UN DÍA

CUALQUIERA
TETUÁN.
II CERTAMEN DE RELATO HISTÓRICO

IES ANTONIO HELLÍN COSTA

Los primeros rayos del alba se colaban caprichosamente por mi ventana.
Amanecía una bonita y fresca mañana de febrero de 1893 en el Barrio de la
Ermita de Mazarrón. Tras un largo rato de merodeo en mi cama, me levanté
vagamente. Bajé a nuestra pequeña cocina donde me esperaba mi madre,
que ya tenía en desayuno de los dos listo. Mi padre ya marchó hace rato
hacia la mina. Hoy era un día especial para todos porque mi padre nació tal
día como hoy, un 16 de febrero de 1852. A pesar de ser su cumpleaños mi
padre tenía que ir a la mina a ganar el jornal para poder mantener a nuestra
familia. En aquellos días se vivía al día y en una situación bastante precaria.
Tras el sencillo desayuno de una taza de leche mezclada con agua y un
poco de pan tostado en aquella humilde chimenea que aún recuerdo me
dispuse a prepararme para ir a la escuela municipal. Cuando ya lo tenía todo
preparado me despedí de mi querida madre, que con tanto afecto y amor me
deseó una buena mañana no sin antes recordarme que no me retrasara en
mi llegada pues tenía que llevar a mi padre la comida a la mina. Salí de casa
y emprendí la marcha hacia la escuela. Para ir debía de cruzar la vía del tren
por el paso que había al final de la calle Ancha. Estuve esperando unos
minutos a que un convoy cargado de plomo y alumbre que se dirigía hacia la
Fundición Santa Elisa del Puerto pasase por aquel tramo de la vía. Tras
cruzar, seguí mi camino muy pendiente de aquel reloj de mi abuelo que
siempre llevaba conmigo porque me había retrasado bastante con aquella
espera en el paso. Eran las 7:25 de la mañana, apenas quedaban 5 minutos
para que comenzase la clase y aún me quedaba recorrer la mitad del
camino. Afortunadamente llegué a tiempo a la escuela.
Nuestro profesor se llamaba D. Ceferino Gómez Albadalejo y, tras tocar la
campana, empezó la clase. Tocaba Ortografía, Cálculo e Historia de España.
Esa mañana mi persona se encontraba algo ausente en clase. No paraba de
pensar en mi padre. Mi padre, Adolfo García Salinas, era un hombre honrado
y conocido entre los Mazarroneros. Trabajaba en el pozo María Elena, dentro
de la Concesión Minera Talia. Esta concesión se encontraba en lo alto del
Cabezo de Los Perules; así que el camino que debía recorrer todos los días
para ir a trabajar era muy largo y dificultoso: tras subir por la calle de los
Lardines debía atravesar todo el Cabezo minero de San Cristóbal, y después

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ascender por aquel estrepitoso camino que conducía a lo alto de los Perules.
Don Ceferino parecía algo cansado aquel 16 de febrero de 1893. Fue
bastante breve y no mandó muchos deberes para el día siguiente. A las
12:30 terminó nuestra jornada escolar.
Obediente a la orden de mi madre no me distraje por el camino con nada ni
con nadie. Llegué a casa lo más rápido que pude. Tras saludar y abrazar a
mi madre bebí un poco de agua y cogí aquella cesta de mimbre que
custodiaba la comida de mi padre. Normalmente esta comida estaba
formada por un menú no muy suculento: apenas una botella de cristal con
agua, una pequeña barra de pan, un tomate y una pieza de fruta. En
aquellos tiempos como mi abuela decía “a más no daba la burra”. Pero como
era un día especial mi madre había hecho el esfuerzo de conseguir para
papá unas lonchas de jamón serrano y longaniza. Además preparó un rico
pastel de manzana que iba perfumando el camino. El trayecto era largo pero
yo me entretenía contando las vagonetas cargadas de mineral que salían de
cada pozo. Lo que más me gustaba del día era cuando al llevarle la comida a
mi padre tenía que cruzar el Lavadero del Roble. Allí caprichosas formas
surgían en la precipitación de los metales residuales que se separaban de
aquel oro oscuro llamado plomo. Muchas veces el encargado del lavadero,
que conocía a mi familia, me regalaba pequeñas y curiosas figuritas de
metales de colores que se engendraban en aquel hábil proceso de
separación y limpieza. Una vez que llegué al pozo María Elena, me extrañé
bastante. Mi padre no estaba en el edificio contiguo donde todos los días me
esperaba. Un señor bien vestido al que no había visto en mi vida me dijo que
dejase la cesta de mimbre en su armario, que andaban con mucho trabajo
allí abajo e iban a tardar en subir a comer. Yo obediente accedí, y tras
depositar la comida de mi padre en el lugar indicado seguí el camino de
vuelta a casa.
Nada más llegar ayudé a mi madre a terminar de hacer la comida y a poner
la mesa. Hoy tocaba caldo hecho con los restos del pollo del domingo.
Cuando mi madre y yo acabamos de comer, recogimos la cocina. Después,
mi madre se sentó en el sillón del comedor y se dispuso a terminar con bolillo

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una hermosa mantilla de color negro para la Semana Sata próxima. Como
venía siendo habitual después de la comida yo realizaba algunas tareas
domésticas, además de realizar las actividades que D. Ceferino nos hubiese
mandado. Esa tarde recuerdo que regué las bellas hortensias que crecían en
nuestra humilde terraza y que luego barrí con aquella escoba de esparto, tan
parecida a las de las brujas de las historias de papá, el pasillo y las
habitaciones.
Entrada la tarde, sobre las 17:00, pedí permiso a mi madre para poder salir
de casa y jugar un rato en la plaza. Como me había portado bien y
colaborado en casa madre me concedió el permiso siempre y cuando llegase
puntual para la cena. Me dirigí a la Plaza Mayor, donde normalmente nos
juntábamos todos los niños de la Villa. En la Plaza llevaban ya unos años
construyendo un grandioso edificio. Mucha gente lo admiraba, pero había
personas que lo criticaban. Había oído hablar a mayores que discutían entre
ellos sobre una parte del edificio: el templete del carrillón. Al parecer al
pueblo de Mazarrón no le gustaba que tal singular estructura coronase su
querido edificio que se convertiría en las Casas Consistoriales. La verdad es
que quedaba raro, y los niños pensábamos que era algún tipo de torre vigía.
Aquella soleada tarde éramos bastantes, con lo cual decidimos jugar a la
pelota. Estuvimos un buen rato jugando, pero minutos más tarde de que el
campanario de la iglesia de San Antonio de Padua diese las seis de la tarde,
sonó

aquel

terrible

sonido

que

tantas

terroríficas

historias

había

protagonizado. El mundo se paralizó. Fue como si todo se congelase en un
suspiro. Una sensación de miedo y agonía recorrió todo cuerpo humano. Los
milisegundos tardaban en pasar. Incluso aquel viejo que tantas veces se
dormía en el banco de la Plaza y al que era imposible de despertar, se puso
en pie y abrió los ojos tanto como búho cazando en la noche. La sirena de
emergencia de la mina que tantos llantos, gritos y dolor había producido a
innumerables familias estaba en aquel momento alzando al viento su
quejido. La incertidumbre se apoderó de aquella tarde del 16 de febrero.
Estaba claro, una nueva tragedia había sucedido. Todos nos fuimos
corriendo a nuestras casas tan rápido como el relámpago ilumina la noche.

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Al llegar a mi casa vi que no había nadie. Fruto de mi miedo forcejeé la
ventana hasta conseguir abrirla. Dentro no había nadie. Mi madre no estaba.
Un jarrón de cristal con flores hecho añicos presidía el pasillo. En ese
momento supe que algo malo había pasado. Salí de casa y corrí hacia la
mina. Recuerdo que ni siquiera presté atención al cruzar la vía y por poco
una locomotora me arroya. Menos mal que como decía mi madre “todos
tenemos un ángel de la guarda”. Subí a la carrera la empinada calle de Los
Lardines que daba acceso a los cotos mineros de Los Perules y San
Cristóbal. Al llegar cientos de personas se agolpaban en el acceso. La sirena
no cesaba de sonar. Los médicos del hospital La Purísima corrían cargados
de maletines y camillas por la cuesta que ascendía a lo alto de Los Perules.
Entre la muchedumbre no logré localizar a mi madre. Varios trabajadores no
permitían el acceso y sentía mis peores pensamientos tan reales que una
fuerza interior me hizo colarme por debajo de una valla. Empecé a correr
hacia el pozo donde trabajaba mi padre, para tranquilizar a mi conciencia de
que la sirena no se refería al Pozo Santa Elena. Sabía que en Mazarrón
había más de 500 pozos de extracción de mineral en aquella época; con lo
cual las probabilidades eran muy pequeñas, pero era la 3 vez en menos de 2
meses que esa ominosa sirena sonaba. Con forme me acercaba a la
concesión mis esperanzas se hundían a la vez que mi alma. Gran cantidad
de mineros se agolpaban a los pies del pozo María Elena. Había heridos y
fallecidos por todos lados. La imagen era desoladora. Me dispuse a buscar a
mi padre, pero no sabía si lo buscaba entre los vivos o los muertos. Durante
mi angustiosa búsqueda me encontré con aquel hombre bien vestido que al
mediodía me había indicado donde dejar la comida a mi padre. Resultaba
que era el gerente de la concesión, y con una voz ronca tras tragar varias
veces saliva me dijo que mi padre se había quedado atrapado. En ese
instante pensé que había posibilidades si había sido un derrumbamiento.
Hacía unos meses hubo un derrumbamiento en la mina Santa Ana y tras
varios días atrapados todos los mineros salieron ilesos. Pero mi ilusión se
desvanecía tan rápido como sube la marea. Los escasos supervivientes que
había en la superficie se estaban ahogando. Eso significaba que no había
sido un derrumbe. La causa de la tragedia había sido una bolsa de gas
ácido. Los antiguos mineros que nos contaban historias en el portal de la

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iglesia en las calurosas noches de agosto lo llamaban el soplo de la muerte,
y Don Ceferino lo nombraba como anhídrido carbónico. Mi hipótesis se vio
corroborada cuando varios supervivientes se estaban ahogando literalmente
en las camillas a pesar del esfuerzo de los médicos. Al ver esto no dudé en ir
a casa corriendo. Por el camino iba sembrando las gotas que caían de las
lágrimas que recorrían mi rostro. Al llegar encontré a mi madre tirada en el
sillón, aferrada a una foto de su boda con padre. Entre llantos me explicó lo
sucedido, pero poco yo ya no sabía. Durante aquellos angustiosos
momentos recuerdo que mi madre me abrazaba tan fuerte que a veces me
costaba respirar; pero yo no decía nada.
Nunca encontraron el cuerpo de mi padre, era otra vida que la tierra minera
de Mazarrón se había tragado junto con otros 15 varones. La galería donde
se produjo el accidente nunca más se volvió a explotar. El pozo María Elena
nunca más sería aquel agujero de prosperidad que a tantas familias dio de
comer. Cuando te acercas a él una sensación extraña recorre tu cuerpo.
Quizás sea el recuerdo trágico de aquel 16 de febrero de 1893, un día que
es y será recordado como uno de los innumerables días en los que esa
sirena sonó, anunciando que la mina se había llevado su parte
correspondiente.

Tetuán.

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