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Obras de André Green en esta biblioteca ide muerte, narclsismo negative, funcién antes, en A. Green y otros, La pulsion de muerte | De tocur El trabajo de to negative Las cates de Bros, Actualidad de lo sexual El tlempo fragmentado La diacronia en peicoanslisis De locuras privadas André Green Amorrortu editores Buenos Aires - Madrid Es mucho lo que este libro debe al apoyo y Ia inspira- ssilioteca de psicoogia y psicoandlisis Direotoree: Jorge Colapinds y David Maldavsiey cién permanentes de Christopher Bollas. (On Private Madness, Andre Green Andre Green. 1972, 1974, 1975, 1977. 1978, 1970. 1080. 1988, por acuerdo con Mark Paterson & Associates, ‘Segunda ediein, 2008 { Teas los derechos de In edicion en castellano reservados por ‘Amorrert editores S.A, Paraguay 1225, 7” piso - CIOS7AAS Buenos ‘Aires ‘Amorrortu editores Espafia $.L.. C/Lopes de Hoyos 15, 9° toa 128008 Madrid wir: amorrortueditores.com ‘Queda hecho el depdsto que previene la ley 9? 11.723. Industria argentina. Made in Argentina ISBN 978-950-518-196-0 ISBN 0-7012-0681-6, Londres, ectén original Green, andre De locurés privadas, - 2" ed. -Busnos Aires : Amorrortt, 2008, "40 p.; 29x14 em. (Biblioteca de pstalogia y pstcoanisis / cingida por Jorge Colapinto y David Maldavsiy ‘Teadueckin de: José Lute Bteheverry ISBN 978-950-518-136-0 1. Pslcoanalisis, I. Btcheverry, José Luts, trad, H,Titulo cpp 150.199 Impreso en los Talleres Graficns Calor Bfe, Paso 192, Avellaneda, pro- vineia de Buenos Aires, en septicmbre de 2008, “Tirada de esta edie: 1.500 efemplaes. Indice general ret 31 48 88 120 148 163 217 269 300 326 346 374 4ul 415 Introduceién 1. El psicoanalisis y los mods del pensar ordinario 2. BI analista, la simbolizacién y la ausencia en el encuadre analitico 3. EI concepto de fronterizo 4: Proyeceién 5, Agresién, feminidad, paranota y realidad 6. Concepeiones sobre et afecto 7. Pasiones y destinos de las pasiones 8. Negacion y contradiccion 9. Espacio potencial en psicoandlisis de superficie, analisis en profundidad 11. El doble y cl ausente 12. La desligazén Fuentes Referencias bibliograficas Introducci6n. Cierto dia, un ex analizando me pregunté: r¢Por qué escribe?s, La pregunta me tomo por sorpresa: no hi bia pensado en Ja cuestion antes. Sin reflexionar, res: pondf: «Como testimonios. Desde luego que tenia con- clencia de aquellas razones menos confesables de las que habia tomado noticia en mi andlisis: necesidad de ser admirado, exhibicionismo, rivalidad edipica. entre otras, Pero en un nivel mas evohucionado existian ra- zones adicionales: el deseo de organizar la experien- cia en una teorfa y. finalmente —aunque no en altimo término—. la expresin de mi busca de la verdad en Ia filiacién de Freud. Con todo esto, sin embargo, no habia dado la respuesta correcta. Debi haber dicho: Es- cribo porque no puedo dejar de hacerlo», lo que no es: contradictorio con las interpretaciones que acabo de dar sino que las incluye. En efecto, este obstinado de- seo (que pertenece a lo inconciente) de satisfacer en forma sublimada las pulsiones de la propia sexualidad infantil no desaparece con el tiempo sino que perdu- ra, aunque trasformado, y conserva siempre el mismo caracter imperioso. No es menos imperiosa la necesi- dad de aprehender los elementos de una experiencia, compleja. a menudo oscura y a veces huidiza, para or- ganizarla en una visién coherente que garantice que no se ha de sustraer por completo 2 nucstro enten miento. Los propésites del inconciente y del yo se con- jugan en la compulsion de escribir. Estan fundados en ‘un tercer elemento, que toma en cuenta los imperatt vos del superyé y del ideal dei yo. No puedo decir que sienta en mila libertad de escribir 0 de no escribir: tengo que escribir para aportar al acervo de nuestros conocimientos y para mantener una autoimagen que ‘yo pueda reconocer. En cada circunstaneia, los orde- an namientos que componen mi personalidad psiquica, como dice Freud, convergen en la misma meta, im. Puesta mds que libremente elegida. Pero es cierto también que mi escritura, comaquie- Ya que s¢ la juzgue, es testimonio, Es, me parece, una muestra muy representati derivado, del movi- to psicoanalitico francés de la segunda mitad del siglo XX. A esto me quiero referir, para el lector an- glosajén, a modo de introduccién a fa presente obra, Se me puede cuestionar que me designe de este mo- do, por nacionalidad. ;No tiende el psicoa: las fronteras? Tal vez esto no Sea sino un ejemplo del narcisismo de las pequehas diferencias, del que hablé Fre anhelo ideal de alcanzar form Parece singular zarse sobre todo por sus divergencias, que brotan de distintas concepciones acerca de la mente pero que también se explican por la diversidad de tradictones culturales. La obra de Lai pudo desarrollarse Y opino que la de Winnicott guarda inti con Jo que él debe a su patria de 10 impide que tna y otra crucen las fron: teras de los paises donde vieron la luz primeramente. Tal vez ayude a explicar, sin embargo. ciertos malen- tendidos en que se incurrié al someterlas a critica. Me parece que el mejor modo de introducir al lec- tor en esta compilacidn de trabajos es narrar breve- ‘mente mi propia historia psicoanalitica; y ello tanto mas cuanto que los psicoanalistas franceses tienen fama, entre sus colegas extranjeros, de cultivar una forma érica, se di muchas veces, y excesiva- mente alejada de la experiencia clinica y la practica cotidiana. La explicacidn es simple: los psicoanalistas franceses pertenecen a una tradicién cultural que no es la del mundo anglosajén donde empirismo y prag- matismo se consideran virtudes, mientras que intelec- tualismo y abstraccién pasan mas bien por vicios. Apreciaciones de esta indole nunca me han convenei. 12 nte porque, leyendo a ciertos autores anglo- sajones bien conocidos, ine pensado que su produceién escrita era abstracta en extremo; Jo que ¢s un modo de decir que su teorizacién no me legaba. Por otro la- do, la obra de Bion y la de Winnicott siempre me pare- cleron intelectuales en grado sumo; entiéndase que ca- lificar un pensamtento de intelectual es, para mi, lau- datorio, Es general creencla que un analista que exponga material clinico queda a salvo del tracto. El lector no encontrara mi iversas razones. La primera es discrecion hacia mis pacientes, muchos de los cua- les tal vez tengan acceso a mi obra porque la bil grafia psicoa ida en Francia por un pt co que rebasa ampliamente los circulos profesionales; para no mencionar el hecho de que muchos de mis analizandos pertenecen en mayor o menor medida a ese amblente. En segundo lugar, no creo que presen- tar observaciones clinicas tenga valor probatorio para lo que un analista propone desde un punto de vista tedrico. Es evidente que la presentac ial se puede utilizar para flus- de vista diferentes si no opuestos, segan rcunstancias. Ninguna observaci anjar un debate tedrico. En los con- ‘0s, participantes cuyas opiniones difieren por sus fundamentos tedricos suelen sprobar-, uno tras otro, la correccién de su razonamiento con (tas aun clinico. Nuevamente, lo teérico, o sea, Abstraccién contra intelectualidad; tratemos de ex: plicar esto. Una teoria psicoanalitica estructurada, si 13 es coherente, es el producto de una actividad psiqui- ca, de una Durcharbeitung, que es un progreso en in- telectualidad, para citar una obra tardia de Freud, Moi sés ya ista (193%a). Sin embargo, no intercambio de la trasfer Distinguir entre abstrac rea facil: ocurre a menudo gue la primera pase por la segunda. Esto es lo que me ha ensenado mi autobio- grafia psicoanalitica. ‘Comencé mi formacién psicoanalitica en 1956, pe- ro sélo después de tres aftos de especializacion en pst quiatria y neurologia en que tuve la suerte de estudiar con maestros prestigiosos, de un talento excepcional. 1a notable penetracion clinica gas mds jovenes. Me inicié en la creencia de que ve de las perturbaciones mentales se debia busc: el cerebro. Sélo después que empecé a brindar trata- miento psiquiatrico concienzudo a respondian a una causalidad diferente de la revelada por el estudio del cerebro. Ad lejos de ser mero observador, como habla supuesto, pronto advert era objeto de trasferencia a pesar de mi mismo. tonces me senti abrumado por las reacciones emocio- nales que habia provocado y que escapaban de mi con- trol El de 1953 fue un afo ing La primera, un factor person macion en atria. En segundo de una rev medicacion psicotrépiea en psiquiatri ti6 a una escisiOn en Ia Sociedad Psfcoat ris, que culmin6 con el alejamiento de Jacques Lacan, Daniel Lagache y otros. En 1954, en el Hospital de ‘Sainte Anne, asisti a una conferencia dictada por Jac- 14 ques Lacan, que me produjo una impresién cnorme: én la oportunidad de verlo entrevistar a pacientes, lo que hacia con gran talento. Habia leido su texto «Funcién y campo de [a palabra y del lengua- 5 el momento en jay se ha hecho famoso con la de- Freud; estigmatizaba ¢l conductismo latente de las concepciones norteamericanas, la preeminencia con- ja fantasia —a Jo imaginario— (sobre todo a imo, la sustitucién de la referencia a la trasfe- por la referencia a la contratrasferencia. Enfren- unidad psicoanalitica toda, Lacan pro- ra del pensamiento de ala palabra y el len- Imiento del lingiista ‘0 por oposicion a y veces de la organizacion ‘te, como nos lo deja aprehender, por eje plo, el trabajo del sueno. En otras palabras, lo incon- lente no era cuestién de contenidos sino un sistema organizado y organizador. ‘La novedad del punto de vista de Lacan me impre sioné y encontré resonancia en mi. Pero cuando dec\- i iniciar una formacion psicoanalitica. elegi el otro campo. En 1956, M. Bouvet acababa de publiear una obra de interés clinico que me parecié importante, acerca de srelaciones de objetow: decidi entonces que €l seria mi analista Es preciso llamar la atencién aqui sobre la diferen- cia entre las dos perspectivas. La proposicion de La universo de cosas: de otro moda: que el psicoandlisis no podia ‘ser mas que el analisis de los dichos del paciente, Bou inconeic 15, vet implicitamente optaba por la tesis opuesta, a sa- ber. que son las relaciones de objeto las que presiden el discurso del paciente. Para Lacan, lo inconciente es. taba estructurado como un lenguaje. Para Bouvet. es taba constituido, segin Io habia indicado Freud, por Tepresentaciones de objeto estrueturadas de una ma. fe que la teoria de las relaciones de objeto es algo distinto de la concepeién freudiana de las representaciones de objeto: tanto mas cuanto que Ia teoria de Bow /ergia claramente de lo que en en general por esa expresion, ‘bairn o de ‘ie Klein De 1956 a 1960 me forme en el Instituto de Psico- analisis de Paris; en ocasiones concurria a reuniones lidas por Lacan, pero sin asistir a sus seminarios "0s. Empecé a frecuentarlos s6lo en 1961. En no- re de 1960, pocos meses antes de la muerte de M. Bouvet, Henri Ey organizé una importante confe- Tencia sobre lo inconciente, que congreg6 a psiquia- malistas. Por primera vez desde nguajes. Aunque reco- cl interés y el mérito de ese trabajo, lo critique * ya en ese periodo, sefialando que se des. ‘idaba y aun se oc jugar y la funcion de los, (0s en Ia teoria d Esto me parecia contra- de Lacan a seguir su ensefianza mientras yo seguia siendo miembro de la Sociedad Psicoanalitica de Pa. ris. El influjo de su pen: nal~ me hicier de wavesia, arios de La: 1 a 1967. Me introduje todo lo que fui ca- paz en las complejidades de su pensamicnto. Hast Perteneci a un pequeno grupo de trabajo en que siete 4 ocho participantes le presentaban material clinico para aprehender mejor el modo de aplicar su teoria en la practica Aunque mi curiosidad no quedara satisfe. cha en este punto. guardo el recuerdo de un trabajo interesante en mis intercambios con él. Creo que los afios de 1961 a 1967 pertenecen a lo mejor de la ense- fanza de Lacan; aquellos en que sus ideas alcanzaron Jamadurez y en que el hombre me parecia en la cum. bre de su creacién. Pero atractivos como eran estos se. minarlos, nunca se me impusieron completamente. Debo decir con verdad que Lacan representé un tre- mendo estimulo intelectual para todos los que lo si. ‘omo en otros, el ardiente de trabajar y de pensar. Nos instaba a no con- tentarnos con una visién panorémica de los textos de Freud, sino a trabafarlos para lar Ja manera en que su pensamiento se articulaba y el vuelo de su la- bor especulativa. Lacan esperaba, sin ninguna duda, que el resultado de seria una admisi6n to- davia mas firme de Se daha Por supuesto que la levarfa a con. cluir dor, su he- ‘gitimo. Se daba por supuesto que la potencia del pensamiento lacaniano excusaria todo lo demas, 0 sea, las libertades que se tomaban en la practic, la lela trasferencia y la fidelidad ineondi. Su persona. En mi caso, por la via de una esci- . cuya naturaleza defensiva adverti después, ha. jo entre Lacan teéri sordos al segundo. Comoquie- Fa que fuese, esta escision me permitié trabajar inten. con resultados cuyo punto de Itegada entre- Ja partida, pero que debia demostrar en el depentencia de eatos dos aspec: ) dela actividad de Lacan. No hace mucho he raciOn de este punto de vista en Le langage dans (Green, ontinuacion de mi trabajo sobre ‘ue he de referirme mas adelante 1e después se conoce- ria como el «Freud francés. Es cierto que el pensamien to de Freud es polisémico y que también se podria ha- blar de un «Fre wrteamericano», por ejemplo el de Hartmann, que no tendria nada en comtin con el de Lacan, Segui el consejo de Lacan de estudiar a Freud concienzudamente, de una manera casi exegetica. Pero mientras mas progresos hacia en la comprension de 5 obras de Freud, mas advertia que el sretorno a . no estaba de ac el portavoz del de darme la po- lidad de expresar mis fablico, en su se- minario. Como yo era més facil que a sus ais Empecé con el examen de concept: del objeto a [Green, 1966}; su interpre cal del ello); me empené en estudiar de completa posible lo que de ahi se seguia: cion sobre las diferencias entre Lacan y Freud, y senté nociones de mi propia creacién que me parecian més fecundas. Propuse, por ejemplo, el concepto de 6n al concepto de la es- ‘erpretacion del narci anto expresién del ay r la excitacion a cero: u pre en esa ocasi6n. Por mi parte, tiendo a su ensefanza, a pesar de diversas presiones dirigidas a que me alejara. Entretanto, desde 1961, du rante cl precongreso que se realiz6 en Londres y el Con: greso de Edimburgo, me habia mantenido en contac- to con psicoanalislas de la Sociedad Britanica, Fue tonces cuando conoci a D. W. Winnicott. Herbert Ro- senfeld, Hanna Segal y J, Klauber, cuyas presentacio- inicas me imprestonaron mucho. descubri otra manera de comprender la practi- y de interpretar la escucha. A medi rizaba con esta concepeion, mas me da que me fami 18 conveneia de que era alli donde podia encontrar lo que echaba de menos en el abordaje de Lacan, que me pa- recia insatisfactorio, y hasta descam causa de su excesiva abstra Dejé de asistir al seminario de Lacan en 1967, tras la publicacién de un trabajo sobre narcisismo primario (Green, 19675), en el que Lacan consideré que yo no habia tomado suficiente: mente en cuenta sus ideas, Yo habia seguido a Lacan en nombre de la libertad de pensamiento y ahora él me reprochaba que pensa- ra por mi cuenta. Alli terminé nuestra colaboraci6n. Por otra parte, me de miembros de I que enriquecia mi ex ‘ese momento me conver entente cordiale en psicoanalisis. En 1970 presenté, ante el Congreso de Psi tas Francofonos, un informe sobre 1973). Este trabajo me permitio esclarecer mi En primer lugar, pude analizar el concepto de la nera mas completa basandome tanto en la obra de Freud como en el psicoandlisis posfreudiano, y tam. bién considerarlo desde un punto de vista clinico.? En segundo lugar. me proporeioné la oportunidad de ex: 1960. /presentacién sobre los afect [recente su segundo models tplee del aparst pat { quico. Si la referencia a la representacién es menos siiGoan deade ese momenta, gor oto lado emia. | So'tanconctente port ell eva a Bred a reer en frceucncla cade ver mayor a impulsos puliona. {os mas que al afeco como fl Es clerto que Inbi ién, sintoma y angustia (Freud, 1926d) trata del afecto de angusta, Pero en general se admite que ta concep l 2 para un examen mas breve sobre el afeoto, véase inf. el ea- pitule 6. 19 cidn freudiana de los afectos pe: ce incompleta y en muchos aspectos oscura hast més, una destacada tendencia psicoanal inicia con Fairbairn, Melanie Klein y Marjor ley. y que en la actualidad se prolonga en Kernberg, tambien la consecuencia de una evolucién de la prac- tica, 1unca abandoné su interés por el andi luras no neuréticas. Ademas eabe apuntar enel a perversion 972, J.-B. Pontalis me invité a formar parte del comité editorial de la Nouvelle Revue de Psycha- nalyse. All{ me encontré con colegas de mi propia ge- neracién; todos habiamos seguido a Lacan, y después nos habiamos apartadi La orientacion general de la Nouvelle Revue de Psychanalyse se situ: la fillacién posiacaniana y al mismo tiempo m 5 wr las obras de analistas de Briténica. Masud Khan, quien integraba el comité como coeditor en el extranjero, nos gulé con sugerencias para traducir y dif ott, en particular, pero ‘teamericanos ‘ideas de Wir bros, marco un verdadero giro en el psicoanal cés, Considero que Playing and Reality (Wi de las obras fundamentales del psi andlisis contemporaneo. Ademas, Ia obra de Melanie Klein, ya conocida en Francia, fue objeto de interés re- novado como consecuencia de los trabajos de sus st cesores, sobre todo H. Segal, H. Rosenfeld y, en espe- cial, W. Bion, Este iltimo autor fue el que mas atrajo mi atencién; estudié su obra desde 1970. s escritos de Winnicott (y de sus seguidores, so- bre todo Masud Khan y Marion Milner) daban una no- ta incomparablemente verdadera en la clinica: sorpren- dia Ja originalidad de sus conceptos, su novedad y, agregaria, su frescura. Trajeron aire nuevo al espacio psicoanalitico, despojaton Ia técnica clasica de su ri- to de las cott, gracias a la traduccién de sus i fran- 20 gidez y concedieron renovad. analizando. Esta libertad ya mo periodo de la obra de Feren bié expresion en sus sucesores, lint, Pero ereo do una trayectori a través de la pediatria hasta cl psicoandlists (ef. Winnicott, 1975), aleanzo su desarrollo pleno. Conocemos el influjo de Melanie Klein sobre la obra de Winnicott; pero esto mismo le hizo ver Ja urgente necesidad de escapar del dilema planteado entre objeto externo (Freud y A. Freud) y objeto inter. no (M. moviéndolo a crear el espacio interme- diario y los fendmenos transicionales que eran esen. clales para la comprensién de las estructuras no new. roticas. W. Bion dio nuevo impulso al kleinismo ortodoxo 'mar asi— por el enlace de la obra de Klein con la de Freud. Com bida en ia exploracion de las fanta empefio en enlazar conocimientos abienidos por me dio del pstcoanalisis con otros modos de indagacién (Gilosofia, logica, matematica, fisica, biologia) al su consumacién en la obra de sus anos de madurez, de Learning from Experience a Attention and Inter. pretation; tras lo cual, como desengafiado de su pro- pia claboracién frente a la inmensidad de lo descono. ido, que su teorizacién no podia aleanzar, su obra to- un sesgo que desconcerté aun a sus admiradores mas fervientes. Por mi parte, descubri en Bion a un autor que se podia medir con Lacan. Creo que los dos, cada uno desde su ai tuvieron.un proyecto co- min con referencias Y teoricas completamen- te diferentes: la esperanza de reformular la teoria psi- ‘ca dentro de un marco epistemolégico contem- Poraneo que nos permitiera superar aquello que, en Ia obra de Freud, Hevaba el lastre de las ideas de su 21 tiempo, que ya no son las nuestras. Ahora bien, mien- tras gue Lacan se bas6 estructural, desterrando. U6 de las experiencias emocionales mas p Hoy yo dirfa que Lacan incurrié en el error de una abs- fa, mientras que Bion, con su referen- cia constante al afecto y al proceso de trasforma fue el intelectual mas auténtico, en el mejor sentido del término. En 1974, el Comité creado para preparar el greso de Londres de la Asociacién Psicoan: ternacional, que se levaria a cabo al ano siguiente, me ‘encargé un informe sobre los cambios ocurridos en la teoria y la practica del psicoandlisis (véase infra, el Esto me dio la oportunidad de reunir los que enlazaban a diversas obras contemporaneas mar un cuadro de conjunto, y proj pacientes fron (cn tanto el negativo de ta perversién) qt Freud, me parecié que habia sitio para otro cido de una perspectiva nueva sobre neuri sis, revelado por ta bibliografia psicoanal veinte afios precedentes. Dediqué ese trabajo a la me- moria de D. W. Winnicott. ‘Consideré que desde Freud habia cambiado proba- blemente menos Ia poblacion de analizandos que la ‘escucha de los psicoanalistas. Por cierto no se puede desconocer que encontramos menos neuréticos que en Ja época de Freud, aunque solo sea porque aquella po- blacién esta mas repartida entre una cantidad mayor de analistas. Pero esencialmente, la escucha del ana- lista ya no cs la misma. Hoy es mas sensible para de~ tectar conflictos cargados de potencial areatco, que tal vez se descuidaban en el pasado. Hoy —aun si no to- dos 1o formuiamos de la misma manera— som sibles para el proceso de simbolizacién, que ‘en una perspectiva winnicottiana més que lacantana ‘ Kleiniana. Me parece fundamental, por ultimo, el pro- blema de Ja ausencia del objeto y de sus repei nes sobre la funcién de representacion, que reactiia 22, a y sobre la simbolizacién. En este pun. muy itil lo que aprendi de Lacan y sus ideas sobre el lenguaje como presen : Desde 1976 tuve ros personales regulares, ‘con Bion, a quien habi 1 el Simposio s0- bre perturbaciones de la personalidad fronteriza, ganizado en Topeka por la Menninger Foundation. El lector de lengua inglesa tal vez rectba la impresion de que mis afinidades personales me han llevado més cer- ca del otro lado del Canal de la Mancha que del otro lado del Atkintico. Pero si mi cultura psicoanalitica es incompleta y bastante limitada respecto del universo de los autores anglosajones, a menudo he expresado mi pesar por el hecho de que estos mismos autores apenas citen en sus escritos la obra de sus colegas fran- ofonos; al menos hasta hace muy poco ‘A partir de 1966, mt obra si 0 y tedrico del narei usual. Me impresiono que después de proponer su t ria definitiva de las pulsiones, Freud hubiera perdido interés por el narcisismo. Ni siquiera manifesté la ne- | ‘cesidad de explicar cémo la oposicion entre pulsiones | de vida y de muerte modificaba sus anteriores concep jones Sobre el narcisismo, o la reinterpretacién 4 Te debia dar a la luz de sus nuevas ideas. El éxi muestfa claramente, sin embar- ‘a su fecundidad en la teo- verso pateoanaliticn Hasta hoy, han side removidas en tre autores ingleses yletoresfraneeses pero no ala inversa, al menos ‘en igual proporcion. Por eso me resulta especialmente grato que Ho= eau prestgoscolccn The de Londres en. 1978-1979 (vease infra, 1 23 Pétesis es que esta tendencia hacia la unicidad se ve contrarrestada por un narcisismo negative de las pulsiones destructivas, qu ci6n inversa y cuya dnica manifest es la tenden- ‘laa reducir a cero las investiduras yoicas. Lo eviden. en la clinica, toda patologia narcisista que nos pre ssiados de va ico y desinvestidura ‘©, que promueve la libido yoica, y por el no negativo, que desinviste la libido yoica sin devolverla al objeto. La indiferencia resultante ni ‘quiera se pone al servicio del egoismo, como Io pi ra hacer por medio de una falta de empatia hac objeto. En muchos casos pareciera que el yo se desi ‘teresara tanto por él mismo como por el objet { quedara sélo un anhelo de desaparecer: de ser arras. ado hacia la muerte y la Nada. A mi julcio, esta es | \ Ja expresion genuina de la pulsién de muerte, que en | manera alguna es comparable con la agresividad ni con | spacidiad de proyectar. Concedo | ‘que esta es una proposicién especulativa, pero es acor: de a la observacién y se la descubre en clertas filoso- fias orientales que alientan 80 absoluto a expensas de 24 { comtette deme (~ "Todo psicoanalista sabe que la experiencia clinica mnocimiento, pero que sélo adquiere sentido genuino iluminada por la teoria que da razén de ella. Ahora bien, desde la muerte de Freud, Y aun antes sin duda, ya no es posible referirse a la teoria psicoanalitica en singular. Como lo mostramos antes, ¢l psicoanalista tiene que abrirse camino por la selva de las teorias contemporaneas, con la herencia de Freud como tinica guia. Cada uno de nosotros elige en cada encrucijada de la tcoria y prefiere la senda que [Te parece mejor para seguir adelante. Porque sila obra{ de Freud contintia sienc ina viva y en continuo avance. Yo mismo no he escapado a la suerte comm. Tras un estudio concienzudo de Freud, mi elaboracién tes: rica se vio influida por Lacan, Winnicott y Bion. Pero no soy lacaniano nl winnicottiano ni bioniano, y reo tampoco haber caido en mo, He intentado enriquecer mi pensamic tos tres autores sin despojarme de dualidad. Me atrajeron en mayor que su obra me ofrecié mas materia para pensar. No pretendo que deba . ¥ reconozco el derecho de los demas a hacer eleccio. nes distintas y llegar a conclusiones diferentes. Nues- {ros analizandos nos confian un material tan rico y complejo, asunto de una reflexion constante, que nin- guna interpretacion tedrica puede pretender su repro. duccién exacta ni, menos alin, exhaustiva. ‘Si pongo el acento en Ia interpretacién, se trate de los pacientes 0 de la lectura de Freud, ello no supone ‘que comparta la opinién de algunos que ven en el psi coandlisis una rama de la hermenéutica. Los trabajos que hoy adoptan esta linea suelen ser radicalmente es. 25 cépticos. No creo que todas las in gan el mismo valor, mi que su relacion dependa exclusivamente del punto de vista adoptado. B] afan de restar importancia a los descubrimientos del psicoandlisis esta en Ia base de esta actitud que relativiza nuestro conocimiento psicoanalitico, tal vez en demasia. E] dominio de nuestras certczas ¢s limt- tado, desde luego. Pero no se debe confundir el debate con disputas entre tedlogos. Tampoco doy eré- los que habl ni opinion con ligereza, de ciencia del psie« ‘al menos, es preciso dejar 10s oficiales de clencia lim: | deg contemporaneo | eubrir idioma) que no €s el d \Jigiosa ni ef del postevismo ‘ional ni el de fa razon estrecha, Ex: 20 ‘unas logicas, de lo inconciente, que hemos empezada, a. comprender cada vez mejor desde Freud, acaso cn| una medida que él nunca imaginé. Winnicott nos ha] ‘mostrado el interés heuristico de las paradojas dentro| re ellas, la que opone el objeto subjet: \\e_y el objeto pereibido objetivamente } it oponer la obra de a de sus sucesores, en tanto veia estructuras as. Hoy lismo. Tomaré-un ejemplo para ilustrar lo que quiero decir. El estudio de estructuras no neuréticas ha traf- do a la luz dos tipos de angustia respecto de los q) parecen estar de acuerdo los autores, en su mayoria, aunque empleen términos diferentes: angustia de se- paracion y angustia de intrusion, que ponen de mani- fiesto una debilidad de las fronteras entre el yo y el objeto. Pero, sia la angustia de castracion (descrita por Freud) uno agrega Ia angustia de penetracién —més especifica de la sexualidad femenina, en mf opinién—, tenemos el par castraciOn-penetracién, que encuentra ‘su par correspondiente en separacién-intrusion. Sin 26 tos dos pares de opuestos se refieren a a niveles de de te interesan a la tramos en Freud; de la separacién-reuni6n, con térm nos de Winnicott; 0 del continente-contenido, de Bion. Ya Bouvet, hace algdn tiempo, propuso, dentro de una perspectiva similar, el concepte de distancia del objeto. Lo que llevo apuntado se refiere al espacio psi , pero uno podria demostrar también corresponde: las andlogas en el orden del tiempo. Freud veia Ja tendencia a la descarga del proceso prim: ‘opuesto de ta posi ‘arreglo al proceso secundario, Bion situs el dilema fun- damental de la psique en esta alternativa: o huir de ta frustracién por ¥ ja elabordndota por medio del pensar. Acerca del psicético, afirmé ejecuta la identificacién proyectiva con velocida terestelar. Winnicott, por altimo, trato de definir 1 tiempo optimo de espera para el infante. Siese tiempo es reducido a la nada por la madre que responde mediatamente a las necesidades del bebé (o las ar pa}, asi ella fo priva de la capacidad de elaborar. St su respuesta excede de cierto umbral es catastroficas en el niflo, con expe- 1s de desintegracién. Aqui la distancia correcta 1po oportuno. La madre lo bastante buena es la madre lo bastante mala. Pudiera ser que, en un nivel tedrico elevado, las cuestiones del andlisis fueran las mismas que los pensadores enfrentan: lo verdadero y lo fals s0 aqui en el self falso); 1o real y lo ilusori el espacio intermediario}; lo bueno y no el pecho kleiniano): el bien y el mal (es la c ética del superyé); el orden del lenguaje y el orden del ‘mundo (aqui tenemos a Lacan y su significante}; sen- sentido (lo inconciente de Freud); razén y sin- 1ra 0 psicosis?). A diferencia de los filéso- tros no intentamos responder estas pregun- tas en la soledad de nuestros proplos pensamientos, sino en los empefios del par analista-analizando, den- 27 tro del encuadre psicoanalitico. Es cierto que nuestras respucstas no siempre son satisfactorias. Debemos con formarnos con aproximaciones (Bion), medidas con una verdad absoluta que permanece inasequible. La experiencia y la reflexion nos convencen, empero, de que arrebatamos una parcela no desdefiable de cono. eimiento de lo incognoscible de la mente humana, Freud ya sabia que las fronteras entre nei normalidad son apenas discernibles. Tras su huel hemos aprendido que muchas personas bien adapta, das a la realidad social y externa al cura privada. Los proptos psicoanalistas es. an lejos de ser inmunes a ella. Uno se entera de esto indo algunos, como H. Searles, quiebran la ley del Ho. ¥ Winnicott dijo ademas que para ser capa- ces de comprender a psicdticos, necesariamente debe, ‘mos tener algo en comin con ellos. Los que & pacientes fronterizos para dedicarse exchisivamen, fe al andlisis de neurdticos tienen sin duda la suerte de beneficiarse con represiones mas fuertes y efleaces Pero, zqué analista puede exeluyendo de su divan a t presenten una neurosis clasica, 0 pres No parece que tengamos esa opcién. La locura priva. Ga nos saldra al paso con mas frecuencia de lo que pre- verfamos o esperariamos. También es posible recono. cerla y contar con ella, een forma de libro us conciencia de un fenéme- pilacton, que abarca mas de una la. revela, por el cotejo entre los distintos traba- » que ideas que en su momento parecieron inaugu. Far un desarrollo nuevo ya germinaban muchos anos antes en ur Ho previo. Desde luego, la idea, en ‘a primera formulact6n, solo existia én forma ru rentaria, ¥ no se hubiera creido que adquiriria th nalmente tanta importancia, Hasta puede ocurrir que luna idea cuya autoria uno pretende haya sido tomada de un colega; una criptomnesia llevada en silencio, ‘Ya tuve oportunidad de apuntar esto mismo cuan- do preparé otra compilacién; en ese momento se me impuso una inferencia. Todo analista sabe del proce. 28 0 psicoanalitico dentro de la cura, Tal vez, para el ana: lista que escribe, exista un proceso psicoanal no se revele por su solo autoandlisis. Propongo lamarlo €1 proceso psicoanalitico tedrico. A este debe cada.uno personal de pensamiento. Nuestra formacion psicoanalitica ineluye nuestro analisis personal, nuestras supervistones, el estudio de la teorfa, Pero, por suerte, en ninguna parte nos for- mamos para escribir. La obra escrita de un analista es probablemente otro modo de proseguir su autoana- lisis con posible beneficio para los demas. No hay du- da de que se trata de un ejercicto que se incluye en fo de la sublimacién. Definir aquelto que es asi sublimado rebasa el propéstto de esta introduccién Tal vez se deba atribuir al masoquismo del analista ws peso del que sc sucle concederle. El utiliza su i, porque hacerlo no necesa- fe forma parte de su labor. Sacrifica a la escri- cualquiera que sea el placer que le depare, los iceres que le procuran otras empresas menos inte: iales, Cuando se retinen colegas, se declaran de uerdo: {Qué profestén locals, Tal vez la escritura for- locura privada del analista. brarse de ella, en parte, sdlo si escribe sobre las locuras privadas de otros, a saber: sus analizan- dos, a quienes dedica una de las partes mas preciosas 10 en el intercambio intersubjetivo del in- conciente, 29 1. El psicoandlisis y los modos del pensar ordinario En un trabajo inconeluso esc rante el otofia de 1938. Freud escribio: sis tiene pocas perspectivas de ser bien visto 0 popu- lar. Y no sélo porque muchos de sus contenidos afren- Jientos de numerosas personas: casi igual efecto perturbador produce el hecho de incluir nues- tra clencia algunos supuestos —uno no sabe si contar: los entre los resultados de nuestro trabajo o entre sus premisas— que no pueden sino parecer en grado su- nos al pensar ordin: que las resistencias a censura no sélo moral sino también int si suexistencia te capitulo inicial trataré de mostrar que la progresién de la obra de Freud lo constriné a reconocer la exis- tencia de modos de pensa todavia mas extraor- dinarios de los que podia esperar cuando propuso su primera hipétesis sobre lo inconciente. os al analizando que omita cen- 5 y diga todo To que se Ie ocu: jan es de las dos categorias, 1 el analizando emplea las aso- claciones libres, ha aceptado de nexo racional entre los pensami de nexo por medio de la mnalista establece entre ‘comunicado por la asocia usin de eslabones faltan- indica que nes que la mente tes partes del materi libre del analizando, cor tes que implicitamente operan en silen¢ 31 Gas bambalinas obra cierta forma de logica que no obe. eve a las reglas de Ja razén comin. gPodrd ser que no exista contenido latente alguno 0 que, si existicm, le? igo resumir Tas diversas etapas que de esta logica otra, Me dicional, y se rigen por el prin siempre se deja en claro que también los pr ‘marlos, que se rigen por el principio de placer, tenen ‘ogica implicita. He aqui sus principales caracte. desconocen el tiempo; no toman en cuenta la Operan por condensacién y desplazamien. leran espera ni demora, Logran expresarse os obstaculos que pretendieran impedirie darse a conocer: en otras palabras, permiten que nutes, {70s deseos inconctentes experimenten cterta forma de cumplimiento, Este es el punto principal que queremos sefalat, No obstante la censura, los deseos rep! “placer. Me parece que hemos subestimado el asp Saludable de ese logro y hemos destacado en demasia, su aspecto patologico, La oposicién entre los procesos primarios y secun- darios no se debe presentar diciendo que los primeros son irracionales mientras que los segundos son racio, nales, Mas bien son procesos rivales y complements, ios que se rigen por dife 32 clones de compromiso, para construir un puente en. tre elias. ee ~~ Me parece que si Freud se obstiné en mantener o de vista dualista en ta Teoria de 1a5-putsiones. ‘Jemplo, fue porque habia comprendide intuitiva, lente qué Ta dualidiad ficial ere ta condicion access, | ria para Ta producetén de algo otro-qne-naeiera de la i6n entre Tos dos términos geiiérices, / "No quiero decir que tr duatitad ‘sewprimitiva sino™ i €s el limite de la reduecion maxima posible por lo que toca a la inteligibiltdad. La con dy Y adecuada para que se establezca una existencla de das términos, Esta declaracién simple trae muchas consecuencias. Erige el par como una re ferencia te6rica mas fecunda que todas cuantas em: lean la unidad como base. Si reflexionamos un poco esta dualidad fimdamental supone iclon para que se produzca algo tercero, la base de la actividad simbélica. En efec. de un simbolo demanda que dos ele. mghos Separadios Se TéGnaHi para formar un tereer ee, meiito que toma presi adas sus ca¥acteristicas de los OiFos dos, pero que sera diferente de la suma de aque. las ‘odo ésto nos conduce a la situacién analiti las dos partes que constituyen su esenci estan reunidas y, al mnismo tiempo, separadas. No man. tienen contacto fisico. EI contacto se puede establecer Nalttaves del elim emoclonal dc eee eet el silencio puede ser vivido diferentemen. te por cada uno de los compafteros. Una forma de con. tacto se establece también a través del habla, que tn dica la parte de si que el analizando desea poner en contacto con el analista. Pero, gpodemos decir que el diseurso del analizando ¢s ef analizando? Evid mente no, porque operan la racionalizacién y la nega { cion. Sin embargo, i no creyeramos que ei diee en analizando trata de decirnos algo acerea de él nis, (_ cl analizando es v no es el analizando, y que es pro. \ ducido por su actividad simbélica que procura reunir 33 a lo separado, Es que la separacién se constituye en una oportunidad Tiieva para otra forma de reunion. ~ Lo que esta separado Teclama una separacién do- ble. Primero, hay separacién entre el analizandc Pero esta separaci6n es reiterada por cada uno ‘ompaieros: en efecto, cada uno tiene un jente separado de su propio conciente. Ei discur- 's0 del analizando sera en Itado de un do- ble compromiso, Expresara un compromiso entre 1o entre el deseo de estar en contacto con el an ti de evitarto _Parecidamente, la escicha del analista theme < trabajar sobre todos esos dominios al mismo tiempo; tn efecto, debe reconocer que lo Pan compromise entre lo que desetira con ayuda de conetente y lo que alcanza a comprender por medi de su inconciente. Seria erré1 que cl ista | hho comparte los deseos de contacto con el analizando | O que no esta tentado de responder de manera simé- | Yentos por los cuales este intenta rom- | por ser 10 posible en esos movimientos de ida ce expresa con fines para ‘preciso mantener el contacto con rar al mismo tempo la distan y vuelta, La déjicos porque elanalizando y g 80; condensa los modos de razonamiento cen al pensamiento logico racional y a a¢ de logica que se rige por otro tipo de racionalidad. De hecho, nuestras interpretaciones incluyen enuneiados quese traducen en . POT UC, »POF €80s, etc. Al mismo tiempo, dicen tam| stada es un signo de amor, que cierto amor aparente esconde mucho odio; que 1s de desespera- otro muera o de fusién eterna con el otro. La situacion que acabo de deseribir supone que el yo puede ser capaz de reconocer la existencia de los 34 negar to- do derecho a los procesos secundarios de la razén ob- |jetiva. Sobre todo, supone que el yo puede pasar de El yo tiene que ser capaz, principalmente, de establecer conexiones fle: xibles, que, en alt ja, se hagan para formar hi- pétesis y conclusiones provistonales, y se deshagan pa- ra dejar espacio a otras que representen mejor la si- tuacién, Considero que conviene pensar que existe una tereera categoria de procesos. Propongo llamar prace- 0s terciarios a estos instrumentos de oaestas ‘ones. Bn efecto. en oposicion a lo que Freud fovesos secunda- rios dominen a los primarios cuanto de que el anal lo pueda hacer el empleo mas creador de stt co- existencia. y -spirituales mas re- finadas lo znismo que en la vida cotidiana, Tal vez sea mucho pedir. Mi consideré que podia cont yo para conducirlo a una pereatacion de to inconcien- tca través del retorno de lo reprimido, pudo creer que estaba en condiciones de resolver las d herentes al tratamiento psicoanal Jusién de que gran parte del yo era a su vez in- sin duda que este fue para él un descu- analizadas, no podian menos que forzar al yo a con- eluir que lo inconciente no era una fiecién. Cuando Freud descubrié que el yo no s6lo era la sede d sistencia sino que era inconciente de sus resistencias, y que sus mecanismos de defensa permanecian opa ‘cos para él mismo, se atuvo a signos que él podia es cuchar pero que permanecian silentes para el anall- zando. Freud no hallé los medios que le permitieran analizar légicamente esto inconciente no reprimido. EI habfa hecho de la integridad del yo una c: 35 gado a admitir la dura verdad: «El yo, para que poda. mos concertar con él un pacto asi, tiene que ser un yo normal. Pero ese y como la norm: en general, es una flecion ideal. El yo anormal zable para nuestros propésitos, no €s por desdicha una ficeion. Cada persona normal lo es sélo en promedio, Su yo se aproxima al del psiestico en esta o aquella pieza, en grado mayor o menor (Freud, 1937c. pig. 235 [pag. 237). Notemos que Freud se refiere aqui a la psicosis y Ro a la neurosis. Esto significa que se ve obligado a admitir que el yo normal incluye una diversidad de distorsiones en su relacién con la realidad. q en duda su capacidad de integracién o su poder d tesis. Nos es licito agregar que esta alteracion del yo es responsable tambign de la defeccién del se; aliado: la trasferencia, La trasferencia positiva o aun la ambivalente tenian por base la idea de que, con la ayuda del analista, se podia encontrar un compromi- ‘80 mejor entre las demandas del ello y el yo, que debe tomar en cuenta también al superyé y al princi realidad. La reaccién terapéutica negativa con: esta presuposicién. “Durante el trabajo analitico no hay impresion mas fuerte de las resistencias que la de una fuerza que se deflende por todos los medios contra la curacién y a toda costa quiere aferrarse a la enfermedad y el pade cimiento. A una parte de esa fuerza la hemo: ie dualizado, con acierto sin duda, como conciencia de culpa y necesidad de castigo, y la hemos localizado en la relacion del yo con el superyd. Pero se trata s6lo de aquella parte que ha sido, por asi decir, psiquicamen- te ligada por el supery6, en virtud de lo cual se tienen de esa misma fuerza puc- den estar operando otros montos, no se sabe dénde, en forma ligada o Ure. Si uno se representa en su to. talidad el cuadro que componen los fenémenos del ma- soquismo inmanente de tantas personas, la reaceién terapéutica negativa y la coneiencia de culpa de neurdticos, no podra ya sustentar la creencia de que el acontecer animico es gobernado exclusivamente por el afan de placer. ®stos fenémenos apuntan de mane- 36 Fa inequivoca a la presencia en la vida animica de un poder que, por sus metas, llamamos pulsién de agre- ‘sion o destruecién y derivamos de la pul te originaria, propia de la materia animad: 242-3 [pag. 244] les de ese estado de cosas. No he de examinar aqui el con muerte salvo para senalar que sie duce es porque el yo parece haber les serias, que atafien al yo y a la pulsién de agresion, hacen que la lista fracase, ler lo que Freud dice act ca de estas dos situaciones, con arreglo a la perspec va que he escogido, la actividad psi de estos términos. La ada por la busca de displact de dispiacer se ha convertido en cer. Es como si el sujeto dijera al placer. En muchos casos el placer es slo superficial y que sat ‘as mantienen el sufrimienio. Pero hay otrt casos en que el dolor psiquico es tal que parece di creer que procure al sujeto satisfaccién alguna. Pode- mos preguntar: gen qué consisten los pensamientos Inconcientes de estos pat to tiene su realidad psiquica si persistimos en consi- derar que su discurso manifiesto es un discurso encu- bridor? La realidad psiquica de in duda, la diferencia resi ide estas operaci Ja desesperanza, Freud afirmd la realidad psiqui 37 ‘ca es la tinica realidad genuina. Esto también se apl ca al caso que venimos considerando, Melanie Klein nos mostré la importancia de los procesos reparado- res on Ja depresion, y ereo que los casos que Freud menciona estan penctrados de rasgos depresivos. Pe: ro hay mas. Winnicott mostré que en ciertos pacien- tes la Unica realidad es la de Jo que no esta presente, que nos hace suftir por su misma ausencia. La ausen: cla no conduce a la esperanza sino a la desesperanza. En este punto podemos inferir que los procesos de pen samiento inconciente de los pacientes que manifies {an los rasgos descritos por Freud remiten a una real dad psiquica —la tinica verdadera para ellos— forma- da por objetos que solo existen por el desengano o el displacer que causan, EI vacio del yo es més con: tente que sus logros. Todo el aborrecimi mora en estos analizandos refleja un compr tre el anhelo de perpetrar una venganza ine: y el anhelo coexistente de proteger al objeto d deseos hostiles que le son dirigidos. Esta v ce de una herida que alcanzé a es mismo ser y desahucié su narc no Jo advierten, en buena parte porque sus pensan saben distinguir entre el dano que anhelan tm: se a ellos mismos —que a menudo permanece Inconciente— y el que ansian infligir a su objeto. No capacidad de valorarlos, su en que mas lo necesi en que logran este propésito, han demostrado no s6l0 {que no son capaces de inspirar amor sino que de otros no es mas que una fachada superficial que esconde su aborrecimiento, En suma, ¢l amor es siem- pre incierto, el odio es siempre seguro. De igual modo se las arreglan para perpetuar todo lo posible esta for- ma de relacién sadomasoquista que han escogido, siem- pre que encuentren un compafiero que acepte el pa- pel que le han asignado. 38 Si el andlisis se basa en la posibilidad de estable- ‘ica enlaces nuevos con lo que fue segregado por represién, podemos afirmar q ta capacidad de establecer enlaces no esté dest ‘aqui como en cambio Io esta en la psicosis. Pero los enlaces se establecen siempre de una firma que su resultado nunca es positivo. St analitico proporciona a estos pacientes sentido adicio- ido es siem- estos anal {plus-étre) cuando disminuye su bien-estar (bien-€tre) Jo que —en definitiva— constituye siempre una acu- sacién implicita a aquellos que los han traido al mun- do, puesto que no pidieron nacer. La respuesta a esta situacién procura mostrar al paciente que su afin de producir desesperanza en el indispensable para verificar que es- jo lo que sucede en el te. Esta ¢ la mejor prueba de amor que cl analista pue- cado sobre el objeto es quiza, como lo cree Winnicott, un amor sin miramientos, Porque la ambivalencia ¢x- trema de estos pacientes corre pareja con su extraor- dinaria intolerancia de ella, del mismo modo como sus imientos de culpa inconeiente reflejan to de sentirse culpables y una ide: ra fen de si mismos, simétrica de 1a imagen del objeto ideal que en vano buscan so- bre la Tierra, La logica que antes expusimos, Ia del proceso pri ‘mario tal como Freud lo defini6, era —en cierto modo— una légica basada en la idea de un par de opuestos for- mados por el anhclo, por un lado. y la prohtbicién, por el otro. Si la prohibicion se suspendia, podiamos su- poner que nada impediria una unién feliz. con el obje- to. En sintesis, no se concebia que el objeto pudiera no amar al sujeto, 0 que lo odiara. En esta perspecti- va, la lgica de los procesos primarios es una légica de la esperanza; lo opuesto de lo que he llamado la 16- 39 desesperanza. En esta, en él primer plano objeto: no el deseo, no la prohi 1. Sila Se experimenta como imposible es porque el sujeto no se puede sentir amado por el objeto ni de amarlo. Es una légica diferente, respecto del eon. Mlicto entre el deseo y la prohibici rrque prevalece cl conflicto entre el yo y el objeto en torno del amor ¥ del odio. Desde Iuego, cuando hablo dei objeto me Feflero al objeto interno, tan profun iterno objeto narcisista plasmado sobre el narci lo del sujeto, La reacelén terapéutica negativa nos ensena que las fijaciones al odio son mucho més tenaces que las por dos razones. La primera conviccién de haber sido destituido de un amor al que uno tiene tanto derecho como al aire que reapi- ra. En estas condiciones, es dificil resignar un objeto sin desear obtener este amor hasta el final. La segun. da razon es que el odio se acompafia de culpa. Resig atadura interna con este porque ¢s mejor tener un ob- Jeto interno malo que arriesgar perderlo para siempre. correspondencia entre la relacién del yo objeto y del yo con el superyo. Volvamos ahora al aserto de Freud referido a las distorsiones pstedticas del yo. Hasta aqui debimos tra, far solamente de la esperanza y la desesperanza den. fro de un sistema especular de dos términos opuestos y simét ‘tre sf, Podemos comprender que, con- trariamente a lo que dijimos antes, no se produzea un tercer término, ninguna efectiva simbolizacién. Faltan los procesos terctarios, Refiriéndose a la represién y a la trasformacién de la realidad en la psicosis, Freud escribié lo siguiente en su trabajo sLa pérdida de realidad en la neurosis 40 remodelamiento de la y la psicosis»: «En la psi realidad ene lugar e1 eron con ella, \émieas, las representaciones ¥ los juicios que se habian obtenido de ella hasta ese los cuales era subrogada en el interior mica» (Freud, 1924e, pag. 185 [pag. I En formas muy severas de psicosis, como tudia en el caso Schreber, podemos ver enorme de esta trasformacion, que nos produce un sen. fimiento de extraneza. Pcro por Io comin tratamos 2 Pacientes menos perturbados que Schreber: los Hama. dos casos fronterizos. En Neurosis y psicosiss, Freud escribe: sl yo ten- 4rd la posibilidad de evitar la ruptura hacia cualquiera de los lados deformandose a si mismo, consintiendo menoscabos a su unicidad y event tandose y partiendose. Las inconseeu va gancias y locuras de los hombres aparecerian asi bajo luna luz semejante a la de sus perversiones sexuales en efecto: aceptandolas, ellos se ahorran represioness (Freud, 1924b, pags. 152-3 pag. 158). Esta cita justifica la importancia que la eseisi6n ad- quiere en ia tltima parte de la obra de Fre el curso de un analisis es preciso cont racion del te yo de sus titimos hace una pulsién y la prohi dad. «1 nino no hace ninguna de esas das cosas, o me, Jor dicho, las hace a las dos simultaneamente, lo eautvale a lo mismov (19400, pag. 275 (pag. 275). Bi otras palabras, segiin Freud, el yo del nitie no decide cs decir. no juzga: admite dos juicios contradictorios al mismo tlempo. Vemos que esta operacicn es dife, rente de la represion, que en apartencia decide de ma, era que la realidad prevalezea sobre las moctones pul stonales. Freud insiste en esta cocxistencia simu nea, en el caso de la escision: «Por un lado. [ rechaza la realidad objetiva con ayuda de canismos, y no se deja prohibir nada: por el otto. y a 41 renglén seguido, reconoce el peligro de la realidad ob- jetiva, asume la angustia ante é} como un sintoma de padecer y luego busca defenderse de él. |. . -| Las dos Teacciones contrapuestas frente al conflicto subsisti- ran como ndicleo ‘escision del yor ibid. pags. 275-6 pags. 275: En la represi el yo como repre sentante de la realidad y las dermandas pulsionales co- mo representantes del placer es vertical. La represion domina al impulso pulsional esforzandolo hacia lo pro- fundo, en tanto que el impulso pulsional esfuerza en la dircecion opuesta, hacia lo alto. Lo inconclente es subterranco en relacién con lo conciente. En la eset: sion, esa relacién es horizontal. La razén del yo y la tazén de las demandas pulsionales coexisten en el mis: ‘mo espacio psiquico. Una coexistencia de esta indole constituye un factor de estancamiento cuando ocurre “durante la cura analitica. Es como si el analizando oye- ra las interpretaciones del analista con un oido. El otro ho cesa de cantarle la nane de la mocién pulsional que Jo mece y Io arrulla, con un completo desconocimten- to de aquel mensaje recibido. Las dos logicas estan en ccontradiccidn entre si, Hay rehusamiento a clegir cual quiera de los asuntos. Antes que se descubricra lo in- Conciente del yo, la represi6n inconeiente se tena que distrazar si queria expresarse. Detris del sNo» coneiente podemos traer a luz el «Sie inconciente. Pero a estrategia del yo cambia. Dice io al 0 tiempo. Lo que importa no es tanto el juego doble del yo en la escisién, cuanto el cardicter inconciente de la Zecisién. Nos sale al paso una paradoja. Bn la repre- ‘ion, lo inconciente esta separado de lo conciente, pe: fo el retorno de lo reprimido nos permite establecer tun puente entre lo uno y Io otro. Lo reprimido perma: eee oculto, pero a veces se muestra a través de sus disfraces. En cambio, en la escision los dos tipos de pensamiento parecen, a simple vista, coexistir. y el yo Yerra totalmente cl juicio sobre su modalidad dual de funcionamiento, No existe comuntcacién entre las par tes escindidas, no hay proceso terciario. Hallamos que esta situacion se prolonga en las asociaciones del ana- zando. Para cl analista, estas asociaciones son sign- 42 ficativas, y la interpretacién que brota de ellas es con- cluyente. Pero el paciente no consigue establecer aque- los enlaces que le permitirian alcanzar la conclusién correcta. Es como si la secuencia de pensamientos se compusiera de plezas independientes. Parece que cn este caso los procesos terciarios del analista se tendrian {ue poner a disposicién del paciente. Tras la logica de ja esperanza y la desesperanza, hemos descrito la Ié- gica de la indiferencia ‘odos estos conceptos nuevos nacieron de los de- sengarios de la practica (analitica) de Freud, que redu- jeron sus ambiciones terapéuticas, Freud creyé haber infligido una terrible herida narcisista a la humanidad al demostrar que el yo racional no es et amo en el hom- bre. Pero con el paso del tempo se hra comprobado que tambien la extrana logica del yo de} paciente puede infligir una herida narcisista al analista si le opone sus extraordinarios modos de pensarmiento. ‘Ante este cimulo de dificultades, cual es la solu- clén? Durante mucho tiempo, el trabajo del analista cconsistia en pensar como el deseo inconciente para in- tegrar este pensamiento con el del yo y ensefiar a este a reconocer Ia otra parte del alma que se niega a so meterse a la raz6n y la realidad comunes. Pero ahora estamos frente a algo diverso. Se trata de un razona- miento acorde con los procesos de una locura del yo, escondida en lo profundo. En consecuencia, el analis~ ta se tiene que entrenar en el empleo de tipos de pen- samiento mas y mas alejados de la logica ractonal. La logica del principio de placer, tal como Freud la des- ‘cubrio en los procesos primarios, se muestra demasia~ do simple en relacion con la logica que encontramos ‘en los casos fronterizos dificiles. Estos revelan la exis tencia de lo que he llamado la locura privada del ana- Jizando. Esta locura privada solo se revela en el vincu- to trasferencial intimo. Fuera de este vinculo el pacien- te es mas 0 menos como tantos otros, ni mas ni menos insano que aquellos. Es eapaz de realizar las tareas que le tocan, Lejos esta de carecer de sentido de responsa- bilidad, Pero a la luz de la trasferencia revela un tipo de funcionamiento psiquico por entero diferente den- to de su mundo interior. 43 La trasferencia tiene el poder de revelar la extre- 'a sensibilidad de estos pacientes para la pérdida y intrusion. Siempre estan buscando establecer wna distancia psiquica que les permita sentirse a resguar do de la doble amenaza de invasién por el otro y de su pérdida definitiva, De esta manera desarrollan una contradiccién permanente que les hace anhelar lo que temen perder y rechazar lo que ya esta en su posesion pero cuya invasién temen. De hecho estas actitudes ocultan otra cosa. Si hay contra la intrusion ie hay un, letamente por el objeto: no sdlo de estar unido con él sino de verse re- ducido a una pasividad total, como un bebé en el ro. Este deseo puede ser c pensamientos. De la misma manera, si la resignacion del objeto o su pérdida se temen tanto €5 tambien porque existe un anhelo de m to para encapsularse en una autosutficiencia mitica que bere al suy Je impone y que lo privan de ciones con él Creo que no hemos t sideracion el camino por el cual las mayores contribu. ciones ‘ido nues- Nos han enseftado menos sobre los 0s, puesto que siempre tratamos con mismas cosas aunque su apariencia varie. Han con- tribuido, en cambio, a nuestro conocimiento sobre ti- Pos o formas de pensamiento. Lo que llamamos me canismos de defensa son también modos de pensar. Por ejemplo, cuando Winnicott describe fenémenos, tansicionales y objetos transicionales, crea una clase de objetos y un tipo de espacio en que el juicio de exis tencia no tiene cabida. Estos objetos son y no son el ‘ho o la madre. No importa lo que pensara Freud la suspension del i el yo. Todo dep tivo de estos nuevos tipos de objeto. Elandlisis del Hombre de los Lobos enseité a Freud los efectos destruetivos de la escisién. Las interpreta- 44 cribié que el problema del Hombre de los Lobos era que no queria ser ni hombre ni mujer. No es casual que Freud descubriera la escision a Propésito del fetichismo, ni lo es que Volvamos noso- tras a la sexualidad 0, mas exactamente, ala bisexua- lidad para referimnos ai Hombre de los Lobos. Freud no dejé de insistir en que la vulnerabilidad del yo se sitda en su nexo con Ja funcion sexual. Pero tenemos que comprender que esta se conecta estrechamente con las relaciones de objeto. Puesto que se trata de re- Jaciones, siempre se las puede considerar en funcién de unicidad, dualidad, trinidad, conjunciones, disyun. ciones, fusion, separaciones, etc., que dicen refercn cia a una légica areaica, la légica de la pasién. Ya al 10 de su obra, en «Construeciones en el ani en Moisés y la religién mono- Freud procura establecer un importan- te distingo entre verdad historica y verdad matertal, No ofrece una definicis pero nos da a entender que la verdad histérica es lo que consideré verdadero un individuo en un to de su historia durante 2. Esto €3 precisamen- te lo que el trabajo del analista debe reconstruir. En cambio. la realidad material denota una verdad obje- tiva. La verdad historica es una interpretacion subje- tiva; ella constituye un sistema En cuanto a Sélo es asequible por Que la verdad psiquica sélo se alcanza por el anali- ‘sis de la distorsién podria ser el lema de toda la teoria freudiana. Bstamos destinados a la distorsién porque facemos en estado de prematurez; dependemos del amor y de la proteccién de aquellos que nos cuidan ‘hasta que podemos emanciparnos. La instancia que 45 tablecer compromisos qt torsion inevitable, No es casi ie mejor en el intento de comprender y domi- 1s inanimados de la realidad. Esta distorsién tiene raices tan profundas y esta es: tablecida con tanta solidez y firmeza que hoy muchos ‘a podemos alcanzar esta, por la via de reducir la distorsién de Ia verdad historiea. Solo podemos oponer otra cons- ‘aproximacion hipotética, a la izando otra versién del mite personal a que él adhiere. Y esto pasa a formar la verdad compat ély nosotros. Es una verdad que él puede reconocer como propia y que nosotros le comunicamos tan pron: to como discernimos a través de la trasferencia esta verdad que él levaba dentro sin saberlo, Ahora bien, esta verdad no consistié solo en una masa de contenidos seci len- guaje secreto, en un sistema secreto de pensamiento. jo deseado es indispensable que al nie consiga explicar no sdlo lo que tenia para cocultar sino el modo en que pude ser oc pensable fue conservarlo. separables. Por eso el psicoa del continente en igual medida, por lo menos, en Joes de los contenidos. Esto exige 1s psicoanalis- tas avancen mucho mas en el manejo de esos modos extranos de pensamiento en los que Freud nos inicié, Lo que no significa que hayamos de volvernos menos racionales. Por el contrario, ampliaremos el dor de la raz6n al admitir que en Ia mente humana co: existen diversos tipos de racionalidad que se compene- tran, No nos volveremos mas misticos sino mas com: 46 prensivos, y, si ello fuera posible, esperamos volver nos mas sabios. ‘A medida que nuestro trabajo p: ce estratos profundos de la vida ant potesis tal vex parezcan alcjadas del pensamiento co- y aun de aquellas formas de pensamiento que trajo a la luz y que esclarecieron los nexos en- Esto en modo alguno ‘oanalitico alean- nuestras Hi cuanto a lo que cor tre los psicoanalistas hoy, se har4 evidente dentro de unas décadas. ‘Lo que Freud tomé por verdad material tal vez sea. verdad historiea en el futuro proximo a la Iuz del co- nocimiento psicoanalitico. Y podremos asi decir que la obra de Freud es histéricamente, pero no materialmen: te, verdadera, Sus respuestas fueron compromisos en- tre un micleo de verdad —que le permitié perdurar— n psiquica acotada por los experiencia y por su fe en una forma de ‘ada rigurosa para que él pudiera comprender los tipos o formas de razonamiento extra- sngo dudas de que estaba preparado para aceptar esta idea y, siendo nosotros sus herederos, bemos preparamos para considerar esos desconcertan- tes modos de la razén con el objeto de arrancar una pieza de territorio al continente todavia ignoto det al- ma humana, 47 2. El analista, la simbolizacion yla ausencia en el encuadre analitico Tigre, Ugre, que relumbras en las selvas de la noche qué mano inmortal, qué ojo forjé tu aterradora simetria? W. Blake. The Tyger* Bien lo sé, pero algo Me imponc esta aventura indefinida, Insensata y antigua, y persevero En buscar por el tiernpo de la tarde El otto tigre, el que no esta en el verso. J. L. Borges, £7 otro tigre tas saben que una condicién esen. paciente se decida a emprender un - Pasa por una crisis y expert Profundo malestar. .. para reducitnos a es- malestar son, ala vez, icho tiempo las defen- las causas internas resténdo- , Praducelon de Salvader Bizondo, en Poesia faglese de! siglo XIX, Buenos Aires: Centro Pitor de América Latina, Biblioteca 1979. (W. det E,) Jes importancia. Ahora es Jo externa lo que nos obit ga, por cl displacer que nos inflige, a no diferir mas su andlisis. Confiemos en tener nosotros lo que desea. Mos que exista en nuestros pacientes: un deseo de cambio. seno de las insti ‘as, esas formaciones intermedia- lad social, por u les en el seno de la practica y icas como tales, sos tres niveles entre ellos. fusion; escindirios, al clivaje los diera mas que motives de sa. ‘0s inclinariamos a desdenar los otros dos. mpre es asi, y Pero no lacion con lo que ocurre en los dos primeros niveles, i¢ dejar para después el proyecto ambicioso de lar los tres niveles. Por hoy tenemos bastante que hacer con el exam: tas contradi ido y val tades en cl camino del psteoandii nen del poblico, el conocimiento del hom- bre a partir dc la experiencia negativa de la neurosis, Hoy nos es dada la ocasién de aprender sobre noso- tros mismos por nuestra propia experiencia negativa ‘ar actual pueden nacer una elaboracién y una trasformacion, En este trabajo dedicado a los cambios recientes introducidos por la préctica y la experiencia psicoana- liticas, me propongo dilucidar los tres tes elaboracion imaginativa; 2) la funcién del encuadre analitico y sus relaciones con cl funcionamiento men- tal por los efectos de simbolizacién que en él se desen. 49 vuelven: 3 como en la téeni relaciones de objeto y lo complementa. 1. Los cambios en el campo psicoanal La apreciacién del cambio: y vision subjetiva ion objetiva Puesto que elegi circunseribirme a los cambios re. tes, tendré que abstenerme —y lo lamento~ de mostrar cémo, desde sus comienzos, el psicoanalisis no ha dejado de modificarse, tani interior de la ‘obra de Freud (no hay mas que releer, en orden cro- igico, Freud 1904a, 1905a, 1910d. 1910k, 1912b, 15a. 19194, 1937¢, la secuen ia. que va de +E método psicoanal Alisis terminable ¢ interminable») como en los tra- bajos de sus primeros colaboradores. Entre estos, renczi, a quien ciertamente debemos reservar un lu gar aparte, en intentos patéticos y contradictorios. y ‘con no poca torpeza muchos casos. habia mostra: del porvenir obra, el 1933), Pero s . por su parte, como ‘Amenudo ~esto su: anunelado vei yrafla psicoanalitica muestra i6 uno de sus articulos «Cambio de metas y de técnicas terapéuticas en psicoan: 1950), y que en 1954 Winnicott, en «Asp psicologicos y clinicos de la regresion en psicoanaliticas (Winnicott, 1955), establecid las bases de nuestra comprensién actual del problema, En un primer abordaje, este problema es visto de ‘manera »objetivar porque se intenta estudiar el pacien- te ven sis, la mayoria de las veces sin tomar en cuenta 50 al analista. Khan (1962) compila el catélogo impresio- nante de los casos que plantean Ja situacién analitica. Encontramos clones que hey son res para todo ani nalidades esquizoides como siv (H. Deutsch, 1942), 1959), deticit es falsas (Winnicot ta se alarga si se estructi (Kernberg, 1970. 1974: Kohut, 1971). La ant ipeiones redescubiertas por las investigactones diagnésticas recientes (Lazar, 1973) nos Heva a preguntarnos si el cambio actual se debe simple aumento de frecuencia de esos El cambio anunciado hace mas de veinte afos se tablecido, Ahora debemos tratar se anuncia. Mas que per- al cambio en el analista. No me propongo abordar aqui anera en que este puede ser afectado por la ac- titud del medio soci ducida por los procedimtentos de seleccion, de forma: cin o de comunicacién. Aunque todos estos factores desempefan sin duda un papel, tica y a la teoria surgidas de la decir, a la vision de la realidad psiquica t: tal como el pa- fa, Porque, en ‘cambio salvo en tanto comprenderlo y dar razén de él. Esto no quie- re decir que haya que negar los cambios del lado de .. Pero estén subordinados a los cambios lad y de percepeién en el analista. De la 51 misma manera como la vision del mundo exterior del paciente est sometida a la vision de su realidad psi in de su realidad psiquica esta so- in que tenemos de nuestra propia rea- idad. psiquica, Me parece que los analistas toman cada vez mayor conciencia del papel que desempenan tanto en su apre- hensién del paciente en los contactos de sus primeros eneuentros como después de ica y en el desenval terial del pacierite no les es exterior; aunque s raa través de la experiencia de la trasferenci parte integrante de él. El a1 intervien: ‘961 en un Congreso: los analistas, pertenecemos a len- ciente y analista. Por lejos que el analista leve sus cesfuerzos para comunicarse con el paciente en la len. gua de este, a su turno el paciente, si quiere ser com- prendido, no puede menos que responder en Ja len. gua dei anaiista. Y el analista, en su esfuerzo de co- municacién, no puede sino mostrar lo que él oye, a través de su experiencia subjetiva, del efecto qq bre él ha producido el diseurso de der pretender la objetividad ab Un Winnicott (véase Winnicott, 1949) mostrara como ante un cas lendra que pasar por una expe. critica, homéloga 0 com plementaria de la de su paciente, para tener acceso a un material hasta entonces escondido. Bs cada vez mas frecuente ver que los analistas interroguen sus propias Feacciones ante lo que su paciente les cornuntea, y se valgan de ellas en sus interpretaciones, junto al anali- sis del contenido de lo comunicado, o de preferencia @ este, porque Ia meta del paciente es el efecto de sit comunicacién mas que la trasmisién del conte Creo que una de las contradicciones principales con que hoy tropieza el analista es la necesidad —y la 52 ‘ad— de hacer coexistir y de armonizar el cédi- rpretativo extraido de la obra de Freud, y dei analisis clasico, con los cédigos producides por los aportes de la clinica y de Ja teoria de los iltimos vein- te aos, tanto mas cuanto que no forman un cuerpo homogéneo de pensamiento. Un cambio esencial en elandlisis de nuestros dias proviene de que el analista oye ~y tal vez no puede dejar de oir— lo que hasta entonces era inaudible. No quiero decir que los analis- tas tengan hoy un ofdo mas ejercitado que antes —se suele lamentar lo contrario—, sino que oyen también otra cosa que antes no sobrepasaba el umbral de la audibilidad. Esta hipdtesis cubre un campo mas vasto que las opiniones que proponen extender la no tratrasferencia su sentido ‘colegas. Hasta se puede hablar de una pre. cesién de la contratrasferencia sobre la trasferencia, la que no se podria producir ninguna elaboracin de lo trasmitido por el paciente. Al proceder ast no nos salimos de los limites que Winnicott (1960b) asigna a lacontratrasferencia cuando la restringe a Profesional. Ademas, esta concep contratrasferencia no implica una concepeién am} da de la trasferencia. Esta manera de aprehender las cosas me parece jus- tiffcada por el hecho de les a los que nos referiamos antes quellos que ya la vez solicitan su con: ponen a prueba al an: tratrasferencia'—en el sentido estricto—, y también aquellos que Je exigen mayor contribucién personal. Ademds me sentiré cémodo habiendo adoptado este Punto de vista porque no puedo pretender hablar sal: Yo en mi nombre: ningan analista puede dar por si so- Jo una imagen global de la condicidn analitica contem- Poranea en su conjunto, Espero no flustrar demasia- 53 do lo que apunto Balint (1950) cuando afirmé que la confusién de las lenguas esta del lado de los analistas porque cada uno persevera en su lengua analitica. Den- fro de Ix multiplicidad de los dialectos nacidos de la lengua analitica fundamental (Laptanche y Pontalis, 1967). tratamos de ser . pero nuestras fuer zas son limitadas, El debate sobre las indicaciones del psicoandlisis y los azares de la analizabilidad Desde hace mas de veinte afos. la bibliografia ana- litica y los encuentros entre analistas relatan las pert pecias de un debate sin fin entre los sostenedores del andlisis clasico, que restringen el campo psieoanali- tico (Hissler. 1953: Fenichel, 1941; A. Freud, 1954: Greenson, 1967; Lampl-de Groot, 1967; Loewenstein. 1968; Neyraut, 1974; Sandler et al., 1973: Zetzei 1956). y los sostenedores de la extension de este (Ba- lint, Bion. Bouvet, Giovaechini, Kernberg, Khan. M. Klein, Little, Milner, Modell, Rosenfeld, Searles, Segal Stone, Winnicott). Los primeros temen la introduecién, de parimetros deformantes y Hegan hasta cuestionar la denominacién de strasferenciar para las reacciones, terapeuticas de los pacientes mencionados en la sec cién anterior (cf. la discuston en Sandler et al., 1973) ©, si se Ia conceden, las califican de intratabl tractabless, Greenson, 1967). Los segundos quieren preservar lo esencial de Ia técnica psicoanalitica (re chazo de las manipulactones activas, mantenimiento de la neutralidad aun si esta es mas benévola, referen- cia principal a la trasferencia con un uso variable de ia interpretacién), pero adaptarse a las necesidades de Jos pacientes y abrir horizontes nuevos a la investiga Esta division es mas relativa de lo que parece. Ya 1no es posible oponer validamente los casos que s¢ si ‘tian en el terreno seguro del andlisis clasico a aque~ llos en que el analista se atasca en pantanos insegu- 10s, Porque hoy es dentro de ese terreno seguro donde muchas sorpresas son posibles: aparicién de un ni 54 cleo psicético camuflado, regresiones inesperadas, dt ficullades para la movilizacién de ciertos estratos pro- fundos, rigidez de las defensas del cardcter. Todos es: tos rasgos conducen en muchos casos a andlisis mas ‘o menos interminables. Un trabajo reciente de Limen- tant (1972) pone el dedo en la Ilaga de la fragilidad de nuestras previsiones, acerca tanto de los pacientes co- ‘mo de los candidatos. ¥ es bastante frecuente que el material clinico de un trabajo se apoye en cl analisis de candidatos no menos que en el de pacientes. “Bue- ho para el andlisis no es sindnimo de analizabler. Esto efuerza el escepticismo de los que consideran tluso- fia una evaluacién antes de la puesta en situacién ana- litica. Los mefores se dejan sorprender en esto. La de- finici6n de criterios objetivos de indicacién de analisis (Nacht y Leboviet, 1955) y de prondstico de los casos fronterizos por ejemplo (Kemnberg, 1971) es interesante pero de valor relativo. Limentant apunta, para el caso be la evaluacién por un tercero. que sus concepeiones teéricas, sus afinidades personales, su resonancia con elpaciente influyen notablemente sobre la decision f thal, Parece dificil promulgar para la analizabilidad H- nites objetivos y generales que no tomen en cuenta intel grado de experiencia de! analista, ni sus talentos ‘especificos, ni sus orientactones tedricas. Toda limita ‘ign sera regularmente trasgredila por el interés pues to en el paciente, tal vez dentro de una colusion co- zmiin, pero con el deseo de intentar una aventura nue va. Por lo demas, no es raro leer, bajo Ia pluma de Sostenedores de la restricclon del campo de las indiea- Giones del psicoandlisis. observaciones que contragh en los prineipios mismos que ellos enuncian. Mas pro- Vechoso que decimos lo que debiéramos hacer © no hacer, seria saber Jo que de hecho hacemos. Porque bien pudiera ser, como decia Winnicott (1955), que no taviéramos opeién. Por mi parte, no creo que cualquier paciente sea analizable, pero prefiero pensar que de terminado paciente no lo es para mi. No desconozco {que los resultados no estan a la altura de nuestras am- Biciones y que los fracasos son menos raros de lo que deseariamos. Sin embargo, no podemos conformarn0s, ‘como se hace en medicina o en psiquiairia, con tn en- 55 foque objetivo del fracaso, que ‘montado por la paciencia del analista o por un anal, sis ulterior. Debemos interrogarnos también sobre sil icacion subjetiva para el paciente. Winnicott nos mostrado la necesidad de repetir el fracaso del am Diente exterior, y conocemos el sentimiento de omni Potencia que resulta de ello para el paciente, sea que mejore después del fin det trat sista en la misma actitud. Es posible que el tinico fra caso del que debiéramos atribuirnos la responsal dad fuera nuestra imposibilidad de hacer entr Giente en contacto con su realidad psiquica. Los limites de la analizabilidad no pueden ser otros que los del analista, alter ego del paciente. Para cone el verdadero cuidado 4 -acion de anadlisis es la evaluacion por el analista de la medida de la distancia Que separa su capacidad de comprensién y la comuni. cacion de un paciente dado, asf como Ia del efecta po- sible, a través de esa distancia, de lo que él pueda co. le a cambio, y que sea susceptible de movil. zar el funcionamiento mental del paciente en el se de la elaboracién en situacién analitica. Enganiarse so. bre sus propias posibilidades no es menos grave para ¢lanalista que hacerlo sobre el pat nera podria haber en la familia analitica lugar para os, se dedicaran al analisis el4si nes del campo psicoan: frecuente— si combinar La revision del modelo de la neurosis y ef modelo implicito de los estados fronterizos Entretanto, zpermanece intacto ef nticleo del ana. ss clasico, la neurosis? Cabe preguntarlo. No abor- daremos el problema de las causas de la rarefaccién, fan a menuclo comprobada, de las neurosis, que exige un prolongado andlisis. La neurosis, considerada an- tao el dominio de lo irracional. hoy se contemplaria mas bien bajo el signo de una triple coherencia: n rosis infantil, neurosis adulta, neurosis de trasferen- ela. El andlisis de la trasferencia domina en ella y, por 56 medio del analisis de las resist sanudan casi por able. Asi como el objeto es, entre todos los compo- lentes de Ia pulsisn, el mas ficilmente sustitu lmitado del objeto en el intala, sin duda, pero sin perderse nunca en él y sin perderio, (la neurosis como negativo de la ‘sién). Hoy cabe dudar de que los psicoanalistas mantengan este punto de vista. EI modelo im, de la neurosis y de la perversion se funda ahora en la psicosis. Bsta evolucién se esboza ya en la tiltima par- te de la obra de Freud. En consecuencia, oven hoy, en la neurosis, menos la perversin que la psicosis subyacente. No se trata de decir que toda neu. Tosis se inscribe sobre una psicosis subyacente, sino que nos interesan menos los fantasmas perversos de Jos neuréticos que los mecanismos de defensa psiesti os que ex este caso encontramos en una forma leve. 1o, Nuestra escucha se ve solicitada segiin un doble codigo. Es lo que me hizo decir antes que escu- chamos en nuestros dias 960) neurosis no esta terminado mien- © haya alcanzado ese estr: manera superfici "0 en una neurosis hace retroceder parece movilizable, que unas de- fensas rigidas y fijadas. Fs lo que nos leva a plantear. nos el problema de la autenticidad de esos pacientes, una autenticidad que puede faltar aun en casos que Muestran una fluidez aparente, Cuando por fin se tie. ne acceso al nticleo psicético, se cae sobre lo que hay ‘que lamar la locura privada del paciente, Probable. 87 razones por las cuales za hoy hacia los estados fronterizos. Wn Ta desig- in de estados fronterizos no para designar una va- personalidades falsas. los trastornos di Ia falta basica) sino como un concepto clinico genéri- co susceptible de dividirse en una m peetos. Tal vez lo mejor sea considerar! dos fronterizos de la analizabilidads. Pudiera ocurrl en la clinica moderna el pa- extremos, En uno de ellos s cial que ha dado a J. MeDougall (1972a) oc: Wn clinica de lo que proceso analftico en una situacion an: la trasferene' paciente, paralizado en su actividad, ineapaz de hacer nacer en este una minima curiosidad por si mismo. El analista esta en situacién de exclusion objetal. Las tentativas de interpretacion son consideradas por él 1¢ pronto con- por obra de una respuesta en eco. En el otro extremo ya caracte es tender hacia la reg del objeto. Las variedades de e y la dependencia regresién son mu- 58 chas, de la beatitud al terror y de la omnipotencia a idad va de su expre- de su presencia. Por ‘asociativo extremo, una va- uuna manifestacion somatica sobre el divn, como si el paciente trata- rade comunicar por medio de un cuerpo a cuerpo, 0 aun, mas simplemente, una atmésfera analitica que Mega a ser pesada y (Nacht, 1963) y el auxilio bles, Lo que sc demanda del analista es algo mas que sus capacidades afectivas y su empatia; es, de hecho, su funcionamiento mental, porque las formaciones de sentido han sido puestas fuera de circuito en el pacien- te. Es en estos casos donde la contratrasferencia reci- be su significacion mas amplia. La técnica del andlisis la de los estados fronteri- zos es inductiva. De abi su caracter aleatorio. Cuales- que sean las variedades descriptivas, las cau- y las técnicas diferentes preconizadas. idar tres hechos que encontramos en la ic los autores que han descrito estos es farlos, tan numerosos son): 1) las experiencias de fusién primaria dan una indistineién sujeto-objeto con una ¢ fronteras del yo; 2) el modo particular de simboliza- cidn, prisionero de la organizacién dual: 3) la neces: por el objeto, Entre estos dos extremos (mormalidads y regresion (ian una diversidad de mecanismos de esta regresiGn; los reagruparé en cua- tro polaridades fundamentales. Los dos primeros cons- ‘quico, y los dos Gltimos son mecanismos psi La exclusion somatica. La defensa por la soma- sion. La regresién disocia el conflicto de la quica, excluyéndolo al soma (y no al cuerpo libidin: por medio de una desintrincacion de la psique y del soma, Su resultado es una formacién asimbélica por trasformacion de la energia libidinal en energia neu- tralizada (empleo el término en un sentido diferente 59 el que tiene en Hartmann) puramente somatica, Uegado el caso, puede poner en peligro fa vida del Jeto. Me apoyo aqui en los trabajos de Marty, de M’Uzan y David (1963) y de M. Fain (1966). Se trata de evitar Ja desintegracién del yo a'raiz de un encuentro des- tructivo para él y para el objeto, por medio de una ex: clusion que tiene el valor de un verdadero acting out dirigido hacia cl cuerpo no libidinal. 2. La expulsion por el acto. B] acting out es la con. trapartida externa del acting in psicosomdtico. Tiene el mismo valor de evacuacién de la realidad psiquiea, Las funciones del-acto que consisten en trasformar la realidad 0 en comunicar se desvanecen ante su propé: sito expulsivo. El acto esto es importante— se cum: ple dentro de una relacién de anticipacién consuma: toria del objeto. 'stos dos mecanismos traen un notable efecto de ceguera psiquica. El sujeto se ciega sobre su realidad psiquica, sea en las fuentes somiticas de la pulsion, sea en su punto de desembocadura en la realidad terior; hace cortocircuito de todo cl entre-