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Fuego de pobres - Rubén Bonifaz Nuño

Fuego de pobres - Rubén Bonifaz Nuño

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Fuego de pobres - Rubén Bonifaz Nuño - Colección Crux - Poesía de Latinoamérica
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Fuego de pobres

Rubén Bonifaz Nuño

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Fuego de pobres
Rubén Bonifaz Nuño

Ilíada, XXIV, VV. 522-524 Auh mazo, yuhcan, mazo nellivi, in yuh tlamani in tlaltipac, ¿cuix ic caco? ¿cuix ic nemauhtilo?, ¿cuix ic chocatinemoa? CódICe FlorentIno lIb. VI, Cap. XVIII, Fol. 75r.

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Nadie sale. Parece que cuando llueve en México, lo único posible es encerrarse desajustadamente en guerra mínima, a pensar los ochenta minutos de la hora en que es hora de lágrimas. En que es el tiempo de ponerse, encenizado de colillas fúnebres, a velar con cerillos algún recuerdo ya cadáver; tiempo de aclimatarse al ejercicio de perder las mañanas por no saber qué hacerse por las tardes. Y tampoco es el caso de olvidarse de que la vida está, de que los perros como gente se anublan en las calles, y cornudos cabestros llevan a su merced tan buenos toros. No es cosa de olvidarse de la muela incendiada, o del diamante engarzado al talón por el camino, o del aburrimiento. A la verdad, parece.

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Pero sin olvidar, pero acordándose, pero con lluvia y todo, tan humanas son las cosas de afuera, tan de filo, que quisiera que alguna me llamara sólo por darme el regocijo de contestar que estoy aquí, o gritar el quién vive nada más que por ver si me responden. Pienso: si tú me contestaras. Si pudiera hablar en calma con mi viuda. Si algo valiera lo que estoy pensando. Llueve en México; llueve como para salir a enchubascarse y a descubrir, como un borracho auténtico, el secreto más íntimo y humilde de la fraternidad; poder decirte hermano mío si te encuentro. Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero. Acaso sea punto de lenguaje; de ponerse de acuerdo sobre el tipo de cambio de las voces, y en la señal para soltar la marcha. Y repetir ardiendo hasta el descanso que no es para llorar, que no es decente. Y porque, a la verdad, no es para tanto.

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Yo miro esto que pesa inmensamente, que sube a fuerza contra el peso de la noche geográfica. Esta mole sonámbula y regida; materia convocada y dócil de banquetas y lámparas y muros. Densa expresión conmovedora de miedos primordiales; artificio que por decreto de los hombres establece las cosas, y las deja servibles ya, sumisas, protectoras. Sitio de piedras y madera, jerarquía de materiales ordenados que asila, como un barco entre la lluvia, su cargamento de dormidos. Esto que vive, esto que pesa, miro. Yo miro la ciudad a media noche como un taller en huelga. Siento pasar, soporto, mientras del sueño emergen los enfermos a rebuscar entre la fiebre los signos remotísimos del día.

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Mientras la misma fiebre los aparta del grito de los gallos, del repique a la vez desolador y alegre con que madrugan las iglesias, del testimonio de la dicha terrestre que da un rumor de pasos transitando al pie de la ventana. Es el instante inerte en el que aquellos que no sufren de enfermedad, se ponen por instinto la noche en el costado, y vuelven cómodos el pliegue de la pierna y el sudor de la espalda. La hora en que los hombres de vegetal manera giran: sólo varados leños aguardando la marca del alba. Y hay un temblor de viento; hay un latir de perros repetido encendiéndose lejos, y llenándome de un algo sin socorro. Yo miro en esta hora; y sé que alguien vigila este silencio. Alguien que no conozco.

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No prevalecerá la limosnera diestra del enemigo; sin sustento perdurable su fuerza; de agrupada ceniza solamente su semilla; como reptil de humo su plegaria. Ya se yergue la cólera, y zumba el vuelo de la piedra que romperá su lengua entre los dientes. Y ahora ¿qué me queda? ¿Quién me recuerda, quién me oye? ¿Vendrá otra vez —y cuándo— lo que tuve? Ya nunca igual, ya nunca lo mismo habrá de ser; ya de otro modo, para siempre, mi casa; ya distinta. ¿Cómo vendrá, si vuelve; cómo el rostro sabré reconocer de lo que tuve? Boca de sed, sedientas fauces de sal en movimiento, cementerio de serpientes dulcísimas, en lluvia me convierte mis ríos; me empobrece. Miseria de animal desamparado me hiere; tierra desolada, tierra vacía tengo desde ahora.
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Al reclamar tu nombre, la palabra de ayer, con que te llamo, ya no es tuya. Aunque me tienda a ti con el impulso que acrisola al brasero, cuando licua éste la rama y reproduce, hoja por hoja en oro moribundo, el follaje pretérito. Huellas de tinta madrugando, camino sobre el agua, levadura. Yo soy. Y me amonesta mi corazón, visitado de pronto; súbitamente a oscuras y despierto; de repente en vigilia, con latidos como de miel o jauría de rabia perniciosa y demente.

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Derecho y para arriba y libre, iba el tronco de esta fuente, el árbol equilibrista, el eslabón primero de la misión del canto. Y estoy mudo. Yo, enfrentado a la música en silencio; enfrentado en silencio, como el manco frente al piano, contigo. Lo que eres.
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Abandonado al soplo corroyente que vicia las paredes del ánima; siguiendo, con la boca gemela de mis ojos de mudo, la bilingüe palabra no escuchada, la que dejas al despertar, lo confesado en la almohada de la asfixia. Preso por las raíces extranjeras del dormir cotidiano, te contemplo; canto perdido, verdadero. Amputado a raíz de tantos brazos, huérfano por nacer, mi compañía es el águila espesa y subterránea que me incuba en la noche. Entonces, lo que temo sobre todas las cosas, lo que amo, desnuda a fondo la esmeralda de un rencor que me mira. Y un relincho de caballos hambrientos me remueve, y un harapo de espuma se encolmilla, y un coro de payasos callejeros. En silencio enfrentado, esta mirada retengo entre la nómina de mis cosas posibles; soy el pobre, el viejo, el distinguido por el fuego del tósigo y la llaga.
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Los martillos sacuden, a la izquierda, cuando estoy más dormido; cuando suena la vagamente respirable humareda entre sueños del fantasma. Y algo gira y se posa, algo abusivo y múltiple que aova en mi garganta, como estación de moscas en la inmóvil piel indefensa del inválido.

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¿Qué llenará mis ojos, al abrirlos desde el fondo del miedo; de qué trémula boca salió la lengua que me lame? ¿Y habré de ver, si vuelvo la cabeza de prisa, quién respira a mis espaldas? Sólo de ácida sal, sólo preñada acidez, mi bebida. Y lo que viene, aquello que se acerca, lo que camina en torno y embistiendo. Cantando estoy, haciéndome de valor con cantar bajo lo oscuro. La pobreza, y el paso uniformado, y el cartel de protesta.

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Acaso inofensivo, acaso inútil, no defensivo acaso. Y es un soplo de burbujas quebrándose, un callado grito de bestia bajo el agua, un rescoldo de cuerpo que se ahoga. Y suéltase la sangre convocada, y su antídoto estrépito graniza, crece por dentro de la oreja, contra la mordedura de un silencio que mata en tres segundos. Bienvenido el que llega, si en las manos tiene la sal augusta para el hueco de mis cimientos despojados. El caballo homicida, bienvenido sea, con el galope mariguano y la huella cuádruple hendida; y el sueño adverso en orden de batalla, y la saliva atroz que sobrevive al suntuoso desorden del combate. Y algo como el amor de mis hermanos se despliega en mi contra, se abandera, en contra mía prevalece. Y lo que soy mañana, me recibe.

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Hoja al aire, indefensa, detenida apenas, única en el árbol enrojecido y respirante; ojo sobresaltado, abierto, lúcido: en el temor mi corazón. Asfixia, duermevela con fantasma inminente. Deshabitado el traje suspendido, suena con un temblor de piel que busca su bestia desollada, su materia de bestia próxima pudriéndose. Oh, muerta, muerta, muerta. Ineficaz del todo fue la sábana subida hasta la nuca; fija por nuca y manos, escudando de la noche agresora y sus viscosos jirones; y sucumben la garganta, y los flancos y el vientre sin armazón de hueso que los guarde. Y qué de lo que pasa clandestino, mimético sombrío; lo invisible y con ruido, comprensible por el tacto pasivo; la caída al hielo tenue que dimana del espinazo, y a la lengua

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que tiembla y enmudece, y al paladar de bóveda eclesiástica. Ahora bien. ¿Soy este que se calla? ¿Soy el que gime lejos? ¿El que viene soy, el que va saliendo, el que se queda? ¿Para qué servirá, de qué me vale querer, sabiendo lo que sigue? Si la sonda desciende, naufragada sin esperanza y sin regreso, al fondo inalcanzable que le huye. Yo conozco las caras que se parten en dos y en otras dos y en otras; elementales casi formas disfrazadas de ausentes enemigos. Y en torno crujen las marchitas maderas lamentables, como un otoño cruje, como crujen barcos difuntos, abrasados troncos, alas crispadas y caducas de domingos de ramos polvorientos.

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El comienzo del alma, su crecida como la cólera enramada.

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La cólera creciendo en sucesivos collares, desde el centro que, en lo callado, enjoya la caída de un ojo púrpura despierto. O, con los párpados cosidos por agujas de humo, la rabiosa cabeza degollada: el odre velludo de culebras hacia dentro, de bífidos rumores revestido por dentro, de insidiosos nudos de escamas erizado. Y el alba nueva, mancillada por enjuagar los dientes de las huellas de nocturnos encuentros. Aquí se pacta en vano; es el lugar de las alianzas nulas, de las contiendas, de la efímera unión y la condena anticipada. Y sin embargo existen, fuera, la ciudad y los vasos comunicantes de la dicha, el árbol hembra inerme, resguardado por puertas no seguras; la secreta cofradía de casas familiares; ternura líquida y solemne de las palabras puras labio a labio.
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Serpientes salen de la boca, frutas amargas. Fue mentido, también, el despertar; era dormirse en plena calle, hablando, a media vida y en peligro de muerte. Y sin embargo, el canto; fuegos de zarza vibra su materia ya de carne en común, de huesos en común entregados. Pan de pobres. Fuego de pobres para ser comido.

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Amapola trastorno, exaltación morada, disparate. Salga lo que saliere. Y qué estruendo de alas, y qué dulce lastre sentimental sobre la lengua, y amistad en las manos, ofrecida sin ponderar, qué arrebatada. Comulgar en la música aspereza, junto al estribo ya, de amanecida, con mujer desolada, y el rasgueo, y la última vez, y el aguardiente, y sollozar a frutas.

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Salto, furor de gozo, de pataleo de quien pide encontrarse, con la prisa amantísima del ánima que al fin tocó el fraterno —ay, engañoso; ay, ay, inconvincente— universal llamado. Yo ya me voy. Deslúmbrame el metal decadente de la barca que habrá de conducirme. Y el camino. Porque me voy mañana. Yo me parto. Vengo a decirte adiós para olvidarte. Lucen de adentro las canciones que me vienen de afuera. Si me dieran, al menos, no morir tan lejos. —Mexicano el acento desgarrado de plumas claras y de flores y me enriquece de arrobadas turquesas—. Yo sé, yo ya me voy; yo reconozco, como si me doliera, la indudable armazón altanera del halo corporal que me circunda. Propenso al celo ardiente, y al hipérbaton sanguíneo y los mercados, y al encabalgamiento de los ojos viriles en los pares argumentos
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de la media naranja; multiplícanse ternura por fervor, y el resultado quema entre sangre y piel y piel desnuda. Tartamudo, efusivo intraducible entusiasmo del habla. La recámara suntuaria y sin pesar de la memoria. Abierta y enjoyada. También. Contento. Compañera. Aunque comience y me sujete por los tobillos este centro fijo de rueda de molino. Me columpio, vuelvo a subir, volteo; aspa de graves órbitas iguales recorridas de frente, con ronquidos de ventarrón en las orejas. Hélice a al mitad, desmorecida, nauseosa, mecánica, bajando al fondo del quedar durmiendo.

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Era también de fuego: sobre el tizón, hirientes, casi diáfanas violetas duras a los ojos, coronadas de oro. De esto era, de esto se construía bajo el humo.
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También como de alas en asalto; pluviales hojas enjambradas, arboladuras de reloj a vela. Y en vela yo, sumiso y vigilante a la corriente en que me estoy hundiendo. Buscando quién me soy cuando soy este sabor labiodental, que sobrenada entre las redes del aroma; estos golpes de tacto en soñolientas aguas desembocando; quién me nace —póstumo ya— si la serpiente de música enjoyada quiebra el cascarón, y adelgazándose —sensual, bicéfala y exacta— cruza la puerta doble del oído. En venta está mi cuarto, y de la mano saco a la calle mis rincones. Me dieron el indulto cuando estaba ya contra la pared, y ojivendado. Allí donde vivimos, en el lugar en que nos conocemos; donde la noche oscura, que amanece de las cinco prensiles advocaciones ávidas del alma.

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Y era como el silencio que tú sabes; como de casa grande, como ramas de anochecido pueblo solo. Yo soy hombre, y me callo tantas cosas que tendremos que hablar cuanto tú quieras; la orquestada pasión y las raíces de aquellos ojos míos que me miren desde el sembrado sitio de tus ojos. Me sobrevivo en vela, mereciendo que al corazón me apunten al matarme.

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Como rumor de muchedumbre, o ruido de torrentes huyendo, se construye, sobre el silencio del durmiente, el silencio de afuera: el que levantan los dispuestos en cerco, los que miran despertando sus armas en tu contra. Herencia mía, mi plegaria, hembra fundada en extensiones hostiles, respirando entre insidiosos oleajes de ahogo, desarmada. Ciudad encomendada a mi vigilia, a salvo junto a mí, con su riqueza
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de cuerpos maternales, y de enfermos tiernamente guardados, y de suntuosas luces coronadas y de manos de huérfanos en sueños. Voy y vengo delante de ti, sobre mis pasos, en tu orilla, cómplice de tu cuerpo silencioso; soy, en tus bordes, atalaya que te cubre de lejos; voz velando, llamando, transmitiendo su noticia nocturna de centinela sobre el muro. No para ti los perros de la furia ni los enrojecidos humeantes jinetes al asalto; no la puerta rajada, ni el relámpago de la espada en la alcoba, ni el temblor de las sábanas terribles bajo la violación, ni los gemidos. Aquí velo, aquí estoy, aquí me aguanto mi corazón. Clavado a la mirada mía, y a mis pasos, y al grito de mi boca, y a mi oreja.

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Viéramos, amarilla, construirse la corona sulfúrica de humo en la huella del chivo, y floreciera la doliente señora del incienso con el siete de espadas. Viernes santo. Y más: la pesadumbre que con uñas insomnes nos exprime del corazón un grito de dormido. Pero ya no recuerdo ni siquiera lo que pude contarte; no me acuerdo ni siquiera de nada. Y estoy vivo. Eso también se fue: la frente desde el hueso más alto, las dentadas herraduras, la lengua llamadora; arrancando el mentón hasta los ojos. Y estoy vivo y hablando. Por el que fuera, alguna vez, saciado; por el hartado siempre, y el hambriento; por el que fue admitido en el misterio de las familias, en la casa de luces cantadoras; por el que pasa oyéndolas, atado a su mástil, por remeros sordos
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de sangre conducido, estoy hablando. Y por quien vuelve, fuera de tiempo, a recobrar sus pasos. Pues todo es a matar; el hoy amputa, con el mañana, la esperanza; mientras ojivacío, mutilado de pasos progresivos, con un temblor de perros interiores saludo al día último que pasa. Noche viernes santo, sin futuro de abierta gloria sabatina. Pesa la luz contralto, en contrapunto con la flauta preciosa. Y ciertamente, sólo el viento es quien revuelve mis papeles y me vuelca el tintero, y me recorre con un filo de azogue. Yo me pregunto: el agujero en que muevo las manos, si las subo al lugar de mi cara, ¿espejo de qué amor está ocultando?

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Tigre la sed, en llamas, me despierta; hambre mi corazón. Y el rostro de las cosas me observa; el medio rostro de lo que va naciendo: mi morada. El naciente en la noche, el rostro para el día de mi rostro. Rojo contra mis huesos, con el número de pasos ya contado. Privado ya de tiempo desde ahora. Se dice aquí, se afirma, aquí se habla, aquí se duerme en compañía; ni un paso más allá me pertenece. Y desato mi lengua, y mis orejas abro, y aclaro el quicial de mis ojos, y el nombre que ensayaron mis abuelos recuerdo, y recompongo mi linaje de voces más lejano. Nube de humo en mi cabeza, ánimas torturadas, divisoria culebra, hielo de la espada; lazo de mis palabras por la calle. Aquí te nombro hermano, como esposa te adorno aquí, como a mi madre

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y mi padre te llamo, te preservo como ciudad rendida en la abundancia. Sólo mientras vivimos merecemos, sólo mientras estamos, mientras somos, al menos, alguien que ha nacido. Y logramos, mirándonos, el portal de entrar juntos, y la puerta de la casa que hacemos perdurable. Y la llave. No hablaba todavía, y lo que pido estaba ya en tu mano. Toda mi gloria en esta llave tuya que lleva a tu presencia; todo mi deleite, ceñirte en lo que nombro; a tu fe convertido, y conciliado en lo que acaso es verdadero. Aquí tan solamente, y un instante. Ya sin poder cambiarse, ya tendida quedó mi raya, desde el alba en que vengo a ser hombre. Un instante no más para encontrarte.

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Área sonante, ovario de la noche carnal; abrevadero insistente y monótono en la arena del oído terrestre. Y tocar, hacia dentro, el oleaje como aquel remotísimo, asilado en lo vacío de las conchas. Urna, seda contigua que despliega en hileras cayendo, una por una, golpes de espuma deslazada. Concha de labios húmedos, saliva en los labios inmensos. Y yo mismo, ¿qué escalofrío soy, qué gobernado, —como presa de un águila— deleite? Y tú desnuda, la que viene, la desnuda en los bordes de su boca. Por lo demás, hay cosas que se comprenden fácilmente: los relámpagos duros del galope, los lechos consagrados, la ablandada mano de las entrañas a rebato, y un sabor permanente de estar vivos. Ahora y en lo próximo, corales tras la puerta sombría; lengua súbita
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abre y señala claustros al incesto de la boca y la oreja, complicadas en el secreto. Paso de cantiles, garganta de campana en que te escucho, latiendo, hacerte y deshacerte. Y es el vino violeta de tu sangre, y es tu extensión de leche, y tu sin término río desenredándose que vuelve en mí sobre sí mismo, desatando, regresado de sonoras honduras, de inconsumibles fondos admitido. Hora ritual de los cuerpos atentos; ceremonial donde salvado, como el hueso en la fruta, me reúno; como el que no ha nacido, como en agua materna, respirando sonido respirado, en el deleite de oírte sumergido. Está sonando tu corazón. Ahora está sonando. Ahora y en lo oscuro. Y llovedizas plumas innumerables se desgarran, y sal y tinta, construidas de muy adentro, en olas enrojecen. Y la unión era lícita, sellada con las arras solemnes del naufragio.

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Amenazados, contundidos. Umbrales en peligro. Yo diría que es por la edad; que con la edad aumenta de largo y de redondo el esqueleto; que los forros van quedando chicos a los huesos salientes, y se muestra desvergonzadamente la cebrada torre de las costillas, y los goznes arácnidos de pies y manos bailan al viento más, y se descubre la florecida risa amarillenta de un cirquero sin bienes. Yo diría que no es cosa de miedo; que uno es capaz de acostumbrarse a todo. ¿Pero de dónde este sabor sangriento de casi vegetal ramaje, que hay en la boca de la madrugada? Yo diría que con la edad uno se va enterando, sin querer darse cuenta, de las cosas. Uno va sospechando lo que pasa. —A veces, se me vuelve áspero el aire, y corruptible: humo, jarabe fermentado, con burbujas como huevos de mosca—.
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Yo me esfuerzo hasta el límite, resistiendo la embestida narcótica que me junta los párpados, el ruido fluvial de los rincones, la parálisis que sube por el cuerpo ingobernable, Soy desnombrado y sometido al desorden amnésico del sueño. Agrimensora larva ciega, hostia de comuniones pegajosas, antena soy, prestada a mensajes malévolos; inerme piel aterrada y dócil, dada sin opinión al besuqueo de lenguas líquidas y amargas. Y estas hormigas, y este grito en este corredor, y esta caída. Y esta mujer —¿de quién?— que se levanta de junto a mí; la adúltera culpable; la que se viste ahora, preparada para ya no volver, y que prodiga este preñado olor de cosa subterrestre y marina, subcutánea; solamente despojo tierno de entrañas conmovidas. ¿Y qué fondo sostiene lo que veo; el nombre que me dan, el que respondo; qué sustancia revelan
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los aceites lustrales, el bautismo del despertar de cada día? Cuando la noche, como la marea que tiende al náufrago en la playa, nos devuelve a la casa compartible, a la mesa del día de la tierra, al cotidiano espejo familiar, al oficio de las gentes; carcomidos por la sal del sueño, como un temblor agavillados por la vida que nos pasa de claro, ¿quién despierta? ¿Quién está salvo y sano y en seguro? Crece la calavera, y me acostumbro. Y al murciélago azul crucificado que fuma en el zaguán, y a los retratos que yacen juntos en el cementerio, y al nagual ominoso. Yo diría.

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No me ilusiono, admito, es de mi gusto, que soy un hombre igual a todos. Trabajo en algo, cobro un sueldo insuficiente; me divierto cuando puedo, o me aburro hasta morirme; hablo, me callo a veces, pido
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mi comida, y a ratos quisiera ser feliz gloriosamente, y hago el amor, o voy y vengo sin nadie que me siga. Tengo un perro y algunas cosas mías. En general, no estoy conforme ni me resigno. Quiero mi derecho, de hombre común, a deshacerme la frente contra el muro, a golpearme, en plena lucidez, contra los ojos cerrados de las puertas; o de plano y porque sí, a treparme en una silla, en cualquier calle, a lo mariachi, y cantar las cosas que me placen. También, monumental, hago mi juego en serio con las gentes, según las reglas, y reclamo mis ganancias y pérdidas, y busco la revancha, o perdono por generoso o por flojera. Manos de hombre tengo; manos para tomar, de las cosas que existen, lo que por hombre se me debe, y, por lo que yo debo, hacer algunas de las cosas que faltan.

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Y reconozco que me importa ser pobre, y que me humilla, y que lo disimulo por orgullo. Tú, compañero, cómplice que llevo dentro de todos, junto a mí, lo sabes. Hermano de trabajos que caminas en hombres y mujeres, apretado como la carne contra el hueso, y vives, sudas y alborotas en mí y conmigo y para mí y contigo.

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Con fuerza, amigos, apretó la noche. Apremiados andamos; como ausentes, como en lluvia cercados; extraños y vecinos, adiestrando la ciencia digital del lazarillo. ¿Cómo haremos ahora nuestro oficio? El préstamo fugaz ¿de qué manera —si lo poco que tengo te lo quitan— habrá de consolarnos de la muerte? El corazón labial suelta su largo gemir de rama dividida, su lumbre ronca de animal en brama.

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Y algo que tiembla entre nosotros, lo que reconocemos en nosotros, su flor despierta y alza. Entre las cuatro esquinas sobrevino el momento de mirarse; sabor del canto entre los dientes, lengua florida, nuestra casa. Y era el sonido convocando a la cita gozosa, las campanas purísimas, el índice del astro servicial del viajero. Y era el canto. Como el que llega para irse, amigos, el no durable don sobre la tierra hallamos, y la mesa cotidiana, quizá la última, servida. Por el sabor del canto nos juntamos; por la canción de aquí, para embriagarnos juntos y en amistad, y recibidos en la reunión de los reconciliados. Tal vez haya de nuevo en el tejado los cordeles del sol, y la cobija del sol sobre los hombros; tal vez, de pronto, la bandera del sol.
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Y descolgué del sauce la guitarra y encordé la guitarra para el día.

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Círculo de las llamas. Águila de San Juan arrodillado. Alas en punta rígidas, antena de la revelación. Y el adversario, la bestia acuática, la oscura con el dardo a la espalda. Desde el veneno, de la hoguera del agua, desde el río seminal de blancura, desde el hondo hervor a tientas del volcán, viniendo. Yo tu vencido soy, la retorcida señal de tu victoria; yo tu alimento que tú comes. Bajo las doce estrellas, emergida del sol, embarazada, señora de la luna sobre el vientre, señora mi enemiga: vence a salvo en mi cuello tu pie. Yo, tu vencido.

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Tocado estoy de muerte, traspasado con mi propio veneno, con el filo de mi ponzoña en sesgo, atravesándome del espinazo al corazón. Mi fuerza, de amarte y darme muerte. Águila de la luz, dardo al acecho en la caverna derrumbada; amancillada altura, injerto de contrarios; reptante apéndice de saurio, precedido por herramientas para el vuelo. Tu pie sobre mi cuello; en tomo, el cerco de llamas: cárcel del suicidio. Y la rabia y la carne, y desde el agua mi maldición de nacimiento. Agua viviente, madre de arroyos primogénitos; inmóvil agua podrida, subyacente a su rostro de espejo; agua que baja restituida y múltiple y dispersa.

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Algo insiste en morder menudamente; algo, serpiente o pájaro, con alhajada dulcedumbre insiste
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sobre mi corazón. Y me relumbra, entre claras mayúsculas, la inicial embriaguez de estar despierto, sin recordar el modo, en otra parte. Yo, que estaba dormido. Amigos, era cierto; nada tenemos nuestro para siempre. El morir procuramos, con tan sólo querer el otro día. Y este ahora, que me acerca a mañana, es ya mañana un poco en que me acabo. Un juego de ventanas y reflejos y encenizado cielo se complica del todo. Adquiere, con un silencio aparte, una medida espaciosa y solemne. Sí; por casualidad nos encontramos aquí, y es breve el tiempo que tenemos, amigos, en la vida. Nos miramos apenas un instante, en el florido encuentro de los rostros, y echados somos de la fiesta antes de tiempo siempre, y sin remedio. Fiados a la moneda que decide el salto del volado,
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y al caer de los oros, ceremonial, y las espadas, en el ganado albur que amanecemos. Porque todo es prestado; se nos prestan la casa, el despertar, la compañía, el sentimiento temeroso, el simple cambio de la amistad, y el júbilo de ganarse otra vez, y nuevamente el alegre perder al encontrarse. Inevitablemente imprevisibles, en riesgo y bajo llave, son el vino y la boca y aquel día, como si fuera nuestro, que disfruto. Y que nadie me llame en esta hora en que, tal vez, me esperas.

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Noche mortal y combatiente, niebla de muro a muro adverso. Sed nocturna. El sueño de la espada: la medalla creciente sobre el pecho del guerrero; la púrpura florida, insignia de una muerte de lujo.

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De muro a muro, sed nocturna; tierra de nadie, y el silencio solo para sembrar, a medias, la simiente del diálogo a lo lejos. Ahora quien oficia de enemigo, el oculto y despierto, el frente a frente, abierto a voces inseguras quema su máscara, el incienso sacramental de estar llamando; resucita el conjuro que enrojece el vellón del cordero; sombra y ceniza cubren su cabeza. Éste que me pregunta mi pregunta, que tiene mi respuesta; boca que entre mis dientes come la miga dócil de mi pan de hermano. Contraria mano, espejo penetrable me acompaña el costado, me guarnece con águilas en círculo, con un vuelo de antorchas carniceras. Y sé que estoy amaneciendo y deshilacho ya la cobertura de los ojos nublados. Tierra de nadie, toda la que no pisan nuestros pies ahora;
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lugar de la celada, noche para tender los lazos a la herida y a la angélica presa: el rostro puro del fraterno enemigo. Hasta la grieta horizontal del alba, y la cadera rota y el bautismo.

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Hay noches en que tiemblan —agua ciega, inestable— las paredes de las casas. Cerradas noches de la sangre en vigilia, de taladros minuciosos de ascendente lumbre torcida en caracol y sin descanso. Las noches de esos días en que pájaros que en invierno comen de la mano, se quiebran combatiendo su alambrada prisión; feroces, húmedos en la cáscara ardiente de su oscuro cuerpecillo insaciado. Hay noches iracundas; hay las noches en que esos mismos pájaros, dormidos ya, vivos de muerte, cantan.

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Y el canto yérguese, anhelando como rabia de víbora; se yergue con las fauces rabiosas muy arriba; desjaulado, oscilante, estremeciendo su marea de víboras; hinchando una sonora nube emponzoñada; rajando la panza de la nube, y se deja rodar inquebrantable como un sol giratorio, como lluvia circular de relámpagos, y sacude por dentro, hasta que gimen, trajes, rincones últimos, vidrieras. Hay las noches voraces en que el año se viene encima con la furia de su pesada primavera, en llamas de sudor polvoriento; cuando los perros encogidos abren oculares violetas, y el chillar de los gatos, prolongándose, pone, en un vuelco, el corazón de punta. Y las gentes. (¿Adónde, desde cuándo, en dónde estás, qué luz, qué está muriendo?) Hay las noches de las casas inermes, en que no queda cerradura entera ni puerta de ladrón a salvo.

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Y la sangre y la sombra, con el canto incontenible del dormido y la oreja tendida del insomne. Donde rezuma la presencia de un rumor de rameras que en hoteles involuntariamente gozan; de entrelazadas piernas en calientes cuartos de vecindad; de gritos que en hospitales libran condenados a muerte con dolor; de calabozos que sigilan hombres que se tocan; de sábanas suicidas.

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Arden las hachas turbias sangrando el paredón del fusilado. As de espadas cristiano de la muerte. Arrancado, cruzar la puerta entonces; cruzar la puerta sin querer, y salir, y mirar entredormido. Esto es: lo mezclado, lo sin límite cierto; la vertiente salobre por donde baja el tigre a la pupila. El castigo que asciende para el crimen, vagamente sonámbulo, ejercido;
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como el ojo de yeso que te mira, como la mano en ti bajo las sábanas, o la almendra finísima, que alumbra sobre tu corazón cuando respiras. (¿De dónde a dónde, pues; en qué ha quedado al fin; quién convalece bajo la espuma roja de estos párpados? Si alguien pudiera convencerme de que estabas allí; de que tú eras, aquella vez, tú misma, resguardada por el olor que cada día, como clima de tallos no visibles, se me aparece en torno, en cualquier parte, cuando menos lo espero.) Furia de ser feliz, hoguera de señales en la costa vacía; amor, mirada pura conservada entre las hojas secas de algún libro. Y de pronto, qué voz, y qué terrible máscara disimula al entre sueños condenado a salir, al descuajado a tirones; qué fondo de raíces encanecidas por la noche. Por muros permeables ofrecido, sin defensa, al avance de comunicaciones corrosivas;
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madeja de acueductos capilares hacia la sed inconfesada. Hora penúltima, imprecisa pulpa, manzana universal, recinto del terror opulento: madrugada de quien despierta sentenciado. Y el lamento de un tren de pasajeros arrastrando su vida, y la distancia de un perro maltratado, y el ladrido de los tambores en el viento, a goterones llagan la conciencia.

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Algo se me ha quebrado esta mañana de andar, de cara en cara, preguntando por el que vive dentro. Y habla y se queja y se me tuerce hasta la lengua del zapato, por tener que aguantar como los hombres tanta pobreza, tanto oscuro camino a la vejez; tantos remiendos, nunca invisibles, en la piel del alma. Yo no entiendo; yo quiero solamente, y trabajo en mi oficio.
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Yo pienso: hay que vivir; dificultosa y todo, nuestra vida es nuestra. Pero cuánta furia melancólica hay en algunos días. Qué cansancio. Cómo, entonces, pensar en platos venturosos, en cucharas calmadas, en ratones de lujosísimos departamentos, si entonces recordamos que los platos aúllan de nostalgia, boquiabiertos, y despiertan secas las cucharas, y desfallecen de hambre los ratones en humildes cocinas. Y conste que no hablo en símbolos; hablo llanamente de meras cosas del espíritu. Qué insufribles, a veces, las virtudes de la buena memoria; yo me acuerdo hasta dormido, y aunque jure y grite que no quiero acordarme. De andar buscando llego. Nadie, que sepa yo, quedó esperándome. Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo y pienso en esta vida que no es bella ni mucho menos, como dicen los que viven dichosos. Yo no entiendo.
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Escribo amargo y fácil, y en el día resollante y monótono de no tener cabeza sobre el traje, ni traje que no apriete, ni mujer en que caerse muerto.

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De esta nada, del hondo de estas minas, de esto sin forma oscuro, levantarse. Hallar su gente el traje; las orejas, su tumulto de leños crepitando, y advertir el hueso su medula y sus alas de carne apaciguada. Oh combate, codicia de las fauces de cada noche; boqueante rabia de maniatado, sumergido en un licor inmóvil que lo embiste con argollas de peso; maniatado y en la invasión inmóvil. Y de aquí, de la obscena quietud saliendo libre, de los charcos lánguidos del espanto, y de su costra de líquidos harapos en vapores, resucitar, atónita, la muchedumbre del abrazo.
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Cicatriz bienvenida, prenda de la alianza, tierra conquistada, carne humana y celeste. El envés del espejo recupera su marítimo salto de ventana: misterio placidísimo del recobrado; del convaleciente en su patio de miel cuando se alhaja la visita solar; del expulsado amante, que despierta otra vez perdurable y admitido. (Tal vez porque lo estoy queriendo, siente mi corazón aunque mis ojos no miren, y en mi boca abunda lo que en mi corazón echo de menos.) Hora de los sepulcros desalojados, de los ataúdes quebrados hacia fuera, de la sombra que nuevamente dócil se somete al andar de su cuerpo. Materia musical del fuego, ventanas navegables; compás vacío que trasmina el muro de la ceguera, restaurando, innumerable, un círculo de brazos en la república del día.
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Volaron águilas, leones gimieron vencedores. Alas lívidas despliega en mi cabeza el vino. Y un orden puro, como el de la noche en torno de las mesas, se construye. Y aunque nada es seguro, me deleito en el lugar de la amistad, ahora. Como puño de tierra es lo que hacemos; como otoño en las ramas, que anticipa un crujido de brasas a la tierra descolorida de mañana. Tal vez alguien nos mira, que se ríe; alguien burlándose nos mira. Y ciertamente pasa: no son verdes los brotes nuevos todavía, y el tronco ya es de viento y sin raíces. Escribo: “este momento”, y el momento en que escribo se fue. Ya tan borrado, ya tan irreparable como siglos de antes que naciera. Pero nadie me quita el encontrarnos, la riqueza fortuita, y la emboscada
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tendida por la suerte que se oculta en los atrios del día. Olor como de estar lloviendo, como de frutas húmedas, mercados, la memoria me habita, me sumerge. Quizá dormidos somos, verdades de dormidos conocemos. Tal vez alguien nos mira que dormimos. Y yo te invoco en sueños, y me salvo, y al salvarme te salvo si me escuchas.

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Cabello al aire, del que surge un ala de flor; sierpe rampante, cabeza de culebra ante el espejo; maternales ramas de la vida que despierta, entre ruinas, el momento de la restauración: coro de espinas y crisol para el oro de la danza. Entre espinas aéreas, flor capilar; embrión de las raíces volátiles del árbol incendiado. Conjuro de la medianoche:
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Arde, hueso de pájaro, medula de aceite consagrado; dinastía: ven a coser la piel sobre profundo viento en las sombras; amanece, mortal bautismo de la carne. De aquí, la danza; torso, brazos, piernas, vientre pariendo, lanzadera en el telar en flor de la batalla; de este cabello en vueltas, el pecado redentor aparezca, el paraíso recobrado del fuego. Flor capilar, ala de flor en vuelo, alimento del águila que acecha en la punta del pie. Cerco de espinas. Libre ya, por cercada; por conducida, llevadora; por desnuda, enjoyada; por ya muerta, resucitable para siempre. Collar del movimiento, sangre nacida, sierpe de plumajes, órbitas, calavera de azúcar del ombligo. Y las contrarias lumbres de las manos, y el grito alegre, y las divinas tunas afluentes de la primavera.

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Ay ay, y los relámpagos; ay ay, y los fantasmas de la hoguera; ay ay, y las sonajas como pechos sobre los pasos a compás.

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Vengo a mirar aquí la madrugada; a las fauces de humo, donde el fuego se tuerce; al horno que se abre, no edificio para el trigo, sí puerta al resplandor del sacramento inicial que me desnuda el rostro. ¿Quién, pues, el adversario; el que dialoga conmigo? ¿A quién la tierra pertenece? Mi mujer una sólo; una sólo mi nieta, una mi hermana; una, mi casa en donde vivo; en mi contra y siempre de mi parte. Y aunque no se me diera el regocijo de sábanas ilustres, ni la mesa de un existir tranquilamente, ni el atributo cálido de hablarle de la lluvia exterior, disimulada por cerrojos y puertas.

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Almohada, creciente de latidos en la oreja sin sueño, lo que oía; reloj de ciego, desangrándose gota por gota; vértigo; aleteo tenaz de mariposa traspasada, de mariposa negra contra el muro. Y mi alma y mi lengua. Mal agüero la noche, mala el agua en los huesos metida, su ponzoña como niebla en los huesos. Espero la salida en donde miro; en donde ahuman, a lo lejos, las llamas; hacia el rumbo donde sube el parido sangriento, y su familia de encarnizados pájaros lo sigue.

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Espinas, alas; acto incorruptible de la contemplación. En el secreto a voces cardinales, he probado lo que soy, en verdad, sobre la tierra. El camino de ida era regreso ya, desde siempre; viaje trazado y recorrido; penitencia, humo de sacrificio que propicia
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nuestra amistad, y aclara la verdad en que estoy al encontrarte. He soltado despacio el vuelo de mis pájaros de oro rayando el jaspe oscuro. Orfebre y piedra para el toque tu corazón. Oíste. Y planeta de anillos enjoyados soy, y sierpe anillada me recubre de esmeraldas febriles, y en delicia las costillas me angosta. Voy malherido, pido que me mates; que, si te habrás de ir, antes de irte acabes ya conmigo. Tú, mis oídos; tú, mi boca para poner mi lengua; tú, mis ojos. Alas de oro ensayo en tu presencia, espinas de metal precioso. ¿Por cuánto tiempo el huésped en tu casa ha de permanecer; cuál es el plazo que para estar allí me señalaron? Acaso como lluvia he de caerme de una vez para siempre; acaso entonces. Ojalá que nunca despertara.
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Y en pecado mortal hallo la dicha que santifica los altares violados, y las cuerdas concierta y armoniza, y el concierto de las concordes ánimas gobierna.

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Están cantando adentro; hay cantares ahora en esta casa. Entonces, fue verdad. Tengo la llave, pero toco en la puerta como cuando era el nadie que llegaba: el sin cara y en busca, el recién despertado, el todavía dormido a medias, estirándose en rodillas torpes levantado. La enmascarada esconde sus cabellos con diadema florida, su boca instrumental oculta con labios lentos; enjaulados vuelan los pájaros de la mirada. Es hora, pues, de fiesta; de aceptar que son breves las raíces bajo la tierra del encuentro, y, como en cartas familiares,
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las felices noticias, los retratos últimos, la promesa del no tangible abrazo al despedirse. Todo venía de camino, y viene y desata la almendra en que se anudan el rumbo del aroma y el del trigo y el vino y el carbón enllamarado. Y hay cantares aquí, y he merecido tomar mi parte en el cantar. Amigos, ¿qué podemos perder con alegrarnos? Lengua de agujas, y costumbre de espinas soportamos, y cilicios. Si estamos de pasada, si nada más nos saludamos, si habré de irme aunque no quiero. Mi lámpara casual para escogerme yo mismo, se me dio; con la esperanza fugaz, y el calentado aceite del cerco de esta noche en donde invento mi jerarquía diurna de palabras. Me aconsejo, me advierto, me amenazo; soy pues, aquí, yo mismo.

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Y otro será el que salga, y no me importa, por el zaguán de madrugada, y cogerá los cantos que sembramos.

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¿A qué imperio la puerta quedó rota? ¿Quién grita, quién redobla, quién tañe? Bastaba, pues, con esta raya de plata en el termómetro; esta gota de lumbre en la garganta; este clavo en la nuca, la subida de este sol de hielo, para que el mundo revelara, hasta el furor, su entraña más oculta. ¿Qué mano pudo abrir los grifos de los caños del ruido por las venas? ¿Qué badajo golpea, desgajando? ¿De qué infestadas aguas nace esta crecida atroz que nos levanta más arriba, hasta dónde, hasta qué fondo? Vegetales pegasos desollados peces de carne y nubes, entigrecidas flores sanguijuelas, a borbotones cubren, abandonan
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las insidiosas cárceles de yeso de las paredes en delirio. Y me hiero entre voces, disputando mi guarida de sábanas enfermas con un gigante insano, guarnecido de belfos agrios, chupadores, y planetas carnívoros. Fuerza enemiga y libre, cuerpo que hace poco era mío; y viviste conmigo tanto tiempo. Emplumado de hueso el paladar, moviéndose la lengua entre tambores encontrados, y el terror inmediato de ser, ahora, doble por lo menos. Yo mismo, y este que me invade y estos otros dolientes, y estos otros, que son también yo mismo, irreparablemente descendiendo a torpes aletazos de frazadas. Y pensar: si esperando, si lograra creer en las virtudes curativas del alba, en la sedante juventud de mi madre, en la ternura

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humana, recibida a breves sorbos con el azul de las tisanas.

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Sólo temblor ardiente, encandilando hasta el hueso orbital de la mirada, llamarada de pronto, las paredes fueron que me guardaban; y en el aire sólo espiga de pájaros mi torre. Parado al descubierto estoy, en medio de lo que fue la calle, en arrasado territorio de vida —ya ceniza, ya viento, ya vacío, ya camino sin comenzar, hacia los cuatro lados infinitos del círculo—. Con la sed soñolienta del minero descenso radical, con el anfibio lento acuático vuelo del nadador profundo, alucinado tras el pez de su rostro. Y si pregunto, no sé contestarme en qué estación de trenes, por vez última, no te encontré; qué instante ya caduco era para nosotros; conducida por qué veloz ventana miras; dónde,
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ya de espaldas a mí, me estás buscando, mientras quedé de espaldas al buscarte. Amiga, si tan sólo fuera dormir y verte, amiga de aquel tiempo. Venir al sitio de lo tuyo, al terror de no hallarte, a mis entrañas; al sospechoso tránsito sonoro como de pasos tuyos en tu alcoba, al olor de tu armario, a tus vestidos muertos o tus zapatos bostezando. Y memorias molares desfiguran el insustituible pan celeste, y el golpe me despierta: la implacable cerrazón ominosa del zaguán de salida que me abriste. Ámbito de la cita a que no llegas; la cita a la que acaso vas llegando cuando ya no te espero. Hemos perdido otra ocasión para morirnos juntos.

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Nacidos en capilla, desahuciados, de voluntades últimas transidos; empujados, salidos turbiamente de la matriz en convulsiones.
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Y dijo la partera: “Es hombrecito y está vivo, pues grita”. Era evidente. Y he gritado hasta que el grito desvistió las lágrimas, y el llanto las palabras, y las palabras desterraron el llanto, y se juntaron las palabras para cantar, y establecido el canto se fundó la ciudad, como al principio. Y conquisto mi tiempo ciudadano de sentenciado, que no sabe nada que aquel siguiente día en que serán barridas las guirnaldas del lugar de la fiesta. Hago mi casa temporal a impulso de esta ola de fondo, irrevocable; marejada del ánima en comercio, borrachera de abstemio; transitivo amar de complemento anónimo, enriquecido en popular subasta. Yo te doy si me das; si me hace falta lo que te sobra, y te completa lo que tengo en exceso. Y cambiamos el guante por la mano, y el pie por el camino, y el saludo y el pan a la medida; y el espejo,
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filialmente materno, con la hermana incestuosa que amamos, la que viene de otro país, habida de otros padres, matrimonial soltera prometida. En el mayor cantar, el de la espada al que está de rodillas dice: “Amigo, también tú has de morir. ¿Por qué te quejas?” Y en mi tierra, “nadie muere la víspera”, pensamos, y además: “nadie la tiene comprada”. Mientras llega, algún quehacer me busco y te dedico.

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¿Fue el penacho del grito, fue la hoja cabelluda del grito, fue el ahogo? ¿El tránsito del cuerpo en el mentido corredor de un espejo —ya de espaldas, ya caminando dentro del espejo? Una hiedra de oro se torcía por la garganta; goma espesa pegaba lengua y paladar. Y abriéndose, la cisterna barbada, su salobre pulpa líquida y verde, bebedora del corazón latiente.
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Éramos lo que somos. Carne viva; ceguera y carne en sueños. Tan sólo ceguedad inseminada con escamas de lumbre; solamente despellejada carne. Incisión en el orden, fruto que sangra, herida caminante, patria bajo bandera de preguntas. Y de súbito, y clara, la gozosa carga sensual del alma, santamente contaminada en sí; guerra florida; enmascarada muerte nuestra en la fiesta lustral, fingiendo amistad y presencia de la vida. Subida del amor bajo el atado leño flotante, dócil al empuje vertical y hacia arriba, y al colmillo del anda que lo liga, al encorvado diente asido en el fondo. Ahora y en sosiego, la llovida claridad en la arena, el varadero tras el viaje sonámbulo, el camino para encontrarse nuevamente. Territorio impecable, la mañana para poder hablar. Vaso de orgullo.

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Alzado en armas prodigiosas, por todas partes combatiendo, el día bello y valiente. Sol de lianas presente y primitivo como la luz ecuestre del lagarto en la roca de espuma, como el vientre del fuego original, como naciendo.

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Hervor de calles; desembocadura de pábulos ardiendo, en la caldera sediciosa del mísero. Como hierba de gritos, como en humo lumbrarada de pelos espantados; como chubasco tupidísirno y turbio, en ascensión. Así llegaba. Y alégrate si nadie, en esta plaza, si nadie, de tan juntos y de tantos, puede caer; si nadie puede ser abatido; si no puede ninguno dejar su sitio sin morirse. Cada uno en el centro, en medio cada uno, circundados. Nace la gloria para ti, mi hermano; mi muy reverenciado, mi sin dicha,
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mi desgraciado pobre, mi vecino; mi, como yo, despierto. Mira: el sin tregua, el desterrado con injusticia, y el que canta, mi hermano de tu hermano, y el hambriento y la sed que aumentó de puerta en puerta; y vienen con nosotros el inválido, y el muerto a solas, y el sin nada. La gente de este lado, que ha salido de quemados olivos todo el año; de carnívoras cruces que alimenta el gran poder de la traición; de niños abortados surgiendo; de mujeres para siempre olvidadas. Desde el cogollo del dolor, humea la libertad ensangrentada. Mira que fauces de león se descoyuntan; que ya la fiesta del alumbramiento aúlla y rinde frutos, y el profeta en su tierra, de innumerables bocas coronado, resuena, y las banderas gimen, y las hondas volando y empedradas. Y el milagro del horno y de la harina se acerca, y los ejércitos inmóviles
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con la resurrección, y las trompetas de los finales pájaros terrestres.

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Ha llegado el olor, el filo de su dental caricia; la preciosa amarga flor nocturna: madre nuestra, collar que junta nuestros cuellos. Y voy corno embriagado, como en dicha; como herido me llevan; como sueño póstumo al despertar, como si hubiera bebido hasta embriagarme, estoy viviendo. Como en vino saciado. ¿Dónde el agobio, dónde la pobreza? Era, de pronto, levantarse descalzo y con temor, y a media noche, y a recorrer la casa despoblada —yo mismo el enemigo—, con la inútil esperanza de que fuera sólo un paso de ladrón el escuchado. Mujer salobre y única, desnuda irresistiblemente, que camina, simplísima y desnuda debajo de sus ropas, madurando
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la cosecha de aceites y de humo. Único día de la vida. Como en halo de lámpara, como en regazo tuyo, como en tibio paladar, sujetado, me someto; librado a la fortuna, reconquisto mis brazos y mis deudas, y levanto mi victoria terrestre. Yo te regalo ahora lo que me liga a ti; yo me pregunto, en medio, qué seguimos; qué pretende tu corazón. Acaso yo te miro en verdad; acaso donde el siempre y el nunca vuelven comprensibles la granada y el orden de las uvas y el gregario esplendor de la mazorca, y la miel colectiva. No sin trabajo y guerra me divido por dentro, y tú me asilas y reúnes debajo de tu brazo. Y no es en vano.

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Ábrese el fuego, y salta la burbuja metálica de un pez; barre los ojos
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una flor instantánea; doble salto mortal, ensaya el corazón. Amigos, algo mejor gocemos que un lamento. Ya, para no caerme, estoy colgado de tu clavo, alegría; de tu absorto badajo, de tu azúcar infalible de mujer conseguida. Has caminado de gusto, te has sentado de gusto, has llorado de gusto hasta reírte. Eras tuya, y bailabas, y las piernas no te dolían tanto. Y es domingo. Escaleras del aire, pan del día, turquesa el vuelo entre nosotros. Y de pronto es domingo, y hay gente, y es de fiesta y fraterna la gente, y es ahora, y hay el viaje y la carta recibida y el intercambio de la contraseña, y la risa espiral regocijada. Risa del pobre, cúpula sin suelo por sí misma orquestándose; música sin orquesta que la amarre, deslimitándome, soldándome, compacta, el dentro y el afuera. Desde la almendra glandular me encumbras, desde las cuatro alcobas cordiales, me trabajas, alegría;
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plural jarabe, rosa visitante, llave de toda cerradura. Amigos, ha pasado la nocturna concepción de los cantos, y la víspera de cristal doloroso, y la semilla, y está el deleite con nosotros como vino de suyo madurado. Y está en las manos el solemne fulgor; el número premiado en esta lotería de campanas.

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Pues tal vez; quién dijera. Si estuviera a las vueltas, atmosférico. Si fuera todo; si el descubrimiento de América y las islas fuera cuestión de abrir de par en par nuestras ventanas carabelas, para encontrarla allí, como en un libro de la escuela primaria. Limpia y acicalada, con sus indias de perlas, con sus indios fumadores en salones de concha y de palmeras. Si está girando en torno. Fuera, quizá, bastante con pensarlo.
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Si por eso, de golpe, se me acusa la comezón imperativa de escribir un poema de amor; precisamente ahora que a nadie estoy amando; ahora, cuando nadie me ama, y poder hablar de la extranjera sólida, cálida y concreta, prefabricada para mi costado, y que no me recuerda, y se avecina plena de sales y de azúcares y de presagios indudables. Surge, alma mía, de las cosas amargas, y algo más alto canta, y más alegre. Endomíngate, alma, en esta hora. Y pues una botella y su mensaje náufrago entre las olas justifican la existencia del mar, ¿de qué afligirte, si hay tanto barco y tanto tren viajando y tantas cartas en el pico de tanta golondrina, y en el aire —rayas y puntos— tanto telegrama? Precisamente ahora, quiero cantar de aquella usted que de repente, sin saber qué ni cómo, habrá de ser mi igual irremisible al llamarme de tú.
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— Y era bastante, pensaré, con pensarlo. Si era cosa de abrir una ventana; si el mundo gira en torno. Estoy hablando solo cuando escribo. A como soy, ajusto y mido y borro. Pero a la hora en que me leas sabrás que cuando hablaba era contigo. Y que no era yo solo.

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Crece la torre nueva en el naufragio del muro combatido; del alveolo de la sal, el rumbo celeste de la espiga, el transparente olor de la manzana, y surgen el olivo y su perla amarillenta y los suntuosos pórticos del vino. Canto que no aprendí, silencio en que instituye el canto las raíces. Y establecida sobre el alma, sube la lengua: cera y pábilo bajo voraz corona encandecida.

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Ámbito de la casa es, y casa del traje, y traje para el cuerpo, y cuerpo de la voz. Esfuerzo mío, tribu de sílabas concordes, ábreme campo afuera. Tú, que puedes, introdúceme al coro; así, al oficio de fundar la ciudad sobre cenizas de vencidas ciudades. Buen oficio. Derrame el canto sus caminos como una primavera de cimientos. Cirio sonoro, fundación, arroyo de abejas parcas, arribando al seno acelerado de la llama. No solamente mínimo brasero, engarce de la ofrenda en aroma desnudo que desgarra sus ropajes de humo; sí manantial de macizas paredes, de azules templos para bordadoras calladas, de albañiles coronados, de dulces padres carpinteros, de manos como príncipes que rijan el sabor unitivo de la espada.

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Oh, si me fuera dado el alegrarme con mi fuerza de hombre, si mi orgullo (¿a quién volver los ojos?), como el amor, clarísimo al mirarte, para siempre naciera, y en torno, y habitada y ofrecida, la ciudad y la gente suscitada por el orden del canto. En esta hora y mientras en la plaza, el más valiente cumple el parto viril de la futura gloria de su bandera. Golpe de sol, racimo grave de linajes. Y estar herido y pobre, y estar vivo y vencedor, y redimido, y para siempre ya desenterrado.

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Esta noche de trenes, de poblaciones emigrando, de corporales sueños, de violadas respiraciones en la arena movediza del viaje, lo recuerdo. (Fue, tal vez, necesario el incipiente amor; callar a solas con extraños, y las cosas más tiernas,
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mientras la boca se endurece y una crecida barba, de cadáver reciente, me prolonga.) Y sin embargo, cuántas veces te habrán reconocido; por los ojos, o por la ausencia que dejaste; por el cabello sobre el hombro, al irte, y el andar que descubre lo que eras. Pues sé que nos pusieron, al nacer, otro nombre, y un camino que recorrer, y un tren para el camino. Un tren sonámbulo que huye, en dirección opuesta, irreversible, de los que cruzan ya perdidos; por un saludo heridos ya de muerte, marcados para siempre, señalados; buscadores de un signo en la mazorca muchedumbre de rostros. Y todo esto sin falta, aconteciendo; todo pasando, todo viniendo y alcanzando y yéndose. Amiga, no me olvides; no me olvides, amigo; no te pierdas, espérame. Como a la máscara del baile, vengo de lejos a ocupar mi cara;
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por detrás y en silencio, a mis balcones lacrimales, al sabor de mi boca, al olor de las cosas que esperabas. Estoy sin tierra firme; estoy saliendo, a donde quiero, de estas últimas lentas horas de viaje que termina; sombra larguísima, pantano de silbatos, de ruedas que repiten su palabra distinta a cada uno; estaciones mendigas, como fechas alumbradas apenas, donde duele lo que se aprende dormitando. No me olvides, espérame. Yo, el de las cartas sin destino; el de palabras no creídas, el que siembra en lo oscuro, te lo pido.

Esta edición para internet de Fuego de pobres, de Rubén Bonifaz Nuño, se terminó en la Ciudad de México en mayo de 2010. En su composición se utilizaron tipos de la familia Optima.

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