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Prólogo de En la tierra del dolor de Alphonse Daudet

Julian Barnes

En 1883, intervinieron quirúrgicamente a Turguéniev en París para extirparle un neuroma
en el bajo abdomen. Los médicos le administraron éter y no cloroformo, y conservó la
conciencia durante toda la operación. Poco después recibió la visita de su amigo Alphonse
Daudet, con quien había cenado a menudo en compañía de Flaubert, Edmond de
Goncourt, Zola y otros. “Durante la operación -les contó Turguéniev- pensé en nuestras
cenas compartidas y traté de encontrar las palabras precisas para expresar qué sentí
exactamente cuando el acero me sacaba la piel y me entraba en el cuerpo. Fue como un
cuchillo cortando un plátano.” Goncourt, al reseñar esta anécdota, comenta: “Nuestro viejo
amigo Turguéniev es un verdadero hombre de letras”.
¿Cuál sería el mejor modo de escribir sobre la enfermedad, y el trance de morir, y la
muerte? Pese al ejemplo impecable de Turguéniev, el dolor suele ser enemigo del potencial
descriptivo. Cuando le llega el momento de sufrir, Daudet descubre que el dolor, como la
pasión, deja al lado el lenguaje. Las palabras llegan “cuando todo ha acabado ya. Nombran
recuerdos estériles o mendaces”. La perspectiva de una muerte próxima podrá propiciar o
no que el intelecto se concentre y aporte alguna verdad final; y podrá incluir o no ese aidemémoire del discurrir de la vida ante tus ojos; pero es improbable que haga de ti un
escritor mejor. Modesto o desenvuelto, prudente o jactancioso, literario o periodístico, no
escribirás ni mejor ni peor que antes. Y tu temperamento literario se adecuará bien o no al
nuevo reto temático. Cuando el relato heroico -y, uno diría, heroicamente autoengañosode Harold Brodkey sobre su propia muerte se publicó en el New Yorker, felicité a la
directora de la revista por “ofrecérnoslo en su integridad”, refiriéndome con ello al
palmario e impresionante egotismo del autor. “Pues tendría que haber visto lo que
quitamos”, me respondió con sorna.