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El exodo

Las relaciones entre el Antiguo Testamento y el país del Nilo siguen representando un
gran misterio histórico para los egiptólogos y biblistas. Los datos recogidos aquí no
pretenden ser inéditos, pues han sido abordados por un buen numero de especialistas,
mas sí su enfoque. Tal vez en el pensamiento mágico-religioso se hallen las claves para
su mejor comprensión en el marco de la mentalidad mítica de los pueblos de Oriente.
Reconstruir el éxodo bíblico a partir de las fuentes egipcias es una tarea muy
complicada. Los testimonios provenientes del antiguo país del Nilo con relación a la
existencia de los israelitas son nulos en la primera mitad del segundo milenio antes de
Cristo, con excepción del papiro Anastasi I, donde únicamente encontramos una
descripción geográfica.
Hasta el momento, la primera mención que se hace en una inscripción egipcia a la
existencia de Israel como pueblo, es en la estela del faraón Merneptah (hijo de Ramses
II, 1224-1204 a.C. Dinastía XIX), piedra de basalto negro que data del siglo XIII a. C.,
donde se lee: “Israel ha sido arrasado y su descendencia no existe”.

Fragmento Estela de Merneptah


Es cierto que muchos han relacionado a los hebreos con él termino âpiru ( ‘pr.w ), como
aparece con anterioridad en los textos de Amarna (Dinastía XVIII), refiriéndose a un
hostil pueblo hurrita; pero esto es dudoso. Sin embargo, la Biblia desde los primeros
capítulos hace alusión a Egipto más de setecientas veces, ya sean citas directas o
referencias simbólicas.
Por lo tanto, para facilitar nuestro estudio, hemos recurrido en parte a la metodología
inversa que creemos es inevitable para nuestros objetivos; a saber, ver a Egipto en el
Imperio Antiguo y Medio a partir de las menciones testamentarias y tratar de
secuenciarlas con las pruebas documentarias disponibles.

Egipto en el Antiguo Testamento


Los problemas que plantea abordar este tema desde estas dos perspectivas se deben a
razones bien delineadas. En primer lugar, si el origen del pueblo hebreo como sociedad
autónoma y organizada se lo debe a un espectacular escape hacia el Levante, es hasta
cierto punto lógico que esté ausente de los registros egipcios. Una derrota tal a su
orden político y religioso seguramente fue borrada deliberadamente de sus anales en
resguardo de sus divinidades; siendo en consecuencia recordada detalladamente en la
memoria hebrea y descripta en el Pentateuco como un acto salvador de su Dios.
En segundo lugar, los testimonios arqueológicos son en buena medida fragmentarios, lo
que dificulta la reconstrucción de la historia antigua y datación cronológica de Oriente
desde un metodo sistemático.
El principal canal que ha conservado a través del tiempo, es decir, sin interrupción, una
memoria “histórica” de este período es sin duda el Antiguo Testamento(Levirani, 1995).
Esto, por un lado refleja una ventaja, la de seguir la historia egipcia a partir de las
narraciones del libro de Génesis y del Éxodo pero, por el otro, plantea una dificultad, ya
que el motivo que los reviste es religioso y este es siempre subjetivo. La tarea de
conservación bíblica se efectuó por razones mayormente de orden sagrado y, al igual
que los textos egipcios, bajo la supervisión de una clase sacerdotal. Como veremos en
el presente trabajo, en el relato de la esclavitud y escape de Egipto prevaleció el
elemento de supremacías de dioses; es decir, Yahvé en desmedro de los dioses egipcios
y sus consecuentes recursos simbólicos que hallan su expresión narrativa en el mito.

El origen de Egipto según el Génesis


En la Tabla de las Naciones, como algunos comentaristas prefieren llamar al capítulo X
del Génesis, se menciona el origen entre otros, del mismo Egipto. Dos de los
descendientes de Cam, hijo de Noé y sobreviviente del diluvio, fueron Mizraim y Patros.
Uno pobló la zona del delta, el otro la tierra más cercana a las misteriosas fuentes del
“canal” (heb. SHEOR , “corriente”), como los antiguos se referían al Nilo; esto es, que
desde antiguo se reconocía la dualidad en el Bajo y el Alto Egipto.
Algunos han querido ver en Mizraim al faraón Menes fundador de la Primera Dinastía,
mencionado por Manetón, pero dicha identificación es incierta. Sin embargo, es notable
que hasta el día de hoy los árabes conozcan a la tierra del Nilo como “Misr ” o “ la tierra
de Cam el Negro ”. Lo curioso es que los mismos habitantes de Egipto hablaran de su
tierra como “ Kemet” (la Negra) o “ Tauy” (las Dos Tierras).
Abraham hizo, en algunas oportunidades, visitas al país; por los registros bíblicos
parece que tuvo relaciones comerciales, ya que adquirió una sierva egipcia llamada
“Agar” (Génesis, cap. 12-13). Si bien no hay ninguna evidencia arqueológica de estos
episodios, la situación reinante en Palestina con relación a sus enlaces y sus respectivas
rutas comerciales o a los movimientos migratorios semitas, coinciden con los registros
egipcios del viaje de Sinuhe y con las descripciones del Papiro Anastasi I.
Tiempo después, José es vendido como esclavo a Egipto por comerciantes ismaelitas a
un hombre importante llamado Potifar, cuya esposa intentó seducirlo mientras
ministraba en el interior de la casa. Es relevante la evidencia documentaria de mujeres
ricas en busca de aventuras extramaritales, como lo muestra el Papiro Westcar.
En consecuencia, el hebreo es encerrado en prisión y finalmente alcanza un puesto de
visir ante la corte del faraón por el arte de interpretar sueños y predecir siete años de
abundancia y otros siete de hambre en el país bien amado . Existe evidencia de siete
años de escasez en una inscripción sobre un bloque de granito en la isla de Sehail, que
data de la Época Ptolemaica aunque la leyenda seguramente es mucho más antigua.
La historia de José, tal como la leemos en el Génesis, concuerda a grandes rasgos con
las costumbres egipcias, las viviendas, el funcionamiento penitenciario, el cargo de visir
o segundo en el reino, coinciden con lo que hoy se sabe del período en cuestión.

La invasión de los Hicsos


Un dato que no podemos pasar por alto es lo que menciona Génesis 41: 43, sobre el
nombre que recibió José en su ascenso , “Avrekj ”. Esta expresión es una transliteración
y no se sabe a ciencia cierta su verdadero significado, pero la versión siríaca de la Biblia
lo vierte como: “Padre gobernante” y la Vulgata de Jerónimo como: “ que toda rodilla se
doble ante él”.
El hecho de que así fuera llamado cuando montaba en el carro triunfal del faraón y de
que halla recibido el anillo del sello, posiblemente con el emblema del escarabajo - al
producirse la invasión de los Hicsos, algunos de sus faraones, cuyos amuletos eran
escarabajos, llevaban nombres semitas con el elemento de la divinidad -, concuerda con
lo que dice la obra de Manetón, hoy desaparecida.
Esta es rescatada por el historiador judío Flavio Josefo (siglo I d.C.), donde relaciona a
los israelitas con los llamados Hicsos, que significa “gobernantes de los países
extranjeros”. Es dudosa su procedencia, por lo que se sabe fue una invasión asiática,
que según se cree, sucedió entre las dinastías XIII y XVII y que gobernaron durante
unos doscientos años; otros prefieren fecharlos entre las dinastías XV y XVI.
Algunos comentaristas sitúan la entrada de José con el período de los Hicsos ya que,
según Génesis 47: 20, José llego a ser dueño de casi todo Egipto a excepción de los
bienes del Faraón y de sus sacerdotes. No hay ninguna evidencia bíblica acerca de que
grupos asiáticos estuviesen instalados en el delta antes de la llegada de Israel (Génesis
46: 5, 6).
Según los textos hebraicos, la corte real estaba compuesta solo por egipcios, Potifar era
uno de ellos. Además, José tuvo que servirles la comida a sus hermanos en una mesa
aparte, “puesto que los egipcios no podían comer (...) con los hebreos”. Esto no hubiera
sido necesario si los habitantes del palacio hubiesen sido semitas (Génesis 43: 31, 32).
L. Archer nos ofrece una teoría interesante. Nos habla de tres grupos: los Israelitas, los
egipcios y las hordas invasoras de los Hicsos . Para su exposición utiliza el relato de
Éxodo 1: 8-10 (Que hemos reproducido en parte) que menciona lo que sucedió después
de la muerte de José. Allí dice:
“ Con el tiempo se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José”
Este nuevo rey, sin duda era de otra dinastía, bien podría ser un gobernante Hicsos , ya
que no reconocía al pueblo del difunto José ni el cargo que ocupó.
“Y procedió a decir a su pueblo: “¡Miren! El pueblo de los hijos de Israel es más
numeroso y poderoso que nosotros.”
Es improbable que los israelitas hubieran sido más numerosos que todos los habitantes
de los nomos de Egipto, en cambio, si hubieran sido unas dinastías invasoras
evidentemente eran un grupo más reducido: “¡Vamos! Tratemos astutamente con ellos,
por temor que se multipliquen y tenga que resultar que, en caso de que nos sobrevenga
una guerra, entonces ellos ciertamente también se agreguen a los que nos odian y
peleen contra nosotros y suban y se vayan del país”.
Es posible que si era una dinastía de Hicsos temieran que los hebreos se unieran a los
egipcios en una posible guerra. Pero desgraciadamente es una etapa muy oscura y la
invasión de estos extranjeros no se entiende con claridad. Las inscripciones de las
tumbas nos silencian el hecho.
Existen algunas excepciones, como la estela descubierta por A. Mariette en Tanis, en
1863. Al parecer habla de los Hicsos y su supuesto dios Set. Asimismo, la Tablilla
Carnarvon habla de la derrota de este pueblo semita.
Además, hay mucha incertidumbre en cuanto a las dinastías que presenciaron los
acontecimientos. Pero ¿qué hay de la historia de Moisés y de la migración israelita
registrada en el libro bíblico del Éxodo? ¿Es factible reconstruirlo a partir de documentos
egipcios?
Moisés con las tablas de la Ley (cuadro de Guido Reni aprox. año 1620)
Solo es posible hacer un acercamiento, si se dejan definidos dos asuntos: por un lado,
el problema cronológico y la dificultad de armonizar los hechos arqueológicos y
epigráficos con la historia tal como la registra el Pentateuco; y por el otro, las profundas
cuestiones religiosas que estuvieron enraizadas en las mentalidades de ambos pueblos.

El problema de las fechas


No existen dudas en cuanto a la estancia de los israelitas en Egipto; la presencia semita
está bien atestiguada y, por lo tanto, es un tipo de conclusión que debemos aceptar a
priori. No es el tipo de tradición que un pueblo inventaría: la esclavitud es un recuerdo
humillante para cualquier nación. El problema aquí no es de orden histórico, es decir, si
ocurrió o no, sino de orden estructural, i.e., cómo ocurrieron los acontecimientos y
cuándo.
El tema de las fechas es un asunto delicado y por eso debemos abordarlo con cautela.
Mientras que la cronología bíblica sitúa el éxodo en el siglo XV a. C., la datación que
sugiere el registro arqueológico es alrededor del siglo XIII a.C.
La razón de esta diferencia se debe a dos factores: 1) Es imposible armonizar los
trabajos de campo debido a que los investigadores de Palestina se manejan con
herramientas muy diferentes a las que utilizan los egiptólogos, ya sea por la naturaleza
de las fuentes escritas como por los materiales a estudiar; y 2) Los registros de Israel
no mencionan el nombre de ningún faraón hasta el período monárquico; por lo tanto, no
es factible establecer ninguna concordancia con las dinastías conocidas.

La dificultad de armonizar ambas cronologías con


los trabajos de campo
Mientras que la cronología hebrea se basa en los cómputos de tiempo que da el Antiguo
Testamento y en períodos generacionales de cuarenta años, se puede sumar desde que
Abraham entró en la tierra prometida 430 años, de los cuales sólo 215 años estuvieron
en tierra extranjera; esto nos llevaría al año 1513 a. C. para la salida de los israelitas de
Egipto. Josefo habla del día trece del mes lunar Jántico, pero dice que el período de 430
se debe contar desde que entraron al país del Nilo ( Antigüedades Judías , Libro II §
318).
Como sea, muchos dudan que estas generaciones de 40 años sean literales, lo que
dificulta el asunto, además de contradecir las pruebas arqueológicas. En ausencia de
una tradición escrita se ha notado que muchos pueblos han utilizado el número
cuarenta. Según Albright, este silencio se encuentra entre los fenicios y entre los
cartaginenses.
Por otro lado, la cronología egipcia está apoyada en evidencia fragmentaria. Los
historiadores se basan en
la Piedra de Palermo (incompleta), donde se presenta lo que se consideran las cinco
primeras dinastías. El papiro Turín (en muchos fragmentos), que proporcionaría la lista
de reyes desde el Reino Antiguo hasta el Nuevo. Y, finalmente, se coordinan con los
textos de Manetón (treinta dinastías), ayudados por cálculos astronómicos.
Pero las dudas que arrojan tales fuentes son múltiples. La obra de Manetón usada para
ordenar el rompecabezas que presentan las pruebas arqueológicas, como ya se
mencionó, está perdida y sólo se recuperó de citas de otros escritores antiguos como
Josefo (siglo I d. C.), Sexto Julio Africano (500 años después) y Sincelo (Siglo VIII o IX
d. C.).
Es muy difícil saber con seguridad lo que es auténtico o lo que es espurio en Manetón.
Es plausible que reyes y hasta dinastías enteras hayan gobernado al mismo tiempo, lo
que reduciría la cuenta del tiempo asignado de manera considerable. Definitivamente
los egiptólogos han depositado demasiada confianza en las inscripciones antiguas, pero
la integridad moral de los escribas egipcios es con seguridad muy cuestionable.
Sumado a todo esto, los trabajos de campo difieren en la metodología y en la tarea
interpretativa. Mientras que en Palestina, por la naturaleza de sus sitios y de sus
fuentes escritas, que están relativamente intactas, se reconstruye una secuencia de
acontecimientos en forma ininterrumpida y se les asignan fechas muy bajas; no sucede
igual con los sitios egipcios. Estos han sido depredados por los llamados “padres de la
Egiptología” e incluso antes de la invasión napoleónica, asignándoles fechas muy altas.

El enigma del faraón


Este tema ha sido fuente de controversia ¿Por qué la Biblia niega el nombre de los
soberanos pero a cambio da el nombre de las parteras que asistieron al nacimiento,
entre otros, del niño Moisés?

Moisés salvado de las aguas (Lámina de la traducción al castellano de la Biblia Vulgata por D. Felipe Scio
de Sam Miguel. Edición 1852)
Una de las razones es que quizá haya habido implicaciones de orden religioso. El faraón
(eg., “Gran Casa”) era para su teología un dios encarnado en la tierra. El halcón Horus,
el amanecer, símbolo de la resurrección. Era la unión entre el cielo y la tierra.
Toda su actividad cívica era vista como un rito que protegía a Maât, la justicia y la
verdad. Es posible que exista alguna relación entre la función sagrada del faraón y el
enigmático jeroglífico hallado en un papiro en Abidos llamado “la Casa de la Vida”.
En consecuencia, el nombre de los faraones llevaba implícito, ya sea en su escritura
como en su simbolismo, el nombre de alguna divinidad; lo que mencionarla bien podía
significar reconocer su misma existencia Y los israelitas no reconocían la existencia de
ningún Dios vivo a excepción de Yahvé, las demás divinidades eran inertes , dioses de
palo y piedra .
Esto se hace evidente en el nombre egipcio de algunos personajes bíblicos, como el
mismo Moisés. que tiene la misma terminación de Ra-mesés, o Tut-mosis por ejemplo,
pero en el que está ausente el elemento concerniente al nombre de la divinidad.
Sin embargo, el Tetrateuco no guarda ninguna uniformidad en estos casos. Ya que esta
construido de varias tradiciones muy antiguas es posible que, mientras algunas
conservaron algunos nombres (mayormente de localidades como puntos de
referencias), otras lo han omitido. Después de todo era una historia nacional e
importaban muy poco estos detalles.
Cabe agregar, a propósito de lo dicho, que el encontrar nombres egipcios en los
personajes del Éxodo (como Jofní, Finefás o Merarí, predominantemente en la tribu de
Leví), es una prueba contundente de la relación que hubo entre los semitas y los
egipcios (Pua y Sifra, las parteras en Éxodo 1: 15, son de procedencia hebrea y por lo
tanto de una grafía muy antigua).
Por todo lo antes dicho, no es posible hasta el momento relacionar a los monarcas
egipcios que menciona el Génesis ni al faraón que vivió en la época de Moisés con
ningún nombre mencionado en las inscripciones.
Pero ¿qué hay de Ramsés II? ¿No es acaso este el faraón que prefieren la mayoría de
las obras de consulta para situarlo en dicho período?

Ramsés II
Éxodo 1: 11, habla que los israelitas fueron obligados a trabajar en la construcción de
dos emplazamientos, Piton (“Casa de Atum”, identificada tentativamente con Tell
Rettaba) y Ramesés (“Casa de Ramsés”; San el-Hagar o Avaris, capital de los Hicsos ,
conocida en los textos griegos como Tanis).
Este hecho ha animado a muchos egiptólogos a relacionar el nombre de esta
construcción con el faraón Ramsés II (Dinastía XIX), basándose en las inscripciones del
mismo faraón en la que afirma haber edificado una ciudad que lleva su nombre (Per-
Ramsés) con mano de obra de esclavos. Sin embargo, esta identificación es sumamente
dudosa, el sitio mencionado por los registros hebreos era un depósito mientras que el
que menciona las inscripciones egipcias era la capital misma. Por otra parte, aunque el
faraón que protagonizó el éxodo hubiera sido Ramsés II, la prueba sigue siendo
irrelevante, ya que el sitio que menciona la Biblia fue edificado antes del nacimiento de
Moisés (Génesis 47: 11).
Momia de Ramses II (Realizado por Gerardo Jofre)
En consecuencia, parece que lo único que tuvieron en común el sitio bíblico y la capital
de Per-Ramesu (Per-Ramsés) fue solamente el nombre.
Exodo 12:37, dice que Israel partió desde este sitio rumbo al Sinaí. Sin embargo, Josefo
identifica a Per-Ramesés con Letópolis, una localidad cerca de Menfis. Esto es apoyado
por Estrabón quien la sitúa un poco más arriba del Viejo Cairo (Estrabón XVII, 807).

El duelo de los dioses


Los egipcios eran dados a borrar registros de personas o acontecimientos que no les
eran favorables. El mismo Tutmosis III hizo desaparecer el nombre de la reina
Hashepsut de los bajorrelieves. En una inscripción acerca de un consejo que el rey Jeti
III (2120-2050)a su hijo, decía que si no gobernaba con sabiduría “ los pueblos
borraran tu recuerdo y el de tus ancestros”. Vale decir, que no nos extraña que el relato
bíblico no tenga una correspondencia en la historia del país del Nilo(con esto no
queremos decir que el acontecimiento bíblico fue necesariamente borrado). En cambio,
lo que sí esta corroborado por los testimonios es la penetración de grupos semitas en el
delta oriental, y que constituyeron una verdadera amenaza. A mediados del Imperio
Medio, Amenemhet I como protección contra las incursiones nómadas levantó “La
muralla del príncipe” de la que nos habla Sinuhé. Un sistema defensivo de fortificaciones
en los límites del delta oriental.
Por otra parte, el registro bíblico, no nos ayuda demasiado en cuanto a una
reconstrucción de orden histórica. La naturaleza del mensaje que quiere describir, es la
supremacía de su Dios “uno y verdadero” sobre los “falsos dioses de Egipto”.
A continuación repasaremos a modo de ejemplo, el carácter teológico que reviste al
relato de Exodo y cual fue el interés principal del cronista, razón por la cual poco
importó mencionar los detalles que hoy intentamos dilucidar:
La lucha de las serpientes: Cuando Moisés se presenta ante el faraón, convierte su vara
en serpiente para demostrar sus credenciales divinas. La serpiente en Egipto, era
símbolo de sabiduría que poseía el mismo rey en su corona. Ahora ésta desafía a su
capacidad de gobernar, por ello sus magos también convierten dos varas en reptiles,
emblema de los dos reinos, pero la serpiente de Moisés resulta más poderosa que el
Alto y el Bajo Egipto, devorando a las otras.

Las plagas
El Nilo se convierte en sangre : El carácter divino del río esta bien atestiguado. Para los
egipcios era el dios Hapy. Diodoro Sículo (Libro I: 36, 7-12), habla de su crecida como
algo maravilloso. Mientras que todos los demás ríos comienzan a decrecer en el solsticio
de verano, éste es el único que empieza a aumentar su cause en ese momento, de
manera tal que inunda gran parte del país. Por lo tanto, se celebraba el ritual de la
crecida y su relación con el Dios Sol. Más que un dios específico era un espíritu
andrógino, aquel que orientaba y ordenaba las caóticas aguas primordiales en virtud de
la conservación de la vida humana. Era el símbolo de la vida.
Para los hebreos, la vida residía en la sangre, Yahvé salvaba mediante el
derramamiento de ella en la tierra.
En consecuencia, convertir el río sagrado en sangre era una bofetada al centro de la
teología egipcia.
Las ranas, los tábanos y los jejenes: La diosa rana Hegt y los dioses de la magia Phat y
Thot no pudieron hacer nada al respecto. Maestros de la brujería, eran vistos como
deidades que mantenían el orden del cosmos.
Peste al ganado y a los hombres: Los egipcios despreciaban a los pastores, eran
ganaderos por excelencia. El que sus animales fueran muertos por una peste no solo
fue un golpe a su economía, sino también a los dioses Hator y Apis.
Tampoco Isis, la diosa de la sanación, simbolizada por las fases lunares, como el ojo- en
el mobiliario de los templos tiene correspondencia con instrumentos quirúrgicos-
tampoco pudo curar a sus adoradores.
Tormenta con granizo y fuego: Set, dios de la tormenta y el relámpago, era visto como
una divinidad negativa enemiga de Osiris. Según los escritores antiguos era el Dios de
los Hicsos, compatible con las divinidades semitas, como Baal, el dios del rayo. Reshpú,
el controlador del fuego, no pudo ayudar a su pueblo, como tampoco Thot, el regulador
del tiempo y los ciclos estacionales.
Plaga de langostas: Esto fue un atentado a los ciclos de las cosechas y a los dioses de la
fertilidad. El dios Min, relacionado con la fecundidad de la tierra negra, se lo representa
bajo el símbolo del toro. En Grecia era asociado con Pan, el que rapta a las mujeres o el
que fecunda a su propia madre.
Período de oscuridad en la tierra : Esto atentó contra el poder de las divinidades
solares, símbolo de lo masculino, la salud y el orden. Atacó la dualidad Amón-Ra y a la
triple manifestación de Horus, Isis y Osiris, funcionando como la voluntad poderosa, el
soplo vital y fenómeno brillante.
El golpe contra la dinastía del faraón al dar muerte a su primogénito: El hijo del faraón
era Horus, el disco solar alado, el astro naciente. Isis nada pudo hacer por su hijo-
esposo. Tampoco Osiris pudo detener la llegada del ángel destructor de Yahvé. Hasta
Anubis, el señor de la necrópolis estuvo inerte.

Muerte del mismo Faraón en el Mar Rojo


Los mares que circundaban el país bien amado (el mar Mediterráneo y Rojo o el Mar
Grande [ Uadye uer ] y el Mar de Juncos [ she iaru ], como se conocía en la antigüedad)
eran vistos como la sustancia primordial donde nacían y morían las demás formas. El
agua era entendida como la vida. En los Textos de las Pirámides se puede leer un himno
a las aguas divinas.
Es interesante notar que el ideograma del agua corriente VVV , este formado por el
signo del agua V , de la luna V y de la mujer V , como símbolo vital.
Thot, el controlador del orden del mundo y Amón, protector de la monarquía, se
demostraron incompetentes ante el poder de Yahvé sobre esta fuerza que asimiló al
mismo Faraón o dios en la tierra.
Como se habrá podido observar, todo el relato esta “plagado” de un mensaje religioso,
y según se cree pertenecen a una tradición muy antigua, probablemente reelaborada
para el tiempo del exilio, fundamentalmente que solo Yahvé es el dios vivo y verdadero
y los iconos egipcios no son nada más que la personificación de las fuerzas naturales
creada por el mismo dios hebreo.
El tener en cuenta esta visión religiosa, aunada a la interpretación tanto histórica como
arqueológica, nos ayudará a revisar los problemas expuestos en el presente trabajo
desde varias perspectivas, que hacen al cuadro más completo. Las lagunas del origen y
migración del pueblo hebreo desde el país del Nilo hacia el levante como describen los
textos bíblicos, como los misteriosos elementos semitas en aparecen en los anales
egipcios, se resisten a dejar lo más oscuro del lugar donde están sepultados, el eterno
pasado, allí es donde reposan y por ahora seguirán descansando, quizá por ello nunca
dejen de fascinarnos.

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