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“Señor rector, señor vicerrector, señores profesores, padres de familia, estimados

compañeros, público en general….”

El nuevo año de colegio comenzaba, con los mismos compañeros de la escuela y unas
cuantas caras nuevas. Todos estaban iguales, tal vez más altos, pero eso siempre fue así,
porque Chris era adelantado un año. No importaba. Lo que no tenía en talla le sobraba
en otros aspectos.
Si bien su descubrimiento literario lo sorprendió, no dejó que el afán de buscar un
amigo cambiara su carácter. Seguía tan callado y pensativo como siempre. Además, el
nunca mostró interés en la gente, todos eran muy predecibles desde su punto de vista.
Nunca se preocupó de hacer amigos, los pocos conocidos que tenía venían de una larga
cadena de amigos de los amigos de sus padres, o de algún chico o chica perezosa que
siempre le preguntaba algo en clase. Los recreos comiendo y pensando con la mirada
absorta en el vacío, como si hubiera acabado de recordar algo importante. Eso hizo que,
como siempre, los nuevos que lo veían por vez primera no se le acercaran.
No hubo gran diferencia con la escuela, excepto que ahora el patio estaba lleno de
grandulones de caras estropeadas por tanto acné, y de jovencitas con cambios de humor
súbitos, con faldas más cortas de lo normal, a cuál más insinuante más cool.

Mientras tanto, Ramón, de un metro setenta, ojos verdes, cabello medio rubio, tez sucia
y cara de idiotez perpetua, veía en Chris a una potencial víctima. Sólo, callado y
pensativo. Pero había algo que no cuadraba con las típicas características de sus
víctimas. Ramón destrozaba muchachos ya destrozados, despedazados por la
inseguridad en cuanto a aquello que más importa en la sociedad colegial: la apariencia.
Eran jóvenes poco favorecidos por la madre naturaleza según su torcido modo de pensar
en cuanto a lo que es belleza. Eran jóvenes que se quedaban solos porque no había en el
colegio un solo individuo lo suficientemente profundo como para saber que la belleza es
efímera. Se quedaban callados porque no tenían con quien hablar y tristes porque se
sentían víctimas del Divino Diseñador que les jugó una broma pesada.
Si, la apariencia no cuadraba y Ramón lo sabía, era obvio.
Chris tenía el cabello negro y corto, cayendo unos mechones sobre la cara, la tez
mestiza tirando a blanca, la frente algo amplia, las cejas fuertes y bien formadas sobre
esos ojos de color café muy claro con una especie de luz que brillaba en su interior,
como si esperara algo…o a alguien. La nariz respingada y bien definida, sin
exageraciones, nada más y nada menos. Los labios bien proporcionados, ese mentón
fuerte, esa quijada…
El rostro de un poeta torturado, de un músico sin su musa, de un rockstar cansado de las
delicias de la fama. Y al mismo tiempo, comunicaba una fuerza indescriptible y
espiritual, un alma indómita que quería volar. Una inteligencia y refinación fuera de
lugar en ese patio para adolescentes en proceso de cortejo y posterior apareamiento.
Parecía haber vivido todo y sin embargo estar esperando algo nuevo.

Fuera lo que fuera, ese muchacho estaba sólo y era menor. Ramón se acercó, con los
puños cerrados y la boca llena de palabras agudas y punzantes, mortales como cuchillos.

Chris no olvidaría jamás aquel lunes, primer día de la segunda semana en clases.