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GÉNERO Y PODER

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ÍNDICE DE CONTENIDOS
Presentación, por Máriam M.Bascuñán y Silvia López Rodríguez
Austeridad y Políticas de Igualdad
¿Es sólo cuestión de austeridad? O la crisis como excusa para desmantelar
las políticas de igualdad, por Alba Alonso, Investigadora post-doctoral, Universidad
de Santiago de Compostela (@albricias81), y por Natalia Paleo, Doctora en CCPP,
Universidad de Santiago de Compostela
Cuidados y producción de desigualdad de poder
¿Quién cuida a las personas mayores dependientes? Reconocimiento y
redistribución, por Elin Peterson Investigadora postdoctoral. Universidad de
Estocolmo
Poder, Voz y Presencia
Invasoras de espacios. ¿Cómo se produce y reproduce el género en el
ámbito de la Política? Un análisis desde la Ciencia Política feminista,
por Tània Verge Profesora de CCPP en la UPF, Delegada del Rector para las
políticas de Igualdad de Género y activista feminista (@taniaverge)
La Voz situada: comunicación empoderante desde el enfoque de género, por
Ana Fernández de Vega, Consultora independiente
Violencias de Género
¿Por qué no es terrorismo machista?, por Lohitzune Zuloaga, Doctora y profesora
de Sociología en la Universidad Pública de Navarra.

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PRESENTACIÓN
Género y Poder: Análisis feministas sobre la precarización de la vida en un
contexto de crisis global
Los análisis que aquí se presentan escritos por jóvenes expertas feministas se publican
en un momento de profunda crisis. Una crisis social, económica, política y ecológica
que se desarrolla al mismo tiempo que acontece el “derrumbamiento del viejo orden
de género” (Fraser, 2015). Mientras acaba de morir un régimen capitalista industrial y
se va consolidando una nueva forma de capitalismo basado en flujos globales de
capital, bienes, servicios, tecnología y comunicación, el discurso institucional
dominante transforma la categoría “igualdad” en nombre de la austeridad, y la vincula
al cambio en categorías centrales sobre las que se asienta la organización social. La
noción misma de trabajo, las formas tradicionales familiares como unidades básicas de
la reproducción social, e incluso la categoría de sujeto trabajador, muestran todas ellas
un profundo androcentrismo, una indiscutible saturación de género y por tanto, deben
ser objeto de lucha política.
¿Pero cómo abordar esa lucha política desde la Ciencia Política feminista? La reflexión
de fondo que contienen estos trabajos se interroga en torno a los modos de teorización
feminista que deben incorporarse a los imaginarios políticos que surgen con la crisis.
Sobre cómo incluir el trabajo doméstico, la sexualidad y la reproducción en ese orden a
partir de principios básicos de justicia de género. Pues hasta ahora, todos los acuerdos
históricos entre clases se han basado en una serie de exclusiones de género y han sido
posibles gracias a esas exclusiones de género.
Grandes filósofos políticos han mostrardo que incluso Marx se equivocó al asumir que
la categoría de trabajo socialmente necesario no incluía las tareas domésticas y otros
ámbitos de trabajo no organizados formalmente, cuando sin embargo estas actividades
eran condición de posibilidad de la reproducción diaria de la sociedad capitalista
(Honneh, 1997). Y como dirá la economía feminista contemporánea, para el
sostenimiento mismo de la vida. ¿Qué implicaciones pueden rastrearse en términos de
valor de esas actividades y de reconocimiento para las trabajadoras? Aquello que hace
que una actividad sea socialmente necesaria, valiosa y reconocida forma parte de una
lucha política que hasta ahora se ha saldado a favor de la desigualdad de género.
Por ello, toda una tradición de teóricas feministas ha mostrado esa distinción
profundamente sexista basada en una división entre trabajo “productivo” remunerado,
y trabajo “reproductivo” no remunerado, que sin embargo es fundamental para
sostener el orden capitalista y las pautas de subordinación de las mujeres sobre las
que éste se asienta. Ese trabajo relegado a la esfera doméstica queda invisibilizado
mientras no acaba de reconocerse su importancia social. Capitalismo y patriarcado
siguen caminando juntos, y mientras uno sigue expulsando a millones de mujeres de la
economía formal hacia zonas de penumbra informales de las que el capital extrae valor,
el otro se sigue reproduciendo bajo distinciones sexistas que continúan afirmando
formas de dominación masculina (Fraser, 2014). Los procesos de globalización, de
deslocalización del trabajo no han hecho más que profundizar estas pautas. Y sin
embargo, la crítica hegemónica de la economía política al capital financiero no recoge
estas cuestiones de urgencia. Es necesario visibilizar ese silencio de la agenda global.
El pensamiento político y económico internacional debe asumir las enseñanzas del
feminismo, pues como sostiene Martha Nussbaum (2000), cualquier enfoque científico-

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social debe evaluarse de acuerdo a su capacidad de reconocer estos problemas,
nombrarlos adecuadamente y presentar propuestas para su solución.
Con el ánimo de enfocar correctamente estos problemas se presentan estos trabajos
de expertas que reconocen específicamente el enfoque feminista que aspira a
conseguir una verdadera equidad de género. Todas ellas reflexionan en torno a la
extensión del empleo remunerado, a la del sujeto cuidador en el que tiene que
incluirse también a los hombres, en nuevas visiones de roles e identidades masculinos
y femeninos, en una transformación radical de la organización de la vida laboral, en las
culturas del trabajo machistas, en la eliminación de trabas para la participación política
y la actuación contra la escasez y mala calidad de tiempo de ocio que padecen las
mujeres por las dobles jornadas de trabajo y la feminización de los contratos a tiempo
parcial.
Este dossier comienza con un artículo firmado por Alba Alonso y Natalia Paleo en el
que se debate acerca de cómo el discurso de la austeridad ha servido de resorte para
desmantelar un conjunto de políticas, organismos y servicios públicos que se
entendieron en su día como mecanismos para conseguir una sociedad más equitativa y
justa. El artículo muestra que el contexto de crisis económica impulsa una serie de
recortes que afectan de manera desproporcionada al ámbito de la igualdad de género,
y además sirve como excusa para reducir, deslegitimar o erradicar actuaciones públicas
dirigidas a conseguir avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, o una
profundización en la lucha contra la violencia de género.
El texto de Elin Peterson debate sobre la crisis de los cuidados y sobre los espacios de
invisibilidad en que se encuentran las personas en situación de dependencia y sus
cuidadoras formales o informales, mujeres migrantes o nativas cuyas experiencias
vitales quedan marcadas por la precariedad laboral, el subempleo, el abandono
temprano del mercado laboral o el empeoramiento de sus condiciones de salud, fruto
de la fallida implementación de la Ley de Dependencia. La autora señala cómo las
políticas públicas no sólo invisibilizan a determinados sujetos sino que los sitúan en
espacios de vulnerabilidad social y vital, un aspecto ineludible en el estudio de la crisis
de los cuidados.
Tánia Verge ofrece un revelador estudio de los mecanismos para la permanencia en o
la expulsión de la esfera política desde la perspectiva de género. La autora se sumerge
en el estudio del poder y el género, y concluye que las mujeres en la política son aún
vistas como ocupantes de un espacio impropio, lo que provoca que se desaten
mecanismos de expulsión de carácter formal e informal. Las estrategias, actitudes y
comportamientos en la esfera política, señala la autora, producen y reproducen género
en la medida en que sitúan a hombres y mujeres en los espacios, tareas y posiciones
que se entienden apropiados para ellos/as.
El texto de Ana Fernández de la Vega continúa el debate acerca de la situación de las
mujeres en espacios públicos de poder, iniciado con el texto anterior. En esta ocasión,
la autora reflexiona no sólo sobre la necesidad de legitimación de la voz de las mujeres
en el espacio político o activista sino también la necesidad de apropiación de esa voz
por parte de las propias mujeres, en espacios en muchas ocasiones androcéntricos o
ajenos a la experiencia femenina. La autora establece un diálogo con distintas autoras
feministas para concluir que la apropiación de la voz tiene una cualidad subversiva y
transformadora de la realidad social.

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Lucas Platero aborda la discusión sobre género y poder desde otra óptica; presenta
una reflexión acerca de cómo políticas públicas recientes han reaccionado a la
reivindicación desde el ámbito teórico y social de desafiar el binarismo de género. Con
un foco particular en la Ley 3/2007 reflexiona además sobre cómo esa ley ha tenido
como efecto la producción de sujetos patologizados, lo que en último término ha
supuesto la precarización de las condiciones de vida de aquellos/as que rebasan o
cuestionan la normatividad de género.
Finalmente, Lohitzune Zuloaga ofrece una provocadora e interesante reflexión en torno
a los debates terminológicos que se han suscitado para nombrar la(s) violencia(s) que
se cometen contra las mujeres. La autora debate sobre la pertinencia de la categoría
“terrorismo” y sobre su utilidad a la hora de nombrar el problema. Como se argumenta
en el texto, el debate acerca de las categorías políticas que utilizamos para nombrar -y
así representar- la realidad social es aún importante, pues la genealogía de los
conceptos que utilizamos marca nuestro entendimiento de los problemas públicos y los
cauces de actuación que proponemos para abordarlos.
Este dossier lanza pues a la discusión pública un conjunto de debates y propuestas
necesariamente sujetos a la contestación y a la conversación; en todo caso, sirvan
estos textos para contribuir a la conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de
las Mujeres, un día que nos sirve para detenernos, analizar nuestros avances y encarar
nuestros retos. Como señalábamos al comienzo, el contexto de crisis global en que nos
encontramos nos interpela a su vez a que recordemos que la precarización de las
condiciones de vida nos afecta diferencialmente por ser mujeres. Pero además afecta
diferencialmente a mujeres cuyas experiencias se encuentran atravesadas por
opresiones que se suman a la desigualdad de género. Ideas ambas que han de recoger
necesariamente el pensamiento político, el diseño de políticas públicas y el activismo
cotidiano.

Máriam M.Bascuñán y Silvia López
Profesoras de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Austeridad y Políticas de Igualdad
¿Es sólo una cuestión de austeridad? (O la crisis como excusa para
desmantelar las políticas de igualdad)
Alba Alonso y Natalia Paleo
La necesidad de reducir el gasto público en aras de evitar un eventual colapso del
Estado de Bienestar se ha convertido en un lugar común en los últimos años. En el
ámbito de las políticas de igualdad de género, incluso aquella normativa que
implementaba recortes específicos tales como la eliminación de organismos,
mencionaba explícitamente la necesidad de racionalizar el sector público y de controlar
el gasto como justificación para este significativo retroceso. Así se enmarcó por
ejemplo la supresión del Servizo Galego de Igualdade, que contaba con casi 20 años
de historia. Los recortes eran por lo tanto un fenómeno que se consideraba inevitable y
una mera consecuencia de la crisis económica, nunca una elección. Pero, ¿son los
retrocesos en materia de promoción de la igualdad solamente una cuestión de
austeridad o hay otros factores relevantes?
El primer y más obvio elemento al que prestar atención serían los propios
presupuestos dedicados a este ámbito. En un estudio precedente pudimos examinar
aquellos correspondientes al periodo 2002-2014 para las 17 Comunidades Autónomas
y el gobierno central. El análisis de hasta 192 partidas presupuestarias dedicadas
específicamente a la promoción de la igualdad entre mujeres y hombres nos dio
interesantes claves a este respecto. Efectivamente, las diferencias entre el periodo de
crisis y el de bonanza son significativas. Con anterioridad al año 2009 la tendencia
general fue un aumento progresivo de los recursos invertidos en esta área, mientras
que posteriormente en más de un 70% de los casos se produjo una contracción del
gasto. Sin embargo, la presencia de crisis económica y la necesidad de aplicar políticas
de austeridad no es el único factor explicativo. Al incluir en dicho análisis estadístico el
color del partido político en el gobierno, constatamos que este es también un elemento
de crucial importancia. Los resultados mostraron que allí donde hay un gobierno de
derecha o centro-derecha hay cuatro veces más posibilidades de que se produzca un
recorte en este tipo de partidas. No es por lo tanto sólo una cuestión de austeridad,
sino también de ideología y de prioridades políticas.
Esta conclusión se ve reforzada si atendemos no sólo a quien recorta sino a como se
recorta. Las organizaciones feministas y de mujeres han sido especialmente efectivas
en señalar que las reformas implementadas para reducir el gasto público en el
gobierno central han afectado de manera desproporcionada a las mujeres.
Documentos como el último Informe Sombra señalan una multitud de políticas públicas
que han sido reformadas sin tener en cuenta su posible incidencia en la igualdad de
género. No solamente se han paralizado actuaciones con un impacto evidente en la
situación de las mujeres tales como la Ley de Dependencia o el Plan Educa3, sino que
se ha incidido en ámbitos como el sistema sanitario o el mercado laboral sin considerar
sus posibles efectos en términos de igualdad. En cumplimiento de la Ley 3/2007 de
igualdad se debería haber incorporado la perspectiva de género en el diseño de este
tipo de políticas de manera que se minimizaran sus efectos adversos. Sin embargo, se
optó no sólo por recortar mucho sino también por hacerlo de forma injusta.
Esta misma conclusión emerge si se explora hacia donde evolucionan las escasas
políticas que sobreviven al terremoto de la austeridad. El periodo de crisis parece

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haber proporcionado el contexto ideal para cuestionar ámbitos de actuación que se
creían consolidados. De nuevo, con un notable protagonismo de los partidos de
derecha. Hemos visto como el Partido Popular ha desafiado fehacientemente los
derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y como Ciudadanos ha puesto en
cuestión la normativa en materia de violencia de género, aduciendo que el género no
es un elemento tan determinante en este fenómeno. Esta reorientación del discurso ha
tenido sus primeras consecuencias en términos de políticas y de recursos. Si bien la
reforma de la ley del aborto no fue finalmente llevada a cabo en su totalidad, el PP sí
se ha ocupado de impulsar un nuevo marco normativo de materia de apoyo a las
mujeres embarazadas en aquellas Comunidades que gobernaba. Más allá de su
apuesta por la protección del no nacido, estas leyes han representado una significativa
reorientación del gasto. Implican que una parte de los escasos recursos que todavía se
dedican a las políticas de igualdad van ahora dirigidos a subvencionar a organizaciones
antiabortistas como la Red Madre, que impulsaron dichas leyes y que son sus
principales beneficiarias.
La austeridad parece por lo tanto un factor explicativo de importancia relativa para
entender la enorme involución en materia de igualdad. Donde y como se recorta es
una clara opción política, mientras que la crisis ha constituido la excusa necesaria para
cuestionar un ámbito de actuación estable y con una trayectoria expansiva. Está por
ver en qué grado estos retrocesos son reversibles - y a qué ritmo-, así como el impacto
que tendrán los cambios de gobierno en el ámbito autonómico y previsiblemente
también en el estatal.

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Cuidados y producción de desigualdad de poder
Reconocimiento a las cuidadoras: una cuestión de justicia social
Elin Peterson
El concepto de ‘la crisis de los cuidados’ ha llegado a tener gran relevancia en una
España cada vez más envejecida. Las investigadoras feministas han acentuado que el
modelo tradicional de cuidado informal a las personas mayores dependientes no es
sostenible. La sostenibilidad del modelo emergente, ‘migrante que cohabita con la
familia’,también ha sido cuestionada (Vega Solís, 2009). Mientras las mujeres, nativas y
migrantes, llenan las lagunas de los servicios sociales en condiciones precarias, el
reconocimiento del trabajo de cuidados es una cuestión clave en la lucha por la
igualdad de género y la justicia social. Como sostiene Nancy Fraser en su teoría de la
justicia social (2007, 2000), las injusticias económicas y culturales están esencialmente
relacionadas entre sí. El reconocimiento del trabajo de los cuidados debe, por tanto,
estar vinculado a la redistribución de recursos y responsabilidades.
El cuidado de personas mayores sigue siendo construido como una preocupación que
se dirime en el ámbito privado en España. Son sobre todo mujeres de mediana edad,
desempleadas y de clase trabajadora las que realizan los cuidados familiares. Es un
trabajo duro, física y psicológicamente, y a menudo la cuidadora principal es la única
responsable de ello. Como consecuencia, la gran mayoría de las cuidadoras familiares
experimentan efectos negativos sobre su salud y su situación económica y/o social
(Rogero García, 2010). La Ley de Dependencia suscitó grandes expectativas en cuanto
a la ciudadanía social. Sin embargo, las medidas de austeridad han afectado a la
implementación de la ley de manera muy severa (Rodríguez y Marbán, 2013;
Observatorio de la Dependencia 2016). La prestación económica por cuidado familiar
ha surgido como una alternativa a los servicios sociales; constituye aproximadamente
el 50% de todas las prestaciones y servicios. Si bien el cuidado familiar prevalece, se
ha convertido en una práctica común el empleo de trabajadoras domésticas para el
cuidado de personas mayores. Entre las personas mayores dependientes, el 10.4%
tienen a una trabajadora doméstica como cuidadora principal (o bien, un trabajador
doméstico) (Agrela Romero, 2012; Martínez Buján, 2011). Estas trabajadoras son
predominantemente mujeres migrantes. Los salarios son generalmente muy bajos y las
condiciones de trabajo muy precarias (http://ath-ele.com/es/estadisticas/). La jornada
de trabajo es a menudo extensa, especialmente en el caso de las internas, que están
de guardia las 24 horas para responder a las necesidades de la persona mayor. Una
reforma legal de 2011 (Real Decreto 1620/2011) ha mejorado los derechos laborales y
sociales de las trabajadoras. Sin embargo, la aplicación de la ley sigue siendo una
cuestión pendiente.
El Estado y políticas públicas promueven ciertas formas de cuidados y reproducen
ideas e ideales sobre quién debe cuidar, cómo y dónde. Asimismo, las políticas públicas
determinan las posiciones de las cuidadoras, la valoración de su trabajo, sus derechos
y el estatus social. Un estudio reciente (Peterson 2015) analiza la representación del
trabajo de cuidados a las personas mayores en las políticas públicas españolas. En
dicho estudio se demuestra que, mientras que las cuidadoras familiares y las
trabajadoras domésticas se representan de manera muy diferente, las dos categorías
de cuidadoras tienen en común que su trabajo está infravalorado.

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La introducción de la prestación económica por cuidado familiar (“no profesional”) en
España puede verse como una forma de reconocimiento de la labor de las cuidadoras.
Hasta la Ley de Dependencia, el cuidado no remunerado de las mujeres era invisible en
el discurso político. La prestación podría entenderse como un reconocimiento simbólico
que contribuye a hacer visible a las cuidadoras. Sin embargo, las cuidadoras son
reconocidas precisamente como cuidadoras, pero no como trabajadoras. Esto tiene
consecuencias importantes para las vidas de las cuidadoras; carecen de derechos
sociales derivados del trabajo, un ingreso para sostenerse y condiciones de trabajo
dignas.
La prestación económica por cuidado familiar es también una forma problemática de
reconocimiento debido a que estamedida puede perpetuar la división sexual del trabajo
en el cuidado de personas mayores, una división que no se cuestiona en modo alguno
en las políticas públicas de la Dependencia. La proliferación de esta “solución” al
problema de los cuidados refuerza la norma de cuidado de la familia por encima de los
servicios sociales – la redistribución. La ley que regula el trabajo doméstico ha sido
significativa dado que representa el trabajo doméstico como un trabajo “real”. Implica
una mejora en la normativa en torno a las condiciones de trabajo y los derechos
sociales y laborales. En contraste con el cuidado familiar, las trabajadoras domésticas
se representan como trabajadoras - pero no como cuidadoras. Las políticas públicas
ignoran que las trabajadoras domésticas están llenando los vacíos en la provisión de
cuidado de personas mayores. No hay ninguna mención de las competencias, las
cualificaciones ni las condiciones necesarias para realizar el cuidado de personas
mayores. Este trabajo realizado por mujeres migrantes queda invisibilizado e
infravalorado.
En vista de los múltiples desafíos del sistema de cuidado de personas mayores en
España, los políticos y la sociedad en su conjunto deben sin duda escuchar más a las
voces colectivas de las cuidadoras familiares y las trabajadoras domésticas organizaciones que luchan por el reconocimiento del trabajo de cuidados
proporcionado a las personas mayores- (Peterson 2015). El reconocimiento de sus
voces y de la legitimidad de sus reivindicaciones es una cuestión de justicia social.

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Invasoras de espacios
¿Cómo se produce y reproduce el género en el ámbito de la política? Un
análisis desde la ciencia política feminista
Tània Verge
El género no sólo opera en el nivel interpersonal, estableciendo jerarquías a partir de
construcciones sociales de la feminidad y la masculinidad, sino que es una
característica de las instituciones y de las estructuras sociales. Afirmar que una
institución está “generizada” o sesgada al género significa que las construcciones sobre
la masculinidad y la feminidad integran la propia lógica institucional. La experiencia de
los individuos en las instituciones y organizaciones varía según su género,
especialmente en lo que concierne a roles, oportunidades y obstáculos que facilitan o
impiden una participación efectiva. Cada espacio institucional tiene un régimen de
género específico, que interactúa con aspectos de género más amplios que se están
negociando y renegociando en el conjunto de la sociedad.
El régimen de género de la política incluye un estilo de liderazgo marcadamente
masculino, basado en la agresividad, una asertividad desmesurada y un carácter
adversarial, junto a unos arreglos institucionales que discriminan a las mujeres. No sólo
los horarios de la política se ajustan a sujetos que tienen la vida familiar resuelta
(porque suelen tener a otra persona, generalmente una mujer, que se ocupa de las
tareas domésticas y de cuidado) sino que con tales prácticas imponen mayores
renuncias a las mujeres. No sorprende pues que entre las personas que se dedican a la
política, las mujeres tengan, en general, menos hijos/as que los hombres, o que haya
una proporción mayor de solteras y divorciadas – tampoco es casualidad que este
estatus se adquiera tras el paso por la política. Por otro lado, opera en las instituciones
políticas una segregación vertical, por la cual los hombres suelen ocupar las posiciones
de mayor visibilidad y reconocimiento, así como una segregación horizontal,
asignándose a las mujeres aquellas áreas más relacionadas con el cuidado,
nuevamente con la esfera privada (bienestar social, educación, etc.), y reservándose a
los hombres las áreas a las que tradicionalmente se otorga un mayor prestigio
(economía, asuntos exteriores, etc.).
Pero, sobre todo, prevalece en la política una norma de género muy clara: el político,
por definición, es un hombre, hecho que explica que a menudo no “se encuentren”
mujeres preparadas. Se trata de un viejo argumento, rebatido ya en 1931 por la
diputada Clara Campoamor en el debate constituyente, en el marco de su defensa del
derecho al voto de las mujeres:
«No se nos diga que en los partidos no se encuentran mujeres capaces de
una acertada actuación, porque no sabemos si ello será verdad; pero lo
que es bien notorio es la suma de incapacidades masculinas que esos
partidos han exaltado a funciones que exigen algún contenido» (El voto
femenino y yo. Mi pecado mortal).
Cuando se rompe la norma somática que indica a qué cuerpos corresponde ocupar las
posiciones políticas, esto es, cuando las mujeres irrumpen en la arena política, son
tratadas como invasoras de espacios, como describe la socióloga Nirmal Puwar (Space
Invaders: Race, Gender and Bodies Out of Place, 2004). Una muestra de ello son los
comentarios que reciben las mujeres políticas, soliéndose comentar o criticar más su
vestido o peinado que su acción política. Asimismo, las críticas dirigidas a su acción
política a menudo toman una virulencia especial. Los descalificativos y desprecios no
son exabruptos de unos pocos políticos, tertulianos, columnistas o tuiteros

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maleducados sino la expresión de la cultura sexista y androcéntrica imperante en
instituciones, partidos y medios de comunicación, así como en el conjunto de la
sociedad. Trascienden el ataque personal e impactan en todo el colectivo de mujeres,
recordándoles – recordándonos – que siguen siendo invasoras de espacios.
Precisamente porque el género, en tanto que proceso, se puede contestar, resistir y
subvertir, a finales de enero de 2016, las diputadas de la CUP, hartas de los insultos,
denunciaron este régimen de género de la política. En un acto de elevado contenido
simbólico, cada una de ellas repetía en voz alta su (mal)trato de la siguiente manera:
Anna Gabriel: “Soy una puta traidora, amargada y malfollada, y lo único
que he venido a hacer es defender unos Països Catalans libres, socialistas y
feministas”.
Gabriela Serra: “Soy vieja, fea y gorda, pero quiero que se juzgue por
haber llegado a los 64 años luchando incansablemente por el
mantenimiento de la vida, por la dignidad de todas las personas y pueblos”.
Eulàlia Reguant: “Soy retrasada, estúpida y tonta por defender un sistema
de salud 100% público y una educación catalana y de calidad”.
Hagamos este mismo ejercicio con otras mujeres políticas (en paréntesis el insultador):
Clementina Díez, ex diputada: “Lo único interesante que exhibí hoy en mi
intervención fue mi escote” (Manuel Fraga, 1997).
Fátima Báñez, ex Ministra de Empleo: “Como las cifras de paro no mejoran,
mejor me voy a San Juan del Puerto a hacer punto de cruz” (Jesús Ferrera,
2013).
Carme Chacón, ex Ministra de Defensa: “No me he puesto vestido largo
para la Pasqua militar porque quería ser la señorita Pepis vestida de
soldado” (Francisco Javier León de la Riva, 2004).
M. Teresa Fernández de la Vega, ex vice-presidenta del Gobierno: “En esta
cumbre internacional (Nairobi) me he puesto el vestido tradicional del país
porque soy aficionada a disfrazarme” (Eduardo Zaplana, 2006).
Leire Pajín, ex Ministra de Sanidad: “Como me sobran unos quilitos, no
puedo dar consejos sobre obesidad” (El Mundo, La Otra Crónica, 2011).
El mejor cierre a esta reflexión son algunos de los hashtags más utilizados en la lucha
contra la violencia psicológica, física o simbólica que se ejerce diariamente contra las
mujeres: #SexismoCotidianoEs #SiNosTocanAUnaNosTocanATodas.

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La voz situada: Comunicación empoderante desde el feminismo.
Ana Fernández de Vega
La participación activa de las mujeres en las esferas públicas y colectivas es un tema
de análisis y reivindicación recurrente en la teoría y política feminista. El foco de
atención suele proyectarse sobre el ejercicio de la ciudadanía, la toma de decisiones, el
liderazgo de grupos, etc. Aunque estas cuestiones son sin duda importantes, dejan de
lado el uso mismo de la palabra como instrumento de agencia de las mujeres.
A pesar de que el feminismo se ha construido desde lo personal, desde la experiencia
subjetiva del yo (Miller, 1991) el significado que tiene el uso de la palabra en los
procesos de resignificación y empoderamiento de las mujeres no está siendo
suficientemente valorado en los procesos de cambio político que actualmente vivimos
en nuestro país.
Quizá esta ausencia discursiva se deba a que los debates entre igualdad y diferencia
han terminado generalmente en punto muerto, precisamente por quererse representar
como el conflicto entre dos polos antitéticos de una dicotomía absoluta (Fraser, 1997).
Quizá sea porque el cierre de la tercera ola del feminismo no se ha producido aún, y
todavía estamos esperando a recoger sus valiosos frutos. O quizá sea, sencillamente,
porque no nos ha dado todavía tiempo a incorporar en nuestras prácticas cotidianas la
riqueza de las aportaciones feministas de las últimas décadas.
Sea como fuere, es conveniente hacerse una pregunta: ¿qué perspectivas de ocupar
un espacio público propio tiene el feminismo si una de sus principales herramientas, el
acto de hablar, está desprovista de toda su importancia en la práctica política?
La palabra, como instrumento de relato de la propia experiencia, se encuentra en el
centro de cualquier impulso transformador. A partir de la experiencia verbal
logramos desarrollar una investigación situada de tal modo que el ‘partir de sí’ se torna
un requisito epistemológico de la interrogación feminista (Galcerán, 2006). Ya en los
años 70 una corriente de pensamiento feminista insistía en que la experiencia verbal es
un aspecto crucial en la construcción de la subjetividad femenina y en los procesos de
autoconciencia de las mujeres.
La experiencia verbal atraviesa los ejes de desigualdad que conforman la complejidad
del sistema de dominación masculina. Nuestra herencia son esas prácticas
históricas que mantuvieron excluidas a las mujeres de la educación, de la promoción
del conocimiento creativo y de los espacios del debate social. Tampoco podemos
olvidar que el uso femenino de la palabra estaba restringido al espacio doméstico,
cerrado y oculto. Y tampoco obviemos que entre las reglas de comportamiento que
hemos ido aprendiendo las mujeres ha primado siempre el mandato del silencio como
una de las cualidades dominantes (Nogués, 2007). En este sentido, las relaciones de
poder jerárquicas establecidas por el androcentrismo han situado a las mujeres en
espacios de subordinación también mediante la imposición del silencio: las ideas de
otredad y del minusvaloración de lo femenino las hemos incorporado subjetivamente a
través de la imposición de la censura y de nuestra presencia callada.
El silencio se ha interiorizado como virtud, como norma de género estructural que ha
determinado los procesos de construcción de nuestra subjetividad. En la actualidad, sin

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embargo, nos reconocemos como seres lingüísticos capaces de reapropiamos del
lenguaje mediante el habla subversiva (Butler, 1997). Esto quiere decir que utilizamos
el lenguaje como instrumento de empoderamiento, que nos mostramos por los
espacios públicos, que resignificamos los espacios privados y le damos nuevas lecturas
a la construcción del género, al sentido de la diferencia sexual y al ejercicio de los
roles.
Sin embargo perdemos de vista el significado esencial de nombrar en alto, de hacer
uso de la palabra públicamente, de expresarnos por medio de nuestra voz y que el
entorno guarde atención, interés y respeto hacia lo que decimos.
Reivindicar nuestro espacio verbal en el terreno público requiere previamente un
giro interno hacia nosotras, hacia dentro. Un autodiagnóstico que, en el proceso de
pensarnos, situarnos y (re)significarnos, nos equipara a las demás, las otras mujeres
que comparten con nosotras la incorporación de los mandatos de género y las
posibilidades para su transformación. Porque palabra y subjetividad son dos partes
indisolubles del entendimiento y reconfiguración de nuestra identidad de género
femenina, y feminista. Por eso, partir de nuestra propia experiencia en el uso público
de la palabra es una forma de reconocer las similitudes que nos unen con las otras y
de dar espacio a la recuperación de la palabra desde la afirmación de nuestra
autonomía individual y de nuestro poder colectivo.

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Violencias machistas
¿Por qué no es terrorismo machista?
Lohitzune Zuloaga Lojo
El debate sobrequé concepto es más adecuado para denominar a la violencia que
sufren las mujeres a manos de sus parejas (varones)continúa abierto. La Ley integral
aprobada por el Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero optó por llamarla violencia
de género, que ha compartido junto con la noción de violencia doméstica la crítica de
no explicitar suficientemente el fenómeno social al que se están refiriendo. Con el
objetivo de afinar en la conceptualización del problema, en los últimos años ha tenido
mayor aceptación y popularidad hablar de violencia machista o violencia contra las
mujeres.En tiempos más recientes, sin embargo, se opta cada vez más por llamarla
terrorismo machista.Cabe preguntarse sieste último término refleja mejor la realidad
subyacente a este fenómeno frente a otros comoviolencia contra las mujereso violencia
machista.
Partimos nuevamente de otro concepto de difícil precisión: el terrorismo, que en
términos generales hace referencia a la violencia premeditada con fines políticos. No es
posible aportar una definición consensuada sobre este fenómeno porque no la hay,
menos aún después de las transformaciones vividas en los últimos años, que han
inutilizadolas nociones básicas que servían para interpretar las acciones denominadas
como terroristas. Consciente del reto, Isabel Muntané recurre a las definiciones
aportadas por diccionarios internacionalmente reconocidos para argumentar que la
violencia machista contiene características básicas atribuidas al terrorismo como son,
entre otras, violencia directa, generación de terror y alarma social, intención política e
imposición ideológica. Igualmente lo entiende Beatriz Gimeno cuando afirma que si
llamamos terrorismo al intento de imponer una idea política por medio del terror y la
violencia, podemos entonces llamar terrorismo machista a la violencia de género,
aunque en este caso busque perpetuar una situación y no revertirla. María del Mar
Daza por su parte ha estudiado con especial atención los paralelismos entre terrorismo
y violencia machista, y considera que el sistema patriarcal es la estructura que, a
través de agresores aislados pero encuadrados en un entorno organizado que les
ampara (el patriarcado), busca impedir la aplicación de valores como la libertad, la
igualdad y la justicia a las mujeres(objetivo político).
La interpretación que hacen estas autoras resulta ciertamente interesante en el sentido
de que nos permite continuar profundizando en el análisis de las causas que provocan
la violencia machista, pero considero contraproducente que nos apropiemos del
término terrorismo por las siguientes cuestiones:
1.- El esfuerzo de vincular pautas de comportamientos tan dispares
acontecidos, por ejemplo, en los atentados del 11M, los recientemente perpetrados en
París o el asesinato de Miguel Ángel Blanco con cada una de las mujeres asesinadas
por sus parejas en nuestro país,debilita profundamente una de las mejores estrategias
de las que se ha valido el movimiento feminista: tratar de explicar con precisión cómo
funciona el sistema patriarcal. Terrorismo y violencia machista muestran similitudes en
cuanto que son violentos y patriarcales, pero responden a pautas y objetivos que no se
pueden explicar conjuntamente.

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2.- Resulta comprensible recurrir a conceptos impactantes para tratar de llamar
la atención, tarea por otra parte extenuante, de unas instituciones que mostraron una
sensibilidad y mayor compromiso con el terrorismo de ETA, incluso cuando el número
de víctimas de violencia machista superan a las de la organización terrorista. Pero
hemos asistido también a la flexibilización ilimitada, e incluso perversa, del concepto de
terrorismo al servicio de intereses generalmente de tipo político. Apropiarnos de este
concepto a través de un nuevo ejercicio de adaptación contribuirá a invalidar el propio
término de terrorismo, incapaz ya de explicarlo todo.
Escritora y activista socialista Flora Tristán (1803-1844) fue una de las primeras
feministas en identificar el origen social de la violencia contra las mujeres en el ámbito
de la pareja (Tristán, 2002).Lo hizo a partir de su propia experiencia después de ser
maltratada y casi asesinada por su marido. Esta mujer del siglo XIX fue pionera al
atribuir causas sociales a la violencia en el matrimonio, base de la conceptualización de
la que se ha servido el feminismo para explicar este tipo de violencia: la que se ejerce
específicamente por parte de hombres hacia mujeres en el ámbito de la pareja,
producto de una sociedad patriarcal que mantiene y asigna roles diferentes y
desiguales entre hombres y mujeres, a través de procesos de socialización que
perpetúan la discriminación por género. El feminismo ha llevado a cabo un cuidadoso
proceso de maduración de los términos a utilizar, y lo ha hecho a través de una idea
nada nueva pero fundamental para el movimiento: la importancia del buen uso de los
conceptos.

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