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CNW-N ACO LISPECTOR Cuentos reunidos sensacion maliciosa e incémoda, con un suspiro de saciedad Que los parta un rayo, dijo suavemente, aniquilada. «Y cuando en el restaurante...», recordé de repente. Cuand estuvo en el restaurante, el protector de su marido le habia arri mado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la m estaba la cara de él. Porque se habia callado, o habia sido a pro: pésito? E] diablo. Una persona que, para decir la verdad, era mut interesante. Se encogié de hombros. ; é¥ cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes ~pensé ella moviendo la cabeza con incredulidad-, se habia po- sado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia. Habja ciertas cosas buenas porque eran casi nauseabundas: el ruido como el de un ascensor en la sangre, mientras el hombre. roncaba a su lado, los hijos gorditos durmiendo amontonados en la otra habitacién, los pobres. ;Ay, qué cosa me viene!, pens6 desesperada. :Habria comido demasiado? jAy, qué cosa me vie= ne, santa madre mia! Era la tristeza. Los dedos del pie jugaron con la chinela. El piso no estaba demasiado limpio. Qué descuidada y perezosa me saliste. Ma- fiana no, porque no estaria muy bien de las piernas. Pero pasado majiana habria que ver cémo estaria su casa: la restregaria con agua y jab6n hasta arrancarle toda la suciedad, jtoda!, jhabria que ver su casal, amenazé colérica. Ay, qué bien se sentfa, qué aspera, como si todavia tuviese leche en las mamas, tan fuerte. Cuando el amigo del marido la vio tan bonita y gorda, de inme- diato sintié respeto por ella. Y cuando ella se sentia avergonzada no sabia dénde tenia que fijar los ojos. Ay, qué tristeza. Qué habria de hacer. Sentada en el borde de la cama, pestaiteaba con resignacion. Qué bien se vefa la luna en esas noches de verano. Se incliné un poquito, desinteresada, resignada. La luna, Qué bien se vefa. La luna alta y amarilla deslizandose por el cielo, pobrecita. Deslizandose, deslizandose... Alta, alta. La luna. En- tonces la groseria exploté en stibito amor; perra, dijo riéndose. " Ui poco cansada, con las compras deformando la nueva bol- ile malla, Ana subio al tranvia. Deposité la bolsa sobre las ills y el tranvia comenz6 a andar. Entonces se recosté en Wlento en busca de comodidad, con un suspiro casi de sa- Wiliceién. Los hijos de Ana eran buenos, una cosa verdadera juyyosa. Crecian, se bafiaban, exigian, malcriados, momentos ji vez mas completos. La cocina era espaciosa, la estufa des- Hinpuesta lanzaba explosiones. El calor era fuerte en el apar- Wihento que estaban pagando poco a poco. Pero el viento gol- fieando las cortinas que ella misma habia cortado recordaba que H)ueria podia enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Jomo un labrador. Ella habia plantado las simientes que tenia ## la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los arboles crecfan. Myeeia su rdpida conversacién con el cobrador de la luz, cre- fi el agua Ilenando el lavabo, crecian sus hijos, crecia la mesa (on comidas, el marido legando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto inoportuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeiia y fuerte, su forriente de vida. Cierta hora de la tarde era la mas peligrosa. A cierta hora de la tarde los arboles que ella habia plantado se refan de ella. Cuando ya nada precisaba de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentia mas sélida que nunca, su cuerpo habia engordado un poco, y habfa que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, la fran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente 47 artistico hacia mucho que se habia encaminado a volver los di bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo de corativo se habia desarrollado suplantando su intimo desorde Parecia haber descubierto que todo era susceptible de perfeccio namiento, que a cada cosa se prestaria una apariencia armonios la vida podrfa ser hecha por la mano del hombre. En el fondo, Ana siempre habia tenido necesidad de sentir raiz firme de las cosas. Y eso le habia dado un hogar sorprenden te. Por caminos torcidos habia venido a caer en un destino di mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera in: ventado. El hombre con el que se cas6 era un hombre de verdad, los hijos que habian tenido eran hijos de verdad. Su juventu anterior le parecia tan extrafia como una enfermedad de vid. Haba emergido de ella muy pronto para descubrir que tambié sin felicidad se vivia: aboliéndola, habia encontrado una legi6i de personas, antes invisibles, que vivian como quien trabaja: co! persistencia, continuidad, alegria. Lo que le habia sucedido Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltacién perturbada que muchas veces habit confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, habia creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Asi lo quiso ella y asi lo habia escogido. Su precaucién se reducia a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacia y ya no necesitaba de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupa= ciones. Mirando los muebles limpios, su coraz6n se oprimia unm: poco con espanto, Pero en su vida no habia lugar para sentir ter= nura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habian transmitido los trabajos de la casa. Entonces salia par: hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldia con ellos. Cuando volvia ya: era el final de la tarde y los nifios, de regreso del colegio, la exigian,, Asi llegaria la noche, con su tranquila vibracin. Por la mafia-| na despertaria aureolada por los tranquilos deberes. Encontraba: otra vez los muebles sucios y Ilenos de polvo, como si regresas ran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramen= te parte de las raices negras y suaves del mundo. Y alimentaba 48 Biiiifante la tidais¥. eso estaba bien: /Asf:lo habia querido Peogido: 1) Wanvia vacilaba sobre las vias, entraba en calles anchas. En Sila xoplaba un viento més htimedo anunciando, mucho mas el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiré diiidamente y una gran aceptacion dio a su rostro un aire de er i tranvia se arrastraba, en seguida se detenia. Hasta la calle init tenia tiempo de descansar. Fue entonces cuando miré6 Wi el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y Hivos era que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos Wiitenian extendidas. Era un ciego. y()ué otra cosa habia hecho que Ana se fijase, erizada de des- diwnza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces se dio el ciego masticaba chicle... Un hombre ciego masticaba Ana todavia tuvo tiempo de pensar por un segundo que los Hermanos irfan a comer; el corazén le latia con violencia, espa- Judamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se fia lo que no nos ve. El masticaba goma en la oscuridad. Sin Wilvimiento, con los ojos abiertos. E] movimiento de masticar Mela que pareciera sonreir y de pronto dejar de sonreir, sonrefr dejar de sonrefr. Como si él la hubiera insultado, Ana lo mira- bn. Y quien la viese tendria la impresién de una mujer con odio. Pero continuaba mirandolo, cada vez més inclinada. El tranvia Mirancé stibitamente arrojandola desprevenida hacia tras; la pe- ida bolsa de malla rodé de su regazo y cayé al suelo; Ana dio Win grito y el conductor impartié la orden de parar antes de saber ile qué se trataba. El tranvia se detuvo, los pasajeros miraron WMustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se puso de pie, palida. Una expresin desde hacia tiempo no usada en el rostro resurgia con dificultad, todavia incierta, incompren- sible. El muchacho de los diarios refa entregindole sus paquetes. Pero los huevos se habian roto en el envoltorio de papel periddi- eo. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la mnalla. El ciego habia interrumpido su tarea de masticar y exten- dia las manos inseguras, intentando imitilmente percibir lo que 49 sucedia. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bol y, entre las sonrisas de los pasajeros y la sefial del conductor, tranvia reinicié nuevamente la marcha. Pocos instantes después ya nadie la miraba, El tranvia se cudia sobre los rieles y el ciego masticando chicle habia queda atras para siempre. Pero el mal ya estaba hecho. La bolsa de malla era aspera entre sus dedos, no intima cot cuando la tejiera. La bolsa habia perdido el sentido y estar un tranvfa era un hilo roto; no sabia qué hacer con las comp! en el regazo. Y como una extraiia miisica, el mundo recomi zaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ;Por qué? ¢Acaso habia olvidado de que habia ciegos? La piedad la sofocaba, Ana respiraba pesadamente. Aun las cosas que existian an de lo sucedido ahora estaban cautelosas, tenfan un aire hos perecedero... El mundo nuevamente se habfa transformado un malestar. Varios afios se desmoronaban, las yemas amarill se escurrian. Expulsada de sus propios dias, le parecia que | personas en la calle corrian peligro, que se mantenfan por minimo equilibrio, por azar, en la oscuridad, y por un momen la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabian hat cia dénde ir. Notar una ausencia de ley fue tan repentino qué Ana se aferré al asiento de enfrente, como si se pudiera caer di tranvia, como si las cosas pudieran ser revertidas con la mis calma con que no lo eran. Lo que llamaba crisis habia venido, fi nalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora mirab las cosas, sufriendo espantada. El calor se volvia mas sofocante, todo habja ganado una fuerza y unas voces més altas. En la call Voluntarios de la Patria parecia que estaba a punto de estallar una revolucién. Las rejas de las cloacas estaban secas, y el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle habia sumergido el mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que posefan. Junto a ella habfa una sefiora de azul, ;con un rostro! Desvié la mirada répidamente. jEn la acera, una mujer dio un empujén a su hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo... zY el ciego? Ana se habia deslizado hacia una bon- dad extremadamente dolorosa. Walia apaciguado tan bien a la vida, habfa cuidado tanto ssplotura, Mantenia todo en serena comprensién, sepa- WA persona de las otras, las ropas estaban claramente he- Phi ter vadas y se podia elegir en el diario la pelicula de , todo hecho de tal modo que un dia sucediera al otro. Hite Masticando chicle lo habia destrozado todo. A través vilid, @ Ana le parecia una vida lena de nausea dulce, hoea, fntonces advirtié que hacia mucho que habfa pasado la para bajar. En la debilidad en que estaba, todo la alcan- i) un susto; descendié del tranvia con piernas vacilantes, WH alrededor, sosteniendo la bolsa de malla sucia de hue- / i) Momento no consiguié orientarse. Le parecia haber ido en medio de la noche. #4 tina calle larga, con muros altos, amarillos. Su corazén la- #i miedo, ella buscaba iniitilmente reconocer los alrededo- Wienteas la vida que habia descubierto continuaba latiendo Viento mas tibio y mas misterioso le rodeaba el rostro. Se parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminan- Mii poco més a lo largo de la tapia, cruzé los portones del ii Botinico. | Oaminaba pesadamente por la alameda central, entre los co- Hos. No habja nadie en el Jardin. Dejé los paquetes en el i, se senté en el banco de un sendero y alli se qued6é por iin tiempo. La vastedad parecia calmarla, el silencio regulaba su respira- i), Se adormecia dentro de si. De lejos se vefa la hilera de arboles donde la tarde era clara y Wilonda. Pero la penumbra de las ramas cubria el sendero. A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a arboles, Pequeas sorpresas entre los «cipds». Todo el Jardin era tritu- Hilo por los instantes ya més apresurados de la tarde. De dén- ile venia el medio suefio que la rodeaba? Como un zumbar de ibejas y de aves. Todo era extraiio, demasiado suave, demasiado jrande. Un movimiento leve e intimo la sobresalt6; se volvié con ra- pidez. Nada parecfa haberse movido. Pero en la alameda central 51 estaba inmévil un poderoso gato. Su pelambre era suave. En nueva marcha silenciosa, desaparecié. Inquieta, miré en torno. Las ramas se balanceaban, las s bras vacilaban sobre el suelo. Un gorrién escarbaba en la ti Y de pronto, con malestar, le parecié haber caido en una embt cada. En el Jardin se hacfa un trabajo secreto que ella empe aadvertir. En los Arboles las frutas eran negras, dulces como la miel, el suelo habia carozos Ilenos de orificios, como Ppequefios c¢ bros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas, el tronco del érbol se pegaban las lujosas patas de una arafia crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. ¥ muerte no era aquello que pensabamos. Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para com selo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Li tronces eran recorridos por parasitos con hojas, y el abrazo @ suave, apretado, Como el rechazo que precedfa a una entregi era fascinante, la mujer sentia asco, y al mismo tiempo se sent fascinada. ly, se inguid con una exclamacién de dolor. Tomé el pa- 4vanz6 por el sendero oscuro y alcanz6 la alameda. Casi . y vio el Jardin en torno suyo, con su soberbia impersonali- Hulid los portones cerrados, los sacudié apretando la ma- Sper. El guardidn aparecié asustado por no haberla iti iA que no llegé a la puerta del edificio, le parecié estar al sel desastre. Corrié con la bolsa hasta el ascensor, su alma Hh on el pecho, gqué ocurria? La piedad por el ciego era Jenta como una ansiedad, pero el mundo le parecia suyo, perecedero, suyo. Abrié la puerta de su casa. La sala era i cindrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios Ventana brillaban, la lampara brillaba. gQué nueva tierra 4? Y por un instante la vida sana que hasta entonces ha- leyado le parecié una manera moralmente loca de vivir. El siuie se acercé corriendo era un ser de piernas largas y rostro J il suyo, que corria y la abrazaba. Lo apreté con fuerza, con Wo, Se protegia, trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella fy el mundo, amaba cuanto fuera creado, amaba con repug= J, Del mismo modo en que siempre se habja sentido fasci- por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la wimidad de la verdad le provocaba, advirtiéndola. Abrazé al i), casi hasta estrujarlo. Como si supiera de un mal -¢el ciego o Hermoso Jardin Boténico?- se prendia a él, a quien queria por ma de todo. Habia sido alcanzada por el demonio de la fe. § vida era horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¢Qué haria en eaio de seguir la llamada del ciego? Iria sola... Habia lugares hies y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos Wigo miedo, dijo. Sentia las costillas delicadas de la criatura en- He los brazos, escuché su Ianto asustado. Mamé, llamo el a 1 aparts de si, miré aquel rostro, su coraz6n se crispo. ae le- Jos que mama te olvide, le dijo. El nifio, apenas sintié que el bra- ¥0 se aflojaba, escapé y corrié hasta la puerta de la habitacién, lose donde la miré més seguro. Era la peor mirada que jamas jucibiera. La sangre le subié al rostro, afiebrandolo. Se dejé caer en una silla, con los dedos todavia presos en la holsa de mala. :De qué tenia vergiienza? No habia cémo huir. ¥ los dias que ella forjara se habjan roto en su costra y el agua Los arboles estaban cargados, el mundo era tan rico que s pudria, Cuando Ana penso que habia nifios y hombres grand con hambre, la nausea le subio a la garganta, como si ella estus viera gravida y abandonada. La moral del Jardin era otra. Ahor que el ciego la habfa guiado hasta él, se estremecia en los primes ros pasos de un mundo brillante, sombrio, donde las victorias regias flotaban, monstruosas. Las pequefias flores esparcidas por el césped no le parecian amarillas 0 rosadas, sino del color de oro bajo y escarlatas. La descomposicién era profunda, perfumada Pero ella veia todas las pesadas cosas como con la cabeza rodea- da de un enjambre de insectos, enviados por la vida mas delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana adivinaba que sentia su olor dulzén... El Jardin era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno. Ahora era casi de noche y todo parecia Ileno, pesado, una ardilla volé en la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentia mareada. Pero cuando recordé a los nifios, frente a los cuales se sentia 52 se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabia cémo mi ¢De qué tenia vergiienza? Porque ya no se trataba de piedad, era slo piedad: su coraz6n se llenaba con el peor deseo de vis Ya no sabia si estaba del otro lado del ciego o de las esp plantas. El hombre poco a poco se habia distanciado y, to rada, ella parecia haber pasado para el lado de los que le hab herido los ojos. El Jardin Botanico, tranquilo y alto, la revel Con horror descubria que pertenecia a la parte fuerte del mt do, y equé nombre se deberia dar a su misericordia violenta? veria obligada a besar al leproso, pues nunca seria sdlo su herr na. Un ciego me llevé hasta lo peor de mi misma, pensé espa da, Se sentia expulsada porque ningtin pobre beberia agua en manos ardientes. ;Ah!, jera més facil ser un santo que una p sona! Por Dios, ¢no habia sido verdadera la piedad que sonde: en su coraz6n las aguas més profundas? Pero era una piedad len. Humillada, sabia que el ciego preferia un amor més pobre. entristeciéndose, también sabia por qué. La vida del Jardin Be tanico la llamaba como el hombre lobo es llamado por la h iOh, pero ella amaba al ciego!, pensé con los ojos mojados. embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesi Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levanté y fue a lac cina a ayudar a la sirvienta a preparar la comida. Pero la vida la estremecia, como un frio. Ofa la campana de k escuela, lejana y constante. El pequefio horror del polvo ligando en hilos la parte interior de la estufa, donde descubrié la peque= fia arafia. Llevando el florero para cambiar el agua sintié el ho- rror de la flor entregandose languida y asquerosa en sus manos, EI mismo trabajo secreto se hacia en la cocina. Cerca del cubo de la basura, aplasté con el pie una hormiga. El pequefio asesinato de la hormiga. El mimisculo cuerpo temblaba. Las gotas de agua caian en el agua quieta del lavabo. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Alrededor habia una vida silenciosa, lenta, insistente. Horror, horror. Caminaba de un lado a otro en la cocina, cortando los filetes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en ronda, en torno a la luz, los mosquitos de una noche célida. Una noche en que la piedad era tan cruda 54 +] wal amor. Entre los dos senos corria el sudor. La fe se witiba, el calor del horno ardia en sus ojos. ‘ spice lego el marido, vinieron los hermanos y sus muje- Vileron los hijos de los hermanos. p jyieron con las ventanas completamente abiertas, en el no- piso, Un avidn se estremecia, amenazador, en el calor del A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba | Vambién sus chicos permanecieron despiertos, jugando allombra con los otros. Era verano, seria indtil obligarlos wily, Ana estaba un poco palida y reia suavemente con los lmente, después de la comida, la primera brisa mas fres- (76 por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, en familia. lox del dia, felices al no discutir, bien dispuestos a no ver {s, Se refan de todo, con el corazén bondadoso y humano. vhieos crecfan admirablemente alrededor de ellos. Y, como Mariposa, Ana sujet6 el instante entre los dedos antes de que pareciera para siempre. ' Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acos- §, se convirtié en una mujer tosca que miraba por la ven- Wit. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el cie- hinbia desencadenado, gcabria en sus dias? ¢Cudntos afos le varia envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y uiria auno de los chicos. Pero, con una maldad de amante, pa- Hi aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias ijias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendia entre los Witos del Jardin Botanico. : ; {Silla fuera un abejorro de la estufa, el fuego ya habria abra- : : i if sido toda la casa!, pensé corriendo hacia la cocina y tropezand yn su marido frente al café derramado. {Qué fue? -grité vibrando toda ella. pa se asust6 con el miedo de la mujer. Y de repente rid enten- diendo: é No fue nada —dijo-, soy un descuidado. fi] parecia cansado, con ojeras. ¥ Pero, ante el extraiio rostro de Ana, la observé con mayor stencién. Después la atrajo hacia si, en répido abrazo. 55 ~{No quiero que te suceda nada, nunca! —dijo ella. —Deja que por lo menos me suceda que la estufa explote = pondié él, sonriendo. Ella continué sin fuerza en sus brazos. Ese dia, en la tat algo tranquilo habia estallado, y en toda la casa habfa un eli humoristico, triste. -Es hora de dormir -dijo él-, es tarde. En un gesto que no era suyo, pero que le parecié natu tom6 la mano de la mujer llevandola consigo sin mirar hi atrds, alejandola del peligro de vivir. Habia terminado el vértigo de la bondad. Y, si habia atravesado el amor y su infierno, ahora se pei ba frente al espejo, por un momento sin ningin mundo en| corazén. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopl6 pequefia llama del dia. Una gallina Via una gallina de domingo. Todavia viva porque no pasaba Is nueve de la majiana. Parecia calma. Desde el sabado se ha- encogido en un rincdn de la cocina. No miraba a nadie, nadie Wirnba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad #) Indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca, Nunca se ivinaria en ella un anhelo. Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de filo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar #] muro de la terraza. Todavia vacilé un instante —el tiempo para lie la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del Wueino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzé un tejado. Alli quedé como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ra en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y conster- Hiada vio el almuerzo junto a una chimenea. El duefio de la casa, secordando la doble necesidad de hacer esporddicamente algin deporte y almorzar, visti radiante un traje de baio y decidié sojuir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanz6 el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogia con premura otro rumbo. La persecucién se torné mas intensa. De tejado en teja- do recorrié mas de una manzana de la calle. Poco afecta a una lu- cha més salvaje por la vida, la gallina debia decidir por si misma Jos caminos a tomar, sin ningtin auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por infima que fuese la presa habfa sonado para él el grito de conquista. Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corria, respiraba 57 agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba siosa un mundo de tejados y, mientras el chico trepaba a dificultosamente, ella tenia tiempo de recuperarse por un mento. jY entonces parecia tan libre! Estiipida, timida y libre. No victoriosa como seria un en fuga. ¢Qué es lo que habia en sus visceras para hacer de un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se pi contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, d manera en que el gallo cree en su cresta. Su tinica ventaja era habia tantas gallinas que aunque muriera una surgiria en ese mo instante otra tan igual como si fuese ella misma. Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar fuga, el muchacho la alcanz6. Entre gritos y plumas, fue api sada. Y en seguida cargada en triunfo por un ala a través de tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violen Todavia atontada, se sacudié un poco, entre cacareos roncos indecisos. Fue entonces cuando sucedi6. De puros nervios Ia galli puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizas fue prematur Pero después de que naciera a la maternidad parecia una vief madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo quedé respi rando mientras abria y cerraba los ojos. Su corazén tan pequ fio en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas Ilenando d tibieza aquello que nunca pasaria de ser un huevo. Solamente nifia estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas con siguio desprenderse del acontecimiento, se despego del suelo escapé a los grito: q -iMamé, mamé, no mates a la gallina, ha puesto un huevoly jella quiere nuestro bien! Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodea= ron a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugeria ningiin sentimiento especial. El pa= dre, la madre, la hija, hacia ya bastante tiempo que la miraban, sin experimentar ningiin sentimiento determinado. Nunca na acaricié la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidié con cierta brusquedad: yianidas matar a esta gallina, nunca mas volveré a comer a ei ini vidal ’ {¥ yo tampoco! -juré la nifia con ardor. suudre, cansada, se encogié de hombros. t suaelente de la vida que le fue entregada, la gallina eae vivir con la familia. La nifia, de regreso del colegio, arrojaba slolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. ve todavia recordaba, de vez en cuando: «iY oe que bligué a correr en ese estado!». La gallina se transformé yeinu de la casa. Todos, menos ella, lo sabian. Continud su icin entre la cocina y los fondos de la casa, usando de sus ades: la apatia y el sobresalto. ; » cuando todos estaban quietos en la casa y parecian ha- ulvidado, se llenaba de un pequeiio valor, restos de la gran y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por a ile Ia cabeza pausadamente, como en un campo, aunque a Weta cabeza la traicionara: movi éndose ya rpida y vibratil, el viejo susto de su especie mecanizado. ' i {ha que otra vez, al final mas raramente, la gallina recordaba se habfa recortado contra el aire al borde del tejado, _— 4 fenunciar. En esos momentos Menaba los pulmones oor ¢ impuro de la cocina y, si les hubiese sido dado cantar a las mbras, ella, si bien no cantarfa, por lo menos quedaria mas Jontenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la eee ret Vuela cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando te 4 luz, 0 mordisqueando maiz, la suya continuaba siendo una ii oza de gallina, la misma que fuera desdefiada en los comienzos en e.. i los afios. Hasta que un dia la mataron, la comieron, y pasaron lo} . La imitacién de la rosa Wlendo el arreglo del tocador, Laura se miré al es- Wilt, desde hacia cuanto tiempo? Su rostro tenia 14 domidatica, los cabellos estaban sujetos con horquillas Jas vejas grandes y palidas. Los ojos marrones, los ca- yoiies, la piel morena y suave, todo daba a su rostro ya Jiven un aire modesto de mujer. ¢Acaso alguien veria, ini punta de sorpresa que habia en el fondo de sus ei) Veria, en ese minimo punto ofendido, la falta de los Winona habia tenido? Mi gusto minucioso por el método -el mismo que cuan- Ii Inet copiar con letra perfecta los apuntes de clase, sin letlox-, con su gusto por el método, ahora, reasumido, Wreglar la casa antes de que la sirvienta saliese de paseo Wa vez que Maria estuviera en la calle, ella no necesi- nada mas que: 1) vestirse tranquilamente; 2) esperar a lp, ya lista; 3) zqué era lo tercero? jEso es! Era eso mismo Iria, Se pondria el vestido marrén con cuello de encaje yiema. Después de tomar su bafio. Ya en los tiempos del Joeur ella habia sido muy arregladita y limpia, con mucho por la higiene personal y un cierto horror al desorden. Lo Wie habia logrado nunca que Carlota, ya en aquel tiempo un original, la admirase. La reaccién de las dos siempre habia diferente. Carlota, ambiciosa, siempre riéndose fuerte; ella, , un poco lenta y, por asi decir, cuidando de mantener- winpre lenta; Carlota, sin ver nunca peligro en nada. Y ella ldosa. Cuando le dieron para leer la Imitacién de Cristo, wn ardor de burra ella lo ley sin entender pero, que Dios Jeidonara, habia sentido que quien imitase a Cristo estarfa ido; perdido en la luz, pero peligrosamente perdido. Cristo |h peor tentacion. Y Carlota ni siquiera lo habia querido leer, {iéndole a la monja que si lo habia leido. Eso mismo. Se pon- ii cl vestido marrén con cuello de encaje verdadero. Pero cuando vio la hora record6, con un sobresalto que le vo llevarse la mano al pecho, que habia olvidado tomar su vaso leche Se encaminé a la cocina y, como si hubiera traicionado cul- Piblemente a Armando y a los amigos devotos, junto al refri- Antes de que Armando volviera del trabajo la casa del estar arreglada, y ella con su vestido marrén para atender al rido mientras él se vestia, y entonces saldrian tranquilam tomados del brazo como antaiio. Desde cuando no hacian Pero ahora que ella estaba nuevamente «bien», tomarii autobtis, ella miraria por la ventanilla como una esposa, su bt en el de él, y después cenarian con Carlota y Juan, recostado lasilla con intimidad. Desde hacia cuanto tiempo no vela@ mando recostarse con confianza y conversar con un hombre! paz.de un hombre era, olvidado de su mujer, conversar col hombre sobre lo que aparecia en los diarios. Mientras tanto, hablaria con Carlota sobre cosas de mujeres, sumisa a la véll tad autoritaria y practica de Carlota, recibiendo de nuevo lad atencién y el vago desprecio de la amiga, su rudeza natural, mAs aquel carifio perplejo y lleno de curiosidad, viendo, en fi Armando olvidado de la propia mujer. Y ella misma regresa reconocida a su insignificancia. Como el gato que pasa la nod fuera y, como si nada hubiera sucedido, encuentra, sin nin reproche, un plato de leche esperndolo. Felizmente, las pe nas la ayudaban a sentir que ahora estaba «bien», Sin mirarlay| ayudaban activamente a olvidar, fingiendo ellas el olvido, con si hubiesen leido las mismas indicaciones del mismo fraseo remedio. O habian olvidado realmente, quién sabe. ¢Desde cia cuanto tiempo no veia a Armando recostarse con abandom olvidado de ella? Y ella misma? 60 61 | fealmente no habia parado un solo instante. Oh, qué ey) estar de nuevo cansada. i Wii seF perfecto del planeta Marte descendiera y se enterara |i seres de Ja Tierra se cansaban y envejecfan, sentiria y tapanto, Sin entender jamas lo que habia de bueno afi Wi sentirse cansada, en fallar diariamente; solo los iniciados wlerian ese matiz de vicio y ese refinamiento de vida. ‘Wily tetornaba al fin de la perfeccién del planeta Marte. ie nunca habia deseado otra cosa que ser la mujer de un | feencontraba, grata, su parte diariamente falible. Con eerrados suspird agradecida. ¢Cuanto tiempo hacia que ‘fanaaba? Pero ahora se sentia todos los dias casi exhaus- ichaba, por ejemplo, las camisas de Armando, siempre {i gustado planchar y sin modestia podia decir ae i Plinchadora excelente. Y después, en recompensa, queda ; Wisin, No mas aquella atenta falta de cansancio, no mas ea 40) vacio y despierto y horriblemente maravilloso dentro le No mis aquella terrible independencia. No mas la facilidad Wuiosa y simple de no dormir ni de dia ni de noche —que iserecion la hiciera sbitamente sobrehumana en relacién in marido cansado y perplejo-. El, con aquel aire que te- cuando estaba mudo de preocupacién (lo que le daba aclla piedad dolorida, si, aun dentro de su despierta perfeccidn, piedad y el amor), ella sobrehumana y tranquila en su bri- ite aislamiento, y él, cuando timido venia a visitarla llevando wnzanas y uvas que la enfermera con un encogerse de hombros wla, él haciendo visitas ceremoniosas, como un novio, con un Mite infeliz y una sonrisa fija, esforzéndose en su beens por sumprender, él que la recibiera de un padre y de un HEE ¥ que no sabia qué hacer con esa muchacha del barrio s ijuca, ijuie inesperadamente, como un barco tranquilo que se adorna en Jaw aguas, se habia tornado sobrehumana. vrai Ahora, ya nada de eso. Nunca més. Oh, apenas si habia sido wna debilidad; el genio era la peor tentacién. Pero después ella se habia recuperado tan completamente que ya hasta comenzaba otra vez a cuidarse para no incomodar a los otros con su ve gusto por el detalle. Ella recordaba bien a las compafieras de gerador bebié los primeros sorbos con una ansiosa lent concentrandose en cada trago con fe, como si estuviera demnizando a todos y castigindose ella. Como el médico | bia dicho: «Tome leche entre las comidas, no esté nunca col estémago vacio, porque eso provoca ansiedad>, ella, entomi aunque sin amenaza de ansiedad, tomaba sin discutir trago trago, dia por dia, sin fallar nunca, obedeciendo con los cerrados, con un ligero ardor para que no pudiera encont en si la menor incredulidad. Lo incémodo era que el mé parecia contradecirse cuando, al mismo tiempo que daba orden precisa que ella queria seguir con el celo de una conys sa, también le habia dicho: «Abandénese, intente todo sual mente, no se esfuerce por conseguirlo, olvide completamente que sucedié y todo volvera con naturalidad». Y le habia d una palmada en la espalda, lo que la habia lisonjeado hacién la enrojecer de placer. Pero en su humilde opinién una or Parecia anular a la otra, como si le pidieran comer harina y mismo tiempo silbar, Para fundirlas en una sola, empez6 a us una estratagema: aquel vaso de leche que habia terminado ganar un secreto poder, y tenia dentro de cada trago el gusto una palabra renovando la fuerte palmada en la espalda, aqu vaso de leche era llevado por ella a la sala, donde se sental «con mucha naturalidad>, fingiendo falta de interés, «sin @ forzarse», cumpliendo de esta manera la segunda orden. «Ni importa que yo engorde», pens6, lo principal nunca habfa si la belleza. Se senté en el sofa como si fuera una visita en su propia cas: que, recientemente recuperada, arreglada y fria, recordaba tranquilidad de una casa ajena. Lo que era muy satisfactorio: al contrario de Carlota, que hiciera de su hogar algo parecido a ella misma, Laura sentia el placer de hacer de su casa algo imperso= nal; en cierto modo perfecto por ser impersonal. Oh, qué bueno era estar de vuelta, realmente de vuelta, son= rid ella satisfecha. Tomando el vaso casi vacio, cerré los ojos con _ un suspiro de dulce cansancio. Habfa planchado las camisas de Armando, habia hecho listas metédicas para el dia siguiente, cal~ culando minuciosamente lo que iba a gastar por la mafiana en ell 63 62 Carlota pensaba que ella era sdlo una mujer ordenada y y un poco aburrida, y si ella a veces estaba obligada a cuit para no molestar a los otros con detalles, a veces con Art se descuidaba y era un poco aburrida, cosa que no tenia i tancia porque él fingia que escuchaba aunque no ofa todo lo, ella contaba, y eso no la amargaba, comprendia perfecta bien que sus conversaciones cansaban un poco a la gente, era bueno poder contarle que no habia encontrado carne aunque Armando moviera la cabeza y no escuchase, la sirvit ella conversaban mucho, en verdad més ella que la sirvienta a veces contenia su impaciencia y se ponia un poco atrevid, culpa era suya que no siempre se hacia respetar. Pero, como ella iba diciendo, tomados del brazo, bajil castaiia ella y alto y delgado él, gracias a Dios tenia salud. castafia, como oscuramente pensaba que debfa ser una egj Tener cabellos negros o rubios era un exceso que, en su di de acertar, ella nunca habia ambicionado. Y en materia de verdes, bueno, le parecia que si tuviera ojos verdes seria como contarle todo a su marido. No es que Carlota diera propi de qué hablar, pero ella, Laura —que si tuviera oportunidad la fenderia ardientemente, pero nunca habia tenido ocasién-, Laura, estaba obligada contra su gusto a estar de acuerdo en la amiga tenia una manera extrafia y cOmica de tratar al mari oh, no por ser «de igual a igual», pues ahora eso se usaba, p usted ya sabe lo que quiero decir. Carlos era un poco origi eso ya lo habia comentado una vez con Armando y Arm: habia estado de acuerdo pero sin darle demasiada importan Pero, como ella iba diciendo, de marr6n con el cuellito. hasta llegaba a desarreglarlos para poder acomodarlos de nu Abrié los ojos y, como si fuera la sala la que hubiera doy mitado y no ella, la sala aparecia renovada y reposada con st sillones cepillados y las cortinas que habjan encogido en el dh mo lavado, como pantalones demasiado cortos y la persona rara cmicamente sus propias piernas. ;Oh!, qué bueno era W todo arreglado y sin polvo, todo limpio por sus propias man diestras, y tan silencioso, con un jarrén de flores, como una sal 66 #4, Win respetuosa, tan impersonal. Qué linda era la vida Wi para ella, que finalmente habia regresado de la extrava- i Hasta un florero. Lo miré. JAI, qué lindas son -exclamé su corazén, de pronto un jifantil, Eran menudas rosas silvestres que habia compra- {i maiiana en el mercado, en parte porque el hombre ha- istido mucho, en parte por osadia. Las habia arreglado en ef esa misma mafiana, mientras tomaba el sagrado vaso he de las diez. #0, a la luz de la sala, las rosas estaban en toda su completa juila belleza. linea vi rosas tan bonitas, pens6 con curiosidad. Y como si ubara de pensar justamente eso, vagamente consciente de jeababa de pensar justamente eso y pasando rapidamente eieima de la confusién de reconocerse un poco fastidiosa, i) en una etapa mas nueva de la sorpresa: «Sinceramente, #4 Vi rosas tan bonitas». Las miré con atencién. Pero la aten- iio podia mantenerse mucho tiempo como simple atencién, Jeguida se transformaba en suave placer, y ella no conseguia Wnulizar las rosas, estaba obligada a interrumpirse con la mis- exclamacién de curiosidad sumisa: ;Qué lindas son! Viran varias rosas perfectas, algunas en el mismo tallo. En 4/0 momento habjan trepado con ligera avidez unas sobre Ws, pero después, hecho el juego, tranquilas se habian inmo- lizado. Eran algunas rosas perfectas en su pequefiez, no del lo abiertas, y el tono rosado era casi blanco. jHasta parecian Williciales!, dijo sorprendida. Podrian dar la impresién de blan- 4 si estuvieran completamente abiertas, pero con los pétalos ntrales envueltos en botdn, el color se concentraba y, como #| lébulo de una oreja, se sentia el rubor circular dentro de ellas. {Qué lindas son}, pensé Laura sorprendida. Pero sin saber por qué estaba un poco timida, un poco per- {urbada. ;Oh!, no demasiado, pero sucedia que la belleza extre- ma la molestaba. Oyé6 los pasos dela criada sobre el mosaico de la cocina y por el sonido hueco reconocié que llevaba tacones altos; por lo tan- to, debja de estar a punto de salir. Entonces Laura tuvo una idea 67 en cierta manera original: gpor qué no pedirle a Maria que por la casa de Carlota y le dejase las rosas de regalo? Porque aquella extrema belleza la molestaba. ;La molest, Era.un riesgo. jOh!, no, gpor qué un riesgo?, apenas molest era una advertencia, joh!, no, gpor qué advertencia? Maria le ria las rosas a Carlota: Las manda la sefiora Laura —diria Maria. Sonrié pensativa. Carlota se extrafiaria de que Laura, pt do traer personalmente las rosas, ya que deseaba regalars las mandara antes de la cena con la sirvienta. Sin hablar de encontraria gracioso recibir las rosas, le pareceria «refinado», —jEsas cosas no son necesarias entre nosotras, Laura! —dirij otra con aquella franqueza un poco brutal, y Laura dirfa co! sofocado gritito de arrebatamiento: -jOh no, nol, jno es por la invitacidn a cenar!, jes que las sas eran tan lindas que senti el impulso de ofrecértelas! Si, si en ese momento tuviera valor, seria eso lo que di ~Cémo diria?, necesitaba no olvidarse: dirfa: -jOh, no!, etcétera -y Carlota se sorprenderia con la cadeza de sentimientos de Laura, nadie imaginaria que Lal tuviera también esas ideas. En esa escena imaginaria y apac que la hacia sonrefr beatificamente, ella se llamaba a sf mii «Laura», como si se tratara de una tercera persona. Una ter persona lIlena de aquella fe suya y crepitante y grata y tranq Laura, la del cuellito de encaje auténtico, vestida discretamt esposa de Armando, en fin, un Armando que ya no necesit esforzarse en prestar atenci6n a todas sus conversaciones s la sirvienta y la carne, que ya no necesitaba pensar en su muyj como un hombre que es feliz, como un hombre que no esta sado con una bailarina. -No pude dejar de mandarte las rosas —diria Laura, esa cera persona tan, pero tan... Y regalar las rosas era casi tan lii como las propias rosas. Y ella quedarfa libre de las flores. Y, entonces, :qué es lo que sucederia? Ah, sf: como iba dici do, Carlota quedaria sorprendida con aquella Laura que no inteligente ni buena pero también tenia sus sentimientos secr 68 Windo? Armando la miraria un poco asustado ~jpues es Jal ho olvidar que de ninguna manera él esta enterado de que Wlenta llevé por la tarde las rosas!~, Armando encararia con wlencia los impulsos de su pequefia mujer, y de noche ellos Hiian junto: vila habria olvidado las rosas y su belleza. i), pensé de repente, vagamente advertida. Era necesario suidado con la mirada asustada de los otros. Era necesa- ilar nunca mas motivo de miedo, sobre todo con eso tan i@, Y, en particular, ahorrarles cualquier sufrimiento de Y que nunca mas tuviera necesidad de la atencidn de los Hilinea mas esa cosa horrible de que todos la miraran mu- tila frente a todos. Nada de impulsos. Al mismo tiempo vio el vaso vacio en la mano y también i «tl dijo que yo no me esfuerce por conseguirlo, que no @ tomar actitudes solamente para probar que ya estoy. {a dijo entonces al escuchar de nuevo los pasos de la leada, Y cuando ésta se acercé, le dijo temeraria y desafian- Podrias pasar por la casa de la sefiora Carlota y dejarle estas a asf: «Sefiora Carlota, la sefiora Laura se las manda». 0: «Sefiora Carlota...». Mi, si... -dijo la sirvienta, paciente. Laura fue a buscar una hhoja de papel de China. Después sac con cuidado las rosas Hlorero, tan lindas y tranquilas, con las delicadas y mortales Was, Queria hacer un ramo muy artistico. Y al mismo tiempo aria de ellas. Y podria vestirse y continuar su dia. Cuando 6 las rositas hmedas en un ramo, alejé la mano que las sos- ii, las miré a distancia torciendo la cabeza y entrecerrando los para un juicio imparcial y severo. Y, cuando las miré, vio las rosas. Yentonces, irreprimible, suave, ella insinué para si: no Ileves flores, son muy lindas. "Un segundo después, muy suave todavia, el pensamiento fue wmente mas intenso, casi tentador: no las regales, son tuyas. iP Se asusté un poco: porque las cosas nunca eran suyas. Pero esas rosas lo eran. Rosadas, pequefias, perfectas: lo eran. § miré con incredulidad: eran lindas y eran suyas. Si consi- 69 guiera pensar algo més, pensarfa: suyas como hasta entom nada lo habia sido. Y podia quedarse con ellas, pues ya habia pasado aquella pt mera molestia que hiciera que vagamente ella hubiese evit mirar demasiado las rosas. ‘ Por qué regalarlas, entonces?, ¢lindas y darlas? Entone cuando descubres una cosa bella, gentonces vas y la regalas? eran suyas, se insinuaba ella persuasiva sin encontrar otro gumento ademis del simple y repetido, que le parecia cada més convincente y simple. No iban a durar mucho, zpor darlas entonces mientras estaban vivas? Dar el placer de tem las mientras estaban vivas? E] placer de tenerlas no significa g riesgo —se engaiié— pues, lo quisiera o no, en breve seria forz: a privarse de ellas, y entonces nunca mAs pensarfa en ellas, pi ellas habrian muerto; no iban a durar mucho, entonces, ¢por qi regalarlas? El hecho de que no duraran mucho le parecia qui la culpa de quedarse con ellas, en una oscura légica de mujer qi peca. Pues se vefa que iban a durar poco (iba a ser rapido, peligro). Y aunque ~argumenté en un tltimo y victorioso reel zo de culpa~ no fuera de modo alguno ella quien habia queri comprarlas, el vendedor habjfa insistido mucho y ella se tornal siempre muy timida cuando la forzaban a algo, no habia sit ella quien quiso comprar, ella no tenia culpa ninguna. Las mi encantada, pensativa, profunda. Y, sinceramente, nunca vi en mi vida cosa ms perfecta. Bien, pero ella ahora habja hablado con Maria y no tend: sentido volver atras. ;Era entonces demasiado tarde?, se asust viendo las rosas que aguardaban impasibles en su mano. Si q) siera, no seria demasiado tarde... Podria decirle a Maria: «jM. resolvi que yo misma llevaré las rosas cuando vaya a cenar!», claro, no las Hlevaria... Maria no tendria por qué saberlo. Ant de cambiarse de ropa ella se sentaria en el sofa por un momet to, sélo por un momento, para mirarlas. Mirar aquel tranquil desprendimiento de las rosas. Si, porque ya estaba hecha la cos: valia mds aprovechar, no seria tan tonta de quedarse con la fai y sin el provecho. Eso mismo es lo que haria. Pero con las rosas desenvueltas en la mano ella esperaba. Ni 70 ili en el florero, no llamaba a Maria. Ella sabia por qué. lie debia darlas. Oh, ella sabia por qué. {ambién que una cosa hermosa era para ser dada o recibi- i sHlo para tenerla. Y, sobre todo, nunca para «ser». Sobre Hilifea se tenia que ser una cosa hermosa. Porque a una cosa wi le faltaba el gesto de dar. Nunca se debia quedar con #00 hermosa, asi como guardada dentro del silencio perfec- lel Corazon. (Aunque si ella no regalaba las rosas, galguien lo brinia alguna vez?, era horriblemente facil y al alcance de la ) juedarse con ellas, :pues quién iria a descubrirlo? Y serfan , ¥ por eso mismo las cosas quedarian asi y no se hablaria dle eso...) ‘sitonces?, gy entonces?, se pregunts algo inquieta. Enton- io, Lo que debia hacer era envolverlas y mandarlas, aho- sii) ningtin placer; envolverlas y, decepcionada, enviarlas; y dada, quedar libre de elas. Porque una persona debia tener a, los pensamientos debfan tener congruencia: si es- Witdneamente resolviera cederlas a Carlota, deberia mantener Weolucién y regalarselas. Porque nadie cambiaba de idea de Momento a otro. Pero jcualquier persona se puede arrepentir!, se rebelé de nto. Porque sdlo en el momento en que tomé las rosas noté i lindas eran. ¢O un poco antes? (Y éstas eran suyas.) El pro- médico le habia dado una palmada en la espalda diciéndole: #No se esfuerce por fingir, usted sabe que estd bien», y después ile eso la palmada fuerte en la espalda. Asi, pues, ella no estaba Ubligada a tener coherencia, no tenia que probar nada a nadie y § quedaria con las rosas. (Eso mismo, eso mismo ya que éstas fan suyas.) stan listas? -Si, ya estan -dijo Laura sorprendida. Las miré mudas en su mano. Impersonales en su extrema helleza. En su extrema tranquilidad perfecta de rosas. Aquella liltima instancia: la flor. Aquella wiltima perfecci6n: la luminosa {anquilidad. Como viciosa, ella miraba ligeramente vida la perfeccién tentadora de las rosas, con la boca un poco seca las miraba. 71 Hasta que, lentamente austera, envolvié los tallos y las nas en el papel de China. Tan absorta habia estado que sdlo al tender el ramo preparado noté que ya Maria no estaba en la y se qued6 sola con su heroico sacrificio. Vagamente, dolo: mente, las miré, asi distantes como estaban en la punta del extendido, y la boca quedé atin més apretada, aquella en’ aquel deseo, pero ellas son mias, exclamé con gran timidez. Cuando Maria regresé y cogié el ramo, por un pequefo tante de avaricia Laura encogié la mano reteniendo las rosi segundo mis... jellas son tan lindas y son mias, es la pril cosa linda que es mia!, jy fue el hombre quien insistid, no quien las busquél, jfue el destino quien lo quiso!, joh, s6lo, vez!, jsdlo esta vez y juro que nunca mis! (Ella podria, menos, sacar para si una rosa, nada mas que eso: una rosa pi Solamente ella lo sabria, y después nunca mas, joh, ella se prometia a no dejarse tentar mas por la perfeccion, nunca Y en el minuto siguiente, sin ninguna transicién, sin obstaculo, las rosas estaban en manos de la sirvienta, jno suyas, como una carta que ya se ha echado en el correol, se puede recuperar més ni arriesgar las palabras!, no si nada gritar: jno fue eso lo que quise decir! Quedé con las vacias pero su coraz6n obstinado y rencoroso atin decia: « davia puedes alcanzar a Maria en las escaleras, bien sabes puedes arrebatarle las rosas de las manos y robarlas!». Pot quitarselas ahora seria robarlas. :Robar lo que era suyo? mismo es lo que haria cualquier persona que no tuviera las de las otras: jrobaria lo que era de ella por derecho propio! j ten piedad, Dios mio! Puedes recuperarlas, insistia con rabi entonces la puerta de la calle golped. En ese momento la puerta de la calle golped. Entonces lentamente ella se senté con tranquilidad en el Sin apoyar la espalda. Sélo para descansar. No, no estaba emi da, oh, ni siquiera un poco. Pero el punto ofendido en el f de los ojos se habia agrandado y estaba pensativo. Mir6 el rero. se fue? Se fue, si -respondié Catalina empujando la puerta de la ha- bitacién del hijo. jAh, si!, alli estaba el nifio, pensd con sibito alivio. Su hijo. Delgado y nervioso. Desde que se pusiera de pie habia caminado con firmeza; pero casi a los cuatro aiios hablaba como si desconociera los yerbos: verificaba las cosas con frial- dad, sin ligarlas entre si. La mujer sentia un calorcillo agradable y le gustaria poder sujetar al nifio para siempre a este momento; le quit la toalla de las manos en un acto de censura, jeste chi- co! Pero el nifio miraba hacia el aire, indiferente, comunicandose consigo mismo. Siempre estaba distrafdo. Nadie habia consegui- do todavia llamarle verdaderamente la atencién. La madre sacu- dia la toalla en el aire y de esta manera impedia la vision de la habitacién: Mami, dijo el chico. Catalina se volvié répida. Era 99 la primera vez que él decfa «mam» en ese tono y sin pedir Habia algo mas que una comprobacién: jmamé! La mujer tinué sacudiendo la toalla con violencia y se pregunté a qui podria contarle lo que habia sucedido, pero no encontré a que entendiera lo que ella no podja explicar. Desarrugé la t vigorosamente antes de colgarla a secar. Tal vez pudiese cont si cambiaba de forma al hecho. Contaria que el hijo habia di Mama, :quién es Dios? No, tal vez: Mamé, gnifio quiere d Dios? Tal vez. La verdad sdlo cabria en simbolos, sdlo en sit bolos la recibirian. Con los ojos sonriendo por su necesaria mi tira, y sobre todo de la préxima tonterfa, huyendo de Severi inesperadamente la mujer rié francamente para el nifio, no con los ojos: todo el cuerpo rié, quebrado, quebrado, quebr: el caparaz6n, apareciendo una aspereza casi como una ronque! Fea, dijo entonces el nifio, examindndola. —jVamos a pasear! -respondié ruborizandose y tomandolo de la mano. f Pas6 por la sala, sin detenerse avis6 al marido: ; Vamos a salir! Y golpeé la puerta del apartamento. ‘Antonio apenas tuvo tiempo de elevar los ojos del libro, y con sorpresa vio la sala vacia. jCatalina!, Ilam6, pero ya se es cuchaba el ruido del ascensor descendiendo. ;Adénde han ido?, se pregunt6 inquieto, tosiendo y sonandose la nariz. Porque el sdbado era suyo, pero él queria que su mujer y su hijo estuvie~ ran en casa mientras él se tomaba su sabado. jCatalina!, llamé fastidiado aunque supiera que ella ya no podria escucharlo. Se levanté, fue hasta la ventana y un segundo después vio a su mus jer y a su hijo en la calle. Los dos se habian detenido, la mujer decidiendo quizas el ca- mino a seguir. Y de stibito poniéndose en marcha. ¢Por qué ella caminaba tan fuerte, llevando al nifio de la mano?, por la ventana veia a su mujer agarrando con fuerza la mano del pequefio y caminando r4pido, con los ojos fijos adelante; y aun — sin verlo, el hombre adivinaba su boca endurecida. El nifio, no se sabia por qué oscura comprensién, también miraba fijo hacia delante, sorprendido e ingenuo. Vistas desde arriba, las dos fi- guras perdfan la perspectiva familiar, parecian achatadas en el 100 suielo y mas oscuras a la luz del mar. Los cabellos del chico vo- laban... El marido se repiti6 la pregunta que, aun bajo su inocencia de frase cotidiana, lo inquieté: zadénde van? Preocupado veia a su Mujer guiando a la criatura y temia que en ese momento en que ambos estaban fuera de su alcance ella transmitiese a su hijo... pero gqué? «Catalina», pensd, «Catalina, jesta criatura atin es inocente!». En qué momento la madre, apretando a su criatura, le daba esta prisién de amor que se abatiria para siempre sobre el futuro hombre. Mas tarde su hijo, ya hombre, solo, estaria de pie frente a esta misma ventana, golpeando los dedos sobre los Vidrios; preso. Obligado a responder a un muerto. Quién sabria jamas en qué momento la madre transferirfa al hijo la herencia. Y ¢on qué sombrio placer. Ahora madre e hijo comprendiéndose dentro del misterio compartido. Después nadie podria saber de qué negras raices se alimentaba la libertad de un hombre, «jCa- talina!», pens6 colérico, «jel nifio es inocente!». Pero ya habjan desaparecido en la playa. El misterio compartido. «Pero gy yo?, zy yo2, se pregunté asustado. Los dos se habfan ido, solos. Y él se habia quedado. «Con su sabado.» Y su gripe. En el apartamento ordenado, donde «todo marchaba bien...» ¢Quién sabria si su mujer estaba huyendo con el hijo de la sala de la luz bien regulada, de los muebles bien elegidos, y de las cortinas y de los cuadros? Eso es lo que él le habia dado. Apartamento de un ingeniero. Y sabia que, si la mujer se apro- vechaba de la situacién de un marido joven y leno de futuro, también lo despreciaba, con aquellos ojos atontados, huyendo con su hijo nervioso y delgado. El hombre se inquiet6. Porque no podria continuar dandole sino un éxito mayor. Y porque sa- bia que ella lo ayudaria a conseguirlo y odiaria lo que consi- guieran. Asi era esa tranquila mujer de treinta y dos afios que nunca hablaba verdaderamente, como si hubiese vivido siem- pre. Las relaciones entre ambos eran muy tranquilas. A veces é1 procuraba humillarla, y entraba en la habitacién mientras ella se cambiaba de ropa porque sabia que ella detestaba que la vieran desnuda. ¢Por qué necesitaba humillarla?; sin embargo, él sabia bien que ella sdlo seria de un hombre mientras fuese orgullosa. 101 Pero se habia habituado a tornarla femenina de esta manera: la humillaba con ternura, y ya ella sonreia, sin rencor? Tal vez de todo eso hubiesen nacido sus relaciones pacificas, y aquellas conversaciones en voz tranquila que formaban la atmésfera de hogar para la criatura. ¢O ésta se irritaba a veces? A veces el nifio se irritaba, pataleaba, gritaba bajo el efecto de las pesadillas. ¢De dénde habia nacido esta criaturita vibrante, sino de lo que su mujer y él habfan cortado de la vida diaria? Vivian tan tranquilos que, si se aproximaba un momento de alegria, ellos se miraban rapidamente, casi irénicos, y los ojos de ambos decfan: no vamos a gastarlo, no vamos a usarlo ridiculamente. Como si hubiesen: vivido desde siempre. Pero él la habja visto desde la ventana, la vio caminar deprisa, de la mano del hijo, y se habia dicho: Ella esta tomando el mo- mento de alegria sola. Se habia sentido frustrado porque desde hacfa mucho no podia vivir sino con ella. Y ella conseguia tomar sus momentos, sola. Por ejemplo, gqué habia hecho su mujer en= tre la salida del tren y su Ilegada al apartamento?, no sospechaba de ella, pero se inquietaba. La tiltima luz de la tarde estaba pesada y se abatia con graves dad sobre los objetos. Las arenas restallaban secas. Todo el dia habia estado bajo la amenaza de irradiacién. Que en ese momen- to, aunque sin restallar, se ensordecia cada vez més y zumbaba en el ascensor ininterrumpido del edificio. Cuando Catalina re~ gresara, ellos cenarian alejando a las mariposas. El nifio grita- rfa en su primer suefio, Catalina interrumpirfa un momento la cena... ;Y el ascensor no se detendrfa ni siquiera un instante! No, el ascensor no pararia ni un instante. —Después de cenar iremos al cine —resolvié el hombre. Por- que después del cine seria finalmente la noche, y este dia se que- braria con las olas en las rocas de Arpoador. El entré tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se habia ocupado de grandes negocios. Podrfa tener unos sesenta aios, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos potentes. En un dedo el anillo de su fuerza. Se sent6 am- plio y firme. Lo perdi de vista y mientras comia observé de nuevo a la mu- jer delgada, la del sombrero. Ella reia con la boca Ilena y le bri- llaban los ojos oscuros. Enel momento en que yo llevaba el tenedor ala boca, lo miré. Ahi estaba, con los ojos cerrados masticando pan con vigor, me- cdnicamente, los dos pufios cerrados sobre la mesa. Continué comiendo y mirando. El camarero disponia los platos sobre el mantel. Pero el viejo mantenia los ojos cerrados. A un gesto mas vivo del camarero, él los abrié tan bruscamente que ese mismo movimiento se comunicé a las grandes manos y un tenedor cay6. El camarero susurr6 palabras amables, inclinandose para recogerlo; él no respondié. Porque, ahora despierto, sorpresiva- mente daba vueltas a la carne de un lado para otro, la examinaba con vehemencia, mostrando la punta de la lengua —palpaba el bistec con un costado del tenedor, casi lo olia, moviendo la boca de antemano-. Y comenzaba a cortarlo con un movimiento inti- tilmente vigoroso de todo el cuerpo. En breve Ilevaba un trozo a cierta altura del rostro y, como si tuviera que cogerlo en el aire, lo cobré con un impulso de la cabeza. Miré mi plato. Cuando lo observé de nuevo, él estaba en plena gloria de la comida, masti- 103 cando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la luz del techo. Yo iba a cortar la carne nueva- mente, cuando lo vi detenerse por completo. Y exactamente como si no soportara mas —gqué cosa?— cogié rapido la servilleta y se apreté las 6rbitas de los ojos con las dos: manos peludas. Me detuve, en guardia. Su cuerpo respiraba con dificultad, crecfa. Retira finalmente la servilleta de los ojos y observa atontado desde muy lejos. Respira abriendo y cerrando. desmesuradamente los parpados, se limpia los ojos con cuidado y mastica lentamente el resto de comida que todavia tiene en la. boca. Un segundo después, sin embargo, esta repuesto y duro, toma una porcidn de ensalada con el cuerpo todo inclinado y come, el mentén altivo, el aceite humedeciéndole los labios. Se interrumpe un momento, enjuga de nuevo los ojos, balancea: brevemente la cabeza -y nuevo bocado de lechuga con carne engullido en el aire-. Le dice al camarero que pasa: Este no es el vino que le pedi. La voz que esperaba de él: voz sin posibles réplicas, por lo que yo veia que jams se podria hacer algo por él. Nada, sino obedecerlo. El camarero se alej6, cortés, con la botella en la mano. Pero he ahi que el viejo se inmoviliza de nuevo como si tu- viera el pecho contraido y enfermo. Su violento vigor se sacude preso. El espera. Hasta que el hambre parece asaltarlo y comien- za a masticar con apetito, las cejas fruncidas. Yo si comencé a comer lentamente, un poco asqueado sin saber por qué, partici~ pando también no sabia de qué. De pronto se estremece, llevan- dose la servilleta a los ojos y apretandolos con una brutalidad que me extasia... Abandono con cierta decisin el tenedor en el plato, con un ahogo insoportable en la garganta, furioso, lleno de sumisién. Pero el viejo se demora con la servilleta sobre los. ojos. Esta vez, cuando la retira sin prisa, las pupilas estan extre- madamente dulces y cansadas, y, antes de que él se las enjugara, vi. Vila lagrima. Me inclino sobre la carne, perdido. Cuando finalmente consi- go encararlo desde el fondo de mi rostro pélido, veo que también 104 4lse ha inclinado con los codos apoyados sobre la mesa, la cabeza entre las manos. Realmente él ya no soportaba mas. Las gruesas jas estaban juntas. La comida debia de haberse detenido un poco més abajo de la garganta bajo la dureza de la emocién, pues cuando él estuvo en condiciones de continuar hizo un terrible gesto de esfuerzo para engullir y se pasé la servilleta por la fren- te. Yo no podfa mas, la carne en mi plato estaba cruda, y yo era quien no podia continuar més. Sin embargo, él comia. El camarero trajo la botella dentro de una vasija con hielo. Yo observaba todo, ya sin discriminar: la botella era otra, el ca- marero de chaqueta, la luz aureolaba la cabeza gruesa de Plutén que ahora se movia con curiosidad, goloso y atento. Por un mo- mento el camarero me tapa la visién del viejo y apenas veo las alas negras de una chaqueta: sobrevolando la mesa, vertia vino tinto en la copa y aguardaba con los ojos ardientes —porque ahi estaba seguramente un sefior de buenas propinas, uno de esos viejos que todavia estan en el centro del mundo y de la fuerza-. El viejo, engrandecido, tomé un trago, con seguridad, dejé la copa y consulté con amargura el sabor en la boca. Restregaba un labio con otro, restallaba la lengua con disgusto como si lo que era bueno fuera intolerable. Yo esperaba, el camarero esperaba, ambos nos inclinabamos, en suspenso. Finalmente, él hizo una mueca de aprobacién. El camarero agaché la cabeza reluciente con sometimiento y gratitud, salié inclinado, y yo respiré con alivio. Ahora él mezclaba la carne y los tragos de vino en la gran boca, y los dientes postizos masticaban pesadamente mientras yo espiaba en vano. Nada mis sucedia. El restaurante parecia centellear con doble fuerza bajo el titilar de los cristales y cu- biertos; en la dura corona brillante de la sala los murmullos cre- cfan y se apaciguaban en una dulce ola, la mujer del sombrero grande sonreia con los ojos entrecerrados, tan delgada y hermo- sa, el camarero servia con lentitud el vino en el vaso. Pero en ese momento él hizo un gesto. Con la mano pesada y velluda, en cuya palma las lineas se cla- vaban con fatalismo, hizo el gesto de un pensamiento. Dijo con mimica lo més que pudo, y yo, yo sin comprender. Y como si no 105 soportara mas, dejé el tenedor en el plato. Esta vez te agarrai bien, viejo. Quedé respirando, agotado, ruidoso. Entonces suj ta el vaso de vino y bebe, los ojos cerrados, en rumorosa resu> rrecci6n. Mis ojos arden y la claridad es alta, persistente. i Estoy prisionero del éxtasis, palpitante de nausea. Todo parece grande y peligroso. La mujer delgada, cada vez més bell se estremece seria en las luces. El ha terminado. Su rostro se vacfa de expresién. Cierra los ojos, distiende los maxilares. Trato de aprovechar ese momen= to, en que él ya no posee su propio rostro, para finalmente ver, Pero es intitil. La gran forma que veo es desconocida, majestuo= sa, cruel y ciega. Lo que yo quiero mirar directamente, por fuerza extraordinaria del anciano, en ese momento no existe, no quiere. Llega el postre, una crema fundida, y yo me sorprendo por la decadencia de la eleccién. El come lentamente, toma una cucharada y observa correr el liquido pastoso. Lo toma todoj sin embargo, hace una mueca y, agrandado, alimentado, aleja el plato. Entonces, ya sin hambre, el gran caballo apoya la cas beza en la mano. La primera sefial més clara aparece. El viejo devorador de criaturas piensa en sus profundidades. Palido, lo veo Ilevarse la servilleta a la boca. Imagino escuchar un sollozo. Ambos permanecemos en silencio en el centro del salén. Qui+ zas él hubiera comido demasiado aprisa. jPorque, a pesar de todo, no perdiste el hambre, eh!, lo instigaba yo con ironia, c6- lera y agotamiento. Pero él se desmoronaba a ojos vista. Ahora _ los rasgos parecian caidos y dementes, él balanceaba la cabeza de un lado para otro, sin contenerse mds, con la boca apretada, los ojos cerrados, balancedndose, el patriarca estaba llorando por dentro. La ira me asfixiaba. Lo vi ponerse los anteojos y enve- jecer muchos afios. Mientras contaba el cambio, hacia sonar los dientes, proyectando el mentén hacia adelante, entregandose un instante a la dulzura de la vejez. Yo mismo, tan atento habia es- tado a él que no lo vi sacar el dinero para pagar, ni examinar la cuenta, y no habja notado el regreso del camarero con el cambio. Por fin se quité las gafas, castafieted los dientes, se enjugé los ojos haciendo muecas imitiles y penosas. Pasé la mano cuadra~ 106 ila por los cabellos blancos alisindolos con fuerza. Se levant6, segurindose al borde de la mesa con las manos vigorosas. Y he ali que, después de liberado de un apoyo, él parecia mas débil, Wuinque todavia era enorme y todavia capaz de apuiialar a cual- (juiera de nosotros. Sin que yo pudiera hacer nada, se puso el sombrero acariciando la corbata en el espejo. Cruzé el angulo luminoso del sal6n, desapareci6. Pero yo todavia soy un hombre. Cuando me traicionaron o me asesinaron, cuando alguien se fue para siempre, cuando perdi lo mejor que me quedaba, 0 cuando supe que iba a morir... yo no como. No soy todavia esta potencia, esta construccién, esta ruina. Empujo el plato, rechazo Ia carne y su sangre. Preciosidad Por la mafiana, temprano, siempre era la misma cosa reno¥, da: despertar. Lo que era lento, extendido, vasto. Ampliamente abria los ojos. / Tenia quince afios y no era bonita. Pero por dentro de su del~ dentro de una meditacién. Y dentro de la nebulosidad, algo pre cioso. Que no se desperezaba, que no se comprometia, no se contaminaba. Que era inmenso como wna joya. Ella. Despertaba antes que todos, ya que para ir a la escuela ten- dria que tomar un autobtis y un tranvia, lo que le Ievarfa una hora. De devaneo agudo como un crimen. El viento de la mafiana violentando la ventana y el rostro hasta que los labios se ponfan duros, helados. Entonces ella sonreia. Como si sonrefr fuese en si un objetivo. Todo eso sucederia si tuviese la suerte de que «nadie mirara, la mirara>. Cuando se levantaba de madrugada -ya superado el momen- to dilatado en que se desenredaba toda- se vestia corriendo, se mentia a si misma que no tenia tiempo de bafiarse y la familia adormecida jams adiviné qué pocos baiios tomaba. Bajo la luz encendida del comedor bebia el café que la doncella, rascandose en la oscuridad de la cocina, habia recalentado. Apenas si tocé el pan que la mantequilla no consegufa ablandar. Con la boca fresca por el desayuno, los libros debajo del brazo, por fin abria la puerta, trasponia la tibieza insulsa de la casa escurriéndose hacia la hela- da fruicién de la mafiana, Después ya no se apresuraba mas. 108 ‘Tenia que atravesar la ancha calle desierta hasta alcanzar la avenida, al final de la cual un autobtis emergerfa vacilando den- ito de la niebla, con las luces de la noche todavia encendidas en el farol. Al viento de junio, el acto misterioso, autoritario y perfecto de erguir el brazo -y ya de lejos el autobus trémulo co- menzaba a deformarse obedeciendo a la arrogancia de su cuerpo, representante de un poder supremo, de lejos el autobtis comen- yaba a tornarse incierto y lento, lento y avanzando, cada vez mas eoncreto- hasta detener su rostro en humo y calor, en calor y humo. Entonces subja, seria como una misionera a causa de los obreros del autobtis que «podrian decirle alguna cosa». Aquellos hombres que ya no eran jévenes. Aunque también de los jove- hes tenia miedo, miedo también de los chicos. Miedo de que «le dijesen alguna cosa», de que la mirasen mucho. En la gravedad de la boca cerrada habia una gran stiplica: que la respetaran. Mas que eso. Como si hubiese prestado voto, estaba obligada a ser venerada y, mientras por dentro el corazén golpeaba con miedo, también ella se veneraba, ella era la depositaria de un ritmo. Si la miraban se quedaba rigida y dolorosa. Lo que la salvaba era Bt lov hombiermd laivetain Ausiquelgna:cisa'en ellayjames dida que dieciséis afios se aproximaban en humo y calor, alguna cosa estuviera intensamente sorprendida, y eso sorprendiera a algunos hombres. Como si alguien les hubiese tocado el hom- bro. Una sombra tal vez. En el suelo la enorme sombra de una muchacha sin hombre, elemento cristalizable e incierto que for- maba parte de la monétona geometria de las grandes ceremonias publicas. Como si les hubieran tocado el hombro. Ellos miraban y no la vefan. Ella hacia mas sombra que lo que existia. En el autobus los obreros se comportaban silenciosamente con la tartera en la mano, el suefio todavia en el rostro. Ella sen- tia vergiienza de no confiar en ellos, que estaban cansados. Pero hasta que conseguia olvidarlos existia la incomodidad. Es que ellos «sabian». Y como también ella sabia, de ahi la incomodi- dad. Todos sabfan lo mismo. También su padre sabia. Un viejo pidiendo limosna sabia. La riqueza distribuida, y el silencio. Después, con paso de soldado, cruzaba —incdlume- el Largo de Lapa, donde ya era de dia. En ese momento, la batalla estaba 109 casi ganada. Escogia en el tranvia un asiento, vacio si era posible, ©, si tenfa suerte, se sentaba al lado de alguna segura mujer con un atado de ropa sobre su regazo, por ejemplo, y era la prime- ra tregua. Todavia tendria que enfrentar en la escuela el ancho corredor donde los compajieros estarfan de pie conversando, y donde los tacones de sus zapatos hacian un ruido que las pier= nas tensas no podian contener, como si ella quisiera intitilmente hacer que se detuviera un corazén, eran zapatos con baile pro= pio. Se hacia un vago silencio entre los muchachos que quiza sintieran, bajo su disfraz, que ella era una de las devotas. Pasaba entre las filas de los compafieros creciendo, y ellos no sabian qué pensar ni c6mo comentarla. Era feo el ruido de sus zapatos. Con: tacones de madera rompia su propio secreto. Si el corredor se. hubiese extendido un poco mis, ella olvidaria su destino y co- rreria tapandose los ofdos con las manos. Solamente usaba zapa- tos duraderos. Como si todavia fueran los mismos que le habian calzado con solemnidad el dia que naciera. Cruzaba el corredor interminable como el silencio de una trinchera, y habia algo tan feroz en su rostro ~y también soberbio a causa de su sombra= que nadie le decia nada. Prohibitiva, ella les impedia pensar. Hasta que llegaba finalmente al aula. Donde repentinamen- te todo se tornaba sin importancia y mas rapido y leve, donde: su rostro tenia algunas pecas, los cabellos caian sobre los ojos, y donde ella era tratada como un muchacho. Donde era inteli- gente. La astuta profesidn. Parecia haber estudiado en casa. Su curiosidad le informaba algo mas que de respuestas. Adivinaba, sintiendo en la boca el gusto citrico de los dolores heroicos, adi- vinaba la repulsion fascinante que su cabeza pensante creaba en los compaiieros, que, de nuevo, no sabian cémo comentarla, Cada vez mas la gran simuladora se tornaba inteligente. Habja apren- dido a pensar. El sacrificio necesario: asi «nadie tendria coraje». A veces, mientras el profesor hablaba, ella, intensa, nebulosa, dibujaba trazos simétricos en el cuaderno. Si un trazo, que tenia que ser fuerte y delicado al mismo tiempo, salia fuera del circu- lo imaginario en que deberia caber, todo se desmoronaria: ella se encontraba ausente, guiada por la avidez de lo ideal. A veces, en lugar de trazos, dibujaba estrellas, estrellas, tantas y tan altas 110 que de ese trabajo anunciador salia exhausta, levantando una cabeza apenas despierta. El regreso a casa estaba tan lleno de hambre que la impacien- ein y el odio roian su corazén. A la vuelta parecia otra ciudad: en ¢l Largo de Lapa cientos de personas reverberadas por el ham- bre parecian haber olvidado, y si se les recordara, mostrarian los dientes. El sol delineaba a cada hombre con carbén negro. A esa hora en que el cuidado tenfa que ser mayor, ella estaba protegida por esa especie de fealdad que el hambre acentuaba, sus rasgos oscurecidos por la adrenalina que oscurecia la carne de los ani- males de caza. En la casa vacia, toda la familia en el trabajo, gri- taba a la sirvienta que ni siquiera le respondia. Comia como un centauro. E] rostro cerca del plato, los cabellos casi en la comida. -Flaquita, pero hay que ver cémo devora —decia la empleada con picardia. -Vete al diablo le gritaba, sombria. En la casa vacfa, sola con la sirvienta, ya no caminaba como un soldado, ya no precisaba cuidarse. Pero sentia la falta de la batalla en las calles. Melancolia de la libertad, con el horizonte todavia bri Seiliabfaentvegidalil hnbtizantes Peetiemedld Desitietal gtaldeh presente. El aprendizaje de la paciencia, el juramento de la espera. De lo que tal vez jamés supiera librarse. La tarde transformando- se en interminable y, hasta que todos regresaran para la comida y ella pudiera volver a transformarse con alivio en una hija, era el calor, el libro abierto y después cerrado, una intuicién, el calor: se sentaba con la cabeza entre las manos, desesperada. Cuando tenia diez afios, record, un chico que la queria le habia arrojado un rat6n muerto. ;Porqueria!, habja gritado palida por la ofensa. Fue una experiencia. Jamas se lo habia contado a nadie. Con la cabeza entre las manos, sentada. Decia quince veces: soy fuerte, soy fuerte, soy fuerte, después advertia que apenas habia presta- do atencién al conteo. Preocupada con la cantidad, dijo una vez ms: soy fuerte, dieciséis. Y ya no estaba mas a merced de nadie. Desesperada porque, fuerte, libre, ya no estaba més a merced de nadie. Habia perdido la fe. Fue a conversar con la sirvienta, an- tigua sacerdotisa. Ellas se reconocian. Las dos descalzas, de pie en la cocina, la estufa envuelta en la humareda. Habia perdido 11 la fe, pero, a orillas de la gracia, buscaba en la sirvienta apenas lo que ella perdiera, no lo que ganara. Entonces se hacia la distraida y, conversando, evitaba la conversacién. «Ella imagina que a mi edad debo saber mas de lo que sé y es capaz de ensefiarme algo», pens6, la cabeza entre las manos, defendiendo la ignorancia como. si se tratara de un cuerpo. Le faltaban los elementos, pero no los. queria de quien ya los habia olvidado. La gran espera formaba parte. Dentro de la inmensidad, maquinando. Todo eso, si. Luego, cansada, la exasperacion. Pero en la madrugada siguiente, asi como se abre un avestruz grande, ella despertaba. Desperté en el mismo misterio intacto, abriendo los ojos, ella era la princesa del misterio intacto. Como si la fabrica ya hubiera hecho sonar la sirena, se vistié corriendo, bebié el café de un trago. Abrié la puerta de la casa. Y entonces ya no se apresuré més. Fue a la gran inmolacién de las calles. Atontada, atenta, mujer de apache. Parte del rudo: ritmo de un ritual. Era una maiiana atin més fria y oscura que las otras, ella se estremecié dentro del suéter. La blanca nebulosidad dejaba in- visible el final de la calle. Todo estaba algodonado, ni siquiera se escuchaba el ruido de un autobtis que pasase por la avenida. Fue caminando hacia lo imprevisible de la calle. Las casas dormian en las puertas cerradas. Los jardines estaban endurecidos de frio. En el aire oscuro, mas que en el cielo, en medio de la calle una estrella. Una gran estrella de hielo que todavia no habia vuelto, incierta en el aire, htimeda, deforme. Sorprendida con su retraso, se redondeaba en la vacilacion. Ella miré la estrella proxima. Ca- minaba solita en la ciudad bombardeada. No, ella no estaba sola. Con los ojos fruncidos por la incre- dulidad, en la lejania de su calle, desde dentro del vapor, vio a dos hombres. Dos muchachos viniendo. Miré en torno como si pudiese haberse equivocado de calle o de ciudad. S6lo habia equivocado los minutos: habia salido de casa antes de que la es- trella y los dos hombres hubiesen tenido tiempo de desaparecer. Su coraz6n se asusté. El primer impulso, frente al error, fue rehacer para atras los pasos dados y entrar en su casa hasta que ellos pasaran: «jEllos 112 van a mirarme, lo sé, no hay nadie més a quien ellos puedan mi- ar y ellos me van a mirar mucho!». Pero cémo volver y huir si habia nacido la dificultad. $i toda su lenta preparacién tenia el destino ignorado al que ella, por culto, tenia que adherirse. ~Como retroceder, y después nunca mas olvidar la vergiienza de haber esperado miserablemente detrs de una puerta? Y quizds hasta no habria peligro. Ellos no tendrfan el valor de decirle nada porque ella pasaria con el andar duro, la boca cerrada, en su ritmo espaiiol. Con las piernas heroicas, continué la marcha. Cada vez que se aproximaba, ellos también se aproximaban —entonces todos se aproximaban, la calle qued6 cada vez un poco més corta-. Los zapatos de los dos muchachos mezclaban su ruido con el de sus propios zapatos, era horrible escuchar. Era insistente escuchar. Los zapatos eran huecos 0 la acera era hueca. La piedra del suelo avisaba. Todo era un eco y ella escuchaba, sin poder impedirlo, el silencio del cerco comunicéndose por las calles del barrio, y veia, sin poder impedirlo, que las puertas habian permanecido muy cerradas. Hasta la estrella se retiraba ahora. En la nueva palidez de la oscuridad, la calle quedaba entregada a los tres. Ella caminaba, escuchaba a los hombres, ya que no podia verlos y ya que necesitaba saberlos. Ella los ofa y se sorprendia con el propio coraje de continuar. Pero no era coraje. Era un don. Y la gran vocaci6n para un destino. Ella avanzaba, sufriendo al obe- decer. Si consiguiera pensar en otra cosa no oirfa los zapatos. Ni lo que ellos pudieran decir. Ni el silencio con que cruzarfan. Con brusca rigidez los mir6. Cuando menos lo esperaba, traicionando el voto de secreto, répidamente los mird. ¢Ellos sonreian? No, estaban serios. No deberia haberlos visto. Porque, viéndolos, por un instante ella arriesgaba tornarse individual, y ellos también. Era de lo que parecia haber sido avisada: mientras ejecutase un mundo clasico, mientras fuera impersonal, seria hija de los dioses, y asistida por lo que tiene que ser hecho. Pero, habiendo visto lo que los ojos, al ver, disminuyen, se habja arriesgado a ser ella misma, lo que la tradicién no amparaba. Por un instante vacilé, perdido el rum- bo. Pero era demasiado tarde para retroceder. Sélo no seria muy 113 tarde si corriera. Pero correr seria como errar todos los pasos, y perder el ritmo que todavia la sostenia, el ritmo que era su tinico talisman, el que le fuera entregado a la parte del mundo donde se habian apagado todos los recuerdos, y como incomprensible re- miniscencia habia quedado el ciego talisman, ritmo que era de su destino copiar, ejecutandolo, para la consumacién del mundo. No la suya. Si ella corriera, el orden se alteraria. Y nunca le seria perdonado lo peor: la prisa. Aun cuando se huye, corren detras de uno, son cosas que se saben. Rigida, catequista, sin alterar por un segundo la lentitud con que avanzaba, ella avanzaba. ;Ellos van a mirarme, lo sé! Pero intentaba, por instinto de una vida interior, no transmitirles susto. Adivinaba lo que el miedo desencadena. Iba a ser rapido, sin dolor. Slo por una fraccién de segundo se cruzarian, répi- do, instant4neo, por causa de la ventaja a su favor al estar ella en movimiento y venir ellos en movimiento contrario, lo que harfa que el instante se redujera a lo esencialmente necesario —a la caida del primero de los siete misterios que eran tan secre- tos que de ellos apenas quedara una sabiduria: el numero siete-. Haced que ellos no digan nada, haced que ellos sdlo piensen, que pensar yo los dejo. Iba a ser rapido, y un segundo después de la transposicién ella diria maravillada, caminando por otras y otras calles: casi no dolié. Pero lo que siguié no tuvo explica- cién. Lo que siguié fueron cuatro manos dificiles, fueron cuatro manos que no sabjan lo que querian, cuatro manos equivocadas de quien no tenfa la vocacién, cuatro manos que la tocaron tan inesperadamente que ella hizo la cosa més acertada que podria haber hecho en el mundo de los movimientos: qued6 paraliza- da, Ellos, cuyo papel predeterminado era solamente el de pasar junto a la oscuridad de su miedo, y entonces el primero de los siete misterios caeria; ellos, que tan sdlo representarian el ho- rizonte de un solo paso aproximado, ellos no comprendieron la funcién que tenjfan y, con la individualidad de los que tenian miedo, habian atacado. Fue menos de una fraccién de segun- do en la calle tranquila. En una fraccién de segundo la tocaron como si a ellos les correspondieran todos los siete misterios. 114 Que ella conservé, todos, y se torné mis larva, y siete afios mas de atraso. Ella no volvié los ojos porque su cara qued6 vuelta serena- mente hacia la nada. Pero por la prisa con que la ofendieron supo que ellos tenfan mas miedo que ella. Tan asustados estaban que ya no se hallaban més alli. Corrian. «Tenian miedo de que ella gritara y las puertas de las casas se abrieran una por una», razon, ellos no sabian que no se grita. Se quedé de pie, escuchando con tranquila dulzura los zapa- tos de ellos en fuga. La acera era hueca o los zapatos eran huecos © ella misma era hueca. En el hueco de los zapatos de ellos ofa atenta el miedo de los dos. El sonido golpeaba nitido sobre las baldosas como si golpearan a la puerta sin parar y ella esperase que desistieran. Tan nitida en la desnudez de la piedra que el zapateado no parecia distanciarse: estaba alli a sus pies, como un zapateado victorioso. De pie, ella no tenia por dénde sostenerse sino por los ofdos. La sonoridad no la desalentaba, el alejamiento le era transmi- tido por una celeridad cada vez més precisa de los tacones. Los tacones no sonaban més sobre la piedra, sonaban en el aire como castafiuelas cada vez més delicadas. Después advirtié que hacia mucho que no escuchaba ningun sonido. Y, traido de nuevo por la brisa, el silencio era una calle vacia. Hasta ese momento se habia mantenido quieta, de pie en me- dio de la acera. Entonces, como si hubiese varias etapas de la misma inmovilidad, quedé detenida. Poco después suspird. Y en nueva etapa se qued6 parada. Después movié la cabeza, y enton- ces qued6é més profundamente parada. Después retrocedié lentamente hasta un muro, jorobada, bien lentamente, como si tuviese un brazo fracturado, hasta que se recosté toda en el muro, donde quedé apoyada. Y entonces se mantuvo parada. No moverse es lo que importa, pensé de lejos, no moverse. Después de un tiempo probablemente se habria di- cho asi: ahora mueve un poco las piernas. Después de lo cual, suspiré y se quedé quieta, mirando. Atin estaba oscuro. Después amanecié. Lentamente reunié los libros desparramados por el suelo. 115 Mas adelante estaba el cuaderno abierto. Cuando se incliné para recogerlo, vio la letra menuda y destacada que hasta esa mafiana era suya. Entonces salié. Sin saber con qué habia Ilenado el tiempo, sino con pasos y pasos, llegé a la escuela con mas de dos ho- ras de retraso. Como no habia pensado en nada, no sabia que el tiempo habia transcurrido. Por la presencia del profesor de latin comprobé con una delicada sorpresa que en la clase ya habian comenzado la tercera hora. Qué te ha pasado? -murmuré la chica del pupitre vecino. —gPor qué? —Estas palida. Te pasa algo? -No -y lo dijo tan claramente que muchos compaiieros la miraron. Se levanté y dijo en voz bien alta: Con permiso, Fue hasta el baiio. Y alli, ante el gran silencio de los azulejos gritd, aguda, supersénica: ;Estoy sola en el mundo! jNadie me va a ayudar nunca, nadie me va a amar nunca! jEstoy sola en el mundo! Alli estaba, perdiendo también la tercera clase, en la ancha banca del bafio, frente a varios lavabos. «No importa, después copio los apuntes, pido prestados los cuadernos para copiarlos en casa, jestoy sola en el mundo!», se interrumpié golpeando— varias veces el banco con el puiio cerrado. El ruido de los cua- tro zapatos comenz6 de pronto como una Iluvia menuda y fina. Ruido ciego, no reflejaba nada en los azulejos brillantes. Sélo la nitidez de cada zapato que no se enmaraiié ninguna vez con otro Zapato. Como nueces que caian. Sélo era esperar que dejaran de golpear la puerta. Entonces se detuvieron. Cuando fue a mojarse el pelo frente al espejo, jestaba tan feal Era tan poco lo que ella posefa, y ellos lo habian tocado. Ella era tan fea y preciosa. y Estaba palida, los trazos afinados. Las manos humedecfan los cabellos, sucias de tinta todavia del dia anterior. «Debo cuidar, mas de mf», pensd. No sabia cémo. Y en verdad, cada vez sabia menos c6mo. La expresién de la nariz era la de un hocico sefia- lando la cerca. Volvié a la banca y se qued6 quieta, con su hocico. «Una per- sona no es nada.» «No», retrucé en débil protesta, «no digas #0», pensd con bondad y melancolia. «Una persona siempre es algo», dijo por gentileza. Pero durante la cena la vida tom6 un sentido inmediato e his- (6rico. ~iNecesito zapatos nuevos! ;Los mios hacen mucho ruido, {una mujer no puede caminar con tacones de madera, llama mu- cho la atencién! ;Nadie me da nada! j Nadie me da nada! -y esta- ba tan frenética y agénica que nadie tuvo valor para decirle que no los tendria. Solamente dijeron: ~Tié atin no eres una mujer y los tacones son siempre de ma- dera. Hasta que, asi como una persona engorda, ella dejé de ser mujer, sin saber por qué proceso. Existe una oscura ley que hace que se proteja al huevo hasta que nace el pollo, pajaro de fuego. Y ella obtuvo sus zapatos nuevos. Comienzos de una fortuna yante la noche. También su madre salia del dormitorio un poco tleshecha y todavia sofiadora, como si la amargura del suejio le Wibiese dado satisfaccién. Hasta tomar el desayuno, todos esta- {wun irritados © pensativos, inclusive la empleada. Ese no era el iomento de pedir cosas. Pero para él era una necesidad pacifica ile establecer dominios de majiana: cada vez que despertaba era (Como si necesitase recuperar los dfas anteriores. “No soy un jugador ni un gastador. =jArturo —dijo la madre, irritadisima-, ya me basta con mis preocupaciones! = Qué preocupaciones? —pregunté él, interesado. Era una de aquellas mafianas que parecen suspendidas en el ae a SA dedi Ee Bape Be semasi in mictnevetvdlcttaneb lee duserala shite tait F ks 1 er mucho més pariente de ella que su propio padre, quien, por q iejaba a la idea que nos hacemos del asf decir, se habia incorporado a la familia. Apreté los labios. tiempo. 4 Fe ks aaa ee “e hey Todo el mundo tiene preocupaciones, hijo mio —corrigié a Hi erto pero el fresco se habia congelado alla ella entrando en una nueva modalidad de relaciones, entre ma- afuera y no entraba en el jardin, como si cualquier transbordo ternal y educadora. ee en ee de ae Sélo aie moscas brillantes Y de ahi en adelante su madre habia asumido el dia. Se habia io en el com ist i i ivi i eae eo aban la azucarera, disipado la especie de individualidad con que se despertaba y aes a ceMA iz ia nas 1o an todo. «Si yo tuviera Arturo ya podia contar con clla. Desde siempre, o lo aceptaban se fn " — fe uro, y un deseo de atesorar, de poseer © lo reducian a ser él mismo. De pequeiio, jugaban con él, lo pea a , daba a su rostro un aire desprendido y con- levantaban en el aire, lo llenaban de besos, y, de repente, pasa- i ‘a Heth ban a ser «individuales», lo dejaban, le decfan gentilmente pero fa es 1 ; : Swe ‘ aaa ie Ke ; ceed . ya intangibles «Ahora se acabd», y él quedaba todo vibrante de nly ynterias —r¢ ici j G fi ‘i wien is Le Sao espondié la madre-. No empieces otra caricias, con tantas carcajadas atin para dar. Se ponia caprichoso, inero. i i 6 i APT RWeee an ie empujaba a unos y otros con el pie, lleno de cdlera que, sin em- enia = is i ti ici ud d deseos de iniciar ninguna conversa bargo, en el mismo instante se transformaria en delicia, apenas cién apremiante que terminase en soluciones. Un poco de la ellos quisieran. Peete de la ee la vispera del dia de paga, con el pa- —Come, Arturo -concluyé la madre y de nuevo él ya podia clando autoridad y comprensi6n, y la madre mezclando contar con ella. Asi, inmediatamente se volvié mas pequefio y canoe y principios basicos, un poco de la mortificacién mas malcriado: le la vispera pedia, si i ibn. $6 i ia i i i in Pert ‘i fa, Sin embargo, continuacién. Sdlo que eta Yo también tengo mis preocupaciones pero nadie repara en i hae a ja urgencia de ayer. Cada noche el suefio parecia ellas. ;Cuando digo que necesito dinero parece como si lo estu- responder a todas sus necesidades. Y por la mafiana, al contrario viera pidiendo para jugar o para beber! . a ee oe ce y barbudos, él despertaba ~Desde cuando el sefior admite que podria ser para jugar 0 imberbe. Ves; -- ife- ij ind: ie eae f 'speinado, pero con un desorden dife para beber? —dijo el padre entrando en la sala y encamindndose a ente del de su padre, a quien parecia haberle sucedido cosas du- la cabecera de la mesa~. jVaya con ésa! ;Qué pretensién! 118 119 EI no habja contado con la Ilegada del padre. Desorientado, Arturo rié con desagrado, sin placer. pero acostumbrado, comenz6: Sentado en el banco, esperé que el profesor se irguiese. La ~jPero, papa! ~su voz desafiné en ‘una rebelién que no llegaba carraspera de éste, prologando el comienzo de la clase, fue la se- inecinintlianddadedma cAuienesailasnddsenval estaba ia fial habitual para que los alumnos se sentaran més atras, abrieran da, revolviendo tranquilamente el café con leche, indiferente ala los ojos con atencién y no pensaran en nada. «En nada», fue la bdarbaetacingie}ardtiins| ea tatlalau adie boca aa perturbada respuesta de Arcuro al profesor que lo interpelaba ale ade te ad ecco neannma nals jrritado. «En nada» era vagamente en conversaciones anteriores, -Vete ya, que es tu hora -corté el padre. Arturo se volvié en decisiones poco definitivas sobre una ida al cine, en dinero. El haciavsu made: Pero éstaestabaponiéndole maritequilla algal necesitaba dinero, Pero durante la clase, obligado a estar inmévil absorta y placentera. De nuevo habia huido. A todo dirfa ques y sin ninguna responsabilidad, cualquier deseo tenia como base sin concederle ninguna importancia. el reposo. Cerrando la puerta, él tenfa nuevamente la impresién de que =gEntonces no te diste cuenta en seguida de que Gloria que- ateadatibn ecko poe be abaletien ap gtiessilaicalletsarucrai iam fia que la invitaran al cine? dijo Carlitos, y ambos miraron con recibiera. «Cuando yo tenga mi mujer y mis hijos tocaré el tim- euriosidad a la chica que alli estaba, sujetando su portafolio. bre de aqui, haré visitas, y todo seré diferente», pensé. Pensativo, Arturo continué caminando al lado del amigo, mi- La vida fuera de casa era totalmente otra. Ademés de la dife- rando las piedras del suelo. rencia de luz -como si solamente saliendo él viese qué tiempo -Si no tienes dinero para dos entradas, yo te presto, y me hacia realmente y qué disposiciones habian tomado las circuns- pagas después. tancias durante la noche-, ademis de la diferencia de luz, estaba Por lo visto, desde el momento en que tuviera dinero estaria la diferencia del modo de ser. Cuando era pequeiio, la madre de- obligado a emplearlo en mil cosas. cfa: «Fuera de casa él es una dulzura; en casa, un demonio». Aun ~Pero después tengo que devolverte ese dinero, y ya le debo ahora, cruzando el pequefio portén, él se habia vuelto visible- al hermano de Antonio —respondié evasivo. mente més joven y al mismo tiempo menos nifio, mas sensible -zY entonces?, gqué tiene eso de malo? -explicé el otro, pric- y sobre todo sin saber de qué hablar. Pero con un décil interés, tico y vehemente. No era una persona que buscase conversacién, pero si alguien le «Y entonces», pensé con una pequefia dosis de cdlera, «y en- preguntaba como ahora: «Nifio, gen qué parte esta la iglesia?» tonces, por lo visto, en seguida que alguien tiene dinero apa- él se animaba suavemente, inclinaba el largo cuello, pues todos. recen los otros queriendo utilizarlo, explicando cémo hay que eran més bajos que él; y daba la informacién pedida, atraido, hacer para perder dinero». como si en eso hubiese un intercambio de cordialidades y un ~Por lo visto -dijo desviando la rabia del amigo-, por lo visto campo abierto a la curiosidad. Qued6 atento mirando a la sefiora basta que uno tenga unos cruceritos para que de inmediato una doblar la esquina camino a la iglesia, pacientemente responsable mujer los huela y caiga encima. de su itinerario. Los dos rieron. Después de eso él estuvo mis alegre, més -El dinero esta hecho para gastar y ya sabes en qué -dudé confiado. Sobre todo menos oprimido por las circunstancias. intensamente Carlitos. Pero después ya fue mediod{a y cualquier deseo se tornaba Lo quiero para comprar cosas -respondié un poco vaga- mis drido y mas duro de soportar. Durante todo el almuerzo mente. él pens6 con desagrado en contraer 0 no deudas, y se sentia un -~Una bicicleta? -ri6 Carlitos, ofensivo, animoso en la intriga, hombre aniquilado. 120 121 ~iO él estudia demasiado 0 no come bastante por la mafiana! _ ~dijo la madre-. El hecho es que despierta bien dispuesto, pero _ luego aparece para el almuerzo con esa cara palida. En seguida se le endurecen las facciones, y es la primera sefial. -No es nada, es el desgaste natural del dia —dijo el padre con buen humor. Mirandose en el espejo del corredor antes de sa~ lir, vio que realmente era la cara de uno de esos muchachos que trabajan, cansados y jévenes. Sonrié sin mover los labios, satis- fecho en el fondo de los ojos. Pero en la puerta del cine no pudo dejar de pedirle prestado el dinero a Carlitos, porque alla estaba Gloria con una amiga. ~¢Ustedes prefieren sentarse adelante o en medio? —pregun- taba Gloria. —Por lo visto, el cine se fue al traste -dijo al pasar Carlitos. En seguida se arrepintié de haber hablado, pues el compaiiero ni lo habia escuchado, ocupado con la muchacha. No era necesario disminuirse a los ojos del otro, para quien una sesion de cine slo servia para ganar a una chica. En realidad el cine sdlo se habia ido al traste al comienzo. De inmediato él relajé el cuerpo, se olvidé de la otra presencia, a su lado, y se puso a ver la pelicula. Solamente a la mitad de la fun- cidn tuvo conciencia de la presencia de Gloria y sobresaltado la miré con disimulo. Con un poco de sorpresa comprobé que ella no era precisamente la explotadora que él supusiera: alla estaba Gloria inclinada hacia delante, la boca abierta por la atencién. Aliviado, se recost6 otra vez en la butaca. Mas tarde, sin embargo, se interrogé sobre si habia sido ex- plotado o no. Y su angustia fue tan inmensa que él se detuvo ante una vitrina, con terror en la cara. El corazon le golpeaba como un puiio. Ademds del rostro espantado, suelto en el vidrio de la vitrina, habia cacerolas y utensilios de cocina que miré con cierta familiaridad. «Por lo visto, fui», concluyé sin conseguir sobreponer su célera al perfil sin culpa de Gloria. Poco a poco, la propia inocencia de la muchacha se torné su culpa mayor: «¢Entonces ella me explotaba, me explotaba, y después quedaba satisfecha viendo la pelicula?». Y sus ojos se llenaron de lagri- mas. «Ingrata>, pensé eligiendo mal una palabra de acusacién, 122 Como la palabra era un simbolo de queja mas que de rabia, élse confundié un poco y su rabia se calmé. Ahora le parecfa, de fue- ta para dentro y sin ningtin deseo, que ella deberia haber pagado de aquella manera la entrada al cine. Pero frente a los libros y cuadernos cerrados, su rostro se fue serenando. ; Dejé de escuchar las puertas que se golpeaban, el piano de la vecina, la voz de la madre en el teléfono. Habia un gran silencio en su habitacién, como en un cofre. Y el final de la tarde parecia una mafiana. Estaba lejos, lejos, como un gigante que pudiese estar afuera manteniendo en el aposento apenas los dedos ab- sortos que daban vueltas y vueltas a un lapiz. Habia momentos en que respiraba pesadamente como un viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, su rostro apenas tocaba el aire de la habitacién. ~1Ya he estudiado! -grito a la madre que lo interrogaba sobre el ruido del agua. Lavandose cuidadosamente los pies en la tina, a pens6 que la amiga de Gloria era mejor que Gloria. Ni siquiera habfa intentado reparar en si Carlitos se habia «aprovechado» ono de la otra. A esa idea salié apresuradamente de la tina y se detuvo frente al espejo del lavabo. Hasta que el azulejo enfrid sus pies mojados. : A Parr ‘ iNol, no queria explicarse con Carlitos y nadie le iba a decir cémo deberfa usar el dinero que ibaa tener, y Carlitos era duetio de pensar que seria en bicicletas, y si asi fuera, gqué habia con eso?, zy si munca, pero nunca, quisiera gastar su dinero?, gy si cada vez se hiciera més rico?... qué hay con eso, tienes ganas de pelear?, piensas que... ¥ .. puede ser que estés muy ocupado con tus pensamientos -lo interrumpié la madre-, pero por lo menos cena y de vez en cuando di una palabra. Entonces él, en stibito retorno a la casa paterna: —Dices que en la mesa no se habla, y ahora quieres que hable, dices que no se habla con la boca llena, y ahora... Mira cémo hablas con tu madre —dijo el padre severamente. Papa -dijo Arturo décilmente, con las cejas fruncidas-, papé, equé es eso de las notas de crédito? 123 -Por lo visto, el colegio no sirve para nada —dijo el padre, con placer. —Come mis papas, Arturo -la madre intenté inttilmente arrastrar a los dos hombres hacia si. —Bueno -dijo el padre alejando el plato, es esto: digamos que tt tienes una deuda. 124 Misterio en S40 Cristévao Una noche de mayo -los jacintos rigidos cerca de la ventana- el comedor de una casa estaba iluminado y tranquilo. Alrededor de la mesa, por un instante inmovilizados, se en- contraban el padre, la madre, la abuela, tres nifios y una jovenc ta delgada de diecinueve afios. El rocio perfumado de Sao Cris- t6vao no era peligroso, pero la manera en que las personas se agrupaban en el interior de la casa tornaba arriesgado lo que no fuese el seno de una familia en una noche fresca de mayo. No habfa nada de especial en la reunin: se acababa de cenar y se conversaba alrededor de la mesa, los mosquitos en torno ala luz. Lo que hacia particularmente opulenta la cena, y tan abierto el rostro de cada persona, es que después de muchos afios final- mente casi se palpaba el progreso en esa familia: pues en una noche de mayo, después de la cena, he aqui que los nifios han ido diariamente a la escuela, el padre mantiene los negocios, la ma- dre trabajé durante afios en los partos y en la casa, la jovencita se est4 equilibrando en la delicadeza de su edad, y la abuela alcanz6 un modo de estar. Sin darse cuenta, la familia miraba feliz la sala, vigilando el singular momento de mayo y su abundancia. Después cada uno fue a su habitacion. La anciana se tendid en la cama gimiendo con benevolencia. El padre y la madre, ce- rradas todas las puertas, se acostaron pensativos y se durmieron. Los tres nifios, escogiendo las posiciones mas dificiles, se dur- mieron en tres camas como en tres trapecios. La jovencita, con su camis6n de algodén, abrié la puerta del cuarto y respiré todo 125 el jardin con insatisfaccién y felicidad. Perturbada por la humes dad olorosa, se acosté prometiéndose para el dia siguiente una actitud enteramente nueva que estremeciera los jacintos e hiciera que las frutas se conmovieran en las ramas, y en medio de sus meditaciones se durmi6. Pasaron las horas. Y cuando el silencio parpadeaba en las lu ciérnagas —los nifios suspendidos en el suejio, la abuela rumian= do un suefio dificil, los padres cansados, la jovencita adormecida en mitad de su meditacién-, se abrio la casa de una esquina y de alli salieron tres enmascarados. Uno era alto y tenia la cabeza de un gallo. Otro era gordo y estaba vestido de toro. Y el tercero, mds joven, por falta de ima- ginacién, se habia disfrazado de caballero antiguo poniéndose una mascara de demonio, a través de la cual aparecian sus ojos candidos. Los tres enmascarados cruzaron la calle en silencio. Cuando pasaron por la casa oscura de la familia, el que era un gallo y era duefio de casi todas las ideas del grupo se detuvo y dijo —Miren eso. Los compaiieros, que se habfan vuelto pacientes por la tortu- rade la mascara, miraron y vieron una casa y un jardin. Sintién- dose elegantes y miserables, esperaron resignados que el otro completara su pensamiento. Finalmente el gallo agrego: —Podemos recoger jacintos. Los otros dos no respondieron. Aprovecharon la parada para examinarse’desolados y buscar un medio de respirar mejor den- tro de la mascara. -Un jacinto para que cada uno lo prenda a su disfraz ~con- cluyé el gallo. El toro se agité inquicto ante la idea de un adorno més para tener que protegerlo en la fiesta. Pero, pasado un instante en que los tres parecian pensar profundamente para decidir, sin que en verdad pensaran en nada, el gallo se adelanté, subié agilmente por la reja y pisé la tierra prohibida del jardin. El toro lo siguié con dificultad. El tercero, a pesar de vacilar, de un salto se en- contré en el propio centro de los jacintos, con un golpe débil que hizo que los tres aguardasen asustados: sin respirar, el gallo, 126 ¢| toro y el caballero del diablo escrutaron en la oscuridad. Pero \ casa continuaba entre tinieblas y sapos. Y, en el jardin sofoca- ilo de perfume, los jacintos se estremecian inmunes. Entonces el gallo avanz6. Podria agarrar el jacinto que estaba iis proximo. Los mayores, no obstante, que se erguian cerca de una ventana altos, duros, fragiles-, titilaban Ilamdndolo. El wullo se dirigié hacia éstos de puntillas, y el toro y el caballero lo acompaiiaron. E] silencio los vigilaba. Apenas habia quebrado el tallo del jacinto mayor, el gallo se jnterrumpid, helado. Los otros dos se detuvieron con un suspiro que los sumergié en el ensuefio. Detras del vidrio oscuro de la ventana habia un rostro blanco, mirandolos. El gallo se inmovilizé en el gesto de quebrar el jacinto. El toro quedé con las manos todavia levantadas. El caballero, exangi bajo la mascara, habia rejuvenecido hasta encontrar la infancia y su horror. El rostro detras de la ventana, miraba. Ninguno de los cuatro sabria quién era el castigo del otro. Los jacintos cada vez mas blancos en la oscuridad. Paralizados, ellos se miraban. La simple aproximacién de cuatro mascaras en una noche de mayo parecia haber repercutido en huecos recintos, y otros mas, y otros mas que, sin un instante en el jardin quedarfan para siempre en ese perfume que hay en el aire y en la permanencia de cuatro naturalezas que el azar habja indicado, sefialando lugar y hora: el mismo azar preciso de una estrella candente. Los cua- tro, venidos de la realidad, habfan caido en las posibilidades que hay en una noche de mayo en Sao Cristévao. Cada planta hi- meda, cada cascote, los sapos roncos aprovechaban la silenciosa confusién para situarse en mejor lugar... todo en la oscuridad era muda aproximacién. Caidos en la celada, ellos se miraban aterrorizados: habfa sido saltada la naturaleza de las cosas y las cuatro figuras se miraban con alas abiertas. Un gallo, un toro, el demonio y un rostro de muchacha habjan desatado la magia del jardin... Fue cuando la gran luna de mayo aparecié. Era un toque peligroso para las cuatro imagenes. ‘Tan arries- gado que, sin un sonido, cuatro mudas visiones retrocedieron sin desviar la vista, temiendo que en el momento en que no apri- 127 sionaran por la mirada nuevos territorios distantes fuesen heri- dos, y que, después de la silenciosa caida, quedaran los jacintos duefios del tesoro del jardin. Ningtin espectro vio desaparecer a otro porque todos se retiraron al mismo tiempo, lentamente, de puntillas. Y apenas se habia roto el circulo magico de los cuatro, libres de la mutua vigilancia, la constelacién se deshizo con ho- rror: tres sombras saltaron como gatos las rejas del jardin, y otra, temblorosa y agrandada, se alej6 de espaldas hasta el marco de una puerta, de donde con un grito se eché a correr. Los tres caballeros enmascarados, que por funesta idea del gallo pretendian constituirse en una sorpresa en un baile alejado del carnaval, fueron un éxito en medio de la fiesta ya comenza- da. La misica se interrumpié y los bailarines todavia enlazados, en medio de las risas, vieron a tres mscaras ansiosas pararse a la puerta como indigentes. Por fin, después de varios intentos, los invitados tuvieron que abandonar el deseo de convertirlos en reyes de la fiesta porque, asustados, los tres no se separaban: un alto, un gordo y un joven, un gordo, un joven y un alto, desequi- librio y unién, los rostros sin palabras debajo de tres mascaras que vacilaban, independientes. Mientras tanto, la casa de los jacintos se habia iluminado toda. La jovencita estaba sentada en la sala. La abuela, con los cabellos blancos trenzados, sujetaba un vaso de agua, la madre alisaba los cabellos oscuros de la hija, mientras el padre recorria la casa. La jovencita no sabfa explicar nada: parecia haberlo di- cho todo con su grito. Su rostro se habia empequeiiecido, claro: toda la construccién laboriosa de su edad se habia deshecho, ella era nuevamente una nifia. Pero en la imagen rejuvenecida de mas de una época, para horror de la familia, habia aparecido un hilo blanco entre los cabellos de la frente. Como persistiera en mirar en direcci6n a la ventana, la dejaron reposar sentada y, con can- delabros en la mano, estremeciéndose de frio bajo el camisén, salieron de expedicién por el jardin. En breve las velas derramaban su luz bailando en la oscuri- dad. Trepadoras aclaradas se encogian, los sapos saltaban ilumi- nados entre los pies, los frutos se desmoronaban por un instante entre las hojas. El jardin, despertando de su suefio, por momen- 128 tos se engrandecia, por momentos se extinguia; las mariposas volaban sonémbulas. Finalmente la anciana, buena conocedora dle los canteros, sefialé la tinica marca visible en el jardin que se rehufa: el jacinto atin vivo, roto por el tallo... Entonces era ver- dad: algo habia sucedido. Volvieron, iluminaron toda la casa y pasaron el resto de la noche esperando. Solamente los tres nifios atin dormian profundamente. La jovencita poco a poco fue recuperando su edad. Solamen- t¢ ella vivia sin escrutarlo todo. Pero los otros, que nada habjan visto, se volvieron atentos e inquietos. Y como el progreso en aquella familia era fragil producto de muchos cuidados y de al- unas mentiras, todo se deshizo y tuvo que rehacerse casi desde el comienzo: la abuela nuevamente pronta a ofenderse, el padre y Ja madre fatigados, los nifios insoportables, toda la casa parecien- do esperar que una vez més la brisa de la opulencia soplase des- pués de una cena, Lo que quizé sucederia en otra noche de mayo. 129 El crimen del profesor de matematicas Cuando el hombre alcanzé la colina més alta, las campanas. tocaban en la ciudad, abajo. Apenas se veian los techos irregula- res de las casas. Cerca de él estaba el tinico 4rbol de la llanura. El hombre estaba de pie con un costal pesado en la mano. Miré hacia abajo con ojos miopes. Los catélicos entraban lenta y delicadamente en la iglesia, y él trataba de escuchar las voces dispersas de los nifios derramandose en la plaza. Pero a pesar de la limpidez de la mafiana, los sonidos apenas si alcanza- ban la Ilanura. También vefa el rio que de arriba parecia inmévil, y pensé: es domingo. Vio a lo lejos la montafia mas alta con las laderas secas. No hacia frio pero él se arreglé la chaqueta abri- gandose mejor. Por fin, puso el costal con cuidado en el suelo. Se quité las gafas, sus ojos claros parpadearon, casi jévenes, poco familiares. Se puso nuevamente las gafas, y se transformé en un sefior de mediana edad y tomé de nuevo el costal: pesaba como si fuese de piedra, pensd. Forz6 la vista para observar la corrien- te del rio, incliné la cabeza para oir algin ruido: el rio estaba detenido y apenas el sonido mas duro de una voz alcanz6 un ins- tante la altura: si, él estaba bien solo. El aire fresco era inhéspito para él, que vivia en una ciudad mis célida. El tinico arbol de la Hanura balanceaba sus ramas. El lo miré. Ganaba tiempo. Hasta que le parecié que no habia por qué esperar mas. Y, sin embargo, aguardaba. Por cierto que las gafas le mo- lestaban, porque nuevamente se las quité, respiré hondo y las guardé en el bolsillo. 130 Entonces abri6 el costal y miré un poco. Después metid ilentro una mano delgada y fue extrayendo un perro muerto. Yodo él se concentraba solamente en la mano importante y imantenia los ojos profundamente cerrados mientras tironeaba. Quando los abrié, el aire estaba todavia més claro y las campa- nas alegres tocaron nuevamente Ilamando a los fieles para el eonsuelo de la penitencia. El perro desconocido estaba a la luz. Entonces él se puso metédicamente a trabajar. Tomé al pe- sro duro y negro, lo deposité en una bajada del terreno. Pero, eomo si ya hubiese hecho mucho, se puso las gafas sentandose al lado del perro y comenzé a observar el paisaje. Vio con mucha claridad, y con cierta inutilidad, la llanura de- sierta. Pero observé con precisién que estando sentado ya no veia la pequefia ciudad, alla abajo. Respiré de nuevo. Revolvié en el costal y sacé la pala. Y pensé en el lugar que escogeria. Quizas debajo del arbol. Se sorprendié reflexionando que de- bajo del arbol enterraria a este perro. Pero si fuera el otro, el verdadero perro, en verdad no lo enterrarfa donde él mismo gus- taria de ser enterrado si estuviera muerto: en el centro mismo de la lanura, donde los ojos vacfos encarasen al sol. Entonces, ya que el perro desconocido sustituiria al «otro», quiso que él, para mayor perfeccién del acto, recibiera precisamente lo que el otro recibiria. No habia ninguna confusién en Ja cabeza del hombre. El se entendia a sf mismo con frialdad, sin ningiin hilo suelto. Poco después, por exceso de escrépulos, estaba demasiado ocupado en procurar determinar rigurosamente el centro de la llanura. No era facil, porque el tinico arbol se levantaba en un lugar y, tendiéndose como falso centro, dividfa simétricamen- te el Ilano, Frente a esa dificultad el hombre concedié: «No es necesario enterrarlo en el centro, yo también enterraria al otro, digamos, bien, donde yo estuviera en ese mismo instante para- do». Porque se trataba de dar al acontecimiento la fatalidad del azar, la marca de un suceso exterior y evidente —en el mismo lugar plano de los nifios en la plaza y de los catélicos entrando en la iglesia-, se trataba de tornar el hecho lo mas visible a la su- perficie del mundo debajo del ciclo. Se trataba de exponerse y de 131 exponer un hecho, y de no permitir la forma intima e impune de un pensamiento. A la idea de enterrar al perro donde él estuviera en ese mo= mento de pie, el hombre retrocedié con una agilidad que su cuerpo pequeiio y singularmente pesado no permitia. Porque le parecié que bajo los pies se habia dibujado el esbozo de la tumba del perro. Entonces él comenzé a cavar allf mismo con pala ritmica. A veces se interrumpia para quitarse y luego volver a ponerse las. gafas. Sudaba penosamente. No cavé mucho més, no porque: quisiera ahorrarse cansancio. No cavé mucho porque lticida- mente pens6: «Si fuese para el verdadero perro, yo cavaria poco, lo enterraria muy superficialmente». El pensaba que si el perro quedaba cerca de la superficie de la tierra no perderfa la sensibi- lidad. Por fin abandoné la pala. Tomé con delicadeza al perro des~ conocido y lo puso en la tumba. Qué cara extraiia tenia el perro. Cuando por un choque des- cubriera al perro muerto en una esquina, la idea de enterrarlo habia tornado su corazén tan pesado y sorprendido que ni sid quiera habia tenido ojos para ese hocico duro y de baba seca. Era un perro extrafio y objetivo. El perro era un poco mas alto que el agujero cavado y des- pués de cubierto con tierra seria sdlo una excrecencia sensible del terreno. Era precisamente lo que él queria. Cubrié al perro con tierra y la aplané con las manos, sintiendo con atencién y placer su forma en las palmas, como si varias veces lo alisara. El perro ahora era apenas una apariencia del terreno. Entonces el hombre se puso de pie, se sacudié la tierra de las manos, y no miré ni siquiera una vez més la tumba. Pens6 con cierto gusto: «Creo que ya lo hice todo». Suspiré hondamente, y tuvo una sonrisa inocente de liberacién. Si, lo habia hecho todo. Su crimen habia sido castigado y él estaba libre. Y ahora él podia pensar libremente en el verdadero perro. Entonces se puso a pensar inmediatamente en el verdadero pe- rro, lo que habia evitado hasta ahora. El verdadero perro que ahora mismo deberia estar vagando perplejo por las calles de 132 otro municipio, husmeando aquella ciudad en la que él ya no tenia duefio. Entonces se puso a pensar con dificultad en su verdadero pe- #0 como si intentase pensar con dificultad en su verdadera vida. lil hecho de que el perro estuviera distante, en otra ciudad, difi- eultaba la tarea, aunque la nostalgia lo aproximara en el recuerdo. «Mientras yo te hacia a mi imagen, ti me hacias a la tuya», pensé entonces, auxiliado por la nostalgia. «Te di el nombre de José para darte un nombre que te sirviera al mismo tiempo de alma. gY t2, c6mo saber jamas qué nombre me diste? Cudnto me amaste, mas de lo que yo te amé», reflexion6, curioso. «Nosotros nos comprendiamos demasiado, ti con el nombre humano que te di, yo con el nombre que me diste y que nunca pronunciaste sino con tu mirada insistente», pensé el hombre sonriendo con carifio, libre ahora de recordar a su gusto. «Me acuerdo de cuando eras pequefio», pensé divertido, «tan pequeiio, bonitillo y flaco, moviendo el rabo, mirandome, y yo sorprendiendo en ti una nueva manera de tener alma. Pero, des- de entonces, ya comenzabas a ser todos los dias un perro que podia scr abandonado. Mientras tanto, nuestros juegos sé tor- naban peligrosos por tanta comprensién», recordé el hombre con satisfaccién, «ti terminabas mordiéndome y grufiendo, yo terminaba arrojandote un libro y riendo. Pero quién sabe qué nificaba aquella risa mia, sin ganas. Todos los dias eras un pe- rro que se podia abandonar». «jY cémo olfas las calles!», pensd el hombre riéndose un poco, «en verdad, no dejaste piedra por oler... Ese era tu lado infantil. ;O era tu verdadera manera de ser perro: y el resto so- lamente el juego de ser mio? Porque eras irreductible. Y, aba- nicando tranquilamente la cola, parecias rechazar en silencio el nombre que yo te habia dado. Ah, si, eras irreductible: yo no queria que comieses carne para que no te volvieras feroz, pero un dia saltaste sobre la mesa y, entre los gritos felices de los nifios, agarraste la carne y con una ferocidad que no viene de lo que se come, me miraste mudo e irreductible, con la carne en la boca. Porque, aunque mio, nunca me cediste ni un poco de tu pasa- do ni de tu naturaleza. E, inquieto, yo comenzaba a comprender 133 que no exigfas de mi que yo cediera nada de la mia para amarte, y eso comenzaba a importunarme. En el punto de realidad re- sistente de dos naturalezas, ahi es donde esperabas que nos en= tendiéramos. Mi ferocidad y la tuya no deberian cambiarse por dulzura: era eso lo que poco a poco me ensefiabas, y era también eso lo que se estaba tornando pesado. No pidiéndome nada, me pedias demasiado. De ti mismo, exigias que fueses un perro. De mi, exigfas que yo fuera un hombre. ¥ yo, yo me disfrazaba como podfa. A veces sentado sobre tus patas delante de mi, jc6mo me. mirabas! Entonces yo miraba al techo, tosfa, disimulaba, me mi- raba las ufias. Pero nada te conmovia: ti me mirabas. ¢A quién irfas a contarlo? Finge -me decia-, finge rapido que eres otro, da una falsa cita, hazle una caricia, arrdjale un hueso; pero nada te distrafa: ti me mirabas. Qué tonto era yo. Yo, que temblaba de horror, cuando eras tii el inocente: si yo me volviese de pronto y te mostrase mi rostro verdadero y, erizado, alcanzado, te levan- tarias hacia la puerta herido para siempre. Oh, todos los dias eras un perro que podia abandonarse. Podja elegirse. Pero ti, confia- do, meneabas la cola. >A veces, conmovido por tu perspicacia, yo podia ver en ti tu propia angustia. No la angustia de ser perro, que era tu tinica forma posible. Sino la angustia de existir de un modo tan per- fecto que se tornaba una alegria insoportable: entonces dabas un. salto y venias a lamer mi rostro con amor enteramente entregado y cierto peligro de odio como si fuese yo quien, por amistad, te hubiese revelado. Ahora estoy muy seguro de que no fui yo quien tuvo un perro. Fuiste tu el que tuviste una persona. »Pero posefste una persona tan poderosa que podia elegir: y entonces te abandoné. Con alivio te abandoné. Con alivio, si, pues exigias -con la incomprensién serena y simple de quien es un perro heroico- que yo fuese un hombre. Te abandoné con una disculpa que todos en casa aprobaron: porque gcémo po- dria yo hacer un viaje de mudanza, con equipaje y familia, y ademas un perro, con la adaptacién al nuevo colegio y a la nueva ciudad, y adems un perro? “Que no cabe en ninguna parte”, dijo Marta, préctica. “Que molestaré a los pasajeros”, explicé mi suegra sin saber que previamente me justificaba, y los chicos llo- 134 Faron, y yo no miraba nia ellos nia ti, José. Pero sélo ti y yo sa- hemos que te abandoné porque eras la posibilidad constante del erimen que yo nunca habia cometido. La posibilidad de que yo pecara, el disimulo en mis ojos, ya era pecado. Entonces pequé en seguida para ser culpable en seguida. Y este crimen sustituye ¢! crimen mayor que yo no tendria coraje de cometer», pensé el hombre cada vez mas hicido. «Hay tantas formas de ser culpable y de perderse para siem- pre y de traicionarse y de no enfrentarse. Yo elegi la de herir a un perro», penso el hombre. «Porque yo sabia que ése seria un ¢rimen menor y que nadie va al Infierno por abandonar un pe- wo que confié en un hombre. Porque yo sabia que ese crimen no era punible.» Sentado en la Ilanura, su cabeza matemitica estaba fria ¢ in- teligente. Sdlo ahora él parecfa comprender, en toda su helada plenitud, que habia hecho con el perro algo realmente impune y para siempre. Pues todavia no habian inventado castigo para los grandes crimenes disfrazados y para las profundas traiciones. Un hombre atin conseguia ser mas astuto que el Juicio Final. Nadie le condenaba por ese crimen. Ni la Iglesia. «Todos son mis cémplices, José. Yo tendria que golpear de puerta en puer- ta y mendigar para que me acusaran y me castigasen: todos me cerrarfan la puerta con la cara repentinamente enfurecida. Nadie condena este crimen. Ni ti, José, me condenarias. Pues bastaria a esta persona poderosa que soy elegir llamarte, y desde tu aban- dono en las calles, en un salto me lamerias la cara con alegria y perd6n. Yo te daria la otra mejilla para que la besaras.» El hombre se quité las gafas, respird, se las puso otra vez. Miré la tumba abierta. En la que él habia enterrado a un pe- rro desconocido en tributo del perro abandonado, tratando de pagar la deuda que inquietamente nadie le cobraba. Procurando stigarse con un acto de bondad y quedar libre de su crimen. Como alguien da una limosna para por fin poder comer el pastel causa del cual el otro no comié el pan. Pero como si José, el perro abandonado, exigiese de él mucho més que la mentira; como si exigiese que él, en un tiltimo arran- que, fuese un hombre ~y como hombre asumiera su crimen-, él ca 135 miraba la tumba donde habia enterrado su debilidad y su con- dicién. Y ahora, mds matematico atin, buscaba una manera de no castigarse. El no debia ser consolado. Procuraba friamente una manera de destruir el falso entierro del perro desconocido, Descendié entonces, y solemne, calmo, con movimientos sim- ples, desenterré al perro. El perro oscuro finalmente aparecié entero, extrafiamente, con la tierra en las pestafias, los ojos abier- tos y cristalizados. Y asi el profesor de matematicas renové para siempre su crimen. E] hombre miré entonces para todos lados y hacia el cielo pidiendo testigos para lo que habfa hecho. Y como si atin no bastara, comenz6 a descender las laderas en direcci6n al seno de la familia. 136 El bifalo Pero era primavera. Hasta el le6n lamié la frente lisa de la leo- na. Los dos animales rubios. La mujer desvié los ojos de la jaula, donde sdlo el olor caliente recordaba la matanza que ella viniera a buscar en el Jardin Zoolégico. Después el leon paseo despacio y tranquilo, y la leona lentamente reconstituy6 sobre las patas extendidas la cabeza de una esfinge. «Pero eso es amor, es nue- vamente amor», se rebelé la mujer intentando encontrarse con el propio odio, pero era primavera y ya los leones se habian amado. Con los pufios en los bolsillos del abrigo, miré a su al- rededor, rodeada por las jaulas, enjaulada por las jaulas cerra- das. Continué caminando. Los ojos estaban tan concentrados en la busqueda que su vista a veces se oscurecia en un ensuefio, y entonces ella se rehacia como en la frescura de una tumba. Pero la jirafa era una virgen de trenzas recién cortadas. Con la tonta inocencia de lo que es grande y leve y sin culpa. La mujer del abrigo marrén desvié los ojos enferma, enferma. Sin conse- guir —delante de la aérea jirafa posada, delante de ese silencioso pajaro sin alas-, sin conseguir encontrar dentro de si el punto peor de su enfermedad, el punto mas enfermo, el punto de odio, ella que habia ido al Jardin Zoolégico para enfermar. Pero no delante de la jirafa, que era mas un paisaje que un ente. No de- lante de aquella carne que se habja distrafdo en altura y distancia, la jirafa casi verde. Buscé otros animales, intentaba aprender con ellos a odiar. El hipopétamo htimedo. El fardo rollizo de carne, carne redonda y muda esperando otra carne rolliza y muda. No. 137 Pues haba tal amor humilde en mantenerse apenas carne, tan dulce martirio en no saber pensar. Pero era primavera y, apretando el puiio en el bolsillo del abrigo, ella matarfa aquellos monos en levitacién por la jaula, monos felices como yerbas, monos saltando suaves, la mona con resignada mirada de amor, y la otra mona dando de mamar. Ella los matarfa con quince balas secas: los dientes de la mujer se apretaron hasta hacerle doler el maxilar. La desnudez de los monos. El mundo no veia ningun peligro en estar desnudo. Ella mataria la desnudez de los monos. Un mono también la miré asido a las rejas, los brazos descarnados abriéndose en crucifijo, el pecho pelado expuesto sin orgullo. Pero no era en el pecho donde ella matarfa, era entre los ojos del mono donde ella ma- tarfa, era entre aquellos ojos que la miraban sin pestaiiear. De pronto la mujer desvié el rostro: porque los ojos del mono te- nian un velo blanco gelatinoso cubriendo la pupila, en los ojos la dulzura de la enfermedad, era un mono viejo: la mujer desvié el rostro, encerrando entre los dientes un sentimiento que ella no habia ido a buscar, apresuré los pasos, aun volvié la cabeza asus- tada hacia el mono de brazos abiertos: él continuaba mirando al frente: «Oh, no, eso no», pens6. Y mientras huja dijo: «Dios, enséfiame solamente a odiar». «Yo te odio», le dijo a un hombre cuyo solo crimen era el de no amarla. «Yo te odio», dijo muy apresurada. Pero no sabia ni siquiera cémo se hacia. ;Cémo cavar en la tierra hasta encontrar agua negra, cémo abrir paso en la tierra dura y jamés llegar a si misma? Caminé por el Jardin Zoolégico entre madres y nifios. Pero el elefante soportaba el propio peso. Aquel elefante entero a quien le fuera dado aplastar con apenas una sola pata. Pero que no aplastaba. Aquella potencia, sin embargo, se dejaria conducir dé- cilmente a un citco, elefante de nifios. Y los ojos, con una bondad de anciano, presos dentro de la gran carne heredada. El elefante oriental. También la primavera oriental, y todo haciendo, todo escurriéndose por el riacho. Entonces la mujer probé con el ca- mello. El camello en trapos, jorobado, masticandose a si mismo, entregado al proceso de conocer la comida. Ella se sintié débil y cansada, hacia dos dias que apenas comia. Las grandes pestafias 138 empolvadas del camello sobre los ojos que se habfan dedicado a |i paciencia de una artesanja interna. La paciencia, la paciencia, la paciencia, solamente eso encontraba ella en la primavera al vien- to, Las lagrimas Ienaron los ojos de la mujer, lagrimas que no corrieron, presas dentro de la impaciencia de su carne heredada. Solamente el olor a tierra del camello venia al encuentro de lo que ella habia venido: al odio seco, no a las légrimas. Se aproximé 4 la entrada del cerco, aspiré el polvo de aquella alfombra vieja donde circulaba sangre cenicienta, procuré la tibieza impura, el placer recorrié sus espaldas hasta el malestar, pero no atin el ma- lestar que ella viniera a buscar. En el estémago se le contrajo en edlico de hambre el deseo de matar. Pero no al camello de estopa. «Oh, Dios, gquién ser mi pareja en este mundo?» Entonces fue sola a buscar su violencia. En el pequejio par- que de diversiones del Jardin Zool6gico esperé meditabunda en la fila de enamorados su turno para sentarse en el carro de la montana rusa. Y allf estaba ahora sentada, quieta dentro de su abrigo ma- trén. El asiento todavia detenido, la maquinaria de la monta- fia rusa todavia parada. Separada de todos en su asiento parecia estar sentada en una iglesia. Los ojos bajos veian el suelo entre rieles. El suelo donde simplemente por amor —jamor, amor, no el amor!-, donde por puro amor nacian entre las vias hierbas de un verde suave tan atontado que la hizo desviar los ojos bajo el suplicio de la tentacién. La brisa le erizé los cabellos de la nuca, ella se estremecié rechazando, rechazando en tentacién, siendo siempre tanto mas facil amar. Pero de pronto fue aquel vuelo de visceras, aquella parada de un coraz6n que se sorprende en el aire, aquel espanto, la furia victoriosa con que el banco la precipitaba en la nada ¢ irreme- diablemente la erguia como a una muifieca de falda levantada, el profundo resentimiento con que ella se torné mecénica, el cuerpo automaticamente alegre -jel grito de las enamoradas!-, su mirada herida por la gran sorpresa, la ofensa, «hacian de ella lo que querian», la gran ofensa -jel grito de las enamoradas!-, la enorme perplejidad de estar espasmédicamente jugando hacfan de ella lo que querian, de pronto su candor expuesto. ¢Cuantos 139