LA IGLESIA TRAICIONADA-EL SACERDOCIO DE JUDAS-CAPITULO

PRIMEROContiene este libro, por un lado, un retrato duro pero veraz, del
Cardenal Jorge Mario Bergoglio. El autor no vacila en calificarlo como
un pastor infiel a la Iglesia Católica. Mas llega a tan categórica
conclusión con argumentos fundados y solventes, tomados en su
totalidad del mismo itinerario del obispo, de su actuación pública llena
de gravísimas heterodoxias, de sus declaraciones y conductas
nutridas de errores y duplicidades, y de funestas contemporizaciones
con los enemigos de la Fe Verdadera.
Son muchos los motivos -y se verán en estas páginas- por los cuales el
Cardenal Bergoglio puede y debe ser acusado de constituirse en un
antitestimonio activo de la Realeza de Jesucristo.
Pero la obra no se reduce a la descripción de éste u otros personajes
análogos. Va más allá, y a partir de lo que tales sujetos representan o
encaman, emprende un análisis de la actual situación de la Iglesia,
sobre cuya crisis han dicho palabras terminantes y severas voces tan
autorizadas como las de los últimos Pontífices. El Cardenal Ratzinger,
por ejemplo, en el Via Crucis de 2005, poco antes de ser ungido como
Benedicto XVI, sostuvo que la Barca «hace aguas por todas partes».
Bueno sería entonces que todo el ímpetu se volcara a su rescate.
El diagnóstico aquí emprendido de esta penosa enfermedad eclesial,
está hecho con sobradas pruebas y nutridas informaciones. Pero
sobre todo, está hecho con el dolor un bautizado fiel, y la esperanza
de quien cree firmemente que, por el honor de la Verdad, merece
librarse el mejor de los combates.
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"Os he escrito por carta, que no os juntéis con los for¬nicarios de este
mundo, o con los avaros, o con los la¬drones, o con los idólatras [...]
Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose
hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o
borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. Porque ¿qué razón
tendría yo para juzgar a los que están fue¬ra? ¿No juzgáis vosotros a
los que están dentro? Por¬que a los que están fuera, Dios juzgará.
¡Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros!"
San Pablo, I Corintios 5, 9-13

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LA IGLESIA TRAICIONADA
EL SACERDOCIO DE JUDAS

Capítulo Primero

DE LA IGLESIA CLANDESTINA A LA IGLESIA INFIEL

TRAS LAS HUELLAS DE LOS TESTIGOS:

Cuando en 1970 Carlos Alberto Sacheri publicaba La Iglesia
Clandestina, casi al inicio de ese memorable escrito asentaba con
palabras del Crisóstomo una sentencia que acertadamente juzgó
"unánime entre los Santos Padres". La tal sentencia nos recuerda:
"Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en
herejía".
De allí en más -y quien haya leído atentamente esta obra ya clásica
podrá corroborarlo- las páginas valientes y luminosas de Sacheri, se
prodigan en fundadas denuncias, en examinadas acusaciones y en
legítimas protestas contra quienes ajenos a la ortodoxia católica, se
dedican a asediar a la Iglesia desde adentro, corroyendo sus cimientos
bajo las apariencias de ser sus servidores o puntales. No detuvo su
necesaria y doliente vivisección si de prominentes y extraviados
prelados se trataba. Mucho menos ante los clérigos revolucionarios,
objeto de los favores de ese mundo por el que Cristo no oró (Jn. 18,
36).

Y si no tuvo respetos humanos ni carnales prudencias -sabiendo los
riesgos que de tal conducta podrían seguirse y se siguieron- fue,
porque amén de la gracia que lo asistía, consideraba con exacta visión
sobrenatural, que la acción emprendida por estos personeros de la
clandestinidad eclesiástica, era literalmente demoníaca. Lo dejó dicho

con una sentencia de San Cipriano, tomada de su De Catholicae
Eclesiasté Unitate: "Más peligroso y alarmante es el enemigo que,
bajo las apariencias de una falsa paz, repta con ocultos designios, y
por tal proceder ha merecido el nombre de Serpiente".
Nada de amarillismo periodístico contiene su formidable apostrofe.
Nada de superficiales diagnósticos o de fenomenológicas
perspectivas. Mucho menos ese cobarde y pedante anonimato tras el
que se esconden hoy ciertos adalides informáticos de las
recriminaciones a la crisis eclesial. Dio la cara, la voz y el nombre para
atestiguar que la Verdad es una sola y que, ocupen los cargos que
ocuparen, quienes la niegan, tergiversan u ofenden, merecen el único
e inamovible mote de herejes.
Desde este pórtico a su propio libro hasta su martirio, Carlos Alberto
Sacheri siguió declarando que la finalidad de sus denuncias no era
otra que la de prestar un servicio a esa venerable Verdad, procurando
acabar con la horrenda confusión que escandaliza a tantos fieles, y
"reafirmar la unidad de Fe y de Caridad en la Iglesia argentina". Como
todo lo que hizo en su vida, este testigo privilegiado de la Cruz, lo hizo
pensando también en su patria terrena.
Tras las huellas de tan noble paradigma, que ratificó con su sangre
cuanto proclamaba desde los tejados, siempre nos será legítimo y
recomendable a los católicos argentinos, tratar de obrar del modo
como él obró, salvando -lo sabemos- las insalvables distancias.
Siempre será legítimo, reiteramos, señalar por amor a Jesucristo, a los
responsables del insidioso asedio, a los nuevos verdugos de Su
pasión, a los salteadores reptantes de la Barca, a los arteros
agresores de la Esposa, tanto más peligrosos si han alcanzado la
condición de Pastores. O como en el caso que nos ocupa, si se trata
del Cardenal Primado de la Iglesia en la Argentina, Jorge Mario
Bergoglio.
En España, hacia el año 1998, bajo el sello editorial de Fuerza Nueva,
lo tuvo que hacer otro caballero sin miedo y sin tacha, dedicando un
libro entero a responder cada una de las barrabasadas del Cardenal
Vicente Enrique y Tarancón. Hablamos, claro está, de Don Blas Pinar y
de su "Réplica al Cardenal Tarancón".
También él principia su libro con una aclaración imprescindible: "Es
extremadamente doloroso ocuparse de lo que [ha dicho y hecho]
alguien al que, por razón de su ministerio, conviene la alta calificación
de "maestro". Pero cuando el maestro, no obstante su dignidad y si
responsabilidad como docente, ha sembrado el confusionismo

ideológico y el relativismo moral [...] no queda otro recurso que tomar
la pluma y dejar constancia de la Verdad".
Sabedor de los efectos que su reacción habría de provocar, mas
incentivado por sobrenaturales motivos, declaró para su consuelo y el
nuestro, que emprendería la denuncia teniendo como divisa lo que
enseñara San Gregorio Magno en sus Homilías sobre los Evangelios:
"Es una ganancia sufrir desprecios por amor a la Verdad".
Sin mengua de los innúmeros y calificados testigos de la tradición nos
ofrece en tan delicada materias estos modelos contemporáneos de
católica y legítima reacción a la herejía y a los heresiarcas, queremos
encolumnarnos. Porque próximos a nosotros, nos dan la prueba de
que la lucidez y el coraje, aún hoy son posibles.
Pero a pesar de la diafanidad del propósito, un par de clarificaciones
se imponen.

LA OBLIGACIÓN DE HABLAR:

La primera es que los males que estamos desenmascarando -el de los
pastores devenidos en lobos, el de los religiosos convertidos en
mercenarios, el de la abominación de la desolación, y el de la Casa de
Dios demudada en madriguera- están previstos y enunciados
explícitamente en las Sagradas Escrituras, y advertidos de modo
específico por Jesucristo. Asombrarse es desconocer la trama de la
Revelación. Cerrar los ojos es ocultar el sentido parusíaco de los
tiempos. Callar es flojedad de ánimo y fuga del compromiso militante.
Pero acusar de desubicado o de soberbio al simple fiel que se atreve a
llamar a los inicuos por sus nombres y sus fechorías es,
redondamente, un acto de pura ruindad.
Ese fiel no está haciendo otra cosa más que cumplir con su deber,
exponiéndose para ello a padecer de los estultos, de los ciegos y de
los pusilánimes, ese desprecio al que aludíamos antes con el
apotegma de San Gregorio.
Hemos aprendido con el Cardenal Newman que, a los simples fieles,
precisamente en razón de su nombre -que de fidelitas proviene- les
corresponde una ineludible obligación, y tanto más en tiempos de
desventuras: "si saben de qué hablan, que hablen". El mutismo
-cuando la conculcación de la Verdad está en juego- es complicidad
con el pecado, si no pecado mismo de omisión.

El gran converso inglés, aludiendo expresamente y a modo de
ejemplo, al papel desempeñado por los laicos en la batalla contra el
arrianismo, mientras la Jerarquía claudicaba, no trepidó en llamar
heroica a esa conducta laical aguerrida y lúcida. Porque si hay un
lamento constante que recorre la Biblia es el comportamiento del
Pastor desleal y felón. Y si hay un encomio que igualmente la
traspasa, es para el varón justo que puede blasonar sin destemplanza:
"Mi boca dice la Verdad, pues aborrezco los labios impíos" (Prov. 8, 7).
Le debemos a Don Marcelino Menéndez y Pelayo un vivido relato
histórico que ayudará a comprender más concretamente estos
conceptos, acaso algo distantes para algunos. Lo narra en el volumen
V, capítulo IX del libro IV de su inimitable Historia de los heterodoxos
españoles.
Sucedió en pleno siglo XVI, cuando el canónigo Constantino Ponce de
la Fuente, entonces designado Predicador de Carlos V, incurrió
públicamente en enseñanzas contrarias a la Fe y en no pocas
inconductas. "Constantino era de sangre judaica" -aclara Don
Marcelino- "y esquivaba, además, el examen público, temeroso de que
se descubriese su herejía".
Todo un personaje encumbrado, el hombre. él parecían sonreír las
lisonjas temporales y las adulaciones del común. "Pero aconteció un
día que al salir de un sermón de Constantino el magnífico caballero
Pedro Megía, veinticuatro de Sevilla [...] católico rancio y a macha
martillo, dijo en alta voz, y de suerte que todos le oyeren: '¡Vive Dios,
que no es esta doctrina buena, ni es esto lo que nos enseñaron
nuestros padres!'. Causó gran extrañeza esta frase, e hizo reparar a
muchos, por ser de persona tan respetada en Sevilla. Y como por el
mismo tiempo hubiera venido a Sevilla San Francisco de Borja, y
repetido al oír otro sermón de Constantino, aquel verso de Virgilio:
'Aut aliquis latet error: equo ne credite, Teucrí', perdieron algunos el
miedo y arrojáronse a decir en público que Constantino era hereje".
Por si hiciera falta glosar texto tan transparente y edificante, digamos
que el ejemplo de Don Pedro Megía es el que debe guiarnos en todo
momento y lugar. " Gesto de un laico vigoroso, con su Catecismo bien
sabido; pero con el agregado fundamental de que un santo ratificó su
pública denuncia.
Porque ese es otro de los rodeos que suelen utilizar los impugnadores
de quienes nos hemos impuesto la carga de incriminar a la jerarquía
traidora: aceptar que en pasados tiempos así lo hicieron los santos, y
que no caben reproches para ellos; pero que al no ser santos al

presente carecemos de autoridad para hablar. ¡Cómo si quienes
hablaron en su momento -demandando, inculpando e imprecando- lo
hubieran hecho en tanto estatuas beatas colocadas sobre un ara, con
fecha en el Santoral para su veneración pública! ¡Cómo si Catalina o
Atanasio, o Sofronio o Norberto hubieran salido a pelear contra las
autoridades eclesiásticas desviadas, no desde sus respectivas vidas
cotidianas, sino escapados de la hagiografía de algún devocionario
sulpiciano! ¡Cómo si el camino de santidad que ellos recorrieron, no
hubiera estado empedrado por la fortaleza con que tuvieron que lidiar
contra los pérfidos! Y cómo si, en el peor de los casos, nuestra
inexistente santidad demostrara, cual silogismo inexorable que,
entonces, lo que decimos es mendaz. San Pablo se consideraba un
aborto, pero estando en juego la integridad de la Fe, dice de la
máxima jerarquía con la que tuvo que lidiar: "Le resistí cara a cara,
porque merecía represión" (Gal.2,11). Ventas, a cuoqumque dicitur, a
Deo est. ¿Tanto cuesta recordarlo?
Digamos, al fin, para coronar esta primera aclaración, que fue el
mismo Mons. Bergoglio, en carta particular que nos remitiera el 14 de
octubre de 1992, el que nos proporcionó un sólido argumento para
animarnos a esta reacción contra los pastores embusteros. Expresa la
misiva en su más saliente fragmento: "San Cesáreo de Arles decía que
los fieles tienen que ser -para con el obispo- lo que el ternero a la
vaca: así como el ternero le hociquea la ubre para que descienda la
leche, así los fieles deben golpear, hociquear, al obispo para que les dé
la leche de la divina sabiduría. Tenía razón el santo obispo. Y a mi
humilde entender, la mejor ayuda que un obispo puede tener de sus
fieles es que no lo dejen tranquilo".
San Cesáreo, magnífico monje del siglo V, llegó a ser Obispo de su
ciudad, sin olvidar ni abandonar sus elevadas reglas monásticas. Y
cuando le tocó defender su ciudad natal, asediada por los francos, no
le tembló el pulso para desbaratar las maniobras arteras de de los
judíos, dispuestos a cooperar con el poderoso invasor. Sirvió, pues, a
Dios y a la Patria.
Está clarísimo entonces -y búsquese el ejemplo que mayor convengaque la obligación de hablar a tiempo y a destiempo es obrar virtuoso.
Porque la obediencia está al servicio de la Fe, y nadie puede acatar sin
protestas a una autoridad eclesiástica cuya defección de la ortodoxia
se ha vuelto evidente e injuriante.
El Padre Castellani, con el inefable gracejo que lo distinguía, lo explicó
en dos trazos con su anécdota sobre el Padre Cobos, inserta en su
libro San Agustín y Nosotros. Érase una vez "un predicador gallego

que hizo un panegírico de San Agustín en la Catedral de Santiago, en
una misa solemne; y le fue muy mal. Porque explicaba las virtudes de
San Agustín, su castidad, su pobreza, su valentía, su sabiduría, su
espíritu de trabajo; y después de cada párrafo se volvía hacia el trono
donde estaba encapotado y con su gran mitra y báculo el Obispo, y
decía: «¡Aquéllos sí que eran Obispos, Excelentísimo Señor, aquéllos sí
que eran Obispos». Lo hicieron bajar; pero en España todavía hoy,
para referirse a una indirecta que es demasiado directa se la llama
«una indirecta del Padre Cobos»".
No tenemos miedo a que nos hagan bajar. No tememos tampoco la
vacua acusación de rebeldía. Pero sí nos atemoriza perder el cielo por
la flojera de no pronunciar el ineludible "sí, sí; no, no".

LA RESPONSABILIDAD DEL PAPA:

Una segunda aclaración queda pendiente, y hemos de hacerla.
Ocurre que así como están los que critican a los testigos cuando se
atreven a desmistificar a los falsarios, están también los
maximalistas, los que piden siempre dar un paso más extremo,
acusando concretamente al Papa de estos malos operarios; sea de
prohijarlos, de no castigarlos a tiempo, o de no apartarlos del cuidado
de la grey. Según algunos de ellos, mientras no se declare que la Sede
está vacante, o que el Concilio Vaticano II en bloque debe ser arrojado
al fuego, toda protesta nuestra es incoherente e incompleta.
No creemos contarnos entre los defensores de la llamada "Iglesia
Conciliar", de cuyos graves perjuicios y funestísimos corolarios hemos
podido dar razones abundantes en nuestro módico ejercicio de la
docencia durante las últimas tres décadas. Por si no hubiera otro
ejemplo que citar, la lectura atenta de los cuatro volúmenes del Padre
Bernardo Monsegú, titulados "El Posconcilio", editados en Madrid a
partir del año 1975, por la Editorial Roca Viva, nos han servido de
fundado antídoto para carecer de cualquier optimismo sobre los
pregonados frutos del Vaticano II. No; decididamente, no nos parecen
frutos benéficos, ni salvíficos ni regeneradores.
Tampoco nos alinearíamos entre los apologistas sin matices de los
textos del Concilio, pues bien nos consta que en algunos de ellos,
como Nostra Aetate o Dignitatis humanae, están presentes -de
mínima- la riesgosa anfibología, y de máxima, la confusión doctrinal

lisa y llana. Ni la luz invicta de Nicea, ni la univocidad indestructible
del Syllábus, ni el éxtasis de Efeso, ni la reciedumbre de Trento,
informaron las páginas pastorales de los documentos del Vaticano II.
Pero no podría decirse que, necesariamente, todo mal obispo es un
fruto del Concilio Vaticano II; hasta debería sostenerse con
ecuanimidad que si se leen atentamente las páginas del capitulo III
de la Lumen Gentium sobre la Constitución Jerárquica de la Iglesia, no
es aquí donde podrán justificar sus tropelías los mercenarios. Antes
bien las encontrarán reprobadas en la línea de la tradición de- la
Iglesia. Porque algún día habrá que decir también todo lo que el
Concilio Vaticano II refrendó de la Iglesia de Siempre, y fue dejado de
lado insensata y aviesamente, con culpas graves para quienes así lo
permitieron.
Tampoco creemos contarnos entre aquellos que San Francisco de
Sales llamara "los cortesanos del Papa", o simplemente ridículos
papólatras. Cuando creímos necesario hacer oír nuestra filial
perplejidad y doliente estupor, ante enseñanzas o actitudes de los
últimos pontífices, lo hicimos. El Señor sabe con qué dolor)(con qué
responsabilidad y con qué respeto. Pero lo hicimos. La silla petrina, lo
sabemos, no está libre de culpas.
Mientras escribimos estas líneas, por ejemplo, ha visto la luz en
España, bajo el sello editorial Ojeda, un libro colectivo titulado "El
obispo Williamson y el otro negacionismo". Contiene dos capítulos de
nuestra autoría en los que objetamos la explícita y nefasta judaización
a la que se ha llegado en Roma, refrendada y alentada
lamentablemente por el mismo Santo Padre actualmente reinante. Y
hemos sentido pesadumbre cuando en el n° 52 de la revista Diálogo,
del año 2010, el Padre Muñoz Iturrieta, del Instituto del Verbo
Encarnado, reseñando sin acuidad suficiente una obra de Rubén
Calderón Bouchet, llamó a Juan Pablo II "el Papa más grande que ha
tenido la Iglesia después de San Pedro". Esto es desproporcionada
papolatría, cortesanismo pontificio y temeridad de juicio. Con nada de
esto nos sentimos identificados. Como bien dice Federico Mihura
Seeber en el capítulo V de su De Prophetia, -publicado por Gladius en
2010- si para algo sirve el dogma de la infalibilidad pontificia, es para
saber, precisamente, cuándo y cómo debemos obedecer al Papa; y no
para concluir en que deben ser idolatrados todos sus dichos.
Mas cabe aquí la misma reflexión que en el acápite anterior. Si se lee
la Exhortación Apostólica Pastores gregis, de Juan Pablo II, fechada el
16 de octubre de 2003, o la Induite Dominum lesum Christum, de
1982, o la Instrucción Donum Veritatis, de la Sagrada Congregación

para la Doctrina de la Fe, de 1990, no se puede decir, sin pecar
gravemente contra la justicia, que el modelo de obispo que el Santo
Padre propiciara guarda alguna relación con el Cardenal Bergoglio.
Por el contrario, en esos bellos textos pontificios, todos cuantos como
Bergoglio actúan -¡y son tantos!-encuentran su repudio y su expresa
desaprobación.
Del mismo modo, hemos leído con profundo gozo, el libro de
Benedicto XVI, Los Padres de la Iglesia, que contiene las catequesis de
los días miércoles del 2008, pronunciadas en Roma por el Vicario de
Cristo. Los arquetipos de pastores que aquí propone el Papa, los
paradigmas de jerarquías eclesiales, los dechados de obispos, son
hombres singulares y magníficos, antagonistas de esta clerecía
inaudita que hoy padecemos y denunciamos con fuerza.
San Cirilo de Alejandría, San Hilario de Poitiers, San Cromacio de
Aquileya, San Paulino de Ñola, están en las antípodas de los
innúmeros bergoglios que hoy pueblan nuestras diócesis. ¡Qué nuevo
y confortador regalo nos vuelve a hacer la Patrología, a través de
Benedicto XVI y sus oportunas exégesis de aquellos inigualables
Padres!
Tiene lógica, lo admitimos, quejarse de la debilidad de gobierno de
uno o más pontificados por no segregar a los lobos y hasta por
nominal los en sus respectivos cargos. Tiene lógica, por cierto elevar
quejas y reproches filiales hacia el Papa, por no obrar en consecuencia
con la recta doctrina propiciada, castigando a los desertores con
enérgicas medidas. Y también logicidad posee, quien aplique al caso
que nos ocupa la proverbial consigna de Ovidio: Video rneliora
proboque, deteriora sequor. El Papa ve el bien que debe encarnar un
obispo, ¿por qué lo tolera, mantiene, encumbra o guarda impune su
cargo si ese obispo se manifiesta como conjunción de males y de
yerros? La lenidad nunca es atributo que beneficie a la Autoridad.
Mucho menos a la autoridad del Papa.
Pero a la hora de evaluar la responsabilidad de Roma en el
mantenimiento de estos clérigos descarnados, no debe omitirse que,
por encima de las supuestas o reales fragilidades de quien los unge,
está la traición de los ungidos, que tampoco guarda necesaria
correspondencia con la responsabilidad del Santo Padre. Al mismo
Paulo VI le escuchamos decir, el 28 de enero de 1976, que existía "la
traición del clero" y que "los traidores se sentaban a su mesa".
Es el eterno drama del que nos habla la Primera Carta de San Juan
(2,18-19): "Ellos salieron de entre nosotros mismos, aunque realmente

no eran de los nuestros. Si hubieran sido de los nuestros se habrían
quedado con nosotros. Al salir ellos, vimos claramente que no todos
los que están dentro de nosotros son de los nuestros". Esos "ellos"
aludidos, son llamados "anticristos" en el mismo texto. Acaso
convenga aplicar aquí los versos de Sor Juana para descifrar el
entuerto: "¿Y quién es más de culpar, aunque cualquiera mal haga?".
La solución, al menos en teoría, parece sencilla. El Santo Padre no
debería ni nombrar ni conservar en sus cargos episcopales a
reconocidos malaventurados. Debería castigarlos con todo el peso de
su báculo y segregarlos de la grey. Pero los perjuros no deberían
cargar sobre los hombros ya bastante llagados del Pontífice, el peso
de su abisal infidelidad. Si la balanza ha de tener dos platillos, que los
tenga. Si ambos fallan, que se procure la enmienda cuanto antes, con
energía y caridad. Pero nadie nos convencerá de que para
desenmascarar a los pastores canallas, necesaria, forzosa e
ineluctablemente tenemos que echar las culpas al Papa. Porque Cristo
no tuvo la culpa de la artera apostasía de Judas. Y el mismo Cristo lo
incorporó primero a la decena fundante del Cenáculo, llamándolo "uno
de vosotros" (Mt 26,21; Me 14,18). Que cada quien cargue sus propias
culpas, y más le lluevan a quienes tienen potestad para el remedio
pero aplican la enfermedad como regla.
Es difícil que puedan establecer estas diferencias y estos matices
ciertas almas toscas, para las cuales, como decimos, todo se reduce y
se explica estableciendo que a partir de Pío XII, la calamidad
irredimible se apoderó de la Iglesia. Y que, por ende, todo se
resolvería con un simple giro cronológico y lineal.
El Beato Francisco Pallau -una vida carmelitana y española al servicio
de las virtudes cristianas en su obra Mis relaciones con la Iglesia, no
vacila en descubrir las infidelidades y miserias de la Esposa, que
fueron muchas -¡y en pleno siglo XIX!-, pero tampoco vacila en decirle
místicamente a la Amada: "dispon de mi vida, de mi salud, de mi
reposo, y de cuanto soy y tengo".
Lo que queremos decir, ya sin rodeos, es que nunca le será legitimo a
un católico criticar a su Madre y a su Padre, si no lo hace movido por
amor extremo sino por pugilatos rencorosos. Dios nos permita de lo
primero y nos libre de lo segundo.

BERGOGLIO: PRIMADO DE PÉRGAMO, CARDENAL DE LAODICEA:

Aclaraciones sostenidas, hemos de decir del mismo modo que si
escribimos este pronunciamiento es porque a pesar de los apocados y
de los maximalistas con sus respectivos aguijones, está tambien la
enorme cantidad de amigos -sacerdotes y laicos que nos alientan a
proclamar la verdad completa, a proseguir vengando agravios y
desfaciendo entuerlos, por decirlo al modo quijotesco.
No estamos solos en este mester de clerecía, si así pudiera llamárselo;
pero bien quisiéramos que muchos de los tantos que empujan
silentemente, se decidieran alguna vez a levantar el tono, a crispar el
puño y mostrar la cara, amén de solidarizarse en la privacidad del
diálogo fraterno. Al fin de cuentas, es de Jesucristo el consejo aquél:
"cobrad animo y levantad la cabeza" (Le. 21, 25).
Pero brota precisamente de ese intercambio amical de ánimos y
bríos, la pregunta acerca del por qué ocuparse tanto en estas páginas
de Monseñor Bergoglio, cuando en rigor él no es más que uno en su
especie, y una repetición casi clonada de otros tantos de análoga o
peor y triste laya.
El planteo ha de servir para una nueva aclaración. En la Argentina de
las últimas décadas -dejemos ahora, por un momento, la crisis de la
Iglesia Universal y los análisis de larguísima data- no han abundado
los obispos sobresalientes. Tendríamos un haz de nombres
memorables para encomiar, pero no han sido la regla.
Al día de hoy -ya acotando el diagnóstico- los pastores de la patria
parecen cortados todos por la misma tijera. Está de más decir que lo
antedicho contiene una generalización abusiva, a fuerza de didáctica;
y está de más decir que existen entre aquellos diferencias de talantes
y talentos que sería injustificado omitir. Pero la malsana
uniformización de los obispos existe, los identifica, los engloba, los
embardurna, y ella toma las formas trágicas de varios y despreciables
denominadores comunes. Enunciemos algunos sin ánimo de
exhaustividad.
Todos son políticamente correctos, concibiendo a la política en
términos modernos y revolucionarios. El programa de la
Contrarrevolución ha periclitado en sus enseñanzas. Declarar la
perversión ingénita del sistema democrático, no existe siquiera como
conjetura en el pensamiento único que los domina.
Reclamar la Reyecía Social de Jesucristo, les resulta una ofensa a su
concepción pluralista de las modernas sociedades.

Todos practican o aceptan con absoluta naturalidad el sincretismo
plurireligioso, convencidos de que el Catolicismo es una opción más en
paridad de ofertas para conformar al creyente. El axioma de que la
Verdad tiene todos los derechos y el error ninguno tiene, ha
desaparecido en el horizonte de sus magisterios.
Todos tienen un temor servil a los poderes mundanos, y la
contemporización o alianza con ellos es moneda corriente, querida y
buscada. Los grandes y endemoniados enemigos de la Cristiandad, el
Judaismo y la Masonería, resultan ahora cordiales compañeros de
rutas, cuyas recíprocas y frecuentes visitas a los respectivos templos
son exhibidas como la máxima prueba de madurez religiosa. El
combate contra la Sinagoga de Satanás no ocupa papel alguno en sus
idearios. La herejía judeo-cristiana es un hecho dramáticamente
consumado.
Todos son medrosos ante la aborrecible tiranía liberal-marxista que
hunde a la nación. Consideran legítimas a las autoridades
gubernativas en vigencia, y si alguna objeción circunstancial les
deslizan, se insiste en dejar a salvo la permanencia de las
instituciones democráticas. El deber de movilizarse contra un poder
despótico que todo lo subvierte -considerando incluso la posibilidad
de que tal movilización pueda y deba tomar las formas heroicas de las
grandes contiendas, como la guerra cristera- no tiene la menor cabida
en sus predicaciones. Mencionárselo tan sólo, puede hacerlos
sobresaltar de pánico.
Todos han adquirido una cosmovisión inmanentista y horizontalista
que, además de reconciliarlos con el mundo y su Príncipe, les facilita
el irenismo que desean practicar para no ser tildados de arcaicos
discriminadores. El esfuerzo misionero por sacar al judío de su
deicidio, al ateo de su condena, al protestante de su herejía, al
agnóstico de su confusión, a los evangelistas de su estupidez y a los
cultores de falsísimos credos de sus miserias, no tiene carta de
ciudadanía en el país plural en que han decidido cómodamente vivir.
No hay hipótesis de conflictos con los adversarios seculares de la
Verdad. Hay solidaridad, diálogo, consenso, inclusión y fluidas cuanto
amables relaciones.
No hay sapiencialiedad substancial en sus homilías o documentos
públicos; ni un lenguaje inequívoco y varonil, ni excomuniones a los
malvados contumaces, ni perspectivas genuinamente sobrenaturales
que pudieran lanzar gozosamente a los fieles al arrojo del buen
combate. La guerra semántica los ha derrotado. Son exponentes del
bustrofedismo, como ya lo explicamos alguna vez tomando prestado

un valioso término de Romano Amerio en su Iota Unum. Zigzaguean,
ondulan, oscilan, van en busca casi desenfrenada de la elipsis, de la
ambigüedad y del circunloquio. Huyen de las palabras irrevocables,
que se sostienen con el cuerpo y con la sangre. Definir y condenar son
verbos que ya no se conjugan. Excepto, claro, cuando tienen que
referirse a nosotros, los perros.
Todos son de cultura teológica escasa, de insuficiente anclaje en la
Filosofía Perenne, de formación manualística ajena a los grandes
textos nutricios del viejo tronco de la Tradición; y de un prosaísmo
verbal o escrito que ha renunciado a contemplar y a acercarse a Dios
bajo el nombre de Belleza Suprema. En la liturgia populachera con
guturalidades y ondulaciones, se sienten a sus anchas. Prefieren
administrar el Orden Sagrado en estadios deportivos sudorosos antes
que en las grandes basílicas amanecidas de cirios. Entre la juventud
adocenada, masificada y sin recta doctrina, encuentran sus
interlocutores válidos. El pulchrum no suele habitar en el género
homilético que habitualmente practican.
Todos son, al fin, huérfanos ignorantes y miedosos de la necesaria
visión parusíaca de los tiempos. No hay Anticristo, ni Segunda Venida,
ni necesidad de penitencia y de conversión, ni batalla postrimera
entre la Mujer y el Dragón. Los males de la sociedad -algunos nunca
vistos antes, de tan prostituyentes y demoledores- se explican
sociológicamente, y la sensata convicción de que Dios castiga, y al
que hay que cesar de ultrajar para detener su santa ira, sería tomada
por una amenaza inadmisible a los derechos del hombre. Si Cristo no
vuelve, no necesitamos a los veraces profetas de las calamidades
postrimeras y de la verdadera esperanza que Su Regreso justiciero
contiene. Nos basta con un Cristo tierno y dulzón, cuyo látigo lanzado
en ardiente volea contra los malditos mercaderes, ha sido trocado por
el signo de la paz intraterrena y naturalista.
Pues bien; estos y tantos otros comunes denominadores de la
apostasía, homogeneizan hoy al grueso de nuestros pastores. ¿Por
qué, entonces, Bergoglio, decíamos antes?
Por nada personal, quede en claro de una vez. Por ninguna cuestión
privada pendiente, disipemos ya esta inverosímil versión. Ni siquiera
por el valor simbólico del que goza hoy su figura en amplios sectores
del catolicismo mistongo e indocto.
Simplemente por el motivo que todos conocen, y es su condición de
Cardenal Primado de la Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, que es
la capital de la Nación.

Bergoglio está hoy en el lugar de la cabeza, del eje, de la conducción,
del norte impuesto a la Barca en estas ásperas y desangeladas orillas
argentas; y está incluso en esa nómina potencial de papabiles que
gustan elaborar los que no creen en el Espíritu Santo.
En carácter de tal, sin embargo, no trepida en incurrir en todos y en
cada uno de esos nefastos denominadores comunes que hemos
señalado. Sin excluir escandalosos y provocativos gestos, como el
connubio con rabinos favorabes a la sodomía, el homenaje a uno de
los capellanes de Montoneros, Padre Mujica; la pleitesía a una mutual
sionista de explícito y agresivo itinerario anticristiano y antiargentino,
o la entrega del premio Juntos Educar, el 8 de septiembre de 2006, a
un personero del mundialismo masónico, como Bernardo Klisberg, a
un dirigente socialista como Norberto La Porta, o a un ideólogo
vinculado al Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y
el Racismo (INADI) -esto es, a la principal usina local de la cultura de
la muerte- como Carlos Eróles, acompañado para tal ocasión de un
convicto y confeso judeo-marxista como Daniel Filmus, entonces
Ministro de Educación. Sin olvidarnos, antes bien subrayándolo, de
aquella patochada tragicómica de hacerse bendecir e imponer las
manos públicamente por una comparsa de evangélicos, carismáticos y
pentecostalistas, como sucedió en junio del año 2006, en el Luna Park,
a la vista de todos.
Que un descendiente de los Apóstoles en quien se supone mora la
plenitud del Espíritu Santificante y el poder de comunicarlo; que un
Príncipe de la Iglesia cuya gracia de estado no necesita complementos
exotéricos y espurios, se rebaje impíamente a aceptar esta ceremonia
como si a su estado sacramental faltara algo, no comete sólo una
parodia plurireligiosa sino un claro y condenable sacrilegio.
De allí la pregunta y la respuesta consiguiente contenida en este
acápite. ¿De qué Iglesia es Arzobispo y Primado Jorge Mario
Bergoglio?
De la Iglesia de Pérgamo, de la que dice el Apocalipsis que "ha
abrazado la doctrina de Balaam, el que enseñaba a Balac a dar
escándalo a los hijos de Israel, para que comiesen de los sacrificios de
los ídolos y cometiesen fornicación" (Apo.II, 14). Fornicación -glosa
con maestría Monseñor Straubinger-"aplicada aquí en sentido
religioso, como fornicación espiritual, que es con los poderosos de la
tierra; es decir, a la que vive en infiel maridaje con el mundo,
olvidando su destino celestial y la fugacidad de su tránsito por la
peregrinación de este siglo".

Volvemos al interrogante anterior: ¿qué Iglesia preside Monseñor
Bergoglio?. La Iglesia de Laodicea, la de mayor negritud y pecado que
describe el mismo Apocalipsis de San Juan. "Conozco tus obras; no
eres ni frío ni hirviente. ¡Ojalá fueras frío o hirviente! Así, porque eres
tibio, y ni hirviente ni frío, voy a vomitarte de mi boca" (Apo. III, 15).
Fue Pío XII, en la Summi Pontificatus (n° 4), el que sostuvo que estas
durísimas admoniciones del Apocalipsis podrían aplicarse a nuestra
época, con su "vacío interior tan crecido y su indigencia espiritual tan
íntima". Por lo demás, ya sabe el lector advertido, que exégetas de
valía han hecho similar aplicabilidad de Laodicea a la presente y
patente Iglesia, en la que el humo de Satanás parece haber entrado
en ella, según célebre confesión del mismo Paulo VI.
Y no deberíamos desechar tampoco -en orden a inteligir mejor lo que
estamos diciendo- que en el memorable y dramático guión para el Via
Crucis del año 2005, elaborado por el Cardenal Ratzinger poco antes
de su elevación al trono de Pedro, dirigió su plegaria al Altísimo,
diciendo: "Señor, a menudo tu Iglesia, nos parece un barco que está
por hundirse, un barco que hace aguas por todas partes". Estremecido
por tamaña declaración, Monseñor Brunero Gherardini, en su Concilio
Ecuménico Vaticano II. Un discorso da fare, creyó conveniente acotar
que, hasta el mismo Juan Pablo II, "no obstante todo su optimismo
conciliar" (sic), había constatado "un estado de apostasía silenciosa"
recorriendo los meandros de la Esposa de Cristo.
Si Bergoglio no ha perdido aún enteramente su mirada sobrenatural,
(él mismo la predicó alguna vez, en el año 1978, en sus Meditaciones
para religiosos, hablando de quien ejerce la autoridad como "un
hombre ad aedificationem") lejos de encolerizarse por esta
adscripción que le hacemos a las Iglesias de Pérgamo y de Laodicea,
debería hallar en los mismos textos revelados el camino a seguir.
En efecto, a la Iglesia de Pérgamo, Dios le dice: "Arrepiéntete, pues
que si no vengo a ti presto, y pelearé contra ellos con la espada de mi
boca" (Apo. II, 16). Y más tarde a la de Laodicea: "Ten, pues, ardor y
conviértete. Mira que estoy a la puerta y golpeo (Apo. III, 19-20). No
somos nosotros, simples laicos de a pie y carentes del más mínimo
poder temporal, quien se lo decimos. Es Nuestro Señor Jesucristo,
ante cuyo altar, alguna vez, juró fidelidad eterna como soldado de la
Compañía de Jesús.

LA SOMBRA DE JUDAS:

Dicen que el nombre de Iscariote admite distintos significados. Desde
el que aludiría a su pueblo de origen, Keriot, hasta al que maneja la
sica o sicario. Sin embargo, es generalizada la versión, según la cual,
el ya universal y temible apodo procede de una raíz hebreo-aramea
que se traduce redondamente corno "el que iba a entregarlo". Y eso
hizo con Nuestro Señor.
"Los Evangelios nos permiten entrever su indigna catadura. Gesta y
ejecuta la traición en dos momentos tenebrosos. Cuando concuerda
con los enemigos el precio de la entrega (Mt 26, 14-16); y cuando lo
besa a Jesús en Getsemaní para señalárselo así a sus crudelísimos
captores. Giotto captó el instante, y en su pintura maestra, la boca del
entregador tiene un rictus atrabiliario que estremece.
La explicación de su aborrecible felonía también ha dado lugar a
ciertas conjeturas entre los legos. Incluso, como se sabe, ciertas
sectas gnósticas lo han reivindicado en el pasado remoto, y hoy ese
neognosticismo, bien que abaratado y mostrenco, se permite
expresarse a través de obras literarias o cinematográficas que rozan
lo blasfemo. Sin ir más lejos, en 1944, Borges publica su cuento Tres
versiones de Judas, en el cual, por vía de eruditos juegos de ficciones,
termina admitiendo que el Mesías se habría encarnado en el Iscariote.
Aterra pensar que de este escritor, y de su amistad con él, hace
admirativa referencia el Cardenal Bergoglio en su libro El Jesuíta (p.
57), que luego analizaremos.
Pero más allá de las hermenéuticas desencaminadas, hijas de la
malicia, del torpor o de esa inclinación insensata a declarar al mal
como una opción romántica, la fuente más confiable para medir la
abdicación de Judas ha sido y sigue siendo el Nuevo Testamento; y en
él no quedan rastros de dudas sobre el por qué del inconcebible móvil.
"El diablo había entrado en su corazón", dice San Juan (Jn. 13,2).
"Satanás entro en Judas", reitera San Lucas (Le. 22,3); y otra vez San
Juan: "Jesús les respondió: ¿No os he elegido yo a vosotros los doce? Y
uno de vosotros es un diablo" (Jn. 6, 70-71).
Estamos, pues, ante un temible misterio luciferino, sólo cabalmente
inteligible sub specie aetemitatis. Porque, en el fondo, todo pecado
mortal es un misterio, y cuánto más éste que acabó con los días
temporales de Jesucristo, habiendo sido la misma Víctima -que todo lo
sabía- quien lo invitó a seguirlo y acompañarlo. Está claro, no
obstante, que la mistagogía real o presuntiva de su traición no borra
su culpa ni atempera la sordidez de su infidelidad.

Que Judas se arrepiente y se ahorca, también está en el Evangelio.
"Acosado por el remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata
a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: 'Pequé entregando
sangre inocente' " (Mt.27, 3-4). Y a renglón seguido: "luego se alejó
para ahorcarse" (Mt. 27, 5). Orígenes extrañamente suponía que Judas
se había ahorcado para buscar a Cristo en el otro mundo y pedirle
perdón. (In Matt., tract. xxxv).
A San Pedro, sin embargo, le debemos el conocimiento de otro dato
que podría modificar levemente el final del Iscariote. "Habiendo
comprado [Judas] un campo con el precio de su iniquidad, cayó de
cabeza., se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Y
la cosa llegó a conocimiento de todos los habitantes de Jerusalén de
forma que el campo se llamó Haceldama, es decir, campo de sangre".
(Hechos, 1, 16-20).
Quienes se han ocupado de concordar sendos textos, han blandido la
hipótesis de que la soga con la que el traidor buscaba su propio
castigo, no aguantó el peso de su cuerpo, y quebrándose produjo su
caída, y su caída el reventón fatal que derramó sus entrañas sobre
una tierra adquirida al precio de la iniquidad.
Detalles más o menos -que al sentido esencial de la historia no logran
modificar- lo que aquí queremos decir, es que la sombra de Judas se
sigue cerniendo sobre el Tabernáculo, sigue acosando al Redentor,
sigue dando rondas y fintas serpenteadas, idénticas a las que dio
Luzbel alrededor de aquel árbol inaugural del Paraíso. Y esa sombra
monstruosa ha terminado por constituirse en La Iglesia de Judas,
como la llamó magistralmente Bernard Fay en su obra homónima,
L'Eglise de Judas, publicada tempranamente, en 1970.
Si hay, pues, una Iglesia de Judas, sus pastores han de tener los
rasgos de quien la fundó. Esos rasgos, como hemos visto, aparecen
con toda nitidez en las páginas neo testamentarias. Y nos muestran a
un alma dominada por el espíritu inmundo.
Pero ha sido Paul Claudel, en su incisiva obra Autodefensa de Judas y
de Pilotos, quien agregó a su perfil unos caracteres que conviene
tener en cuenta al momento de aplicar cuanto decimos a la actual
situación. En la versión claudeliana, en efecto, el Iscariote es un
racionalista, con "un apetito de lógica"; un admirador de los fariseos,
de quienes dice que "el orden público, el buen sentido, la moderación,
estaban de su parte"; es un protokantiano que para justificar el fin de
toda heteronomía -empezando por la que se asienta en el Nomos
Dívino-sostiene sin más que "se debe obrar siempre de manera tal que

la fórmula de tu acto pueda ser erigida en máxima universal"; y es,
además, un rabioso pluralista. Porque "en la Cruz" -se queja- "no hay
más que dos direcciones secamente indicadas, el bien o el mal. Esto le
basta a los espíritus simples. Pero el árbol que nosotros colonizamos
nunca se acaba de darle la vuelta. Sus ramas, indefinidamente
ramificadas, abren en todas direcciones las posibilidades más
atrayentes:
filosofía, filología, sociología".
Puede verse ahora, con visibilidad mayúscula, a qué modelo de pensar
y de obrar responden los obispos de la "Iglesia de Judas".
Pero hubo otro retratista del tránsfuga cuya perspicacia para la
captación de sus miserias no queremos desatender. Se trata de
Giovanni Papini, quien en su Historia de Cristo dice del renegado
entregador: "Jesús no fue solamente traicionado, sino vendido:
traicionado por dinero, vendido a vil precio, cambiado por moneda
circulante. Fue objeto de intercambio, mercadería pagada y
entregada. Judas, el hombre de la bolsa, el cajero, no se presentó
solamente como delator, no se ofreció como sicario, sino como
negociante, como vendedor de sangre. Los judíos, que entendían de
sangre, cotidianos degolladores y descuartizadores de víctimas,
carniceros del Altísimo, fueron los primeros y los últimos clientes de
Judas".
Fariseo, racionalista, pluralista, políticamente correcto y en maridaje
con los judíos mediante tramoyas indignas: he aquí, ya más completa,
la fisonomía del pastor de la iglesia de Judas. A la que bien podría
agregarse, la que con su habitual finura elabora Romano Guardini, en
el capítulo primero del volumen segundo de su obra El Señor. Judas,
dice Guardini, no pudo soportar "a cada instante la pureza
sobrehumana de Jesucristo. Esa disposición de víctima, esa voluntad
de sacrificarse por los hombres. Ya es muy difícil soportar la grandeza
de un hombre cuando se es pequeño. Pero ¿y cuando se trata de
grandeza religiosa, de grandeza divina, de sacrificio, de la grandeza
del Redentor? Si no hay una fe inmensa y un amor perfecto que nos
induzca a aceptar a este santo excelso como norma y punto de
partida, su presencia ha de envenenar forzosamente el alma".
Entonces sobreviene el estólido perjurio, a pesar o por lo mismo de
ser uno de los Doce. Porque "este puesto está para caída y
levantamiento de muchos" (Lc.II,34).
Lo que Guardini resalta en el felón, en suma, es la incurable
pusilanimidad, vicio opuesto y adversario de la virtud de la

magnanimidad. El pusilánime -su misma etimología lo asienta- tiene el
alma invadida por la parvidad, la bajeza y una ruindad ominosa que lo
hace preferir el beneficio al sacrificio, el acomodo al desafío, la
contemporización a la lid.
Entre nosotros, ha sido Alberto Caturelli quien ha terminado de echar
lumbre sobre esta angustiante aunque vital cuestión de la sombra de
Judas. En el capítulo XV de la segunda edición de su obra, La Iglesia
Católica y las catacumbas de hoy, publicada por Gladius en el año
2006, analiza con su habitual hondura metafísica lo que bien da en
llamar "El Iscariotismo en la Iglesia y en él mundo".
Para Caturelli las palabras traición y tradición tienen una raíz común,
aunque un destino fatalmente inverso. Porque mientras la segunda
exige la existencia de un sujeto o de una comunidad fiel, la primera
implica la existencia del traidor que es, justamente, el que obra lo
antitético: "no cuidar, no trasmitir fielmente, quebrar la lealtad o
fidelidad al depósito recibido". El Iscariote -prosigue Caturelli- "no
anuncia el acontecimiento de la Palabra Encarnada y Sacrificada en la
Cruz, [pues] frecuentemente es tributario de pseudos maestros. [...]
No quiere confrontaciones ni recios testimonios, sino compromisos
equívocos, 'ponderados' y 'prudentes', que le permitan seguir viviendo
en 'paz' con el mundo. No le preocupa traer las ovejas perdidas a la
Casa del Padre, sino trasquilar sus ovejas, hacer de ellas obsecuentes
cortesanos y desempeñar hasta el fin su papel de mercenario
entregado al mundo [...] Ha sustituido el compromiso con Cristo por la
'ética del discurso' que se funda en el 'consenso' [en la "cultura del
encuentro", agregaríamos nosotros]. En fin, "los Iscariotes de la
Iglesia y del mundo no se atreven a oponerse a las mayorías. Ante la
posibilidad del heroico testimonio, se limitan a preguntar al mundo:
'qué me dais, y yo os lo entregaré' (Mt, 26,15)"
Tengan mucho cuidado nuestros pastores; tenga especial cuidado
Monseñor Bergoglio, si la fisonomía aquí dibujada del Iscariote se les
acerca
peligrosamente a la realidad de sus propias vidas.
Sin embargo, algo conclusivo querernos sumar a esta meditación
sobre el sacerdocio de Judas.
No es en el Campo de Haceldama donde esperamos ver concluir las
carreras de estos ministros del Iscariote. Es en el campo del honor,
conversos y arrepentidos, obedeciendo con temor de Dios lo que Dios
les advirtió con verbo tronitonante y flamígero en las páginas del
Apocalipsis.

No es suspensos de un horcón donde anhelamos su final terreno. Es
en el Sagrario, limpios de genuina metanoia, de expiación y de
mortificaciones abundantes y regeneradoras; celebrando nuevamente
la Santa Misa en la intacta magnificencia de su tradicional liturgia.
No es devolviendo las treinta monedas como mejor quisiéramos
imaginar el desenlace de sus contriciones. Sino no habiéndolas
aceptado nunca jamás, y acaudillando en una carga final, rosario en
puño, al rebaño maltrecho, hacia el frescor vivificante de los pastos
del Cordero. Imitando a aquellos pastores guardianes y celosos,
varoniles y osados. Como Martín de Finojosa, obispo de Sigüenza,
fraile cisterciense verdaderamente austero y humilde, de quien
mereció que se escribiera: "Fue modelo del clero, luz de la patria,
dechado de costumbres, doctor de la Verdad, norma para los buenos,
azote para los culpables, luz de los pontífices".
No es, por último, repitiendo bellaquerías y guarangadas como
quisiéramos escucharlos hablar. Sino siguiendo aquel sabio remedio
de ese otro abad del Cister medieval, Isaac de Stella, quien este buen
consejo nos daba y repetimos: "Lo suficiente es fácil decirlo. El gozo,
el amor, la delectación, la visión, la luz, la gloria, es lo que Dios exige
de nosotros, aquello para lo cual Dios nos hizo. El orden y la religión
verdadera es hacer aquello para lo cual fuimos hechos. Contemplemos
lo que es la belleza suprema, luchemos vehementemente contra lo
que se opone a ello. Todas nuestras actividades, el trabajo como el
reposo, la palabra como el silencio, estén encaminados a este fin. Lo
que no está encaminado a él, lo que no hacemos por el fin para el cual
fuimos hechos por Dios, haciendo coincidir la razón y la intención de
su obra y de la nuestra, no es una virtud y no merece recompensa".
Este es el desenlace que nuestra caridad desea, y por el cual rezamos
cada día.
Si no está en la voluntad de los malos pastores convertirse y
enmendar sus culpas, que se cumpla en ellos la sentencia de San
Gregorio, asentada en su Regla Pastoral: "Los prelados deben saber
que son dignos de tantas muertes, cuantos ejemplos de perdición
transmiten a los subditos". Pero si está en la voluntad de Dios darnos
obispos santos, corajudos y sabios, ha de llenarnos de sobrenatural
esperanza el relato contenido en el capítulo primero de los Hechos de
los Apóstoles.
Allí, San Pedro, constituido ya en el primer Pontífice, tiene que
proceder al reemplazo de Judas Iscariote, pues tras su muerte el
puesto estaba fatalmente vacante. La alocución petrina trasunta

misericordia e indulgencia hacia el desventurado Judas. Pero trasunta
también una firmeza inspirada; y citando al Salterio exhorta
reciamente: "Que su campamento quede desierto y no haya nadie que
lo habite. Que otro ocupe su cargo"
(Hechos 1, 20).
Ambas cosas pide y hace Pedro. Y de esa decisión, tras encomendarse
al Señor, "que conoces los corazones de todos" (Hechos 1, 24), es
elegido Matías, el que habría de compensar con su anonadante
santidad las defecciones incalificables de Judas.
Veinte siglos después, en la catequesis del 18 de octubre de 2006,
otro Pedro, Benedicto XVI, ha vuelto a referirse a San Matías,
alimentando aquella misma esperanza antigua: "Después de la
Pascua, fue elegido para ocupar el lugar del traidor [...] No sabemos
nada más de él, salvo que fue testigo de la vida pública de Jesús,
siéndole fiel hasta el final [...] De aquí sacamos una última lección:
aunque en la iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada
uno de nosotros nos corresponde contrarrestar el mal que ellos
realizan con nuestro testimonio fiel a Jesucristo, nuestro Señor y
Salvador".
Permita el Señor que su Vicario al presente, velando por la salud de la
Esposa y despreciado a los Sacerdotes de Judas, reedite el gesto
inmensamente caritativo y justiciero de Pedro, diciendo de aquellos:
Que sus campamentos queden desiertos.
Que otros ocupen sus sitios.

EL JESUÍTA:

Finalmente, ha salido a la luz el anunciado libro cuyo propósito es
trazar una semblanza oficiosa y una biografía autorizada del Cardenal
Jorge Mario Bergoglio.
Se trata de un largo reportaje, pautado y ejecutado prolijamente entre
los autores y el personaje; y con la plena anuencia del entrevistado

quien, además, promueve formalmente la obra desde la Agenda
Informativa Católica Argentina. De modo que cuanto allí se dice debe
darse por expresamente avalado y refrendado entre las partes. No hay
lugar para el pro-verbial recurso a la descontextualización mal
intencionada.
Los reporteros elegidos para tan singular retrato, retratan a la par las
preferencias dialoguistas e intimistas del prelado: Sergio Rubín, el
circunciso encargado de "los temas religiosos" en Clarín, y Francesca
Ambrogetti de Parreño, la psicóloga social de la Agencia Ansa. Párrafo
aparte para el prologuista seleccionado por Su Eminencia, el Rabino
Abraham Skorka, ferviente justificador de las coyundas homosexuales,
pues "aunque la opinión de la Biblia dice que la homosexualidad está
prohibida, en una sociedad democrática hay que apelar a informes
antropológicos y sociológicos [...] Estamos viviendo en una realidad
democrática y sabemos perfectamente bien que existen personas que
tienen una sexualidad definida en otro sentido respecto de la
concepción bíblica" (Cfr. Agencia Judía de Noticias, 30-6-2008,
http://www. prensajudia.com / shop/detallenot.asp?notid= 19608).
La democracia por encima de la Ley de Dios. ¡Presentador acorde a
sus criterios políticamente correctísimos se buscó el Pastor!
Son simples los datos bibliográficos de la obra, para quien quiera
ubicarla: Sergio Rubín, Francesca Ambrogetti, El Jesuíta.
Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, S.J, Buenos Aires,
Vergara, 2010, 192 ps.
Castellani contaba que el torpón de Franceschi lo reprendió por
aquella humorada de "Las Canciones de Militis", pues -según él- tal
título evocaba "Les chansons de Büithis" de Pierre Louis, un libro
presuntamen-te Inmoral. Bergoglio tuvo más suerte, o no, según se
mire. Porque El Jesuíta es el mismo título de una obra decididamente
anticristiana de Rubén Darío, pero nadie le sugirió que lo modificara.
La verdad es que al acabar este inicuo libelo bergogliano, la voz otrora
impía del nicaragüense parece hallar, al menos en este caso, su
justificación más plena:
"Bien: ahora hablaré yo. Juzga después, lector, tú:
el jesuíta es Belcebú que del Averno salió".
Jorge Mario Bergoglio. El Jesuíta. De él tratan las páginas que a
continuación reseñamos.

ANTES ERA FANFARRÓN, AHORA SOY PERFECTO:

Varias obsesiones recorren estas cartillas. Y nada se ha improvisado
para darles cauce.
Bergoglio necesita probar que él es un hombre humilde, modesto,
austero. Un pibe de barrio que puede hablar de fútbol y de tango
-como de hecho lo hace y con abundancia- lo más alejado posible de la
imagen tradicional de un Príncipe Cristiano. Acorde con los tiempos y
los gustos, y con la línea vulgarizante impuesta por alguno de sus
antecesores, lo estimable ya no será el señorío jerárquico sino el
muchachismo populista. No la estricta ortodoxia sino la mirada plural,
contemporizadora, con calculados barnices de herejía. Tampoco y
mucho menos la actitud magistral de quien por ministerio debe ser
tenido como Maestro de la Verdad. Por el contrario, lo estimable será
la duda, la vacilación, el enjuague, el espacioso mundo donde las
ideas se pueden negociar, como quería John Dewey. "Alguien puede
pensar que un creyente que llega a Cardenal tiene las cosas muy
claras", le plantea la dupla interrogadora. "No es cierto", le asegura
enfáticamente el interrogado (p. 53). Y en él, tan mísero aserto es
verdad pura, patética y funesta.
El modelo a seguir, claro, ya no es el de los eminentes Varones de
Cristo, como los Cardenales Pie o Billot, sino el de aquel monsignori
tránsfuga que describiera Hugo Wast, en cuya corona se había
incrustado una cuarta diadema en señal de adoración hacia la
democracia. No prediquemos entonces el deber de batirse por la
Verdad Única, Crucificada e Indivisa, sino "la aceptación de la
diversidad que nos enriquce a todos" (p. 169). No la Verdad Revelada
sino las verdades múltiples y consensuadas "con diálogo y amor" son
"la celebración" preferida por el obispo (p. 169).
Concorde con este clima intelectual y moral se presenta "prefiriendo
el simple traje oscuro a la sotana cardenalicia" (p. 18), hincha de San
Lorenzo, buen cocinero, antiguo bailarín de milonga (p.120) y ex
laburante en un laboratorio (capítulo dos). Y por eso, verbigracia,
interrogado acerca del ocio, no recurre para definirlo a los seguros
autores clásicos que de él se ocuparon, ni a los modernos como Pieper
o Guardini, que dice haber estudiado, sino a Tita Merello cantando:
"che fiaca, salí de la catrera" (p. 37). Dar pruebas de "normalidad"
para Bergoglio, no es apelar a lo normativo y eximio sino a lo que
abunda, a lo populachero y sensibloide. Ser hijo del Siglo, diría
Ernesto Helio.

Nadie podrá escribir de él lo que se anotó del Quijote, para su gloria:
"parecíales otro hombre de los que se usaban". No; él es un hombre
bien ad usum: vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico.
Moderno. Y en esto, según su errática perspectiva, está la prueba de
su obsesiva humildad y de su progreso espiritual en el arte de
aprender a superar los defectos. El Rabino Skorka lo pondera desde el
comienzo, no sólo como alguien con quien trabó "la verdadera
amistad" que "define el Midrash", sino como un modelo de humildad,
ya que "todos coincidirán en la ponderación del plafón (sic) de
humildad y comprensión con que encara cada uno de los
temas"(ps.10-11).
Bergoglio deja correr insensatamente el juego del "bajo perfil", sin
querer advertir la paradoja -y aún (-1 pecado- de esta
autocomplacencia infatuada en ser descripto como un sencillo y
componedor bonachón. La egolatría de mostrarse cual l'uomo
qualunque sigue siendo manifestación de la soberbia, no por la
naturaleza de lo que se ostenta sino por el vicio de la ostentación.
Pero esta es, como decimos, una de las obsesiones psicológicas del
biografiado: que se lo perciba como un hombre del montón; alguien
que continúa "viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de
lado un auto con chofer" (p. 17).No son pocas las veces en que los
periodistas interrogadores -salvajemente indoctos en materia
religiosa- le regalan este tipo de ponderaciones. Y Bergoglio las
acepta, con esa fanfarronería del humilde profesional que decía Jorge
Mastroianni. Desechando el consejo ignaciano de contemplar la
rebelión de los ángeles caídos, para evitar que nos suceda como a
ellos, que "veniendo en superbia, fueron convertidos de gracia en
malicia". (E.E,50). Porque ¿quién que tenga realmente esa "corona y
guardiana de todas las virtudes", como llamó San Doroteo de Gaza a
la humildad, daría su anuencia para que se publiquen páginas y
páginas ensalzando la posesión de este don? ¿Quién, que a fuer de
genuinamente humilde, practicara ese "laudable rebajamiento de sí
mismo" que pedía Santo Tomás, erigiría en vida su propio monumento
a la humaitas? ¿Quién veramente abocado a la nadeidad evangélica
-en preciosa expresión de San Buenaventura- podrá contratar a un
puñado de escribas para que le canten la palinodia de su arrollador
recato? ¿Quién que no tuviera ese "brote metafísico de la soberbia
intelectual que es el principio de la inmanencia", según clarividente
análisis de García
Vieyra, prohijaría que se dijera de sí mismo que "su austeridad y
frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son datos que lo
elevan cada vez más a su condición de papable"? (p.15) ¿Creerá de
veras Bergoglio que a la tierra del subte y del colectivo se refería San

Isidoro cuando definió al humilde en sus Etimologías como el quasi
humo acclinis, o inclinado a la tierra? ¿Creerá de veras que alguien
más que Jesucristo puede decir de sí mismo: "aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón" (Mt. 11, 29)?
A Bergoglio le sucede lo que al protagonista del chascarrillo aquel que
desenmascara la petulancia invencible del porteño. A la hora de
aclarar lo mucho que ha mejorado su vida moral, le dice a su
imaginario interpelador: "antes era fanfa, ahora soy perfecto".
Déjate "sinagoguear"por el mundo Amigo de neologismos y de
chabacanerías, el Cardenal supo acuñar entre otras zarandajas,
aquello de "déjate misericordear por Cristo". Pero él -un exponente
más del judeocatolicismo oficial, hoy dominante- ha preferido en
principio, dar y recibir las ternezas de los deicidas.
Se cuentan por decenas los gestos judaizantes del Primado, de los que
pueden dar clara y ominosa cifra su pública amistad con los rabinos
Sergio Bergman y Alejandro Avruj, al primero de los cuales prologó su
libelo "Argentina Ciudadana", y al segundo
entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para
que festejara la impostura de "La noche de los cristales rotos". Y
ambos hebreos, al igual que el prologuista Skorka, explícitos
justificadores de la sodomía. El fantasma contranatura de Marshall
Meyer los protege a todos, y a todos reúne bajo el humo desolador de
Gomorra1.
Mas aquí estamos ante la segunda obsesión del Cardenal. Se ha
impuesto probar su afinidad y su afecto con el mundo israelita; y no
conforme con las definiciones eclesiales públicas dadas en tal sentido,
abunda ahora en El Jesuíta, en testimonios menores, intencionalmente
escogidos para agradar al Sanedrín.
Los reporteros -a cuya tribal insipiencia teológica ya hemos aludido- le
plantean como una objeción para la aceptación de la Fe Católica, el
hecho de que "el principal emblema del catolicismo es un Cristo
crucificado que chorrea sangre" (p. 41). "Usted no puede negar" -le
reprochan cortésmente- "que la Iglesia destacó en sus dos milenios al
martirio como camino hacia la santidad" (p.42).
Cabían varias y bien sazonadas respuestas católicas, todas ellas
partiendo del enfático rechazo de la 1-El Cardenal Bergoglio está
directamente ligado a una multinacional sionista, la Fundación Raoul
Wallenberg, de la que recibió una distinción honorífica el 30 de marzo
de 2004. Entre los miembros argentinos de dicha agrupación se

cuentan conocidos exponentes de la izquierda gramsciana como
Francisco Delich o Adolfo Gass, blasfemos profesionales como Marcos
Aguinis, cipayos como Carlos Escudé, o simples corruptores del cuerpo
social como Alejandro Romay. Quede constancia de que todos estos
datos son públicos, y de que cualquiera puede acceder libremente a
ellos buscando la web oficial de la precitada Fundación Wallenberg. El
28 de Febrero de 2006, el Cardenal Bergoglio recibió a los mienbros
de esta Fundación en la Catedral Metropolitana, en una ceremonia
plurireligiosa, en la cual, entre otros propósitos, se le rindió homenaje
a Moseñor Quarracino (cfr. Zenit, 8-3-2006).
infame petición de principios de los periodistas, según la cual, la
sangre y el martirio son pianíavotos, y eso explicaría el alejamiento
popular de la Iglesia. Cabía una lección magnífica sobre "la sangre por
amor a la Sangre" de Santa Catalina de Siena, y el valor inacallable
del martirio con efusión sanguínea para conquistar el Cielo por asalto,
como rezan los Evangelios. Cabía, en suma, decirles a los escribas con
sus propias palabras: "No, por supuesto, yo no puedo ni debo negar
que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino
hacia la santidad. Y no puedo ni debo negarlo porque es la pura y
gloriosa verdad que la Iglesia siempre ha enseñado y siempre
enseñará".
Pero no; Su Eminencia no elige ninguna respuesta católica. Sostiene
sin rubores que "asociar con lo cruento" al martirio, ligarlo con la idea
de "dar la vida por la Fe", es la consecuencia de que "el término
[martirio] fue achicado" (p. 42). El peculiar "achicamiento" consistiría,
nada más y nada menos, que en llevar hasta el extremo previsto y
deseable las enseñanzas de Jesucristo: "Todo el que pierda su vida por
mí la ganará" (Mt. 10, 39). Lo que para la Iglesia fue su corona; esto
es, que el discípulo se asemeje a su Maestro aceptando libremente la
donación de la propia vida, para Bergoglio es su empequeñecimiento,
su reducción, su "achique".
En consecuencia, él se inclina por "La Crucifixión Blanca, de Chagall,
que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. A mi juicio
es una de las cosas más bellas que se pintó" (p. 41). Esta "cosa más
bella", según declaró el mismo artista en 1938, es un Cristo rodeado
de ornamentos, personajes, objetos y judaicos en homenaje a las
víctimas de los nazis quienes expresamente aparecen como los
verdugos del Señor, por ser judío. En la línea de otros dogmáticos de
la Shoa, el cuadro de Chagall desplaza el centro del holocausto, de
Jesucristo a las presuntas víctimas de Hitler. Se trata, pues, de una
profanación hebrea del Santo Sacrificio de la Cruz. Pero para
Bergoglio es "La" pintura (p. 120).

En la misma línea ideológica, y para seguir avivando el fuego semita,
Su Eminencia sale del ámbito espiritual y artístico para recalar en el
terreno moral.
Con un simplismo impropio de un hombre de estudio, y con un
relativismo aún más impropio en un hombre de Fe, afirma que "antes
se sostenía que la Iglesia Católica estaba a favor [de la pena de
muerte] o, por lo menos, que no la condenaba". Pero ahora en cambio,
merced al progreso de la conciencia, se sabe que "la vida es algo tan
sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte" (p.
87).
Entendamos el argumento evolucionista de Bergoglio para valorar
adecuadamente lo que dirá después. La aceptación de la licitud de la
pena de muerte -que aparece taxativamente exigida como tal, tanto
en las páginas vetero y neotestamentarias como en un sinfín de
doctrineros católicos y de textos pontificios- debe percibirse como un
déficit, un tramo oscuro en el devenir de la conciencia que busca la
luz. Lo mismo se diga de las sociedades.
Cuando "la conciencia moral de las culturas va progresando, también
la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va
afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino
humano" (p. 88).
... Para el Cardenal, está claro, no por un análisis per se del hecho,
que lo valore inherentemente, sino ; por la evolución de la conciencia,
tanto la Iglesia como la Humanidad saben hoy que la pena de muerte
debe ser rechazada. Clarísimo caso de aquella ruinosa cronolatría que
protestara Maritain en Le Pay san de la Garonne. Pero entonces, cómo
no deplorar, en consecuencia, aquellos momentos aún involutivos en
los que se juzgó erróneamente que algo podría justificar la pena de
muerte, incluso "un crimen tremendo"! ¡Cómo no maldecir los tiempos
eclesiales y sociales en los que la conciencia aún juzgaba que bajo
determinadas condiciones, circunstancias y requisitos era legítima la
aplicación del castigo capital!
Este era el sequitur lógico del razonamiento bergogliano. Pero un
tema irrumpe en el diálogo y la ineluctable evolución de la conciencia
se puede permitir una excepción. ¿Y cuál será ese tema? Dejémoselo
explicar al interesado: "Uno no puede decir: 'te perdono y aquí no
pasó nada'. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se
hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue
la horca para muchos de ellos; para otros la cárcel. Entendámonos: no
estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y

fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia
vigente" (p. 137).
El pequeño detalle -advertido precisamente por los kelsenianos de
estricta observancia- de que "la ley de ese momento", vigente
positivamente en Alemania, no volvía criminales a los jerarcas nazis,
se le olvida al Cardenal. El otro detalle más "pequeño" aún, de que en
Nüremberg no se dejó tropelía legal por cometer, ni aberración
jurídica por aplicar, ni derecho humanos de los acusados por
conculcar, ni tortura aborrecible por aplicar, ni mentira por aducir,
tampoco cuenta. Ese otro detallecito de que la horca y el tormento
atroz para los germanos no fue "la reparación que la sociedad exigió"
sino la venganza monstruosa de la judeomasonería, tras los
triunfantes genocidios de los Aliados, en Hiroshima y Nagasaki,
ninguna importancia tiene. El Cardenal está en contra de la pena de
muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos
una excepción hermenéutica. "Era la ley de ese momento", caramba.
La evolución de la conciencia podía esperar un ratito más.
El Cardenal, además, como feligrés y miembro dirigente del
judeocristanismo, ya tiene dónde tranquilizar sus escrúpulos,
supuesto que le acometieran. "Hace poco" -les confía a sus socios
biográficos-"estuve en una sinagoga participando de una ceremonia.
Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los textos
sapienciales que nos recordaba: 'Señor, que en la burla sepa mantener
el silencio'. La frase me dio mucha paz y mucha alegría" (p. 151).
Lo que no sabemos es si Su Eminencia se refiere a la burla propia o a
la que él le propina a Jesucristo al visitar obsecuentemente la morada
de los negadores de Su divinidad y artífices de su asesinato. Porque el
prete podrá hacer silencio ante la merecida chacota que lo tenga por
objeto, pero Dios no se deja burlar (Gal. 6, 7). Y el día en que regrese
en pos de Su Justicia irrefragable y definitiva, los que se pasaron la
vida sinagogueando, a fuer de felones, sabrán qué quería decir
Marechal cuando mentaba en el Altísimo "la vara de hiel de su rigor".

MARXISTAS BUENOS Y CATÓLICOS MALOS:

En plena concordancia con lo hasta aquí exhibido -reiterémoslo: una
pseudohumildad grotesca y un criptojudaísmo vergonzoso- Bergoglio

saca a relucir su tercera obsesión. Consiste la misma en mostrarse
ponderativo y encomiástico con los enemigos de la Iglesia, omitiendo
todo el vejamen y todo el daño inmenso que los mismos le han
infligido y le siguen infligiendo a la Esposa de Cristo. En el trazo
maniqueo de su criterio -que él pretende encubrir bajo las apariencias
de lo ecuánime- a este polo de positividad sólo puede oponérsele uno
de simétrica negatividad; y el mismo, curiosamente, está encarnado
en los católicos. No en todos, claro, sino en los "fundamentalistas".
Hablemos claro: en los católicos ortodoxos.
Un primer ejemplo de bondad enemiga lo constituye Esther Balestrino
de Careaga.
Para quienes no lo sepan, esta mujer -junto con todo 'su grupo
familiar- era una activa militante del terrorismo marxista, procedente
del Paraguay.
Bajo el sosias de "Teresa" integró las primeras células que
constituyeron la Agrupación Madres de Plaza de Mayo, recibiendo
hasta hoy los homenajes laudatorios incesantes de la desaforada
Hebe de Bonafini. (cfr.vg.
http://www.paginadigital.com.ar/articulos/2002
st/2002seg/entrevistas/hebe26-2.html)
No creemos que en la Argentina del presente haya un solo ciudadano
que necesite que se le explique -cualquiera sea su posición ideológicacuál es la verdadera misión que han cumplido y cumplen las llamadas
"Madres de Plaza de Mayo". Su adscripcion a la guerrilla marxista
internacional, y no sólo argentina, es explícita, frontal, sostenida,
virulenta particularmente belicosa.
Pero para Bergoglio, esta "simpatizante del comunismo" (sic) se trató
de "una mujer extraordinaria", a quien "quería mucho [...] Me
enseñaba la seriedad El trabajo. Realmente le debo mucho a esta
mujer | . | Fue raptada junto con las desparecidas monjas francesas.
Actualmente está enterrada en la Iglesia de Santa Cruz" (p. 34).
"Tanto me enseñó de política" (p. 147-148).
Iniquidades de los tiempos de los que Su Eminencia deberá rendir
cuentas. No hay templos que alerguen los cuerpos acribillados de los
civiles o militares católicos a quienes abatió el odio criminal del
Comunismo. Pero una iglesia puede ser entrega a las bandas erpianas
y montoneras, para que la conviertan en su bastión y en su
cementerio. Y el responsable de tamaña profanación lo vive como un
logro y una fiesta.

La segunda bondad encarnada es, para Bergoglio, la mismísima
Bonafini. Los periodistas se la mencionan dándole pie para alguna
observación crítica, para algún llamado tenue de atención, para algún
módico tirón de orejas, habida cuenta de la aversión patológica que
esta infame mujer viene desplegando desde hace décadas, cada vez
con más desenfreno e insolencia.
"Hay también quienes ven actitudes de revanchismo, le espetan los
escribas. "Por caso, la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo,
Hebe de Bonafini". Lo que le están queriendo preguntar es, en suma,
si actitudes rencorosas y vengativas como la de este monumento al
odio "ayudan a la búsqueda de la reconciliación" (p. 139). Y se lo están
inquiriendo, no un par de macartístas, sino dos mascarones de proa
de la izquierda nativa, de los tantos que hoy se sienten perturbados
ante esta abisal frankestein que han creado y ya no pueden controlar.
El Cardenal no admite las premisas implícitas y explícitas contenidas
en el interrogante de los reporteros. Quien ya ha hecho el elogio de
los desaparecidos, como si la condición de tal probara su inocencia y
la justicia de su causa, justificará ahora plenamente a Bonafini: "Hay
que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus
hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo
cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas,
cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo
los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban
desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de
autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo
no
comprender lo que sienten?" (p. 139).
Hubo otras muchas mujeres -esposas, madres, hijas, novias,
hermanas- a quienes los múltiples retoños de Bonafini asesinaron a
mansalva. Mujeres cuyo dolor no subsidió el Estado, cuyo luto no
financió la Internacional Socialista, cuyo llanto no rentaron los
terrorismos estatales soviético o cubano, cuya venganza monstruosa
no prohijó el oficialismo, cuyo rencor satánico no respaldó la
jurisprudencia del Poder Mundial. Para estas mujeres heridas,
anónimas y silentes, a quienes las actuales autoridades "basurean",
Su Eminencia no tiene una palabra de comprensión ni de consuelo.
Tampoco para los cientos de soldados arbitrariamente detenidos por
la tiranía kirchnerista, detrás de cada uno de los cuales existen otras
muchas centenas de mujeres -católicas prácticas en gran número- a
quienes se les ha cercenado la jefatura del hogar.

Hay más "buenos" previsibles nombrados al pasar. Angelelli, Mugica,
los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el
Padre Pepe Di Paola a la cabeza (p. 106), los grandes heresiarcas
"Hesayne, Novak y De Nevares" (p. 140), los "teólogos de la
liberación" que "se comprometieron como lo quiere la Iglesia y
constituyen el honor de nuestra obra" (p. 82), los redactores de
"Nuestra Palabra y Propósitos", publicaciones ambas del Partido
Comunista (p. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien
insensatamente pone de ejemplo (p. 78), omitiendo que fue el artífice
de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el
glorioso Cardenal Mindszenty (cada llaga recibida en las cárceles
comunistas lo nimbó de gloria) Casaroli era la imagen negra y
enlodada de la "Iglesia de los Sordos", negociadora ruin de la sangre
mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la "Iglesia Misionera"
(p. 78).
"Helada y laboriosa nadería, fue para este jesuíta" la Barca de Pedro,
diría Borges de Su Eminencia, perdonando por contraste y post
mortem a Gracián. Porque en rigor, tanto sorprende la gélida conducta
con la que encomia a los peores lobos, como la nadeidad a la que
reduce a quienes debería tener por arquetipos, si un verdadero
creyente. Los óptimos, para el obispo, están cruzando la raya de la
Iglesia y confrontando con Ella.
Al fin, y como anticipábamos, si los buenos de la cinematografía
bergogliana son todos rojos, aquellos pasibles de reproches y de
acrimonias son ciertos católicos claramente identificables como
tradicionalistas, o simplemente católicos, apostólicos y romanos. Por
ejemplo, los que esperaban que Benedicto XVI criticara "al gobierno
de Rodríguez Zapatero por sus diferencias con la Iglesia en varios
temas", como el "del matrimonio entre homosexuales", sin darse
cuenta de que "primero hay que subrayar lo positivo, lo que nos une"
(p. 80). Qué puede unir a un católico con un gobierno manifiesta y
exacerbadamente anticatólico, no se aclara. Pero la intención es
evidente: Zapatero tiene cosas "positivas" que nos permitirían "el
caminar juntos" (p. 80). Los desviados son los fundamentalistas que
anhelan que el Vicario de Cristo condene a un rufián y a un régimen
político en el que Satán se enseñorea a su antojo.
Otros católicos impresentables son los preocupados por "si hacemos o
no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del
preservativo" (p. 89). "Con ocasión de la llamada Ley de Salud
Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia
querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una
manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que

iba contra el amor [...] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso
a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para
mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa [...] De
todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de
colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos
se encontraron con lo que nunca habían visto: travestís en una actitud
agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los
mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables" (p. 90).
Es curioso el razonamiento de Su Eminencia. Por lo pronto,
minimizando los alcances y los fundamentos de la Ley de Salud
Reproductiva, claramente encuadrable en lo que Roma condena como
"cultura de la muerte". El vocero de esta medida, Ginés González
García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner, no dejó un solo instante
de manifestarse agresivamente contrario al Magisterio de la Iglesia, ni
de exteriorizar socarronamente su contento porque con tal disposición
legal se coronaba la embestida contra la moral cristiana. La sociedad
entera lo recuerda aún con estupor -a él y a su mandante difamando,
calumniando y persiguiendo a Monseñor Baseotto, por haber osado
recordarle las prescripciones evangélicas pertinentes.
Sin embargo, tamaña embestida legal contra el Orden Natural,
tamaño intento orgánico y oficial por alterar la Ley de Dios, tamaño
proyecto gramsciano opuesto al Decálogo, tamaña revolución cultural
de inequívoco signo marxista, sería apenas para Bergoglio "una
coyuntura legislativa" contra la que no vale la pena movilizar a la
juventud tras las clásicas banderas del catolicismo militante.
¿No advierte el Cardenal que ese "chico" que le resulta "sagrado" es el
primer damnificado de esta "coyuntura legislativa" contra la cual no
desea que se combata? ¿No advierte asimismo que si la ley inicua no
se detiene, ese "chico sagrado" empezará por no poder nacer, por ser
abortado, o por no poder ser criado en un hogar con padre y madre?
¿No advierte, al fin, que la susodicha Ley de Salud Reproductiva,
forma parte de un proyecto mayor, que lejos de ser una mera
coyuntura legislativa que "va contra el amor", instala coactivamente
una cosmovisión radicalmente opuesta y contraria a la moral
cristiana?
Los "malos", los merecedores del repudio y de la condena, no son para
Bergoglio los gobernantes y sus aliados que promulgan este tipo de
normas inicuas, sino los "grupos de élite ilustrada", los católicos pro
vida, que quieren movilizarse con sus familias para hacerle frente a
tamaña iniquidad. Y en el colmo del desbarre conceptual, el Cardenal,
en vez de encomiar el celo de esos hogares misioneros y de instar a

los jóvenes al heroísmo y al testimonio gallardo, juzga la actitud
católica como una "obsesión" y aún como una imprudencia. ¡Los
"chicos" fueron llevados "a ver cosas muy desagradables"! ¿Es que
hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de
su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa
y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen
los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia,
sino los que instamos a concurrir a todos en defensa del Bien?2
Su Eminencia nunca podría haber escrito ese maravilloso elogio que
hizo Eugenio D'Ors al gesto impar de Ananías, Azarías y Misael,
pidiendo para sus propios hijos que "en el horno ardiente de la España
roja"
2 A propósito de este tema, ya en el año 2000, escribimos el siguiente
artículo que nos parece pertinente reproducir: "En el Boletín
Eclesiástico del Arzobispado de lucran capaces de ofrendar sus vidas
por la Realeza de Cristo. Maldito el profeta Daniel que no comprendió
que estos tres muchachos son más sagrados que la "coyuntura
legislativa" de Nabucodonosor. Así razona el Primado.
Buenos Aires (Año XLII, n° 409, 6-6-2000, p. 212, rubro Varios), se da
cuenta del Informe que presentó el Padre Klappenbach sobre la
movilización que se llevaría a cabo el 8 de junio contra la llamada Ley
de Salud Reproductiva. Agregándose que, al respecto, Monseñor
Bergoglio dio dos criterios claves. El primero, que esto es tarea de los
laicos católicos, ya que son ellos los que deben meterse en política;
dejándose pues expresa constancia de que el Arzobispado no organiza
la movilización. Y el segundo, que a esa movilización no pueden ir bajo
ningún concepto niños y jóvenes de los colegios primarios y
secundarios, pues es actividad de adultos.
Varias cosas sorprenden en tamañas directivas. Que se considere
"meterse en política" -así, toscamente expresado, cual si fuera
adscribirse a un comité o alborotar en un mitin- el salir en defensa del
orden moral natural, violado a sabiendas por esta ley inicua. Que de
pronto, cuando está enjuego nada menos que la vida de los inocentes
y la salud espiritual de la población, se repliegue el Arzobispado sobre
una asepsia o neutralidad temporal que no sabe tener cuando de
adherir a la democracia se trata, o solidarizarse con la permanencia
del sistema y sus fautores. Que la política pase a ser cosa de laicos
cuando hay que combatir con riesgos y en la calle a los artífices de la
cultura de la muerte, pero pueda ser cosa de clérigos y de obispos
cuando hay que sumarse cómodamente a los augurios pluralistas,
derechohumanistas, socialdemócratas y masónicos.

Pero la mayor sorpresa y el mayor dolor es el llamado a la
inmovilización, nada menos que de los niños y de los jóvenes, que son
precisamente los grandes damnificados y perjudicados por esta
legislación perversa. No fue esto lo que le pidió el Papa Juan Pablo 11
a los niños, en su Carta del 13 de diciembre de 1994, sino que
estuvieran advertidos sobre la crueldad de los nuevos Heredes. Ni fue
tampoco lo que les exigió a los jóvenes en su Carta Apostólica del 31
de marzo de 1985, sino que aceptaran la fatiga y el esfuerzo para dar
testimonio de la Verdad, oportuna e inoportunamente. Ni fue la
retaguardia sino la vanguardia la que les reclamó a los sacerdotes en
la Carta del primer Jueves Santo de su pontificado, o en el Directorio
para el ministerio y la vida de los presbíteros, de 1994.
Pueden, pues, quienes lo deseen, abocarse al análisis de estos
criterios episcopales. Nosotros seguiremos movilizándonos pro aris et
focis con nuestros hijos y nietos, con nuestros alumnos y discípulos;
plenamente convencidos de que no fueron de tamaña naturaleza las
enseñanzas eclesiales que engendraron un San Tarcisio y un San Luis
Gonzaga. Como no fueron las palabras del Boletín del Arzobispado las
que pronunció la madre de los Macabeos, o aquellos viriles pastores
que iban a la cabeza de las tropas juveniles durante las cruzadas más
honrosas de la Cristiandad, (cfr. Antonio Caponnetto, Llamativa
cautela, Cabildo, 3a.época, n° 9, Buenos Aires, 2000, p. 17).Malos son
también los católicos "restauracionistas, para los cuales la patria es
aquello que recibí y que tengo que conservar tal como la recibí",
cuando "todo patrimonio debe ser utópico", porque "las utopías hacen
crecer" (p. 112-113).
Alérgico al uso de la palabra "nacionalista" -"de una persona que ama
el lugar donde vive no se dice que es [...] un nacionalista (p. 164)-, el
Cardenal rechaza de plano al Nacionalismo Católico cuando alude al
restauradonismo, y brega neciamente por el utopismo, esa herejía
perenne que con sobrados fundamentos desenmascarara Thomas
Molnar.
Véase si no, esta innecesaria referencia. Cuando se repatriaron los
restos de Rosas "los nacionalistas se apropiaron de este hecho y lo
transformaron en un acto sectario [...] Hasta el cura que rezó el
responso se colocó [el característico poncho rojo]; se lo colocó arriba
de la sotana, algo aún más desacertado, porque el sacerdote debe ser
universal" (p. 110).
Bergoglio debería saber que el restauracionismo que rechaza tiene su
fundamento en San Pío X, y que a él han remitido siempre sus
desdeñados nacionalistas para proponerse la empresa de restaurar en

Cristo una patria que en Cristo nació. Debería saber igualmente que el
anhelo de conservar la patria tal cual la recibimos, es un mandato del
Génesis, no de Mussolini, y que el Apóstol no predicó "guardad las
utopías" sino "conservad las tradiciones".
Debería saber, además, que la repatriación de los restos de Rosas no
fue un acto del que se apoderaron los nacionalistas -que tenían todo
el derecho del mundo a hacerlo- sino que manejó discrecionalmente,
desde el principio al final, el gobierno que entonces tomó la decisión
política de traer al Restaurador de las Leyes. Otros fueron los
sectarios en aquellas jornadas. Precisamente quienes adscriptos a
vetustas sectas y logias masónicas pretendieron deslegitimar la
repatriación del Héroe. Pero para ellos no llegan las reprimendas.
Si el Cardenal repasara a San Pablo, se encontraría con la Carta a los
Hebreos (10, 32), diciendo: "Traed a la memoria los días pasados, en
que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y
doloroso combate". Y comprendería por qué los nacionalistas -que
soportamos un duro y doloroso combate por desagraviar la memoria
de Rosas- sentimos como propia la repatriación de sus restos, a pesar
de que el Menemismo no fue nunca otra cosa que una pluriforme
cloaca. Pero sentir y vivir algo como propio, no significa apropiárselo
sectariamente.
Este agravio gratuito al Nacionalismo Católico, halla su canallesco
estrambote en el ataque al Padre Alberto Escurra, el aludido cura de
poncho rojo que le rezó a Don Juan Manuel el responso más
apoteósico y vibrante del que tengamos memoria.
Verdaderamente, llama la atención tanta infamia.
El "Padre Pepe" -uno de los confesos ídolos del Cardenal- va vestido
con deliberado aspecto de zaparrastroao. Idéntica facha marginal y
rotosa adopta como un emblema la clerecía progresista de todo
pelaje.
Del modo más aseglarado y secularizante va disfrazado el grueso del
clero cuya disciplina depende teóriricamente del Arzobispo. Y hasta
los altos dignatarios de la Jerarquía- Su Eminencia incluido- no portan
más que un traje de calle, en las antipodas del hábito talar cuya
preferencia y dignidad predicara obstinadamente, entre otros, Juan
Pablo II. Pero al Cardenal Bergoglio lo único que le molesta es el
poncho federal del Padre Alberto Ezcurra. Lo único que le parece "un
desacierto" es que un destacadísimo sacerdote patriota ande
emponchado como supo hacerlo Brochero o Fray Luis Beltrán. Que ese
poncho insigne -con el que fueron al combate los criollos de ley y sus

viriles capellanes, sirviendo de pendón y de mortaja a tanto paisanaje
fiel- le parezca al Cardenal que le "quita universalidad al sacerdote",
lo único que prueba es la profunda desafección que tiene de nuestras
genuinas raices nacionales. Y el desconocimiento de aquel axioma
clásico que sintetizara Tolstoi: "pinta tu aldea y serás universal".
¿Debe extrañarnos? Quien puede lo más puede lo menos. Criptojudío,
filomarxista, pro tercermundista, propagador de heterodoxias -de
manera formal, externa, pública y notoria- ¿por qué no habría de
menospreciar a un cura gaucho y patricio, rezándole un responso a
Rosas, ataviado con su poncho punzó, cruzando la vieja, gastada y
noble sotana? ¿Por qué la aristocracia de este gesto sacerdotal habría
de sintonizar con el plebeyismo más rancio que él ostenta
cotidianamente?3
3 El Anexo al libro que reseñamos lo constituye un ensayo de
Bergoglio titulado "Una reflexión a partir del Martín Fierro ", mensaje
que dirigió a las comunidades educativas de Buenos Aires, en el 2002.
En el mismo omite decir lo que el poema expresamente dice; esto es,
que en tiempos de Rosas el gauchaje vivía espléndidamente. En
cambio, atribuye la descripción de esa época resista próspera,
concorde y feliz, a un mero "recurso literario" consistente en "pintar
una realidad idílica", una "situación ideal" (p. 172-173). Hernández no
habría retratado el período de la Confederación, como concretamente
hizo, sino echado mano de un recurso literario. Si algo le faltaba a
Bergoglio era su adscripción al antírrosismo. Ahora, ya tiene todas las
carencias necesarias.

EL COLABORACIONISTA:
Hemos dejado para el final la obsesión central y recurrente de este
libro. Posiblemente su causa eficiente y uno de sus principales
motores.
Aunque con toda deliberación no se lo menciona, el fiero y terrible
replicado en El Jesuíta es Horacio Verbitsky. Porque fue y es este
sicario mendaz quien más lo hostilizó a Bergoglio inventándole un
pasado supuestamente derechista, un presente opositor
antikirchnerista y unos antecedentes o comportamientos que lo
vincularían con el Proceso. En suma, para Verbitsky, el Cardenal sería

culpable del mayor de los males concebibles en todos los tiempos,
períodos, latitudes y esferas: no haber hecho nada a favor de los
desaparecidos, convirtiéndose así en aliado de la represión militar. A
efectos de replicar esta especie -que para un hombre como Bergoglio
es mucho más grave que si lo acusaran de calvinista, de arriano, de
sacrílego. de invertido- lo primero que hace es comprar el paquete
entero de la historia oficial elaborada por el marxismo dominante. Y
demostrar, además, que el paquete comprado le merece plena
confianza.
Es de suma importancia hacer notar aquí que entre el terrorista
Horacio Verbitsky y el Cardenal Bergoglio, existió una corriente mutua
de amistad, alterada en el año 2004, cuando el primero dio a conocer
unos documentos que halló en la Cancillería, demostratorios de una
de las tantas
duplicidades maquiavélicas del Primado. Dice al respecto el mismo
Verbitsky: "El Cardenal te tenía mucha estima -me dijo un sacerdote
conocido de Bergoglio. -Yo también a él-le respondí. -¿Pero entonces
qué pasó?. Que encontré esos documentos en el Archivo de la
Cancillería ". Cfr. Horacio Verbitsky, Doble juego. La Argentina católica
y militar, Buenos Aires, Sudamericana, 2006, p. 73. La pregunta se
impone con el peso de la obviedad.
¿Cómo podía existir de parte del Cardenal "mucha estima" por un
hombre que carga sobre sus hombros una frondosa militancia
homicida y un odio enfermizo y endemoniado a la Iglesia Católica?
Por eso los elogios a la terrorista paraguaya, la amplísima
comprensión y ninguna condena; a la Bonafini y su banda comunista,
las majaderías hacia el clero tercermundista, la aquiescencia frente a
la Teología de la Liberación, las decenas de contemporizaciones con el
marxismo, los intencionales aplausos a los "luchadores por los
derechos humanos", y la canonización del clero y del monjerío
participes activos de la Guerra Revolucionaria. Por eso el guiño
constante de aprobación para los nombres de Mugica, Angelelli,
Argibay o Zaffaroni, y el llanto y rechinar de dientes para las Fuerzas
Armadas y de Seguridad.
En los disturbios del 20 de diciembre de 2001 -causados, sin duda, por
el nefasto gobierno de De la Rúa-, varios policías cayeron
salvajemente agredidos por la turbamulta de piqueteros que invadió
la Plaza de Mayo. Uno de ellos fue literalmente linchado, sin que sus
compañeros pudieran rescatarlo a tiempo. Bergoglio, que observaba
los trágicos sucesos, sólo vio lo que quiso. "Llamó al Ministro del

Interior [...] para detener la represión [...] al ver desde su ventana en
la sede del Arzobispado cómo la policía cargaba sobre una mujer" (p.
18). Es apenas un primer ejemplo, pero el maniqueísmo ideológico
queda retratado; y el servilismo al pensamiento único también. La
policía represora es siempre malvada. Los manifestantes populares
son fatalmente buenos.
"Durante la última dictadura militar -cuyas violaciones a los derechos
humanos, como dijimos los obispos, tienen una gravedad mucho
mayor ya que se perpetran desde el Estado- hasta se llegó a hacer
desaparecer a miles de personas. Si no se reconoce el mal hecho, ¿no
es eso un modo extremo, horripilante, de no hacerse cargo?" (p. 138).
Es apenas un segundo ejemplo, pero bien que K presentativo. El mito
basal de las izquierdas es asumido íntegramente por el discurso oficial
del Cardenal. El "Proceso" fue una "dictadura"; el Estado Argentino
fue terrorista (pero no así los Estados Cubano, Soviético y Chino que
sostenían la guerrilla); los desaparecidos se convierten en
incuestionables seres en virtud de la inmoralidad del procedimiento
que los hizo desaparecer; y el metro patrón para medir la maldad de
un gobierno es la violación a los derechos humanos, concebidos ya
sabemos cómo: como se conciben desde la Revolución Francesa hasta
la Revolución Bolchevique.
Esta es, pues, la obsesión hegemónica de Su Eminencia. Que se lo
tenga por un hombre políticamente correctísimo, depósito y heraldo
del pensamiento único, lo que implica, en primer lugar, haber
combatido "la Dictadura" y cooperado con sus "víctimas". Gran parte
del capítulo trece esta dedicado a probarlo. "A mi me costó verlo [se
refiere al sistema represivo], hasta que me empezaron a traer gente y
tuve que esconder al primero" (p. 141).
Su Eminencia, claro, da por sentado lo que los reporteros y el
imbecilizado público en general acepta a priori y sin
condicionamientos: que el escondido era un joven idealista,
perseguido injustamente por las brutales fuerzas del orden. La
posibilidad de que estos escondidos, al igual que los palotinos y las
monjas francesas -a cada rato llorados por Bergoglio- fueran activistas
guerrilleros, ideólogos o cómplices activos de la Guerra Revolucionaria
que asolaba a la Nación, ni se le pasa por la cabeza. Ni siquiera ante la
abundancia de constataciones que hoy permiten saberlo.
Nada le importan la verdad ni el juicio ecuánime sobre los hechos
pasados. Su conciencia no sufre mella alguna con mirada tan
unilateral y tendenciosa. Los militares eran artífices de "la paranoia

de caza de brujas" (p. 149). Sea anatema su obrar, sin matices. Sus
perseguidos, en cambio,
-como los dos "delegados obreros de militancia comunista" (p.148) por
los que procuró interceder y rescatar- son presentados amorosamente
como
"los dos chicos" de una "viuda" que "eran lo único que tenía en su
vida" (p. 148). Inofensivos chicos los guerrilleros. Paranoicos
cazadores de brujas los militares. ¿Se necesita algo más para
insertarse en la burda dialéctica de la historia oficial?
Huero de toda templanza en los juicios, y asustado cuanto ansioso por
demostrar que estuvo en el bando de los derechos humanos, lo que le
importa a Bergoglio es cohonestar cuanto antes la versión instalada:
la represión castrense fue repudiable, todo el que la padeció merece
ser defendido, protegido y homenajeado por la Iglesia. Es más, la
Iglesia se justifica y se lava en la medida en que pueda demostrar
que, durante aquellos años, estuvo del lado de los perseguidos por las
Fuerzas Armadas, y tuvo sus propios "mártires" causados por la
soldadesca procesista.
Por eso el empeño de Bergoglio en narrar con detalles cómo "en el
Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, en San Miguel, escondí a
unos cuantos" (p. 146), resultando ser hasta "los largos ejercicios
espirituales" en el instituto "una pantalla para esconder gente"
(p.147). Cómo "luego de la muerte de Angelelli" (a cuyo homenaje
cuenta haber asistido) "cobijé en el Colegio Máximo a tres
seminaristas de su diócesis" (p.146). Cómo sacó del país "por Foz de
Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí, con mi cédula de
identidad, vestido de sacerdote, con el

clergyman y, de esa forma, pudo salvar su vida" (p.147). Cómo hizo
todo lo posible por liberar a "dos delegados obreros de militancia
comunista", por cuya vida le había pedido que mediara Esther
Balestrino de Careaga (p.148).
Entusiasmado por dar noticias de sus proezas a favor del partisanismo
marxista, Bergoglio ni siquiera repara en que está confesando
públicamente la comisión de delitos. Hasta que llega al punto central
de su riña con el incalificable Verbitsky, y entonces jura y rejura, en
largas parrafadas, (p.148-151) que estuvo siempre del lado de Yorio y
Jalics, dos de los tantos jesuítas que fungieron de apoyo -intelectual y
físico- a los planes de la Guerra Revolucionaria.

Son páginas sin desperdicio para medir el fondo del pecado y del
temor servil al que ha llegado este desventurado pastor. Su afán de
mostrarse colaboracionista del Marxismo alcanza aquí a su punto
culminante. Porque esta es la tragedia veraz que no podrán seguir
ocultando los artesanos del lavado de cerebro colectivo.
Durante aquellos años, la patria argentina fue blanco de una guerra,
declarada, conducida y financiada por el Internacionalismo Marxista,
como parte del programa total de la Guerra Revolucionaria. En esa
contienda, Bergoglio estuvo del lado de los enemigos de Dios y de la
Patria.
5 Aportemos un dato más. En el año 2007, Lucas Lanusse edita su
libro Cristo Revolucionario. La Iglesia militante, Buenos Aires, Editorial
Vergara. El libro es una rotunda y explícita apología de aquellos curas
y monjas que tuvieron parte Con cálculo preciso, y para que la
delimitación de posiciones ideológicas ya no admita vacilaciones, se le
cede la palabra a Alicia Oliveira. Por si algún lector desprevenido no
registrara a esta vieja militante izquierdista, los escribas nos la
presentan de este modo: "Firmante de cientos de habeas corpus por
detenciones ilegales y desapariciones durante la última dictadura, se
desempeñó como letrada e integró la primera comisión directiva del
Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), una de las más
emblemáticas ONGs dedicada a luchar contra las violaciones a los
derechos humanos [...] Con la llegada de Néstor Kirchner a la
presidencia [se desempeñó] como Representante Especial para los
Derechos Humanos de la Cancillería" (p.152).
Y Oliveira habla. Declara su "larga amistad" con el Cardenal "que la
terminaría convirtiendo en una testigo calificada de buena parte de la
actuación de Bergoglio durante la dictadura militar" (p.152). Cuenta
qué, dada su ostensible inserción en los planes de la activa en las
luchas guerrillleras de los años '70 o en su justificación ideológica
plena. Cada capítulo contiene una semblanza biográfica y un largo
reportaje a personajes bien conocidos, la mayoría de ellos
denunciados en su momento por Carlos Alberto Sacheri.. Al llegar al
capítulo dedicado al jesuíta Alberto Sily, agitador de las famosas Ligas
Agrarias Chaqueñas, que trabajaban en visible maridaje con las
organizaciones subversivas, y uno de los dirigentes del CÍAS (Centro
de Investigación y Acción Social, donde se cobijaba la intelligentzia de
la herejía progresista), el susodicho Sily confiesa que Bergoglio,
entonces Provincial de la Compañía, le entregó el rectorado del
Colegio de la Inmaculada. "Bergoglio insistió y Alberto [Sily] acató el
pedido", explica Lucas Lanuse. Agregando después las palabras que le
dicta el mismo Sily: "No entendía la medida, pero consideraba que el

Provincial estaba orientando de una manera muy creativa y positiva a
la Compañía [...] Con el paso de los años, Alberto [Sily] percibiría en
Bergoglio un cambio, [... ] un lento giro hacia posiciones mucho más
políticas que espirituales, un pasaje del discernimiento espiritual al
discernimiento político"
(Cfr. Lucas Lanuse, ob.cit, p.351). ¡Y pensar que esto -el tránsito de la
Fe a la praxis política de izquierda- se dice en tributo y homenaje a un
sacerdote! guerra revolucionaria -que ella llama eufemísticamente
"compromiso con los derechos humanos" (p.153)- el Cardenal "temía
por mi vida" y le ofreció el Colegio Máximo como aguantadero. Cuenta
cómo confió sus cuitas a Carmen Argibay -entonces Secretaria del
Juzgado de Oliveira- y cómo "tras la caída del gobierno de Isabel
Perón" sus "reuniones con Bergoglio se hicieron más frecuentes"
(p.153). También sus coincidencias ideológicas sobre "los militares de
aquella época" (p. 154), y la necesidad de salvarles la vida a quienes
ellos perseguían (ídem).
"Yo iba con frecuencia, los domingos, a la Casa de Ejercicios de San
Ignacio, y tengo presente que muchas de las comidas que se servían
allí, eran para despedir a gente que el padre Jorge sacaba del país [...]
Bergoglio también llegó a ocultar una biblioteca familiar con autores
marxistas" (p. 154).
Emocionada con los altos y muchos servicios que su amigo, el Padre
Jorge, prestaba a la causa, Oliveira recuerda que no sólo puso el
Colegio Máximo al servicio del ocultamiento de los zurdos, sino la
misma Universidad del Salvador, pues "muchos nos fuimos a
resguardar allí" (p.155). Ella, en efecto, dictaba Derecho Penal con
Eugenio Zaffaroni, y "en sus clases hablaba con libertad", analogando
la "ley de ordalía" -que "los alumnos me decían que eso era
horroroso"-"con lo que estaba pasando en el país" (p.155).
Una anécdota más le sirve a Oliveira para su apología de Bergoglio.
Como el sodomita Zaffaroni estaba empeñado en traer al país a
Charles Moyer, ex Secretario de la Corte Interamericana de Derechos
Humanos, al solo objeto de que fogoneara la eterna acusación contra
las Fuerzas Armadas argentinas, y encontraba obstáculos para
lograrlo, "le preguntó a ella qué podían hacer para que igual viniera,
pero con un motivo falso. Oliveira recuerda: '¿Qué hice? Recurrí, claro,
a Don Jorge, que me dijo que no me preocupara. Al poco tiempo cayó
con una carta en la que la Universidad invitaba a Moyer a dar una
charla sobre el procedimiento de la Corte Interamericana de Derechos
Humanos [...] A su regreso, Moyer le envió a Bergoglio una carta de
agradecimiento'" (p. 156).

El afecto la desborda al evocar todos estos gestos tan significativos
para la causa de los marxistas, y Oliveira culmina diciendo: "La verdad
es que si lo hubieran elegido Papa, habría experimentado una
sensación de abandono, ya que para mí es casi como un hermano y,
además, los argentinos lo necesitamos" (p.157).
Los "argentinos", "varones" y "mujeres" tan bien definidos, como
Argibay y Zaffaroni, sin ninguna duda. Otrosí la cáfila de comunistas
-laicos o clérigos- a quienes cobijó con complicidad activa. Los
argentinos de verdad y los católicos en serio, difícilmente sientan
necesidad de un lobo disfrazado de cordero.
El Cardenal aún no ha terminado de proferir su credo para el regocijo
del mundo y de su príncipe. "Creo en el hombre", declara (p.160). E
interrogado sobre Kirchner, y específicamente sobre la fama que se le
ha hecho de ser un opositor a su gestión, se ocupa con diligencia de
redondear su pulcra corrección política. "Considerarme a mí un
opositor me parece una manifestación de desinformación f...l En 2006
le mandé [a Kirchner] una carta para invitarlo a la ceremonia de
recordación de los cinco sacerdotes y seminaristas palotinos
asesinados durante la dictadura, al cumplirse treinta años de la
masacre perpetrada en la Iglesia de San Patricio [...] Más aún, como
no era una misa lo que iba a realizarse, cuando llegó a la iglesia, le
pedí que presidiera la ceremonia, porque siempre lo traté, durante su
mandato, como lo que era: el presidente de la Nación" (p. 114-115).
Está claro. Si hubiera sido por Su Eminencia, la profanación hubiera
sido doble. Rendirle homenaje a quienes coadyuvaron a los planes de
la guerrilla, y hacer presidir dicho homenaje, en una parroquia, a
quien a todas luces repugna de la Fe Católica y la persigue sin hesitar.
Vamos entendiendo algunas de sus palabras esparcidas en el libro:
"Muchos curas no merecemos que la gente crea en nosotros", (p.101).
"Algunos podrán aseverar: '¡qué cura comunista éste'! (p.106).
LA IGLESIA ADÚLTERA:
Nosotros, digámoslo claramente, no creemos que Bergoglio sea
comunista, ni peronista, ni nada en particular. En sus opciones
temporales debe aplicársele lo que Don Quijote utilizó para zaherir la
inconducta de Sancho: "en esto se nota que eres villano, en que eres
capaz de gritar ¡viva quien vence!". Toda esta exhibición de
colaboracionismo marxista no brota tanto de un convencimiento
ideológico serio, sino de una actitud villana. Si mañana se dieran

vuelta las cosas, podríamos escucharlo cantar Giovínezza con acento
piamontés.
Su problema es más hondo, más grave, más profundo; más difícil de
que merezca el perdón del buen Dios. Es el escándalo del Pastor que
se vuelve mercenario, cuya semblanza maldita y reprobación
consiguiente ha trazado y sentenciado Nuestro Señor Jesucristo con
palabras de vida eterna (cfr.
Jn.10, 11-13). "Oh mercenario! -grita San Agustín en su Comentario al
Evangelio de San Juan-, viste venir al lobo y has huido. Has huido
porque has
callado, y has callado porque has temido".
No es, por cierto, el suyo, un caso aislado. Es en este momento, en la
Argentina, la cabeza de un conjunto de pastores que tienen similar
conducta, y cuya última explicación encontramos en el Apocalipsis,
cuando se protesta a la iglesia ramerizada, fornicando con los
poderosos de la tierra y siendo infiel al Divino Esposo.
Pero dejemos las honduras de los Novísimos y ciñámonos al tema del
que veníamos hablando.
La Iglesia ha sido puesta en el banquillo de los acusados por sus
peores enemigos. Liberales y marxistas insisten en sostener que,
durante aquellos difíciles años de la lucha contra la guerrilla, la
Jerarquía calló, cohonestando así, de algún modo, las conductas
ilegítimas que habrían cometido las Fuerzas Armadas. La respuesta de
la acusada Jerarquía -Bergoglio el primero- fue tan frágil cuanto
penosa. Pues consistió, por un lado, en recordar sus documentos a
favor de los derechos humanos, emitidos durante la convulsa época
(p.141); y por otro, en señalarse como damnificada, reivindicando un
martirologio "católico" compuesto por personajes de inequívoca
filiación o conexión terrorista.
Si al responder con el recuerdo de textos pro derechohumanistas
centraba la cuestión exactamente donde no debía hacerlo, esto es, en
el núcleo de la mitología enemiga, convalidándola indirectamente; al
atribuirse como víctimas propias o como testigos eclesiales a quienes
habían sido cómplices de la escalada subversiva, pidiendo incluso la
beatificación para ellos, sembraba la confusión y potenciaba el engaño
hasta límites dolorosísimos por el escándalo que ello comporta.
En efecto, ¿qué clase de Iglesia es ésta que, para defenderse de las
acusaciones de haber estado asociada a la lucha contra la Revolución

Comunista, rehabilita el tener caídos o ideólogos del bando de la
misma, los homenajea efusivamente y los reclama en los altares y en
el santoral? ¿Qué clase de pastores son éstos que para levantar el
cargo de la complicidad con la represión castrense, aducen haber
izado la misma bandera de los derechos humanos que enarbolaron
como divisa nuclear de su ficción ideológica las bandas subversivas?
¿Qué clase de coherencia, en suma, pueden exhibir los obispos que
hoy no trepidan en contemporizar con los montoneros y erpianos
devenidos en funcionarios públicos, como no vacilaron ayer en
incumplir el deber irrenunciable que tenían de hablarles claro a los
hombres de armas, sea para que no delinquieran ni pecaran, o para
que combatieran con cristianos criterios? ¿Qué confianza pueden
inspirarnos estos funcionarios eclesiales llenos de movimientos
dúplices, medrosos, acomodaticios y heterodoxos?
No; no ha salido airosa del banquillo esta irreconocible Iglesia.
Acusada por los protervos de "ser la dictadura", cuando debió serlo si
aquella hubiera existido y en aras del bien común de la patria, sólo
atina a sacarse el incómodo sayo de encima del peor modo posible:
reduciendo su naturaleza salvífica a un internismo de derechas e
izquierdas, en el que los exponentes de las primeras habrían sido
culpables y las segundas constituirían proféticas voces demandantes
de los sacros derechos del hombre.
Por eso ha abandonado a su suerte al Padre Christian von Wernich,
ultrajado y preso mediante falsías inauditas. Por eso consintió el
escarnio público de Monseñor Baseotto. Por eso no tiene una palabra
ni un gesto de apoyo para los centenares de militares encarcelados
arbitrariamente por la tiranía kirchnerista. Por eso niega todo
reconocimiento de beatitud martirial a Genta y a Sacheri, mas anda
pronta en canonizar a Angelelli, Pironio, los palotinos o las monjas
francesas. Por eso no puede contarse con ella para que en los templos
se rinda honores públicos a la memoria de los caídos en el combate
contra los rojos, pero entrega al rabinato y a la masonería la
mismísima Catedral Metropolitana o la Basílica de Lujan.
Esta es la iglesia por la que lloró el entonces Cardenal Ratzinger,
cuando en el Via Crucis del último Viernes Santo del pontificado de
Juan Pablo II, dijo de ella que la cizaña prevalecía sobre el trigo. Y es
la iglesia por la que lloramos nosotros, con llanto sostenido. Porque se
nos crea o no -ya nada importa-no nos causa la menor gracia tener
que denunciar a Bergoglio. Sólo Dios sabe el dolor indecible que esto
significa. Ya quisiéramos tener un buen señor al que servir, y no un
mercenario al que desenmascarar. Un Príncipe al que rendirle nuestro
vasallaje, y no un lobo del que tomar prudente distancia.

ENVÍO PARA NECIOS:
Pero el último enunciado merece un párrafo final aclaratorio. Dirigido
a los necios, de quienes la Sacra Escritura nos advierte en fecundos
pasajes, para que estemos prevenidos, así sea de su ignorancia como
de su malicia, de sus calumnias como de sus enojos.
Estos necios pueden ser tanto laicos como religiosos, lo mismo da. Y
ante estas páginas nuestras podrán formular diversos cargos, como
de hecho ya ha sucedido en anteriores ocasiones.
Por respeto a los justos, sólo levantaremos preventivamente algunas
de las posibles objeciones de la vocinglería necia.
1°.- No es atacar a la Jerarquía poner en evidencia la existencia de
obispos felones, adúlteros, fariseos o heresiarcas. Es no pecar de
omisión ni de encubrimiento ni de complicidad. Precisamente por
amor a la verdadera Jerarquía.
Mientras escribimos estas líneas, en Mayo de 2010, el Papa Benedicto
XVI ha viajado a Portugal y le hemos escuchado decir que "la gran
persecución de la Iglesia no viene de sus enemigos de afuera sino que
nace del pecado dentro de la Iglesia". El Santo Padre no calla ni simula
ni atempera esos pecados, así sean repugnantes como de hecho
consta públicamente que son en tantos casos. A imitación del Vicario
de Cristo, todo laico fiel debe secundar su prédica, repudiando los
pecados internos, amonestando a sus cultores, previniendo de sus
acechanzas a los desprevenidos, y proponiendo como único antídoto
la práctica de la virtud y la predicación de la Verdad entera.
Ya en la Catequesis del miércoles 10 de muyo de 2006, el mismo
Benedicto XVI enseñaba que "obispo es la palabra que usamos para
traducir la palabra griega 'epíscopos'. Esta palabra indica a una
persona que contempla desde lo alto, que mira con el corazón. Así San
Pedro mismo, en su primera carta, llama al Señor Jesús 'pastor y
obispo - guardián - de sus almas' (1 P. 2, 25)". Y citando a San Ireneo
de Lyon, agrega: "Los Apóstoles querían que fuesen totalmente
perfectos e irreprochables aquellos a quienes dejaban como sucesores
suyos, transmitiéndoles su propia misión de enseñanza.
Si obraban correctamente, se seguiría gran utilidad; pero si hubiesen
caído, la mayor calamidad".
Celebramos, honramos y obedecemos a "los guardianes". Pero
estamos moralmente obligados a detestar a los artífices de "la mayor
calamidad", no siendo ciegos que se dejen guiar por otros ciegos (Mt.

15,14). Sigue siendo válido lo que santamente escribió el Capitán de
Loyola a San Pedro Canisio, el 13 de agosto de 1554: que "los pastores
católicos que con su mucha ignorancia pervierten al pueblo, parece
deberían ser muy rigurosamente castigados, o al menos separados de
la cura de almas", pues "más vale estar la grey sin pastor, que tener
por pastor a un lobo".
2°.- Existe, efectivamente, esa obligación moral antes aludida, y se
nos aplica a los simples "subditos de celo y libertad, para que no
teman corregir a los prelados, especialmente si el crimen es público y
corre peligro la mayoría de los fieles". Son palabras de Santo Tomás
de Aquino (In Gal. 2,11, n° 76-77), pero podríase sobre el particular
citar una multitud de textos escriturísticos, patrísticos, escolásticos,
conciliares, canónicos y pontificios de todos los tiempos, conformando
todos ellos un corpus doctrinal que en buena hora redondeó
admirablemente Melchor Cano -teólogo de Carlos V en Trentodiciendo: "cuando los pastores duermen, los perros deben ladrar".
Esta es doctrina católica, y no lo es su negación o intencional olvido.
Ahora bien, en lugar de considerar esta doctrina de los deberes de los
subditos en orden a hacer valer los derechos de Dios; en lugar de
tener en cuenta que no pocos santos la aplicaron, sin mengua de su
obediencia a la Iglesia Jerárquica, sino por fidelidad a la misma; en
lugar de discernir que de la enérgica y necesaria reprobación de los
errores de ciertas autoridades eclesiásticas no se sigue la negación o
el cuestionamiento de la Iglesia Jerárquica, per se, intrínsecamente y
en su totalidad; en lugar, en síntesis, de dirigir la censura a los
heresiarcas y rescatar la actitud de quienes para preservar a la
susodicha Iglesia Jerárquica cumplen con el deber de señalar
públicamente los extravíos, los necios nos condenan diciendo que no
se puede "desautorizar públicamente a los superiores jerárquicos, ni
criticar sus enseñanzas".
Lo peor de todo es que para darle carácter apodíctico a este juicio
-que contradice, como vimos, expresa enseñanza de Santo Tomás y del
Magisterioinvocan a veces los necios "la regla 10 a para sentir con la Iglesia"
(Ejercicios Espirituales n° 362). Pero dicha regla de San Ignacio se
refiere a la obediencia a las autoridades legítimas, punto que aquí no
está en discusión. Y en plena congruencia con la doctrina antes
asentada sobre los deberes de los subditos, concluye aclarando: "de
manera que, así como hace daño el hablar mal, en ausencia, de los
mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las
malas costumbres a las mismas personas que pueden remediarlas".

Un autorizado comentarista ignaciano, el célebre escritor ascético,
R.P. Mauricio Meschler S.J., ha precisado sobre el particular: "lo que el
Santo recomienda aquí [en la Regla n° 10, E.E, n° 362] es un principio
conservador de gran valía; se refiere a la observancia del cuarto
Mandamiento de Dios, del orden y de la paz del pueblo cristiano. Tal
espíritu de sumiso respeto a las autoridades constituidas siempre ha
sido una prueba del genuino sentimiento cristiano católico. Siempre
ha salido la Iglesia en defensa de la obediencia debida a la autoridad.
Por esta razón, el que legítimamente advirtiera o hiciera advertir a los
superiores sus yerros, sería muy benemérito así de la sociedad como
de la Iglesia" (Mauriio Meschler y Enrique
Pita, Sentir con la Iglesia y Discernimiento de Espíritus según San
Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Editora Cultural, 1943, p. 40).
Porque, además, así como aplican indebidamente los necios la Regla
n° 10 de San Ignacio, indebidamente aplican también el versículo
26,31 de San
Mateo: "heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño", para
hacernos responsables del "pecado abominable a los ojos de Dios" de
"censurar
públicamente a la Jerarquía, incitando a la confrontación y a la
división del Cuerpo Místico".
Pero dicho pasaje del Evangelio de San Mateo tiene precisamente
otros destinatarios, pues es dolorosa y profética respuesta de Cristo a
la promesa de los Apóstoles de no escandalizarse de Él, "aunque todos
se escandalizaren en Ti".
El Señor entonces le asegura con tristeza a Pedro, portavoz de los
Apóstoles en la escena, que "esta noche, antes que cante el gallo, me
negarás tres veces". "La fe de esta predicción" -comenta Santo Tomás
de la mano de San Jerónimo y de San Hilario- "estaba fundada en la
autoridad de una antigua profecía; por eso añade: hiere al Pastor y las
ovejas se descarriarán" (Santo Tomás, Caleña Áurea, II, 2, Mateo XXVI,
v. 30-35). Es a los sucesores de los Apóstoles, según este oportuno
texto, a quienes hay que recordar que no nieguen a Cristo ni se
escandalicen de Él, pues de lo contrario se dispersarán las ovejas.
En 1970, el notable Carlos Alberto Sacheri, escribía su libro La Iglesia
Clandestina, en el cual, con documentación fidedigna de toda índole,
denunciaba el aparato marxista-tercermundista, compuesto por
sacerdotes y hasta por obispos, que socavaba los cimientos mismos
de la Esposa de Cristo.

También -o tal vez, principalmente- por este libro, lo asesinaron.
Ahora bien; a Carlos Alberto Sacheri, que dio su sangre por Cristo Rey,
quitándoles las máscaras a estos lobos, ¿también se le aplica la Regla
n° 10 de San Ignacio, el versículo de San Mateo y los epítetos vulgares
con que los necios quieren acallarnos? Curioso razonamiento: si un
Cardenal de la Santa Madre Iglesia prédica heterodoxias, y obra
iniquidades, los necios jerárquicos se llaman a silencio. Si un laico
recuerda la ortodoxia, es pecado abominable.
3°.- Suelen aducir los necios que con estas denuncias les hacemos el
caldo gordo a los enemigos de la Iglesia.
Los enemigos de la Iglesia son, ante todo, los falsos pastores, los
fundadores infieles, el clero ganado por el vicio nefando y por el
pecado mayor de traicionar la integridad de la Fe. No necesitamos
informarles a los lectores despabilados que liberales y marxistas,
judíos y masones, ateos y gnósticos -y toda la gama posible de
enemigos de la Iglesia- son los socios habituales de nuestra Jerarquía.
Con ellos se sienten cómodos, no con nosotros.
No necesitamos agregar tampoco hasta qué punto -en nombre del
ecumenismo y desfigurándolo, en nombre del diálogo interreligioso y
corrompiéndolo-se ha dado pasto en abundancia a las fieras
anticatólicas, desde las mismas autoridades eclesiásticas. El caldo
gordo del enemigo lo cocinan muy bien los pastores devenidos en
mercenarios.
Bergoglio se sabe papabile. Toda la primera parte de su libro está
dedicada a probar que estuvo muy cerquita de suceder a Juan Pablo II.
Hay quienes dicen incluso que, El Jesuíta, pretende ser su plataforma
electoral para el próximo Cónclave. Al mejor estilo de los purpurados
europeos, como Giacomo Biffi con sus más que interesantes y
aprovechables Memorie e digressioni di un italiano cardinále, Su
Eminencia ha querido tener su propio relato biográfico. Este es el
peligro que debe movilizarnos: que un enemigo declarado de la
Verdad como el Cardenal Bergoglio pueda presentarse impunemente
como papabile. ¿Cuál es la parte que no entienden los múltiples necios
que dicen que desenmascarar a un enemigo es hacerles el caldo gordo
a los enemigos? ¿Cuál es el principio de identidad y de contradicción
del que no llegan a percatarse?
4°.- Una aclaración postrimera nos queda en el tintero y hemos de
reiterarla. No nos causa alegría andar de desencuentro en
desencuentro con curas y obispos, incluso con algunos de estos
últimos, con quienes habiendo tenido cierta amistad o trato cordial

antes de que fueran investidos, nos niegan ahora como si
estuviéramos leprosos. Tampoco nos causó alegría en su momento el
haber tenido que salir públicamente a discrepar con el Santo Padre
por el tratamiento de la cuestión judía.
Somos nadie para decir estas cosas. Individualmente considerados,
carecemos de todo rango, de todo encumbramiento y, si se quiere, de
todo mérito o autoridad. Pero no es nuestra valía personal lo que aquí
está en juego, ni nos importa defender prestigios subjetivos. En esto,
coincidimos con Federico Mihura Seeber: "Nuestro móvil no puede ser
ya más la fama [...] Trabajamos, sin duda que en la tierra, pero para la
Ciudad que baja del Cielo" (De Prophetia, Buenos Aires, Gladius, 2010,
p.250).
No obstante, y si individualmente considerados somos nada, como
miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, nadie puede impugnar
nuestro derecho y nuestra obligación de hablar. "Hasta el pelo más
delgado hace su sombra en el suelo", dice Fierro. Tanto más cuando
ese delgado pelo forma parte, por el sacramento del bautismo, de la
cabellera regia de la Esposa de Cristo, cuya belleza exaltara el Cantar
de los Cantares.
Respondiéndole a otro Cardenal Primado, que cayera también él en la
confusión doctrinal, principalmente en la relación judeocatolicismo, en
el año 1989, el Dr. Carlos Disandro tuvo que decirle al Cardenal
Aramburu: "mi fuerza y mi autoridad procederá de esa Ecclesia y de
esa Fe Intemeratta y Sublime, que ustedes traicionan y niegan [...] Mi
voz será sofocada y mi persona vilipendiada. Importa poco eso, o nada
[...] La Semántica Divina una vez proferida) perdura, en el aire
cósmico que la recepta y la enhena al Espíritu Paráclito, para que la
trasiegue, la planifique e ilumine, y la haga un viviente, cuando todo
parece morir".
No diremos ahora lo mucho que nos separa y nos aleja del autor de
esta cita. Diremos simplemente que lo que acaba de decir es
verdadero.
No hemos sido educados para tener que rebelarnos contra curas y
obispos, sino para arrodillarnos frente a la Jerarquía, orgullosos de la
sujeción y del honor de poder rendir nuestros servicios. Nos lastima
hasta la fibra más honda del alma constatar que, en líneas generales,
nuestros pastores y clérigos son medrosos, ambiguos, heresiarcas y
hasta poco o nada viriles, como diría Santa Catalina de Siena. Tal
situación nos provoca una desazón y un tormento que, insistimos, sólo
Dios conoce, y sólo El sabrá porqué lo permite.

Pero no debemos callar. En nombre propio, en el de los tantos y
tantos que padecen similar dolor, en el de nuestros maestros mártires
y en el de nuestros potenciales discípulos. No debemos callar, porque
la esperanza está puesta en el triunfo de la Verdad Crucificada,
oportuna e inoportunamente testimoniada. No debemos callar ni
retroceder, porque a pesar de la jerarquía prevaricadora y de sus
obsecuentes necios, alguien tiene que decir la Verdad.

"MUESTRARIO DE INFIDELIDADES"
Esta segunda parte del libro está constituida
por artículos que aparecieron en publicaciones
digitales o en sucesivos números de la revista
Cabildo durante los últimos años o inéditos.
En cada uno de ellos el lector podrá determinar
la fecha en que fueron escritos.
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Capítulo 1

EL FORO JUDEO CATÓLICO

Entre el 5 y el 8 de julio de 2004, en Buenos Aires, en las instalaciones
del Hotel Intercontinental, tuvo lugar el 18° Encuentro Internacional
del Comité de Enlace Católico-Judío.
No se trató de un encuentro circunstancial, de alcance privado, sino
de una reunión formal, oficial y planificada, tanto desde las altas
instancias del catolicismo como desde las del judaismo.
Cuatro Cardenales estaban presentes: William Kasper, Jorge Mejía,
Wiliam Keeler y Jorge Bergoglio; tres Consejos Pontificios
representaban los tres primeros; a la Iglesia Católica en la Argentina,
el último. Autoridades de la UCA, del Consudec, de la Universidad

Austral y el Vicario del Opus Dei, fueron de la partida. Asimismo,
destacados clérigos del culto judeocristiano, como Laguna, Pérez del
Viso, Rivas y Rafael Braun. Entre los laicos, diversos representantes
del Gobierno o de sus propias preferencias ecumenistas. El Presidente
de la Conferencia Episcopal, por cierto, hizo llegar su adhesión; y todo
se inició y transcurrió con la explícita anuencia y patrocinio del
Vaticano.

Del lado israelí estaban representados, entre otros, el Congreso Judío
Mundial, la DAZA, el Seminario Rabínico Latinoamericano, la B'Nai
B'rith, el Consejo Rabínico de América y el Congreso Judío
Latinoamericano. Y un número considerable de individualidades
hebreas, como Marcos Aguinis, que no necesariamente representan a
una determinada institución. En su conjunto, como se advierte, fue lo
que se llamaría una reunión calificada. Detalles, pormenores,
ponencias, asistentes y adherentes, pueden conocerse siguiendo los
periódicos de la semana que insumió el Foro. En internet, está claro,
los datos sobreabundan, empezando por los que proporcionaron las
propias agencias informativas católicas, nacionales o extranjeras. La
declaración final conjunta circuló profusamente.
Cuatro cosas deben ser dichas al respecto, sin el más mínimo asomo
de precipitación en el jaicio, talante irónico o afán contestatario.
Cuatro cosas, que sólo Dios conoce el dolor que nos causan. La
primera, que los católicos asistentes -ostenten las jerarquías que
ostentaren- profirieron heterodoxias graves e incurrieron en
omisiones culposas. Piénsese, por ejemplo, en lo que significa la
defensa expresa del sionismo, callando su naturaleza racista,
xenófoba1, anticristiana y homicida. O en la unión de ambas
religiones, la judía y la católica, predicada por Kasper, puesto que
"ambas son mesiánicas" y "el mesianismo tiene que ver con la
esperanza", enmudeciendo la afirmación de que Cristo es el Mesías a
quien Israel rechazó primero y consintió su muerte después.
Heterodoxias graves, reiteradas y múltiples, que en su conjunto, si
queremos despojarnos de circunloquios, no podremos sino llamar con
el duro nombre de herejía.
Lo segundo es que tales pastores, precisamente por lo que dijeron y
por lo que no quisieron decir, por lo que obraron y por lo que no
supieron obrar, in

ducen al rebaño fiel a una confusión atroz, llevándolo al límite mismo
del escándalo. Incurren en la misma falta quienes -a pesar de no
haber asistido y de conocer la verdad- no han sido capaces de hablar
"sí, sí; no, no".
Lo tercero, es que el grueso de las instituciones judías asistentes,
tienen un largo, probado y documentado historial de militancia
anticatólica, empezando por la siniestra agrupación masónica B'Nai
B'Bríth. De modo que de ser cierta la parte de la declaración final
conjunta, según la cual "la comunidad judía deplora el fenómeno del
anticatolicismo en todas sus formas", esa misma comunidad debería
empezar por cuestionar a las mencionadas entidades, así como sus
profusos y respectivos medios de difusión, que son otras tantas
pruebas del "anticatolicismo en todas sus formas".
Lo cuarto, al fin, es que bien estará que se recuerde la
incompatibilidad entre catolicismo y antisemitismo. Pero semitismo y
sionismo -cuya misma naturaleza ha quedado reconocida en buena
hora, bien que por motivos espurios- poseen unos principios y unos
fines, unos protagonistas y unos antecedentes, no sólo enteramente
incompatibles y hostiles a la fe católica, sino también a la misma
patria argentina, en cuyo seno tal reunión internacional se llevó a
cabo.
Este judeocatolicismo que en nombre de un desencaminado
ecumenismo ha quedado instalado, es una ignorancia tan enorme
cuanto culposa, una mentira intencional y una profanación impía. Y es
además una traición a las raices fundacionales de la argentinidad.
Quede dicho desde estas páginas, por modestas que sean, para que
algún día y en algún sitio se sepa, que conviene decir la Verdad, ante
el mutismo ominoso de los que deberían hacerse crucificar por ella.

EL MISMO DIOS:

Finalmente, el 9 de agosto de 2005, el Cardenal Bergoglio, junto con
León Cohén Bello por la DAIA, Luis Grynnwald por la AMIA, y Omal
Helal Massud por el Centro Islámico, suscribieron una declaración
conjunta contra "toda forma de fundamentalismo y terrorismo".
Interesante iniciativa, si las hay, y que no podía tener mejor inicio.
Tanto que en el trascendental documento fundante, el Cardenal
Primado -disipando las dudas de quienes aún creíamos con el

Catecismo que la Iglesia Católica era el Cuerpo Místico de Cristo- se
apresuró a aclararnos públicamente que en rigor, se trata
sencillamente de una de las "entidades comprometidas con la realidad
del país". Una ONG más, que en paridad de condiciones con otras,
puede suscribir convenios y contratos. Incluso comerciales,
aprovechando que -según lo dijera un afamado pastor el 6 de agosto
en Claves para un mundo mejor- "la economía argentina ha accedido a
rumbos mejores [...] tomando una orientación que en términos
generales se puede considerar correcta".
El otro error del que nos libró en la ocasión nuestro Primado, fue el
del Evangelio que por boca del mismísimo Jesucristo nos tenía
acostumbrados a repetir, refiriéndose a los israelitas: "Vosotros no
sois hijos de Abraham; si sois hijos de Abraham haced las obras de
Abraham. Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis hacer los
deseos de vuestro padre" (Jn.8, 44). Ahora sabemos, pues fue dicho
por el Pastor presentando el gran texto inaugural, que «tenemos
cosas en común: adoramos al mismo Dios, somos hijos de Abraham"
(La Nación, 10-8-05, p.10).
Pero no escribimos estas líneas sólo para dar gracias por el Nuevo
Culto Trimonoteísta que nos ha sido dado, sino para formular un
pedido, que podría derivar en un ofrecimiento. En efecto, dice el sacro
texto que los firmantes del mismo se comprometen a "crear una
Comisión destinada al estudio y a la prevención de las causas que
generan el terrorismo y el fundamentalismo".
Hace tiempo que deseamos saber, entre tantas cosas, por qué a
instancias de la DAIA y de la AMIA no se pudo enseñar más la religión
católica en las escuelas catamarqueñas; por qué bajo los auspicios de
tan ecumenistas entidades, se propuso suprimir la Cruz de la bandera
tucumana, o declarar antisemita la hipótesis de la implosión en la
Embajada de Israel, o culpar al Estado Argentino de los atentados
contra sus custodiados blancos. Por qué, el Estado de Israel -el mismo
que legaliza las torturas y prohija el terrorismo- puede patotear al
Santo Padre Benedicto XVI, mientras la primera ciudadana Cristina
Kirchner lo pone como modelo de política estatal.
Inquietudes todas que bien podrían disipar los integrantes de esta
anunciada Comisión. Para cuya constitución ofrecemos
desinteresadamente buscar algún colaborador, selecionado con
cautela, pues el hombre elegido, fiel a las enseñanzas bergoglianas,
según las cuales "adoramos al mismo Dios" (La Nación, ibidem), debe
creer simultáneamente en Alá, Jesucristo, el Becerro de Oro y el
Gauchito Gil.

LA BESTIA Y LOS PASTORES MAJADEROS:

El perfil de Laguna
En declaraciones públicas hechas al diario Perfil (domingo 13 de
noviembre de 2005, p.56) Monseñor Justo Laguna -siguiendo con una
línea de conducta tristemente habitual en él- ha desbarrado a
sabiendas, con plena conciencia de la confusión que causa, del daño
que ocasiona y del escándalo que acarrea. En esta ocasión, el tema
elegido para el desmadre doctrinal fue uno de los preferidos por los
medios, y también por el pastor, que parece sentirse cómodo en
lúbricas cavilaciones. Hablaron así de sexo, Damián Glaz, el perfilado
periodista, y Justo Laguna, el sedicente purpurado. Una foto del prete
en la cama completa e ilustra la noteja, como para que no se abriguen
dudas sobre el amarillismo del suelto al que interrogador e
interrogado se acaban de prestar.
Laguna dice lo suyo, que no es lo de la Iglesia sino lo de sus enemigos
y persecutores. Dice, verbigracia, que «este gobierno es lo mejor que
nos puede pasar» y que ya la ve «como presidenta a Cristina». Que
«debe ser revisado y discutido» el criterio vigente y aprobado en el
último Sínodo de prohibir la comunión a los divorciados. Que «habría
que despenalizarlo [al aborto] para algunos casos». Que está de
acuerdo con la educación sexual en las escuelas, pues contrariamente,
a lo que indica la tradición» «el sexo es para muchas cosas», y «el
colegio no cumple con su función si no enseña la totalidad de la
sexualidad» y si «a los adolescentes que no quieran ser castos» no se
les enseña que «no lo hagan mal, sin nada», al acto sexual.
Fingiendo algún asombro e inocultando la admiración ante tan
sabrosas heterodoxias, apenas el prelado concluye su frase favorable
a la despenaliza-ción del aborto, el escriba le pregunta si «cree que
llegará a ser ése el pensamiento institucional de la Iglesia». «Eso no lo
conseguiremos nunca», se lamenta Laguna. «Hemos tenido un Papa
muy duro en toda esa materia [se refiere a Juan Pablo II]. Y el que
tenemos ahora [se refiere a Benedicto XVI] está en la misma línea,
pero con más inteligencia, para colmo de males» (¡sic!).
'Ninguna interpretación es preciso ejercitar para advertir que Laguna
acaba de plantar el árbol de la ciencia del bien y del mal. Perverso
arbusto que ya no es el lignum vítae de la sabiduría divina ante el que
se prosternan los hombres de buena voluntad -y ante el cual estamos

obligados a la obediencia los miembros de la Iglesia- sino la planta
torcida, cizañosa y ruin de sus propios y mendaces puntos de vista.
Pero haber extirpado aquella señal paradisíaca de la omnisciencia del
Creador, para sustituirla por una doxa frivola, irresponsable y
calumniosa, es reeditar el gesto luciferino de la rebelión contra el
Altísimo.
No llegarán las sanciones canónicas que le corresponderían a este
prelado felón, después de esta última manifestación de su descaro. Ni
por haber ofendido a dos Pontífices, ni por declararse en los términos
que lo ha hecho en pro de la cultura de la muerte. Seguirán llegando
en cambio los favores del mundo, de los que nutre su vanidad y su
ridículo en-golamiento. Y habrá para él nuevos almuerzos televisivos o
nuevas funciones en la Comisión Episcopal de Ecumenismo.
No importa. Lo que ya le ha llegado de seguro es el vómito de Dios. Y
no hay perfil que pueda mejorar un rostro una vez recibida tan
fortísima sanción.
LA CIUDAD CAÍNICA:
Escándalo aparte es el que dan ciertos pastores y ciertas
agrupaciones católicas, al asociarse pública y reiteradamente con la
B'nai B'rith, en la mayoría de los casos para celebrar juntos las
efemérides impuestas coactivamente por el sionismo internacional.
Así sucedió en la parroquia porteña de San Nicolás de Barí, el pasado
9 de noviembre, con la asistencia del mismísimo Cardenal Bergoglio. Y
en el Museo de la Catedral de La Plata, y aún después, en la
Universidad Austral, bajo el patrocinio de Monseñor Patricio Olmos,
Vicario del Opus Dei (Cfr. La Nación, Buenos Aires, 14-11-05)
Fenómeno trágico y ya de larga data, si los hay, el de la judaización
del catolicismo, el del pseudoecumenismo convertido en irenismo y el
del diálogo interreligioso trastrocado en monólogo herético. Nada
diremos de ello en la ocasión. Fenómeno igualmente trágico el de la
falsificación intencional de la historia, en virtud del cual Israel viene
ofreciendo compulsivamente una visión amañada y unilateral del
pasado europeo, a partir de la victoria aliada en 1945. También
callaremos ahora sobre el punto.
Fenómeno muchísimo más desgarrador aún el de la constante
agresión judía a las creencias, a los símbolos y a las doctrinas
cristianas. Baste apenas como ejemplo -por la contemporaneidad con
el hecho central que motiva esta nota- el lacerante testimonio del
Padre Artemio Vítores, Vicario de la Custodia de Tierra Santa en

Jerusalén, sobre los atropellos hebreos contra los lugares santos que
ponen «en alto riesgo de que desaparezca completamente la
presencia cristiana en Belén», ante la indiferencia de los bautizados
(cfr. Zenit, 17-11-2005). Haremos silencio de igual modo en estas
circunstancias.
'Fenómeno, al fin, documentalmente constatable hasta el hartazgo, el
largo historial explícitamente masónico de la B'nai Brifh, desde su
fundación en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX. No ha
habido causa de la Revolución Mundial Anticristiana, que no dejara de
apoyar fervorosamente. No ha habido ideologismo ruinoso que no
propagara. No ha habido, en suma, opción política, cultural y
espiritual contraria a la recta doctrina, que se privara de su adhesión.
El peligro de esta logia judeomasónica se ha considerado tan extremo,
que hasta se han escuchado voces de alerta procedentes de quienes
no podrían tildarse de antisemitas, como Henry Ford, Jacques Zoilo
Scyzoryk, o el Executiue Intelligence Review. Pero insistimos: ninguna
de estas gravísimas realidades serán hoy objeto de análisis. Y no por
considerarlas poco entitativas, sino porque teniendo la relevancia que
tienen nos demandaría un espacio inabarcable al tiempo de redactar
estas líneas.
Un hecho menor y casero, en cambio, podría haber sido considerado
por los pastores, las prelaturas y las catedralicias autoridades; y es la
repartija insensata de anticonceptivos -orales o de látex- que la
aciaga logia judaica ejecuta prolijamente en los hospitales o centros
de salud de nuestra invadida patria, como parte del apoyo que le
presta a las campañas infames del inverecundo Ginés González García,
Ministro de Salud del Kirchnerismo.
A la vista está, y sólo a guisa de ejemplo, el diario El Día de
Gualeguaychú, del pasado 10 de octubre de 2005, para dar exacta
cuenta de lo que decimos. Que uno de los precitados pastores, que
practicó la anfitrionía y la coyunda con la B'nai Britli, haya sido el
mismo que paralelamente sostuvo una valiente discrepancia con las
obscenas políticas estatales en materia de sexualidad, y que suele
hablar lúcida y doctamente en tantas ocasiones, acentúa el dolor de
nuestra protesta.
Fue en la Basílica porteña de San Nicolás de Barí, ya aludida, donde el
Cardenal Bergoglio, llorando con la B'nai Brifh los cristales rotos de
1938, se lamentó de «nuestro cainismo humano». Una repasada a la
vera historia, y a la de la B'nai Brifh en particular, podría hacerles
patentes a estos judeocatólicos el sustento cabalístico del cainismo
humano, múltiple y antiquísimo en su fatal despliegue, desde las

primeras persecuciones a la Iglesia, por poner un hito, hasta los
crímenes perpetrados en nombre de la humanidad por los vencedores
de la Segunda Guerra. Podría hacerles patente del mismo modo, la
frondosidad de enseñanzas rabínicas que dan doloroso fundamento a
aquello que Guénon llamara la dudad caínica, o el cainismo moderno,
si se prefiere la denominación más ortodoxa de Monseñor Keppler.
A su vez, otra repasada a la teología, de la mano de los Padres para
mayor seguridad, podría tornarles comprensible el aciago parentesco
entre la Sinagoga y Caín. Drama doloroso de los tiempos, que con
caridad y claridad admirables, y glosando a San Pablo, explicara el
Padre Julio Meinvielle cuando escribió que «el judío es el verdadero
Caín». Y que, por lo tanto, Dios no dispone su exterminio, como en las
ideologías racistas, sino el castigo de que vaya «llevando en su carne
el testimonio de Cristo en el misterio de la iniquidad». Hasta que
arrepentido del horrendo crimen -y de los tantos cometidos como una
'resonancia fatídica de la muerte del justo Abel- vuelva penitente y
contrito a la casa del Padre.
Pero a ninguna casa del Padre querrán volver los judaicos caínes, a
ninguna mansión abandonada y traicionada querrán regresar, si los
pastores de la Iglesia Católica, lejos de instarlos a la conversión, se
judaizan con ellos y con ellos se unen en la ingrata tarea de
descristianizarlo todo. Y si en vez de rezar y luchar para que Caín
acorte sus días fugitivos e infecundos, se van con él a «las tierras de
Nod» de las que habla el Génesis (IV, 16). Tierra de nadie, sin patria,
sin raices, sin hogar ni consuelo ni gracia.

SOMBRAS NADA MÁS:

Sigue dando que hablar la Carta Pastoral del Episcopado Argentino
titulada Una luz para reconstruir la Nación (Buenos Aires, Pilar, 12-112005)
Si hemos de ser justos con la misma, diremos que no es desacertado
el criterio elegido por sus redactores de recordar «cinco principios
básicos de la Doctrina Social», con sus consiguientes «proyecciones
sobre la realidad social argentina»; para hacer lo mismo después con
«cuatro valores fundamentales de la vida social».

Lo desacertado -por decir lo menos- es el acento marcadamente
naturalista e inmanentista de los conceptos vertidos bajo aquellas
categorías. El tono temporalista y horizontalista, vacío de toda
perspectiva sobrenatural y de un talante genuinamente religioso. Lo
desacertado es el enfoque reducccionista que malbarata y hace pasar
la Doctrina Social de la Iglesia por la declaración de principios de
cualquier agrupación partidocrática. Lo desacertado, en suma, y
moralmente pecaminoso, es que aquello necesario de decir fue
pusilánimemente callado, y que lo dicho llevó el sello del
derechohumanismo, de la deificación de la democracia, del culto
antropocéntrico y hasta del siempre invocado y confuso solidarismo,
convertido ahora en principio de la Doctrina Social. Lo desacertado
-completemos el juicio- es el tributo que el texto paga, con inaudita
displicencia, al núcleo de las ficciones ideológicas de la modernidad,
tanto las de sesgo liberal como las de cuño marxista.
Sirvan de botones al proverbial muestrario, ante todo, el párrafo 29,
que proclama abolida la enseñanza tradicional de la Iglesia, según la
cual «el error no tiene derechos». Olvidando el pequeño detalle de que
tal enunciado doctrinal fue expresado, entre otros, por León XIII en la
Libertas, y que a la totalidad del magisterio leoniano pidió volver Juan
Pablo II en la Introducción de su Centessimus annus, como un modo de
«satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera ha contraído con
el gran Papa» y de manifestar «también el verdadero sentido de la
Tradición de la Iglesia».
Y luego el párrafo 30, en el cual -distorsionando facciosamente la
naturaleza de la guerra revolucionaria que el comunismo internacional
desató contra la Nación- se establece una explícita asimetría de
culpas, dictaminando que los actos de la guerrilla que «contribuyeron
a enlutar a la patria» no son comparables al «terror de Estado» con
sus «consecuentes crímenes de lesa humanidad». Como si toda
represión estatal -aún la lícita, necesaria y justísima-fuera per se
terrorismo; y como si los requisitos legales que tipifican de lesa
humanidad a un crimen, no se aplicaran uno a uno al crapuloso
accionar de la guerrilla. Y como si la acusación de "lesa humanidad"
contra las Fuerzas Armadas Argentinas, no se supiera ya,
sobradamente, que constituye una chicaría política de las izquierdas
sin real sustento jurídico.
Para los Obispos, los problemas vitales que deben señalarse y
corregirse son de índole sociológica: desocupación, subempleo,
exclusión social, inseguridad, pobreza. Y entre los «muchos signos
positivos» que han escrutado les parece enunciable, en primer lugar,
el aumento «del índice de votantes» (par.20).

La tragedia de una patria católica intencionalmente descristianizada,
de la Fe perseguida y profanada, de la Cátedra de Pedro escarnecida,
de la blasfemia y de la impiedad promovidas a mansalva, de la cultura
de la muerte entronizada, y del ultraje religioso y moral hecho política
oficial, no aparece mencionada. La tragedia de una Argentina en la
que Cristo ha sido destronado y los deicidas se reparten con
insolencia sus despojos, tampoco los inquieta. La tragedia
consiguiente de una población masificada y acostumbrada a la
aceptación del vicio y de la contranatura, cuyos integrantes han sido
degradados del rango de ciudadanos al «de votantes», no los perturba
ni les quita sus episcopales sueños. El hecho igualmente trágico de un
gobierno crapuloso y corrupto, integrado por la gusanería marxistoide
más revulsiva, y por los sirvientes más dóciles al Imperialismo
Internacional del Dinero, no se menciona en el listado de
inconvenientes.
Todo el sinfín de males enormes que se siguen de estar padeciendo la
acción devastadora de quienes niegan los derechos de Dios, ha sido
silenciado. Y mientras se calla el deber de resistir valientemente
tamaña perversión, hasta el derramamiento de la propia sangre si
fuera menester, se insta «a luchar para transformar la pasividad de
muchos en una auténtica participación democrática» (par. 21).
El Evangelio no manda luchar por la democracia, sino librar el buen
combate por amor a Cristo Rey. Un combate en el que se está
dispuesto a donar la vida, y en el cual, históricamente, muchos santos
y muchos héroes cristianos segaron vidas de enemigos públicos.
Porque no es lo mismo la muerte de un inocente, que la muerte de un
culpable en guerra justa o en custodia propia, o en legítima contienda
defensiva de bienes cuyo agravio no puede consentirse.
No trae, pues, la Carta de los Obispos, una luz para reconstruir la
nación. Sombras, nada más, como en el tango de Contursi. Lo que
debieran saber los pastores es que, como lo enseñara Castellani, Dios
no es un cantor de tangos, que al final, enternecido, abrirá las anchas
puertas para que todos pasen al cielo. No; no, enseñaba el gran cura.
La puerta es estrecha. Golpearán queriendo entrar los mercenarios
que dejaron el rebaño a merced de los lobos. Y detrás se escuchará la
voz firme y gimiente del Señor recitando: «Algún día haz de llamar / y
no te abriré la puerta / y me sentirás llorar».
LA BESTIA:
Pero como vivimos bajo el signo de lo paródico y de la apariencia sin
ser, tamaño documento episcopal -anodino, heterodoxo y tibio- fue

presentado por los medios como un «durísimo ataque» al Gobierno;
una especie de bula condenatoria que lo arrojaba al averno. Y así
durante días y días de libérrima ignorancia periodística. La especie
llegó a oídos de la Bestia y reaccionó como es del dominio público. En
su boca de dicción canibalesca se agolparon los sones guturales que
hicieron las veces de palabras reprobatorias. En sus zarpas se
crisparon las pulsaciones que remedaron humanos gestos
desdeñosos.
Porque Néstor Kirchner, que a él mentamos cuando decimos la Bestia,
es un calco de Dudard, aquel personaje progresista de El Rinoceronte
de lonesco, cuyas últimas palabras antes de animalizarse fueron
declarar que lo hacía pues era necesario ir con el tiempo. La Bestia no
lee, ni medita, ni reflexiona, ni jerarquiza, ni distingue. La Bestia es
incapaz del ensimismamiento, de la contrición, del perdón otorgado o
requerido. Gruñe, manotea y depone. Es inútil hacerle inteligir la
naturaleza de la Iglesia a la que cree pertenecer, y la naturaleza de la
herejía que hoy corroe a esa Iglesia y a cuyos profetas exalta
dialécticamente. Es inútil pretender inculcarle la noción del
sacramento de la penitencia, en virtud del cual, lo que quiso señalar
como un defecto: «confesar a los torturadores», no sería sino un
mérito, amén de un deber. Es inútil proporcionarle los rudimentos de
la lógica, según los cuales, un texto es veraz o falso per se, no per
accidens; esto es, en el caso que nos ocupa, por el apoyo de la Iglesia
a la legítima represión militar a la guerrilla. Es inútil solicitarle la fina
motricidad del alma, y la virtud de la veracidad conexa a la justicia. La
recua terrorista a la que lo une su pasado de módico estudiante
subversivo y su presente de garante del rencor setentista, lo
acompaña en su odio a la Cruz. Que es lo único que queda en pie
después de su grotesca soflama contra lo que él creyó inadmisible.
Hubiera sido edificante que ante este estallido feral -por el cual, como
en el poema de Manuel Machado, el animal «bufa, ruge, roto, cruje», y
encuentra como respuesta la figura esbelta del torero «que se esquiva
jugando con su enojo»- la Bestia se hubiera encontrado con la firmeza
de los Herederos de los Apóstoles haciéndolo rodar por la arena. En su
lugar, los obispos y el Cardenal Primado, Monseñor Bergoglio, se
apresuraron a aclarar con prontitud que la traída y llevada Carta
Pastoral no estaba dirigida contra el Gobierno. Diversidad de voceros
oficiales y oficiosos de la Conferencia Episcopal dieron la buena y
tranquilizadora nueva... ya vieja para nosotros.
Gracias al Cielo, entre los desertores de la Eternidad y la Bestia,
todavía existen católicos y argentinos dispuestos a pelear por Dios y
por la Patria.

SEÑOR, HIEDE....

«Los Pastores deben tomar cada vez más conciencia de un dato
fundamental para la evangelizarían: en donde Dios no ocupa el primer
lugar, allí donde no es reconocido y adorado como el Bien Supremo, la
dignidad del hombre se pone en peligro. Es por lo tanto urgente...
recordar que la adoración no es un lujo, sino una prioridad»Benedicto XVI, Ángelus del 28 de agosto de 2005
Cuando el dolor lacera y sacude al alma, es difícil andar enhebrando
discursos, mas también es difícil permanecer callado. Obren como
quieran aquellos obsecuentes que se saben conminados a salir en
defensa de la Jerarquía Eclesiástica, aún en las ocasiones en que ella
se muestra contraria a su misión doctrinal. Obren también como
quieran, quienes prefieran enmudecer o fingir. Lo cierto es que
cuantas veces nos toca hablar de la infidelidad de los Obispos, lo
hacemos con una pesadumbre que sólo Dios conoce y pesa. Dígase
entonces con aflicción, pero dígaselo de una vez, lo que hay que
afirmar sobre el inaudito caso del pastor sodomita, Monseñor
Maccarone.
1 -Maccarone pecó en primer lugar contra Dios. Pecó con vicio
nefando, faltó contra natura, depravó su cuerpo y su mente, ensució
el Orden Sagrado, llevó una vida sacrilega a fuer de doble, siendo una
de ellas la de Ministro de la Eucaristía, y la otra la de un relapso en
materia de perversión sexual. Pecó contra la castidad y dio escándalo
grave a sus subditos. Sacrilegio, sodomía, escándalo: así enunciemos
sus culpas.
Nada de esto ha sido dicho, faltándose entonces a esa primera caridad
que es la verdad, según recta enseñanza agustiniana. Y por tamaña
falta de omisión, quebrantóse la justicia, pues la omisión de lo
necesario es tan injusta como la afirmación del error. Y aquí lo
necesario era llamar a las cosas por su nombre, desagraviando a Dios
primero, el gran traicionado.
2 -Maccarone no es sólo ni principalmente un desventurado invertido,
sino uno de los tantos clérigos descarriados por la herejía progresista,
uno de los tantos activistas de la Iglesia Clandestina al servicio de la
Revolución Marxista. Pruébase lo dicho de modo terminante por

quienes le dieron su grotesco y ostensible apoyo una vez apartado de
su cargo, en septiembre de este año 2005. Desde el lipoma Bonafini
hasta el extorsionista Castell, pasando por toda la gama de los
izquierdistas mass media y de las agrupaciones ideológicas afines.
Pruébase por la cuidadosa elección de su amparo eclesial buscada por
la impía y montoneril dupla del matrimonio Kirchner. Pero pruébase
por sus frutos y por sus enseñanzas, cuyo tributo al hereje Karl
Ranhner, verbigratia, salió a relucir precisamente en carta de lectores
de una de sus discípulas y defensoras (cfr. La Nación, 25-8-05, p.16).
Nada de esto fue dicho, callándose nuevamente la existencia de ese
mal enorme, que autodemuele a la Iglesia. Un mal cuya acción real no
se entiende separada del Maligno, enseñoreado hoy a sus anchas en
el mismo lugar sacro. Heresiarca y manfloro: tales pues los adjetivos
que retratan al prelado depuesto.
3 -La reacción del Episcopado Argentino, con el Cardenal Bergoglio a
la cabeza, ha sido tan errada cuanto impropia, tan exasperante como
pusilánime, resultando en la práctica una triste complicidad con el
pastor felón. Elipsis y subterfugios múltiples reemplazaron el
perentorio lenguaje viril que la ocasión reclamaba. Minimizaciones
eufemísticas del horrendo pecado, ocuparon el lugar de las
indispensables reprobaciones morales. Elogios, ponderaciones y
unánimes encomios a la labor del descarriado, sustituyeron la legítima
reprensión y la exigencia de la reparación del escándalo ocasionado,
para que cese la contumacia. Perdones, disculpas y humanitarias
comprensiones ante la náusea, desplazaron toda palabra de
amonestación, todo llamado a la enmienda, toda urgente e
impostergable imprecación del reo. Lisonjas y majaderías impropias
de varones, hallaron cabida para "acompañar con afecto" al contumaz,
pero no hubo lugar para el celo de suplicar clemencia a los pies del
Señor.
Con una prontitud y un consenso que no se tuvo en anteriores y
necesarios casos, se le agradeció formalmente a Maccarone el servicio
prestado "a quienes tienen la fe amenazada"; como si la principal
amenaza a la Fe del rebaño no fuera ver la conversión de sus
mayorales en mercenarios y en lobos. Y en el colmo del dislate -que
sería jocundo si no rozara la blasfemia- se pretende hacer girar la
cuestión no en la ofensa mortal infligida al Altísimo, no en la
infracción al Decálogo ni en la infidelidad a Jesucristo y al Magisterio
de la Iglesia, sino en el espionaje político y en el avasallamiento de la
privacidad.

De resultas, lo pecaminoso ya no sería el amancebamiento contra
natura sino su indiscreta filmación con fines extorsivos. ¿Por quiénes
nos toman realmente los Obispos? ¿Por quiénes se toman, una vez
abajados de su rango de maestros de la Verdad? ¿En tan poca monta
se tienen y nos tienen, para ofender la inteligencia con estas baratijas
argumentativas? ¿Es tan fuerte el pacto de la colegialidad, acalla el
forzado mayoritarismo hasta la fuerza natural de las hormonas, para
que ni uno solo de los Obispos haya quebrado el complaciente
discurso unánime diciendo que el príncipe estaba desnudo, ¡ay!,
literalmente, y en camastro villano? La filosa y justiciera metáfora de
la rueda de molino, tan aplicable otrora como ahora, no tuvo esta vez
una boca pastoril que la recordara.
4 -La supuesta disculpa de Maccarone, que tomó estado público a
partir del 26 de agosto de este 2005, leída sobrenaturalmente asusta
por el torpor que delata, estado propio de un espíritu acédico. Pero
leída naturalmente es una prueba más, de que tanto él como sus
pares, son incapaces de superar la perspectiva horizontalista,
inmanentista y sociológica. El amadamado prete refiere "un proyecto
de extorsión", un "acontecimiento preparado por intereses y
tecnología" que "se aprovechó" de "su buena voluntad", hiriendo "la
calidad moral de su persona". En todo lo cual ve "el costo" pagado por
una "actitud" de lucha "contra la prepotencia y la injusticia" de los
poderosos políticos santiagueños. Ausente el perdón a Dios por las
ofensas múltiples y gravísimas. Ausente el decoro y el pudor para
llamarse a silencio sempiterno. Ausente el puño que se golpea con
furia el pecho, clamando cien veces mea culpa. Ausente el sentido
común para evitar expresiones como buena voluntad o calidad moral.
Ausente la conciencia del pecado, el propósito de enmienda, la
disposición penitencial, el inacabable pedido de misericordia al Señor,
para con sus vellaquerías primero, y para con la grey que sus
escándalos azotó.
5 -En el vigente Código de Derecho Canónico, un canon, el 1387, tiene
previsto hasta "la expulsión del estado clerical" para el religioso que
"con ocasión o pretexto de la confesión", "solicita al penitente a un
pecado contra el sexto mandamiento". Dictamen que no literalmente
pero sí a fortiori se le aplica a Maccarone. Y en el antiguo Pontifical
Romano -como lo ha recordado en una homilía luminosa el Padre
Gustavo Podestá- se detallaban los momentos solemnes, reparadores
y justicieros, de la ceremonia de degradación a la que podía
someterse a un pastor corrupto y ladino. Uno a uno, en restauradora
pedagogía litúrgica, se le despojaba al traidor de los atributos sacros
que se le habían conferido al ordenársele. Para que nadie pudiera
decir que la lenidad se había impuesto. Para que el maldito agravio al

Redentor no quedara impune ni triunfante la apostasía. Para que sus
manos ensuciadas por el dolo no se atrevieran jamás a tomar la
Sagrada Forma.
Nada de eso sucederá en este caso, como nada de eso sucedió en
situaciones análogas o más graves. Porque salvo honrosísimas
excepciones, estos pastores, que por dolorosa permisión de Dios,
ejecutan, encubren y toleran hoy la consumación de tantos atropellos
doctrinales y morales, no son en rigor la Verdadera Iglesia. Son la
Iglesia Clandestina, cuya protesta le costó la vida a Carlos Alberto
Sacheri. La que pide canonizar a los palotinos, a Angelelli, a Pironio o
a cuanto aprendiz de Judas cambió al Señor por denarios. La que dice
optar por los pobres, como escaramuza para servir a la Revolución. La
que dice enfrentarse con los poderosos pero complace a los tiranos.
La que dice oponerse a los poderes políticos, pero se prosterna ante la
democracia y sacraliza al Régimen. La que por boca del Cardenal
Primado, Jorge Bergoglio, ha dicho el pasado 10 de agosto -sin que
uno sólo de sus pares o subalternos saliera a enmendarlo o siquiera a
suplicarle enmiendas- que católicos, judíos y musulmanes "adoramos
al mismo Dios". Iglesia de la Publicidad, la llamaba el Padre Julio
Meinvielle; de la que el intemperado Maccarone quedará como un
emblema sombrío y vil, en el que se amalgaman el progresismo y la
contranatura, la inverecundia y la herética pravedad.
6 -No prevalecerán en la Barca sus polizontes cuatreros. Hay legiones
de curas acorazados en la Fe Verdadera, blandiendo la Cruz como se
empuña el mandoble en la batalla, ornamentados para el sacrificio,
dispuestos con hombría a servir a los menesterosos, a tutelar a los
débiles, a enfrentarse con los mercaderes, a despreciar a los
partidócratas, a conservar la pureza, y sobre todo a rezarle a Dios en
cada Pésame, "antes querría haber muerto que haberos ofendido".
Conocemos bien a esos curas gauchos e hidalgos, esparcidos sobre el
paisaje patrio, anónimos en su apostolado y eficientes en su diaria
oblación. A ellos, no les parece, como al Vocero del Episcopado, que
«la primera y mayor preocupación es la credibilidad pastoral de la
Iglesia», cual si se tratara de una empresa pronta a recuperar sus
clientes perdidos. A ellos les importa amar a Dios sobre todas las
cosas, y al prójimo por amor a Dios.
Y si la Barca hiede por sus presencias indignas, como el sepulcro de
Lázaro, según nos cuenta el Evangelio, el Rey Invicto puede restituirle
el aliento y el paso firme, la resurrección entera para que camine y
avance, ya sin mortaja ni remoras ni obstáculos.

No prevalecerán en la Barca los sembradores de cizaña ni los hijos de
las tinieblas, ni los eclécticos componedores de diálogos irenistas y
sincretistas, ni los pederastas ni los heresiarcas. Porque la Barca la
conduce Pedro, que -pescador veterano y reciamente masculino- se
guía por la voz tronitonante de su Caudillo, Jesucristo, quien le ordena
irrevocablemente: ¡Duc in altum! Conduce hacia lo Alto. Navega hacia
Alta Mar.

Capítulo 5

UNA CLARA Y OLVIDADA LECCIÓN DEL CARDENAL BERGOGLIO

En La Nación del 31 de diciembre de 2004 [p.15], se da a conocer el
fragmento esencial de la homilía pronunciada por el Cardenal
Bergoglio en la Catedral de Buenos Aires, «con ocasión de la
tradicional misa de Nochebuena». En la misma -y en una expresa
alusión a las reacciones viriles suscitadas por el muestrario
pseudoartístico del blasfemo León Ferrari- el Pastor las descalifica,
pidiendo «poner la otra mejilla y mantener la ternura».

Si el consejo se ciñe al caso particular de la provocación de León
Ferrari y de quienes lo respaldan, y pudiera resumirse en el criollismo
refranero de «no gastar pólvora en chimangos», podríamos coincidir
con el Obispo. Al fin de cuentas, ante las embestidas torpes de un
león, como ante las de un toro o cualquier otro bruto, puede caber el
señorío de «la gracia contra la ira», que festeja Manuel Machado
retratando la faena del torero.
Pero al margen de la circunstancia concreta que la motiva, la homilía
del Cardenal es heterodoxa, amén de inoportuna; desmoviliza a los
católicos justí-simamente indignados por las continuas y planificadas
afrentas oficiales que sufre hoy la Fe Verdadera, y confunde la
ascética de la mejilla, válida para el inimicus o agresor privado, con la
legítima ascética del látigo, válida y exigible frente a la acción
criminal del hostis o enemigo público. Certera, elemental y olvidada

distinción bimilenaria que ha hecho siempre el Magisterio, de la mano
de sus santos y doctores, y que no ha sido abolida por ningún
Pontificado ni por Concilio alguno. Tradicional enseñanza que explica y
justifica el por qué de tantos héroes cristianos que han alcanzado los
altares combatiendo en guerras justas contra los más nefandos
adversarios de la Cristiandad. El por qué, verbigracia, pudo escribir el
Crisóstomo: «si alguien blasfema corrígele, si vuelve a blasfemar
corrígele otra vez; si vuelve a blasfemar golpéale, rómpele los
dientes, santifica tu mano con el golpe».
De investigar y de exponer este apasionante tema me ocupé hace más
de una larga década, siendo el resultado de mis estudios una modesta
obra titulada El deber cristiano de la lucha (Buenos Aires, Scholastica,
1992, 356 p). El entonces Monseñor Jorge Mario Bergoglio, a la sazón
Vicario Episcopal de Flores, recibió mi libro, y me respondió con una
larga, generosa e iluminativa carta, fechada el 18 de noviembre de
1992, escrita en hojas membretadas de la misma Vicaría.
En sus partes más significativas dice la epístola: «Me felicito por tener
en las manos una obra así. Hace falta en un momento en que la
'tranquilidad de la paz' se ha adulterado en su significación. Todo se
sacrifica en aras del 'pluralismo de convivencia', en el que el Decálogo
puede reducirse a estos dos principales mandamientos: Vos con lo
tuyo y yo con lo mió', Vos no me jorobas y yo no te jorobo'.
Ese pluralismo en el cual la verdad 'se remata' en el relativismo
valorativo ambientado por un Neustadt o Grondona; en el cual la
belleza pasa por los liftenings de Mirtha Legrand o las guarangadas
degradantes de otras 'estrellas' (por no decir meteoritos que
destrozan lo que tocan) y en el que el bien pasa a ser una mera
adjetivación del verbo 'pasarla'. En un momento en que el tal
pluralismo de convivencia atenta contra la gramática más elemental
de la bonhomía y dignidad [...] hay cosas que no se prestan, que no se
negocian.
Cuánto nos hace falta hoy día que venga aquella vieja Macabea que,
con las entrañas destrozadas por el dolor, tenía la valentía de burlarse
del tirano con sus siete hijos. Claro, la vieja no les hablaba de
pluralismo, de convivencia. Dice la Escritura (y lo dice dos veces) que
les hablaba 'en dialecto materno'. Y el dialecto materno, ese que
mamamos con la gracia del Bautismo, es el que nos da la gracia y el
aguante para toda lucha. Cuánto nos hace falta hoy día que venga
otra Judith y que nos 'cante' la historia de vencedores que llevamos
dentro, como lo hizo con aquellos ancianos corruptos por la cobardía

que querían pactar. Les habló claro, y después no roscó ni zafó ni
negoció ni trenzó: simplemente le cortó la cabeza al enemigo de Dios.
Que la Santa Trinidad, a quien nos sea dada la gracia de adorar
siempre, tenga piedad de nosotros, y no nos deje caer en lo que
aquellos "hijos rebeldes' que surgieron en Israel (1 Macabeos, 11,15),
que para ser 'modernos' pactaron con todo: rindieron culto al
pluralismo de convivencia».
Bueno sería que el Cardenal, leyera hoy su propia epístola.
Pero hay más. Hacia la misma época de esta valiosa carta, visité a
Monseñor Bergoglio en su despacho de la Vicaría, en la calle Condarco
581, corazón mismo del barrio de Flores. Sabedor de mis inquietudes
sobre el tema que había motivado mi libro precitado, me obsequió un
tratado de C. Spicq, Vida Cristiana y Peregrinación según el Nuevo
Testamento (Madrid, BAC, 1977), aclarándome que el ejemplar estaba
leído, usado, marcado y aprovechado por él mismo en su formación
sacerdotal. Conmovido por esta inusual delicadeza me sumergí de
lleno en las páginas de Spicq, profesor de Sagrada Escritura en la
Universidad de Friburgo.
Están subrayadas con lápiz, por el hoy Arzobispo de Buenos Aires,
estos párrafos vigorosos de las páginas 154-155: «El cristiano debe
ser fuerte, porque ha de luchar [...] tanto más cuanto hay que
vérselas con el diablo, cuyas estratagemas son terriblemente
capciosas y agresivas; [...] No se trata tan sólo de ganar una batalla,
sino de emprender una guerra prolongada, con todas las vicisitudes,
renunciamientos, y múltiples esfuerzos, incluso heroicos en los
momentos críticos, pero teniendo en cuenta que el buen soldado, tras
haber cumplido con todos sus deberes, permanece dueño del campo
de batalla, queda de pie. De ahí la llamada al combate del v.14 [San
Pablo, Carta a los Efesios, 6]. 'En pie, pues', una vez por todas, no sólo
para revestirse de las armas que son medios de gracia y disponerse al
combate, sino ya como un soldado en campaña; la guerra ha
comenzado y es continua».
Estamos prontos a restituirle su carta y su libro al Cardenal. Para que
el penoso magisterio ghandiano que hoy lo paraliza y con el que
confunde y acobarda a la grey que le ha sido confiada, ceda su lugar a
la recia semántica de la milicia cristiana, apasionado por la cual,
alguna vez, suponemos, decidió ingresar a las filas combatientes de
San Ignacio de Loyola.

Capítulo 6
ANTE UNA NUEVA Y GRAVE
PROFANACIÓN DE LA CATEDRAL
DE BUENOS AIRES

El próximo martes 11 de noviembre de 2008 -si la ira justiciera de Dios
no dispone lo contrario- la Catedral Metropolitana de Buenos Aires
sufrirá un nuevo y gravísimo agravio.
No se trata en la ocasión del regular desfile sacrilego que frente a
ella, y con la anuencia explícita del Gobierno, realizan en tropel los
sodomitas y sus aliados de depravada especie. Tampoco de la invasión
de las Madres de Plaza de Mayo, cuya sola presencia es una
deposición irreverente y procaz. Ni del arribo oficial de la masonería,
ultrajando el espacio sacro so pretexto de un indebido homenaje al
Gral. José de San Martín. Hechos ambos que sucedieron con el
consentimiento del Cardenal Primado1.

Si las relaciones del Cardenal Bergoglio, tanto con el judaismo como
con el sionismo, son concretas y explícitas, no aparecen -por lo menos
hasta hoy- tan claras sus vinculaciones con la masonería. En varios
reportajes concedidos por Sergio Nunes, Gran Maestre de la Gran
Logia de la Argentina de Venerables y Libres Masones, sobre todo en
dos periódicos provinciales de Gualeguaychú y de San Juan, hacia
fines del 2007, el susodicho Nunes manifestó su coincidencia "con el
Cardenal Bergoglio, sobre la pobreza, las asimetrías sociales y la
necesidad de llegar a una igualdad de oportunidades para los seres
humanos" (cfr. http:/ /radiocristiandad. wordpress.com/2007/12/1 l/lamasoneria-argentina-dice-tener-muchas-cosas-en-comun-con-laiglesia-catolica/); como manifestó asimismo su deseo de tener un
encuentro con el obispo. Pero lo que es innegable es que Bergoglio
jamás llamó al orden a Monseñor Karlic, cuya escandalizadora
confraternización pública con la Masonería tuvo lugar en Paraná, el 12
de abril de 2000. Tampoco lo hizo cuando el referido Karlic, en
vísperas de la Navidad del 2008, en No;

en la Festividad del Patrono de la Ciudad, la Arquidiócesis de Buenos
Aires mediante su Comisión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso,

por un lado; y la tenebrosa B'Nai B'rith por otro, cocelebrarán una
"liturgia de conmemoración" en el "70 aniversario de la Noche de los
Cristales Rotos". Tamaño oficio religioso -según lo anuncia la
invitación oficial que tenemos a la vista- suma, además, los auspicios
y las adhesiones de cinco instituciones judaicas, unidas todas con la
jerarquía católica nativa para "honrar y recordar" a las víctimas de
"los nazis" que "en la noche del 9 de noviembre de 1938, profanaron y
destruyeron más de 1000 sinagogas, mataron a decenas, encarcelaron
a 30.000 judíos en campos de concentración [saqueando] negocios y
empresas".
El hecho, por donde se lo mire, constituye una mentira infame y una
abominación que clama al cielo.
Mentira es que se acuse, sin más, a los nazis, de los luctuosos y
reprobables hechos conocidos como la Kristallnacht o Noche del
Cristal, repitiendo por enésima vez la versión canonizada por la
propaganda sionista y las usinas aliadas, ya varias y científicas veces
rebatida en trabajos como los de Ingrid Weckert (Cfr. "Flash Point,
Crystalnight 1938. Instigators, victims and beneficiarles").

el programa / Viva la Radio! que se emite por la Cadena 3 Argentina,
de Córdoba, recomendó el libro de Antonio María Baggio, El principio
olvidado: la Fraterni¬dad, editado con el auspicio y el patrocinio de la
Fundación AVINA, creada por el masón Stephan Schmidheiny. En dicho
reportaje, además, Karlic hizo la justificación de los "sacerdotes
tercemundistas que se comprometieron con la guerrilla, porque creían
en la dimensión social en términos más cristianos" (cfr. http://
www.youtube.com/watch?v=flOkTXL3uOfi ). Es evidente que el silencio
de Bergoglio ante tan desembozadas manifestaciones pro masónicas y
pro marxistoides de Karlic, guarda plena sintonía con sus propias
convicciones.

Mentira es que se oculte el asesinato, a manos del judío Herzel
Grynscpan, del diplomático alemán Ernst von Rath, cuya alevosía
-sumada a otras acciones judaicas de similar tono- motivó la reacción
violenta contra los israelitas aquella noche trágica y condenable.
Mentira es que se calle la evidente responsabilidad -tanto en el crimen
de otro funcionario alemán, W. Gustloff, como en el aprovechamiento
político de los desmanes- de la siniestra Ligue Internationale Contre
VAntisémitisme (LIGA), sobre cuyo mentor Jabotinsky podrían
escribirse páginas de negras acusaciones.

Mentira es que se silencien las fundadas sospechas de la provocación
intencional de este pogrom por la mencionada LIGA, eligiéndose
cuidadosamente para su estallido la noche del 9 de noviembre, fecha
emblemática en la historia del Partido Nacionalsocialista. Mentira es
que se escamoteen arteramente los repudios públicos y privados,
enérgicos todos, de los principales dirigentes nacionalsocialistas a
aquella jornada de desmanes y tropelías, que incluyen declaraciones
de Goebbels, Himmler, Hess y Frie-drich de Schaumburg; así como
órdenes expresas de reponer el orden y de castigar a los culpables, a
cargo del mismo Hitler, de Viktor Lútze, jefe de las S.A, y del precitado
Goebbels, en su famoso discurso de la madrugada del 10 de
noviembre. Mentira es que se omita el Protocolo del 16 de diciembre
de 1938, firmado por el Ministro del Interior de Hitler, Dr. Whilhelm
Frick, repudiando tajantemente el criminal atropello, no sin analizar
seriamente sus reales motivaciones.
Mentira es que se hable de "7000 sinagogas destruidas", cuando no
llegaron a 180, a manos de una chusma incalificable, y de "30.000
judíos encarcelados en campos de concentración", cuando 20.000
fueron los detenidos para su propia protección, y liberados pocos días
después de aquella demencia nocturna, según consta en el Informe de
R. Heydrich del 11 de noviembre de 1938, aceptado en el «juicio» de
Nüremberg.
Mentira canallesca, al fin, la que se asienta en el volante oficial de
invitación a los festejos, y según la cual "el mundo se mantuvo en
silencio". En el mundo entero no se habló de otra cosa que de la
supuesta barbarie germana, consiguiéndose ipso facto ventajosos
acuerdos de emigración para los judíos alemanes hacia Palestina, lo
que se consumó ese mismo año 1938, con un número aproximado de
117.000 hebreos. El mismo Hitler envió a Hjalmar Schacht a Londres
para que gestionara la recepción de 150.000 judíos, mientras el
presidente Roosevelt reunió en Evianles-Baine a representantes de 32
ríáciones para organizar la preservación de los hebreos.
Se movilizaron por la causa judía más de 1500 diarios en 165 países,
como bien lo relata Salvador Borrego. Hasta tal punto que -con razón
pudo decir Schopenhauer- "si se le pisa un pie a un judío en Francfort,
toda la prensa, desde Moscú hasta San Francisco, levanta vivas
manifestaciones de dolor".
Los tres objetivos sionistas se habían cumplido con creces: la
difamación sin retorno del régimen nacionalsocialista, el principio del
movimiento internacional que llevaría a la caída del Tercer Reich, y el
abandono de su supuesta tierra natal, Alemania, de los israelitas allí

radicados, trazándose cuidadosamente el plan de ocupar Palestina. ¿A
quién benefició aquella noche de sangre y fuego? ¿Quiénes la armaron
realmente, si los más destacados jerarcas del Nacionalsocialismo se
quejaron amargamente de la misma y ordenaron su inmediato cese?
Somos católicos, y se nos crea o no, lo mismo da, nuestras espadas no
se cruzan por defender una ideología sobre la cual han recaído
oportunas y sucesivas reprobaciones pontificias. Pero por modestos y
mellados que puedan estar nuestros aceros, saldrán siempre en
defensa de la verdad histórica, de los vencidos de 1945, a quienes
ningún alegato en su defensa se les permite. Y saldrán siempre en
repudio y en ataque de la criminalidad judaica, por cuyas víctimas,
que suman millones -sí, decenas de millones- no hay un solo obispo
guapo que quiera rezar un sencillo responso.

Capítulo 7

LA NOCHE DE LOS CRISTALES ROTOS

El próximo lunes 9 de noviembre de 2009 la Iglesia de Santa Catalina
de Siena, de nuestra Ciudad de Buenos Aires, sufrirá un gravísimo
agravio, como lo padeciera la Catedral Metropolitana en años
anterio¬res, ante las mismas circunstancias. Para que el dolor resulte
aún más lacerante, los primeros responsables de tamaña profanación
serán nuestros propios pasto¬res.
Se trata de una falsa celebración ritual que se ha vuelto pecaminosa e
impune costumbre. La Arquidió-cesis de Buenos Aires, por un lado,
mediante su Comi¬sión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso; y la
tene¬brosa B'Nai B'rith por otro, co-celebrarán una 'liturgia de
conmemoración" en el "un nuevo aniversario de la No-che de los
Cristales Rotos".
Tamaño oficio religioso -según lo anuncia regu¬larmente la invitación
oficial de rigor- suma, además, los auspicios y las adhesiones de una
diversidad de instituciones judaicas, unidas todas con la jerarquía
católica nativa para "honrar y recordar" a las víctimas de "los nazis"
que "en la noche del 9 de noviembre de 1938, profanaron y
destruyeron más de 1000 sinagogas, mataron a decenas, encarcelaron

a 30.000judíos en cam¬pos de concentración [saqueando] negocios y
empresas".
El convite oficial correspondiente al 2009, por su parte, agrega que el
episodio recordado "significó el inicio de la Shoa [...] que llevó a la
muerte a más de seis millones de judíos, entre ellos un millón y medio
de niños" (Cfr.AICA, 3-XI-09); esto es, el mito completo y canonizado,
presentado con la misma categorización dogmática de siempre, contra
las más elementales reglas de la estadística demográfica objetiva.
El hecho, por donde se lo mire, constituye una mentira infame y una
abominación que clama al cielo [...]
Mentiras múltiples, por un lado, decíamos. Pero abominación que
clama al cielo, por otra. Y esto es lo más desconsolador, porque peor
que la falsificación del pasado es la falsificación de la Fe. Lo primero
es oficialismo historiográfico y puede tener el remedio del buen
revisionismo. Lo segundo es la entronización del Anticristo y sólo
hallará el remedio definitivo con la Parusía.
En efecto; nada les importa a los obispos que las entidades judaicas
con las que se unirán en esta parodia litúrgica, tengan un amplio y
ruinoso historial de militancia anticatólica. Nada les importa que la
B'nai Brith sea sinónimo documentado de malicia masónica, mafia
mundial, ideologismo revolucionario y plutocratismo expoliador y
artero. Nada les importa si una de esas instituciones, el Seminario
Rabínico Latinoamericano, amén de su frondoso prontuario sionista y
marxista, ostente con insolencia el nombre público de Marshall Meyer,
conocido y castigado otrora por su flagrante inmoralidad.
Nada les importa que uno de los cocelebrantes de la parodia ritual,
junto con el inefable Padre Rafael Braun, sea el Rabino Alejandro
Avruj, Director Ejecutivo de Judaica, organización que se exhibe
ostensiblemente "en red" junto con JAG (Judíos Argentinos Gays) para
propiciar públicamente las uniones "maritales" entre degenerados
(cfr. http://jagargentina. blogspot.com, y Agencia Judía deNoticias, 306-08). Nada les importa a estos pastores devenidos en lobos, que
todas y cada una de estas entidades, hoy llamadas a una
concelebración farisea y endemoniada, hayan sido y sean la prueba
palpable del odio a Cristo, a su Santísima Madre y a la Argentina
Católica.
LA HEREJÍA JUDEO-CRISTIANA
No; lo único que les importa es consolidar la herejía judeo-cristiana,
convertirse en sus acólitos y adalides, y exhibirse impúdicamente ante

la sociedad, no como maestros de la Verdad, crucificados por ella, sino
como garantes del pensamiento único, tramado en las logias y en las
sinagogas.
Bergoglio el primero, y tras él sus diversos heresiarcas -más o menos
activos o pasivos, acoquinados o movedizos- no quieren ser piedra de
escándalo ni signo de contradicción, ni sal de la tierra y luz del
mundo. Quieren ser funcionarios potables a la corriente, empleados
dóciles de la Revolución Mundial Anticristiana.
Dolorosamente hemos de acotar -como hijos sufrientes y perplejos de
la Santa Madre Iglesia- que en tal materia, el mal ejemplo llega de la
misma Roma, desde donde parten y se extienden las más innecesarias
majaderías y adulaciones a los deicidas. Empezando por la más grave
de todas, cual es precisamente la de exculparlos del crimen del
deicidio, renunciando a su conversión.
Nuestro respeto es sincero y creciente por los tantos Natanaeles, en
cuyos corazones no hay dolo, según lo enseñara el Señor. Nuestra
veneración es mayúscula hacia aquellos que, como los gloriosos
hermanos Lémann, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, el inmenso
Eugenio Zolli, o nuestro cercano Jacobo Fijman abandonaron las
tinieblas para arrodillarse contritos -victoriosos en su metanoia- ante
la majestad de Cristo Rey.
Pero nuestra guerra teológica sigue siendo sin cuartel y declarada
contra este sincretismo indigno, ilegítimo y herético, cuyos fautores
eclesiásticos -ya hueros de todo temor de Dios y de toda genuina fe
neotestamentaria- no trepidan en ofrecerles a los enemigos de la Cruz
uno de los templos más emblemáticos de la Ciudad, otrora llamada de
la Santísima Trinidad. Hospitalarios con los perversos para celebrar la
mentira, quede marcado para ellos el estigma irrefragable de quienes
traicionan el Altar del Dios Vivo y Verdadero.
DECÍRSELO EN LA CARA
En la Homilía pronunciada durante la Misa Arquidiocesana de Niños en
el Parque Roca, el pasado 24 de octubre de 2009, entre murgas y
marionetas gigantes -según la noticia oficial publicada en AICA-el
Cardenal Primado, con esa facilidad ilimitada que posee de
aplebeyarlo todo, les dijo a los pequeños: "Nunca le saquen el cuero a
nadie. Si ustedes le tienen que decir algo a alguien, se lo dicen en la
cara".
Se lo estamos diciendo en la cara, Eminencia, pero ¿qué es lo que no
comprende? ¿Qué no se puede cometer sacrilegio, que no se debe

homenajear una mentira, que no es posible la unidad de los opuestos
y la coyunda con los enemigos de la Cruz, que no se debe permitir la
concelebración de un ritual mendaz entre un modernista cripto judío y
un hebreo promotor de la contranatura, que es inadmisible profanar
un antiguo templo porteño para cultivar la obsecuencia con el poder
judaico? ¿Cuánto más cara a cara tenemos que seguir proclamando
estas dolientes verdades para que sean inteligidas?
Con palabras eternas del Evangelio les llegue, a los intrusos del lunes
9 de noviembre y a quienes les abren las puertas, la admonición jamás
periclitada: "¡Matasteis al Autor de la Vida, crucificasteis al Señor de
la Gloria!".
Con palabras veraces seguiremos repitiendo lo que todos
cobardemente callan: el único holocausto de la historia, los tuvo a los
judíos por victimarios y a Nuestro Señor Jesucristo por Víctima
inmolada.
Con palabras de Santa Catalina de Siena -la dueña de casa del
Convento que profanarán estos malditos- repetiremos en alta voz:
"Gracias, gracias sean dadas al Dios Soberano y Eterno, que nos ha
colocado en el campo de batalla para luchar como valientes caballeros
por Su Esposa, con el escudo de la Santa Fe".
Con palabras del martirologio seguiremos proclamando: Cristo Vence,
Cristo Reina Cristo Impera. ¡Viva Cristo Rey!

Capítulo 8

DOBLE Y SILENCIADA AFRENTA

El pasado 12 de diciembre de 2009, cuando la Cristiandad celebra el
día de Nuestra Señora de Guadalupe, la plana mayor de la masonería
vernácula -esto es, de la Sinagoga de Satanás, según impericlitable
sentencia de León XIII- presidida por un sujeto que dice responder al
nombre de Sergio Nunes, ingresó a la Catedral de Buenos Aires para
rendirle homenaje, según se dijo, al Gral. José de San Martín.
De acuerdo con la información proporcionada por los mismos
interesados fue la «primera vez en la historia [que] un grupo de

masones ingresó en la Catedral, en un hecho [...] casi sin
antecedentes en el mundo». «Con traje oscuro», «reencontrándose
como hermanos», con «todas las manos en el corazón», aquellos
invasores escucharon el «breve discurso» de Nunes o Nones, y tras
celebrar la memoria de quien consideran «el más ilustre iniciado», se
retiraron del lugar para seguir con sus estropicios ordinarios (cfr.
Justo y postergado homenaje, en Símbolo-net, n.69, diciembre de
2007. Publicación digital de la Secretaría de Prensa de Gran Logia de
la Argentina de Libres y Aceptados Masones).
La gravedad notoria y pública del sacrilegio, obliga a las siguientes
consideraciones:
1.- Son responsables de esta grotesca profanación las autoridades
religiosas naturalmente a cargo de custodiar el templo mayor de la
Ciudad, quienes en vez de impedirles el acceso a los siniestros y
condenados sectarios, les franquearon las puertas con complicidad
manifiesta y escandaloso beneplácito. Es responsable el Cardenal
Primado, Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio; el Nuncio
Apostólico, y todos aquellos miembros de la Jerarquía que, por acción
u omisión, han consentido o callado frente a tan provocador atropello.
2.- Todavía rige la condena terminante a la masonería, firmada al
menos en dos ocasiones, de puño y letra, por el actual Pontífice
Benedicto XVI, entonces Cardenal Ratzinger, cuando el 17 de febrero
de 1981 primero, y el 26 de noviembre de 1983 después, la Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe que lo tenía por Prefecto,
ratificó no sólo la incompatibilidad entre catolicismo y masonería, sino
la pena de excomunión prevista para quien tenga inserción en tan
nefasta conjura. Rige asimismo el canon 1374, que 'establece
condignos castigos a los que prestan su concurso a cualquier
«asociación que maquina contra la Iglesia»; y el canon 1376 que
señala similares penas a «quien profana una cosa sagrada». Caben
estos drásticos sayos no primeramente a los inmundos enmandilados,
que son enemigos visibles y explícitos de la Fe, sino a todos aquellos
que, por razón de su ministerio, deberían proteger a la Cruz y se
comportan en cambio como coautores de su vejamen.
3.- No es la primera vez en estos tiempos recientes, que nos toca
presenciar con dolor el ultraje de algunos de nuestros más venerados
templos. Sólo al pasar, y recordando lo sucedido en los meses
postrimeros de este año que se esfuma, apuntamos los penosísimos
episodios de la Basílica de Lujan, de San Francisco, de San. Ignacio, de
la Santa Cruz o de San Patricio. En un caso fue cedido el altar mayor
como podio proselitista a la infame dupla de los Kirchner y sus

secuaces; en otro el espacio sacro todo, como solaz para un grupo de
estólidos que conforman un club privado; en otros la parroquia entera
como escenario y emblema del odio marxista presidido por las
Madres, las Abuelas, los Hijos y cuanta parentela homicida y
depredadora ejerce hoy poder en la patria estaqueada; y en otro caso,
el de nuestro templo más antiguo, como tinglado cabalístico para
alimentar la mentira judaica del holocausto.
4.- Muchas y crueles profanaciones de sus espacios sagrados ha
padecido la Santa Madre Iglesia en veinte largos siglos. Pero es el
nuestro un caso desdichadamente único, de templos que son
entregados por los propios pastores a las hordas marxistas, a las
bandas talmúdicas, a las logias masónicas y a las bacanales del
mundo.
En tiempos heroicos, los obispos morían mártires junto a sus
sacerdotes y feligreses, para impedir la horrenda blasfemia. Ahora,
andan compitiendo presurosos para recibir los halagos de los peores
verdugos de la Fe. En tierras sojuzgadas por el comunismo, creció en
estatura y en bizarría el legendario Cardenal de Hierro. Aquí, cuando
los acomodados clérigos se entregan ostensiblemente a la masonería
-como lo hizo a la vista de todos Estanislao Karlic, el 12 de abril de
2000- los nombran Cardenales.
5.- El Gral. José de San Martín no fue «el más ilustre iniciado» de sus
endemoniadas filas, como fementidamente repiten los trespunteados
agentes.
Sobran las pruebas para demostrar que los masones fueron sus
pertinaces enemigos, dentro y fuera del país; para demostrar que los
caudillos federales -con sus pendones altivos que gritaban ¡Religión o
Muerte!-fueron en cambio sus camaradas y amigos. Para probar, en
suma, que el hombre que persiguió con vara implacable a los
masones, haciéndolos hocicar y rendir, fue el heredero de su sable
corvo, y el destinatario de los mayores elogios. «Los pueblos» -le
escribió San Martín a Quiroga el 20 de diciembre de 1834-«están en
estado de agitación contaminados todos de unitarios, de logistas, de
aspirantes de agentes secretos de otras naciones, y de las grandes
logias que tienen en conmoción a toda Europa».
Una doble profanación se ha consumado, aunque entre la una y la otra
haya una distancia que sabemos calibrar. A Dios y a la Patria, a los
Santos y a los Héroes, a la Cruz y a la Espada, al Sagrario y al Soldado,
al Altar y a la Historia.

iTal vez quede en esta tierra yerma alguna guardia de granaderos
desvelados, leales a la misión que se les impuso de tutelar los restos
del procer en la Catedral de Santa María de los Buenos Aires. Si así
fuera, bueno sería que en la próxima ocasión desalojaran a
mandoblazos limpios a estos apatridas y amorales, usurpadores
insolentes de la Casa del Padre. Y aplicaran contra ellos el merecido
castigo previsto por el Libertador para «todo aquel que blasfemare el
nombre de Dios y el de su adorable Madre», como rezaba el artículo
primero del Código de Deberes militares y penas para sus infractores.
Por si alguien lo ha olvidado, el tal castigo suponía la mordaza
primero y la horadación de la lengua después, con un hierro al rojo
vivo. Tanta rudeza, explicaba San Martín, para que la patria no
resultase «abrigadora de crímenes».

MUESTRARIO DE INFIDELIDADES
Capítulo 9
SEPULCROS BLANQUEADOS

La impostura oficial, abocada a glorificar a los guerrilleros marxistas
que le declararon la Guerra Revolucionaria a la Argentina con el apoyo
internacional de varios Estados Terroristas, desde el cubano hasta el
soviético, ha recibido el pasado Martes Santo de 2009 una nueva
bendición del Cardenal Bergoglio. El Martes Santo, para que la
profanación fuera completa. Cuando el centro de toda contemplación
y de toda conducta cristiana, no debía ser otro sino el misterio de la
inminente resurrección; cuando las lecturas del día remitían al profeta
Isaías definiendo la vocación del siervo de Dios como el oficio de ser
luz para las naciones (Isaías, 49, 1-6); cuando la tierra se prepara para
el sepulcro y el cielo para la gloria, el Cardenal y los suyos celebraron
la memoria de quienes se alistaron con el ateísmo.
Fue en San Patricio, más que parroquia -como la de la Santa Cruz,
como tantas otras- verdadero museo de la propaganda anticatólica y
antro de agitación irreligiosa. Aguantadero de tenebrosas
organizaciones, podio de fariseos, teatro de la amnesia, vidriera de la
malaventurada progresía.
La verdad es muy distinta a la versión amañada que dan gobierno y
clerecía. Angelelli, Mujica, las monjas francesas o los palotinos,
integrantes todos de la nómina de "mártires" que el Cardenal

considera beatificables si no canonizables, eran activos militantes de
las bandas terroristas, traidores consumados a Cristo y a la Iglesia.
Compañeros de ruta, socios y cómplices de los innúmeros crímenes
cometidos por los rojos; desembozados o agazapados miembros de los
forajidos pelotones de erpianos y montoneros. Ellos mismos lo han
testimoniado con desparpajo y abundancia de pruebas. Ellos mismos,
sabiéndose impunes y poderosos, han reivindicado las sangrientas
trapisondas. Como lo hiciera en el 2000 Ernesto Jauretche,
precisamente en relación con el papel de los palotinos. Ésta es la
verdad, se busquen para encubrirla o edulcorarla los eufemismos que
se buscaren.
Sin embargo, para tales apóstatas abundan los homenajes
"litúrgicos", los servicios interreligiosos, las "misas" ecuménicas, los
santuarios con votivas lumbres, las trágicas parodias rituales de un
sincretismo atroz, en el que convergen judíos, masones, herejes y
vulgares patanes. Todo suma a la alucinación colectiva de una
feligresía errática a la que le han trastrocado el sentido más hondo de
la vida martirial.
Para el montonero Jorge Taiana, actual Canciller, el Cardenal Bergoglio
y sus acólitos tienen pronta la preocupación por sus presuntos
padecimientos en tiempos de la "dictadura". Para sus víctimas
inocentes, el mutismo, la desaprensión y el olvido. Para el protervo
Telerman, Jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, las visitas de
cortesía y los recíprocos augurios. Para quienes padecen su gestión,
desde los tiempos de Aníbal Ibarra, edificada en el apoyo a la cultura
de la muerte, la contranatura, la subversión y la blasfemia, no hay
pastorales tan caritativas ni beneplácitos efusivos.
La tenida de San. Patricio no sólo fue una fiesta de la nueva y ficta
historia oficial. Fue casi -porque el paralelismo es inevitable- la
sombría consolidación de lo que en las negras horas de la Rusia
leninista se dio en llamar Iglesia Renovada, con el traidor Alexander
Vedensky a la cabeza; esto es, una asamblea dócil y funcional a los
requerimientos del bolchevismo. La Iglesia deja de ser así "la basura"
identificable con "la dictadura", poniéndose del lado de los marxistas,
y llorando con ellos los comunes muertos de una guerra inicua que
supieron librar codo a codo. Los sepulcros de los demonios se
blanquean. Quienes lo hacen posible se convierten en sepulcros
blanqueados. Ya se sabe qué dijo de ellos el Señor.
El miserable de Kirchner conoce bien los trucos. Por eso asiste a estas
funciones de "su" iglesia católica, como asistió ayer a los sacrilegios
del sodomita Maccarone, o a la toma de posesión del oficialista

Monseñor Romanín o a los despliegues canallescos del Padre "Pocho"
Brizuela. La Iglesia Renovada es ahora, para Kirchner, su nueva madre
y maestra. Y ella, como una barca invertida y desleal, lo recibe en su
seno, le da la mano y lo acoge con holgura. Navegan en bajamar o en
aquerónticas aguas. Con esta "iglesia", claro, no miente al decir que
"nunca tuvo problemas".
Pero en la patria hubo católicos a quienes, por odio a la Fe, mató
arteramente la guerrilla marxista. La misma a la que sirvieron los
palotinos, las monjas francesas, Angelelli y Mujica. Católicos cabales,
asesinados por ser testigos valientes de la Cruz. Católicos como
Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Católicos como tantos
humildes soldados o policías, abatidos a mansalva, sin tiempo a veces
para musitar una oración. Católicos como los guerreros de Tucumán,
que portaban escapularios en sus pechos y ataban el rosario al caño
del fusil.
¿Qué Misa celebró públicamente por ellos, Cardenal Bergoglio? ¿Qué
llanto derramó por sus memorias, qué consuelo para sus deudos, que
confortación para sus familiares, qué homenaje visible y orgulloso
tributó en el altar para sus conductas de combatientes de Dios y de la
Patria? ¿Qué santuario alberga sus restos y ante ellos su responso y
su homenaje? ¿Qué proceso de beatificación promueve o acompaña
Usted, para quienes por luchar por el Amor de los Amores, mató el
odio desalmado y oscuro? ¿Qué secreta lista de mártires integran
estos gloriosos caídos para que ninguno de sus nombres egregios
resuenen entre los muros posesos del templo de San. Patricio? Al final
era cierto. Existe él Evangelio de Judas. Pero no es un apócrifo de la
gnóstica secta cainista. Es una triste realidad que parece escribir a
diario la Jerarquía nativa.
Caídos en la guerra justa contra el marxismo: primero por sus almas
hemos elevado esta Semana Santa nuestras más encendidas
plegarias. Y no habrá pastor medroso ni gobernante crápula que
puedan impedir que lleguen, piadosas e invictas, ante el Dios de los
Ejércitos.
Caídos en la guerra justa contra el marxismo: a la diestra del Padre,
donde no llegan las felonías del clero ni las crueldades de los
resentidos, descansen en paz. Caídos en la guerra justa contra el
marxismo: ¡Presentes!

Capítulo 10

MARICONES CON O SIN "MATRIMONIO"

"Los que son más aparejados para huir que no para luchar, más vale
verlos en los escuadrones de los contrarios que en los nuestros"
Jenofonte, Anábasis, III, 2,17.
Cuando hacia fines del año 2009 el imbécil de Mauricio Macri decidió
aprobar la parodia siniestra del «matrimonio» homosexual, Bergoglio
se le quejó invocando las leyes positivas, según las cuales, tal acto no
debería haberse consumado, y el Jefe de la Ciudad Autónoma debería
haber apelado legalmente para evitar la irregularidad reglamentaria.
La declaración bergogliana o badogliana -lo mismo da- no pasaba el
terreno del positivismo jurídico. Nada de invocaciones al Decálogo, a
la Sacra Escritura, a la Verdad Revelada, a la Ley Divina o al
Magisterio intangible de la Iglesia. Nada de excomuniones ni de
confrontaciones celestes. Nada de invocar los derechos de Dios y los
deberes de los supuestos bautizados. Nada de recuerdos
comprometedores como los de Sodoma y Gomorra, ni de inoportunos
textos paulinos mandando al infierno a los sodomitas. Todo medido y
prolijito dentro del presunto orden constitucional. Lo que se dice una
queja liberal y democrática; y limitada a Macri, claro. Porque los
Kirchner son propulsores explíctos de esta depravación, pero para
ellos no ha llegado aún ni este suave tironcito de orejas clerical.
A pesar de la evidente y calculada pusilanimidad de la reacción
eclesiástica, algunos católicos vieron poco menos que una epopeya en
la declaración del Primado. Como la Fundación Komar y su Centro de
Estudios Sabiduría Cristiana que, el 1-12-2009, en la página 7 de La
Nación, sacaron una solicitada en la que se «agradece y apoya
incondicionalmente la posición firme y clara de nuestro Arzobispo».
¿Cuál es la posición firme y clara? ¿No haberse atrevido a actuar como
Cardenal Primado de la Verdadera Iglesia, sino como un moderado
jurisconsulto iuspositivista? ¿Cuál es la posición firme y clara? ¿No
blandir el báculo para asentarlo con vigor viril en las testas putoides
de estos aberrantes funcionarios?
Pocos días después, a Página 12 se le obstruían sus carótidas, por
disciplina partidaria; y reventando como sapo, una de sus habituales
cretinas inventaba una conspiración nazifascista contra el
«matrimonio gay», de la que Cabildo era el eje y el motor (Cfr. Página
12, 5-12-09, La InquiSSición). Como en la tal «conspiración» quedaba
involucrado el abogado Pedro Javier María Andereggen, tres días

después, su amigo judío Ricardo Miguel Tobal, en La Nación del 8-1209, p. 5, sacaba también una solicitada. Para aclarar que Andereggen
«no pertenecía a grupos de ideología nazi-fascista», y que él, «como
integrante de la colectividad judía argentina» daba «público
testimonio [...] del respeto por parte del nombrado y de su familia
-reconocidamente católicos- a las tradiciones religiosas judías en
ocasión de asistir a actos de ese culto, de su fraternidad social con
numerosos miembros de la colectividad, del carácter republicano y
democrático de sus opiniones políticas, y de su condena y dolor moral
por la Shoá».
Evidentemente los que piden casarse entre sí no son los únicos
maricones de esta trágica historia.
Pero hay más. En la misma línea medrosa, el pasado 25 de febrero de
2010, Bergoglio volvió a emitir un nuevo Comunicado reprobando la
negativa de Macri a impugnar la contranatura.
Entonces, Eduardo Rafael Carrasco, Director del Programa Padres de
Familia y con nutrida trayectoria en la lucha por la Cultura de la Vida,
dio a conocer una didáctica Declaración que nos place reproducir:
Coméntanos al comunicado del Arzobispado de Buenos Aires del 2502-10
1.- Argumentación
El comunicado se atiene estrictamente a la legislación civil, partiendo:
a) de que la legislación argentina reconoce el matrimonio como
integrado por un hombre y una mujer; b) y asimismo, como así es
entendido desde épocas ancestrales, su reafirmación no implica
discriminación alguna; c) en conclusión, el Poder Ejecutivo de la CABA
tiene la obligación de apelar el fallo.
2.- Observaciones particulares
El razonamiento presenta fallos para la mentalidad actual,
severamente acosada por la ideología del género. Veamos: a)
Defender el matrimonio apoyándose en una ley civiles sumamente
débil, pues esa ley puede -y va camino a- ser modificada por otra,
presentada como más acorde a los tiempos presentes; b) que rija el
matrimonio convencional desde la prehistoria, es otro motivo más
para alterar la institución, puesto que la ideología del género en boga
imagina la historia como una lucha de clases derivada del abuso
masculino, que requiere ejercer su dominio en esa institución; c)
plantear la obligación del Poder Ejecutivo sería relativo, pues

argumentarán que fue votado para gobernar sin presiones y
respetando la voluntad popular.
3.- Reflexiones generales
a) Omitir la invocación constitucional a Dios, fuente de toda razón y
justicia, debilita toda la argumentación, regalando el uso de la
autoridad que la propia Carta Magna confiere. Sin duda la sociedad
espera razones religiosas directas de una autoridad religiosa. Para el
caso, oír de los ministros de la Iglesia la interpretación de qué es lo
que Dios quiere al respecto, y qué nos dice indirectamente la
naturaleza creada por Él; b) los argumentos jurídicos servirían de
respaldo adicional, ya que incumben principalmente a las instituciones
competentes en el tema, como podrían ser los colegios públicos de
abogados, y ajenos a toda confesión religiosa; c) no hay en el
comunicado una sola referencia al derecho natural, como fundamento
insoslayable de la ley positiva; d) ¿No hay advertencias y sanciones
para los católicos que eludan su responsabilidad ante estos hechos?»
Fieles a nuestra antigua consigna, celebramos que alguien diga la
Verdad. Deploramos que no sea el Cardenal Primado, e instamos a
quienes tengan un resto de amor por la veracidad que dejen de urdir
la fábula de Bergoglio como el gran impugnador del Gobierno. Ambos
son funcionales entre sí, y los dos lo son al reino de la mentira.

Capítulo 11
EL MAL COMBATE
El conflicto con él homosexualismo

En un inteligente Ensayo sobre Chesterton, Gustavo Corcao ha
distinguido entre combate y conflicto. El primero corresponde a los
admirables tiempos medievales y es propio de los caballeros, que
bregan por la defensa armada de la Verdad desarmada. No
necesariamente con unas armas corpóreas o metálicas -siempre
bienvenidas en la justiciera lid- pero sí necesariamente con un arsenal
viril, de hombres antes dispuestos a batirse que a rendirse. El
conflicto en cambio, es lo propio del sujeto moderno. Se alimenta de
negociaciones, debates, dudas, retrocesos, discrepancias y
avenencias. Su heráldica es la del civilizado disenso, mientras el

blasón del combate es la sangre martirial trasegada en desigual
torneo.
Así las diferencias, era lógico que los obispos tuviesen conflictos con
el homosexualismo desatado, y en particular con el abyecto propósito
kirchnerista de legalizar los apareamientos contranatura,
considerándolos "matrimonios". Conflictos propios de espíritus
pacifistas, racionales, discutidores; permeables al diálogo y abiertos a
las disidencias. ¡Que a nadie se le ocurra andar pidiendo la pena de
muerte para los sodomitas, Levitico en ristre, como osó hacerlo el
Rabino Samuel Levin! ¡Qué a nadie se le ocurra asimismo solicitar el
castigo fatal para los gomorritas, como se aplica aún hoy en
Afganistán, Irán, Mauritania o Yemen, países mahometanos! ¡Que a
nadie se le ocurra tampoco andar mentando los textos del
fundamentalista Pablo de Tarso, según los cuales, es el infierno lo que
les aguarda a los promotores y ejecutores del festín horrendo contra
el Orden Natural!
Conflictos sí; combates no: tal la consigna de los pastores y de su
arrebañada grey.
Por distintas fuentes nunca desmentidas -y por una de la que hemos
tenido directa constatación- se supo que en este conflicto Monseñor
Bergoglio propuso una salida a la altura de sus antecedentes.
Consistía la misma en acordar la legalización de la llamada "unión
civil", como supuesto mal menor preferible al mal mayor del
"matrimonio igualitario". Para eso contaba con la opusdeísta Liliana
Negre de Alonso, y con otras figuras mamarrachescas del catolicismo
oficial -altos pretes incluidos- políticamente correctos y tributarios del
pensamiento único. Pacifistas como son, a tales "católicos" y a su
Cardenal Primado, la batalla sin cuartel y acaso cruenta les parecía
una desmesura. Lo razonable era amortizar el conflicto con algún
paliativo que no dejara vencedores ni derrotados. Las "uniones
civiles" -tan comprensivas, tan sin máculas de antañonas
discriminaciones- eran un encantador remedio.
No analizaremos ahora la falacia del llamado mal menor en política1,
ni creemos pertinente aclarar que tanto clama al cielo que dos
invertidos se acoplen
Lo hemos hecho profusamente en Antonio Caponnetto: La per-versión
democrática, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 1998, p. 228-265. bajo
una ley que los declare civilmente unidos, o bajo otra que, por vía de
cruel sarcasmo, denomine al acople con el título de matrimonio.
Ambas realidades son ultrajantes y vejatorias, y en mejores tiempos,

por ofensa a Dios muchísimo menor que ésta, los pastores fieles
hubiesen calzado clámide, moharra y gorguera. Bajo cualquier
denominación o instituto, legalizar la mancebía promiscua de un par
de seres depravados, es un pecado enorme y escandaloso.
Sin embargo, sea por la furia maloliente de los Kirchner contra todo lo
que lleve el signo de la Iglesia; sea por el grueso equívoco mediático
de suponerlo al Cardenal en la primera línea de fuego contra el
Gobierno; sea por las nutridas movilizaciones provinciales en pro de la
familia, o por la presión de varias declaraciones episcopales, más en
consonancia con el rechazo vigoroso de Benedicto XVI a la cultura de
la muerte, lo cierto es que Monseñor Bergoglio abandonó
temporariamente su medianía en la materia, tuvo una misteriosa
epojé en su ininterrumpida heterodoxia, y dio a luz una misiva "A las
monjas carmelitas de Buenos Aires", fechada el 22 de junio de 2010.
La carta no empardará a las Pónticas de Ovidio ni las Epístolas de
Eustacio de Tesalónica, pero es redondamente buena, tanto de criterio
como de contenido y de espíritu. Y dice cosas gratamente disonantes
con el magisterio irenista de Su Eminencia. Dice, por ejemplo, que la
iniciativa oficial del "matrimonio homosexual" es "la pretensión
destructiva del Plan de Dios". Que "no se trata de un mero proyecto
legislativo (éste es sólo el instrumento), sino de una 'movida' del
padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de
Dios". Que es una manifestación de "la envidia del Demonio", quien
"arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer
que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra".
Dice además, para nuestro inusitado regocijo, que "hoy, la patria",
ante "el encantamiento de tantos sofismas con que se busca justificar
este proyecto de ley" [del matrimonio homosexual], necesita el auxilio
del "Espíritu de Verdad", del "Espíritu Santo, que ponga la luz en
medio de las tinieblas del error". Al fin, y al modo de un encomiable
corolario, la carta termina pidiendo el apoyo sobrenatural de la
Sagrada Familia, para que sus miembros "nos socorran, defiendan y
acompañen en esta guerra de Dios" y en "esta lucha por la Patria".
Era demasiado. Demasiado por donde se lo mire, gíitar este manojo de
verdades rotundas y dar un puñetazo en la infausta mesa del diálogo
para hablar, siquiera una vez, el lenguaje inequívoco de las
definiciones tajantes. Era demasiado y el mundo no le perdonó al
Cardenal que rompiera su alianza con él, aunque fuera
circunstancialmente y por fugaces momentos. En esta ocasión,
incluso, el Centro de Estudios Sabiduría Cristiana, no sacó ninguna

solicitada apoyando "incondicionalmente la posición firme y clara de
nuestro Arzobispo".
Llovieron las críticas feroces, a cual más indignas e ignorantes.
Llovieron asimismo las justificaciones y las corteses reconvenciones
de los católicos bien-pensantes, la una más inaudita que la otra; y no
faltaron los intentos por exculpar al Cardenal de tan insólita
exaltación de ortodoxia, haciendo recaer "las culpas" del "exceso" a
las presiones de cierta línea eclesial demasiado romanista.
El mismo Monseñor Antonio Marino -a quien tenemos por un hombre
de bien, y que se prodigó en esfuerzos para que los senadores no
votaran la ley del homosexualismo "conyugal"- interrogado por Sergio
Rubín, en el Clarín del domingo 18 de julio de 2010, acerca de si no
fue "contraproducente para la Iglesia que Bergoglio dijera que estaba
el diablo tras la iniciativa" [del matrimonio homosexual], en vez de
trompear al desubicado con palabras contundentes, dio la siguiente y
desconcertante respuesta: "El Cardenal se dirigía a las monjas
contemplativas. No me parece que deba estar prohibido emplear el
lenguaje de la Biblia, sobre todo para hablar con religiosas". Una
traducción penosa pero no falaz de las palabras de Monseñor, podría
ser la que sigue: "Caballeros, no sean duros con el Cardenal. Ustedes
saben cómo son las monjas, creen en el demonio y todo eso. Además
se trata del lenguaje de la Biblia, con sus simbolismos como el diablo,
el infierno, etc. Sean comprensivos. Si no se hubiera dirigido a las
monjitas, el Cardenal hubiera usado otras palabras".
Sin embargo, quien se llevó las palmas de la interpretación de la
misiva bergogliana, fue la mismísima Cristina Kirchner. El 12 de julio,
desde Pekín, le dijo a los medios: "Este discurso [el de Bergoglio] es
agre¬sivo y descalificador. Sobre todo proveniente de aquellos que
deberían instar a la paz, la tolerancia, la diversidad y el diálogo, o por
lo menos eso es lo que siempre dijeron en sus documentos".
Director del DEPLAI, la principal institución oficial de la Iglesia que
tomó bajo su responsabilidad la organización de aquel olvidable
encuentro en el Congreso.
La carta está fechada el 5 de julio de 2010, y circuló masivamente por
los medios, entre otras cosas, porque el destinatario de la misma vivió
por esos días su propia novela de Wilde, sólo que la importancia era
ahora la de llamarse Justo y resultar portavoz de La Iglesia Infiel
Tres afirmaciones erróneas enhebra el Cardenal en su misiva.

-Dice la primera: "Sé, porque me lo has expresado, que no será un
acto contra nadie, dado que no queremos juzgar a quienes piensan y
sienten de un modo distinto [...] En una convivencia social es
necesaria la aceptación de las diferencias".
1 El vicio nefando hecho política de Estado, práctica impúdica y ariete
político expreso contra el Catolicismo, no puede ser reducido
eufemísticamente a "un pensar y sentir de modo distinto". Debe ser
juzgado moralmente, y condenado de modo enérgico y ejemplar todo
aquel que lo practique con inverecundia, lo promueva con estulticia, lo
difunda obscenamente y lo convierta en herramienta explícita para
enfrentarse con la autoridad de la Iglesia. El acto, pues, debió ser
planteado, y de un modo vigoroso, como una sacra batalla contra
todos aquellos que, desde el Gobierno y la partidocracia, consumaron
la profanación del matrimonio y legalizaron la contranatura. ¿Por qué
no habría de ser "un acto contra nadie", si los enemigos que ocupan el
poder desembozadamente nos persiguen y atacan, expresando de
manera formal que buscan la destrucción del Orden Cristiano y la
entronización de una nueva "construcción social y cultural", tal como
lo enunció Cristina Kirchner? ¿Por qué ha de quedar anulado el agere
contra ignaciano, si no sólo estamos ante nuestras propias tendencias
pecaminosas, sino ante el intento homicida de hacer del pecado una
ley para toda la sociedad? ¿Por qué es necesaria la aceptación de las
diferencias, cuando las mismas no brotan de la naturaleza sino de la
ideología del género, lanzada aviesamente al mercado de fórmulas
gramscianas para destruir la ley natural? ¿Por qué se nos pide la
renuncia a la confrontación, si los adversarios que tenemos a la vista,
no lo son de nuestra persona privada sino de las personas públicas de
la Iglesia y la Nación Argentina? ¿Qué inconmensurable taradez ha
llevado a pensar que el Régimen torcería su rumbo desquiciado ante
el chocarrero amontonamiento de adminículos color naranja?
-La segunda afirmación errónea dice: "la aprobación del proyecto de
ley en ciernes significaría un real y grave retroceso antropológico [...]
Distinguir no es discriminar sino respetar; diferenciar para discernir
es valorar con propiedad, no discriminar. En un tiempo en que
ponemos énfasis en la riqueza del pluralismo y la diversidad cultural y
social, resulta una contradicción minimizar las diferencias humanas
fundamentales".
No debemos apelar a las categorías mendaces del mundo moderno, ni
pagar tributo a la semántica amañada del enemigo. La ley del
matrimonio homosexual no es mala porque signifique "un retroceso
antropológico". Podría significarlo y constituir un gran bien. Por
ejemplo, si ese retroceso significara rescatar el concepto creatural del

hombre, hecho a imagen y a semejanza del Creador, o la antigua y
olvidada noción antropológica del horno transfigurationis que surge
del mismo Evangelio (Jn.3, 1-21)
Tampoco debemos seguir aceptando la mentira de la discriminación
como un acto intrínsecamente malvado, cuando miles de veces se ha
aclarado -desde la lingüística, el derecho, la gnoseología, la
psicología, la lógica y la moral- que discriminar es un acto
perfectamente legitimo y necesario toda vez que significa distinguir,
separar, discernir, examinar, diferenciar o vislumbrar con entera
justicia y completa lucidez. Contrariamente a lo que dice Bergoglio
-usando su neoparla de contemporización con el mundo- distinguir es
discriminar, valorar con propiedad es discriminar, diferenciar para
discernir es discriminar. Y esta triple discriminación es buena, justa,
encomiable, aprobada por Dios y por los hombres de buena voluntad.
"En un tiempo en que ponemos énfasis en la riqueza del pluralismo y
la diversidad cultural y social", la contradicción de los homosexuales y
sus padrinos no consiste, como cree Bergoglio, en "minimizar las
diferencias humanas fundamentales"; sino -y ésta es la aberración de
la cultura de la muerte- en otorgarle derechos y leyes a aquellas
diferencias que brotan de la violación intencional de la ley natural y
de la ley divina.
Además, siempre corresponderá preguntarse, como lo han hecho los
últimos Pontífices con insistencia, cuál es la conveniencia de poner
"énfasis en la riqueza del pluralismo y la diversidad", cuando a la vista
de tal énfasis convertido en imposición coactiva, no es la Verdad la
que ha salido gananciosa sino la que ha sido vilmente conculcada. El
21 de julio de 1974, en un Mensaje dirigido al Congreso Nacional de
las Asociaciones de Padres de los Alumnos de la Enseñanza Libre
Francesa, el Papa Paulo VI pedía proponer las enseñanzas de
Jesucristo, como una necesidad perentoria, "que se deja sentir hoy
más que nunca en un mundo pluralista, a menudo secularizado, que
duda sobre sus razones de vivir". Y en su Alocución del 24 de abril de
2004, Benedicto XVI, ante el evidente e insoslayable retrato de una
sociedad diversa y plural, insistía en tener en cuenta que a todas las
herencias culturales, por respetables que resulten, hay que
"purificarlas de aquellas prácticas que son contrarias al Evangelio".
Pero Monseñor Bergoglio compra el paquete entero de la cultura
moderna y revolucionaria: lo bueno es no volver al pasado, no
discriminar, promover el pluralismo, la diversidad y la convivencia de
los opuestos. Los Kirchner ya pueden dormir sin sobresaltos. Otra vez

el Cardenal habla el lenguaje del siglo XXI. El paréntesis católico ha
durado lo que un suspiro.
-La tercera afirmación errónea de Bergoglio dice: "Te encargo que, de
parte de Ustedes, tanto en el lenguaje como en el corazón, no haya
muestras de agresividad ni de violencia hacia ningún hermano. Los
cristianos actuamos como servidores de una verdad y no como sus
dueños. Ruego al Señor que, con su mansedumbre, esa mansedumbre
que nos pide a todos nosotros, los acompañe en el acto".
Hemos escrito un libro entero para refutar esta desmovilizante
zoncera; y si el lector tuvo la paciencia de acompañarnos hasta aquí,
sabrá que se trata de "El deber cristiano de la lucha", y que contó en
su momento con una encendida felicitación del mismo Monseñor
Bergoglio2.
Repasemos apenas un par de líneas básicas del asunto: a) Ni la
agresividad ni la violencia son malas per se; b) El prójimo es mi
hermano en tanto reconozca a Dios como Padre; c) Nosotros no somos
los dueños de la Verdad, pero somos los hijos del Dueño, y por lo
tanto, nada inconveniente hay en actuar como un hijo celoso que
custodia un bien del que se es propietario por legítima herencia; d)
Los mansos que resultarán bienaventurados, con la promesa de
poseer la tierra; esto es, la vida eterna, no son los pacifistas que
responden los misiles con flores, y la inmundicia sodomítica con
arrumacos pietistas, sino los soldados probados, veteranos y diestros
en la guerra de Dios y en la lucha por la Patria. Contiendas ambas a
cuya participación instaba el mismo Cardenal en su carta a las
Carmelitas.
Acaso sea el momento de que Monseñor Bergoglio repase la
arrumbada Parábola de las Minas -parábola parusíaca de la
creatividad, la llamó Castellani-en la cual dice tajantemente el Señor:
"En cuanto a mis enemigos, los que no han querido que yo reinase
sobre ellos, tráedlos aquí y degolladlos en mi presencia" (Le. 19, 27).
Explicando la durísima sentencia, afirma el Crisóstomo que "es
evidente que el Padre y el Hijo hacen una misma cosa; porque el Padre
envía

2 Cfr. El capítulo 5 de la segunda parte de la presente obra.

un ejército a su viña, y el Hijo hace matar en su presencia a los
enemigos" (cfr. Santo Tomás, Catena Áurea, Lc.XIX, 11-27).
No le pedimos a Su Eminencia ninguna exégesis comprometedora de
las temibles perícopas, pero al menos podía dejarse de desparramar
ternezas y mansedumbres a granel.
Y si no es mucho pedir, podía dejar de sostener -como lo ha hecho in
fine en la carta a Carbajales-que "los únicos privilegiados son los
niños". Porque la frase, amén de su discutible validez conceptual y
endeblez política, no corresponde al Salterio, claro, después del
Laúdate pueri Dominum, sino a un hombre cuyas contribuciones a la
moral sexual en la sociedad no se cuentan precisamente entre las más
edificantes.
Por lo pronto, su segunda esposa no ocultó jamás su amistad
acrisolada con el sodomita Paco Jamandreu. Y si es cierto que a Pavón
Pereyra, Perón le manifestó su desagrado porque en Inglaterra "el
homosexualismo es una cosa legal", no es menos cierto que el
empresario Mario Rotundo sostiene ante quien quiera escucharlo que,
en las conversaciones que tuviera con Juan Domingo en el exilio, a
principios de la década del '70, para escribir sus propias Memorias, el
General "estaba a favor del matrimonio de personas del mismo sexo,
por una cuestión de respeto al ser humano e igualdad ante la ley"
(http://www.laarena.com.ar/el_paissolo_se_vota ra
por_matrimonio_homosexual-50021-l 13.html). Asimismo, y que
sepamos, las autoridades del Partido Peronista no han impedido que
exista y que actúe pública y activamente la Agrupación Nacional Putos
Peronistas (cfr.http://putosperonistas.blogspot.com/) -con perdón de
las palabras- cuyos miembros reivindican expresamente el ideario del
líder justicialista.
Escatologías históricas al margen, quede registrada esta nueva y
desoladora deserción del Cardenal Primado. Con el agravante de
haber dicho la verdad -sabrá Dios si por convicción o por
conveniencia- y de haberla contradicho a las pocas horas, mientras se
oía en lontananza, entrecortado y lúgubre, el canto de algo que
semejaba un gallo neotestamentario.

Capítulo 12

BODAS DE INFIERNO
La falacia del constructivismo sexual

En 1967, un par de gemelos univitelinos, varones ambos, fueron
llevados al Hospital de Winnipeg, Canadá, cuando tenían ocho meses
de edad. El propósito de esa visita -corregir una fimosis en los niñosterminó en un drama altamente ejemplificador.
Uno de los gemelos, como consecuencia de una falla técnica en el
electro bisturí, acabó con su órgano sexual destruido.
Ante la comprensible desesperación, los padres acudieron al Dr. John
Money, entonces un afamado psicólogo neozelandés del Hospital John
Hopkins de Baltimore. Money era el director de una clínica
especializada en trastornos sexuales y, lo que es más importante, era
uno de los principales mentores y promotores de la teoría del género.
Su teoría -la misma que prevalece hoy- es que la sexualidad no
depende del orden natural sino que se construye y se elige.
Tenía Money la triste pero fabulosa ocasión de probar su postura,
pues nunca antes había caído en sus manos un caso así. Alguien
nacido varón con un testigo casi clonado, su hermano gemelo, de que
genéticamente pertenecía al sexo masculino. El mundo científico
quedó expectante del caso. Lo mismo se diga del "lobby gay", siempre
presuroso por contar con la ciencia para justificar sus perversiones.
El niño fue castrado, se le practicaron las primeras intervenciones
para dotarlo de un órgano sexual femenino y comenzó a ser criado
como mujer. Sin embargo, su rechazo por la figura de Money, que
supervisaba la horrible mutación, fue siempre total y en aumento.
Igualmente sucedió con la familia del niño, cuyos padecimientos
psicológicos, morales y espirituales causaron gravísimas
perturbaciones.
En mayo de 1978, entrando el niño en la pubertad, Money intentó una
nueva intervención quirúrgica, para la que había estado preparando
artificialmente el cuerpo del paciente mediante la ingesta de
determinadas drogas. A la par que, en cada foro científico del que
participaba, exhibía su caso como trofeo del éxito de su perspectiva
del género.
El niño se resistió por la fuerza a ser operado. Todo en su ser, en su
naturaleza, sentía un inmenso rechazo por lo que le estaban haciendo.
Apareció entonces, providencialmente, la Dra. Mckenty, quien no sólo

se puso del lado del niño, sino que le planteó a sus padres la urgente
necesidad de que le contaran su verdadera historia, hasta entonces
desconocida por la víctima.
Conocida la verdad, no sin sobresaltos, como se comprende, el niño
decidió reasumir la identidad masculina que le había sido
criminalmente negada. Se bautizó y eligió el significativo nombre de
David, en alusión a su lucha desigual y solitaria contra el enorme mal
que lo acosaba.
Un equipo de la BBC de Londres siguió el caso de cerca con serios
enjuiciamientos de la inconducta del Dr. Money, cuya mendacidad e
inescrupulosidad fueron quedando en evidencia. Mucho tuvo que ver
en este desenmascaramiento del degenerado sexólogo, la presencia
del Dr. Milton Diamond, quien comprendió -por sentido común y por su
propia ciencia médica- que se estaba ante una aberración.
David encaró del mejor modo posible la ardua pero gozosa tarea de
reconstituir la natura que le habían negado. Profundamente religioso,
le pidió a Dios la gracia de poder ser un buen padre y un buen esposo.
Ayudado en el legítimo empeño por su familia, y de un modo muy
especial por su hermano gemelo, el 22 de septiembre de 1990, a los
23 años, contrajo matrimonio con Jane, una joven de 25 años, en una
iglesia de Winnipeg.
Dio un paso más. Decidido a refutar testimonialmente la insensata
perspectiva del género, y siempre con el respaldo de su familia, se
puso en contacto con el escritor John Colapinto, a efectos de que su
historia fuera conocida por todos. El resultado fue el libro As notare
made him. The boy who was raised as a girl, New York, Harper Colins,
2001, de 289 páginas.
La reacción heroica y el drama conmovedor de David Reiner -se
suicidó en el 2004, y un poco antes lo había hecho su hermano- sólo
permiten extraer un par de conclusiones rotundas, y todas ellas
sustentadas en ese inapelable veredicto de la empiria y de las ciencias
duras, que suelen ser las únicas creencias de los progresistas
promotores del homosexualismo.
-Existe el orden natural. Su negación es demencia, malicia, ceguera
ideológica o todo ello combinado. La naturaleza es siempre la
naturaleza, y aunque se la expulse por la fuerza, también por la fuerza
sabe volver por sus fueros, porque es inderogable. Fue Horacio, un
poeta pagano del siglo primero antes de Cristo, quien supo decirlo
taxativamente: "Expulsa a la naturaleza a golpes de horca; ella,

porfiada, retornará, e indomable, sin que tú lo sientas, destruirá los
hábitos desdeñosos" (Epístolas, I, 10,v.24-25).
-La perspectiva del género es una vulgar mistificación, para encubrir
con ropajes pseudocientíficos lo que no puede llamarse sino como
siempre se llamó: antinaturaleza. No existen sino dos sexos, y si hoy
se pueden "construir" otros, como se pueden construir otras
"familias", ello no prueba que el "constructo sociocultural" sea válido
o deseable; prueba únicamente el grado de descomposición al que se
ha llegado. Las nuevas alternativas "nupciales" o parentales, no
demuestran los beneficios del relativismo ético. Diagnostican el
triunfo de la consigna leninista: la putrefacción es el laboratorio de la
vida. Si el engendro de Frankestein, en vez de permitirnos deducir que
es aborrecible el amontonamiento de carnes para dar vida a una
realidad monstruosa, nos lleva a sostener la licitud y la posibilidad de
una antropología frankesteiniana, pues entonces habrá que prever
para los "constructores" de la nueva humanidad relativista, el mismo
destino que soportó el mítico creador de aquel monstruo horripilante.

EL ODIO AL MATRIMONIO

Pero más allá del mortificante caso de David Reiner -que
paradójicamente no esgrimen nunca los que apelan al emocionalismo
para justificar las coyundas invertidas- hay otras conclusiones que
queremos dejar asentadas, sin ánimo de exhaustividad.
l.-Los argumentos en pro del matrimonio contranatura -amén de pecar
todos ellos contra la estructura lógica del pensamiento- poseen el
común denominador de la hipocresía. De una hipocresía mucho peor
de la que los homosexuales atribuyen como un tópico a la sociedad
tradicional que los "condena y victimiza". Algo similar al fariseísmo
que denunciaba Chesterton en "La superstición del divorcio", cuando
decía que los divorcistas no creen en el matrimonio, pero a la vez
creen tanto que desean poder casarse una infinidad de veces.
Si los homosexuales fueran coherentes e inteligentes, no deberían
haber reclamado jamás el matrimonio. Lo que condice con sus
prácticas y con sus ideas es el apareamiento transitorio, sucesivo o
simultáneo, hedonista y soluble, sin vestigio alguno del
institucionalismo burgués. El matrimonio, en cambio, es una
institución de Orden Natural, anclado en aquellas categorías
tradicionales que los mismos sodomitas dicen rechazar. Pedir

matrimonio homosexual es pedir anarquía ordenada, caos
conservador, delito virtuoso, desgobierno gobernado y subversión
subordinada a la autoridad instituida. No piden matrimonio los
homosexuales porque crean en él. Lo piden porque lo odian y porque
saben que, asumiéndolo ellos, es el modo más vil de destruirlo.
2.-Las respuestas que suelen darse al conjunto de argumentaciones
homosexuales, no suelen ser satisfactorias, incluyendo, en primer
lugar, la de la mayoría de los obispos. Y esto no únicamente porque se
quedan en el plano del derecho positivo, sino porque no se atreven a
enfrentarse con los sodomitas, empezando por acusarlos pública y
enfáticamente de falsarios y de mentirosos contumaces, como
acabamos de hacerlo.
La prédica insana a favor de la indiscriminación, del igualitarismo, de
la solidaridad, de la cultura del encuentro, y otras tantas naderías que
ellos mismos han inculcado entre los fieles, les impide ahora
reconocer en este proyecto homosexual la acción de un enemigo
declarado y contumaz de la Verdad. Porque hablemos claro: no
estamos aquí ante un caso desgarrador de una o más personas con
tendencias e inclinaciones desordenadas que bregan por enderezarse
y que, en ese caso, merecerían nuestra conmiseración, ayuda y
respeto. Estamos ante una explícita embestida de la Internacional del
Vicio contra el Orden Natural y el Orden Sobrenatural, movida
prioritariamente por odio a Dios. "No a Dios. Ateísmo es libertad",
levantaron como consigna los homosexuales, reunidos sacrilegamente
en la Plaza de San Pedro, el 1° de agosto de 2003.
Esta parálisis frente a los depravados, esta incapacidad para llamarlos
por sus verdaderos nombres, debilita todas las respuestas. Monseñor
Arancedo -y es apenas un caso delirante entre muchos más- ha dicho
seriamente que "no se está en contra de que las personas del mismo
sexo quieran convivir y tengan los mismos derechos sucesorios" (La
Nación, 18-7-2010, p. 27), sin mentar aquí los exabruptos
nauseabundos de Alessio, Farinello et caterva, a quienes nunca
alcanzan los castigos rotundos, efectivos, se-verísimos, irrecusables y
ejemplares que sus gravísimas infamias deberían dar lugar.
Se repite hasta la saciedad, por ejemplo, que no se trata de estar en
contra de la noble igualdad, de la sacra indiscriminación y de los
derechos humanos. Cuando es exactamente al revés. No somos
iguales que los protervos. No hay forma alguna de igualar el bien con
el mal. El pecado no puede tener ningún derecho ni convertirse en ley,
y siempre será acertado discriminar justísimamente, para que nadie
se atreva a llamar matrimonio a su caricatura agraviante y soez.

Ningún respeto nos merecen quienes bre-gan por la contranaturaleza.
Llegue para ellos, contrariamente, la manifestación clara de nuestro
repudio, de nuestro desprecio y de nuestra mayor repugnancia.
3.-La existencia del Orden Natural no está sujeta a la opinión de las
mayorías, ni a las discusiones parlamentarias, ni a las tramoyas
sufragistas. Es un error seguir el juego democrático, que hoy instala
como tema dominante el "matrimonio" sodomítico y mañana las
coyundas con animales o con cadáveres. Es el error de las reacciones
de quienes están insertos en el sistema, y creen en él. Entonces nos
convierten en sujetos dependientes de las maquinaciones enemigas.
Hoy nos obligan a discutir si se pueden casar dos hombres. Mañana si
se puede seguir creyendo en Dios.
La democracia es una forma ilegítima de gobierno. Es, en rigor, la
contranaturaleza llevada a la política.
Y tanta es la perversión ingénita que la caracteriza, que ahora puede
votar a favor de una aberración moral o determinar, por el cuántico
procedimiento de la mitad más uno que, a partir de este momento, les
asiste a dos seres disolutos el derecho de casarse y de adoptar hijos.
Nuestra respuesta no puede ser la de demostrar que los
homosexuales son una minoría. Ni la de fabricar mayorías postizas,
aglomerando a los católicos con las histriónicas sectas evangelistas o
con los truhanes del protestantismo. Tampoco la de pedirle a los
indignos senadores que tengan a bien recapacitar y no legalicen el
amancebamiento de los emponzoñados.
Nuestra respuesta consistirá en señalar la ilevantable culpabilidad
histórica que le cabe a la democracia por permitir el agravio más
infame a la familia argentina que se haya pergeñado hasta hoy.
¡Malditos sean los tres poderes políticos, sus miembros y la
partidocracia que los prohija, malditos sean los Kirchner y sus
secuaces, oficialistas y opositores en tropel, toda vez que del rejunte
de sus actos inicuos se ha seguido la profanación del verdadero
hogar! ¡Malditos sean ante Dios, ante la Historia y ante las
generaciones pasadas, presentes y futuras de patriotas honrados!
Todo cuanto legisle este régimen ominoso lleva el sello de la insanable
nulidad e ilicitud. Se pueda o no enmendar mañana el insensato
estropicio de esta tiranía, todo católico y argentino bien nacido está
obligado a rebelarse activamente contra la ley injusta.
Aclarémoslo una vez más de la mano de Aristóteles. El que pregunta si
la nieve es blanca no merece respuesta. Merece un castigo porque ha
perdido el sentido de lo obvio. Merece la reacción punitiva porque ha

degradado a sabiendas el sentido común. Merece la trompeadura
justiciera por tergiversar adrede el significado de las palabras,
sabiendo que al hacerlo, está ofendiendo al mismísimo Verbo de Dios.
Por eso, ante la guerra semántica, que adultera los significados, veja
el Logos, calumnia los nombres y desacraliza la palabra, nosotros no
tenemos nada que debatir. Que debatan los opinólogos de la
democracia. Cuando se ofende a Dios y a su Divina Ley, la discusión es
algo en lo que no creemos; y lo que creemos no está sujeto a
discusión. Apliquemos al caso, nuevamente, las enseñanzas de San
Jerónimo citadas por el Aquinate (S.Th, III, q. 16, art. 8, r): "con los
herejes no debemos tener en común ni siquiera las palabras, para que
no dé la impresión de que favorecemos su error".
4.-El demonio es el gran negador del misterio nupcial, recuerda y
resume magistralmente Alberto Caturelli en su obra "Dos, una sola
carne" (Buenos Aires, Gladius, 2005). "El demonio odió (y odia) a Dios
en el hombre porque es imagen del Verbo y, desde el principio odia al
hombre. Si el hombre es varón-varona, y la sexualidad pertenece a la
imagen; si la unidualidad logra su plenitud en la unión conyugal, el
demonio quiere, desde el principio, la desunión y la muerte del amor
conyugal. Después de la Redención, odiará inconmensurablemente
más el misterio nupcial por ser copia de la unión esponsal del Verbo
Encarnado y la Iglesia. Desde el principio, el demonio odia la unión
conyugal: él será el gran Negador, el gran Homicida y el gran
Separador".
Y por eso, concluye Caturelli, que en "la red del odio teológico [contra
la familia] que cubre el mundo", la homosexualidad reclamante de
"matrimonios" e "hijos" cumple "un ritual tenebroso de profanación de
lo sagrado". "Los acoplamientos homosexuales en todas sus formas no
son ni pueden ser jamás 'uniones': constituyen una agresión gravísima
al orden natural y una profanación nefanda del cuerpo humano como
tal y del misterio nupcial".
He aquí el fondo último de la cuestión que hoy nos estremece y
consterna. El fondo teológico, religioso y metafísico. Esta propuesta
del "matrimonio homosexual" no es otra cosa, no puede serlo, más
que una expresión demoníaca en el sentido más estricto, ajustado y
pertinente de la palabra. Va de suyo que si los católicos y sus pastores
no se atreven a llamar mentirosos, depravados y pecadores a los
militantes de la homosexualidad, mucho menos se atreverán a
llamarlos demonios. Pero eso es lo que son, guste o disguste, y
tengan estas líneas el alcance que tengan.

Quienes autodenominándose católicos propusieron, promulgaron,
apoyaron o votaron la ley del "matrimonio homosexual", deben ser
excomulgados. De la presidenta para abajo, todos ellos. No lo decimos
por entender de cánones, que no es nuestro oficio. Tampoco lo
decimos porque creamos que a los presuntos destinatarios de la
sanción los perturbe recibirla. Lo decimos para salvar el honor de la Fe
Católica. Para que tomen nota los buenos creyentes, de que no
pueden seguir llamándose miembros de la Iglesia los que han
cometido contra la ley de Dios un acto público de hideputez extrema.
La Santa Sede, a su vez, debería expulsar ya mismo al embajador
argentino en el Vaticano. No -repetimos porque consideremos la
hipótesis de que pueda importarles el castigo diplomático a los
promotores de la contranatura. Si no para que el mundo entero tome
debida nota de que no se puede profanar impunemente a la Iglesia. En
todas estas gestiones -excomunión y ruptura de relaciones- debería
estar empeñado el Cardenal Primado, con todas sus fuerzas.
Lamentablemente no parece suceder así.
Nacimos en La Argentina. Tierra de varones y de mujeres dignos.
Tierra de antepasados viriles; de esposas, madres, hermanos, viudas,
padres, cada quien cumpliendo su vocación de hombre y de mujer,
asignada por el Autor de la naturaleza. Cada quien aceptando
gozosamente su identidad, sus límites, su necesidad de ayuda y de
complemento, de amor y de comprensión recíproca.
Nacimos en La Argentina. Una nación con cálido nombre femenino,
masculinamente fecundada y labrada a lo largo de los siglos.
Nacimos en La Argentina. No queremos morir en Sodoma. Queremos,
como DIOS manda, defender en la PATRIA el verdadero HOGAR.
Ante el “mea culpa” que, con motivo del Jubileo, ha entonado la
Jerarquía de la Iglesia parece oportuno y a la vez honesto formular
tres aclaraciones. Todas las cuales -necesarias en sí mismas- se
vuelven perentorias por el agravante de la horrenda e intencional
falsificación llevada a cabo desde algunos medios de comunicación, o
el silencio que, en otros casos, ha lastimado tanto como la
tergiversación. Por eso es necesario resaltar:

1) Lo bueno que se dijo y que se ha ocultado por los medios

2) Lo que se dijo y con amor filial nos preocupa

3) Lo que, respetuosamente, quisiéramos que se hubiera dicho

1) Lo bueno que se dijo y que se ha ocultado por los medios

-“La Iglesia, desde siempre, ha sabido discernir las infidelidades de
sus hijos (…) La Iglesia es también maestra cuando pide al Señor
perdón” (monseñor Piero Marini, maestro de las Celebraciones
Litúrgicas Pontificias, 7-3-2000, con ocasión de explicar el alcance de
la celebración litúrgica pontificia del mea culpa del 12 de marzo)

-“Es importante recalcar que (Memoria y Reconciliación: la Iglesia y
las culpas del pasado) se trata de un documento de la Comisión
Teológica Internacional. Esto no significa que sea un documento de la
Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. No es por tanto, un
texto de la Santa Sede y mucho menos del Papa. El mismo Cardenal
Ratzinger, al presentarlo esta mañana, explicó que con este texto la
Iglesia no pretende erigirse en juez del pasado, ni encerrarse de
manera pesimista en sus propios pecados” (Comunicado de la
Comisión Teológica Internacional, Agencia Zenit, 7-3-2000)

-“El documento (Memoria y Reconciliación…etc) no es más que el
resultado de un grupo de teólogos (…) Cuando se habla del pasado de
la Iglesia, se cuentan muchas cosas que, con frecuencia, son
calumnias, mitos. La verdad histórica es la primera exigencia” (Padre
Georges Cottier, Secretario de la Comisión Teológica Internacional,
autora del texto, 8-3-2000)

-“La Iglesia del presente no puede constituirse como un tribunal que
sentencia sobre el pasado. La Iglesia no puede y no debe expresar la
arrogancia del presente (…) El protestantismo ha creado una nueva
historiografía de la Iglesia con el objetivo de demostrar que no sólo
está manchada por el pecado, sino que está totalmente corrompida y
destruida (…) La situación se agravó con las acusaciones de la
Ilustración, que desde Voltaire hasta Niezstche, ven en la Iglesia el

gran mal de la humanidad que lleva consigo toda la culpa que
destruye el progreso (…) Necesariamente hubo de surgir una
historigrafía católica contrapuesta para demostrar que , a pesar de los
pecados, la Iglesia sigue siendo la Iglesia de los santos: la Santa
Iglesia (…) No se pueden cerrar los ojos ante todo el bien que la
Iglesia ha hecho en estos últimos dos siglos devastados por las
crueldades de los ateísmos” (Cardenal Joseph Ratzinger, 7-3-2000, con
ocasión de presentar en la Sala de Prensa de la Santa Sede, el
documento Memoria y Reconciliación…)

-“La confessio peccati, sostenida e iluminada por la fe en la Verdad
que libera y salva (confessio fidei), se convierte en confessio laudis
dirigida a Dios, en cuya sola presencia es posible reconocer las culpas
del pasado y las del presente (…) Este ofrecimiento de perdón aparece
particularmente significativo si se piensa en tantas persecuciones
como los cristianos han sufrido a lo largo de la historia” (Memoria y
Reconciliación, Introducción)

-“La dificultad que se perfila es la de definir las culpas pasadas, a
causa sobretodo del juicio histórico que esto exige, ya que en lo
acontecido se ha de distinguir siempre la responsabilidad o la culpa
atribuibles a los miembros de la Iglesia en cuanto creyentes, de
aquella referible a la sociedad (…) o de las estructuras de poder(…)
Una hermenéutica histórica es, por tanto, necesaria más que nunca,
para hacer una distinción adecuada entre la acción de la Iglesia (…) y
la acción de la sociedad (…) Es justo por otra parte, que la Iglesia
contribuya a modificar imágenes de sí falsas e inaceptables,
especialmente en los campos en los que, por ignorancia o por mala fe,
algunos sectores de opinión se complacen en identificarla con el
oscurantismo y la intolerancia” (Memoria y Reconciliación, 1, 4)

-“¿Se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una “culpa”
vinculada a fenómenos históricos irrepetibles, como las Cruzadas o la
Inquisición? ¿No es demasiado fácil juzgar a los protagonistas del
pasado con la conciencia actual, como hacen escribas y fariseos,
según Mt. 23, 29-32…? (Memoria y Reconciliación, 1, 4,)

-“(…)Es convicción de fe que la santidad es más fuerte que el pecado
en cuanto fruto de la gracia divina: ¡son su prueba luminosa las
figuras de los santos, reconocidos como modelos y ayuda para todos!
Entre la gracia y el pecado no hay un paralelismo, ni siquiera una
especie de simetría o de relación dialéctica (Memoria y Reconciliación,
3, 4)

-“Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?,
¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando
se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como
fruto de un juicio histórico riguroso, podrá preguntarse si eso que ha
sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como
conforme o disconforme con el Evangelio (…) Hay que evitar(…) una
culpabilización indebida que se base en la atribución de
responsabilidades insostenibles desde el punto de vista histórico”
(Memoria y Reconciliación, 4).

-“Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración histórico-teológica
de la actuación de la Inquisición: ‘El magisterio eclesial no puede
evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza
ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado
previamente de un modo exacto acerca de la situación de aquel
tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las imágenes del
pasado transmitidas por la opinión pública, pues se encuentran a
menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una
diagnosis serena y objetiva (…) El primer paso debe consistir en
interrogar a los historiadores, a los cuales se les debe pedir que
ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los
acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces,
a la luz del contexto histórico de la época” (Memoria y Reconciliación,
4)

-“Debe evitarse cualquier tipo de generalización. Cualquier posible
pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe ser
producido por los sujetos más directamente encausados(…) La Iglesia
es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o
de condena respecto a las diversas épocas históricas. Confia la
investigación sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción
cientifica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideológico…
(Memoria y Reconciliación, 4, 2)

-“(…) No caer en el resentimiento o en la autoflagelación, y llegar mas
bien a la confesión del Dios ‘cuya misericordia va de generación en
generación’ ” (Memoria y Reconciliación, 5, 1)

-“Nunca se puede olvidar el precio que tantos cristianos han pagado
por su fidelidad al Evangelio y al servicio del prójimo en la caridad”
(Memoria y Reconciliación, 6, 1)

-“Además, hay que evaluar la relación entre los beneficios espirituales
y los posibles costos de tales actos (de perdón) también teniendo en
cuenta los acentos indebidos que los ‘medios’ pueden dar a algunos
aspectos de los pronunciamientos eclesiales(…) Hay que subrayar que
el destinatario de toda posible petición de perdón es Dios (…) Se debe
evitar(…) la puesta en marcha de procesos de autoculpabilización
indebida (Memoria y Reconciliación, 6, 2)

-“Lo que hay que evitar es que actos semejantes (los del perdón) sean
interpretados equivocadamente como confirmaciones de posibles
prejuicios respecto al cristianismo. Sería deseable por otra parte, que
estos actos de arrepentimiento estimulasen también a los fieles de
otras religiones a reconocer las culpas de su propio pasado (…) La
historia de las religiones (no se refiere aquí a la católica) está
revestida de intolerancia, superstición, connivencia con poderes
injustos y negación de la dignidad y libertad de las conciencias”
(Memoria y Reconciliación, 6, 3)

-“Su petición de perdón (el de la Iglesia) no debe ser entendida como
(…) retractación de su historia bimilenaria, ciertamente rica en el
terreno de la caridad, de la cultura y de la santidad” (Memoria y
Reconciliación, Conclusión)

-“Se debe precisar el sujeto adecuado que debe pronunciarse respecto
a culpas pasadas (…) En esta perspectiva es oportuno tener en
cuenta, al reconocer las culpas pasadas e indicar los referentes
actuales que mejor podrían hacerse cargo de ellas, la distinción entre

magisterio y autoridad en la Iglesia: no todo acto de autoridad tiene
valor de magisterio, por lo que un comportamiento contrario al
Evangelio, de una o más personas revestidas de autoridad no lleva de
por sí una implicación del carisma magisterial (…) y no requiere por
tanto ningún acto magisterial de reparación” (Memoria y
Reconciliación, 6, 2)

El católico al menos, tiene que saber entonces, que es falso que la
Iglesia le haya pedido perdón al mundo o a sus adversarios y no a
Dios; que haya renunciado a su pasado de glorias y triunfos de la Fe;
que haya negado a sus santos y a sus héroes; que haya aceptado las
mentiras históricas elaboradas por sus difamadores y detractores; que
haya admitido las argumentaciones masónicas que la retratan como
oscurantista o inhumana, que haya condenado a las Cruzadas, a la
Inquisición, a la Evangelización o a la Conquista de América; que haya
obviado toda referencia a las persecuciones de que fue y es objeto y a
los gravísimos errores de los ateísmos y de las demás religiones. Es
falso que este mea culpa sea un nuevo dogma, una resolución ex
catedra o una retractación del Magisterio. Es falso incluso que toda
palabra o conducta de una autoridad eclesial deba ser tomada como
docente, incluyendo las palabras y las conductas de los intérpretes o
aplicadores de este pedido de perdón. Todo esto y tantísimo más es
falso, pero se ha propalado desde los medios, desde ciertas cátedras
seglares o religiosas y desde las usinas de la intelligentzia, sin
encontrar al menos el elemental correctivo de remitirse a las fuentes.

2) Lo que se dijo y con amor filial nos preocupa

-Nos preocupa que se pida perdón cuando no se advierte culpa. La
Iglesia, por ejemplo, no es culpable de la división de los cristianos
causada por la herejía protestante, o por el accionar de otros tantos
heresiarcas, antes y después de la Reforma. No es culpable de los
cismas, aunque una vez provocados alguien pudiera señalarle
actitudes aisladas poco caritativas. No es culpable del extravío del
paganismo, como la esclavitud o el menoscabo de las mujeres; ni de
los crímenes del capitalismo, como el abandono de los pobres o el
desprecio por necesitados; ni de las aberraciones del materialismo,
como la supresión de los no nacidos; ni de los atropellos del
imperialismo, del neopaganismo y del sionismo, como la persecución a
razas y etnias, ni de las atrocidades del marxismo, como las campañas

genocidas. No sólo no es culpable la Iglesia sino que es víctima, y en
gran medida por oponerse sistemáticamente con su testimonio a tan
graves pecados.

-Nos preocupa que tras las disculpas por presuntas faltas de respeto a
otras culturas y creencias , se pueda justificar el salvajismo, el
tribalismo y la idolatría, cayendo en un relativismo cultural, religioso y
ético que vuelve ilícita cualquier tarea apostólica o inhibe todod fervor
misionero o el obligado llamamiento a la conversión. O que
desacredite las grandes gestas evangelizadoras de la historia, las
hazañas de sus testigos, las epopeyas martiriales de sus guerreros
santos.

-Nos preocupa que pueda sasociarse toda violencia con la negación
del Evangelio; cuando es un hecho que, tanto de las fuentes vétero y
neotestamentarias surge la legitimidad de una fortaleza armada al
servicio de la Verdad desarmada. Este deber cristiano de la lucha halla
su fundamento y su necesidad tanto en las Escrituras como en las
enseñanzas patrísticas y escolásticas, tanto en las obras de los
grandes teólogos de todods los tiempos como en la mismísima
hagiografía y en la Cátedra bimilenaria de Pedro, hasta la actualidad y
sin exclusiones.

-Nos preocupa que se les reproche a los católicos el poco esfuerzo
“por remover los obstáculos que impiden la unidad de los cristianos”,
sin hacer referencia a la única unidad posible y duradera cual es la
que brota del arrepentimiento y de la conversión de quienes están en
el error, y de su consiguiente regreso a la Iglesia, fuera de la cual no
hay salvación, aún teniendo en cuenta los casos de ignorancia
invencible, ya que quien se salva, se salva dentro de la Iglesia.

-Nos preocupa que se imponga como criterio de autoacusación la falta
de respeto por la libertad de la conciencia individual, cuando el
fundamento de la conciencia no es la libertad sino el dictado de la
sindéresis o recto sentido moral objetivo. Que prevalezca asimismo la
criteriología de los derechos humanos -su conculcación o su respeto
irrestricto como divisoria universal de aguas- sin tomar jamás expresa
distancia de la ideologización, desnaturalización, y manipulación que

se viene haciendo de esos derecchos desde el Iluminismo y hasta
pareciendo a veces que se coincide con tal perspectiva.

-Nos preocupa que para atemperar las hipotéticas faltas de la Iglesia
en el pasado, se cuestione la unión de lo temporal con lo espiritual
durante “los siglos llamados de cristiandad”; o que se aluda a los
cambios de paradigmas situacionales en el transcurso de los tiempos.
Lo primero puede conducir a la convalidación del secularismo, lo
segundo a la adopción del historicismo.

-Nos preocupa que una vez reconocida la existencia de una
historiografía facciosa, alimentada por el odium Christi, se desaliente
la apologética. Y que una vez reconocidas igualmente, tanto la
necesidad como la urgencia de la rigurosidad cientifica en el terreno
de los estudios del pasado, se omita toda mención a las grandes obras
y a los autores magistrales que ya han dilucidado períodos,
acontecimientos y actores justamentte vilipendiados. Incluyendo
aquellos que han tenido lugar en el transcurso del siglo XX.

-Nos preocupa que la jerarquía eclesiástica presente, eleve a los
altares a quienes entregaron su vida durante guerrras justas por la
defensa del sentido cristiano de sus respectivas patrias- verbigratia
los Cristeros y los combatientes de la Cruzada Española- y desapruebe
a la vez “las formas de violencia ejercida en la represión y corrección
de los errores”. Tamaña paradoja podría dar pie a una visión pacifista,
ajena al espíritu de la doctrina católica, como al riesgoso equívoco de
creer que el bien se impone sin el esfuerzo y sin el sacrificio del buen
combate.

-Nos preocupa que en la condena al nacionalsocialismo prevalezcan
más esos prejuicios de la opinión pública a los que sensatamente se
alude en relación con otros hechos pretéritos, antes que los juicios
suscitados por la rigurosidad de los estudios científicos, por negativos
que pudieran resultar; o los tópicos de la propaganda aliada antes que
las claras y empinadas admoniciones de Pío XI en la Mit brennender
Sorge. Que no se tengan en cuenta las teorías anticristianas de sus
fundadores, ni ciertas prácticas anticatólicas de sus gestiones
gubernamentales, ni el martirio a que fueron sometidos, entre otros,

Santa Edith Stein o San Maximiliano Kolbe, sino la discutible cuestión
de “la shoah”, más próxima a la propaganda política de posguerra que
a la verad histórica, y más próxima también a la agitación proselitista
de las izquierdas que a la realidad de lo acontecido.

-Nos preocupa que aquella indiscutible condena al nacinalsocialismo,
ya aludida, no tenga su correlato en otra análoga a la intríseca
perversidad comunista, responsable de la muerte de cien millones de
cristianos, ni a las sostenidas acciones terroristas y a la justificación
de la tortura sostenida desde el Estado israelí. Que ningún perdón se
les exija a aquellos judíos que fueron los principales ideólogos o
ejecutores del marxismo, o que ningún perdón se eleve por los
católicos cómplices de colaboracionismo comunista, ya por acción u
omisión. Que ninguna disculpa implique a los bautizados que, aún con
rasgos jerárquicos eclesiales, fueron compañeros de ruta de la
guerrilla roja, responsable de tantas muertes y desolaciones.

-Nos preocupa que se aluda a la hostilidad de numeroso cristianos
hacia los hebreos, cuando los textos religiosos basales del judaísmo
están impregnados de una estremecedora animadversión hacia los
cristianos; cuando una gran parte sustantiva y dolorosa de la Iglesia,
es la historia de las maquinaciones hebreas contra Ella.; cuando la
documentación seria prueba la existencia de numerosos casos de
católicos víctimas de crímenes perpetrados por judíos, en tanto tales,
y por odio a la Fe de Jesucristo, cuyas víctimas han sido elevadas a los
altares por la Iglesia, desde San Esteban hasta Santo Dominguito del
Val, San Simeón de Trento, San Guillermo de Norwich o el santo Niño
de la Guardia. Y cuando es un hecho actual, notorio y visible por
todos, el hostil desprecio y la vulgar agresión de cierta jerarquía judía
hacia el santo Padre, hacia su humilde pedido de perdón y hacia el
esfuerzo de su viaje apostólico al corazón de Israel. Sin que faltaran
allí los miembros del Jabad Lubavitch, que envueltos en el taledo y
haciendo sonar el shofar pidieron ritualmente su asesinato, ante la
indiferencia de quienes debieron reprobarlos enérgicamente.

-Nos preocupa al fin, que se hable del antisemitismo cristiano como
factor coadyuvante del antisemitismos nazi, y hasta del retaceo de la
ayuda ante el maltrato del que fueron objeto los judíos durante el
Tercer Reich. No existe un antisemitismo cristiano, sino una
explicación cristiana del misterio de la enemistad teológica de Israel;

y en el más doloroso de los casos, un conjunto de prevenciones dadas
oportunamente por la Iglesia para evitar los conflictos recíprocos.
Existe en cambio un anticristianismo judaico, teórico y práctico. que
arrancó los primeros gritos de dolor en el Nuevo Testamento:
“¡Matásteis al Autor de la Vida!” (Hechos 3, 13-15), “¡Crucificásteis al
Señor de la Gloria!” (1 Cor. 2, 8). Existió un Pío XII que se desveló por
la suerte de los hijos de la Antigua Alianza, y no conocemos de la
existencia de ninguna autoridad rabínica equivalente que haya
tomado como propia la suerte de los cristianos asesinados en los
gulags.

-Nos preocupa que en el legítimo afán de aliviar las heridas que
pudieran haber recibido los judíos durante su larga historia, se eche al
olvido el drama teológico que significó su defección y apostasía, del
que nos habla San Pablo en los capítulos noveno a undécimo de su
Epístola a los Romanos, que se pase por alto el drama mayor del
deicidio, corroborado por el Señor cuando dijo “Sé que sois linaje de
Abraham, pero buscáis matarme, porque mi palabra no ha sido
acogida por vosotros” (Jn, 8, 37); y sobretodo, que se evite pronunciar
cuidadosamente todo deseo o reclamo de conversión a Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero Mesías.

-Nos preocupa en definitiva, que este pedido de perdón, imprudente
de por sí, torcido por los medios, malinterpretado por los
pseudointelectuales con poder, escamoteado en sus significaciones
más nobles y capitalizado por innumerables calumniadores de la Fe
católica sin aclaraciones condignas y autorizadas, instale
artificialmente -para desconcierto de todos- la dialéctica de una
Iglesia pre-meaculpa y postmeaculpa, de consecuencias tan dañinas
como otras divisiones dialécticas ya probadas

3) Lo que, respetuosamente, quisiéramos que se hubiera dicho

No tenemos dudas de que en la Iglesia ha existido y existe el
antitestimonio; de que muchos de sus hijos – desde la autoridad o
desde el llano- han sido y son causa del pecado de escándalo; de que
la memoria necesita purificarse de semejantes vicios.

Hubiera sido oportuno en tal sentido hablar del proceso de
autodemolición al que se refiriera, denunciándolo, Paulo VI, cuyos
responsables tienen nombres y apellidos; de la tolerancia, cuando no
de la aquiescencia para con ese “humo de Satán” que se dejó entrar
en el templo de Dios, según dolorosísima expresión del precitado
Pontífice; de las “verdaderas y propias herejías que se han
propalado”, tal como lo reconociera Juan Pablo II el 6 de febrerro de
1981, y en particular de ese “conglomerado de todas las herejías”,
como llamó San Pío X al modernismo, así como de su sucesora, “la
concepción que no se puede definir sino con el término ambiguo de
progresista (y que) no es ni cristiana ni católica” (Paulo VI, mensaje a
los católicos de Milán, 15-8-1963)

Hubiera sido oportuno pedir perdón por la desacralización de la
liturgia, por la profanación de tantas celebraciones eucarísticas, por el
vaciamiento de los Sagrados Textos, por la falsificación de la
catequésis, por la adulteración de la dogmática, por el escamoteo de
la ascética, por la desnaturalización de la pastoral, por el
inmanentismo, el secularismo y y el horizontalismo en todos los
terrenos que han desarrollado muchos sacerdotes. Perdón por el falso
ecumenismo y el sincretismo, por el pluralismo ilimitado e irrestricto,
por la protestatización de la Misa, la marxistización de la teología, la
cabalización de la Fe, el aseglaramiento de los clérigos, la
reconciliación con el “mundo”. Perdón por las ceremonias interreligiosas o pluriconfesionales en las que el Vicario de Cristo queda
homologado con los líderes de las falsas creencias, y el Dios Uno y
Trino con los profetas demasiado humanos de los cultos antiguos o
modernos.

Hubiera sido oprtuno pedir perdón por los pastores medrosos,
cómplices del liberalismo y del comunismo; por los curas guerrilleros o
agitadores tercermundistas, por los obispos que confunden a su grey
con palabras y hechos que no son sino contemporizaciones con los
enemigos de la Iglesia; por los que ensayaron todos los errores
filosóficos del siglo y se olvidaron de la filosofía perenne; por los
innovadores que terminaron siendo socios activos de la Revolución;
por los que llamaron renovación a la apostasía y traicionaron a
sabiendas la Tradición. Perdón por las deserciones en nombre del
antitriunfalismo, por el temporalismo, el activismo, y la malsana
mundanización. Perdón por no haber predicado explícita y
contundentemente la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

Mas como no sea cosa que se crea que estos deseados pedidos de
perdón reconocen su punto de partida en los días posteriores al
Concilio Vaticano II, hubiera sido oportuno además, que se entonara
un mea culpa especialmente doloroso y trágico, por ese mal enorme y
antiguo del fariseísmo que resume y contiene a todos los otros, y que
desde lejos viene corroyendo y afeando el Santo Rostro de la Santa
Madre Iglesia.

Hubiéramos deseado que se dijera -enfáticamente, con toda la energía
y el ardor de la caridad- que la Iglesia está acechada por dentro y por
fuera, tal vez como no lo estuvo nunca en su bimilenaria historia. Que
semejante situación exige, por supuesto, católicos capaces de
reconocer sus verdaderas culpas y de pedir humildemente perdón a
Dios y al prójimo genuinamente ofendido. Católicos penitentes y
rezadores, con el sayo de los peregrinos contritos y suplicantes; pero
también y por lo mismo, católicos militantes, llenos de lucidez y de
coraje, con la armadura de los caballeros victoriosos, conscientes de
que Cristo vuelve, de que Cristo Vence, de que Cristo Reina e Impera.
Y de que entonces, como lo dijera San Pablo, “nadie será coronado, si
no ha valientemente combatido”.

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