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Fuego de pobres

Rubén Bonifaz Nuño

1
Fuego de pobres
Rubén Bonifaz Nuño
Ilíada, XXIV, vv. 522-524

Auh mazo, yuhcan,


mazo nellivi,
in yuh tlamani in tlaltipac,
¿cuix ic caco?
¿cuix ic nemauhtilo?,
¿cuix ic chocatinemoa?

Códice Florentino
Lib. VI, cap. XVIII, fol. 75r.
1

Nadie sale. Parece


que cuando llueve en México, lo único
posible es encerrarse
desajustadamente en guerra mínima,
a pensar los ochenta minutos de la hora
en que es hora de lágrimas.

En que es el tiempo de ponerse,


encenizado de colillas fúnebres,
a velar con cerillos
algún recuerdo ya cadáver;
tiempo de aclimatarse al ejercicio
de perder las mañanas
por no saber qué hacerse por las tardes.

Y tampoco es el caso de olvidarse


de que la vida está, de que los perros
como gente se anublan en las calles,
y cornudos cabestros
llevan a su merced tan buenos toros.

No es cosa de olvidarse
de la muela incendiada, o del diamante
engarzado al talón por el camino,
o del aburrimiento.

A la verdad, parece.

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Pero sin olvidar, pero acordándose,
pero con lluvia y todo, tan humanas
son las cosas de afuera, tan de filo,
que quisiera que alguna me llamara
sólo por darme el regocijo
de contestar que estoy aquí,
o gritar el quién vive
nada más que por ver si me responden.

Pienso: si tú me contestaras.
Si pudiera hablar en calma con mi viuda.
Si algo valiera lo que estoy pensando.

Llueve en México; llueve


como para salir a enchubascarse
y a descubrir, como un borracho auténtico,
el secreto más íntimo y humilde
de la fraternidad; poder decirte
hermano mío si te encuentro.
Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero.

Acaso sea punto de lenguaje;


de ponerse de acuerdo sobre el tipo
de cambio de las voces,
y en la señal para soltar la marcha.

Y repetir ardiendo hasta el descanso


que no es para llorar, que no es decente.
Y porque, a la verdad, no es para tanto.

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Yo miro esto que pesa inmensamente,


que sube a fuerza contra el peso
de la noche geográfica.
Esta mole sonámbula y regida;
materia convocada y dócil
de banquetas y lámparas y muros.

Densa expresión conmovedora


de miedos primordiales; artificio
que por decreto de los hombres
establece las cosas, y las deja
servibles ya, sumisas, protectoras.

Sitio de piedras y madera, jerarquía


de materiales ordenados
que asila, como un barco entre la lluvia,
su cargamento de dormidos.

Esto que vive, esto que pesa, miro.


Yo miro la ciudad a media noche
como un taller en huelga.

Siento pasar, soporto,


mientras del sueño emergen los enfermos
a rebuscar entre la fiebre
los signos remotísimos del día.

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Mientras la misma fiebre los aparta
del grito de los gallos, del repique
a la vez desolador y alegre
con que madrugan las iglesias,
del testimonio de la dicha terrestre
que da un rumor de pasos
transitando al pie de la ventana.

Es el instante inerte
en el que aquellos que no sufren
de enfermedad, se ponen por instinto
la noche en el costado, y vuelven cómodos
el pliegue de la pierna y el sudor de la espalda.

La hora en que los hombres


de vegetal manera giran:
sólo varados leños aguardando
la marca del alba.

Y hay un temblor de viento;


hay un latir de perros repetido
encendiéndose lejos, y llenándome
de un algo sin socorro.

Yo miro en esta hora;


y sé que alguien vigila este silencio.
Alguien que no conozco.

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No prevalecerá la limosnera
diestra del enemigo; sin sustento
perdurable su fuerza; de agrupada
ceniza solamente su semilla;
como reptil de humo su plegaria.

Ya se yergue la cólera,
y zumba el vuelo de la piedra
que romperá su lengua entre los dientes.

Y ahora ¿qué me queda?


¿Quién me recuerda, quién me oye?

¿Vendrá otra vez —y cuándo— lo que tuve?


Ya nunca igual, ya nunca
lo mismo habrá de ser; ya de otro modo,
para siempre, mi casa; ya distinta.
¿Cómo vendrá, si vuelve; cómo el rostro
sabré reconocer de lo que tuve?

Boca de sed, sedientas fauces


de sal en movimiento, cementerio
de serpientes dulcísimas, en lluvia
me convierte mis ríos; me empobrece.

Miseria de animal desamparado


me hiere; tierra desolada,
tierra vacía tengo desde ahora.

9
Al reclamar tu nombre, la palabra
de ayer, con que te llamo, ya no es tuya.

Aunque me tienda a ti con el impulso


que acrisola al brasero, cuando licua
éste la rama y reproduce,
hoja por hoja en oro moribundo,
el follaje pretérito.

Huellas de tinta madrugando,


camino sobre el agua, levadura.

Yo soy. Y me amonesta
mi corazón, visitado de pronto;
súbitamente a oscuras y despierto;
de repente en vigilia, con latidos
como de miel o jauría de rabia
perniciosa y demente.

Derecho y para arriba y libre, iba


el tronco de esta fuente, el árbol
equilibrista, el eslabón primero
de la misión del canto. Y estoy mudo.

Yo, enfrentado a la música en silencio;


enfrentado en silencio, como el manco
frente al piano, contigo. Lo que eres.

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Abandonado al soplo corroyente
que vicia las paredes del ánima;
siguiendo, con la boca gemela
de mis ojos de mudo, la bilingüe
palabra no escuchada, la que dejas
al despertar, lo confesado
en la almohada de la asfixia.

Preso por las raíces extranjeras


del dormir cotidiano, te contemplo;
canto perdido, verdadero.

Amputado a raíz de tantos brazos,


huérfano por nacer, mi compañía
es el águila espesa y subterránea
que me incuba en la noche.

Entonces, lo que temo


sobre todas las cosas, lo que amo,
desnuda a fondo la esmeralda
de un rencor que me mira. Y un relincho
de caballos hambrientos me remueve,
y un harapo de espuma se encolmilla,
y un coro de payasos callejeros.

En silencio enfrentado, esta mirada


retengo entre la nómina
de mis cosas posibles; soy el pobre,
el viejo, el distinguido
por el fuego del tósigo y la llaga.

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Los martillos sacuden, a la izquierda,
cuando estoy más dormido; cuando suena
la vagamente respirable
humareda entre sueños del fantasma.

Y algo gira y se posa, algo abusivo


y múltiple que aova en mi garganta,
como estación de moscas en la inmóvil
piel indefensa del inválido.

¿Qué llenará mis ojos, al abrirlos


desde el fondo del miedo; de qué trémula
boca salió la lengua que me lame?

¿Y habré de ver, si vuelvo la cabeza


de prisa, quién respira a mis espaldas?

Sólo de ácida sal, sólo preñada


acidez, mi bebida. Y lo que viene,
aquello que se acerca,
lo que camina en torno y embistiendo.

Cantando estoy, haciéndome


de valor con cantar bajo lo oscuro.
La pobreza, y el paso uniformado, y el cartel de protesta.

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Acaso inofensivo, acaso inútil,
no defensivo acaso. Y es un soplo
de burbujas quebrándose, un callado
grito de bestia bajo el agua,
un rescoldo de cuerpo que se ahoga.

Y suéltase la sangre convocada,


y su antídoto estrépito graniza,
crece por dentro de la oreja,
contra la mordedura de un silencio
que mata en tres segundos.

Bienvenido el que llega, si en las manos


tiene la sal augusta para el hueco
de mis cimientos despojados.
El caballo homicida, bienvenido
sea, con el galope mariguano
y la huella cuádruple hendida;
y el sueño adverso en orden de batalla,
y la saliva atroz que sobrevive
al suntuoso desorden del combate.

Y algo como el amor de mis hermanos


se despliega en mi contra, se abandera,
en contra mía prevalece.
Y lo que soy mañana, me recibe.

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Hoja al aire, indefensa, detenida


apenas, única en el árbol
enrojecido y respirante; ojo
sobresaltado, abierto, lúcido:
en el temor mi corazón. Asfixia,
duermevela con fantasma inminente.

Deshabitado el traje suspendido,


suena con un temblor de piel que busca
su bestia desollada, su materia
de bestia próxima pudriéndose.
Oh, muerta, muerta, muerta.

Ineficaz del todo fue la sábana


subida hasta la nuca;
fija por nuca y manos, escudando
de la noche agresora y sus viscosos
jirones; y sucumben la garganta,
y los flancos y el vientre
sin armazón de hueso que los guarde.

Y qué de lo que pasa


clandestino, mimético sombrío;
lo invisible y con ruido, comprensible
por el tacto pasivo; la caída
al hielo tenue que dimana
del espinazo, y a la lengua

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que tiembla y enmudece,
y al paladar de bóveda eclesiástica.

Ahora bien. ¿Soy este que se calla?


¿Soy el que gime lejos? ¿El que viene
soy, el que va saliendo, el que se queda?
¿Para qué servirá, de qué me vale
querer, sabiendo lo que sigue?
Si la sonda desciende, naufragada
sin esperanza y sin regreso,
al fondo inalcanzable que le huye.

Yo conozco las caras que se parten


en dos y en otras dos y en otras;
elementales casi formas
disfrazadas de ausentes enemigos.

Y en torno crujen las marchitas


maderas lamentables,
como un otoño cruje, como crujen
barcos difuntos, abrasados troncos,
alas crispadas y caducas
de domingos de ramos polvorientos.

El comienzo del alma, su crecida


como la cólera enramada.

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La cólera creciendo en sucesivos
collares, desde el centro
que, en lo callado, enjoya la caída
de un ojo púrpura despierto.

O, con los párpados cosidos


por agujas de humo, la rabiosa
cabeza degollada: el odre
velludo de culebras hacia dentro,
de bífidos rumores revestido
por dentro, de insidiosos
nudos de escamas erizado.

Y el alba nueva, mancillada


por enjuagar los dientes de las huellas
de nocturnos encuentros.

Aquí se pacta en vano;


es el lugar de las alianzas
nulas, de las contiendas, de la efímera
unión y la condena anticipada.

Y sin embargo existen, fuera,


la ciudad y los vasos
comunicantes de la dicha,
el árbol hembra inerme, resguardado
por puertas no seguras; la secreta
cofradía de casas familiares;
ternura líquida y solemne
de las palabras puras labio a labio.

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Serpientes salen de la boca,
frutas amargas. Fue mentido,
también, el despertar; era dormirse
en plena calle, hablando, a media vida
y en peligro de muerte.

Y sin embargo, el canto; fuegos


de zarza vibra su materia
ya de carne en común, de huesos
en común entregados. Pan de pobres.
Fuego de pobres para ser comido.

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Amapola trastorno,
exaltación morada, disparate.
Salga lo que saliere.

Y qué estruendo de alas, y qué dulce


lastre sentimental sobre la lengua,
y amistad en las manos, ofrecida
sin ponderar, qué arrebatada.

Comulgar en la música aspereza,


junto al estribo ya, de amanecida,
con mujer desolada, y el rasgueo,
y la última vez, y el aguardiente,
y sollozar a frutas.

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Salto, furor de gozo, de pataleo
de quien pide encontrarse,
con la prisa amantísima del ánima
que al fin tocó el fraterno
—ay, engañoso; ay, ay, inconvincente—
universal llamado.

Yo ya me voy. Deslúmbrame
el metal decadente de la barca
que habrá de conducirme. Y el camino.
Porque me voy mañana. Yo me parto.
Vengo a decirte adiós para olvidarte.

Lucen de adentro las canciones


que me vienen de afuera. Si me dieran,
al menos, no morir tan lejos.

—Mexicano el acento desgarrado


de plumas claras y de flores
y me enriquece de arrobadas turquesas—.

Yo sé, yo ya me voy; yo reconozco,


como si me doliera, la indudable
armazón altanera
del halo corporal que me circunda.

Propenso al celo ardiente, y al hipérbaton


sanguíneo y los mercados,
y al encabalgamiento de los ojos
viriles en los pares argumentos

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de la media naranja; multiplícanse
ternura por fervor, y el resultado
quema entre sangre y piel y piel desnuda.

Tartamudo, efusivo intraducible


entusiasmo del habla. La recámara
suntuaria y sin pesar de la memoria. Abierta y enjoyada.
También. Contento. Compañera.

Aunque comience y me sujete


por los tobillos este centro
fijo de rueda de molino.

Me columpio, vuelvo a subir, volteo;


aspa de graves órbitas iguales
recorridas de frente, con ronquidos
de ventarrón en las orejas.

Hélice a al mitad, desmorecida,


nauseosa, mecánica,
bajando al fondo del quedar durmiendo.

Era también de fuego:


sobre el tizón, hirientes, casi diáfanas
violetas duras a los ojos,
coronadas de oro. De esto era,
de esto se construía bajo el humo.

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También como de alas en asalto;
pluviales hojas enjambradas,
arboladuras de reloj a vela.

Y en vela yo, sumiso y vigilante


a la corriente en que me estoy hundiendo.

Buscando quién me soy cuando soy este


sabor labiodental, que sobrenada
entre las redes del aroma;
estos golpes de tacto en soñolientas
aguas desembocando; quién me nace
—póstumo ya— si la serpiente
de música enjoyada quiebra
el cascarón, y adelgazándose
—sensual, bicéfala y exacta—
cruza la puerta doble del oído.

En venta está mi cuarto, y de la mano


saco a la calle mis rincones.
Me dieron el indulto cuando estaba
ya contra la pared, y ojivendado.

Allí donde vivimos,


en el lugar en que nos conocemos;
donde la noche oscura, que amanece
de las cinco prensiles
advocaciones ávidas del alma.

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Y era como el silencio que tú sabes;
como de casa grande, como ramas
de anochecido pueblo solo.

Yo soy hombre, y me callo tantas cosas


que tendremos que hablar cuanto tú quieras;
la orquestada pasión y las raíces
de aquellos ojos míos que me miren
desde el sembrado sitio de tus ojos.

Me sobrevivo en vela, mereciendo


que al corazón me apunten al matarme.

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Como rumor de muchedumbre, o ruido
de torrentes huyendo, se construye,
sobre el silencio del durmiente,
el silencio de afuera: el que levantan
los dispuestos en cerco, los que miran
despertando sus armas en tu contra.

Herencia mía, mi plegaria,


hembra fundada en extensiones
hostiles, respirando entre insidiosos
oleajes de ahogo, desarmada.

Ciudad encomendada a mi vigilia,


a salvo junto a mí, con su riqueza

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de cuerpos maternales, y de enfermos
tiernamente guardados,
y de suntuosas luces coronadas
y de manos de huérfanos en sueños.

Voy y vengo delante


de ti, sobre mis pasos, en tu orilla,
cómplice de tu cuerpo silencioso;
soy, en tus bordes, atalaya
que te cubre de lejos; voz velando,
llamando, transmitiendo
su noticia nocturna
de centinela sobre el muro.

No para ti los perros de la furia


ni los enrojecidos
humeantes jinetes al asalto;
no la puerta rajada, ni el relámpago
de la espada en la alcoba,
ni el temblor de las sábanas terribles bajo la violación, ni los
gemidos.

Aquí velo, aquí estoy, aquí me aguanto


mi corazón. Clavado a la mirada
mía, y a mis pasos,
y al grito de mi boca, y a mi oreja.

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Viéramos, amarilla, construirse


la corona sulfúrica de humo
en la huella del chivo, y floreciera
la doliente señora del incienso
con el siete de espadas.
Viernes santo.

Y más: la pesadumbre
que con uñas insomnes nos exprime
del corazón un grito de dormido.

Pero ya no recuerdo ni siquiera


lo que pude contarte; no me acuerdo
ni siquiera de nada. Y estoy vivo.

Eso también se fue: la frente


desde el hueso más alto, las dentadas
herraduras, la lengua llamadora;
arrancando el mentón hasta los ojos.
Y estoy vivo y hablando.

Por el que fuera, alguna vez, saciado;


por el hartado siempre, y el hambriento;
por el que fue admitido en el misterio
de las familias, en la casa
de luces cantadoras;
por el que pasa oyéndolas, atado
a su mástil, por remeros sordos

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de sangre conducido, estoy hablando.
Y por quien vuelve, fuera
de tiempo, a recobrar sus pasos.

Pues todo es a matar; el hoy amputa,


con el mañana, la esperanza;
mientras ojivacío, mutilado
de pasos progresivos,
con un temblor de perros interiores
saludo al día último que pasa.

Noche viernes santo, sin futuro


de abierta gloria sabatina.

Pesa la luz contralto, en contrapunto


con la flauta preciosa.

Y ciertamente, sólo el viento


es quien revuelve mis papeles
y me vuelca el tintero, y me recorre
con un filo de azogue.

Yo me pregunto: el agujero
en que muevo las manos, si las subo
al lugar de mi cara,
¿espejo de qué amor está ocultando?

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Tigre la sed, en llamas, me despierta;


hambre mi corazón. Y el rostro
de las cosas me observa; el medio rostro
de lo que va naciendo: mi morada.
El naciente en la noche,
el rostro para el día de mi rostro.

Rojo contra mis huesos, con el número


de pasos ya contado.
Privado ya de tiempo desde ahora.

Se dice aquí, se afirma, aquí se habla,


aquí se duerme en compañía;
ni un paso más allá me pertenece.

Y desato mi lengua, y mis orejas


abro, y aclaro el quicial de mis ojos,
y el nombre que ensayaron mis abuelos
recuerdo, y recompongo
mi linaje de voces más lejano.

Nube de humo en mi cabeza, ánimas torturadas, divisoria


culebra, hielo de la espada;
lazo de mis palabras por la calle.

Aquí te nombro hermano, como esposa


te adorno aquí, como a mi madre

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y mi padre te llamo, te preservo
como ciudad rendida en la abundancia.

Sólo mientras vivimos merecemos,


sólo mientras estamos, mientras somos,
al menos, alguien que ha nacido.

Y logramos, mirándonos,
el portal de entrar juntos, y la puerta
de la casa que hacemos perdurable.
Y la llave.

No hablaba todavía, y lo que pido


estaba ya en tu mano.

Toda mi gloria en esta llave tuya


que lleva a tu presencia; todo
mi deleite, ceñirte en lo que nombro;
a tu fe convertido, y conciliado
en lo que acaso es verdadero.

Aquí tan solamente, y un instante.


Ya sin poder cambiarse, ya tendida
quedó mi raya, desde el alba
en que vengo a ser hombre.

Un instante no más para encontrarte.

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Área sonante, ovario


de la noche carnal; abrevadero
insistente y monótono en la arena
del oído terrestre.

Y tocar, hacia dentro, el oleaje


como aquel remotísimo, asilado
en lo vacío de las conchas. Urna,
seda contigua que despliega
en hileras cayendo, una por una,
golpes de espuma deslazada.

Concha de labios húmedos, saliva en los labios inmensos.


Y yo mismo,
¿qué escalofrío soy, qué gobernado,
—como presa de un águila— deleite?
Y tú desnuda, la que viene,
la desnuda en los bordes de su boca.

Por lo demás, hay cosas


que se comprenden fácilmente:
los relámpagos duros del galope,
los lechos consagrados, la ablandada
mano de las entrañas a rebato,
y un sabor permanente de estar vivos.

Ahora y en lo próximo, corales


tras la puerta sombría; lengua súbita

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abre y señala claustros al incesto
de la boca y la oreja, complicadas
en el secreto. Paso de cantiles,
garganta de campana en que te escucho,
latiendo, hacerte y deshacerte.

Y es el vino violeta de tu sangre,


y es tu extensión de leche, y tu sin término
río desenredándose que vuelve
en mí sobre sí mismo, desatando,
regresado de sonoras honduras,
de inconsumibles fondos admitido.

Hora ritual de los cuerpos atentos;


ceremonial donde salvado,
como el hueso en la fruta, me reúno;
como el que no ha nacido,
como en agua materna, respirando
sonido respirado, en el deleite
de oírte sumergido. Está sonando
tu corazón. Ahora está sonando.

Ahora y en lo oscuro. Y llovedizas


plumas innumerables se desgarran,
y sal y tinta, construidas
de muy adentro, en olas enrojecen.

Y la unión era lícita, sellada


con las arras solemnes del naufragio.

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Amenazados, contundidos.
Umbrales en peligro. Yo diría
que es por la edad; que con la edad aumenta
de largo y de redondo el esqueleto;
que los forros van quedando chicos
a los huesos salientes, y se muestra
desvergonzadamente la cebrada
torre de las costillas, y los goznes
arácnidos de pies y manos
bailan al viento más, y se descubre
la florecida risa amarillenta
de un cirquero sin bienes.
Yo diría
que no es cosa de miedo;
que uno es capaz de acostumbrarse a todo.

¿Pero de dónde este sabor sangriento


de casi vegetal ramaje,
que hay en la boca de la madrugada?

Yo diría
que con la edad uno se va enterando,
sin querer darse cuenta, de las cosas. Uno va sospechando lo que
pasa.

—A veces, se me vuelve
áspero el aire, y corruptible:
humo, jarabe fermentado, con burbujas como huevos de mosca—.

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Yo me esfuerzo hasta el límite,
resistiendo la embestida narcótica
que me junta los párpados, el ruido
fluvial de los rincones, la parálisis
que sube por el cuerpo ingobernable,

Soy desnombrado y sometido


al desorden amnésico del sueño.
Agrimensora larva ciega,
hostia de comuniones pegajosas,
antena soy, prestada
a mensajes malévolos; inerme
piel aterrada y dócil,
dada sin opinión al besuqueo
de lenguas líquidas y amargas.

Y estas hormigas, y este grito


en este corredor, y esta caída.
Y esta mujer —¿de quién?— que se levanta
de junto a mí; la adúltera culpable;
la que se viste ahora, preparada
para ya no volver, y que prodiga
este preñado olor de cosa
subterrestre y marina, subcutánea;
solamente despojo tierno
de entrañas conmovidas.

¿Y qué fondo sostiene lo que veo;


el nombre que me dan, el que respondo;
qué sustancia revelan

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los aceites lustrales, el bautismo
del despertar de cada día?

Cuando la noche, como la marea


que tiende al náufrago en la playa,
nos devuelve a la casa compartible,
a la mesa del día de la tierra,
al cotidiano espejo
familiar, al oficio de las gentes;
carcomidos por la sal del sueño,
como un temblor agavillados por la vida
que nos pasa de claro, ¿quién despierta?
¿Quién está salvo y sano y en seguro?

Crece la calavera, y me acostumbro.


Y al murciélago azul crucificado
que fuma en el zaguán, y a los retratos
que yacen juntos en el cementerio,
y al nagual ominoso.
Yo diría.

15

No me ilusiono, admito, es de mi gusto,


que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
un sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido

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mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.

En general, no estoy conforme


ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.

También, monumental, hago mi juego


en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.

Manos de hombre tengo; manos


para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.

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Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.

Tú, compañero, cómplice que llevo


dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.

16
Con fuerza, amigos, apretó la noche.
Apremiados andamos; como ausentes,
como en lluvia cercados;
extraños y vecinos, adiestrando
la ciencia digital del lazarillo.

¿Cómo haremos ahora nuestro oficio?


El préstamo fugaz ¿de qué manera
—si lo poco que tengo te lo quitan—
habrá de consolarnos de la muerte?

El corazón labial suelta su largo


gemir de rama dividida,
su lumbre ronca de animal en brama.

33
Y algo que tiembla entre nosotros,
lo que reconocemos en nosotros,
su flor despierta y alza.

Entre las cuatro esquinas


sobrevino el momento de mirarse;
sabor del canto entre los dientes,
lengua florida, nuestra casa.

Y era el sonido convocando


a la cita gozosa, las campanas
purísimas, el índice del astro
servicial del viajero. Y era el canto.

Como el que llega para irse, amigos,


el no durable don sobre la tierra
hallamos, y la mesa cotidiana,
quizá la última, servida.

Por el sabor del canto nos juntamos;


por la canción de aquí,
para embriagarnos juntos
y en amistad, y recibidos
en la reunión de los reconciliados.

Tal vez haya de nuevo en el tejado


los cordeles del sol, y la cobija
del sol sobre los hombros;
tal vez, de pronto, la bandera
del sol.

34
Y descolgué del sauce la guitarra
y encordé la guitarra para el día.

17

Círculo de las llamas.


Águila de San Juan arrodillado.
Alas en punta rígidas, antena
de la revelación.
Y el adversario,
la bestia acuática, la oscura
con el dardo a la espalda.

Desde el veneno, de la hoguera


del agua, desde el río
seminal de blancura, desde el hondo
hervor a tientas del volcán, viniendo.

Yo tu vencido soy, la retorcida


señal de tu victoria;
yo tu alimento que tú comes.

Bajo las doce estrellas,


emergida del sol, embarazada,
señora de la luna sobre el vientre,
señora mi enemiga: vence a salvo
en mi cuello tu pie. Yo, tu vencido.

35
Tocado estoy de muerte, traspasado
con mi propio veneno, con el filo
de mi ponzoña en sesgo, atravesándome
del espinazo al corazón. Mi fuerza,
de amarte y darme muerte.

Águila de la luz, dardo al acecho


en la caverna derrumbada;
amancillada altura, injerto
de contrarios; reptante
apéndice de saurio, precedido
por herramientas para el vuelo.

Tu pie sobre mi cuello; en tomo, el cerco


de llamas: cárcel del suicidio.
Y la rabia y la carne, y desde el agua
mi maldición de nacimiento.

Agua viviente, madre


de arroyos primogénitos; inmóvil
agua podrida, subyacente
a su rostro de espejo; agua que baja
restituida y múltiple y dispersa.

18

Algo insiste en morder menudamente;


algo, serpiente o pájaro,
con alhajada dulcedumbre insiste

36
sobre mi corazón. Y me relumbra,
entre claras mayúsculas,
la inicial embriaguez de estar despierto,
sin recordar el modo, en otra parte.
Yo, que estaba dormido.

Amigos, era cierto;


nada tenemos nuestro para siempre.
El morir procuramos, con tan sólo
querer el otro día.
Y este ahora,
que me acerca a mañana,
es ya mañana un poco en que me acabo.

Un juego de ventanas y reflejos


y encenizado cielo se complica
del todo. Adquiere,
con un silencio aparte, una medida
espaciosa y solemne.

Sí; por casualidad nos encontramos


aquí, y es breve el tiempo que tenemos,
amigos, en la vida. Nos miramos
apenas un instante, en el florido
encuentro de los rostros,
y echados somos de la fiesta
antes de tiempo siempre, y sin remedio.

Fiados a la moneda que decide


el salto del volado,

37
y al caer de los oros,
ceremonial, y las espadas,
en el ganado albur que amanecemos.

Porque todo es prestado; se nos prestan


la casa, el despertar, la compañía,
el sentimiento temeroso, el simple
cambio de la amistad, y el júbilo
de ganarse otra vez, y nuevamente
el alegre perder al encontrarse.

Inevitablemente imprevisibles,
en riesgo y bajo llave,
son el vino y la boca y aquel día,
como si fuera nuestro, que disfruto.

Y que nadie me llame en esta hora


en que, tal vez, me esperas.

19

Noche mortal y combatiente, niebla


de muro a muro adverso. Sed nocturna.

El sueño de la espada: la medalla


creciente sobre el pecho del guerrero;
la púrpura florida, insignia
de una muerte de lujo.

38
De muro a muro, sed nocturna;
tierra de nadie, y el silencio solo
para sembrar, a medias,
la simiente del diálogo a lo lejos.

Ahora quien oficia de enemigo,


el oculto y despierto, el frente a frente,
abierto a voces inseguras quema
su máscara, el incienso
sacramental de estar llamando;
resucita el conjuro que enrojece
el vellón del cordero;
sombra y ceniza cubren su cabeza.

Éste que me pregunta mi pregunta,


que tiene mi respuesta;
boca que entre mis dientes come
la miga dócil de mi pan de hermano.

Contraria mano, espejo penetrable


me acompaña el costado, me guarnece
con águilas en círculo,
con un vuelo de antorchas carniceras.

Y sé que estoy amaneciendo


y deshilacho ya la cobertura
de los ojos nublados.

Tierra de nadie, toda


la que no pisan nuestros pies ahora;

39
lugar de la celada, noche
para tender los lazos a la herida
y a la angélica presa: el rostro puro
del fraterno enemigo.

Hasta la grieta horizontal del alba,


y la cadera rota y el bautismo.

20

Hay noches en que tiemblan


—agua ciega, inestable— las paredes
de las casas. Cerradas noches
de la sangre en vigilia, de taladros
minuciosos de ascendente lumbre
torcida en caracol y sin descanso.

Las noches de esos días en que pájaros


que en invierno comen de la mano,
se quiebran combatiendo
su alambrada prisión; feroces, húmedos
en la cáscara ardiente de su oscuro
cuerpecillo insaciado.

Hay noches iracundas; hay las noches


en que esos mismos pájaros,
dormidos ya, vivos de muerte, cantan.

40
Y el canto yérguese, anhelando
como rabia de víbora; se yergue
con las fauces rabiosas muy arriba;
desjaulado, oscilante, estremeciendo
su marea de víboras; hinchando
una sonora nube emponzoñada;
rajando la panza de la nube,
y se deja rodar inquebrantable
como un sol giratorio, como lluvia
circular de relámpagos,
y sacude por dentro, hasta que gimen,
trajes, rincones últimos, vidrieras.

Hay las noches voraces en que el año


se viene encima con la furia
de su pesada primavera, en llamas
de sudor polvoriento;
cuando los perros encogidos abren
oculares violetas,
y el chillar de los gatos, prolongándose,
pone, en un vuelco, el corazón de punta.
Y las gentes. (¿Adónde, desde cuándo,
en dónde estás, qué luz, qué está muriendo?)

Hay las noches de las casas inermes,


en que no queda cerradura entera
ni puerta de ladrón a salvo.

41
Y la sangre y la sombra, con el canto
incontenible del dormido
y la oreja tendida del insomne.

Donde rezuma la presencia


de un rumor de rameras que en hoteles
involuntariamente gozan;
de entrelazadas piernas en calientes
cuartos de vecindad; de gritos
que en hospitales libran condenados
a muerte con dolor; de calabozos
que sigilan hombres que se tocan;
de sábanas suicidas.

21

Arden las hachas turbias


sangrando el paredón del fusilado.
As de espadas cristiano de la muerte.

Arrancado, cruzar la puerta entonces;


cruzar la puerta sin querer,
y salir, y mirar entredormido.
Esto es: lo mezclado, lo sin límite
cierto; la vertiente salobre
por donde baja el tigre a la pupila.

El castigo que asciende para el crimen,


vagamente sonámbulo, ejercido;

42
como el ojo de yeso que te mira,
como la mano en ti bajo las sábanas,
o la almendra finísima, que alumbra
sobre tu corazón cuando respiras.

(¿De dónde a dónde, pues; en qué ha quedado


al fin; quién convalece
bajo la espuma roja de estos párpados?
Si alguien pudiera convencerme
de que estabas allí; de que tú eras,
aquella vez, tú misma, resguardada
por el olor que cada día,
como clima de tallos no visibles,
se me aparece en torno, en cualquier parte,
cuando menos lo espero.)

Furia de ser feliz, hoguera


de señales en la costa vacía;
amor, mirada pura conservada
entre las hojas secas de algún libro.

Y de pronto, qué voz, y qué terrible


máscara disimula al entre sueños
condenado a salir, al descuajado
a tirones; qué fondo de raíces
encanecidas por la noche.

Por muros permeables ofrecido,


sin defensa, al avance
de comunicaciones corrosivas;

43
madeja de acueductos capilares
hacia la sed inconfesada.

Hora penúltima, imprecisa


pulpa, manzana universal, recinto
del terror opulento: madrugada
de quien despierta sentenciado.

Y el lamento de un tren de pasajeros


arrastrando su vida, y la distancia
de un perro maltratado, y el ladrido
de los tambores en el viento,
a goterones llagan la conciencia.

22

Algo se me ha quebrado esta mañana


de andar, de cara en cara, preguntando
por el que vive dentro.

Y habla y se queja y se me tuerce


hasta la lengua del zapato,
por tener que aguantar como los hombres
tanta pobreza, tanto oscuro
camino a la vejez; tantos remiendos,
nunca invisibles, en la piel del alma.

Yo no entiendo; yo quiero solamente,


y trabajo en mi oficio.

44
Yo pienso: hay que vivir; dificultosa
y todo, nuestra vida es nuestra.
Pero cuánta furia melancólica
hay en algunos días. Qué cansancio.

Cómo, entonces,
pensar en platos venturosos,
en cucharas calmadas, en ratones
de lujosísimos departamentos,
si entonces recordamos que los platos
aúllan de nostalgia, boquiabiertos,
y despiertan secas las cucharas,
y desfallecen de hambre los ratones
en humildes cocinas.

Y conste que no hablo


en símbolos; hablo llanamente
de meras cosas del espíritu.

Qué insufribles, a veces, las virtudes


de la buena memoria; yo me acuerdo
hasta dormido, y aunque jure y grite
que no quiero acordarme.

De andar buscando llego.


Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.
Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo
y pienso en esta vida que no es bella
ni mucho menos, como dicen
los que viven dichosos. Yo no entiendo.

45
Escribo amargo y fácil,
y en el día resollante y monótono
de no tener cabeza sobre el traje,
ni traje que no apriete,
ni mujer en que caerse muerto.

23

De esta nada, del hondo de estas minas,


de esto sin forma oscuro, levantarse.

Hallar su gente el traje; las orejas,


su tumulto de leños crepitando,
y advertir el hueso su medula
y sus alas de carne apaciguada.

Oh combate, codicia de las fauces


de cada noche; boqueante
rabia de maniatado, sumergido
en un licor inmóvil que lo embiste
con argollas de peso; maniatado
y en la invasión inmóvil.

Y de aquí, de la obscena
quietud saliendo libre, de los charcos
lánguidos del espanto, y de su costra
de líquidos harapos en vapores,
resucitar, atónita,
la muchedumbre del abrazo.

46
Cicatriz bienvenida, prenda
de la alianza, tierra conquistada,
carne humana y celeste.

El envés del espejo recupera


su marítimo salto de ventana:
misterio placidísimo
del recobrado; del convaleciente
en su patio de miel cuando se alhaja
la visita solar; del expulsado
amante, que despierta
otra vez perdurable y admitido.

(Tal vez porque lo estoy queriendo,


siente mi corazón aunque mis ojos
no miren, y en mi boca abunda
lo que en mi corazón echo de menos.)

Hora de los sepulcros


desalojados, de los ataúdes
quebrados hacia fuera, de la sombra
que nuevamente dócil se somete
al andar de su cuerpo.

Materia musical del fuego,


ventanas navegables;
compás vacío que trasmina el muro
de la ceguera, restaurando,
innumerable, un círculo de brazos
en la república del día.

47
24

Volaron águilas, leones


gimieron vencedores. Alas lívidas
despliega en mi cabeza el vino.
Y un orden puro, como el de la noche
en torno de las mesas, se construye.

Y aunque nada es seguro, me deleito


en el lugar de la amistad, ahora.

Como puño de tierra es lo que hacemos;


como otoño en las ramas, que anticipa
un crujido de brasas a la tierra
descolorida de mañana.

Tal vez alguien nos mira, que se ríe;


alguien burlándose nos mira.

Y ciertamente pasa: no son verdes


los brotes nuevos todavía,
y el tronco ya es de viento y sin raíces.

Escribo: “este momento”, y el momento


en que escribo se fue. Ya tan borrado,
ya tan irreparable como siglos
de antes que naciera.

Pero nadie me quita el encontrarnos,


la riqueza fortuita, y la emboscada

48
tendida por la suerte que se oculta
en los atrios del día.

Olor como de estar lloviendo,


como de frutas húmedas, mercados,
la memoria me habita, me sumerge.

Quizá dormidos somos,


verdades de dormidos conocemos.
Tal vez alguien nos mira que dormimos.

Y yo te invoco en sueños, y me salvo,


y al salvarme te salvo si me escuchas.

25

Cabello al aire, del que surge un ala


de flor; sierpe rampante,
cabeza de culebra ante el espejo;
maternales ramas de la vida
que despierta, entre ruinas, el momento
de la restauración: coro de espinas
y crisol para el oro de la danza.

Entre espinas aéreas,


flor capilar; embrión de las raíces
volátiles del árbol incendiado.

Conjuro de la medianoche:

49
Arde, hueso de pájaro, medula
de aceite consagrado; dinastía:
ven a coser la piel sobre profundo
viento en las sombras; amanece,
mortal bautismo de la carne.

De aquí, la danza; torso, brazos, piernas,


vientre pariendo, lanzadera
en el telar en flor de la batalla;
de este cabello en vueltas, el pecado
redentor aparezca, el paraíso
recobrado del fuego.

Flor capilar, ala de flor en vuelo,


alimento del águila que acecha
en la punta del pie. Cerco de espinas.

Libre ya, por cercada;


por conducida, llevadora;
por desnuda, enjoyada; por ya muerta,
resucitable para siempre.

Collar del movimiento, sangre


nacida, sierpe de plumajes, órbitas,
calavera de azúcar del ombligo.

Y las contrarias lumbres de las manos,


y el grito alegre, y las divinas
tunas afluentes de la primavera.

50
Ay ay, y los relámpagos;
ay ay, y los fantasmas de la hoguera;
ay ay, y las sonajas como pechos
sobre los pasos a compás.

26

Vengo a mirar aquí la madrugada;


a las fauces de humo, donde el fuego
se tuerce; al horno que se abre, no edificio
para el trigo, sí puerta
al resplandor del sacramento
inicial que me desnuda el rostro.

¿Quién, pues, el adversario; el que dialoga


conmigo? ¿A quién la tierra pertenece?

Mi mujer una sólo;


una sólo mi nieta, una mi hermana;
una, mi casa en donde vivo;
en mi contra y siempre de mi parte.

Y aunque no se me diera el regocijo


de sábanas ilustres, ni la mesa
de un existir tranquilamente,
ni el atributo cálido de hablarle
de la lluvia exterior, disimulada
por cerrojos y puertas.

51
Almohada, creciente de latidos
en la oreja sin sueño, lo que oía;
reloj de ciego, desangrándose
gota por gota; vértigo; aleteo
tenaz de mariposa traspasada,
de mariposa negra contra el muro.
Y mi alma y mi lengua.

Mal agüero la noche, mala el agua


en los huesos metida, su ponzoña
como niebla en los huesos.

Espero la salida en donde miro;


en donde ahuman, a lo lejos,
las llamas; hacia el rumbo donde sube
el parido sangriento, y su familia
de encarnizados pájaros lo sigue.

27

Espinas, alas; acto incorruptible


de la contemplación. En el secreto
a voces cardinales, he probado
lo que soy, en verdad, sobre la tierra.

El camino de ida era regreso


ya, desde siempre; viaje
trazado y recorrido; penitencia,
humo de sacrificio que propicia

52
nuestra amistad, y aclara
la verdad en que estoy al encontrarte.

He soltado despacio
el vuelo de mis pájaros de oro
rayando el jaspe oscuro.
Orfebre y piedra para el toque
tu corazón. Oíste.

Y planeta de anillos enjoyados


soy, y sierpe anillada me recubre
de esmeraldas febriles, y en delicia
las costillas me angosta.

Voy malherido, pido que me mates;


que, si te habrás de ir, antes de irte
acabes ya conmigo.

Tú, mis oídos; tú, mi boca


para poner mi lengua; tú, mis ojos.
Alas de oro ensayo en tu presencia,
espinas de metal precioso.

¿Por cuánto tiempo el huésped en tu casa


ha de permanecer; cuál es el plazo
que para estar allí me señalaron?

Acaso como lluvia he de caerme


de una vez para siempre; acaso entonces.
Ojalá que nunca despertara.

53
Y en pecado mortal hallo la dicha
que santifica los altares
violados, y las cuerdas
concierta y armoniza, y el concierto
de las concordes ánimas gobierna.

28

Están cantando adentro;


hay cantares ahora en esta casa.

Entonces, fue verdad. Tengo la llave,


pero toco en la puerta
como cuando era el nadie que llegaba:
el sin cara y en busca,
el recién despertado, el todavía
dormido a medias, estirándose
en rodillas torpes levantado.

La enmascarada esconde sus cabellos


con diadema florida,
su boca instrumental oculta
con labios lentos; enjaulados
vuelan los pájaros de la mirada.

Es hora, pues, de fiesta;


de aceptar que son breves las raíces
bajo la tierra del encuentro,
y, como en cartas familiares,

54
las felices noticias, los retratos
últimos, la promesa
del no tangible abrazo al despedirse.

Todo venía de camino, y viene


y desata la almendra en que se anudan
el rumbo del aroma y el del trigo
y el vino y el carbón enllamarado.

Y hay cantares aquí, y he merecido


tomar mi parte en el cantar.
Amigos,
¿qué podemos perder con alegrarnos?

Lengua de agujas, y costumbre


de espinas soportamos, y cilicios.

Si estamos de pasada,
si nada más nos saludamos,
si habré de irme aunque no quiero.

Mi lámpara casual para escogerme


yo mismo, se me dio; con la esperanza
fugaz, y el calentado aceite
del cerco de esta noche en donde invento
mi jerarquía diurna de palabras.

Me aconsejo, me advierto, me amenazo;


soy pues, aquí, yo mismo.

55
Y otro será el que salga, y no me importa,
por el zaguán de madrugada,
y cogerá los cantos que sembramos.

29

¿A qué imperio la puerta quedó rota?


¿Quién grita, quién redobla, quién tañe?

Bastaba, pues, con esta


raya de plata en el termómetro;
esta gota de lumbre en la garganta;
este clavo en la nuca, la subida
de este sol de hielo,
para que el mundo revelara,
hasta el furor, su entraña más oculta.

¿Qué mano pudo abrir los grifos


de los caños del ruido por las venas?
¿Qué badajo golpea, desgajando?

¿De qué infestadas aguas nace


esta crecida atroz que nos levanta
más arriba, hasta dónde, hasta qué fondo?

Vegetales pegasos desollados


peces de carne y nubes,
entigrecidas flores sanguijuelas,
a borbotones cubren, abandonan

56
las insidiosas cárceles de yeso
de las paredes en delirio.

Y me hiero entre voces, disputando


mi guarida de sábanas enfermas
con un gigante insano, guarnecido
de belfos agrios, chupadores,
y planetas carnívoros.

Fuerza enemiga y libre, cuerpo


que hace poco era mío;
y viviste conmigo tanto tiempo.

Emplumado de hueso
el paladar, moviéndose la lengua
entre tambores encontrados,
y el terror inmediato
de ser, ahora, doble por lo menos.

Yo mismo, y este que me invade


y estos otros dolientes, y estos otros,
que son también yo mismo,
irreparablemente descendiendo
a torpes aletazos de frazadas.

Y pensar: si esperando, si lograra


creer en las virtudes
curativas del alba, en la sedante
juventud de mi madre, en la ternura

57
humana, recibida a breves sorbos
con el azul de las tisanas.

30

Sólo temblor ardiente, encandilando


hasta el hueso orbital de la mirada,
llamarada de pronto, las paredes
fueron que me guardaban; y en el aire
sólo espiga de pájaros mi torre.

Parado al descubierto estoy, en medio


de lo que fue la calle, en arrasado
territorio de vida —ya ceniza,
ya viento, ya vacío, ya camino
sin comenzar, hacia los cuatro lados
infinitos del círculo—.

Con la sed soñolienta del minero


descenso radical, con el anfibio
lento acuático vuelo
del nadador profundo, alucinado
tras el pez de su rostro.

Y si pregunto, no sé contestarme
en qué estación de trenes, por vez última,
no te encontré; qué instante ya caduco
era para nosotros; conducida
por qué veloz ventana miras; dónde,

58
ya de espaldas a mí, me estás buscando,
mientras quedé de espaldas al buscarte.

Amiga, si tan sólo fuera


dormir y verte, amiga de aquel tiempo.
Venir al sitio de lo tuyo,
al terror de no hallarte, a mis entrañas;
al sospechoso tránsito sonoro
como de pasos tuyos en tu alcoba,
al olor de tu armario, a tus vestidos
muertos o tus zapatos bostezando.

Y memorias molares desfiguran


el insustituible pan celeste,
y el golpe me despierta: la implacable
cerrazón ominosa
del zaguán de salida que me abriste.

Ámbito de la cita a que no llegas;


la cita a la que acaso vas llegando
cuando ya no te espero. Hemos perdido
otra ocasión para morirnos juntos.

31

Nacidos en capilla, desahuciados,


de voluntades últimas transidos;
empujados, salidos turbiamente
de la matriz en convulsiones.

59
Y dijo la partera: “Es hombrecito
y está vivo, pues grita”.
Era evidente. Y he gritado
hasta que el grito desvistió las lágrimas,
y el llanto las palabras,
y las palabras desterraron
el llanto, y se juntaron las palabras
para cantar, y establecido el canto
se fundó la ciudad, como al principio.

Y conquisto mi tiempo ciudadano


de sentenciado, que no sabe
nada que aquel siguiente día
en que serán barridas las guirnaldas
del lugar de la fiesta.

Hago mi casa temporal a impulso


de esta ola de fondo, irrevocable;
marejada del ánima en comercio,
borrachera de abstemio; transitivo
amar de complemento anónimo,
enriquecido en popular subasta.

Yo te doy si me das; si me hace falta


lo que te sobra, y te completa
lo que tengo en exceso.

Y cambiamos el guante por la mano,


y el pie por el camino, y el saludo
y el pan a la medida; y el espejo,

60
filialmente materno, con la hermana
incestuosa que amamos, la que viene
de otro país, habida de otros padres,
matrimonial soltera prometida.

En el mayor cantar, el de la espada


al que está de rodillas dice: “Amigo,
también tú has de morir. ¿Por qué te quejas?”

Y en mi tierra, “nadie muere la víspera”,


pensamos, y además: “nadie la tiene
comprada”.
Mientras llega,
algún quehacer me busco y te dedico.

32

¿Fue el penacho del grito, fue la hoja


cabelluda del grito, fue el ahogo?
¿El tránsito del cuerpo en el mentido
corredor de un espejo —ya de espaldas,
ya caminando dentro del espejo?

Una hiedra de oro se torcía


por la garganta; goma espesa
pegaba lengua y paladar. Y abriéndose,
la cisterna barbada, su salobre
pulpa líquida y verde, bebedora
del corazón latiente.

61
Éramos lo que somos. Carne viva;
ceguera y carne en sueños.
Tan sólo ceguedad inseminada
con escamas de lumbre; solamente
despellejada carne.

Incisión en el orden, fruto


que sangra, herida caminante,
patria bajo bandera de preguntas.

Y de súbito, y clara, la gozosa


carga sensual del alma, santamente
contaminada en sí; guerra florida;
enmascarada muerte nuestra
en la fiesta lustral, fingiendo
amistad y presencia de la vida.

Subida del amor bajo el atado


leño flotante, dócil al empuje
vertical y hacia arriba, y al colmillo
del anda que lo liga, al encorvado
diente asido en el fondo.

Ahora y en sosiego, la llovida


claridad en la arena, el varadero
tras el viaje sonámbulo, el camino
para encontrarse nuevamente.
Territorio impecable, la mañana
para poder hablar. Vaso de orgullo.

62
Alzado en armas prodigiosas,
por todas partes combatiendo, el día
bello y valiente. Sol de lianas
presente y primitivo
como la luz ecuestre del lagarto
en la roca de espuma, como el vientre
del fuego original, como naciendo.

33

Hervor de calles; desembocadura


de pábulos ardiendo, en la caldera
sediciosa del mísero.

Como hierba de gritos, como en humo


lumbrarada de pelos espantados;
como chubasco tupidísirno
y turbio, en ascensión. Así llegaba.

Y alégrate si nadie, en esta plaza,


si nadie, de tan juntos y de tantos,
puede caer; si nadie puede
ser abatido; si no puede ninguno
dejar su sitio sin morirse.
Cada uno en el centro,
en medio cada uno, circundados.

Nace la gloria para ti, mi hermano;


mi muy reverenciado, mi sin dicha,

63
mi desgraciado pobre, mi vecino;
mi, como yo, despierto.

Mira: el sin tregua, el desterrado


con injusticia, y el que canta,
mi hermano de tu hermano, y el hambriento
y la sed que aumentó de puerta en puerta;
y vienen con nosotros el inválido,
y el muerto a solas, y el sin nada.

La gente de este lado, que ha salido


de quemados olivos todo el año;
de carnívoras cruces que alimenta
el gran poder de la traición; de niños
abortados surgiendo;
de mujeres para siempre olvidadas.

Desde el cogollo del dolor, humea


la libertad ensangrentada.
Mira
que fauces de león se descoyuntan;
que ya la fiesta del alumbramiento
aúlla y rinde frutos,
y el profeta en su tierra,
de innumerables bocas coronado,
resuena, y las banderas gimen,
y las hondas volando y empedradas.

Y el milagro del horno y de la harina


se acerca, y los ejércitos inmóviles

64
con la resurrección, y las trompetas
de los finales pájaros terrestres.

34

Ha llegado el olor, el filo


de su dental caricia; la preciosa
amarga flor nocturna: madre nuestra,
collar que junta nuestros cuellos.

Y voy corno embriagado, como en dicha;


como herido me llevan; como sueño
póstumo al despertar, como si hubiera
bebido hasta embriagarme, estoy viviendo.
Como en vino saciado.

¿Dónde el agobio, dónde la pobreza?

Era, de pronto, levantarse


descalzo y con temor, y a media noche,
y a recorrer la casa despoblada
—yo mismo el enemigo—, con la inútil
esperanza de que fuera sólo
un paso de ladrón el escuchado.

Mujer salobre y única,


desnuda irresistiblemente,
que camina, simplísima y desnuda
debajo de sus ropas, madurando

65
la cosecha de aceites y de humo.
Único día de la vida.

Como en halo de lámpara,


como en regazo tuyo, como en tibio
paladar, sujetado, me someto;
librado a la fortuna, reconquisto
mis brazos y mis deudas, y levanto
mi victoria terrestre.

Yo te regalo ahora
lo que me liga a ti; yo me pregunto,
en medio, qué seguimos; qué pretende
tu corazón.
Acaso yo te miro
en verdad; acaso donde el siempre
y el nunca vuelven comprensibles
la granada y el orden de las uvas
y el gregario esplendor de la mazorca,
y la miel colectiva.

No sin trabajo y guerra me divido


por dentro, y tú me asilas y reúnes
debajo de tu brazo. Y no es en vano.

35

Ábrese el fuego, y salta la burbuja


metálica de un pez; barre los ojos

66
una flor instantánea; doble salto
mortal, ensaya el corazón. Amigos,
algo mejor gocemos que un lamento.

Ya, para no caerme, estoy colgado


de tu clavo, alegría; de tu absorto
badajo, de tu azúcar infalible
de mujer conseguida.

Has caminado
de gusto, te has sentado de gusto,
has llorado de gusto hasta reírte.
Eras tuya, y bailabas, y las piernas
no te dolían tanto. Y es domingo.
Escaleras del aire, pan del día,
turquesa el vuelo entre nosotros.

Y de pronto es domingo,
y hay gente, y es de fiesta
y fraterna la gente, y es ahora,
y hay el viaje y la carta recibida y el intercambio de la contraseña,
y la risa espiral regocijada.

Risa del pobre, cúpula sin suelo por sí misma orquestándose; música
sin orquesta que la amarre, deslimitándome, soldándome, compacta,
el dentro y el afuera.

Desde la almendra glandular me encumbras,


desde las cuatro alcobas
cordiales, me trabajas, alegría;

67
plural jarabe, rosa visitante,
llave de toda cerradura.

Amigos, ha pasado la nocturna


concepción de los cantos, y la víspera
de cristal doloroso, y la semilla,
y está el deleite con nosotros
como vino de suyo madurado.

Y está en las manos el solemne


fulgor; el número premiado en esta lotería de campanas.

36
Pues tal vez; quién dijera.
Si estuviera a las vueltas, atmosférico.
Si fuera todo; si el descubrimiento
de América y las islas
fuera cuestión de abrir de par en par
nuestras ventanas carabelas,
para encontrarla allí, como en un libro
de la escuela primaria.

Limpia y acicalada, con sus indias


de perlas, con sus indios fumadores
en salones de concha y de palmeras.

Si está girando en torno.


Fuera, quizá, bastante con pensarlo.

68
Si por eso, de golpe, se me acusa
la comezón imperativa
de escribir un poema
de amor; precisamente ahora
que a nadie estoy amando; ahora,
cuando nadie me ama,
y poder hablar de la extranjera
sólida, cálida y concreta,
prefabricada para mi costado,
y que no me recuerda, y se avecina
plena de sales y de azúcares
y de presagios indudables.

Surge, alma mía, de las cosas amargas,


y algo más alto canta, y más alegre.
Endomíngate, alma, en esta hora.

Y pues una botella y su mensaje


náufrago entre las olas justifican
la existencia del mar, ¿de qué afligirte,
si hay tanto barco y tanto tren viajando
y tantas cartas en el pico
de tanta golondrina, y en el aire
—rayas y puntos— tanto telegrama?

Precisamente ahora,
quiero cantar de aquella usted que de repente,
sin saber qué ni cómo,
habrá de ser mi igual irremisible
al llamarme de tú.

69
— Y era bastante,
pensaré, con pensarlo.

Si era cosa de abrir una ventana;


si el mundo gira en torno.

Estoy hablando solo cuando escribo.


A como soy, ajusto y mido y borro.

Pero a la hora en que me leas


sabrás que cuando hablaba era contigo.
Y que no era yo solo.

37

Crece la torre nueva en el naufragio


del muro combatido;
del alveolo de la sal, el rumbo
celeste de la espiga, el transparente
olor de la manzana, y surgen
el olivo y su perla amarillenta
y los suntuosos pórticos del vino.

Canto que no aprendí, silencio


en que instituye el canto las raíces.
Y establecida sobre el alma, sube
la lengua: cera y pábilo
bajo voraz corona encandecida.

70
Ámbito de la casa es, y casa del traje,
y traje para el cuerpo,
y cuerpo de la voz.
Esfuerzo mío,
tribu de sílabas concordes,
ábreme campo afuera. Tú, que puedes,
introdúceme al coro; así, al oficio
de fundar la ciudad sobre cenizas
de vencidas ciudades. Buen oficio.

Derrame el canto sus caminos


como una primavera de cimientos.

Cirio sonoro, fundación, arroyo


de abejas parcas, arribando
al seno acelerado de la llama.

No solamente mínimo
brasero, engarce de la ofrenda
en aroma desnudo que desgarra
sus ropajes de humo;

sí manantial de macizas paredes,


de azules templos para bordadoras
calladas, de albañiles coronados,
de dulces padres carpinteros,
de manos como príncipes que rijan
el sabor unitivo de la espada.

71
Oh, si me fuera dado el alegrarme
con mi fuerza de hombre, si mi orgullo
(¿a quién volver los ojos?),
como el amor, clarísimo al mirarte,
para siempre naciera,
y en torno, y habitada y ofrecida,
la ciudad y la gente suscitada
por el orden del canto.
En esta hora
y mientras en la plaza, el más valiente cumple el parto viril de la
futura
gloria de su bandera. Golpe
de sol, racimo grave de linajes.

Y estar herido y pobre, y estar vivo


y vencedor, y redimido,
y para siempre ya desenterrado.

38

Esta noche de trenes,


de poblaciones emigrando,
de corporales sueños, de violadas
respiraciones en la arena
movediza del viaje, lo recuerdo.

(Fue, tal vez, necesario el incipiente


amor; callar a solas con extraños,
y las cosas más tiernas,

72
mientras la boca se endurece
y una crecida barba, de cadáver
reciente, me prolonga.)

Y sin embargo, cuántas veces


te habrán reconocido; por los ojos,
o por la ausencia que dejaste;
por el cabello sobre el hombro, al irte,
y el andar que descubre lo que eras.

Pues sé que nos pusieron,


al nacer, otro nombre, y un camino
que recorrer, y un tren para el camino.

Un tren sonámbulo que huye,


en dirección opuesta, irreversible,
de los que cruzan ya perdidos;
por un saludo heridos ya de muerte,
marcados para siempre, señalados;
buscadores de un signo en la mazorca
muchedumbre de rostros.

Y todo esto sin falta, aconteciendo; todo pasando,


todo viniendo y alcanzando y yéndose.

Amiga, no me olvides; no me olvides,


amigo; no te pierdas, espérame.

Como a la máscara del baile,


vengo de lejos a ocupar mi cara;

73
por detrás y en silencio, a mis balcones
lacrimales, al sabor de mi boca,
al olor de las cosas que esperabas.

Estoy sin tierra firme; estoy saliendo,


a donde quiero, de estas últimas
lentas horas de viaje que termina;

sombra larguísima, pantano


de silbatos, de ruedas que repiten
su palabra distinta a cada uno;
estaciones mendigas, como fechas
alumbradas apenas, donde duele
lo que se aprende dormitando.

No me olvides, espérame.

Yo, el de las cartas sin destino;


el de palabras no creídas,
el que siembra en lo oscuro, te lo pido.
Esta edición para internet de Fuego de pobres,
de Rubén Bonifaz Nuño,
se terminó en la Ciudad de México
en mayo de 2010.

En su composición se utilizaron tipos


de la familia Optima.