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La paja en el ojo ajeno

La paja en el ojo ajeno

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Publicado porDaniel Diez
Marcos tiene una vida cómoda y sin rumbo en medio del océano que ahoga a la sociedad actual. A sus 26 años, este cocinero madrileño sobrevive en el paro, en casa de su madre, y rechaza aceptar que debe visitar a su padre, en coma por un atropello sin culpable.
No está preparado para afrontar sus problemas en el día a día inmediato. Sin embargo, no le será fácil llevar esa vida sin que las responsabilidades le ajusten las cuentas.
Poco a poco a su puerta comenzarán a llamar vidas que le obligarán a enfrentarse a la infidelidad que oculta a una relación de 5 años, a cavilar sobre su orientación sexual, al egoísmo de la amistad, a los malos tratos que hay bajo su piso, y a la verdad del por qué su padre fue arrollado por un vehículo hace dos años.
Marcos tiene una vida cómoda y sin rumbo en medio del océano que ahoga a la sociedad actual. A sus 26 años, este cocinero madrileño sobrevive en el paro, en casa de su madre, y rechaza aceptar que debe visitar a su padre, en coma por un atropello sin culpable.
No está preparado para afrontar sus problemas en el día a día inmediato. Sin embargo, no le será fácil llevar esa vida sin que las responsabilidades le ajusten las cuentas.
Poco a poco a su puerta comenzarán a llamar vidas que le obligarán a enfrentarse a la infidelidad que oculta a una relación de 5 años, a cavilar sobre su orientación sexual, al egoísmo de la amistad, a los malos tratos que hay bajo su piso, y a la verdad del por qué su padre fue arrollado por un vehículo hace dos años.

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01/26/2013

LA PAJA EN EL OJO AJENO

A Mer, que despierta aún conmigo y y pinta en mí todos los sueños.

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A modo de introducción
Aquella noche jamás debí caminar embebido en mis pensamientos, beodo y solitario por la lóbrega y menuda calle Cantarranas, esa que todos los andaluces del barrio llaman ‘El sapito cantaor’. Desde aquel intento de asesinato que sentí en mis huesos, archivado por la policía como atropello con vehículo, conducido por un conductor temerario que se dio a la fuga y nunca más se supo de él, mi vida nunca fue la misma. Pasé un largo periodo en coma, me amputaron las piernas, perdí varios dedos, el habla, y cuando abrí de nuevo los ojos para ver, viví cada segundo de mi estancia en este mundo sin ser quien fui. Primero en una cama de hospital que tan sólo fue visitada por mi hijo y mi mujer. Luego en una silla de ruedas, a motor. La viga en mi ojo y la paja en el resto. La frase comenzó a repetirse en mi cerebro de manera incesante desde el mismo día que mi hijo se atrevió a visitarme por vez primera. Era tarde, casi de noche, llegaba apenado y apenas le importó mi estado. Él sólo me llenó los oídos de problemas ajenos a los míos. Yo no podía responderle, ni ayudarle y menos aún consolarle. Las visitas se multiplicaron, y con el tiempo entendí lo mucho que aquellos aprietos tenían que ver con su vida.

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Penurias nimias, que hoy, recostado al lado de una ventana y frente a un ordenador, he decidido reunir para trazar el pequeño mundo que sobrevive lejos del universo social, el cual, últimamente está tan atestado de conflictos de mayor índole. Nunca recuperé mi puesto como redactor en la prensa local. Mi lenta movilidad sobre ruedas impedía que pudiera desempeñar infinidad de tareas. Ante tal tesitura, cuando recibí el alta médica y volví a casa, mi máxima aspiración consistió en respirar, comer y digerir lo comido por mí mismo, observar la vida, leer, recuperar el habla, y obviamente, escribir la novela que mi propio hijo había dibujado en mis desengrasadas ideas. Sin embargo, el mañana siempre es enigmático, como el final de una historia. Así que cuando parecía acoplado a la calma de mi vida, el viejo anochecer quiso servirme un plato frío de última hora. Llegó apresurado, sudoroso, cansino y con el rostro sangriento. Me tocó en el hombro, giré la silla de ruedas, y antes de verle la cara, oí la voz de mi hijo revelándome nervioso y llorando el nombre de la persona que hacía más de dos años me había atropellado.

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I

LA CUCHARILLA
El ser humano, egoísta que siempre está atento a las pajas que hieren al vecino y nunca presto a las vigas que matan su alma.

La cucharilla da vueltas en el interior de un vaso de cristal colmado de leche fría. El metal roza de forma continua el vidrio y ocasiona un tintineo que por momentos llega a engendrar un fuerte dolor de cabeza en todo aquel ser humano que no ejecuta el esfuerzo de girar el citado cubierto. Apenas son las dos de la tarde y alguien duerme en una cama doble emplazada en una ciudad turística del sur de España, en la que cualquier termómetro cercano ya debería marcar más de 30 grados. El polvo de cacao mana por el calcio líquido y la cucharilla persiste en su repiqueteo, horrible y punzante para las tres personas que todavía dormitan resacosas y sudorosas en el colchón de aquella habitación. El joven chico recién levantado de su pequeña cama particular apuntala el bote amarillo y rojo de cacao en el borde de la mesa blanca y redonda, aún sórdida por la festiva

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noche que hasta hace escasas horas han vivido los cuatro jóvenes que se hospedan en el apartamento. El único chaval despierto viste unas chanclas grises que no le pertenecen, un bañador pálido por la infinidad de rayos solares que ha recibido a lo largo de los últimos meses, y, de su hombro cuelga la camiseta de un equipo de fútbol extranjero que seguramente deberá ponerse en cuanto decida bajar a tomar el sol en la piscina que ostenta la residencia de apartamentos. Su pelo enmarañado, mate y negro denota la virulenta noche que acaba de salvar. Echa un vistazo a la doble cama que invade el salón y observa a sus tres compañeros de viaje, de vacaciones; duermen.

En la nevera encuentra un cartón de leche, y en el armario superior un vaso de cristal junto a la célebre cucharilla pequeña. Vierte la leche, vierte el cacao e introduce la cuchara de metal en el cilíndrico recipiente. El cacao en polvo tarda en disolverse, por lo que acelera el ritmo de su utensilio para que de algún modo las vueltas tengan una mayor eficacia. Al tiempo, el repique del latón contra el cristal parece que por segundos llega a multiplicarse, y para los soñolientos, tal eco comienza a convertirse en un molesto martilleo; como si se tratase del fastidioso sonido de un despertador, de una gotera en el lavabo, de un respirar fuerte, de una tos incesante, de un sonar de mocos continuo, de un taconeo nervioso en el suelo o movimiento de pierna, de un tic de ojos incontrolado, e incluso de un roncar; hablamos también del claxon de un coche o del acelerar de una moto quinceañera, o del ruido del beso de dos enamorados; quién sabe si para algunos pudiera ser tan irritante como el sorber de una sopa ardiendo, el masticar ruidoso, el mascar de un chicle, el escupir en el suelo, el pasar de las páginas de un periódico de hace dos días, o la incesante conversación de una voz estridente sin nada notable que decir; una resonancia exasperante.

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Los minutos suelen ser libres como el viento, y en ocasiones su ritmo suele ser ajeno al placer de la persona que los cuenta. Lucas se localiza en ese preciso estado en el que ha descubierto a su cuerpo convaleciente de una significativa resaca. En ese instante tan sólo desea dormir hasta poder percibir cómo su malestar logra huir por aburrimiento y sopor. No obstante, ya es consecuente y alcanza la inviabilidad de tal idea, así que decide distraer a sus pensamientos con todo lo que ahora está sucediendo en su entorno. Ha oído unos pasos deambular por el menudo apartamento, y también ha percibido el primer tintineo de una cuchara, pero desde el primer momento en el que lo ha oído, ha tomado la firme decisión de obviarlo; sabe o intuye que éste deberá cesar. La cortina negra del balcón evita en su mayor parte que el sol entre al interior del cuarto, no así el calor. Ya es de día y la luz pide asilo por las rendijas onduladas que se forman a la altura del cálido piso de mármol. Lucas duerme a un metro escaso de esas cortinillas, sin embargo, no las ve porque mantiene cerrados por completo sus ojos negros, blancuzcos y revestidos de riachuelos rojizos y radiantes. De nuevo vuelve el constante quiticlín, quiticlín, quiticlín, y durante esos segundos, los cuales parecen haber intercambiado su velocidad con los minutos, el ruido aparenta jamás tener fin. El joven dormilón, que pretende dormir; echar una última cabezadita, se pregunta: ¿Es tan difícil deshacer el cacao en polvo? ¿Es tan arduo hacerlo sin llegar a golpear el vidrio de manera constante?

La leche está fría y Marcos tiene más sed. El cacao que se ha bebido de un solo trago no ha saciado en absoluto su aridez interior, y menos aún eliminado su áspero paladar. El tetra brik vuelve a volcarse sobre el vaso vacío, el polvo vuelve a caer sobre el calcio líquido, y Marcos, aún con la camiseta de fútbol colgada sobre el hombro a pequeños o escasos centímetros de su pelo enmarañado, torna de nuevo en su propósito de introducir la

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cucharilla para disolver lo que será su segundo cacao de la jornada. El reloj digital del cuarto marca las 14.02 horas, Lucas ya ha comenzado a girarse, y entonces, el ‘quiticlín, quiticlín, quiticlín’ consigue de nuevo emerger del silencio para convertirse en la última pesadilla de su sueño inconcebible. A veces las situaciones más absurdas pueden originar una molestia irritante. La escena fuera de lugar, de tiempo y el temple del disgustado es la clave para que dicho acto se convierta, o no, en algo desagradable. La persona máxime responsable de ocasionar tal desazón, en la mayoría de los casos no cae en la cuenta del daño, y, no obstante, al ser humano molestado conocer tal inocencia le importa un carajo. Siempre es más fácil hallar el error ajeno que el propio; Se dice siempre y en la práctica suele ser casi siempre. Lucas ha decidido morderse la lengua, taparse con la manta y apoyar con vigor una de sus orejas contra la almohada. Evitar decir cualquier frase que a su compañero pudiera prorrogarle su insufrible desayuno. En breve marchará a la piscina y la paz volverá al pequeño cuarto. Duérmete. Tan sólo habrá que soportar dos, tres, o diez ‘quiticlín’ más. No importa. La noche fue demasiado larga para ahora levantarte del esponjoso colchón en busca de una nueva batalla.

La noche mantuvo a la luna frente a su balcón hasta bien entrado el amanecer. La mesa redonda que a la mañana siguiente sería la encargada de sujetar el vaso de cristal, con la leche, el cacao y la cucharilla, por la noche fue testigo de una ebria fiesta en la que Lucas, Marcos, Mario e Isi fueron los verdaderos protagonistas. El recipiente que en más de una ocasión ya había dado cobijo a unas patatas crudas e incluso a una atractiva ensalada, albergó durante los festejos varios litros de vino y otros tantos de coca cola. Los dados, que quizá en algún momento de su vida hubieran preferido vivir una existencia plena de soledad

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y mutismo, fueron golpeados con furia en el tapete de plástico. Además, gozaban de la oportunidad de escuchar el ambiente repleto de disparates entremezclados en ocasiones con risas y carcajadas que con al paso de las horas cogían unos dejes más etílicos. Los vasos, que quizá nacieron con el único fin de almacenar un líquido más saludable para el organismo, parecían ascensores que subían y bajaban una y otra vez cargados de kalimotxo. La nevera proporcionó el vodka, también el whisky y el tequila, y los primeros rayos de sol fueron los únicos que al final invitaron a tomar la cama. Los cuatro turistas del decimoquinto piso de una ciudad del sur de España apenas recordaban a media tarde cuándo había sido aquel preciso momento.

¡Quiticlín, quiticlín, quiticlín!

Lucas sabe que ya no puede más, que a veces el sueño se corta y ya no hay vuelta atrás. Un ruido, una aspiradora, un mal pensamiento, una mala conciencia, un engaño, una urgente necesidad de ir al servicio, nervios; y en otras ocasiones un mísero golpeteo de una cucharilla contra al cristal. ¿Se pueden dar vueltas sin golpear el cristal? Yo sí puedo, él, que es gilipollas, no, él no, ¡claro que no! Cuenta hasta tres, o hasta cinco, porque sabe que en cuanto quiera decir algo él va a parar de girar la maldita cucharilla. Vuelve a dar media vuelta en la cama, y se destapa en busca de aire fresco. Que fluya el sudor que el alcohol produce al mismo ritmo y estilo que aquella escena donde la frase célebre decía ‘más madera, más madera’.

Ocho, nueve, diez. Aún se oye el quiticlín, quiticlín.

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Marcos recuerda la noche anterior, recuerda a su novia que está de vacaciones en un pequeño pueblo de la provincia de Cataluña. A la vez tararea en su cabeza la canción del verano que logró bajar de Internet y grabar en un disco compacto. Ayer la bailó en varias ocasiones, ¿no? Seguro que sí. Mira la base del vaso y sabe que aún resta algo de cacao en polvo en el fondo, así que toma la decisión de girar un poco más fuerte la cucharilla...

Cuanto echa de menos a su novia y cuanto desearía en estos momentos poder volver a verla, besarla, abrazarla y decirle lo mucho que la quiere. Hoy la llamará. -¡Por qué no te metes la puta cucharilla por el culo! ¡Así podrías ver qué tal te suena el ruidillo de los cojones! –Grita Lucas, ya sentado en la cama y con los ojos abiertos y radiantes, harto de tanto quiticlín. El silencio es eterno. Mario e Isi están despiertos, han oído todo, pero no quieren decir nada. Marcos ha girado su cabeza y mira atrás perplejo y sin soltar la cucharilla introducida en el vaso de leche con cacao. No sabe qué contestar y en ese momento Lucas gira su cuerpo, se levanta de la cama y atraviesa el cuarto para ir hasta el baño. -¡Porque no me da la puta gana! –Replica al fin Marcos, tarde y sin exceso de convicción. Lucas frena su andar de pronto, cansino y mareado, acompañado de jaqueca y resaca, le vuelve a mirar. -¿Quieres qué te enseñe a preparar un colacao? –Amenaza–, Llevas así veinte malditos minutos, que no se puede ser tan torpe. -Según tú. -Según yo y cualquier niño de seis años –replica.

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Lucas continúa su destino y se pierde en el interior del baño. Marcos termina su desayuno, coge la toalla, abre la puerta de la calle y mira un último instante a su compañero. -¡Qué te peten!

El desahogo para Lucas ha sido del todo suficiente, así que decide cortar por lo sano la discusión y evitar más lindezas. Cuando termina de orinar su amigo ya ha abandonado el apartamento y Mario e Isi siguen haciéndose los dormidos. La cocina se muestra como una verdadera pocilga industrial, donde la basura parece el adorno predominante. ¿Y ahora quién demonios limpia esta ponzoña? Se pregunta Lucas, cansado, con sueño y resacoso. Yo, fijo, que soy el único que hace algo en este apartamento. El resto, holgazanes de poca monta que no sabrían sobrevivir ni en el mismísimo edén, no hacen nada.

El sol comienza a colarse por demasiadas rendijas, el silencio vuelve a interrumpirse por el grifo abierto, y Mario, que tiene demasiado sueño, aún mucho sueño, desea que Lucas termine cuanto antes de fregar para que cese el golpeteo del agua contra el lavabo.

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II

LA SOPA BOBA
No hay un reloj de agujas en el pequeño cuarto de su habitación. Ni siquiera una radio que suene y dé las noticias matinales a las ocho de la mañana, y menos aún el ruido de un vecino trabajador que decida marear la perdiz de habitación a habitación hasta que al final consigue salir de casa, para luego recordar, cuando está justo de pie frente a la puerta del garaje, que ha olvidado las llaves de su vehículo al lado de la taza del café amargo. No existen tales peculiaridades en casa de Marcos. Su madre, que siempre camina veloz por su apartamento de cien metros cuadrados situado a nueve alturas de la acera, además de con la cabeza gacha y la energía de tres tigres alegres, ya porta bajo su brazo derecho el largo tubo negruzco de la aspiradora azul clarito. Encendida. Su trabajo no dista mucho de aquel que cinco americanos realizaban en una película de principio de los años ochenta, en la que subidos a un vehículo blanco lleno de artilugios de última generación lograban absorber a cientos de espíritus y espectros verdes repletos de babas. Ella en cambio reemplaza aquellos

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fantasmas por infinitas motas de polvo que buscan su hogar en las esquinas de sus tres habitaciones.

La joven mano sale del interior de las sábanas para atrapar el pequeño teléfono móvil rojo que, por enésima noche consecutiva ha dormido junto a él, a escasos centímetros de su cuerpo; en la mesilla de madera revestida por el rojo cobrizo propio de un atardecer de invierno. Ahí hay espacio para una lamparita de noche de tela de color cerúleo. Esta tonalidad que brota con la bombilla encendida, fue adquirida por su madre hace diez años, y la única finalidad que tiene es evitar que su hijo pueda dañarse la vista cuando tome la decisión de leer antes de dormirse. Sin embargo, Marcos Cayetano no es aficionado al inmenso cosmos de las andanzas literarias. Además, no mucho más lejos y a la vista, está el pequeño estuche donde guarda sus lentillas. La prematura deficiencia ocular que le detectaron en una rutinaria revisión escolar cuando apenas tenía diez años, le ha originado en su mente la firme teoría de que la lectura de cualquier índole podría provocarle una ceguera irrevocable. Según su amigo Isi, nada más lejos de la realidad. Tras unos segundos de búsqueda, pulsa la tecla roja donde hay un círculo con la denominada i latina. Entonces aparece una cara sonriente de tono grisáceo junto a un saludo que le dice “¡Buenos días, wei!”. Luego sale un mensaje más escueto y formal: Por favor, introduzca su código pin. Marcos, piensa levemente y teclea 69 y 55. Tarda, pero enseguida el reloj le ofrece la hora. Es temprano. -Chiquito, creo que es el momento de levantarse –insta la voz que arrolla desde el exterior de su habitación. Afuera se oye un continuo zumbido molesto que parece acercarse hacia él como el tiburón de dientes afilados que, nada por la orilla del mar como pez en el agua en busca del inconfundible veraneante envuelto en su bañador de pata larga y de tonalidades estridentes,

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que tal vez o quizá debió adquirir en las rebajas del mes de marzo y que por supuesto, seguro fue correspondiente al surtido de prendas ignoradas por los clientes, no ya en la última temporada pasada, sino incluso en la de hace dos años, cuando algún modisto embriagado de locura presentó al mundo su total torpeza a la hora de mezclar los colores. Cada cual tiene lo que se merece, piensa el joven Marcos con los labios mostrando su generosidad al tiempo que su sonrisa picarona cae hasta el borde del colchón. Marcos sabe que con su mutismo tal vez podría evitar la intrusión de su madre, ya presta y dispuesta a salvarle de cualquier polvo que sorprenda en su habitación. Su táctica, que ya en ocasiones ha dado excelentes resultados, consiste en convertir el consejo de su madre en inexistente y descansar tumbado en el catre como si no hubiera oído nada. Ella en cambio entiende que en esta ocasión la victoria corre de su mano. No permitirá pasar por alto lo que ya van siendo muchos días de despertares registrados a las doce del mediodía. De modo que, sin recelo alguno y con rudeza, golpetea la puerta con su atrapa-polvos casi de manera inacabable hasta lograr su propósito. -¡Es hora de levantarse! –Insiste con un bufido estridente que emerge de detrás del runrún de la aspiradora. Marcos todavía anhela y cree a la vez poder vencer esta batalla, pero su madre, que se siente hastiada de ver como su hijo desperdicia la vida a los 26 años, decide irrumpir en el cuarto para conquistar el terreno, levantar la desmejorada persiana y seguir utilizando su maquinaria sin escatimar en alborotos. -Ha llamado Leti –miente–, me ha dicho que la llames para lo del apartamento. -¿Mm? –farfulla él. Ella entonces cesa con la aspiradora. El ambiente parece coger un poco de aire fresco e incluso colmarse de aplomo.

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-¿No os vais siete días a Barcelona dentro de unas semanas? –Pregunta, y sin apenas esperar dos segundos vuelve a encender el aparato, a insertarlo debajo de la cama y a decirle a su hijo que es una hora prudente ya para empezar a darle un poco de provecho a la jornada. -Sí, pero... –responde desde la cama, contrariado por la supuesta llamada. Su madre perpetúa las labores del hogar, y después de que la luz del invierno penetre por la ventana y ella no ofrezca más palabras a su hijo que las ya dadas, el joven decide levantarse poco a poco. Tarda aún varios minutos hasta sacar su cuerpo en calzoncillos por completo de debajo de las sábanas. Más aún en ponerse de pie, correr al lavabo, lavarse el rostro, ser una persona activa, y no hablemos ahora de peinarse sus lacónicos pelos negros. Vestido con unos vaqueros desgastados parte hacia la cocina donde decide encerrarse para iniciar la preparación de un desayuno calentito y energético. El carillón que cuelga en la cocina de la pared marca las doce y cuarto de la mañana. A esas horas la tele exhibe una programación muy poco atractiva para Marcos, que acompañado de un caliente colacao dormido en una taza cilíndrica de color beige con un avión rojo y amarillo sobrevolando unas nubes blancas, y un bollo de mantequilla en la otra mano, ya está postrado en el sofá. Leti no le había llamado, y su madre decidió revelárselo apenas unos segundos antes de que fuera a marcar el número de teléfono. Tal desenlace ha originado otra de las cientos de discusiones que ambos embisten cada día. Entre el tema estrella que suele relucir en esas envenenadas contertulias periódicas está por supuesto la búsqueda de un nuevo empleo. En cuanto ha saldado la lidia de la falsa llamada, su madre no ha esperado un instante para volverle a recriminar que ya era hora de dejar de vivir del cobro de la mierda de dinero que le da el paro, y que la vida no va a ser siempre de pies en vertical, que para disfrutar de la vagancia y la apatía ya están los pobres.

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Sin pensarlo dos veces Marcos ha vuelto a retroceder varias casillas como si de una partida de ajedrez se tratase, ha esquivado las palabras y ha driblado a su mamá para correr a paso sigiloso por el pasillo hasta encerrarse de nuevo en su cuarto. Allí ha encendido el ordenador y ha esperado a que ella tomara la urgente determinación de ir a la compra para evitar que en un futuro cercano a la nevera comenzaran a vérsele los huesos fríos y blancuzcos.

Mientras las canciones descienden del galáctico mundo de Internet hasta su disco duro a un ritmo vertiginoso; mientras la melodía de un tema pegadizo que inicia tal que así, ‘Mata más gente el tabaco que los aviones y he perdido el miedo a volar...’ En tanto el ambiente musical revolotea con el murmullo de una grúa no lejana, que trata de colaborar en la construcción de 124 viviendas, de las cuales, apenas la mitad son de protección oficial y ninguna al alcance de la presente juventud; al tiempo que ocurre todo eso, sus pensamientos vagan por un mundo mejor y muy distante de su suave realidad. Ellos invisibles y factibles para él, peregrinan por un disfrutar de la vida en la que siempre le queda un hueco de tiempo libre para compartirlo con su novia. Los últimos cinco años han servido para conseguir borrar de su mente el preciso y lejano momento en el que él vivía día a día con el peso de la soltería. En ese denso lustro ha logrado olvidar la sencilla forma de actuar que solía plasmar en tal estado de libertad de idilios, y ahora, la soledad le da un pánico terrible. No tener de pronto a su pareja significaría cambiar infinidad de hábitos de su vida a los que ha cogido demasiado cariño –recuerdos–. Con ellos que cree poder contar para siempre en un futuro. Leticia sería la encargada de renovárselos. Marcos a veces tiene miedo a despertar solo, a no encontrar a nadie tan unido a él como los es hoy su actual novia. Marcos sabe que ella es la que le obliga a tener un primer pensamiento cada mañana, reservado a ella, por supuesto. No puede imaginar su vida sin una mirada suya que recoger;

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una sonrisa, unas palabras. Ella es un sello perenne en su camino existencial que no puede tacharse; un bastón de madera en el que apoyar su cojera emocional; todas sus preocupaciones, problemas, soluciones, ideas, chistes, alegrías, tristezas, enfados y, desenfrenos sexuales. Todo es ella y sin ella todo es soledad. En ocasiones ha habido dudas, en otras, certeza plena. Hay citas perfectas en las que el último adiós de Leticia parece decir hola, y su presencia acompañada de un último vistazo antes de marcharse para dejar un reguero de sombra en la acera parece decir voy a convertirme en la chica con la que pasarás el resto de tus días. En otras ocasiones teme haberse equivocado y se pregunta si no pudo buscar entre la nocturnidad de los bares a alguien mejor con la que congeniar al cien por cien. Uña y carne no es la frase, pero sí tallo y pétalo, como le gusta decir a Marcos en su vena más romántica. Después de infinidad de noches frente a la pantalla del ordenador, mientras el motor del Fórmula 1 ruge en la arena, siempre elige el mismo camino del laberinto en sus cavilaciones. La salida roja muestra una puerta enorme con forma de media luna donde yace una lapidaria frase que enuncia con voz grave: No hay vuelta atrás, y volver a caminar todo lo andado puede resultar una gran pérdida en el camino. Una vez leída varias veces tal oración en su cerebro, sonríe, mira a al monitor y arranca el coche sabiendo que carece de fuerzas para iniciar de nuevo una relación que, quizá le gustaría vivir. Un año de excedencia, probar otro tipo de mujeres y ver la diferencia. Marcos inició sus primeros derroteros en el mundo del flirteo cuando calzaba en su tarta de cumpleaños quince velas. Apenas sabía nada del extenso mundo del camelo, y creía que en el amor el chico, sin importar cuáles fueran los medios o las mentiras, acababa convirtiéndose en un ‘gilipollas redomado’ durante horas, con el único fin de llegar a las carnes blandas y no tan blandas de la chica. Aún hoy desconoce –al igual que la mayoría de

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los humanos– cómo funcionan las relaciones sentimentales, pero Marcos tiene la convicción de que sí. Su inocencia le ha convertido en ocasiones en una persona nevada de malicia, y en otras en un complejo de madurez insólito asentado sobre un buen empleo de cocina. La responsabilidad sólo ha fluido en él cuando existe un horario laboral establecido durante los cinco días de la semana. Para Marcos la vida ha cambiado hace dos meses, y desde ese momento parece haber comenzado a vivir su tercera juventud. De pronto ha decidido que su vocación culinaria ya ha volado por los aires, y que la idea de arrimarse a los fogones durante quince horas para preparar platos que ni él comería ha pasado a mejor vida. Cada día permanece frente al ordenador, carga juegos, desgasta huellas digitales de sus dedos, y espera paciente que la suerte le sonría en un pleno al 14. Incluso en un buen trabajo donde él tan sólo deba supervisar aquello con lo que disfruta, de manera que la sal y la pimienta tan sólo pueda olerla cinco horitas al día; tres en la comida, dos en la cena. Inició sus estudios en una escuela de hostelería profesional cuando apenas tenía 18 años. Vivió sus primeras experiencias laborales inmerso día y noche en el pub Mandangas, y finalizó su maratón laboral en el restaurante Bersaton, donde la presión y la fatiga pudieron con él después de más de veinte largos y duros meses. Ahora dice que aborrece su profesión. Su sueño, que es disponer de un local propio en una zona céntrica de la ciudad donde poder servir lo que había elaborado con su cabeza y sus manos, va esfumándose al mismo tiempo que la madurez se asienta en él. Ahora memora cómo el vapor de la cazuela llegó a dejarte la nariz entumecida e insensible, además de los ojos llorosos, por lo que le era incomodísimo llevar las lentillas, e incluso los dedos llenos de callos, quemaduras y cortes que parecían ser una instantánea de nacimiento. Hoy comienzan a recobrar su estado natural. El aroma de la comida lograba acompañarte todos los días a casa, y en ocasiones, Leti era capaz incluso de

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enunciarle más de la mitad de los ingredientes que había utilizado durante la jornada laboral. Aquello se convirtió para él en una descomunal y fiel pesadilla que a fecha de hoy no quiere volver a recapitular en absoluto. Quizá todo surgió a raíz de aquel ascenso a responsable de cocina. La elección de su mejor amigo de trabajo y no la de él, provocó que el vaso de agua a medio llenar, justo para una ración de arroz cocido, se desbordara y sirviera para dar de comer a dos personas. Era demasiada pasta para tan poco estómago.

Marcos baja a su habitual paso lento unas escaleras de color ocre. No le gusta utilizar el ascensor de su edificio, tan sonoro y viejo, de modo que decide atravesar cada una de las ocho plantas que quedan bajo el pequeño apartamento en el que él vive junto a su madre, quien ya ha vuelto de la charcutería y le ha recordado antes de que abandonara los límites del hogar, que ya era hora de realizar alguna visita a su padre. Han pasado dos años desde la última vez. -Aún no puedo –responde sin más entusiasmo. Suena un chirrido débil y el golpeteo del marco retumba de manera continuada debido a la cacofonía habitual que suele residir en estos espacios. En cada altura hay un diminuto trapecio con cuatro puertas, igual número de timbres y dos interruptores que encienden la luz de la comunidad. Las entradas todas ellas son de madera, pero cada cual ofrece un tono diferente. Fueron muchos los vecinos que decidieron blindar sus casas para evitar que los ladrones siquiera meditaran intentar adentrarse por sus pasillos a robar. Si bien, no sirvió de nada. A muchos de estos luego les desvalijaron, y tan sólo haciendo uso de una tarjeta magnética. ¡Que incongruencias engendra el destino! Aún quedan demasiados Cristos colgados junto a la mirilla de estas puertas, como si la crucifixión que padeció Jesús hace ya más de dos mil años aún permaneciera viva a los

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ojos de todos los humanos que residen en este bloque de viviendas, y quizá, recordándoles que Dios continúa estando en la casa de muchos religiosos. Y, cuando Marcos piensa en la frase «Tú en tu casa y Dios en la de todos», apenas ha llegado al séptimo piso y halla frente a sí tres bolsas de supermercado de color amarillas que débilmente son sujetadas por una mano menuda y blancuzca. Ella intenta introducir la llave plateada en la cerradura, pero entonces gira la cabeza de manera sutil y levanta su ojo izquierdo hasta esconderlo en las cercanías de la sien. -Buenos días –saluda Marcos. Ella alza al fin la cabeza del todo y sonríe levemente porque no consigue desplegar más su boca sin sentir un punzante dolor en sus encías. Tiene el labio partido. Suelta las bolsas e introduce la llave. -Veo que hoy tampoco has madrugado –comenta. -Sí, la buena vida... ya ves. –Se disculpa él, que busca una confidencialidad en la causa de su golpe en el labio. -Yo voy a ver si preparo la comida, que Imanol debe estar al caer. –Alega dejando entrever otra leve sonrisa dolida. -¡Cuídate el labio! –apuntilla el joven. Ella mantiene esa bonita sonrisa dolida en la piel y cierra la puerta. Marcos, sin soltarse de la barandilla de las escaleras mira la puerta recién trancada y continúa su camino. La vida que tuvo Belén brindó en ocasiones un pasado mejor con témperas que dibujaban unas excelentes vistas de futuro. Hoy aquel mañana ya se ha truncado en un desvirtuado presente. Ella lo sabe, y también alcanza a saber que no es ese chico quien debe decirle a una mujer madura, a la que el olvido de la juventud le ha restado demasiadas posibilidades de dar a luz a algún niño, cómo debería restaurar ahora mismo su vida. Él no puede convertirse en su confiado de secretos por mucho que ansíe y sobre todo por mucho

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que le apremie tener uno. Y pese a que el joven ya muy crecido descubrió un tiempo pretérito en el que el salón de aquél séptimo piso fue un lugar de ocio donde los cuentos infantiles fluían de su voz apacible y densa con una interpretación exquisita, sigue sin ser la persona idónea para convertirse en su cómplice de dolores y desquites. Además, aquella época yace olvidada como suele perderse en la memoria la imagen del primer vaso de agua que toma el ser humano. Tal vez Marcos pueda rememorar algunas de aquellas escenas, ya que coincidió con la esplendorosa eterna primavera de sus padres, cuando durante múltiples noches acompañadas de cenas románticas que no solían acabarse hasta después de una hora erótica en la cama de algún motel del centro de la ciudad. Mientras, el mayor de la casa y su hermana pequeña debían bajarse un piso para permanecer abrazados y dormidos sobre un sofá de un áspero tejido rojizo oscuro. Todo un ayer que por momentos prometía un presente con bastante mejor cara. Sin embargo, la realidad es un ente que casi siempre tiene el astuto capricho de dibujar un silencio donde el ruido es ensordecedor.

Atravesar la calle principal de una ciudad siempre suele ser una sensación de estrés e incomodidad. En un vial de estas características los coches siempre gruñen con el poderío de su claxon, pisan con brusquedad el pedal del centro de su vehículo, para obligar así a los cuatro neumáticos desgastados a chirriar cuando éstos ejercen una fuerza de rozamiento con el asfalto. Y en el preciso momento de llegar a uno de esos tradicionales badenes del actual siglo veintiuno, los bajos del automóvil suelen ser golpeados sutilmente, de manera que el conductor del efímero fórmula1 se ve obligado a farfullar con el feroz desgarro de sus cuerdas vocales: ¡Mierda! Fuera de la calzada el panorama sonoro no es más apetecible. No existe avenida principal sin obras, ni obrero de bocadillo de mejillones con cerveza nacional de media

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mañana. Este jornalero es el que decide, durante las dos primeras horas de después del almuerzo, martillear de manera inhumana como si la cantidad de fuerza dispersada fuera el justificante de su próxima nómina mensual. Hay veces que las chapas metálicas, tablas y muros de piedra, se deben preguntar si tanto sudor vale la pena. Ya me doblo yo, pobre hombre, no te esfuerces, que tienes a tu hambriento compañero sujetándome desde hace diez minutos y ya parece temblar como las cuerdas de una guitarra flamenca. No hay peón fortachón si no hay uno enclenque. Este chiquillo suele rondar la veintena, no sabe colocar un ladrillo y siempre que carga el cemento sobre su hombro se transforma y camina desfallecido emulando al zapato de un caballo. Lo positivo es que toda obra es pasajera, y que los vecinos que la sufren hoy la sufrirán mañana, ya que una vez se acaba, ésta tiene tendencia a trasladarse algunos metros calle más abajo. Es en una densa y larga calle donde se implanta la humilde taberna de pinchos y cañas de Josele. En esa prolongada avenida no faltan las agencias de viajes, ni un par de lencerías, ni una excelente panadería y bollería que cubre de aroma la estrecha acera errante de afanosos ciudadanos. Tampoco falta una degustación, ni la menuda zapatería de Alfonso, que después de cincuenta años abriendo a las nueve de la mañana todos los días de lunes a viernes, aún sigue situada junto a la susodicha tasca culinaria. Hace esquina con un vial perpendicular que desde hace cuatro meses se ha metamorfoseado para ser ahora un sector peatonal donde los más pequeños críos del vecindario disfrutan a sus anchas con modernos juegos muy agresivos. Y eso sí, controlados en todo, o en casi todo momento, por las que hace tiempo les dieron a luz; sus madres. No muy lejos, el bar de dos fachadas, una que apunta hacia el Norte y otra hacia el lejano Oeste, suele vivir siempre ajeno al movimiento social de la vía pública. La taberna de Josele es otro cosmos donde en excesivas situaciones lo surrealista emerge e inunda el ambiente de quienes lo habitan. Es un sitio especial, e incluso para aquellas personas que rondan por allí sin

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adentrarse en él. Para éste tipo de ciudadanos todo lo particular nace en su arquitectura exterior. Ambos frentes se revelan enmarcados por sillares desiguales de piedra caliza, y a partir del metro y medio partiendo desde la superficie, despuntan dos enormes cristaleras traslúcidas que no dejan lugar a la imaginación. Y es por ello que en la mente de cada paseante pueda dibujarse una realidad del interior con tan sólo un vistazo. De forma exclusiva interrumpe la transparencia, un letrero que enuncia con letras rojas: ‘La taberna de Josele’. Otro más pequeño, tamaño folio, informa del horario de apertura al público. En esta gran avenida también vive Marcos, y por ésta a diario camina sin percatarse en ningún momento de manera reflexiva de las situaciones incómodas que acaecen a su alrededor. Sí en cambio lo hace de forma inconsciente, aunque desde que perdiera su empleo todos los días a última hora de la mañana tenga como único deseo acabar adentrándose en la tasca de Josele para beberse una caña bien fresca, relajarse, leer el periódico, y al fin y al cabo, escudarse así del maratoniano ruido. Algún reloj en el mundo debe indicar que ya es la una y veinticinco, y algún otro y veinte, e incluso habrá alguno en el olvido que señale las siete y diez, y en caso de que éste tenga dueño es muy probable que su emplazamiento se localice a cientos de kilómetros de los dos primeros. A Marcos le importan tres pepinos y un rábano las horas, los minutos y más aún los segundos. Desde que ha decidido vivir del aire y no desempeñar labor alguna por obligación, el tiempo ha pasado a convertirse en una finalidad totalmente prescindible. No le importa llegar con retraso a la comida que cocina su madre, y es que en casa disponen de microondas, y éste tiene el don de calentar el plato preparado. En apenas tres minutos. Además, aún hay una gran suma de dinero en la caja de ahorros por si llegara el improbable día en el que se le niegue el sustento. Para el chico, que vive su tercera juventud sumergido en plena sopa boba, su lema yerra pregonando, «hay hogar, hay dinero, hay amor, el trabajo quedará descansando un tiempo en el oscuro y sucio rincón».

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José viste el mismo chaleco rojo y la habitual camisa blanca impoluta que lucía cuando abrió el bar allá en la década de los setenta. En aquella época, Ángela, la madre de Marcos, trabajaba de camarera, y aunque él lo desconozca, hubo una gran amistad con su familia. Si bien, todo terminó en apenas diez años, cuando sin saber porqué, Josele la despidió. La relación se rompió, e incluso hoy, parece que nunca existió. Para el tabernero todo sigue igual. Porta las mismas gafas negras con dos rayas de color escarlata en las patillas y el pelo revuelto y largo cubriéndole gran parte de sus menudas orejas. El increíble logro de mantener su blusa blanca al cabo de la jornada y la mirada firme y vieja escoltada por sus pobladas cejas, encierran infinidad de recuerdos que en las pesadillas de cada noche trata de enterrar. Las aisladas y rudas hebras grises de su cara denotan el estrés diario. Y por desgracia, son pocas las personas, por no decir nadie, los que preguntan a José ¿qué tal el día?, y menos aún un Cuéntame algo de ti, ¿Quién eres? Nadie osó enunciar tal convite. Y quizá por ello hoy el camarero de la esquina, conocido por los asiduos bebedores y aficionados a tapas por el nombre de Josele, continúa siendo para todos sus clientes un auténtico popular restaurador de pinchos y buen tirador de cañas. Mas, por desgracia, aún sigue viéndosele como a una extraña persona en lo que se refiere al aspecto humano y social. La mesa de las horas muertas descansa con sus cuatro plazas vacantes. Marcos le pone dueño cuando explaya el abrigo marrón de pana que le cubre del frío. El termómetro de la farmacia local revela que el ambiente sobrevive en apenas cuatro grados centígrados. En tanto, en el interior se superan los veinte, y algo más debe hacer en el plató que refleja la televisión, donde puede apreciarse a la regordeta presentadora sentada tras una mesa de media luna. La cerveza comienza a brotar del sifón. El uniforme pero afilado hilo de pócima rubia comienza a golpear sobre el borde del cristal para deslizarse suavemente hasta el fondo de la copa. El ovalado vidrio da acogida a los treinta centilitros de lúpulo líquido bañado en

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oro, mientras que la densa espuma lucha en un último instante por evitar el suicidio. Todo un proceso maravilloso que escasos investigadores se han detenido a estudiar. La caña fría cae finalmente en los largos dedos de Marcos y éste la traslada hasta la mesa de las horas muertas. -Anda, Josele, ponte un bocadillito de jamón y queso –pide sin soltar de sus dedos índice y anular la caña fresca que ya sorbe levemente. Se moja el labio superior de espuma, relame y espera paciente a que el pincho quede en un plato sobre la barra. -Aquí tienes, hijo. -¿Cuánto es? –Pero ya le ha tendido su billete de cinco euros, algo roñoso como todos, así que José no contesta y tan sólo le entrega las vueltas. La mesa es demasiado amplia para una sola persona, pero intuye que antes de que tome la urgente decisión de abandonar su posición de la taberna para evitar llegar tarde a comer, alguien más estará sentado junto a él. Encuentra algunas faltas en la disposición del pequeño pincho que se asienta sobre un minúsculo platillo color vainilla. Josele lo ha plantado muy descentrado, junto a los diversos grabados que aparecen en el reborde, los mismos que dan vida a una suave marejada celeste. No obstante, reconoce nada más embestirle el primer bocado y rozarlo con los labios, la deliciosa sensación gobernada por una exitosa mezcla de sabores sencillos. El salino jamón aceitoso y el seco gustillo del queso curado de oveja fluyen con el pan harinoso, y tras dos revueltas entre sus muelas parecen deshacerse en su boca como si fuera una sola pieza. Ni siquiera tiene hambre ahora que lo piensa mientras no deja un instante de masticar. Después del colacao de hace menos de una hora junto a la correspondiente bollería, su estómago no rezonga hambruna. Es la costumbre la que se ha adueñado de él, y ya es algo superior a cualquier síntoma de apetito o sed el tener que llevarse para el cuerpo uno de los bocaditos montados de la encimera del bar. Desde hace dos largos meses Marcos va todos los días de

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la semana hasta donde Josele y degusta ese aperitivo a media mañana pasada. Hoy su organismo no lo necesita. Y todo pese a que él siempre ha criticado ese modo de vida, y más aún cuando Lucas fue el protagonista de tales hábitos. En aquella época Marcos dedicaba la mayor parte del día a su oficio de cocinero, y en tanto su amigo pasaba horas en la taberna, a diario y durante semanas. Y es que él también carecía de un puesto de trabajo acorde a sus expectativas. Marcos entonces no dudaba en echarle en cara que viviera de la sopa boba, y justo cuando el reloj dictaba el momento de la sobremesa y se dejaban de servir las comidas, él siempre le lanzaba irónicas preguntas como ¿Qué tal la vida de toca-huevos? ¿Desde qué hora llevas aquí sentado? O frases como, si tienes tiempo libre luego vas a mi casa y me la chupas. Aquel tráfico de lindezas, que sobrevolaba de manera constante y ajena a los clientes presentes, moría cuando alguno de los dos torcía el morro al tiempo que al otro el corazón le trotaba a mayor velocidad de la que tenía por costumbre. En ocasiones llegaron a hacerse demasiado daño interno, pero tenían su manera de resolverlo. La situación vivió su peor fase en el preciso momento en el que el absentismo laboral de Lucas coincidió con las 4 largas semanas de duración de los Mundiales de Fútbol. Esto provocó que su amigo dejara de buscar un curro decente en los clasificados del periódico local y tomara la firme sentencia inapelable de madrugar para no perderse detalle de uno solo de los partidos que televisaran por las cadenas de pago. Daba igual los equipos que se enfrentaran, era fútbol, y en teoría ese deporte podía verse siempre por muy poco vistoso que fuera. Además, Josele solía tener el Marca y el As a mano para acompañar y dinamizar los numerosos lances futbolísticos más tediosos. Éstos, en ocasiones llegaban a superar los noventa minutos. Luego también estaba la riñonera oscura y glauca de Lucas, que por decreto siempre albergaba –aún hoy se mantiene vigente la ley– de forma perenne algo de costo para que el dueño de la taberna le dejara poderlo convertir en un relajante cigarrillo liado; hasta la fecha puede realizar dicha tarea sin hallar impedimento legal alguno. En

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ningún momento faltaron los ir y venir de amigos que estaban interesados, ya no sólo en los resultados finales de la mañana, sino que incluso en las jugadas y anécdotas más interesantes; Lucas las sabía todas. Sabía alineaciones de selecciones tan extrañas, que locutores de radio desconocían. Algunos jugadores que salían de su boca vestían camisetas de equipos exóticos como el de Japón, Corea del Norte, Jamaica, China, o incluso deletreaba los nombres de los fríos futbolistas de Rusia. Luego por supuesto también tenía conocimiento de la gafada selección española, de la alemana, la brasileña, la francesa, la lusa, la inglesa y, no podía faltar su gran favorita y eliminada en cuartos de final: La italiana.

Hoy todo ha cambiado. Lucas coordina una delegación dirigida por una importante agencia de telefonía móvil y apenas goza de tiempo para realizar una corta visita a la taberna. Menos aún durante el mediodía. En tanto, Marcos ya ha dejado en el recuerdo pasivo aquella época crítica, y ahora prefiere disfrutar de su reformado y aceptado modo de ver la vida, de sus cinco días de lunes a viernes en los que tiene a expensas una amplia carta de pinchos donde cualquiera que sea su elección, jamás será peor a la realizada 24 horas pasadas o futuras. Sus ojos suelen tener la rutina de fundirse por el abanico de opciones antes de decidir. Sus pupilas siempre dentellean antes la tortilla de patata recién hecha, la de jamón y queso o la que irradia pequeñas motas de pimientos verdes. También busca los conocidos mejillones rellenos, apelados tigres, la docena de huevos cocidos depositados en un recipiente rojo, los montaditos de jamón serrano y queso, o los que sólo son de jabugo. No ha dejado de probar en alguna ocasión las croquetillas de bacalao, las de pollo, las rebanadas de pimientos de piquillo con txaka, con gambas, las tapas de ibérico con champiñones al txakoli, incluso las patatas bravas y por supuesto los diferentes tipos de patés. La carta es amplia, y siempre existen aperitivos olvidados como los variados sandwiches plastificados,

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los canapés de anchoas dulces y las tapas de caviar de berenjena. Pero su gran debilidad siempre llega a última hora de la tarde con las tradicionales tapas de pulpo de los viernes. Aunque para esta última especialidad culinaria necesita la inevitable presencia de su gran amigo Lucas, que será el encargado de pedir otras dos cañas más en cuanto terminen la concurrida tabla pulpera.

Para Marcos sentarse frente a tal escaparate cada mañana es una buena razón para seguir vivo, aunque no la única. Sorbe largamente la caña que tiene sobre la mesa para quitar la sed y paladea el amargo sabor de esta bebida. Minutos después experimentará el placer de cuatro grados y medio de alcohol en el cuerpo. Toda una verdadera sensación que trepa según va dejando atrás las primeras páginas de la prensa deportiva. El proceso va acompañado del inconsciente runrún del televisor y del siseo de dos nuevos clientes que han hecho sonar la campanilla colocada en el marco superior de la puerta de entrada.

Guillermo, el sibarita, dice él que de origen italiano, empresario de obra, de mirada firme, aviva de nuevo el tintineo ausente. Su barba perfectamente rasurada a escasos cuatro milímetros de altura, su planta de más de metro ochenta, su melena negra engominada y sus pantalones ajustados, aunque sin llegar a oprimir a las partes nobles que todo hombre debe vestir con soltura. «Es trascendental la comodidad en ese punto, no presionar a quien tiene el don de otorgar vida. Yo, soy hombre, y en el momento del acto siempre debo tener en condiciones lo que he de tener», palabras textuales de 'Delguille'. Le cuelga de sus hombros una camisa que parece abrazársele con fuerza al ancho torso. Bajo ella no viste camiseta interior, aunque sí un medallón de plata sujeto por un grueso cordón. Apenas le llega hasta la mitad de su bragueta la prenda de seda gris, lo que a

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cualquier observador le invita a bajar la mirada hasta llegar a la altura de sus sombríos zapatos de piel, ambos iguales y distinguidos por un afamado sello italiano.

El montadito de jamón le provee demasiada sed, por lo que a Marcos el vaso de cerveza ya empieza a convidarle unos mínimos considerables. En ese momento Guillermo coloca sus brazos en jarra, justo en el kilómetro cero de la taberna. El suelo tiznado de serrín parece no importar en absoluto a sus notorias suelas, que para acomodarse con mayor precisión en la superficie se mueven como auténticos parabrisas. Los hosteleros utilizan este material, bien para cubrir los vómitos, o para evitar los patinazos de sus queridos clientes en los días de lluvia. Y aunque las nubes hacen presagiar un buen aguacero, no es el caso. José siempre usa serrín en su bar. Nadie sabe el motivo, pero hay quien se atreve a manifestar a los cuatro vientos que, «quizá en los cuentos infantiles que su madre le leía de pequeño apareciera la frase más vale prevenir, que curarle la nuca a alguien que viene de la calle con las suelas húmedas, y además patina dentro de tu local. Ahí queda dicho», apostilló una vez Isi. -¡Bon día, Josele! –Exclama. El tabernero decide no alzar la cabeza porque conoce a la perfección al dueño de esa ruda y peculiar voz. –Lo de cada jornada, un manso Marqués de Cáceres y una tapita de mejillones rellenos, que veo los tienes excelentes esta mañana. -Como usted mande, Guillermo. -¿Qué tal, amigo Marquitos? –Le saluda con una amplia y viva sonrisa al tiempo que le tiende la mano. Marcos se la estrecha sin poder sacarse de su cabeza su paseo del centro hasta la mesa. Su andar es un galanteo a la vida, al caminar. Cada movimiento parece entorpecer al

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pie que aún reside detrás, pero de manera sobresaliente, con una técnica indescriptible y gracias al contoneo de su cadera, logra que el zapato zaguero coja la delantera. Natural; sólo en él es natural tal dinamismo. -Aquí, ya ves, lo de todos los días, rutina. –contesta sin apenas ganas, media sonrisa, el periódico entre sus dedos y a la expectativa de más conversación. -¡Observa, Josele! –Guillermo tuerce el cuello y señala a Marcos– el bambino tiene bonita vida, ¿eh? –Retira la silla y en apenas dos segundos se aposenta justo frente a él. – Hazme el favor, tráelo a la mesa, yo te pago– añade con una mueca sutil que deja al descubierto gran parte de sus blancos molares. Minuto veinte de reloj de arena después, la copa de vino tinto reposa ya entre los fuertes y trabajadores dedos de Guillermo. El pequeño tenedor argentino escarba en el mejillón rebozado, y Marcos espera paciente más palabras del sibarita. Pese a que ha llegado al capítulo de las crónicas de baloncesto y le queda pendiente leer el apartado de la NBA, sabe que la presencia ‘Delguille’ a un metro escaso destruirá cualquier posibilidad de lectura. -¿Cuándo vuelves al tajo? –Le consulta tras unos segundos, mientras mastica y le hace un gesto hacia delante con la copa invitándole a responder rápido. -Aún no... no sé –duda. -¿Qué no sabes? El aire no da de comer, bambino. ¿Quieres que te dé trabajo yo? –La oferta parece seria y además no le deja esconder la mirada al chico. Marcos enarca las cejas, y estupefacto por la propuesta se reclina levemente hacia atrás con la silla, sin llegar a exponerla a dos patas. La sorpresa es mayúscula, y más aún sabiendo que viene 'Delguille', que no es en absoluto una persona en la que abunde el desglosar bromas así como así. Por ello, el joven lo medita, aunque con celeridad, puesto que las impacientes pupilas del gachón italiano siguen pegadas en sus párpados.

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Enseguida llega a dos conclusiones. Una de ellas es que si responde a dicha proposición, lo intentará hacer de forma convincente. La otra radica en que debe ofrecerle una negativa educada, más cuando conoce desde hace años al Guillermo, para quien tan sólo hay tres cosas en la vida sobre las que uno nunca ha de burlarse y una de ellas es el trabajo. El resto son el dinero y el sexo. «Si hemos de apostar, apostemos, si hemos de hacer un buen trabajo hagámoslo, y si hemos de correr e ir de putas porque nos lo pide el organismo, vayamos a un club y punto, fin de la discusión», ha comentado en más de una ocasión. -Lo siento, Guille, pero no. Sucede que estoy pendiente de un temita. -¿Cuál, bambino? –Bebe y le mira intrigado. -Mejor me lo guardo, -miente–. Además, dicen, comentan, que trae mala suerte hablar de las bienaventuranzas, ¿no? –cierra el periódico y trata de sorber la cerveza que le resta en el vaso brumoso. -De acuerdo, bambino, de acuerdo... –acepta a regañadientes, aunque tan sólo hasta encontrar otro asunto con mayor posibilidad de diálogo, y que al fin y al cabo le lleve al mismo lugar. Ese recoveco donde poder quitarse la disconformidad a tal misteriosa respuesta. Sin embargo, en ese preciso instante la melodía polifónica de su móvil emerge del bolsillo de la camisa de seda. Él pone su cuerpo de pie, levanta la tapa del teléfono y contesta a la persona que llama desde el otro lado. -¡Bon día! ¿Quién llama? Retira la silla, guiña un ojo a Marcos y vuelve al centro para pasear por donde quedaron grabadas las siluetas de sus pisadas, en plena arena del desierto.

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Marcos reabre el periódico para llegar hasta la página donde había suspendido la lectura, y al tiempo, casi puede escuchar en su exterior el palpitar de su apresurado corazón. El culpable es Guillermo, que atesora el don de imponerle siempre en un estado de intranquilidad sublime, e incluso de paralizarle el músculo bucal a la hora de hablar. Las palabras parecen desordenarse en su recóndito ente y su vocabulario se pierde sin opciones de reencuentro en más de un cincuenta por ciento. Y no sólo influye en el diálogo, sino que también le empuja a dibujar con su cuerpo un modo de actuar muy opuesto al habitual, ya que de pronto no sabe dónde colocar las dos numerosas manos y sus diez respectivos dedos, duda si mirarle a sus enormes y aceitunos ojos de continuo o mejor sostener breves intervalos. Y debajo de la mesa, las piernas parecen disputarse una batalla, donde las ganadoras de la lucha tendrán la oportunidad de elegir entre permanecer cruzadas o estiradas. Marcos tiene la innegable convicción de que este gran hombre italiano, y al fin y al cabo, amigo, ostenta una facultad en alguna parte intrínseca de su cuerpo que alcanza límites ilimitados. Que tal poderío ha debido ser otorgado por alguna fuerza ajena a la humanidad, aunque no obstante, cuando las drogas de Lucas no ejercen efectos secundarios en sus pensamientos, la teoría suele rondar más cerca de que se debe al yoga, al kárate, o quién sabe sí a la práctica de alguna religión como el Budismo o el Islam. Al poco de conocerse –hace ya cerca de una década–, Marcos determinó juzgarle como a un personaje extrovertido, alegre, dicharachero y sin dudarlo, de ideas claras sobre lo que quiere en la vida y de total confianza en sí mismo. Pero junto a tales características, ya pervivía un dominio de bloqueo mental que le mantenía cada vez que conversaban. Y la situación se exteriorizaba más y le ocasionaba mayores agravios en ese momento crucial en el que la grave voz de Guillermo albergaba una entonación más larga y daba vida a una pregunta, que en la mayoría de las ocasiones solía tener una pesquisa de carácter personal. En ese preciso y diminuto intervalo que duraba la interrogación, Guillermo le descubría un

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sentir en su pecho inenarrable; como si su tosca mano le tuviera cogido del pescuezo del corazón, y tan sólo dejara pasar sangre hacia fuera y hacia dentro con el mismo ritmo que tuvo el cuentagotas encargado de curarle una vez la otitis interna en su oído derecho. El momento podía agudizarse si el sibarita confirmaba de manera previa que iba a realizar una pregunta con su típica frase: una duda, ¿puedo? El cuello luego no era tal, y cabeza y cuerpo, dos entes flotando por separado en el mar, incapaces de poderse volver a juntar. En aquel entonces el joven Marcos achacó tal ahogo, tal presión, a su falta de confianza, a que él siempre ha estado acompañado de la vergüenza desde la niñez, mientras que «al mierda italiano este todo le va de puta madre en la vida y parece creerse el mismísimo Dios de los Dioses». En cambio él, hasta no cumplir los 19 años no padeció en su ser la verdadera madurez. En concreto sucedió una noche, cuando su padre le mostró con dureza la otra cara que de vez en cuando puede ofrecer la maldita vida. A partir de esa fecha logró deshacerse de la pesada losa de cemento que sostenía hospedada a modo de okupa en la parte posterior de su cuello, y caminar con la cabeza un poco más alta. Además, pudo cambiar de una vez por todas el maldito letrero del buzón de su mente en el que ponía el nombre de ‘Timidez’. Cogió un bolígrafo azul y escribió con buena letra el suyo: Marcos Cayetano.

Habla en voz alta de pie por su celular. Camina de un lado a otro. Los pocos clientes del bar únicamente le miran cuando sube el volumen de sus frases cortas, y aquellos que han de pasar por su camino esperan a tenerlo lo suficientemente lejos para evitar un choque inoportuno. En la mayoría de las ocasiones esas personas no saben de quién se trata, pero tal es la magia que emana Guillermo, que la conducta del ser humano suele variar al rondar cerca de su galantería. Y según Marcos, es debido al firmamento que le envuelve todo su denso ser. Y mayor aún es la prudencia entre quienes frecuentan con el temple ‘Delguille’.

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Ellos optan por reservar cualquier opción de encontronazo a toda costa, y para ello mitigan la orina en su vejiga, piden un cigarrillo a su cómplice de mesa más cercano, sacian la sed para no mendigar una bebida más, o apuran el vaso antes de desaparecer del bar. Un lance de esta índole puede provocar unas inmediatas disculpas encadenadas a una conversación frente a la barra, que sólo dará fin el mismo Guillermo, cuando crea haber deshecho el daño causado. Existen testimonios suficientes para apostillar que tales hechos son certeros, y en ocasiones, cumplimentados con anécdotas que glosan cómo el tropezado hubo de aceptar un desabrido trago solazado por conversaciones sobre temas tabúes de su vida. Lo hace siempre, o poco más o menos que siempre, de modo, que es habitual ver como es evitado por los clientes El único humano que goza del privilegio de libertad, y que entre los más pequeños de la humanidad sería reconocido bajo el calificativo de caballito blanco, es Josele. Respetado, el tabernero nunca ha dicho cuál es el secreto, sin embargo, circula una escueta leyenda urbana del porqué, aunque pocos de los que ahora están en el bar la saben fielmente.

El tintineo de la puerta es caprichoso. El amor a veces también, y la escucha de los latidos del enamorado únicamente suelen llegar a herir en los oídos del correspondido. Pese a que las voces del italiano aún custodian la atmósfera, Marcos es capaz de soslayar la sorpresa y expande todo su tonelaje visual en la melena oscura de la chica guapísima que sujeta la manilla del portón de cristal. Tal es la elegancia de quien casi parece una mujer cuando tan sólo ostenta 22 años, que distrae a Guillermo de su conversación durante varios segundos, y transfigura su angustiado rostro en una desbocada sonrisa desinhibida, en la que por segundos, arriesga a relucir su admirable dentadura esmaltada en vainilla. Ella en cambio mantiene su compungido y desalentado sentir.

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-¡Ponme otra copita! Pero esta vez rebajada –ordena Guille, que parece más achispado tras distanciar un segundo el teléfono de su oreja.

-Hola, guapo –Le besa en los labios y Marcos sonríe de lado–. ¿Qué tal? -Bien. Marchaba ahora a casa a comer. ¿Y tú? Leticia decide acomodarse en la silla de madera, depositar su bolso beige de ante sobre la mesa y encenderse un cigarrillo. Él le ofrece una mueca de reproche y retira el pequeño plato de Guillermo hacia a un lado. Pero entonces ella coge su mano y le suplica un perdón con los otoñales ojos rendidos, quizá con motivo del generoso mediodía laboral padecido. Marcos nota al momento que algo no marcha bien, no sabe cuál es el aprieto, pero después de tanto tiempo a su lado cree entrever que ella tiene algo que contarle. -¿Demasiada gente esta mañana? –Pregunta ante el tenso silencio. La mano de ella que está arropada por las dos de Marcos desprende una temperatura gélida, como si alguien hubiera cerrado el grifo de la sangre a la altura de la muñeca. Sus uñas negras y cuidadas se le hunden suavemente en la piel que le une el dedo índice y pulgar. Pero él no protesta. -No mucho, la verdad. –Y vuelve el mutismo y el tráfico de miradas fugaces. -¡La más guapa de las guapas de la ciudad y alrededores! –Suspira Guillermo que aterriza con otra copa en la mano y con el móvil doblado en la otra. -Hola, Guillermo... Siéntate, que creo haberte robado la silla. –Ni siquiera levanta la cabeza para contemplarle la cara, y mientras mantiene la mano escondida entre las dos de su novio, el único gesto que plasma es el que lleva al cigarrillo hasta sus labios ligeramente atenuados de un morado moretón. -¡Me encanta el frenesí de los españoles! –Retira la silla de su izquierda y se sienta con las piernas estiradas hasta lograr ver como afloran por el lado opuesto de la mesa.

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Guarda el celular en el bolsillo de su camisa y sorbe suave y silencioso mientras vela a un lado y a otro a la espera de mejor conversación. -Me voy a tener que marchar enseguida... –Murmura entonces Leticia. -Tranquila, te acompaño –responde Marcos de inmediato, que hace el amago de coger el abrigo con una mano. -¡Vaya velatorio! –lamenta con sorna Guillermo. Posa la copa y aplaude suave hasta en tres ocasiones. Al segundo busca los ojos de Leticia, que yerran extraviados en un vacío de la mesa indefinido.

-No todos gozamos de tu alegría, Guille –le increpa ella sin mayor entusiasmo. Apenas varía un ápice su semblante y, sin llegar a soltarse de la única mano que ahora su novio le entrega, hunde la colilla en el cenicero que nadie había usado -Mal día de trabajo, ¿eh? ¿Cuál era el empleo...? Yo sé, déjame, no contestes por favor... –Le aplaca la respuesta con la palma de la mano extendida– Invitabas a nuestros convecinos a recorrer los paraísos más maravillosos del mundo, ¿cierto? Guillermo se reclina hacia atrás orgulloso de su exposición, y de nuevo alza la copa de vino para paladear el denso sabor del Marqués de Cáceres. Marcos en cambio comienza a mostrar un perfil hastiado. -Vendo viajes programados –corrige ella. -Es una manera de poder verlo, a mí gusto, molto negativa, pero una manera al fin y al cabo –acepta casi resignado, ofreciendo una sonrisa bribonzuela y expectante tras terminar la copa de un solo trago–. Yo marcho, bambinos, os dejo con vuestros amoríos. -Nosotros también nos íbamos... -alega Marcos. -Sólo un asunto más, –Interrumpe– ¿sabes quién muestra también los lugares más remotos de todo el mundo?

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Leticia al fin se fija en su aspecto masculino, y entonces Guillermo recoge sus distendidas piernas de debajo de la mesa, retira la silla con un gesto de cadera y se pone de pie. -¿Quién? –Insiste ella. -¡Mm! En verdad, más bien es que –concreta–. Son los periódicos, aunque los países que aparecen en esas octavillas de prensa diaria apenas tienen que ver con los lugares turísticos que tú vendes, ¿verdad? –Apuntilla con ironía. La chica le observa con incredulidad, tratando incluso de averiguar a qué causa solidaria quiere hacerle llegar con tal gilipollez, sin embargo, Guillermo ya se ha girado y les ha regalado su ensanchada espalda. Con un contoneo elegante camina hasta la barra, ofrece su baile peculiar a cada paso y espera la llegada del tabernero, que habita ahora entre los tórridos fogones de la cocina. El movimiento desplegado por su cuerpo parece agitar el ambiente y de nuevo puede respirarse con mayor intensidad su aroma a mermelada de frambuesa, la que él cita con elegancia como Eau de cologne de una célebre firma francesa. Atravesadas las escasas seis zancadas que despliega la taberna, echa un vistazo sutil a la calle, donde descansa aparcado en doble fila su coche amarillo, estilizado por los asientos de cuero rojo y con sus puertas abiertas de par en par a toda aquella joven que se preste a subir. -Cóbrate, amigo –Le insta a Josele tendiéndole un billete de un color inusual.

La calle muestra un frío ostentoso y a la vez un silencio inhóspito. La mano congelada de Leticia se aferra con mayor ímpetu a la de Marcos, y sin decir ninguno de los dos esta boca es mía, caminan hacia un destino desconocido. El trayecto se prolonga más de lo que suele ser habitual en él, que durante largos y tediosos minutos medita cómo preguntarle a su chica qué demonios le sucede esa mañana.

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Más aún, ¿Por qué ha ido hasta el bar? Alguna vez lo hace, pero no es habitual. Hoy todo es inusual. Los cuatro únicos zapatos caminantes en dicha acera, que lo hacen a una cadencia enfrentada, se ven obligados a detenerse en el momento que un semáforo en rojo les ofrenda con un suspiro para un beso en los labios y unas escuetas frases mal entrelazadas. El bolso de ante de Leticia se desprende desde el hombro hasta el interior del codo en cuanto Marcos le abraza con fuerza en medio de la calle. Y sin esperar a dar por concluido tal episodio de amor, ella le susurra al oído tres palabras que deberían estar prohibidas en una relación. -Tenemos que hablar. Un zumbido extraño atraviesa el cerebro del chico, embargado por una densa atmósfera paranoica y dramática. Recuerda haber escuchado esa frase infinidad de veces, siempre en algún pasado remoto y con diferentes rostros como protagonistas. En aquellas ocasiones en las que él era uno de los afectados, el lugar tampoco era parejo al que hoy puede vislumbrar ante sus ojos. No es hora ahora de pamplinas quinceañeras. Que son cinco años y el amor no puede dividirse así como así cogiendo unas olvidadas tijeras rojas de papel de una clase de primaria o de la ESO; la mitad para ti y la mitad para mí, y a buscar una nueva mitad con la que tu vida compartir. No, llega una edad en que las cosas no funcionan así. -¿Qué sucede, Leti? –Insinúa asustado, separándose unos pocos centímetros y buscándole la mirada que ella clava a la altura de su tripa. -Nada. Creo que esta tarde deberíamos quedar en mi casa y hablarlo calmadamente... -¿Es malo? –Insiste cada vez más aterrado. -No, sí, aún no sé, da igual, Marcos, vente poco antes de cenar y hablamos con serenidad, más tranquilos, ¿vale? -¡Uuff! –Se agarra el pecho y los brazos parecen nadar solos por el aire, lejos de su cuerpo. –Leti, me matas a sustos, me matas.

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Ella le da un beso escueto en los labios y cruza el paso de cebra cuando el hombrecillo verde del semáforo parpadea. –¡Hasta la tarde! –Exclama. -Adiós –farfulla Marcos.

La noche siempre tan bella en esa calle medieval, donde la luna tiene el don de despuntar en la esquina del último tejado rojizo de menor altura, para dejar una fina flecha de luz que recorre todo el suelo. Los gatos refugiados gatean a sus anchas de un lado a otro haciendo caso omiso al albor asfáltico. Trepan por los restos de basura, husmean, se contonean por los alféizares de las ventanas, entre los tiestos verdes, rojos y azules, que en su mayoría suelen albergar diversas clases de geranios, gardenias, rosales, hortensias de invierno, hierbabuena que inunda de placer el olfato mañanero de los vecinos, y, alguna que otra tipo de hierba balsámica. Las farolas son las únicas que todavía visten de amarillo las fachadas de las casas en esta gran ciudad. Su brillo es mínimo y tan sólo las decenas de moscas de la zona revolotean en la cercanía. El asfalto no es tal, sino adoquinado barroco. No constan en el suelo marcas blancas para advertir a los vehículos por donde han de circular, aunque sí hay un canal en el centro con su red de alcantarillado encargado de encauzar el agua en los días lluviosos. Las gravas arqueadas que algunos campesinos incrustaron en el suelo hace siglos, hoy en mojado se sabe que han propiciado más de un patinazo y dolencia posterior. Seguro que si la calle tuviera como propietario a Josele, tabernero cauto, nunca hubiera acontecido accidentes de tal índole; él y su serrín siempre tan atento con sus huéspedes. El estrecho vial por supuesto carece de acera, porque al fin y al cabo todo él lo es. Pese a ello, en ocasiones pasan coches veloces y furgones en busca de innumerables bolsas de basura, chatarra, trastos viejos, algún colchón. Y todo ello en una calle que apenas alberga quince hogares contando ambos márgenes. Y en esa arraigada zona reside desde hace más de dos siglos la familia de los Coronado. En el portal cuatro; en el

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tercer piso de un edificio de tres alturas que carece de ascensor y ofrece unas diminutas escaleras de madera silbantes; en una menuda habitación de paredes rosas fucsia duerme todos los días la hija de Fernando y Rosa.

Una puerta verde de madera, con varios barrotes en arco de medio punto y de aspecto cenizo por la ausencia de limpieza, expone a Marcos frente a la resolución de una frase que nunca debió emerger de la nociva lengua de su chica. Las horas vacías de quehaceres sobrevividas durante toda la tarde en su cuarto y ahogado en la sopa boba de un sin vivir han sido letalmente deplorables. Ha concebido mil historias, cada cual distinta, y cada una con un desenlace final más pésimo y macabro. Pesadillas que transcurrían como si fueran la más pura realidad, y que le enseñaban a la hermosa Leticia en estados irreconocibles, que la sumergían en el proceso de una enfermedad terminal, en el diálogo que ella monopolizaba para describirle con pelos y señales como se había enamorado de alguno de sus mejores amigos, o peor aún, en la narración de alguna de sus infidelidades que jamás tuvo el valor de revelarle, y que ahora en sus cavilaciones más profundas, ya lograba poner cara al culpable del fatal descubrimiento. Por no hablar de la escena solitaria que le situaba en la mitad de un viejo puente de piedra con forma de uve y cabeza abajo, donde el único destino posible era el río de insuficiente corriente e infinidad de rocas. -Marcos –dice al interfono. No suena nada, pero la puerta puede abrirse por medio de un contacto electrónico si se le empuja con potencia. Éste fue instalado hace escasos dos años y medio. Los vecinos de mayor edad no estuvieron dispuestos a dar tal libertinaje a sus carteras negras de cuero, pero el tiempo siempre corre en su contra a la hora de hacer frente a las modernizaciones. Antes tenía que bajar Leti a abrirle la puerta del portal, y tal encuentro siempre daba origen a un beso que contrastaba los calentitos labios de ella frente a los suyos tan fríos. «Siempre fue

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tan romántica. No me creo que ahora halla podido haberme engañado», conversa en voz baja mientras repiquetea adrede en los tablones de esos menudos escalones. «¡Qué ruido más peligroso fue aquél que hicimos la primera vez!», ríe callado. «Ella siempre tan romántica y tan austera a la hora del sexo, o mejor, el amor, como le gusta decir a ella. Hazme el amor, hazme el amor», continúa susurrando cuando ya casi se encuentra frente a la puerta levemente entreabierta de su casa. Aún recuerda que aquel estreno en su cuarto fue pocos días antes de que pusieran el timbre automático. Para él la espera de aquél contacto sexual con Leticia fue un lapso de tiempo extremadamente largo. Pero después de aquella noche corta, la decepción abarcó todos los sentidos posibles. La sensación gloriosa de alcanzar el éxtasis con su novia murió minutos antes de empezar a hacerlo, cuando Leticia le dijo, palabras textuales: «Mi madre me ha dicho que la primera vez me va a doler». A partir de ahí todo transcurrió como un mérito trámite que cumplimentar donde la imagen de su mamá aparecía una y otra vez en su mente diciéndole, «no hagas daño a mi niña, no le hagas daño que como se lo hagas vas a vértelas conmigo la próxima vez que vengas a comer torrijas un domingo». ¡Horrible! Marchó a casa con la sensación de que tanta espera jamás había merecido la pena y que por supuesto, a sus padres nunca les volvería a mirar a la cara. Incluso mejor si no coincidía con ellos. Y todo después de haber padecido más de dos años interminables de infinitas noches con ella, en las que cuando el reloj marcaba las once de la noche veía como su anhelado cuerpo –minutos antes fundido en el suyo desde los pies hasta la frente– se le escapaba de las manos por las oscuras escaleras de su portal. En cambio él, quedaba allí arrinconado, mirando al suelo y esperando paciente a que aquella excitación reprimida cesara al fin de dolerle en los tobillos al caminar.

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-Pasa, hijo, pasa –le invita su madre, que viste una bata verde a lo largo de su moldeado cuerpo mofletudo. -Buenas, Rosa, ¿Dónde está Leticia? -Ahora viene –remata al tiempo que echa el cerrojo a la puerta de la calle como suele ser habitual–, ya sabes, lo de siempre. -Sí, Rosa, mucho ladrón suelto. -Y lo que no son ladrones... –asegura–. Tú a mi niña tienes que cuidármela muy bien, –le advierte con media sonrisa enlatada entre sus dos manos bien abiertas y agitadas a la altura de su robusta cara. -Tranquila por eso, Rosa. Marcos es educado mientras trata por todos los medios de mantener ocultos en su interior unos nervios que vagan por su organismo a flor de piel. Por un lado, medita, la presencia de sus padres es un excelente significativo de algo bueno, importante pero bueno; a Leti no le gustan en absoluto los numeritos, la pobre se horroriza enseguida, se pone muy colorada y acaba faltándole el aire oxigenado según ve que es apresada por su sensible zozobra. Así que si decidiera por un casual darle puerta a su novio, invitaría a sus padres a dar un largo paseo por el parque, porque ante tal fatal desenlace habría escenita y gritos ¡Vaya si los habría! Pero por otro, quizá el propósito radique en tratar de evitar tal discusión. Su estancia en la casa, de apenas 60 metros cuadrados y con una sola terraza minúscula, evitaría momentos tensos y dramáticos tras la comunicación de la ruptura. Ella está de pie al fondo de un pasillo oscuro, recubierta por un largo albornoz rosita. Acaba de salir de la ducha, y es que según los cálculos que nos permite hacer el sistema horario terrestre, no debe haber pasado mucho tiempo desde que ha llegado del trabajo. Parece tener la cara húmeda aún, y por un segundo, Marcos cree que ha llorado.

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-Siéntate con Fernando unos minutos hasta que se vista la niña, que en breve charlamos. –La madre le tiende un pequeño hueco en el sofá hundido, junto a su suegro extraoficial, quien acomodado en el mayor significado de esa palabra, mira la televisión vestido con unos pantalones de chándal cortos, unas pantuflas cruzadas sobre la mesa de cristal que hay justo delante, y una camiseta blanca andrajosa. Marcos apenas ha echado un mínimo vistazo a la vestimenta del padre de Leticia. Sobre todo porque en su cerebro no deja de tronar una y otra vez la voz de la madre repitiéndole que en breve charlamos. «¿Charlamos? ¿Qué eso de qué charlamos? Ella y yo, dirá, no todos en familia. ¡Ay que la he dejado preñada!», piensa de pronto. «¡Imposible, imposible! ¿Y si es, qué? Aborto ¿no? No, eso descartado siendo como es Leti. Pero es imposible, yo no lo he hecho con ella en al menos tres meses... ¡Uuf, qué susto, imbécil!», se sonríe ya sentado en el sofá. A Marcos, sin embargo, le sudan las manos, y aún creyendo que no se trate de un asunto tan grave como el sospechado hace unos segundos, empieza a considerar haberse metido en la boca del lobo. El padre de ella, un tipo calvo, de metro ochenta, fuerte y apoltronado a su vera, junto a la madre bondadosa, que al fin y al cabo es su suegra y guardará maldad en algún recodo de su vida, no auguran un buen desenlace a esta tarde malsana. -¿Qué tal Marcos? ¿Cómo va lo de buscar empleo? -Con calma, pero va –responde con celeridad. -Pues no estaría nada mal que lo aceleráramos un poquito más, ¿no lo crees así tú? – insinúa Fernando, que se gira hacia su lado al terminar la frase y le busca un asentimiento casi obligado. -Sí, pero está complicado el asunto –argumenta él.

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El padre de Leti vuelve de nuevo la cabeza y ofrece toda su atención a la pantalla. El silencio parece reinar, y por ello Marcos quiere dar la primera batalla por salvada. -¿Quieres algo de beber? –Pregunta Rosa desde la cocina. -No gracias, de verdad que no –alega el chico. Entonces, sin previo aviso emerge la voz de Leticia desde el fondo del pasillo. Los dos miembros de la familia olvidan sus prioridades y dirigen la vista hacia ella. De igual modo aunque algo más tarde y estremecido lo hace Marcos. -Ven, anda. Mira al padre en busca de su consentimiento, pero éste no puede dárselo porque todavía sigue perdido en la mirada de su hija, que viste un pijama azul celeste en el que un oso pardo se balancea en un columpio colgado de un árbol a la altura de la tripa de ella. -¡Vamos, ve! –Instiga con urgencia la madre, que en su mano derecha porta un cuchillo y en la otra una patata a medio pelar. Reposada junto al marco de la puerta de la cocina, Marcos no la descubre una sola sonrisa. -Voy –balbucea. Marcos se pone de pie veloz, da un giro de ochenta grados apoyándose en el extremo del sofá, y sin querer y antes de dar el segundo paso, introduce la zapatilla deportiva bajo la alfombra islamita comprada hace tres meses en el rastro. La moqueta mal estirada, ni siquiera le ha ofrecido la posibilidad de reaccionar y cae de rodillas al suelo. Su corazón golpea su dorso con un vigor vertiginoso, y los dedos, e incluso la palma de la mano le palpita con mayor tenacidad si cabe mientras la sangre de los brazos parece pedir espacio a bofetones para llegar al pecho. Por un segundo cierra los ojos que tenía fijos en el suelo, siente que su estómago da vueltas y vueltas, y de repente no se cree que todo eso le esté pasando a él.

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-¡Cuidado, hombre! –Fernando se levanta de su sitio con la inusitada presteza que nadie hubiera imaginado, le tiende la mano al chico y lo consigue levantar de un solo impulso–. ¿Estás bien? -Perfectamente. -Anda, marcha que debes hablar con Leticia. –ordena el padre manteniendo su peculiar gesto con la frente envejecida. Y aprovechando la corta aventura de haberse levantado del sofá se acerca hasta la cocina en busca de algún refresco. Antes, le sacude en el pandero a su mujer y le lanza un piropo al oído que ninguno de los dos jóvenes llega a escuchar.

La habitación no ha cambiado en apenas un mes. Una foto de un amigo que ha conocido por Internet sí puede vislumbrarse como mayor primicia en la pared situada frente a la entrada. Luego descubre nuevos discos piratas junto al ordenador, aún sin grabar, algo más de orden encima de la mesa y una nueva colcha azul con anclas y barquitos blancos sobre su cama; recostada en un margen y embutida entre el armario de la ropa y las baldas que dan refugio a diversos libros de terror y algunos apuntes de cuando estudiaba el ciclo formativo de administrativo. Leticia cierra la puerta despacio, sin llegar a golpearla con el añejo y mortificado marco. Ella sabe que su chico aún no ha concluido el tradicional reconocimiento de su cuarto, pero le consigue arrancar de su absorto examen visual gracias a un doble siseo. Acto seguido le sugiere mediante un gesto apacible con su mano, que se acomode donde quiera, en la cama o en la silla del escritorio. Él elige el blando colchón, siempre el bienestar. La chica aún permanece de pie con los brazos entrelazados a la altura de la medula espinal, observándole con la cabeza ladeada hacia la derecha y los labios arqueados hacia la mejilla opuesta. Busca un lugar donde poder sentarse para hablar, pero

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entonces la voz de su novio, encarcelada desde primera hora de la tarde, brota del silencio algo atropellada. -Antes de hablar, no vuelvas a hacerme esto en la vida, por favor. ¿Sabes cuántas paranoias me han pasado hoy por la cabeza? Y más, creo que ahora mismito estoy literalmente aterrorizado por lo que puedas decirme –farfulla veloz. -¿Por? –pregunta ella asombrada y casi divertida desde una banqueta que hace girar levemente a ambos lados. -Leti, una pregunta. ¿Vas a dejarme? Me da pánico pensar que sí, así que dime que son alucinaciones mías ya, por favor, dímelo que me da algo, en serio que me muero... –Al fin calla, respira profundamente, pero no puede impedir que los párpados se le hinchen de tristeza. El haz de luz golpea de lleno en los ojos de Leticia durante un segundo, ella pestañea de manera constante hasta despejarse del estupor que le han suscitado las palabras de Marcos, pero queda abstraída. Paralizada en un principio porque no imaginaba que fluyeran tales ideas por la cabeza de su chorlito, consigue en un último momento respirar hondo, ensalzar sus hombros y tenderle las manos para fundirse con él en un abrazo. Pese al gesto, ese momento de enlace tarda en consumarse. Puesto que aunque ambos ya están apostados demasiado cerca uno del otro, y ambos también absorben sus fragancias particulares y comparten con sutileza el hálito de sus cuerpos, el chico todavía se orienta demasiado lejos simbólicamente. Marcos ha alimentado la cobardía de no mirarle a los ojos desde que concluyó su retahíla de palabras, y todo con el único deseo de evitar el pavor de una verdad disímil a la que ahora mismo cree poder escuchar. No se ha percatado de que ella ya le espera de rodillas para abrazarle, y tampoco ha querido denotar la sensación de sentir unas leves caricias sobre sus castigadas manos de dedos cortos y gruesos. Las reposa empapadas de sudor sobre sus

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muslos guarnecidos por unos vaqueros desgastados. Por ello Leticia, antes de alcanzar a besarle esos masculinos y sumisos labios entreabiertos y conseguir abrazarle, le susurra lo que anhelaba oír; que es mentira. -No, Marcos, no, no te voy a dejar. –Le asegura tranquilizadora. Salvaguarda un corto silencio para apretarle con fuerza la espalda, y al instante decide levantarle la barbilla para buscar su cristalina mirada–. Eres lo que más quiero en el mundo, ¿lo entiendes? No quiero que lo olvides nunca. Marcos no puede evadir un nuevo parpadeo y el denso vidrio ileso de entre sus ojos se fragmenta en mil gotas de cristales salinas. Sus facciones escuetamente marcadas comienzan a colmarse de migas de agua desbordadas por sus dos mejillas. Son ríos furiosos que durante todo el día han estado retenidos en tensión por una opulenta presa de hormigón y ahora fluyen libres. Solloza con sutileza, aspira aire y mucosidades por su nariz y la besa en la mejilla con mucha fuerza. -Yo también te quiero –le dice entre efímeros estremecimientos. -¡Ay, pobre! Si es que soy malísima ¿eh? –Se regaña. Abrazados parecen conservarse congelados en la misma posición durante horas indestructibles, como si los segundos no secundaran las normas del reloj y todas las vidas ajenas a ellos dos sin excepción alguna en todo el globo terráqueo, se hubieran detenido para poder contemplar esa escena, tan sencilla y a la vez tan difícil de ver perdurar en un mundo copado de odio. Los conflictos desisten algún tiempo, pero resucitan, y sin embargo, el amor muere últimamente –en cualquiera de las viabilidades reales– con mayor frecuencia que los propios días. Y la resurrección en muchas ocasiones es peor medicina que la enfermedad. Olvidados de cuál era el escenario, de las grotescas paredes color rosa fucsia, de los pósteres de las paredes de cantantes y actores guapos con el torso descubierto y atlético, o de que sus padres esperan impacientes en el salón porque la hora de la cena se acerca, la pareja

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eterniza su romántico abrazo. Y él huele ese dulce aroma a fresa depurada que ella suele desanudar minutos antes de acostarse, mima la sensación ósea y dérmica de su estrecha espalda reclinada ligeramente, y recoge su cabeza envuelta por ese azabache cabello suyo, aún humedecido, y que ahora quiere acomodarse sobre la camiseta roja repleta de diversas frases en inglés que Marcos jamás ha aprehendido en su memoria. Retira su brazo izquierdo y roza con una parte del pulgar el enganche del sujetador. Posa la palma de su mano sobre el hombro derecho de ella, y comienza la separación sosegada que, pese a todo, en ningún instante es excesiva. «Todavía no lo ha hecho», piensa Marcos. «Quizá no fuera a abandonarme, pero puede existir la posibilidad del engaño, ¿no? Por ello tanto mimo. Pensará que le voy a perdonar», cavila casi de forma insensata y muy veloz. -Hablemos –apremia Marcos, que se desprende de Leti para limpiarse las lágrimas de sus mejillas con el puño de la camiseta. Ella también opta por la distancia, y al descubrir el rostro compungido de su chico aprecia que debe secarse la cara ligeramente dañada por el lagrimeo. -Esto es muy importante para mí, Marcos, así que te pido calma y ante todo mucha comprensión. –Le insta con la mirada encogida. -Suéltalo, Leti, ¡Suéltalo ya! –agoniza él impaciente pero sin elevar el tono. Ella coge aire con fuerza, con tanta, que si la habitación fuera un globo, ésta hubiera desaparecido durante los segundos de la inspiración para volver a resurgir en el momento que ella decide expulsar todo el dióxido de carbono. -Marcos, tenemos que dar un paso muy grande, mejor dicho enorme, en nuestra relación. Y antes de que lo demos juntos voy a necesitar tu consentimiento –le explica con un delicado hilo de voz, de rodillas en el suelo y a menos de medio metro de su atormentado organismo.

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-¿Quieres que nos vayamos a vivir juntos? –Pregunta tenso, contrariado y con las pupilas dilatadas, mendigando una respuesta inmediata que retoñe casi de forma evidente de los ojos de ella. -Calla un momento, por favor –le pone dos dedos en los labios, –y no, no es eso en concreto–. Al tiempo, la suave dermis de su cara vuelve a conquistarse del fluir de las lágrimas. -Ya lo he hablado con mis padres, me conoces y sabes que les consulto y cuento la mayoría de mis problemas, no debería dices tú, pero me educaron así. Aunque en esta ocasión creo que con todas las vías a seguir en la mesa siempre hubiera tenido que decírselo, era inevitable. Al fin y al cabo, en ningún caso habría actuado de una manera o de otra sin que ellos lo supieran. Lo que va a sucederle a mi vida, nuestras vidas, va a ser una experiencia única, y como ellos me regalaron la posibilidad de vivir, pues me he visto obligada de corazón a que sean ellos los primeros en saber esto. –Explica satisfecha, aunque debe respirar hondo antes de continuar. Marcos no puede frenarlo cuando deduce confundido lo que va a sentenciarle en palabras y, que posteriormente se transformarán en innegables hechos. Siente la falta de espacio en el pecho, el estómago oprimido, y sustenta toda la fuerza en las manos convertidas en puños a la altura de sus rodillas. -¿Y eso que sabes, es? –súplica el desenlace de la maldita historia que, por alguna oscura razón no pueda contarla con un talante breve e inmediato. -¿Recuerdas la noche que tuvimos la cena aquella con los compañeros de mi trabajo? Él por primera vez desde que está sentado en la cama del cuarto se sonríe. Sí lo recuerda, ¡cómo no! Aquella noche fue una de las pocas borracheras que ellos dos han convivido juntos. Llegaron dando tumbos por la calle medieval cuando la luz del sol comenzaba a delinear una montaña en el asfalto.

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-Levemente –le responde jovial. -¿Pero te acuerdas de nuestra locura? –Le insiste mientras trata de mitigar las constantes lágrimas que ahora fluyen de sus marrones ojos. -No, eso ahora mismo... Hazme memoria. -Estábamos en un bar en el que te pedí que me acompañaras al baño porque la puerta no tenía cerrojo, ¿lo recuerdas? -Sí –ratifica Marcos, que se aterra según le van cayendo apelotonadas en el cerebro una a una las decenas de imágenes de aquel día, que incluso, poco a poco se le multiplican desde innumerables ángulos. -De eso hace mes y medio... –Continúa relatando. -¡No! –Rechaza él de pronto. –¿No estarás tratando de decirme lo que creo que estás tratando de decirme? La sensación es de congelación total para Marcos, que de forma precipitada, el escenario del pasado le destruye como una losa en el presente. La soñadora aparición de los padres de Leticia entrando por la puerta, y el aire que muere para huir para siempre de sus pulmones. El tembleque de rodillas que ya no es capaz de ocultar a los ojos llorosos de su novia y la vida duplicada por un momento. No logra moverse, apenas parpadear porque siente ceguera y todo le es difuso. El paladar se le marchita de vida y palabras, le duele el cuello de la tensión y la sordera ahoga las siguientes palabras de Leti. -Sí, Marcos, vamos a tener un niño.

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III

HAY DOS DÍAS EN LA VIDA
La maleta girará tumbada sobre la cinta negra transportadora del departamento de llegada de equipajes, en el aeropuerto de Ginebra, Suiza. En el interior del avión que alberga a cerca de doscientos pasajeros, en el asiento 23 F, Isidoro Fernández aún mantiene abrochado a su inexistente tripa el cinturón de seguridad. Le sudan las manos una barbaridad, retiene un cosquilleo en las dos piernas, le duele la mandíbula y asume ya que sus dos oídos estén totalmente taponados. No obstante, aún retiene en su retina el indescriptible paisaje montañoso que ha podido presenciar después de verse obligado a sobrevolar durante más de media hora la ciudad, debido, según la Torre de control, al intenso tráfico aéreo. «Nos han asignado el turno 16 para poder comenzar a tomar tierra», ha comunicado el capitán. Pese a que le temblaban las manos a los varios miles de pies de altura, en uno de las incontables vueltas ha conseguido realizar dos fotografías de postal en las que aparecían la tupida cordillera de los Alpes, cubiertas las fecundas cumbres de espesas capas de nieve y bañadas las más altas cimas por fugaces nebulosas plateadas. Una estampa maravillosa que no va a cansarse de venerar en la pantalla de su ordenador portátil, y que sin

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lugar a dudas, dispondrá de un espacio privilegiado en el fondo del escritorio durante un tiempo sin definir a la fecha de hoy. En su mochila de mano revisa por última vez toda la documentación necesaria y que le fue entregada en España por una funcionaria de cabello blanco, pocos meses después de tener la certeza de que sí le habían concedido la beca Erasmus para completar su carrera de comunicación y audiovisuales en la Universitè de Genève, en plena cité. Una vez superadas las cándidas pruebas de conocimiento de francés y mantener el mínimo requerido de aprobados, la utopía de estudiar en el extranjero durante al menos un año, al fin se plasmaba en rigurosa realidad. Un sueño que tuvo los primeros orígenes en su época más esplendorosa de su adolescencia, y ofreciendo mayor precisión temporal –la que brinda la categoría de un reloj suizo bien cargado de pilas alcalinas–, viene rondando en la cabeza de Isidoro desde que alcanzaba los escasos trece años, cuando a las siete de la mañana salía de entre las sábanas de He-man y Skeletor de su menuda cama para acudir veloz a desayunar, luego recorrer varias calles hasta la puerta del colegio, todo con la mochila cargada de libros, donde al final tenía que enfrentarse a las siete clases de octavo de EGB de un austero colegio público del distrito. Era un periodo en el que apenas solía dedicar algunas de las noches previas a un examen para hincar sus esqueléticos codos en los textos subrayados en verde, rosa y amarillo fosforito. Y siempre bajo una lámpara limonada de la popular ferretería del primo Luis, el vecino de abajo. Aquellas largas madrugadas de memorizaciones y elaboración de chuletas solían intercalarse con largas visiones extremadamente perceptibles en las que llegaba a viajar por países y ciudades, que a menudo estaban relacionados con sus películas favoritas. Él volaba hasta las románticas y amplias calles de París, al melancólico y refinado Londres, a la eterna sumergida Venecia, a la intercultural, emblemática y, últimamente sufrida Nueva York, a la ciudad de Chicago de Michael Jordan, a la pampa boluda de Argentina e incluso a territorios tan remotos como la conflictiva Yugoslavia en su

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momento más bélico de la década de los noventa. Y asimismo, al paraje nativo de Camboya plagado todavía de minas antipersonales, o a la característica y desventurada India del pensador pacifista Mahatma Gandhi. Allí, frecuentaba vestir la sacramental ropa de la región, en la que hubiera aterrizado la avioneta que portaba en el interior a su persona medrosa. Tan sólo divagaba unos efímeros minutos, y con ellos, llegaba a convertir sus vacaciones en densas semanas, durante las cuales, recorría inagotables villas que en la mayoría de los casos estaban extraviadas e ignoradas por el mundo, y que hoy en día, la probabilidad meridiana de su existencia es nula. En su imaginativa travesía mental añadía espacios lucrativos para su disfrute y satisfacción personal en los que bendecía con facilidad la presencia, no sólo ya de decenas de actores y actrices protagonistas de diversos filmes, – con los que incluso perseveró densas y cultivadas conversaciones en castellano–, sino que instauraba en las calles a toda una grandiosa comunidad de ciudadanos, que para él, mantenía una similitud muy colindante a la realidad. Las personas anónimas de las distintas zonas a las que solía viajar, le mostraban los entornos sociales y culturales propios de cada país, y en muchas ocasiones, Isidoro llegaba a hacerlos innegables al despertar. Aquella destreza psíquica murió con el paso de los años, aunque aún prevalece un representativo poder idealista en sus ojos y en los de su cámara de vídeo. Pese a que tal historia ya fue revelada hace varios años, pocos la creyeron cuando decidió contarla entre sus amigos más allegados. Todos coincidieron al decir «que estaba como una puta regadera», y quien más y quien menos en su ostentosidad de creerse un genio de la palabra, añadió «nadie puede sentir que viaja de un país a otro con sólo desearlo y menos aún con tanta realidad como tú nos dices. Y encima elegir el lugar, ¡tú estás loco! Eso es una barbaridad de cabo a rabo y nos estás tomando el pelo, y sino que me roben mi aire oxigenado para siembre ahora mismo».

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Pese a las duras burlas que persistieron durante al menos unos cinco meses y algunos años, nadie consiguió quitarle de la cabeza su empeño de viajar, ya fuera de manera fantasiosa como cada vez hacía en menos ocasiones, o en real, tal y como tenía meditado obrar en el antedicho futuro. Ni siquiera caía en el desánimo cuando sus calificados amigotes de farras alzaban la voz con reciedumbre porque su azulada mirada yacía perdida en la nada. Las tomaduras de pelo, largo y castaño el suyo, no le sustrajeron la cimentada ilusión de un porvenir no remoto en el que al fin abandonaría los sueños. La idea, casi única, era mudarse de forma definitiva a los despertares para así grabar las imágenes que más de una vez imaginó. Después, sabía que las tornas cambiarían, que incluso la sensación agridulce hospedada en su corazón desde hacía tiempo, permutaría de dueño y su verdad emergería y descansaría inmortalmente en las nítidas imágenes de un vídeo. Toda la vida anheló almacenar infinidad de cintas en su armario que mostrarán relatos filmados por países de todo el mundo. En cuanto lo consiguiese tenía pensado concebir una selección de las tomas y planos más óptimos, para más tarde dar a luz a un único vídeo que por supuesto enseñaría a quienes sí y no confiaron en su capaz mente. Deseaba observarles el rostro a cada uno en la salida; notar que abandonaban la sala boquiabiertos con la mirada estupefacta y el cuerpo deleitado, y que todos ellos iniciaban las disculpas; máxime entre aquellos que le insultaron en una fecha ya pretérita. Nadie de los presentes dispondría del valor suficiente para negar la evidencia de su estancia en el extranjero, y menos aún la calidad de lo visto, pues en esos insólitos territorios tenía planeado protagonizar horas y horas de acción, intriga, amor y risas. Isidoro no era en exclusiva autor de documentales, sino que además, aspiraba a moldear historias que, «con el equipo profesional adecuado» según él, «contarían con una alta posibilidad de convertirse en películas propias de una sala de sábanas blancas para más de doscientos espectadores».

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Asumía la convicción de sus cualidades desde que era un crío sentado en la moqueta del salón, vestido con un pijama verde y caracterizado por el ridículo arco iris del pecho sobre un fondo blanco. Allí, desembarazado de obstáculos porque su madre siempre estaba planchando, lavando, haciendo punto o hablando con la vecina en la cocina, comenzó a devorar con sus azules ojos horas y horas de las pálidas imágenes a color del televisor de sus padres. Y fue al cabo de un escaso lapso de tiempo cuando tuvo en su interior los primitivos deseos de dar vida a aquello que veía todas las tardes. Mucho antes de los seis años ya estaba frente a la tele, y hasta casi cumplidos los quince, no faltó a una sola cita televisiva. Isidoro vivió frente a la pantalla infinidad de crepúsculos, que acaparaban su mayor cuota de audiencia durante los días semanales. Siempre, bandeja en ristra, estaba sustentado por el popular bocadillo de nocilla, chocolate, chorizo, mortadela. Incluso en ocasiones excepcionales, la merienda entremezclaba dos ingredientes de los atrás citados. La edad le obligó a acompañarse de los deberes del colegio, de algún amigo, a cambiar el pijama por el chándal deportivo, y posteriormente por los vaqueros. Los programas evolucionaban, aunque sus raíces persistían. En tanto, su pasión por el mundo de la imagen aumentaba hasta tal punto, que había días en los que no se dedicaba más que a dar con la fórmula virtuosa que le ayudara algún día a tener la oportunidad de entretener al mundo entero con una cámara de vídeo entre sus manos. Y pese a que todavía ningún oído ni cerebro habían disfrutado de sus ideas, él siempre apoyaba su fe de éxito en que tampoco nadie le había hecho dudar de que éstas eran malas. Jamás le habían roto su confianza.

Sin embargo, los primeros pasos de Isidoro con una videocámara sí fueron pésimos. Nacieron una tarde de sábado, en un pueblo de apenas medio millar de habitantes y perteneciente a la provincia de Toledo. El viaje de desemejantes horas, según los familiares, había dejado las camisas de todos aferradas a sus espaldas y dorsos. Asimismo, las chaquetas

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de ante y cuero, marrones y negras en su mayoría, colgaban ya de los duplicados brazos en jarra. La iglesia esperaba reforma en breve por aquellos tiempos –aún hoy aguarda paciente– , y tío Arturo, sin apenas decirle, «buenos días, ¿qué tal estamos, sobrino?», le puso la moderna cámara de vídeo entre sus pródigos dedos para que tuviera el serio cometido de grabar la primera y única comunión de su único hijo, valga la redundancia. En aquella señalada fecha, Isidoro apenas contaba con la edad de 17 años, y tal encargo repentino acaba de convertirse en la mayor responsabilidad de toda la historia de su vida. «Me han dicho tus padres que sabes usarla y que no es la primera vez, así que ya sabes, a mi Pedrito en primer plano» le advirtió Arturo con una sonrisa jovial. Y así era, no era la primera vez. Pero sus deliciosos papás habían excusado el detalle de que en las anteriores ocasiones daba lo mismo qué hubiera grabado u obviado. mientras que aquello pasaría a convertirse en una cinta VHS de hemeroteca familiar que siempre estaría postrada en una balda del salón bajo el título de ‘La comunión de Pedro Fernández’. La primera toma de contacto fue el encendido y el apagado; on y off. Varios minutos de pruebas más le sirvieron para tener un dominio casi completo de cómo hacer uso de los acercamientos y alejamientos de un reducido Zoom. Y sin apenas tiempo para la tregua, llegó el momento. El puntual proceso de colocarse el visor acolchado sobre el ojo izquierdo, presionar el botón rojo de grabación y buscar con energía diligente al niño vestido de marinerito correspondiente a la familia había comenzado sin previo aviso. No recuerda el tiempo que pasó, pero sí lo primero que plasmó en imagen, que fue el zapato negro de charol posándose en el primer escalón de la iglesia bajo un sol fragoso y pegajoso. Su ascenso en busca de la cara del pequeño derivó en sobresalto cuando el brillo del cuadro captado negó la visión debido a la gomina dispersada en el cabello rubio de Pedrito por la Marisol, su madre. Relucía con tanta intensidad aquel peinado clásico de raya a un lado, –no diremos hacia cuál para no politizar– que dejaba un fluido amarillo sobre él que ni los alumnos más viejos del

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lugar lo imaginaban cuando a pleno pulmón entonaban el himno mortuorio aquél que arrancaba tal que así: Cara al sol con la camisa puesta... No había que perderse detalle del compendioso momento eclesiástico, y menos aún de la rutilante figura de la tía, que ágil como una lagartija con sobrepeso, superó a las decenas de personas que yacían apelotonadas a escasos centímetros de los pequeños, y llegó hasta donde Pedrito para poder hundirle los labios carmesíes en sus ciegos mofletes. No cabía de gozo en su vestido negro de dos piezas convertido en una gracias a un ancho cinturón dorado. Su amplia sonrisa rubia y la palma de su mano abanicándose, contrastaban con la imagen del niño, que presto, pasó la manga de su traje por la mejilla besada y miró de reojo tratando de esconder el cuello entre la corbata fuertemente anudada. Los dos portones marrones de acceso al templo se cerraron una vez entraron todos los futuros comulgados, y acto seguido, Isidoro bajó el telón y dio por finalizado el primer acto. Sin embargo, el espectador apenas tuvo tiempo para ir al baño, ya que de seguido volvió a encender la cámara. En esta ocasión dedicó tiempo a los familiares que barruntaban indecisos aún por el pequeño solar situado frente a la iglesia. En su paseo de reconocimiento topó con los saluditos asistidos por una sonrisa festiva, también dio con los avaros de mueca escueta que casi de inmediato mostraban de nuevo su rostro más serio, con la sonrisa eterna e incansable, con la mirada entrecerrada de media mañana que emanaba por todos los costados la sensación de «hoy es un gran día y por mis muertos que no duermo en casa». No escasearon en absoluto los cristales negros, verde botella y grisáceos que ocultaban los ojos, así como tampoco las ridículas disputas de grupitos que nacían con un típico «a mí no me saques, grábale a éste que tiene mucha gracia y te cuenta un chiste, ¡anda, dile algo a la cámara, Daniel!». Isidoro dejó de grabar.

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El episodio misa fue la clave de todo su primer trabajo como videoaficionado. Arturo le susurró a su pequeño oído que no podía dejar de filmar en el momento exacto en el que su niño recitara una corta frase en el estrado, y menos aún cuando el anciano cura le rindiera entre sus labios la hostia, menos conocida entre el populacho como la tradicional hoja redonda y delgada de pan ácimo, que es consagrada durante la ceremonia para comulgar a todo hijo de vecino sin que nadie verifique por ninguna parte la limpieza de pecado de los que conforman la cola. Pedrito al menos estaba confesado desde hacía aún unas horas. El sopor de la festividad de culto invitó a Isidoro con urgencia a añadir varios minutos previos de grabación antes del ‘gran evento religioso’. Primero cinceló a cada una de las chicas que cantaban y tocaban la guitarra en lo alto del coro, situado a su zaga. Y tras interrumpir la cinta durante apenas medio rezo, comenzó a entusiasmarse con las vidrieras vistosas del santuario, plenas de colorido y antigüedad. El cristo gozó de su escena y los asistentes más místicos también hallaron su plano. Y cómo no, tampoco faltó el blanquecino párroco orando sabe qué y para quién. Su presencia estaba justificada, ya que al fin y al cabo él era el confiado de Dios que comulgaría en aquella casa a una veintena de chavales sin ideales ni conocimientos de devoción. Y en la mayoría de los casos ni siquiera habían cumplido los diez años. Y así sucedió todo. Tanto rec, tanto pause, tanto stop, propiciaron que Isidoro Fernández errara de forma estrepitosa en la maniobra o en la atención, justo en el momento fatídico de la película, y que la filmación del niño comulgando nunca llegara a existir. Aquella imagen quedó para la posteridad y a la vista en directo tan sólo de los ojos allí presentes. Pese a que sí le grabó frente al micrófono, la escena más apasionante para sus padres únicamente pudo rememorarse en el recuerdo. El motivo estribó en que él había estado grabando el suelo sin saberlo durante varios minutos, y al volver a pulsar el botón de pausa para tratar de captar a la niña que precedía a Pedrito, la grabación cesó de inmediato.

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Isidoro vio en primer plano como el crío abría la boca y devoraba la hostia, pero entonces de pronto avistó su error, y cuando lo hubo enmendado, el marinerito ya exhibía su estrecha espalda con la boca satisfecha de haber recibido su primera comunión. La situación fue tan embarazosa que jamás la reveló. Tan sólo devolvió la cámara tras la partición de la tarta, llevada a cabo después de la comida, y esperó paciente a que la cinta fuera vista en casa y entonces se descubriera el desaguisado. Sus tíos no le regañaron, únicamente hicieron llegar a sus padres la opinión del vídeo, que en el día de estreno fue visto por una quincena de familiares. La conclusión era que no estaba del todo bien. La madre de Isidoro añadió un adjetivo más destructivo: pésimo. Y pese a no mencionar el momento cumbre del comulgue, no dejaron de pasar por alto el comentario que hacía referencia a la misa. «Le sobra media hora de ceremonia, ¡Qué tostón, por Dios!», imitó su padre de vuelta a casa sujetando el volante de su coche.

Aquél fue un duro traspié, que no obstante, no consiguió echarle para atrás su extrema afición por el entorno cinematográfico. Aún quería propagar al mundo lo que sus ojos tenían la posibilidad de ver, y así, lograr hacer frente a la ceguera artificial de tantísima humanidad. Isidoro siempre ha creído con firmeza que tenía el don de filmar como infinidad de consagrados directores, ya fueran de películas europeas, españolas, de Holliwood, o independientes. Últimamente hasta disfrutaba en demasía con el buen hacer del cine occidental. En plena juventud, con apenas dieciocho años, tuvo el capricho de coleccionar fotografías de estos artistas, las cuales colocaba de forma desordenada en la pared de su cuarto. Antes de cumplir los veinte y de que se fuera al traste toda la muestra de imágenes recopilada porque su madre remodeló la habitación, dos metros cuadrados de gotelé hospedaban cerca de dos centenares de caras, la mayoría desconocidas para el ciudadano de a pie. Algunas instantáneas les rememoraba vestidos de blanco y negro, otras recubiertas por

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los píxeles del viejo papel, también había en color, e incluso en tono sepia. En ninguna aparecía el nombre del director, pero él sabía quien era cada uno de ellos con su correspondiente apellido e incluso nacionalidad. Por esa época, justo nada más concluirse el último día de clase, cuando acudió a por el librillo azul en el que se le certificaba que había terminado sus estudios de bachiller, fue cuando compró la primera cámara de vídeo. Era de segunda mano y de un color negruzco con una pegatina de Piolín en un extremo que jamás llegó a quitar. Trató por todos los medios de matricularse en una carrera de audiovisuales y lo logró. Luego con el paso de los meses fue descubriendo que la licenciatura no era tan romántica como figuraba en sus ideales, y a manotazos fue retirando la densa y hermosa nube albina situada a proa, donde dio con el celaje negruzco que se oteaba más al horizonte. La madurez muy a menudo tiene la fea costumbre de instalarse en casa sin llamar a la puerta, a modo de okupa. Pero nunca llega a ser muy holgazana, ya que trabaja con sigilo para poco a poco eliminar el universo vanidoso que se cree la adolescencia. Acto seguido tiene el cometido de encender el interruptor que permite atisbar la otra perspectiva; la que clarea la vida y bautiza al ser humano en un hombre desconfiado; mujer astuta. De pronto, pasear por las calles deja de ser un acto pacífico y maravilloso por mucha primavera y amor que inunde nuestros corazones, y la acción pasa a convertirse en una milla verde llena de cepos, donde los problemas subsisten bajo el traje y la maleta, y donde la melodía de la Gran Vía, al apagarse y doblar la esquina, comienza a mostrar las verdaderas notas de hambre, tristeza, soledad y frío. Pese a todo ello, Isidoro mantuvo una imperecedera charla con la inquilina madurez, y después de sobornarle con la sobriedad y amenazarle con la demencia, consiguió llegar a un pequeño acuerdo verbal. Él mostraría su sentido común en todos los aspectos de su vida, excepto cuando tuviera una cámara de vídeo aferrada a su mano derecha. Se había prometido

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que nunca permitiría prescindir del sueño que le llevaría a volar de ciudad en ciudad para filmar paisajes, conocer culturas, estilos de vida, idiomas, temperatura... Sólo había un modo de llegar arriba, y era escalar desde el principio. La vida es más rica en cada viaje, cada cual da su aventura, su historia, y su cámara siempre la fiel testigo de los hechos.

Una amiga le limpió los ojos hace ya dos veranos calurosos y uno altamente lluvioso. La escena se desenvolvió junto a un pequeño río donde sus pies desnudos entorpecían joviales el nado pacífico de los renacuajos, aún inmunes a los cientos de vertidos tóxicos derramados al cabo del año por una factoría no muy lejana a la zona. Allí en una de las últimas tardes de domingo, propia de la primavera, sentados sobre la fría hierba, ella le mostró una nueva ruta sin trazar en su vida. -Deberías probarlo. En Canadá, aquellos seis meses fueron la experiencia más maravillosa de mi vida –relataba–. La posibilidad de intimar un tiempo con el extranjero está al alcance de cualquiera. Solicita una beca, que tan sólo hace falta un poquito de valor y más suerte –le animó sonriente sujetándole el bíceps. A Isidoro lo primero le faltaba en exceso y lo segundo le sobraba en demasía, de modo que tras conversarlo largo y tendido con sus amigos, acordó utilizar las desvergüenzas de ellos y luego esperar paciente a que la diosa fortuna golpeara suave con los nudillos en la puerta de su casa. Y así fue. Aunque si bien no le tocó el premio gordo que más anhelaba, su rostro trazó un enorme ensanchamiento cuando supo su destino. La ciudad francesa de Lyon, que había sido su elección principal, estuvo copada de infinidad de solicitudes, por lo que aceptó de muy buena gana la candidatura de Suiza. No dudó. Sin embargo, cuando conoció aquel desenlace fantástico para sus redundantes fantasías profesionales no pudo agradecérselo a la chica. Su sana amistad armónica de notas

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agudas voló por los aires meses más tarde, justo después de pasar varias horas ambos solos en una habitación a oscuras. Él dinamitó la relación en el momento que decidió rechazarla por temor a enamorarse, a hacer el amor por primera vez en una noche solaz. El agravio fue que el consejo de avenirse con el resto del mundo pasó a convertirse en uno de los últimos que ella le ofrendaría. Así que uno y otro de pronto se distanciaron, tanto, como en su momento lo llegó a hacer de la Tierra la perra de origen ruso, la que bajo el nombre de Laika sufrió aquel particular vía crucis sideral en la década de los cincuenta. A Isidoro le hechizó aquella triste historia inverosímil pero real, y sentimental. Nunca dejó de atormentarse por el final que hubo de escribirse a tal noticia, y siempre maldijo el trasfondo que yacía en un cajón del Gobierno ruso, el cual sin ninguna duda afloraba por todos sus poros veneno fluido de presuntuosidad e irresponsabilidad a la hora de decidir que el pobre animal con mirada disipada subiera a un proyectil, con el único designio que irse de misión insulsa al espacio. Tal fue el remordimiento, que en una ocasión crepuscular llegó a enfermarse de una llorera densa y sin remedio de cese durante largas horas. En la ventana no llovía, ni una sola gota, casualmente todo lo contrario. El sol y su íntima camarada la temperatura invitaban a un buen baño en la piscina local, pero en su cuarto, sonaba de forma inacabable la pausada canción que un grupo pop español había compuesto a aquella perra. Antes de nada, era presa de las calles de Moscú, luego estuvo capturada por su sino estrellado. El vínculo con aquel acontecimiento desbordó tanto a los inquilinos de su corazón, que tal vez por ello el destino quiso desenmascararle a Isidoro el semblante más cruel de aquella odisea. Poco antes de emprender su primer vuelo en vida humana –con destino Ginebra–, comenzó a emplear su tiempo libre de las tardes a la lectura de artículos y documentos bajados de Internet sobre todo aquello relativo a volar por el cielo; evidentemente referente a viajar.

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Su temor había adquirido tales dimensiones sicóticas, que incluso subirse a una banqueta le producía vértigo. Y su madre, henchida de varices como robles en ambas piernas, era quien debía hacer el esfuerzo de ascender al taburete titubeante cada vez que tenía que alcanzar con sus delgadas manos un paquete de arroz. La paella para ocho estaba para chuparse los dedos. El padre Ricardo, la madre Matilde y los seis hijos, Casimiro, Marina, Isidoro, Marisol, Federico y Matilde –en orden cronológico de 19 a 34 años–, apenas dejaban más que los granos requemados del subsuelo de la cazuela. Así que en una de esos ocasos libertinos de navegación por la red, después de sus clases de apoyo de francés concertadas con motivo de la beca concedida, fue cuando descubrió la autenticidad de los momentos sufridos por la dulce perra Laika. La verdad duele en excesivas ocasiones, y en ésta no iba a ser menos cruel, puesto que los hechos no solamente eran dramáticos, sino que incluso alcanzaban tintes tan trágicos que ni en las peores de sus pesadillas los hubiera imaginado destapar. La mejor amiga del hombre, en aquel entonces voló a las lejanas estrellas un 3 de noviembre del año 1957 en el cohete de la Unión Soviética bautizado como 'Sputnik 2'. Despegó de la Tierra con el pequeño can sin raza, y éste pasó de pronto a convertirse en el primer pasajero ser vivo de un viaje espacial de la Historia. Pese a que los oficiales soviéticos al mando afirmaron que el animal dio señales de vida durante al menos una semana posterior al lanzamiento, el científico ruso Dimitri Malashenkov pudo contradecir tal afirmación y revelar que dicho dato era totalmente falso. Su muerte tuvo lugar apenas 7 horas después del despegue. Laika falleció por las elevadísimas temperaturas que se registraron en el interior de la nave, aunque más si cabe por las taquicardias que sufrió a causa del pánico. «Y todo ello ocurrió en siete horas tan sólo», repitió Isidoro sentado delante de la pantalla del ordenador.

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El espanto de los ladridos histéricos de la perrilla resonaron durante días en su cabeza. Y cuando trabajaba grabando imágenes aisladas por la calle, solía ver en el cuadro de su enfoque como sus menudas uñas rasgaban la chapa metálica de su habitáculo. Incluso poco antes de irse a dormir, aquellos primeros planos volvían a revivirse y yacían cómodos y activos durante horas en una escueta sala de su intelecto visual. La fobia adquirió una dimensión tan sobrenatural, que en el preciso instante en el que supo lo de su beca y el día exacto de salida de su viaje por las nubes, decidió buscar con ahínco cualquier posibilidad que le evitara volar. Todo pasaba por dar con un billete de tren apropiado y barato que, junto con la racionada dosis de tila a granel y su densa paciencia, le acabara depositando en el mismo territorio que yendo en avión: Ginebra. No le importaban los alientos dilapidados que acumularía sentado en un vagón al perpetuo ritmo de un taladro vetusto y descuidado. No le acobardaba la posibilidad de un ataque alérgico colmado de estornudos provocados por el enfermizo olor rancio de las maderas intrínsecas que albergaban cada uno de los convoyes. Y menos aún le intimidaba el riesgo de compartir cochera con un viajero incómodo de lengua viperina, floja y tediosa. Lo antepondría todo unas cien mil veces antes de sentirse acongojado; antes que reparar cómo su organismo sufría una parálisis corporal por la creciente e inagotable altitud. El inquieto ejército de hormigas clavando banderas de conquista al paso por su mandíbula era una reminiscencia innoble que no quería volver a concebir. Y sólo por el simple hecho de no ver a sus pies despegando del suelo firme, a sus oídos cegándose por la presión atmosférica, y a los huesos de su cara adquiriendo una tensión dolorosa que hasta su entorno acabaría convirtiéndose en un único y agudo zumbido mental, buscaría la manera de no embarcarse en un aeropuerto. Sin embargo nunca sucedió así. El precio no distaba en exceso entre un viaje y el otro, y tanto Lucas un día, como Marcos al siguiente, le pisotearon la idea de la cabeza y le

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tildaron de loco por querer viajar a Suiza en el anacrónico corcel inflexible del siglo diecinueve; el ferrocarril. Isidoro no tuvo la destreza suficiente para esquivar el vuelo, y cuando una mañana despertó con la mochila sobre su curvada espalda y el billete de avión de ida y vuelta adquirido vía Internet entre sus dedos, supo que aún carecía de una personalidad recia y propia. Aquella revelación repentina no le ayudó en absoluto a reducir su miedo a los altos vuelos, aunque tampoco se lo incrementó más aún. En cambio sí se le avivó durante el desayuno previo al vuelo aéreo, compuesto de croissant y café cortado, sobre una mesita blanca, redonda e impoluta, que el ambiente de la estación del cielo era un lugar recrudecido por el poder y el dinero. Que los portátiles eran un cuadernillo de notas para una gran parte de los futuros viajeros de partida como para los recién aterrizados, y que en pleno año 2004, la corbata, el traje, la gomina y el embarque aún eran insignias muy cosidas por el afecto pasional y personal. Y en tanto, todos los detalles en conjunto parecían sacudir con viveza el sucio aroma del túnel que trasladaba hasta el interior del avión. El hedor tornaba con más fuerza cuando los pasos cubiertos por zapatos exquisitos amortiguaban al atravesar el escueto pasillo de asientos azules. El fornido egoísmo mundial, la aún existente distinción de clases, la mirada suprema o la habitualidad de viajar por las nubes como el que asciende los peldaños de un autocar con su diminuto abono mensual de la mano, conquistaban el escenario redecorado por la maravillosa sonrisa de la azafata. Todo, según Isidoro, «lo rige el -ya citado- poder y dinero». El día de su vuelo estuvo acompañado por Lucas y Marcos, que ocupaban las otras dos sillas de la pequeña mesita blanca, redonda e impoluta. El primero portaba medio zumo de naranja en el vaso y el otro medio entre los conductos de su estómago, mientras que el segundo daba vueltas con una pálida cucharilla de metal a un candente cola cao aún sin disolver. El paso inicial fue la megafonía, luego pagar el desayuno, y finalmente llegó la

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despedida frente al tricornio de perilla negruzca que ya le dejaba esconder la mochila por las cortinillas expiatorias. Los tres se golpearon en el hombro a modo de despedida, alzaron la mano extendida y dijeron adiós. Los que regresaban a su casa sin despegarse del suelo aseguraron al unísono, «No dudes que iremos».

Logró recoger en dos tiempos la tarjeta de embarque, abrocharse el cinturón, mirar el divertido perfil marchito de Josefina –una anciana primeriza en vuelos de esta índole que estaba encajada en la butaca de su derecha–, y sin más tiempo que para el gubernamental saludo de buenos días, miró al otro extremo casi ausente; al vacío, donde un personaje inexistente de apenas cero miligramos dejaba el cinturón de seguridad tumbado en el mismo asiento azul y desgastado. La odisea de hacer escala en Barcelona para que el vuelo, tal vez, saliera más rentable, y a la vez, tuviera un horario más prudente, no iba conforme con el temor que sentía Isidoro cada vez que el avión derrochaba toda la altura alcanzada. Para él se convertía en un transcurso de tiempo enfermizo que arrancaba cuando los cauchos cilíndricos salían de su caja acorazada y moría después de cinco densos minutos de suspense; en el instante que las ruedas se rendían al asfalto con un traqueteo austero de escasas dos repeticiones. El corazón le golpeaba con tanto ímpetu, que cuando el pájaro dio un suave giro para aparcar frente a otro aparato de compañía española, la joven azafata de pelo caoba corrió hasta llegar a su altura, y sin dudarlo, le ofreció un vaso de agua. Allí, detenidos frente a la ciudad condal, y al tiempo que la tripulación abandonaba sus puestos, Isidoro manaba un sudor de transparencia verdosa que distaba en exceso de la naturalidad. -¿Se encuentra bien, señor? –Inquirió la auxiliar reclinada levemente. -Sí, gracias. –Respondió con un siseo escueto. -Si quiere avisamos a una...

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-No hace falta, de verdad, tranquila –interrumpió él–. Gracias de todos modos. Presto, trató de ponerse de pie, pero casi de forma inminente volvió a verse avergonzado cuando sintió un pinchazo en su estómago que le obligó a recaer hasta su posición inicial. -Permítame –solicitó la Azafata. Y con una elegancia y destreza abrió el tirador del cinturón grisáceo. Isidoro pudo entonces sentirse al fin liberado del sofá maldito y volador de clase comercial. -Gracias de nuevo –se exculpó educado por su torpeza. Apenas pudo mostrarle una mueca temblorosa y risueña. Al instante tomó el pasillo a gran velocidad con la nuca descubierta, y con pudor, abandonó el avión. La sensación era tan horrible que ni siquiera llegó a atender las frases, «buen viaje, bienvenido a Barcelona» de la azafata colocada en la puerta delantera de salida. Además, los dos únicos oídos que sostenía en su peluda cabeza le silbaban de una forma sumamente penetrante y pertinaz. De ahí mismo era de donde le nacía una dolencia que descendía divertida y jovial por el pronunciado tobogán de su mandíbula, y que incluso, le impedía saborear el pequeño caramelo de mora que balanceaba de un lado a otro en el interior de su boca. Y para colmo, la mochila de mano le comenzaba a parecer un estorbo pesado. El hambre le abofeteaba furioso en su lacio estómago, y los gruñidos parecían girar la vista de más de uno de los numerosos pasajeros que campaban a sus anchas por el aeropuerto de Barcelona. Feroz era el crujir de nueces que salía de su tripa. Y no pudo enmudecer ese incesante croar porque necesitaba más tiempo. Pese a la infinidad de restaurantes sin impuestos que a ambos márgenes del pasillo mantenían sus puertas abiertas de par en par, Isidoro ya sólo caminaba pensando en el segundo embarque del día. Su siguiente vuelo a la ciudad de Suiza partía en escasos 15 minutos y acababa de ser anunciado en inglés, catalán y castellano por

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una agria voz femenina. Conjuntamente podía leer en las decenas de pantallas azules que dejaba atrás a su paso, «¡Boarding, boarding!». Siempre de forma interrumpida. El chico Erasmus perforó veloz todo el aeropuerto de Barcelona. No dejó escuálidos segundos para visualizar el amplio surtido de productos que ofertaban los establecimientos. Obvió las tabletas, las cajas de bombones de chocolate, la infinidad de botellas de licor y no licor, como eran el whisky, la ginebra y el ron. Sorteó las ensaimadas recién hechas; las tradicionales y las rellenas de crema; tanto la visión como su cautivador aroma. La ropa, las colonias, los relojes, los recuerdos que en su mayoría ostentaban la palabra Barcelona, o las revistas y periódicos que luego ojearía en el avión sin mayor entusiasmo. La prisa no tenía más fin que volver a coger de nuevo su pesadilla: El avión. Un señor de la Policía Nacional le solicitó de manera afable el documento de identidad y el pasaje. Tras cerciorarse de que eran correctos, el funcionario se los devolvió, y le tumbó una sonrisa y un gesto afirmativo para que atravesara la aduana. «Buen viaje», le musitó. Isidoro le respondió con unas gracias escuetas.

Fue entonces. Allí, en aquel espacio con forma de trapecio repleto de luz y butacas donde poder sentarse a la espera vacía. Abrió la cremallera de su mochila de mano, y al ver que tanto su portátil como el resto de materiales permanecían en perfectas condiciones, se alivió; más aún después del incansable trajín. Alzó la barbilla para rascarse suavemente la tupida barba negruzca que se abatía por su lamido cuello, respiró con poderío hasta en tres ocasiones, y en ese preciso momento en su interior cobró vida por primera vez la sensación de que el aire aspirado era extranjero. Su inapreciable tacto y olor, junto con su invisible color, le llevaban a imaginar al oxígeno vestido con traje, sombrero, cinto y pistolas de forastero. Estirado, encumbró los ojos para buscar el viaducto de la puerta 59. Junto a él, distinguió a un chico de pelo negro, liso y suave. Exhibía algunos billetes entre sus manos,

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de modo que no hubo lugar a dudas de que era el encargado de chequear cada uno de los pases de embarque. Al fondo, sonriente y engominado, un hombre alto de indumentaria clásica y portado de un maletín negro saludaba ya a la rubia auxiliar de vuelo. De pie, con el pelo graso y el rostro recelado, la lejanía de España empezaba a fraguársele sin tiempo para la tregua. Transcurridos los efímeros segundos que duró el proceso de la banda magnética del billete entrando y saliendo del escáner, el azafato le auguró al oído lúgubremente, «tenga buen viaje». Las suelas dejaron de besarse con los azulejos para aferrarse a una tablilla de madera beige amparada por un arco de medio cañón acristalado. Sin tiempo para intimar, sus zapatos pronto pisaron la alfombrilla azulina del avión, y cuando al fin se detuvieron sus pasos, notó que comenzaba a alejarse de su país. Desde el asiento 23 F echó leves vistazos a su ventanilla ovalada, sintió su rumbo, y cuando quiso pensar adónde iba, vio en sus ojos la ciudad de Ginebra, desconocida y muy cercana.

El cosquilleo aletargado de la circulación vuelve hacia sus dos piernas. Parece fluir a menor velocidad, y por otra parte, también resurge la reducción de su tórax para impedirle el correcto parpadear de su corazón. -Bon Jour –saluda la misma azafata rubia sonriente que le dio la bienvenida hace apenas más de dos horas.

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Isidoro vuelve a subirse la bolsa de mano al hombro derecho, y sin detenerse le contesta a la joven con una media mueca que no le obliga a alzar la vista un segundo. Desciende tembloroso por las escaleras de metal, percibe en su sordera el lejano zumbido del ventilador del avión, y corre a paso veloz hasta el autobús que le llevará a la zona de recogida de maletas. Encontrarse solo en aquella nueva ciudad le pone nervioso, aunque saber que no volverá a volar en meses le relaja. A la vez, le excita que a partir de ahora su día a día en la mirada, en su cámara de vídeo y en su pantalla de ordenador, estarán repletos de nuevos hábitos de vida; de una sociedad pacífica y plural que vive en pleno centro de Europa, junto a unos Alpes que ya guarda nevados en fotografías. Al tiempo, duda si podrá defenderse en el diálogo con su penoso francés, y si los foráneos para él, nativos ellos, aceptarán su manera de ser y comportarse, o si en cambio preferirán mantenerse ajenos a su cultura e incluso apartarse de un español que pobremente sobrepasa la veintena en edad. Le preocupa no ensamblar en su entorno una temprana adaptación en un país donde no hablan su idioma. Y le inquieta ver que la soledad le dilata la morriña hasta anhelar con gran firmeza querer volver con sus amigos y familia. A veces alcanza a entender lo lógico que es tener el instinto de rememorar las pretéritas escenas envueltas en carcajadas inmortales. Y más cuando al mismo tiempo sabe que éstas no se repetirán durante al menos dos meses y medio. Y una vez salve el periodo vacacional de las navidades, la ausencia adquirirá su mayor esplendor, e Isidoro tendrá que levantar y colgar en el clavo de la pared hasta cinco hojas del calendario anual. La aventura ha comenzado, piensa cuando la azafata de traje azul parece decir adiós con su mano. Y sin embargo, tan sólo se coloca correctamente la pañoleta a rallas que le cuelga del cuello, ya que con el fuerte viento parece habérsele deshecho el enrole artístico que anteriormente tenía sobre su blanquecina piel. No ha caído en la cuenta de que ella ha sido la primera persona en transmitirle el dialecto francés, y tal descuido supondrá que

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Isidoro elija como palabras inaugurales en el idioma nativo de Suiza, las que oirá en breve de la boca de un hombre rollizo con voz grave, responsable de la aduana ginebrina del aeropuerto de Cointrin, a cinco kilómetros de la ciudad. La cinta negra aún avanza vacía. La mayor parte de los pasajeros no esperan su maleta puesto que su único equipaje es la pequeña bolsa de mano que ya llevan consigo. Y además, quizá mañana deban subirse a otro avión con destino Praga, Londres o Barcelona. Su estatus social duerme en un peldaño con vistas al mar y a las luces de una ciudad cuando el atardecer decide irse a dormitar. Visten trajes lisos, camisas blancas y etiquetas escondidas que registran las dos palabras más elegantes de las prendas tejidas por el modista de Piacenza. Lee despacio y tratando de traducir el texto de forma literal para albergarlo durante minutos en su aún ensordecida mente. El documento le indica donde va a hospedarse, donde va a comer, donde va a relacionarse; donde va a vivir. El lugar que acabará convirtiéndose en la estampa rutinaria de cada día y que hoy por primera vez será un descubrimiento no muy disímil del que obtuvo Colón en su viaje a la India, se plasma ahora en sus ojos sobre un fondo de tono beige y vestido con las palabras ‘Cité Universitaire Genéve’. La maleta roja levanta las pestañas de plástico e Isidoro corre despacio a coger el asa que ha quedado en su lado opuesto. Tras aislarla del movimiento ajeno al que vive supeditada desde que fue dada a luz, posa las ruedas en el liso suelo, levanta el cogedero superior y se enfila recto hacia la zona de aduanas con su billete en la mano izquierda y el documento de identidad guardado en el bolsillo trasero del pantalón vaquero. Al fondo divisa dos cabinas pequeñas, acristaladas en su mayor proporción y en las que puede leerse douane. Delante de él, con un traje de pana y un vestido de flores de colores disipados, una pareja de edad avanzada espera paciente a que el pasajero europeo que les precede salve el trámite aduanero.

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Isidoro, que ha decidido dejarse una espesa barba en su espigada cara, y además, el pelo ya le cubre las orejas, juguetea con la punta de sus zapatos, con los que llega incluso a aplaudir lentamente tan sólo apoyándose con los talones. Al tiempo mira de reojo, a la espera de que llegue al fin su turno. Pero la sorpresa le engancha como el pitón al torero, ya que de pronto oye la voz grave del rojizo cabelludo que se esconde tras la ventanilla protegida. -Bon Jour, monsieur, -le saluda educado con un condensado hilo de voz que atraviesa fluido y nítido un micrófono que separa al atendido del que atiende. -Bon Jour –responde tímido y le entrega el billete de vuelo. -Passeport, s'il vous plait –le solicita entre dientes. Le comprende, aunque los nervios nativos de su personalidad quieren jugarle una inoportuna desventura al raciocinio, e incluso sus dedos dudan unos segundos. La primera palabra no deja lugar a las vacilaciones, así que sin alzar la mirada un ápice mientras se echa la mano al bolsillo trasero, consigue tenderle con velocidad el DNI y enfrentarse de forma irremediable a la violenta mirada del funcionario pelirrojo. No parece esconder en su foro interno mucha paciencia, e Isidoro, con la cartera abierta espera a que le tienda sobre la bandeja plateada su documento de identidad. Él mira, relaciona nombre y apellidos con el billete de avión, fotografía con el rostro real, y tras localizar el origen decide devolverle todos los papeles. -Merci, bienvenu à Genève! –Concluye. Y tras lo dicho, traza un gesto inasible que le invita a retirarse del frente para que él pueda continuar con su trabajo. Isidoro recoge sus cosas, las guarda, las puertas electrónicas se abren, y ve a decenas de personas apoyadas contra la barandilla que sienten una gran decepción al descubrir un rostro desconocido.

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Ginebra muestra calma, limpieza y un frescor atmosférico que suele percibirse con gratitud en los pulmones del ser humano que respira. No importa cual sea el punto de la urbe, el sosiego reina en el país de la paz. La rue du Mont Blanc es la primera zona comercial que, tras salir de la estación que se alinea junto a la plaza de Cornavin, transporta a Isidoro hasta las orillas del lago Leman. Los segundos que tarda en atravesar el puente son efímeros, pero le da tiempo a encender su cámara de vídeo y grabar para siempre su torrente impetuoso, propio de cualquier mar de la península que le vio nacer. Gira el cuello, y de inmediato le sigue el brazo de forma sinuosa en busca de otro plano. Al momento, tras esquivar a un pasajero del trolebús, descubre una inmejorable fotografía del agua esculpida al óleo, convertida en finas estampas de hielo por donde decenas de ocas y patos navegan en grupo y ausentes a la filmación. Buscan la cercana orilla soleada y a la vez de ambiente frío; seguro que en demanda de algo que poder apresar con sus picos anaranjados y de justas briznas negras. A Isidoro Fernández, nuestro chico Erasmus, le apasiona la sensación de sentir que desnuda a la calle en su pantalla. Le quita el abrigo a las largas ventanas, las gafas a los clásicos y eminentes balcones, el sombrero a los tejados cuadriculados, los zapatos a las respetadas aceras y los pantalones a las arquitectónicas columnas que en tantos edificios sobresalen para placer de los turistas. Le encanta estremecerse cada vez que indaga por las esquinas, en ocasiones rotas por el uso o el choque humano, y que alguien sin criterio les daría el cometido de calcetines usados. Da con las huellas de cientos de suelas grabadas en los colores de una calzada tan disímil a la que el territorio español ofrece a los infinitos neumáticos violentos. Y pulsa el Zoom para navegar en la ropa interior que yace tras una rama de un árbol, en busca de una cortina mal cerrada, o en el hueco que hay entre el asiento delantero y el suelo de su trolebús.

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El frenazo es brusco, y por ello, el dedo pulgar de Isidoro pulsa el botón rojo que detiene la grabación. La gente baja y sube de forma indiferente e intermitente por las tres puertas que posee el dos veces citado medio de transporte. Los billetes son adquiridos por los pasajeros en la maquina expendedora que hay en cada parada. Y en un principio, nadie vigila que estos sean comprados, pero la ciudadanos los adquiere, pero a que tampoco existe un interventor permanente. El joven foráneo repica en su memoria intrínseca, «Dios me libre de mi vida por los clavos de Cristo, ¡Vaya caos si intenta el palo seco del Gallardón implantar este sistema en la capital! Por la dura labor de llenar la saca de monedas no iba a ser la crisis, eso sí que no». La sonrisa por su ingenio silencioso le brota ahora levemente, mas hace diez minutos el gesto se le dibujaba torcido y enojado. Sus pestañas se mantuvieron tensas, rozándose entre sí y con el ímpetu de azuzarle al cajón metálico y electrónico un buen golpe con su puño cerrado. Lo retuvo la pusilanimidad de ser un extranjero recién aterrizado, si bien, todavía refunfuña rabioso negando con la cabeza mientras sus muelas se empujan unas contra otras. Y en tanto reflexiona colérico sobre esta primera vivencia o anécdota que le ha acontecido sobre azulejos suizos, su hipótesis parece al fin concluir que no es propio del reino de las convenciones por los derechos humanos, la educación, la paz y el respeto –quizá todos los términos se engloben–, que le roben algo más de 2 francos por viajar. Hablando en plata, o en euros, o incluso tal vez mejor en pesetas, la cantidad viene a ser de doscientas viejas pelas. El hecho en sí fue que tras adivinar Isidoro el correcto funcionamiento del aparato, introdujo el importe más bajo que tenía en su bolsillo derecho. En ese instante el vendedor informático le imprimió presto y veloz un billete de papel, calidad de fumar, tamaño menudo. Sin embargo, el citado negociante inerte decidió que el resto era una propina inconsciente por parte del novato; que las monedas que debía escupirle iban a quedarse

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guardadas durante el tiempo justo en su panza, en absoluto pronunciada. La morcilla vaciada y plateada de la máquina, la que tenía como fin acopiar sus monedas, no cumpliría ese día tal función. El quiticlín, quiticlín no sonaría jamás. Una voz femenina, de nuevo, habló en francés para advertirle que abandonara dicho lugar de espera inútil. Su tren ronroneaba ya en las vías, quiso decir con ese deje empalagoso que al mismo tiempo le hacía entender que la salida era inminente. Las ruedas de plástico descendieron los escalones a bastonazos y ascendieron de un salto a un enorme vagón que, sin saber porqué, tenía marcado un dos en una de las esquinas superiores.

Pluralidad de razas van pisando la plataforma del trolebús. Personas venidas de infinidad de países para convivir. Fieles trabajadores, estudiantes, desconocidos al fin y al cabo unos de otros. Nadie sabe de su pasado y menos si cabe de su futuro. Ellos suben, bajan, deciden quedarse de pie, sentarse, leen, escuchan música o la tararean ausentes del de enfrente. Y tras esa cuidad observación, Isidoro es testigo de un suceso, que muy quizá, sería inadmisible de presenciar en otro escenario social y público. Pocas sociedades mantendrían tal respeto por la propiedad ajena. De pronto, unos nudillos aporrean el cristal con mucha fuerza y de forma consecutiva. Sin embargo, el chofer perpetúa su postura inamovible con el pie caído sobre el acelerador para continuar su ascensión hacia la siguiente parada; la relación con el cliente es tan nula, que en ocasiones éste puede dudar y pensar que el vehículo funciona solo. La chica del asiento tiene la piel paladina y pecas, viste un sombrero rosa de lana y tiene en su mano derecha descubierta –con la que no golpea– un móvil. Grita con ímpetu, «¡Ey, ey!», Y a duras penas parece entendérsele, «¡señora, señora!, su móvil, se le ha caído». O al menos eso le dan a entender sus gestos. La cámara de vídeo, que graba furtivamente, capta que no es tan madame quien mira desde la acera, si bien, sí es la dueña del teléfono que la pasajera le ha

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mostrado con insistencia. Al otro lado de la sucia ventana ha comenzado la desesperada carrera. Pero entonces, la transitoria poseedora del móvil le muestra las palmas sacudiéndolas y brindándole tranquilidad. Estira su dedo índice en horizontal, le da un par de giros hacia sí, luego lo clava suave en su pecho, y finalmente puntea de forma insistente hacia el suelo. La sonrisa parece nacer por segundos en la despistada joven de la calle a pesar de que ni el Zoom consigue grabarla el gesto con nitidez, menos aún cuando Isidoro ha de hacerlo con destreza secreta. No obstante, es evidente que la sonrisa poco etrusca mana libre hasta empequeñecer al mínimo sus mejillas. Escasos dos minutos más tarde, la bondadosa mujer del gorro rosa cumple y decide bajarse. Cuando arranca de nuevo el trolebús con su habitual aire sigiloso, ella permanece sentada paciente mientras busca al infinito la figura de la dueña del móvil. -¡Inaudito! –se graba en la cámara de vídeo antes de apagarse definitivamente. La cuesta deja a un lado un cuerno rojo que le llama la atención. De nuevo otro giro, y otro, y un tercero que ya le desorientan por completo. No va a grabar más. La ciudad ofrece la educación máxime en el capítulo relativo al tráfico. El vacío del claxon y la inexistencia de atascos por mucho coche lujoso y pobre que circule a hora punta. Los pasos de cebra, que son de parada obligatoria, y en ocasiones, pese a que el disco luzca su verde más glorioso, el automovilista frena y te invita a pasar: «Pobre, va a pie». El protagonismo de las bicicletas, que son patronas de la vida diaria y fieles medios de transporte entre los ginebrinos trajeados y las ginebrinas de chaqueta y falda. Dos ruedas famélicas que además poseen en toda la metrópoli su carril particular de metro y medio, y que por supuesto, es intransferible a cualquier vehículo de mayor tonelaje. En un papel en blanco que guarda en su cartera ha redactado tales detalles con el fin de filmarlos en un cercano futuro. A bolígrafo rojo y con una caligrafía altamente mejorable, encuentra más abajo los pasos a seguir para llegar hasta la residencia emplazada en el

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número 46 de la avenida de Miremont. El nombre del tutor también lo tiene anotado, y en letras más pequeñas aparece un teléfono junto a una complicada palabra de pronunciar: Ekaitz.

La habitación es pequeña. Las instalaciones deportivas yacen a siete pisos menos de altura, y frente al amplio ventanal del cuarto alquilado por Isidoro, aparece emparejado un entorno natural que tiene como protagonista al reservado sol y a la cordillera alpina aún densamente nevada. Las vistas son maravillosas e imborrables en la luenga memoria del ojo humano, que en la silueta de su vecina nicaragüense tiene forma de bastón. El calor excesivo del interior del dormitorio contrasta con el denso y seco frío que habita en la urbe. Las tuberías de la calefacción cazan con sus uñas candentes cada retazo de frío para sin miramientos hacerlo desaparecer. Su funcionamiento es perfecto, como lo es el del agua caliente que vierte la ducha o el de los grifos. De éstos apenas fluyen gotas después de cerrarse. La cocina al final del nebuloso pasillo es confortable y plural en aromas de guisos y fritos. Cada cultura un plato, un olor, un sabor, y todos heterogéneos. Las dos paredes vacías de imágenes y untadas de una anilina verdosa y oscura, se intercalan por puertas endebles de madera que tienen como destino los baños, las ya citadas duchas y el resto de habitaciones. -¡Adelante! –Invita Isidoro desde la cama, sin entusiasmo y con un juego de cintas diminutas entre sus manos.

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Ekaitz luce una camisa blanca de manga corta y traslúcida, lo que permite desnudar parte de su torso. Del cuello le asoma vello rubio que florece del último botón superior desabrochado. Sus hombros aparecen encorvados. Entra suave, cierra, y con las manos en la espalda decide desplomarse hasta sentarse en el suelo con las piernas cruzadas. Porta un libro de poemas que ha leído dos veces pero que no ha entendido en absoluto porque está en francés. Se apoya en la pared, mira las montañas nevadas del ordenador y abre el libro por la página en la que está emplazado un billete de autocar nocturno bajo el nombre de Noctambus. El silencio es interrumpido por un suave zumbido del ventilador informático. Isidoro mira al cielo y deja caer las cintas en la cama por un descuido. Piensa. Ekaitz alza la página y la tumba con el grupo de las de la izquierda, busca los ojos de su compañero, perdidos y abiertos. Mira al techo albino y desaseado. Alcanza el séptimo poema; largo, de estrofas cortas y versos largos. Acto seguido roba una chocolatina de una balda y continúa el silencio unos segundos más. -¿Qué querías, Ekaitz? –Se gira y orienta sus cortas cejas justo hacia el trozo de chocolatina que ahora porta su amigo con los dientes, mientras sus dedos aún perpetúan la labor de sujetar el libreto de poemas. -Saber cómo llevas tu documental suizo. El miércoles grabaste en Plainpalais, ¿me equivoco? -Así es. Pero aún no hay nada. -Quizá... He hablado con Luzi. –Muerde el último resquicio de chocolate, busca la papelera y el envoltorio que vuela cae fuera. -Recógelo cuando salgas. Nunca encestas. –Le reprocha con apatía. Arrastra su cuerpo hasta el borde de la cama para erguirse y emite dócil un aspaviento de paciencia sucedida por más segundos cargados de silencio.

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La pantalla del ordenador se apaga. Ekaitz cierra el libreto y estira las piernas para hallar más comodidad. -¿Qué tal dominas el francés? Isidoro vuelve a retorcerse en busca de la ventana y del escritorio que quedan a su izquierda. Esta vez incluso decide apoyar sus calcetines blancos en el cojín que su madre le envío hace escasos días por vía correo. -¿Qué pasa con Luzi? -Quiere ver el vídeo de ‘Silencio subjetivo’ –revela con un gesto desdibujado y con una de sus cejas más elevada que la otra. -¿Cuándo? -Esta noche. Me lo ha pedido por favor, que no acepta un no por respuesta, y dice que ya le has dado muchas largas estas dos últimas semanas. -¿Todos? -No, tú sólo, el resto le hacemos caso, tío –ironiza. -Digo que si lo veremos todos juntos. –Tenso, oprime cuatro de sus dedos de la mano con la otra mano y aprieta con fuerza los labios al tiempo que los esconde. -Sí, por supuesto. Sería la primera proyección de tu filme con público. Aunque añadiríamos cerveza, whisky y palomitas. –Levanta las manos extendidas y las une por los pulgares para ir separándolas conforme exclama con ímpetu desde el fondo de su voz nasal una escasamente elaborada frase final–. Isidoro Fernández presenta, el documental, ¡Silencio... Subjetivo...! -¡Imbécil! –repele Isidoro. Lo imagina no obstante. Percibe el nacimiento de un ejército de leves hormigas que, convencidas, parten del colon de su estómago en busca de un hogar en su corazón. Ni siquiera sus amigos en España habían visto aquel documental. Ni siquiera su familia, que mal perdía el

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tiempo en otros quehaceres más fructíferos, como respirar, comer, ver la tele, hacer las compras, vender vestidos de boda, o dibujar logos que jamás llegarían a salir a la luz pública. Aún recuerda la noche que vivió junto a su padre, quien dicen que le dio la vida a base de una efímera cantidad de esperma muy vigoroso y prófugo de una cárcel de látex deteriorada. En aquella jornada laboral nocturna le tuvo varias pares de horas como fiel tripulante de un programa de dibujo informático con el fin de elegir uno de los dibujos que pasaría a ser la seña del envoltorio de una famosa marca de salchichas. Sin embargo, el mercado, y más en concreto los congeladores de los distintos supermercados del país, jamás acogieron tales diseños. La empresa decidió mantener la existente con una leve modificación de tonos y ampliar el tamaño del mismo. «Más barato e igual de eficaz», argumentaron. «Al menos pagaron a papá», piensa con satisfacción, Isidoro. -¿A qué hora? –Insiste Ekaitz pese a no haber recibido afirmación. -A las diez –responde preciso. -Sin más, entonces, compañero. Aquí te dejo con tus pensamientos anodinos, que yo voy a leer un poco una novela que me han hecho llegar de Alicante. –Levanta su cuerpo pausadamente y posa sus manos en los riñones para estirarse sutilmente antes de abandonar el cuarto. -¿Cuál es el título? –Isidoro descubre que su amigo y alumno guía ya sujeta la manilla de la puerta y que la soledad acecha. -Puede que te lo deje algún día, pero no es hoy el día para andar revelando títulos de historias que tardarás en leer. Au revoir, Isidoro. -À bientôt. –replica, aún desde la cama. Si bien, tan sólo consigue despedirse del movimiento de una puerta que ya golpeaba suave al marco. Acto seguido, descubre el envoltorio de la chocolatina sobre la alfombra verde, también enviada por su madre vía correo. –¡Mierda! –Apuntilla.

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La chica no puede quitárselo de la cabeza. Dos pisos más abajo, Remedios descubre que la mirada dormida de su amiga Luzi ha pasado a ser lo que es habitual cuando el reloj pasa las seis de la tarde. Había deseado para sí coger el trolebús de las diecinueve horas, y ambas saben que sobran las palabras para deducir que sí les va a dar tiempo. Remedios viene de Sevilla, Luzi de Barcelona, aunque la madre de esta última le dio a luz en una pequeña clínica japonesa. Aquella vida oriental jamás dejó huella en su memoria, puesto que sus padres volaron más de doce horas en avión para caminar para siempre por las aceras españolas. En aquel entonces la pequeña Luzi apenas tenía dos años. Hoy la melodía de los Beatles resuena a gran volumen con sus platillos y sus percusiones agudas entremezcladas por las refinadas guitarras eléctricas de la década de los setenta. Ambas saben cual será el tema de conversación durante la comida, y sin embargo, ninguna de las dos quiere hacer un enviste previo al asunto. Remedios se coloca numerosas pinzas de colores en la parte zaguera de su cabeza, y de ese modo, logra que su corto cabello castaño quede recogido y ausente de movimiento. Frente a los ojos inertes del espejo, tan sólo espera que Luzi socorra a su plumífero blanco y acolchado de la hosca soledad del armario, para veloces bajar en el ascensor e ir a comer a una casa okupa que ofrece comidas al módico precio de siete francos. Apenas son cuatro minutos desde la residencia; siempre que el medio de transporte sea rodado.

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El clasicismo del tranvía circula en ambos sentidos. El plato vegetariano que ha comido Luzi destila suavidad en los recodos de su escueto estómago, mientras que el filete de ternera con guisantes y espárragos, bañado en salsa verde, hace estragos en los diluidos gástricos de su amiga. Caminan despacio y agarradas del brazo a la altura de los codos, tratan de abrigarse el cuello ante el gélido aire que sopla entre los pasillos urbanos. En algunas esquinas sombrías de la villa la exquisita lluvia parece unirse y conceder imperceptibles placas de hielo que, a pie enjuto, serán resbaladizas para las ilusorias pares de suelas humanas apresuradas, las rodadas cubiertas de bicicletas, o para los neumáticos de motocicletas desatendidos. La llegada del invierno acecha estos días según avanza el borrado de los días en el calendario del cuarto de Isidoro. Ello provoca que en Ginebra se instale en las calles un nuevo inquilino de carácter rudo: La escarcha. Cae con sutileza pero perenne como las hojas en otoño, y en unas semanas frías y cortas, facilitará que se cubran de nieve y hielo todas las arterias de la villa. Ni el portentoso lago Leman –ahora lejano de las jóvenes– quedará ajeno a tal disposición meteorológica. La fuerza de su agua morirá y sólo resucitará después de Semana Santa, cuando recupere la habitual reciedumbre de primavera. No silba y raramente traquetea en las escasas curvas. Dos convoyes se entrecruzan separados por un firme de piedra que apenas supera los tres centímetros de altura. Los usuarios ascienden y descienden por cualesquiera de las distintas puertas que ostenta el tranvía público, y mientras, el chofer emplazado en la diminuta cabina delantera, tan sólo se preocupa de conducir los vagones por el itinerario delimitado. Con un vacío de interés íntegro para los ginebrinos, los dos medios de transporte –anaranjado y blanco uno, azulado y de tono pajizo el otro– arrancan al unísono, de pronto y sin aviso previo. Delante del primero maniobra una señora de mediana edad subida a una bicicleta. De su manillar albino cuelgan dos bolsas de papel a rebosar de nutrimentos. Ella continúa con su pedaleo baladí y

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descubre unos segundos ociosos de pensamientos para observar las fachadas de los edificios limítrofes de la calle. Y con calma, observa a un lado y a otro los escaparates de los comercios distinguidos de dicha zona. Y sin tiempo para la preocupación, siente que el tranvía se le acerca, y sin embargo, desafía al peligro inexistente, el que en otra ciudad hubiera sido inminente. Los bocinazos del tráfico impaciente y el vocerío del peatón desconfiado hubieran contaminado un aire ya sucio de por sí ante el fluir de un aliento horrible que emana de las reflexiones ciudadanas. En cambio, en Genève la señora de vaqueros y traje azul anochecido consigue equilibrar, acercarse a escasos dos metros del tranvía, apartarse a la izquierda para dejarle pasar, y continuar su trayecto hacia un destino desconocido para los cuantiosos viandantes que viven indiferentes ante el suceso. -¡Qué escena más fantástica para Isi! ¿verdad? –Exalta Luzi, que agarra con más fuerza el codo de su amiga. Ella asiente con la mandíbula agarrotada, y puesto que el frío cada vez es más raudo y agrio, decide persistir en silencio. Pronto desvían su paseo hacia un vial que conduce hacia el casco antiguo de la ciudad. Atrás queda el inhóspito movimiento de la circulación y el palpitar de una sociedad que poco a poco y después de una larga y fructífera jornada laboral, regresará hasta sus casas sin queja alguna. Dejan atrás la hermosa catedral Saint Pierre, esplendorosa imagen que desde hace semanas duerme en la memoria de la videocámara de Isidoro. Sus estilos románico y gótico pueden verse para la eternidad en la pantalla de un televisor, y sin embargo, jamás podrán revivirse las citas religiosas de Juan Calvino, quien predicó desde 1536 hasta 1564. La vecina place du Bourg-de-Four, el barrio más antiguo de la ciudad de Ginebra –Vieille Ville Genève–, atrapa a las dos chicas en cuanto giran a la izquierda, arrugadas en sus vestimentas y adoloridas en sus orejas y sienes por el frío del ocaso. El ausente sol ha oscurecido el adoquinado, y en la fuente central de la plaza, una bicicleta primitiva duerme junto al chorro

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de agua que cae de forma constante. Los árboles no tienen abrigo, el viento arremete sin clemencia y dilata la aflicción, y no muy lejos, una terraza de un café permanece vacía de clientes. Es prodigioso ver como pese a que en Ginebra hay dos centenares de organizaciones internacionales con sus sedes, y que ésta posee más de 150.000 habitantes, e incluso, que siendo uno de cada tres de éstos extranjeros, ninguno camine por las callejuelas del casco antiguo a media tarde. La ausencia de vida social regala por momentos el adjetivo de fantasma a la urbe. Y en tanto, Luzi y Remedios apretujadas la una contra la otra desnudan sus miedos ante el feroz frío y la creciente penumbra. Ascienden despacio por la rue Ettienne Dumont mientras buscan un ente entre las cortinas que emanan un brillo ambarino de forma desordenada desde las ventanas de los edificios. A medio camino llegan a un sofisticado café que tiene la puerta de madera, cristales oscuros y una temperatura agradable sin llegar a ser calurosa. El local es acogedor, y en él ambas pretenden tomar deux reverse, lo que en España serían dos cafés con leche. El interior del establecimiento sí vivifica la sociedad ginebrina. Las dos amigas tropiezan con la fortuna y los clientes que han dejado sus asientos libres. El sofá es para tres personas, de una tela pariente al cuero, y está situado en una tenue esquina íntima. Brinda un dulce enigma y convierte al rincón en un espacio mágico, romántico e incluso silencioso pese a que el resto del Café está completo. No queda sitio vacío alguno en el fastuoso Demi Lune Café. En ningún punto del establecimiento hay un hueco; ni en los sugestivos y desiguales sillones, ni en los divanes, ni en las sillas o butacas, todas ellas acompañadas de mesitas esféricas de madera, y menos aún parece descubrirse un resquicio de espacio junto a la barra.

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No muy lejos de Luzi y Remedios florece una rosa que sonríe a una joven de cabello moreno, y frente a ellas, una rodilla desnuda baila suave ante el dulce tacto de la mano del pretendiente. -¡Precioso! –Exclama Luzi sin lograr alzar la voz. -Ya tienes un lugar donde traerle, sería un sitio fantástico para declararse, yo le traería. –Remedios logra acomodarse, estirarse una arruga del pantalón y cruzar las piernas a la espera de una respuesta que aventure tal decisión. -No le gusto –confiesa aunque su mente no esté convencida de tales palabras y menos aún de su significado. Luzi despliega la carta de bebidas y comidas, reposa su móvil sobre la mesa y lee atónita el listado de manjares que se ofertan. Sin pausa revisa los respectivos precios y juzga que algunos llegan a ser desorbitados. -Creo que tiene novia –opina–, eso o es gay como Ekaitz –apuntilla con mayor recelo si cabe y con una sonrisa pícara que casi arranca una nimia carcajada. -Ekaitz es poeta, no gay –protesta Luzi de inmediato y con el cejo fruncido. -Tiempo al tiempo, que no hay lluvia sin mar, ni nubes sin cielo. Entonces aparece la camarera que les cubre de mayor oscuridad con la perspectiva de su sombra. Varios segundos de vacilación son suficientes para que la chica de Barcelona de origen japonés pida dos cafés con leche a través de su francés inocente y débil. La mesera anota con amabilidad en su libreta, expresa un cordial y obligado merci y camina elegante hacia la barra. -Esta noche habla con él, que ya han pasado tres semanas desde la fiesta que celebramos. Quizá te precipitaste, quizá tan sólo, pero no es excusa. –Remedios casi demanda a su amiga un asentimiento a sus palabras, pero no lo halla–. A la noche vemos la proyección, creo que no me va a gustar, pero la verdad, me intriga saber qué ha podido

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engendrar este chico que tan loquita te trae. Y más para que Ekaitz ande diciendo cada dos por tres que es estupendísima y esas cosas. Aunque viniendo del poeta... La risa le brota a borbotones de su pecho tras las últimas palabras, por lo que recoge su bolso al de unos segundos y saca un pañuelo de algodón, se frota la piel tintada inferior de los ojos, los vértices, y pregunta a su amiga si se le ha corrido el rimel. Ella le dice «no, está bien», y poco después y sin más aviso que unos vocablos en un francés indescifrables, aparece la misma camarera con dos cafés y la cuenta sumergida en un recipiente. -El chico este de Madrid es raro, –continúa– todo hay que decirlo, físicamente tiene su punto, su culito, ¡je, je! –Remedios desliza de nuevo el pañuelo con suavidad alrededor de sus ojos–. A mí no me va, y yo después de aquella arrogancia cuando se le caía la baba, pasaría total. Ambas quedan mirándose en silencio, ajenas ya al frío de la calle después de que la sensibilidad en sus dedos descubiertos de sus finos guantes hubiera vuelto viva ante el movimiento dócil. Luzi medita qué responder a tanto consejo; tengo, los vendo, yo no los quiero, cavila risueña en intimidad. Lecciones que han acaecido casi desde que sumergió por vez primera su tenedor entre el maíz y los guisantes de la comida. Y ahora, cuando el café yace sobre la mesa con su aroma baladí por la sugestiva cuantía de leche y las columnas de vaho vagan suspendidas en el aire, ella no sabe qué explicación darle a Remedios para que logre entender sus sentimientos. Así que para desviar la incertidumbre alcanza la cuenta y lee que el precio final es de siete francos, lo que viene a ser en la España actual más de cuatro euros, y 700 pesetas en la añorada economía. Remedios agita el azúcar con velocidad con su dedo índice y pulgar, ofrece una ilusoria sonrisa y abre el sobre para verterlo en el café espumoso. Crea una montaña de nieve en la superficie líquida de color caqui que poco a poco se hunde. Desaparece la dulzura y da vueltas a la cucharilla sin vigor.

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-No puedo –habla al fin– ¿Le has visto con el polo negro ajustado? O mejor aún, sin él, sin camiseta, digo. ¿Recuerdas el día aquél? ¡Qué mala me puse! Tiene un cuerpo increíble. Y su barbita de dos días, sus ojazos azules. Y su timidez. En la fiesta de bienvenida me encantó ya no sólo su físico, sino su forma de ser. Y aun después de que marchara sin despedirse en el mejor momento. Yo se lo perdono. Luzi no espera un segundo y lanza su mano derecha a la taza y sorbe su café por primera vez. Descubre al momento que éste brilla por su cuantiosa leche. -Sí, aquí todos los cafés, o la mayoría, están cargados de leche, acostúmbrate, porque la cafeína, en dosis muy pequeñas. –Bromea Remedios que ha descubierto su extrañeza en el gesto torcido de sus labios. Ella le rebate con una sonrisa que le adelgaza los ojos. Acto seguido ensalza sus pupilas aprieta sus labios y comienza a ampliársele la boca hasta alcanzar tope. En su cara pronto comienzan a crecer los hoyuelos y la mandíbula roza la piel por dentro. -¿Estás? -Creo que sí, estoy enamorada y voy a decírselo. –Afirma Luzi con valentía mientras aún sostiene el café entre sus dos manos delgadas y menudas.

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El cine siempre tiene acérrimos seguidores y detractores. Diez personas en un cuarto de apenas veinte metros cuadrados hace prever que las opiniones dispondrán de menos espacio para esquivarse, y más si son inarmónicas. El choque existirá con mayor probabilidad a no ser que todas lleven el mismo sentido. Dicen que si Dios y el Diablo fueran encerrados en una cámara acolchada de idéntico tamaño al que líneas más arriba aparece señalado, quizá ambos acabarían siendo verdaderos amigos al no existir otro remedio. Incluso el eco de algún erudito ha difamado que la personalidad de mayor firmeza vencería a la débil, conformándose así, bien dos Señores o dos Anticristos. En las últimas apuestas escrutadas la abstención fue demasiado elevada, pero la escasa sociedad actual aún con visos de ludopatía decía que el mal ganaba por mayoría absoluta. En opinión de un redactor omnipresente, la única vencedora en tal situación hubiera sido la muerte o la dispersión definitiva. Hay razones suficientes que invitan a dilucidar que existe una real imposibilidad de unir dos almas inversas. El hombre y la mujer han elegido de un tiempo a esta parte hallar siempre con facilidad la paja en el ojo ajeno, ver que lo suyo siempre es correcto, y que el resto del mundo hace todo mal o mejorable. Además, no tiene importancia lo impropio cuando las historias de cada uno son las únicas de valor y en las que todo el mundo debería volcarse en alma y corazón. La palabra egoísmo es un sustantivo que en pleno siglo XXI nadie quiere oír ni reconocer como suyo en ningún momento, y sin embargo, es hoy el imperio romano del ser humano. Digan ustedes si quieren mentirse que Dios y el Diablo convivirían sin discrepancias; que unirían sus fuerzas en un término medio y ampliarían horizontes en amistad. El paraíso idílico pierde habitantes y dicen los telediarios que está convirtiéndose en una ciudad dormitorio. La bondad y el triunfo personal viven en el azar de encontrar un grano de arena solitario en el fondo del mar. No obstante, nadie priva de abrazar la almohada. Tales sueños siempre serán sueños; nuestros.

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La luz es tenue. Luzi, y Remedios, quien en honor a su nombre ha continuado con sus consejos hasta llegar a la altura de la puerta de la habitación de Isidoro, han sido las últimas en llegar. Ekaitz se ha puesto una chaqueta oscura que le da un aire bohemio. Apoltronado junto a la puerta de salida, despistado, es el único que parece no morderse las uñas. Si bien, para mostrar sinceridad, el resto de espectadores tampoco roe lo que vienen a ser sus zarpas de queratina abundantes en azufre, sino que tratan de atrapar el amplio bol que va de regazo en regazo repleto de patatas fritas onduladas de sabor a jamón york, ketchup y a la pimienta. Con todos presentes y ante la ausencia de los traileres de rigor y de la posterior publicidad que invita a apagar el móvil, puramente queda que Isidoro pulse el play y el documental ‘Silencio subjetivo’ comience a mostrarse en la pequeña pantalla del ordenador. La pandilla de España y su fiestilla en onda de salseo, tal y como afirman llamarse, no había vuelto a reunir sus cuerpos al completo desde que tuvieron el placer de conocerse en octubre. Algunos miembros llevan varios años en Ginebra; trabajan, estudian o ambas. Otros como Isidoro son primerizos. Aquel mes celebraron la fiesta de bienvenida en la que la cerveza y el whisky brillaron por su desaparición a las ocho de la mañana. Desde entonces no habían vuelto a coincidir todas las caras juntas. Sí constatado breves momentos de pasillo estudiantil conformados por grupillos minoritarios, pero nada más. Hoy, cuando el reloj quiere marcar las diez de la noche, también son diez las personas que verán el vídeo en ese séptimo piso. Y para ofrecer un pequeño conocimiento de cada uno, lo correcto será brindar unas escuetas líneas que hablen de los espectadores de la habitación. El acomodado en la silla más cómoda es Martín, tiene coche, un pequeño Ford de color rojo que siempre puede verse aparcado en el mismo sitio porque apenas lo utiliza. La

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última vez fue el día previo a la fiesta, cuando averiguaron que la compra de litros de cerveza salía más barata al otro lado del país. El vehículo tardó en arrancar veinte minutos por el reloj de Ekaitz, y diez por el minutero real que cronometró desde la muñeca del conductor. Él es atleta, y pese a cargar desde hace días con la edad de Cristo a sus espaldas, aún sale cada mañana a correr por las instalaciones deportivas durante más de hora y media. Sobra decir que es delgado, y también sobra decir que su forma de ganarse la vida no es corriendo. No obstante, a él le encanta decir que pudo haberlo hecho, y más aún que le digan que sí. Y para dar fe de ello, su cuarto recoge la veintena de medallas que un día ganó. «Hubieras sido un profesional como la copa de un pino. Copas no te hubieran faltado a ti y sí campeonatos», suele ironizar Remedios, la tercera integrante del grupo con más edad. Y sin embargo, Martín hoy trabaja en una empresa de telefonía donde su padre no es siquiera un apoderado, pero sabe dejar fluir sus influencias para que su hijo no deba seguir corriendo por deber. También tiene silla Francis, alias ‘Lorenzo’, porque tiene un enorme parecido en su peinado a uno de los actores que apareció en una célebre teleserie de colegio. Es sin embargo el más respetado del grupo. Quizá el principal motivo se deba a que trabaja en uno de los infinitos departamentos de la ONU. Junto a ello también es razón el dominio de hasta cinco idiomas, y que ofrece una timidez vestida a diario de traje que le impide abrir su personalidad a los demás. La única herida en su impoluto temperamento radica cuando tras su indumentaria y palabrería pija descuella asombrosamente su devoción por las cañas de cerveza. Una transformación al mundo plebeyo, según él, digna de presenciar en cada una de sus fases. Curiosa en todos sus aspectos es la vida de Julio, uno de los secundarios más extraños de toda la Pandilla de España. Su historia nació de su voz la misma noche de la fiesta de bienvenida. El silencio indestructible de los presentes jamás alcanzó tanta

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perfección. Julio dijo que nació en el mes de julio, que tal suceso le ha obligado ha vivir siempre acalorado y poseer un vestuario fino de tonos claros para contrarrestar las altas temperaturas que alcanza su organismo. Relató que de pequeño adoraba las galletas, las María, y que desde entonces su cuerpo siempre ha sido vicioso de vestir tal corpulencia digna de apodarle ‘El gordo’. Si bien, añade que sus 110 kilos vienen a tocar a su puerta porque la vida le ha obligado a ingerir todo tipo de alimentos dulces y sabrosos. Julio De Lafuente estudia en el instituto de arquitectura, lleva varios años en Ginebra y tiene la certeza, aún hoy sentado en la alfombra con las piernas cruzadas, de que vivirá en el pequeño condado suizo hasta el día del adiós definitivo. María es la chica que va de la mano de Francis. Únicamente puede decirse tal dato con plena seguridad, puesto que aún no se ha descubierto más afecto entre ellos dos. Ella es administrativa en una oficina situada junto a rue du mont blanc, y por las noches trabaja en un restaurante sibarita sirviendo copas de vino y platos de un gusto exquisito que alcanzan unas facturas inimaginables. El cuarto, y en especial una esquina de la cama, también recoge el aroma de Anuska, –nombre que decidió ponerse pocos días antes de abandonar La Coruña–. Apenas tiene 20 años, ha empezado a estudiar biología y desde hace dos cursos escolares mantiene una fogosa relación con el médico Jorge, bautizado en ocasiones efímeras como ‘Jorch de la jungla’. Ambos muestran una devoción por la marihuana envuelta en papel de fumar. Dosis diarias que son exhibidas con claridad en la esencia de sus ropajes, en su pausa y en sus quebradizas y atenuadas miradas. La alfombra ampara el cuerpo extendido de Luzi, quien apoya la cabeza en la almohada cárnica de su amiga. Junto a ellas, Ekaitz, que les sirve una sonrisa para confirmar la calidad del inminente visionado.

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Isidoro mueve el ratón, abre un archivo y pulsa dos veces en él. Una estrella sale en la pantalla, justo en el centro. El reloj de arena da tres vueltas sobre sí mismo, y sin pausa alguna aparece el símbolo de la Comunidad de Madrid. Acto seguido, en letras azules y blancas que en su interior albergan infinidad de libros aparece el título del documental: ‘Silencio Subjetivo’

Un joven baja las escaleras a extrema velocidad. El silencio es interrumpido únicamente por sus acelerados pasos y el constante golpeteo de la mochila en su espalda firme. Introduce la mano en el bolsillo de atrás del pantalón, abre la cartera y busca el billete mensual del metro. Mira el reloj, no hay nadie en la cabina, ni guarda de seguridad en los alrededores, por lo que decide saltar los torniquetes para ganar tiempo. Continúa corriendo, gira a la derecha, baja con las puntillas de sus zapatillas las escaleras, gira a la izquierda, más escalones, y llega al andén. El silencio es total. Nadie espera al metro, sólo él. Mira el reloj, ve la hora y descubre que son las ocho de la mañana. La luz del tren mantiene su quietud en la lejanía del perpetuo túnel. Sobre unas vías lóbregas la proximidad comienza a propagarse, pero el sonido y el particular eco y zumbido siguen sin emerger en el entorno suburbano. El primer plano de la cara del chico aún no ha sido visto, pero sí puede apreciarse desde un punto en diagonal como el protagonista comienza a frotarse las orejas con sus dedos índices. El albor en el pasillo prospera, el movimiento es inminente y la soledad del andén contrarresta de pronto con la multitud de ciudadanos que alberga los antiguos vagones.

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El primer plano de la puerta abriéndose da paso a una imagen de viajeros que ignoran el enfoque de la cámara y que deciden no bajarse. Al tiempo sus figuras van acercándose, aunque nadie muestra su rostro. La cinta hasta ahora ha sido callada, y la efigie de Charles Chaplin caminando es la única ausente ante tanto mutismo. El muchacho con su mochila pasa dentro al aparecerse un diminuto hueco. Y al mismo instante de entrar, sin aviso alguno, se dispara un atronador murmullo. Frases que parecen inconexas y logran entrecruzarse de tal manera que apenas puede entenderse nada. Los dos altavoces del ordenador llenan de asombro al respetable, e incluso brinda un importante susto a varios de los diez espectadores. La mirada del chico busca las voces, a un lado, a otro, golpea con su mochila al viajero de atrás, a quien pide perdón con la mano extendida, aunque éste de inmediato le abronca elevando sus brazos. Son segundos veloces los que pasan buscando las palabras dispares que casi gritan, pero su procedencia no aparece; ni al fondo, ni del interfono, ni de afuera. Es ensordecedora tanta lectura a ritmo de séptimo de primaria. Sus oídos alcanzan una leve paz cuando sus manos llegan al auxilio, y sin llegar a oír el pitido repetido que convoca el cierre de puertas, el joven consigue abandonar el interior del vagón por los pelos. La cámara le persigue y escapa junto a él de forma casi milagrosa. El metro traquetea en silencio y prorroga su camino en busca de la siguiente estación. El fondo negro de la pantalla hace presagiar el punto y final del documental, pero sin tiempo para el aplauso o el abucheo, la pared cóncava del andén con el nombre de la parada escrito en minúsculos azulejos de colores, vuelve a dar vida a la nítida imagen. El muchacho prosigue en la escena, en un plano lejano, acuclillado en el suelo y sin nadie alrededor. El mutismo también persiste su conquista irrefutable, y a la izquierda, el letrero electrónico indica que restan 3 minutos para que llegue el próximo metro. Vuelve entonces a caer con suavidad el fundido en negro.

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El acto de nuevo arranca con el mismo protagonista, que en esta ocasión se sitúa al borde de las vías vislumbrando la luz de su medio de transporte. Gira el cuello a ambos lados y denota que la presencia de vida humana todavía es inexistente. Entrelaza las manos como si rogara, camina tres pasos hacia un lado y regresa para mirar hacia el túnel por el que vienen sus vagones. Mira la hora de su reloj de muñeca, suspira a modo de lamento y cruza los brazos. El ferrocarril recorta más distancia y de nuevo lo hace en silencio. Frente a él vuelve a detenerse sin hacer un sólo ruido, mientras, un primer plano sirve su gesto atónito sin que puedan vérsele los ojos. En cambio, los labios ya manifiestos, sí logran exponer la tensión a un nivel desorbitado. La puerta se abre, nadie sale del interior abarrotado, y él, tan sólo asoma la cabeza al interior. Pocos son los que le lanzan una fugaz mirada. A la mente le sigue el cuerpo, ingresa, y de nuevo, las voces que leen emergen con fuerza sin que los oídos de los oyentes puedan entender nada coherente. El joven decide retirarse con presteza y esperar de pie y firme mientras el tren reanuda su camino sin él. Mira la hora, mira a la salida y comienza a caminar lentamente hacia ella. El fundido en negro vuelve a copar las más de diecisiete pulgadas de la pantalla, y el murmullo en la habitación de Isidoro crece por momentos. No quedan patatas y tampoco roe mandíbula alguna. Al fondo, Ekaitz, sabedor de la trama, expone una sonrisa que aparece difuminada e invisible en la oscuridad. La misma entrada de metro vuelve a asomarse desde lo alto para deslizarse por las escaleras. De pronto, por la derecha del plano aparece la misma mochila golpeando, y las zapatillas, idénticas para quienes gocen de una fluida reminiscencia, descienden veloces cada peldaño. La ropa sí ha variado. Los perspicaces descubren que es otro día, y que el protagonista es el mismo joven. Los mismos gestos, la misma soledad en la taquilla del metro, idéntica ausencia de vigilantes, e igual técnica a la hora de saltar el torniquete. Gira a la derecha, las puntillas enfocadas de sus pies calzados descienden los escalones y él se

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detiene en el andén. La cámara realiza una panorámica de la estación y no encuentra a nadie. El muchacho echa un vistazo atrás en busca de un seguidor, pero el vacío humano persiste. Torna con suavidad las pupilas en busca del temporizador electrónico y visualiza que falta un minuto para la presencia del tren. Mira al frente, y es entonces cuando sufre un feroz sobresalto. El metro yace ya frente a él; quieto, repleto de gente y con una única puerta abierta. Son las ocho y cinco de la mañana indica el primer plano acoplado sobre la muñeca del chico. No logra reponerse a tal susto, y con la mano oprimiéndose el pecho ve como el metro marcha sigiloso por el lóbrego y largo túnel. El fundido en negro apenas llega a recrearse en exceso, porque de pronto los pasos del único actor del documental aparecen caminando veloces de un lado a otro. Se oye el toqueteo que ocasionan las suelas contra el andén. El objetivo de la cámara de vídeo abandona el estrés y busca la galería, el foco albino del metro, la cercanía creciente del medio de transporte que el único pasajero de esa estación algún día cogerá. El gusano metálico de color azul y blanco persiste en el mutismo a su llegada a la inhabitada parada. El joven, perplejo, trata de liberar de la selectiva sordera a sus oídos, sin embargo, el silencio permanece intacto para el espectador, quien a su vez entiende que el muchacho tampoco oye; sí sus pasos, sí escucha su voz, e incluso su corazón, pero nada que sea ajeno a él. El vagón se muestra atestado de gente. Él da dos pasos hasta situarse fuera, justo en el límite con el interior, y desde donde está, en el exterior, no logra percibir ni una sola palabra. Los pasajeros interinos, a quienes ya se les ve las caras con sus respectivos ojos, gafas en ocasiones, cejas, frente, orejas, mofletes, nariz, labios, barbilla e incluso dientes y lengua, mantienen toda su quietud; absortos a un punto indefinido aún. Ignoran por completo la indecisión del nuevo viajero que, veloz, profana el interior con una suela y nota como el murmullo crece y crece sin llegar a ser ensordecedor. Con mayor celeridad, pisotea

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con el otro pie, y entonces sí atruenan las voces, que de nuevo invaden los altavoces. Las manos del chico van a salvaguardar sus oídos, y la puerta que parece cerrarse caza antes el brazo del protagonista. Ésta activa su mecanismo de seguridad y vuelve a abrirse para que él salga. Lo hace apresuradamente, de modo que toda la escena también sucede demasiado deprisa. Enseguida puede verse el cuerpo derrotado, y abatido en el suelo entre lágrimas que, después de unos largos segundos, aparecen en imagen sobre la cordillera de sus labios. -¡Qué mierdas pasa! –Exclama Jorge, sentado desde la cama. -¡Shh! –Interrumpe Ekaitz al ver que iba a continuar hablando–. Ya termina. -Esperemos... –Advierte una voz perecedera. Seis son los segundos de fondo negro que dura la conversación en el cuarto de Isidoro. Vuelve a verse la estación como escenario indestructible. La cabeza del joven aparece protegida por sus dos brazos descubiertos hasta el bíceps. El reloj digital de la muñeca vuelve a indicar la hora: 12.14 AM. Idéntica ropa, pelo revuelto, y al fin puede vérsele la mirada cansina junto al iris pardo irritado. Y en tanto, persiste el silencio absoluto. Un suspiro parece escucharse, pero es tan dudoso que algunos de los diez espectadores prefieren creer que viene de la cercana realidad. Un generoso plano circunvala toda la estación suburbana. Un metro llega en sentido contrario con afonía invariable y el protagonista asienta sus manos en las orejas, sin taparlas, sino doblándolas hacia fuera en busca de ruidos. Pese a todo, el convoy de cabeza acelera, tras él todos los vagones continúan en increíble silencio y sin haber descargado a viajero alguno. De inmediato y con ausencia de previo aviso, un tren más le planta cara. Esta vez es en su vía, y en el interior, puede verse una liberación de las barras de sujeción y asientos más generosa. Nadie baja, nadie sube todavía, y únicamente queda abierta la puerta que se estanca frente al personaje desesperado de la mochila. Transcurren dos segundos y un primer

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plano revela cómo sus manos abandonan las orejas y persiguen un apoyo en la pared. Se suceden dos segundos más, y sin respiro alguno lanza un sprint hacia el interior. Algunos dedos sudorosos de la habitación se encogen con tal garra, que las uñas logran hundirse en la piel. Isidoro, arrinconado en un ángulo, junto al ventanal y sin apenas visión, espera paciente el veredicto del público al tiempo que encuentra en la alfombra un entretenimiento difuso. Las compuertas chocan definitivamente, y el latido apresurado del chico es lo único que brota del riego sanguíneo. Los altavoces ofrecen un bombeo inquietante mientras él permanece apoyado en la mampara de la salida contraria. Otra vez esconde sus orejas taponadas con las palmas de sus manos. El Zoom hechiza su mirada parda y despejada. Las voces vuelven, suaves en un inicio, y con el mismo ritmo de lectura de primaria. El protagonista, que aplasta su mochila contra el cristal, no retira las manos de sus tímpanos. Sin embargo, las palabras y las frases penetran y van dejando en un segundo plano el ritmo de timbales que brinda su corazón. Verbos, sustantivos, adjetivos, demostrativos, algunos posesivos, nombres propios, adverbios, interjecciones y onomatopeyas logran colarse por el precario espacio que hay entre sus dedos para llegar con la lengua fuera hasta el interior de su memoria. Y así, ante tales hechos, el joven decide destaparse de una vez de la absurdez que trata de esquivar las oraciones, hasta la fecha incoherentes. El metro ya circula veloz pero taciturno, y al minuto, él abre los brazos esperando una explicación a tanto murmullo desordenado. El tiempo avanza acompañado de segundos y decenas de frases. De inmediato, alcanzarán la centena, y todas ellas, recorrerán su entorno de escucha con mayor vitalidad. -¡Noooo! –Vocifera con todo el alma. Isidoro descubre que Anuska ha saltado de la cama, y que el pie de Luzi también ha dado un respingo. Todo ello pone semillas a un hormigueo que recorre su delgado intestino y erige una mueca en sus labios.

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La cámara enfoca al protagonista enloquecido, de cuclillas y en un plano que se aleja de la lejanía. Las voces persisten, no cesan, y para el espectador la pesadilla parece habérsele introducido en sí. Las primeras lágrimas quieren rozar la lente de la pantalla, mientras él tan sólo parece querer finiquitar la inutilidad de cubrirse las orejas. En ese momento una mano de color sombrío entra en escena y se posa en el hombro desanimado, junto a la cabeza de mirada irritada y mojada. -Tranquilo –Descifran sus labios– Lee. En sus manos cae un libro, y el pasajero de piel tiznada vuelve a su plaza; un pequeño asiento de plástico en horizontal. Desde allí puede verse como él le invita a que abra el libro con celeridad. Las palabras incoherentes no han cesado ni un solo instante y aún atosigan con firmeza la mente del actor y del público. Al fin decide abrir la novela sin título revelado por el director del documental. De pronto el volumen de voces decae varios decibelios. El muchacho pasa la segunda página y el murmullo es ya soportable para el oído. En la tercera cuartilla, levanta las cejas atónito y descubre una pequeña frase: «La lectura es un silencio subjetivo, y cada día, un mundo de voces ocultas da vida a infinidad de historias. No pueden ser esquivadas» La imagen comienza a alejarse centímetro a milímetro de la tercera página, y el plano va abriéndose poco a poco hasta llegar a mostrar por completo el habitáculo del convoy. Una musiquilla que parecen latidos disonantes comienza a resonar muy de fondo, y poco a poco el espectador va descubriendo donde mantienen fija las miradas los pasajeros, en qué entretienen sus minutos de viaje y el porqué de las voces. Libros, novelas, periódicos y cuadernos, mientras duermen placidamente en mansas manos entreabiertas, muestran sus encantos a los respectivos pares de ojos que les observan. La panorámica graba a cada ciudadano, con el cuello descubierto a los de pelo corto, y con el pelo colgando a los de

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cabello largo. El palpitar musical no cesa y comienza a entremezclarse con las misteriosas palabras entrelazadas aún confusas. Antes de llegar al esperado Fin, la cámara completa un circuito ligero por el vagón. De cada viajero lector llega a escucharse una frase lúcida pero ausente de continuidad, y entre el público parece aterrizar el motivo de unas voces que no mueren hasta que la pantalla en negro acoge llena de infinidad de letras la palabra fin.

El acabose llegó y es Isidoro el primero en acercarse hasta el ratón del ordenador para parar el vídeo y esperar que las palabras surcan. -Impresionante –No tarda en hablar Ekaitz–, no me canso, una obra maestra. Nadie dice más nada, las palmas no dan vida al halago y la luz es encendida por Remedios, que ha despojado a Luzi de su almohada y mantiene su espalda reposada en el borde de la cama. -Sinceridad, chicos. ¿Qué os parece? –Arriesga Isidoro. -No sé qué decir –articula Martín desde el butacón, sonriente–. Yo para estas cosas soy sincero, y la verdad es que me gustó más Matrix. Julio le sonríe la broma, y Francis desde el bienestar de su silla alza la barbilla y las cejas en demanda de algún comentario jocoso. -Una mierda. Pero para mí, y no me lo tomes en cuenta porque ya sabes que yo soy de efectos especiales, tiros y sangre. Y eso aquí escasea mires por donde los mires –juzga Julio, que de inmediato, quizá acobardado, levanta su pesado cuerpo acalorado, recoge los hombros y saca los morros a modo de disculpa al anfitrión. Acto seguido abandona el cuarto con un despido escueto lanzado desde la robusta palma albina de su mano.

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El golpe deja a Isidoro con la mirada difunta, la mandíbula tersa y cubierta de barba, y las lágrimas en las entrañas de sus pómulos queriendo brotar para mostrar los sentimientos a los allí aún presentes. -Ya, -logra articular con un hilo de voz– pero pregunto si os gusta como documental, no como película. Es decir, pregunto si habéis cogido la idea, lo que quería decir mi vídeo, porque yo no os debo explicar nada, perdería el encanto. Sólo quiero saber eso. -No tenéis ni puta idea –Interrumpe enfadado el poeta–. No sabríais reconocer una obra de arte ni aunque fuerais a un museo pagando. -Habló Homero. Silencio en la sala –ridiculiza Martín–. Yo he dado mi parecer, objetivo y justo. Me lo has pedido, ¿verdad o cierto? Pues ahí lo tienes, chiquitín, a seguir trabajando. El arrendador del cuarto aprieta los labios hasta doblarlos hacia el interior con tanta fuerza que parecen desaparecer a la vista humana. En ese instante es cuando su corazón parece haber sido acuchillado de pies a cabeza y partido por la mitad, pero por sorpresa, la voz de Luzi emerge de las tinieblas para ofrecer un rendibú a tanta crítica. -A mí me ha gustado. –Sus pequeñas manos quedan a la altura de sus senos pareciendo rezar, y las uñas de los dos dedos gordos juguetean nerviosas sin hacer un frágil murmullo–. Y quiero que sepas que también lo he entendido. Ella cree haberle hecho un guiño de intimidad con la media sonrisa que le lanza desde sus ojos rasgados, pero no ha encontrado la respuesta ni siquiera en el rostro de Isidoro, ya que desde hace varios minutos, soslaya ver las caras de sus ahora ocho amigos de proyección casera. -No ha estado mal –decide unirse Remedios, quien aún no se ha separado de la puerta de salida tras pulsar el interruptor de la luz.

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-Yo por mi parte apoyo la moción de Martín –interviene Jorge desde un rincón de la cama–. Me gustó más Matrix, pero también hay que pensar que es la primera película y tiene partes muy conseguidas. –Sujeto aún a las suaves caricias de Anuska, habla relajado, y además ella, se resiste a detenerlas mientras recrea un movimiento de cabeza afirmativo con un gesto torcido, y que quiere dar a entender el apoyo que muestra a la opinión de su compañero sentimental. -La idea es buena, pero quizá pudiste haberle dado otra vuelta de tuerca a la historia incluyendo diálogos, ¿no lo crees? –sugiere de nuevo Martín con un singular ademán en sus brazos que dictan la evidencia de lo dicho. -Yo también opino que es buena –respalda la rubia María, que se remueve en el suelo para estirar sus delgadas y largas piernas hacia el hueco libre dejado por Julio–. Aunque particularmente he notado un poquitito de inexperiencia. Pero de todos modos no me hagas caso, Isi, porque yo no sé nada de cine. -Gracias, amigos –alcanza a pronunciar el creador del vídeo–. Sobre todo por la sinceridad que habéis mostrado. No os puedo reprochar ser falsos, y, seguro que esto me ayudará de cara al futuro a mejorar mis documentales. Isidoro aguanta con entereza la temblorosa escena al tiempo que repara como la nuez le crece en la garganta; le duele en su interior hasta convertírsele en un balón de fútbol que cae en la red y pasa a ser de pronto una pelota de baloncesto. Las cuerdas vocales duermen en una pesadilla, y en ella son parte del disfraz de una guitarra flamenca en pleno concierto andaluz. Y los dedos lloran y llueven hasta que el mar encuentra la arena adecuada en la que poder volver de nuevo a llorar. Sudorosas las palmas de ambas manos por el calor de la eficaz calefacción ginebrina, se derriten y gotean en el suelo como ceras que viven su vida trabajando de velas románticas en un restaurante de tenue luz artificial. Como helados de

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verano en manos de un niño delgaducho y escaso de hambre, o como sudor de resaca encerrada en los escasos metros cuadrados de una sauna. -Tranquilo, amigo –media Francis–, esto te va a suceder muchas veces más en la vida si continúas con ello. No puedes gustar a todo el mundo, y llegará un momento en el que serás inmune a las opiniones ajenas y tan sólo te importará lo propio, hazme caso. Si yo fuera crítico, ¡Uff! Me tendría que comprar una guadaña-boli para cortar cabezas. ¡Je, je! O tal vez mejor unas pinzas especiales para colgar de los párpados a más de uno. -¡Qué desproporcionado eres! –Clama Jorge, que ve sentirse acompañado de algunas onomatopeyas dispares. -En mi haber de visión tengo miles de películas que aborrezco y que luego las han enterrado de premios, así que tendría derecho a ser capaz de tales torturas. Ellos me maltrataron a mí primero –argumenta con ironía entre risas. -Estoy sorprendido con vuestra actitud. Nunca os imaginé con una mente tan sencilla y poco intelectual –arremete la voz débil de Ekaitz que mantiene a su cuerpo rendido en la cama–. ¡Qué le vamos a hacer! Yo mantendré que me encanta y no diré más por hoy. El poeta encuentra un hueco más amplio en el colchón y decide reclinarse sobre él sin dejar escapar de sí el enfado evidente que despunta en su soberbio rostro y en sus párpados entrecerrados. -¿Alguien viene? –Invita Martín con firmeza ya que se levanta de la silla al momento de decirlo–. Creo que ya es hora de cerrar este absurdo debate. Isidoro, sigue trabajando, te lo digo de corazón, y tampoco hagas mucho caso a esta banda de amigos que tienes. Le guiña el ojo y le sonríe exponiendo su dentadura perfectamente alineada y albina. Y aunque en ese absurdo segundo previo al gesto cree de verdad el consejo que le parece regalar, acto seguido tan sólo tiene ganas de amarrarse con fuerza a su cuello de mosquito para arrearle de puñetazos en los dientes hasta que sus nudillos aúllen de dolor. No lo hace.

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Respira con profundidad el aire caliente de la habitación y pone de manifiesto una mueca de resignación. Remedios desembaraza la puerta que, después de la proyección de 'Silencio subjetivo’ únicamente había sido abierta por 'El Gordo'. El aire no corre, pero sí el viento ficticio que milagrosamente y en apenas medio minuto arrastra y devora a los siete compañeros. Desaparecen entre voces consecutivas y lacónicas que recitan «adiós», «hasta luego», «hasta mañana», «chao», «à bientôt», «au revoir», «bonne nuit» e incluso puede oírse «bye» y quizá «agur», y en el caso de mayor ironía, podría imaginarse un inadmisible y falso «sayonara» que nunca surgió. El cuarto gana en tamaño y movilidad, y Luzi, última en marcharse y en proferir su despedida, en francés, sujeta la puerta mientras echa un escueto vistazo atrás. No obstante él yace sentado ya en otros derroteros e ignora tal detalle. -No todo el mundo sabe apreciar lo bueno. Yo creí que encantaría a todos, y por eso es culpa mía, porque obvié cómo eran ellos y su persona en realidad –aclara Ekaitz, que busca justificación a lo que para él han sido verdaderos insultos sin razón. -No te culpes, amigo, porque de toda experiencia puede sacarse algo positivo, y de aquí te aseguro que hay algo que rascar, fijo. La puerta se cierra y ambos miran por percepción. Al volver se cruzan las miradas y ambos niegan con la cabeza para después perpetrar un aspaviento de repulsa dirigido a los huidos. -Fue una mala idea invitarles –decide continuar el poeta–, tal y como tú me dijiste cientos de veces, debimos no haberles enseñado tu obra de arte. Éstos no tienen ni puta idea por donde les va ni le viene el aire, y menos aún de lo que es bueno o malo en formato vídeo. ¡Coño, qué disfrutan con Van Dame! Tan sólo son unos envidiosos que no pueden aceptar

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que alguien tenga más futuro que ellos, ¡Nada más que eso es lo que son! –Arremete enfadado. -No te pases, tío. ¡Ozú, quillo, me asustas! –bromea Isidoro. La exasperación de Ekaitz despierta la sangre de una vena que construye su autovía de un solo carril en un entorno cercano a la oreja izquierda. Comienza a hinchársele el vial por el incesante brear de los latidos, pero ninguno de los dos se da cuenta de ello. -Además, ya sabes que todo el mundo siempre tiene un don especial para encontrar errores en todo aquello que no es suyo. En eso los humanos somos perfectos. –Reprocha el poeta–. A mí me ha pasado infinidad de veces con la poesía, y empiezo a estar harto. Nadie me lee, y quien lo hace dice que escribo cursilerías o que no está mal. Es Igual que a un gran amigo mío escritor que vive en un pueblito de Vizcaya. Un incomprendido y mucha gente desconoce lo que se pierde. Respira hondo e Isidoro busca tumbarse más aún en la cama para dar con la cabeza en la pared. -Déjame solo –Le pide por sorpresa a Ekaitz. -Sí, será lo mejor –accede según se levanta y le despliega una sonrisa mucho más sincera–. ¿Estás bien, de verdad? -Sí, gracias. Necesito pensar, descansar y que el sol lejano de este país salga para hacerme ver lo sucedido con otros ojos. -Entiendo. Bonne nuit, amigo. -Au revoir –Remata. Isidoro Fernández ya convertido en un cuerpo retorcido casi inerte dormirá sobre las sábanas de su cama tres minutos más tarde.

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El arte de la cerveza, ya explicado páginas atrás en este manuscrito, pierde su encanto cuando se une en unas cantidades tan desorbitadas que la memoria dilapida su eficacia a la mañana siguiente. Y más aún cuando todo el sabroso lúpulo queda revuelto en un estómago repleto todavía de una anterior cena copiosa y, previamente, insípido al paladar consumidor. La casa se sitúa a poco más de medio kilómetro de la residencia universitaria. Relatan los que conocen levemente la política de la sociedad en la ville ginebrina, que fue ocupada por quienes hoy, son dueños de ella, y por quienes hoy, dirigen lo que es una discoteca nocturna con un aire a sabor norteamericano. La okupación en Genève llega a ser parte de una peculiar forma de ganarse un hogar, y al mismo tiempo, acaba transformándose en un suceso que cohabita en la legalidad, y con mayor habitualidad que en algunos otros países europeos. En la calle llueve, nieva a veces, y hace viento. En el interior el calor es intenso y denso gracias al correcto funcionamiento de los conductos de la calefacción. La oscuridad, entre luces tenues de colores, clama sobre la barra de un bar con vistas al gélido exterior, y a escasa distancia, uno de los dos camareros retira los seis francos y acerca lo que en Ginebra se llama deux bieres a la presión. En cualquier taberna española el cliente tan sólo hubiera alzado la voz y pedido dos cañas. Ella tiene la mirada ciega pero los ojos abiertos. Viste su mejor vestido, negro, suave, largo y con un resuelto escote. Fue el primer traje que, doblado con cariño en el fondo de la maleta, logró colgar en una percha cuando le entregaron la llave de su habitación. Sujeta el vaso a rebosar de cerveza con vacilación y habla con la misma voz delicada y sexy que un día le sirvió para llegar a besar por primera vez en su adolescencia. Busca un beso, una caricia, unos labios demasiado cercanos que hasta la noche de hoy no ha conseguido sentir.

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Él tiene miedo y bebe veloz, con ansia. Absorbe con tanta sed que el nivel de su cerveza cae ya tres dedos por debajo respecto al de ella. Le sonríe, se rasca la barba con su dedo pulgar y percibe como el estómago se ensambla con poderío a unos nervios desbocados. Asiente a una conversación femenina que no escucha por la zozobra y la música, y sin pensarlo, bebe, bebe y vuelve a sonreír con tensión. -Estás muy guapa hoy. Elle est la plus belle. –Acierta a comentar después de unos segundos, justo cuando los instrumentos electrónicos ofrecen un descanso y da comienzo una afable armonía de violines. Luzi nota sus palabras como bofetadas que animan al trote a su corazón, y al lograr oírlo sin dificultad ante tanto bullicio humano y musical, presagia que en su pecho se detonará una ilimitada velocidad si logra besarle y abrazarle esta misma noche. La realidad a las dos de la madrugada parece pintarse demasiado preciosa para que ahora llegue el momento de despertar, así que perturbada por sus palabras, también bebe, bebe y vuelve a beber en busca de confianza. -Merci, galant. –Responde desde su lengua aún humedecida. Dos chicos holandeses, alemanes u ingleses según las distintas previsiones plasmadas por la pareja de las cervezas, han comenzado a dejar entrever un tic de vigía hacia Luzi. Sin embargo, ella ignora. Ninguno de los dos ha entrado en una conversación que les llevara a explicar lo ocurrido durante las últimas horas de la fiesta de inauguración, en la misma que el grupo adquirió el nombre de La pandilla de España y su fiestilla en onda de salseo. Ninguno de los dos se ha pronunciado sobre el mutismo recíproco mantenido durante las pasadas semanas, y el diálogo va a superar ya la hora y cuarto. Ella, que ha sido quien más ha hablado, le ha comentado su vídeo, lo mucho que le gustó, y ha añadido como coletilla cariñosa que no hiciera caso de las opiniones contrarias. «Tan sólo son envidias». También le ha preguntado

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por los estudios al tiempo que le ha hablado de los suyos. Igualmente ha sucedido con el tema de las nuevas amistades en clase, los profesores o la cafetería de la universidad. Según ha crecido el número de tragos en su organismo, la charla se ha centrado más en lo mucho que echa de menos a sus amigos y familia, pero sobre todo en los recuerdos. «¡Que lejanos parecen! Creo que es lo que más añoro en estos momentos», suspira Luzi. Le pregunta si los echa de menos, y él afirma en silencio y con un gesto sumiso en el que monta sus dientes superiores sobre su labio inferior. -¿Dos más? –invita ella al ver vacíos los dos vasos. -No sé... –duda. -S'il vous plaît! –ruega con las manos juntas y arqueando sutilmente sus rodillas vestidas con unas medias rojas. -Me parece correcto, pero la última y marchamos, s'il vous plaît! –se burla con su peculiar mueca risueña de leve embriaguez. -Formidable... –Sonríe, y sin pensarlo le besa en la mejilla. Ha sido tan cercano a sus labios el beso, que no quiere desaprovechar la oportunidad de besarle de verdad; de amarle; de estrujarle contra sí y no soltarle hasta que la luz del sol irrumpa por la vidriera y alumbre la barra del bar. Pero entonces, Isidoro ve la intención, le acaricia el cuello con delicadeza y logra desviar su flecha pasionaria lo justo, para poder susurrarle cuatro palabras al oído. -Aún no, por favor.

Al fondo Ekaitz toma una copa de vino junto a una chica que nadie conoce. Remedios mantiene un gesto de aburrimiento que la mayoría de personalidades festivas ignora, e incluso Jorge y Anuska, a escasos metros, divertidos y sentados en un sofá, desatienden a su amiga sevillana.

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La casa donde parece celebrarse la fiesta sabadeña desdibuja un trasfondo oscuro vista desde la lejanía. El transcurrir de la noche la vuelve más poblada en el interior, y el hueco de la barra del bar que ocupaba la chaqueta de Isidoro está ya desnudo. Remedios ha logrado entablar una conversación con Ekaitz. Son las cuatro de la madrugada, y la lluvia perenne y fría, moja a una pareja de sombras, que en la oscuridad corre veloz en busca de un sitio calentito en el que resguardarse.

Apenas cinco meses después de haber aterrizado por primera vez en a la ciudad de Ginebra, Isidoro ya no camina por las instalaciones del aeropuerto, sino que pasea, con mucha templanza, aire despreocupado y seguridad. Tiene en su haber cuantiosos vocablos franceses que ha recogido durante las incontables horas de clase. Sobre todo en la faculté des Lettres, ubicada en el parcs des Bastions, donde ha examinado con pulcritud y minuciosidad la excelente videoteca. Dicho parque vallado con un porte similar al Retiro madrileño, acoge cada día a decenas de aficionados al ajedrez que desde primera hora de la mañana hasta bien entrada el último suspiro de la tarde, tratan de disputarse sus personales batallas intelectuales. Mueven figuras de plástico con ingenio, blancas o negras según le corresponda a cada rival. Son piezas de gran tamaño, que incluso alcanzan el medio metro de altura en las de mayor poder. El ocaso suele dorar el cielo entre los variopintos árboles desnudos que poco advierten del frío aún reinante en la villa a finales de invierno. Y durante la noche, no existe vigía para las treinta y dos piezas pertenecientes a cada uno de los tableros gigantes que están ensamblados en el piso. Quedan en una esquina recogidas, o en un jaque mate, o en tablas sin victoria alguna, o incluso con apenas unos movimientos. Nadie las recoge, nadie las guarda, y nadie las protege, porque nadie las robará. A la mañana siguiente las dieciséis de cada rival, compuestas por peones, los pares de caballos, torres y alfiles, y el rey

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y su reina despertarán donde se acostaron. Tan sólo alguna habrá vivido la desfachatez aventura de sentirse pintada por un spray. Pese a que Isi ha utilizado el castellano en demasiadas ocasiones en su círculo de amigos, –pandilla disminuida poco a poco en cuanto fueron trascurriendo los días posteriores a la proyección– ha mejorado mucho su acento francés. Ha olvidado la doble erre y ya no tiembla tanto la lengua en el interior de su boca. Pero sobre todo ha aprendido a escuchar, virtud que dice habérsele añadido a la de observar. En meses su vida ha cambiado demasiado. Un antes y un después; dos días en su vida, como dice la canción. Lo descubrió en Navidad, cuando sintió que el hogar ya jamás sería visto por él como en las escenas pretéritas. Lucas y Marcos atravesarán la puerta automática de Llegadas en los próximos minutos, o por lo menos así lo indica con insistencia un monitor de fondo azul. «Vuelo procedente de Madrid ha efectuado su entrada en pista», retiene en su mente Isidoro, casualmente en castellano. Pasea y pasea entre la muchedumbre que camina con y sin destino por las galerías del aeropuerto. Busca cada menos de medio minuto la aparición de sus caras, y con más ahínco cada vez que las compuertas vuelven a abrirse. Sin embargo, hasta ahora las cuidadas manos que portan las diversas maletas de ruedas salidas de la zona de las cintas transportadoras no pertenecen a sus dos amigos. El momento parece querer servir más segundos de suspense, y es que le parece mentira que después de tantas planificaciones al fin su promesa vaya a ser realidad. La primera visita española –después de haber vivido otras por cuenta ajena– le llena de un frenético entusiasmo, y además, anhela que todo salga perfecto durante los días que duren sus vacaciones. Avanza pausado de un lado a otro con las dos manos entrelazadas a la altura de la parte más baja de su espalda, porta una bandolera deportiva que le cuelga a la altura de uno de sus riñones, y en ella, además de su documentación y desiguales utensilios minoritarios,

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trae la cámara para plasmar el momento de su llegada. Y quizá, muchos de sus vacaciones, ya que una vez vuelvan a irse nadie más le hará a Isidoro una visita. Todos esos efímeros instantes videográficos serán brebajes mágicos que le curen la melancolía; la que está seguro podrá acrecentarse en más de una ocasión durante los cuatro meses que le restan para su vuelta a España. El uno de enero les prometió que, cuando vinieran, los tres tendrían que hablar de demasiados temas pendientes. Recuperar el tiempo perdido y «correrse alguna de las juergas de antaño», prorrumpía Lucas haciendo gestos obscenos con su mano a la altura de su ingle. El plan del equipo A era restituir la amistad que había obtenido su punto más álgido hacía dos años durante las vacaciones de verano en tierras del sur. El descenso vertiginoso comenzó la mañana de la cucharilla, cuando Lucas y Marcos no intercambiaron una sola palabra u onomatopeya en todo el día. Desde entonces, la amistad entre ambos siempre ha tenido una cicatriz silenciosa, y gemebunda cuando surgen pequeños asuntos ocultos que, tal vez el lector de esta historia tenga tiempo de descubrir en las líneas restantes Ahora la distancia derretía el afecto y cimentaba la construcción de muchas lagunas en el carácter personal de cada uno. El paro caracterizaba a Marcos, el trabajo a Lucas, y la locura artística y aventurera a Isidoro. El resto llevaba como título principal: Desconocimiento. A pesar de todo ello, Isi también aguarda en su corazón, aunque sea sólo por una parte, que el olvido haya hecho mella en sus olvidadizas memorias repletas de otros asuntos, y que los próximos ocho días, sean tan sólo para disfrutar, organizar juergas, conocer la ciudad, pasarlo genial y relegar los asuntos personales para un futuro más propicio. Persiste su dulce vaivén a pie entre los foráneos viajeros que buscan su punto exacto de embarque, su transporte público más idóneo para llegar a su residencia o su lugar de almuerzo. Pasea por el aeropuerto alejándose por descuido de la puerta que se abre de forma

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constante sin rastro de sus amigos, y busca de reojo otros rostros más interesantes. Saca la cámara, la enciende, pulsa el botón rojo y vuelve sosegado hacia su lugar de origen. En el plano aparece un suelo brillante de mármol invadido por zapatos que mantienen la similitud únicamente si son pareja. Acto seguido entra en escena un cordón rojo de terciopelo, curvado, y que protege un famoso vehículo denominado coche anfibio. Es el mismo que fue anunciado en infinidad de medios de comunicación, que puede alcanzar los 150 kilómetros por hora en tierra y 50 en agua. «Dicen que apenas se construirán un centenar de piezas», recuerda Isi, quien ve una de ellas. Además su valor asciende a los 217.000 euros, lo que en pesetas desborda la imaginación de todos. Mas he de reconocer que sería toda una profunda excavación petrolífera en el bolsillo de cualquier proletariado. El reloj marca las catorce horas en la videocámara. El invierno empieza a verse abatido por la primavera azulina, y sólo la nieve al horizonte se nutre como huella efectiva de que una vez estuvo en Ginebra la fría estación. Los carteles publicitarios cambian cada medio minuto de producto o servicio anunciante. Isi ignora las tiendas, sus variopintos productos, las personas que acceden a ellas, e incluso al guardia de mirada soberbia que las vigila. Presiona la tecla que acerca la imagen en su filmadora y sobrepasa la barandilla que resguarda a los viajeros recién llegados. Es entonces cuando las zapatillas blancas de punta redonda, de suela fina y con tres rayas diagonales de color verde, revelan al fin la presencia de Lucas en el país suizo. Calza no más de un 42 y viste unos pantalones vaqueros, anchos y ligeramente caídos como es habitual en él. La grabación cesa, Isidoro alza la mirada, los ve en tiempo real, con sus propios ojos, gira la cabeza para esquivar a un turista que acaba de franquearle por delante, y presto y feliz, les saluda con sus cinco dedos. -¡Eeeh! –pregona Lucas, que corre veloz hacia él y sin soltar su bolsa de deporte, la misma que lleva colgada sobre los dos hombros.

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Marcos va detrás, sonríe ampliamente, pero en ningún momento acelera su paso cansino, y menos aún las ruedas de su maleta. -¿Qué pasa, tío? –saluda Isidoro, que abraza con confianza a Lucas–, te has rapado el bolo, ¡joder, que raro estás! -Sí, pero mira, me he traído... –introduce la mano en el bolsillo de atrás, pone cara de intriga y saca un gorro de lana verde y negro– ¡Tachán! -Imbécil –bromea Isi que busca sentir la lija de su cabeza en sus dedos. Marcos llega en este instante, en silencio. Aún sonriente, reposa su equipaje y le lanza un pequeño puñetazo en el hombro a Isidoro. Él no duda y de inmediato responde con un idéntico gesto. -¿Qué tal? -Yo, bien, –responde el anfitrión a Marcos– no os echo mucho de menos y aquí se vive muy tranquilo. Es como un año sabático pero estudiando, y creo que dentro de unos días vais a comprobar lo tranquilito que es esta ciudad. Pero contarme vosotros ¿Qué tal el viaje? ¿Novedades por la tierra patria...? -¿Noticias políticas? ¿Deportivas? ¿Cotilleos? ¿El tiempo? –Puntualiza Lucas con los brazos cruzados y el rostro ladeado. -De todo un poquito, pero vamos andando ya que debemos tener tren ahorita mismo. -¡Güey...! –Interrumpe jovial Lucas. La risa emana de manera fugaz en los tres, que ven empequeñecidos sus ojos mientras se dirigen hacia la estación con un caminar gobernado por el entusiasmo del turista recién aterrizado. Marcos permanece callado, a la escucha descuidada y con el labio inferior encumbrado en su rostro albino. Incluso su maleta declina poco a poco su reducida verticalidad en busca de un azulejo refinado y limpio. -¿Y cómo vamos a dormir?

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-He alquilado una cama en secretaría, y Ekaitz, un coleguilla de Bilbao, me prometió que sin ningún problema nos prestará una plaza en su cuarto. Él tiene una colchoneta donde podrá dormir uno, no habrá problema. –Levanta el pulgar y Lucas no duda en expresar su satisfacción. -¡Genial! –Palmea a su amigo de viaje en la espalda para que alce un poco la mirada, y cuando lo hace, le guiña un ojo. -Anda, despierta ese ánimo funerario. ¡Qué estamos de vacaciones! –exclama con un hilo de voz que consigue voltear el cuello de dos personas y una pareja. -Estoy cansado –se escuda Marcos sin mediar una sola palabra más. -Ya, lo que tú digas, sí, sí –asiente con la cabeza sin demasiado entusiasmo y concediéndole de nuevo varias palmaditas en el dorso. Marcos le enseña el iris de su ojo y Lucas decide cesar sus toqueteos. En tanto, Isidoro mantiene perpleja y confusa la mirada, buscando algún guiño de complicidad que le explique tales comportamientos. Divisa al fondo la maquina que ya una vez le robó varias monedas por no introducir el coste exacto y se la señala a sus amigos para que sepan cual es el primero de los destinos. Mientras van hacia la expendedora, Isi demanda una creíble explicación al estado de ánimo de Marquitos, pero la lengua de Lucas, el ahora telefonista, emerge de nuevo por otros derroteros. -Preguntabas cómo va el país... ¡Je, je! Te informo, para que te animes, quizá a no volver. En fútbol nuestro queridísimo Madrid pierde todo, la champions, la copa, y la liga a este paso. La moda sigue estando en la prensa rosa, y es que ser famoso mierda y llenarse los bolsillos de euros para volvérselos a vaciar en dos noches está al orden del día. -¡Vaya! Tú siempre tan crítico, aunque no me sorprende. -Sí, ya me conoces –asiente–. Por lo demás... ¡Mm! –se rasca con suavidad su cabeza rapada a la altura de la nuca, y busca posibles noticias que de sus recuerdos puedan brotar al

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higiénico aire del aeropuerto–. En la tele hay una serie nueva, con mucha audiencia, mayormente interesante y divertida. Actúa Resines y tías buenas merecedoras de ser invitadas a una copa. -¿Y cómo va la maldita campaña electoral? -Las elecciones generales –vacila con un leve tono interrogativo–. Te puedo contar que media España tiembla si el PP gobierna de nuevo con mayoría absoluta, y parece ser que va a ser así según los sondeos ¡Impresionante! -¡Horrible! –matiza Isidoro–. Yo voté por correo hace unos días, y la verdad, me costó un dolor de huevos adivinar el modo de hacerlo. -Más va a costar que ganen los socialistas, la derecha no falta nunca al voto, y si hace falta salen de las alcantarillas, hacen clonaciones o resucitan a los muertos. La última palabra por Lucas coincide con la llegada de los tres a la maquina expendedora de billetes. Isi formula con sus manos un gesto de prórroga y al momento decide no suspender ni un inciso la conversación dual. Quietos y conformando una media luna parecen olvidar que están fuera de su país. -Pues si vuelve a ganar el partido Popular, aquí un servidor prorroga su beca. Te lo juro, emigro como no hay Dios. -Volveremos a visitarte –bromea Marcos, sorprendiendo con su incursión. -La verdad, sí dan ganas de marcharse. Pero recemos, recemos con el alma y demás amuletos, aunque no seamos creyentes, recemos. Los tres se muestran frente al inerte mecanismo tecnológico encendido con caras condescendientes. Durante apenas cinco segundos nadie quiere decir nada, ni siquiera lo que piensan, ya que por muchas ganas y preciosas lindezas que hospeden en sus desazones frustrados, optan por el silencio. Lucas vuelve a guardarse su gorro en el bolsillo caído de su trasero, y seguido, echa mano de la cartera con la intención de pagar cada ticket de

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transporte. Isidoro no se ha percatado del gesto en un primer instante, y tan sólo busca en la pantalla digital el destino correcto a marcar antes de insertar cualquier moneda por la ranura. Ya conoce su afición por tragar lo que no es suyo, y, más aún por no devolver pese a existir posibilidad de empacho y bloqueo. Los francos que fueron cambiados por euros hace demasiados días en una pequeña sucursal española de barrio, se sostienen ahora sin apenas una doblez y ya tan cerca de la mirada de Isi, que le es imposible obviarlos más tiempo. Vuelve sus ojos, enarca las cejas y, con la cámara de vídeo aún de la mano, le obliga de nuevo a guardarlos. -No tenéis monedas, ¿verdad? -No –responden casi al unísono. -Os comento. El billete vale para llegar a Ginebra y para el autocar que nos llevará a la residencia, la cité, como se llama. Aquí nadie te pide el ticket al subir, ni en el tren ni en el bus. Tampoco hay torniquetes para acceder a él. -¡Ja! –articula Lucas desconcertado. -No hay lo que allí llamáis picas y en todo el mundo son interventores. De vez en cuando vienen, de tres en tres o en pareja, y no me preguntéis por qué, porque no lo sé. –Se encoge de hombros y saca varias monedas plateadas de su bandolera–. Es probable que no nos cacen, casi nunca viene un revisor, pero ya os aviso de antemano que si aparece y nos pilla, la multa sí será grandiosa. -¿Cómo de grandiosa? -Ochenta francos si le pagas al instante, y cien si te demoras. En plata, diez mil pelas, y las pagas. -¿Tú qué opinas que deberíamos hacer? –Requiere Lucas con una mirada perecedera de gato deprimido.

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-Por mí pagaríamos el billete para viajar más tranquilos, no vaya a ser que para ser el primer día nos venga el del mazo con las rebajas de enero en pleno marzo y tengamos el primer azote en la frente. -¿Y lo de las monedas? –extraña ahora Marcos. -Aquí la amiga, que no da las vueltas –responde mientras la mima en varias ocasiones la panza con los dedos de su mano derecha. A esa misma altura hay un mapa gráfico, y con él uno puede situarse y descubrir los posibles rumbos a tomar y los distintos recorridos. -Ajá, vaya con los franchutes, no son listos ni nada. -Así es Marcos, pero son suizos, ginebrinos, no franceses. Hablan su idioma, pero no lo son –corrige de inmediato Lucas con un deje divertido y erudito al mismo tiempo. Isidoro introduce al fin 2,80 francos por cada billete. Éstos son expedidos con veloz inmediatez. Ambos equivalen a dos áreas, lo que en castellano de usuario viene a enunciar que son válidos durante una hora dentro de la zona correspondiente. Es decir, «que puedes montarte tantas veces como quieras, ansíes o se te antoje porque estás embarazado, pero siempre cumpliendo la hora desde su impresión, y sin salirte de los límites» aclara el estudiante de Erasmus, satisfecho con su explicación. -Esto afectará a tu economía de parado, ¿eh?, que ahora hemos de... –Lucas sostiene el papel blanco ya en la mano y la última frase en el precipicio de su lengua. Mira arrepentido, mas sonríe a su compañero de fatiga aérea al segundo de notarle empalidecido. -Aún no, –recrimina Marcos incómodo y con la piel de su cara rígida. -¿Qué sucede? –instiga Isidoro, impaciente, desorientado e incluso nervioso. Él capitanea el séquito cuando descienden las escaleras que les trasladan a la estación, y en cada escalón que baja, no puede dejar de echar un vistazo atrás en busca de alguna respuesta. Delante, el andén, las vías, desiertas, amplias, oscuras y vestidas de apenas cinco pasajeros que esperan; todos ellos mudos.

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La previa mueca distendida de Lucas estalla en carcajada con tanta liberación de aire, que acaba fatigándose y sentándose en uno de los últimos peldaños. No puede prolongar la ansiedad silenciosa que le aguijonean las divertidas ideas de su cerebro, y exterioriza una risa entrecortada y atestada de monosílabas que, sin duda alguna, nace del más intrínseco infierno de su pecho. No trata de revelar el secreto a Isi pese a tener su mirada grabada en el rostro, y sin embargo, consigue entendérsele entre risotadas las frases «lo siento con el corazón, perdona, de verdad que lo siento». La risa, flor de la vida y la felicidad, parece no morir. Y en cambio, a Marcos, lo que acontece apenas le profundiza un ápice de regocijo. Su rostro se ha solidificado de tal manera, que sus labios parecen fresas menudas que besan la cúspide de su nariz. Las cejas le cubren los párpados y sus ojos duermen escondidos en un nimio refugio. -¿Me lo vais a contar? –Insiste en tono disgustado el anfitrión. El carcajeo parece tomarse un respiro y la cabeza rapada busca refugio entre sus pantalones anchos. Varias lágrimas le caen por el vértice de sus ojos y su piel se conquista por un granate granulado que cubre la tierra fina de sus mejillas. -Por supuesto –logra expresar Lucas–, pero no seré yo quien lo haga, sino aquí el amigo, que es don sorpresas. Tiene noticias tan frescas, frescas, frescas, que recién fecundadas diría yo. La ironía parece despejar la negruzca nube de los ojos de Isidoro, que por acto reflejo mira a Marcos en demanda de algo de apoyo a su escaso convencimiento. Lo que reflexiona se le asemeja más a una historia despojada de las líneas ocultas de un culebrón que a la realidad. No obstante, sabe con certeza que los culebrones beben de la vida. El tren hace su llegada como árbitro de la contienda que trata de distraer a los tres y enmendar el propósito inicial de su estancia en Ginebra. Los dos nuevos turistas observan con detalle el pasar acelerado y alborotador de los vagones, y en especial, cómo cada cual es

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diferenciado por tener escrito en su parte más superior los números 1 y 2. Aparecen de forma indistinta, sin orden, ni significado aparente, pero en el momento que las ruedas del convoy parecen emitir un siseo como si hubieran pisado una chincheta de tamaño industrial, Isidoro les revela el porqué de los guarismos. Antes, Marcos liquida el primer asalto de la conversación mantenida segundos atrás. -Lo hablamos luego en la habitación. Con el tren ya parado, las puertas se abren quedando a un pináculo de más de veinte centímetros, armazón parejo al de los mismos ferrocarriles de larga distancia, o incluso a aquellos de antiguas películas en blanco y negro, donde el galán apuesto de pelo terso y negro ayudaba a bajar a la dama rubia de vestido con vuelo y zapatos blancos. Y ella, en afán de ligue o cortejo, solía perder el equilibrio con escaso disimulo para caer en los brazos de su enamorado. En esta ocasión nada sucederá así. Al quedar justo delante de uno de los vagones que lleva impreso el número uno, comienzan a andar hacia delante para dar con el coche que tenga escrito un dos. Ninguno lo entiende, pero Isidoro presto les explica que «unos vagones son de primera clase y otros de segunda. Los de segunda son tal y como los que usa todo hijo de vecino en España, bueno, miento, incluso mejores que muchos. El billete de primera cuesta más caro, además este tren también hace largos recorridos. A mí ya me mandó una vez el interventor a mi vagón correspondiente. La vergüenza es importante, y mayor aún cuando dominas poco el idioma. Por lo que vamos a donde hemos pagado, ¿os parece?». Les indica la entrada con el brazo pese a no ser necesario y sube primero para ayudarles con las maletas. Sentados en tres de los cuatro asientos acolchados que ostenta su plaza, el viaje les dejará en apenas unos minutos en la misma ciudad de Ginebra. Nada es igual allí. Lo descubren en cuanto pisan el suave pavimento de las primeras galerías, donde se muestran los pequeños comercios en los que predomina un producto muy dulce y típico de Suiza. Hay chocolate en tabletas de infinidad de tamaños, en bombones,

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con forma de figuras, pequeñas, grandes y enormes, ya sean patos, conejos, elefantes, o por qué no, monumentos, muñecos humanos, o casitas típicas de la villa o sus barrios más provincianos. Hay tabletas de chocolate negro; de un sabor fuerte, de tono cobrizo, de un marrón pajizo donde la cantidad de leche empleada para su fabricación es excesiva. Lo hay relleno de licor, de cualesquiera de los sabores, de whisky, ron, ginebra, y, ya entre los labios de los tres foráneos se auguran que «será cuestión de rebuscarlo para hallarlo relleno de tequila». Algunas onzas esconden mermelada de fresa, plátano, melón, frambuesa, naranja, manzana, ciruela. Hay chocolate blanco, tartas enormes con distintos tipos de chocolate, bollería recubierta de más chocolate, y azúcar, y otro tipo de chocolate. Y junto a tanto salivar, conviven las joyerías, las que son herméticas y pequeñas, y que en la teoría de un ciudadano de a pie conocido para el lector, éstas tan sólo tienen la misión de separar a una pastelería de la competencia. Las cabinas de teléfonos también son distintas, y como curiosidad todas ellas llevan acopladas una pantalla para que el ciudadano tenga la posibilidad de enviar un e mail, un fax, un burofax o mensajes de texto a móviles; y tales acciones en plena calle. Una tienda que vende gorros para cubrirse las orejas pone fin a las galerías, no obstante, a la derecha, un establecimiento de dulces logra arañar aún los primeros términos callejeros de la ville de Genève. De ahí nace al fin la luz azulina implantada en pleno cielo desierto de nubes. Los tres avanzan por una delgada acera desmontada de la place de Cornavin. Un frío excesivo recorre ágil los últimos días de vida de marzo, y el viento, que parece acelerar siempre que la estrategia de las callejuelas se lo permite, martillea un dolor muy molesto en las sienes a los menos habituados. Tan sólo cuando el sol evita a las sombras y desahucia a sus rayos para que escarben y confeccionen un nuevo hogar, la urbe dispone entonces de una temperatura de bienestar en la que tampoco puede abandonarse el abrigo.

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Los ginebrinos se caracterizan por caminar en silencio, solos y a lo sumo en pareja. No existen grupos muy densos por las calles, y de igual forma lo revalidan ahora y durante unos segundos Lucas, Isidoro y Marcos. En fila india y callados cruzan un paso de cebra que no debería ser tal, ya que ofrece un color naranja pálido a los ojos del que tiene aptitudes para mirar. A un margen queda la magnífica iglesia de Notre Dame, y a otro más cercano, una gran escuela, que en el idioma francés sería denominada Ecole. El muñeco de los semáforos se mueve cuando luce de color verde. Aunque tal curiosidad se une a la que ha despertado en Lucas la figura de color rojo, ya que su imagen aparecía con los brazos en jarra. «¡Qué divertido el monigote!», exclama sin más objeción por sus dos amigos de viaje. Los recién llegados observan con detalle los raíles del tranvía que pasa a escasos centímetros de sus pieles humanas, lo miran con emoción y, casi de la mano, surge el trolebús blanco y naranja que consuma su habitual parada, aunque en esta ocasión ante la atónita mirada de los dos nuevos foráneos. Aunque se quedan más perplejos ante los edificios enormes que apenas ensombrecen la amplia calle que rodea la place de Cornavin. Y con la hipnotizada imagen cruzan otra calzada y descienden una liviana pendiente que les encamina a la place des Cantons, donde Isidoro, en voz baja, les dice que ahí cogerán el autobús. Para los tres Ginebra es el segundo país que han pisado después de España en su vida. La sensación de entusiasmo no muere ni en un solo intervalo para los dos últimos, y en sus estómagos vacíos las mariposas corretean a sus anchas sin red que les aceche. Por el momento, atrás parece quedar ya el diálogo del aeropuerto; aunque no olvidado. Durante la espera en la acera, descubren que tras ellos hay varios periódicos guardados en menudas gavetas, al puro estilo americano, tal y como se presentan en muchas de las películas y dibujos animados. Los cajones que guardan la prensa local y nacional –en algunos caso como en éste– carecen de cristal que les proteja, y quizá por ello Lucas decide

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acercarse a curiosear. No existe impedimento para coger los papeles, así que después de difuminar una vigía que le asevere la inexistencia de un uniforme que los comercialice, decide, con el total convencimiento de su gratuidad, atrapar el que más color despliega en su portada. -¿Podrías leerme un periódico, Isi? –Pregunta agitándolo con alegría como si fuera un pañuelo. Isidoro, que busca al fondo del vial la llegada del autocar número tres, no había perseguido los movimientos de su amigo ni un solo ápice de segundo, de modo que, cuando cabecea hacia atrás y de pronto alza la barbilla, no puede más que quedar atónito ante la desfachatez de su colega. -Suelta eso ahora mismo –ordena con un hilo de voz retraído. -¿No son gratis? –Extraña Lucas caminando hacia él y eliminando el doblez que ostenta el diario por la mitad. -¡No, huevón! No lo son. –Le arranca el periódico de la mano, y sin remediarlo, la hoja de la portada queda resquebrajada por la mitad– ¡Mierda! Con el trozo de papel arrancado en la mano introduce su mano en el bolsillo delantero de su pantalón negro de pana, mira a un lado y a otro, y descubre que ya son varios los ginebrinos que presencian la escena con detalle. No entienden los diálogos una gran parte de los presentes, pero sospecha que sí alcanzan a deducir que han usurpado un periódico sin pagar un solo franco. -¿No pueden pillarse? ¡Tío!, que yo no veo un solo vendedor a dos manzanas, y mi mamá me regaló unos ojos color miel preciosos –bromea–, y con unas aptitudes muy óptimas para ver. Dime, ¿qué hice mal? Pero Isidoro parece no escucharle y, con la mano escondida en su bolsillo camina hacia la urna sin cristal, y entonces, señala con su dedo corazón una de las ranuras que

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parece ser la encargada de engullir las monedas, y sobre ella, la flecha en la que se indica: Payes ici! Pese a que el estudiante de Erasmus también pecó de inocente hace ya varios meses, ahora al revivirlo no puede evitar ni ocultar su cabreo. -¡Pague aquí! –Traduce. Lucas y Marcos se acercan a paso lento. El primero avergonzado con el reflejo rojizo subiéndole por las mejillas, y los dos, con los ojos muy dilatados y las cuatro cejas enarcadas. Sus dentaduras ambarinas sostenidas en el aire y ostensibles son lo primero que percibe Isi al quedarse a exiguos centímetros de ellos. Los tres improvisadamente quedan tan fusionados por un momento, que el espectador urbano parecerá ver un equipo de fútbol planteando su última jugada táctica. -No entiendo –replica asombrado Lucas–, pero sí se pueden coger ¿no? ¿Por qué pagar? ¿No me dirás ahora que la gente paga el periódico sin tener obligación? Porque creo que me vacilas y mucho si me dices eso. -Así es, lo pagan sin obligación, y no, no me burlo en absoluto –advierte con un deje mordaz y resentido–, y más aún, sé de ciudadanos que dicen pagarlo a la noche después de haber leído la prensa a la mañana. La conciencia les corroe parece ser. Serio, con su frente arrugada y los brazos cruzados declara un malestar indiscutible. La estampa es insólita, graciosa y digna de inmortalizar; En una de sus manos un fragmento del diario, y en la otra, su videocámara. –-No entiendo a los ciudadanos de este país. ¡Qué raros! –protesta Lucas reticente y con la mirada entrecerrada. -Lo son –asevera Isidoro–. Aquí se piensa muy diferente, no hay robos, y apenas se producen delitos de sangre, o accidentes. La sociedad es muy cívica, y si aquí pone dos francos, todos rascan su bolsillo y pagan dos francos. Y por tu culpa, ahora nosotros

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deberemos hacer lo mismo, y más después del escándalo que has montado, pendejo. ¡Qué todos nos están mirando! ¡Y me jode un pico pagar el maldito periódico...! El reproche parece terminar en coma por su largo suspiro sobre la atmósfera gélida. Lucas incluso espera que le reprenda algo más, pero Isi inserta dos monedas sin mediar palabra y le estampa el trozo de papel en el pecho. -Luego te leo el periódico, ¡huevón! –apuntilla dándole la espalda. -¿Y nadie los vigila? –Insiste Lucas. -Corren leyendas urbanas de que existen vigilantes de incógnito –explica según avanza–, pero al fin y al cabo son los mismos ginebrinos los que deciden pagar por su forma de ser. Es una educación, una cultura y una ausencia de pobreza... -¡Qué literario! –interrumpe Marcos. Corre tres pasos y apoya su trasero en la maleta, sonríe con dosis de falsedad evidentes y pide disculpas con las manos. -Sé que podría echar dos botones y coger la prensa, nadie me diría nada, pero vivir aquí me ha cambiado un poquito. Ahora me cuesta timar. Los dos empiezan a reírse sin poder evitarlo, y a la segunda carcajada Isidoro cae rendido y comienza a desternillarse de risa por todo lo ocurrido. Lucas tiene enrollado el periódico como si fuera a correr veloz por la curva de Telefónica en busca de la huída perfecta que le libre del pitón más afilado. Le falta la pañoleta roja, y también le falta el blancuzco atuendo que tan bien saben identificar los toros. Lo que sí le asemeja es que golpea el canutillo de papel en el muslo mientras carcajea. El acto reflejo parece llamar a un ganado inexistente. El número tres llega apenas segundos después de que la risa emita sus últimos suspiros. Ambos recogen las maletas del suelo y acceden por la segunda puerta, escena que Isidoro no duda en grabar desde unos metros más atrás. No así durante el viaje, ya que es un

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paisaje que inmortalizó el primero, el tercero y el cuarto día de su estancia en Ginebra. Le encanta ahora visionarlo una y otra vez, y escuchar su voz no borrada con intención, y que pronuncia palabras como increíble, insólito, maravilloso, fascinante, fantástico,

sorprendente, interesante, genial, precioso, perfecto, estupendo o excepcional. Hubo minutos en los que siempre grababa trolebuses y autocares. Lo hico desde infinidad de ángulos, pero invariablemente circulando por el mismo punto de la ciudad. Después, cuando realizó el montaje videográfico con el programa informático de su ordenador, estos vehículos pudieron verse transitar de corrido desde el interior de uno de ellos, desde la lejanía, el pleno centro de la calle, desde el alto de una ventana o desde el mismo ras del suelo empedrado. Piensa en ello de manera fugaz cuando el itinerario cruza por el sitio en el que transcurren las antedichas imágenes. Para Isidoro el recorrido que hoy realiza ha acabado convirtiéndose en una dulce rutina sin secretos que averiguar. Los tres no hablan, y tan sólo tienen como cometido tratar de vigilar las dos maletas, y en especial, la de Marcos, que debido a su altura y ruedas peligra perder la verticalidad en cada una de las curvas que toma el austero chofer. Los bailes y los frenazos se suceden, y en una de esas ocasiones la pérdida de equilibrio parece evidente hasta que la mano de uno aplaca la caída. Afuera, los pacíficos distritos de la metrópoli quedan atrás con el constante subir y bajar de ciudadanos sigilosos. Pocos dialogan entre sí, muchos callan; escuchan música. Los edificios de enormes dimensiones y fuertes estructuras, grisáceos, beige, de tonos caquis y emplazados junto al lago Leman que atraviesa la ville con su habitual fuerza, quedan atrás una vez arrancados los motores en la parada Bel-Air. Atraviesan la place Neuve, y el autocar vuelve a detenerse medio minuto. La maleta tambalea y es de nuevo Marcos quien evita el derrumbe. -¿Queda mucho? –Pregunta con síntomas de debilidad.

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-Un ratillo aún, diez minutos –estima Isidoro, que mira al exterior en busca de los interventores. La calle Albert-Gos es la última antes de que el autobús número tres realice su última parada en la avenida Miremont. Las puertas se abren, y frente a los tres queda un preciso parking de vehículos que se hunde ante el enorme edificio de la residencia. Alberga incontables habitaciones de apenas unos quince metros cuadrados cada una, que son ocupadas por hasta cerca de medio centenar de nacionalidades. A un margen del aparcamiento para coches, bicicletas de infinidad de clases; antiguas, modernas, con una rueda pinchada invadida por la suciedad y los matojos de hierbas; en desuso. Las hay de chica, rosas y con cesta, de carretera y competición, de montaña, y en una esquina a la sombra, un tándem. En Ginebra el carril bici es todo un honorable señor muy bienquisto, y los usuarios de este medio de transporte de dos ruedas impulsado mediante la fuerza de las piernas humanas, disfrutan de su protagonismo y respeto. Es Lucas quien con su mochila cargada a la espalda menuda decide bajar el primero. Frente a sí, dos urnas, en esta ocasión con cristal, y que también albergan diarios. La tapa de vidrio puede levantarse sin introducir moneda alguna, no obstante, el recién llegado y turista foráneo prefiere averiguarlo otro día, cuando el periódico que hoy porta en la mano viva en el olvido de su amigo Erasmus. Él tan sólo baja el escalón y mira al cielo azul, que no cede ni un ápice de terreno a las nubes lejanas de los Alpes. No así el frío, que viaja violento y oculto en las transitorias ráfagas de viento y muerde las orejas hasta avivar un intrínseco dolor de cabeza. El autocar sisea al cerrar las puertas y los tres ya caminan entre automóviles. Una chica se les acerca, les sonríe y habla a Isidoro en pregunta. Éste le responde en un francés torpe pero válido. Finalizada la concisa conversación, sonríe a sus amigos, aunque sin mucho tiempo para el alarde, ya que otra joven se les cruza, saluda de

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nuevo al chico Erasmus con un dulce salut, él le responde, y acto seguido comenta a Marcos y a Lucas, quienes no han podido evitar dilatar su mirada hacia ella, que es de Andoain, muy simpática y que le ha enseñado varias palabras en euskera. Lucas lo piensa, Marcos lo ignora e Isidoro lo sabía hace tiempo. La vida son dos días, y si tuvieron una vida en su país, ahora la tienen lejos de allí. Y si la alegría les desbordó una vez sin fin, habrá tiempo para la tristeza. Las dos caras de una misma moneda.

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IV

TRES SON MULTITUD
A menos bulto, mayor claridad

-Tenemos que hablar. -¿Ahora? -Yo creo que ahora es el mejor momento de todos. Lucas está con Ekaitz, tú tienes algo que contarme, nosotros tenemos algo pendiente, y dilatarlo tan sólo va a servir para que me salga una úlcera en el estómago. -Esto no es cuestión de dos minutos. -Lo sé... -Prefiero esta noche, antes de dormirnos, te lo pido por favor. -Esta noche saldremos a tomar algo, ¿recuerdas? -Lo sé... pero cuando volvamos, aunque sea de madrugada. Además, ambos sabemos que los borrachos siempre dicen la verdad. Y prefiero dejarlo para la noche, porque así Lucas dormirá y es menos probable que aparezca. Ahora seguro que no aguanta un segundo al petardo literario y hace su aparición por la puerta en cualquier momento. -¿Tan grave es? –Aprieta en su voz Isidoro. -Esta noche mejor –vuelve a repetir Marcos ya ofreciendo una entonación de excesiva súplica. Nadie dice nada durante catorce segundos escasamente exactos. Y en ese tiempo el inquilino de camiseta roja flameada se muerde con tenacidad la uña de su dedo gordo

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mientras con la otra mano sujeta un polo de color verde oscuro que duda mucho vaya a ponerse. El anfitrión abre el grifo que hay en el baño de su habitación, llena un vaso de agua y lo bebe de un solo trago. –De esta noche que no pase –finiquita. -Te lo prometo. La puerta se abre y vuelve a cerrarse con firmeza. Marcos queda solo en la habitación, en silencio subjetivo, ya que en su memoria empiezan a resonar a modo de eco las últimas palabras que le dijo a los ojos su novia Leti. «Disfruta ahora de tus vacaciones y olvídate del embarazo, ya tendremos tiempo para planear todo cuando regreses». Su voz dulce y su vestido insinuante no suavizaron cada una de las letras, que fueron abatiéndose sobre sí como una losa de mármol sin epígrafe personificado. Y la reiteración en sus recuerdos desde que la oyó por primera vez se ha sucedido sin piedad, y cuánto más minutos han transcurrido desde que surgió la frase original, con mayor fuerza resuena en su cabeza. Tal es así, que el daño cuando sobrevolaba los pirineos parecía dibujar en los circuitos eléctricos de su cerebro espeso un tumor con forma de diablo. Maldice el golpe de la puerta de madera contra el marco, que sin saber el motivo, le ha recordado el mensaje de su chica de hace apenas unas horas. Ella ni siquiera le había dejado en bandeja la opción de discutir las viabilidades de un aborto. No obstante, la situación es viable porque él tiene 26 años y está en paro, y ella tan sólo 22, y trabajando hasta que suba la masa del pastel, tal y como suele decir la madre de Marcos cada vez que prepara bizcocho en el horno. Ángela, que todavía continúa con su batalla particular de evitar que su hijo duerma cuando el reloj de agujas marca las doce del mediodía para así lograr desarmar al holgazán de pura cepa que no se gana ni el jornal ni la vida, aún desconoce los avatares que le esperan pacientes e ineludibles a su retoño. De manera que tampoco intuye siquiera que a su casa pronto llamarán los pequeños nudillos blancuzcos de un niño o niña que pronunciará entre siseos el

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término ‘abuela’. La sonrisa del bebé de apenas dos dientes de leche torcidos, la hechizará, al igual que el calzado sin equilibrio de diminutos patucos rosas o azules. Si bien, hasta que llegue ese momento dentro de nueve meses, los estados de ánimo en ella podrán mostrar su repertorio más ínfimo y molesto. «La puerta cerrada», vuelve a pensar. «El cierre, como el aborto, que clausura la vida de un bebé». Leticia le ha dado de comer en puré la única optativa que, de no sobrevenir una tragedia que nadie anhela, sucederá. Criar un chiquitín, lo que para Marcos, ahora en plena enajenación mental temporal, y solitario en ese cuarto tan minúsculo, simboliza abrir la ventana y saltar y volar en descenso cada una de las siete alturas del edificio hasta dormir eternamente en el asfalto de los huesos rotos y el río de la vida rojo. Frente al amplio ventanal de la habitación, a incontables kilómetros, yacen los Alpes. En el interior una conciencia en coma profundo y afligida. Al instante de sentir tal dolor, la puerta se abre, y la cabeza de pelo largo y barba penetra hasta la altura del cuello emitiendo media mueca sonriente. -¡Vamos donde el pendejo del Lucas! Seguro que ya me está trastornando para todos los días del mundo a Ekaitz. -Un segundo, guardo esto –requiere Marcos, que aún acarrea en su mano el polo verde, donde ahora en la tela de algodón aparecen marcadas las uñas de la conciencia, el estrés y los nervios. Se pone de pie, luego, quiebra sus rodillas, abre un cajón de la parte inferior del armario, y percibe que la portezuela que se mantiene entreabierta no hospeda la figura presente de su amigo. No encuentra hueco en ese menudo espacio colmado de jerseys de punto, así que busca en otro compartimiento. Acerca más su maleta con torpeza, tira de la manilla del otro cajón, muy pesado, y se topa con infinidad de cintas de vídeo, todas ellas de tamaño minúsculo. Cada una dispone de un título o una fecha escritos a boli negro u azul, y

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todas están ordenadas con una precisión demasiado exacta; como si jamás hubieran existido los días que fueron depositadas ahí, o como si de verdad fueran un decorado de cartón piedra. Y para más temor y vacilación, y sin encomendarse a Dios ni al diablo, en su mente tal momento parece haber brotado de la escena clave de una película, donde ahora cada cinta será la muerte de un alumno grabada en directo. Pero a pesar de la gran similitud, la razón desecha al segundo la idea con un gesto que sacude la cabeza en horizontal y hace titubear sus labios. Marcos decide levantar una de las incontables cintas, y en concreto la que tiene como título 1.12.2003. Entonces descubre que debajo de la primera fila hay más películas, imagen que de todas formas intuía presenciar debido a la importante altura del cajón. Gira el cuello inquieto mientras sujeta con sus dedos índice y pulgar la cinta de la primera fecha, lanza el nicky hacia la alfombra y trata de levantar una de las películas de la segunda hilera. Mira de nuevo a la puerta y con disimulo le arrea un insonoro codazo que obligan al marco y a ella a besarse suavemente unos segundos. Sin pensarlo levanta con el vértice de sus dedos una donde aparece registrado a bolígrafo azul la fecha 12.11.2003. Atónito y sin pestañear, averigua que debajo hay otra fila más de películas. En la que queda a la vista aparece escrito 09.10.2003. Sin embargo, no es tal la que le llama repentinamente la atención, sino la contigua, que ofrece como novedad en vez de números, la letra L escrita con rotulador de color rojo. -¿Vamos o qué? –Sorprende la firme voz de Isidoro. El susto le exige dar un bote de inmediato y renunciar a las dos cintas que sostenía entre sus dedos. El golpe doble de las dos cajitas de plástico se oye como un estruendo doloroso y sangriento. Al instante, su corazón animado bombardea una desmedida cantidad de savia que martillea con rencor y furia en sus costillas.

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-¡Qué haces! –Increpa– No se te puede dejar ni un momento solo, ¿eh? Dos minutos y ya me estás tocando todas mis cosas, y desordenándolas, ¡Joder! ¡Qué maldito peligro tienes! Recoge las dos cintas y ofrece su mirada más seca. Desde lo alto intimida, aunque su enfado, que en un principio parecía encerrado en banda, abre una luz cuando fluye de su labio inferior media sonrisa y de su brazo un gesto amigable que le roza el hombro a modo de disculpa. -¿Cómo tienes tantas cintas, tío? -Grabándolas –responde preciso, adusto y sin conceder todavía un ápice de tregua tangible en su rostro. Introduce las dos en su sitio y cierra el cajón sin mediar una sola palabra. Alza por la axila a su amigo y éste apenas pone oposición. Vuelve a erguirse y se situa frente a los ojos azules, la barba y la melena de Isidoro. -Lo imagino, pero hay demasiadas, tío. ¿No serás un psicópata? –bromea mientras da dos pasos hacia atrás y pone sus brazos en guardia, un pie adelante, otro en la zaga y sus puños en alza en gesto de combate. -Guárdate la lucha para otras historias, que te recuerdo que estás en la ciudad de la paz. Y vamos, que a Lucas o a Ekaitz ya le habrá dado un mal. Y luego ordenas todo esto – advierte. Extiende la mano en dirección hacia el pasillo y le invita a que abandone presto su habitación.

Los libros. Si hubiera una palabra para describir la decoración de la habitación de Ekaitz, no habría otra más idónea en la última edición del diccionario de la lengua española. Libros. Su chaqueta oscura cayéndole hasta las rodillas le esperaba en uno de los bancos de

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secretaría. Isi hizo las presentaciones, Marcos mudó su voz y Lucas fue el lengüilargo de bromas que jamás volvieron a recordarse. El ascensor subió siete pisos para la primera pareja y uno más para los segundos. Incluso en la distancia que unía la puerta del elevador hasta la habitación 808, la conversación mantuvo sus fases iniciales con una ligereza inhabitual y lejos de la torpeza que suele surgir entre dos recientemente conocidos. La puerta se abrió. La altura de la luz mostró en secreto que algún reloj debía marcar ya cerca de las tres y media de la tarde, y el aroma melifluo indicó que el poeta vasco era un chico muy dado al disfrute del desodorante y la quema de incienso. La mezcla de olores mareó a Lucas, quien no pudo reprimir cerrar sus párpados, alzar las cejas y dibujar un gesto de aversión sobre su espalda. -Deja la maleta donde quieras –señaló Ekaitz. El diálogo murió en esa última frase. El escenario había dado el golpe de gracia a la saliva bucal de ambos, e incluso las tijeras de las circunstancias parecían haber cortado una a una las cuerdas vocales como si fuera papel de periódico, el mismo que Lucas depositaría – roto– sobre la cama dos minutos más tarde. Así hasta ahora. La observación es reina de un minúsculo cuarto donde Ekaitz descansa postrado contra la pared, atento a su visita, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, despojado de su chaqueta y con una sonrisa que le engorda los labios. El movimiento de las pupilas comienza a ser el único gesto protagonista y rey de un trono que es incapaz de abandonar. El baile de los dos pares de ojos lo conduce el inquilino. Por su parte el anfitrión tan sólo revisa lo avistado. Libros en alemán, francés, ingles, español y euskera son la gran atracción aterradora de un Lucas más aficionado a presionar de forma encadenada las teclas que posee el mando de su ‘Play Station II’. «¡Está loco!», piensa Lucas, «me han dejado con un puto loco de mierda», casi quiere gritar hasta que las muelas salgan despedidas de sus encías. La mochila teme abrirla frente al aún desconocido joven de

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pelo rubio rizado que, bajo sus brazos cruzados recubiertos por una fina camisa de seda también inmoviliza un libro más. ‘Visiones’, de Hernán Altamirano, logra leer con desgana. Y en su particular examen visual, no puede obviar que las paredes ofrecen hojas y hojas de cuadernos cuadriculados, milimetrados, blancos, de distintas dimensiones, folios albinos y ambarinos; tarjetitas de ambos colores también pueden verse entre las escuetas fotos que ampara un corcho marrón. Y en cada papel, poemas parecen ser lo que derivan los libres versos. Escritos a boli, a lápiz difuminado por el acontecer de cada despertar, a ordenador, e incluso despuntan dos que aparentan ser tallados por una vieja Olivetti. Las pupilas de Lucas van y vienen y quieren desaparecer, y más ante tanto silencio que desea romper. Entonces gira la cabeza, y descubre la gota que desbordó el mar, y que casi le da el puntapié definitivo para deliberar que, «el amigo de Isidoro saltó la línea de la cordura hace demasiado». «El punto de inflexión del que disponemos en la cabeza cada ser humano debe ser invisible para este chico» se dice a sí mismo. La razón vive en un rincón, a escasos centímetros de él, donde puede ver con nitidez en color rosita el titular: “Diez razones por las que despertarse muy feliz cada día”. Lucas decide ignorar al segundo lo que a continuación sigue en letras rojas. Y junto a los mandamientos, el matiz más gracioso que, quizá, descorche al fin todas las sonrisas. Tal vez, para aferrarse a una infancia cada día más lejana, varios pitufos pintados a mano sobre un papel, duermen y sonríen felices en la pared y frente a su cama. -Veo veo... –rompe el hielo Lucas. -Una cosita... –continúa Ekaitz con el tono cantarín de dicho juego. -¡Je, je! –Ríe sin ganas–. Iba a comentarte que veo, veo que te gusta la poesía, leer y todas esas cosas. -¿Cosas? -Sí, el rollo literario... tal vez por eso has hecho buenas migas con Isi, ¿me equivoco? –Indaga sin descuidar un instante el esperado movimiento de la puerta.

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-Es una posibilidad –responde displicente. -Ya sé que lo suyo es el vídeo y lo tuyo las letras, pero al fin y al cabo los dos aspiráis a ser artistas y ganaros la vida con vuestras historias. Yo te soy sincero, a mí ese rollito siempre me ha parecido un poco raro. -¿Raro? –repite sorprendido Ekaitz, que ve su ilusión de siete días atractivos pisoteada con rabia sobre un ruedo de abono. La mirada de Lucas dibuja pequeñas arrugas en la frente, acecha la puerta una vez más en busca de su ansiada movilidad; de un gesto en la manilla que no asiste. Y ante tal ausencia forzada, sonríe y guarda las apariencias por primera vez, nervioso e incómodo al sentirse enfrascado al vacío en un contexto escénico que le depone sin facilidad a la hora de brindar su destreza en la labia gestual. -¿Y a qué dedicas tu vida? –asalta el poeta sin previo aviso. -¡Uff! –Suspira y retiene un poco de suspense antes de contestar–. Yo soy jefe en una oficina de telefonía móvil en la capital. Allí hay miles, así que no soy nadie especial. Me gano el pan a base de estar ocho horas diarias frente a un ordenador ordenando a mis cuatro empleados. -El orden personificado –ironiza. -Así es, yo no lo hubiera expresado mejor –complace sin convicción aunque sí ofreciéndole un pequeño gesto de adulación que parece servirle sus palabras en el improvisado altar de sus manos. Mientras Lucas busca un sitio cómodo sobre la cama, Ekaitz trata de levantarse del suelo. Sin mezclar siquiera un vistazo con su compañero de habitación temporal, coloca el libro que guardaba en su pecho en una balda donde difícilmente cabe un ejemplar más. Al final, tras empujar con cautela y maña, entra.

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-Estos deben estar al caer –Consuela con un manso hilo de voz que le fluye tibio al haberle llegado de cara. Alza la chaqueta oscura, y cariñosamente la cuelga en el armario –. Deshaz la maleta y lo que quieras puedes ponerlo junto a mi ropa, tengo algunas perchas sueltas. La invitación parece gustarle y Lucas asiente, sin embargo, todavía no actúa. Meramente acerca la maleta hacia sí, y, aunque sí abre la cremallera al fin, no sustrae más que el cargador de su móvil y una cartuchera en la que guarda varios cedés. -Entonces, bien en tu puesto de telefonista... –insiste mordaz sentándose a modo de interrogatorio. -La verdad es que sí, todos los meses tengo un buen sueldo, fijo, y las noches las dedico a ver la tele. Los fines de semana no me falta dinero para tomarme unas copas, y siempre que hay fortuna ligamos sin ataduras. -¿Hetero...? –inquiere sin reservas Ekaitz. -¿Yo? Sí, por supuesto –reprende a modo de ofensa– ¿Y tú? Las palabras no parecen haber salido de su boca. Ha sido un mero acto reflejo carente de reflexión, de modo que cuando oye el último eco de la u, le gustaría haber guardado esas palabras de nuevo en su cerebro para otra ocasión. Pero no es posible, ya que la sonrisa pícara emerge con celeridad en la cara que yace frente a él. -Vaya, vaya, entramos en temas espinosos. –Se hace el interesante sabiendo que su respuesta marcará la futura y efímera relación amistosa. -No tienes por qué decírmelo –ataja Lucas. – La verdad, me da igual, cada cual hace con su cuerpo lo que quiere, siento habértelo preguntado. -Lo soy, digo... –Le apresan los nervios durante un breve instante pero al final consigue arrancarse– ¡Qué soy gay! –Exclama. -Bien... –acierta a decir desconcertado.

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-Vamos, pero pensé que ya te lo habría contado Isidoro. -Pues no, ahí te equivocas, ha mantenido su boca cerrada. Y es que Isi para esas cosas es muy reservado. Fíjate que aún muchos de nuestra cuadrilla de amigos tenemos la duda de sí es de una acera u otra. Nunca le hemos visto liarse con una chica, pero tampoco con un chico, así que las apuestas aún están abiertas –relata con jocosidad.

-¡Ja, ja! –Estalla de risa–. ¿Cómo? -No entiendo –balbucea Lucas. -¿Pero qué me estás contando? ¿Esto qué dices es cierto? ¿De verdad? ¿Puedo apostar ahora mismo? –prorrumpe con un pequeño deje irónico. El bombardeo de preguntas que fluye de pronto con total libertad por el aire mientras se sostienen las carcajadas aún durante varios segundos, asusta a Lucas, que, repentinamente busca con más ahínco la salida. -¿Tú lo sabes? –Sondea una vez más. -¿Qué no sabéis su orientación sexual? –desconfía Ekaitz mientras persisten a intervalos sus risotadas– ¡Tiene huevos! Este Isidoro es la remonda... La última carcajada parece no terminar, e incluso el eco insonoro de ésta logra repicar varias veces en el cerebro de Lucas, que persiste con su postura sentado en la cama con la mochila de viaje junto a él. Se miran. El poeta exhibe una amplia sonrisa de superioridad, de sabiduría, de conocimiento. El inquilino tan sólo convida un gesto de contrariedad y desconocimiento. -¿Es gay? –insiste resignado, comido por la intriga. -¿Una silva tiene versos endecasílabos y heptasílabos? El silencio cae feroz sobre el cuarto, tanto, que incluso el aire efímero y frío de Genève, el que acaricia el cristal de la ventana, parece oírse con nitidez por encima de

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cualquier ruido. Es evidente que Lucas no sabe la respuesta a tal acertijo, y más evidente es que el joven Ekaitz no va a resolvérsela. Le retira los ojos, se gira, abre la puerta de su cuarto, mira al fondo del pasillo y con suavidad le devuelve el rostro rojizo y sonriente. -Ahí llegan. Lucas saca presto de su mochila varias camisetas de algodón blancas, azules y negras, todas de manga larga, las introduce en el armario, despliega dos pantalones que tiende sobre la cama, y encuentra un chicle de fresa que decide desenvolver para masticar hasta que el aire en el estómago le llame al hambre. Frente a él, con un gesto de impaciencia, ya están Marcos, Isi y Ekaitz.

Lo peculiar de la noche ginebrina es la diferencia que expone ésta frente a la que sobrevive en España. Existe un contraste tan brusco, que si ambas lidiaran en un combate, la una hundiría a la otra sin duda alguna para provecho de quien hiciera la apuesta más alta. Por tierras suizas conducir borracho no es una opción, y beber en la calle en grandes o pequeños grupos, con botellas y vasos, tampoco. La cerveza ronda los tres francos. Existe un bar okupa –desocupado ya– llamado Rinhos en el que además de servir comidas por la tarde y cenas, también ofrece modestos festivales musicales nocturnos. Uno de ellos se celebra la misma noche en la que los dos turistas recién llegados y los dos amigos ‘Erasmus’ caminan juntos bajo la luna congelada y casi consumida por completo. Los cuatro cuellos se afianzan a las bufandas de lana, y a más de uno la prenda les cosquillea la barbilla. Tan sólo cuando ascienden las escaleras que les introduce en la antedicha taberna deciden despojarse de sus ropajes de abrigo. No se supera la segunda jarra cuando en el escenario las canciones de jazz y blues incurren en el aire preso. Las innumerables notas inundan como olas en alta

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mar cada una de las paredes rojizas del establecimiento, y sin tregua, el humo bailotea como una noria, denso y suave; vive sobre las mesas para siempre acabar muriendo en las prendas. El público crece al mismo ritmo que las rondas de cerveza, vino y agua. Se suceden al más estilo nacional, y de la mano del alcohol también llegan las convulsiones corporales a modo de contoneo sumiso. Los huesos que descansan encima de la cadera despiertan, y los espasmos que el grupo protagoniza sentado sobre unas sillas viejas ya ni cesa. Incluso son terribles los tembleques cuando el cantante de piel negra y pelo afro canta por sorpresa una versión casi irreconocible del famoso tema ‘Sarandonga’, interpretado por Lolita flores. El movimiento de manos y el constante toqueteo de hombros ha dejado en el olvido las dudas pasadas, y en el presente, ahora ya sólo gobierna la infinita diversión. Es en ese momento de placer y regocijo cuando entra Luzi, Remedios y María. Y sin casi mediar palabra las tres se acercan. La joven chica rubia sonríe desde la lejanía, Isi empuja la silla hacia atrás, se levanta, pone cara de pocos amigos, y Luzi, que da un paso hacia delante con decisión, le arrea una bofetada que ríase el lector de la percusión de la batería que un joven sudoroso de largo flequillo aporrea al fondo del entablado. -¡Qué sepas que aún no te he perdonado! –advierte con arresto serio. El joven y futuro director de cine mantiene la mandíbula encajada, las pupilas encumbradas en el vacío ahumado y los hombros raramente encogidos. Tan sólo cuando ella esconde sus ojos negros orientales y vuelve a exhibir el dulce pico de su melena negra danzando sobre su espalda desnuda, él toma la urgente decisión de recuperar su posición en la silla. -¿Qué sucede? –Prueba Lucas a averiguar. El músico continúa su versión gitana, aunque Isidoro no escucha, puesto que su sien padece el incomodo taladrar pertinaz de los seis ojos activos de colores que le acompañan. No ha transcurrido un solo minuto desde el llamémoslo bofetón, sopapo, revés, guantazo,

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cachete, galleta, torta, manotazo, e incluso al fin y al cabo aplauso. Los tres compañeros de mesa y cerveza esperan la justificación inminente. Es una necesidad primaria, como lo es para el cocainómano recibir su dosis. Ellos sufren el mono, inquietos, de madrugada, en los pasillos de la sala de urgencias y bajo el fino hilo musical de una banda desconocida. Ekaitz sonríe pícaro, da un sorbo largo de cerveza y relame la escasa espuma. Pide permiso para hablar con el dedo alzado, pero Isidoro decide anticiparse. -No me lié con ella hace unas semanas –reconoce mientras hurga con su mano derecha en el bolsillo del pantalón. -Ya... –desconfía Ekaitz al instante–. El que tuvo retuvo y donde hubo odio reinó el amor y como dicen en mi casa, el ardor de la pasión siempre deja cenizas. Aquí escondes un secreto muy gordo, cuál no lo sé, pero a Luzi le has tenido que joder bien, y cuando quieras contarlo estamos para escucharte. -¡Ay pillín! –se jacta Lucas– No te la habrás tirado y le habrás dado puerta. -¿Se llama Luzi? –interrumpe por sorpresa Marcos. Isidoro asiente, y sin decir esta boca es mía saca otra ronda. El paso de los minutos y de los tragos convierte la entrada del bar en un séquito de músicos. Todos pueden subir y tocar con el grupo principal, e incluso en solitario cuando el cantante de color y dentadura prominente decide darse un descanso para ir a charlar y fumar un cigarrillo liado mientras las nuevas notas siguen germinando sobre el humo.

Las manos buscan los codos cuando quedan atrás las complicadas escaleras de madera. La noche es helada, casi gélida. La fiesta pasado. El abrigo y las bufandas de los cuatro apenas duran el golpe de un guante de cuero sobre un ring, aunque cada una de las risas que estimularon los últimos chistes surgidos sobre la mesa evitan recordar la eminente congelación. La residencia en su interior mantiene el calor que de madrugada, en Ginebra,

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no existe. Ni siquiera la docena de cervezas lo ha eludido durante los veinte minutos de paseo a la intemperie. Es Lucas quien está en su faceta más graciosa y quien sin descanso anima a tomar una copa más en los cuartos, sin embargo, Marcos e Isidoro mantienen sus muecas más rendidas y deciden desechar la idea para otro día de mayor energía. Tan sólo Ekaitz, que no ha cesado de fumar en toda la noche, ríe las últimas gracias de su nuevo compañero de sueños. Y después de una leve discusión, la cama se convierte para los cuatro en la última estación. El hasta mañana que emana el poeta con delicadeza y media sonrisa, difiere en mucho del expresado por Lucas desde el fondo del ascensor.

La cama tiene unas sábanas blancas impolutas. La colcha es roja, color sangre seca. La noche abierta y las estrellas grillos mudos. La nieve obviada en las montañas, y Marcos, un saco de chinches hambrientas. Está tan nervioso, que la angustia le enardece un dolor agudo en el corazón. Y cuando camina por los quince metros cuadrados de la habitación mientras su amigo Isidoro prepara el catre, apenas da con el espacio suficiente para evitarle. -Voy a lavarme los dientes –farfulla. Agachado extrae el cepillo azulón y el tubo dentífrico de la mochila, y con ellos de la mano, se dispone a andar hasta el baño. Sin embargo, la palma firme que cae sobre la puerta de madera, cierra ésta de un portazo. -¿Qué te sucede conmigo? –Increpa con un deje antipático. «Demasiadas emociones para tan corta edad», piensa Marcos, que asemeja la actual sensación a la que sufría en la cocina, cuando guisaba a contrarreloj mientras su jefe le hondeaba la cuchara de palo cerca de sus respingonas nalgas. El estómago le da un revoltijo pero esquiva las náuseas que duermen aún en la tráquea con exceso de ventilación. Inspira y habla aún dándole la espalda.

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-Lo siento –masculla al mismo tiempo que absorbe las últimas gotas de saliva que hay entre sus encías drenadas–, pero lo que he de contarte es algo tan grave que ni siquiera sé cómo empezar. Es mío, pero, pero no sé por dónde empezar. -Por el principio podría ser una buena opción –invita Isi, sereno y conservando su recostada posición corporal. -El principio fue hace unos meses, en un cuarto de baño. El final será dentro de nueve –libera sin vacilar, sin crear una pausa muda y explayándose entre sollozos con cada una de las letras, como si desencadenara el mayor peso de su vida. Los hombros de Marcos son cogidos de inmediato con brío, y por fin, después de tanto esquivo, las caras de los dos amigos se retan frente a frente. No así los ojos, que tardan en chocar entre lágrimas. Isidoro trata de buscar el otoño de éstos con el poder oculto de la mirada, sin embargo no lo encuentra. Opta por la técnica de la barbilla, que reside meramente en levantarla con el perfil del dedo índice de cuclillas. Y tras varios empujones errados, da con la lluvia salina.

-¿Has dejado embarazada a Leticia? –Aclara Isidoro con su familiar mansa voz, que desconcertada le impide cerrar los labios. Sin respirar lo suficiente continúa, y echándose las manos a la cara suelta unas cortas y ahogadas palabras que le causan demasiado pavor.– Lo sabe Lucas... -Sí, no sé por qué ni cómo, pero sí –responde a la primera cuestión. La afirmación a la segunda insinuación es eminente gracias al gesto facial que desploma la barbilla de Marcos sobre su pecho. Resentido, Isidoro catequiza en su rostro un enojo de cejo fruncido, labios tersos y mirada vacía que puede descubrirse con la misma facilidad que sus propias lágrimas abatiéndose por el encarnado de su frente arrugada, o de

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igual forma que se descubre el vaivén de los últimos gimoteos de Marcos, o de igual manera que se oyen los timbales de sus ‘djembés’ vitales. -¡No me lo puedo creer en absoluto! –exclama ya sentado desde la cama–. No me lo puedo creer, Marcos. Dame tiempo, dame tiempo, decías, pedías, ¡qué mierda de tiempo quieres ahora! –le recrimina con furia y por medio de mímicas grotescas que son maniobradas con sus largos brazos. -Lo siento. -¿No sabes decir otra cosa? Dame una razón al menos. ¡Mejor aún, tío! Dame una fecha, ¿Cuándo?, u otra promesa falsa, o dime que desde fuera se ve más fácil que desde dentro, o qué, ¿hay algo? porque no entiendo nada –hiere inquieto y con apenas un hilo de voz afónico. Marcos consigue acometer tres pasos y situarse de rodillas en la alfombra, junto a la cama, donde Isidoro no ha podido reprimir la ausencia de aire y el exceso de dolor, y ha roto a llorar. Dos pijamas verdes con cuadros de rebordes negros y que parecen fundirse en una sola persona pese a no tocarse. Dos pensamientos que son tan distantes y tan cercanos. Dos personas humanas que habían esperado y soñado con esta semana vacacional durante meses, y que ahora, el único consuelo que tienen ante sí, es la presencia de una amistad donde una de las partes ha engañado a la otra. El colmo de los colmos se ha vestido con la corona de oro y diamantes más hermosa. Aquel acto sexual nadie imaginó que iba a dejar un bebé, y en la mayoría de las situaciones, esto suele complicar en exceso cualquier ruptura amorosa. -Y por supuesto que tu niña la pija querrá tener el niño... –acentúa mordaz con una leve sonrisa deshonesta.– ¡Dios, esto es una locura! Qué cosas me pasan a mí, es injusto. Yo soy más sencillo, si tan sólo quiero tener una pareja, disfrutar de la vida, ser feliz, amar, ¡y tiene bemoles! Lo que encuentro me pone charcos de barro por todas partes.

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El refunfuñar entre dientes final y la orquesta desafinada de sollozos impide que, pese a la cercanía en la que está el uno del otro, la última frase se entienda con claridad. No cesan las lágrimas en el chico Erasmus, aunque éstas ya germinan como flechas insulsas sin tino. Marcos no sabe cómo consolar lo que no tiene consuelo, y por la escena que ahora vive cree odiar a su novia. La odia por haberse quedado embarazada, y la ama por los años que vivieron y por los que yacen en su recuerdo; la ama por su sonrisa, por sus gestos, por su voz, por sus caricias, por sus detalles, pero la odia por su forma de ser, por ser a veces tan mujer, por estar embarazada y por hacerle sentir que la ama y no hacerle latir en la cama. Y en el eco de esas últimas veintidós letras le surge un nudo en el apéndice que una vez le arrancaron y nunca más volvió a saber de él.

«La vida suele ser una novela repleta de innumerables pequeños cuentos que en ocasiones, éstos tienen un adiós definitivo, y en otras, acompañan hasta el último suspiro. Tras la despedida de cada historia, siempre hay que seguir saber caminando sin depender de ninguno de los que marcharon, y más cuando todavía restan muchas páginas para esculpir la palabra ‘fin’».

-No debí haber venido –reconoce tras un lapso de dos minutos silenciosos utilizados para la meditación–, quizá deba tirar a un lado y no flirtear en las dos orillas, pero es algo que parece resultarme imposible. Y después de todo, yo quería venir aquí. Estaba planeado y quería mucho pasar una semana contigo. Lo siento de veras, pero aún estoy muy desorientado, Isi, no sé qué hacer. -¿Recuerdas esta frase? -Sí, lo sé, es de hace dos veranos, de vacaciones, de la primera vez que hablamos de ello. Sé que tienes razón, ha pasado mucho tiempo y no he avanzado. Y siempre tengo

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excusas, como ahora, que te has ido fuera, y que Leti me quiere mucho y que allí estoy en paro... -Y que eres un cobarde y no haces lo que de verdad sientes –interrumpe retirándose unas últimas lágrimas de las mejillas–. ¿Te parece justo? Dime, Marcos, ¿te parece justo? Es confusión y no es tan injusto dice su sesera. El amor que siente por su novia es desmesurado, y lo sabe. Está enamorado de ella, siempre lo ha estado, pero también sabe que no le llena, que padece miedo. El miedo a la soledad, al cambio de vida, al pensamiento ajeno, a equivocarse. -No, no me parece justo –miente de forma piadosa tras una pausa, ofreciendo las dos esquinas de sus delgados labios en dirección al suelo y con la piel humedecida. -Necesito saber una cosa. Le recoge los hombros casi con el mismo brío que el de hace varios minutos. Le toca la cara con las dos manos y le levanta la mirada alzándole la barbilla. Sus ojos enrojecidos son el alma de su sentimiento, intuye el raciocinio de Isi. Mientras Marcos, sereno y asustado, percibe de la mirada de su amigo la dulce sensación de tener frente a sí a la persona con la que uno estaría dispuesto a vivir toda su vida. -¿Cuál? –Pregunta intrigado al perseverar el momento intriga. -¿Quieres estar conmigo de verdad? La respuesta no existe porque el sabor salino de los dos labios masculinos se funden fugazmente. Sin mezclarse más suspiros ni lamentos, se empujan las bocas, se separan, vuelven a acariciarse y reparan de pronto que el salivar fluye excitado por sus paladares, ahora ya en forma de beso apasionado. El sabor de sus alientos, tan añorado, es como una inyección de vida en sus corazones dolidos. La escueta barba de Marcos no es tan placentera como el denso bello negro que viste en la piel Isidoro desde que hace vida en Ginebra.

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Nadie recuerda ya el feto lejano de Madrid que duerme en la habitación -nunca existió durante los minutos que permanecerán abrazados en la cama e incluso tampoco será recordado durante los días siguientes– bajo una colcha azul de anclas y barquitos. Y en tanto, sus cuerpos desnudos, vellosos en ciertas partes corporales, excitados y enamorados, son de pronto un paraíso que tan sólo los ojos de Lucas descubren por casualidad. La puerta está abierta de par en par pero ninguno de los dos jóvenes cubiertos por las sábanas cae en la cuenta. Él tan sólo había abandonado el octavo piso para requerir un cd de música. Ahora su mirada asustada, incrédula e increíblemente horrorizada es incapaz de articular palabra alguna. Quiere decir «basta, quietos, ¿qué hacéis? ¡Parar ahora mismo! Dejar de estar tan pegados». No obstante, Lucas cierra la puerta de forma sigilosa, y siente un escalofrío recorrerle todo el cuerpo cuando permanece de pie a oscuras en el fogoso pasillo aromado aún por los distintos tipos de guisos hechos a media tarde. Regresa a su cuarto donde le espera el poeta. Cuando llega, busca su cama, se introduce en ella con suavidad mientras en su cabeza no deja de repetirse la cinta visual de sus dos mejores amigos besándose y abrazándose. «No hay jabón que lave sus pupilas», piensa. «Me sangran los ojos» ironiza en silencio. Ekaitz parece dormir, pero de pronto alza su voz cordial y le pregunta si consiguió el disco. Entonces él, encogido como un feto, sobre su colchón, tan sólo llega a pronunciar una frase antes de iniciar la lucha contra el insomnio. -Sí, una silva tiene versos heptasílabos y endecasílabos. Ekaitz sonríe, da media vuelta a su cuerpo y sueña.

Cucharillas, cucharas, cucharones, tenedores; de metal, dorados. Cuchillos de sierra, pequeños, grandes, de mantequilla, machetes, hachas. Vasos altos, delgados, anchos, bajitos,

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limpios, sucios, de nocilla, estilistas, con grabados, copas. Platos, hondos, llanos, de cristal, de porcelana, de barro. Tazas también, viejas, nuevas; desiguales, que despiertan el ansia del coleccionista. Se ven relojes, despertadores, de muñeca, de pared. Isidoro devora con los ojos tentadores de su filmadora cada una de las cámaras fotográficas y de vídeo. Según el mostrador, que puede llegar a ser desde el mismo suelo hasta una caja de cartón o una mesa de camping, hay aparatos de una época u otra. No faltan mesas de salón a la venta, ni sillas vetustas, tampoco sofás, mesillas o cómodas. Pueden encontrarse peluches descuidados y llenos de polvo con los que jugaron nuestros abuelos. Juegos de ajedrez, tableros de parchís y damas, la oca y tiro porque me toca seguida del monopoli o los juegos reunidos. Figuras de adorno para el salón, jarrones, cajas de metal, collares, ropa cuadros pintados, espejos, carteles de películas, películas, música, tocadiscos, matrículas de coche, letreros de estaciones de tren extranjeras, llaveros, mecheros, tabaco, todo. Todo lo que rodea a nuestra vida. Son objetos y antiguallas que viajaron infinidad de kilómetros por decenas de países; que retuvieron historias para ahora sobrevivir y esperar acumular más recuerdos en el futuro. El mercadillo de Plainpalais, situado en la plaza que lleva el mismo nombre abre los miércoles y sábados desde la ocho de la mañana hasta las tres y media de la tarde pasadas si el tiempo acompaña. Hoy llueve con delicadeza, y muchos puestos han optado por no instalar su negocio en su parcela. Los clientes son un río chico y el paseo que compone el rastrillo en forma de herradura puede cumplirse con mayor ligereza y comodidad. Así al menos lo perpetran resacosos el grupo de cinco amigos, que portados de sus abrigos y con las manos en los bolsillos no pierden detalle del mercado variopinto que allí acontece bajo el fino diluvio. Aunque en ocasiones, aparece algún vértice soleado y su consecuente arco iris efímero. En especial no pierden detalle Lucas y Marcos, que después de cinco días de vacaciones recorriendo toda la cité arriba y abajo, han logrado convencer a Isidoro para que les lleve al célebre mercadillo urbano. Hoy era el último día que podían visitarlo, y los dos

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amigos han aprovechado la mañana y han sacado de las carteras varias decenas de francos. El primero se ha decantado por varios videojuegos para la play Station II que según él estaban por debajo del precio original. «Además, tendrá algo de sentimental gastarse la yema de los dedos mientras recuerdo lo que fue este viaje», bromea mientras guiña el ojo a Marcos, que a su lado porta ya en una bolsa siete tebeos de Superman. Pese a que las viñetas están escritas en francés, su afán por coleccionar imágenes donde salga este superhéroe, le ha llevado a obviar el irrisorio detalle del idioma. -Merci –se atreve a conceder Lucas cuando recoge las vueltas–, au revoir. -¡Vaya! Dominas ya el idioma –ironiza Isidoro, que ha sido él quién ha hecho de intérprete a la hora de la compra. Le devuelve una sonrisa anoréxica, se pellizca con rabia el ombligo y pregunta a su cerebro por enésima vez cómo pueden vivir sus dos amigos tan felices sin desvelarle de una vez la gran mentira. La paciencia al igual que la vida y el cable del teléfono tienen un límite, y para Lucas, el silencio de ambos y su hipocresía roza en ocasiones lo absurdo. Les ha cazado en demasiadas ocasiones sin ser un experto en las artes detectivescas. Los arrumacos son innumerables rehenes en su memoria que a diario piden auxilio y ser redimidos de las cárceles. En cambio ellos dos, que creen ser libres de cualquier sospecha, sobrellevan acomodados su peculiar romance. Y no hay peor enemigo para quien arriesga que la confianza ilimitada. Por su parte, Ekaitz prefiere mantenerse al margen; en la otra acera que al fin y al cabo es la misma pero vista desde lejos. Opta por leer poesía, por escribirla, por esperar. La semana finalizará, el avión despegará y él todavía persistirá en su labor de hormiguita para enamorar a la resistida barbita de ojos azules.

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Hay mucho turista en el mercadillo. Pero sobre todo destacan a los ojos de nuestros protagonistas los españoles, o bien, como dice Ekaitz, «algunos vascos, que hay, ¿eh?». En un puesto, junto a un camión, cuatro chicas y dos chicos negocian una vajilla con aire mejicano y que luce tres colores: verde, rojo y un azul marino oscuro en una franja central. La joven chica de coletas compradora viste un abrigo azul clarito, y junto a él, un muchacho le sonríe, le besa con fuerza en la mejilla y se arranca el gorro de la cabeza con suavidad al sentir calor. Ambos quieren ser dueños de la vajilla, y las tres amigas, –dos de cabello largo y una más corto– les ayudan a guardar cada pieza en la bolsa de papel en cuanto lo es. Cercano a ellos hay un chico alto, de pelo cortito, y que habla con soltura en francés al feriante, quien a su vez le responde gesticulando delicadamente con las manos y dedos. -Veinte francos –aventura Isidoro minutos después, cuando en la pantalla de su videocámara ven la imagen grabada–, se han gastado veinte francos nada más, y se han llevado un montón de piezas. Los tres enarcan las cejas con expresión de sorpresa y continúan viendo la escena apenas unos segundos más. Fue tomada desde lejos, pero Isidoro ha logrado captar un primer plano tan próximo, que pueden verse las pecas de una de las chicas, así como la barba de dos días del chico. -Nos tienes que hacer un vídeo de todos estos días –pide Marcos–. Y luego en verano cuando vayas nos lo traes. Afirma sutilmente orgulloso, guarda su equipo electrónico y los tres prosiguen su paso lento bajo la fina lluvia, y en busca de Ekaitz, que camina varios metros por delante fumando un cigarrillo junto a Jorge. Anuska ha marchado unos días a Galicia por un asunto familiar, y por ello ‘Jorch’ ha decidido unirse al grupo de forma temporal. No preveía con buenos sentidos quedarse en su cuarto de fotos y cuadros oscuros, encerrado, fumando maría, oyendo música y pensando en ella.

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Al final deciden no comer en un restaurante y Ekaitz se compromete a preparar un plato secreto siempre que cuente con la experta ayuda culinaria de Marcos. En ese momento Lucas, y casi sin previo aviso, se choca con la oportunidad de su vida. La herida tiene mala pinta y la infección puede curarse minutos antes de comprar el pan y las cervezas. Son la mejor excusa, y al fin y al cabo la primera vez desde el primer día que ambos están solos. Insinuar a su amigo Isidoro que algo no marcha no será tan difícil. «¡Coño! Que le cuente qué pasa, que para algo dicen ser amigos», cavila de forma repetida mientras está de pie a su lado en el ascensor que desciende. Los dos sostienen la típica postura que se dibuja en dichos aparatos; sus manos entrelazadas en la espalda a la altura del culo, la barbilla alta ocultando las minúsculas papadas, y la mirada hacia arriba, o en su defecto, perdida en el vacío gris. -En quince segundos cronometrados ventila las ocho alturas, es increíble la velocidad. –Comenta Isi recreando un pequeño giro en su cuello que al momento vuelve a su posición inicial. -Es rápido, sí –acota con brevedad Lucas. Mientras, pisos más arriba, en la cocina, los guisanderos pelean un fuego con las vecinas bielorrusas rubias de piel albina que preparan desde hace minutos un plato de aroma difícil. Jorch también ha decidido apuntarse a la pitanza, y aunque ausente al guiso, sí está presente. Sentado en una de las sillas que hay clavadas a la pared junto a la mesa, juega con los cubiertos mientras interviene en alguna conversación. El trajín de personas es significativo en la residencia, si bien, muchos de los estudiantes tan sólo ojean, y al notar que las placas están tomadas, regresan a su cuarto pese a que el hambre aceche. No así un músico argentino que ha conseguido insertar su cazuela para cocer unos 'tortellini'. En tanto habla con Jorch, mantiene entre sus manos la sartén donde finalmente freirá unos ajitos y un poco de salsa carbonara. Marcos defiende su posición en una esquina, junto a Ekaitz, quien habla

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en francés a la más guapa de las bielorrusas. Ella pregunta si tiene inconveniente por el poco espacio y él asiente que «no». «No es problema el manejarse entre tanto cazo», responde entre suaves risitas a la chica, y de inmediato en castellano a Marcos, que callado apenas encomia el comentario. Él ya ha terminado de enrollar la carne, que ante sus ojos, ofrece una calidad inferior a la deseada. Los filetes rebozados en pan rallado están listos, y ahora prepara el paté en salsa con piecitas de jamón mientras asa varias manzanas en el horno. Toda una delicia bautizada por Ekaitz como trenzas de solomillo.

Sus dedos, a Isidoro le hacen presagiar lo que no quiere creer, aunque desde el preciso momento en el que ha cerrado la puerta del ascensor ya preveía que algún rodamiento había perdido bolitas y el patinete hacía demasiado ruido. -Un segundo, Isi -interviene Lucas desde atrás cuando el paso de cebra libera su última suela. La camisa azul mar caribeño de seda que hoy viste sin la chaqueta de pana parece haberle inyectado un inofensivo veneno en los dedos, y una vez que éstos vuelven a soltarse de su hombro y volar, el tacto de ésta se mantiene grabado en el laberinto de sus yemas. -¿Qué sucede? –El gesto de Isidoro es de total sorpresa. Cruza los brazos en augurio de no querer conversar, mira a la puerta del supermercado y rasca su barba con delicadeza mientras espera sus palabras. -Tú siempre has sido muy reservado para tus cosas, y a mí me parece muy correcto. Tú y yo nunca hemos sido amigos de la muerte, pero en esta ocasión existen situaciones que desbordan mi conciencia y mi bienestar diario. Además, a mí no me afecta, pero sí son tres las personas como mínimo las afectadas... -Al grano, ¿te parece?, no tenemos todo el día –ataja confuso.

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Respira con fuerza recogiendo todo el aire por la nariz, dibuja dos hoyuelos en su rostro y con disimulo clava las puntillas de su pie en el asfalto. –Dime entonces, ¿Qué hay entre tú y Marcos? -¿Cómo? –brinca impetuoso. La palidez inmediata concede paso libre al rojizo posterior que le delata en apenas un sorbo de agua. Sus pómulos recogen bajo sus ojos un tono fresa que no dejan lugar a dudas. -Has dicho al grano y sin rodeos, lo cual iría fenomenal para una pelea de gallos, pero no estamos en tal. Y ahora disculpa la ironía, pero a veces me funcionan tres neuronas seguidas –sonríe truhán–. Te cuento con brevedad. El otro día subí a por un disco a vuestro cuarto, el primer día que llegamos, vamos. Y cuando abrí la puerta sin llamar, perdonar mi falta de educación, os vi liados. A mí me da igual, la verdad es que yo de ti me lo esperaba, pero lo de Marcos aún lo estoy asimilando. Más cuando Leticia está embarazada a cientos de kilómetros y, que yo sepa, el niño es de Marcos. Es decir, que no entiendo nada. Y yo me pregunto, ¿A qué narices estáis jugando? No hay respuesta porque Lucas debe sujetar de pronto a Isidoro que parece perder todas sus fuerzas y marearse. Le coge de las axilas y lo lleva con facilidad hasta un bordillo de medio metro de altura cercano al supermercado. Una señora mayor dice algo en francés, a lo cual Isidoro responde con un pequeño gesto manual. Lucas también asiente con la cabeza cuando ella, su bastón y las bolsas de plástico reanudan su camino. -¿Dé cuando viene esto, Isi? ¿Se puede saber? –Interroga de cuclillas con tono íntimo, y frente a su rostro desencajado y su mirada vacía de sentimientos. -Dos años –responde escueto y en voz baja. -¿Y? Es que la verdad, no entiendo una mierda, y no sé si romperle la cara a Marcos, a ti, a los dos, o llamar a Leticia ahora mismo. -Él me quiere desde el último verano que nos fuimos de vacaciones...

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-¿Cuándo, tío? ¿Querer? ¡Qué estás hablando! –Interrumpe grosero. -La noche que nos emborrachamos muchísimo después del día que todos nos enfadamos por culpa de la maldita cucharilla. Esa noche Mario y tú decidisteis salir de bares y nosotros quedarnos en casa. Todo empezó como un juego y al final acabó en un hecho que los dos quisimos olvidar y no pudimos. Y es que la noche siguiente llegó el accidente de su padre, y durante el consuelo y la charla que mantuvimos los dos solos por la playa volvió a suceder. Eso no se puede controlar, Lucas, y tú lo has de saber mejor que nadie. -¿Y Leticia? -Esa misma pregunta le he hecho yo doscientos millones de veces a él, y creo que deberá ser él quien algún día la responda. -Sois unos cabrones, ¡Los dos! Y sin excusas –rabia y levanta la mano con ganas de asentarle en la cara una bofetada–. ¡Qué ahora hay un niño! ¿No lo veis? Cada vez que lo pienso me pongo más enfermo, ¡Joder! ¡A Marcos cuando le dieron el carné de follar! ¡Qué no es normal! No tenemos quince años, ¿eh? Si eres gay, eres, pero para qué la metes donde no debes –lamenta agitado de un lado a otro. La violenta situación lleva a su cuerpo a caminar unos metros alejándose de Isidoro, que persevera sentado como un mimo callejero en el bordillo, respirando con firmeza y dejando la cabeza a media altura entre sus piernas. -A ti te fastidia porque siempre has estado enamorado de Leticia –reprende Isi de repente sin despertar su voz apagada. Lucas ladea sus pupilas hasta el límite, buscando el rabillo del ojo, aunque apenas logra ver el azul celeste de su camisa en calidad borrosa. Poco a poco gira su cuerpo y avanza como si alguno de los azulejos fueran a hundirse a modo de ‘humor amarillo’. Se contonea, embute las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros y le da un sutil toque en la punta de su zapato con su bota izquierda.

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-¿A qué viene tal estupidez? –increpa. -Me lo ha dicho Marcos, -justifica raudo– y sabes que es cierto. Antes de que él comenzara a salir con ella tú te morías por su culito, por su sonrisita tonta, y ya no digamos por sus pechitos. Se lo dijiste muchas veces. -Pierdes aceite, tío, y nunca mejor dicho. Vamos a comprar porque me estoy enfadando demasiado. Pero todo esto querré hablarlo con los dos, y quiero que lo arregléis. Tú tienes muchos ligues por ahí, cada vez más. Por ejemplo Ekaitz. Y lo mejor es que dejes a Marcos para que pueda volver con Leticia y aquí paz y después gloria. Y se acabó la absurda discusión –concluye con una arrebato de soberbia que le lleva a dar la espalda a su amigo. -¿Tú quién te crees? ¿Dios? ¿El ángel de la guarda de Marquitos? ¿Justiciero de la vida? No va a suceder nada de eso ni por asomo –le suelta sin tiempo a pensar una sola de sus palabras pero con gran empaque en su voz. Isidoro alza su cuerpo, levanta la frente y mira con dureza los ojos de Lucas, quien ha vuelto la vista atrás nada más escucharle. Es la primera vez que se plantan pupila frente a pupila en todo el trayecto de hoy, y ambos al encontrarse, padecen un revelador pavor que puede descubrirse en el tembleque intermitente de sus rodillas. –No tienes ni puta idea de lo que hablas. Marcos y yo nos queremos, y por mucho tiempo que nos cueste vamos a estar juntos –apuntilla tras la pausa reservada a la observación. -¿Cueste lo qué cueste? ¿Nueve meses te parece una buena cifra temporal?, o quizá mejor dieciocho años, porque cuando el bebé ya no sea tal, entonces quizá Marcos tenga el valor de dejarlo con Leti, la madre, quien al fin será Leticia a todas vistas. ¿Tú crees que es buena fecha? Porque te habrá dicho nuestro gran amigo el para mí ahora desconocido que su novia quiere tener el pequeño a toda costa...

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-Sí –corrobora con firmeza–, pero Marcos también me ha prometido que no puede seguir con ella. La frase encabrita media sonrisa torcida de incrédulo en el rostro fino de Lucas. -Marcos no es gay –aventura Lucas sin gran convencimiento–. Marcos está viviendo esta experiencia contigo como algo novedoso por vete a saber tú qué. Y la decisión de dejar a Leti la debió tomar hace dos años y no ahora. Qué fácil se ven las cosas desde fuera, pero en el amor tres son multitud. Y cuatro ni te cuento. Ya podéis hacer lo que os he dicho por vuestro bien porque si no sufriréis demasiado. Lucas camina y las puertas de cristal automáticas del supermercado se abren. Isi ni siquiera se mueve del punto en el que ha discutido, y así, las citadas cristaleras vuelven a cerrarse. Antes, logra chillar un último vaticinio. -¡La dejará! –exclama–, y nos quedaremos él y yo. ¡Tú no puedes saber lo que es o no es Marcos! ¡Y menos impedir nuestra relación! La última frase apenas sale de sus labios, ya que las puertas terminan por cerrarse y la silueta de Lucas aparece difuminada sujetando una cesta para comenzar a buscar el pan y las cervezas que ambos habían pensado comprar. No obstante, necesitará la caridad de su amigo, ya que existe una pequeña probabilidad de que le hablen en francés. El chico Erasmus rasca su barba fría afuera. Las estrellas despiertan anémicas, la luna busca un hueco entre los cenicientos Alpes, y en silencio entre el sordo silbido del viento parecen escucharse en el aire de nuevo las palabras de Lucas. Isidoro las recoge y las remueve con suavidad en su cerebro unos segundos mientras avanza despacio al supermercado. El raciocinio que llega desde el exterior a veces impide adentrarse en la persona enamorada, pero él cómo nunca ha estado enamorado hasta la fecha, desconoce dicha posibilidad. Nunca ha tenido una relación sexual con una chica y tampoco con un chico; sólo con Marcos. Desde que tenía trece años sabía que las mujeres no le despertarían

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la atracción suficiente para regalarles sus besos, y menos en el capítulo sexual, donde el acto de esconder su pene en la vagina siempre le ha parecido una escena espeluznante que, de solo imaginarla, le brotan sudores fríos como lágrimas que de inmediato le recorren la frente, la espalda y las axilas. Desde la adolescencia sintió en su organismo sensitivo que él quería abrazar a chicos; hombres. Acariciarles y que ellos le acariciaran a él. La excitación de notarles cosquillear en su interior mientras se recreaban por su cuerpo con sus dedos fuertes, ásperos y robustos; los que le recorrerían con pausa la espalda, las costillas y la tersa barriga inexistente. Su bello púbico y corporal se endurecía con sólo imaginar la mirada de ciertos varones abatiéndose sobre sí mismo. Y tras innumerables fantasías nocturnas y diurnas que no podía satisfacer ni con la masturbación puesto que sentía absoluta repugnancia a su esperma y al hecho en sí de desgastarse el pene, llegó la noche que Marcos le retó a un beso. No dudó y el alcohol hizo el resto. El despertar resacoso brindó la vergüenza y el arrepentimiento en el novio de Leti, mientras que Isi ingirió una aspirina efervescente como la guinda dulce que completaba la experiencia más maravillosa del mundo. Pese a ello, tal acontecimiento no había estimulado un ritmo sabrosón a su corazón; el que dicta a un ser humano que vive enamorado sobre una primavera floral y eterna. Todavía nadie le había deslizado el telón sobre sus ojos para ver todo color de rosa. Fue Marcos quien llegó con los bombones y las flores y con afán de avivar ese sentimiento. Tocó la campana del amor en varias ocasiones más, de manera consecutiva, e Isidoro, absorto y gozoso de la nueva sensación no se negó ni en una sola ocasión. La segunda vez que el cocinero llamó a su puerta fue cuando apenas habían transcurrido unas horas desde la primera vez. Esa encrucijada que vivieron en la bañera del apartamento había sido ignorada por Isi durante la discusión con Lucas, ya que tanto él como Mario preparaban la comida durante ese concreto intervalo de tiempo. A su amigo tal idea le

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hubiera provocado un gran desagrado. «Sabia decisión la mía. Aunque Marquitos pidió aquel día un excelente segundo plato» bromea mudo y vagando en recuerdos. A la noche siguiente llegó la playa, que apenas consistió en un almuerzo, y meses después solicitó que le sirvieran el postre. Luego llegó la cena, el desayuno y enganchados a la dinámica volvieron a empezar el menú. Isidoro siempre se ha caracterizado por ser demasiado tímido, y jamás ha sido una persona con iniciativa en el tema sexual, pero el tiempo convirtió aquella relación en una rutina demasiado fácil que les hacía olvidar la realidad. Placer para dos, y una infidelidad casi perfecta e insospechable. Marcos, pese a seguir enamorado de Leticia, veía en su amigo un escape sexual que echaba demasiado en falta con su novia.

Las trenzas de solomillo se deshacen en las muelas tras dividirse entre los colmillos y fundirse en el paladar. Todos practican un masticar liviano y pausado, y gracias a ello sus estómagos apenas realizan esfuerzos extras para disolver la piel de la carne, su pan rayado, la salsa fina de paté con medidas piezas de jamón que acompaña, así como tampoco sus trocitos dulces de manzana asada. Un suspiro largo, tendido y placentero no deja lugar a dudas. «El plato estaba para chuparse los dedos», exclama Jorch, que ni siquiera espera al postre para encenderse un porro de maría cultivada por él mismo. El corro de la cena acomodado finalmente en el cuarto de Isidoro, –para así poder ver una película– es pentagonal y yace sobre varias alfombras rojas. El plato ha sido felicitado a Ekaitz, quien tan sólo ha sacado la receta de un reconocido cocinero vasco. Marcos ha sido el encargado de llevar a cabo la parte de la preparación en los fogones, tarea que ninguno de los testigos ha decidido desvelar, ya que al tiempo que devoraban el delicioso manjar en silencio, el filme Los Lunes al sol, ha incitado que crezca el olvido de tal pequeñez. Incluso el paso de los minutos y el calor ha acelerado la marcha de Jorch, que sentía caer sus

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párpados, al igual que Lucas, quien sin embargo ha decidido dormirse en una esquina del colchón sin abandonar el cuarto de las proyecciones. En la cama, el cuerpo soñador muestra las rodillas flexionadas, cubiertas por sus tradicionales pantalones anchos vaqueros, los que empequeñecen su escaso metro setenta. Y junto a ello, sobresale la posición de sus manos entrelazadas y dormidas a la altura de su pecho. Los tres le miran, sonríen y vuelven a centrar su concentrada mirada en el barbudo y barrigón Javier Bardem, quien rompe orgulloso una farola con una piedra después de haberla pagado. -¿Quieres venir a dar una vuelta? –Pregunta Isidoro minutos más tarde, cuando los créditos comienzan a oscurecer la pantalla. -No mucho, la verdad –responde Ekaitz, a quien iba dirigida la invitación. Reposado sobre el costado de la cama y con un cuaderno de poemas señala a Lucas con el pulgar–. ¿Y éste? El anfitrión y aficionado a las imágenes andantes apaga el ordenador con sutileza mientras se peina con suavidad la melena y entrega una mirada a Marcos, sentado junto al armario que guarda las chocolatinas, varios libros de la carrera universitaria, y un cúmulo de cedés con películas de cine actual, en blanco y negro y cintas menos anticuadas. El dormir de Lucas no molesta en absoluto a Isidoro ni al resto; pero mucho menos al primero, único conocedor de la tensa situación. De pronto ha visto salvada esta noche, y si continúa adormilado quizá evité emprender una nueva discusión. Marcos decide ponerse de pie al ver que Ekaitz lo hace raudo cuando ve al anfitrión desviar los ojos, arquear las cejas e inclinar la cabeza en repetidas ocasiones. Los tres salen fuera con sigilo, como fugitivos. Cierran la puerta sin que el marco note su presencia de vuelta y se enfilan en hilera india hasta la cocina; vacía y a mano izquierda del pasillo.

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-Lo ha descubierto, ¿verdad? –expulsa presto de su boca el poeta–. Me lo dijo la otra noche, pero yo creí que no sería para tanto. Aunque veo en tu rostro que no es así, sobre todo cuando habéis vuelto de las compras. ¿Qué ha pasado? -Lo sabe –ratifica sin entusiasmo–, y antes de entrar al supermercado me ha montado un pollo impresionante. Isi mira con el rabillo del ojo a Marcos para divisar el color de su cara y esperar si existe alguna opinión que quiera pregonar a los cuatro vientos. Los dos aguardan impacientes las palabras del cocinero, pero de momento no dice nada. Únicamente se mete las manos en los bolsillos delanteros de su pantalón de pana, da un pequeño paso y reclina sus piernas hasta sentarse en una de las sillas verdes de plástico. Su corazón encogido y sus náuseas, pobremente le dan fuerzas para mover un solo músculo de su organismo; lo oído es como si le hubiera engendrado una crisis depresiva irreversible. -¿Y a él que le importa? –Indaga Ekaitz desorientado en el tema. Mira a los dos y con disimulo se desabrocha un botón de su camisa de seda blanca por el exceso de temperatura que hay en la cocina. -Hay algo que no sabes –confiesa echando un vistazo a Marcos para hallar objeción a la historia que va a contar, y como no la encuentra, continúa–. Es que él tiene novia desde hace cinco años, y para más inri ahora ella está embarazada. -¡Ja! –expulsa tal onomatopeya con brusquedad al hacerse cargo de las tres últimas palabras. Ignorante hasta la fecha de todo el embrollo sentimental, no cree un ápice de lo que oyen sus oídos y opta por la ironía nada más dejar su libro de poemas franceses sobre la mesa que hay frente a él– ¿Esto es una broma? El deje argentino no puede retener la sonrisa de Marcos, que pese a todo sigue sentado, quieto y sin abrir boca; mirando al vacío como si el vacío fuera la solución a sus problemas; en caso de que todo ello fueran problemas.

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-No es broma –objeta Isidoro con aspereza. -¿Pero entiendes o no entiendes? –pregunta al cocinero mudo. -¿Cómo? –excusa su débil voz recién estrenada. -Digo -expone ahora con lentitud el poeta para dar con la respuesta y asimismo aclarar la cuestión– ¿Qué si eres o no eres gay? No se oye ni el suave runrún de la caldera que da calor a las calefacciones y más de treinta grados centígrados a la residencia universitaria. Isidoro opta por mantener su lengua obstaculizada, alejarse hasta la altura del grifo, abrirlo, llenarse un vaso de agua y beber paciente a sorbitos mientras espera aguzar el oído para no perderse detalle de la respuesta de su compañero sentimental. -A mí me gusta estar con Isi -explica sumiso–, quiero estar con él toda la vida, lo tengo claro, pero sé que me cuesta desatarme de mi pasado, de ella. -¿Qué se llama? -Leticia, se llama Leticia –aclara–, y ahora todo se ha complicado demasiado, sobre todo para mí. Yo no sé qué va a ser de nosotros dos, pero no quiero perder la oportunidad de vivir toda mi vida con él, que con quien mejor he estado desde que alcancé la madurez. Siempre he tenido relaciones con tías, pero desde hace dos años, cada vez que estoy con Isidoro, tengo una sensación, diferente, nunca vivida antes. Voy a dar ese paso. ¿Cómo? No lo sé, pero quiero estar con él. La fulminación de su monólogo también tiene incluida una mirada dulce a Isi, quien según avanzaban las palabras, ha acelerado los tragos hasta acabar con todo el agua que yacía en el interior del vaso. No transcurre un segundo más, y el poeta, en respetuoso silencio, ya recoge el libro con formato de cuaderno repleto de poemas. Mira a los dos en tres ocasiones, primero a uno y luego al otro, y sin más prolegómenos comienza a irse. Nadie dice nada, ellos dos

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mantienen la mirada, y Ekaitz, la resignación oculta y la creciente complicación –muy patente– de enamorar al joven aficionado a las videocámaras de barbita y ojos azules. -Yo me marcho a dormir, vosotros hacer lo que queráis. Si se despierta el otro mendrugo decirle que dejo la puerta abierta del cuarto para cuando vaya a dormir, más – ironiza–. Au revoir, le couple! Sacude sus dedos en horizontal con una sonrisa vampiresa que obliga a sus dientes superiores ambarinos a morderse el labio inferior. Y al segundo de ver esa imagen, desaparece su camisa azul celeste tras el marco. -¿Qué ha dicho? –Pregunta Marcos. -Algo así como, ¡adiós, enamorados! –traduce dudoso, mientras camina hasta quedarse a efímeros centímetros del corpulento cuerpo de Marcos. Se miran en silencio, callados, sonrientes y apenas rozándose las piernas; sin besarse, sin llegar a mirar de reojo a la puerta abierta de la cocina; confiados, quizá enamorados, y ante todo, solitarios. -¿Qué haremos con Lucas? -Es tu mejor amigo y no es tan mala persona –cavila Isidoro con un diálogo pausado– , quizá a lo largo de estos dos días que nos quedan aquí nos abronque, pero no creo que le diga nada a Leticia, y si es así, quizá sirva para allanarte el camino. Le mira desde lo alto con una mueca jovial, y de inmediato, le lanza un guiño con su ojo derecho en busca de complicidad y apoyo para sus palabras. Acaricia el vello de tres días que se acumula en ciertos pliegos de la cara de Marcos, quien dibuja una mueca complaciente al sentir el cotidiano tacto de sus delgados dedos. No obstante, al mismo tiempo esconde una amplia duda en su interior mientras transmite una sonrisita afirmativa a su propuesta. La inseguridad va por dentro y siempre debe ser así, tal como le decía en

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decenas de ocasiones su último jefe de cocina. No comparte en absoluto que Lucas sea el pregonero de su relación homosexual. Y menos aún que sea algo que le allane el camino. -Hoy, mañana y pasado, disfrutemos, ¿te parece? –invita Isi. -Me parece –aprueba. Los labios parecen fluirse con demasiada facilidad y confianza mientras en la mente de quien permanece sentado; de quien apenas lleva cinco días en la ville de Genève; llega la imagen de un salón decorado con muebles de los años ochenta y lleno de vida en aquella calle medieval oscura. El tercer piso de un edificio de tres alturas y sin ascensor que acoge el rostro largo por la calvicie, y vetusto por la edad, tiene el nombre de Fernando. Viste sus habituales pantalones cortos de chándal. Y en el plano visual de su memoria también aparece Rosa con su delantal, siempre tan regordeta y alegre. Y el exceso imaginativo llega cuando los labios masculinos dan los primeros síntomas de ultimar el beso. En la cámara de su retina sale del baño con su albornoz rosa, Leticia. Su voz silbante llega distante diciéndole con el dedo que vaya, que tiene algo importante que contarle, y que deje todo lo que ahora mismo está haciendo. La escena vuelve a repetirse una, dos, tres veces, y casi parece que de forma incesante. Inclusive cuando tiene frente a sí, a un palmo escaso, el semblante serio, barbudo y melenudo de Isidoro. Ella sale de nuevo del baño y vuelve a llamarle con el dedo y su voz silbante para acto seguido esconderse en su cuarto. -¿Algún problema? –Interpela Isi. Marcos lo niega y saborea la saliva de su amante perdida ya entre sus encías.

Cuarenta y cinco minutos dan para mucho. Quizá para aprenderse un tema de historia contemporánea del instituto, tal vez para escuchar un disco por completo de música; memorizar una canción. A lo mejor sirven para dibujar un cuadro, escribir dos poemas,

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gastar un carrete de fotografías, grabar un corto. Quién sabe si da tiempo a tomarse tres copas de ron con coca cola. Cuarenta cinco minutos se utilizan para jugar la primera o la segunda parte reglamentaria de un partido de fútbol, con o sin goles. Sirven para echarse una siesta, comer, cenar y desayunar en grandes cantidades. Por desgracia dan maniobra suficiente a cualquier ejército para bombardear un país como puede ser Irak, Afganistán, Kosovo, diversidad de puntos africanos, y así hasta contar hasta una treintena de conflictos en el mundo, donde las muertes de civiles son un silencio en las memorias de los seres humanos occidentales; viven bajo sus propios problemas. Y en escasos cuarenta cinco minutos medio mundo quedó aterrorizado por el ataque terrorista del cerebro Bin Laden así como el posterior desplome espectacular de las dos torres gemelas de Nueva York. El otro medio planeta explayó media sonrisa o le fue indiferente o no se enteró. Y quizá ese lapso de tiempo tan minúsculo a lo largo de una vida entera también sirva para hacer el amor. Una satisfactoria vez o varias. Posiblemente los ciudadanos de la tierra necesiten amar más, sentirse amados y convertirse en mejores personas al fin al cabo; meditar previamente durante los citados minutos todos los actos que van a realizar. Esos cuarenta y cinco minutos, los que para el lector ya comienzan a ser un estorbo demasiado coreado, son los que han transcurrido desde que los tres inquilinos dejaron solo a Lucas dormido como un bebé en la esquina del colchón. A oscuras, frente a una luna desdibujada y fría, y en silencio.

El viento azota en las deshabitadas amplias calles suizas de la residencia universitaria. Por su parte los pasillos interiores de esta última apenas tienen trasiego, y tan sólo algún sonámbulo con apretones de vejiga encoleriza el ruido al tirar con nervio de la cadena. En la habitación de Isidoro, en el piso siete, la ventana del recodo izquierdo debería estar mal cerrada porque de pronto se abre sin que aparezca una fuerza visible. La corriente

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gélida comienza a ser entonces fiel invitada en el pequeño habitáculo, y desde ese mismo instante el reloj digital que yace encima del escritorio apenas andará dos minutos escasos sin ser observado. Lucas abrirá uno de sus ojos y tras adivinar la hora, buscará una manta desorientado. El tobillo izquierdo que está durmiendo sobre la pierna compañera es el primer punto del organismo que nota escalofríos en la piel. En sueños son latigazos de toallas en cuerpos – culos– desnudos que huyen veloces por las duchas del gimnasio. Las manos del turista dormido todavía entrelazadas maniobran en busca de refugio junto a la cadera que yace más cosida al edredón del pequeño colchón. Los hombros y brazos desguarnecidos también tratan de abrigarse sin resultado. El joven delgado y rácano en altura se mece tumbado sobre la cama. Una mano sale de la cueva para rascar la cabeza rapada, y acto seguido, la misma mano libre frota sus ojos borrosos con los nudillos. La nitidez tarda en regresar a su cerebro y debe retirarse con maña las finas legañas amarillas. Un dulce silbido atraviesa veloz toda la habitación y el estado somnoliento en completa esencia desaparece al fin de Lucas. Gira los ojos ya abiertos, busca a Ekaitz para situarse pero no le encuentra. Mueve sus articulaciones para sentar sus posaderas con torpeza. Posa sus brazos en las rodillas, cansino y ejerciendo potencia sobre las mismas. Siente el céfiro helado y ciego chocar de nuevo contra su oreja, busca el origen de éste y ve la ventana abierta. -¡Hijoputas! –Exclama mudo. Sin erguirse del todo da dos pasos encorvado para empujar la puertezuela de cristal. Pero sin previo aviso pisa un muñeco de plástico que a bien seguro el marco de la ventana ha tirado, y ha de retroceder hasta el colchón nuevamente. -¡Mierda! ¡Joder! –Maldice levantando con velocidad su número 41 de pie, desnudo– . ¡Cómo duele! ¡Maldita sea!

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Sujetándoselo con las dos manos busca la herida, sin embargo no la encuentra. Remanga sus pantalones anchos hasta la altura de la rodilla y decide sentarse en la cama para verse con mayor comodidad la planta donde el rojo comienza a tomar tierra. El viento no ofrece tregua en tanto, y el frío ha tomado tanto cuerpo en ese menudo habitáculo, que el aire caliente de la calefacción pierde la batalla y asoma ya una bandera blanca de rendición que a todas luces ignorarán las asaltantes partículas gélidas. Cojeando cierra la ventana al fin, enciende la luz después y va en busca de una manta que le palie el frío corporal, «¡Uuff! Al menos me dará calorcillo hasta que la calefacción vuelva a hacer efecto» recita en alto con calma. Abre el armario y antes de ponerse en cuclillas cae en la cuenta de que está en el cuarto de Isidoro. La memoria le recuerda la cena y su dormir posterior en cuanto pusieron la película. Pone sus ojos en la puerta de salida, mira a las montañas sombrías y admite su soledad. Vuelve a ponerse de pie, recrea su mirada por el cuarto y halla lo que intuía y deseaba que existiera por alguna parte. Una nota. Hola, majo, hemos salido a dar una vuelta por la ciudad ginebrina. Te hemos visto tan dormidito que hemos preferido no molestarte. Si despiertas puedes bajar ya donde Ekaitz, que ha dejado la puerta abierta. Mañana nos vemos, Au revoir / Ciao Isi / Marcos

Lo piensa, lo medita y lo vuelve a pensar. Relee lo escrito y se sienta en la cama. «Bajar ya donde Ekaitz. Tales cuatro palabras indican que el poeta gay no ha salido», refunfuña en absoluto silencio. Estira sus dedos entrelazándolos y forzándoles a doblarse hacia su sentido antinatural, y sonríe con una pequeña risotada interior que puede oírse de cerca.

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-No pienso irme a dormir al cuarto de abajo. Lo tienen claro si piensan que voy a seguir siendo cómplice de esta infidelidad. Bonita sorpresa tendrán los dos cuando regresen de su fiesta truchilla –recita en voz alta y con excesiva malicia. En apenas un soplo de viento la citada nota acaba convirtiéndose en una bola de papel que vuela sin estilo hasta el borde de la papelera metálica sin llegar a introducirse; la misma que no dio cabida en un primer instante al envoltorio de la chocolatina que comió Ekaitz hace demasiado tiempo atrás. El cajón primero del armario le enseña ropa de invierno perteneciente a Isidoro, el segundo cajón le descubre muda sin dueño fehaciente, y el tercero varios jerséis de gruesa lana que son por supuesto de Marcos. Alcanza una silla con el asiento y el respaldo de tela, las patas de hierro, y sin terminar la búsqueda de abajo empieza a indagar por los estantes más altos del mueble. Tampoco prueba en el guardarropa central que alberga las decenas de perchas colgadas. Arriba encuentra cables y varias piezas y aparatos relacionados con el mundo de las cámaras de vídeo. Desilusionado por lo visto y por no dar con la ansiada manta comienza a creer que no le va a quedar más remedio que adentrarse en la fatídica cama, y tal idea, es una medida que desea evitar por todo lo alto. «¿Y si no han cambiado las sábanas?», se pregunta cuando arrastra la silla hacia su posición inicial. Hasta la fecha no había tenido en su cabeza la idea aciaga, pero en cuanto el edredón ha mostrado la almohada blanca, un flash visual le ha manifestado la repulsión de dormir en el interior del sobre. Así que en caso de no encontrar mantón alguno, utilizará un jersey de lana por lo menos hasta que el calor vuelva al cuarto y a su organismo. Tampoco quiere bajar donde Ekaitz a por uno suyo, pues correría el riesgo de que en ese transcurso los dos volvieran, o también podría ser que el poeta despertara y le impidiera su hazaña malévola reteniéndole. Meditadas las opciones vuelve a los cajones de abajo. Se frota los brazos tratando de allanar su piel de pollo e intenta abrir el más grande y pesado. Éste parece guardar en la parte

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superior infinidad de camisetas blancas de algodón, sin embargo, descubre que no es así en el mismo instante que levanta las dos primeras. La imagen es la misma que presenció Marcos por sorpresa el primer día. Si bien, el amante de Isi no ha vuelto a preguntar por esas cintas, e incluso las tiene olvidadas en la memoria que suele utilizar a diario. Él gasta más interés y neuronas en adivinar el sabor de los labios de quien grabó estas películas y en olvidar que Leti está embarazada a cientos de kilómetros; enamorada de él y traicionada. -¡Dios mío! –Prorrumpe el joven Lucas después de un silencio atónito en el que sus labios ocultos por su mano han quedado abiertos dibujando la figura de un limón en horizontal. Fechas y fechas se clavan en sus pupilas inquietas. Las minúsculas cintas de vídeo están ordenadas de manera meticulosa según lo revelan los números grabados en los rebordes. De inmediato y sin lugar a dudas quiere verlas como sea. No todas, pero sí las más interesantes. Levanta una, otra y otra, y al final alcanza el fondo del cajón de madera. Repite en voz alta otro juramento, aunque en esta ocasión más largo y nombrando al crucificado Jesús y a la virgen María. El corazón le palpita con tanto atropello que el ardor de su sangre ha limado el vello y su piel como las apisonadoras cuando ruedan por el asfalto recién vertido. Cae de rodillas tras equilibrar todo ese tiempo de cuclillas. Las contracciones de sus ojos se suceden para concienciarse de que es realidad lo que ve, y mientras, persiste en la tarea de sacar una a una las cintas. No visualizará todas porque es imposible, pero comienza a buscar fechas que le digan algo y puedan tener un sugestivo que mostrar. Los títulos que ganan un puesto de honor en su inesperada proyección nocturna son las dos que aparecen selladas en rojo, ya que contrastan con las infinitas fechas escritas en azul. Una tiene dibujada una letra que parece ser una L, la otra una M, y ambas, estaban en la última hilera del cajón. Raudo, coloca a ambas sobre la mesa. Mira a la puerta, pero piensa que da igual

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que los dos amigos vuelvan de jarana y con sueño. «Hoy el mando está en mi mano y reina el pulgar de Lucas, el más veloz de Suiza junto a una consola de videojuegos, y por qué no, frente a un ordenador», ríe radiante mientras inicia la tarea de vaciar el cajón para la selección. Extrae cintas que en la mayoría de los casos son de la misma marca. Las separa según el tiempo, y cuando termina pasados varios minutos detecta que incluso existen varias que fueron grabadas hace dos años, justo después del verano fatídico. El suelo pronto se ha convertido en un puzzle de decenas de cajas desordenadas que desde la lejanía podrían confundirse sin complejos con una baraja de cartas caídas. Elaborada la peliaguda selección decide pasar a la segunda fase, que de cualquier forma y a todas luces debió ser siempre la primera; Hallar la cámara de vídeo y el cable que permita ver las imágenes en el ordenador. Y no ha terminado de pronunciar esta última palabra cuando su dedo índice pulsa el botón de encendido del portátil. -Esto marcha –atestigua con una amplia sonrisa. El sueño parece haber huido como una sabandija por la rendija de la puerta de entrada. El frío se bate entre la vida y la muerte según esté fuera o dentro. Más aún, el frío cae en el suicidio cada vez que choca con el menudo cuerpo de Lucas, que sin manta ni jersey centra ahora todos sus sentidos y emociones en destapar ante sus ojos lo que encubren las cintas de Isidoro. La cámara la encuentra sin tiempo para la desesperación. El primer cajón que abre del escritorio le regala los tonos plateados de la máquina, y junto a ella, varios cables. La conexión le lleva varios minutos, aunque en ese efímero momento de duda recuerda que siempre podría ver las grabaciones desde la propia filmadora. No puede evitar comerse una chocolatina cuando sentado sobre la almohada y apoyado contra la pared comienzan a emerger los números cinco, cuatro, tres, dos y uno;

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típico emblema en las grabaciones de Isidoro sean del tipo que sean. La fecha elegida es 20.12.2003. No sabe por qué, pero ha preferido reservar las letras para el fina, aun con el peligro evidente de que ellos vuelvan de fiesta e Isidoro le requise el material y la diversión. En las dos primeras cintas, que son las que más perduran ante su mirada, aparecen imágenes de su numerosa familia. En la primera es cuando volvió de Ginebra las pasadas navidades. La puerta de su casa plasmada por fuera y abriéndose por dentro es la escena inicial. Sus padres son los primeros en aparecer, y acto seguido y sin apenas descanso, van entrando en imagen los dos hermanos, las tres hermanas e incluso él tiene un fugaz plano para sí. El piso acaba convirtiéndose en un pequeño habitáculo según llegan los protagonistas, y la cámara apenas logra captar un solo plano lejano. Más aún cuando los actos son veloces y colmados de diálogos escuetos. Isidoro ha hecho un buen trabajo, aunque Lucas se cansa cuando apenas han transcurrido siete minutos de la cinta e intuye que no es eso lo que busca. En la segunda es un cumpleaños de una de las hermanas, de la cual también se aburre en escaso tiempo. La tercera pasa a ser una visión particular de la rica ciudad Suiza en la que se incluye una musiquilla regida por diversos instrumentos de viento, entre ellos la flauta y la trompeta. La cuarta es una fiesta en la residencia ginebrina, donde puede reconocer a Jorch con sus ojos rendidos, hinchados, y su sonrisa perdida entre las confidencias que destina a una joven de melena rizada y corta estatura. Asimismo aparecen las chicas que estuvieron durante el concierto de jazz y blues, y entre ellas está la muchacha de aire oriental con su larga y lisa cabellera azabache. Desaparece demasiado tiempo junto a Isidoro, o al menos eso denota el paso de los minutos. Su imagen se esfuma y sólo queda patente la femenina y débil voz entremezclada con la del director. Además, la película y el festín pierden interés para el único espectador, puesto que muchos de los protagonistas hablan en francés. Así que desconcertado, Lucas vuelve a levantarse de su butaca, que es la

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cama, y saca veloz la cinta de la videocámara para guardarla en su caja mientras medita cuál será la siguiente. Mantiene una pausa, ve las dos que tienen un sitio de honor, y tras lanzar un vistazo de reojo a la puerta inerte y una vez adivinada la hora, decide que ya va siendo hora de destapar lo que tienen esos dos filmes misteriosos que facturan un título diferente. Antes abre otra chocolatina que en esta ocasión no terminará. Dedica diez minutos a recoger cada una de las más de treinta cajas con películas que yacen en el suelo a modo de puzzle, y las recoloca con sumo celo en el cajón. Después vuelve hasta la altura del portátil, pulsa el play y se reclina sobre la cama con las piernas cruzadas y la espalda descansada sobre la pared.

Las primeras imágenes no presentan los cinco números previos cayendo hacia el suelo, como si de una bomba atómica en plena acción se tratara lo que Lucas fuera a presenciar en breve. Tampoco parece haber sido corregida la fotografía, ya que la primera escena tiene un fondo grisáceo oscuro con infinidad de motas blancas y plateadas. La proyección empieza de golpe después de siete segundos con la citada nieve como única protagonista en el monitor. Isidoro aparece de espaldas en un primer plano con una chaqueta, y poco a poco va alejándose con sigilo hasta apoyarse en la manilla de la puerta de su cuarto. Las bisagras ceden, son risas lo que se oyen; risas reprimidas que agudizan el sonido de éstas en los pequeños altavoces que acompañan al portátil. No hay duda, pese a la tenebrosidad, de que es el cuarto en el que ahora el espectador ve de forma furtiva el filme. El misterio y el interés han llegado a calar tan hondo, que la chocolatina queda suspendida en el aire a un palmo de la boca de Lucas y con el sello de su último mordisco. La confusión y las sombras persisten, pero ya sin frío, al fin siente saciada su curiosidad y borrada su decepción. Las imágenes prometen.

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-Tenía que recoger la ropa sucia, disculpa –se le oye decir a él entre susurros. -No pasa nada –responde la voz femenina con media sonrisa. Apenas pueden vérseles los rostros, pero sus maneras de hablar revelan, entre otros aspectos, que ambos han bebido. Incluso Isidoro parece dar tumbos a la hora de cerrar la portezuela y poner la llave en la cerradura. La chica camina con los brazos extendidos en busca del cuello de Isi; de un abrazo imperecedero que sólo deje de serlo al amanecer. Sin embargo, con habilidad, él la esquiva. Le pide con cariño que se eche en la cama, y ella obedece con serenidad y lentitud. Isidoro desaparece un momento del plano. -Pondré la calefacción para que no pasemos frío –se oye una voz grave. Esto revela al instante que ha metido la cabeza debajo del escritorio, donde se encuentra instalado el pequeño radiador Ella va vestida con un vestido oscuro que le cae con escaso vuelo hasta la altura de las rodillas. Los zapatos han rendido su andar sobre la alfombra y el abrigo debió yacer junto a la misma puerta de entrada. Su atrevido escote queda descubierto cuando los finos dedos de Luzi comienzan a derribar los finos puentes de tela que reposan sobre sus hombros. -Estás realmente bella, permítame que te hable en castellano y te diga que eres la chica más hermosa de Ginebra –adula Isidoro como nunca nadie le había visto hacerlo antes–. Me gustaría que te desnudaras para mí. Ella no duda y tras acomodarse sobre la cama comienza a consentir que su vestido se deslice manso hasta la cintura. Él parece arrimarse de espaldas al enfoque de la cámara, a paso lento. Inmóvil estira el brazo para rozarle la piel desnuda. Sus dedos caminan por las prominentes clavículas y su grácil cuello. No llega a descender a los senos aún cubiertos por un sostén negro aunque ella lo anhele; desea que se precipite sobre sí y le bese con

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pasión. Si bien, únicamente experimenta la yema de la piel masculina vagando por sus poros sedosos, los que pese a ser muy finos, le recrean una dulce sonrisa de gozo. Sus codos permanecen tras su espalda, aún elevada, y sus manos pequeñas continúan bajando más abajo de su menuda cadera con demasiado esfuerzo. Al final un movimiento de piernas logra que el vestido pierda su tirantez y quede doblado a la altura de los tobillos.

Las pupilas de Lucas no se pierden ni un haz de luz de la pantalla, y sus párpados permanecen alzados pese a que el frescor que almacena en sus ojos podría servir para dar vida a una bodega vinatera. En cualquier momento cree que va a llorar, no obstante, su desierto visual resiste varios minutos. Ha olvidado que en tanto sigue existiendo un mundo en el exterior, y que el autor de la película y su amante pueden suspender la sesión de madrugada en cualquier instante. Lucas tan sólo piensa que el filme se ve sombrío, aunque tal peculiaridad no le impide distinguir que la chica está casi desnuda en su totalidad. «Acaba de desprenderse de las medias, y a poco, se deshará del resto», cavila. Además, adivina que ella es quien abofeteó a Isidoro en el bar aquella noche... Con los pantalones desabrochados, deja la chocolatina sobre una estantería; no ha podido por menos que rozarse en varias ocasiones. A latigazos gatea hasta quedar a un solo metro de la pantalla, y cuando ve las escenas inmediatas, queda absorto sin creer que aquello sea verdad.

-Desnúdate entera, quiero ver la belleza que voy a amar toda mi vida –continúa adulando el filmador furtivo. -Haz tú lo mismo –pide ella ebria, pero sexy cuando balancea tumbada sobre la cama con sus dos únicas prendas interiores.

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De nuevo aparecen distanciados los protagonistas. Isidoro se ha descalzado de sus zapatos, ha lanzado por los aires sus calcetines negros de rombos granates, y también ha colgado su chaqueta sobre la silla. Entonces inicia con ritmo a desabotonar cada uno de los botones de su camisa, ella le lanza con ingenio el sujetador, y deja que el tanga salga de plano con sutileza. Sin mediar palabra, la chica le pide que se acerque, que le bese el cuello según indica su cabeza reclinada. Isi mantiene su posición, permitiendo que pueda vérsele a ella, e incluso parece que comienza a desabrocharse los pantalones. -Acaríciate –demanda él. -¿Mm? –Le mira con desaprobación, pero apenas puede negárselo, puesto que los mismos dedos masculinos que coquetearon por sus clavículas ahora comienzan a acariciarle con exquisitez a la altura de la ingle.

El espectador número uno duda en exceso que lo que vaya a presenciar a continuación sea una escena erótica, porno, en vivo y en directo. Tenso, de rodillas sobre el suelo y con la luz encendida, evita parpadear siempre que no sea necesario. Más aún cuando la exaltación femenina se ha convertido en intermitentes cantos de sirenas que al propio Lucas le amedrentan. Ni siquiera lo soporta tres segundos, y por ello pulsa el botón que adelanta la película a gran velocidad. Además, de nuevo vuelve a pensar en el regreso de un momento a otro de Isidoro y Marcos, y teme que le cacen en tal embarazosa situación. Desea apagar la cinta cuanto antes, pero también quiere conocer el final de la historia. Ella completa las caricias amatorias sola. Isidoro continúa su desnudo sin deshacerse en ningún momento de los calzoncillos de pata ancha. De pronto algo cambia. La joven interrumpe sus ternuras, se levanta brusca y empieza a vestirse.

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Lucas parpadea por tres veces consecutivas, busca los botones de la cámara de vídeo con ansiedad y no tarda en pulsar el pause para luego iniciar de repente la cinta a su velocidad normal. -¡Hijo mal nacido! –oye de la voz femenina. La estridencia retumba en los altavoces y hacen dar un respingo a Lucas, que oye botar su sangre contra las costillas. Entonces cambia el plano grabado desde lo alto, y la imagen que se ve nace desde la colcha y se enfoca torcido parte del armario. –¡No quiero saber nada de ti jamás!¡Pero jamás! –reprocha ella. -Luzi, perdona –implora Isidoro. Vuelve a pulsar para que la cinta retroceda unos segundos más. Ella aparece desnuda tumbada sobre la cama, con las piernas recogidas y distanciadas, aguardando la llegada de su amante, de su enamorado, de su cielo. -¿Qué es eso? –Pregunta ella extrañada. -¿El qué? –distrae él. -Lo qué hay... –mantiene un silencio y pone de pie su cuerpo desnudo. Con la barbilla levantada y retirándose el pelo de la cara le mira e increpa con ira– ¡Cabrón! ¡No me jodas, Isi! ¡No me fastidies! Nos estás grabando, no lo niegues. Ella le vuelve a insultar al descubrir posiblemente la luz roja. Sus ojos rasgados alcanzan un primerísimo plano y sus dos manos menudas agitan la cámara hasta que ésta cae botando encima de la cama. El sonido continúa encendido y permite adivinar la bofetada doble y vigorosa que recibe Isi de la chica. A él segundos antes puede vérsele protegido con los brazos junto al armario. Después queda caído en el suelo y arrugado sobre sí mismo. Se vuelve a oír lo de ‘¡Hijo mal nacido!’. Ella debe decidir vestirse, porque

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al de poco tiempo la puerta se cierra junto a su consecuente eco descortés que ni siquiera tiene un efímero ‘au revoir’.

El silencio sucesivo a la pelea le asusta pese a mantener la luz encendida. La pantalla gris con su nieve albina ha dejado una calma atípica pero cotidiana después de la tormenta. Lucas prolonga su posición arrodillada y es que siente miedo; pavor le da girar la vista atrás. A raíz de haberse sumergido en tal desorbitado escándalo se ha mantenido alejado del mundo exterior, y ahora es incapaz de evitar sospechar que sus dos amigos hayan vuelto del paseo y estén situados a su espalda vigilándole desde hace largo tiempo; el suficiente. Casi denota sus sombras lánguidas apoyadas sobre su cogote. Estira la mano hasta la cámara, gira el cuello y encuentra un vacío en el cuarto que le hace volver a exhalar oxígeno con regularidad mientras su corazón bombea sangre como torres petrolíferas en Irak. No duda un instante. De pie y con los pantalones abrochados, se guarda la cinta, cierra el estuche vacío de ésta, abre el cajón del armario y lo recoloca en su sitio original. Encima sitúa las dos películas con fechas que le preceden, y más arriba las camisetas de algodón que plancha meticulosamente con sus manos. El reloj despertador marca una hora prudencial y a la vez peligrosa. Pero aún le aguarda la otra película, para la que no tiene una sola fuerza de voluntad. La letra es una maldita ‘M’, mientras que la visionada, la que ya reposa sin caja en el bolsillo de su pantalón, era la ‘L’. Suspira. «La chica se llamaba Luzi» retuerce la idea que había masticado desde hacía ya rato, «así que aquí están las imágenes pertenecientes a la M de Marcos», apuntilla en su cerebro mientras decide guardar al instante en el mismo fondillo de sus anchos vaqueros la otra cinta de la discordia. Lleva a cabo la misma tarea que con la primera caja. Abre el armario, remueve las camisetas, levanta las películas correspondientes y tituladas con fechas, introduce el estuche

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vacío en la base y deja de nuevo todo en su sitio como si nada hubiera sucedido esa noche. «El riesgo es mínimo» cavila, «ya que durante los días que apenas nos quedan en Suiza, Isidoro es poco probable que decida ver esos filmes, y en caso de equivocarme, daría comienzo una situación tensa, de diálogo prolongado y justa». Lucas quiere que Marcos deje de pavonear con el «maricón» de Isi y atienda el problema que tiene y tendrá entre sus manos dentro de siete meses. Nunca pudo enamorar a Leticia ni salir con ella, no pudo saborear sus labios, y quizá por eso pidió a su amigo, el cocinillas, el favor de que «la cuidara siempre»; «y no lo está haciendo gracias a la ayuda del rarito de las cámaras», rumia en su mente, «Quieren tirar el mar por la borda cuando hay de sobra. Y no sólo eso, que lo de grabar imágenes ha tomado un cariz desmesurado. Ahora no sé si Isi es voyeur, fetichista, o loco con todas las de la ley. ¿Quién sabe si no acabará matando a alguien para dejarlo grabado en vídeo? ¿Quién sabe si ese cajón no almacena ya esas imágenes? Si quiere ser director de cine que escriba un guión como todos, pero que no juegue con las vidas ajenas», protesta entre susurros que no se entienden mientras camina nervioso por el cuarto. Abre la puerta y saca la cabeza con un gesto de tortuga. Es increíble la situación que ahora vive. Jamás lo hubiera imaginado. Asciende las escaleras que llevan al cuarto de Ekaitz, tiene la tentación de volver y asegurarse del contenido del vídeo, pero el runrún del ascensor suena y la valentía cae hundida como el vestido de Luzi lo hizo hasta los tobillos. Las maletas vuelven a estar más repletas ahora, aunque igual de cerradas que cuando tomaron por primera vez suelo suizo. El vestuario está sucio y desdoblado, y afuera, en la calle organizada y cívica, la ciudad ginebrina fría y gris camina viva sobre las once de la mañana. El trolebús arranca grotesco pero gira con ligereza en la primera curva que da fin al letrero de piedra que conserva escrito en letras ocres ‘Cité universitaire Genève’. Isidoro acompaña a los dos turistas hasta el aeropuerto, aunque exclusivamente habla con uno de ellos. Lucas y Marcos dejan atrás las paradas y poco a poco presencian lugares que hace tan

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sólo una semana apenas conocían y menos aún les despertaban simpatía, y que sin embargo hoy, son calles risueñas y cotidianas donde yacen abiertos los comercios, eternos los jardines con relojes desordenados, las plazas con rastrillos, los semáforos con muñecos divertidos, las calles anchas y sus carriles para bicicletas, el paseo en barco y, por supuesto, el propio Lago Leman y la panorámica de su profuso chorro de agua -Jet d'Eau- que logra alcanzar los 145 metros de cielo siempre que no halla viento. Puede observarse desde el puente ‘Mont Blanc’; vial que llevará a los viajeros a la estación de ferrocarril Cornavin. Todas esas estampas han pasado a disfrazarse de recuerdos imborrables y cercanos en sus memorias. Tan próximos como la última excursión con la paliativa compañía de Ekaitz, que fue hasta las casas edificadas en el barrio conocido por Isi como el de los pitufos. Una barriada de edificios construidos al más puro estilo del arquitecto Antoni Gaudí. Aquella tarde gris de marzo fue el final a una aventura que quizá tuvo alguna pata coja, y que tal vez el carpintero de las verdades algún día deba ajustar. Tres interventores vestidos de verde suben por la puerta trasera por primera vez desde que los turistas llegaron a Ginebra. Piden el billete con mucha educación a cada uno de los pasajeros, y Marcos, Isidoro y Lucas, que lo portan, no dudan en enseñarlo con media sonrisa, en señal de las veces pasadas que fueron sin él durante las vacaciones. Hay más paradas y más ginebrinos que suben, bajan, miran a un lado y a otro, exhiben rostros serios, escuchan música, leen e ignoran por desconocimiento los conflictos más pequeños que el trío de la amistad vive sentado en los asientos del antedicho medio de transporte. Llegaron con la idea de reforzar la amistad que rompió el estío de hace dos años en pleno sur de España, y ahora una foto frontal diría que no ha sido así lo acontecido. Los que son pareja clandestina hablan entre sí, bajito y arrinconando a Lucas en su asiento. Él, que atosiga el minutero de su reloj de muñeca, siente aumentar la zozobra por el tránsito de mercancía ilegal ajeno a su propiedad y que quiere sacar del país. Mantiene un gesto torcido, la mochila deportiva sobre

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sus piernas, sobre ella el gorro para el frío de su cabeza pelada, y además ofrece al vacío una mirada perdida que choca con una calle veloz. Sin embargo también encuentra un hueco para sanar el enfado surgido justo después de que Ekaitz le tendiera un abrazo en la habitación de los libros y le regalara un manuscrito de novela que de forma exclusiva le hicieron llegar de Alicante. -Si te lees este libro será el comienzo de un pequeño saludo al mundo de la literatura –recuerda que le dijo antes de que ambos se despidieran. -El título promete –opinó divertido mientras se lo enseñaba a Isidoro. -Meando en la puerta del vecino, de Alejandro Párraga –lee Marcos desde la lejanía en el folio en blanco–, interesante. Fue en ese concreto momento. El cocinero fue a pulsar el ascensor y el poeta cerró la puerta después de guiñar con maestría su ojo izquierdo y brindar su sonrisa final. Isi puso su zarpa en el hombro de Lucas, y a este joven el corazón se le detuvo para siempre. O así lo creyó él mientras se mantuvo el silencio. -Espero que no salga nada de tu sucia boca, que Leticia no se entere, me lo ha pedido Marquitos, y si así es su voluntad, así ha de ser. No hagas nada de lo que yo me arrepentiría porque me encargaría de hundirte, tendría pruebas –le susurró. La amenaza en sí le hizo que una de sus rodillas, y en ocasiones las dos, le temblaran hasta que la puerta metálica del elevador fue abierta por Marcos y la secretaría quedó frente a sus ojos. Sin embargo, la última frase aún suena en él, e incluso ha pasado a ser la única y maldita protagonista de su memoria, y con un tamaño dimensionado. -Vamos –Dice la voz que espera frente a una de las puertas del trolebús. -Voy –responde con celeridad Lucas. Las mismas pastelerías. Las rampas de cemento grisáceo que ascienden hasta el andén, que da cobijo al tren con sus vagones de primera y segunda categoría. Antes las

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joyerías, los viajeros, las cabinas telefónicas para llamar, enviar mensajes de texto a móviles, un fax o un correo electrónico. Los cajones de metro y medio que guardan los periódicos y que pueden leerse sin pagar aunque no sea de bien ver en Genève. Tal es así que en esta ocasión Lucas los ignora y tan sólo cambia la mochila de hombro al sentir cansada y dolorida su espalda. Las banderas que cuelgan en la estación, los bancos de madera, y el tren que arranca a latigazos con los tres jóvenes en su interior. El aeropuerto que vuelve a exponer sus pantallas azules con el listado de salidas y llegadas de los vuelos más inmediatos. Sus tiendas libres de impuestos, las colas de personas donde se factura el equipaje y la despedida de los tres frente a la aduana y la zona de embarque. Lucas lanza con su voz mermada un «nos vemos, tío». Serio y con el gorro puesto, da media vuelta y cruza el detector de metales. Atravesado el obstáculo avanza hacia el centro, y descubre una esfera de plástico de la Cruz Roja que en su interior alberga infinidad de billetes y monedas de una veintena de países diferentes. Incluso pueden verse antiguas pesetas, tanto en papel como en metálico. Junto a ello, más tiendas libres de impuestos; chocolatinas, joyerías, recuerdos, alcohol, tabaco. -Volveré a finales de junio –le desvela Isidoro, que retira su mochila bandolera a un lado para pegarse más a Marcos y acariciarle las manos. -Sí, está bien, tendré tiempo –recapacita efectuando varios vaivenes labiales. -Y espero que tengas todo lo tuyo solucionado cuando llegue –advierte. Isi traza una mueca lozana y barbuda. Marcos asiente y le da un beso casto en los labios. Y sin mediar palabra toma el mismo camino que Lucas -Te echaré de menos –apura el chico Erasmus desde lejos, solitario; aficionado a la grabación vídeos. La azafata sirve un café solo a Lucas, quien permanece sentado en el asiento 23 D. Marcos duerme junto a él, plácido y con la cabeza sobre la ventanilla cerrada. El comandante

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ha comunicado que no hay problemas con el vuelo, y que tienen previsto aterrizar en la capital hacia las tres menos veinte de la tarde. -Su café –dice la azafata de ojos azules, sonrisa albina, y pañuelo al cuello y traje a juego. -De nada –Satisfecho y muy gozoso de poder usar de nuevo el castellano con desconocidos–. Lo echaba de menos –fulmina en un bisbiseo al mismo tiempo que abre el azúcar y da vueltas al café con el palillo de plástico.

Un dedo le golpea en el hombro de manera repetida. La uña redonda vuelve a hincársele en el jersey de lana fina y azulón que hoy viste, y al fin, somnoliento, alza la cabeza, abre los ojos por dos veces y descubre el respaldo delantero. -¿Qué pasa? –pregunta Marcos volviendo la mirada. -Llegamos a Madrid, tío. -¿Ya? ¡Joder, qué rápido! –Bosteza copiosamente izando su cuerpo y tratando de estirar los músculos de sus hombros y cuello. -¿Qué vas a hacer? –Pregunta Lucas después de unos segundos. -¿De qué? -No andes con rodeos, te he visto besar a tu amiguito en Ginebra. Ahora llegas a Madrid y tienes un niño esperándote y una relación de cinco años. ¿Dime qué coño vas a hacer? –Insiste tenso pero sin elevar la voz. -A ti no te incumbe –zanja. Levanta la persiana y mira el paisaje que perfilan los varios miles de metros de altura. -Ahí te equivocas. Me incumbe. Tengo en la maleta pruebas que podrían dejarte con el culo al aire –prorrumpe enarcándole las cejas y la mirada. -¿De qué mierdas estás hablando ahora?

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-De una cinta que grabó Isidoro sin que te dieras cuenta. En ella ambos salís haciendo cosas que seguro Leti no quisiera ni ver ni saber. A mí no me gustó verla... -¡Eso es mentira! –Interrumpe el cocinero irritado. Al segundo se sitúa y pone su mano en la boca pidiendo perdón a la azafata que no ha dudado en buscar el berrido con la mirada. -Fue culpa vuestra –insiste–, me dejasteis en casa solo, me aburría y no me quedó más remedio que divertirme. Ahora tengo una duda, no sé si dejarte que sigas tú sólo el buen camino o enviar mañana el vídeo a Leti y así alisarme el camino. Estos días he pensado mucho, y estoy harto de ser el bueno de la película y siempre quedarme sin postre. Le ha entusiasmado como ha sonado la amenaza sutil, y aunque las ideas y las palabras se le acumulan en el cerebro y quiere continuar con su discurso maléfico no lo hace. Ni siquiera piensa en el chantaje último de Isidoro. -¿Quieres quitarme a Leti? –inquiere en un tono conversador minucioso. -Tengo posibilidades, y además creo que sería un gran padre –provoca–. Tranquilo, Isi es un buen partido. La sorna no le gusta en absoluto a Marcos que desde hace segundos tiene los puños apretujados, caídos en los reposabrazos, la mandíbula sobresaliente e inhala profundo todo el aire por la nariz. No debe arrearle un puñetazo en pleno vuelo aunque quiere. Pero desde el 11S los aviones son lugares de calma y sosiego. Descienden con brusquedad y de forma continuada. El silencio parece perpetuarse en ambos, y la violencia parece el único diálogo posible a partir de ahora. -Si Leticia –arranca con decisión Marcos– adivina algo de lo mío con Isi, eres hombre muerto –amenaza sin mirarle. -¿Cómo?

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Las ruedas del avión tocan suelo con brusquedad, y pese a que Lucas le busca los ojos, éste no le dirigirá la mirada. -Que te mato.

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V

SUEÑOS ROTOS
La vida según el cristal con el que se mira

La oscuridad de madrugada por Madrid suele tener un pavor especial según los barrios. Atrás la calle medieval, a un cuarto de hora el apartamento en el que vive con su madre, y a siete meses la denominación de papá caerá sobre sí. El estómago de Marcos da otro revolcón, la parada del metro le hunde en su abismal caos, y de pronto, vomita en una esquina la cena hecha por Rosa y que no ha logrado digerir. Aún la congelación de sus órganos parece no aguarse y las estalactitas permanecen firmes a la altura del abdomen. La sensación de miedo y la mirada entrecerrada de Fernando no parece nublarse de su memoria. Menos aún las palabras de su novia, amada e inocente Leti. La vida se le ha complicado de tal manera que piensa «ojalá el cinco de copas de la baraja y su pistola aparecieran ahora mismo y cayeran sobre su cabeza». Lo de vamos a ser los mejores padres del universo mundial porque haremos todo aquello que esté en nuestras manos para serlos, fue dicho por la sutil voz de su Leticia, quien acariciándole la mano bajo la mesa parecía pedirle una sonrisa y calma. Si bien la gota definitiva que hundió su mirada en una coral umbría sin evasiva alguna a la vista, fueron las graves palabras que brotaron entre suaves masticaciones de una caliente tortilla de patata. -Habrá que planear la boda –remató el suegro señalándole en dos ocasiones con el tenedor grasiento.

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-¡Papá! –replicó su hija. –De eso ya hablaremos cuando vuelvas de Ginebra. Ahora disfruta estos días que tenías planeados. Eso sí, lo de Barcelona deberemos posponerlo en un principio. -Estás muy callado, ¿asustado? –interrumpió Fernando que seguía engullendo con ansia cada trozo de pan y tortilla. -No, asustado, no... –pareció titubear. -¿Entonces? -Esto te cambia la vida y estoy asimilándolo –acertó a argumentar mientras trinchaba con su tridente uno de los triángulos de huevo, patata y cebolla. -Lo sé, y espero que te plantees muy seriamente a partir de ahora el buscarte un trabajo –recordó su suegro sin alzar su desabrigada cabeza. Así pasaron los minutos, así chocaron sin airbag los agobios, los pensamientos acumulándose uno encima de otro sin vergüenza, y cada cual queriendo imponer su opinión. Y al final, todos divididos, en dos bandos, como la vida misma. Izquierdas y derechas, demócratas y republicanos, guerra y paz, Real Madrid y Barcelona, amor y odio, heterosexual y homosexual, sol y frío, dulce y salado, mirada y ceguera, río y mar, silencio y ruido, vida y muerte. Nadie había mencionado la palabra aborto, ni antes de la cena, ni durante, y menos en el escaso tiempo que duró la sobremesa nocturna. Ni siquiera la televisiva guerra alentó que fluyera el término muerte cuando estuvieron los cuatro repartidos y respingados en los sofás del salón. El niño o la niña que tomaba forma en el interior de la tripita de su novia iba a tocar pie en este mundo infernal, y su futuro padre, si los análisis no dictaminaban lo contrario, iba a ser Marcos Cayetano, joven de 26 años, dedos cortos y gruesos, mentiroso, enamorado de su chica, pero también infiel en puntuales ocasiones.

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«La vida no es justa», recapacita cuando ya retorna de camino a casa sentado en uno de los asientos laterales del metro. Él prefiere vivir un futuro calculado, no inesperado, y tal vez, las tartas de sus cumpleaños hayan alimentado su estómago a mayor velocidad que la madurez su cerebro. Siempre ha renunciado a abandonar la adolescencia donde los problemas parecen chocar de manera incesante contra una burbuja de doble cristal blindado. Ha caído en las redes de la homosexualidad por casualidad y ahora no quiere renunciar a las caricias que su amigo le brinda repletas de frenesí y ceguera. Tampoco quiere casarse, vestirse a diario de traje, cambiarlo por el delantal para cocinar ocho horas, llegar al hogar hacia el anochecer, cansado, abrir la puerta de su casa, besar a su bebé sonriente y preguntar a su mujer sin aire de machito, «¿qué hay de cena?» No quiere verse así. Y no quiere decir sí frente a un cura y bajo el techo de una iglesia. Y menos se atreverá a revelar todos los detalles de esta patraña a su novia, a la que tantas veces ama de forma sincera; a la que echa tanto de menos; a quien siempre ha tenido en su mente cada mañana. No se atreverá, no a la cara. Marcos es un cobarde, y apurará cada uno de los movimientos de sus fichas antes de verse en jaque mate y tener que desenmascararle toda la verdad; su verdad. La solución tuvo ya ocasión de fraguarse hace año y medio, cuando una rubia, alta, delgada y de ojos azules yacía cada mañana a centímetros de su trabajo y le tiraba los tejos en la fría nevera de la cocina. Tan sólo la carta de despido logró que la relación pudiera enfriarse de manera definitiva. Ella salió de su vida diaria y Marcos pudo al fin evitar las citas y los líos con la joven de pelo platino. Había abandonado durante meses la dulce atención hacia Leticia, y pese a ello, aquella supuesta crisis sólo debió percibirla él, puesto que ella, de conocerla, jamás la dispuso sobre la mesa. Sí lo hizo Isidoro. Por casualidad, una tarde que grababa un pobre documental sobre parques, descubrió la doble infidelidad de su Marquitos. Ese mismo día por teléfono, y en concreto mediante un sms, le amenazó con revelarle todo a su novia. La goma elástica había alcanzado un tope y ya era hora de que el

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latigazo le pegara en la cara a alguien. Sin embargo, tales mentiras nunca salieron a la luz, y la oportunidad de vaciar el sucio fregadero y volverlo a llenar con agua limpia fue esfumándose con el paso de las semanas. El cariño hizo olvidar a Isi, y la rubia desaparecida dejó tiempo a Marcos para albergar de nuevo en su corazón el gesto sonriente de Leticia. El camino a seguir en su vida fue el mismo entonces, y la solución a sus problemas siempre se pospuso a un mañana que ahora se ha convertido en un hoy demasiado arduo. Las flechas apuntan de muy cerca y es complicado no clavar la punta en la diana. Hasta hacía unas horas todo bache mental de remordimientos apenas eran piedras en el camino que cualquier zapato podía golpear, pero después de esta noche, mover tal menhir sabe que requerirá una fuente a rebosar de poción mágica. El metro de la capital madrileña es diferente, multicultural, ruidoso y en lapsos nocturnos tenebroso. El ronroneo puede convertirse en una serenata insufrible, si bien, los pensamientos de preocupación que absorben a Marcos han vaciado de aire cada nota sonora y han dado alas a su mutismo especulativo. La línea verde sigue su transcurso. Los pasajeros de color, albinos, ambarinos o latinos entran, observan, se sientan y abandonan el vagón en la parada posterior. El paso del tiempo no da una respuesta, y Marcos asustado sólo encuentra dos palabras inverosímiles: muerte y huída. Además, una tercera: mañana; es decir, después de Ginebra. Sus hojas de otoño cansadas y enrojecidas por las lentillas han descubierto que la parada que hay ante sí tiene un nombre que le sitúa muy alejado de su hogar. Leti le pidió que en cuanto llegara a casa le hiciera una llamada perdida, pero ahora, situado en el final de la línea cinco, la que rima con el liviano chiste por el culo te la hinco, le será imposible realizar esa cotidiana acción. Tras ver el letrero, de su boca ha prorrumpido el improperio «¡mierda!» con sequedad. Ha levantado sus posaderas, dormidas por la quietud, y ha girado la manilla de la

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puerta para abrirla. Posado los pies en el andén solitario y antes de abandonar el túnel del metro, ha vuelto a mirar atrás para cerciorarse de su situación: Canillejas. La distancia que hay desde ese punto hasta su casa es infinita; supera la hora de largo a pie. Pero como tampoco hace un frío excesivo en la calle, decide abrigarse y caminar pensativo; quizá así aclare el cúmulo de ideas que alborotan su cabeza. Por otro lado, también evitará permanecer a la espera del próximo topo de locomoción, que según las previsiones, no llegará hasta entrada la una de la madrugada. Saca el móvil del bolsillo del pantalón, pulsa varios segundos el número 1 y sale la palabra ‘churri’. Deja que suene un tono y cuelga de inmediato. Vuelve a guardar el teléfono, e introduciendo las manos en los bolsillos camina, entrecierra los ojos y frunce la frente y los labios. Incalculables pisadas después queda poco a poco tras decenas de bloques de pisos la estampa del pirulí. Más cerca pero igual de lejos, la plaza de toros de las Ventas. Y tres calles más arriba yace su hogar, su edificio de doce alturas que tiene un ascensor tan viejo y ruidoso que no recuerda ya cuando fue la última vez que lo utilizó. Mira sus zapatos moverse a cada paso, y mientras los observa con detalle por la solitaria calle, olvida sus problemas más inminentes. Cree que el tiempo coloca todo en su sitio, y seguro que llegará la fecha en la que su vida disponga de un destino seguro y acorde con sus sentimientos. Él únicamente deberá esperar. Sin previo aviso, un señor de pelo graso, corpulencia fuerte y abrigado con una cazadora de cuero marrón le golpea en el hombro. No se ha dado cuenta parece ser y sigue caminando veloz sin pedir perdón. Marcos huele tras él el aroma etílico y decide no echarle siquiera un solo vistazo. Frota su clavícula lastimada y camina. Su domicilio ahora está cada vez más cerca.

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El tintineo de las llaves siempre ha sido un sonido familiar que a Marcos pone en alerta cuando está solo en casa con su novia, novio o amante. En el riguroso instante que sube las escaleras –las mismas que dibujan forma de tijera– ha hecho sonarlas con un porte espontáneo; justo cuando ha alcanzado el quinto piso; donde las cuatro puertas trigueñas aparecen gobernadas por figuras de Jesucristo con tintes cobrizos. Acelera el paso, piensa en su madre, que estará sumamente dormida, y de repente, oye el eco de una mujer. -¿Quién anda ahí? Marcos ha estancado su zapato izquierdo a dos escalones de distancia del primero. Mirando hacia arriba ha sentido miedo en el estómago, pavor en el corazón y terror en la cabeza. -¿Hay alguien ahí? –insiste la misma voz asustada y débil. Él renueva su rumbo de puntillas, atraviesa el sexto piso, vuelve a girar noventa grados, busca un indicio de la voz entre el hueco de las escaleras gracias al apoyo de la barandilla y continúa su ascensión en tensión, como si para él de una escalada pirenaica se tratara. -¡Imanol, márchate o te juro que aviso a la policía ahora mismo! –Grita la voz inesperadamente–. ¡Sé que estás ahí, lárgate, ya! Los pies del joven deciden pararse en seco al oír las hirientes palabras golpear una y otra vez en los tabiques gratinados. Ahora al miedo también se le ha unido en su ser un estado punzante de tristeza. Es Belén quien habla, es su antigua canguro. «La tía buena del séptimo», recuerda que la llamaban en el barrio cuando toda la cuadrilla apenas calzaba un metro cincuenta y diez años de edad. La pintora de témperas convertida en ama de casa. La señora de las tortillas de patata sin cebolla para niños. Ella es la que ahora lanza la agria amenaza a los cuatro vientos.

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Vuelve a girar para cambiar el sentido de sus escaleras y ve sus pies calzados por unas zapatillas de casa gastadas. Sus medias beige lindas pero arrugadas, y su falda descuidada hasta descubrírsele ambas rodillas. -Soy yo, Marcos –revela al fin prudente cuando su pelo engominado a duras penas aflora por encima del último escalón. -Eres tú –suspira ella–, perdona... Tiene el rostro hinchado a la altura de su ojo derecho y el labio lo muestra aún dolorido y partido tal y como por la mañana. La camisa blanca ostenta varios jirones, arrugas que le asemejan al kimono de un combatiente de judo. Su cara albina y suave por las numerosas cremas que deben masajearle la piel, hoy de madrugada está arañada y escocida por el río de lágrimas que vuelcan sus ojos. -¿Qué te ha pasado, Belén? -Nada, Marcos, vete a casa, es tarde –persuade sin vocalizar siquiera una sola de sus palabras. -No, Belén, no me voy –responde de inmediato, mirando atrás y acercándose poco a poco para agacharse y ayudarla a levantar del frío azulejo. Junto a ella hay un diminuto charco de sangre que tiene su nacimiento en la cabeza, si bien, él no lo descubre hasta que alza el cuerpo de la mujer y ve la blusa manchada de granate por su espalda. Ella tras notar que le mira, revela entre bisbiseos que se ha golpeado la cabeza con la pared cuando su marido la empujó sin querer. «La brecha es mínima y la sangre y el cabello han cicatrizado la herida. No es nada, estate tranquilo», aplaca ante la inquieta mirada del joven, y mientras trata de ordenarse la ropa y buscar la puerta de su casa aún medio abierta.

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-¿Te encuentras bien en serio? Puedo llamar a un médico y que te haga un chequeo, y si quieres podemos ir a la policía juntos. –Se enmudece al descubrir ante sí la cara de desacuerdo de Belén, y cruza los brazos. Marcos está muy asustado pero sin saber porqué, siente compasión por ella y desea ayudarla. No quiere dejarla en casa a la espera impaciente de oír a las llaves girar la cerradura. No quiere permitir que ella note a su vera el regreso del cuerpo etílico buscando un hueco entre las sábanas para azotar con su sexo y sus manos a la mala mujer casada. Ha leído en los periódicos infinidad de casos de este tipo y sabe que el ‘hijo de puta’ que pegó ayer, pega hoy y pegará mañana. Estadísticas que por vez primera y a diferencia de las electorales, atesoran una gran probabilidad de acierto. No hay tregua, únicamente hay descanso. Y la pasividad, la retirada de denuncias y creer el discurso «ya no volverá a suceder, ¡te lo prometo!», acaban convirtiéndose por desgracia en mentiras criminales con un espacio reservado en la página de sucesos y en los titulares del telediario nacional. De pie, dolorida de una cadera por su gesto torcido, y con la otra mano sobre el pomo de la puerta, arroja una mueca rendida. -Marcha a casa, por favor. No quiero que venga mi marido y te vea conmigo. No quiero más líos esta noche –implora resoplando entre mucosidades. Ella trata de dar la espalda al chico, dar un portazo y pasar página sin terminar el libro, pero Marcos, hábil, agacha su cabeza y logra colarse hasta el interior del piso deslizándose por debajo de su brazo. Posándose junto a un espejo y con los brazos en jarra, le sonríe sobrio al exponer su hazaña. -Déjame curarte al menos, y si viene él, seguro que delante de mí no tendrá valor para pegarte. Le decimos que... –Se silencia y precipita sus ojos hacia la lámpara encendida del techo en demanda de una continuación a su frase.

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-¿Qué le decimos, Marcos? ¿Qué? –insta Belén irritada–. Anda sube a casa, tu madre estará preocupada. Tú eres muy joven aún, no entiendes de la vida, no es tan fácil – sermonea. Abre más la puerta y deja un amplio pasillo para que su vecino abandone la entrada. Seguidamente y sin poder evitarlo un segundo más, Belén ha roto el cristal de sus ojos y ha esparcido tenues gemidos que la abaten. Marcos piensa en el semblante de su marido llegando a casa, quizá borracho; demasiado ebrio. No recuerda su rostro, incluso tampoco en exceso su físico, pero lo imagina enorme; un monstruo; tan grande que ve como le aplasta de un puñetazo. -Me voy, vale, pero cúrate y metete pronto en la cama. Duérmete enseguida, por favor –sugiere echándole toda la mirada en sus ojos. Belén asiente con letargo, trata de retirarse las lágrimas de sus enrojecidas mejillas y ve esfumarse el aroma imberbe y dulce del chico. Marcos recibe un arrebato de culpabilidad en el cruel abismo de su pecho, que incluso llega a sentirlo más encarnizado que el experimentado hace horas en el cuarto de Leticia; cuando ella le ha desvelado que estaba embarazada. Allí forjaba una vida, aquí, es abandonarla y repartirle cartas para jugar a la ruleta rusa. -¡Marcos! –Oye repentinamente. Ni siquiera ha llegado al primer descansillo que dispensa un giro y cambia la dirección de las escaleras. Preso del pánico detiene sus pasos, voltea el cuello y lo introduce entre las barandillas en busca de la puerta herida. -¿Sí? –duda al alzar la voz. -Me duele el brazo –enmienda con síntomas evidentes de querer la ayuda. La noche se alargará dos horas. Marcos coloca la mano en la delgada cintura de Belén, sobre la falda de lino, y ésta enseguida le muestra la herida que había escondido en

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uno de sus brazos. La puerta se cierra y ambos quedan dentro, frente al espejo, sobre la alfombra, bajo la lámpara. Después de explicarle entre ficciones lo sucedido, el joven vecino invita a la mujer a que le diga dónde está el baño para ayudarle a curar las heridas. Primero el feo pero pequeño corte de la cabeza. Para ello utiliza una esponja húmeda inundada de jabón. También va en busca de hielos a la nevera, y al pasar por delante de la puerta de entrada, vuelve a temer por el regreso de su marido. Envuelve los cubitos en un paño y se lo tiende para que lo coloque en la parte inferior del ojo. Le pregunta si le ha vuelto a golpear en el labio, y ella afirma avergonzada mientras sentada en la taza del váter se aferra con fuerza a la servilleta helada. Vierte agua oxigenada en varias heridas y arañazos, con cuidado, y acto seguido, ella quiere ducharse y le pide que encienda la tele y que por favor espere, «que luego yo me curo. Y si por algún casual regresa Imanol, le dices que tu madre está fuera y torpe de ti te dejaste las llaves en casa. Que mañana podrás volver a tu piso» explica simpática al fin. Marcos asiente, y entonces, como por arte de magia, recuerda las imágenes que le enseñan quién era su marido; su Imanol. Son efímeras escenas de cuando pasaba tardes enteras jugando en casa con coches diminutos, haciendo puzzles, disputando campeonatos de parchís. Él solía llegar, gritaba, atravesaba el salón y, sin mirarle, se escondía para siempre jamás en las habitaciones infranqueables. Él era el hombre que venía o se iba, pero que nunca estaba. En su infancia su aparición era como un acto reflejo que con el tiempo fue convirtiéndose en alguien inadvertido para su memoria. Ahora, por alguna razón, tal vez incontestable, parece resurgir su existencia.

Las ‘teletiendas’ dominan casi en su totalidad cada uno de los seis canales que recoge la antena del tejado. En la pantalla fluyen puntitos níveos, y un color verdoso de fondo que augura pocos meses de vida al televisor. Su marco de madera y el polvo denotan el descuido.

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Y en tanto las señoritas rubias pasean sus productos de canal en canal, el agua de la ducha cercana repica en la bañera. Marcos, sentado en el sofá, tiembla con sólo imaginar la situación que podría desencadenarse en el supuesto caso de que su marido abriese la puerta. Pero no es así, y pese a que el reloj marca ya cerca de las dos de la madrugada, Belén sale antes de debajo del grifo, abre la puerta del baño, le sigue un vaho denso y se ausenta unos segundos en su cuarto para enfundarse un pijama azul marino. Cuando regresa lo hace cojeando con media sonrisa. Da las gracias al chico y le ofrece algo de beber. -¿Te quedas entonces? –invita poniéndole la adulta mano sobre su hombro y tendiéndole la cerveza que ha aceptado. -Sí, no hay problema –contesta conciso e intranquilo. -Gracias. Ella se sienta junto a él, y durante una hora hablan de sus vidas. Marcos es el entrevistado en la mayor parte de la conversación, y él gustosamente relata cada uno de los avatares que tiene su vida. Empieza por su pasión por la cocina, y el odio que le alberga trabajar en ella. Le manifiesta con resentimiento intrínseco que está en paro porque cree que la hostelería es un mundo donde las horas de trabajo son demasiado caras para disfrutar a diario. Ella sonríe, y él acaba sonrojándose, tímido al reconocer una reprimenda en la madurez de sus ojos. Marcos decide recordar los cuadros que ella dibujaba a témpera y que luego le enseñaba orgullosa cuando él era un enano metomentodo. Belén, que afirma risueña al sentir el pasado tan cerca, dice que los tiene guardados, y añade que «sí, algún día cuando vuelva a estar inspirada pintaré. Sin embargo ahora los quehaceres del hogar me llevan demasiado tiempo», argumenta borrando poco a poco la sonrisa. Sin previo aviso ella le pregunta si tiene novia, y él, tras un devaneo de duda está a punto de revelarle su secreto; sus mentiras; «que sea ella mi única confidente. En ella

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descargaré todos mis problemas y penas», reflexiona unas densas milésimas de segundos. No obstante, prefiere callar en última instancia, y de su boca tan sólo germinan palabras que rodean de bondad su vida amorosa. «Sí, la tendrías que conocer, es una chica guapísima con la que llevo ya cinco años» recita de carrerilla. «¡Genial!» responde ella entusiasmada. Él cuenta infinidad de aspectos físicos de ella; lo bien que lo pasan cuando están juntos, habla de lo que hace ella en su trabajo y por consiguiente, de los múltiples viajes que realizaron. Además, tras dar un último sorbo al botellín de cerveza, afirma que posiblemente sea la chica de su vida. -Eso nunca se sabe –argumenta la vecina con un gesto sobrio. -Lo sé, lo sé –admite. Pero ahora después de tanta mentira, Marcos incluso cree tener una decisión tomada para su futuro. Varios minutos más de diálogo sobre el mismo tema y algunos colindantes dan paso al leve y conocido silencio denominado incómodo. Mientras dura, ninguno de los dos conversadores encuentra palabras conexas y coherentes para lanzar al aire. Él trata de pensar raudo, pero no encuentra las ideas. Ella actúa de igual modo, si bien también choca con el mismo muro de piedra romana. Así que ante la falta de contenido, Marcos encuentra el camino fácil que impide a la televisión hacerse con el mando de la voz, y que en esta ocasión no es el tiempo, sino la relación que ella mantiene con Imanol. A altas horas de la madrugada es lo que al joven le mantiene ahí sentado en el sofá de una casa que no es suya, y por ello, se cree por momentos con la facultad de pedirle que abandone de una vez a su marido. «Inténtalo sola y vive tu vida desde ya» le plantea entusiasta. No obstante, Belén, que de pronto parece lucir con mayor énfasis sus magulladuras, cambia el rostro ufano, y con su ojo cada vez más cerrado tan sólo responde moviendo la cabeza de izquierda a derecha reiteradamente.

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-Imposible, hijo mío. ¿Y de qué vivo? Peor aún, dime tú, Marcos, ¿dónde vivo? ¿De qué me alimento? ¿Me muero de hambre? No puedo dejarle y marcharme, es algo que ahora mismo es inviable. Y lo he pensado en algún momento de locura, pero hay algo muy fuerte que me retiene. Se llama amor. Nos casamos y el cura dijo hasta que la muerte nos separe, y así será. Tal vez deba portarme mejor con él y sacar de su interior ese corazoncito bueno que hay en su pecho, ese al que amo ciegamente. Que lo hay –garantiza entre susurros perecederos. -¿Y desde cuándo, Belén? La intimidad ha llegado a tal grado, que la plática entre ambos es meramente un consumido hilo sonoro y una exánime sombra producida por la luz que proyecta la lámpara de pie en una esquina de la sala. El chico nota sentirse incómodo con tanta pregunta saliendo de su boca, aunque pese a ello espera impaciente respuestas. -Tú has sido sincero conmigo, –adelanta pensativa y sirviendo al ambiente un ligero suspense–. Todo tiene su origen hace dos años, cuando me dijeron que ya jamás podría tener un hijo. Desde ese día nada ha sido igual. Para Imanol creo que aquella tarde en la que supo de la voz de un médico que yo jamás le daría un hijo, yo me convertí para siempre en un ser humano de menor categoría. Esa misma noche fue como si me hubieran amputado una pierna o un brazo. Y desde entonces hasta la fecha de hoy. Y ahora cuando llega borracho de madrugada hay dos opciones... -¿Cuáles? –insta Marcos. -No sé si debo contarte esto, quizá me estoy excediendo en confidencias para una sola noche –recapacita juiciosa. Marcos cruza los brazos y encoge los hombros. No quiere sonsacar nada que ella no quiera contar, y menos aún hacerle sentir mal. Su propósito era lo contrario en el momento

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que descendió las escaleras que le separaban del piso de Belén, y para tal, también se había planteado la misión de evitar que la mujer reciba una segunda paliza en apenas unas horas. -O hacemos el amor cuando llega o me echa a mí toda la culpa de que no tengamos hijos –decide revelar–, y muchas veces aceptar lo primero no me salva de lo segundo. Eso es lo que pasa. -Vaya, lo siento. Aunque no es culpa tuya que no podáis tener hijos, ¿no? -Marcos, no todas las mujeres somos fértiles. Yo no lo soy, pero eso no es culpa mía, no lo es en absoluto. –Su rostro cae hasta que la barbilla busca un nido en el cuello de su pijama. El cristal de sus ojos parece romperse como las olas; tal y como se desmoronan los sueños cuando repiquetea el despertador. -Lo sé, no es culpa tuya. –Marcos mira el reloj y siente cada vez más cerca el minuto de afrontar la llegada de su marido. Espera oír el ascensor, el tintineo de llaves, la cerradura moverse, pero nada sucede. -Yo también quería un niño, ¿sabes? –llora al fin sin recato– También quería abrazarle, quería educarle como en ocasiones lo hacía contigo aquí en la sala. Quería verle crecer, ayudarle en las primeras relaciones de pareja, quería darle de comer, desde potitos hasta darle el pecho, y cómo no, prepararle unos deliciosos espagueti con tomate, porque a todos los niños os encanta la pasta. Y quería que sacara buenas notas en clase, que fuera a la universidad, y en verano llevarle a la playa, Marcos, necesito ver el mar, y él sería la perfecta excusa para volver a disfrutar del aroma salino de la costa. Porque Imanol nunca me llevará, lo sé. -Yo lo haré, te lo prometo –interrumpe él. -Estás loco –bromea mientras pasa su pañuelo blanco de algodón por la nariz mucosa y la cara lacrimal–. Yo también quería un hijo o una hija, lo sabes bien, y él cree que no, que yo soy más feliz ahora viviendo en mi casa libre sin un pequeño al que atender. ¡Me hubiera

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gustado tanto verle crecer...! Hubiera sido una de esas madres que lo graba todo en vídeo. Sus primeros gateos, sus pasos, su sonrisa encantadora de bebé, hasta los graciosos golpes en la frente inocentes. Oiría tan feliz sus primeras palabras, y sentiría tanto como ante mí se forjaba un futuro en esta vida... Vuelve a aspirar los mocos mientras sus lágrimas se bautizan como perdigones que gimen sin dirección deslizándose por la nariz, la mejilla y junto a las orejas. Ha recitado todas las palabras sin apenas un descanso para la respiración profunda, y ahora, su pulmón pide oxígeno; calma, equilibrio. -Pero hoy hay adelantos técnicos, ¿habéis probado todo? –osa él a cuestionar sin mesura alguna–. Y si no es posible tal, por qué no la adopción, ¡Eso! ¡Probar con la adopción! Las palabras irritan de repente la expresión amigable de la vecina, quien siente clavado un cuchillo de hoja ancha en su pecho. Belén no tarda en levantarse del sofá con brusquedad. La chica rubia vende en la tele unos parches para colocárselos en el abdomen y tener una tripa firme y musculosa, mientras que la del salón retira su larga melena aún húmeda de la cara magullada y permanece de pie sin huir. -¡Todo! ¡Soy yo el problema! ¿Vale? –increpa enaltecida y golpeándose con su puño los bronquios– Eso es lo que pasa, ¿entendido? -Lo siento –balbucea Marcos apocado. -¡Y no! No hay opción médica –resuelve– ¿Adopción, dices? Y permitir que Imanol viva sin poder demostrar su virilidad, que no se sienta padre como tal. ¿Acaso quieres saber lo que decía de ti cada vez que estabas aquí sentado cuando eras un niñato? ¿Lo quieres saber? No lo creo. Llora descomedida al tiempo que la débil e intimidada voz de Marcos no hace más que fluir diciendo, «lo siento, perdóname no era mi intención». Sin embargo, ella ya no

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escucha nada, tan sólo solloza y repite en su cabeza las palabras más duras que se ha dicho. Afuera, limpia sus lágrimas con el pañuelo. -No pasa nada, se me pasará –tranquiliza ella después de un largo minuto de llantos–, y perdona, pero debo ir al baño un momento. Marcos queda con sus manos escondidas en los muslos, encogido y ojeando como la aguja del segundero del reloj continúa moviéndose primero hacia abajo, luego para arriba, y siempre sin tregua. Manecilla que simula un martillo que nunca clava el clavo y que no cesa en su intento de conseguir el golpeo que logre el acierto. Nunca atina, pero el grueso redondo metálico continúa. Así vive el tiempo, con un vaivén que camina persistentemente hacia delante. Entonces vuelve la mujer, entre luces y sombras, con el pelo recogido por una diadema y con su morado en el ojo visible. Un cardenal que atesora tonos lilas, rosas e incluso pueden dibujarse varios trazos de un rosita verdoso en uno de los vértices. El hielo desaparecido, que cumplió su labor, yace en el paño desmarañado, sobre un cenicero de mármol. Fuma él. -Será mejor que te vayas –recomienda–, es tarde y yo me voy a ir a dormir. Creo que tu presencia aquí empeorará la situación, así que mejor sube a casa y otro día continuamos hablando. Gracias de todos modos por tu compañía, de verdad que me ha hecho mucho bien, y no te preocupes por esto último, necesitaba desahogarme con alguien y te ha tocado. Discúlpame si puedes, ¿vale? -Tranquila, no pasa nada, está olvidado –templa Marcos que, sin dudarlo, se levanta presto del sofá para dar por terminado cuanto antes el protocolo de despedida. Belén piensa igual, y sin un abrazo, ni dos besos, y menos aún estrecharse las manos, escupen un doble «hasta mañana». Ella le pide que cierre la puerta y apague la lámpara

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antes de salir. Le da nuevamente las gracias tras una sonrisa herida y escueta, y abandona la sala de estar cojeando. -Cuando quieras un apoyo sabes que vivo encima, ¿vale? –ultima bondadoso, aunque ella ni siquiera puede ver su mirada gatuna porque está de espaldas. Asiente por tres veces y abre la puerta del dormitorio para en dos segundos volverla a cerrar. Marcos acaricia su barriga cada día más prominente y pinza con su dedo pulgar e índice el puente superior de su nariz a la altura de los ojos. Echa un último vistazo al lugar prohibido y dibujando una mueca resignada murmura, «Vamos adelante». Es en ese preciso momento, en el pasillo de entrada, justo después de apagar la lámpara de pie, cuando cree que en cuanto abra la portezuela de la calle encontrará frente a sí al metro ochenta de marido celoso, agresivo y borracho. El espejo retratará su nariz chata, sus ojos grandes y la melena larga y grasienta despeinada y suelta. Apoya la mano en la manilla, hace que las bisagras se rocen, y ahí lo ve, con la cazadora marrón vieja, arrugada, con el aroma etílico pasando primero e inundando el hogar hasta aniquilar la pureza del aire. Los ojos radiantes, enrojecidos, llorosos incluso. El rostro seco, los labios diminutos y abombados, dueños del último pitillo. Su monstruosidad crece más por el temor que exterioriza Marcos, e incluso el color de su piel morena parece tornarse verde; o roja como la del diablo. El puñetazo que va a encajar alguna de las partes de su cara le duele antes de que el veloz gesto de su hombro declare su inminente aterrizaje. El golpe lo va a fulminar; «ha llegado mi muerte», piensa cuando los nudillos se hunden en su nariz como si ésta no fuera más que un cúmulo redondo de plastilina escolar. Granate debe ser, porque sin tregua para el dolor y tras volar leves centímetros sobre el suelo y estrellarse contra el espejo, es el color que encharca su ropa, su cara, su aflicción y su furia. La columna vertebral dormida en la alfombra suena como arena de playa, y el temblor en sus rodillas

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firman una muerte varonil fantasiosa. El monstruo del güisqui lanza una desmedida patada en la entrepierna y sin más, llega el final de la pesadilla. Despierto y lejos de alucinaciones, en cuanto hace bajar la manilla nada de eso acontece. El portal de suelo granito aguarda frío. La noche oscura, el eco solitario y el ascensor dormido. Cierra suave y como una flecha, entero y sin dolores, obliga a su cuerpo a que suba las escaleras. Saca las llaves del bolsillo y, cuando quiere pensar en Leti bajo las sábanas, sueña que viaja a Ginebra para encontrarse con Isidoro.

Un aliento pestilente y desagradable se ha convertido en el disidente de cada amanecer de sábado y domingo. Belén no logra dormir más de cinco horas cuando llega la luna del fin de semana, y apenas son siete las que alcanza a descansar durante las jornadas laborables de su cónyuge. En su mesilla de noche hay un libro viejo que narra las peripecias singulares del largo linaje de los Buendía. ‘Cien años de soledad’ que para el lector son efímeros y veloces días donde la palabra fin llega antes de lo que uno desea. Ella es la cuarta vez que vive esa historia, aunque nunca lee delante de Imanol. Una lámpara de Ikea y una vela con hedor a frambuesa son las mejores compañías previas a su llegada. Sin embargo, esta última pocas veces puede vencer al alcohol, y exclusivamente hay victoria por la

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mínima cuando la cantidad ingerida de güisquis no le invita al olvido, el gateo, el vómito y la inconsciencia total.

El mismo pijama de anoche camina cojo y arrugado en la madrugadora jornada sabatina. El salón mantiene en la pared un tictac perpetuo donde la manecilla pequeña apenas marca las ocho de la mañana. La suavidad de su piel dista mucho de la belleza que exhibe su rostro. Echa un vistazo al sofá azulón y aún puede apreciarse la efímera marca que no hace tantas horas produjo el joven y apuesto Marcos. «Fue verdad. Y se ha hecho todo un hombretón», balbuce luciendo una lacónica risita. «Es tan agradable...» Además consiguió hacerle olvidar durante un largo momento el porqué real de su presencia. Lava su cara, camina con su dolor en la cadera hasta alcanzar una toalla de un armario, mira su ojo dolorido y el labio hinchado. Hoy no quiere salir de compras, pero es evidente que debe para que halla pan en la comida. Más cierto es que de no estar la barra a las dos en la mesa la bronca está servida. Saca maquillaje, una pomada y comienza lo que será su disfraz de mañana. No hace mucho sol, de modo que deberá esforzarse al máximo para encubrir lo que mayormente es la labor de sus gafas oscuras. Deberá empolvar también el resto de su cara para que el pote quede a un mismo nivel, si bien lo primordial será ocultar los distintos trazos morados y lilas. La panadería a la que acuda tampoco podrá ser la habitual, lo cual, tiene como parte negativa que el recorrido a completar será de mayor tiempo y distancia. Se observa en el espejo, con el pelo alborotado pero recogido. Le entran ganas de llorar. Su labio ha perdido gran parte del hinchazón, y la postura de su ojo continúa cerrado aún. Incluso se ve una bolsa de sangre bajo el iris. La imagen salpicada por motas de agua la ahoga en una densa tristeza, pero hoy en una última instancia evita derrochar una sola lágrima.

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Le encanta caminar sin destino. Aunque también adora recorrer la calle cada mañana cuando va de compras. Sale siempre del apartamento con el aroma del café vagando libre por los recodos de su boca, sensación que a Belén le hechiza, y que además, practica desde la primera vez que lo probó a los 17 años. Nunca se lava los dientes después de beberlo; lo suele hacer poco antes de comer. Es una adicta a la cafeína, y en un solo día puede llegar a tomar hasta cuatro o cinco tazones. En ellos derrama tal nimia cantidad de leche, que apenas aclara la bebida hasta un marrón sombrío. En verdad ella sabe que tiene la boca podrida; sobre todo las muelas, donde descubre con la lengua varias brechas petrolíferas que le impiden saborear helados y refrescos muy fríos. Le importa un pedo de violinista, y desde hace tiempo asimila que jamás dispondrá del dinero necesario para arreglársela; ni valor. El ascensor ruidoso y vetusto queda tras ella. Hoy Belén viste una falda suelta y larga de flores con tonos beiges, marrones y granates. Sus botas negras sin tacón alcanzan tapadas las rodillas, y su camiseta negra queda cubierta por una chaqueta de lana de idéntico color. Su peinado preferido para salir a la calle consiste en prepararse una coleta larga con el pelo recogido por varias horquillas, de modo que éste pueda quedar pegado a la cabeza como si la hubiera lamido una vaca. No obstante, las magulladuras de esta mañana de fin de semana le obligan a que las puntas de su cabello dancen cerca de sus ojos, y conformen sombras sobre su cara para disimular las heridas. Y pese a todo ella es feliz, libre, y cuando camina por la calle en busca de la tienda más idónea para su presupuesto, no se sabe jamás atada a la cuerda que su marido sujeta desde el otro lado de la cama. Tiene una bolsa especial de color granate para hacer las compras. Un día llegó a casa antes de Navidad, y desde aquella lejana fecha, las dos rueditas que sirven para su transporte, con el tiempo giran más oxidadas y emitiendo un chirrío finísimo que, sin embargo, muere supeditado por el traqueteo que se origina al rodar sobre las aceras. Ese sonido

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desgraciadamente es demasiado familiar para ella, y tan sólo logra silenciarse durante su recorrido pausado por las delicadas baldosas de la frutería. Allí la cola la conforman madres en su mayoría; de dos y tres hijos, cuatro o cinco si ostentan una edad avanzada, y con un único retoño aquellas que viven en la treintena, e incluso superan los cuarenta. No faltan abuelas que compran para sus primogénitos y adquieren frutos secos y dulces para sus nietos. Toda una alimentación que llega a heterogéneas generaciones después de superar las cuatro importantes zonas en las que según Belén se divide un establecimiento como el de una frutería. La primera la viven tan sólo quienes han llegado en último lugar y piensan en volver otro día si no es de urgencia la compra, o en si tendrán tiempo para marchar a la panadería primero y regresar con el turno guardado. Las más veteranas de cabello albino o ambarino disponen ya de los contactos suficientes para que esa posición no llegue a perderse. Y existe incluso el privilegio de quien recibe la confianza del frutero en este caso, y tiene las bolsas preparadas en cuanto pisa con la pierna temblorosa el primer escalón. La segunda zona para ella llega cuando el cliente nota familiaridad con su predecesor en la fila y el entorno adquiere su olor venciendo al oxígeno. La tercera ya se sitúa en ese preciso momento en el que todas revisan con disimulo el dinero que retiene el monedero de pinzas metálicas, para de inmediato comenzar a repasar mentalmente las distintas piezas y cantidades que pedirán. Y la cuarta y última es el enfrentamiento directo con el tendero, donde si el cliente es varón apenas se prolongará dos minutos, y medio si el reloj de su muñeca le da prisa o la compra es escasa. Mientras que si la consumidora es mujer, la peleona verbal alcanzará los cinco minutos. Ellas, por mucho que sepan al dedillo lo que desean llevarse a casa, siempre querrán preguntar por el resto de productos, por su calidad, por su precio y por la opinión que tiene el vendedor respecto a las citadas frutas. Y no sólo eso. Buscará la ocasión para saber qué tal están los hijos del tendero en caso de que los tenga. Y de no ser así, ella querrá un diálogo ameno en el que la persona que le sirve al otro

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lado del mostrador le revele qué tal le fue el fin de semana, le comente la noticia de actualidad de la semana, el cotilleo del barrio, o en su mal menor, el tiempo lluvioso que no acaece en la capital madrileña desde el pasado mes de febrero. Un gran dependiente para las ‘marujas’ ha de ser dicharachero, o al menos, así lo interpretó Belén en sus pensamientos y en un cuadro que después elaboró a acuarela y que culminó colocando en un marco de madera. Ver la frutería dibujada, y no cabía duda de que era la misma donde ella compraba a diario. Los gestos de cada silueta denotaban conversación y murmullo, mientras que el colorido chillón y vistoso, característico de ella, resoplaba belleza y alegría en cada parpadeo de los pocos que pudieron saborear el cuadro durante un pase íntimo. Hoy ese lienzo de 60 por 110 centímetros duerme bajo la densa capa de polvo que acumula su sombrío camarote. Belén es tímida y acepta muy a menudo lo que le brinda el tendero. Mientras lo hace recibe su sonrisa y una frase en la que le adula con un «te pongo lo mejorcito del mercado, cariño, te lo aseguro, no encuentras nada igual en otro sitio». Esta oración la repite con asiduidad aunque con pequeños cambios en algunas palabras. Y sin embargo no convence a todo el mundo, al menos de boca hacia fuera. Al cabo del día aterrizan clientes expertas en destrozar con su lengua viperina el carisma de cualquier escaparate, ya sea de fruta, carne, pescado o bollería. No existe producto bueno en sus mentes y ninguno mejor que el que comieron ayer; hace dos décadas. «¿Pero está bueno, seguro?», preguntan. «¡Está buenísimo!, me lo ha traído esta mañana temprano el transportista y me ha asegurado que es una exquisitez única en toda la provincia. No encuentras nada igual», afirma el tendero sin detener su labor. «Yo no le veo tan buena pinta, ¿Qué tal ese de ahí?», señalan hacia el letrero más barato ignorado por el propietario del negocio.

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«No está nada mal tampoco, pero si he de serte sincero ni comparación con la que le estoy poniendo ahora mismo» argumenta mientras se detiene un segundo en su trabajo. «Es que lo tienes un poquito caro» insisten ellas. «Te aseguro que más barato no lo encuentras, cariño, te lo aseguro», advierte él, que lucha ya por mantener su sonrisa. «No me mientas, Martín, que en el centro comercial, cuando fui el otro día en el coche de mi yerno, compré el kilo diez pesetas más barato». «Lo dudo, no sería éste, no de la misma calidad. Lo que yo estoy poniendo es canela en rama, cariño». «Era lo mismo, que yo lo vi» aseveran ya con los brazos cruzados a modo de enfado pero adorando cada segundo de la pelea. «¿Le pongo entonces o no, señora?» Apura él exhausto y con los hombros hundidos hacia adelante. «Sí, dos kilos, que le vamos a hacer, hijo. No hay más, contigo Tomás» rumian a regañadientes, tomándose un leve respiro para arremeter contra el próximo producto que aparece en sus listas de la compra. El cliente siempre tiene la razón, y como dijo un asturiano, la sidra se bebe de dos maneras, como se debe o como quiera el cliente. Esta mañana Belén no irá a comprar fruta porque la nevera de su casa y la cesta de mimbre atesora suficientes provisiones. Su idea es hacerse con una barra de pan bañada en harina, y acudir a la pescadería no habitual para comprar calamares, chirlas y conseguir un poco perejil. Esta tarde el plato es arroz, una delicia favorita de Imanol. Su propósito es hacer las paces, y tiene por seguro que él lo sabrá saborear y agradecer pese a que los fines de semana su hambre suele reducirse grandes niveles.

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Las situaciones más rocambolescas ocurren cuando uno menos las espera. Quizá fuera necesario otra novela entera para relatar cada uno de los ejemplos que ahora mismito, tanto al redactor como al lector le vienen a la mente. Por ello tan sólo relataremos la que sucederá en efímeros tensos minutos a lo largo de un número desconocido de páginas. La escena arranca cuando frente al ascensor viejo y ruidoso, Marcos toca a Belén por la espalda con una bella sonrisa. En cuanto ella gira el cuello hacia atrás sin soltar la barra fija de su bolsa de ruedas, como una alarma incendiaria nace en su recuerdo una preocupación extrema que de pronto le obliga a mirar azorada el reloj de su muñeca, olvidado, y hundir su cerebro hasta los infiernos más temerosos. -¡Buenos días! –exclama él. -Buenos, Marcos... –titubea ella apretando al instante el botón que obliga a bajar al montacargas. -Veo que además de ser buena con los cuadros, también tienes gran arte con las pinturas frente al espejo –bromea sin retirar la mueca jovial. -Sí, no, eh... ¿Qué hora es, Marcos? -La una y cuarto. Yo ahora iba de compras, la semana que viene marcho de vacaciones a Ginebra. ¿Tú, de dónde vienes? Estás algo nerviosa, ¿no? -Sí, disculpa, Marcos, pero es que me he dejado algo en casa esta mañana y llego tarde. Tengo bastante prisa, perdona. Belén mira los números encendidos en la parte superior del ascensor. El cinco da paso al cuatro, éste al tres, y así de forma consecutiva. -¿El fuego? ¿La plancha? -No, nada de eso. Aunque veo que hoy tú te levantaste también agitado –acusa ella sin perder un instante de vista su ascensor.

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-Un poco, la verdad es que la conversación de anoche me ayudó mucho y hoy me siento más animado. Además, me he propuesto ayudarte, y aunque ayer me dijiste que era muy complicado, yo no lo creo tanto y quiero contarte cómo puedo hacerlo. Cuando estés decidida lo hablamos, me tienes para lo que sea... -Ahora lo que necesito –interrumpe– es que mi temor no se cumpla, Marcos. La luz sombría y amarilla del ascensor hace su presencia, el ruido también y al momento la puerta está abriéndose. -¿Cuál? –Pregunta. –Lo siento, ahora no puedo, te juro que hablamos en otro momento. Golpea las rueditas contra el escalón que planta el elevador, y antes de que el joven muchacho diga un desconcertante «hasta luego», el aparato comienza a subir pausadamente. Medio minuto más tarde, ella empuja con fuerza el portón metálico. De nuevo las ruedas de goma tropiezan contra el peldaño superior que se conforma en el punto de salida, bota el carro y la barra de pan que sobresale por una esquina. En el pulido granito despierta el eco del chirrío que emiten los rodamientos sin engrasar, y Belén, tensa, busca en su bolso las llaves para descubrir que sus peores conjeturas no son ciertas. Y, sin embargo, no llega a usarlas, porque en cuanto golpea en el picaporte por tres veces sin introducir por lo menos la punta de la llave de casa, la portezuela blindada se abre bruscamente y queda ante sí la mirada rojiza y somnolienta de su marido. La suya puede verse igualmente frente al espejo, y entre ambos comienza a dibujarse un desmesurado desasosiego que mezcla odio y miedo. -¡Pasa! –Ordena él sin que su voz retumbe en el rellano. Bajo presión Belén nunca pensó bien. En clase siempre fue muy pésima en los dos exámenes orales que recuerda haber hecho en toda su vida estudiantil. Recuerda las reglas de madera golpeando en sus nudillos y en la punta de sus dedos; los mismos que temblaban cuando sujetaban una tiza para trazar letras o números nada firmes en la verde pizarra.

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El carro queda apostado junto a la pared granulada una vez la mujer franquea la silueta varonil sin levantar la barbilla ni la mirada. Al momento siente las rudas yemas de la mano derecha de Imanol abalanzándose sobre el cabello, que suelto baila sobre su nuca. «Lo sabe. ¡Cómo no lo va a saber!, Dios mío que sí lo sabe... ¡Vaya despiste el mío!», conjetura en su cabeza mientras un nudo comienza a bloquearle los latidos y la circulación de su sangre vital. Quiere que las lágrimas que están a punto de volar desde el interior de sus ojos, mueran ahogadas entre los diminutos recodos que apenas consienten las deflaciones de su corazón. Duele al respirar; le duele cada pecho como si ambos fueran a explotar de un momento a otro. -¿Dónde fuiste? –indaga él, serio y sin interrumpir un solo de segundo las densas caricias en el cuello. -A la compra –tiembla Belén. -¿Sola? Los arrumacos dejan de ser tal, y los dedos índice y pulgar abordan una táctica más agresiva al inyectarse con garra entre las cervicales para sembrarle dolorosos latigazos musculares. -Sí –contesta estremecida, resistiendo en la garganta las primeras ansias de romper a llorar. -Pero no así anoche, ¿cierto? –Acelera la cadencia de sus palabras y le guía hacia delante desde su retaguardia–. Ahora vas a contarme qué tal fue la velada, ¿eh? Pasa anda, pasa al salón y no seas tímida ahora, que vamos a descubrir quien coño te lame cuando yo no estoy. ¿O acaso me crees un gilipollas borracho que no se entera de misa a la media? Bonita frase la suya. Bonita pregunta sin respuesta la que su voz cada vez más acelerada e igual de resacosa expande con confianza por el salón. Ella no dice nada. Muda, camina al ritmo que le marca su marido. Adivina el cuadro que verá y no le cabe la menor

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duda de que sí, sí ha cometido un error. Todavía no lo ve, aunque ya la batalla está servida y lleva como nombre cerveza. La prueba fatídica es de cristal, asume un color marrón fusco, forma circular, si bien posee una base más ancha que la parte superior; es un recipiente; una botella. En el interior apenas quedan unas burbujas que revelan, en la sublime de todas las verdades, que el líquido era la ya mencionada cerveza. Veinticinco centilitros fríos de escasa espuma, ahora desaparecidos, que han convertido el día matutino de sábado en una pesadilla para la mujer que reside tras una de las puertas del séptimo piso. La etiqueta debió ponerla una maquina de alta tecnología, supervisada, tal vez, por un señor. La chapa segundos antes por un aparato similar, y quizá, también vigilado por otro trabajador. Y después de días de viajes, meses de espera en el almacén, quién sabe cuántas semanas en el estante del supermercado, anoche, Marcos bebió el botellín de cerveza que hoy desanudó las afiladas garras de una batalla más. Belén olvidó recogerlo a primera hora de la mañana y ni siquiera sabe ahora de trucos para hacerlo desaparecer; desconoce cualquier mínima noción de magia. Y es lícito que su marido obviara el casco de madrugada, pero no así a media mañana. Ella lo recordó demasiado tarde, y de ahí la prisa; de ahí la cruzada conyugal. -¿Algo qué decir a lo evidente? –rubrica su dedo hacia la prueba que, inocente reposa sobre la mesa de madera junto al cenicero de mármol que fue cómplice de los hielos y el trapo que apenas curó su ojo. Ella niega, con timidez. Medita veloz una respuesta, pero en el vacío de su mente asustada no la halla. Sabe que la verdad es el camino menos bacheado; el mal más menor, suele decirse, sin embargo, también percibe que una elaborada mentira dejaría libre de peligro al joven Marcos.

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-No me irás a joder diciéndome que ahora te gusta la cerveza, porque me tiro al río, ¡Por Dios, Belén, no me mientas! –Vocifera Imanol sin soltarla un ápice del pescuezo– ¡Dime algo, joder! Él aprieta tanto, que las rodillas de ella se derrumban temblorosas sobre una alfombra gastada pero pulcra. -Anoche estuvo aquí el hijo de la Ángela –revela al fin entre susurros. -¿Cómo? ¿Qué mierdas, me estás contando ahora, Belén? -Anoche –repite–, después de que marcharas a beber algo al bar, Marcos, el hijo de la Ángela, me encontró en el portal, herida. Me hiciste daño, Imanol, mucho daño, e incluso pensé... -Pensaste... ¿Qué mierdas, pensaste anoche, eh? –Pregunta aprisionándole el pescuezo y buscándole los ojos con un leve giro en su cabeza–. Y dime, ¿qué mierdas, hacías en el portal? ¿Por qué saliste de casa? Las lágrimas regresan como hijo pródigo hasta la cara de la mujer, quien, con la palma sudorosa de su mano trata de retirárselas para evitar que se dilate el deshonor que supone mostrarlas ante el semblante enojado de su marido. -Tenía miedo de qué volvieras, Imanol –aclara entre lamentos, mientras siente el suspiro aún alcohólico de su marido resbalando áspero sobre sus labios, como una losa inerte, e insalvable. -Ahora resulta que doy miedo ¡Esto es el colmo! ¿Qué soy, un ogro? –ironiza al tiempo que empuja el cuello de ella contra el suelo para de inmediato dar un paseo y alejarse levemente. -Perdóname, cariño, pero tenía miedo, no puedo mentirte. Me hiciste mucho daño, y él se prestó a ayudarme, le necesitaba. No es un mal chico...

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La mirada le insulta. La piel ahogada retira el maquillaje y descubre la herida. Su pelo libre se enmaraña. Sus prendas apenas quieren abrazar sus senos menudos pero atractivos, y sus nalgas, opulentas para su delgadez corporal, apenas gotean interés para quien ahora es más toro que humano en la sangre que le corre por las venas. No aguanta que la nube negra siga sin llover. Es hora de desatar la tormenta que libere el dolor humillante que siente en el pecho. El lloriqueo que Belén sustenta a modo de suplica no es suficiente para aplacar la mentira que él recibe, y, mucho menos aún la verdad que él cree a pies juntillas; la que le asevera haber sido suplantado por un hombre mucho mejor. Las dos miradas, tanto la áspera como la rociada, acaban convirtiéndose en gritos. Las enormes pupilas y las escondidas chocan entre chillidos que duelen y dan pavor al otro lado de los enjutos tabiques, donde sin embargo, los apacibles vecinos contiguos meramente se preocupan del buen tono de su guiso y de dar vida a la sordera fundiéndose con las imágenes de la televisión. Las frases vuelan y aterrizan en las paredes sin el atenúe que proporcionan las ruedas. Todas llevan consigo palabras sin juicio ni recapacitación, y menos aún pudor. Los sentimientos benévolos de pronto tienen parcela en un pequeño camposanto a las afueras de la ciudad. «Lo que sucede es que eres una puta, y por eso, todo los tíos vienen a tu casa, buscando quitarte las bragas, meterse dentro, ¿entiendes? Te quieren follar, ¡puta! ¡No seas tan imbécil!», Humilla él con un gesto atestado de desprecio en sus labios fruncidos, mientras de nuevo la tiene pegada a sí sujetada desde las puntas rotas de su pelo. Los golpes en la piel con la tosca yema de los dedos y las desatendidas y afiladas garras masculinas parecen arañar la justicia fundamentada en el grato dolor ajeno. Ella sumergida en la angustia y la desesperación busca la luz en la puerta de la calle. En cambio, sus delgados dedos femeninos se sienten atraídos con poderío hacia el interior. Peinan con

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resistencia la alfombra mientras su voz envía un berrido de auxilio sin destinatario. Las uñas se descosen de la dermis con tal facilidad, que el propio cerebro tarda en percibir el sufrimiento, y más aún la sangre en mezclarse con las astillas de madera de uno de los marcos de las puertas. El río de la vida emprende un camino denso y aflictivo, y éste, es ignorado por la persona que lo provoca. «Lo siento» dice el corazón más pequeño sobrevolando desde el cuarto hasta la cocina, buscando huir para siempre por la rendija que la puerta del balcón deja hábil desde su construcción. «¿Miedo a mí? Ahora vas a saber lo que es pasar miedo de verdad. Te portas muy mal conmigo y no aprecias nada lo que tienes, eso es lo que te pasa. Yo te quiero mucho, Belén, y tú, y tú me pagas con mentiras. Cada día creo con más ganas que te gusta ser una puta que atrae a los chicos. No te mereces ni el aire que respiras», logra escuchar horrorizado el ‘culpable’ botellín vacío de cerveza. «Perdóname, Imanol, tienes razón, ¡lo siento!», Suplica la voz, que al momento se ve hundida y de nuevo arrastrada hacia un destino desconocido. El botellín de cerveza, de pronto, rueda bajo la mesa al sentir que cerca de sí cae malherido el menudo cuerpo de Belén, cada vez más desnudo. Sus lloros, su rojez, su fuerte respiración son el silencio máximo que ha logrado envolver el piso. -Lo siento –llora afligida, asustada, temiendo por su vida. Con los ojos cerrados y cubriéndose la cabeza poco a poco según va recuperando la sensibilidad. -No entiendes nada, ¿verdad? –reprocha el marido de pie–. Eres mía, Belén, no de otros, recuerda que lo dijimos en la iglesia. Pero a ti parece ser que te gusta flirtear por ahí, hoy el vecino veinteañero que no sabe ni de tres al cuarto, mañana el portero, pasado el frutero. Lo nuestro, para lo bueno y lo malo es para siempre. Y si me dejas, yo me muero, lo sé, pero también quiero que sepas algo, Belén. Tú te vienes conmigo.

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La mandíbula de Imanol clavada en la piel se funde a la perfección con la nariz chata, rota en alguna pelea. Su metro ochenta ensombrece el sol de las dos de la tarde y deja en penumbras el cuerpo derrotado de su mujer. Los hombros más altos que nunca y los dientes perdidos en la saliva de su boca. Aún, en la quimérica calma del séptimo piso se oyen rendidos gemidos femeninos. De inmediato un portazo en el pasillo que lleva al dormitorio, y antes, la voz masculina y gastada pidiendo la comida lista en una hora e informando que su enorme cuerpo va a ducharse.

Ella llora, no puede evitarlo. Le duele el futuro, lo teme. Aunque por desgracia, o quizá fortuna, no piensa en las dolencias físicas que le recorren sus articulaciones como cuchillos afilados abriendo piel viva, sino en las palabras que le acarician una nimia parte del cerebro, tanto en el costado craneal de arriba como en el de abajo. Delante y atrás. La difícil solución a su vida. Treinta años calcula que le pueden restar de disfrute. «La ancianidad quizá sea un seminario hacia la muerte», imagina hundiendo sus incisivos en su distendido labio inferior. De pronto, caída sobre la alfombra, ha decidido que no desea vivir esas décadas futuras desafiando cada día la tiranía de un marido gruñón que le azota. No desea errar y pagar tumbada en el salón de su piso, dolorida por los golpes de quien le juzga injustamente su figurada fechoría. Ella ya sueña en mañana y hasta casi se ve sonriente cuando dormitan sus ojos en la lámpara del techo; en las bombillas apagadas que hay sobre su mirada cristalina. Y gira el cuello y fantasea con la que hay de pie y que les alumbró en la velada de anoche. Entonces oye como el grifo de la ducha suena impetuoso sobre la bañera. El eco del agua parece una ametralladora que le resucita la todavía presencia del dueño del latir de su corazón; de su despertar diario. Trata de sentarse en el sofá y dejar de llorar, pero sólo consigue lo primero. Y cuando le oye cantar ‘we are the champions’, siente que un escalofrío le escarcha y la apuñala la piel por completo.

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Nunca quiso cambiar el viejo teléfono porque le encanta la sensación que le produce girar la ruleta de plástico. Ama el ruido que hace ésta al volver a su punto de origen; el cero. Y además, telefónica se lo puso rojo piruleta –su color preferido–, lo cual, puso un voto más a favor en la urna para no cambiar la antigualla por uno moderno. Le propusieron colgarle en la pared uno beige de esos de botones que tienen registro de llamadas entrantes, agenda electrónica, contestador personalizado, posibilidad de recibir y enviar mensajes de texto e infinidad de servicios que el usuario jamás aprende en su totalidad. Imanol apoyó la moción de no sustituirlo, aunque también diremos al lector que a él ni le iba ni le venía por donde le pegara el viento de la telefonía, ya que apenas suele mantener la oreja cosida al interfono unas tres veces al año. Ni siquiera cuando suena corre a descolgarlo, y rara vez está sólo en el piso para tener que completar dicha tarea. Tan sólo su madre le llama, y es meramente para descubrir los derroteros de su vida en pareja. La lejanía no es un problema para hablar de ello en persona, pero el hijo de la suegra de Belén no está por la labor de subirse al coche para trasladarse un fin de semana hasta Leganés. Gracias a tales decisiones aún permanece en el salón el teléfono rojo que en tacañas ocasiones emite un clásico ring eterno, y que además, ofrece un tradicional siseo a las dos partes parlantes. El capricho le salió varios billetes en los que figuraba la efigie del príncipe, pero tal decisión no le dolió, y aún hoy, cuando entra al salón y lo mira, porque no lo ve, lo observa, ahí quieto, en silencio sobre la balda de madera, se siente muy orgullosa de poseerlo. La tarde que decide marcar el número de la casa de Ángela tiene aún las vendas envueltas en siete de sus dedos. En ellos las uñas fueron arrancadas, y pese a que utiliza los sanos para girar la ruleta de la fortuna, le supone un esfuerzo más de lo normal. Ciertas articulaciones se resienten con débiles punzadas. Si bien, merece el sufrimiento, porque cada

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giro pasado muere en favor de la ventura venidera. Y si no fuera por todo lo que ha llorado en los últimos días, volvería a derramar alguna lágrima más. Nueve dígitos que emiten tonos largos, consecutivos y con un sonido no tan nítido como el que pudiera proporcionar un móvil o un inalámbrico casero. Pero funciona y hay gente en el piso de arriba. -¿Sí? Dígame –responden al otro lado de la línea. -¿Está Marcos? -Sí, un momento, ¿de parte de quién...? -Una amiga... -¿Belén? Tiene un gesto de duda y su mano extendida a la altura de la cara con tres dedos cubiertos por una venda casera cubierta por un color ocre debido al seco yodo. Apenas van a pasar tres segundos hasta que ella responda, y sin embargo, durante ese tiempo, Belén creerá contar diez minutos. En ellos decidirá si colgar, mentir, o revelar su identidad. Además, deberá justificar la mentira y la verdad, o incluso planear una segunda llamada más tarde. -Sí, Ángela, ¿está Marcos en casa? -¿Cómo estás, Belén? Hace tiempo que no te veo por el barrio, pensé que habías marchado de vacaciones –recita con una tonadilla hipócrita. -No, es que he estado enferma, nada grave –aclara ella con idéntico desplante locuaz. -Vaya, ¿Y qué fue? -Una gripe, nada grave, tranquila por eso mujer. ¿Entonces, está Marcos en casa? – insiste, creyendo por momentos que hubiera sido mejor idea mentir o colgar. -Sí, un segundo, está vagueando por la habitación, como siempre últimamente. ¿No le necesitarás para algo importante? Porque si he de serte sincera, ya podías darle algún trabajillo. Aquí el amigo está todo el día frente a dos pantallas, miento, tres. No pierde de

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vista al ordenador, no apaga la tele, y menos aún el móvil. No sé quién le estará todo el día mandando mensajitos, pero no para de sonar el maldito aparato. ¿Tú te crees qué es normal? -De eso más o menos se trata. Como he estado enferma y aún ando un poco débil me gustaría que me fuera a hacer unas compras. -¡Pues me parece estupendo! –responde ella efusiva -¿Está por ahí? -Sí, ahora mismo le digo que se ponga –dice Ángela–. Y cuídate. -Gracias. De pronto se oye como el aparato golpea contra algo, y tras unos segundos de duda, se oye al otro lado del interfono la voz grave y somnolienta de Marcos. -Marcos, que acepto –afirma ella de carrerilla sin dejarle tiempo a que él hiciera una pregunta previa–, quiero hablar contigo y necesito que me ayudes. -¿Eres Belén de verdad? –vacila el joven– Pensé que mi madre bromeaba. -No, Marcos. Soy yo. ¿Puedes bajar esta tarde a mi casa? ¿Sobre las cuatro te viene bien? -¡Qué sorpresa! ¿Pasó algo malo? -Nada, tranquilo. ¿Puedes? No deja de vigilar hacia la oscura entrada porque cree que si deja de hacerlo durante más de un minuto, él aparecerá. Teme no oír el sonido que emite el girar la cerradura y, sospecha que cuando vuelva a tornar la mirada hacia atrás tendrá ante sí el rostro de su marido, muy, pero que muy enfurecido. -Sí... por supuesto, no tendré ningún problema –garantiza él. -Muchas gracias, luego hablamos, ¿te parece? -¿Seguro que no sucedió nada? ¿Te encuentras bien, Belén? –indaga, pero ahora con un hilo de voz bajito tras notar la inmediación continúa de su madre.

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-Sí, seguro. Luego te cuento de todas formas –última ella–. Hasta luego, Marcos, y gracias. -De nada, chao –se despide él de inmediato, embebido en la confusión de la llamada.

Para Belén colgar este teléfono ha constituido al mismo tiempo, alcanzar uno de los mayores alivios, y abandonar otro de los mayores riesgos que ha padecido a lo largo de toda su vida. Cae derrotada en el sofá, mira a la ventana, percibe el aire grisáceo de la primavera invernal intercambiando figuras con las nubes negruzcas, percibe la soledad y nota sentirse un poco más aliviada; liberada. El reloj digital de la esquina no marca la hora correcta, aunque el aroma del guiso vecinal dicta que es tiempo de poner la comida. Ella ya tiene a medio preparar una ensaladilla rusa con patatas, huevo, atún, pimientos rojos, hilos de zanahoria, aceitunas; todo troceado, con un chorrito de aceite girasol y buenas cucharadas de mayonesa baja en calorías. Mientras la ultima con sus doloridas manos, cree que el paso de hoy es más bien una zancada, y que al haber pisado en firme demuestra que ya saluda el adiós que hace tiempo debió salir de entre sus cariadas muelas. «Imanol hoy llegará tarde», piensa mientras vuelca a ritmo de salsa el salero. Mueve al son el pandero escondido tras la falda negra de lino, y cree que tal vez esté más cerca la salida definitiva de esta cárcel aflictiva, pese a que aún resten algunos vistazos atrás con su estela. Desde la pelea de la cerveza ha meditado en varias ocasiones desvincular al joven Marcos. No es su batalla. Ha tenido en mente los números, cero, nueve y uno para a través del teléfono rojo contárselo de nuevo a la policía. Sin embargo, intuye que tal acto sólo acabará en arrepentimiento y otra reprimenda. Además, ella no tiene valor para volver a firmar otra denuncia que no signifique el final. Sus amigos se perdieron con el paso de los años por el matrimonio bohemio, y ahora, no ve que su voluntad goce de valentía para

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buscar en las páginas blancas sus apellidos y después llamarles. ¿Y sus padres? Siempre tan lejanos, allí en el norte, donde dicen que el otoño y el invierno es lluvia interminable que entristece día y noche las ventanas de los edificios; donde las persianas lucen bajadas. Para Belén pedir hoy protección a sus progenitores sería lo más humillante de todas las opciones barajadas. Admitiría que ellos ya se lo advirtieron cuando le reprendieron apuntándole que Imanol no era buena gente y que el mañana les concedería la razón. «Te romperá la vida, el corazón y tus sueños de futuro», auguró su madre con mala fe el último día de vacaciones que pasaron en el norte, poco después de casarse. Hoy la conversación entre los dos ha decaído en exceso, y tan sólo surge durante las intermitentes Navidades en las que se reúnen, deciden mirarse a los ojos con recelo y rozarse las mejillas. Para ella aceptar que había cierta sabiduría en las palabras de sus padres sería como dilapidarse para siempre en el fracaso más rotundo; sin paliativos. Tiene miedo a Imanol, a la soledad, al dolor, a lo desconocido. Tiene miedo a la vida exterior, tiene miedo al reproche de sus padres, tiene miedo al dentista que algún día le arrancará las muelas, le aniquilará el calcio podrido y, sin saber por qué, no tiene miedo del joven chico de ojos marrones que vive encima de él y cuidó desde que era un niño. La ensaladilla, fría, mientras en la tele bailan torpes unos dibujos animados de piel ambarina con cuatro dedos en sus menudas manos. Esbozando media sonrisa, Belén mastica un trozo de pan y retira una lágrima solitaria de su mejilla. Está deliciosa la vida para dejar que alguien la conduzca por ti.

Patata, cebolla y huevo son los ingredientes que dan presencia a la tortilla más rica del vecindario. Al menos así lo creía Marcos cuando era un chiquillo y se embutía entre pecho y espalda dos porciones entre pan y pan de este delicioso producto culinario español.

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Hoy, pese a ser cocinero ilustrado, todavía opina que esa tortilla sigue siendo una de sus mayores debilidades. Él tiene su estilo particular, y suele concederle un dejillo insuperable, según aseguran aquellos que la probaron. Sin embargo, para él, Belén tiene un arte nato que apenas puede duplicarse y, que convierten a la ya citada por dos veces, en una mezcla de suavidad, jugo y punto exacto de sal y cebolla imposible de olvidar. La puerta se abre, y Marcos asoma levantando dócilmente la barbilla para alcanzar el olor que planea desde la cocina. Ella no tiene la menor duda de que ha acertado para esta segunda velada; en esta ocasión de media tarde. Él ya tenía en el olvido tal esencia gastronómica, pues las cuentas dicen que ha transcurrido más de un lustro desde la última vez. Fue un cumpleaños, –de ella o de él– y también estaban invitados sus padres. Hoy por hoy, tal escena sería imposible de presenciar, ya que su padre yace enfermo desde hace dos años, y en coma los últimos meses. -¡Mm! Excelente olor es el que hechizan mis fosas nasales –bromea risueño y arremangando sus hombros, como si de pronto sintiera envolverse en un pequeño mundo fantasioso donde todo los objetos perceptibles estuvieran hechos de tortilla. -Gracias, quería que charláramos y al mismo tiempo poder llenarnos un poco el estómago. Y sé que la tortilla te encanta, espero que no me hayas merendado ¿eh? Sería toda una decepción. -No, no merendé –tranquiliza Marcos. -Pues pasa, anda, no te quedes ahí –ruega ella, que rápida cierra la puerta y encaja las llaves en el interior de la cerradura–. No creo que venga, pero así me siento más segura. La explicación y el hallazgo de las heridas tuercen el gesto radiante del chico, que al segundo reclina su cabeza hacia la derecha y cuelga sus brazos en la cadera arrugando su camisa verde, en la que un dragón rojo de ojos negros muerde la cola de un ratón albino. Ella

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le pide que se acomode en el sofá, y sin tiempo para indagar en el motivo de su requerimiento, le ofrece una cerveza fría de la misma marca que lo fue la última. -¿Qué tal todo? –anticipa ella a preguntar con aire jovial. Él no responde, meramente sorbe el lúpulo, oprime los labios al bajar el botellín y esconde la mirada en los párpados medio cerrados. Su falda con vuelo cae por encima de las rodillas cuando decide sentarse con las piernas cruzadas. Mantiene la distancia, aunque no lo suficiente para que Marcos huela el aroma dulce a fresa de su vetusto perfume. La chaqueta de lana negra le oculta el menudo escote que deja vislumbrar su camiseta de tirantes, también de tonos oscuros. Quiere escaparse del sollozo cuando rememore la sensación que le produjo la última pelea conyugal, no obstante, la consumación de lo sucedido saliendo de su boca, con pelos, señales y sentimientos, le obliga a desprenderse de fugaces lágrimas que apenas abandonan la media luna inferior de sus ojos. Aprovechando la intimidad y languidez moral, desfila su dedo por debajo de la mejilla con ímpetu, y éste muerde el maquillaje que apenas revestía el moretón. Enseña las vendas decoloradas por tenues látigos ocres, las que Marcos ya había advertido, pero que ahora mira de nuevo con semblante sorpresivo. Belén hunde la cabeza, el cabello le envuelve los labios, la nariz y la barbilla, y mientras el silencio arría toda su riqueza, ella suspira profundo por dos veces y presume para sí sentirse más aliviada. -Termina con él ya. –La voz sugerente de Marcos asusta tras la densa mudez e instaura un eco en el salón que muere cuando la botella de cerveza golpea suave contra la mesa– Yo prometo ayudarte y no volverá a ponerte la mano encima. -¿Cómo? –alienta ella mientras iza de nuevo el cuello y se retira poco a poco la melena de su amoratada cara. El mutismo vuelve adueñarse del reducido séptimo piso. Segundos de afonía que él de nuevo decide romper cuando bajo las pestañas femeninas descubre un espejo a punto de

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fragmentarse en mil astillas. Detrás del vidrio pulcro puede ver su adolescente rostro amedrentado, intranquilo, sobrio; su vellito descuidado bajo el pelo engominado, y la pubertad de su mirada enfrascada en un adulto que ya ha engordado durante veintiséis años. –Por soluciones posibles no van a ser, y prometo ayudarte –repite, ahora con menor solidez sonora, aunque colocando su mano derecha en el pecho opuesto para convertir su frase en un juramento irrompible–. Podrías venirte a casa a vivir, mi madre no se negará, y si no te gusta la idea, buscamos otro lugar. Hay hogares de acogida para mujeres... Lo que sea, pero no permitiré que duermas un día más con... -Imanol –ayuda Belén ante la pausa repentina del chico. -Sí, con él, ni un día más. No quiero verte mañana en la televisión o en los periódicos porque él logró terminar antes contigo, en absoluto. Y no pongas esa cara de incrédula, porque es así de real, sucede a diario, y tú no lo mereces. Yo jamás me lo perdonaría –Se confiesa al final entre tímidos bisbiseos. -Sí lo sé, Marcos. Tienes mucha razón. A veces me da tanto miedo dormir a su lado, que ciertas noches me planteo coger una maleta y huir de ahí para siempre. ¿Pero a dónde? Además, al final le echaría de menos, lo sé, porque aunque no lo creas, Imanol todavía tiene detalles enormes que logran enamorarme –relata apenada conforme seca una lágrima de su cara–. También sé que tú no mereces estar metido en todo este embrollo, pero actualmente sólo puedo acudir a ti. Siento embarcarte en mis miserias. A lo mejor no ha sido tan buena idea la mía, así que si quieres, puedes irte ahora mismo, no estás obligado a quedarte. Su disculpa se envuelve en un diálogo tan perezoso, que entristece el ambiente por momentos. Con todo, Marcos trata de no dar pie a tal desconsuelo y al segundo replica con pujanza tratando de asentar mayor convicción a sus palabras. -Sí es buena la idea, porque vuelvo a repetirte que yo quiero ayudarte hasta el final, y en eso no debes tener duda alguna.

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-¿Estás seguro? -Lo estoy –afianza–, y para ello, lo primero que vamos a hacer ahora mismo es ponerle una denuncia a tu marido por malos tratos. Ya, antes de que las heridas te desaparezcan. -¿Cómo dices, Marcos?, eso no, por favor –ruega ella, que de repente reclina la cintura estribándose en sus rodillas–, no podemos hacer eso, me matará esta misma noche. Vendrá y me dará una paliza de muerte. Ese no es el camino, chico. -Le detendrán, le impedirán acercarse a ti –apacigua él sin dejar que crezcan los lamentos y levantando el cuerpo de la mujer para que le mire. –La justicia en estos casos ha avanzado demasiado, y no le van a dejar que vuelva a casa. Sólo has de poner de tu parte. Los dos se retan visualmente. Marcos no cree las palabras que salen de su boca a menos de un día para viajar a Ginebra. Está a punto de llevarse de la mano a una mujer cuarentona y maltratada hasta la comisaría más cercana, para que una vez allí, ponga una denuncia por malos tratos a su marido. Y aún no tiene preparada por completo la maleta de viaje. No lo cree. -¿Estás seguro qué debo hacerlo? –Vacila sofocada por las dudas que en su cerebro le martillean sin descanso. De nuevo el espejo aparece borroso en sus ojos. La piel enrojecida, llorosa y asustadiza. Firmar el expediente que le tenderá la Policía después de que un agente le haya efectuado diversas cuestiones, significará voltear su vida de ahora en adelante, quizá eternamente o hasta la muerte. Implicará tomar un camino que hoy ve tenebroso y apenas sabe cómo andar. En cambio, no denunciarle supondría perpetuar el sendero sin sombras, el que sí alterna y conoce sus peligros; el que muy a su pesar le plantea infinidad de trampas que meramente en efímeras ocasiones tendrá la oportunidad de evitar. El dilema le crucifica

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frente al joven que, ella misma, y sin saber bien porqué, ha elegido como su salvador. Y poco antes de confirmarle una respuesta, él reanuda la conversación. -Que yo soy muy joven, lo sé, y tienes motivos para no confiar en mí, pero mi intuición dice que si de verdad quieres alejarte de tu marido para que jamás vuelva a pegarte, debes coger el toro por los cuernos, sin retrasarte un segundo más. Ya sabes el dicho, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, o al menos eso es lo que dice mi madre, y ella sí está crecidita en años –bromea sutil haciendo grande su boca en horizontal y enarcando las cejas hasta hinchar las pupilas al máximo. Anhela que en breve llegue la afirmación de sus labios femeninos y maduros. Aunque tan sólo emerja media sonrisa en su cara, tantas veces rota. Y en el mutismo previo a saber la puerta elegida por Belén, Marcos medita sobre la valentía que ha dispersado en apenas unos minutos. Debería guardar unos gramos para emplearla ante el bello rostro que sabe dibujar su novia. Decirle con la misma mirada que poco a poco parece convencer a su vecina: «¡El bebé que esperamos en tu barriga es un maldito error! Y lo es porque no eres el amor de mi vida. Leti, cariño, tan sólo estoy enamorado de ti porque he olvidado cuando no lo estuve, y hoy por hoy, no sé sentirte de otra manera. Somos una relación abocada al fracaso, pero te quiero». Ella siempre se ha dejado querer con facilidad, y al mismo tiempo, ha sido una mujer que siempre ha correspondido en las artes amatorias. No obstante, después de cinco años, la monotonía de su noviazgo se ha convertido en un círculo demasiado cómodo, que a la vez, es imposible de abandonar. -¿Y la tortilla? –Interrumpe Belén en sus reflexiones. -¿Cómo? -¿Merendamos la tortilla antes de ir a poner la denuncia? –formula poniéndose de pie y abrochándose los tres botones negros de la chaqueta.

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-Yo no puedo comer angustiado, ¿y tú? -Yo tampoco –sonríe tímida. -¿Vamos entonces ahora? Mejor antes de que regrese tu marido. Esta noche duermes en mi piso, y mañana, según lo que diga la Policía, quizá hasta puedas volver aquí, ya más tranquila y sin miedos –dice tras levantar su cuerpo a gran velocidad. -Ya veremos –logra musitar tras carraspear. Ella apenas tarda dos minutos en calzarse unos zapatos, también sombríos, y en colocarse un abrigo marrón para evitar que el moribundo frío del invierno cale en sus huesos. La disposición es conocida para ella, pero en esta ocasión anhela que sea la definitiva; pedirá la separación. De pronto, Marcos comienza a plantearse que su vecina ha olvidado que mañana viaja de vacaciones a Suiza, y que por ello, deberá vivir unos días sin su presencia; sin la ayuda que tantas veces le ha ofrecido y jurado tener a mano en cualquier momento. No encuentra respuesta, y cuando ambos comienzan a bajar por las escaleras del portal, lo olvida. Ni siquiera les es necesario coger el metro que pasa junto a su edificio, puesto que la comisaría está apenas tres callejuelas más abajo. No obstante, pese a la cercanía, el camino de ida logra convertirse en un trayecto que parece no tener límite, y los comercios, los conciudadanos y el resto de detalles que van subsistiendo a un lado y a otro, son las únicas atracciones del joven y la mujer, que a paso rápido, transitan silenciosos bajo el murmullo de la ciudad. Marcos, por su parte, caza miradas furtivas de la mujer hacia sí durante el paseo conjunto y en paralelo que apenas les distancia tres palmos. Ella se frota los brazos, y él intuye que no es de frío, sino por nervios. La imagina dudar, pero la cree tambalearse de verdad cuando pisa en falso la primera escalera que da acceso al cuartelillo policial. -¿Estás bien? -Sí, no fue nada, soy muy torpe –tartamudea.

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Tras cogerla de su fino codo, ella se levanta el bolso hasta el hombro, realza su cuerpo, y ambos, a la misma altura, entran hasta las oficinas con la cabeza bien enderezada. Un agente de torso grueso les recibe de inmediato. Él mira primero a la mujer talludita, a los ojos, le examina la cara, luego busca el semblante del chico, y acto seguido baja la mirada con un gesto demasiado enojado. Hasta que comienzan a rellenar lo que en sí es la denuncia, pasan demasiados minutos muertos. En el hábitat burócrata hay demasiada gente, pero pocos hablan; ellos tampoco. Además, el segundero que tiene el reloj blanco y redondo de la oficina ralentiza el tiempo de tal modo, que incluso la aguja negra parece golpear una y otra vez en el nueve sin avanzar un solo milímetro hacia el diez. Marcos cree que en cualquier momento Belén va a echarse atrás, saldrá corriendo escaleras abajo, y él, tendrá que recurrir a las excusas secretas que ya inventó. No obstante, erró, porque de pronto están en una sala, frente al agente Delgado, enflaquecido, ojos enlutados y piel albina. Allí inician un recital de preguntas y respuestas, la mayoría sencillas, y cuando ella comienza a sincerarse en los aspectos más peliagudos, el joven cocinero, que es testigo, se relaja y cree haber hecho un bien por la humanidad.

El color azul cae generoso hasta la mitad del lienzo. Es un añil grasiento, y con distintas sombras debido a que únicamente es iluminado por la famélica luz de una linterna. El mar dibujado parece fundirse con demasiada naturalidad en la piel inerte que duerme sobre la arena. Al fondo aparecen boyas, un barco, un rompeolas. Y en una esquina, la firma: Belén Madina. -¿Dónde está ese lugar? -En un pueblo del norte de España, es una playa preciosa... –revela ella, que recoloca el cuadro, ahora sobre un altillo de cartón.

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-Me gusta mucho –alaba–. Yo no entiendo de arte, pero éste cuadro, en mi humilde opinión, es precioso. -A mí también me lo parece. Aunque más que nada por el significado intrínseco que él tiene. –La confidencia expone un aire misterioso al asunto, y Marcos intrigado, no puede evitar la siguiente pregunta. -¿Cuál? -Surgió después de que un amigo perdiera la vida en el mar hace tres años. -¿Cómo fue? –insiste interesado por el tono de esa voz femenina, ya mucho más relajada que minutos antes. -Quedó viudo, y después de un tiempo, decidió subirse a un barco y lanzarse al agua cuando navegaba en pleno alta mar para morir. -¡Qué fuerte! ¿No? -Una historia muy triste, sí. Cuando me llamó su hija lloré mucho. Al parecer, él decía que su mujer estaba en el mar, y quería reunirse con ella. -Eso es amor... -Coincidió que fue el último cuadro que pinté, aunque no tiene nada que ver con la historia –explica–. Desde ese día Imanol ha impedido que me gastara su dinero en material de pintura. No soportaba ver ropa sucia, sin planchar y menos aún la casa repleta de ese aroma que deja el lienzo recién terminado. -Ahora podrás volver a empezar –anima sin perder de vista el haz de luz que se incrusta en la playa. -Lo habré olvidado... –medita para sí. -Seguro que no. Y oye, me da a mí, ahora que pienso un poco, ¡je, je! Que seguramente algún día cuenten la historia esta en una película o un libro. –Alza la vista hacia una esquina y vuelve a observar lentamente al cuadro– Yo tengo un amigo que graba

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documentales y chorradas varias, quizá podría decírselo. Sería la vida de una de esas personas románticas que ya no quedan en el mundo. -¡Ja, ja! Marcos, ¡qué imaginación tienes! No lo creo –aplaca ella sutilmente ufana, y dejando caer el cuadro hacia arriba–. ¿Tú no eres romántico? La sonrisa picarona de su vecina le sitúa en un férreo aprieto. Ella hoy, en apenas cuatro horas, ha puesto toda la verdad sobre la mesa, y él aún, es una coraza que ella siquiera ha acariciado. Por ello, tras segundos de vacilación, decide responder con algo de sinceridad. -Algo, pero poco. -¿Y tú historia merecería ser grabada? –insiste acariciando el mar panza arriba con dos de sus dedos sanos de la mano derecha. -Lo dudo, yo no tengo nada que contar –zanja mientras comienza a buscar más cuadros por el resto del camarote. –A las mujeres nos encantan los hombres románticos, y con ello no quiero decir empalagosos, porque vosotros no tenéis intervalo medio. Os dicen románticos y entendéis baboso. Las rosas, los bombones, los te quiero, te quiero y te amo para toda la vida por siempre jamás, hay que racionalizarlos. Ni tanto ni tan calvo. -¡Je, je! Es cierto. –Marcos afirma con la cabeza y gira la mirada en busca de Belén–, yo soy poco, pero que muy poco pesadito en ese sentido. Los bombones me los compró y como yo, y las rosas, siempre acaban marchitándose. No merece la pena invertir en flores. La mujer vierte una mueca difusa y envuelve con delicadeza el cuadro donde el mar y el óleo parecen ser el mismo elemento. Un intervalo antes de terminar de dar por cerrada la imagen, supervisa que ésta siga ahí. Suspira, introduce la linterna por una rendija, y sonríe nostálgica mientras Marcos se afinca en la oscuridad. -Cuando era niña me encantaba ir a la playa, ¿sabes? Bañarme y sentir las olas sobre mi piel. Al final siempre me llenaba de arena, arrastrada hasta la orilla, pero no me

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importaba, porque de inmediato volvía mar adentro, veloz hasta que las mismas olas me derrotaban para caer de nuevo bajo el agua. Hace años que no voy –confiesa con la voz pesarosa. Las palabras se desploman en los oídos de Marcos al igual que verdaderas losas plúmbeas que, sin previo aviso ni descanso, le retuercen de pena el corazón como si estuviera apresado por los recovecos de una recia mano. Él chico parpadea largamente, y cuando levanta el telón dérmico de sus ojos, la mujer a la que hoy ha ayudado a liberarse de su marido violento aparece en una nebulosa, con la cabeza gacha y muy próxima. -Yo te llevaré al mar –arriesga Marcos–, pero a vivir. A disfrutar de unos días de vacaciones. -Marcos, cariño, no hagas promesas que luego no puedas cumplir. Tienes una vida, una novia. Hoy has hecho por mí demasiado, más de lo que nadie hizo por mí en los últimos quince años. Saldré adelante sola con el tiempo, e iré al mar, porque el tiempo que me queda por delante es muchísimo y no dudes un segundo que disfrutaré de mi vida –avisa apasionada. -Yo quiero hacerlo, ayudarte en todo lo que me sea posible –insiste el joven. -Mientes. Pero ahora no vamos a discutir, ¿vale? –ataja al tiempo que cruza los brazos– Tu invitación de ayuda te la recordaré dentro de unos meses. Entonces tus oídos escucharán de nuevo las palabras que hoy te digo. Aunque no quieras, tu vida, poco a poco te alejará de la mía, Marquitos. Sus labios se mueven despacio a insignificantes metros de distancia, y, antes de que la silueta pueda ser memorizada por el chico, éstos desparecen porque ella ya ha terminado la última palabra y de inmediato ha rotado su cuerpo. Ella acomoda el cuadro que había quedado posado contra la pared, en un rincón del suelo, muy lejos de Marcos, quien intimidado mantiene su compostura en la esquina opuesta

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del camarote. Allí, su vista acostumbrada a la penumbra cuenta hasta medio centenar de obras repartidas por todo el cuartucho. Algunas imágenes parecen dar cobijo a toda una comunidad de motas de polvo, en cambio otras, como el dibujo del mar, yacen protegidas por envoltorios de color madera que optiman su conserva. De sus manos surge otro lienzo, más antiguo y elaborado en acuarela. Ella ha rebuscado con empeño y parece haber encontrado el deseado. En él se muestra una plaza con su quiosco, varios bancos y tres árboles en época otoñal. Las solitarias nubes primaverales rondan sobre las dos únicas cabezas, que fundidas por sus labios, asoman en el centro demasiado difusas. El colorido del cuadro no puede apreciarse pese a que sobre él cae una densa luz artificial. Los trazos verdes, marrones, azulinos, y los rojos de las prendas que ambos protagonistas visten, además del sol crepuscular de la tarde, quedan sombríos a la vista humana allí presente. Más aún el aire grisáceo del asfalto y las pinceladas albinas de las nubes. -De mi primer beso, Marcos... –Lo gira y se lo enseña mientras enfoca la débil luz hacia el dibujo. -Muy bonito –juzga él certero. -¡Cuánto tiempo hace ya de esto! ¡Dios mío de mi vida! –exclama soltando la linterna sobre una mesa, cogiendo el cuadro con fuerza, y, con su intensa mirada, pidiendo al chico que se acerque para que ilumine. -¿Qué cuenta? -Pregunta dando dos pasos al frente. -No es tan bonito como el anterior, pero los recuerdos que a mí me produce verlo son más preciosos. Él era Antonio, un chico muy atento, hablador, y que según creo recordar, también besaba muy, pero que muy bien –puntualiza con un ademán risueño en sus labios y radiante en sus pupilas.

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-Todo un romance juvenil –ironiza Marcos con una leve dosis de ingenuidad en sus palabras–. ¿Qué sucedió? -Que besaba muy bien, pero a demasiadas chicas –zanja Belén con aire sobrio pero sin retirar la sonrisa de su cara. -Lo siento. -No pasa nada, el recuerdo, la sensación que sentí la primera vez que sus labios suaves tocaron los míos jamás la olvidaré. Y eso hoy no me lo quita nada ni nadie –dice orgullosa–. Nunca se olvida la primera vez que besas a una persona, ¿verdad? -Nunca. Ambos se quedan en silencio. Belén vuelve a colocar el cuadro en su sitio, y de pronto se apaga la linterna que sujeta el joven. La oscuridad es total, aunque poco a poco el brillo de las pupilas comienza a prorrumpir y chocar. La mujer le mira los ojos sin que él lo note. Ella se acerca, y Marcos, al segundo, comienza a sentir su aliento y su perfume transitando por el cuello de su camisa. -No funciona la linterna –explica asustado–, ¿salimos fuera? -Quiero que me beses –interrumpe ella poniéndole su dedo índice en la mejilla en un primer momento y en los labios poco después–, necesito recordar qué se siente al besar de nuevo por primera vez. Hazlo por favor. Mañana esto quedará totalmente olvidado –ruega mientras le coge una de sus manos masculinas. -Será mejor que no –duda él. Marcos vacila y no entiende por qué no puede moverse, y menos aún por qué le tiemblan las rodillas. Duda cuál es la forma idónea de actuar para lograr salir de la situación sin herir los sentimientos de su vecina. También medita que quizá Belén lo tuviera todo planeado desde el principio. Sin embargo, esa teoría le da igual cuando el busto femenino de su chaqueta cae sobre sí y siente hormiguear su estómago hasta el mareo. Tan cerca y tan

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difícil de alejarse, entiende que debe acceder y entregar lo que el cocinero considera su ayuda. Respira hondo el vaho adulto que sale de su paladar, mueve el interruptor de la linterna en un último intento fallido de que la luz rompa el hechizo romántico. La suerte hace tiempo que fue echada en la ruleta. Las pilas sucumbieron, y esta canción de la vida interpretará sus notas en la henchida oscuridad. Ambos, pacientes, aguardan de pie, a escasos diez centímetros de sus caras el uno del otro; a la espera de atisbar un gesto que indique la aceptación del desafío labial. Y poco antes de ver el semáforo en verde, la tortilla busca un tercer retortijón, y el joven cocinero, ausente, imagina el tacto de los labios rugosos que bien podrían ser los de su madre. Y entonces ella, sin avisar, se posa en la boca del chico; seria. Busca su lengua, y al humedecerse con la suya, cree rejuvenecer. No así Marcos, que con los ojos cerrados interpreta el minuto como un acto solidario. Ha concedido un primer deseo a Belén, que desde la tarde de hoy presume de iniciar una nueva vida. No hay palabra alguna, ni onomatopeya y tampoco interjección. Después del beso, los dos protagonistas caminan en silencio tras cerrar el camarote. Lo hacen por las escaleras del portal, con sigilo y cautela, y hacia el 8º piso. Todavía queda noche. Imanol llegará de madrugada, y es probable que, si la guardia urbana no ha mentido, sea detenido en las próximas horas. Quizá en tanto, Marcos le tenderá un lomo de bacalao a Belén, y acto seguido le recordará que mañana marcha a Ginebra de viaje. Ella sonreirá y le dirá al chico que no se preocupe, «no eres mi ángel guardián». Antes, el salón habrá sido escenario de un dilatado monólogo en el que Ángela no ha cabido en sí de asombro. La noche cazará la madrugada, y tan sólo entonces los tres se separarán para dormir; cada uno en un cuarto. Pensamientos distintos, y un despertar zurcido que forjará el principio de otra realidad.

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VI DESPERTARES
Nadie sabe qué deparará el mañana

El café brota suave y golpea ardiente en la taza de barro roja. Ángela, la madre de Marcos, camina azarosa por la cocina con un ojo avizor hacia la leche que en el iluminado microondas se calienta. Toma de un cajón varias cucharillas, cuchillos para la mermelada y mantequilla. Coge un envase a rebosar de azúcar, pone en la mesa bollos, magdalenas, galletas, pan de molde, y sin descanso, asoma su cabeza por el pasillo para gritar. -¡Vamos, chico! ¡Qué el metro no te va a esperar! -Hay tiempo, Ángela, no te preocupes –calma Belén junto a la cafetera exprés. Con celeridad retira la taza medio llena de la maquina. Acto seguido la lleva hasta posarla en el único hueco que hay en una esquina de la mesa, y templada, se acomoda en uno de los taburetes sin decir una sola palabra. -Lo sé, pero si no le llamas una y otra vez se queda dormido en los laureles, que ya le conozco... –refunfuña tras una pausa. Al instante de hablarle a su invitada, corre a echar otro vistazo más al cuarto de su hijo. Espera que sea el definitivo y, que al mismo tiempo, le ayude a descubrir de una vez por todas el porqué de la tardanza de su retoño. -Dime, ¿Qué tal has dormido? –Pregunta a la vuelta desde la puerta.

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-Bien, gracias. La habitación de Lucía es preciosa y acogedora. De verdad que muchísimas gracias por dejar que me quede aquí. Espero poder volver hoy mismo a mi casa y no daros más problemas. -Tú, tranquila, puedes quedarte todos los días que necesites, mi hija no vuelve del extranjero hasta finales de julio. Lo único y más importante ahora es evitar que te encuentres con tu marido –ataja la madre sonriente. Vierte la leche en un tazón grande para Marcos. Belén hace lo propio en su café en cuanto queda libre la vasija de cristal, y, por supuesto, no responde a la invitación de Ángela. No sabe qué hacer. Hoy sólo espera conocer el desenlace que ha causado su denuncia. Está muy nerviosa, y en su cabeza trata de calmarse repitiéndose una y otra vez la frase que su madre tanto le recitaba siempre que se atormentaba con los problemas: «Tranquila, mañana Dios dirá, y lo que ha de ser, será». Hoy tiene miedo de salir a la calle, de abrir la puerta de su apartamento y averiguar con sus ojos quién vive dentro. Es posible que duerma Imanol; camine, cocine, vea la tele, la espere sin más, o la pegue sin hablar. Hoy, a pies juntillas le encantaría no abandonar el piso en el que ahora desayuna. No lo haría en meses, sin embargo, entiende que no es admisible ni cabal lo que anhela con todo el alma, y además, no revelará tal pensamiento a sus anfitriones. El hijo aparece como un fantasma tras la puerta abierta, cuando el azúcar comienza a disolverse en el café de Belén. Él camina somnoliento, emite con su voz un saludo cortés y perezoso, coge tres galletas, las unta y casi las devora. Ángela le golpea en el codo ágil y con ímpetu, y le pide que, por favor, coma más despacio. «¡Tenemos invitados!», exclama. Pero antes de que el joven cocinero pueda darle una contestación grosera a su madre, el timbre, máximo responsable de comunicar al propietario de que llaman desde el portal, lanza un gemido vigoroso que sobresalta a los tres comensales matutinos.

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-¡Es Lucas! Yo voy –dice Marcos. Se levanta precipitado haciendo girar el taburete con fuerza pero sin conseguir derribarlo, y tras desaparecer su figura por el pasillo se escucha su voz, que contesta con energía preguntando quién es. Tras unos segundos de diálogo escueto y tenue, vuelve con media risita en los labios que peina levemente su concisa barba. De pie, termina le leche, abandona la cocina, hace rodar la maleta desde su habitación, y para apoyado en un marco para centrar su mirada en Belén. Su madre, sentada, regatea el café con la cuchara. -Hasta dentro de una semana, entonces. Cuando vuelva hablamos, ¿vale? –Le dice a su vecina– Y cuídate mucho, y si tienes algún problema, recuerdas lo que te dije, no lo dudes un momento, ¿de acuerdo? -Sí, Marcos, sí. Cero, nueve y uno. Tú pásalo bien con tus amigos y no te preocupes por mí. Sabré cuidarme bien sola. -Además, estará conmigo hasta que esté todo solucionado –precisa la madre después de sorber elegantemente un poquito de su café, humedeciéndose el borde de su labio superior pero sin llegar a mojar el vello de su invisible bigote. -Madre, dos besos, que me piro, vampiro –dice Marcos con plante ufano. -¡Ay qué nervioso estás! –Ella se levanta del taburete, le besa y le apretuja los mofletes con fuerza– ¡Anda!, y marcha antes de que me arrepienta haberte dado tanto dinero. Y ten buen viaje. Portaros bien... ¡Y llamar en cuanto lleguéis! -¡Sí...! –acepta a regañadientes– ¡Adiós...! Desparece tras la puerta de la cocina tan veloz, que apenas logra oír la réplica sonora y femenina de despedida que a dúo lanzaron desde la cocina. La soledad es gigantesca. Enormemente desmesurada para una sola persona. Belén lo descubre cuando se desliza cansina por las alfombras de su casa sin pisar el parqué. Lo hace

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temerosa, en silencio y siempre solitaria. A partir de ahora cree que su apartamento será un refugio idóneo para la sordera social, y que ésta incapacidad tomará mayor obesidad según vayan acumulándose el número de giros en las agujas del reloj. Quizá por ello ha tomado la decisión de tener siempre encendida la televisión o la radio. Pero nunca los dos aparatos juntos, ya que de esta manera puede evitar que el bullicio y la locura tomen asiento y se acomoden en su sofá. El piso crece al mismo ritmo que la soledad. El tránsito de las horas convierte su apartamento en una mansión que, recorrer de punta a punta, parece convertirse en toda una hazaña peliaguda de consumar sin un buen estado físico y psíquico. El salón de estar se equipara en exceso a un desierto árabe, aunque sin un solo bombardeo, ya que todos éstos toman cuerpo a diario en la sucia pantalla de su televisor; y le son suficientes. Entre la mesita que amparó la cerveza y la ya nombrada tele desfila un río inmenso, y éste, meramente agoniza al desembocar en el armario empotrado que hay en su alcoba. La cama matrimonial es desmedida para su efímero cuerpo. Ángela le ayudó a bajar los bártulos pictóricos del camarote pese a que le pidió que aguantara unos días en su casa. Belén por su parte, ya ha solicitado a la Guardia civil una orden de protección por miedo a nuevos ataques. Lo hizo por escrito el mismo día que Marcos marchó a Ginebra. Apenas minutos más tarde le llamaron para decirle que su marido había sido detenido y puesto a disposición policial. Acompañada por su vecina rellenó y entregó el formulario en el mismo juzgado de guardia que hay en el barrio. Los agentes le han recomendado que no regrese a su casa, que busque otro hogar, ya que la libertad de su ‘cónyuge’ será en cuestión de horas. Ella lo sabe, pero no ha revelado tal información a nadie, al igual que tampoco ha confesado que es la novena denuncia que pone en el último año. Tan sólo el joven cocinero escuchó de la voz llorosa de Belén dicho número, y sin embargo, tanto él como ella, han preferido obviar el asunto en todo momento. Ni siquiera

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corrigió a su vecina cuando le contó a su madre que ésta era la primera querella criminal que ponía. Miente para sentirse menos inútil y humillada, y tal vez por ello, Marcos lo aceptó. De modo que después de tanta noria trágica a manos de un hombre celoso y violento, la mujer maltratada, a día de hoy, prefiere vivir en soledad. O más bien, en paz. Además, le han comunicado que su marido sí afirmó haberla golpeado en varias ocasiones, que se declara culpable y que pretende regresar a casa con su madre unos días para procurar alejarse de ella. «Si Belén ha pedido la separación esta vez, será por algo y yo no puedo impedirlo. De todas maneras, la vida no acaba aquí y siempre dicen que hay un despertar mañana», afirman que fueron sus palabras textuales.

Cuando el sol hunde las orejas bajo las grises fachadas de los altos edificios, queda plasmado en el lienzo un tercer dibujo donde su pasillo es un cauce difuso en el que ella puede nadar descalza y sin riesgo de colisionar con otros bañistas. Sólo un grácil cocodrilo bucea, pero en la lejanía. «Él debe ser mi marido», piensa muda y con una mueca socarrona. Traza otro boceto en el que logra convertir su hogar en una selva amazónica, «y es que únicamente ha transcurrido un día de completa soledad, y el piso ya es tan espacioso...», recapacita cuando lo colorea. Tras otorgarle una penúltima pincelada al cuadro, y mientras un foco portátil reseca el óleo, corre veloz a examinar la nevera. Lo hizo la misma tarde que atravesó la puerta de la entrada y descubrió el desamparo de su hogar. Primero introdujo las llaves en la cerradura, pero acto seguido fue de puntillas hasta el frigorífico con la intención de tantear la cantidad y diversidad de alimentos existentes. La pretensión de ahora es saciar su hambre, porque de pronto se le ha antojado devorarse un sándwich de jamón y queso, pero frío. Abre una botella de agua y con el frescor copando un nimio sector del aire templado de la cocina, comprueba cada una de las baldas albinas, que todavía, siguen suficientemente

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cargadas. Aunque la dieta no será equilibrada durante los próximos días, intuye que sobrevivirá hasta ver el regreso de Marcos dentro de una semana escasa. Ella le hizo creer que su presencia no sería necesaria, y sin embargo, lo será. No almacena en el vivir diario de su pecho la cafeína suficiente para pisar el portal. Cuando pone el ojo en la mirilla del portón que la aísla del exterior, aún puede reparar que hay sangre reseca en una esquina; la que olvidó limpiar tras una de las últimas peleas. Nadie lo ha hecho. No tiene fuerzas para esa latosa tarea, y menos aún para pasear por la calle, adentrarse en los comercios, los bares y abandonarlos sola bajo un cielo opaco y monótono. Sueña despierta recrear su trajín por la ciudad, y siempre imagina que en los adoquines de enfrente acecha estoica la mirada alcohólica. En dirección contraria le grita, le muerde y le hostiga apresurada. Por eso, pese a que la cobardía le reprima decirlo, precisa un bastón de ciego que le sirva de apoyo, aunque éste hoy, escuche palabras en francés al otro lado de los Pirineos.

El tercer día vive tedioso sobre Belén, que cansada de pintar, lo fructifica en horizontal sobre el sofá. El cuarto es lánguido, cansino y también lacio. Encuentra un puzzle en uno de los cajones que hay sobre las baldas atestadas de figurillas, fotos que ha tumbado bocabajo y libros literarios, didácticos y enciclopédicos que jamás consultó. Levanta la caja y empieza a construir ‘El grito’, –1983– de Edvard Munich. Lo deja a medias, y

posteriormente trata de zurcir un ovillo de lana que localizó en otro cajón. Apenas logra enramar un círculo igual de extenso que su mano. Y es entonces cuando tumbada y mientras ronronea con la lana del mismo modo que un gato panza arriba, comienza a endiablar pensamientos pasados. Evoca tardes en las que Imanol le obsequiaba con un paseo por el barrio. Iban a tomar una copa, sí, pero también a airearse con la puesta de sol y a dialogar. Nunca le besó en público, tampoco le acarició delante de sus amigos, pero guardaba detalles cariñosos para la intimidad. Él le contaba su rutina laboral, anécdotas curiosas, que

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seguramente no lo eran en tanta cuantía, pero que ella, le encantaba condescender con leves muecas presuntuosas. En el parque le oprimía el brazo contra su fornido cuerpo, coqueteaba con sus dedos por la espalda, y con gran delicadeza, le besaba tras el mismo árbol en el que una noche trazaron sobre el tronco sus iniciales. Rememorando, Belén no quiere ahora mirar el lado de la manzana podrida, sino que desea mordisquear la jugosa y sabrosa fruta sana. Imponer a las imágenes fantasiosas que parecen impregnarse en el techo de su salón, únicamente sonrisas. Y es que en su película temporal, la semana con su marido, ahora tan sólo perdía brillo los viernes, quizá los sábados, pero nunca el resto de días. Había tiempo para hacer el amor que, en sinceridad disfrutaba en ocasiones, y en otras aborrecía. ¿Por qué Imanol no ha dado señales de vida esta vez? ¿Le abandonará de verdad para siempre y sin resistirse? Las preguntas despuntan a modo de disparos ejecutados por un presidente americano que no piensa, ni en el porqué ni en las consecuencias. La mujer maltratada ya había reabierto la puerta en otras ocasiones a Imanol, no obstante, la última denuncia va escoltada por una petición de separación, y quizá ese documento haya cambiado el rumbo de las olas masculinas. Ella duda sentimentalmente, pero mentalmente quiere –cree que quiere– que sea el final. Inclina la cabeza, y, tras soltar la lana para hacerla rodar por la alfombra, duerme un poco. Su memoria echa de menos a su hombre, al que recupera en un sueño dulce que luego no recordará. Lo llaman el síndrome de dependencia afectiva. Ha despintado lo malo que tuvo con él para defenderse de la cruda tristeza que tanto le zarandeó.

La vecina y madre de Marcos ha bajado los dos primeros días y le ha brindado dos concisas visitas en la que se ha preocupado por su estado moral y físico, y le ha informado de que el chico ha llegado a Ginebra. Los siguientes no ha vuelto a tocar el timbre. Si bien, ella ante de irse la última vez, le ha pedido, casi rogado, que suba cuando quiera a su casa

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para estar más segura. «Vivir aquí es una locura, chica, ¡qué quieres que te diga! ¿Yo? Me marchaba ahora mismo», animó Ángela con garbo arrogante. Y a punto estuvo de aceptar, sin embargo, le faltó recibir un latigazo más de perseverancia para asentir y abandonar el solitario y gigantesco piso. Su frase evasiva fue, «Si me aburro subo». Aún no ha subido y su diminuto universo no es más que aburrido. Se desvela, y de nuevo ante el ocaso tiene apetito y ganas de pintar. En esta ocasión come galletas de chocolate y dibuja en el balcón, mirando inicialmente a un cielo, siempre ajeno a cualquier problema, y posteriormente al suelo, donde explota la vida gracias a los coches que corren, frenan, pitan, giran, aparcan, y a los peatones anónimos que vienen y van sin saludarse al cruzarse. Expone la vista vertical que hay desde su balcón al asfalto. Apenas le quedan varios colores en el maletín, por lo que debe usar el ingenio para evitar que parezca una impresión de impresora que ostenta el cartucho gastado. A duras penas, tras un par de horas, lo conseguirá. Corre a su cuarto para introducirse en un abrigo. En el baño se recoge el pelo, enciende la luz exterior de la terraza, y antes de salir, mira a la puerta de la calle en busca de la fotografía mental que enseña las llaves colgadas en la cerradura. Respira aliviada, sonríe y, cuando va a meter los dedos sanos por la rendija para abrir la portezuela del balcón, suena el teléfono por primera vez desde que su marido no vive con ella. El cuerpo menudo de la mujer da un respingo y queda paralizado con la puerta entreabierta e hipnotizada en la palma de su mano. El corazón acelerado atrapa el aire frío de la calle, el vello de su nariz baila arriba y abajo, y tras la pared contigua persiste el cuarto, el quinto y el sexto repique del teléfono rojo. El ring es un eco tan afilado, que incluso rescata la compañía en el hogar. Ni siquiera la televisión ha podido crear tal entorno de pluralidad humana. En los cuatro días que lleva viviendo sola, es ahora cuando por primera vez siente que la casa no está deshabitada. Y mucho menos aún la efímera presencia de Ángela le hizo

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olvidar la soledad. En cambio, el teléfono sonando sí le dice que hay una persona interesada en adentrarse en su apartamento. Silencio. El tintineo telefónico cesa. La mujer maltratada difícilmente ha tenido opción de tomar el arrojo de ir a descolgar. Se ha mantenido agarrotada; tiesa como cuando los niños de entonces jugaban a ‘campo quemao’. Espera tres, cuatro o cinco segundos más, los que cuenta afásica en su mente. Ladea de nuevo la cabeza en busca de las llaves colgadas en la cerradura, las ve, estáticas, y de inmediato, asienta la suela de sus zapatillas hogareñas en los azulejos marrones del balcón, sobre los mismos que finiquita su obra.

No vuelve a oír el teléfono al cuarto día. El quinto despierta tarde. El reloj refleja unos dígitos rojizos que denuncian en su conciencia las doce y media del mediodía. Ella permanece inamovible sobre la cama, tapada hasta la barbilla. Voltea su cuerpo muy dócilmente y busca acomodarse la cara en la parte superior de sus manos sanas. Ciertos dedos aún lucen revestidos por las vendas ambarinas, otros en cambio quedan desnudos de uñas y bañados en importantes cantidades de yodo. Y en la habitación, haciendo el holgazán, aunque no quiera y pese a que ésta es ventilada a diario, sigue viviendo a modo de ‘okupa’ la esencia innata de Imanol. Cuando torna su piel, dorada por el largo camisón, y desmorona la mirada en el centro del colchón para descubrir la sábana vacía, siempre rebota de susto. Pero más se espanta aún cuando descubre su rostro enfadado, moreno y cercano. Le susurra al oído, «Te quiero, Belén», y tras notar el cosquilleo que producen esas palabras en su sensible oreja, desaparece.

Recoge una postal el día que decide bajar en ascensor hasta el buzón. Cae y queda suspendida la bandeja de metal marrón, y captura en sus ojos la imagen de un chorro de agua muy largo que de inmediato vuelve a hundirse en lo que parece un mar. Llega de Ginebra.

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Marcos le relata en escuetas frases lo «genial» que lo está pasando de vacaciones. Anota algunas anécdotas, y, espera que ella se encuentre «muy bien» en España. Firma con un garabato sencillo y un «chao» fino y descuidado. Correos también trajo recibos, de teléfono y del banco. Los deja en la mesa central de la cocina cuando ya ha examinado cada uno de los metros cuadrados que alberga su apartamento. El único fin a tal ejercicio es afianzar en su mente que sigue en soledad. Aposenta en una silla su falda negra de pana que, en esa posición, vuela abatida por encima de las rodillas. Poco a poco aplaca la velocidad de la sangre que sale y entra en su corazón, y conforme, sonríe cuando ve por enésima vez el conjunto de llaves colgadas y estáticas en la cerradura. La imagen, demasiado familiar en los últimos días, le da seguridad aunque no suponga alguna. Y es que los años del pasado aún le incitan a vivir demasiado asustadiza y desconfiada. Para mañana, pese a no desearlo, espera impaciente el despertar de la venganza. No sabe dónde yace su marido, y por consiguiente desconoce el paradero del riesgo. Todo ello la mantiene en una alerta que sólo se fía compartir con una persona.

La noche previa al aterrizaje de Marcos en la capital después de su viaje a Suiza, Belén pide por teléfono una pizza mediana que devora como hacía tiempo que no devoraba. La nevera ha perdido demasiado peso, ha ganado igual de espacio y se ha convertido en un instrumento de casi nulo interés para la inquilina. Los yogures de fresa y naturales recogen en la tapa unos dígitos grisáceos que anuncian vivir en época de caducidad. A muy seguro que son comestibles, sin embargo, la mujer que en varias ocasiones fue maltratada es muy reticente y prefiere evitar cualquier riesgo de enfermedad. Un malestar estomacal podría obligarle a tomar la calle en dirección al centro de salud más cercano, y con ello podría surgir la casualidad de chocar su pálido rostro con el pasear ocasional de su desaparecido marido. Durante ese pensamiento hunde una porción de queso, jamón y piña en sus dientes

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incisivos. Con la mano libre tacha el cuadrado del calendario de la cocina que marca el número diez del tercer mes del año. Lo tiñe de rojo, y cuando llega al salón apaga la tele, pone un poco de música de una casete que extrajo de otro cajón, –siempre tan socorridos para guardar objetos que uno no desea tener a la vista– y baila mientras mastica la masa italiana. Danza descalza sobre las alfombras, con sus medias negras como protectoras del frío, con su falda sombría que apenas le descubre los tobillos cuando gira y se contonea. Levanta la porción, la tiende en vertical hasta la punta de su boca, y tras morder, continúa su ritmo glorioso y ufano en medió del salón. No ha dudado en abrir una antigualla botella de vino de Rioja, reserva del 94, que Imanol jamás le hubiera dejado catar. Cuando vierte en la copa que hasta escasos minutos guardaba una densa lava de polvo, y saborea el suave paladar de la cosecha, no desnuda todas sus peculiaridades en su interior. Aunque sí reconoce para sí que el gustillo que ronronea en su boca es exquisito. Un gran cuerpo, una graduación casi exacta y una coloración pulcra que Belén no disfruta, y que además, osa verter hasta que el cristal se expira en un borde ligero y delicado. La música suena tan alta, que cuando llegan los cuatro segundos entre canción y canción, el silencio parece blandirse a la sordera para convertirse en un ogro enorme que asesina el menor chasqueo. Las seis cuerdas eléctricas de las guitarras son tan agudas en este tema, que Belén las confunde durante segundos con el repique de su teléfono. Suena en los suburbios de tanta melodía. Lo hace con rabia y sin dejar entrever un cese inmediato. Rápidamente ella apoya la copa en la misma mesa que sujetó la cerveza. Acelerada por el alcohol y los ritmos caribeños de la tonadilla que aún sigue ahogando el cuarto y el quinto ring, la mujer pulsa el botón que detiene el casete. El ogro sordo renace, ella lo omite en sus pensamientos, estira la mano para atrapar el receptor y descuelga para ver quién espera al otro lado del hilo conductor.

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-¿Sí, dígame? -Buenas noches, cariño –dice su voz–. ¿Qué tal estás? -¿Imanol? –Pregunta resoplando y de pronto atormentada por la precipitación de los hechos. -¿Me echas de menos? Porque yo a ti mucho, mi amor. No entiendo por qué no me has llamado antes, lo estaba esperando –reprende infantil. Mantiene un suspense, pero ella aún no sabe qué decir, por lo que él debe continuar inyectando sus palabras en una de las diminutas y desiguales orejas que Belén siempre escondió bajo su largo cabello suelto. –Hoy fui a la comisaría y me dijeron que siguen los trámites de separación, así como la denuncia. Cariño, ¿cuándo vas a parar todo esto? La sorpresa es tan mayúscula que Belén alimenta las diligencias de su cerebro con aire desoxigenado. Ya leyó el lector que nunca pensó bien ante presión, y esta circunstancia le exprime todo el jugo interior. Su respiración acelerada por el vino y el baile no le da un suspiro de tregua, y de pronto, comienza a secársele el paladar. -Lo siento, Imanol –meramente acierta a farfullar. -¿Cuándo podré volver a casa? –suplica con afecto y voz de niño inventado que, si tuviera el rostro frente a sí, éste diría que jamás rompió un plato. Belén oprime sudorosa y con ímpetu el teléfono rojo hundido sobre su oreja. Con tanta fuerza, que imagina verlo deshacer entre sus dedos, como un puñado de arena de la playa. También cree que una vez finalice la conversación no podrá despegarse de él. Si cuelga espontáneamente es probable que vuelva a herirse los dedos. -¿Sigues ahí, cariño? –apela su voz–. ¡Háblame, por favor! Vamos a empezar de nuevo, ¿no te parece?. Yo cambio, te lo prometo, ni lo dudes un instante. Pero no vamos a

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jugar al gato y el ratón con denuncias y separaciones. Yo te quiero mucho, cariño, mucho. ¿Acaso es que tú ya no me quieres? Ha de retirarse un fino hilo de mocos que cae sobre el labio superior. Ha de retirarse las lágrimas de los ojos con suavidad para que su marido no la detecte llorar. Y sin embargo, la voz congestionada le delata. -Lo siento –musita sincera–, pero no quiero Imanol. Debemos seguir cada uno con nuestras vidas como dijiste a los policías. Y será mejor que no vengas a casa, será mejor para ti sobre todo. -¿Estás llorando, cariño? –interrumpe con un tono locuaz más alegre– ¡Ves!, ¡ves, cariño! Eso significa que aún me quieres. No rechaces tus sentimientos, aún podemos arreglarlo, mi amor, de verdad que sí. No tiremos por la borda... El golpe es tan morrocotudo, que pese a cortar la línea en un primer instante, el teléfono no queda encajado bien en su posición y se vuelve a descolgar. El cable repleto de caracolillos impide que éste golpee en el suelo, y ella de rodillas, rodeada de una veintena de cuadros, de colores, en blanco y negro, grandes y pequeños, tiene los ojos radiantes de olas salinas. Y muy a su pesar, los labios marinos en breves lapsos suspiros comenzarán a arribar con calma en la albina arena de su cara. La lámpara en lo alto. Alejada. La caja roja llena de migas, alguna ceja de pizza; de una cena que pudo ser más dulce si no hubiera venido el camarero con un postre tan desabrido. Sobre el suelo, ella aparece panza arriba con las piernas estiradas y desnudas porque sus manos se han aferrado histéricas a la falda hasta arrugarla sin decoro. Pueden vérsele las rodillas depiladas pero marchitas, blancuzcas y malheridas las venas. El techo pajizo de los cigarrillos que él fumó. La suciedad cancerígena es la única que puede fotografiarle los ojos llorosos, destruidos y lanzados a un infinito de zozobra y desconsuelo. Tiene el férreo impulso de llamarle, de creerle, de decirle que sí, que venga y que juntos

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darán carpetazo a este trágico capítulo. Ya no baila el teléfono en el aire, sino que se ve congelado sin movimiento. Ahí, tumbada en el suelo tiene un dilema y dos cartas sujetas en su mente. Sumida en la tristeza y derrotada sobre la alfombra no sabe cuál escoger. Es un futuro ficticio pero es el suyo; el que imagina. En ambas atisba la lejana vejez y su cuerpo cayendo inerte en el foso de la muerte. Pero para llegar ella cree tener dos rutas; dos destinos. La primera sigue umbría y es la que ha iniciado hace escasos días, mientras que la segunda senda, que ya peregrinó en exceso, significa regresar con su marido. Increíblemente, el recorrido sostiene una perfecta iluminación a cada metro. Es tétrico, pero presume de luz en todos los rincones. Belén quiere avistar la vida por delante, y anhela verse enamorada en el mañana, sin embargo, no lo consigue porque esa noche siempre que tantea el amor sólo puede dibujar frente a sí el rostro de su marido, a su lado, viejo, enfadado. A su lado. Inmóvil en suelo, la mujer maltratada no hace nada, exclusivamente piensa. Tiene miedo de no salir adelante sola. De morir mañana sin que nadie la quiera.

Siempre creyó que vivía un sueño, o más bien su peor pesadilla. Tardó en reconocer el dolor como suyo cuando la respiración dejó de llegar con facilidad a sus pulmones. Fue su aroma. Se clavó con tanta ansia en la delgada nariz taponada, que entonces sí abrió los ojos, trató de aferrarse a su pelo y nunca quiso soltarlo. Y así arranca un despertar madrugador en la alcoba del séptimo piso que ha sido habitado desde hace dos años por el drama y desde hace uno por la miseria física. La luz entra a cuenta gotas por las mínimas rendijas que consiente la persiana de la ventana. La voz humana de la tele exclama horrorizada lo que sucede en varios trenes de Atocha. La vida cae en el olvido de los cientos de personas que madrugaron para estudiar, trabajar, viajar al fin y

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al cabo. Es eso lo que ven estupefactos los ojos de Imanol, sentado en el salón de su casa. Belén tarda en recordar si anoche apagó el televisor cuando de madrugada, borracha y melancólica decidió acostarse. Cuando halla en su memoria la imagen borrosa que la sitúa apretando el botón de apagado, entonces sí apretuja el edredón contra sí. No respira dos segundos para escuchar con nitidez las palabras de ahogo y tragedia que expone el telediario. Reconoce la voz del locutor que salía en los muñecos del guiñol, y entonces adivina que es demasiado tarde. Se repiten una y otra vez la palabra «muertos», y ésta siempre va adherida a un número que no tiene límites en este día. Además, ya existe un fiel culpable que diseña su nombre con tres siglas mayúsculas, y su escudo lo protagoniza una serpiente y un hacha. Su justificación es su pueblo: Euskadi. El mañana quitó la razón a periodistas, gobernantes y ciudadanos, y otorgó la masacre al turbante árabe más radical. Al oír un movimiento corporal y un repiqueteo de zapatos –los habituales que calza Imanol– caminar sobre el entablado, Belén decide sumergirse más aún bajo las sábanas, bajo las mantas. Por segundos cree que dicho acto la volverá invisible, tal y como sucedía en el libro donde un hobitt quería destruir el anillo que gobernaría todos los reinos fantasiosos de J.R.R.Tolkien. Vislumbra con tanta seguridad la despedida de su cónyuge del hogar sin que le exprese siquiera unos dulces «buenos días», que su corazón apenas cambia de marcha y continúa pausado por una carretera comarcal. Y apenas yerra en lo del saludo, aunque no así en la invisibilidad. Repentinamente oye un cristal golpear contra la pared y un grito que dice, «¡Arriba, puta!». Al segundo, bajo las mantas irrumpe una aroma a alcohol, que no tarda en descubrir que es vino. -¡Será hora de levantarse!, ¿no crees? ¡Borracha de mierda! –vocifera con rabia– ¡Dime, puta! ¿Con quién estuviste anoche, eh? Al menos veo que has tenido la maldita y grata decencia de mandarle a su puta casa al final de la fiesta y no dejarle pasar la noche contigo. ¿Me oyes, puta? ¡Contéstame!

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Los dedos masculinos aferrados con poderío al edredón la dejan desabrigada. La piel femenina comienza a arrugarse de frío, y su inexistente nuez, repentinamente se ve escondida en la cueva de sus ásperas y fornidas manos. Ella grita, pero apenas logra lanzar un soplo de quejido. Patalea suspendida en el aire, golpea fuerte con sus puños el torso, los brazos y la cara de su marido, pero la escena se rueda a un ritmo vertiginoso. Belén es arrastrada por el estrecho pasillo, llevada al salón y arrojada sin contemplaciones contra el viejo sofá. -¿Qué? ¿Ahora también vas a llamar a la policía para decirle que te maltrato? ¿Quieres que te traiga el teléfono? –pregunta el marido con sorna. -Imanol, marcharte, por favor, no puedes estar aquí –ruega, mientras trata de cubrirse las piernas, subirse el tirante del camisón y retirarse el rojizo dolor que le ha dormido y ahogado el albino cuello. -¿Qué sucede, Belén? ¿Hay alguien más?, es eso, ¿no? –aventura convulsivo y de pie, a escasos pasos de ella–. Además, que es toda esta mierda que hay por aquí. ¡No te dije que tenía alergia a la pintura o qué! -No, no me lo dijiste. -¡Pues te lo digo ahora mismo! –grita a un suspiro de su aún mujer, hincándole los dedos en la frente, provocando que su cabeza vuelque bruscamente hacia atrás y golpee en la pared–. Vamos a recoger toda esta basura, luego vamos a ir de la manita a quitar las denuncias y a suspender la separación, ¿vale? Y, más tarde, vas a contarme quién es el maldito hijoputa que tiene la valentía de tomarse una botella de vino contigo. Que espero, sólo fuera eso lo que hizo... ¿Por qué ahora no irás a sorprenderme diciéndome que te bebiste tú sola los sesenta centilitros de vino? Su amenaza la fusila como si la bala fuera una losa de cemento que atraviesa sus oídos. Belén, que al segundo le comparece en su mente la estampa de Marcos llegando al

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portal con la mochila de ruedas, soslaya sus pupilas para chocarlas sin un pestañeo contra la pantalla televisiva. La tristeza latente y cristalina que ya le produce sentirse de nuevo una mujer sumisa y víctima de malos tratos, se agrava cuando ve a un chico joven de pelo corto que trata de taparse con un trapo y sus sucias manos la hemorragia que le anega toda la cara. La bolsa inferior del ojo derecho toma aire, y la hinchazón parece que va a explotar en cualquier instante. Aturdido y asustado es guiado por ciertos de conciudadanos; como si estuviera ciego. La escena acontece en una calle por donde la mujer del séptimo piso una vez ya paseó. El locutor describe con detalle el hecho –masacre- histórico que acontece, pero las imágenes son tan horrorosas para el espectador, que todo el sonido queda obstruido. El joven herido, aún protagonista, queda sentado, reposado sobre un árbol. Y en un segundo plano no muy lejano, la gente camina veloz, corre desorientada, despavorida. Mientras, las ambulancias, la policía y los heridos, vienen, van, huyen, ayudan, mueren. -¿Qué ha pasado, Imanol? –reclama saber bajo un lamento minúsculo. -Los hijos de puta de la ETA, que han puesto no sé cuántas bombas en varios trenes. En la estación de Atocha, y creo que también en la del Pozo y Santa Eugenia. ¡Unos cabrones de mierda! -¡Dios mío! ¡Es horrible! -Hijos de puta, es lo que son. Había que poner a todos en la silla eléctrica sin dudarlo –sugiere mientras comienza a juntar los cuadros desperdigados. Ella tarda un tiempo hasta reparar en lo que está haciendo su marido. No puede apartar la vista de la televisión. Incluso obvia el dolor que le ha provocado la caída en el sofá. Cambia de canal de forma encadenada y confirma lo que intuía; todas las cadenas ofrecen unas imágenes similares. Sentada, con el incomparable desplante que presenta una persona que sujeta un mando a distancia, sorprende a su marido en plena retirada de dibujos. -Imanol, deja eso, por favor –osa a pronunciar.

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-¿Cómo? Inhala tanto oxígeno, amedrentada, que al retirar la última lágrima de su cara siente un ligero vahído. Respinga su cuerpo para recuperar la fuerza interior, la solidez corporal, y se expresa ante él con autoridad. -No quiero seguir contigo Imanol. Lo siento, pero prefiero seguir mi vida, sola. -¿Quién es? Dímelo ahora mismo, que lo mato –intimida sin soltar de entre sus dedos el último lienzo–. Belén, no me mientas, que acabamos muy mal. -No hay nadie, Imanol, te lo juro, pero ya no quiero seguir con esto -llora– ya no te quiero, tienes que entenderlo, me has hecho mucho daño. -¿Daño? Ven aquí ahora mismo, Belén ven... –insta, aunque ella no reacciona en un primer momento–. ¡Qué vengas he dicho! Apenas logra ponerse de pie, cuando ya se siente aferrada a las garras de su marido, a la escasez de oxígeno en su garganta, al aroma austero de boca alcohólica compaginado con el hedor que desprende su cazadora de cuero. Su nariz chata choca contra la suya, la lengua le roza los labios, y su cabellera, más grasienta de lo habitual le hurga las mejillas con delicadeza. -Dime quién es –exige. -No hay nadie, ¡te lo juro! ¡Por Dios, suéltame ya! –suplica sin apenas voz. Nunca sintió ese miedo de impotencia. Siempre vio una escapatoria. Hoy se siente tan apegada a él, que no la ve. Con la mirada reclinada hacia atrás, con los dedos de los pies desnudos y en el aire, al igual que las piernas, que después de rozar con el vaquero del hombre, salen despedidas. Él la empuja y le grita. -¡Me mientes! Belén, me estás mintiendo descaradamente... Es entonces cuando Imanol pierde todos los estribos que atesora en su haber el ser humano. Sus dientes prensados ponen a prueba a sus encías sangrantes, y ella, que apenas ha

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conseguido ponerse de rodillas con la firme intención de huir, susurra paradójicamente entre llantos y temblores, «Vete de mi casa ya, por favor, No te quiero volver a ver». -¡Jamás! –apuntilla él, cada vez más tenso, herido e impotente ante el firme rechazo conyugal. El malestar anímico le violenta su músculo vital sin encomendarse a Dios ni al diablo. De ahí nace la rabia y tira con ímpetu el lienzo que sujetaba entre los dedos, los que ni siquiera le hicieron falta para rozar a su mujer. El marco de papel inerte se hunde en la granulada pared, y antes de caer asustado sobre la alfombra, firma un abusivo agujero justo donde chocó. Sin dudar, avanza hacia ella. Su camisón es resquebrajado en cuanto Imanol la levanta inmovilizándola del brazo. Belén chilla de dolor y divisa detrás de su expresión furiosa toda una vida llena de sonrisas y lágrimas. Aunque es en el intervalo siguiente cuando se eleva el ancla del calvario sin claro final. Sus ojos se topan con una escena que tan sólo vivió una vez, y que, irremediablemente, va a repetirse en cuestión de inapreciables segundos. Ve aterrizar los nudillos metálicos, que afianzados contra sí perfilan el puño masculino de quien siempre quiso que fuera su marido –amor– aquella mañana en una iglesia del norte del país. Sin titubear y pleno de rabia, golpea con infinito brío hasta aplastar el óseo de su cara. La sien y el ojo izquierdo sienten un aguijonazo hiriente como si la piel hubiera encajado un cuchillo ardiendo. Tal es el dolor, los nervios, el avivado latir de su corazón, que ella extravía el sentido, cierra los ojos y cae desplomada al suelo como un saco de harina roto. Imanol nota que las manos le hierven mientras sostiene los puños apretujados y su sórdido aliento apresurado vagando libre por el salón. Allí permanece quieto unos segundos, con los hombros curvados y reclinados hacia delante, y dando la espalda al televisor, donde todavía los objetivos recogen plano a plano la barbarie que vive Madrid.

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El feto soñoliento de su mujer yace sobre la alfombra respirando cada vez con mayor docilidad. La escena actual y la sucesiva no serán miga comestible en la prensa de mañana, y quizá por ello quiere hoy el redactor incluir la pequeña vida de Belén e Imanol en el global de la novela. Además, ningún testigo puede ver la lágrima que emprende camino entre las afiladas pestañas para morir rendida en la piel desaliñada de color café. Es entonces cuando él medita si ha cometido un error. Culpa que fallece cuando recuerda que ella no quiere estar a su lado. El odio le florece sin límite, y los órganos más sentimentales de su organismo parecen ser devorados por margaritas asesinas, las mismas que en abril muerden los jardines de Madrid. El teléfono rojo, ausente en la pelea, toma de pronto gran protagonismo al prorrumpir con su único sonido. El marido, hasta ahora inmóvil, gira su cuerpo, da dos pasos, descuelga y no dice nada. -Belén, llegué a Madrid. Voy para allá en veinte minutos –exalta entusiasta la voz que suena desde el otro lado de la línea–. ¿Estás ahí, Belén? -¿Quién eres? –pregunta Imanol, demasiado austero. La saliva del joven que ha hablado se evapora, los ojos se engrandecen hasta que las cejas llegan a fundirse con su efímero flequillo. -¿Dónde está Belén? –se atreve a preguntar tras la leve pausa. -Eres el hijoputa que se trajina a mi mujer, ¿verdad? –pregunta y afirma al mismo tiempo–, ¡Maldito hijo de puta! Pues que sepas una cosa, cabrón de mierda, no vas a volver a ponerle una mano encima, y ten claro que en cuanto acabe con ella voy a ir a por ti, ¡pedazo hijoputa! La amenaza despierta en Marcos un estremecido temblor que le agarrota el pecho a la altura del corazón. La voz hiere su mente pese a haber colgado. Sujeta su estómago y siente auténticas ansias de vomitar. Se ve la piel de gallina y como sus ideas mueren incineradas.

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Mientras, Lucas, espera de morros a escasos metros, en la estación de metro. Con los oídos taponados, sólo vive preocupado por los vídeos que guarda en la maleta, el bebé de Leti, y ella misma; Leticia. Cuando Belén despierta a la conciencia, Imanol tiene lágrimas en los ojos por primera vez delante de ella. El viento se las lleva muy débilmente. La mujer maltratada tarda en situarse, en saber que le duele el ojo, la cabeza, y que está en el aire. La delgada nariz parece hundida en la garganta, la que está apresada por las largas uñas de su marido. Bajo ella, seis pisos. -Ha llamado tu amante –explica con calma–. No entiendo como has tenido el valor de hacerme el daño que me has hecho. ¿Cómo voy a vivir yo a partir de ahora? Belén cree soñar y que despertará en cualquier momento lejos de dónde está ahora. No puede ser el balcón de su piso el punto final a su vida. Las pequeñas manos femeninas sudan laceradas y enganchadas a la barandilla oxidada. Las palabras masculinas caen lejanas y frías en el cerebro de los tímpanos agredidos, y pese a que ella siente fantasear en el reino de Freud, golpea, grita, hiere a su marido, patalea y rompe el cristal de la balconada. Algunos trozos vidriosos de color verde quedan en los azulejos sobre los que ella pintó un cuadro precioso. Otros se precipitan hacia el asfalto y los adoquines, donde chocan convirtiéndose en delicada arena cristalina. En cambio Imanol sigue firme, sosegado, aunque sin cesar de llorar. La mirada la hunde en el rostro herido de su único amor, si bien, las pupilas no muestran tal sentimiento. Aparecen inmóviles en un infinito donde parece reinar la paz. Quizá no supo amar. -No puedo perdonarte, Belén, me has traicionado como nunca imaginé que lo harías – lamenta contrariado–, me has engañado vilmente. Tú me pertenecías a mí y a nadie más. Ahora, sabiendo lo que sé, jamás podría mirarte a la cara como ahora lo estoy haciendo. Esta debe ser la última vez que lo haga.

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Ella se aferra a su pelo con furia, él la golpea en la cara. La sangre corre por su nariz, los ojos más pequeños se cierran, y algún curioso que descubre la escena ve como su vecina vive atada con sus brazos a la barandilla. No quiere soltarla por mucho que sea una sueño. «La pesadilla no tendrá un final trágico», se conjura. Lucha, chilla infinidad de veces «¡no te ha engañado, cariño!», sin embargo, Imanol se ve apresado por la histeria, la sordera, los sollozos, la violencia y el odio. Marcos guarda el móvil en el bolsillo delantero de su pantalón y corre veloz al lado de quien duda si considerar aún su ‘amigo’. No media palabra. Mira al túnel, y la oscuridad le hace presagiar que el convoy tardará en comparecer. La mochila de Lucas colgada sobre su espalda entra por delante rozándole la nariz a Marcos, que despacio, trata de salvar a sus rueditas del hueco existente entre el tren y el andén. Junto a la puerta frontal e inhabilitada del transporte público, ambos evitan cruzar las miradas tan cercanas la una de la otra. Mantienen un mutismo idéntico al que prolifera entre las decenas de madrileños que hoy son pasajeros del metro. Españoles, orientales, sudamericanos, nacidos en los países del Este, árabes o africanos. En un pacto, quizá implícito, hoy no esconden su congoja hacia los ojos ajenos. Exhiben su recelo en el ciudadano desconocido, y aunque retienen gran parte de su pena, sí dibujan una leve mueca de enemistad y pesimismo. Durante las seis paradas que dura el trayecto para Lucas, y durante las nueve que franquea Marcos, ninguno es capaz de descubrir que la capital vive en un inmenso luto que tardará años en desaparecer por completo. Son pocos los diálogos que comentan el suceso, y quienes deciden hacerlo porque ya lo han oído en la radio, visto en la tele, e incluso leído en la prensa más avispada, tratan de hilar fino y utilizar su voz más delicada y fugitiva. Todos mudos pero al mismo tiempo preñados de voces en sus cerebros. El joven cocinero respira el aroma dulzón de su compañero de viaje, que encogido y en un pequeño

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espacio hojea literalmente el manuscrito del vecino regalado por el poeta Ekaitz. Marcos le observa de soslayo mientras rumia cómo evitar que su amigo cumpla la reciente amenaza que le ha arrojado. Carece de fiabilidad, pero si acaeciera la escena en la que Leticia pudiera ver una cinta en la que aparece explícita su relación homosexual, quizá fuera el fin más patético que jamás habría deseado. Ella, la bella, la romántica y sincera, la que le dijo «sí quiero salir contigo» hace cinco años, tal vez se desharía del bebé que guarda en su útero y cometería el asesinato que tanto desea él. Marquitos todavía duda si su vida caminará hacia Ginebra y las cámaras de vídeo o hacia la familia ideal compuesta por la mujer perfecta que anudó la alianza de oro bajo una iglesia, con su impoluta sonrisa, frente a un Jesucristo albino –hoy aseguran diversos investigadores que el hijo de Dios era de raza negra– y crucificado, y junto a un hijo de escasos meses de vida, rostro regordete, dulce y hermoso, que no perderán de vista los suegros risueños. Así los minutos de su reloj más grandes pisan a los bajitos, y el embrujo mental y el paso de las estaciones les acerca más a sus casas. Titubea en exceso si para evitar la revelación del engaño sería efectivo pegar a Lucas, aferrarse a su cuello, pedirle que suplique lo que él quiere oír, y al momento desvalijarle la mochila hasta descubrir que es mentira la historia de las cintas. O bien perseguirle sin que él lo sepa, a escondidas. Se imagina de nuevo dándole una paliza y extrayendo lo que dice tener. No obstante, después de tantas cavilaciones, no actuará de ninguna manera, ya que su mente queda obcecada de pronto por los hechos que pueda estar viviendo Belén. El pensamiento, que había permanecido en el subconsciente, fluye en los viales más importantes de su intelecto con vivacidad y le asfixian de preocupaciones. La razón que ubica a su marido en casa reside en que ella ha incumplido una parte del trato. Él iba a ayudarla y ella iba a alejarse de Imanol. Algo ha fallado. -Hasta luego –dice de improviso la voz de Lucas. Le muestra una sonrisa hiriente y burlona pero sin mantenerle la mirada.

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Tras cargarse la mochila en un hombro, abandona su compañía al paso acelerado que le permiten el resto de pasajeros. -¡Estás advertido! –recuerda Marcos. La estampa de Lucas camina con una cadencia feliz y confiada. Ni siquiera se preocupa de echar un vistazo atrás. Las puertas quedan cerradas el cristal sucio ante los ojos del joven cocinero, y la planta de su ‘amigo’, desaparece poco a poco según asciende las escaleras mecánicas. Afuera le espera la calle.

No espera ver lo que ve, ni leer lo que lee. Los últimos metros de acera que realiza con su maleta de ruedas, traquetean provocándole un temblor molesto en los dedos y los completa ya con la cabeza levantada; menos pensativo. Alguien le golpea sin querer en el hombro, le pide disculpas, y Marcos responde educado. Y ahí, en el escaparate de un quiosco, a exiguos metros del bar de Josele, tropieza con la imagen que le desconcierta. No va enlazada al deporte, pero el inesperado flash que ofrecen los píxeles de la portada junto con el significado que otorgan las palabras al titular, le obligan a frenar el ritmo de su maleta y a acercarse para confirmar si lo que ve es real. “MASACRE EN MADRID” Cerca de doscientos muertos y más de mil quinientos heridos en el mayor atentado de la historia en España. La imagen sirve a sangre fría un color vivo que sofoca las portadas de las ediciones extras publicadas por la prensa diaria a media tarde. Al joven cocinero recién aterrizado en el país, la escena le deja de una sola pieza, sin aire y espantado. Los trenes rojos y blancos resquebrajados sobre las vías como si ‘King Kong’ hubiera jugado con ellos durante horas creyendo que era plastilina lo que palpaban sus dedos. Los riachuelos sangrientos cubren los rostros vivos, –en ocasiones inertes– de los ciudadanos protagonistas

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del periódico. Entre escombros, sentados, tumbados, aturdidos, espantados y con las miradas en un vacío ajeno a nuestro conocimiento, aparecen dos supervivientes heridos junto a tres cadáveres ensangrentados que descansan abatidos en el suelo. Espeluznante fotografía. Marcos reconoce al instante la cercanía de los hechos. Él ha estado en infinidad de ocasiones dando vueltas alrededor de la zona ajardinada de Atocha; aguardando la llegada de Leti. Y más veces aún cogió el tren para acudir a clase. Hoy, ahí, firme, reclinado para leer los pequeños titulares, no tiene una sola palabra en su mente. -¿Quieres algo, chaval? –dice el hombre que fuma un puro desde el interior del quiosco. -Sí, por favor... –responde pausado Marcos– ¿Podría decirme qué demonios ha pasado? -Un atentado, chaval, ¿tú dónde vives? Han dejado mochilas en cuatro trenes repletas de bombas. Dicen que la ETA, pero ya hay rumores por la ciudad que dicen que fueron los árabes... ¡Unos hijos de puta! –proclama sin miramientos. Marcos no responde en un primer instante. Mira al hombre de pelo albino, que rasca su cara alargada sin prestarse atención y continúa fumando su menudo puro y ojeando una revista. -Gracias –acierta a decir de manera escueta. -¿No quieres nada, entonces? –insiste levantando sutilmente la vista–. Estos son los primeros periódicos de la tarde y explican todo lo ocurrido con máximo detalle. Se han puesto las pilas para poner en marcha la rotativa y hacerme llegar los papeles cuanto antes. -No, gracias –ataja. -Se avecina una buena con las elecciones a la vuelta de la esquina –apuntilla el quiosquero entre dientes mientras pasa otra página de su revista y exhala un espeso humo de su boca.

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-No lo dudes –aprueba Marcos. Se excusa con un gesto manual que dice adiós, y de nuevo arrastra la maleta, por la abarrotada calle madrileña. Aunque ahora, el sonido de sus rueditas simula una melodía que planea sobre sus oídos con una mayor pesadumbre.

-¡Marcos! ¡Marcos! –La voz es de su madre, que del recóndito bulto que forma un círculo de gente llega corriendo en zapatillas de casa, con lágrimas en las mejillas. El joven cocinero camina drogado con los ojos anegados en las fotos que le mostraron los trenes de cercanías decapitados. Recuerda a la mujer llena de sangre cubriéndose el rostro con un pañuelo blanco. El chico a su lado, pensativo, pegado a su mochila y mirando a cámara con un gesto de impotencia, tristeza y demasiado sufrimiento. Y envolviendo su cara adolescente, decenas de riachuelos rojizos que jamás imaginó tener esa madrugadora mañana de jueves. La vida y la muerte conviviendo en catorce metros cuadrados. -¡Mamá! –Corre a saludar sin soltar la maleta hasta fundirse con ella en un abrazo para así poder romper a llorar sobre su hombro. -Te enteraste, ¿verdad? Lo veo en tu cara. Tú tranquilo, hijo, de la familia todos estamos bien, además, papá despertó del coma hace días. –Solloza mientras sostiene el abrazo. -¿De verdad? –Pregunta mientras aparta tenuemente a su madre. -Te iba a llamar, pero no quería preocuparte durante tus vacaciones. Los médicos dicen que podrá hablar y recuperar la movilidad de cintura para arriba.

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-Tendré que ir a verle –susurra. -Sí, va siendo hora. –La madre separa a su hijo, le coge con fuerza los brazos, y eleva la mirada en busca de sus vidriosos ojos marrones. –Ha ocurrido algo más. El círculo de gente va acercándose hacia ellos porque, aunque los dispositivos de emergencia no dan abasto con el ya denominado 11M, las luces de colores, azules y ambarinas, han aterrizado en la zona y han formado el habitual cordón de seguridad. Marcos no digiere lo que escucha de su madre y cae de rodillas abatido tras dudar si correr para aseverar las palabras oídas. No quiere creer, y tan sólo lo admite cuando la ambulancia chilla enfurecida y el grupo de curiosos deja libre la calle que cruza bajo el balcón de Belén. Las puertas de los hospitales mantienen los marcos a una distancia extrema. Son de gran anchura, y además, ofrecen un color blanco, de manera pálida o incluso de un azulino mar del Caribe. Quizá, con la mera intención de relajar al paciente que llega alterado, aunque es obvio que todo hijo de vecino ingresado por algún síntoma de gravedad apenas recuerda el pasillo por donde fue conducido. En estos días posteriores a la tragedia, los hospitales y todas las personas que lo conforman han pasado convertirse en uno de los pilares heroicos de la sociedad. Ha sucedido lo mismo que en Norteamérica con las brigadas de bomberos. Tal es así, que tres años después de la imborrable caída en las Torres, llega a España una película donde ellos son los únicos protagonistas. Marcos odia el aroma, el trajín y la gente que atesta los hospitales. El odio nació la mañana que le arrancaron las amígdalas y los médicos presentes dejaron que se inundara de sangre. Cuando recuperó la voz y pisó la calle, se perjuró que jamás volvería como paciente, y tal vez, de ahí que sólo haya visitado a su padre el día siguiente de volver de las vacaciones del sur, hace dos largos años. Después de presenciar aquella escena tétrica donde la muerte y la vida se lo jugaban todo a la carta más alta, él jamás regresó a aquella habitación. Y ganó la

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segunda con un siete de copas, sin embargo fue durante poco tiempo, porque como en todo juego siempre hay revancha, y ésta la ganó el sueño eterno con un caballo de espadas. La clínica derrama un hedor medicinal excesivo. Los enfermeros de bata blanca y verde esmeralda caminan embebidos en su destino desconocido. Ascensores de botones grandes, plantas limpias, silenciosas, tristes. Mujeres que friegan a cada hora, once alturas desde el suelo, y más plantas aún contando las subterráneas. Esto último supone que hay infinidad de especialidades médicas y, que por ello, también existen las enfermedades para cada área. Tres edificios y cerca de mil habitaciones. El joven cocinero gira un pasillo, toca la puerta que no es la misma de hace dos años, se apoya en la manilla metálica y empuja la puerta hacia dentro en busca del padre despierto.

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VII

LA VIGA EN EL PROPIO
Cuando la atención del mal ajeno suele descuidar el nuestro

Le veo más adulto pese a la escasa barba perenne y descuidada. El pelo demasiado cortito como siempre, pero su complexión algo más fuerte que los días previos al accidente. Marcos asoma la cabeza con pavor, como si yo tuviera un arco y una flecha apuntándole a la cabeza, sin margen de error. Vuelve a golpear con sus nudillos en el armario para hacer evidente su presencia, y entonces, los dos chocamos la mirada después de tanto tiempo. La mía negra, la suya marrón. -Hola papá –saluda– ¿Qué tal estás? Sé que podría responderle con ánimo y voluntad, pero que ya he conseguido expulsar palabras de mi boca; tanto a los doctores como a Ángela, que vino hace tres días después de largos meses ausentada, según me reveló. El coma ha sido para mí como un sueño largo e intacto, de esos que los que estamos sanos a veces vivimos cuando nos sentimos agotados. Lo solemos llamar dormir del tirón. Ahora me siento descansado y con las ansias de vivir que el coma me había robado. Aunque si bien, he de reconocer que en caso de poder caminar, y que mis vacantes piernas dieran dos pasos, yo caería rendido sobre un esponjoso sofá como si la maratón neoyorquina hubiera recorrido. Pese a que los médicos dicen que permanecí varios meses despierto tras las diversas operaciones quirúrgicas y antes de entrar en coma, mi último recuerdo vive la noche que un coche me golpeó por detrás y me rebasó tres veces por encima. Quedé inconsciente, en la

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oscuridad, y hoy, gracias a no sé qué persona, vivo. No tengo piernas por gangrena, y me faltan tres dedos entre las dos manos. Entre los cuales, por suerte mantengo los pulgares. Tras el reconocimiento visual, puntual y pausado hacia quien no veo desde hace demasiado tiempo, afirmo con un movimiento de cabeza, concediéndole media sonrisa consumida por el hambre. Él busca una silla, cuelga su chaqueta de pana gris, se acerca hasta situarse lejos de la cama y cruza las piernas dibujando una extraña doblez en sus modernos vaqueros desgastados. -Me dijo mamá que algo podías hablar. ¿Te vas a poner bien? Asiento de nuevo, mudo, y, con la mano en la que tengo varias pulseras blancas y un tubito que inyecta el suero necesario, trato de pedirle que se acerque un poco más hacia mí. Él lo hace con excesiva timidez, vuelve a trazar la misma postura y se queda mudo unos segundos. -¿Puedo hablarte, papá? –Pregunta en voz baja. Aspiro todo el aire que puede inhalar un enfermo como yo que ha estado tantos meses en estado comatoso, le miro y expulso un sí afónico que por lo menos despierta una bella sonrisa en el rostro galleta que le ha quedado a mi hijo. -Antes de nada –continúa con el mismo tono–, quiero pedirte perdón por no haberte venido a ver en tanto tiempo. No lo he hecho, pero sabes que tengo fobia a los hospitales. También quiere que sepas, que a partir ahora voy a venir casi todas las tardes, a hablar contigo, a ayudarte... Muevo el cuello algo disconforme, pero cuando le busco los ojos, él los tiene hundidos en el suelo, tal vez avergonzado.

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Los doctores garantizan durante la primera semana que mi despertar ha sido «puro y limpio», y que estoy respondiendo de manera excelente al tratamiento físico y psíquico. La segunda visita se produce la tarde del viernes, justo después del día negro en el que, cogido de la mano de Leti, Marcos ha visto por primera vez como es el final real de un funeral. Ha presenciado en sus huesos cómo la tierra húmeda era recogida por palas viejas que enfilaban dos hombres vestidos con buzos azules, y cómo ésta caía al instante, sin piedad, sobre la cima del ataúd de madera. El sonido tronando sobre el fino roble caoba mientras los ojos del corro allí presente regaban la piel viva. La escena le ha puesto en un puño de bebé su minúsculo corazón. Se le ha encogido de tal manera, que parecía deshacérsele en el pecho como la arena de playa entre las manos abiertas. No ha podido evitar las lágrimas, ni relegar a Imanol, que dicen fue detenido con un cuchillo clavado en el estómago, aunque muy vivo. A muy seguro, pese a la débil eficiencia de la justicia, esté sus merecidos años en la cárcel. Al imaginar su rostro, Marcos estira con fuerza del brazo a su novia embarazada, y ambos, apresurados, comienzan a abandonar el cementerio. Quiere cerrar la puerta de esta trágica historia y no volver a cruzarse con la vida de ningún maltratador. Sin embargo, no lo logra del todo, porque minutos más tarde la escucharé en silencio con pelos y señales. Apenado, sentimental y desesperado por lo injusta que es la vida, durante momentos efímeros creerá tener muy incuestionable la idea de que el mejor camino a peregrinar ahora es el que hacía minutos le tenía unido de los dedos a la piel albina y femenina de Leticia. Le han obligado apagar el móvil como es habitual. E incluso le han pedido que enseñe lo que lleva en el interior de su bandolera. No quieren que fume, lleve bebida, ni comida degenerativa para mí. Marcos sonríe y tras ver que apenas esconde un libro, una cámara de fotos y un cuaderno de notas con varios bolígrafos, le dejan atravesar la zona en la que, ahora meditándolo, parezco estar protegida. Él debe girar a la derecha, lo hace con velocidad, y al segundo consigue entrar por los pelos en el ascensor, donde una señora de

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edad avanzada y pelo granate permanece seria en una esquina sin mediar palabra. Aún con una retraída sonrisa en la cara reflejada en el espejo, asciende hacia la habitación, donde descanso por primera vez desde esta misma mañana. He recuperado color, dice Marcos, e incluso mi piel deja de tener arrugas por la excesiva delgadez del coma. Hoy habla más; bastante más. Me relata lo sucedido con los atentados, hecho del cual tengo conocimiento porque el televisor colgado en uno de los rincones del cuarto me lo ha permitido. Durante el mediodía de hoy he absorbido la más de hora y cuarto de telediarios que suman entre todas las cadenas nacionales. Sin embargo, debido a que está muy entusiasmado, le dejo explayarse. Me revela en voz baja que el domingo votará a los socialistas, y sin pausa, me pregunta, también sigiloso, «¿vas a votar?». Niego con la cabeza y él refunfuña. «Apenas hay tiempo», pienso. Mi mujer aparece cuando mi hijo ultima la historia de Belén, y poco después ambos me abandonan, ya que Ángela argumenta estar muy cansada. Yo la veo demasiado envejecida desde la última vez que la vi.

Increíblemente ganan los socialistas. Aunque quizá no sea tan sorprendente después de los últimos dos años que ha vivido este país mientras yo estaba ausente. Marcos me ha narrado algunos hechos a su modo de ver. No obstante, espero que algún día pueda contrastar en la prensa cada acontecimiento. Desconocía la guerra de Irak y sus incontables – asesinatos– muertos, e ignoraba el hundimiento del Prestige. Desconocía las muertes –

injustas a mi parecer relativo– del cámara José Couso y el periodista Julio Anguita en la citada batalla del petróleo, la que buscaba inexistentes armas de destrucción masiva y derrocar una dictadura. Demos gracias a la antigüedad y a la insuficiencia de medios armamentísticos, porque quizá Estados Unidos hubiera bombardeado España sin ton ni son para liberarnos de la tiranía de Franco. ¿Se imagina mi querido lector? Alguien hubiera

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aceptado el reto quizá, pero pongo la vista nítida en pequeñas ciudades de algunas comunidades autónomas, y noto subir y bajar un escalofrío por mi espina dorsal que me da náuseas. El fin no justifica los medios jamás. Poco creo en las manifestaciones, ya sean a favor o en contra; y claro ejemplo de ello son dos. Las que dice mi hijo que hubo contra la guerra en todo Europa, y la que trató de evitar la muerte anunciada de Miguel Ángel Blanco. Aquella tarde yo grité a pleno pulmón y con todo mi alma al cielo, pero las nubes hacían tapón y Dios no me oyó. Menos creo en él. Tampoco sabía lo del accidente del Yak-42, y menos aún que Zapatero llevaba en el lema de su campaña ZP, siglas que significaban Zapatero presidente. La verdad sea dicha, no habrá español con humor que no le haya dibujado en su cabeza vestido con un traje de súper héroe. El oponente era Rajoy, un tipo afable, calmado, irónico y gallego. Mucho a favor, sin embargo, no era sombra lo que proyectaba Aznar sobre él, sino la tenebrosa muerte encapuchada con su hazaña expectante de la mano. Y pese a todo, y quién sabe si por mis dos años en coma me sorprende la victoria socialista sobre los de derechas. Los trenes de la muerte tal vez hayan colocado alguna grava de peso en la balanza de la última letra del abecedario. Tal vez. La noche del domingo, Marcos y yo estamos juntos y viendo el escrutinio en la habitación del hospital. No lo creemos, y él, que ha ido a votar con la convicción más firme desde que tiene uso de voto, me ha revelado eufórico que, si gana el PSOE será la mayor alegría política de su vida que jamás imaginó tener. -¿Sabes quién vota al PP? –Pregunta de repente. -¿Quién? –murmullo. -El Guillermo, el puto italiano ese, ¿le conoces? –Consulta con el gesto torcido.

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Mantengo una pausa mientras la presentadora de la tele sigue explicando cada uno de los pequeños avances que hay en las distintas provincias. Son mínimos, pero sirven para llenar efímeros minutos televisivos. -Sí –responde sin darle importancia. -Me alegro que estés mucho mejor, papá –se sincera tras un largo rato de silencio y mientras me abraza el brazo desnudo–. ¿Tu reloj? La marca de mi muñeca aún permanece viva bajo el bello rubio. Marcos la acaricia con suavidad y me mira esperando que haga brotar mis gastadas palabras. -Creo que lo perdí en el accidente –revelo. -¿Mamá lo sabe? Es el que te regaló ella, ¿verdad? Asiento con la cabeza despacio, con una leve mueca de resignación y la ceja izquierda enarcada durante fugaces segundos. -Es cierto, no pasa nada, lo único importante ahora es que estés bien –finiquita con más caricias en mi brazo. La noche termina cuando el reloj de la tele marca las diez. Y poco antes de que mi cuerpo duerma las ocho horas de rigor, me dice que ha quedado con Leticia para ir al cine, «aunque voy a convencerle para ir a la calle Ferraz y así celebrar la victoria, ¡je, je! ¿Qué te parece?». -De acuerdo, hijo, pasarlo bien. -Papá –dice mientras se enfunda la chaqueta de pana–, tengo un secreto que contarte. Hoy no voy a decírtelo porque ya es tarde y se ha acabado el horario de visitas, pero mañana sí, ¿vale? -De acuerdo, hijo –repito cansino. Cierro los ojos, oigo chocar a la puerta y al marco, apagarse la tele, y llegar a la soledad, que vuelve a adueñarse de esta planta hospitalaria tan llena de enfermos y de vida.

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A mis 57 años voy a convertirme por vez primera desde que nací, en abuelo. Diez días más tarde y no nueve antes, tal y como me prometió Marcos. Yo ni siquiera le había recordado la cuestión pendiente, pero la noticia segrega de sus labios como una eventualidad insalvable que según él quiso soslayar hace tiempo, pero que ahora mismo, ve imposible de frenar. Además, no tiene seguro querer lanzarse de cabeza al feudo donde en algún hogar los minúsculos huesos recién dotados de vida gatearán despacio para nominarle entre sus brazos «¡papá!». Tampoco encuentra otra salida frente a la dulce mirada y apasionada de Leti. Y ante tal callejón sin escapatoria pero lleno de albor, me asegura que ha apreciado el lado positivo del embarazoso asunto. La quiere mucho y con facilidad, puesto que nada más verla se enamora. Sólo ver que ella le responde con su mirada y se muerde los labios con delicadeza, y mi hijo cae derretido como lava volcánica por la ladera floral de la primavera. Al menos dicha escena pude imaginar hace días cuando observé cada uno de los gestos desde mi cama de enfermo. En aquella ocasión su presencia femenina caminando elegante por mi habitación no me reveló su embarazo. No lo vi en su físico cambiado después de dos años, y tampoco emergió de alguna de las dos lenguas enamoradas. Marcharon, y Leticia hoy, no ha regresado para escoltar a Marcos mientras escupe de su boca el ansiado secreto. -Aún no lo sabe mamá, así que mantenemos callada esa boquita, ¿vale? -¿Cómo? –pregunto desconcertado, sentado y acomodado sobre mi recién estrenada silla de ruedas. -Lo que me has oído. Se lo contaremos más adelante. Todavía no estoy nada preparado para su reprimenda. Seguro que me llama inepto, irresponsable y demás insultos que tú y yo ya hemos oído infinitas veces. Además, a las madres lo de abuela es síntoma de vejez, y a mamá no es momento de ponerles más canas.

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Río con fuerza por primera vez desde que abandoné el coma. Él se detiene poco antes de dejar atrás la sala de rehabilitación. Busca mis ojos con el fin de topar la confirmación de que no voy a decirle nada a Ángela cuando venga dentro de una dilatada hora. El brío de Marcos desliza las ruedas de goma por el reluciente pasillo, y tras varias curvas y un pequeño viaje en el ascensor volvemos a la habitación que tan familiar se ha vuelto en los últimos días.

Llega la última cena. Mañana firmaré el alta y abandonaré el hospital en silla de ruedas, sin piernas, pero con movilidad en los brazos y un habla sesgado. Cada día me siento más despierto, más ágil, e incluso menos rencoroso por lo que me ha sucedido. Los médicos están admirados con mi constante apetito alimenticio, y más aún por el firme deseo que tengo de realizar actividades física y mentales. Aunque si bien, no son todas las que yo pretendiera consumar. Ayer tocó en la puerta un nudillo débil, y cuando ésta se abrió, descubrí la visita – escueta– de quien hoy ya es mi antiguo jefe de trabajo. Yo era uno de los redactores de un periódico local que a diario llegaba a diversos distritos de Madrid. Después de alegrarse mucho por mi mejoría, comentarme que mis compañeros me inundaban de abrazos y se acordaban más aún de mí, y tras felicitarme por las labores periodísticas que desempeñé – yo– en los últimos años, me ha soltado con el mismo tono de voz alegre, que prescinden de mis servicios para evitarme, a mí, preocupaciones; para que descanse y disfrute de la vida. Me ha encomendado –según él aconsejado–, a que me jubile. Y en parte tiene razón, si bien, discrepo porque adoro escribir y mi profesión, y porque mi edad y mis décadas de ocupación apenas me conceden una pensión media para sobrevivir a la sopa boca. Meramente la

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indemnización del seguro y que tenemos el piso pagado por completo nos conducirá por un sostenible caminar en el futuro. Tras minutos de silencio viendo el televisor, le despaché con un susurro reacio y la excusa de querer dormir. En un sentir hipócrita le deseé lo mejor con mi más amplia sonrisa. Él me invitó con aire cordial a que fuera por la redacción siempre que quisiera, «muchos se alegrarán de verte», apuntilló poco antes de cerrar la puerta. -Suena algo –advierto postrado desde la cama la misma noche que atrapo con mis manos un sándwich vegetal, el último que comeré encerrado en esta habitación del hospital. -¡Mi móvil! –exclama Marcos junto a su madre–. Olvidé apagarlo. Lo saca presto de la bandolera, contempla la pantalla y, cuando va a rechazar la llamada descubre algo que le evita pulsar el botón rojo. -¡Apágalo ya! –reprende Ángela– Eres lo que no hay, hijo mío. -Disculpar. Esquiva la esquina de mi cama, abre la puerta, la cierra, y al de seis segundos cesa el sonido melodioso. Sin mostrar al chico atención alguna, mordisqueo el pan de molde que siempre pudo revolotear en mi paladar con mayor frescura.

La palabra Isi iluminada junto a un pequeño teléfono dibujado a su lado es lo que le ha impedido rechazar la llamada. Hacía semanas que no sabía de su vida, y de pronto, ha visto cómo ésta irrumpía en su memoria, aunque sólo sea en apariencia de sonido telefónico. El corazón le ha dado un vuelco inesperado, y a muy seguro, que habrá rebasado las cien pulsaciones por minuto. Si ha de ser sincero consigo mismo, había querido desdeñar adrede su intervención en este juego que es su vida. Al menos, lo había relegado al olvido de manera muy consciente. -Buenas, Marquitos, ¿Qué tal va todo? –oye jovial en cuanto descuelga.

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-Buenas noches, Isi –responde seco y con intención de estar en todo momento a la defensiva–. ¡Cuánto sin saber de ti! -Sí, tienes razón, lo siento, discúlpame. Aunque esperaba tener antes noticias tuyas, frescas, ¿recuerdas? –reprende mordaz–. Pero de todos no es hora de discutir, dime, ¿cómo va todo por la tierra patria después de tanto jaleo? -Digamos que tranquilo. Hay mucha histeria colectiva con los musulmanes y marroquíes, pero por lo demás, como un bálsamo de aceite, todo muy tranquilo. Ya sabes el dicho, después de la tormenta llega la calma. -Siempre tan refranero, mi Marquitos –complace-. Decía, que no era momento de discutir, pero de todas maneras creo tener malas noticias. -Sorpréndeme... –Instiga áspero. -Antes de que digas nada, quiero que sepas que te echo mucho de menos, que no lo había dicho, pero es verdad. ¡Pero mucho! –Ensalza–, y que si confirman mis sospechas espero que me perdones de corazón. -Dime qué sucede –exige más austero si cabe en sus palabras. -Vale, voy, tranquilo –apacigua–. ¿Has hablado con Lucas? La pregunta llega después de una pausa lenta pero exigua. -No, desde el viaje de vuelta no... -¿Te contó algo en aquella ocasión? -Sí, digamos que algo sí –asiente sin mayor explicación. Marcos busca un refugio más solitario en la sala de espera. Persigue esquivar a los cuatro cotillas que, pese a disimular con la firme mirada clavada en el suelo, él ha

descubierto que le escuchan. Les ha cazado vigilancias furtivas, y por ello camina de un lado a otro hasta detener sus pasos en una esquina junto a una ventana umbría. -¿Qué te dijo exactamente? –insiste después del pesado silencio.

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-Me amenazó, Isi, el muy cabrón me dijo que iba a contárselo todo a Leti, eso fue lo que me dijo –revela en voz baja–. Pero aún no ha cumplido. -¿Y nada más? El mutismo que fluye en la comunicación entre móvil y móvil es corto, pero de nuevo está cargad de gran densidad y de remanso. -Sí, otra bobada más. Apenas le di importancia, Isi. Me dijo que tenía unas cintas donde se veía mi infidelidad, o eso creo recordad –le explica con un fino hilo de voz en cada una de sus palabras. -¿Cintas de vídeo? -Sí...

¡Dios mío de mi vida, Marquitos! ¡Pedazo lío! –prorrumpe agitado desde la cité de Genève– Perdóname, perdóname de verdad. Voy a tratar de arreglarlo por todo los medios cuanto antes, pero que sepas ya de antemano que lo siento, lo siento de verdad muchísimo – recita de carrerilla y con voz azorada. -¿Qué pasa, Isi? -Lo siento, Marquitos, te juro que lo siento, voy a tratar de arreglarlo... –reitera. -¿Qué...? La línea desde el otro lado queda cortada sin una despedida formal. Marcos despega de su oreja el teléfono y mira con una mueca atónita la pantalla. Sin pensarlo dos veces busca en el apartado de llamadas recibidas el nombre de su amigo, que aparece el primero en la lista. Pulsa el botón verde e inicia la llamada. Tarda en sonar cualquier pitido, y cuando lo hace, el ritmo indica que está comunicando. Insiste, pero la señal vuelve a decir que el otro número continúa ocupado. Pasea de un lado a otro, busca un refugio más aislado que le oculte por completo de las cuatro miradas que permanecen sentadas en la sala de espera.

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Incluso se plantea abandonar el hospital para dialogar con mayor desahogo, pero a la postre desecha la idea. De nuevo presiona la tecla de llamar, y por sorpresa en esta ocasión sí da línea. Han pasado tres minutos desde que habló con Isi. Dos, tres tonos, y de forma brusca finaliza la comunicación. Marcos aparta veloz el móvil de su oreja y lee, ‘llamada rechazada’. Insiste sin dudarlo, pero después de un perecedero silencio, una joven le expresa en un lenguaje más de un robot que de un ser humano, que el número al que llama está apagado o fuera de cobertura. -¡Mierda! –prorrumpe sin cuidar su discreción. Apenas llega a caminar hasta el centro de la sala de espera. Un enfermero de bata verde se desliza veloz por su lado derecho, y una señora mayor sentada sobre una silla de ruedas mecánica decide esconderse tras las puertas del ascensor. Los cuatro rufianes persisten sentados. Los mira, y entonces ve en ellos la cada de la persona a la que ahora debe llamar. Da media vuelta, pulsa y da tono. -¡Vaya, vaya! –aclama socarrón– ¡Vaya tardecita! -¿Lucas? -El mismo, pero antes dime, ¿Esta qué es, la tarde los amigos que un día lo fueron y ya no lo son?, ¿o es la tarde del arrepentimiento? -¿Qué sucede? –Ataja veloz para resolver cuanto antes sus preocupaciones. -No sé, tú dirás. Yo sólo sé que acaba de llamarme Isidoro desde Ginebra, todo un honor. Me ha llenado los oídos de amenazas que ni la mafia en las tres partes del Padrino, y ahora, que acabo de conseguir mandarle a la mierda, recibo la llamada de vuestra excelencia. De modo que deberás ser tú quien me diga qué sucede –insinúa perspicaz y recreándose con cada palabra que brota de su boca. -Yo tampoco lo sé. Acabo de hablar con él, pero me ha colgado, y cuando le he vuelto a llamar tenía el móvil apagado –expone.

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Cada instante, Marcos respira más impresionado por una trama surrealista y enmascarada, que parece estrangularle. Busca las calles oscuras desde el recodo que ya es el escondite del hospital, asoma la cabeza hacia atrás y descubre que sólo quedan tres personas en la sala de espera, vuelve la mirada hacia la calle, y un segundo después, oye las palabras de quien consideró su amigo. -Interesante situación, entonces... –reflexiona sin perder un ojo a la mujer que inunda la pantalla del ordenador–. Pongámonos serios, ¿no crees? Porque veo que no avanzamos y seguro que tu sueldo cero te obliga a seguir con tarjeta prepago, ¿no? -Eso da igual... –alega. -A ti, porque a mí no. Si se te acaba el saldo, a muy seguro que deberé llamarte yo, y me gastaré dinero en algo que te interesa a ti –aclara con la misma sorna con la que empezó la conversación–. De modo que al grano. Ilústrame, ¿has hablado con Leti? -No, porque no hay nada de que hablar con ella –razona veloz, midiendo en todo momento el tono de voz y echando de nuevo un vistazo al largo pasillo albino. -¿Tú crees? Vaya, me sorprendes, ¿Marquitos? –se burla emitiendo una risita menguada–. Entonces a lo mejor envío la cinta preciosa a nuestra futura mamá, a ver qué opina ella. Seguro que mañana ya piensas que sí deberías hablar con ella. ¿O quizá ya sea demasiado tarde? -¿Qué cinta? No hay ninguna puta cinta, no mientas, Lucas. Es un farol, ¡un puñetero farol de mierda! –reprocha con tono bajito. -Isi te grabó en la cama con él –revela severo–. Veo que no te enteras de nada, ¿Por qué crees que me ha llamado ahora mismo? ¿Eh? Porque quiere que destruya el maldito vídeo, y el tío me ofrece dinero. Isidoro es un maldito loco, ¡un puto loco! -Me estás mintiendo a la puta cara, ¿verdad? Te estás despollando ahí mismo de mí, –increpa angustiado sin poder retener el aire acelerado en sus pulmones.

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-Mira, Marcos, yo seré un egoísta, querré quitarte a tu novia y todo lo que tú quieras, pero Isi no está enamorado de ti, lo dudo mucho. De ser así me hubiera dejado enviar el vídeo para allanarse el camino –explica pausado. -Leti y yo vamos a tener el niño juntos –se escuda desesperado. -Además tú eres un lerdo –reprende de inmediato–. No ves un palmo más allá de tus narices porque tienes una viga como un piano en el ojo. O espabilas o te quedas tuerto, chaval. -Estamos enamorados –suelta entre susurros. -¡Vaya sorpresa! –exclama a carcajadas–. Precioso lo que me cuentas, y la verdad es que Leti sí, pero tú... Será hijo tuyo, pero Marcos, voy a enviarle el vídeo y después el tiempo dirá. Merece saber lo que jamás tú le contarás. -Así es, no voy a contarle nada, y ella, creo que difícilmente te va a creer cuando no tienes prueba alguna. -Esto empieza a ser demasiado aburrido –escupe irónico–. Si quieres, mañana vienes aquí y te enseño lo que es la persona de Isidoro y su entorno, además del famoso vídeo, por supuesto. Así, a la noche llamas a Leti y le cuentas todo. Correos funciona con calma, y si le pongo el matasellos al mediodía no llegará hasta pasado. -Déjanos en paz, por favor –implora aturdido. -La súplica llega demasiado tarde, Marcos –responde Lucas con serenidad–. Mañana a la siete y media de la tarde. Pasa buena noche. -¡Déjanos en paz! –ruega otra vez. Observa con detalle sus manos temblorosas, dubita llamar a Leti, hablar con ella, zanjar la historia e inventar una variante que le libre de la quema en la hoguera si la hubiera. Pero desiste. Anhela tener fe; prefiere dibujar una mínima confianza en la que se ate con fuerza a la mentira de Lucas.

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Escribe un mensaje de texto a Isidoro en el que le pide explicaciones y en el que además, le pregunta si existe algo de verdad en el espinoso asunto del vídeo. Le añade una coletilla final donde le dice que por favor le llame cuanto antes para hablarlo, porque es urgente. Al momento de enviarlo, escribe a Leti y espera frente a la puerta que le separa de la habitación donde ahora veo la televisión. Le dice que le quiere mucho, que la echa de menos después de no haberla visto en todo el día porque ella ha querido quedar con sus amigas. Agrega un deseo en el que espera que se encuentre bien físicamente. También le pide que por favor descanse, y que al dormir tenga dulces sueños. Envía, y entra al cuarto despacio. Sobra decir que ya he terminado de cenar. Su madre duerme a un lado, sobre una incómoda silla. -Marchar ya a casa, es tarde y mañana debéis madrugar. Ella está molida. Mi hijo asoma una cara ahogada de tormentos. Sus ojos caídos alcanzan a perderse en el interior de los párpados y apenas le conceden una gota de brillo a mi propuesta. Asiente levemente con un movimiento remiso de cabeza, toca a mi mujer en el hombro, que despierta al segundo zarandeo, y ambos, tras darme cada uno sendos besos en las mejillas y decirme con una enorme sonrisa, «buenas noches», abandonan poco a poco los dominios del enorme hospital. Aún les quedará un largo viaje en metro hasta casa, y lo harán en silencio, cansados, tristes.

No fue. Para qué. El reloj de muñeca marca las doce y media de la madrugada y la calle medieval de Leticia vuelve a mostrar su cariz más íntimo y romántico. El frío congela la saliva interior de sus labios escariados, y las cuatro manos se ajustan un poquito más los guantes de lana. La piel femenina ha cogido holgura en las últimas semanas debido al embarazo, aunque ese detalle a Marcos, por algún casual, no le importa en absoluto. Nada le preocupa no saber de Isi, e incluso lo agradece. Asimismo, le gratifica que su amigo Lucas

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tampoco le llamara después de superar los veinte minutos de la hora concertada. Siendo así, cree que su farol se ha desarmado como un castillo de naipes frente al mar. -Niño, no deberías acompañarme hasta casa –rezonga ella con esa carita de chiquilla inocente que siempre supo seducirle. -No importa, pequeña, de verdad que no –contesta él, que cruza las piernas mientras permanece de pie. Le coge de la mano y le besa sutil en los labios. -Anda, vete a casa, que al final seguro que pierdes el último metro –invita Leti introduciendo la llave en la cerradura de su atípica puerta. -Descansa, ¿vale? -Sí... ¡Venga, vete ya! Abre la portezuela de madera verde, enciende la luz y comienza a extraviarse su melena por las pequeñas escaleras silbantes. A un ritmo pausado pero invariable, ella llegará hasta el tercer piso. Marcos espera a la intemperie hasta que sus piernas, las que hoy visten un chándal azul marino, desaparecen del todo en la primera curva. Una vez evaporadas como el vaho caliente que expulsa de su boca, camina ligero calle abajo, pisando cada adoquín, incluso demasiado saltarín; excesivamente feliz.

La vida le ofrece una densa niebla según llega a la estación de metro, pero es complaciente con él porque le impulsa a desviar su habitual ruta y a toparse con un pequeño restaurante vasco que jamás le distrajo las pupilas. Al menos, el nombre ‘Arozarena’ indica cercanía con las tierras del norte. No obstante, no es el local ni el epígrafe lo que le llama la atención, sino el cartel blanco situado tras la persiana, y en el que aparece un lema que dice tal que así: SE NECESITA AYUDANTE DE COCINA. URGENTE. RAZÓN AQUÍ.

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Es hora de dormir, o en eso piensa solamente cuando por las escaleras de su portal ultima sus cansinos pasos para llegar a casa. Mientras sube cada planta obviando el ascensor, no puede evitar mirar la puerta que incontables veces le abrió Belén. Es difícil superar los hachazos que lanza la vida, y más aún curar las cicatrices que éstos dejan en el alma, donde los recuerdos acampan a sus anchas y sin un tutor que les diga cuando han de correr para gritar en el cerebro.

La luz del cuarto del estudio de casa, que dicen estuvo apagada durante dos años, hoy de madrugada se eterniza encendida. Me resulta extraño ver de nuevo mi equipo informático intacto, tal y como lo dejé aquella lejana noche en la que padecí mi última disputa matrimonial. Ángela y yo sostuvimos una desmesurada pelea verbal, que casi igualó a la que estalló los días previos al nacimiento de Marcos. Y si no hubiera sido por el accidente, hoy viviría demasiado lejos de aquí. Los acontecimientos de la vida, ajenos a nuestras voluntades, intuyo que en muchas ocasiones nos llevan por caminos que ni siquiera quisiéramos pisar. Y luego, para abandonarlos, debemos recorrer largos kilómetros hasta dar con la salida más idónea. Por ello, esta noche estoy sentado en esta silla de ruedas, tapado por una manta, frente a mi equipo informático, mis folios, mis libros, mi aire. Ángela no me ha vuelto a hablar del divorcio. Emborracharse es una idiosincrasia humana para afrontar cualquier evento. Ya sean problemas, soluciones, alegrías o penas. Siempre hay excusa. Nacimientos, muertes, bodas, divorcios. El lector conocerá más, y el redactor también, sin embargo, no es hora de enumerar, sino de recordar. La reminiscencia fluye con facilidad cuando se regresa a un punto físico donde el pasado aparece repleto de gratas o amargas vivencias. Este pequeño

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cuarto no fue protagonista de la discusión conyugal, pero sí el pasillo, la sala y la cocina; tan cercanas hoy de mí. Recorriendo con mis piernas esos tres lugares, aquella noche no tuve la fría tentación de ponerle la mano encima. De manera habitual, la violencia juzgo que fluye desde lo más hondo del corazón, donde habita la adrenalina, y cuando el ser humano siente la impotencia de ver cómo sus palabras no desenredad los problemas ni sellan siquiera media solución. Aunque en la lejana escena que viví, ella habría sido la que me hubiera atacado. Yo tenía un as en la manga, y ella quería quemar esa carta para siempre. Me pidió el divorcio, y yo no supe ni quise asimilarlo. Era lógico, el único vínculo que tenía conmigo poco a poco iba desapareciendo con la edad. Además, Lucía, de Aupair en el extranjero, se convertía en la hija prófuga. Y hoy, cada día que pasa y a cada carta que llega, se revela con mayor seguridad que la fecha de vuelta no existe. Yo no hacía el trabajo de un padre real. Una separación justa quizá hubiera atracado mi velero mental en buen puerto, pero la discusión enardeció mis ánimos cuando bajó de lo alto del armario mi maleta, abrió los cajones y me pidió las llaves de casa. «¡No quiero verte nunca más!», fueron sus textuales palabras. Me negué en rotundo por seis veces, y al segundo y sin previo aviso, surgieron los gritos histéricos, los portazos, los golpes a puño cerrado en mi pecho, los lanzamientos de objetos, insultos y recriminaciones ilimitadas. Esquivé un cenicero de mármol, y agachado, pasé veloz pegado a su cintura, descolgué del perchero de la entrada una chaqueta verde de lino, y sin detenerme salí al portal cerrando con fuerza la puerta. Ella no abrió, y además, el ascensor parecía habernos escuchado porque me esperaba. En la calle, bajo un cielo estrellado, a cerca de 27 grados veraniegos, caminé en busca de la senda que me empujaba a una botella de ron. Santa Teresa fluía en un vaso sin hielos. Su color pajizo ahogaba mi palada una y otra vez. A dos manzanas, la muerte buscaba un mendigo herido al que contratar. Jamás hubiera concebido que aquella noche sería el principio de mi segunda vida.

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Esta madrugada, cuando Marcos entra en el piso y golpea repetidamente con los nudillos en mi puerta, me pregunto cuándo volverá a sacar el tema Ángela. O más en concreto, me interrogo si me echará de casa. -¿Qué tal el día? –Pregunto al oír los tres toques. -Bien, estuvimos en el cine –responde veloz– ¿y esa cama? -Hemos decidido dormir separados, tu madre aún no está preparada. Ya sabes lo quisquillosa que para algunas cosas –miento sin desazón–. Entre tú y yo, creo que está menopáusica, así que será mejor seguirle la corriente. Le guiño el ojo y le espeto una mueca de complicidad con el dedo pulgar en alza. Este tipo de gestos le gustan mucho, pero en esta ocasión él tarda en sonreír, y sólo al final ceden sus labios de manera forzada. -¿Le asusta que no tengas piernas? –Indaga recuperando un poco la seriedad. -Quizá sea eso, o quizá es otra cosa, pero no te preocupes, porque volveremos a la normalidad –vuelvo a engañarle–. Por eso estate tranquilo. -¿Escribes? -Un poquito. Cómo no podré trabajar de periodista he empezado a recordar cómo era el mundo de la escritura. Corrijo unos cuentos, y tal vez me atreva con una novela. Aunque hoy no tengo ideas. -¿Y qué haces despierto? -Leo... -¿Sabes? He visto un posible trabajo, y mañana temprano voy a pedir una entrevista. Es de ayudante de cocina, en un restaurante vasco, cerca de donde vive Leticia, mi novia. -¡Qué bien! ¿No? ¿Y cómo se llama la perla culinaria? -Arozarena.

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-Vasco, sí, es vasquito casi seguro. –Alineo una sonrisa en mi enmohecida cara y vuelvo la vista al ordenador durante unos instantes. Tras mantenerse descansado contra el marco de la puerta un par de suspiros, me da las buenas noches y desaparece para acostarse en el cuarto contiguo. Yo aún tardaré un par de horas.

Podría empezar a trabajar este fin de semana. Se abrocha hasta el cuello su chaqueta de pana, se enrolla una bufanda gris y sonríe. Las palabras de Juantxu Arozarena han sido exactas y concretas. «Tres entrevistas tenemos concertadas más, y todas vamos a completarlas antes de tomar una decisión. Mañana a media mañana os llamamos. Eso sí, a trabajar, pues, empezarías el viernes». La puerta de cristal del restaurante cesa de moverse a unos centímetros de su espalda. El sol tomará las de Villadiego y dejará en penumbras la ciudad. El centro del cielo cae gris sórdido, la gente vuelta atrapada en sus abrigos, y Marcos apenas ha cruzado de acera y encendido su móvil cuando ya le ha llegado un mensaje de texto. Es una llamada perdida de su Leti. Piensa en llamarla, pero está a dos manzanas y a muy seguro que ahora mismo verá la tele en su casa. Es más rentable ir hasta allá. Sin embargo apenas alcanza la primera esquina de la siguiente calle, cuando en su bolsillo suena una melodía discotequera y polifónica. Sin dudarlo, sabe que es ella. -Impaciente, no dije que te iba a llamar yo, ¿eh? –sermonea guasón nada más descolgar y mientras busca un soportal donde los coches y las motos sin silenciador no le impida oír a su novia. -Marcos... ¿Cómo? -¿Estás llorando?

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-Lo peor de todo quizá haya sido tener que enterarme de esto a lo que no sé cómo llamar, por terceras personas –le reprocha, ahora ya sí entre sollozos–-. ¿No es un montaje, verdad? -¿De qué me estás hablando, Leti? –Pregunta serio, buscando cada vez más resguardo en un soportal donde las farolas no cumplen su función. Marcos ata cabos veloz; demasiado deprisa. Lo conveniente para apuntar en el blanco con su escopeta imaginaria de dos cañones y derribar las cabezas humanas que por supuesto tienen nombre y apellidos: Lucas Martín e Isidoro Fernández. -El cartero me ha dejado esta mañana un vídeo, que por suerte, mis padres no han querido ver. En él apareces montándotelo con tu amigo el rarito... ¡Y no me jodas ahora diciendo que no sabes nada! –explota. -Leti, estoy a dos minutos de tu casa, ¿puedo ir y hablamos? -¿Hablar o verlo? Marcos, ¡maldita sea! No sé si sabes que vas a tener un niño conmigo, ¿lo recuerdas? O ahora estoy saliendo con un pez, o mejor aún, con un caracol, que la da igual hucha que elefante –regaña pesarosa. Los grititos y lloros intensos se entremezclan y Marcos tan sólo decide alejar el móvil de su tímpano para evitar las punzadas hirientes. Mira por el rabillo del ojo el aparato metálico, y al verlo, decide que va siendo hora de tirarlo a la basura por gafe. «En cuanto solucione todos mis problemas, a la puta mierda, y nada de reciclaje. ¡A la basura! Sin posibilidad de vuelta a la vida» se promete. «Eso sí, si consigo enmendar toda esta mierda...». -Chiquilla, tranquilízate, por favor, que estás embarazada, y deja tanto animal, que me estás volviendo loco. Soy Marcos, ¿recuerdas? Tu novio, confía en mí, lo que ves es una bazofia y una farsa –apacigua con un diálogo lento y cariñoso. -¿Qué? ¡Serás hijo de puta cabrón! –Chilla enfurecida.

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-No te alteres, vamos a hablarlo y ya verás como no pasa nada. -¿Qué no pasa nada? Marcos, ¡maldita sea! En la tele veo ahora toda tu cara, y reconozco tu cuerpo, tu pene, tu voz, y al rarito besándote. Y por no decirte muchas más guarradas que hacéis. ¡Y para colmo me engañas con alguien que conozco!, No te entiendo. Le estás acariciando, lo veo y es muy real –detalla entre sollozos. -No puede ser, Leti, no puede... -¡Vete a la mismísima mierda, Marcos! No lo esperaba de ti. –Le reprocha herida y entre lloriqueos, al tiempo que no duda en aplastar con rabia el botón que interrumpe la comunicación de forma definitiva. Él vuelve a quedarse hundido con un teléfono móvil de la mano y junto a su oído. En esta ocasión de cuclillas, con la cara tapada, en un callejón sin apenas luz, entristecido y envuelto por el odio sin destino lúcido. La bufanda de lana azul marino le sirve de pañuelo para mocos y lágrimas, y cuando respira profundo y quiere ordenar sus ideas, no puede siquiera recordar dónde está, de dónde vino, qué pasó y hacia dónde quiere ir. Se perpetúa bloqueado, agachados y asustado por la gris soledad que llama una y otra vez a su cerebro pidiendo una habitación con vistas para entrar a vivir a partir de mañana. Decide erguirse y caminar. En un principio sin rumbo. Aspira que la pena le empuje por las calles hasta que Madrid se le acabe. Sin embargo, no es capaz de abandonar la ciudad, porque antes de nada, que ver si lo que le está sucediendo es una maldita broma o si de verdad ha hundido su bota hasta donde el tobillo lleva un precioso disfraz de ingle. Y ya dice el dicho paterno, que cuando los huevos se llenan de mierda, ésta te come el rabo. Proverbio que quizá pueda extrapolarse y que a la vez, también sea falso como tantos otros.

La puerta aparece en tinieblas ante sus ojos y separada levemente del marco. Cuando la empuja, deja de pisar el silbante rellano, cierra y la descubre con los enrojecidos, sentada

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en el sofá, con las piernas recogidas, su pijama rosa y el mando a distancia de la mano, se le hace trizas el corazón de latón. Éste cae al estómago sin aviso previo. -Mis padres vendrán en apenas diez minutos, así que acabemos con esto cuanto antes. Por cierto, he descubierto esto –musita mientras se retira mocos de su nariz y le tiende un sobre–. Aclara muchas cosas más. -¿Qué es? Si se puede saber –pregunta defensivo, mientras busca un lugar donde colocar sus manos perdidas. -Es de tu amigo Lucas, un buen amigo al fin y al cabo –apuntilla sobria y sin mirar un solo segundo a quien de manera oficial aún podría considerarse su novio. Marcos tarda en reaccionar, pero al final avanza hasta el sofá y recoge la plica y saca el papel que está doblado en dos ocasiones. Ella, pese a quedar a meros diez centímetros, parece estar a miles de kilómetros. Su cuerpo, que tan fácil fe de acariciar hasta la tarde de ayer, hoy vive rodeado por un alambre de espinas; una jaula de repulsa que el joven cocinero ya jamás creerá atravesar. Una palabra, un gesto, un hecho, pueden transformar por completo los sentimientos; la vida. La letra es de color negro, en formato informático no muy habitual. Marcos lee en voz baja, y a cada línea que termina, desea estar más lejos de Leti y más cerca de su enemigo.

Buenos días, guapetona. Todos los despertares nunca son iguales de alegres, y hoy, seguro que hubieras deseados quedarte en la cama hasta el anochecer. De todos modos, no me siento culpable por ser yo el que apresure tu dolor, y creo que esto que estoy haciendo es muy justo. Has vivido mucho tiempo de espaldas al mundo con una venda en los ojos que a mí me ha dolido

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mucho, sobre todo las últimas semanas. Más aún cada vez que tenía el honor de presenciar el deshonor. Sin muchos rodeos, te cuento que, te escribo porque voy a revelarte que tu novio, Marcos Cayetano, lleva siéndote infiel desde hace dos años. Quizá ahora mismo te den ganas de arrugar la carta y enviarla a la hoguera o a la papelera, pero niña, bonita, el paquete se acompaña con un vídeo que demuestra lo que digo; la puntita del iceberg. Voy más al grano aún. La escena de la cinta fue tomada durante nuestro viaje a Ginebra. Añado, durante aquellos días Marcos e Isidoro vivieron un romance intenso que, por algún casual de la vida, Isi, el rarito, (¿así le llamas, no?) decidió grabar en vídeo, a muy seguro con el desconocimiento de tu novio. Y cómo son las cosas. Coincidencias en marcha, hallé la cinta una noche que la pareja tomaba copas o cervezas por la ciudad ginebrina. ¿Alelada? Pues más helado quedé yo el otro día cuando Isidoro me dijo que la relación tenía dos años de duración, y que no iba a romper “algo tan bonito”. Palabras textuales. Y yo soy muy liberar, pero me explota por dentro la doble vida de algunos, los cabrones que tienen algo que vale su peso en oro y quieren más, y que encima, en este caso, Marcos juegue con la vida de su futuro niño, vuestro hijo. Por cierto, aprovecho para desearte lo mejor durante todo el embarazo. Yo prefiero que sea niña, ya sabes, no cambio mi devoción por el sexo femenino. Dudé mucho antes de enviarte esta carta, pero al final me parecía justo que, antes de traer a alguien al mundo, supieras la persona que tienes delante: Su padre. ¿Está ahora contigo? Pagaría por verlo sin estar presente. Es broma, disculpa la ironía, pero soy así. Leti, yo no sé si tu novio es gay, ‘hetero o bisexual’, pero en la vida y en el amor hay que tener las cosas claras, y remar siempre hacia el mismo lado. Y ya termino. Si te mando esto es porque creo que Marcos iba a hacerte mucho daño más tarde que temprano, y para mí siempre fuiste una chica estupenda y legal. De corazón, te mereces lo mejor del mundo, y

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Marquitos no te lo dará. Hablé con él en varias ocasiones, pero nunca tuvo intención de contarte nada ¿Lo ha hecho antes que yo? Lo dudo mucho. Nada más. Por descontado queda decir que si necesitas apoyo para algo, tienes mi teléfono. La vida nunca es justa, porque yo, jamás hubiera hecho tal cosa a una chica como tú. De todos modos, ánimo y quema la cinta, no merece la pena torturarse. Un besazo, Tú siempre amigo, Lucas Martín.

Dobla la hoja, la introduce en el sobre con un tembleque en los dedos inusual. Tiene comprimida la mandíbula, y las facciones de su cara son como tallas de madera. Retiene unas ansias desmedidas de convertir al documento y al escritor del mismo en una pequeña bola de pliegos que duerman eternamente en el interior de su mano. -Toma. –Le cede con un gesto conciso. -Te la regalo, no merece la pena torturarse –ironiza ella, que todavía desde su llegada no le ha mirado ni un fugaz segundo–. ¿Quieres verte en acción? Su ataque caza a Marcos con la retaguardia distendida en otros quehaceres. Sostiene dinámico lo leído, y con el poderío de su cabeza desconcertada, no puede relegar a la nada las más de quinientas palabras que han ultrajado su inocencia. Ella tiene el mando a distancia entre sus finos dedos; cada día más morenos por el menguado sol que florece al mediodía en su balcón. Mantiene su melena negra suelta para esconder su rostro maquillado, y sin más consultas, decide asesinar las dudas. Desfilan los minutos de su reloj y desea que la cara a la que no mira y ahora odia y golpearía hasta sentir una gota de alivio a tanto dolor, marche cuanto antes a su casa. Y con todo, al tiempo que anhela verse envuelta en esas violentas bellaquerías, aún moriría por abrazar sus huesos. Le duele el corazón como si la apuñalaran

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un nervio óptico; como un paro cardiaco juvenil; vivo síntoma que le dice permanecer todavía muy enamorada de él. Son cinco años a su lado imborrables. Cuando el play es pulsado, y ante los cuatro ojos presentes aflora el cuarto de Ginebra entre tinieblas, es Marcos el primero que rechaza la pantalla. De inmediato el cuello le queda muerto, y las cervicales rígidas sólo pueden agarrarse con fuerza a la espalda para evitar así que la cabeza pierda su lugar natural. Desenrosca la bufanda de su acalorada laringe. La vergüenza le conquista, y al fin, llora, pero silencioso. Es una imagen sombría la de la cinta, pero los dos protagonistas son identificados con facilidad extrema. -Es horrible –sentencia la voz congestionada y débil que proviene del sofá–. No entiendo por qué ha de pasarme esto. Jamás lo esperaba de ti. -Lo siento, niña –claudica–, no puedo decirte que es mentira, delante de ti, si te miro, me es imposible mentir. -Serás cabrón –murmulla cuando detiene el vídeo y extrae la cinta. Dichas las palabras que, gracias al mutismo escucha con claridad, Marcos se desploma hacia el suelo a una velocidad pesada. De rodillas, permanece helado y con los dedos clavados en la alfombra. -¿Por qué? ¡Y levántate de mi suelo ahora mismo! Por favor... -A veces no lo sé –dice mientras recobra su posición erguida–, pero creo que fueron muchos los motivos. -¿Cuáles, Marcos? ¿Te gustan los hombres? ¿No te gusto yo? Cuéntame algo creíble que me convenza y no me haga echarte a patadas de casa. Su ruego lo insta manteniendo la serenidad y mientras guarda la cinta en un sobre amarillo, acolchado y rotulado con una dirección postal.

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-El alcohol, quizá nuestra apatía en algunos momentos. Con Isi me lo pasaba muy bien, es un chico estupendo, y él, de borrachera, me invitó a probar y... Y me gustó. –Su confesión apenas se oye entre un leve bisbiseo. -¿Y por qué hiciste el amor conmigo en el baño? ¿Por qué lo hiciste otras tantas veces? Dime, Marcos, ¿por qué no rompiste conmigo si te gusta más estar con Isi? – Arremete indignada sin evitar que aparezca en sí la conquista de las lágrimas y la acelerada respiración pulmonar–. ¡Cómo has podido hacerme esto! No lo entiendo. -¡Lo siento, Leti! ¡Perdóname! No tenía las ideas claras. No quería perderte, ni a ti, y a veces tampoco a él, pero hoy te quiero... -¡Mentiroso! Mientes, y esa no es la maldita justificación. ¡Lo único que pasa es que eres un maldito cabrón hijoputa sin sentimientos! –vocifera desde el alma. Un gesto, un hecho liviano o una palabra sin mucho espacio en el diccionario pueden cambiar el rumbo de una vida; dos, tres, todas. Y el joven cocinero, frente a tanto insulto, sólo piensa en huir y en el menudo bulto que comienza a dibujársele en el pijama rosa a su Leti. Por ello, y muy quizá sin pensar en la respuesta, arroja la pregunta que derrama el vaso de agua, inunda la sala y convierte en Venecia a la calle medieval de suelo adoquinado, por donde Rosa y Fernando caminan ahora cargados de bolsas del supermercado. -¿Vas a abortar? Si existe un silencio en la muerte, debe asemejarse en exceso al que ahora puede oírse con exquisitez en el salón. Es la primera vez que ella, de nuevo sentada a un costado de su novio, en el sofá, decide torcer el cuello para toparse con sus ojos. Aunque no es mirarle lo que quiere, sino extirparle las pupilas y depilarle una a una las pestañas inanimadas. Pisotearle con saña la cabeza hasta que el resultado sirva una bola de plastilina de colores; hasta ver cómo la masa encefálica de su ridículo cerebro desaparece con comodidad por la boca encendida de la aspiradora. Y al examinarle el rostro, le descubre con los ojos

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enrojecidos por un lloro que difícilmente enternece a Leticia después de las tres voces interrogativas. Él hunde la mirada al segundo, y, entonces, se escucha la impetuosa orden que finiquita el encuentro. -¡Vete de mi casa ahora mismo! Ella decide ponerse de pie, ofrecer aires de autoridad echando hacia atrás los hombros, hilando una exacta silueta en sus pechos y barriga, y dibujando el peor de los gestos que él vio. De manera fulminante le guía el camino de salida a modo Colón y da un paso hacia delante para aguijarle con sus pequeñas manos un empujón hacia el vestíbulo. -Perdona, sólo era una... -¡Fuera! –Grita más fuerte mientras le arremete otro golpe con sus dedos. -Lo retiro, no quería decir nada de eso... –suplica impotente. -¡He dicho que te largues de mi casa ahora mismo! –vocifera con una voz estridente que le daña la garganta y le obliga a toser repetidamente. -El giro de ambos, que les sitúa en sentidos opuestos, coincide en el tiempo. Leticia marcha veloz a su habitación, él sujeta la bufanda de la mano y sostiene su chaqueta abotonada hasta la línea que mordisquea el cuello. Ella embiste un portazo y cae rendida en la cama, boca abajo. Cierra los ojos y rompe a llorar al mismo tiempo que los recuerdos y los actuales pensamientos inician una disputada relación de amor y odio. La reyerta durará meses.

Silban las escaleras una a una cada vez que las suelas de sus zapatillas pisan un escalón. A un paso lento. Pero silban extrañas. Emiten un eco desordenado que Marcos no entiende hasta un minuto más tarde, cuando en el rellano del primer piso tropieza inoportunamente con el pelo rizado y rojizo de Rosa, que sonriente pero fatigada, sube junto al metro ochenta de Fernando.

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-¡Hombre, Marcos! ¿No me digas que te vas ya? La exclamación de quien hasta ayer podría considerarse su suegro, cae como un gritito desafortunado que le sobresalta como si caminara solitario a oscuras entre las fosas de un cementerio. Las lágrimas se volatilizan, aunque no así su encarnado rostro. -Sí –responde mientras trata de posicionarse para esconderse de la escasa luz que hay viva en el portal–. Tengo que madrugar mañana. -Vaya, podrías quedarte a cenar para la hora que es. O qué pasa, ¿no te invitó mi niña? –tantea Fernando en un tono jovial. Ambos reposan las bolsas en las escaleras con una coordinación minuciosa, y enderezan sus cuerpos. -Hoy no puedo, lo siento muchísimo... -¿Te pasa algo, cariño? –interviene la madre entrecerrando los ojos, sacando la cabeza como una tortuga y buscándole con ahínco la mirada joven, que descansa dolorida en una pesada sombra. -Nada, que hoy tuve una entrevista de trabajo y no me fue nada bien, sólo es eso, pero ya se me pasará, tranquilos –improvisa con destreza. -No te sulfures por eso, todo llegará –dice el padre–, aunque amigo, si debo recordarte que ya te lo advertí, ¿eh? ¿Recuerdas? Estas cosas nunca deben dejarse para cuando la soga te marca el pescuezo, que luego... -Lo sé, lo sé –zanja austero. -¡Ánimo, cariño! Seguro que encuentras algo enseguida, porque tú vales mucho, ¡si se te ve en la cara! –alienta la madre, que por un segundo hace el amago de coger las bolsas. A su lado, la amplia sonrisa de Fernando dibujada bajo su calva no tiene fin. Es perenne al igual que lo es la nieve durmiente en el Himalaya. El joven cocinero en paro aprieta los labios a modo de resignación. Y en tanto, quiere huir ya, y nota como con cada

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intervención crece el cerco contra sí en el diminuto rellano. Tal es así, que la barandilla de madera comienza a clavársele con ímpetu en la espalda. -Bueno, tengo que irme, que sino perderé el metro –se excusa con el propósito de finiquitar el choque familiar. -Nos vemos otro día, entonces –dice Fernando acopiando en sus peludas manos las bolsas de plástico que sin lugar a dudas son las que ostentan mayor carga de productos. -¡Abrígate bien!, ¡qué fuera hace mucho frío! –recomienda Rosa agitándole la bufanda que él lleva aferrada entre sus rechonchos dedos. -Lo haré, lo haré, no lo dudes –tranquiliza con media sonrisa. Marcos comienza a bajar las escaleras de dos en dos a gran velocidad. Ambos continúan su paso lento hacia el tercero. Cuchichean durante la subida, pero el joven triste y desmotivado ni siquiera tiene el mínimo interés de averiguar qué hablan. Se enrolla la bufanda con descuido pero hasta cubrirse la barbilla, introduce las frías manos en los bolsillos de su chaqueta y camina ágil, de nuevo, sin dirección.

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VIII LA CEGUERA
Recuerdo estar borracho y no acordarme de nada.

El humano tiene el precioso arte de etiquetar infinidad de sinónimos a aquellos actos que son muy populares, mientras en ocasiones renuncia a los que ni siquiera tienen actividad. Difícilmente consiguen hallarse palabras que denominen la acción de leer, y luego sin embargo hay una cantidad infinita de términos para el felino deporte del flirteo, y más aún para el hecho en sí de follar, o hacer el amor en un caso más cursi. Tal liderazgo va de la mano con otro ejercicio como es el de emborracharse. La ceguera pudiera llegar a considerarse uno de los innumerables sinónimos de embriaguez. Sin bien, el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española no lo expone con tal obviedad, y tal palabra, significa textualmente, total privación de la vista, o alucinación o afecto que ofusca la razón. El alcohol produce ambas cegueras. Incluso ostenta la facultad de nublar la vista, y dicho sea de paso, su consumo puede invitar a la locura, así como al odio, al amor, a las guerras, a la infumable paz, y por qué no, a las enfermedades. Asimismo, para quedarte ciego del mundo real durante horas puede servir la lectura del ensayo que Saramago tituló con esa misma palabra. Toda una historia por la que fantasear con la memoria. Y quizá, yendo al meollo de la trama, es muy probable que, tanto los anteriores vocablos como los que acudirán veloces a partir de estas líneas, posean una gran afinidad con el término susodicho. Sin descontar que, el redactor, a muy seguro arroja un guiño a la cuidada siembra literaria del Nóbel portugués.

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Entre sinónimos y pensamientos baldíos yace sobre la barra de madera negra la única cerveza. No es muy tarde pero es de noche, y Marcos Cayetano permanece sentado, sin su bufanda atada al cuello, escasamente ebrio y no muy lejos de la casa de Lucas. Su barrio es pequeño, tiene cerca un polideportivo, una tienda de chinos donde en más de una ocasión compraron litronas, enfrente de su ventana un parque de bancos descuidados y suelo de tierra, y de vecino molesto, al Hipercor, que cada mañana de lunes a sábado atrae ruidosos camiones que realizan la carga y descarga. No es una zona céntrica, pero como casi todo Madrid tiene sus coches, cláxones y una óptima conexión social gracias al transporte público. Además, en apenas quince minutos a paso ligero uno puede situarse frente a la plaza de las Ventas. Y antes de cruzar el puente cercano, una elevada mirada a la izquierda descubre la efigie del pirulí rozando las primeras nubes blancas de la primavera. -Otra cerveza cuando puedas –pide Marcos mientras con suavidad empuja el vaso vacío hacia el camarero. El hombre de origen mexicano no tarda en servirle, y antes de que la espuma bese los labios del joven cocinero, dos dedos tocan su espalda y le hacen reposar el cristal de nuevo sobre el posavasos de cartón glauco. -Ya estoy, disculpa la tardanza –dice la voz de Lucas desprendiendo un fuerte aroma a fresa o frambuesa– ¿chicle? -No –responde Marcos hosco, acorde a su gesto taciturno. -Antes de nada, decirte que siento lo ocurrido, amigo, pero recuerda que yo no he hecho nada, has sido tú con la ayuda especial de tu amigo Isi, quienes os habéis cavado con ansia vuestra propia tumba. Te lo advertí, y creo que pudiste haber evitado caer en este agujero tan negro –declama mientras aún mantiene la distancia.

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-Hoy déjate la labia irónica en los putos huevos, ¿vale? –Le advierte Marcos sin perder de vista su bebida. -Vale, tranquilo, ya veo que continúas alterado, pero que de cojones –apuntilla deletreando la última palabra. -Compañero... –insiste– ¡No me hinches las pelotas! -Cataplines, testículos, genitales, bolas, ¿sabes más sinónimos?. Tú también estás que lo bordas, ¿eh? No te enfades, que no... Su maniobra es demasiado vertiginosa, más de lo que Lucas hubiera podido imaginar en un escenario de ficción. Y si no llega a ser por la grave voz del camarero, que de pronto y por sorpresa para los pocos clientes grita «¡Oye! ¡No mamen aquí!, ¡Peleen en la calle!», Marcos le hubiese hundido los nudillos en la nariz; con rabia una y otra vez hasta vomitar todo el dolor que le produce saber que él, ha sido el causante último del destrozo que vive una parte de su vida desde esta tarde. -Veo que sigues con la intención de partirme la cara –dice Lucas, al mismo tiempo que trata de quitarse las arrugas de la camisa y recolocarse la cazadora negra de cuero–. Puedes ir sabiendo que yo no voy a enzarzarme, te he dicho antes por teléfono y lo sigo diciendo ahora. -Peor para ti –amenaza el ex novio, que tiene su culo de nuevo sentado sobre el taburete, desde donde bebe un largo trago de cerveza. -Usted, ¿quiere algo de tomar? –interrumpe el camarero sin ofrecer en el gesto de su cara café un efímero mensaje de amistad y cordialidad. -Una cañita, gracias. –Lucas acerca otra banqueta y decide acomodarse a su lado, aunque manteniendo una distancia prudencial que avive cualquier pelea.

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-Las broncas las montan en vuestra casa, ¿okay?, camaradas, –recrimina con un cuidado hilo de voz–. Aquí no quiero pendejadas, ni escupitajos, ni tirapelajos de nenas, o como dicen en mi tierra, agarrarse del chongo. Y menos aún tortazos, que luego me dejan el piso pringado de sangre. Van a cagar el palo a otra parte, porque de una patada los mando a comisaría, ¿entendieron? El discurso no despierta el interés sublime de ninguno de los dos, y ni siquiera levantan la cabeza en busca de la agria mirada que proyecta el camarero bajo su pelo engominado, todo echado hacia atrás. La perilla rasurada y los ojos negros como el carbón le dan mayor pavor, y en tanto espera la afirmación de sus clientes, no cesa de limpiar con saña su barra. -Tranquilo, no pasará nada –habla al fin Lucas después de unos segundos de suspense. Estira las manos boca abajo, moviéndolas levemente en vertical, y declara una sonrisa que pueda dar mayor convicción a sus escuetas palabras. Acepta y va a por la cerveza. Cuando la sirve sobre el posavasos y junto a unas papas de tapa, apuntilla un último consejo con media mueca jovial que brilla por su fugacidad. -Espero que así sea. Los dos beben. La música suena lejana. Demasiado asfixiada para conseguir escuchar la melodía con claridad entre las decenas de madrileños que comienzan a cuchichear mientras toman la primera cerveza de pie; ligeramente apartados de la desierta barra. El bar es amplio y la edad de los clientes supera la media de los treinta años con gran holgura. -Dime, ¿cuánto tiempo has decidido esperar para ir a por Leticia? ¿Esperarás a que tengamos el hijo? –Pregunta el ex novio aferrado con los dedos a su vaso de cristal, el que ya ha perdido más de la mitad de su líquido.

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-Marcos, debes fijarte un rumbo claro en la vida y no preocuparte tanto de la mía. Algún día me dirás que hoy te hice un enorme favor quitándote la venda negra que tenías en los ojos. Hoy no porque estás cabreado, pero otro día, sí. -No me has contestado a mi puñetera pregunta –recrimina evitando gritar. -Perdona –se excusa después de ingerir el último sorbo–. Si he de serte sincero, ya no es mi intención salir con Leti, porque aunque estoy enamorado de ella hasta los huesos, has de saber que a e ella no le gusto en absoluto, lo sé. No soy su tipo, me lo ha dicho. -¿Cuándo? ¿Y por qué enviaste el vídeo? –dispara las dudas a quemarropa girando levemente la cabeza hacia su lado–. Haberme dejado arreglar las cosas a mí solo. -Lo primero da igual y no te lo diré para no crispar más este tenso ambiente, y lo segundo... Es que soy un romántico. Mi subconsciente tiene fe de un futuro a su lado, ¡ya ves! Aunque hoy por quiera olvidarme de ella –confiesa. Te estás mintiendo descaradamente y lo sabes. -¿Y tú, Marcos? ¿Acaso te parecía justo seguir con esa relación cuando hacía unas semanas habías estado viviendo una historia de amor platónica con tu gran amigo Isi? A mí por lo menos no me lo parece. Así que dime, ¿quién engaña más, Marcos? Dímelo ahora – insiste. -Tú, Lucas, tú. Me aconsejar no meterme en tu vida, dejarte en paz, y luego vas tú y revuelves con ansia cada uno de los segundos de mi pasado. Pues que sepas una cosa, amigo –amenaza mirándole y vocalizando cada palabra–, tú no eres quién, ni lo serás jamás, para decir cómo debo hacer mi vida, ¡jamás! Y no creo que debas jugar a ser Dios alterando el mañana de los demás. -Lo sé –otorga convencido–. Pero quizá al final lo hubiera descubierto ella sola... -¿Cómo?

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La pregunta queda suspendida y sin respuesta. Por segunda vez chocan las miradas, los dos sumisos al vaso, como si al soltarlo perdieran la gravedad. El humo toma cuerpo a su alrededor, el murmullo atormenta, y entonces, Lucas invita al joven cocinero a abandonar el bar para que le muestre nueva información. Desde que iniciaron su amistad cuando eran adolescentes, los dos siempre coincidieron en que la casa de Lucas era demasiado pequeña. Los pasillos estrechos, las luces polvorientas delimitando la iluminación, y ese aroma a productos de limpieza que tanto le encanta utilizar a su madre cada mañana. Su cuarto apenas ha cambiado desde entonces, y aún sigue siendo chico. Ahora lleno de más objetos; muchos de ellos inservibles y otros de utilidad desperdiciada. Infinidad de fotografías colgadas con chinchetas por toda la pared, pósteres de tías buenas con escasa ropa copan los blancos tabiques casi hasta rozar el techo, y alguno también perteneciente al rostro de un piloto asturiano de Fórmula 1. Discos de música desordenados en baldas, móviles viejos que se amontonan en silencio dentro de una pequeña bandeja de plástico azul albino. Bolígrafos, rotuladores que despuntan introducidos en botes. Una menuda cama recién hecha, una cartera vieja, tijeras, una grapadora, una navaja de doble filo, de esas que denominan ‘abanico’, algún peluche, un calendario lleno de garabatos, varios anillos por el escritorio, un puñado de caramelos en un cenicero verde de barro, y que descansa junto al ordenador portátil. Levanta la tapa y lo enciende. Pronto aparece en el fondo del escritorio una foto que se tomaron durante el viaje que realizaron a Puerto Banús hace más de dos años, durante el verano. -¿Quieres algo de beber? -Una cerveza si tienes –responde Marcos, buscando una silla plegable que debiera estar tras la cortina azulona. -Ponte cómodo, sí –invita mientras desaparece corriendo por el corto pasillo.

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-¿Qué me vas a enseñar? –Grita. -Mira Marcos –dice regresando de nuevo a la habitación–, yo creo que aquí ha habido dos víctimas y dos culpables, y casualmente tú estás en los dos bandos, mientras que Leti e Isi copan el primero y el segundo respectivamente. -¿y tú en ninguno? ¡No me toques los cojones! –se enoja. -No mates al mensajero, suelen decir... -Al hijoputa, diría yo, mata al hijoputa –estima mientras bebe de la lata fresca que le ha lanzado por los aires para que la cogiera a vuelo. Permanece sentado en la silla de tela con las piernas cruzadas, a escasos dos metros de la pantalla, observando como Lucas se deshace de su cazadora de cuero, la lanza sobre la cama y pulsa por dos veces un icono rojo para conectarse a Internet. No quiere aprovechar el encuentro para recuperar la amistad con él. «No le he telefoneado para eso, sino para enseñarle con mis rechonchos puños que no debe entrometerse en los problemas ajenos», recapacita. «¡Nada de reconciliaciones!», se regaña con firmeza, y convence a su cabeza con rabia cuando recuerda la escena vivida hace unas horas en casa de su novia. Si pudiera borraría de su veloz vida ese momento en el que ha quedado derrotado de rodillas mientras ella mantenía en play la cinta, llorando y con los ojos fijos en él; desnudo por completo y acariciándose meloso una y otra vez –haciendo el amor– con Isidoro. También se quita la chaqueta de pana y la bufanda gris. Lo hace en cuanto el frío de la calle abandona la piel de su cuerpo y el calor de la calefacción central y el alcohol le despierta un tinte rojizo en las mejillas. -¡Acércate un poco, anda! –insta girando el cuello atrás– ¿Acaso me tienes miedo? Te recuerdo que eras tú el que querías partirme la cara.

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Marcos tuerce el morro, y tras levantarse y arrimar la silla hasta oler de nuevo el aroma a fresa o frambuesa de chicle, regresan a él las ansias de estrujarle la nariz. Y más aún cuando resuena su voz cantarina e irónica en los recientes recuerdos. -¿Qué vas a enseñarme? –indaga Marcos con indiferencia. -Vamos a entrar en la web de Isidoro. En la www.losojosdeisidoro.com –revela sin quitar la mano del ratón y después de tanto misterio. Teclea la dirección que ha dicho, y son los ojos castaños de Marcos los que no caben entre los párpados abiertos y cada vez más cristalinos. Las moléculas de la lata comienzan a empujarse entre sí con más rabia a causa de la presión inconsciente que ejercen los dedos achaparrados del joven cocinero. No tarda un tiempo excesivo en aparecer el sitio de Internet, puesto que Lucas dispone de banda ancha. Sin lugar a dudas es la página de Isi, o al menos ha sido él quien la ha colgado en la red. Sobre un fondo negruzco flotan diversas cámaras de vídeo de un lado a otro por toda la pantalla y sin una dirección fija. Y en la cabecera de la web, junto al título del tétrico sitio, emerge el rostro risueño del creador en formato de dibujo animado. No obstante, se mantiene una gran similitud con su persona, ya que presenta el pelo largo hasta la altura del cuello, algo oscurecido quizá por los retoques fotográficos, y la barba espesa cubriéndole la cara y trazándole a la perfección el triángulo de su mandíbula. -¿Alucinas? –Mira sonriente a su amigo–. Espera un momento... Fotografías, noticias de actualidad, de cine, muchos apartados del denominado séptimo arte, pero sobre todo, una amplia oferta de vídeos. Pequeños fragmentos de películas y escenas, tanto nacionales como extranjeras, a las que el usuario puede acceder de forma gratuita y con tan sólo registrarse en la página del inicio. Tal acción, a muy seguro que caminará insegura al límite de la ley, pero sin lugar a dudas, más ilegal si cabe será el apartado hacia donde se dirige el cursor que mueve Lucas, quien ya registró una identidad

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falsa hace varias semanas. Allí, en una esquina, a la izquierda, en una posición visible en lo alto de la pantalla, asoma la columna titulada ‘Algo personal’. Bajo el rótulo de color verdoso oscuro aparecen tres rectángulos en los que de manera consecutiva pueden leerse en su interior las palabras biografía, fotos y vídeos. El anfitrión pulsa en el tercer renglón, y acto seguido irrumpe poco a poco un largo listado de archivos videográficos. -Veo que Isi debe estar muy ocupado en Ginebra, porque aún no ha tenido la prudencia de retirar el tuyo –certifica mientras gira el ordenador portátil–. Imagina el papelón que tendría yo si no aparece éste, ¿eh? -¿Es el mío? –Señala Marcos tembloroso tocando el cristal justo donde ha dejado de tocar Lucas. -Sí, Marquitos, ese es el vídeo que ha visto tu novia –confirma recogiéndose los hombros hacia el cuello. Un silencio engloba el ambiente cada vez más acalorado. Lucas decide al fin abrir su cerveza, dar un largo trago hasta que los ojos le lloren, y reclinar su espalda hacia atrás en claro síntoma de relajación. Cree a pie juntillas haber demostrado parte de su inocencia. La lista de más de un centenar de vídeos aparece ordenada por categorías y en orden alfabético. Cada sección tiene un título, así como cada archivo, que además, va acompañado de una leve descripción junto a un fotograma en la parte superior para alentar su descarga. Hay documentales, cintas de animales, comedias y por supuesto, sexo. En este último grupo se encuentra el montaje erótico del joven cocinero, y según el contador que hay a pie de foto, es de los más vistos, aunque no ostenta el liderazgo. Dos vídeos colindantes en el que Isidoro no es protagonista poseen la marca de siete mil descargas. A primera vista la pareja heterosexual es desconocida para ellos, así como también el lugar donde ha sido grabado el coito. -¿Tres mil descargas? –Lee desorbitado.

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-Eso indica. Hace una semana quinientas menos. Aunque dicen que puede trucarse, tal vez para atraer publicistas, creo, pero no me digas, que yo sé muy poco de este mundillo. -¿Cómo lo encontraste? -En una cinta en la que aparecía la chica que le abofeteó en el bar okupa de Ginebra del concierto, ¿recuerdas? -A la chica sí –afirma presto, mientras cazado por la curiosidad roba el ratón a Lucas y pulsa en el título de su vídeo. -De ella encontré una película también, la noche que os fuisteis los dos... -Él tiene la cara desdibujada –interrumpe Marcos. -Así es, y el cuerpo también, es un hacha el Isi –reporta–. Pero como te decía, de Ginebra traje la cinta en la que salía la chica esa, desnuda y masturbándose porque se lo pedía él, ¡impresionante! -¡Joder! -Casi, joder, casi –ironiza Lucas izando las cejas y recostado sobre su cómoda silla de oficina–. Ella le pilló grabándole cuando estaba la mar de cachonda en la cama de cuarto, es decir, en la misma que tú con él. Y cuando descubrió la cámara se cogió un rebote monumental y de la misma se largó. Todo puede verse en el vídeo, tal y como te lo cuento, con pelos y señales. -No entiendo nada –murmura Marcos poniéndose de pie y llegando hasta la ventana–. Él decía que quería estar conmigo toda la vida, que se lo contara a Leti, que la dejara y empezáramos una relación. ¿Por qué publica eso en Internet? -No sé, pero a lo que iba, compañero. Luego, cuando vi de nuevo en casa el vídeo con mucha más calma, al final de la grabación descubrí el logotipo de la web. -¿Y por qué le quistaste a Isi la cinta de la chica?

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Marcos muestra un gesto desconcertado y vuelve hasta la silla para sentarse frente al ordenador. El aroma dulzón vuelve a fluir por su nariz, y al ver la pantalla decide obviarla y mirar la pared. -No lo sé, quizá por si acaso, como trueque en caso de que me tuviera a mí grabado. -¿No había más? -No, o no las encontré al menos. Estaba muy nervioso y al final me marché cuando creía que estabais a punto de llegar–. Sorbe más cerveza y continúa– El tío este está fatal, ¿eh? Es un psicópata y te recomiendo que le mandes a la mierda por tu bien. ¡Cómo una maldita regadera! -¿Aquí no hay nada tuyo? Marcos bebe el último trago de lúpulo y mantiene los ojos entrecerrados. Y aunque aún siente enfado, odio y tristeza, los sentimientos parecen relegados en el olvido temporal porque sólo se desvive por saber todo sobre los esperpénticos y surrealistas acontecimientos que fluyen en esa habitación. -No, aquí no, y en otro lado lo dudo mucho –ataja convencido. -Sigues siendo un verdadero cabronazo e hijo de puta de todas maneras –le dice sereno tras una larga pausa. Mira sus ojos y levanta su dedo corazón con firmeza y rencor. -¿Y taimen sigo siendo el culpable de vuestras aventuras pornográficas? ¡No me jodas, Marquitos! –recrimina sarcástico–. ¡No me jodas! Se miran el uno al otro sin pestañear. El joven cocinero sostiene su rabia, y Lucas la sonrisa jovial. El primero quiere encontrar explicaciones frente al rostro de Isidoro; la bella cara que besó en infinidad de ocasiones, y que pese a querer romper, sabe que no será capaz. El segundo estrictamente aguarda que Marcos decida irse a casa para mirar la hora de su móvil, que está introducido en el bolsillo de su chamarra, y que por respeto y quizá miedo, no lo coge.

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-¿Tanto la amabas? –suelta el anfitrión en un arranque de amistad y cursilería. «Alguien debe pagar este dolor, y este tío me está buscando las cosquillas a pluma», piensa antes de responder. -Mucho –dice dubitativo mientras oye un tintineo–. Llaman al timbre... -Sí, debe ser ‘Delguille’, he quedado con él para ir de fiesta. -¿Cómo? –Pregunta sorprendido mientras le deja pasar. -Sí, como Mario está de exámenes y no sale, decidí animarme a una de sus múltiples invitaciones, las que te hace en el bar de Josele, ya sabes. -¡Estás fatal! –recrimina cuando Lucas ya ha contestado al portero automático. «Sí, bajo ahora, estoy con tu gran amigo Marcos, el bambino, quizá se apunte, no lo sé. Tal vez me da antes una paliza, ¡je, je! Luego te cuento, ¿vale? Nada, dos minutos, ni aparques que bajamos ahora mismo. Sí tranquilo. ¡Hasta ahora!». Sus pasos llegan veloces, bordea la silla, Marcos le sigue con la mirada, Lucas alcanza la cazadora negra, y antes de hacerle la invitación fatídica, indaga si está enfadado. Él responde que sí. Luego permanecen callados diez segundos, y entonces, de la boca de más irónica sale la última frase que se dirá en el pequeño cuarto. -¿Te apuntas? El coche acelera demasiado en la curva, pero la pintura amarilla nunca llegará a huir del carril. Guillermo alardea de tener un dominio del volante extremo pese a haber esnifado dos rayas de cocaína y tomado tres copas del excelente vino tinto Marqués de Cáceres del año 96. El vehículo deportivo de asientos rojos de cuero supera con facilidad los ciento setenta kilómetros por hora en la recta siguiente, y su destino irrevocable lleva como imagen la zona festiva que hay emplazada en la misma localidad de Leganés. Junto al sibarita italiano viaja el copiloto Lucas, que también ha optado por lanzarse a esquiar su nariz sobre

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el polvo blanco antes de iniciar el viaje. Aunque asegura que es la primera vez y, que tan sólo desea probar, miente. La escena ilícita ha sobrevenido minutos después de pasar junto a la taberna de Josele, a escasos metros de la casa de Marcos. Guillermo se ha detenido en doble fila sin poner las luces de emergencia, pero dejando puestas las de cruce y el motor en marcha. Y tras largos minutos ausente, mientras en el interior del coche sonaba un ritmo zumbón y electrónico, ha vuelto con una pequeña bolsita escondida entre sus largos dedos; varios de ellos anillados. Una vez mostrado el tesoro y el aroma de su interior, no quedaba la menor duda que era cocaína. «Traída de la mismísima costa Galega, donde aún los albinos tiznados acopian chapapote. Una pureza difícilmente localizable en toda la capital madrileña», ilustra entusiasta Guillermo, tal y como es habitual en él. Lucas ha exhibido una sonrisa de satisfacción, y en cambio, el joven cocinero, al que hallan sentado y ligeramente recostado en los angostos asientos traseros, ha continuado con su mutismo ataviado con el gesto serio de su cara. Aún vive incrédulo por su impulsiva decisión de acompañarles, aunque en sí domine con mayor poderío el miedo por el plan que maquina su diabólica mente. Segundos antes de poder ver cómo el carné de identidad nacional de Guillermo albergaba 3 espigas albinas de exaltación, los dos amigos distanciados por el enfado de uno, han cruzado sus miradas en una línea invisible y diagonal. En ella caminaba evidente el pensamiento que adivinaba el tan codiciado secreto sobre el porqué de la seria relación y el respeto mutuo entre José, el tabernero de chaleco escarlata, y ‘Delguille’, el sibarita del vino de reserva y los mejillones rebozados. -¿Quieren?, compañeros de viaje. –Su amplia sonrisa siempre mostrando sus dientes ordenados y pulcros, y entre sus dedos, baila suave la bolsita que contiene cerca de dos gramos bien cortados.

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Únicamente aceptó Lucas, y ahora kilómetros más lejos, la historia circula veloz sobre ruedas anchas y plateadas. Las llantas de aluminio en engrasado movimiento son relámpagos para el peatón, y el amarillo cuidado de la carrocería, un deleite para el propietario. La música inalterable sigue manejando un ritmo endemoniado y un volumen ensordecedor que entusiasma y divierte a los ocupantes de adelante. En cambio, Marcos cree ir en el mismísimo infierno, hundido, a oscuras y aferrado al suelo con la suela de sus zapatos cada vez que toman una curva. Tanta velocidad le ha obligado a no pensar para tan sólo desear sobrevivir. Máxime en el preciso instante en el que el coche parece derrapar después de un pequeño salto producido por una rasante. El estómago olvida las reglas del organismo y por segundos golpea feroz en su garganta. No obstante, en sus cuerpos no aterriza accidente alguno, y ‘Delguille’ consigue aparcar su flamante automóvil junto a dos pequeños utilitarios de colores taciturnos. Demasiado gentío es lo que acopia el ambiente juvenil y festivo de Leganés. Bullicio, alcohol, drogas, sonrisas, peleas, sexo seleccionado, embarazos no deseados y bailes. Todo barajado, repartido y en ocasiones mezclado sin reparo. -¿Os gusta el stage, bambinos? -¡Impresionante! –exclama Lucas sin esperar un segundo a que pare el motor para tomar con premura la calle y su ambiente. -Pues no duden, ¡esta noche lo pasamos en grande! –avisa Guillermo poco antes de ver cómo la puerta de su compañero queda cerrada. De manera inmediata, el metro ochenta y cinco del italiano también desaparece del asiento del conductor. Se estira la camisa larga de seda azul marino, se vigila que la melena engominada esté ligeramente amoldada a su cabeza, y va directo con paso firme a por su cazadora de cuero marrón gastado, que descansa casi planchada en el maletero. Se ata los

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botones de la misma, y al segundo, sus ojos glaucos se topan con Marcos, que está de pie enroscándose lentamente la misma bufanda gris que Leti vio acalorarle a media tarde. Le ve mirar su móvil y nota descubrir que no tiene llamadas ni mensajes, y tras presenciar cómo lo guarda en uno de los departamentos interiores de la chaqueta, tuerce los labios e introduce las manos en los bolsillos, decide que la juerga debe iniciarse cuanto antes. -Vamos a pasarlo bien, ya verás –alienta Lucas en voz baja desde su zaga. -No estés triste, Marquitos. La moza es un bombón, no vamos a negártelo ahora, pero para desamores, has de saber que yo tengo remedios enormes –augura, caminando hacia el gentío sin echar un solo vistazo atrás. Su habitual andar saltarín continúa siendo elegante, o casi perfecto. Cada paso es arte, un trazo mimado, como para el artista lo es cada golpe sutil a la hora de tallar una pieza de madera repleta de minúsculos detalles. Postergan su reacción hasta oír el doble pitido que cierra el coche y le conecta la alarma. Entonces despiertan, pero ya tienen a sombríos metros de distancia la larga mancha gris que deja el amplio cuerpo del sibarita italiano. Caminan en paralelo los dos ‘amigos’, se imponen una cadencia elevada para no perder la estela del cicerone, y pese a la cercanía de ambos, ninguno intercambia un solo vocablo.

Los bares se abandonas y los denominados pubs también. En cambio, en las discotecas uno siempre puede dormirse y no salir. Atraparse, bien en el tiempo, en su memoria, o en el traje de tela negro que cubrirá un carpintero. No sería la primera vez y dentro de dos semanas tampoco la última. El trío toma la deliberación de bares, y por mayoría, ir de copas, y no así de cervezas tal y como reclamaba la tímida propuesta de Marcos. Ante tal situación de desventaja, el joven cocinero, que ya ha vuelto a mirar su móvil por dos ocasiones con la esperanza de ver

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una llamada perdida de su Leti, o un mensaje, ha solicitado que al menos a él le pidan su preciado lúpulo amarillo. -¡Así no quitamos penas! –rechaza ‘Delguille’–, y como paga el menda lerenda, ¡marcha ya ahora mismito la primera ronda de tres rones Santa Teresa-cola! La guapa camarera rubia de escote, escucha y sonríe concisa a Guillermo. Las copas lejos del garrafón, caen sobre la húmeda barra en vaso de tubo, cargadas de hielo y acompañadas de un botellín de coca cola a medio servir. Del bolsillo trasero del pantalón negro con finas rayas grises, el italiano saca una cartera negra que abre ágil para tenderle a la chica un billete de cincuenta euros. Y antes de recogerle de su dulce mano los cambios, engreído, le lanza un guiño y un beso muy sutil. -¡Coged chavalotes! –Convida haciéndose oír por encima de la música. -¿Brindamos? La propuesta de Lucas sorprende a los dos, pero Guille le apoya al instante. -¡Por una grande noche! La anillada y larga mano del sibarita alza el cristal que se muestra ya repleto de bebida, hasta el mismo borde, y los dos camaradas al ver el gesto, lo imitan sin vacilar. Tan sólo a Lucas le cuesta chocar la copa porque apenas alcanza el metro setenta de altura, sin embargo, los larguiruchos, a regañadientes, toleran encoger los brazos un poco y brindar con más fuerza. Y de pronto, cuando sorben con los ojos cerrados, el recinto es cercado por la popular melodía de una bulería que entona entre gorgoritos los rizos de oro de España. El ritmo remueve las rodillas de los numerosos jaraneros que copan ese amplio local, donde a primera vista, despunta la admirable y animada decoración hawaiana, las muchas tablas de surf colgadas, las palmeras, la arena, las mujeres en bikini, el mar y el mono gigante en plena pista de baile, donde las chicas cantan unas frente a otras a pleno pulmón un estribillo pegadizo.

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Nunca ha bebido más de dos copas de ron en una noche de fiesta, y en esta madrugada, cuando debiera frenarse e indicárselo seriamente a su memoria, Marcos ya va por lo que cree debe ser su cuarto vaso de tuvo. «¡Voy a la barra, chicos! ¿Qué queréis? ¡Que esta ronda la pago yo!», aclamó Lucas hace media hora larga «Aquí, bambinos, permitidme saque suministro el menda, que el dueño es amigo», excusó el italiano antes de poner un pie en el siguiente oscuro local de luces. Y tras un pequeño desconcierto, surgió la tercera voz. «¿Una de lo mismo?», preguntó con timidez y comprometido el ex novio de Leti. Nunca suele beber ginebra, ni güisqui, y menos aún licores, sin embargo, justo donde Marcos invita, Guillermo también tiene buenos tratos con la camarera, y en el preciso instante que aparte el humo de su cara y quiere impedir que el vaso de chupito le embriague las ideas, el tequila blanco se despeña feroz por la tráquea de su garganta, libre de su bufanda. Ya bailan canciones al más puro estilo masculino. Mueven sus piernas, apenas sus brazos, y se ahogan entusiastas bajo los sonidos discotequeros, latinos, poperos o rockeros. Cada ritmo fluye acorde con el trazado y la luz que tengan las letras que forman el nombre del bar en el que se adentran. Ya ríen, y por supuesto también olvidan que una vez quisieron pegarse hasta tener que curarse heridas durante al menos quince días. Se gesta entre acumulación de sorbitos la célebre exaltación de la amistad. O así la llaman a la actitud que va junto con un corte de luz en el cable que enciende la timidez. A Marcos jamás le han obligado a beber, y tan sólo opta por la variante del kalimotxo cuando hay juego de dados por medio. La última vez que rodó en esa ruleta de la fortuna, Isi consiguió convencerle para que probara la sensación del roce labial entre varones. Ocurrió hace más de dos años en tierras del sur, cuando una cucharilla y su peculiar ‘quiticlín’

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consumaron el cometido inconsciente de símbolo maldito al desbrozar paulatinamente el parchís de la amistad. El joven cocinero y ex novio de Leticia tampoco suele tomar drogas, ni fumar. Quizá sea porque nunca nadie le ha incitado a ello con comprometida terquedad. No es el caso de Guillermo, que decide probar suerte por primera vez e iniciar de pronto un asedio donde incluso brota la mendicidad y la súplica. La maniobra asoma después de un secreteo de tres minutos con Lucas. Durante ese lapso verbal, la cara del tercero, ajeno a tal conversación, ha esbozado guardar malas cartas en su mente, y con el creciente desamparo, su sonrisa ha intentado rozar el suicidio al lanzarse y quedar colgada de la barbilla. -¡Vente, bambino! –Le gesticula con la mano. -¡No, tío! –masculla entre dientes sin soltar su vaso semivacío. -¡Qué te vengas, leches! ¡Qué no pasa nada! Su orden es terca y austera y va acompañada de una sacudida craneal que cualquiera con peores cervicales sufriría ya tortícolis. Extiende el brazo para plantarle la anillada mano en el hombro y consigue sujetarle del cuello. Le sitúa delante, y como si ambos fueran a ser la locomotora de la conga, emprende un camino entre luces albinas, de neón y umbrías, por encima de zapatos inquietos, sucios, entre hombros anchos, estrechos y desnudos, y junto a pechos grandes, pequeños e inexistentes. Marcos no cesa de balbucir perdones que apenas se oyen, y únicamente un joven de menor altura y repleto de acné, le asiente cuando le enseña la palma de la mano a modo de guardia de tráfico. -¡Pasando, amigo Marquitos! –indica ‘Delguille’ mientras sostiene la puerta del baño abierta de par en par. -¡Es de chicas! –protesta dando un paso atrás. -¡Anda pasa...! –Ordena arreándole un pequeño empujón.

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Nadie sabe a ciencia cierta lo que acontecerá mañana ni al minuto siguiente. Siempre hay posibilidades de acierto, pero en la vida, nunca muere el día en el que el error se convierte en acontecimiento imprevisto. Marcos jamás hubiera imaginado tales escenas futuras este mediodía. No ha soltado el vaso de la mano y juega con los hielos todavía sin derretir. Ve de manera intermitente como el carnet de identidad comienza a recoger la cal que aviva la memoria, el habla y adormece el tabique nasal. Le tiritan las rodillas de miedo, lanza la mirada al techo, que aparece quemado y atestado de firmas a boli y rotulados. Busca salida y sólo divisa el pestillo metálico echado aunque levemente destornillado. Súbitamente cruza los brazos al sentir que su estómago se arruga como una manzana de algodón que siente como el grifo del agua le cae en la cabeza. La bufanda descansa en un bolsillo interno de la chaqueta, al otro, el móvil; en silencio durante toda la noche. Y en ese mismo bolsillo, el abanico, que ofuscado de razón, y en un momento de descuido, se ha llevado de la casa de Lucas. Guillermo debe arremangarse la camisa –su cazadora la cuida Lucas en la barra– para preparar mejor el primer pastel albino para el joven Marquitos. La tarjeta de crédito baila sobre su cara plastificada, a un lado y a otro. Saltea las rayas, las ancha, las alarga, rejunta pizquitas sueltas y alza su mirada verde en busca del rostro de su compañero. -¡Suculento manjar, bambino! ¡Suculento! –Le avanza. -¿Y eso? –El reloj es idéntico. -¿Cuál, querido Marquitos? –Mantiene sus labios mordidos en afán de realizar bien su ejercicio. -¿Cómo que cuál? –replica señalando con su dedo– El reloj que llevas en la muñeca derecha. El sibarita italiano decide detener su labor casi ultimada, le mira con las pupilas bombeadas, abiertas, y espera veloz qué concrete.

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-Un regalo familiar –responde conciso mientras introduce la mano en el bolsillo del pantalón, extrae la cartera, la abre con una destreza inusual y le tiende a Marcos un billete de cincuenta–, toma. -¿Para? -¡Ponte dos copas! –bromea con su mueca molar– Venga, que ya están. -¿Un rollo? –Vacila sin eludir la mirada de su atlética muñeca de plata y agujas, idéntica a la que una vez exhibió su padre. -¿Qué intuye que debe hacer mi amigo Marcos? Y no vale acobardarse ahora, porque del excusado no sale ni el mismísimo diablo hasta que la rana pasa por el aro. -¿Refrán italiano? –busca ofender envalentonado y pisándole la última palabra, aunque sin despojarse del temblor de rodillas e intentando liar con mañana el billete–. ¿Por quién crees que me has tomado? No sabe decir no. Y quién sabe si tampoco quiere negarse. No ante un hombre que, a muy seguro, le sostendrá su espigada nube estimulante hasta que el dueño del bar derribe la puerta de media patada. Fuera, ya piden la vez nudillos femeninos Apenas goza de unos segundos para reprender de Guillermo, que elimina con maestría su bastón de la diversión. La sensación de doblar las rodillas, descubrir la nuca ante el precario aire, clavarse el perfil del billete enrollado en la dermis intrínseca de su nariz mientras busca seguir la línea y aspirar lo más fuerte posible, jamás saldrá de su memoria. Desea no extraviarse y consumar la drogadicción albina –polvillo– de una sola vez. Liquidar la jabalina que irá directa a su corazón y cerebro, y regresar con urgencia hasta la compañía enemiga de Lucas. Un toqueteo de madera insiste afuera. -¡Excelente, bambino! –aplaude– ¡Excelente!. El sibarita canturrea feliz antes de reparar en los cobrizos ojos lacrimosos de Marcos, que de inmediato buscan intimidad en el firmado techo del minúsculo retrete.

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El regordete dedo índice del joven cocinero tapona el agujero de la nariz virgen, aspira aire con el otro y elimina hasta el más mínimo moco de su interior. La droga le cae a tropiezos sobre la garganta y le duerme las amígdalas. También su pico de aguilucho, y en apenas un minuto, comienza a sentirse mucho más despejado, menos borracho, e incluso activo y seguro de sus actos y decisiones. Desea beber otra copa más, y la acepta de muy buena gana cuando llega a la barra y su ladrón de novias se la tiende hasta la mano de playmobil que él ha dispuesta. Coca cola bañada en hielos, en un aroma a ron dulce y sabroso que gotea insípido por su garganta. Afuera la luna ya comienza a helarse, y pese a dibujar un anillo completo en su cielo brumoso y pecoso de luces, comienza a perder protagonismo ante los ojos de los cientos de jaraneros que, absortos en intereses personales y diversiones, recorren zumbones la villa festiva. La noche se acelera y pierde el sentido con el curso de los minutos. Quizá no, aunque para quien la vive y la redacta –dos personas diferentes–, las celebraciones corren veloces, saciadas de escenas entremezcladas, muchas unas encima de otras, y algunas, nebulosas en la memoria. Ya lo plasmó en papel Gabriel García Márquez, la vida no es como uno la vive, sino cómo la recuerda para luego contarla. Así, y cuando hacen falta dos manos para expresar la hora exacta del reloj de pulsera que Marcos no ha dejado de mirar en toda la noche, abandonan otro bar para atracar en el pub inmediato. Guille vuelve a invitar, por enésima vez. En esta ocasión la gentileza aterriza por partida doble, porque ya dice el dicho que no hay dos sin tres, y el carnet de identidad ha comenzado a servir siempre espacio suficiente para el tercer carril de la autopista. «Es hora de poner cadenas a los neumáticos para que los vehículos no resbalen durante la travesía», Ingenia ‘Delguille’ encabezando con elegancia y sutileza cada zancada de la expedición que concluirá en el cuarto de baño.

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Ingerir alcohol suelta la lengua. A determinados seres humanos el músculo les queda tan descosido que incluso les limpia la suela de sus zapatos. Es Lucas de quien hablamos, porque él es quien más hala durante la nocturnidad; quien más sonríe, desdibuja la firmeza de su mandíbula y, quien desfila ágil hasta un corrillo minúsculo para presentar su figura a tras chicas. Son dos rubias y una pelirroja, de faldas cortas y con vuelo. Medias largas y claras. Escotes comedidos pero insinuantes. Guillermo, que las divisa mientras conversa entremezclando una risita tonta con la camarera, decide descuidar el marcaje visual cercano para puntuar la presa distante. Acepta y resuelve envidar por todo lo alto. «Es hora de dar de comer al pajarito», masculla al pasar junto a Marcos. -Bambino, aguarda un segundito que ya estoy volviendo acá en un santiamén. ¡Estas guapillas van a palpar ahorita con sus exquisitos dedos cómo es un varón de pies a cabeza! – alardea exultante antes de evadirse. Tiende los 20 euros con los que deberá pagar las tres copas al joven cocinero, y destornilla su caminar experimentando como un desliz piano sobre un maderamen rojo. El propio Marcos recoge el billete de la barra, y éste, al izar la barbilla, descubre cosida a su arrugada frente los dulces ojos de una de las rubias, que sonriente, exhibe recogida y ambarina su melena de mechas. Pero enseguida, la anchurosa espalda del italiano logra escondérsela, y mientras aguarda estribado junto a su vaso la espera de recibir en su mano algunas contadas monedas del cambio, observa el escueto pasillo que ‘Delguille’ ha moldeado entre público etílico con monstruosa facilidad. No concluyen los atropellos mentales en Marcos, y la velocidad visual de la reminiscencia engorda hasta que el protagonista es incapaz de redactar los hechos con lucidez. Y en ese trajín de ideas imprecisas aflora Lucas de la nada, que le hinca la mirada a su amigo bajo una oscuridad alterna vaciándole una fugaz mueca de diversión. Inclina su cabeza rapada y susurra a su oído con picaresca «La rubia de la izquierda quiere conocerte,

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a fondo...». La escucha de las nueve palabras llega bajo la incesante música ambiental y le distancian las pestañas y labios varios milímetros. No termina de sorber su ron, y al instante, resuena en sus orejas como un flash visual el dormido cuerpo de Leticia; triste. En pijama. Guillermo regresa solo hasta donde sus secuaces. Aunque al posar su anillada mano en el hombro de Marcos, ambos entienden que puramente ha ido a recoger su copazo de ron. Sin alzar la voz un decibelio, se retuerce sobre sí y camina veloz hacia la calle. Abraza por la cintura y contra su andar bailón a la pelirroja, y en el trayecto apenas detiene su rumbo. Tras la pareja, las dos chicas les siguen después de lanzar un latigazo visual a Lucas y Marcos, que sorprendidos custodian sus vasos a la altura del ombligo. El primero de ellos reacciona y le dice al oído del segundo una frase que enardece un sentimiento hasta ahora en el olvido latente. -Esto es lo mejor que te puede pasar para que olvides el cabrón de Isi. Pero sobre todo para olvidar a tu ex... –aconseja entre sonrisas ebrias– ¡Fóllatela! A la rubia, digo, ¡Y así sí que olvidarás todas las penicas, campeón! -¡Las que tú me creaste! ¿no? ¡Cabrón de mierda! –arremete encrespado– ¿O ahora tienes alzheimer, hijo de la mismísima? Las pupilas de Lucas apenas parpadean pese al denso humo, y su único gesto aparece al beber otro largo trago de su ginebra azul con limón. Paladea, los hielos emergen por encima del líquido, y medita dichoso al tiempo que disfruta del caldo aromático de amargo sabor. -Es un consejo, nada más. Tampoco es para que te pongas así. –continúa según se concede otro sorbo– Debes rehacer tu vida. Y con Leti, dudo yo mucho que tengas una mísera oportunidad, ¿lo sabes, verdad?

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-¿Tú de qué vas? –Estalla Marcos, que apoya el vaso en la barra– ¿Para esto me has traído a este puto lugar? ¿Para buscarme una zorra a la que tirarme y así dejarte a ti vía libre? ¡Dime que sí, cabrón! ¡Dame una maldita razón! Le tiene cogido del pescuezo mientras sostiene el puño derecho rígido y muy levantado. La sangre de su corazón corre alocada, presurosa y a tropezones por las callejuelas de sus cegadas venas. El gentío ha oído confusas las voces del enojo, aunque los más cercanos ya cuchichean y estipulan que «será el de metro ochenta y de cara enfadada quien va a empezar la bronca». Indeciso, Marcos le arrea un leve empujón tras soltarle del cuello. El presagiar de la pelea comienza a propagarse hasta la lejanía del pub. No obstante, para desilusión de muchos no habrá el intercambio de tortazos que aparece patente en el cruce de miradas. Lucas no ha soltado la ginebra y vuelve a emborracharse de un trago muy largo. Deja seco el cristal, pero repleto de hielos y con un limón. Y antes de que su amigo le pueda volver a espolear, comienza a abandonar el bar. -¿Dónde crees que vas? –Reclama Marcos, importante por su sencilla huída. -¡Dónde me da la puta gana! –alega deteniendo su paso y vertiéndole durante segundos un semblante hostil. -Te salió mal el plan, ¿eh? ¡Cabronazo! –delira sin desviarse un ápice de su posición ni de su encaro visual. -¿Qué te pasa a ti, ahora? –Increpa quieto, a dos metros. -Que no te verán mis ojos con Leticia, ¡tenlo clarísimo! –advierte–. Habrás conseguido putearme, pero recuerda lo que te dije una vez en el avión... Ahora me toca a mí mover ficha. La intimidación entre carcajadas empuja el regreso definitivo de Lucas. No ha oído las frases con claridad, pero intuye haber concebido en su raciocinio etílico la amenaza.

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Ambos pactan de pronto quedarse firmes en un enfrentamiento cosido por un fino hilo de aire. Entonces la camarera parece gritar o llamar a alguien. El público dibuja presto un circo romano de visión óptima, y sin embargo, nada ocurre entre su desafío; tan sólo la música sigue invitando al sutil contoneo. «Bailemos, porque no hacen falta palabras de más, bailemos». «Bailemos, bailemos, bailemos esta noche que podemos... Bailemos». -¡Tú mismo! ¡Pedazo de imbécil! –Insulta Lucas plantándole a milímetros de su nariz el dedo corazón–. Yo te estoy dando una oportunidad para que rehagas tu zafia vida –Le escupe soez. Sin tiempo para la reacción, las zapatillas grises se pierden entre el gentío que mantiene aún dibujado el ring circular. Marcos descubre que en todo momento ha sostenido el vaso en la mano. Decide terminarlo, y por ello tarda en proseguir su rastro invisible. Saca la bufanda del bolsillo interior y la enrosca en su cuello cuando ya respira aire puro y frío. Lucas se encuentra de pie y muy lejos del bar. Si bien, su sombra aún mantiene un perfil conciso en los ojos del joven cocinero. Abre el cuchillo –abanico– después de andar unos metros en soledad. Junto a él están las dos rubias. «No quiero matarle, pero sí que sepa lo que duele que le partan el corazón», murmulla. El coche tiene el pestillo echado y los cristales empañados. Dentro, Guillermo no amilana su hombría más que durante la inhalación de una enorme raya de cocaína, y ya embiste desenfrenado el amor que le pide la chica pelirroja. De pronto las manos de Marcos golpean con fuerza en la ventanilla delantera. Ambos, salpicados de sudor, excitados y cansinos, giran los ojos hacia el golpeteo. Al instante, sus caras pierden todo el color carmesí, y asustados, persiguen las huellas dactilares repletas de sangre. -¡Abre la puerta, cabrón! –grita su ronca voz. Guillermo cuenta con nitidez los latidos de su yugular, y todavía no separa ninguna de las dos manos de los pechos a medio descubrir. El ovillo afectivo, el efecto celestial y la

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misoginia exterior comienzan a morir pese a la inmediatez del orgasmo carnal. El desate de tensión vuela por los aires, como un sueño profundo que escucha la campanilla voraz del despertador. -¿Qué pasa ahora, pichón? –suspira la avivada voz femenina que dijo ante los ojos verdes del italiano llamarse Rocío. -¡Aparta!, Yo al bambino le rompo la cara ahorita mismo –masculla rabioso. La joven chica de edad desconocida cae desabrigada sobre el asiento trasero de cuero rojo. Ella trata de deslizarse hacia delante, y al ejecutar dicho movimiento tropieza, se clava el muslo en el freno de mano y grita. -¡Será imbécil! –Murmura ‘Delguille’ con los pantalones subidos. En tanto, la chica palmea con sus manos albinas por la alfombrilla posterior. Apresurada busca el tanga negro de estrellitas doradas, se lo enfunda entre sus piernas con mayor rapidez si cabe, y consigue abandonar el vehículo casi al mismo tiempo que el sibarita italiano se abrocha el último botón de su pantalón frente a las manos ensangrentadas de Marcos. -A ti, amigo, ¿qué endemoniados te sucede? Dime, bambino, ¿qué parte de la palabra intimidad no comprendiste? -¡El reloj! –Le grita nervioso sin apenas escuchar las provocaciones–. Estás dejándome ver el reloj ahora mismo. Estoy harto de vosotros dos y vuestras ironías, de que me tratéis como a un niño. Esta noche ajustamos cuentas. ¡Dámelo! El estruendo agudo del final produce un eco en el frío soplo nocturno. La gente jaranera que aún camina despierta y lejos de la ceguera beoda, opta por evadir la contienda al oírla, y desviarse en sentido opuesto. -¿Qué hiciste, bambino? –Pregunta al descubrirle la sangría que portan sus manos y prendas.

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Marcos desenfunda por segunda vez el abanico y enfila la hora encarnada como si fuera un bandido. Decide subirse la bufanda hasta el labio superior de su boca. Atesora los ojos llorosos, la mandíbula temblorosa y la vigía concentrada en la muñeca del italiano. Y envuelto en la escena, nota en sí la melodía de la excitación. -¡Quítate el reloj y déjalo encima del coche ya! –ordena Marcos con mínimos gestos explicativos y azorados–. Y no olvides dar luego dos o tres pasitos atrás. -¿Qué está pasando, Guille? –indaga la voz femenina con aires medrosos. Por el rabillo de su ojo derecho atiende a la chica, que despeinada aún, mira desde el otro lado del coche. Dirige la navaja hacia a ella a modo de advertencia y con la firme intención de sostener su quietud. Sin embargo, el tiro le sale por la culata pese a ser arma blanca lo que maneja su mano, y la pelirroja que dijo llamarse Rocío, corre veloz en dirección contraria. Lo hace entre los automóviles del aparcamiento, y cuando frena, mira atrás y ve la escena, vuelve a alejarse. Marcos decreta inmovilizar la punta del cuchillo en sentido hacia su principal enemigo. -Oye, bambino, y si hablamos con calma, porque no tengo ni puñetera idea de qué hiciste a Lucas, pero espero que sea una guasa de mal gusto. -O me das el reloj en quince segundos, o te juro por mi padre ¡qué te rajo del ombligo al pecho! –amenaza serio. -Marquitos, Marquitos, no sabes lo que mana de tu lengua viperina –apacigua sonriente– Voy a sincerarme contigo, y decirte que sé desde el principio que crees que esté bonito péndulo es el de tu padre, ¿cierto? -Sí, ¿y tú cómo lo sabes? –apremia frenético a preguntar. Marcos da dos zancadas hacia el cuerpo del italiano, encumbra de nuevo el cuchillo en diagonal hasta la altura de su tórax y golpea la cabeza hacia el cielo por dos ocasiones pidiendo prontas respuestas.

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Sin embargo, Guillermo niega con un movimiento de cabeza y decide no decirle nada. Mantiene su mutismo pese a la insistencia, y meramente comienza a remangar su camisa hasta el codo, con delicadeza y sosiego, mientras la dentadura brilla en la oscuridad. Desabrocha el cordón de plata, y con soltura lo hace pasar entre su dedo meñique y pulgar para tendérselo con la otra mano. -Toma, a ver si te sirve de algo... -¡Déjalo encima del coche! Da tres pasos largos hacia atrás ahora –exige señalando con la navaja sangrienta, caída de nuevo hasta el nivel de su ombligo. El italiano obedece. La luna, quién sabe si asustada, busca refugio tras una nube carbonizada, y el menguado gentío que perturba la esperpéntica escena, ignora el acontecimiento. Marcos estira la mano sin dejar de mirar a su rival. Palmea con la que tiene libre y recoge el metal frío tras unos segundos. Lo torna y localiza el grabado que nunca quiso ver. El reborde con trazos alargados y en letras menudas. Porque el tiempo no muera contigo, Te quiere siempre, A.G.R. 21 de septiembre de 2001

Una caricia de su pulgar helado por el cristal que esconde las siete de la madrugada no revela cuál es el veredicto. Escuetamente ofrece una derrota en las pupilas hundidas y en los hombros desplomados mientras el reloj permanece inmerso en la mano. Su espalda resbala hasta que sentado en el suelo, comienza a llorar. El sol entra vigoroso por la ventana en cuanto subo la persiana, y las ruedas de goma deshinchadas chirrían demasiado sobre el parquet. El alcohol somete los quince metros cuadrados de atmósfera, y mientras la calma no llega en los dos agentes de la policía que se han presentado en la puerta de mi casa, busco respuestas en el cuarto de Marcos.

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-¡Vamos, arriba! Es hora de levantarse, amigo, que creo la liaste buena esta noche – regaño copado de angustia. Doy un giro sutil a mi silla rodante para dar la espalda al refulgente sol del mediodía. Ángela, en el pasillo, también trata de apaciguar los ánimos de los que visten atavíos azules, pero las palabras han sido «intento de asesinato», y el nombre de la víctima es conocido para los dos; tres. El sueño agolpado en mí por permanecer escribiendo y leyendo durante toda la noche, junto a las ojeras que dañaban mi vista entumecida, me han dejado desconcertado cuando he descubierto dos gorras firmes y serias medio metro por encima de mí. Y a muy seguro que mi minusvalía les ha frenado el ímpetu violento. En un primer envite apenas he creído una palabra. Ahora, cuando descubro ante mis pupilas cansadas la escena que hay alrededor de su cama, veo algo de cierto en sus acusaciones. La sangre seca aparece esculpida con torpeza sobre las sábanas, la cazadora de pana también recoge manchas granas y sombrías, y en la mesilla aparece la bufanda gris, su cartera y el mango negro de lo que parece ser un cuchillo. Entiendo de pronto, que muchas explicaciones rocambolescas deben surgir para que lo dicho por la autoridad no tenga demasiada certeza. Marcos ha herido a un amigo de gravedad esta noche, y ni siquiera he logrado con mi voz que mueva un ápice de su cabeza hundida en la almohada sudorosa. La puerta que tantas veces golpeó su madre para despertarle se abre bruscamente y los dos hombres de apretados dorsos irrumpen con vigorosidad. -No he podido impedirlo –dice desde el pasillo mi mujer, mientras busca arrimarse con celeridad hasta la orilla de la cama ensangrentada, donde borracho aún duerme su hijo. -¿Qué sucede? –vocaliza al fin Marcos a duras penas alzando poco a poco el cuerpo pero cubriéndose con el edredón.

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Los ojos rojizos, frágiles y radiantes le incriminan; las uñas de barro y a muy seguro de sangre. Pero sobre todo le inculpa el recuerdo fiel del ataque que tiene su amigo en la memoria. -¿Marcos Cayetano Gómez? -Sí, –acepta con un fino hilo de voz– ¿Qué pasa? -Está acusado de agredir y herir gravemente por la espalda con un cuchillo a Lucas Martín. Él ha sido ingresado y operado de urgencia esta misma mañana, y dos testigos, allí presentes, le inculpan como único responsable de la puñalada que recibió la víctima. Según hemos podido saber le ha dañado uno de sus riñones de gravedad. El hombre de mayor tamaño desenfunda las esposas, observa el cuchillo bajo la bufanda, astuto y presto, me exige que le deje paso y atrapa la prueba del delito tras ponerse unos guantes que llevaba escondidos en un bolsillo. -¿Es tuyo? –interroga arrogante. -No recuerdo –falsea él, a quien se le ve aturdido en su semblante inflado y rojizo de alcohol. -Marcos, está detenido, y creo que le recomiendo contar toda la verdad, este cuarto parece un verdadero polvorín de pruebas –explica el segundo agente. Acalorado, descubre la piel de su pecho a los presentes. Casi puedo oírle latir el corazón; más vigoroso que el mío. Se raspa las pestañas, encubre las pupilas y arruga las ojeras para perpetrar esfuerzos sublimes que le ayuden a recobrar para sí las últimas escenas borrosas de anoche, las que nada tienen que ver con la agresión a su amigo Lucas. Mi mujer apenas es capaz de decir palabra. De rodillas sobre el parquet y junto al armario y la ropa del chico, la veo llorar en silencio. Entre tanto yo, que veo como se viste con diligencia y torpeza a la vez, tan sólo acierto a decirle «suerte». Ni siquiera pregunto a los policías «¿Qué le va a pasar?», y menos siquiera «sí existe algún tipo de fianza para que

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sea puesto en libertad». Nada. Marcos me mira ciego, como si no estuviera de cuerpo presente en la puerta que él visitó hace una noche cuando me preguntó por qué no dormía con mamá. Ella sigue junto a la cama ensangrentada, y en ese momento el marco retumba y el rellano del portal queda oculto ante mis ojos. Los hechos que afuera acontecen me lo indican mis oídos y los gritos de Marcos, a quien obligan esposado a utilizar el ascensor ruidoso para bajar los nueve pisos. El sosiego regresa, y de forma inesperada las lágrimas caen sobre mis mejillas. Tengo miedo a que las nuevas circunstancias de mi vida me dejen más indefenso; en la calle. Ruedo hasta mi cuarto y veo las últimas palabras que escribí anoche en el ordenador, aún encendido. «Me siento solo». Releo y la frase cae sobre mí como una pesadilla. «Ahora es tiempo de dar una solución al embrollo del chico», me digo en un siseo post comatoso. Llaman por teléfono. Doy giro a mi silla, asomo la cabeza y no veo ni oigo movimiento alguno. -¿Sí? Dígame –respondo tras rodar hasta el salón. La sombra de Ángela aparece casi al final de la conversación. Amparo en mi oreja el pequeño interfono beige con un gesto torcido, apagado y lleno de resignación,. Sin más excusas, cuelgo tras lanzar un delicado «muchas gracias de todas maneras». -¿Quién era? -Juantxu –le confieso apagado. -¿Qué Juantxu? ¿Qué quería? –insiste intranquila al mismo tiempo que no deja de limpiar con un algodón húmedo su cutis curtido. -Marcos fue ayer a una entrevista de trabajo, y hoy quedaron en llamarle si le contrataban. Y así lo han hecho porque le habían cogido –explico en voz baja–. Le he dicho que al final había encontrado otra cosa, que lo sentía muchísimo.

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-Qué pena, Dios mío, ¡qué pena! –gime y se da media vuelta recorriendo todo el pasillo apresurada– ¡Qué pájaros tendrá en la cocorota este chico! Ahora que parecíamos levantar cabeza en esta familia, ¡Qué diablos hemos hecho mal! Su último lamento termina estrellándose en la lejanía tras oírse entre paredes un sumiso portazo. Sin mover mis ruedas deshinchadas sé que ya debe estar tumbada en la cama, lacrimosa y encerrada en la que fue nuestra habitación. Aún no he tenido fuerza de voluntad para visitarla. Y en cambio, yo, optó por rodar hasta mi estudio, donde decido desmontarme con serenidad de mi silla para descansar un poco sobre el catre «provisional» que ella me confeccionó. Noto mi organismo demasiado cansado, y es probable que alguien deba ir a buscar a Marcos a comisaría pasadas unas horas. Quizá no. Estoy aturdido. Jamás me había visto envuelto en los tejemanejes que rodean a la delincuencia. Necesito dormir.

«He abierto los ojos poco a poco, papá. De pronto, he retirado de mí cabeza todos los pequeños problemillas que veía en el resto del mundo, para comenzar a ser más egoísta y tratar de vivir y resolver sólo mi vida. He de ser así para que todo me vaya bien. A partir de ahora únicamente voy a preocuparme de los míos», me explica Marcos. «Me volví ciego de ira y su chulería me perdió. Yo tan sólo quería que Lucas jamás tuviera la oportunidad de volver a mirar a Leticia, y la única forma de impedírselo que vi en aquel momento fue asestándole una puñalada. También pensé en Isidoro, pero le he olvidado», relata poco después frente a su madre. No tengo respuesta que darle, ni consejo. Así que me quedo mirándole la cara delgada y su barba escasa y difusa pese a los días que lleva sin pasarse la cuchilla. Pero más

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principalmente, examino el ojo que tiene hinchado de una pelea que no parece querer revelar. Ángela, de sonrisa arcaica, le sirve en las rodillas un colacao que llega sobre una bandeja circular. Le mira llorosa, y sin aviso y por sorpresa –para mí al menos– le arrea una bofetada descomunal que fue casi idéntica a la que yo recibí hace días en mis carnes, y también sin indicación previa alguna. No obstante, en aquella batalla la tuve merecida, puesto que le grité «puta» tras una larga discusión. Después de rascarse la cara con los dedos, Marcos, no media palabra, y tan sólo retira una lágrima herida que asoma débil entre los pasillos de sus pestañas. Yo decido dar marcha atrás con mi silla de ruedas, y cuando llego a la altura del pasillo me detengo para decir lo único que se me ocurre. -Todo tiene solución en esta vida, así que estate tranquilo que no es el fin del mundo. Hazme caso. -Lo sé, papá, lo sé... -¡Claro que lo sabe! –interviene mi mujer– Pero lo que tiene que hacer el chaval este a partir de ahora es buscarse un trabajo digno y dejar de meterse en líos. ¡Ni uno más! ¡Ni uno! Desaparezco, y aunque escucho nítida la cháchara que durará varios minutos, prefiero ignorarla y buscar entre las hojas de papel que rodean a mi ordenador una historia que me haga olvidar la realidad. Sin embargo, apenas alcanzo la hoja tres de ‘Un Tranvía en SP’, cuando la mente vuela caprichosa hacia el reciente pasado y confundida hasta mi incierto futuro. Han sido días de convivencia en soledad con una cónyuge a la que no quiero. El tiempo ya había barrido la arena del sentimiento entre ambos y escupido el final de la película, pero llegó lo inesperado, luego dos años, y el filme se ha alargado con mi

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resurrección. Intuía hace semanas que tarde o temprano habríamos de volver a vivir la misma cinta, pulsar el play y resurgir las desavenencias. Aunque bien soñaba como un niño de seis años que Papá Noel llegara a casa por Navidad; pero tengo 57 años, y ya he de saber que son pocos los hogares en el mundo que escuchan sonrientes la risa acabada en o del viejo de traje rojo, y menos aún los calcetines engordados de dulces de colores y mil sabores. La ausencia de Marcos ha bajado el telón del teatro estos días, y ambos hemos separado nuestras actividades cotidianas para no coincidir entre las dependencias pequeñas que confeccionan las distintas paredes del piso. Ella abandona en exceso el hogar sin que yo conozca el destino, y yo no rezongo pese a que bien sabe, según recomendaciones del doctor, que aún no estoy en condiciones para ser dejado solo en casa sin atención. Ella come a la una y media de la tarde, y yo lo hago a las tres y cuarto, cuando Ángela corre a ver una serie que ponen a diario en la televisión. Es curioso que tenga el plato colocado, la comida a mano, y pueda alimentarme en apenas diez minutos sin mediar palabra con la que según los papeles de la iglesia y el registro civil aún es mi esposa. Pero así es como acontece todo en nuestro hogar. Al menos hasta hoy, ya que Marcos ha salido en libertad al fin bajo una importante fianza que desconozco, y no –quiero saber– sé cómo, ha pagado su queridísima madre. El día que tuvimos la contienda verbal en la que recibí una bofetada en la cara, debía pasear la aspiradora por el pasillo y alcanzar a oírme carcajear de lo lindo en mi cuarto provisional. Ni tocó la puerta. Puramente abrió y pisó el botón de encendido para frenar el ruido tedioso del aire. -¿Divertido? Tenía lágrimas en los ojos a causa de un cuento que acababa de leer y que a mi juicio se ha convertido en lo mejorcito que ha pasado por mi mente. ¡Qué ironía!, ¡qué final!, ¡qué léxico tan bien entrelazado! Después de unos segundos, pude frenar la risa y girar la silla de ruedas para atender su perturbación.

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-Sí, muy divertido –respondí educado–. Lo siento, ¿te molestaba? -No crees que va siendo hora de que te largues de esta casa –encomendó con su expresión más huraña–. Sé que tienes muy buena memoria y que también sabes perfectamente cómo terminó lo nuestro hace dos años. Te recuerdo que el accidente no ha cambiado nada, por si aún tienes dudas. -¿Accidente? –acoto sarcástico. -¡Lo que fuera! –corrige–, me da absolutamente igual. Si quieres yo te ayudo a buscarte un sitio y una enfermera que te cuide. Por Marcos no te preocupes, yo le daré las explicaciones pertinentes Me cazó por sorpresa, y sus palabras duras, exultantes y seguras, cortaron mis ideas, me secaron la boca y bloquearon mis gestos. Tras tres segundos eternos, sólo se me ocurrió decirle la única verdad que tengo perenne en la cabeza desde que ella, borracha, tuvo el valor de revelarme las pruebas médicas. -Vale, pero también romperemos la promesa, y tú deberás decirle de una vez a Marcos que él es fruto de otra relación. ¡Puta! Ella soltó la manguera, clavó el tacón en la alfombra, dio un paso y medio más y me abofeteó. Yo mantuve la firmeza en mi expresión, y cuando cerré los párpados vi claro el pasado y nublado el futuro; muy oscuro. Al abrirlos, el cuarto estaba vacío, la puerta cerrada y la aspiradora encendida.

El verano despeja el cielo y sube las temperaturas. Hay riesgo de tormenta. Madrid camina vacío de conciudadanos, y los extranjeros turistas lucen sus cámaras de fotos

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digitales junto a los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Puedo verlo desde mi estudio con los catalejos que encontré en un armario del salón. Han pasado demasiados días estivales. Marcos sigue en paro, no recibe ni una llamada de su ex novia Leticia, él tampoco la llama, y cada vez que ruedo hasta la cocina, en el camino veo su cuerpo encorvado y cada vez más engordado por las patatas y las gominolas que consume a todas horas. Sentado frente a la pantalla del ordenador vive las horas sumidas en un altísimo vacío. Los péndulos por los que fluye la música y su pericia concentrada en los juegos informáticos le tienen aislado de la realidad. Mi logro viene gracias a que el sol y el calor toman más fuerza, y él es quien me ayuda a llegar hasta el ascensor, y mientras yo bajo en el ruidoso montacargas, Marcos, veloz, me espera en el portal para ayudarme a bajar las escaleras que me dejan en la acera. Si he de ser sincero no me hace falta tal favor, pero me gusta verle atarse las zapatillas deportivas con presteza, y peinarse su pelo cada vez más largo frente al espejo. Y tan sólo ha de acompañarme hasta la puerta del portal, donde apenas le pueden examinar contados vecinos Lucas ha salido del hospital por su propio pie pero ha perdido un alto tanto por ciento de uno de sus riñones. Aún desconoce como le afectará a su vida diaria, pero mantiene un tono de voz jovial. Es un buen chico aunque sólo le conozca de cuando hablé con él por teléfono. Me dijo que retiraba la denuncia, que Marcos no era tan mala persona y que aún le quedaba mucho tiempo por delante «para rehacer su vida». Por su parte él se dedicará a partir de ahora al reposo, reposo y reposo. -Eso sí, me gustaría que por favor, Marcos no tratara de acercarse a mí por nada del mundo –apuntilló antes de colgar–. No voy a negarte que antes nunca le vi capaz, pero ahora le tengo miedo, y creo que le he hecho daño para volver a enfadarle. Y ya tengo suficientes agujeros. ¡Je, je! -No te preocupes –le respondo mirando de reojo al cuarto–, no pisará tu barrio.

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-Gracias. -Cuídate mucho –le encomendé con voz paternal. -Lo haré –concluyó.

Ángela marchó donde sus padres dos días después de dicha conversación, y aún hoy, no ha regresado. Es agosto. Poco después me llegó al buzón una carta del juzgado en la que ella solicitaba la separación y el divorcio. La escondí en un armario, no obstante, ya he comenzado a consultar a un abogado con el que tuve trato durante mi época de periodista los trámites viables a efectuar. Dice que lo tengo fácil porque los hijos son mayores de edad y por mi minusvalía, pero que «a la vez será duro». Yo le digo que «ese razonamiento no es muy inteligente», y él alega que no «se puede asegurar nada». «Conversaciones de besugos», pienso. De modo que intuyo un largo proceso judicial. Marcos no sabe nada. -¿Y a qué hora crees que vendrás a cenar? –Pregunta sujetando la puerta del portal con sus zapatillas deportivas. -A las siete y media te toco al timbre –le apunto–, ¿te parece? -Perfecto, seguiré en casa. Pásalo bien y ten cuidado. Llevas el móvil en el bolsillo, si pasa cualquier cosa me llamas. Él cierra la portezuela tras sonreír y ensanchar su cara redonda preñada de espesa barba. Yo sostengo mi gesto serio y ruedo cuesta abajo con suavidad mientras inspecciono si tengo guardado el aparato telefónico en el bolsillo; el mismo móvil azul que utilizaba cuando trabajaba en la delegación del periódico. Han evolucionado mucho en dos años, y comparado con los que portan en este 2004 los ciudadanos, el mío es enorme; su pantalla sólo ofrece fuentes en blanco y negro, sin dibujos, y una antena redonda de plástico que bien podría taponarme el agujero de la nariz.

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La zona peatonal aparece cubierta por un selecto número de críos que carece de vacaciones en el mar, así como tampoco en el pueblo. Me detengo frente a la taberna de Josele, le veo con sus gafas, su chaleco escarlata y su vejez inalcanzable. Éste fue el último bar que profané con mis propias piernas. Sabía lo que buscaba, pero no supe encontrarlo porque me acobardé. Han transcurrido dos años y apenas se han cambiado cuatro detalles en la decoración. La barra mantiene su estética culinaria, y la curva situada junto a la maquina de tabaco donde decidí beberme una botella de ron a vasitos me desenvaina el estómago de su espacio. Alguien truncó el latir de mi vida, y hoy, olvidarlo es mi único propósito. No miro más a través de la amplia cristalera y decido continuar hacia delante. Rodar, impulsarme y rodar hasta encontrarme frente a una tienda deportiva que buscaba adrede. Logro entrar con facilidad pese al minúsculo escalón que tiene junto a la acera. El dependiente se me acerca, me mira extrañado y le pido por favor si «pueden hincharme las ruedas». Mi minusvalía tiene un bono sin caducidad, lo sé, y tras chequearlo, por supuesto que aceptan. Ahora ruedo más ligero, debo hacer menos fuerza con los brazos y noto cada uno de los relieves que dibujan las baldosas. Es una maravilla, porque rodar sin tener que impulsarse cada dos por tres evita que sude. Pese a que visto la camisa blanca de seda que llegó por mi cumpleaños de la mano de mi hermano y su mujer en un envoltorio rojo con motitas azules, los treinta y pico grados y la sequedad de la ciudad son espantosos e insoportables. La piel velluda del pecho me suda sin fin aunque realice menos esfuerzo. Si bien, la llegada del aire a mis dos enormes ruedas de radios ha reducido la cantidad líquida. Tras mostrarme la temperatura, el poste verde de la plaza me indica la hora. Es temprano. Antes he mirado a mi muñeca vacía. Reviso el otro bolsillo del pantalón y hallo la cartera con su tarjeta de crédito y varios billetes. Decido que debería comprarme un reloj. Tengo un vago recuerdo que me indica cómo me deshice de éste; Alcanzaba un punto

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excesivamente borracho para rememorarlo con máximo detalle. La inscripción que tenía en el dorso la encargó mi mujer, pero aquella noche había perdido todo su significado. Todavía puedo gastarme unas monedas en un helado de fresa y limón. Espero que a donde pienso ir siga trabajando la misma camarera de hace años.

El mismo chaleco de escarlata desde que tiene honor de conocerle, la habitual camisa blanca impoluta colgada sobre sus hombros. La melena larga sucia y revuelta. Cada uno de los madrileños que por allí transitan a diario no pueden evitar verse cautivados por la fachada empedrada y la desorbitada vidriera que apenas oculta nada del interior de la taberna. Frente a ella se halla en este preciso instante Marcos, que ha recibido la llamada telefónica que hacía tiempo esperaba y decidido acceder a la citación. Ha rasurado con premura su barba frente al espejo del baño, engominado su pelo hasta darle un aspecto innovador y juvenil, y, tras enzarzarse en unos pantalones cortos de estilo pirata y una camiseta deportiva, además de volver a calzarse las zapatillas, ha bajado a la calle con un objetivo difuso y desazonado. No quiere más avisperos en su trasero, y carga en su corazón el miedo de saber que en el parqué resta mucha tela que cortar para tan poco traje que coser. -Buenas tardes, tardías, Josele –saluda alegre Marcos casi nada más empujar la puerta de la cantina y pisar el habitual serrín del embaldosado. -¿Qué tal la vida, delincuente? –pregunta irónico sin dejar de ultimar un café con leche–. Te echaba de menos por esta humilde morada. -Y yo a ti –responde sin entusiasmo–. ¿Ha venido Guille? -¿Sabes? Tuviste unas líneas en la prensa –insiste–, mira, aquí aparecen hasta tus iniciales y una pequeña descripción del suceso. Recoge el dinero de la señora, se agacha, le abre un periódico amarillento y rugoso sobre la barra y le apuntala con el dedo índice el breve noticiario que debe leer.

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«Atacan a un joven de madrugada en Leganés». -No está mal –concluye Marcos desinteresado– Anda, ponme una cañita. Atrapa el Marca doblado por la mitad en la curva de la barra y camina ágil hasta marcar su terreno en una de las mesas rectangulares libres. -Entonces has quedado con Guille... –aprueba mientras ultima la espuma en el vaso para acto seguido pasar el delantal por la parte inferior del mismo. -Sí, tenemos un par de asuntillos que tratar, ¿Por qué te interesas? –Sonsaca ya sorbiendo la cerveza mientras le vigila de soslayo por el rabillo del ojo. -Curiosidad, ná más.

Para Marcos debieron ser veinte minutos, pero en realidad apenas desfilaron tres por el minutero de su muñeca. Transcurrido ese lapso de tiempo, el imponente cuerpo que le desempolvó a toda velocidad de la turbación y la llorera de Leganés hace meses, regala su presencia a los reducidos clientes del bar. Escasamente ha cambiado, tan sólo luce el pelo un poco más largo. El joven cocinero en paro iza su barbilla albina y le observa con detalle en busca de la mirada oculta bajo unas gafas de sol de cristal azulón. A continuación, sin más dilaciones, le descubre el reloj en la muñeca, los dedos desanillados y el medallón de oro colgándole entre los botones de la camisa blanca entreabierta. Hace un calor desquiciante. -¡Bonito día, bambino! –Exclama acercándose a la mesa. -¿Cómo está el bandido de la luna? -Aquí, ya ves... –musita sin desatender un segundo sus ojos de la aburrida prensa deportiva. -Hablé ayer con Lucas, no me dio recuerdos para ti, he de serte sincero –revela en un tono fraternal–, pero que sepas de mí que ya está mucho mejor. -Gracias, me alegro –apunta escueto y sorbe un largo trago de cerveza.

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-¡Amigo, Josele!, una copita de vino, tú sabes cuál me derrite en estos días estivales – le pide, alza el brazo, y chasquea los dedos para disparar construyendo en su mano una ‘L’ tumbada que apunta hacia una botella de etiqueta roja. -¡Marchando, compañero! –exclama. –Y cómo también traigo un hambre voraz de la piscina, te robo este bocaíto de jamón. –Le guiña el ojo, mordisquea el pincho y espera paciente el caldo.

Las chanclas escondidas bajo el pantalón de lino beige separan una silla de la mesa cuando de la barra recoge la copita y el tentempié. Su cuerpo se acomoda ante Marcos, que con los ojos entrecerrados, amedrentado en su interior y convencido de su teoría, queda en silencio íntegro. Se chupa el pulgar, pasa una página y aguarda a que él irrumpa con el diálogo cuando termine de comer. -¿Estuviste en el loquero, bambino? –desembucha migajas en la boca. -¿Cómo dice, amigo? –Pregunta Marcos sorprendido. Ambos consuman un gesto idéntico de acercamiento situándose tan próximos uno del otro, que incluso podrían concederse un beso de Gnomo sin apenas tener que obligar a sus espaldas a realizar un noble esfuerzo. -Digo –insiste retirándose levemente para mirarle a los ojos–, ¿Qué si pasaste por un loquero estos meses atrás? Bambino, aquello que hiciste a Lucas no es de recibo, ni de muchacho cuerdo. -¿Acaso sabes algo de lo que me hizo él a mí? El desconcierto en Guillermo le exige dar un respingo en la silla y retirarse unos centímetros en clara señal de no sentirse inexpugnable. A tan poca distancia de él podría recibir un ataque de violencia. Aparte, sabe lo que piensa respecto a su reloj, y aunque tenga sereno aún con pequeñas

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el firme propósito de contarle toda la verdad cuanto antes para evitar males entendidos futuros, aún contempla pequeños riesgos. Toma aire y continúa con su careo dialéctico. -Marquitos, no justifiques tu acto. Conozco la historia, y a lo sumo merece un guantazo por mal amigo. -No, la verdad es que en frío no me justifico –suscribe declinando la mirada a la foto de un nadador americano–, pero ¿Qué te parece si nos centramos en el tema que hemos venido a hablar? –ataja. -Correcto, muy correcto, bambino... Bebe un sorbito de vino, sonríe y aguanta callado con los brazos cruzados. Él joven cocinero deberá mover la primera ficha del tablero, y por ello el italiano espera mientras trata de pinzarle los ojos para bloquearle el raciocinio y obligarle a sentir ese conocido pavor e inseguridad que a Marcos le abarca. -Explícame cómo demonios ha llegado el reloj a tu muñeca –exige austero–, y luego tratas de quitarme la idea que tengo en la puñetera cabeza y que me llena de odio hacia tu persona. Las palabras han brotado con transparencia, total nitidez y en un tono de voz exclusivamente audible para Guillermo. Ambos retan la mirada –pardos contra verdes– sin haber vencedor. Uno y otro creen de pronto estar sentados frente a un maniático. Guille no guarda en sus bolsillos de lino muchas esperanzas de un final feliz de abrazos y disculpas, y más cuando sabe que el bello reloj de su brazo velludo «es el que perteneció a Julián». El joven cocinero hunde sus uñas en las palmas de las manos, rememora en su cabeza vagamente la última imagen que tiene de Leticia sin saber el motivo, y tras centrarse, medita la mejor manera de rebanar el cuello y el culo al maldito italiano «para vengar que pasara las ruedas de su coche por encima de las piernas de papá; una y otra vez hasta casi matarle».

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-Me lo dio él, Marcos –revela llamándole de forma inusitada por su nombre real. Junta las manos satisfecho y muestra las palmas en síntoma de calma y paz e inocencia–. Marcos, yo no atropellé a tu padre. -¿Por qué te defiendes? ¿Quién te acusa, Guille? –critica sin alterar el timbre de su apaciguada voz–, No me cuentes milongas y apechuga con tus actos, ¡cabrón!, Además, ¿Cómo va a darte mi padre un reloj que le regaló mi madre poco después de casarse? Ese reloj es casi más importante que su alianza, la que ahora no puede llevar en el dedo corazón por culpa del intento de asesinato... -Me lo dio sin más, estaba borracho, creo que enfadado con tu madre, ¡yo qué sé, bambino! Pero yo no le atropellé, de eso estoy seguro... -Pues compañero, yo tengo otra idea más rebuscada, aunque a mi parecer es menos descabellada. ¿Te la cuento? -Sorpréndeme –titubea, perdiendo por segundos convicción en sí mismo. -Opino que bajaste del coche tras golpearle para ver su estado –relata a un compás pausado–, que viste quien era y que seguro estabas puestísimo de coca, que le reconociste, y preso del pánico no llamaste ni a una ambulancia ni a la Policía. Y para liar más la madeja no pudiste evitar coger el reloj, este bello reloj que despertó tu codicia y que robaste. Y para rematarlo todo, borracho y drogado volviste a pasarle por encima creyendo que moriría en el acto. Ahora, dos años después, cometes el primer error, porque cuando crees que todo está olvidado, has comenzado a lucir la joya de mi padre. Pero, amigo la has cagado. -¡Estás loquísimo, muchacho! –Exclama levantándose de la silla de un latigazo y sobresaltando a la escasa clientela. -¿Me equivoco mucho? Cabrón de mierda –le insulta entre dientes y apretando sus manos reteniendo el nacimiento de las lágrimas en su pecho y estómago. -¡Tranquilo Guille! –avisa Josele desde el interior de la barra.

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Las cejas del italiano han saltado hasta estallar contra el techo. El cabello engominado parece despeinársele de miedo, y las pupilas, hinchársele como si fueran las de un niño repleto de azúcar en sangre. Roza las gafas de cristal azul que tiene encima de la mesa, y duda si marchar corriendo hasta la puerta de su deportivo amarillo y desaparecer para siempre de la ciudad. La citación ha sido un error. -Cabrón de mierda –le insulta bajito y oprimiendo sus manos convertidas en puños, para así retener el nacimiento de las lágrimas en su pecho y estómago. -¡Bambino, pardiez! Deja el cachondeo de una vez –demanda mientras vuelve a su sitio con una embustera sonrisa que descubre sus molares más albinos. -He acuchillado una vez y puedo hacerlo dos veces –amenaza severo y a la vez con un ademán visual con aires de locura–. Pero ¿sabes?, me gusta muy poquito la cárcel, je, je, así que devuélveme el reloj ahora, que luego ya voy yo a denunciarte a la comisaría, la cual conozco muy bien, y les contamos la historia. Mi padre se alegrará mucho al saber que te dan por culo eternamente por cortarle las piernas. -Ahí te quedas... –Hace amago de quitarse el reloj de la muñeca y dárselo. No obstante, repentinamente el pensamiento le detiene–. ¡Mejor aún! Que no quiero líos contigo, mañana hablo a Julián y se lo devuelvo a él, le explico todo y solucionado. -Dame el reloj ahora mismo, Guillermo –insiste tenso y apremiante–, no vas a irte de aquí con él. -¡Estás fatal de la mente, bambino! Aquí te dejo, pensé que entenderías todo, pero haz caso a mi consejo. ¡Vete a un loquero! –Le abronca. Retira la silla de nuevo, recoge sus gafas que guarda en un bolsillo de su pantalón, y, sin abandonar un segundo su chulería, sorbe el final de la copa de vino y da media vuelta elegante y caminando tal y cómo él mejor sabe. -¡Cabrón! ¡Asesino! ¡No mereces el aire que respiras!

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La rabia contenida de Marcos aflora entre sus pestañas en forma de lágrimas, e incluso en sudor correoso por el resto del cuerpo. El calor desquiciante parece herir ahora que el corazón de ambos late más presuroso, y quizá, sea el estío y el penoso pasado reciente lo que aturde al joven Marcos, quien después de ver los tres pasos elegantes del italiano, decide levantarse y correr veloz hacia su cuello. Las dos arcadas le cazan por sorpresa, y las uñas de los pequeños dedos de Marquitos, hundidos en su piel le hieren hasta originarle una pinchazo y un finísimo hilo de sangre. El sibarita se revuelve, y una señora que está sentada a milimétricos centímetros, se levanta enfurecida exclamando, «¡estense quietos!». -¡Cálmate, amigo Marquitos! No quieras volver a chirona –farfulla Guillermo, ahogado y tratando de liberarse de la correa que han blindado sus manos. La fuerza de ‘Delguille’ lo consigue, y el fondón cuerpo de Marcos cae sobre el serrín ante los tobillos del tabernero. -Anda, levántate y déjate de patochadas –aconseja Josele cogiéndole con suavidad de las axilas. Las lágrimas que atesora en las ventanas de sus ojos son espesas, lluviosas, y si se cierran es probable que se origine un alud visible de pesares. Sin lugar a dudas que no provienen únicamente del daño que cree que ha hecho el italiano. Su dolor comparece en su cuerpo, que tenso y quieto, sostiene las piernas levemente abiertas y arqueadas, y cuando siente la tenaz mano de José posarse en su hombro, realiza un aspaviento brusco, atrapa una botellín de cerveza, lo golpea en la barra y lo rompe en mil pedazos. Balbuce tembloroso, «¡mierda!», y antes de que el hombre del chaleco de escarlata vuelva a poder atraparle –en esta segunda ocasión lo intenta por la cintura–, sale disparado como si un enjambre de avispas tuviera pegado al culo. Su río donde descargar la ira es la persona que él ve frente a sí cómo certera culpable.

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-¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú y no vas a librarte!, ¡cabrón de mierda! –vocifera llorando. Inclina su torso y le sacude feroz con el hombro en la tripa. Guille no puede sortearlo y siente revolcársele el estómago. No obstante, logra atizarle un empujón con ímpetu y separarle de sí. El joven cocinero, que no es la primera vez que se ve envuelto en una pelea, no desiste aún, y, tras poner un pie atrás y girar su tronco levemente, lanza con furia un puñetazo al aire. No calcula bien la distancia y apenas llega a rozar el labio italiano. ‘Delguille’ responde de inmediato en cuanto siente la inyección de dolor rociarse por los nervios de su cara. Ambos comienzan a enzarzarse en arañazos y agarrones mientras el serrín y la suciedad del embaldosado brincan en cada pisada. Los consumidores abandonan impetuosos la taberna sin querer poner fin a la reyerta donde Guillermo parece tomar gran ventaja. Y sin pensar en las secuelas de la rabia, repite los golpes sobre su contrincante por tres y cuatro veces. Le incrusta los nudillos en la mandíbula; atracan en el ojo, le duermen la boca y finalmente le revientan los finos huesos de la nariz. El grito aflictivo cae a escasos centímetros de Josele. No concibe lo que ha acontecido en su pequeño establecimiento. En apenas dos minutos, y cuando alza la mirada triste, repara que no le quedan clientes. El joven cocinero se revuelve de dolor en el suelo, y el camarero, al ver tanta herida, corre a la cocina a por trapos. -¡Será hijoputa el bambino! –Arremete enfurecido y retirándose con celeridad algo de sangre húmeda de la boca. El eco de un anterior crujido asevera enseguida que una de las paletas de Marcos se ha fragmentado dejando un corte en diagonal. El reguero de sangre de su nariz le encharca la barbilla bordeándole los labios, descendiendo por la pronunciada papada y ocultándose en el interior de la camiseta. -¡Cabrón! –murmulla compungido desde el suelo.

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Guille aún siente punzadas en la ingle de los golpes que ha recibido. Reprime buscando en sí una calma lejana las ganas de asestarle cien tortazos más al niñato, «a ver si así le descorcha la insensatez del pozo negro de su cerebro», refunfuña en sus pensamientos. Retira el reloj de la muñeca con destreza, lo tiende en la barra y busca la preocupada mirada de José. -Amigo, dáselo al mozalbete y dile que si por algún casual decide acudir a la Policía, entonces le mato, a los dos, a padre e hijo. -Guille no digas burradas, cálmate que son chavalerías... -¡Una mierda! Ya viste lo que hizo a Lucas, y éste todavía tarda quince minutos en subir los escalones de casa –justifica. Avanza hasta detener su caminar a escasos metros del cuerpo ensangrentado de Marcos. Le clava la chancleta en el higadillo con suavidad y le obliga a girar los ojos acuosos. -¡Cabrón! –repite entre sollozos con el paño envolviéndole la herida que le produce una densa hemorragia en la nariz. -Te lo advierto, ya maté una vez en mi vida, no me importaría la segunda ni la tercera –revela ante el gesto de asombro del tabernero. Baja la barbilla, rasca su barba apurada y saca sus gafas rotas del pantalón de lino, que a su vez, también atesora un largo descosido en uno de los muslos. Murmura un juramento que nadie atiende ni entiende, se descubre la camisa desgarrada, y sin pensarlo, le arrea una patada en un costado que retuerce una vez más el dolorido cuerpo del chico. -¡Ya vale! –insta Josele que tensa la palma de su mano echándole del bar. -Asesino cabrón –farfulla Marcos cuando ya está lejos de sí. Su andar sigue siendo elegante hasta la muerte. Y pese a que ahora sí luce en realidad el pelo enmarañado, la piel de la cara arañada y enrojecida y sus prendas quebradas, aún

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mantiene la danza con cada paso que dispensa al frente. Retira la pierna derecha para abrir la puerta de cristal hacia el interior, y después de desfilar la mano por su cabello, la sombra que desprende comienza a desaparecer sin que las dos únicas personas que quedan dentro de la taberna le muestren atención alguna.

Son cinco minutos cansinos y diez interminables para el joven cocinero y ex novio de Leticia. Cuando introduce la mano en el bolsillo de su pantalón corto le paga a Josele la caña, no así la copita de vino y el pincho. Sin embargo, no lo acepta. Acto seguido vuelve al baño para ver cómo el color lila, ambarino y granate comienzan a adueñarse de la piel que hay bajo su ojo izquierdo. La sangre seca aún le bordea el inflado labio partido. Se echa agua en la cara, y al observar frente al espejo también la abultada nariz cubierta de papel higiénico enrojecido, quiere llorar y esfumarse de su organismo con tan sólo chasquear los dedos. Si bien, es imposible. Los choca, antes cierra los ojos, los vuelve abrir, y detrás de las gotitas de agua del cristal, su imagen deteriorada sigue firme y viva aunque turbia. -¡Déjame que te lleve a urgencias! –sugiere el camarero nada más que le ve abrir la puerta del baño–, no puedes irte a casa así, por favor, tardamos diez minutos en mi coche. -Da igual –masculla sin apenas vocalizar–, se me pasará. -¡Marcos, por favor! Cierro el bar ya mismo. No creo que venga nadie –insiste quitándose por primera vez ante los ojos conscientes de Marquitos el chaleco color escarlata y el delantal de cocina. -Olvídelo, usted olvide esta pelea, olvide todo. Jamás pasó, será lo mejor para usted – aconseja sin modificar su gesto dolorido y apenado.

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Él cojea hasta la barra para acopiarse del reloj, lee la inscripción y se dirige hacia la puerta de la calle. «Es hora de hacer justicia», valora mientras trata de olvidarse de las dolencias. -¡Déjalo ya! Preocúpese de sus asuntos –lamenta casi al borde del lloro. -No lo entiendes, lo que haces es un error –expira Josele sin moverse del punto en el que Marcos había estado tumbado en el suelo. El consejo apenas llega a fluir más allá de la puerta, y el herido camina ya bajo el último sol de la tarde, sofocado, afligido más en cada paso, triste, y apretando fuerte el metal circular que conserva en marcha las agujas del tiempo; el que todo lo cura y pone a cada uno en su sitio. «El que hará justicia con mi padre, y pondrá entre rejas a quien le arrebató media vida» declama en voz alta sin darse cuenta.

Es una sensación absurda la de quedarse frente a un timbre que suena pero no contesta. Pese a todo guardo las llaves de casa en uno de los bolsillos junto al móvil. Opto por el exhaustivo esfuerzo de subir el primer escalón y obvio llamar por teléfono a Marcos. Suficiente preocupaciones acarrea para cuidar de mí. En tal pensamiento, temo que haya realizado otra locura. Me apoyo en la generosidad de un vecino, llamo al ascensor y transcurren los segundos desde la planta baja hasta la novena como la eterna espera que fluye en una sala de urgencias con doctores en huelga. He aprendido a cenar sin la ayuda de Ángela. Marcos no pregunta por ella, ni el motivo de su dilatada ausencia. Él sólo piensa en la manera de recuperar a Leticia para darle a su vida un sentido. Hoy no se ajusta a un rumbo, no ve la salida de su laberinto y se siente

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virgen ante el mundo y la sociedad. Al caminar cree que carece de la mitad de su cuerpo, y sus planes en solitario fluyen vacíos de ideas. Por ello la llama cada noche, por oír de su boca la esperanza de una oportunidad. Aunque no hay respuesta positiva alguna; ni siquiera una mera contestación que diga, «¿quién?». Al segundo grita, llora, refunfuña entre las paredes de su cuarto que quiere ver nacer a su bebé. Pero ella parece tener firme la decisión de apartarle de su vida para siempre. Yo suelo rodas hasta el cuarto y oso leer las numerosas cartas electrónicas –sin réplica– que también le escribe, luego imprime, y finalmente en ocasiones quema y en otras encesta con habilidad en la papelera metálica. La vigía transcurre durante las fugaces veces en las que él se ausenta para comprar dulces o frutos secos. Come mucho. Y mal. Lo hace por la mañana una barbaridad, a mediodía, a media tarde, a media noche. Si el término que enumera una parte del día tiene el adverbio medio, se lleva algo a la boca, y si no, puede ser que también tenga algo para masticar. Esporádicamente prepara apetitosos manjares originarios de su pericia culinaria, pero no es todo lo que mi paladar y mi estómago quisieran. En esta velada llego al hogar y me encuentro solo. Con tiempo suficiente para ingeniarme el manjar. Ruedo hasta la cocina, y cuando he abierto la puerta de la nevera ligeramente, surge una sombra y Marcos, que llegan juntos de la calle. Su respiración azorada e impetuosa viene seguida de la tétrica voz gastada que me llama por dos veces «¡papá!». Tiene el rostro sangriento cuando giro el cuello; la mejilla amoratada y el ojo escondido tras el párpado. Los motivos de la escena se abaten sobre mí, aterrorizándome como una tormenta de granizo. Por primera vez quiero gritar en alto el nombre de mi mujer para que me auxilie en tal compromiso, pero antes de vocalizar la primera letra, caigo en la cuenta de su ausencia. Ninguno dice nada. Yo estoy perturbado y apocado en ideas, pero tras una pausa perezosa de pensamientos vacíos en mi cabeza logro balbucir una pregunta absurda.

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-¿Estás herido? -¡Sé quién es! –revela excitado obviando lo oído. -Estás sangrando de la boca aún... –descubro moviendo la silla de ruedas en dirección hacia él– ¿Con quién te pegaste esta vez, Marcos? Permanece unos segundos apoyado sobre el marco antes de abandonarlo y caminar despacio hacia el salón. Le persigo a distancia y observo que se queja del muslo mientras asiente tenaz con la cabeza, convencido quizá de una intuición que a punto estoy de conocer. -Es Guillermo, papá –manifiesta– él te atropelló aquella noche, te robó el reloj que habías perdido ese día, ¿recuerdas? La voz gastada junto con el significado de sus palabras me descongestionan el cerebro, y al meditar la respuesta, estalla un dolor que bien pudieran ser migrañas asesinas. Las ideas chocan entre sí como carneros en celo, y todas quieren pedir la vez para tomar el exterior y respirar el oxígeno que expiró en mi azotea. No puedo creer que el reloj brille a escasos centímetros de mis ojos, y menos aún puedo aceptar que Marcos resbale tan cerca del error completo. -Le hubiera matado –insiste enfadado–, pero es más fuerte que yo, no pude con él, no pude con él... –Lo veo, Marcos, lo veo. Y por los golpes que te dio, antes de hablar de todo esto deberíamos ir al hospital a que te curen la nariz, que se te está poniendo como un pepino. La debes tener rota –insinúo pausado. -Lo sé –farfulla silencioso–, pero aún no, papá... -¿No te duele? -Esta prueba igual no es suficiente –cavila entre dientes sin mirar a un punto concreto del salón. -No lo es... –asevero con la esperanza de hacerle olvidar la idea cuanto antes.

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De pronto, con los ojos desorbitados dirigidos hacia mi persona, aunque con un perfil vacío en su interior, declama paranoico frases que bien podrían venir de otra persona, una droga o la locura; ceguera. –¡Mejor! –exclama–, cojamos la pistola de tu despensa, la que compraste hace años en Estados Unidos, ¿aún la tienes? -¿Qué estás hablándome, Marcos? –le censuro con un semblante evidente de desaprobación. -Pues que quedemos con él un sitio sin gente y nos venguemos. ¡Lo matemos! ¡Cómo Dios manda! Mucho más rápido que la justicia, y más placentero. Planeémoslo bien y ¡cosámosle a tiros al hijoputa! «Marcos ha perdido la chaveta», concluyo sin paliativos en mis pensamientos. «La ha perdido muy lejos de España y con apenas veintiséis años», añado. La frase baila iluminada por delante de mis ojos una y otra vez, y creo que tardaré muchos meses en darle al interruptor de apagado. -Por favor, tranquilízate y no digas más tonterías –le pido en voz baja. -¡Papá! –refunfuña excitado entre lágrimas y poniéndose de pie– ¡Te ha dejado en silla de ruedas!, sin piernas, no las tienes, ¿recuerdas? No te atropelló sin más, te pasó por encima varias veces, ¡Casi te mueres! Y no estás en tus mejores facultades... -No fue él –zanjo de pronto alto y claro–. Yo le di el reloj. La cara de Marcos se transfigura por completo como la de un gris payaso que muda el enfado para ir a vivir a la decepción. Cae abatido en el sofá, y yo, que respiro más tranquilo y desahogado, apreso mis viejas manos a las ruedas de la silla y me acerco hasta él. Ya oigo y reparo los nervios que corretean por mi apolillado estómago. Tengo engaños que guardo ocultos en mi conciencia durante demasiado tiempo; duermen en el

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desván de la memoria añeja, y quizá la verdad dicha por mí aunque sea muy tarde, desanude una claridad en el futuro de Marcos. «Porque el tiempo muera contigo», me decía sonriente en aquella sima de la sierra. «Morirá el mundo y tu alma seguirá presente en mí», poetizaba. «¡Te querré siempre!», me susurraba al oído, Ángela Gómez Reguero, hoy aún mi mujer, de cabello corto, rubio teñido, y desaparecida desde hace días. Una vez la quise, aquella fatídica noche no. -Mamá me ha pedido el divorcio –confieso. -Lo sé –me sorprende con el gesto terco. -Pero no ahora, sino aquella noche, hace dos años. Ahora lo ha vuelto hacer. En la primera ocasión me echaba de casa, y no acepté. Me fui a la calle, bebí mucho de dolor, de pena, y cuando vi el reloj en mi muñeca quise deshacerme de él porque la odiaba. Lo dejé en el bar. Seguro que lo cogería Guillermo, aunque esas imágenes las tengo borrosas –falseo en esta última parte. -¿No es él? -Lo dudo, Marcos, lo dudo muchísimo. Ruedo unos centímetros más, y llego hasta la altura de sus pies, le acaricio la rodilla y le levanto la mirada desde la barbilla. -¿Y por qué queréis separaros? ¿Pegas a mamá? –arremete con seriedad sin deslizarse un segundo de mi mirada.

Inspiro el aire seco y caluroso de la casa. La noche cae en la ventana, y el oxígeno tiznado de suciedad baila incómodo en el itinerario torcido de mis intestinos. Un ejército de lágrimas escala veloz por la garganta y otro desciende lento por las ranuras de mi frente. Y cuando digo las siguientes palabras en voz alta, no consigo evitar romper a llorar y sentir que mi pecho queda congestionado y estrangulado.

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-No es eso. Marcos, no soy tu padre. Mamá me engañó con otro y se quedó embarazada de ti. Yo siempre quise decírtelo en cuanto tuvieses uso de razón, pero ella dijo que lo mejor era que no supieras nada. La quietud de la muerte debe estar muy próxima a la actitud que él exhibe. No pestañea, no respira profundo, y estrictamente relame sus labios, vuelve a relamer y me observa con detalle hierático como si en mis ojos estuviera el porqué. -Es una maldita broma ¿Verdad? –pregunta su voz irregular–, papá, dime que es una maldita broma, por favor. Paso una mano por mi mejilla. Los muñones suaves de mis dedos me hacen cosquillas. Le miro y retroceso mi silla de ruedas con los párpados hundidos hasta los pies que no posee. No puedo evitar ver su cara recién afeitada y recordarla desde que era apenas un niño de mofletes enormes y rojos. Sus pecas, que apenas han variado de lugar, sus dientes de leche tan grandes como las paletas que asoman ahora sobre sus labios. La melena larga que lució en los trece, su primera borrachera de las diez y media de la noche oculta tras un chicle de fresa, o la primera novia que le vi besar en el mismo barrio. Son escenas nimias que se suceden en mi memoria y no cesan. -¿Y quién es mi padre? –prorrumpe interrogativo sin poder evitar llorar. No creo que sea yo el encomendado de revelar esta identidad, así que no me queda más opción que mentir. -No lo sé, nunca me lo dijo.

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Epílogo

El tiempo no muere ni yo tampoco. El otoño maquilla de hojas las calles y el parque del Retiro apenas goza del público que aglomera en primavera. Es casi Navidad, Bush reeditó su sanguinario trono mundial sin acuse de recibo por parte de los americanos, y en medio mundo, las luces de colores ahogan de felicidad y bondad las calles de los pueblos y ciudades. El olor a castañas baila en cada esquina, las compras no cesan un café cortado, y las bufandas y los abrigos resguardan el perfil del ser humano apresurado. Ruedo cuesta arriba con destreza y llego a la orilla del lago, junto a la barandilla que me impide lanzarme y hundirme para siempre me detengo sonriente al ver el cabello negro al fondo del paseo. El paseo es una zona preciosa por la que el viento camina libre susurrando silbidos que son hojas de hielo hiriendo mi piel. Ahora que vivo en esta parte de la capital me encanta observar el lago artificial, escuchar el reclamo de las pitonisas, disfrutar la melodía de algún cantautor, reír con el teatro de calle, o admirar al malabarista aprendiz, a quien aún le tiemblan los dedos al coger cada una de las tres pelotas de plástico. Ángela ha tenido a favor el arte maléfico de su abogada para quedarse con la casa. Está de nuevo embarazada y me ha dejado en la mísera y fría calle sin decirme «¡cuídate!», ni que «¡todo te vaya bien!». Pese a todo no me exige pensión, puesto que además, no la tengo. Ahora vivo en coqueto piso de mi hermano de un modo pasajero. No obstante, creo que mi vida no tiene mucho futuro; voy a cumplir 58 años, e independizarme no entra en mis planes. Mi abogado, conocido –ya dicho– gracias a mi anterior trabajo de periodista, me aconseja aún unirme a una asociación que debe existir de hombres separados, «por si necesitas alguna ayuda en el futuro, un piso de acogida...», me explicó el último día que nos vimos. «Apúntese usted al INEM, por si algún día queda en paro», le indiqué con sorna y

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media sonrisa. Le estreché la mano y volví al hogar a por la ropa. Más tardé recogí los objetos personales. Marcos ha decidido dar rienda suelta a su vena aventurera. Vive en una residencia estudiantil de Ginebra. Allí trabaja desde el pasado mes como ayudante de cocina. Lo decidió cuando vio a por primera vez a su hijo en una cuna de recién nacidos junto a una decena más de bebés. Leticia llamó a Ángela, y ella aún aturdida por la sorpresiva noticia, entró sin llamar al cuarto de su hijo y le dijo serena, «Leti ha dado a luz, eres padre y puedes ir a ver a tu hijo al hospital, ¿algo qué decir al respecto?». Giró el cuello, sonrió y sin afeitarse ni cambiarse de ropa salió como una bala por la puerta. Allí, en la cristalera, tuvo la mala fortuna de coincidir con su antiguo suegro Fernando, a quien tuvieron que inmovilizar varios doctores para que no abofeteara al chico. «¡Y jamás te acerques a mi niña! ¿Entendido? ¡Jamás!», le gritó. El joven cocinero nunca supo de qué niña de las dos hablaba. Pero sí comprendió de pronto que su vida no incluía ya raíz alguna en Madrid. Encontró la oferta de empleo en Internet dos semanas más tarde, y le llamaron pidiéndole una incorporación inmediata en días. No dudó. Por supuesto, evitó despedirse de mí; no he vuelto a verle desde que me fui de casa, y nuestra última conversación es la que mantuvimos aquella noche en la que le que peleó con Guillermo. En ese sentido, mi ex mujer ha conseguido allanar mucho su terreno montañoso, y pese a que hay rencillas y baches, las lima fielmente con carantoñas. Ruedo despacio y cuando estoy a escasos metros de su abrigo, saludo con un «hola» que a ella le da un sobresalto y le apremia a volverse sorprendida pero risueña. Responde, sonríe y me pregunta qué tal estoy. Reconozco que bien, «aunque con fuertes dolores musculares y óseos por el frío» le revelo. Desde que Marcos marchó he logrado que Leticia quede conmigo cada semana. Le ha sentado bien el embarazo y ha recuperado con presteza su figura. La niña es guapísima, de ojos marrones como los de su padre y ella, de nariz

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respingona y chica, papitos rojizos y una piel albina de escasas pecas. Opta por no sacarla de su nido, y yo acepto la decisión porque sé que hace mucho frío para ponerle frente a un solo riesgo de enfermedad. Ella me extiende al segundo el último de los numerosos correos electrónicos que le envía desde la ciudad Suiza. Leticia lo sabe todo, pero obvia el tema y aún me trata como su padre. Cojo la hoja sonriendo, la desdoblo y leo. En este la última carta, Marcos dice estar superándolo gracias a que trabaja demasiadas horas, pero que le echa mucho de menos y aún se maldice por lo que hizo. Añade una posdata muy singular: PD: Busca en el periódico El País una noticia que aparece en la sección de Cultura de hoy miércoles. Me he quedado de piedra. Por cierto, desde septiembre no está alojado en la cité. Y dile a Lucas que la página web ya no existe. Cierro la carta y la guardo en un pequeño bolso con un gesto de agradecimiento. Al fondo, en un banco descubro un joven que no nos ha quitado los ojos de encima en los cinco minutos de encuentro que llevamos. Porta un gorro en la cabeza, es muy delgado pese a que sus pantalones vaqueros son muy anchos, y sobre la chaqueta de cuero le veo una bufanda de tono azulón que le cubre el cuello. «Ten cuidado por este parque, hay gente muy extraña», le recomiendo mientras señalo al fondo con la mirada. «Él viene conmigo. Es mi novio», concluye sonriente.

Hacía demasiado tiempo que no llegaba a rodar por este pequeño barrio de Madrid. Antes he ido al edificio cultural, donde he encontrado con facilidad la noticia que Marcos reseña en el e-mail. Si bien, he tardado unos minutos en dar con lo que él quería que localizara. Finalmente he visto su nombre en las nominaciones. «Isidoro Fernández, ganador en los últimos meses de varios festivales internacionales y nacionales por su cortometraje ‘Silencio subjetivo’, optará al galardón de mejor cortometraje documental en la ceremonia de los premios Goya que se celebrará el próximo mes de enero».

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Ahí estoy. Frente a mi destino, mi venganza. Después de meses dubitativo y atareado para no cometer un error, he descubierto que debo cobrarme una parte de mi vida; sentir que mi silla de ruedas rueda ligera sin la vida del asesino en mí presente. Marcos no deambulaba muy descaminado y abrió los ojos de mi memoria aquella tarde. El coma la había apagado, el alcohol cegado, y tras mover los hilos, el títere culpable tuvo rostro. La luna es un arco finísimo en el cielo estrellado de verano, y un avión vuela ahora en vertical rozando su panza más delgada. Me amputó media vida, y aunque tal vez no sea del todo justo, si lo es en parte. Hoy 14 de diciembre ya no tengo elección. No puedo impedir que los disparos sentimentales que salen como relámpagos desde mi corazón dormiten para siempre en el olvido. Necesito descansar en paz cada noche sin soñar que los focos del coche caen sobre mí; y mientras él siga vivo vislumbro que el sonido de su motor siempre volverá al finalizar el día para atropellar mis sueños. Recuerdo sus palabras exactas y percibo si cierro los ojos cómo le regalo el reloj con desprecio. Y la única duda murió a finales de agosto cuando vi la carrocería de su coche, que fue pasto del desguace hace dos años; los contactos de mi profesión son aún un arma que sé tener siempre despierta. Está sólo, limpiando, sonriendo por algo que ve u oye en el televisor. Bebiendo un vaso de agua; quizá el último trago que sienta acariciar su paladar. La cristalera apenas desprende luz y la melena que tiene recogida queda más oscura ante mis ojos. Son casi las doce de la madrugada. En la calle, tres personas hablan al pasar por delante de mí, y cuando se alejan, subo con maestría el escalón hasta situarme en el único ángulo que no puede verse desde la acera. Tarda en reconocer mi rostro delgado, pero al hacerlo, el color de la piel le queda pálido como el de su serrín. No medio una sola palabra. Sé que el hijo de Ángela es suyo, que ha mantenido una relación paralela durante años, y que la noche que discutí con ella, a muy seguro fue mi

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mujer quien le pidió un trabajito extra que por fortuna no terminó de la mejor manera. Hoy estoy aquí. Miro atrás dos segundos. Nadie camina afuera. Acaricio la culata de mi revólver, una Beretta del 7,65. Elevo el arma ágil, apunto con las dos manos y las tres balas firmadas de las siete que tengo para él rechinan en mis dedos. A una velocidad insólita le revientan las gafas de pasta y su cerebro. Regresa el silencio. El chaleco escarlata se tinta de granate sangriento, el delantal recoge los espesos recuerdos, y el blusón impoluto queda desvirgado de su blancura eterna. El cuerpo ya está desplomado y oculto tras la barra. La mano me arde y el arma también. Hace frío en Madrid y tengo calor. De lejos leo el cartel de cerrado. Josele no mirará jamás al cliente. No hablará nunca a su hijo Marcos. No hará el amor con mi ex mujer, Ángela, ni verá nacer a su futuro retoño guardado aún en su piel. Ruedo las aceras vivo y ligero. El revólver se zambulle hacia una profundidad que en el Retiro queda sepultada por el agua helada. Vuelvo a casa, ceno, sonrío y duermo. Mis pesadillas descansan en paz. Arrigorriaga, a 16 de diciembre de 2004

FIN

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Agradecimientos
A mis padres, que aún me dan cobijo. A Rocío que me felicitó la Navidad y siempre está ahí como amiga. A Alberto, que me llevó a Ginebra y me enseñó francés, A Belén, Ana y Carol, que hicieron del viaje un recuerdo inolvidable, Aitor, Arkaitz y Ekain, fueron compañeros de aventura en Torremolinos, Y por su puesto al silencio de la noche, fiel compañero de fatiga en todas estas letras. Gracias de corazón a todos y en especial a ti, Mer.

Daniel Diez Crespo

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