y sociales que, además, se articulan con élites burocráticas al interior del Estado para concretar la red de poder institucional que el postestructuralismo no alcanzaba a captar (3.2.).

(Post)estructuralismo y poder

Tal como Foucault lo mostró a lo largo de todas sus investigaciones, tanto la estructura del poder como la del Estado han cambiado sustancialmente en los últimos cincuenta años. En un simposio en la Universidad de Vincennes, Foucault definió esos cambios como un replanteamiento estructural del “Estado providencia” y, con ello, como el surgimiento de un Estado cualitativamente diferente y, en consecuencia, como una nueva economía del poder 66 .

1

66 Michel Foucault, “Nuevo orden interior y control social”, Revista Viejo Topo (Extra No. 7), Barcelona: 1976.

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2

Esta reestructuración se hacía manifiesta en un repliegue aparente del Estado, caracterizado por los siguientes elementos:

• una ampliación del margen de tolerancia del Estado en zonas que no eran claves para la supervivencia del sistema;

• la ubicación de áreas estratégicas donde el Estado no permite la más mínima incidencia de la sociedad civil;

• la consolidación de un sistema de información que permite cubrir todo riesgo potencial, sin necesidad de una vigilancia represiva permanente;

• la constitución de consensos estadísticos para legitimar sus decisiones a través de un manejo institucional de los medios de comunicación.

De esta nueva caracterización del Estado derivaba Foucault, como es obvio, cambios sustanciales en el ejercicio del poder en la sociedad contemporánea.

Foucault partirá de un cuestionamiento radical de los postulados convencionales sobre el poder para plantear cuáles son sus nuevos parámetros en las sociedades contemporáneas. Los postulados que, a su entender, deben ser puestos en suspenso para lograr una reinterpretación adecuada del poder son:

• el postulado de propiedad, que considera que el poder es poseído por la clase dominante;

• el postulado de localización, que señala al Estado como el ámbito exclusivo del poder;

• el postulado de subordinación, que subordina el poder a un modo de producción específico;

• el postulado de modo de acción, que define a la coerción física e ideológico-política como instrumentos de dominación, y

• el postulado de legalidad, que considera que en el derecho y la ley se materializa el dominio del poder 67 .

Dejando de lado estos argumentos, no para negar su validez, sino para que no contaminen, a priori, una perspectiva diferente en su análisis, enuncia entonces Foucault la serie de proposiciones que definen la nueva economía del poder en las sociedades contemporáneas:

• el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, en un juego de relaciones móviles;

• las relaciones de poder son inmanentes a toda situación particular, micro o macropolítica;

67 Miguel Morey, Lectura de Foucault, Madrid: Taurus, 1983.

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• no hay matriz general del poder, sino que surge de acuerdo a cada circunstancia;

• las relaciones de poder no son espontáneas sino intencionales, ejerciéndose siempre hacia miras y objetivos específicos;

• el poder absorbe la verdad y utiliza el saber –así como el placer– como mecanismo de control 68 .

La red de poderes que, como vectores invisibles, entrecruza la sociedad contemporánea, tendrá como fin principal la interiorización del orden institucional con vistas a conformar una sociedad disciplinante

y

disciplinada. Este proyecto de dominación masivo, permanente

y

homogéneo ya no amenaza de muerte sino que gestiona la vida,

ejerciéndose como anatomía política del cuerpo humano y biopolítica de la población a través de una vigilancia jerarquizada, un cuerpo de sanciones, procedimientos de selección y una disciplinización del sexo y la sensibilidad que nos convierte en sujetos predispuestos al dominio.

Esta reconsideración del poder, aguda y punzante, será complementada por otros autores en diferentes sentidos. Roland Barthes lo definirá como un organismo trans-social, ligado a la historia del hombre, que no se encuentra sólo en el Estado, sino que se desliza en las cuestiones sutiles

y cotidianas de la vida, incluso en los mismos impulsos liberadores que

intentan cuestionarlo 69 .

El poder se presenta, desde esa perspectiva, como un elemento plural en

el espacio y perpetuo en el tiempo histórico, que Barthes califica como una libido dominandis, la cual, a través del lenguaje, se reproduce y multiplica

por el tejido social. Ante ello, la alternativa que nos queda es la literatura como espacio del despoder, donde la dimensión utópica nos permite tomar

la distancia necesaria para relativizarlo y, cuando es necesario, incluso

desplazarse y abjurar de esa verdad que el poder termina utilizando para

someternos.

Elias Canetti realiza una de las aportaciones más singulares a esta reinterpretación del poder 70 . Las entrañas del poder son exploradas por Canetti desde una óptica que desborda la consideración socio-política convencional, hundiéndose en las raíces del mismo y mostrando cuáles han sido los símbolos, instrumentos y elementos que desde siempre han caracterizado su ejercicio. Sin embargo, su aporte decisivo a este debate viene, sin duda, representado por su análisis del secreto como médula del poder, punto clave en el ejercicio contemporáneo de éste y del control que ejerce sobre la sociedad.

3

68 Michel Foucault, Historia de la Sexualidad (Tomo I), México: Siglo XXI, 1984.

69 Roland Barthes, Discurso Inaugural, México: Siglo XXI, 1985.

70 Véase Elias Canetti, Masa y Poder, Madrid: Alianza Editorial, 1987.

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Donde hay secreto hay poder. El conocimiento de algo y el desconocimiento de ello determinan la relación de dominio entre las partes. La información que alguien posee lo coloca en situación de ventaja frente a quien no la posee. La dominación, individual y social, se estructura a partir de lo que alguien o alguna clase o sector sabe y que no saben los demás. La dinámica que se genera a partir de ello, constituye la esencia misma del poder que, con nuevos mecanismos, no hace sino reproducir las prácticas primitivas que desde entonces han definido su ejercicio.

4

Poulantzas: bloque en el poder

La cuestión del poder

Poulantzas se propone estudiar –en la órbita de reflexión, por supuesto, que introdujo el estructuralismo de la década de los 60– un tema que, a su juicio, constituye el problema capital de la teoría política, el del poder. Este concepto tiene gran relación con el campo de las prácticas de clase, dado que ese es su lugar de constitución, puesto que allí, debido a la situación de predominio, existe una constante lucha de clases que genera posiciones de dominación y subordinación entre ellas, lo cual es producto de las relaciones de poder existentes. Pero, los conceptos de clase y de poder son afines sólo en la medida en que estén circunscritos al campo de las relaciones sociales 71 .

Sin embargo, como lo muestra en la primera parte de su obra, tal concepción del poder genera una confusión sobre las estructuras, las relaciones de las prácticas de clase y las relaciones de poder, que puede llevar a una mala interpretación sobre la visión del marxismo en este punto. En esa dirección, Poulantzas acude a una serie de autores, tales como Renner, Schumpeter, Dahrendorf y otros, quienes buscan extender el concepto de las clases sociales más allá de las relaciones de producción, lo cual es uno de los principales factores para que se dé la confusión antes mencionada, concluyendo acerca de ello que:

“Según los autores que he citado, las clases y el conflicto de clases, lejos de fundarse en las relaciones de producción, se fundarían en la distribución global, en todos los niveles, del poder en el interior de las sociedades ‘autoritarias’, es decir, sociedades caracterizadas por una organización global de dominio-subordinación consistente en una distribución ‘desigualitaria’, en todos los niveles, de aquel poder” 72 .

Pero esto nos llevaría a un nuevo dilema, en el cual el problema sería ver si la lucha de clases se fundamenta en las relaciones de poder o viceversa.

71 Nicos Poulantzas, “Sobre el Concepto de Poder”, en Poder Político y Clases Sociales en el Estado Capitalista, México: Siglo XXI, 1976.

72 Idem, p. 119.

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Ya está la visión economicista de que el concepto de clase social proviene exclusivamente de las relaciones de producción, y que como tal, el conflicto entre ellas –lo cual hace referencia a las relaciones de poder en los términos ya establecidos– es producto de esta situación. Y, por otro lado, está el punto de vista de los autores mencionados por Poulantzas, lo cual genera dos miradas ciertamente erróneas, en cuanto, aunque las relaciones de clase pueden estar en todos los niveles, la estructura de éstos últimos no viene determinada por ellas:

“Lo exacto es que la estructura de las relaciones de producción, lo mismo que la de lo político o de lo ideológico, no puede captarse directamente como relaciones de clases o relaciones

de poder [

relaciones de clase constituyen, en todos los niveles de las

prácticas, relaciones de poder” 73 .

sin embargo, es igualmente exacto que las

]

No se puede afirmar que las relaciones de poder se fundan en las relaciones de clase o lo contrario. Justamente existen relaciones de clase en todos los niveles y, de acuerdo con ello, existe una especificidad de cada uno de éstos en relación con su contexto de lucha de clases y con el poder. Es decir, hay diversos niveles de lucha de clases y relaciones de poder en una determinada formación social, razón por la cual no se puede decir que tales conceptos provienen solamente de la práctica política o de las relaciones de producción. De la misma manera, existe un mutuo condicionamiento entre relaciones de clase y relaciones de poder que implica que uno no puede provenir del otro, y que Poulantzas puntualiza en los siguientes términos:

“Las relaciones de poder, que tienen como campo las relaciones sociales, son relaciones de clase, y las relaciones de clase son relaciones de poder, en la medida en que el concepto de clase social indica los efectos de la estructura sobre las prácticas, y el de poder los efectos de la estructura sobre las relaciones de las prácticas de las clases en “lucha” 74 .

El inconveniente ahora, es que, tal como lo demostró W. Mills desde la teoría de las élites políticas, el concepto de clase es un término económico, razón por la cual, decir clase dominante, haría referencia a dos términos de distinta naturaleza, pues dominio es una palabra de carácter político, lo cual la sobrecargaría de dos sentidos diferentes 75 . Es por ello que, tratando de superar las definiciones desde la economía, se reemplaza el término clase por el de grupo.

Poulantzas propone así una definición para poder: “Se designará por poder la capacidad de una clase social para realizar sus intereses objetivos

73 Idem, p. 121.

74 Idem, pp. 122-123.

75 Idem, p. 123.

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específicos” 76 . Esta definición se contrasta con las definiciones presentadas por Lasswell, Weber y Parsons, y se señala en cada una de ellas una serie de errores, como, por ejemplo, para el caso de Weber y Parsons, su extremado apego a la perspectiva historicista, lo cual las convierte en algo bastante reducido y rígido.

Su propuesta teórica es, entonces, analizada a partir de cuatro elementos que la componen. En el primero toma el concepto de clase para determinar que las relaciones de poder son sólo posibles en sociedades que están divididas en clases y que existen oposiciones entre ellas, puesto que, de no ser así, deberían ser empleados otros términos, como el de autoridad, utilizado en situaciones en las que relaciones de clase no pueden ser clasificadas como de dominación-subordinación, o el de potencia, que es muy empleado en la ciencia política y sirve para indicar un elemento de fuerza, todos los cuales son, simplemente, otras formas de poder. Tampoco puede ser usado el concepto de poder para referirse a relaciones interpersonales o a relaciones que, como ya lo habíamos dado a entender, son independientes de las relaciones de producción, que equivale a decir sociedades divididas en clases, lo cual genera un conflicto entre ellas.

El segundo punto de análisis hace referencia al concepto de capacidad y a la forma como es empleado en la definición propuesta. Aquí hará referencia el autor a los estudios de Marx y Lenin sobre organización de clase, determinando algunos factores que son esenciales para su entendimiento, tales como la práctica de clase, las condiciones de existencia de la clase (fuerza social) y, principalmente, las condiciones de poder de clase, entendidas por Lenin como condición de su acción abierta 77 .

Como el concepto de poder especifica tanto los efectos como los límites de la estructura práctica de las clases en lucha, el poder de una organización y, por ende, la capacidad de una clase para lograr la realización de sus intereses depende directamente de la capacidad de otras organizaciones de clase, lo cual es clave para las relaciones de poder, es decir, de dominación-subordinación.

El tercer punto de análisis hace referencia al concepto de intereses. Nos dice el autor, en primera instancia, que los objetivos de clase se encuentran en el campo de la lucha de clase, jamás en la estructura, como intentó demostrarlo Parsons. En segunda instancia, los intereses no están compuestos por motivaciones del comportamiento: los intereses indican los límites impuestos por la estructura, los cuales operan como horizontes de acción de las clases en las relaciones de poder, habiendo intereses de largo y corto plazo y siendo éstos objetivos, puesto que son de una clase, no de un sujeto o de una clase-sujeto. Por ello, no pueden ser producto

76 Idem, p. 124.

77 Idem, p. 129.

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de motivaciones del comportamiento, y esto es tan claro para el autor que, teniendo en cuenta el poder de la ideología y lo ambiguo que puede ser el término objetivo, decide retirarlo de los intereses y ampliar este concepto hacia todas las funciones de la formación social.

El cuarto punto de análisis toma el concepto de especificidad como base. Teniendo en cuenta que el poder se sitúa en diversas prácticas de clase, puesto que existen intereses de diversa índole, tanto económicos, como políticos, ideológicos, etc., podemos decir que existen diversas relaciones de poder, así como clases dominantes que detentan el poder predominante en determinados lugares o niveles de la formación social, de la cual el Estado es el centro del poder político.

Aclarados estos puntos, Poulantzas hace alusión al Estado como centro de poder. Si se acepta el concepto de poder propuesto, se puede decir que el Estado es el centro del poder político. Pero el Estado, o cualquier otro tipo de institución social, no tiene poder en sí mismo: las instituciones son solamente instrumentos de poder de las clases sociales y son ellas las que las dotan de tal, teniendo en cuenta que existe una relación de fuerzas y que, en esta medida, las instituciones se deben articular con otras instancias. Por supuesto que, por la variedad de luchas de clase, es difícil que se traduzcan inmediatamente en los centros de poder, que en su mayoría son dependientes de otras instancias.

Al tenor de Lenin, Poulantzas considera imperativa la distinción entre poder formal y poder real, así como la distinción entre poder de Estado y aparatos de Estado. Hay instituciones que poseen poder, pero hay sólo algunas que tienen poder efectivo, y esto es producto de las luchas de clase que hacen que exista una desviación de tales centros de gravedad, ocasionando que las relaciones de poder se reflejen más en un centro que en otro.

Lo que se quiere demostrar es que no solamente existe una visión instrumentalista del Estado, según la cual las instituciones son simples aparatos de poder de una determinada clase social, sino que debido a la formación social y a la constante lucha de clases se asiste a una permanente relación de fuerzas que son las que dotan de poder a tales instituciones y les confieren, digámoslo así, una identidad:

“Lo que se trata, pues, de retener es que la expresión leninista de aparato de Estado no se reduce de ningún modo a una concepción ‘instrumentalista’ del Estado como órgano o instrumento de poder, sino que sitúa, en primer lugar, la superestructura política según su localización, y su función, en un conjunto de estructuras” 78 .

Por ello, es importante la separación que hace Lenin entre aparato de Estado y poder de Estado:

78 Idem, p. 143.

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“Por aparato de Estado indica Lenin dos cosas: a) el lugar del Estado en el conjunto de las estructuras de una formación social, en suma, las diversas funciones técnico-económica, política en sentido estricto, ideológica, etc., del Estado; b) el personal del Estado, los cuadros de la administración, de la burocracia, del ejército, etc. Por poder de Estado Lenin indica, por el contrario, la clase social o fracción de clase que detenta el poder79 .

Justamente teniendo en cuenta que uno de los factores de los desplazamientos es el lugar de los centros de poder, el lugar del aparato de Estado es de vital importancia como centro del poder político, tal y como sucedió con el Estado burgués y los soviets en Rusia, donde son los segundos quienes tienen el poder real y, en esa medida, ellos se constituyen en un centro de poder real mucho más importante que el Estado burgués ya mencionado.

Poulantzas aborda, enseguida, el concepto de poder como suma-cero. Aquí el poder se entiende como una cantidad determinada, la cual, si la posee alguna persona, no la posee otra. Cualquier reducción de poder en una organización o persona se da a favor de otra que es la que lo obtiene. El poder se torna en algo invariable que sólo cambia de poseedor pero no de cantidad.

Pero si el poder se considera como el efecto de las estructuras, las cuales son las que proporcionan los límites dentro de los cuales se desarrollan las prácticas de clase, podremos apreciar que el poder que pierde una clase no lo gana la otra. Además, ésta idea de poder como suma-cero desconoce por completo la especificidad característica de cualquier formación social, puesto que una reducción de poder económico de una clase no implica automáticamente un aumento del poder ideológico o del político.

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Élites y bloque en el poder

Para Poulantzas, el Estado debe ser entendido como una condensación de contradicciones sociales que se encuentran inscritas dentro de las relaciones de fuerza de una clase con otra, no obstante que el poder de una clase remite a su lugar objetivo en las relaciones económicas, políticas e ideológicas, lugar que abarca las prácticas de las clases en lucha, es decir, las relaciones no igualitarias de dominación-subordinación de las clases ancladas en la división social del trabajo y que se constituyen ya en relaciones de poder 80 . Así pues, el lugar y los intereses de cada clase están definidos por las otras clases, pero sólo una clase, la dominante, podrá realizar sus intereses en oposición a los intereses de otras clases.

79 Idem, p. 142.

80 Nicos Poulatnzas, Estado, Poder y Socialismo, México: Siglo XXI, 1979, p. 177.

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Ahora bien, la formación social, entendida como la coexistencia en el campo de luchas de clases de varias clases y facciones de clases, tiene una particularidad dentro del Estado capitalista, a saber, la formación de un bloque en el poder que exterioriza

[…] la unidad contradictoria particular de las clases o fracciones de clase dominantes en su relación con esta forma particular de Estado. Se refiere pues a la periodización de la formación capitalista en estadios típicos. Comprende la configuración concreta de la unidad de esas clases o fracciones en estadios, caracterizados por un modo específico de articulación, y un ritmo propio de división, del conjunto de las instancias 81 .

El Estado capitalista crea las condiciones para la aparición del bloque en el poder en su dominio político, asegura la coexistencia de varias clases y facciones de clase “por el juego interno de sus instituciones, hace posible, en su relación con el campo de la lucha política de clases, relación concebida como demarcación de límites […]” 82 . Para Poulantzas, el sufragio universal es en ese orden una institución que extiende la coexistencia entre las clases y facciones en el poder, al punto de consagrar el dominio exclusivo del Estado por una clase. Las estructuras del Estado capitalista permiten la coexistencia de clases dominantes y facciones. A nivel político, el bloque en el poder hace referencia a prácticas políticas que concentran los niveles de la lucha de clases en una fase determinada. La representación refleja los desplazamientos de las contradicciones entre clases, “desplazamientos situados no obstante, en los límites del bloque en el poder característico de un estadio” 83 .

En su dominio económico, este tipo de Estado permite la coexistencia de varios modos de producción y la presencia de varias clases dominantes. En síntesis, el bloque en el poder constituye una unidad contradictoria de clases y fracciones políticamente dominantes bajo la égida de la fracción hegemónica. La lucha de clases, la rivalidad de los intereses entre esas fuerzas sociales, está presente allí constantemente, conservando esos intereses su especificidad antagónica. La relación del Estado capitalista con las fracciones dominantes actúa en el sentido de su unidad política bajo la égida de una clase o fracción hegemónica 84 .

Para Poulantzas las teorías elitistas (principalmente las de Mills y Aron), malinterpretan dos fundamentos de la teoría marxista. En primer lugar, la identificación que hacen entre la clase políticamente dominante con la clase económicamente dominante, y, en segundo lugar, las teorías elitistas

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81 Nicos, Poulantzas, Poder Político y Clases Sociales en el Estado Capitalista, México: Siglo XXI, 1976, p. 178.

82 Idem, p. 296.

83 Idem.

84 Idem, p. 309.

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ven en la concepción marxista una concentración del poder del aparato de Estado en manos de la clase económica políticamente dominante. Esta es

la razón fundamental por la que las teorías de élites recurren a un poder

político autónomo, paralelo a los dominios económico y burocrático.

La idea de élites en el poder proyecta una pluralidad que inhabilita toda unidad que pueda desembocar en una lucha de clases, ya que no tienen entre sí otras relaciones que la de estar circularmente integradas en el conjunto social y, en tanto high social stratums, representar intereses divergentes pluralmente integrados; de ahí la dificultad de fundamentar el poder de la élite. En esa línea, el único autor al que Poulantzas tiene

presente es a Mosca, por aceptar éste la unidad de las élites políticas bajo la categoría de “clase política”, con la que se hace una primera aproximación

a la dominación política. La unidad de las élites se funda sobre su

relación con el poder político institucionalizado, y bajo esta perspectiva se descubren como fuentes de poder político lo económico y el Estado 85 .

La primera critica elitista relativa al concepto de clase dominante sugiere que este concepto está determinado por el nivel económico, no obstante el dominio es lo verdaderamente político, y así pues se hace una identificación entre la clase económica y políticamente dominante. Sin embargo “el concepto de clase no comprende de ningún modo sólo la relación de los agentes con las relaciones de producción, sino que indica los efectos del conjunto de la estructura en el campo de las relaciones sociales” 86 .

El concepto de dominio no comprende de ninguna manera sólo el nivel de las estructuras políticas, sino el conjunto del campo de las relaciones sociales, es decir, de las prácticas económicas políticas e ideológicas de clase. Si el nivel económico de las relaciones de producción determina, en última instancia, los lugares de poder y de dominio en el campo de la lucha de clases, no es sino por su reflejo en el conjunto complejo de una formación.

En suma, la concepción marxista de clase dominante no implica de ningún modo la concentración empírica de las diversas funcionen políticas en las manos de los individuos de una clase, sino que explica la descentración eventual, según las formas concretas de la lucha de clases y las estructuras políticas, los tipos y formas de Estado y las formas de régimen. La esfera de lo político comprende diversas funciones que son detentadas por diversas clases; por esta razón, es necesario hacer una diferenciación entre clases políticamente dominantes que forman parte del bloque en el poder y la clase hegemónica de ese bloque, que detenta en definitiva el poder político y que tiene el papel de organización política del bloque en el poder 87 .

85 Idem.

86 Idem, p. 433.

87 Idem, p. 434.

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Burocracia y élites

La burocracia designa un sistema específico de organización y de funcionamiento interno del aparato de Estado que manifiesta el impacto político de la ideología burguesa sobre el Estado, fenómeno que se conoce con el nombre particular de burocratismo o burocratización 88 . La burocracia es una categoría social específica, que se refiere no propiamente al poder del Estado, sino a su funcionamiento concreto. La burocracia no constituye en sí misma una clase particular, como tampoco una fracción autónoma de clase en el nivel político, ya que su funcionamiento está inscrito en el poder de la clase de Estado.

A pesar de que la burocracia en algunos países en vías de desarrollo

puede, por medio del Estado, constituirse en un lugar propio en las relaciones existentes de producción, o hasta en las relaciones aún-no- dadas de producción, no constituye una clase en sentido estricto, sino en cuanto a clase efectiva. Sin embargo la burocracia, definida en términos de una categoría social específica, debe tener una pertenecía de clase, pero esta pertenencia no es única. En su estructura se pueden distinguir dos estratos: por una parte, las “alturas” que pertenecen a la nobleza terrateniente y a la burguesía y, por otra, se pueden identificar los estratos subalternos pertenecientes a la pequeña burguesía. Al estrato que se ubica en las alturas se puede atribuir el carácter de clase mantenedora del Estado, lo cual permite identificar este estrato con el bloque en el poder, pero no con fracción políticamente dominante.

El funcionamiento particular que permite identificar la burocracia como categoría especifica no ésta directamente determinado por su pertenencia

de clase, por el funcionamiento político de las clases o fracciones de donde

ha salido; depende del funcionamiento concreto del aparato de Estado y aun del lugar del Estado en el conjunto de una formación y de sus relaciones complejas con las diversas clases y fracciones. Por lo tanto, el poder burocrático se refiere al ejercicio de las funciones de Estado que corresponden al interés político de la clase o fracción hegemónica. La burocracia se pone al servicio de los intereses de la clase políticamente dominante, pero en periodos de inestabilidad política puede crear las condiciones para la llegada al poder de la clase mantenedora no hegemónica 89 .

Ahora bien, si la burocracia es una categoría social específica, es por razón de la unidad propia que presenta en su funcionamiento como grupo social y de su autonomía relativa respecto de las clases sociales a que ella pertenece y respecto de las clases dominantes. Este grupo social tiene intereses propios, pero no bastan como para considerarla una categoría especifica: de un lado, en razón de la disparidad de tales intereses entre

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88 Idem, p. 435.

89 Idem, p. 439.

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los diversos estratos de la burocracia, y de otro, en razón del hecho de que esos intereses explican, en cierta medida, la relación estrecha de la burocracia y las clases dominantes, pero no explican la autonomía relativa respecto de ellas.

Por otra parte, la burocracia y el burocratismo tienen una relación directa con el Estado capitalista y con sus formas concretas. Las dos hacen referencia al predominio de un modelo ideológico sobre el conjunto de una formación; sin embargo, “el fenómeno burocrático es un fenómeno específicamente político, la burocracia en sentido estricto, designa una categoría social específica, se refiere a su pertenencia al aparato de Estado” 90 . No obstante, al extenderse los atributos y funciones del Estado capitalista no se afectan únicamente las funciones económicas, sino también las funciones políticas e ideológicas de ese Estado, lo cual le permite asumir el papel dominante en la formación capitalista.

El burocratismo es, pues, un modo particular de organización y funcionamiento del aparato de Estado coextensivo; en el caso del Estado capitalista, con la categoría burocrática especifica. El burocratismo se debe, en ese caso, a la vez a las estructuras del Estado capitalista y al efecto de la ideología capitalista dominante sobre las reglas normativas de organización del aparto de Estado. La ideología dominante es extensiva a todo el conjunto social por medio de modelos normativos que regulan la organización y división del trabajo en los diversos sectores: en las fábricas, en las instituciones culturales, etc.

El efecto de la ideología capitalista dominante sobre el burocratismo reviste varias formas:

• una general, que concierne al carácter constitutivo de toda ideología, por ejemplo, el secreto burocrático;

• formas particulares de ideología capitalista, es decir, carácter impersonal de las funciones burocráticas;

• formas jurídico-políticas, región dominante de la ideología capitalista, entre ellas, la legitimidad racional-legal;

• incultura y la falta de saber de las masas que posibilita precisamente el monopolio burocrático del saber 91 .

90 Idem, p. 451.

91 Idem, p. 455

Élites intelectuales y hegemonía

El concepto de intelectual orgánico de Gramsci permite comprender al militante político o a las células, en tanto “minorías actuantes”, como los instrumentos de estrategias hegemónicas o contrahegemónicas de dominación o resistencia/confrontación en una sociedad y en un momento dado, en la perspectiva de lograr un consenso histórico que consolide o se oponga a un orden social determinado. El “nuevo príncipe” colectivo, singularizado en el “intelectual orgánico” del partido articulado a las minorías actuantes de las células, representa, en uno u otro caso, de uno y otro lado, las élites (nuevas o antiguas) llamadas a dirigir los procesos políticos que consoliden un consenso hegemónico o lideren el proyecto de un consenso contrahegemónico (4.1.).

La crítica de Laclau y Mouffe al concepto de hegemonía de Gramsci sirve como puente para su planteamiento de una democracia radical que, en lo fundamental, y en cuanto a la teoría de las élites se refiere, permite comprender los nuevos contextos en que las hegemonías y contrahegemonías se plantean y, a través de ello, las estrategias que un proyecto contrahegemónico de izquierda debe contemplar, en particular, en lo que tiene que ver con el reconocimiento de la pluralidad de subjetividades políticas, que tienen que empezar a ser reconocidas en un

proyecto de esta índole. La democracia radical es, en la versión de Laclau

y Mouffe, la asunción de esa plurivalencia que desborda la bivalencia

ortodoxa o semiortodoxa, bastante empobrecedora y maniquea en estos tiempos, entre la burguesía “mala” y el proletariado “bueno”, permitiendo articular al proyecto socialista la pluralidad de sujetos e identidades sociales, políticas y culturales que el postfordismo eclosiona (4.2.).

Pero la democracia radical tiene una segunda lectura en la tercera generación de la Escuela de Frankfurt. Desbordando la visión bastante pragmática de Habermas y su modelo de una democracia radical “sistémica”, Wellmer y, en especial, Dubiel, emprenden la tarea, primero, de denunciar el carácter elitista que la democracia asume a partir de los setenta en el marco del proyecto neoconservador de democracia restringida, defendida por Schumpeter y Huntington, y que, más tarde, inspira todo el hegemon neoliberal liderado y globalizado por el Consenso

de Washington. Democracia radical que se yergue como la contraparte de una teoría de las élites en cuanto, con Lefort, el lugar del poder es y debe ser un lugar vacío que sólo una eticidad democrática, entendida como

el conjunto de procedimientos democráticos, formales e informales a los

que tienen derecho y acceso efectivo todos los sujetos colectivos de una

sociedad, puede legítimamente llenar, como lo sostiene Wellmer (4.3.).

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La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

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Gramsci: intelectual orgánico y hegemonía

Gramsci desarrolla una lectura de las élites a partir de los aportes de Mosca que aúna a las influencias de Hegel, Marx, Croce y Lenin, entre otros. Gramsci comparte con Mosca dos planteamientos básicos: primero, el principio fundamental bajo el cual, en todas las sociedades organizadas, la élite dirige las masas populares (líderes-seguidores, gobernadores- gobernados); y, segundo, la idea de democracia, según la cual este sistema selecciona élites y normas de un modo tal que las élites se abren a la influencia de miembros de las masas 92 .

Gramsci reconoce que en los sistemas democráticos el principio elitista continúa siendo válido: no es la mayoría popular quien escoge libremente los gobernantes oficiales, sino la élite política que los hace elegir al proponer varios candidatos por medios particulares y de otras organizaciones políticas. De otro lado, Gramsci relaciona el concepto de democracia con su idea de hegemonía, señalando que en un sistema hegemónico hay democracia entre los grupos dirigentes y los grupos dirigidos, toda vez que la legislación favorece la transferencia de los grupos dirigidos a los grupos dirigentes.

Tal transferencia es operada por el intelectual. Este es un agente que posee una capacidad dirigente y técnica con rangos-grados de acción que, según su organicidad (depende de su mayor o menor conexión con un grupo social básico) o su capacidad dirigente, ocupa un papel mediador

y articulador en el complejo sistema de relaciones sociales 93 .

Gramcsi señala que cada grupo social, al nacer en el terreno originario de la función esencial en el mundo de la producción económica, crea conjunta

y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que dan homogeneidad

y conciencia de su propia función, no sólo en el campo económico sino también en el social y en el político. El intelectual orgánico, que cada nueva clase crea junto a ella y forma en su desarrollo progresivo, es expresión, en general, de “especializaciones” de la actividad social a las que la clase “ha dado luz” 94 .

El intelectual es aquel que emerge sobre el terreno de exigencias de una función necesaria en el campo de la producción económica, es decir, aquel que le da homogeneidad política, social, y económica a un grupo que surge sobre la base original de una función esencial en el mundo de la producción económica (de modo que pueden inscribirse tanto el empresario, como el señor feudal, que requiere en todo caso una competencia técnica, la militar). El intelectual dirigente, por otro lado, es en

92 Antonio Gramsci, Cartas desde la Cárcel, Buenos Aires: Lautaro, 1950.

93 Antonio Gramsci, La Formación de los Intelectuales, México: Grijalbo, 1967, p. 30.

94 Idem, p. 7.

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quien confluyen la especialización y la política, es decir, quien consigue vincular lo político, lo económico-productivo, lo técnico, con una visión general histórico-humanista de la realidad a modificar.

Gramsci identificará diferentes correlaciones de fuerza: las fuerzas a nivel internacional, las relaciones sociales objetivas que operan vinculadas a la estructura según el grado de desarrollo de las fuerzas materiales de producción, las relaciones de fuerza política y de partido vinculadas al Estado de acuerdo con el grado de homogeneidad, autoconciencia y organicidad alcanzado por los diversos grupos sociales, y las político- inmediatas, es decir, las militares ya sean técnicas o políticas.

La reafirmación, en Gramsci, de la universalidad tendencialmente posible en un marco histórico dado consigue vincular la discusión a propósito de los intelectuales con la discusión a propósito de las eticidades en su idea de un intelectual colectivo (el “príncipe moderno”), que supone un nuevo imperativo ético-político que se desplace de lo individual a lo colectivo:

“la ética del intelectual colectivo debe ser concebida como capaz de convertirse en norma de conducta de toda la humanidad por el carácter tendencialmente universal que le confieren las relaciones históricamente determinadas” 95 .

Con el concepto de hegemonía se hace referencia a “la capacidad que tienen determinados grupos sociales para ejercer la dirección intelectual y moral sobre el conjunto de la sociedad” 96 . La hegemonía es un concepto dual:

por una parte hace referencia a la dominación que se ejerce por medio de la fuerza física; por otra, se refiere a un consenso sustentado por la fuerza y legitimado por la ideología. Así pues, la relación del señor y el siervo se construye sobre la lógica del señor, pero necesita de la aceptación por parte del siervo que a su vez necesita del señor. Los intereses del siervo quedan perdidos detrás de los intereses y necesidades del señor.

No obstante la élite actúa como un “un grupo social capaz de hacerle entender a los demás, a la sociedad, que sus intereses particulares son los intereses del colectivo social, esto implica que ese grupo tiene una gran capacidad para ejercer dirección intelectual y moral en el conjunto de la sociedad” 97 . En cada periodo histórico, todas las sociedades han tenido que construir una ciencia, una política, una cultura que exprese lo que ese grupo quiere en función de los intereses y necesidades generales de esa sociedad.

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95 Antonio, Gramsci, Pequeña Antología Política: Libros de Confrontación, Barcelona:

Fontanella, 1977, pp. 101-115. Véase también Antología, México: Siglo XXI, 1985.

96 Varios, Identidades, Modernidad y Escuela, Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2006, p. 40.

97 Idem, p. 42.

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

A la correspondencia entre lo que dicen esas concepciones del mundo y los intereses y necesidades de los grupos dirigentes, Gramsci lo denomina eficacia práctica. Dice que esas concepciones del mundo así construidas son eficaces prácticamente, porque no tendría ningún sentido que un grupo social construyera una concepción del mundo que no diera cuenta de sus principales intereses y necesidades, o que diera cuenta exactamente de intereses contrarios a los suyos.

Hay concepciones del mundo que se imponen sobre otras –dice Gramsci–, porque además de tener una eficacia práctica tienen una eficacia histórica:

esa eficacia es la que les permite constituirse como concepciones genéricas del mundo y ser adoptadas por otros grupos sociales que, por participar de las distintas condiciones materiales de existencia, deberían tener otras concepciones del mundo.

En los últimos años, las élites han reorientado su estrategia hegemónica hacia un discurso neoconservador/neoliberal que busca, fundamentalmente, un modelo democrático restringido que reproduzca las relaciones de dominación existentes y cree nuevas relaciones de subordinación. No obstante, a este nuevo discurso dominante se oponen nuevas formas de lucha, que se conocen como nuevos movimientos sociales, los cuales han descentrado al proletariado como sujeto político revolucionario.

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Laclau & Mouffe: crítica al concepto de hegemonía

La multiplicidad de movimientos sociales que se han desarrollado en los últimos años, se explica por la emergencia de antagonismos construidos

a partir de nuevos discursos de subordinación. El tipo de resistencia que busca la transformación de estas relaciones de subordinación es propio

de una compleja red de sujetos políticos, que existen y construyen identidad

a partir del discurso propio de la democracia liberal, pues es gracias a los principios propios de este proyecto político, tales como la igualdad y la libertad, que se constituyen nuevos sujetos.

Así pues, intentarán transformar aquellas relaciones de subordinación en las que un agente está sometido a las decisiones de otro, y que se diferencian de las relaciones de opresión y dominación en tanto que las primeras son “aquellas relaciones de subordinación que se han transformado en sede de antagonismos […] Las relaciones de subordinación son el conjunto de relaciones de subordinación que son consideradas como ilegítimas desde la perspectiva o el juicio de un agente social exterior a las mismas” 98 .

98 Ernesto Laclau & Chantal Mouffe, “Hegemonía y radicalización de la democracia”, en Hegemonía y Estrategia Socialista, México: F.C.E., 2006, pp. 191-240.

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El discurso democrático es un punto de inflexión en el imaginario político que permite articular las diversas luchas contra la subordinación

y los diferentes tipos de desigualdad: “es para designar esta mutación

que tomando una expresión de Tocqueville, hablaremos de “revolución democrática” 99 . Esta revolución, en esencia, se proponía transformar la visión de la política como simple reproductora de un orden social jerárquico que reproducía el mismo tipo de sujeto subordinado:

“El momento clave en los comienzos de la revolución democrática puede ubicarse en la Revolución Francesa, ya que fue al nivel del imaginario social que surgió entonces algo verdaderamente nuevo con la afirmación del poder absoluto del pueblo. Es allí donde se sitúa la verdadera discontinuidad:

en el establecimiento de una nueva legitimidad, en la invención de la cultura democrática la revolución Francesa es la primera experiencia democrática” 100 .

Hanna Arendt señala: “fue la revolución francesa la que instauró un nuevo modo

de institución de lo social. Esta ruptura con el Ancien Régime, simbolizada por

la Declaración de los Derechos del Hombre, proporcionará las condiciones

discursivas que permiten plantear las diferentes formas de desigualdad como ilegítimas y antinaturales, y de hacerlas, por tanto, equivalerse en tanto formas de opresión” 101 .

El imaginario democrático permite la emergencia de nuevas formas de lucha

y nuevos discursos como los socialistas, que buscan fundamentalmente

transformar las relaciones de subordinación a través de la reivindicación de nuevos derechos que permitan disminuir las desigualdades políticas

y económicas. Por tanto, el imaginario socialista debe ser visto como “un

momento interior a la revolución democrática” 102 .

Sólo bajo contextos específicos, discursos y antagonismos se construye, en sentido estricto, por ejemplo, el movimiento obrero que nace en Gran Bretaña en el siglo XIX. Sin embargo su especificidad se transforma bajo otros contextos, como en Italia y en Alemania después de la Primera Guerra Mundial, bajo un conjunto de circunstancias especificas, “todas las cuales se ligan, o bien a una crisis orgánica que reduce la capacidad hegemónica de las lógicas de la diferencia o bien a transformaciones que ponen en cuestión formas tradicionales de identidad obrera” 103 .

En el contexto del walfare state se da lugar a una amplia gama de demandas sociales que buscaban ampliar las equivalencias igualitarias. Esto produce

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99 Idem, p. 197.

100 Idem.

101 Idem.

102 Idem, p. 199.

103 Idem, p. 200.

La CategoRía de ÉLIte en Los estudIos PoLítICos

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una reorientación de la revolución democrática y, por tanto, la creación de nuevas formas de

“[…] identidad política que han sido englobadas bajo el nombre de ‘nuevos movimientos sociales’ […] El término de nuevos movimientos sociales amalgama una serie de luchas muy diversas. El común denominador de todas ellas sería su diferenciación respecto de las luchas obreras, consideradas como luchas ‘de clase, noción, resultante, a su vez, de amalgamar una serie de luchas muy diferentes que tienen lugar al nivel de las relaciones de producción, y a las que se separa de los ‘nuevos antagonismos’ por razones que dejan traslucir la persistencia de un discurso fundado en el status privilegiado de las clases” 104 .

Estos movimientos sociales son la expresión de la multiplicidad de nuevas relaciones de subordinación y, por tanto, intentan extender la revolución democrática a un número cada vez mayor de relaciones sociales. En este tipo de luchas permanece el imaginario igualitario propio del las reivindicaciones del siglo XIX motivadas por la desigualdad. No obstante, también en estos movimientos podría encontrarse una discontinuidad, pues estos sujetos políticos construyen sus identidad a partir de formas de subordinación recientes, derivadas de la implementación y expansión de las relaciones de producción capitalistas y de la intervención creciente del Estado.

No obstante las nuevas formas de subordinación responden a dos cambios fundamentales: por una parte, a una transformación económica caracterizada por la instauración del postfordismo. Se trata de una nueva fase del capitalismo que permite la expansión de las relaciones de producción a esferas cada vez numerosas y, además, produce una mercantilización de las relaciones sociales, donde más y más productos del trabajo humano se transforman en meras mercancías, consolidando la “sociedad de consumo”, lo cual crea nuevas formas de subordinación.

Por otra parte, en el campo político, el walfare state “interviene en la reproducción de la fuerza de trabajo para subordinarla a las necesidades del capital gracias a la práctica del contrato colectivo y de las convenciones negociadas, que ligan la elevación de los salarios a la productividad” 105 , generándose, así, una politización de las relaciones sociales, lo cual se constituye, a su vez, en la base para nuevos antagonismos.

La genealogía de nuevos sujetos políticos “es inescindible [de] los procesos de mercantilización y burocratización de las relaciones sociales, por un

104 Idem, p. 202.

105 Idem, p. 205.

osCaR Mejía QuIntana / CaRoLIna CastRo

lado; y de reformulación de la ideología liberal democrática –resultante de la expansión de las luchas por la igualdad–, por el otro” 106 . A estas transformaciones se suma la nueva cultura de masas, la cual en apariencia permite al individuo acceder a una amplia variedad de bienes, pero realmente reproduce nuevas necesidades y nuevas desigualdades.

No obstante los nuevos antagonismos expresan las resistencias a la mercantilización, la burocratización y la homogeneización de la vida social. Las resistencias se presentan bajo múltiples formas –cada una de ellas es particular y se orienta a reivindicar su propia autonomía–. Por esta razón se puede afirmar que no se trata de luchas colectivas, sino de luchas particulares que valoran la diferencia y privilegian los criterios culturales.

La radicalización de las luchas más antiguas, como la de las mujeres y la de las minorías de color, hacen parte de la “transformación de las relaciones sociales, características de la nueva formación hegemónica de la posguerra, y de los efectos de desplazamiento a nuevas áreas de la vida social del imaginario igualitario constituido en torno al discurso liberal democrático” 107 . Este fenómeno es entendido desde la perspectiva neoconservadora como un “exceso de democracia” que, guiado por el igualitarismo, ha causado un sobrepeso en los sistemas políticos tradicionales:

“Samuel Huntington, en su informe a la Trilateral de 1975, afirmaba que las luchas de los años sesenta en Estados Unidos por una mayor igualdad y participación habían provocado una ‘erupción democrática’ que había tornado a la sociedad ingobernable’. De ahí concluía que ‘la fuerza del ideal democrático plantea un problema para la gobernabilidad de la democracia” 108 .

Ahora bien, lo que pone en evidencia esta proliferación de antagonismos es un agotamiento del imaginario de sujetos unitarios de las luchas sociales; se renuncia a la idea de un sujeto (el proletariado) y se abre camino al reconocimiento de la especificidad de los antagonismos constituidos a partir de diferentes posiciones de sujeto. Esto hace posible la profundización de una concepción pluralista y democrática.

La producción de nuevos antagonismos sólo se da en ciertas sociedades donde la revolución democrática ha traspasado determinado umbral. Es en este contexto, en el que la noción de democracia radicalizada y plural equivale a decir que:

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