UNA VERDAD

DIFERENTE.

Sunrise

Día 4.
Dicen que uno debe amar a su patria, y tal vez desde mis raíces ésta no es a la
que debería rendir homenaje, pero mi amor hacia ella es superior al del límite,
roza la locura, es un sentimiento que alcanza mi alma pura. Podría preguntaros
qué hacéis leyendo este cuaderno lleno de secretos. No me hago responsable
de las balas que pueden llegar a tu pecho si alguien te pilla con esto. He
conseguido robarle a la cocinera esta libreta que estaba llena de recetas. Ahora
mismo descansan en la garganta de mi compañero de celda, lo siento, no me
caía bien. Le pregunté por su apellido. Era un sucio judío. Estoy pensando en
escribir un libro, quiero plasmar mis ideales antes de que se me olviden. Sufro
pérdidas de memoria. Por eso tengo la necesidad de escribir mi estancia en
este lugar. Nunca he sido un poeta ni mucho menos, mi amada ya recibió todo
mi amor en aquellas cartas. Me quedaba algo para pintar. Creo que eso no lo
hago del todo mal. De mi infancia solo voy a relataros que un día me vi
envuelto en barro. Una moneda sobresalía del barrizal en el que me
encontraba y una mujer pelirroja me cogió entre sus brazos. En ese período de
tiempo hay una laguna enorme. Bueno, recuerdo a un hombre al que solía
llamar padre. Esos cardenales no se olvidan. Unos sentían lástima cuando me
veían la cara marcada, o en verano cuando la herida se encontraba en mitad
de la espalda. Hubo un día que dejé de sentir algo. No me llaméis insensible
pero aquello me hizo más fuerte. Un poco más loco, pero soy más puro que
todos vosotros. El amor que tengo hacia Alemania lo demuestra. Lo último y ya
prosigo con mis días aquí, antes de mi amor hacia mi país, amé a una mujer, y
sí, era judía, pero ese tropezón que sufrí me permitió abrir los ojos. Son una
panda de traidores, son como el cuchillo envenenado con el que partes el pan
que después le ofrecerás a tu peor enemigo, más un acompañamiento de una
sonrisa de oreja a oreja. Yo estaba dispuesto a abandonarlo todo, ese todo que
para ella y para cualquiera era poco, y prefirió abandonarme a mi suerte, con
las manos vacías y unas nubes llenas de agua a punto de descargar. Cuando
fui en su busca, ella y su familia estaban compartiendo su felicidad y
celebrando un nuevo enlace. Creo que él no era judío, poco me importó, me
había robado a mi ser amado. Estoy condenado por varios delitos, los aclararé

en otro momento, solo espero salir antes de esos cinco años que me han caído
encima. No sé qué pasará cuando encuentren a Amok, el judío que tengo al
lado. ¿Cuánto tiempo tardará en echar peste a podrido? Tal vez si digo que
está enfermo… no, si digo eso vendrá el doctor y descubrirá que ya ni respira.
Es mejor buscar otra excusa.

Día 25
Un día en la guerra me dijeron que solo hay una forma de sobrevivir en la
cárcel, pasar desapercibido. No tenía que haber matado al judío. En el día 6 de
mi encarcelamiento, descubrieron el cuerpo. Estuve 15 días en la celda de
castigo. No fue tan horrible como algunos de mis compañeros contaron. Eran
unos habitáculos con demasiadas faltas de higiene, pero ¿qué espera uno en
una cárcel que se encuentra en un país destrozado? Y cuando salí las cosas
no mejoraron. Al día siguiente de salir, en la hora de comer, un recluso ruso, al
que llaman “Luchador”, ya que eso es lo que significa Borya en su idioma,
decidió sentarse conmigo, y mientras el guardia miraba sus zapatos negros
recién pulidos, noté como cerca del final de la columna vertebral, una hoja
afilada se clavaba en el mismo instante en la que su propietario la deslizaba
hacia afuera. No puedo permitirme describir esa situación de dolor a la que mi
cuerpo fue expuesto. No quiero adelantarle oportunidades al enemigo. Mis
conocimientos aprendidos en la guerra no me sirvieron de mucho, no tenía
nada con lo que taponar la herida. Pero una cosa si me sirvió, la resistencia
adquirida tras largos años de palizas, malas épocas y años de guerra. Desde
ese día, empecé a poner en práctica una cosa: dormir con un ojo abierto para
que nadie te pille desprevenido. Cuando volví a ver a mi nuevo enemigo, pasé
pavoneándome como un animal en celo o mejor, como un perro riéndose de un
gato, demostrándole al felino que sus uñas no son lo suficientemente afiladas y
que solo han conseguido un objetivo: estar alerta. No soy un hombre
invencible, las malas condiciones hicieron de las suyas y la herida acabó
infectándose. La mañana del 24 fui arrastrándome como un cobarde hacia la
enfermería. Lo primero que te preguntan es: ¿cómo te has hecho esto? Dije
que fue con un hierro oxidado del patio. La cara de la enfermera parecía no
terminar de tragarse mi relato. Pero por cosas del destino o porque a aquella

enfermera no le importaba un rábano mi malestar, no dijo nada más. Me fui,
descargando contra un corcho de una botella (que había encontrado y que en
un descuido de esa mujer, había recogido) toda la fuerza que me quedaba en
la mano derecha. Dibujé una letra, bueno no, era la letra. Esa que encontré en
la firma de mis últimos pintores favoritos. Era una X. La giré hacia un lado y
estiré sus extremos pero de una forma que no hiciese la X más grande, sino
que tuviese otros puntos diferentes. No sé qué tenía aquello. Pero demostraba
la belleza de una simple letra con una pequeña modificación. Era como juntar
el abecedario con el dibujo, era como formar trazos nuevos, raros, algo que
merece tener un significado solo, aislado, profundo. Único. Algo a lo que tener
admiración, respeto. Miedo.

Día 86
He acabado tres veces más en la celda de castigo. Pero no me arrepiento de
participar en las peleas organizadas en el patio. Uno me dijo que tenía aguante.
No sé si aquello era cierto. Pero la sangre salía a borbotones por mi nariz. Oí
crujir la mandíbula dos veces. A veces cuando mastico duele, no sé si es
porque en alguna pelea ha acabado rompiéndose diciendo basta y tirando la
toalla antes de tiempo o porque la comida que nos sirven aquí es demasiado
dura y se niega a masticarla. Ayer pude mirarme en un espejo, ¿ese era mi
reflejo? No me considero una persona atractiva, al contrario, creo que mi
belleza se alió con la apariencia del diablo y algunos niños se quedan quietos y
callados cuando fijo mis ojos en sus pequeñas piernas. Pocos de los que
estamos aquí tienen una belleza diferente a la que yo desprendo, algunos a
mis espaldas cuchichean, dicen que maté a mis padres y que por eso soy tan
sádico. Otros comentarios que he escuchado son que soy un espía y que había
querido matar a varios políticos importantes. Ah sí, tengo un nuevo compañero,
y este no es judío.

Día 107

Echo de menos a madre. Todavía recuerdo su última expresión. Fue como
cuando recreas una situación desagradable y sientes que la pesadilla es real,
es tan real que en ella recibes múltiples heridas, y hasta tu subconsciente o lo
que quiera que domine tus emociones es capaz de representar el dolor de cada
una de ellas. Y la siguiente es peor que la anterior. Pero resistes el sueño, ese
sueño tan real. Pues su rostro en cada momento del cáncer reflejaba aquello.
Una tras otra. Era como que su pesadilla “real” se repetía, pero aquello
verdaderamente sí lo sentía en cada pedazo de su débil y compungido cuerpo.
A veces pensé en asfixiarla. No me llaméis cruel. Era mi madre, claro que le
tenía aprecio y cariño, y por aquello mismo era capaz de hacerlo. Pero no era
capaz de arrebatarle su muerte digna. Intentando luchar contra aquel mal. Me
alivió ver su rostro por última vez. Fue como la cara que tienes cuando ves que
la pesadilla solo es eso, un mal sueño, otro más. Estás ya tranquilo. Ella estaba
en paz.

Día 134
El día que salga de aquí, ese día, pienso disfrutar de mi libertad todos los
segundos que mis ojos me lo permitan. Y no lo digo porque haya pasado por
una ceguera, lo digo porque como todos, necesito dormir.

Día 178
Cuando llegué aquí me prometí a mí mismo una cosa: no caer en la monotonía
del día a día. Y vaya por Dios que si lo he hecho. Lamentablemente aquí no
hay mucho que hacer. Nos mantienen encerrados como animales, cuando
muchos de nosotros solo tenemos en mente la solución que salvaría a
Alemania, una guerra. Somos los proscritos revolucionarios, somos como un
contagio, como una fiebre en verano, como la peor peste que consigue llegar a
todos los rincones de un palacio, de un lugar fortificado, incluso nos colamos en
cada dobladillo que tiene la sábana de la sucia cama real de cada país.
Buscamos una raza que pisotee a todas las demás, que consiga tener el poder
en cada dedo de su mano derecha e incluso que ocupe parte de la mano

izquierda. Pero hasta los puros necesitan un líder, ¿podría mi persona
conseguir tanto clamor por mi brillante idea? Vamos a dejarle esa decisión al
pueblo alemán. Como buen virus, tenemos una cosa que no tienen los demás,
poder de la oratoria, podemos lavar el cerebro de una persona, moverlo como
una marioneta, ascender sin cometer errores. Yo robaré mentes, pero a mí me
robaron el corazón.

Día 200
He vuelto a oír comentarios, en algunas de las cartas y las visitas que he
recibido me han asegurado que tal vez solo me quedan dos meses aquí, que
podré publicar mi libro y que podré seguir en el partido, siendo un nuevo líder,
porque estar aquí me ha hecho ver cómo está Alemania desde aquí dentro, que
la experiencia de estar en la cárcel hay que vivirla para cargar con ella. No soy
mejor persona por estar aquí, tampoco lo era antes. Sigo un poco más vacío.
Todo por culpa de ella.

Adolf Hitler no visitó ningún campo de exterminio, pero si pidió verla morir y
sufrir, después de eso, no quiso ver a ningún judío más pedir auxilio mientras
agonizaba entre jadeos y la vida se le escapaba desde la punta de sus dedos.

Fin.

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