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ANTONIO PRIANTE

MUNDO
DEMONIO
Y
FAUSTO

TRAGICOMEDIA FANTÁSTICA

EN

TRES ACTOS

Y

NUEVE JORNADAS

ENTREGA 7
JORNADA CUARTA

CAMINO DE BARCELONA

Siguiendo las huellas de don Quijote, los viajeros son tenidos por
bandoleros. Aclarada la confusión, departen con Antonio Moreno. Ya cerca
de la ciudad, encuentran al que creen su famoso caballero... que resulta ser
otro, no menos famoso, el cual les recomienda vivamente que conozcan
Barcelona.
…correspondencia grata de firmes
amistades, y en sitio y en belleza única.

Cervantes

Tarde soleada de junio. Clavileño, con sus tres jinetes, aterriza en un paraje
mediterráneo. Pinos y matorrales. Cerca, un amplio camino que ahora nadie
transita. Al fondo, una montaña de extrañas y arracimadas formas rocosas.
Descabalgan los tres. Bernardo va dando tumbos hasta caer tendido en tierra.
Fausto se sienta sobre una piedra y permanece en posición meditativa. Mefisto, de
pie, observa con atención la montaña.

BERNARDO.- ¡Qué mareo! ¿Dónde estoy? ¿Lo he soñado o es realidad? Tengo la
impresión de que han pasado mil años.
MEFISTO.- No exageres. Apenas dos meses.
FAUSTO.- ¿Por dónde anda el caballero?
MEFISTO.- ¿Quién?
FAUSTO.- El caballero. Vinimos aquí en busca de don Quijote. ¿O lo has olvidado?
MEFISTO.- El caballero, claro, don Quijote. No te preocupes, lo encontraremos.
Ése es el camino de Barcelona. No podemos fallar.
BERNARDO.- ¡Dos meses! ¿Para eso necesitábamos a Clavileño? Caminando a la
pata coja hubiese llegado antes.
MEFISTO.- ¿Y las experiencias? ¿Y las emociones del viaje? Eso, ¿no cuenta?
BERNARDO.- No sé de qué me hablas. No recuerdo nada.
MEFISTO.- ¡Oh juventud desagradecida! ¡Oh ingratitud humana! ¿Por qué siempre
te disfrazas de olvido?
FAUSTO.- No, Mefisto, no. No le va tanta retórica a un asunto tan bajo.
MEFISTO.- Sublime don el tuyo, Fausto, de saber discernir lo alto de lo bajo. Pero
no te servirá por muchos siglos. Porque llegará un día en que todo valdrá lo mismo.
BERNARDO.- ¡Mirad! Viene gente por el camino.
FAUSTO.- Es un carruaje escoltado por cinco...seis jinetes armados.
BERNARDO.- Sí, han dejado el camino y vienen hacia aquí... a galope
tendido...desenvainan las espadas. ¡Válgame Dios!
MEFISTO.- Tranquilo. Por el lujo del carruaje deduzco que se trata de gente de
orden. Y además, nunca sucede lo que no ha de suceder.

Los jinetes, con las espadas en alto, rodean a los tres viajeros. El que los manda,
Raimon, se dirige a ellos.

RAIMON.- ¿Quiénes sois? ¿Nos espiabais? ¿Dónde está la partida? ¿Cuál es
vuestro bando?
FAUSTO.- (a Mefisto) ¿De qué habla?
BERNARDO.- Parece que nos han tomado por bandoleros. Los hay muchos en
Cataluña.
RAIMON.- Hablad de una vez. ¿Nyerros o Cadells?
MEFISTO.- Nada de eso, señor. Somos pacíficos viajeros.
RAIMON.- ¿De dónde venís? ¿Adónde vais?
FAUSTO.- Ah... si lo supiese, no andaría dando tumbos por el mundo.
RAIMON.- ¿Qué dice ése?
MEFISTO.- Perdonadle, señor. Es un viejo filósofo, totalmente inofensivo, que va
buscando respuestas donde sólo hay preguntas.
RAIMON.- Tampoco a ti se te entiende mucho. A ver, alto y claro: ¿qué hacéis aquí?
BERNARDO.- Señor, vamos en busca de don Quijote.
RAIMON.- ¡Don Quijote!
BERNARDO.- Ese loco poeta que se cree caballero andante, ¿lo conocéis?
RAIMON.- Hombre, si lo conozco...(envaina la espada y hace señal a sus hombres
para que hagan lo mismo). Ha sido huésped de mi señor durante días. Y qué tenéis
que ver con él, si se puede saber.
FAUSTO.- Necesito conocerle. La fama que le acompaña ha despertado en mí una
curiosidad incontenible
MEFISTO.- Mi amigo es muy curioso.
RAIMON.- Mi señor también lo es. Estoy seguro de que le encantará conoceros.
Acompañadme.

Noche. Una posada en el camino. En torno a una tosca mesa, bien servida de
comida y bebida, Fausto, Mefisto, Bernardo, Antonio Moreno, Raimon y el resto de
la escolta.

MORENO.- Un loco, simplemente un loco, eso es lo que es.
FAUSTO.- Eso no es decir mucho. Todos lo somos de alguna manera.
MORENO.- Bueno, he de reconocer que su locura sólo se manifiesta en lo que atañe
a la antigua caballería y en creerse él mismo caballero andante. En lo demás es de
una discreción y una sabiduría asombrosas.
MEFISTO. Y es que nadie es perfecto, don Antonio. Unos se creen caballeros
andantes y otros (mirando de reojo a Fausto) se creen que han de dar con los
secretos del universo
MORENO.- Esa sí que sería gran locura. Los secretos del universo pertenecen a
Dios Nuestro Señor.
BERNARDO.- Y además, anda por medio la Santa Inquisición.
MORENO.- Además.
FAUSTO.- Permitidme que os diga que, si llamáis “gran locura” a mi afán de saber
y de siempre avanzar, para vuestra actitud acomodaticia y pacata no tengo otro
nombre que el de “cobardía”.

Los hombres de la escolta echan la mano al puño de la espada.

MEFISTO.- (a Fausto) Ve con cuidado. La gente de este país y de este tiempo es
muy sensible a ciertas palabras.
MORENO.- (pidiendo calma a sus hombres con un gesto) Usáis las palabras de un
modo extraño. Sin duda no sois de este país.
FAUSTO.- No, vengo de Alemania.
MORENO.- Ahora lo entiendo. He oído decir que en vuestra tierra ya no se persigue
a nadie porque tenga una u otra religión. Qué queréis que os diga... (bajando la voz),
no me parece mal.
MEFISTO.- (Atención, asoma la tolerancia, arranca el relativismo, se inicia el
declive de la Iglesia...¿adónde iremos a parar? ¡Peligra mi propia existencia!).
BERNARDO.- Digo yo, con vuestro permiso, que doctores tiene la Iglesia, que no
corresponde a unos legos como nosotros andar removiendo ciertas cuestiones y que,
mientras tanto, lo que buscamos se nos puede escapar. Señor don Antonio Moreno,
¿cuál es el medio más seguro para dar con don Quijote? Pensad que, para llegar a
esta posada, hemos retrocedido casi media legua.
MORENO.- Daréis con él, seguro. Cuando esta mañana he partido de Barcelona,
don Quijote me ha asegurado que al amanecer del segundo día saldría él en
dirección a su patria de la Mancha. Si mañana al amanecer os ponéis en camino, por
la tarde estaréis en Barcelona. Preguntáis por mi casa y ahí le encontraréis.
FAUSTO.- ¿Y si adelanta el regreso?
MORENO.- No lo creo. Pero, aún en ese caso, no tiene pérdida. Si seguís por el
camino real y entráis por la puerta de San Antonio, por fuerza daréis con él.
FAUSTO.- ¿Y cómo lo reconoceremos?
MORENO.- ¡Pardiez! Es inconfundible, él y su increíble escudero forman la
estampa más extravagante que os podáis imaginar...Pero os he de confesar que no
entiendo tanto interés por vuestra parte. Es cierto que don Quijote es un buen
hombre y que a veces resulta de una inocencia encantadora, pero aparte de la
diversión que podáis tener con sus locuras, no sé qué habríais de encontrar en él.
FAUSTO.- He leído el libro que narra sus aventuras y he sacado una impresión bien
diferente de la que dais con vuestras palabras.
MEFISTO.- Mirad, don Antonio, que don Fausto es un filósofo.
MORENO.- ¿Y en qué consiste la filosofía? ¿En darle la vuelta a las cosas?
MEFISTO.- (Más o menos)
MORENO.- ¿En decir que lo blanco es negro y lo negro blanco? ¿que el loco es
sabio y el sabio es loco?
FAUSTO.- Consiste en no dejarse engañar por las apariencias, en arrancar la
máscara de las cosas para que se nos muestren como en realidad son, no como
nuestra comodidad, pereza o ceguera han hecho que se aparezcan. Consiste en no
decir “esto es así”, sino en decir “esto me parece así” y a partir de ahí develar la
auténtica sustancia, si es que tal cosa existe, de todos los elementos físicos y
espirituales que pueblan los mundos visibles e invisibles.
MEFISTO.- (Gran cosa parece la filosofía en boca de mi socio...Y pensar que de
aquí a unos siglos será sólo una parte de la gramática).
MORENO.- Señores, es tarde y mañana nos espera una larga jornada. Me retiro.

Tarde del día siguiente, los tres viajeros, ahora montados sobre sendos caballos
adquiridos con buenas artes, a menos de una legua de la ciudad.

FAUSTO.- El color de ese pino, dorado por la cálida luz del atardecer, me recuerda
el de los pinos de Roma.
BERNARDO.- ¿Habéis estado en Roma?
MEFISTO.- En medio mundo ha estado, mayormente gracias a mí.
BERNARDO.- ¿Le acompañas siempre?
MEFISTO.- Siempre que es necesario.
BERNARDO.- Disculpa la indiscreción, pero... creo adivinar que entre los dos
existe una relación...extraña.
MEFISTO.- ¿Extraña?
BERNARDO.- Quiero decir, fuera de la normal que suele darse entre las personas.
MEFISTO.- (Vas por buen camino, muchacho, pero no pienso darte más pistas).
Bueno...quizá...
BERNARDO.- A veces pienso cosas imposibles. Y es que don Fausto es raro, a fe
mía, pero tú...
MEFISTO.- Veamos, jovencito, ¿qué piensas de mí?
BERNARDO.- Pienso que...si alguien me dijese que eres el mismo Diablo, me lo
creería.
MEFISTO.- ¡El Diablo! ¡Qué tontería! ¿Pero qué es el Diablo?
BERNARDO.- El espíritu del mal.
MEFISTO.- ¡Qué bellas palabras se usan todavía! ¡El espíritu del mal! Tú no lo
verás, mi Bernardo, pero llegará un tiempo en que las palabras se habrán quedado
secas, sin jugo, sin sustancia, y ya nadie dirá “el espíritu del mal”. Entre otras cosas
porque por entonces reinará un mal sin espíritu.
BERNARDO.- ¿También eres profeta? Eso me tranquiliza, porque en mis estudios
de teología aprendí que el Diablo no tiene el don de la profecía
MEFISTO.- No te fíes. Los tratados de teología no son la Biblia. Ni siquiera la
Biblia es la Biblia.
FAUSTO.- Trabajando al muchacho, ¿eh? ¿Tú nunca descansas?
MEFISTO.- Hola. Veo que ya has despertado de tu ensoñación arborícola. Sí, mi
Bernardo, a vosotros los meridionales os parecerá raro, pero para los germanos los
árboles y los bosques son como seres animados con los que entablan curiosas
relaciones sentimentales. Ya ves, cada pueblo tiene sus manías.
BERNARDO.- Mirad, se acerca un hombre a caballo.
MEFISTO.- (Que está de espaldas al hombre que se aproxima, sin volverse) ¿Cómo
es?
BERNARDO.- De aspecto distinguido, no sé si de buen linaje, pero desde luego con
una especie de distinción natural. Su indumentaria es algo vieja. De edad avanzada y
de mirada entre viva y melancólica. Y su caballo va tan lento como merece el talante
del caballero.
MEFISTO.- Fino observador. Ahora, acércate a él y pregúntale por lo que nos
interesa.
BERNARDO.- No entiendo bien la lengua catalana. Mejor interrogadle vosotros,
que parece que tenéis el don de las lenguas.
MEFISTO.- No te preocupes, ése habla en perfecto castellano.
BERNARDO.- ¡Pero si ni siquiera le has visto!
MEFISTO.- Ni falta que hace. Compruébalo.
FAUSTO.- ¿Será nuestro caballero? Por el aspecto bien podría...
MEFISTO.- ¿Y el escudero? No, diría que no.

Mientras tanto el Caballero ya va a cruzarse con nuestros tres viajeros.

BERNARDO.- Disculpadme, señor. ¿Venís de Barcelona?
CABALLERO.- ¿De dónde, si no? ¿No veis sus murallas allá a mis espaldas?
BERNARDO.- ¿Conocéis a don Antonio Moreno?
CABALLERO.- Mejor que nadie.
FAUSTO.- Bien, ya lo tenemos. Porque entonces conoceréis al caballero don
Quijote...¿Sigue en casa de don Antonio o ya ha salido de la ciudad?
CABALLERO.- Todo el mundo conoce a don Quijote de la Mancha.
FAUSTO.- Sí, por la historia que se publicó hace cosa de cinco años, como yo
mismo.. Pero vos lo conoceréis personalmente, lo habréis visto estos días en casa de
don Antonio, ¿no es eso?
CABALLERO.- Siempre le veo, y ya no sólo dentro de mí. Es como un sueño que
se va extendiendo por el mundo.
BERNARDO.- ¿Habláis en enigmas? ¿Qué queréis decir?
CABALLERO.- ¿Qué queréis saber?
MEFISTO.- Antes de nada, permitidme, distinguido hidalgo, que nos presentemos.
Este hombre de edad avanzada y de mirada entre profunda, contemplativa e
impertinente es Fausto, eminencia germánica en toda clase de ciencias y filosofías,
aunque últimamente dice haber apostado por la vida, cosa que nadie sabe muy bien
en qué consiste. Este otro, de edad escasa y rostro angelical, es don Bernardo,
estudiante de letras y no mal poeta. Y este que os habla, o sea yo, soy... Rafael
Sabatini
CABALLERO.- Terminad. ¿Cuál es vuestra condición, arte u oficio?
MEFISTO.- Soy guía de viajeros, faro de navegantes, báculo de caminantes, lucero
de extraviados.
CABALLERO.- Bien veo que no os falta fantasía.
MEFISTO.- La fantasía es el alma de la vida. Es lo primero que trato de inculcar a
mis discípulos, y no resulta tarea fácil.
CABALLERO.- Pues es bien cierto. La fantasía es como un humo que sale de
algún rincón secreto de la persona y que, al ir tomando forma, se convierte en
bálsamo para el alma y para el cuerpo. Y cuando, con el arte, se sabe dominarla y
modelarla, engendra mundos claros y distintos, con sus reinos, sus ciudades y sus
criaturas, que pueden ser tan vivas como las de carne y hueso.
FAUSTO.- No lo dudo, caballero. Pero entonces ¿dónde queda la vida? La fantasía
es buena para crear historias, poemas, incluso criaturas casi reales, pero ¿qué ocurre
con la vida del creador? La realidad está en su carne y en su sangre. Sus criaturas
pueden gozar de miles de aventuras, pero ¿y él? ¿Cómo se las ingenia para avanzar
por este mundo, lleno de trampas y obstáculos, cuando tiene el cerebro perturbado
por los vapores de la fantasía?
CABALLERO.- Habéis dado en el clavo...¡Cómo se las ingenia! Mal, muy mal, y
en mí tenéis un buen ejemplo. Pero mi historia no interesa.
MEFISTO.- Nunca se sabe. A veces, el que busca plata encuentra oro.
CABALLERO.- ¿Buscáis plata?
FAUSTO Y BERNARDO.- Buscamos al caballero don Quijote.
CABALLERO.- Venid, apartémonos del camino, descabalguemos y descansemos
bajo aquellos árboles. Ahí podremos conversar plácidamente.

Sentados bajo un grupo de árboles que hay junto al camino, a media legua de las
murallas de la ciudad, encendidas por el rojo del sol poniente.

BERNARDO.- ¿Sabéis muchas cosas de don Quijote?
CABALLERO.- Todas.
FAUSTO.- ¿Lo conocéis bien?
CABALLERO.- Como el padre al hijo.
BERNARDO.- ¿Qué nos podéis decir de él?
CABALLERO.- Nada. Nada que no esté en el libro.
BERNARDO.- No os entiendo. ¿Conseguiremos verlo?
CABALLERO.- Si leéis el libro y cerráis los ojos, tal vez.
BERNARDO.- No entiendo nada. ¿Qué significa todo esto? ¿Acaso os burláis de
nosotros?
MEFISTO.- Yo os diré lo que significa. Significa que este caballero, que tan
amablemente intenta responder a nuestras preguntas, sabe mucho de don Quijote,
pero no todo. Sabe más que todos los que han leído el libro, pero no más de lo que
se contiene en el libro. No hay nadie que sepa de don Quijote tanto como él, y sin
embargo él nunca lo ha visto. Cosa nada rara por cierto, porque la verdad, la verdad,
es que... nunca nadie lo ha visto.
FAUSTO. - Cosas extrañas se te ocurren...Te recuerdo que el Duque y su corte no
sólo lo acababan de ver cuando pasé por ahí, sino que guardaban de él un recuerdo
imborrable, y también los dos caballeros que nos cruzamos en el camino a
Zaragoza...
BERNARDO.- Y también don Antonio Moreno, y también el jefe de su escolta, y
también...
MEFISTO.- Y también, y también...¿No veis que todos esos están hechos de la
misma materia de don Quijote, es decir, de la misma materia de que están hechos los
sueños, (según frase inspirada que quizá Shakespeare esté escribiendo en este
momento)? Pero dejad que él mismo se presente. Adelante.
CABALLERO-CERVANTES.- Soy Miguel de Cervantes, el responsable de que el
relato de las aventuras de don Quijote se diese a la imprenta.
FAUSTO.- ¡El autor de la historia! Entonces, vos mejor que nadie sabréis responder
a la pregunta: ¿existe o no existe don Quijote?
MEFISTO.- (Fausto está hoy especialmente obtuso. Quizá sea culpa del guión, que
se está embrollando por momentos. Habrá que dar un toque al guionista).
CERVANTES.- Afirmo en mi libro, o mejor, afirma el que cuenta la historia en mi
libro que un cronista árabe escribió la historia de un tal don Quijote, y esa historia
que escribió el árabe es la que, a su manera, traslada a mi libro el que en mi libro la
cuenta.
MEFISTO.- (Con lo cual queda inaugurado el sustancial enredo de la novela
moderna).
BERNARDO.- Entonces...don Quijote no existe.
MEFISTO.- ¡Qué manía con el existir y el no existir! ¿Por casualidad te has
preguntado, mi joven amigo, si tú existes?
CERVANTES.- Don Quijote existe y no existe. Existe como hijo de mi ingenio y no
existe como hijo de una madre.
FAUSTO.- Por fin, eso es hablar claro… Pero, de todos modos, hay algo que no
acabo de entender. Porque, como se ha dicho antes, hemos conocido personas,
dignas de todo crédito, que afirman haberlo conocido.
BERNARDO.- Yo mismo.
FAUSTO.- Eso es, el mismo Bernardo. ¿Cómo se explica?
CERVANTES.- No lo sé. Tal vez Bernardo sea un personaje de ficción, como el
mismo Quijote.
BERNARDO.- ¿Yo de ficción?
FAUSTO.- ¿De ficción Bernardo? Imposible. ¿Qué haría entonces entre nosotros?
MEFISTO.- Esa pregunta, querido socio, da por sentado que nosotros somos
personas reales.
FAUSTO.- ¿Acaso no lo somos? ¿Acaso es falso o ficticio todo eso que siento
dentro de mí? ¿Acaso estas ansias de vida, de felicidad, de inmortalidad, que anidan
y hierven en mi interior, las ha introducido un escritorzuelo simplemente mojando la
pluma en un sucio tintero?
MEFISTO.- Acaso (si mejoramos lo de la pluma y el tintero).
CERVANTES.- Señores, no embrollemos más el asunto. Yo he escrito, o mejor,
estoy escribiendo, porque justo he empezado una segunda parte, un libro que ha
tenido una gran fortuna. Me consta que, del rey abajo, nadie que sepa leer se ha
abstenido o se abstendrá de su lectura. Es verdad que pocos beneficios materiales he
obtenido de su publicación, tanto es así que el hecho de que me hayáis encontrado
en este momento y en este lugar se debe a mi último intento, de nuevo fracasado, de
enderezar mi maltrecha fortuna. Mi pretensión de ser aceptado en la corte del conde
de Lemos, que acaba de partir para gobernar el virreinato de Nápoles, ha topado con
la malicia de quien tiene el poder de gestionar los asuntos del Conde. Así que,
mientras el de Lemos y su corte de artistas y poetas navegan hacia la florida
Nápoles, yo me vuelvo a mi seca Castilla, y tiempo tendré por el camino de meditar
cómo me las he de componer para lo que me reste de vida. Pero no os llamen a
engaño mis palabras, no penséis que me arrepiento de haber sido fiel en todo caso a
los talentos que el cielo me ha concedido. Es más, con la modestia de quien se sabe
una parte insignificante del universo, puedo deciros que ni por todo el oro del
mundo cambiaría ese mi mundo interior, luminoso y fecundo, con que el mismo
Dios me ha distinguido.
FAUSTO.- He aquí un hombre de verdad. Permitidme que os rinda mi tributo de
admiración y respeto... Aunque no acabo de entender esa triste resignación que
traslucen vuestras palabras.
MEFISTO.- (Nota: resignación y Fausto son términos contradictorios).
BERNARDO.- He aquí un poeta de verdad.
MEFISTO.- (He aquí el destino inevitable de todo hombre y/o poeta de verdad).
BERNARDO.- Pero entonces, si don Quijote no existe como ser de carne y hueso...
MEFISTO.- (Si él no existe, ve pensando en tu caso, muchacho, que tampoco está
nada claro).
BERNARDO.- ...¿Qué hacemos aquí? ¿Adónde vamos? ¿Cuál será ahora el objeto
de nuestras andanzas?
CERVANTES.- Siempre os quedará Barcelona.

Segundos de silencio y de suspensión del ánimo.

FAUSTO.- ¿Barcelona? (a Mefisto) Nunca me has hablado de Barcelona. ¿Es
posible que me hayas ocultado que hay un lugar en la tierra que quizá pueda
satisfacer mis ansias de conocimiento y acción?
MEFISTO.- Calma, amigo. No saques conclusiones precipitadas ni alardees del
aspecto más tópico de tu carácter, esa manía tuya empieza a resultar cargante.
Además, no he visto yo en las palabras de don Miguel nada que justifique tu
reproche. Pero nadie mejor que él mismo para aclarárnoslo. Don Miguel, ¿podríais
ser más explícito? ¿Podríais aclararnos qué hay detrás de vuestras enigmáticas
palabras?
CERVANTES.- Hay gentileza, valentía, amistad, discreción, industria...
MEFISTO.- (Entiéndase en su acepción antigua, de momento)
CERVANTES.- ...cortesía...
BERNARDO.- Pero a vos no os ha ido nada bien...
CERVANTES.- Cierto. No sólo no me ha ido bien, sino que siento como si éste mi
fracaso de Barcelona hubiese de ser el último y definitivo de mi azarosa existencia.
Y sin embargo, lo llevaré muy bien sólo por la dicha de haberla conocido.
BERNARDO.- Ya me están entrando ganas.
FAUSTO.- Y a mí, deseos imperiosos.
MEFISTO.- Tú siempre dando la nota.
BERNARDO.- ¿A Barcelona pues?
FAUSTO.- ¡A Barcelona!
MEFISTO.- Así sea, pero conste que yo no he dicho nada.

FIN DE LA JORNADA CUARTA