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Otelo y el hombre de piel azul Otelo y el hombre de piel azul Sara Bertrand lustracones 6e Leonardo Rios ¢Cuan grande era un continente en la realidad? Ese tipo de respuestas son imposibles para un perro, <2Cémo averiguarlo? Ser perro impone sus limitaciones. Aunque en el dibujo, Africa no se veia tan grande yo sabja que los mapas achican todo, asf es que no podia fiarme de ellos. No tenia otra manera de averiguarlo que Vigjando hasta alla y me dispuse a hacerlo, ewe, ALEAGUAR A (© Del esto: 2010, Sra Bertrand {© De ls ihstraciones: 2010, Leanrdo Ros Dees eden 2010 Agua Chilena de Ediciones S.A Dr. Anibal Arita 44, Providencia Santiago de Chile ISBN: 978-956-259-782.7 Inscripeidn 187.640 Impreo.enChilePriaad in Chile Primera edz: mayo 2010 isco de colecin: Manel Batra “Todos io deren sea. Bn pbleneisn ao puede sr produc ncn todo nem poe a reps eh 0 Fansmon orn intern do recipe de foo, ek Pingu feema of por nfngin ml, So esi, Eguiie, sicnion, magn, seen vk alan eo res Otelo y el hombre de piel azul Sara Bertrand wsraciones de Leonardo Rios Quien crea que ser perro es facil, se equi- voca, Ustedes se preguntarin: 2qué tanto? A fin de cuentas se trata de comer, dormir, ladrar, jugar, pero nadie advierte los detalles y, eréanme, los de~ talles hacen la diferencia. Si los seres humanos suftieran Ja mitad de las complicaciones que un perro, vivirian amarga- dos. Las pulgas son un buen ejemplo, una verdade- a piedra en la planta de los pies. ;Alguna vez han caminado con una piedra en la planta de los pies? Pues bien, las pulgas son muchisimo peores porque pican, corren por el lomo y, aunque uno se retuerza para un lado u otto intentando morderlas, es im- posible sacérsclas de encima. Se reproducen muy rapido y basta con que una de ellas te salte encima para que al dia siguiente tengas una colonia de pul- gas picdndote el cuerpo entero. Les digo, son peo- res que los piojos, porque he visto que los humanos se sacan los piojos con unas peinetas de metal o, en ‘caso extremo, se cortan el pelo y problema resuelto. Las pulgas no, Las pulgas andan encima de uno, sin discriminacién. Puedes tener el pelo largo 0 corto, enrulado o liso, y no existe peine de metal que logre cazatlas cuando saltan. También hay detalles més tristes, como, por ejemplo, el hecho de sentite extrafio en tu pro- pia casa. Se los digo con mi pata delantera en el corazén. Mas de una vez me he sentido un intru- 0, y es0 que vivo hace tres affos en Ia casa de los Fuendejalén. Ellos me quieren y me regalonean; de hecho, me pusieron Otelo en honor a la Spera de Guiseppe Verdi, que es la favorita del sefior Fuen- dejalén, Me dan de comer, me peinan el pelo una vez por semana, me bafian con agua tibia en la tina, me ayudan a quitarme las pulgas refregndome con ‘unas pomadas:que me dejan la piel colorada, me guardan un esgacio en el sofa todas las tardes para mirar la televisidn y no me retan si duermo siesta en la alfombra de la eitrada. Entonces, {de qué me quejo? Pues la ver- dad es que no me quejo nunca, o casi nunca. Pero a veces me pone triste que me recuerden que soy un perro, que en vez de lamarme por mi nombre digan: —iTan inteligente que es este perro! {Qué les cuesta decir qué inteligente es Otelo? {Nadal En cambio, sueltan este perro. (© cuando alegan: —;Pero mira lo que hizo este perro! iUR! A mi este y perro son dos palabras ‘que me cargan. Yo sé que soy un perro. Unt perro nunca olvida que es un perro, por muy inteligen- te y guapo que sea. Modestamente, no quiero que 2 me malinterpreten, ni que piensen que soy engrei- do, pero me veo bien. Un dachshund de pelo ne- £70, hijo de un padre tres veces campe6n nacional, saben lo que significa? Que mi padre tiene uno de Jos mejores portes, parada y hocico de su raza. 2Y. mi madre? Pues mi madre tampoco esté mal, hija de campeén, un salchicha argentino que compit ¥ gané otra cantidad de tomeos. Asi es que yo no tenfa por dénde salir mal. De hecho, lo he compro- ado frente al espejo. La operacién requiere astucia y un poco de sangre fria, ademas de buen olfato y oldos, pues ‘cualquier error resulta nefasto. Me explico: cuando Jos Fuendejalén salen de casa, espero que se pierda el iltimo rastro de sus sonidos por la calle y me en- ‘camino al baflo, compruebo que la tapa del escusa- do esté abajo (no me gustaria caer adentro) y salto sobre ella. Una vez ahi, tomo vuelo, salto hacia el Javatorio y ahi esta el espejo en todo su esplendor. Primero, fijo la vista en mi cara, mi hocico puntia- gudo, como un zorro; mis bigotes alargados y esas arrugas de piel café que tengo sobre las cejas. Des- pués, doy una pequefia vuelta para comprobar el porte atlético de mis patas, pequefias pero firmes. ‘Cuando ando de ocioso, ademés de mirar- ‘me, ladro frente al espejo o hago como que me eno- Jjo.y muestro todos mis colmillos impecablemente blancos (los Fuendejalén no me dejan comer aziicar ni nada que date mi dentadura). Si me pillaran encima del lavatorio, jhuy!, ‘me meteria en lios, por eso me muevo con cuida- 13 do, alerta, siempre atento. Pero uno a veces comete cerrores, andas pensando en huesos y, jzas!, te des- ccubren; entonces, no queda més remedio que hun- dir la cola entre las piernas. De hecho, fre lo que hice cuando me sorprendié la sefiora Fuendejalén, Estaba de lo mejor, poniendo mis caras de enojo con ladridos, y no me di cuenta que ella entré en el bafio. Recuerdo su impresién y la mfa, apoyando su cuerpo en el marco de la puerta con una mirada extrafisima, —;Se puede saber qué ests haciendo ahi? —pregunté meditabunda. Pero luego cambié de humor rapidisimo y chillé: {Sal inmediatamente! jFuera! —dijo al ‘mismo tiempo que me agarré por la piel del lomo, ‘me sacé del bao y agregé amenazante— Si te ‘vuelvo a encontrar ahi jte daré una sola patada! Me senti ofendido. Humillado. Furioso. {Acaso no tenia derecho a mirarme en el espejo? {Serum perro, como decia, no me permitia hacer lo que queria? Nuevamente era el extra de la casa, el perro, nada més. Anduve con la cola entre mis patas durante un buen tiempo. Ni una sola vez me acerqué al bafio, Hasta que unas semanas més tarde los Fuendejalén se fueron a la playa, ‘Me dejaron en Ia casa, porque dijeron que al lugar donde iban no aceptaban mascotas, asi es ‘que supuse que la palabra mascota era sinénimo de perro. Apena: ienti el ruido del motor fui has- ta el baflo y me encaramé en e! lavatorio, Miré mi 15 cuerpo atlético, mi cara peluda de mostachos esti- rados y me sent bien. Pero no como otras veces... Puse cara de enojo, sacando a relucir mis colmillos inmacula- dos, y me puse contento, pero no tanto... {Qué me pasaba?’ Me bajé del lavatorio confundido. {Qué habia cambiado? {En qué minuto dejé de interesarme algo que hasta hace poco con- sideraba tan entretenido? Lo iinico claro es que dentro de mi habia algo que lo revolvia todo. Me fii a la terraza y me eché sobre las baldosas. Estaban heladas y me ali- ‘vianaron algo la irrtacién que sent. Cerré los ojos, pensé que lo mejor que podia hacer era dormir las dos semanas en que los Fuen- dejalén estuvieran fuera. Nada de espejos ni de per- seguir a los gatos de los vecinos, que, a propésito, no les habia comentado, pero, en mi opinién, son Jos animales més detestables de la tierra, En fin, ef asunto es que estaba en un estado intermedio entre el bienestar y el malestar comple- to, cuando estiré mis piernas traseras y senti algo. Me levanté de un solo brinco. Era uno de esos li- bros grandes y Henos de dibujos de Blanca, la hija menor de los Fuendejalén. Lo habia olvidado. Lo apreté entre mis dientes y me dispuse a llevarselo a su pieza; pero no habia dado un paso cuando el libro se me resbalé del hocico y cayé al suelo. Se abrié por la mitad. En la pagina, a >do color, habia ‘un hombrecito con un traje terracota y una cabeza 16 redonda como bola descubierta de pelos. Eso me amé la atencién: que el hombre de la foto no tu- viera un solo pelo en Ia cabeza, También el hecho de que aparecia volando sobre el suelo. Levitaba, de seguro. Hace poco, Blanca me explicé de qué se trataba; mas bien, se lo of comentar en la mesa durante un almuerzo. Era ta capacidad que tienen algunos humanos, gracias al poder de su mente, de elevarse por el aire, tan livianos como una pluma, El hombrecito de la figura levitaba y detrds suyo se veian unos montes escarpados, una casa como cas- tillo y unas especies de caballos 0 mulas, pero més cabezonas y peludas. gDénde quedaria ese lugar? cExistiria realmente o seria fantasia? {Los perros también podrian levitar? ‘Todas esas preguntas me Ilenaron la cabeza y se me olvidé el remolino que sentia en el esté- mago. Con la ayuda de mis patas delanteras revisé oe las pginas de aquel intrigante y enorme libro. Po Mésailédelarsja = Sy Me pasé el dia hojeando libros. No es bro- ma. Cuando terminé el que habia encontrado en la terraza, fui a Ia pieza de Blanca, me subi a la silla de su escritorio y empujé a! suelo otto libro igual de grande; sobre la alfombra blanca de lana gruesa fui pasando las paginas una por una. A veces me detenia en alguna Kémina que me lamaba la aten- cién, Recuerdo la de un principe mendigo. En el primer dibujo apareeia flacucho, con un turbante Hleno de piedras preciosas que brillaban sobre su cabeza, Ademés de un millén de collares de color ‘oro, pulseras, aros y otra cantidad de adornos res- plandecientes. Pero en ia pagina siguiente, en otro dibujo, aparecia el mismo principe, pero sin mas ropa que una especie de pafial de género blanco que Je tapaba el trasero. Al contrario del palacio en que salia retratado en el primer dibujo, descansaba con Ia espalda apoyada en tn drbo! con muy pocas r2- mas. No entendi mucho de esa historia, pero se me cocuitié que el principe regalé sus joyas y se hizo pobre. Hubo otros relatos que me conmovieron sinceramente, me movieron el corazén, El de un 19 hombre barbudo que recorria los mares en una balsa pequetia. La embarcacién no era més grande que el largo de sus piernas y el ancho de su cuer- po, pero él se metia en ella y remaba y remaba. Los dibujos lo mostraban frente a un palacio de ciipulas doradas; nego, frente a un muelle Ileno de embarcaciones pequefitas como las de él; més allé, frente a un desierto y unos camellos. Enton- ‘ces, supuse que habia viajado a distintos lugares ‘en su balsa pequetia Cuando terminé de hojear esos gigan- tescos libracos me senti mareado. Ese no sé qué ‘que me revolvia el estémago se hizo mas fuerte, ‘mezelado con una sensacién de vacio. Y entonces ‘me acordé que no habia comido nada en todo el dia y fui a mi plato dispensador de alimentos (la sefiora Fuendejalén me enseiié cémo golpearlo para que saliera comida), y ahi estaba masticando el alimento para perros (jlo han probado?, juft, es horrible, seco como Ia yesca...), cuando me percaté de que en estos tres afios de vida junto a los Fuen¢ejalin, jamés habia salido a Ta calle. ‘Niuuna sola vez. Digo, descontando las veces que acompaié al sefior Fuendejalén a la reja a buscar el diario, o a la seftora Fuendejalén para sacar el tarro de la basura, nunca habia puesto un pie mis allé del muro. Entonces supe de inmediato lo que tenia ‘que hacer: sara la valle y ver con mis propios ojos cel mundo que mostraban los libros de Blanca. 20 Decidi salir al dia siguiente. A primera hora de la mafana, Aromas perrunos ig ‘No habia despuntado el sol cuando me lan- cé a la calle, Habia una bruma extrafia y suspendi- da, como si el dia no se animara a levantar. Fueron unos segundos mégicos. El cerro detrés de la casa de los Fuendgjalén estaba de color azul, Todo era expectaci6n, como si cada piedra, cada arbusto, in- ‘cluso los péjaros, estuvieran esperando al sol para despertar. Me eché a andar despacio, queria retener ‘cada uno de los millones de olores que me golpea- ron el hocico. En serio, nunca pensé que la calle fuera una cocina de aromas tan diversos. Era impo- sible retenerlos ni menos distinguirlos. Me parecian un amasijo enredado, un tufo venido de la boca de algin gigante que lo envolvia todo. Ese era el olor del mundo. Llevaba veinte minutos afuera cuando des- cubri que no era el iinico. No eran las ocho de la ‘mafiana, pero la calle estaba poblada de otros pe- 10s olisqueando por aqui y por all. —jHey! —le ladré a un terrier blanco—. jHey! jAqui! —volvi a insisti, pues querfa conver- sar con él sobre el mundo que nos rodeaba. 2 El terrier se dio vuelta, me miré y troté directo hacia mi y, al contrario de lo que mie ima- giné, se acereé répidamente y, en un ritual casi mecénico, me olisqued el trasero. No puedo describirles el asco que me pro- uj, bajé mi cola y giré en 180 grados, intentando evitar ese hocico intruso; pero el muy cochino dio la vuelta y volvié a hundir su hocico en mi nalgas. En eso nos pasamos un par de minutos bien extra- fos, en los que yo intentaba esconder mi trasero y él me perseguia para olerlo. En Ia confusién Megaron otros, muchos ‘otros perros, de diferentes portes y caras, y todos, sin excepeién, repetian e! mismo ritual, apuntan- do su hocico directo al trasero, {Pero qué mania tienen! —alegué en el preciso instante en que tuve enfrente un enorme frasero de pastor alemén, y jvayal, la vida da sor- presas. Ahi, mientras mi nariz. visitd sus nalgas, descubri que se trataba de una chica, que tenia Ja misma edad mia, 0 un poco menos, y que se ali- ‘mentaba, al igual que yo, con la comida que sale de Jos platittos dispensadores. Después de eso, me alenté con otfos trase- 0s y no sé cudnto rato habré estado, pero de pronto todos se largaron. Sin advertencias ni nada, se fue~ ron tan répido como habian venido y me quedé con tun cocker spaniel seludo y pailén, absolutamente sordo. Le pregunté —{Conoces el mundo que nos rodea? El cocker spaniel me miré como si hablara una lengua muerta, Entonces, grusif més fuerte: — iQue si conoces el mundo que nos rodea! Sus ojos se abrieron pavorosos y empren- di retirada trotando hacia una plaza. De lejos me grits: —jNo!, no me gustan las correas. ‘Yo pensé que estaba loco y le ladré in- dignado: —iHey! {Hey! —es que me carga que me dejen hablando solo, pero é! ni siquiera se dio vuel- ta, siguié trotando hasta desaparecer de mi vista. Me dispuse a caminar y a descubrir el mun- do por mi mismo. Asi fue como esa mafiana supe que el lugar donde vivia se componia de un montén de calles, un laberinto que desembocaba en una y otra y otra calle, Era cosa de locos. Seguramente, pensé, para un perro de peor olfato podria resul- tar un embrollo dificil de desentrafiar. Por eso, me 25 anduve con cuidado levantando mi pata para dejar ‘marcada la ruta de regreso. Pero, aparte de eso, no descubri nada sor- prendente; de principes, mendigos, viajeros en bal- 2.0 monjes pelados, ni hablar. Menos, de castillos, joyas o vacas peludas. Lo demas eran casas detrés de rojas, edificios detras de rejas, plazas detrés de rejas,drboles detrds de rejas. Deduje fécilmente que ‘el mundo que nos rodeaba era una fortaleza defen- digndose de no sé qué amenaza, porque esa parte ‘me la salté 0 no Hegué a conocerla. Imaginé que tal vez el mundo se defendia de si mismo, como cuan- do la sefiora Fuendejalon guardé la bolsa de huesos encima del refrigerador, porque si la dejaba al al- cance de mis patas, jufl, podia comérmela entera. El tinico peligro (es exagerado llamarlo asi, pero vamos...) fue cuando intenté tomar agua de Ja manguera que sostenia una sefiora. Cuando me acerqué, me aleteé espantada y con la manguera en ristre me lanzé un chorro directo a la cara. —Grert-gruif con fur, —jAndate, perro pulgoso! Jo que me senti muy ofendido y hui. Cerca de las dos de la tarde volvi a casa, fatigado y muerto de hambre. Me fui directo a Ia pieza de Blanca y me tendi sobre su alfombra. No 6 por qué sentia que es0s libracos me debian una explicacién. me dijo, por gs? Elcuadernoamul = By La repisa en donde descansaban esos enor- mes libros parecia burlarse de mi. ¢Contaban puras mentiras? jPero se vefan tan reales! lamenté, Volvi a mirarlos. {Qué magia extrafia los envolvia que me hacian viajar a lugares impensados? Me pregunté y mis ojos se detuvieron en un pequetio cuaderno forrado en papel azul que reposaba a un costado de Ja repisa, —Mgmrm —grufi, estirandome, y me vol- teé hacia la pared, Preferf no mirarlo. {Qué sentido tenia descubrir nuevas histo- ins? Pero el cuademo azul tenia un imén que me atrafa, Hice un iltimo esfuerzo por olvidarlo y me enrosqué embutiendo mi hocico entre las piernas, pero el cuademo azul segufa intriggndome. —;Bah!, jno serd tanto! —dije y me enca- ramé en [a silla para apretarlo cuidadosamente en- ‘re mis dientes. Lo abri de una sola vez. 29 Tenia la letra de Blanca. Les parecerd ex- traflo que un perro reconozca la letra humana, pues para que vean hasta dénde llegan las capacidades pperrunas. El asunto es que la letra de Blanca Ta re- conoceria entre millones de millones de cuadernos, si se diera el caso, porque me he pasado mi vida viéndola hacer sus tareas, asf es que tengo grabada su escritura, ‘Apenas abri el cuademo azul supe que es- taba escrito por ella. No era de esos de tareas que Te piden en el colegio, porque no habia ejercicios, ni copias, ni dictados, ni nada por el estilo. En sus pa- ginas habfa fotos, recortes, dibujos y muchas hojas escritas. La palabra Aftica aparecia en casi todas sus hojas con letras grandes y panzonas. —jHum! —resoplé, ;qué se proponia Blan- ‘ca con este cuaderno? Me parecié impensable que Jo hubiera hecho sélo por un antojo de pegar foto- grafias. Si habia reunido informacién, era porque lo consideraba importante. Asi es que me animé a hojearlo. En las primeras paginas habia dibujado un mapa. Los co- rnozco porque el sefior Fuendejalén tiene uno en su escritorio y Blanca me lo mostré una vez. —Fste es el mundo, Otelo, {lo ves? Aqui esti América y este es Chile, donde vivimos noso- . tos, este de acé es Europa y alld esté Asia, el con- tinente en el que esté China, un pais con cientos de habitantes. —Blanca hizo una pausa y continué—: Y este de aqui, miralo bien, Otelo, este es el comt!- nente olvidado. “SE -que soy perro, pero entiendo perfecta- ‘mente cuando me:hablan; en cambio, aquella vez, no entendf ni jota. Me quedé mirando a Blanca con, cara de pregunta y ella continué: © Bh Affe a gente se muere de hambre, {Sabfas? Hay affos en que rio Ihueve munca y la gen- te y sus animales se mueren de sed. También hay guerras, muchas guerras, los pueblos se matan unos a otros por un pedazo de tierra, por un poco de dine- +o, por un'montén de armas... Tenemos una deda con Aftica, Otelo, una deuda que habra que saldar algiin dia. {Qué deuda era esn?, pensé euando Blanca jo todo eso, pero ella no especificé, salié del escritorio y me dej6 mirando el mundo en ese mapa plano y alargado: Claro que en ese tiempo yo no fe- nia interés en conocerio; es decir, todavia no habia sentido ese remolino en la guata y ese no sé qué de incomodidad. Asi es que sali del escritorio y se me olvid6.. ‘Ahora efa diferente. El: mapa, el mundo y todo lo que habia dentro de é! me parecfa interesan- te, querfa conocerlo entero ¥ una buena manera era partir por Africa. ;O no? De hecho, la primera pégina del cuademo azul tenfa un mapa del continente olvidado. {.Cuén grande cra un continente en la reali- dad? Ese tipo de respuestas son imposibles para ‘un perro. 32. {Cémo averiguarlo? En el dibujo, Africa no se veia tan gran- de, pero yo sabia que los mapas achican todo, asi es que no podia fiarme de ellos. Luego, estaba la cuestién de que los humanos lo olvidaron, ,emo lo hicieron? Digo, yo he tratado de olvidar algunas cosas, pequefios vicios, comio saltar encima de al- gumo de los Fuendejalén mientras estén comiendo en la mesa. Entonces, {seria lo mismo? Los hurmanos de América, por ejemplo, zvivirian en sus casas, de- tris de sus rejas mirando de lejos las calles y rejas afticanas? Es decir, ;un dfa dejaban de pasar por las calles en donde ottos humanos pasaban hambre y sed, para no tener que miratles a los ojos? ‘No tenia como averiguarlo, a menos que viajara a Africa, pero luego estaba la pregunta de ‘e6mo viajar, cunto me tardaria y otra cantidad de preguntas més, —~jGuau! —ladré de impotencia. Ser perro impone sus limitaciones. gw! Elcontinente olvidado My No sé c6mo describirles lo fascinante que result el cuaderno azul. Las imagenes, todas a co- lor, estaban Ienas de escenas de lo més bizatras, pero al mismo tiempo alucinantes. Con decirles que Io hojeé una primera vez. y cuando lo terminé comencé todo de nuevo, pgina por pagina. Africa seria un continente pobre y el mun- do tenfa una deuda con é1, como decfa Blanca, pero cera un continente Heno de luz. El sol estaba por to- dos lados y aparecia en cada fotografia que habia pegada en el cuademo, o bien, se insinuaba en el resplandor de las pieles transpiradas, en las telas cexpuestas en los mercados y en la sequedad com- pleta y total del desierto En Africa todo resultaba lamativo y re- pelente a la vez; tecrorifico y agradable, ;me en- tienden? Africa tenfa la gracia de la contradiccién. Porque en una misma pagina de cuaderno habja tuna serpiente abriendo uria mandfbula enorme para arrojar su veneno mortal y, en la fotografia de al lado, un bichito diminuto que aguardaba la humedad del rocfo para tomar una, juna! sola gota de agua. Frente a unos valles de yermo seco y des- 34 poblado, unas tiendas tapizadas de.telas de colo- res, Asf era Africa. Por eso es que hojeé el cua- demo und y otra vez y cada mimuto que pasaba me sentfa més atrafdo. Por las fotos del cuaderno descubri que los animales africanos eran diferentes a los del conti- rente que yo habitaba, Habfa escorpiones, serpien- tes y mosquitos extraordinariamente: grandes. Un zancudo era del porte de tm zapato, ;se din cuenta? De sélo pensario me daban ganas de salircorriendo de miedo, pero los humanos de esa tierra no pare «fan asustados; de hecho, en las fotografias sonrefan ‘mientras sostenfan unos bastones en las manos. Te- nfan la piel oscura, me imagino que a causa de tanto sol, y eran altos 0, més altos que los humanos que yo-vi cuando salf@ recorrer el mundo, al lado de mi asa, Claro que el cuadero azul no:s6lo tenia fotografias y mapas, de eso pude darme.cuenta-de inmediato, porgue la inconfundible letra de Blanca ‘estaba por todos lados. Me parecié que narraba una historia, algo que lamentablemente esté fuera de mi aleance, porque imaginarén, los perros no sabemos Teer. ;Qué va!, yo no me quejo, es lo que toca, pero me gustarfa que ustedes pudieran leer el relato de Blanca, por eso les adjunto aquf algunas paginas de su cuaderno, » La tormenta (Bxerieto del cuaderno de Blanca Fuendejal6n) Fl atardecer lo pilld en medio de la carrete- "ra, Kofi apagé la camioneta e hizo sefias indicdn- dole que se apeara, no arrancartan hasta la mafia- nna siguiente. "Et hombre blanco lo miré sin entender. —Pole sana’, muzungu?, imposible conti- war hoy. Mire, usted, glo ve? —dijo sefalando la Linea del horizonte, EL fijé la vista hacia el lugar que indicaba (fi y vio una oscuridad profunda. Se avecina una tormenta —sefialé Kofi in mayor preocupacién, y continué—: No es bue- © no manejar con tormenta El hombre miré nuevamente esa mancha os- cura amenazandbo el horizonte y temi6, primero por su vida, Luego, pens6 en cosas précticas, como qué pasaria con el avién que debia tomar en Ruanda den- ro-de doce horas y con la camioneta abandonada en medio de la carretera, gestaria ahi mismo cuando | ellos volvieran?, 0, inds terrorffico, edénde encontra- iain agua? Conocia historias de hombres que murie- ron de sed en Africa y, hasta donde él sabia, el proxi- | mo pueblo quedaba a 150 kilémetros de distanci Kofi silbaba de lo més tranquilo, tomé un. “par de cosas de la camics.eta y fue hacia la nada, “almenos eso le parecié a é. —iDese prisa, muzungul le grité, Despabildndose, el hombre tomé su. mo- chila y su chaqueta y se fue corriendo detrds de Kofi. —2Dénde vamos? —pregunts. —A casa —respondié Kofi 2A la tuya? —quiso saber. —Si—contesté sin mirarto. Su familia vivia cerca, le conté Kofi, aun dia de camino del lago Victoria o Ukerewe, como le Uamaban tos nativos. Kofi apunté en direccién sur, sin dejar de caminar, pero el hombre blanco era incapaz de imaginar nada en medio de esa.tierra desierta y de las interminables montafias ruande- sas? que se divisaban a lo lejos. —gNos tomara mucho llegar? —pregunts mirando hacia la negrura que se acercaba tenebro- samente —Unos minutos, muzungu, s6lo unos mi- nutos... —aseguré Kofi, pero él intuyé que serian mas y que probablemente llegarian junto con la tormenta, i —Némadesazules By Hubo algo que me turbé en el cuademo azul, y cuando hablo de turbar quiero que entien- ‘dan que los perros somos sensibles. A veces, algo nos entristece y no queremos comer del plato dis- pensador; otras, estamos felices y comemos y sal- tamos y parece que nos hicieran cosquillas en las patas porque no podemos parar de movernos; pero, también, hay momentos en que enmudecemos de Ja impresién. Como me ocurrié al ver ese grupo de fotografias que ocupaban varias paginas del cua- derno. No pude ladrar ni bufer. Blanca las habia ordenado de cierta mane- +a que, incluso para un perro, era ficil imaginar el relato, Mostraban la vida de un hombre de la edad del sefior Fuendejalén, o puede que fuera mayor, pero ya desde las primeras fotos supe que esta- boa enfermo. Vestia una tinica azul que le Hegaba hasta los pies, y no sé si a causa del traje 0 de algiin rayo ultravioleta, ultrapotente de Africa, el hombre tenia la piel teftida de color azul. Era un hombre azul. ‘Al principio aparecia junto aun grupo de personas, hombres, mujeres y niflos vestidos de 40 azul*, como él, y todos con la piel teftida de azul, Los paisajes cambiaban de una fotografia a la otra, pero el grupo que lo acompafaba era siempre el mismo. Mis adelante se los veia en varias fotos en medio de-un desierto, detrds de etlos se dibujaba la silueta de un rio completamente seco’, no habia vegetacién ni poblados ni nada. La titima foto, pegada a todo Jo ancho del cuaderno, mostraba al hombre de piel azul tendido bajo un érbol, el tiico Arbol que exis- tia a kilémetros a la redonda. El grupo, su grupo, se divisaba a lo lejos, El hombre tenfa la boca abierta y sus brazos le caian a ambos costados con las paimas de las manos apuntando al cielo, Su cuerpo tenia cierta rigidez extrafia, como si mucho antes de que Je tomaran la foto hubiese dejado de moverse. Eso era todo. El hombre de piel azul no volvia a aparecer més. Tuve miedo y cerré el cuademo de golpe Pero al rato volvi a abrirlo, El hombre, su cara, su boca de labios pricticamente blancos y se- miabiertos, sus ojos entrecerrados y sin vida, {Por qué nadie nos advierte que ocurren esas cosas en el mundo? Dejé el cuaderno con desdén, Africa no me parecié fascinante, sino un lu- ‘gar horrible y cruel. Me fui a mi plato dispensador de comida y engulli. Me harté, comf y beb{ agua como si ese fuese mi tltimo dia, y cuando ya no me cabia nada més, me tendi en la terraza. Entonces, un pensamiento descarado vino a asearse en mi cabeza de perro. La idea era esta: si a por casualidad yo me encontrara en la calle con uno de esos hombres azules y lo trajera hasta la casa de los Fuendejalén, probablemente no tendrian que buscar agua, ni comida, porque la tendria en abun- dancia y, por to tanto, tampoco tendria necesidad de abandonar a nadie en la mitad del camino, porque hhabria resuelto sus problemas. / | gf Kofi y sus treinta y cinco } (Extracto del cusderno de Blanca Fuendejalén) La casa de Kofi era de esas chozas africa- | nas sin ventanas y piso de tierra. La iinica apertura por donde se colaba algo de aire era la puerta prin- cipal. ‘Adentro el hombre blanco conté treinta y cinco personas. —jKaribut (Karibul® —los saludaron. : i, Jambo” —contesté Kofi alegremente. | = Era una multitud compuesta por el padre, | = madre, esposa, hijos, abuelos, tios, sobrinos, pri- | mos y nietos que colmaban los diferentes espacios 2 dentro de ta casa. Kofi hizo alarde de su familia C —Familia numerosa, muzungu, familia nu- merosa, 5 Entonces, el hombre blanco recordé haber | = leido to importante que era en la tradicién afri- cana tener un clan extenso, porque una familia numerosa asegura la sobrevivencia en una tierra { | plagada de peligros —las fieras salvajes y los de- * _sastres naturales son s6lo una muestra—. Por esa razén, al grupo familiar se le cuida, se le respeta y con él se comparte todo, incluso las cosas mas | signifeante Los | bre gritando: —iKaribud jKaribut ios presentes se le acercaron al hom- Kofi intenté corretearlos, pero los mas chi- os se le abrazaron a las piernas, sin intencién de soltarlo, —Quieren que les des una golosina, mu- zungu —explicé avergonzado. El hombre blanco revisé sus bolsillos y encontré una caja de chicles, le quedaban unos pocos. Es todo lo que tengo —se excusé. —Hakuna matate? —respondié el mayor de ellos y salié corriendo con los chicles, el resto de {0s niftos lo siguieron detrds gritando de alegria. Para entonces, la noche habia caido con una negrura casi siniestra, porque afuera de la casa no se veia nada de nada, el hombre blanco se estremecié de pensarlo y afuera la tormenta 2um- baba come tina abeja feroz. 2 a Elhombre de piel azul Mig Al dfa siguiente me desperté de madrugada, Estaba ansiosisimo. jPor fin viajaria a Africa! Tomé ciertas pre- ccauciones, como desayunar abundantemente, Pasé quince minutos frente al plato dispensador masti- cando el famoso alimento para perros; luego, tomé varios litros de agua, Cuando salf a la calle algunos perros me reconocieron y corrieron a saludarme. Como sabia de Io que se trataba, no escondf mi trasero cuando hubo que cumplir con el ritual de olfatearse. Na, no ‘més, dejé que me olisquearan ¢ hice lo propio hasta que me excusé: —{Guau! Tengo que dejatlos, pues voy ca- mino a Africa, La pastor alemén joven me grufié descon- finda: —(A Africa? {Qué es eso? —pregunts. ~Un continente, pues —anuncié como si fuera un gran conocedor de mundos. ZY cémo sabes? {Has estado ahi? -quiso saber la pastor ale én. —No, pero sé dénde queda —mentf, pues no 46 queria quedar como un novato frente a esta hermo- sa hembra, LY a qué vas? —insistié ella —A saldar una deuda... —contesté vaga- mente, pues ,qué sabfa yo de la deuda que hablaba Blanca en su cuademo? Yo slo querfa ayudar alos hombres de piel azul, Al escucharme, los perros presentes se rieron. —Tan rechico y tan achorado —me dijo un rottweiler negro, y no me atrevi a responder, pues tenfa cara de poco amigo. Asf es que me largué. AI principio corri en linea recta, como si realmente supiera hacia d6nde iba, porque querfa 47 ‘mantener las apariencias frente a la pastor alemén, Pero cuando los dejé atrés, me detuve y olfateé alre- dedor. Pensé que si lograba identificar el aroma del pasto seco, de la tierra rida y escuchaba el hablar de un grupo de personas caminando todas juntas, encontraria Africa y a sus hombres azules. ‘No me van a creer pero esa mafiana anduve sesenta y siete cuadras, y ni asomo de desiertos ni hombres azules. Me dolian mis cuatro patas y no podia evitar llevar la lengua afuera. En qué estaba pensando cuando salf de Ja casa de los Fuendeja- 16n?, me lament, Me paré en seco y miré alrededor. Las ca- sas, las rejas y los jardines eran iguales a los del pais en que yo vivia, asf es que comprendf que no s6lo no habia llegado a Africa, sino que probable- mente tampoco habfa salido del pats. Quise dar media vuelta, pero en ese mo- ‘mento la imagen de una silueta larga y consumida me alert6. BI sol de la mafiana le ocultaba el rostro y una marafia de pelos le coronaba Ja cabeza. Sus ibrazos largos, como bamibiies desprovistos de car- ne, arrastraban sin ganas un enorme carretén, Nun- ca en mi vida de perro habia visto una figura més triste y rofiosa, Caminaba a grandes y desiguales zancadas, y cuando casi lo tuve encima descubri con emocién ‘que la tinica que lo arropaba jera de color azul! {El hombre azul! —ladté. Cuando me pasé por al f.ente, Je movi la cola, pero el hombre ni se inmut6, siguié de largo. 48. —;Guau! —Iadré de impotencia. ;C6mo lograria comunicarme con él y decirle que queria ayudarlo? ‘Le mordf el pantal6n para impedir que con- tinuara y lo tironeé con fuerza. Por fin se detuvo. Sin soltar su pantalén, le movi la cola. El se agaché y me mir6 con ojos penetrantes, y juro por mi perra madte que en la negrura de esa mirada vi la inmen- sidad del desierto, Comenzé a acariciarme y dijo: —¢Por qué tienes tanta rabia, amigo? —Grerr —jc6mo explicarle que no era ra- bia, sino incapacidad lo que sentfa? —;Ven para acé! —me ordené en el mo- ‘mento en que me tomé por el lomo y me levant6. ‘Comenzé a acariciarme la nuca con sus manos hue- sudas. {Me sent tan bien! Estaba por quedarme dormido arrullado en sus brazos cuando me dejé en el suelo y se despidic: {Hasta luego, amigo! ;Guau! —no podia dejar que se fuera y lo segut ladrando enajenado. | gH Losmuertos viven By con nosotros (Extracto del cuaderno de Blanca Fuendejalén) EL hombre blanco se senté alrededor del ‘fuego. Los nifios, a los que les habia convidado | chicles, se sentaron a su lado: —Muzungu, muzungu—le decian sonrien- do. Comieron de una enorme fuente de ma- dera que sirvié de bandeja, para que cada sacara la comida con la mano. Al principio, ta familia de Kofi se mostré interesada en la historia del hombre blanco. Querian saber qué era lo que lo habia lle- vado a Africa. El intents bromear diciendo que lo que lo habia traido era el sonido de los tambores, pero nadie se rié. Entonces, es conté que era escri- tor —especificamente un reportero polaco que se f habia vuelto eseritor— y que preparaba su prox © ma novela ambientada en Africa. {De qué escribes, muzungu? —le pregun- = t6 un nifo. Las historias de los pueblos —contest6. Pero casi inmediatamente perdieron inte- © és en él y comenzaron a hablar entre ellos. Ast es que el hombre blanco se dedicé a observarlos. Los hombres asistian a sus mujeres, las mujeres ayuda- ban a sus hijos, los hijos mayores ayudaban a tos menores y una jerarquia casi perfecta mantenia \. armonia en la choza. La comida transcurrié igual que ta de cuat- quier familia que se sienta a la mesa. Los adultos conversaron; algunos nifos rieron, pero luego hi- cieron las paces; las mujeres se levantaron repe- tidas veces para traer un poco de esto y poco de quello, y cuando parecia que terminaba la cena ¥y el hombre blanco se preparaba para dormir, el ‘anciano del grupo entoné una cancién. La voz del anciano se elevé ronca y clara, aplacando el rugi- do de la tormenta que se escuchaba afuera. Las mujeres siguieron el ritmo golpeando sus manos. Tuctu-tu-tu-tu, sonaba. El hombre blanco cerré los ojos. La melo- dia era cantada ahora por las mujeres y los nifios. Timidamente, el hombre blanco se animé a batir sus palmas, queriendo imitar el ritmo que llevaba el grupo. Kofi se acercé a —Cante, muzungu, cante con nosotros. La miisica le hace bien a los muertos, sobre todo en estas horas tan oscuras. Entonces supo que en Africa los muertos estan presentes en la vida familiar, aun cuando ya no estén fisicamente se les recuerda y se les com- parte como si del otro lado de la pared los estuvie- ran observando. Pd Rumbo a Africa a Ladré tanto que casi me quedé aféni {Han visto a un perro afénico? Es Ja peor humillacién que pueda suftir un animal de mi espe- cie. En serio, la voz de un perro es parte de sus atri- ‘tos. Pero vamos que las circunstancias lo ams taban, porque el hombre no entendfa nunca. Finalmente se detuvo. —{Y ahora qué? —me pregunt6 con sus manos en la cintura. jGuau! —repliqué aliviado, mientras co- rf en direcci6n a ta casa de los Fuendejalén para Inego volver hacia él Quieres mostrarme algo? Guan! ;Guau! —ladré feliz; por fin habia entendido, y haciendo gala de mi porte de hijo de cam- peén nacional, estiré el cuerpo y lo miré a la cara, El hombre azul se ri6 con ganas y me mos- 1t6 la totalidad de sus dientes amarillos. Me dijo: —jPareces perro de citco! {Te escapaste de uno? No entendf a qué se refirié con eso de un circo, pero pensé que era una palabra afticana y no le di importancia, 56 Segui miréndolo fijo, seguro de que me acompatiarfa, pero este hombre era una mula de porfiado, porque tomé su carretén y continué su camino, .Qué fiasco! —resoplé de impotencia. Estés cansado? —me pregunt6. Yo movi la cola y volvi a tepetir mi mo- vimiento, corriendo en direccién a Ia casa de los Fuendejalén y volviendo hacia él. ,Entenderia de una vez? Pero en una maniobra inesperada me tomé cen sus dos manos y me subi en la carreta, Quedé embutido entre frazadas, tarros, diarios y juguetes viejos. De més est decir que nunca me habia su- bido en un carretén afticano, asi es que comencé 1 olisquearlo todo; me sorprendieron mucho los lores, aromas mezclados de pan rancio y verduras ‘maduras, lana hiimeda y tierra, una mezcla extra~ fia pero fascinante. El hombre azul retom6 su paso arrastrando el carret6n con sus dos manos. ‘Aproveché de asomarme a mirar, parado [justo detrés de él. El viento me soplaba en la cara y ‘me hacfa cosquillas en el lomo. Inspiré profundo y pensé que, probablemente, ese era uno de los mo- ‘mentos més felices de mi vida. El carret6n avanza- ba por las calles y comenz6 a dejar atrés las casas y rejas de mi mundo, para internarse en un tertitorio, desconocido. Me sentf tan orgulloso, jviajaba hacia otro continente! En parte por cansancio y en parte por el 37 vaivén del carro, me quedé dormido. No sé cuén- to tiempo, pero cuando desperté me encontraba en. Africa, eso lo supe de inmediato. Africa era realmente pobre, tal como lo ‘mostraba el cuademno de Blanca, No habfa casas ni cdificios que Iucieran como los de mi pais. Tampo- co habia arboles, asf es que pensé que me encontra- ba en el desierto. ‘A lo lejos vi un conjunto de edificios de ‘muy baja altura con toda la ropa colgada de las ven- tanas hacia fuera, Igual como en las fotografias de Blanca, esos vestidos le otorgaban el tinico color que tenta el paisaje gris. ‘Al otro costado habia un despoblado de tie- ra seca, donde a ratos se levantaba un remolino de polvo que se elevaba con el viento y se perdia en el cielo. EI hombre azul segufa tirando del carre- t6n, se dirigia directo hacia el despoblado. Le ladré: = iGuau! —[Miren quién desperts! .. me contesté. Continué: —Te has perdido todo el camino, amigo, egamos a casa —dijo al tiempo que enfilaba el ca- sretén por debajo de un puente; jera un puente de verdad? En todo caso, se trataba de una hendidura no demasiado ancha ni alta en donde estacioné el car -t6n. aera hora, dor- mil6s 58 EI hombre azul no alcanz6 a bajarme del carretén cuando un montén de nifios Hegaron co- rriendo de distintas partes. —jAbuelo, abuelo! —le gritaron. Una visita inesperada (Exaracto dl cuaderno de Blanca Puendejat6n) E Lo desperté el sonido de un siseo metélico, como el que se produce al frotar las manos em- = puftadas. En ese aletargado estado de duermevela en que se encontraba, el hombre blanco pensé que | estaba en su casa.en Polonia y que aquel ruido pro-—j venia de la tetera hirviendo. Abrié los ojos pausa- | damente y se encontré con la mirada seria de Kofi y el resto del grupo; en algin momento, la casa se habia quedado muda. —zKuna nin’? —pregunt6 casi sin mover | sus labios, semidormido. —Chist!, ino hable ni'se mueva, muzungu! jPor lo que més quiera, no hable ni se mueva! —le advirtid Kofi afligido. ‘Sin moverse inspeccioné el lugar con fos ojos. La fogata todavia ardia alrededor, pero los hombres, mujeres y nifios parecian de-cera, total- mente petrificados. Entonces, a un costado suyo, ‘asomédndose por encima de las piernas de su veci- no vio una enorme serpiente. Tenia la piel oscura y aceitada y ala altura del cuello se le doblaba en diversos pliegues. Mas de ta mitad de su cuerpo permanecia erguido e inmévil ante ellos, acechdn- dolos sin apartarle la vista, Su mirada le recordé a "© un ave de rapifa —Quédese quieto, muzungu. Amin fue | ee Wisvisany ss HV RIV @ buscar un canasto —imploré Kofi. El nifio que permanecia a su lado estaba tan quieto que por tunos segundos el hombre blanco no supo qué era lo mas terrorifico de todo; la estatua de nifio que tenia a su lado o aquella serpiente que mostraba, sus colmillos. Sentia un cosquilleo irresistible en la planta de los pies, pero supo que cualquier mo- vimiento suyo era una sentencia de muerte para Lo su compafero, pues ta serpiente permanecia alerta esperando el momento de atacarlos. No le quedé més que esperar a Amin y su canasto, quien lleg6 unos minutos mds tarde y junto a Kofi se colocaron detras de la serpiente. Entonces, ésta se volte6 répido y dio un picotazo que no los al- ‘canzé, pero que les dio unos segundos preciosos ‘al hombre y al nifio para ponerse a resguardo. La serpiente, entonces, sabiéndose presa de una ‘emboscada, enroscé parte de su cuerpo y bajé la cabeza casi a la altura del suelo, de esta forma se movia muchisimo més rdpido y atacaba con ma- yor agilidad. Kofi fue por un palo y le asest6 un golpe en medio del cuerpo. Por la fuerza con que le dio el porrazo, el hombre blanco pensé que la serpiente habria quedado-aturdida y'se incorporé para ayudar a Kofi y Amin, pero la vibora estaba Juriosa y se fue contra él, por poco le muerde la pata. Entonces, Kofi le dio un segundo golpe, atin mas fuerte que el anterior, directo en la cabeza. El animal retrocedié esta vez aturdido. —iAmin, el canasto! —le grits. Amin tiré el canasto sobre el animal, el recipiente fue a parar justo sobre ella, dejdndola ‘atrapada dentro. La serpiente intenté zafarse yén- ‘ose con furia contra los bordes, pero sus desespe- rados intentos de fuga fueron iniitiles; al rato, se quedé quieta miréndolos con rabia por entre las, rendijas, Mas tarde, el hombre blanco recordaria el silencio dentro de la casa mientras duré el ataque de la serpiente. pA Elcarretén milagroso iy Con mi cara asomada por encima del ca- rret6n vi como los nifios se abalanzaron sobre el hombre azul. En un minuto ta situacién se volvi6 compli- cada, porque los nifios se pelearon por quién estaba més cerca, quién lo abrazaba primero, y se abrieron paso a empujones, puiietazos y gritos. Pero el hombre azul les hablé con voz dulce: iDejen de peleat! Traje algo para cada y hundié la mano dentro del carret6n, Por un minuto tem que me fuera a regalar y que los nifios se pelearfan por quién me tendria pri ‘mero y me tirarfan de las patas o del cogote, y que terminarfa desarmado en las manos de cualquiera de ellos, por eso me esconat répidamente debajo de ‘unas frazadas, pero me equivoqué, De la carreta, el hombre azul sacé juguetes. Un camién, una pelota, tun autilo, un robot, unas cartas, unos libros. Parecia ‘una funcién de magia, porque el hombre hacfa apa- recet montones de juguetes que los nifios recibfan con gritos de alegria, Con sus obsequios en las manos, se pusieron uno — a jugar sobre la tierra seca, a unos pasos del carre- tén. Yo espiaba debajo de las frazadas, pero en ese ‘momento el hombre azul se acordé de mi. —Bueno, amigo, es hora de que salgas a estirar las piernas. . 3 —jGuau! —intenté zambullirme, pero él jogré aleanzarme con sus manos huesudas y me sa¢6 afuera. Los nifios volvieron a gritar de alegrfa, pero, al contrario de lo que pensé, ninguno de ellos ime tir6 de la cola ni las orejas, sino que se acerca- ron a acariciarme. — De dénde lo sacaste? —le preguntaron. — (UP, este pertito me persiguié en la calle, hizo todo tipo de leseras, es muy repillo... —con- test6 él. — {Te lo vas a quedar? —pregunté uno de 108 nifios. —Yo creo que sf, porque no tiene collar, asf ‘es que no creo que lo anden buscando —respondié el hombre azul, y senti vértigo. {Habia olvidado el collar! ;Claro! La noche antes de salir a Africa lo tironeé hasta que logré za- __ ffirmelo. Nunca pensé que tuviera ninguna impor- tancia y ahora sucedfa que ellos crefan que era un petro sin duefio. Comencé a ladrar, dando vueltas _. y haciendo muecas para demostrarles que sf tenfa ‘duefio, pero fue intl. —gVen? {Qué les dije? —dijo el hombre azul, apunténdome con el dedo—. Cada cierto rato se pone hacer leseras. Los nifios se rieron, algunos volvieron @ 66 jugar y otros permanecieron cerca de mi. Pero yo ‘dejé de hacer piruetas porque nadie entendia lo que 4querfa decir con ellas. Asf es que dejé que una nifi- ta me acariciara el lomo. Africa era un buen lugar para vivir. El regalo (Extracto del cuaderno de Blanca Fuendejalén) Con la serpiente encerrada en el canasto y los primeros rayos del sol cayéndoles sobre la inuca, emprendieron camino hacia la carretera. Claro que antes el hombre blanco se despidié de la mujer de Kofi, de sus hijos y de ta familia. Después del ataque de la cobra en la vispera, se sentia parte del grupo, asi es que justo antes de salir hizo una teatral reverencia. Los nifios se rieron a gritos. Kofi metié el canasto con la serpiente aden- tro de su mochila —gPor qué te la llevas? —le pregunté el hombre blanco. —Porque en el mercado pagan una buena suma por ella, muzungu —contestd Kofi, acomo- dandose la mochila al hombro. —Pues a mi no me gustaria comprar un bicho como ese —contest6 el hombre y rid al re- cordar el susto que habia pasado hacia algunas horas. Alvolver a ta carretera encontraron la ca- mioneta tal como la habian dejado, subieron en. ella y enfilaron a toda prisa hacia Ruanda. Lle- garon sin sobresaltos con tiempo suficiente para ir al mercado, en donde Kofi vendié la serpien- te. El hombre blanco apreveché de comprar unos souvenirs para sus hijos. Entonces se dirigieron al aeropuerto. —~Volverds a Africa? —le preguntd Kofi al despedirse. —Me imagino que si—contesté, estrechén- dole la mano. Z —No, muzungu, es un amuleto de la buena suerte. Te protegerd contra los brujos. Z Contra los brujos? Prefiero que me man- tenga lejos de las serpientes —serialé Ah, pero los brujos son muchisimo peo- res que las Serpientes, porque se apoderan de tu alma y tu pensamiento y te hacen actuar mal. El hombre blanco no supo qué contestar. =Usalo, muzungu, y cuando sientas que estas dominado por pensamientos malos, lo agitas répidamente —contest6 Kofi. —Lo tendré presente, amigo —dijo y le dio tun abrazo, Miré hacia el horizonte y pensé que final- mente nunca se termina de conocer un lugar, siem- re habré algo que falta, algo por lo que uno pue- de volver y verlo todo de nuevo como si fuera la primera vez. gw! Elcartel con mi foto Ay ‘No s€ cusntos dias vivi con el hombre azul. ‘Al principio conté las puestas de sol, pero de pronto se-me olvid y perdi la cuenta Se preguntardn por qué no volvé a casa, por ‘qué no intentaba encontrar el rastro de los Fuende- 16n. Pues porque no tenfa corazén para abandonar ‘al viejo. Los perros somos muy sensibles respecto ‘ala gente buena, y-el hombre azul era un hombre bueno. = ‘Nos hicimos amigos, tanto que compartfa- ‘mos todo, hasta lo més insignificante. Si él reco- ‘gia un pedazo de pan, pues lo partfa por la mitad y ~ comfamos ambos. Si encontraba una nueva fraza~ da, con-esa-misma nos cubrfamos durante la noche = euando refrescaba y corrfa una ventisca que nos ca- Taba tos huesos. ‘Un dia emprendimos un viaje muy largo. Iba trotando a su Jado como un buen perto y al ato Tlevaba la lengua afuera. EI intent6 subirme al carret6n, pero no me dejé atrapar, queria correr, ‘olfatear por ahi, y sucedié que de repente recono- of ciertos aromas que habia olvidado y al hocico ie Ileg6 un olor muy intenso, algo que me trajo B I a la memoria la casa de los Fuendejalén y ladré | dealegrfa. | —jHey! {Tienes buen olfato! —dijo el hombre azul—. Este es el lngar en donde nos vimos por primera vez —y continué caminando, Habrian pasado unos diez minutos cuando escuché una voz conocida. Alguien —una chica— | meestaba lamando: —iGuau! —respondf con alegefa al ver que se trataba de la pastor alemén, Fui corriendo hasta ella y le gruff contento, —gLograste Hegar a Africa? —me pre- gunt6. Pero claro! Si vengo de alld... —Algunos perros pensaron que te habfas perdido, pero yo siempre supe que lo lograrfas dijo ella con su voz ronca. Y hubiese seguido conversando con la chi- ca sino es porque el hombre azul me chifié. _4Ya te vas? —quiso saber ella —{Uf!, es una larga historia... quizas algtin dia te la cuente entera —promett. Cuando me acerqué a él, me dijo algo que no olvidaré nunca, me lamé: —{Otelo? | Hacia tanto tiempo que nadie me Hamaba «asi. Lo miré impresionado. —jOtelo! —repitis y yo bufé y ladré. En- | tonces el hombre azul afirmé: —Asi es que ese es tu verdadero nombre, pues te tengo una noticia, amigo Otelo, tu fami ee 4 lia te est buscando —me conté y se agach6 para ‘mostrarme un cartel muy extrafio en donde apare- fa una foto mia. Luego, continué: Dice que eres la mascota regalon —dijo y luego se raseé la cabeza mientras conti- nud. Pienso que debieras volver a casa. ‘Movi Ia cola, y en un movimiento répido corti en direccién a 1a casa de los Fuendejalén y volvi hacia él. Bl se rio, —{ Quieres mostrérmela? Volvi a ladrar y repetf el movimiento. Vamos! Sali corriendo. El hombre azul me siguié ‘a zaneos largos. Cada cierto rato me daba vueltas para comprobar que me segufa detrds y le ladraba contento. Seguf hacia la casa de Blanca, hasta que de pronto estuve frente a la reja. El hombre azul lUeg6 unos minutos después. —Asf es que desde el principio quisiste ‘mostrarme tu casa, geh? Ladré. ;Por fin haba comprendido todo! Con sus dedos huesudos tocé el timbre y la primera persona que aparecié fue Blanca, Se ‘qued6 unos segundos inmévil y luego corri6 hasta la reja, la abrié y me tomé en sus brazos: —jOtelo! ;Volviste! —exclamé y salté conmigo en brazos. No sé qué 1. dijo el sefior Fuendejalén al hombre azul, pero lo hizo pasar a la casa y le 16 ofreci6 um plato de comida y estuvieron conversan- do mucho rato. ‘Cuando Blanca me solté pude ir hasta la ‘cocina para escucharlos, y fue cuando descubri que ‘no habia viajado a Africa. Es més, ni siquiera me hhabfa movido de mi pafs ni de mi ciudad. {Quieren que les cuente la verdad? Co- meneé a sospechar que no estaba en otro conti- nente cuando vi que en la tierra del hombre azul no habia zancudos del porte de un zapato, ni ser- pientes que me quisieran comer entero, y la gente, a excepcién de él, no vestfa con tinicas azules, sino de todos los colores, y tampoco andaban en ‘grupos, sino a solas o en pareja. Entonces, cuan- do escuché decir al sefior Fuendejalén que durante todo este tiempo yo habfa vivido en el limite sur de la ciudad, confirmé mis sospechas. Pero no me amargué; al.contrario, ladré contento. Después de todo, uno esté preparado para conocer el mundo ‘cuando conoce el lugar en donde vive. { SARA BERTRAND Estudié Historia y Periodismo en la Uni- versidad Catélica de Chile, se tituld como periodi ta el ailo 1996 y ha trabajado en diferentes'nedios de comunicacién escrita, ademés de participar en la investigacién de algunos libros de Historia, Junto con la escritura de libros infantiles, colabora con el suplemento cultural Artes y Letras del diario BY ‘Mercurio y en la revista La CAY. El afio 2007 gané vuna beca de creacién literaria del Fondo del Libro ¥ publicé su primera novela infantil, Antonio y ef tesoro de Juan Fernéndez. El 2008 publics Antonio ‘yel misterio de los hombres roca, y ¢l 2009, para el sello Alfaguara, La momia del salar. E2010 publi- 6 Ia novela infantil Ramiro Mirdn, en esta misma coleccién, i NOTAS 1 eLo sito, en swab. El swabi pertenee al aro de lng ‘rants que se hablan ea incosta este de Aes, 2 lombrebsnoos on sway wade as forma ms comms | ‘tenn os pcos aftcans para referise alas personas blan- 3 Usands compare footers con Rounds, pis affcano al que o> sminmente 8 ba denominado el «Tibet» de Aft por xs inna rerbles montaas yeeros. Ambos pase stn ene cenromis- rn del continent. 4 Exel coninenteaficano ain sbreive uno de los poco pueblos dmmades qe van quando eo el mundo. Se tata de ls tures {quienes dane sigls ban recoils panies acanas de A ‘rin, Libis, Niger y Nigra, Viste con fnicas que fabrican ellos isos y que mediante un proceso de thido astral quedn de ‘oral, Eso e ogi les pint a pel de color azul por eso, Toshon spodado sles bomtres ales. 5 Bscando simentoy Is mejores condiciones de vid, los wareg se desplzan pre tritoro aca en una caravan sempite, ‘on lanes precaucin de nea volver apsar el suclo en donde tien 2 EROS. 6 Salo que en swab sinifcavadelanteno cbienvnidon 7 able en sabi 8 Wo hay problemas», en sail 9 En a dino, Blanca aclara que escrte est historia en honor a Ryszard Kopusensh esrtory eporero polo que durante mv ‘hos slog se prooeupé de dara conocer os horrores de as gcras ‘en el continete negro, Come Ocle no incly6 el fragment, se Tos copia coninacie:wEste cundero ext escrito en honor ‘Ryszard Kapuscinsi, escrito yperiodisiapolaco a quien admiro ye utr paecere cuando grander. 10 Kuna nin sgniicn syse algo? en wai INDICE El continente olvidado. = La tormenta. ..seoe Némades azules. Kofi y sus treinta y cine El hombre de piel azul... Los muertos viven con nosotto Rumbo a Africa. Una visita inesperada.. El carreton milagroso... —. El cartel con mi foto.. ~ Biografia autora...