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El derecho al voto en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos y en el Estado Libre


Asociado de Puerto Rico: Brechas, actores, estrategias

José A. Laguarta Ramírez


Escuela de Derecho, Universidad de Puerto Rico
jalaguarta@gmail.com

A pesar de gozar de protección constitucional, el derecho al voto en Puerto Rico – territorio “no-

incorporado” de los Estados Unidos – se encuentra seriamente limitado por razones íntimamente

ligadas al derecho de autodeterminación de los pueblos. La brecha sustantiva entre el derecho al voto,

según consagrado por el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, y la realidad constitucional

de Puerto Rico, estriba en lo siguiente: los puertorriqueños (y demás ciudadanos estadounidenses)

residentes en Puerto Rico no pueden elegir al jefe de estado (el Presidente de los EE.UU.), ni una

representación adecuada ante la legislatura federal (el Congreso de los EE.UU.), a cuya autoridad están

sujetos. Ya que los tribunales pertinentes de mayor jerarquía se han negado a hacerlo (el Primer

Circuito se ha negado expresamente a aplicar el Derecho Internacional al voto presidencial, mientras

que el Tribunal Supremo sencillamente se ha negado a atender el caso), dicha brecha sólo podría ser

cerrada mediante acción del Congreso estadounidense, o declaración unilateral de soberanía por los

representantes legítimos del pueblo de Puerto Rico, en ejercicio de su derecho de autodeterminación.

El derecho al voto en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos

En el sistema internacional, el derecho al voto está consagrado en tres documentos fundamentales de

los cuales los EE.UU. son parte: la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los

Derechos Humanos y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP).1 Los primeros

dos no son propiamente “tratados”, por lo que no obligan a las partes por derecho propio, aunque

1
En adición a estos, en el sistema interamericano, el derecho al voto se consagra en la Declaración Americana de los
Derechos y Deberes del Hombre (aprobada 1948), en la Carta Democrática Inter-Americana de la O.E.A. (aprobada
2001) y en la Convención Americana de Derechos Humanos (“Pacto de San José de Costa Rica”; en vigor 1978). Los
EE.UU. son parte de los primeros dos documentos, mas no del tercero.
algunas de sus disposiciones podrían ser consideradas parte del derecho consuetudinario internacional,

y por ende vinculantes. El PIDCP sí es un tratado, y por lo tanto crea derecho entre las partes. No

obstante, su ratificación por los EE.UU., como discutiré más adelante, ha quedado sometida a una serie

de limitaciones jurídicas y políticas que, si bien se pudiera argumentar son contrarias a derecho,2 en la

práctica han hecho virtualmente inaccionables los derechos contenidos en el tratado.

La Carta de las Naciones Unidas, como fuente de derecho consuetudinario internacional,

enmarca los derechos humanos principalmente en su Preámbulo, en el cual se reafirma “la fe en los

derechos fundamentales del hombre, en 1a dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de

derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas.”3 Por su parte, la Declaración

Universal de los Derechos Humanos consagra el derecho al voto específicamente:

1. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de
representantes libremente escogidos.
2. Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su
país.
3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará
mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y
por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto.4

En términos similares, el PIDCP a su vez establece que,

Todos los ciudadanos gozarán, sin ninguna de las distinciones mencionadas en el artículo 2, y sin
restricciones indebidas, de los siguientes derechos y oportunidades:
a) Participar en la dirección de los asuntos públicos, directamente o por medio de representantes
libremente elegidos;
b) Votar y ser elegidos en elecciones periódicas, auténticas, realizadas por sufragio universal e igual y por
voto secreto que garantice la libre expresión de la voluntad de los electores;
c) Tener acceso, en condiciones generales de igualdad, a las funciones públicas de su país.5

2
“8. [...] Las reservas contrarias a normas perentorias no serían compatibles con el objeto y fin del Pacto. Aunque los
tratados constituyen un simple intercambio de obligaciones entre los Estados que les permite reservarse inter se la
aplicación de normas de derecho internacional general, otra cosa son los tratados de derechos humanos, cuyo objeto es
beneficiar a las personas que se encuentran en su jurisdicción. En consecuencia, las disposiciones del Pacto que son de
derecho internacional consuetudinario (y a fortiori cuando tienen el carácter de normas perentorias) no pueden ser objeto
de reservas.” Comité de Derechos Humanos, 52o período de sesiones, Observación General No 24. “4. Las
obligaciones del Pacto en general y del artículo 2 en particular son vinculantes para todos los Estados Partes en conjunto.
Todos los poderes del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial) y otras autoridades públicas o estatales, a cualquier nivel
que sea, nacional, regional o local, están en condiciones de asumir la responsabilidad del Estado Parte... el Comité
recuerda a los Estados Partes que tienen una estructura federal lo estipulado en el artículo 50, según el cual las
disposiciones del Pacto “se extenderán a todas las partes de los Estados federales sin ninguna limitación ni excepción.”
Comité de Derechos Humanos, 80o período de sesiones, Observación General No 31.
3
Preámbulo, Carta de las Naciones Unidas (aprobada 1945).
4
Declaración Universal de los Derechos Humanos (aprobada 1948), Art. 21.
5
Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos (en vigor 1976), Art. 25. El Art. 2 del mismo dispone, entre otras
cosas, que “Cada uno de los Estados Partes en el presente Pacto se compromete a respetar y a garantizar a todos los
En su Observación General Número 25, el Comité de Derechos Humanos señala, respecto del

Artículo 25 del PIDCP, lo siguiente:

1. [...] Cualquiera que sea la forma de constitución o gobierno que adopte un Estado, el Pacto impone a los
Estados la obligación de adoptar las medidas legislativas o de otro tipo que puedan ser necesarias para
garantizar que los ciudadanos tengan efectivamente la posibilidad de gozar de los derechos que ampara.
[...]
3. A diferencia de otros derechos y libertades reconocidos por el Pacto (que se garantizan a todas las
personas dentro del territorio y sujetos a la jurisdicción del Estado), el artículo 25 protege los derechos de
"cada uno de los ciudadanos". En sus informes, los Estados deben describir las disposiciones jurídicas que
definen la ciudadanía en el contexto de los derechos amparados por ese artículo. No se permite hacer
distinción alguna entre los ciudadanos en lo concerniente al goce de esos derechos por motivos de raza,
color, sexo, idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier otra índole, origen nacional o social,
posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social.6

Además, enfatiza el Comité, “2. Los derechos consagrados en el artículo 25 están relacionados con el

derecho de los pueblos a la libre determinación, aunque son distintos de él. De conformidad con el

párrafo 1 del artículo 1, los pueblos gozan del derecho a determinar libremente su condición política, y

del derecho a elegir la forma de su constitución o gobierno.”7

Un caso paradigmático del derecho al voto en el derecho internacional, que refleja una situación

de hechos análoga a la de Puerto Rico, lo es Matthews v. United Kingdom,8 en el cual la Corte Europea

de Derechos Humanos encontró que el impedimento a los ciudadanos del Reino Unido residentes en el

territorio de Gibraltar de votar en las elecciones del Parlamento Europeo contravenía el Convenio

Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales. Aunque las

decisiones de la Corte Europea no son vinculantes para los tribunales estadounidenses, esta decisión

pudiera tener un alto valor persuasivo para Puerto Rico, por el marcado paralelismo entre ambos casos.

La Corte determinó que la disposición impugnada violaba el Protocolo 1 del Convenio, según el cual,

“3. Las Altas Partes Contratantes se comprometen a organizar, a intervalos razonables, elecciones libres

con escrutinio secreto, en condiciones que garanticen la libre expresión de la opinión del pueblo en la

individuos que se encuentren en su territorio y estén sujetos a su jurisdicción los derechos reconocidos en el presente
pacto, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de otra índole, origen nacional o
social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social.”
6
Comité de Derechos Humanos, 57o Período de Sesiones (1996), Observación General No 25.
7
Ídem. “1. Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente
su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural.” Art. 1, PIDCP.
8
App. No. 24833/1994 (18 February 1999).
elección del cuerpo legislativo.”9 Según la Corte, habiendo sido expresamente extendido a Gibraltar el

Convenio y el Protocolo en 1953 y 1988, respectivamente, el Parlamento Europeo debía reconocerse

como “cuerpo legislativo” en Gibraltar para efectos de este último, puesto que muchas de las acciones

de este tienen un “impacto directo” sobre el territorio.10

El derecho al voto en el Estado Libre Asociado

Entre los derechos que consagra, en su Carta de Derechos, la Constitución del Estado Libre Asociado

de Puerto Rico de 1952, se reconoce, por primera vez en la historia del país, el derecho al sufragio

universal como uno fundamental.11 Este derecho ha sido interpretado por el Tribunal Supremo de

Puerto Rico como garantía constitucional “de carácter universal”, por lo cual “en casos de

incertidumbre sobre quién tiene derecho a votar, prevalecerá aquella interpretación del estatuto

electoral que favorezca el ejercicio del derecho al voto,” en un caso en el que se avaló el derecho de un

“incuestionable” ciudadano puertorriqueño a votar en las elecciones generales de Puerto Rico no

obstante haber renunciado a la ciudadanía estadounidense.12 Ese derecho ha sido expandido

significativamente en dos ocasiones desde 1952: en 1970, mediante una enmienda constitucional

avalada por un referéndum, para reducir la edad límite de 21 a 18 años;13 y en 1977, con la aprobación

de la nueva Ley Electoral, la cual eliminó la prohibición de votar a los privados de libertad.14

El Tribunal Supremo de Puerto Rico gusta decir que la Constitución del Estado Libre Asociado

es de “factura más ancha” que la Constitución federal de los EE.UU.15 Ello sencillamente refleja, más

allá de la glosa poética del Tribunal, el precepto básico del sistema federal estadounidense, según el

9
Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales (Roma, 4.XI.1950),
Protocolo 1 (París, 20.III.1952), Art. 3.
10
Matthews v,. United Kingdom, App. No. 24833/1994 (18 February 1999), incisos 45-54.
11
Álvarez González, 57 Rev. Jur. UPR 152. “Las leyes garantizarán la expresión de la voluntad del pueblo mediante el
sufragio universal, igual, directo y secreto, y protegerán al ciudadano contra toda coacción en el ejercicio de la
prerrogativa electoral.” Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, Art. II, §2.
12
Ramírez de Ferrer v. Mari Bras, CT-96-14 (11/18/97).
13
Const. ELA, Art. VI, §4.
14
Ley Núm. 4 de 20 de diciembre de 1977, Arts. 2.002-2.005, 16 L.P.R.A. §3052-3055.
15
Álvarez González, “La protección de los derechos humanos”, 155.
cual los derechos individuales que otorga la Constitución federal representan un mínimo, que cada

estado o territorio tiene la prerrogativa de ampliar dentro de su territorio, si así lo desea.16 Ello hace

posible, por ejemplo, la extensión, por vía estatutaria, del derecho al voto a los privados de libertad –

derecho que no es otorgado por la Constitución federal, y que lo ha sido por muy pocos estados. En el

caso de Puerto Rico, además, por el momento histórico en que fue redactada y aprobada, la

Constitución se asemeja en lenguaje y contenido más a la Declaración Universal de los Derechos

Humanos, aprobada pocos años antes, que a su contraparte federal.17

No obstante la “anchura” de los derechos de los individuos frente al gobierno local, frente al

gobierno federal los puertorriqueños no gozan de todos los derechos que conlleva la ciudadanía

estadounidense, pese a haber sido declarados ciudadanos en 1917. Como “territorio no incorporado”,

sujeto a la autoridad del Congreso, en Puerto Rico los derechos de ciudadanía no rigen

automáticamente, como en los estados, sino que algunos de estos han sido extendidos gradualmente,

mediante estatuto o jurisprudencia.18 Como bien señala José Julián Álvarez, “La Corte [Suprema de

los EE.UU.] ha aplicado las garantías de derechos individuales contra el gobierno de Puerto Rico con

una vara más estricta que la que ha usado cuando puertorriqueños han reclamado la protección de esas

mismas garantías frente a actuaciones del Congreso [de EE.UU.] que discriminan contra los

puertorriqueños como clase.”19 Uno de los derechos que no ha sido extendido a los puertorriqueños es

el de participar en la elección del Presidente de los EE.UU., puesto que la Constitución federal

claramente establece que ese derecho corresponde no a los ciudadanos, sino a los estados.20

16
Ídem., 151.
17
Ídem., 142.
18
“The Congress shall have Power to dispose of and make all needful Rules and Regulations respecting the Territory or
other Property belonging to the United States; and nothing in this Constitution shall be so construed as to Prejudice any
Claims of the United States, or of any particular State.” Constitution of the United States of America, Art. IV, §6, cl. 2.
Véase también los llamados “Casos Insulares” de 1901: De Lima v. Bidwell, 182 U.S. 1; Goetze v. United States, 182
U.S. 221; Dooley v. United States, 182 U.S. 222; Armstrong v. United States, 182 U.S. 243; Downes v, Bidwell, 182 U.S.
244; Huus v. New York & Porto Rico Steamship Co., 182 U.S. 392.
19
Álvarez González, “La protección de los derechos humanos”, 162. Véase también Harris v. Rosario, 446 U.S. 651
(1980) y Califano v. Gautier, 435 U.S. 1 (1978).
20
“Each State shall appoint, in such Manner as the Legislature thereof may direct, a Number of Electors, equal to the
whole Number of Senators and Representatives to which the State may be entitled in the Congress: but no Senator or
El Derecho Internacional de los Derechos Humanos y derecho municipal estadounidense

La relación entre el derecho internacional y el derecho municipal estadounidense en materia de

derechos humanos siempre ha sido una tensa y contradictoria, caracterizada en años recientes por una

considerable brecha sustantiva. Tal brecha consiste en la no aplicación judicial de numerosas

disposiciones del derecho internacional en dicha materia, tanto convencional como consuetudinario.

Sus causas inmediatas son la no ratificación por el Senado de tratados internacionales de derechos

humanos firmados por el ejecutivo;21 la ratificación con reservas, entendimientos y declaraciones

(RUD) de no auto-ejecutabilidad; y la renuencia de las cortes a adjudicar en base a la costumbre

internacional en materia de derechos humanos. Estas causas, que a su vez son producto de la una

compleja interacción histórica entre intereses socio-económicos y geopolíticos, arreglos institucionales

y actitudes culturales, tiene importantes implicaciones para cualquier actor que busque zanjar la brecha

entre el derecho internacional de los derechos humanos y el derecho constitucional estadounidense.

En la actualidad, el Senado de los Estados Unidos sólo ha ratificado uno de los cuatro

instrumentos que, junto con la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los

Derechos Humanos (la cual no requiere ratificación), constituyen la llamada Carta Internacional de los

Derechos Humanos – el PIDCP.22 En adición a éste, ha ratificado tres de los principales tratados

internacionales de derechos humanos, mientras que tres tratados y dos protocolos adicionales firmados

Representative, or Person holding an Office of Trust or Profit under the United States, shall be appointed an Elector.”
U.S. Const., Art. II, §1, cl. 2. “The Electors shall meet in their respective states, and vote by ballot for President and
Vice-President, one of whom, at least, shall not be an inhabitant of the same state with themselves; they shall name in
their ballots the person voted for as President, and in distinct ballots the person voted for as Vice-President, and they
shall make distinct lists of all persons voted for as President, and of all persons voted for as Vice-President and of the
number of votes for each, which lists they shall sign and certify, and transmit sealed to the seat of the government of the
United States, directed to the President of the Senate;” Amendment XII, cl. 1.
21
En este caso no hay “brecha” propiamente, puesto que un tratado sólo es vinculante (y por ende, derecho) para cada
parte luego de haberlo ratificado, aunque según la Convención de Viena sobre el Derecho de Tratados, debe abstenerse
de cualquier acción que obstruya el cumplimiento de los propósitos del tratado. Convención de Viena sobre el Derecho
de Tratados (en vigor 1980), Art. 18. Los Estados Unidos tampoco han ratificado la Convención de Viena, pero existe
un consenso general de que las provisiones de la Convención de Viena son vinculantes como parte del derecho
consuetudinario internacional. Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 230, fn. 269 (2005).
22
La Carta Internacional de los Derechos Humanos consiste en la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el PIDCP y sus
dos Protocolos Opcionales, otorgándole al Comité de Derechos Humanos la facultad de atender querellas individuales
sobre violaciones del tratado, y prohibiendo la pena de muerte, respectivamente. Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 230.
por la rama ejecutiva durante las últimas tres décadas aún aguardan ratificación.23 En cada ocasión, los

tratados ratificados fueron avalados por el Senado con una serie de RUD, incluyendo sendas

declaraciones de no auto-ejecutabilidad. No obstante, el Congreso sólo ha aprobado legislación

implementadora para la Convención sobre la Prevención y Castigo del Crimen del Genocidio y la

Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, y en éste

último caso incompleta.24 Aunque aún está vigente el debate teórico sobre la capacidad del Senado de

legislar unicameralmente trabas a su propio poder constitucional de aprobar tratados, el efecto práctico

de las RUD en su conjunto ha sido impedir la adjudicación de derechos en base a las obligaciones

internacionales de los Estados Unidos.25 En el caso del derecho consuetudinario, aunque sí se ha

reconocido que podría crear causas de acción independientes, los tribunales han actuado con igual o

mayor cautela, otorgando remedios únicamente bajo el Alien Tort Claims Act (ATCA), y aceptando una

serie de limitaciones cuando el demandado es un actor estatal.26

Esta renuencia de los tribunales a incorporar el derecho internacional de derechos humanos al

derecho municipal estadounidense pone de manifiesto una serie de particularidades históricas de ese

23
Además del PIDCP, los Estados Unidos han ratificado la Convención sobre la Prevención y Castigo del Crimen de
Genocidio (rat. 1988), la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial
(rat. 1994), la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes (rat. 1994).
Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 232-235.
24
Las reservas y entendimientos generalmente son aplicadas a tratados que se tema puedan confligir con la Constitución
de los Estados Unidos, lo cual “impediría” el cumplimiento de la obligación, o que puedan confligir con las leyes
existentes. Señala Friedman que “lo apropiado de estas reservas es cuestionable; si todas las naciones registraran
reservas diseñadas a rechazar cualquier obligación de superar las leyes y prácticas existentes, los tratados de derechos
humanos serían fútiles.” 17 Fl. J. Int’l. L. 221. También se incluyen generalmente “cláusulas de federalismo” que
buscan prevenir la aplicación del caso Missouri v. Holland, 252 U.S. 416 (1920), según el cual un tratado puede
convertir en materia de jurisdicción federal lo que antes era de jurisdicción exclusiva de los estados. Tal vez el efecto
más grave en cuanto a la brecha sustantiva en materia de derechos humanos la surtan las declaraciones de no auto-
ejecución, las cuales garantizan que un tratado no cree causas de acción directamente ante los tribunales estadounidenses
hasta que se legisle su implementación. Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 222.
25
“Hay un argumento según el cual las declaraciones de no auto-ejecución conciernen tan sólo la implementación
doméstica del tratado, y por ende no son parte del acuerdo internacional en sí mismo. El Senado no tiene el poder
constitucional de adoptar legislación doméstica unicameralmente, meramente porque reclame actuar bajo el poder de
ratificar tratados.” Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 250. Véase, además, Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 237-243.
26
El ATCA, aprobado como parte de la Ley de la Judicatura de 1789, permite a ciudadanos extranjeros entablar casos ante
los tribunales estadounidenses por acciones cometidas en violación del “derecho de naciones” (hoy derecho
internacional). 28 U.S.C. §1350 A partir del caso Filártiga v. Peña-Irala, 630 F. 2d 876 (2d Circ. 1980), los tribunales
federales han extendido el alcance del ATCA para aplicar el derecho consuetudinario internacional en materia de
derechos humanos. Sin embargo, en casos posteriores, algunos tribunales han aplicado las doctrinas de acto de estado,
inmunidad soberana y cuestión política como limitaciones parciales a la justiciabilidad de los derechos humanos bajo el
ATCA. Bayefsky & Fitzgerald, 14 Mich. J. Int’l. L. 5-18 (1992).
estado-nación que han sido catalogadas de “excepcionalismo.”27 Estas a su vez pueden atribuirse a la

interrelación de tres grupos de factores. Primero, los esfuerzos por mantener un cierto grado de

impermeabilidad del derecho interno estadounidense responden a la articulación de los intereses de

diferentes sectores económicos, sociales y políticos a diferentes niveles. Estos sectores se constituyen

en lo que Howard Koh llama “empresarios normativos.”28 Segundo, los arreglos institucionales

particulares al estado federal estadounidense facilitan y proveen justificaciones ideológicas a estas

prácticas, a pesar de que se trata de un sistema “monista” de incorporación de tratados. Entre estos

arreglos, resaltan el propio federalismo, la estructura bicameral de la legislatura y las limitaciones a la

revisión judicial.29 Dichos espacios están habitados por el equivalente de quienes Koh llama

“auspiciadores gubernamentales.” Por último, pero no menos importante, existen una serie de actitudes

culturales profundamente enraizadas (o “internalizadas”) en la psiquis nacional estadounidense que

militan en contra de la internalización del derecho internacional de derechos humanos. Entre estas, se

destacan la creencia en el liderato y supremacía estadounidense en materia de derechos humanos (y por

ende la no necesidad de adoptar otros estándares), la suspicacia en cuanto a la imposición de un

régimen jurídico “externo” (y si este será cumplido por los demás) y el mayoritarismo.30

Actores y estrategias: Igartúa de la Rosa v. United States

Este enjambre de fuerzas sociales representa el tablero político-jurídico sobre el cual se despliegan los

agentes internalizadores del derecho internacional. Koh sugiere que para promover los derechos

humanos, dichos agentes deben seguir una triple estrategia: provocar interacciones, provocar
27
Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 252-253. Véase además, por ejemplo, Tocqueville ([1835, 1840] 2000), Lipset (1997),
Stephanson (2000), Lockhart (2003), e Ignatieff (2005).
28
Koh, 35 Hous. L. Rev. 646-655 (1998). Aunque Koh sólo aborda los agentes que favorecen la internalización de las
normas internacionales, es lógico suponer que su análisis también es aplicable a quienes defienden el status quo
excepcionalista, que de alguna forma también ha tenido que ser (continuamente) “internalizado.”
29
Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 239-242, 243-251; Bayefsky & Fitzgerald, 14 Mich. J. Int’l. L. 82-89.
30
Esta última vertiente de la ideología democrático-representativa, conspicuamente restringida por las instituciones
estadounidenses (la separación de poderes y la bicameralidad, por ejemplo), parece resurgir en cuanto al tema de los
derechos humanos. Se argumenta que la implementación del derecho consuetudinario de fuentes extranjeras y no
codificadas, por la judicatura, es anti-democrático. Bayefsky & Fitzgerald, 14 Mich. J. Int’l. L. 82-89. Este argumento
también puede vislumbrarse en el planteamiento de que la Cámara de Representantes debe participar en el proceso, ya
que los tratados son fuente de derecho que puede ir por encima del derecho estatuido. Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 241.
interpretaciones y provocar la internalización de normas.31 Un intento de utilizar esta estrategia se

evidencia en el conocido caso del Tribunal Federal para el Primer Circuito, Igartúa v. United States.32

En ese caso, la brecha sustantiva entre el derecho constitucional estadounidense y el internacional,

como demuestra la opinión disidente del Juez Torruella, queda claramente evidenciada por la limitación

del derecho al voto presidencial de los habitantes de Puerto Rico33 – limitación que sólo aplica a los

ciudadanos estadounidenses residentes en Puerto Rico y demás “territorios no incorporados,” y no a los

que residen en otros países, quienes pueden ejercer el voto ausente.34 Como la limitación surge clara y

expresamente del texto de la propia Constitución, el demandante se veía imposibilitado de solicitar un

remedio inmediato en base a las obligaciones internacionales de los Estados Unidos, por lo que la

estrategia legal fue solicitar una declaración del tribunal a los efectos de que este país había incumplido

dichas obligaciones, con la esperanza de que el Congreso reaccionara otorgándole la estadidad a Puerto

Rico o enmendando la Constitución.35 En este sentido, el demandante Gregorio Igartúa hace el papel

de “empresario normativo”, representando una serie de intereses provenientes de la política local

puertorriqueña, mientras que el Juez Torruella asume el rol de “auspiciador gubernamental” y la rama

legislativa federal sirve de “comunidad interpretativa y foro declarativo.”36

La estrategia se queda corta, ya que la mayoría de los agentes de ese foro parecen no haber aún

internalizado el derecho al voto como norma de derecho internacional de derechos humanos.37

31
Koh, 35 Hous. L. Rev. 677-679.
32
417 F. 3d 145 (1st Circ. 2005).
33
Torruella se fundamenta, además de en las Declaraciones Universal y Americana de Derechos Humanos, en ambas de las
cuales los Estados Unidos son parte, específicamente en el Art. 25 del PIDCP, según el cual “Todos los ciudadanos
gozarán, sin ninguna de las restricciones mencionadas en el artículo 2 [por razón de raza, color, sexo, idioma, religión,
opinión política o de otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición
social], y sin restricciones indebidas, de los siguientes derechos y oportunidades: […] b) Votar y ser elegido en
elecciones periódicas, auténticas, realizadas por sufragio universal e igual y por voto secreto que garantice la libre
expresión de la voluntad de los electores.” Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos (en vigor 1976).
Como señala Torruella, el Senado no opuso ninguna reserva o entendimiento específico a éste artículo, aparte de una
declaración general de no auto-ejecutabilidad. Op. Dis. Torruella en Igartúa, 417 F. 3d 173-175. Sin embargo, el
Senado aún no ha aprobado legislación para implementar el PIDCP. Friedman, 17 Fl. J. Int’l. L. 229.
34
Op. Dis. Howard en Igartúa, 417 F. 3d 184.
35
Op. Dis. Torruella en Igartúa, 417 F. 3d 180-183.
36
Koh, 35 Hous. L. Rev. 646-655.
37
La mayoría del tribunal en banc se negó a emitir la declaración solicitada por Igartúa, por entender que el remedio que
se busca no es inmediato, sino que se funda en una esperanza y especulación bastante tenue de que el Congreso actuaría,
Siguiendo el esquema de Koh, a la estrategia le faltó movilizar una amplia “red transnacional” o

“comunidad epistémica” de profesionales y activistas con intereses relacionados, que incluya lo más

posible a organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, actores privados, y otros

“empresarios normativos,” aprovechando también actuaciones del gobierno estadounidense en otras

áreas que pudieran “enlazarse” al tema del voto presidencial, vinculando de esta forma al gobierno.

Esta red, a su vez, debe aprovechar y abrir foros internacionales, para provocar interpretaciones

normativas sobre el tema que a su vez puedan ser internalizadas por agentes en la estructura burocrática

estadounidense, alterando el andamiaje cultural e institucional subyacente a la brecha entre el derecho

internacional y el constitucional estadounidense en materia de derechos humanos.38

Conclusiones

En última instancia, la brecha sustantiva entre el Derecho Internacional de los Derechos Humanos y la

realidad constitucional de Puerto Rico, en lo que respecta al derecho al voto, está atada al problema del

status político, y por consiguiente, al derecho de autodeterminación. Ello es así, puesto que en

cualquiera de los dos escenarios alternos reconocidos por el derecho internacional – la anexión o la

soberanía plena – automáticamente se cerraría la brecha en cuanto a ese derecho específicamente. En

el primer caso, porque como estado federado de la unión, Puerto Rico accedería a los mismos derechos

de representación que los estados actuales (derecho a elegir los “electores” que a su vez eligen al

Presidente, derecho a elegir senadores y representantes con voz y voto en el Congreso). En el segundo,

porque ya no estaría sujeto (al menos formalmente) a la autoridad de cuerpos y entidades en cuya

selección no tiene participación alguna y ante los cuales no tiene representación adecuada.

En otras palabras, la brecha es reflejo directo de la situación actual, en la cual el gobierno de los

en respuesta a tal Declaración, enmendando la Constitución o admitiendo un nuevo estado, ambos procesos bastante
complejos, largos y sin garantías. Igartúa, 417 F. 3d 157-158. Es evidente, no obstante, que la declaración de no auto-
ejecución en la ratificación del PIDCP, y el hecho de que el Senado no haya hecho nada aún para legislar su
implementación, pesa bastante en esta determinación. En cuanto al derecho consuetudinario, la mayoría alega que no
queda claro que el derecho al voto exista como costumbre, y en todo caso la práctica no dicta la forma en que este se
debe ejercitar, aferrándose a la doctrina de cuestión política. 417 F. 3d 150-151.
38
Koh, 35 Hous. L. Rev. 646-655, 677-679.
EE.UU. no ha cumplido su obligación internacional39 – a pesar de al menos tres simulacros (en 1950,

1967 y 1998, tratándose estos últimos dos de iniciativas totalmente locales) – de facilitar una expresión

jurídicamente válida, vinculante y con opciones claramente definidas, del pueblo puertorriqueño en

torno a su destino político. En ausencia de tal expresión, y habiéndose negado la rama judicial federal

de forma contundente a resolver el asunto, la brecha sólo podría cerrarse mediante una acción

unilateral, bien del Congreso (ya sea para enmendar la Constitución federal, o para iniciar un proceso

dirigido a legitimar la anexión) o de los representantes legítimos del pueblo puertorriqueño (una

declaración unilateral de soberanía por parte de una Asamblea Constituyente, por ejemplo – ello podría

desencadenar otra serie de procesos históricos, pero en lo relevante aquí, sería completamente acorde al

derecho internacional). El escenario variará, naturalmente, según la preferencia política de los actores

envueltos, pero en todo caso el desenlace dependerá de la capacidad de los actores de movilizar los

diferentes elementos que identifica Koh, como parte de una estrategia concertada.

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