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Siloé

(observaciones entre un par de días normales y coloridos)

LuixFlow

En donde más se puede esconder uno: detrás de unas paredes de ladrillos con color a Siloé, o
entre la idea incompleta y algo confusa de que una Era llega a su limite, y que lo mejor para
sobrevivir la etapa anterior, es deber permanecer entre un bajo perfil simulado sin cambiar ni
moverse de a mucho, hasta que el brillo de luz que ahora y a veces esta llegando de a poco
desde los alimentadores de los circuitos, resurja embriagante y poderoso como un ojo verdoso
y amarillento desde los interiores de las almas de los habitantes de Urantia, a fin de parir la
nueva posición de los cambios sublimes que comprometen a la evolución de nuestras razas.
Entre esa comunidad escondida y medio visible del último Siloé del planeta, las hordas del
deseo sexual de los humanos se despliega entre mensajes whatsapp con videos carnales de
ideas locas mezcladas entre arrecheras y emociones temporales que envían las amargadas
amigas a las esposas, y los perversos amigos a los esposos, para permitir que las parejas de
Siloé, sigan viviendo sus vidas de casados, con hijos de por medio y amorosos sueños cálidos
entre camas separadas y amoríos insatisfechos... incompletos.

Porque para interpretar bien el estar vivo, después de superar haber vivido siete años en la
Sierra Nevada de Santa Marta, me entregó respuestas a la infinidad de las dudas, y solo a
algunas de ellas: Anastasia. Ella con más experiencia que yo, nació y creo que aun vive en la
Taiga siberiana, o al menos en esa Taiga imaginaria que nos dibujó Vladimir.
Y no es que hubiera sido muy difícil el haber convivido con las experiencias ocurridas en
Samaria, es mas bien, el poder llegar uno a conocer las palabras adecuadas que interpretarían
lo que aquella experiencia significó... porque de verdad, me enredo tratando de encontrar
significados a mis acciones, o al menos, a lo que es saber lo que significa un determinado
momento; y mejor aun, después de haberlo vivido tan intensamente, como fue el de Samaria...
Dice Vladimir en su peregrinaje de escritor, que leyó una basta documentación en lo referente
a los individuos que se adentran a vivir en los bosques durante un periodo de sus vidas... Él
sabrá la respuesta correcta a estas incógnitas de selvas vividas, experimentadas y sublimes.
Pero como todo en esta vida no tiene que ver con solo solucionar las incógnitas, sino que
también nos toca ir descifrando y desenrollando muchos caminos de dudas al frente de uno;
fue entonces cuando decidi mudarme a Siloé. Pintoresco barrio popular de Santiago de Cali. Y
que venía a ser como aceptar el nuevo reto de dejar de estar viviendo en las afueras del
mundanal ruido. Para ello, Siloé representa por ahora la mejor opción económica. Aunque las
leyendas urbanas que la han abrazado siempre sean muy escalofriantes.
El mejor entrenamiento para llegar a acoplarme a una vivienda en Siloé, lo dictaron las fincas y
casas donde alcancé a vivir en la Sierra. Como la casa de bloque gris en obra negra con un
olor algo pegajoso y fuerte a cemento seco; aunque rodeaban la brutalidad arquitectónica siete
hectáreas de cafetales, bosques, árboles frutales y el río. El gran río que atravesaba a Minca.

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Para los amantes de la naturaleza, Minca puede llegar a ser uno de los lugares más mágicos
del planeta, por su capacidad de poder brindar la opción de ser descubierto en sus alrededores
por el ser humano buscante pensante viajero y observador, entre diálogos permanentes y con
la opción de experimentar un intercambio de energías, que brindan la protección y fondo
seguro para algún tipo de crecimiento espiritual, al estilo de la Taiga siberiana.
Aunque Siloé, no trae esa magnificencia de bosques. Mantiene otras abundancias diferentes:
sus calles halan el recuerdo de balas perdidas. Siloé trae olores a muertos que en antes, caían
por entre y sobre el cemento barrial, como flores de otoño, como gargajos secos, como mierda
de perro. Este barrio me recuerda de Medellín, a aquel barriecito donde vivía mi prima Diana
Isabel antes. Aunque una de las diferencias, es que aquí, en Siloé, no se debe de mirar a los
ojos por más de medio segundo... dicen. Por aquello de los respetos por los recuerdos...

Aquellas son historias no contadas en papel de cuentos sino en denuncios policiales de
muertes salvajes que dejaron ecos de sobrevivencia, de supervivencia y de otras vivencias en
sus habitantes, como para evitar problemas futuros. Y yo que venia acostumbrado en Samaria,
a saludar a todo transeúnte que me encontraba... Hola, buen día... etcétera. Donde mirar a los
ojos era parte del ritual del encuentro. Aun con aquellos individuos que miraban con sonrisa de
revolver y diente de oro. Como esa canción de Rubencito con la florecita rockera,donde recita
el poeta: cuidado con los Juanito alimaña, cuidado con los Pedro Navaja.
Ahora me siento otra vez a continuar escribiendo. El escribir es un camino como con callejones
paralelos a su alrededor que se continúan. Se continúan por delante, se continúan por detrás,
por los lados... y están todos como llenos de flores de colores. Escribir no es para intelectuales,
escribir es para hambrientos con verdades experienciales entre ellos incrustadas. Aunque en
mi caso sociológico filosófico y sicológico, es como una terapia que sirve para apaciguar las
cadenas de una molestia temporal que ata... lo ata a uno a una estadía física dolorosa.
El trabajo, a donde me arrime a incursionar esta vez, tiene las dos caras del empleado: la de
sus satisfacciones temporales y la de los encuentros innecesarios. Además, que sí puede ver
al final de la quincena, un salario mínimo que estipula un gobierno insensible y que no
pareciera que fuese algo que encumbrara la dignidad del ser humano. Que se siente mas bien
como una sonrisa malograda que mantiene al empleado o al obrero pegado al árbol gigante de
las sobrevivencias. Porque se vive es para pagar el alquiler, se trabaja para andar montado en
muchos buses, para comprar alimentos a diario... y todo aquello, analizándolo, deja saldo en
mínimas al final del cuaderno... Si se da un gusto, no se podrán ni pudran dar dos. Sin hablar
de los encuentros innecesarios con un horario con sabor a esclavitud, con el maltrato mental
disimulado con palabras “suaves”, y el sentirse dentro de un hábitat insalubre horas eternas.
Pero aquí también entran a jugar los aprendizajes, el éxito no depende de las cualidades
especiales del individuo, decía una pancarta comercial. Depende de la constancia, el método y
la persistencia. En Siloé, abunda la constancia por el trabajo laboral. Laboran hombres y
mujeres. Estudian dentro el sistema educativo de la sobrevivencia, niños y niñas...

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En Siloé, se nota y se siente el empuje de los que se llaman así mismos: pobres. Desde el
reciclador que vive en la vecindad donde alquilo la pieza, el motoratón que sube gente desde
el lado comercial cerca al cementerio, donde hablando de muertos, puede que no le quepan
mas. Aunque me contaba el reciclador el otro día; que a su abuelita que lo crió, la traslado a los
Jardines del Recuerdo, y que él solito pago por todo, señalándome con un gesto y mueca de
la cara, a los otros familiares que viven en la misma vecindad como queriendo decir que
ninguno quizo colaborarle con el proyecto. De todos modos, todo esto va acompañando a esa
sobre-vivencia de la que tanto se menciona acá.
La diferencia entre el estrato uno y el seis, es abismal. Las mujeres entran a la tienda donde
laboro en Centenario, con una voz que pisa “alturas”. Con portes físicos, que le hacen
exclamar a la administradora del local, que también vive en Siloé, que tienen “clase”.
Las mujeres que pasan por las calles de Siloé, tienen las uñas de los pies pintadas de colores.
Sus pieles normalmente llevan un tono como si hubiera llovido mucho la noche anterior. Visten
con dignidad, mueven la vegetación de la piel y los huesos, como si el viento estuviera de su
lado. Mientras que sus vanidades femeninas, siempre en estado floreciente.

Las mujeres de Siloé, llevan la belleza pegada al cemento, como si fueran hechas con una
mezcla de construcción urbana. En Centenario, la mujer camina sobre una nube de elegancias
imaginadas. Aunque ninguna de las dos, camina como belleza de bosque primario. Mas bien
como árboles de ciudad, como palmeras de canción salsomana. Porque a las palmeras las ve
uno es apuradas en el MÍO, en los centros comerciales y en las alcobas de los hombres que
laboran los siete días de la semana.
Yo que venia de laborar solo tres días a la semana, con la mentalidad griega de que la nueva
cultura debería de trabajar menos, y observar y meditar mas. Pero me encontré con el muro de
la ciudad, el muro de Pink Floyd y de Berlín juntos. Y allí, el trabajo es un ladrillo duro de roer.

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Se trabajan siete días, se recibe salario de esclavo y se limpian hasta baños para poder
cumplir con las obligaciones.
Mientras tanto, la paso es escribiendo en mis horas libre. Ahora hasta deseo volver a tomar el
lienzo, los óleos... ese aroma a óleo, que me reunificaría con mi naturaleza inicial, la del
creativo, la del poeta, la del músico.
Los pasos que se caminan en Siloé, tienen una sutil sensación de estar siendo observados por
miles de ojos silenciosos, pero analizadores . Ojos que miran al transeúnte rápidamente, y en
ese micro segundo, alcanzan a leer su huella, a percibir tu olor, y a saber cual es su onda...
ojos que analizan personalidades a fondo. Y mientras tanto, yo juego a ser invisible.
En la esquina, el parque de las Llantas. Los parceros de diferentes edades, interactúan con
diálogos coloquiales sencillos y corrientes: entonces, te fuistes de comilona?... Palabras
coloquiales y sencillas, que me anclan a un profundo divagar: el divagar de mis actos. Y me
cuestiona inocentemente: si me estoy comportando demasiado serio? Si me debería de unir al
parche?... Pero una respuesta de un nó barrial, me deja por fuera del video urbano, y paso y
obligo y continuo como un zombie hacia mi vecindad. Donde de todos modos comparto poco o
casi nada con ellos, porque me enfrascó entre unos audífonos que recalcan sonidos a
megamillones de decibeles, tratando de relajar el desmadre del cambio de película en que me
he introducido, y jugando sudoku y solitario en la tableta al mismo tiempo. Ahora, hasta planeo
la adquisición de un tv nuevo. Lo hago –y digo como excusa, que lo necesito hizque para
desembombar los silencios. Además de que hizque explaya al cineasta por entre las
imágenes... Me agrada también algo que tranquilice el sistema nervioso, un televisor que
cambia de canales rápidamente en silencio, y una música de fondo al gusto.
Entre un sentir de amarguras innecesarias al otro día en la mañana, camino con quince
minutos de anticipación hacia este ultimo trabajo, como auxiliar de mantenimiento en una
tienda de ropa y de antigüedades traidas desde la India e Indonesia. En ese anden, dos
cuadras antes del portón final donde comienzan esos lazos de servicio hacia los semejantes a
cambio de pan, miré así como entre los pasos y las figuras al frente en la distancia de donde
caminaba, para encontrarme con unos ojos que me traían recuerdos de antes de Samaria.
Era Milli. De Valledupar, la ex de un conocido. No podíamos creer ni ella ni yo, que es lo que
estaba sucediendo. Encontrarnos en Cali, donde más de dos millones de almas
acondicionadas entre la sobrevivencia de los goces, goza, y allí en medio de esa
salsamentaría, nos encontramos sentados, así de repente, Milli y yo, conversando... Del cine
que dibujábamos a hacer en la Sierra.. De los días en Uversia. Del río allá abajo de la ladera
del cafetal. Qué dulce haberla encontrado, habernos visto. Fue como un soplo vallenato.
Pero vuelvo a Siloé, y me encuentro -cuando estoy consciente de que camino, que me hallo
subiendo la ladera hacia el nuevo hogar, pero no siento el cemento debajo de la suela de las
botas fuertes. Diferente de cuando camino por Centenario, allí siento una onda diferente, no
se... mas ¿confianza? Mas, ¿aceptacion?... y, aceptacion, ¿de quienes? En Siloé, me siento
como invisible, aunque al tiempo sé que miles de ojos están mirando. En Centenario, nadie

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mira, o no desea mirar. Interesante esto de tener la oportunidad de compartir dos clases
sociales... Una mientras trabajo para otros, la otra mientras descanso de un día de trabajo, con
los otros. Algo bueno que me dejó el caminar por entre las calles de Siloé, es que aprendí a
caminar esquivando los bollos de perro sobrlos cementos. Y a caminar sin miedo.
Porque aunque a uno no le guste al principio lo que está viviendo. Debe acoplarse al oleaje,
para poder absorber los cambios sin pestañear. Porque, si hubiera terminado mis estudios
universitarios; no se de verdad si me hubiera aguantado estar haciendo lo mismo por veinte
años... Seguidos y consecutivos y sin la opción de cambios sísmicos, sino más bien con
vacaciones pagadas y normales en playas de sol y piña colada, fines de semana llenos del
mismo alcohol y diferentes perfumes de mujer. Alcobas sin personalidad con sensibilidad
inestable que se puede requebrajar al primer temblorcito. No se, son cosas que me quedo sin
aclarar en esta primera vida, en este primer mundo de estancia.
Ya vendrán otras vidas y otros mundos, donde tendré la oportunidad de experimentarlas. Como
también el de cómo se transformaría el formato de mi personalidad después haber ganado los
millones que colorean mis sueños socio-económicos. Con la opción final de recapitularlos, u,
olvidarme de ellos y pasar el segmento de esta evolución terrenal temporal sin más
ambiciones.
Dejé después de cuarenta y tres días, el trabajo alienante en Centenario. Me decidí al fin
porque me tenía atado y medio aburrido, y volví a Siloé. A medida que los días avanzan, siento
mas el formato de la suela de mis zapatos, pegarse al cemento de Siloé.
Pero al conocer cada vez más a esta gente, me veo repitiendo una y otra vez, acciones que
pensé ya había superado en años pasados. Superado, por aquello de que pensé que habían
sido etapas primitivas donde muchos de los instintos animales los había dejado atrás.
Siloé me trajo a ver sentir y experimentar otro tipo de vida; la vida del “pobre”. Alli me
encuentro, dentro de otro formato de fondo, donde la pieza que alquilo, tiene tres cuartos, uno
de ellos imposible de habitar, aunque sirve de conducto de acceso hacia la única ventana que
tiene vista. Ojos hacia el verde de una naturaleza que contrasta con la construcción en ladrillos
y cementos que dejaron en obra negra las pobrezas. Mientras que el no deseo de desfalcar los
únicos ahorros que me quedan, me impide el traer un cuñete de pintura para decorarlo como lo
hice con el apartamento donde vivía en Bad Schussenried.
Esa preocupación de desfalcar los únicos ahorros, como si se fueran a acabar por siempre y
me fueran a dejar condenado a vivir como un reciclador sucio en las calles, me trae a la mente,
nuevas profesiones que podría comenzar a explorar: como vendedor de cigarrillos o cafecito
en una galería de mercado. Esto de sentir la emoción del libre albedrío es maravilloso. Es un
don que nos da el universo de forma automática, donde los miedos, son uno de los factores
que dibujan el panorama que se nos va abriendo al frente... Aunque no tuve miedos al venirme
a vivir a Siloé, mis amigos si los tenían.

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Somos una raza socialmente fracasada individualmente, como sociedad se avanza, como
conjunto se aprende y se aporta al grupal de la humanidad. Pero como individuos alcanzamos
a acariciar los cánceres defecales de ese sistema que nos sostiene, y caemos en depresiones,
en suicidios, en agonías larguísimas, en quiebras económicas, en malas acciones que nos
mantienen patinando entre nuestra evolución personal, en siendo robados o timados por los
que desean el bien ajeno, o robando y apropiándonos de vidas ajenas; metidos entre las
paredes de muchos sueños y muchas preocupaciones que nos convierten en viciosos de
nuestras acciones. Oh, tanta poesía mal escrita, con la tinta del fracaso personal, porque por
mas que pensemos que le dejamos de herencia un imperio o una buena parte a nuestros hijos
y nietos, lo estamos haciendo y sintiendo, desde la fría cama de un hospital o tres metros bajo
tierra. Los que sobreviven esta carrera de los maltratos, están tranquilos y canosos en
cafeterías, mirando al bello mundo al rededor de ellos en como gira, mientras esperan por el
gran día de sus muertes, por el... “Pronto llegara...”
Desde Siloé, se puede ver todo el panorama de nuestra civilización. El empuje humano,
fabricado gota a gota, y grito a grito. En Siloé, se congregan miles de comerciantes, como
abejas alrededor de sus mieles. A veces suenan las balas, zumban las miradas que asesinan
competidores, mientras que los humildes, bajan al “Makro” de Siloé, a vender su mercado de
pulgas. En Siloé se esconden y refugian indocumentados de otros países. En Siloé se ocultan
vehículos sin papeles y conductores sin licencias. En Siloé, todo es valido. Y por encima de
toda posibilidad, la mujer sonríe con más frecuencia y mas agradablemente; como con una
honestidad mas original, más apropiada a balancear lo agrio del perfume urbano con el aroma
de las flores silvestres cuando perfuman las acciones de los hombres.
En Siloé, comencé a amarme a mi mismo realmente por primera vez. En Siloé, comencé a
darme cuenta de que quería salir de mi primera bancarrota. De que debería de hacer algo por
recuperar esa herencia que me despojaba la hermana de sangre y las deudas del Estado.
No tan importante serian estos aspectos, comparados con las balas que zumban en Siloé.
Hace días vienen sonando los pum pum cerca de la cuadra. El barrio siente los sonidos que
parecen de pólvora navideña. Los perros y los gatos chillan al unísono después de escucharse
la balacera. Existe un conflicto entre bandas locales de Siloé. El argumento base debe de ser
el micro-tráfico. Dicen que era un buen chico, que no pertenecía a la banda. Pero una muerte
es una muerte, y el chico, en chanclas pantaloneta y una gorra, cayó sobre el andén de la calle
de la esquina de donde estaba sentado, junto a tienda, y con una bala en el cráneo, una moto
de la poli lo transportó como pudo a urgencias. Le brincaba el labio superior de su boca
morena, y el dedo meñique de la mano izquierda. Me imagino cual seria el ultimo pensamiento
en vida que tubo, por su imprudencia, sentado en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Rueda una gota de sangre espesa sobre el pavimento
El día calienta el anden como si se fueran a freír huevos
No hay silencios que se escuchen en vano después de un pum pum

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Los perros con su aullido peculiar de peligro advierten,
que la guerra del barrio, al sonido de música carrilera urbana
...no ha dejado de campanear desde que se fundo a Siloé.

La piel campaneaba una nausea a flor de los sentires, a medida que la hija de la dueña de la
vecindad me iba narrando hechos descriptivos de otras muertes no anunciadas y si anunciadas
que habían ocurrido dentro de la familia de ellos. Al tiempo que la sangre que cayó sobre el
cemento cálido a la entrada de la tienda al frente del parque, se iba evaporando y diluyendo
acompañada del jabón y el límpido. La escoba no podría ocultar nunca el hecho de un alma
que sufría dolores improvisos que se sentían en el ambiente, por lo recién sucedido. Que se
abrumaban por salir entre los circuitos conductores de energías que iban y venían desde el sol
hasta la Tierra. Me sentí tan maluco y débil, que me despedí de ellas, y entré al cuarto de
alquiler. Ya tirado sobre ese sofá-cama azul profundo que me regaló Beata, recapacitaba sobre
el momento... En qué tan saludable sería seguir expuesto a tiroteos improvisados que
despedian a veces balas locas que iban y venían con intereses fijos. Que serían de estos
momentos en que me encontraba entre un trabajo y otro. Que sería del rumbo perfecto y más
saludable que esta providencia me estaba hablando para que siguiera. Mientras que al mismo
tiempo, desde la tele, al final de una animación, la chica valiente de la película repetía del
guión prefabricado: tu destino lo llevas por dentro, tenes que ser valiente para realizarlo.
Pero las anécdotas de muertos no son lo único que existe en medio de la línea de la vida
terrestre. Siloé es el escenario perfecto para que se incuben los genes de la lucidez vibrante,
porque el hilo que separa a la demencia de darse cuenta de la realidad de lo que pasa a
escondidas detrás de las apariencias que muestran las multinacionales en sus medios
opcionales de vivencia; es frágil, más frágil es el hilo que las divide.
Ese hilo puede ser quebradizo. Ese hilo solamente se mantiene comprendidamente en el
interior del intelecto en forma sana, cuando se le distrae de la realidad, al incorporar al cuerpo
dentro del juego del sistema, y al mantener la fe en el impulso espiritual, para que el verdadero
alimento del ser interior sea la energía que viene desde los afueras. Se siente uno sano.
Por eso Siloé es perfecto. Esta lleno de lo mejor del lado bajo del sistema, de la parte
resquebrajada que lucha por mantenerse unida, con los mismos versos que destila la elite,
pero en menor escala, en menor porcentaje de calidad, en mejor posición de supervivencia.
Porque la sobrevivencia se ha dejado atrás, en las calles untadas de gotas salpicadas que los
muertos han dejado detrás de ellos...
En un burdel de Siloé, las bellas que ofrecen su piel al mejor postor, miran sus celulares de
marca, mientras sus redondeadas piernas lizas y suaves, se extienden afuera de las sillas de
barrio, mostrando unos pies bien cuidados y acicalados durante todo el día, para que en la
noche, los hombres casados y los no casados, paguen treinta mil pesos por sus mieles.

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Alli en medio de ese calor de lugar público donde se expone el negocio más antiguo de la
humanidad, el primitivo arte de la seducción aún se suministra; solo que esta vez, auspiciando
al sistema nervioso con el lubricante alcohólico de ahora y siempre: una cerveza bien fría.
En Siloé, las miradas de las mujeres, le pidieron a llanto berriado a la policía, para que les
pusieran agentes de la fuerza en esa esquina de muerte y balas, a ver si así evitaban que sus
adolescentes hijos que consumen el vició en la esquina y lo mini trafican, no sean asesinados
por los pum pum que vuelan sin sentido marcando conveniencias.
El cuarto donde vivo en Siloé, no tiene ninguna pared pintada. El cuarto de Siloé, tiene el piso
en cemento viejo sin terminar. Huele algo a humedad, es como si estuviera en una cueva
escondida debajo de la superficie de la ciudad. Mientras que una tele usada de ochenta lukas
traquea todo el día al tiempo que una nevera enana de también ochenta mil, enfría el queso y
las manzanas. Aun el yogurt es parte de esta nueva vivencia. El super-Inter de la esquina,
tiene los mismos precios como si uno fuera de compras en Centenario. Me parece abusivo a
sabiendas de que esta localizado en Siloé. Pero es mi mejor opción. Mi única opción.
Alli sobre ese piso en obra negra, se sentó la visitadora de la oficina de salud del Estado, a
comprobar si yo realmente vivía en un lugar lo suficientemente pobre, como para resibir en el
futuro cercano, beneficios del Estado, no solo por mi condición de desempleado, sino también
en cubrir algunos subsidios de vivienda y salud como ayuda de un gobierno que a venido
probando las muchas facetas que se permite, para atender el asunto social de las gentes.
Pero a quien le puede interesar lo que me pasa ahora, a pocos. Hace millones de años vivía un
Luix dentro de unas cavernas dibujando bisontes. Hace otros millones de años, otro Luix
caminaba por el centro de Londres, untado de olor a mujer, y con los cabellos señalando al
borde de una era comstruida sobre el sueño de pavimentar al mundo, sin mirar a las
consecuencias de tan acelerado pensamiento deseoso. Aunque en si, ella solamente sentía el
vaivén de su cabello rojizo entrelazando sueños y deseos físicos, sobre las conversaciones
que exprimía su cerebro desde el colectivo mental de ese todo donde vivía hasta su realidad.
Detrás de una duda a cambios, se esconde un temor apegado a las paredes del pensamiento,
con el miedo a punto de reventar. Es como una lluvia de balas sobre las casas de ladrillo y sin
techo del pesebre de Siloé. Es como un invierno en Georgia en las calles y sin abrigo.
Las casas de Siloé las terminan en cielos razos de tercer pisos sin construir, que a lo mejor en
una opción económica de país entre un flujo comercial poderoso, podría ayudarle a los
habitantes del sector a finiquitar en el término de un corto tiempo, el sueño con sabor a
cemento y dislumbrar la casa para sus familias, con ese tercer piso terminado a lo bien. Para
ello, el varón de uno setenta y siete de altura, cabello que en otras épocas infantiles cuando
vivía en los campos de los Andes colombianos, brillaba contra el sol como heno de las llanuras
del lejano oeste. Ese varón, tiene una esposa indígena, que le ha dado tres hijos. El cabello del
varón; ahora vuela con el viento de las cometas de julio, sintiendo los aires remojar las
esquinas de un disfrute inconcluso, a veces, cargado de otros más sueños materiales. El
varón, es un moto-ratón al servicio del transporte clandestino, llevando personas a sus

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hogares, desde el sitio de escogencia. Hablando con sus colegas en los descansos, la jerga
parcera de las calles de Siloé, que trae el sabor a sangre impresa por añadidura en las noches
sin sueños, cuando los pandilleros salen a proclamar las zonas de su propiedad donde se
vende el vicio que mantiene incapacitado al espíritu de la nueva sangre de jóvenes.
Cuando los jóvenes de Siloé miran bajo sus zapatillas, encuentran que los popos de perro que
dejan los canes por montones, es parte de aquellas cosas que se deben esquivar en Siloé. No
solo las balas se esquivan si se quiere estar bien. Los olores y la lluvia en las calles inclinadas
en bajada por donde corren las gotas de agua, son los encargados de llevársen los untados
decorativos hasta los caños y sifones. Toda esta porqueriza que se estanca en los andenes y
calles, se va, se va y vuelve otra vez cuando al otro día, sale el sol alumbrar otros colores y
otras formas grotescas de olores que dejaron los perros. A veces, la lluvia, baja también el
color de la sangre, que se va a los sifones, untada ella también de pura mierda de perro...

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