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Pruebas de la Existencia de Dios

Pruebas de la Existencia de Dios

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Después de Todos los Santos, pasado el día de mayor afluen-
cia en el cementerio de Ceares, acompañado de mi querida esposa,
salimos en dirección al campo santo para visitar las tumbas de nues-
tros seres queridos y pedir por sus almas, y como no son pocos los
apenados que huyen de las multitudes, aún nos encontramos con
un gentío considerable, cargado de flores y utensilios para limpiar
el frontispicio de los nichos y ornamentarlos con rosas y claveles.

Después, al regresar, transitando por un pasadizo, observa-
mos a un matrimonio acongojado con gran recogimiento y devo-
ción. La señora, vestida con sobriedad y luto riguroso, escurriendo
lágrimas como perdigones, mostraba un rostro angelical y compa-
sivo.

El esposo, hombre recio con elegancia y distinción, vestía tra-
je oscuro y corbata negra. Su semblante sereno, reflexivo y subli-
me, nos llevaba a pensar en la precariedad e ignorancia de nuestra
vida terrena, comparada con la omnisciencia gloriosa de lo
transcendente.

Los cónyuges estaban postrados de rodillas con sendos rosa-
rios pendientes de los dedos, con la mirada fija en la fotografía de
un joven elegante que se refugiaba en la hornacina de la oquedad,
tras una vitrina de cristal. Era el hijo querido que había muerto,
con 24 años, en accidente de tráfico.

Y después que terminaron el rosario, nos permitimos saludar-
les y dialogar un poco con ellos. Era un matrimonio con buena for-
mación religiosa y con fe inexpugnable. Por eso sentí la curiosidad
de preguntarles: ¿creen que es necesario agudizar la pena con este
recuerdo tan doloroso y postrarse de hinojos tanto tiempo en este
lugar inhóspito y mojado?.

- Sí, claro -me respondió el señor-, obra santa y piadosa es
orar por los muertos, para que sean absueltos del pecado.

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Y es curioso que la respuesta tiene una similitud casi perfecta
con la expresión bíblica que aparece en el 2º libro de los Macabeos
12, 46: «Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de
los muertos, para que quedaran liberados del pecado». Seguida-
mente les pedí permiso para tomar nota del epitafio que lucía una
placa de metal cincelada, donde decía así:

«Siempre he sido agradecido,
y ahora pido al lector
que no me deje en olvido
y me encomiende al Señor.

Ayúdame a ir al cielo,
para interceder por vos,
y cuenta con mi consuelo
cuando esté cerca de Dios.

Te ofrezco, Señor, mi vida,
por todos los pecadores,
para que encuentren cabida,
sin infierno y sin dolores.»

Y al despedirnos, me dijo el buen señor: «El epitafio es una
rogativa que escribí para conseguir oraciones de los fieles. Y la últi-
ma vez que vinimos aquí, nos sorprendió una señora viuda, que
estaba rezándole un rosario e implorándole el consuelo que prome-
ten los versos, pues nuestro hijo era un cristiano sumamente agra-
decido, y si puede, pagará con creces todo el bien que le hagan las
oraciones, al liberar su alma del pecado, que todos tenemos.»

Publicado en “LA VOZ DE ASTURIAS” 14-Noviembre-1994

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