historias de vida

beatriz

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Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora olga alicia paz
traductora carmelita chonay
transcriptora asunción telón
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

beatriz

Siempre he vivido en
San Martín Jilotepeque.
No conocí puramente a
mi papá pero lo sueño
y me habla, le miro su
cara, y aunque ya no
recuerdo cómo era
su carácter y ya no lo
conozco en mi ojo, sé
que es él el que viene
a mi sueño y está
conmigo.
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despertando
beatriz
Cuando uno baila con
el maíz, el maíz se
siente alegre

Antes mi abuelo hacía su entrojada1 y nos juntaba a todos sus
nietos y a sus hijos; hacía su pulic con tamalito y una ollota
de atol que se echa en un jicarón, así sobre el maíz en un
batidor; aguanta para tres días ese atol y no se descompone
porque en cuanto sale la olla del fuego, se sirve en el batidor y
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Almacenaba los granos.

Ya después me volví a vivir con mi mamá cuando llegó mi tío y
su familia a vivir con mis abuelos. Como ya estaba grande, me
dijeron: “de repente por vos va a haber problemas entre ellos,
mejor te vas con tu mamá y viene la nuera”. Cuando volví a mi
casa con mis tres hermanas, no nos peleábamos, aunque había
una hermana que cómo regañaba; nunca nos golpeábamos,
siempre estábamos de acuerdo para ir a vender al mercado
y aunque había alguna que no hacía caso, nunca nos dijimos
que no nos queríamos, nosotras mismas ganábamos nuestras
cosas pues nuestra mamá nos enseñó el negocio, pudimos
manejarnos solas y nos alimentábamos.
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3

No se ensucia.
Hoja que envuelve la mazorca del maíz.

beatriz

En la casa de mis abuelitos, un tío mío había estudiado, y
como yo hice un año en la escuela, conocí un poco la letra
y pude estudiar en la casa aunque no podía leer puramente,
no hasta que hubiera pensado qué decía esa palabra. Desde
niña era católica, así era en la comunidad; hice mi primera
comunión pero no estudié con ningún catequista la doctrina,
me compraron un catecismo y yo solita lo aprendí.Como mi
tío era catequista, él fue el que me pasó para hacer la primera
comunión; ahora la confirmación sí no sentí, me dijeron que
tenía madrina pero ni hicimos fiesta.

ahí se queda, no se enshuca2.También se hace sentu, que le
dicen a unas cositas de raíz. Esa celebración se hace porque
es el reliquie para la mazorca y se aguarda la cosecha; ese
día tocan los violines y la guitarra. Como éramos patojitos,
amarrábamos las semillas y la tusa3 por par negro o blanco,
le llevábamos su pulmón, bailábamos;ése era el secreto del
maíz, nos decía nuestra abuela, cuando uno baila con el maíz,
el maíz se siente alegre; después entraron otras religiones,
quisieron evitar nuestras costumbres y nos decían: “¿para
qué hacen eso si no es grato a Dios?”, y así poco a poco
quitaron muchas cosas.

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historias de vida

Yo tendría ocho o diez años cuando murió mi papá,desde que
tuve conciencia él ya estaba enfermo. Mi mamá quedó viva y
sola con nosotras. Sufrimos porque no teníamos buen terreno,
no teníamos para leña, no teníamos para ocote, ni para
siembra, sólo teníamos un pequeño pedazo de terreno que
le dieron a mi papá en el que sembrábamos milpa; tampoco
teníamos una buena casa, era sencilla, de caña. Mi mamá ya
era viuda y como de chiquita se había quedado huérfanacon
su hermana mayor que la crió, que es a la que nosotras le
decimos abuelita, no tenían de dónde sacar dinero y me
mandó a vivir un tiempo con mis abuelitos, los papás de mi
papá, y ella se quedó con mis otras tres hermanas.

Ella sólo estuvo un tiempecito con nosotras antes de
juntarse, averiguaron que estaba sola y un viudo la
enamoró, pero a nosotras no nos parecía y no dejamos que
la quisiera ese hombre, no nos gustaba. Luego llegó otro a
pedirla. Ya estábamos grandes cuando ella tuvo otro bebé,
yo ya tenía veinte años. No queríamos perder al bebé ni a
nuestra madre, los queríamos mucho; el hombre que ella
encontró era muy malo, pero ella lo quería porque daba
hijos hombres. Ese señor tenía otros hijos, por eso le dijo
a mi mamá: “mis hijos les van a dar cosas a tus hijas y
ellas van a tortear y hacer oficio”. Como ellos fabricaban
guaro4, tomaban mucho. Nosotras lavábamos la ropa y los
muchachos nos regañaban si no se secaban; el sábado se
mantenían chupando y nosotras teníamos negocio, traíamos
jabón y todo a Comalapa, por eso es que nos enojamos y
como éramos algo brinconas, mi hermana y yo decíamos:
“¡qué púchica5! Ganamos para dar de comer a mi hermano,
a nosotras y a mi mamá, no a ellos que sólo regañan y no
trabajan”, por eso fue que empezamos a pelear.
Entonces le dije un día a mi mamá que no nos podía dejar
así, que nosotras la íbamos a defender; hablamos con un tío
nuestro que vivía cerca de Varituc y él nos dijo: “¿para qué
están sufriendo ahí con su mamá, mejor sálganse. Ya están
grandes, saben ganar sus cosas y no que ella, que sufre en
la casa de ese hombre, váyanse mientras con Lipo”. Tuvimos
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Aguardiente de caña.
Expresión de sorpresa, admiración o enfado.

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A mí no me dijeron nada de la menstruación, no sabía nada
hasta los quince años que la vi, cuando me fui de molindera
a la costa y estaba sembrando la milpa solita con mis
hermanas, con mis primas. Me defendí con el polvo que
había donde estábamos, abajo de un árbol; me asusté y
pensé: “saber qué es, saber qué me pasó”. Con miedo, avisé
a mi mamá cuando llegué que eso me había ocurrido; poco,
poco buscaba la manera, no le podía decir al ramplón porque
me podía pegar o regañar. Ella me dijo que tenía que ver mes
con mes, por eso es que de quince años, dieciséis años,
todavía sentía yo que era chiquita. Ya después me orientaron
mi mamá y mi tía: “no hagas mal, no te rías con cualquier
hombre, no andés mucho, es delicado andar sola. Sos mujer,
hay muchos hombres malos que le hacen daño a una, y
eso no quiero yo porque sos mujer aseada. Si querés a un
hombre, cásate, que no sólo te engañe, y si te quieren agarrar
ahí está el palo,tenés boca para maltratar”, todo eso me
dijo.“Ay te cuidas por allá, hay hombres mañosos en donde
vas a trabajar”. Nos decía: “cuidado”, si nos quedábamos
lejos, atrás de ella, cuando nos íbamos a San Martín a pie a
negociar; “cuidado” si te dilatabas, si ibas hacer un mandado,
“¿con quién estabas platicando y quién te atajó por ahí? No
quiero entrar en chismes”. Uno con miedo también, nos han
metido el miedo con la reata que nos ofrecen, por eso sabe
uno que no puede hacer algo a su manera porque hay quien
lo regaña, hay quien está por uno. Yo pienso que nuestra
madre nos hizo un bien cuando nos celaba. Cuando íbamos
de viaje siempre debíamos tener compañeros y si llovía nos

iba a encontrar, no quería que nos perdiéramos; mi mamá
nos hizo un favor, por eso nos casamos normal.

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“Si un día te pega más duro, andá con Chus”

En ese tiempo yo me enojé con ella, ahora pienso que es
duro ser viuda porque el trabajo de afuera como sembrar
milpa, cortar palo, hacer leña, es para los hombres, uno no
puede hacer mucho solo; si está tirado el palo, uno lo corta,
pero ya así troceado, ya agarrando uno el día entero para
hacer leña, o pongamos sembrar milpa en terreno grande,
no puede, cuesta mucho y si pagas mozo, no lo hace como
quiere uno, por eso es que se debe haber afligido mi mamá,
hay que criar a los hijos y ellos no obedecen a una mamá.

Sólo un cuerpo se formó,
y no se puede tratar como a un perro
Yo tuve novio hasta que tuve como dieciocho o diecinueve
años, tuve tres pero de uno no me cayeron bien las pláticas
que tenía, por eso lo dejé, no lo acepté y luego también se
murió por el guaro; el otro se murió para los terremotos, quedó
enterrado abajo de la casa. Hasta con el tercero, que es con el
que estoy casada, acepté, pero era delicado, desde que lo vi
ya chupaba mucho; algunos me dijeron: “así es, eso lo va dejar
a los siete años”. Me comprometí, pero hasta la fecha todavía
está tomando. Después de que me casé, se quedaron mis tres
hermanas con el negocio que hicieron ellas y al poco tiempo se

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Un día nos fuimos de viaje y en el camino llegó nuestra
hermanita y dijo: “ya no entren con Benito porque mamá ya
salió, se fue a Varituc; ahora entremos con Lipo”. Entramos,
dejamos nuestros canastos y nuestro tío dijo: “su mamá se
fue, huyó porque le pegaron con el bolillo de la piedra de
moler y ella también le dio con el bolillo al hombre; agarró
al nene y se fue”. Entonces lo que hicimos fue ir a hablar al
hombre, le dijimos que entregara a nuestra mamá, aunque
ya sabíamos en dónde estaba. Las dos hermanas grandes
dijimos: “¿y nuestra mamá?”. Y él nos dijo: “¿ustedes por
qué no entraron aquí?”. Le respondimos que nosotras no
preguntábamos si entramos nosotras, sino que nosotras
queríamos a nuestra mamá. Mi hermana Julia les dijo a los
varones: “¿ustedes saben a dónde se fue nuestra mamá?”;
uno quería pegarnos pero le dijimos: “¡Hacélo! A ver a donde
llegamos con usted”, y nos fuimos. Llegamos con Lipo a
dormir. El hombre paseaba de noche, llegó y dijo: “Chabela,
¿por qué la esconden de mí?”. “Entre pues”, le dijeron,
empujó la puerta, nosotras cuatro estábamos escondidas en
los ponchos. “La esconden de mí, ¿verdad?”, dijo y después
se fue. Nos dormimos, amaneció, nos levantamos, nos fuimos
a la casa a traer la piedra con ellos y a los pocos días llegó
mi tío Chus, traía a nuestra mamá, llamamos a la autoridad y
aclararon todo con el señor; fuimos a traer nuestros trastos,
así se arregló, pero el hombre dijo que iba a matar a mi mamá

con su escopeta cuando la mirara, hasta la iba a buscar, pero
mi mamá no se enseñó. Poco a poco ese hombre se fue
enfermando de tanto chupar y ya no le pudo hacer nada.
Así fue como los apartamos, escondiendo casi un año a mi
mamá para sacarla de ahí.

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valor y le dijimos a mi mamá: “si un día te pega más duro,
andá con Chus” -Manuel se llamaba mi tío, pero nosotras le
decíamos Chus- “andá con Chus y nosotras sabremos que
para allá te fuiste”.

A pesar de los problemas, nunca pensé en dejar a mi marido.
Cuando estábamos solos y cuando crecieron los hijos,
peleábamos mucho, pero yo ya sabía que él tomaba antes
de casarse conmigo, mi mamá lo había visto. Antes, cuando
venían los hombres a la costa y llevaban maíz, él se quedaba
en la carretera y como tenía caballo, acarreaba el maíz de los
señores que llegaban y los hombres le daban guaro, por eso
es que mi mamá me dijo: “cuando a veces el jueves te venís al
pueblo, ese hombre está tirado en el camino”. Eso me dijo y
me preguntó: “¿qué decís vos, te casas con ese muchacho?

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De chiquita me enseñaron a que limpiara mi ropa y a que me
aseara, pero no a mantener a los hijos, ni cómo se alimentan,
eso no me lo explicaron en la casa de mi mamá, que por la
necesidad no paraba, día a día se iba al trabajo, al negocio
y sólo en eso pensaba; ella creció a sus hijos, saber cómo.
Ahora pienso yo que es un fracaso para una muchacha si
se casa sin saber nada, porque es difícil aprender conforme
vienen los hijos, el hombre te dice que hay que limpiarlos, se
miran feos si no los bañas, si no los peinás. El hombre te obliga
y uno también así se va acostumbrando, o hay otros hombres
que no te dicen nada de los hijos y ahí andan los niños con su
moco en la cara, tos en la calle, uno no se preocupa por eso.
Pienso que una regañada es un provecho para uno, pero a
la vez no, a veces es justo y a veces no, pero como uno no
sabe cómo es reclamar su derecho, no dice nada, todo está
conforme ahí, aunque te obliguen.

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casó mi otra hermana. Nos casamos las cuatro, sólo nuestro
hermano se quedó con nuestra mamá.

Cuando me pidieron, me quedé siete meses en la casa,
después él se presentó como es la costumbre y me dejaron
unos días nomás para el casamiento, eso con pobreza de
verdad, con fríjol volteado y queso me fueron a pedir, no con
oro. En el tiempo en que me casé, el padrino te daba tu vestido
y al hombre le daban su chaqueta y sombrero, eso lo devolvías
después del casamiento, lo dejabas en la casa el padrino; ya
cuando venías a la casa del hombre, ya estabas cambiada con
tu ropa. Ese día me puse güipil atrás y velo: se usaba un güipil
del cuerpo y un güipil en el que se sacaba la mano adentro;
también la madrina iba a la misa con güipil de atrás. Así era la
costumbre en Comalapa, no se utilizaba suéter ni perraje6 y,
por ejemplo, si uno tenía bebé, en el güipil que va encima, ahí
se enrollaba el bebé, o si entraba a la iglesia, siempre tenía que
entrar con la cabeza tapada.
Me casé un 22 de mayo en Sacalá. El viernes por lo civil y el
sábado en la iglesia; ahí sí fue con fiesta porque mi esposo
era el último hijo de mis finados suegros y ya eran viejitos;
quisieron hacer alegría con violín y se echaron la bailada última.
Fue alegre ese rato, estaba amontonada la gente, pero al otro
día peor, el hombre se emboló y ahí vinieron los reclamos, los
maltratos, todo comenzó por los celos desde el primer día.
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Manta fina de algodón, generalmente de colores intensos.

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Ya después tampoco me pude separar, como ya estaba
advertida y acepté, mi mamá me regañaba, decía: “no es tan fácil
decir, vos recibiste el casamiento en la cruz, te comprometiste.
Te lleva el hombre al barranco y si te va bien es porque a eso te
comprometiste. Es un pecado delante de Dios si te apartas del
hombre, fue con tu cabeza que te fuiste con él. Si él toma trago
y está de goma, no lo abandones, hácele atol, no dejes que se
vaya a morir y fácil te quedas viuda”. Y la verdad a cada quien
conforme le toca, las patojas ahora ya no son como nosotros
antes, ahora primero piden a uno estudio y, tan claro todo, no
tienen miedo de apartarse de ellos, no tienen miedo de tirar
palabras. En cambio yo antes no… sólo a veces le decía cosas
cuando chupaba, pero la verdad es que me casé enamorada.
En ese tiempo me gustó ese hombre, lo vi chulo, me cayó en
la sangre, le vi bueno y me decidí, no pensé que iba a sufrir
hasta cuando llegué a ese extremo.Ya llevamos juntos más de
cuarenta años, ahora tengo sesenta y dos, ya estoy por sesenta
y tres y él es nueve meses menor que yo. A veces me enojo con

él, pero luego me llega sentimiento o me preocupa, le tengo
lástima, así como dicen, sólo un cuerpo se formó y no se puede
tratar como un perro.

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Si es así no quiero que te vengas a quejar conmigo si te
hace algo, no quiero oír esas cosas porque vos tenés cara”.
Todo eso lo aguanté, nunca, nunca, decidí apartarme, ya me
lo había dicho mi mamá desde que me vio que me estaba
enamorando del muchacho: “eso pénsalo bien, ese muchacho
cómo chupa, ¿no miras qué hace pues? Y, ¡necia! Te vas a
casar”. Como ya teníaveintidós años, me casé y le dije: “Tal vez
lo va a dejar”, por eso me cae mal haber sido tan bruta, como
que uno no usa su cabeza para pensar, uno sólo se casa sin
saber qué viene adelante, si no tiene para comer o para ganar
sus cosas.

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El hijo menor.

Ya cuando estaba casada, pasé un año de enfermedad; me
fui dos veces al hospital de La Antigua para tener un bebé.
Yo había tenido dos abortos antes y por tener otro bebé me
vino la hinchazón. Mi marido se metió en deudas para curarme
y no pudimos pagar después, por eso en junio fuimos siete
semanas a hacer al corte algodón a la costa y como allá hay
mucho calor y sudé mucho, se bajó toda la hinchazón que
tenía por mis fracasos. Hasta el cuarto embarazo vivió el bebé,
pero nació desnutrido: me dieron purgante cuando estaba
esperando y el patojito nació chupado, sólo nueve meses
tardó y se murió. Tal vez perdí esos niños también porque mi
marido me pegaba y me maltrataba cuando chupaba; era puro
fuego atrás de uno cuando estaba bolo, pero cuando le decías
y estaba sano, decía que le disculparas porque él no había
sentido, así contestaba.
Uno siente dolor todo el tiempo, el hombre o la gente te dice
cuando perdés un bebé que no tenés nada adentro y da pena
cuando uno viene esperando otra vez, porque los niños son
los que sufren. Yo digo que puede ser por eso que hasta la
fecha nuestros hijos son muy nerviosos.

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historias de vida

Siete años viví con mis suegros porque mi marido era el chip7
y ellos eran ancianitos. Mi suegra era sorda y apenas hacía
sus cosas, mi suegro ya sólo dos años miró con sus ojos,
después quedó ciego, así que no se podían quedar solitos,
había que cuidarlos y ellos dijeron que nos quedáramos: “qué
hacemos, quién por nosotros”. Yo a ellos le serví, les hice atol,
les alcanzaba agua o les ponía en la taza cualquier cosa que
ellos querían; mi hija mayor los llevaba afuera o a la letrina,
era pequeña, pero ayudaba. En esa casa tuvimos sufrimientos,
son delicados los ancianos, ya no es lo que uno quiere sino
que ellos quieren una y otra cosa, por eso uno a veces se
arrepiente como nuera, piensa que no llegará a esa edad hasta
que uno siente también ese sufrimiento.Mi esposo dijo: “mejor
nos apartamos”, pero mi suegro nos dijo que no: “¿quién los va

a corretear a ustedes? Ninguno. Ustedes se quedan aquí hasta
que nos muramos”, por eso le aguantamos todo. Primero la
mujer se murió, después se murió él y nos quedamos solos. A
veces dicen que es mejor te cases con un mayor, ese aunque
no quiera se aparta, pero si te casas con un chip, tenés que
aguantar hasta que se entierra a los papás.

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Tenés que aguantar

Además, con los celos de mi esposo ya no le podía hablar
a nadie, ya no podía salir solita, él pensaba que salía e iba a
hablar con otro hombre pero no. Gracias a Dios en ese tiempo
yo también, por varias reuniones, me había valorizado, me
habían dado fuerza y se me quitó eso que sentía de que se
reían atrás de mí; poco a poco agarré el valor para defenderme
un poco de él también. Ya podía reclamar un poco las cosas
que no deberían ser así. Aunque me maltratara, yo al otro día le
decía que no servía hacer así, que por qué me había buscado
y por qué estaba en su casa, que por qué no miró que tengo

Cuando yo empecé y llegué la primera vez no dije nada, tenía
mucha vergüenza, no hablaba, decía “buenos días” a veces,
pero el que nos capacitó dijo que tan siquiera nuestro nombre
dijéramos o “buenos días”. Después hicimos una exposición
de tejido y nos enseñaron a hacer comida en un frasco hervido
para que no se descompusiera; lo presentamos en el campo y
poco a poco me fueron saliendo algunas palabras, y así seguí
sin pena. Las organizaciones de mujeres que estaban en ese
tiempo trabajaban con niños, después del terremoto de repente
un día dijeron que había explotación de los campesinos en las
fincas, que porqué no se reclamaba eso, que no trataban bien
a sus mozos. Cuando uno se iba a la costa era bien matado y
no había alimentación como debe ser, le daban a uno lo que
era sobra para ellos y sufríamos. Poquito a poquito salieron las
pláticas y se comenzó una organización para luchar en contra
del desprecio que le tienen al campesino; fue cuando los
compañeros organizaron la seguridad para luchar y nosotras
también participamos en las reuniones.Mi esposo participó
también; los que venían eran unos señores que juntaban a la
gente para platicar cómo se iba a hacer, pero primero vino la
violencia, porque el plan no salió bien, unas gentes se fueron
a la mierda y murieron, sólo los cuques se salvaron cuando
terminó todo, los compañeros no pudieron.
En todo este tiempo mi marido no ha podido dejar de chupar;
ya entró dos veces a alcohólicos anónimos pero saber por qué

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Era el 75 cuando murió mi suegra, un año antes había muerto
mi suegro y yo ya tenía tres hijas; un año después fue el
terremoto en el que se destruyó nuestra casa. Nos quedamos
de brazos cruzados porque hacía unos cinco o seis meses que
habíamos terminado de hacer una gran casa de adobe que
se fue hacia atrás y afuera también se cayeron dos casas. En
ese momento en que murieron las personas fue cuando tuve
el valor de irme a las reuniones, porque cuando murieron mis
suegros quedé triste. Sentía que había cosas que me hacían
falta pero una concuña me dijo: “vamos a la reunión con Lipa,
ahí dan alimento para niños, dan polenta, aceite o incaparina;
ahí no lloras más. Baña a los niños y vámonos, así olvidas
tu tristeza”. Antes no iba a ningún lado, por eso les digo a
mis nietos: “están bien en la escuela, ya tienen participación,
así me hubiera gustado ser a mí”, yo nunca participé, ni de
señorita ni cuando me casé, nada, hasta cuando murieron
ellos, poco a poco salí de la casa.

defectos y hasta ahora reclamaba. Ya sentía que le decía unas
palabras, no como primero, puro gato agachado adelante del
chucho; la otra cosa que me dio valor fueron mis hijos.

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historias de vida

Somos diferentes pero todos nos encontramos

Los soldados llegaron pidiendo a los maridos. Muchos
hombres habían ido a la costa en el tiempo del corte algodón,
pero ellos creían que no estaban en la comunidad porque
eran guerrilleros. Después, cuando supieron que se habían
ido a la costa, atajaban a los hombres en el camino y como
no les había tocado registro por no estar en la comunidad
cuando entraron más soldados, ya no les creían que iban a
la costa porque ya no había salida ni entrada en los caminos.
Algunos decían que éramos guerrilleros. Habíamos participado
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9

Salvado con el que se fabrica cerveza.
Bebida alcohólica que resulta de la fermentación de maíz en agua
azucarada.

Y a la mierda, otra vez al monte…
Ya cuando vino más la violencia, mi marido regresó porque
oyó que estaba delicado donde estábamos. Se acordó de
nosotros y volvió a ver cómo nos iba a defender. Vaya que pudo
entrar todavía, algunos ya no pudieron, sólo llamaron a sus
mujeres y ellas buscaron la manera de salir para encontrarse
con sus esposos. Nosotros pensábamos que si uno había
participado en las reuniones sabía por quién morir, en cambio

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Cuando comenzó la violencia, mi esposo se había ido a la
costa, había llevado al patojo que recibí en mi casa, chiquito
todavía, al corte de algodón.Yo me quedé con mis tres hijas Ni
cinco años habían pasado del terremoto ni había prosperado
nada cuando vino la violencia. En ese tiempo mi hermano
pequeño tenía como dice ocatorce años.

hombres y mujeres en las reuniones que hicieron los líderes
en ese tiempo, allí hablábamos de por qué dejábamos que
nos humillaran todo el tiempo; los líderes nos dijeron: “tienen
que despertar, tenemos que luchar, organizarnos para buscar
cómo vivir mejor, para dejar nuestros hijos a la luz”, así nos
dijeron, saber dónde iban a recibir pláticas para organizar a
la gente de la comunidad, tampoco sabemos por qué nos
dijeron esas cosas, pero fue lo que nos dio fuerza para que, en
los ochenta, cuando el ejército empezó a agarrar y a llevarse
también a los muchachos, media vez que estaban un poco
grandes, a reclutarlos para que prestaran servicio, entonces
como comunidad exigimos que ya no se los llevaran y que
entregaran a los que ya se habían ido, porque eso tiene que
ser voluntario. También fuimos a exigir los útiles de los niños
en la escuela. Si no fuera por esa lucha, no nos hubieran hecho
caso; ahí nos dimos cuenta de que somos diferentes pero
todos nos encontramos, es un exigir hasta hacer. Poco a poco
ya no agarraron, sólo había veces, el domingo, que agarraban
en el pueblo.

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historias de vida

no puede, no cumple con las reuniones y siente que como
que lo ofenden cuando alguien da su testimonio ahí y es igual
a lo que pasa él. Antes de la violencia lo acompañé a esas
reuniones y aguantó como tres años sin tomar; estuvimos
tranquilos así: uno se va al mercado, o sale de la casa, el
marido se va a trabajar y el corazón de uno siente que viene
tranquilo, sano, ya no se tiene miedo de hablarle. Pero por
la violencia como que se sembró más el guaro pues ya no
había con qué se defendiera la gente más que con guaro, de
ahí que mandaban afrecho8 a otro lado para que entre ellos lo
cocieran, o si no, era chicha9 lo que tomaban.

De todos modos el ejército mató a hombres y mujeres; la
primera vez que esto pasó fue cuando entró en febrero del 81:
encerró y mató hombres, los dejó tirados a la orilla del camino
y mandó un camión a juntar a los muertos. Esas personas
fueron las que se enterraron en Chibacalá. En ese mismo año
me agarraron del cuello del güipil y me violaron cuando fui con
mi mamá a Pachay. Me metieron en la casa de mi mamá, yo
había llevado al bebé, los otros tres se habían quedado con
su papá en la casa. Un tanto fue con mi mamá y otro tanto

beatriz

Por un tiempo con las mujeres no hubo tanto problema si
salían, pero si encontraban hombre era guerrillero, por eso
ellos se huyeron cuando oyeron que entraron los soldados.
Aunque estaban cerquita, en la loma a la par de donde vivimos,
las mujeres no nos animábamos a salir. ¿Qué hacíamos con
los hijos ahí? Ellos lloraban. ¿A dónde iba uno? Por eso
pensábamos: “mejor no voy a salir, si me matan, me matan
con mis hijos”, y como a los soldados les dio coraje que no
encontraron a ningún hombre, incluyeron a las mujeres y nos
tocó la violación sexual. Los líderes de la organización ya se
habían ido, eran la misma gente de la comunidad y se fueron
a vivir al pueblo porque los ejércitos sabían que estaban
organizados y los iban a ir a buscar primero.

fue en mi casa en Sacalá cuando no estaba mi marido: el 3
de mayo me agarraron a punta de arma y como uno quiere
vivir, no puede hacer nada, más que yo estaba embarazada de
siete meses y tenía a mi hija de tres años agarrada de la mano;
la cargué para que no me hicieran nada y le metí mi chiche
adentro, ella con miedo agarró su chiche y ya no mamaba,
pero no respetaron eso. Las grandecitas se dieron cuenta
cuando me violaron adentro de nuestra casa, estaban afuera
con mi concuño que ya era ancianito, urdiendo la tela para que
no nos hicieran nada; quemaron mi casa, tuve que huir a la
montaña y también se me murió mi bebé, abajo de un jocote
dejé enterrado a mi varón que nació muerto por culpa de la
violación y a la mierda, otra vez al monte.

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historias de vida

si uno no había participado, ni sabía por qué murió. Entonces,
como los hombres estaban organizados, en ese tiempo había
como defender; ya les habían aconsejado cómo hacer para
salir, les dieron seña, patrullaron también para mirar cuándo
los soldados entraban, para defender sus hijos, sus mujeres,
así hicieron en ese tiempo, había organización.

Uno como que ya no tenía su cuerpo,
como al aire estaba

Fue muy difícil lo que pasamos, no fue de voluntad, tuvimos
que dejarnos o si no nos disparaban, lo degollaban o lo
torturaban a uno; eso es lo que daba mucho miedo. En ese
tiempo dijeron que era mejor huir, uno se moría de una vez con
un disparo y no así, que lo agarraban vivo a uno y le hacían
como a los ejércitos les daba la gana porque no sentían lo que
hacían. Muchas veces así pasó:a los hombres les sacaron sus
ojos, sus lenguas, hasta hubo algunos a los que caparon. Por

beatriz

Regresé a Sacalá con pena, sentía que habían visto lo que me
había pasado. A muchas nos hicieron así, nos encerraron en
el camino de Chimaltenangoen un camión y ahí nos violaron,
aunque ellas no lo quieren descubrir. Una señora me contó que
encontró un convoy de ejército allá al plan, ellos vieron que era
de Sacalá, de las lomas, y la agarraron, la metieron en lona del
camión y a su hijo lo bajaron, la taparon con lona y la violaron.
Yo, por traer leña, también me encontré con eso. También
agarraron a un montón de patojitas, las llevaron a la iglesia, las
violaron y al padre lo agarraron a patadas; muchas murieron.

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historias de vida

Después de que pasó todo eso, nos quedamos parados como
las fotos; los animales, la casa, todo se nos terminó, se nos
arruinó la vida. Lo que me hicieron fue un abuso, ya no sentía
nada. Cuando se fueron, me puse a pensar: “¿qué me pasó?
¿Qué hice si tengo esposo? Como que viene un calor y me
agarra, se me ponen nublados mis ojos y como si fuera a
sudar, pienso que mejor me hubiera muerto.

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Después de la violencia hicieron reunión con la gente, pero a
mí nada me gustaba ver sus caras ahí. ¿Qué pensarían ellos
en ese tiempo cuando hicieron así? Yo les culpo por el color
de la ropa, ellos nos estaban haciendo como niños, a los que
un rato maltratas y otro rato los contemplas, decían que ellos
no eran los culpables, que fueron mandados.Pienso que de
todas formas les dieron mando de vigilar las aldeas, pero no
quería decir que cuando llegaran agarraran parejo a mujeres,
niños y hombres que no sabían o que no tenían que ver con
esos problemas; eso es lo que tiene en la mente la gente ahora
cuando saben que uno va ir a una manifestación o a reclamar
una cosa, la gente no quiere oír de eso porque a causa de
reclamar cosas es que vino la violencia, ahora que subieron los
precios, la gente no quiere reclamar, piensan que por decir que
todo subió van a venir las armas detrás de nosotros.

Corazón grande quieren
Después de la violencia, mi hermano buscó, se casó y con él
murió mi mamá hace como seis años. Cuando nos repartieron
un pedacito de tierra que ella consiguió, no dijimos: “no se va
a quedar ahí nuestro hermano”, o “a él no le toca porque igual
es nuestra mamá”. Lo sentimos puro nuestro hermano, con él
murió nuestra mamá, él la enterró, estuvo para arriba y para
abajo con eso; aunque nosotras queríamos mucho a nuestra
mamá no pudimos apoyarla, no teníamos dinero. Gracias a
Dios él encontró trabajo en una cooperativa y por años trabajó
ahí; mi mamá no sufrió, no le hizo falta gasto, medicina o
mantenimiento, él le daba medicinas y vitaminas para que bajara
un poco la enfermedad, por eso nosotras lo dejamos a él donde
fue la casa de mi papá.

beatriz

historias de vida

Se quedaba uno como desmayado cuando venían los ejércitos
y entraban en Varituc, entraban en Pachay, en Paquixic; venían
al cementerio y uno como que ya no tenía su cuerpo, como
al aire estaba uno, como que se le rajaba el pecho porque les
tenía miedo. Hasta la fecha a mí no me gusta ver a los hombres
verdes que pasan por ahí, por lo que hicieron.

Algunos dicen también:“fue culpa de los líderes que hablaron,
por eso es que vino la violencia y se murieron nuestros
esposos”. Yo creo, pues, que tal vez hicieron ellos una cosa
buena pero les salió mal, no lo sabía todo el pueblo, toda la
gente no sabía qué era lo que pasaba, por eso los culpan.
Yo digo que no llevaron bien ese tiempo porque solitos no
eran muchos, se enfrentaron y no pudieron. No querían que
nos organizáramos para tener fuerza, por eso mataron a los
indígenas; los indígenas tienen cabeza propia, no sólo los que
están sentados en las oficinas; los indígenas, saben, piensan.
Lo que pasó es que se sentaron muy temprano, por eso no
pudieron. La plática que dieron era de verdad, es cierto que
vino la discriminación, pero ellos eran poquitos.

27

eso, para que no le pasara a uno, no decía nada, en ese rato
ya no sentía ni les miraba sus caras; peor los que llegaron y me
violaron, esos traían gorra negra, no se veía si eran muchachos
o conocidos. ¿Cómo puede salir uno si no hay a dónde ir? Ese
día sólo esperaba el momento de morir, no pude pensar dónde
estaban mis hijos, qué hora era o dónde estaba mi esposo.

Antes mi esposo participaba como directivo espiritual de la
Iglesia y era miembro del Comité de la Iglesia, al que antes le
decían Comité de Desarrollo, pero como ya no puede oír, no
va. Yo seguí participando y la vez pasada, junto con otras tres
mujeres, nos quedamos en COCODE, pero las mujeres que
tienen niños son un lío. El encargado llegó ahí a organizar a la
gente a cada paraje, la comunidad tiene cuatro parajes y tienen
que existir cuatro directivos de la aldea, así se organizó; algunos
se comprometieron y no cumplieron, pero yo sí estoy yendo a la
iglesia y a la reunión, que empieza hasta las ocho de la noche,
va saliendo uno a las diez, diez y media de la noche.
Yo luché casi nueve meses con ellos en el COCODE de
Patzún, pero como sólo llegaban uno o dos de cada paraje y
la gente no apoyaba, no aportaba, el mero cabecilla se enojó
y se alejó. Se buscó su relevo, se reorganizó el COCODE y
quedaron cinco de cada paraje. Ahí me zafé, era la única mujer
y no tenía capacidad de pasear de noche: hay frío y cuando
llueve ya no es normal que salga uno debajo del agua. Mejor

beatriz

En mi familia pensábamos cómo le íbamos a hacer para
levantarnos de nuevo. Si mi esposo se quedó sin azadón, sin
machete, sin tierra, sin siquiera un poquito de maíz, ¿con qué
íbamos a levantar otra vez? Empezamos a hacer trámites
en empresas, cancelamos en un lado, tocamos en otro para
comprar abono y que mi marido recuperara su material;
ganaba poquito: 30 quetzales, 25 quetzales, un día tenía
trabajo, un día no. Qué le iba a alcanzar para dar estudio a sus
hijos, para su gasto, para comprar maíz y ropa, por eso es que
pensó en darles sus estudios sólo para comenzar cuando eran
pequeños. Así fue con mis tres hijas. Una me dijo: “yo ya no voy
en la escuela, mejor me voy con usted a Comalapa a vender

cosas”; mi otra hija dijo: “es mejor que me vaya a trabajar
porque si no, no comemos nada, mejor ya no estudiamos”; y
la otra dijo: “mejor voy a tejer para ganar mi pisto, yo no voy a
la escuela”. La verdad es que a ninguna de las patojas le di sus
estudios pero con mi muchacho sí luché y así a la pura fuerza
lo metimos hasta que salió de sexto; en básicos tuvimos que
pagar cuarto porque se vino a vivir al pueblo: pagábamos la
luz del instituto y mes con mes pagábamos cinco quetzales
de estudio, dábamos dinero para el aniversario del 15 de
septiembre y él quería sus cosas.

29

historias de vida
28

Mi esposo también se quedó enfermo por la violencia: se le
olvida lo que uno le ha dicho y al rato te pregunta otra vez
o dice que no has dicho nada; saber cómo está su cabeza,
ya no está normal, a ratos está muy aburrido o se alteran
mucho sus nervios, le duelen los pulmones, a veces le caen
bien las cosas que come y a veces no. Lo que pasa es que el
alcohol nunca lo deja, sólo con eso se contenta, dice que está
triste y desesperado, su oído está muerto pues en la guerra le
explotó el tímpano, y también dice: “ustedes ya no me toman
en cuenta a mí… como que ya no sirvo, sólo platican entre
ustedes, en cambio yo, aunque esté ahí, no oigo nada. Para
qué me sirve estar ahí”. Entonces le digo yo que está enfermo
y que todavía toma, que se está matando. Le hicimos que
comprara a la fuerza un aparato que ya ni funciona de tantos
somatones por andar bolo y no hace caso. Dice: “yo por eso
mejor voy a chupar, a ver dónde me quedo muerto. Ya se sabe
eso, yo ya no sirvo”, entonces no se puede hacer nada.

Yo soy católica y pienso que uno tiene que hacer servicio, hay
sacrificios que se tienen que hacer para sentir que en verdad
está haciendo un buen trabajo, si uno sólo se va a sentar o no
cumplís con tu deber, por gusto te fuiste. Por eso es que en la
iglesia de la aldea hice un año mi servicio; lo que hacía es que
un día temprano, a las cinco de la mañana, me iba a Paquixic
a traer mis flores y al otro día, a las cinco de la mañana, me
iba a cambiar flores y a hacer la limpieza en la iglesia. Ese año
estuve bien, cuando me salí, me enfermé, y uno cuando se
queda en su casa, piensa y siente que no aguanta, que no
puede; cuando está bien, hasta logra un centavo por ahí y no
siente su enfermedad; por eso cuando pasamos por el camino
y miramos que hay plática y que la gente está amontonada,
nos metemos aunque lleguemos tarde a la casa.
10

Zapatos.

beatriz

Así, poco a poco hemos hecho y también hemos participado
en FOGUAVI. La casa en la que vivimos ahora ya es nuestra;
aunque no es tan fácil que la gente acepte que uno entre en
comité y hablan mucho, corazón grande quieren, si uno tiene
un corazón pequeñito, te morís con cólera, ahí uno aguanta
lo peor que te tira la gente. Yo pienso que de todas formas
uno tiene que participar. Estuve cuando hicieron la primera
exhumación, cuando las viudas pusieron la denuncia, porque
aunque no fuera viuda, a todos nos afectó, se quemó mi casa,
se me murió un mi bebé y fui violada también. En ese tiempo,
cuando vino la licenciada a hacer entrevista, no pude denunciar
la violación, pensaba que no era normal. Tanto que se oye
que tienen papel las mujeres, pero a uno eso le nace de su
corazón, de su pensamiento, no tener miedo a pedir justicia,
porque eso implica que usted tenga que hablar recio y lo recio
quiere decir que su familia, su esposo lo sepa. Qué modo, si yo
nunca se lo he dicho a él, si le digo, dios me guarde.

En esa exhumación, sacaron a los de Chibacalá; los familiares
los conocieron por sus ropas, por sus caites10: había unos que
llevaban sus espejitos todavía, unos llevaban sus fichitas en
la bolsa de la camisa, había un muchacho que se cayó en el
terremoto y en el hospital le pusieron un hierro y así lo reconoció
su esposa. De ahí los llevaron a Guatemala por meses; cuando
vinieron ya hasta con cajita estaban y los vinieron a dejar ahí
al cementerio. En una tumba grande se quedaron todos, les
hicieron un monumento con una leyenda con la historia de lo
que pasó y ahora, para cuando es día de los santos, viene
toda la familia; se mantienen atrás de esa tumba, todas las
mujeres y las mamás vienen a visitar, encienden sus candelas
y traen flores.

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30

historias de vida

organicé para pedir la reparación del camino en COVIAL.
Metimos solicitud, la aprobaron y fueron poniendo kilómetro
por kilómetro y limpiando el camino para el agua; ahí hay una
zanjita que yo abrí a un lado del caminito, desde el terremoto
había un derrumbe que llenó ese plan y mucha gente se quedó
enterrada ahí, por eso la tierra,como es arenosa, se abre con
el agua, con tanta lluvia se lleva la tierra y tapa la carretera,
por eso fue necesario comenzar un trabajo con perchadas de
piedra y malla adentro, tablón por tablón. Se unieron Paquixic
y Sacalá para que hubiera fuerzas e ir juntos a la reunión a San
Martín y Comalapa.

Así como estoy ahora, voy al mercado y vengo o quiero
hacer eso, no digo nada a nadie y las mujeres no hablan de
mí en la comunidad, pero prefiero no tener amigas, no quiero
problemas. Antes mis vecinos eran malos, regañaban por un
pollo o por cualquier cosa, pero entraron en la renovación, ahora
son buenos y yo tampoco los molesto, cuando los encuentro
les digo adiós. Voy con mis compañeros a la reunión de la
renovación; ahí no hay enemigos, nos dicen que todos tenemos

Nunca los dejo solos
Ahora mis hijas no participan, no les parece y no hay tiempo.
Como tienen sus hijos, me dicen: “como vos ya no tenés nenes,
entonces tenés tiempo”. La patoja que está conmigo me dice:
“como a vos te gusta mucho salir, vete”, y el varón me decía:
“si vos, mamá, te sentís que podés, entonces vete. Ahora, si
ya no, no te vayas, es peligroso con los carros o con cualquier
cosa que pasa en el camino. Como vas solita y no hay quien se
vaya contigo, nosotros no nos responsabilizamos”. Ya cuando
estuvo un poco grande, se juntó y tuvo tres bebés; hasta ese
momento me dijo que sintió lo que me hicieron en la violencia.
Cuando estaba soltero no se animaba a preguntarme aunque
lo vio, así como cuando me pasó con mi mamá y ella también
lo vio, él me dijo: “sí mamá, yo me asusté cuando miré que te
tiraron al suelo”.
Ese hijo mío se fue a los Estados Unidos. Es muy difícil, aunque
no soy su mamá, pero lo siento como si fuera puro mío y él
igual a mí; él está triste pero no nos va a abandonar, se sacrifica
por sus nenas. Se fue a trabajar allá para ganar más; a veces
llama por teléfono, un día habla con una y hasta los días habla

beatriz

Yo he sembrado plantas, estudié con plantas medicinales un
tiempo, y conmigo llega gente, mi familia y vecinos a pedir. Yo
les pregunto para qué lo quieren y ellos me dicen, entonces les
digo: “esto es para eso”, o les doy otra clase de lo que yo sé;
esa capacitación la recibí hace unos diez años en CONAVIGUA,
cuando llegó Menchú a Chimaltenango y también en una
asociación, APROSA. Me apunté con un grupo de viudas porque
tengo mi huerto; participé unos días ahí con las comadronas y
todo. Cultivo esas hierbas mata por mata, las siembro, no las
compro; me curo, curo a la gente y hago remedios.

necesidades, ninguno está por gusto, así como siento yo que
hay cosas que me hacen falta, así sienten ellos también. Con mis
hermanos todavía hablo por teléfono o cuando nos encontramos
en el mercado, pero sólo les cuento a mis hijos cuando tengo
problemas, ellos me preguntan cómo están las cosas, no habló
con las demás personas porque me da vergüenza.

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historias de vida

Igual en esta organización. Con ustedes empecé a participar
porque conozco a doña Pascuala y nos llevamos bien
desde que estábamos en la directiva para solicitar las casas.
Estuvimos dando vueltas en el camino juntas, salió la plática y
me dijo: “apúntate ahí en esa reunión, talvez haya una cosa o
una plática que te van a dar para que te olvides de eso de la
violación, así están diciendo”. De ahí una vez se fue ella delante
de mí a la reunión, me dijo: “ahora te vas sola porque yo no voy.
Yo soy una líder, sólo te fui entregar”, y de repente encontró ella
a la Germana, a la que también así le había pasado.

A mi primera hija la pidieron y se casó, vive con su marido.Agarró
el tejido y se ha metido a trabajar haciendo las refacciones de
los niños en la escuela; el marido gana también sus centavos,
así poco a poco se compraron un pedazo de terreno. Ese
marido de mi hija es bueno, su mamá es mudita y él fue un niño
sin papá porque engañaron a su mamá. Mi hija y su esposo
trabajan juntos, se van a limpiar milpa o mi terreno; lo difícil es
que ya tienen nueve niños y no pueden darles estudio. Uno de
sus hijos está conmigo y es responsable, está estudiando en
básicos. Poco a poco la hija que vive conmigo y yo, pudimos
darle estudio hasta que tuvo su título de maestro.

Con mis hijas he sufrido también. Ellas son tres, una está
conmigo y dos ya se casaron; una sufrió hasta que se decidió a
apartarse del hombre, que le pegaba por consejo de su mamá,
y cuando empezó el pleito la mamá le pegó también, le rompió
todo el güipil; mi hija es chaparrita y su suegra cree que su hijo
merece otra. La mantenía encerrada y no quería que contara el
sufrimiento que estaba pasando.Cuando uno es recién casada,
no piensa que va asufrir tanto, pero media vez que se casó,
tiene que usar la cabeza para que salgan bien las cosas, aunque
sea delicado, si no, toda la vida hay líos adentro.

La otra hija, que está conmigo, está sola. Tiene treinta y dos
años, no es como sus hermanos que uno se fue de dieciséis
años, otro de diecisiete y de veinte la que más. ¿Por qué no se
fue? Sólo ella lo sabe, ninguna vez oí que tuviera novio, sólo
una de sus hermanas le ha visto a un novio, aunque solamente
se hablaron un día porque ella no se animaba a salir, no tiene
curiosidad de buscar marido, ni quiere venir al pueblo.
Ella ha tenido toda la vida una enfermedad de dolor de cabeza
y algunos hermanos me dicen que eso es porque es pecado
que no se casó, que por eso se muere uno, pero yo no lo creo.

beatriz

Yo llego con mis hijas, ellas vienen a verme o voy a verlas.
Cundo tienen hijos, así como mi mamá nunca me dejó sola con
mis hijos, que fueron once, y siempre llegaba aunque estuviera
lejos, lo mismo les digo yo a mis hijas: “cuando sientan algo de
molestias, díganme, no cuando ya se estén muriendo”. Yo les
hago la primera lavada, después me vengo a la casa.

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historias de vida
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con otra, por eso se han enfermado, están acostumbradas a él.
Cuando él estaba aquí, su suegro le prestó una moto y trabajó
en una carpintería en la aldea; cuando se fue dejó a mi nuera
conmigo, ella se fue un mes a acompañar a su hermana a la que
habían operado, pero es normal que las nueras vivan con uno,
así se usa. Puede ser que ella sea muy dejada, no le gusta cómo
hacemos las cosas en la casa o a nosotros no nos gusta lo que
hace ella, pero la aguantamos porque es una persona que llegó
a nuestra casa y no puedo empezar a maltratarla, es como mi
hija. Igual le dije a mi hijo: “te tenés que conformar. Tenías los
ojos abiertos cuando la enamoraste, nadie te la ofreció para que
le hagas cosas ahora, no es como haces a tu hermana que vos
cuando te enojas tiras palabras y ella aguanta, una mujer no
aguanta”. Pero la verdad es que cuando él se fue, yo me enojé
un poco con ella; como toda la familia de ella se ha ido a los
Estados, le dije: “¿por qué lo dejo que se fuera? Ustedes tienen
amor del pisto. ¿Acaso no recuerdan a sus nenas?”. Eso le dije
porque no quería que se fuera.

beatriz

Yo trato de hablar y de consolar a mi hija y ella se enoja; por
eso lo que hago yo es platicarle a mi nieto, el hijo de mi otra
hija que vive con nosotros; cuando se va a trabajar conmigo
le digo que su tía es como su mamá, ella lo mantuvo, hizo el
gasto de los estudios y por eso es que hay que aprender a
trabajar, a sembrar la milpa: “así no aguantas hambre. No hay
que tener pereza como algunas personas, hay que aprender
a hacer de todo para ganar pisto, aunque sea 20 quetzales,
25 y aprender a no malgastarlo. Si uno aprende no agarra de
engañar o robar, eso no sirve. No permita dios que vos hagas
eso y si te portas bien, vas a cuidar a tu tía, el terreno de ella te
queda a vos y tenés que hacerle bien porque ella sufrió. Desde
que tenías un año y medio te veniste con ella, es tu mamá,
te cambió, te limpió, te bañó, eso hay que pensar. Vos estas
creciendo y ella se ha ido para atrás”.

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historias de vida

Una vez la traje con un promotor de salud aquí enfrente del
Calvario para que viera por qué tenía dolor de cabeza y de ojo;
ese señor la examinó toda ahí enfrente de mí, pero se me hace
que había tomado y le dijo: “usted no ha encontrado marido,
por eso se hace así su cabeza”, y después me dijo a mí: “su
hija quiere hombre, por eso le aparece esa enfermedad. ¡Pedí
favor a un viudo!”. ¡Ay! Hasta la fecha eso no se le sale de su
cabeza a mi hija, ella dice: “¡Mejor me muero y no voy a pedir
remedio y a que me digan esas palabras! Ese señor me da
asco”, por eso ahora ya ni con la enfermera quiere ir y no pide
remedio cuando le duele alguna cosa. Pienso que cuando yo
me muera dónde se quedará, quién por ella. Aunque ya tiene
su pedazo, ya tiene su cafetal, pero está solita.

Una vez conté lo que me pasó en mi confesión con el sacerdote y
él me dijo: “no es grave el pecado por que no fue con tu voluntad,
sino forzosamente”. Después de que me dijo eso yo saqué un
poquito mi dolor, pero eso yo solita lo sabía.

Lo que me pasó en la violencia siempre está presente, es
como una carga pesada que te enferma, se va por momentos
pero regresa, ahí necio se mantiene. A veces no aguanto de
sacar esas cosas, siento como que tengo una chibola11 en mi
garganta que no pasa ni para abajo ni para arriba y comienzo a
llorar. Pienso que eso se va dormir hasta cuando yo me duerma
también, hasta ese momento ya no voy a sentir nada.
Cuando empecé a participar en esta organización, sí me salió
un poco el dolor con las cosas que dije. En el grupo me doy
cuenta de que otras también hablan y no soy sólo yo, no sólo
yo tengo ese valor o ese sufrimiento y vergüenza. Por eso no
quiero dejar esas pláticas.
San Martín Jilotepeque, 2006
11

Bulto.

beatriz

Como yo ya soy viejita, mis hijos me cuidan. Pienso que ellos
ya saben ahora lo que me pasó en ese tiempo, pero no me
platican nada de eso, no me dicen: “¿por qué te hicieron
así?” o, “¿sí le has dicho a papá?”. De todas maneras yo
prefiero seguir como si fuera secreto; los hombres sanos
te pueden decir que te escuchan y que te perdonan, pero
con alcohol ya no hay perdón del hombre, te desprecia, te
regañan. ¡Ay, dios! Te matan. Aunque yo he llevado luchas
en mi comunidad, todavía le tengo miedo a mi esposo y no
le puedo decir lo que viví. Él es alcohólico y sin saber lo que
me pasó ya me pega, pero yo nunca jamás levanto mi mano
detrás de él, contesto un poco con palabras a veces, pero lo
que hago siempre es que mejor me huyo, me retiro para que
no haya guerra adentro. Tal vez por el maltrato es que a veces
sueño que me caso con otro hombre, estoy bien arreglada y
ahí está mi papá; o que estoy desnuda y no puedo amarrar mi
corte. Hay gente que me dice: “cuando soñás que te casas
otra vez, te quedas viuda”, pero gracias al Señor él está vivo
todavía. Yo pienso a veces que la gente que se queda viuda
se va pronto con otro hombre, pero yo, si hubiera enviudado,
pienso que no me hubiera ido con otro hombre, ya mis hijos
son grandes y es una vergüenza hacer eso.

Ahora hay pláticas y grupos de mujeres en las que se oye
que somos iguales, que tenemos derechos, que hay que
reclamarlos; hasta en el mismo hogar el esposo no respeta la
dignidad de la mujer. Pienso que no se va a encontrar justicia
porque los hombres de eso no escuchan nada, son pocos los
que participan, que de verdad le tienen cariño y atienden a la
mujer y a las hijas; la mayoría de hombres hacen lo que ellos
piensan, dicen: “yo soy hombre, soy yo el que manda”. Sé que
a las que les pasa ahora la violación sienten como yo sentí: uno
ya no tiene ganas de trabajar, ya no desea nada, las cosas ya
no tienen sabor. Y sé que las mujeres podemos hacer el mismo
trabajo que los hombres y los hombres el de la mujer, por eso
tenemos igual valor, eso sólo lo aprendemos por medio de las
pláticas y la participación, así uno despierta su mente.

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historias de vida

Me doy cuenta que no soy sólo yo

En 2005, Beatriz se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.
En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.

1.

2.

Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
re-construcción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos
que lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y
Olga Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios
públicos. Ver en particular las memorias del Festival por la
memoria de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy
Viva”; y de Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo
de la libertad”.

Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

beatriz

Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.

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historias de vida

Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.

historias de vida

carmela

2

3

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora angélica lópez
traductora anastasia velásquez
transcriptora anastasia velásquez
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

la justicia para mí es hablar
carmela

carmela

De mi vida de niña
recuerdo que jugaba
junto con otros niños
en el campo o donde
estaba la casa; ahí había
bastantes patojos hijos
de mis tíos y de otro
señor. Cuando éramos
chiquitos no nos ponían
a hacer trabajo pesado,
sólo jugábamos y no nos
importaba nada.
5

Una niña muda

Varias veces mi mamá me pegó porque yo no cuidaba bien a
los animales y algunos se quedaban abajo del monte cuando
me iba a pastorear, los buscaba y no los encontraba, entonces
mejor me venía. Otras veces los animales no estaban porque yo
no podía contarlos, entonces cuando llegaba a la casa hacían
falta, mi mamá me pegaba y yo tenía que regresar a buscarlos,
eran cuatro las vacas a mi responsabilidad. Así me pegaba duro
con varejón en las piernas, también a mis otras hermanas les
pegaba; en cambio mi papá sí me regañaba bastante pero
nunca me pegó.
1 Temascal. Baño de vapor.

Mi hermana cumplió catorce años y se fue con su marido.
Ella estudiaba fuera de la aldea en Colotenango, se metió con
un hombre y resultó embarazada, no terminó la escuela ni
aprendió a hablar español. Entonces mi papá dijo: “¿Así van a
hacer ustedes? ¿Acaso van a ir a estudiar? Sólo se van a juntar
con los hombres, saber a dónde se van a ir a meter con ellos.
No les pusimos a trabajar, cuando fueron creciendo estuvieron
en la casa y todavía se van rápido con sus esposos”. Así fue
que me pusieron mucho trabajo.
Hubo un tiempo en que mis papás se fueron a la costa y yo
me quedé en la casa con mi abuelita a cuidar los animales.
Después me llevó mi papá, sólo a mí, allá por Cuatro Caminos y
a Santa Ana Huista, a hacer la comida de seis mozos mientras
él sembraba. Nunca aprendí a limpiar con azadón y tampoco
me gustaba hacer ese trabajo, mi responsabilidad era cocinar
y apenas podía sacar el nixtamal del molino porque era muy
alto. Todos los días nos íbamos a las siete u ocho, y a la misma
hora en la tarde volvíamos.
Trabajé mucho en mi casa, como no había quien ayudara
porque mis otros hermanos estaban chiquitos, hacía la
comida, la limpieza, lavaba la ropa chiquita, la mía y la de mis

carmela

Recuerdo que mi papá no me puso a estudiar, yo quería ir
pero no me mandaron, mi papá mandó a mi hermana más
grande y a mí me dijo: “Usted niña, no va a poder estudiar
porque es una niña muda, sólo va a ir a pastorear“, entonces
yo sentí que no podía hablar, sólo hablaba mam, porque
nosotros no aprendimos a hablar en español cuando éramos
chiquitos. Mi papá le dijo a mi hermana: “usted sí va a ser
maestra, va estudiar”.

Cuando crecimos otro poco, a mí me pusieron a trabajar y a
mi hermana mayor no. Como ella iba a la escuela, le lavaban la
ropa y le hacían la comida, sólo a mí me jodieron en el trabajo:
me iba a hacer comida a los mozos y mi mamá me levantaba
a las cuatro de la mañana para tortear y sacar el nixtamal en el
molino, porque antes no había motor.

7

6

historias de vida

La costumbre en las aldeas es que cuando una niña crece, como
de cinco o seis años, ya puede cuidar a sus hermanitos, entonces
yo lo hice, cuidaba a mis hermanitos aunque soy la segunda
hija; mi mamá se quedaba haciendo la limpieza de la casa.
Siempre nos bañábamos en el chuj1, salíamos a jugar al campo y
cuando ya era hora de almuerzo mi mamá nos llamaba, cuando
llegábamos ya estaba lista la tortilla. Después, cuando llegué a
los diez años, me mandaron a pastorear carneros y tenía que salir
desde las ocho de la mañana; a veces se iban otros compañeros
conmigo, éramos tres y aprovechábamos para jugar.

En total somos ocho hermanos, una más grande, yo soy la
segunda, el tercero es un varón que es alcalde ahora, de ahí
dos mujeres y otros tres varones; de todos los hijos somos dos
a las que no nos pusieron a estudiar porque somos mujeres,
por eso es que mi hermana pequeña tampoco sabe hablar
español. Ahora, a los hombres y a mi hermana Cristina sí los
mandaron a la escuela y no tuvieron que trabajar duro, como a
mi hermana mayor, les lavaron sus ropas y cuando terminaban
sus clases, ya estaban listas sus tortillas.

El nombre de mi abuelita era Andrea, era la mamá de mi papá.
A veces nos encontrábamos pastoreando y platicábamos;
también cuando venía a Colotenango andábamos siempre
juntas. Ella me contaba muchas cosas de cuando se casó
y de cómo hablaba con mi abuelito, porque él murió antes
que se casaran mis papás y yo ya no lo conocí. Me dijo que
para juntarse la costumbre era que viniera a pedir el papá
del hombre al papá de la muchacha, la venía a comprar, se
tomaban aguas por ella, después directo se iban a casar en
lo civil o en la iglesia y de ahí ya se iban a quedar a la casa del
hombre. Contó que así entraron a pedir a mi mamá, pero lo
que no sé es si mis papás se querían o si sólo los juntaron.

Cuando crecimos, aunque nuestra comida estuviera hecha con
hierba o chile, siempre tuvimos que comer, no sufrimos hambre,
no puedo mentir. Lo que sí es que no teníamos ropa, mi mamá
cortaba un pedazo de sábana para ponernos. Mi abuelita era la
que me ayudaba a conseguir ropa de gente más grande o me
compraba aunque fuera el corte más viejo, cuando salía a otras
aldeas; tampoco usábamos zapatos y cuando ya estábamos
grandes, no nos dieron ropa ni nos compraron hilo para hacer
un güipil o un corte.
Mi mamá nunca me enseñó a tejer y ella sí sabía; ahora yo
no sé tejer bien, hasta como de quince años aprendí viendo
cuando llegábamos a la casa de alguna señora que tejía.Otra
cosa que hacíamos es que, como mi mamá no trabajaba,
con una de mis hermanas iba a comprar a Chimaltenango un
poco de güisquil2, y bajábamos a venderlo en el pueblo de
2 Chayote.

carmela

Colotenango; comprábamos el güisquil a dos por cinco y lo
vendíamos a cinco centavos cada uno para conseguir nuestra
ropa, pero nos costaba mucho.

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historias de vida
8

hermanitos y mamá lavaba la ropa grande. No tengo enojo con
mi hermana por eso, lo que me duele es la decisión de mis
papás, no sirve como hizo mi papá.

10

A los quince años me quise ir para un convento con las
religiosas en Ixtahuacán. Le conté a mi mamá y ella me dijo:
“no, usted nunca va aprender”. “Yo me voy”, le dije, y salí.Pero
vino otra señora y me preguntó: “¿dónde vas?”. “Me voy a
un convento”, le respondí. “No”, dijo ella, “¿acaso a usted la
van a recibir si usted es gente grande, ya es vieja? Además,
cuando uno va a entrar ahí tiene que pasar un examen para ver
si todavía no ha estado con un hombre”. Cuando yo escuché
eso, me puse a pensar: “¿a dónde más voy a ir, acaso hay
algún lugar? No hay, no puedo hablar en español, no puedo
decir qué quiero y nadie puede ir conmigo para preguntar”.
Un muchacho de Ixtahuacán, que era maestro, me empezó a
hablar y saber si me quería para su mujer; yo la verdad no tenía

Los del monte
En ese mismo tiempo, como en el ochenta, fue que empezó
la guerra y por mi casa pasó gente. Los del monte estuvieron
con nosotros, les hicimos su comida, fuimos a dejarla en el
monte y ni ahí con ellos vi a alguien, ni tuve deseos de buscar
marido, lo que sí pensé fue: “¿será que me voy a quedar así,
sin aprender nada? ¿Por qué no me dejan aprender?”, y quería
salir, irme con los guerrilleros que pasaban a la casa porque
decían que ahí con la guerrilla uno aprendía español. Entonces
mi mamá dijo otra vez: “¡no te vas! ¿Acaso vas aprender a

carmela

historias de vida

Cuando se murió mi abuelita Andrea, yo lloré mucho. A la
mamá de mi mamá también la conocí, pero ella vivía hasta
allá en una aldea como a tres horas del centro de Ixtahuacán
y nunca fui allá.

ganas de estar con un hombre. Ya tenía como seis meses que
me hablaba cuando un domingo me encontré a un mi primo
en el camino y nos pusimos a platicar, así de bromas, pero
como la gente no puede ver que está uno con alguien porque
ya empieza a decir que tienen algo, o que ya se va con él, una
señora que nos vio se fue a decirle a mi mamá: “tal vez usted
no le pega o no regaña a su hija, que ahí se va a hablar en el
camino con los hombres. Tal vez ustedes no le dan consejos”,
y cuando yo llegué a la casa mi mamá empezó a regañarme,
me gritó: “¿en dónde andabas? ¡Si estás platicando con ese
hombre mejor ándate, ándate atrás de él de una vez!”. Ya eran
como las cuatro de la tarde y me seguía gritando. “¡Ya no quiero
que estés aquí, mejor ándate!”, me decía. Desde ese día no sé
qué pasó con el otro muchacho, ya no hablamos y como me
mandaron a la finca, él se quedó. Así es la gente, habla mal y
la verdad es que yo no hice eso, yo no me enamoré o pensé
en alguien para mi marido ni nada.

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En la casa había siempre problemas porque mi mamá era de
Ixtahuacán y mi papá se iba trabajar a Colotenango, regresaba
a la casa los sábados y se volvía a ir el lunes, por eso la gente
comenzó a decir que estaba con otra señora; las personas
llegaban con mi mamá a contarle cosas como: “esa mujer
se fue con tu esposo”, por eso es que mi mamá se enojaba
mucho. Todavía ahora llegan a decirle que mi papá anda con
una señora de Colotenango y que ya tiene una hija con ella,
que se parece a mí, que esa hija se fue a los Estados Unidos y
que tiene otra mujer en Ixtahuacán.

Cuando llegaron la primera vez los soldados, yo estaba en la
casa de una de mis tías y llevaba a mi hermanita.Mi mamá
me había dicho: “ándate con tu tía”, y yo me fui, no sabía que
iban a llegar los soldados. Íbamos entrando cuando llegaron
los soldados, eran bastantes, vestidos de civiles y empezaron
a preguntarle: “¿dónde está tu esposo? Ya se fue con los
guerrilleros. Ustedes ya saben que son guerrilleros y tal vez
ustedes también”. Eso le dijeron a mi tía y a mi abuelito y mi
tía no contestó en español sino en mam. Luego unos cuantos

Como nosotros estábamos en la casa de mi tía, nos agarraron,
nos llevaron adentro y nos encerraron juntos a mi tía, a mi
abuelita, a mis primos y a mí, todos amontonados mientras
que ellos estaban afuera. Nosotros no pensábamos en ese
momento que nos iban a dejar libres sino que iban a poner un
puro dentro de la casa o alrededor, pero lo que hicieron fue
que sólo nos dejaron ahí encerrados y se fueron.
Cuando vio esto un señor nos vino a sacar y yo salí corriendo
con mi hermanita para llegar a mi casa. En ese momento
llegó mi papá a esconderse y me pegué atrás de él. Él me
regaño y me dijo: “¿Por qué te vienes conmigo? Quédate con
la que te cagó”, y se salió otra vez. Esas palabras todavía me
duelen y me llegan al corazón.
Cuando llegué a la casa, le conté a mi mamá lo que me había
dicho mi papá y le dije: “mamá, vamos porque van a venir los
soldados. ¡Vamos, nos van a matar!”. “No”, dijo mi mamá, “yo

carmela

Me quedé trabajando en la casa y a veces me iba a ayudar a
mi papá a traer leña. Ya no me mandaron a pastorear pues yo
ya era grande y como ya estaban los soldados en las aldeas,
no podíamos a salir. Mi hermana grande, que se había juntado,
salió por los problemas. Ya no se podía bajar a la aldea, en ese
tiempo la gente decía que cuando uno estaba caminando, en
el camino lo agarraban diciendo que era guerrillero, entonces
ya no salíamos para nada. En ese tiempo llamaron a mi papá
a la zona militar de Ixtahuacán, pero un señor llegó a decirle:
“mejor no vayas porque te tienen de primero en la lista de los
que acusan de guerrilleros”. Otro señor sí se fue y lo mataron.

soldados entraron a la casa preguntando: “¿dónde están los
guerrilleros?” y otros se fueron abajo del monte. El que estaba
mandando a los soldados dijo que el señor que llevaban con
ellos ahí había señalado la casa de mi tía y que sí era cierto,
que ellos ya sabían quiénes eran los guerrilleros. Ese señor
que iba con los soldados era de Ixtahuacán y lo que pasó es
que no tuvo miedo de bajar a la aldea; se fue por el camino
junto con otros dos hombres y dos mujeres y los soldados los
agarraron delante de San Pedro Necta; cuando lo llevaron de
vuelta a la comunidad le preguntaban dónde o quién era el
responsable de la aldea y él iba señalando casas.

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historias de vida

hablar el español? Nunca vas a aprender. ¿Acaso sabes hablar
en castellano? Ni una palabra sabes, estás totalmente muda”.
Qué iba a hacer entonces, me quede ahí de una vez, no había
lugar a donde pudiera ir. Recuerdo que cuando mi papá
llevabaa la casa a una persona de los que hablan español, yo
me escondía. No podía contestar y sentía que no podía nada,
hasta que se iban ellos regresaba a la casa. Pensaba: “¿qué
voy a hacer? ¡No puedo, no puedo!”.

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Ese mismo día, en la mera tarde, mi mamá se enfermó y ya
se iba a morir. Se quedó tirada en el suelo con lo del susto
que le dio, y yo solita con mis hermanitos pequeños todavía,
sin nadie que ayudara a mi mamá, que estaba gritando. Fui a
llamar a una señora para que viniera a curarla. No sé si tenía
miedo o qué le pasó, si fue porque llegaron los soldados,
quemaron casas y robaron gallinas o porque una señora nos
fue a decir que mi papá estaba escondido con doña María,
una señora a la que ya se le había muerto su marido. Mi papá
tenía miedo de los soldados porque era cierto que el señor al
que agarraron sabía dónde estuvieron los guerrilleros, y como
con mi papá y mi tío llegaron los guerrilleros la primera vez, la
gente ya sabía quién era el responsable y el que les había dado
el permiso para guardarse ahí y para sacar la comida. Sí es
cierto que nosotros fuimos esto, por eso se escondía mi papá,
porque él era responsable de los del monte y ya había llegado
la información con la gente de que lo iban a matar, aunque nos
hubiéramos escondido todos juntos.

Mi mamá se quedó en la cama, no se levantó hasta el día
siguiente. Ya después se le pasó eso. Nosotros pensamos
que los soldados ya no iban a llegar pero había pasado una
semana cuando regresaron. En esa ocasión ahí estaba otra
vez mi mamá sentada en frente de la casa, se había quedado
sola con mis dos hermanitos, yo no estaba porque mi mamá
me había mandado a dejar el almuerzo a unos primos míos
que estaban como nuestros trabajadores limpiando la milpa.
Estábamos allí cuando me levanté y vi que en el camino
salieron los soldados, pero como la milpa es grande les dije a
mis primos: “vamos, van a venir los soldados”, y salí huyendo
al monte con uno de mis primos, pero el otro se quedó ahí y
lo mataron. Cuando pude llegar a mi casa le pregunté a mi
mamá si le había pasado algo. Ella dijo: “No, entraron y se
amontonaron en una rueda, yo me quedé en medio de ellos
y me preguntaron: ‘¿dónde están los guerrilleros? Tal vez
ustedes son guerrilleros y ustedes preparan la comida para
ellos o la van a dejar abajo del monte’”. Yo le pregunté por qué
los guerrilleros habían dicho que tal vez le había pasado algo,
pero ella no me dijo nada, no contó nada. Yo pienso que fue
violada: se quedó sola y la gente decía que si estaba uno sola,
cuando los soldados llegaban, si encontraban a una mujer, se
ponían a violarla porque somos mujeres.
Así, otra cosa que pasó es que a una de las muchachas
detenidas en San Pedro, que tenía como quince años y yo
que me acuerdo que era bien bonita, los soldados la llevaban
a todas las aldea, hasta a nuestro caserío Checrúz y le iban

carmela

historias de vida

Después se fueron los soldados y se llevaron al señor que
llevaban agarrado, dicen que lo mataron. Luego bajaron
por el camino a Tixel, no sé a dónde se fueron, tal vez a
Huehuetenango. Nosotros nos quedamos muy asustados.

Porque somos mujeres

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aquí me voy a quedar, si me quieren matar que me maten”.
En eso llegaron otros que sí tenían pura ropa de soldados y
se dividieron en dos partes cerca de la casa.Yo jalaba a mi
mamá para salir pero ella no quiso, sólo pude sacar a mis dos
hermanitos, me cargué al pequeñito y los llevé al monte.

Eso me dio miedo, fue un año en que yo quería salir, ya no quería
estar en la casa porque pensaba que talvez llegaran de día o
en la noche, y peor si estábamos durmiendo. Ya sólo quería
quedarme debajo del monte por el miedo que tenía de ver la
cara pintada de los soldados, porque cuando llegaban con la
cara negra bien pintada, era como que no fueran personas sino
animales; y no sólo eran los que hablaban español, también

La tercera vez que llegaron soldados, como pasaban cada
quince o cada ocho días, nos agarraron como a las diez de la
mañana, me encerraron junto con mi abuelita en un cuarto en
donde estaban más mujeres. Primero se metieron dos soldados
y nos empezaron a hacer cosas, ya después el mero jefe les dijo:
“mejor salgan todos, yo solo me voy a quedar aquí”. Entonces
se salieron porque ahí el que manda, manda. Ese hombre, que
era el jefe, fue el que a mí me hizo daño; yo no quería porque
cómo va a ser que uno con esos hombres quiera hacer relación;
bueno, cuando una mujer lo hace con un hombre platican
primero cómo se va hacer, cómo son las relaciones o aparta
uno tiempo para hacer eso, en cambio esos lo agarran a uno
sin platicar nada y peor ese hombre, que no me gustaba, ni lo
conocía. En las violaciones no hay un acuerdo, hicieron cosas
a la fuerza para ver cómo estaba nuestro cuerpo y de ahí se
fueron. Si está vivo o ya se murió quién sabe, fue un solo hombre
el que me violó y yo grité duro pero él me tapó la boca.
Los soldados nos hicieron daño y nos dejaron ahí, yo me sentí
como que ya no era yo, como que ya no estaba limpia, porque
si a uno le hacen eso siente que está sucia, que ya no está bien,
y todavía cuando lo cuento o lo recuerdo, me siento mal. Ese día
sólo estuve llorando. No entramos en la casa sino que estuvimos

carmela

Los señores pensaron que los iban van a matar, pero cuando
terminaron, los soldados llamaron a la muchacha para que se
parara enfrente de ese hoyo y le quitaron la ropa, la violaron
cuando esa patoja ya estaba embarazada. También le quitaron
las chiches y su vientre, ya después la mataron enfrente de
ellos, le pusieron un lazo y la dejaron tirada ahí en ese hoyo,
después se fueron y la gente se juntó para sacarla y ponerle
una toalla o algo, pero algunos dijeron: “mejor no, porque los
soldados van a regresar y si ven que nosotros la sacamos, nos
van a matar. Mejor ahí déjenla”.

había indígenas, como el señor que mató a mi primo en la
milpa, ese señor después supimos que era de Colotenango,
él mismo dijo en mam que había matado a un muchacho en la
aldea: “yo lo maté”, dijo.“Cuando lo maté como que ya no era
persona era un animal; no vi si era persona, sentí que era un
animal que estaba bajo la milpa, no sentí”.

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historias de vida

preguntando dónde estaban los guerrilleros, dónde sacaban
o preparaban su comida, quién era el responsable y ella sólo
decía; “no, saber dónde están no sé, talvez están hasta allá”,
y señalaba allá lejos. “No sé dónde están, ya no me acuerdo
por dónde pasamos, pero si ustedes quieren caminar, vamos
hasta Santiago Chimaltenango, allá en esa montaña”. Se
fueron y cuando regresaron se quedaron en el centro de
Tojlate, en la escuela donde está la iglesia católica y allí
juntaron a todos los hombres y les dijeron a cuatro señores
que hicieran un hoyo, ellos llevaron los azadones y con ellos
se fueron cinco soldados.

afuera, no comí nada, hasta en la noche llegué a la casa con mi
mamá y con mis hermanitos más pequeños. Cuando oía que la
gente avisaba: “¡ahí vienen los soldados!”, sentía un gran miedo
de quedarme ahí y salía rápido para abajo del monte.

Por las cosas que pasaron, mucha gente se asustó, ya no
comieron, ya no durmieron en sus casas y se quedaban en el
monte, hasta que un año la gente de las aldeas supo que iba
a venir la paz a Guatemala y dijeron que iba a venir el papa a
3 Persona de clase baja con poca cultura.

carmela

Antes de la guerra, la gente decía que los choleros3 secuestraban
a las personas en la noche y que las mataban, pero no se
escuchaba de las violaciones. Yo creo que en la guerra
aprendieron los hombres de lo que hacían los soldados y por
eso lo hacen ahora. Antes tampoco robaban, por eso no tenía
miedo una de caminar, ni cuando yo caminaba con mi abuelita
ya de tarde; tampoco le teníamos miedo a los hombres, todo
eso cambió con la guerra.

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historias de vida

Yo pensé: “qué tal si quedo embarazada”. Antes había
escuchado que cuando una mujer hace así con un hombre,
rápido, se queda embarazada; eso fue lo que sentí, que qué
iba a hacer y más porque mi papá iba a estar bien enojado. Me
daba temor también por los comentarios sobre nosotras como
mujeres: “ella ya no sirve”, dicen a veces algunas personas.
Pienso que los soldados no hubieran entrado con nosotras si
no se hubiera levantado esa gente del monte, si no se hubieran
mostrado y me da rabia con las personas que hablan mal,
porque lo que nos pasó fue a la fuerza, no les importó que
fuera una mujer adulta o niñas, a todas las violaron.

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Como bastante gente buscó la religión y se calmó la guerra,
llegaron unas monjas franciscanas al pueblo. A mí me gustó ir
con ellas porque no tenían marido, ni buscaban, se entregaban
como servidoras de Dios, y como yo siempre pensaba eso de
no tener marido, le pedí a una señora que hablara con ellas
y las monjas le dijeron que sí podía yo ir con ellas; entonces
decidí irme para Colotenango cuando tenía veinticuatro años.
Yo no podía decir nada cuando entré ahí; vaya que esas mujeres
eran buenas y me enseñaron a hacer la limpieza, la comida
y todo, lo que me dolió es que no podía contestar cuando
ellas me enseñaban, pero después me dijeron: “usted va a ir
a clases, la vamos a mandar a estudiar”, y me inscribieron.
Cuando llegué a la escuela, el profesor le dijo a los niños y a
las niñas: “tienen una compañera que ya es grande”, a mí me
daba pena, los niños me respetaron porque era grande y ellos
chiquitos, sólo se quedaron callados. No gané ese grado, me
quedé otra vez y pensé en qué tenía que hacer para volver a la
escuela; comencé a aprender a hablar español. Cuando pude,
no tuve problemas y saqué sexto grado.

Fui a Xela para estudiar tres años, terminé los básicos y entré
a cuarto magisterio, pero no gané porque cuando hacían
exámenes ponían palabras que no entendía y no podía
contestarlos. Quise entrar otra vez a magisterio pero mi
hermano dijo que no, que mejor entrara a bachiller, eso hice y
saqué bachillerato por madurez en un año. La matemática es
la que me cuesta más y no me gusta, ni me gusta tampoco
física fundamental, en cambio ciencias y sociales son más
fáciles. Ya no seguí en la universidad porque dicen que pide
mucho trabajo y que tiene que gastar uno mucho dinero.

Un terreno y una casa
Yo no tengo un trabajo en donde gane dinero, el que sostiene a
la familia es mi papá y en la casa vivimos cuatro. Ayudamos un
poco con el azúcar y tejiendo güipiles y cortes para vender; yo
me pongo a trabajar en mi casa y cuando llega la hora entro a

carmela

historias de vida

“Usted va a ir a clases,
la vamos a mandar a estudiar”

Cuando salí de sexto me mandaron a hacer la comida de un
padre en Ixtahuacán y ahí estuve cuatro años; cuando regresé me
fui dos años a La Democracia con las religiosas, entré a primero
básico, pero perdí y me regresé a mi casa. Después estuve
trabajando tres años en CONALFA, junto a mi hermana Cristina,
enseñando a las señoras que ya son grandes y que no pueden
hablar español, a leer y escribir. Luego me fui para Guatemala a
trabajar con las mujeres de CONAVIGUA, pero sólo me quede
con ellas como dos meses, porque no me gustó que cuando uno
iba a salir a las aldeas o a otros lugares, tenía que ir acompañada
de un hombre y quedarse a dormir en el mismo lugar.

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calmar los problemas; entonces la gente de las aldeas se juntó
para pedir a Dios, en la noche, con susto, buscaron una casa
lejos del camino para cantar y pedir a Dios. Muchos se hicieron
católicos ese día. Poco a poco se fue calmando el miedo, ya
había entrado la gente de las aldeas en sus casas y si llegaban
los soldados, pasaban lejos, ya no pasaban a las casas.

Yo quiero a mi mamá, le hago sus cosas, pero no sé qué es
lo que le entra en su cabeza, si nosotras lavamos su ropa y la
de mis hermanos, y le tejemos sus güipiles, no como cuando
crecimos, que ni ella ni nosotras teníamos ropa; antes sólo
tenía un corte y un güipil viejos, ahora ya estamos nosotras
para tejer o pagamos a alguien para que tejan su ropa. A veces
pensamos que si no estuviéramos, quién la ayudaría a hacer
todo esto, pero ella piensa que no ayudamos nada en la casa.
También antes hablaba, pero poco. Yo creo que era así desde
antes, nos regañaba mucho y nos hacía trabajar bastante.

carmela

Ahora que no trabajo yo, ni está trabajando mi hermana
Cristina, mi mamá nos dice: “ojalá que salgan o que se
vayan de la casa”. Yo siento que lo dice porque aprecia más
a los varones. En ocasiones nos levantamos tarde, cuando
mi mamá ya está levantada y el fuego hecho, ahí es donde
fallamos, aunque después nos vamos a sacar el nixtamal al
molino y nos ponemos a tortear; acaso no haya a quién darle
de comer si sólo estamos las tres, pero mi mamá piensa que
no trabajamos o que no servimos sólo porque ahora podemos
decir lo que queremos y lo que no queremos hacer.

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historias de vida

hacer la comida. A veces la gente de las aldeas me llama y me
pagan para hacer la comida cuando hay una fiesta, pues con
las monjas aprendí a hacer toda clase de comidas. Todavía soy
soltera porque me siento bien estando sola, vivo con mi mamá
aunque me gustaría tener mi casa aparte, ando buscando
terreno pero no he encontrado.

Yo he estado pensando en mejor trabajar para comprar
un terreno y construir mi casa en la misma aldea, pero ya
separada, como que estar así juntos creo que no se puede.
También algunas personas me han dicho :“están tranquilas
porque están juntos, pero cuando se casen sus hermanos sí
va a haber problemas, a las mujeres de ellos no les va a gustar
que ustedes estén ahí; si las mujeres aconsejan a sus esposos
va a haber problemas”. La comunidad no va a decir nada si
estoy en mi propia casa, pues la gente no me está ayudando,
yo pienso que no va a haber problema.

Yo sé de algunos señores en esta aldea que le han comprado
terreno a sus hijas y ellas ya hicieron su casa, por eso le digo
a mi mamá: “¿por qué ninguno de ustedes está preocupado
por hacernos una casa a nosotras? Aunque no tenemos
esposos, debería ser así como hizo el señor con sus hijas”, y
ella me contesta: “ustedes miren qué van a hacer, a mí no me
preocupa eso, ya sólo estoy esperando la muerte”.
Mi papá no habla con nosotros, llega los sábados y domingos
pero no nos dice nada; antes sí hablaba con mi mamá, ahora
se la pasan peleando. A veces nos cuenta un poco cuando le
preguntamos qué está pasando en el pueblo o nos acompaña
en el camino si se lo pedimos, pero si le hablamos de la salud
de mi mamá se enoja y nos dice: “¿y qué puedo hacer yo?”,
no pregunta cómo se siente ni le busca su medicina, nada.
Creo que mis papás siempre fueron así, desde que se juntaron
tuvieron problemas; él tenía otras mujeres y todos los días
llegaba hasta la madrugada. La gente comenta que se iba con

carmela

A mi otra hermana también le dije que nos ayudara porque
estoy sola con la Cristina, y estamos preocupadas cuidando
de mi mamá, ella nos regañó y se enojó mucho, pero no
contestó nada y no llegó. También le dije a mi mamá que por
qué no la venían a cuidar sus nietos, que ya están grandes, si
ella los había cuidado cuando crecieron. Pero qué se puede
hacer si ellos no quieren. Ni mi papá, que ahí está durmiendo,
se levanta, él no se preocupa de nada, y mi mamá mientras
está llorando y gritando: “me voy a morir”.

Ninguno de mis hermanos se ha casado, sólo uno que es
alcalde de Colotenango, pero vive aparte; otro de mis hermanos
se fue para Estados Unidos, los demás estamos en la aldea. A
todos nos dejaron herencia pero es más grande el terreno de
los hombres que el de las mujeres, y aunque todavía no lo han
pasado a mi nombre, ya sembré café adentro porque no hay
lugar para hacer una casa.Todavía mi hermano Ernesto peleó
por otro pedazo que mi hermano el alcalde dejó vendido a mi
papá; ese terreno nos lo iban a repartir a las mujeres, pero él dijo
que ese pedazo era suyo y no dejó que nos lo dieran para hacer
una casita, sino que sembró café.

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historias de vida

Como mi mamá está enferma, somos mi hermana Cristina y yo
las que nos turnamos para cuidarla, a los demás nada les importa,
no preguntan nada, nosotras somos le llevamos la comida a la
cama, le damos su agua en la noche y le ponemos sus remedios,
pero la otra vez que se puso bien grave sólo mencionó a los
varones y en cambio de nosotras no se acuerda, como que no
existimos, valora más a los hombres. Mi hermano más chiquito
todas las tardes sale, llega hasta las dos de la mañana y no le da
pena. El otro día le dijo: “¿Cómo estás, qué tenés? Ah, ojalá que
te mueras”, pero ella no le dice nada, sólo lo escucha.

Nosotras nos preocupamos por las cosas de mi mamá,
también mi hermano que está en los Estados Unidos le manda
dinero para su ropa. Le dijimos: “¿qué más quiere? Si es cierto
que mi papá tiene otra mujer pues que se junte con ella, ya no

A esa señora una vez me la encontré cuando venía de regreso
de Chiantla para Colotenango, ella estaba junto con su hija y
andaba un poco tomada; nos subimos al mismo carro y en eso
que me agarra del güipil y me dice: “usted habló de mí, dijo que
yo estoy metida con su papá. ¿Por qué se pone sobre mí si yo
nunca me he metido con su papá?”. Me jalaba duro y quería
pegarme, pero yo le dije: “es la gente de la aldea la que habla
porque se da cuenta que usted llega con mi papá, no soy yo,
yo nunca hablo de usted”. En eso llegó su hija: “Déjala. ¿Acaso
ella está tomando contigo, está bola, que le estás pegando y la
estás jalando?”, le dijo, y la señora me soltó.
Así es en la comunidad, hay algunas familias que viven bien,
se platican, toman decisiones entre el hombre y la mujer, y
otras que se la pasan peleando como mis papás; igual están
mis tías de Ixtahuacán, con muchos problemas; mis hermanas
igual, aunque yo quisiera que todos mis hermanos estuvieran
bien, que platicaran entre ellos, sería mejor. A saber si es por
su suerte que así les pasa.

carmela

Cristina y yo le decimos cuando vemos cómo se pelean:
“¿Por qué se juntaron o por qué no te fuiste antes? Si ya
sabían cómo era el problema cuando se casaron”. “No”,
dice mi mamá, “mi papá no quería que yo regresara, me
dijo: ‘mejor ándate, ya te buscaste marido’”, por eso es que
no regresó y también porque mi abuelito le pegaba mucho.
Cristina y yo nos enojamos, pensamos que puede ser que
por eso mi mamá se la pase enferma. Ya no se va a curar,
cuando creció mi abuelito la hizo trabajar, a veces no le daba
de comer y le pegaba mucho; además, cuando tuvo a su
primer hijo, sólo estuvo tres días acostada y salió a cargar
cosas debajo de la lluvia para que no se mojaran, y de todas
formas mi papá le pegó.

esté sufriendo”. La verdad es que mi papá sí tiene otra mujer,
yo lo vi un día que los seguí a la clínica. A mí no me duele,
eso es entre ella y mi papá, lo que pienso es que cuando se
murió el esposo de la señora fue que mi papá se metió con
ella. Me duele es que mi papá haya cuidado mucho a las hijas
de esa señora; cuando se murió el esposo, ellas se quedaron
bien chiquitas, pero mi papá las creció y a nosotros no nos dio
nada. Todavía ahora mi papá les presta dinero sin cobrarles, en
cambio yo tengo que rogarle para que me preste y si me da,
quiere que le pague rápido.

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historias de vida

una mujer de la misma aldea. Ellos nunca estuvieron contentos,
peor fue cuando sembraron milpa al otro lado; a veces mi papá
agarraba a mi mamá en el camino con palos o con patadas,
decía que ella no caminaba rápido. Mi mamá me contó que
una vez que cuando estaban jóvenes y mi mamá había tenido
a su primer hijo, lo llevaba cargado y pesaba mucho, ya no
podía caminar y se quedó atrás, por La Democracia, entonces
él le pegó. “Antes no era como ahora, que los hombres cargan
a los niños o los abrazan, yo no viví así”, dice ella cuando ve a
mi primo que es el encargado de cuidar y cambiar al niño: “si
así fuera mi marido, yo nunca lo dejaría”.

El peligro ahora es que los hombres se quieren aprovechar.
Me da miedo salir por los caminos por Tixel, hay muchos
ladrones que usan ropa de soldados o de guerrilleros y
que esperan escondidos para asaltar a la gente y violar a
las mujeres. Cuando pasa eso, las mujeres no quieren decir
nada, lo peor es que hay mujeres que cuando a uno la violan
dicen: “si lo hacen es porque ellas quieren”. Me pongo a
pensar que cuando uno no quiere se pone a pelear, aunque a

Han tratado de hacerme daño y eso es lo que no me gusta;
a veces me siento un poquito triste porque hay personas que
nos dicen que por qué no buscamos marido, que tal vez no
queremos trabajar para nuestros esposos. Para mí eso ya pasó,
es difícil, yo no puedo ir a ofrecerme a un hombre, no puedo
llegar y decir: “mire, señor, yo me voy a casar con usted”. ¿Qué
tal si el hombre no me quiere? Le creería a un hombre si quisiera
que me quedara como su mujer de una vez, pero pienso que ya
no voy a encontrar un hombre que quiera eso.

No es bueno si uno no está feliz
Como me gusta trabajar con grupos me puse a sacar un curso
en enfermería allá en CEIBA, a ese curso voy una vez cada
mes. También me gustaría participar en la iglesia, pero no tengo
tiempo porque voy a otros cursos o reuniones y tengo trabajo
de la escuela. De todas formas mi mamá no me da permiso
para salir el domingo, hay que hacer el almuerzo pues ese día
están todos en la casa. Cuando entré en este grupo fue porque
mi mamá me dijo que iba a ir a una reunión, pero se iba a
venir sola, entonces yo le dije: “me voy con usted, aunque sólo
usted vaya a entrar a la reunión”. Nos fuimos a Colotenango y
ahí conocí a Anastasia y a Maritza, después me fui ahí con ellas
a San Sebastián y me dijeron que me podía quedar con ellas en

carmela

Yo no creo si un hombre me dice: “vamos a estar juntos”,
ahora los hombres, sólo por molestar, dicen palabras así: “te
quiero, te amo”. Me di cuenta de eso hace unos años con un
señor que me decía que me quería y yo le creí; lo quería pero
después se fue con otra y empezó a hablar mal de mí, dijo
que yo era vieja. Claro que sí soy vieja, yo no dije que tenía
catorce o quince años, por eso ahora no les creo nada a los
hombres, les contesto malas palabras. También un día que
fui a Colotenango le pegué a un señor porque yo iba subida
en un carro entre todos los hombres y él vino, me dijo unas
palabras malas y metió la mano debajo de mi güipil, entonces
yo sentí que me hacía mal y no quería que me pasara otra vez
como en la guerra, por eso le pegué, le di dos en la boca y él
se enojó; cuando llegué a la casa, Cristina me dijo: “¿por qué
le pegaste si ese hombre es bien enojado? Te van a dar duro”.
“Ah, está bueno si me dan”, le dije, “pero yo no soy una mujer
cualquiera, a mí no me gusta que me digan esas cosas, ni que
hablen cosas de las mujeres, de cómo es la mujer y cómo es
el cuerpo de las mujeres”.

veces las mujeres no pueden hacer nada porque entre dos o
tres la agarran, o si llevan cuchillo y las muchachas se pelean
con ellos, las cortan y ellas se asustan. ¿Por qué no agarran
a esos hombres que violan a las mujeres?

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28

historias de vida

Yo no puedo elegir a un hombre

este grupo para hablar de lo que nos pasó en la guerra, que eso
no se puede olvidar, cómo le vamos a hacer para sacarlo.

carmela

Así pasó antes con los guerrilleros, nos dijeron que las cosas
iban a cambiar y que íbamos a tener apoyo pero, ¿dónde está?
Nada se logró. Una vez que vinieron a dar casa a la gente a
que le quemaron la vivienda, dijeron: “no le vamos a dar a esta
gente, el señor está bien y tiene trabajo”, aunque con nosotros
estuvieron, se durmieron en nuestra casa, les hicimos tortilla y
comida, por eso pienso que lo hicieron solamente para ganar o
para tener dinero. Recuerdo que con nosotros estuvieron dos
mujeres y dos hombres, uno era de Chimaltenango y otro de
Quiché, estuvieron junto a nuestro fuego, comieron con nosotros
y ahora saber en dónde están, tal vez se superaron y ni siquiera
nos preguntan ahora cómo estamos, nada, ni siquiera nos
miran; igual que Rigoberta Menchú, que lloró frente a nosotras,
derramó lágrimas. “Ya mero me matan”, dijo a las mujeres y con
el apoyo de ellas subió a otro nivel, pero ahora ya no piensa en
nada de eso, ni en la gente o en las aldeas en donde estuvo.

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30

historias de vida

Nosotros también supimos de lo del resarcimiento y pensamos
que ojalá nos llegara una ayuda, pero a veces siento que
estamos dando muchos papeles con información y nuestro
testimonio, y no hay apoyo; nos piden pruebas pero, ¿acaso
había gente que lo estaba viendo? Antes no era claro lo de la
violación, no como ahora que ya no hay miedo y que se puede
denunciar; tampoco conocemos quiénes fueron los violadores.
Otra cosa que pasa es que cuando llegan los proyectos con
nosotros son pequeños y en el papel dice que son grandes; la
gente se pregunta a dónde va ese dinero.

Lo que nos pasó tal vez lo vamos a olvidar sólo cuando estemos
muertos. Todavía recuerdo lo que me hicieron y es por eso que no
me gusta ver mi cuerpo cuando me baño. Algunas mujeres de mi
familia hablan mal de mí y de mi hermana, dicen que soy fea y que
a ellas los hombres sí las quieren porque son bonitas; yo les digo
que si soy fea es porque dios me dejó así y que nadie tiene que
decirme nada, si soy fea, soy fea, y soy bonita, soy bonita.
La justicia para mí es hablar de mi problema o de otros
problemas que pasan en la aldea, con el alcalde, para que se
calme, y que se pague por el daño que se hizo. No es bueno
si uno no está feliz.

Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.
Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.
Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.

carmela

En 2005, Carmela se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.

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historias de vida

Colotenango, 2006

1. Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos que
lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y Olga
Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
2. Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios públicos.
Ver en particular las memorias del Festival por la memoria
de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy Viva”; y de
Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo de la libertad”.

historias de vida

carmela

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35

la piedra, el maíz y la canasta
carlota

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora amandine fulchiron
traductora amalia chub
transcriptora vilma sub
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

carlota

Viví en San Pedro
Carchá, ahí crecí.
Cuando estuvimos
con mi mamá éramos
pobres pero mis padres
nos hicieron crecer.
Ellos se quedaban en
la casa con nosotros
porque trabajaban en la
finca de café Chikixjin,
5

La Finca

apoyar a la otra señorita, no queríamos que nuestra milpa se
quedara en el monte por eso nos juntábamos.

El trabajo que hacía mi papá era de excavar zanjas, yo sé cómo
trabajaba mi papá porque lo veía sembraban café, plátano,
ese trabajo lleva semanas y es muy duro, eso decía mi papá.
En la hacienda discriminaban mucho a nuestros padres, no
les pagaban bien 25 ó 50 centavos y hacían mucho trabajo;
los dueños no van a trabajar sino los pobres que con mucho
sol o con lluvia tienen que hacerlo, nuestros abuelos también
trabajaron ahí y les pagaban 10 centavos.

No salíamos a ninguna parte ni siquiera a la escuela, porque
en nuestra comunidad no había escuela para nosotros, sólo
había escuela en la finca para los hijos de los finqueros, yo
no conocía escuela por eso ahora no sabemos ni una letra, el
dueño de la finca no daba permiso a nuestros padres para que
nos mandaran a la escuela, cuando un niño tenía doce años lo
obligaban a trabajar a la finca de café.

Nosotras las señoritas nos quedábamos en la casa, éramos
como seis y empezábamos a trabajar en una cuerda de milpa
terminábamos como a las once de la mañana y después
trabajábamos en arroz, con azadón en el campo con eso
limpiábamos la milpa, lo hacíamos rápido para terminar y

Así pudimos comer para pasar la vida porque nosotros vivimos
en la pobreza cuando crecimos, no les daban permiso a mis
padres de descansar; los padres que trabajan en la finca
se van cuatro o cinco semanas hasta que se cumplen esas
semanas regresaban cuando ya no tenían comida. Yo hacía
canastas dos decenas para vender pero me costó mucho, se
lastimaban mis manos pero con ese trabajo conseguíamos
dinero para comer.

carlota

Cuando crecí tenía una sola camisa y un güipil y mi mamá
costuraba mi camisa porque antes no había mucho dinero y
no teníamos mucha ropa como corte y camisa, pienso que los
pobres son los que hicieron un trabajo muy grande para los
ricos, por eso los ricos salen adelante porque no pagan bien
los trabajos de los pobres campesinos.

En ese trabajo que hacíamos nos ayudábamos entre todas
las señoritas por ejemplo hoy trabajábamos con una, mañana
con otra, estaba mi hermana, mi tía y mi prima, trabajábamos
todas, cuando nuestras milpas estaban grandes nos poníamos
contentas.

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historias de vida
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cuando estaban en su casa los hombres descansaban pero
cuando venían a chapear a la finca tenían que levantarse muy
temprano a las cuatro de la mañana para terminar hasta las
cinco de la tarde. Mi mamá y yo nos levantábamos a las tres
de la mañana para preparar la comida para mi papá. Otras
señoritas y yo íbamos a limpiar la milpa, pasaban cuatro o cinco
semanas para que mis papás vinieran porque el administrador
de la finca no los dejaba venir antes.

Canastas

Un día cuando amaneció vimos que ya no teníamos material
para trabajar nos fuimos a la montaña a buscar más
materiales, yo tenía diez años, era pequeña, eso nunca se me
va a olvidar, mi mamá me pegaba mucho porque no aprendía
rápido ella quería que hiciera los canastos rápido pero yo me
aburría, me decía “no sólo jugar es lo que vas a aprender sino
también el trabajo de la casa”, por eso me pegaba, pero no
mucho y los canastos son muy bonitos.

carlota

Mis hermanos nos ayudaban solo de noche porque de día
estaban trabajando hasta las seis de la tarde luego se ponían
a hacer canastas y cuando nos aburríamos de hacer canastas
jugábamos, lo hacíamos porque estábamos cansados de estar
sentados lo hacíamos un rato y después regresábamos otra
vez a trabajar. En ese tiempo no conocíamos pelota ni teníamos
zapatos, hasta aquí conocí los zapatos y los molinos de mano
porque antes molíamos el maíz con piedra, con mi tía conocí el
molino, no conocíamos muchas cosas por eso vivíamos tristes.

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historias de vida

Crecí en un clima frío ahí conseguía el material para tejer mis
canastas, las vendía en el mercado así comían todos mis
hermanitos, me iba con mis tías al mercado, ellas también
vendían canastas. En un día hacíamos dos docenas, casi no
dormíamos y no comíamos porque no teníamos nada que
comer, sólo plátanos, no era mucho lo que ganaba pero antes
era barato todo. Vendía las canastas en veinticinco, cincuenta
o setenta y cinco centavos ese era dinero para la pobreza en
que vivíamos.

Yo no trabaje en la finca sólo mi marido y mi papá pero algunas
mujeres viudas ellas si tenían que ir a la finca a trabajar a pagar
sus tierras donde tenían sus casas, a veces vienen un mes
a cocinar a la finca, eso nos duele mucho que las mujeres
trabajen junto con los hombres; mi hermano se murió y su
mujer se quedo con mi papá, cuando escucharon que mi
hermano se murió le llegaron a decir a mi papá “ella tenía que
ir a trabajar y cocinar comida para los trabajadores en la finca
para pagar sobre terreno”, si una mujer no va al trabajo la
desalojaban de la finca.

A los jefes de la hacienda no les gustan que uno falte a su
trabajo por eso no sabemos nada de las organizaciones porque
no dejaban salir a los hombres a las reuniones, los finqueros de
café son ricos porque solo pagan un poco a los hombres que
trabajaban para ellos y por eso ganaban millones de dinero
porque no pagaban más a los hombres por eso son ricos
y lo que decían los finqueros, cuando los hombres dejaron
de trabajar en el café, “ahora ya se fueron los haraganes”;
las personas tenían miedo porque no hay donde ir por eso
aguantaban trabajar en la finca.

Partir de Casa
Mi marido es de la misma aldea donde yo vivía, mi mamá
no me daba permiso de salir a pasear solo en los trabajos,
cuando no estaban mis hermanos nosotras las mujeres nos
íbamos a la montaña a buscar materiales para hacer canastas

carlota

En la finca cuando llega el día de cortar el fruto de café al
jefe no le gusta cuando cae un fruto los trabajadores lo tienen
que recoger, tienen que tener limpio abajo del café, había un
caporal quien estaba vigilando los trabajos que hacían los
campesinos, cuando llegaba mi papá a la casa nos decía,
“tardamos porque tuvimos que recoger todo el café que se
cayó” nos decía que ellos sufrían mucho “en cambio ustedes
como mujeres comen algo en la casa y lavan sus manos;
nosotros pobres no lavamos nuestras manos y comemos así
el almuerzo, con nuestras manos tocamos popó de personas
de bajo del café”.

Mis padres eran pobres ellos también crecieron debajo del
café, cuando mis hermanos tenían doce años iban con mi
papá a trabajar a la finca, cuando un niño ya es grande tiene
que ir a la finca a trabajar, es obligatorio si un niño no va a
trabajar nos desalojan, decía el dueño que “esas personas no
quieren trabajar porque son haraganes y si no quieren trabajar
es mejor que se vayan de ese lugar y que entre otra persona en
lugar de ellos”, los dueños de la finca están vigilando quienes
son las personas que tiene hijo de doce años, es doloroso lo
que vivimos no nos dejaban descansar, los patrones de la finca
son los que mandan.

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10

historias de vida

Tenía una buena relación con mi mamá porque soy la única
mujer, dicen que los papás son enojones pero no es cierto,
mi papá me quería mucho porque soy trabajadora, cuando
voy al mercado a vender mis canastas siempre le llevaba un
sombrero o un pantalón o su camisa, Dios me daba el dinero
para eso, él no me pegaba, me quería mucho y si yo no hubiera
aprendido a trabajar tal vez mi papá me despreciaría.

Ya luego me puse contenta cuando cumplí tres días con mi
marido, empecé a darle su comida y su fresco y mi mamá me
dijo “no quiero que no vayas a darle su comida y agua a tu
marido”, me gustó mucho cuando me junté con mi marido ahí
deje de trabajar, estaba aburrida de trabajar, cuando me junté

Después me pasé a la casa de mi suegra, cuando me fui con ella
me quería mucho pero poco a poco a los seis meses empezaron
a maltratarme mi suegra y las hermanas de mi esposo, decían
que yo andaba haciendo cosas con otro hombre por eso me
salí y me fui con mi mamá, mi marido se quedó en la casa de su
mamá, después llego a llevarme de la casa de mi mamá pero
mi papá no lo recibió hasta la segunda vez, lo que no le gustó a
mi papá fue cuando mi suegra me maltrataba.
Mi marido me pegaba con lazo porque su hermana le dijo que
yo andaba haciendo cosas con otro hombre y cuando llegué
a la casa de mi papá le conté todo lo que me había dicho y mi
papá me dijo “es mejor que vengas a la casa aunque sea algo
para pasar el día”, luego llegó mi marido a la casa de mi papá y
mi papá lo empezó a regañar “por qué llegaste a pedir a mi hija
si ella no sabe su trabajo yo no hubiera aceptado que se juntara
contigo, tal vez mi hija aguantaba hambre con ustedes es mejor
que se quede conmigo –le dijo– si te quieres quedar en mi casa
se puede y si no quieres te puedes ir, porque mi hija no le va
pasar nada en mi casa, yo voy a buscar la manera de mantener
a mi hija, ¿quieres buscarte otra mujer?”, –mi marido dijo– “ no,
yo no voy a dejar a mi esposa, hasta que me muera”.
La casa la construimos en la hacienda porque mi papá todavía
trabaja en la finca, antes no había terreno para construir casa
porque todo era finca, mi marido trabaja en el café, hasta que
nos venimos cambiamos de lugar porque mi tía vivía en San

carlota

Mi marido no tenía padre, creció huérfano y cuando llegaron
a pedirme llego con mi tía y mi mamá. Cuando mi papá me
dijo que tenía que casarme me dolió mucho y lloré cuando mi
mamá me dejo con ese hombre yo no sabía ¿qué hacer?, mi
mamá y mi abuela hablaron conmigo y me dijeron “ahí tenés
cuidado, juntarse con un hombre ya es diferente –me decían–
ya estás en tu casa y vas a quedarte con tu marido”, cuando
me fueron a dejar estaban todos mis familiares y ahí estaba mi
abuela, mi abuelo y cuando ellos se fueron me puse a llorar
porque estaba acostumbrada a estar en mi casa y estar en
casa de otra persona ya es diferente, lloré mucho tenía miedo
cuando entró la noche, no sabía ¿dónde iba a dormir?, me
asusté mucho, pero también mi mamá me dio consejos cómo
están los hombres de que una se acuesta con su marido.

con él ya no trabajé porque mi marido me mantenía, poco a
poco se me olvidó mi casa donde yo vivía.

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historias de vida

solo ahí me dejaban ir porque solo somos mujeres; yo tenía
dieciocho años cuando me junte con mi marido, me juntaron
rápido tal vez por la pobreza, no conocí al hombre con quien
me junté porque llegaron tres a pedirme y mis padres no les
aceptaron hasta el cuarto, lo aceptaron al final porque en total
éramos siete y yo soy la única mujer entre mis hermanos, claro
que yo tenía mis hermanitas pero todavía eran pequeñas y se
murieron en ese lugar donde vivían mis padres se murieron de
una enfermedad, asma.

Tuve muchos hijos porque cuando yo crecí no había escuchado
de esas pastillas para no tener tanto hijos, Dios sabe, cuando
quede embarazada solo con curanderos nos íbamos, en esos
días no conocíamos doctores hasta ahora, también mis hijos

Dos de mis hijos se murieron y una mujer, sólo se quedaron
cuatro mujeres y tres hombres, tres de mis hijos se murieron
de una enfermedad cuando estaban muy pequeños y mi hija la
que se murió el ejército la mató en la montaña.
Cuando mataron a mi marido me quedé sola, tuve que ir a
enseñar el trabajo a mis hijos y agarré el machete y me fui con
mis hijos donde estoy viviendo ahora, les dije vamos hijos no
sólo jugar van aprender, sino que van aprender sus trabajos de
campo. No les enseñé a robar, les enseñé su trabajo como me
enseñaron a mi cuando yo crecí, mi hijo el mayor sabe hacer
canastas también a los demás les enseñé, mis hijos dicen
cuando van a trabajar al campo “porque no somos mujeres tal
vez nuestro trabajo sería diferente”.

carlota

Cuando llegamos a San Marcos todavía era montañas, ahí tenia
casita el patrón que se llamaba don Toño pero poco a poco se
salió, se fue el patrón, Dios sabe por qué se fue, se fue antes de
la guerra nos dijeron que se fueron a sus pueblos a pasear, tal
vez ya sabía que iba haber una guerra por eso se fue, cuando
murieron los presidentes de la tierra el señor se iba en Guatemala
en la INTA y después buscaron otro persona que es José Choc
eso antes de la guerra pero algunos dicen que los dueños de la
tierra están en Chiquimula pero no sé si es cierto.

no los conocían hasta ahora que veo que dan pastillas, para mí
son importantes mis hijas porque me da lástima cuando ellas
se quedan embarazadas y tienen muchos hijos y yo no puedo
hacer nada con ellas porque no sé cuáles son esas pastillas,
sufrí lo mismo que están sufriendo ellas porque somos mujeres
y tenemos que pasar eso y no tenemos que avergonzarnos
de lo que nos pasa. Mi mamá me decía “cuando vas a tener
relación no te asustes”, yo no conocí a un hombre cuando
crecí, no me dejaban salir cuando era señorita ni tampoco
estudié, solo al trabajo nos dejaban ir, si me hubieran dado la
oportunidad de estudiar tal vez ahora yo pudiera leer y escribir;
en cambio ahora las patojas ya saben cuál es la relación con
los hombres, yo no sabía nada.

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historias de vida

Marcos y llegó un día con nosotras y me dijo “es mejor que
te vengas con nosotros” y mi marido dijo “voy a ir primero a
ver el lugar y después vengo por ustedes”, ese terreno era
una hacienda pero como ahí había dos señores me imagino
que eran administradores entonces pedimos permiso por eso
pudimos quedarnos en esa aldea, chapeamos el terreno de
nuestra milpa y si los comités no hubieran aceptado yo digo
que estaríamos en nuestra comunidad donde vivíamos antes.
Si mi marido no hubiera salido de esa finca, yo estaría en manos
de los finqueros trabajando por eso me vine a San Marcos y
cuando me vine ya se había muerto mi papa. Cuando llegué a
San Marcos sólo tuve el hijo que está ahora conmigo, cuatro
se murieron ahí en San Marcos pero solo varones, cuando me
vine a este lugar yo tenía cinco hijos, tuve aquí unos en San
Marcos, en total son 10 y cuatro se murieron.

No recuerdo en qué año llegaron los soldados, tal vez
ya es mucho tiempo, llegaron en la comunidad de San
Marcos. Cuando llegaron los militares a esta hacienda aquí
descansaban en Rió Zarco; eran bastantes son tres carretones
y en mi comunidad llegaron veinte militares salieron en grupos
cuando se fueron a cada casa, me asusté mucho porque yo
no conocía a los militares nosotros no sabíamos nada de la
guerra que había hasta ahí lo vimos cuando llegaron y nosotras

carlota

Me quedé sola, por culpa del sufrimiento nos separamos de
mi marido no fue por culpa de Dios si no culpa de un hombre
por eso ahora estoy sola, tampoco mi marido tuvo la culpa de
que esté trabajando sola si no que los militares tienen la culpa
porque ellos mataron mucha gente, los militares dejaron a mis
hijos solos sin papá y yo como una mamá pobre busque la
manera de mantenerlos; si yo no hubiera aprendido a trabajar
en el campo tal vez mis hijos se hubieran muerto de hambre,
aguanté llevarlos al campo y también les di consejo para que
salgan bien, no les enseñé a robar cosas, les digo a mis hijos,
ustedes también se dieron cuenta cuando se llevaron a su
papá no es que su papá quiso quitar la vida si no que por
culpa de los militares se murió; cuando los hombres se vinieron
en la finca Tinaja todos estaban llorando porque todos dejaron
sus casas y sus familias, nuestros maridos no tenían la culpa,
no robaron nada en el almacén de los militares, cuando los
militares los mataron, mi esposo no era muy anciano cuando
lo mataron porque yo tengo hermanos que son más ancianos
que mi marido y todavía trabajan.

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historias de vida

Los Militares no Caminan sin Armas

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Cuando los hombres fueron amarrados los militares los reunieron
en la escuela, de una vez lo trajeron me imagino que de noche
se salieron porque nosotras ya no lo vimos cuando vinieron, los
militares no nos dejaban ver a nuestros maridos, uno sobrevivió,
estuvo tres días en la finca Tinaja, él es catequista me contó
cómo sufrió mi marido, me dijo “ya no se le veía la cara estaba
lleno de sangre, estaba amarrado y cuando tenía sed le daban
orina de animales y de los militares y cuando tenían hambre le
daban caca de animales y de personas.
Yo estaba en mi casa como a las seis de la tarde cuando
los ejércitos llegaron y la rodearon, ahí estaban mis niños,
cuando llegaron los militares mandaron a mis niños a fuera
de la casa y les enseñaron el arma, mis niños se salieron y se
fueron a la orilla del río y cuando me quedé sola en la casa
ahí mismo me violaron dos soldados, yo tenía mi niño en mis
manos pero los militares me lo quitaron ahí me violaron, yo

A mí me dolió mucho cuando me hicieron eso porque a mi
marido ya se lo habían llevado y no había alguien que me
ayudará, me duele mucho porque yo no me ofrecí a ellos,
estoy casada y los militares no me preguntaron si tengo
marido, te agarran a pura fuerza como tienen más fuerza
que las mujeres y además no puedo decir que no porque los
hombres tenían armas, no dije que no porque tenía miedo
que me matarán los militares.
Me empezaron asustar pero yo no estaba acostumbrada,
tengo mi marido y eso no he podido decírselo a mis hijos
porque es muy doloroso, no sé si Dios me va a perdonar,
no sé si violaron a muchas mujeres, me imagino que sí,
cuando estuvieron los militares en mi comunidad no salíamos
a ninguna parte, teníamos miedo, los militares estaban entre
las casas, no podíamos salir a pasear porque ellos estaban
en el camino, todo eso hicieron los militares.
También a mi hermano lo mataron, él era el mayor en la
comunidad, los militares decían que mi hermano también
daba comida a los guerrilleros, mi hermano era joven tenía un
hijo. Los militares nos decían que nosotros dábamos comida
a los guerrilleros.

carlota

historias de vida

La primera vez que llegaron los ejércitos mataron al presidente
del comité de tierra y su esposa se quedó; la esposa del comité
estuvo una noche con los militares en la escuela y estuvo junto
con su hija ahí fueron violadas porque al presidente lo odiaban
mucho por la tierra, es muy doloroso lo que nos hicieron los
militares, ahí fue cuando se quedaron muchas mujeres, claro
que en esa comunidad agarraron mucha gente, muchas
mujeres vieron cómo sus maridos fueron torturados por eso ya
no quisieron vivir en esa comunidad.

tenía una hija pero mi casa tiene dos puertas y mi hija salió
por la puerta, fue a esconderse, ella no fue violada, mis tres
hijos estaban ahí cuando me violaron pero todavía estaban
pequeños como de cinco años y las que estaban grandes ya
se habían ido a la montaña estaban junto con sus maridos
por eso no fueron violadas.

19

nos preguntamos ¿qué es lo quieren? sólo escuchamos que
estaban en la finca Río Zarco y ellos no caminan sin armas.

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Luego de la masacre, cuando ya se había muerto mi marido,
los guerrilleros llegaron a buscarnos por eso salimos de San
Marcos porque yo tenía mucho miedo de los ejércitos, me
fui porque quise salvar mi vida y la de mis hijos, me fui en
la montaña por esa razón mis hijos se salvaron; cuando ya
estábamos en la montaña los guerrilleros nos decían como
nosotras podíamos defendernos de los militares y nos decían
que era mejor escondernos, los guerrilleros también nos
enseñaron a manejar el arma pero mis hijos pequeños no
aprendieron ni yo, solo mis hijas grandes aprendieron.

La Montaña
Antes Río Zarco era una hacienda, los guerrilleros sabían lo qué
paso nos dijeron que cuando llegarán los militares “ustedes

Cuando se llevaron a mi marido yo estuve todavía un mes
en San Marcos y después me fui a la montaña porque los
militares llegaron otra vez y tenían un listado de nombres de
mujeres y mencionaron el nombre de mi hija que ya se había
juntado con su esposo, no sé cómo supieron el nombre de
mi hija y decían que mi hija era mujer de los guerrilleros por
eso lo querían matar y por eso salió ella a esconderse pero
no participaba en reuniones; los militares solo llegaban tres
veces a la semana ese mes, no estuvieron mucho tiempo ahí
pero cuando salimos de San Marcos ya vigilaban nuestra casa
y nosotros nos escondíamos en una montañita que estaba
cerca de la casa, hasta cuando entró la noche, llegaron a mi
casa porque escuchamos cuando venían a la comunidad, los
militares vieron que ya no regresamos estaban preguntando
¿por qué ya no regresamos?, nos estaban buscando en cada
casa, después quemaron nuestra casa.
En la montaña vivíamos juntos todos mis hijos y yo, cuando
llovía ellos buscaban hojas de Maracay con eso construían
una casita, no tan buena porque no nos manteníamos mucho
tiempo ahí llegaban los militares a sacarnos, cuando uno
está sentado cuando escucha los tiros una tiene que huir del
lugar y esconderse por eso nos cambiamos de lugar. Ahí la
verdad estuvimos juntos con mis hijas porque yo no quise
abandonarlas, en ese tiempo una mi hija estaba juntada
cuando pasó la guerra, sus dos hijas nacieron en la montaña,

carlota

historias de vida

En cambio cuando llegaron los guerrilleros a mi comunidad
no teníamos miedo porque sabíamos que ellos nos defendían
y ellos no nos mataron; los guerrilleros hacían todo escondido
porque ellos querían que no mataran mucha gente pero los
militares solo llegaron a matar mucha gente.

tienen que estar listos para defenderse y no tienen que decir
que aquí estamos nosotros los guerrilleros solo tienen que
decir, no vemos nada” eso nos dijeron.

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Los militares separaron nuestra familia de nuestra casa,
ahí se quedaron mis vacas y todo lo que yo tenía en casa,
quemaron mi casa y todo lo que había ahí dentro mi piedra
y mi molino, todas mi ollas ¡ay Dios!, cortaron todos nuestras
cosechas maíz, plátano, café, fríjol, naranja, nos dejaron sin
nada quién mandó a los militares es Don Canche que estaba
en la municipalidad de Panzós.

Ese día solo mataron tres hombres y a mi hija, no mataron
mucha gente porque los militares ya no pudieron pasar al otro
lado del río pero yo no lo vi, otras personas me lo dijeron “los
militares le quitaron la cabeza a un hombre” y todo lo que le
hicieron los militares a mi hija le echaron palo encima, ellos
querían que mi hija se quemara y quedara pura ceniza pero mi
hija no se quemó porque el palo que le pusieron encima y ahí se
quedó el cuerpo de mi hija. Esta historia solo una vez la conté a
los comisiones de Táctic pero las comisiones no aceptaron su
expediente porque dijeron que yo todavía estoy viva.
Mi hijo llevaba tres semana de estar junto con su esposa
cuando vino la guerra y después se fueron a la montaña, mis
dos hijas se juntaron en la montaña y mis dos hijos aquí en
la comunidad, llegaban muchos hombres a pedir a mis hijas
en la montaña ellas no salían ahí estaban a la par mía, no las
dejaba salir a ninguna parte, yo les dije a los hombres ¿qué les
pasa a ustedes? no ven que no estamos en la casa sino que
estamos en la montaña, de todas formas mis hijas no querían
pero después las obligué a que se juntaran porque yo tenía
miedo que los militares las violaran, mi hija es joven de catorce
años y tenía miedo de su marido, no quería dormir a la par de

carlota

Cuando los soldados mataron a mi hija ella tenía su esposo,
ya se había juntado y estaba embarazada esa vez también
mataron a otro hombre a ese hombre lo pusieron encima de mi
hija, lo hicieron a la orilla de un rió a la par de nuestra siembra de
maíz, no somos muchos los que estuvimos ahí porque algunos
de nuestros compañeros se quedaban retirados, yo salvé mi
vida porque me tiré al río, el rió estaba sucio y crecido, cuando
yo lo estaba cruzando escuche el ruido del los tiros por eso
me fui y no vi donde se quedó mi hija, luego salí un rato del rió
y me senté a la orilla y cuando escuchaba los tiros me tiraba
otra vez, ahí dije “hasta aquí llegue”, pensé mis hijos ya no

van a saber dónde me morí, estaba orando debajo del agua,
en nombre de Dios me salvé y no tragué agua, después me
escondí debajo de un montón de hojas de árbol y luego pensé
a dónde ir y me fui nadando como cinco cuerdas, cuando
salí del río me fui caminando, no sabía dónde encontrar a mis
compañeros y mis manos estaban llenas de espinas, también
mis pies se llevaron tres días quitándomelas.

23

22

historias de vida

mis otras dos hijas todavía estaban pequeñas y el otro con
quien estoy viviendo ahora él estaba muy pequeño tenía dos
años, cuando me fui en la montaña yo tenía ocho hijos y en la
montaña se murieron dos, una mujer y un hombre, a mi hija la
mató el ejército y el otro se murió de hambre, mis hijos querían
comer de todo y me pedían lo que querían pero yo dónde lo
voy encontrar, lo que me pedían estaba en mi casa y yo lloraba
mucho porque en la montaña no teníamos nada.

24

Nos venimos de la montaña porque llego un avioneta a llamarnos
y dejo un nota en la montaña y esa nota los hombres la
encontraron, después ellos nos dijeron lo que estaba escrito en
el papel, “ya llegó el momento, nos podemos ir” en ese momento
nos dejamos en las manos de los militares ya no aguantábamos
estar en la montaña sin comer nada, ni sal, ni chile, así estuvimos
durante seis años.
Cuando al fin salimos de la montaña no aguantábamos
caminar, fuimos a una aldea que se llama Semokoch, ahí
descansábamos un rato, llegó un tractor a llevarnos a un
escuela, ese día nosotros traíamos dos banderas eso significaba
que no nos mataron, la gente se dio cuenta que regresamos
de la montaña, lo que queríamos era entrar nuevamente en la
comunidad, después cuando salimos en esa comunidad vino
el comisionado a dejarnos en Cavilán descansamos un rato en
la finca Pataxte, no nos querían llevar hasta Cobán, nos dijeron
“ahora nos vamos todos” y nos fuimos caminando hasta la
orilla del río pero entró la noche nos quedamos en un casa
como de vacas llena de popó de animales y arriba estaban los

Cobán
No había nada de comida y no descansamos más que un
rato, los soldados nos pegan en la espalda y nos meten en
la camioneta y a veces jalan a los compañeros de su pelo,
nosotros tenemos mucho miedo por las armas, tampoco
sabemos dónde nos llevaban porque salimos noche, algunas
mujeres me dijeron es el camino que se va para la capital,
somos dos camionetas una de mujeres y otra de hombres,
fuimos en la zona militar de Cobán.
Cuando nosotros regresamos de la montaña las personas nos
criticaron, nos decían que hedemos mucho todos estamos
bien flacos y tal vez era cierto lo que nos decían en la montaña
no encontramos nada de jabón para lavar nuestra ropa y no
conocíamos jabón.
En la camioneta los soldados querían matar a uno de nuestros
compañeros, el señor nos dijo “si me matan les ruego que
me cuiden mi esposa” él escuchó que los militares estaban
hablando en español, los militares empezaron a decirle al
señor en español “nos vas a contestar si no, sos una mierda
o sos una mujer” hasta que llegamos a El Rancho y ahí nos
amanecimos, cuando llegamos en la zona militar de Cobán ya
no hicieron nada.

carlota

historias de vida

En la montaña mis hijos me apoyaban, nos llevamos bien, yo
tenía una nuera de trece años y las personas me preguntaban
¿es tu hija? toda la familia de ella se murió durante la guerra, los
militares nos hicieron sufrir mucho, así como sufre un animal.

soldados, ahí estábamos solo mujeres, nuestros maridos no
sabíamos dónde se habían quedado porque se fueron en otra
lancha y se atrasaron y nosotras las mujeres llegamos rápido,
solo escuchamos cuando los hombres estaban gritando.

25

él, ella siempre se venía dormir conmigo, yo creo que junté a
mi hija también por la pobreza, yo no encontraba lo suficiente
para mantenerlas, pienso que hice lo correcto, ahora mis hijas
están en sus casas no han encontrado problema.

En la zona militar de Cobán nos vieron bien y nos dieron nuestra
comida los tres tiempos, igual fue cuando nos venimos aquí en
Sepur Zarco teníamos libre nuestra comida y además nosotros
cocinamos porque nos regalaban maíz y arroz, el problema
es que los niños se enfermaron cuando probaron tortilla, lo
vomitaron todo igual que nosotras porque ya no estábamos
acostumbrados.

carlota

En Cobán hay una señora que se llama Amalia, es licenciada
y ella nos dice “pobrecitas ustedes” ella nos quiere mucho,
le gustaba platicar con nosotras, nos dijo “ahora ya se van a
sus comunidades quiero que aprendan a usar la piedra para
tortear –nos dio una piedra a cada una de nosotras– para que
los hombres se den cuenta de que ustedes no son huevonas”
los hombres nos decían que nosotras no podíamos hacer nada
y que hedemos mucho. La señora Amalia nos dio consejo, nos
dio semilla de fríjol y todos y todas trabajamos en la cosecha.

Hay personas de la comunidad que nos tenían envidia y se reían
de nosotras cuando fuimos a bañarnos al rió nos maltrataban,
nos decían “ah, ya llegaron los que tomaron sangre y los que
matan”, nosotros no matamos a ninguna persona, las personas
que tenían contacto con los comisionados nos dijeron “si las
ofenden no tienen que decir nada solo escuchen y eso va pasar
atrás de sus oídos, no tienen que guardar eso en su corazón,
ustedes ya aguantaron todo el sufrimiento vamos a ver si ellos
van aguantar pasar todo ese sufrimiento que ustedes, porque
algún día los van a sufrir lo mismo”.

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26

historias de vida

Estuvimos cinco meses en Cobán en una casa pero solo mujeres
en otra se quedaron los hombres lloré mucho cuando llegué
ahí porque los ejércitos nos tuvieron encerradas y no hacíamos
nada, en la zona militar hay muchos soldados, los militares
nos hacían preguntas, teníamos miedo, sabemos que los
finqueros y los militares estaban en comunicación, los militares
nos preguntaron ¿qué es lo que nos dijeron los guerrilleros y
cómo es la cara del jefe de la guerrilla?, ¿quién los coordina
a ustedes? nosotros le decíamos “nadie, nos fuimos porque
teníamos mucho miedo de los militares porque nos desalojaron
de nuestra casa”, claro que no dijimos el nombre de los jefes y
todos decíamos lo mismo.

28

Me alegré cuando llegué otra vez a mi comunidad y cuando
llegué a la casa de mi hijos, los militares no me dieron una casa
solita, solo para mis cuatro hijos, hasta ahora todavía tengo la
lámina que me regalaron en la zona militar de Cobán y la cuido
mucho, pero los palos con que estaba construida se pudrieron
rápido, pedí favor a las personas que me ayudaran y solo se
tardaron medio día para construirlo, ahora tengo una casa
grande, la lámina salió de un proyecto, me alegró mucho volver
a mi comunidad, estaba contenta porque yo iba en Telemán
y en el Estor, ya no nos dicen nada, somos libre para salir y
fuimos a sacar nuestro documento.
No se va borrar de mi memoria cuando regrese aquí en la
aldea que me preguntaron ¿es cierto que ya te juntaste? y las
personas de Sepur Zarco decían “ella ya tiene marido y es un
licenciado y su marido está trabajando en una organización”
eso me lo contó una señora, ella me preguntó ¿dónde está tu
marido? le dije que yo no tengo marido, lo que dicen es mentira
yo estaba junto con mis hijos y cuando llegamos aquí en la
aldea estaban muchas personas viéndonos les dije que los
licenciados no se mantiene en la montaña, ellos se mantienen
en el pueblo, los licenciados no comen frutos de árboles que
no se comen y que cuando estuve en la montaña comí frutas
de árboles y mis manos no se veía nada de tanto cortar los

La señora que me preguntó si mi marido era licenciado, me dio
trabajo de desgranar maíz, cuando es día de mercado mi hijo
quiere comer galletas, pero cuando una no tiene dinero una no
puede hacer nada; mis hijos se alegraron cuando nos venimos
aquí a la aldea, pedí permiso a los militares para trabajar
porque no tenía nada de dinero y ellos me dijeron “está bien”
me preguntaron ¿cómo a qué hora vas a regresar? les dije
como las cinco de la tarde, en un día desgrané cuatro sacos
de mazorca, al siguiente día me fui otra vez, mi hijo que esta
grande ahorita, entonces estaba muy pequeño y yo lo llevaba
conmigo y lo dejaba a la sombra de un corozo, él se aburría de
estar aguantando sol, me pagaban 20 quetzales.
Al llegar en San Marcos muchas personas nos dicen que
nos va a matar a todos los que estuvimos en la montaña,
los militares nos dijeron que la comunidad de San Marcos
no tiene dueño por eso nos venimos ahí, vinieron personas
de otro país a vernos en carros como de Estados Unidos
cuando estuvimos allá en la zona militar de Cobán. Por eso
cuando regresamos a San Marcos ya no había gente ni casas
porque los árboles ya estaban grandes y nosotros somos los
primeros que empezamos nuevamente la comunidad.

carlota

historias de vida

Seis años estuvimos en la montaña y seis meses en la zona
militar de Cobán y otros seis meses en Sepur Zarco en total
estuvimos siete años en el camino.

frutos eso lo que yo daba a mis hijos de comer, Dios sabe todo
lo que nos dijeron cuando regresamos de la montaña.

29

Siete Años en el Camino

La Organización

carlota

Antes cuando regresamos de la zona militar nos dijeron que
los hombres puedan trabajar juntos para ayudarse entre ellos
mismos, sembraron maíz y fríjol cuando llegamos aquí los
hombres se reunieron y sembraron 40 cuerdas de fríjol y las
cosecha que salía lo vendían y con eso compraban ropa para
los hombres y para las mujeres, después poco a poco ya
cada uno siembra su propia cosecha. Cuando hay problema
las autoridades se encargan de solucionar y si hay consejo
de mujeres también participan, cuando hay problema con las
mujeres. Ahora ya no hay problema, los pueblos ya son libres
porque antes murió mucha gente porque no sabíamos nada
de las organizaciones.

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30

historias de vida

Sólo mis hijos me ayudaron a chapear mi terreno para
sembrar mi milpa, sé que Dios sabe todo, hay comité para
ver que todo esté bien en la comunidad pero ellos no se
preocupan por nosotras las viudas, tengo tres hijas y ellas se
juntaron con su marido y mis yernos me ayudaron a chapear
un poco de terreno, mi hijo mayor se encarga de sembrar la
milpa, nadie se preocupó si comíamos todos los días o no,
yo busqué la manera de mantenerlos, yo no busqué otro
hombre si no que trabaje mucho, los que construyeron mi
casa y la de mis hijos fue la zona militar y después PROSIDEC
y CONAVIGUA nos ayudaron pero hay algunos que no lo
tienen por eso se enojan con nosotros.

Han cambiado también las fiestas, yo siempre hago la
ceremonia pero solo en mi casa, en la comunidad no lo hago
porque hay personas que lo dirigen y también a veces los
hombres no les gusta cuando hay mujeres que lo dirijan por
eso ellos no me van a tomar en cuenta porque ven que soy una
mujer, los hombres se ponen de acuerdo y además no puedo
decir que voy a entrar sino que la comunidad manda quienes

A veces yo tengo miedo de contar todo lo que pasó en la
guerra yo me asusté mucho, hasta me fui con un curandero
que hizo llamar a mi espíritu, sé que sí es importante, igual lo
hicimos con el ministerio público, le contamos cuando hicieron
la exhumación aquí en la finca Tinaja porque mataron a muchas
mujeres en Sepur Zarco, en esa exhumación encontraron el
cuerpo de una mujer y sus hijas la llegaron a ver, ellas estaban
llorando y decían que su mamá llegó a ver a su marido pero ya
no regresó a la casa y ahí mismo la mataron también. Yo llegué
en la finca Tinaja cuando hicieron la exhumación, cuando
estuvimos contando nuestra historia, también encontraron uno
de San Marcos, fue el cuerpo de mi marido y se lo llevaron en
la ciudad Capital pero no me dijeron cuándo regresó, por eso
mis hijos me dicen “pobrecita cuando vas en reuniones sola
no sé si tiene precio lo que estás haciendo”, yo les contesto a
ellos, “solo Dios sabe si tiene precio lo que estamos haciendo”,
de todos estoy participando en una organización y estoy
contenta de participar en reuniones ya llevo como 15 años, en
CONAVIGUA, en derechos humanos, en Telemán y yo tengo
que ir para conocer nuevas ideas y nadie me dice que no voy
a ir porque no tengo marido, entonces ellos me dicen que está

carlota

Antes yo no apoyé a las otras, en este tiempo le he dado
consejo a una viuda cómo debe de enseñar los trabajos a sus
hijos, una señora que estaba en San Marcos se volvió a juntar
con otro hombre y la verdad su marido le trata mal también a
los hijos de la señora le pega mucho, entonces yo hablé con
ella y le dije “si yo fuera así no lo voy aguantar a que me pegue
ni me voy a quedar más con él” por eso yo no quise juntar con
otro hombre, pero ella me dice “que no encuentra la manera
de mantener a sus hijos”.

van a dirigir, ellos son los ancianos y ancianas; también hice
una ceremonia cuando regresé de Esquípulas ya va cumplir un
año y hasta hora mis animales no les ha pasado nada, antes sí
se murieron mis animales pero ahora ya no, el día de muertos
invito a mis hijos a mi casa o yo voy a la de ellos, preparamos
la comida, compramos pan y gaseosa de todo lo que comen,
candelas y lo vamos a poner en la mesa, eso lo hacen en todas
las comunidades.

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32

historias de vida

Ahora las cosas son diferentes, los niños tienen más
conocimientos que nosotros se pueden dar cuenta que ahora
hay señoritas que tienen más conocimiento y también los
jovencitos ya hablan de todo eso del cuerpo, antes nosotras
no teníamos idea de eso porque nuestros padres no nos
explican muy bien, cuando nuestros padres estaban hablando
ellos no les gusta cuando uno se acerca a escuchar de lo que
estaban diciendo, cuando llega una persona a visitar mi mamá
nos mandaba a hacer nuestros trabajos; los niños que están
creciendo ahora me imagino que lo aprenden en la escuela,
cuando nosotros crecimos no era así, no conocimos hombres,
nos encerraban.

Ahora hay un poco de problema con el terreno de San Marcos
porque hay un finquero que quiere agarrar ese terreno, ahora
están muchos finqueros porque quieren sembrar caña porque
nuestro terreno no está legalizado pero sí estamos luchando
con fondo de tierra, el comité de tierra entregó un documento
a organización, no sé a qué organización lo entregaron para
comprar el terreno al dueño y hasta ahora no sabemos nada
de cómo está lo de la tierra. Anteayer llegó un señor que se
llama Daniel y habló con la gente de San Marcos, primero
empezó a participar con César Montes pero las personas de
San Marcos ya no están de acuerdo en que César Montes
junto con el finquero, Carlos Lima, compren el terreno de San
Marcos, no sé si está bien lo que están haciendo las personas,
de todas formas nosotros vamos a buscar la manera para que
los finqueros no agarren nuestro terreno.

carlota

En CONAVIGUA no solamente piden justicia, ellos saben
cuantas viudas se quedaron, pedimos proyectos porque
somos mujeres viudas y pedimos proyectos de lámina pero
ahora ya no está saliendo proyectos. Antes nosotras no
logramos organizar un grupo de mujeres pero luego llegó
CONAVIGUA a reunir a todas las viudas y desde ese momento
empezamos a organizarnos y también otra organización que
es PROSIDEC esas organizaciones nos apoyaron un poco,
ahí hablamos de que nosotras las mujeres tenemos derecho,
no solo los hombres tienen derecho sino que las señoritas
y jóvenes también tiene derecho de participar para que así
podemos salir adelante, CONAVIGUA nos dice que nosotras
las mujeres no nos toman en cuenta, nos discriminan como
mujeres q’eqchi’, los ricos no nos toman en cuenta, las
señoritas tienen derecho de estudiar y nosotras las mujeres
tenemos derecho de organizarnos; yo le he dicho a mis hijas
que tienen derecho a participar en las reuniones para que
todo sea igual con los hombres, así como en CONAVIGUA
está dando la oportunidad a todas y todos que participen,
ahora las mujeres tenemos derecho de participar en las
reuniones no solo los hombres tienen derecho sino que
nosotras también como mujeres, así vamos a salir adelante,
eso es lo que digo a mis hijas y a mis nietos.

Cuando empecé a participar en lo de la tierra yo tenía que ir a
las reuniones para escuchar lo que decían y a colaborar en la
comunidad, la verdad que yo luché porque yo quiero que mis
hijos tengan terreno, a mí me dieron terreno pero los comités
se dieron cuenta que se casó mi hijo y después los comités
llegaron a mi casa a platicar conmigo y me dijeron “ahora ya se
casó su hijo y usted ya es muy anciana, ahora sus hijos te van
a mantener, con respecto al terreno vamos a pasar a nombre
de su hijo para no encontrar problema”.

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historias de vida

bien, ellos lo dicen porque se preocupan por mí pero yo tengo
que participar y cumplir las reuniones.

La Memoria que Grita Justicia
Cuando nos empezaron a matar no teníamos claro lo de los
militares y hasta ahora nos está abriendo los ojos muy claro
las organizaciones: ¿por qué nos querían matar a todos los
indígenas? Antes yo pensaba que solo aquí sufrimos la guerra,
pero no es así, sino en todo Guatemala. Algunos tenían idea de
lo qué pasó, pero nosotros no lo sabíamos; lo qué pasó en la
guerra lo tenemos guardado en nuestro corazón; y eso nunca
se nos va a olvidar.

También a don Canche porque él trabajó en la municipalidad
de Panzós, y él mandó a los militares a la comunidad de
San Marcos; todos lo sabemos. Cuando mataron a muchas
personas en Panzós, él fue el culpable; eso dicen las mujeres
viudas. Y aunque ya no está trabajando en el municipio o ya no
está en Panzós, sí estaba cuando regresamos de la montaña.

carlota

Quiero justicia por las cosas que nos hicieron, porque los
militares no nos vieron con lastima cuando nos quedamos
solas, para que los militares sean castigados, que sientan el
dolor, lo mismo que sufrimos nosotras; y por lo que hicieron
a nuestros maridos, porque los hombres que se llevaron
no tenían la culpa, no robaron nada en el almacén de los
militares. No sé si vamos a llegar a lograr la justicia o no, no
sé si algunos están vivos o ya se murieron, pero sé que algún
día lo van a pagar.

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historias de vida

Para eso estamos en reuniones, para lograr justicia, para que
los militares sean castigados, eso queremos, justicia.

Polochic, 2006
En 2005, Carlota se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.
En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había

Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.
Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.
Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

1. Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos que
lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y Olga
Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
2. Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios públicos.
Ver en particular las memorias del Festival por la memoria
de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy Viva”; y de
Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo de la libertad”.

carlota

En esta organización voy a seguir participando, porque me
violaron. Cuando llegamos al encuentro, conocí a varias
mujeres de diferentes lugares, pienso que no solo a nosotras
nos paso la violación, somos muchas mujeres en el grupo. Yo
digo que todas las mujeres vamos a ir con el gobierno porque
no estamos inventando lo que estamos diciendo. Ese día, solo
Dios sabe, tal vez no voy aguantar el miedo o tal vez ahora
ya no vamos a conocer las caras de los militares porque ya
es mucho tiempo. Ese día voy a estar enojada contra ellos,
tal vez lo voy a gritar no voy a estar riendo. Ellos nos hicieron
mucho daño, yo les puedo decir a los militares “ustedes son
los culpables mataron a mi marido y me violaron eso fue en el
año 1980”.

un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.

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historias de vida

Nosotras fuimos a Panzós a arreglar unos documentos, pero él
no nos los quiso dar. Se puede pedir justicia, sí. Lo podemos
hacer juntas porque todas sufrimos igual. No podemos hacer
justicia solas, si no juntas, lo podemos hacer y entre todas
también contar más historias.

historias de vida

carlota

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historias de vida

carolina

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43

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora olga alicia paz
traductora carmelita chonay
transcriptora asunción telón
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

carolina

Éramos cinco hermanas,
cinco mujeres. Antes
de nosotras mi mamá
tuvo siete hijos varones
pero murieron, fueron
abortos o nacieron y se
murieron. De nosotras
primero nació mi
hermana Teodora, luego
nació Nicolasa, luego
Antonia y la cuarta soy
yo, la más pequeña de
los que quedaron vivos.
5

estoy viva
carolina
El corazón de la
mazorca

quería; si nos pegaba nos quejábamos con nuestro papá y la
regañaba: “son mujeres y trabajan”, decía, y si de todas formas
nos pegaba, a ella le pegaban en la tarde.

Desde que me acuerdo sufrí mucho, no había hombres, por
eso teníamos que trabajar. Nos hicieron nuestras canastas
con bejucos y recogíamos piedras para hacer un corral que
atrapara el agua y para que saliera bien la milpa; nos llevaban
a limpiarla, sembrábamos, buscábamos leña, la rajábamos,
hacíamos nuestras tortillas. Teníamos piedritas pequeñas, ahí
molíamos, no había motor. “Váyanse a jugar un ratito y cuando
sean las dos de la tarde empiezan a moler. Aprendan para
cuando crezcan”, nos decía mi mamá. A veces nos daba
pereza tortear y decíamos: “que tortee ella”, y nos íbamos a
jugar otra vez. Con mis hermanas me llevaba bien, sólo cuando
se casaron fue que me dejaron.

Fui una niña muy querida por mi papá. A mediados de año les
compraban ropa a mis hermanas y a mí cada mes. Cuando
mi papá me llevaba al trabajo, me amarraba sobre el caballo
y los demás a pie se iban. A donde él fuera, traía dulces en su
bolsa, le daba uno a cada una y cuando iban a alguna fiesta
me llevaba en la espalda.

Nuestra mamá nos metía a mis hermanas y a mí en el temascal
para escondernos y que no fuéramos a la escuela porque
decían que ahí pegaban; así era el modo de ella, nos daba
nuestra comida, aunque fuera yerbita, no nos pegaba, nos

Ese cambio que mi mamá tuvo fue cuando yo tenía nueve
años; ya no nos quería, no nos daba de comer, no nos hacía
las tortillas ni nos lavaba la ropa. Le decía a mi papá: “lávales
la ropa”, y mi papá iba a cargar el agua desde lejos antes
de ir al trabajo para dejarla lista. Como nos bañábamos en
temascal, nos decía: “ya fui a traer el agua, no se vayan a
quemar. Báñense ustedes porque su mamá nunca lo va
hacer, estén limpias”. Mi mamá se la pasaba bola y cuando
mi papá llegaba, preguntaba: “¿ya comieron?”. “No”, decía mi
mamá tirada en el patio. Una hermana nos hacía las tortillas,
ella se volvió nuestra mamá: nos alimentaba, nos decía que
cambiáramos nuestra ropa y que ella la iba a lavar.

carolina

En ese tiempo, en mi comunidad no había problemas ni
había mucha gente, lo que sí es que había muchos perros:
como era pura montaña, cada uno tenía ocho o diez; a cada
poco pasaban los coyotes, y los perros los asustaban. Los
que poblaron ese lugar fueron los hijos de mis abuelos, había
solamente seis casas, una por loma. No había tienda, ni
escuela, nada más como ocho personas recibían clases en
una casita de paja.

Mis papás se llevaron bien desde un principio, por eso tenían
todo, pero de repente mi mamá empezó a tomar y comenzaron
los problemas entre ellos. Lo que pasó fue que mi mamá se
ponía triste al ver a los hijos varones de sus cuñadas y decía: “así
estuvieran mis hijos”. Por eso que decía mi mamá yo también me
sentía mal, en cambio mi papá no decía nada por tener hijas.

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historias de vida
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De cuando era más pequeña no recuerdo, desperté más o
menos a los diez o doce años, hasta entonces sentí, o sea que
ya estaba viva, ya razonaba.

8

Mis papás hacían candelas de las que les dicen flor y nosotras
entonces nos arrodillábamos y ellos nos decían que le
pidiéramos a Dios; las encendían, quemaban azúcar, trago,
pan y pedían fríjol, maíz, pedían todo y se les daba. Papá
compraba unas seis libras de carne de marrano, que costaban
2 quetzales, y eso era lo que quemaban. Llevaba un galón de
trago, lo regaba alrededor de toda la milpa y ningún animal
se la comía, todo crecía. También mataba un pollo y regaba
la sangre en todo el terreno y cuando salía la mazorca, venía
roja. Mi papá solito sembraba siete cuerdas de milpa y cabal
dos trojas2 de maíz nos salían; cosechaba también ayotes3
1
2
3

Tamales grandes que se cortan para calentar.
Sitio para almacenar el grano.
Calabaza.

Mi abuelita era comadrona, ella me dijo que ya no fuera a
recoger piedras, entonces a veces me iba con ella a preparar
el temascal de las mujeres. Yo tenía una buena relación con
ella, que era la mamá de mi papá; ella vivía aparte pero cuando
empezó su enfermedad la cuidamos por un mes. Recuerdo
que cuando iba a morir, decía: “no llores, nunca te pongas
triste porque me voy”. Primero murió mi abuelita, después mi
abuelo. Cuando ella murió, empezamos otra vez a trabajar
en lo mismo, en la milpa, por eso cuando quedé viuda en la
violencia, no lo sentí mucho, sabía trabajar, sembrar y rajar
leña, no me costó tanto sin el esposo.
Nuestro abuelito decía: “no sé por qué nacieron sólo mujeres,
lo que pasa es que su mamá les tiró piedras a los zopilotes,
por eso no hay que tirarles piedras, porque sólo mujeres llega
a tener una”. No sé si era verdad. A los otros abuelos no los
conocimos, parece que mi mamá tenía cuatro años cuando
su mamá murió.

carolina

historias de vida

En ese tiempo la comunidad construyó el camino que va a
Chupol. Mi papá trabajó en esa carretera y nosotras íbamos a
pie a dejarle la comida y los pixques1. Por semanas se fueron
a construir la carretera; decimos nosotros que eso fue un
esfuerzo de los viejos, que se hizo a pura piocha, igual cuando
fue el camino para Sololá, el camino que va para Guatemala.

cada año y cuando tapiscaban, venía el caballo con la carga
y lo recibían con incienso; cuando caía la mazorca alistaban
las rosas y se las regaban encima, se tomaba atol hecho de
la semilla del zapote y fresco de tamarindo, eso también lo
echaban en el centro. Cuando se ordenaba toda la mazorca,
mataban un gallo, lo pasaban encima y lo enterraban lejos del
terreno. Mi papá decía: “eso es el corazón de la mazorca”.
También se hacía ceremonia cuando se construía una casa
y cuando nacía un niño se mataba un pollo, o si era niña se
mataba una gallina, después ya no se hizo.

9

Nosotras seguimos con nuestro trabajo de desgranar el
maíz y de alimentar a los pollos. Mi papá decía: “son mujeres
pero hay que enseñarles a trabajar”. Mi mamá ya no valía,
por eso decía mi papá: “se van las tres conmigo, vamos a
vender a Guatemala”. Nos íbamos a pie con nuestra carga,
no aguantábamos nuestros pies porque estaba lejos y nos
pegaban para que camináramos. Tres veces fui con mi papá
hasta allá a pie, ocho días nos tardábamos en llegar, íbamos a
vender aguacates y granadillas.

Para el terremoto, ¡ay, Dios! Se acabó nuestra casa. Mi papá
estaba enfermo, tenía mucho ardor en el estómago. Yo no
dormía y él me dijo: “regálame un poco de atol porque ya me
viene la muerte”, y cuando le di su atol en la boca, se escuchó
como un rayo en el cielo y cayó la pared. Entonces, jalando
de los pies a mi papá, lo saqué; acababa de sacarlo cuando
cayó toda la casa. Le dije a mi mamá que saliera rápido, ella
dejó su chamarra y salió corriendo. Escuché que la gente
gritaba. Mucha gente murió. Como a la media hora vinieron
los hombres preguntando: “¿no murieron? Venimos porque
supimos que estaba enfermo su papá”. Yo dije: “No, estoy viva
y logré sacar a mi papá”, ya después logramos curarlo.

carolina

Mis hermanas se casaron: Teodora de dieciocho, Nicolasa de
dieciocho, Antonia a los quince años, y yo me quedé. Mi papá
me dijo: “vos no vas a casarte, vas a quedarte aquí pues no
hay quien me vaya a mantener”. Yo aguanté como doce años
de estar con él, después del terremoto me casé y lo dejé.

10

historias de vida

Hubo un tiempo en que las cosas eran baratas pero después
subió todo. Antes decía mi papá: “ahora tenemos 40
centavos, tenemos dinero”, y un año más o menos antes del
terremoto del 76, dijo: “¡tengo 15 quetzales! ¿Y ahora m’ija,
qué hago? ¿Compro un mi cajón, una mi vaca o qué?”. Se
fue y cuando regresó traía una gran vaca, ya podíamos hacer
queso; a los tres meses nació el bebé de la vaca.

Después del terremoto

11

Mi abuelito también decía: “mira patoja, yo soñé que vienen
los aviones del cielo, vienen los televisores, los carros, todos
van a venir, hasta va a venir luz, ¡ay van a ver! Ojalá estuviera
yo vivo todavía, ustedes son los que van a ver eso, van a
alcanzar eso”, y cabal lo que le dijeron en su sueño fue lo
que pasó: vino la luz, vinieron aviones, pero ya no los vio. Yo
tenía veinticinco años cuando llegó por primera vez un avión,
después llegó una camioneta, después vinieron más y más.

Cuando conocí a mi esposo fue después del terremoto.No
teníamos techo en nuestra casa, se había caído porque era
de teja y habíamos puesto nylon encima, pero como hacíamos
fuego, se puso negro, y éramos puras mujeres, no había quién
hiciera el adobe. Mi papá estaba en cama y yo escuché la
razón de que Vecinos Mundiales Guatemala daba lámina a los
que se les había caído su casa; fui a la reunión y nos dieron
diez hojas de lámina de catorce pies. Al que apuntaba le dije:
“hazme el favor, pon mi nombre para la lámina, a nosotros nos

Antes no era la mujer la que le hablaba al hombre, sino que el
hombre se la pedía al papá. Él le fue a decir a mi papá: “ahora me
haces el favor de darme a tu hija. ¿Cuánto me pides por ella?”.
Mi papá le dijo: “¡no es mi vaca para que la venda! Ella decide si
quiere o no, yo no tengo forma para hacer que se vaya, sólo la
tengo a ella”. No me daba y él le decía: “¿y si tomas y le pegas?”.
“Yo nunca le he pegado, desde chiquitita. Les he enseñado a
hacer su trabajo, ellas siembran milpa, bajan leña, juntan piedras,
no son mujeres perezosas”, le decía. “Yo he visto que no es una
mujer perezosa, por eso es que la estoy pidiendo”.

Antes, si te robaban ya no te recibían, menos si había pasado
una semana, pero a mí, después de que pasó un año, mi
papá me dijo: “regresa. ¿Porqué me dejaste?”. Yo había
adelgazado y me puse muy pálida, vivíamos con los suegros
y no era igual a cuando estaba en mi casa, que preparaba
atol o lo que yo quería comer; ahí no había forma de agarrar
las cosas porque tenían dueño, no comía hasta que él
regresaba, y si no llegaba, no comía.

Al otro día llegó el hombre y me dijo: “ya pedí permiso, dice
que te van a dar”. Una de mis hermanas me dijo: “¿para qué
te vas? Nuestro papá se va a quedar solo y nosotros tenemos
vacas, ¿quién las va a cuidar?”. Entonces no le hice caso al
hombre, pero un día me mandaron a traer tres viajes de agua;
ya llevaba dos y al tercer viaje me robó. Yo no quería irme,
pero él traía a otro compañero y cuando venía con mi tinaja
me agarró, tapó mis ojos y me llevó a tuto. Mi tinajita la dejaron
sentadita en una piedra.
Hasta la semana regresamos con mi papá. Le dije: “yo no
quería, él me robó cuando fui a traer agua”. Mi papá le pegó al
hombre con un lazo y le dijo: “¿por qué te la quisiste llevar?”,

Había un muchacho que había hablado conmigo, que era de
Tecpán, pero como me habían robado, se quedó. Entonces
le dije a mi papá: “si me das permiso, yo me quedó”. “¿Y qué
te hace falta pues para regresar?”, me contestó. Al hombre le
dije: “mi papá necesita que le costure y le lave su ropa”. Él me
contestó que comprara azúcar, carne y le viniera a dejar a mis
papás, pero no era lo mismo, por eso yo le dije: “si quieres te
vas conmigo y si no, yo sí me voy”. Mi papá me había dicho:
“si te regresas te dejo dos cuerdas de terreno donde vayas a
vivir”, regresé, me buscaron mi terreno y ahí construí mi casa.

carolina

porque él estaba en la capital cuando me llevaron y cuando
vino me estaba buscando, por las noches me llamaba. El
hombre ya no quiso devolverme. Él ya tenía treinta y cinco
años y se llamaba León Ortiz Smith; yo nunca me enamoré
mucho de él, no me gustaba mucho.

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historias de vida
12

sirve”. “Ah, sólo les voy a dar a ustedes, no es necesario que se
apunten porque él es mi suegro”, me dijo. “¿Y cómo es eso?”,
le pregunté, “¿cómo te llamas?”. En eso mi hermana Teodora
me dijo: “cuida la lámina aquí y vamos a cargar nosotros”, y el
hombre se fue a cargar las láminas.

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Tampoco sabía lo que iba a pasar cuando ese hombre me
robó; me asusté y me enojé mucho con él, hasta le pegué
y le fui a dar la queja a su mamá: “¿Por qué me hace así?
Mejor me regreso a mi casa, si él me hubiera dicho, yo no
me hubiera quedado”, y ella me dijo: “es que así hacen los
hombres”. Todavía después de que pasó eso, me vino dos
veces la menstruación, pero como él se iba al trabajo, cuando
llegaba ya no la tenía. Y un día, como a los dos meses de haber
regresado, estuve con dolores y a las tres nació un bebé, en el
año 77, en el temascal de la casa con una comadrona. Le dije
a mi papá que yo no sabía que iba a tener un hijo, pero mi papá
sí sabía y ya tenía comprada la ropa cuando nació mi bebé.
“No te preocupes m’ija, ya compré ropita, hay un par para
niña y un par para varón, ya tengo sus gorritas, como es varón
ahora esto va a usar”. Así fue como vestimos al niño; mi papá
rompió una jerga y un pantalón para envolverlo. Mi esposo
antes había pasado nueve años con una mujer y nunca tuvo
hijos, entonces la dejó y me llevó a mí.

Aunque ya tomaba, a mi mamá le gustó mucho el bebé porque
ella no tenía varón, más cuando empezó a caminar; el bebé
jugaba con mi papá, lo queríamos mucho y así creció. Como
antes no había agua en el patio, tenía que acarrear agua desde
un barranco, me lo llevaba en la espalda; a las tres de la tarde
iba a traer tres viajes de agua, después iba a lavar mi nixtamal
y con el niño en la espalda lo molía. Cuando empezó a caminar
lo puse en un cajón que compramos, no quise que caminara en
el suelo, por eso andaba bien limpio. El nombre que le pusimos
fue Jeremías, ese nombre lo escogió su papá pero toda la gente
le empezó a decir Lucio, porque al papá le gustaba mucho ese
nombre, así se llamaba un señor ladino que era de la costa,
entonces el niño se acostumbró a ese nombre.
Tuve dos niños, al año y medio del bebé anterior nació el otro
y yo ni sabía que estaba embarazada, porque después de que
nació mi primer bebé ya nunca me vino la menstruación, lo
supe hasta que se empezó a mover. A ese segundo niño lo
llamamos Ovidio.

carolina

historias de vida

Regresé con mis papás y ahí con ellos nació mi bebé. Antes
de eso, como yo no sabía nada, mi esposo me decía: “ya
no vayas a tejer, que estás enferma”. “Yo no estoy enferma,
a mí no me duele nada”, le dije, pero él sí sabía porque era
promotor de salud en un grupo. En cambio a mí nadie me dijo,
ni mi mamá; como hasta los dieciséis años me vino la regla; yo
nadaba en agua fría y no hablaba de eso con mis hermanas,
nos escondíamos pero no sabíamos porqué nos salía sangre,
nunca nos platicaron.

Cuando nació nuestro hijo se reunió la gente, matamos cuatro
pollos. Hicieron fiesta, comieron, tomaron trago. A los tres
días mi esposo se fue de nuevo al trabajo, hasta entonces
le compró los pañales. Nosotros no sabíamos, cuando uno
era patojo nunca platicaba alguien con uno, no es como
ahora que les enseñan a los niños, por eso nos costó mucho.
Tener a ese niño a mí me gustó, lo cuidaba, lo cargaba en la
espalda cuando no se dormía o cantaba con él, le compraba
sus juguetes. Estuve muy alegre porque era varón y también
su papá estuvo muy alegre, era su primer hijo.

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Lucio y Ovidio

En mi vida de casada no tuve problema: preparaba mi comida,
la llevaba a los trabajadores y mi esposo me llegaba a encontrar
allí. Nunca tuve problemas con él. Yo también trabajaba la
tierra de mi padre; mi esposo me decía: “¿para qué vas? ¡Da
vergüenza! Tenés niños, mejor que lo hagan los trabajadores”,
pero a mí me gustaba trabajar, dejaba a un niño en el corral y
al otro lo cargaba en mi espalda.

Tuvimos que huir a la montaña, salimos de la casa, dejamos
nuestros pollos y a saber qué se hicieron; los soldados se
llevaron las gallinas, el ganado, las vacas, caballos y a todos
nuestros perros los mataron e incendiaron la casa. Mi padre a
escondidas iba a alimentar a los animales y a recoger huevos,
nos los dejaba entre los palos donde estábamos escondidas
y nosotras buscábamos en dónde cocinarlos. Mi papá murió
el 18 de marzo del 81, de ocho balazos. Cuando fue a traer
huevos y llegó a dejarlos conmigo, me dijo: “agárralos rápido,
voy a ver a otro compañero, por ahí ya vienen los soldados en

carolina

Ya en la violencia lo que más sucedía era los guerrilleros y
soldados violaban a las mujeres. Ya no se podía pasear cuando
llegaban, desde las cinco de la tarde ya no salíamos. En
nuestra comunidad hubo masacre, fue en el caserío Patoquer,
ahí murieron unos cien; cuarenta y cinco fueron sepultados y
a los demás se los comieron los perros. En ese tiempo murió
mi hermana Teodora, tenía un mes de haberse casado, su
esposo murió con ella y ya tenían tres hijos.

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historias de vida

Sin ningún motivo

Esa primera vez nos huimos de mi casa a la montaña y
después regresamos. Mi esposo se fue a traer leña, pero de
repente vinieron los soldados, entraron en mi casa y me dijeron
que me saliera pero ahorita mismo. Agarré a uno de mis hijos
y lo puse en mi espalda, agarré a mi otro hijo de la mano
y nos encontramos con mi esposo en la orilla del camino.
De ahí venían los soldados, saliendo de las montañas, y ya
no pudimos hacer nada. Mi esposo venía cargando su leña
cuando le dispararon y toda cayó al suelo, yo sólo le dije que

En ese momento yo ya no sentí, agarré a mi otro hijo, corrimos,
llegamos a la orilla de un camino y nos tiramos en el barranco,
llegamos hasta el fondo donde están las piedras y no nos
vieron. Como a las seis de la tarde regresé a ver a mi hijo y ya
estaba muerto, pero mi esposo no murió, escuché que se lo
habían llevado con varios, eran siete camiones los que llegaron
y decidí seguirlos. Yo llevaba a mi hijo y me encomendaba a
Dios porque ya estaba oscuro y saber qué nos podía pasar.
Como a las tres de la tarde del otro día llegaron tres hombres
y me dijeron: “¿por qué está sola, señora? Su hijo murió”, y
como ellos le habían puesto un apodo, me dijeron: “el León
murió, pobre de él, terminó su vida, se quebró su cabeza”.
Me dijeron: “hay un grupo de mujeres allá, te vamos a dejar
con ellas para que las sigas y no mueran”. Cuando llegamos,
las mujeres me dijeron: “quédate con nosotras, mañana nos
vamos a otro lugar”. Las acompañé y a mi madre ya no la
vi, hasta como a la semana la encontré en la cárcel: “Dios
mío, aquí estás, mamá”, y ella me preguntó de dónde venía y
dónde estaba el otro niño; yo le dije: “la vida de mi hijo ya se

carolina

Eso pasó porque la gente le inventó que tenía ocho hijos varones
y lo acusaron de ser guerrillero, pero no era cierto, le perforaron
todo el pecho sin ningún motivo. Cuando murió mi padre todo
se acabó y fue triste.También murió mi hermana mayor, la que
no se casó, la mataron a los treinta y cinco años.

si se moría qué podía hacer yo, que me iba a quedar con los
niños así. Bastantes soldados nos rodearon, nos quedamos
parados y mi esposo les dijo: “si me matan, me matan, pero
yo no soy ladrón, soy una persona honrada que trabajo con
azadón y piocha”. Ellos le peguntaron “¿en dónde están tus
materiales?”. Mi esposo les dijo: “se quedaron en la casa”.
“¡Mentira, mentira!”, le dijeron y jalaron a mi bebé. “Deja a un
niño aquí”. Dejé al niño parado en el camino y le dispararon,
a mi niño Ovidio le cruzaron un balazo en su cabecita, tenía
dos años.

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historias de vida

la escuela”. “Dios mío, no te vayas”, le dije y me colgué de él,
le agarré su mano para que no se fuera, pero no hizo caso.
Escuché después los balazos y la gente que llegó de la loma
decía: “se murió don Fermín, todavía corrió como una cuadra
pero lo alcanzaron y lo regresaron. Hasta por las cruces se vino
a morir, le dieron en la cabeza, en el pecho y en la mandíbula”.
“Tu papá se murió, si lo querés ir a ver”, me dijeron, pero
qué iba a hacer con los niños, si empezaron a gritar entre los
árboles y les amarraron la boca con trapos. “Abran hoyos para
los niños, para que no maten a más gente”, decían algunos,
pero una señora dijo: “démosles un jocotito para que ya no
lloren”.Les repartió en sus manitas y así se calmaron. Entonces
fui a ver si era cierto que estaba muerto mi papá y fue ahí
cuando nos fuimos una semana al Pa labor.

Estábamos escondidos entre el monte, cuando vimos que
pasaron como doscientos hombres y él estaba entre esos.
Al mes nos reunimos y nos trajeron a Chimaltenango en un
camión de soldados, a los hombres les colocaron leña en la
espalda, a nosotras nos pusieron atrás costales para que nos
vieran y llegamos frente a la iglesia. De ahí nos distribuyeron
y fue cuando encontré a mi esposo, como no le podía hablar,
sólo me dijo: “adiós”. Lo mataron en abril del 82.

Le dije a mi mamá: “Dejémonos ante los soldados, quedémonos
en la carretera”, queríamos morir. Había treinta y cinco viudas,
nos juntaron en una casa, pero los niños se peleaban, por eso
es que nos tuvimos que dividir otra vez, cada uno con su vida.
Llegaron de nuevo los soldados y pasaron a la casa: “¿qué
están haciendo?”. “Nuestra tortilla, tienen hambre mis hijos”.
“¿Dónde están tus hijos?”. “Aquí están”. “Ah, bueno, ¿y no
tienen pollos?”. “No tenemos”. “Ah, entonces ustedes son
ladrones, recojan sus ponchos rápido, nos vamos a Poaquil.
¡Pero ahorita!”. Nos metieron en un camión y nos llevaron a
Poaquil. Ahí nos fueron a dejar enfrente del juzgado y dijeron:
“si están aquí todo el día, van a ser quemados”, y nosotros
pensamos: “¿ahora a dónde nos vamos?”, y empezamos a
dar vueltas. Lo bueno fue que me encontré con una señora y
le dije que los soldados nos habían traído; ella me preguntó en
dónde estaba mi mamá: “anda, tráela rápido y se quedan en
mi casa”. Estuvimos una semana ahí. Yo andaba por las calles.
Me encontré con un señor y me dijo: “¿hace cuánto llegaron?”.
“Llevamos una semana”. “¿Y sus tortillas?”. “No tenemos”.
“Ah, bueno, te vas conmigo mañana. Llevo gente a la costa,
vamos a Acatenango, ahí hay trabajo y no hay peligro”. “Mejor
nos vamos”, le dije a mi mamá. Estaban otros cuñados míos
y les dije: “vamos a la costa, ¿para qué estamos aquí?”. Allá
trabajé nueve meses y mi mamá se quedó en la casa. No había
peligro, llegaban los soldados y sólo pasaban; encendíamos
nuestro fuego y no decían nada. Así fue como estuve viva. A
las tres nos sacaban del trabajo y cuando llegaba me ponía
a tejer. Lograba sacar en una quincena 75 quetzales pero

carolina

Después encontré a mi cuñada María, y le conté que hacía dos
días había muerto mi hijo. Le pregunté si había visto a su hermano
y ella me contestó que sí, que le habían cortado una parte de
su pierna y sus dedos, que lo tenían encañonado cargando una
mochila y le pegaban, que él la conoció y le dijo: “María, por
favor, regálame un poquito de agua”. “¿Cómo quieres que te
dé agua si a mí me van a matar?”, le contestó ella; entonces él
vio que había un pedazo de olla de barro y lo utilizó para tomar
agua, los soldados lo levantaron y se lo llevaron.

A la costa

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20

historias de vida

terminó”, y ella empezó a llorar. Unos hombres dijeron: “hoy
en la tarde salimos y nos vamos hasta Palamá”. Nosotras nos
fuimos con ellos, fue una decisión mala porque llegamos hacia
los ejércitos cuando empezaron a incendiar los árboles y a
disparar, no sabíamos qué hacer. Luego nos dirigimos a un
río, bajamos y llegamos al camino que llega a Quiché, donde
nos encontramos a otras personas; nos preguntaron qué
estaba pasando y les contamos que nos habían seguido unos
soldados, entonces nos dijeron que pasáramos a su casa para
escondernos, que no tuviéramos pena.

Un día me fui a mi milpa con mi azadón; llevaba tres surcos
cuando llegó un señor que era mi familiar y me preguntó: “¿estás
trabajando?”. “Sí”. “Qué bonito está el niño en la sombra, pero
tiene muchos mosquitos en su cara”. “Lástima, ¿qué voy
a hacer?”. Entonces me dijo: “dame tu azadón, voy hacer tu
trabajo”. Terminó una fila y me empezó a decir: “anda a Poaquil,

Madre Antonia
Llegó el martes y fui a Poaquil. Encontré la ayuda y como otras
mujeres me habían dicho que les avisara si sabía de algo, nos
juntamos cuarenta viudas para pedir trabajo en donde las
monjas; ellas nos daban hilo y nos enseñaban cómo hacer el
tejido, nos íbamos a tejer de noche. Ahí también iba mi mamá,
hacía su tejido aunque estuviera bola, porque tenía que ganar
su dinero. Esa organización se llamaba Tejido Guadalupe, ahí
estuvimos varios años. Primero trabajamos con madre Antonia,
que fue la que inició el grupo; ella nos daba azúcar, maíz, arroz,
fríjol y leche para que comiéramos en la semana. También ellas
nos ayudaron con láminas para parar nuestras casas.
Desde ahí fue cuando agarré la directiva, porque dijo madre
Antonia que yo fuera la representante de las mujeres y que
me daba medio quintal. A mí me gustó: cada vez que llegaban
las reuniones y cada vez que llevaban el maíz yo las iba a
convocar, por eso es que me acostumbré a trabajar y busqué
instituciones, tuve un poco de conocimientos. Madre Antonia
me dijo que había un programa que ayudaba a las mujeres:“hay
que ayudar a las otras comunidades, yo sólo trabajo con las
viudas. Busca otra institución, yo te voy a enseñar”. Fui a

carolina

Era el 83. Cada tres días pasaba el ejército por mi casa en
Paley, controlando, nunca se cansaban. En el cementerio
estuvo el destacamento siete años. Ante ellos hicimos nuestra
casa de nuevo, después llegaron otra vez y nos dijeron: “la
gente dice que son ladrones”, y a cuarenta viudas nos llevaron
al destacamento a las once de la noche. Eran las doce y no nos
abrían. “Ahora nos van a matar, ¿qué hacemos?”, decíamos. A
la una de la mañana nos abrieron, cuando ya tenían escarbado
un hoyo, pero los comisionados hablaron: “las mujeres no tienen
la culpa, ya les mataron a sus esposos. Que Dios hable en sus
corazones, ¿para qué van a matarlas? Los niños, pobrecitos,
se van a quedar”. Los soldados nos dieron un somatón con el
arma y nos venimos con ellos ante nosotras. Cuando llegamos
a nuestra casa, hasta ese momento hicimos fuego y les dimos
de comer a nuestros hijos.

ya que tienes buena caña, haz media docena de canastas. Ahí
les dan ayuda a las que sufren mucho”. “Gracias, si es cierto
entonces voy. Préstame tu machete y voy a cortar mi caña”.
Hice tres varas, llegué a mi casa, empecé a pelar la caña; mi
mamá y yo hicimos media docena de canastas cada una.

23

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historias de vida

regresé porque ya se había acabado el tiempo de la cosecha
de granadas. Compré mi lámina, hice un pequeño cuarto. Las
viudas que conocí empezaron a llegar conmigo y me dijeron:
“¿qué hacemos? No tenemos comida, les damos una tortilla a
nuestros hijos en todo el día”. Como yo venía de la costa y allí
nos daban maíz cada tres días, regresé con maíz y les di un
poquito a cada una.

24

Cuando salió la madre Antonia, pasamos un año sin tejer, ya no
había de dónde sacar dinero. Nos juntamos otra vez y volvimos
a pedir trabajo. En ese tiempo subió el precio del tejido, era un
trabajo duro y por eso mi hijo y yo mejor buscamos la forma
de sembrar café. Con el dinero que gané con el tejido, compré
una vaca, y cuando la vendí, el dinero lo invertí en una tienda.
Por eso pude mandar a mi hijo a la escuela, llegó a tercero y
después sacó su cuarto en alfabetización, pero sólo hasta ahí.
Cuando Lucio ya tenía cuatro ocinco años, fue cuando me fui
con las monjas a pedir trabajo de tejer y el niño me desenredaba
el hilo, nunca jugaba, se acostumbró, se hizo hombre. A los
ocho años le dije: “ya me aburrí del tejido”, y entonces él se
fue a buscar trabajo; cuatro días se iba a trabajar con azadón
y conseguía para pagar un mozo ya adulto, y a los ocho días
terminaba de sembrar la milpa; en una semana de trabajo

“Vos sos guerrillera”
En ese año una señora que se llamaba doña Candelaria, de
Saquitacaj, me inventó cosas, dijo que yo era guerrillera, que
todas las semanas llegaban los guerrilleros a dejarme ropa
y comida. Los soldados llegaron como al mes; yo escuché
ruido detrás de la casa y pensé que ya era de día, encendí mi
candela y abrí la puerta; en ese momento me agarraron y me
taparon, fueron llegando más y más y de ahí me destaparon la
cara y sólo había soldados. A mi hijo varoncito lo fui a jalar del
poncho, lo cargué en mi espalda y de ahí lo bajaron. Agarraron a
mi mamá, la bajaron de la cama, le amarraron las manos atrás.
“¡Mostrá donde está la comida de los guerrilleros!”, gritaban.
“No tengo nada, si lo que tengo es un poquito de nixtamal,
un poco de tortillas”, les dije. Bajaron las tortillas: “¿dónde hay
más?”. “No hay, sólo eso es, si sólo nosotros vivimos aquí”, y
no lo creían. Llegaron los demás y fueron a buscar en todas
las casas, llegó el auxiliar, me tenían amarrada en un palo y me
decían que les mostrara la ropa de los guerrilleros. “No tengo
nada, no los conozco”, le dije.

carolina

historias de vida

Madre Antonia era una gringa, estuvo seis años en Poaquil,
cuando estaba todavía el destacamento; la sacaron a puro
fuego, pues un hombre la denunció porque ella no quería
que se metiera con las viudas; ese hombre dijo que los que
estaban ahí eran guerrilleros, que ahí practicaban, que eso era
lo que les enseñaba la madre Antonia. Los soldados llegaron,
la agarraron del pelo y se la llevaron. La tuvieron cuatro años en
la cárcel y a nosotras nos repartieron el hilo que quedaba para
que lo termináramos porque ya no iba a seguir el trabajo.

juntaba 25 quetzales, me daba 20 y él se quedaba con los
5. Cuando llegó a los catorce años, trabajaba solito, con lo
que ganaba iba a comprar al mercado y cuando regresaba del
trabajo llegaba a desenredar más hilo. Él me ayudó bastante;
de seis a una de la mañana no dormíamos, hasta que salía el
tejido y como no había luz, él era quien agarraba la linterna
para alumbrar; si uno se dormía, no había nada que comer, no
había maíz, no nos quedaba nada.

25

una cooperativa y le avisé a la madre que yo no sabía hablar
castilla, entonces ella me hizo la solicitud; al mes me llamaron,
me dieron maíz y les di a las mujeres un quintal de maíz.

favor, decime dónde me viste y qué clase de arma y cómo es
la ropa de guerrillero que me estás echando. O, ¡anda a llamar
a tus maridos que están por ahí, anda llamarlos a ver quién de
nosotras se muere, vos o yo! Yo fui a la costa y vos te quedaste
aquí en tu casa y me haces así”. Los soldados se juntaron a
nuestro alrededor: “nosotros ya escarbamos en su casa y no
encontramos nada. ¿Ahora vas a decir o no vas a decir?”, le
decían con el arma en espalda. Entonces ella dijo: “perdonen,
yo pensé que era bueno lo que hacía, pero lo inventé. Lo que
a mí me duele es que ella estuvo con mi marido, talvez fueron
amantes y yo no lo supe. Él era mi marido primero, por eso me
dolió, porque por culpa de ella murió el hombre”. Entonces le
dijeron: “¿vas a parar o no?”. Levantaron el acta y ella dijo que
iba a parar, si me molestaba en la calle, le iba a caer.

De la violación tuve un hijo en el 84, fue lo que me dejaron
los soldados. Yo ya le había buscado el nombre a ese
bebé y con mi cuñado fui a registrarlo. Cuando llegamos a
Poaquil, estaban los soldados y dijeron: “¡ya viene mi hijo!”,
me desataron al niño de la espalda, se juntaron y me dijeron
que me lo iban a quitar: “sólo agarra el dinero”. “Yo no doy a
mi hijo”, les dije. Entonces preguntaron: “¿qué vienen hacer
aquí?”. Mi cuñado dijo que íbamos a registrar al niño y los
soldados le preguntaron: “¿qué nombre le han buscado?”.
“Jacobo”. “Ese no es su nombre. Se va llamar Rigoberto
Antonio”. Nosotros no queríamos ese nombre. Entramos a la
municipalidad y dijo el alcalde que entregara al niño: “no lo

carolina

Aunque me muriera, me moría con él

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historias de vida
26

Él hizo entonces hizo un papel, mandaron ese documento a
Poaquil, llegó al destacamento, llamaron por teléfono y hasta
entonces regresaron, me patearon y nos desataron. Nos
llamaron a Poaquil al día siguiente y el auxiliar me dijo: “cuando
entres a la Municipalidad, cargas al nene, no lo vayas a dejar
porque sino, te van a matar”. Mi mamá se fue conmigo, tenía
pelada la muñeca de la mano porque la apretaron mucho y fue
a mostrarla. Entonces el alcalde llamó a Candelaria: “¿porqué
denunciaste a esta señora, cuándo viste la ropa que ella
tenía?”. “Yo no dije nada”. “Decí”, y le pegaron con cincho.
“Ya no la molesten, que quede así”, les dije. Pero a los quince
días llegaron otra vez al patio y me violaron. Me querían matar,
agarraron el cuchillo, me lo pusieron en el cuello; otro me tenía
con el fusil en la espalda. Cuando di la vuelta había dos leñas,
las agarré, le di un leñazo a un soldado y le quité el arma;
los otros se enojaron y fue cuando me violaron. Uno era de
Hacienda María. “Por algo nos hiciste así, Cornelia”, me dijo
y llamó más soldados. Pasaron siete conmigo, me violaron,
después me pegaron. Por la tarde, como a las cuatro, me
levanté. Mi mamá estaba amarrada y hasta esa hora la fui a
desatar, entonces llegó mi cuñado a ver si estábamos vivas. Al
tercer día nos volvieron a llamar a Poaquil y yo pregunté: “¿por
qué y quién es el que inventa eso?”. El teniente dijo: “yo soy de
Canajal, doña Candelaria fue la que dijo que sos vos la que da
práctica a los guerrilleros, por eso es que nos enojamos, pero
si vos querés hacer la ley, mañana mismo vamos a traerla para
que se termine de una vez, porque si no, algún día te van a
matar”. Fueron otra vez a traer doña Candelaria y la amarraron.
Cuando llegó, yo hablé con ella: “vos sos guerrillera”, me dijo,
“qué pecado”. Le dije yo: “¿por qué estás diciendo eso? Por

Yo estaba sentada enfrente de la escuela, llevaba a mis hijos,
uno estaba en mi rodilla y el otro a la par mía, cuando se
reunió la gente. Al rato llegaron doce camiones de soldados
y mi cuñado me dijo: “¿qué hiciste pues, de qué te culpan?”.
Yo volví a explicar y los comisionados dijeron: “no es posible
agarrar a esta mujer, no ha cometido ningún delito. Si la
hubieran encontrado con un hombre, haciendo documentos
o hablando, entonces tienen derecho de acusarla. ¿Cómo es
posible que vayan a traer una mujer que está cambiándole
el pañal a su hijo?”. Los soldados preguntaron por el papá
de mi hijo y yo les respondí: “¿cómo es que me preguntan
por él? Si ustedes se lo llevaron y lo mataron. Este niño es de
ustedes, por su culpa lo tengo; a mi hijo grande lo comieron
pero este otro es mío”. Nos agarramos y discutí con ellos, me
dijeron que tenía que estar encerrada por diez días en la casa
abandonada, pero los comisionados no estaban de acuerdo,
se turnaban en el corredor, en la puerta, y me daban de comer
antes del mediodía; cambiaba a mi bebé dentro de la casa,
los comisionados me pasaban la ropa seca. A los diez días los
soldados me sacaron y me dijeron: “¡ándate a tu casa maldita,
mañosa, cerota4!”, y yo les dije: “¡maldita tu madre!”, y me
regresé a mi casa. Cuando entré ya no tuve miedo, llego el
día viernes y me fui a Poaquil a hacer el mandado que dijo el
señor y cabal encontramos la ayuda.
4 Que no vale nada, que es un estorbo.

carolina

En el 86, yo estaba en el patio, mi hijo estaba pequeño y yo
le estaba dando de mamar y jugaba con él, cuando llegó otro
señor y dijo: “yo vengo con usted ya que usted sobrevivió
la violencia. ¿Tiene otras compañeras?”, y yo le dije: “sí,
¿qué es lo que desea saber?”, porque podía pasar algo, los
soldados estaban cerca, iban de casa en casa. ¿Qué tal si
se daban cuenta? Podía suceder algo malo. Él me dijo: “si
das tu nombre en Poaquil, te mandan ayuda. Te hago saber
esto porque somos paisanos. Avisa a tus compañeras”. Le
agradecí y dije que iba a hablar a una de mis compañeras y que
la otra se encargaría de avisar en forma de cadena, entonces
se fue el señor. Al ratito llegaron los soldados y me dijeron:
“bueno, señora, ¿y qué pasó? ¿Por qué estaba platicando
hace rato?”. Yo les dije: “le estoy cambiando el pañal a mi hijo,
no había nadie conmigo”. “¡Mentira! Pase, vamos”. “¿Cómo
que vamos? No soy tu mujer, estoy en mi casa. ¿Por qué voy
a salir?”. Me obligaron a que me fuera con ellos. En eso venía
mi cuñado, que se llama Esteban y que era comisionado, me
hizo una señal con la mano y me detuve; los soldados me
dijeron: “¿por qué te paraste?”. “Esperen, es que viene una
de mis compañeras”. Esteban me preguntó que cómo me iba

a ir con los soldados y yo le conté: “ellos me fueron a traer a
la casa, yo estaba haciendo mis cosas, cambiando a mi hijo;
ellos me dijeron que los acompañara y como eran bastantes
les obedecí, sólo Dios si me matan”, y él me dijo: “ahorita te
alcanzamos, voy a llamar a mis compañeros”.

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28

historias de vida

dejo, es mío. Talvez es mentira lo que van hacer y lo van a tirar
al barranco”. El auxiliar me dijo: “no lo entregues, algún día él
te va a ayudar”. Yo sentí que era mío y aunque me muriera,
me moría con él: “es mío, lo quiero. Mataron al otro nene y él
queda en su lugar, casi son iguales”. Entonces el alcalde dijo:
“que se quede con vos aunque a veces comes y otras veces
que no, pero qué vas hacer”. Por eso se levantó el acta sobre
los soldados, para que no se lo llevaran.

30

historias de vida

Me puse muy triste porque murieron mi hijo, mi esposo, mataron
a mi papá, a mi cuñado, al abuelo de mi esposo, a mi suegra,
a mi cuñada y se murieron mis hermanas.Murieron nueve en
total, sólo nos quedamos dos con mi mamá. Sentía que mis
pies y mis manos pesaban y me dormía hasta a las dos de la
mañana, mi pensamiento daba vuelta, me despertaba otra vez
a las cuatro. Me dieron pastillas para el sueño, pero nada.
Otra cosa que me pasó fue que engordé. Antes mi cuerpo era
normal, ni muy gorda ni muy delgada; tenía pereza, pero ahora
tal vez es aire lo que tengo, pues tampoco como mucho. Yo
pienso que esas enfermedades vinieron porque tuvimos que
huir de la casa y nos quedamos bajo la lluvia, no teníamos
nada que ponernos abajo, estábamos en la humedad y
acostumbrados a bañarnos en temascal; talvez eso nos hizo
mal y por eso se hincharon mis pies y mis manos. Todas las
viudas sufrimos, hubo quienes se quedaron con cinco, seis o
siete hijos; yo estuve al frente de ellas, busqué ayuda, hicimos
tejidos y otros trabajos y así conseguimos la comida para
nuestros hijos, así sobrevivimos.

El alcalde también nos dijo que nuestros maridos no estaban
muertos, que habían sido juzgados por asesinatos y que
estaban cumpliendo condenas por veinte, treinta, veinticinco
años de prisión y que no iban a quedar libres. Después dijo:
“ya hace dos años que dijeron en la televisión que salieron
libres pero se fueron a otro lado”. Yo pienso que lo más seguro
es que mi esposo esté muerto, le quitaron partes de su cuerpo,
cómo iba a sobrevivir. Se llevaron a treinta y cinco; nosotras
estuvimos buscando del 87 al 90, viajando en avión y nada.
A mi hijo Jeremías le dije: “el terreno de tu papá pasa a ser
tuyo”. En cambio mi hijo Rigoberto siente que no es de nuestra
sangre sino que es de raza ladina. La gente decía: “¿por qué
es así tu hijo?”, entonces él también decía: “¿por qué no soy
igual que los demás? Me da vergüenza estar aquí”. La gente
no lo veía bien, sufrió mucho de chiquito. A Jeremías le decían:

carolina

En ese tiempo de la violencia vi todo lo que les hicieron a las
personas: les amarraron los pies, los quemaron y les abrieron
el estómago. A algunos sí los enterramos, pero otros quedaron
entre las piedras o debajo del campamento. Estuvimos como
ratoncitos, que no hallan donde esconderse.

Estuve dos años recibiendo un tratamiento psicológico en
el que nos decían: “sus esposos están vivos. Hace como
tres años que salieron de la aldea Saquitacaj y ahora están
encerrados en Guatemala”, y nos decían que fuéramos a ver.
Todos los hombres cargaban sus tarjetas de identificación que
indicaban a qué aldea pertenecían, hicieron una fila y yo las
observé, pero mi esposo no estaba entre ellos, sólo estaban
los de Santa Polonia, Hacienda María Payal y Tecpán, de
donde somos nosotros no estaban. Hasta hoy no sabemos
si están vivos o no.

31

A mí ya no me dio miedo

Y fuimos una vez y otra vez hasta que pagó la deuda; cuando
llegaron los del gobierno a nuestra aldea, hicimos una fiesta,
¡ya teníamos casas! A los tres meses mandaron chamarras,
una arroba de azúcar, medio quintal de masa; ahí es cuando
surgió la envidia con los hombres, porque ellos también tenían
deudas y no las habían pagado.
Mi hijo creció y me dijo que no me casara porque él podía
mantenerme, por eso no me volví a casar aunque muchos
me lo aconsejaron, pero yo pensé: “si busco otro hombre,
otros niños van a venir. Si toma licor, me va a pegar. Mejor
así, el otro no me gustaba y nunca me pegó en los cinco
años que estuvimos juntos”. No pensé en casarme ni con
el que me dijo la primera vez que me fuera con él, porque
cuando murió mi esposo él llegó: “ahora terminemos el trato,
se murió mi mujer”.Yo le dije: “olvídate, yo no me voy, tengo
hijos, mi confianza es mi hijo”.
También entré a la religión evangélica hace como cinco años.
Eso fue en el tiempo en que llegaron los que escarbaron a
los muertos con nosotros. La señora licenciada se llamaba
Patricia y le decían Pati. Cuando se sacaron los muertos

carolina

Otra lucha que tuve fue la de conseguir mi casa. Cuando estaba
Vinicio Cerezo de presidente, nos fuimos a solicitar audiencia;
éramos dieciocho mujeres y mi hijo me dijo que si entrábamos
al Palacio nos podían matar: “hay muchas armas alrededor
y esas armas fueron las que mataron a mi papá”. Yo le dije
que su papá ya había muerto y que nosotros estábamos vivos.
Entramos y yo le dije “buenos días” al presidente. “Buenos
días, señoras”, nos dijo, “señora, no hable el español, es
pecado, si somos iguales”. Entonces nosotras nos sentimos
mal y le dijimos que no le podíamos hablar en kaqchiquel ,
que era el gobierno de nuestro país y que podía ser un delito.
Entonces nos preguntó: “¿cuál es su asunto señoras? Yo soy
de Comalapa y ustedes de Poaquil. Somos de la misma raza,
yo no hago excepción de personas”. Expusimos nuestras
peticiones: “nuestros esposos se murieron, se quemó la
documentación de nuestras casas, le suplicamos que se

encargue de esa deuda”. Le contamos que no teníamos qué
comer, que cuando estuvimos en la montaña no teníamos
ropa. Él nos escuchó y nos dijo: “está bien, no tengan pena,
yo les voy a pagar la deuda y si quieren regresar, lo pueden
hacer”. A mí no me dio miedo y le dije a mi hijo: “¿ya viste?
No nos mataron, hasta le dio pena vernos hablar en español
porque somos las mismas personas”.

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32

historias de vida

“¿acaso él es tu hermano? Él es ladino”, por eso después él le
dijo: “¿acaso sos mi hermano?”. Entonces platiqué con ellos
de lo que sufrimos, les conté de cómo fue la muerte de mi
esposo, porque Rigoberto preguntaba por su papá y Lucio
decía: “vos no tenés papá, tu papá es soldado”, entonces
preguntaba si lo podía ver y yo le decía: “no sé dónde está”. Mis
hijos no se quieren; Rigoberto sólo ganó el quinto magisterio,
se fue a Guatemala. Cuando tuve a ese niño, así como hice
con el otro, siempre estuvo limpio, lo iba a dejar y a traer a la
escuela para que no le pegaran en el camino, nunca lo perdí,
le empecé a enseñar con un pizarrón en la casa las letras, los
números, aprendió a trabajar. Por eso la gente hablaba y decía:
“se muere por un niño sucio, hijo de ladino, hijo de soldado”.

Otra vez tuve que ir juntando poco a poco. Eso fue duro y me
tocó solita, porque los familiares no se comprometieron.

Ese señor también me dijo que cuando se terminara el dinero,
había una institución donde estaban unos antropólogos: “anda
ahí, talvez te apoyen. Si no te contestan, vas con el alcalde”.
Fui con el alcalde, fui con los antropólogos y me dieron 200, así
poco a poco se juntó el dinero. Volvieron a venir al año los de la
exhumación con los huesos de treinta y cinco cadáveres y tuve
que volver a buscar dinero; eran como trescientas personas,
no sólo los que escarbaron sino el ministro de la defensa, el
ministerio público, el alcalde, Derechos Humanos. ¡Dios mío!

Un día llegaron unos hombres, la Pati y un gringo. Mi hijo y
mi hermana se sentaron a la par mía y se pusieron a hacer
oración junto con los hombres. “Es un mal espíritu el que la
tiene agarrada”, decían, me echaron agua fresca encima
y poco a poco fui despertando, ya no sentía que me iba a
morir; reconocí las caras, sentí que me curé y entonces me
dijeron que yo había encontrado trabajo con Dios, en la iglesia
evangélica, desde ahí acepté la palabra de Dios. Sólo tenemos
la confianza en él, qué podemos hacer si esas cosas ya

Desenterraron a los que habían secuestrado, a los que fueron
quemados, de Paracuey, de Xepanil y de otras aldeas como
Hacienda María. Los habían cerca de las escuelas, por eso es
que me puse triste. Cuando terminamos de enterrarlos, ahí sí
lloré, fue tremendo lo que sentí. La gente comenzó a hablar
de que me habían dado medio millón y por eso me enfermé
también. Patricia me dijo que no estuviera triste aunque la
gente hablara cosas, también llegaron las mujeres conmigo,
pero yo me puse tan triste que por poco me muero.

carolina

Lo que más me dio fuerzas fue cuando me dijeron los del
Ministerio Público: “señora, prepárese para contar su historia,
nosotros le vamos estar apoyando, usted es una mujer valiente”.
Expuse mi historia ante dos mil hombres en el cementerio; les
dije que observaran las treinta y cinco osamentas que no tenían
pariente para identificarlos, que talvez tenían dueño pero no
habían venido y me habían dejado sola.

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historias de vida
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me puse muy triste, porque enterré sola a los treinta y cinco
cadáveres. No tenía de dónde sacar dinero y les dije a mis
hijos: “¿ahora qué vamos a hacer, si es bastante el dinero
que se va a necesitar?”. Ellos me dijeron: “¡ah, es tu gana
que escarben los muertos! Se hubieran quedado ahí”. ¡Dios
mío! Llegó el día y nada, pero entonces un señor en Tecpán
me dijo: “vos estás triste, se te nota”; me quería invitar un
agua pero yo le dije que no, si una toma un agua sola con un
hombre hablan de uno, pero él me siguió diciendo que no me
preocupara y al fin que acepté. Le dije que dentro de ocho
días iban a escarbar a los muertos y yo no tenía dinero. “Ah,
toma tu agua, pues”, me dijo y empezó a escribir; después
pidió que firmara y yo le pregunté: “¿por qué tengo que dar mi
firma?”, pues nos han dicho que nunca demos nuestra firma,
ni el número de cédula. El señor me dijo que quería dejarme
un cheque: “en tal banco vas a entrar, anda, todavía es hora
para que saques el dinero. El papel lo guardas y cuando nos
volvamos a encontrar te voy a preguntar si te dieron cabal el
dinero”. “Gracias”, le dije, fui al banco y me dieron 700, con
eso compré comida para los que realizaron la exhumación.

Así he hecho y eso que no estuve en la escuela, sólo me metí
en la alfabetización y saqué tercero. No me extraña no poder
hablar español, ni poder escribir o leer, mis hijos dicen que por
qué hago esas cosas si no hablo español, que cómo es que
me prestan atención. Yo les digo que me tienen que escuchar
porque no digo mentiras, sino la verdad, tienen que entender
lo que les digo.

carolina

Con los antropólogos estuve recibiendo cursos dos años, ahí
iba con mi hijo. Llegaron como trescientas personas de Cuba,
Italia y China. Les conté mi historia, me dijeron que buscarían
una fecha, que me pagarían el transporte, la visa y todos los
gastos para que yo fuera a contar lo que me pasó al presidente
y a otras partes de esos países, que iba a tener un intérprete,
que lo que me habían hecho estaba en contra de la ley. Yo
les dije que estaba bien y que no tenía miedo porque tengo el
respaldo de los derechos humanos y porque lo que he pasado
es verdad y no se puede quedar así, no se pueden quedar
ahí pudriéndose sus huesos. Alguna gente me ha dicho que
no me vaya a lamentar de las consecuencias pero a mí no
me importa ir la cárcel. Todavía estoy en espera, sólo otras
personas de la comunidad se han ido ya.

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historias de vida

pasaron, ya estamos resignados. Cada año me acuerdo de mi
hijo muerto en el día de su cumpleaños y pienso en un mensaje
que dice: “ya no recordéis a los muertos, pensad en el futuro,
en las cosas que van a pasar y en el día de la muerte, hay que
ver lo que Dios sufrió”, eso es lo que me ha ayudado también
un poco a dejar a un lado mi dolor, pero en momentos sale, ahí
está guardado. Nunca, jamás, olvidaré que vi todo esto.

38

Ahora mi mamá ya tiene ochenta y siete años y sigue tomando
trago, por eso es que está enferma. Hace poco se murió mi
hermana de diabetes, fue tremendo lo que le pasó, algunas
personas decían que fue a causa de la brujería, porque le
pasaron cosas muy raras; yo la estuve cuidando. Ella decía
que pensáramos en nosotros cuando muriera, porque ella
estaba con Dios, que sólo su cuerpo se iba a quedar y su
corazón iba directo con Dios.
Cuando murió, empezó a llegar mucha gente y hasta por la
tarde me acordé de mi mamá: “¿dónde se fue? No está”. La
fueron a buscar y la encontraron en el monte sentada, llorando
amargamente. Después de eso se enfermó. Yo no he estado
tranquila, ahora tengo que cuidar de ella también. Es cierto
que toma, pero siempre nos hemos acompañado, después

Ahora tengo cincuenta y cuatro años. La organización
que comencé de Tejidos Guadalupe sigue, ahora se llama
Cooperativa Guadalupe. Yo ya no participo porque no aguanto
tejer, me duelen mucho mis pies. Me he enfermado duro, he
tenido que ir al hospital, pero todas las mujeres con las que
trabajé durante la guerra en la cooperativa de tejidos me fueron a
ver y llegaban a lavar mi ropa, llevaban pan y azúcar, hubo hasta
quienes dejaron 10 ó 15 quetzales: “para que le compren jugo”,
decían. Yo les digo: “hagamos como hacen los muchachos, que
siempre van juntos. Así debemos estar nosotras, no debemos
temerle a nadie, tenemos que ser fuertes”. Hasta ahora no tengo
miedo. A saber si es mi suerte que aunque haya problemas los
he sabido solucionar. Siempre trabajo, tengo mi tienda. Además
somos ochenta y cinco mujeres que trabajamos con pilón,
encina y café. ¡Qué bonito su pilón, qué chulo su café! Ya está
bien su trabajo como mujeres organizadas.
San José Poaquil, 2006

carolina

historias de vida

A los dieciocho años mi hijo Lucio buscó mujer y se fue lejos,
a los Estados Unidos. Rigoberto se fue a los Estados Unidos
también; estuvo ocho años en la capital trabajando en la cocina
de un restaurante, cada quince días venía y los hombres le
empezaban a silbar y decían: “ya viene el hombre blanco”, y
eso a mí me dolía. Por eso cuando buscó mujer también se
la llevó a la capital. Las mujeres de mis hijos viven conmigo,
junto con seis nietos: uno es del Canche, que así le decimos, y
cinco del otro. Mi hijo Rigoberto me manda dinero y Jeremías
no, porque dice: “como vivís con los niños, come con ellos, no
hay problema”. El otro me manda mis 200 quetzales aparte de
lo que manda a su familia.

de la muerte de mi papá anduvimos juntas en todos lados. Me
preocupa porque mi hermana, cuando ya se iba a morir, me
dijo: “mi papá me dijo que ya poco tiempo estará viva nuestra
mamá, ya no va a tardar. Cuídenla, se tiene que ir”.

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¡Qué bonito su pilón, qué chulo su café!

En 2005, Carolina se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.
En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.

Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

carolina

Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.

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historias de vida

Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.

1. Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos que
lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y Olga
Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
2. Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios públicos.
Ver en particular las memorias del Festival por la memoria
de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy Viva”; y de
Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo de la libertad”.

historias de vida

carmela

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historias de vida

los sueños te dicen lo que va a venir
dorotea

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora amandine fulchiron
traductora amalia chub
transcriptora vilma sub
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio 

dorotea

Yo ahí nací en una parte
de Senahú. Cuando
tenía diez años cuidaba
a mis hermanitos
cuando lloraban, tenía
que bañarles y lavar sus
ropas porque mi mamá
estaba trabajando.
A veces jugaba con las
demás niñas contando
las hojas y decíamos que
era dinero. 

La montaña y la finca
de café 

Recolectar el maíz, cortando las mazorcas de la planta.

Ahí en la finca, el terreno era del patrón pero la milpa era de
nosotros, era finca de café. Yo no trabajaba en la cosecha
del café, solamente mi papá. A veces los caporales criticaban
mucho a los hombres, decían que no trabajaban bien. Tal
vez por eso mi papá salió de trabajar ahí y nos fuimos a La
Esperanza cuando yo tenía doce años; después mi papá
también trabajó allá en la finca, cerca de la Esperanza, pero
no le pagaron sus días y cuando vino la guerra se fueron los
dueños. Antes de la guerra iba a pedir su pago a Panzós y al
Estor, cuando vino la guerra ya no lo pudo pedir.

dorotea

Nosotros somos tres, tengo un hermano y una hermana;
éramos seis pero tres se murieron cuando los dieron a luz. Mi
hermano y yo trabajábamos mucho pero mi hermana no, ella
no quería ir al campo y tal vez mis padres la querían mucho
y a nosotros no, porque nos mandaban a tapiscar; o tal vez
era que a mi hermano y a mí nos gustaba mucho jugar y
cuando nos enojábamos, nos peleábamos, por eso mi mamá
nos mandaba a buscar leña y a tapiscar maíz mientras que mi
hermana se quedaba en la casa a lavar la ropa y a preparar
la comida. Antes mi mamá estaba muy enferma; a veces
pienso que a mí me hubiera gustado quedarme en la casa: a
veces mi mamá quería su cal, sal o azúcar y a mí me hubiera
gustado haber hecho los mandados porque en la montaña
hay mucho calor para trabajar. Pero de todas formas me
gustaba ir con mi papá al campo, así cuando llegábamos
a la casa, ya estaba lista nuestra comida. Aunque es duro ir
a tapiscar, hay algunas personas que me dicen: “antes has
trabajado mucho, por eso te duele la espalda”, y es cierto.

Vivíamos en la hacienda, pero mi papá se cansó de estar allí
porque tenía que ir a la finca Panacté a trabajar. Todos los
que vivían ahí se iban y se regresaban juntos; había algunos
hombres que cuando se venían, buscaban leña para sus
esposas, pero mi papá no podía hacer muchos trabajos. Las
otras mujeres no salían mucho a trabajar, en cambio mi mamá
y yo sí salíamos; así aprendí a buscar leña y a tapiscar y a ir a la
montaña. Si no hubiera aprendido tal vez ahora tendría miedo
de ir a la montaña, en cambio me voy a donde quiero.  

historias de vida

Cuando tenía como once años, iba con mi papá a limpiar
chile y fríjol y a tapiscar, también podía moler maíz en la
piedra. Donde trabajaba mi papá quedaba muy lejos de
la casa, había que caminar mucho, lo que hacíamos era ir
dos días y llevábamos la piedra para moler maíz; allá en el
campo hacíamos las tortillas, mi hermano nos acompañaba
y ellos dos tapiscaban mientras yo me quedaba a preparar
la comida.

Yo tenía una mi amiga que se llamaba Candelaria. Ella me
acompañaba a cortar chile y si no podía ella, me acompañaba
mi hermano. Candelaria se quedaba en mi casa conmigo
cuando salía mi mamá, no hablábamos de parejas porque
antes no conocíamos nada de noviazgo, lo único que hacíamos
era cocinar güisquil y lo comíamos. A esa joven una vez la 

Fruto de la chayotera, de aproximadamente diez centímetros de
longitud, de color verde claro, forma alargada y superficie rugosa
con algunos pelos punzantes.

Antes, cuando había ceremonias, mi papá me contaba cómo
es la relación con el Tzuultaq’a y me preguntaba quiénes
nacieron primero, si las plantas o los animales. Lo que yo hago
cuando mi papá hace ceremonia maya es ayudar en la cocina
a preparar todo lo que se necesita; mi papá, cuando organiza,
adorna el altar; lo único que hacemos nosotras es buscar flores
de los árboles y traerlas para decorarlo. También hacen caldo
de gallinas para comer a media noche y queman su copal
pom, su candela, eso significa la luz en nuestra vida. Si no
hiciéramos la ceremonia, no tendríamos idea de cómo hacer
las cosas en nuestras vidas, así como dice la palabra de Dios:
“la claridad que les doy en sus vidas es la luz”, la luz nos sirve
para salir en cualquier lugar, nos ayuda a pedir protección.
Cuando mi papá hace su ceremonia, pide la protección de
sus hijos para que no les pase nada; por ejemplo, cuando
uno construye un corral para sus gallinas eso sirve para que
a las gallinas no les pase nada, así también hace mi papá
con nosotros, o como cuando uno tiene sus animales y hay
alguien quien les da de comer y de beber agua y así están
bien alimentados, así también el Tzuultaq’a tiene sus animales
como el tacuazín; si uno hace su ceremonia no le pasa nada ni
a sus animales tampoco.
También pedimos para que no deje venir a los animales que
nos hacen daño, como la culebra; para pedir permiso dónde
caminar, para que no te pase nada en el trabajo, para todo
eso sirve la ceremonia que hacen los ancianos, pero ahora 

Especie de incienso.

dorotea

A mí no me molestaban los hombres porque soy enojada,
saben cómo es mi carácter. Al hombre que agarró a mi amiga le
pegué con mi tinaja. No quería buscar problema con cualquier
hombre en la calle, conocí a uno hasta que me junté con mi
marido. Lo que me decía mi mamá, sus consejos, los tenía en
mi mente: yo ya sabía que si un hombre quiere a una mujer, es
mejor que platique con su papá para que no tenga problema;
que los hombres no tienen que agarrar a las mujeres y que las
mujeres no se tienen que dejar cuando las quieren golpear y eso
mismo es lo que les dije a mis hijos, eso es lo que aprendí de
la palabra de Dios que nos daba el catequista Pablo Sis en la
iglesia, allá en la Esperanza, y de mis padres.

El Tzuultaq’a  

historias de vida

pararon en el camino y la abrazaron, yo me enojé porque sabía
que no era bueno; fue un día que fuimos a acarrear agua. Yo
no platicaba, mi mamá me había dicho que no debía buscar
problemas en la calle, pero sí le dije al muchacho: “si en verdad
quieres a la muchacha, ¿por qué no te vas a la casa de su
papá a pedirla?”.

Cuando el Tzuultaq’a me aparece en sueños es como un señor
igual a don Marco, como los ancianos que nos guían; ese
espíritu que nos habla tiene los cabellos amarillos, es un dios
pero se presenta de otras formas, se parece a las personas

dorotea

Igual si ha habido derrumbes y otros problemas, es porque los
Tzuultaq’a se enojan cuando no tienen comida, o porque en
el mundo somos muchas personas y hay algunos que están
cortando los árboles sin pedir permiso. Si uno da comida o
agua al Tzuultaq’a, ellos se ponen contentos, se alimentan
del copal pom, de las candelas, el cacao y la carne. Si uno
hace todo esto, el Tzuultaq’a no hace nada, te dan las gracias,
pero hay algunas personas “que no se acuerdan de nosotros
y por eso estamos bien delgados y estamos sufriendo mucho
por el hambre y por la sed, porque ya no tenemos nada de
comida”. Te lo dicen en el sueño, que “gracias por acordarte
de nosotros”. Cuando creció el rió detrás de la casa también
lo soñé, vi que pasó un tractor y ellos me dijeron: “no te
preocupes, sólo vamos a pasar porque usted siempre se
acuerda de nosotros”.

que vienen de otro país; los Tzuultaq’a te hablan cuando uno
está en el camino de hacer la ceremonia, pero cuando uno
no se entrega a dios, no aparecen. Mi papá le preguntó a los
Tzuultaq’a si es cierto lo que dicen muchas personas: “que
estoy haciendo brujería cuando hago la ceremonia maya”. Los
que hablan mal de uno son los evangélicos, ellos no se dan
cuenta de que están comiendo bien por los Tzuultaq’a. Claro
que siempre piden por sus cultivos pero no se dan cuenta
de que no están dando nada y de que uno no puede vivir sin
agua. Mi papá a veces quiere dejar de hacer la ceremonia
pero yo le digo: “¿por qué lo vas a dejar si ya llevas mucho
tiempo de hacerla? Es mejor olvidarse de todo lo que dicen
las personas; estamos probando comida porque usted se
está esforzando en hacer la ceremonia y está luchando por
hacer su trabajo en la aldea China Milagro”. Ellos también han
soñado que nosotros vamos a pasar encima de esa aldea y
dicen que es Satanás. Antes de la guerra empezaron con la
religión evangélica y después, como a los seis meses, dijeron:
“si ustedes no quieren ir a esa religión, entonces van a morir”.
Mucha gente sí cambio su religión.  

historias de vida

los jóvenes ya no respetan lo que hacemos, dicen que los
ancianos no saben. Cuando uno no pide al Tzuultaq’a la
protección de los animales o la luz, esos animales no crecen
rápido, siempre están enfermos y mi papá dice: “tú también
tienes la culpa, tal vez tu casa está llena de basura, no tienes
una buena limpieza o te olvidas de alimentar”. Yo digo que es
cierto, me doy cuenta en los niños: cuando uno no tiene buena
higiene con su niño, ese niño no crece rápido, y cuando lo
baña todos los días y le da de comer, tiene buena salud.

Una avioneta roja, un avión blanco
Mi papá soñó, cuando todavía no había venido la guerra,
que del cielo bajaba una avioneta de color rojo y otro avión
de color blanco. Yo también lo soñé y vi que a ese cerro
que está ahí vino una avioneta y empezó a escarbar; nunca
pensé que iba a venir una guerra, sólo recuerdo que poco
a poco fui pensando cuál era el significado y ahora lo sé.

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Yo tenía catorce años cuando mi papá me juntó con mi
marido. Antes a las mujeres jóvenes los padres no las dejaban
de salir; yo me quedo en mi casa a hacer limpieza y además
hay personas que inventan cosas que no dije, por esa razón
no salgo a visitar. Cuando hay ceremonias maya, bailo, pero
cuando hay fiestas no, tengo miedo de los bolos. Ya me había
juntado con mi marido cuando una de mis familiares inventó
mis palabras y tuve problemas grandes: esa mujer dijo que
llegaban hombres con nosotras a la casa. Por eso mi mamá no
me daba permiso para salir ni para jugar con las demás niñas,
se enojó conmigo y me dijo: “¿no te dije pues que no es bueno
salir a pasear porque ahí empiezan los problemas?”.

Antes de que te lleguen a pedir no te dicen nada, los padres
aceptan primero y luego te dicen: “ahora te vas a juntar”. Yo
escuché cuando llegaron pero no sabía qué era eso ni para qué
me estaban pidiendo, y también lloré mucho cuando dejé a mi
mamá. Con mi papá no me enojé porque sabía que no podía
pasar encima de él y además me daba consejos que no voy
olvidar, por eso lo respeto. Así fue y ahora a mi mamá le duele
y quiere que yo esté cerca de ella, que le ayude a lavar sus
ropas, a preparar la comida porque se quebró un brazo. Yo le
digo que no se puede, que ahora tengo mi terreno; también le
dije que ella tiene la culpa pues aceptó que me juntara desde
pequeña. No la abandoné, la ayudo un poco con dinero porque
sé que está enferma; pensé que mi hermana se iba a quedar a
cuidarla, pero se fue, no quiso quedarse con ella.

dorotea

historias de vida

“Ahora él es tu esposo”

Cuando me junté, primero llegó el hombre a la casa de mi
papá junto con sus testigos, y los testigos de mi papá me
llevaron a la casa donde estaba viviendo mi esposo, después
nos fuimos junto con ellos y ahí empezaron a darnos consejos
y me dijeron: “ahora ya viniste a vivir a la casa de donde vive tu
marido, no queremos que vayas a buscar otro hombre”. “Ni
otra mujer”, le dijeron a mi marido. “Ahora te tenés que levantar
muy temprano para preparar comida, y tu esposo tiene que ir
trabajar muy temprano y así no van tener problema”. Después
me dijeron: “ahora él es tu esposo”, y después le dijeron a mi
marido: “ahora ella es tu mujer”, y nos juntaron. Yo no sabía de
las relaciones con los hombres porque no le había preguntado
a mi mamá, ni ella me había dicho. A veces hablan de eso entre
mujeres; hasta cuando me junté, algunas me dieron consejo y
ahí me di cuenta de lo que era mi menstruación.

11

Si uno no sabe el significado de su sueño, no sabe qué va
venir. Cuando todavía no había empezado la guerra, vivíamos
felices en nuestra comunidad y no había susto, caminábamos
felices en las montañas, pero cuando vino ese problema ya
no pudimos salir a ninguna parte ni pasar por nuestro cultivo,
cuando uno salía te decían que habías ido a dejar comida.
Cuando empezó el problema fue cuando los militares vinieron
a esta aldea y empezaron a trabajar; hacía como un mes
de que mi papá había soñado y había empezado a pedir a
Dios. Quemó su copal pom y su candela para preguntar el
significado de su sueño, pero después, cuando empezó la
guerra, ya no pudo hacer su ceremonia.

12

Cuando estuve junto con mi marido todo estaba bien; como
él tenía sus hermanas, salíamos junto con él a pasear, pero
encontrábamos problema porque era bien celoso. Una vez
me pegó porque se cayó mi hijo; otro día se enojó conmigo
porque yo estaba en la iglesia orando, él se había ido a Telemán
y cuando llegó a la casa yo no estaba, no había torteado y él
quería su comida, me fue a traer, me pegó con un cincho y yo
no hice nada. Ya mero me iba salir, le conté a mi papá todo
lo que me había hecho, él vino a mi casa y le preguntó a mi
marido: “¿es cierto que estas peleando con mi hija?”, y él no
respondió. Después dijo: “no, yo no estoy pegando a su hija”, y
mi papá le dijo: “¿cómo que no? La asustaste. ¿Por qué no me
dijiste de una vez si sólo vas a estar pegándole? Me dijiste que la
querías para tu esposa, por eso acepté que te juntaras con ella.
¿Qué error cometió ella para que le estés pegando, si se fue a

Yo no sabía, pero sí escuchaba en la palabra de Dios que no
es bueno que el marido maltrate a su esposa, también que la
mujer no tiene que dejarse cuando le pegan; para qué se fue
a pedirme, para qué quiso juntarse conmigo si me iba a tratar
mal, si eso no se puede. Dios nos dio consejo y no somos
animales para que dejemos que nos peguen. Hay algunas
que se dejan y no analizan cómo están viviendo, en cambio
yo desde de joven me defiendo. Hay algunas mujeres que se
dejan abrazar por los hombres, a mí no me gusta lo que las
otras hacen.
Mi primer marido no quiso casarse conmigo y yo sí quería
casarme con él; mi papá compró el velo pero no quiso. El
pobrecito no se casó y cuando uno no está casado, no va
su espíritu con dios cuando muere; eso fue lo que le dije y él
me decía: “claro que me voy a casar, pero con una ladina”.
Cuando tuve a mis dos hijos, me decía que no eran suyos, que
yo estaba buscando otro hombre y yo le perdoné; tuvimos
muchos problemas. Antes yo estaba muy enferma, no como
estoy ahora, no podía caminar, se me hinchaban los pies y
lloraba mucho en mi cama, él me pegó como dos veces.

dorotea

historias de vida

La primera noche que pasé con mi esposo no dormí a la
par de él sino solita, nadie me dijo lo que tenía que hacer, y
estuvimos dos semanas separados, no dormíamos juntos ni
preguntábamos eso, nos daba mucho susto. Algunas mujeres
platican sobre eso que va a suceder en la noche pero a mí no
me gusta hablar, tengo mucha vergüenza, no me gusta decir
lo que me pasó, es pecado.

la iglesia para adorar a Dios?”. Ahí mi marido empezó a llorar y
dijo: “discúlpame, papá. Yo venía un poco bolo, por eso pasó”.
Mi papá le dijo: “me voy a llevar a mi hija, hasta aquí llegaste.
Tal vez hay otra mujer con quien te vas a juntar; pues está bien,
pero que sea para toda su vida”. Y él dijo: “discúlpame, no sé
qué me pasó cuando pegué a mi esposa; lo que pasa es que
tomé unas cervezas y ya no va a pasar”.

13

El día de la pedida prepararon un almuerzo pero yo no comí,
estaba un poco triste y además no conocía a mi esposo, porque
apenas llevábamos dos años de vivir en La Esperanza; tal vez
por eso no quería ir con él. Estuvimos dos meses con la señora
quien llegó a pedirme, que era bien enojada y no le gustaba mi
trabajo. Después nos fuimos a nuestra propia casa.

14

Me acuerdo mucho que mi hija todavía era pequeña cuando
mataron a mi marido, tenía cuatro años. Sufrí con ellos
para poder mantenerlos: cuando yo salía a comprar, ella
no se quedaba, siempre andaba conmigo; el niño no me
acompañaba porque se iba a trabajar, en cambio mi hija y yo
nos quedábamos en la casa.

Yo hablo con ellos de lo que pasa con los hombres y las mujeres,
aunque directo porque es pecado, no les digo exactamente
qué es. Con mi hija hablé, le dije que no debe meterse al agua
cuando esté bajando su menstruación y también aprendió en
la escuela; le aconsejé que si se iba a meter con un hombre,
entre los dos hay que decidir. Cuando ella quedó embarazada
no me dijo nada, me di cuenta cuando se empezó a enojar la
esposa del hombre; la regañé y ella no quería escuchar lo que
yo estaba diciendo, se fue a Cobán y ahí se compuso en el
hospital, ya tenía ocho de embarazo; cuando regresó ya tenía
su bebé y después, cuando el bebé tenía un año la llegaron a
pedir. Yo le dije al hombre: “¿sí la vas a cuidar? Porque ya tiene
un bebé”. El hombre no dijo nada y ella se fue con él.

Cuando eran pequeños empezaban a jugar y cuando se
enojaban, se peleaban. El varón es bien enojado, tal vez se
llevó el carácter de su papá, no quería que mi hija jugara con
él porque era el mayor y le gustaba jugar en el campo pelota
con sus amigos; ella no tenía amigos, no salía a jugar a otros
lugares y otra cosa: ella no estudió mucho, mi hijo estuvo
cinco años en la escuela y mi hija sólo tres años. Iban a la
escuela de La Esperanza cuando empezaron, pero después,

Mi hijo varón, Pablo, es celoso. Yo ya no lo veo, está en
su casa y si le digo algo se enoja conmigo; cuando estaba
pequeño y no me hacía caso yo le pegaba, pero ahora ya no,
porque él me dice que ya no está en mi casa. Yo le pegaba
para que se diera cuenta de quién era su mamá y su papá,
quién lo estaba manteniendo y también para que aprendiera
sus trabajos. Si uno no les pega no te hacen caso. Igual mi
papá me dio consejo con cincho y me dolió, pero como es mi

dorotea

historias de vida

Mis dos primeros hijos son de mi primer marido, pero quedaron
huérfanos. Cuando nació mi hijo, estaba enfermo, tenía
problema con un ojo que le dolía mucho; vino mi comadre y me
dijo que fuera a su casa para ver qué hacíamos con el niño; nos
tardamos una semana y cuando regresé, mi marido dijo que
yo había ido a buscar a otro hombre, que mi hija era de otro
hombre pero no era cierto, no soy loca para aceptar a otro, yo
sé que estaba con mi comadre. La enfermedad que tenía mi
hijo no se curaba y lo que hice fue comprar un ojo de una vaca,
lo puse a secar al sol y le eché un poco en el ojo, con eso salió
mucha sangre. Él sólo puede ver con un ojo desde que nació,
aunque le dieron medicina, pero ni con eso se le curó.

con la guerra, la quemaron. Sí había casas cerca de la escuela,
pero personas ya no, ya habíamos salido de esa comunidad;
entonces mis hijos estudiaron aquí en Sepur Zarco y cuando
regresamos a la Esperanza ya no estudiaron porque la escuela
quedaba lejos; cuando regresaron a La Esperanza ninguno de
los dos pudo estudiar pues cuando empezaron a reconstruir la
escuela, mis hijos ya estaban grandes.

15

Los hijos

16

Antes de que viniera la guerra yo iba siempre a reuniones
con mi papá, tenía trece años y no le daba interés. Mi papá
me decía que no debía contar nada a otras personas; no me
decían qué era lo que escuchaban en la reunión, pero ya hace
mucho que la comunidad se estaba organizando para luchar
por la tierra. En La Esperanza, en ese momento, ya había
problema con la finca: la tierra tenía su cerco y algunos de
los dueños agarraban el terreno, ahí se pelearon, murió un
hombre que era del rancho y empezaron los problemas con el
patrón, que vivía en una comunidad muy cerca de Jolomijix. Al
que mataron era el administrador. Después, en La Esperanza,
escuchamos de la masacre de Panzós y entonces ya sabíamos
que iba a haber guerra. Las personas que estábamos en la
comunidad tuvimos miedo, a cada rato escuchábamos que
mataban gente en diferentes lados y no nos organizamos, casi
todos se fueron a la montaña a defenderse, así como pasó en
San Miguelito, donde mataron al patrón de la finca.

dorotea

historias de vida

Y hasta ahora no sabemos en dónde se
quedaron…

Fue en el año 1980 – 1981 cuando entraron los ejércitos
en mi comunidad y estuvieron seis años, salieron hasta
1986 de Sepur Zarco. Lo que hicieron cuando llegaron fue
que empezaron a desalojar a la gente, quemaron nuestras
casas, nuestra ropa, nuestra milpa y todo lo que teníamos.
Los ejércitos dijeron que había llegado el tiempo de escoger
a los que estaban en la lista, nos reunieron en la escuela y ahí
fue cuando agarraron a otros dos hombres; ese mismo día
escuché que les estaban pegando a los pobres como si fueran
animales, como si fueran coches, estaban llorando y gritando.
También a algunos capturados les decían que si conocían a
los guerrilleros, que dijeran la verdad, que si eran miembros de
la guerrilla y que tenían un documento con los listados de los
hombres; así agarraron a mi esposo. Tal vez era otra persona
a quien buscaban, porque algunos se habían ido y tenían el
mismo nombre que él. Cuando agarraron a esos dieciocho
hombres fue en el año 1981, los amarraron de sus pies y
sus manos, fueron arrastrados por el tractor y los llevaron al
destacamento de la finca Tinaja. También a mi papá y a mi
primer marido los llevaron a la finca Tinaja en el tiempo de
la guerra, todos se fueron en un mismo día y hasta ahora no
sabemos en dónde se quedaron, si los enterraron o no.

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papá no le iba a decir nada. Yo no usaba siempre el cincho, a
veces lazo, pero también platicaba con ellos para que supieran
que tenían que respetar a su papá, si no, no iban a aprender
sus trabajos. Mis hijos se pelean con mi segundo marido y le
dicen: “¿por qué le dijiste a mi mamá que nos ibas a mantener
y ahora resulta que no lo haces?”. Él los maltrata y dice que
por gusto estoy gastando dinero si no son míos.

Nosotros estábamos reunidos en la comunidad Pomba’ac
porque los ejércitos nos convocaron, también había hombres
de la patrulla que estaban vigilando. Mi papá estaba conmigo
cuando mi marido ya no estaba, fuimos los dos a la reunión:
los militares le quitaron el dinero y su cédula, lo llevaron a la
oficina en donde estaba el coronel y el coronel les preguntó
qué les había pasado. Mi papá le dijo al coronel: “no sé por
qué nos trajeron aquí”. Los ejércitos le decían que era miembro
de la guerrilla, que les daba de comer a los guerrilleros; él les
decía que no pero de todas formas lo trataban muy mal, le

Después de eso nosotras empezamos a investigar, los
ejércitos nos decían: “sus maridos regresarán hoy en la
tarde”, pero al final no llegaron. Entonces nos fuimos con
el juez a preguntar por ellos y él nos dijo: “váyanse a la
municipalidad”. Fuimos a preguntar allá pero nos dijeron
que no sabían nada: “ellos deben estar donde viven los
ejércitos, en la finca Tinaja”. Yo les dije: “tienen que saber.
Creo que ustedes fueron los que mandaron a los ejércitos
a nuestras comunidades”. Yo tenía a mis hijos, qué iba a
hacer con ellos, estaban llorando, querían ir a ver a su papá,
dónde lo iba a encontrar, me imagino que ya estaba muerto,
habían pasado tres días y no había regresado. Entonces
nos vinimos y nos quedamos donde estaban los soldados,
en el destacamento, en la finca Tinaja; ahí tenían una casa,
en el segundo nivel estaban nuestros maridos y nosotras
nos quedamos en el primer nivel una noche, pero no nos

dorotea

pegaban con arma y querían que dijera la verdad, pero él
dijo que no sabía nada; estuvo un día en la finca Tinaja, en
el mes de agosto de 1981. Lo mismo hicieron al marido de
doña Antonia, le echaron la culpa diciendo que era miembro
de la guerrilla y le empezaron a preguntar que si era cierto
o no, y él se puso muy tímido y se agachó, los ejércitos
entonces se dieron cuenta que sí era cierto, se lo llevaron y
ya no lo encontraron. Cuando pasó eso, mi mamá empezó a
llorar, pensaba que mi papá nunca iba a regresar, se quedó
muy triste. También yo pensaba que no iba regresar, porque
sabía que él participaba con los guerrilleros; todos los hijos
empezamos a llorar pero al final lo dejaron salir y llegó a la casa
hasta el siguiente mediodía.

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historias de vida
18

Mi marido tenía su negocio de miel. Primero intentaron
amarrarlo pero no pudieron y regresó a su casa, pero al
siguiente día llegaron los ejércitos y le decían: “dijiste que
no tienes la culpa, ahora vas a ir con nosotros, tenemos tu
nombre”. Yo no les dije nada, tenía miedo del documento
que traían. Metieron papel en la boca de mi marido para que
dijera si era cierto que era miembro de la guerrilla, pero él
decía la verdad y además no sabía nada de los guerrilleros
y yo tampoco. Con los ejércitos estaba una persona que
enseñaba a quiénes se iban a llevar; ese hombre se llama
Mariano Xo, él se había ido a prestar su servicio militar antes
de la guerra, después regresó participando con los ejércitos.
Yo sé que las personas a las que se llevaron no tenían la
culpa. Los ejércitos le dijeron a mi marido que era guerrillero,
que se mantenía en la montaña, le decían que de ahí traía
las candelas y la miel; él trató de defenderse pero ya no le
dejaron ir; el nombre de mi marido también era Juan Choc,
los ejércitos se confundieron y se lo llevaron en vez del otro
Juan Choc que vivía en Pomba’ac.

Entonces le pregunté: “¿ahora qué vas hacer?, ¿vas a cubrir
todos los gastos de mis hijos?, ¿vas a dar el dinero que

Y caminé desnuda
Soñé con el Tzuultaq’a cuando todavía no me habían violado;
en mi sueño un perro me agarró de la mano; cuando los
ejércitos me agarraron a la fuerza parecían como un perro igual
al que soñé. También vi que pasaba entre casas grandes. En
ese tiempo no sabía cuál era el significado, eso soñé cuando
todavía no había empezado la guerra. Cuando murió mi marido,
soñé que cambiaba mi corte y que me quedaba desnuda, y
caminé desnuda, eso es la pobreza. “Si ustedes no van, aquí
se van a terminar”, eso nos dijeron en sueños.
Cuando se llevaron a mi marido, en ese momento fui violada,
me violaron en mi casa cuando vieron que ya no estaba él,
pero estaban mis niños llorando y gritando de miedo, y yo no
podía hacer nada; llegaron cinco ejércitos a mi casa pero sólo
uno entró conmigo porque les dije: “no es justo que me violen
varias veces, no soy animal. ¿Qué es lo que están haciendo?
¿Es una ley lo que están cumpliendo o no? ¿Es un deber lo
que están haciendo o ustedes lo están inventando? Si lo están
inventando, voy a ir al destacamento a hablar con el jefe de 

Limpiar la tierra de malezas y hierbas con el machete.

dorotea

Nos regresamos y preguntamos otra vez en una aldea que
se llama Saqijha; ahí estaba el comisionado también, nos dijo
que él estaba muy preocupado por todo lo que había pasado,
quería que yo creyera que estaba haciendo lo posible para
averiguar, pero lo que me dijo era mentira. Al siguiente día, en
el camino de vuelta le pregunté al mismo comisionado, que
se llamaba Juan López y que vivía en la Esperanza, que si el
juez no le había dicho nada de los hombres y él me dijo que mi
marido ya se había ido. Yo le pregunté: “¿por qué nos estás
mintiendo?, ¿por qué el listado de los hombres se vino para
acá?”. Él me contestó que no sabía nada de ese problema
y que tampoco sabía para qué estaban pidiendo el listado;
entonces le dije que tal vez estaba involucrado en todo lo que
estaba pasando y que qué culpa tenían los pobres hombres,
ellos no estaban haciendo nada cuando los mataron, en
cambio a los que cometen un error no les dicen nada, y ahí se
enojó conmigo, me dijo que ya le había dicho a mi marido que
no tenía que salir porque él había visto que tenían un listado y
que tenían su nombre, que él tuvo la culpa, que no escuchó, si
no, no le hubiera pasado nada.

necesitan ellos? Yo sé que tú fuiste culpable de que nuestros
maridos se murieran y ahora quiero que te encargues de
chapear un poco de terreno para sembrar milpa, para que mis
hijos tengan algo que comer”, y él mandó personas a chapear
cinco tareas de terreno para que pudiera sembrar mi milpa,
pero sólo fue una vez, después empezaron los problemas.

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20

historias de vida

dejaron verlos y no querían responder si estaban ahí o no.
El comisionado me estaba acompañado, me preguntaba en
español y decía a los soldados: “yo sé que ese hombre no
tiene la culpa, el que tiene la culpa ya se fue”, pero luego me
dijeron: “a que tu marido ya se fue a la casa, váyase a darle
su comida”. No era cierto, mi marido no estaba en la casa.

ustedes porque me hicieron mucho daño. Me ven que soy
una mujer, por eso me hacen así”. Sólo eso pude decir a los
ejércitos, ellos se asustaron y dejaron de hacerme daño.

dorotea

Los ejércitos nos hicieron mucho daño, mis hijos lloraban y me
preguntaban por su papá, yo les dije que dejaran de preguntar,
que su papá ya no iba a regresar y ellos me dijeron: “¿a dónde
se fue? Aunque ya no regrese queremos saber si fue a trabajar
o a dónde fue”. Yo les dije que no sabía y ellos me dijeron:
“vamos a buscar, tal vez vamos a encontrarlo”, y fui con ellos
para que no se sintieran tristes. Ahí se dieron cuenta de que no
lo encontrábamos en ninguna parte y me dijeron: “era cierto lo
que nos decías, que no vamos a encontrar a nuestro papá”.
Les dije: “no sabemos por qué se lo llevaron”, que habían
sido los ejércitos. Mis hijos estaban muy pequeños cuando
se quedaron huérfanos, uno tenía cinco años y la otra cuatro.
Después de eso no hallaba qué hacer para mantenerlos y
ahí encontré mi enfermedad, de tanto pensar de cómo podía
encontrar dinero para cubrir todos sus gastos.

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historias de vida

Muchas mujeres fueron violadas, algunas tenían marido y otras
estaban embarazadas, también violaron a las señoritas. Los
ejércitos nos decían que tenían una reunión con los hombres,
ellos se fueron a la reunión y nosotras las mujeres nos
quedamos en la casa; los ejércitos aprovecharon, se fueron
a las diferentes casas donde estaban las mujeres y ahí mismo
nos violaron.

Mi papá hizo una ceremonia maya para pedir ayuda a dios
cuando se me vino la enfermedad y el enojo. Fui a rezar a
la iglesia y le dije a Dios todo lo que viví, y lloré por todo lo
que he hecho. Los domingos pedía favor a los ancianos para
que me pudieran pedir ayuda a Dios, pedía perdón por todo
lo que estaba viviendo. Los demás me despreciaban, decían
que era casera de los ejércitos, que quería comprometer a

Fue bien difícil mantener a mis hijos, tuve que buscar trabajo
para poder comer algo. Es cierto que tengo a mi papá, pero
no va cubrir todo el gasto que mis hijos necesitan porque tiene
familia; si yo no hubiera aprendido a trabajar con él, saber
dónde estaría ahora, pero aguanté y analicé dónde podía
estar con mis hijos; me quedé en ese lugar, pensé en que ellos
algún día iban a necesitar terreno. Hubo gente que me llamó
a trabajar pero no quise ir, me daba miedo, no conocía a las
personas ni el lugar dónde me iban a llevar, y no quise dejar a
mis hijos con personas que me pidieron adoptarlos, no quise
regalar a mis hijos sólo porque mi marido se murió.
A veces salía a buscar maíz con otra viuda que se llamaba
doña Candelaria Yat, a Pataxte, Río Zarco, en Limos, el
rancho, porque allí nos conocían y sabían que éramos viudas;
había personas que tenían un buen corazón, como don
Alberto, que nos regalaba comida; nosotras la compartíamos
y con eso nos pasábamos los días. Doña Candelaria porque
también había sido violada, siempre nos acompañábamos a
todos lados. Ella era de San Marcos pero cuando mataron
a su marido se vino para Sepur Zarco. !Ay, Dios! Doña
Candelaria no me maltrató, siempre me llevé bien con ella.

dorotea

Cuando me quedé sola y con todo el sufrimiento, mi papá
vivía en Pencalá y yo todavía estaba en La Esperanza; él y mi
abuela me ayudaron mucho. Él chapeó el terreno para sembrar
mi milpa y así pude pasar la vida con mis hijos; cuando ya
estaba sembrada mi milpa, se encargó de limpiar, de tapiscar
la mazorca y de llevársela a mi casa. Él me preguntó si era
cierto lo que decía la gente de que me habían violado, yo le
dije: “para qué voy a ocultar lo que me hicieron los ejércitos”,
y mi papá quiso que fuera a su casa pero no quise, ya estaba
acostumbrada a mi casa y mis hijos tampoco quisieron ir. Mi
papá me ayudó un año, al siguiente año fueron otras personas
de la comunidad quienes me ayudaron: me daban sal, jabón,
cal, maíz, todo lo que me hacía falta. Los que me apoyaron
eran vecinos, pero como siempre hemos encontrado problema
con la envidia, muchas mujeres me trataban mal aunque yo
estaba consciente de que nunca había buscado problema ni
había separado familias, siempre he caminado con tranquilidad
y siempre he respetado a las demás, cuando me dicen todas
estas cosas mejor me da risa, les agradezco a ellas y espero que
no pasen los mismos problemas porque sé que tienen hijas.

sus maridos y todo eso me dolía mucho, pensaba que era
pecado y que era la única a la que le había pasado así. Mis
hijos no me preguntan y no les cuento, no es bueno; cuando
me pasó ese sufrimiento todavía estaban pequeños. Sólo Dios
y el Tzuultaq’a me dieron fuerza, ellos son el mismo, nos dan
vida, tzuul es nuestra comida y nuestra agua, del Tzuultaq’a
nacen todos los ríos.

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historias de vida

El fuego y el miedo

Fue en el año 1986 cuando fuimos desalojados de mi
comunidad, los ejércitos nos obligaron a ir a Sepur Zarco,
estuvimos en esa comunidad cinco años. Como yo tenía un
familiar que se llamaba Pedro, que era hijo de mi tío, él construyó
mi casa; yo tenía algunas cosas como mis ollas y unas láminas
que rescaté, pero otras cosas como maíz y nuestra ropa, él se
encargó de comprarlas para mantenernos a mí y mis hijos. Mi
sobrino vivió dos años conmigo y después construyó su casa.
Las otras personas se quedaron en casas de las personas que
se habían ido a la montaña; otras viudas se quedaron a vivir
en una misma casa y algunas se juntaron con otro hombre o
salieron a buscar posada con otras personas de Sepur Zarco.
Viví con mi primo, él ya sabía que las otras mujeres hablaban
mal detrás de mí y me dijo: “es mejor que te quedes viviendo
conmigo”. Su familia me ayudaba y me cuidaba, cuando salió
y me dejó sola fue porque mi tía Olga se enojó mucho por lo
que las personas decían: “doña Demecia es casera de los
soldados, las viudas están acostumbradas a hacer cosas con
los ejércitos, por eso no buscan otro marido. Ah, esa mujer
ya no sirve. ¿Por qué la recibes en tu casa”. Mi tía creía en
lo que decían las personas, yo me daba cuenta cuando se
enojaba: no me dejaba ni tocar sus cosas, por eso me fui a
vivir unos días con doña Candelaria y a veces iba a quedarme
en la casa de mi mamá en Manguito. Hasta después se dio
cuenta de que no era cierto lo que decían, de cómo yo no
encontraba nada de problema y además no llegaba nadie
conmigo ni de día ni de noche.

dorotea

Cuando pasó todo eso nos sacaron de nuestra comunidad
y quemaron nuestras casas. Mi marido tenía su milpa pero
ahí la dejé y otras personas la aprovecharon. Nos quedamos
asustados, nadie nos dijo que fuéramos a la montaña, lo único
que hicimos fue escondernos en una montañita que estaba
cerca de mi casa y cuando llegaba mediodía nadie salía a
pasear, teníamos mucho miedo del fuego. Nos quedamos
enfermos, no nos sentíamos bien, siempre teníamos miedo
porque no conocíamos él arma de fuego hasta que empezó
ese problema, luego todos los de las comunidades de la
Esperanza, de San Marcos y de Pomba’ac ya estábamos
acostumbrados.

“¿Acaso ustedes son perros?”

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historias de vida

Las otras mujeres en la Esperanza y Sepur Zarco veían
que andábamos las dos juntas y nos decían que éramos
caseras de los ejércitos. También tenía una amiga allá en mi
comunidad, se llamaba Margarita, pero ya se murió, todos los
que me apoyaron ya murieron y me duele mucho recordarlos,
ahora ya no me están viendo pero cuando estaban vivos me
querían mucho, igual a mis hijos.

Al destacamento también fue obligada a ir doña Candelaria,
con ella hablé de lo que nos hicieron los militares. Había un
señor de apellido Tacaj que era militar; él quiso molestar a

dorotea

Ninguna de las mujeres que tenían esposos fueron al
destacamento, sólo las viudas. Lo que querían los ejércitos era
violarlas; a veces regalaban algo para los niños, pero cuando
la gente se enteraba de que los ejércitos daban un ricito a los
niños, decían que era su padrastro. También hubo algunas
mujeres que se enamoraron de los militares y cuando ellos se
fueron algunas empezaron a llorar, aunque sabían muy bien
que eran los culpables de la muerte de nuestros maridos.
¿Acaso no pensaron en lo que ellos pasaron? Mi primo
se dio cuenta y cuando llegó a la casa me dijo: “¿no estás
llorando por tu esposo? Las otras estaban llorando cuando
vieron que se fue un carretón”. A mí me dio risa cuando me
dijo eso y le dije que no tenía derecho de decirlo.

doña Candelaria pero yo le dije a ella que no le diera lugar,
me preocupaba que se quedara embarazada, ¿quién la iba
a mantener? Entonces entendió. Le dije: “vamos a maltratar
a los militares para que no la sigan molestando”, fuimos ahí
y les dijimos: “¿por qué nos están haciendo eso? Estamos
preparando sus comidas y todavía nos quieren hacer daño,
lo que están haciendo no es su trabajo, su trabajo es velar
por los pueblos, no vinieron a molestar a una viuda, no
tienen derecho de hacer lo que están haciendo. Si un día
esa señora se queda embarazada, ¿quién la va mantener?
¿Acaso ustedes son perros?”. Los militares se enojaron
con nosotras, pero eso era lo que yo sentía en mi corazón,
aunque les tenía miedo porque tenían armas. Sólo así
dejaron de hablar a doña Candelaria y ella me dijo: “eres
una mujer lista, dijiste a esos diablos que ya tienen que
molestarme”, y se rió. Ay, Dios, antes, cuando estuvimos
juntas, estábamos contentas pero ahora ya no. No la fui ver
cuando se murió como en el año 2002, porque ese día yo
estaba enferma, sólo escuché que preguntó por muchas
personas, se empezó a despedir y dijo: “nosotras sufrimos
mucho durante la guerra”. También llegó otra señora que se
llama Victoria y otra Candelaria, y doña Candelaria empezó
a llorar y abrazó a sus compañeras y les dijo: “ahora me voy
a morir. No sé si ustedes más adelante vayan a recibir un
poco de dinero, algún día el gobierno va a reconocer el daño
que nos pasó”.

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historias de vida

Estaba viviendo con mi primo cuando llegaron los ejércitos
con él. Los recibió en la puerta, yo estaba en la cocina y
no escuché que los militares le dijeron que era obligado que
yo fuera al destacamento a prepararles comida. Entonces
mi primo me dijo: “ustedes mañana se van al destacamento
a trabajar, así dijo el comisionado”, si no, lo mataban. Las
mujeres viudas tuvimos que ir: dos iban un día, al siguiente día
iban otras dos a preparar arroz, fríjol y tortear; mis niños iban
conmigo porque no había con quien dejarlos y necesitaban
comer. Los ejércitos se dieron cuenta de que estábamos
trabajando ahí y fuimos violadas otras veces, algunas de las
mujeres que pasaron eso, todavía viven en Sepur Zarco.

Después llegó CONAVIGUA y nos salió un proyecto de lámina;
antes usábamos manaca para hacer el techo de nuestras
casas pero ahora ya no hay mucha. También Roberto Pérez
nos regaló un poco de lámina cuando participamos en su
grupo, tal vez ya habían pasado siete años de la guerra.
CONAVIGUA todavía trabaja en las comunidades, por ella
salen proyectos para las personas que viven cerca del río.
PROSIDEC, que está en Panzós, también nos dio lámina, ahí
participaron hombres y mujeres, no era para viudas sino para
todas las personas. En las exhumaciones que hizo Derechos
Humanos y FAMDEGUA, fuimos todas las personas que
estamos aquí en la comunidad; participé porque pensé que
iban a encontrar el cuerpo de mi esposo, y sí encontraron
muchos pero el de él no. 

Palmera.

dorotea

Después de todo eso nos quedamos asustadas, teníamos
mucho miedo al arma de fuego y a lo que hicieron los ejércitos
cuando nos violaron, desde ese momento me quedé enferma,
no me siento bien; cuando una se queda asustada es cuando
le tiembla todo su cuerpo, siempre estoy cansada, me duelen
mis brazos, siento que mis pies están bien helados y como
que alguien me va asustar, me duele la cabeza y me dan
ganas de vomitar. Siento que arde en mi corazón como chile,
siento que en mi mente tengo como chile, porque arde, y que
ya mero me muero. A veces me calmo con medicamento,
pero eso no va salir nunca, lo tengo en todo mi cuerpo. Los
soldados no tenían un machete sino fuego en sus manos.
Siempre siento mucho miedo cuando alguien dice que va a
volver la guerra. En eso está mi preocupación, no sé si me
voy a salvar y pienso más en mis hijos.

Entré en la religión evangélica luego de que terminó la guerra,
pero me salí cuando empezaron a pelear en la iglesia. Hay
algunas que critican y son celosas por sus maridos. Donde
logré salir adelante fue participando en reuniones. Primero
llegaron las personas de El Estor que trabajan en centro
Claret y nos reunieron a todas las viudas, nos dijeron que si
queríamos aprender a bordar güipiles, a hacer moral y croxe,
y entramos en ese grupo a aprender, pero nos costó mucho
porque nuestra mente ya es dura. Lo que hacíamos ahí era
bordar, ellos se encargaban de venderlo y cuando lo vendían
nos daban 20 quetzales a cada una, pero eso nos llevaba
tres semanas hacerlo, entonces lo que nos daban no nos
alcanzaba y tuvimos que ir a limpiar terreno para tener un
poco de dinero.

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30

historias de vida

Siento que arde en mi corazón como chile

Corazón de la tierra y corazón del cielo
Ahora en mi comunidad todos me hablan y ya no hay muchas
mujeres que sean celosas con sus maridos, ya se está
desapareciendo la envidia; el comisionado antes vivía en La
Esperanza pero se dio cuenta de todo lo que hizo y cambió
de lugar; todas las que quedamos nos enojamos y pensó que
íbamos a decir que pagara por lo que hizo, escuchó que le iban
a denunciar pues las personas supieron que él dio el listado
a los ejércitos y sabemos que murieron dieciocho personas,
entre ellos jóvenes y señoritas.
A veces encontramos problemas, me enfermo y mis hijos
no llegan a visitarme y me siento triste, pero no me gusta
regañarlos, ya son grandes. Antes sí me respetaban, pero ahora
como están en sus casas, ya no me ven como su mamá, me
dejan sola. Les di consejo y no lo guardaron; he platicado con
ellos de que cuando no llegan me siento triste y me dicen que
tienen mucho trabajo. Mi hija me dijo que quería venir a verme
pero que no puede, que gastó mucho dinero cuando sembró su
milpa y que cuando tenga va a venir aunque viene de lejos; ella
está bien, no tiene problemas con su marido. Una vez la soñé, vi
que llegó a mi casa, tal vez porque piensa mucho en mí.

dorotea

Así me pasó antes: el que es mi segundo esposo vivía cerca de
la casa que había construido mi primo cuando nos trasladaron a
Sepur Zarco; las personas le empezaron a contar que yo había
sido casera de los ejércitos, le decían: “¿por qué te juntaste con
esa mujer?”. Por esa razón encontramos problemas, él empezó
a maltratarme y a pegarme pero yo no dejé que me pegara y
le dije: “¿por qué llegaste a pedirme si sabías que soy casera
de los ejércitos?”. Tiempo después se calmaron los problemas,
cuando entré a participar con los grupos y le contaba a mi esposo
todo lo que escuchaba en las reuniones, y así se tranquilizó.
Le dije: “si me vas a seguir maltratando, ya sabes que estoy
participando en un grupo de mujeres, si me vas a hacer daño
no sé hasta dónde vamos a llegar.” Eso fue hace como tres
años; antes sufrí mucho porque me decía: “¡ah! Es que usted
fue violada”, pero yo le contestaba que no fue mi voluntad sino
que me obligaron, y de todos modos que no es mi papá para
que me esté pegando. Yo no agarro nada para defenderme,
sólo lo hago con palabras. A veces pido permiso, pero a veces
también tomo la decisión de irme a las reuniones. Él cambió,
ahora que estoy saliendo a participar en otras partes, le digo

que si quiero estar, voy a estar, puedo ir porque estoy libre y
también le digo: “si quieres estar con tranquilidad, pues está
bien, si no, te puedes ir y si yo quiero buscar trabajo, también lo
puedo hacer”, porque llegan momentos en que él ya no quiere
buscar dinero para todo el gasto de la casa.

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32

historias de vida

Si participamos en las reuniones es para poder ayudarnos
entre nosotras y para desarrollar nuestra mente. Hay personas
nos maltratan y nos dicen que no tenemos trabajo y que por
eso andamos juntándonos; hay mujeres que también son
viudas que no participan porque sus segundos maridos no les
dan permiso o porque las otras mujeres que tienen esposo
piensan y hablan mal de ellas. Tal vez ellas quieran aprender
nuevas ideas pero se mantienen en sus casas, en cambio yo
sí voy y también les he dicho que deben participar, pero me
dicen: “no podemos porque tenemos hijos”.

Con mi hijo más pequeño no hay problema; me acaba de
comprar un corte y un güipil porque le he contado cómo lo
mantenía cuando era pequeño, me ayuda y cuando trabaja
me da un poco dinero, pero le duele mucho cuando su papá
me maltrata y cuando toma, me defiende y le dice a su papá:
“¿por qué estás maltratando a mi mamá? Ella no te metió la
botella en tu boca”; se enoja porque él no da dinero, sólo
gasta en licores.

dorotea

Mi nuera tampoco me apoya cuando me enfermo, no atiende
a mi esposo ni a mi otro hijo pequeño; a veces mi marido
y mi hijo compran sus tortillas o mi hijo hace sus tamalitos
para comer y lava mi casa. En cambio, cuando está mi hija
conmigo, no me preocupo por la comida, me ayuda mucho.
Ella se animó a irse cuando encontró problemas con las
personas: muchas mujeres son celosas de sus maridos y
como ella participó en CONAVIGUA durante tres años como
promotora, se iba a hacer reuniones en las aldeas y decían que
andaba haciendo cosas con los hombres, que se quedaba
parada en el camino platicando con sus esposos. Una vez le
pegaron en el camino, por eso es que aceptó juntarse con su
marido; si eso no hubiera pasado, no se hubiera ido y estaría
participando ahora en las comunidades.

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historias de vida

Mis hijos más grandes no se llevan entre ellos: un día mi hijo le
pegó a su hermana, le sacó sangre de la boca cuando todavía
estaba sola y así vinieron los problemas. Yo lo regañé y le
dije que él no tiene derecho, además su hermana me ayuda
cuando yo me enfermo y él nunca se preocupa por mí, aunque
vive en La Esperanza.

Este año (2006) los del Plan Nacional de Resarcimientonos
hablaron sobre los documentos que estamos sacando en la
municipalidad y también nos dijeron que hay personas que
tienen miedo de ir a la cárcel, pero que ellos ya hablaron
con los que trabajan en la municipalidad y llegaron a recibir
capacitación allá en Cobán para que no tengan miedo.
Para mí es importante lo del resarcimiento, porque cuando
me quedé sola busqué la manera de mantener a mis hijos,
porque sufrí mucho y para que el gobierno sepa lo que nos
pasó a las mujeres. No voy a ocultar nada. Los de la comisión
nacional de resarcimiento nos dijeron ayer que nosotras las
mujeres no debemos ocultar nada de lo que hicieron los
soldados, si fuimos violadas también lo podemos decir.

Estoy participando en diferentes organizaciones. Siento que
si algo me pasa no va quedar sólo así. También me ayuda
un poco que entre todas nos sintamos contentas. Así sale
un poco el dolor que está guardado en mi corazón. Lo que
quiero lograr cuando cuento mi historia es justicia, para que
las personas que nos hicieron daño se den cuenta de que
nos hicieron sufrir a nosotras las mujeres y a nuestros hijos,
y para que algún día ellos paguen lo que nos hicieron. Quiero
tener todas las historias que he contado en un libro, junto con
las historias de las otras mujeres, para que mis hijos se den
cuenta y sepan que es cierto lo que estoy diciendo. Siento que
cuando contamos nuestra historia, estamos limpiando nuestro
corazón de todo lo que vivimos en la guerra.
Polochic, 2006

dorotea

Nosotros pedimos a nuestros abuelos y abuelas que protejan
a sus nietos para que no les pase nada en sus caminos, por
eso mencionamos los nombres del Tzuultaq’a, todos tienen
sus nombres: Petrona, Rosario, Simona, Chajkoj, Juanita,
Qawa, Saqiqib, Itzam. Esa es la costumbre que le enseñé a mi
hija y que también quiero enseñar a mis nietos.

También hay problemas, hasta con conocidas del grupo;
la gente pelea por el dinero que reciben, dicen que están
cobrando el precio de los huesos de sus maridos. El hijo de mi
cuñada dijo que lo van arreglar conmigo y quiere que le dé mil
quetzales; un día hasta paró a mi esposo para pegarle por ese
dinero y le dijo: “te estás comiendo el precio de mi tío”. Es muy
doloroso escuchar todo eso. Yo le di quinientos a mi cuñada
pero ella no quiso recibirlos, quería mil; le dije que dónde iba a
conseguir eso: “¿no te das cuenta de que yo tengo hijos de mi
finado marido? No me ayudaste cuando me quedé sola con
mis hijos, si lo hubieras hecho entonces tendrías derecho de
exigir un poco de lo que recibí”, y ella me dijo: “sí, es cierto,
pero también te diste cuenta de que sufrimos lo mismo”. Pero
yo estoy luchando y ella quiere que le de agua en su boca.

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historias de vida

Yo participo con los anciano scuando reciben su capacitación,
después nos dicen qué es lo que están estudiando y qué es lo
que tenemos que hacer en la ceremonia maya, cómo debemos
de hablar con los Tzuultaq’a. A nosotras nos falta saber dónde
nació la ceremonia pero ahora los que están estudiando ya
aprendieron de la cruz maya; es importante saber dónde sale
el sol y dónde entra la noche, también dónde sale y dónde
entra el aire, y el centro tiene su significado, es el corazón de la
tierra y el corazón del cielo.

En 2005, Dorotea se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.

Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.

Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

dorotea

Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.

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38

historias de vida

En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.

1.

2.

Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos
que lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y
Olga Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios
públicos. Ver en particular las memorias del Festival por la
memoria de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy
Viva”; y de Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo
de la libertad”.

historias de vida

carmela

2

3

el cuerpo usa corte, no vestido, no dolor
jesusa

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora angélica lópez
transcriptora maría josé pérez
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

jesusa

Vivo en la aldea
El Limonar de
Jacaltenango. En mi
familia somos cinco
hermanas mujeres
y cuatro hombres.
Recuerdo que cuando
yo era pequeña salíamos
a pasear con mi familia el
día domingo de Semana
Santa y jugaba con mis
hermanas con juguetes
quebrados, porque no
había otros.
3

En septiembre

Ese maestro nos mandaba
como si fuéramos sus mozos
En la aldea antes, había una escuela, en donde está el salón
ahora. Bastantes niños iban a esa escuela. Los maestros que
venían a enseñar no eran de aquí sino que se venían en moto
a dar clases. Con ellos venía también una maestra que era
joven y se llamaba Miriam. Ella le dio clases a mi hermano.

También yo fui a estudiar ahí, pero creo que cuando era niña
no entendía muy bien. El profesor me pegaba en la escuela
porque yo no podía hacer las letras; con un palo bien grueso
me daba en la espalda.

Otra cosa que hacía es que cuando era diez de mayo, traía
regalos para que, obligadas, le compráramos a él. También
obligaba a todos los alumnos a usar corbata y vestido para
el quince de septiembre. Aunque nosotros éramos pobres,
obligaba a las mamás de los alumnos a comprar la ropa y
las cosas que traía a vender, porque no quería que nosotros
usáramos nuestro corte, nuestro traje así; pero costaba
comprar porque no tenía dinero la gente. A veces descalzos
andaban los niños con su vestido puesto, daba pena. A mí,
nunca me gustó andar con vestido porque era cortito, otras
compañeras sí se lo pusieron y hasta les tomaron una foto.
Tenía hijos ese maestro también y nos mandaba a limpiar la
bacinica en donde hacía popó su hijo. Nos mandaba como si
fuéramos sus mozos. También llevó a encerrar a una alumna

jesusa

El maestro con el que yo recibía clases se llamaba Octavio, era
un ladino de San Antonio. Lo que pasaba es que las clases
eran sólo en español. A mí me daba mucho miedo cuando mi
mamá me mandaba. Éramos cuatro compañeras a las que
ese profesor chingaba mucho. Como él tomaba, siempre que
estaba bolo nos ponía a barrer a todos los patojos, y cuando
terminábamos, nos decía que echáramos la basura en el trapo
que usábamos como bolsón. Y como no podíamos decir nada,
echábamos la basura en donde metíamos nuestros cuadernos.

5

Íbamos al río con mis hermanas mayores. Era el mes de
septiembre, y en ese tiempo la costumbre de la gente era
diferente. Los muchachos esperaban a las muchachas en el
monte y cuando ellas pasaban a traer agua, ellos salían para
platicar con ellas. Pero las muchachas, lo que hacían, era que
se quitaban corriendo porque no querían hablar con ellos;
entonces a veces con el lazo de mecapal, agarraban de una
vez a las muchachas para que se pararan a platicar con ellos,
o si no, les quitaban su tinaja y se iban corriendo. Cuando les
hacían eso a mis hermanas, ellas me dejaban atrás de una vez
por perseguir al muchacho. A mí no me molestaban porque
yo era chiquita. Así hacían los muchachos para buscar a su
mujer, su novia como le dicen. Era la costumbre de la gente
en ese tiempo, pero ahora ya cambió, ya no hacen así.

4

historias de vida

Como en mi casa no había agua, tenía que ir a lavar la ropa
y a traer agua hasta el río con unas tinajas de barro, que
comprábamos en Comitán. Tres o cuatro viajes hacíamos para
que nos alcanzara el agua en la casa. Bien helada regresaba
cuando terminaba de acarrear agua.

6

Después de eso, lo que hice fue quedarme en la casa, sólo
trabajar adentro de la casa, cocinar, tortear y cocer la comida
para mis hermanitos. Salía temprano, como a las cuatro de
la mañana, a moler en un molino que quedaba cerquita de
la casa. Antes no daba miedo salir a esa hora porque toda la
gente salíamos temprano. Los esposos de las mujeres se iban
a trabajar o sus hermanos se iban temprano al trabajo y ellas
les mandaban su comida. Lo que sí no me gustaba era salir
en la tarde, ir a otros lugares o a vender, porque no se venden
las cosas, a veces sólo una, dos libras de manía o cualquier
otra cosita se vende. Y también me daba miedo porque
escuchábamos que había unos violadores en otro lado.
Cuando era niña sólo trabajaba, en la finca, en el campo,
barriendo, lavando los platos, lavando la ropa, dando la comida
a los animales, a los pollos, sólo eso. No me gustaba jugar
porque me pegaban, porque me maltrataban. Por eso es que
no me gustaba juntarme a jugar con los niños. Me daba miedo
porque el maestro me pegaba un reglazo en la mano o en la
espalda si estaba jugando; y mi papá no me pegaba, pero sí
me regañaba.
Mi papá y mi mamá siempre peleaban, saber con qué salían
ellos y después empezaba el pleito. Era mi papá el que
comenzaba, estaba mi mamá contenta y empezaba él a veces
a pelear en la noche. Nosotros no dormíamos en toda la noche,
salía mi mamá de una vez, y salíamos con ella. Mi mamá era
tímida, no platicaba mucho, pero él alegaba porque pensaba

jesusa

historias de vida

Mejor me salí de la escuela. Ya estaba grande cuando salí y ya
nunca regresé, porque siempre había problemas con mi papá.
Problemas en la escuela y también en la casa… Entonces daba
tristeza. Tal vez no era la forma de enseñar, digo yo. Por eso
es que ya no seguí; mis otras compañeras salieron también.
¡Porque cómo nos chingaba ese profesor!

El trabajo y la casa

7

ahí en un cuarto, cuando estaba tomado. Y saber qué pasó
con ella… Esa señora que encerraron es una a la que les
tomaron foto el quince de septiembre. ¡Bastante hizo él! No es
nuestra obligación de hacer esas cosas.

8

No construyó la casa mi papá porque estaba enfermo del
hígado; él no tomaba, nomás se hinchó su cuerpo. Éramos
chiquitas cuando se murió mi papá, nos pusimos un poco
tristes pero después pasó. Sólo un mi hermano, que es el
primero, nos ayudó cuando él murió.
Cuando crecí nunca me arreglaba. Sola, así andaba yo, sola en
el río, bajaba a traer agua y a lavar porque, como tenía bastantes
hermanitos, tenía que lavar mucha ropa. Llevaba mi tinaja porque
es escasa el agua en las casas, y el río queda un poco lejos; por
eso, ahí, va la gente a lavar nixtamal en el río, ahí van a acarrear
agua. Yo me la pasaba así, sin molestar, molestaban mis
hermanas. A veces salían ellas y yo me quedaba en la casa con
mi mamá, o cuando se iba mi mamá junto con mis hermanas a
la fiesta de Nentón, yo me quedaba sola en la casa. No quería
ir con ellas porque regresaban ya como a las diez de la noche.

Dolor de corazón
Ya habían pasado dos años desde que muriera mi papá. Mi
hermana Soledad tenía un año de casada cuando pasó lo de
la guerra. Nosotras mirábamos que pasaban los soldados,
pero no sabíamos quiénes eran, nomás mirábamos que
pasaban a veces, como a las cuatro de la mañana. Iban a pie
a comprar tomate a Nentón, o saber qué. Después, ya nos
daba miedo salir a esperar el carro, ¿qué tal si nos mataban
los soldados? Porque a veces pasaban allí esos a los que les
dicen guerrilleros, pero nosotros no conocíamos quiénes eran,
sólo mirábamos que pasaban por allí.
Para la celebración de la fiesta de la iglesia, hacían una casita
como salón, con palo, y lo tapaban con monte. Estaban
tocando la marimba y celebrando cuando vinieron unos
soldados bien grandotes que daban miedo. Rodearon la fiesta
y hablaron anunciando que iba a haber guerra. Sabíamos que
los soldados mataban en el camino. Así escuchamos en las
noticias, que el gobierno de Guatemala mandaba a matar.

jesusa

historias de vida

Una vez le pegó mi papá a mi mamá. Decía él a mis demás
hermanos que no los quería, sólo a mí, porque sólo yo era su
hija y mis demás hermanos no. A mí no me gustaba el carácter
de mi papá, él decía que no quería estar junto con mi mamá, y
como teníamos un poco de terreno, decía que quería hacer una
casa y se llevó unos palos. Después, decía que ahí comía, decía
que quería que sólo yo me fuera con él. Pero yo no fui porque
me daba miedo, siempre he sido miedosa y como tampoco
hizo la casa, nomás se llevó el palo. Nunca lo fui a ver.

Como quedaba solita en la casa, nunca me dormía, porque en
la noche escuchaba a los bolos que bajan por la carretera. ¡Dios
mío! Me dormía hasta que llegaban ellas.

9

que tenía queridos. Pero ella no salía. Mi papá no dejaba que
saliera sólo por el celo que tenía. No la dejaba ir a comprar o a
hacer un mandado. Mi mamá estaba ahí encerrada en la casa.

“Vamos a la celebración, no nos quedemos aquí”, dijo mi mamá
y sólo un mi hermano se quedó durmiendo en la casa. Nosotros
nos fuimos con mi mamá y mis hermanos chiquitos; la palabra
se celebraba en una casa y no en la iglesia, porque éramos
carismáticos. Eran como las ocho o nueve de la noche cuando

Como diez o quince hombres eran los que estaban en la
celebración. Nosotros no pensamos que les iban a hacer algo,
pero los mataron. Mataron a todos los hombres, sólo dejaron
que se persignaran y les dieron balazos. Yo pienso que tal vez
los mataron porque hablaron la verdad. Como dice claro la
Biblia, está escrito que nos matan por decir la verdad. Eso es
lo que ellos explicaban de cómo es la palabra de dios.
Así se murió el esposo de mi hermana. Él estaba cantando la
palabra de Dios con su guitarra, nadie sabía nada de lo que iba
a pasar; ese día lo mataron junto con su hermano que era el
papá de una señora que después se convirtió en mi cuñada.
Una mi tía también fue muerta, porque salió huyendo con su
hija para el río, adelante corrió su hija pero mi tía se cayó.
Otros que no alcanzaron a huir fueron unos de Concepción
de Jacaltenango. Ellos venían a la aldea porque les prestaban
terreno para sembrar su milpa y se quedaron posando en la
casa de un señor. Cuando oyeron lo que estaba pasando,
arrancaron la puerta y salieron huyendo. Pero los alcanzaron
los disparos, ahí quedaron tirados cerca de la carretera; por
eso todavía está su cruz en el camino. Los soldados mataron
a muchas personas que estaban en sus casas.

jesusa

Otro día nos invitaron a la celebración de la palabra los
animadores, los que cantan y tocan la guitarra en la iglesia.
Mi mama tenía dolor de corazón porque tres días antes ya
habían matado a gente en Nueva Catarina. Los soldados
habían metido una bomba en una casa en donde estaban
durmiendo una señora con sus hijos y ahí murieron. También
nosotras con mi hermana sentimos una tristeza en el corazón
porque estábamos trabajando en un terreno y miramos que
estaban hincadas unas señoras, que parecía que eran de
Chuc. Vimos que ahí estaban los soldados quemando a la
gente, y que a los señores que estaban sembrando milpa en
sus terrenos, los pasaron a matar los soldados. Así quemaron
todas las casas, mataron bastantes, pero nosotros no nos
quitamos de aquí, porque los señores de la comunidad dijeron
que nosotros no teníamos delito; por eso no nos fuimos.

llegaron los soldados, mientras estábamos a media lectura de la
palabra de dios. Rodearon la casa y dijeron: “¡que salgan todos
los hombres!”, y salieron los señores. Sólo quedaron adentro
las mujeres con los niños. También había unas personas de
Inchuex que habían venido a sembrar milpa y fueron a participar
en la celebración junto con nosotros.

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historias de vida

No estaba yo en la fiesta, pero estaba viendo, porque el salón
lo hicieron cerca de mi casa. En eso estaban cuando tres
señores que estaban bolos, no sé qué le dijeron a los soldados
y se los llevaron. Saber a dónde los fueron a matar…Sólo un
muchacho regresó después de unos meses y contó que lo
tenían amarrado, así con cadena, los soldados cuidándolos
mientras dormían. Pero en un descuido, un viejito con barba
de color blanco, los encontró y les quitó la cadena.

Mi hermano, que se había quedado a dormir en la casa, tuvo
que salir corriendo por la ventana cuando pasaron a matar los
soldados. Se fue de una vez. Las balas entraron en nuestra
casa pero no la quemaron, como hicieron con otras en donde
murió quemada la gente.
Los soldados que hicieron eso eran muchos, un escuadrón
grande, y había algunos que eran negros. Ellos no eran
indígenas sino militares, usaban ropa militar y una camisa
rosada de cuadritos, esos hombres tenían como veinticinco

Ya no sentía nada mi cuerpo. Estaba como muerto por el
susto. Ya no me daba hambre, ni comía, ya nomás me andaba
agachada. La gente ya no entendía qué hacer por los que
mataron. Ya no lloraba por la tristeza. La gente parecía muda.
Ahí fue cuando nosotros ya no tuvimos a dónde ir, ya no había
a dónde salir.
Por lo que pasó, toda la gente se fue al refugio y la aldea quedó
vacía. Solas se quedaron las casas, sus coches, sus cosas,
su manía, los pollos, las gallinas, el maíz, el fríjol; todo lo dejó
la gente por el susto. ¿Acaso lo íbamos a llevar? ¿Acaso no
nos da tristeza la gente a la que mataron y miedo a los que
mataron a la gente? Todo lo dejamos y nos fuimos; unos a
México y otros por otros lados.

Solita
Me entró el odio en mi corazón cuando nos fuimos de mi casa
con un mi hermano que tenía diecisiete años y un mi primo, que
ahora ya es difunto. Nos tuvimos que ir de una vez. Todavía mi
mamá se quedó con un mi hermanito como de seis años, que
lloraba. Le decía: “vamos, vamos”; él ya no quería estar ahí en
mi casa porque le daba saber qué, pero mi mamá no se quiso ir
por acompañar a mi otro hermano que se fue a ayudar a enterrar
a la gente que mataron. Poquitos de los que se quedaron tenían
todavía ánimo para hacer ese trabajo. Unos tenían miedo y

jesusa

Como Francisca tenía cargada a su hijita de meses, vinieron
los soldados, aventaron a mi sobrinita y violaron a mi hermana.
Igual me violaron a mí aunque estaba viniendo mi regla y
también a la otra señora. Tres soldados fueron los que me
violaron, amenazándome con pistola cuando yo sólo tenía
doce años. Mi mamá y otras personas estaban viendo cuando
me violaron. Después de que terminaron de hacernos daño,
nos encerraron en esa casa, le metieron fuego con cerillo y se
fueron. Nosotras sentimos que nos moríamos cuando vimos
que empezó a arder la casa. Rápido empezó la señora a jalar
sus cosas y a ponerse la ropa y nos salimos.

o treinta años. El día en que ellos llegaron a atacar fue una
fecha seis de enero.

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12

historias de vida

Después de que sacaron a los hombres y los mataron, los
soldados nos sacaron del pelo a mí, a mi hermana Francisca y
a una vecina de mi hermana que se llamaba Dominga. Jaladas
nos llevaron detrás de la casa. Esa señora tenía cuarenta
días de que había tenido a su bebé y era esposa de un
comisionado; “trabajó él”, les decía la señora a los soldados,
pero ellos mandaban.

Ahí estábamos cuando a los dos días llegaron unas señoras
de Nuevo México a traernos. Ellas son familiares de un
ingeniero que se casó con una señora en Aquispala y se
quedó trabajando ahí. Vieron en la televisión la noticia de
que había guerra en Guatemala, de que habían matado los
soldados a mucha gente y de que había algunos que se
estaban yendo para México. Por eso vinieron y nos dijeron
que si queríamos ir con ellos.
Nosotros ya no queríamos estar en Dolores por el miedo.
“¿Qué tal si llegan los soldados a matar?”, eso entraba en mi

jesusa

Nosotros ya habíamos salido primero, como a las diez de la
mañana ese día. No sabíamos a dónde íbamos, pero huimos
y llegamos a la Finca Dolores. Después llegaron mi mamá y mi
hermano. Pero como él toma, a veces nos da mucho miedo de
que salga, porque anda tomando y hay muchos soldados en el
camino. ¡Vaya que no le hicieron nada a él!

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historias de vida

nomás dejaron ahí a los muertos, pero a otros les dio tristeza,
por eso dijeron: “no los vamos a dejar así” y empezaron a
enterrar. Ya era bien tarde y todavía faltaba por enterrar, por
eso mejor le dijo él: “ándate, mamá, ándate, me voy a quedar,
saber a qué hora voy a ir”. Entonces lo tuvo que dejar y se fue
para La Laguna. En esa comunidad dice mi mamá que ya no
mataron a la gente, porque ellos supieron antes lo que pasó con
nosotros, y lograron salir. Cuando ella llegó, como a las siete de
la noche, ya ni el cansancio sentía, no sentía nada porque solita
con mi hermanito y su maleta. Dice que iba orando. No encontró
a nadie, ya no había nada de gente.

Estuvimos una semana en Aquispala. Cuando salimos de ahí,
estaban los soldados, y me dijo la señora: “cambia tu traje,
cambia tu corte, aquí hay un vestido. Ve, porque si no te lo quitas,
no nos van a dejar pasar al otro lado”. No quería yo cambiarme,
no me gustaba, pero como ya estaba allí, pues tuve que hacerlo.
Me cambié de una vez adentro del carro, y ahí dejé mi traje.
Después, fui a Tuxtla, y de ahí, me fueron a dejar a Nuevo México
en la casa de la mamá de ese ingeniero. Quince años tenía yo
cuando me fui con esa señora y duré cuatro años en ese lugar.

En el refugio yo no me hallé, me la pasaba llorando atrás de
la casa, porque no sabía en dónde estaba mi mamá; y como
unas que llegaron ahí me contaron que por donde ellas pasaron
vieron que llegaban los soldados o la migración a molestar a la
gente, yo me preocupaba mucho, me ponía a pensar en mis
hermanitos: “¿qué estarán pasando ellos?”, porque en donde
se quedaron estaba muy peligroso.

jesusa

Cuando me fui, mi mamá se quedó preocupada porque no supo
dónde estaba. Entonces mandó a mis hermanos a buscarme;
ellos andaban preguntando pero nunca me encontraban. Hasta
los encerraron en la cárcel en Comitán por andar preguntando
que dónde estaba yo. Yo me quería regresar pero no podía,
por el miedo. En cambio, una mi hermana que se fue con otra
señora a Comitán, se fue sólo un poquito de tiempo; luego,
regresó con mi mamá porque estaba cerca.

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historias de vida

mente. Mejor dejé a mi mamá, y me fui junto con un patojo de
siete años, hijo de uno de los señores que mataron el día de la
fiesta en el salón de la iglesia.

18

No me gustaba salir a ningún lado porque no conocía ese lugar,
ni sabía cómo era la gente de ahí. La señora de la casa quería
que fuera con ella para comprar mi ropa pero yo no quería,
sólo ella iba a comprar mi ropa interior: “vamos a comprar tu
vestido, vamos a escoger tu vestido, ven conmigo”, “escoge
cuál es el que te gusta y te lo compramos”, me decía ella. Pero
yo no quería porque pensaba que tenía que quitarme la ropa
para probarme mi vestido nuevo, y como íbamos con un hijo
de la señora que es muchacho, pues tenía yo vergüenza. A
veces no me quedaba el vestido porque no me los probaba,
me quedaban grandes o chiquitos y nunca los usaba. Por eso,
a veces, mejor me daba ropa usada.
A mí me dolió mucho quitarme mi corte porque nunca usé
vestido. Yo me siento bien de ser indígena, hablo mi idioma
poptí. Por eso es que en México no me gustó quitarme mi traje.

El ingeniero seguía viviendo con su mujer en Aquispala, sólo
llegaba cada año a visitar a su mamá en diciembre. Él me contó
que había visto a mi mamá en Aquispala, pero que mi mamá
sólo pasaba y no preguntaba por mí. Es que ella no sabía hablar
castilla, y por eso es que no sabía en dónde estaba yo. Sólo
conocía que él nos había llevado, y él tampoco le decía a mi
mamá en donde estaba.
Allá en Nuevo México, no nos mandaron a la escuela. Sólo nos
quedamos a trabajar con la señora, yo en la casa y al patojo lo
mandaban a hacer mandados. Cuando celebraban fiestas así
como de cumpleaños, la señora nos llevaba, pero a mí no muy
me gustaba, me daba mucho miedo. La señora de esa casa
tampoco quería que tuviera amigas, porque un día llegó una su
sobrina a la casa y me invitó a ir a una fiesta que había cerca
de la casa: “¡vamos a bailar!”, me decía. Entonces la señora
dijo: “no vas a salir con ella”, y como yo respetaba, contesté:
“no voy a salir”.
Era bonito el modo del carácter de esa señora. Sí quería que
saliera uno, pero con ella, no solita o con otra amiga. Quería
ir atrás de uno. Una vez hubo una fiesta allí en esa colonia:
“hija arréglate”, dijo, “ponte vestido, píntate, aquí están las
pinturas”, pero yo no me pintaba. Me dio un par de zapatillas

jesusa

historias de vida

No sabía hablar castilla en ese tiempo, y no platicaba con la
señora. Sólo me decía a veces: “haz esto, haz lo otro”, sólo
esas palabras. Pero no me levantaba temprano. Ella cocinaba.
A veces, cuando no estaba, yo hacía lo que sabía hacer, lo que
no sabía hacer, ella lo hacía.

Toda la gente que se fue en ese tiempo usaba siempre traje,
no como ahora que ya usan de todo: corte, falda, pantalón o
vestido. En ese tiempo, no había nada de eso, y ¡peor!, un día
que llegó ese ingeniero, me contó que el traje que había dejado
con ellos, ¡lo cortaron para hacer un adorno de su casa!

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Me odiaba a mí misma. Tenía odio en mi corazón por todo lo
que había pasado. Sólo llorando me la pasaba cada día, cada
tarde. La señora me preguntó: “¿no te hicieron algo los soldados,
te quitaron tu corte, te hicieron algo?”. ”Sí”, le dije yo. Entonces
ella me llevó a la clínica con un doctor, y me dieron una medicina
como vitamina, que da dolor de cabeza. Lloraba también por la
tristeza que me daba lo que me hicieron.

20

En ese tiempo, un muchacho me llegaba a hablar, pero yo
supe que tenía esposa en La Laguna y le dije que no lo quería;
entonces, de ver que no se pudo, se mató. También había
otro joven que me quería y buscó a la señora para que me
casara con él: “ella es muy buena gente”, decía, y pasaba
por la casa. Pero yo no salía porque pensaba: “tal vez no
puedo hablar español”. La señora ya nos había advertido que
no habláramos con la gente que no conocíamos o que nos
preguntara algo: “como no saben hablar bien, mejor yo voy
a hablar”. No pude estar con ese muchacho porque tenía
miedo a los hombres. Por el miedo, nunca tengo marido,
¿qué tal que nomás me miente y me dejan? Eso me meto en
la cabeza, por eso no tengo marido.

A pesar del tiempo que estuve allá, no me acostumbré. Hasta
que un día llegó una señora de La Laguna, que era la mamá
del patojo, porque ya sabía ella en donde estábamos viviendo.
Ese día pensé: “si el patojo se va a regresar, yo me voy a
quedar solita. ¿Qué tal si a mí me van a mandar a hacer el
mandado? Mejor me voy de regreso”, porque si no, me iba a
quedar como la otra muchacha que estaba en la casa, que se
casó y se quedó ahí de una vez.
A las cuatro de la mañana llegó la señora a traernos, y le dije
yo a la mamá del ingeniero: “me voy a ir con la señora, voy
a regresar ahora a mi aldea”. Me contestó ella: “¿pero, por
qué te vas a regresar?, ¿qué querés ir a hacer ahí? Si siguen
matando a gente, ve, mira en la tele, mira en las noticias como
siguen matando gente. Si se van, los van a matar a ustedes”,
y se puso a llorar la señora. No quería que nos regresáramos
y no nos pagó: “no tengo dinero”, nos dijo. Apenas diez pesos
nos dieron. A las cinco de la mañana nos subimos en el bus
porque en la carretera la señora tenía su carga. Todavía
pasamos a la casa de otro hijo de la señora en Aquispala antes
de llegar a la casa. Mi regreso fue en septiembre o en octubre
del ochenta y seis.
Ya había regresado mi mamá aquí a la comunidad cuando
yo volví. Como ella se quedó, iba y venía a refugiarse en
Aquispala, porque a cada ratito los sacaban los soldados
corriendo. Hasta mis hermanitos corrían cargando sus
maletas, y también el hijito de mi hermana cargaba su maleta.

jesusa

historias de vida

La señora tiene otro hijo que es maestro en Tuxtla, un señor
que ya era grande, como de cuarenta años pero que nunca se
casó. Cuando llegaba ese señor a visitar a su mamá, llevaba
regalos para todos. Le llevaba al patojo, a su mamá y a otra
muchacha que estaba en esa casa con nosotros. A mí me
llevó un par de zapatos así bajitos, que sí podía usar, no como
los que me había comprado la señora.

Nosotros somos chiquitos y los ríos grandes

21

altas que me había comprado y no podía andar yo con esas
zapatillas. ¡Dios mío! No estaba acostumbrada a usarlas. Salí
pues con la señora y ella me llevaba del brazo. “Que no se
acerque conmigo ningún hombre”, le iba yo pidiendo a dios.

22

Estando en Colón, mis hermanos se tuvieron que ir a trabajar
cargando abono, tapiscando milpa, echando abono a la milpa
o cortando. Ahí había mucha lluvia, mucho lodo y el lugar
quedaba muy lejos para ganar dinero con los patrones. Mucho
sufrieron. No podían estar tranquilos, ya no aguantaban más.
Por eso mi mamá se cansó y dijo: “es mejor estar en mi casa,
ni modo que estemos aquí también con el miedo de que nos
maten”, y se regresó a la comunidad con mi hermana, a la
que le habían matado el esposo, y con mis dos hermanitos
chiquitos. Otros todavía se quedaron en el refugio como diez
años más. Estando ya ahí, en la casa, los soldados obligaron a
patrullar a mis dos hermanos pequeños, de doce y trece años.
Eso fue obligado, no fue su voluntad, porque los militares
ponen adelante a los patrulleros para el combate. Mi mamá se
puso triste y no quería que patrullaran. Pero sí fueron obligados

Regresé a la comunidad, pero todavía no había empezado
la paz, como le dicen. Todavía estaban pasando muchos
soldados todos los días detrás de la aldea, pero ya no entraron
a matarnos. Pedían tortilla cuando veían que estábamos
torteando, eso nos daba mucho miedo. También, como en el
noventa y cinco, pasaban los compañeros1 con miedo, pero
nosotros ya no confiábamos en ellos porque todo lo querían
regalado. Además, ellos también nos asustaban cuando
pasan, porque igual llevaban armas y pasaban a molestar a los
señores que estaban trabajando humildemente, sembrando,
porque no querían participar con ellos. Tenían miedo de
morirse. A las dos cosas tenía uno miedo en ese tiempo, por
eso es que se enfermaba del susto.
jesusa

historias de vida

Cuando estaban en el refugio Colón, dicen que no dormían
en la noche por el miedo, y que cuando estaban haciendo
sus casitas, pasaban los de migración quemándolas para que
salieran. También la gente de la propia comunidad es egoísta. A
mi hermana le dieron lámina porque era viuda. La gente puso la
lámina donde caía mucha lluvia y había mucho lodo. Ahí se tenía
que ir a dormir con sus hijos chiquitos.

a hacer rastreo. Mis otros hermanos se quedaron en Aquispala
porque tenían miedo de los soldados que todavía pasaban a
matar; con ellos se quedó una mi hermana de doce años para
cuidarlos, para hacer su comida.

Ruido en la cabeza, odio en el cuerpo
En el tiempo que estuve en Nuevo México no me sentí enferma.
Pero cuando venía en el bus de regreso empezó a moverse
rápido mi ojo, me daba vueltas todo y vomité. Ya estaba en
mi casa cuando empezó a dolerme la cabeza, llegó un dolor a
mi vientre, sentí que me daba vueltas la cabeza y ya no quería
caminar. Tenía como veinte años cuando comenzó ese dolor y
1.

Integrantes de la guerrilla.

23

Así pasaban el río, aunque ellos eran chiquitos y los ríos son
grandes. Después venían aquí y se iban otra vez, a veces
dormían en el monte porque los perseguían los militares o
los de migración. ¡Vaya que si yo no me hubiera ido con esa
señora, tal vez me hubiera muerto!

24

Poco a poquito empezó a volver la gente porque ya habían
hecho la firma de la paz. Yo estaba en mi casa pero me daba
vergüenza salir. Pensaba que la gente me iba a mirar o a hablar,
porque tenía puesto vestido, entonces me volví a poner corte.
Ahora la ropa que me pongo es blusa con corte, pero sólo uso
blusas que tengan mangas porque no me gustan las que son
escotadas; mis hermanas sí usan así. Con mangas son más
difíciles de conseguir y tengo que mandarlas a traer con mi
mamá, pero a mí no me gustan los escotes, porque siento que
me veo fea y miro mi cuerpo, no me siento bien.

Después pensé yo: “no está bien que me quede aquí, mejor
me voy con ellas”, y me paré cerca de donde estaba la
marimba. ¡Ay, Dios mío! Empecé a sentir como que adentro
de mi cabeza estaban tocando la música y casi me caigo. En
eso llegó un muchacho de Nentón que estaba bolo, a sacarme
a bailar. No quería bailar pero me obligó, me jaló a la fuerza,
pero ya no bailaba, nada más me jaloteaba; sólo aguanté dos
piezas, y de ahí me salí porque tenía mucho miedo, temblaba
mi corazón. Eso quedó en mi mente, por eso es que ya no me
gusta entrar en donde hay fiesta.
En 2001 me llevaron, estaba yo bien enferma, ya no podía
caminar, me daba vómito, diarrea. Estaba en la casa de Maritza
cuando me enfermé. Ella me llevó al médico en la capital y ahí
me dieron una medicina que eran como vitaminas. Eso me
curó un tiempo pero después volvió. Cuando me decían que
tenía que viajar a algún lugar ya no podía dormir en la noche,
sólo de pensar en eso me daba miedo. Quería que alguien me
acompañara, aunque fuera una niña que se fuera conmigo,
para que así yo me sintiera mejor. No me gusta andar sola,
aunque tal vez por mi edad, ya no me van a molestar los
hombres en mi aldea. Pero como uno no conoce, no puede
confiar en los hombres.

jesusa

historias de vida

No me gusta que me toquen mi cuerpo, me da odio conmigo,
no me gusto a mí misma, no me quiero. Tengo mucho odio en
mi corazón por mi cuerpo. A veces me enojo conmigo misma
porque cada vez que termina mi menstruación me sale un flujo
amarillo como pus, y digo cosas como: “¿por qué dios me
trajo al mundo?”. No me gusta cómo soy, no quiero nada de
mi cuerpo, no sirvo para nada. Yo no tengo la culpa de que
me haya pasado así y, ¿por qué tiene uno que casarse con un
hombre? Si eso es feo. ¿Por qué hay que arreglar su comida o
dormir con él? Eso no me gusta. ¡No me gusta que me toquen!

Mis hermanas me invitaron a la fiesta de Catarina. Yo no quería
ir, pero ellas me llevaron. “¡Vamos!”, me dijeron. Nos fuimos,
pero por esa enfermedad que yo tengo en mi cabeza, me
molestaba ver pura ropa de color chillante, no me gustaba
andar entre la gente, y me quedé sentada nomás llegué. En
cambio, mis hermanas sí fueron a bailar.

25

con el tiempo se fue agrandando. Desde entonces, no se me
quita, me pongo nerviosa, siento que me va a pasar algo, que
me van a hacer algo. Sólo llorar, llorar, es esa enfermedad.
A veces, me desmayaba del dolor en mi cabeza, me sentía
mareada y empezaba a escuchar ruidos en mi oído.

Por eso, con el dinero que me pagaban de las cintas compraba mi
medicina y ahí se iba todo. No podía ahorrar porque se gastaba
en ir a las consultas y comprando, comprando medicinas, Cibral
y Neurofortán. También me ponen inyecciones, para que se
calme un poco y mejore mi cabeza.

jesusa

Antes, yo tejía cintas. Hacía muchas, pero me pagaban sólo
cinco quetzales por cada una y eso que se lleva tiempo
hacerlas. Como estoy enferma, a veces parece que alguien
está aquí y me habla una voz fuerte; o en la noche siento que
alguien entra, me levanta de la cama y de una vez me deja
caer. Pero no hay nadie. Es que lo de los nervios no se me
quita, no se queda tranquila mi mente. A veces, no quiero
pensar en la enfermedad, pero igual entra; es como vergüenza
y susto. Cuando empiezo a sentir eso, me duele la garganta y
me sale como una cosa blanca de la boca, me duele mi oído
y mi estómago; también siento dolor en la cabeza, es como si
fuera fuego ese dolor que me da.

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26

historias de vida

Si me invitaban a un lugar temblaba de nervios porque me
daba mucha vergüenza. Tal vez hablen de mí porque no me
casé. A veces, cuando estoy en mi casa, empiezo a escuchar
ruido como de radio descompuesto en mi oído; hay veces
en que puedo dormir y otras que no, no me siento contenta,
pienso que nunca se va a aliviar esta enfermedad.

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Mi mamá siempre está triste conmigo, porque se pone a pensar
que como no me casé voy a estar solita, y antes así pensaba yo
también: “¿cómo me voy a quedar cuando no esté mi mamá?,
¿qué voy a hacer cuando mi mamá se muera?” Pero ahora ya se
quitó eso de mi mente, ya no quiero pensar, porque tal vez por
eso es que vuelve la enfermedad.
Yo no pienso juntarme. Ni pensaba cuando era pequeña, por los
problemas que tienen las parejas, porque cuando se casan, los
hombres les pegan a las mujeres o empiezan a tomar. Siempre
hay pleitos entre ellos, se desvalorizan el hombre o la mujer y yo
no quiero eso. Mejor me mantengo en mi casa; en ocasiones sí
me pongo triste por estar sola, porque ya soy grande y, ¿cómo
voy a pasar la vida y a comprar mi comida? Eso es lo que entra
en mi mente. Tal vez me gustaría si hubiera un hombre que no
tomara, que no fumara. ¿Pero dónde voy a encontrar uno así?
Y tampoco se puede. Porque una no puede buscar al esposo
sino que el hombre la tiene que buscar a una.

A veces, si mi mamá sale, me voy para la casa de mi cuñada
para no sentirme solita y cuando viene mi mamá ya me regreso.
Yo vivo con mi mamá, porque si no, estoy sola, no hay nadie
viviendo conmigo, ni un familiar y me pongo triste. Por eso
no quiero que mi hermano y mi cuñada se vayan a otra casa,
porque así están cerca de mí.
¡Me siento bien contenta con mis sobrinos! Me pongo alegre
cuando la nena de mi cuñada llega temprano a mi casa. Les
aconsejo a ellos, que saluden a la gente cuando vayan en
el camino, así les enseño porque yo los he cargado desde
chiquitos, y a veces, los voy a traer, porque me gusta. He
pensado que lo que necesito es un apoyo que esté conmigo.
Eso me dio la idea de adoptar a una patoja para que me haga
compañía. Pero la verdad, es que no me gustan así los niños;
mis sobrinos porque tienen quien les va a dar su comida y su
leche. En cambio adoptados, cuestan mucho de mantener,
bastante dinero se gasta en un niño, y yo a dónde voy a ir a
traer para darle su leche. Mejor estar así como estoy ahorita,
sin niño me siento bien.
Mi mamá y yo nos tratamos bien, nos llevamos bien. Yo platico
con mi cuñada y con mis hermanas cuando llegan a mi casa;

jesusa

historias de vida

Soy la única soltera de nueve hermanos, casi todos viven con
sus familias en la comunidad; sólo dos no, mi hermano más
pequeño que se fue para Estados Unidos y otro que se quedó
de una vez en Aquispala. Ya nunca regresó, ni a visitar. Cuando
regresé del refugio, mis hermanas ya estaban casadas. A unas
las vinieron a pedir los muchachos; trajeron pan, café, leña
y bolitas de pozol. Luego, se casaron por la iglesia, hicieron
fiesta con marimba y todo; en cambio, otras de mis hermanas
sólo se juntaron.

De todos modos a mí me da vergüenza cuando alguien habla
así de relaciones sexuales. A mí no me gusta. Por eso me dio
miedo aceptar al muchacho que me quería en Nuevo México.
Todavía ahora, cuando llegan los amigos de mi hermano,
yo no platico con ellos; sólo mis otras hermanas. Sólo si me
preguntan algo les contesto, pero de ser amigos, no.

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Yo no pienso juntarme

Hay unas mujeres en la comunidad que tienen a sus maridos o
sus hijos en Estados Unidos y otras que tienen a sus maridos
aquí. Algunas de esas señoras se llevan bien con sus esposos,
pero hay otras que no. Hay muchas peleas con ellos. También
hay pleitos entre las mujeres de la comunidad, porque unas
hablan mal de otras y, como están en Estados Unidos sus
esposos, ya piensan mal de ellas. Las acusan de que tienen
queridos o saber qué, pues están solas.
Sólo a mi cuñada Manuela le cuento mis cosas, pero tal vez sí,
voy a tener otras amigas, digo yo.

jesusa

No he tenido amigos, desde que soy niña, no me ha gustado,
no sé por qué. Tal vez es que creo que si uno se confía y le
cuenta sus penas a la gente, no se queda ahí sino que lo van a
andar diciendo en otros lados; y el chisme a mí no me gusta.

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30

historias de vida

hablamos de cuando estaban mi papá y mi mamá, hablamos
del trabajo, del campo y de cuando crecimos con mi mamá.
Decimos que crecimos en el pleito, nos acordamos de eso
y a veces nos ponemos a llorar juntas porque es triste. Con
otras mujeres casi no me junto y tampoco hablo del problema
que me pasó con las demás, porque no tengo un grupo de
amigas. Sólo cuando salgo, a veces, hablo con la gente. Antes
no era así mi carácter, pero ahora ya me siento contenta de
platicar con la gente y les pregunto: “¿qué está haciendo?,
¿a dónde va?”. O a veces que me piden que vaya yo a hacer
la comida para alguna fiesta, platico con las señoras mientras
preparamos la comida.

32

Cuando crecí, nunca pensé qué era lo que iba a hacer en
mi vida, no sabía qué quería hacer; ahora pienso que quiero
hacer algo, como vender, quiero trabajar. He intentado hacer
algunas cosas, primero pusimos un depósito de manía y nos
íbamos a vender a Nentón y a La Democracia. Lo que no me
gustó es que hay gente egoísta que nos chinga y nosotros no
le respondemos, porque no nos gusta pelear o insultar a los
demás, si no, ¿cuándo va a haber paz, si estamos peleando
siempre entre nosotros mismos?
Hay gente comerciante en Camojá y en la Democracia que
echa agua debajo de donde estamos vendiendo, eso es lo que
no me gusta que nos hagan, me duele el corazón. A veces no
teníamos suerte de vender, estábamos ahí pero la gente no
compraba; nosotros dorábamos la manía en un hornito, dos
arrobas dorábamos pero no se vendía y teníamos que pagar
doscientos, trescientos quetzales de pasaje al día. Por eso
mejor ya no seguimos. También probamos de poner un panal
para ganar un poco, pero no resultó.

El terreno en donde sembramos es nuestro, pero queda lejos,
y es poquito, porque está repartido entre todos los hermanos.
A cada quien le dieron una parte. A mí me tocaron como ocho
cuerdas de terreno. Ese terreno lo buscó mi papá, porque a él
sus hermanos no le dieron nada de los terrenos que eran de mi
abuelito. Sólo ellos se los quedaron. De la casa no sé a quién le
va a dar un poquito mi mamá, pero ni el terreno ni la casa tienen
escritura, sólo están así de palabra.
Yo he pensado en pedir un préstamo al banco, pero me da
miedo porque no sé si va a salir el dinero y mejor no lo hago; otra
cosa en que he pensado es en estudiar, pero no sé si aprenderé
todavía. Una vez vino a la aldea uno de esos programas para
los que no saben leer y yo fui. Me costó mucho porque no
tengo cabalidad y nadie me ayudaba a hacer mis tareas; solo mi
hermana aprendió porque la ayudaban mis sobrinos.
Lo que más me gusta en la vida es platicar de cosas bonitas,
hacer mi trabajo de tortear, de lavar, me siento contenta cuando
salgo a traer leña. A veces me voy temprano y regreso en la
tarde porque ya no se halla mucha leña; me hace feliz sembrar
flores blancas y árboles de jocote y mango.

jesusa

historias de vida

Las mujeres de la comunidad participaron en una organización
que les daba matas de mango y matas de café, pero ahora
ya se fue esa organización. Las mujeres sólo participan en las
reuniones si no están sus esposos o si les ponen una multa,
como hicieron en el resarcimiento, cuando pusieron una multa
al que no llegara, porque nadie iba. Ahora, se llena la reunión.
La gente de la aldea participa en las religiones evangélica y
católica. Mi mamá va a la celebración cada domingo, pero yo
no soy de ninguna religión.

Me gusta cuando es el tiempo de la lluvia, me gusta sembrar
las cosechas de maíz. Es que cuesta, porque no tengo dinero,
y si quiero sembrar tengo que pagar quién limpie la milpa. Y la
gente quiere que le paguemos bastante por hacer ese trabajo.
Por eso sólo pude sembrar un poquito de jamaica; antes sí
sembraba yo un quintal, porque mis hermanos me ayudaban,
así como ahora que mi hermano me dio un quintal de maíz.

33

El tiempo de la lluvia

Vaciándose el corazón, pidiendo justicia

Todavía no quiero contar a otras mujeres lo que pasó, sólo
a las de nuestro grupo. Me daría miedo hablarlo porque me
puede pasar como en el resarcimiento, que di mi testimonio

jesusa

Por contar mi historia con ese grupo ya me siento un poco
bien, como que ya siento un vacío, como que poco a poco hay
cambios. Aunque el dolor nunca se va a quitar, pero ya siento
que mi corazón está bien. Hay un poco de cambio conmigo.
Antes, era muy miedosa para salir, ahora mejoré un poco,
salgo de vez en cuando, no como antes que me mantenía
encerrada. Y ya me siento mejor con mi cuerpo, antes no me
quitaba mi ropa cuando me bañaba, ahora ya me la quito si
me voy a bañar. Mucho tiempo me pasé con miedo y con
vergüenza, pensando lo que pasó en mi cuerpo en la guerra...
pero ahora ya me siento mejor entre la gente y le pido mucho
a Dios que me quite ese odio, esa enfermedad.

35

34

historias de vida

A mí no me gustaba participar en grupos o en reuniones,
me daba miedo, porque decía: “¿qué tal si nos engañan?,
¿quiénes son los que mandan a estas personas?, ¿qué tal si
por decir vuelve a pasar otra vez la guerra?”. “No quiero yo dar
mi tiempo a las instituciones, ni entiendo muy bien su idioma”,
pensaba yo. Ya habían llegado organizaciones para trabajar
con las señoras a las que les mataron sus esposos. Cuando
llegó la organización que va a hablar de lo que les pasó a las
mujeres en la guerra y ahí venia Maritza, yo no quería ir. Mi
hermana fue la que casi obligada me llevó, porque en su casa
es que se hacían las reuniones.

Nentón, 2006

En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.
Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.
Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.
Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

jesusa

Yo pienso que para solucionar mi caso y el de todas las
mujeres que violaron en todas partes hay que ver, porque
tal vez a los soldados y a los guerrilleros que hicieron eso,
fueron otros los que los mandaron obligados, y ellos lo
hicieron por miedo, no sé. Y saber si están vivos o muertos.
Mejor la justicia tiene que ser con el gobierno, pero que no
se quede en que nos pidan perdón, sino que metan a la
cárcel al presidente que ordenó que se hiciera eso. Sólo así
se va a lograr que ya no suceda en cada comunidad. Eso
es lo que quiero yo, que ya no haya más violación como la
que me pasó a mí.

En 2005, Jesusa se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.

37

36

historias de vida

y me pidieron papeles, pero siempre mandan a decir que
la firma está mala, por eso yo ya no fui. Sólo mi mamá se
quedó arreglándolo y después vinieron ellos aquí a mi casa;
así le hicieron a mucha gente que pidió su resarcimiento,
porque el resarcimiento no está claro, sólo es político.

1.

historias de vida

jesusa

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39

2.

Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos que lleva
el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y Olga Alicia Paz,
F&G Editores, 2009.
Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios públicos.
Ver en particular las memorias del Festival por la memoria
de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy Viva”; y de
Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo de la libertad”.

historias de vida

carmela

2

3

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora angélica lópez
traductora anastasia velásquez
transcriptora petrona velásquez
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

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historias de vida

la candela es la luz
julia
1. Temascal. Baño de vapor.

julia

Cuando yo nací, mi papá
me despreció porque
nací hembra y él quería
un varón; era mi abuelita
la que cargaba leña para
que me pudieran poner
en el chuj1. Mi mamá
sufrió: sólo estuvo diez
días acostada y empezó
a trabajar otra vez;
tampoco había maíz y
sólo comía un elote con
agua caliente.
3

Un pedacito de tela

Después mi mamá se metió a tener relaciones sexuales con
otro hombre; lo hizo porque éramos muy pobres y sólo así
pudo comprar frijol. Habíamos prestado dinero, debíamos
bastante y a veces pasaban dos o tres días y no había nada
que comer. El hombre le pagó a mi mamá veinticinco centavos,
con eso compró maíz y panela. Yo me sentí muy mal cuando
mi mamá me contó eso: “por la pobreza es que me entregué a
ese hombre. ¡Perdóname hija!”. Daba lástima vernos.

En mi aldea, Subajasum, la costumbre es vender a las mujeres,
se paga a los papás de las muchachas para juntarse con ellas.
Ese pago se da por haberlas criado, por lo que los padres
pasaron cuando ellas se enfermaron, por las cosas que se
les compró, por eso es que muchas mujeres se escapan sin
bendición con el marido.
Cuando yo cumplí diez años, mi papá me iba entregar a un
hombre feo que dijo que me iba a comprar ropa.Yo no me
quería casar, y menos con ese hombre que era cojito.Mi
papá me me majaba2 con leña: “no te vamos a dar comida ni
nada, si tenés gusto a donde quieras irte, ándate, ahí te van a
meter comida en la boca”, me decía. Él ya había recibido 12
quetzales, yo corrí, llegué a la casa de mis tías, hermana de mi
papá, y ahí me quedé.
Mi mamá llegó llorando a la casa de mi tía: “si ven a mi hija,
díganle que se muestre porque va a llegar la familia de ese
hombre”. Al otro día llegó la familia de esa gente, mi tía se
fue a la casa de mi papá y se agarró con el hombre: “vos no
2 Machacar, aplastar una cosa a golpes.

julia

Crecí con mucha tristeza. Mamá buscó trabajo moliendo
nixtamal; las mujeres llegaban a dejar su nixtamal por las
tardes y mi mamá y yo nos poníamos a moler toda la noche
para tenerlo listo en las mañanas. Cuando cumplí cinco años
empecé a cargar leña, a buscar palmas para tejer petate y
me iba a la montaña a buscar cosas para comer.Mi papá se
mantenía tomando licor y no se ocupaba de nuestra comida. A
veces, cuando llegaba a la casa de mis tías, veía la olla de frijol
que estaba hirviendo y decía entre mí: “ojalá pudiera comer un
poquito”. Cuando recuerdo eso me da mucha tristeza.

4

historias de vida

El que se alegró con mi nacimiento fue mi abuelito, porque
me pusieron el nombre de su mamá. A los quince días se
fue a sacar el acta de mi nacimiento y mi abuelita costuró
un pedacito de retazo de pantalón para que me pusiera.
Cuando crecí nadie me compraba ropa, mi mamá pepenaba
retazos para que yo me los pusiera, lo importante era que
estuviera tapada.

Luego tuvo un hijo varón y mi papá estuvo muy alegre, pero
conmigo siguió el desprecio, sólo mis abuelos estaban muy
alegres de verme creciendo. Cuando mi papá se enteró de que
mi mamá se había ido con aquél hombre, alistaba un cuchillo
para meterle al señor cuando no hubiera nadie. Mi mamá se
pasaba la vida con miedo, mi abuelita la defendía pero eso
ocasionaba más problemas, entonces se fue enfermando
poco a poco.

5

Fue tanto el coraje de mi papá, que se fue con otra mujer.

Así fui creciendo. Lográbamos comer y que comieran mis
dos hermanos y mi hermana. Éramos siete pero se murieron
tres, dos mujeres y un varón. A los trece años mi mamá me
volvió a decir: “ahora hija, gracias a Dios lograste pasar otro
año, te vas a casar con un hombre de Bilil, él te va a comprar
ropa y va regresar el pisto que tu papá había recibido del otro
hombre”. Yo dije: “¡no me caso!”. Y mi mamá me contestó ya
muy seria: “hija, es justo, tienes trece años, ya vas a ver tu
regla, es normal que te tengas que ir”. Mientras estábamos
discutiendo, vi que llegó la familia del hombre con un quintal
de maíz, mi papá se alegró porque no había nada en la casa.
En ese mismo rato me entregaron.

julia

Desde que era pequeña mis padres me enseñaron la costumbre:
mi mamá rezaba con candelas y veladoras para pedir por
cualquier cosa, por ejemplo, cuando no había cosecha. Antes
había bailes y ceremonias, mataban ovejas y gallinas cuando
llegaba el año maya, todo era celebración, ponían marimba y
la gente bailaba. Si había sequía en la comunidad, la gente se
levantaba y pedía a Dios por el agua, por la montaña. Los veinte
tambores iban a pedir a los cerros para que viniera la lluvia.
Había una costumbre en los últimos cinco días del año, que era
cuando se estiraban los niños: a los árboles que no crecían o
que no daban frutos, les daban sus cinco o seis chicotazos y les
decían: “este año no diste frutos, el otro año debes dar para que
te quiera, si no, no”. Mi abuelo me enseñó y me dejó todos los
conocimientos de cómo curar y de cómo atender a una mujer
que esté dando a luz. Yo aprendí y cuando tenía doce años
empecé a trabajar de comadrona. Mis abuelitos eran parteros,
desde el día de nacimiento sabían que yo sería comadrona.

A esa edad me di cuenta de que no tenía ropa; mi mamá
compró un pedacito de tela para mi blusa y pasó un hilo de
lana para adornarlo. Me dijo: “es justo que te cases para que
el hombre te compre ropa y te de comida”, y es que mi papá
ya había recibido dinero adelantado. Como yo decía que no,
mi mamá me dijo: “¿y el dinero que recibió tu papá, quién lo
va reponer?”. Yo contesté: “¿y a mí qué me importa? Yo no
recibí ese pisto, que lo reponga él”, y empecé a tejer petate
para encontrar mi comida; también la gente me pagaba por
arreglar sus palmas, día y noche trabajaba con mi mamá
para que mi papá no me siguiera obligando.

7

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historias de vida

vas a ir a molestar a mi hermanita, ella no te recibió el dinero,
no tiene compromiso contigo, si querés llévate a su papá o
a su mamá”. Cuando regresó me dijo que no fuera a salir, si
no, me iban a llevar; ella siempre me defendió para que yo no
sufriera. Viví un año allí y me iba con ella a tapiscar la milpa.
Siempre mandaba maíz a mi mamá y mandé los 12 quetzales
que recibió papá, para que se los devolviera al hombre. Tenía
once años cuando mi papá hizo trato con otro hombre viejo;
yo volví a esconderme, me llegué a meter adentro del chuj o
entre cuevas para que no me encontraran.

8

Cuando escuché que me tenía que ir con él, me adelanté, tenía
miedo de que me violara en el camino. Cuando estábamos
cerca de la casa, me metí en el monte; por la noche entré a la
casa de mi abuelita y me metí en el cajón en donde juntaba el
maíz, ahí tuve que aguantar hambre, sólo comía los granitos
crudos de maíz que había en la caja; a veces mi pobre abuelita
llegaba a dejarme un poco de comida. No aguanté estar en la
caja mucho tiempo y me fui a meter a una cueva; a los quince
días mi mamá se dio cuenta, según ella yo había regresado
con el hombre. Así me salve de él.
Era yo una muchacha de trece años y quería mi ropa; empecé
a juntar pollos para vender, con eso compré una blusa y un

El señor de San Mateo se llamaba Antonio. Me molestaba
mucho, un día agarró mi mano y yo le dije: “no me molestes
por favor, no te conozco. Me va a ver mi papá, también hay
mujeres en tu pueblo”. Yo decía entre mí: “¿acaso este hombre
me va a querer? No, todos son iguales”, me preocupaba
mucho porque tenía mala suerte. La gente decía tenía mujer
en el pueblo, por eso nunca le hice caso. Una mujer que él
tenía, me dijo: “ahora vos, Juana, te cuidas, te va a pegar tu
papá. Te vio cuando te paró un hombre”. Al llegar a la casa
mi papá me agarró a puros chicotazos, así como se les pega
a los animales, con patadas y todo; al ratito me hinché y me
dio resfrío, toda la noche estuve enferma.
julia

historias de vida

Cuando llegué a la casa del hombre me di cuenta de que era
ya grande, como de veinticinco o treinta años y me espanté
mucho; ese señor ya había tenido una mujer antes. Lo que
hacía es que me sentaba a la orilla del fuego y esperaba
que todos se durmieran para irme a dormir con una de sus
hermanitas, pues él tampoco me exigía que durmiéramos
juntos. Al mes se dio cuenta el papá del hombre que no dormía
con él y vino el chicote sobre nosotras. También al hombre le
pegaron y él dijo: “¿Qué ustedes no piensan? ¿Cómo creen
que yo voy a dormir con esta mujer? Ella está muy chiquita
todavía, no es justo, la puedo matar, y si se muere, ¿quién es
culpable?”.Yo me sentí muy contenta pero en ese mismo rato
saber qué trato arreglaron, empezaron a cargar un caballo con
leña y nos mandaron a visitar a mi mamá.

corte usados, un listón para mi pelo y un par de zapatos, y
me fui a la finca a trabajar. Ahí estaba trabajando cuando un
hombre de San Mateo Ixtatán se enamoró de mí; yo no sabía
que mi papá ya había hecho trato con él. Ese hombre vio que
un muchacho llamado Alonso que era de Yolakitak, me seguía,
y le dio queja a mi papá.

Mi tía, esposa del hermano de mi papá, me vio y me dijo:
“¿para qué estás sufriendo todo esto? Si de por sí tenés que
tener marido, a lo mejor este hombre te va a querer. Ándate,
así se va arrepentir tu papá, se va dar cuenta si es bueno lo
que te ésta haciendo”. Yo le dije: “mejor no me voy. No lo
conozco bien ni he hablado con él y es de tierra lejana”, y ella
me volvió a decir: “nomás vete, podés regresar después. Mira
cómo te hace tu papá, estás sufriendo mucho”.

9

Los hombres grandes

Me fui pero él me golpeaba; entró en mí cuando todavía no me
había bajado la menstruación y me salió sangre. Yo no sentía
amor por él, era obligado. No le conté a nadie lo que mi marido
me hacía, ni a mi mamá ni a mi papá, me quedaba sola llorando.
Él me dijo: “ya no tengas pena, porque estás chiquita todavía,
por eso sucedió eso”. Él seguía a otras mujeres y tomaba
mucho. Yo trabajaba de cafetear. Sólo vivió conmigo tres meses
y me abandonó; quedé como un chucho perdido, me dejó para
la fiesta de San Rafael y se regresó a San Mateo Ixtatán.

Un día estaba yo arreglando la cama de mi suegro, quería
arrimar la olla de maíz y la quebré. Mi suegra me dio chicotes
sin lástima, desde entonces siempre hubo pleitos. A veces
cuando estaba tejiendo petate o cuando mi frijol no se había
cocido bien, mi marido se venía con patadas y manadas en mi
cabeza, en mi cara o en mi ojo y me dejaba hinchada.No tenía
leña, ¿cómo se iba a cocer bien la comida? Sólo si juntaba
olote. No tenía ropa, toda estaba bien rota, hasta mis trencitas
las amarraba con trapo, tenía que salir a ganar para comprarla.
Fue duro lo que pasé en ese tiempo, mi esposo daba muy
poco para el gasto y no alcanzaba, lo demás se lo chupaba
y cuando me pegaba me daba con la hebilla del cincho, me
lastimaba hasta que me salía sangre, y como mi pelo era muy
largo, se lo enrollaba en las manos y me tiraba lejos, llegaba a
caer hasta afuera de la casa.

julia

A los dos días fui a juntar café y llegó mi papá a decirme: “qué
bueno, bonita mañosa. ¿Qué trato fuiste arreglar con el hombre,
por qué viniste? ¡Ándate!”, y rápido se fue a traer un machete
para meterlo en mi boca y matarme. Ahí estaba otra vez mi tía y
me dijo: “te hubieras ido, tu papá te va a matar. Ándate, te vas
a salvar, ya no te van a dar chicote. ¿Sólo porque ese hombre
agarró tu mano tu papá te va a matar? Si querés, después te
podés separar de él”.Entonces me decidí y le dije a la señora:
“haga favor de ir a decirle que sí me voy a ir”. Hice eso para
salvar mi vida, aunque no sabía si me quería o no.

Tenía quince años y ya me sentía un poco grande cuando me
fue a pedir un hombre de Jolotenam que supo que ya estaba
viviendo otra vez con mi familia. Ahí sí estuve de acuerdo,
ni modo, ese hombre sí era joven, aunque en su casa eran
muy pobres, pensé que me iban a poner un poco de ropa, a
comprar comida, a servir, pero me pasó igual.

11

10

historias de vida

Tristeza

Él me obligó, me caí en la cama, gritaba y lloraba y el metió
un pañuelo en mi boca. Yo le pegaba cuando me hacía así,
una vez lo golpeé y fue a quejarse en la casa de mis papás; mi
mamá platicó conmigo y me dijo: “vos te fuiste con el hombre.
¿Lo querés o no lo querés? Hay que dormir contentos y

Todavía tenía quince años cuando quedé embarazada.La
comadrona me dijo que a los seis meses mi esposo debía
dejar de molestarme, sino, iba a matar al bebé. Me fui a
contarles a mi esposo y a mi suegra, pero a él nada más le
dio risa fui a decirle a mi suegro y a mi esposo le llamaron la
atención. Lo que hizo fue pegarme y se buscó otra mujer, tuvo
cuatro mujeres durante el tiempo que estuve embarazada.
Con una de esas mujeres se juntó y me dejó. Mi suegra me
llevó a su casa para cuidarme y después de que nació el bebé,
el hombre regresó. Me junté otra vez con él y vivimos así hasta
que murió mi hijo al año y medio; tal vez se murió por la tristeza,
pero a mí me echaba la culpa mi marido: “vos por puta que te
dejas con cualquier hombre, por sinvergüenza, por abusiva,
por tu culpa murió tu hijo”, y me pegaba, agarraba mi pelo,
me tiraba en el suelo, me pateaba, me golpeaba. Mi mamá no
decía nada cuando el hombre me trataba mal, le tenía miedo
porque la había amenazado: “Ah, no me vayas a molestar, si
no te voy a dar un machetazo”, le dijo.
Yo siempre lloraba y me daba vergüenza que mi suegro y mi
suegra me regañaran: “tendrás que acostarte con mi hijo, por
eso te casaste con él. Si no, ¿qué ganancias tiene con vos?”.
Yo no decía nada; a veces peleando, a veces estaba contenta
con él; si me enojaba, más me golpeaba, y aunque no tenía
confianza tenía que hacerlo, sin pensarlo, para evitar problemas.
Pensaba: “¿para qué pleitos? Ya no me van a dejar comer, mejor
me acuesto con él aunque sea siempre con coraje”.

julia

En las noches mi marido me tocaba, yo a veces me defendía
y a veces no. Entonces me regañó y me dijo que cada poco
él iba a estar encima de mí. Yo le contesté: “no, me puedo
enfermar por tu culpa”. Como era comadrona, había aprendido
que los hombres sólo nos deben molestar una o dos veces a
la semana, si no, nos enfermamos y nos ponemos feas. “No
me vas tocar mucho, si tenemos relaciones sexuales a diario,
me puedo enfermar, me tienes que respetar” le dije, y él
contestó: “ah, tal vez tenés otro marido, por eso no querés”.
Yo le dije: “yo no soy como usted, tal vez es usted el que tiene
otra, si quiere mejor váyase con otra mujer”.

alegres, no vayas a tener miedo”, pero a mí nunca me gustó
que me tocaran, siempre tenía miedo.

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historias de vida

Yo no quería a ese hombre, me junté porque tenía necesidad
de ropa y comida; pensé estar con él para acompañarlo, pero
él me enseñó a compartir la cama. Yo sentí que había sido
como una violación, le tenía miedo; todas las tardes me sentía
triste y molesta cuando iba entrando la noche. Me dormía muy
tarde porque no me gustaba que me tocara. ¿Acaso yo sabía
algo de eso, pues? Mi mamá no me había contado nada, hasta
después de que me había pasado habló conmigo: “tienes que
dormir con tu marido, él te va a hacer algo, ese algo es nuestro
trabajo con ellos, por eso nos llevan. Es tu obligación tener
la relación sexual. Te va a joder, se dice, de eso va a salir tu
comida, para eso servimos a los hombres”.

Me daba coraje porque mi marido no buscaba nada para mí,
de mi trabajo yo compraba maíz, azúcar, panela, chile, sal, y
él se iba con sus novias o a trabajar a otro lado. Me enojaba
mucho y no podía decir nada, no podía ponerme a alegar, yo
era responsable de todo y él se pasaba la vida chupando, a
veces se llevaba su machete pero no traía leña, sino que se
iba al monte con las mujeres. Me volvió a llevar a la finca a

Una noche soñé que no era mi suerte vivir con ese hombre. En
el sueño me dijeron que lo dejara, que saliera del sufrimiento,
de la tristeza: “saldrás de la vida que tiene, que es muy mala,
hay un hombre con el que te vas a juntar, es verdad que tú
no lo quieres y que no piensas en él, pero te va a cuidar, vas
a tener hijos con él y vas a gozar. Si dejas a este hombre, en
quince días ya tenés otro, pero tenés que huir”. Creo que Dios
fue el que me habló en el sueño, porque veía mucha luz. Yo
pensé que iba a ser con uno de Subajasum, pero no fue así.

julia

Me ponía a rezar pidiendo bendición a Dios porque pensaba
que ese hombre me iba a matar: “¿será mi suerte, mi destino?”.
Le dije: “me vas a matar. No me compraste con mucho dinero,
diste 17 quetzales a mi papá. No me dan de comer ni tengo
ropa”. Ya mero me moría, me tuvieron que llevar al hospital
de Mazatenango y ahí me pusieron inyecciones; después
me llevaron dos meses al hospital en Guatemala porque ya
no sentía nada. Dicen que lo que me dio fue empacho por
causa de tristeza, era bien feo, mi cabeza sangraba y a ratos
me daba una cosa que agarraba leño o cualquier cosa y me
golpeaba la cabeza, me miraba como tonta.

trabajar en el corte de café; ahí tuvo otra amante y yo con mi
hijo a veces no terminaba mi tarea y tenía que hacer dos días
para que me pagaran. A veces tenía que trabajar en donde
había nidos de hormiga que picaban a mi bebé y él empezaba
a llorar. Mi marido no me hacía caso; cuando me pagaban,
agarraba mi dinero y no me daba ni un centavo. Yo mantenía
a quince hombres en la finca, arreglaba desayuno, almuerzo
y cena, en la tarde lavaba la ropa de los trabajadores y no
tenía pago, él lo tenía todo. Cuando estaba de buenas, era
cariñoso y cuando estaba de malas, era difícil, me decía que
como había dejado a mi otro marido, así le iba a hacer a él,
pero yo le contestaba que no andaba buscando hombres. En
una ocasión me macheteó y quiso cortarme el pie para que no
anduviera con otro.

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historias de vida

Además no había maíz ni fríjol, y cuando se conseguía se lo
daban a los hijos de mi suegra y yo me quedaba sin comer.
Milagro de Dios que algunos vecinos me regalaban tortillas
cuando les sobraban; no tenía desayuno, ni almuerzo, ni cena,
comía lo que sobraba en la noche y tenía que aguantar. Según
mi mamá, iba a gozar. Durante el tiempo que estuve en esa
casa tejí una docena de petates, trabajé, lavé ropa, pero al final
nadie reconoció lo que hacía. Llegaba mi marido y, tuviera o no
delito, me pegaba, dejaba mis brazos todos morados.

Trabajando en la finca

Pedimos prestado para pagar el dinero que nos exigían.
Mi papá me pegó, me dijo: “acaso yo te entregué con ese
sinvergüenza otra vez”. Me fui a trabajar a la finca con él para
reponer los 17 quetzales que nos pidieron de castigo en el
municipio. A duras penas juntamos; en la finca era contrato
por jornales, tuve que hacer cuarenta y cinco jornales durante
dos meses para pagar, después me quedé trabajando en la
finca y ahí junté un poco de dinero.

julia

Cuando salí de esa casa, ese mismo hombre fue a pedirme
de nuevo; dicen que llegó llorando, pero yo ya no me quise
ir, entonces se fue a Nentón a demandarnos a mi papá y a
mí para que le devolviéramos el dinero que había pagado.Nos
llevaron a la cárcel, yo declaré que mi papá había sido el que
me obligó a casarme y eso que el dinero que dieron a mi papá
era voluntario, porque es la conciencia de los suegros que
tienen que pagar; el caso es que sólo se paga una vez por
la mujer, pero si se ha juntado antes, el dinero que se pide es
para devolverle al otro hombre el pago que hizo, ya no es el
papá el que lo recibe sino el primer marido, por eso es que se
paga varias veces hasta que la mujer se quede ya con uno.

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historias de vida

Así me separé de ese hombre. Dejé toda su ropa lavada
y remendada, en un vaso grande de peltre eché brasas
y planché la ropa, la metí bien envuelta en una bolsa y me
regresé llorando; mandé a mi hermano a que entregara a mi
cuñada 40 quetzales que mi esposo me había dejado cuando
se fue a trabajar en la finca

Después, como el señor que iba a ser mi nuevo esposo
andaba trabajando, los que habían sido mis suegros me
mandaron llamar y me fui a platicar con ellos en una finca a las
orillas de Mazatenango. Me dijeron: “¿cómo te sentís de que

Después me dijo mi nuevo marido que si era cierto lo que
habíamos hablado, me fuera con él a su tierra, en el pueblo
de Suchitepéquez. Me fui con él dos años. Él llamó a su papá
por teléfono y su papá nos fue a traer en carro; yo dejé todo
listo y huí. A las tres de la tarde ya estábamos en la casa de mi
nuevo esposo. Durante los dos años que estuve en la casa de
mi esposo, cuidé a su papá y a su mamá, les lavaba su ropa y
les daba de comer.

“Son tus ganas, m’ija, son tus ganas”
Mi suegra era kaqchiquel y mi suegro quiché. Ellos cambiaron
mi ropa, hicieron mi blusa y me dieron corte plegado como el
de mi suegra; después me compraron dos cortes y dos blusas
y al siguiente mes me compraron otros dos cortes y otras dos
blusas, también me compraron cuatro delantales y cuatro
pares de zapatos. Ellos no querían que mi esposo me pegara,
no lo dejaban. “Esa mujer es trabajadora”, le decían, pero él un
día me pegó: “ah, tal vez sos puta, tal vez sos sinvergüenza,
como dejaste a tu marido así me vas a hacer”, me dijo. Antes
me había escrito una carta en la que decía que me quería y que
no me iba a decir nada porque ya había tenido otro marido,

julia

Habían pasado seis meses desde que me separé, cuando
murió aquel hombre de Jolotenam. A mí no me habían contado,
tenían vergüenza, pero yo pregunté a sus compañeros y me
dijeron que se había muerto en un combate, que había quedado
debajo de un carro cuando los soldados lo mataron, porque él
era parte de la guerrilla. Eso fue en el 80, cuando se empezó a
organizar a la gente.

tu marido se murió?”, yo les contesté: “a mí qué me importa,
que se muera porque me hizo sufrir”. “Sí”, me dijeron, “como
vos ya estás con otro. ¡Por tu culpa, vieja puta, por eso se
fue mi hijo, por eso se murió! Por tu culpa así se quedó, por
tu porquería!”. Ya no contesté nada, no sentía nada porque él
me pegaba mucho.

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historias de vida
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Estaba ahí cuando me di cuenta de que llegó el hombre de mi
sueño y me dijo: “te voy a querer para todo el tiempo. Te amo
con todo corazón, te voy a comprar ropa, te voy a mantener,
voy a trabajar”. Yo le dije: “a ver si es verdad, porque vivo una
vida amargada, me he tenido que escapar y el hombre que
dejé se la pasaba borracho, me mantenía con puros golpes,
yo parecía un animal para él, sólo fui a sufrir a las fincas. A
lo mejor así me vas hacer otra vez”, y él me contesto: “yo sí
me comprometo a cuidarte y si querés, vivo en tu aldea. Yo
vivo lejos, hasta arriba de San Felipe Retalhuleu, pero si querés
vamos a visitar a tu familia. ¿Te querés ir conmigo o querés que
yo vaya a vivir contigo? Voy a conocer tu lugar, si tienen tierra o
no”. Yo dije: “si es tu verdad, ahí podemos comprar tierra poco
a poco. La gente de allí no va a las fincas, trabaja ahí mismo
cosechando maíz y frijol, entonces podemos trabajar los dos.
Yo tejo petate y vos trabajas, así vamos a comprar nuestras
cosas. ¿Qué más queremos?”.

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Había ahí otras dos mujeres, pero ellas nomás dormían y
yo trabajando desde temprano en la cocina. ¡Já! Cuando
comencé a trabajar así, me dolían los brazos, sentía que me
caía del dolor, me daba mucho miedo y hasta me ponía a
temblar cuando iban a dar las cuatro de la mañana, cuando
tocaban la bocina para que la gente se fuera a trabajar y yo no
había terminado la comida.
Luego me fui con mi esposo a trabajar en una finca; hacía
uno o dos quintales de café por día, tenía que cargarlo para
llevarlo a la secadora y por joder, él me decía: “mejor hay que
3 Hoja silvestre con la que se envuelve el tamal.
4 Avena.

En ese tiempo yo vendía gallinas, huevos o cerdos; hacía
arroz, tamales, atol de ese que le dicen shuco5, que se
deja remojar dos días antes para que el maíz agarre un olor
diferente; también hacía mosh y muchas cosas. Como sólo
éramos mi esposo y yo, lográbamos conseguir más dinero,
aunque de tanto trabajar me quedé débil y cuando tenía
relaciones sentía bien feo, entonces mi suegro me puso
unas inyecciones para que tuviera fuerzas. “Mi nuera es
muy trabajadora”, decía, me compraba frutas, pan, queso,
de todo compraba él. “Toma tu incaparina6, toma tu leche”,
me decía. Me apreciaba mucho, aunque también pasé
sufrimientos y cuando le contaba a mi mamá, ella me decía:
“son tus ganas mija, son tus ganas”.

5 Hecho a base de maíz fermentado, agua, sal y semillas de ayote
molidas.
6 Suplemento proteico y vitamínico desarrollado por el Instituto de
Nutrición de Centroamérica y Panamá, con el que se combatió la
desnutrición en las regiones de Guatemala donde no abunda la
carne ni la leche.

julia

historias de vida

En la familia de mi esposo eran rancheros, que no tenían
terreno sino que les pagaban por cuidar la finca. Yo hacía la
comida con mi suegra, cocinaba nixtamal, cocía el frijol y hacía
tamalitos con hoja de maxán3. Trabajaba duro, me levantaba a
las una o dos de la mañana para moler bastante maíz y a las
cuatro preparaba el desayuno, el almuerzo y la cena de los
trabajadores y de la familia; eran como veintitrés personas a
las que había que alimentar y costaba, se molía en pura piedra
pues no había molinos y había motor hasta Pueblo Nuevo.
Muy temprano tenía listos sus cafés, sus huevos y su mosh4
para que llevaran al cafetal.

hacer dos viajes para cargar todo el café”. Cuando llegaba yo
con el segundo viaje, me recibía con una patada y me decía:
“tal vez hablaste con un hombre. ¿No encontraste a uno en
el camino?”. Yo no me encontraba con nadie, si en el camino
temblaba por los mata gente, le tenía miedo a los choleros.
Me aburrí y pensé: “mejor me regreso, ¿para qué voy a estar
sufriendo?”. Ya tenía cuatro meses de embarazo. “Ya no voy a
aguantar, mejor vámonos”, le dije, y nos regresamos a la casa
de mis suegros.

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por eso es que me peleé y le dije: “en la carta decía: ‘cásate
conmigo, yo no te voy a hacer nada, no vayas a pensar que
vas a sufrir’. Si está sucediendo no es posible”.

22

Luego se fue a trabajar al estado de Tapachula en México;
cuando regresó llevaba dos cortes que había comprado en
Ojo de Agua, uno para mí y uno para mamá. Ella se puso bien
contenta: “Chico, come, come”, le decía en idioma porque ella
no sabía hablar castellano, yo traducía.
Me llevaba bien con mi marido, aunque no sentía amor por
él. Pensaba que no se podía quedar mi amor con un hombre
fuera lo que fuera, lo importante para mí era que me pudiera
salvar de todo. Sentí que ese señor sí me quería mucho y me
compraba mis cosas, cuando ganaba dinero se lo entregaba a
mi mamá, traía quintal de maíz, de fríjol, cuando quería comer
gallina mandaba a mi mamá a que la trajera. Cuando mi papá
se dio cuenta del comportamiento de mi esposo, se empezó a
portar bien. Mi esposo le daba dinero cuando andaba tomado:
“tené, anda a tomar pero no vayas a maltratar a mi suegra”. Mi
papá le contestaba que él no le pegaba a nadie, pero cuando

Mi esposo me dijo: “vamos a comprar un terreno”, y yo respondí:
“mejor vamos a pedir a mi papá”, pero él seguía diciendo.
Entonces le dije a mi mamá: “vamos a ir a ganar a Chiapas”, y
ella se quedó llorando. En el corte de café ganamos como mil
quinientos quetzales y cuando regresamos compramos cinco
cuerdas de terreno; también mi papá me dio un terreno de diez
cuerdas, a duras penas, con berrinche y mala cabeza.
Si mi esposo tomaba también cambiaba. Un día que andaba
bolo me metió una patada y hasta a mi mamá golpeó porque
le dijo: “ahora te mantenés bolo, chico. Deja ese trago, ya tenés
familia”. Él se puso bien bravo y le dijo: “¡ah! ¿Qué chingados
tenés que ver vos conmigo? Si querés estoy con tu hija y si no,
que se coma su mierda”. “¡Váyase!”, le dijo entonces mi mamá y
él se vino directo con una manada y se cayó. Después mi marido
golpeó a mi papá. Cuando salió el trago de su cabeza les pidió
disculpas pero nos regañaron a los dos. “Ya tienes hijos con él,
por lo menos este trabaja aunque me pega, pero viene y trae
dinero, trae maíz y leña. Déjalo, tenemos que perdonarlo. ¿Qué
vamos a hacer?”, me dijo mi mamá. Después de eso ya venía él
con dinero, a veces traía aguacates y los entregaba a mi mamá.
En mi comunidad no había problema para separarse cuando
uno se juntaba, era unión nada más, si uno quería se quedaba
junto y si no, no; nadie podía obligar a la mujer a que se juntara
otra vez porque era su vida, la mujer podía decidir irse si el
hombre era muy malo.

julia

historias de vida

Tuve mi primer hijo y mi suegro me dijo: “anda con tu papá a
traer el boleto de nacimiento. Este niño es varón y lo vamos a
registrar aquí en Retalhuleu”. Mi suegra me dijo que me fuera
sin nada porque no querían que me regresara a mi casa. A
escondidas me traje dos cortes y dos blusas y me fui con mi
esposo a Subajasum. Él iba diciendo que saber qué iba a decir
mi papá, no sabía si era bueno que llegáramos o no, tal vez
nos iban a meter a la cárcel. Me compró un corte de cincuenta
quetzales, otra blusa y un suéter y cuando llegamos, les dio
quinientos quetzales a mis papás.

se le acababa el dinero llegaba y decía: “¡tengo sequía! ¿No
hay un hombre que me dé dinero?”.

23

A ganar dinero en México

Hubo también un hombre que llegó a organizar a las mujeres
solas y viudas para que trabajaran lavando ropa y cocinando;
era un salvadoreño, siempre hacía reuniones aparte de hombres
y aparte de mujeres, pero esas reuniones sólo dilataron como
dos meses.

julia

Cuando fue la guerra, había un responsable de la guerrilla en la
comunidad, era un hombre indígena, pero también había ladinos
y otros que eran de El Salvador. Ellos vinieron aquí a organizar:
“no vayan a tener miedo, si vienen los soldados hay que correr a
las cuevas, no se dejen morir, luchamos por nuestras vidas”, nos
dijeron. Nosotros estuvimos apoyando un año dando comida y
dinero, les llevamos tortillas y huevo, y a veces cooperábamos
con 5 o 10 quetzales, lo que pudiéramos dar. Los guerrilleros se
querían llevar a mi esposo, le decían ‘compañero’, pero él no se
fue, sólo se quedó apoyando y participando en las reuniones.

Me fui a mi casa pero no le conté nada a mi esposo. ¡Já! Si
le contaba, me mataba. Me sentí muy mal, pensaba muchas
cosas; por momentos había pensado en golpear al hombre
pero no pude porque él cargaba arma y yo tuve miedo de que
me matara. Pensé que de todos modos me iba a soltar, yo
temblaba. Faltaba también lo que le iba a decir a mi esposo: “si
le cuento a lo mejor él me va a matar con cuchillo, con navaja o
tal vez a machetazos”, eso fue lo que pasó por mi cabeza.

7

Balazo.

25

24

historias de vida

Agua para limpiarme

Ya había pasado esa organización cuando un día estaba yo
solita atrás de la casa de mi mamá, tejiendo petate y con mi
nene chiquito acostado a la par mía. Cuando lloraba le daba
de mamar para que durmiera. En eso estaba cuando llegaron
una mujer y un muchacho; le pregunté a la mujer si eran de
la guerrilla, ella no me contestó, agarró las tortillas y se fue. El
hombre se quedó, me agarró a la fuerza, me violó. Yo quería
golpearlo, pero semejante chucho, me agarró con una sola
mano; yo quería gritar pero tapó mi boca. “¡Ay!, ¡ay!”, decía yo,
pero no había nadie que fuera a ver qué me estaba pasando.
La casa de mi mamá estaba en el centro de la comunidad y no
había casas cerca; era la mera hora del almuerzo, estaba todo
silencio. Cuando terminó, me dijo: “tenga mucho cuidado, no
vaya a contar nada, si le preguntan no lo vaya a contar, si no,
le voy a dar un chiltepe7”, yo sólo estaba llorando.

El calambre mató a mi mamá cuando ella todavía era muy joven.
Yo la recuerdo bien, era muy buena conmigo y me quería mucho.
Me regaló una gallina y un marrano para que los creciera, eso lo
vendí y con el dinero que junté, hice una casita.
En el año 82 hubo mucha violencia, nos fuimos dos o tres
meses a Chacaj para ganar un poco; mi esposo se iba a
trabajar y las mujeres nos quedábamos en la casa.Ahí llegaron
los guerrilleros a avisar que los soldados decían que la gente
que se había quedado en sus casas eran subversivos y que los
iban a sacar con lazo y a dejar tirados, muertos, cerca del río.
Todavía le dije a mi pobre esposo: “ándate a la casa a traer a
nuestra gallina, vamos a vender, vamos a ver qué ganamos”.
En nombre de dios se fue caminando, luchando entre un cerro
por donde no caminaba la gente; vio a los soldados reunidos
en Ojo de Agua y cuando llegó al mero pueblo de Chacaj, había
muertos. Se asustó mucho y se fue corriendo; las gallinas que
él llevaba las compraron por 30 quetzales.

julia

Me quedé asustada después de la violación, le tenía miedo a
las cosas y más cuando mi esposo me tocaba. A veces sentía
que mis papás pensaban que era una mujer de la calle; mi
conciencia quedó mal, me sentía sucia. La violación es obligada,
en cambio con el esposo existe un acuerdo. Me quede débil,
me puse amarilla y pálida del susto, y me hinché; me dio
mucha tristeza lo que me pasó, nunca nadie me ayudó para
curarme, salí adelante sola tomando hierbas de Santo Domingo,
de Chobejón y Pericón. Me bañaba con plantas, me echaba
crema, entraba en el chuj, me pasaba huevos y tomé agua
espíritu para limpiarme porque tenía miedo de que mi cuerpo
quedara infectado, y también para curarme del susto. Gracias a
Dios sólo hubo daño en mi matriz, porque me golpeé cuando el
hombre me botó y porque hice fuerza para defenderme.

“Mejor regresémosnos”

27

26

historias de vida

Me la pasaba llorando cada día, cada noche. No le dije a nadie,
sólo mi mamá se enteró. “Mamá, esto y esto me hicieron”, y
mi mamá me respondió: “¿será porque no tenemos tierra? Por
eso nos venimos a vivir aquí. ¿Será porque no tenemos un sitio
fijo? De lo contrario ya nos hubieran ayudado. Aunque fuese
así, ellos están en su derecho, ¿qué podemos hacer?”. Lloré
con mi mamá sin poder decirle a mi esposo, ni a mi papá; toda
la vida estuve con esa bola de tristeza y dolor en mi corazón.
Iba a rezar a la iglesia y como a los tres meses llegó el anuncio
de que ese hombre era de Patacal y que lo habían matado; yo
sentí alegría porque me había hecho mal.

28

Nos íbamos a un cerro con mis dos hermanitas y otra
compañera, ahí llegábamos a llorar y decíamos: “¡ojalá
fuéramos zopilotes para ir a ver cómo está nuestra aldea, para
ir a preguntar qué le pasó a la gente, si se murieron nuestras
familias!”. Yo tuve que dejar a mi hijito, por eso me enfermé, me
dio un ataque de tanta preocupación, del dolor que sentía en
mí y tuvieron que llevarme al hospital en Tuxtla.
En el tiempo que estuvimos en el refugio crecieron mis dos
hermanitas y la hija de mi sobrina; nos pasamos a la colonia
Gracilia, ahí dormíamos en un ranchito propiedad de un señor
que ponía bien bolo a mi esposo y le decía: “Francisco, dame
permiso de dormir con tus cuñadas”. Yo escuché eso y me
puse a orar. Ese hombre me agarró a la fuerza, por eso me

Luego llegó mi papá con sus maletas, a llevarme. ¡Dios padre,
qué alegría! Parece que Dios me escuchó. “Vamos hija, estoy
perdiendo mucho dinero por ti, vendí mi maíz y mi frijol para irte a
buscar a Sayula y por poco me muero del hambre. Vaya que supe
que estás aquí, estoy triste por ti”. Entonces le dije a mi marido:
“me voy, si querés te quedás pero yo me regreso, voy a morir
pero en mi tierra”. Estaba otra vez embarazada de nueve meses,
pero de todas formas me vine caminando. Así llegué a Amparo, a
Santiago, a Gracias a Dios y hasta en Guaxacaná dormí.
En el camino había patrulleros cubiertos y cuando pasamos nos
quitaron nuestras maletas, las sacudían pues pensaban que
traíamos armas, que éramos guerrilleros. Nos llevó la patrulla,
no llegamos a nuestra tierra sino que estuvimos delante del
juzgado. Ahí hicimos nuestro fuego y cocinamos la hierba que
recogimos en el camino, comimos con vergüenza delante de
toda la gente y con nosotros llegaron los vecinos a dejarnos
tortilla y güisquil. Estuvimos así una semana.

julia

historias de vida

Cuando veníamos por el camino escuchamos que estaban
tronando bombas y vimos cómo estaban quemando la aldea
Petanac, ahí en San Mateo Ixtatán. ¡Dios padre! En Sayula
llegamos a sufrir porque no había mucho café, sólo cortábamos
un canasto al día, a duras penas logramos encontrar un poco
de dinero. Yo temblaba por el miedo porque oí que había muerto
mucha gente en Bulej, en San Francisco, en Yalambojoch. Pensé
que había muerto mi familia que estaba viviendo en Subajasum.

pasé llorando como un año, le pedía a dios para que nos
sacara de ahí. No dejaba que mis hermanitas salieran solas y
las fui a recomendar a la casa de una señora cuyo su esposo
se había ido a Estados Unidos.Fueron a dormir ahí por seis
meses. Regañé a mi esposo por ponerse bolo, le dije: “¿por
qué te embolás, querés que ese hombre me viole?”, y decía
él: “si pasa eso me voy a morir de la tristeza”. Nos pusimos a
llorar juntos. “Dejá ese trago, mejor regresémonos, por favor,
regresémonos”. “Si me regreso, ¿quién me va a encontrar en
el camino? Iría a morirme”, decía mi esposo.

29

Como ya no teníamos mucho que dar a los guerrilleros y de todos
modos nos estaban matando, mejor huimos; fuimos a refugiarnos
a Sayula, una finca del estado de Tapachula.Yo tenía nueve
gallinas, logré vender tres y las demás se quedaron perdidas; se
quedó mi piedra, mi molino, mi milpa, mi frijol y toda nuestra ropa;
pensé que iba a volver a mi casa, pero ya no pude.

30

En Subajasum todavía había bastantes personas, muchos no
habían salido. “Aunque nos muramos, nos morimos, qué vamos
a hacer”, pensaron ellos. La gente que se quedó fue obligada
por los soldados a hacer rastreo; ellos iban adelante del ejército.
Cuando los hombres se iban, los soldados entraban fácil en las
casas para aprovecharse de las mujeres.
Un hijo de mi sobrina que vive en Bulej, murió haciendo rastreo,
lo mató la guerrilla y él era jovencito todavía. Mi esposo no hizo
rastreo, pero no podía salir a comerciar.Yo fui a encontrar a
mi hijo, ya estaba grande, como de siete años. No teníamos
dinero y mis hijitos querían comer: “denos tortilla, aunque sea
con sal”, decían.
Volví a mi ranchito pero ya no parecía mi casa. Los soldados
la habían quemado y se llevaron mi coche; me dio tristeza
8 Almud. Medida de capacidad para granos.

En el refugio tuvimos que quitarnos nuestra ropa.Yo me sentí
mal de usar vestido, sentía como que tenía mucho frío, como
que no andaba con ropa porque la tela era muy delgada y me
daba vergüenza. Cuando volvimos a nuestras comunidades,
toda la gente se nos quedaba viendo, poco a poco pedimos
ropa y recuperamos nuestros trajes.
Por la pobreza fue que murió mucha gente. Los soldados
fueron enviados por los ricos a matar a los pobres; en la guerra
había una buena relación entre indígenas y guerrilleros, nos
defendíamos los unos a los otros, pero el dolor y la tristeza que
yo guardo es por la violación, los que rogaron por nosotros no
nos dieron muchos de nuestros derechos, sólo algo se logró y
es que la gente tiene tierra ahora.
Cuánto miedo nos quedó con la guerra, cuánta muerte, cuánta
sangre se regó, cuántos hombres violaron a mujeres.En ese
tiempo caminábamos con miedo, con llanto, ya sólo Dios
estaba con nosotros.Cuando me violaron sentí que era un
pecado, pero fue pecado de ellos, ellosfueron los que hicieron
9 Calabaza blanca.
10 Empezando a cuajar el maíz.

julia

historias de vida

Por la pobreza…

porque tenía sembradas veinte cuerdas de milpa con frijol y
chilacayotes9, ya estaba floreada mi milpa y jiloteando10 mi frijol
cuando me fui, ya no lo coseché, perdí todo lo que tenía. Le
pregunté a mi papá si él había logrado cosechar algo de mi
siembra, pero él me dijo que no, que no lo dejaron, que fue el
comandante y los patrulleros quienes cosecharon y vendieron
la milpa y el café de los que nos fuimos al refugio.

31

Después fuimos a presentarnos con el comandante al
destacamento de Yal ix k’aw, porque en ese tiempo no había
alcalde. El comandante dijo que yo hablaba como mexicana:
“¡Já! Que esa mexicana no me conteste”, decía, y yo temblaba
del miedo, sentía que nos iba a matar. Luego nos llevaron con el
teniente para que nos dieran refacción; nos dieron ocho almul8
de maíz y dos almul de fríjol. Eso lo cargó mi esposo y nos
fuimos a la casa de mi papá. Eso fue en el mes de septiembre y
octubre del año 1989, yo tenía como veinticinco años de edad.

32

historias de vida

Después de la guerra comencé a participar en unas reuniones
que se hacían en la colonia Delicia, yo no sabía que eran parte de
la organización Mamá Maquín. Luego me integré directamente
a la organización, trabaje ahí seis años. Ahí desperté, antes
dejaba que me maltrataran porque tenía miedo y porque soy
mujer, pensaba que no tenía derechos. En Mamá Maquín supe
que las mujeres debemos conocer nuestros derechos. Yo era
una persona dormida, inconsciente, pero gracias a Mamá
Maquín aprendí cosas buenas y a dejar atrás todos esos
obstáculos que no nos permiten hacer muchas cosas.
Me puse muy contenta de pertenecer a esa organización y
de ir a las actividades.Trabajábamos en cuatro comisiones:
la de derechos, la de salud, la de tierra y la de participación
ciudadana. A veces escuchaba y entendía lo que decían
en las reuniones pero no podía responder, poco a poco fui
aprendiendo. Estoy feliz por todo lo que deseo hacer, aunque
con pobreza y enfermedades, aunque la gente y los familiares
hablen mal de mí por mi participación. Aprendí a leer y a
escribir, a defenderme como persona, sé que puedo hacer
denuncias cuando hay injusticias. Mamá Maquín nos apoya a
las mujeres en el tema de justicia, de derechos de las mujeres
y en otras actividades que deseemos, nos acompaña cuando
hacemos una denuncia.

Las organizaciones de mujeres en Margarita tienen un programa
de radio en Chuj11; yo encendía mi radio y escuchaba lo que
ellas contaban de su organización, a veces me ponía alegre o
me ponía a llorar, entendía las cosas que ellas pasaron porque
así pasó con nosotras. Nos dimos cuenta de que también es
nuestro derecho decir lo que sentimos y denunciar frente a las
autoridades lo que nos sucedió. La justicia para mí significa
pedir demanda por los sufrimientos y los dolores que pasamos
y que se castigue a los culpables. Como no sabemos si estos
hombres están vivos o no, mejor hay que pedir justicia con el
que mandó a los ejércitos a hacer esas cosas, como el Berger
o el Ríos Montt, porque ellos son los dueños, y si hubo guerra
es el gobierno el responsable. Ellos gozan y se divierten con el
dinero y las riquezas de nuestra tierra.
11 Lengua mayense del altiplano occidental de Guatemala.

julia

Como si a mí me estuviera pasando

Después llegaron Maritza y Amandine; ellas le dijeron a Isabel
que si conocía a mujeres que habían sido violadas, que era
tiempo de que dijeran lo que tienen guardado en el corazón.
Después nos dejaron ellas y llegaron Angélica y Paula. Gracias
a esta organización fue que fuimos capaces de hablar de lo que
nos había pasado. Nadie sabía que habíamos sido violadas o
si habíamos quedado mal, por el miedo a que nos mataran
tuvimos que huir, nos pasábamos con gran sufrimiento y
tristeza. Antes teníamos miedo de que alguien más lo supiera
pero después nos enteramos de que muchas fueron violadas;
yo traje a las mujeres, lo comentamos y les dije: “ahora hay
un lugar donde podemos expresar lo que nos ha sucedido,
ustedes quieren apoyarme, hagan el favor de decir lo que nos
hicieron y lo que sucedió”, así nos fuimos juntando todas.

33

todo ese mal y nos dejaron tristeza, nosotras no lo quisimos,
no lo hicimos con conciencia.

No obedecemos, sí respetamos
Yo sigo con mi esposo Francisco. Antes él me pegaba pero
ahora ya no me dejo. Tuve cinco hijos, dos mujeres y tres
varones; en este tiempo sí estoy gozando con él, me da libertad
de andar, participo en las reuniones o en los talleres, me siento
feliz porque trabajo de comadrona y porque aprendí a escribir
mi nombre y a hacer mi firma, me siento como un chucho
al que sueltan. Antes era como si no fuera una persona, no

conocía la importancia de mi vida. Para mí es algo bueno que
las mujeres indígenas porten su traje, yo soy indígena y llevo
mi cultura, nunca me he sentido mal de ser así, me enseñaron
que es bueno mantenerla. A algunos ladinos no les gusta que
seamos indígenas y a veces nos molestan cuando vamos en
los buses o se burlan de nosotros cuando vamos a trabajar;
la gente dice que al ladino se le respeta y se le obedece más,
pero nosotros no obedecemos y también respetamos.

También me voy a la iglesia a participar en el rosario y en la misa,
en esos lugares me siento bien, encuentro paz, pido a Dios
por mi salud y por mis pecados, pido por nuestros gobiernos,
por los enfermos, por los impedidos, por los presos, por las
organizaciones y para que nos ayude. Para mí casarme por la
iglesia es importante, significa la unidad entre mi pareja y yo,
para que no me engañe, porque él a veces me engaña, y si
estuviéramos casados ahí lo regañarían y le darían consejos
para que ya no lo siga haciendo.
De repente me entero de que para la iglesia nuestras costumbres
no tiene valor, nos dicen que no debemos practicarlas; eso me

julia

En la comunidad la gente se ríe de nosotras y habla mal,
dicen que ya no queremos a nuestros maridos y que somos
sinvergüenzas, haraganas. Esa gente dice así porque son
ignorantes, no entienden; nosotras invitamos a otras mujeres a
participar pero ellas no quieren, tienen miedo a sus esposos. A
mis compañeras a veces les da miedo regresar de las reuniones
sin nada para el esposo, les entregamos un poco para poder
salir, como chuchos mostramos un poco para que nos suelten.

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historias de vida
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Hubo una parte buena y otra mala. Los guerrilleros se levantaron
y nos hicieron favor de luchar por el bien, pero para pedir justicia
también los denunciaría por lo que me hicieron, aunque sea
con miedo, pero lo voy hacer. A veces lo que pasa es que las
mujeres no saben hablar castellano y aunque demanden no
les hacen caso, muchas no se defienden porque tienen miedo
con sus maridos o con sus mamás. Hay algunos hombres que
drogan a las mujeres para violarlas. En la comunidad una vez se
enteraron de eso y querían quemar vivos a los violadores, ellos
se escaparon pero siempre están amenazados de que si vuelven
los van a quemar; en nuestra costumbre no hay castigo para
los hombres que violan, lo que pasa es que si violan a alguna
muchacha, ella es la que queda sin valor, ya nadie se enamora
de ella porque ya la usaron. La violación siempre ha estado ahí,
antes de que pasara la guerra ya había hombres que tomaban y
eran mañosos, pero ahora la gente se está despertando con las
organizaciones; cuando yo escucho que han violado a alguien
me siento mal, me da tristeza, me siento molesta, como que si
a mí me estuviera pasando.

Como si fueran mi familia

Voy a los grupos y me encuentro con las otras compañeras,
es como si fueran mi familia. Cuando cuento mi historia me
siento desahogada. Antes tenía miedo de decirlo y de que mi
esposo se enterara, pero cuando me dieron mi resarcimiento le
conté y no pasó nada. Por eso pienso que me gustaría contar
mi historia a otras: para que se siga diciendo, para que así se
den cuenta y tengan un poco de miedo, para que algún día no
muy lejano ya no le hagan daño a las niñas o mujeres. Ahora ya
sabemos nuestros derechos. Podemos hablar. Eso es lo que
yo deseo de la justicia.

Son más de treinta años los que tengo de ser partera, les doy
masajes a las mujeres y veo cómo está su matriz, les examino
los glóbulos, las ayudo en el parto, les doy medicamento con
plantas naturales; sé cómo se cuentan los días para no tener
muchos hijos o las dietas que se pueden hacer para tener un hijo
varón, eso lo aprendí con mi abuelito y con otras comadronas.
Después de la violación me dio un dolor como de agujas en mis
venas cuando me venía mi regla, pero ya he mejorado bastante;
a los treinta y seis años me dejó de venir y me puse muy contenta
porque no tenía mucha ropa para estar cambiándome a cada
rato. Ahora cuido mi cuerpo, lo estimo, ya no siento que estoy
sucia, siento que mi cuerpo no tiene la culpa, que no tiene nada,
está limpio, yo estoy limpia.
12 Especie de incienso.

Nentón, 2006

julia

Los años pasan y yo ya estoy grande, tengo relaciones
sexuales con mi esposo pero ya no es lo mismo; ahora sólo
tenemos relaciones cuando queremos, eso lo ha escuchado
mi esposo también con las organizaciones y ya no me dice ni
me hace nada. Soy feliz con él, si sabe que estoy enferma me
respeta, me arregla la cobija y se duerme aparte; confío en él,
lo conozco, es mi pareja, no siento como cuando me violaron
porque eso fue una violencia, tener relaciones sexuales con mi
esposo para mí no es pecado. No estoy segura si sería pecado
o no estar con otro hombre que quisiera, pero sólo tendría
relaciones si ese otro hombre fuera mi pareja, si no, estaría
traicionando a mi esposo y destruyendo mi relación.

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historias de vida
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desanima un poco porque esa religión me la enseñaron mis
abuelitos. Mi mamá me dijo una vez que la candela es la luz, ella
ponía candela cuando yo salía, y mi esposo también practica la
ceremonia; al que le rezamos es a Dios, al dueño de la vida, me
siento una hija de Dios y de la naturaleza, soy de las dos partes
y no puedo dejar a uno a un lado. Mantengo la costumbre de
los antepasados y me siento tranquila. Me pongo a rezar con
candelas, veladoras y pom12, pido por el corazón del agua, de la
tierra, del aire y de la naturaleza, enciendo mis velas por todo lo
que existe en la naturaleza, yo misma voy a buscar el copal y lo
enciendo, cuando hago eso, me alegra mucho el corazón.

En 2005, Julia se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.
En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.

Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.
Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

julia

Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.

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historias de vida

Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.

1. Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos que
lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y Olga
Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
2. Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios públicos.
Ver en particular las memorias del Festival por la memoria
de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy Viva”; y de
Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo de la libertad”.

historias de vida

carmela

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historias de vida

cuando amanece y cuando cae la tarde
maría

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora olga alicia paz
traductora carmelita chonay
transcriptora asunción telón
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

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3

maría

Soy de la comunidad
Patoquer de San
Martín Jilotepeque.
Cuando estaba en el
vientre de mi mamá,
a ella le daba dolor
de cabeza y náusea.
Hasta a los cinco
meses comenzó a
comer otra vez y
cuando llegó a los
nueve meses,
me dio a luz.

La costumbre cuando nace un niño es dejar tiempo para
celebrar, con su trago o con su cerveza o con su agua, a la
comadrona también se le da su café y su tortilla para que ella
no tenga hambre, aunque ya sea la media noche y todavía esté
la señora por componerse. Después de la celebración, a los
ocho días, regresa la comadrona a visitar a su paciente y a ver
cómo está el bebé, y entonces vuelven a hacerle un almuerzo.
De ahí, si la familia es evangélica a los cuarenta días van a
presentar al bebé a la iglesia, o si son católicos, a los cuatro
meses o a los seis meses van a bautizar, es la costumbre.

Al separarse, cuatro nos fuimos con mi papá y tres se quedaron
con mi mamá; ella agarró a los más grandes y a los más
pequeños nos mandó atrás de mi papá. Sólo una hermana
grande se fue con nosotros para que nos mantuviera. Hicimos
nuestra covachita cerca de mi abuela, pero no aguantamos con
mi papá porque él no era igual que mi mamá. Ella nos pegaba
pero al ratito ya nos contemplaba, en cambio mi papá sólo
comía en la mañana y se iba a trabajar con su azadón al campo;
nosotros nos quedábamos, y si comíamos o no, ¡saber!

Si tenés hambre, remoja tu tortilla…
Mi mamá tuvo 18 hijos, unos que abortó y unos que vivieron.
Somos siete de un solo padre y tres de mi padrastro, diez
en total. Mi hermana mayor se llama Juana, luego están
Antonia, Martina, Teresa y mi hermano Manuel. Mi papá fue
un borrachero que tomaba de día y de noche, y mi mamá tuvo
que hacer por todos sus hijos. Ella también tomaba y cuando
yo tenía ocho años se separaron. Tuvieron problemas porque
mi papá ni gasto daba y ella ya estaba aburrida y buscó su
relevo. Yo digo que fue justo y que ella fue valiente porque
era la única que sufría por nosotros, compraba jabón, fríjol,
maíz, y mi papá lo iba a vender para tomar. A nosotras no nos

De ahí regresamos otra vez con mi mamá porque mi papá
estaba en la costa, ahí iba él a ganar su pisto. Cuando tenía yo
nueve o diez años nos mandó otra vez mi mamá detrás de mi
papá a trabajar cortando algodón. En ese trabajo nos pagaban a
centavo cada libra y nos daban cuatro tortillas y una cucharada
de fríjol: “si tenés hambre, remoja tu tortilla”, nos decían. A veces
la comida estaba cruda, entonces la dejábamos debajo de los
algodones. Sufrimos mucho, mucho, y regresamos otra vez
junto con mi mamá. Ella quería que nos quedáramos con mi
papá pero nosotros no nos hallábamos con él.
Mi padrastro nos reclamaba lo que comíamos y sólo a mi
mamá vestía porque era su mujer. Nosotros nos pasábamos
la vida con ropa rota. Él también tomaba y le pegaba a mi
mamá, pero de eso no teníamos culpa porque ella lo buscó y

maría

quedaba nada. Por eso yo pienso que mi papá tuvo la culpa
de que mi mamá se animara de buscar otro hombre y el que
se encontró, pues tenía bienes, no que se diga tanto, pero sí le
daba gasto a mi mamá.

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historias de vida
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Ya era gente, ya estaba fuera, fue un gran sufrimiento el que
hizo mi mamá, se quedó muy débil por dejarme vida, por
alimentarme, aunque cuando nací también fue alegría para mis
padres; buena y sana me dio a luz, contenta, alegre.

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Mi mamá nos mandaba ollotas de punta de xilote, nos
levantábamos a las dos de la mañana las seis mujeres, y lo
cocíamos y lo molíamos en piedra, mientras otras quebrantaban
el maíz y hacían el bastimento para llevar al monte; una
quebrantaba, otra lo repasaba, otra lo sacaba para tortear y
otra torteaba. Al terminar nos mandaban a pastorear y ¡qué
aguaceros que caían a veces! Eso hacía que las vacas salieran
corriendo a comerse otras milpas y nosotras no podíamos
correr porque estábamos empapadas y todo el suelo estaba
mojado. Rápido llegaba la gente a avisar que: “su hija hizo
perjuicio, comió milpa la vaca”, y me daban un chicotazo. Pero
¿qué culpa tenía yo? Mi mamá me mandaba: “ándate o te voy
a matar, si no te vas, te mato”. Entonces yo me atreví a irme,
me fui a recomendar con mi tío durante dos noches y luego mi
hermana me fue a buscar, pero yo tenía miedo de que ella me

Una vez se fueron mis tres hermanas a la costa, a la finca
Hacienda Argentina a cortar café durante tres meses; después
se fue mi mamá también a cortar café en otro terreno y nosotras
nos quedamos solas. Mi mamá comía bien con su otra familia
y a nosotras no nos daban. Vino mi hermano, que ya tenía
como diecisiete años, y dijo: “todavía las están tratando así,
no es justo. Ahora arregla tu maleta, arregla tu par de ropas
y nos vamos. Yo voy a platicar con la vieja”. Mi hermano le
dijo a mi mamá: “¿por qué no querés a mis hermanas? Sólo
a tu marido querés, como que ellas no son tus hijas. Ahora te
quedas ahí. Hasta cuando nos dé la gana, vamos a regresar
de la costa”. Entonces nos venimos aquí a Chimaltenango.
Después de eso, ya estuvimos contentas. Pero como no
estábamos acostumbradas a que nos diera nuestro centavo
mi mamá, o a que nos diera alguna cosa, a mí me daba miedo
agarrar mi dinero aunque era poquito lo que ganábamos. Sólo
nos daban un centavo por libra de algodón que cortábamos al
día. Yo estaba acostumbrada a que tenía que entregar a mi mamá
lo que ganaba. No nos daba dinero para gastar en un ricito, nada.
¡Olvídese! La pobreza que hemos pasado es grande.

maría

historias de vida

En ese tiempo se usaba abono orgánico para que saliera
una buena cosecha de milpa, se cultivaba preparando bien
la tierra, sacando las piedras y el monte que hay, se picaba
bien la tierra y se sembraba; en la milpa salía la hierba mora,
el bledo, el chipilín. Mi mamá buscaba mozos para trabajar la
tierra porque su marido no trabajaba eso. Él era negociante,
compraba y acarreaba afrecho en las industrias de tapa para
entregar al cuxuxero (los que hacen guaro). Como tenía su
caballo, venía a traer y a entregar. A los mozos les pagaban
cinco centavos al día, trabajando desde las cinco o seis de la
mañana, ya después subió a diez centavos el día.

fuera a matar. “Te va a pegar sí, tal vez, pero no te va a matar”,
me dijo mi hermana, “vamos”, agarró mi mano y me llevó para
mi casa. Cuando llegué me dijo mi mamá: “Por fin. Y ahora
¿por qué estas huyendo?”. “Porque me da miedo me vayas
a matar. No me vayas a matar, yo quiero vivir”, le dije a mi
mamá. “Todavía contestas malcriada”, y fue a traer el chicote,
me pegó y con eso pagué mi deuda. Así fue mi vida hasta que
ya tenía yo como doce años, cuando murió mi padrastro.

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lo quiso. Mi padrastro tenía sus caballos, vaca, coches y todo
eso lo manteníamos nosotros.

¡Dios mío, qué es la vida de una mujer!

De cómo se hacen los hijos yo no sabía nada tampoco. No
había nadie que me lo contara; aunque yo acompañaba
a mi mamá cuando ella iba a ver a las mujeres, pero nunca

maría

Cuando ya era adolescente, a los trece, catorce años, me vino
mi menstruación y no me avisó mi mamá. Nada, ni mis hermanas
me dijeron nada. Y eso que ya eran mujeres grandes. Yo no
hallaba cómo decir, no podía decirle a mi mamá. Me dio miedo,
sólo yo sabía y estaba mojada, estaba en la oscuridad porque
mi mamá no me contaba. Se chorreaba mi cania, la lavaba yo,
no tenía con que taparme. Ya después, busqué la manera, usé
trapitos viejos que detenía un poco atrás con mi faja, me bañaba
hasta las diez de la noche y dejaba lavada la ropa. Creo que
mi mamá sabía, pero nunca me dijo que así era la vida de una
mujer. Hasta después, una señora me preguntó y me dijo que
eso pasaba cada mes, entonces yo ya me puse contenta porque
sabía que venía cada mes. Ese día dijo ella en lengua: “¿y tu ic?,
y hasta entonces supe cómo se llamaba lo que me pasaba.

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historias de vida

En esa época, como de doce o de diez años, yo empecé a
soñar siempre que me iba volando, pero a nadie le contaba, ni
a mi mamá, porque me daba miedo, sólo yo lo sabía. También
me soñaba recibiendo unos pañuelos bien blancos, blancos y
entonces yo pensaba: “¿será que me voy a casar de blanco?”,
pero no decía nada. Mi mamá tal vez sabía porque cuando yo
nací, las comadronas le dijeron qué destino traía. Yo soñaba
esas cosas, pero cuando me despertaba, estaba durmiendo en
mi cama. Siempre me ocurría.

Yo no sé por qué pasó eso, porque mi padrastro tenía a mi
mamá, tenía otra y todavía se metió con la nuera. ¡Es una avería
eso! Él mismo le contó a mi mamá que se había metido con
mi hermana, si no, no hubiéramos sabido. Cuando tenía como
quince o veinte días de que había muerto mi hermana, me dijo
mi cuñado cuando yo le serví su tazón de atol de masa: “yo te
quiero decir una palabra”. “¿Qué palabra?”, le dije yo. “Yo me
quiero juntar contigo”. “Mira”, le dije, “te querés juntar conmigo
y mi hermana acaba de morir”, así se salió la palabra de mi
boca. “No mantuviste a mi hermana, no la curaste, se murió

Yo tengo derecho de casarme
Un día, cuando iba a acarrear agua al pozo con tinaja, salió
un hombre, y yo me vine corriendo. No dejé que me agarrara,
pero él me atajaba en mi camino o se sentaba a un lado de
donde yo estaba. Entonces le dije a mi mamá lo que estaba
pasando y que ya no quería ir a traer agua ni a hacer mandado.
Después, otro vino a dejar carta, con la carta mandaba pisto,
no hallaba yo qué hacer y le dije a mi mama con miedo: “mira,
recogí una carta, ¿qué voy hacer con eso?”. “Vamos a ver”,
dijo mi mamá, “¿qué hombre es el que la vino a tirar?”. “Yo no
sé, mamá, porque yo estaba adentro”. “Entonces, si viene otra
vez, hay que sacarlo con leña o con piedra, no dejar que venga
a dejar carta”. “Vaya”, dije yo, sin saber que ése iba a ser mi
esposo. ¡Cuántas veces yo agarraba la leña y se la tiraba! Y no
dejaba que me tocara ni la mano para que no se enamorara
de mí. Mantenía cerca dos piedras para tirárselas y que no se
acercara. Digo que ese pobre a veces lloraba.
Mi mamá me mandaba junto con mis hermanas a comprar
verduras; en un canastón traíamos lima, naranja o banano para
vender en Poaquil. Cuando terminábamos de vender, hacíamos

maría

Tenía ya diecisiete años cuando una mi hermana tuvo marido, un
hombre ya sazón con hijos y todo. Después, se dejó de ese y se
juntó con otro hombre, que tomaba, y que además era hijo de mi
padrastro. Ella se fue a la casa de mi padrastro y de ahí hicieron
una casa cerquita, y mi padrastro se empezó a meter con ella.
Mi hermana se enfermó. Cuando eso pasó, mi hermana se puso
bien delgada, decía que sentía una bola. Entonces mi mamá dijo
que la fuéramos a traer. Mi hermana regresó a la casa pero ya no
tenía su menstruación, como que se le cuajó y le daba mucho
dolor, tanto que hasta gritaba. Ya no se logró, se murió.

y ¿así me querés hacer a mí? No, gracias. Cuando venga mi
mamá le voy a decir”. Y yo me quedé pensando: “¿y si viene
otra vez de repente y me agarra?”. Entonces ya me desperté
un poco que eso era malo, le conté a mi mamá y ella se enojó
mucho y lo sacó de la casa. ¡Gracias a Dios que mi mamá no
me dio con él! No me dejó en manos del mal.

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historias de vida

entraba si la mujer ya se iba a componer. Sólo oía que gritaba
y entonces pensaba: “¡dios mío, qué es la vida de una mujer!”.
Antes sólo nos decían que pasaba un avión dejando al bebé.
Pero no es así. Ya cuando me despertaba, yo miraba que ya
estaban vacías las mujeres. “Entonces, ¿cómo nacen?”, decía
yo, y empezaba a pensar que así iba a ser la vida mía después.
Pero eso, no lo enseñaban, sólo mi mamá lo hablaba con mi
papá, pero a nosotras nos sacaban.

las compras de la semana para la casa; yo compraba tomate,
cebolla, remolacha, zanahoria, repollo, chile, papa, surtido, y el
día lunes me iba a vender de casa en casa. El hombre andaba
atrás de mí aunque yo le pegara. Yo tenía que salir porque me
decía mi mamá: “¿cómo vas a mantener a tus hijos después si
no haces tu negocio?”. Y así estuvimos sin hablarnos ni nada.

Mi mamá dijo: “¿para qué te vas con esa gente? ¡Esa gente
no sirve!” No lo quería, lo que hizo cuando llegaron a pedirme
es que se huyó, no lo quiso recibir, ni lo que traía. Como era
comadrona, dijo que tenía que irse a ver a una paciente.
Pero ella ya sabía la fecha en que iban a llegar. Me dejó solita
cuando trajeron los regalos de aguas, panes y aquella ollona

maría

Ya tenía los dieciocho años cuando un día, camino a acarrear
agua, me decidí y pensé: “aquí estoy sufriendo con mi mamá
y yo miro que se está casando la gente. Yo tengo derecho de
casarme. Si encuentro ese hombre, le voy a decir que sí, que
jale la tinaja”, del fondo del corazón me salió eso. Me fui pues
y cabal ahí estaba el hombre. Le dije: “¿sí nos casamos?”, y
él dijo que sí. Paso serio quería el hombre y al tercer día se
vinieron a pedir permiso.

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historias de vida

Yo ya conocía a ese hombre como de ocho o nueve años
atrás, por eso es que yo vi que me convenía; él trabajaba de
azadón cultivando el terreno, sembraba milpa y fríjol. La suerte
fue buena, yo sacaba la suerte a escondidas de mi mamá; dos
papelitos me daban por un centavo, y como no sabía ni leer ni
escribir le pedía a un mi sobrino que sabía escribir un poquito.
Le enseñé mis papelitos y me dijo que me iba a casar y eso
tenía yo en mi corazón, mantenía guardados esos papeles.

Cuando yo me muera, que se case….
ella es libre
Yo ya estaba casada cuando mi papá vino conmigo a trabajar
con azadón, a sembrar milpa. Yo le daba tres quetzales diarios
y sus tres tiempos, lavaba su ropa y todo. Lo recibí porque mi

Para la cosecha, ¡ay, dios! Qué alegría lo que hacía mi esposo
en el mes de mayo, iba a agradecer a dios con la costumbre.
Con maíz, con fríjol y con candela se celebra lo que Dios da,
ya después se puede sembrar. Y cuando sale la cosecha se
hace otra costumbre: se mata una gallina, le quitan la cabeza
con machete y tiran el cuerpo arriba de la mazorca, todavía
brinca encima de la mazorca la gallina sin cabeza. Hay unos
que entierran la cabeza en la mazorca y ya después la sacan,
dan guaro, dan incienso. Para esa celebración se invitan a los
vecinos y después, cuando ellos la hacen, lo invitan a uno.
Mi esposo tomaba, aunque cada cuanto, pero tomaba. Iba a
Poaquil a comprar encomienda y cuando llegaba ya estaba
bolo, pero no era loco. Como antes no había camioneta sino
que se venía a pie, él decía que se echaba su trago porque
se cansaba. Yo en ese tiempo no tomaba, hasta después me
enseñaron y empecé a tomar.
Un día mi esposo se sentó. “Vení”, me dijo. Él estaba en la
cama, sufriendo de enfermedad tifoidea: “anda a llamar a mi
hermano mayor Pablo”. Entonces me fui a llamarlo y cuando
llegamos me pidió que le sirviera un octavo. Yo no quería
porque tal vez se iba a poner peor, pero él me dijo: “tal vez
es la última vez que voy a tomar”. Empezó a platicar con su

maría

La primera vez que llegó mi novio oficial, yo estaba haciendo
oficio, mi mamá me mandó a traer la vaca y a jalar agua. Ella es
la que se quedó platicando ese día con su yerno. Cuando él ya
tuvo entrada directa para visitarme los domingos, me dijo que
nos casáramos de una vez: “¡Ay, dios, me va matar mi mama!
Mejor no”, yo preferí esperarme. Y llegó el mes de octubre, nos
casamos, pero sólo por lo civil. En la iglesia no nos casamos.
No me cubrieron con velo blanco, sino hasta ese día que me
entregó mi mamá, no antes; ese día nos conocimos y era
mejor, porque entonces me cuidó.

esposo le dijo: “estáte aquí con nosotros y te mantenemos”.
“Está bien, pero a ver qué dice la señora”, le respondió, pues
todavía tenía pena con mi mamá. Ella, siempre que lo miraba,
lo regañaba. Había sufrido mi papá, me daba lástima, ¡vaya
que no se murió en la calle!

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historias de vida

de caldo de carnero; sólo mi hermana mayor estaba ahí dentro
de su covachita y yo esperando a mi mamá. ¡Ay, dios mío! Qué
hacía con la gente si nos los podía recibir porque eran muchos.
Mi mamá despreció ese regalo y las gentes lo regresaron.
De ahí llegaron a pedirme todavía dos veces más, y hasta la
siguiente estuvo mi mamá. Hablaron con ella y acordaron el
día del regalo. Cuando llegó el día, mis cuñadas dijeron que
ese regalo era poquito. Pero a mí me daba pena decir que era
poco porque antes lo habían despreciado. Ese día acordaron
que me quedara un año con mi mamá y que hasta los dos
años y medio nos juntáramos. “Está bien”, dije yo.

Yo tenía un privilegio
Los hijos que tuve con mi primer esposo fueron cuatro; dos
están vivos y dos murieron, uno por aborto y el otro de diarrea.
Mi hija grande tenía cinco o seis años cuando murió su papá
y mi chiquito quince meses. Fue por mis hijos que aprendí a
ser comadrona, desde antes de la violencia estaba curando a
niños. Yo a mis hijos los tenía buenos y sanos con cualquier
remedio de monte o de farmacia. Sé si los niños están

maría
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hermano y tomaron medio octavo. “Pablo, yo me voy a morir
y vos me vas a hacer el favor de cuidar que mi mujer no se
vaya a la calle. Haceme el gran favor, porque hay gente que
echa a la calle a la mujer de su hermano, pero usted no vaya
a ser así, usted tiene escrituras de su tierra y yo las mías. Aquí
se va a quedar ella hasta que se muera junto con mis hijos.
Ella todavía está patoja y se va quedar. Por eso cuando yo me
muera, que se case ella, ella es libre”. Yo estaba haciendo el
oficio y cargando a mi bebé, pero escuchaba lo que estaban
hablando. Entonces pensé que qué iba a pasar con los niños
y comencé a llorar. Mi esposo me dijo: “como me voy a morir
y si estás viva, tenés que casar con un hombre si te habla, y
van a vivir aquí en tu casa. Yo no tengo dinero, no te compré
tu ropa. Vaya, ahora tenés una vaquita y si tienes un chivito lo
vas a vender y compras tu ropa. Todavía está en mi corazón
que no te compré todo”. Esa fue la despedida que él hizo.
Como que estaba viendo lo que yo iba a pasar en el futuro. Mi
esposo murió un día viernes 22 de septiembre y el sábado 23
lo enterramos.

Una vez mi hija se enfermó y le salió sangre de su nariz muchos
días. Ella no se moría ni se componía. Tuve que vender mi
corte para curarla porque no había dinero. Fiado lo di y no me
pagaban, entonces me fui con una mi hermana a cobrar un
pisto y ella me dijo que fuera con un curandero viejito que hacía
costumbre. Yo no quería ir porque no sabía cuánto me iba a
cobrar. Entonces le dije: “si me das aunque sea algo de mi
dinero ahorita, voy a ir de una vez”. Ella me dio el pisto y me fui
con el señor. Cuando vi que era un viejito canoso, tecpaneco,

Empecé a pensar: “¿qué voy a hacer? ¿Tengo que ofrecer o
le pregunto a la gente de casa en casa si están enfermos y
les digo que los voy a curar?”. “Dios sabe que tenés privilegio,
la gente se vendrá solita a tu casa, pero tenés qué hacer una
costumbre, tenés que pedir permiso. ¡Pedilo y Dios te van a
traer tus pacientes!”, me dijo. Entonces me decidí a hacer un
pedido antiguo de mujer; doce costumbres hice, una cada mes
en mi casa, con incienso, para recibir el presente que me dio
dios en el mundo. Y con eso, ya se sanó mi hija.
Desde ahí es que yo tengo mi trabajo como comadrona y
que acepté sanar a las personas cuando tienen mal de ojo o
susto. Recibir bebés, curar enfermos es el trabajo de nosotros,
eso es lo que yo he hecho por mi comunidad. Pues así como
soñaba de pequeña empecé a soñar otra vez de grande, ya
de viuda, que volando iba, pero ¡qué lindo! Tenía que ir por
un caminito angosto, costaba la pasada y cuando llegaba,
veía unas casonas pero bien blancas, blancas con claveles y
rosas blancos y recibo pañuelos blancos. Desde que acepté
mi privilegio y empecé a trabajar, ya no soñé más.

maría

Esa habilidad se trae desde chiquita, pero a uno jamás le
dicen. Mi mamá no me dijo si yo tenía un privilegio que Dios
me había mandado. Fue hasta que me quedé viuda, que una
señora me contó y me dijo: “tú tenés un privilegio, tu mamá me
ha contado a mí”. La que me contó eso fue doña Candelaria,
la que es nuestra compañera de grupo ahora: “usted es el
relevo de su mamá, usted tiene un privilegio, un trabajo igual”,
me dijo. Mi mamá es de costumbre pero no me dijo que yo era
así también, que tenía el valor de hacer esas cosas, porque
eso requiere valor; no es sólo así nomás de hacer una cosa,
requiere de esfuerzo.

le hablé en lengua y me dijo que me iba a cobrar diez quetzales.
Ese don me dijo: “usted, señora, tiene un privilegio, usted cura
gente, es una comadrona”. Yo no pensaba que fuera cierto,
pero ya curaba un poco. “¿Y cuál es la pregunta?”, me dijo. Yo
le conté lo que estaba pasando, que estaba enferma mi hija.
“Si vas a recibir tu trabajo, ahorita se va sanar tu hija”, me dijo.
“¡Santo cielo!”, pensé yo, “entonces tengo la culpa de lo que
está pasando; Dios me está despertando y a mí nunca se me
ha venido a la mente”.

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historias de vida

empachados, entonces yo les sobo todo, todo el cuerpo, su
estómago con aceite les sobo bien, bien, y ya con dos o tres
veces que hago eso, se curan. “Gracias”, dicen las personas.
Cuando los curo, se quedan tranquilos los bebés, como si
les hubiera puesto inyección, pero sólo mis manos les pasé
encima, los sobé en nombre de dios. También he curado a
ancianos, como a veces se les aflojan las venas, les sobo todo
el cuerpecito como a los bebés.

¿Qué ronda es esa, que en vez de estar
cuidando a la gente, hacen así?

Ahí fue cuando oí que ya estaba la muerte cerca. Todavía me
iba a La Garrucha. No hacía caso, ni me daba cuenta de qué es
lo que estaban haciendo, aunque yo veía que había hombres
enmascarados con fusiles que a veces pasaban por el camino
angosto que estaba atrás de mi casa. Estaban en el bosque
y decían que eran bastantes, pero como no me molestaban,
yo seguía dándole a mi negocio y encomendándome a dios
cuando iba a dormir.

Estando en mi casa, de repente entré y estaba un rifle en la
puerta. “¡Santo dios!”, dije yo, y pensé: “¿y si mis hijos ya están
muertos o ya los violaron?”. ¡Con qué miedo entré! “¡Cuidado!”,
me dijeron y vi que era mi hermano varón que estaba vigilando
porque él se había metido con los guerrillas. Entonces yo lo
saludé: “¿estás visitando?”, le dije. “Sí”, me respondió, pero yo
no le pregunté para qué cargaba fusil. No le dije nada. Sólo le
pregunté si había almorzado y él dijo que no. Empecé a hacer
el almuerzo con qué nervios, yo pensé que me iba a matar mi
hermano. Ellos decían que estaban vigilando a los soldados y
que si bajaban, pitaban para que se oyera que ya venían. Esta
cosa a mí se me quedó hasta lo profundo. Hasta hoy día miro
a mi hermano y le digo que no es mi hermano. Como él es bien
machetero desde que creció, hay que tener cuidado porque
con cualquier cosa le da un planazo a uno en la nalga y ¡cómo
duele! De eso también me ha quedado miedo.

maría

De ahí cada poco, llegaban conmigo a orar. En ese tiempo
yo venía a Poaquil a traer mis encomiendas, dejaba a mis
dos hijitos y me iba a repartir a las casas de los ladinos allá
en La Garrucha. Cuando estuve con mi mamá, me enseñó
que el día domingo fuera a comprar cosas al pueblo y el
lunes a repartirlas en las casas de las gentes que no salen al
mercado. Cuando se murió mi esposo, agarré otra vez ese
negocio para mantener a mis dos hijos. Me iba a las seis de la
mañana y regresaba al medio día para darles de almorzar.

Un día nos fuimos a hacer ayuno a la casa de un hermano
que queda retirada de la aldea y cuando regresamos, por ahí
de las dos o tres de la tarde, estaban enterrando a un muerto
en el terreno donde está el campo ahorita, en Chekijaba.
Era un hombre como de veinte años. Los hermanos no me
avisaron, hasta después me dijeron que estaba el hombre
ahí, para que no me asustara. Ahí fue cuando me entró el
miedo y dejé mi negocio.

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historias de vida

En el año 79 u 80 yo escuchaba las noticias en mi radio de que ya
estaba pasando gente por ahí lejos. También escuché que habían
matado a machetazos al alcalde de aquí de Chimaltenango, que se
llamaba Joselino Xoyón. Ya en ese tiempo empezaba la violencia,
pero yo siempre venía a pie a hacer mis mandados y donde quiera
se oía la Palabra de Dios. Entonces había unos hermanos que
llegaron a platicar conmigo para que aceptara a Cristo y como yo
en ese tiempo, no sé… estaba triste porque se había muerto mi
esposo y me había quedado sola, acepté el evangelio.

Otra vez pasó, cuando llevé mis vacas al monte y dejé a mis
hijos en la casa. Como tres o cuatro días habían pasado desde
que llegaron los soldados la primera vez. “¡Santo dios! Ya se
murieron mis hijos, ya no están vivos”, pensé, pues atrás de mi

Como a los ocho días llegaron los soldados por tercera vez.
Fue cuando me violaron. Yo estaba tejiendo mi canasta. En
eso cargué a mi varoncito de dos años; como presentía yo
el mal, a la nena la senté a la par e iba a hacer mi canasta
cuando llegaron como doce soldados, otra vez corriendo a la
gente con balacera. Entraron tres conmigo y en ese momento
se fueron los demás; los tres que se quedaron fueron los que
me violaron, aunque tenía yo amarrado mi niño.
Embrocada me pusieron, me dieron golpe, me golpearon
con la culata del arma porque no me dejaba. Yo trataba de
ayudarme con las manos, me insultaron, me dijeron que iban
a acabar con mi vida, me taparon la boca tanto que no podía
respirar y me puse tonta. De una vez me quedé como muerta
en ese momento, y de ahí me violaron los tres; salió uno y entró
el otro hasta dejarme medio muerta. Después me desmayé y
cuando se fueron, nos quedamos llorando junto con mis hijos.
¡Vaya que no violaron a mi hija de seis años en ese momento!

maría

Ese mismo día llegaron montones de soldados bien enojados,
pasaron con sus armas, corriendo atrás de la gente, con balacera.
Los soldados entraron conmigo y dijeron: “usted es envidiosa,
mala gente, usted se ha metido con los guerrilleros”. “No”, les
dije yo, entonces preguntaron: “¿y tu marido?”. “Se murió”, les
dije. “Ese de plano anda en la montaña”. “No, fue enfermedad
de dios. Si quieren ver su cedula, está anulada porque fue de
enfermedad”. “No queremos papel ni nada, usted es envidiosa.
¡Mira! No tiene la mariposa el chorro y nosotros tenemos sed”.
“No, lo que pasa es que no estoy autorizada para usarlo pero aquí
tengo guardada la mariposita”. Fui a sacarla y la puse, pero los
soldados la pidieron por joder, porque no tomaron agua. Estaban
bien enojados; lo único que yo hacía era clamar a dios en secreto.
Los soldados empezaron a buscar armas en el temazcal y en mi
mazorca, todo lo desmoronaron. ¿Qué arma? Sólo encontraron
mi piedra, que es mi arma para moler. “¡Ah! usted le hace comida
a los guerrilleros”, pero les expliqué que ni los conocía, que no
llegaban conmigo, entonces se fueron tranquilos.

casa había como ocho o nueve soldados alborotados y los otros
dos estaban abajito de un palo. Ahí estaban parados con sus
armas, y yo con qué valor me vine para mi casa, si me regresaba
me disparaban. “¿A dónde vas?”, preguntaron, “yo me voy para
mi casa”, y me fui corriendo. ¡Cómo hacían los cascabillos! run,
run, Pasaban detrás de mí, pero no me detuve. Cuando entré
en la casa vi que mis hijos estaban vivos, a uno lo cargué y al
otro lo abracé. “Si nos matan, nos morimos los tres, mijos, no
griten que aquí vamos a estar, dios nos acompaña” les dije.
“Está bueno”, dijo mi nena abrazándose a mi cintura. Salimos de
la casa huyendo, sólo con la ropa que teníamos puesta.

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historias de vida

Acababan de poner un chorro de agua potable con nosotros
cuando empezó la violencia. Ese chorro no estaba autorizado
todavía para usarlo, sólo un poco para tomar, no para lavar
ropa. Pero yo como estaba contenta, aunque sea mi trapito
o una servilleta iba a lavar ahí en una tabla. Los comités me
encontraron y me dijeron que no lo utilizara, así que mejor les
hice caso y guarde la mariposita.

A pura arma, ¡a cuántas mujeres les hicieron así! Hubo una
vecina a la que le amarraron a su esposo con lazo del pescuezo,
de un árbol en donde ellos tejían, mientras que a la mujer la
violaban adentro de la casa, y los niñitos gritaban. Siempre eso
es lo que les hacían a las mamás, las violaban. Esa mujer se
murió de puro susto, y estaba esperando. Le sacaron al bebé

A muchas nos pasó así, no sólo a una. Nos hicieron eso a la
fuerza en la violencia de los 80 y no sólo fue esa vez. Por ahí por
el 15 de mayo llegaron dos hombres en la noche, se metieron
en la casa cuando estábamos durmiendo y yo no me di cuenta
hasta que ya estaban adentro. Ya no pude ni gritar porque me
dijeron: “si no te dejas, te matamos, nosotros somos bastantes.
Si gritas vamos a llamar a la demás compañía, porque ahí están
los otros. Estamos rodeando”. Estaban enmascarados, pero yo
oí su voz. Fueron vecinos los que me violaron; uno tenía como
cuarenta y cinco años y el otro sus veinte. Era sobrino de mi
difunto esposo, hijo de mi cuñado.
En ese mismo momento tal vez lo contaron a otros que
pudieron violarme, porque llegaron otros dos. Pero a esos, yo
los saqué a machetazos, los enfrenté: “¿qué ronda es esa que
en vez de estar cuidando a la gente hacen así?”. Yo sí los saqué
porque los hombres son abusivos, lo cuentan entre ellos, se
amontonan. Esas personas dijeron que eran de la montaña,
guerrilla: “nosotros somos bastantes, somos de la montaña”. Y
eso tampoco lo pude contar a nadie, a ninguno, ni con su mujer
ni con nadie. No se puede. Aunque yo pienso que mis hijitos lo
sabían, se dieron cuenta porque ya estaban grandecitos.
Después de la violación nos han quedado enfermedades a las
mujeres, yo me pasé con hemorragia. Por la gracia de dios no
resulté embarazada de las dos violaciones que me hicieron. Lo

maría

En ese tiempo del 81 uno se dejaba porque no podía hacer
nada. Si te enfrentabas te mataban, entonces uno mejor no
gritaba. Hasta a las mujeres casadas les pasó eso. Antes que
a mí me violaran, le pasó a una mujer que tenía a su marido,
amarraron al hombre y se metieron los soldados con ella. Esa
vez pensé que tal vez ella tenía la culpa. Después me huí, a la
una de la mañana me fui al monte y regresé a las cuatro de la
mañana. Salí de mi casa porque me dieron miedo los gritos que
pegaba la señora y su marido amarrado, ahí embrocado. En
ese tiempo no iban los soldados al monte, sino a las casas. A
otra mujer se la llevaron con todo y su bebé cargadito, y como
no quería ir, planaciadas le dan con el machete. La dejaron
morada, y parada la violaron entre varios: “tenés compañía allá
abajo, vonós no sólo usted”, le dijeron los soldados. ¡También
tantas niñas que violaron! Les dejaron hasta quebradas las
piernas y las quemaron para que no se supiera.

de la panza y la violaron. Todo eso es lo que yo no he podido
contar a mis hijos, pero primeramente dios, un día voy a contar
el secreto antes de que se enteren por otro lado.

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historias de vida

Como quince días quedé con un gran dolor, chenquiando y,
¿a quién le iba a contar? A nadie lo conté, sólo yo y dios lo
sabíamos. A mis hijos, nunca me he atrevido a preguntarles si
se dieron cuenta de lo que me pasó. Hasta hoy día me siento
yo molesta, siento que no me conviene lo que me hicieron, me
violaron y me siento sucia.

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El 18 de mayo nos salimos de una vez, porque antes de irse,
esos hombres me dijeron: “si estás aquí cuando regresemos,
te matamos. Y nada de contar. Si lo vas a contar nosotros
lo vamos a saber, ahora tienes derecho de ir a presentarte a
Poaquil”. A las diez de la mañana de ese día comenzó a hacer
ruido un camión que los vecinos habían pagado para llevar sus
cosas. Yo no llevaba nada, sólo la ropa que traía puesta, y a
mis hijos los llevé a pie desde Patoquer hasta Chimixaya. De
ahí atajé a un señor en un camión para que me hiciera favor de
llevarse a mi nena hasta Poaquil, porque ella ya no aguantaba
caminar, mientras yo llegaba a pie.
En el camino vi que había unos que no tenían miedo, que
estaban sembrando milpa, pero nosotros salimos de una vez.
Lo dejamos todo, sólo regresé a la aldea como a los ocho días,
aunque con miedo, a ver si me podía traer mis cosas y mis
animales. Pagué un pick up, pero cuando íbamos de camino
vimos que los ejércitos ya venían de regreso de hacer averías, de

Así pasó en la guerra. Primero se oía lejos, lejos, y después
se acercó. Primero mataban al que miraban ellos que tenían
bienes, y de ahí llegaban los soldados y llegaban los guerrilleros,
entraba el ejército y entraba la guerrilla. Ya no se podía sembrar
milpa porque los soldados peinaban todo y la destruían, robaron
lo que había y dejaron quemadas las casas. Ya no había vida
cuando eso pasó, se sentía el temor del hierro.
Estuvimos como un mes en Poaquil, recomendados con un mi
sobrino, pero no se podía vivir ahí, no había para desayunar,
para almorzar, ni agua para lavar; uno posando no sirve porque
siempre hay problemas. Entonces una mi hermana que vive
aquí en Chimaltenango me dijo: “si querés te vas a vivir con
nosotros, mi patrón es ciervo de dios”. “Está bueno”, dije
rápido, y sentí un gran alivio. Estuve tres meses ahí; ya en el
mes de noviembre, mi hermana que vive en la Gomera Escuintla
mandó a mi cuñado a preguntar si quería ir a cortar algodón allá.
Entonces me trasladé como ocho meses a la costa. Todo el día
cortábamos algodón y nos llevaban en un camión grande junto
con el algodón bien jateado. Nos íbamos sentados encima de
los costales, cuidándolos; dos o tres viajes hacíamos.
Luego decidí irme a buscar trabajo a la capital; trece años me
fui por la violencia. Ahí estuve torteando, me pagaban tres
quetzales al día con mis tres tiempos. Eso yo lo exigí porque
prefería no tener dinero pero sí mis tres tiempos de comida.

maría

historias de vida

Trece años me fui por la violencia

matar las vacas y traían gallinotas así en sus dos manos, y todo
lo demás a tuto. Cuando nosotros llegamos, ya no había nada,
nada, nada, sólo unas leñas, una piedra y tristeza nos dejaron.

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que me da a mí es el susto, el nervio no se me quita. Eso es
el susto, uno siente que algo viene atrás siguiéndolo, que algo
me va a atajar en el camino, tiene escalofríos…Eso es el susto
y aunque yo hice una cura con un poquito de tierra y un vaso
de agua para mis hijos y para mí, no logré sacarlo todo. Mis
hijos no se enfermaron, sólo yo. Uno se pone bien amarillo, no
le dan ganas de comer, y delgada, pues ya no es igual. Yo he
visto a varias que de tan delgadas han llegado a morir.

Estaba separada de mi mamá, cada quien había agarrado su
propio camino, hasta después regresó ella con otra hermana
a Chimaltenango. Cada dos o tres meses le venía a dejar los
centavitos que ganaba trabajando en la tortillería para que
se mantuviera, pero se había puesto bien delgada, de tanta
tristeza… Le dio diabetes, todo el pelo se le cayó, sólo tenía el
huesito y el pellejo, y ya no pudimos curarla. Sólo se recuperaba
a veces y aguantó como dos años todavía con la enfermedad
por dentro del cuerpo, hasta que murió. Yo no la vi cuando la
enterraron en San José Poaquil. Primero se murió mi padrastro,
después se murió mi verdadero papá, después de eso se murió
mi mamá del susto. Así es, se acaba, se acaba todo el cuerpo.

Cuando me junté con mi segundo marido, le presenté a mis
hijos pero, ¡ay dios!, era bien mandón el hombre. Casi no lo
aguantabas, quería sus cosas y que ya estuviera servido en la
mesa. Eso sí, hicimos un acuerdo que lo que él quisiera comer,
que me lo trajera, entonces yo lo arreglaría despacio aunque
fuera sólo para él. Ese fue el acuerdo que hice porque ni modo
que yo lo fuera a mantener en lugar que a mí me mantuviera.
Con mi segundo esposo, tuve otro hijo varón allá en la capital.
Son cinco en total mis hijos. Sólo vivimos juntos trece años. La
gente decía que yo era su amante y que mi hijo era adoptado,
pero yo sabía que era su hijo. Yo, con respeto le hablé de mis
primeros hijos, y él también con respeto aceptó, y mis hijos
aceptaron decirle papá. Además, por la gracia de dios, sólo

maría

Pagué un cuarto, y ahí dejaba a mis dos niños, sólo les iba
a dejar su almuerzo, ¡mis pobres hijos! Pero después, salí de
ahí porque ya no me alcanzaba, hasta que encontré a una
señora que me hizo el favor de recomendarme para que fuera
a trabajar con un padre en la Finca Cucurucho, que quedaba
por Mixco. Ahí me pagaban tres centavos y tenía que marcar
tarjeta a las seis de la mañana.

Yo ya no pensaba en juntarme con otro hombre cuando conocí
a mi segundo esposo, en el mero pueblo de Mixco. Él era de
Tecpán. Con éste no me casé, como con el primero, sólo nos
unimos porque ya había tenido antes una mujer y seis hijos.
Primero, yo fui a la comunidad en la que vivía a ver si todavía
vivía con su mujer o no, porque como hay hombres que
engañan, y yo ya había visto en su cédula que aparecía que
era casado, de repente iba a haber problema. Pero la casa ya
estaba abandonada y a sus hijos se los había llevado la mamá.
Sólo a los dos más chiquitos dejó con el papá hasta que tuvieron
como seis años, y de ahí la mamá vino por ellos. Entonces ya
estaba solo cuando empezó a platicar conmigo. A su esposa no
la conocí, tal vez nos encontramos pero yo no la conocí.

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historias de vida

¡Mejor si te vas! Aquí se acabó todo

Eso sí, jamás le conté que me violaron, y él como que olía que
algo había pasado. ¿Cómo iba a decir que me violaron? No
podía decir nada porque me hubiera pegado o matado. “Tanta
gente que violaron aquí y a usted no la violaron los soldados”,
me dijo. “No”, le dije, “por la gracia de dios que no”. ¡Ay, Dios!
Cuánto somatón me dio, morete en mi cintura, en mi cadera, en
mis rodillas, me pateó sin saber nada. Entonces yo por una parte

Por esos malos tratos yo le dije un día: “anda con tu mujer
y yo me quedo en mi casa”, porque me estaba martirizando
mucho. “Ándate con tu mujer, sos mujeriego, no sólo yo estoy,
tenés otra en la calle. ¡Mejor si te vas! Aquí se acabó todo”.
Ese día me fui a la aldea, nueve meses nos separamos. Y
como en ese tiempo estaban poniendo la luz, mejor decidí
irla a lograr, porque la oportunidad se pasa. Me fui para el
terreno de mi difunto; me vieron los presidentes de comité y
me dieron trabajo de cocinera con pago de quince quetzales al
día. Tres quincenas les serví los tres tiempos de comida a los
que trabajaban de la empresa. Los del comité decían que yo
estaba cobrando veinticinco y por eso hubo problemas.
En ese tiempo mis hijos grandes ya estaban casados y no querían
ir conmigo porque decían que ahí habían matado a mucha gente.
Se fueron, pero no aguantaron y al final se regresaron porque no
había trabajo, no había pisto y dijeron: “ya no nos vamos porque
de repente va a empezar la violencia otra vez”. Me quedé en la
aldea sólo con mis dos adoptados y el bebé, los otros mejor se
fueron de una vez allá por Mixco y fueron a decir a su padrastro:
“papá, nosotros nos regresamos de una vez y mi mamá quedó
solita, mejor te vas con ella”. Por eso es que se vino aquí conmigo
si no, no iba a llegar. Estuvo como tres años conmigo.

maría

Donde viví con ese hombre fue en la capital, ahí estuvimos
alquilando. Yo seguí trabajando y puse una tortillería propia y él se
fue a trabajar a la costa. Cuando venía, sólo era a molestar. Esas
eran sus costumbres, ya no se compuso porque ya era señor
grande, de sesenta años. Por eso dijo mi hijo: “¿por qué usted
encontró ese hombre?”. Además, cuando tomaba, me pegaba.
Ya estaba aburrida de que me pegara mucho por sus celos y de
que me dijera cuando llegaba: “con tus caseros andas”. Pensaba
que era igual que él, pero no. Yo legalmente hacía mi mandado,
no me iba con hombres, salía por necesidad. Si no salía no sentía
alivio; encerrada, me enfermaba. Yo tengo que salir, me voy con
mis hijos a la capital o me vengo a visitar a mi hermana para que
se me olviden un poco las penas que tengo.

di gracias a Dios cuando se murió y así dice su hijo también: “no
lo quiero porque me pegaba mucho”. ¡Hasta con el cabo del
azadón le daba en la cabeza como si fuera chucho!

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30

historias de vida

me dejó un hijo. Yo me cuidé, porque sospechaba de verlo
platicar con las mujeres. Mejor decidí tomar remedio para ya
no tener. No fuera a ser que me dejara. Ese remedio que me
recomendaron era de agua coca, entonces compré un bulto
de coca. “¿Y para que querés la coca?”, me preguntó mi
esposo. “Para que tenga más leche, me dijo la comadrona”,
le respondí. Tapé su ojo así como él me tapó el ojo. Mejor me
curé de una vez y así ya no tuve sufrimiento.

Yo acepté Dios y su palabra porque era
borrachera

Mis hijos son evangélicos y me pidieron que aceptara el evangelio
para estar todos juntos; como ellos no me visitaban porque yo
era borrachera, entonces mejor voy a aceptar, dije, y acepté
Dios y su palabra; así me sentí satisfecha porque siento que es
una enfermedad cuando uno toma, no controla ni a sus hijos ni
su casa, entonces yo lo dejé por un lado. Otra razón por la que
acepté es que me dio una enfermedad muy fuerte, yo lloraba y
sentía que hasta los huesos estaban abiertos, no me dejaba de
bajar mi menstruación y ¡un sudor! Arrastrada venía un día que
fui a dejar el desayuno a mi esposo en la milpa. En esa ocasión
hasta me despedí de él: “me voy a morir”, le dije. Bajé mi canasta
y me acosté porque ya no tenía fuerzas. “Entonces estás grave”,

maría

El guaro que vendía era comprado en La Garrucha, era de
barranco, puro guaro hecho de afrecho; eso lo trabajé como
cuatro años y de ahí mejor lo dejé porque no salía nada bueno.
En lugar de ganar se la pasaba tomando uno y como mis
hijos me aconsejaron que mejor ya no, eso fue lo que no me
gustó porque, ¿cómo iba a ser que yo les estuviera dando mal
ejemplo, yo tomando y ellos no?

33

32

historias de vida

Estando con mi esposo, yo tomaba de vez en cuando, tomaba
cuando estaba cansada, o si mi esposo empezaba a tomar y
me daba, porque si no aceptaba, me regañaba. Hasta puse
una tienda en donde sólo vendía guaro, y si la gente que venía a
comprar pedía agua, me iba corriendo hasta la tienda cerca de
la iglesia católica a jalar unas aguas. Después mejor compré una
cajita de Pepsi y les servía cuando quería beber con guaro.

Ese segundo esposo murió de accidente ahí en Los Cipresales,
en Tecpán. Ese día conocí a un muchacho: “ah, ¿no me
conoces?” dijo. “No”. “Es mi papá don Chus”, me dijo. Se
parecía al papá, pero le dije que disculpara si no lo conocía,
porque su papá nunca me había dicho “tal fulano es mi hijo”.
Ese patojo fue el que me contó que tenía otra allá por donde
ellos viven y que tiene un hijo con ella. “Ah vaya, ya ve pues”,
le dije nomás. Ese hombre seguía con su primera y conmigo y
tiene otra en la calle, es bien traídero pero, ¡qué culpa tengo yo!
Tal vez Dios no quiso que hiciera más perjuicio en el mundo,
por eso ya lo guardó digo yo.

Cuando regresé a mi comunidad me metí en Visión Mundial,
porque ahí llamaron a cualquier persona que quisiera ser
comadrona y aprender más. Ahí yo llevaba como tres cargos, uno
de la oficina, uno de plantas medicinales y uno de representante,
porque nadie quería hacer el trabajo, entonces me metí primero
yo con mis tres hijitos, y con otra señora que tenía dos ya eran
cinco. Fue por los niños que hicimos ese grupo. Era bastante
trabajo: nos íbamos juntos con el doctor Miguel Ruiz Gonzáles a
tomar fotos de casa en casa, a ver cómo estaban los niños y a
visitar. Entonces mejor primero terminé con los cargos que tenía
y ya limpia, empecé con lo de comadrona; estuve ahí como unos
seis años. Pedí también una beca al director de ADECO para un
grupo de comadronas y él me recomendó con los encargados
porque ya sabía el trabajo que yo había hecho. Dijo: “es activa
la señora, siempre que uno le dice, viene, no falta”, por eso fue
que me recibieron y un año recibí mi curso ahí.
Todo eso logré, paciencia quiere la vida. Todavía estoy
participando hoy día, capacitándome cada mes en el centro de
salud ahí por Ixin ac’uala’, con un grupo como de setenta y cinco.
Yo curo a mujeres y hombres con enfermedad común; también
examino a ver qué remedio necesitan y ya si no les puedo recetar,
los mando a la consulta médica. Siempre estamos coordinados
con el centro de salud porque si ya está bien grave el paciente,
mejor ni tocarlo. A veces he tenido problemas porque la gente
dice que cobro caro: “Ay, qué galguería de esa mujer que cobra
cinco quetzales”. Pero si es una cura la que hago y hasta el centro
de salud ha dicho que cobremos diez quetzales. Yo cobro menos
porque pienso en la pobreza de la gente y hasta fiado doy.

maría

¡Qué alivio, me morí! Desperté, pero antes fui a ver unas casas
bien lindas y unas flores hermosas. Dios no quiso que muriera
en ese momento, me regresó a la vida. Yo sentí bien rico, rico,
la muerte, porque no hay dolor, no hay nada; después sí ya
me curé, pero de tanta oración que hicieron las hermanas
conmigo y de que fui a consulta médica en donde me dieron
complejo B para la sangre, sueros y caldo de gallina. Ya con
eso me recuperé.

Todo eso logré…paciencia quiere la vida

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34

historias de vida

dijo. Le pedí que fuera a traer a mi hermana que es comadrona
también, pero como no se preocupaba, hasta el otro día se fue
y vino hasta tarde porque se quedó platicando. Ya cuando llegó,
me dijo que preparara mi temascal porque al otro día iba a llegar
mi hermana en la mañana. Al otro día ya estaba todo listo y
no me quería meter, hasta que por fin, cuando ella echó agua
en el fuego, ¡ay Diós! Me morí ahí en el temascal porque yo ya
no tenía fuerzas, y cuando me desperté ya estaba en la cama,
como si hubiera sido un sueño.

36

Me da miedo y nervios todavía cuando veo a los soldados.
Uno se siente como bolo, no entiende qué palabras dicen las
personas. Peor ahora, con los que les dicen los SWAT, que
andan de negro. Me dan miedo porque es lo mismo, sólo que
han cambiado la ropa. Después de la violencia, los hombres
agarraron maña, se aprovecharon de tanto que habían violado
a las mujeres que se quedaron viudas. Hace poco, cuando yo
estaba trabajando en la milpa con mi patoja, pasó conmigo uno
de los hombres que me violó y me preguntó si me acordaba
todavía. Y yo lo único que le dije fue: “en ese tiempo sí me deje
cuando me hiciste eso, pero ya no”. “¿Recordás todavía? Vaya,
te acostumbraste, ¿verdad?”, me volvió a decir. Entonces yo
pensé que me quería violar otra vez.
Hay veces que no me duermo y me agarra la tembladera toda
la noche de pensar lo que he sufrido por ellos, eso no se me
quita. Sólo cuando salgo me quedo un poco tranquila. Pero es

Es hasta ahora que, por la gracia de Dios, nos estamos
curando, nos está saliendo, como que se nos está limpiando lo
que ya estaba podrido ahí dentro, porque uno ya no soporta.
Sólo con este grupo de ustedes nos sacaron hasta la raíz. Ya
está sembrada pero la están sacando, si no, no queda limpio
el corazón, porque uno no puede contar sus cosas, menos lo
que me hicieron los soldados.
Nosotras estamos luchando porque es el bien para uno. Estamos
dando nuestro tiempo porque nos curamos entre mujeres. Hay
que levantar el ánimo, aunque sea en unas partes ya vamos
para adelante y no para atrás. A mí ya no me da pena, aunque
muchas no pueden por el miedo, se quedan en el cuarto porque
el hombre no las deja salir, sólo están para cuidar a los hijos y es
el hombre el que se va a la reunión, como que sólo él vale. Pero
ahora sabemos que la mujer y el hombre, todos tenemos que
trabajar juntos para que después logremos lo de la ley.
Ahora ya estoy más tranquila. Es como si estuviéramos
despertando, tenemos más avivamiento. Ya no sentimos
mucho miedo, como que ya estamos mejor. Ahora yo lo
que quiero es la justicia por lo que nos ha pasado, y por eso
estamos trabajando. Pienso: “¿será que vamos a lograr justicia
o no vamos a lograr?” Yo digo: “ojalá que logremos la justicia

maría

historias de vida

Atiendo a mujeres a las que les da pena y que no han
compartido lo que ha pasado allá en la comunidad. De eso
ninguno hemos platicado entre nosotras en la comunidad,
porque aunque todas pasamos lo de la violación, es muy duro
sacar y cuesta recuperarse. Ese es el caso de una mujer a
la que violaron y tuvo hijo de ladino: como ella es católica no
reconoce, y dice que lo que pasó es que se fue a una iglesia a
hincar y vio una imagen que es colocha y por eso colocho salió
su hijo. La verdad es que fue violada por un soldado. Ella como
muchas mujeres nunca va a aceptar nada.

sólo un rato, porque al regresar a mi casa, ahí mismo donde
me violaron, me acuerdo de las cosas, y me comienzo a sentir
así como molesta, como que no está bien. Es por eso que
el susto me lo tengo que curar ahí mismo en la casa, ahí en
donde los soldados me llevaron mi corazón.

37

Ahí donde me llevaron mi corazón

por la violación cuando todavía estén vivos los que nos lo
hicieron”. Lo que quisiera es que ya no pase, que se respete la
ley y que todos la tomen en cuenta, que no la burlen.

Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.

Cuando me pongo a pensar en mi vida más adelante, pienso
que esto ya pasó, ya pasó. Tengo que salir adelante; estar bien
cuando amanece y cuando cae la tarde, eso es lo que yo quiero.

Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

San José Poaquil, 2006

Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.
Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.

maría

En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.

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38

historias de vida

En 2005, María se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.

1.

2.

Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos
que lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López y
Olga Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios
públicos. Ver en particular las memorias del Festival por la
memoria de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy
Viva”; y de Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y cuerpo
de la libertad”.

historias de vida

carmela

2

3

historias de vida

no vamos a ocultar nada,
no vamos a tener miedo
salomé

Esta publicación puede ser reproducida en
parte o en totalidad, bajo éste o cualquier
tipo de formato, a favor de nuestra vida y
libertad como mujeres,
aquí y en todo el plantea.

© colectiva actoras de cambio 2011
coordinación amandine fulchiron
investigadora amandine fulchiron
traductora amalia chub
transcriptora vilma sub
redacción maría josé pérez
edición chuy tinoco
diseño e ilustración laura sánchez cortés
impresión argrafic

historias de vida
colectiva actoras de cambio

2

salomé

Yo no conocí a mi papá
ni a mi mamá porque
estaba pequeña cuando
se murieron. Somos
tres hermanas las que
quedamos huérfanas.
Nuestra abuelita nos
contó que a mi papá
le gustaba ir a trabajar
al campo y que una
vez, cuando regresó a
la casa, tenía diarrea y
empezó a vomitar,
3

Los abuelos

El pueblo quedaba lejos, hasta Tucurú. Mi abuela hacía canastos
y ollas de barro, y nosotras nos encargábamos de buscar los
materiales. Después, cuando crecí, ella me enseñó a hacer
canastos; a veces lo vendíamos y a veces no, el comal de barro
sí lo vendíamos siempre. A mí me gustaba hacer canastos, el
material para hacerlos lo conseguíamos en tierra fría. Antes
vendíamos barato, los pequeños a cinco centavos, pero ahora
ya subieron los precios. También jugábamos, ya no recuerdo
mucho, sólo recuerdo que jugaba y me bañaba en el río con
una de mis hermanas.

salomé

La casa de mis abuelos no era finca sino que era de ellos.
Yo no me quedaba en casa, cuando mi abuelo iba a su milpa
todos nos íbamos a limpiar y trabajábamos con azadón; mi
abuelo nos decía que teníamos que ayudarlo, porque no
éramos muchas, pues mi abuela sólo había tenido una hija.
Tapiscábamos mazorca, ese era el trabajo que hacíamos junto
con mis abuelos. A veces me quedaba en la casa a ayudar
porque nos rotábamos y mi hermana se iba, ella estaba
pequeña y todavía no podía hacer la comida. Cuando crecí no
fui a la escuela porque la escuela estaba en el pueblo, en las
comunidades no había, ahí sólo trabajábamos en el monte.

5

4

historias de vida

vomitó toda la noche y cuando amaneció ya se había muerto.
También nos dijo que no sabía cuántos años tenía mi mamá
cuando se murió, pero que había sido de dolor de estómago.
El lugar en donde crecimos se llama Chelema, es parte de
Tucurú. A dos de nosotras nos cuidó mi abuelita y la otra se
fue a vivir con mi tía. Fue la mamá de mi mamá quien buscó la
manera de mantenernos; el papá de mi papá no nos ayudó.

6

A mi hermana menor, que vivía con mi tía, la llegaron a pedir,
pero mi tía no quiso que ese hombre se juntara con mi
hermana. Por eso después, ese mismo hombre regresó y fue
a la casa de mi abuela a pedirme a mí; la costumbre de las
comunidades es que no se puede que la más pequeña se
case primero que la mayor. Yo tenía quince años cuando me
pidió. Él vivía cerca de Senahú, yo no lo conocía, lo vi hasta
que llegó a la casa; antes no le preguntaban a la señorita si
quería o no, sino que los padres aceptaban y le decían a la
señorita que tenía que juntarse.
Para que me viniera con mi marido, su papá llegó a pedirme,
ya después me trajeron y nos quedamos en la casa de mi
suegra tres años. En ese tiempo mi suegra no me maltrataba,
cuando estuve en su casa me quiso mucho, me compró un
corte y un güipil; quería que la acompañara al mercado, pero
la verdad no me gustaba, yo no estaba acostumbrada y
trabajaba mucho con su hija en la casa; además, cuando
llegaron a pedirme, mi abuela le dijo a mi suegra que no
tenía que acompañarla al mercado, que debía quedarme en
la casa a ver lo del oficio.No me gustaba mucho salir, tenía
1 Pavos, guajolotes.

Cuando salí de la casa de mi suegra, me vine a vivir con mi
marido a Tzalamila, parte de Senahú, y después nos venimos
acá a la comunidad, porque mi marido vino a buscar trabajo
en el Rancho y como nos gustó el lugar, nos quedamos. Él
construyó nuestra casa y después empezó a chapear para
sembrar milpa, yo le ayudaba; cuando salía la cosecha de
maíz lo vendíamos y con ese dinero comprábamos nuestra
ropa. Así estuve junto con mi marido, éramos felices; cuando
queríamos tener animales o tener algo en nuestra casa, los
dos nos poníamos de acuerdo; cuando salíamos a pasear en
el pueblo, siempre estábamos los dos juntos e íbamos a las
fiestas, no encontramos problemas.
Cuando íbamos a pasear a las fiestas, no salíamos en carro,
sino en cayuco2. Íbamos hasta Panzós. Las fiestas eran en el
mes de agosto y en Semana Santa. Nosotros íbamos a ver lo
que hacían en la feria; también salíamos porque mi esposo era
catequista y cuando iba al cursillo yo siempre le acompañaba.
Así era antes, cuando él salía yo nunca me quedaba en la casa.
Lo que más nos gustaba de la fiesta de Semana Santa era
que nos íbamos a la iglesia a recibir misa, ahí siempre hacían
procesión y a veces ahí comprábamos nuestra ropa; mi marido
compraba dos pares de pantalones y para mí, corte y mi güipil.
Para ir a la fiesta yo me ponía aretes y collar, pero después ya
no pude, ya no tuve dinero para comprar.

2 Embarcación más pequeña que la canoa, con fondo plano.

salomé

historias de vida

Éramos felices

vergüenza, en cambio mi otra hermana se iba al mercado con
mi tía a vender fríjol.

7

Vivir con los abuelos me gustó mucho, no había a donde ir y
cuando uno hace caso, a uno lo quieren mucho. Mi abuela
tenía chumpipes1 y yo me encargaba de darles maíz. Ellos
siempre fueron cariñosos conmigo, no me regañaron.

Los soldados en la puerta
En la comunidad en la que vivía con mi marido, a veces llegaban
los guerrilleros a hacer reuniones con la gente; lo primero que
hicieron fue reunir a las personas y durante la guerra tuvieron

Primero entraron las patrullas a investigar si los guerrilleros
estaban ahí, se llevaron un día y pasaron alrededor de las casas.
A mi esposo lo agarraron la primera vez un domingo cuando
estábamos comiendo; él estaba con mi hijo mayor y cuando
vimos, ya estaban los soldados en la puerta, lo amarraron y se lo
llevaron a la finca que está lejos de la casa. Yo iba detrás de ellos
diciendo que mi marido no había cometido delito y que mi hijo
estaba estudiando, que los guerrilleros no dan la oportunidad
a sus hijos para que estudien pero que nosotros no éramos
guerrilleros, además les dije que los guerrilleros no tienen casas,
en cambio nosotros sí teníamos, pero no escucharon. Mi marido
iba diciendo, aunque estaba amarrado: “yo no estoy haciendo
nada malo”. Los seguí con mi vecina, pero vimos que estaban
los soldados en el camino y entonces nos pasamos al otro
camino. Ahí vi que mi marido ya no estaba con ellos, sino sólo

salomé

Antes no había grupos de mujeres, pero yo siempre salía de
la casa; como no había agua potable, teníamos que caminar
lejos para lavar nuestra ropa y mi marido no me decía nada.
En cambio hay hombres que no dejan a sus esposas salir
solas. También cuando yo me daba cuenta de que no había
nada en la casa, le decía que saliera a comprar, o a veces
yo salía, porque yo tenía el dinero, él nunca llevaba el dinero
en su bolsa, siempre yo guardaba y manejaba el dinero de la
venta de nuestra cosecha. Una vez compramos dos cajas de
jabón y cal, porque a veces no había en tiempo de invierno.
Después de que me junté, llegué a ver a mis abuelos, pero
desde que nos venimos para acá ya no supimos nada de ellos,
desde que pasó la guerra ya no salimos a ninguna parte, por
eso no estuve cuando ellos murieron, talvez se murieron en el
problema, ya no escuché nada de ellos.

un traductor en las reuniones, porque no hablaban el Qeqchí.
Ese hombre después ya no quiso estar con los guerrilleros y
entró como comisionado de los militares. Su nombre es Mateo,
yo me imagino que él fue el que denunció a mi esposo, porque
sabía que mi esposo participaba en las reuniones. Yo no
participaba, sólo los hombres. Mi marido a veces me contaba
y a veces no, no me decía nada de la guerra, sólo que tenía
que dar comida para sus compañeros, por eso dimos, pero
no lo queríamos decir más que a la gente que participaba con
los guerrilleros, con ellos teníamos más confianza. Yo escuché
que decían que los que recibían guerrilleros en sus casas, lo
iban a pagar; entonces le dije: “talvez te van a venir a traer”,
le dije que ya no participara, pero a él no le importaba nada.
No sé por qué los guerrilleros llegaron a esa comunidad, si ya
estaban en la finca Polaneb.

9

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historias de vida

Con mi esposo viví unos veinte años y tuve cinco hijos; tres
se murieron y dos están vivos. Como antes no había atención
médica, uno se murió de sarampión, el otro se murió de fiebre
y el otro de parásitos. Cuando mi marido estaba vivo, cazaba
animales, trabajaba en la milpa y siempre agarraba su Biblia y
me empezaba a hablar de la palabra de dios, pero a veces yo
no tenía tiempo o no se me quedaba lo que me decía.

Pasaron tres días y llegaron los patrulleros y los soldados a
sacarnos del lugar, nos llamaron para ir a la hacienda. Los ejércitos
estaban preguntándome: “¿dónde se fue tu marido?”, pero yo no
sabía. Entonces dijeron que dábamos comida a los guerrilleros
y nos llevaron a la finca Pueblo Nuevo. Todas las personas se
fueron, les decían que si no iban a la finca es que eran miembros
de la guerrilla; ya después todos se regresaron a la comunidad
Rancho, allí los patrulleros siempre llegaban a controlar.

Cuando fuimos a la finca, salimos de noche de nuestra casa.
No podíamos ir en la oscuridad y cuando llegamos, los
patrulleros pensaron que ahí venían los ladrones. Al llegar a
la hacienda nos quedamos en la casa de las vacas, no en un
lugar limpio.Cuando amaneció no nos dejaron salir a ninguna
parte, ni probamos comida en todo el día, hasta como a las
seis de la tarde nos dieron un poco. Estuvimos ahí dos días
y después nos separaron, nos pusieron de dos en dos, nos
dejaron en cada casa. Ahí me violaron.Yo estaba embarazada,
cuando me violaron ya sólo me faltaban tres meses para dar
luz a mi hijo. Los patrulleros nos llamaron de noche y nos
encerraron en la casa de la hacienda, me violaron tres veces y
no nos dejaron salir hasta que amaneció.
Cuando nos llevaron a ese lugar éramos tres mujeres,
estábamos en la casa del alcalde de la hacienda Pueblo Nuevo
y ahí estaba también el alcalde de Rancho, él no quería saber
nada de lo que estaba pasando. Ahí fue cuando llegaron los
patrulleros y le dijeron al alcalde que nos dejara salir, decían:
“¡sáquenlas a la gran puta!”, pero el alcalde no nos mandaba
con ellos. Una señora tenía su hija y querían que la señorita
fuera con ellos, pero el alcalde no la mandaba. Los patrulleros
querían entrar en la casa y le dijeron: “si no las dejas venir,
te llevamos junto con ellas”, el alcalde medio abrió la puerta
y ellos la abrieron a la fuerza. Entonces el alcalde nos dijo:
“es mejor que se vayan con ellos, yo no puedo hacer nada
por ustedes, sino, me van a matar a mí”. Nos vio con lástima
cuando nos fuimos, no quería que sufriéramos mucho. Así

salomé

Después los patrulleros estuvieron alrededor de mi casa
buscándolo, pero él no estaba, andaba trabajando limpiando
arroz. Me imagino que escuchó los tiros del arma y por eso
ya no regresó. Yo no sé si lo amarraron, ni vi qué le hicieron
cuando lo mataron, pero recuerdo a los dos que ya habían
desaparecido de nuestra comunidad porque los ejércitos
decían que recibían guerrilleros en sus casas y que había
llegado una persona con ellos a enseñar en las casas, pues
en Panacté habían construido una casa y los ejércitos les
dijeron que ellos estaban ahí cuando la construyeron, pero no
sabíamos si era para los guerrilleros, para hacer reuniones.
Uno de esos hombres estaba lleno de sangre y el otro estaba
amarrado; se escuchaba desde lejos cuando les pegaban a
los pobres y ellos estaban agachados en el suelo. Pienso que
talvez eso vio mi marido, por eso ya no regresó cuando lo
empezaron a buscar, por el miedo, pero al final lo encontraron
y se lo llevaron.

Detrás de nosotras

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10

historias de vida

otros dos hombres, a ellos se los llevaron; me regresé a la casa
y cuando llegué ya estaba ahí mi marido. Por lo que le hicieron le
dolió mucho tiempo su brazo, por eso tenía miedo.

Estuvimos ahí en esa finca tres meses, después cada quien
se fue a su casa. Para irnos tuvimos que pedir permiso al
comisionado. Yo me fui cuando vi que mis otras compañeras
se fueron, pedí permiso porque estaba embarazada y tenía
que salir de esa finca para ir a mi casa a trabajar en el arroz.
Así regresé a mi casa en el Rancho, en el mes de septiembre
del año 1986. Ya llevaba un mes de estar en mi casa cuando
me compuse. También en esa comunidad estaban los
patrulleros de noche, vigilando quién llegaba conmigo a la

Ya no podíamos hacer nada, teníamos miedo de que nos
fueran a matar. El comisionado nos había dicho en la reunión:
“si encuentro a mi papá y mi mamá dando comida a alguna
persona, los voy a matar también, lo voy hacer parejo”. La
persona que mandaba a los patrulleros a controlar era el mismo
comisionado, después de todo había muchas personas que
nos tenían envidia y que nos controlaban de noche, lo que más
me dolía es que uno de ellos era tío de mis hijos.

salomé

De las mujeres que fuimos violadas, una ya no tenía a su
marido, ya era viuda, pero la otra sí tenía; ellas iban a
Setoloox y los ejércitos ahí las encontraron, las amarraron
y las llevaron a la hacienda Pueblo Nuevo. En ese tiempo yo
tenía mi niño, ya estaba grandecito, tenía cuatro años pero se
quedaba en la casa del alcalde, y del otro estaba embarazada
todavía; la otra mujer tenía una hija, que era la señorita que
los patrulleros querían. Cuando estábamos las tres juntas no
decíamos nada, sólo llorábamos, no comíamos y desde ese
momento yo me quedé asustada, sufrí más que un animal
cuando me hicieron todo eso.

casa. Como yo tenía mis gallinas y las encerraba en una olla,
las gallinas hacían mucho ruido y los patrulleros que estaban
alrededor de la casa dijeron que alguien estaba conmigo,
que era mi marido que había regresado. Yo les dije: “si
tienen duda, pues entren en la casa, para que vean si esta mi
marido”, y entraron pero no encontraron nada. De noche me
subía a la cama con mis hijos porque me daba mucho miedo
que estuvieran detrás de mi casa y los perros empezaban
a ladrar. A veces salía, me iba a la casa de mi vecina y me
quedaba a dormir. Muchas mujeres se habían quedado sin
marido y yo tenía miedo de que me volviera a pasar lo que me
hicieron en la finca; las otras dos mujeres a las que violaron
después, se fueron a otro lugar, a Petén, sólo yo me quedé
en esa comunidad.

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historias de vida

fue como los patrulleros del ejército, que estaban borrachos,
nos agarraron a la fuerza y nos obligaron a ir a la casa del
patrón don Gilberto; nos controlaban de día y no nos dejaban
salir a ninguna parte, tenían armas, nos controlaban cuando
nos bañábamos, cuando íbamos a lavar sus ropas, cuando
nos dormíamos, fue triste lo que nos hicieron. En esa finca no
teníamos comida, veníamos a nuestras casas a llevar maíz y el
comisionado venía con nosotras.

Yo me acuerdo de los patrulleros que nos violaron, los conocía,
ya no están aquí sino que se fueron a diferentes comunidades.
Ese señor Francisco sigue trabajando en la hacienda y tiene su
casa en la aldea Remolino, yo lo he visto, está en la hacienda,
sólo sus compañeros se fueron; cuando lo veo me enojo
mucho, tengo ganas de pegarle, no quisiera ver su cara,
quisiera maltratarlo pero no me salen las palabras; aunque me
enojo más cuando veo al jefe de la patrulla, al comisionado
Roberto Xol. Otro es Abelardo; él como que si fuera un perro,
un día lo vi en Panzós y estaba bien bolo.

salomé

Desde que me fui de la hacienda ya no he regresado, tengo
pena de ir porque allí me hicieron lo malo y hay personas que
se enteraron de lo que nos pasó. Yo sabía que no éramos
las culpables, los culpables eran los patrulleros que parecían
como perros, por eso lloraba mucho, porque sabía que no me
ofrecí a ellos. Las personas hablaban siempre mal, diciendo
que éramos mujeres de guerrilleros y muchas mujeres estaban
enojadas con las viudas, pensaban que hacíamos cosas con
sus maridos y nos maltrataban. Cuando encontrábamos
personas en el camino, nos decían que nosotras dábamos
comida a los guerrilleros, no nos querían ver y también el jefe
de la patrulla, que se llamaba Francisco Qaq, hablaba mal
de nosotras. Cuando pasamos ese sufrimiento, comíamos
temprano, pues de noche ya no se podía: si uno tenía
encendido su candil, te empezaban a maltratar más. Cuando
yo volví al Rancho, algunas mujeres me criticaban, pero ahora
ya no me dicen nada, ya ven que soy anciana.

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historias de vida

Parecían como perros

3 Limpiar la tierra de hierba y malezas con el machete.

salomé

Por todo lo que pasó en la guerra, sufrí mucho, y también
sufrieron mis hijos. El día que me compuse, cuando di a luz a
mi segundo bebé, hasta ahí llegaron mis vecinas a verme y me
regalaron comida y leña, así fueron pasando los días y mi primer
hijo ya estaba grandecito. A él tuve que enseñarle a agarrar
machete, a trabajar en el terreno que nos dejó su papá antes
de morir; los dos trabajábamos mientras que al más pequeño
yo lo llevaba cargado, y cuando creció el pequeño, su hermano
grande le enseñó su trabajo. Ese hijo mío se dio cuenta de lo
que viví en Pueblo Nuevo, escuchó cuando llegaban a traernos
a la casa del alcalde y lo que decía el comisionado en las
reuniones con todas las personas del Rancho, por eso ahora
está enojado con Roberto Xol. El comisionado hizo mucho
daño a las personas, les daba a cargar unas piedras durante

medio día y llevaba un control de las personas, hasta mi hijo ha
participado en el trabajo de comunidad.

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16

historias de vida

Es muy doloroso cuando desparecen los hombres, cuando
una tiene su marido se siente contenta, pero cuando está
sola no sabe qué hacer. Cuando me quedé así, me sentía
como una tonta, no hallaba qué hacer, lloraba agachada
por el dolor que sentía en mi corazón; ya no hallaba qué
hacer para chapear3 y encontrar dinero, talvez Dios me dio
conocimiento. Recordaba mucho cuando antes salíamos a
las fiestas, cuando me quedé sola ya no salía a ninguna parte.
Después de eso nadie vino a pedirme. Igual no aceptaría otro
hombre, porque escucho que el segundo marido ya no es
igual que el primero y que a veces vienen problemas; también
mi abuela me contaba que el segundo marido ya no es bueno
y que cuando una tiene hijos, entonces el segundo marido no
quiere mantenerlos, por esa razón no me quise juntar.

Lo que yo les enseñé

No tenía familiares en esa comunidad, me sentía sola, primero
sin mis padres y luego sin mi marido. Las personas que me
apoyaron fueron mi vecina y su esposo que se llama Marcos,
con su apoyo pudieron crecer mis hijos y hasta ahora tengo
una buena relación con esa pareja. En ese tiempo los hombres
no me querían ayudar, querían que les pagara pero como yo
no tenía dinero, tuve que trabajar como un hombre prestando
dinero, aguantando el sol, caminando en el lodo, vendí dos
coches y con ese dinero compré dos vacas, así fue que logré
salir adelante de la pobreza.

salomé

Busqué trabajo para poder mantener a mis dos hijos, a veces
no teníamos comida, comíamos sal o chile, y como tenía
mis gallinas, las vendía para comprar azúcar. El trabajo que
buscaba era ir a casa de las personas a lavar ropa y barrer, eso
es lo que hacía. A veces me daban comida para mis hijos o
me daban diez; eso fue cuando estaba en el Rancho. También
había algunas mujeres que estaban solas en sus casas y yo
me iba con ellas a quedar un día y compartíamos, con todo
eso pasé los días con mis hijos.

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historias de vida

Cuando estuve en el campo con mis hijos, había muchos
mosquitos como tábanos que picaban a mi bebé y yo lo dejaba
debajo de la sombra de un árbol. En ese tiempo trabajábamos
todo el día y llevábamos comida porque el terreno estaba
retirado de mi casa y no nos daba tiempo de regresar.

salomé

Mis hijos no salían a la calle, cuando el pequeño estaba en
la escuela una vez empujó a una señorita. Me imagino que
estaban jugando, pero la señorita se enojó y llegó conmigo a
la casa; entonces ya no les di permiso para jugar en la calle,
por eso es que no tienen amigos. Cuando iban al trabajo,
llegaban a la casa hasta en la tarde. Ahora mi hijo sí me ha
dicho, pero no me echa la culpa sino que dice: “si estuviera
vivo mi papá, talvez yo hubiera estudiado. Como no está vivo,
no estudié, porque en el estudio se necesita mucho dinero
para cubrir todo los gastos”. Él se ha dado cuenta de que
muchos de los que están estudiando lo dejan a mediados de
año. “Si a mí me hubieran dado la oportunidad, yo hubiera
estudiado, no estaría ahora trabajando en la montaña; si uno
estudia, encuentra trabajo en el pueblo”, eso es lo que dice
mi hijo mayor.

Así fue como yo les enseñé, les dije: “no quiero tener reunión
con las autoridades de la comunidad por problemas, no quiero
que me digan que el hijo de doña Salomé tiene problema por
acá y por allá, no quiero que me maltraten ni que cuando
sean grandes vayan a maltratar a sus esposas, porque hay
unas señoras a las que no le gusta cuando maltratan a su
hija”. Esas fueron mis palabras pues ellos no tenían padre
que les aconsejara, soy la única que les doy consejo de
lo que deben hacer y lo que no. Lo bueno fue que ellos sí
me hicieron caso, sólo una vez se vinieron a la capilla y las
personas pensaron que habían robado la llave, los regañé
como dos veces y ya no volvieron a ir; también les di con
un lazo que tenía guardado de la vaca. A veces lloraba por
regañarlos, les decía: “porque me ven que soy una mujer, por
eso no me hacen caso”, me imagino que así lo entendieron.

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historias de vida

Mi primer hijo no estudió, en cambio mi segundo hijo sí. El
pequeño se iba a la escuela con otros niños, pero cuando ya
estaba grande, ya era difícil mandarlo: talvez iba a encontrar
problema allí con otros patojos y además no me alcanzaba
el dinero para cubrir los gastos; cuando estaba pequeño me
pedían una colaboración pero cuando ya estaba grande,
entonces me tocaba dar una cantidad de dinero que para mí
era demasiado. Talvez ahora estaría estudiando si yo pudiera
cubrir todo el gasto.

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Cuando murió mi esposo me quisieron quitar esa tierra pero
no pudieron, yo estaba muy enojada. Antes para ellos no
valíamos nada y pensaban que no sabíamos nada. Además,
no querían que una hablara, nos querían dar solamente tres
cuadras pero mis hijos se opusieron y me mandaron con
el comité de la tierra. “No por gusto llevas mucho tiempo
de estar aquí en la comunidad, para que sólo te den tres
cuadras”, me dijeron. Por esa razón que me dejaron otra.
Luchamos mucho para tenerla y cuando la midieron, vinieron
los de Fondo de Tierra y dijeron que el terreno no se iba a
quedar a nombre de una persona que no estaba casada;
como yo ya no estaba casada, se quedó a nombre de mi
hijo pequeño, porque sólo él estaba casado, pero los dos
hermanos se colaboran, se apoyan. En ese tiempo hubo
personas que nos ayudaron mucho para pedir esa tierra, yo
digo que si no hubiera habido gente que nos apoyara, talvez
no nos la hubieran dado.

Cuando estaban jóvenes mis hijos, yo les dije que me avisaran
cuando quisieran juntarse con una señorita, no me hubiera
gustado escuchar que andaban abrazando o agarrando, que
era mejor que me dijeran y yo iría con sus papás, y que quería
que me dieran dinero para que poder pedirla. Pero de todas
formas mi segundo hijo fue el que primero se enamoró de
una señorita y no me dijo nada; cuando vi, ya no estaba en la
casa, se había ido a platicar con los padres de ella solito y no
escuché si mandó carta o no. Después se fue a la casa de ella
y se quedó una noche allí. Cuando regresó, me dijo: “ahora ya
tengo pareja”. Pensé en que yo no le había preguntado antes
a la mujer si quería venir la casa y que talvez no le iba gustar lo
que yo comía, pero en la tarde llegó y no encontró problema;
ella trabajaba en la casa con tranquilidad y cuando yo no
estaba, cocinaba y hacía todo el oficio. Así estuvimos viviendo
y ya después ellos se fueron a su propia casa.
Con mi hijo mayor, yo fui a platicar con los padres de la
señorita. Antes, cuando él quería su comida, yo le decía:
“es mejor que busques una señorita con quien juntarte, no
todos los días voy a estar, tengo que ir a reuniones o voy a

salomé

historias de vida

Mis hijos ahora ya están grandes y me apoyan, así que puedo
descansar un ratito y ya no trabajo mucho. Ellos siguen
haciendo la cosecha y trabajando la tierra que nos dejó su
papá. Tenemos cuatro cuadras, en dos trabajan midiéndolas
para cultivar, otra la dejan para buscar leña, porque si cortan
todos los árboles, va llegar un momento en que ya no van a
encontrar leña; la última está ocupada para el potrero. Aquí
antes salía buena cosecha de arroz, se vendía bien el maíz y no
teníamos que usar tanto abono, ahora ya no sale la cosecha.

Hoy las mujeres de la comunidad ya no me maltratan, ya no
piensan que les voy a quitar a sus maridos, ven que ya soy
anciana. Hasta el hermano de mi esposo que nos controlaba,
y que ya no quería hablar conmigo cuando me quedé sola, me
habla ahora, pero porque tiene necesidad de pedir prestado
dinero a mis hijos cuando ellos sacan sus cosechas. A veces
todavía me siento sola y me duele mucho cuando encuentro
problemas con mis hijos o con mi nuera.

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Las señoritas y tres cuadras de tierra

Hay veces que mis hijos fallan y yo les digo: “¿porqué hasta
ahora me están fallando? No quiero problema con mi vecina,
ni que cuando yo esté muerta las personas mencionen mi
nombre”. También les digo que es malo que chupen cuando
salen a pasear, de repente les pasa algo y ya tienen esposa,
incluso tienen hijos. ¿Es eso lo que van a enseñar a sus hijos?
A veces maltratan a sus esposas, yo les digo que no quiero
que me llamen a una reunión, eso es una vergüenza para mí.
Hablo con ellos de cómo estuve con mi finado marido, me
doy cuenta cuando ellos se enojan con sus parejas y sé que
cuando uno está enojado en su casa, las cosas se empeoran.
Cuando uno tiene familia debe de estar feliz en su casa, con
los hijos, les digo que su papá no era enojado y que cuando
estuve con él, nunca me pegó.
salomé

Yo pedí a esa muchacha porque creí que ella quería a mi
hijo, pero cuando ya estaban juntos había veces en que
lo maltrataba; talvez su papá la obligó a juntarse. Ella se
enojaba y me maltrataba también, no le gustaba cuando una
le regañaba. Yo trataba de decirle: “así tienes que hacer”,
pero ella me decía: “es que así aprendí con mi mamá y así
lo tengo que hacer”.Peor cuando regresaba de la casa de su
mamá o cuando se quedó embarazada, me decía muchas
cosas. Entonces yo le decía a mi hijo: “si quiere salir, hay que
dar permiso, o que se vaya de esta casa, que vaya con su
papá”, pero mi hijo me decía: “es que yo siempre le doy su
permiso. Si ya no quiere vivir conmigo, pues está bien”. Por
eso es que yo no tengo buena relación con ella, sólo con
mi primera nuera, mejor no hablo con la segunda para no

meterme en problemas. Ella es muy joven, talvez se enoja
mucho porque no quería casarse.

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historias de vida

enfermar y no habrá quien te lave las ropas y haga tu comida.
Así, cuando yo salga a cualquier lugar, tu esposa va estar
aquí. Mira, tu hermano ya se juntó”. Y él me dijo: “tú sabes
si ya te aburriste de lavar mis ropas, pues si quieres anda
a busca una mujer”. Yo después le dije: “tú me vas a decir
dónde voy a ir”, y él me dijo: “donde”.Entonces me fui con su
padrino a buscar, aunque no fue tan rápido, fuimos a hablar
con los padres de la muchacha siete veces. No es que ella
no quisiera venir, sino que su papá no quería porque estaba
estudiando para su confirmación en la iglesia católica y fue
bendecida por el obispo, por eso nos tardamos tanto: pasó
un mes después de la confirmación y hasta entonces se fue
la mujer a mi casa. Yo los junté, llegaron sus padres y también
invité a sus padrinos, hice una fiesta con caldo de gallina, así
fue cuando mi hijo se juntó con su esposa.

“Te saludo, don Manuel”
Siempre he participado, participo en CONAVIGUA desde hace
como quince años, a veces en Sepur, a veces voy a pie a El
Estor o a San Antonio. La que nos reúne es doña Juliana, ella
usa corte envuelto y organizó el grupo de mujeres. Mis hijos
todavía estaban pequeños cuando yo empecé a reunirme; el

En esta otra organizaron (Actoras de Cambio) estoy con
confianza para poder decir lo que me pasó con la violación;
a nadie le había contado hasta que, con algunas mujeres del
grupo, conté a las entrevistadoras cuando fuimos a El Estor. El
grupo es importante para mí para conocer y aprender nuevas
cosas. Antes, cuando estaba en mi casa no aprendía nada, en
cambio ahora sí estoy aprendiendo y por eso estoy contenta,
hemos aprendido nuevas cosas entre nosotras. Antes no
habíamos salido a ninguna parte, antes no había grupo de
mujeres, sólo de viudas, por eso también estoy participando
en CONAVIGUA.
Mis hijos a veces me decían que dejara de participar, pero yo
no quise porque sé que tengo que luchar para salir adelante;
quiero lograr justicia, para que sufran lo mismo que sufrimos
nosotras, para que se castigue a los responsables y para que
la organización nos apoye en todo el proceso. Por eso hasta
que me muera voy a dejar de participar.
Ahora mis hijos sí saben lo que me pasó en la guerra y me
apoyan para seguir luchando. Una vez iba a dejar de participar
pero después pensé: “de nada me sirve si dejo de participar”.
Además estoy colaborando con mis hijos en la reunión del
PNR, nos gusta de lo que hablan ellos, nos dijeron que nos
van ayudar, hablaron de los documentos y también dijeron

salomé

Mis hijos se preocupan de mi bien. Cuando me enfermé me
daban medicamento; me querían dar inyección pero yo no
quería que me inyectaran, por eso me enfermé más. Nunca
me había enfermado cuando crecieron mis hijos y ellos se
asustaron. Yo me sentí apoyada por ellos.

más grande se iba conmigo, después se quedaba a cuidar
la casa y el pequeño me acompañaba.Antes en CONAVIGUA
éramos muchas, poco a poco se fueron saliendo y dejaron de
participar, ya no querían.

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historias de vida

A pesar de los problemas que hay a veces, estoy contenta
de haber tenido a mis dos hijos porque no me dicen nada y
no me han maltratado. Mi hijo menor siempre me pregunta
cuando vende algo y cuando llega a la casa, pregunta a su
esposa: “¿ya le dieron de comer a mi mamá?”. Ya los dos
tuvieron hijos, son dos niñas pero sólo sé el nombre de una, es
Marisol. La que nació primero tenía una semana cuando nació
la otra. Me sentí muy contenta aunque también me enojé en
un principio, porque quería un varoncito para que ayudara a su
papá y me fuera a traer leña, para que me ayudara un poco
pues ya estoy anciana; después pensé que también puedo
enseñar a una niña a buscar leña, a trabajar en el campo con
la milpa y a abonar, y tal vez ella va luchar. Cuando nacieron
mis nietas no hicimos nada de fiesta, talvez la vamos a hacer
cuando cumplan un año.

Polochic, 2006
En 2005, Salomé se encuentra con Actoras de Cambio. Decide
unirse a otras 54 mujeres mayas de diferentes regiones del país,
para empezar a hablar de la violación sexual sufrida durante la
guerra y cambiar el destino que le había sido impuesto.
En este proceso, rompe el silencio, descarga su corazón, deja
las ataduras de la culpa, de la vergüenza y del terror impreso
en la piel. Un arroyo es el camino que trajimos. Antes, había
un montón de basura en este río, ahora quedó todo lo bueno,
ahora ya estamos limpias como este río. La tristeza ya no la
siento, pues ya la saqué. Ahora yo estoy tranquila y feliz.
Juntas levantan la mirada. ¡La vergüenza es de ellos, no de
nosotras! Cuando aclaré todos mis sentimientos, todo lo que
sufrí en el tiempo de guerra, como que fue la medicina para mí.
Me sentí una mujer grande.
Acompañadas de otras mujeres, recuperan la posibilidad de
sentirse dignas, seguras y cómodas con su propio cuerpo;
recuperan las ganas de reír y de bailar. Más allá de sobrevivir,
empiezan a vivir... Pusimos hojas y flores al árbol.

salomé

Pienso que ahora no vamos a ocultar nada y no vamos a
tener miedo de hablar de lo que nos hicieron los militares.
No sólo voy a hablar de la muerte de mi marido sino también
de lo que me paso a mí, y el dinero que recibamos nos va
servir para seguir luchando. También resarcimiento va exigir
justicia. Estoy de acuerdo con las dos cosas, para que el
gobierno se dé cuenta de que nos estamos organizando para
exigir justicia porque violaron nuestros derechos. Eso lo he
pensado hace poco, porque antes, cuando hablaba de eso,
me dolía mucho; ahora siento que ya no me duele tanto,
que ya se me está quitando la tristeza poco a poco, desde
que empecé a participar en este grupo estoy sacando todo
el dolor que tenía en mi corazón, estoy contando mi historia.
Antes dolía mucho, me dolía en mi estómago y ahora ya no
estoy igual, me alegra mucho cuando salimos a pasear a
diferentes lugares y compartimos.

Antes soñaba mucho a mi esposo, veía que él regresaba a la
casa así como regresaba antes de su trabajo; ahora ya no lo
sueño, ya hace años que lo mataron. Hoy quisiera decirle: “te
saludo, don Manuel. A veces me siento contenta ya veces no,
por lo que te hicieron y por lo que me hicieron, por eso quiero
pedir justicia”.

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que ahora nosotras las mujeres tenemos derecho de ir a la
municipalidad a sacar todos los documentos que nos hacen
falta; dijeron que no están pagando la vida de nuestros maridos
sino que es por todo lo que se nos perdió en la casa, por
eso me puse contenta, porque ya llevamos mucho tiempo de
participar en las reuniones y hasta ahora hemos encontrado
un apoyo de dinero. Yo quiero comprar un molino de nixtamal
para que salga un poco de ganancia; ya di un poco a mis dos
hijos y ellos ya compraron sus vacas, yo también compré una
vaca y me quedé con algo. En total tenemos cuatro vacas.

Y porque no quieren que le vuelva a pasar a otra mujer, ni a sus
hijas, ni a sus nietas, deciden alzar la voz y recuperar la memoria
de lo ocurrido a las mujeres mayas durante la guerra.

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Hay que seguir hablando, hay que seguir diciendo, y seguir
exigiendo nuestros derechos a la justicia, porque no es justo
que nos violen, para que algún día no muy lejano ya no le
hagan daño a las niñas y a las mujeres.

1. Todo este proceso colectivo de sanación, autoconciencia, y
reconstrucción de la vida ha sido registrado por el libro “Tejidos
que lleva el alma”, Amandine Fulchiron (coord.), Angélica López
y Olga Alicia Paz, F&G Editores, 2009.
2. Desde el año 2008, lo han hecho en diferentes espacios
públicos. Ver en particular las memorias del Festival por la
memoria de Huehuetenango, “Sobreviví, Estoy Aquí, Estoy
Viva”; y de Chimaltenango, “Yo soy voz de la memoria y
cuerpo de la libertad”.

historias de vida

carmela

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Estas nueve historias de vida se inscriben en un
proceso de recuperación de la memoria en el
que mujeres mayas decidieron romper el silencio
y sanar las heridas dejadas por los crímenes
sexuales cometidos sistemáticamente contra
ellas durante la guerra. Sus historias fueron la
base del libro “Tejidos que lleva el alma”.
A través de su voz, están convocando a la
sociedad a conocer esta parte silenciada de la
historia, a desarticular la guerra, el racismo y la
violencia sexual de nuestras vidas, y escribir otra
historia de dignidad, libertad y bienestar para
todas las mujeres y la humanidad en su conjunto.

¡Que sus voces sirvan de semilla para que algún día,
no muy lejano, ya no le hagan daño ni a las niñas,
ni a las mujeres!

COLECTIVA
ACTORAS DE CAMBIO

IDRC

International Development
Research Centre

CRDI

Centre de recherches pour le
développement international

actoras de cambio

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historias de vida

¡Gracias mujeres maravillosas por haber levantado
la voz con tanta valentía, fuerza y dignidad!

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