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oy Aporte Equipo CRA Colegio Cristiano Curicé i, riinal: La sasronta be Mano © 2000, AXa Mania bet Rio, (© De las ilustraciones: Carmen caxpene, ©De esta edicign: 2004, Aguilar Chiena de Ralctones S.A. Dr. Anibal Ariza 1444, Providence Santa de Chile + Grupo Santillana de Ediciones S.A. Torrlaguna 60, 28043 Madrid: Espana * Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. de CV, ‘Axis, Universidad, 767. Co. del Valle, México D F.C.P. 03100, * Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. de Ediciones 225 Letadro Aloe 720, CIOOL AAP, Buouoe Ales, Arpostion, Avde. Primavera 2160, Santiago de Surco, Lima, Pera + Ealiciones Santillana S.A. onstiucion 1889, 11800 Montevideo, Uruguay Santa eels NY 276, Meal. Lépery Espn, Asuncion, Paraguay * Santillana de Edictones S.A Avia. Arce 2233, entre Rosendo Gutierer y Belisario Salinas, La Paz, Bolivia, ISBN: 956.239.319.4 Inseripcién N*: 141.261 Impreso en Chile/Printed in Chile Primera edicién: agosto de 2004 (Cuartaedicion: marzo 2007 Disetio de la coleccin: Manuel Esra pacientes La historia de Mand Ana Maria del Rio "wstraciones de Carmen Cardemil ALFAQUAR A ; a” Elcumpleafios de Mani "y Manuela Mamani era una nifita aymara que vivia en un poblado del alti- plano chileno con su papa, su mamé y doce llamas. Como era pequefita de porte, nadie le decia por su nombre porque era muy largo. Todos la Hamaban simplemente, Manu. Ten{a el cabello negro y brillante, muy lacio. Su piel era bronceada y los pémulos salientes. Sus ojos eran oblicuos, negros y muy brillantes. Mani era muy bonita. Mant cumplfa siete afios ese dia. Desde temprano sintié a su papd y a su mamé en puntillas por la pieza preparan- do el desayuno. Hacia mucho frio en las mafianas y el sol brillaba con esplendor. La mamé habia puesto pieles de vicufia en las paredes para impedir la entrada del frio. Manti no dormfa. Estaba nerviosa 8 porque ese dia era importante para ella. Pediria algo muy especial como regalo de cumpleafios. EI papé de Manu era el hombre mds importante del pueblo. Era el Jefe de Ia Comunidad y ademas era doctor. Todos le trafan sus hijos y sus animales cuando estaban enfermos. Manuel Mamani escuchaba la en- fermedad: a veces ofa la sangre correr con una infeccién. Otras veces ofa los huesos rotos de alguna pequefia llama, daba un tirén y ésta sanaba. El sefior Mamani no cobraba dinero por sus servicios. Lo hacia para ayudar ala gente de su pueblo. Todos lo querian mucho. Muchas yeces le paga- ban con animales. Por eso tenia un rebafio de doce llamas que Manti cuidaba. Cada cierto tiempo, el sefior Ma- mani bajaba al valle e iba al Municipio a hablar con el alcalde. Conseguia muchas cosas buenas para el pueblo: dinero para hacer canales de regadio, corrales para que los animales no se muricran de frio en el invierno. Ahora tltimo habia conseguido _ television. luz eléctrica y habjan instalado la primera —Muy feliz cumpleafios, Manti —dijo la mamé. —Muy feliz cumpleafios, Manti —Aijo el papa. La abrazaron. Sus papés la querian mucho y Manti lo sabfa. Entonces, la ma- ma puso la tetera a hervir en la cocina que estaba dentro de la sala. Sacé unas tortillas muy ricas, partié unas tajadas de queso fresco y en un plato puso polulos, un cereal inflado muy gordo. Era algo especial. Manti se puso muy contenta. —Hoy bajo ala ciudad —anuncié el Papa de Mandi, tomando una taza de té muy negro—. Qué quieres de regalo de cumplea- fios, Manti? Ningtin padre del pueblo de Chi- pana preguntaba a sus hijos qué querfan de regalo de cumpleafios. No habia mu- cho dinero para regalos en ese pequefio 10 pueblo. Peto Manti era muy querida de su padre y de su madre y, ademés, era hija tinica. Mant los miré. Habja llegado el momento de hablar. —No me traigas nada papd —dijo—. Quiero un regalo de cumpleafios especial. Su papa y su mama la miraron, — Qué sera lo que quieres? —pre- guntaron. —Quiero que me den permiso para ira la escuela en la ciudad —dijo Manii—. Quiero ir al colegio y aprender cosas. Aqui en Chipana no hay colegios. Yo podria vivir en Iquique con tfa Eduvigis —dijo, mirando asu mama. —jDe ninguna manera! ;¥ menos con Eduvigis! —dijo el papé de Mani muy enojado. Tia Eduvigis era hermana del papa de Mani y estaban peleados hacia aiios, porque ella no habia querido vivir en Chipana. —jHija cémo se te ocurre pedir ese regalo de cumpleafios! —dijo la mama ; 3 _mirdndola muy triste—. ;No quieres vi- vir con nosotros? —jPor supuesto que quiero vivir con ustedes, papa, mama, los quiero mu- cho! —dijo Manti—. Pero es que en este pueblo no hay escuela y yo quiero apren- der cémo son las cosas. Ademds, anoche tuve un suefio.., Entonces, el papa y la mama de Mani se miraron muy preocupados. Mani a veces habfa tenido suefios que se habfan cumplido. El ato pasado habia so- fiado que habria sequia y no habia llovido en todo el invierno boliviano. Luego, ha- bfa sofiado con todo el pueblo iluminado en medio de la noche. Al dia siguiente, habfa Ilegado la luz eléctrica. La gente le tenia respeto a los suefios de Mani. —2Qué sofiaste, Manti? —pregunté la mama —Algo raro —dijo Manti—. Soné que venfa una ola grande que iba subiendo por una montafa. Es decir, creo que era una ola, porque yo no sé cémo son. No conozco el mar. El papa de Manti se quedé muy si- lencioso. Todos los afios él peda al alcalde una escuela para el pueblo. Y, aio a afo, le contestaban que no habfa suficientes alumnos para poner una escuela. Los ni- fios que se iban a la escuela de la ciudad, no volvfan. Preferian quedarse en la ciu. dad con sus parientes 0 vecinos. El pucblo cada vez tenfa menos gente. Al final, no quedaria nadie y el pueblo moriria. Asi habfa pasado con otros pueblos, pensé 13 el sefior Mamani. Era muy triste, pero ésa era la verdad, —Si te esperas unos afios, yo te fraeré una escuela, Manti —dijo su pa- pa—. Te lo prometo. Pero no puedes irte aestudiar a la ciudad. Eres muy pequefia todavia. —No soy muy pequefia —dijo Manti mirindolos con sus ojos brillantes—, ‘Tengo que ir a la escuela ahora. No den- tro de dos afios. Es importante. Quiero aprender a leer y a hacer remedios para sanar a las personas. No puedo esperar. — Basta, Manu! —dijo el papa 1c acabé la discusién! Prime- la lana, enojado—. ; ro debes aprender a hilar y a te Como lo hacen todas las nifitas de tu edad. Cuando sepas eso, yo te tracré una escuela aqui, a Chipana. A Mani se le iluminaron los ojos. — Pero papé, yo ya sé hilar y tenir Ia lana! —exclamé. Eso era cierto. Habia aprendido a hilar y a teftir con la sefiora Olaya, la teje- dora més famosa del pueblo. 14 —;Basta, Mant, no insistas! —dijo el pap, con voz fuerte—. jNo puedes ir! Eres muy pequefia todavia. Y en cuanto a hacer remedios, el que mas sabe de reme- dios aqui, soy yo, tu padre. Para eso no necesitas abandonarnos —y salié dando un portazo. Estaba enojado. —No soy pequefia —murmuré, Manti con lagrimas en los ojos. La mami la tomé en sus brazos. —Después podrés ir a la escuela —dijo—o tal vez, tu papa traerd la escue- Ia al pueblo, tal como ha hecho con la luz eléctrica. ;Me ayudas a hacer la comida? Pero Manti no pudo ayudar a su mamé ese dfa. Andaba distrafda y se le ol- vidaban las cosas. Al final, la mama le dijo que Hevara a pastar a las doce llamas a los bofedales de més arriba, pero que las tra- jera temprano de vuelta. —Esté haciendo frio, hijita —di- jo—. No te distraigas por ahi, mira que el viento es muy fuerte ahi arriba. —Si, mama —dijo Mani. Fue al establo y llamé por su nombre 15 alas doce llamas: Warki, Pelu, Sapsa, Coxsa, _ Pachi, Pocha, Colla, Mani, Tinti, Sansi, Olu y Wiksa. Vinieron saltando y le pasa- ban su suave cabeza parda por el pelo. Ma- nii las abrazé a todas y partis con ellas y con su cayado hacia los bofedales. Se acer caba el invierno en el altiplano. Mant iba muy triste. Habfa tomado una decisién y sabia que la cumpliria con o sin permiso de sus padres. Algo le decia que era impor- tante, muy importante ir a la escuela de la ciudad. Llegé al bofedal y se senté en una piedra. Se tendié al sol del mediodia y se qued6 dormida. De nuevo vio en suefios Ia ola que subia por la montafia. Cuando desperté, Mani ya tenia su decisién to- mada. Pero para cumplitla, necesitaba de ayuda. Entonces se acordé de su gran ami- go; Kunturo. Todos los nifios del pueblo envidiaban a Manti por tener ese amigo. 16 —iKunturo me ayudaré! —grité Mani, al viento—. jEs el tinico que puede hacerlo! Entonces Manti subié por el roque- rfo de la montana. Trepé dgilmente. Manti era experta en subir las rocas. Trepaba co- mo una vicufa, muy gil, répida y segura. Sus pequefios pies se posaban firmes entre las junturas de la piedra. Ya se le habia acabado la pena. Sabia exactamente lo que tenia que hacer, Kunturo la ayudaria. dd Kunturo ~ Mientras subfa, Manti se acordé de cémo habfa conocido a Kunturo. Ha- bia sido hacfa varios afios. Un dia, habian subido a la cumbre a buscar una hierba muy escasa, cuando de pronto, el papa de Manti subis sigilosamente por la saliente de roca hacia arriba. Era muy empinado y a Mani le dio mucho miedo ver a su pa- pial borde del abismo. Pero él no parecia tener miedo. Cuando el papa de Manti Megé a la cumbre de la roca, se detuvo asombrado. Sobre un nido habia un gi- gantesco céndor hembra que se quejaba y movia la cabeza. Estaba herida. Alguien le habfa disparado en el pecho. Se hallaba con las alas extendidas, muy cansada y tespiraba entrecortado sin moverse. El papa de Manti comprendié que el cén- dor estaba en peligro de muerte y se dis- puso a sanarla. Le aplicé una cataplasma 18 de hierbas que la adormecié y traté de sa- carle el proyectil del pecho. Pero no le fac posible. A cada intento que hacia de abrir la herida ésta se cerraba mas y més. E] céndor estaba muy débil y escondia la ca beza entre sus alas. El papa de Mand comprendié que iba a morir y se puso muy triste, Entonces fue cuando Manti y su padre oyeron el sonido. Era un graznido muy divertido, como el de un gallo afoni_ co que gritaba desde debajo del condor hembra moribundo, —iHay que sacarle la cria! grits cl pap de Manis, y corrié con su hija en brazos a buscar ayuda al pueblo, Solo entre cuatro hombres pudie- ron mover al céndor, que ya habia muerto. Cuando el polluelo de céndor aparecié de debajo de su madre con restos de huevo en su cabeza, lanzé un grito tremendo que los hi- 20 reir a todos. Tenia mucha hambre! :Es 19 luc todas esas personas que lo miraban ‘0 iban a darle nunca de comer? Manti ‘ajo entonces las sobras de un asado que hubo el dia anterior en su casa. El polluclo las comié mirandola fijamente y devorando todo con su gran boca. Desde entonces, Manti y él fueron amigos inseparables, Mani le puso Kunturo. Céndor peque- fio. Siempre que iba a pastorear, ella subla al nido de Kunturo y se subia sobre él mientras Kunturo agitaba sus alas que iban creciendo cada vez més. Y cuando ese Verano Mant subié a la montafia, encon- tr6 ya.aun cndor adulto, gigantesco, que la miraba como preguntindole: Qué me trajiste? —No te traje nada hoy —dijo Ma- mi, subiéndose artiba de él y acaricidndole la cabeza. Pensé que si su papé la hubiera visto subida sobre el céndor, en el nido, le hubicra dado mucho susto. Pero era el lu- gar donde Mant se sentia més segura. Y duefia del mundo. Desde el nido de Kun- turo se vefan las nubes y mas allé. Manti entrecerré los ojos y se durmié. Y volvié a 20 sofiar con la ola gigante que subja la mon- tafia. Desperté sobresaltada. Era muy tarde. Su mamé estarfa preocupada. Se senté muy cerca de su amigo. —Kunturo —dijo—, te voy a pe- dir un favor muy grande. Necesito que me bajes todos los dias a la escuela de la ciudad. Pero MORE 2 a0 baie nos vea, en. Se tiendes? Debo ira la escuela. Quiero aprender a leer —le explicé—. Pero también debo ir porque tuve un suefio de que algo terrible pasaba en esa escuela y yo lo evita- ba. Vendré aqui todas las mafianas y ti me Ilevards a la ciudad, me esperards en el ce- rro Dragén y luego me subiras hasta mi casa. Quieres hacerme este gran favor? Kunturo la miré de perfil con su ojo inmenso. Mant le acaricié. Kunturo movié la cabeza como diciendo si. —Gracias! —dijo Mant sonrien- do—. Sabia que podria contar contigo. Ahora tenemos que ensayar el vuelo. No 21 vayas a dejar caer, Kunturo. ijo, espoleando el costado del céndor n las rodillas—. ;Vuela! Kunruro comprendi6. Agité las in- mensas alas que desplegadas eran més gran des. Y entonces, con cuidado, desplegé un yuclo silencioso y rasante, remontindose y bajando suavemente al gran bofedal. Manti iba sentada sobre él. Sintié el aire frio pasar por su costado. Y las plumas pequefias del cuello del céndor junto a su cara. Estaba volando por el ciclo. Era maravilloso. Ma- ni junté las llamas y las arreé en fila hasta su casa. Ya sabia cémo iria todos los dias a la escuela de la ciudad, sin que nadie se dicra cuenta. Habja solucionado su pro- blema. Estaba contenta, «Kunturo me ha hecho el mejor regalo de cumpleafios que he tenido nunca», pensé, y corrié hasta su casa. Entré feliz y le dio un beso a su ma- ma. La mama se quedé mirandola. —Por suerte, los caprichos de Ma- nui duran poco —se dijo—. Ya se le debe haber olvidado esa locura de ir al colegio en la ciudad. - En la ciudad . Al dia siguiente, muy temprano, Mant llevé las llamas al bofedal y las dejé alli pastando, Le habia dicho a si mama y 2 su pap que ella llevaria las llamas a pas- tar todos los dias. Sus padres se lo habian agradecido y habfan pensado que Manti era muy colaboradora. Apenas Ilegé al nido de Kunturo, vio que éste ya estaba listo, esperandola. Manti se monté en su cuello. Kunturo des plego sus alas y comenzé a correr por la planicie. De pronto, con un salto, se lanzé al vacio. A Manti se le subié el corazén ala boca. ¥ se dio cuenta de que iban volando. Volaba por el altiplano sobre su amigo Kunturo que iba descendiendo en grandes circulos. Iba al colegio. Y llegaria volando sobre un céndor. Era algo tan increible, que Mant decidié mantener a Kunturo en secreto, Después de un rato de vuelo, Vieron los techos de las casas de la ciudad de Iquique. Uno de esos techos serfa el del colegio. Kunturo aterrizé sobre una loma del cerro Dragén. Mant se bajé y le reco- mendé que no se moviera de alli. Se fue corriendo a la escuela. Cuando legs, Ma- nui vio a otros nifios y nifias de su edad que iban legando al colegio mientras la cam- pana sonaba. Mani estaba feliz. Se acercé al grupo de nifios y los saludé: —Hola, jcémo estén? —les dijo. Entonces todos la quedaron mi- rando y se pusieron a refr, sefialandola con el dedo. Refan y refan. Llamaron a otros nifios que estaban cerca y pronto un grupo muy grande de nifios se encontré alrededor de Manti. — Qué pasa? —pregunté Mani—. Qué tengo en la cara? Entonces sucedié 24 algo increfble. Los nifios le hablaron atro- pellandose y riendo a carcajadas, mirndola y seftalindola con el dedo. Manti se dio cuenta de que no en- tendia una sola palabra. Los nifios hablaban en sonidos extrafios que Mant: no com- prendia. Era otro idioma. Una serie de sonidos raros, como silbidos de serpiente. Y que Manti no habfa ofdo nunca. —Hola —dijo con mucha ver- giienza—. Me llamo Manuela Mamani. Los nifios se secreteaban entre ellos. Hablaban frases y palabras extranias. De pronto, una nifia se adelanté y hablé as alabras que Mandi reconocié. Era una iia como ella, también pequefia, delga- fa y con el pelo oscuro muy brillante a ambos lados de la cara. —- —Ellos hablan castellano —expli- 6 la nifia a Manti en aymara—. En las cuclas, todos deben hablar castellano. No nos permiten hablar aymara. Para ve- nir a este colegio primero debes aprender -a hablar castellano. —Y tii, gedmo lo hiciste? —pre- gunté Mani, a punto de Iloran. La nia se encogié de hombros. —Aprendi después de un tiempo . Ellos no son amables. Se rien Entonces Mani se acordé de su pap y su mam. Ahora comprendia por qué no querfan que viniera al colegio en Ia ciudad. De pronto, una sefiora alta en- tr6 en el patio. Todos los nifios se pusie- ron en fila empujandose unos a otros. A Mani le llegaron varios empellones. Los nifios se refan mirdndola. Uno se apreté la nariz y otro se puso las manos en los 26 ojos y se los achiné. Otro le imité la ma- nera de caminar. A Mant le dieron ganas de salir corriendo. Era un colegio horri- ble. La sefiora Ilevaba un delantal blanco. Los hizo entrar en la sala. Hablaba la mis- ma lengua extrafia que los nifios. Mant no entendia nada. Mostré un mapa de colores hermosisimos, donde habia un color azul que Mani no podia dejar de mirar, De pronto, la profesora le hizo una pregunta, en el idioma extra, mirando- la fijo. Manti enrojecié y tuvo un miedo terrible. No sabia qué decir. A su lado, la nifia aymara, le susurré: —Di «no lo sé sefiorita» —Ie dijo. —Nolosésse’fiorittu —le salié a Mani trabajosamente. Transpiraba. Los nifios volvieron a reir estruendosamente. La profesora la miré silenciosa. Luego dijo «aymara» y otras cosas mas que Manti no entendié, Nunca se habia senti- do tan desgraciada. Afioré a su papé y a su mama. {Qué raz6n tenfan en no querer que fuera al colegio de la ciudad! La profe- sora anoté algo en un libro gigante, sin 27 jar de mirarla. Luego soné una campa- na y los nifios se desbandaron a sus casas. Las clases habian terminado por ese dia. Manti Ilegé Ilorando al cerro Dragén. Se sentia muy infeliz. Sollozando, se abrazé al cuello de Kunturo y hundié su cabeza entre las plumas finas que como una esto- Ia de piel, le rodeaban el cuello. Kunturo esperé un poco a que Mant secara sus 14- grimas. Luego, desplegando suavemente as grandes alas, remonté vuelo a casa con Mant agarrada a su cuello. ". El mar Pero Kunturo no quiso volar di- recto hacia el altiplano. Querfa regalarle algo a Manti para que ella calmara su Hanco. Entonces se dirigié al mar. Poco a poco, Manti vio aparecer la gran exten- sién azul y sonrié. Ese era el mar. El mar del que tanto hablaba su mama. El mar de Chile, Era del mismo color que habia en el mapa del colegio. Kunturo se pasea- ba planeando por sobre esa inmensa masa de agua oscura que parecfa un tremendo animal adormecido. Mant miré hacia el horizonte y luego hacia la tierra. En el borde, una linea de espuma blanca, mar- caba el contorno de la costa. Hacfa viento ya Kunturo le costaba avanzar. Manti te- nia mucho frfo. Se lo dijo a Kunturo en una vuelta y este giré y se dirigié hacia el altiplano de vuelta. Llegaron cuando habfa oscurecido. Las llamas balaban desaforadas 29 el bofedal. Asustada y muy triste, Ma- fila 'recopié y las fue llevando a su casa, Llegé cuando ya habia caido la noche. Su mamé y su papé estaban muy preocupados Esperandola en la puerta de casa. —,Dénde estabas, Manu? gunté, muy serio, su papa. —Pastoreando las llamas —contesté Mant poniéndose muy colorada No le quedaba mds remedio que mentir, Nadie le creeria si contaba lo que habia vivido ese dia. Y todo era tan triste. "Era todo tan dificil. De pronto, estuvo a BM ccitledanzicsd!ll érandissalpbiradid tld Bt ppsiy.cde:snsmiimilycontddles codoilo que habia vivido en ese dia terrible. Pero se arrepintid. Tal vez no le creerian. Y le prohibirian ver a Kunturo, el unico aliado que tenfa en el mundo. 4Qué te pasa, hijita, estas enfer- ma? —se oyé la voz de la mama, en la oscuridad. pWoanamdsaio; malpaseohade! Creo que estoy un poco cansada'no mas. Me voy a acostar —dijo Mant, sintiendo —pre+ 30 que las lagrimas rodaban por su cara. Se puso la gruesa camisa de invierno y se acost6, arropandose mucho. Al rato sin- tié que se sentaban en su cama. Sacé la cabeza, Era su pap con una taza humean- te en la mano. —Témate esta agua. Es buena pa- ra la tristeza —dijo el papa. —No estoy tris...ttezz... —solloz6 Manti, tomando tragos del agua. Mientras la tomaba, sintié que le daba suefio. —Mi hijita linda —dijo el papa haciéndole carifio—. Sé lo que sientes, pero ya va a llegar el dia en que puedas ir aun colegio donde ensefien nuestra cul- tura. El problema es que abajo, en la ciu- dad, hablan sélo castellano y se rfen del que habla aymara. Yo no te queria decir esto, para no desilusionarte. Tengo que conseguir que hagamos un colegio en es- te pueblo donde ensefien en aymara para que los nifios sepan cosas de nuestro mundo que les sirvan para seguir viviendo aqui y no se vayan todos a la ciudad a ser 31 rvientes. Si la gente sigue yéndose para los valles, nuestro pueblo se va a quedar cio, y un pueblo sin gente es un pueblo juerto. —Si papa —contesté Manu abra- dolo. Su papé era muy bueno. No le habia ucrido decir lo del idioma para evitarle juna pena. Y ahora ella lo habia sufrido en ne propia. Y no lo podia contar a nadie. El suefio de ir al colegio se habia esfumado. Pero igual, mafiana, iria a ver a su amigo Kunturo, pensé. Aunque no fuera al cole gio, tal vez podrfa dar otro paseo aéreo. Habfa sido tan maravilloso volar agarrada su cuello. Era como sentirse ducia del mundo. Volar como los céndores la hacia sentirse feliz. Y sin darse cuenta, se quedé dormida. - El plan = Ala mafana siguiente, Mant ama- necié Ilena de 4nimo. El dia anterior pare- cfa haberse borrado de su cabeza. Tomé desayuno con apetito y partié al bofedal en medio de sus doce llamas regalonas. Se habia trazado un plan. Si no podia ir a ese colegio, entonces daria vueltas por sobre la ciudad con Kunturo durante el dia, mirando desde lo alto las ciudades y los pueblos. Aprenderia mirando desde arriba. Pero sobre todo irfa a ver el mar. Tenia que volver al mar, Era demasiado hermoso. Corrié con sus lamas por los sen- deros del altiplano. Soplaba un viento fuerte, huracanado, algo tibio. Nubes os- curas se juntaban y corrian por la pampa del cielo. Manu dejé a sus llamas pastan- do en los jugosos bofedales y subié por la roca desnuda como una pequefia vicufia experta. Arriba estaba Kunturo. Sin un solo 33 movimiento, derecho en el nido. Dormia, anti lo desperté acariciandole el plumaje 1 cuello. El joven céndor se desperté y la iré como diciéndole: — Quieres ir de nuevo a ese cole- io de la ciudad donde se rien de ti porque 10 hablas su idioma? —No, Kunturo—dijo Manti—. No {quiero ir mas a ese colegio. Lo que quiero es que me lleves a dar una vuelta por el mar. No puedo olvidar el mar. gL harias por mi? Kunturo miré la lejania y luego asintié gravemente. El lazo entre Kunturo y Manti no se cortaria jamas. Mani se acereé a Kunturo y se monté en su cuello y lo es- poles suavemente con las rodillas. Kunturo pareci6 comprender. Kunturo comprendia todo. Lentamente, extendié sus alas gigan- tescas y remonté vuelo. Mant se sintié o6- moda y feliz, con el helado viento, cruzando aambos lados de su gorro de lana. Tener un amigo como Kunturo era lo mejor que habia en cl mundo. Ya no le importaba no poder ir a ese colegio ni saber castellano, Sélo queria volar. Y ver el mar una vez. mds. - Tsunami ma Entonces, Manti y Kunturo se quedaron boquiabiertos. El mar estaba muy cambiado. No tenia nada que ver con el hermoso mar del dia anterior. Ha- bia perdido su color azul luminoso y su paz infinita. Gruesas olas metélicas y opacas estallaban contra la costa. Desde arriba se vefa a los hombres que como hormigas corrfan con sacos a la playa para armar una defensa contra la marejada. El mar estaba casi negro. —No te vayas todavia Kunturo —rogé Manti, —Déjame mirarlo una vez mas. Igual me gusta asf. Es como si fuera un animal salvaje. Entonces, Manti miré hacia abajo y la vio. Lejos de la costa, una altura de agua se enroscaba sobre sf misma levan- tindose muy alto, como el brazo de un gigante; un remolino de agua oscura que 35 clevaba cada vez ms. Era tan potente, tanta amenaza habia en aquel agua os- ‘cura, que hasta Kunturo se quedé absor- to, mirando esta especie de montafia que © acercaba como un barco gigante y mortifero, hacia la costa, cada vez a ma- yor velocidad. Entonces Manu compren- did su suefo. Esa montafia de agua se precipitaria sobre el pueblo. Desde la cos- ta los hombres no podian verla. Pero era real. Ella la estaba viendo ahora. Su suefio se habia cumplido. Y comprendié que de- bia salvar a la gente avisando. De pronto, una idea tomé forma en su mente. Espo- le6 rapido a Kunturo que miraba la mole de agua avanzar hacia la costa. — Rapido, Kuncuro! —dijo— jLlé- vame al colegio! El céndor comprendi taba de un asunto de vida o muerte. Giré sobre su cuerpo y se lanzé veloz al descenso sobre la rada del puerto, en la ciudad, mientras Mant se apretaba a su cuello pz rar no caerse. Ahora volaba mds rapido y daba bruscos giros con el ala. En el patio que se tra 36 del colegio, los alumnos asistian al acto civico antes de entrar a clases. EI salvamento . De pronto se sintié un revolotear todos, directora y alumnos, miraron ha- arriba levantando sus cabezas. Y todos ieron a la nina del dia anterior, montada como una amazona sobre un céndor in- menso amaestrado que se detuvo en el centro del patio, haciendo volar todos los papeles con la fuerza de sus alas. Mant bajé de Kunturo mientras todos los nifios, que la vispera se habian refdo de ella, la miraban asombrados, sin poder pronun- ciar una sola palabra. Ni en castellano ni en ningtin idioma. Estaban boquiabier- tos. Era la misma nifia de la que se habfan reido. Era la misma nifa distinta. La nifia aymara que ahora venfa como una reina volando sobre un céndor. Manti miré ala directora y le habl6. La directora no en- tend{a tampoco su lengua. Manti comenz6, a hacer gestos tratando de explicar que 39 —;Quién sabe hablar aymara y castellano de entre ustedes? Entonces, se adelanté la nifia del dia anterior, la que le habfa explicado a Manti lo del idioma. Mani la miré y la remecié, con los ojos muy abiertos: —;Diles que viene una montafia "de agua acercandose a la ciudad! ;Diles que tienen que correr hacia los cerros! jDiles que pueden ir a mi casa en el alti- plano! ;Diles que mi papé es jefe de la co- munidad! El los hospedara hasta que la montajia de agua se aplaque. ;Diles todo eso! {Rapid La nifia se volvié a la directora y en castellano le explicé lo que Manu de- cfa. La palabra tsunami hizo erizarse los cabellos de la directora. Corrié a llamar al alcalde por teléfono. Después organizé la evacuacién de nifios y nifias. Los padres y apoderados comenzaron a llegar por las calles, como locos. Muy pronto Hlegaron los camiones de la Municipalidad y co- menzé la caravana de vehiculos hacia arriba. Iban todos al pueblo de Manti, en una mole de agua se avecinaba sobre la ciudad. Pero nadie le entendia. Las profe- soras crefan que se trataba de una nifia loca. La directora las aparté. Algo estaba tra- tando de decirle esa nifia. De pronto alzé la voz y grité: 40 el altiplano. Ella, montada en Kunturo, que daba vueleas en redondo, guiaba la caravana larguisima de autos y microbuses que subfa por el cerro hacia arriba, cada vex ms arriba. Todos subfan y subian y subjan. Algunos iban asustados. Pero la presencia de Kunturo con Manti animando a todos, los tranquilizaba. Entretanto, los papés de Mant habfan recorrido todo el pueblo muy preocupados. Manti no aparecia por nin- gtin lado. Habian ido casa por casa pre- guntando por ella, pero no estaba. No habfa Ilegado con las llamas. El papa de Manti habia subido a los bofedales y ha- bfa encontrado a sus doce llamas pastando solas. Manti no estaba por ninguna par- te, La mama de Manti se habia puesto a Morar. — {Tanto que le gusta trepar por las rocas! —solloz6. —Es experta trepando, no tengas miedo —dijo el papa de Mant, pero él también tenia miedo. Nunca Manti habia desaparecido asi. Al De pronto, alo lejos, una humare- da se fue haciendo mas y més grande. El primero en verla fue el pap de Manu. Venia gente, mucha gente, con algo vo- lando sobre ellos. Y entonces, todos los abitantes del pequefio pueblo del alti- plano vieron lo que nunca podrian olvidar. Ina larga caravana de autos, camiones y micros, llenos de gente de la ciudad. Todo el pueblo venia subiendo, agitando los brazos y saludando a los habitantes del pequefo caserio. Algunos gritaban, o llo- raban. Estaban muy nerviosos. Asustados. Y arriba de todos cllos, montada en Kun- turo, como si hubiera nacido sobre un pajaro, venia Mand, guidndolos. El viento se habfa hecho mas y mds fuerte, y una 42 tormenta se avecinaba. El alcalde se bajé del camién donde venfa y se aproximé al papa de Manu. —Viene un tsunami! —dijo—. Ta- vimos que subir. Una nifia maravillosa de Chipana nos salvé6. E indicé hacia arriba, hacia el céndor, donde Manti sonrefa a su padre. Kunturo aterriz6 sobre la plaza del pueblo y todos los habitantes se acercaron. Se repartieron a los nifios de la ciudad para cuidarlos en las casas y el resto del pueblo se acomodé en Ia plaza y en los caminos de los alrededores. Las sefioras de Chipana comenza- ron a preparar ollas grandes de comida y al caer la noche todos estaban alrededor del fuego, comiendo y comentando cémo Mant los habia salvado. —jEs increible el valor de su hija! —le decfa el alcalde y la directora del colegio al papa de Manti—, ;No vacilé un momen- toen venira salvarnos! Ella es una heroina. El papa de Manti miré a su hij Ella, muy colorada, dijo: —Papa, mami, ya sé que los deso- bedect y les pido perdén. Y contd cémo habfa sido su primer dia de colegio y lo an- gustiada que se habia sentido. Los nifios se acercaron y la abrazaron pidiéndole que los perdonara. —Simplemente como no sabia- mos tu idioma, crefamos que eras loca —dijeron—. Pero eso no estuvo bien. Por favor, perdénanos. 44 Entonces el pap de Manti miré al alcalde. —Tal vez seria bueno que en los colegios se ensefiaran las cosas en castella. no y en aymara —dijo—. De nuestros pueblos podrian ir profesores que supic- fan aymara y ensefiar las cosas que hay que aprender a niftos aymaras y chilenos juntos. Al alcalde le parecié una buena idea. La directora del colegio se acercé a Manti ya su madre. —Estarfa muy feliz si vinieras a mi colegio, Manti —Ie dijo—, Yo me comprometo a tener una profesora que 45 hable aymara y te ensefie en tu idioma. Y también ti aprenderds castellano para poder hablar con tus amigos en los re- creos. Qué te parece? Mani le sontié. —Si quiero —dijo en aymara. La directora lo repitié en aymara. Y todos los nifios del colegio de la ciudad repiticron la frase en aymara. Fue un mo- mento muy hermoso. A lo lejos se sentia el rugir del viento y del agua lejana del mar. El papd de Manu se quedé un mo- mento silencioso. Luego, miré a la gente de Iquique y al alealde y a la directora y a los nifios, las mujeres y los hombres de la ciudad y de su pueblo. Nunca los habia visto juntos. —Creo que ahora me gustaria que estudiaras en la ciudad —dijo el papa de Manti a su hija—. Porque estamos mu- cho mas cerca y somos mas amigos que ayer. Ya la ciudad no sera una enemiga. Ni la gente de la ciudad se olvidaré nunca de este tsunami ni de tu ayuda. Creo que ahora confio en la ciudad. 46 ‘Todos aplaudieron y Manti abrazé muy fuerte a su padre y a su madre. —;Puedo ir con Kunturo al cole- gio? —pregunté. Entonces, el alcalde se adelants. —Ese céndor es un verdadero hé- roe —dijo—. En la alealdia habra siempre una fuente con carne especialmente di puesta para él, Entonces, todos miraron para arriba y vieron al céndor revolotear suavemente sobre la multitud. Todos aplaudieron. Y el pap de Manui dijo: —Bueno, ha sido un dia memorable. Pero ahora estamos todos muy cansados. Hay que irse a dormir. Y, poco a poco, las luces de las ve- las y los chonchones de la plaza se fueron apagando y toda la gente de la ciudad y del pueblo de Manti durmié como si fue ran hermanos. Desde lo alto, Kunturo bostez6 como bostezan los cndores y se dirigié a su nido, en lo alto de la roca. Manu, muerta de suefio, asomada a la puerta de su casa lo vio pasar y le hizo se- fias con la mano, 47 quiero mucho! —le grité. Kunturo abrié y escondié sus ga ras en sefial de saludo y desaparecié en la noche. ANA MARIA DEL RIO ‘Ana Marfa del Rio, conocida autora chi- lena de libros para adultos, incursiona también en la literatura para nifios. Ana Marfa es licenciada en Pedagogfa en Cas- tellano en la Universidad Catélica y se especializ6 en literatura latinoamericana en BE, UU. Ha publicado en esta misma coleccién La bruja bella y el solitario (1999) y Lita, la nina del fin del mundo (2004). ‘Actualmente vive en el campo cerca de‘Ta- lagante, el pueblo donde nacié. Alli escri- be, cultiva la tierra y los fines de semana re- cibe la visita de sus tres hijos y su nieta. 7 Indice . El cumpleanios de Mant . Kunturo, En la ciudad El mar El plan ‘Tsunami .... EI salvamento Biografia de la autora ...