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Los DUENDES

COMEDIA EN TRES ACTOS


Por LUISA JOSEFINA HERNÁNDEZ
A Elisa de las Mercedes
PERSONAJES:

FRANCINA
LA ABUELA
ENRIQUE LLACH
GASTÓN
ARABELLA GOLDEN

ACTO PRIMERO

Es un salón de estudio. A la izquierda hay un librero con tablas y pequeños cajones, no es


muy alto y en la última tabla está un cántaro lleno de flores de papel, Al fondo hay una
ventana muy ancha que inunda de luz la habitación. Precisamente bajo la ventana, un
sofá-cama. Sobre el sofá una enorme muñera de trapo. A un lado del sofá otro librero y
sobre él un espejo. Otros asientos. A la derecha, a un lado, una puerta. En medio del
cuarto una alfombra redonda; en las paredes cuadros originales y sugestivos. La
atmósfera es agradable, un poco demasiado luminosa.
Son las diez de la mañana. FRANCINA es una muchacha muy rubia, delgadita, de veinte
años. Va vestida con tobilleras, zapatos de dos colara, un pantalón de mezclilla que le
llega hasta las rodillas y una camiseta a rayas. Está sentada en el sofá con un libro sobre
las rodillas; a pesar de su quietud se siente en ella gran agitación interior. Tiene la cara
contraída y los ojos a medio cerrar, fijos en el suelo. Se escucha suavemente la música de
"La niña de los cabellos de lino", de Debussy.
Tocan la puerta, FRANCINA se encoge de hombros; tocan de nuevo. .Ve abre la puerta y
entra la Abuela. LA ABUELA es una viejecita pequeña como una niña, de cabellos escasos,
ojos brillantes y boca desdentada. Es sumamente inquieta, camina con mayor rapidez de lo
que pudiera esperarse al ver su bastón, a menudo ríe con malicia y su voz es aguda. Llera
un vestido hasta los tobillos, de tela negra con pequeños dibujos blancos y un gorrito de
lana negra anudado bajo la barbilla. Sus zapatos son negros, cerrados y llenos de parches;
los parches son de colores y los zapatos se ven demasiado grandes. Se para en la puerta
con actitud de pájaro, moviendo la cabeza a uno y otro lado. FRANCINA sabe que es ella
la que está allí y cambia de actitud, tomando la de quien espera.

La ABUELA es un personaje esencialmente dulce y natural en su actuación. Nunca pierde


sinceridad.

ABUELA.—Francina... (Francina se estremece un poco.) Niñita... Pajarita mía. (La


Abuela examina la habitación.)
FRANCINA. — ¿Qué creías que estaba yo haciendo? (La Abuela sacude las flores con su
bastón.) ¡Deja mis flores!

ABUELA. —Venía yo a decirte que... (Se le olvida lo que va a decir por levantar un
cuadro con su bastón y mirar debajo.) Que...

FRANCINA. — ¿Qué estás buscando, abuela?

ABUELA. —Nada. (Se dirige al librero y trata de abrir un cajón, lastimándose.) ¡Ay!

FRANCINA. —Bien merecido.

ABUELA. —Eso es lo que saca una con querer consolarte. (Evidentemente pensando en
otra cosa, se inclina para ver lo que hay bajo el sofá.) Preciosa, mi vida... estoy muy triste
porque hoy se casa Gilberto. (Con indiferencia y siempre ocupada en buscar.) Muy triste.
Muy triste.

FRANCINA. —Si estoy aquí es para no hablar de eso. Es horrible que vengas a espiarme y
de pronto me digas que... (Se le quiebra la voz.)

ABUELA. — ¿Dónde está?

FRANCINA. — ¿Qué cosa?

ABUELA. —No soy tan tonta como para creer que te has pasado veinte días
completamente sola.

FRANCINA. —Los he pasado con su recuerdo, naturalmente.

ABUELA. —Por eso. ¿Dónde está?

FRANCINA. —No está en este momento. Además, sólo yo puedo sentirlo. ,

ABUELA. —No lo creo.

FRANCINA. —Lo lamento. Si no lo crees puedes esperar.

La Abuela se siente en actitud de esperar. De pronto cambia de expresión.

ABUELA. — ¿Y te avisó, Francina? ¿Por qué se casa?

FRANCINA. —Vete, abuela.

ABUELA. —No quiero. (Mirando a todas partes.) ¿De veras no está aquí?

FRANCINA. — ¡Ya te dije que no!

ABUELA. — (Levantándose.) Ya me voy a ver una cosa y no te la enseño.


FRANCINA. —No importa, no tengo ganas de ver nada.

ABUELA. —No te lo enseño.

FRANCINA. —Ya lo sé. Tu rueca.

ABUELA. —Todavía no me la traen. ¿No te parece una injusticia? Saben perfectamente


bien cuanto la deseo.

FRANCINA. — (Con dolor) ¡Abuela!

ABUELA. —Se casa en una iglesia cercana.

FRANCINA. — ¡No me lo digas! ¡No me lo digas!

ABUELA. — (Calla un momento. De pronto, sonriente). Fíjate Francina, una cosa que
hice, ¿eh? ¿Te acuerdas de las invitaciones que estaban encima de la mesa del comedor?

FRANCINA.--Sí.

ABUELA. — ¿Sabes que hice? ¡Les puse timbres y las mandé!

FRANCINA. — (Con ironía) ¿Sí? ¿Y cuándo hiciste eso?

ABUELA. —Hace dos días. Estaba muy aburrida y no sabía qué hacer. Pasé cerca de la
mesa, les puse una estampilla... y las mandé.

FRANCINA. — ¡Mentirosa! ¿No te da pena contar esas cosas?

ABUELA. —Te ju... (Francina hace un ademán para detener el juramento). No me dejas
decir nada, Francina. Soy una pobre mujer y tú te entretienes jugando conmigo como si yo
fuera tu... ¿Cómo lo sabes?

FRANCINA. —Las mandé yo misma.

ABUELA. —Ya sé. Las cambiaste y ahora sólo anuncian el matrimonio de tu hermano
Gastón con una muñeca negra.

FRANCINA. — ¿Cómo?

ABUELA. —De esos que tienen argollas y un delantal blanco.

FRANCINA. —No sea tonta, abuelita. Los indúes no son negros sino indúes y no se ponen
delantal Además no hice ningún cambio.

ABUELA. —Ya sé. ¿Va a venir Gilberto a tu finca cuando termine su boda?
FRANCINA. —Gilberto no volverá a entrar en esta casa. Demasiado tengo con sus flores,
sus cuadros y su recuerdo.

ABUELA. — ¿Dónde está?

Francina sube los hombros. Pausa.

FRANCINA. —Pues sí. Tengo novio. Se llama Enrique Llach.

ABUELA. — ¿Lo has visto alguna vez?

FRANCINA. —Dos veces, abuela.

ABUELA. — ¿Y te habló?

FRANCINA. —Claro. Habla perfectamente. Es una persona como tú y yo. No quiero decir
que... Es... pues nada más una persona.

ABUELA. — ¿Qué te dijo?

FRANCINA. —Que si quería casarme con él. Yo le contesté que entonces no era posible
porque iba a casarme con Gilberto, pero que si alguna vez se presentaba una oportunidad,
no dejaría de avisarle.

ABUELA. —Lo que quería enseñarte era un pajarito muerto que está en el jardín.

FRANCINA. —Me dio su dirección. Me acordé de él y lo llamé.

ABUELA. —Palomita mía.

FRANCINA. — (Con afecto). Linda. Lindísima.

ABUELA. —Chiquita mía. Lo siento mucho. No hubiera querido que te sucediera una cosa
así.

FRANCINA. —Lo dices para jugar a que eres una abuelita como todas. No importa, sigue
si quieres.

ABUELA. —Estos días, yo tampoco he dormido. Sentada en mi cuarto, he esperado que


fueras a buscarme, pensando qué harías aquí sólita

FRANCINA. —No duermes porque no te han traído la rueca y el huso que encargaste.

ABUELA. — (Sintiendo que Francina tiene razón.) Vamos a ver el pajarito, ¿no? Antes de
que se lo coman las hormigas.

FRANCINA. —Estoy segura de que no sabes hilar.


ABUELA. — ¡Sí sé!

FRANCINA. —Nunca has visto una rueca.

ABUELA. —No me impacientes, Francina. Las ruecas son idénticas a las máquinas de
coser.

FRANCINA. —Peor entonces, porque no podrás manejarla.

ABUELA. —(Dando de nuevo la razón a Francina.) ¿Vamos al jardín?

FRANCINA.—(Muy triste.) No. Mejor es que vayas a jugar con tus muñecas.

ABUELA.—Quiero hablar de tu hermano Gastón.

FRANCINA.—Habla.

ABUELA.—Es tu hermano y hace dos años que se fue a la India y... ya no tengo ganas de
hablar de Gastón.

FRANCINA.—Lo sabía. Lo hiciste sólo para quedarte más tiempo aquí. Debías decir que
estás contenta por su Llegada.

ABUELA.—(Muy seria, corriendo de un lado a otro con agitación.) ¡Estoy contenta!


¡Estoy contenta! (Francina la mira con escepticismo, cuando tocan la puerta.)

FRANCINA.—(Preocupada.) Si fuera Gastón, no hubiera tocado. (La Abuela se sienta en


el sofá y con gesto que pretende ser de coquetería y una sonrisa dulce, cruza la pierna y se
sube un poco el vestido, enseñando un zapato enorme y un tramo de gruesa media negra.)

ABUELA.—Puedes abrir.

FRANCINA.—(Bajándole el vestido bruscamente.) ¡Abuela! (Abre Francina y entra


Enrique Llach. Podría tener 25 años. Es un muchacho desgarbado y bastante mal vestido.
Usa anteojos. Tiene una expresión alerta que da idea de que es desconfiado. Domina su
timidez y por eso habla mecánicamente y a veces en tono brusco. Trae algunos paquetes
que siempre está componiendo y cuidando).

ENRIQUE.—Buenos días, Francina.

FRANCINA.—Pase usted. Es Enrique Llach, abuelita.

ENRIQUE.—Para servirle, señora.

ABUELA.—Gracias. ¿Qué trae usted allí?

ENRIQUE.—¿Mande usted?
FRANCINA.—Pórtate bien. Vamos a sentarnos, (lleva a la Abuela hacia el sofá y señala
un sillón a Llach.)

ENRIQUE.—Gracias.

ABUELA.—Pregúntale qué hay dentro de los paquetes.

FRANCINA.—¿Qué hay...? (Arrepintiéndose.) ¿Cómo está usted?

ENRIQUE.—Muy bien. Mejor desde que he vuelto a verla.

ABUELA.—(Suspirando.) Un príncipe disfrazado nunca diría eso. (Francina se acerca un


poco a su abuela.) ¡Ay! No había necesidad de pellizcarme.

FRANCINA.—(Como si no hubiera pasado nada.) ¿Y qué... ha hecho usted?

ENRIQUE.—Trabajar. Ya se lo he dicho. ¿Se lo he dicho?

FRANCINA.—No.

ENRIQUE.—Nunca hemos hablado de nada.

ABUELA.—(Muy sonriente.) ¿Qué trae allí? ¿Pesa?

ENRIQUE.—No.

FRANCINA.—Perdone. (Le pide los paquetes y los pone sobre una mesa.)

ABUELA.—Francina, ¿pesa?

FRANCINA.—(Enojada.) No, abuelita.

ENRIQUE.—(Que ha estado mirando la habitación con detenimiento.) ¿De dónde son esas
flores?

ABUELA.—Se hacen con la niebla de una laguna azul.

FRANCINA.—No sé. Me las regalaron. Abuela, nadie te está pidiendo tus recetas.

ENRIQUE.—Son de Toluca. Yo las compro allá y las vendo aquí mucho más caras.

ABUELA.—Pues será de una laguna azul de Toluca.

FRANCINA.—No insistas, abuelita.

ENRIQUE.—Vestida así se ve usted muy bonita. (Francina se apena un poco y la Abuela


aprovecha para decirle algo al oído.)
FRANCINA.—No, abuelita; no puedes sentarte en ese sillón, porque lo está ocupando
Enrique.

ENRIQUE.—(Mirando a su alrededor.) Estoy seguro de que la mayor parte de las cosas


que tiene usted aquí, las he traído yo de diferentes lugares.

ABUELA.—A Francina se las regaló Gilberto. (Se aparta para que Francina no pueda
pellizcarla.)

FRANCINA.—¿A eso se dedica usted?

ENRIQUE.—Sí, aunque a veces vivo un poco de tiempo en una región determinada, como
ahora.

ABUELA.—¿No quería usted ver una cosa que tengo en el jardín?

FRANCINA.—¡Abuelita!

ABUELA.—¿Es usted usurero?

ENRIQUE.—No lo creo.

ABUELA.—Yo una vez conocí uno que se convirtió en gran enemigo mío.

FRANCINA.—¿Estás segura de que no tienes algo qué hacer en ti! cuarto?

(La Abuela se levanta en seguida, como persona ya acostumbrada a que la despidan de esa
manera.)

ABUELA.—(Ya en la puerta.) ¡No! ¡No tengo nada qué hacer!

FRANCINA.—Pues entonces baja al jardín, a ver eso de que hablabas hace un rato. (Sale
la Abuela profundamente herida en su dignidad. Francina baja ¡os ojos y Enrique la mira.
Es obvio que la encuentra bellísima.)

ENRIQUE.—Recibí su tarjeta hace tres días.

FRANCINA.—¿Por qué no vino en seguida? Estaba poniéndome nerviosa.

ENRIQUE.—Estaba ocupado. Todo mi tiempo está repartido en forma equilibrada y


geométrica.

FRANCINA.—¿Se le ha ocurrido preguntarse para qué lo llamé?

ENRIQUE.—Inclusive he obtenido algunas conclusiones al respecto. (Saca un librito de su


bolsa.) Aquí. Escuche usted: "Lo probable es que desee casarse conmigo, porque no hay
ningún otro problema planteado entre nosotros."
FRANCINA.—(Bostezando.) Siento que pasó una nubecita delante de mis ojos. –

ENRIQUE.—No creo estar equivocado. Tengo escritas todas las cosas que han de
sucederme desde hoy hasta dentro de cinco años.

FRANCINA.—¿No está usted equivocado? (Enrique la mira en silencio.) ¿No desea usted
alguna aclaración?

ENRIQUE.—Yo siempre lo veo todo perfectamente claro.

FRANCINA.—(Rascándose la espalda.) Esa frase que acaba usted de decir siempre me da


urticaria.

ENRIQUE.—Además, cuando le propuse matrimonio usted no me pidió ninguna


aclaración.

FRANCINA.—No se me ocurrió. Me pareció usted la clase de persona que no dice


palabras en balde.

ENRIQUE.—Lo tenía escrito desde hace muchos años: "El día que encuentres una mujer
que te emocione, pídela en matrimonio." La vi, me emocionó y por eso le pedí que se
casara conmigo.

FRANCINA.—(Bostezando de nuevo.) Me pesan los párpados.

ENRIQUE.—¿Desea usted saber algo de mi trabajo?

FRANCINA.—Si usted tenía pensado decírmelo.

ENRIQUE.—Vivo en una casita de madera a la orilla del agua. Casi en la selva. En la


puerta hay un rótulo que dice, con letras rojas: "Enrique Llach. Comerciante."

FRANCINA.—(Con los ojos cerrados.) ¿Y de qué es el rótulo?

ENRIQUE.—De madera. Mandé hacer seis para que me salieran más baratos.

FRANCINA.—(Lentamente.) ¿Por qué seis?

ENRIQUE.—Porque pensé que iban a robármelos, como efectivamente sucedió. Cada vez
que me roban uno, pongo el que sigue inmediatamente. Voy en el cuarto. (Francina
aparenta estar dormida.) ¿Quién pintó esa paloma?

FRANCINA.—(Despertando repentinamente.) Un muchacho que se llama Gilberto. No es


paloma, es codorniz.

ENRIQUE.—Es usted una muchacha muy bonita. La más hermosa que yo haya conocido.
FRANCINA.—¿Ya sabía usted que iba a conocerme?

ENRIQUE.—También sabía que iba a casarme con usted.

FRANCINA.—No lo dudo. ¿No sabía usted nada más?

ENRIQUE.—¿Trata usted de burlarse de mí?

FRANCINA.—Usted debía saberlo.

ENRIQUE.—No me gustan las conversaciones imprevistas.

FRANCINA.—(Levantándose como para despedirlo.) Pues eso es todo. Vuelva usted a las
nueve de la noche.

Enrique toma sus paquetes y se dirige a la puerta, donde se vuelve. Francina no ha dejado
de observarlo.

ENRIQUE.—(Sentándose de nuevo.) No me intimidará usted ¿Por qué no habla?

FRANCINA.—¿No sabe usted lo que voy a decir?

ENRIQUE.—Pero me gusta escuchar su voz.

FRANCINA.—Hablaré. Venga usted a las nueve.

ENRIQUE.—Lo dice en una forma tan bella, que no podría escribirse de antemano.

FRANCINA.—(Transigiendo.) Bueno, ya que va usted a casarse conmigo, conversaremos.

ENRIQUE.—¿Tiene usted padres?

FRANCINA.—Sí; pero hace diez años que se fueron a un viaje y todavía no nos han
escrito. Gastón pensó que los encontraría, pero a la abuela y a mí se nos ocurrió que no iba
a conocerlos, porque ya no nos acordamos de ellos. En seguida se lo escribimos para que no
perdiera el tiempo buscándolos.

ENRIQUE—¿Quién es Gastón?

FRANCINA.—Mi hermano. Estuvo en la India.

ENRIQUE.—¿Es comerciante?

FRANCINA.—No. Viaja porque no tiene nada qué hacer.

ENRIQUE.- Comprendo.
FRANCINA.—(Rascándose de nuevo.) Podría tenerme un poco de consideración. ¡Lo ha
vuelto usted a decir!

ENRIQUE.—No entiendo.

FRANCINA.—(Dejando de rascarse.) Ahora ya estoy un poco mejor.

ENRIQUE.—(Mirando su reloj.) Debo irme, Francina. No puedo dedicarle más tiempo.

FRANCINA.—Hace usted las cosas con mucha rapidez.

ENRIQUE.—Sí. No puedo perder ni un momento. (Mira el reloj con nerviosidad.) Tengo


el tiempo calculado, para que después de estar aquí media hora, llegue a las once en punto a
la tienda donde me compran mis artículos.

FRANCINA.—Pues váyase. No lo entretengo más.

ENRIQUE.—¿No tiene usted ninguna otra cosa qué decirme?

FRANCINA.—Sí. Venga de smoking.

ENRIQUE.—Alquilaré uno. (Ve el reloj.) Quisiera pedirle algo.

FRANCINA.—Dígame.

ENRIQUE.—¿Puedo besarla?

FRANCINA.—Como guste; ¿le alcanza el tiempo?

ENRIQUE.—Podría retrasarme por una sola vez.

Va a besarla en la mejilla cuando se abre la puerta de golpe y aparece Gastón. Gastón es


un hermoso muchacho de veintidós años. Es muy alegre y casi siempre sonríe. Sus
movimientos son ágiles y llenos de vida. Francina y él se miran asombrados. Después
hacen como si fueran a abrazarse y no se abrazan.

FRANCINA.—Gastón... eres tan guapo, que he pensado en Gilberto.

GASTÓN.—A mí se me había olvidado como eras. Eres bonita, pero no me gustas del
todo. No me gusta nada. En este cuarto falta algo. (A Enrique Llach.) Usted no es Gilberto,
¿verdad?

FRANCINA.—Pero Gastón, si tú conoces a Gilberto.

GASTÓN.—Por eso decía que no es él.

FRANCINA.—El se llama Enrique Llach.


ENRIQUE.—(Sin perder de vista su reloj.) Para servirle.

GASTÓN.—¿Siempre se casa hoy Gilberto?

Francina se deja caer en un asiento.

FRANCINA.—No sé qué me pasó en las rodillas.

GASTÓN.—¿No te invitó? (Francina hace un signo negativo con la cabeza.) La boda no


puede llevarse a cabo sin ti.

ENRIQUE.—Ahora es todavía más tarde.

FRANCINA.—No me hagas decirlo, no me salen las palabras. Siento que si hablara se me


romperían los dientes.

GASTÓN.—Eso te sucede porque este cuarto está muy cerrado. Abre la ventana. (Francina
va a abrir la ventana y se asoma, permaneciendo así un momento. Gastón examina a
Enrique, que reparte su atención entre su reloj, Francina y Gastón. Este, muy amable.)
¿De manera que usted no es Gilberto?

ENRIQUE—No señor.

GASTÓN.—Quiero decir: ¿usted no es el que va a casarse con Francina?

ENRIQUE.—Se ha equivocado de nuevo. Sí voy a casarme con ella.

GASTÓN.—(Muy, muy amable.) ¡Diariamente se aprende una cosa nueva!

ENRIQUE.—Sí señor.

GASTÓN.—Ya que va usted a casarse con ella, puede llamarme Gastón.

ENRIQUE.—Gracias.

GASTÓN.—(Aflojándose el cuello.) Francina, ¿te sientes mejor? Yo siento que no ha


servido de nada que abrieras la ventana. Me ahogo de cualquier manera.

ENRIQUE.—Han pasado quince minutos.

GASTÓN.—Enséñeme usted su reloj. Es muy bonito. A mí me regalaron uno cuando


cumplí doce años; pero hace ya tiempo que se me rompió.

ENRIQUE.—¿Y desde entonces acá ha podido usted vivir sin él?

GASTÓN—Creo que sí. Francina, ¿qué haces?

FRANCINA.—Estoy haciendo todo lo posible para que no se me caiga una lágrima.


GASTÓN.—(Mirando hacia arriba y a los lados.) ¿Dónde está colgada?

FRANCINA.—De una pestaña.

ENRIQUE.—Ahora apenas me dará tiempo de tomar un coche. Tengo que despedirme

GASTÓN.—Me ha dado mucho gusto conocerlo. Sepa usted que ésta es su casa.

ENRIQUE.—Gracias.

FRANCINA.—A las nueve.

ENRIQUE.—La quiero, Francina.

FRANCINA.—¿Por qué me dice usted eso?

ENRIQUE.—No tengo tiempo para contestarle. Adiós.

Sale Enrique Llach. Gastón comienza a pasearse apresuradamente por la habitación.

FRANCINA.—¿Qué sucede?

GASTÓN.—Quiero ver si así normalizo mi respiración. ¿De veras no tienes una sensación
de que falta algo?

FRANCINA.—Falta la abuela.

GASTÓN.—No se trata de ella. Algo más.

FRANCINA.—¿No te referirás a tu esposa?

GASTÓN.—Es cierto. Qué muchacha más lista eres, Francina. Cada vez que no estoy a su
lado no puedo respirar a gusto; me parece que veo las cosas confusas y que no entiendo lo
que la gente me dice.

FRACINA.—¿Cómo se llama?

GASTÓN.—Arabella Golden

FRANCINA.—¿No oíste que sonó una campanita?

GASTÓN.—Ya estoy acostumbrado, suena cada vez que digo su nombre.

FRANCINA.—¿Dónde está?

GASTÓN.—En la sala. Quedó impresionadísima con el espejo, y yo no pude soportar la


impaciencia de conocerlas.

FRANCINA.—¿Conocernos?
GASTÓN.—Es verdad, verlas. ¿Y la abuela?

FRANCINA.—La abuela está en el jardín. Si te dice que la lleves al circo, dile que no
puedes; estoy muy enojada con ella.

GASTÓN.—Lo tendré en cuenta. (Francina se halla en una actitud de plena dejadez y


abandono.) ¿Te dejó Gilberto?

FRANCINA.—(Llevándose las manos a los oídos.) ¡Ay!

GASTÓN.—Cuando estaba lejos, me acordé una vez de ti.

FRANCINA.—Yo también, una sola vez.

GASTÓN.—Creo, además, que te quiero un poco.

FRANCINA.—Yo también, un poco.

GASTÓN.—(En la puerta.) Pobrecito rayito de luna.

Francina permanece sentada tristemente. Toma la mano de la muñeca, la deja caer. Entra
Arabella Golden. Podría ser la mujer más fea del mundo. Es tan delgada, que sus huesos
se transparentan, su cara es tan pálida que se ve amarilla, contrastando con unas grandes
ojeras que le llegan casi a la mitad de las mejillas. Lleva el pelo recogido en un nudo en el
centro de la cabeza. Arabella es muchos años mayor que su esposo. Va vestida con un
impermeable gris muy amplio, sin cinturón; se anuda en el fuello con un gran lazo de
terciopelo negro. En las manos lleva un paraguas muy grande, que deja a un lado. Tiene
una gran dignidad al tiempo que una especie de dulzura. Fran-cina no la ve cuando se
para en la puerta y al alzar los ojos, se sobresalta. Se miran largamente, como si hablaran.
Arabella entra y Francina se pone de pie, hasta quedar frente a frente.

ARABELLA.-Mi madre era mexicana.

Francina corre a sus brazos y comienza a sollozar en su hombro. Arabella la acaricia.

FRANCINA.—Mi novio va a casarse hoy mismo, y yo lo siento mucho. No sé cómo puedo


vivir estas horas. No sé cómo puedo hablar todavía si siento un nudo en la garganta, ni
cómo me muevo, si me duele todo el cuerpo. Quisiera que estuviera todo oscuro y que al
despertar hubieran pasado muchos años, y ya se me hubiera olvidado.

ARABELLA.—Contra el dolor está el silencio, la inmovilidad del cuerpo y el sueño.

FRANCINA.—¿Y contra el recuerdo?

ARABELLA.—El ruido, la actividad del cuerpo y la vigilia.

FRANCINA.—¿Hay una forma escrita para todo?


ARABELLA.—Hay un tratado para cada idioma, y para cada dialecto un libro más
pequeño.

FRANCINA.—¿Dónde está el recuerdo?

ARABELLA.—En los dobleces de la ropa, en los índices de los libros y en el fondo de los
cántaros.

FRANCINA.—Y las abuelitas... ¿dónde viven?

ARABELLA.—En un cuarto redondo, lleno de juguetes, en el último piso de la casa.

FRANCINA.—Y el amor, ¿dónde empieza?

ARABELLA.—En la India de los Maharajahs, en un palacio lleno de muebles calados


como encajes y alineados junto a las paredes, como en un museo.

FRANCINA.—¿Y dónde acaba?

ARABELLA.—No acaba nunca. Pero se bambolea en una habitación llena de


pensamientos, de angustia. . . y de esperanza.

FRANCINA.—(Abrazándola.) ¡Todo lo sabes, Arabella Golden!

ARABELLA.—Hay una cosa que no sé. (Pausa.) Dónde está la belleza.

FRANCINA.—(Con lástima, contemplándola como para buscarla en un rincón de su


cara.) ¡Arabella Golden!

ARABELLA.—Salí de Inglaterra con mi padre después de la muerte de mi mamá y


llegamos a la India. Hace veinte años, y yo tenía veinte. De entonces acá parece que por mi
piel han pasado todos los peces del mar. Viajamos por la India Septentrional, donde hay
decenas de sectas y de dioses, y diariamente asistíamos a una ceremonia. Murió mi padre y
no encontré la belleza.

FRANCINA.—Para nada te serviría. Yo creía que era una niña muy bonita y mi novio se
casa con otra. ¿Qué trajiste de la India, Arabella?

ARABELLA.—El amor me trajo.

FRANCINA.—¿Cómo sabes lo de las abuelitas?

ARABELLA.—Lo sé.

FRANCINA.—¿Sabrías domesticar una cobra?

ARABELLA.—Muy probablemente.
FRANCINA.—¿Conociste a los adoradores del fuego?

ARABELLA.—Sí.

FRANCINA.—¿Qué piensas de mi hermano Gastón?

ARABELLA.—(Con un dedo en los labios.) Silencio.

FRANCINA.—Es necesario que conozcas a Enrique Llach.

ARABELLA.—¿Quién?

FRANCINA.—Enrique Llach.

ARABELLA.—Mi libro mágico no dice nada de Enrique Llach.

FRANCINA.—Ni el mío, ni el de abuelita, ni el de Gastón.

ARABELLA.—Gastón no lo tiene.

FRANCINA.—¿Que pasó?

ARABELLA.—Se le perdió un día que fuimos a nadar. Ahora lleva un tratado de etiqueta
hindú.

FRANCINA.—¿Tú lo escribiste?

ARABELLA.—Lo adapté, Francina... tú no estabas sola en este cuarto.

FRANCINA.—No. Estoy con su recuerdo desde que no nos vemos. A veces es tan claro
como si fuera él en persona.

ARABELLA.—Eso es una presencia maravillosa. Las presentías no duran mucho.

FRANCINA.—(Tristemente.) Ya lo sé.

ARABELLA.—¿Quién es Enrique Llach?

FRANCINA.—Un muchacho muy raro. La clase de persona que es continuamente


inteligente, o sea, que cree que está entendiéndolo todo. Es novio mío.

ARABELLA.—¿El que se casa?

FRANCINA.—No. El que se casa está seguramente inscrito en tu libro mágico. Se llama


Gilberto.

ARABELLA.—Está inscrito. De los muchachos que regalan flores de papel, cuadros,


grabados, .piedras extrañas, vasijas de barro y muñecas de trapo.
FRANCINA.—Y que cuando alguien, no se sabe quién, truena los dedos, desaparecen
inmediatamente.

ARABELLA.—Exacto. ¿Y Llach?

FRANCINA.—No regala flores, ni cacharros, ni telas. Los vende. Lo conocerás en la fiesta


que vamos a dar hoy.

ARABELLA.—(Desagradablemente sorprendida y levantándose como empujada por un


resorte.) ¿La fiesta? (frotándose las manos con nerviosidad y caminando rápidamente, casi
podría decirse que está aterrorizada.) ¿Ustedes van i dar una fiesta? (Francina asiente,
asombrada de la transformación.) ¿Con gentes que seguramente querrán conocerme y... ?

Arabella se lleva las manos al rostro y las separa al entrar la Abuela corriendo,
perseguida muy de cerca por Gastón.

ABUELA.—(Sin ver a Arabella.) Francina, Gastón está empeñado en hacer un yogui


conmigo.

GASTÓN — ¡No es verdad!

FRANCINA.—¿Qué es lo que quiere hacer?

ABUELA.—No sé.

GASTÓN.—Ya confesaste que hay algo que no sabes.

ABUELA.—No sé nada de esas cosas. La alfombra mágica, la lámpara de Aladino... ¡bah!


(Descubre a Arabella y la mira con mucha curiosidad.) Gastón... ¿es este el yogui que
querías hacerme?

GASTÓN.—Ella se llama Arabella.

ABUELA.—Si me hubieras dicho que querías hacer una Arabella, conmigo, te hubiera
entendido muy bien.

FRANCINA.—El no quiere hacerla, abuelita. Es su esposa.

ARABELLA.—Además, yo fui hecha mucho tiempo antes de que él naciera.

FRANCINA.—Abuelita, saluda a Arabella.

La Abuela se encoge de hombros y esconde la mano derecha.

GASTÓN.—(En son de reproche.) ¡Abuelita!

FRANCINA— ¡Dale la mano!


ABUELA.—No.

FRANCINA.—¿Por qué no?

ABUELA.—Porque comí un caramelo y no me la he lavado. La tengo sucia.

FRANCINA.—(Examinándole la mano.) A ver. No es verdad, abuelita. Saluda.

La Abuela da la mano a Arabella de muy mala gana. Luego se vuelve a mirar a Francina,
semiburlona.

ABUELA.—¿También quieres que le dé un beso?

FRANCINA.—Sí.

La Abuela se pone de puntillas y da a Arabella un beso rápido en la mejilla. Arabella no


puede reprimir un movimiento y se limpia el beso.

ABUELA.—(Seráfica.) ¿Ven cómo sí había comido caramelo?

FRANCINA.—Tú disculparás, Arabella.

ARABELLA.—No tengas cuidado.

ABUELA —-¿Dónde la compraste, Gastón?

GASTÓN.—Quiere decir que dónde la encontré, supongo. En un palacio lleno de


antigüedades y objetos de arte.

ABUELA.—¿Y ella es una antigüedad o un objeto de arte?

GASTÓN.—Tiene cualidades de una y otra cosas.

ABUELA.—No me gusta.

FRANCINA.—(Mirando amenazadora a la abuela y para cambiar de conversación.)


Gastón, estaba contándole a Arabella que hoy en la noche vamos a dar una fiesta.

GASTÓN.—¿Una fiesta? Magnífico. Así podrán conocer a Arabella todos mis amigos.

Arabella ha vuelto a agitarse al oír la palabra "fiesta".

FRANCINA.—Será en tu honor, Arabella.

Arabella la mira muy angustiada.

GASTÓN.—Arabella, ¿sería posible decir que techas puesto todavía más pálida?

ARABELLA.—(Distraídamente.) Sí.
GASTÓN.—¿En qué piensas? No quiero que te alejes de mí, ni con el pensamiento.

ARABELLA.—No puedo alejarme de ti ni con el pensamiento.

GASTÓN.—Me alegro de que haya una fiesta. ¿Te alegras tú?

ARABELLA.—(Amargamente.) Sí,

ABUELA.—Arabella no quiere que hagamos la fiesta.

FRANCINA.—Arabella no ha dicho nada.

ABUELA.—Pero no quiere, yo lo sé.

GASTÓN.—Quiero que te vean todos.

ARABELLA.—(Llevándose las manos a la cara y retirándolas inmediatamente.). Quiero


lo que tú quieras.

ABUELA.—(Riendo maligna.) No es verdad. . ,

FRANQNA.—Abuela, no es de buena educación contradecir a las gentes.

ABUELA.—¡Pues no es cierto que quiera ir a la fiesta! ¡No es cierto!

GASTÓN.—Arabella no tiene necesidad de mentirme, porque sabe que la complacería en


todo lo que deseara. Además, mis palabras nunca la molestan y puede oír todo y entenderlo,
¿verdad?

ARABELLA.—Desde el silbar de los carrizos en las inundaciones, hasta el ruido que hacen
los escarabajos por las noches, cuando comen en el jardín.

La Abuela se ríe.

FRANCINA.—¿De qué te ríes?

GASTÓN.—(Ignorándola.) Bueno, ahora vamos a hablar de alguna cosa seria, ¿no?

ABUELA.—De la boda del novio de Francina.

FRANCINA.—(Estremeciéndose.) No, por favor. Ahora me sacudió como una descarga


eléctrica.

ABUELA.—Entonces de Enrique Llach.

FRANCINA.—(Bostezando.) Estoy cansada.

ABUELA.—Entonces vamos a hablar de mis muñecas, todas saben bailar muy bien.
GASTÓN.—Pero nunca has podido lograr que hablen.

ABUELA.—Porque no quiero.

(}ASTON.—Arabella sabe hacer que las muñecas hablen, ¿verdad?

A RAMULLA.—Sí. En la India se aprenden muchas cosas.

ABUELA.—(Con burla.) Sí. El árbol que canta, el pájaro que habla... (Se le olvida.)

ARABELLA.—Y el agua de oro.

ABUELA.—¡Gastón! Dile que no me corrija; ella no es mi nieta.

GASTÓN.—(Aparentemente abrumado.) Abuelita, no puedo decírselo, todo lo que ella


hace, me parece maravilloso.

La Abuela mira a Arabella con indignación.

ABUELA.—¡Fiesta! ¡Fiesta! ¡Fiesta!

Arabella se levanta y le da la espalda,

GASTÓN.—Arabella, no vayas a enojarte, son cosas de ella.

FRANCINA.—Abuelita, mejor es que te vayas a tu recámara. Después hablaremos.

ARABELLA.—(Volviéndose.) No tiene importancia.

GASTÓN.—(A Francina.) ¿Ya te sientes mejor?

FRANCINA.—Supongo que sí. (Ella está de pie cerca de Gastón y le mete cariñosamente
la mano en la bolsa del saco.) ¿Qué es esto?

GASTÓN.—Mi manual de etiqueta hindú.

FRANCINA.—¿Qué? ¿De Carreño? (Lo hojea.) ¡Pero si es el mismo!

ARABELLA.—Claro; pero le puse otra pasta.

GASTÓN.—No me lo habías dicho, Arabella.

ARABELLA.—Se me ocurrió porque no había otra manera de hacértelo aprender,

GASTÓN.—Pues es verdad.

ABUELA.—¿Te servirá igual allá arriba, cuando subas a hablar conmigo?

GASTÓN.—Arabella, ¿me servirá?


ARABELLA.—Sí.

FRANCINA.—¿Crees que podrías hacer lo mismo con cualquier libro?

ARABELLA.—Supongo que sí.

FRANCINA.--¡Te adoro, Arabella! ¡Te adoro! ¡Te adoro!

ABUELA.—¿Sabes la historia de aquella niña que traicionó a su hada madrina y despertó


una mañana clavada en la pared como una mariposa?

FRANCINA.—No, abuelita.

ABUELA.—Voy a contártela.

GASTÓN.—¿Con alas?

ABUELA.—Por el momento no recuerdo, pero me parece que sí. Lo que tengo muy
presente es que estaba clavada con un alfiler muy grande. (Mirando a Arabella.) Le sucedió
lo mismo a otra persona que vivía en la misma casa.

GASTÓN.—Ahora me acuerdo. Pero era un sueño, abuela. Cuando la niña despertó no


había nada de eso.

ABUELA.—(Enojada.) ¡No tenías ninguna necesidad de decirlo, Gastón!

GASTÓN.—Perdón, abuela.

FRANCINA.—Arabella, quisiera que vieras mi recámara. ¿Quieres venir?

ARABELLA.—Adonde tú me lleves.

ABUELA.—Francina, no vayan a cerrar la puerta con llave, porque después no se puede


abrir y tendrían que salir por la ventana.

GASTÓN.—Con una escoba.

FRANCINA.—¿Qué dijiste?

GASTÓN.—No me fijé. Creo que dije que con una escala. Arabella, antes de que te vayas,
quiero decirte que me gustó muchísimo lo que hiciste con el Carreño y que quisiera que lo
repitieras.

FRANCINA.—Ven, Arabella. Voy a enseñarte donde guardo mi libro mágico.

ARABELLA.—Adiós, Gastón.
Salen Francina y Arabella tomadas de la mano. Arabella con un movimiento digno que la
Abuela trata de imitar.

ABUELA.—Adiós, Gastón. (Se acuerda de que él quiere mucho a Arabella e interrumpe


la imitación para reír socarronamente.)

GASTÓN.—Adiós, abuela.

ABUELA.—No me voy; no lo dije en serio.

GASTÓN.—Desde que se va Arabella comienzo a sentirme incompleto.

ABUELA.—¿Y cuando ella está?

GASTÓN.—Desaparezco completamente.

ABUELA.—Quería que nos quedáramos solos para contarte una cosa que nadie sabe.

GASTÓN.—(Interesado.) ¿Qué cosa?

ABUELA.—He descubierto una receta para lograr que todas las ratas que entren en mi
cuarto, se suban encima de la cama.

GASTÓN.—(Con disgusto.) ¡Abuela!

ABUELA.—¿Quieres que lo probemos en la cama de Arabella?

GASTÓN.—De ninguna manera. Yo también duermo allí.

ABUELA.—Es verdad. Nada me sale bien. Voy a encerrarme para estar sola y no molestar
a nadie. (Suspira y lo ve con el rabo del ojo.) Puede ser que me muera allí. Sentada en mi
cuarto redondo, hilando a la luz de una vela.

GASTÓN.—A mí me gustaría sentarme en un cuarto redondo, a la luz de los ojos de


Arabella Golden.

ABUELA.—Eso lo dices porque no sabes hilar.

GASTÓN.—¿De qué es tu rueca, abuela?

ABUELA.—De madera.

GASTÓN.—Pues las princesas las usan de cristal

ABUELA.—¿Y qué? Las princesas son unas tontas.

GASTÓN.—Voy a comprarle a Arabella una de cristal.


ABUELA.—¡Arabella! No sabes hablar de otra cosa.

GASTÓN.—Es la mujer más sabia de todo el Oriente. No pude haberme casado mejor.

ABUELA.—Podías haberte casado con la más sabia de Occidente.

GASTÓN.—No la conozco.

ABUELA.—(Sonriendo, cruzando la pierna y levantándose un poco el vestido, como hizo


a la entrada de Enrique Llach.) Soy yo.

Gastón se sorprende y se acerca a mirarla, mientras ella sigue sonriendo.

GASTÓN.—Nunca te había visto las medias.

La Abuela se baja el vestido rápidamente y se levanta, yendo hacia la puerta.

ABUELA.—Ya me voy.

GASTÓN.—Perdona, abuelita. La verdad es que estoy preocupado.

ABUELA.—(Fastidiada.) Ya lo sé, porque no está aquí Arabella.

GASTÓN.—Independientemente de eso.

ABUELA.—Te voy a enseñar cómo se hace para salir de mi cuarto por la ventana.

Gastón parece ilusionarse con el proyecto, pero luego recuerda algo.

GASTÓN.—Te digo que algo me preocupa.

ABUELA.—Se sienta una en el pretil, estira una el brazo hasta tener la enredadera y luego
se va una bajando con ayuda de la tubería.

GASTÓN.—Ella no es feliz.

ABUELA.—¿Qué te parece?

GASTÓN.—Me parece tremendo, porque la quiero mucho. (La Abuela va a sentarse a una
silla lejana, desde donde lo mira disgustada.) Creo que es algo relacionado con su dinero.

ABUELA.—(Curiosa.) ¿Trae una bolsita de centavos hindúes, colgada de la cintura?

GASTÓN.—Su dinero lo tiene en un banco, no en un saquito, son dieciocho millones.

ABUELA.—(Haciendo un gesto.) ¡Dieciocho millones de centavos hindúes!

GASTÓN.—No abuelita, de dólares.


ABUELA.—Harían cualquier cosa por contradecirme. Son antipáticos Francina y tú.

GASTÓN.—Yo supe de un rey que tenía tanto dinero como Arabella, y por eso no era
feliz.

ABUELA.—(Muy contenta.) ¿Se murió?

GASTÓN—No; pero vivió muchos años con una carga de deseos satisfechos.

ABUELA.—Ojalá que eso le pase a Arabella.

GASTÓN.—(Fuera de sus casillas.) No vuelvas a decir eso, abuelita. ¡Nunca! ¡Nunca!

ABUELA.—(Con otro tono.) ¿Vamos a la ventana, ¿no?

GASTÓN.—No puedo hacer ninguna cosa de esas hasta que Arabella sea feliz.

ABUELA.—'¡Estoy cansada de Arabella! ¿Sabes qué voy a hacer si siguen hablando de


ella? ¡Voy ha hacerla desaparecer y nadie volverá a ver! ¿Me entiendes? (Gastón la mira
con asombro no carente de cierto temor.) Hoy en la tarde voy a practicar algo que hace días
vengo pensando y entonces verás...

FRANCINA.—(Desde afuera y bastante lejos.) ¡Abuelita! ¡Acaban de traer la rueca!

La Abuela no termina de hablar y sale corriendo. Gastón la sigue después de mirar a su


alrededor de nuevo, con el sentimiento de que le falta algo.

GASTÓN.—¡Arabella! ¿Dónde estás? ¡Arabella!

A poco, entra Enrique Llach. Lleva un paquete pequeño. Al ver que está solo, revisa todas
las cosas con los ojos, y por fin se decide por el librero. Comienza a registrarlo, saca una
carta y cuando está leyéndola entra Francina sin hacer ruido.

FRANCINA.—Sobre mi corazón pesa una montaña de montañas..: (Enrique se sobresalta


y la mira.) Siga usted leyendo, o si quiere puedo recitársela de memoria, yo la escribí.

ENRIQUE.—(Dejando la carta.) No trate usted de humillarme, porque no lo conseguirá.

FRANCINA.—¿Qué estaba usted haciendo?

ENRIQUE.—Tratando de conseguir datos sobre usted para hacer en mi libro un informe


completo.

FRANCINA.—¡Qué ridiculez!

ENRIQUE.—No debe usted decirme esas cosas.

FRANCINA.—Tiene razón. ¿Por qué volvió? ¿Dejó algo olvidado?


ENRIQUE.—Volví porque no estaba la persona que fui a buscar y calculé que me daría
tiempo de verla de nuevo.

FRANCINA.—¿Quiere verme sólo para hacer el informe o tiene usted alguna otra razón?

ENRJQUE.—Dice mi libro que debo desear verla la mayor cantidad de veces que se pueda.

FRANCINA.—Muy bien. ¿Sabe usted ya qué va a decirme?

ENRIQUE.—Sí.

FRANCINA.—Puede usted comenzar entonces.

ENRIQUE.—Francina, tiene usted los cabellos más maravillosos que he visto, como de oro
líquido. Unos ojos azules con el centro castaño que me recuerdan las estampas que
representan un tesoro perdido en el fondo del mar. Tiene usted unas manos de mármol y la
piel de su rostro tiene coloraciones de piedra finísima...

FRANCINA.—(Con la voz ronca.) No puedo soportarlo. ¿Me lo dice porque quiere


inscribirse en mi libro mágico?

ENRIQUE.—Lo tenía previsto.

FRANCINA.—Es verdad.

ENRIQUE.—Además le he traído un regalo. Mírelo.

Saca del paquete una tela tejida a mano.

FRANCINA.—¡Qué bonito!

ENRIQUE.—No tiene importancia. Pagué por ella justamente el precio de costo.

FRANCINA.—(Brincando.) He sentido como un alfilerazo.

ENRIQUE.—Venga acá, Francina. (Ella se sienta y él a su lado, en la alfombra.)

Voy a hacerle el amor. (La mira intensamente.)

FRANCINA.—Algo me pasa, Enrique Llach. Como cuando a los doce de la noche sopla el
viento y ya no sale humo de las chimeneas. (Pausa.) ¿Por qué no habla usted?

ENRIQUE.—Porque no puedo acordarme de lo que tenía previsto.

FRANCINA.—No es usted el mismo que hoy en la mañana.

ENRIQUE.—No aspiro a dejar de serlo, ya estoy acostumbrado. (La mira de nuevo, muy
suavemente.) Quisiera besarla.
FRANCINA.—Como guste. (Va a hacerlo cuando comienzan a escucharse las campanas.)
¡Oiga usted!

ENRIQUE.—Son unas campanas iguales a todas. .

FRANCINA.—¡Son diferentes a todas! ¡Son las campanas de su boda! (Enrique quiere


tomarle las manos.) ¿No vio usted algo en la ventana? ¡Quiero asomarme! (Francina corre
hacia la ventana, mientras Enrique se pone de pie y la mira desde la puerta. Se siguen
escuchando las campanas, ahora más claras.) ¿Quién? ¿Quién es? ¿Quién es? (Enrique
Llach mira su reloj y después sale. Francina, con la voz llena de lágrimas.) ¡Gilberto!
¡Gilberto! ¡Gilberto! (Después de un momento cierra la ventana, se vuelve.) No hay nadie.

Francina queda de pie, con una expresión de desencanto, mientras se escucha la música de
"La niña de los cabellos de lino."

ACTO SEGUNDO

Mismo decorado. Es el mismo día, al caer la noche. FRANCINA, vestida igual que en la
mañana, está arrodillada en el sofá, mirando por la ventana. Se escacha la música de "La
niña de los cabellos de lino", que se detiene en seco al entrar ENRIQUE LLACH, que viene
vestido de smoking y que lo primero que hace es prender la luz.

ENRIQUE.—(Después de un momento.) ¿No le parece absurdo insistir en que ha visto una


cara en la ventana de un segundo piso?

Francina se vuelve de mal humor, pero luego recuerda que debe ser amable.

FRANCINA.—(Con voz cansada, como de quien lo ha explicado mucho.) No era una cara,
sino una presencia.

ENRIQUE.—Hubiera querido preguntárselo antes de irme, pero me hubiera retrasado y eso


me desagrada.

FRANCINA.—¿Sólo por eso se fue?

ENRIQUE.—Naturalmente. El tiempo es lo único que me preocupa.

FRANCINA.—Pues le advierto que vino con anticipación. Son las siete y media.

ENRIQUE.—Vine porque se supone que debo visitarla y conversar con usted antes de la
fiesta.

FRANCINA.—(Resignada y poniéndose cómoda.) Es verdad. Empiece usted.


ENRIQUE.—Déjeme pensar... bueno. He esperado con ansiedad este día. Horas enteras he
pasado imaginando lo orgulloso que me sentiría a su lado. También porque faltan menos
días para nuestra boda. Puedo verla con claridad: llego yo a la iglesia, nerviosísimo; todos
me compadecen. Pasan cinco, diez minutos terribles. Al fin llega usted. Tiene los cabellos
rubios cuajados de azahares y en las manecitas blancas, un ramo pequeño con el mango de
marfil. ¡Qué novia tan bonita! ¡Qué bonita! Ahora, todos me envidian... (Pausa.)

FRANCINA.—¿Qué pasa?

ENRIQUE.—Que me he quedado callado.

FRANCINA.—Usted no le diría eso a ninguna muchacha.

ENRIQUE.—Al contrario, con seguridad se lo diría a usted. Cuando hablo siento que me
traiciono, y eso no puedo explicármelo claramente. Así somos todas las personas
precavidas.

Francina se ha distraído. El espera pacientemente a que quiera hablar o poner atención.

FRANCINA.—Algo me duele. (Tocándose el estomago.) Por aquí. (Tocándose el pecho.)


No; por aquí.

ENRIQUE.—Lo más lógico es que eso le suceda porque le emociona verme. Yo así debo
suponerlo. (En otro tono, como representando.) No Francina, no sufra por mí. Piense en el
hermoso vestido que va a ponerse única y exclusivamente para que la mire Enrique Llach.
Como una de esas figuras que él imagina por las tardes, cuando cansado de ir y venir, se
sienta en el suelo, en la puerta de su casita de madera y mira el agua. Es una doncella
vestida con un traje que no se sabe de qué tela es, descalza y rubia, como usted.

FRANCINA.—¿También eso tenía preparado?

ENRIQUE.—No. Es mejor que hable usted. ¿Qué le diría al muchacho de quien estuviera
enamorada?

FRANCINA.—¿Yo? A... (Con dureza.) Nada.

ENRIQUE.—Ya sé que no se trata de mí. ¿Qué le diría usted a Enrique Llach?

FRANCINA.—(Con fastidio.) Que me hable de sus viajes, me gusta estuchar.

ENRIQUE.—¿Se niega usted a hablar conmigo?

FRANCINA.—No es eso.

ENRIQUE.—Puedo irme, en todo caso. (Se dirige a la puerta y la mira desde allí.)
FRANCINA.—No se irá usted. Es la segunda vez que hace una salida en falso. Recuerde
que es mi novio.

ENRIQUE.—(Sentándose y tratando de. ser amable.) Estoy seguro de que le hicieron un


gran robo al que compró todas esas cosas.

FRANCINA.—Naturalmente. Para adquirir una cosa hay tres grados: robar, pagar lo justo
y dejarse robar. Usted roba a quienes le venden y es robado por los que le compran.

ENRIQUE.—¿Dónde aprendió eso?

FRANCINA .—(Sacando un libro.) Aquí.

ENRIQUE.—El mundo de las amibas. No es posible.

FRANCINA.—Es sólo la pasta.

ENRIQUE.—(Abriéndolo en una hoja cualquiera.) "Historia de las teorías económicas".


¿Cómo es esto?

FRANCINA.—Es una idea que ha tenido Arabella mi cuñada, para aprender cualquier cosa
leyendo un solo libro.

ENRIQUE.—(Dudando.) Explíquese usted en forma adecuada.

FRANCINA.—¿Sabe usted algún libro perfectamente bien?

ENRIQUE.—Sí. (Saca de la bolsa uno pequeño.) Este.

FRANCINA.—Siete lecciones de lengua otomí. Bueno, pues ella hace esto. (Le quita la
pasta y se vuelve a buscar entre sus libros uno del mismo tamaño.) Mitología griega.
Ahora, fíjese usted. (Le enseña el libro de lejos.) ¿Sabe usted bien las Siete lecciones de
lengua otomí?

ENRIQUE.—Perfectamente.

FRANCINA.—Bueno. Aquí lo tiene.

ENRIQUE.—(Mirando el libro con mucha desconfianza.) Sólo que... ¿no le parece a


usted que...? (Francina lo mira con impaciencia.) No se enoje usted. Lo que sucede es que
no me interesa la Mitología griega.

FRANCINA.—(Fastidiada.) Devuélvamelo entonces. ¿Quiere usted uno de hadas?

ENRIQUE.—Como usted diga.


FRANCINA.—Aquí lo tiene. Se llama Roma en los tiempos de Nerón. No dirá usted que
no soy complaciente.

ENRIQUE.—No. Siempre diré que es usted magnífica y que yo...

FRANCINA.—¿Qué?

ENRIQUE.—(Muy quedo.) La adoro.

FRANCINA.—No vuelva a decírmelo. Me parece que lo ha oído antes.

ENRIQUE.—(Después de un momento.) Francina, no sé de qué hablar.

FRANCINA.—Cuando está una en esa situación, siempre habla de su infancia.

ENRIQUE.—No sé qué decir.

FRANCINA.—¿Desde cuándo recuerda usted?

ENRIQUE.—Desde hoy en la mañana.

FRANCINA.—Yo lo ayudaré. Primero lo trajeron en un cestito cubierto con hojas de col...

ENRIQUE.—No lo sabía.

FRANCINA.—Después lo colocaron en los brazos de su madre. (Acercándose.) Y si no me


equivoco. . . (Viéndole la cara muy de cerca.) Ella se entretuvo pintándole lunares con tinta
china. (Enrique la besa rápidamente y Francina vuelve a su lugar sin hacer ningún
comentario.) Mejor es que hablemos de mi infancia.

ENRIQUE.—Yo no me opongo a que sigamos hablando de la mía.

FRANCINA.—Gastón y yo éramos unes niños muy bonitos. Pasábamos todo el día


buscando caracoles en el jardín y luego los guardábamos en nuestro cuarto de juego que
estaba lleno de escarabajos, arañas y gusanos. Nunca seremos tan felices como entonces.
Una tarde no nos llamó nadie a merendar y pasamos toda la noche en el jardín. En la
mañana tuvimos hambre y como no nos llamaron a desayunar, nos imaginamos que
nuestros padres se habían ido... Decidimos irnos también y estábamos a punto de hacerlo
cuando apareció abuelita, que siempre había vivido en el tercer piso de nuestra casa, pero
nosotros no nos habíamos dado cuenta; nos dio el desayuno y nos hizo limpiar el cuarto de
juego. Y de entonces a acá todo ha venido siendo igual.

ENRIQUE.—Tengo el sentimiento curioso de que todo esto debía parecerme muy raro.

FRANCINA.—No está usted acostumbrado a que le hagan confidencias.


ENRIQUE.—Es que siempre sé lo que van a decirme. Igualmente tengo la sensación de
que nada puede sorprenderme.

Inmediatamente y como respuesta, aparece Arabella Golden. Viene vestida con una especie
de túnica blanca, de anchas mangas y cinturón. Se recoge el cuello con enorme moño rojo.
Arabella, al ver a Enrique Llach, se lleva las manos a la cara y sale para volver a entrar,
arrepentida de haberse dejado atemorizar. Enrique la mira asombradísimo.

ARABELLA.—Buenas noches.

ENRIQUE.—En la mañana no entró usted por la puerta ni saludó.

ARABELLA.—¿Cómo dice usted?

ENRIQUE.—Se limitó a asomarse por la ventana para sobresaltar a Francina.

ARABELLA.—Caso típico de inteligencia.

FRANCINA.—No dirás que no te previne. Ahora cree que eres la presencia.

Como te habrás dado cuenta, es Enrique Llach.

ARABELLA.—No hubiera podido pensarlo de otro modo.

FRANCINA.—Ella es Arabella Golden, la esposa de Gastón.

ENRIQUE.—Pero usted no es hindú.

ARABELLA.—Nada nace y muere en el mismo lugar, ni los hallazgos se hacen en el


mismo lugar.

ENRIQUE.—¿Con eso quiere usted decir que no ha nacido en la India?

FRANCINA.—Va a acabar por decirte que ha entendido muy bien que eres inglesa.

ARABELLA.—Es indudable. ¿Usted de dónde viene, Enrique Llach?

ENRIQUE.—De Europa. Mi último recuerdo es el de una ciudad llena de tizne, de humo y


de muerte. De muchos niños con las manos vacías y el cuerpo quieto… De muchas mujeres
con los ojos entreabiertos, en posiciones absurdas, de los hombres que...

FRANCINA.—¿Qué está diciendo, Arabella?

ARABELLA.—Aquello de lo cual una hace caso omiso.

FRANCINA.—Vaya. Me había asustado.

ENRIQUE.—Francina ¿está usted segura de que ella no es la presencia?


FRANCINA.—Completamente.

ENRIQUE.—¿Ha visto usted la presencia con claridad, como para poder distinguirlas?

FRANCINA.—La presencia se siente y Arabella se ve. (Enrique se vuelve a mirar a


Arabella y ella sostiene su mirada basta que él va dejando caer los brazos y cierra los
ojos.) Discúlpalo, Arabella.

ARABELLA.—Es muy natural. Piensa que así como él no estaba en mi libro, yo no estaba
en el suyo.

FRANCINA.—El no tiene libro, sino un cuaderno de contabilidad.

ARABELLA.—Precisamente, a mí no se me puede escribir en números.

FRANCINA.—¿Qué haremos con él? Debe de sentirse muy mal.

ARABELLA.—No está acostumbrado a sentir y en este momento tiene el corazón


paralizado.

FRANCINA.—¿Qué se hace en estos casos?

ARABELLA.—No se despertará con una sacudida, ni con un golpe, ni con un jarro de agua
fría.

FRANCINA.—Abuelita tiene en su cuarto una cosa así como un lápiz, pero sin punta y que
despide a veces unos rayos azules. ¿La traigo?

ARABELLA.—No es necesario. Basta con que escupas el nombre que llevas escrito en los
dientes.

ENRIQUE.—(Inmediatamente.) ¡Qué cosa más insoportable! Huele a azahares en una


forma, que he creído que iba a desmayarme. ¿Está usted segura de que la presencia no
huele?

FRANCINA.—¿Se siente usted mejor?

ENRIQUE.—No sé. Siento el pecho muy lleno, como si me hubiera tragado entero un
pastel de cerezas.

ARABELLA.—Esa es la sensación exacta.

ENRIQUE.—(Levantándose.) Puede ser que de pie me sienta mejor. No. Me siento igual.

ARABELLA.—Permanecerá usted mucho tiempo en ese estado.


ENRIQUE— Si es así, voy a apuntarlo. (Saca una libretita y un lápiz y trata describir.)
¿Cómo podría definirse lo que me sucede?

ARABELLA.—Es una sensación indefinible.

ENRIQUE.—Con una metáfora. Alguna poesía de alguien.

FRANCINA.—(Después de pensar un momento.) Podría usted decir que en su corazón


anida la conciencia.

ENRIQUE.—(Apenado.) Eso me parece una tontería. (De todas maneras quiere escribir y
no puede. Se sienta.) Probablemente sentado podré escribir.

ARABELLA.—No volverá a escribir en ese librito ni una sola palabra.

ENRIQUE.—¿Debo tirarlo?

ARABELLA.—No. Después de algún tiempo le resultará un verdadero tormento y más


tarde muy divertido.

FRANCINA.—(Riendo.) No volverá usted a prever nada.

ENRIQUE.—(Muy serio.) No.

FRANCINA.—Consuélese. Estoy segura de que no ha olvidado las siete lecciones de


lengua otomí.

ENRIQUE.—La primera dice que las vocales...

FRANCINA.—.. .se acentúan en forma diferente que en castellano.

ENRIQUE—¿Usted habla otomí?

FRANCINA.—No. Lo digo en forma absolutamente mecánica. ¿Verdad Arabella?

ENRIQUE—¿Qué quiere decir con eso?

ARABELLA.—Que lo hace en forma ligeramente más humana que la mayor parte de las
personas.

ENRIQUE—Lo comprendo muy bien.

FRANCINA.—(Rascándose.) ¡Cuánto le falta a usted, Enrique Llach! Creí que estaba


mejorado y ahora sale usted con eso.

ARABELLA.—Esa es una frase que olvidará en menos de veinticuatro horas.

FRANCINA.—Arabella, eres maravillosa.


ENRIQUE.—Yo todavía estoy en la duda sobre lo de la presencia.

FRANCINA.—¡Qué terquedad! Usted no la ha sentido en su vida.

ENRIQUE.—Tampoco he sentido en mi vida nada que se parezca a Arabella.

FRANCINA.—Explícale, por favor, qué es una presencia.

ARABELLA.—Es un humo grisáceo que sale de los oídos, de los ojos y de los labios. Se
vuelve del color de las paredes y de las plantas, y su impacto rebota en el pecho y en la
garganta.

ENRIQUE.—(Tratando de sacar su libro y acordándose después de que ya no puede


escribir.) ¡De veras! ¿Podría usted repetirlo? Si no es para usted una pérdida de tiempo,
yo... (Arabella lo mira sonriendo.) ¡Francina! No sé qué me pasa. Me duele terriblemente la
mano izquierda. (Se aprieta la muñeca y hace un gesto de dolor.)

FRANCINA.—¿Qué es Arabella?

ARABELLA.—Quítese usted el reloj.

ENRIQUE.—(Obedeciendo.) Ya no me duele. (Mira a Arabella.) No me gusta usted,


Arabella.

FRANCINA.—Pídale perdón a Arabella, Enrique.

ENRIQUE.—No.

ARABELLA.—No importa. Hace un momento, ha quedado usted automáticamente inscrito


en mi libro mágico.

(Pausa. Guardan silencio como ante el anuncio de un gran suceso, cuando entra Gastón.
Lleva una bata de casa.)

GASTÓN.—Arabella, sin ti no puedo encontrar mi ropa. Buenas noches.

ENRIQUE.—Buenas noches.

GASTÓN.—Arabella, los ojos te brillan de una manera especial.

ARABELLA.—¡Brillan desde que tú entraste!

ENRIQUE.—Yo ya lo había notado.

GASTÓN.—No es verdad. (Lo mira molesto.) Usted está distinto a como vino hoy en la
mañana.

ENRIQUE.—Algo acaba de sucederme.


FRANCINA — ¿Puede usted decir qué?

ENRIQUE.—No me es posible.

FRANCINA.—Arabella. ¿Te fijas cómo adelanta?

ARABELLA.—Va más rápido de lo que me esperaba.

GASTÓN.—Arabella, no puedo vivir sin ti. (Arabella mira el suelo con fijeza,
evidentemente emocionada.) Cuando estoy lejos, el tiempo es una cosa vacía.

FRANCINA.—¡Gastón! ¡No grites! ¡No grites!

GASTÓN.—Si sólo estoy hablando.

ARABELLA.—En tu corazón se amplifican las palabras de amor.

FRANCINA.—¿Y en el suyo? ¿Enrique?

ENRIQUE.—Siento que de un momento a otro va a rompérseme.

ARABELLA.—No se preocupe. Eso no llega a suceder nunca.

GASTÓN.—¿Por qué hablar tanto con él, Arabella?

FRANCINA.—Yo se lo presenté.

GASTÓN.—No quiero que hable con ningún hombre.

FRANCINA.—¿Por qué? El es mi novio.

GASTÓN.—Porque me dan celos. Sepa usted, señor, que Arabella es completamente mía.
(Enrique lo mira desconcertado.)

ENRIQUE.—Estaba tratando de recordar qué se dice en una ocasión como ésta.

GASTÓN.—No quiero que tenga conversaciones íntimas con nadie. Del brillo de los ojos y
el corazón...

ENRIQUE.—Se me ha ocurrido que debía usted prohibírselo a ella y no a mí.

GASTÓN.—A ella no puede prohibírsele nada. Sépalo usted. Además, no tiene la culpa de
poseer un atractivo irresistible. No puede dominar la luz de sus ojos, ni los movimientos de
sus manos, ni voz.

FRANCINA.—¿Es correcto que le diga eso Gastón a Enrique?

ARABELLA.—Gastón es un muchacho muy vital, Francina.


FRANCINA.—¿Pero no es una especie de ofensa para mí? Enrique Llach está aquí para
que se suponga que me quiere.

ARABELLA.—Es verdad. Gastón, deja de sospechar de Enrique Llach.

GASTÓN.—Muy bien. ¿Dónde está mi smoking, Arabella?

ARABELLA.—¿Lo buscaste?

GASTÓN.—No. Era un pretexto para pedirte algo.

ARABELLA.—Lo hallarás en el primer baúl que abras.

GASTÓN.—¿Cualquiera?

ARABELLA.—Abrirás el indicado.

GASTÓN.—¿Puedo acariciarte una mano, Arabella?

ARABELLA.—¿Cuál?

GASTÓN.—La que tú quieras.

Arabella extiende una mano y Gastón la toma. De pronto, Enrique Llach, sentándose y
levantándose rápidamente.

ENRIQUE.—No hay manera de que lo que me he comido tome un lugar adecuado.

GASTÓN.— ¿Qué ha comido? ¿Se lo dio Arabella?

ENRIQUE— No. Ahora me doy cuenta de que desde por la mañana no he comido nada.

FRANCINA. — Tiene usted hambre, entonces.

ENRIQUE.— Todo lo contrario: una sensación plena, diferente de todo; pero que no es
demasiado inesperada.

GASTÓN.— Está usted fingiéndose enfermo para que Arabella 1o compadezca.

ENRIQUE. — Tengo una salud magnífica. Nadie me quiere.

FRANCINA. — Ha dicho usted dos cosas que no tienen nada que ver.

GASTÓN. — A mí me parece muy lógico lo que ha dicho.

ARABELLA. — Nunca habías dicho esa palabra: "lógico".

GASTÓN. — La inventé ahora mismo.


ENRIQUE.— (llevándose las manos al pecho.) Estoy desesperado. Quisiera callarme y no
puedo.

GASTÓN. — Si se siente muy mal, hable; pero no con Arabella.

ENRIQUE— Francina, es como si me hubiera tragado una bandada de golondrinas. No se


ría. Con alas puntiagudas como espinas. Molestan selo aseguro. ¿Qué le pasa?

FRANCINA. — Que me siento halagada. Todo eso es por causa mía.

GASTÓN. — ¿Quieres que te suelte la mano, Arabella?

ARABELLA.— No.

ENRIQUE. — ¿Está usted asegura? ¿Puedo ir a sentarme a su lado?

FRANCINA.-Sí.

Enrique va a sentarse cerca de ella y la mira con intensidad.

ENRIQUE. — Estoy mucho mejor. No siento ya esas punzadas terribles. Hay algo que le
sale de los ojos, Francina. ¿Está segura que su piel no despide vaporcillo?

FRANCINA.— No lo estoy.

ENRIQUE. — ¿Puedo tomarle una mano?

GASTÓN.— No se lo permitas, con toda seguridad piensa en la mano de Arabella.

FRANCINA.— Le daré la otra.

GASTÓN. — Eso sí me parece bien. Arabella, mírame.

ARABELLA. — No en este momento.

GASTÓN— ¿Por qué?

ARABELLA. — No quiero que me leas los ojos.

ENRIQUE. — ¿Los ojos se leen, Francina?

FRANCINA.— Exactamente igual que los libros. Pero en vez cambiar de pastas, cambian
de pestañas. (Enrique le toma las dos manos.) Esta no, es la de Arabella.

ENRIQUE. — Es verdad. (Le besa la que tiene entre las suyas.)

FRANCINA.— (Rápidamente transformada.) ¿Por qué hizo usted eso? ¡No quiero! ¡Eso
sí no quiero!
ENRIQUE.—¿Qué le pasa? (Francina lo ha rechazado.) ¿Qué me ha hecho usted? ¡Estoy
más relleno que nunca! (Se lleva las manos al pecho.)

FRANCINA.—Es que en este momento. . . Arabella, ¡ayúdame!

ARABELLA.—Gastón, ¡vamos a buscar tu smoking!

Se levanta y Gastón la sigue automáticamente. Salen tomados de las puntas de los dedos,
como si fueran a bailar una gavota.

FRANCINA.—(A Enrique, nerviosa.) ¿Qué está usted esperando? Tengo qué vestirme.

ENRIQUE.—Es que apenas puedo moverme.

Sale caminando despacio, con las dos manos sobre el pecho. Francina queda de pie, muy
tiesa. Se escucha "La niña de los cabellos de lino", como un murmullo lejano que aumenta
y que disminuye cuando Francina empieza a hablar.

FRANCINA.—¿Por qué tenías qué venir en este momento? Un beso en la mano no quiere
decir nada, antes me dio uno en la mejilla... ¡No importa que tú lo hicieras! ¿Qué más da
que lo hayas hecho tú? No tuerzas la boca, se me figura que sufres. Se me figura, porque ya
he aprendido que no es verdad. Haces eso cuando tienes ganas. Que no te brillen los ojos,
por favor, no me acostumbres a pensar que no son lágrimas. ¡No vayas a llorar de verdad!
Si lloras me darán ganas de correr a besarte, no importa quién seas ni lo que hayas hecho...
¿Cómo has podido, Gilberto? Si me dan envidia todas estas cosas, porque las tocaste alguna
vez, si las he recorrido con las manos y con los labios para absorber lo que tengan de tu
piel, si he tenido envidia de mí pelo que ha sido mirado con tus ojos y alabado con tu voz,
si hubiera querido que no vieras más que mi rostro y no sintieras más que mi aliento.
¿Cómo ha podido ser? Además, voy a olvidarte, te lo prometo. Ya sé que he llamado a
Enrique Llach, no tenías qué recordármelo. No importa eso ahora. ¡Siento que me he
tragado no una bandada de golondrinas, sino de cuervos! No finjas, por favor, estoy segura
de que no sientes nada. El cielo se ha abierto sobre mi cabeza y no ha mostrado más que
desconfianza. Voy a olvidarte y el tiempo que pase desde hoy hasta que te olvide estará
lleno de cuervos, cuervos, cuervos... (Aparece la Abuela en la puerta, sin hacer ruido.)
Además, quería decirte que tengo un vacío en los brazos porque no están llenos de ti.
(Como se ha detenido la música al aparecer la Abuela, Francina siente que algo ha
sucedido y mira a todas partes, hasta que la descubre.) ¡Abuelita! ¿Cómo te has atrevido a
hacerme semejante cosa? (La Abuela se ríe con la cabeza y las manos juntas en la espalda,
donde sostiene el bastón.) ¡Sabiendo como sabes que probablemente hoy es la última vez!
Estás insoportable. Bueno. Pasa. (Entra la Abuela y parece buscar algo en el suelo.) ¿Qué
sucede ahora?

ABUELA.—Estaba yo haciendo algo con una moneda y desapareció.


FRANCINA.—¿Qué estabas haciendo?

ABUELA.—Ay, nada. La puse en el suelo; di varias vueltas a su alrededor entonando una


cancioncilla, y...

FRANCINA.—Desapareció. ¿Y por qué la buscas aquí?

ABUELA.—Podía haberse caído por una rendija del piso.

FRANCINA.—En primer lugar el techo es de yeso, y en segundo, tu habitación no queda


arriba de la mía. '

ABUELA.—¿Qué crees que habrá sucedido?

FRANCINA.—¿Es posible, abuela? No son más que pretextos para venir a ver qué estoy
haciendo. Sabes muy bien que lo de la cancioncilla y las vueltas es la receta para
desaparecer.

ABUELA.—(Dramatizando.) ¡Me siento tan humillada! (Transición.) ¿Crees que dará


resultado con Arabella?

FRANCINA.—No te atrevas a hacerlo, abuelita. Se moriría Gastón.

ABUELA.—¿Y a mí qué?

FRANCINA.—Apenas se puede creer que tengas esos sentimientos. Verdaderamente, si no


te importa que se muera tu nieto, es poco lo que puede esperarse de ti.

ABUELA.—No me importa. Y si la receta no me da resultado, seguramente la envenenaré,


y si no se muere, prenderé fuego a la casa.

FRANCINA.—(Tapándose los oídos.) No quiero oír una palabra más.

ABUELA.—Ya no te quiero. (Se vuelve de espaldas y después, de muy buen humor.) Estoy
muy contenta.

FRANCINA.—Ahora vas a inventar que llega de la India otro hermano mío.

ABUELA.—Eso es. Por eso no me importa que se muera Gastón. Voy a envenenarlo junto
con Arabella y después hacemos otra fiesta para recibir a tu nuevo hermano.

FRANCINA.—¡Basta, abuelita!

ABUELA.—Es más guapo que Gastón.

FRANCINA.—¡He dicho que basta!


ABUELA.—(Humilde.) Estaba contenta porque ahora ya es de noche y voy a poder hilar en
mi rueca. De hoy en adelante pasaré horas enteras en mi cuarto y me pondré pálida y
ojerosa. Las gentes dirán que me sacrifico por ustedes.

FRANCINA.—¿Que necesidad tienes de que digan eso?

ABUELA.—...y creerán que he sufrido mucho y me compadecerán. Dirán que cada una de
mis arrugas corresponde a la huella de una lágrima.

FRANCINA.—Todos sabemos que te las pintaste un día que vinieron a deshollinar la


chimenea y que después no se te quisieron borrar.

ABUELA.—Tengo qué sacarles alguna utilidad. ¡Son tan feas!

La Abuela corre hasta el espejo y se mira parándose de puntillas.

FRANCINA.—(Tristemente.) ¿Por qué me espiabas?

ABUELA.—Para ver su recuerdo.

FRANCINA.—Se llama presencia. No puede verse más que con mis ojos.

ABUELA.—¡Pues yo la he visto con los míos! Mientras decías todas esas cosas, vi cómo
estaba sentada en la alfombra con sus enormes patas encogidas.

FRANCINA.—¿Qué dices?

ABUELA.—Sí. Después giró sus grandes ojos para mirarme y se fue corriendo por la
ventana. (Francina mira a la Abuela, muy enojada.) Sí, son unas patas peludas, negras, así
de grandes. (Francina sigue mirándola en el colmo de la indignación.) Bueno. ¿Por qué no
quieres enseñármela?

FRANCINA.—No puedo. Además estoy cansada de oírte contar mentiras. No sé qué hacer
para que se te quite ese vicio. Mira abuelita, lo peor que hay en el mundo, es una mentira.

ABUELA.—Yo podría hacer que la presencia desapareciera.

FRANCINA.—No. Se irá de cualquier modo, con una palabra clave que todavía no sé.
Ahora siento una cosa tremenda un deseo de ir no se sabe dónde. Como cuando se camina
por una calle donde todas las puertas están cerradas y donde el único ruido que se oye es el
que una lleva dentro.

ABUELA.—Deseo que sea bien de noche para saber si puedo hilar.

FRANCINA.—Sólo piensas en lo tuyo, no te importa que yo sufra y me sienta mal.


Quieres librarme de la presencia sólo para darte importancia.
ABUELA.—Palomita mía, que no se te vuelva a ocurrir eso nunca. Me importas más que
nadie. Tú eres la más perfecta de mis...

La Abuela se lleva la mano a la baca, fingiéndose espantada de lo que iba a decir.

FRANCINA.—¿Qué?

La Abuela ríe con picardía.

ABUELA.—Te asusté. Creíste que de verdad eras una de mis muñecas.

Entra Gastón ya vestido de smoking, muy natural, muy contento.

GASTÓN.—Abuela. ¿Por qué no estás jugando con tus muñecas? (La Abuela mueve la
cabeza rítmicamente, como si no oyera.) Contéstame siquiera.

ABUELA.—Sí. Tengo un trompo que gira indefinidamente.

GASTÓN.—Ya lo sé. Era mío, pero tú te quedaste con él cuando yo crecí.

ABUELA.—No te lo devuelvo, si me lo regalaste, no debes pedírmelo ahora.

GASTÓN.—No te lo estoy pidiendo. Francina, ese Enrique Llach salió al jardín y está
sentado en la fuente, con las manos sobre el corazón.

FRANCINA.—¿De veras? ¡Qué rápido ya! Arabella va a sentirse muy satisfecha.

GASTÓN.—No mezcles a Arabella en todo esto. Si ella tuviera algo qué ver le arrancaría
las dos manos.

FRANCINA.—¿Cómo?

GASTÓN.—Sí, del corazón. Y se las pondría una encima de cada rodilla.

ABUELA.—(Hacia la puerta.) Voy a ver si puedo empujarlo para que se caiga en la


fuente.

FRANCINA.—No la dejes, Gastón.

Gastón sigue a la Abuela, la trae en brazos y la sienta en una silla.

GASTÓN.—Y ahora, quédate quieta.

FRANCINA.—Ya que estás de vuelta, es necesario que me ayudes a cuidar a abuelita. Es


demasiado para mí sola.

GASTÓN.—Lo tendré en cuenta. No te has vestido, Francina.


ABUELA.—(Levantándose con rapidez.) Francina, tengo una idea, ¿por qué no vas a la
fiesta desnuda?

FRANCINA.—Gastón, explícaselo tú, estoy verdaderamente agotada.

GASTÓN.—Mira abuelita, la verdad es que... en una fiesta...

ABUELA.—Yo lo hice una vez, pero entonces era hada y me cubría con mis alitas
transparentes. De todas maneras, las gentes quedaron muy asombradas y al día siguiente
salió mi retrato...

FRANCINA.—¿Qué estás diciendo?

ABUELA.—Gastón, ¿verdad que te estaba contando un cuento?

Gastón no sabe qué contestar y la Abuela mira triunfante a Francina.

FRANCINA.—No es necesario que seas tan cínica, abuelita. Váyanse a tu cuarto y allí le
sigues contando a Gastón cosas de cuando eras hada. Me siento cansada; quisiera estar
quiera con mis cuadros y mis flores y todas mis cosas. ¡Estoy harta de que vengan a ver qué
hago! (Francina va hacia la ventana, con la voz alterada. La Abuela mira el suelo.) ¡Eso lo
digo por ti, abuelita!

GASTÓN.—¿No te da vergüenza, abuela? (La Abuela hace como si secara las lágrimas y
se pasa la mano por las narices.) Bueno, no es para tanto. (La Abuela da unos cuantos
hipos y Gastón le palmea la espalda.) No seas tontita.

ABUELA.—Yo quiero que Francina vaya a vestirse.

GASTÓN.—Ya es tiempo, Francina. Recuerdo que tenías un vestido blanco muy bonito,
con flores moradas.

FRANCINA.—Ya no me sirve. Abuela recortó las flores para pegarlas en su lámpara.


(Gastón mira a la Abuela, que afecta ingenuidad. Francina, viendo hacia afuera.)
¡Cuidado! ¡No vaya usted a caerse en la fuente!... Claro que me preocupa. . .Pero ya voy a
hacerlo. No, tonto, ¿cómo voy a poder alcanzarla?... Sí es una flor muy bonita, pero está
muy alto... No, no venga. Espéreme abajo... Me da pena porque aquí están mi abuela y
Gastón. Bueno... Allá va. (Se lleva la mano a los labios y le manda un beso.)

GASTÓN.—¿Quería darte una flor para Arabella?

FRANCINA.—(Con intención de molestarlo y saliendo un poco más contenta.) Sí; voy a


vestirme.

GASTÓN.—¿Qué dijiste? (Francina no contesta y sale.)


ABUELA.—Préstame tu pañuelo.

GASTÓN.—(Buscándolo.) No tengo. (La Abuela hace un movimiento de indiferencia)


Arabella está peor que nunca.

ABUELA.—Vamos a tirar al blanco.

GASTÓN.—¿Tienes un rifle?

ABUELA.—Sí, pero es de municiones; Francina no me dejó comprar el que yo quería.

GASTÓN.—(Entusiasmado.) ¡Vamos! (Transición.) Espera, no puedo hacer nada mientras


ella no sea feliz. ¿No se te ocurre algo?

ABUELA.—Sí. Tiraremos a los vidrios de las casas vecinas. A la que se ve desde aquí,
especialmente. Allí vive una vieja que me choca. Fíjate que estaba empeñada en llamar a la
policía sólo porque una madrugada me vio caminando por la cornisa de la azotea. ¿Verdad
que es una idiota?

GASTÓN.—Pon atención a lo que te digo, por favor, Hoy en la mañana, al abrir los ojos,
sorprendí a Arabella contemplándome. Tenía una sonrisa extraña y una lágrima a medio
caer. ¡No es feliz! ¿No se te ocurre nada para distraerla?

ABUELA.—Regálale un ejemplar de "Las Mil y una Noches".

GASTÓN.—Ese libro no le gusta. Dice que nunca ha visto juntas tantas calumnias y tantas
obscenidades.

ABUELA.—Que le cambie de pasta.

GASTÓN.—Ese libro sigue igual a pesar de todo.

ABUELA.—Pues no hay remedio. Si no quieres que usemos el rifle, podríamos tirar


piedras.

GASTÓN.—No abuelita. ¿Te has olvidado ya de Jo que dije del dinero?

ABUELA.—No. Vamos a jugar.

GASTÓN.—¡No te acuerdas!

ABUELA.—Sí, que tiene un banco de madera que pesa mucho, o algo así.

GASTÓN.—Son los deseos satisfechos los que pesan. De cualquier manera, tenemos que
deshacernos del banco.
ABUELA.—Antes quiero que desaparezcan Enrique Llach, la presencia y Arabella misma.
No puedo perder el tiempo con un banco.

GASTÓN.—En un banco se sientan los Maharajahs, los demás en el suelo.

ABUELA.—Y antes de entrar en su sala de recepción, todos se quitan los zapatos y


después se los ponen cambiados.

GASTÓN.—¡Abuela! Has estado leyendo mi manual de etiqueta hindú. Te estás dejando


conquistar por Arabella.

ABUELA.—Si vuelves a decirme eso, hago que se te descomponga la cuerda que te sirve
para hablar.

GASTÓN.—No podrías. Arabella me ha dicho que se trata de mis cuerdas vocales y que
nada tienes tú que ver con ellas.

ABUELA.—(Muy enojada.) ¿Sí?, pues puedes decirle que nunca haré desaparecer su
dinero... (Mira a Gastón con furia y sale caminando con mucha rapidez.)

GASTÓN.—¡Abuelita! ¡Abuelita! ¡Perdóname!

Sale Gastón pero encuentra a Arabella que entra y se vuelve siguiéndola.

GASTÓN.—Arabella, te quiero.

ARABELLA.—Gracias.

GASTÓN.—Eres más grandiosa que el templo monolítico de Kailas, con sus cúpulas,
columnas, flechas, obeliscos y las cinco puertas de las cinco capillas. (Arabella baja la
cabeza tristemente.) ¿No tienes ganas de asistir a la fiesta?

ARABELLA.—Me consuelo pensando que si estás tú, no veré ninguna otra cosa. ¡Si
sucediera lo contrario y a mí tampoco me vieras!

GASTÓN.—No debes temer mis celos. ¡Jamás han visto a nadie como tú, las pobres
gentes! Es claro que quedarán fascinadas, pero no podrán evitarlo...

ARABELLA.—Gastón...

GASTÓN.—Sí. Te prometo no decir una palabra aunque me queme de rabia cuando todos
los hombres te miren y sus mujeres desaparezcan a tu lado.

ARABELLA.—Gastón, la ingenuidad es en tus ojos como el velo con que se cubren las
mujeres hindúes.

GASTON.—Mírate al espejo.
ARABELLA.—¡No! ¡Por favor no me lleves allí!

GASTÓN.—No vuelvas a pedirme nada por favor. Quisiera que me dijeras todo.

ARABELLA.—Todo te lo diría, hasta el secreto de los ojos de los mendigos embadurnados


de ceniza.

GASTÓN.—Quisiera saber algo de tus deseos satisfechos. ¿Es verdad que te pesan?

ARABELLA.—¿Quién te ha puesto eso en la cabeza?

GASTÓN.—Se me ocurrió, si quieres puedes quitármelo. (Baja la cabeza y ella busca en


su pelo.)

ARABELIA.—No lo encuentro. Muy probablemente se trata de una terquedad. (Lo besa en


el pelo.)

GASTÓN—¿De veras no tienes deseos satisfechos?

ARABELLA.—Uno.

GASTÓN.—¿Cuál?

ARABELLA.—Tú.

GASTÓN.—Arabella, siento que me muevo en una tela que tejen tus dedos.

ARABELLA.—(Sonriendo.) Don de adivinación.

GASTÓN.—Siento un olor extraño, como a leche quemada.

Inmediatamente entra Enrique Llach, con las manos en el pecho.

ENRIQUE.—Arabella, mi corazón... -

GASTÓN.—Llámela señora.

ENRIQUE.—Señora, aquí en mi pecho...

GASTÓN.—Francina le dijo a usted que no subiera.

ENRIQUE.—Yo entendí que debía subir.

GASTÓN.—Arabella, es hora de que te vistas.

ARABELLA.—Sí, amadísimo señor.

ENRIQUE.—Es inútil que me dejen solo. Me duele igual


GASTÓN.—No te pongas demasiado bella, te lo suplico, no podría soportar que a todos les
sucediera lo mismo. No sonrías demasiado.

ARABELLA.—Las sonrisas se me quedan en la garganta y se hacen agua.

Salan. Enrique muestra una incomodidad extrema. Va y viene por la habitación sentándose
en todos los asientos, inclusive en la mesa. Entra la Abuela que lo mira muy divertida.

ABUELA—¿Y los ídolos? ¿Está usted buscándolos?

ENRIQUE—¿Decía usted algo?

ABUELA.—No se haga el desentendido, hoy en la mañana tenía usted las bolsas llenas de
ellos.

ENRIQUE.—No señora, está usted equivocada.

ABUELA.—Mentiroso, yo los vi.

ENRIQUE.—Le aseguro a usted que hoy en la mañana no tenía ningún ídolo en la bolsa.

ABUELA.—No lo creo.

ENRIQUE.—Puede usted registrarme, si quiere.

ABUELA.—(Que eso quiere, evidentemente.) ¡Sí!

Lo obliga a sentarse para poder alcanzarlo y comienza a registrarle los bolsillos ton
rapidez.

ENRIQUE.—(Riendo.) Tenga usted cuidado, señora, me está haciendo cosquillas.

ABUELA.—Estese quieto.

ENRIQUE.—No puedo soportarlo, no me toque usted.

ABUELA.—Le voy a dar una cosa para que se entretenga. (Se quita de la cintura un
saquito metálico y se lo entrega.) Puede ver lo que está adentro.

Enrique acepta y la deja hacer.

ENRIQUE.—Una papa, una cuchara, una canica, un hilo, un pedacito de gis.

¡Y un caramelo!

ABUELA.—No vaya usted a comerse el caramelo. (Se lo quita de las manos, rápidamente
se lo echa a la boca.) ¿Qué es esto? ¿Un ídolo?
ENRIQUE.—No. Es un colmillo de tigre.

ABUELA.—¡Ay!

Lo tira y se limpia la mano en su vestido, después hace como que está asustada.

ENRIQUE.—(Levantándolo.) Debería alegrarme de haberlo recobrado y no es así. Ya no


me importa casi nada. (Lo tira de nuevo. La Abuela se acerca.) Lo está usted pisando.

ABUELA.—No era verdad que me daba miedo. (Sacando el reloj y llevándoselo d oído.)
¡Qué bonito reloj!

ENRIQUE.—Antes también a mí me lo parecía.

ABUELA.—¿Me lo regala?

ENRIQUE.—Tengo la vaga sensación de que se lleva usted una cosa verdaderamente


importante.

ABUELA.—(Quejosa.) ¡Yo nunca he tenido uno! Regálemelo, ¿no?

ENRIQUE—(Tocándose el pecho.) No tengo corazón para negárselo. No es que me


interese demasiado, pero siento que lo pierdo para siempre.

ABUELA.—(Yendo a sentarse y contemplando el reloj, encantada.) Si me lo regala, yo le


diré cada vez que sea hora de que haga algo.

ENRIQUE.—(Tratando de conformarse.) De cualquier manera tenía que dejarlo de usar


porque me dolía mucho el brazo... y hasta se me habían quitado las ganas de mirarlo.

La Abuela comienza a sacudirlo, a darle cuerda y a querer abrirlo, con la consiguiente


angustia de Enrique Llach. Por fin se lo lleva al oído.

ABUELA.—Su reloj no sirve, Enrique Llach. Ya no se oye.

ENRIQUE.—¡Es horrible! (Transición.) No, no es horrible. No me importa en lo más


mínimo. Además, usted me dirá la hora.

ABUELA.—Sí. (La Abuela guarda el reloj descuidadamente después de haberlo dejado


caer una o dos veces.) Quiero sentarme en esa silla.

ENRIQUE—(Levantándose con docilidad y sentándose en otra.) Me parece que está usted


muy mimada.

ABUELA.—Ahora quiero sentarme en esa silla y también que se vaya usted a la sala.
Sale Enrique mecánicamente, muy tieso. En la puerta se detiene para decir una cosa, se
lleva la mano a la frente para recordar y luego hace con los hombros un movimiento de
indiferencia. En cuanto sale, la Abuela mueve las flores con su bastón, da golpéalos en- el
marco de los cuadros y de una sacudida voltea la muñeca boca abajo. Todo dando
carreritas y diciendo palabras ininteligibles. Aparece Francina en la puerta, vestida igual,
pero despeinada. Un poco extrañada.

FRANCINA.—(Fatigada.) No seas ridícula. Ya te dije que no está en ninguna parte, que


sale de mí.

ABUELA.—No te enseño lo que me regaló Enrique Llach.

FRANCINA.—No quiero verlo. No puedo vestirme. Unas veces me falta y otras me sobra
algo, pero nunca soy yo.

ABUELA.—Es una cosa chiquita, que hace ruido.

FRANCINA.—¡Estoy tan cansada!

ABUELA.—Estoy pensando en mi rueca, ya es de noche.

FRANCINA.—Siento como que fuera a sucederme alguna cosa. ¿No tienes nada especial
que decirme?

ABUELA.—Que te lo diga Arabella Golden.

FRANCINA.—Me lo dirá.

ABUELA.—Mi rueca...

FRANCINA.—Mañana la cambiarás por un juguete cualquiera, estoy segura.

ABUELA.—No te enseño lo que me regaló Enrique Llach.

FRANCINA.—No quiero oír nada más. Ve a ver si sirve tu rueca, y déjame sola.

ABUELA.—¡Claro que sirve! (Mirando a su alrededor.) ¿Quieres estar sola con la


presencia? .

Francina abre la boca con un gesto amenazador, como para decir algo desagradable.
Antes de que pueda hacerlo sale la Abuela rápidamente. Francina no puede ya dominar su
angustia, después de mirar a su alrededor se sienta muy quieta. Tocan.

FRANCINA.—¿Sí?

Entra Arabella Golden con un hermoso vestido azul agua cuajado de piedras del mismo
color. Enseña sus hombros huesudos y está arreglada como siempre.
ARABELLA.—Soy yo.

FRANCINA.—Arabella... ¡Qué vestido tan hermoso! (Francina la hace moverse para


verlo bien. Hay algo de preocupación en su voz.) Arabella... es el vestido más hermoso que
he visto. (La mira fijamente.)

ARABELLA.—Pero yo estoy fea como nunca.

FRANCINA.—(Abrazándola.) ¡Mi Arabella Golden!

ARABELLA.— ¡Estoy horrible! No he podido evitar mirarme en los espejos. En la sala


hay uno tan grande que las gentes se reflejan en cualquier lugar donde se sienten. Como si
no fuera suficiente ver una Arabella Golden, verán dos. (Francina se ha quedado quieta,
muy triste, sin oír a Arabella.) Sobre tu corazón, pesa una montaña de montañas. (Francina
asiente.) No te has vestido.

FRANCINA.—No puedo.

ARABELLA.—Yo apenas tuve fuerzas. Me cuesta trabajo moverme.

FRANCINA.—Vamos a sentarnos. (La lleva hasta el sofá y se sientan, la muñeca en


medio.) Tú no tienes la culpa de ser fea.

ARABELL.A.—No me quitarán los ojos de encima en toda la noche.

FRANCINA.—Creo que no. (Pausa.) Arabella, no voy a poder ir a la fiesta.

ARABELLA.—Son las palabras de mi pensamiento.

FRANCINA.—¿Cómo se hace para que una presencia no vuelva nunca?

ARABELLA.—Se cierran los labios, los ojos y los oídos.

FRANCINA.—¿Podrías decirme cómo, Arabella?

ARABELLA.—Lo que yo no podría decirte no te hace falta saberlo.

FRANCINA.—La gente como yo, no sabe sufrir. No puedo soportar que los ruidos que yo
escucho esta noche, sean los de su noche de bodas. No puedo soportar que viva en el
mismo aire, en el mismo aire, en las mismas estrellas, en el mismo planeta que yo.

ARABELLA.—Si esto no termina. ¿Sabes qué pasará contigo?

FRANCINA.—Sí lo sé. Nada. Pero yo sufriré.

ARABELLA.—Está bien. Acuéstate en la alfombra.

FRANCINA.—(Obedeciendo.) ¿Puedo poner los brazos debajo de mi cabeza?


ARABELLA.—Lo que importa es que no los separes del cuerpo.

FRANCINA.—Siento mucho que seas así. (Arabella se encoge de hombros.) Quisiera verte
feliz.

ARABELLA.—Hace ya tantos años... pero es la única cosa a la que no se puede una


acostumbrar.

FRANCINA.—Lo comprendo. A Gastón y a mí no nos importa.

ARABFJLLA.—A mí sí.

FRANCINA.—¿Dónde está Enrique Llach?

ARABELLA.—En la sala. Primero cambiaba de asiento a cada instante porque en ninguno


se .sentía bien. Hasta que al fin se acomodó en un taburete lleno de alfileres.

FRANCINA.—Enrique Llach... ¿Tienes bien guardado mi libro mágico, Arabella?

ARABELLA.—Sí.

FRANCINA.—Gracias. En estos últimos días he sentido como si alguien fuera a


robármelo. ¿Qué otra cosa hago?

ARABELLA.—Piensa en lo más hermoso que pueda haber en el mundo.

FRANCINA.—Gilberto me lleva en sus brazos y desaparecemos en un remolino de gasas y


plumas de avestruz.

ARABELLA.—Silencio ahora. Cierra los ojos y los labios, yo te cerraré los oídos. Vamos
por una calle tortuosa... casi todas las de los pueblos de la India son así. Vemos un grupo de
hombres rodeando un recipiente lleno de leche. En él beben una docena de cobras. Las
cobras y las piernas de los hombres semidesnudos son del mismo color y ellas beben,
beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben,
beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben,
beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben,
beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben, beben,
beben, beben, beben, beben, beben... ¿Francina?

Francina no se mueve y en sus labios hay una especie de sonrisa. Arabella muy quieta, al
lado de la muñeca. Comienzan a tocar la puerta y se oyen las voces de Gastón y de la
Abuela que dicen en forma rítmica y repetida: "Abran, abran, abran". Las voces se van
desvaneciendo, como si acabaran por cuchichear, sin que ninguna de las dos dé señales de
haber oído.
ACTO TERCERO

Mismo decorado, son las ocho de la mañana. Arabella Golden, vestida como la noche
anterior, frente al espejo. Está verdaderamente desesperada, se mira la piel detenidamente,
muy de cerca.

ARABELLA.—¡Arrugas! ¡Arrugas! Como si fuera poco, arrugas. Es injusto, es como


una infamia.

Sigue mirándose basta que entra Francina, vestida como en los actos anteriores, con el
periódico en la mano. Está muy contenta.

FRANCINA.—¡Arabella! Mira el periódico. Aquí está el retrato de ese muchacho que se


llama Gilberto, con su novia Susana. Se ven muy felices, seguramente ha nacido un
matrimonio por amor.

ARABELLA.—Seguramente. ¿Sabes tú lo que es un matrimonio por amor?

FRANCINA.—El encuentro de dos personas que no han nacido bajo el mismo signo
zodiacal.

ARABELLA.—Es una manera de decirlo.

FRANCINA.—No estés triste. Yo siento una tranquilidad extraña, como cuando ha estado
una trabajando intensamente, y cree que le falta mucho, pero se equivoca, porque ha
terminado ya.

ARABELLA.—Exactamente.

FRANCINA.—Estoy cansada también por haber dormido en la alfombra. Tienes ojeras,


Arabella.

ARABELLA.—Nací con ellas. (Pausa.) Cuando una ha pasado toda su vida desanimada y
triste se le hace imposible que pueda estarlo más.

FRANCINA.—Yo estaba así por algo ¿No podrías aliviar lo que sientes de alguna manera?

ARABELLA.—El caso es que si yo perdiera lo que me hace sufrir, sufriría más aún.

FRANCINA.—No comprendo. Mi corazón está quieto, pero con alegría. ¿No sientes que el
ambiente está muy claro?

ARABELLA.—Mucho más transparente que en los días pasados. Creo que voy tomando
una decisión, Francina, no es agradable.
FRANCINA.—¿No? Yo nunca he tomado ninguna.

ARABELLA.—Ayer mismo.

FRANCINA.—¿De verdad? ¿En la noche?

ARABELLA.—Sí; antes de acostarte en la alfombra.

FRANCINA.—¿Vas a acostarte en la alfombra?

ARABELLA.—No. Voy a estar triste, muchos, muchos días. Volveré a sentir lo que sentía
cuando se inundaba la isla de Bombay y no podía yo salir de la casa. Llegaré a pensar que
el agua no va a irse nunca.

FRANCINA.—¿Quieres decir con eso que vuelves a la India?

ARABELLA.—No volvería sola, de cualquier manera.

FRANCINA.—¿Con Gastón?

ARABELLA.—Con el amor que me trajo.

FRANCINA.—Ya no está quieto mi corazón. ¡No te vayas, Arabella Golden! Si te fueras,


sobre todos nosotros caería una especie de nube y nunca volveríamos a ver las cosas como
son, sino monstruosas. Además, Gastón no podría vivir sin ti. ¿No lo quieres?

ARABELLA.—Lo quiero como quiere el agua la tierra seca y lo temo más que al miedo de
venir. Su presencia es para mí como... (Se cubre el rostro como si fuera a llorar.)

FRANCINA.—Una lágrima tuya sería como un diluvio. El también te quiere.

ARABELLA.—¿Pero no me ves? Me atormento mirándome al espejo sin descubrirme un


solo rasgo agradable. Antes de venir traté de no darle importancia, de ser valiente, pero no
pude soportar esa fiesta de anoche que era como la prueba final. Me duele que me vean y
piensen que soy fea, tan fea como tú, bonita.

FRANCINA.—No es fealdad, Arabella, es diferencia. A ti nunca podría dejarte un hombre,


a mí sí. Eres diferente porque eres mejor. (Arabella baja la cabeza tristemente.) ¡Siento
tanto no poder tomar muy en serio lo que dices! Tengo una despreocupación de lo más
bonita. Me gustaría ir a un desfile.

ARABELLA.—¿No viste a tu abuela y a Gastón, cuando bajaste a buscar el periódico?

FRANCINA.—No.

ARABELLA.—Supongo que tendrán mucho que decirnos.


FRANCINA.—La fiesta, ¿verdad? Bueno. Es justo que alguna vez pasen ellos un mal rato.
Son muy irresponsables.

ARABELLA.—¿Y Enrique Llach? Recuerda que lo dejaste plantado.

FRANCINA.—Enrique Llach... Enrique Llach... ¿Te habías dado cuenta de que es un


nombre muy bonito?

ARABELLA.—Sospechaba que ibas a decirlo.

FRANCINA.—Y tiene la boca bonita y la sonrisa... (Poniéndose la mano en la garganta.)


¡Arabella! Cuando dije eso, algo me hizo cosquillas aquí. ¿No te ha pasado nunca?

ARABELLA.—Cada vez que llamo a Gastón.

FRANCINA.—Creo que lo he sentido antes. Y este rayo de sol. ¿Te das cuenta de que
tiene muchos ojitos?

ARABELLA.—Es polvo.

FRANCINA.—Mira, no. Son ojitos. (Arabella sonríe.) Ojitos de pájaro, para ser más
exacta. (Arabella se levanta.) ¡No te vayas, Arabella! Hasta el sol manda pupilas con qué
mirarte. (Arabella baja la cabeza.) ¡No te escondas!

ARABELLA.—El sol hace que mi piel parezca un viejo pergamino.

FRANCINA.—Hubiéramos podido cortar la corriente eléctrica y asistir a la fiesta a


oscuras.

ARABELLA.—Es inútil, mis ojos brillan en la noche y mi voz no puede dejar de oírse.

FRANCINA.—Enrique Llach, Enrique Llach...

ARABELLA.—¿Qué es eso?

FRANCINA.—Mis venas y mis arterias.

ARABELLA.—Es verdad. También el ritmo de mi sangre dice un nombre.

Entra Gastón alegremente. Viste de claro, y en la mano lleva un ramito de violetas.

GASTÓN—Buen día.

FRANCINA.—Buenos...

GASTÓN.—Buenos días, Arabella.

ARABELLA.—Buenos días.
GASTÓN.—Mira lo que te traigo, Arabella. (Ella ve las violetas y sonríe mientras él se las
pone en las manos.) Tómalas. Lo primero que pensé al despertar, fue ir a cortarlas. Las
corté yo mismo, Arabella, pensando lo bien que irían con el color de tu vestido. (Arabella
vuelve a mirar al suelo y él se hace un poco atrás para verla mejor.) Tú misma eres como
una violeta y cada uno de tus ojos, es como una violeta.

ARABELLA.—Gracias.

GASTÓN.—Estás muy hermosa y me emocionas como nunca. Esas piedras azules se ven
opacas a tu lado.

FRANC1NA.—¿Lo ves?

ARABELLA.—No digas nada, Francina.

FRANCINA.—Me siento incómoda. .

GASTÓN.—¿Por qué? Están las dos preciosas. No se les nota en nada la incomodidad.

ERANCINA.—No te hagas el tonto, Gastón. Porque no fuimos a la fiesta.

ARABELLA.—Me parece bien que lo hayas dicho, mientras más pronto, mejor.

GASTÓN.—¿Quién se acuerda de la fiesta? Sin la abuela y sin mí, hubiera parecido un


velorio.

ARABELLA.—Gastón.

GASTÓN.—Toda nuestra familia vino, además de nuestros amigos. Antes habían estado en
la boda de Gilberto y nos contaron todos los detalles. Fue una boda bastante entretenida.
Lástima que no haya sido tuya también, Francina.

FRANCINA.—¿Verdad? Lástima, tienes razón. Estoy segura de que me hubiera divertido


mucho.

GASTÓN.—Arabella, pienso que cuando te cambies de ropa, podríamos dar un paseo por
el campo.

ARABELLA.—Es que el sol...

GASTÓN.—No te preocupes por el sol. Cuando sales a la calle, hasta el sol parece oscuro
y desteñido.

ARABELLA.—Pero...

GASTÓN.—Es un día verdaderamente bonito. Además, Arabella, hay algo que parece
decirme que es el día de tu felicidad. ¿No sientes nada?
ARABELLA.—Sí, pero no sé si es algo de felicidad.

GASTÓN.—Tengo un secreto.

ARABELLA.—¿Sí?

FRANCINA.—Es un día de secretos y yo no tengo ninguno. ¿Qué me cuentas de Enrique


Llach?

GASTÓN.—En toda la noche no se movió de su taburete. (Se ríe.)

FRANCINA.—¿De qué te ríes?

GASTÓN.—Pregúntale a la abuela. Y Arabella, quisiera que me enseñaras a oír el canto de


los pájaros. Una vez me lo prometiste.

ARABELLA.—(Con decisión.) Gastón, quisiera que habláramos.

FRANCINA.—¿Debo irme?

ARABELLA.—Puedes quedarte.

GASTÓN.—¿Hablar, Arabella? ¿No nací yo para hablar contigo? No entiendo por qué lo
deseas especialmente.

ARABELLA.—(Impaciente.) Gastón...

GASTÓN.—De cualquier manera, no lo hagas hoy. Me siento contento y es por algo que
ha sucedido y que tú todavía no sabes. (Arabella lo mira muy impaciente.) Arabella, desde
ayer no te beso. (La besa en la mejilla y ella se emociona. Rápidamente se pasa las flores
ante los ojos.) ¿Y si te prometo que hoy es un día de felicidad?

ARABELLA.—(Con la voz ahogada.) Haz un esfuerzo por entenderme.

GASTÓN.—Tu hermoso vestido Arabella. Déjame tocarlo, ¿no?

FRANCINA.—Tengo idea de que estás molestando a Arabella, Gastón.

ARABELLA.—El nunca me molesta. Soy yo la que no he sido como debía. Lo que quería
decir es... .

GASTÓN.—El campo en primavera es lo más hermoso del mundo.

Arabella se muerde los labios y Gastón la mira con fijeza, mientras Francina se acomoda
en su sofá, semisonriente. Pausa. Entra la Abuela que va derecho a sentarse junto a
Francina.

ABUELA.- Arabella, se te hizo un poco tarde para la fiesta, ya terminó.


GASTÓN.—Abuela, si dices a Arabella cosas que puedan herirla, le cuento a Francina lo
que le hiciste a Enrique Llach.

FRANCINA.—¿Qué le hiciste, abuela?

ABUELA.—(Mirando al suelo.) Nada. Ni me fijé en él ¿Estaba allí?

GASTÓN.—¡Abuela!

ABUELA.—¿Quién es Enrique Llach?

FRANCINA.—No vas a hacernos creer que no te acuerdas de él.

ABUELA.—¿Quién es? ¿Así se llama la presencia?

FRANCINA.—¿La presencia?

ARABELLA.—Ha desaparecido para siempre. Claro es que vendrán otras; pero


completamente distintas.

ABUELA.—¿Estás enojada, Francina?

FRANCINA.—Todavía no; hasta que yo sepa qué pasó con Enrique Llach

ABUELA.—No hablo de eso sino de la presencia. Yo la hice desaparecer. (Arabella


sonríe.)

FRANCINA.—No es verdad. Lo hizo Arabella porque yo se lo pedí. (La Abuela mira a


Arabella, muy enojada.)

ABUELA.—Fea.

Arabella tiembla como si la hubieran abofeteado.

GASTÓN.—Francina, lávale la boca con jabón y que no vuelva a decir eso.

FRANCINA.—Pídele perdón a Arabella.

ARABELLA.—No vale la pena.

ABUELA.—(De mala gana.) Perdón. Francina, quiero quitarme un zapato.

FRANCINA.—No señora, será después.

ABUELA.—(Levantándose.) Ya me voy.

GASTÓN.—No te vayas, abuelita. Acuérdate de lo del banco. ¿Lo decimos ya?


ABUELA.—Bueno. Arabella, no creas que lo hice por ti, sino para demostrar que podía
hacerlo.

GASTÓN.—La abuela hizo desaparecer tu banco.

ARABELLA.—¿Por qué?

GASTÓN.—Yo se lo pedí.

ARABELLA.—Si no te gustaba, hiciste bien. Sin embargo, no había ninguna necesidad de


hacerlo desaparecer; yo hubiera podido guardarlo en algún lugar donde no lo vieras.

GASTÓN.—No es por eso. El banco me gustaba. Es que no eras feliz, Arabella.

ARABELLA.—Te quiero más que al agua, a las montañas y al cielo de la India.

GASTÓN.—Ya lo sé. Así es como te quiero yo y, sin embargo, no eres feliz.

ARABELLA.—Anoche no bajé a la fiesta, y eso quiere decir que no puedo vivir a tu lado
y.. .

ABUELA.—Yo le conté a todo el mundo que no bajabas porque eras muy...

GASTÓN.—¡Cállate, abuelita! No seas mentirosa.

ABUELA.—Francina, tú tienes la culpa; ahora creen que todas las cosas que digo ion
mentiras.

FRANCINA.—La que tiene la culpa eres tú, porque las dices. Ven a sentarte y quédate
callada. Todo eso no tiene nada que ver con el banco. (Mirando a la Abuela con intención.)
¿Qué desapareciste, abuelita?

GASTÓN.—Arabella guarda allí su dinero y es eso lo que le hace tanto daño.

AKAlilil.LA.—¿Qué dices, Gastón?

GASTÓN.—Arabella, sé que me he tomado una confianza excesiva; pero no puedo


soportar la idea de que...

ARAHlil.LA.—Y por eso hicieron desaparecer mi banco.

ABUELA.—(Orgullosa.) Fui yo quien lo hizo desaparecer.

GASTÓN.—(Orgulloso.) Sí; lo pensé desde que me confesaste que allí lo tenías guardado.

Arabella se queda muy seña.


FRANCINA.—(Solícita.) Arabella, ¿te han hecho enojar? (De pronto Arabella se ríe a
carcajadas, es la primera vez que lo hace.)

GASTON,-¿Ves cómo ya es feliz?

FRANCINA.—¿De veras, Arabella? (La Abuela da muestras de alegría.)

ARABELLA.—El banco donde guardo mi dinero es una cosa de cimientos, paredes y


techo. El banco que hizo desaparecer tu abuela es de madera labrada y lo guardaba como
recuerdo de uno de mis mejores amigos.

Arabella sigue riendo y Gastón y la Abuela se ven muy avergonzados.

FRANCINA.—¿Se dan cuenta de lo tontos que son? (A Gastón.) Como si no tuviéramos


suficiente con cuidar a abuelita, vienes tú a aumentar el número de absurdos que suceden en
esta casa. Apenas se puede creer. Y tú, abuelita ¿no te da vergüenza haber hecho
desaparecer una cosa que Arabella estimaba tanto?

ABUELA.—(En voz baja.) Gastón, vamos a tirar al blanco, ¿no?

GASTÓN.—(En voz baja.) ¿Qué amigo te lo había regalado, Arabella?

ARABELLA.—Uno de los sacerdotes del templo de Kailas.

GASTÓN.—¿Y estás triste?

ARABELLA.—(Riendo de nuevo.) Pues no.

GASTÓN.—Tal vez hizo el mismo efecto que si hubiera tenido el dinero.

ABUELA.—Hace como que le da risa para que se te olvide que no fue a la fiesta.

FRANCINA.—Si hablas así de Arabella, abuelita, te encierro en la alacena.

ABUELA.—Ya me voy a mi cuarto. Estoy muy triste porque ayer no tuve tiempo de probar
mi rueca, y ahora tengo que esperar que sea de noche otra vez.

GASTÓN.—¿Sientes mucho lo del banco sólo porque te lo regaló ese hombre?


ARABELLA.—No lo siento; pero quisiera que no hubiera sucedido.

ABUELA.—No se te olvide que no fue a la fiesta, Gastón.

ARABELLA.—De la fiesta quiero hablar con Gastón, pero no me dejan.

ABUELA.—No la perdones, Gastón. Dile que se vaya.


GASTÓN.—Arabella no tiene que pedirme perdón de lo que hace en su casa, donde es la
señora principal. En cuanto a irse será cuando ella quiera. Además, Arabella, no me hables
de una fiesta que ya pasó. Vamos a hablar de nuestros planes, de nuestra...

FRANCINA.—Sí; de Enrique Llach. ¿Dónde está?

ABUELA.—Fue a devolver el smoking.

FRANCINA.—¿No decías que no lo habías visto?

ABUELA.—Acabo de acordarme de él.

ARABELLA.—(Muy triste.) Ahora que estamos todos, desearía…

GASTÓN.—Arabella, no desperdicies tus palabras; quiero que lo que digas no lo oiga


nadie más que yo.

ABUELA.—Me duele todo el cuerpo. No pude dormir en mi cama.

GASTÓN.—(Con ligereza.) Hoy en la mañana, tuve que sacada del cajón de los juguetes.
(Se vuelve a Arabella, muy serio.) No quiero volver a verte triste.

Arabela siente que no puede soportar más. Se levanta y se lleva las flores a los ojos, como
si fueran un pañuelo y con él se secara las lágrimas. Recoge su vestido con un ademán de
dignidad y sale. Detrás de ella, como fascinado, sale Gastón. La Abuela, recogiendo su
vestido en igual forma y poniéndose en los ojos una flor de papel de las de Francina,
quiere imitar la salida de Arabella.

FRANCINA.—¡Abuelita, deja esa flor inmediatamente!

La abuela regresa corriendo y empieza a cojear, al tiempo que se lleva la mano a uno de
los ojos.

ABUELA.—Me lastimé el ojo.

FRANCINA.—¿Ya ves? No tienes nada, abuelita. ¿Qué te pasa? (La Abuela cojea de
nuevo.) ¿Te duele algo? (La Abuela la mira indecisa) O son travesuras tuyas. No se puede
confiar en ti ni un minuto. ¿Qué le hiciste a Enrique Llach?

ABUELA.—Nada. Toda la noche estuve hablando de él. Yo no tengo la culpa de que la


gente me hubiera preguntado quién era. Si hubieras bajado...

FRANCINA.—¿Qué decías cuando te preguntaban eso?

ABUELA.—Que era un muchacho que tú habías alquilado para que fingiera estar
enamorado de ti, porque un novio que tenías te había dejado para casarse con su prima.
FRANCINA.—¿De dónde sacaste esas cosas? Yo tenía un novio; pero eso no se relaciona
con Enrique Llach y conmigo. ¿Qué más dijiste?

ABUELA.—No me acuerdo. Estaba tan enojada porque ustedes no bajaron, que se me


olvidó que el baile no era de fantasía y quise disfrazarme.

FRANCINA.—¿De qué?

ABUELA.—De Arabella Golden. Pero Gastón no me lo permitió, porque pensó que todo el
mundo iba a reconocerme.

FRANCINA.—Tuvo razón. ¿Qué te hizo pensar que yo había alquilado a Enrique Llach?

ABUELA.—No sé. ¿Lo compraste?

FRANCINA.—No; es como si me lo hubieran regalado. ¿Dices que fuiste amable con él?

ABUELA.—Sí; pero él fue groserísimo conmigo. Le dije que quería sentarme en su


taburete y no se levantó; lo invité a jugar canicas y dijo que no podía estropear las rodillas
del smoking porque no era suyo, y otra vez, cuando vio que me acercaba, sacó un librito y
se puso a leer.

FRANCINA.—Abuelita... Cuéntame todo lo que sepas de Enrique Llach.

ABUELA.—Si quieres, te cuento cosas de cuando era joven. (Francina asiente.) ¿No vas a
pensar que son mentiras?

FRANCINA.—No, abuelita.

ABUELA.—A mí también me dejó mi novio.

FRANCINA.—¿Y qué hiciste?

ABUELA.—Me busqué una presencia, como tú.

FRANCINA.—¿Y después?

ABUELA.—Un Enrique Llach.

FRANCINA.—¿Y ese fue mi abuelito?

ABUELA.—No; con tu abuelo me casé un año después.

FRANCINA.—Y coa Enrique Llach, ¿qué pasó?

ABUELA.—Nos fugamos, ¡íbamos tan felices! Sentíamos el aire en nuestros oídos y desde
arriba podíamos ver las montañas pequeñitas y el mar.
FRANCINA.—¿Se fugaron en un avión?

ABUELA.—No. ¿No lo adivinas?

FRANCINA.—¡No es posible lo que estoy pensando!

ABUELA.—Pues sí. Fue en un globo.

FRANCINA.—¿De esos que venden en los parques?

ABUELA.—De esos mismos. Era rojo, con dos hermosos ojos de celuloide.

FRANCINA.—¡Abuelita! ¿Y dices que fueron felices?

ABUELA.—Hasta que el hilo se atoró en un poste y comenzamos a bajar.

FRANCINA.—Se lo contaré a Enrique Llach. ¿Por qué se separaron?

ABUELA.—(Suspirando.) Es una historia triste. Empezó todo cuando me regalaron una


receta para disminuir. Primero.se la di al gato y no le hizo ningún efecto; pero luego se la di
a él, y…

FRANCINA.—Eso es un crimen, abuelita. ¿Por qué lo hiciste?

ABUELA.—Te digo que creí que no le haría efecto. Pues, sí; se volvió chiquitito, de este
tamaño

FRANCINA.—¡Qué horrible! ¿Y qué pasó entonces?

ABUELA.—Lo metí en una botella para que no se me perdiera.

FRANCINA.—¿Y qué más?

ABUELA.—Se me perdió la botella.

FRANCINA.—¿Y has podido vivir con la conciencia tranquila todos estos años?

Si alguien lo supiera, te mandarían a la cárcel inmediatamente.

ABUELA.—(Asustada.) ¿A la cárcel?

FRANCINA.—Te condenarían a prisión perpetua.

ABUELA.—No, Francina; no se lo vayas a contar a nadie. ¡Son mentiras! ¡Puras mentiras!

FRANCINA.—(Consolándola.) ¿Ya ves, abuelita? No vuelvas a decir esas cosas, ¿eh?


Cálmate. Te voy a regalar esta alcancía para que te contentes.

Francina baja una alcancía de barro de uno de los libreros y se la da a la Abuela.


ABUELA.—Yo quiero que me regales todo lo que tienes allí.

FRANCINA.—Todavía no.

ABUELA.—¿Por qué no?

FRANCINA.—Porque... no sé por qué.

ABUELA.—Regálamelo.

FRANCINA.—¡No quiero! (La Abuela hace mohines.) Algún día te lo regalaré.

ABUELA.—Lo quiero ahora.

FRANCINA.—¡Que no, abuelita, que no!

La Abuela se levanta, va dignamente hacia la puerta y empieza a cojear, cosa que ella
exagera. En la puerta se vuelve.

ABUELA.—Voy a morirme sola y sin haber aprendido a hilar.

FRANCINA.—Ven acá. ¿Te duele algo? (La Abuela se encoge de hombros.) Siéntate. Voy
a ver si tienes un clavo en el zapato. (La Abuela se sienta y se deja descalzar.)

Francina saca del zapato una moneda de cobre y la ve detenidamente, mirando después a
su Abuela con estudiada indignación.

ABUELA.—¿Qué pasa ¿No vas a ponerme mi zapato?

FRANCINA.—Tenías una moneda, abuela, que es aquella que dijiste ayer que venías a
buscar.

ABUELA.—(Fastidiada.) Ahora vas a regañarme porque desde ayer no me quito los


zapatos.

FRANCINA.—Tú sabes que no voy a regañarte por eso, aunque me parece lo peor que he
oído en mi vida.

ABUELA.—Pensé que para dormir en el cajón de los juguetes no había necesidad de


quitármelos.

FRANCINA.—Abuela, lo que voy a decirte... (Francina está muy enojada, muy solemne,
dispuesta a dar a su Abuela un gran regaño, cuando tocan a la puerta. Francina cambia de
actitud y la Abuela da un suspiro de alivio.) Enrique Llach, Enrique Llach, Enrique Llach.

Entra Enrique Llach, vestido como el día anterior en ¡a mañana.


ENRIQUE.—¿Adonde tienen ustedes el telégrafo, Francina? (Mira a la Abuela y ella
adopta una actitud tímida.) Perdón. Buenos días, señora.

ABUELA.—Buenos días.

FRANCINA.—En ese cajón.

Le señala un librero; pero Enrique al llegar allá, hoce un gesto de indiferencia.

ENRIQUE.—La manejo muy bien, pero no tengo ganas de verlo.

FRANCINA.—(Mirándolo con dulzura.) No hay nada en el cajón.

ABUELA.—Ya me voy.

FRANCINA.—Espérate, abuelita.

ABUELA.—¿Por qué?

FRANCINA.—Tú sabes.

ENRIQUE.—No vale la pena. Estaba yo tan entretenido con mis sentimientos, que de
muchas cosas no me di cuenta. No vaya usted a regañarla.

ABUELA.—No necesito que me defiendan, si la ocasión se presentara, lo volvería a hacer.

FRANCINA.—¿De qué hablan?

ENRIQUE.—No tiene importancia. Después de todo, no dio el resultado que usted


esperaba.

ABUELA.—Pero lo dará, cuando yo lo perfeccione.

FRANCINA.—¿Qué hiciste, abuelita?

ENRIQUE.—Anunció a todos que iba ha hacerme desaparecer, y cuando estuvieron a mi


alrededor comenzó a dar vueltas y a cantar algo.

FRANCINA.—¡Abuela! ¿No le pasó nada, Enrique?

ENRIQUE.—Comencé a ponerme pálido hasta hacerme invisible. Estuve así cinco minutos
y luego recobré el color.

FRANCINA—¡Qué bueno!

ABUELA.—Aprenderé a hacerlo mejor.

FRANCINA.—No aprenderás nada, abuelita, eso le pasa a una cuando tiene miedo.
ABUELA.—¡Malcriada! ¿Puedo irme ahora?

FRANCINA.—¡No!

ENRIQUE.—Déjela, Francina. Lo demás tampoco vale la pena, ella no está obligada a


saber que yo sólo me casaría con usted. Además las personas que estaban presentes lo
tomaron a broma.

ABUELA.—(Furiosa.) ¡Usted no es un caballero! ¡Si lo fuera nunca hubiera dicho que yo


anuncié mi compromiso con usted!

ENRIQUE—Como lo hizo en público, no creí que fuera un secreto.

FRANCINA.—¡Abuelita! ¡A tus años! ¡ Y no tener en cuenta mis sentimientos! Nunca te


hubiera creído capaz de hacer una cosa así. No puede una confiar en nadie.

ABUELA.—(A Enrique.) ¡Indiscreto!

FRANCINA.—Voy a contárselo a Arabella, para que me aconsejé. Nunca creí que


sucedería algo así entre nosotras.

ENRIQUE.—Francina, yo no quiero a nadie más que a usted, nunca me casaría con su


abuelita.

Francina se deja consolar

ABUELA.—Arabella es una tonta, que nunca podría darte un consejo.

FRANCINA.—Me daría mucha pena descubrir que también eres envidiosa.

ENRIQUE.—No creo que lo haya hecho por envidia. (De pronto se toca el pecho.) Es
horrible estar como yo. Ahora siento que me he tragado tres metros de tela azul.

FRANCINA.—El cielo de una decoración.

ENRIQUE.—¿Cómo lo ha adivinado usted?

ABUELA.—Se lo dije yo. Recuerde que ahora tengo una cosa muy importante para usted.

FRANCINA.—¿Su corazón, Enrique?

ABUELA.—Otra cosa más valiosa. Su reloj.

ENRIQUE.—Se equivoca usted. Ahora me importa más mi corazón. Para demostrárselo le


diré que le perdono a usted lo del gis.

FRANCINA.—¿Qué?
ENRIQUE.—Me pidió que me levantara y como yo no quise hacerlo porque sentía que me
estaban viendo con mucha atención, empezó a hacer círculos alrededor de mí. Ensució todo
el suelo de gis.

FRANCINA.—Y la gente. ¿Qué hacía?

ABUELA.—Miraba con mucha curiosidad, pero cuando yo los veía fingían estar distraídos.

FRANCINA.—¡Qué vergüenza!

ABUELA.—(Cerrando los ojos.) ¡Si yo pudiera descansar tranquilamente, en una hamaca


de tela de araña! (Va hacia la puerta.)

FRANCINA.—¡No te vayas!

ABUELA.—No me necesitas para nada.

FRANCINA.—No te vas hasta que no me digas donde está.

ABUELA.—¿Dónde está que?

FRANCINA.—Ya lo sabes.

ABUELA.—No sé nada. Tengo sueño.

FRANCINA.—¿Dónde está el banco de Arabella, abuelita?

ABUELA.—¿No te dije ya que...?

FRANCINA.—¿Qué?

ABUELA.—Nada.

FRANCINA,—No lo sabes, no puedes hacerlo. La moneda que creías haba desaparecido


estaba dentro de tu zapato. ¿Dónde está el banco?

ENRIQUE.—No la atormente usted, me hace sufrir.

FRANCINA.—Tiene que aparecer ese banco. ¿Dónde está?

ABUELA.—Si crees que voy a soportar esto que me haces, estás equivocada Nunca te lo
perdonaré, Francina.

FRANCINA.—¿Dónde está?

ABUELA.—(llorando a gritos.) ¡Debajo de la cama! ¡Envuelto en un periódico debajo de


la cama! Levanta en tal forma el colchón que es imposible dormir en ella. Nunca te lo
perdonaré, Francina.
Sale la Abuela gritando y llorando.

FRANCINA.—Tengo que corregirla. (Lo mira.) ¿Se...? ¿Se dio usted cuenta de que no fui
a la fiesta?

ENRIQUE.—Me sentía tan extraño. No hice otra cosa que pensar en usted en mí mismo.
De vez en cuando parpadeaba y veía a su abuela preguntándome o pidiéndome algo que
apenas podía entender y a su hermano, que parecía hablar mucho. Al fin saqué el libro que
usted me dio y .de pronto me fijé en que no tenía nada escrito, ni hojas, ni pastas.

FRANCINA.—Es que se ha convertido en un libro mágico. Lo usará usted en vez del que
tenía, y si me lo da usted a guardar, podré mandar en sus recuerdos.

ENRIQUE.—(Sacando de su bolsa un objeto imaginario, que Francina toma) Francina,


Francina, el aire me besa cuando digo su nombre.

FRANCINA.—¿Y cuándo se dio cuenta de que la fiesta había terminado?

ENRIQUE.—Cuando vino su abuela a decirme que el tiempo se había ido y que si no


devolvía el smoking inmediatamente sucedería algo terrible.

FRANCINA.—¿Qué podría haber sido?

ENRIQUE.—También habló de unos ratones y de una calabaza.

FRANCINA.—Estaba jugando al hada madrina. ¿Le hizo usted caso?

ENRIQUE.—No. Pero entonces me enseñó el reloj y una fuerza invisible me obligó a


obedecerla. (Pausa.) No asistió usted a la fiesta por hablar con…

FRANCINA.—¿Con quién? Dormí toda la noche.

ENRIQUE.—Con ella.

FRANCINA.—Arabella habló muy poco

ENRIQUE.—Con la presencia. '.

FRANCINA.—La presencia se ha ido. No queda más que una sombra del color de la piel
de usted. (Enrique se lleva la mano a la cara.) ¿Qué había olvidado que tenía piel?

ENRIQUE.—(Acercándose fascinado.) Dentro de sus ojos hay un punto dorado y a pesar


de ser rubia, sus pestañas son oscuras.

FRANCINA.—Anoche soñé con usted.

ENRIQUE.—Soy feliz. La voz de mis antepasados se mueve en mi sangre.


FRANCINA.—Mi pecho se siente tan ligero como... ¡Enrique Llach, acabo de ver pasar
una estrella!

ENRIQUE.—Era un latido de mi corazón.

FRANCINA.—¿Tan fuerte?

ENRIQUE.—Era de todo mi cuerpo y salió de mis labios para que usted lo viera.

FRANCINA.—¿Y ahora dónde está?

ENRIQUE.—En mis manos.

Se toman las manos. Están forados uno frente al otro.

FRANCINA.—¿Vamos a bailar?

ENRIQUE—Vamos a hacer un intercambio de estrellas.

FRANCINA.—¿Con los labios?

Enrique la besa largamente.

ENRIQUE—Francina, abre los ojos.

FRANCINA.—Se me olvidó que era de día.

ENRIQUE.—Me siento aliviado, mejor que nunca. Como cuando baja la marea y se espera
con un sentimiento de angustia que vuelva a subir.

FRANCINA.—Así sentiré yo cuando te vayas y espere que vuelvas.

ENRIQUE.—Y yo ya no veré en el agua a la doncella, del vestido de no se sabe qué tela,


sino a tí. Cuando venga a la ciudad no vendré con los ojos vacíos, sino colmados de tu
ausencia, ¿Qué dije?

FRANCINA.—Lo que yo quería oír.

ENRIQUE.—¿Crees que lo habré leído en un libro?

FRANCINA.—En el que yo te di puedes leer todas las cosas.

ENRIQUE.—Entonces fue allí.

FRANCINA.—Es doloroso que te vayas.

ENRIQUE.—Si no me fuera, ¿cómo había de volver?


FRANCINA.—Volverás cada día. En los ojos de los rayos del sol, en las boquitas de la
lluvia y en las alas de la noche.

ENRIQUE.—Volveré Francina, cada vez que tu pensamiento se llene de mi presencia.

FRANCINA.—¡Al fin sabes lo que es una presencia!

ENRIQUE.—Sí. El deseo continuo.

FRANGINA.—Mi pensamiento estará lleno de ti y el humo que tú eres saldrá de mi ropa


cada vez que me mueva y de mi voz, que se hará sólida como sangre cuajada.

ENRIQUE.—Tu hermosa boca no es hielo.

Se besan de nuevo.

FRANCINA.—Enrique, siento que mi cuerpo no pesa, que si lo intentara, podría volar.

Enrique Llach extiende la mano, toma un hilo que cuelga del techo, lo atrae y aparece un
gran globo rojo. Están los dos sentados en el sofá a los lados de la muñeca por encima de
la cual se toman las manos.

FRANCINA.—¡Enrique! ¡Eres maravilloso! ¿Cómo hiciste para cristalizar mi


pensamiento?

ENRIQUE.—No sé. ¿No sería uno como éste el qué me tragué ayer?

FRANCINA.—No sé. Mírame ahora para cambiarnos una estrella con los ojos.

Mientras se miran, aparece la Abuela.

ABUELA.—¡Enrique Llach! ¡Enrique Llach!

FRANCINA.—¿Qué quieres, abuela? ¿No te recordarnos algo?

ABUELA.—Me recuerdan la primera vez que entré a una juguetería. Fue una impresión
imborrable.

FRANCINA.—¿Qué quieres?

ABUELA.—Decirle a Enrique Llach que ya es tiempo, que se vaya inmediatamente.

ENRIQUE.—(Sobresaltado.) ¿Ya es tiempo?

FRANCINA.—¿Pero de qué?

ENRIQUE.—No sé. Debo irme. ¿No hemos hablado de mi regreso?


FRANCINA.—Es verdad. Dame el globo. No vaya a escaparse.

ABUELA.—¡No pierdan más tiempo!

ENRIQUE.—Voy. Voy. Volveré, Francina.

ABUELA.—Sí. Pero váyase ya.

FRANCINA.—¡Recuerda que ahora soy yo la doncella que camina por encima del agua!

ENRIQUE.—¡Y tu no olvides que ahora la presencia es mía!

Se dan un beso rápido y Enrique se va corriendo. Francina ha quedado absorta con el


globo en la mano. La Abuela la mira con expresión maligna. Pausa. Se oyen dos o tres
arpegios de "La niña de los cabellos de lino".

FRANCINA.—¡Abuela! ¿Oyes algo?

ABUELA.—El zumbar de muchas abejas en el jardín. ¿Y tú?

FRANCINA.—Una música que he escuchado antes pero que ahora suena diferente. (Otros
arpegios.) ¿No oyes?

ABUELA.—Francina, ¿no querías el banco de Arabella?

FRANCINA.-Sí.

ABUELA.—Ven a sacarlo tú. Yo no he podido meterme debajo de la cama.

FRANCINA.—Sí.

La Abuela la toma de la mano y Francina se deja llevar dócilmente, sin soltar el globo.

ABUELA.—Francina, ¿para qué le diste a Arabella tu libro mágico?

Francina no contesta y salen las dos. A poco entra Arabella, vestida como al principio del
acto segundo, pero ahora con un moño azul. Inmediatamente, Gastón.

GASTÓN.—Te estaba esperando.

ARABELLA.—Vine a buscar a Francina para decirle que no encuentro su libro mágico.

GASTÓN.—Abuelita se lo llevó cuando fuimos a buscar el banco.

ARABELLA.—Tienes que pedírselo. Un libro mágico es una cosa muy seria.

GASTÓN.—Lo haré en seguida que acabes de hablarme. Ahora no tienes salida, Arabella.

ARABELLA.—No se ha descubierto ocupación más hermosa que hablar contigo.


GASTÓN.—Saliste llorando hace un rato y te secaste las lágrimas con las flores, no
quisiste hablarme y me dijiste que esperara.

ARABELLA.—Tuve miedo.

GASTÓN.—¿Miedo a qué, Arabella? Desde que te conocí, no he tenido miedo a nada. Eres
como una espada, como un escudo de bronce, como una lanza.

ARABELLA.—Voy a llorar de nuevo.

GASTÓN.—¿Quieres que traiga más violetas? No tengo pañuelo.

ARABELLA.—Siento miedo, porque es necesario romper algo que quisiera cuidar.

GASTÓN.—¿Un encanto?

ARABELLA.—Sí.

GASTÓN.—Hazlo. Nada de lo que tú hagas estará mal hecho, ni de lo que tú pienses, mal
pensado.

ARABELLA.—Es verdad que no soy feliz.

GASTÓN.—Porque yo no valgo nada junto a ti. No podría haber sucedido de otra manera,
fui vanidoso y creí que era más de lo que soy.

ARABELLA.—No digas eso, nunca he estado más cerca de la felicidad que ahora.

GASTÓN.—¿Qué sucede entonces?

ARABELLA.—No quieto decirlo. Quiero ir donde la gente no me vea. Quiero esconderme


en un lugar oscuro. Quiero ir donde no se escuche mi voz ni se vean mis ojos.

GASTÓN.—¿Quieres dejarme, Arabella?

ARABELLA.—El más hermoso templo de Baroda, sabe que no quiero dejarte, que
preferiría que me arrancaran la piel y no a ti.

GASTÓN.—No entiendo nada. Me has acostumbrado a que la que entiende seas tú. Dime
claramente qué pasa.

ARABELLA.—¡Que no quiero que me vea nadie!

GASTÓN.—Siempre me han dado celos de que te miren, pero no es ese motivo para huir,
sino de orgullo.

ARABELLA.—No hagas que te lo diga, porque mis labios se crispan y no quieren hablar.
GASTÓN.—Necesito que me lo digas... o nunca te dejaré ir. Habla.

ARABELLA.—Gastón, mira que mi corazón es una flor y tu estás arrancándolo hoja por
hoja.

GASTÓN—Habla.

ARABELLA.—¡Pues sí! No quiero que me miren porque soy fea. Horriblemente fea.
¿Entiendes? No hay encanto capaz de disimularlo, ni espejo que no me lo eche en cara con
un reflejo como un chicotazo. Y tú mismo tienes que darte cuenta. Había querido no darle
importancia, pero delante de las gentes no puedo soportarlo. ¡Mírame! ¡Mírame bien! Soy
fea.

Gastón la mira con una calma perfecta.

GASTÓN.—¿De veras crees que yo no te miraba como eres?

ARABELLA.—(Tapándose la cara con las dos manos.) ¡Gastón!

GASTÓN.—Quítate las manos de la cara. ¿Crees que nunca había mirado tu delgadez, tu
color, tu pelo? (Ella trata de esconderse de nuevo.) ¡No te escondas! ¿Crees que me
hubiera casado contigo si no hubiera sabido de antemano que eres distinta a todo lo que ha
existido antes y existirá después? ¿Crees que lo hubiera hecho si no hubiera sentido que
para mí no hay aire donde tú no estás y que mis ojos no querían ver nada que no fueras tú?
¿Por qué querías dejarme?

ARABELLA.—Cuando estuve en Surate, vi algo que no olvidé jamás. Hay una gran casa
grande, donde se tira todo el grano averiado; es para los animales feos y sucios, esos que
nadie quisiera domesticar ni tener a su lado. Es una mansión llena de escarabajos, insectos
y gusanos de colores con el cuerpo peludo. Trabajo me costó moverme de allí. Y cuando
estaba leyendo mis libros para volverme sabia, pensaba: ¡De nada me sirve todo esto! Yo
soy como ellos. ¡Debo vivir como ellos! Apartada de todos.

GASTÓN.— ¡Arabella Golden! Porque nadie los quiere. ¿No entiendes? Pero yo te quiero
a ti. Cuando apareces, llevas un halo más brillante que el de la mujer más hermosa. Cuando
te miro los ojos de cerca, encuentro combinaciones de todos los colores y paisajes de todos
los países. Y cuando te beso en los labios, Arabella Golden, es como si bebiera agua de
miel en los palacios de Baroda, sentado en el lugar del Maharajah. Y una mano tuya entre
las mías vale lo que la perla gigante que había sido atrapada por dos conchas. En conjunto y
poco a poco, como cuando me dejas ver tus pies, eres lo más maravilloso, lo más sabio, lo
contrario de ausencia, de soledad, de vacío y de abismo. Eres como una reina y todos tus
vestidos, son un manto. Entre tus dedos está el mundo y tu juegas con él en una forma, que
uno piensa que ha sido inventado por ti... y que los absurdos son tus descuidos, y los
aciertos frutos de tu pensamiento. (Arabella ya no se oculta.) Y si me has hecho tu esposo
es porque has sabido, tú que eres maravillosa, sabia, única, que eras mi causa, mi razón y
mi vida.

Arabella lo mira y el pone la cabeza sobre las rodillas de ella. Pausa.

ARABELLA.—¿Crees que habrá manera de sacarte de la cabeza que yo quise dejarte?

GASTÓN—Busca bien.

ARABELLA.—Aquí está. (Lo tira y luego recoge guardándolo en una de sus anchas
mangas.) Mejor no, voy a guardarle de recuerdo. Siento como si tuviera catorce años.

GASTÓN.—¿Cómo es eso?

ARABELLA.—Dolor de garganta y en todo el cuerpo un hormigueo. Ahora sí quiero ir al


campo.

GASTÓN.—(Levantándose.) Vamos. ¡Espera! ¿Me dejas que haga una cosa? ¿No te
enojas?

ARABELLA.—No.

Gastan toma las flores del jarrón y se las pone en la cabeza que le queda materialmente
envuelta en ellas.

GASTÓN.—La mujer que ha inventado el mundo, no podría llevar una corona.

Van saliendo. Arabella sonriente con la cabeza en alto. Gastón dándole el brazo para que
ella lo tome; como si fuera una especie de paje.

ARABELLA.—Soy una mujer muy feliz.

Salen. A poco entra Francina, todavía con el globo, seguida de la Abuela que lleva en la
mano el banco, envuelto en un periódico.

ABUELA.—Aquí está el banco y que no vuelva a ocurrírsete hacerme otra grosería de ese
estilo.

FRANCINA.—No.

ABUELA.—Y ahora te mando yo. Vas a padecer la venganza de las abuelitas. Toma. (Le
da un platillo de cobre.)

FRANCINA.—¿Qué es esto?

ABUELA.—La paciencia. Tienes que pulirla hasta que brille como el oro.
Se sienta Francina en el sofá con el globo en la mano y el platito en las rodillas, al lado de
la muñeca.

FRANCINA.—¿Y ahora?

ABUELA.—Ahora a esperar la esperanza. . . como la más obediente de mis muñecas.

Sale la Abuela. Se escucha muy lejana la música de "La niña de los cabellos de lino", sin
que provoque ninguna reacción en Francina, que tiene el semblante vacío, como si en
realidad, las que están en el sofá, fueran dos muñecas.

T ELÓN

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