Francia, agosto de 1914

Me encontraba sentado alrededor de la mesa en la que mi familia y yo cenábamos
en silencio. El ambiente estaba tan tenso que sentía que podía agarrarlo con las
manos, tirar de el y expulsarlo fuera de casa. Se oyó un golpe seco y Pierre, mi hijo
mayor, se levantó a abrir la puerta. Un soldado, o eso parecía, según su manera tan
peculiar de vestir, le entregó una carta dirigida para "Dean-Laforêt Pinaud", inclinó la
cabeza, en un gesto educado y se fue. Pierre me acercó la carta y la abrí con dedos
temblorosos, esperando lo peor. Desdoblé la carta, la leí y miré a mi familia, que me
miraba con gesto grave. Solté un largo suspiro y asentí muy despacio la cabeza, mi
mujer dejó escapar un sollozo y ocultó el rostro entre sus manos frías y temblorosas,
mis hijos, a su vez, se levantaron y se dirigieron a sus respectivas habitaciones,
destrozados.
Había sido reclutado para asistir a la guerra contra Alemania.
Septiembre de 1914
Tardamos en llegar al campamento militar francés, menos de lo que imaginaba.
Nada más llegar nos bajaron literalmente a patadas del coche patrulla con el que
nos habíamos desplazado. Un hombre bastante alto y corpulento se acercó con
grandes zancadas hasta mi grupo y anunció con voz grave:
-Mi nombre es Joffer y en lo que dure esta guerra ayudaréis a nuestro país a luchar
por lo que le pertenece. Seré vuestro general y os alistaréis entre las filas de nuestro
ejército dentro de 3 días.
Y sin nada más que añadir, alzó el brazo y nosotros respondimos al instante con el
mismo gesto. No fui consciente de haber levantado el brazo, aún estaba procesando
lo que acaba de comunicarnos nuestro nuevo general. ¿Había oído bien?¿Tres días
para instalarnos e integrarnos?
Era imposible, o al menos eso creía yo.
Otro soldado nos llevó a nuestras tiendas de campaña. Entré en la mía y quise salir
de allí inmediatamente. Un olor nauseabundo me golpeó en la cara con fuerza.
Intenté identificar de dónde procedía aquel pestilente olor y lo descubrí con horror.
Un hombre estaba tumbado en una camilla improvisada con mantas y mochilas,

tenía una profunda herida en el muslo, pero lo peor era lo que se encontraba
alrededor de la herida. Toda la piel que bordeaba la herida estaba podrida y tenía un
espantoso color entre morado, rojo y verde y para rematar, el agujero de la herida
estaba hinchado y lleno de pus. Esa imagen sumada al horrible olor que desprendía
su pierna me hicieron salir de allí corriendo, a tiempo para devolver el escaso
desayuno que había tenido el lujo de tomar. Me enderecé y decidí dar un paseo
para tomar un poco el fresco, pero cuando llevaba tan solo un par de pasos, me
arrepentí. El ánimo de los soldados era pésimo, tenían el rostro desfigurado por el
cansancio, el hambre y el horror de la guerra, entonces me imaginé a mi en ese
estado y un frío escalofrío recorrió mi espalda. No quería terminar como aquellos
desgraciados hombres que habían perdido la esperanza tan rápido, por lo que me
juré a mi mismo que pasase lo que pasase no desfallecería de aquella forma tan
desesperante y me recordé que siempre tendría a mi familia esperándome
impacientes en casa. El caso es que acababa de llegar y creía que ya había visto
suficiente horror, aún me esperaba la noche.
Me desperté con un único pensamiento: "calor, calor, calor". Los pies se me habían
entumecido y las manos a penas las sentía. Echaba de menos el calor de mi cama y
la presencia de mi mujer recostada en ella, me imaginé que estaba durmiendo con
ella, resguardado del frío por las gruesas mantas y con ese pensamiento volví a
quedarme dormido.

Tres días después
Como bien había dicho nuestro comandante, nos alistaron entre las filas del ejército
dirigidas a París para hacer frente a un ataque de Alemania en tan solo tres días. En
esos tres días había aprendido a disparar con buena puntería un arma, realizar
rápidos movimientos de defensa y memorizar zonas estratégicas de defensa. A
pesar de mis nuevos, y escasos conocimientos sabía que no estaba preparado para
entrar en guerra, aunque hubiese estado preparándome con diez años de
antelación.

Nos acercábamos a París en taxis. Había unos 600 taxis que ayudaron a llevarnos
hacia la capital para no agotarnos en el trayecto a pie. Cuando llegamos, el general
Joffer nos reunió y dividió en numerosos grupos. Mi grupo salió corriendo y
haciendo el menor ruido posible por el lado este y allí nos encontramos con los
alemanes. Hombres altos, rubios y preparados para matar. El arma que llevaba
entre las manos se me escurrió por el sudor que tenía en las palmas de las manos,
la recogí antes de que nadie se fijara en lo asustado que estaba. Y en menos de un
segundo me encontraba en medio de una sangrienta batalla. Oía disparos dentro de
mi cabeza, veía a mis compañeros caer, heridos, o eso era lo que quería pensar. Me
quedé paralizado cuando vi como un alemán mataba brutalmente a uno de los
soldados franceses, pensando que ese podía haber sido yo, el terror me cruzó la
cara y por primera vez en mi vida olí el hedor insoportable de la muerte.
7 días después
No recuerdo cuanto tiempo estuve disparando, corriendo, ayudando, arrastrándome,
saltando, ocultándome...hasta que al fin la batalla finalizó. Tampoco recuerdo
exactamente cómo acabó, simplemente pasé de ver cuerpos desperdigados por
todas partes, de sentir que desfallecía, de defender a mis compañeros a estar
tumbado en una especie de sala, con un hombro vendado y rodeado de hombres
igual o en peor estado que el mío. Un terrible dolor de cabeza me estalló de repente,
y cómo no había ningún enfermero a la vista, decidí dormir un rato, pero al cerrar los
ojos me vinieron de golpe espantosas imágenes de la batalla. Me veía a mi mismo
atravesar cuerpos con mis balas, acuchillar a diestro y siniestro, matar a hombres
sin piedad. Abrí los ojos, aterrorizado de lo que había hecho, en lo que me había
convertido y volví a sentir aquel terrible olor, pero esta vez emanaba de mí.
Meses después
Había pasado mucho tiempo desde que maté a mi primer hombre, pero aún así las
imágenes me asaltaban por las noches, por lo que intentaba dormir lo mínimo
haciendo cualquier tipo de actividad. Tomar aquella decisión me costó muchas horas
de sueño y cada día me sentía más pesado, más lento, más cansado.

Esa mañana Joffer nos reunió para anunciarnos nuestra próxima ofensiva.
Saldríamos dentro de dos días. Sin duda nunca me imaginé lo que nos esperaba.
Semanas después
Llovía. Tenía las piernas entumecidas por el frío. El agua me llegaba hasta las
rodillas y seguía lloviendo. Salí como pude de aquella trampa mortal de barro y agua
llamada trinchera y me escondí tras unos sacos de tierra, rodeado de alambres de
espino. El cuerpo me picaba por todas partes, los piojos y las ratas ya formaban
parte de nosotros. No dormía desde hacía días, a decir verdad había perdido la
noción del tiempo, podían haber pasado horas y para mi habían pasado años. Oía
caer las bombas de lejos y veía caer a muchos de mis compañeros, pero era como
si yo ya no estuviera allí, de repente lo veía todo a cámara lenta y empecé a ver
borroso. Creo que caí hacía delante y alguien, me parece que llevaba una especie
de máscara en la cara que le tapaba la nariz y los ojos, me sujetó por los brazos y
me arrastró lejos de allí. Todo daba vueltas a mi alrededor y los ojos me ardían,
quise arrancármelos. No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que al fin volvía a ver
sin sentir que los ojos se me derretían.
Aquella noche tenía que hacer vigilancia junto a otros muchos compañeros. Tras la
lluvia todo estaba húmedo y frío, por lo que no podíamos ni encender un fuego. El
frío era atenazador. Sentía cuchillas en los pies y en las manos. El lodo que tenía
por el cuerpo, pronto se congeló. De nada servían las mantas, todas estaban
mojadas y llenas de barro. En cuestión de minutos dejé de sentir las piernas y me
entró el pánico. Recordaba que algunos de los hombres que se habían quedado a
hacer vigilancia adquirieron el pie de trinchera, azules y sin vida, debido al frío y a la
humedad. Con mucho esfuerzo me levanté y di cortos y torpes pasos, poco a poco
la sangre volvió a circular por mis piernas y decidí quedarme de pie en lo que
quedaba de noche.
Años después
Pasó el tiempo, no sé con exactitud cuánto. El ánimo de los soldados iba en
decadencia, incluso el mío propio. Aún recordaba con tristeza la cara de mis hijos y
la de mi mujer y eso hacía que tuviera aún menos ganas de seguir en aquella
ridícula guerra. Ya no sabíamos ni por qué luchábamos, tampoco nos importaba, lo
único que deseábamos era acabar con ella lo antes posible y poder volver a casa.

Cada día morían más y más soldados, incluso yo estuve en varias ocasiones cara a
cara con la muerte. Todos teníamos miedo a morir, pero no el típico miedo que se le
tiene a la muerte, si no un miedo mucho mayor, indescriptible. Por desgracia todos y
cada uno de nosotros llevaba el hedor de la muerte encima y en cualquier momento
podíamos caer en ella. La vida en las trincheras se convirtió en nuestra peor
pesadilla, había soldados vivos y muertos desperdigados por todas partes, la única
diferencia que existía entre ellos era que los vivos respiraban, con dificultad, pero lo
hacían. Se les veía agotados, miserables, deprimidos, incluso con ganas de
convertirse en uno de los muchos cuerpos tirados por todas partes. Muchos de ellos
terminaron mentalmente destrozados, y yo me considero uno de ellos.

1918 fin de la guerra
Me quedo un rato observando la puerta grande y vieja de madera. Acerco el puño
despacio y la golpeo. Se me hace un nudo en la garganta cuando oigo unos
pesados pasos acercándose. Abre un hombre muy parecido a lo que yo había sido
hacía mucho tiempo atrás, antes de que los años y sobretodo la guerra me
cambiaran. Se queda un rato observándome, y tengo miedo de que no me
reconozca.
-Pierre...-susurro con esfuerzo, ¿cómo desenredo el nudo que tengo en la
garganta?
Entonces descubro la emoción en sus ojos y de repente me encuentro en brazos de
cuatro personas que lloran lágrimas de amarga felicidad y yo también lloro. Lloro
todo lo que no había llorado en todos estos años, lloro liberando todo el temor y el
pánico que me habían acompañado en todo momento, lloro porque no lograba
recordar el rostro de mis hijos y al fin los tengo y no pienso volver a dejarlos. Y lloro
por todos los hombres que murieron en batalla y que ahora no pueden llorar como lo
estoy haciendo yo.

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