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MIGUEL ÁNGEL

CHÁVEZ DÍAZ
DE LEÓN

POLICÍA
DE CIUDAD JUÁREZ

OCEANO

lA PUERTA~NEGRA

A Ciudad Iuárez y sus viejos barrios ...
siempre tan explosivos
Editor de la colección: Martín Solares
Diseño de la colección: Estudio Sagahón
Fotografía

de portada: Mayra Martell

POLICÍA DE CIUDAD JUAREZ
© 2012, Miguel Ángel Chávez Díaz de León
D.R. © Editorial Océano de México, S.A. de C.V.
Blvd. Manuel Ávila Camacho 76, 10° piso
Col. Lomas de Chapultepec
Miguel Hidalgo, C.P. 11000, México, D.F.
Tel. (55}9178 5100 • info@oceano.com.mx
Primera edición: 2012
ISBN: 978-607-400-766-4
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escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes,
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Hecho en México / Impreso en España
Made in Mexico / Printed in Spain
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I?'AI~V\ DA!RJLE lYH PAiRTJE.

Hoy fue un viernes movido, se reportaron bastantes asesinatos,
más que en la semana pasada completa. Casi todos fueron en
mi turno, trece escenas del crimen tuvimos que acordonar con
rlnta amarilla.
Nomás las cinco cabezas encontradas en el Valle de Juárez
fueron en un albazo. De cualquier manera debo incluirlas en mi
u-porte. Doce veces tuve que cambiar mi parte policiaco. Doce
borradores de todo lo que pasó en el día; espero que la treceava,
que ya capturé en mi laptop, sea la vencida.
Llegamos a la estación de policía Babícora, y la Ruth, mi pa­
l'!'ja de labores, se fue derechito al baño. Yame había dicho que
1 rulu un chingo de ganas y no quiso hacer en la gasolinera por­
lfllt'estaban muy puercos los sanitarios, pero aquí el encargado
t rue las llavesy anda perdido. De seguro fue a echarse unos tacos
d1· fritangas al puesto de la esquina. Le queda muy bien el apodo
q111• le pusimos la Ruth y yo: el Tripas, porque huele a fritangas a
dh·z metros de distancia.
l'altan treinta y cinco minutos para que mi pareja yyo entre­
l(lll'llloscuentas y nos vayamos a descansar. Hoy hubo mucho
J11l1'.
1:s la primera vez que se nos acaba el rollo de cinta amari1111
d1·balizar. "Listón amarillo'; dicen los pendejos que no son
1•K1wrlos
como yo. Cinco años de agente de policía, cinco años
111•rl1•1wcil'1ldo
al honorable cuerpo y dos años como jefe de la
lh'lwula 1 .isl ón.

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Los compañeros así nos llaman a los cuatro agentes que es­
tamos comisionados y encargados para establecer el perímetro
de seguridad, poner la cinta y delimitar la escena del crimen.
Cuatro agentes que trabajamos en parejas cada doce horas sin
descanso, nos turnamos. Cada quincena, cuando se llega el día
de pago, cambiamos de turno.
Nos llaman "Brigada Listón" en son de burla. Es el trabajo
más denigrante para un policía. Es una comisión humillante. Así
lo ven todos en la Corporación.
No es brigada oficialni nada. Así le llaman desde que a mí me
comisionaron para poner la cinta amarilla de PRECAUCIÓN-NO
PASE-POLICÍA, desde que me quitaron del mercado Cuauhtémoc,
en la zona centro,junto a la PresidenciaMunicipalviejaque está en
las calles Mariscal y Vicente Guerrero. Por aquellos días me ce­
saron y además me dieron quince días de arresto. La falta que
cometí, según ellos, era que me negaba a hablar con las clavesde
la policía y de verdad no me gustaba ponerle números a todo.
Cuando regresé de mi castigo, mi comandante Marcelo Hinojosa,
hoy finado con 83 orificios de AK-47, me agarró tirria y nomás
por sus puros güevos me comisionó a poner los pinches listones
amarillos de PRECAUCIÓN-NO PASE-POLICÍA en cada escena de
un crimen. Desde entonces estoy aquí.
Yano lo hago solo. Hace dos años me pusieron como pareja
a una mujer para acabarme de joder. Nomás lo hicieron de mulas
los hijos de la chingada.
La mentada "Brigada Listón" creció. En menos de un año, el
trabajo y la demanda de cinta amarilla aumentaron, tanto que
me pusieron a otros dos agentes bajo mis órdenes para cubrir las
24 horas. Los tres son de mi equipo. Insisto, nos conocen como
la "Brigada Listón''.A mí los putos me nombran el "Comandante
Amarillo" y a la pobre de mi pareja le dicen "Teniente Cinta" Ya
nos acostumbramos a las burlas y así todo mundo nos conoce.
Nos hemos hecho indispensables.
Quién iba a pensar que nos íbamos a convertir en la brigada
con más trabajo y presencia dentro de la corporación y la ciu­
dad. Estamos en todas las escenas de los crímenes que a diario

se cometen en Ciudad Juárez; somos los únicos que no faltamos,
siempre aparecemos y siempre tenemos trabajo. Empezamos
poniendo la cinta amarilla una o dos veces al día, hoy lo hace­
mos por lo menos diez veces al día.
También siempre salimos en la televisión y muchas veces en
la nota roja de los pasquines y webs de noticias por internet. No
hay descanso, andamos en chinga de norte a sur y de poniente a
oriente acordonando siempre que hay un ejecutado para cercarle
el área de su muerte.
Recorremos toda la ciudad. Yanos la sabemos hasta con los
ojos cerrados. Conocemos atajos, calles sin tráfico, vías rápidas
y media docena de trucos para llegar antes que nadie. Bueno,
a veces llegamos atrasito de los fotógrafos de prensa y los ca­
marógrafos; éstos andan siempre montados en las frecuencias
de la policía y el crimen organizado con sus escáneres marca
Slepper. Aparecen, siempre tarde, los ministeriales del Estado
y los investigadores del Servicio Médico Forense, los weyes del
Semefo.

Para este trabajo utilizamos las únicas dos patrullas marca
l.and Rover.Las únicas, incluso de todo el estado de Chihuahua,
ron frenos ABSde discosventilados. Las solicitécuando el traba­
je 1 me rebasó y milagrosamente me las compraron por internet.
l.nsacondicionaron en LosÁngeles,California.Son dos preciosas
cnmionetas Range Rover Sport modelo 2009, semiblindadas.
Tienen varias maravillas de la tecnología que las convierten en
lu envidia de todo policía: ni los chotas de El Paso, Texas, tie1u-n unas unidades así. Velocidad máxima de 209 kilómetros por
hora, aceleración de Oa 100 km en 8.9 segundos, caja automáti1·11 :l.F HP26 de seis velocidades con control electrónico, conver­
tidor de torsión con bloqueo, modalidades de cambios Normal,
S¡H1rl y Manual.
l.n Brigada Listón se ha profesionalizado y modernizado.
Me· han mandado a varios cursos al extranjero para aprender
'lc'•rnicasde Delimitación de Zonas de Delitos y Resguardo de
1'.Ne·e·11as d<'ICrimen, ( .onozcolas ciudades de Medellín,Colombia
y l.os A11g1•ks, :isí qu<' <'Sloy capacitado para poner muy bien y

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el.• l'ITOI' la «intu precautoria, el listón amari­
llo. • 1111111le· d11 1·11. MI equipo está bien entrenado, yo mismo me

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llllllp,!'11

111' 1·1111tq.(1tdo

d1• cupucitarlos y enseñarles cómo se hace.

Al principio batallamos para imponer la zona prohibida. Los

propios compañeros no la respetaban, les valía madres y se po­
nían a contaminar la escena con sus vehículos, sus patotas y sus
manotas. Estaba cabrona la rapiña, los primeros policías que lle­
gaban a la escena del crimen se marraneaban y se robaban todo
lo que traían las víctimas: carteras, bolsos, joyas, relojes, dólares,
armas y a veces droga. Hasta que empecé a poner orden, por
eso me compraron las dos camionetas Rover Sport, para llegar
primero con los ejecutados.
Con los "moneros" de prensa era otra monserga. Estos weyes
quieren entrar hasta la cocina con sus cámaras Nikon para to­
mar el mejor ángulo. Cuando nos ganan la carrera fotografían
de cerca a las víctimas y hasta las hacen posar frente a la lente.
Son unos cabrones. Incluso los voltean y los acomodan bonito
para la foto. Si en la toma se ven los agujeros, los casquillos y el
chorro de sangre, mejor. Si el presunto todavía boquea, se sacan
el Premio Mayor, se dan vuelo y más ahora que no usan rollo, se
engolosinan y tiran ráfaga tras ráfaga, con sus equipos fotográ­
ficos digitales.
La Ruth ya salió del baño. Nomás estamos esperando a que
llegue mi comandante o que se dé la hora del relevo. De todos
modos ya pasé el reporte del viernes. Saliendo de estación Babí­
cora le voy a pedir a la Ruth que me acompañe al súper a com­
prar mi dotación de latas de huitlacoche. Me gusta mucho ese
hongo. En el norte no se conoce de otra forma. Con él puedo
guisar pechugas a la Moctezuma, un platillo que probé en Las
Mercedes, en Morelia, Michoacán, cuando tenía catorce años y
andaba de vago por toda la república. Desde entonces me enlo­
quece este manjar azteca, pero me da pena ir solo de compras
al súper. Le voy a decir a la Ruth que me acompañe, al cabo es
compa.

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J-55

MI COMANDANTE ELIZONDO SE COMUNICÓ POR TELÉFONO

celular cuando estaba por entrar a mi casa. Era la una de la ma­
ñana del sábado. Me hizo algunas preguntas de rutina, las de
siempre... y claro, no faltó la pregunta de rigor.
-¿Qué pedo Amarillo, hubo señales de los cabrones? ¿Deja­
ron lo de siempre?
-Nomás en cuatro casos, comandante: en los muchachos
que reventaron en el Paseo Triunfo de la República, en los de
la camioneta Lobo, en la pareja que cazaron en Parajes del Sur
y en las cinco cabezas encontradas en el Valle,pero ésas no me
tocaron, nomás me pasaron el dato.
-¿Algo más?
-No comandante Elizondo, los demás fueron de rutina, no
había ni madres.
Abrí la cochera. Entré por la puerta de la cocina, me fui a la
biblioteca-recámara y lo primero que agarré fue el control de
la Toshiba de plasma de 42 pulgadas que me regalé en Navidad.
Pinche monstruo para mí solito. Estaba la conductora pelona
de Televisaa nivel nacional, creo que se llama Daniela y me cae
en los merititos güevos. Transmitían una entrevista con el go­
bernador de Chihuahua, que se quejaba de un atentado en su
contra.
Nací en la zona del Arroyo Colorado, un sector bravo y de
mucha "alcurnia" callejera. Soy de las calles Níquel y la Javier
Mina, ahí nos juntábamos. Una esquina que quedaba en el limbo.

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No éramos del Barrio Alto ni de la colonia Del Carmen, así que
a la esquina la bautizamos como la J-55, como un líquido para
frenos que vendían en las gasolineras y los locos del barrio lo
usaban para inhalar y ponerse hasta las manitas.
Ahí crecí, entre el pega rey, el tírate, el waníner, el futbol y el
tach. A mí no había quien me ganara al tírate, siempre traía un
costalito de harina repleto de canicas cuando niño. Ya adoles­
cente me dio por jugar al tach: futbol americano de barriada, tres
contra tres, donde el chiste es tocarte con la pelota en las ma­
nos. Era bueno para correr. P'al soccer nomás no; corría como
pendejo detrás del balón. Siempre me escogían de defensa para
estorbar.
Donde nos juntábamos era en las cuatro esquinas del callejón
Níquel y la calle Mina. Todavía me acuerdo cuando las carapilas
empezaron a remover la tierra para que otra máquina motorizada
echara el pavimento. Tendría como ocho años cuando el futuro
llegó a la J-55. Nos pusimos, todo el vecindario, a ver cómo era
el proceso de la modernidad. Duraron como ocho días en pavi­
mentar las cuatro calles que rodeaban mi casa.
Uno no lo creía. Las vecinas, entre ellas mi mamá, se pusie­
ron a cuidar que nadie pisara ni pasara por ahí. Tuvieron que
transcurrir tres días para que las señoras dejaran circular por la
cinta asfáltica al primer auto de la Ruta 2B: un Ford 1955, bom­
bacho, con un sillón trasero modificado donde podían entrar
hasta ocho personas y otros tres adelante.
No fue una inauguración oficial pero las vecinas se organi­
zaron una pequeña kermés por la tarde. Había tostadas untadas
de frijoles con repollo, enchiladas, tacos de barbacoa, flautas y
burritos y unas cartulinas donde se invitaba a los vecinos a lim­
piar sus banquetas para que toda la manzana se viera más chida.
Macrina, una señora que fumaba hasta tres cajetillas de Baronet
al día, sacó su lotería de veintitrés cartas para jugar y toda la J-55
se puso de pachanga.
Los rhavalilk», nos clavamos a jugar al chinchilagua, a los
t·11<·a11lados y a la quemada. Ya por la noche bajaron los meros
meros del barrio. Eran el Fito, Resortes, Kotaka, el Charro, Lel,

Barry, el Borbolla y la Lupe. A ésta, dizque marimacha, le daban
batería todos lospegalocos.
Era la raza pesada, se juntaban en la esquina de la J-55. Me
reunía con ellos a escondidas de mi madre, pues ella no me de­
jaba, me metía a las nueve de la noche pero yo me salía por el
patio brincando la barda que daba al callejón de la Níquel. Me
gustaba estar en la esquina, eso me hacía sentir hombre y parte
de la acción.
Éramos, en general, del Arroyo Colorado. Una zona peli­
grosa que abarcaba varios barrios. Nacía en la Zapata, donde
mataban y no enterraban. Luego seguían los del Barrio Alto, que
eran unos hijos de la rechingada, malos, te mataban a pedradas,
vivían en calles sin pavimento, entre puras lomas. Casi todas las
callejuelas terminaban en barrancos, puras casas bien jodidas.
Era gente horrible y culera. Luego le seguía la K-13,los de la Co­
bre, la J-55,los Tabachines y hasta una parte de la Bellavista.Esa
zona después se conoció como elViaducto Díaz Ordaz, cuando un
presidente municipal se echó el paquete de pavimentar el Arroyo
Colorado. Se convirtió en una especie dejreeway a la mexicana.
La primera vía rápida de la ciudad y para el populacho.
Era un arroyo con madres. En días de lluvia íbamos a verlo.
Una corriente de agua chocolatosa bajaba desde los cerros y
arrasaba todo a su paso. Traía colchones, estufas de petróleo,
sillones, roperos, trasteros de lámina blanca, gallos, perros y
marranos. Yocreo que inundaba las colonias de la periferia y se
traía lo que encontraba. También revolcaba todos los tiraderos
de basura que había en el poniente. Era maravilloso descubrir
lo que flotaba y corría por el viaducto. Un día me tocó ver una
vaca viva con sus ojotes llenos de miedo, que venía entrando y
saliendo de la corriente brava. Creo era de la lechería Escobar.
Esa imagen es la que veo ahora en los ojos de los ejecutados que
todos los días me toca acordonar.
Todo iba a parar al Río Bravo.Ahí bajaban también las aguas
del Arroyo de las Víboras, del Arroyo del Indio y toda la corriente
de las doce compuertas que venía desde Estados Unidos. Para
nosotros todo aquello era un espectáculo. Ahí comprendí que

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Ciudad Juárez se estaba convirtiendo

en una ciudad chingona,

grande.
La periodista pelona seguía hablando sola. Apagué la Toshí­
ba y dejé el control por la paz.
Me cepillo los dientes y pienso en los huevos estrellados que
me voy a hacer mañana temprano: los acompañaré con frijolitos
refritos y una porción generosa de huitlacoche. Se me hace agua
la boca. Recuerdo que no tengo tortillas de harina, ni modo, no

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LARUTH

será el desayuno perfecto.

RUTH ROMO TIENE VEINTIOCHO AÑOS. ME LA IMPUSIERON

porque mi pareja anterior había muerto de un ataque al corazón
en la cama de su casa, mientras hacía el amor con su esposa. Los
hijos de la chingada de la Corporación decían, en tono de burla,
que murió dándole puñaladas al oso.
Tenía un poco de reservas porque la Ruth es una mujer bas­
tante atractiva, y además, por sus antecedentes era una bola de
lumbre.
Es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Llegó a Ciudad
Juárez a los quince. Su familia dejó un pueblito de Durango para
que ella y sus hermanos pudieran estudiar. Eligieron este lugar
porque su hermano mayor quería entrar a la escuela de medi­
cina de la Universidad Autónoma de Ciudad Iuárez y su papá
consiguió aquí un buen trabajo.
Cumplidos los veintitrés se embarazó y contrajo nupcias. Se
casó con el capitán de policía Gerardo Alderete. Supuestamente
eran un matrimonio feliz hasta que el capitán desapareció hace
cuatro años. Nada extraño, porque el capitán era informante de
La Regla, la mafia que opera localmente y es parte fundamental
del cártel Paso del Norte, que se extiende por todo el territorio
mexicano y parte de Latinoamérica, y que ahora se defiende de la
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gente del Chavo Gaitán. Éste es el mero chingón del cártel de
1)urango, que le disputa la plaza a los de La Regla. Decían en
la policía que Gerardo Alderete era parte importante de La Re14lay recibía por sus servicios veinte mil dólares mensuales. Así

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que su desaparición se podría comprender. Pero que se ignore
su paradero junto al de su hija de un año, estaba cabrón. La pe­
queña se llamaba Rocío del Mar y ya la Ruth la había enseñado
a caminar.
El capitán salía un domingo, muy temprano, a comprar me­
nudo para desayunar, cuando la niña, desde su cuna le extendió
los brazos, así que se la llevó, se fueron en el carro y desde en­
tonces se esfumaron.
La desaparición del capitán y su hija destrozó a la Ruth. Dice
que todavía se levanta en la mañana con la esperanza de ver a
Rocío del Mar en su cuna. Piensa que no la va a poder reconocer
porque ya va a tener cinco años, por eso a cada rato la encuentro
llorando. Cualquier niña que nos topamos en la calle es exami­
nada por la Ruth. No se cansa de eso.
Ejerció poco su carrera porque el capitán la sacó de trabajar.
Después de la desaparición de sus seres queridos encontró trabajo
en El Norte, un periódico local, pero de inmediato se lanzaron los
perros tras sus huesitos. Es una mujer hermosa, de buen cuerpo,
no la dejaban en paz los acosadores del Cuarto Poder.
Luego se fue a trabajar a un noticiero en Radio NET, una radíodifusora,y el acoso subió de tono. Bonita,carne de primera, con
una desgracia a cuestas y sola. Pensaban que sería presa fácil.
Por eso le solicitó al Comandante Elizondo que le diera cobijo,
que la empleara en el departamento de prensa de la policía, en
las oficinas de Seguridad Pública Municipal o de lo que fuera.
Después de tantas peticiones entró en la corporación donde su
esposo, desaparecido, tenía mucho peso.
A las quinientas, el Comandante la colocó como secretaria.
Hacía los reportes diarios de un grupo de agentes. Entonces el
acoso sexual se volvió un bombardeo lanzado por los burócratas
y los jefecillos de la dependencia: no tuvo más remedio que pe­
dir su cambio a las calles, a trabajar como vil agente policiaco a
fin de huir de los depredadores.
Yo ya estaba en la policía cuando ella empezó a trabajar en
las calles.Vigilabasucursales bancarias y a veces tenía que cubrir
descansos en uno que otro centro comercial. Todo mundo, en la

corporación, estaba enterado que ella era la esposa del comandan­
te que desapareció junto con su pequeña de un año.
Para la Ruth esa oportunidad de trabajo valía oro~ya que
el presidente municipal nunca quiso autorizarle la pensión ni el
seguro de vida del capitán Alderete. Esta era una prestación que
se había logrado para los policías: se les otorgaba a las viudas
de agentes muertos en cumplimiento de su deber, no a desapa­
recidos bajo sospecha, y el problema era que Alderete se había
esfumado sin dejar rastro. Ninguna pista, sólo rumores que se
oían en los pasillos de las estaciones policiacas.
Dentro de la Corporación la Ruth no corría peligro. Ahí le
tenían cierto respeto por ser la mujer de un capitán y más aún si
ese capitán tenía nexos con La Regla.
La vida y la situación de la agente especial era monitoreada
por todos en la Secretaría de Seguridad Pública. Un día me ente­
ré que iba a dejar de hacer sus guardias, pues las sucursales ban­
carias eran como una pasarela para una mujer con sus atributos
y, lo peor, que me la iban a embarcar como pareja. Ella no pasó
por la Academia de Policía, yo sí.
Una mañana me citó mi Comandante Elizondo en su ofici­
na. Yo pensé que iba a recibir un sermón o una queja por mis
reportes, o por alguna tarugada de los dos agentes que super­
visaba.
Cuando me reporté estaba mi jefe muy sonriente y muy ama­
ble, platicando con una mujer policía. Por la figura de la agente,
que me daba la espalda, de inmediato me di cuenta que era la
Ruth. Sus nalgas eran inconfundibles, era la mujer intocable del
comandante Alderete, desaparecido por sus enemigos.
-Te mandé llamar, Amarillo, perdón: agente Faraón Gonzá­
lez, para presentarte a tu nueva pareja de trabajo, la agente Ruth
Romo, Yala conoces. Desde ahora va a trabajar contigo. Nomás
contigo, y a ti te hago responsable si algo le pasa y no quiero que
nadie, ni una pinchi mosca la moleste. ¡Estamos!
La Ruth extendió su brazo y me saludó firmemente con su
mano pequeña y su mejor sonrisa. En realidad era bella. Más a
veinte centímetros de distancia.

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-Enséñale todo el teje y maneje. Y no quiero que ella venga
a darme alguna queja de ti o de los otros compañeros. ¡Tú me
respondes!
-Afirmativo, Comandante.
-Órale pues, a trabajar como Dios manda ...

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FALTAN DOS CUERPOS O SOBRAN DOS CABEZAS

EN LA ESTACIÓN DE BABÍCORA RECIBIMOS UN PITAZO: UNOS

muchachos que andaban esquiando en las dunas de Samalayuca
se toparon con restos de unos cuerpos. Nos arrancamos en chinga
con la Land Rover al lugar que nos habían señalado en el desierto.
Me gustó la idea, porque así podría correr la camioneta a
todo lo que daba. Lo más que había alcanzado, cuando íbamos
a trabajar al Valle de Juárez o a los arenales de San Agustín, eran
los 140 kilómetros por hora. Yo quería sumirle el fierro a ver
si era cierto que podía volar a 209 kilómetros, como indicaba
el tablero. De memoria me sabía todo lo que venía en el ma­
nual: "La Range Rover Sport interpreta de forma muy personal
la incomparable posición de conducción elevada de Land Rover,
reinventando la relación entre el conductor y el vehículo. Apro­
vechando las ventajas de la incomparable visión de Land Rover
e incorporando la exclusiva cabina tipo 'comando' de la Range
Rover,el conductor está perfectamente situado para interactuar
con el entorno que le rodea, dentro y fuera del vehículo, gracias
ni amplio perfil envolvente del tablero y de la consola central
elevada. El resultado es que, por primera vez, un todo terreno
que adopta la serena compostura de un auténtico deportivo''.
Me gusta la velocidad.
La Ruth y yo íbamos a darnos un largo paseo al desierto de
Samalayuca.
-De seguro han de ser los cuerpos de las cabezas que se en­
contraron en días pasados en el Valle de Juárez. Nomás que las

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cuentas no cuadran. Las cabezas eran cinco y nos están repor­
tando nada más tres tórax. Ahorita que lleguemos nos ponemos
abusados para ver si no están los otros dos. No hay nada como
armar un rompecabezas -astutamente dijo la Ruth, mientras yo
iba disfrutando la velocidad.
Salimos de Juárez. Estábamos a punto de cruzar la caseta
de revisión de la aduana; llegamos a la última gasolinera, y a la
Ruth, como siempre, le urgía ir al baño.
Yo me quedé en la camioneta, apachurré un botón y mi
asiento empezó a vibrar y darme un rico masaje. Cerré los ojos y
empecé a imaginar unas crepas de huitlacoche con salsa de chile
poblano. Lástima que no me salían bien todavía. Algo me fallaba
con el relleno o la masa. Tengo que hacer una investigación ex­
haustiva hasta dar con la receta inmaculada para mis crepas de
huitlacoche. Me corto un güevo, pero esas crepas me tienen que
quedar a toda madre.

5
"SOY PABLO FARAÓN ••• EL PABLOTE"

ÍBAMOS A 140 POR HORA. EN UN CERRAR DE OJOS REBASAMOS

el kilómetro 52 y vimos de lejos el pueblo olvidado de Samalayu­
ca, al sur de Ciudad Juárez.
Antes la carretera federal 45, la Panamericana, pasaba por
en medio del caserío, tenía vida, pero desde que se inauguró la
autopista de paga mandaron al carajo la poca vida que tenía.
-¡Faraón! No corras, no dejas disfrutar el paisaje... Oye, yo
nunca he pisado Samalayuca. ¿Tú sí?
-Hace años que vine con mi padre, trajimos a unos familia­
res a a presumirles el desierto. Del otro lado del pueblo, por un
camino de terracería, está la entrada para llegar al corazón de los
médanos, ahí tienes acceso a las dunas más altas. Lo que se ve de
la carretera no se compara con lo que se puede apreciar siguien­
do ese camino. Y recuerdo que paramos a comer en Samalayuca.
Antes había puestos de comida a los lados de la Panamericana.
Sin querer, la vista a lo lejos de Samalayuca y su abandono
me trasladó a mis años de adolescente y a mi viejo barrio ...
Me llamo Pablo Faraón González: para más señas, "El Pa­
blote''.Así me bautizaron los de la J-55 en 1974, cuando a los
doce años participé en mi primera batalla campal..Barrio contra
barrio.
Los de la J contra los de la Cobre. El barrio de ellos era más
grande, dominaban como quince manzanas que se extendían por
c·I Arroyo Colorado. De la calle Cobre hasta la Oro, al sur, ya era
1lerru del Barrio Alto, al norte era colonia de los Tabachines, al

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oriente se extendía el dominio de los Tirilones de la Zona Centro
y al poniente estaba mi J-55. Nuestro territorio era pequeño, de
ocho esquinas, liderado por el Fito, el Charro y el Lel.
Un día antes del enfrentamiento empezó el rumor y el avi­
so de que los de la J-55 se estaban preparando para agarrarse a
chingadazos con los de la Cobre. Me hallaba comiendo cuando
llegó la Lupe a avisarme y confirmar mi participación. La invita­
ción me agarró de sorpresa.
-¿Qué, Pablillo?¿Levas a entrar a los chingadazos?
Estaba parado con el mosquitero de la puerta medio abierto.
Recuerdo que traía una tortilla echa rollito en la mano de atrás.
- ¿Dónde se van a juntar?
-En la esquina de don Beto... ¡Hueles a pura pinche sopa,
pinche Pablo, te apesta el hocico!
-¡Pues sí, pendeja! Estaba botaneando.
-Ahí te vamos a esperar. Ya es hora de que le entres con los
grandes -me avisó y se fue.
Volvía la mesa a acabarme el plato de sopa de arroz con fri­
joles y chile colorado. Comíamos mi mamá y yo.
-¿Quién era, mijo?
-Lupe, que vino a avisarme que hay juego de tach en la noche.
-Si vas a ir, no quiero que vengas tarde, andan echando mu­
chas redadas y no quiero ir a sacarte a la de Piedra.
La de Piedra era la Cárcel Municipal de Ciudad Juárez. Se
encontraba justo en las calles 16 de Septiembre y Oro, a un la­
dito del Arroyo Colorado, en los límites de los Tabachines y los
dela Cobre.
Toda la tarde estuve pensando y haciéndome pendejo si iba
o no con los de la J. Yame había peleado como nueve veces con
chavos del barrio y de otras colonias con los que jugábamos tach:
nada serio, pero esta vez sí eran putazos barrio contra barrio y
era la primera vez que los grandes me invitaban a pelear.
Cuando llegué a la esquina de don Beto conté como a treinta
cabrones. Había como ocho del Papalote que llegaron a reforzar­
nos. Les traían muchas ganas a los de la Cobre, que se las debían.

Al ver a tantos se me dibujó una sonrisa, pues no era de vital
importancia mi presencia.
Poco me duró el gusto.
-Es todo, pinche Pablo, [así me gusta cabrón!, que no sea
culo -Me dijo el Fito mientras me daba un abrazo y al mismo
tiempo un velocímetro de bicicleta para que lo usara como arma.
Era demasiado tarde, estaba entrando a otro nivel.
De la tienda de don Beto había tres cuadras hasta donde es­
taba la carnicería La Mexicana, donde se habían citado los dos
barrios, junto a una cancha de basquetbol y la primaria Grega­
rio M. Solís. Un pacto previo contemplaba el no uso de fileros
y tubos. Sólo piedras, manoplas, palos, mano limpia y cualquier
artefacto que no cortara o provocara una herida mortal.
Las pedradas es lo que primero se usa en una pelea de barrio
contra barrio. Sirven para que los dos bandos se vayan aproxi­
mando y al mismo tiempo midan sus fuerzas.
Esa noche por la lluvia de piedras y pedazos de ladrillo calculé
que los de la Cobre pasaban de cuarenta putos. Los vidrios de
los autos empezaron a tronar y las pedradas que botaban en las
carrocerías sonaron fuerte y rápido. Mientras nos acercábamos
sacando los velocímetros y las cadenas, otros alistaban los bates
para entrar en combate hombre a hombre. Ya estábamos en la
cancha de básquet. Una pinche emoción y alegría se apoderó de
mí. Estaba como loco repartiendo y recibiendo madrazas, que
me llegaban por todos lados. Sentí golpes duros por la espalda y
en las piernas. Algún pinche desadaptado traía un tubo y repar­
lía chingadazos a diestra y siniestra. Me tumbaron gacho, pero
no soltaba mi velocímetro. Desde el suelo pude ver con claridad
que quien traía el tubo era nada menos que Juan Soriano, el más
felón de la Cobre: el mero Jefe,un traidor que antes fue Tabachín
y se cambió de barrio. Estaba a cinco metros de mí.
En los barrios y en peleas campales sólo se permite madrear
al que está de pie o de rodillas. No se vale golpear a uno que esté
(-n el suelo sentado o tirado. Esa es señal de que ya se rindió o está
fuera de combate. 1(~puedes levantar y seguir peleando, pero si
ya I(' dieron en la m.idr« <'S nu-jor que te quedes quietecito.

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Observé todo el panorama sentado en el pavimento. Toda­
vía me sobaba el tubazo que me dio Soriano en la espalda, y lo
estuve cazando al cabrón.
En cuanto tuve chance me levanté y me abalancé contra él.
Logré pepenarlo del cuello con el velocímetro. Lojalé con fuerza.
Soriano de inmediato soltó el tubo y se llevó las manos al pes­
cuezo. Se quería zafar, pero era casi imposible porque lo estaba
apretando machín. Ya lo traía arrastrando de nalgas, lo estaba
ahorcando. Juan como podía echaba maldiciones y luchaba por
quitarse el velocímetro. En eso Lel,que me vio ahorcando al So­
riano, empezó a gritar.
-¡Ya estuvo, ya estuvo! Paren la bronca, ¡ya párenle! ¡Yaes­
tuvo!
Todos se detuvieron. De inmediato vieron a su alrededor a
ver qué había pasado. Lel volvió a gritar.
-¡Se chingaron, putos! ¡Juan Soriano está todo madreado!
¡Ganamos! ¡Lesganamos, putitos!
Y sí. Juan Soriano, el jefe contrario, yacía a mis pies. Se ha­
llaba tirado, parecía un niño acurrucado agarrándose el pecho,
echando espuma por la boca y tosiendo. Yoestaba de pie, todavía
como poseído. Mi velocímetro se encontraba en el suelo junto al
Soriano. En eso empiezo a llorar. Se me aflojó la adrenalina. Lle­
ga a abrazarme el Fito. Me esconde la cara en su pecho y siento
que me acaricia la cabeza y no deja de abrazarme.
-Llore cabrón, llore, que así lloran los hombres. Llore pinche
Pablote -dijo el Fito.
-¡Es que traía un tubo el pendejo!, ¡traía un tubo! Y queda­
mos que tubos no se valían -le expliqué al Fito mientras seguía
llorando.
-¡Qué bueno que lo madreaste, cabrón! Por eso ganamos.
Eres el pinche Pablote de la J-55.
A los doce años me convertí en el "Pablote" para todos los de
la Jy barrios circunvecinos.
Me llamo Pablo Faraón González. Pero casi nadie sabe que
me llamo Faraón. Nada más mi mamá y mis hermanos.
Ahora soy policía y mi talón de Aquiles es el huitlacoche.

6
MEDIO

GALÓN DE LECHE

LA TIERRA COME, PERO EL DESIERTO Y LAS DUNAS DE SAMA­

layuca, mucho más. Lo que quedaba de los tres cuerpos sin ca­
beza estaba esparcido en un área de treinta metros, como a 200
pasos de la carretera Panamericana.
Les quedaban pocos jirones de carne medio seca entre los
huesos. Supieron y supimos que habían sido tres cuerpos por
las cajas torácicas, que se encontraban relativamente juntas.
Pudimos ver algunas piernas sin carne y brazos incompletos,
desparramados, la piel desgarrada, hecha trizas. Lo que faltaba
no se veía a simple vista y quizá nunca lo encontraríamos: tres
manos y dos piernas completas. Pudieron ser los coyotes, los
monstruos de Gila, las víboras de cascabel, quizá algún puma
que bajó de la Sierra de Samalayuca o del cerro del Mesudo a
fin de alimentar a sus cachorros, o simplemente las dunas se los
fueron tragando.
No hubo necesidad de acordonar el área en ese desierto. En
la escena del hallazgo nada más estábamos la Ruth y yo... O eso
creíamos.
Mientras estudiábamos la escena del crimen y yo hacía
apuntes en mi libreta de todo lo que encontraba, la Ruth alcanzó
a divisar como a un kilómetro a unos tipos que nos observaban
con unos binoculares. Eran cuatro o cinco que sin duda nos te­
nían en la mira desde lo alto de una duna.
En eso llegaron dos trocas de agentes ministeriales de la pro­
curad uría estatal, y se <l<'<'l'<'aron a nosotros.

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-¿Qué andas haciendo tan lejos de Iuárez, pinche Coman­
dante Amarillo? -preguntó una voz conocida. Era Beltrán, un
ministerial famoso por ser un hijo de la chingada, prepotente y
mamón, un tipo duro, alto y ponchado, que venía caminando ri­
dículamente con sus botas vaqueras picudas que se enterraban en
la arena.
-Aquí nomás, dando la vuelta. Nos dieron un pítazo y veni­
mos a ver si era cierto.
El agente Beltrán, siempre que nos topábamos en las escenas
del crimen, sin ningún motivo, me echaba bronca.
-Ya te hemos dicho que no te metas en nuestros pedos, ca­
brón. Esto es jale de ¡hombres! No metas tus pinches narices
donde no debes. No te aproveches y ¡no le hagas al vivo!
-¡Cálmela, cálmela Beltrán! Me mandó el comandante Eli­
zondo a ver si era cierto. Ya les iba a hablar por radío para que
se acercaran. Acabamos de llegar.No hemos tocado ni madres.
- [Más te vale,culero!Andas muy metiche cabrón, con eso de
que eres el encargado de colocar la cinta amarilla, tú y la Tenien­
te Cinta se creen muy vergas, pero ¡valen madre! Ya te traemos
ganas, pinche policía de mierda, a tí y a los tuyos. Se creen muy
investigadores porque ponen sus pinches listones. Nomás falta
que aquí se te ocurra acordonar el área, ¡erestan pendejo!
Nos retiramos y los dejamos hablando con las dunas. Mien­
tras nos alejábamos no dejó de gritar puras pendejadas.
-Estos hijos de su puta madre bien que joden. Y más ese
pendejo de Beltrán, no me quiere nadita -le dije a la Ruth.
-Ya los conoces Pablote. Ignóralos. Mejor te invito unos bu­
rros de VillaAhumada, ¿jalas?Al cabo ya andamos por acá. Se
me antoja una quesadilla doble de asadero, con la salsa aguada
que le ponen la hacen bien picosa a la wey.
Le dí para VillaAhumada y por fin pude correr a su máximo
la Land Rover. Cuando menos lo pensé, vi el tablero: la aguja
marcaba 200 kilómetros por hora. Íbamos a madre y se sentía
bien pajita. La Ruth iba agarrada a veinte uñas y nomás me vol­
teaba a ver con su cara asustada. No me dijo nada, pero le bajé
de güevos y nos fuimos calmados, a 120 kilómetros por hora.

Cuando entramos al poblado bajamos la velocidad. Una ca­
mioneta Durango color verde se nos emparejó. Venían cuatro
sujetos, el copiloto nos hizo una seña: con su mano derecha
apuntó a su sien como si trajera una pistola y jalara del gatillo.
La Ruth también lo vio y luego luego empezó a temblar, no po­
día gritar aunque quería. Yotomé su mano izquierda y la apreté
fuerte. Me puse amarillo y mí sangre bajó toda junto al acelera­
dor. La Durango poco a poco nos rebasó y pude ver a uno por
el vidrio trasero levantar su cuerno de chivo: no iba a disparar,
nomás quería que lo viéramos.
El otro sujeto que estaba en el asiento de atrás tomaba leche
de un medio galón y traía un pasamontañas. Tomaba leche para
que yo lo viera claramente. En eso todo me cuadró. Supe que
eran los cabrones que habían dejado su firma en más de mil qui­
nientas ejecuciones. Un medio galón abierto de leche cerca de
las víctimas, siempre el medio galón. Leche fresca pasteurizada,
leche que empezó a aparecer en los lugares donde encontrába­
mos ejecutados y que yo descubrí en la escena del crimen. Sentí
que se me caían los calzones.
Luego aceleraron y dieron vuelta a la derecha. Desaparecie­
ron entre las calles terregosas de VillaAhumada.
Yani nos bajamos a comprar los burritos, ¿para qué? Se nos
había quitado el apetito. Dí vuelta en U en la Panamericana. Por
no dejar le dije a la Ruth:
-Mejor vamos a mí casa y te preparo unas quesadillas espe­
ciales, de huitlacoche bañado en salsa especial de chile poblano
y media crema: pa'l susto.

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LAMERSE LAS HERIDAS

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EN EL CAMINO DE REGRESO DEL POBLADO DE VILLA AHUMADA

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nos paramos un rato a ver la ciudad desde el Umbral del Mi­
lenio, una escultura monumental que no tiene gracia. Es una
puerta que parece de caricatura, mal hecha y chueca.
Desde ahí estuvimos un buen rato admirando parte de Ciu­
dad Juárez. De tanto mirarla se le podía sentir su respiración y
oírle los latidos. Era como un enorme animal con sus cientos de
brazos desparramados, un animal en reposo después de lamerse
las heridas. Pudimos ver un Juárez dominante sobre un suelo
seco. Desde aquí apenas se podía ver la zona vieja, más arbolada
porque estaba untada a la orilla del río Bravo. Un verde terroso
que dibujaba la ribera de un río que ya se había ido, que volvía
furioso y trepidante en tiempos de lluvia.
Y la Ruth empezó a llorar. Es lo que no me gustaba de ella,
siempre ensimismada por su muchachilla.
Volvimos a contemplar, cansados, la mancha urbana. Nues­
tras manos se enlazaron mientras contemplábamos el horizonte.
Sonó mi celular.
-¿Cómo les fue Amarillo? ¿Llegasteprimero que los agentes
del Estado?
-Sí comandante, y resultó cierto el pitazo. Eran tres cuerpos
sin cabeza y descuartizados, a doscientos metros de la carretera,
en las dunas de Samalayuca que están en el primer cruce del
ferrocarril.
- i.Y qué novedades'?

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-Muy pocas, apenas entramos en calor cuando llegaron dos
camionetas de los ministeriales, y pos ya sabe, en caliente me la
hicieron de pedo y nos tuvimos que retirar.
-Esos cabrones bien que chingan. Uno anda haciendo sus
investigaciones ... No dejan ¿Ahorita dónde estás?
-Aquí en esa mamada en el Umbral del Milenio. Nos paramos a admirar la ciudad.
-¡Y qué le miras, pendejo! Vente en caliente para Babícora.
Tenemos que hacernos un antidoping. ¡Cómo joden! A saque y
saque miados. Ya hasta en mi verga los veo. Ordenó el alcalde
que todos nos hiciéramos los exámenes para que la prensa no
esté chingando. Pinches pendejos, creen que somos como ellos.
-¿Le digo a la Ruth que también ella?
-¿Qué, acaso no mea la cabrona? ¡Possí!¡No seas wey!
-Oiga Comandante, ya se me andaba olvidando... pasó un
incidente, no se lo quiero decir por celular. ¿Va a estar ahí en
Babícora?
-Un rato, estoy con los vampiros del laboratorio. Después
tengo una reunión en la Presidencia más tarde. También bien
que chingan. No dejan ni rascarse los güevos a gusto.
- ¿Ya qué horas se desocupa?
-No pos ta' cabrón saber tanto. Hasta que se les hinche a losjotos. ElPresidenteMunicipal quiere informarnos algoy ya vescómo
es ese wey... ¡máslento!Parece que todo el tiempo está dormido.
-Bueno, ¿por qué no me echa un telefonazo cuando salga de
esa junta? Es muy importante lo que quiero contarle. Se me hace
que ya apareció el peine.
-Yo me reporto. Estate cerca. Mi ruca quiere que le compre
unas cosas en el centro, por ahí podemos platicar mientras hago
esas compras con mis escoltas.
-Necesito verlo a solas.
-Pinche Amarillo, estás peor que mi vieja, cabrón ... Yo te
hablo, pero ponte al tiro.
-Sí. Bueno, mientras vamos a ir a comer algo a mi casa.
-¡No, no, no! Primero se van tú y la Teniente Cinta a dejar su
prueba de orina. Espera mi llamada. ¡Ándate cerca cabrón!

Cuando veníamos por el aeropuerto, le recordé a la Ruth que
le iba a preparar unas quesadillas especiales de huitlacoche para
chuparse los dedos.
-A mí ni me menciones esa porquería.
Me despreció la Ruth y aprovechando que íbamos cerca del
aeropuerto me bajó el avión gacho. Luego me remató:
-¿Por qué no eres como los demás policías, que comen tacos
de barbacoa, de buche, de tripitas o burritos?

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8
iQUINCE MIL PESOS!

NADIE SE HABÍA DADO CUENTA DE ESE DETALLE.

EN

MIL

quinientas de las 2 mil y garra de ejecuciones que teníamos re­
gistradas, los de La Regla dejaban su marca o firma: un medio
galón de leche que siempre aparecía en las escenas del crimen.
A veces muy cerca de los ejecutados o en donde se encontraban
los cartuchos percutidos, que siempre señalan el lugar exacto en
que se hicieron los disparos.
Era una firma, un mensaje o un código que estaban tratando
de interpretar con mi comandante Elizondo.Me inclinabaa pensar
que elmedio galón de leche era un mensajeque dejaban los sicarios
de LaRegla,sin duda llevabanlacuenta de sus enemigosacostados.
Los otros dos agentes bajo mi cargo tenían órdenes de tratar
de llegar primero a donde se suscitara una ejecución, recoger el
medio galón de leche y no reportar nada a los agentes ministe­
riales del Estado, que siempre llegaban después de nosotros. Por
eso el Comandante y el Municipio me dotaron de las camione­
tas Range Rover.
La Regla es el grupo que controla todas las actividades del
narcotráfico, ~asputas y hasta el tráfico de indocumentados en
Ciudad Juárez y sus alrededores. Controlan además la mitad de
la policía municipal y a una mayoría de los agentes ministeriales
del Gobierno del Estado, incluyendo a sus mandos principales.
Esun secreto a voces que todos sabemos.
Nunca he estado directamente en la jugada, ni grande ni
chica. Pero sin fallar, <'adames recibo un sobre con quince mil

~.

35

34

pesos que me hacen llegar por arte de magia gracias a los de La
Regla. A veces los sobres con dinero me los entrega mi super­
visor. Dicen que es por concepto de comisiones y prestaciones

Pequeños robos a los comerciantes, pero lo que pulula son los
atracos a transeúntes que todos los días inundan la zona del
mercado. Ahí se trafica poca droga.

no oficiales. Aparte recibo mi salario quincenal de siete mil qui­

Enseguidita del mercado Cuauhtémoc está lo que se conoce

nientos pesos. ¿A quién le dan pan que llore?
Nunca me han pedido nada, ni exigido algo, no me solicitan
información ni me ordenan misiones ajenas a mi trabajo de vigi­

como la zona del mercado popular de Ciudad Juárez, puestos
y bodegas que abarcan unas ocho manzanas. Ahí están otros
agentes policiacos encargados de patrullar el área.

lancia y captura de delincuentes comunes.
De todos modos ¿qué les puede informar un pinche agente

Los agentes de mi zona, que vigilábamos a pie el primer cua­
dro, los de la Juárez y toda el área de los puestos y locales que

que era pedestre y ahora es el responsable de acordonar las es­

forman el mercado, estábamos muy bien coordinados. A veces
nos hacíamos un paro y teníamos que trabajar en zonas que no
estaban bajo nuestro resguardo.

cenas de delito? No estoy al tanto de los asuntos de alta seguri­
dad de la corporación, ni de las movidas chuecas. Aun así recibo
cada mes esa lana, lana que guardo integra en una cuenta banca­
ria. Nos compran a güevo los de La Regla, si no, triste tu calaca.
Recuerdo cuando la Ruth empezó en las calles: desde el ini­
cio ha estado bajo mi cargo, no ha tenido otra pareja en el trabajo

níamos mucho trabajo. El centro está lleno de malandrines y ru­
fianes, lejos de donde se hacen las transas y las movidas de alto
nivel de la droga, los indocumentados y las prostitutas.

más que yo.
Antes yo estaba designado en el mercado Cuauhtémoc,

El sobre con dinero que recibíamos los coordinadores de
sector variaba en cantidades: mi tajada era y sigue siendo de las

esa

era nuestra base de operaciones.
Bajábamos por la Vicente Guerrero, doblábamos a la iz­
quierda por la Iuárez y luego subíamos por la 16 hasta el edificio
antiguo de la Presidencia Municipal, que ahora es el Centro Mu­
nicipal de las Artes, y de vuelta al mercado. Otro agente bajo mis
órdenes vigilaba la calle La Paz. Ese era el primer cuadro.
A otros grupos de agentes les tocaba vigilar las zonas más
"movidas" del centro de la ciudad, como la Zona del Puente, que
corre desde el comienzo de la avenida [uárez hasta el puente in­
ternacional Santa Fe, abarcando la calle Mariscal y la Francisco

1

Esos sí estaban hasta las manitas con los de La Regla.
Desde los altos mandos hasta los coordinadores de sector
que andábamos a patín, todos recibimos un pago, algunos más que
otros, pero a todos nos roza. Hasta a los cadetes que ni siquiera
se han graduado de la academia.
El capitán Gerardo Alderete, el esposo desaparecido de la
Ruth, era quien repartía el dinero dentro de la corporación. Me

Villa. De noche esa zona es un ir y venir, hay mucha transa. Allí
hay bastantes antros y prostíbulos; la radio no deja de chingar
por culpa de ese sector. Para este perímetro de la avenida [uá­

sos. Eso le duele, no soporta que su bebita se haya esfumado por
orden de los jefes de La Regla.

andan en patrullas y dos en motocicleta. Ellos tienen de planta a
diez cadetes en bicicleta.
En mi antiguo sector los eventos más frecuentes eran los
carteristas y cabrones que les arrebatan las bolsas a las seños.

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más baratas. El coordinador de la zona Juárez recibía mucho
más y había otros policías que recibían miles y miles de dólares:

platica la Ruth que ella no se dio cuenta de sus movimientos.
Jamás se imaginó que su valiente esposo anduviera en malos pa­

rez están destinados diez agentes pedestres, cuatro parejas que

1

En mi zona la pasábamos a toda madre, a pesar de que te­

9
ENTRE CUMBIAS Y EL HUITLACOCHE

A LAS NUEVE DE LA NOCHE SALÍ DE BABÍCORA. A ESA HORA
me soltaron los del laboratorio. A la Ruth y a las demás agentes
les hicieron el antidoping primero.
Ella no quiso esperarme para ir a cenar. Tenía una reunión
con el grupo de familiares, madres principalmente, de Mujeres
Desaparecidas 8 de Marzo: una ONG que se dedicaba a exigir
justicia para las hijas que nunca más regresaron a casa.
"Vivasse las llevaron. Vivaslas queremos'; era el grito de ba­
talla del grupo, organización que desconfiaba mucho de la Ruth
por ser una policía. De hecho no era bien recibida y no le creían
lo de su pequeña hija desaparecida.
Subí al carro y me puse a manejar como zombi sin rumbo
fijo. Prendí el estéreo para escuchar un cedé de cumbias verda­
deras que me regaló la Ruth. Era de la Sonora Macondo y la India
Meliyara, colombianos. Ella antes era primera voz de la Sonora
Dinamita; sus grandes éxitos de antaño fueron "Mi cucu" y "El
viejo del sombrerón''. Ahora la India Meliyara es solista, se es­
cucha poco en la radio; en Ciudad Juárez casi nadie la conoce.
Así que el disco es una joyita y se escucha muy poco en tierras
mexicanas. Su éxito más reciente en Colombia es "Sin alma y sin
corazón'; que también le da nombre al cedé.
Es una cumbia digna de ser tocada en un bodorrio o un baile
ele vecindad a todo volumen. Es la rola número uno del compacto.
l.a doce y la última es "Del montón": esas dos son de antología.
La Ruth sabe que yo n-spr-ío las cumbias porque le encantaban a

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mi padre. No tengo mucha músicade este tipo, sin embargo,los
pocos cedés que poseo, los escucho con respeto y sé distinguir,
con los primeros ritmos, si una cumbia es buena o es basura, si
es original de Colombia o si son cumbias piratas de grupos de
Monterrey,Veracruzo el Distrito Federal.
La primera canción no sé cuántas vecesla repetí... La joven
por quien yo sufro nació sin alma y sin corazón, y sigue lo mismo ... La verdad que yo la quiero mucho pero ha sido una ingrata
conmigo ... Tan bonita para qué...
He leído sobre este géneroy estoymás o menos enterado.La
cumbia representa la mejor danza de apareamiento, ritmo cachancloy festivo.Lo mismo cuenta historias de tragedia o éxito
amoroso, es sabory repetición.Y nació en Colombia.
La cumbia "Delmontón'; última del cedé, es una pieza magistral.La puse tantas veces.
Llegué con mi auto a la esquina de la 16 de Septiembre y
Cadmio, al mero poniente bravo de la ciudad. Yahabía pasado
mi antiguo barrio Del Carmen. Estaba a punto de doblar a la
izquierday agarrar la calleHidalgode regresoal centro. Perome
tocó un alto. En eso alcanzoa leer en una ventana de la siguiente
calle:"Quesadillasestilo México" Como ya había doblado hacia
la izquierda,tuve que dar lavuelta a la manzana para acercarme
al localitoque tenía el letrero.
Se me iluminó la cara. Una corazonada me llegó mientras
trataba de estacionarme de reversa frente al local que se llama
"LaQué''.Eseera el nombre del establecimientoescrito en elvidrio de una ventana con "chainola"blanca, de esa que usan para
bolear los zapatos. "Quesadillasestilo México';leí más abajo en
letras pequeñas.
El local pinchurriento era de tres por tres y estaba bien jodido. Ostentaba una mesa roja de plástico de la Coca-Colacon
sus cuatro sillas,más una hielera ruidosa también de la Coca.
Enfrente un camal grande con quemador de gas y un pequeño
mostrador color cremita. En"LaQué"yo era el único comensal.
No vi a nadie hasta que salióuna muchacha morena de un cuartito chirris en el que apenas cabía.

-¿Qué le sirvo?
Yapor mi cabeza ronroneaba el huitlacoche,me lo imaginé
de mil maneras.
-¿Tiene quesadillasde huitlacoche?
Las corvas se me acalambraron,aunque no se notaba por el
pantalón. La boca se me puso seca.
-Sí, hay también de flor de calabaza, estilo DF. Tengo de
nopales, chile rojo, chicharrón, frijoles, de puerquito y hasta
de tinga. Lasde huitlay las de florpor ser exóticascuestanveinte
pesos cada una, las otras dieciséis.Haygrandesy chicas,súmele
cinco pesos a las tamaño jumbo.
Lo que escuché fue música para mis oídos. ¡Estabaa punto
de comer huitlacoche!Oía sin oír a la India Meliyaracantando
el estribillode la "Delmontón''... ''Del montoooán, una mujer del
montón eres tú, una mujer del montón, del montooón ..."
Pedí una quesadillade huitlacoche,aflojéel cuerpo, deslicé
la puerta de vidrio de la hieleray escogíuna lata de té. Luegome
senté a esperar pacientemente. Dije para mis adentros: si está
rica me chingo otras dos y pido cuatro para llevar.
En eso caí en la cuenta de que el local se encontraba muy
limpio.Las paredes estaban carcomidasy descarapeladas,se les
veíanlas costras del enjarre y varias manos de pintura, pero estaban lavadas.Era un cuartucho de adobe libre de polvo. Pude
ver el comal donde mi quesadillase freía.La manteca cristalina
chisporroteaba por el poder de la lumbre. La cocinera, mesera
encargaday propietariase metióde nuevoal minicuartitoy aleancé a ver que apenashabía lugarpara un tanque de gas,un lavabo
pequeño, hechizo, dos estantes de triplay en la pared, que fundonaban como trastero-alacena y un refrigerador enano, de
donde sacóuna ollitacon elhuitlacoche.Lasnalgasde la morena
salíandel marco de la puerta cadavezque se agachabapara abrir
el mini refrigerador.Estabamuy buena.
Alos diez minutos saliómi quesadillaestilo México.La morcna me arrimó salsa que sacó de la hielera y al mismo tíempo me puso un plato rosita de peltre con la quesadillasobre la
mesa.

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41

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-Soy oficial de policía.
Silencio total.
Puse un billete de doscientos pesos en la tabla que funcio­
naba como mostrador, enseguida del comal. La morena sacó de
alguna parte una caja de zapatos que fungía como caja registra­
dora para darme el cambio. La detuve.
-Así está bien. Nos vemos, morena.
-Adiosito. Dijo la muchacha que tenía como veinticinco
años y se caía de buena la cabrona.
Subí al auto mientras acomodaba lentamente el envoltorio
con el manjar de Huitzilopochtli y le di vuelta a la izquierda para
volver a agarrar la Hidalgo rumbo a mi casa.
En eso escucho mi aparato de radio, que había olvidado en el
asiento delantero del carro. Reportaban desde Babícora a ocho
motociclistas ametrallados y muertos afuera de Las Glorias de
Guasave, una marisquería que está sobre la avenida De la Raza.
Hablé con los dos agentes de la Brigada Listón que ya se
encontraban colocando los listones amarillos en la escena del
crimen. Pregunté si no había señas del medio galón de leche.
Me respondieron por el radio que no. Lo más seguro es que los
pistoleros eran gente del Chavo Gaitán. Estos putitos del cártel
de Durango eran los que le estaban disputando el territorio a los
locales.
Me reportaron que los cazaron en sus motos, aunque iban
a 120 kilómetros por hora. Todos los cuerpos estaban a diez o
quince metros separados de sus bólidos. Había derrapes por to­
dos lados. Un incidente de tráfico, deduje, de mucho tráfico.
Ordené por el aparato de radio que se tomaran fotos de todos
los aspectos antes que llegaran los ministeriales y los del SEMEFO.
Les encargué que vigilaran a los fotógrafos y camarógrafos de
los medios. Luego seguí escuchando cumbias, pensando en el
huitlacoche de Huitzilopochtli y los motociclistas que entraron
a más de 100 kilómetros por hora a la lista.

-¿Le pongo otra?Leva a encantar.¿Ustedes delDF?Aquíviene
mucha gente del sur, los atrapa el letrero de la ventana. Y nomás
entran preguntando si tengo de flor de calabaza o de huitlacoche.
-No, yo soy de Iuárez, pero me apasiona el huitlacoche. Y es
raro que lo vendan por acá, y más en esta zona.
-Cuando pusimos "La Qué'; así le puso mi hija al restauran­
te, poca gente sabía qué era el huitlacoche, muchos se asquean
nada más de verlo. Y sale;tarda, pero sí vendo. Antes se me que­
daba, a cada rato se me echaba a perder. ¡Bueno!Lo dejo comer
en paz. Mientras le preparo la otra. ¿Verdá?
Mordí la quesadilla. De inmediato el buqué del hongo del
maíz abarrotó mi boca y se extendió por todo mi paladar. Mi
lengua fue la primera en sentir su delicadeza. Dejé que mis pa­
pilas gustativas se deleitaran con el manjar. Ahora entendía por
qué decían que el puto de Huitzilopochtli era un dios que baja­
ba a la tierra a chingarse todo el huitlacoche que se daba en el
imperio azteca. La verdad era que esta comida estaba destinada
exclusivamente para el emperador en turno. Al plebeyo que en­
contraban chingándose una tortilla con huitlacoche lo ensartaban
y luego lo hacían cabrito a la leña. Por eso el emperador man­
daba desaparecer todo el huida que se daba en las cosechas del
maíz y que no se utilizaba para sus platillos.
En calientellególa otra quesadillaa mi mesa.Me sentía en éxta­
sis, en la gloria. Sihubieran entrado unos sicariosal dizque restau­
rante de una sola mesa me hubieran dado 150tiros con arma mata
policíasy yo ni trompa ... Aunque la verdad si entrara un pandillero
de aquí, de la Altavista,me zurraría de todos modos. La neta.
Saboreé la segunda quesadilla y pedí otras cuatro para llevar.
Me dijo la cabrona morena sin inmutarse:
-Qué bueno que se va a llevar para su casa. Le voy a poner
todo el huitlacoche que me queda antes de que se haga malo. Es
muy delicado y luego luego se apesta.
Al ratito se acordó que la había regado y me dijo:
-No vaya a creer que ya está malo. Le doy el que me queda
porque usted me cayó a todo mecate. Seve que es rebuena gente.
¿A qué se dedica?
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NOCHE INTERMINABLE EN EL DESAYUNO

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AL DÍA SIGUIENTE, A LAS SIETE DE LA MAÑANA MI COMAN­

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dante y yo acordamos un desayuno en el restaurante Porta Bella.
Está sabrosa la comida, sirven bien, te llenas con cualquier pla­
tillo. Lástima que por la inseguridad y la violencia en las calles
cierran a las cinco de la tarde.
Hace como tres años descubrí que vendían un desayuno con
el nombre de "Malinche": dos huevos estrellados con tiras de
chile chilaca, bañados con salsa verde sobre una cama generosa
de huitlacoche. Acompañados de frijoles refritos con queso ra­
llado y una porción de papas fritas con cáscara. Cuando te llega
el plato, el huitlacoche está oculto bajo los huevos y la salsa. Re­
vientas o partes los huevos con una leve presión, brota lo negro
y explota el sabor del caviar mexicano. Me invade una sensación
que me imagino se ha de parecer a descubrir un yacimiento de
petróleo. El oro negro brotando a borbotones de la tierra.
Ahí me esperaba el comandante Elizondo. Estaba que se lo
llevaba la chingada. Nos citamos ahí porque al comandante le
gusta la seguridad de ese lugar.
Para llegar al Porta Bella, que está en el segundo nivel de
una finca, tienes que subir unas escaleras que zigzaguean por
un camino amplio, forrado con una alfombra verde que simula
pasto.
Tiene seis ventanales y desde arriba puedes ver quién entra
y sale. Para ingresar al área de comensales tienes que pasar por
tres puertas.

1

44

45

Es un perfecto lugar para que un policía y un comandante
se pongan a "chirinolear" pues desde tu posición puedes ver si
sube gente amiga o enemiga. Hasta ahora es un lugar virgen de
ejecuciones.
Aunque a mí eso de andarse cuidando y con el culo en la
mano, no me va. Sé perfectamente que en Juárez si te van ama­
tar lo pueden hacer y dejarte la cabeza como queso roquefort
hasta en la almohada de tu cama. Aunque así no tiene chiste: a
los sicarios les gusta presumir sus hazañas y enviar mensajes; al
matarte en privado no habría espectáculo ni impacto. Si estás
condenado, no hay vehículo blindado ni chaleco que detenga la
bala. Eso lo sabía al pie de la pólvora por ser policía de Ciudad
Juárez.
Después de ordenar los desayunos, mi comandante Elizondo
dijo:
-Estoy hasta la puta madre de encabronado. El pinche al­
calde y sus achichincles no me dejaron dormir por el desmadre
de los motociclistas, ¡yame tienen hasta la madre! ¿Yoqué pitos
toco en este matadero? A mí no me compete resolver esos ejecu­
tivos. Que se chinguen los del Estado. Que muevan las nalguitas
los de la Policía Federal, los maricones de la Procuraduría Gene­
ral de la República, los soldados o sus chingadas madres. ¿A mí
qué pedo? Por mí, [que se maten los culeros y se lleven de corba­
ta a todos los agentes estatales y federales por delante! Al fin que
soy un pinche comandante de la Policía Municipal.
Yolo oía muy lejano. Mis pensamientos se concentraban en
el manjar que en breve tendría en frente: desconocía si el hui­
tlacoche que me iban a servir era de lata o fresco como la ma­
ñana.
-¿No se te hace Pablote, que son chingaderas?
-No haga corajes, comandante, le van a caer mal los huevos
y sobre todo la doble ración de chorizo que pidió. No haga co­
rajes. Mejor déjeme le digo que ya apareció el peine. Descubrí
a los tipos que siempre dejan un medio galón de leche junto a
los ejecutados. Ellos mismos se mostraron allá en el poblado de
VillaAhumada.

-¡Ah chingao! ¿Cómo está eso?
-Pues ayer que nos mandó a las dunas a ver los cuerpos sin
cabeza, nos tuvimos que retirar porque llegaron los del Estado,
nos corrieron a la verga. Como estábamos cerca de Villa Ahu­
mada y quería correr la Land Rover a todo lo que da, la agente
Ruth sugirió que fuéramos a echarnos unos burritos y unos asa­
deros.
-Y tú muy obediente ¡lediste a VillaAhumada, cabrón! Oye
Pablote, dime la neta, pinche Amarillo, ¿yate culeaste a la Ruth?
-Comandante, más seriedad: ella es una dama y la respeto a
pesar de que todos los compañeros andan sobre sus nalgas. Tam­
poco es que le tenga miedo al fantasma del capitán Alderete.
-'tá bueno pues, no te calientes.
-Déjeme le cuento lo otro... Cuando llegamosa donde venden
los burritos por la carretera, se nos emparejó un camionetón
con cuatro cabrones, que ya habíamos visto por Samalayuca.
Los ocupantes lucieron sus AK-47 para que las viéramos, luego
uno de ellos, cuando se aseguró que no le quitábamos los ojos
de encima, se llevó medio galón de leche a la boca y aparte el
hijo de la chingada con puras señas nos dijo ¡salud!Y luego se
rió el puto.
-¡No mames Amarillo! ¿Terecae?
-Sí comandante: le estoy diciendo, señor.
La mesera trajo los desayunos todavía echando humito. Mi
nariz, al instante, trató de atrapar todos los olores que se des­
prendían de mi platillo, pero el asqueroso olor a chorizo del co­
mandante me lo impidió. Su pestilencia me llegó hasta la boca
del estómago, mientras mi comandante casi gritaba.
-¡Estos son huevos!, no la chingadera que pedistes.
No dije nada. Con el tenedor presioné las yemas de mis
blanquillos hasta que brotó la noche interminable del huitlaco­
che, coronada por unos cuantos granos de elote, los cuales me
indicaban que la ricura era de bote. Pero le entré con fe.
-Nos pudieron enchilar los cabrones. Estábamos pegaditos
pero no lo hicieron. Querían que los viéramos. Querían que su­
picramos lo del medio galón de leche, que eran ellos los autores

46

de tanta matazón, los de La Regla y los asesinos encargados de
limpiar esta zona de la gente del Chavo Gaitán -le expliqué al

11

comandante.
-Ya te chingaste Amarillo. Te tienen en la mira. Yate chingaste.
-No sea culero comandante, no reparta el chorizo.
-Neta, estos cabrones te van a partir la madre. Algo te están
preparando.

Si no, te hubieran chingado en Villa Ahumada con

IPOLICÍA! iSOMOS AGENTES DE POLICÍA!

la mano en la cintura.
-Ni madres, estos putos quieren que le venga a contar a us­

iPOLICÍA DE CIUDAD JUÁREZ!

ted. Así que el mensaje es para usted ... Al menos yo así lo inter­
preto.
A mi comandante, que estaba comiendo chorizo, se le atrancó
el bocado. Nomás vi cómo lo pasó a duras penas por el gaznate.
Terminamos ya sin cruzar palabra, el mesero trajo la cuenta,
sacamos dinero los dos, mita y mita como siempre, porque hasta

lo que yo sé, mi comandante Elizondo, es bien horno y nunca es
capaz de disparar ni una bala de salva.

EN MI RELOJ ERAN LAS 8:40 DE LA MAÑANA. YA AFUERA DEL

restaurante, abajo, nos esperaban los cuatro agentes de policía
que mi comandante trae de escoltas. Se fueron hacia el estacio­
namiento cuidándole las espaldas. Yo me subí a mi carro, que
estaba enfrente, y le di para estación Babícora, a comenzar un
día más de labores.
Iba por la avenida de Las Torres cuando sonó mi radio telé­
fono. Era la Ruth, toda agitada.
-Pablote, acaban de reportar cadáveres en una suburban
abandonada, allá por los terrenos pegados al aeropuerto, ¿me
arranco o te espero?
-Estoy llegando, nos vernos en la gasolinera, traite la Land
Rover y asegúrate que haya bastante cinta amarilla, no quiero
que se nos termine, ahí me recoges y nos vamos en chinga. ¿Los
acaban de reportar?
-Sí, la secre recibió una llamada y me dijo que me daba diez
minutitos de ventaja antes de avisarles a todas las unidades por
radio, no hace ni dos minutos.
-Vente pues. Encuéntrame.
Llegamos a las afueras de Paseos del Alba, un fracciona­
miento que está al sur, a espaldas del aeropuerto de la ciudad. La
camioneta tipo suburban tenía placas gabachas y era de modelo
reciente. La localizamos dentro de un terreno baldío inmenso,
a una cuadra de distancia dl' la entrada del fraccionamiento. No

Ji. --

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48

quisimos entrar al terreno con la Land Rover para no contami­
nar la escena del crimen, si es que había crimen.
Avanzamos con las pistolas desenfundadas por si las de hule.
Habíamos recorrido como cien metros, la Ruth iba a mi costado
izquierdo, la veía de reojo avanzar con su Beretta M92 FS XX­
treme, de esas pistolas que incorporan un puntito rojo, instalado
en una montura High Power que admite diferentes visores y ac­
cesorios ópticos y que también incluye un nuevo y revoluciona­
rio compensador; aparte dos cargadores, bocacha y punto rojo
con anillas. Calibre: 9mm. Aparte vi su rostro bello como una
diosa; de repente se me figuró una actriz de cine en una película
de acción. La Beretta era herencia de su esposo desaparecido. El
pantalón y la blusa azul le quedaban muy bien; la blusa era de un
azul más claro, que me dejaba fantasear con sus senos hermosos.
En eso ella volteó a verme, sin dejar de avanzar, con una dulce
sonrisa dura. Aunque no le veía claramente los ojos, también me
los imaginaba plácidos a través de sus lentes oscuros de marca,

i

herencia del difunto.
-¿Qué miras pinche Pablote?
-A ti Ruth, a ti.
-¿Y qué me ves tonto?, ¡Mira pa' delante! No te vayas a caer,
cabrón.
-No Ruth, no me caigo.
-¡Órale pues, sangrón!, ¿a qué venimos?, voltéate y deja de
estarme fisgoneando, que me pones nerviosa.
Seguimos avanzando, estábamos como a treinta metros,
cerca de la suburban negra. Le hice señas a la Ruth para que se
dirigiera a la parte de atrás. Yo me coloqué casi enfrente de la
camioneta. Traíamos las pistolas con las dos manos y sin dejar
de apuntar, los cuerpos agachados pero sin dejar de avanzar,
sin dejar de movernos como serpientes, de un lado y al otro,
para no ser un blanco fácil. Eso lo aprendí desde la Academia
de Policía.
-¡Policía! [Somos agentes de policía! ¡Policíade Ciudad Iuárez! ¡Salgancon las manos en alto! ¡Somos policías! -grité a dos
metros de la camioneta negra.

No hubo respuesta. Sólo se escuchaba el murmullo de las
calles, que aunque lejos, se oía, era el ruido de una ciudad que ya
estaba trabajando. También escuchaba el corazón de Ruth, que
dejó de ser la Ruth, que a pocos metros lo sentía latir y bombear
junto al mío, dentro de mi pecho, protegidos por mi Magnum
Smith &Wesson .357. Fue en ese momento que sentí una erec­
ción. Se me puso como fierro. Supe que ya estaba bien enamora­
do y prendido de la pinche Ruth, que no dejaba de apuntar con
su pulcra Beretta a la suburban.
Seguí gritando y nadie respondió. Se alcanzaban a ver cuatro
o cinco cuerpos; me hice bolas porque no les veía bien las cabe­
zas. Ruth me gritó, nerviosa.
-¡Nadie quedó vivo, Pablote!
-¿No verdad? [No contestan!
Abrí con cuidado la puerta del piloto. Lo que vi parecía una
caricatura de Tommy y Daly: una cabeza puesta sobre la par­
te baja del volante, el resto del cuerpo del piloto sin testa y sin
manos, muy sentado en su lugar. En el asiento del copiloto, otro
pobre con la cabecita arriba de sus piernas, con sus manos suje­
tándola. Atrás, en el primer asiento, otros dos decapitados bien
sentaditos y con su respectiva cabeza, bien colocadas, arriba de
sus rodillas y bien sujetadas con sus propias manos. En el si­
guiente asiento tres cuerpos más decapitados, con sus tres cabe­
zas en las piernas. Pero los tres cuerpos de atrás eran de hombre
y las cabezas eran de mujer, todas con el cabello largo. Incluso,
una de las cabezas de mujer lucía muy coqueta unos lentes de sol
marca Versace; no tuve tiempo de comprobar si eran originales
o piratas.
En el tercer asiento de atrás estaban otros cuatro cadáveres.
Completitos, sin decapitar. En total, once cadáveres y siete ca­
bezas.
Once almas menos, bien sentaditas, en orden. No había
grandes rastros de sangre, solamente hilillos, lo cual indicaba
que la escena fue montada para que la descubriéramos así.
En eso me asustó Ruth.
--¡Mira, mira! ¡I.a h·clH'!

t

"
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50

Se me aceleró el ritmo. En efecto. Medio galón de leche
Lucerna estaba sobre el tablero del lado del piloto y debajo del
medio galón un pedazo de hoja de cuaderno con algo escrito.
Levanté y arrojé el medio galón lejos de la camioneta y saqué el
recadito. Lo iba a empezar a leer cuando se oyeron las sirenas
de las camionetas de los agentes estatales. Rápidamente guardé
el mensaje en la bolsa trasera de mi pantalón ..Apenas a tiempo,
porque una camioneta se paró atrás de nosotros y se bajaron los
ministeriales, valiéndoles madre preservar la escena del crimen.
-¿Quiúbole pinche Amarillo, tú no entiendes?¿ Verdá, cu­
lero? Hasta que no te partamos la madre vas a quedar a gusto.
Era Enrique Beltrán, el mismo que nos topamos Ruth yyo en
las dunas del desierto de Samalayuca.
-Te crees muy vergas porque casi siempre llegas primero
que nosotros, y te la juegas de muy policía investigador y muy
hule, pero no dejas de ser un pinche policía de mercado. ¡Yate
dije, cabrón! Un día de éstos te voy a partir la madre.
La cabeza me burbujeó. Estaba hasta la chingada que este
rufián, de dos metros de alto, me agarrara de carrito cada vez
que nos topábamos. No sabía por qué.
Que yo sepa nunca le di motivos. A lo mejor le repateaba
verme en cada evento que había un asesinato o me tenía chilito
por las camionetas Land Rover, nuevecitas, que la corporación
nos había comprado. Quizá no me tragaba por traer de pareja
de turno a Ruth.
Sentí la sangre hirviendo, era como una picazón, la adrena­
lina, dicen.
Nos hicimos de palabras, esta vez no me arrugué. En la ale­
gata nos fuimos separando poco de los demás. Los otros minis­
teriales no perdían detalle, les encantaba ver madrazos.
Yoechaba cálculos. Observé un poco de miedo que se le es­
capaba por sus botas vaqueras de piel de armadillo y me dije, a
mis adentros, "este pendejo es pan comido"
Lo fui llevando a terreno. No batallé porque estábamos en
un baldío que servía de campo de futbol. Se sorprendió cuando
le dije:
i
i>tUiJ!lli

._

-Deja tu pinche pistola en el suelo, y también tu placa, por­
que en estos momentos nos vamos a partir la madre.
Beltrán estaba sacado de onda, pero dejó placa y pistola en la
tierra. Yateníamos más público; llegaron los del SEMEFO y otros
agentes del Estado. Mi Ruth, en medio de todos esos cabrones,
tenía su mano derecha sobre la Beretta. Sin darme cuenta que­
damos debajo del travesaño de una portería hecha con tubos de
esos que usan en las instalaciones para el agua.
Todos nos rodearon esperando quién tiraba el primer chin­
gazo. Yo lo hice. El primer putazo se lo acomodé en la cara, de
cuete le di dos puñetazos más, uno en el estómago y el otro, ya
agachadito, se lo puse en las quijadas, fue un izquierdazo que
lo sacó de órbita, sefue de espaldas alsuelo medio noqueado, pero
lo volvía poner de pie. Para esto lo levanté del cuello de su camisa
y le dejé ir mi golpe preferido: un cabezazo efectivo para los que
son más altos que yo, se los atizo mientras se están alivianando
de otro madrazo y ya tienen la cabeza blandita y suelta como tra­
po. A éste se lo puse en la mera barbilla. El golpe debe de darse
con la parte superior de la frente. Se oyó cómo tronó la chingada
boca de Beltrán, que cayó redondito y levantó una nubecita de
polvo con su cuerpo de matalote, dos metros de puto. Antes
de que reaccionaran sus compañeros, Ruth sacó su Beretta y los
encañonó. Eran como doce agentes.
-¡Ya nos vamos! ¡No la hagan cardiaca! ¡Yanos vamos! ¡Ya
estuvo! Se traían ganas. ¡Yase las quitaron! Todo fue limpio.
Esto les gritaba Ruth sin dejar de apuntarles con su arma.
Beltrán había quedado fulminado. Me agaché a tomarle el
pulso, para asegurarme que estuviera vivo.Me acerqué al montón
de agentes ministeriales sometidos por Ruth y les dije:
-Ustedes disculpen, pero Beltrán ya me tenía hasta la chingada. Está tranquilo, échenle poquito de alcohol y se aliviana...
déjenlo descansar y al rato se recompone.
-Ya ni la chingas Amarillo, ¡teva a cargar la verga!-gritó uno
de los compañeros de Beltrán mientras trataba de alivianarlo.
Nos retiramos hacia la Range Land Rover sin darles la espal­
da. Rut h llH' ilia vu-ndo di' rr-ojo.

'

11111

52

-¿Qué hiciste, pinche Pablo? Ya te los echaste encima a estos
matones, te van a partir la madre esta bola de ojetes.
-Una de dos: me van a madrear o me van a respetar. Una

12

de dos.
-Pa' mí que te van a madrear.
-Quién sabe, en este desmadre todavía hay hombres.
-Oye Pablote, te quiero preguntar algo: ahorita que llega-

BESO DE SAL

mos a la escena del crimen, ¿qué me estabas viendo?
-Ya se me olvidó. Mejor vamos a buscar unas crepas de hui­
tlacoche a un restaurante que está en la Zona Dorada para que
se me baje el coraje.
-Tú y tu huitlacoche, ¿por qué te gusta esa cochinada? No
entiendo, apenas amanece y ya traes esa chingadera en el pensamiento.

APENAS ÍBAMOS EN LA LAND ROVER POR LA AVENIDA TECNO­

lógico y sonó mi cel. Era la secretaria de la estación Babícora.
-Oye Comandante Amarillo: perdón ... agente Pablo Gon­
zález, una persona quiere tu número de celular. ¿Se trata de una
broma? Me comenta algo de un galón de leche, creo que está
loco, no le entiendo nada, ¿es un chiste verdad?, otra tomada de
pelo de tus compañeros.
-¡No mensa! Si llega otra vez a hablar ese señor pásale el
número de mi celular.
-¿Te lo paso? Todavía lo tengo por la otra línea. Dice que se
llama "Ateto" ¿Es una broma o qué?
-Mejor dale mi número y dile que me hable.
Ruth no me quitaba sus lindos ojos de encima.
-¡Son ellos, los de la leche, son ellos! Los que firman sus tra­
bajitos dejando el medio galón de leche a medio beber junto a
sus víctimas. Se van a comunicar, eso me dijo la recepcionista
de Babícora.
-¿Por qué contigo? Tú qué rollo, ni que fueras el jefe de la
policía o uno de los comandantes. Esto ya me está "paniqueando''.
-Cálmate, algo se traen, algo quieren, a lo mejor ni me llaman.
-¡Te van a matar esos cabrones!
-No creo, ya lo hubieran hecho desde cuándo, en Villa Ahumada, aquí mismo o en mi cama.
-Pablo, vamos a hablarle al comandante Elizondo, vamos a
avisarle al comnndunu-, l'ahlot«.

1

L.

'

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55

-¡Cálmate Ruth! Deja que se comuniquen. A lo mejor es
otro asunto y ya estamos haciendo una telenovela.
-Nel, son ellos. Los de la leche, ya te sacaron a flote. ¡Tevan
a matar!
A Ruth se le empezaron a poner brillosos sus grandes ojos.
Me miró como si le estuviera anunciando un largo viaje. Yome
hice ilusiones de que me miraba con amor, amor húmedo, amor
de ley.
En ese momento comprendí que estaba hasta las pelotas por
esa mujer, siempre atolondrada por el recuerdo de su pequeña
bebé, que ahora tendría cinco años, y que se llevó esta pinche
ola de tragedias. Esta mujer que a diario trabajaba conmigo, que
sabía de mis rarezas, mis fobias y hasta de mi pasión por el hui­
tlacoche. Esta mujer como una uva y delicada como su Beretta.
Las lágrimas resbalaron por sus cachetes. Con mis dedos
gordos se las limpié y le dije que se tranquilizara. Que no me iba
a pasar nada, mucho menos a ella. Que no se preocupara.
-No lloro por mí, yo ya estoy muerta desde hace cuatro
años, lloro por ti, Pablo Faraón, no quiero perderte a ti también.
Yme besó.
Por primera vez me besó. Su aliento, su boca, su cuerpo, todo
por primera vez estaba a nada del mío. Sentí sus labios gruesos.
Fue un beso medio salado por las lágrimas, pero un beso apasio­
nado con el que había soñado hace tiempo. Estábamos fundidos
en ese beso cuando sonó, inoportuno, mi celular.
-¿Quién habla?-pregunté tranquilo, como si nada.
-¿Qué transa? Te habla el mero rey, pinche agente Pablo
Faraón González, alias el Comándate Amarillo, jefe de la Bri­
gada Listón. Soy el de la leche, para más datos, El Atoto.
Temblaba.
-No sé rey de dónde eres, wey. ¿De qué leche hablas?
-No te hagas pendejo o vas a caer de mi gracia, cabrón. Sabes
perfectamente quién te habla. No me conoces, pero sí sabes a qué
me dedico. Te hablo para decirte que los once muertitos que aca­
bas de encontrar en el campo de futbol de Paseos del Alba, sólo
son el comienzo de este fin de semana pesado, de mucho jale.

-¿Por qué te comunicas conmigo?¿ Yoqué? Sólo soy policía
de Ciudad Juárez.
-Ya sé Faraón, tenemos meses observando que tú y tus agen­
tes son los primeros en llegar a poner la cinta amarilla en cada
ejecución y que ustedes son los que se llevan la leche, mi marca
registrada. ¡Jaja, ja ja!
-¡Qué te digo!¿Para qué soy bueno?
-¿Leíste el recado que te dejamos junto con la leche?
-Aquí lo traigo.
-Sí, vimos que lo agarraste y te lo guardaste cuando llegaron
los putitos del Estado. Yano importa. Es que nos interesa hablar
contigo. Queremos hacer contacto y hablar al chile.
-¿Por qué conmigo?, hay mucha gente que le encantaría.
Hay periodistas ...
-Contigo nos latió, Faraón. ¡Yano le hagas al wey!¡Teaguan­
tas, cabrón! Las cosas se van a poner más peludas.
-¿O sea que ya me chingué?
-Pos sí... para que veas que la cosa va en serio, ahorita vas
por la avenida Tecnológico, no te hagas pendejo, dos semáforos
más y te vas a topar con el Puente al Revés.Ahí te vamos a dejar
un presente. Al rato me comunico.
Efectivamente, estábamos sobre la Tecnológico a punto de
llegar al puente.
-¿Qué sucede? -dijo la Ruth preocupada.
-Estos cabrones me dejaron algo en el Puente al Revés.
En eso llegamos a la joroba del puente y vemos que algo está
pasando. En una Van gris tipo familiar hay una señora de vestido
azul que está en shock. Me bajo. Reviso su camioneta y nada. La
señora me hace señas para que mire al frente. Veoun tubo atora­
do en los barandales de metal y una soga colgando de él. También
hay un tétrico medio galón de leche en la orilla de la calle.
Otro pasajero que venía acompañando a la del vestido azul
me explica:
-Lo acaban de echar unos tipos de una troca, colocaron el
tubo para que se atorara y arrojaron al muerto, luego se fueron
en friega, nosotros tuvimos que frenar,veníamos atrás de ellos.

1

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~

'

56

-¡Es el comandante, es el comandante! -grita Ruth, que veía
con horror cómo una persona se balanceaba como piñata.
Me asomo hacia abajo y sí, el comandante cuelga del final de
la soga. Yahay gente en el crucero mirando el espectáculo en las
alturas del puente. Apenas son las doce del día. El cadáver del

13

comandante señala la hora.

EN LAS MALAS Y EN LAS PEORES

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RUTH ESTÁ SENTADA EN LA CALLE, LLORANDO. SE TAPA EL

rostro con sus manos finas. Me acerco suavemente, la levanto,
la abrazo. Llora en mi hombro. Le tomo la cabeza con mis dos
manos, le digo que se calme, que tenemos que acordonar el área,
que me ayude también a cerrar la circulación mientras hablo por
radio para dar parte, pedir refuerzos y tratar de subir al coman­
dante Elizondo.
Está contrariada. Aunque la estrujo no reacciona. La llevo
con mucho cuidado a la unidad. En eso el acompañante de la
señora de azul que sigue en shock corre a detener los vehículos
que están subiendo por el puente a fin de evitar que otros su­
ban la joroba y se forme un gran embotellamiento. Yacon Ruth
arriba, coloco la camioneta de manera que tape todo el carril
de la derecha y ya no dejo pasar a nadie. Los automovilistas que
vienen del norte por el otro carril aminoran la velocidad, y aun­
que se asomen no logran ver nada. Puse tres conos amarillos y
al colocar la cinta de balizar para delimitar el área, mis manos
temblaban. Comienza a armarse un borlote, cláxones y automo­
vilistas empiezan a gritarme que les dé quebrada de pasar. Me
hago pendejo y sigo con mi función. También insisto por los re­
fuerzos en la radio.
Hace un rato estaba con el comandante Elizondo desayu­
nando y otra vez estamos juntos, nada más que él está colgando
sin vida del puente y yo le delimito su propia escena del crimen.
Para acabarla de chingar, la mujer, mí pareja de turno y que me

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acabo de dar cuenta que amo un chingo, está en la Land Rover a
punto de volverse loca.
A los diez minutos la escena en el Puente al Revés es la de
todos los días. Un friego de mirones, mis listoncitos amarillos,
nada más que ahora se la pelaron porque estamos arriba del
puente; ni los pinches fotógrafos de los pasquines se pueden
arrimar. Aunque ya tomaron sus mejores placas del comandante
colgando como yoyo. El espectáculo está en el aire.
Trato de retirarme de la escena, me abro paso lentamente
con mi Land Rover y las torretas encendidas. Mi cielo sigue
aturdida pero ya está más calmada, solloza tranquila. En eso, el
ministerial Beltrán corre y golpea el parabrisas de la camioneta,
nomás me hace señas con el puño de que se las voy a pagar. Trae
la cara toda madreada e hinchada.
Salimosde la joroba del puente y del puto congestionamiento.
No llegamos ni al siguiente semáforo cuando el pinche celular
vuelve a sonar.
-¡Bueno! -contesto emputado.
-¿Te gustó mi obsequio, Faraón? -Era la voz del que se identificó hace rato como el Atoto.
-Ya ni la chingas, ¿de qué se trata esto?
-Esto nada más es para que nos presten atención, culeros.
En especial tú, Faraón.
-¿Yo qué? Además, ¿por qué se echaron al pobre coman­
dante?
-Nos la debía. ¿A poco crees que no sabíamos que él recibía
una lana de los otros cabrones? Elizondo era "chota"al servicio de
la gente del Chavo Gaitán. Nosotros también tenemos nuestros
contactos. No te hagas, también tú recibes desde hace rato una
"corta'; nada más que nosotros te la pagamos, que si no ya no la
estarías contando.
-Pues sí, sí la recibo, pero sin ningún compromiso. A mí me
la reportan mis superiores, además es de a güevo, aunque no la
quiera agarrar uno.
-Bueno, bueno, ya, no te lamentes, que todavía no acaba­
mos. ¡Pon atención! Síguete derecho por toda la 16, vas por la

curva de San Lorenzo, no te hagas pendejo. Por cierto, pinche
ciudad tan reburujada, una misma calle tiene tres nombres, esas
son mamadas ¿no crees?
-No, a mí no se me hace.
-¡Uyuyuy! qué serio, bueno pues, te vas calmado hasta llegar
a la Plaza de Armas, ahí en la Noche Triste, enfrentito de la Plaza
de Armas y Catedral te vamos a dejar otro paquete, nada más
que este es especial.
-Oye Atoto, ¿me vienes siguiendo?
-¿Tú qué crees wey? Me saludas a la Ruthita. ¿Qué? ¿Yate
la cogiste?
Colgó.
Me quedé como lelo tratando de imaginar lo que iban a hacer
estos cabrones. No sabía si hablar por la radio y avisarles a todos
en la central. Si me estaban siguiendo era mejor no hacer nada
y seguir sus indicaciones. En eso reparé en Ruth. Me hice a la
orilla de la Paseo Triunfo.
-¡Bájate! -estábamos en frente de Sanborns- va a valer ma­
dres y no quiero que tú te involucres. Vete, ahorita hablas por
radio y pides que te recojan aquí.
-No Pablo, yo voy contigo. Soy tu pareja en las malas y en
las peores.
-Por eso mismo bájate, ¡te amo! y quiero que seas mi pareja,
pero para siempre. Así que ¡órale mi reina!, te vas pa' bajo.
Me costó trabajo pero la convencí.
Antes de bajarse me dio otro beso, para acabarla de chingar
otra vez mojado por más lágrimas. Esta vez más intenso porque
sus labios y su boca estaban temblando de miedo.

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14
RUTA ROJA

ACELERÉ Y PRONTO PASÉ LAS AMÉRICAS, UNA DE LAS AVENIDAS

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principales que cruza la 16 de Septiembre.
Sonó otra vez mi aparato celular. Ya estaba como a cinco
cuadras de la plaza, justamente iba por el mercado Iuárez, el
mercado turístico de la ciudad. También pasé a un lado de mi
casa.
-¿Para qué te deshiciste de tu compañera, culito? Me cuestionó la voz por celular.
-Se sintió mal y nomás la bajé, se me hizo fácil.
-Bueno pues, no hay pedo, pero no era necesario.
-¿Qué vas a hacer? ¿Con qué me voy a topar? ¿Qué quieres
que haga?
-No comas ansias putito, tú nomás ponte al tiro y observa
bien.
Llegué a la Plaza de Armas, me paré detrás de un camión
urbano de pasajeros, una rutera, no vi nada fuera de lo normal.
Me bajé.
Un chingo de gente pasando, los boleros y vendedores de
revistas y periódicos. Aparentemente todo en santa paz. Revisé
una pick up estacionada frente a un puesto de jugos, cargada
con rejas de frutas, y nada, luego una van que estaba parada en­
seguida... sin novedad. Cuando volvía a la Land Rover,un señor
me señaló la rutera. Corrí hecho madres. Abrí la puerta de la
rutera a chingadazos, saqué mi Smith & Wesson .357 Magnum.
Lo que vi par('da 1111a1·scena arrancada de una película de Ta-

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rantino: un chingo de cuerpos ensangrentados, hombres y mu­
jeres, todos los asientos ocupados, algunos con dos y tres cadá­
veres, otros con un solo cuerpo. Todos cosidos a balazos y con
el tiro de gracia.
A los infelices los mataron arriba del camión. Por donde
quiera había sangre y sesos: en las ventanillas, los asientos, el
techo, el piso metálico. Calculé por lo menos cuarenta cuerpos.
Revisé algunos y comprobé que la mayoría tenían tatuajes o
marcas de piquetes de jeringas en los brazos.
-¿Alguien está vivo? -grité temblando, como un pendejo.
Bonito me vi gritando, trepado en una rutera hasta la chin­
gada de ejecutados.
Por el olor y lo fresco de la escena calculé que a los ingratos
los habían matado hacía pocas horas. El asiento del chofer se
hallaba vacío, las llaves estaban pegadas en el encendido. En eso
me fijé en los pedales: había un pinche medio galón de leche.
Es curioso pero el estéreo estaba encendido a todo volumen.
Saqué el cedé que tocaba: era una copia pirata de a diez pesos.
"Corridos Perrones" estaba escrito con marcador.
Bajédel camión, me senté en el estribo. Lloré de rabia, agarré
fuerzas para hablar por mi radio, no pude. Marqué el cel.
Contestó la voz asesina. De inmediato le escupí:
-Te saliste cabrón, te saliste...
-No llore chiquito, no llore, al cabo eran puros hijos de la
chingada que no valían madre, puro papelero de medio gramo, y
adictos, estaban en su escondite Cristo Redentor, cooperaban con
gente del Chavo; la mayoría eran halcones que pedían lana en los
cruceros para redimirse, pura basura, pura camita de cañón.
-¿Me estás viendo cabrón? Da la cara ¡hijode tu puta madre!
-¡Cálmate, cálmate! no hagas olas. Y sí, sí te estoy viendo
joto chillón, estoy muy cerca de ti, cerquititas, siempre te obser­
vo, si quieres te voy a consolar.
Apagué el cel.
Me di cuenta que un montón de gente ya rodeaba el camión.
Muchos sacaban fotos con sus teléfonos, otros hasta saltaban
para ver mejor el panorama. Muchos hablaban por sus célula-

63

res, de seguro contándole a sus amistades lo que estaban viendo;
hasta parecían periodistas los pendejos. Yo creo todo mundo
trae a un pinche periodista adentro, uno de nota roja.
Chequé los rostros, algunos me observaban, de seguro me
vieron llorar. Busqué una señal, un rostro asesino, una sonrisa
sarcástica, una mirada burlona. Quería tener enfrente al Atoto. Él
me observaba. Es una lástima que no conocía su rostro, ¿cómo
será este hijo de la chingada?
En eso escuché una voz celestial que me sacó de mis pensa­
mientos de rencor y rabia. Era Ruth, que llegó a toda prisa con
refuerzos. Se me echó encima, me abrazó fuerte, fuerte, también
me empiezó a besar desesperadamente. Yo estaba como zombi.
La gente comenzó a hacer comentarios burlones: "¡Nomás falta
que te la tires!" "¡Pinchis polis buenos para nada!" "¡Yani la jo­
den!" "¡Cógetelawey!''... Era el pueblo, que estaba enojado.
Agarré la onda, me quité a Ruth de encima y la llevé para la
parte trasera de la rutera. Más gente nos rodeaba. La novedad
se desparrama: "Dejaron una rutera llena de ejecutados" "Está
llena de cadáveres"
-¡Qué te pasa! [Qué te pasa! ¡Tranquila!
Ruth menos efusiva me dijo:
+Estaba muy angustiada por ti, pensé que te iban a matar.
-Ya lo sé, ya lo sé. Debemos controlarnos -le dije al oído.
-Varnos a calmarnos y hacer nuestro jale. Además el wey que
me guióhasta aquí puede ser cualquiera,ya me dijopor celularque
aquí mismo está observándonos, está entre este montón de gente.
Vamosa colocar el perímetro y espantar a los zopilotes.No tardan
en llegarlos fotógrafosde prensa y los agentes ministeriales.
Saqué un rollo nuevo con cinta amarilla oficial de 10 cm. x
250 mts. con texto negro de PRECAUCIÓN-NO PASE-POLICÍA, de
gran elasticidad. Idealpara balizar en cualquier lugar.No patrullo
sin ella.
Acordonamos el área, no dejé pasar a ningún vehículo. La
Noche Triste es una callecita de un solo sentido de norte a sur.
Los compañeros con los que se vino Ruth me ayudaron a colocar
su patrulla y mi l.aml Rovcrprohibiendo la circulación.

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Mis listones amarillos los coloqué de esquina a esquina, en­
cerrando el camión de rutera en un rectángulo. La escena del
crimen está asegurada.
Dispersé a los mirones que seguían gritando pendejada y
media.
En quince minutos estaba aisladala rutera. La sangre empezó
a chorrear por todos lados y pronto se formó un charco que cre­
cía, hasta parecía una fuga de agua potable.
Llegaron los fotógrafos de prensa, arribaron los agentes mi­
nisteriales de la procu a la escena, prepotentes como es su cos­
tumbre. Uno de ellos se me acercó y me comunicó que al agente
Beltrán lo acababan de dejar en urgencias de la Poliplaza Médi­
ca, que me iban a detener de un momento a otro.
-¿Qué pasa pinche Amarillo, qué está pasando? ¿Por qué
estás llegando primero tú a las escenas del crimen? ¿Te están
dando pitazos, verdad, culero? -me dijo otro agente ministerial.
No lo pelé. Mejor pregunté:
-¿Ya descolgaron a mi comandante Elizondo del puente?
-Ya se lo llevaron los del SEMEFO al anfiteatro. Le van a hacer la autopsia al ahorcadito -dice burlón.
Lo tiré a lucas. Me subí a la camioneta, luego se subió mi
Ruth. Apagué mi celular. Nos alejamos por toda la Vicente Gue­
rrero al oriente hacia Babícora.
Por la radio avisaron que todos los agentes nos reportára­
mos a la central. Habían ordenado encuartelarnos, o más bien
atrincherarnos en la estación.
La muerte del comandante nos puso en alerta máxima a todos.

15
EL MANJAR

COMO MI CASA ESTÁ A UNA CUADRA DEL MERCADO TURÍSTI­

Juárez, muy cerca de la Plaza de Armas, le dije a Ruth que íba­
mos a llegar un momentito a recoger unas cosas y llevar algo para
comer,porque de seguro nos encerrarían todo el día en la estación.
Llegamos en un dos por tres y me aseguré que nadie nos se­
guía. Le pedí que se bajara. No la podía dejar sola esperándome
en la camioneta. El protocolo de seguridad de la corporación
ordena que ningún agente de policía deba estar sin su pareja
cuando se decreta una alerta máxima y éstos estén en servicio.
Así que la invité a pasar.
Rento una casa de principios del sigloxx. Una de las muchas
casonas viejas de Ciudad Juárez, en el callejón Francisco l. Ma­
dero y 16 de Septiembre, en pleno centro. Está a unos metros del
abandonado Cine Victoria y frente a El Recreo, una cantina que
abrió sus puertas en 1919.Antes no salía de ahí, ahora voy de vez
en cuando a pesar de vivir cruzando la calle. Su propietario me
conoce muy bien.
La casa tiene el número 100. Perteneció a una familia pu­
diente de la ciudad; ahora los hijos viven en El Paso, Texas, por­
que los padres ya murieron. En el patio, que también es muy
amplio, antes tenía huerta, hay una pequeña piscina llena de es­
combro. En los años veinte fue el centro de reunión y de grandes
fiestas en donde se divertían las familias bien de Juárez.
Cuando la renté, hace seis años, me dijeron que la residen­
cia tenía como q11i1w1· anos sin ocuparse, la familia la tenía sin
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alquilar, por lo mismo se fue destruyendo. Es una copia a escala
de una mansión estilo californiano que hay en Hollywood y que
perteneció a Marilyn Monroe.
El precio del alquiler era una ganga, así que me animé. En
ese sector la renta de casas está a la baja porque es una parte
del centro donde hay muchas casas sin habitar y las que están
ocupadas, en su mayoría son por gente mayor.
La primera vez que la vi por dentro me apantalló su gran
cocina, que es del tamaño de una casa de Infonavit.
Tiene dos plantas, seis recámaras amplias, dos estancias
de diferentes dimensiones, cinco baños, una sala muy chic, un
cuarto destinado a la alacena y además un sótano. A la derecha
de la sala de entrada o recibidor tiene lo que fue una biblioteca
gigantesca; hay estanterías, entrepaños, repisas y rinconeras de
maderas finas: ahí es donde duermo. De hecho, la sala de entra­
da, las estancias, la biblioteca y la cocina son los únicos espacios
que ocupo. La planta alta la tengo clausurada pues tapé las esca­
leras con unas hojas de triplay.
Cerca de la alberca abandonada hay un departamentito que
usaba la familia para la servidumbre y está lleno de tiliches. A un
costado empieza un enorme espacio destinado a la cochera. Parte
de ésta pertenecía al huerto familiar de manzanas e higueras;
fácilmente caben hasta cuatro vehículos y sobra espacio para los
cachivaches. En ella hay muchos baúles y cajasde madera que el
dueño de la casa me ordenó no tocar. La casa ya estaba cuando
fincaron e inauguraron la cantina El Recreo, así que la mansión
habrá sido edificada en 1908 o 1910, a principios de la Revolu­
ción. He oído que ahí se llegó a hospedar PorfirioDíaz. Varios
historiadores así lo registran en sus crónicas. Incluso unos ase­
guran que ahí se hospedaron Pancho Villay Pascual Orozco con
su gente cuando tomaron Ciudad [uárez en mayo de 1911.
Ruth se quedó asombrada cuando vio la enorme sala:su nivel
del cielo abarca los dos pisos y tiene una pequeña cúpula con un
gran vitral en la cúspide, con un diseño de racimos de uva, me
dicen que es Art Deco. De día los rayos del sol son un espectáculo
pues se filtran a través del vitral: es una lluvia ck rolor,

-¿Aquí vives Faraón? No jodas, ¡es un pinche palacio! No
mames. Por fuera parece una casa de altos normal, sin chiste.
- Era más amplia y tenía mucho terreno, hasta tenía su pro­
pia huerta, pero vendieron a los lados, luego enfrente para abrir
calles; de ahí su decadencia. Es un remedo de lo que fue.
-¡Está brutal! Mira la cocina, está de película.¿Qué hay arriba?
-Cuartos y más cuartos. También tiene piscina, nada más
que está hecha un chiquero.
Salimos al patio. Ruth no lo podía creer, y eso que la casona
estaba muy jodida por falta de mantenimiento por tantos años.
- Tú aquí serías como una duquesa o una emperatriz del
Paso del Norte -le dije-. Mi princesa de Ciudad Juárez.
Entramos de nuevo a la casa. Yome fui a la cocina a preparar
algo para llevarnos a Babícora. Entonces descubrió la biblioteca
que utilizaba de recámara.
Por fortuna mi madre siempre me enseñó que el lugar donde
uno duerme debe estar ordenado y limpio, si no los sueños son
cochinos y revueltos. Así que Ruth descubrió una biblioteca­
recámara pulcra, libre de polvo, ordenada.
-¿En serio aquí duermes? Qué guardadito te lo tenías. ¡Eres
un señor faraón! -me gritó desde el lecho.
Salí de la cocina y me fui a explicarle la historia de la casa.
Me quedé pasmado cuando vi tirado en el piso de madera sólida
el uniforme completo de Ruth. Su pantalón y su camisola azul
de mujer policía, sus zapatos negros pizpiretos y sus calcetas
blancas.
Sobre el lado derecho del escritorio de caoba, color tabaco,
de casi dos metros por uno, vi su cinto negro y grueso, la funda
y su Beretta muy femenina; a un lado su chaleco antibalas marca
Winchester, una camiseta de tirantes de mujer y en el extremo
sus pantaletas color azul cielo y un bra del mismo tono. Todo
lo vi en un instante. Fue una foto que fijé para siempre en mi
memoria.
No la vi cuando entré en la biblioteca sino unos segundos
después, debajo del edredón beige y la sábana de algodón egip­
cio color aceituna que adquirí en El Paso.

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Ruth estaba exquisita con su pelo suelto, su rostro iluminado
y sus ojos negros; parecía una virgen de iglesia, suculenta y tibia,
rodeada de maderas finas y oscuras.
Me extendió sus brazos y me invitó a acercarme.
Todo pendejo, dejé a un lado de su Beretta el cuchillo cebo­
llero que había tomado para partir el queso.
En caliente me quité los zapatos, los calcetines salieron en
chinga hacia los estantes del librero gigantesco y principal de
la biblioteca. Luego mi pantalón con todo y Smith & Wesson
bajaron al piso. Me quité mi camisa azul, me saqué la blanca de
tirantes. Me dejé el calzón y me metí a la cama.
La besé intensamente. Agradecí que hace doce años había
dejado de fumar cigarros Pall-Mall rojos. Su cuerpo se adivina­
ba, lo sentía, no lo tocaba directamente, yo estaba todavía sobre
el edredón. Se me empezó a parar. Me daba penita. Ruth encan­
tada, sonreía pícara cuando dejaba unos segundos de besarla.
Me bajé de ella y levantó las cobijas para que yo entrara. Me
quitó los calzones. Quedamos frente a frente de costado, sentí
su pálpito y sus pezones acojinados, el calorcito de sus senos,
enormes como la biblioteca.
No me había equivocado. El pedazote de mujer que se es­
condía en ese triste uniforme policiaco era un sin hit ni carrera.
Volvimos a besarnos. Ellame tomó las manos y las llevó directa­
mente a sus pechos, sin dejar de besarme.
Luego de las chichis me enredé en su cintura y seguí con sus
nalgas, un trasero fume, suculento, unas nalgas de premier o de
Festival de Cannes. No me la creía.
Ella, súper excitada. Lo supe cuando mi mano llegó tímida a
su entrepierna. Ruth la guió sobre su vello púbico.
De ahí en adelante todo fue exclusivo. Resopló suavemente
mientras decía mi nombre en diferentes ritmos y tonadas. Arrojé
el edredón y la sábana al piso y me fui para abajo. Besé su barri­
guita y sus caderas, hasta que llegué al meollo del asunto y mi
boca y mi lengua exploraron sus intimidades. Al instante advertí
un buqué que me era conocido: su sexo me impregnó de un sabor
muy similar al del huitlacoche.

Fue cuando me cayó el veinte. Pinches emperadores aztecas,
ahora comprendo por qué no dejaban que la indiada disfrutara,
como ellos, las delicias de ese hongo.
Ruth empezó a arquearse y ya no me dejó despegar mi cabeza
de entre sus piernas.
Me hice loco. A pesar de que tenía la verga dura como pistola,
decidí que no iba a hacer el amor como Dios manda. Además en
toda la casona no había un desgraciado condón.
Aunque quisiera, Ruth ya había llegado al clímax. Simple­
mente besé suavecito sus muslos, su vientre, sus senos. Ella re­
voloteaba. Volvía besarle su hermoso rostro y su delicado cuello.
Se erizaba.
Yoquedé satisfecho con el sabor a huitlacoche.
Pasaron como diez minutos y ni ella ni yo dijimos pío. Cerra­
dos los ojos y abrazados.
Busqué mi ropa y comencé a vestirme. Me faltó un botón
de la camisa. Ruth temblaba, le daban como escalofríos, seguía
con el rostro oculto, le daba pena. Mi cama quedó con un mapa
marcado por sus humedades.
Tomé otra vez el cuchillo cebollero del escritorio de caoba
color tabaco. Me salí de la biblioteca-recámara y volví a mis ta­
reas culinarias. Pero descubrí que todo me olía a huitlacoche.
Terminé sentado en una silla del comedor, conmovido: lágrimas
de satisfacción me humedecieron la cara.
No sé cuánto tiempo pasó, hasta que otro mensaje por la
radio nos estorbó. "Dónde andan Amarillo y compañía, nada más
faltan ustedes. ¡Contesten! ¿Están bien?" Se oyó la voz de la ofi­
cial que operaba la radio en la central.
-Ya vamos -dijo mi princesa por su radio- vamos en camino.
Ruth estaba en la cocina. Se acercó, con una de sus manos
me dio un apretón en el hombro izquierdo con mucha ternura.
Todo estaba dicho.

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16
REPORTES

SALIMOS EN CHINGA.

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CON LOS JEFES

Nos VOLVIERON

A PREGUNTAR POR LA

radio que cuál era nuestra ubicación. Nomás nosotros faltába­
mos en Babícora.
-Aquí el agente Pablo González y Ruth Romo reportándose.
Vamos en camino sin novedad.
-Hay acuartelamiento general y ¡alerta máxima! -repetía
nerviosa la operadora de radio.
Volvía prender mi celular. De un momento a otro esperaba
que me llamara ese hijo de la chingada para avisarme de otra
pendejada. Llegamos a Babícora y mi celular no sonó.
De inmediato me indicaron que me reportara con mis su­
periores. La delegación era un desmadre, todos me veían como
bicho raro. No me extrañó. Subí a la oficina del secretario de
Seguridad Pública, el licenciado Elías Montaña, quien me espe­
raba junto con los siete comandantes de sector. Deberían de es­
tar ocho, pero mi comandante se encontraba frío en el SEMEFO.
Montaña, que nunca se había dignado a dirigirme la palabra,
me pidió un informe detallado desde que me reuní temprano
con mi comandante y desayuné huitlacoche y él unos huevos con
chorizo. De perdida lo ahorcaron bien comido, pensé, mientras
les contaba a mis superiores de los ejecutados encontrados en
Paseos del Alba. El aviso de un wey que se identificó como el
Atoto, que se quería comunicar conmigo, me dijo que la cosa
iba en serio. Ese sujetó mandó arrojar al comandante desde el
Puente al Rev(·s y al rato me llevó hasta la rutera cargada con

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73

más de 35 cadáveres calientitos. Todo por celular. Nunca en mi
vida había escuchado de ese ojete, mucho menos lo conocía. Fi­
nalicé reportándoles que había llegado tarde a la concentración
policiaca porque llegué a mi casa, que es su casa, para traerme
unos sándwiches, los cuales no fueron necesarios porque preferí
un rico manjar de huitlacoche, que al final dejé olvidado en mi
biblioteca, por las prisas.
Llovieron las preguntas y sobre todo del secretario de Segu­
ridad Pública Municipal.
-Nuestras fuentes de información no tienen detectado a
ningún cabrón con el apodo del Atoto, ni aquí ni en Chihuahua
-aseveró el licenciado Montaño Álvarez.
-Afirmativo, señor secretario. Yo tampoco lo había oído
mentar. Lo que sí me informó es que trabaja para La Regla del
cártel Paso del Norte y deduzco que ese mentado Atoto es el jefe
del brazo armado de La Regla.Bajosus órdenes han de estar ope­
rando varias células de sicarios en la ciudad y del Vallede Juárez.
-¿Seguro que nunca se había puesto en contacto contigo?
-me preguntó el comandante de sector Delicias.
-Afirmativo. Es la primera vez que hicimos contacto el Atoto
yyo.
-Está raro que ese mal nacido aparezca de la nada. Tenemos
registro de casi todos los jefes que trabajan para el cártel Paso
del Norte. ¿No será que trabaja para la gente del Chavo y te ha­
yas equivocado?
-Negativo, patrón. Claramente me dijo que pertenece a La
Regla.
Los servicios de inteligencia de la corporación valen madre, a
pesar de que hay una brigada como de diez agentes que nada más
se la pasan parando oreja. Según esto son muy chingones y se en­
teran de todo. De eso presumen y cobran un güevo por saber todo
el tejemaneje de la malandrada. Además, todos en la Policía Mu­
nicipal sabemos que estos "súper agentes"también reciben hartos
billetes por parte de La Regla. Se dice que son los mejor pagados.
Elías Montaño Álvarez, el secretario, me ordenó que le re­
portara personalmente cualquier llamada del Atoto y que me

mantuviera dentro de las instalaciones de Babícora hasta nueva
orden.
Cuando salí de la sala de juntas Ruth me esperaba cerca de
la puerta.
Bajamos las escaleras en silencio. Todos se nos quedaron
viendo. Ya sabían que a mí me habían dejado los regalitos de
sangre en la rutera.
-Amarillo, ¿oíste el reporte de los paramédicos? Fueron 48
muertos. Se cree que los subieron vivos de un centro de rehabi­
litación y ya sentaditos los rociaron con R quinces y cuernitos
de chivo. ¿Quién te dejó el paquete? -preguntó un compañero.
No le hice caso, me fui directo a la máquina de sodas. Ruth
se fue al baño. Saqué dos cocas y me puse a platicar con las mu­
chachas de Atención al Público. Pronto salió a flote mi afición al
huitlacoche. Para matar el tiempo intercambiamos recetas. Ya
antes ellas me habían reportado lugares en donde lo vendían.

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17
DEBAJO DE LAS COBIJAS

ESTUVIMOS ACUARTELADOS. ALGUNOS DURMIERON EN LAS

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sillasy en todos los rincones de la estación central, por doquier ha­
bía policíasechados.Elauditorio de Babícoralucíarepleto de azules
dormilones,tirados en el piso alfombrado.No se podía ni caminar.
Un mal olor impregnaba gran parte de Babícora. Era más
pesado en el auditorio, hedía a patas y sobaco a lo cabrón. Neta
que los polis somos marranos. Por eso la gente no nos traga, por
eso no somos santos de la devoción de la raza, lo entiendo.
Yateníamos más de treinta horas encerrados a piedra y lodo
cuando nos comunicaron que los jefes policiacos le habían en­
tregado la seguridad de la ciudad al Ejército Mexicano y a la Po­
licía Federal. Los sardos ya tenían meses ayudándonos con la
vigilancia en las calles, con el Operativo Conjunto Chihuahua
puesto en marcha por los federales y los militares, pero esta vez
toda la Policía Municipal dejaba de operar hasta nuevo aviso.
Según esto los soldados estaban patrullando la ciudad y los fede­
rales iban a realizar trabajo de inteligencia. Así que los federales
fueron los que se encargaron de los cuarenta y ocho ejecutados en
la rutera y de otros dieciocho que habían tronado en las calles
durante las primeras veinticuatro horas. que llevábamos ence­
rrados.
Mi celular y mi radio se quedaron sin pilas; no traía los car­
gadores. Estaba incomunicado con el exterior.
Los canales de la tele se dieron vuelo. Todo el día estuvieron
a chingue y chingue con la masacre en la rutera. En las páginas

76

de la prensa no se diga. Una foto, casi de media plana, fue la
principal del Diario de f uárez. La cabeza rezaba: "Masacre en
una rutera: 48 muertos''.
Mil quinientos policías estábamos en Babícora, otros mil se
habían quedado en sus casas con órdenes de meterse debajo de
la cama.
Los federales se habían llevado todas las patrullas, pero mis
Land Rover se quedaron quietecitas en su cajón de estaciona­
miento. No las pelaron al principio. Yo creo que se les hicieron
bonitas o que eran vehículos oficiales de altos jefes.
Ya eran las doce y la hediondez hizo crisis. Los baños no
daban abasto y empezó un problema de tráfico apestoso por to­
das las instalaciones de la corporación. Para acabarla de joder,
la orden era no asomar ni siquiera las narices fuera de Babícora.
Las mujeres policías fueron las que se empezaron a quejar
de los malos olores. Llevábamos más de treinta horas encuar­
telados y la situación era insoportable. Más porque se supo que
la delegación Cuauhtémoc y la Delicias habían sido rafagueadas
por comandos armados.
A las cuarenta y ocho horas se dio la orden de evacuar Babí­
cora. Nos dejaban ir bajo nuestro propio riesgo; el que se quisie­
ra quedar lo podía hacer pero bajo su responsabilidad. La orden
era retirarse y no volver hasta nuevo aviso.
Se dispusieron algunos camiones para llevar a sus casas a los
policías que no tenían transporte. Habían prohibido usar cual­
quier vehículo de la corporación.
Ruth ofreció llevarme en su auto. Mi carro se había quedado
en la gasolinera y no iba a ir por él. Se lo había dejado encargado
al Tripas.
Agarramos por toda la avenida de Las Torres y luego hacia
el centro de la ciudad. En 35 minutos ya estábamos enfrente de
la cantina El Recreo y de mi casa. Ruth habló.
-Ni creas que me voy a separar de ti, Faraón. Estamos juntos
en esto.
No quise alegar.

18
EL LUGAR MÁS SEGURO DEL MUNDO

ME URGÍA DARME UN BAÑO, BUENO: A LOS DOS. ANTES DE

entrar a la cochera le propuse a Ruth que se bañara primero y
que buscara cualquier ropa mía para que se cambiara y echara la
suya a la lavadora. También le pedí que conectara mis celulares
y el radio, que buscara los cargadores sobre el escritorio grande
que está en la biblioteca-recámara, mientras yo iba a El Recreo a
comprar unas botellas de vino y cervezas por si las moscas. Abrí
la cochera y le di las llaves de la casa. Me encaminé a la cantina.
Don Antonio, el dueño de ElRecreo me saludó con entusias­
mo. Como siempre, se quejó de la poca clientela, le echó la culpa
a la inseguridad que reinaba en toda la ciudad y recalcó que si
la situación seguía así iba a cerrar definitivamente, porque a los
negocios cercanos ya les habían pedido cuota. No quise discutir.
Esa canción la he oído desde hace quince años. Le pedí tres bo­
tellas de vino merlot y un cartón de cervezas Indio.
-¿Qué, mi poli, va a tener una fiesta privada?
-No don Tony,nada más llevo lo propio para una emergencia. Me dieron vacaciones y no pienso salir de mi búnker en días.
-Llévese cacahuates y papitas, ¡ah!y este paquete de con­
dones, le van a hacer falta, ya vi a la muñecota que metió a su
guarida, los vi por la ventana cuando llegaron. Los globitos van
por la casa. Elvino y la cerveza sí se las apunto.
Uno de los meseros vino en mi auxilio y cargó con la caja de
las provisiones. Salimos, brincamos la callecita hasta la cochera
que dejé abierta. El muchacho dejó el cartón de cervezas y la

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caja con los vinos cerca de la puerta que da a la cocina. Le di un
billete de veinte pesos y bajé la puerta de la cochera.
Entro, acomodo las cosas en la cocina. No escucho el agua de
la regadera. Me dirijo a la biblio. Ahí encuentro a Ruth y me dice.
-¡Mira lo que te dejaron Faraón! Un regalito, más bien dos
regalitos -me señala una mochila retacada de dólares y dos la­
drillos forrados con cinta canela arriba del inmenso escritorio.
Yome acalambro.
De inmediato voy y prendo todas las luces de la casona, aga­
rro mi arma reglamentaria y reviso una por una las habitaciones
de abajo, quito el triplay e inspecciono todas las habitaciones de
la planta alta. Acto seguido enciendo los focos del patio, me di­
rijo al departamento del fondo, reviso el área de la alberca y no
encuentro nada irregular.
Vuelvo a la biblioteca. No está Ruth. Los dos bultitos ya es­
tán otra vez en la mochila. Escucho la regadera, se está bañando.
Suena mi celular, veo el número, es el wey del Atoto. Dejo
que timbre varias veces. Deja de sonar por unos instantes. In­
siste. Contesto.
-¿Qué pasó cabrón?, ¿te diviertes?
-¡Cálmala!, cálmala Amarillo, no te sulfures.
-¿Qué quieres? ¡Dejade estar chingando! Me cae en los purititos güevos hablarle al puto teléfono y no saber quién se en­
cuentra del otro lado. ¡Yaestuvo!
-Calmado, calmadito. Ese deseo se te va a cumplir, ya que
venimos a visitarte mis amigos y yo.
Me vuelvo a acalambrar, corro hacia uno de los ventanales
que da a la calle, echo un vistazo y no detecto movimiento.
-¿A qué te refieres? -le pregunto asustado.
-Estoy aquí en El Recreo, enfrente de tu house. Ven para toriquear y te eches una cerveza, yo invito.
-No puedo. Nos ordenaron no salir a la calle, tú sabes, por
seguridad.
-¡Ja, ja, ja, ja! Pinche Comandante Amarillo, neta que me
haces reír. Vente, no hay lugar más seguro en el mundo en estos
momentos que El Recreo.

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-¿Nada de armas?
-Te lo juro por Jesús Nazareno.
-No mames. Dame nomás tu palabra.
-Está bien, está bien, te doy mi palabra que nada de armas,
todo en santa paz.
-Ahí estoy en cinco minutos.
Cuelgo.
En eso Ruth llega a la biblioteca envuelta en dos toallas, una
en el cuerpo y otra puesta como turbante.
-¿Quién te habló, Faraón, era de Babícora?
-No, era un compa, está en El Recreo, le urge verme.
-No puedes salir Pablo Faraón, recuerda las órdenes que
nos dieron. No salir a la calle ni por tortillas. ¿Por qué no le lla­
mas y le dices que aquí se ven?
-No quiero que te vean aquí, es por seguridad.
-¿Por seguridad o te da pena que te relacionen conmigo?
-No es eso. Son varios campas. No son de confianza y no
me gustaría recibirlos aquí.
-Llévate tu Smith & Wesson. No salgas sin ella.
-No Ruth, mejor aquí la dejo.Al cabo nomás es cruzar la calle.
-Llévate mi celular, tiene bastante carga.
Le digo que por precaución, me espere sentada en la estan­
cia principal. Le pongo una silla y saco de un baúl una AK-47
nuevecita. En el baúl guardo una colección de armas que se me
han pegado en las escenas del crimen. Todos le hacen a la rapi­
ña, ¿por qué yo no?
Activo la alarma de la casa. Casi nunca lo hago porque a
cada rato se prende sola con cualquier movimiento del exterior.
Se la conecto a Ruth para estar más tranquilo.
-No te vayas a tardar, Faraón. Recuerda que tenemos algo
pendiente tú y yo en la cama.
Me da un beso.
Entro a El Recreo. En caliente don Antonio me hace señas
que me guían hasta la parte del fondo, donde está la mesa de
billar. De inmediato se me aprontan dos mal amansados y pre­
guntan:

80

-¿Tú eres el comandante?
-No, soy simple agente de policía de Ciudad Iuárez, pero
casi todos me conocen por el Comandante Amarillo.
-Necesitamos revisarte. Te vamos a basculear.
-¡Déjenlo pasar! No hay tos -grita alguien.
La cantina está más oscura que de costumbre. En la barra
casi no se distinguen los rostros; en el área del billar mucho me­
nos. Noto que son hombres distribuidos estratégicamente.
-¡Y no quiero a nadie cerca! Antes tráiganle una cerveza a
mi amigo. Ordena el sujeto mal encarado.
- ¿Tú eres el Atoto?
-A güevo mi rey. Soy el mentado Atoto. Así me dicen desde
hace mucho porque siempre me la paso hablando de mi pueblo,
Atotonilco, que está en Guanajuato.
Y se puso a explicar que la suya era una ciudad emblemática
en la historia de México de hace doscientos años.
-Atotonilco es ahora un pueblo fantasma donde se asienta
un majestuoso santuario del siglo xvm, dedicado a Jesús Naza­
reno. Su construcción data de 1746, encomendándose la obra al
frailejesuita Luis FelipeNeri de Alfaro, quien después de un sue­
ño en el que vio a Jesús cargando la cruz, se empeñó en realizar
esta edificación. Del interior del santuario, el 16 de septiembre
de 1810, los insurgentes tomaron el estandarte de la Virgen de
Guadalupe que sirvió de bandera en la lucha por la Independencia
de México.

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19
CORTESÍA DE LA CASA

Sí SABES DE DÓNDE VIENES, TE APRENDISTE
muy bien la lección de la wikipedia...
-No te burles, Amarillo. Por eso me dicen el Atoto, porque
presumía que era de Atotonilco ... ¡ya mucha honra, cabrón!
-No me burlo, se me hizo botana el dato histórico. Si un día
tengo chanza voy a visitar tu puto pueblo. Más si me aseguras
que por allá conocen y cocinan el huitlacoche. Además quiero
dejarte en claro que a mis amigos yo los elijo.
-Eso del huitlacoche déjame te lo averiguo.
-Dejémonos de pendejadas. ¡Aquíestoy!¿Paraqué soybueno?
-Voy a hablarte al chile. Quiero un favorcito, me caes bien,
eres un chota, un policía derecho, de los pocos que hay y creo
que en ti se puede confiar. Necesito que nos sirvas de interme­
diario. Ya esta ciudad no es negocio y queremos dejarla en paz
por un tiempo, que agarre agua la nube. Además ya nos harta­
mos de tanto tirar cuetazos, urge apaciguar la plaza, pero para
eso los culeros del Chavo Gaitán también tienen que agarrar la
onda. Por eso te pido que nos ayudes, ¿le entras?
-Déjamela ir suavecito. Dime más cosas a ver si entiendo.
-Es simple: ya estamos hasta la madre de tanto pinche
muerto, sean de nosotros o no, nos están costando un tanate y
la mitad del otro. No nos queremos rajar y no creo que los otros
cabrones se quieran bajar del macho. Queremos ofrecerles a los
del Chavo un armisticio, que cesen las hostilidades y llevar la
fiesta en paz, no le hace que eso implique que los dos cárteles
-iAH CABRÓN!

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nos tengamos que dividir Ciudad Juárez. Al cabo dicen que esta
comunidad da para todos, ¿qué no?
-¡No pos sí!Ciudad Juárez es una chulada y más con los fue­
reños, ¿a ti qué te digo?,ya lo has de saber.
El Atoto le pide a uno de los suyos que le traiga medio galón
de leche para calmar la sed. Entonces empiezo a comprender
todo sobre las señales.
Rápidamente uno de sus pistoleros le sirve leche en un vaso.
La escena parece ridícula. Este pendejo tomando leche en una
cantina.
-¡Salud pinche Amarillo!
Toma la leche como agua. Le vuelven a servir.
-¡Órale Amarillo! Empínate tu cerveza.
-¿A poco tú tomas pura leche? ¡No mames!
-¿Qué tiene de malo cabrón? Cada quien su vicio.
-Pero no jodas, un matón y tomando su lechita, como que no.
-Nunca he tomado vino ni cerveza. Leche y agua, nada más,
puto -responde muy serio.
El Recreo está tranquilo. Alcanzo a ver a don Tony,que disi­
muladamente está atento a nuestra conversación mientras lim­
pia la barra para hacerse pendejo. El mentado Atoto retoma la
conversación.
-Mira Faraón, ya queremos que pare todo este desgarriate.
Esto no nos conviene ni a los del Chavo ni a nosotros los de La
Regla. Ya nos chupamos Iuárez, no hay lana, la plaza está bo­
queando. Todo mundo está sacando marmaja del río revuelto, ya
cualquier pinche mocoso se suelta pidiendo cuota y presumen
de ser extorsionadores, se ponen a secuestrar como si fueran a
comprar pan dulce y nosotros a mate y mate y dándonos en la
madre. Está cayendo mucha mota y coca por pitazos de aquí y
de allá, estamos acabándonos la gallina de los huevos de oro. Lo
que ves en los periódicos es puro pedo, están cayendo fuertes
cargamentos pero los sardos y los federales se quedan con ellos,
y luego nos los quieren revender a precio de oro. Hace días nos
agarraron una tonelada de coca y ocho millones de dólares que
teníamos en una casona de seguridad. Alguien rajó leña, tuvi-

mos que matar a un chingo de gente, la mitad de los muertos en
la rutera era de ese jale. La cosa ya se puso dura y ya queremos
que pare.
-¿Y qué onda con los otros weyes?
-Creo que también andan en las mismas. Todo es cuestión
de dialogar. De lanzarles el lazo. Por eso queremos que nos ha­
gas un paro. Queremos que convoques a una reunión con no­
sotros y con los del Chavo Gaitán. Tú como mediador, como
enviado de la ONU.
-Pero no conozco a nadie, soy un policía equis, el que pone
los listones amarillos, la cinta de balizar en las escenas del crimen.
-Ya lo sabemos, pendejo, pero todos nuestros contactos son
unos marranos o atascados. En la policía hay muchos, incluyen­
do a tus jefes, que matarían por esta oportunidad, pero no que­
remos a ninguno de ellos, nos pondrían en la cruz fácilmente
con los soldados, los federales o con los del Chavo. Queremos
alguien de fiar que nos sirva para hacer las paces. Alguien que
esté limpio. Tú agarras centavillos nomás por inercia, no sabes
ni de dónde, ni por qué te llega, no estás en la jugada grande,
como otros. Así que ayúdanos que nosotros te ayudaremos. En
tu casa te dejamos un regalo de buena voluntad. Son doscien­
tos mil dólares y dos kilos de coca cien por ciento pura, la que
consumimos los grandes. Si le atoras te ofrecemos inmunidad
y un millón de dólares por cada bando, espero, falta que los del
Chavo se pongan de modo.
- ¿Qué quieren que haga?
-Que convoques a un cónclave o lo que sea, a una simple
reunión entre los del Chavo y nosotros los de La Regla.Tres por
bando. Para terminar con este desmadre: nos repartirnos la pla­
za o nos turnamos el negocio. El caso es parar este pedo. Ya ni
duermo a gusto y no creo que algún cabrón de aquellos pueda
hacerlo.
-Sí, pero nosotros ... la autoridad, ¿qué ganamos con que se
repartan la ciudad?
-No pos lo de siempre: sabes bien que para todos hay.Nada
más que se pongan dl' modo y nos limpian la plaza de tanto des-

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halagado que anda haciendo su agosto aprovechándose que los
dos cárteles estamos en pugna. Incluso nosotros estamos dis­
puestos a ayudarlos con la tarea de limpieza, nomás que nos den
vía libre y bandera blanca. Tú sabes ... tal como estábamos arre­
glados antes de que llegaran los del Chavo Gaitán. Neta que ya
no sabemos qué hacer, ya se nos está agotando la caballería, casi
quedamos puros jefes y pos no queremos terminar destripados.
-Dos cosas. La primera es que los del Chavo, hasta donde
sé no tienen para cuándo rajarse, además ¿con quién chingados
me dirijo o hago contacto? E insisto: ¿qué ganamos nosotros,
la ley?
-Mira Pablo Faraón, me han llegado rumores que la gente
del Chavo anda en las mismas que nosotros. Déjame terminar
de sopear a unos batos para ver con quién hacemos el trato. Y
ustedes se pararían el cuello con el fin de las ejecuciones, el re­
greso de la tranquilidad a las calles de Iuárez, y nos dan un mes
para barrer la casa de los pendejos que andan trabajando por su
cuenta. Si los de Gaitán cooperan, hasta en dos semanas deja­
mos a Iuárez libre de roñosos.
-No pues se oye re suave, como un cuento de hadas.
-La mesa está medio puesta, es cuestión de hablar entre
gente bonita. ¿Qué dices, le atoras?
-Como dijo aquel, ¡me tienes agarrado de los güevos!
-Bueno. Tú habla con quien tengas que hablar, nosotros no
queremos verle la jeta a otro puto. ¡Túeres el bueno! Tú respon­
des por todo. Si este pedo llega a fallar,nos olvidamos de tratos y
tú amaneces colgado del puro culo y nosotros a darle hasta que
aguante el caballo. ¿Estamos?
-Ya me chingaron. Ya me agarraron de su puerquito. Nada
más te pido dos cosas muy importantes, si no pues mejor jálale
de una vez a tu pistola.
-¿Qué quiere mi rey? ¿A poco quieres más lana?
-No estoy acostumbrado a andar en ligas mayores. Quiero
que me ayudes en algo que tengo pendiente.
-Si está en mis manos, dime, ¿qué puedo hacer por el Co­
mandante Amarillo y la paz de Ciudad Juárez?

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Todos sueltan la carcajada, hasta don Tony se ríe junto a los
pistoleros. Por cierto, El Recreo está sin la gente de siempre, nada
más en un rincón está sentado el Mudo. Este señor tiene veinti­
cinco años viniendo todos los pinches días que abre don Tony,
¡qué aguante!
-Quiero que me ayudes a averiguar qué pasó con un capitán
de la Policía Municipal llamado Gerardo Alderete. Desapareció
hace cuatro o cinco años junto a su hija de un año. Sólo hay
rumores: quiero saber qué pasó con ellos. Creo que ese capitán
se quiso bañar con un cargamento de coca de tu gente, y de va­
rias toneladas. Al parecer se lo chupó la bruja. Quiero saber qué
pasó en realidad. Era esposo de mi pareja, la agente Ruth Romo,
y la pequeña era su hija.
-¿De tu noviecita?
-Ella es mi pareja de trabajo.
-Cómo le haces "al miki" pinche Amarillo, a esa ruca te la
andas cogiendo. Mejor no le muevas a ese asunto.
-De verdad Atoto, quiero saber en qué acabó todo. Y de ser
posible dar con sus restos.
-¡Ah, qué Amarillo! Le quieres hacer al Santo. Está bien,
deja averiguar aquí y allá, luego te informo. Ya estuvo suave de
echar el chal. Te dejamos en paz para que vayas con tu Ruthita,
no te la vayas a acabar, [deja algo para los pobres!
- Espera, Atoto, nada más te he pedido una cosa, me falta la
otra. Quiero que desde este momento me garantices la vida de
Ruth, júrame que a ella nada le pasará. A mí me puede cargar la
chingada, pero a ella la respetan.
-¡Qué machote resultaste! ¿Y no quieres una nieve de chamoy?
-Hablo en serio, Atoto. Dame tu palabra de hombre.
-Bueno, para que veas que no soy ojete, ¡está bien!
-Ni madres, dilo en voz alta para que escuchen tus hombres
que pase lo que pase se va a respetar la vida de Ruth, mi pareja.
-No más porque eres tú. Otro cabrón y ya le hubiera partido
su madre. Parezco Santo Claus.
-¡Dilo!

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-Va. ¡Jurorespetar la vida de Ruthita, la vieja de mi compa, el
Policía Huitlacoche! Ya nos vamos. Dame cinco minutos para
largarme con mi gente. No quiero que le pase nada al que va a
lograr la paz en Ciudad Iuárez. ¡Teechas un palito a mi salud y

20

me la saludas!
Antes de salir por la puerta de la 16 de Septiembre, el Atoto
le da las gracias a don Tony y le pide disculpas por las molestias,
al tiempo que le deja una faja de dólares en la barra. Salerodeado
de seis hombres que lo escoltan seguido de otros cuatro o cinco.
Ninguno trae sombrero, unos con cachucha, cejas depiladas y
tenis de marca; parecen putos. Yome quedo un rato y me tomo
otra cerveza para que se me vaya el susto. Don Tony se mueve
rápido, se dirige al baño. Con sorpresa veo que estaban encerra­
das en el baño como ocho personas, hasta los dos meseros. Tony
les pregunta: "¿A poco se asustaron?" Los parroquianos salen
disparados a la calle.
Don Tony cuenta su propina: le dejaron tres mil 700 dólares.
Contento me dice:
-Pablito, no me debes nada de lo que te llevaste hace rato.
Las botellas de vino y los cartones de cerveza también van por
la casa. Con esta lana me doy por bien pagado. Y no se te olvide,
aquí está El Recreo a cualquier hora del día para que arreglen
sus broncas.

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20% DE COCA Y 80% DE CHINGADERA

RUTH YA NO ESTABA DONDE LA DEJÉ. SE HABÍA SENTADO EN

un sillón de la sala a fin de hacer guardia frente a la puerta de
entrada. Tenía la AK-47 a un lado y su Beretta. Lucía hermosa
a pesar de que estaba asustada y cansada. Se había puesto una
pantalonera y una camiseta blanca de tirantes de mi propiedad.
Me fijé en sus pies, se me hicieron como de porcelana, con las
uñas pintadas de azul cielo nacarado.
El AK-4 7 se veía fuera de lugar junto a ella. Tomé el fusil y lo
guardé, luego regresé y cargué a Ruth. Entendí que estaba plena­
mente cansada. La dejé en la cama.
Agarré la mochila con los regalos. Me fui a la cocina. Abrí
una de merlot. Conté el dinero: efectivamente, eran doscientos
mil dólares como había dicho el Atoto. Me cercioré de que los
dos paquetes en realidad contuvieran cocaína.
La coca la probé cuando tenía como treinta años. Me ace­
leraba mucho y opté por dejarla. Ya de policía la probé un
chingo de veces cuando atrapaba a weyes en la zona del mer­
cado y les encontraba grapas, papelitos, envoltorios, pelotitas,
gramos y ochos de polvo blanco. Bueno, es un decir porque la
mayoría eran de pura mierda, quizá con un 20% de cocaína
y un 80%de bicarbonato, vitaminas y hasta harina u otra chin­
gadera.
Lo más que llegué a pescar fue un cuarto de kilo muy reba­
jado, se lo confisqué a un vendedor de rastrillos y calcetas que lo
traía en su mochila junto, a la mercancía. En el día era vendedor

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ambulante y ya en la tardecita se dedicaba a vender papeles en
los bares y congales del centro.
Me suplicó que le hiciera un paro, que su material estaba
tan caciqueado que no se le podía acusar de narcotraficante. De
todos modos yo, muy celoso de mi deber, lo remetí a barandi­
lla. En una semana el puchador estaba libre, ni siquiera pisó el
Cherry.
En cambio el polvo blanco que me había dejado el Atoto era
coca fina, no calaba nada, estaba riquis, como dicen.
En la policía te toca probar de todo. De hecho, dentro están
muchos colegas que trafican con lo que decomisan o ellosmismos
hacen sus compras yventas, casi siempre al mayoreo. No andan de
papeleros, de pura onza por lo menos o de a kilo de mota.
Hace tres años, cuando el cártel Paso del Norte por medio
de La Regla y la Policía Municipal tenían el control total, la ciu­
dad era un paraíso.
No había nadie que se brincara las trancas. Ser un agente de
policía era medio aburrido, no pasaba nada. Bueno, en realidad
sí pasaba, pero todo estaba bajo control; robos, asaltos, drogas,
indocumentados, tráfico, venta de autos robados, secuestros,
extorsiones, giros negros, putas, putos, todo estaba controlado,
todo en un perfil bajo.
En cuanto alguien se quería salir del huacal, de inmediato los
de La Regla o la misma policía lo cazaban y esfumaban.
Corría el dinero y nos tocaba una tajada.
Hoy las cosas cambiaron, ya no es lo mismo. La llegada de la
gente del Chavo Gaitán echó todo a perder. Las riendas se solta­
ron y el caballo se desbocó. Se nos hizo bolas el engrudo.
Los del Chavo se metieron en todo y ahora todo se disputa:
los cruces del contrabando hacia Estados Unidos, el control del
CERESOy por consiguiente el control de la ciudad y sus alrede­
dores, sobre todo el Valle de Iuárez, y en realidad todo el estado
de Chihuahua.
Los dos últimos años ha sido una guerra cabrona. Una gue­
rra entre los del Chavo y los de La Regla.Lo que hace el gobierno
es jugar a las canicas y hacerle al ensarapado.

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Por eso lo que proponían los weyes, representados por el
Atoto, estaba a toda madre. Lo malo era saber si era en serio o
era una jalada de este bato.
Guardé los billetes y los ladrillos de cocaína los desmoroné
sobre papel periódico. Era como un kilo de coca, calculé, hasta
que me pareció adecuado tirarla por la taza del sanitario. Con
varias descargas de agua se fue a la mierda.
Me di un baño y terminé la botella de vino. Antes de irme a
dormir hice un nuevo recorrido por la casa. Revisé cada rincón,
el área de la cochera, el patio, la alberca. Bajé hasta el sótano.
Subí al segundo piso. Ahí me paré y vi los reflejos de la luna que
caían sobre el vitral, Ruth tenía razón, no me había fijado. La
luna llena se quería meter a la casa.
Por último salí de nuevo al patio, se me había olvidado
echarle un ojo al departamento de servicio... nada.
Volví a la luna y cuando la imaginé hecha de cocaína mejor
entré a la casa y fui a dormir. Ruth estaba profundamente dormida,
como una niña. Entonces se me ocurrió una sopa de huitlacoche.
Hasta veía la receta: l. En un recipiente hondo se pone a calentar
aceite y ahí se sofríen cebolla y ajo. 2. Cuando estén acitronados se
agregan huitlacoche y elote y se saltean durante unos minutos. 3.
Sevierte el caldo,se añaden los chiles y el epazote, se sazonaligera­
mente con sal y se deja hervir a fuego bajo durante cinco minutos.
4. La sopa se sirve bien caliente y se adorna con un poco de queso
espolvoreado en cada plato. Recomendación:compleméntela con
un plato fuerte, elaborado con algún producto de origen animal:
una pasta, arroz o papas, y para finalizar,¿qué le parecen unos fri­
jolitos?Por supuesto, no olvidela fruta y el pan o la tortilla.
Mañana en la tarde, si tengo todos los ingredientes la preparo
para mi reina y un servidor. También arreglaré el mundo, bueno:
a Ciudad Juárez.

~

21
ESTRELLITAS

ERAN LAS NUEVE DE LA MAÑANA Y MI RUTH SEGUÍA EN BRAZOS

de Morfeo. No la quise despertar, sabía que por fin descansaba de
estar tanto tiempo en Babícora. Así que me puse a prepararle un
desayuno de poca madre.
Me esmeré. Mientras cocinaba estuve dándole vueltas a
todo lo que me dijo el Atoto. No le encontraba sentido a la pro­
puesta.
¿Por qué a mí? Si yo no tenía vela en este entierro, soy de la
caballería, no me meto con nadie, no tengo nexos turbios. Sé
que recibo lana, como todos en la corporación, pero es a fuer­
zas, si no la tomo me truenan, eso no me hace cómplice. No
estoy dentro, ni ahora ni nunca.
Se puede decir que mi expediente está limpio. Nunca me
he visto involucrado en los arreglos de la policía con los de La
Regla,ni siquiera por casualidad o de rebote, siempre he sido un
cero a la izquierda para ellos. Sabía de sus arreglos, pero nun­
ca tuve que ver directamente. Lo único que me involucra es el
sobre con dinero que cada mes llega por arte de magia a mis
manos. Un sobre que si me niego a agarrar, en caliente me des­
aparecen, también como por arte de magia.
¿Por qué ahora vienen y me dicen que tengo que ayudarles a
arreglar este lío? ;,Por qué me proponen semejante cosa? Acaso
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A las diez y media desperté a mi princesa. Me preguntó la
hora y se disculpó por levantarse tan tarde. Me abrazó, intentó
meterme a la cama, pero el huitlacoche no podía esperar. Le dije
que en la cocina la esperaba un desayuno que ni siquiera a una
emperatriz le preparaban.
-Dame un beso primero y hago lo que quieras, Faraón.
Muy obediente disfruté de sus labios y su aliento.
Nunca había estado en la cocina junto a una mujer en calzo­
nes: me sentía afortunado.
Le hice unos blanquillos estrellados con huitlacoche debajo,
oculto para que no le hiciera el feo. Los bañé con un aderezo de
cilantro y tiras de rajas de chile california asado, acompañados
con papa rallada y tortillas de maíz tipo rancheras que tenía en
el refri. Café y jugo de naranja.
La verdad que se veía bonita en puras pantaletas. De nuevo
comprobé, nervioso, que tenía unos senos de revista de Play­
boy ... La dejé con su desayuno. Salí por la cochera a comprar El
Diario en la esquina de la 16. Regresé a la casa de inmediato. Me
serví un café y fui directamente con Ruth.
En cuanto entré a la biblioteca-recámara Ruth me preguntó:
-Por cierto, ¿cómo te fue con tu amiguito? ¿Qué quería?
- Pendejadas, puras pendejadas.
-¿Y por eso me dejaste con un AK-47 vigilando?
-Acuérdate que toda la corporación está en alerta máxima.
¡Mira!, hasta el periódico lo dice. También dice que anoche se
soltó el demonio, hubo veintiún ejecutados, y le echan un perio­
dicazo a toda la policía, por estar acuartelados.
-No me la cambies. A lo mejor la que te habló fue una de tus
novias y se quedaron de ver en la cantina.
-¡Cómo crees! Era un amigo, quiere que le ayude con una
transa. Yaves que nunca falta.
- ¿Ledijiste que nos ordenaron cero salidas hasta nuevo aviso?
-Oye Ruth, olvídate de eso... Hay que hablar.
- ¿No tienes de casualidad un cepillo de dientes que me
prestes? De preferencia nuevo.

-Sí, ya te lo puse ahí en el baño junto a la pasta. ¡Ruth!Hay
que hablar.
-Faraón, ¿nos bañamos juntos?, acuérdate que hay que aho­
rrar agua.
-Ya me bañé. Mejor vamos a hablar y poner las cosas en cla­
ro entre nosotros.
-Nomás me lavo los dientes y me esperas aquí en la cama.
Se levantó, salió disparada al baño. Me quedé leyendo. En
eso sonó mi celular. Era el Atoto.
-¿Cómo amaneció mi rey? ¿Se lo cogieron bien? ¿Se vino a
gusto? -preguntó el puto.
-¿Qué pedo? ¿Qué chingados quieres?
-Anoche tuvimos mucho jale. Nos mataron a cinco y tuvimos que responder. Matamos a quince de ellos, ¿supiste? La
noche estuvo sabrosa y productiva. Enfrente de mí tengo a dos
cabrones de la gente del Chavo, bien madreados. Agarramos a
tres pero uno de cuete se felpó, no aguantó, hasta se zurró de
miedo, yo creo se culeó y le dio un ataque al corazón. La putiza
que le pusimos no era para tanto.
-Ya ni la jodes. No me digas esas cosas, acuérdate que soy
agente de policía.
-No te agilites, Faraón. Al cabo los ejecutivos eran puro
malandrín, puro pistolero chafa, no saben usar las coconas, rafa­
guean a lo indio, sueltan plomazos como si estuvieran meando.
Se llevan por delante a mucha gente que ni fu ni fa. Nada más
desprestigiando la profesión estos culeros.
-¿Qué quieres?
-Nada más te aviso que voy a soltar a uno de estos dos weyes
para que vaya y les dé un mensaje a los del Chavo, a ver si estos
putitos quieren entrarle a lo que platicamos anoche. Así que no
apagues tu celular o ¿quieres que te vaya a visitar a tu luna de
miel?
-¡No, no! Háblame cuando tengas noticias.
-Okey maguey. ¡Atu salud!
En eso por el celular se oyó una serie de disparos y 1111arisa
burlona. Luego colgó.
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Ruth regresó del baño: se veía buenísima, estaba desnuda y
me tumbó a la cama. Empezó a quitarme mi ropa sin dejar de
besarme. Poco a poco su mano se fue acercando y me la agarró.
-¿Faraón, quién te habló?
La reata se me puso como fusca.
-¡Ay! Faraón. Esto me va a encantar. ¡Hola querubín! Tanto
gusto. Me llamo Ruth y ¡soy una agente de policía... de Ciudad
Iuárez!
La muy mula me estaba arremedando mientras se prepara­
ba para metérsela en su boca. Todo el cuerpo se me electrizó
cuando sentí sus labios darme besitos en la punta. Años habían
pasado de que una dama me deleitara de esa manera. Sí había
estado con otras mujeres, pero hacía mucho que no recibía esa
atención.
Noté que Ruth no era una experta. Eso me reconfortó. Al
rato vi estrellitas.
Cerré los ojos. Ella estuvo un rato en silencio a la altura de
mi cintura, luego se deslizó hacia arriba y quedamos rostro con
rostro. Me besó, me di cuenta que era un beso de profundo
amor. Ellavolvió al baño.
Yo quedé pendejo, había disfrutado a lo wey. Poco a poco
mis pensamientos volvieron al asunto encomendado por el Ato­
to. Agradecí que Ruth no insistió con la llamada que acababa de
recibir.
Prendí la Toshiba de 42 pulgadas, justo para ver un corte
informativo. El alcalde de Ciudad Juárez anunciaba que todos
los agentes de policía de Seguridad Pública Municipal se reti­
raban de sus funciones por órdenes de los mandos del Ejército
Mexicano y la Policía Federal, que estos weyes iban a encargarse
de la seguridad de la ciudad y de todas las labores preventivas.
También que el Operativo Conjunto Chihuahua (federalesy sol­
dados) iba a hacer una investigación para depurar los cuerpos
policiacos del municipio y del estado. A su vez, el Gobernador
también anunciaba la suspensión de todos los agentes ministe­
riales de la procuraduría estatal y se exhortaba a todos los agen­
tes estatales y municipales a entregar sus armas reglamentarias

y vehículos oficialesa sus jefes inmediatos en un término de cua­
renta y ocho horas.
El anuncio no me sorprendió, esas medidas se veían venir.
Ruth entró a la biblioteca.Estaba radiante y con una mirada pícara.
-Nos están pidiendo que vayamos a entregar el equipo de
trabajo. Además todos estamos suspendidos hasta nuevo aviso,
tanto municipales como los estatales.
-¿Qué mosca les picó?
- Federales y sardos están patrullando las calles desde ahora
de manera oficial.
-¡Híjole, la cosa se va a poner color de hormiga! Mejor para
nosotros, a ver si éstos pueden parar tanto desmadre.
-Yo voy a Babícora a entregar las armas de los dos y tú te vas
a tu casa por ropa y lo que necesites. Desde hoy vamos a estar
juntos por seguridad, hasta que pase todo esto. Además yo quiero
que estés conmigo.
-¡No señor! La Beretta es mía. Ese pistolón me lo regaló mi
marido.
-Está bien, de todos modos tengo que ir a entregar la mía.
Nada más deja la encuentro, la Magnum Smith & Wesson no es
la que me dieron en la policía.
-De acuerdo, Comandante Amarillo. ¿Te molesta que te
digan Comandante Amarillo? A mí me gusta. A mí me dicen
Teniente Cinta y me siento halagada. Aunque los demás lo dicen
de broma eso es lo que hacemos, a eso nos dedicamos, a acordo­
nar las escenas del crimen, para que luego vengan los ministeria­
les y se hagan pendejos. Pero nosotros cumplimos.
+No, no me molesta. ¡Paranada! Lo que me emputa es que a
veces seamos motivo de guasa hasta de los periodistas.
-Esos weyesson una bola de idiotas. No les hagas caso Faraón,
dicen y escriben puras babosadas.
-Bueno, son las doce. Si quieres ve por tus cosas y aquí nos
vemos a las cuatro. Creo que van a levantarnos el toque de que­
da a los de la municipal, al cabo ya tenemos soldaditos que nos
cuiden, así que te invito a comer al Hotel Lucerna. No, mejor
nos vemos directamente en el Lucerna. ¿Sale?

96

-Okey, pero recuerda que nada más está mi carro. El tuyo
se quedó en la gasolinera, cerca de Babícora. ¿En qué te vas a
mover?
-En el departamento de atrás tengo una moto. Hace mucho
que no la saco. Después vamos por mi carro.
-¿Una moto? ¡Qué calladito te lo tenías! Nunca me habías
mencionado.
-No ¿verdad? Yaves cómo es uno de reservado. Se hace tar­
de, ¿nos vemos en el Lucerna?
-En el Lucerna. Y por favor compra condones.
-Por supuesto que yes.

22
LA RIFA DEL TIGRE

ME FUI A TODA VELOCIDAD A LA ESTACIÓN BABÍCORA. LLEGUÉ

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en caliente. Las oficinas donde se atiende al público lucían hasta
la madre. Agentes sentados en la sala de espera se quejaban de la
orden de entregar las armas de cargo.Lamayoría de mis compañe­
ros estaban preocupados por las investigaciones que se iban a
iniciar.
Curiosamente noté que algunos agentes de rango me salu­
daron y me daban palmaditas en la espalda cuando pasaba junto
a ellos. ¿De cuándo acá estos putos me dirigían la palabra? Siem­
pre me vieron como un agente equis, sin voz ni voto, del montón
y siempre hacían mofa de mis tareas. ¿Acasolo hacían por el re­
ciente asesinato de mi comandante, que era mi jefe inmediato?
Los noté diferentes. Me saludaban como si hubiera recibido
un ascenso o me hubiera sacado la lotería.
Subí al segundo piso. Pedí audiencia con el licenciado Elías
Montaño Álvarez, el jefe de jefes.No me la dieron. Se encontraba
entregando la secretaría en la Presidencia Municipal al alcalde y
a la Policía Federal.
Me formé para entregar mi pistola reglamentaria; esperé.
Unos elementos de la corporación estaban recibiendo y registran­
do todas las armas, varios federales a su vez levantaban un inven­
tario de todo el armamento con el que contaba el departamento.
Me cercioré de que anotaran bien la serie de mi pistola.
Terminé el trámite.
Bajé.

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Volví a pasar por donde el tumulto de agentes que se arre­
molinaban y seguían quejándose. Muchos entraban, otros sa­
lían. Era raro ver las oficinas con tanto agente sin portar su uni­
forme oficial. Esto sólo se veía en las fiestas de fin de año de la
corporación.
Llegué al estacionamiento, me coloqué el casco, me mon­
té, estaba a punto de echar a andar la Harley Davidson VRSCDX
Night Rod Special. Su estilo deslumbra a cualquiera que pase a
su lado, es una moto que hace dos años andaba por los treinta
mil dólares.
Esta máquina fue en realidad la culpable de que me arres­
taran quince días y me degradaran, según ellos, y me pusieran
a acordonar las escenas de sangre con mis listones amarillos.
Aunque a veces digo que me degradaron por mi negativa a ha­
blar en clave. De hecho, nunca me las he podido aprender.
Esta belleza un día amaneció estacionada en el mercado
Cuauhtémoc. La vi desde que inicié mi turno, a las siete de la
mañana, y ahí estaba solita, nadie la cuidaba o la montaba. Ese
día laboré doble turno, 24 horas en servicio. Entonces compren­
dí que a su dueño no le importaba, así que se me hizo fácil in­
cautarla. No la reporté a mis superiores, la oculté en un local
desocupado del mercado, del que yo tenía llave. Los locatarios
me dejaban usar el baño y guardar mis cosas personales, así que
ahí la resguardé.
No preguntaron por ella,así que cambió de dueño. Días des­
pués mis superiores me mandaron llamar y me acusaron de no
repartir el botín. Un colega se dio cuenta de mi "operación deco­
miso" y me puso dedo con los jefes. Por fortuna la había movido
a otro escondite y nunca pudieron sacarme nada. Por eso me
dieron quince días de arresto y me mandaron a hacerme cargo
de los listones amarillos de PRECAUCIÓN-NO PASE-POLICÍA. Así
se cerró la dizque investigación. Tiempo después acostaron a mi
comandante Marcelo Hinojosa a ritmo de AK-47. Por eso, des­
de hace dos años, puedo sacar la Harley Davidson y darme mis
vueltecitas. Repito, la moto estaba en la calle... me la llevé antes
de que se la robaran.

Iba a meter la llave en el encendido cuando se me cuadró un
superior. Me asustó.
Era Zamarripa, otro comandante que estaba a cargo del sec­
tor Cuauhtémoc y se decía en el ambiente policiaco que también
estaba muy metido con los de La Regla. Tenía fama de actuar
muy cabrón con sus enemigos, de ser un sanguinario y que por
una paga abundante de dólares era capaz de desaparecer a una
familia entera sin dejar rastro.
Todos lo conocen como el Z-1. Es uno de los policías más
temidos en la corporación. Ypor cierto, es compadre de Beltrán.
Cuando lo vi enfrente de mi moto me acalambré. Que yo
recuerde nunca me había dirigido la palabra en su perra vida.
Pensé: Éste pinche policía matón me la va a hacer cardiaca por
la chinga que hace días le puse a su compadre.
-¿Cómo estás, Comandante Amarillo? ¿Qué cuentas de
nuevo? -escupió con un tono de voz que no supe interpretar.
El saludo me sacó de onda.
-Todo tranquilo, comandante Zamarripa. A sus órdenes.
-Te voy a hablar derecho, me contaron que anoche te en~
trevistaste con el Atoto en El Recreo, la cantina que está frente
a tu casa.
No supe qué contestar. Aunque el Atoto era de La Regla,del
mismo bando que Zamarripa, no sabía si Zamarripa se había
cambiado de cártel y ahora trabajaba para los del Chavo.
-No nos hagamospendejos,también sé que bajotu cuidadoestá
la ruca que era delcapitán GerardoAlderete,que en paz descanse,la
Teniente Cinta. Bienpor ti, es una buena piezade colección.
-Así es, comandante; platiqué un rato con alguien que se
dicepesado en el cártel de Paso del Norte y que se llama "elAtoto''.
-Afirmativo. Ese cabrón es el mero chinguetas en todo el
norte de México. Está encargado de toda la cuestión operativa
del cártel y está en Iuárez desde hace tiempo. Lo mandaron para
enfrentar a la gente del cártel del Chavo Gaitán. Los de La Regla
no podemos solos con ellos. Es como quien dice el jefe de jefes
del brazo armado dentro de toda la organización.Yoestoy a cargo
de la seguridad ('11 la plaza, nada más.

100

-No lo sabía, mi comandante, no lo sabía yo.
-Ya lo sé, Amarillo, por eso te lo digo. Desde ahora cuenta
con todo mi apoyo. Lo que tienen entre manos tú y el Atoto yo lo
respeto. Él mismo me ha encargado que averigüe dónde quedó
la hijita de la Ruth -y bajó la voz-. Yo di la orden para que desa­

23

parecieran a mi colega hace años y la verdad no sé dónde quedó
la bolita. No sabía que Alderete estaba con una niña cuando mi
gente se encargó de él. Lo supe por el periódico y la búsqueda
que emprendió la Ruth. Los que hicieron ese trabajo ya no están

DE VERAS QUE CIUDAD JUÁREZ ES UN RANCHO GRANDE

vigentes, casi a todos los tumbaron, nada más queda uno y ya mi
gente lo anda buscando para que nos diga qué pasó con la bebé.
Dile al Atoto que estamos en eso, y quiero decirte que te sacaste
la Lotto, eres el elegido.
-Se lo agradezco, comandante Zamarripa. La verdad yo no
sabía y discúlpeme por la partida de hocico que le puse a Bel­
trán, su compadre.
-No te agilites, policías somos y en la chinga andamos.

CUANDO SALÍ DEL ESTACIONAMIENTO MIS PIERNAS SEGUÍAN

temblando. Le pisé a la moto. En segundos llegué a la avenida
de Las Torres, de ahí me fui al Hotel Lucerna. Iba a madres, me
pasaba los semáforos, iba serpenteando entre los vehículos que
dejaba atrás. Era el cambio de turno de las maquiladoras.
A la ciudad no la vi. Aceleraba como ensimismado, traía mu­
chos pensamientos en mi casco. El viento refrescaba los pensa­
mientos.
Cuando entré al Lucerna, Ruth todavía no llegaba al área del
restaurante. Le pregunté al jefe de meseros si tenían huitlacoche

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a esa hora. Me reconoció. Muy seguido iba al desayuno bufet
a recetarme unas esplendidas quesadillas de huitlacoche junto
con unas de flor de calabaza, pero nunca había estado en la tar­
de. Me dijo que para un policía de mi calibre había huitlacoche
a cualquier hora. Se lo agradecí y me fui al bar a esperar a Ruth.
Pedí cacahuates y una michelada. Mi mente la sentía muy
apretujada. Sabía bien que quizá no salía vivo de esta bronca.
Estos putos ya me habían marcado y jodido mi carrera de agente
de policía de Ciudad Iuárez. Pensaba también en los doscientos
mil dólares que me dejaron, en Ruth y sobre todo en su pequeña,
que era lo bueno de todo esto, al menos podríamos sacar esa
información. Con suerte se sabría dónde quedó el cadáver para
que Ruth descansara y la llorara en paz. Rápidamente la miche­
lada se agotó, pedí otra. Ruth no aparecía. En eso me acordé de
los dólares. Pagué la cuenta en el bar. Busqué al mesero que me

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tica. A mí se me hizo muy raro que estuviera aquí en mi hotel.
Hasta pensé que tú me seguiste y pues que la mandaste a que
me ubicara. Aunque por la cara que pusiste me doy cuenta que
es pura coincidencia que estemos aquí. De veras que Ciudad
Juárez es un rancho grande. Si me anduvieras buscando nunca
te hubieras imaginado que yo, el Atoto, estaría en este hotel a la
vista de todos. Para tu información, estoy registrado cómo José
Calderón, y le dije a tu chava que dizque soy dueño de una com­
pañía que da servicio a unas maquiladoras. Así que terminamos
de comer y cada quien para sus asuntos. ¡Yya quita esa cara,
cabrón! Ni parece que vas a comer huitlacoche. Me lo dijo el
mesero, ¿cómo te gusta esa chingadera asquerosa?
-No sé qué pensar, traigo la cabeza hecha camote.
- Tú clávate en lo que te pedí. Espera instrucciones, nadie te
va a molestar, bueno, a ninguno de los dos. Te di mi palabra. No
vayas a apagar tu celular, no quiero andarte buscando. Ahora
por tu pinche culpa voy a tener que cambiar de hotel, tan a gusto
que estaba, cabrón.
-No te preocupes. No hay tos.
-No por ti, pienso que tu Ruthita es muy pendeja y puede
soltar la sopa, así que me voy a mover de base, las cosas pueden
ponerse muy calientes. ¿Qué vas a ordenar aparte del huitlaco­
che, Amarillo? Yoya me sé el menú de memoria, aquí tu porque­
ría no está muy buena que digamos.
-Ya se me quitó el hambre. Ahorita que venga Ruth lo mejor
será irnos.
-Ni madres putito. Al Atoto ningún cabrón le hace un des­
precio. Y los que se lo han hecho ya están con los angelitos. Así
que se sientan y comemos todos como buenos amigos. Al cabo
ya te dije que yo pago, son mis invitados de honor. ¿De verdad,
vas a pedir huitlacoche? ¿Sabes cómo se dice en náhuatl? Cui­
tlacochi, cuitla significasuciedad y cochi, dormir.

había reconocido y le di las señas de Ruth para que le avisara que
salí un momento.
Salí disparado por toda la 16 de Septiembre hasta mi casa,
no estaba lejos. Lleguéy rápido abrí la puerta principal. Me dirigí
al patio. En un rincón, cerca de la alberca, había un montón de
materiales de construcción. Ahí, entre ladrillos, había escondido
el dinero en una bolsa negra para la basura. La saqué y en la casa
busqué otra mochila para llevarme el montón de billetes verdes.
En menos de veinte minutos estaba bajándome de la moto
en el hotel. En una mesa del restaurante Ruth se encontraba muy
mal acompañada. ¡Erael Atoto!
Le dije al jefe de meseros que me cuidara la mochila con los
dólares. Ruth me hizo señas con la mano en alto. Llegué pálido a
la mesa, pues los sicarios del Atoto, que había visto en El Recreo,
estaban en otras dos mesas.
-¡Mira Faraón! -dijo Ruth- Dice que es tu amigo, el de ano­
che. Y yo que pensaba que te habías visto en El Recreo con una
de tus amiguitas. De verdad que es chiquito el mundo.
-Sí, pues sí.
Estaba sorprendido.
-Aquí el señor Atoto no me ha querido decir de dónde te
conoce, ni siquiera me ha dicho su nombre. Está muy misterio­
so. Llegué buscándote y él me reconoció y me invitó a su mesa.
De hecho nos invitó a comer. Acepté.
-Buenas tardes Atoto, ¿estás hospedado aquí?
-Así es Pablo Faraón, desde hace meses vivo aquí. Ya la señorita Ruth me contó que son pareja... en el trabajo. Siéntate,
yo los invito, faltaba más. Le decía a esta linda dama que tú y yo
somos viejos amigos, ¿verdad?
-Sí, sí, somos amigos.
-Con permiso, ahorita regreso.
Ruth se levantó rumbo a los baños.
-¿Qué chingaos te traes, cabrón? ¿Por qué la involucras? Di­
jimos que ella nada.
-¡Bájale pendejo! Yo me disponía a comer cuando llegó tu
putita. La reconocí, le pregunté por ti y de volada me sacó plá-

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de este asesino.
Ruth pidió una ensalada, nada más la picó y el Atoto ordenó
taquitos de carne asada. Barrió con todo, hasta los rábanos y la
papa asada; la traía atrasada. Luego se levantó de la mesa, dijo
que iba a darle de beber a los caballos y el payaso se fue a mear.
En el camino le pidió al mesero la cuenta para firmarla. Dos
hombres se fueron detrás de él. Me fijé que de inmediato uno se
puso al frente y otro detrás.
Este hijo de la chingada iba bien cuidadito hasta para cagar.
Sabían bien lo que hacían, se movían como militares bien entre­
nados.
Noté que en las mesas de al lado los demás sicarios no des­
pegaron la vista de los baños. Uno de ellosle pidió al mesero que
juntara las cuentas en una sola, que el señor firmaba.
Ruth volteó a verme fijamente. Había notado que estábamos
rodeados por esa gente.
-¿Los conoces? -murmuró asombrada.
Yole cambié la plática. Dije algo sobre su ensalada medite­
rránea. Luego luego agarró la onda.
-Está rica, ¿quieres probarla?
Me dejé querer y ella me puso su tenedor en la boca. Los si­
carios no quitaban la vista de los baños. Pasaron unos segundos.
El ambiente se puso tenso.
En eso la voz del Atoto nos sacó de ese escalofrío.

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-Bueno mi estimado, hay que volver a la chamba. Tenemos
varios encarguitos. Fue un placer comer con tan finas personas.
Se despidió de mano y a Ruth le plantó un beso en la mejilla.
-Hasta luego señor Atoto, me dio mucho gusto conocerlo.
Ojalá y volvamos a vernos. La próxima nosotros pagamos -en
fatizó ella.
En cuanto firmó la cuenta todos se levantaron en chinga y se
fueron hacia la salida principal del hotel.
Con el casco en mano, le pedí mi mochila al jefe de meseros.
Me la dio. Le di un billete de cincuenta pesos de propina.
Vimos por la puerta de cristal cómo los mafiosos abordaban
dos camionetas que ya los esperaban: una Lexus plateada último
modelo, muy bonita; la otra era una Quest algo modesta, fami­
liar. Lo que me extrañó fue que el Atoto y uno de sus pistoleros
se subieron a la Quest. No le quedaba por su jerarquía. El matón
se acomodó en el asiento del copiloto y el Atoto en el asiento de
atrás. Los demás se treparon a la camioneta Lexus.
Yono les quité los ojos de encima.
En eso un auto compacto entró a dejar un huésped en senti­
do contrario de manera que los encajonó.
Se veía al Atoto hablando por su celular.El pistolero que su­
bió con él repentinamente abrió la puerta y se bajó de la Quest
como de rayo, dio dos pasos y levantó un cuerno de chivo. Para
mi sorpresa empezó a rafaguear la camioneta de donde había
descendido.
Se soltó una balacera. Todos los mirones al piso.
Del carro que obstruyó la salida se bajaron sus ocupantes y
dispararon hacia las dos camionetas. Eran cuatro contra la gente
del Atoto, puras armas largas.
Otro comando salió de entre los vehículos del estaciona­
miento y disparaban sin cesar.
Nunca había visto una balacera como esa en vivo y a todo
color.
En la recepción todos estábamos pecho a tierra, menos
Ruth. Ellasacó su Beretta sin pensarlo y salió tranquilamente del
hotel. En cuanto llegó a la escalinata de la entrada puso una rodi-

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lla en el piso y comenzó a disparar en dirección del pistolero que
bajó de la Quest, luego a los atacantes del carro. En la refriega
había un desmadre total, de las camionetas salían fogonazos por
tantos balazos que rebotaban; otros agujereaban las carrocerías.
La gente del Atoto casi no repelió la agresión, no les dio tiempo.
Uno sí alcanzó a reaccionar: desde la Lexus accionó su AK, pero
al instante fue reventado: una ráfaga le voló la cara. Aunque los
cuerpos brincaban y arrojaban borbotones de sangre, los ata­
cantes no dejaban de disparar a todo lo que se movía: el fuego
cayó en todas direcciones.
Ruth seguía disparando, serena, sin aspavientos. Logró aba­
tir al compañero del Atoto que inició el ataque y tumbó a otro de
los que venían en el auto compacto.
El ataque fue rápido: unos segundos, menos de un minuto.
Al grito de ¡arre, arre!, los sicarios salieron en chinga loca
rumbo a la salida del estacionamiento, abandonando a los dos
hombres que Ruth les tumbó. En la calle varias trocas los espe­
raban y se esfumaron. El carro de donde bajaron los primeros
atacantes quedó con las puertas abiertas.
Dentro del hotel todos estábamos asustados, yo entre ellos.
Miré todo a ras del piso. Vi a Ruth que se incorporó de su po­
sición de tiradora. Una amazona natural, brava y guapa, salió
en friega hacia los weyes malheridos. Me puse de pie y la seguí
cauteloso. Revisó al primero, se quería levantar y se aferraba a
un R-15 cromado, bonita arma. Pa' pronto le puso un cachazo,
que sonó como un tablazo. Lo acostó a dormir. El otro sicario
estaba en el suelo junto al primer automóvil: yacía sin sus tenis
nike, me fijé.Mi amor le tomó el pulso, no tenía, ya era despojo.
De inmediato corrí a buscar sobrevivientes en las camione­
tas. La Lexus estaba hecha trizas, parecía coladera. Abrí la puer­
ta delantera, todos estaban llenos de plomo, hasta salía humito
de sus pechos; el copiloto tenía un boquete enorme, se podía
ver a través de él. Sus armas estaban en el piso, eran cuatro y el
chofer. En la Quest, el que estaba al volante tenía la cabeza par­
tida como un melón, los sesos de fuera. El hombre originario de
Atotonilco, Guanajuato, quedó acurrucado en el piso detrás del

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chofer. Temblaba. Sus ojos se veían perdidos pero bien abiertos.

-¡Queeeé! ¿Resucitó acaso?

Estertores. Agoniza, pensé. Lo senté. Su costado derecho quedó
destrozado, pero su cara estaba limpia. Su mano todavía se afe­
rraba a un celular que parecía un corazoncito forrado de sangre.

-Víene muy mal herido. De milagro se sostiene en la moto.
-Te veo en el Chamizal. Llega pronto.

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Un disparo le había perforado la mano: bien entraba un clavo de

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Cristo, imaginé.
Ruth se me acercó. Estaba desconocida, traía mucha adrena­

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lina en ese bello cuerpo.
-Ya subí a mi carro al idiota que acompañaba a tu amigo. Al

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otro me lo eché en la refriega. Voy a salir a madres. Tú vete en tu
moto, [muévete papito!
-Sí princesa.
Me bajaba de la Quest cuando el Atoto me pescó del cinto.
Del susto casi me da un infarto. Creí que me agarraba el muerto.
-¡Por ... favor: sá ... sácame de aquí, Faraón! Van a re ... remai.11

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tarme, ¡estos hijos de la rechingada! -bufó.
-Traigo moto, ¿te puedes subir?
-¡A ... arrástrame, tenemos que salir de aquí!
Por suerte la motocicleta estaba cerca y quedó intacta. El ca­
pitán de meseros, que había salido a ver el desmadre, me ayudó
a montarlo. El buen hombre hasta me había llevado el casco y la
mochila. Se la devolví, no podía con ella, le dije que me la cuida­
ra, que otro día regresaba por ella.
La Harley, el Ato to y yo salimos a perdernos de la escena del
atentado. Justo cuando agarré calle las camionetas de los federa­
les y las hummers del ejército se acercaban al estacionamiento.

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Atoto venía boqueando y quejándose, tosía y me salpicaba
de sangre. Mi pantalón de mezclilla se empezó a empapar. Cada
vez lo sentía más flojito. Pensé que se iba a desmayar y a rebotar
en el pavimento.
-¿Estás bien? ¿Cómo vas?
No contestaba. Su cabeza en mi hombro.
Llegamos al parque. Ruth esperaba sentada, balanceándose
en uno de los columpios. Se veía melancólica. Hasta parecía una
muchacha esperando a su novio.
Bajé al Atoto con mucho cuidado. Había poca gente en el
Chamizal. Nadie nos peló. Lo recosté sobre una banca.
-Se ve muy mal tu amigo.
-No la va a hacer. Se me hace que se va a ir.
-Por cierto, ¿en qué anda metido? Le traían muchas ganas
esos pistoleros.
-No es mi amigo. Fue el que dejó los dólares y la coca en mi
casa y fue la persona con la que hablé anoche en la cantina. No
lo conocía.
-¡¿Estás idiota?!
-No te sulfures.

cintura. No me paré en ningún semáforo. Atoto se desangraba.

- ¿En qué nos metimos?

Timbró mi celular. Era Ruth.
-¿Dónde estás?

-En algo muy grueso. Tú no. A mí ya me llevó la verga.

ta que mató a tu amigo.

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federales y entregarles la billetiza. Ni modo. Al cabo era dinero
sucio, muy sucio.

Atoto iba realmente mal y venía dando un espectáculo a la
concurrencia, mientras se sostenía con su brazo izquierdo a mi

-Voy por la Panamericana.
-¡Regrésate! Estoy llegando al Parque del Chamizal, voy a
pararme en el área de juegos. No entregué a los federales al idio-

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Quizá no volvería a ver los doscientos mil dólares. De segu­
ro el capitán de meseros del restaurante que me auxilió, al ver
tanta lana iba a desaparecer. O a lo mejor se iba a abrir con los

-¡Preciosa! Traigo al Atoto conmigo.

-¡Ay Faraón! Hasta cuándo vas a entender que somos pareja,
somos uno solo.
Me dio un beso muy tierno. Yo estaba a punto de soltar un
par de lágrimas.
-¡Ama ... rillooo! ¡Ama ... rillooo! Ayúdame a quitarme esta
chingadera. Balbuceó mientras intentaba quitarse su camisa.

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Debajo traía un chaleco antibalas de buena marca. Ahora
me explicaba porque no se había muerto el pendejo en el ata­
que.
Ruth de inmediato fue a su carro por ropa y la sacó de la
maleta que había traído de su casa. Me dio dos prendas: una
camiseta para mí y una sudadera para el Atoto. La camiseta olía
rico, a detergente gabacho, tenía una calca de la Torre Eiffelcon
la leyenda de París.
Conté más de quince disparos incrustados en el chaleco del
Atoto, pero ninguno de ellos había atravesado el blindaje. Eso
sí: el brazo derecho del Atoto estaba reventado y su mano agu­
jereada. No le detecté más heridas. Pero había mucha sangre y
pedacitos de cristales.
-Eres bien macho, Atoto, no te has quejado demasiado -le
dije mientras le quitaba el chaleco y la camiseta manchada de
rojo.
-No mames comandante.
-¡Ya cállense par de cabrones! ¿Qué vamos a hacer?
-Hay que buscar un doctor para que vea el brazo de este
puto. Se me hace que se lo van a mochar.
-Ni madres, lo que me duele es este pinche agujero en la
mano.
-Estuvo cabrón. Atravesó también el Blackberry que traías
en la mano. Hasta parece de caricatura.
-Ya cállate mi amor. Estás diciendo puras pendejadas.
-Es que estoy nervioso. ¿Qué hacemos?
-Vamos a buscar a una amiga mía que es enfermera. Echemos al Atoto con el matón que traigo en el asiento, que está todo
dormido. Ojalá no se haya muerto. Y me sigues en la moto. La
sangre en tu pantalón no se te nota mucho. ¿Yla mochila, dónde
quedó?
-Después te explico.
Al oír esto, el Atoto resucitó:
-Lo más seguro es que nos anden buscando, y busquen una
moto y el carro de ella. Hay que conseguir otra cosa en que mo­
vernos.

-No lo creo.
-¡Hazme caso cabrón! Cuando hacemos un trabajito siempre se quedan halcones viendo el show que dejamos. ¡Asítraba­
jamos!
- Por primera vez tienes razón. Aquí espérenme, voy por

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algo.
Me fui en la moto hasta el monumento de Las Banderas del
Chamizal, enfrente de la fila de vehículos que se forma antes de
llegar al puente que te lleva hacia El Paso. Ahí estaba un pues­
to de lonches, no había clientes, el lanchero partía tomates. Le
propuse un trueque: mi Harley por su carcacha. Le brillaron los
ojitos. También notó mi pantalón con sangre, pero le valió ma­
dres, me dio las llaves de su Toyota y me advirtió:
-Me lo fiaron, no tiene papeles, trae placas gringas que me
vendió un primo del barrio, por eso lo traigo todo madreado,
pero corre a madres.
-Sale, al cabo que la moto es del mismo pariente. También
corre bonito.
Le di la llave.
Subimos como pudimos a los dos mafiosos al Toyota del
lonchero y dejamos el Chamizal.

25
HASTA LA ASFIXIA

LOCALIZÓ A SU AMIGA POR CELULAR Y COLGÓ. RÁPIDAMENTE

le expuso la situación.
Nos paramos en una farmacia Benavidesy le dio su Beretta al
Atoto, por si el otro despertaba. Ruth me ordenó que la acompa­
ñara.
Entramos. Me llevó hasta el fondo de la farmacia. Ahí me
preguntó:
+Dirne rápido en qué estamos metidos.
-En un lío muy grueso.
Le platiqué a grandes rasgos lo que me habían pedido: que
pactara un encuentro entre los dos mandos de los cárteles, y le
juré que yo nunca había tenido contacto ni con los de La Regla
ni con los del Chavo.
-Hay que zafarnos. Mejor los entregamos a los federales.
-¿Para qué? Van a deshacerse de ellos y después a nosotros
nos los van a cargar. Lo más seguro es que su gente ahorita ande
tras nuestras cabezas. Además debo de confesarte algo...
-¡Me asustas!
-Este cabrón puede ayudarnos a descubrir qué fin tuvo tu
hija.
-¡Mi pequeña!
-Sí Ruth. Si no lo ayudamos no sabremos nunca que pasó
con Rocío del Mar.
-¿Crees que está viva?
-No dije eso, lo que digo es que el Atoto puede averiguar
qué paso con t 11 pequeña, Su gente puede saber algo.

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Ruth casi se desploma. Se puso en cuclillas. Quería gritar,
quería llorar. Se aferró a mis rodillas. Se quedó en silencio. Los
que atienden la farmacia nos miran, a lo mejor creen que le hice

Se comunicó con Zamarripa. Le ordenó que lanzara un "có­
digo rojo" a todas las células de La Reglaporque se echaron a su
gente, los atacaron en el Lucerna. Él se salvó gracias a Ruth y al
blindaje de la Quest.
-Maten a todo el que se mueva -ordenó el Atoto al Z-1.
- Pregúntale qué ha averiguado sobre mi niña.
Así lo hizo, luego le colgó a Zamarripa, no sin antes decirle
que se estuviera reportando cada media hora.
- Dice Z-1 que en eso andaba. Pero ya oyeron, lo lancé con
todo contra la gente del Chavo. Es una emergencia.
Llegamos a unos departamentos cerca de Smart La Cuesta.
La amiga de Ruth ya nos esperaba.
Martha Julia estaba sin trabajo. Arreglar al Atoto le cayó de
perlas.
Ruth y yo nos fuimos a mi casa, en la traquita de su amiga.
Ella pensaba mil cosas sobre su hija. Yo me lamenté de no
haber comido huitlacoche en el hotel.

algo.
La levanto, está ida y muda. La sacudo. Reacciona.
-Voy a pedir lo que necesitamos y tú vete a cuidar al Atoto.
¡Me respondes por él!
En el Toyota despertó el pistolero. Atoto lo estaba interro­
gando: colocó la Beretta en el hocico del escolta traicionero, la
sacó, el susodicho aventó la sopa. Da detalles, nombres y direc­
ciones de casas de seguridad de los del Chavo, tomo nota. Atoto
le vuelve a colocar la pistola en la boca, se la hunde hasta que lo
atraganta y lo asfixia.
Ruth vuelve con una bolsita cargada de cosas para curar al
Atoto. Nos ve.
-¡¿Qué hicieron cabrones?!
-Aquí el señorito mató a su amigo.
-¿Y ahora qué hacemos con este cabrón? No me gusta llevar
a pasear a un muerto.
-Ahorita lo aventamos al hijo de la chingada por culero -dijo
el Atoto, un poco reconfortado.
Yasí fue:en un alto abrió la puerta y le dio un empujón al bulto.
-No sé cómo les voy a pagar esto. Desde ahora somos her­

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manitos.
-No, Atoto, nunca seremos tus amigos, nosotros somos
gente de bien, somos agentes de policía. Nada más dinos dónde
quedó mi bebé y estamos en paz.
-Sí Atoto, ella tiene razón. ¿Amigos?... mis güevos.
-Eso lo vamos a saber pronto. Ahorita lo que necesito es
hablar con el Comandante Zamarripa, el Z-1. Por cierto, ¿habló
contigo hoy en Babícora?
-Lo que sea de cada marrano. Sí,habló conmigo y se puso a
mis órdenes. Quién lo iba a decir.
-Z-1 sabe qué pasó con tu hija, Ruth.
-Ojalá. Toma este celular, es mío, es seguro, habla lo que
tengas que hablar.

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26
CUIDANDO CIUDADANOS

ESA NOCHE RUTH SE VOLVIÓ A QUEDAR PLÁCIDAMENTE

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dormida; estaba cansada. Su rostro reflejaba una paz increí­
ble, de seguro había entrado en el sueño con su pequeña Rocío.
Nada le preocupaba.
Prendí la Toshiba en volumen bajo,justo en el momento que
iniciaba el noticiero nocturno del Canal 44: "Este día la violencia
entre bandas rivales del narcotráfico arrojó un saldo de veintidós
personas ejecutadas en diferentes hechos. El más sobresaliente
fue la masacre registrada en el Hotel Lucerna. Desde este punto
de la ciudad está mi compañera Estefanía Sánchez con toda la
información del tiroteo que dejó seis pistoleros muertos y un
matrimonio que se encontraba en un automóvil, muy cerca de
donde fue el enfrentamiento'; dijo Armando Cabada, titular del
programa.
"Buenas noches, Armando y auditorio del Canal 44. Como
bien le comentas a nuestro auditorio, en estos momentos esta­
mos trasmitiendo desde las inmediaciones de un concurrido
hotel de la localidad, donde esta tarde un comando armado sor­
prendió a un grupo de gatilleros que salía del hotel. En el ataque
murió una pareja inocente dentro de su auto. Además el enfren­
tamiento dejó cinco gatilleros muertos y un sicario acribillado
que pertenecía a los atacantes. Se sabe,de manera extraoficialque
los que salían del hotel pertenecían a una célula altamente peli­
grosa de La Regla, pues se encontró un nutrido armamento, ra­
dios de comunicación y evidencias. Del comando que sorpren-

118

119

dió a sus rivales sólo cayó un muerto. Se especula que éste fue
alcanzado por disparos del mismo grupo, ya que los de La Regla
no tuvieron oportunidad de disparar sus armas. Varios testigos
dicen que otros dos gatilleros que venían en la Quest lograron
escapar en una motocicleta de lujo y que otro sicario fue levan­
tado por una mujer que lo subió a su carro. Hasta el momento
las autoridades no han informado si éstos ya fueron localizados.
Hasta aquí mi reporte, Armando, buenas noches''.
"Gracias por tu reporte Fanny. Volviendo del primer corte
le tengo otros muertos que se han registrado en la ciudad. Más
ataques de estos dos grupos que tienen a toda la ciudad envuelta
en pánico. Y también les adelanto que los últimos informes de
la procuraduría sobre la rutera llena de ejecutados dejada, días
pasados, en la Plaza de Armas, indica que eran "puchadores" y
"adictos" que trabajaban para la gente del Chavo. El ataque en el
Hotel Lucerna contra los de La Regla pudo ser en venganza de
estos hechos que conmocionaron a toda la comunidad, ya que
según llamadas que hemos recibido en esta redacción, los del
comando masacrado hoy son los responsables de los asesinatos
a mansalva en la rutera. No le cambie, ahorita regresamos con
más muertos''.
Aplasté el botón de power del control e intenté dormirme.
Apenas apagué la luz y sonó mi celular. Era el Atoto.
-Deja dormir -le dije al hijo de su pinche madre.
-¿Estás viendo las noticias?
-No, no me gusta la sangre.
- Ponle en el 44.
-¡Sí cabrón! Yavi la noticia, mejor le apagué.
-Piensan que eres uno de los nuestros, pinche Faraón.
- Por eso apagué la tele.
-Z-1 se ha estado reportando. Yase echaron a un chingo. A
nosotros nos han tumbado pocos, pura camita de cañón. Toda­
vía ahorita están reventando casas de seguridad de los marra­
nos. Z-1 dio con una casa en Villas de Salvarcar, allá por el sur
oriente de la ciudad, llena de billetes verdes, un arsenal y una
tonelada de coca pura.

- Bien por ustedes. A ver si te deja algo Zamarripa. Cuentan
que ese comandante es más largo que la cuaresma.
-Ese policía matón sabe que no debe tocar nada. Al Z-1 des­
de hace tiempo los de "arriba" se lo querían cocinar. Él sabe que
yo le paré los pedos mientras se acaba este desmadre.
-Oye Atoto, ¿quiénes son los de "arribota"?
-Ni te imaginas, más te vale no saber. No te compliques la
vida.
-Nomás preguntaba. ¿Ycómo te trata la amiga de Ruth? ¿Se
salvará tu brazo?
-Símón. Lo que me agüita es mi mano. Se me hace que voy a
perder puntería, ni siquiera voy a poder cargar una 9mm. Soy
derecho, y la derecha fue la que me chingaron.
-Ni modo pendejo, a jalártela con la zurda.
-Afirmativo. Dale a tu Ruth las gracias, si no ha sido por ella
ahorita no la estaría contando. ¡Qué güeviles de cabrona! Dile
que lo que quiera.
-No te hagas wey.Yate dijimos lo que queremos.
-Oye, Faraón, ¿tú también disparaste contra esos putos? En
el desmadre ... ya no supe.
-No, yo le estaba cuidando las espaldas a la dueña de mi
corazón.
-Se me hace que te abriste, pero gracias por sacarme de ahí.
Si los federales me agarran hacen fiesta nacional.
-De nada. Los agentes de la policía de Ciudad Juárez esta­
mos para cuidar a los ciudadanos.
-¡Bájale, bájale!Me la voy a creer.
-Ya deja descansar, mañana te hablo a ver cómo están. Trata
bien a Martha Julia.
-Sale. Me la voy a comer toda.
Y colgó.

27
SIN CINTA AMARILLA EN LAS CALLES

LA FIESTA DE ACOSTADOS SE ACRECENTÓ: CADA DÍA REPOR­

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taban decenas de ejecuciones. Gracias a que el Atoto ordenó que
no nos molestaran, Ruth y yo nos la pasamos encerrados, viendo
películas,noticieros y comiendo lo que nos mandaba don Antonio,
mi vecino y dueño de El Recreo. Amablemente se encargó de
eso y de comprarme todos los periódicos, porque nosotros no
teníamos manera de salir.
En esos días los dos Cárteles se dieron con todo. Un convoy
de unidades de la Policía Federal que patrullaba la ciudad fue
atacado y les mataron a nueve efectivos. Después varios agentes
ministeriales del Estado fueron fusilados en la vía pública. Moría
más gente de La Reglaque del Chavo Gaitán.
La cosa subió de tono.
Los federales andaban buscando hasta por debajo de las pie­
dras quién pagara la masacre de sus nueve compañeros.
Tres helicópteros de la Policía Federal sobrevolaban la ciu­
dad en busca de grupos de sicarios y sus guaridas; además, con­
voyes de efectivos y del ejército se desplazaban a gran velocidad
por cada rincón de Juárez. Se impusieron retenes y se realizaron
cateos a lo pendejo.
Desde hace meses corría el rumor de que las fuerzas federa­
les no estaban en la ciudad para darle guerra a los dos Cárteles,
sino para imponer al Cártel del Chavo Gaitán en la zona y soca­
var al Cártel de Paso del Norte. Por eso tanto desmadre.

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122

Y por si eso fuera poco, las dos bandas criminales dejaban
narcomensajes.
En mantas, pintas o cartulinas, los dos grupos criminales
denunciaron que las corporaciones policiacas responsables de
investigar la delincuencia organizada estaban en contubernio
con una u otra organización. Esos textos siempre han revelado
datos que las autoridades investigadoras desestiman, fingen que
la virgen les habla.
En esos narcomensajes los dos grupos denunciaron a aquellos
que colaboraban con sus rivales: así, mientras algunos mensajes
asociaron a los ministeriales del estado con La Regla,otros reve­
laron que los federales trabajaban para El Chavo.
Nosotros, los de la Policía Municipal, siempre hemos sido
simples paleros. Trabajamos muy ligados a La Regla, nos tienen
bien infiltrados, por eso yo entendía que a municipales y estatales
nos habían suspendido, que federales y sardos hubieran tomado
el control de la ciudad para actuar a sus anchas.
Desde que empezó esta guerrita casi todas las bajas han sido
del Cártel de Paso del Norte y la mayoría son gente de la pandilla
de los Indios, una macro banda que desde hace más de treinta
años tiene el control de los indocumentados, del narcomenudeo
y de todo tipo de prostitución en la ciudad, desde los locales de
masajescallejeroshasta las putas más finasque te puedas imaginar.
Ellos no se encargan de los grandes cargamentos que llegan a
esta frontera agujereada, ni del trasiego de dólares que entra de
Estados Unidos, pero últimamente se han convertido en parte
fundamental de La Regla y son sus soldados, su brazo armado.
LosIndios también tienen el control de los dos CERESOS de la ciu­
dad y de la prisión de La Tuna, la cárcel federal del condado de
El Paso, Texas.Es tal su poder que ya quieren independizarse de
La Reglay desligarse del Cártel de Paso del Norte.
A mí todo eso me importa un burrito de rojo, y más ahora
que he encontrado al amor de mi vida, a pesar de que la tuve al
lado mío todo el tiempo. Así es el romance. El amor es como
el huitla:coche: a veces no sabes que tienes enfrente un manjar
hasta que lo pruebas.

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En esos días que estuvimos quietos, pensando y pensando
cómo zafarnos de los problemas y sobre todo, cómo averiguar
lo de su hija, Ruth y yo acordamos dejar Juárez e irnos a Estados
Unidos a pasar unas vacacioneslargas.Hablamos de establecernos
en Colorado, donde tengo una hermana que vive en uno de los
suburbios de Denver.
Decidí ver al Atoto para decirle que aquí le parábamos a
nuestra corta pero intensa relación: esta guerra no tenía fin, o
parecía imposible encontrar una tregua. Y los dólares que me
dio a lo mejor ya se habían hecho humo en el ataque contra él.
El viernes al medio día pasé por el Lucerna a reclamar mi
mochila, y de ahí me pensaba ir con la amiga de Ruth para ver al
Atoto y contarle mis planes.
Sólo que la mochila llena de dólares ya no estaba: resulta que
el capitán de meseros trabajaba para el Atoto, era un "halcón" o
informante que reportaba todo lo raro que escuchaba y obser­
vaba en el restaurante y la recepción del hotel, de manera que el
Atoto lo supiera antes que nadie. Estos cabrones están pesados,
hasta parecen de la Gestapo, con razón les dicen "Crimen Or­
ganizado''.
Cuando por fin lo encontré, el idiota del jefe de meseros dijo
que ya le había llevado la mochila al Atoto y que todo estaba bajo
control.
Yome quedé de a seis.
Del Lucerna fui al departamento donde se refugiaba el Atoto
con Martha Julia. La troquita jalaba muy bien. Llegué pronto.
Había un BMW azul estacionado en la entrada.
No vi nada sospechoso y toqué.
El Atoto abrió la puerta, traía su brazo como de momia. El
loco apareció con medio galón de leche en la mano izquierda.
Me solté riendo. La marca del zorro, dije en voz alta.
-Pásale Amarillo. Qué bueno que viniste a visitarme, perdón,
a visitarnos.
Parecía que el Atoto era el amo y señor de la casa: se movía a
sus anchas como si el dcp.ut amento hubiera sido su hogar toda
su vida. Cuando llegué, Mari ha <'SI aba a punto de salir.

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125

124

-¿Cómo estás, Pablo Faraón? Aquí Atoto me ha contado
mucho de ti. Que eres un buen policía pero que como amigo
eres mil veces mejor.
-¡Está pendejo! Yono soy su amigo.
Atoto sintió el chingazo pero no dijo nada.
-Voy a salir a comprar unas cosas, ahorita regreso. Si ya no
te hallo le dices a Ruth que muchas gracias por haberme traído
a este hombre, dile que estoy muy agradecida, nunca voy a tener
con qué pagarle este milagro caído del cielo.
Antes de salir me dio un beso en la mejilla. Abrí la cortina de
la ventana y la vi subirse al BMW. Iba muy feliz.
-Ya te la tiraste y le diste un BMW. ¿Verdad, puto?
-¡Qué comes que adivinas! Ni parece que eres un agente
de policía, tus compañeros hacen mal en decirte Comandante
Amarillo, eres más cabrón que bonito. No te aprecian.
-Hasta los ojitos le brillan a ellay tú te ves mejorcito, cabrón.
Ni quien se acuerde que hace días ibas llorando en mi moto y
con un agujero de Cristo en la mano.
-Así es mi querido Watson. ¿Yate fijaste que ella tiene unas
nalgas preciosas? ¡Aquién le dan pan que llore!Buena enfermera,
buena en la cama, es sin duda una buena bestia.
-Ruth no me lo va a creer.
-Ni falta que hace, ya está enterada. Acabo de hablar con
ella y viene para acá en taxi. Le tengo noticias.
-¡No mames!
-¡Sí, y mucho! -Se rió.
-Contigo no se puede hablar en serio. Todo es sexoy muerte.
-No te aflijas, ¿a poco no te fue bien estos días que estuvieron encerraditos?
- ¿Cómo crees? Con lo que está pasando no se antoja coger,
no hubo nada de nada. Pero no me la reburujes, Atoto. ¿Qué
noticias tienes?
-Deja que venga, ya no ha de tardar.
-Oye ya supe lo de la mochila.
-¡Ah sí!Me acaban de avisar que pasaste al hotel.
-No cabeduda que estás"pesado"Tienesgente por todos lados.

-En este bisne debes tener muchos ojos y oídos de tu lado, o
no duras ni media hora. Hay que repartir dinero.
-Sí, gracias a eso tu guardaespaldas te traicionó y hasta te
tiró de cuetazos.
-¡Gajes del oficio señor! Ese puto se quería marranear.
-En el narco no duras mucho que digamos. Yo no podría
vivir así.
-¡Mira, mira! Un pinche policíatampoco tiene mucha cuerda.
Ustedes son muñecos de sus jefes, o de la gente como yo: nada
más.
-Sí pero al menos nosotros somos los buenos de la película.
-¡Por favor Faraón! ¿A poco todavía crees en esas pendejadas? Por eso estás todo jodido. A ver, dime: ¿cuánto tienes en el
banco para tu retiro?
-No se trata de dinero, pendejo. Se trata de servir a tuco­
munidad, de hacer algo por tu gente, por tu país. Por eso me hice
policía, para servir al prójimo.
-Ya estuvo, me vas hacer llorar, Madre Teresa. Tiene razón
tu novia, ¡eres un pinche pan de dulce! Por eso me caes a toda
madre cabroncito, por tierno.
Recibí una llamada a mi celular: era de estación Babícora.
Una secretaria me preguntó si no me quedé con plásticos (cinta
amarilla) para acordonar las escenas del crimen. Le expliqué que
en el almacén general de la policía había cincuenta rollos en una
caja sin abrir.
-No, Comandante Amarillo, perdón: agente Pablo González.
Los federales ya se los acabaron.
-¡¿Todos?!
-¿Qué no ha visto las noticias en la tele en los últimos días?
Desde la rutera de la muerte ha habido un titipuchal de ejecuta­
dos por donde quiera. ¡Más los que faltan!
-Creo que en mi unidad especial, en la parte de atrás de mi
Land Rover traía unos rollos de cinta.
- No señor: las Land Roversya no existen desde el primer día
que la Policía Federal agarró las riendas de la corporación. Unos
federales se estamparon con la tuya y la hicieron polvo en una

126

persecución, ya está en uno de los corralones de tránsito, ni pa'l
kilo. La otra, la que traían tus agentes, no la encuentran, dicen
que se les perdió.
- Pues entonces no hay cinta amarilla. Apenas iba hacer un
pedido para que nos surtieran. Que le pidan a la procuraduría
del Estado.
-Negativo. Ellos tampoco tienen; bueno, déjame les digo
que ya se acabó. Oye comandante, si tienes contacto con la Ruth,
tu pareja, me la saludas, dile que aquí todas las secres de Babícora
no la olvidamos, pregúntale que cuándo nos echamos un café.Si
la llegas a ver dile,porfas.
-Correcto, si la veo le aviso.
Colgué. Pensé en mis Land Rovers. ¡Cabrones! A la mía le
tenía mucho cariño, era una chulada de mueble.
El Atoto se me quedó viendo y dijo:
-¿Qué, a poco ya nos acabamos la cinta amarilla?
Y se rió el hijo de la chingada.

28
EL ARSENAL

MI AMOR LLEGÓ ENCENDIDA, PREGUNTANDO POR MARTHA.

i.

J

El Atoto se había metido a bañar.
Me preguntó las novedades. Le dije que al parecer ese wey
nos tenía noticias de la desaparición de su esposo y de Rocío
del Mar, pero no me había dicho nada. Entonces insistió en que
cuando desapareció, su hija apenas había aprendido a caminar.
Ahora tendría cinco años.
Ruth era otra más de los cientos de madres de Ciudad Juárez
que perdieron a alguien, y que en cuanto sabían que se reportaba
el hallazgo de una osamenta como de rayo acudían al lugar en
busca de información: cuando perdían la esperanza de encontrar vivos a sus seres queridos, por lo menos querían hallar sus
cadáveres.
Como ellas, los primeros dos años Ruth iba a todos los lu­
gares en que se reportaban osamentas, enterradas o al aire libre;
después ya sólo seguía los detalles por la tele y los periódicos.
Pero no había perdido la esperanza. Todos los días revisaba
los pasquines policiacos, que no se perdían una nota de este tipo.
Con mucha frecuencia visitaba la morgue, que almacenaba
por seis meses los cuerpos encontrados. Ruth nunca se fijaba en
los restos humanos de adulto, ella se alteraba solamente cuando
encontraba huesos pequeños.
Cientos de veces recibió falsas alarmas, hasta que se cansó
de seguir los cadáveres en vivo. Y asistía esporádicamente a las
reuniones de personas con familiares desaparecidos.

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Sólo una vez encontraron los esqueletos de un adulto y un
bebé juntos: los restos de ropa que no se comió la tierra seca no
checaban con los que traían su esposo y su hija, pero de todos
modos ella solicitó al SEMEFO unas pruebas de ADN que resul­
taron negativas.
Desde entonces mil veces los ojos se le ponían húmedos
viendo a las niñas que se topaba en la calley que se aproximaban
a la edad que tendría su bebé.
Era difícil lidiar con ese dolor. Por eso había entrado a la
corporación.
El Atoto salió del baño hablando por celular y saludó a Ruth
con una seña. Durante algunos minutos sólo se comunicó con
monosílabos. Luego colgó:
-Primero que nada señora Ruth, déjeme decirle que se des­
pachó a un puto muy pesado allá en la balacera del hotel. Los
de mi cártel dábamos un premio al que lo matara y un extra si
lo podían agarrar vivo. Y usted se lo echó como quien mata una
pinche mosca. Además no olvidemos que ese marrano me estaba
surtiendo de plomo, hasta que usted le voló la cabeza con su
bendita Beretta.
-¿Quién era ese wey? -pregunté.
-Ese fantoche era Bias García, el jefe del.brazo armado del
Cártel del Chavo, y lo trajeron de la Sierra de Durango especial­
mente a liquidarme. Cuando lo levantaron del hotel los Federales
y sardos casi se le arrodillan a pesar de que estaba difunto. Así
que mis superiores me han ordenado que te entregue de inme­
diato dos millones de dólares. Los jefes están contentos. ¿Qué
te parece?
Ruth empezó a sollozar, la noticia no le hizo gracia. Ella esperaba noticias de su pequeña.
-¡Como eres insensible, cabrón! Yani la chingas.
-¿Por qué,Faraón?Sondos millonesde dólares.¿Oquierenmás?
-¡Tú no entiendes! ¡Qué vas a entender! Mejor cállate la pinche boca .
-Ustedes están bien piratones, por eso son policías. Les aca­
bo de dar la mejor noticia de su perra vida y ni me lo agradecen.

-¡Tú no entiendes! Tienes la cabezota llena de coca.
-¡Está bien, está bien! ¿Cómo me van a dar el dinero? -Intervino Ruth muy decidida.
-Fácil. Ya está, tenemos una caja chica, precisamente Z-1
me informó que ayer dio con un bodegón de la gente del Chavo.
Había tres toneladas de cocaína lista para ser enviada a El Paso,
más cerca de cinco millones de dólares y un arsenal surtidito.
La bodega está a espaldas del Campestre, colinda con el campo
de golf, incluso parece que está conectada al hoyo doce por un
sistema de túneles. Ahorita están trasladando todo a un lugar
seguro, no vaya a ser el chamuco.
-Con razón se andan matando bonito.
-Así es my friend. Pero vamos ganando, les estamos tupiendo y eso que ellos tienen el barco de la ley de su lado.
-¿Cuándo me va a dar el dinero?
-Calma, señora mía. Deja que mi gente termine de sacar
todo de la nave industrial. Están trabajando como hormiguitas,
ahorita no podemos arriesgarnos. La carga es muy notoria, trae­
mos a los federales y a esos putos pisándonos los talones, pero tú
no te preocupes, tu lana está asegurada.
-Oye, Atoto, nos interesa más lo de la niña. Ruth está dis­
puesta a no tocar ese dinero. Sólo queremos saber qué pasó con
Rocío del Mar.
-Calma y nos amanecemos. Toda mi gente anda ocupada ...
ya te lo dije, tenemos una contingencia. No se me desesperen.
Me llamaron a mi celular. Vi el número, no lo conocía, no
contesté. Insistieron.
-¡Contesta, Faraón!Yame cayóen los huevos el sonidito =grító el Atoto.
-No reconozco ese número.
-¡Contesta! O yo lo contesto.
-Sí, contesta ya, para que se calle este culero -suplicó Ruth.
-¿Bueno?
Era el Secretario de Seguridad Pública, el licenciado Mon­
taña Álvarez. Puse el altavoz. Me pidió que de inmediato me
presentara en Babícora y que por favor le avisara a mi pareja

130

Ruth, ya que ellos no la localizaban. Quería ver a toda la "Brigada
listón'' en su oficina ¡ya!
Ruth y yo nos miramos.
-Vayan, vayan. ¡A cumplir con su deber! ¡Váyanse por la
sombrita no les vaya a dar un aire!
-Deja de estar chingando -le advertí al desdichado y le pedí
a Ruth que me acompañara a Babícora.
-En serio. Váyanse con cuidado. Ahorita todo huele mal.
Todo se ve como huitlacoche ... Anda suelto el chamuco.

29
MOTIVOS PERSONALES

PRIMERO FUIMOS POR MI AUTO, QUE SE HABÍA QUEDADO

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hacía días en la gasolinera. En la estación de policía del distrito
Babícora vi pura gente rara. Eran los Federales, que tomaron las
riendas de la seguridad en nuestra ciudad. ¡Bonita chingadera!
Subimos directo a la oficina de Elías Montaño; él y un gru­
po de federales y soldados responsables del Operativo Conjunto
nos recibieron, con ellos estaban mis otros dos compañeros de
la "Brigada listón"
Nos presentan, intercambiamos saludos de rigor.
-Mire agente Pablo González, le he explicado a los señores
que usted es el mero chingón para acordonar las escenas de crí­
menes, que su equipo ya se las sabe y lo hacen con mucha eficacia,
que ya tienen mucha experiencia en estos menesteres y que su
función es muy reconocida en la corporación. Y ellos me han
solicitado que usted y su gente los auxilien y continúen con su
labor, ya que ellos andan muy atareados y no tienen gente profe­
sionalizada en ese aspecto, así que les he dicho que con mucho
gusto usted y su equipo de trabajo se pondrán bajo las órdenes
de la Policía Federal de inmediato.
- Discúlpeme señor Secretario, la agente Ruth y yo conside­
ramos que ya no tenemos garantías para hacer nuestro trabajo,
ni camionetas;estamos renunciando en estos instantes a la policía,
y qué bueno que es ante usted.
-No me haga esto, agente González. Los señores saben de
su desempeño y la ciudad lo necesita.

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-¡Discúlpeme señor Secretario! Yaestá decidido.
-¿Se trata de dinero?
-No señor. Se trata de motivos personales.
-No me puede hacer eso: Juárez lo necesita.
-Discúlpeme, nadie nos necesita.
De inmediato saltó uno de los agentes que estaba bajo mi
mando:
-Déjelo señor Secretario, nosotros nos haremos cargo, si
usted así lo decide. ¿Verdad compañero?
-Muy bien -se dirigió a nosotros- ¡Usted y su parejita lár­
guense de mi vista! Y más les vale que no se lleven ni una bala de
la corporación porque los refundo en el bote.
-No se preocupe. ¡Yno nos grite, hijo de la chingada, que no
somos iguales!-Le espetó Ruth, muy indignada.
El Secretario nos amenazó, pero tragó camote: lo dejamos
con la palabra en la boca.
Dejamos Babícora: yo en mi cacharro y Ruth en la traquita.
Nos fuimos directamente con el Atoto.

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ME LEÍSTE EL PENSAMIENTO
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EN EL CAMINO LE HABLÉ A RUTH POR CELULAR Y LE DIJE QUE

teníamos que hablar antes de irnos a casa de su amiga. Le sugerí
el restaurante del Club Campestre. Aceptó con la condición de
que fuera rápido y que no pidiera nada que supiera a huitlacoche;
le comenté que ya era muy tarde para eso: después de las doce ya
no lo sirven en ese lugar e iban a ser las cinco de la tarde.
La gente bien de Juárez vivía en la zona del Campestre. La
mayoría eran familias rancias, de abolengo; supuestamente, en
los últimos años esas familias huyeron a los Estados Unidos:
ahora están en El Paso, en el Country Club o en Coronado. En
el Campestre ya sólo viven los nuevos ricos: cualquiera que de
la noche a la mañana amanece millonario. En los últimos meses la
policía y elementos del ejército han reventado ahí varias casas
de seguridad de los dos bandos rivales. Por eso no se me hace
extraño que la gente del Atoto haya descubierto allí la bodega
del Chavo.
El restaurante del Club Campestre tiene paredes de cristal
que permiten ver los jardines del club y el campo de golf. Hay
gimnasio, alberca, vestidores, canchas de raquet y de tenis, un
enorme salón de recepciones y otros espacios que se rentan para
grupos pequeños; al fondo el campo de fútbol y un área al aire
libre para fiestas infantiles.
Ya sentados, Ruth ordena sopa de lentejas y medallones de
cordero, especialidades de la casa; pido un caldillo de carne para
la dieta y una botella de vino tinto de la Casa Madero, un cabernet.

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-Quiero pedirte disculpas por alocarme y renunciar a nom­
bre de los dos.
-Me leíste el pensamiento, Faraón. Yote pido disculpas por
decirle a tu amigo que aceptaba el dinero que me está prome­
tiendo. Si eso es cierto, tú sabes que sería para los dos.
-Gracias, pero ese tipo no es mi amigo. ¿Ylos vas a aceptar?
¿No has pensado que sería muy peligroso? Aceptar esos dólares
es como firmar una sentencia de muerte, seremos un cheque al
portador para esta bola de matones.
-Pensé que ese dinero lo puedo usar para buscar a mi niña.
Necesito saber qué fue de ella. Lo daría todo. No saber qué le
pasó me tiene muerta en vida.
Tenía razón. Con ese dinero se podría ofrecer una recom­
pensa a cambio de información.
-Espero que tu amigote cumpla su palabra, por mí se puede
quedar con sus dólares.
Dos tazones llegan a nuestra mesa con las respectivas vian­
das, seguidos de una botella de Madero. Pensé: Si esto fuera cre­
ma de huitlacoche sería inmensamente feliz, ni modo. El mozo
sirve el vino en dos copas.
-¡Salud! Yano somos agentes de policía, preciosa.
-Eso merece un brindis, aunque a mí me encantaba que te dijeran "Comandante Amarillo'; Faraón; la pura envidia los corroe.
-Todo eso se acabó. Estaba hasta la madre. No teníamos fu­
turo.
-Cuando me mandaron a formar parte de tu brigada pensé
que de ahí para afuera, pero te conocí y poco a poco le fui aga­
rrando cariño a mi trabajo, le daba gracias a Dios de tenerte de
compañero. Siempre con la misma pasión, con mucho profesio­
nalismo.
-Es que si uno no salvaguarda la escena del crimen los agen­
tes ministeriales no pueden hacer su trabajo, sea donde sea.
- La gente no sabe apreciar eso, menos los policías. Así es el
abarrote.
-¿Qué, cómo está tu caldillo?Mis lentejas están de poca ma­
dre. Y siguen medallones de cordero. Te van a encantar.

Comimos espectacularmente, a pesar de que no estaba el
huitlacoche presente.
Mientras me terminaba el cabernet, Ruth y yo mirábamos
por la pared el horizonte del campo de golf,tratando de adivinar
la localización del hoyo doce, donde aseguraba el Atoto que se
encontraba la entrada al túnel, ése que da a la falsa maquiladora.

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"EN LA TRAVESÍA QUE ECHARON,
AHÍ ENCONTRARON LA HUELLA DEL ATAJITO ••?'

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LLEGAMOS A CASA DE LA MARTHA PERO NADIE NOS ABRÍA.

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No estaba el BMW, así que concluí que habían huido. Dejamos
la troca prestada y nos retiramos en mi auto.
Mi instinto me advirtió que no fuéramos a mi casa: le sugerí
a Ruth que abandonáramos mi carro en Futurama Río Grande
Mall y que nos refugiáramos en un hotel. Que dejáramos todo
atrás. Borrón y cuenta nueva.
Antes de abandonar el vehículo saqué una bolsa deportiva
que siempre cargo en la cajuela, ahí traía algunos documentos
importantes, dinero en efectivo y los cargadores de repuesto de
mis teléfonos celulares.
Ocupamos una habitación en el Fiesta Inn, muy cerca de
donde fue el atentado contra el Atoto.
En la televisión del cuarto seguía el recuento de los ejecuta­
dos del día. Nada de arrestos, sólo muertos y los políticos par­
loteando.
Mi celular sonó.
-¿Qué pasó mi Amarillo? Estoy afuera de tu casa. ¿En dónde
andan? -pregunta el Atoto.
- Dando la vuelta.
-Necesito verlos, les traigo el encargo. Me voy a meter al
Recreo, ahí los espero.
Le informo a Ruth de la llamada, ella de inmediato se alista
para ir a su encuentro. Revisa su bolsa para confirmar que trae
la Beretta. Pedimos un taxi.

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En el Recreo la rocola toca un cedé del Piporro, se oyen los
versos de "Contrabandistas

contra aduanales" la concurrencia

bebe y platica a todo lo que da, la cantina está full, es viernes.
Don Antonio, el propietario, está alegre, contento me señala la
parte de atrás, donde se encuentran el Atoto y varios gatilleros,
esta vez sus coconas no están a la vista, pero seguro andan arma­
dos hasta los dientes.
Al acercarnos vemos que el Atoto juega dominó con el co­
mandante Zamarripa, de reojo alcanzo a ver la mula de seises en
las fichas del Atoto.
Zeta-I les pide privacidad a sus muchachos. En un dos por
tres estos dejan el rincón sin parroquianos, algunos se molestan,
Zeta-I ordena una ronda de whiskys gratis para todos por las
molestias y grita: ¡Hombres trabajando! Pronto nada más que­
damos los cuatro y una mesa de billar recién abandonada. Los
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que salen se vuelcan sobre los dos meseros y don Tony, que no
se da abasto, hasta que por fin quedamos aislados y listos para

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platicar. Hasta el Piporro guarda silencio.
-Aquí Zamarripa te trajo una camioneta blanca Jeep del

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año. Está limpia, con placas nacionales. La puse a tu nombre y
trae dos millones de dólares en la parte de atrás. Es tuya, Ruth:
por quitarme a ese marrano de encima -dice el Atoto, al tiem­
po que le entrega las llaves. Luego le da un trago a su vaso con
leche.
Ruth las guarda en su bolsa. No dice nada.
-Lo dejé en tu cochera, me tomé esa libertad, Faraón. No se
la vayan a volar. ¡Imagínate!
-¿Quién sabe de esto, Atoto?
-Mi gente, pero no te preocupes Ruth: eso no se toca, tienen

días desaparecido, nomás aparece y te decimos dónde quedó la
bolita -afirma el muy cabrón, sin empacho.
-¡Bueno, señores! -dije- Nosotros nos retiramos.
-¡Espérate Faraón! ¿Para qué te quería ver con tanta urgencia tu jefe, el maricón de Seguridad Publica?
-Quería que volviéramos a trabajar en lo nuestro, nada más
que ahora bajo las órdenes de la Policía Federal.
-¿Quería?
-Sí Atoto, nada más que nosotros oficialmente dejamos de
ser agentes de policía hace unas horas: renunciamos.
-Vaya, esas son buenas noticias. Espero trabajen para nosotros,
pagamos muy bien, pero no damos seguro de vida, ¿verdad Zeta-I?
Los dos cabrones se carcajean.
-No Atoto, nosotros aquí le paramos. Ya estuvo. Sólo nos
interesa saber lo de Rocío del Mar y nos queremos ir de la ciudad
por un tiempo.
-Piénsenlo, en el Cártel de Paso del Norte pueden ser de
mucha ayuda, Ruth es una perfecta tiradora y tú eres leal.
-No gracias, ya tuvimos suficiente con nuestro trabajo de
policías. En verdad nada más estamos esperando noticias de la
niña y nos esfumamos.
-Bueno, cabrón. En cuanto tengamos noticias de eso te pro­
meto que en caliente te lo hago saber. ¡Vayan con Dios! Estamos
en contacto.
Eran las 10:39 de la noche, el Atoto me dio un abrazo a me­
dias con su brazo herido, Zeta-I insistió en que trabajáramos
para ellos, Ruth volvió a negar la invitación.
Le dije a don Tony adiós con la mano. Los jugadores de billar

instrucciones precisas de no molestarte ni con los "buenos días''.

volvieron a tomar sus tacos, los señores de La Regla volvieron a
sus mulas, sus asesinos a sueldo también.

Mi palabra todavía es ley en [uárez,
Ruth se puso muy seria y se inclina sobre él:

Abrimos la cochera. En efecto, una Jeep blanca nos esperaba.
Rápidamente la inspeccioné. Nada fuera de lo normal. En la par­

-¿Qué sabes de mi hija?
El Atoto mira a Zamarripa, que termina por decir:
-Andamos tras una pista de alguien que participó directamente en el levantón de tu 1·sposo, pero no lo encontramos. Tiene

te trasera tres maletas deportivas enormes estaban delicadamente
acomodadas. Ruth abrió una y vio fajas de billetes bien ordenaditas.
Yo desde la cochera me despedí de mi guarida, sobre todo de
mi biblioteca-recámara.

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Ruth pidió manejar. Salimos y nos tocó semáforo en rojo sa­
liendo del Recreo: vimos a cuatro hombres resguardando las dos
entradas a la cantina.
Me fijé por los espejos y nadie nos puso cola, ordené a Ruth
que le diera por la 16 de Septiembre hacia el poniente, que no
fuéramos directamente al hotel, quería tiempo para pensar qué
hacer.
Pasamos por la Cárcel de Piedra que ahora son oficinas, pa­
samos por la iglesia de la Virgen del Carmen y mi viejo barrio y
sin querer llegamos hasta el local donde encontré a la morenaza
que vende quesadillas estilo México: la fondita "La Qué" estaba
abierta. Le pedí que se estacionara para bajar a cenar una quesa­
dilla de huitlacoche. Por primera vez no me regañó por mi adic­
ción. La muchacha ya se preparaba para cerrar, nos informó. Me
reconoció y nos dio las buenas noches.
-¿Les preparó dos de huida?
=Una nada más.
-Y a la bella dama que lo acompaña ¿qué le preparamos?
-A mí nada, gracias. Eres muy amable.
La nalgona se pone frente al comal y sofríe la quesadilla.
Ruth me acaricia el cuello y me besa despacio. Cierro los ojos. Su
perfume se enrolla con el tenue sabor a manteca y a huitlacoche.
Son las 11:30,suena el pinche celular, es el número del Atoto.
Contesto. Por el celular se escucha una fiestota, los señores si­
guen en el Recreo, Atoto grita. De fondo una rola de Juan Gabriel.
-¡Deja dormir Atoto!, que bien jodes.
-Se me olvidó decirte, Amarillo, que en la nave industrial
donde encontramos el tesoro, también dimos con un sótano
que funcionaba como cementerio particular, hay un chingo de
cadáveres enterrados y otros en tambos llenos de cemento, les
ponían algún químico para despistar la peste, hay también muchos
huesitos. Estos hijos de la chingada tenían su camposanto clan­
destino. A primera vista me informan que son como 250 muer­
titos, pero dicen que hay un putal más de calaveras. Al parecer
hay mucha gente que trabajaba para nosotros y nunca pudimos
localizarla, pero la mayoría es raza inocente que estos putos

levantaron, secuestraron para hacerse de fondos y nunca los de­
volvieron. No hemos dado el pitazo, quería que tú lo dieras a
conocer a la prensa y a la policía. Yavaciamos la nave, pensé que
eso te podía ayudar con tus superiores. Ahí te lo dejo de tarea.
Me colgó.
-¿Qué pasó, Pablo Faraón?
-Nada, elAtoto me dio un dato... no es nada, no te preocupes.
-¿Seguro?
-Yes princesa. ¡Mira!, ya está mi delicia. ¿Segura que no
quieres probar?
-Ni loca. Además las mujeres como yo no cenamos.

32
SE ACABÓ EL RECREO

A

LAS TRES DE LA MAÑANA DEL SÁBADO MARTHA NOS INTE­

rrumpió. El celular de Ruth no dejaba de timbrar. Tuvimos que
parar. El huitlacoche surtió efecto como afrodisiaco, aunque con
Ruth desnuda no hacía falta nada para reforzar el libido.
Desde la una estábamos enredados en el séptimo piso del
Fiesta Inn. La camioneta y los dólares estaban muy bien ocultos.
-¿Qué pasa amiguita? ¿Yaviste la hora que es? -contesta
Ruth, de inmediato se calla, escucha con atención y luego agre­
ga- ¡Noooo!,para nada, la última vez que vimos al Atoto lo de­
jamos en el Recreo con sus amigos. Si sabes algo me vuelves a
llamar.
Ruth me comenta que Martha está preocupada por el Atoto,
que habían quedado en verse pero aún no llega a su casa y no le
contesta las llamadas.
Me quiero entretener una vez más en sus nalgas. Me acaricia
la cara, me besa y anuncia que ya tiene sueño.
Aproveché para ir al baño y de ahí le marco al Atoto ...
Nada.
El Fiesta Inn está en la zona del Hospital General, del Centro
Médico y la Cruz Roja, y desde hace una hora las ambulancias
no dejaban de llorar.
Pienso un rato... Decido vestirme rápido. Salíde la habitación,
tomo el elevador. El centinela de recepción me da las buenas
noches. Me avisa que afuera hay taxis si quiero, abordo uno. El
chofer se encontraba dormido.

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-¿A dónde joven? -Dice todo asustado el hombre al volante.
-Dele a la cantina El Recreo, está en contra esquina del antiguo Cine Victoria.
-Ya sé dónde queda. Por ahí hace como una hora hubo una
explosión, se oyó reculero. Me asustó. ¿Me paga por adelantado
por favor?
En menos de cinco minutos nos acercamos. Ambulancias,
unidades de la Policía Federal y del Ejército impedían el paso,
media docena de vans del SEMEFO y dos camiones de bomberos
completaban la escena dantesca.
El Recreo ardía.
Los tragahumo turbados combatían el fuego.
Bajé en chinga del taxi.
Me abrí paso con el gafete de policía de Ciudad Iuárez en
la mano, les comuniqué que vivía enfrente, en el número 100.
Unos camilleros de las ambulancias del Departamento de Res­
cate me reconocieron.
Permitieron que avanzara.
-¡Mira Pablo Faraón!Han matado a mucha gente, hemos sa­
cado como 53 cuerpos y todavía no terminamos, las llamas no
nos dejan. El fuego inició por las explosiones de unas granadas
de fragmentación, un comando que venía en cinco camionetas
arrojó las granadas y luego barrió con todos, hubo un testigo,
un vendedor callejero de burritos. Hoy fue noche de chicharro­
nes. La quemazón también alcanzó a tres vehículos que estaban
estacionados frente a la cantina; a esta la derribaron a punta de
balazos y granadazos. ¡Mira! Hasta un cacho de techo salió vo­
lando. Dijeron los compañeros que tú por aquí vives. ¿No viste
qué pasó? Los federales no saben ni jota, nomás andan mirando
y riéndose los hijos de chingada. ¿A poco ya volvisteal jale y vas a
acordonar el área? -Me dijo el de Rescate.
-¡No! Voyllegando, vivo exactamente aquí.
Seguí caminando e hice como que iba abrir la puerta de
la casa, me quedé en el porche mirando como la vieja can­
tina acababa de consumirse y el olor a carne quemada se
enfurecía.

La noche ya estaba encabronada.
Aquello no era el Recreo, mi cantina favorita, solo la pa­
red de la contra barra estaba de pie. Mesas, sillas y cuerpos
chamuscados estaban regados entre escombros, las llamas y
el humo.
En eso un federal aferrado a un R-15 se me pone enfrente.
-¡Qué miras cabrón! Métete a tu pinche casa o te parto la
madre también. [Cómo les encanta el chisme!
Enseguida me metí, cerré la puerta, seguí observando dis­
cretamente por una de las ventanas.
En eso una mano me toca el hombro, pego un brinco del susto.
Me recupero, era el Atoto que brotó de mi biblioteca-recá­
mara. Estaba temblando.
Me habla en voz baja.
-¿Dónde chingados andabas? Te estuve tocando, me andu­
vo del baño y pues vine mejor a pedirte chanza. No me abrías
así que volví a entrar por la cochera, aquí traigo un control es­
pecial que abre cualquier puerta, me metí al excusado cuando se
oyeron muchos disparos, luego como tres explosiones, después
un chingo tronaron, de nuevo, un putal de balazos y gritos de
cabrones. Así que me escondí y agarré este cuerno de chivo que
me encontré. ¿Dónde andabas?
-Estaba en casa de Ruth. ¿Quién más se salvó?
-Creo que nadie, yo les dije que iba al baño a tu cantón, que
no me siguieran, que al rato volvía... ¿Qué viste afuera?
-Parece una escena de guerra, hay muchos muertos. Del Re­
creo no quedó nada en pie... solo me pareció escuchar al Pipo­
rro en la rockola o a lo mejor eran mis nervios. Estaba lleno de
federales y soldados. Uno de ellos me dijo que me metiera a la
casa, pensó que salí a ver el espectáculo.
-Mi celular se quedó en la mesa junto al dominó, le hablé
a Zeta-I por tu teléfono de la casa para ver si logró salir, pero
lo dudo, ya estaba muy borracho ... Llévame con Martha, ha de
estar preocupada por mí.
-Estás loco, ahorita si salimos nos agarran como sospecho­
sos. Aquí nos quedamos y en la mañana pensamos qué hacer.

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¿Seguro que nadie te vio entrar?
-Mis guardaespaldas me vieron, pero yo les dije que me es­
peraran afuera de la cantina. Tampoco me contestan.
-¡Ok! Vamos a la meme. Yoen mi cama y tú donde quieras,
pero te quiero lejos de mí.
-Gracias otra vez. Si no es por ti, vuelo. Eres mi ángel de la
guarda.
-Ya me debes mucho.

33
JUEGO DE PELOTA

EL SÁBADO A LAS 7:30 DE LA MAÑANA NOS DESPIERTAN
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fuertes toquidos y el timbre. Con cuidado abro la puerta, es un
inspector de Protección Civil, están desalojando dos cuadras a
la redonda por temor a más explosiones. Otro wey me interroga
y pregunta si no vi anoche nada sospechoso.
Le digo al inútil que nada más en la noche dejé una cantina
y ahora ya no estaba.
El preguntón me mira con ojos de pocos amigos.
-¡No te burles cabrón! ¿O quieres que te demos pa'rriba?
-No preguntes estupideces.
Le saco mi identificación del departamento de policía.
Asunto arreglado.
Veo lo que quedó del Recreo, nada más la rockola quedó
de pie, increíblemente todavía escucho al Piporro, busco con
asombro la mesa de billar y no la pude ver, seguro la mandaron
a la luna; la barra de la cantina está a media calle, la explosión la
sacó enterita. Todos los vidrios de mi casa se habían quebrado,
anoche no me di cuenta, incluso una puerta de la cochera estaba
hecha chicharrón. Ya con la luz del día puedo ver que los pin­
ches locos proyectaron un coche bomba que entró sin permiso
al Recreo. Elementos del ejército con botas blancas de plástico
peinan la Zona Cero, buscan evidencias. Se observa que nadie
pudo salir vivo de esa rosticería. Todo hizo ¡pum!
El Atoto detrás de mí no decía nada. Seguimos caminando
escoltados por policías federales que desalojaban a los vecinos.

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En eso un militar nos separa y nos lleva hasta una camioneta
verde olivo.Atoto tiembla.
-Me están informando que usted es un agente de la policía
local, le pido de favor que nos platique si no vio nada irregular
anoche, cualquier dato que nos proporcione nos ayudaría a des­
cifrar lo que pasó aquí.
-No mi estimado. Nada más oímos balazos, las explosiones
y al minuto ya estábamos en la puerta para ver qué había pasado
y ayudar, usted sabe, para cumplir con el deber pero un federal
nos dijo que nos metiéramos.
-¿Ese agente ya estaba aquí cuando se da la explosión?
Cuestiona el militar.
-Se escucharon las explosiones y al minuto aparece el oficial
y nos dice que nos metamos o nos carga la verga. -Dice el Atoto
muy seguro.
-Gracias por su colaboración.
Agarramos un taxi en la 16.
Atoto durante la noche se había hecho sus curaciones y se
colocó un nuevo vendaje con trozos de mis camisas de tirantes;
se quitó el bigote, traía una cachucha beisbolera, lentes para sol y
ropa mía. Le ordenamos al taxista que le diera para el restaurante
Tomochic, Martha y Ruth ya nos iban a estar esperando para
desayunar y planear los siguientes movimientos.
Ya me estaba cansando, desde que conocí al Atoto mucha
sangre y mucho estrés; lo único bueno es que aceleró las cosas
entre Ruth y yo, dejamos de ser pareja policiaca y nos entendi­
mos. Enamorados ya estábamos, lo que pasaba es que ninguno
de los dos daba el brazo a torcer.
Él iba en el asiento de atrás muy callado, era otro, su primer
atentado más la explosión del carro bomba y la lluvia de balas
que escuchó anoche como que lo apaciguaron. O iba muy pen­
sativo. No quise averiguar, meterse en la mente de este despia­
dado no era recomendable.
De pronto se rompió el silencio.
-¿Sabes, Amarillo? Yaestuvo. Estoy pensando que es el mo­
mento de jubilarme, ya son muchos años de andar a salto de

149

mata destripando cabrones, Quiero irme para mi tierra, quizá
me establezca en Atotonilco o tal vez en Acámbaro, Guanajuato,
allá está toda mi familia, ellos creen que estoy muerto desde
hace mucho. ¡Sí!Está decidido, voy a llevarme a Martha. Le tiro
el cuento a mi familia que volví del otro lado. Al cabo ya me morí
en el Recreo, ahí está mi cadáver irreconocible por el fuego.
Lo que decía el Atoto no estaba tan descabellado: en el radio
del taxi las noticias informaban que fueron sacados cuarenta
cadáveres imposibles de identificar entre las cenizas y otros 12
sufrieron quemaduras de tercer grado, esos fueron destripados
con ráfagas de AK-47 y R-15 reglamentarios. No hubo sobrevi­
vientes. Que tal vez se utilizó un coche-bomba cargado con diez
kilos de explosivos, se piensa que usaron C4, un explosivo que
se consigue fácilmente en El Paso y por internet y que utilizan
mucho en los atentados terroristas. A mí se me hacía muy ojona
la paloma, a mi ver lo que se usó para volar al Recreo fue Tovex,
un gel líquido explosivoque se usa como sustituto de la dinamita
en la industria minera, lo conozco porque me lo enseñaron en
uno de los cursos que fui a tomar en Medellín, Colombia.
-¿Estás hablando al chile, Atoto? -Le pregunté.
-Sí, se acabó mi vida de bandido.
-¿Serías capaz de hacer eso?
Ordenó al taxista que se metiera en un callejón antes de llegar
al Tomochic. Le dijo que llegaríamos a pie.
-¿Cuánto le debemos?-Preguntó el Atoto.
Me bajé y camine rumbo al Tomochic que estaba a dos calles.
Volteo y en eso veo como en vez de pagarle el Atoto le rompe el
cuello al taxista y lo acomoda tranquilamente frente al volante.
-¡¿Estás enfermo o qué, Atoto?!
-No te agüites, si quiero rehacer mi vida hay que hacerlo
bien, este venía escuchando mis planes y casi todos los taxistas
en Ciudad Juárez son halcones o "dedos"de nosotros o de los del
Chavo, ¿para qué arriesgarse? Y camina como si nada, al cabo
nadie nos vio.
Me callé, quería que este desgraciado desapareciera de mi
vista. Llegamos al Tomochic, recién abrían. Ruth y Martha to-

151

150

maban café con canela en una mesa del fondo, como si nada.
Una pareja ya desayunaba, los meseros se preparaban para una
mañana de mucha gente. Uno de ellos preparaba tres cafeteras
de veinte litros, una con descafeinado, decía un letrero.
Martha en cuanto vio al Atoto se le echó a los brazos y lo
llenó de besos. Él se resintió de sus heridas en el brazo y en la
mano.
-Oí las noticias en la radio. Pensé que habías muerto, mi

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amor.
-Por favorcállense,desayunamosy nos vamos. Somos dos pa­
rejas que venimos tranquilamente a desayunar.Nada de nombres.
Les ordené a los tres, consternado aún por lo que había pre­
senciado minutos antes.
Casi no cruzamos palabra durante el desayuno, el mesero
que nos atendió nos preguntó que si todo estaba bien. A los
treinta minutos el Atoto pidió la cuenta y pagó. Los cuatro abor­
damos el BMW de Martha. Nos dirigimos de nuevo al parque
del Chamizal, ahí podíamos platicar a gusto.
Martha y Atoto al frente. Ruth y yo en el asiento de atrás.
Íbamos cruzando la ciudad en un auto BMW azul turquesa. Un
auto así llamaba mucho la atención. Los dos de enfrente pare­
cían unos tortolitos de secundaria. Mis pensamientos alterados.
Ruth apacible. Su mirada suelta y fija en su ventana observando
el trajín de la ciudad.
Le indique a Martha que se estacionara lejos de los juegos
infantiles. Así que le dio para el área del Museo de Arqueología,
lo cual se me hizo un buen lugar para hacer planes. Acababan
de abrir.
No había gente, estaba desierto, así que entramos a los jardi­
nes y buscamos donde sentarnos, nos fuimos hasta el fondo. No
vimos a ningún vigilante o guardia del museo.
Nos pusimos en una banca bajo la sombra de una escultura
de cartón-piedra que representaba una pared enorme del jue­
go de pelota prehispánico. La lluvia, el sol y el tiempo la habían
convertido en una estructura decolorada y sin esplendor, pare­
cía una caricatura en blanco y gris.

ElAtoto nos informó que de ahí se iba al aeropuerto y que com­
praría un boleto a dónde fuera, menos a la ciudad de Chihuahua.
-Me voy a subir al primero que salga. Me voy, o nos vamos,
si así lo quiere Martha Julia.
De inmediato a ella se le iluminó la cara.
-Lo dejo todo. Sólo me quedaré con mis cuentas bancarias.
-sentencio el Atoto.
Ruth le reclamó:
-¿Vas a dejar todo? ¡Tevas a largar nomás así! ¿No me vas
ayudar a saber qué hicieron con mi bebé? Te regreso tu puto
dinero ... no te vayas, no me puedes hacer esto. Quiero saber
qué pasó.
-Traté de averiguar qué hicieron con tu hija. Se me acabó el
tiempo. Hasta ahorita no hubo nada. Lo siento, así es esto. No
se trata de dinero. Eso de tu hijita pasó a la historia. Lo mejor es
que te olvides de eso. Déjalo ir. Yasupéralo.
Ruth sacó su Beretta con cachas nacaradas y se la puso en
la nuca.
-No me hagas esto hijo de la chingada o te reviento.
-¡Lo juro!, hice lo que pude por ti. Traté de indagar... Deja
de apuntarme con esa cosa. Acuérdate que las dispara Belcebú...
Me estás poniendo nervioso.
Martha me miraba, esperaba mi reacción. La verdad es que
estaba igual de asombrado que ella.
Pasaroncuatro o seissegundos.
ElChamizalse me hizo inmenso.
Ruth en vez de retirar la pistola de la cabeza del Atoto la aga­
rra con sus dos manos y suspira hondo. El Atoto y yo sabemos
que va dispararle.
-¡Espera!, ¡espera!, ¡espera! Preciosa ... Deja hacer una últi­
ma llamada.
Atoto se aparta y hace una llamada. Ruth no deja de apun­
tarle a distancia.
Se le ve discutir y dar órdenes. Nadie alcanza a escuchar.
Ruth baja la guardia. Cae de rodillas llorando desconsolada­
mente. Es mucho para ella.

152
il

A mí me dio mucha rabia, quería agarrar la Beretta y vaciár­
sela a ese cabrón. Pero no ganaríamos nada con eso.
Cuando termina la conferencia el Atoto se acerca con otra

34

cara.
-¡Ya ves! Hablando se entiende la gente. ¿Para qué tanta vio­
lencia? ¡Yaestufas! Ahorita me hablan para atrás.
Un vigilante del museo nos observa desde lejos.

UNA CIUDAD CONFUSA

Ruth llora en silencio arrodillada en el césped, bajo la som­
bra del Juego de Pelota. Me hinco también, la abrazo. Lloramos.

EL SONIDO DE UN CELULAR NOS SACA DEL DOLOR.

Contesta el Atoto.
Los segundos son eternos ... el rencor también. Acaba la lla­
mada.

111
11,

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1,1

-Tenemos que ir ahorita a El Diario de Iuárez. Nos esperan
en media hora nada más a mí y a Ruth para darle a la niña, ahí
en recepción. Siempre hay gente, es un lugar seguro. Por cier­

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to: Beltrán, el ministerial que madreaste, te manda sus respetos,
Comandante Amarillo. Él va a llevar a la niña. Su esposa y él la

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tenían. La trataron bien todo este tiempo, dicen. Aunque la niña
tartamudea, casi no habla ... pero todo está arreglado.

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-Gracias, Atoto; estamos parejos -dice Ruth incrédula.
-¡Así es, mi estimada! La próxima vez espero que no nos
separe tu Beretta. ¿Tú dices ... ?

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111

1

-Vámonos, tenemos que llegar al Diario -les digo a los tres.
Martha toma el volante del BMW, el Atoto y yo vamos en el
asiento de atrás. Ruth va ensimismada en sus recuerdos y en sus
pensamientos.

De fondo, por su ventanilla, una ciudad confusa.

No sabíamos si el Atoto hablaba en serio o si era una trampa,
pero ¿quién no haría eso por una hija?
FIN

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CONTENIDO

¡11
11

1

7

CAPÍTULO 1

BRIGADA LISTÓN

11

CAPÍTULO 2

J-55

15

CAPÍTULO 3

LARUTH

19

CAPÍTULO 4

FALTAN

DOS CUERPOS O SOBRAN

57

CAPÍTULO 13

EN LAS MALAS Y EN LAS PEORES

61

CAPÍTULO 14

RUTA ROJA

65

CAPÍTULO 15

ELMANJAR

71

CAPÍTULO 16

REPORTES CON LOS JEFES

75

CAPÍTULO 17

DEBAJO DE LAS COBIJAS

77

CAPÍTULO 18

EL LUGAR MÁS SEGURO

DOS CABEZAS
1

1

11

!I
il

21

CAPÍTULO 5

"Soy PABLO FARAÓN... EL PABLOTE"

25

CAPÍTULO 6

MEDIO GALÓN DE LECHE

29

CAPÍTULO 7

LAMERSE LAS HERIDAS

33

CAPÍTULO 8

i15 MIL PESOS!

37

CAPÍTULO 9

ENTRE CUMBIAS

DEL MUNDO
81

CAPÍTULO 19

CORTESÍA DE LA CASA

87

CAPÍTULO 20

20% DE COCA Y 80%

11

ll
11

DE CHINGADERA

Y EL HUITLACOCHE
43

CAPÍTULO 10

NOCHE INTERMINABLE

91

CAPÍTULO 21

ESTRELLIT AS

97

CAPÍTULO 22

LA RIFA DEL TIGRE

101

CAPÍTULO 23

DE VERAS QUE CIUDAD ]UÁREZ

EN EL DESAYUNO
47

CAPÍTULO 11

iPOLICÍA! iSOMOS AGENTES

ES UN RANCHO GRANDE

DE POLICÍA! iPOLICÍA DE
CIUDAD ]UÁREZ!
53

CAPÍTULO 12

BESO DE SAL

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105

CAPÍTULO 24

TRAGABALAS

113

CAPÍTULO 25

HASTA LA ASFIXIA

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1

' 1111

117

CAPÍTULO 26

CUIDANDO CIUDADANOS

121

CAPÍTULO 27

SIN CINTA AMARILLA

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¡11

EN LAS CALLES

127

CAPÍTULO 28

EL ARSENAL

131

CAPÍTULO 29

MOTIVOS PERSONALES

133

CAPÍTULO 30

ME LEÍSTE EL PENSAMIENTO

137

CAPÍTULO 31

"EN LA TRAVESÍA QUE ECHARON,
AHÍ ENCONTRARON LA HUELLA
DEL ATAJITo .. :'

143

CAPÍTULO 32

SE ACABÓ EL RECREO

147

CAPÍTULO 33

JUEGO DE PELOTA

153

CAPÍTULO 34

UNA CIUDAD CONFUSA

il

1

111

1

1

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