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Aparecidos en su día (salvo «El lápiz») en revistas como «Black Mask» o «Dime Detective
Magazine», los relatos incluidos en ASESINO BAJO LA LLUVIA constituyen por sí mismospiezas
llenas de nervio y vigor narrativo, así como del peculiar sentido del humor de Raymond Chandler
(1888-1959). La pieza que da título al volumen y «Blues de Bay City» el lector de«El sueño eterno»
(BA 0700) o «La dama del lago» (BA 0703) reconocerá en ellas elementos comunes con estas
novelas presentan el valor añadido de permitir apreciar parte del procesode creación del autor,
quien, según su propia expresión, "canibalizaba" a menudo sus propios relatos integrándolos en
obras mayores. Completan el libro «Peces de colores» y «El lápiz».
ASESINO BAJO LA LLUVIA Y OTROS RELATOS
CAPITULO 1
CAPITULO 2
CAPITULO 3
CAPITULO 4
CAPITULO 5
CAPITULO 6
CAPITULO 7
CAPITULO 8
CAPITULO 9
CAPITULO 10
CAPITULO 11
CAPITULO 12

ASESINO BAJO LA LLUVIA Y OTROS RELATOS
Biblioteca Chandler Nº0

Aparecidos en su día (salvo «El lápiz») en revistas como «Black Mask» o «Dime
Detective Magazine», los relatos incluidos en ASESINO BAJO LA LLUVIA
constituyen por sí mismos
piezas llenas de nervio y vigor narrativo, así como del peculiar sentido del humor
de Raymond Chandler (1888-1959). La pieza que da título al volumen y «Blues de Bay
City» —el lector de
«El sueño eterno» (BA 0700) o «La dama del lago» (BA 0703) reconocerá en
ellas elementos comunes con estas novelas— presentan el valor añadido de permitir
apreciar parte del proceso
de creación del autor, quien, según su propia expresión, 3canibalizaba² a menudo
sus propios relatos integrándolos en obras mayores. Completan el libro «Peces de
colores» y «El lápiz».

Traductor: Ibeas Delgado, Juan Manuel
Autor: Chandler, Raymond
©2003, Alianza Editorial, S.A.
Colección: El libro de bolsillo. Biblioteca de autor, 706
ISBN: 9788420677705
Generado con: QualityEPUB v0.33

CAPITULO 1 Nos encontrábamos en mi habitación del Berglund. La lluvia martilleaba con violencia contra las ventanillas. bastante agradable. Estaban cerradas y hacía mucho calor. Terminó siendo el dueño. El viento iba directamente hacia el rostro de Dravec volándole el cabello y parte de aquellas gruesas cejas que le cruzaban la cara en una sólida línea. Tengo un trabajo para ti. —Excelente. Tomé un sobre que se encontraba en un de mis bolsillos y leí en voz alta. Sigues sin entenderme. —Estoy saliendo muy poco en estos días. Más tarde como camionero. Nacido en Servia. —Contesté—. Trabajó como metalúrgico en Pittsburg. Eres limpio. ciento treinta kilos. Anton o Tony. Parecía un nuevo rico. Tomó cinco billetes de cien y ordenándolos como si fueran una buena mano de póker. Trabajó en una hacienda en El Seguro. Tiró la billetera al piso. Encendí la pipa. —Quizás haya dinero. Yo estaba sentado sobre la cama y Dravec en un sillón. Se hizo rico. Era mucho trabajo y refunfuño: —Tengo montones de esto —dijo. Perdió bastante. —Ahora ya me conoces ¿eh? —Un poco más.90 metros de alto. Sacó el dinero. No hay nada desde lo de Pittsburg. Volvió a mirar su mano y frunció el ceño. como si todos supieran mucho acerca de su persona. Al menos eso tengo entendido. Llegó a la cumbre en tiempos del boom petrolero. Violets M’Gee. los colocó bajo la base del ventilador. —No me entiendes. ¿De dónde sacaste todo eso? . No tiene prontuario de importancia. Dejó el pueblo y partió hacia el Oeste. —Nada. No parecía un hombre observador. —No. ¿Qué tengo que hacer para conseguirlo? Si es que me decido. —Mi Dios. eligió unos pocos billetes y volvió a acomodar el resto. —Quizás lo haya. no se le conoce esposa. Me mostró uno de sus dientes de oro: —¿Qué tienes contra mí? —Preguntó con un aire circunspecto. —Dravec. Me estoy poniendo debilucho. Dio un mal paso y lo pusieron a la sombra. Sobre la mesa había un pequeño ventilador. Elevó una de sus manos velludas y la miró con insistencia por un instante. con billetes apretujados en todas las direcciones. Lo abrió con descuido y extrajo una billetera que parecía una parva. Paseó la mirada por la habitación. una hija. Llevaba puesto un impermeable. Todavía le queda una buena parte. Un muchacho llamado M’Gee me dijo que viniera. 1. ¿Cómo anda Violets? Violets M’Gee era un detective de la sección homicidios del Departamento de policía. —Ya lo veo. Cuando la golpeó contra su rodilla se oyó un ruido seco. Lo hacía de una manera afectada.

El hombre era capaz de partir un tubo de teléfono. Vengo aquí a arreglar las cosas. Me la restregué para que recobrara su sensibilidad. Los hizo descender suavemente y suspiró profundamente. Saqué un fósforo del bolsillo y revolví las cenizas de mi pipa. Carmen. sacudiéndolos.. Había hablado sin detenerse. La amo. —Hablaré claro —dijo con firmeza y a la vez con dulzura—. Y tú lo sabes.. Todos son un desastre... Sus ojos se hicieron pequeños y destilaron furia. —Sí. Se inclinó hacia delante y me tomó con una mano. salen de parranda. —No lograrás nada con darles dinero.. Conozco a Steiner. Decía “Mr. Ella juega con él. Al diablo con eso. Estaban firmados “Carmen Dravec”. Este Steiner la molesta.. —Tú también estás asustado. Finalmente sacó una tarjeta marrón y unos papeles arrugados. . jamás. El otoño recién había comenzado.—Conexiones. Siempre hay uno nuevo. Era extraño que lloviera tanto. Simplemente yo la recogí en Smoky. Te diré algo que no le he dicho a nadie. Todavía me odia por eso. ví como la lluvia golpeaba y bajaba por el vidrio en espesas oleadas como si fuera gelatina derretida. Carmen. —¿Chantaje? Contestó que no con un gesto y su rostro cobró una dulce expresión que no le había visto hasta entonces. —¡Dile que le romperé la cabeza! —Yo no me molestaría. —Escúchame.. Se lo devolví. Hace un tiempo le tuve que dar cinco de los gordos a un tal Joe Marty para que la dejara. Harold Hardwick Steiner” y en una esquina: “Libros Antiguos y Ediciones de Lujo”. Creo que se acuesta con él y eso no me gusta. La letra era extravagante.. Eran unos enormes nudos de huesos y músculos.. Le crujían los dientes. mientras se mordía los labios. ¿eh? —Eso parece. Aullaba. Ella está creciendo. lo estrangularé con mis propias manos. M’Gee dice que eres un buen tipo. Me los alcanzó. Yo también tengo miedo. Ella lo sigue todo el tiempo. No tenía a nadie. No llevaba dirección ni teléfono. Si no. Podrías pasarte la vida haciéndolo. Está loca por los hombres. De manera que prefieres que sea un poco duro con este Steiner. estaba en la calle. Unas lágrimas grises le flotaban en sus ojos infantiles. Dile a ese Steiner que deje a Carmen. Tuve que forcejear para desprenderme de su mano. —¿Qué pasa con los documentos? —No me importa el precio. —¿Por qué tengo que decírselo yo? ¿Por qué no tú? —Quizás me enloquezca y lo mate a ese. muy finas. Los tres papeles eran simples documentos por un valor de mil dólares cada uno. La tarjeta estaba impresa en letras doradas. era un bebé. Por un instante lo observé detenidamente. No sé cómo manejarla.. Quizás la robé. ella no es mi hija. Miré por la ventana. —Es mi hijita. Se la rompería yo si eso sirviera de algo. Los sostuvo en alto. Levantó sus puños. ¿De qué se trata? Recogió la billetera y hurgó en su interior con dos dedos.

¿eh? Su voz era implorante. Eso es fácil. Me levanté de la cama. Me hablaba como si yo fuera capaz de decidir el asunto. me serví un trago antes de desplomarme sobre el sillón que todavía estaba tibio. Sin embargo me era simpático. De todos modos no es su tipo. —Entendámonos —dije mientras bajaba la ventana y volvía a la cama—. Se abrochó el impermeable y colocándose el sombrero en su cabeza lanuda salió de la habitación. Lo miré fijamente. Coloqué el dinero en un lugar seguro. —Pero podría molestarte después. Pensé que estaba más loco que una cabra. me pregunté qué clase de tipo sería ese Steiner. Pero no sé de qué puede servirte. como si aquél hubiera sido el cuarto de un enfermo. Podía creerlo. Cerró la puerta con cuidado. Ya me arreglaré. —No me entiendes. Quiero casarme con ella. —No importa. Sabía que tenía una buena colección de libros pornográficos. Y que los alquilaba a diez dólares el día. eso es natural. Mientras jugaba con el vaso. . tomó su sombrero y habló mirándome a los pies. —¿Se lo has preguntado? —Tengo miedo —contestó humildemente. Quizás quiera casarse. Se puso de pie. —Hazlo. A determinadas personas. —¿Piensas que está loca por Steiner? Asintió. —Pero eso no quiere decir nada. Yo puedo quitarte a Steiner del camino. —Entiéndeme. Ella está creciendo. abrí la ventana y dejé que la lluvia me golpeara el rostro.—Ajá. Bueno.

Parecía estar abandonada o vacía. unas pocas casas que parecían cabañas. Una luz se encendió en el interior de la casa. Un coche se detuvo frente a la casa de Steiner. La luz que se filtraba por el seto me permitió ver que era de cabello castaño y posiblemente bonita. A la distancia no pude ver su ojo de vidrio. De paso también las apretujaban un poco. Por supuesto podían haber comprado libros antiguos y ediciones de lujo. Yo lo seguía a una cuadra de distancia. Unos enormes policías. Salió de la Pepper y tomó por una ondulada faja de cemento húmedo llamada Terraza La Verne. Al salir del barrio de las oficinas. Entablé un diálogo con mi botella de Scoth y me senté a esperar. Steiner salió y se introdujo en el auto. vestidos con impermeables que brillaban como tambores de revólveres se divertían cruzando a niñas con medias de seda y pequeñas botitas a través de los lugares inundados. Era un camino estrecho. Salí del Chrysler y me dirigí colina abajo. Subió casi hasta la cima. Al tiempo que hacía todo esto yo había llegado ya a la casa que lindaba con la de Steiner. Era un Packard convertible color marrón oscuro. construidas sobre la ladera. salió del negocio y se dirigió calle arriba trotando rápidamente.. El muchacho de la campera le sostenía el paraguas mientras caminaban por la vereda. Llevaba conmigo una botella de Scoth y tuve que usarla con bastante frecuencia para mantenerme en forma. dobló hacia el Norte. que cubría hasta las ventanas. Unas voces se oyeron en medio de la lluvia y la puerta se cerró. Estaba seguro de que volvía a su casa. pero. Iluminé el coche con una linterna. en Pepper Canyon. Al atardecer estacioné un Chrysler azul cerca del angosto frente de una tienda donde unas letras verdes de neón anunciaban: “H. El refugio de Steiner tenía un macizo seto en el frente. Lo cerró y se lo alcanzó a Steiner una vez que éste se ubicó dentro de la cupé. Hice otro tanto. La entrada era una especie de laberinto y la puerta de la casa no se podía ver desde el camino. Volvió conduciendo una cupé gris y blanca. A las cinco y media un muchachito con campera de cuero y cara de sinvergüenza. Steiner”. Los frentes estaban enmascarados por los arbustos que chorreaban agua. La lluvia ametrallaba la capota del Chrysler. Volví a mi escondite. Quizás especialmente por ello. Era lo lógico. Descendió una muchacha alta y esbelta. H. La licencia de conducir pertenecía a Carmen Dravec. Se dirigió hacia el Oeste. La lluvia lo salpicaba todo y hacia rebalsar los desagües.. 3596. Espléndidos coches se detenían frente a la tienda. Avenida Lucerna. y gente espléndida entraba para salir luego con paquetes bajo el brazo. Vestía un impermeable de cuero verde oscuro y fumaba un cigarrillo en una boquilla de ámbar. A un lado se elevaba un alto terraplén y al otro.CAPITULO 2 Llovió todo el día siguiente. Steiner introdujo la cupé en el garaje y luego de cerrarlo con llave entró en el laberinto con el paraguas abierto. Ya estaba bastante oscuro. Steiner hacía su negocio incluso con aquel temporal. No llevaba sombrero. se filtraba por las junturas e iba formando un charco en el piso junto a mis pies. . A las seis y cuarto ví unas luces que trepaban por la colina.

Eso fue todo. tres disparos retumbaron en seguidilla detrás de la puerta. entonces al salón principal. Estaba seguro de que allí se encontraba la muerte. Le hicieron eco los árboles empapados por la lluvia. Esto me dio fuerzas y golpeé otra vez la puerta a puntapiés. No había entrada lateral ni forma de alcanzar las ventanas. De repente una luz brilló en lo de Steiner.Pasó una hora lenta y pesada. Tenía un dejo de placer. Perdí tiempo tratando de echar abajo la puerta con el hombro sin hacer mucho ruido. La única posibilidad de llegar a la parte trasera era a través de la casa o subiendo una larga escalera de madera que daba a la puerta del fondo desde una especie de caminito lateral. Al desaparecer. oí el ruido de un auto. El barrio parecía bastante tranquilo. No aparecieron más coches en ninguna de las dos direcciones. el tiempo se arrastraba. pasos rápidos que se dirigían hacia el fondo de la casa. No había terror en aquel grito. un grito agitó la oscuridad. alcé la mano para golpear la puerta. oscura y desordenada habitación. Volví. que conducía hasta la carretera. como si alguien hubiera estado esperando el momento justo. semejante a un pequeño puente. de borrachera. Entonces. Se oyó un gemido largo y desgarrador. Se alejó velozmente. de idiotez. con las luces apagadas. No ví gran cosa en ese momento. Al llegar a la puerta trasera. Me devolvía el golpe como la coz de una mula del ejército. La puerta daba a un estrecho camino. Me puse en camino antes de que el último sonido se desvaneciera. Dura y blanca como un rayo de verano. un golpe seco y luego. Rompí el cerrojo y bajando dos escalones penetré en una amplia. La casa se encontraba en completo silencio cuando luego de cruzar el cerco y doblar el codo que escondía la entrada principal. . Allí escuché ruido de pasos. Me dirigí hacia el fondo de la casa.

Las rodillas estaban juntas. una mezcla que nunca he probado. Una gruesa alfombra rosa cubría el suelo y dos lámparas de pie arrojaban sombras verdosas. no muy fuerte. Su reluciente ojo de vidrio parecía ser la única cosa con un poco de vida. No parecía advertir mi presencia. Esto tampoco pareció alterarla. También había un botellón que contenía un líquido oscuro. Parecía estar ocupada en algo muy importante. Steiner llevaba puestas unas sandalias chinas con gruesas suelas de fieltro. No había el menor rastro de emoción en su voz. pero tampoco tenía aspecto de estar inconsciente. Parecía estar apuntando hacia la muchacha. En aquel momento pensé que era una buena idea el clausurar la puerta delantera con la cadena. De las paredes oscuras colgaban algunos tapices y las estanterías estaban repletas de libros. le cubría la parte superior del cuerpo. Estaba llena de sangre. Le . Sus risitas continuaban y un hilo de espuma le corría por el mentón. Sus labios no se movieron. Recogí un vestido marrón y fui hacia ella. Dejó que le levantara los brazos. era de techo bajo cruzado con vigas. el cuerpo rígido y derecho y sus ojos estaban muy abiertos. —Vete al. También tenía un fuerte olor a éter. Sobre un diván que estaba en una esquina encontré las ropas de la muchacha. pero que parecía ajustarse bastante bien a la escena. de manera que decidí vestirla yo mismo. Finalmente logré vestirla. La golpeé un poco más. Su pantalón de dormir era de stén negro y una chaquetilla china. Aparentaba no darse cuenta de lo que estaba sucediendo. toda bordada. En una especie de tarima. justo al borde de la alfombra rosa. No se le veían las pupilas. No quería que saliera del sopor en que se encontraba y comenzara a dar gritos de histeria. Llevaba un chal rojo. El flash había provocado la luz que yo viera en la casa y el gemido desgarrador pertenecía a la muchacha drogada. Miré hacia el otro lado de la habitación. Ahora vas a vestirte. La golpeé en la cara. boca arriba. Soltó una risita que no modificó su expresión. frente a un objeto que se asemejaba a un pequeño totem y que tenía un orificio por el que podía verse la lente de una cámara fotográfica.. pero abría los dedos. Los tres disparos en cambio eran obra de otra persona. Pórtate bien. Algunos libros se encontraban desparramados sobre la mesa. había una silla de respaldo alto.. lleno de flecos y tenía las manos apoyadas sobre los brazos del sillón. La muchacha de cabellos castaño estaba sentada allí. Pude imaginar su plan. Fuera de aquel detalle estaba completamente desnuda. cuyos procedimientos todavía debían ser develados. —Vamos —dije con firmeza—. En medio de la alfombra había una mesa amplia y baja y un sillón negro con un almohadón de satén amarillo. Unos vasos color púrpura se encontraban sobre una bandeja barnizada. junto a la pared. como si fuera algo muy divertido.CAPITULO 3 La habitación ocupaba todo el frente de la casa. Steiner estaba en el suelo. Parecía no importarle. Los vasos olían a éter y láudano. La cerradura había cedido por mis violentos golpes. Llevaba puestos unos largos aros de jade. Presumiblemente se trataba del muchacho que había escapado por la escalera del fondo. Me dio bastante trabajo con las mangas. A primera vista intuí que ninguno de los tres disparos había errado.

NO podía quitarle la cabeza de mi hombro. Por otra parte su casa estaba bastante lejos. Una mucama me abrió la puerta. dejé sus cosas y descendí. Me fui. Le pareció divertido el hecho de no poder caminar y trató de decírmelo. Señalé el Packard y gruñí. por mementos parecíamos una pareja bailando un adagio. pero no había otra salida. La casa daba la impresión de encontrarse vacía. Pensé que hallaría mejores excusas si volvía con la ley que si era encontrado allí en aquel momento. Parecía un lindo y viejo caballo a quien habían mandado a pastar luego de un día de trabajo. Volví con la muchacha y le puse el impermeable. Todavía tenía que obtener el rollo de la cámara de Steiner. pero no hallaba la traba. Quizás en algún punto de la ciudad.coloqué las medias y los zapatos y luego hice que se pusiera de pie. Nada sucedió en el camino a la Avenida Lucerna excepto que Carmen dejó de balbucear y reírse y comenzó a roncar. Tiene suerte de que no la metimos adentro. manejando con semejante falopa encima. Por momentos sus aros me golpeaban el pecho. Dravec no se encontraba allí y que no sabía donde podía estar. Vamos a dar un lindo paseito. Tuve que caminar cinco cuadras hasta que me dejaran entrar en un departamento para usar el teléfono. Di un vistazo a la habitación para ver si había algo más de su pertenencia.. Me estaba poniendo nervioso. El hogar de los Dravec era una enorme y antigua casa de ladrillos. Abrí la puerta y apagué las luces. pero sólo barbotaba palabras sueltas. Me pareció interesante. La tomé con mi brazo izquierdo y salimos hacia la lluvia. NO prestó ninguna atención a Steiner ni a su brillante ojo de vidrio. nariz grande. con amplios jardines y cercada con una pared. La senté en el diván mientras recogía sus prendas interiores y las colocaba en el bolsillo de mi piloto. Caminamos. Arrancamos colina abajo. comencé a preocuparme por lo que no había hecho. —Será mejor que la meta en cama. Mientras esperaba. También la puse en mi bolsillo. Apoyé a Carmen contra la esquina del asiento. Tenía un rostro largo y amarillento.. Me dijo que Mr. Fui hasta la mesa y encontré una pequeña libreta azul escrita en clave. Traté de llegar hasta la parte trasera de la cámara que se encontraba en el totem y obtener el rollo. Por allí se colaba una luz mortecina. ojos alargados y húmedos y carecía de mentón. en el extremo Oeste de la ciudad. Tuve que conducir bastante despacio. Caminamos hasta donde se encontraba el cadáver de Steiner ida y vuelta. Hice lo mismo con su cartera. Sonrió con tristeza. Luego tuve que esperar veinticinco minutos hasta que llegar un taxi. La introduje en su Packard. Un caminito atravesaba los portones de hierro y continuaba en un declive bordeado de canteros con flores hasta llegar a una enorme puerta principal con estrechas ventanas a los costados. . No me atraía demasiado la idea de dejar mi coche. Todo lo que podía hacer era evitar que se recostara sobre mis rodillas. limpié mis huellas digitales que probablemente no había dejado y traté de hacer lo mismo con algunas de Miss Dravec. Pensé que trataría bien a Carmen. —Vamos a dar un paseito. Las llaves estaban en su auto.

apagué la luz. La cama tenía una larga manta con flecos en los bordes. Era un poco difícil que se hubiera ido solo. Entonces me di cuenta de que el cadáver de Steiner ya no estaba frente al totem. Alguien había colocado una alfombra en ese lugar. Había pasado una hora y media desde que Carmen y yo dejáramos el lugar. No les envidiaba el trabajo que tendrían los policías cuando se la entregara. Steiner no se encontraba debajo de la cama. Steiner poseía una mina de oro. Perseguía a una muchacha desnuda con largos aros de jade. Me daba la oportunidad de decirlo sin inmiscuir a Carmen Dravec y a su foto desnuda. sin tener en cuenta los posibles chantajes que debían presentársele. Yo no los había contado pero los lugares vacíos se veían a simple vista. Lo primero que advertí fue el hecho de que un par de tapices habían desaparecido de la pared. Si ésta era su lista de clientes. Por otra parte no había rastros del desorden que suelen dejar los fotógrafos de la policía y los peritos en huellas digitales. Estaba escrita en clave. Me puse de pie. encontré la perilla de una de las lámparas y encendí la luz. Crucé un pequeño hall que se encontraba del otro lado del salón y entré en un desordenado dormitorio. pensando en llamar a Dravec. Parecía más de mujer que de hombre. Había más de cuatrocientas cincuenta. pensando en el asunto. Miré el teléfono un par de veces. Había olor a cigarrillo. Mi mano se desplazó hasta el teléfono que se encontraba en la mesa de Steiner. Nada parecía haber cambiado. me introduje en mi coche empapado y lo hice arrancar. Sólo se oía la lluvia que golpeaba contra el techo. Habían pasado las diez de la noche cuando llegué al Berglund. iluminando con mi linterna. Esta vez encontré la traba pero el rollo ya no estaba allí. Sin embargo reflexioné que era mejor dejarlo tranquilo hasta el día siguiente. Iluminé el suelo con mi linterna. No estaba en toda la casa. Cuando dejé la casa había una complicada mezcla de olores en los que no se contaba el tabaco. No había sido la ley ya que alguien se habría quedado de guardia en la casa. Me di una ducha y ya en pijamas. . pero no tomé el auricular. mientras yo trataba de fotografiar la escena con una cámara sin rollo. salí de la casa. Tomé demasiado whisky tratando de descifrar el código. Alguien se lo había llevado. Cerré la puerta. Nadie me disparó. empujé con el pie al aparato de flash hasta situarlo detrás del totem. Volví al salón. justo al borde de la alfombra rosa. abrí la puerta suavemente. me preparé un cóctel. Me convenía bastante el hecho de que alguien quisiera mantener oculta la muerte de Steiner por algún tiempo. Llené la pipa y me senté con el cóctel y la libreta de Steiner. guardé el coche y subí a mi departamento. puse una rodilla en el suelo y traté de escuchar conteniendo el aliento. pero por la disposición de las entradas se veía que era una lista de nombres y direcciones.CAPITULO 4 Dejé el taxi en la Pepper y me dirigí colina arriba por la Terraza la Verne hasta lo de Steiner. La levanté. Crucé el cerco. Cualquier nombre en esa lista era la de un asesino en potencia. Al rato me dirigí hacia la cámara que se encontraba en el totem. A medianoche me acosté y soñé con un hombre que llevaba una chaquetilla china llena de sangre. Prendí un cigarrillo y permanecí en medio de la habitación.

Fijate en el remolcador.... La pintura y los cromados estaban descarados por la arena y los tapizados empapados y negros. Bajamos por unos angostos escalones hasta la cubierta del remolcador. frente a la cabina y había gente a su alrededor. Uno de sus autos se está dando un baño en el muelle Lido. un remolcador negro se arrastraba en la punta del muelle. nos dirigimos al estacionamiento oficial y entramos en el pequeño sedan negro. largo y negro. sobre la cual sólo se apoyaban su sombrero y uno de sus pies. ¿Quiéres venir a dar un vistazo? Le contesté que me gustaría. M’Gee saludó a un oficial que vestía uniforme verde kaki y a otro hombre vestido de civil. Te paso a buscar. —Si es que eso era una respuesta. verde y cromado relucía en la cubierta. Se rió distraidamente y luego su voz me pareció demasiado casual. Cumplimos las primeras diez a través de la ciudad. Ni siquiera la lluvia de los dos últimos días había conseguido disipar el olor. hay un tipo adentro. Parece que es un tipo con problemas. —Allí está —dijo M’Gee—. Quitó a ambos de la mesa. Su voz tenía la alegre entonación del hombre que ha dormido bien y no le debe dinero a nadie. yo las tenía. Más allá se extendía el muelle. Lido quedaba a treinta millas. M’Gee le mostró su estrella de bronce y pasamos. Dravec. Había suficientes aromas en el aire como para sentir que la vida era simple y dulce.CAPITULO 5 Violets M’Gee me llamó a la mañana siguiente.. sentado frente a una pequeña mesa. observándonos. Todavía no se lo conté a Dravec. ¿cómo estás muchacho? Contesté que todo andaba bien. Aparte de eso. Los tres miembros de la tripulación del remolcador se apoyaron contra la cabina. Tomé el tubo con fuerza. Pero. lamentablemente. vestido y con un liviano desayuno en el estómago. Yo había leído el diario y no había nada referente a Steiner. Un muchachito. Descendimos. Era un mastodonte en dos tonos de verde con detalles . M’Gee llegó en tres cuartos de hora. también amarilla. antes de que me vistiera. —Muy bien. si uno no tenía demasiadas cosas en la cabeza. afeitado. No dije nada. La lluvia había cesado durante la noche y la mañana era azul y durada.. todo lleno de agua y arena.. —Sí —continuó alegremente—. —¿Dravec? —No. Algo grande. ¿hiciste algo por él? —Demasiada lluvia —le respondí. Había algunos coches y personas frente al arco. Un policía en motocicleta les impedía pasar al muelle. pero muy lentamente. A la media hora me encontraba en el County Building. Examinamos el auto. Encontré a M’Gee contemplando una pared amarilla. En efecto. excepto algunos problemas con mi libro de lectura de tercer grado. Solté la respiración muy.. —Ajá. Finalmente nos detuvimos frente a un arco de estuco... —Ese tipo que te mandé. ¡Ah! Me olvidaba. —Bueno.. Tenía el paragolpe delantero doblado y un farol y el radiador destrozados... el coche no estaba del todo mal. Un Cadillac nuevito.

Yo lo miré en forma ausente y no dije nada. bastante borracho. El médico miró el cadáver morosamente. brillante y amarilla. anteojos y una valija negra se acercó lentamente por el muelle y bajó los angostos escalones. Los ojos guardaban un pálido brillo bajo los párpados caídos. —Pasó por allí. Manipuleó la cabeza. El golpe debe haber sido fuerte. sonrió débilmente. Un hombre pequeño.. Su rostro tenía un color blanco azulado. Parece que le gustaba manejar.. Eligió un lugar bastante limpio de la cubierta y dejó la valija. Allí está su paciente. Trajimos el remolcador para sacarlo. Es todo lo que sabemos. Haciéndose el vivo con esta lluvia. Miró en derredor. eso diría yo. El acelerador de mano estaba a media velocidad y tiene un golpe en la cabeza. Caminamos por el muelle. excepto que cayó cuando había mucha agua. A los costados se elevaban pequeñas . M’Gee me miró con ojos de zorro. Se partió la nuca. M’Gee se apartó. estaba llena de arena y en su rostro había algunos rastros de sangre que el agua no había logrado borrar del todo. Entonces vimos al muerto. M’Gee les dijo a los oficiales que mantuvieran el pico cerrado hasta que tuvieran instrucciones. abierta. —Hola Doc. el chico. —Bastante borracho. por supuesto. Dudo de que tenga mucha agua adentro. La dejó caer. Nos despedimos. subió los escalones y se alejó por el muelle. —¿Cómo fue? —preguntó con tranquilidad. Hicieron lo mismo con la tripulación del remolcador. Se quitó el sombrero y restregándose la nuca. —¿Lo registraron? ¿Saben quién es? Los dos oficiales me miraron. Los muchachos vinieron a pescar esta mañana y lo vieron bajo el agua.color borravino. El otro oficial restregó la cubierta con uno de sus zapatos. —Vámonos —me dijo M’Gee—. no se abolló demasiado. levantó una de las manos y observó las uñas. No se preocupen por eso —dijo M’Gee.. subimos al pequeño sedán negro y volvimos a la ciudad por la blanca carretera recién lustrada por la lluvia. Con esto se acaba la primera parte del espectáculo. M’Gee y yo observamos el asiento delantero. Será mejor que lo llevemos antes de que se ponga rígido.. La lluvia cesó temprano aquí. Una ambulancia se ubicó delante del arco de estuco. hizo un ruido con la garganta y comenzó a chupar uno de los purificadores de aliento con aroma a violetas que le habían valido su sobrenombre. El paredón de contención había resultado inútil y la madera destrozada relucía. a eso de las nueve. También es posible que la mano haya tocado el acelerador. Yo sé quién es. —Borracho un carajo —dijo el oficial de civil—. De todos modos yo también diría asesinato. Un muchacho delgado. se hizo a un lado y volvió a recoger su valija. de cabello negro y probablemente buen mozo estaba enroscado en el volante. El oficial de uniforme señaló el extremo del muelle. palpó las costillas. Salió a bucear anoche. Así que fue después de la lluvia. si. Por lo menos media marea. Los dos oficiales gruñeron y comenzaron a sacar al hombre del interior del auto. Es todo lo que sabemos. —Doce horas. con cara de cansancio. Su boca. O sea inmediatamente después de la lluvia. Lo dejaron sobre la cubierta. Su cabeza se recostaba en un curioso ángulo con respecto al resto del cuerpo. Les diré el resto cuando lo vea sobre una mesa. Se quebró la nuca. —Muy bien. Pregúnteme y les contesto: Asesinato. Pudo lastimarse la cabeza en la caída. M’Gee lo miró cortésmente y se dirigió al otro oficial. —¿Qué le parece? —Podría ser suicidio.

No esperaba encontrar nada acerca de Steiner y así fue. —Flor de amigo. Voy a seguir a Dravec de todos modos. Dravec se le cayó encima. Mar adentro. —Seguro. ¿Qué te parece? —Típico de Dravec. se encogió de hombros y estuvimos a punto de caer en la arena cuando salimos del camino. No haría tanta alharaca. Actúa como un atolondrado. pero no creía que Dravec pudiera haberlo matado. Me reí. pero no así. Unas pocas gaviotas planeaban sobre la costa.colinas de arena amarilla cubiertas de musgo. Seguro. no es la forma en que Drave lo haría. Gruñó. —Desacelera. Entonces el muchacho comienza a trabajar para él. —¿No me digas? —Dravec lo mató. Dice que el muchacho pensaba casarse pero que ella no quería. Lo único que tiene que hacer es volver caminando hasta su casa en medio de la lluvia. Algún día querrás jugar a mi manera. Entonces. Violets. Quizás ni siquiera piensa. —¿Alguna idea? —Desacelera —le contesté—. Cuando llegamos a la ciudad ya era mediodía. Almorcé en un bar y eché una mirada a los diarios de la tarde. Anduvimos unas millas sin decir nada. Pensé que me ibas a hablar de él. algunos blancos veleros parecían suspendidos en el cielo. Por otra parte está asustado. Treinta millas. de lo cual no estamos seguros. Jamás he visto a ese tipo. . Serpenteábamos por el camino mientras M’Gee pensaba en el asunto. Pero Dravec no mató a ese muchacho. Para qué carajo te habré traído. pero el muchacho pudo haber reincidido. la chica se pone a llorar y a la mañana siguiente el viejo vuelve a las puteadas y lo saca. —Muy bien. —Sí. Tendrás que hacerlo. M’Gee tenía el cabello canoso. —¿Tú crees que Dravec lo mató? —¿Por qué no? El muchacho vuelve a intentarlo con la chica y Dravec se la da demasiado fuerte. —Escúchame Violets —dije con seriedad—. hecha para besar bebitas. Un muchacho llamado Carl Owen. Me interesaba lo sucedido con Carl Owen. Es de los que matan cuando están furiosos. Piensa que no habrá lío. ¿Cómo puedo saberlo? Porque lo tuvimos adentro hace un año. Lleva el coche hasta el Lido y deja que con la lluvia se deslice por el muelle. Es demasiado blando para eso. Entonces M’Gee se volvió hacia mí. ¿Quién es? —Carajo. mentón macizo y una boca en forma de hociquito. Este los siguió. Miré su perfil y súbitamente entendí la idea. —El chofer de Dravec. los trajo de vuelta y metió al chico en la cárcel. —Es muy simple. Fabrico una fabulosa teoría y miren lo que hace. El asunto fue así: Se llevó a Yuma a la hija de Dravec. Después de almorzar fui a dar un vistazo a la tienda de Steiner. Yo había cenado con whisky la noche anterior y desayunado bastante poco. Pero estaban jugando al salto de rana. Me bajé en el Boulevard y dejé que M’Gee fuera a ver a Dravec. Si el muchacho fue asesinado. Es un tipo grande y puede romper un cuello con facilidad.

. —¿Qué desea? Me coloqué el sombrero sobre los ojos. Se levantó y vino hacia mí. mostrándome desilusionado. de cabello blanco y ojos negros. El resto de los libros estaban en vitrinas. un vendedor. Esbozó lo que debió creer que era una sonrisa de bienvenida y agitó sus uñas plateadas. Los paquetes eran pequeños y estaban atados en forma apurada. En una esquina se encontraba una mujer. Eso la sacudió. La parte trasera era de tejido metálico y no llevaba sigla comercial ni dirección alguna. Dejé el negocio. —¿Está enfermo? Podría ir a verlo a su casa —sugerí esperanzado—. Llevaba unos nueve quilates de diamantes en el dedo.. bueno.. Detrás del negocio se encontraba un camioncito negro. Hizo un esfuerzo por recobrar el aliento. Me toqué el sombrero y cuando me daba vuelta para irme ví que el muchacho con cara de sinvergüenza de la noche anterior aparecía en la puerta. —Mi especialidad.. puede venir mañana. . Se volvió hacia atrás tan pronto como me vio. Las uñas plateadas se tocaron el cabello detrás de una de las orejas. Algo que él busca desde hace mucho tiempo. moviendo las estrechas caderas dentro de un ajustado vestido negro. eso no serviría de nada. Parte del stock estaba siendo trasladado. Largos aros pendían de sus orejas y el cabello se agitaba suavemente tras ellos. pero alcancé a divisar unos paquetes de libros en el suelo de la parte trasera del negocio. —¿Steiner? —Hoy no vendrá. Un hombre con un mameluco muy nuevo los estaba arreglando. completamente opaco. Tenía sólo una puerta. Puedo mostrarle. Pero sus palabras fueron tranquilas cuando finalmente salieron. Dimos la vuelta hasta el final del callejón y esperamos junto a una bomba de incendios. Le mostré algo de dinero. Ha salido de la ciudad.CAPITULO 6 El negocio ocupaba la mitad del frente del edificio.. —Eso. caminé hasta la esquina y volví por el callejón. Era una rubia de cabello color ceniza y ojos verdosos bajo unas gruesas pestañas postizas. Asentí. —Estoy vendiendo. —¿Un trabajito de persecución? Me miró. —Ah. Una gruesa alfombra azul cubría el piso de pared a pared. Una débil y conocedora sonrisa se esbozó en sus labios cuando entré en lo de Steiner. Él querrá ver lo que traigo. abrió la puerta e incrustó la revista detrás del espejo retrovisor. A media cuadra un muchachito de cara rozagante se encontraba leyendo una revista dentro de un camión. Un tabique de paneles separaba el salón de la parte trasera del negocio. A través de los alambres se veían unas cajas.. El hombre del mameluco salió y cargó una más. Había sillones de cuero azul con ceniceros de pie a su lado. Era un judío grade. El dueño estaba parado en la entrada. La otra mitad era una joyería.. jefe —contestó alegremente. sentada tras un pequeño escritorio e iluminada por una lámpara. En unas mesas se encontraban algunos ejemplares en cuero repujado.. Volví al Boulevard.

tratando de encontrar el camión detrás de los arbustos pero yo no podía tranquilizarme. —Cuidado con el peso —le dije al rato—. La tiré en la escupidera de bronce que estaba al lado de los ascensores. Regresamos a la ciudad y fuimos hasta mi oficina. Rápidamente dobló a la izquierda al llegar a la esquina. El hombre del mameluco nuevo estaba colocando las cajas en el ascensor automático. cuando lo ví en el garaje. Subí los escalones y volví al camión. Arriba había buzones para correspondencia rotulados con nombres. Se lo estaba diciendo cuando el camión volvió a virar hacia el Norte. luego dobló hacia el Este.Habría una docena de cajas en el camión cuando el hombre del mameluco nuevo subió a la cabina y puso en marcha el motor. prendí un cigarrillo y lo miré. Cuatrocientos cinco. El camión siguió por el Norte hasta Garfield. Allí había una casa blanca. Fuimos hasta el frente de la casa. Mi conductor lo seguía a demasiada distancia. El frente daba a Randall Place y la entrada del garaje a Brittany. Iba bastante rápido y había mucho tráfico en Garfield. Brittany doblaba un poco hacia el Este y luego se cruzaba con la siguiente transversal. Inmediatamente pareció arrepentirse de haberlo dicho. Mi conductor hizo lo mismo. Seguimos por Brittany a cuatro millas por hora. Le di al conductor demasiado dinero y él me ofreció una sucia tarjeta. ¿Adónde va? —Marty. . El que correspondía al departamento 405 era el de Joseph Marty. sosteniendo. No había timbres. Allí estaba Dravec. al parecer. Cuando llegamos a Brittany no había ningún camión a la vista. Casualmente Joe Marty era el nombre del hombre que jugaba con Carmen Dravec hasta que su papá le diera cinco mil dólares para que se fuera a jugar con alguna otra chica. como si no sirviera para nada. Mi conductor me estaba diciendo que el camión no podía estar muy lejos. una pared de mi oficina. El muchacho de rostro rozagante trató de tranquilizarme a través del vidrio. —Muy bien. me interné en la oscuridad del garaje. Randall Place. Yo me bajé y entré al vestíbulo. Bajé por la escalera abriendo una puerta de vidrio. Podía ser el mismo Joe Marty. Parece que hay bastante para leer. Sólo aguanta media tonelada. Me ubiqué a su lado. La calle en que dobló se llamaba Brittany. NO pareció gustarle pero no dijo nada. Un escritorio se encontraba contra la pared.

—Jodido lo de Carl —dije—.CAPITULO 7 Pese a que el día se había vuelto cálido y despejado después de la lluvia. Tenía una estampilla de Entrega Especial. como sí fueran muy pesados. Estaba dirigido a su dirección y llevaba su nombre en prolija letra cursiva. Él también lo miró. Carl era un buen chico.. —No se lo he preguntado. Abrí la puerta. como si estuviera renunciando a toda una vida. Esperé. —No tuve necesidad. Alguien me ganó de mano. Su voz parecía la de un muerto.. Sus ojos parecían más enloquecidos de lo que yo había visto. Lo empujé lentamente a través del escritorio y levantó la mano. Hay lío. No me animo.. llenando mi pipa—. lo senté sobre una silla. Dravec se secó las lágrimas con la manga. ¿Qué dice Carmen de todo esto? Movió la cabeza en forma negativa. El tipo dice que más vale que me apure o encontraré a mi hija en la cárcel. sin ropa. todavía llevaba su impermeable de gamuza. NO te he hablado mucho de él. Saqué del escritorio una botella de whisky y serví dos vasos. El asunto tiene que quedar arreglado esta noche o habrá un escándalo. Luego se desparramó sobre la silla. supongo que todavía no has hecho nada con Steiner. Carmen Dravec estaba sentada en el sillón de Steiner luciendo sus largos aros de jade. puso las manos sobre la mesa y observó sus uñas negras. Tenía un aspecto horroroso. no. —¿Cuál es la historia? —Volví a preguntar. —Un tipo me llamó. —Debo dejar que lo veas —murmuró. Lo colocó sobre la mesa y puso su velluda mano encima. —Cuéntame —dije con cuidado. Al rato dijo: —Sí. Lo abrí y observé la brillante fotografía que se encontraba en su interior. —Eso no es todo. —Es mucha plata —le contesté—. Dos lágrimas se formaron en sus ojos y cayeron por sus mejillas sin afeitar.. Su corbata esta suelta y su rostro parecía una máscara de masilla gris con una negra barbilla en su parte inferior. Levanté el sobre y lo miré. estaba en blanco. —Diez de los grandes por el negativo y las copias. Miré la parte de atrás. Coloqué la foto boca abajo sobre mi escritorio.. le di unas palmadas en el hombro y luego de hacerlo pasar. Un escándalo sólo tiene sentido si hay una historia detrás. Respiró hondo pero dijo nada. Los bebimos sin decir palabra. no me animo. Sus dedos temblaban. parpadeó y haciendo un ruido con su garganta. saco y chaleco.. Estuve con M’Gee esta mañana. ¿Cuál es la historia? Alzó los ojos lentamente. Pobrecita. . Me miró en forma ausente.. mirando el sobre que se encontraba bajo su mano.. sacó un sobre blanco de un de sus bolsillos interiores.

Sólo cansancio y desaliento. En la lluvia. El pulso le golpeaba visiblemente en un costado del cuello. lo que sea. sin comprender. No me lo dijo.. —Voy a buscar el dinero. Carmen estaba en lo de Steiner y yo me encontraba esperando afuera. Yo me encargo del resto. Sus ojos trataron de fijarse en mi rostro. tratando de entender. ¿Estabas allí? Negué con un gesto. mejor. Entonces se quebró. Sus nudillos se pusieron tensos y blancos. —Steiner está muerto. serví un vaso y lo ayudé a que se lo tomara. —Consigue el dinero. Asintió con lentitud. Empujó su silla hacia atrás. Seguí haciéndolo sin decir palabra.. Hubo un tiro y alguien salió corriendo. di la vuelta al escritorio y le palmeé el hombro. —No me lo dijo —murmuró—. No alcancé a ver quién era. —¡No es cierto! Estaba enferma. eres un buen tipo. . Yo mismo llevé a Carmen a casa. Tenlo listo para cuando te llamen. Su rostro se puso rojo y furioso. Volví a sentarme. —Yo no. —Dios mío. No salió en toda la noche.. Blandió los puños y su garganta profirió un bronco sonido. —Tienes que levantarte —dije con dureza—. Yo llevé a Carmen a su casa y me callé la boca. Me levanté. Quizás el tipo se calle la boca. ¿Eres capaz de hacerlo? —Sí. que haría cualquier cosa por ella.. consigue el dinero. Seguía con la boca abierta. Los diez grandes. Eres un buen tipo.. Retiré mi mano. Luego le quité el vaso y lo puse sobre la mesa. Estaba en la cama cuando llegué a casa. Ella no disparó. —Haré lo que digas. Y Carmen estaba demasiado borracha como para verlo. Tenemos que encontrarlo pronto. Al rato levantó el rostro lleno de lágrimas y me tomó la mano. Su enorme cabeza se apoyó sobre la mesa y los sollozos le convulsionaron todo el cuerpo. Ese es el lío del que habla su hombre. Esta fotografía demuestra que alguien estaba trabajando con Steiner. Por eso está enferma.. Tienes que cumplir con tu parte. Pero no es hora de hacernos los vivos.. como si su luz estuviese muerta.. sólo que quiere disimularlo. —¿Carmen salió anoche? —pregunté descuidadamente. pero su mirada era vaga y vacía. Era obvio que no sabía nada de lo ocurrido la noche anterior.. por supuesto. —Ya lo dijiste. Se agarró del sillón. Cuando menos se acuerde del asunto. Está enferma. —No hables con Carmen. Esto me involucra a mí también en el lío. por Dios. con lo de Steiner? Tomé una botella de whisky y serví dos vasos. —No.. YO tengo algunas ideas y es posible que no tengas que usarlo. A mí. La mucama lo sabe. Aunque cueste diez de los grandes. ¿Qué quieres decir. Quise darles un respiro. Encendí mi pipa.. Se levantó lentamente. Alguien se cansó de sus jugarretas y lo llenó de agujeros. —Por Dios —sollozó—. La ley todavía no sabe lo de Steiner.. —Todavía no me conoces. Carmen estaba allí. Eso no es cierto.Me miró con la boca abierta. ¡No salió! Estaba en cama cuando llegué a casa. quédate quieto y mantén la boca cerrada. No había emoción en su voz.

Haz lo que quieras. Bebí un par de tragos y me restregué la cara. Oí sus pasos pesados que se arrastraban por el vestíbulo. Después me voy a casa. Voy a buscarlo ahora. Es sólo dinero. Yo te obedezco. Volvió a tomarme la mano. .—Eso no tiene importancia. la sacudió y salió lentamente de la oficina.

Carmen Dravec. Con el ruido de la lluvia. NO había automóviles en la calle. Encendí mi cigarrillo y aspiré lentamente. —Sí. Ya te dije que era amigo de tu padre. Todavía olía a éter. era una actitud peligrosa. no te asustes. Sus ojos se abrieron. Traté de hablar con delicadeza. ¿No es de la policía? . —¿Recuerdas algo de lo que sucedió anoche? Aquí se dignó a contestar: —¿Recordar qué? Yo estaba en cama. Aquí. Soy amigo.CAPITULO 8 Subí lentamente la Terraza La Verne rumbo a la casa de Steiner.. Armé un cigarrillo y empujando algunos libros. era improbable que alguien hubiera prestado atención a los tiros. Yo seguí mi camino y estacioné frente a la casa abandonada. La casa tenía un aspecto pacífico bajo el sol de la tarde. —¿Qué haces aquí? Jugueteó con la tela de su saco y no contestó. —¿Usted. me senté al borde de la mesa. apareció en el portón.. Se detuvo y me miró despavorida. cerré la puerta. Soy amigo de tu padre. Tenía profundas y oscuras ojeras bajo unos ojos llenos de terror. La calle era casi tan angosta como el callejón. Corrió detrás del cerco. Volví a insistir. A plena luz. Se sonrojó. vistiendo un saco verde y blanco. Una mano se movió lentamente hasta su boca y se mordió el pulgar que parecía un gracioso dedo de más. erguida y silenciosa. Siéntate en esa silla. no demasiado cerca de lo de Steiner. Bajó la mano y trató de sonreír. Las despintadas tejas del techo estaban todavía húmedas por la lluvia. La empujé hacia el interior de la casa y sin decir una sola palabra. Nos miramos uno al otro. Antes de que te llevara a tu casa. Los árboles de la vereda de enfrente estaban llenos de hojas nuevas. Enferma. usted fue el que me llevó? Tomó aliento y volvió a chuparse el pulgar. Sus ojos oscuros parecían más estúpidos que asustados. Al frente había dos casas. —Antes. Su voz era cautelosa y gangosa. Carmen se mojó los extremos de la boca con su lengua blancuzca. Algo se movió detrás del seto que ocultaba la entrada de la casa. Fui yo. —Entonces. Entonces. Me bajé y volví hacia atrás. como si no hubiera oído el ruido del auto. Crucé el cerco. La muchacha se encontraba junto a la puerta entreabierta. El lugar tenía un aspecto descolorido y decadente con la luz de día.. —Tranquilízate. toda expresión desapareció de su rostro. En casa. Parecía tan inteligente como el fondo de una caja de zapatos. A la luz del día pude ver claramente la pendiente de la colina y los escalones de madera que el asesino había usado para escapar.. Se sentó sobre el almohadón amarillo que cubría la negra silla de Steiner. ¿Recuerdas algo? —¿Usted es de la policía? —No.

Sus ojos eran angostos y vacíos como los de una ostra. ¿No me estarás mintiendo con lo de Marty? Negó vigorosamente con la cabeza. —¡Lo odio! —aulló. La policía no lo sabe o ya habría alguien aquí. Aparentemente no le importaban mis golpes. —¿Sabes dónde vive? —Sí. como si hubiéramos estado tomando el té. Su sola presencia me hacía sentir drogado. —No te hagas la interesante. Pero lo único que hizo fue soltar una risita. —¿Quién. —¿Qué te sucede? Pensé que te gustaba Marty. —Volviste a buscar el negativo. —Igual que anoche —le dije. —Quiero decir. Dio un largo suspiro. . —¿Qué quiere saber? —¿Quién lo mató? Su cuerpo se estremeció dentro del saco. Se levantó de la silla suavemente. Yo fumaba mi cigarrillo y ella se chupaba el dedo. ¿estás dispuesta a decírselo a la policía? Sus ojos se llenaron de pánico. pero su rostro permaneció inmutable. La foto con tu vestido de nacimiento. ¿Fue Marty? Su mentón descendió un centímetro. fui hacia ella y le di un cachetazo..—No.. —¡Marty! Por un instante ambos nos mantuvimos en silencio. Tuve una desagradable sensación. —Sí. quién más lo sabe? —¿Lo de Steiner? No lo sé. Si hubiera aullado.. Me miró furtivamente. palidecido o se hubiera desplomado en el suelo. Pareció escupirme la palabra. Ya lo busqué anoche y no estaba.. Quizás Marty. Tuve que explicárselo. pero hizo que diera un grito desgarrador. —Si obtengo la foto del desnudo —dije para tranquilizarla. habría sido algo natural. no lo sé —dijo con voz apagada. —¿Por qué? —No. Me senté en el borde de la mesa. Probablemente la tenga Marty. —¿Lo has visto con frecuencia en estos últimos tiempos? —Un par de veces.. Las risitas se detuvieron de inmediato. Era sólo una cuchillada en la oscuridad. Su mentón subía y bajaba. Me levanté.. Comenzaron a volverse histéricas. Volvió a chuparse el dedo. Sus risitas continuaron y corrieron como ratas por toda la habitación. —Tarde. —Me voy —dijo. No pareció entenderme. Soltó una risita. Comencé a odiarla. —Entonces querrás que caiga.

Una persona descendió del coche. . La puerta se abrió y un hombre apareció en el umbral. Se dio vuelta y me miró horrorizada.Estaba por abrir la puerta cuando un auto subió por la colina y se detuvo frente a la casa.

Igual que usted. Su tono parecía tener un doble sentido. Lo miré. La manga izquierda estaba doblada y sujeta al costado del saco con un alfiler de gancho. Fruncía el ceño y no me prestaba mucha atención.. Eso me hizo pensar. Volví a abrir la puerta. Lo siento. —Un libro. Caminé hacia la puerta. —Usted no golpeó. —La chica se puede ir. —Cierto. No tenía aspecto de matón. La puerta estaba entreabierta. Di una rápida mirada hacia la ventana. cerró la puerta empujándola con el hombro y miró a Carmen con una sonrisa en los labios.? —Cállese —me interrumpió fríamente—. —Bueno. pero lo único que ví fue el techo de su auto por sobre el cerco de arbustos. —Soy Guy Slade. —¿Ustedes son amigos de él? —Vinimos por un libro —dije. Asintió. —¿Algún mensaje.. Sonrió. tratando de aparentar indiferencia. demasiado descuidadamente. Luego me miró a mí y de vuelta a Slade. devolviéndole la sonrisa—. La ropa le quedaba bien. —Ya veo —dijo pensativo—. Se mordió los labios pero no dijo nada. . Slade continuaba con el sombrero en la mano. Disculpen la forma de entrar. Y voy a averiguar de qué se trata. Muy simple. No le respondí y Carmen tampoco. Se quitó el sombrero. Miraba fijamente la manga vacía. un poco confundido. Aquí hay algo raro. Su cabello era enrulado y corto y su cabeza huesuda. Carmen lo miró en forma ausente. ¿Está Steiner? No había tocado el timbre. Slade. El timbre no anda. Carmen salió corriendo por la puerta. pero me imaginé que se encontraría cerca. Y no sabemos dónde se encuentra. si Steiner vuelve? —No se moleste.CAPITULO 9 Era un hombre de rostro anguloso. Comenzó a caminar descuidadamente. —Lástima.. No había visto su auto. Tomé a Carmen del brazo. Parpadeó alegremente. Solté el brazo de Carmen. —¿Qué carajos. eh? —dijo Slade con dulzura. Golpeamos y luego entramos. NO se movió. —¿Mentiroso. Yo le contesté. Debí hacerlo. Quizás conocía los negocios de Steiner. ¿eh? Su modo de decirlo me puso sobre aviso. —Steiner no está Mr. pero quisiera hablar un poco con usted.. nosotros nos vamos. tocándose la barbilla con el borde del sombrero. Enseguida oí sus pasos bajando por la colina. Llevaba un traje marrón y sombrero de fieltro negro.

Slade la sostuvo con sus dedos largos y delgados. Su mirada bajó hasta la alfombra que cubría el lugar donde había caído Steiner. Y mucha. ¿Usted sí? Quizás Steiner cenó con pollo y le gustaba matar a los pollos en el salón. —Aquí. Steiner la ha estado chantajeando. me recosté contra la pared. La mesa lo escondía parcialmente de mi vista. —Ya la ví. Yo volví a sonreír. Los negocios de Steiner necesitaban un poco de protección de vez en cuando. Los olfateó. podía dárselo usted. Había dejado de actuar. pero me estaba dando mucho en qué pensar. Vinimos a hablarle. Es el dueño del Aladdin Club. eh? —Correcto. —Buena idea.Slade encontró el botellón y los vasos. Lo miró fijamente. Mr. Su brazo se movió como un rayo. Su dedo se afirmó sobre la Luger. El nombre no importa. luego se relajó. Colocó la pistola sobre la mesa. Y eso. sacando a relucir una Luger negra y larga. No parecía estar apuntando a nada en particular. en Palisades. Mr. No le gustó que estuviera de acuerdo. —Yo no veo a nadie aquí. Conoce a Steiner lo suficientemente bien como para entrar sin golpear. —Un detective. —No lo entiendo. Sonreí. vestidos de noche y comedor en le local contiguo. No sé a qué juega. NO estaba. —Me parece que voy a llamar a la ley. La chica es mi cliente. En el suelo. Su mirada era dura. Media luz. Fue hasta la silla negra que se encontraba detrás de la mesa de Steiner. —Sangre —dijo con calma. Llame a sus amigos de la ciudad. Sangre seca. Es sangre vieja. Dio la vuelta y se encontró frente al tótem. No tenía el valor de un gato enfermo. Y parecía capaz de usarla. Consideró mis palabras sin mover un músculo. Tomó el teléfono y frunció el ceño. pero mantuvo la mano encima. —Sé quién es usted. —¿De manera que entraron. Lanzó una aguda y rápida exclamación. Apretó los labios. —¿O cree que Steiner asesinó al alguien y escapó? —Steiner no mató a nadie. Miró los libros que estaban sobre la mesa. Juego clandestino. Slade? Sonrió débilmente y no dijo nada. Sus ojos se volvieron angostos y duros. Era una buena actuación. bajo la alfombra. Saqué el revólver y juntando las manos tras mi espalda. La movió con el pie y se puso tenso. Slade. O Slade tenía un olfato envidiable. —Miserable —dijo secamente. Sólo que no le gustará la respuesta. No me apuntó. . Ahora era un matón bien vestido con una Luger en la mano. —¿Quién carajos es usted? —barbotó. Su boca se torció en una mueca. Todavía no estaba seguro de cuál versión era la cierta. —¿Por qué no? —preguntó finalmente con voz cautelosa. ¿Y qué? ¿Cree que asesinamos a Steiner. —Adelante. Sus finos labios se curvaron en un gesto de desagrado. Se arrodilló lentamente. Se puso de pie.

Y de que la rubia del negocio está muerta de miedo por alguna razón. Los libros con los que hacía la plata gorda. Un muchacho buen mozo pese a su nariz aplastada y a una oreja gorda como un bife. —Bájela Slade. Creo que esta sangre es su sangre. Su voz y su expresión parecían pertenecer a dos personas diferentes. —¿Algo más? —Por ahora no. No llegó a tiempo. Volvió a alzar la Luger y me apuntó el pecho. —Hoy no apareció por el negocio. Pero estoy seguro de que quien se está llevando los libros. Su teléfono no contestaba. —El matar a Steiner para tomar su negocio es sólo una jugarreta —proseguí—. Me escabullí hacia el vestíbulo. Yo estaba listo y le disparé hiriéndolo en el hombro izquierdo. su mano estaba sobre la pistola pero ésta no estaba en su mano. se lo diré. Vine a ver qué pasaba.—Alguien agarró a Steiner —dijo suavemente. Probablemente se dio cuenta de que no era lo suficientemente rápido. Su rostro cobró una expresión amable. Quiero averiguar de qué se trata. El otro tenía todo el aspecto de un matón. El pelirrojo parecía tembloroso y asustado. Slade apretó los labios y silbó dos veces. El pelirrojo se mordió el labio inferior y manoteó algo debajo del brazo. Si me entero. mostrando unos filosos dientes blancos. Hoy. El disparo hizo mucho ruido en la habitación cerrada. —¡No la toque! Se puso de pie. Dí un salto. Ya sé que no soy a prueba de balas. debió limpiar la sangre. sabe algo del asunto. Hay un asunto de narcóticos en medio de todo esto. Agárrenlo. Dí un paso y lo golpeé detrás de la oreja. Se detuvieron. El pelirrojo cayó al suelo y comenzó a revolcarse como si lo hubiera herido en el estómago. Alguien está copando el negocio y no quiere que encuentren a Steiner hasta que esté todo listo. Uno era pelirrojo. Todavía no sabe lo suficiente como para jugársela. Bájela. Le diré algo. Pensé que se habría escuchado en toda la ciudad. La boca del matón se abrió en una amplia mueca de desagrado. Se . en momentos en que dos hombres entraban en la habitación. Slade era un tipo corajudo. Slade tomó la Luger y empezó a darse vuelta. Una puerta de auto se abrió. Con voz suave. Slade colocó la Luger sobre la mesa por segunda vez. Hubo pasos. No creo que las cosas hayan sucedido así. Saqué a relucir mi pistola. de rostro pálido y ojos movedizos. Alguien se llevó los libros del negocio. El hecho de que se estén llevando los libros de la tienda explica por qué se llevaron el cuerpo. Sus cejas formaban curiosos ángulos con la blanca piel de su frente. Quien quiera que haya sido. —Mejor ahora. —Me alegro de oír que no lo mató usted. Y no lo hizo. Slade escuchaba en silencio. —Lo escucho. Slade palideció y trató de manotear la Luger que se encontraba sobre la mesa. si es que no lo sabe. Ninguno de los dos tenía armas a la vista. Éste se inclinó sobre la mesa sin dar muestras de nerviosismo. Se recostó contra el respaldo. Me ubiqué a espaldas de Slade. Odiaba tener que hacerlo. baja pero muy clara dijo: —Este es el que mató a Steiner. El matón no se movió. —Yo también creo que alguien despachó a Steiner.

Aparte de eso. Y tampoco me importa lo que haga después. Tuve que hacerlo. Pero no me importa un carajo que usted se vaya. dándome la cara. cruzando la colina. salté el cerco y corrí colina arriba. El matón levantó las manos suavemente y se las colocó detrás de la nuca. Slade no me oyó decir: —Me repugna tener que pegarle por la espalda a un manco. Pasé al lado de la mesa rumbo a la puerta. viejo. me alejé de aquél barrio. Slade permanecía inmóvil. Lo pensó con calma. El pelirrojo seguía dando alaridos en el suelo. Me zambullí en el Chrysler y.desparramó sobre la mesa y la Luger se disparó contra una fila de libros. Crucé la puerta. —No tengo la menor idea —dijo fríamente— de qué se trata todo esto. Nadie lo hizo. El matón me sonrió y dijo: —Bueno. con las manos detrás de la nuca. . esperando que alguien me siguiera. El matón se volvió lentamente. ¿Y ahora qué? —Me gustaría salir de aquí sin tener más disparos. Para mí es lo mismo. no me gusta este lugar para campo de batalla. Puede llamar a la policía. Su rostro tenía una mueca casi simpática. Pero no estoy tan loco como para dar ventajas. Tienes más sentido común que tu jefe. ¡Váyase! —Muchacho inteligente.

entremezclando distintos programas. —¿Usted es Marty? Su rostro se endureció. de espaldas a la pared que no tenía puertas. Pasé al interior de la habitación. Marty se dirigió al escritorio de roble tachonado con clavos. sin dejar de mirarme y la trajo hacia la mesa. a través de la cual se veían las colinas púrpuras por la luz del atardecer. ¿Qué tal si lo charlamos? Marty no movió los ojos de mi rostro. Y de los buenos. Asintió. Coloqué el sombrero a mi lado. Al rato un hombre entreabrió la puerta. con pocos muebles. —¿Un cigarro? —preguntó con displicencia. Miré el arma cortésmente. El tipo de los libros. lo escucho. Consideró la situación sin prisa y mirando la brasa del cigarrillo. ¿Quién lo mandó? Sonreí. Era delgado. Su mano derecha volvió detrás de la puerta y su hombro indicaba que la estaba moviendo. Era alegre. y desprendiendo el botón superior de mi saco. Sus ojos me miraron con indiferencia. Unas ventanas estilo francés daban a una galería de piedra. El cabello crespo le nacía bastante atrás. Harold Hardwicke Steiner. de las que usa la policía. dijo: —Creo que lo conozco.CAPITULO 10 Ya eran más de las cinco cuando me detuve frente a los departamentos de Randall Place. Abrió la puerta. Era una Colt 38. levantó la caja y sacó dos gruesos cigarros. Una caja de cigarros de madera de cedro descansaba en su parte inferior. Marty la tomó. —Bueno. Sacó un cigarrillo de atrás de la puerta y se lo llevó lentamente a los labios. Pero no viene por aquí. —¿Y qué? ¿Tiene algún problema o sólo se está divirtiendo? Moví mi pie izquierdo cautelosamente. Subí en el ascensor automático hasta el cuarto piso. Una nubecilla de humo vino hacia a mí y detrás se oyó una voz fría e indiferente. Apagó su cigarrillo. Una fresca brisa venía de las puertas que daban a la salida de emergencia. No encontré ninguna . —Usted tiene los libros. Lo suficientemente como para que no pudiera cerrar la puerta. tez oscura y piernas largas. Me senté en un sillón. dejando ver una amplia frente oscura. —¿Cómo dijo? —Steiner. —¿Por qué no? Si a usted le parece —dijo fríamente. Me incliné a tomarlo y eso me perdió. Apreté el timbre de marfil del departamento 405. Marty dejó caer el otro cigarro y sacó velozmente una pistola. Y yo la lista de clientes. de ojos pardos. Eso pareció no gustarle. Luego se sentó en el sillón. le sonreí. Se veían luces prendidas a través de algunas ventanas y las radios chillaban. El departamento 405 se encontraba al fondo de un largo pasillo alfombrado de verde. Se oyó un levísimo sonido de una cortina que se corría. En l a misma pared había una puerta cerrada y otra cubierta con cortinas que colgaban de una barra de bronce. —¿Steiner? No se inmutó.

—Ven. Guárdela y charlemos con tranquilidad. Usted tiene doce cajas de libros. Nos miramos. dejando la Colt sobre sus rodillas. Fingí no advertir la negra pantufla que aparecía debajo de la cortina.. Dí una pitada y hablé a través del humo. Su mirada indicaba que estaba un poco confundido. Podría ser un asesino. Prende la luz así puedo reventarlo. Recordé el cigarro que tenía en la mano y me lo llevé a los labios. Lo suficiente como para asesinar a un tipo. La rubia prendió una lámpara de pie que tenía pantalla roja. Su presencia no me sorprendió. —Usted está loco si. Le dije a Joe que tuviera cuidado. sin exagerar. si es que hace falta. —No me interprete mal —dijo lentamente—. Su rostro estaba desfigurado por la angustia. Su rostro tenía una expresión helada. Y habrá otros tantos que estarán alquilados. camisa del mismo color y corbata negra. —Usted sí que es un tipo gracioso. La rubia no insistió y recostó su cabeza contra el respaldo de la silla. Bueno. Casi por entero. Usted tiene que aguantar y seguir.. Hay unos quinientos. a mi izquierda. Se está cansando de no respirar. —No se crea que no la voy a usar si me hace falta. sólo cuidadoso. —Usted es el segundo tipo que encuentro en el día que piensa que una pistola en la mano significa el mundo a sus pies. Agnes —gritó Marty sin volver la cabeza. —aulló la rubia. Si la lista es buena y usted la sabe manejar con todos los libros. Pongamos un alquiler bajo.respuesta para la circunstancia. —Cállate —grito Marty. Yo estaba furioso. De manera que todavía no puedo leer los nombres. Las cortinas se abrieron y apreció la rubia de ojos verdes del negocio de Steiner. Su rostro tenía un aspecto sombrío. El asunto de los libros fue deplorable. . Luego se recostó hacia atrás y cruzó las piernas. —No demasiado cuidadoso. ¿de qué se trata? —Dígale a su amiga de las pantuflas que salga de ahí. Marty no dejó de apuntarme mientras buscaba los fósforos y lo encendía. Inspiró profundamente y dejó salir el aire con lentitud. pero le sonreí. Digamos unos quinientos en total. nos vamos a un cuarto de millón. pero digamos un dólar. Es mucho dinero. —Este no es un negocio para tontos.. Adelántese dos pasos. por ejemplo un dólar. Yo los dejaría de lado. Marty llevaba un traje azul. Se sentó y sonrió amargamente. —Levántese un segundo. Nada más. —Yo sabía que usted nos iba a traer problemas.. Estaba aterrorizada. No tengo la más mínima idea de quién es usted. ¿Quién tiene este precioso negocio? —Usted. Es muy bajo. Me miró con odio. Juntó las cejas y adelantó un poco el mentón. Joe está teniendo mucho cuidado. Su voz era elaboradamente tranquila. —La lista de la que hablo está escrita en clave. Personalmente creo que los chantajes son un error. No soy un mal tipo. digamos unos trescientos. —Basta —dijo Marty—. Vamos a tomar un poco de aire.

Dejé que lo masticara... Salió corriendo. de manera de poder arreglar los libros antes de que el asunto se descubriera. Lentamente. La rubia dio un grito y volvió la cabeza contra la pared. Su rostro seguía contra la pared. Seguí tras lo libros desde el negocio de Steiner. Usted las tiene. —Sus ojos entornados brillaban entre densas pestañas. —Usted no tiene aspecto de oportunista. Anoche. Me pagaron por hacerlo.. —¿Dice que yo lo maté? Asentí. —El rollo de la cámara de Steiner. el resto fue fácil. Lo pueden agarrar fácilmente por el asesinato. —Podrías terminar adentro de todos modos. —Busque las fotos. Marty dio un largo suspiro. Aquí y ahora. Usted es un estúpido. no demasiado contento. Tienes mucha suerte de que yo no haya matado a Steiner.. —¿Tú crees que sí? —Estoy seguro. —¿Y cómo? —Hay alguien que lo va a decir. —Pero podría estar equivocada. Es la única forma en que pudo enterarse de quién estaba en la casa anoche. es capaz de . —No. Yo la dejé colgada. y sus uñas continuaban clavadas en las manos. de nada servirán las fotos. —¿Y cómo llegó hasta mí? —Yo trabajaba sobre Steiner. Sus uñas plateadas se clavaron en sus manos. —Me odia. —Usted sí que es rápido. pero es igual. Marty se volvió un poco para mirar a Ganes. —¿Usted es detective? —Ajá. Marta se volvió hacia mí. Lo había estado molestando a Dravec. esa. — Y no veo policía por aquí. Es demasiado ardiente para mí.Marty no me contestó. fue recobrando la calma. Usted consiguió un poco. —Mató a Steiner para conseguirlo. Pero no quiere contarla. Y todas las copias. viejo. NO se movió y su Colt tampoco. cómo te arriesgas —dijo con suavidad—.. —Viejo. Marty. al alcance de la mano. Marty no se inmutó. en la lluvia.. Dravec está lleno de oro. Le sonreí. El problema es que Steiner no estaba solo. Si la chica quiere contar la historia. Marty dio un grito de furia. carajo! Yo no dije nada. Pero tuvo el coraje de volver y esconder el cadáver en algún lado. Se mordió con fuerza el labio. Cuando la chico cantó. Marty. —¡Esa maldita. . ¿Qué es lo que quiere? Volví a chupar mi cigarro y miré la mano de la pistola. Buen tiempo para matar. Negué con un gesto. Su oscuro rostro parecía tallado en madera. Usted no se dio cuenta o se asustó. Puso la Colt sobre la mesa.

Lentamente. Guardó la Colt en un bolsillo. se puso de pie. . Y siguió tocando. Alguien tocó el timbre de entrada. Su mano se volvió hasta el bolsillo del saco.

. La rubia tembló de pies a cabeza. Su rostro cobró una expresión dubitativa.. alzó la automática y apuntó a Carmen.. No me gustó la nerviosa expresión de sus ojos. Tenía la boca abierta y una expresión de pánico. Conocía muy bien a Carmen. Carmen Dravec lo empujó hacia el interior de la habitación. La rubia quitó sus dientes de mi mano y me escupió mi propia sangre. daba la impresión de que estaba drogada. A nadie pareció importarle. Luego se arrojó contra mi pierna. Marty volvió a quedarse quieto. incrustó sus dientes en mi mano derecha. La golpeé ligeramente en la cabeza con la culata de la pistola y traté de pararme. El timbre seguía sonando. El arma hizo un ruido seco. Ella se abrazó de mis tobillos haciéndome caer sobre el sillón. —Siéntate con él. Tuvimos un ligero forcejeo. coloqué el seguro de la automática. yo no. espera un momento! —grité yo. Marty fue hasta la puerta y la abrió. Sin dejar de mirarme. colocándole un pequeño revólver contra la cara... tratando de morderme. Parecía que todos sus músculos habían vuelto a despertarse. tan distinta de la que había usado al hablar conmigo. La rubia jadeaba con violencia y miraba fijamente a Carmen. Marty manoteó el revólver de Carmen con su mano izquierda y falló. La rubia se puso rápidamente de pie. Ésta la tomó con desgano. Entonces tomé la pistola. La rubia se sentó en el sillón a un metro de distancia y me apuntó a la pierna. Carmen no se movió. —Tú asesinaste a Hal Steiner. El tiro no dio en Marty y rompió el vidrio de una de las ventanas francesas. por supuesto. Marty y Carmen no nos prestaron atención. sacó una pequeña automática y se la alcanzó a la rubia... Quiero mis fotos. Carmen parecía tan loca como en lo de Steiner. La rubia sacaba fuerzas de su histeria. dale de comer. Se mordió los labios y frunció el ceño. Introdujo su mano derecha en el bolsillo del saco y abrió violentamente con la izquierda. —Escúchame nena. —¡Carmen. La tensión nerviosa la hacía aparecer vieja y fea. Marty abrió un cajón. Su voz era apagada. Ésta tenía sus ojos drogados clavados en Marty. no parecía ver otra cosa en la habitación. Carmen cerró la puerta y se adelantó con su pequeña arma en la mano. pero esta vez controlaba su voz y sus músculos. Marty tragó saliva e intentó sonreírle. bajando la cabeza. Miraba solamente a Marty. El timbre dejó de sonar y alguien comenzó a golpear con impaciencia. donde tenía la pistola. Por su mirada. Marty se volvió hacia atrás con suavidad.CAPITULO 11 Marty se sintió molesto. Yo dí un salto y agarrándole la mano. no muy fuerte. La rubia volvió a la carga. —dijo Marty. Y si se hace el gracioso. —Por supuesto. Yo volví a gritar.

El sonido parecía crecer. quedando boca arriba en el suelo con los brazos extendidos. Estaba tratando de recuperarme cuando Marty comenzó a disparar. Antes de que Dravec lo soltara ví que el rostro de Marty estaba color púrpura. casualmente. Pareció sacudir todo el edificio. A lo lejos una sirena se oía débilmente a través del atardecer. Se sacudió pero la Colt siguió escupiendo rugidos. Marty cayó al suelo y Dravec comenzó a retroceder. cargó como un toro. Trastabilló y enderezándose. Sus ojos estaban vidriosos e inyectados de sangre y tenía espuma en los labios. Marty y Carmen se miraban como un par de estatuas. Me puse de pie y abrí el sobre. Los disparos de Marty no podían detener a Darvec. Dravec se interpuso en el camino. Sacó la Colt de su bolsillo y saltó hacia atrás. Hubo un crujido y sus manos cayeron. El panel se partió de arriba abajo. Dio cuatro pasos. Le disparé apuntando a su hombro izquierdo y erré el tiro. Yo solté la automática y tomé mi propia pistola en momentos en que Dravec atravesaba la puerta destrozada. Hubo otro golpe en la puerta. Ya habíamos tenido demasiadas visitas casuales. Rodó a mis pies. Entonces la tensión desapareció de sus ojos.—¡Tírate y hazla caer. Marty comenzó a gritar y Dravec lo tomó del cuello. igual habría llegado hasta Marty. como los ojos de un hombre que mira a través de una larga llanura. Seco. Carmen Darvec fue hasta él y comenzó a gemir como un animal asustado. Rebotó como una pelota de goma. Nada podía hacerlo. Me desprendí. Me obligó a decirle a dónde iba. como un hombre que no es capaz de mantenerse en su centro de gravedad. maldito tarado! Volví a golpear a la rubia en la cabeza pero mucho más fuerte. Algo largo y pesado golpeó el exterior de la puerta de entrada. Tiré el negativo al . Trató de hablar pero no puedo escuchar lo que decía. Yo me arrodillé junto a Dravec. su enorme cuerpo cayó hacia atrás. Caí contra la pared entre el sillón y la puerta destrozada. —Tienes imaginación —le contesté secamente. Sus enormes brazos se movían como aspas. levantándolo del suelo. No quería herirlo demasiado. las manos de Marty se aferraron a las muñecas de Dravec. que los hombres que se quiebran el cuello. Se volvieron lejanos e indiferentes. Recordé. Me golpeó violentamente en la cabeza sin siquiera mirarme. tambaleándose. Hubo otro crujido. Estaba borracho y enloquecido de furia. Carmen fue arrojada a un lado como una hoja muerta y ya no hubo nada que hacer. Eso envalentonó a Marty. La parte trasera del saco de Dravec se levantó como si una bala lo hubiera traspasado limpiamente. Perdía el equilibrio. Fui rápidamente hasta Marty y abriéndole el bolsillo saqué un grueso sobre. Un hombre de rostro pálido espió cautelosamente por la puerta. Entonces. Le salía sangre de la boca. alejándome de ella. Lo tomó del cuello en momentos en que éste le arrojaba al rostro la pistola vacía. a veces se tragan la lengua. De haber estado muerto. Apunté y disparé contra el cuerpo de Marty. Lo guardé. Había algunas copias y un negativo de vidrio. Por un instante. Se oyó un ruido en el vestíbulo pero nadie apareció en la puerta. —Estaba borracho —dijo Carmen con voz apagada—. Tenía algo duro en su interior. Yo no sabía que me estaba siguiendo. Sus ojos se contrajeron como los de un hombre que trata de mirar a través de la niebla.

Fue apagándose hasta convertirse en un zumbido penetrante y finalmente se detuvo en momentos en que yo terminaba de destruir las copias. Destruí las copias y dejé que los negativos volaran de mis manos. chiquita. Me quedé en el medio de la habitación. —No sabía que me estaba siguiendo. Ahora ya no tenían importancia. preguntándome para qué me había tomado el trabajo de hacerlo. —Van a imprimir muchas fotos tuyas. Pero esta no. Ahora se oía la sirena al pie del edificio. . Comenzó a chuparse el dedo.suelo y lo pisé hasta hacerlo añicos.

cúlpenme. Un muerto en el suelo.. Slade pareció verdaderamente sorprendido al encontrar la sangre. mi nuca. Y detrás de todo esto un pobre tipo partiéndose el corazón tratando de arreglar las cosas en medio de la mierda. Un hombre tan frío como él no habría salido corriendo de esa manera. No hablaba ni actuaba como un policía. Tenía la posibilidad de espiarla y averiguar a dónde iba y qué hacía. —Si quiere que me arriesgue. gris y usaba anteojos sin armazón. Slade. —Pensé que había encontrado la sangre demasiado pronto. Parece que me equivoqué. No tenía ninguna razón valedera y de tenerla no lo habría hecho así. Mr. apoyando su codo sobre el escritorio de nogal y sosteniendo displicentemente un cigarrillo entre los dedos. Mis disculpas. Pero eso no tenía ningún valor. —¿Quién mató a Steiner? —La rubia se los dirá.. Muy bien. delgado. también pensé en Slade. sin saber lo que está sucediendo. Violets M’Gee gruño en voz alta. entró por la puerta de atrás. En parte por lo que dijo la muchacha. Nos sonrió antes de salir. detective. —Sí. Pero él tampoco era ese tipo de hombre. No estoy arrepentido. Fue a lo de Steiner. —Gracias por tirarme en la sartén. Había estado enamorado de Carmen y probablemente todavía lo estaba.. Ella no sabía nada y aprovechó la oportunidad para tomárselas con Marty. Slade. frente a un testigo.. Se puso de pie y tomó un bastón y un guante que se encontraban sobre la mesa.CAPITULO 12 En la oficina del Inspector Isham. Va a todos lados con dos guardaespaldas y ellos habrían intervenido. Además. Slade se colocó el bastón en la muñeca para poder abrir la puerta. Y es de las que no cambian de idea con facilidad. Carl Owen. Un asesino a quien no pude agarrar y ustedes tampoco habrían podido.. Suspiré. Isham no pareció demasiado sorprendido. Violets M’Gee y un irlandés de ojos alegres estaban sentados en unas sillas contra la pared que daba a la sala de recepción. La voz de Isham era fría y sarcástica. Pero Marty no actuó como un asesino. —¿Eso es todo. Me encogí de hombros. sí. —No necesito explicarle lo que pensamos de este tipo de encubrimiento —me dijo Isham. probablemente. Yo ni siquiera había golpeado a la puerta cuando el asesino escapó. Y con eso arregla todo. . Una chica desnuda y drogada tirada en un sillón. Entonces se asustó y salió corriendo. Guy Slade habló sin mirarme. Pero Carl Owen. El Inspector era alto. Pero yo no lo estaba mirando. Yo estaba sentado frente a Isham. entonces. Me gusta ver a los muchachos de la policía de vez en cuando. —¿Qué le hace pensar eso? —Por un momento pensé que podía ser Marty. Por supuesto. Estaba en el negocio con Steiner y tenían sus problemas. vio la escena del desnudo y lo reventó. el chofer de Dravec. pero él no lo mató. Inspector? —Todo por hoy. —Tiros. Lo último en que posó sus ojos fue. —Quiero que me lo diga usted.. —Sus ojos se curvaron en una desagradable sonrisa.

Nadie respondió. él ya se habría marchado con el dinero de Dravec. Pero Joe no actuó como si hubiera matado a alguien. Isham se estiró la fláccida piel del cuello y se miró las uñas de la otra mano. —¿Seguro que no mató a este Carl Owen? —Yo no estaba allí.. Creo que la historia de la chica es bastante razonable. Joe se hizo el policía y el chico le contó toda la historia. Agnes Laurel se calló. el chico lo tiró del coche y huyó. por supuesto. —Marty no podía saber que Carl Owen estaba muerto. La chica se miró más manos y habló sin dudar. traiga a Anges Laurel —dijo Isham. —Ajá. saltaba en su coche y salía corriendo. Será mejor que vaya y haga todo de vuelta... Con eso sólo logró que dos personas murieran inútilmente. tú si que eres un amigo —dijo Violets M’Gee. Miss Laurel. Mientras Joe pensaba qué hacer. averiguó quien era. Estaba listo para embarcarse en algo nuevo. y tendremos que retenerla. —No se haga el malo. Había estado gastando el dinero que le diera el padre de Carmen Dravec. se apuró. Cuando nosotros nos enteráramos. Yo pensé que le gustaba y le conté todo acerca del negocio. Se dejó caer lentamente sobre la silla que ocupara Slade.. Cuando reveló el negativo y vio lo que tenía en sus manos. Isham asintió.—Y fue hasta el Lido y hasta el final del muelle —dijo Isham con sequedad—. Parecía cansada pero ya no asustada. —Conocí a Joe Marty hace tres meses. Grinnell se levantó. Volvió a lo de Steiner. —Muy bien Miss Laurel —dijo Isham con calma—. No le respondí. —Eso es todo por ahora. Al rato Isham me dijo: —Usted cometió un error grosero. Al registrarlo. —Marty se lo contó todo. El muchacho salió con una pistola. sabía lo que había en el negativo. Su cabello estaba desarreglado y se había quitado los aros. —Grinnell. Queremos una declaración escrita. No debió mencionarle a la chica lo de Marty hasta estar seguro de que era su hombre.. —Viejo. de manera que pudiéramos salir de la ciudad antes de que la ley advirtiera lo de Steiner. Cuando volvió en sí. con voz clara y tranquila. —Anoche se encontraba en el callejón que mira la parte trasera de su casa —continuó—. Lo espiaba para ver si tenía matones a su servicio. donde lo sacó del camino. ¿No olvida usted que el muchacho Owen tenía un golpe en la cabeza? —No. Me estoy olvidando que Marty. Me imagino que se me acercó porque yo trabajaba con Steiner. al borde del escritorio y cruzó las manos dejando ver sus uñas plateadas.. o casi. Grinnell la llevó afuera. pero ya se le había acabado y no tenía un centavo. ¿eh? —Ajá. Decidió que Steiner necesitaba un socio. Supongo que ya saben el resto. Oyó los tiros y vio al muchacho que corría por las escaleras. meter a Steiner en el garaje y tener tiempo de redondear el negocio. pero se puso nervioso y Joe lo desmayó de un golpe. Íbamos a tomar algunos libros y poner una tienda en otro lugar. caminó a través de la habitación y desapareció por la puerta. Manejaba como un loco y Joe lo dejó huir. de un modo u otro. La chica se puso de pie. Nos gustaría oír su versión. conseguirlo. Y eso fue lo que lo movió a ir. Isham tableteó los dedos contra la mesa. Grinnell volvió con la rubia. Salió sin mirar a nadie. Él ya sabía un poco. Lo persiguió hasta alcanzarlo cerca del playa. . Pero estaba seguro de que trataría de esconderse.

No me importaban Steiner.—No me hago el malo. dio la vuelta a mi Chrysler y entró. M’Gee me dijo: —La próxima vez que te mande un cliente no esperaré que me cuentes nada. Le dí la mano y me fui. —Bueno. Arranqué y me dirigí hacia el Oeste a través de un largo túnel lleno de ecos. Yo quería las fotos. Al salir. Probablemente lo molesten bastante en la audiencia. Seguimos a través de la noche tranquila. Por el momento no lo necesitamos más. —Y probablemente eso le venga bastante bien —añadió secamente. Yo trabajaba para Dravec y estaba tratando de evitarle un problemita. viejo y bastante inservible. M’Gee me siguió. rumbo al Berglund. FIN . Me extendió la mano. ni Marty. —Bueno. Y no me importan ahora. viejo. —¿Tienes algo de alcohol en tu choza? —Bastante. Bajamos juntos en el ascensor sin decir palabra. Se puso de pie y yo lo imité. Me sentía cansado. Yo no sabía que la chica era tan ardiente ni que Dravec era un huracán. bueno —dijo Isham con impaciencia—. ni su chica. vamos a tomar un poco. Al salir del edificio.

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