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Adolf Reinach Introduccién a la Fenomenologia JG encuentro7y edicione: Este breve escrito constituye una admirable introduccién a la fenomenologia, y aun ala filoso- fia misma, plena de claridades y de sustancia filo- séfica. En él, bajo el lema de “a las cosas mismas", encontraré el lector una nitida delimitacién del objeto propio de la filosofia, configurado, al decir del autor, por el estudio de las esencias y las conexiones apriéricas entre ellas. Y hallaré asi- mismo una perfecta exposicién del método feno- menoldgico, concebido como el tinico adecuado a ese objeto, al paso de una incursién en varios problemas filoséficos a la que se nos invita desde el comienzo. Adolf Reinach (1883-1917) fue discipulo direc- to de Husserl y cabeza principal del llamado “cir- culo de fenomendlogos realistas de Gotinga”. De 4 escribié el propio Husserl con ocasién de su temprana muerte: “Fue uno de los primeros que entendieron plenamente el caracter propio del nuevo método fenomenolégico y fue capaz de abarcar con la mirada su alcance filoséfico. El modo fenomenoldgico de pensar y de investigar se hizo pronto en él una segunda naturaleza”. IOAN 7 22497 UNAN - Inst. de Inv. Filos6ficas INTRODUCCION A LA Adolf Reinach Introduccién a la Fenomenologia aon Be29 Ra5518 tee Adolf Reinach Introduccion a la Fenomenologia Presentacion, traduccién y notas por Rogelio Rovira TO: ICON tworiru VEST GAStaweg LOBaNGAs’® Tilo original Uber Phinomenologie (Vortrag gebalten in Marburg in Januar 1914) © 1986 Ediciones Encuentro, Madrid Cubierta y disefio ‘Taller grifico de Ediciones Encuentro B27 Bn portada Ks 45518 Divi & Dibujo de Pablo Picasso “Fe a2 L. 4 % i. ‘ustituto ae Investigaciones Fileséficas Z BIS. 1OTECA DR. EDUARLO GARCIA MAYNEZ” CIUDAD UNIVERSITARIA MEXICO 10 D. F, Para obtener informacién sobre las obras publicadas 0 en programa para propuestas de nuevas publicaciones,dirigirse a: in de Ediciones Encuentro Cedacerus, 3 = 22 - 28014 Madrid Tels: 232 26 06 y 252 26 07 Nv ay 7 Wieguor tGAg Presentacién A Miguel Garcia-Baré, en testimonio de admiracién y amistad Este breve escrito del pensador alemdn Adolf Reinach constituye una admirable introduccién a la fenomenologia, y aun a la filosofia misma, plena de claridades y de sustancia filosOfica. Aunque en otro tiempo notorias en Espatia, la persona y la obra de Adolf Reinach son hoy casi desconocidas entre nosotros. No serd, pues, ocioso hacer su presentacién ante el piblico de lengua espatiola. Adolf Reinach nacié en Maguncia el 23 de diciembre de 1883, en el seno de una acomodada familia judia de esa ciudad renana. Ya en la época en que cursaba el bachillerato se sintié hondamente impresionado por la lectura de los textos platénicos, que produjo en él una admira- 7 cion por la filosofta de Platén de la que nunca se desdijo. En 1901 comenzé sus estudios univer- Sitarios, asistiendo a cursos de filosoffa, psicolo- gta, derecho e historia en las Universidades de Munich y Tubinga. Se doctoré en 1905, bajo la tutela de su maestro Theodor Lipps, célebre filésofo y psicdlogo de la Universidad de Mu- nich, con una disertacién titulada "Sobre el concepto de causa en el derecho penal vigente”. En esa época, el filésofo Alexander Pfinder dirigié la atencién de Reinach y de otros estu- diantes de Lipps hacia las recientes Investiga- ciones Légicas de Edmund Husserl. El estudio de esta obra les causd profunda huella, hasta el punto de que decidieron romper con el psicolo- gismo representado por Lipps y trasladarse a Gotinga para oir las ensefanzas de Husserl, entonces casi desconocido profesor universita- rio. Pronto se convencié Reinach de que el método fenomenolégico inaugurado por Hus- Serl, con su exigencia de fidelidad a lo real, proporcionaba nuevas bases para la investiga- cién filos6fica, salvagnarddndola del relati- vismo y del subjetivismo de toda laya en ese tiempo imperantes. Tras un breve paréntesis en el que, por deseos familiares, Reinach interrumpié su trabajo en Gotinga para obtener la admisién en los tribu- nales —aunque nunca quiso ejercer la abogacta—, 8 el fildsofo se habilité con Husserl en 1909, entrando a formar parte de la Universidad de Gotinga en calidad de docente privado. Sus dis- cipulos son undnimes al afirmar que fue un maestro de dotes extraordinarias, con una clari- dad y una profundidad de pensamiento real- mente admirables. Muchos de estos estudiantes, como Edith Stein, Fheodor Conrad, Hans Lipps, Alexandre Koyré, Jean Héring, Dietrich von Hildebrand y Hedwig Martius, tuvieron propiamente a Reinach, y no a Husserl, como su snico verdadero maestro de filosofia fenomeno- logica. Aunque acaso la razén principal de ello no haya de verse tan sélo en la excelencia-del magisterio de Reinach, sino también en el hecho de que nuestro filésofo no siguiera a Husserl en su transito intelectual hacia el idea- lismo, que éste hizo expreso en 1913 con la publicacion de sus Ideas relativas a una fenome- nologia pura y una filosofia fenomenoldgica. Y es que, en verdad, ese trdnsito causé una pro- funda decepcién entre los estudiantes que se habtan reunido en Gotinga seducidos por la critica radical y definitiva del psicologismo, del subjetivismo y de toda clase de relativirmo que encontraron en las Investigaciones Légicas. "De hecho, ya el tomo segundo de las Investiga- ciones Légicas, pero sobre todo las Ideas relati- vas a una fenomenologia pura y una filosofia 9 fenomenoldgica,” —escribe Hedwig Conrad- Martius— "se nos presentaron a nosotros, los disctpulos inmediatos, como un giro incom- prensible de Husserl hacia el trascendentalismo ¥ el subjetivismo, si es yue no, incluso, hacia el psicologismo. Estdbamos tan asombrados de la ruptura de Husserl con la pura objetividad y con la referencia a las cosas, que nuestros semina- rios de aquella época consistieron, por nuestra parte, en una casi constante oposicién y disputa con el gran maestro . Mas a pesar de que Reinach permanecié fiel ala posicion realista defendida en un principio por Husserl, el maestro siempre mantuvo hacia él una intima amistad y una verdadera admira- cidn intelectual. Buena prueba de esto tltimo son estas bellas y sentidas palabras que Husserl dedicé ala memoria de su discipulo: Fue uno de los primeros que entendieron plenamente el cardcter propio del nuevo método fenomenol6- gico y fue capaz de abarcar con la mirada su alcance filoséfico. El modo fenomenolégico de pensar y de investigar se hizo pronto en él una segunda naturaleza y, desde ese momento, no vacilé nunca en la conviccidn, que tan feliz le 1 Hedwig Conrad-Marcius, Die transzendentale und die onto- logitehe Phinomenologie, in: Edmund Husserl 1859-1939. Recueil commémoratif publié a Voccasion du centenaire de la naissance du philosophe. (Phaenomenologica, 4). La Haye, Martinus Nijhoff, 1959, pag. 177. ‘ 10 hacta, de haber alcanzado la verdadera tierra firme de la filosofia y de saberse rodeado, por tanto, como investigador, por un horizonte infi- nito de descubrimientos posibles y decisivos para una filosofta estrictamente cientifica”? En 1914, al estallar la guerra europea, Reinach se alisté voluntario en el ejército y fue destinado al frente oriental. Alli experimenté una profunda conversion religiosa, que le lleud a abrazar Iq fe cristiana. El y su esposa, Anna, fueron bautizados en la Iglesia evangélica a comienzos de 1916. Murié en el campo de bata- Ua el 17 de noviembre de 1917, cuando todavia no habia cumplido los treinta y cuatro afios. Su muerte no s6lo truncd sus tltimas meditaciones, encaminadas a la elaboracién de una filosofia de la religion, sino que nos ha privado de lo que prometia haber sido una de las obras filosdficas mds interesantes de nuestro siglo 2 Edmund Husserl, Adolf Reinach. Ein Nachruf, in: “Kant- Studien” 23 (1919), pigs. 147-148. - + Los datos biogréficos estén tomados, ademis del escrito de Husserl mencionado en la nota anterior, de las obras siguientes: John M. Oesterreicher, Walls are Crumbling. Seven Jewish Phi- losophers Discover Christ, New York, Devin-Adait, 1952, pigs. 99-134. (Hay traducciOn espafiola, debida a Manuel Fuen- tes Benot, con el titulo Siete filésofos judtos encuentran a Cristo, Madrid, Aguilar, 1961); Herbert Spiegelberg, The Phenomeno- logical Movement. A Historical Introduction, The Hague, Mar- tinus Nijhoff, 1965, 2* ed., vol. 1, pigs. 195-205; Miguel Garcla-Bar6, Adolfo Reinach o la plenitud de la fenomenologla, i Con todo, los escritos que nos ha legado son verdaderamente magistrales. Sus discipulos los rescataron de la dispersion y el dificil acceso en que los mantenian las publicaciones peridds- cas donde aparecierony los reunieron en un solo volumen. Fue publicado en 1921 por la casa editorial Max Niemeyer de Halle bajo el thtulo convencional de Gesammelte Schriften, La introduccién va firmada por Hedwig Conrad: Martius y, a lo que parece, la mayor parte del trabajo de recopilacion y ordenacion fue reali zado por Edith Steins Es caracteristico de muchos de estos escritos el que Reinach, con ocasion del tratamiento de una cuestion particular, traiga a la evidencia 1 Olivo” VH/18 (1983), pigs. 217-231; John F. Crosby, A Brief Biography of Reinach, in "Aletheia, An International Journal of Philosophy” Il (1983), pags. IX-X, (EI volumen, dedicado a la memoria de Reinach en el centenario de su nacimiento, incluye, entre otros trabajos, una seleccién de textos de Edimund Husserl, Dietrich von Hildebrand, Edith Stein y Hedwig Conrad-Martius bajo.el titulo Reinach as Philosophical Personality, pags. XI-XXXI). 4 1a casa editorial Philosophia Verlag, de Munich, ha anun- ciado utia nueva edicibn de las obras de Reinach, a cargo de Kurt Schuhmann y Barry Smith.— En Espafa, un grupo de personas interesadas por la fenomenologia ha emprendido, bajo la diree- cibn del profesor Miguel Garcia-Baré, de la Universidad Com- plurense, la traduccién espatiola de los escritos de Reinach, de futura publicacidn. Sirva la presente traduccidn, realizada en ef aniarco de ese grupo de trabajo, como primicia de ese empefio comin, 12 problemas filosdficos fundamentales y haga en ellos descubrimientos de valor permanente, muchas veces formulados por vez primera. Asi, su articulo La interpretacién kantiana del pro- blema de Hume (Kants Auffassung des Humes- chen Problems) arroja nueva luz sobre la esencia de la causalidad mediante la distincién entre la necesidad material y la necesidad modal. En su estudio Las reglas supremas de las inferencias de la raz6n segin Kant (Die obers- ten Regeln der Vernunftschliisse bei Kant), con motivo del andlisis de un aspecto parcial del pensamiento kantiano, Reinach pone en claro uno de los problemas bdsicos de la ldgica: of problema del objeto universal, distinguiendo entre la esencia y el objeto singular indetermi- nado que participa de ella. También en su escrito Para la teoria del juicio negative (Zur Theorie des negativen Urteils) se encuentra, por ejemplo, ademds de una valiosa aclaracion de la naturaleza de la “situacién objetiva” (Sachver- halt), una distincin fundamental en el seno de los actos que pertenecen ala esfera teorética: la distincién entre la aprebensién cognoscitiva y la toma de posicion’. + Esta obra influyd grandemente’ en la reflexién inicial de Ortega, como puede apreciarse ahora geacias a la publicacién de las Investigaciones Pricoldgicas del {ilbsofo madtilefio, donde Ja ita y hace -abundante uso de ella.— Recientemente, en et 13 En todos sus escritos se revela la maestriacon que Reinach emplea el método fenomenold- gico, que hace de sus andlisis piezas acabadas en la descripcién exacta y ordenada de las cosas que se ofrecen a la mirada del fildsofo. Asten su estudio La premeditaci6n: su significacién ética y juridica (Die Uberlegung; ihre ethische und rechtliche Bedeutung) y en su obra principal: Los fundamentos apridricos del derecho civil (Die apriorischen Grundlagen des biirgerlichen Rechtes), que aparecié por vez primera en 1913 en el “Anuario de Filosoffa e Investigacion Fe- nomenolégica” fundado por Husserl y del que Reinach, junto. con Alexander Pfinder, Max Scheler y Moritz Geiger, era uno de los coedi- tores. De esta obra escribié el propio Husserl: “Nadie que esté interesado en una filosofia del derecho estrictamente cientifica, en una aclara- cién definitiva de los conceptos bdsicos que son constitutivos para la idea de cualquier ley posi- tiva (...) puede pasar por alto esta obra de Rei- nach, que marca nuevos rumbos. Estd para mt fuera de duda que ella proporcionard a su autor transcurso de puco tiempo, esta obra de Reinach ha conocido * dos eraducciones al inglés: una, debida a Don Ferrari y publicada ‘en “Aletheia, An International Journal of Philosophy” It (1981), pags. 9-64; la otra, debida a Barry Smith y recogida en el libto colectivo: Barry Smith (ed.), Parts and Moments. Studies in Logic and Formal Ontology. Minchen-Wien, Philosophia Verlag, 1982. 14, un puesto permanente en la historia de la filoso- fia del derecho”. La edicion de los escritos reunidos de Reinach incluye también —ademds de una recension de Ja Psicologia General de Paul Natorp— trabajos del fildsofo hasta aquel momento inéditos. Tal es elcaso de unas pocas notas para su filosofta de la religién, en cuya elaboracion le sorprendié la muerte’, del estudio incompleto Sobre la esen- ¢ Edmund Husserl, Adolf Reinach. Ein Nachruf, in: “Kant- Studien” 23 (1919), pag. 149.— El espafiol fue la primera lengua a la-que se vertié esta obra de Reinach: Los Fundamentos Aprioristicos del Derecho Civil. Traduccion de José Luis Alva rez, con un prélogo de José M* Alvarez M. Taladriz. Barcelona, Casa Editorial Bosch, 1934. La traduccién incluye una completi- sima bibliografia de las obras alemanas sobre filosofia y derecho que se refieren al libro de Reinach. La obra fue, ademés, amplia- mente examinada por algunos fildsofos espaiioles del derecho, como Luis Recasens Siches y Luis Legaz Lacambra.— Actual- mente, John F. Crosby ha tradacido esta obra por vez primeraal inglés: The Apriori Foundations of Civil Law, in:” Aletheia. An International Journal of Philosophy” Ill (1983), pigs. 1-142. En ‘este volumen aparecen también dos trabajos sobre la filosofia del derecho de Reinach: John F. Crosby, Reinach's Discovery of the Social Acts, pags. 143-194 y Josef Seifert, Is Reinach's “Apriorische Rechtslebre” More Important for Positive Law than Reinach Himself Thinks?, pigs. 197-230. 7 Esos fragmentos pbstumos dieron ocasion a Kurt Stavenha- ‘gen para elaborar una obra sobre filosofia de la religion: Abso- lute Stellungnahmen. Eine ontologische Untersuchung iber das Wesen der Religion. Exlangen, Verlag der Philosophische Akademie, 1925. (Reproduccién fotoestatica en: New York and London, Garland Publishing, 1979). 15 cia del movimiento (Uber das Wesen der Bewe- gung) y del escrito cuya traduccién ofrecemos a continuacion. Este ultimo texto procede de una conferencia dictada por Reinach en enero de 1914 en Mar- burgo. Es realmente dificil exagerar su impor- tancia e interés. Puede decirse que en esta confe- rencia se contiene en compendio el modo de entender la filosofia que hizo madurar, primero, ta obra filosdfica de los pensadores de los ctrcu- los fenomenolégicos de Gotinga y de Munich y, atin hoy, la de los pensadores que siguen con nuevo vigor esta fecunda tradicién®. En ella, bajo el lema, hoy ya clasico, de “a las cosas mismas”, encontrard el lector una clara delimi- tacién del objeto propio de la filosofia, que se halla constituido, al decir de Reinach, por el estudio de las esencias y de las conexiones aprid- ricas entre ellas. Y hallard asimismo una per- fecta exposicién del método fenomenoldgico —concebido como el tinico adecuado a ese su objeto principalisimo—, al paso de una incur- sidén'en varios problemas filosdficos ala que nos * Hoy mismo, un grupo de pensadores —Josef Seifert, Fritz Wenisch, John Crosby, William Marra, ete.— se declara here- deo de la obra de Reinach. Este circulo de fenomendlogos realistas fundé en 1980 la “Internitional Academy of Philo- sophy”, con sede primero en los Estados Unidos y actualmente en Liechtenstein, y desde 1977 edita “Aletheia. An Internatio: nal Journal of Philosophy”. 16 invita Reinach desde el comienzo de su confe- renci. . La traduccién que presentamos es la primera de este escrito ala lengua espattola’. El original aleman se ha tomado de la mencionada edicion de los escritos de Reinach debida a sus discipu- los. Conviene saber, sin embargo, que esta Con~ ferencia fue editada también, como libro aparte, en la editorial Kisel de Munich en el afio 1951, precedida de un prologo de Hedwig Conrad- "Martius". En la tnica ocasion en que se separan los textos de estas dos ediciones, se sefiala en nota. Por lo demas, el brevisimo aparato de notas que hemos afiadido es puramente biblio- gréfico e informa de las obras alas que se refiere el propio Reinach. Si el fildsofo, mds que un constructor de siste- mas de ideas, es un "amigo de mirar” —como asegura Platén—, Reinach fue filésofo en grado eminente, El lector podrd comprobarlo con admiracion en lo que sigue. Rogelio Rovira Universidad Complutense * Sélo existe, que sepamos, una traduccién al inglés, debida a Dallas Willard: Concerning Phenomenology, in: “The Persona- 17 ‘ \ INTRODUCCION A LA FENOMENOLOGIA lise” 50 (1969), pigs. 194-221. Se anuncia la reedicibn de esta traduccién en el volumen V (1985) de “Aletheia, An Internatio- ‘nal Journal of Philosophy”. "© Adolf Reinach, Was ist Phinomenologie? Mit einem Vor- wort von Hedwig Conrad-Martius. Miinchen, Késel Ver 1951. 7 18 Hl Sefiores: No me he propuesto como tarea decirles qué oe . es fenomenologia, mas bien, quisiera intencar | + pensar fenomenoldgicamente con ustedes. Ha- blar sobre fenomenologia es lo mas ocioso del ‘ mundo si falta lo dnico que puede dar a toda : : . comunicacién la conereta plenitud y evidencia: la mirada y la actitud fenomenoldgicas. Pues avo -a4 éste es el punto esencial: la fenomenologia no 4 es un sistema de proposiciones y verdades filo- a : s6ficas —un sistema de proposiciones en las que deberian creer todos los que se denominan feno- * , mendlogos y que yo podria demostrar a ustedes . a aqui—, sino que es un método del filosofar que Denne : . viene exigido por los problemas de la filosofia, y Mae / : ‘ que se aparta mucho del modo en que nos desen- re , , a : 21 volvemos y orientamos en la vida y, todavia mis, del modo en que trabajamos y tenemos que trabajar en la mayoria de las ciencias, Asi, Pues, quiero hoy acercarme con ustedes a una serie de problemas filoséficos, con la esperanza de que en uno u otto lugar se les haga al punto evidente qué es lo peculiar de la actitud feno- menol6gica; sdlo entonces se tended la base para ulteriores discusiones. Con Jos objetos —sean existentes o inexis- tentes— nos conducimos de muchas maneras. En el mundo nos desenvolvemos como serés que obran prdcticamente; vemos el mundo y, sin embargo, a la vez, no lo vemos; lo vemos con mas 0 menos precisién; y lo que vemos de él se tige en general por nuestras necesidades y nues- tros fines. Sabemos cudn penoso es aprender a ver realmente; qué trabajo se requiere, por ejemplo, para ver realmente los colores ante los que pasamos sin hacer caso y que, sin embargo, caen en nuestro campo de visién. Y lo que es valido para ellos, lo es todaviaen mayor medida para el flujo del acontecer psiquico, para eso que llamamos vivir y que, en cuanto tal, no estd frente a nosotros como algo ajeno, como lo est& el mundo sensible, sino que, por su esencia, pertenece al yo; es valido para los estados, los actos y las funciones del yo. Tan segura es para” nosotros la existencia de este vivir, como lejana * 22 y dificil de captar nos es su estructura cualita- tiva, su naturaleza. Lo que el hombre normal percibe de él, es més, lo inico en que repara, €s bastante poco; sin duda se le presenta la alegria y el dolor, el amor y el odio, el anhelo, la nostal- gia y otras cosas semejantes. Pero,en definitiva, esto es sélo captar toscos recortes de un campo de infinitos matices. Aun la vida consciente mas pobre es todavia demasiado rica como para que su sujeto/la puede aprehender plenamente. También aqui podemos aprender a ver; tam- bién aqui es sobre todo el arte quien ensefia al hombre normal a captar lo que antes se le habia pasado por alté. Pues no sélo ocurre que mediante el arte se despiertan en, nosotros vivencias que no tendriamos de otro modo, sino que también nos hacer ver, de entre la sobrea- bundacia del vivir, lo que ya antes estaba ahi sin que nosotros lo supiéramos. Las dificultades crecen si atendemos a otros elementos que estan todavia. mds lejos de nosotros: el tiempo, el. espacio, el ntimero, los conceptos, las proposicio- nes, etc. De todo esto hablamos, y cuando habla- mos estamos referidos a ello, lo mentamos; pero en esta mencién nos hallamos todavia infinita- mente lejos de ello; y también nos hallamos toda- via lejos cuando lo hemos circunscrito por definiciones. Definamos las proposiciones, por ejemplo, como todo aquello que es verdadero o 23 que es falso; no por ello se nos hace mas prd- xima La esencia de la proposicién, lo que es, su qué. Si queremos aprehender la esencia del rojo o del color, sélo necesitamos, en definitiva, diri gir la vi sta a cualquier color que percibimos o hos imaginamos o nos representamos y, de él, que no nos interesa en absoluto en tanto que individuo ni en tanto que real, extraer su esen- cia, su qué. Si se trata ahora de acercarnos de este modo a las vivencias del yo, las dificultades son considerablemente mayores; sin duda, sabemos que hay algo asi como voliciones, sentimientos o disposiciones del énimo, sabemos también que ello, como todo lo que existe, puede Hegar a ser intuido adecuadamente; pero si intentamos aprehenderlo, si intentamos traerlo cerca de nosotros en su peculiaridad especifica, nos rehuye: es como si asiéramos en el vacio. El psicdlogo sabe que se requiere una practica de muchos afios para llegar a dominar estas dificul- tades. Pero estamos enteramente en los comien- zos primeros en lo que respecta a los objetos ideales. Es verdad que hablamos de ntimeros y cosas semejantes, que los manejamos, y que los signos y reglas que conocemos nos bastan per- fectamente para conseguir los objetivos de la vida prictica. Pero nos hallamos infinitamente lejos de su esencia; y si somos lo bastante since- ros como para no contentarnos con definicio- 24 EMTS hes, que no nos acercan la cosa misma lo mas minimo, debemos entonces decir lo que San Agustin dijo del tiempo: "Si no me preguntas qué es, creo saberlo. Pero si me lo preguntas, ya 0 lo sé"! Un error mas grave y més que esta lejania natural de los objetos, que tan dificil nos resulta de salyar, se suprime gracias a la ciencia. No es esto asi. Algunas ciencias, por su idea misma, eluden la visién directa de la esencia; se conforman, y les es licito confor- marse, con definiciones y deducciones de las definiciones. Otras, por su idea misma, estan obligadas, ciertamente, a una aprehension di- recta de la esencia, pero en su desarrollo factico hasta ahora se han sustraido a esta tarea. El ejemplo més llamativo —y, en verdad, alarman- te— de estas ultimas es la psicologia. No hablo de ella en tanto que es ciencia de leyes, en tanto que intenta establecer las leyes del transcurso efectivo y real de la conciencia; ahi son las cosas de otra manera. Me refiero a Ja llamada psicolo- gia descriptiva, a la disciplina que aspira a esta- blecer un inventario de la conciencia, que aspira a registrar las especies de las vivencias como tales. No se trata en ella de registrar existencias; cn esta esfera carece de importancia la vivencia funesto ¢s opinar ' Confessiones, XI, 14. 25 singular y su aparicién en el mundo, en algiin momento del tiempo objetivo, asi como su suje- cién a un cuerpo localizado espacialmente. No Se trata de existencias, sino de esencias, de las especies posibles de conciencia como tales, sin que interese si se presentan ni cuando ni cémo se presentan. Se objetar4, sin duda, que no po- driamos saber de las esencias de las vivencias si éstas no se realizaran en el mundo. Pero esto, planteado de esta forma, no es correcto, pues también conocemos especies de vivencias de las que sabemos que quiz no se han realizado nunca en el mundo con la pureza con la que las hemos aprehendido nosotros; mas, aun cuando el planteamiento fuese totalmente correcto, sdlo se nos podria remitir, sin embargo, al hecho de que los hombres estamos limitados en nuestro acceso a las especies de las vivencias, y que esa limitacién se debe a lo que nos es'dado vivir; pero con ello no se establece, en verdad, ninguna dependencia de. la esencia misma res- pecto de su realizacién eventual en la conciencia. Si volvemos la vista a la psicologia que de hecho existe, vemos que ni siquiera ha logrado ponerse en claro sobre su esencia suprema, aquella que delimita su esfera: sobre la esencia de lo psiquico mismo. No se trata de que la oposicién de lo psiquico y lo no psiquico quede constituida s6lo por nuestras déterminaciones y 26 definiciones, sino que, al revés, estas uleimas deben regirse por las diferencias de esencia halladas y que se dan originariamente. Seguin su esencia, todo lo que puede entrar en la corriente de nuestro vivir, todo lo que pertenece al yo en sentido propio, como nuestro sentir, nuestro querer, nuestro percibir, etc., se distingue de todo lo demds que es trascendente a la corriente de la conciencia, que es extrafio al yo y esté frente a él, como las casas, 0 los conceptos 0 los nimeros. Pongamos el caso de que yo vea un objeto material de color en el mundo; el objeto, con sus propiedades y modos de ser, es algo fisico, pero mi percepcién del objeto, mi vol- verme a él y atenderlo, la alegria que por él experimento, mi admiracién, en una palabra, todo lo que se describe como ocupacién o estado © funcién del yo, todo eso es psiquico. Sin embargo, la psicologia de hoy se ocupa de los colores, los sonidos, los olores, etc., como si en ellos tuviéramos que habérnoslas con vivencias de la conciencia, como si ellos no nos fueran extrafios y no estuvieran frente a nosotros como lo estan los més grandes y recios arboles. Se nos asegura que los colores y los sonidos no son reales, y que, por tanto, son subjetivos y psi- quicos; pero esto no son mas que palabras oscu- ras. Dejemos en suspenso la irrealidad de los colores y de los sonidos; supongamos que sean 27 irreales. ¢Habran-de ser por ello algo psiquico? @Cabe desconocer hasta tal punto la diferencia entre esencia y existencia que se confunda el negar la existencia con una alteracién de la esencia, de la indole esencial? Hablando en con- creto: una casa grande y sélida con cinco plantas que yo pretendo percibir, ;se convertira enton- ces, si se comprueba que esa percepcién es una alucinacién, se convertira entonces esa sdlida casa en una vivencia? Por tanto, ninguna inves- tigacién sobre los sonidos, los colores, los olo- res, etc. puede pretender el derecho de ser una investigacién psicolégica. De los investigadores que no se ocupan mas que de las cualidades sensibles ha de decirse que lo propiamente psi- quico les permanece ajeno, aun cuando se deno- minen a si mismos psicé-logos. Naturalmente, ver colores, ofr sonidos son funciones del yo y pertenecen a la psicologia; pero, zcomo es posi- ble confundir el oir los sonidos, que tiene su “esencia propia y est4 sujeto a sus propias leyes, con los sonidos oidos? Se da, por ejemplo, la audicién confusa de un sonido intenso. La inten- sidad pertenece en este caso al sonido; la clari- dad o la confusién son, en cambio, modifica- ciones de la funcién del-oir. Ciertamente, no todos los psicélogos han des- conocido de esta manera la esfera de lo psiquico; pero son muy pocos los que han comprendido las 28 tareas de la pura aprehensién de las esencias. Se quiso aprender de las ciencias de la natura- leza, se quiso “reducir” las vivencias a las menos posibles. Y, sin embargo, ni aun proponerse esta tarea tiene sentido. Si el fisico reduce los colores y los sonidos a vibraciones de cierta clase, es porque esté referido a existencias rea- les, cuya facticidad quiere explicar. Dejemos a un lado el sentido mas profundo del reducir: con seguridad que no se aplica a las esencias. Se quiso reducir, por ejemplo, la esencia del rojo, que puedo intuir en todos los casos de rojo, a la esencia de las vibraciones, la cual, no obstante, es evidentemente otra. El psicélogo descriptivo no tiene que habérselas precisamente con he- chos, con la explicacién de existencias y su re- duccién a otras. Si se olvida de esto, surgen entonces todos los intentos de reduccién, que son, en verdad, un empobrecimiento y una falsi- ficacién de la conciencia. A ello se agrega, ade- mis, que se establecen como especies funda- mentales de esencias de la conciericia, por ejem- plo, el sentir, el querer y el pensar, o el repre- sentar, el juzgar y el sentir, o cualquier otra divisién insuficiente. Y luego, cuando se consi- dera cualquier especie de vivencia, una de entre las infinitas que no se cobijan bajo esta clasifica- cién, se la tiene que interpretar falsamente, por tanto, como algo que no es. Tomemos, por ejem- 29 plo, el perdonar, acto profundo y notable de indole propia. No es, ciertamente, un repre- sentar. De ahi que se haya intentado decir que es un juicio: el juicio de que el agravio ocasionado no es cn todo tan malo o no es en absoluto un agravio. Se ha intentado decir, por tanto; que es precisamente aquello que hace absoluta- mente imposible que se dé un perdonar con pleno sentido. O se dice que es el cese de un sentimiento, el cese de un enojo, como si el perdonar no fuera algo propio y positivo, mu- cho mas que un mero olvidar o un desapare- cer en la memoria. La psicologia descriptiva no tiene porqué explicar algo reduciéndolo a otra cosa; lo ‘que quiere es esclarecer algo acercin- donos a ello. Quiere que se nos dé en la intuicién originaria el qué de las vivencias, del cual, en si mismo, estamos tan lejos; quiere determinarlo en si mismo y distinguirlo y separarlo de otros. Con ello, ciertamente, no se alcanza todavia ningiin punto ultimo de apoyo. Respecto de las esencias rigen leyes, leyes de una indole y una dignidad tales, que se distinguen absolutamente de todas las conexiones y leyes empiricas. La _intuicién pura de esencias es el medio para Megar a la inteleccién y a la aprehensién ade- cuada de estas leyes. Pero de ellas quisiera hablar, sobre todo, en la segunda parte de estas consideraciones. 30 La intuicién de esencias se exige también en otras disciplinas. El esclarecimiento y el andlisis no se impone tan silo respecto de la esencia de aquello que se puede realizar tana menudo co- mo se quiera, sino también respecto de la esen- cia de lo que, por naturaleza, es tinico € irre- petible. Vemos al historiador ocupado, no sdlo en traer a la luz lo destonocido, sino también en acercarnos lo conocido, en traérnoslo a la intuicién adecuada a su naturaleza. En este ca- so se trata de otros objetivos y de otros méto- dos. Pero también en este caso vemos las gran- des dificultades y los peligros que acarrean el alejamiento y la construccién. Vemos cémo una y otra vez se habla de evolucién y se prescinde de la cuestién de qué es lo que evoluciona. Vemos cémo se roza medrosamente la periferia de una cosa, sélo para no tener que analizarla a ella misma; cémo se cree resolver la cuestién de la esencia de una cosa mediante respuestas que se refieren a su origen oa sus efectos. jQué caracte- ristico es en este terreno el poner juntos tana menudo a Goethe y a Schiller, a Keller y a Meller, etc.! Es caracteristico de ensayos que estén condenados de antemano al fracaso, ya que pretenden definir algo por lo que no es. Que una aprehensién directa de la esencia es tan desacostumbrada y dificil que a muchos les parece imposible se explica, en parte, por Ja 31 actitud, profundamente arraigada, de la vida practica, que, mAs que considerar contemplati- vamente los objetos y penetrarlos en su propio ser, los coge y los utiliza. Pero se explica tam- bién, ademés, porque algunas disciplinas cient{- ficas —en oposicién a las mencionadas hasta ahora— prescindeny por principio, ‘de toda intuicién directa de esencias, provocando asi en todos los que se dedican a ellas una profunda aversién hacia la aprehensién directa de esen- cias. Como es claro, ahora me refiero, sobre todo, a la matematica. Es el orgullo del matema- tico no conocer aquello de lo que habla, no conocerlo segiin su esencia material. Les cito a ustedes de qué manera introduce David Hilbert los mimeros: “Pensamos un sistema de cosas, denominamos a estas cosas nimeros y los designamos mediante a, b, c... Pensamos estos numeros en ciertas relaciones reciprocas, cuya descripcién se verifica en los siguientes axio- mas, etc.” ‘Pensamos un sistema de cosas, denominamos a estas cosas niméros y luego designamos un sistema de proposiciones a las cuales han de subordinarse estas cosas’. Ni una palabra sobre el qué, sobre la esencia de estas cosas: Incluso la palabra “cosa” resulta todavia ‘exagerada. No cabe entenderla en el sentido filoséfico en el que designa una determinada forma categorial; sustituye tan sdlo al concepto 2 32 universalisimo y absolutamente vacio de algoen general. De este algo se enuncia luego 0, mejor, se “anota” toda suerte de cosas, por ejemplo: a+b=b+a,y luego, sobre ésta y otras muchas proposiciones, se construye de un modo conse- cuente e irrefutable, en pura cadena légica, un sistema, sin que se dé contacto alguno con la esencia de los objetos. No cabe alejarse mas de los objetos que lo que aqui se hace. Se renuncia por principio a una inteleccién de su estructura, a una evidencia de las ultimas leyes fundamen- tales; la nica inteleccién que tiene aqui lugar es la puramente ldgica, la evidencia de que, por ejemplo, un A que es B debe ser Csi todo Bes C, sin que se sometan a acion las esencias que estén detras de A y B y C. No se examinan en si mismos jos axiomas que sirven de funda- mento, ni se cormprueba si son validos; en este caso, ni siquiera cabe hacer uso del unico medio de comprobacién que posee la matematica, de la prueba. Son tesis al lado de las cuales son posi- bles otras opuestas; y sobre las tesis opuestas se puede intentar construir sistemas de proposi- ciones que también se hallen libres de contradic- cién en si mismos. Pero atin hay mas. El mate- matico no sdélo no necesita examinar los axio- mas que sirven de fundamento en el seno de su disciplina, sino que ni‘siquiera necesita ¢n- tenderlos respecto de su contenido material 33 originario, Pues, gqué significa propiamente atb=b +a? (Cuales el sentido de esta proposi- cién? El matemitico puede rechazar esta pre- gunta. Le basta con la posibilidad de conmutar los signos. Si obtenemos ademAs informacién adicional, ésta no resulta, por lo general, satis- factoria. Es verdad que la proposicién no se refiere a la disposicién espacial de los signos en el papel. Pero tampoco puede referirse a la disposicién temporal.de los actos psiquicos de un sujeco; no se puede referir al hecho de que sea indiferente el que yo o cualquier otro sujeto adicione 6 aa oaa b, Pues en este caso tenemos una proposicién en la que en modo alguno se habla de los sujetos ni de sus actos ni de su decurso en el tiempo. Se trata, antes bien, de que es indiferente el que b se afiadaazoaab. (Qué significa, sin embargo, esta adicién, que noes ni espacial ni temporal? Este es, en verdad, el problema, problema que puede ser indiferente al matemiatico, pero que ha de ocupar muy intensamente al filésofo, a quien no le es licito quedarse en los signos, sino que ha de penetrar en la esencia de lo que los signos significan. O tomen ustedes Ia ley de la asociacién: a+ (b+c) = (a+b) +c. Sin duda, la proposi- ‘cién tiene un sentido; es mas: un sentido de ex- trema importancia y, ciertamente, no se trata, en rigor, de que los signos del paréntesis se 34 puedan escribir de manera diversa. El paténcesis tiene, sin duda, un significado, y este significado se ha de poder investigar. Es cierto que, como signo, no se halla en el mismo nivel que el=oel +; no significa relacién 0 proceso alguno, sino que proporciona una indicacién de la misma {n- dole y rango que encontramos también en fos signos de puntuacidn. "Pero en virtud de esta indicacién de reunir o separar de otro bien ésto bien aquéllo, se carhbia, en verdad, la significa- cién dé toda la expresibn, y de lo que se trata es precisamente de comprender esta modificacién del sentido y su posibilidad, por poco que impor- te al matemitico este problema. Esta es la cues- tién del sentido; al lado de ella se halla la cuesti6n del ser; es decir, se trata de llevar a la intuicién y, si es posible, a la evidencia ultima si la tesis es legitima, si lo que expresa la proposicién a + b = b + a puede acreditarse como valido y como fundado en la esencia de los ntimeros. Justo esta consideracién le es especialmente lejana al matemitico. El establece sus tesis y, dentro de sistemas distintos, quiz4s tesis contradictorias. Establece como axioma, por ejemplo, que, en.un mismo plano, por un punto exterior a una recta se puede trazar una recta y s6lo una que no corte a la primera. También hubiera podido establecer la tesis de que por el punto exterior a la recta se pueden trazar més rectas, o bien que no se puede 35 trazar ninguna, y también a partir de estas tesis se puede fundar un sistema de proposiciones no contradictorias en si mismas. El matematico en cuanto tal ha de afirmar que todos estos siste- mas son equivalentes; para él sdlo hay tesis y la serie légicamente completa y no contradictoria de argumentaciones que se construye sobre ellas. Pero los sistemas no son equivalentes. Es cierto que Aay cosas tales como puntos y lineas, aunque no existen realiter en el mundo. Y nos- otros podemos traer estos objetos a la intuicién adecuada en actos de indole propia. Pero, si lo hacemos, entonces vemos que, en el mismo pla- no, por-un punto exterior a una recta se puede trazar realmente una recta que no corte a la primera, y que es falso que no se pueda trazar ninguna. Por tanto, o bien en esta segunda tesis se entiende algo distinto con las mismas expre- siones; o bien se trata de un sistema de proposi- ciones que esta consttuido sobre una tesis que no es valida, aunque, sin duda, esta tesis, como tal, puede tener también un valor, particular- mente un valor matemético. Si por punto y recta se entienden cosas que tienen que satisfacer a los respectivos sistemas de axiomas, entonces : no se puede objetar lo mds minimo. Pero, en este caso, resulta especialmente claro el aleja- miento de todo contenido material.” 7 En Ia ediciin de este escrito aparecida en Munich en 1951 36 Desde el carcter propio de la matematica s€ hace comprensible el caracter propio del que es s6lo matemitico, el cual, si bien ha logrado algo importante dentro de la matemitica, ha dafiado a la filosofia mucho més de lo que puede decirse en pocas palabras. Es ese tipo humano que se limita a establecer tesis y demostrar a partir de ellas, y due ha perdido asi ei sentido para el ser Ultimo y absoluto. Ha olvidado el mirar; tan sdlo sabe demostrar. Pero precisamente con eso que a él no le interesa es con lo que la filosofia tiene que ocuparsej y es por ello también por lo que una filosofia more geometrico, tomada literal- mente, es un absoluto contrasentido. Es, por el contrario, sd/o de la filosof{a de donde la mate- matica puede obtener su esclarecimiento defini- tivo. Sélo en la filosofia se leva a cabo la investigacién de las esencias matematicas fun- damentales y de las leyes tiltimas que se fundan en ellas, Sélo la filosofia puede hacer desde aqui plenamente comprensibles los caminos de la miatemética, que tanto se alejan del contenido eidético intuitivo, para, sin embargo, volver siem- pre de nuevo a él. Nuestra primera tarea ha de ser, pues, la de aprender'a ver aqui de nuevo el problema, la de abrirnos camino, a través de (cf. Presentacién) se lee: “... el alejamiento de todo lo que se puede encontrar intuitivamente™. 37 la eapesura de signos y tegias que tan bien se dejan manejar, hacia el contenida material. De los nimeros negativos, por ejemplo, propla- mente sdlo de nifios se ha preocupada en reali- dad In mayor parte de nosotros; en aquella época nos halldbamos ante algo enigmitico. Luego esta duda se ha ido acallando, la mayorfa de las veces por motivos perfectamente discutibles. Hoy parece haber casi desaparecido en muchos la conciencia de que, ciertamente, hay nimeras, pero que la oposicién entre los positivos y los negativos descansa en una estipulacidn artificial cuyo estatuto y derecho no se deja en absolutq comprender, de modo andlogo a lo que ocurte con la estipulacién de las personas juridicas en el derecho civil. Si conseguimos lo que como filésofos'debe- mos conseguir: abrirnos camino a través de todos los signos, definiciones y reglas hasta las cosas mismas, se nos ofrecerd a la vista algo muy distinto de lo que hoy se cree. Permitanme uste- des que, para este propésito, aduzca un ejemplo sencillo y muy facil de pasar inadvertido. Hoy se acepta universalmente Ja divisién de los nime- ros en ordinales y cardinales; unicamente no se esté de acuerdo en cuél es el originario, si el nimeto ordinal o el cardinal, o si no nos es licito calificar de originario a ninguno de ellos... Si se interpreta el némero ordinal como el origi- 38 | on ing * Company, 1968, vol III, 1, pags. 251-274. Especialmente: § 1. nario, se cita generalmente & Helmholtz y « Keonecker, y cs muy instructiva para nuestro fin examinar lo que propiamente dicen estos mateméaticos. Kronecker! declara que encyentra ¢l punto de partida natural del desarrollo del concepto de numero en lox nimeros ordinales, los cuales presentan un acopio de designeciones ordenadas que podemos atribuir a un devermi- nado conjunto de objetos. Sea dada, por ejem- plo, la serie de las lecras a, b,c, d, ¢; ahora les atribulmos sucesivamence la designacién de pri- mero, segundo, tercero, cuarto y, finalmente, quinto. Si queremos designar la totalidad de los niimeros ordinales empleados, o fa cantidad de fas letras, nos servimos para ello del ultimo de los nimeros ordinales empleados, Deberia ser claro que Kronecker introduce aqui signos, y no mimeros. Y, en efecto, introduce primero los signos ordinales porque luego puede emplear el Ultimo de estos signos para designar la‘cantidad. Para el filésofo, los problemas comienzan sobre todo en este punto. ¢Cémo se explica que el Ultimo signo ordinal pueda indicar a la vez la caritidad de todos los algos designados?- ;Quées en definitiva el nimero ordinal y qué el'cardi- ° } Cf. Leopold Kronecker, Uber den Zablbegsiff (1887) LK, Werke (ed. K. Hensel), New. York, Chelsea Publishi Definision des Zablbagriffs, pgs. 253-255. 39 nal? Demos ahora unos pasos por el camino que Ileva a una aclaracién de estos conceptos. Se ha planteado la cuestin del sentido de los enuncia- dos numéricos; mas exactamente, el problema que se ha suscitado es: gde qué se predica la cantidad? A él se han dado muchas y muy diver- sas respuestas; consideremos mis de cerca algu- nas de ellas. Una no requiere extensa consi- deracién; es Ja tesis que ha sostenido Mill: que la cantidad se enuncia de las cosas contadas‘. Si la cantidad tres conviniera realmente a las cosas contadas, como les conviene, por ejemplo, el color rojo, entonces justamente cada una de ellas seria tres, del mismo modo que cada una de ellas es roja. De ahi que se haya dicho: no es de las cosas contadas de las que se enuncia la canti- dad, sino que el enunciado se hace de la colec- cién, del conjunto formado por las cosas con- tadas. Pero también hemos de oponernos a ésto. Los conjuntos pueden tener diversas cuali- dades segiin los objetos de los que se compon- gan; un conjunto de Arboles puede ser contiguo de otro, un conjunto puede tener mas 0 menos extensidn, pero un conjunto no puede ser cuatro 4 CE John Stuart Mill, A System of Logic Ratiocinative and Inductive Being a Connected View of the Principles of Evidence and the Methods of Scientific Investigation, in:.S.M., Collec- ted Works, University of Toronto Press, Routledge and Kegan Paul, 1973, vol. VII, Libro II, cap. XXIV, § 5, pags. 610-613. 40 o cinco. Ciertamente, un conjunto puede conte- ner cuatro 0 cinco objetos, pero, en ese caso, lo que se predica de él es este contener los cuatro objetos, no el cuatro. Tan absurdo es decir que un conjunto que contiene cuatro objetos es cua- tro como decir que un conjunto que incluye objetos de un rojo vivo es por eso mismo rojo. Si bien el cuatro se puedt agregar al conjunto si contiene cuatro elementos, del conjunto, sin embargo, ino cabe predicar el cuatro, y como el cuatro, segiin se ha sefialado, tampoco puede predicarse de los objetos. que contiene el con- junto, Hegamos a una dificil situacién. Estas dificultades han dado motivo a Frege pata con- cebir la cantidad como unenunciado que se hace de un concepto’. "El carcuaje del emperador es arrastrado por cuatro caballos” tendria que sig- nificar que bajo él concepto de los caballos que atrastran el carruaje del emperador se com- prenden cuatro objetos. Naturalmente, nada se + Cf. Gottlob Frege, Die Grundlagen der Arithmetik. Eine logisch-matematische Untersuchung iiber den Begriff der Zabl. Breslau, M. und H. Marcus, 1934 (ed. for., Hildesheim, Georg Olms, 1961), La critica de la tesis de Mill se expone en el § 23, pigs. 29-30,su propia tesis en el § 45, pags. 59-60. (De esta obra hay una traduccién al espafiol debida a Ulises Moulines: Los Fundamentos de la Aritmética. Investigacién légico- anatemdtica sobre el concepto de wmero, Estudio preliminar de Clade Imbert y Prélogo de Jesis Mosterin, Barcelona, Laia, 1972). . 41 remedia con esto. Si bien del concepto se enun- cia que bajo él se comprenden cuatro objetos, el cuatro, sin embargo, no se enuncia del concepto. Tan absurdo es decir que un concepto que con- tiene bajo sf cuatro objetos es cuatro como decir que un concepto que contiene bajo si objetos materiales es por eso mismo material. No voy a entrar en los otros muchos intentos de solucién del problema. En tales situaciones, es perfecta- mente comprensible que la filosoffa haga esta pregunta: gno se aborda aqui el problema con un determinado prejuicio? No hay duda de que es esto Jo que acontece. El prejuicio esté ya contenido en el planteamiento del problema en cuanto tal. Se pregunta por el sujeto del que se predica la cantidad. Pero gcémo es que se sabe que la cantidad se predica en definitiva de algo? gEs que hay que suponer, entonces, que todo elemento de nuestro pensar ha de ser predica- ble? Ciertamente, no. Consideremos tan séloun sencillo caso. Decimos, por ejemplo, que “sdélo Acs B”; el “s6lo” es un elemento importante en el enunciado, pero es evidente que serfa un absoluto desatino preguntar de qué se predica el “s6lo”. El “s6lo” se refiere a A de un modo determinado, pero no se puede predi¢ar ni de ella ni de cualquier otro algo del mundo. ¥ lo mismo ocurre si decimos “todo A es B” o “algin Aes B", etc. Todos estos elementos categoriales 42 no son predicables; tinicamente indican el d4mbito de un objeto que es afectado por una predicacién, por el "ser B". Desde aqui se arroja también nueva luz sobre la cantidad. Esto se aplica a ella, en efecto, de dos formas. La canti- dad no es, en sf y por si, predicable. Y, todavia mis, la cantidad presupone una predicacibn en la medida en que determina el émbito cuantitativo de algos, la pluralidad de algos que son afectados por una predicacién. La cantidad no responde a la pregunta: cudntos A son B? Esto es de extrema importancia para la doctrina de las categorias. En la medida en que la determina- cién cuantitativa presupone que unos algos son afectados por una predicacidn, se halla en otra esfera distinta, como, por ejemplo, la categoria de la causalidad; se halla en una esfera que mas tarde conoceremos como Ia esfera de la situa- cién objetiva. Por lo demas, desde aqui se resuel- ven muy facilmente diferencias ulteriores. Por ejemplo, puede suceder que la predicacién de que se trate alcance a cada uno de los objetos cuyo Ambito ella determina, 0 bien sélo a estos objetos en conjunto. Si decimos “cinco arboles son verdes”, se menta que cada uno de los 4rbo- les es verde. Si, en cambio, decimos “cuatro caballos bastan para tirar del carruaje”, no basta, ciertamente, cada uno de los caballos. Estas dife- rencias sélo pueden hacerse comprensibles 43 desde la interpretacién de la cantidad aqui defendida, segtin la cual —como ya ha quedado dicho— la cantidad no es ella misma predicable, pero presupone que unos algos son afectados Por una predicacién, cuyo 4mbito determina ella Iuego.— Esto ha de bastarnos aqui por lo que toca a la determinacién de la cantidad. Pero parece haber todavia otra clase de ntimeros, los nime- ros ordinales; arremetamos, pues, ahora contra ellos un poco mas detenidamente. La cantidad se revela como no predicable; por el contrario; la predicabilidad de los ntimeros ordinales pa- rece estar, a primera vista, fuera de toda duda. Es manifiesto que los mimeros ordinales se enun- cian siempre, en verdad, de un miembro de un conjunto ordenado; parecen indicar a este miem- bro su puesto dentro del conjunto. Nada mas natural, por tanto, que decir que el mimero or- dinal es aquél que determina el puesto respec- tivo de los elementos de un conjunto ordenado. Pero precisamente esto no se mantiene en pie si Prescindimos ahora de las palabras y de los signos y nos volvemos a las cosas mismas. :Qué es, pues, lo que ocurre propiamente con los miembros de la serie y su puesto? Tenemos primero el miembro inicial, el primer miembro de la serie, y el correspondiente miembro final, el ultimo miembro. Luego tenemos uno que sigue al’ primero; luego otro que sigue al que ® 44 sigue al primero, etc. De esta manera, el puesto de cada uno dé los miembros se puede determi nar mediante Id continua referencia al miembro que inaugura la serie. Hasta ahora no se ha hablado en absoluto de numeros ni de nada numérico. Pues, cuando se habla del primer miembro, no se hace alusién, en verdad, a un numero; el primero tiene exactamente tan poco que ver con el uno como el tiltimo con el cinco con el siéte. Y mas todavia: no hay absoluta- mente nada, ni en la serie ni en el cardcter propio de los miembros de la serie como tales, de lo que podamos extraer algo numérico. Los elementos tienen su puesto en la serie; este puesto se puede determinar mediante la rela- cién consecutiva al miembro inicial; no se habla para nada de numeros. Pero, si esto es asi, gcémo es que se llevan a cabo esas designaciones ordinales que recuerdan continuamente a los nimeros? Muy sencillo. Las designaciones del puesto referidas hace un momento eran excesi- vamente complicadas. Ya el miembro c ha de ser designado como el miembro que sigue al que sigue al primer miembro; esto resulta, en defi- nitiva, insoportable; hay que pensar, pues, un modo de designacién mas cémodo. Ahora bien, entre el conjunto y sus miembros y las cantida- des —nétese bien, las cantidades— se dan natu- ralmente relaciones. La serie contiené una ¢an- co) — . tidad, un nimero de miembros, y lo mismo cada parte de la serie. El miembro c es aquel miembro hasta el cual la serie contiene tres miembros; por eso le denominamos el tercero; asimismo, d es el cuarto, y, de esta forma, a cada miembro de la serie le podemos aplicar una designacién semejante, porque la serie contiene hasta cada miembro una determinada y siempre distinta cantidad de miembros. Pero vean uste- des ahora la confusién que ha deparado el per- manecer en los signos. Junto a las cantidades, junto a los nimeros cardinales, parece haber una segunda clase de niimeros, los ordinales, pero, ¢dénde estén? Podemos buscar tanto como queramos: no los encontraremos. Hay las cantidades y las designaciones de la cantidad, y hay, ademés, designaciones ordinales que, con ayuda de los mimeros cardinales, pueden deter- minar el Jugar de los elementos de un conjunto ordenado. Pero no hay ndmeros ordinales. La filosofia se ha dejado aturdir porque ha seguido con ojos ciegos la disposicién de los signos del matemiatico y, con ello, ha confundido la palabra con la cosa. Se ha ido, en verdad, demasiado lejos al querer derivar el mimero cardinal del ordinal, és decir, al derivar la cantidad de un modo de designacién que, por lo demés, tiene la cantidad como presupuesto. En lo que atafie, pues, a este modo de designacién, no es licito, ciertamente, 46 inducir sin més a la equiparacién de las designa- ciones mediante palabras con las designaciones mediante cifras. Las designaciones mediante palabras no proceden en absoluco examinando la cantidad —el primero no es lo primero—; si hay una forma lingiiistica que exprese que el miembro inicial es, a la vez, el miembro hasta el cual la serie contiene ‘un miembro, no lo sé. Tampoco es necesario designar al miembro que sigue al primero con ayuda de la cantidad; es verdad que nosotros decimos.el segundo (das zweite), pero en latin se dice secundus. Por tanto, no todas las designaciones ordinales son designaciones ordinales numéricas; natural- mente, la investigaci6n ulterior se ha de dejar en manos del lingiiista. Si pretendemos el andlisis de las esencias, partiremos normalmente de las palabras y sus significados. No es por casualidad por lo que las Investigaciones Légicas de Husserl comienzan con un anilisis de los conceptos “palabra”, “expresion”, “significacién”; etc.6 Esto es util ante todo para dominar los casi increibles equi- vocos que se encuentran especialmente en la © Cf. Edmund Husserl, Logische Untersuchungen, I. Tabin- gen, Max Niemeyer, 1968. Zweiter Band, I. Teil, pigs. 23'ss. (Hay traduccién espafiola debida a Manuel Garcia Morente y José Gaos. Madrid, Revista de Occidente, 1929. Actualmente reeditada en Madrid, Alianza Editorial, 1982). 47 terminologia filosdfica. Husserl ha expuesto catorce significaciones distintas del concepto de representacién,’ y con ello fo ha agotado en manera alguna todas las significaciones que se ucilizan —la mayoria indistintamente— en la filosofia. A estas distinciones de significacién se les'ha hecho el reproche de sutileza, muy sin motivo. Una distincién pequefia y evidente en si misma puede derribar toda una teoria filoséfica si él gran fildsofo de que se trate no ha reparado €n ella; instructivos ejemplos de ello son preci- samente el término “representacién” e incluso el término “concepto”, con sus numerosas y radicalmente distintas significaciones. Pero, ade- mas —y sobre este aspecto hemos profundi- zado ahora—, el anilisis de la significaci6n no puede llevar tan sélo a hacer distinciones, sino también a suprimir distinciones injustificadas. Es comprensible que la joven fenomenologia admirase primero la infinita riqueza de aquello que hasta ahora se habia excluido o descuidado. Pero, en su desarrollo, habré de eliminar tam- bién’ muchas cosas que pretenden ser falsa- mente elementos propios; me parece que un ejemplo de ello son precisamente los ntimeros ordinales. Por lo demas, no necesito acentuar més especialmente que el anilisis de las esencias que reclamamos no se agota en manera alguna V,§ § 41-45, pigs. 493 ss. 48 con la investigacién de las significaciones. In- cluso cuando ios referimos a las palabras y a las significaciones de las palabras no puede ello por menos de conducirnos a las cosas mismas, que es preciso aclarar. Y, a mayor abunda- miento, es posible el acceso directo a las cosas sin la guia de la significacién de las palabras; no sélo hay que aclarar le ya consabido, sino que se han de descubrir también nuevas esencias y ser traidas a la intuicién. Tratase aqui, en cierto modo, del paso de Sécrates a Platén. El anilisis de la significacién fue lo que movid a Sécrates cuando hacfa sus preguntas por las calles de Atenas: ti hablas de ésto 0 de aquéllo, pero equé mientas con ello? Este proceder —que, dicho ‘sea de paso, no tiene nada que ver realmente con la definicién ni con la induccién— es necesario para traer a la luz la falta de claridad y las contradicciones de lo significado. Platén, en cambio, no toma como punto de partida la pala- bra y la significacién; su objetivo es la contem- placién directa de las Ideas, la aprehensién inmediata de las esencias en cuanto tales. Ya he sefialado que el andlisis de las esencias nes un fin ultimo, sino un medio. Respecto de las esencias rigen leyes, y estas leyes no ofrecen punto de comparacién con todos los hechos y con todas las conexiones entre los hechos de los que nos da noticia la percepcidn sensible. Rigen 49 respecto de las esencias como tales, en virtud de su esencia; en ellas no tenemos un “ser asi” contingente, sino un “tener que ser asi” necesa- rio y un “no poder ser, por esencia, de otro modo". Que hay estas leyes es cosa que perte- nece a lo mas importante de la filosofia y —si lo pensamos detenidamente hasta el final— a lo mas importante del mundo en definitiva. Expo- nerlas en toda su pureza es, por tanto, una importante tarea de la filosofia; pero no se puede negar que ella no ha cumplido esta tarea. Es verdad que siempre se ha reconocido lo a priori: Plat6n lo descubrié y, desde entonces, no ha desaparecido ya del campo visual de la histo- ria de la filosofia; pero ha sido tergiversado y recortado, incluso por los que han defendido su derecho. Debemos elevar, sobre todo, dos | reproches: el de la subjetivacién de lo a priori y el de su limitacién arbitraria a unas pocas esfe- ras, pues su ambito de dominio se extiende absolutamente a todo. Ocupémongs primero de su subjetivacién. Siempre se ha’ estado de acuerdo en un punto: los conocimientos aprié- ricos no se sacan de la experiencia. Esto se nos ha hecho patente a nosotros desde nuestras mas . tempranas consideraciones. La experiencia, en tanto que percepcién sensible, remite, ante todo, a lo individual, a ésto de aqui, y busca .. aprehenderlo en tanto que ésto. Aquello que se 50 quiere experimentar fuerza al sujeto, por asi decirlo, a que se le acerque: la percepcion sensi- ble, por su esencia, sdlo es posible desde algan punto; y este punto de partida de la percepcién se ha de encontrar donde nosotros, hombres, percibimos, en los alrededores mas proximos de lo percibido. En lo a priori, por el contratio, se trata de la visién de Ja esencia y del conoci- miento de la esencia. Pero para aprehender la esencia ng se requiere ninguna percepcién sen- sible; en éste caso se trata de actos intuitivos de indole muy distinta, que se pueden llevar a cabo en todo momento, incluso dondequiera que se encuentre el sujeto representante. Del hecho de que el naranja —por considerar un ejemplo muy sencillo y trivial— se halla, por su cualidad, entre el rojo y et amarillo, me puedo convencer ahora, en este momento, y con toda seguridad, con sélo conseguir traer a la intuicién clara la correspondiente quididad, sin tener que refe- rirme a ninguna percepcién sensible que me obligue a trasladarme a algtin lugar del mundo donde se encuentre un caso de naranja, rojo y amarillo. No se trata unicamente —como se ice tan a ménudo— de que sdlo se necesite percibir un tinico caso para aprehender en él la legalidad apriérica; en realidad, tampoco se necesita percibir, “experimentar” el caso singu- Jar; no se necesita percibir nada en absoluto; st basta la pura imaginacién. Continuamente y dondequiera que nos encontremos en el mundo, siempre y en todas partes, nos esté abierto el acceso al mundo de las esencias y de sus leyes. Pero precisamente aqui, en este punto incontto- vertible, han aparecido las més funestas tergi- versaciones. Lo que no nos sale al encuentro en la percepcién sensible desde fuera, por asi decirlo, parece que tiene que hallarse “en el -interior”. De este modo, los conocimientos apridricos se adscriben al patcimonio del alma, a lo innato —aun cuando sélo virtual—, al que el sujeto inicamente necesita dirigir la mirada para descubrir el suyo con indudable seguri- dad. Seguin esta peculiar imagen del conoc miento humano, que tan eficaz se ha mostrado histéricamente, todos los hombres son, en el fondo, iguales respecto de la posesidén del cono- cimiento. Sdlo se diferencian en la manera de sacar a flote el tesoro comin. Algunos viven y mueren sin vislumbrar un poco de su riqueza. Pero si se saca a la luz un conocimiento aprié- rico, nadie puede sustraerse a su inteleccién. Frente a él hay descubrimiento 0 no descubri- miento, pero nunca engafio o error. En favor de este punto de vista se halla el ideal pedagégico del Sécrates platénico,tal como lo ha concebido la filosofia de la ilustracién: el que sonsacé al esclavo, mediante simples preguntas, las verda- 52 des matemiticas, de las que s6lo es preciso des- pertar su recuerdo’. Una variante de esta concepcién es fa doctrina del consensus omnium como garantia indiscutible de los principios supremos del conocimiento. Una variante de ella es también el considerar los conocimien- tos apriricos como necesidades de nuestro pensar, como una consecuencia del “tener que . pensar asi” y del “no poder pensar de otra manera’; Pero todo estoes radicalmente falso; y, frente a tales concepciones, el empirismo se halla en posicién ventajosa. Las conexiones apridricas existen, con independencia de que todos, muchos o ningun hombre en absoluto u otros sujetos las reconozcan. Son universal- mente vilidas a lo sumo en el sentido de que todo el que quiera juzgar rectamente ha de reco- nocerlas. Pero esto es propio no sélo de las verdades apridricas, sino de ‘toda verdad en general. También la suprema verdad empiica de que a cualquier hombre, en cualquier momen- to, le sabe dulce un terrén de aztcar, también esta verdad es universalmente valida en este sentido. Hemos de rechazar completa y defini- tivamente el concepto de la necesidad del pen- sar como nota esencial de lo apridrico. Si me pregunto qué ha sido antes, si la guerra de los * Cf. Platén, Mendn, 82 b ss. . ‘ 33 treinta afios o la guerra de los siete afios, com- pruebo una necesidad de pensar a la primera como mis antigua y, sin embargo, se trata de un conocimiento empirico. En cambio, es mani fiesto que quien siempre niegue una conexién apridrica, quien rechace el principio de contra- diccién, 0 quien no admita el principio de la déterminacién univoca de todo lo que sucede, no ha comprobado ninguna necesidad del pensar. Qué quieren decir, entonces, todas estas falsifi- caciones psicologistas? Es cierto que la necesi- dad desempefia un papel en loa priori; pero noes una necesidad del pensar, sino una necesidad del ser. Atendamos tan sélo a estas relaciones de seres. Un objeto se halla en un lugar cualquiera del espacio al lado de otro; esto es un ser contin- gente, contingente en el sentido de que ambos objetos, por su esencia, podrian estar también alejados uno del otro. Pero, en cambio, la linea recta es la mds corta entre dos puntos; en este caso no tiene sentido decir que también podria | ser de otra manera; en la esencia de la recta en cuanto recta se funda el ser la linea més corta entre dos puntos; en este caso tenemos un “ser asf” necesario. Esto es, por tanto, lo esencial: lo apriérico son las situaciones objetivas, y lo son en la medida en que en ellas la predicacion, por ejemplo, el ser B, est4 exigida por la esencia de A, en la medida en que se funda necesariamente 34 en esta esencia. Pero las situaciones objetivas existen, con independencia de qué conciencia las aprehende o de si las aprehende alguna concien- cia. Lo a priori, en siy por si, no tiene tampoco lo més minimo que ver con el pensar al con el conocer. Es preciso evidenciar esto con toda exactitud. Y, una’ vez evidenciado, se pueden evitar también los pseudo-problemas que sé han erigido en torno a lo a priori, y que en la historia de la filosofia han conducido a las mas peregrinas construcciones. Las conexiones apri6- ticas encuentran aplicacién, por ejemplo, en lo que ocurre en Ja naturaleza. Si se interpre- tan como leyes del pensar, entonces s¢ pregunta como ¢s posible esta aplicacién, como s¢ explica que la naturaleza obedezca las leyes de nuestro pensar; se pregunta,si en este caso debemos admitir una enigmatica armonia preestablecida, o si es que acaso Ja naturaleza no puede'preten- der un ser propio y en si, sies que hay que pen* sarla en alguna dependencia funcional de los actos pensantes y ponentes. En realidad, no hay que evidenciar por qué la naturaleza tiene que someterse a las leyes de nuestro pensar. Pues, en verdad, no se trata en absoluto de las leyes del pensar. Se trata de que en Ja esencia de algo se funda el ser 0 el comportarse de esta o aquella ‘manera. Es entonces extrafio que todo lo. que participa de esta esencia sea afectado por la 3S misma predicacién? Hablemos en concreto ylo mas sencillamente posible. Si en la esencia del cambio se funda el estar en dependencia univoca de los Procesos temporalmente precedentes — no si nosotros tenemos que pensarlo asi, sino si ello tiene que ser asi—, ces entonces extrafio que ello valga también para cada cambio con- creto y unico del mundo? Creo que seria incon- cebible que fuera de otro modo; mejor dicho: es evidente que no puede ser de otro modo. Una vez que se ha comprobado en si misma la peculiaridad de las conexiones apriéricas —co- mo formas de situaciones objetivas, no como formas del pensar—, puede planteatse ahora, como segundo problema, la cuestién de cémo se nos dan propiamente estas situaciones objeti- vas, de cémo son pensadas 0, mejor, conocidas. Se ha hablado de la evidencia inmediata de lo a priori en oposicién a la no-evidencia de lo empi- rico. Pero esta oposicién no es sostenible. Cier- tamente, lo que con ella quiere decirse es claro. En el acto mismo de percepcién tenemos, en verdad, un apoyo, pero no una garantia indiscu- tible, de que esto que se me presenta’ como subsistente y existente en el mundo sensible, subsista y exista realmente. La posibilidad de ‘que ‘las casas y los arboles que percibo no e: tan, permanece siempre abierta frente a este percibir; no hay aquf una evidencia ultima y 56 ' absoluta. Si se dijera, por tanto, que los juicios sobre la existencia real de lo fisico no pueden pretender una evidencia tltima, se tendria toda la razén; pero es que esto se dice de todos los juicios empiricos en general, y, en este caso, no se tiene razén ninguna. Supongamos que la percepcién de la casa de la que antes hablé sea una ilusién, que, por tanto, la casa percibida no existe; en este caso, permanece todavia, como es claro, el hecho de que yo he tenido esa percep- cién, si bien engafiosa; pues, zcOmo podria hablar si no de ilusién? El juicio “yo veo una casa” posee, en oposicién al juicio “ahi hay una casa”, evidencia tiltima e indiscutible; y es, evi- dentemente, un juicio empirico: en la esencia del yo no se funda el que se vea una casa; por tanto, la carencia de evidencia no es un rasgo caracteristico de los conocimientos empiricos. Lo tinico que es correcto es que todos los conoci- mientos apriéricos, sin excepcidn, son suscepti- bles de una evidencia indiscutible, es decir, de una intuicién originaria de su contenido. Lo que se furida en la esencia de los objetos puede darse originariamente en la intuicién de la esen- cia. Es cierto que hay conocimientos apridéricos que no pueden ser conocidos en si mismos, sino que requieren ser derivados de otros. Pero inclu- so éstos remiten, en ultima instancia, a las co- nexiones originarias y evidentes en si mismas. s7 Estos conocimientos no se admiten, en verdad, de un modo ciego, no se construyen sobre un mitico consensus omninm ni sobre una impre- cise necesidad del pensar; nada esté mas lejos justamence de la fenomenologia que ésto; antes bien, es preciso traerlos al esclareci- miento, a lo dado en la intuicién originaria, y lo que precisamente resaltamos es que, para ello, se requiere un esfuerzo y un método propios.. Pero hemos de hacer frente, con todo rigor, al intento de querer justificar de nuevo las conexio- nes apridricas originarias, de querer demostrar su derecho derivandolas de otra cosa; al intento de fundamentar las fuentes absolutamente cla- ras y evidentes del conocimiento remitiendo a hechos no evidentes que, por su parte, sdlo pueden fundamentarse en virtud de aquéllas. Me parece nuevamente que en este caso se abre paso eso de lo que ya hemos hablado: el miedo a tenet ante Ja vista las conexiones originarias mismas, el ciego apelar a otra cosa que lo sos- tenga; y ello como si semejante ensayo. de funda- ~~ mentacién no tuviera que apoyarse también, en filtima instancia —si es que no ha de ser total- mente arbitrario—, en las conexiones origina- rias evidentes. Hasta aqui me he pronunciado contra la sub- jetivacién de lo 2 priori; pero‘no menos malo es lo que hace un momento he llamado el empo- * 58 brecimiento de,lo a priori. Hay pocos filésofos que no hayan reconocido, de alguna manera, el hecho de lo a priori, pero no hay ninguno que, de algiin modo, no lo haya reducido a una pe- quefia provincia de su territorio real. Hume nos enumera algunas relaciones de ideas: son conexiones apridricas, pero mo se echa dé'ver por qué las limita a reldciones y, ademas, 2 unas pocas. Y, para colmo, la estrechez con que ha’, concebido' Kant lo 2 priori resuleé funesta para la filosoffa posterior. En verdad, el territorio de lo a priori es inmensamente grande. Lo que siempre conocemos de los objetos es que todos ellos tienen-su “qué”, su “esencia”, y cespecto de todas las esencias rigen leyes de esencia. No hay raz6n, ninguna raz6n para limitar lo a priori alo formal en cualquier sentido; también respecto de lo material, e incluso respecto de lo sensible, de los sonidos y de los colores, rigen leyes apriéri- cas. Con ello se abre a la investigaci6n un terre- no tan grande y tan rico, que todavia hoy. n0 podemos abarcarlo completamente. Permi- tanme que siencione tan sélo unas pocas parce- las, Nuestra psicologia est4 demasiado or; a de ser psicologia emptrica. Y esto tiene como consecuencia que ella desatiende todo el reperto-.. tio de conocimientos que se funda en la esencia de las vivencias, en Ja esencia del percibir y del repre- sentar, del juzgar, sentir, querer, etc. Incluso si 59 descubre por casualidad tales leyes, das tomar erréneamente por empiricas. Les cito como ejemplo clasico a David Hume. Al comienzo de su obra principal se ocupa de la percepcién y de la representacién y afirma que a toda percep- cién le corresponde una_representacién del mis- mo objeto: esto constituye para Hume una de las bases de su filosofia’. Pero, ¢c6mo debemos in- terpretar esta proposicién? ¢Quiere decir que en toda conciencia en la que se efectiia la percep- cién de un objeto se ha de verificar también una representacién del mismo objeto? Esto serfa una proposicién muy aventurada; pues, sin du- da, percibimos muchas cosas que luego no nos representamos, que posiblemente nadie en ab- soluto se representa jamas; en todo caso, no tenemos ningun derecho de afirmar lo contra- rio. Pero, entonces, ¢cémo es que Hume coloca esta proposiciéin en la cispide de sus meditacio- nes? gDe dénde le viene a la pfoposicién la fuerza de convicciép que, sin embargo, tiene? Naturalmente, es exacto que a toda percepcién se le afiade una representacién correspondiente,. y viceversa; pero es exacto en el’sentido en que, por.ejemplo, a toda recta se le afiade un circulo ? CE. David Hume, A Treatise of Human'Nasure; being an Attempt 'to introduce the experimental Method of Reasoning into Moral Subjects. (London, 1739-1740), Book I, Part l, Sec- tion 1. . 60 cuyo radio es ella. No se trata de uns existencla real, de algo que dcurce en 1a conclencia emp!- rica, sino'de una adicibn ideal. Y, as{, cambién la conexién que Hume tiene por emplirica ¢8,,en realidad, apriérica, ya que se funda en la esencle de la percepcién y de la reptesentacién. Lo mis- mo ocurre, andlogamente, con la segunda pro- posicién que constituye ofr de los fundamen- tos de la teorfa humeana del conocimiento: que toda reptesentaci6n, segin sus elementos, presupone una percepcién anterior del mismo sujeto; que, por tanto, s6lo podemos represen- tarnos lo que, seguin sus elementos, ya hemos percibido antes!®. La proposicién lleva a dificiles problemas; pero una cosa es de antemano cier- ta: no puede ser de natucaleza empirica. ¢C6mo vamos a saber si el nifio recién nacido tiene primero percepciones o tiene representacio- nes? No es licito decir: se entiende de suyo que, antes de que pueda tener representaciones, ha de haber percibido primero; justamente ahi donde se apela a estos “se entiende de suyo” debemos agarrarnos: se refieren siempre a co- nexiones de esencia que esperan ahora la acla- racién cieritifica. Hasta ahora estabamos todavia'en las viven: cias periféricas, pero en los estratos psiquicos "0 Ibid. 61 mis profundos no sacede de otro modo. Piensen ustedes sobre todo en las relaciones de motiva- cidn, que, como algo que se entiende de-suyo, teatamos de aclararnos tanto en la vida préctica como en las disciplinas histéricas. Entendemos que esta o aquella accibn pudo surgir,o tuvo que sutgir, de esta 0 aquella disposicién de 4nimo, de’ este vivir. No es aqui el caso de que hayamos tenido muchas veces la experiencia de que hom- bres con ciertas vivencias han obrado en este o aquel sentido, y de que digamos ahora: es, por tanto, presumible que también este hombre obrar4‘de esta manera. Entendemos que ello es asi y que tiene que ser asi; lo comprendemos desde la vivencia que lo motiva; en un puro hecho empirico, sin embargo, no se da com- prensién ninguna. El historiador que trata de. aclararse por endopatia una telacién de motiva- cién, el psiquiatra que observa el curso. de una enfermedad, todos ellos entienden; incluso cuando se les présenta por vez primera el pro- ceso de que se trate, se dejan guiar por las conexiones de esencia, aun cuando no hayan formulado nunca estas conexiones de esencia ni puedan formularlas en absoluto. En esto se + funda Ia conexién entre la psicologia y la histo- ria, de la que tanto se ha hablado; conexién que, sin embargo, no concierne a la psicologia empi- rica, sino a la apriérica, cuya iniciacién es cosa -62 " del futuro. La psicologia empirica no es iinde- pendiente en modo alguno de la apriérica. Las leyes que se fundan en la esencia de la percep-, cién'y de la represencacién, del pensar y ‘del juzgar, se presuponen continuamente cuando se investiga el transcurso empirico de estas viven- cias én la conciencia. Hoy el psicdlogo saca estas leyes de las oscuras repgesentaciones del vivir natural; hoy estas leyes forman parte de ese Ambito integrado por lo que borrosamente se entiende de suyo, que todavia no preocupa al psicdlogo. Y, sin embargo, una doctrina psicol6- gica de las esencias acabada podria adquiric una importancia pata la psicologia empirica pare- cida a la que la geometria tiene para las ciencias de la naturaleza. Piensen ustedes en las leyes de asociacién. {Cémo se ha tergiversado su sentido propio! Su formulacién es, con frecuencia, direc- tamente falsa. No es correcto decir que, cuando yo he percibido A y B al mismo tiempo y me represento ahora A, existe una tendencia a representar también B. Yo tengo que haber percibido juntas A y B en una unidad fenomé- nica; y aun ello seria sélo la més débil relacién para que fuera comprensible esa ‘tendencia, Siempre que dos objetos se nos aparecen en una ’ relacién, se forma una asociacién; y mas aun: si se trata de una relacién fundada en las ideas mismas, como la semejanza o-el contraste, en- "6 tonces ni siquiera es necesario ese aparecer pre- yio; en este caso, en efecto, la represeptaci6n de un A lleva ya, como tal, a la representacién del B que se le parece 0 que contrasta con él, sin que yo precise haber percibido alguna vez A y B juntos. Es totalmente arbitrario basar la asocia- cién, como hoy se hace, en varias relaciones determinadas, por ejemplo, la semejanza o la contigiiidad espacial o temporal. Pues toda rela- cién es capaz de fundar asociaciones. Pero, sobre todo, aqui no se trata de hechos recopilados empiticamente, sino de conexiones inteligibles y fundadas en la esencia de las cosas. Natural- mente, lo que en este caso se nos presenta es un nuevo género de conexiones de esencia: no son conexiones de necesidad, sino conexiones de posibilidad. Lo que nos es patente es que la representacién de un A puede llevar a la repre- sentacién de un B que se le parece, no que tenga que llevar a ella. Precisamente asi son también, en gran parte, las relaciones de motivacién; en ellas se trata de un “poder ser asi” por esencia, no de un “tener que ser asi”. Al igual que se requiere una doctrina de la esencia de lo psiquico, se necesita también una doctrina de la esencia de 1a naturaleza; en ella, naturalmente, se ha de renunciar, por dificil que ello nos resulte en este caso, a la actitud especi- fica de las ciencias de la naturaleza, que persigue 64 fines y objetivos totalmente determinados. Tam- bién aqui hemos de lograr aprehender los fe- némenos con pureza, profundizar en su esen- cia sin conceptos previos ni prejuicios: en la esencia del color, de la dilatacién y de la materia, de la luz y de la oscuridad, de los sonidos, etc. Hemos de investigar también la constitucién de las cosas fenoménicas, ipvestigarla puramente en si misma, segtin su estructura esencial, en la cual, por ejemplo, el color tiene ciertamente otra funciéri que la dilatacién 0 que la materia. En todas partes estan en cuestién las leyes de esencia; la existencia no se introduce en sitio alguno. Con ello, no ponemos obstéculo a la ciencia de la naturaleza, sino que establecemos los fundamentos sélo desde los cuales podemos entender su construccién. De esto no puedo ocuparme ahora més por menudo. El primer esfuerzo de la fenomenologia ha sido compro- bar las relaciones‘de esencia en los mas diversos dominios, en la psicologia y en la estética, en la ética y en el derecho; en todas partes se abren ante nosotros nuevos dominios. Pero prescin- damos de los nuevos problemas; también las viejas cuestiones que nos transmite la historia de la filosofia reciben una nueva iluminacién desde el punto de-vista de la consideracién de las esencias, especialmente el problema del conoci- miento. {Qué sentido puede tener ahora definir 65 el conocimiento, tergiversarlo y reducirloa algo distinto, alejarse de él todo lo posible para poder imputarle luego algo que no es? Ciertamente, todos hablamos del conocer y mentamos algo con ello. Y si esta mencién nos es demasiado imprecisa, siempre podemos orientarnos por. cualquier caso en el que tenga lugar un conocer, un conocer seguro e indudable; el ejemplo menos complicado y mas trivial es precisa- mente el mejor. Piensen ustedes en el caso enel que conocemos que nos invade un sentimiento de alegria, o que vemos un color rojo, o que el sonido y el color son distintos, o en un caso gemejante. Tampoco nos interesan aqui los casos singulares del conocer y de su existencia, pero en ellos intuimos que, en todas partes, el qué, la esencia del conocer ‘estribaen un aceptan, ,enun recibir y hacer propio algo que se ofrece. A esta esencia es a la que tenemos que acercarnos, esta.esencia es lo que tenemos que investigar; pero no nos es licito imputarle algo que le sea ajeno. No nos es licito decir, por ejemplo, que el conocer es, en realidad, un determinar, un poner oalgo por el estilo; y no nos es licito porque, aun, cuando .quepa reducir los colores‘a vibraciones, las esencias no se pueden reducir a otras esen- cias. Sin duda hay algo asi como poner 0 deter- minar, -y también su esencia uene que ser aclarada. Tetiemos en este caso el juicio, espe- 66 cialmente la aseveracién, como in acto esponté- neo, instanténeo y ponente; y tenemos ciertas aseveraciones que se muestran como posiciones determinantes; asi las aseveraciones de la forma Acs B. Pero, cuando consideramos mAs de cerca la esencia de un determinar que nosotros efec- tuamos, vemos.claramente, sin embargo, que no es idéntica a la esencia del conocer; es mas: vemos que toda determinacién remite, por esencia, a un conocer, sdlo del cual puede obte- ner su justificacién y su confirmacién. Si se dijera que los hombres no pueden Ilevar a cabo actos de conocimiento, sino sdélo actos decermi- nantes, serfa esto una afirmacién temeraria, pero no careceria de sentido ensi misma. Pero si se dice que el conocimiento es, en realidad, de- terminacién, entonces esto se halla exacta- mente a la misma altura que si se dijera que los sonidos son, en realidad, colores. Natural- mente, el anilisis de la esencia no se agota con distinguir todo lo que no es*licito que se con- funda con lo que se est4 investigando, sino que esto es sdlo algo que este anilisis afiade. Y esto es, en definitiva, lo que yo quisiera inculcarles a ustedes con todo rigor. En la fenomenologia, ‘cuando queremos romper con las teorias y las construcciones, cuando nos esforzamos por vol- ver a las cosas mismas, a la pura y no oculta intuicién de las esencias, no se concibe por ello. f 67 Ja intuicién como una inspiraciéne iluminacién repentinas. Lo he acentuado hoy a cada paso: se requieren grandes y peculiares esfuerzos para, desde la lejania en que por si estamos de los objetos, obtener una aprehensién clara y dis- tinta de ellos; precisamente en virtud de esto hablamos de método fenomenoldgico. Se da aqui un. acercamiento cada vez mayor, y en este camino se dan también todas las posibilidades de engafio que todo conocer lleva consigo. Tam- bién las intuiciones de las esencias han de lograrse a base de esfuerzo; y este trabaja res- ponde a la imagen que describe Platén en el Fedro" de las almas que han de ascendércon sus carros al cielo para contemplar las Ideas. En el momento en que, en lugar de las ocurrencias stibitas, se implanta el improbo trabajo de acla- racidn, el trabajo filoséfico deja de ser tosa de una persona aislada y pasa a las manos de las generaciones que se suceden trabajando ince- santemente. Las generaciones posteriores no entender4ni que una persona aislada pueda idear filosofias, al igual que hoy no se entiende que una persona aislada idee la ciencia de la natura- leza. Si se llega a una continuidad dentro del, trabajo filoséfico, tendré lugar, ahora también . en Ia filosoffa misma, el proceso evolutivo de la ——_—— _ "CE. Pedro, 247 a 85. . 68 1 historia universal en el que una'ciencia tras otta se desprendié dé la filosoffa, Ella llegaré a ser ciencia rigurosa, no en la medida en que imite a otras ciencias rigucosas, sino cuando se dé cuen* ta de que sus problemas exigen un pi propio que requiere para su realizacién un te « bajo de siglos. ate Instituto de Investigaciones Fivosioas ag GIBLIOTEOA 3, FOUARDO GARCIA MA’ 72" CIUDAD UNIVERSITA! “MEXICO 10 Be” ‘ o ‘