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Cuando una persona escribe su biografía, miente.

Miente porque lo
que menos le interesa la verdad. Quiere la estatua.
Yo no. No voy a mentir. Sé que voy a decir cosas que me van a
perjudicar, y está bien. Pequeños lujos que uno se puede dar en
cercanías de la muerte. Pero, ¿y los hijos, doctor? ¿Pensé en sus hijos?
Me importan un carajo mis hijos, y mis esposas, y todo lo que suma y
sigue. O no, no es que no me importen. Es que cuando muera, yo no
seré yo. No sé que seré, pero sé que no seré lo que soy ahora. Por eso
no dispuse ninguna voluntad final, ¿para qué? Que hagan conmigo lo
que menos les joda. Yo ya no seré yo.
Estoy esperando hace un rato ya al cagatintas que escribirá mis
memorias. Yo le puse así, Cagatintas. Él no lo sabe. Es joven, muy
joven, ambicioso e inescrupuloso. Tan joven que no debe saber que
cagatintas se le decía, en mi juventud, a los escribas por un sueldo.
Cagatintas está contento porque además de la paga, que es buena,
piensa que va a acceder a no sé que cosa. Las fantasías de los
trepadores, con ellas se han hecho varios buenos libros y películas.
Cagatintas las tiene.
Suena el timbre. Debe ser él.
(la otra voz es la del escriba, la historia es la del largavista)