PRESENTACIÓN DE LO ARÁCNIDO, DE FERNAND DELIGNY1

Córdoba – 17 de marzo de 2016
Sebastián Puente – Editorial Cactus
Voy a empezar autoflagelándome un poco.
Entre los profesores de la Facultad de letras donde yo estudiaba, no todos eran intelectuales.
Un buen número no parecía sufrir de exceso de inteligencia, lejos de eso. Pero algunos
habían escrito obras algo notorias. De hecho, ante mis ojos, no se distinguían mucho entre sí.
Lo que decían, el contenido de sus discursos, era verdaderamente secundario respecto del
hecho de que hablaban todos desde el mismo sitio que se llamaba tarima. Topos. Ahora bien,
ese lugar no está limpio, no porque no se haga la limpieza, sino en el sentido de que todos
eran como pájaros sobre la misma rama. Ahora bien, la rama importa mucho más de lo que
uno cree cuando uno mismo es un pájaro. Y la escalada de las convicciones opuestas importa
poco en comparación con ese topos, es decir, desde dónde se habla adquiere prioridad sobre
el “eso de lo que” uno habla [175].
De modo que, ya ven, soy otro pajarito en la rama, mi posición es un poco... ¿cómo decirlo?... de
mierda. Un lugar de enunciación jodido, una tarima: presentar un libro. ¿Cómo no reventar un libro
desde esta posición? Y Lo arácnido es una tela de araña, la escritura misma es arácnida, para mí
esto es muy importante, ya vamos a ver. Y una tela de araña se convierte en una línea solamente
cuando la destrozamos, le pasamos la mano, o el plumero, ¿vieron? De modo que hacer una línea
argumentativa (introducción, problema, hipótesis principales, argumentos, por ejemplo) sería
catastrófico para la araña.
Para evitar la línea, mi idea es entonces continuar el trabajo de la araña, colgar el texto de una
constelación de problemas que están en nuestra “tela de araña renga”. Así describíamos el catálogo
de Cactus, incluso antes de habernos cruzado con Deligny. Arrojar el texto al centro de nuestra tela
de araña, y entonces convertirlos a ustedes en arañas también: cae el libro al centro de la tela, y
ustedes están al acecho, con una patita sobre los hilos, sintiendo las vibraciones, a ver qué presa
pueden sacar de acá. En lugar de escuchar, tienen que oír, o advertir la vibración de la tela: el
hombre-que-somos ya no puede oír, dice Deligny, escucha. Y lo que escucha es su propio
pensamiento.
Pero la catástrofe es en un punto inevitable porque algunos, o muchos, no leyeron el libro, no saben
ni de qué va, si es un tratado de zoología o qué, de modo que vamos a hacerle una concesión al
plumero, es decir al hombre-que-somos, diría Deligny, que destruye lo arácnido (y Lo arácnido, en
este caso]. Es una concesión que le hacemos a la incomunicación general que nos caracteriza. Me
pongo en la tarima, catástrofe total, reviento el texto. Hagámoslo rápido para que no duela. El
plumero dice así:
Deligny es el responsable de una red de acogida niños autistas, al momento de escribir esto, ya hace
15 años. El argumento del texto es que hay un modo de ser humano, de la especie, caracterizado
por: vagar, ver, advertir, trazar, actuar (que no es hacer), todos infinitivos no conjugables, que
permanecen infinitivos, y tramar redes de todo tipo. Ese modo de ser humano ha sido ahogado,
aplastado, desde hace siglos por lo que Deligny llama el hombre-que-somos, la figura humana
hecha a base de: lenguaje, sexo, hacer como, mirar, querer, perorar, proyectar. Pero persiste, persiste
por todas partes, y más cuando los acontecimientos históricos se vuelven intolerables: redes de
disidentes, redes de acogida, redes de espionaje, pequeñas redes de compinches. Todas estas de
individuos. Pero también las redes que trazan las manos del arte aborigen, las redes que dibujan los
1

Fernand Deligny, «Lo arácnido y otros textos», editorial Cactus, Buenos Aires, 2015. [Todas las citas
entre corchetes corresponden al número de página del libro]

trayectos de los niños autistas cuando vagan, “líneas de errancia”, las redes del trazar de los niños.
Como ven, el asunto desborda en mucho al autismo. Lo que llamamos “autismo” condensa, en todo
caso, lo que pasa con ese modo de ser humano cuando se encuentra en el universo, en el mundo del
hombre-que-somos.
Pasada la catástrofe, acojamos el libro en nuestra tela.

Primer hilo.
Leo:
Dicho esto, algunos de nosotros puede estar inconsciente, aunque más no fuera por haber
recibido un golpe en la jeta, lo cual no quiere decir que sea el inconsciente en persona.
Lo mismo para el autista, que no es el autismo en persona, si se admite que si el inconsciente
ha adquirido derecho de ciudadanía, podría ser que haya que considerar el aspecto autista del
ser humano de una manera completamente distinta a la habitual, a saber: decir que alguien lo
sería. [212].
Después habla de su experiencia en la guerra:
(…) estaba bastante claro que teníamos un porcentaje alto de chances de ser asesinados por
los aviones que bombardeaban y ametrallaban a los convoyes; estábamos apresados en una
gran trampa; en esa situación, el humor de unos y otros era más bien alegre y
despreocupado; si considero mi talante, que me parece que era bastante compartido con
muchos otros, siendo que todo proyecto me escapaba completamente, vivir devenía un
infinitivo, siendo el infinitivo un modo de ser autista, y adquiriendo entonces lo fortuito la
importancia que puede tener para los niños que viven ahí, fuera de todo querer, aunque sólo
se tratara, por lo que les concierne, del de hacer signo; atravesábamos pueblos abandonados,
y si el azar quería que nuestra porción de convoy se detuviera, unos y otros exploraban las
casas, fisgoneando por aquí, por allá, para nada, aun si, y como por encima de este
“explorar” actuado en el infinitivo y sin intencionalidad, se apoderaban de botellas de vino o
de chucherías que convertían en tesoro (…). ¿Equivale esto a decir que éramos autistas?
Decir de un hombre que es inconsciente no quita que lo inconsciente sea algo
completamente distinto al estado permanente o pasajero de un hombre. Puede decirse que
hay niños autistas; puede decirse también que hay niños estúpidos, lo cual no agota lo que
puede ser de la estupidez que concierne a todos y cada uno. Si uno encara el autismo como
un fallo del querer, librado el individuo de la obligación y viviendo según un modo de ser
inocente del Ser, no es para nada seguro que el autismo esté reservado para aquellos que
parecen serlo. [213-214].
Una cosa es el autista, otra cosa es el autismo, que es un modo de ser humano. Una persona puede
estar inconciente, pero el estado de una persona no agota lo inconciente. Lo mismo para el autista,
que no agota lo autista, y lo mismo para el niño estúpido, que no agota la estupidez que nos
pertenece a todos.
Acá hay, creo, un primer hilo: negarse a las atribuciones subjetivas, personales, individuales. O
siendo más precisos: separar el problema de las distribuciones y atribuciones subjetivas del
problema de modos de ser que son impersonales, y que ni siquiera están llamados o destinados a
constituir sujetos, y menos aún sujetos determinados, de tal o cual tipo. El trabajo con autistas se
convierte en una investigación sobre lo autista.
En el Anti-Edipo hay un movimiento similar: una cosa es el esquizofrénico encerrado, al que se le
atribuye la esquizofrenia, pero la esquizofrenia es un proceso universal.
Y Carlos Bergliaffa, en Producción Bornoroni, decía: la locura de Roberto —el “paciente”,

digamos, aunque era bastante impaciente y bastante más activo que cualquiera de nosotros— no era
SUYA. Que había locura, había. Que fuera SUYA, personal, es más dudoso. Un tipo que cree que su
ser depende de dar pruebas a través del sacrificio, resistiendo las tentaciones. ¿Quién no es ese tipo?
Un tipo que piensa a su cuerpo como una máquina, motor, reactor. ¿Qué hay de SUYO en esto?
Somos cualquiera de nosotros, desde Descartes. Con Carlos no le llamábamos modo de ser humano,
le llamábamos líneas de fuerza. No son individuales ni personales, pero tampoco sociales, son las
fuerzas que mueven y combinan elementos y componentes micropersonales, microinstitucionales,
etc.

Segundo hilo.
Dice:
Voy a tomar un ejemplo que no puede ser más simplista: un patito está provisto, de manera
innata, de un nadar latente. Si no tiene agua en las inmediaciones, nadar no tiene lugar topos- y permanece nulo y no advenido. Y lo que me parece, es que así sucede con esos
actuar comunes que, aunque reiterados, son por iniciativa, puesto que no se trata en ellos de
hacer como, actuar(es) que, sin topos, no tienen lugar. A propósito del pibe un poco
retrasado, es más fácil pensar: “¿Pero qué es lo que le falta, qué es lo que le ha faltado? -que
sería, por ejemplo, del orden del amor-, que preguntarse: “¿Pero qué es lo que ALLÍ [Y]
falta, ahí, ahora?”, siendo ALLÍ [Y] el carácter que conviene para evocar ese agua de la que
hablaba en el topos del patito. [170].
Y otra sobre el patito:
Para ser más simplista todavía, si reparar-actuar son infinitivos primordiales, son
comparables a lo que ocurre con nadar para el patito.
Si no hay agua, ese nadar ahí no aflora en lo manifiesto, a falta de lo indispensable, y el
patito aparece tal como es, poco dotado para correr y picotear el suelo.
Esto para decir que los infinitivos primordiales sólo tienen lugar, como suele decirse, si el
lugar -topos- lo permite. [248].
Tenemos un patito poco dotado, literalmente un patito infradotado. Y otra, más espeluznante:
¿Pero por qué preocuparse tanto por lo arácnido, si se hace solo?
Justamente, no; suban una araña a una placa de vidrio, quizás le advengan conatos de tejer,
pero en el vacío, pues la placa de vidrio es el vacío, simplemente porque no hay soporte
posible, y los gestos de la aragne, obstinadamente reiterados, esos mismos que permitirían
tejer, se convierten en otros tantos espasmos que preludian la agonía de lo arácnido.
O sea, tenemos la araña repitiendo gestos, estereotipias en el vacío. Tenemos el patito idiota y la
araña autista.
Deligny habla mucho del “lugar”, hay ahí un asunto central. Pero cuando lo menciona
conceptualmente dice topos. Quizás porque “lugar” parece todavía referir a un espacio, y aquí no se
trata tanto del espacio mismo, sino de las cualidades del agua, de las cualidades del vidrio que se
componen o no con el modo de ser patito o el modo de ser araña. Lo que importa no es tal o cual
lugar determinado (hospital sí, hospital no, familia sí, familia, no), si no las cualidades de la
situación en relación con los modos de ser.
La persona que vemos, el sujeto, el individuo, es el resultante de esa relación. Si ponen lo autista —
modo de ser— en una situación cargada de proyectos, de haceres, de signos, de libertades y
derechos, tienen lo que llamamos una persona “autista”. El Anti-Edipo decía, si mal no recuerdo: el
esquizofrénico inmovilizado, fijado, girando sobre sí mismo es un producto del encierro, no es la

esquizofrenia. Y En Producción Bornoroni también aparece esta maraña tan difícil de desentramar.
Lo que uno se encuentra es un tipo fijado en el problema de su nombre propio, de que se le
reconozca que es tal o cual y que es hijo de tal o cual. En torno de eso, otras cosas que parecen
subordinadas: delirios tecnológicos, políticos, religiosos. ¿Pero no era la fijación en el nombre un
resultado de la relación de esas líneas de fuerza con la situación, y entonces lo que parece
subordinado es lo central?
En todo caso, la idea de asilo, de acogida, adquiere un lindo matiz: dar acogida, dar asilo, no a
individuos o personas, sino a modos de ser, y no en tal o cual espacio, sino en las cualidades de
la situación. Es otra idea que da vueltas en Cactus, ya desde el Prólogo de Cine I. Decíamos que el
valor ético de una filosofía es un asunto habitacional: afectarnos de potencia para inventar espacios
habitables.
Doble investigación, entonces: sobre los modos de ser —hilo 1—, sobre las cualidades de situación
relevantes para esos modos de ser: puede ser el tratamiento policial, moral, médico, pero puede ser
simplemente la sobrecarga del hacer, o el lenguaje, o la axiomática capitalista. Hay que ver en cada
caso. Y ambas están ligadas porque “tener lugar” tiene un doble sentido, que incluye también
“suceder”, “acontecer”: si los modos de ser no tienen lugar, entonces no tienen lugar, o sea no
acontecen. Como el nadar del patito. No vamos a tener esos modos de ser antes de la situación que
les da lugar. Eso obliga a experimentar.

Tercer hilo.
Para que los modos de ser tengan lugar de ser, acogida, hace falta abrir un campo de
experimentación. Que también es un tema recurrente. Yo creo que Deleuze le llama “plano de
composición” cuando habla de Spinoza, y con Guattari “cuerpo sin órganos”. Podemos llamarle
como quieran, no importa: un terreno, una zona, un plano, una brecha... de experimentación. Lo
importante es no creer que se experimenta sobre un sujeto, ni que experimenta un sujeto. A un
sujeto se lo condiciona, se lo reacondiciona en todo caso, se le ponen otras o nuevas
determinaciones. Visto desde el lado de los sujetos que somos, experimentar está fuera del alcance,
no se puede experimentar. Lo que se puede es abrir, crear, fabricar, incluso planificar un campo de
experimentación. Un campo de experimentación sería una zona de indeterminación. Esto es lo que
hace incluso cualquier científico que haría un “experimento”. El tipo no hace una experimentación,
sino que genera las condiciones para una zona de indeterminación, una zona en la que sucederán
cosas que él no puede hacer, ni manejar, ni prever. Todos los cálculos minuciosos están hechos para
bloquear ciertos condicionamientos y que entonces sucedan otras cosas.
Las aréas de residencia que describe Deligny son zonas de experimentación.
Si se tramaba tal red, se trataba de atrapar ¿qué? Se trataba de utilizar las ocasiones, y
además el azar, es decir las ocasiones que todavía no existían, pero que iban a devenir
ocasiones por el uso que hiciéramos de la “cosa” encontrada.
Una pesca semejante, que crea cosas donde no hay nada, necesita una red, de la cual
sorprendería que su esquema se genere al azar. En realidad, azar es una palabra
completamente inexplorada y que se utiliza simplemente para delimitar nuestra perplejidad.
Si cierto número de nuestros trayectos pertenecían al vagar, se comprende perfectamente
que, de un día a otro, y con algunas ocasiones ya realizadas, se tratara de vacar, como se dice
a propósito de las ocupaciones. [23].
Lo cual no quiere decir hacer cualquier cosa. No tiene nada que ver con la libertad, que además es
siempre libertad de hacer. Por el contrario, Deligny pone mucho énfasis en el costumbrismo, en la
rutina, que permite evitar el temor y la angustia de los pibes. La rutina es lo que les permite errar.
Son áreas dispuestas, entre otras cosas, para la errancia. Deligny habla hasta de la importancia de
las piedras en las áreas de residencia, que refractan el hacer y el proyecto pensado, y obligan al

rodeo, obligan a errar a los que no son autistas.
Siendo red, es pedazo en el espacio, minúscula parcela de la corteza terrestre. ¿No hemos
recortado esta parcela, no la hemos sacado del resto de la corteza?
Hay que mirarla más de cerca.
Ha sucedido que el área de residencia fuera como mantenida por piedras, puestas como otras
tantas derivas en el costumbrero, más no fuera para ayudarnos a tener en cuenta su
presencia aunque no marcaran nada, aunque esas piedras no eran mojones sino que parecían
señalar el límite entre dos modos de ser, el nuestro y el de los niños. Esas piedras nos
ayudaban a actuar nosotros mismos esos rodeos sin los cuales los trayectos necesarios en el
curso del hacer seguían siendo los nuestros y casi no ofrecían atractivo para pibes que
parecían mirarnos desde más allá de nuestro mundo cubierto de intenciones. Y llegamos a
separar esta parcela de corteza -terrestre- haciéndola sufrir una modificación de tamaño; se
trataba de los mapas donde se veían, trazados, el conjunto de nuestros trayectos
acostumbrados y, sobre ese fondo, las líneas de errancia, trazos de los trayectos de los niños
y sobre todo de aquellos cuyos proyectos se nos escapaban. [100-101)
Y se ve que este azar tampoco tiene nada que ver con desentenderse de lo que sucede. Al revés, hay
que estar al acecho, como la araña, viendo qué se pesca. De allí la práctica de dibujar las líneas, las
famosas líneas de errancia, sin saber bien para qué, práctica de acecho.

Cuarto hilo.
Hay una amoralidad constante en el tratamiento de los temas que hace Deligny. Y principalmente
respecto de la codificación por excelencia de la moral: el lenguaje de los derechos y las libertades.
Dicho esto, si digo, de la misma manera, que los trayectos cuyo trazo puede inscribirse en
red, no han sido queridos, el lector comienza a mirarme de reojo. Si hablo así de los
trayectos de los niños autistas, corro el riesgo de ser acusado de negarles el privilegio del
proyecto pensado.
Siempre hay, en algún lugar uno sabe dónde, una Corte Suprema que vela por los derechos;
donde se ve en cierto modo el reverso del derecho; si, so pretexto de querer, y “autistas”
como son, tienen derecho al proyecto pensado, basta con que no tengan la práctica adquirida
del proyecto pensado para que los abrume con ese derecho y los condene a una
semejabilidad -una identidad- tanto más pesada por cuanto que es ficticia. Desde luego que
tienen derecho al nivel superior; ¿pero qué pueden hacer con ese derecho, sino vivir el
desasosiego de divagar, que literalmente quiere decir: abandonar el camino?
¿De qué camino se trata? Del camino del proyecto pensado. [39)
Amoralidad del tratamiento, pero amoralidad de “lo tratado”.
Había una vez una red -que fue mi modo de ser durante algunos años- injertada sobre una
red mucho más vasta y difusa bajo la insignia de los albergues juveniles. La red de la cual yo
era -con otros- aragne, acogía adolescentes más o menos gravemente “psicóticos” y
delincuentes reincidentes (…). Algunos de los adolescentes, y los más refractarios, fueron de
muy buena gana -y a pesar de nosotros, cuando nos advirtieron de sus intenciones- a
enrolarse por cinco años en la Legión extranjera, como si la densidad misma de esta
formación tuviera una fuerza de atracción más grande que la red difusa de los albergues.
Yo estaba un poco vacunado contra la sorpresa desde que en 1943, cuando se había abierto
una brecha en un asilo psiquiátrico, algunos de los pibes que se estaban haciendo grandes
fueron directamente a hacerse incorporar a las Waffen SS. Mi memoria está repleta de
hechos similares.

Lo cual se señaló para indicar simplemente que la red no es una solución, sino un fenómeno
constante, una necesidad vital. [35-36].
Y la amoralidad no es un capricho de gente bien pensante. Me parece que hay una estrategia, una
estrategia en dos frentes, o que tiene dos caras. La primera es más obvia que la segunda. Y la
segunda, además, tiene un sabor especial para mí porque me permite avanzar en un par de cosas que
he charlado varias veces con Carlos, que no resolvimos, que han quedado medio ahí a la espera...
Como el rincón espera a la araña, dice Deligny: si la araña busca bien, puede decirse que el rincón
la esperaba.
La primera es fácil: el problema de la moral es que pone en la situación componentes que impiden
el paso, la llegada, la composición de las líneas de fuerza, o los modos de ser. Impide toda apertura,
toda experimentación, toda acogida. Deligny lo dice clarito: toda norma, todo derecho, supone el a
priori de la semejabilidad. El derecho es derecho a que seamos iguales, a la semejanza. Y la
contracara de todo derecho es el deber, o sea la obligación de la semejabilización. Según se vaya
más en un sentido que en otro, vamos de la filantropía a la policía. Y lo más común es que las dos
cosas vayan juntas.
(…) de hecho, no arriesgábamos más que la aniquilación de nuestro proyecto que
contravenía las normas, reglas y reglamentos en vigor; se trataba, para nosotros, de
encontrar lo que asilo podía querer decir, de modo que teníamos que luchar en dos
frentes; bastante numerosos eran los que se manifestaban a favor de la supresión del
internamiento asilar; no estábamos de ningún modo facultados para acoger niños
“anormales”; nuestra marcha no podía entonces ser más precaria, y no era sencillo discernir
sobre qué quid pro quo descansaban las convicciones de nuestros defensores y adversarios,
que por lo demás compartían la perspectiva de la norma hacia la cual era preciso que
tiendan, aunque más no fuera virtualmente, los niños que se encontraban ahí. Ahora bien,
nosotros estábamos en busca de un modo de ser que les permita existir, a riesgo de modificar
el nuestro, y no tomábamos en cuenta las concepciones del hombre, cualesquiera sean, y en
absoluto porque quisiéramos reemplazarlas por otra; poco nos importaba el hombre;
estábamos en busca de una práctica que excluyera de entrada las interpretaciones que
refirieran a un código; no tomábamos las maneras de ser de los niños como mensajes
embrollados cifrados y a nosotros enviados. [79].
La segunda me interesa más todavía, y acá no voy a citar a Deligny, porque en ningún momento
“dice” algo parecido a esto. Pero para mí lo “hace” el libro entero. Cuando empezamos con Carlos a
intercambiar algunos textitos en el proceso de escribir Producción Bornoroni, yo le preguntaba si
frente a un loco se puede hacer algo más que tener una posición moral, filántropo o policía, o más
bien ambas, si puede pasar otra cosa. Y le decía, un poco con Spinoza, que el asunto de las
posiciones morales revelan o suponen un compuesto afectivo: miedo y piedad. Entonces la pregunta
se volvía más jodida todavía: ¿se puede sentir, estar afectado de otra cosa que no sea miedo o
piedad frente a un loco, un autista, un patito infradotado o una araña autista? Y Carlos decía que sí,
pero nunca supo decirme qué, cómo, de qué manera, al menos de alguna forma que me sirviera o
que yo pudiera escuchar. Yo le decía: “No te veo a vos, lo veo a Roberto, de acá para allá, pensando,
exigiendo, andando, y vos atrás, como un asistente, pero ¿cuál es TU búsqueda?”. Para mí faltaba
algo, era como una renguera de Bornoroni: el loco en primer plano, pero ¿y el otro loco en qué
anda? ¿Y porque escribir, por qué contar todo eso?
En fin, más allá del anecdotario, la cuestión es que para evitar la posición moral que sobrecarga la
situación, que no da un lugar de ser, no basta con hacerse el listo, ser piola, invertir modelos o
normas, darlas vuelta. Hay que modificar un compuesto afectivo, superar la piedad y el miedo.
¿Cómo superar la piedad y el miedo? La única manera que se me ocurre, y que en Deligny me
parece clarísima, es plegar el propio pensamiento al proceso de experimentación. Abrir también una
zona de indeterminación en el pensamiento propio. Lo que permite componer un tercer individuo,

aumentar la potencia, diría Spinoza, es enganchar el pensamiento al campo de experimentación, de
modo que se indetermine: dejar de escuchar, y oír.
Ese dispositivo de enganche, planificado, minucioso, destinado bloquear las determinaciones del
pensamiento, se llama escritura. La escritura es el dispositivo experimental que, si se lo engancha al
campo de experimentación, indetermina el pensamiento. Eso quizás es lo que Carlos me decía que
no estaba agotado en la experiencia con Roberto: todavía había algo que hacer avanzar en la
indeterminación de propio pensamiento.
Por eso, creo, Deligny se dice poeta. Poeta y etólogo. Lo arácnido no habla de las telas de araña, es
una tela de araña, que se va tejiendo, tramando de un punto a otro, volviendo pasar, volviendo a
salir: y esto no es joda, no es metafórico (de la red a la araña, a la red, a la guerra, al liceo, a la red, a
lo innato, a las termitas o los castores, a la filosofía, a lo innato, a la araña, a los trazos de la mano, a
la educación, a la guerra). Es la alianza de Deligny con el vagar, con la errancia, con los trazar, con
el advertir, con el autismo, para indeterminar su propio pensamiento. Una escritura enganchada, a
través de un dispositivo de escritura, al modo de ser autista.

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