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Resumen - Hora Roy (2005)

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Roy Hora (2005) LA BURGUESÍA TERRATENIENTE ARGENTINA 1810-1945 Capítulo Uno. Historia y tierra
En las décadas de apogeo de la argentina del ganado y de las mieses, cuando el sector agrario constituía el motor que daba impulso a toda la actividad económica del país, la distancia entre los mayores terratenientes de la pampa y los demás segmentos del empresariado nativo era poco menos que abismal; sólo unos pocos grandes financistas estaban en condiciones de acercárseles. La elite terrateniente del
Roy Hora (2005) LA BURGUESÍA TERRATENIENTE ARGENTINA 1810-1945 Capítulo Uno. Historia y tierra
En las décadas de apogeo de la argentina del ganado y de las mieses, cuando el sector agrario constituía el motor que daba impulso a toda la actividad económica del país, la distancia entre los mayores terratenientes de la pampa y los demás segmentos del empresariado nativo era poco menos que abismal; sólo unos pocos grandes financistas estaban en condiciones de acercárseles. La elite terrateniente del

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Roy Hora (2005) LA BURGUESÍA TERRATENIENTE ARGENTINA 1810-1945 Capítulo Uno.

Historia y tierra
En las décadas de apogeo de la argentina del ganado y de las mieses, cuando el sector agrario constituía el motor que daba impulso a toda la actividad económica del país, la distancia entre los mayores terratenientes de la pampa y los demás segmentos del empresariado nativo era poco menos que abismal; sólo unos pocos grandes financistas estaban en condiciones de acercárseles. La elite terrateniente del centenario tenía una base económica eminentemente rural; su prestigio, sin embargo, excedía en mucho ese mundo. Sus grandes mansiones urbanas y su fuerte influencia sobre los patrones de sociabilidad de la clase alta, la tornaban muy visible para todos los habitantes de la sociedad urbana que quisieran mirarla. Un rol protagónico Considerando que la riqueza patrimonial que la elite terrateniente había alanzado hacia el Centenario no le iba en zaga a su visibilidad social, no puede sorprender que el pensamiento socialista y el revisionista colocasen a este grupo en un papel protagónico a la hora de interpretar que rasgos singularizaban la trayectoria histórica argentina desde la Revolución de Mayo de 1810 hasta la emergencia del movimiento de masas que llevó a Perón al gobierno en 1946. En esta narrativa, el origen de la elite terrateniente solía fijarse muy atrás, en el período colonial, y a veces se sugería que los intereses económicos de este grupo la habían convertido en un factor de erosión del orden mercantilista español. Gracias a su dominio sobre el estado, la oligarquía terrateniente se habría hecho rica -sin esfuerzo alguno- “mirando pacer las vacas”. El argumento concluía enfatizando un corolario político; la existencia de una clase propietaria dotada de estas características habría tenido un efecto pernicioso sobre la organización política del país. Un tema central de este modo de entender el pasado es la profunda e insalvable divergencia de intereses entre esta pequeña pero poderosa clase terrateniente y el amplio conjunto de actores populares que, en distintos momentos, encarnaron proyectos de nación más inclusivos o democráticos. La imagen de la elite terrateniente como un grupo parásito y egoísta estaba destinada a perdurar. La notable influencia que desde la década de 1940 alcanzaron las ideas nacional-populares, dentro y fuera del campo académico, le dieron a esta interpretación unas sobrevida que se extendió al menos hasta entrada la década de 1970. Un nuevo clima de ideas En el último cuarto de siglo nuestro país ha experimentado un profundo cambio en el clima de ideas, cuyos efectos también se advierten en la imagen hoy dominante sobre las características y la trayectoria del sector agrario y de sus empresarios. A pesar de la nostalgia con la que muchas veces se juzga el ciclo dominado por la expansión de la industria altamente protegida que marcó las pautas de desarrollo por las que el país transitó desde 1940 a 1970, en la actualidad sólo una minoría se resiste a reconocer los notorios problemas de eficiencia y las limitaciones inherentes a este modelo de crecimiento. Es revelador, por tanto, que a la hora de imaginar que lugar cabe a la Argentina en el escenario internacional, muchos juzgan con renovado optimismo el potencial de crecimiento que el sector agrario de exportación supo exhibir en el largo ciclo que culminó en la década de 1930 y que actualmente parece poseer. Al considerar el contexto social en el que el sector rural se desarrolla actualmente no puede dejar de señalarse que el eco que estas ideas hoy encuentran resulta un indicio elocuente acerca de la pobreza de nuestros horizontes actuales como comunidad. Esta sobria y desencantada visión sobre aquello a lo que el país puede y debe aspirar posee componentes reaccionarios. Algunos de los estudios que ponen de manifiesto la irracionalidad e ineficiencia propias de la Argentina industrialista resultan incapaces de disimular su profundo desagrado frente al orden político que la hizo posible. Para algunos, el derrumbe del tejido industrial y la marcha hacia una economía más abierta han ofrecido una oportunidad propicia para celebrar, tanto el ocaso de un modo de organizar la producción y distribución de bienes y servicios, como una profunda modificación en las relaciones de autoridad y una crisis en la autoconfianza de los trabajadores.

Capítulo Dos. De Mayo a Caseros
Hasta 1810 la producción agraria en las praderas pampeanas ocupaba un lugar decididamente marginal en la economía del Virreinato del Río de la Plata, y sólo aportaba alrededor de un quinto de sus exportaciones totales. Durante el período colonial, las fuerzas que impulsaban el desarrollo de la economía y la sociedad rioplatense estaban localizadas en las tierras altas del subcontinente, y giraban en torno a la minería del Alto y Bajo Perú. Los beneficios de esta actividad se concentraban entre los empresarios que extraían y refinaban el metal precioso y los comerciantes que dominaban las redes mercantiles que proveían de insumos y servicios a la economía de la plata. Estos grupos constituían los sectores económicamente dominantes de la sociedad colonial. Las reformas

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borbónicas del siglo XVIII parecen haber reforzado la preminencia de los grandes mercaderes porteños haciendo de Buenos Aires un nudo comercial de primer orden, que articulaba un extenso territorio que iba desde el Alto Perú al Paraguay. Otro panorama El ciclo de guerras desatado en 1810 hizo que las elites mercantiles porteñas, que desde esta ciudad-puerto dominaban los circuitos comerciales que iban hasta el Alto Perú, perdieran el control de gran parte de ese territorio, que permaneció en manos realistas. Y cuando los últimos seguidores de la bandera de los reyes de Castilla rindieron sus armas en la batalla de Ayacucho, todo el altiplano cayó fuera del área de influencia de Buenos Aires y se orientó hacia el Pacífico. Con la apertura comercial que siguió a la crisis del Estado colonial, un nutrido contingente de comerciantes extranjeros, en su mayoría provenientes de los países del Atlántico Norte, desembarcó en las playas del Río de la Plata. Estos mercaderes les disputaron a los nativos el control del comercio de importación y exportación y también el dominio de los circuitos mercantiles en el interior. Gracias a la apertura comercial el Río de la Plata entró en estrecho contacto con un mercado mundial que reclamaba productos pecuarios (en primer lugar cueros) en mayores cantidades y a precios más altos que los vigentes en el período colonial. Gracias al giro hacia el campo de los grandes empresarios el proceso de crecimiento de la ganadería vacuna en la pampa se aceleró. En tres décadas, las exportaciones de cueros del Río de la Plata se multiplicaron por diez, y la región se convirtió en uno de los mayores exportadores de este producto a escala internacional. La elite Para muchos capitalistas que habían hecho su fortuna en el comercio, el ingreso en la esfera de la producción rural no siempre resultaba sencillo. Y ello no sólo porque carecían de las destrezas necesarias para organizar una gran explotación ganadera. La profunda inestabilidad política que caracterizó al Rio de la Plata a lo largo de la primera mitad del siglo XIX tiene aún más importancia. Las dificultades que las frágiles estructuras estatales que emergieron del derrumbe del imperio experimentaron a la hora de imponer un orden capaz de ofrecer un horizonte estable para las transacciones económicas moldearon profundamente la cultura empresarial de la nueva república. Durante esos años, la economía de exportación se vio afectada una y otra vez por bloqueos y conflictos bélicos. Factores naturales, como la fuerte sequia de 1829-32, también crearon enormes dificultades a los productores agrarios. Un contexto tan inestable aconsejaba no depender de una única fuente de ingresos. Por esos motivos, la transformación en los patrones de inversión de la elite económica no puede describirse simplemente como un giro del comercio a la tierra. No es sólo por la importancia de sus inversiones extra-agrarias que resulta errado definir a los hombres de negocios del medio siglo que sucedió a la Independencia como una elite rural. Igualmente importante es el hecho de que los grandes capitalistas de la primera mitad del siglo XIX no se percibían a sí mismos como integrantes de una clase terrateniente. La sociedad rural pampeana de esta etapa inicial de expansión de la frontera era demasiado primitiva como para que la elite económica porteña se sintiera a gusto en ella. A diferencia de otras clases terratenientes europeas o latinoamericanas, los estancieros pampeanos desembarcaron tardíamente sobre un territorio escasamente poblado, en el que les interesaba más organizar explotaciones rentables que ejercer papeles de liderazgo político o social. También a diferencia de otras regiones, en el Río de la Plata la población rural era escasa y poseía alternativas para ganarse la vida que no se limitaban al trabajo asalariado o al trabajo para otros. Aunque repetidamente solicitados por los empresarios, los intentos de instaurar regímenes laborales de tipo coactivo no lograron cumplir el objetivo de generar una oferta laboral barata y confiable. Expansión inevitable La consecuencia de esta situación fue la imposibilidad de llevar adelante cualquier emprendimiento para cuya realización fuese necesario contar con un gran plantel de asalariados. En cambio, la cría de hacienda criolla con el fin de obtener cueros y otros derivados (tasajo, sebo, astas, etc.) se adaptaba muy bien a las particulares condiciones imperantes en la pampa en esas décadas: requería poca fuerza de trabajo y todavía menos inversión de capital en infraestructura, podía desarrollarse con gastos iniciales muy reducidos y contaba con una demanda externa cuyos precios eran suficientes para tornarla muy rentable. La abundancia de tierra, que favoreció la emergencia de empresas que a veces reunían decenas de miles de hectáreas, también dio lugar a otro fenómeno muy original: la supervivencia de un amplio sector de pequeños y medianos productores que se hallaban en condiciones de movilizar fuerza de trabajo familiar. Dado que la mano de obra siguió siendo cara y escasa a lo largo de todo este período, los campesinos y los pequeños productores que se hallaban en condiciones de acceder a la ayuda de sus hijos, amigos o parientes podían compensar algunas de las ventajas que en otros terrenos poseían las empresas de mayor escala. Estado y terratenientes El patrón de desarrollo que comenzó a tomar forma en la pampa luego de 1810 estuvo marcado por la acción del Estado, cuyos objetivos estratégicos para el sector rural cambiaron radicalmente respecto a etapas previas. Desaparecidos los fondos provenientes de la minería, la producción agraria se perfiló como la única alternativa capaz de reorganizar tanto la economía como la fiscalidad de la nueva república. Así, pues, la relación entre las finanzas estatales y la expansión de la economía de exportación se tornó muy estrecha: para pagar los sueldos del ejército o de la administración era necesario mover la rueda del comercio exterior. No sorprende que la denuncia de la gran empresa ganadera comenzara a tomar forma desde la década de 1830, momento en el cual el avance de la gran propiedad se hizo más visible, y su importancia económica, más manifiesta. Sin embargo, y aunque la gran estancia resultaba inconsistente con algunos postulados ideológicos de los gobiernos republicanos, todos ellos, con independencia de su ideología

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específica, fueron testigos de su expansión. Ello no se debía, como muchas veces se ha afirmado, al hecho de que el Estado estuviese dominado por representantes de la clase terrateniente, que lo manejaron a su antojo. Mucho de lo que se ha escrito tomando como ejemplo la política de tierras no toma suficientemente en cuenta que se encuentran frente a una sociedad en la que el acceso a un bien tan abundante como el suelo no definía por sí mismo el patrón de desarrollo rural; mucho más importante era la posesión de hacienda, que era más valiosa que el terreno sobre el que ésta pastaba.

Capítulo Tres. De Caseros al Centenario
En el tercer cuarto del siglo XIX, la aceleración del proceso de industrialización en los países del Atlántico Norte dio mayor impulso a desarrollo del mercado mundial para productos primarios. En el período de la Organización Nacional la economía rural comenzó a crecer más rápido, y a girar cada vez más en torno a la producción lanar, que desplazó al cuero del primer puesto en la canasta de exportaciones del país. La era del ovino introdujo un nuevo dinamismo en el agro pampeano, y trajo importantes mutaciones en la organización de las empresas agrarias. Mayores inversiones de capital se volvieron necesarias para atender los requerimientos de un sistema de producción que creció en complejidad, y que lanzó a la ganadería pampeana por el camino del refinamiento del rodeo. Con el fin de obtener el producto que reclamaba en cantidades la industria textil europea, los estancieros comenzaron a desplazar a los vacunos de sus mejores campos, y a cruzar las rústicas ovejas criollas con ejemplares de raza, importados de Europa. El lanar se convirtió en un poderoso estímulo para la transformación de la ganadería pampeana: su expansión trajo como consecuencia una intensa modernización de las empresas agrarias, además de fuertes cambios sociales. Energías productivas La modernización de la ganadería pampeana alcanzó su cenit en el último cuarto del siglo. Fue en ese período cuando el rodeo vacuno también ingresó en el proceso de refinamiento. La incorporación de un extenso territorio tras la Campaña del Desierto coincidió con la liberación de poderosas energías productivas y, en las décadas de 1880 y 1890, la empresa rural pampeana entró en una acelerada fase de renovación, que requirió de la asistencia de nuevos aportes de trabajo, capital y destrezas técnicas. El pleno despegue de este proceso fue posible gracias a la baja de los costos del transporte marítimo, que por primera vez puso al mercado consumidor europeo al alcance de las carnes argentinas. Para alcanzar los exigentes estándares de los mercados europeos, los productores de la pampa debieron realizar importantes inversiones en la mejora de sus instalaciones, praderas y ganados. Las mismas transformaciones que hicieron posible el triunfo de una nueva ganadería dieron lugar al desembarco de la agricultura cerealera de gran escala en la pampa. A diferencia de la ganadería, que continuó desarrollándose muy favorablemente en grandes unidades de producción, la agricultura más intensiva en trabajo, se afirmó en empresas más pequeñas. Las formas más características que el cultivo cerealero adoptó en la pampa fueron dos: la pequeña o mediana propiedad familiar, muy extendida en la “pampa gringa” santafesina, y el arrendamiento de lotes (“chacras”) dentro de estancias y colonias, dominante en Buenos Aires y La Pampa. Clase rica y poderosa La intensidad del proceso de cambio económico y social que las praderas argentinas experimentaron entre el Ochenta y el Centenario registra pocos paralelos en el mundo decimonónico. En esos años surgió, como parte de una sociedad hondamente reformada, una clase terrateniente mucho más rica y poderosa, a la vez que más consciente de sí misma como elite rural. Los grandes propietarios fueron los actores principales del proceso de modernización de la ganadería, y en esos años desarrollaron una serie de destrezas empresariales y de pautas de conducta que indicaban una nueva relación con el mundo rural. En esos años tuvo lugar la consolidación de instituciones representativas del interés y de la identidad terrateniente. La más importante de ellas fue la Sociedad Rural Argentina. Fundada en 1866, desde la década de 1880 la Sociedad logró concitar la atención de un empresariado rural que comenzaba a advertir más plenamente la importancia de la mejora de las prácticas agropecuarias, y que estaba más convencido del prestigio que otorgaban estos emprendimientos. Otro aspecto muy visible de los cambios que el gran empresariado experimentó fue su creciente especialización. Este proceso fue consecuencia, en primer lugar, de las excelentes perspectivas que ofrecía la inversión rural, que les aseguraba a los capitalistas rurales a la vez un ingreso corriente en aumento y una veloz valoración de sus activos. La especialización fue impulsada también por otros factores, vinculados a la constitución y consolidación de instituciones y empresas que tornaron a la economía argentina no sólo más grande sino también más compleja. De esta forma las transformaciones que el mercado mundial y la producción doméstica experimentaron a fines del siglo XIX dieron lugar a la afirmación de un orden neocolonial (por el cual los productores nativos concentraban sus recursos en la producción y dejaban en manos extranjeras lo referente a financiación, comercialización y transporte de la producción exportable), que impulsó a muchos empresarios rurales a especializarse. Estado y política El rosismo fracasó a la hora de constituir un orden político que integrara a los intereses del interior y del litoral, y sobrevivió lo que duraron sus triunfos militares. Tras la caída de Rosas, el Estado central lentamente fue forjando sólidas bases políticas en el interior del país, y poco a poco se dotó de una burocracia más leal y eficiente que ayudó a volverlo más poderoso y solvente que en cualquier

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momento del pasado. Los grandes protagonistas de la afirmación del Estado central fueron un conjunto de agrupaciones políticas, en su mayoría del interior, que hacia 1880 confluyeron en el Partido Autonomista Nacional (PAN). La victoria del PAN desplazó del centro del escenario a las agrupaciones partidarias de Buenos Aires y condenó a la marginalidad a la elite gobernante porteña. La derrota de la clase dirigente de Buenos Aires en 1880, y la aparición de un partido con sólidas bases en el Estado mismo y en el interior, acentuó la independencia de la elite gobernante respecto no sólo de la dirigencia porteña sino también de los sectores que predominaban en la sociedad y la economía de la república, así como de las tradiciones políticas que habían coloreado la vida política de la capital de la Argentina. El ascendiente de la cúpula Hay que señalar que el ascendiente del gran empresariado rural se afirmaba en la medida en que no debía enfrentar oposición alguna de otros grupos sociales menos prominentes. Ello era posible porque los mayores terratenientes de la pampa formaban la cúpula de un sector rural que la gran expansión agraria finisecular había tornado más heterogéneo y complejo, pero que carecía de divergencias internas de relevancia. Los reclamos de la elite estanciera habitualmente contaban con la adhesión, activa o pasiva, de muchos otros productores. Los empresarios rurales de una economía de exportación como la de Argentina suelen constituir una clase más universal (en el sentido de que los intereses de cada productor individual son asimilables al interés general del conjunto de los productores) que los empresarios industriales, del sector del servicio, el comercio o las finanzas. Si los intereses de los estancieros fueron bien atendidos por la elite gobernante, ello se debía más a motivos de esta índole que a la instrumentación del Estado por parte de una reducida oligarquía terrateniente. Poco apoyo del Estado Lo que resulta característico de las décadas del pasaje del siglo XIX al XX es la muy relativa dependencia de los grandes propietarios, así como del sector rural pampeano en su conjunto, respecto de los bienes y servicios provistos por el sector público. Durante este período tanto el mercado de tierra, como los de trabajo y capital, funcionaron con menores regulaciones que en momentos anteriores o posteriores de la historia argentina. A diferencia de lo que sucedía en otros sectores de la economía, el sector agrario no solicitaba el apoyo del Estado más que en sus funciones básicas de garante del orden público y de instancia superior de sanción de los contratos. La experiencia política de los grandes propietarios de la pampa durante el período dorado de la economía de exportación estuvo teñido por la convicción de que no enfrentaban desafío, económico, social o político, de ningún tipo. Su fortaleza en la esfera socioeconómica los colocó en una posición de gran independencia frente a la elite gobernante.

Capítulo Cuatro. Del Centenario a la crisis del treinta
La década de 1910 constituye un punto de inflexión en la relación entre los grandes terratenientes y el Estado y la sociedad argentina. A partir de ese momento, la riqueza, el poder y el prestigio de la elite rural comenzaron a menguar, afectados por procesos distintos que al combinarse contribuyeron a desalojar a los miembros de este grupo del lugar de privilegio que habían creído definitivamente suyo. Fin de la frontera El primero de ellos se refiere al fin de la larga paz social que había caracterizado a las pampas desde los albores de la expansión agraria, situación que pudo mantenerse mientras la frontera agrícola permaneció abierta. Durante casi todo el siglo XIX, el bajo precio del suelo contribuyó a limitar las barreras de entrada a la actividad rural, e hizo posible el éxito de muchos de los recién llegados. Tan abundante y barata resultaba la tierra que muchos agricultores optaban por arrendar grandes parcelas antes que inmovilizar sus recursos en la compra de extensiones pequeñas o medianas. Pero a medida que las líneas de ferrocarril se expandieron por la pampa, y que la totalidad del suelo perfil fue puesto en producción, el precio de la tierra comenzó una veloz escalada. El aluvión inmigratorio que tuvo lugar en la década que precedió a la Gran Guerra (1914-1919), que dejó cerca de tres millones de europeos en el Río de la Plata, complicó este panorama. Con una dotación de tierras arable prácticamente congelada, pero con una demanda de arrendamientos en ascenso, el precio del suelo tendió a elevarse, y lo mismo sucedió con el canon que debía abonarse para utilizarla. La combinación del alza de la renta de la tierra y de un aumento de la oferta de fuerza de trabajo tuvo un efecto devastador sobre la capacidad de negociación de los arrendatarios, y más en general de las clases subalternas rurales. El conflicto estalló por primera vez en Alcorta, Santa Fe, en 1912. Poco antes del momento indicado para el inicio de las labores, los arrendatarios de ese distrito anunciaron que se negaban a sembrar hasta tanto los propietarios no bajaran los cánones de arrendamiento. El movimiento chacarero pronto se extendió por las cuencas agrícolas del norte de Buenos Aires y el sudeste de Córdoba. Poco después del Grito de Alcorta, los chacareros crearon su propia organización representativa, la Federación Agraria Argentina, que a poco de andar se convirtió en un duro impugnador de los puntos de vista y de los privilegios de los propietarios del suelo.

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Democracia El Grito de Alcorta tuvo lugar a pocos meses de que Santa Fe se convirtiera en la primera provincia que ungió autoridades bajo el imperio de la ley electoral propiciada por el presidente Roque Sáenz Peña. Desde entonces, el sufragio se volvió obligatorio y secreto para todos los nativos varones adultos. Este nuevo escenario contribuyó a que el gobierno radical de Santa Fe, surgido de las elecciones de 1912, adoptase una posición favorable a los arrendatarios en huelga, presionando a los terratenientes a que negociaran una reducción de los cánones. Mucho tenía que ver con esto el formidable resurgimiento de la UCR luego de sancionada la reforma de 1912. La UCR logró capitalizar la crisis de legitimidad del orden oligárquico, y a la vez, supo adaptarse a un contexto que obligaba a los partidos a movilizar multitudes y no pequeños grupos de votantes y máquinas electorales. Triunfadora en las elecciones presidenciales de 1916, que elevaron a H. Yrigoyen a la presidencia, la UCR se convirtió en el primer partido de masas de la historia argentina. A diferencia de sus predecesores del orden oligárquico, la UCR no sólo alcanzó el gobierno en un contexto político hondamente modificado por la competencia democrática, que lo forzaba a actuar de manera menos distante frente a las demandas sociales. El ciclo político inaugurado en 1912 no promovió el avance de una política más representativa, a la vez que más “civilizada” y “respetable”. Por el contrario, la expansión del cuerpo político abrió grietas por las que se colaron formas más plebeyas y populares de acción política. Y ello ocurría cuando se las tensiones de clase se acentuaban y cuando la larga ola de prosperidad que había hecho al país tan exitoso mostraba sus primeros signos de agotamiento. Nuevas reglas La Primera Guerra Mundial, que afectó profundamente a la economía argentina, dio lugar a un profundo malestar popular. Cuando hacia el fin de la guerra la economía comenzó a recuperarse, y aumentó la demanda de trabajo, salieron a la luz los reclamos que se habían mantenido reprimidos durante la fase depresiva del ciclo económico. La agitación fue, en primer lugar, urbana. Entre 1917 y 1921 Argentina asistió a una gran ola de reclamos obreros que las autoridades radicales no siempre supieron encauzar. Este clima de conflicto social, y la percepción generalizada de que las autoridades mantenían relaciones más íntimas con los sectores populares, rápidamente horadó la legitimidad del gobierno de la UCR a los ojos de las clases propietarias y de sectores de clase media. Si la tensión entre las elites rurales y el gobierno no fue más intensa fue porque esa gran ola de conflicto laboral tuvo por escenario privilegiado a la ciudad. En la campaña, en sus estancias, los terratenientes no debieron enfrentar desafíos de la misma envergadura. Después de Alcorta, la hostilidad hacia los terratenientes se hizo más acusada en el mundo chacarero. Pero como lo sugieren los repetidos fracasos del Partido Socialista en sus esfuerzos por hacer pie firme en el campo, en la pampa no estaban dadas las condiciones para movilizar a las clases subalternas rurales detrás de un programa de reforma agraria de signo auténticamente trasformador. El notable dinamismo de la agricultura de exportación invitaba al gobierno a la prudencia: impulsar una reestructuración de los derechos de propiedad en el que seguía siendo el motor del capitalismo argentino podía tener consecuencias negativas sobre al competitividad de la agricultura; en todo caso, los radicales prefirieron no tocar sus equilibrios, aferrados a la esperanza de que la situación mejoraría por sí sola. Así pues, en lo que a la “cuestión agraria” se refiere, el gobierno prefirió no modificar demasiado el cuadro de creciente debilidad de los arrendatarios en relación con los propietarios que comenzó a tomar forma a mediados de la década de 1910. La agitación obrera en el campo no tuvo por principales protagonistas a los trabajadores permanentes de la campaña. Los mayores reclamos surgieron de los trabajadores agrícolas, y en particular de los temporarios. Los lazos sociales de estos hombres con las localidades donde pasaban apenas unas semanas por año levantando la cosecha necesariamente eran tenues, en primer lugar por su carácter de forasteros en tránsito. Estos sentimientos de ajenidad ayudaron a otorgarle a las demandas de los trabajadores una virulencia particular, pero también pocas posibilidades de éxito, en la medida en que debían enfrentar a un bloque social tan amplio como poco amigable, que no tuvo dificultades para hacer suyo el respaldo del Estado. El corazón de este bloque no lo constituían los terratenientes sino los chacareros que eran los principales empleadores de fuerza de trabajo temporaria. Críticas propietarias La animadversión popular y la perdida de influencia política que la democratización trajo consigo no fueron los únicos males que los grandes terratenientes debieron enfrentar en esos años. A ellos se les sumó una hostilidad surgida desde el interior de los grupos propietarios, y que tuvo dos fuentes de irradiación: los ganaderos pequeños y medianos, por una parte, y los empresarios industriales, por la otra. El estallido de la Gran Guerra señaló el fin de una larga etapa de expansión del mercado mundial para productos primarios, que golpeó con particular intensidad a la ganadería. Los intereses de productores y frigoríficos comenzaron a divergir cuando la oferta comenzó a superar a la demanda. Ello sucedió tras el fin de la guerra, pues los problemas de la economía británica provocaron una contracción de la demanda que se acompañó de una fuerte baja de los precios. Los frigoríficos se resistieron a cargar las pérdidas sobre sus espaldas. No siempre tuvieron éxito, pero su gran poder sobre el mercado hizo que en el largo plazo fueran los ganaderos quienes debieron soportar el costo del ajuste. Gracias a sus vínculos privilegiados con los frigoríficos, pero también a sus mayores espaldas financieras y a su capacidad para destinar parte de su tierra a usos agrícolas, en general los grandes hacendados salieron mejor parados que los pequeños y medianos de la crisis ganadera de la década de 1920. Sospechados de entrar en tratos oscuros con

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los frigoríficos, los grandes hacendados fueron acusados de fracturar la solidaridad entre productores, que impedía el éxito de cualquier medida tendiente a controlar los oligopolios de la carne. Los ingleses A esta corriente también se sumaron importantes voceros del empresariado industrial, en especial en los últimos años de la década de 1920. Aunque el país no estaba en condiciones de exportar productos manufactureros, el grueso de la demanda del mercado interno, sobre todo en las ramas más livianas (alimentación, bebidas, confecciones, madera, construcciones) era cubierta por la producción local. Desde mediados de la década de 1920, Londres comenzó a presionar a sus socios comerciales para que compren más bienes británicos. La carta que esgrimieron fue la amenaza de una restricción en sus adquisiciones en Argentina, Ello golpeaba en el corazón a los ganaderos, que no tenían otro mercado donde colocar su producción. Carentes de otras alternativas, éstos se embarcaron en una campaña destinada a favorecer un intercambio bilateral más equilibrado, que tuvo su bandera en el lema “comprar a quien nos compra”. El bilateralismo no era un programa atractivo para el empresariado urbano cuya importancia económica no dejaba de crecer. El bilateralismo amenazaba cortarle las alas al sector manufacturero, pues una reorientación de las compras hacia Gran Bretaña iba a significar mayor competencia para la producción local. En esos años, la elite rural se vio obligada a enfrentar problemas para los cuales no tenía buenas respuestas: un incremento de la conflictividad social, la aparición de un régimen político menos permeable a la presión de las grandes fortunas y más propenso a escuchar y a fallar a favor de los sectores subalternos, la afirmación de un clima público más hostil hacia la gran riqueza rural, una caída de la rentabilidad de las empresas rurales. Es indudable que estos fenómenos no afectaron a todos los hacendados al mismo tiempo ni de la misma manera, pero muchos deben haber advertido que les tocaba vivir tiempos más difíciles.

Capítulo Cinco. De la Gran Depresión al peronismo
La depresión mundial asestó un duro golpe a la economía mundial. Argentina sufrió la crisis con intensidad. En verdad, en nuestro país los problemas habían comenzado un par de años antes, cuando los precios de los productos exportables comenzaron a caer; los primeros años de la década de 1930, que además fueron de sequia, no hicieron más que acelerar este tendencia. La situación se agravó porque los flujos de capital extranjero que durante la década del ’20 siguieron impulsando el crecimiento de la economía, desde 1928 súbitamente cambiaron de signo y comenzaron a volar hacia plazas más seguras. ¿Cómo reaccionaron los terratenientes frente a este difícil escenario? La imagen que presenta a la Década Infame como un período de regresión política, en el que el control del Estado volvió a caer en manos de la elite política tradicional, no logra captar bien lo sucedido en esos años. Cuando el gobierno de Yrigoyen fue derrocado en setiembre de 1930, y se inauguró un período que, luego de una breve y fallida fase autoritaria, marchó hacia un orden fraudulento pero de fachada constitucional, la clase terrateniente no tuvo mayor injerencia en su diseño y orientaciones. Al igual que en etapas anteriores, fue la importancia económica de la elite terrateniente más que su dominio del Estado o su influencia sobre las elites gobernantes, la que puso en sus manos los recursos con los que defendió sus prerrogativas e intereses. Respuestas a la depresión El giro proteccionista de Gran Bretaña resultó crítico para los exportadores de carne, pero también para las finanzas públicas. Para hacer frente a sus problemas de caja, la administración de Agustín P. Justo (1932-8) se aferró a medidas tales como el control de cambios y el alza de tarifas aduaneras. También impulsó la creación de un sistema tributario menos dependiente de las alas y bajas del intercambio comercial, cuya mayor novedad fue un impuesto a la renta, que golpeaba sobre todo a los sectores medios y altos. En un intento por frenar el derrumbe de las exportaciones, y atendiendo a las demandas de los ganaderos, que reclamaban una política comercial más activa, el gobierno envió misiones comerciales a los principales socios comerciales del país. La más importante de todas ellas fue la misión a Gran Bretaña, que firmó el Acuerdo de Londres en mayo de 1933. La comitiva encabezada por el vicepresidente Julio A. Roca rubricó un acuerdo bilateral que aseguraba la colocación de carne en el mercado inglés a cambio de ciertos privilegios para las importaciones británicas y las remisiones de ganancias de las empresas de ese origen. Sustitución de importaciones La contracción de las importaciones dejó una gran demanda insatisfecha. La respuesta provino de un aumento de la producción industrial nativa. La Depresión creó un contexto favorable para las actividades de transformación (devaluación y caída de las importaciones más intensa que la del ingreso), que le permitió a la industria cortar el cordón umbilical que la mantenía sojuzgada a los ritmos de expansión y contracción del sector agrario. A lo largo de esta década los empresarios industriales no lograron constituirse en un actor dotado de conciencia e intereses específicos, y claramente separado de los capitalistas que actuaban en otras esferas. No sorprende entonces, que las medidas que favorecieron a la industria en la Década Infame surgieran como consecuencia de la presión

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de las circunstancias más que de la conversión al credo industrialista de los funcionarios que las pusieron en marcha., o de las presiones y demandas del empresariado industrial. El Estado y el fraude Al igual que en los períodos anteriores, lo que la política de la Década Infame pone de manifiesto es la existencia de una elite gobernante cuyas relaciones con los sectores económicamente predominantes estaban lejos de ser estrechas, y que avanzó con una serie de objetivos que ellas misma se fijaba. Es importante recalcar que la complejidad del orden político argentino no ser atenuó por el fraude electoral que constituyó la marca distintiva del gobierno de la Concordancia (1932-1943). La autonomía que el Estado había ganado con el fraude y, más importante, la creciente complejidad de los problemas que debió enfrentar en esos años difíciles, colocaron en sus manos poderosos instrumentos con los que mantener a raya a las elites económicas. El marco social Es evidente, que la situación de las clases populares empeoró en la década y media que va de Yrigoyen a Perón, sin que el gobierno y la oposición tuvieran grandes ideas sobre como revertir ese proceso. Ello se debía, en parte, al carácter inédito de los problemas que Argentina enfrentó en esos años. La Depresión trajo consigo altísimos niveles de desocupación, lo que constituía una novedad en una economía que hasta poco antes se había caracterizado por la necesidad de importar gran cantidad de trabajadores del extranjero. Además, la caída de la actividad forzó una abrupta caída de los salarios. Esta situación, poco propicia para lograr aumentos de productividad que eventualmente diesen lugar a una mejor distribución del ingreso, tiene mucho que ver con al emergencia y acumulación de toda una serie de reclamos sociales y laborales que en esos años no hallaron respuesta favorable. El retroceso social fue más intenso en el campo que en la ciudad. La Gran Depresión trajo una fuerte baja de los precios de exportación, que erosionó el ingreso de todos los miembros de la comunidad rural. Los grandes perdedores en la puja por la distribución del empequeñecido excedente agrario fueron los chacareros arrendatarios. La mayor oferta de brazos respecto de una dotación de tierra para entonces bastante estable hizo que los dueños del suelo siempre llevasen las de ganar en la disputa por la fijación del monto de la renta y las condiciones laborales. Corrientes migratorias La migración desde la campaña hacia Buenos Aires y otras grandes ciudades de la región pampeana fue el fenómeno demográfico más importante de la Argentina de ese tiempo, cuando las migraciones europeas ya habían perdido fuerza. Esta gran migración funcionó como una suerte de válvula de escape para las tensiones que se acumulaban en las chacras y en las tertulias de los almacenes de ramos generales. La huida hacia la ciudad explica por qué el sentimiento de malestar que ganó a las clases populares rurales no se tradujo en mayores protestas, aun si los de abajo no tenían las de ganar. Si no hubo más conflictos fue también porque la Concordancia no se mostró verdaderamente dispuesta a apoyar los reclamos de los agricultores a favor de un orden rural más justo. La propuesta más audaz del gobierno consistió en la fijación de precios mínimos para la cosecha, pero éstos estaban orientados no tanto a incrementar el ingreso de los agricultores como a asegurar que no disminuyese el área sembrada. Esta medida indica con claridad cuál era el objetivo central de la política agraria de los años treinta: al igual que sus predecesores, los hombres de la Concordancia siempre se mostraron más preocupados por la agricultura que por los agricultores. La reforma agraria Este escenario sugería que la reforma, en caso de venir, debería proceder no desde la sociedad sino del Estado. Pero ello no podía hacerse sin una gran transformación de las orientaciones y de la base social del Estado. Esto fue lo que sucedió luego del abrupto cambio de escenario que comenzó a gestarse con el alzamiento militar de junio de 1943, que desplazó a un régimen que para entonces se hallaba aislado y en profunda descomposición. Cuando la Revolución de Junio comenzó a buscar apoyos en el mundo popular, se decidió a dar respuesta a la angustiante condición de los cultivadores arrendatarios. La Revolución, que se movía al ritmo de una música de inspiración industrialista, católica y antiliberal, rompió definitivamente con el consenso agroexportador que se había impuesto más de un siglo atrás. Para la nueva elite estatal, un aspecto importante del proyecto industrialista se refería a la necesidad de que el mercado interno incrementase su importancia como consumidor de la producción que salía de las fábricas. La mejora de las condiciones de vida y de la capacidad de consumo de la población era, por tanto, un problema que se hallaba vinculado a consideraciones de eficiencia económica tanto o más que a preocupaciones referidas a la justicia distributiva. Desde esta perspectiva, favorecer una distribución más equitativa de la riqueza en el campo era positivo tanto para el campo como para la industria. A fines de 1943, el ministro de Agricultura Diego Masón dio el primer paso en este sentido: anunció una reducción compulsiva de los cánones de arrendamiento y la prohibición de expulsiones de arrendatarios en mora. Los chacareros también fueron beneficiados con el derecho a renovar sus contratos aun contra la oposición de los propietarios. Perón, heredero de la Revolución de Junio, prorrogó la vigencia de esta legislación a lo largo de sus casi diez años de gobierno, y lo mismo hicieron quienes lo derrocaron. Perón eligió a la elite terrateniente tradicional como su gran enemigo, y no dejó de criticarla y de anunciar su inminente destrucción. Esta elección, para nada casual, resulta reveladora de la mala prensa con que contaba este grupo para la década de 1940. Las medias

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destinadas a incrementar la seguridad y el ingreso de los productores agrícolas más débiles, si bien no produjeron una fragmentación inmediata de las grandes propiedades, si pusieron en marcha una transformación gradual pero irreversible de la estructura de la propiedad. No todos los arrendatarios lograron alcanzar la propiedad del suelo, pero al hacerla asequible a un número significativo de ellos, las tensiones sociales que desgarraron a la pampa entre las dos guerras mundiales quedaron poco menos que neutralizadas. Sin embargo, sería inapropiado afirmar que los antiguos arrendatarios fueron los grandes triunfadores en el gran cambio de rumbo que la política agraria experimentó hacia mediados de siglo. Pues si es indudable que el Estado volcó todo su peso para favorecerlos en sus relaciones con los propietarios, también es cierto que la gran prioridad del régimen peronista y de los que lo sucedieron no fue el agro sino la industria. El fuerte sesgo pro-industrilista y pro-urbano de la política económica de las administraciones que gobernaron Argentina desde los años cuarenta concitó amplio rechazo en “el campo”. La elite terrateniente hoy ¿Qué quedó de las grandes familias terratenientes de los años dorados de la Argentina agroexportadora? Tras la Depresión, todas ellas comenzaron a ser desalojadas de la cúspide de la gran riqueza. La velocidad con que se produjo su descenso fue variable. Es claro que en la argentina industrial y urbana de las décadas que sucedieron a la caída de Perón, los mayores capitalistas rurales ya no constituían el corazón de al elite de negocios, cuyos exponentes más poderosos y más conspicuos pertenecían ahora al mundo de la banca, de la industria y de los servicios. La desaparición de los grandes terratenientes, sin embargo, nunca terminó de completarse. En la actualidad y caído el sueño de la Argentina industrial, nuestro país busca a tientas distintas maneras de reconciliarse con su pasado agroexportador. Y como parte de este giro ruralista, hoy se advierte una evaluación menos negativa y más desapasionada de un legado y de una experiencia que, a la vez que nos traen el recuerdo de un estilo de vida distinguido y refinado, ya no evocan ningún conflicto del presente. [Roy Hora, La burguesía terrateniente argentina. 1810-1945, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2005.]

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