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MEROVINGIOS Dinastía franca que reinó en la Galia desde el final del siglo V hasta la mitad del siglo VIII, y que toma su nombre de Meroveo, caudillo de los francos salianos, supuesto antepasado del rey Clodoveo. Historia política. La verdadera historia de los Merovingios comienza de hecho con el rey Childerico, que aparece hacia el 457 como jefe de un cuerpo de auxiliares francos del ejército romano en lucha contra los visigodos, en la región del Loira. Los hallazgos realizados en su tumba, en Tournai, permiten ver en él un reyezuelo local que ejercía su autoridad sobre una tribu de salios. Pero fue se hijo Clodoveo, Rey en el 481 ó 482, quien aseguró el futuro de la dinastía. A la muerte de éste, en el 511, la mayoría de la Galia estaba bajo la dominación de los francos; sólo faltaban el reino burgundio (sobre el Saona y el Rin medio), la Provenza conquistada por Teodorico, la Septimania visigoda y la Bretaña céltica. Además, el bautismo de Clodoveo había asegurado a la monarquía la alianza de la Iglesia católica, principal fuerza política de aquel tiempo. La conquista franca continuó bajo los hijos del rey Clodoveo que se dividieron el reino a la muerte de su padre: Thierry (o Teodorico), rey de Reims, reinó sobre el Nordeste de la Galia; Clodomiro, rey de Orleáns, sobre el valle del Loira y Aquitania; Childeberto, rey de París, sobre el valle del Sena y Normandía, y Clotario, rey de Soissons, sobre las antiguas posesiones francas del Norte de la Galia y de Bélgica. Llevaron a cabo varias alianzas y lucharon juntos. En el 532, Childeberto y Clodomiro atacaron el reino burgundio, vencieron al rey Segismundo y le arrojaron a un pozo junto a su mujer e hijos. Al año siguiente, el rey burgundio Gondebaud atacó y mató a Clodomiro; a continuación de este crimen, Childeberto y Clotario asesinaron a los hijos de Clodomiro y se dividieron sus posesiones. Pero el reino burgundio había sobrevivido. Al mismo tiempo, en el 537, los ostrogodos fueron expulsados de la Provenza. Pero el acontecimiento más importante fue la conquista de Germania, realizada sobre todo por los reyes de Reims (y de Metz) Thierry y su hijo Teodoberto. Una vez vencidos por Clodoveo, los alamames fueron aplastados militarmente y reducidos a la impotencia, mientras que el reino de los turingios era anexionado por los francos. Clotario I, que quedó como único Rey en el 558, después de la muerte de sus hermanos y sobrinos, finalizó la conquista al someter a los bávaros; incluso llegó a la llanura de Panonia. Con excepción de las regiones del Noroeste (Sajonia y Frisia), toda Germania había caído en manos de los francos. Esta conquista de Germania constituye un hecho capital en la historia europea. Habiendo permanecido hasta entonces en un estado tribal, Germania se integra por primera vez en un vasto conjunto político, el de la monarquía franca. De ahora en adelante, vivirá en simbiosis con el resto de Europa. Si durante el reinado de Clotario I (único Rey de 558 a 561) el periodo franco alcanza algún apogeo, éste es de corta duración. A la muerte de Clotario I, la Galia se divide entre sus hijos: Sigeberto I, Cariberto I, Gontrán y Chilperico I. Desde entonces el estado de división se convierte en norma, y, durante dos siglos, desde la muerte del rey Clotario a la caída de la dinastía, la Galia no conoce más que diez años de unidad, en la época del “buen rey” Dagoberto I, entre el 629 y el 639. Estas divisiones sucesorias dan lugar a una nueva geografía política del país. Poco a poco se definen cuatro grupos territoriales: en el Nordeste, Austrasia, rodeada de los valles del Mosa y del Rin y extendida ampliamente en Germania; en el Sudeste, Borgoña, herencia del antiguo reino burgundio convertido en franco; en el Noroeste, Neustria, cuyo nombre significa “reino del Oeste”; en el Sudoeste, Aquitania, que, aunque sometida a los francos, no está totalmente asimilada, y donde los vascos o gascones ocupan vastos territorios al sur del Garona (Gascuña). Los dos reinos más poderosos de todos éstos, Neustria y Austrasia, se disputaron la hegemonía, lo que dio lugar a incesantes guerras, sangrientas y fraticidas, como la que enfrentó desde 575 a 613 a la reina Brunequilda de Neustria con la reina Fredegunda de Austrasia, y luego con el hijo de ésta, Clotario II. Hubo un momento de calma con Dagoberto I (629-639). Este soberano, contrariamente a la tradición franca, eliminó a su hermano menor de la herencia paterna y restableció la unidad real de la Galia. Se acercó a sus gentes y tomó medidas severas contra los grandes que habían usurpados tierras reales. Sostuvo una incesante actitud defensiva en las fronteras. Rodeado de consejeros competentes, tales como San Ouen, obispo de Rouen, y el orfebre San Eloy, obispo de Noyon, adquirió fama por su sabiduría, a pesar de su disoluta vida privada y de su capacidad poco común. Pero el rey Dagoberto no pudo más que retardar la decadencia merovingia. Sus hijos tenían solamente nueve y cinco años de edad cuando murió. La mayoría de sus descendientes fueron niños o adolescentes, física y moralmente degenerados. Los últimos reyes Merovingios estuvieron totalmente prisioneros de su aristocracia y privados por ésta de todo poder y riqueza. Responden a la clásica imagen de los “reyes holgazanes” que, según el historiador Eginardo, no poseían más que un solo dominio y de muy escasa renta, con una casa y algunos servidores, y que para desplazarse “se subían en un carro de bueyes, que un vaquero conducía a la moda campesina”. La autoridad se centra entonces en manos de los mayordomos de palacio, jefes de la aristocracia, que dirigen toda la administración. En el siglo VII, una familia de mayordomos del palacio de Austrasia se impuso poco a poco; a mediados del siglo VIII, eliminó a los últimos Merovingios y se atribuyó, con Pipino, apodado el Breve, el título real, fundando de este modo una nueva dinastía, la de los Carolingios. Instituciones y vida social. Originalmente, en la sociedad franca primitiva, el Rey no es más que un jefe de guerra, que extiende su autoridad sobre una o varias tribus. Es elegido, en teoría, por todos los guerreros libres, de hecho por sus compañeros de armas solamente, los leudes. Este carácter electivo de la realeza que se mantiene, por ejemplo, en la España visigoda, desaparece muy pronto en la Galia. Clodoveo I fue un Rey elegido, pero a partir de su muerte el trono se hizo hereditario. El poder del Rey derivaba de la noción de ban (derecho de mandar, juzgar, castigar). Se trata de un poder absoluto; los únicos límites a la voluntad del soberano son el propio temor a perjudicarse o el miedo a ser asesinado por sus súbditos. Las rentas del Rey son también limitadas. Mientras que los otros pueblos germánicos se instalan en tierras del Imperio, en virtud de tratados establecidos con Roma, el Rey franco basa su reino en el derecho de conquista; él es propietario de su reino, y toda distinción del soberano entre dominio público y dominio privado desaparece. De este modo, el reino, propiedad de la familia del monarca, se divide después de su fallecimiento. El Rey trata de sacar de este bien privado los máximos provechos posibles, y la administración del reino no es más que su imposición de unas privaciones. No es exagerado decir que la política económica de los reyes Merovingios fue de rapiña. Ésta se manifiesta esencialmente en el establecimiento de innumerables peajes en los caminos, puentes, ríos, etc., o en el pillaje puro y simple con ocasión de expediciones guerreras. La aristocracia es cómplice y auxiliar del Rey en la explotación sistemática del reino. La nobleza merovingia tiene un doble origen; comprende, por un lado, un grupo escogido de guerreros francos, compañeros de armas del Rey (leudes); por otro, los supervivientes de la antigua aristocracia galo-romana que se apresuraron a colaborar con los nuevos señores; pero, de hecho, los dos grupos se fundieron pronto en uno solo. A la cabeza de esta aristocracia destaca la casta de los antrustiones, hombres de confianza del Rey que le prestan un juramento de fidelidad personal y en contrapartida reciben su protección (o maimbour). La nobleza dirige toda la administración, por lo demás muy reducida. La administración central estará en el siglo VII a cargo de los mayordomos de palacio que, teniendo vara alta sobre los recursos reales, cada vez serán más importantes. La administración local se confiaba a los condes, que gozaban de una autoridad casi ilimitada en sus circunscripciones. Pero la fidelidad de esta aristocracia fue función de la liberalidad de los reyes, lo cual condujo a una rápida y completa ruina de la monarquía. Se conocen muy poco las capas inferiores de esta sociedad. Los esclavos parecen ser que todavía eran muy numerosos. Las causas de su reclutamiento estaban muy lejos de extinguirse. Se podía ser esclavo por consentimiento voluntario (cuando se era demasiado pobre para asegurarse su propia subsistencia) o como consecuencia de una condena judicial. Las dos maneras principales de reclutamiento eran la guerra (en 530, a la vuelta de una expedición a España, Childeberto I llevó a la Galia “grandes cantidades de esclavos, hombres y mujeres, atados de dos en dos como perros”) y la trata de esclavos que proveía a ciertos lugares de comercio especializados en este negocio, como Verdún. Los hombres libres de inferior condición eran los colonos, en general antiguos pequeños propietarios reducidos a semiservidumbre. Los colonos no podían ser vendidos ni estar ligados, pero estaban ligados hereditariamente a las presuras, que les confiaban los grandes propietarios. La sociedad merovingia estaba muy jerarquizada. Un abismo separaba las diferentes clases. Y una minoría de parásitos vivía de la explotación de una masa de miserables que subsistían en condiciones de vida aterradoras. Civilización. El declive de la vida urbana, que comienza en el siglo III, alcanza su punto más crítico en la época merovingia. Este fenómeno es relativamente menor en la Galia meridional, donde Burdeos y Marsella conservan una superficie de alrededor de 30 Ha., pero es más acusado en las regiones del Norte, que habían sido menos urbanizadas en la época romana; así, Soissons abarca un cuadrilátero fortificado de 400 por 300 m. París no es más que una aldea limitada por la isla de la Cité; el monasterio de Saint-Germaine-des-Prés, fundado por Childeberto I, estaba construido, como indica su nombre, en pleno campo. La ciudad no subsiste más que por sus funciones militar (es ante todo un castrum fortificado) y religiosa (el obispo, defensor civitatis, es el primer personaje de la ciudad). La situación del campo no es mejor tampoco. La regla es la del gran dominio (villa) explotado en general por una mano de obra servil. Los rendimientos de los cereales son escasos e incluso irrisorios (del orden del 1,5 a 2,5 por 1, a veces menos). Las técnicas agrícolas, muy precarias (los instrumentos de labor son de madera, el metal está reservado para la fabricación de armas), no permiten cultivar más que una pequeña parte del territorio. El paisaje permanece como en la época celta; el bosque y los territorios habitados se limitan, la mayoría de las veces, a sitios aislados. Las condiciones de vida, extremadamente rudimentarias, se agravan por las calamidades que se abaten sobre los hombres de esta época. Las guerras prácticamente incesantes (entre reinos, entre poderes locales, entre ciudades, entre familias) arrasan el país; según el testimonio de Gregorio de Tours, Turena sufre los efectos de razzias diez veces entre el 573 y el 590. El hambre es endémica; el estudio de los esqueletos encontrados en los cementerios merovingios revela numerosos síntomas de raquitismo, debidos a una subalimentación crónica, y una mortalidad infantil muy grande. Las epidemias se abaten sobre las gentes; la peste del siglo VI causó tantos estragos en Occidente como la famosa peste negra del siglo XIV. Creencias e ideología. En estas condiciones, el rasgo más característico de los hombres de este tiempo es su pesimismo; los escritores de entonces deploraban la barbarie de un mundo encaminado según ellos a un fin próximo. La religión se centraba en el terror; al temor de Dios (el Dios de la cólera, el Dios vengador) se añadía el temor al diablo omnipresente, lo cual se traducía en manifestaciones mórbidas, como la posesión. La brutalidad de las costumbres era algo general, acentuada sobre todo en la familia real. La historia de la dinastía Merovingia es un conjunto de horrores, “un espectáculo de fieras”, según palabras de A. Thierry. Pero el uso de la violencia está igualmente atestiguado en todos los grados de la sociedad e incluso codificado por la ley sálica, que autorizaba las venganzas privadas. A pesar de la conversión de Clodoveo, el paganismo conservó numerosos adeptos. El paganismo germánico importado por las invasiones o viejo paganismo autóctono resurgió a causa de los problemas y de la desorganización general del país. Los descubrimientos realizados en las sepulturas atestiguan el carácter casi general de ciertas prácticas paganas, tales como el empleo de amuletos, talismanes, etc. El cristianismo, contaminado a menudo por las creencias que intentaba combatir, seguía siendo una religión urbana; se difundía lentamente en el campo a través de parroquias rurales o de monasterios –de origen sobre todo irlandés– que se fundaban en los “desiertos”. El culto resaltaba sobre todo por la devoción a los santos y el apego, de carácter casi mágico, a sus reliquias. La unión entre lo espiritual y lo temporal era total; el Rey o su mayordomo de palacio nombraban los cargos episcopales. Vida intelectual. Aunque a comienzos del siglo VI el espíritu de las letras latinas sobrevive en los escritos de San Avito, obispo de Vienne, o de San Cesáreo, obispo de Arlés, se constata un empobrecimiento constante de la cultura literaria, ligado a una profunda decadencia de todas las formas de enseñanza. Entre los historiadores, solamente Gregorio de Tours merece mención. Su relato del reinado de Clodoveo es discutible para la crítica moderna, pero constituye una narración brillante y bien informada de los acontecimientos de su época. La poesía está esencialmente representada por Venancio Fortunato, cuya obra, a pesar de su carácter artificial, es, sin embargo, muy superior a la de sus contemporáneos. Bibliografía DE COULANGES, F.: La monarchie franque, en Histoire des institutions politiques de l’ancienne France, III, 2ª ed., París 1905. LELONG, C.: La vie quotidianne en Gaule á l’époque mérovingienne, París 1963. LOT, F., PFISTER, C. y GANSHOF, F. L.: Les destinées de l’Empire en Occident de 395 á 888, en Histoire Générale: Histoire du Moyen Áge, dir. G. Glotz., I, 2ª ed., París 1940. MUSSET, L.: Les invasions. Les vagues germaniques, París 1965. PROU, M.: Le Gaule mérovingienne, París 1897. SALIN, E.: La civilisation mérovingienne, d’aprés les sépultures, les textes et le laboratoire, París 1950-1959. THIERRY, A.: Récits des tempos mérovingiens, París 1967. Por Pierre Bonnassie, en Gran Enciclopedia Rialp, 1991. CAROLINGIOS Familia imperial que reinó en Francia y Alemania desde la mitad del siglo VIII al siglo X y cuyo más ilustre representante y epónimo de la dinastía fue el emperador Carlomagno. Historia dinástica. Durante la primera mitad del siglo VIII los reyes Merovingios no son más que fantoches prisioneros de su aristocracia y completamente arruinados. El poder efectivo está en las manos de los mayordomos de palacio, jefes de esta aristocracia. Las guerras que enfrentan a los diferentes reinos merovingios pronto se circunscriben a una lucha entre los mayordomos del palacio de Neustria y los del de Austrasia. En 687, el mayordomo austrasiano Pipino de Heristal logra una victoria decisiva en Tetry, al aplastar a las fuerzas de Neustria, determinando así el destino de su estirpe. Pipino de Heristal, provisto de inmensos dominios en la región del Mosa y del Rin, situado a la cabeza de una vasta clientela, rehace en su provecho la unidad de la Galia. Después de su muerte (714), su hijo bastardo, Carlos Martel, prosigue la obra comenzada y además lanza a los francos a una serie de audaces expediciones victoriosas: en Alemania, vence a los turingios, alamanes, bávaros y frisones; y en Aquitania, detiene una importante razzia musulmana en la batalla de Poitiers, en 732. Su hijo Pipino el Breve, mayordomo de palacio a su vez en el 741, duda durante diez años, a pesar del prestigio adquirido por su familia, en aceptar el título de Rey. No obstante, en 751, habiendo recibido una opinión muy favorable del papa Zacarías, depone al último Merovingio, Childerico III, y se hace elegir Rey en Soissons por la aristocracia franca. Para asegurar más su legitimidad, se hizo jurar por los obispos francos (la coronación quizá le fue hecha por San Bonifacio en persona), lo cual constituye la primera consagración de un rey de Francia. Sus campañas militares estuvieron orientadas hacia el país del Midi. En Italia, estableció una estrecha alianza con el Papado, iniciando así una nueva política, destinada a convertirse en una constante de la monarquía franca. En el curso de dos campañas, llevadas a cabo en 755 y en 756, vence a los lombardos que ponían en peligro el trono pontificio y consigue de ellos una larga franja de terreno desde Roma a Rávena. Pero devuelve al papa Esteban II sus territorios, fundando así el Estado Pontificio y permitiendo al Papado liberarse a la vez de la amenaza lombarda y de la tutela bizantina. En la Galia del Sur, Pipino somete Aquitania, haciendo matar al último Duque independiente, Gaifier, y, al término de una serie de expediciones hechas desde el 759 al 768, reconquista la Septimania a los musulmanes, incorporando definitivamente esta región (Languedoc y Rosellón) al reino franco. A la muerte del rey Pipino (768), reunificado el reino franco, que se extiende sobre el conjunto de la Galia y la mayor parte de la Germania, se convierte en la primera potencia del Occidente cristiano. El Estado franco alcanza su apogeo con el hijo de Pipino el Breve, Carlomagno, que, en 800, adopta el título de Emperador. Pero, a partir del reinado de Ludovico Pío, sucesor de Carlomagno, comienzan los desórdenes que inician la decadencia carolingia. A la muerte del emperador Ludovico (840), una guerra enfrenta a sus tres hijos, incapaces de solucionar amistosamente el problema de la sucesión. Los dos hijos menores, Luís el Germánico y Carlos el Calvo, derrotan al mayor, Lotario, en la batalla de Fontenoy-en-Puisaye (841), luego se prestan mutuamente los célebres Juramentos de Estrasburgo, cuya versión romana constituye el monumento más antiguo de la lengua francesa (842). Lotario, obligado a pactar, tiene que aceptar el tratado de Verdún (10 de agosto de 843), que consagra el reparto del Imperio. Carlos recibe la Francia occidental, destinada a convertirse en la futura Francia y cuyos límites orientales siguen aproximadamente el Mosa, el Saona y el Rin; a Luís le toca la Francia occidental (futura Alemania), cuyas piezas claves son Sajonia y Baviera; Lotario debe contentarse, junto con el título de Emperador, con una larga franja de territorios heterogéneos que van desde Frisia a Italia, denominados Lotaringia. Pronto surge el problema del desmembramiento de la herencia de Lotario que, a su muerte en 855, divide a su vez sus posesiones entre sus tres hijos: Luís II, Emperador y rey de Italia; Carlos, rey de Provenza, y Lotario II, rey de Lorena. El reino de Lorena sucumbe rápidamente y, en 869, en el tratado de Meersen, se divide entre Francia occidental y Francia oriental, que de este modo quedan limítrofes. En estas circunstancias, el título de Emperador se convierte en algo puramente simbólico: llevado por Luís II de Italia desde 855 hasta 875, pasa a su muerte a Carlos el Calvo, que en vano se esfuerza en que se reconozca su preeminencia. A su muerte, su hijo Luís el Tartamudo declina voluntariamente la dignidad imperial, comprendiendo la vanidad de ésta, y el papa Juan VIII corona entonces al hijo mayor de Luís el Germánico, Carlomán, fijando así el título imperial en tierra germánica y abriendo el camino a la evolución que conducirá al Sacro Imperio Romano Germánico. La insignificancia de estas disputas dinásticas aparece a plena luz, si se considera la situación material en la cual se encontraban entonces los diferentes reinos francos. En este final del siglo IX, Europa occidental es víctima de nuevas invasiones tan devastadoras como las del siglo V. La mayor parte de la Galia está sometida a los incesantes ataques de los vikingos; mientras que los noruegos dominan las cuencas del Loira, Garona y Adour, los daneses arrasan el valle del Sena y todo el Norte del País. A todo esto se añade, en las costas mediterráneas, en los Alpes y en el valle del Rin las razzias de los sarracenos que operaban hasta en Borgoña. Germania no es tratada de mejor manera: toda Renania está bajo la amenaza danesa, mientras que Sajonia, Baviera y Lorena sufren las incursiones de los caballeros magiares, que reclaman Lombardía. Los reyes son incapaces de defender sus propiedades y el poder efectivo pasa a manos de príncipes territoriales, condes y duques. En 888, el emperador Carlos el Gordo es depuesto en la Dieta de Tíbur, y Francia impone un Rey extraño a la dinastía Carolingia, el conde Eudes, que había defendido valientemente París contra los normandos, Eudes, Rey desde 888 a 893, es el primer representante de una nueva dinastía, la de los Robertinos, o descendientes del duque Roberto el Fuerte, vencedor de los normandos bajo Carlos el Calvo. Francia en el siglo X no es más que el escenario de las luchas confusas entre Robertinos y Carolingios por la conquista de un título real cada vez más carente de sentido. Finalmente, los primeros lo obtienen en 987, con la elección como Rey de Hugo Capeto, antepasado de la dinastía Capeto. En germania, los Carolingios había perdido el poder desde hacía largo tiempo con el advenimiento en 918 del sajón Enrique I, padre del futuro Otón el Grande. Economía carolingia. Los problemas de los Carolingios se explican en gran parte por la incapacidad en que se encontraba la economía de la época para sostener la existencia de un gran Estado centralizado. Esta economía está fundamentalmente basada en la tierra y presenta todavía un carácter muy arcaico. El bosque continúa cubriendo la mayor parte de Europa y los hombres procuran su subsistencia con las actividades de la caza y la recolección. Las bayas salvajes, las raíces, la miel de los enjambres forestales forman una parte no despreciable en la alimentación humana, mientras que la caza juntamente con la volantería constituye la única carne consumida en la época. La cría de ganado, muy extendida, se hace generalmente en los bosques, y la ausencia, casi total, de estabulación impide a los campesinos obtener el abono necesario para el cultivo de la tierra. La población es escasa y la agricultura es casi exclusivamente de cereales (trigo, centeno, cebada), de la categoría de especies pobres, de escaso rendimiento; el trigo candeal, reservado para suelos más ricos, no se cultiva más que excepcionalmente. Los instrumentos agrícolas son todavía, en casi su totalidad, de madera; el metal, muy escaso, está reservado a la fabricación de armas; el territorio real de Annapes, que reunía extensas explotaciones, no poseía como utensilios de hierro, bajo Carlomagno, más que dos guadañas, dos hoces y dos palas de hierro. La mayor parte de los trabajos agrícolas se hacían a mano. También se utilizaba el antiguo arado; el arado con vertedera empezaba solamente a aparecer en esta época en las zonas más adelantadas de la Cuenca de París. Lo precario de estas técnicas agrarias tenía naturalmente como consecuencia una extrema escasez de rendimientos. En estas condiciones, la Europa carolingia vivía perpetuamente al borde del hambre. El régimen de propiedad y de explotación agravaba todavía la situación. La regla era la gran propiedad o villa, la pequeña propiedad campesina no estaba verdaderamente desarrollada más que en ciertas regiones de colonización, como Cataluña. Las villae eran de dimensiones variables, pero muchas de entre ellas alcanzaban varios millares y a veces varias decenas de millares de hectáreas. Generalmente, estaban explotadas según la regla del sistema patrimonial que consistía en dividirlas en dos partes: la reserva o propiedad propiamente dicha y las tenencias, aquélla reunía las mejores tierras (llamadas coutures o contaminas) que el señor explotaba directamente. La trabajaban los esclavos al servicio del señor o éste utilizaba los servicios que le debían los campesinos de las tenencias. Éstos podían ser esclavos o colonos libres. La superficie de sus tenencias o mansos, que les eran dadas por el señor, variaba según su condición jurídica: en la región parisina, un manso libre comprendía entre 10 y 15 Ha como término medio, un manso servil era dos veces más pequeño. Cualesquiera que fuesen, los colonos debían pagar grandes tributos: en especies (caza, animales de cría, cereales), algunas veces en dinero, pero sobre todo en trabajo. Debían trabajar gratis varios días por semana y varias semanas al año en la propiedad del señor. En cuanto al comercio, estaba totalmente paralizado debido, sobre todo, a la carestía monetaria que sufría Occidente en esta época, y también a causa de las invasiones que desorganizaban las rutas de comercio. El oro era muy escaso. Carlomagno instituye, en una fecha poco precisa, el monometalismo plata y define un nuevo sistema monetario, con un largo futuro (todavía vigente hoy en día en Gran Bretaña), fundado en tres unidades: la libra, el sueldo y el denario (1 libra = 20 sueldos; 1 sueldo = 12 denarios). El comercio exterior, muy limitado, no aportaba más que productos de mucho lujo destinados únicamente a una clientela aristocrática. Eran productos poco conocidos, que parecían estar orientados hacia el mundo musulmán y el Imperio Bizantino, y también en el siglo X, hacia los países del mar del Norte y del Báltico. Por otro lado, el comercio regional y local estaba dividido en compartimientos con escasos mercados. Aunque la Europa carolingia no vivía, como se ha dicho muy a menudo, con una economía totalmente autárquica, hay que reconocer que el comercio no era de ningún modo suficiente para hacer nacer una clase de vendedores especializados. Régimen social y político. Como en la época merovingia, el régimen social se resume en la brutal oposición de dos grupos sociales: el de los dueños o señores por un lado, y por otro el de los siervos que están a su servicio. En la época carolingia, la principal novedad residía sobre todo en el gran desarrollo de los lazos de vasallaje que estructurarían en adelante la clase de señores. Carlomagno instituye el vasallaje en el sistema de gobierno, haciendo entrar en su clientela personal a la totalidad de los altos funcionarios reales (condes, duques, marqueses) y distribuyéndoles beneficios previamente deducidos del dominio público o de su patrimonio familiar. A cambio, estos funcionarios debían al Rey fidelidad y servicios. Pronto este sistema se reveló como peligroso, porque suponía, para mantener la fidelidad de los funcionarios- vasallos, el que hubiera siempre nuevos beneficios que repartir. Esto ocasionaba que el Imperio no cesara de aumentar por la vía de la conquista. A partir de los sucesores de Carlomagno, la dominación de los francos, lejos de aumentar, retrocede ante los invasores de todas clases que asedian el Imperio. Entonces, el control del sistema de vasallaje escapa al soberano. Condes, duques y marqueses se hacen independientes y constituyen principados territoriales autónomos (Borgoña, Aquitania, Flandes, etc.), mucho mejor adaptados por sus dimensiones a la distribución de la vida económica que el inmenso Imperio de Carlomagno; y hacen que dependan de ellos los antiguos vasallos reales, vassi dominici, que estaban encargados de vigilarlos. Al mismo tiempo, el Rey se muestra incapaz de confiscar los beneficios de sus vasallos desleales; el beneficio, en su origen concesión vitalicia, revocable en caso de infidelidad, tendía cada vez más a integrarse en el patrimonio de sus vasallos. El capitulario de Quierzy, promulgado en 877 por Carlos el Calvo, si no instituye jurídicamente la herencia de los beneficios, la reconoce, a pesar de todo, en la práctica. Del mismo modo que el beneficio, la institución del vasallaje evoluciona en función de las circunstancias; en su origen, el vasallaje estaba concebido como un lazo personal muy estricto que unía a un vasallo y a un señor, pero el atractivo de los beneficios empuja cada vez más a los vasallos a contraer múltiples compromisos. El ejemplo más antiguo de un vasallo de varios señores data de 895, pero este tipo de casos se multiplica rápidamente. Se puede afirmar que, al final de la época carolingia, la sociedad feudal está en vía de un rápido desarrollo y su progreso se realiza en detrimento de las estructuras estables. Vida intelectual. La época está marcada por una importante renovación de los estudios y de la producción literaria, conocida bajo el nombre de “renacimiento carolingio”. Éste, iniciado por Carlomagno y Alcuino, alcanza sus mejores frutos en el reinado de Ludovico Pío. De todos modos, conviene señalar bien los límites de este renacimiento. Está limitado en el tiempo; si esencialmente marca la primera mitad del siglo IX, el declive empieza demasiado temprano, ca. 850. En el siglo X no se conocen grandes escritores. La renovación de los estudios está también limitada por el espacio geográfico; sólo se aprecia en los territorios situados en el corazón del Imperio carolingio, entre el Loira y el Rin. Los países del Mediodía, donde hasta el siglo XII se sigue escribiendo en un latín bastante bárbaro, están descartados de este renacimiento. También está limitado en cuanto a su contenido, pues no incluye más que a un escogido grupo de clérigos. En el aspecto científico es nulo, no alcanza más que algunas facetas de la cultura literaria (caligrafía, gramática, retórica) y no toca en absoluto la filosofía, excepto el gran filósofo y teólogo Escoto Eriúgena († 886), que permanece totalmente incomprendido por sus contemporáneos. De hecho, el verdadero renacimiento intelectual de Occidente no comienza hasta el siglo XI, con Gerbert d’Aurillac, para alcanzar su pleno desarrollo en el siglo XII. Bibliografía BOUTRUCHE, H.: Seigneurie et féodalité, I, París 1959. DHONDT, J.: Étude sur la naissance des principautés territoriales en France, Brujas 1943. DUBY, G.: Économie rurale et la vie des campagnes des l’Occident médiéval, París 1962. GANSHOF, F. L.: Qu’est-ce que la féodalité?, 3ª ed., París 1955. GENICOT, L.: Les lignes de faite du Moyen Áge, 3ª ed., Bruselas 1961. HALPHEN, L.: Carlomagno et l’Empire Carolingien, París 1949. LOT, F.: Naissance de la France, París 1948. WOLFF, Ph.: The awakening of Europe, Londres 1968. ZUMTHOR, P.: Charles le Chauve, París 1957. Por Pierre Bonnassie, en Gran Enciclopedia Rialp, 1991. VALOIS Última rama de la dinastía Capeto, la cual sube al trono de Francia en 1329. Los soberanos de esta dinastía se suceden en línea directa hasta Carlos VIII († 1498); los Valois-Orleáns y los Valois-Orleáns-Angulema se mantienen en el trono hasta la muerte de Enrique III (1589). Felipe IV (1328-1350). Felipe, conde de Valois, de Alençon, Anjou y del Maine, nacido en 1293, era hija del príncipe Carlos de Francia, también conde de Valois, Alençon y del Perche, hermano del rey Felipe el Hermoso de Francia, y de la princesa Margarita de Anjou-Sicilia, que le aportó a su marido los condado de Anjou y del Maine. Con la muerte del rey Carlos IV (1º de febrero de 1328) se plantea una gran problema de sucesión. Mientras se espera el alumbramiento de la Reina viuda, Juana de Evreux, el conde de Valois se apodera de la regencia primero, y luego, habiendo la Reina dado a luz una niña, de la Corona. Triunfa así de su rival Eduardo III de Inglaterra, sobrino por su madre del último monarca Capeto. El nuevo Rey, Felipe VI, había contado con el apoyo de la familia de la princesa Juana de Navarra, hija de Luís el Obstinado, rey de Francia y Navarra, y de Margarita de Borgoña, excluida del trono en 1316, restituyéndole la Navarra y cediéndole, a cambio de Champaña, los condados de Angulema y Mortain. Los comienzos del reinado fueron venturosos: a la llamada de Luís I, conde de Flandes, Nevers y Rethel, expulsado por sus súbditos flamencos rebelados, los vence en la batalla de Cassel (23 de agosto de 1328); en junio de 1329 recibe el homenaje del joven rey de Inglaterra por sus posesiones del Sur de Francia, y en 1336 intenta reemprender, a la cabeza de los principales reyes de Europa, el viejo sueño de la Cruzada. Causas de la guerra de los Cien Años. El monarca inglés, Eduardo III, harto de la ayuda que Francia presta a los escoceses y de las continuas usurpaciones de los agentes del Rey francés en Aquitania, prepara la guerra contra Felipe VI. Este último, el 24 de mayo de 1337, ordena la anexión del ducado de Aquitania, pero el rey de Inglaterra responde afirmando sus derechos a la corona de Francia. El gran conflicto que comienza, denominado guerra de los Cien Años, es en apariencia la lucha de dos dinastías rivales por la Corona; pero en realidad se trata, sobre todo para el rey de Inglaterra, de liberar a Aquitania de las pretensiones del rey de Francia. Comienzos del conflicto. Las luchas tienen primeramente por escenario a Flandes y Bretaña. La flota francesa queda destruida en la batalla de la Esclusa (1340); a la llamada de Jacobo van Artevelde los flamencos se levantan contra su Conde y el rey de Francia; en Bretaña, franceses e ingleses apoyan a dos pretendientes rivales a la Corona ducal. Los acontecimientos decisivos tienen lugar en 1346: Eduardo III desembarca en Normandía; Felipe VI trata de detenerle en su retirada hacia Flandes, pero el ejército francés es derrotado (batalla de Crécy, 26 de agosto de 1346) y los ingleses se instalan en Calais. El fin del reinado. Francia ha de soportar, además, la epidemia de peste negra que en 1348 causa estragos en Europa; las dificultades financieras y la crisis política que de ella se deriva hacen que el Rey se vea obligado en 1347 a convocar los Estados Generales, que osan oponerse a la elección de sus consejeros. No obstante, antes de morir, el monarca puede comprar Montpellier al rey de Mallorca y organizar el “traspaso” del Delfinado en provecho de su primogénito. El Delfinado será en adelante patrimonio del heredero del trono de Francia. Juan el Bueno (1350-1364). Nacido este príncipe en 1319, era hijo del futuro Felipe VI de Francia y de la princesa Juana de Borgoña. Bajo su reinado, Francia parece llegar al fondo del abismo por efecto de una crisis militar, política y social de una amplitud sin precedentes. El Rey es un apuesto caballero, pero testarudo, de carácter variable, sujeto a arrebatos de pánico y a bruscas crisis de cólera, sensible a las influencias contradictorias de los grupos que le rodean, y un mal jefe de guerra. Aparte de Eduardo III, su gran enemigo es Carlos el Malo, rey de Navarra, quien también podía reivindicar derechos a la corona de Francia, heredados de su madre la citada reina Juana, y al que torpemente se ha alienado al despojarle del condado de Angulema en beneficio del valido del momento, Carlos de la Cerda. Con objeto de conjurar las amenazas que se ciernen sobre él, Juan el Bueno trata de reorganizar el ejército, fundar una Orden de caballería cuyos miembros le sean leales (la Orden de la Estrella) y limitar la subida de los salarios y de los precios. Pero la derrota no le deja tiempo para poner en práctica tal política. Los desastres. En 1355 el Príncipe Negro, hijo primogénito de Eduardo III, en una brillante cabalgada desde Burdeos a Carbona devasta por completo el Languedoc. En 1356 le toca el turno a Poitou. Esta vez, Juan II trata de reaccionar y reúne a sus huestes, pero es derrotado en Poitiers (19 de septiembre); muchos de sus hombres han huido, y para salvar el honor, el rey Juan se deja coger prisionero. Se acumulan entonces todos los elementos de una gran crisis revolucionaria: el pueblo acusa a los nobles de traición; hay que reunir dinero para pagar el rescate del soberano, y así, pues, el delfín Carlos, de 18 años de edad, habido del primer matrimonio del Rey con la princesa Bona de Luxemburgo, hermana del emperador Carlos IV, se ve obligado a convocar los Estados, que ya en 1355 habían manifestado su mal humor; hombres ambiciosos, el obispo de Laon, Robert le Coq, y el preboste de los comerciantes de París, Étienne Marcel, quieren aprovecharse de las circunstancias para lograr sus fines, esto es, imponerse al Delfín; por último, Carlos el Malo, liberado de la prisión donde le mantenía encerrado Juan el Bueno, se beneficia ampliamente de todo ello. La crisis revolucionaria. Pero el Delfín sabe actuar hábilmente, con flexibilidad y vigor al mismo tiempo. Al principio parece ceder a las exigencias de los Estados y de Robert le Coq; en marzo de 1357 decreta una gran “ordenanza de Reformas” que prevé la reunión regular de los Estados, a la vez que una depuración de sus Consejos y de su administración. Pero los diputados de los Estados se cansan de las frecuentes convocatorias, y el Delfín no vacila en hablar al pueblo para ganarse su apoyo. Entonces Étienne Marcel descarga un gran golpe: a instigación suya, dos consejeros son muertos por el populacho (22 de febrero de 1358). Es éste un error irreparable; los burgueses moderados, que hasta entonces apoyaban al preboste de los comerciantes, toman el partido del Delfín, y este último consigue huir de París el 25 de marzo. Del 20 de mayo al 10 de junio, una explosión de violencia campesina (la jaquerie) adquiere el aspecto de una verdadera lucha de clases entre campesinos y nobles; Étienne Marcel comete un segundo error al tratar de aprovecharse del movimiento, pero los jaques son aplastados por Carlos II de Navarra, y gran parte de los nobles se une al Delfín. Étienne Marcel, entre la espada y la pared, intenta acercarse a Carlos el Malo, pero es asesinado (13 de julio de 1358) en el momento en que se dispone a entregar París a los ingleses y a las huestes del rey de Navarra. El Delfín regresa a la capital; la tentativa de la tutela de la monarquía francesa por los Estados había fracasado. Comienzos de la recuperación. Jamás había sido tan crítica la situación del reino; en efecto, la tregua convenida después de la batalla de Poitiers había lanzada sobre el país una masa de mercenarios ociosos que se dedicaba a saquearlo (forajidos, salteadores de caminos, grandes bandas), las conversaciones de paz con los ingleses se hacían inacabables, y, para ejercer sobre el Delfín una presión decisiva, Eduardo III reemprende la guerra desembarcando por la fuerza en 1359. Pero los franceses evitan la batalla campal y el ataque inglés termina en fracaso. Se reanudan las negociaciones, que conducen a los preliminares de Brétigny (8 de mayo de 1360). Al rey de Inglaterra se le adjudica en plena soberanía un inmenso territorio que va desde los Pirineos hasta el Loira, además de Calais y el Ponthieu, esto es, la tercera parte del reino aproximadamente; el rescate de Juan el Bueno se fija en tres millones de escudos; a cambio de ello, Eduardo III renuncia a la Corona francesa. Estos preliminares quedan ratificados en Calais (24 de octubre de 1360), con una sola diferencia: la renuncia de Eduardo III a sus derechos al trono y la de Juan II a su soberanía sobre los territorios cedidos serían intercambiadas una vez transferidos estos territorios. Al mismo tiempo, Juan el Bueno se reconcilia con Carlos II de Navarra y ambas partes se comprometen a arreglar la cuestión de Bretaña. Mientras se espera el pago completo del rescate del rey de Francia, le sustituyen rehenes de su propia sangre. Pero uno de ellos, el príncipe Luís, futuro duque de Anjou, se escapa. Juan el Bueno se considera obligado a reemplazarle y así lo hace. Moriría en Londres en el curso de este segundo cautiverio (8 de abril de 1364). Antes de morir, el Rey comete un nuevo e importante error político, el de legar a sus hijos menores patrimonios demasiado grandes: Anjou y el Maine al príncipe Luís; Berry y Auvernia al príncipe Juan, y Borgoña al príncipe Felipe. Las consecuencias de esta distribución, demasiado generosas, emergerían a la muerte de Carlos V. Carlos V (1364-1380). Nacido en 1338, hijo primogénito, como vimos, de Juan el Bueno y de Bona de Luxemburgo –esta princesa era, a su vez, hija de Juan de Luxemburgo, llamado el Ciego, y de Isabel Prémsyl, reyes de Bohemia, y, por lo tanto, hermana de Carlos IV de Luxemburgo, que además de soberano de Bohemia fue Sacro Emperador Romano Germánico. Después de la gran crisis del reinado de Juan el Bueno, el de Carlos V, llamado posteriormente el Sabio, corresponde al restablecimiento provisional de la dinastía de los Valois frente a las empresas de Eduardo III. Antes de su advenimiento, Carlos, como delfín de Francia, había pasado por una larga experiencia política: de 1356 a 1360, como lugarteniente de su real padre y luego como regente del reino al caer su padre prisionero de los ingleses en la batalla de Poitiers, había hecho frente a una situación política confusa de la cual había salido con honor. Después del regreso de su padre del cautiverio, continuó ejerciendo cerca de él una fuerte influencia. Contrariamente a su padre Juan II y a su abuelo Felipe VI, Carlos el Sabio fue un enfermo al que su mala salud obligaba a aceptar una vida de gabinete; le gustó rodearse de hombres de ciencia y de filósofos como Nicolás de Oresme, pero supo también elegir los instrumentos para la política que había concebido: hombres de gobierno como Pierre d’Orgemont, Hugues Aubriot o Bureau de la Riviére; hombres para la guerra como Bertrand Du Guesclin, al que hizo Condestable en 1370. La astucia y al arte de la propaganda y de la elocuencia prevalecieron entre sus medios de gobierno. Su objetivo fue simple: reanudar la guerra contra Eduardo III de Inglaterra después de haberla preparado cuidadosamente. Antes de desatar esa guerra tuvo que atender a los conflictos internos, entre los que cabe destacar la sublevación de campesinos, denominada Jaquerie, que fue sofocada por la nobleza. Preliminares. Carlos el Sabio deseó ante todo cerrar a los Plantagenet las vías a través de las cuales podrían continuar interviniendo en el reino. De este modo se enfrentó en primer lugar con Carlos el Malo, rey de Navarra. A pesar de su reconciliación con Juan II, aquel príncipe tenía renovados motivos para quejarse del Rey: a la muerte de Felipe de Rouvres, último duque de Borgoña de la dinastía Capeto, se había apoderado de la herencia borgoñona, a pesar de los derechos que el rey de Navarra pudiera alegar –por su abuela materna, Margarita de Borgoña, tía del fallecido Duque. Después de la muerte del rey Juan, se supo que éste había hecho duque de Borgoña a su hijo menor, el príncipe Felipe el Atrevido; así, pues, Carlos II de Navarra empezó de nuevo la guerra con la ayuda de un jefe del bando gascón, el captal de Buch, pero fue vencido en Cocherel por Du Guesclin (16 de mayo de 1364) y hubo de firmar una nueva paz. En Bretaña, en revancha, el partido del conde Carlos de Blois fue vencido, pero Carlos V consiguió, por medio de la diplomacia, vencer la dificultad: después del tratado de Guérande, Juan IV de Montfort, el nuevo duque de Bretaña, rindió homenaje al Rey. Igualmente en Flandes, cerró la puerta a los ingleses: la heredera del último Conde, la princesa Margarita de Male, se casó con Felipe el Atrevido, duque de Borgoña (1369). Finalmente, Carlos el Sabio envió a España un fuerte contingente de las Grandes Compañías, con ocasión de la lucha que, en Castilla, enfrentaba a Enrique de Trastámara con Pedro el Cruel. Carlos V envió al primero la ayuda de Du Guesclin y de sus mercenarios; en la batalla de Montiel, el conde de Trastámara triunfó sobre su rival (14 de mayo de 1369). El Rey francés había ganado así un aliado útil y había aprovechado la marcha de las Compañías para reorganizar el ejército. Gracias a los impuestos, casi regularmente recogidos, pudo mantener un ejército de mercenarios poco numerosos y disciplinados. Victorias. Carlos V decidió empezar de nuevo la guerra después de una importante preparación financiera y diplomática. Las soberanías previstas por el tratado de Calais no habían sido cambiadas; el Rey pudo seguir considerando que tenía derecho a intervenir en Aquitania, haciéndose eco de las peticiones del conde de Armagnac y de otros señores aquitanos, contra la jurisdicción del príncipe de Gales, hijo mayor de Eduardo III de Inglaterra. La respuesta de este último fue lógica: tomó de nuevo el título de “rey de Francia y de Inglaterra”. El tratado de Calais se vio roto de este modo por ambas partes (1369). Los ingleses reanudaron la táctica de cabalgadas que les había dado buen resultado en el curso de la primera parte de la guerra; pero, en adelante, los franceses bajo las órdenes de su Rey, evitaron las grandes batallas, hostigaron a las compañías inglesas, tomaron las ciudades de Aquitania una a una y entraron en La Rochelle con el apoyo de la flota castellana. En cinco años, las tropas de Carlos el Sabio reconquistaron la casi totalidad de los territorios perdidos en el tratado de Brétigny. Pero el país había sufrido mucho por las devastaciones de la guerra. Fin de la guerra. Sin embargo, a partir de 1377 las dificultades empezaron de nuevo: las negociaciones de paz de Brujas fracasaron ante la intransigencia de Carlos V, que se negó a abandonar sus soberanías; Carlos el Malo se enemistó una vez más con el monarca francés; un ejército real se apoderó de las fortalezas normandas, pero los ingleses tuvieron tiempo de instalarse en Cherburgo; habiendo renegado el duque Juan IV de Bretaña de su homenaje, el rey Carlos intentó imponer el decomiso del ducado, pero se vio obligado a ceder ante la unión de los bretones y a devolver su ducado al príncipe rebelde (4 de abril de 1381); en 1371, la guerra inglesa empezó de nuevo y los ingleses iniciaron sus cabalgadas; el mismo año, a continuación de la doble elección de Urbano VI y de Clemente VII, el comienzo del gran Cisma de Occidente desgarró a la cristiandad; la responsabilidad del rey de Francia fue grande, ya que apoyó la resistencia y la rebelión de los cardenales hostiles a Urbano VI. Pero hay algo más grave: el fin del reinado de Carlos V correspondió a una grave crisis económica y social que ya se manifestó en toda Europa; la peste negra volvió a hacer estragos, el hambre apareció de nuevo, la moneda en circulación escaseó y estallaron sublevaciones en el Languedoc. En realidad, si Carlos V dispuso de los medios para avivar la guerra, no los tuvo para conducirla a término. Francia, como Inglaterra anteriormente, fue más allá de sus fuerzas. Después de la muerte de Carlos V, la guerra volvió a interrumpirse. Antes de su muerte (16 de septiembre de 1380), el Rey decidió abolir los impuestos directos (fogajes), con el fin de aliviar la carga que pesaba sobre el pueblo, pero privó a su sucesor de una buena parte de sus fuentes de riqueza; este acto fue un error que iba a favorecer el desencadenamiento de una crisis política a comienzos del reinado de Carlos VI. Reinado de Carlos VI (1380-1422). Corresponde a un nuevo período de crisis de la monarquía francesa. Juventud del Rey. A la muerte de su padre, el joven Carlos VI, nacido en 1368 de la unión con la princesa Juana de Borbón, cuenta sólo doce años de edad. Sus tíos, los duques de Anjou, de Berry, de Borgoña y de Borbón, ejercen la regencia. De hecho conservan el poder hasta 1388. A pesar de su agradable físico, pronto se hace evidente la incapacidad del Rey para gobernar. Sus tíos tropiezan primeramente con graves levantamientos de tipo social en Flandes, en la región parisiense y en el Languedoc. A partir de 1382 organizan una severa represión (27 de noviembre: batalla de Roosbecke contra los flamencos). De 1388 a 1392 el Rey pretende adueñarse del poder; en realidad, deja gobernar a los antiguos consejeros de su padre, a quienes se llama los Marmousets. En 1392 sobreviene la catástrofe: el monarca se vuelve loco. El gobierno de los príncipes (1392-1407). Las responsabilidades del poder real son compartidas entre los tíos del Rey y su hermano, Luís, duque de Orleáns. Pero surge un conflicto de rápido desarrollo que enfrenta al duque de Borgoña, Felipe el Atrevido, también conde de Flandes desde la muerte de su suegro Luís II de Male, y al duque de Orleáns. En todas las cuestiones a resolver, estos príncipes difieren en sus opiniones, especialmente en lo que respecta a la política a seguir con Inglaterra (Borgoña es partidario de un acuerdo, y Orleáns busca un casus belli). El conflicto se agrava tras la muerte de Felipe el Atrevido (abril de 1404): el hijo de este último, Juan Sin Miedo, acaba por mandar a asesinar a su rival (23 de noviembre de 1407). La guerra de armagnacs y borgoñones (1407-1415). Este asesinato provoca una guerra civil. A partir de 1409, cuando el nuevo duque de Orleáns, Carlos, hijo del duque Luís y Valentina Visconti, princesa de Milán, se casa con Bona, hija de Bernardo VII, conde de Armagnac, se da el nombre de armagnacs a los partidarios de los Orleáns. Los borgoñones son apoyados por la burguesía y la Universidad, y los armagnacs, por la mayor parte de la aristocracia. En 1413, el duque Juan Sin Miedo es dueño de París; sostenido por las bandas del cuchillero Simón Caboche, intenta promulgar una importante ordenanza de reforma del reino que fue denominada Ordonnance cabochienne. Pero los excesos que cometen sus tropas le desacreditan momentáneamente y los armagnacs entran en París. Los desastres franceses. Se reanuda entonces la “guerra inglesa”. En 1399, Enrique, duque de Lancáster, había destronado al rey de Inglaterra Ricardo II, nieto de Eduardo III, y tomado el título de Enrique IV de Inglaterra. El hijo de este último, Enrique V (1413-1422), desea consolidar su trono con una guerra victoriosa en Francia. En agosto de 1415 desembarca en Normandía y se dirige a Flandes; el ejército real, mandado por Carlos de Orleáns, se lanza en su persecución, pero es derrotado en Azincourt (25 de octubre) y el Duque cae prisionero. En 1417, Enrique V desembarca de nuevo y lleva a cabo la conquista sistemática de Normandía. Poco después, los borgoñones entran en París (julio de 1418). Ante el peligro inglés, los dos partidos franceses intentan un acercamiento: el jefe de los armagnacs, que es ahora el delfín Carlos, hijo del Rey y de la princesa Isabel de Baviera, y Juan Sin Miedo, se encuentran en Montereau, pero el duque de Borgoña es asesinado en el curso de la entrevista por los partidarios del Delfín (10 de septiembre de 1419). La ruptura entre los dos partidos se hace entonces evidente, y el hijo de Juan Sin Miedo, Felipe el Bueno, decide acercarse a Enrique V de Inglaterra, entablándose negociaciones con tal fin. La Reina, querellada con su hijo, no vacila en desheredarle. Por el tratado de Troyes (21 de mayo de 1420), el desventurado Carlos VI da a su hija la princesa Catalina en matrimonio a Enrique V. A la muerte de su suegro, aquel soberano se titularía “rey de Francia y de Inglaterra”. El tratado de Troyes parece poner fin al conflicto franco-inglés, pero el delfín Carlos se mantiene en el centro y sur del Loira, e impugna la validez del tratado, el cual, por otra parte, no es aplicado, ya que Enrique V muere prematuramente el 31 de agosto de 1422, antes que su real suegro (21 de octubre). Reinado de Carlos VII (1422-1461). Tras este doble fallecimiento, son proclamados dos reyes en Francia: en París, un niño de un año de edad, hijo de Enrique V de Inglaterra y de Catalina de Francia, bajo la regencia de su tío el duque de Bedford, y en Menú, en Yévre-en-Berry, el Delfín con el nombre de Carlos VII (este príncipe había nacido en 1403). El 17 de agosto de 1424 los partidarios de Carlos VII son vencidos en la batalla de Verneuil; en octubre de 1428 los ingleses ponen sitio a Orleáns. El sitio parece decisivo; Carlos VII, indolente, irresoluto, inseguro de su legitimidad, piensa abandonar la causa que encarna cuando aparece la joven Juana de Arco. En el plano moral, la aventura de la Doncella de Orleáns es decisiva: la liberación de Orleáns demuestra que los ingleses pueden ser vencidos, la coronación en Reims (17 de julio de 1429) manifiesta la legitimidad del rey Carlos, y el suplicio de Juana (30 de mayo de 1431) da a ésta la palma del martirio. Carlos VII nada hace por salvarla; seguro ya de sus derechos, se dedica en adelante a que le sean reconocidos. Tras el fracaso de las negociaciones con los ingleses, concierta un acuerdo con Felipe el Bueno, duque de Borgoña: por el tratado de Arras (21 de septiembre de 1435) condena el asesinato de Juan Sin Miedo, cede al duque de Borgoña importantes territorios (especialmente las ciudades del Somme) y le dispensa de homenaje de por vida. Consecuencia inmediata de la paz de Arras es la toma de París (13 de abril de 1436). Pero en 1444, agotados los dos adversarios, se conciertan treguas, que duran hasta 1449. Las reformas de Carlos VII. El Rey reemprende la política de su abuelo Carlos V: reforma de la administración del reino, cuyos servicios centrales se instalan de nuevo en París; reorganización de la Hacienda: los impuestos son regulares en lo sucesivo, y a partir de 1439 los Estados no se convocan ya para la aprobación de los mismos; sólo subsisten los Estados del Languedoc y los de los grandes feudos. Reformas militares: es preciso desembarazarse de las bandas de forajidos, cuyas depredaciones han llegado a un punto insostenible; se reagrupan los elementos más sólidos en formaciones disciplinadas y pagadas con regularidad, llamadas compagnies d’ordonnance; se crea una potente artillería e incluso se intenta organizar una infantería en forma de milicia exenta de impuestos (los “francos arqueros”). El rey de Francia contaba así con un ejército más poderoso y mejor organizado que el del rey de Inglaterra. En esta obra de reorganización, Carlos VII es ayudado por excelentes servidores: el financiero Jacques Coeur, el condestable Arturo de Richemont y los hermanos Bureau. De ahí el sobrenombre de el Bien Servido. Fina de la guerra de los Cien Años. De agosto de 1449 a agosto de 1450 se reconquista Normandia; el15 de abril es aplastado en Formigny un ejército de socorro. En 1451-1453 le toca el turno a la Guyena: capitulación de Burdeos (23 de junio de 1451) y derrota del ejército de socorro mandado por Talbot el 17 de julio de 1453 (batalla de Castillon). Los ingleses no poseen ya más que Calais. Ha terminado la guerra de los Cien Años, pero ningún tratado de paz pone fin a ella, y los reyes de Inglaterra siguen ostentado el título de reyes de Francia hasta la paz de Amiens (1802). El problema principesco. El poder real se encuentra, no obstante, amenazado por la acción de los príncipes, deseosos de tener bajo tutela a la monarquía y repartirse las rentas (los duques de Borbón, de Alençon, de Bretaña y de Anjou; el conde de Armagnac y, sobre todo, el duque de Borgoña y el delfín Luís, ávido de poder). El Rey tiene que hacer frente a rebeliones, desterrar a los duques de Armagnac y Alençon y amenazar a su hijo. A su muere (julio de 1461), los problemas siguen siendo muy graves. Luís XI (1461-1483). Nació en Bourges el 31 de julio de 1423, siendo hijo del rey Carlos VII y de María de Anjou. Sucedió a su padre en el trono de Francia en 1461. Resolvió los graves problemas políticos que se plantearon a la muerte de su padre: peligro por la fuerza del duque de Bretaña y, sobre todo, del de Borgoña; riesgo de empezar de nuevo la “guerra inglesa”, y reorganización interior de un país debilitado por una larga y terrible lucha. Físicamente no era agraciado, sino enfermizo y de modales poco correctos; esta apariencia exterior hizo que sus contemporáneos se equivocasen, al principio de su reinado, y no comprendieran su habilidad política. Dotado de gran capacidad de trabajo, de una excelente memoria y de una imaginación sutil, destacó por sus intrigas. Para alcanzar sus propósitos prefirió la diplomacia a la guerra. Todo lo que le rodeaba tenía poca importancia. Los miembros de su Consejo eran solamente ejecutivos. Él era el único responsable de su política. “Su caballo era todo su Consejo”, escribe Commynes, que le conocía muy bien. Comienzos de su reinado. Sin embargo, Luís XI empezó mal. Durante los primeros años, suscitó una coalición de descontentos por algunas medidas poco acertadas, como aumento de impuestos, revocación de los consejeros y oficiales de su padre, al que se había enfrentado violentamente, y vejaciones a los duques de Bretaña y de Borbón. Esta poderosa coalición tuvo por jefe teórico al hermano del Rey, el duque Carlos de Berry, y por jefe real príncipe heredero del ducado de Borgoña, el futuro Carlos el Temerario, por entonces conde de Charolais. Se formó la liga del Bien Público. Pero los principescos aliados no encontraron el apoyo popular que esperaban. Luís XI atravesó una difícil situación (batalla indecisa de Monthléry el 16 de julio de 1465), pero consiguió dividir a sus adversarios y restablecer la paz mediante los tratados de Conflans y de Saint-Maur. Sin embargo, en 1468 le acecharon de nuevo grandes peligros. Pareció estar a punto de realizarse una nueva coalición entre el duque de Bretaña, Carlos de Borgoña, los reyes Juan II de Aragón y Eduardo IV de Inglaterra, cuya hermana, la princesa Margarita de York, se había casado con Carlos el Temerario. Luís XI, haciendo uso de la audacia, se lanzó sobre Bretaña, impuso el tratado de Ancenis (10 de setiembre de 1468) y marchó luego prácticamente solo a Peronne para enfrentarse al duque de Borgoña. Al mismo tiempo los habitantes de Lieja, ganados por la diplomacia y el dinero del Rey francés, se sublevaban contra la tutela del Duque burguiñón, quien acusó al monarca de haberle traicionado y le impuso las condiciones más humillantes: participar en la lucha contra los habitantes de Lieja con el ejército del ducado y sustraer Flandes de la tutela del Parlamento de París. En 1470 las intrigas de Luís XI por el lado de Inglaterra parecían triunfar. Enrique VI de Lancáster, el Rey de la “rosa roja”, fue restablecido con su ayuda. El rey de Francia, creyendo entonces poder paralizar el Estado borgoñón, atrajo el comercio inglés a los puertos franceses, prohibió a sus súbditos participar en las ferias de Amberes, con el deseo de llevar a Francia “la etapa” de la lana inglesa. El momento de iniciar de nuevo la guerra parecía haber llegado; en diciembre de 1470 y enero de 1471, una después de otra, las “ciudades del Somme”, que cierran por el sur el Estado borgoñón, cayeron en manos de los franceses. Pero de nuevo fue Carlos el Temerario quien triunfó; Eduardo IV, sostenido por los borgoñones, fue restablecido el 14 de abril de 1471; se formó una nueva coalición de príncipes, reagrupando al conde Juan V de Armagnac, al duque Francisco II de Bretaña, al conde Gastón IV de Foix y al hermano del Rey, ahora duque de Guyena. Pero el Rey reaccionó, detuvo una invasión borgoñona en Beauvais (27 de julio de 1472) y concluyó una tregua en Bruselas con Carlos el Temerario. Grandes éxitos de Luís XI. En julio de 1473, el ejército inglés y el rey Eduardo IV desembarcaron en Calais reclamando la “herencia” de Francia. Felizmente para el rey de Francia, Carlos el Temerario no fue puntual a la cita fijada por su aliado; Eduardo IV prefirió entonces hacer un pacto; en Picquigny (29 de agosto de 1473) aceptó una tregua y una gran renta, y embarcó de nuevo. La guerra de los Cien Años estaba acabada. A partir de este momento Luís XI no tuvo más que esperar que los múltiples errores de su adversario borgoñón hicieran efecto; su diplomacia y su dinero suscitaron nuevos enemigos a Carlos el Temerario; después de haber sido vencido por dos veces por los suizos (1476), el duque de Borgoña murió ante Nancy el 5 de enero de 1477, pero Luís XI no consiguió alcanzar la herencia borgoñona; sus tropas ocuparon el ducado y el condado de Borgoña (Franco Condado), la Picardia, el Artois y el Sur de Hainaut, pero fracasaron en Flandes. La princesa María de Borgoña, hija y heredera de Carlos el Temerario (habida por Isabel de Borbón), encontró un eficaz protector en la persona del archiduque Maximiliano de Austria, hijo del emperador Federico III de Habsburgo (habido con la infanta Leonor de Portugal), con el que se casó el 19 de agosto de 1477. María de Borgoña murió prematuramente, y Maximiliano concluyó con Luís XI el tratado de Arras (23 de diciembre de 1482). El rey de Francia conservó sus conquistas, pero los Estados borgoñones del Norte (Flandes, Brabante, Hainaut, Güeldres y Luxemburgo) fueron para Maximiliano en calidad de tutor del hijo habido con la princesa de Borgoña, el futuro Felipe el Hermoso. Luís XI y España. La política de Luís XI en España fue excesivamente hábil. A comienzos de su reinado, jugó un papel doble en la cuestión de la revolución catalana: sostuvo la causa de Juan II, rey de Aragón (tratado de Bayona del 9 de mayo de 1462), pero intentó apoderarse de la totalidad de Cataluña después de haberse adueñado del Rosellón y de Cerdeña (1463). Juan II participó, en estas condiciones, en las intrigas diplomáticas hostiles al rey de Francia, y aprovechándose de las dificultades de este último, entró en Persignan en 1473. Felizmente para Luís XI, la atención del rey de Aragón, a partir de 1475, se centró en los problemas de la sucesión de Castilla, Luís XI tomó partido por la infanta Juan (apodada La Beltraneja) y Alfonso V, rey de Portugal, contra la infanta Isabel (futura Reina Católica) y su marido don Fernando, hijo y heredero del monarca aragonés; pero ante el éxito de los aragoneses y de sus partidarios, no insistió. Esta actitud del rey de Francia le hizo hostil a Castilla y a Aragón. El matrimonio de la infanta doña Juana, heredera de los Reyes Católicos, con el archiduque Felipe el Hermoso, el nieto de Carlos el Temerario, fue la reacción de los franceses a esta política poco afortunada. Obra interior de Luís XI. La unificación de Francia fue la causa de grandes progresos en su reinado. El Rey se apropió de las tierras de las casas de Armagnac y Alençon, cuyos príncipes se habían levantado contra su autoridad. Los grandes dominios de la Casa de Anjou fueron igualmente anexionados por el Rey después de la muerte del rey Renato el Bueno (10 de julio de 1480) y del sobrino de éste, Carlos II del Maine: Maine, Anjou, el ducado de Bar, Provenza y las pretensiones sobre el reino de Nápoles. El Rey, que odiaba a su primo el duque de Orleáns (futuro rey Luís XII), le hizo casarse con su hija la princesa Juana, que no podía tener descendencia. Se atrajo a los Borbones casando a su hija preferida, la princesa Ana, con uno de los hijos menores de príncipes, Pierre de Beaujeu. A la muerte de Luís XI, solamente Bretaña escapaba todavía a su influencia real. El gobierno de Luís XI fue también una etapa importante en la historia del desarrollo del poder real; ya no se convocaron reuniones de Estado, excepto para aprobar una decisión real; los impuestos, que aumentaron constantemente, se cobraron ahora sin el consentimiento de aquéllos. Sustrajo numerosas actuaciones políticas a la competencia del Parlamento. La Iglesia de Francia estuvo sometida a la tutela real; en pocos años, su ejército se convirtió en el mejor de Europa. Muerte del Rey. Todo esto explica la impopularidad de Luís XI. Hacia el fin de su reinado, temía los atentados y estaba amargado por la enfermedad; aumentaron su desconfianza y sus crueldades y se encerró en su castillo de Plessis-les-Tours. Es el origen de la leyenda negra de Luís XI, transmitida por los escritores románticos. Murió de un ataque de apoplejía en Plessis-les-Tours el 30 de agosto de 1483. Carlos VII (1483-1498). Apodado el Afable, nació en Amboise el 30 de junio de 1470, siendo hijo de Luís XI y de la princesa Carlota de Saboya. Por su constitución débil y enfermiza, permaneció y se educó en el lugar de su nacimiento. Apartado de la Corte, su preparación fue deficiente; cuando murió su padre contaba con trece años de edad y todavía no sabía leer ni escribir, mientras que su mente estaba llena de las hazañas y aventuras de las narraciones caballerescas, pormenor éste que tendría gran influencia a la hora de su gobierno personal. Regencia de Ana de Beaujeu. Carlos VIII fue nombrado Rey en vida de Luís XI por expreso deseo de éste, aun sabiendo que algunos nobles se sublevarían, y se le asoció como regente durante su minoría de edad a su hermana la princesa Ana, casada con Pedro II de Beaujeu, duque de Borbón, la cual poseía talento diplomático e inflexible mano para el gobierno. Esta mujer, durante los ocho años que gobernó, lo hizo con un sello personal, continuando la política de su real padre de afianzar la monarquía frente al poder señorial, no dudando en apoyarse, para ello, en la burguesía, de acuerdo con la corriente política imperante por entonces en la Europa occidental. Los primero que hizo Ana de Francia, llamada de Beaujeu, fue eliminar a los antiguos consejeros del Rey difunto, que fueron condenados, desterrados o ejecutados. Oliverio el Gamo, barbero que llegó a ocupar importante cargo en época de Luís XI, fue ahorcado; Jean Doyac fue mutilado y desterado; similares medidas tomó contra el médico Jacques Cotter. Este autoritarismo levantó protestas, principalmente de Luís II, duque de Orleáns, y del duque de Borbón, que pretendían ejercer su influencia sobre el joven Rey. Pero el pueblo estaba cansado de las intrigas feudales, y la regente, para recabar el apoyo popular, y gobernar con él, convocó los Estados Generales que se reunieron en Tours el 5 de enero de 1484. Los Estados sostuvieron a Ana de Beaujeu como regente en nombre de Carlos VIII, con la colaboración de un Consejo de doce miembros; en otras sesiones se solicitaron libertades y reformas económicoadministrativas, se recibieron quejas e incluso se oyeron discursos revolucionarios como el del diputado Philippe Pot, señor de La Roche, que manifestó sus ideas sobre que el Estado pertenecía al pueblo soberano y que el monarca era administrador de los bienes de éste. Ante la actitud, y a la petición de que fueran convocados cada dos años los Estados Generales, éstos fueron suspendidos el 14 de mayo de 1484. El 30 del mismo mes, Carlos VIII fue consagrado Rey en Reims por el arzobispo Pierre de Laval. El receló continuó entre el duque de Orleáns y Ana de Beaujeu, entablándose una lucha en la que tomaron parte las potencias extranjeras, deseosas de obtener provecho de sus discusiones. El duque de Orleáns se unió a Francisco II, duque de Bretaña, y a Maximiliano I de Austria, Santo Emperador Romano Germánico. Pero de nuevo Ana consiguió el triunfo empleando conjuntamente la fuerza, la diplomacia y la ayuda del pueblo. Así, en 1488, con tropas populares al mando del duque de La Trémouille, penetró en Bretaña ocupando Châteaubriand, Ancenis y Fougéres, y venció a las tropas bretonas y al duque de Orleáns en la batalla de Saint-Aubin du Corner (27 de julio). El 20 de agosto se firmó el tratado de Sablé por el cual el duque Francisco II se unía en amistad al Rey francés. Al morir poco después el Duque y quedar como su única heredera su hija, la princesa Ana, habida de Margarita de Foix, se planteó otro grave problema, ya que el emperador Maximiliano quiso casarse con la nueva Duquesa, lo cual hubiera supuesto la anexión de Bretaña al Imperio, y como Maximiliano I ya era dueño de Borgoña y Flandes, la posesión de aquel nuevo territorio representaría tener rodeada completamente a Francia. Ana de Beaujeu obró rápidamente al presentar la candidatura de su hermano Carlos VIII, rompiendo antes el compromiso de éste con la archiduquesa Margarita de Austria. Ana de Bretaña aceptó, celebrándose el matrimonio en Turena el 6 de diciembre de 1491. Por este enlace ambos contrayentes se cedían recíprocamente sus títulos y bienes, y de esta manera quedó incorporado a Francia el vasto ducado de Bretaña. Después del matrimonio de Carlos VIII, Ana de Beaujeu se retiró; su misión estaba cumplida. Dejaba a su hermano dueño de un gran reino en el que no tenía que temer a nadie. La monarquía había triunfado sobre los derechos feudales. Gobierno personal de Carlos VIII. Desde este momento el gobierno del rey Carlos es personal y éste no encontrará obstáculo para realizar sus fantásticos sueños de gloria: conquistar Italia, vencer a los turcos y reorganizar el Imperio de Oriente. No era difícil buscar pretexto. Italia se encontraba dividida entre los distintos Estados e incluso dentro de ellos era frecuente la existencia de varios partidos. Esto ocurría en el reino de Nápoles, que se disputaban desde hacía dos siglos la Casa de Anjou francesa y la de Aragón española. El joven Rey quiso reivindicar sus derechos –provenientes de su abuela paterna, la reina María– sobre este reino, que estaba en manos de Fernando II, hijo bastardo de Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón y Nápoles. Pero antes de lanzarse a esta empersa liquidó las rencillas con sus vecinos, aunque ello le representara la pérdida de algunos territorios. Por el tratado de Sentís desvió el Artois y el Franco Condado al emperador Maximiliano; por el de Barcelona devolvió a Fernando el Católico el Rosellón y la Cerdaña; con el de Étaples se ganaba la neutralidad inglesa. Por último, obtenida la cooperación de Ludovico el Moro, duque de Milán, se puso en marcha en agosto de 1494 a la cabeza de más de 30.000 hombres. Por su mejor preparación técnica obtuvo rápidas victorias (Rapillo), y la entrada en Italia fue un brillante desfile digno de los libros de caballería, tal como el Rey lo había soñado. Después de provocar la caída de los Médicis en Florencia y obtener la sumisión del papa Alejandro VI, alcanzó su objetivo: Nápoles (22 de febrero de 1495). El pueblo italiano, imbuido de las predicaciones de Savonarola, acogió a los franceses como enviados del Cielo. Pero pronto Carlos VIII se abandonó a las delicias del país; su ejército, al no ser pagado, se dedicaba al saqueo y al pillaje, ganándose el odio de los napolitanos que ya no lo veían como libertadores sino como conquistadores. Además, la rapidez de este éxito puso en guardia a las potencias europeas. Se formó una Liga (31 de marzo de 1495), que reunió a Venecia, los Estados Pontificios, Génova, Milán, Fernando el Católico y al Emperador. El Rey, viendo el peligro que amenazaba sus fronteras, organizó la retirada. Habiendo dejado a Gilberto de Borbón, conde de Montpensier, con unos doce mil hombres en Nápoles, partió (20 de mayo de 1495) para cruzar los Apeninos; pero antes tuvo que librar un combate en Fornovo di Taro con las tropas dirigidas por Federico II Gonzaga, marqués de Mantua. Fue un gran triunfo francés que no representó mayor beneficio. Las tropas españolas de Sicilia se lanzaron a la liberación de Nápoles. Las fuerzas del conde de Montpensier fueron hechas prisioneras por el ejército que mandaba Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado el Gran Capitán. Tal fue el desenlace de la expedición sugerida por una vanidad pueril, conducida locamente, y terminada sin más resultado que debilitar el ejército y el Tesoro. Como dice Commynes, contemporáneo de los monarcas Luís XI y Carlos VIII, “convengamos en que este viaje fue dirigido por Dios tanto a la ida como a la venida, pues para nada sirvieron el jefe y los conductores”. No obstante este fracaso, no abandonó el rey de Francia la idea de una nueva expedición. Entre tanto se dedicó a realizar algunas reformas interiores. Una de ellas fue el edicto del 2 de agosto de 1497, que declaraba a París sede permanente del Gran Consejo, evitando las molestias que representaban los traslados de la Corte tanto para ésta como para los que solicitaban sus servicios; creando, además, doce consejeros que en unión de los magistrados y bajo la presidencia del Canciller deberían atender las peticiones. Poco después, el 7 de abril de 1498, a los 28 años de edad, murió Carlos VIII a consecuencias de un golpe que se dio en la frente con el dintel de piedra de una puerta baja del castillo de Amboise. Fue muy llorado porque, como dice Commynes, era el hombre mejor hablado que se había conocido: “yo creo, dice, que jamás profirió palabra que pudiera disgustar a hombre alguno…; era delgado y de baja estatura, pero tan bueno que no es posible ver mejor criatura”. Como no le sobrevivieron los hijos tenidos de Ana de Bretaña, le sucedió su primo el levantisco duque de Orleáns. Casó este último príncipe con la Reina viuda y así la Bretaña pudo continuar siendo francesa. Ésta fue la vida de un joven monarca soñador, pero que, pese a pertenecer a la Edad Media, inició una política internacional al estilo de los nuevos tiempos que se avecinaban, buscando así otros campos donde consumir las energías que antes se agotaban en rencillas feudales. Bibliografía BAILLY, A.: Louis XI, París 1936. CALMETTE, J.: Le grand régne de Louis XI, París 1938. Idem.: Autour de Louis XI, París 1947. CALMETTE, J. : Charles V, París 1945. CAZELLES, R.: La Société politique et la crise de la royauté sous Philippe de Valois, París 1958. CONTAMINE, P. : La Guerre de Cent Ans, París 1968. COVILLE, A. : Les premiers Valois et la Guerre de Cent Ans, en Lavisse Histoire de France, IV, París 1901. D’AVOUT, I. : Le Muertre d’Étienne Marcel, París 1960. DODU, G. : Les Valois, histoire d’une maison royale, 1328-1589, París 1934. GANDILHON, R.: Politique économique de Louis XI, París 1944. 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El Orleanais constituyó una de las provincias históricas de Francia, en el valle medio del Loira, y se extendía entre el Beauce al norte, la Solange al sur, el Maine y la Turena al oeste, y el Nivernais al este. Actualmente está incluido en los departamentos de Loiret y Loir-et-Cher. Al morir el duque Felipe I sin descendencia, su ducado revertió a la Corona. En 1392, el segundo de los hijos del rey Carlos el Sabio y de Juana de Borbón, el príncipe Luís I de Valois (1372-1407), recibió el ducado de su hermano Carlos VI; con él comienza, pues, la segunda Casa de Orleáns. Luís I de Orleáns fue asesinado en un episodio de las luchas entre la Casa de Orleáns y los duques de Borgoña por el dominio de los Países Bajos. Sus relaciones con su real hermano fueron de perfecta avenencia, llegando a ser administrador-regente. Había casado en 1389 con la princesa Valentina Visconti, hija del duque de Milán, Gean Galeazzo, y de la princesa Isabel de Francia – hija, a su vez, del rey Juan el Bueno y de Bona de Luxemburgo–; por ello, los hijos de este matrimonio, al extinguirse la línea masculina de los Visconti, fueron pretendientes al ducado de Milán hasta principios del siglo XVI, con Luís XII de Francia. La dote de su esposa incrementó notablemente el poder político y económico de la Casa de Orleáns, que se decidió a intervenir activamente en la política interior francesa. La locura del rey Carlos VI y la consiguiente anarquía habían dado al duque de Borgoña, Felipe el Atrevido, el dominio efectivo de Francia. Contra él luchó Luís de Orleáns, iniciando la guerra civil entre su Casa y la de Borgoña. El siguiente Duque borgoñón, Juan Sin Miedo, atrajo al Orleáns a una emboscada y lo mandó asesinar en 1407. Le sucedió, como tercer Duque, su hijo primogénito Carlos (1391-1465), a quien su madre, de refinada educación, inició en la sensibilidad y el gusto por el arte. Empujado desde muy joven a la violencia, para vengar el asesinato de su progenitor, su espíritu sensible se debatió a lo largo de su vida entre le dolor y la melancolía, lo que unido a su exquisita educación produjo su afición poética. Fue capturado en Azincurt por los ingleses, que lo retuvieron veinticinco años. En 1440 se estableció en Blois con una pequeña corte, en la que se constituyó mecenas de algunos grandes poetas, como François Villon, Chastelain y Meschinot, siendo él mismo un verdadero maestro de la poesía amorosa. A su muerte, y puesto que su hijo Luís (1462-1515), habido de su tercera esposa María de Cleves, reinó en Francia con el nombre de Luís XII, el ducado revertía de nuevo a la Corona, usufructuándolo sus sucesores, los reyes Francisco I (1494-1547), Enrique II (1519-1559) y sus hijos menores, a cuya muerte desaparece la rama de Valois-Orleáns-Angulema. Reinado de Luís XII (1498-1515). Único monarca de la rama de Valois-Orleáns. Hijo, como vimos, del duque Carlos de Orleáns, y de la princesa María de Cleves –hija, a su vez, de Adolfo I, duque de Cleves y conde de La Mark, y de Margarita de Borgoña–, era, por tanto, bisnieto del rey Carlos el Sabio. Nació en Blois el 27 de junio de 1462. Sucedió en 1498 a su primo Carlos VIII, que había muerto sin dejar hijos. Sus biógrafos le describen de aspecto delgado, cabeza pequeña y frente estrecha, ojos grandes y salientes, mentón agudo, espaldad estrechas y algo encorvado, y de salud débil, a pesar de practicar la caza, el juego de pelota, la lucha y el tiro al arco. De una inteligencia mediocre, tuvo fama de buen Rey por sus cualidades humanas: afabilidad, carácter abierto, etc. Agradó al pueblo por su benevolencia y sentido de la justicia. En se reinado, Francia alcanzó una prosperidad en la que a Luís XII no le cupo ningún papel. Simplemente se benefició de la excelente situación financiera, llevando a cabo una política onerosa de guerras frecuentes. Por su ineptitud en las tareas de gobierno, tuvieron mayor importancia sus consejeros, el principal de los cuales fue el cardenal George d’Amboise, obispo de Montauban y, más tarde, de Narbona y Rouen. La buena amistad entre monarca y consejero se mantuvo hasta su muerte. Cuando Luís XII fue coronado (Reims, 27 de mayo de 1498), nombró al cardenal d’Amboise su ministro. Otros consejeros fueron: el canciller Guy de Rochefort; el mariscal de Gié, Louis de la Trémouille, y el almirante de Graville, Imbert de Batarny. Luís XII había casado en 1476 con la princesa Juana de Valois, hija de Luís XI, una mujer poco atractiva, pequeña y encorvada. Fue forzado a este matrimonio bajo la amenaza del entonces monarca, padre de la desdichada princesa, de obligarle a hacerse monje u ordenarse. Consiguió del pontífice Alejandro VI, el 17 de diciembre de 1498, la anulación de su matrimonio y se casó entonces en Nantes (5 de enero de 1499) con la autoritaria duquesa Ana de Bretaña, viuda de su antecesor Carlos VIII. Los nuevos esposos fueron modelo de fidelidad recíproca. La hija mayor de ambos, la princesa Claudia, casó en el castillo de Saint-Germain (18 de mayo de 1514) con el presunto heredero del reino, el conde de Angulema, primo de Luís XII y sucesor suyo con el nombre de Francisco I. El reinado de Luís XII es una prolongación del de Carlos VIII en lo respecta a la política exterior. Continuó las pretensiones de sus antecesores sobre Nápoles y reavivó las del Milanesado, alegando sus derechos como nieto que era de una Visconti, hija del primer Duque de aquel país. El tratado de Marcoussis (5 de agosto de 1498) con Fernando II, rey de Aragón, el llamado Rey Católico, le dejaba libre el camino para apoderarse del Milanesado, que consiguió en 1499. A causa principalmente del mal comportamiento de los soldados franceses, el duque Ludovico Sforza recuperó Milán, pero por poco tiempo, pues su ejército fue vencido por el de Luís XII en Novara (8 de abril de 1500), y aquel príncipe fue hecho prisionero y conducido a Francia, donde murió en una mazmorra (1508). Volviendo al proyecto fallido de Carlos VIII, ambicionó Nápoles. Para conseguirlo, firmó el tratado de Granada (11 de noviembre de 1500) con Fernando el Católico, en el que se acordaba el reparto del reino de Sicilia insular (Nápoles). Invadido Nápoles por tropas francesas y españolas (1501), el rey Fadrique capituló y pasó a Francia, donde recibió el ducado de Anjou y una buena renta. Como el tratado de Granada era impreciso en la cuestión de límites de la conquista, surgieron disensiones entre franceses y españoles. Enfrentados, vencieron los españoles al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, a las tropas dirigidas por James Stuart, señor d’Aubigny, en Seminara (21 de abril de 1503) y a las de Gastón de Foix, duque de Nemours, en Cerignola (28 de abril de 1503). Un nuevo ejército francés fue derrotado por los españoles en Gaeta (1º enero de 1504). El fracaso de Francia produjo la defección del emperador Maximiliano I, que dejó sin efecto el tratado de Trento que le ligaba a los intereses del soberano de Franca, concertando entonces el matrimonio de su hijo el archiduque Felipe el Hermoso con la infanta doña Juana, en lugar de con la princesa Claudia de Francia, como tenía proyectado. El cardenal d’Amboise ambicionó sin resultado positivo la tiara pontificia. Luís XII, que deseaba renovar la unión con la dinastía de Habsburgo, pactó los tratados de Blois (1504, 1505, 1509 y 1512). Por uno de estos tratados, Francia se unía a Austria contra Venecia. Tal unión la promovió el papa Julio II, genovés de nacimiento y celoso defensor de los dominios pontificios, contra los que atentaba la República Serenísima y contra la que se constituyó la liga de Cambrai (10 de diciembre de 1508), de la que formaban parte, además de Francia, el Papa, el Santo Emperador Romano Germánico y los soberanos de España y de Inglaterra. La victoria francesa sobre los venecianos en Agnadel (27 de abril de 1509) fue contraproducente, pues Julio II, pensando en el peligro que suponía para Italia la ambición gala, se unió a Venecia y España contra Francia en la Santa Liga (1511-1516). Luís XII apoyó el concilio cismático de Pisa (1511) y fue excomulgado (1512). Con la intervención inglesa, las tropas franceses fueron derrotadas en tierras de Picardía, en la batalla de Guinegate (1513), por lo que Luís XII se apresuró a negociar la paz, concertando la tregua de Orleáns (1514) con Fernando el Católico, después de haber ocupado éste Navarra, con lo que se da fin a las pretensiones francesas sobre el territorio navarro. Por la derrota de Nevara, Luís XII perdió también el Milanesado (1513). Viudo de Ana de Bretaña, casó con la princesa María Tudor, hermana de Enrique VIII de Inglaterra, uniéndose a este reino, frente a España, pero murió poco después el 1º de enero de 1515, en París, a causa de unas fiebres complicadas con disentería, cuando ya el nuevo Papa, León X, había anulado la excomunión que pesaba contra él. En muchos aspectos, el reinado de Luís XII fue un periodo de transición, un rotundo fracaso de política exterior, por lo que respecta a Italia, pero de afirmación de la autoridad en lo referente a la política interior, continuando, en este sentido, las directrices de sus antecesores Luís XI y Carlos VIII. Socialmente, el país se encontraba bastante dividido, con una nobleza que interviene en las facetas más importantes de la vida y despliega una gran actividad en la construcción de palacios, estimulada por las obras emprendidas por el monarca en Blois. Instrumento principal de la política interior fue la burocracia centralizada, en la que interviene una alta burguesía, principal apoyo, junto a la nobleza, de la autoridad real. En el exterior se atrajo la enemistad de las potencias europeas por sus pretensiones hegemónicas. Reinado de Francisco I (1515-1547). Nació en Cognac el 12 de septiembre de 1494; era hijo de Carlos de Valois-Orleáns, conde de Angulema, y de la princesa Luisa de Saboya, siendo su padre, a su vez, hijo de Juan de Orleáns, también conde de Angulema, el menor de los hijos del duque Luís I y de Valentina Visconti, y de Margarita de Rohan. Su juventud transcurrió en el castillo de Amboise y su formación, bajo la dirección de su madre, estuvo a cargo de Pierre de Rohan, mariscal de Gié, Artus Gouffier y François de Rochefort. Era el príncipe un joven alto, de facciones nobles, que gustaba de la práctica de todo tipo de deportes, en especial de la equitación; sus lecturas preferidas eran las novelas de caballería y solía componer poemas. Hombre ansioso de aventuras, intrépido, impetuoso, con una ambición sin límites y escasos escrúpulos, del cual decía Wingfield, embajador inglés en la corte de Maximiliano I de Alemania, que era “insaciable en extremo”. Deseaba ardientemente lo gloria y amaba la guerra, las artes y las letras, todo lo cual hacía de Francisco I de Francia un perfecto príncipe del Renacimiento. Primeros años de reinado. A los 18 años de edad, intervino por primera vez en un conflicto bélico, luchando contra los componentes de la Liga Santa, coalición antifrancesa encabezada por Fernando el Católico, rey de Aragón, en Guyena. Contrajo matrimonio con la princesa Claudia, hija Luís XII, el 18 de mayo de 1514, y al año siguiente, el 25 de enero de 1515, tras la muerte de su primo y suegro sin sucesión masculina directa, fue coronado rey de Francia, contando 21 años de edad. A los seis meses de hacerse cargo del gobierno organizó la regencia, que quedó a cargo de su madre, auxiliada por Carlos de Montpensier, duque de Borbón y condestable de Francia, y por el canciller Duprat, e inmediatamente partió hacia tierras italianas para proseguir las campañas que habían quedado interrumpidas a la muerte de su antecesor. Esto motivó la oposición de las principales potencias europeas, que se aliaron contra él formando una liga en la que entraron Enrique VIII de Inglaterra, el emperador Maximiliano I, el papa León X y el archiduque Carlos de Austria, gobernante de Flandes y futuro Carlos I de España. A pesar de ello, Francisco I prosiguió con sus planes adelante: al encontrar defendidas por los suizos las dos rutas principales entre su país e Italia, el monte Cénis y el monte de Ginebra, abrió un nuevo camino a través del Col de l’Argentiére y en seis días la vanguardia francesa, mandada por el caballero Bayardo, se presentó en el Norte de Italia. Tras ella venía el grueso del ejército mandado por el propio soberano de Francia y sus principales capitanes, Borbón, Robert de la Mark, La Palisse, Trivulzio y otros. Los suizos, ante el avance francés, se replegaron, y en Marignano, entre Piacenza y Milán, presentaron batalla. Esta tuvo dos días de duración (13-14 de septiembre de 1515), al final de los cuales las tropas francesas obtuvieron una rotunda victoria. Inmediatamente, Milán cayó en manos de Francisco I y, como consecuencia, la Liga formada contra él se vino abajo. En efecto, el Papa, alarmado por el peligro que significaba la presencia del rey de Francia, abandonó la Liga y firmó en Bolonia (agosto de 1516) un concordato con el monarca, en virtud del cual le concedía el privilegio de nombrar los obispos en su país. En este mismo año, firmó con los cantones suizos el tratado de Friburgo y, con Carlos I, el tratado de Noyon (13 de agosto), que el Rey español olvidaría bien pronto. Aspiraciones imperiales. En 1519 presentó su candidatura al trono imperial, vacante por la muerte de Maximiliano I de Habsburgo. Sus posibilidades para la elección eran bastante dignas de tener en cuenta, ya que además de posee dinero para sobornar a los príncipe-electores, estaba laureado por sus recientes éxitos en Italia. Pero contaba con la oposición popular y, sobre todo, con la de los banqueros germanos que se negaban a avalar sus recibos. De modo que no consiguió sus propósitos, siendo elegido Carlos de Austria, ya rey de España (Aragón y Castilla); con lo que a partir de este momento va a surgir una constante rivalidad entre ambos soberanos. Francisco I se entrevistó en 1520 con Enrique VIII, rey de Inglaterra, en el Campo del Paño de Oro, con objeto de atraérselo a su lado frente al nuevo Emperador, pero esta maniobra no le dio resultado; en cambio, su rival consiguió ganarse la voluntad del inglés, firmando con él un tratado de amistad en Windsor. Para entonces ya había iniciado Francisco I su primera campaña contra Carlos V, en la que las cosas van a marchar mal para el francés desde el principio al fin. En efecto, en noviembre de 1521 perdió Milán, Parma y Piacenza; el 29 de abril de 1522 su general Odette de Foix, vizconde de Lautrec, fue derrotado en la batalla de Bicocca, tras la cual tuvieron que evacuar el Milanesado y Génova; el condestable de Borbón, descontento del trato que había recibido del Rey, le abandona, pasándose al bando del Emperador; por último, el propio Rey, que había conseguido recuperar Milán, decidió atacar Pavía, donde los suizos que tenía a sueldo le abandonaron y los imperiales le infringieron una dura derrota, en el transcurso de la que fue hecho prisionero (24 de febrero de 1525). Francisco I fue conducido a Madrid e instalado, primero, en la Torre de los Lujanes y, más tarde, en el Alcázar, donde permaneció hasta el 14 de enero de 1526 en que se firmó el tratado de Madrid. En virtud de éste, Francisco I se comprometía a renunciar a todas sus aspiraciones sobre Italia, reconociendo los derechos del Emperador en Borgoña, cediendo a éste Tournay, al tiempo que se prometía en matrimonio con la reina-viuda de Portugal, Leonor de Austria, hermana de Carlos V. Liga contra el Emperador. Nada más recuperar la libertad, olvidó todo lo que había firmado en Madrid y, a los tres meses, tenía ya organizada una nueva liga contra el Emperador. Esta fue la Liga Clementina o de Cogna y entraron a forma parte de ella el papa Clemente VII, Enrique VIII de Inglaterra, las ciudades italianas de Milán, Florencia y Venecia y el propio organizador, Francisco I de Francia. Los acuerdos para esta coalición antiimperial se firmaron el 22 de mayo de 1526 y las campañas duraron de 1527 a 1529. A poco de iniciar las hostilidades, las tropas a sueldo de Carlos V llevaron a cabo el saco de Roma y, al año siguiente, las tropas francesas al mando de Lautrec avanzaron hasta Nápoles. La situación era muy favorable para Francisco I, ya que además el marino genovés Andrea Doria, aliado suyo, controlaba el mar e impedía todo auxilio español. Pero la defección de éste, que se puso al servicio del Emperador, permitió reforzar Nápoles y pasar a la ofensiva. La guerra se prolongaba demasiado y todos los contendientes estaban ansiosos de firmar la paz. Ésta llegó el 29 de junio de 1529, firmándose en Cambrai. Como sirvieron de intermediarias la archiduquesa Margarita, tía de Carlos V, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I, recibió el nombre de Paz de las Damas. Se acordó que Carlos V desistiera de sus aspiraciones a la Borgoña y que Francisco I abandonara Italia y pagara al Emperador dos millones de ducados por el rescate de sus hijos, que se encontraban en España desde la firma del tratado de Madrid. Cuestión del Milanesado. Entonces, Francisco I contrajo matrimonio con Leonor de Austria y ofreció su ayuda a Carlos V contra los turcos. Sin embargo, esta amistad no iba a durar mucho, ya que pronto se rompieron de nuevo las hostilidades entre ellos. El motivo fue que al morir el último duque de Milán, Francisco Sforza, sin sucesión, Francisco I aspiraba a colocar un nuevo Duque favorable a sus intereses. Pero Carlos V no estaba dispuesto a consentirlo, de modo que se vio obligado a recurrir a la fuerza de las armas. Los franceses invadieron Saboya, mientras que el Emperador organizaba un poderoso ejército en Lombardía al frente del cual se puso él mismo. Los franceses detuvieron su avance en Tossano, dando tiempo a que el condestable Anne de Montmorency devastara la retaguardia del ejército imperial. En el Norte de Italia, la guerra también fue favorable a las tropas del rey de Francia; sin embargo, no se lograban conquistas importantes ni tampoco se llegaba a un encuentro decisivo. La guerra iba languideciendo. Por fin, se firmó en Nizá, el 18 de junio de 1537, una tregua de diez años. Alianza con los turcos. La tregua no duró lo estipulado ni mucho menos. A fines de 1541, se reanudaron de nuevo las hostilidades y esta vez el motivo de la ruptura fue el asesinato, por parte de los españoles, de dos agentes de Francisco I, Antonio del Rincón y César Fragoso. Las circunstancias eran propicias para el francés, ya que Carlos V acababa de regresar de su desastrosa expedición contra Argel. Francisco I arregló una serie de tratados de Alianza con el sultán de Turquía, Guillermo, duque de Cleves, y los reyes de Dinamarca y Suecia. Preparó cinco ejércitos para invadir los dominios del Emperador por Artois, Brabante, Países Bajos, Rosellón y Piamonte. El Rey francés mandaba personalmente el que atacó por Rosellón, pero fue detenido ante Perpignan por el duque de Alba. En cambio, los ejércitos restantes actuaron con fortuna en sus respectivas demarcaciones, mientras que sus aliados, los turcos, avanzaban sobre Viena. En el transcurso de 1543, el duque de Cleves rompió su amistad con Francisco I, que a su vez tuvo que retirarse de Hainaut ante la presencia del Emperador. Durante el invierno de 1544, preparó éste la campaña siguiente; consiguió de su aliado Enrique VIII la promesa de invadir Francia y a la vez hizo que Cristian III de Dinamarca abandonase la alianza francesa. La campaña de este año comenzó favorable para las tropas de Francisco I, ya que en el Norte de Italia el conde de Enghien derrotó a las tropas imperiales mandadas por el marqués del Vasto en la batalla de Cerisoles (Piamonte) el 14 de abril. Pero, en cambio, en su propio terreno las cosas no iban por el mismo camino. Mientras que Enrique VIII tenía puesto sitio a Boulonge, Carlos V marchaba incontenible hacia París. El 14 de septiembre se rindió Boulonge al Rey inglés, pero el Emperador no esperó la llegada de éste y decidió firmar la paz con Francisco I. Ésta tuvo lugar en Crépy, el 18 de septiembre de 1544, y se estipuló que los contendientes se devolverían mutuamente sus respectivas conquistas. Francisco I renunció a sus derechos sobre Flandes y Nápoles; Carlos V, a los suyos sobre Borgoña. De esta forma se puso fin a las luchas entre españoles y franceses, pero no a la cuestión planteada por la toma de Boulonge por Enrique VIII. La guerra contra este último se prolongó dos años más, hasta que al fin el inglés se avino a devolver su conquista a cambio del pago por Francisco I de una pensión anual. El resto de su vida, hasta su muerte acaecida en Rambouillet el 31 de marzo de 1547, transcurrió en medio de los placeres de su lujosa Corte. Política interior. En materia religiosa, Francisco I se mostró al principio indulgente con los reformistas, ya que no era hombre de sentimientos religiosos muy profundos. Incluso, en más de una ocasión, los tuvo como aliados contra su rival Carlos V. Ahora bien, a partir del momento en que vio en los calvinistas un peligro político, sobre todo a raíz de los acontecimientos del 17 al 18 de octubre de 1534 en que los reformistas franceses se atrevieron a insultar la religión católica e incluso quemaron y destrozaron imágenes, Francisco I tomó una postura de resuelta oposición contra ellos, que culminó en la publicación del edicto de Fontainebleau el 1º de abril de 1540. En lo interior, fue un celoso defensor de la supremacía real, imponiendo su autoridad a la Iglesia, sobre todo a raíz del concordato de Bolonia, y nombrando él mismo los obispos franceses. A los nobles les redujo sus poderes judiciales. Además, reorganizó el ejército nacional e impuso el empleo de la lengua francesa en todos los actos oficiales. Fue también un hombre muy preocupado por la cultura y por su difusión. Colaboró en la expansión de la imprenta, aumentó de forma considerable el número de cátedras en los centros docentes, instituyó numerosas bibliotecas y fundó el Collége de France. Su amor a las artes y las letras le llevó a ser un generoso protector de todos los escritores de su tiempo, siendo “el primer Rey en Europa que empleó la polémica literaria para el Estado: es notable la utilización que hizo de Rabelais” (W. Lewis, Carlos de Europa, Madrid 1955). Esta protección la hizo extensiva a todos los artistas franceses de su época: los Clouet, Boccador, Le Breton, etc., y además llevó a París a los grandes representantes del Renacimiento italiano, Leonardo da Vinci y Benvenuto Cellini, para ponerles en contacto con los nacionales. Construyó innumerables palacios y castillos, entre los que destacan los de Chambord, Saint-Germain, Villers-Cotterets, Madrid (Neuilly) y, sobre todo, el de Fontainebleau, en el que trabajaron Ruggieri, Fontana y Bellini. Además, reconstruyó el de Blois. De su primer matrimonio con Claudia de Francia tuvo siete hijos, tres varones: Francisco, Enrique y Carlos, y cuatro hembras: Luisa, Carlota, Magdalena y Margarita. De su segundo matrimonio con Leonor de Austria, no tuvo descendencia. Francisco I fue un típico representante de las monarquías autoritarias, propias de la época en que le tocó vivir, como lo demuestra el sometimiento de la nobleza y del clero y la reorganización de la milicia nacional. Sus constantes luchas contra el Emperador trajeron como consecuencia la ruina de su administración, a pesar de lo cual contó siempre con el apoyo de su pueblo. Durante su reinado, se registró en Francia un notable desarrollo económico, consecuencia, en gran parte, de la afluencia de metal precioso procedente de las Indias, y que pasaba a través de España. El propio monarca trató de favorecer la navegación a América, aunque sin éxito, pero el incremento de la circulación monetaria permitió el auge de las industrias metalúrgica y textil. Reinado de Enrique II (1547-1559). Nació en Saint Germain-en-Laye, siendo hijo de Francisco I y de la reina Claudia –hija de Luis XII y de Ana de Bretaña. Ocupó el trono francés entre los años 1547 y 1559, sucediendo a su padre. Contrajo matrimonio en 1533 con Catalina de Médicis, biznieta de Lorenzo el Magnífico y prima del papa Clemente VII. Comenzó a reinar muy joven para enfrentarse a los arduos problemas de se época, ante los cuales mostró tanto ánimo y espíritu de iniciativa como inexperiencia. Política interior. Francia comenzaba a vivir por aquellos años el problema religioso. Los grupos protestantes, y especialmente los evangélicos, se extendían por el país, y proliferaban especialmente en las zonas de predominio urbano, como Normandía, Bretaña, Provenza, el Delfinado y Aquitania, o en ciudades como Lyon, Metz, Orleáns y otras. A esta difusión se vino a sumar algo más tarde la del calvinismo, mucho más activa y proselitista, dotada de un carácter polémico y conquistador, que alteró, en grado mucho mayor que el luteranismo, la vida pública y el ambiente intelectual del país. Por otra parte, el problema religioso se imbricó con el político, al abrazar las confesiones reformadas –especialmente el calvinismo– amplios sectores de la nobleza de segunda clase, que, a imitación de lo sucedido en Alemania, quiso proyectar su reformismo hacia un mantenimiento de los privilegios señoriales y una descentralización respecto del poder monárquico. Quizá Enrique II no hubiera necesitado del acicate de este peligro político para ponerse abiertamente en contra del movimiento calvinista –pronto llamado en Francia, hugonote–, puesto que el monarca era decididamente católico, y mostró un celo creciente por asegurar la unidad religiosa del reino. A fines de su reinado –junio de 1559– promulgó el edicto de Ecouen, en el que se tomaban medidas enérgicas contra la Iglesia reformada. Política exterior. Un tanto en contradicción con su política religiosa, Enrique II dedicó todos sus afanes exteriores a la lucha contra la Casa de Austria; bien es verdad que esta política le vino impuesta por el cerco de Francia, rodeada por todas partes de Estados dependientes del Emperador, y por la lucha –no resuelta– que había emprendido su padre, Francisco I, por romper aquel cerco. En 1551 firmó Enrique una lianza con el duque de Parma, con objeto de recuperar el Milanesado, y de esta tensión se pasó casi directamente a la Liga de Chambord, por la que el monarca francés llegó a un acuerdo con los príncipes alemanes rebeldes al emperador Carlos V. El rey de Francia se comprometía a prestar ayuda económica y militar, a cambio del título de vicario del Reich y la expectativa a la Corona imperial, además de las plazas de Cambrai, Metz, Toul y Verdún. La gran aventura comenzó con las mejores perspectivas. Mientras el elector Mauricio de Sajonia avanzaba sobre Innsburck, donde se encontraba el Emperador enfermo y desanimado, el Rey francés penetraba por el flanco occidental y se apoderaba de los tres obispados (Metz, Toul y Verdún). Más tarde pudo entrar también en Cambrai. Sin embargo, la guerra tendía a estabilizarse. Carlos V pudo recuperarse parcialmente frente a los príncipes (Dieta de Passau, 1552) y, por su parte, los alemanes comenzaron a mirar con recelo a sus interesados aliados, los franceses. Las campañas de 1553 y 1554, a pesar de los grandes esfuerzos de Enrique II, fueron de resultado incierto, y en alto grado onerosas para los dos bandos. En 1555 se iniciaron negociaciones, que culminaron a principios de 1556 con la tregua de Voucelles. La disputa había llegado a un punto muerto, que no significaba en absoluto su resolución. Bastó la elevación al solio pontificio de un Papa antiespañol –Paulo IV–, para que Enrique II se decidiera a romper la tregua, y, confiando en la ayuda del Pontífice y los príncipes italianos, se lanzara de nuevo a la lucha, esta vez contra el sucesor de Carlos V, Felipe II de España. La campaña de Italia, dirigida por Francisco de Lorena, duque de Guisa, resultó un completo fracaso, gracias a la pericia del general español, Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba. Entretanto, Felipe II en persona emprendía la invasión de Francia desde los Países Bajos. La batalla de San Quintín (10 de agosto de 1557) fue un serio descalabro para los franceses. Una segunda derrota, al año siguiente, en Gravelinas, aconsejó a Enrique el camino de la paz, que se firmó en Câteau-Cambrésis en abril de 1559. España consagraba al fin se hegemonía europea, y el Rey francés, desengañado de su ansia aventurera de juventud, se disponía a seguir, en colaboración con los españoles, una política netamente católica. La muerte (París, 10 de junio de 1559) le impidió cumplir esta promesa.

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