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Seccién: Humanidades Fernando Vallespin, Joaquin Abellin, Rafael del Aguila, José Alvarez Junco, José Aricé, Miguel Beltran, Marta Bizcatrondo, Ramon Maiz, José Vilas Nogueira, Alfonso Ruiz Miguel, Ramé6n Vargas Machuca, Amelia Valcdrcel: Historia de la Teoria Politica, 4 Historia, progreso y emancipacién Compilacién de Fernando Vallespin GUSTAVO E, MEDINA El Libro de Bolsillo Madrid Capitulo VI La teoria politica del anarquismo José Abarez, Junco 1, EL ANARQUISMO, RAMA DEL MOVIMIENTO OBRERO? EI anarquismo ha sido considerado habitualmente una rama o seccién del movimiento obrero, la que prota- gonizé la primera gran escisidn, al poco de fundarse la T Internacional. Y es cierto que, por mucho que se re- monten los antecedentes intelectuales del ideal social antiautoritatio, el primer personaje politico activo sobre el que recayé el titulo de canarquistan —-como definicioa doctrinal y no como epiteto despectivo— fue Pierre- Joseph Proudhon, artesano de origen y socialista de ideologia, ¥ que la mayoria de sus heredetos enttaron en la Asociacién Internacional de los Trabajadores, al crear- se ésta en 1864, y, acaudillados por Bakunin y James Guillacme, dirigieron en ella la famosa polémica con la direccion marxista que termind seis afios mas tarde con In expulsion de aquéllos, ya para siempre catalogados como anarquistas © «anti-politicosn, 262 La teorfa politica del anarquismo 263 Sin embargo, las ideas socialistas que nutren Ja filoso- fia libertaria no proceden de a eclosién intelectual que se produjo a lo largo de los afios 1830 y 1840 y se conocié con el nombre genérico de «socialismo», El anarquismo no se bas6 en ingeniosas formulas de coope- sacién para superar el individualismo capicalista, como hicieron los famosos «atopicos», ni rompid, en definiti- va, tan tajantemente con la logica aristotélica y el mora- lismo individualista kantiano como lo hizo, a partir de la dialéctica hegeliana, el marxismo. Por el contrario, pue- de considerarse que el anarquismo no es més que una tadicalizacién del liberalismo, o incluso del racionalismo ilustrado. Las creencias basicas de las que se nutre son la libertad individual, el poder emancipador de la raz6n y Ja ciencia, Ja inevitabilidad del progreso, la bondad bisica del ser humano y la armonia fundamental de la naturaleza. Es este conjunto el que hace posible el ideal de una sociedad sin coaccién. Ideas asi formuladas pueden encontrarse ya en God- win, ¢ incluso en autores muy anteriores, como Bernar- din de Saint-Pierre, que dificilmente pudieron tener nada que ver con un movimiento obrero apenas embrionasio por entonces y totalmente desprovisto de carga mitolé- gica liberadora. Cuando a esta vertiente universalista se sumé el obrerismo, los anarqnistas pudieron desplegar una doble critica a los sistemas politicos y econémicos dominantes en las sociedades contemporineas. Repro- chaban a éstos, en efecto, y dicho de manera esquemati- ca, la existencia de condiciones antagénicas de explora. cién de clase, por una parte, y, por otra, su «inhumani dad» o alienacién frente a la esencia racionalista de nuestra especie, Marxistas y anarquistas criticaban, por ejemplo, al ejército, como instrumento de sepresion al servicio de las clases dominantes; pero los segundos afiadian lo que” para los primeros era una ingenuidad: que, ademis —e incluso sobre tdo—, las estructuras 264 : José Alvarez Junco castrenses se basaban en un’ tipo de jerarquia y de sumisién contrasios a la libertad y dignidad propias de todo ser humano. Algo semejante podria decirse de sus diatribas contta la institucién matrimonial y la organiza- cién de las relaciones entre los sexos, 0 al monopolio de la cultura por élites intelectuales y religiosas, o a la produccién industrial y sus efectos nocivos sobre el medio ambiente. Esa misma dualidad de fandamentacién ideologica explica también el atractivo que el anarquismo ejercié siempre sobre sectores sociales que no eran exclusiva- mente obreros. Los propios Bakunin y Kropotkin, prin- cipales herederos de Proudhon, eran, hay que recordar- Jo, nobles rusos, Y en Francia, en Italia, o en menor grado cn Inglaterra o Alemania, muchos estudiantes, intelectuales y artistas de los afios dorados de la indus- trializacion y Ia expansi6n imperial europea se considera- ron ajenos 4 aquella demostracién de poder y expresaron su protesta vinculindose, aunque sélo fueta estética 0 sentimentalmente, con posiciones libertarias. Este se- gundo anarquismo tuvo unas caracteristicas ideologicas propias, como veremos, mas individual-hedonista y anti- solidarias que el anarquismo obtero. Sus inspiradores fueron Max Stimer y Nietzsche, y su confianza en la raz6n y el progreso de la civilizacién humana flaqueaba ‘ostensiblemente, pero en la época se confundieron am- bos y, como no hay iglesia, academia ni partido que imparte carnets de anarquismo, es dificil negarles el titulo a ninguna de las dos corrientes. En Espafia domind, en general, la primera de estas dos tendencias, el anarquismo populista de raiz.cristiano- solidatia, Hubo, sin duda, estudiantes, desde la primera genetacién, como Garcia Villas, Meneses, Soriano 0 Sentifién. Se acercaron a Ia acracia, en su juventud, 1a mayoria de los literatos modernistas y noventayochistas con preocupaciones politicas, como Azorin, Eduardo La teoria politica del anarquismo 265 Marquina, Julio Camba o Pio Baroja. Pero la moda nietzscheana fue un tanto superficial y minoritaria, y la verdadera fuerza y originalidad del fendmeno libertario hispano provino de la fusién de aquel ideal social racio~ nalista cuyos origenes podian remontarse hasta Feij60 0 Jovellanos con'una fe genuina en la capacidad politica dei pueblo, muy ajena. al paternalismo ilustrado. La ignorancia popular, estaban convencidos, era el soporte de todos los privilegios; pero también lo erg el desprecio a le capacidad politica de las capas humildes y el intento de dirigirlas por parte de vanguardias de superior con- ciencia 0 aptitud intelectual. Sélo el acceso colectivo al saber y al poder garantizaria el fin de la opresion poli- tica ‘La fe en Ia capacidad liberadora de la cultura les llev6 a realizar un esfuerzo educativo (por medio de publica- ciones propias o traducidas, ateneos populares, escuelas laicas...) y unos experimentos de racionalizacién de la vida social (amor libre, naturismo, vegetarianismo, espe- rantismo...) que constituyen, sin duda, el aspecto mas interesante del movimiento. Espafia, por una vez, no se limité a recibir ¢ imitar influencias culturales de su entorno sino que elaboré una creacién propia, de gran facrza y persistencia. Durante el primer tercio del siglo XX, en que el anarquismo como movimiento social desaparecia del mundo entero, en Espafia —como en Argentina, la otra excepcién— se vivia su apogeo, bajo el nombre de sindicalismo revolucionario o anti-politico. ‘Comenzaremos, pues, por exponer las bases raciona- listas de la teoria libertaria para pasar a continuaci6n a la critica social que se construye 2 partir de ellas. Y, tras dedicar algan espacio a la corriente individualist 0 nietzscheana, concluiremos con un apartado sobre las aportaciones y peculiaridades del anarquisnio espafiol. 266, José Alvarez Janco 2. LAS BASES DE LA TEORIA POLITICA LIBERTARIA El anarquismo, en su formulacién clasica, la que se vincula a los nombres de Proudhon, Bakunin, Kropot- kkin, Malatesta, Grave o Réclus, no fue capaz de superar cl ambiente intelectual positivista, propio de la primera, ids de que de la segunda, mitad del siglo XIX: la realidad que rodea a los seres humanos es, para estos autores, perfectamente comprensible y dominable por la taz6n; n0 hay sentimientos o subjetividades que defor- men © cuestionen la validez de los datos que tecibimos del exterior. A pastit de ahi, la ciencia’~modelada sobre el troquel de los conocimientos fisicos-naturales, que con tan espectaculates logros asombraban al siglo— se concebia como necesariamente progresiva y liberadora, Y no s6lo porque los avances tecnolégicos fuesen efica- ces instrumentos contra males sociales como la enferme- dad o la escasez, sino porque la Ciencia en si misma encatnaba la Justicia y la Armonia (caracteristicas de lat naturaleza, al fin desvelada de modo incontrovertido), Las ciencias naturales eran «democriticas y liberales», segiin expresién de Bakunin, y al extenderse el conoci- miento cientifico al terreno de lo social (lo cual ao les planteaba problema alguno, como no se lo planteaba a Saint-Simon, padre comin de socialistas y positivistas), habria de acabat con las irracionalidades que en éste ain dominaban: la religion, basada en el temor y la ignoran- cia, seria suptimida por las «luces» del progreso, al igual que la wpolitica», necesatiamente autoritaria, violenta ¢ intrigante, seria sustituida por la «sociologian, el nuevo saber que permititia la toma de decisiones sobre las co- lectividades humanas segin criterios estrictamente cien- tificos. Segan esta concepcién, el avance del mundo era inevitable. Ei ser humano se alejaba de la animalidad para atcalizarsey de manera cada vez mas plena hasta I | | La teoria politica del anarquismo 267 llegar, al final de Ja’historia, a la total libertad y la total fusiOn arménica con la natutaleza. El hombre —eseribia Bakunin— se ha elevado desde Ia animalidad gracias a su «nccesidad de saber» y su «capacidad, de abstraccién» ha sido la causa de todas las conquistas en pro de la emancipacién humana '. A pesar de sus constantes pro- testas de materialismo, debidas a la necesidad de comba- tit la influencia clerical, los anarquistas crefan, pues, que Jas ideas dirigen la marcha del mundo. En plena tradi- cién liberal, y de acuerdo con los més ilustres pensadores, que fundamentaron la teoria del progreso —~Bacon, Fontenelle, el abate Saint-Pierre, Voltaire—-, tributaban los miximos honores, de entre el cadtico montén de acontecimientos histéricos eptogresivos», a un gran des- cubtimiento técnico crucial para la expansion de las ideas: la imprenta, da imprenta es Ja redentora de la humanidad»; fue una invencién «tan trascendental que ninguna otra puede setlo més, por mucho que la huma- nidad viva y piense»; su primer efecto fue «el sublime edificio del libre examen>?. Y su herencia més notable en el mundo contemporineo era la prensa periddica, aguia del sentimiento», afabrica de voluntades», «diosa y regente del porvenim»’, Por lo que, no s6lo ponian los anarquistas un enorme empefio en la proliferacion de sus publicaciones periddicas, sino que —conjugando teoria y prictica— las iniciaban, casi sistemdticamente, con declaraciones de confianza en la importancia de esta labor y dando la bienvenida a cualquier combate ea el terreno intelectual. ¥ Bakunin (1895) I, p. 95, y TUL, pp. 222, 307 y 325.26. 1 da pron burglar, eh Bari Sr Mad, 1685, nim, 36 y Anselmo Lorenzo en La scan, Bancelona, 1889-8, nim, 18. Cie, el propio Lorenzo, Vide axarquita, Tierca y Liberiad, Barcelona, 1912, pp. 106-5, 10'y 187.90 (gtandess de Guttemberg, triunfo de la imprenta sobre las hogueras de la InquisiciOn, et.) Vad la prensa», Libre Conc, Mabéa, 1902, niin, 1 268 José Alvater Junco El mecanismo que explica la extensi6n y la inevitabili- dad del progreso es sencillo. Las ideas nuevas, que surgen en la historia humana gracias a los genios indivi- duales, son el germen de la rebelion y Ia protesta contra las situaciones de privilegio o barbatie. Esas rebeliones individuales o minoritarias se ven, inicialmente, reprimi- das con éxito por el poder, que no tolera el cuestiona- miento de las verdades establecidas. Pero los mecanis- mos sociales y politicos optesores no logran evitar que las ideas nuevas se expandan y encarnen en colectivida- des scciales mis amplias, Y la intervencién de éstas acaba por detrocar las estructuras de poder privilegiadas y hacer desaparecer las creencias erraneas. Nada més l6gico, a partir de aqui, que una defensa acérrima de la libertad individual, tanto en el terreno artistico, intelectual 0 cientifico como en el econdmico 0 politico. El anarquismo parte de una afirmacién, perfec- tamente moderna, del derecho de cada individuo a ac- tuar ateniéndose exclusivamente a los dictados de su propia conciencia y de su propia voluntad, asi como del valor inico e insustituible de cada personalidad, cuya expansion no debe verse limitada por ninguna frontera ajena o exterior. Para Bakunin, la libertad era adesde el punto de vista positivo, el pleno desarrollo de todas las facultades que se encuentran en el hombre y, desde el punto de vista negativo, la total independencia de la voluntad de cada uno respecto de los demas»; Stirner habia declarado, antes, que el hombre debe «fundar sobre si mismo sus causas», sin dejarse constredir por fantasmales principios supetiores ni aceptar voluntades ajenas, ni siquiera las que invocan su propio bien. En Espafia, este axioma fundamental qued6 plasmado en las oflebres lineas que, inspirandose en Feuerbach y Proudhon, escribio Pi y Margell, un politico y gober- * Bakunin (1895) V, pp. 158 y 165n. Stiener (1844), pp. 24.25, a teorfa politica del anarquismo 2069 inte federal cuyas obtas de juventud se convirtieron, curiosamente, en fuentes doctrinales basicas de los liber- tarios: Homa si Dab deho un foto sem (Feuerbach): cl hombre es pain sss eenldad, 3 detho, 90 eundo, 90 Bin, et Dios, ou vodo Bula ide stern, qu oe encteayadsuiereConlencia de isn cher de los see es ey legen monstenysbdito, Busca un punto de parida pus I cea? Lo balla eal ellen en i ‘Secon dev nalad pom, oe pic de ora Lo halla en a axon, qu aprs 4 determina sos ato. Bon were Lo halla en sus ‘dew SBuses la divinidad? La halla consigo. Un ter que lo reine todo en\al er indudablemente sobeano, El hombre, pace todos los hombres son ingoberables, Todo pode cs thourd. Todo hombre que eniende sue tans sobe to hobs es Sn denna Ee tne uo medlego® No cabe imaginar ninguna otra construccién ideal 0 social —Bien Comiia, Dios, Patria, Sociedad, Ley, Ra- z6n de Estado—, en cuyo nombre se puedan limitar las libertades de una entidad humana tan autosuficiente y sacralizada. Bl individuo es, en definitiva, la ‘nica reali- dad; la sociedad —segin sostiene Bakunin, rebatiendo expresamente 2 Rousseau no es una entidad con exis- tencia real, por lo que no puede tener una voluntad 6, Nada més atentador contra la libertad que la existencia de unas instituciones que se erigen en representantes y ¢jecutoras de la «voluntady colectiva, como son las instituciones estatales. El anarquismo surge, por encima de todo, como un desafio contra Ja autoridad politica, contra ese Estado cuya centralizacién, burocratizacion y presencia efectiva en la vida social se acentuaba a pasos acelerados en la ¥ La cita, de La reacstn y la reolacién, de 1854, puede cacontrarse scpood, pot efmple en EY Ptr, en Felt de Gaol 1090, ae IePigaige como lana, o ene arccalo de Mela en el Segne--<1050, gence PP, 1805, 1, p. 78y 184; eft. II, p. 121 (contre Rousseau, spade de la reaceisn meena), 200 José Alvarez Janco Europa del siglo XIX, El Estado es el enemigo y optesor por excelencia de la «libertad naturaly del ser humano. Pese a sus reservas frente a Rousseau; los anarquistas n0 dudan que la frase inicial de E/ contrato social exptesa una verdad evidente: «el hombre ha nacido libre y vive en todas partes encadenado». Segiin escribe el catalin Anto- nio Pellicer Paraire en sus Conferencias populares sobre sotiologia, de 1900, el hombe es libre por naturalezs y libre debe sex; el principio de sutoridac, nacido del barbarismo y mantenido siempre opresor, es absolutariente contratio a la libertad, «la fratetnidad y a la igualdad social’ Y, sin embargo, el rasgo mas destacable en la evolu cién de las sociedades contemporaneas es el incremento del control autoritario, la «propension —en palabras del maestro laico Joaquin Coca— a ahogar toda hererodo- xia», Ia «anulacién de Ia iniciativa particular o indivi- duab» y la «alienacién de la voluntad, inteligencia, fuerza, de todo cuanto integra el hombre; en suma, la «castra- cién del individuo»®, El enfrentamiento anarquista contra la autoridad es, como ha dicho Daniel Guérin, «visceral». Quizé no haya texto en que se traduzca esta visceralidad con mayor fuerza cue en Ia fogosa y clésica andanada de Proudhon contra los gobiernos. Vale la pena la cita in extenso: Ser gohernado significa ser vigilado, inspeccionado, espiad, dirigi- do, legislido, reglamentado, encasillado, zdoctrinsda, sermoneado, fiscalizado, sopesado, evaluado, censurado, mandado, pot seres que carecen de titulos, capacidad o virrad para ello, Ser gobernado signi cca verse anotado, registrado, empadronado, arancelado, sellado, tim- brado, medido, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostilla- 7 Pellicer, Conférencias populares sobre socilogis, Buenos Aires, 1900, p. 52. 2 El Produstor Literario, Barcelona, 1906-7, nim, 25. f Ea teoria politica del anarquismo amt do, amonestado, prohibido, reformado, reitido, enmendado, al realizar cada operacién, cada transzccién, cada movimiento. Significa verse gravado con impuestos, inspectionado, saqueado, explotado, monopo- Tiando, atracado, exprimido, estafado, robado, en nombre y so pretexto de ia sutoridad pablica y del interés general. Y luego, a la menor resistencia, a la primers gueja, ser castigado, multado, insultado, vejado, intimidado, malteatado, golpeado, desarmado, acogotado, en carcelado, fasitado, ametcallado, juzgado, condenado, deportado, sacti- ficado, vendido, traicionado y, parz colms, buslado, ridiculizado, ulerajado y deshonrado. Eso cs el gobierno, ésa es su justicia, 2a es su ‘moral’, Con esta zovunda defensa de la libertad, el anarquis- mo, en principio, se sitéa en la cortiente central de la filosofia politica moderna. Pero el individualismo radical se conjuga mal con ef comunitarismo socialista, con la preocupacién priositaria por la satisfaccion efectiva de las necesidades de todos, que conduct a la colectiviza- cién de los medios de produeciéa, El mismo Bakunin comprendié esta dualidad, al escribie que «la concepciéa materialista de le libertad» ea algo muy complejo, en la que habria un primer elemento positivo y «sociabs: se trata del desarrollo completo de todas las facultades y poderes de cada ser humano por medio de la educacién, el entreramiento cientifi- co y la prosperidad material . y un segundo elemento negativo: 5 la revuelta del individuo contra toda auroridad divina, colectiva 0 individual, Lo que no vio —o no quiso considerar— Bakunin es que estos dos aspectos fueran antagénicos. Pasa él, la afirmacion individualista no debia, en ningan caso, in- terpretarse como una proclama antisocial. Y es que su 9 Gis. por D. Guésin (1955), . 18, 10 Dinky ed Bits, en'S, Delgo (1976), pp. 28182. 22 José Alvarez Junco concepcién global de Ia sociabilidad humana engarzaba sobre un entramado tedrico bastante tradicional, aristo- télico en Gltimo extremo 0, en version mas reciente, rousseauniano: el hombre, escribe, uno es nada sin la sociedad», «su libertad se realiza y asegura por la libertad de los otros». Cualquier antagonismo entre estas liberta: des se resolvia, en definitiva, por su creencia en una armonia natural iltima que, més allé de los conflictos ~ superficialés, conciliaria los intereses individuales y los sociales, Ja méxima expansién de cada personalidad y el maximo bienestar y Ja libertad de la sociedad en su conjuato ‘Mas no todo el anarquismo acepté este facil arreglo ni mantuvo el equilibrio entré los dos polos de esta tension con el mismo ahinco que Bakunin. El individualismo se vio especialmente acentuado por Max Stirner, hegeliano de izquierdas de los afios 1830. O que en su época escapd a Ja clasificacion de anarquista pero que setia reivindica- do por los libertarios al finalizar el siglo, Para liquidar todo lo «sagradon, todas las abstracciones en cuyo nom- bre se puede oprimir la libertad, Stirner habia recurrido a los puros deseos y «pasiones individuales como base de la filosofia politica: Yo basaré, pues, mi causa cn Mi; soy como Dios, la negaciéa de todo lo demis, soy para mf Todo, soy el nico [..]. Fuera de Mi ao existe ningiin derecho, Lo que paza Mi ees juston, €s justo”, Aunque no’ se debiera a la influencia directa de Stit- ner, existi6 también en Espafia la corriente individualis- ta, que puede considerarse representada por Ricardo ‘Mella —iafluido por Proudhon y Benjamin Tucker— y, entre los citculos intelectuales filo-anarquistas, por los 323.28. 7 1844, pp. 25 y 149, POF ejemplo, wLa Comona de Paris.» en Dolgoft (1976), pp. La teoria polities del anarquismo 23 nictzscheanos. Ricardo Mella proclamaba que el llamado ~ «derecho social» era «el sacrificio del individuo en el altar de la sociedad», un misticismo nuevo, tan tirinico como el antiguo: Qué es la sociedad? —conrinvabs Mella—. Una agrupacién indefi- rida de individwos [.... ¥ una agropacion de individuos, un agcegado si se quiere, ces algo distinto de éstos, que puede més y vale mis que esto [..- En sigor, la sociedad es ana abstraccién de muestra mente, necesitada de expresar de algin modo un conjunto ideal mis bien que real [..]. Bl derecho sociales la encarnacin politica de la idea de Dios J: El derecho social, juntamente con la ley de las mayorias, represen 12 In crema tutela de los pueblos, el sacrficio del vindividuo, la anulacidn del pensamiento y la mueree de los mis caros efectos ®, ¥ el joven Julio Camba, representante de los nietzs- cheanos —a los que pronto dedicaremos mayor aten- cién-— afirmaba, rerbrica pero significativamente: ‘Yo «vay solo», evoy Tibren, «no existe para mi otra realidad que mi 0, ni otro dios que mi yo, ni otro mundo que mi yo; yo lo soy todo, pata mi, y si pata mi los demés son algo es porque yo consiento que lo sean En el otro extremo de Ia filosofie social libertaria, Kropotkin partia de una confianza aristotélica en la sociabilidad natural de la especie humana, hasta el extre- mo de excluir tanto la posibilidad de una vida individual aislada como la existencia de antagonismos entre los diversos sentimientos o inteteses individuales. La socie~ dad, escribe Kropotkin en la introduccion a La ayuda inti, se ha creado sobre la conciencia aunque sea instintiva—~ de la solidatidad humana y de la depencencia reciproca entre los hombres 3 La Tribana Libre, Gijon, 1909, nam. 1 ¥ J. Camba, en Almanague de La’ Revista Blanca para 1904, p. 106, y en El Rebelde, Madrid, 1903, nim. 5. m4 José Alvarez Junco [1] sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que obligen al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus propios derechos Kropotkin pone Como ejemplo de sociedades «natura~ les», sobre cuyo modelo estaria organizada la humana de no haberse corrompido en sentido autoritario, algo tan antitético del individualismo como los hormigueros o las colmenas, Su més fiel seguidor en nuestro pafs, Fermin Salvochea, paradigma del anarquismo andaluz, mantiene con el mnismo vigor la condena del «barbaro individualis- ‘mov, pata él principio caractetistico de la sociedad bur- guesa: Comusismo ¢ individualismo. El primero es l vida, el segundo es la muerte. A la sombra del uno nacen y se desenvuelven todas las buenas cuslidades del hombre; a In del otro todas las malas. (..]. Hora es ya de ‘que el brutal lemna individaalista de uno contra todos y todos contra tano sea reemplazaco por el de uno para todos y todos para uno, escrito sta libertaria amada a redimir a Ta humani= Bstas, en realidad, fueron expresiones extsemas, La fotmul:cién mas tipicamente libertaria fue la combina- cién de individualismo y comunitarismo que se encuen- tra en Bakunin. De ella es ejemplo también la famosa formule de Malatesta: ‘cuanto mis comunismo sea posible pata aleanzat el méxime posible de individualismo, mayor seré la solidaridad para disfrutar det maximo de libertad ®. Mas superficialmente, lo expresé también Jean Grave, quien combinaba sin aparente conflicto aseveraciones 8 Krosotkin (1970), p. 18. ‘6 F, Silvoches, «Comnunismo e individualismoy, E/ Corsaria, Valen- ci 1902, nisms. | y 25. 1 Pentre ¢ Volenté, 1-1V-1926, repr. por Y. Richards (1973), Molatesta. Vida ¢titas, Barcelona, ‘Tusquets, p. 47 La teoria politica del anarquismo 25 tales como «el hombre no puede vivir aisladon o «la asociacién es una necesidad para el hombre», con otras de sentido opuesto: la sociedad, abstracto ente de razén, creado por los socidlogos y los politicos, no tiene vietualmente ningiin derecho ni poder aiguno sobre €l individuoy [..] el bienestar y la auronomia de éte ao debea saerificatse nunca (contra su volantad) en pro de las necesidades de aguélla...1® . Entre los espaftoles, los mismos intentos armonizedo- res pueden encontrarse en Anselmo Lorenzo o ‘Teobaldo Nieva. Las expresiones de individualismo lindante en lo anti-social se combinan, en todos ellos, con su insistencia, en que «no hay tealidades fuera de la vida social». Los términos de Teobaldo Nieva son los més tipicos: No pademos ser individualisas ni socialistas a secas; debemos ser las dos cosas a la vex: tndividne-ocieltar, .] €] individuo debe procucae «que su autonomis sea ilimitade y conservar las propiedades indespoja- bles de su ser (..J; pero paca lograr todas estas inmunidades y ventajas debe relacionarse con la sociedad, de cayos esfuerzos coleetivos pende [on] y. ser acérrimo y eeloso socialists, porque sin la sociedad el individuo no es nada”, La mezcla de individualismo de raigambre liberal con comunitarismo cristiano-socialista, que pata Jos marxis- tas demostraba la confusidn intelectual de los anarquis- tas, proporcioné, sin embargo, 2 éstos Je base para una, actitad critica radical, insobornable tanto frente al siste- ma social y econémico como frente a las estructuras de gobierno. Pues en las sociedades capitalistas y los Esta dos burocriticos contemporéneos no hallaban ni una TF J, Grave (1902), 1, pp. 156 y 165. 1: Slvn, abecrtlibom Baie Sal, Madd 1885, nim, 8 ‘ati idénnco en sw (1880), pp. 108-115. Citas previas de Mella cn La urita Blanes, Madsid, 1959, im. 24, y de Lorenzo en su (1909), pp. 4 yes. 26 José Alvarez Junco atmésfera realmente libre, que favoreciese la expansion de las potencialidades individuales, ni unas relaciones sociales de cooperaciéa, sino de antagonismo, Veamos estos aspectos con més detalle, 3. CRITICA SOCIAL, CRITICA POLITICA, CRITICA MORAL El blanco primordial de las criticas anarquistas es la organizacién politica. La famosa diatriba de Bakunin contra la «iamoralidady del Estado en Federalismo, socia- 4ismo y antiteolegismo es el mejor ejemplo del radical enfrentamiento, fundamentalmente ético, de los liberta- ios con la autoridad: El Esado moderna [.] se ha separado de l idea religios J, se he separedo del yugo de la motalidad universal y cosmopolita, de la religion cristiana sin que haya sido penetrado alin por ta idea o moralidad humanitaria, lo que por cierto, jamés podria hacer sin destruisse a sf mismo (..}. Qué queda entonces de la moralidad? El interés del Estado y nads mis. [..] Todo lo que lleve « presecvar la grandeza y el poder del Estado, por més sacrilego 0 moralmente tepugnante que pueda ser, ose bea, Y, al revés, todo lo que se oponge a los intereses del Estado, por més sageado que pueda ser, es e! mal Esa es la moralidad secular y la prictica de todo Estado. Tal cosa ocuste por igual con’ los Estados basados en el derecho divino de los monarcas absolutos y con los que se proclaman democriticos y fundados en Ia volun- tad popular 0 el contrato social. ‘Para estos diltimos, 40 bueno y Jo justo s6lo comienzan a partir del contrato; de hecho, no son ms que el interés comin y el desecho pablico de todos los individues que han formado el contrato, con la exeluin de agullos gue permancces fuera del centrto. (..] Bn consecuentia, ol Estado es la egaciin md flagranie, més cinica y més compista dela bumanided (... Sélo protege sus propios civdadanos; s6lo reconoce derechos humanos, hhumanidad y civiizacin dentro’ de sus confines {y] se acroga el derecho de ejercet ln mis feroz inhumanidad hacia todss las poblacio. nes extranjeras, a las que puede saquear, exterminar o esclavizar a 1a teorfa politica del anarquismo an voluatad. {..} Esta aegacién fageante de la hamanidad [..] desde ol punto de vista del Estado es su deber supsemo y su mayor vietud. leva como nombre patrioticme y constituye toda la moraidad trarcenden- se del Estado, El Estado —contindia Bakunin— niega la humanidad porque parte de una premisa, en la que también se apoyé la Iglesia catélica, intolerable para Ia alta concepcién que el anarquismo tiene de la dignidad humana: ue log hombres son bésicamence malos y que, dejados a su liberad aatural, s€ destrozarian entee si y oftecerian el especticulo de ia anarquia mis terrible en la ual el més fuerte explotaia y masacratia al rts débil. [..] Con el propésito de asegurar la obediencia los principios y la administraién de las leyes en cualquier tipo de socie- dad, tiene que haber un poder vigilante, regulador y, de sex necesario, sepresivo (..] 2 fin de guiar # los hombzes y reprimie sus bajag pasiones. De ahi las winteligencias superiores» que se oftecen para dirigir y proteger 2 sus conciudadanos contra sus propios impulsos a la autodestruccién. Ya no son la fuerza ni la religidn las justificaciones de la autoridad, Ahora son «minorias ambiciosas» las que cortejan y engafian al pueblo, goberniridole en su nombre y por mandato suyo, También el gobierno representative o democtitico es, pues, paca Bakunin un gobierno de minorias, clasista, explotador y represivo. De nadie, ni siquiera de los mas inteligentes y generosos «partidos de la libertad», podemos esperar que, después de conquistar el poder, renuncie « su posicion exclusiva de minoria gobernante y se mezcle con Ias masas, de mode gue el auto-gobierno legue finalmente a ser una realidad. {.] Nada es més peligroso pare la moral de un hombre que el hibito de andar. Los mejores hombres, los més incligentes, gencrosos y puros siempre ¢ inevieablemente serin cortompidos en esta actividad, ~B Fedealnn,icalioneyani-selgone, en Delgo (1976, pp. 146- 152, 15739, oL-68 y LO 68 A partir de esa esitica, la cohezencia exige que se esté en guardia ante los propios sujetos mesianicos © vanguardias conscientes, en los que tantos grupos revo- lucionarios han puesto esperanzas desmesuradas de re- dencién social. EI grupo Hamado a protagonizar la revolucién esta, para empezar, desdibujado en el anar- quismo, a diferencia del marxismo. Frente 2 la concen- tracién marxiana de todas las expectativas en un sector social muy definido sociolégicamente, como es el prole- tatiado de los paises industriales, los clésicos anarquistas tendieron a confiar en «los trabajadores» en general, 0 en os campesinos, los jévenes, las minorias raciales o cultu- tales, el lumpen-proletariado 0 los grupos marginados que nada tienen que perder con el derrumbamiento del sistema. Bakunin, una vez més, lo expresd con mayor contundencia y claridad que otros al aclarar lo que significaba para él la «flor y nata del proletariado», en la que confiaba para la revolucion: Pars mi, la eflor y nate del proletariados no es, como pare los rmarxistis, la capa superior, la aristocracia de trabajo, aquellos que son cokes, que ganan mis y viven com mis comodidades que los emis tabajadores. Precisamente esa cape semiburguesa de trabajado- res, silos marxistas se salen con la suya, consttuisk eel caarto estado gobernante [... En vireud de sa posicién semiburguess y de st felativo bienestar, eta capa superior de trabsjadores, por desgrec «sth profandamente eaturada de todos los prcjuicios sociales y politicos Y de todas las estrechas aspiraciones y pretensiones de la burguesia [-.} Pos «flor y nats del proletariado» yo entiendo la gran masa, los rillones de analfabetos, desheredados, miserables, pobres, a quienes los sefiores Masx y Engels someterian a una administracion paternalsta con un gobierno fuerte De ahi se deriva su esfuerzo por extender la revolu- cidn en los paises atrasados y campesinos, como Espaiia © Italia, de los que Marx esperaba tan poco, No eran afinidades, antipatias ni azares del destino, sino convie- ciones politicas, las que hicieron reaccionar a Bakinin y 278 José Alvarez Junco La teoria politica de! anarquismo 279 Marx de manera tan diferente ante la revolucién espaiio- Ja de 1868, El primero envié con toda celeridad, a la semana de haber cruzado Isabel II Ja frontera espafiola, a un emisario, Giuseppe Fanelli, el cual organiz6, a la vez que las secciones de la Asociacién Internacional de los ‘Trabajadores, fos nicleos clandestinos de la bakuninista Alianza de la Democracia Socialista. El segundo, comi sionado por el Consejo General de la Internacional para escribir un manifiesto dirigido a los revolucionatios espatioles, dejé pasar los meses sin hacerlo y, finalmente, s6lo estableci6 una cabeza de puente en Espaiia cuando el azar quiso que su yerno, Paul Lafargue, buido de la Comuna, tuviera que buscar refugio al sur de los Piri- eos. Bra ya mayo de 1871 y hacia dos afios y medio que se habia iniciado el proceso revolucionario. No es ex- trafio que, al producirse la escisién entre bakuninistas y marxistas al afio siguiente en La Haya, los espaiioles se decantasen casi undnimemente del lado de los primeros. El interés por Espafiz, como el que los padres del anarquismo mostraron por Italia o por Rusia, tenia también mucho de romanticismo politico. Como lo tenia Ja idealizacion ingenua de ese sujeto colectivo al que Proudhon o Bakunin denominan, en términos vagos, «el pueblos, «los oprimidos, las «masas trabajadosas». Muy de acuerdo con Ja cultura politica del romanticismo social, los anarquistas creian que sélo estas capas sociales habian conservado una cierta upureza», un «sentido de la justicia», une «solidaridad con los otros miserables», un asentido comin no corrompido por los sofismas de una ciencia doctrinaria», una «fe en la viday de la que no habian podido disfrutar. La ecanalla» —escribia Bakunin—, 12 shez», casi incontaminads por la civilizacion burguesa, lleva en su ser interior y en sus aspitaciones todas las necesidades y miserias de su vida colectiva, todas las semnillas del socialismo del futuro, 280 José Alvarez Junco Y tanto Proudhon como el propio Bakunin, en la mas pura linea del populismo ruso, recomendaban a los jOvenes revolucionarios: Interrogar al pueblo, he abi el secreto del porvenir. Interrogar al pueblo, és es toda la ciencia de Ia sociedad. ld al pueblo! Ese es vvuestro campo de accion, vuestea vida, vuestra ciencia. jAprended del ppucblo chmo mejor servir a su causal ;Recordad, amigos, que la juventud culta no debe ser el maestro, el benefaezor paternalista ai el lider dicatoria! del pueblo, sino tao s6lo Ia mediadora de su propia liberacion [. La verdadera revolucién sélo puede, pues, venir de la accién auténoma y colectiva de las clases trabajadoras, dirigida, no hacia la constituciéa de gobiernos, sino hacia la gestién y organizacion recta de la vida pitblica por el pueblo. Porque, como escribe Bakunin, Jas masas del pueblo levan en si misrnas, en sus necesidades eotidianas {yen sus sspiraciones conscientes o inconscientes, todas las semillas de Ja futura organizacion social |... Nos declaramos enemigos de todo gobiemo, de todo poder estatal y de toda organizacién gubernameatal ‘en general. Penseimos que el pueblo puede ser libre y feliz tnicamente ‘cuando esté organizado de abajo arribs en asociaciones completamente independentes y libres. La férmula politica en la que se resume el anarquismo ¢s el federalismo. El socialismo anti-autoritario consisti- 14 en un conjunto de colectividades de trabajadores autogestionadas, unidas solamente por pactos libremente concertados, sin ninguna autoridad dictatorial revolucio- natia por encims de ellas, Proudhon lo resumié con sus, formulas aforisticas habituales: ‘Todas mis ideas econdmicas {..] pueden resumirse en estas tres palabras: federacién agricola industrial. Todas mis opiniones politicas se reducen « una fSrmula semejante: federacién politica o deseentraliza- 3 Sunde problne sul, wnacxo 1848, ct, por M, Leroy (1962), Histoire des Idées Sociales en France, Paris, Gall imard, HT, p. 493. * La teoria politica del anarquisino 28 cid [..]. Todas mis esperanzas para el presente o para el fueuro se cexpresan en este tercer término, corolario de los otrgs dos: federacin progresiva®, En Ia base, las comunas o colectividades, unidades fandamentales de la produccién y la convivencia, en las que todos habrin de encontrar garantizado su derecho a la insteaccién, al trabajo y a la libre expansion de su personalidad. En la cispide, tras haber pasado por dis- tintos niveles de cooperacién pactados entre las colecti- vidades, se Negaré a «la compenetraci6n libre y universal de las razas bajo la Gnica ley del conteato». Este aspecto constructivo y, llamémoslo, ut6pico del proyecto anarquista se qued6, hasta el dltimo cuarto del siglo X1x, en las fOrmulas proudhonianas, repetidas sin mayor elaboracién por Bakunin. Su verdadero desarro- llo correspondid a los herederos de este filtimo, especial- mente James Guillaume y Piotr Kropotkin. Guillaume escribié, el afio mismo dela muerte de Bakunin, sus Ideas sobre la organizacién social, donde exponia con cietta amplitud la teoria del «nmunicipio libertarion, que por efecto de la traduccién literal del francés se convirtié en espafiol en «comuna libertariay (jdentificada, a su vez, con algo muy distinto, como era la insurreccional Comu- na parisiense de 1871), A partic de ahi construyé Kro- potkin, apoyandose tanto en antecedentes histOricos como en argumentos biolégicos, la teoria del «comunis- mo libertario». En ambos casos, se trataba de concretar la forma de organizacion comunitaria que aseguraria la igualdad y la remuneracién equitativa de los esfuerzos de cada uno de sus miembros, permitiendo, 2 Ja vez, la plena libertad de actuacién de todos ellos. En el fondo, ambos proyectos caen en una idedlizacién de la vida politica primitiva y sencilla de los pequefios micleos urbanos surgidos en la Antigiiedad clasica y la Edad 2 Da principe fédratif, p. 164, ct. por Lesoy, op. cit IIL, p. 291. 282 José Alvarez Juneo Media, defendidos en nombre de una doble tradicién tedrica de dificil compatibilizaci6n: la vieja idea atistoté- lico-medieval del origen natural de la convivencia huma- 1a y la nueva teoria pactista, que'consideraba la sociedad una creacién voluntaria sobre la base del interés indivi- dual. El primer aspecto diferencia al federalismo anar- quista del democritico-libera!, mucho més claramente voluntarista y distanciado de unidades «naturales», Pero hay otras diferencias: la federacion anarquista es econd- mica, 2 la vez que politica; de lo que se trata es de organizar la vida social alrededor de la produccién, y no de construir ningén tipo de poder, por fragmentado y escalonado que se imagine; y, sobre todo, como cimien- to y soporte de todo el edificio se halla la colectivizacion de los bienes de produccién, que quedan en manos de las unidades sociales basicas, esto es, de las de nivel mu- nicipal No es este aspecto, consteuctivo, en realidad, el més interesente de la filosofia politica del anazquismo. Kxo- potkin, el més paciente sistematizador de estas ideas —y el teérico libertario més leido en Espafia—, es también el menos original, el mas moralista y sermoneador. El modelo ideal de sociedad basada en las comunas auto- gestionadas presenta, en realidad, mucha vulnerabilidad logica. Se da por supuesta la tendencia natural de los seres humanos hacia la solidaridad y a armonia en sus relaciones, cuando fa historia ha acumulado infinidad de pruebas que apuntan en sentido contrario. No se plantea la posibilidad de que las nuevas colectividades humanas, libres y autogestionadas, desemboquen en el egoismo, la desigualdad y la violencia, como ocurtié con jas orgeni- zaciones comunitarias que, segiin los libertasios, existie- ron en el mundo en su fase pre-estatal. La utopia anarquiste, por lo demas, nunca se ha enfrentado con la prueba de fuego de Ia vida prictica y no es, por el momento, sino un conjunto de buenas intenciones. La worla politica det anarquisemo 283 Las implicaciones mas profundas de Ja actitud an autoritaria de los anarquistas y de su fe en la espontanci- dad popular no se relacionan, por tanto, con su proyecto de sociedad ideal sino con sus intuiciones criticas, los que Marcuse llam6 ula fancién liberadora de la nega- cién», Ellos mismos dieron poca importancia a aquellos proyectos, a juzgar por las escasas paginas que les dedican, Y, cuando llegé él momento de sctuar, no fueron los ideales utdpicos los que dirigieron la accién. Mis bien, respondieron 2 la tradicién del redentorismo milenarista y el puritanismo populista que habian servi- do para justificar previos regimenes de intolerancia y terror, Bakunin tenia poco de amable teorizador sobre la vida social no autoritaria; por el contrario, se detecta en su actuaci6n una considerable fascinacién, jacobino~ romintica, por el cjercicio de la violencia. Su patticipa- cidn en hechos revolucionarios consistié frecuentemente cn formar comités donde se ditigian, abierta 0 solapada- mente, las actividades de asambleas aparentemente es- ponténeas, 0 se coaccionaba, sin la menor vacilacién, a los enemigos politicos; es decir, donde se ejercia ef poder. En los afios noventa del siglo pasado fue el anarquismo la doctrina que inspird o sirvié de prevexto para las primeras acciones terroristas que, con otras etiquetas ideolégicas, no han dejado de crecet en el si- glo XX, Y en Espafia los anarquistas organizaron la FAL, que corlentabay desde la sombra el espontaneismo de la NT, y, al surgir la Guerra Civil, faistas y cenetistas mostraron mejor predisposicién incluso que otros gru- pos revolucionarios para organizar tribunales populares y escuadras de ejecucién sumaria, sin plantearse Ja con 2 Que a veces lleva a Bakunin. a formulaciones pre-fascistas (us, habré guerra civile Pero gpor qué temer canto a la guerra civil? { gacaso las grandes ideas, lat grandes pessonalidades y les grandes rniciones no han salido de una guerra civil’). m4 José Alvacer Junco tradiceién que todo ello suponia en relacién con sus ptesupuestos anti-autoritarios. En teoia, los anarquistas distinguiaa entre el estallido de violencia esporadico, que justificaban, y la organiza cién ¢ institucionalizacion de Ia coaccién politica, que consideraban condenable incluso cuando se ejercia en nombre de la soberania popular. Con palabras de Baku- nin, en la revolucién puede haber una fase «probable- mente sangrienta y vengativay, pero nunca debe degene- rar en «un terrorismo frio y sistemético», Hay que atribuir cl distanciamiento de Bakunin frente a este tipo de proyectos, que en el siglo xX se llamarian «estalinis tas», a su desconfianza frente a toda clase de élites, y especizimente frente a las que se arrogaban una superio- ridad intelectual frente al pueblo. Para Bakunin, la clave de la divisién de la sociedad en clases no residia tanto ea Ja propiedad de los instrumentos de produccién como en el abismo existente entre el trabajo intelectual y el manual. Este era el que iba haciendo aparecer nuevos grupos sociales opresores, caracterizados pos la posesion del saber —lo que, en términos més actuales, se Iama- rian «tecnocraciasy— que se aprestaban a sustituir a las Viejas aristocracias de la sangre y del dinero. Pese a su inmensa fe en las posibilidades liberadoras de la ciencia, los bakuninistas siempre recelaron de las pretensiones de supetioridad de los cientificos. Una sociedad tegida por sabios —~a la que Bakunin identifica con la organizaci6n revolucionatia, ditigida por la «vanguardia conscienten, prevista por Marx— seria monstruosa por miltiples razones: porque la ciencia humana esti ain hoy en sus inicios y no se puede obligar a «la vida» (el pueblo) a ajustarse a sus rigidos e imperfectos moldes; porque someter al pueblo a unas normas cuya racionalidad no comprende es rebajar su dignidad a la de metas bestias conducidas por entes superiores; y porque los propios ditigentes ilustrados dejarian, muy pronto, de encaminat Tr La teoria politica del anarquismo 285 sus esfuerzos hacia el conocimiento y los orientarian casi en exclusiva hacia «su propia perpetuacién, por medio de in idiotizacion creciente de la sociedad confiada a su cargo. De ahi que los anarquistas, desde las formulaciones més tempranas de su teoria, se enfrentaron sin la menor ambigiiedad con los proyectos de direccién por parte de vanguardias de superior «concienciay politica. Toda di- reccién politica es mala. Tanto la dictadura de una élite revolucionaria que ha tomado el poder por la via insu- rreccional como la colaboracién con una autoridad bené- vola y reformista, son caminos que conducen 2 un socialismo burgués, a una nueva forma més eficaz, mis inteligen- temente encubierta de explotacién del proletasiado a manos de ls burguesta. Las dictaduras progeesistas, en particular, por muy «provisionales» que se conciban, conducen inevitable- mente al desarrollo de un inmenso aparato burocritico, con unos poderes ucompletamente centralizados y atin més despéticos que los que ahora tenemos». Son pala- bras de Bakunin, en su disputa con Marx —a quien consideraba un tipico «déspota intelectual, y con ellas preveia explicitamente la que, sin exageracion, puede considerarse desilusién politica mas sonada del sigio XX. Los hechos, en nuestra época, han demostrado que la estatalizaciOn de los medios de produccién y la direccién planificada tanto de Ja economia como de la vida pablica por parte de una minoria que se autoetige en represen- tante del pueblo, al margen de sus efectos sobre el crecimiento econdmico o la cohesion de la unidad politi- ca, no genera unas relaciones de la autoridad con sus gobernados mejores que las democracias liberales ni, mucho menos; sienta las bases para una progresiva desaparicién de las estructuras autoritarias. ea 286 José Alvarez Junco Los anarquistas se yerguen, por tanto, en defensa de lo popular, pero no se niegan a la organizacion de ua poder en su nombre. Y esa actitud, de la que derivan sus mejores intuiciones, plantea también el problema politi- co central que dejan sin resolver. Todos los autores libertarios tienden a soslayar la cuestién de la conquista revolucionaria del poder y las dificultades de la etapa inmediatamente post-revolucionaria para su cjercicio su supresién, recusriendo a un optimismo aprioristico, a una fe en Ia armonia natural de las relaciones humanas, que es completamente indemostrable: desde el dia mis- mo en que el pueblo se haga cargo de sus destinos sera innecesaria la instauracién de autoridad alguna, y no hay que ptever problemas insolubles entze los individuos 0 las colectividades ni tampoco una tenaz sesistencia del enemigo interno que, combinada con la presién de las potencias contrarrevolucionarias, haga necesaria la toma de medidas de control o represivas. Sencillamente, «to- dos preferirin el trabajo colectivon, en cuanto se vislum- bre el éxito de Ia primer localidad socialista la revolu- cién cestallari en todas las zonas», habré un levantamiento masivo de todo el pueblo [...] espontineamente organi- ido de abajo artiba, con la disolucién de una «unidads impuesta por la violencia, las células de la sociedad tenderin a unirse por su podeross atraccién mutua y sus necesidades inherentes [..J. La dura realidad de las experiencia revolucionarias no ha abcnado tan optimistas previsiones. Ni los propios anarguistas parecicron creer, en la practica, en el espon- taneismo que proclamaban, segin hemos apuntado en relacién con la tutela de la FAT sobre la CNT 0 con su actuacién durante la Guetra Civil espafiola. Pero, una vez mis, la experiencia fue corta y es insuficiente para saber cual hubiera sido su actuacién politica 2 mas largo plazo. i | La teorta polities del anarquismo 287 4, BL ANARQUISMO INDIVIDUALISTA Bl] atzactivo de las doctrinas libertarias sobre medios no obreros es perfectamente comprensible. El marxismo, en definitiva, se presentaba como una doctrina obrerista, aunque el importante papel reservado a las «vanguardias conscientes» ayude también a explicar su éxito entre los “intelectuales. Pero el anarquismo confiaba la liberacién de Ja humanidad, no sélo a la accién de sus sectotes mas desposeidos sino a la de todos aquellos que sintieron en si la lama de la rebeldia. Por otea parte, sus ctiticas, dirigicias sin duda en primer lugar contra la organizacion alienada del trabajo, abarcaban otras muchas y muy diversas instituciones de Ia vida social: Ia autoridad, la religion, la familia, la guerra, las prisiones. Propugnaba, por diltimo, una libertad personal inmediata, en la prict ca diatia, lo que tenfa que ser muy del gusto ‘de quienes se dedicaban a la creacién intelectual o artistica. Es Togico que fuese en estos medios donde se pusiera de moda una critica estético-politica al mundo burgués, muy cercana a la acracia, La formulacién que adoptaron tales criticas (extendi- das sobre todo entre las élites intelectuales centro y nord-europeas) no coincidia exactamente con las doctri- nas que se predicaban entre los medios obreros y campe- sinos, particularmente del sur de Europa. En éstos, predominaba su orientacién populista, fraternal, basada en fa defensa de los valores comunitarios y en las seivindicaciones pre-sindicales, sobre bases morales ctis- tiano-puritanas. Entre los intelectusles anarquizantes, en cambio, se extendi6 una version de la acracia individua- lista ¢ «inmoralistay, Veamos sus diferencias de manera mis sistematica: 1. El igualitarismo, el elogio del modo de vida y los valores propios de las capas mas humildes, heredero de José Alvarez Janeo la tradicion cristiana y celosemente cultivado por la versin kropotkiniana del anarquismo, recibia feroces ataques por parte de los libertarios stirneriano-nietzs-- cheanos, que adoptaban posiciones abiercamente elitis- tas. «Todo goce de un espiritu cultivado esta vedado a los obrctos», llegé a escribir Stiener; s6lo los «rebeldes» eran capaces de evar una vida libre, contraria a la valgaridad imperante; en tono perfectamente pre-nietzs- cheano, presumia este autor de que «a caida de los pueblos, asi como la de la humanidad, seré la sefial de mi elevaciény; los teabajos. artisticos son los de un Unico, son las obras gue solamente este Unico puede evar a cabo, mienttas que los primeros son trabajos banales que podrian lamarse chumanos» [..] y eabe ensefarios mis o menos de todos los hombres™. ‘ Stiraer nunca aleanz6 gran influencia en Espaiia. Pero, con Ia traduccién de Nietzsche en los ptimeros afios del siglo, aparecieton en la prensa libertaria expre- siones muy similares a las suyas: s6lo se salvarin aquellos que tengen alas para surcar el espacio, los de duro corszén, los que llevan en el alma el herolsmo; fy no} el gran Rebafio Humano, pacifico y estulto, la eurba de siempre, plebe imbécil andnirme montén, multtud, eada™ No eran sélo los nietzscheanos. La idea de que los «espititus tebeldes» eran la clave del progreso humano estaba tan hondamente atraigada en la vision anarquista del mundo que libertarios tan caracterizados como Ri- cardo Mella, Antonio Pellicer, Anselmo Lorenzo 0 José Prat legaron a escribir expresiones de desprecio a las ‘masas tan tajantes como éstas: 1844, p. 187. % R. Vander en BV predutor litrario, Barcelona, 1907, nim. 25; A. Sux (1909), Cantos de Rebelién, Barcelona, Maucci, y «Ahumano Precurscer, en Baens Semilla, Barcelona, 1901-3907, nim. 18. La teorla politica def enarquismo 289, Alli-va la mulctad, atrasteada por la verbosidad de los que no llevan sada dentro... la machedumbre es siempre pobre e ignorante, supersti- cioss, conservadora y seaccionati {..J; {es} uaa fuerza enemiga pode- Pero eran reproches mis amordsos que agresivos. «Sin ella la multiud— no nos liberaremos nunca», afiade Antonio Pellicer en el texto recién citado. El clitismo nietzscheano, en conjunto, repugnd siempre a los anarquistas espafioles € incluso la critica de aquélios al ctistianismo como «moral de esclavos» encontré entre éstos fuertes resistencias porque no escapaban a la atrac- cién por el igualitarismo y la humildad del cristianismo ptimitivo —«taicionado», eso si, por la Iglesia—; el anticlericalismo era una verdadera sefia de identidad del anarquismo hispano. 2. En cuanto a los planteamientos éticos, el anar- quismo individualista se apoyé siempre en premisas egoistas, que podian llevar a un hedonismo de tipo clasico 0, sencillamente, 2 proclamar el «inmoralismon, Nada més lejano del anarquismo solidario, dominante en los medios populares. Para éste, el egoismo anti-social era una perversion causada por la sociedad capitalista y la sociedad ideal se basaria, por el contratio, en un sistema valorativo que entronizaba el trabajo y le solida- tidad en las posiciones més elevadas. El conteaste se expresa, con suficiente contundencia, entre la famosa formula de Stirner («Qué es lo bueno, qué es lo malo? Yo mismo soy mi causa y no soy bueno ni malo; ésas.n0 son, para mi, mas que palabras») y las tajantes afirmacio- nes moralistas que recorren desde Godwin («Si hay algo 2 Mella, en La Revista Blaaca, Madrid, 1904, nim. 107; Pellicer (1903), EY indvidno y la mase, Barcelona, Salud y Fuerza, p. 5 (donde, Sin embargo, afiade: «pero sin ella —a mnultitad— no nos liberaremos ‘nunea»), Otras varias citas en ese sentido en Alvarez Junco (1976), pp. 159.60 y 381-83, 290 José Alvarez Junco fijo ¢ inmutable es precisamente la moralidad, ese algo que a0s induce a aplicar para una accién los conceptos de rectitud, deber y virtad>) hasta Kropotkin, que elabo- 16 todo un volurmen de «moral anarquistay basado en Ia solidaridad entre individuos y especies. En Espaia, la polémica nunca llegé a plantearse de manera tan abierta: Pero puede detectarse a través de la distinta valoracién que atribuyen unos y otros al placer y al trabajo. Los nietzscheanos, o los anarquistas cercanos a ellos, tienden a exaltar el «derecho al placer», titulo de un folleto del poeta catalan Blizquez de Pedro: «el dogma del trabajo —dicen éstos— es Ia negacién de la libertad». Para quienes se esforzaban por construir y orientar un movimiento obrero reivindicativo, el tra- bajo, en cambio, eta «el summum de todas las virtudes, asi como el summum de todos os pecados capitales ¢s la perezan. La contraposiciéa, aparte de sus expresiones tebricas, podria ilustrarse también por medio de actitu- des practicas. Poco habia en convin, aunque ambos se titulasen dibertarios», entre Jos artistas bohemios del Paris de Ia bedle épogue, que buscaban la creatividad y la libertad entregindose a la bebida, la droga 0 una vida sexual nada convencional, y los «santos laicos» liberta- ios hispanos, que se distinguian por conductas petsona- les puritanas (Ferret Guardia, considerado «libertinos en su época, fue una excepcién que no se gané la simpatia del movimiento hasta después de fusilado) y que, cuando al estallar la Guerra Civil tavieron bajo su control algunas zonas republicanas, se apresuraron a clausurar los caiés y ottos lugares «de vicio». 3. También en los ‘fundamentos ‘filoséficos de las dos actitudes hay diferencias basicas. Hemos hablado ya de Ja confianza que los anarquistas clésicos ponian en el Progreso cientifico y en el avance de la «tacionalidady sobre la «animalidad» 0 ubarbarien. Los grupos anazcor qT La teoria politien del anarquismo 291 individualistas de origen intelectual, en cambio, se ins- cribieron en aquellas corrientes filos6ficas que més con- tandente critica lanzaban contra el concepto mismo de «raz6m» y han sido el origen remoto de esos movimien- tos «contraculturales» que en las dltimas décadas han proliferado en todo el mundo occidental, protestando contra los peligros politicos y ecolégicos de los «avan- cos cientifico-técnicos. La verdad es que ni Proudhon, Bakunin, Kropotkia, ni sus seguidores espafioles, superaron nunca a Augusto Comte. Léase al segundo de ellos: Las leyes {..] relacionadas con el desarrollo de la sociedad humana son tan necesarias, invariables y fatales como las leyes que gobiernan el mando fisico [...] [y] una ver que la ciencia las econozcs y pasen fenronces 2 la conciencia de todos los hombres, la cuestién de la libertad quedara enteramente solucionsds7. Los espafioles lo repitieron fielmente. Para Anselmo Lorenzo, la ciencia habia producido ya el «hombre nuevo», capaz de comunicar su pensamiento a larga distancia, de recorrer en un dia miles de kilémetros 0 de dominar la atmésfera, y de estos grandiosos poderes ba de sali la sociedad racional y justa, inspirada en este criterio de ‘economia perfecta: realizar, con el minimo de esfuerzo, el maximo de ‘ventajas posibles en vista de lt mayor felicidad de todo ef mundo®, La ciencia, aplicada a la sociedad, suponia el fin de la barbatie, es decir, de las jerarquiaé, de Ja violencia, de los tetrores religiosos como bases dltimas de la cohesion social. La cieficia acabaria con la autoridad y la explota- cién del hombre por el hombre para establecer la admi- nistracién del hombre sobre las cosas. ® Bakunin, La-tnteraaconal y Carlos Marse y Dias 3 ef Estado, en Dolgoff (1976), pp, 375 y 267. ® Lorenzo (1909), p. 61. 292 José Alvarez Junco’ BI anarquismo clasico, de base obrera, se puso a la cabeza de los defensores de la racionalidad progresista justamente cuando ésta comenzaba a ser objeto de criti- ca, Empefiado en Ja vieja guerra contra Ia ideologia aristocritico-teligiosa, intenté «despertar» al pueblo analfabeto, poniendo a su disposicién la ciencia y la cultura porque éste era uno de los monopolios funda- mentales de los privilegiados. Los individualistas, en * cambio, profundizaron en su critica, se enfrentaron con el mito del progreso y del avance de la racionalidad. Hoy no hay militante en movimiento de protesta que no haya denunciado como falacia la liberacién por la ciencia, como no-hay estudiante izquierdista que no desprecie y denuncie los saberes académicos. No hay duda de que continian aquella tradicién anarco-nietzscheana del fin de siglo. Pero aquellos que pretendan proclamarse, ade- mis, continuadores de la tradicién obrera revoluciona- ria, acumulan dé manera abusiva dos mundos mentales contrapuestos. Y 4, Las consecuencias ticticas de una y otra co- tiente fueron, por iltimo, completamente dispares. El anarquismo individualista se quedé en una mera critica teorica —mis radical, eso si, que ninguna—o bien llevé intentos de liberacién de tipo «interior o intimista, cuando no desembocé en acciones individuales especta- calates del estilo de alguno de los grandes magnicidios. El anarquismo comunitatio o popular condujo, en los paises en que plasmé en ua movimiento masivo, al sindicalismo revolucionario © anti-politico. El primero se base en la conviccién de que'la liberacién, antes que colectiva y prictica, ha de ser individual y mental: la tarea primordial de cada rebelde ha de ser su afirmacién personal frente a la corrupcién autoritaria y capitalista de la'sociedad burguesa. El segundo tipo de accién subor- dina, en cambio, la emancipacién personal a un proyecto Yr La teoria politica del anarquismo 293 colectivo, la somete 2 una adisciplina revolucionariay minima, aunque la exptesién sea poco grata a oidos libertarios, € incluso relega la «pureza» revolucionaria a un segundo plano frente a una actividad minimalista 6 reformista, como puede ser la organizacién de protestas masivas con objeto de lograr objetivos salariales 0 de mejora laboral. No sélo la visién tépica del anarquismo, forjada por el periodismo sensacionalista de finales del XIX, sino: los propios autores libertarios, tendieron a valorar mas la primera de estas dos actitudes. Tanto Bakunin como Kropotkia escribieron apasionadas lineas en las que ensalzaban el valor, la belleza, la intensidad de senti- mientos que rodeaban a la accién revolucionaria, por contraposiciéa al adocenamicnto y la vulgaridad de los aburgueses»™; fue un avance de lo que los acratas de 1968 Mamarian la «fiestay, el sentido Kidico que domina en una situacion revolucionaria. Pero estos cantos éticos y estéticos a la accida y la intensidad vital del revolucio- natio acabaron desligéndose de la doctrina u objetivo a cuyo servicio, en principio, estaban aquéllas ¢ hicieron confluir al anarco-individualismo con el fascismo, que también exaltaba el vivere pericolasamente, Los anarco-solidarios, por su parte, menos espectacu- lares en su acci6n, fueron més persistentes, mas verdade- ramente caracteristicos del conjunto del movimiento y, desde luego, se mantuvieron lejos de cualquier confluen- cia con el otto extremo del arco politico. Su actividad, por lo demas, no fue sélo sindical, sino también propa- gandistica. Periddicos, editotiales y escuclas racionalistas © laicas son, sin duda, sus realizaciones més sélidas. ® Y., por ejemplo, de Bakunin, Dios 7 of Eade, en Dolgoft (1976), p- 269 (wes una caracteristics del privilegio |... la liquidacion def corazén y de la mente de los hombres»). Be Kropotkin (1903) 7 (los revolacionarios «viven» mientras que los burgueses «vegetati»), p. 7, 0 EL espiritn revolucionarie 0 A los jévenes. 204 Jost Alvarez Junco, 5. La SINGULARIDAD DEL ANARQUISMO ESPANOL Al iniciar esta exposicién nos referimos al profando racionalismo que subyace a la filosofia libertaria; y, en las Giltimas paginas, hemos insistido en el tinte fraternal- popular que tal corriente politica adquirié en Espaia, ‘Acaso sea la tensién y el equilibrio entre estos dos polos el rasgo que destague con mayor intensidad entre los que caracterizan al movimiento anarquista espafiol. Un equilibrio nada facil porque el acercamiento al pueblo obligaba a aceptar planteamientos reformistas 0 populis- tas inconciliables con algunos de Jos postulados progre- sistas del racionalismo doctrinal Acrata. El machismo y el puritanismo sexual populares chocaban, sin duda, con Jos principios de igualdad entre los sexos o libertad en las relaciones amorosas; la exaltacién de «lo espafioln —o de las diversas patrias chicas—, tan popular también incluso en ambientes izquierdistas, tampoco cuadraba con el internacionalismo, el cosmopolitismo o el espe- rantismo de los te6ricos de «a Idea»; la aficion a los toros o a la taberna era ditectamente opuesta a la climinacién de la crueldad o a los habitos abstemios del racionalismo acrata; y no digamos la irritacin y el despresio que causaba la religiosidad folklorica popular entre la militancia libertaria atea. De ahi el desgarramiento que log militantes sufrian - entre el «amor al pueblo» y su lealtad a «la Idea, y que dio lugar a curiosas expresiones de amor despechado, de elogios desorbitados y reproches amargos a que hemos hecho ya alguna referencia. Por paste del sector popular que se acercé a Ia ideologia libertazia, la cuestion fue mas sencilla. La expresién concreta de la doctrina podia sonar novedosa y extrafia, pero bajo las palabras se ofan mensajes de redencién y fraternidad de resonancias an- cestrales. Desde este punto de vista, y sin olvidar su caricter mas especulativ que estrictamente demostra- La teorfa politica del anarquismo 295, ble, hay que tecordar la interpretacién del fendmeno libertario propuesta por Gerald Brenan como el lejano eco espaiiol de Jn Reforma protestante en su momento abortada en la Peninsula. Parece. coherente -aceptar que, para una sociedad tan cargada de tradicion catélica, con sa acostumbrado ensalzamiento de los valores co- munitarios, austeros y fraternales como propios de la «vida perfectar, el ripido y mal estudiado proceso de seculatizacion y desprestigio de la institucién eclesidstica en el siglo XIX tuviera necesariamente que ser trauméti- co y dejara un vacto en Ia cultura popular que fue, légicamente, cubierto por otros redentorismos, esta vez de tipo politico-social. Los conflictos politicos se tifie- ron, asi, de tonos fuertemente éticos y trascendentales, convittieron luchas por la mejora de las condiciones laborales o la ampliacién de la representacién politica en cataclismos de putificacién total, lo que hizo imposible los pactos y el evolucionismo xeformista. Algunos autores han negado la fuerza de estos facto- tes psicolégicos y culturales, aceptando como tnica interpretacién cientifica del fendmeno libertario la que lo explica en términos de intereses de determinadas capas sociales © comunidades locales. Pretender tal cosa no ¢s s6lo reducir el alcance de la historia social sino que es negar la evidencia misma. En el anarquismo espafiol “pero no sélo en el anarquismo; lo mismo, aunque con intensidad posiblemente inferior, podria decisse de otras corrientes politicas radicales de nuestra historia contem- porinea— hay reelaboraciones perfectamente identifica- bles de mitos escatolégicos que habian alimentado la tradicién judeo-cristiana desde hacia milenios, Se inter- 3G, Brenan (1960). También Diaz del Moral (1929) habia obsesva- do al fervor y ascetismo casi fandticos de los vapéstoles» anarquistas. % Por ejemplo, T. Kaplan (1977), Lar arfgnes sociale del anargniseo 1 Andeica,Vascclons, Ceca, 0 |: Acosta Scher (1979), Hitoriay sedtara ded pueble anda, Barcelona, Anagrams, 296 José Alvarez Junco pretan las duras condiciones de vida de las clases trabaja- doras durante la revolucién industrial como el periodo de maldad y putificacién que anuncia el proximo final escatologico; se describe este ailtimo como fa batalla final entre los dos grandes protagonistas de la conflictividad humana (Progreso frente a Reaccién) durante toda la historia; se confia en la fuerza redentora del Pueblo, nuevo Cristo que repite los rasgos de la fuerza, el suftimiento y la desposesiéa, tipicos de todo Mesias; se presenta la revolucin como un reingreso en el Paraiso, una fusién con la Madre Naturaleza arménica y fecunda de cuyos brazos nos arrancaron el capital y el Esta- do... No todo es, ciertamente, cultura mitologica. Hay factores politicos que son no menos imprescindibles para explicar el arraigo del fendmeno libertario en Espafia, Hacia 1900, aquélla era, en efecto, una estructura estatal casi embrionaria, ajena a las necesidades sociales y la diversidad cultural del pais. Los servicios pablicos eran poco menos que inexistentes y el presupuesto se consu- mfa en gastos de personal, boato de la corte y unas fuerzas armadas de probada ineficacia, excepto en la reptesin de desérdenes piblicos. Todos estos rasgos habian pervivido, ademas, a lo largo de! agitado siglo XIX, sin diferencias sensibles entre etapas absolutistas, moderadas, progresistas o revolucionarias, No es dificil comprender que se extendiera’la conviccién de que las exigencias del poder eran ilegitimas, de que la adminis- traciés. y el gobierno mismo eran prescindibles. Esto, Jogicamente, ocurria en particular en micleos rurales, & V, Alvar Junco (1987), cha gubsultura anarguisa en Espafa: racionazno y populistaom, ca"AALVY.. lta powder, Dieta, vera, enfin, Ma, Casa de Veiag er Universidad Complar tenge, pp. 137-208, "3 Sobre exe tema, A, Bales (1973), Harrie dl anargioms en Catabuta, Barcelona, A. Redondo. eee La teotia politica del anasquismo 297 que se autonbastecian de lo fundamental para la vida y no recibian del poder sino recaudadores de impuestos y reclutadores de quintas, 0 en zonas como Barcelona, en que a una rivalidad cronica con la capital politica del pais se afiadia la falta de seconocimiento de su singularidad cultural y de la modernidad de su sistema productivo, con la especificidad de los conflictos sociales derivados de este hecho. Si a estas citcunstancias culturales y politicas se afiade algin acontecimiento anecdético, pero no ittelevante, como la agilidad con la que Bakunin se apresurd a propagar su mensaje en contraste con el relativo desinte- tés de Marx por la Peninsula, parece que se entiende suficientemente el éxito del obrerismo antiautoritario. Los historiadores se han esforzado, ademés, por situarlo en sus coordenadas socio-econémicas, tarea racionaliza- dora del fendmeno que, en. este caso, no parece haber Hevado a conclusiones de gran interés. Algunos autores se han referido al desarrollo irregular del pais, a sus, aislados nicleos industriales —dominados, ademas, por la pequefia empresa familiar— en un marco agricola cuasimedieval y latifundists. Ello explicaria el peso de los ideales agratios y pre-capitalistas (el comunitarismo y la autosuficiencia medievales o la supresin de la mone- da), asi como el gusto por las tacticas insurreccionales y espontaneistas tan propias de las jacqueries campesinas, que el bakunismo reprodujo fielmente™. Tal explicacion no casa, sin embargo, con el arraigo del anarquismo en medios sociales tan absolutamente dispares como ‘la campifia gaditana y la urbe barcelonesa 0 con el hecho mismo de que esta diltima —ciudad industrial, en defini- tiva, no tan distinta, en cuanto a la procedencia agratia de su poblacién inmigrada, de cualquier otro foco euro- peo de aquellos en los que el proletariado era de adscrip- >» P. Vilae, Histoire de Espagne, Paris, PUF, pp. 70-72, por ejemplo. a8 José Alvarez Jonco cin socialista— fuese el centro mis permanente y masi- vo dela militancia libertatia. Tampoco es nada evidente la conexién entre anarquismo y agrarismo desde el punto de vista doctrinal: los elogios fisiocriticos que aquellis publicaciones prodigaban a la agticultura se hhallan anegados entre multitud de cantos al progeeso y a Ja capacidad liberadora de las méquinas; y no hay, en toda Ia historia del movimiento, un verdadero programa de teivindicaciones agrarias. La vinculacién con medios artesanales resulta mas convincente, pero, a su ver, éta ra comiin al anarquismo, al republicanismo y el socialis- mo. Er resumen, lo mds interesante de este planteamien- to es su referencia a las reducidas dimensiones y escasa concensracién de la industria textil catalana, que impri- mia a sus relaciones laborales un sello familiar y a sus organizaciones sindicales una tendencia a la dispersién y Ja desconfianza frente a toda burocracia centralizadora, Pero, en todo caso, este marco socio-econémico debe complesarse con referencias a la incapacidad de integrar demancas reformistas por parte de la estructura politica y social, lo que radicalizaba inevieablemente cualquier demanda obrera, y a la predisposicién de los ambientes culturales populares para abrazar planteamientos éticos milenarios. Por estas y otras causas, sobre las que el debate historiogréfico ha de continuar profundizando, lo cierto es que Espafia se convirtié, a partir del nacimiento de la CNT en 1910, en paradigma y esperanza del anarquismo mundial. Hasta entonces, en realidad, el movimiento libereario en la Peninsula habia tenido poco de extraordi- nario. Su penetracién se habia producido en 1868, es decit, cuando ya habian transcurtido cuatro afios desde Ja fundacién de la Internacional, y s6lo amparada en una citcunstancia coyuntural, como fue la revolucion libetal que desiconé a Isabel II. La masiva adsctipeién de los espafioles al bakunismo tampoco es excepcional, sino La teoria politica del anarquismo 299 semejante a lo que ocustié en toda el tea latina, in- cluidas Bélgica y Suiza. La decadencia generalizada de Ia I Internacional a finales de 1872 sdlo se retrasé en Espa- fa unos meses, y también debido a los avatares del ciclo revolucionario liberal. Ciertamente, hubo un fugaz re- surgimiento de la Federacion de Trabajadores en 1881, pero la decadencia de esta organizacion a partir de 1883 fue no menos acusada que su ascenso. El anarquismo dinamitero de los noventa tuvo eri Espafia una apari¢ion contemporinea y comparable, en cuanto a intensidad, con el resto de Europa y los Estados Unidos, salvada la excepcion inglesa; a decir verdad, al finalizar el siglo eran Rusia, Francia o Italia, mucho mas que Espada, los paradigmas del anarquismo mundial. Y resurgié enton- ‘ces el anarquismo organizado, bajo la forma de sindice- lismo revolucionario, en lo que, de nuevo, coincidié con la vecina Francia. Sélo a partir de 1910 comienza Ia atipicidad espafiola. Pero, incluso entonces, la discontinuidad —geogrifica y cronolégica— fue la norma. Hasta 1915-16, préctica- mente, la CNT no existid. En los cinco afios siguientes _ vivi6 un periodo dorado, bajo la influencia particular de Ja figura de Salvador Segui y muy centrada en Barcelo- na, Decay de nuevo a pastir de 1920-21 y desaparecié del mapa legal con el golpe de Primo. Por fin, la reapasicién de 1930-31 fue impresionante ¢ inauguré un segundo lustro de atipicidad en que el anarquisino mun- dial fue, ciestamente «espasiol». No es ficil, en resumen, afirmar que el anarquismo haya sido una caracteristica estable y pefmanente en la Espaiia contemporinea —y mucho menos un rasgo de la supuesta idiosincrasia nacional, como quisieron creer historiadores de generaciones pretéritas. Pero si es cierto que en Espaita se produjeron fenémenos tnicos, que han dado iugar a abundante literatura politica. Y los mas aireados de aquellos fendmenos se sitian en el invierno 300 José Alvarer Junco de 1936.37. Iniciada ya la Guerra.Civil, y en peligro una tepiblica con la que los libertarios habian sostenido una pugna sin tregua, hubieron de plegarse a las citcunstan- cias y aceptar la entrada en el gobierno antifascista. El mundo vio, con asombro, a cuatro ministtos anarquis- tas. A Ia vez, aprovechando el vacio de poder y la desaparicion de los oligarcas tradicionales, los militantes libertatios hicieron surgir colectividades autogestionadas con arreglo al ideal kropotkiniano, principalmente agra- tias en la zona de Aragon pero también industriales en Barcelona. Aquél fue el expetimento revolucionatio que dio lugar a una polémica inmediata que, en cierto modo, aun no se ha cerrado, En medio del espectacular combate propagandistico que el mundo entero libr6 en torno a la batalla real que ensangtentaba Espafia, las colectividades libertarias pa- saron a convertitse ——para anatquistas y trotskistas, acordes en este punto en el gran simbolo de la pureza revolucionaria, sactificada en el altar de la represién fascista y la «traiciény comunista. Los comunistas, a su vez, replicaron esgrimiendo Ia inoportunidad del experi- mento, que no sdlo desviaba fuerzas del ftente primor- dial —el de la lucha militar contca el fascismo—, sino que dividia a los republicanos y se enajenaba la voluntad de potenciales aliados antifascistas nacionales y exteanjc- tos. Poco se puede afiadir a esta polémica, demasiado ‘marcada por opciones ideolégicas previas. Los estudios recientes proporcionan una imagen que tiende a alejarse de la Arcadia feliz pintada por los apologetas libertatios, pero ha de reconocerse que las presiones politicas y escaseces econémicas propias de una guerra hacen impo- sible dilucidar con seriedad tanto la eficacia productiva de aquellas colectividades como su origen esponténeo 0 forzado por las milicias confederales 3, % Ch, por ejemplo, Jolin Casanova, Auargisae yn la sctdad raral arqgonesa, 1936-1938 (Madrid, Siglo XXI, 1985), 0 Aurora Bosch 1 La teoria politica del anarquismo 301 En mayo de 1937, sdlo diez meses después de iniciada Ja Guerra Civil, los libertatios recibian su golpe mortal en Barcelona e iniciaban un nuevo declive, tanto en influencia dentro de la coalicién antifascista como en cifras de afiliados. Y, a partir de 1939, tinicamente puede hablarse de «residuos»; el franquismo no sélo los conde- né a la carcel, la ejecucién o el exilio, como al resto de los derrotados, sino que ni siquitra les otorgé la aurcola demoniaca de ser los jaleados y omnipresentes cenemi- gos del régimen», gloria reservada, por exigencias de la Guerra Fria, para los comunistas. En cuanto a la ‘muy esperada reaparicién del movitiento libertario a la muerte de Franco, baste decir que no se produjo. Exa otta sociedad y otra época. . CONCLUSION ‘Mas que un movimiento politico perfectamente for- mado ¢ identificable, el anarquismo, puede pasar a la historia como una filosofia, una actitud o incluso una dimensiin © tendencia de la cultura politica contempo- rinea. ; La dualidad de bases filos6ficas sobre la que se asienta el fenémeno libertario —su racionalismo y moralismo abstractos, junto con su obrerismo y populismo reivindi- cativos— hizo parecer a sus poftavoces, durante los tiempos en que teind entre la izquierda el descarnado pragmatismo leninista, ingenuos y confusos ideolégica- mente. Pero les acabé proporcionando mayor riqueza ctitica, mayor versatilidad y, en definitiva —en 1990, en que se escriben estas lineas, puede ya decirse con cierta contundencia—, mas larga vida politica que la del mar- xismo. Su enfrentamiento resulté ser valido tanto para el ” inches, Upetstay libertorias. Guerra Civil | revolaién on el Pafs valencia. to, 7996-1999 (Waencia, Alfons el Magasin, 1983), 302 José Alvarez, Junco descarcado capitalismo decimonénico como para la més sofisticada sociedad de consumo de finales del XX, pues no teprochaban a la organizacién social s6lo que sus condiciones materiales produjeran la pauperizacion de la inmens: mayoria de la sociedad o Nevaran a una inevita- ble crisis apocaliptica, sino, pura y simplemente, que era «inhumanap, incluso cuando conseguia producir en abundancia. De esta manera conectaron con movimien- tos pacifistas, ecologistas o feministas posteriores a la convulsion de 1968 y a la posterior crisis del marxismo, poco pzopicios tanto a racionalizaciones socio-econémi- cas de los conflictos como a maquiavelismos estratégicos en su resoluciéa. Ciertamente, el anarquismo como movimiento de ma- sas no ha resurgido. Su negativa a considerar siquiera el fenémeno del poder les sigue inhabilitando para entrar en la complejidad buroctitica y corporativa de las socie- dades desarrolladas. Pero no es su pervivencia, ni aun la etiquete libertaria de algunos de los modernos movi- mientos sociales, la mejor prueba de la versatilidad de su vision y de sus demandas. Mas importante es el progresi- vo acercamiento, la impregnacién, bajo un nombre w otto, de matices libertarios por parte de’ otros grupos politicos, principalmente los movimientos socialistas de origen obterista. Algunas de sus ideas han sido incorpo- radas a los programas de los partidos liberal-progresis- tas, socialdemécratas 0 radicales; otras, como sus adver- tencias sobre la amenaza tecnocritico-totalitaria, siguen formando parte del patrimonio politico humanitatio y, en el mejor sentido, utdpico, BIBLIOGRAFIA Entre las obras generales sobre el anarquismo, referides en general tanto & acontecimientos como a ideas, deben mencionarse Anarchism, “ La teoris politica del anarquismo 303 de George Woodcock (Londres, Penguin, 1962); Tle Anarcbists, de James Joll (Londres, Eyre and Sportiswoode, 1964; hay ed. cast, Barcelona, Ariel, con importante apéndice de Pere Gabriel sobre Espafia); L’Anarchitme, de Daniel Guérin (Paris, Gallimard, 1965; de este ditimo autor, v. también Ia seleccida de textos Ni Dien ni Maitre, Paris, Ed. des Delphes, s. d., ¢1965%; Las anargustas, de leving L. Horowiee (ed. cast, Madeid, Alianza, 1975; eon apéad, sobre Espana pot José Alvarez Juneo), 0 E/ avargnisme en el sig XX, de Henry Arvon (Madtid, Taurus, 1979), un tratamiento bien ordenado de la doctrina anarquista, por temas y autores; este dltimo autor habia publicado, ya en 1951, L’Anarchiime (Pastis, PUB). En cuanto a las obras de los aurores clisicos, el primero de ellos, Pictse-Joseph Proudhoa, fue waducido al espaiol por Pi-y Margall en los afios 1850 y 1860: El principio federaivo, Sistema dela contradicones cconinicar, De le capacided politica de las clases jornaleras, Comtradecones beliticas y La Justicia son, quizé, sus obras ims importantes (y més ‘ifandidas en Bspaiia, eeditadas en general por Sempere comienzos de siglo), Ia recopilacién clisica de las obeas disperses de Mikhail Bakunin se tituld Oewres (Paris, Stock, 1895-1913; 5 vols.). Abad de Santillan hizo wna versi6n castellana de estos volimenes en los afios vveinte Buenos Aires, La Protesta; sexto vol. en Barcelona, ‘Tierra y Libertad, 1938), que reedit6 Jicar en los setenta, Bakunin oS un autor ideal, por su verbosidad y désorden, para ker en antologia, y la mejor de las anrologias existente es la de Sam Dolgoff: La anargaia sepin Bakoerin Barcelons, Tusquers, 1916), sunque, desgeaciadamente, a traduccién castellana convierte esta edici6n casi en ilegible. El mejor exponente de la cortience individualista fue Max Stier y eu obta, El nico y sn propiedad, publicada en 1844 (que aqui citamos por reed. cast. de 1970, Barcelona, Mateu). En el exttemo opuesto, el snarquismo solidsrio enconted sa expresién en los escritos de Piote Kropockin, ampliamente difundidos en Espaita. De ellos, especialmen- te, Le conguista del pan (Madeid, La Espafia Moderna, 1900), Palabras de an rebelde (Valencia, Sermpere, 1901), Campus, fabricesy llleres (Madtid, Jorz0, 1902), La moral anerguista (Barcelona, Bl Productor, 1903) 0 Ed “apoyo mtns (Valencia, Sempere, 1909; que citamos por reed. en 1970, Madrid, Zero). Muy influyentes también sobre el movimiento libertario, especial mente de Espatia y los paises latinos, fueron Jean Grave, cayos titulos ms sigeificativos son La sociedad fitwa (Valencia, Sempere, 1904); Sebastian Faure (Edler unverzal, Valencia, Sempete, 1901); Alexandse Hamon (Dr de patria, Mads, trad. y prol. de J. Mastines Ruiz, 1896; 0 Socialisaa y anarguioto, Valencia, Sempere, 1900); Enrico Malatesta (éct fque se difundis, sobre todo, el folleto Entre campesins, trad. por primera ver al east. en Sabadeli, 1889, por la Agrupacién de Propagan- soe José Alvarez Jungo dia Socialists, y reeditado mileiples veces, hasta que, en Ia ed, de Vérties, durante la Guecra Civil, aleanz6, sein los datos de Hermosa Plaja, Jos 560.000 ejemplares); Eliste Réclus (4 fos compesines 0 Evole- «tin 7 reolucéa, ambos ed. en Sabadell, 1887, por le Agiupacion de Propagands Socialista; y Le anarguia y le Iglesia, Barcelona, La Huelga General, 1903). Mucha influencia ravieron también las obras de Lebn ‘Toletol aparte de sus novelas ms politieas, como Reserreccin, ed. pot La Revision Blanca on 1902, pueden meneionarse Le eslaritud moderna (Madsid, Revista Blanca, 1901), Qu eso! arte? (Barcelona, Maucci, 1902) 0 La prapiedad de la tierra (Valencia, Bibl. de Estudios, 1910). Sobre Ia historia del anarquismo espafiol, hay abunclantisima biblio- arafia, de a que nos limitatemos a mencionar los libros més consagen. dos: por ejemplo, Juan Diaz del Moral, Lar agitacones campeiinas andaliges (1929; se cita por reed. Madrid, Alianza, 1966); Gerald Brenan, The Spanish Labyrinsh (Cambridge University Press, 1960; tead. cast, Paris: Ruego Tbérico, 1962); Max Nettlau, La Preméty Internati. sale on Expagit, 1868-1888 (Dordsecht: D. Reidel, 1969); Manuel Buenacsss, E/ svvimiento obrero expatol, 1886-1926 (Pacis, Familia y amigos del avtor, 1966); Diego Abad de Saauilin, Contribucién a ia Listeria del movimiento obrera espaol (México, Cajica, 1962; 3 vols) José Peirats, La CNT en la revolucin espatole, Patis, Ruedo Toetico. 1971; César M. Lorenzo, Ler anarchists espagnols et le posvoir (Paris, De Seuil, 1969); Albext Balcclls, EI sindicalismo en Barcelona (1916-1923) (Barcelo. na, Nova Terra, 1965); Albett Balcells, Crisis eronimica y agtacin soi o* Catalaia (1930-1936) (Barcelona, Aticl, 1971); Josep Termes Ardé- vol, Anarguismo y sindicaliomo on Espasa. La Priera Internacional (1864. 1881) @ascelona, Axiel, 1972); Clara B, Lida, Anarguiomo y revoluin on 4a Expats del XIX (Madsid, Siglo XX, 1972); John Brademas, Aner. sindivlismo 3 revolucin en Espaka, 1930-1937 (Barcelona, Asie, 1974), Juan Gomez Casas, Historia del anarcasindlcalismo spate! (Madsid, Zero, 197); o Temma Kaplan, Orjgener soriahtt del anargnicmo on Andabucts (Baxcelona, Critics, 1977), ‘Mis centeados en el anilisis del ideario y eultara de los anarquistas cspatioles, son Jose Alvarez Junco, La idologn politica del anarguitans ‘pata! (1868-1910) (Madkid, Siglo XX1, 1976), Carlos Diaz, Lar tories axarguistas (Utopia y praxis) (Madtid, Zero, 1976); Antonio Elorza, La atypia anarguisie bajo la Seqmada Repiblice (Madrid, Ayuso, 1973); Lily Lievaly La arasa libertaria. Arte, literature y vida enliral de) strarguisa espaol (1880-1913) (Barcelona, Antoni Bosch, 1981), Anco- pio Bar, La CNT a tos aivs rojas (Madrid, Akal, 1981); Xavier Paniagua, Le sociedad tibertaris, Agrarismo e indatriligacin on el anar. gaismo espaiol (1930-1939) (Barcelona, Critica, 1982). Recientemente, ¥. Ie obti de George Esenwein, Anarchist levingy and the Working cats Mocement in Spain, 1868-1898 (Univ. of California Press, 1989), La teoria politica del anarquismo 305 En euanto 2 Jos clisicos del anarquismo espaiiol, v. ante todo el Segundo Crtamon Secilista (Barcelona: Grapo Once de Noviembre, 41890), sin duda la mejor exposicién eolective del ideario derata en Ie Espafa de finales del xtx, lo que, dada Ja ausencia de grandes cexeadores intelectuales en aguel movimicnto, convierte este libro en indispensable. Une exposicion global, aunque individus), de aquella misma época fue Il Qntrce de fa cmstion social 0 sa, Organise cientifio de la reolicién, de ‘Teobaldy Nieva (Madrid, Imps. U. Gémez, 1886). Anselmo Lorenzo, el «abuelo» del iberrarismo hispano, nunca lleg6 a produeir una sintesis global de sus ideas, aunque 1o que mie se aproxima quizi sea El Paehlo (Valencia, Sempere, 1909); més que sus rltiples obras docrtinales, de todos modos, interesa EI proletarieds nilitante, autobiografia y foente indispensable de datos sobre la Prime- 14 Ievracional en Espa (ced por Allman, Madi 1974), De la segunda generacién, amplia recopilacin de los escritos de Ricardo Malla en st atari, pablo an mre con pl. de Jost Pat, Gij6n, s.c., 1926). Del propio Jose Prat, v. Lu bargeesiay ef proletariado (Valencia, Sempere, 1909). De Juan Montseny, «Federico Uraless, apacte de so autobiogratia M/ vide (Barcelona, Revista Blanca, 1950), puede verse La saciligia anarguiita (La Coraia, el Corsatio, 1893), 0 alguna de sus difundidisimas novelas sosa de orientacién sevoluciona- Fa, como Sembrando flores (Barcelona, La Escuela Moderna, 1906), 0 Las hijos del amor (Barcelona, La Revista Blanca, 1922) Entre fos anarquistas que protagonizaron los afios veinte y la Guerra Civil, hubo menor produccién doctrinal y més escritos coyunturales, dominados como estaban por preocupaciones y debates sobre ticticas estyategias cindicales. Sobee Salvador Segui, biogrefia por Mansel Cruelis (1974); de Joan Peito, Esrits, 1917-1939, tecogidos y presenta- dos por Pere Gabriel (Barcelona, Edicions 62, 1975); similar seleccién sobre Angel Pestafia por A. Elorza (Madrid, Tebas, 1974); de Buena- ‘ventura Dutcati, biografia por Abel Paz (1978), Darra. El proletariado on arms, Barcelona, Braguera, Afortumadamente, para esta tlima fase abundan las autobiogsafas, como las de Cipriano Mera, Juan Garcia Oliver (Paris, Ruedo Thérico, 1976 y 1978, respectivamente), Diego Abad de Santillin (Barcelona, Planeta, 1977)-0 Federica Montseny (@arcelona, Plaza y Janés, 1987). Capitulo VIL Enanos y gigantes: El socialismo espaitol, 1835-1936 Marta Bizcarrondo «Somos como enanos Ilevados sobre hombros de gigantes», esctibia en el siglo xu Bernardo de Chartres explicando la pequeitez de su propia circunstancia inte- lectual, cuya expresién gréfica presentan las célebres vidrieras de la catedral francesa‘, La imagen puede convenir a una historia de las ideas socialistas en Espaiia que necesariamente ha de contemplarsé al modo en que las vidrieras de Chartres representan a los pequefios santos de la ctistiandad sobre los fuertes hombros de los, grandes profetas del mundo antigo. En efecto, el pen- samiento socialista en Espafia, euyo despliegue se regis- tra entre el reinado de Isabel II y la guerta civil, apenas oftece soportes para un desarrollo sut6momo. Signe de lejos las grandes lineas del socialismo europeo y su estudio interesa antes que nada por el peso que el 1 Cit, abd, Luis Dicz del Corsal, E! Rapso de Earopa, Madrid, 1956, p. 220, 306 Enanos y gigantes: El socialismo espaol, 1835-1936 307 socialismo ejerce en la vida politica en la Espafia del siglo xx? Por lo demis, los piopios socialistas espafioles fueron siempre conscientes de esa inferioridad. En su corres- pondencia con Engels, el trato reverencial de Pablo Iglesias llega a sorprender al cofundador del socialismo cientifico®. La actitud se mantiene hasta los afios treinta, cuando el joven socialista Santiago Carrillo la traslada a los grandes nombres de la Internacional Comunista: al encontzarse con Dimitrov o Manuilski, confesaré afios, mas tarde, «tuve claramente la impresin de encontrarme frente a hombres de otro tipo, verdaderos gigantes»‘, No fue otra la sensacin que experiment Joaquin Abreu tras recorrer doscientas leguas en la primavera de 1833 para conocer el ensayo de edificacién de un falans- terio por Fourier en Condé-sur-Vesgre. El socialismo espafiol nacié y vivié bajo el signo de la dependencia tebrica. 1. DELA UTOPIA A LA DEMOCRACIA SOCIAL Las primeras expresiones de socialismo utépico se registran en Espaiia a partir de 1834, cuando es restaura- do ua ségimen de libertades pablicas y comienzan a dejarse sentir los efectos de la industrializacign en Cata- luia. Por espacio de quince afios, su desarrollo se en- cuentra ligado a personalidades individuales. En un primer momento, la presencia de una industria textil en 2 En ese estudio inchuimos bajo el epigeafe socialismo 2 kas costion- tes comunistas que entse 1921 y 1936 se prolongan en un sentido de radicalizacién y al propio tiempo intentan desbordar y desplazar el protagonisio de la tradicién socialdemécrata. 3 Gi. Janos Jemnitz, cLe correspondencia de Engels a José Mesa y Pablo iglesias (1887-1895)>, Evtndos de Historia Sorat, néaa. 18, ott dic. 1980, 4 Santiago Carrillo, Le Commenisme rmalgré foxt, Paris, 1984, p. 15. 308 ‘Marta Bizcarcondo Cataluia sirve de base al florecimiento efimero de una hhijuela del sansimonismo, inspirada por un ideal de consenso entre fabricantes y trabajadores, As{ las colabo- raciones de Andreu Fontcuberta en E/ Vapor (1836- 1837) y en El Propagador de la Libertad (1835-1837) invocan un proyecto de «renovacién social» basado en el trabajo y en el crecimiento de la industtia. Pero pronto también ese mismo desarrollo industrial suscita preocu- paciones, al tiempo que atencién hacia las recetas de reforma. La apertura hacia la cuesti6n social del perio- dista moderado Andrés Borrego y Ia orientacién hacia el tema del prolifico Ramén de la Sagra, inspirado en el catolicismo social francés, son la muestra de que el medio industrial catalan generaba con cierta rapidez attitudes defensivas. De hecho, el sansimonismo queda Pronto como un fermento que actia en el fondo de pteocupaciones mas amplias, tal y como ocurre con fa obta de Pedro Felipe Monlau. A su vez, el naciente movimiento obrero genera formas organizativas muy eficaces, en torno a la Socie- dad de Proteccién Mutua de Tejedores de Algodén (1840-1843), pero su tadicalismo se aproxima mis al discurso de la democracia igualitaria de signo tepublica- to que en torno a la figura de Abdén Terradas y al periodico EY Republicans (1842), y se implanta en las capas populares durante el Trienio esparterista. Esa marcha ascendente del asociacionismo obrero, actuante en las bullangas urbanas, culmina con el episodio de la Jamanc:a en 1843. A partir de su fracaso se impone la reaccién moderada. Y, precisamente es el hundimiento de estas esperanzas democriticas lo que lanza, siguiendo el patrén francés, el seguimiento a la utopia icariana, formulada por Etienne Cabet. La educacién del pueblo y Ja construccién de una nueva sociedad donde se vieran realizados los ideales igualitasios habria de compensar el fracaso experimentado en los sucesivos intentos de pro- Enanos y gigantes: El socialismo espatiol, 1835-1936 309 Jongar la estela revolucionaria de 1793. Las figiwras de Narciso Montutiol y José Anselmo Clavé, con los perié- dicos La Fraternidad (1847-1848) y El padre de familia (1849-1850), fueron el signo de esa presencia doctrinal de Cabet en Catalufia, duramente afectada por el fracaso de la participacién en la expedicién icariana a Norteamé- rica, Fuera de Catalufia, apenas habia industria, Y ello marca profundamente la recepeién de las escuelas utépi- cas. En Andalucia y en Madrid, la de mayor influjo sera el fourierismo, Su introductor es Joaquin Abreu (1782- 1851), diputado en el Trienio, condenado a muerte por Fernando VII-y convertido al fourierismo durante su exilio francés. Al regresar iniciaré una fervorosa propa- ganda falansteriana en Cadiz, recogida esporidicamente por diasios de Madrid y Barcelona, donde la denuncia de a miseria se une a la expoicidn de las soluciones de «la ciencia social», orientadas a la justa remuneracién del trabajo mediante’le asociaci6n de los factores producti- vos, conforme propone en E/ Navianal de Cadiz.en enero de 1840: Dar a cada uno el festo integro de su trabajo ¢s un principio de ‘tema justicia, Distribuir la produecién geneetl sin consideracion 4 la parte que cada cual ha tomado en ella és un principio de eterna Jniquidad: el desarrollo de estos principios conduce por un tado 2 la paz y por otro a la guerra entre los hombres, La predicacién del «discipulo de Fourier» deja una doble simiente, pero ambos retofios tendran un punto de convergencia en la definicion democtitica’. En Cadiz, el fourierismo adquiere un sesgo esotérico, ligado al femi- nismo incipiente de dos poetisas y al espititismo, por un 5 La imagen de socialista romintico de Abreu hie sido destrozeda por Antonio Cabral al mostrar sus implicaciones burguesas, Véase el Fibro eitado en la bibliografia. 310 Marta Bizcarondo nanos y gigantes: £3 socialismo espaiol, 1835-1936 att Jado, y a la critica de las relaciones de explotacion agrarias, por otro, El tardio libro de Ramén Cala E/ problema de Ja miseria resuelto por la armonta de los intereses ‘bananes (1884) serd la muestta de su prolongado arraigo. A Madrid pasa de la mano, verosimilmente, de Fernando. Garrido, conforme prueba la salida en marzo de 1847 del decenatio La Atracciin, hoy perdido. Pero ya en 1846 habia aparecido otto petiddico de signo foutierista; La Libertad, que pone pronto de relieve la tendencia a trasladar el vigor ctitico de Fourier hacia las propuestas democriticas, dejando de lado la vertiene falansteriana, Sera Iz linea destinada a prevalecer. Ahora bien, pot un momento, Iz utopia pasa a primer plano, por obra y gracia de los sucesos de febrero de 1848 en Francia. El diario progresista E/ Eco del Comercio hhace una lectura en ese sentido: la vida social dejaria de estar dominada por el privilegio, imponiéndose como alternativa la conciliacién de intereses por medio de la asociacién del capital, el trabajo y el talento’. Coinci- diendo con el deslumbramiento ante los cambios de Francia, aparece en Madrid el periddico que mejor reco- ge la influencia fourierista, La Organizaciin del Trabajo (matzo-mayo de 1848), con Fernando Garrido y Sixto Cimara como plumas mas destacadas. La crisis de la politica en Francia y en Espafia parecia ser la prueba de la validez de las teotias de Fourier, asi como del acierto de sus criticas frente a sociedades tegidas por la oposi- ion de todos los intereses. Los reformadores hacian un. Namamiento a la juventud espafiola para que adoptase el lema. ce «la felicidad hallada por medio del trabajo». En los meses sucesivos, ¢s el mismo Sixto Cémara (1825-1859) quien asume la iniciativa te6rica en la linea fourierista con sus libros Espiritu moderno (1848) y La cuestion social (1849-1850), téplica a De la propiedad de © Antonio Elorea, Seriaisme atdpice espatel, Madvid, 1970, p. 147: Adolphe Thiers. Pero las circunstancias cambiaban répi- damente desde el momento de ilusin de marzo de 1848, El fracaso de los talleres nacionales supuso un fuerte golpe para el prestigio de las soluciones utépicas. Ade- ‘més, la dictadura de Narvaez, en el marco de la recupera- cién contrartevolucionaria en Europa, hacia dificil se guir hablando de la inutilidad de la politica. Los jévenes fourieristas asociarén pronto su suerte al nuevo Partido Democratico constituido en 1849. Y a sus filas pasan también los cabetianos catalanes, una vex quebrada la experiencia de Icaria. Por si todo lo anterior fuera poco, se abria una era de persecucién contra aquellos que . abiertamente se oponian a la sociedad burguesa. En, mayo de 1850 eran recogidos los ejemplares de un folleto de Defensa del socialismo, obra de Fernando Garti- do, y se prohibia el periddico La Asociaciin. El 15 de julio del mismo afio, el ministro Sartorius, conde de San Luis, promulgaba la primera prohibicion expresa de los jimpresos «que contuvieran doctrinas dirigidas a atacar la propiedad, a relajar los lazos sociales, a vulnerar la Religion del Estado...»7. En esta dificil situacién para la propaganda socialista pasa a primer plano la reforma del crédito, y con ella se inaugura la larga presencia de Proudhon en. las ideas sociales espafiolas def siglo XIX. Por un azar, Ja creacién del Banco del Pueblo, habia colaborado con Proudhon él espafiol Ramon de la Sagra, quien redacta en francés un folleto de divulgacién sobre el tema en 1849. En La Creencia (1850), sucesora de La Asociaién, de José Ordax Avecilla, esctibe Antonio Ignacio Cervera (1825-1861) la primeea de sus colaboraciones de propaganda sobre un sistema de crédito, fundado en «una asociacién volunta- a de propietarios» que anuncia el proyecto de Cambio TT Jost Bogenio de Bieta, punts para wt sori el eilacin appa sat Inpro, Mac, 1895, p50 312 Marta Bizearrondo Universal, finalmente quebrado. El arbitrismo de Cervera se unia a una intensa militancia democritica y a la . fundacién de escuelas obréras, asociadas a gabinetes de lectura y a talleres cooperatives. Era la expresion de una busqueda de mejora de la condicion de las clases trabaja- doras, ligada al ensayo de encuadrarlas de modo mis 0 menos clandestino para la oposicién al regimen modera~ do. La pérdida de archivos y periédicos impide un mejor conocimiento de lo que represent su actividad ea la década de 1850. Bs entonces cuando se afitma el papel de portavoz de la democracia social que durante dos décadas ejerce de modo muy intenso Fernando Garrido (1821-1883). Su produccién bibliografica resulta impresionante, desde el tantas veces reeditado folleto La repiblica democratica federal wniversal (1855) a la Historia de las clases trabajadoras (1870), pasando por E/ socialismo y la democracia ante sus adversaries (1862), La Espaia contempordnea (1862), la Historia del reinado del iiltimo Borbin en Espaita (1868- 1869), amén de sus miltiples iniciativas en el terreno de Ja prensa. Sin olvidar munca su apego inicial a la figura de Fourier, Garrido inscribe su proyecto reformador en. el marco de Ia democracia politica. Como tantos otros demécratas espaiioles, no es anticristiano, pero si anticle- tical, y cree en un progreso de la razén que acabari consiguiendo la emancipaci6n de los tribajadores me- diante la asociacién (con la cooperativa en cuanto fér- mula econémica) y el ejercicio del sufragio universal. Reconoce la explotacién econémica, pero no la lucha de clases, ya que el objetivo consiste en elevar al proletaria- do, gracias 2 los aludidos recursos econémicos y al progreso industrial, hasta el nivel de la clase media. Lo esencial es barter os restos del Antiguo Régimen y la centralizacién moderada. Para Garrido, la regeracion de Espaiic implica descentralizacin y democtacia, Y supe- rar la situacion vigente de desigualdad, en que «unos Enanos y gigantes: Bl socialisme espafioh, 1835-1936 33 igen la sociedad en sus variados ramos, industria, gobierno, tribunales y gozan ¢ imperan; otros ttabajan para sostener la sociedad y sufren fatal ¢ isremediable- mente» 8, La soluci6n para las clases trabajadoras descansa sobre dos pilares: Ia asociacion, elevando el propio nivel de vida a través del cooperativismo, y la obtencién de los derechos politicos. La armonia ha de logearse cuando las clases desheredadas» participen de los adelantos de. la civilizacién. Desapareceri entonces el conflicto de clases, segiin explica también en La regeneracién en Espaia, de 1860: Hermana mayor de la proletaria, Ia clase media, que. rige hoy la nacién, hija del pucblo, emancipada también por las revoluciones, seguiri dirigiendo Ia sociedad, sepresentindola y gobernindola, por- gue las masas, si encuentran en ella bucna fe, y le deben su entrada en 1a vida politica, su participacién en el banquete de fa vida, reconocerin su superioridad, su prictica administrativa y la sostendsin en vez de dereibaat, El socialismo de Fernando Garrido podia, pues, asus- tar a los, demécratas individualistas, pero no implicaba otra cosa que un proyecto de integracién de las clases, trabgjadoras en el seno del orden burgués. Socialismo, para Fernando Garrido, en su Caréa sobre le democracia 9 ef socialismo, es wextincién del proletariadon en cuanto clase marginada del suftagio y de los beneficios de la vida social: «es la elevacion de los trabajadores a los derechos politicos y por su practica, y més especialmente por la del derecho de asociacién, a la ilustracién, a los goces de la vida, y al respeto y consideracién de la sociedad» (en La Discusién, noviembre de 1860, dentro de la polémica con José Maria Orense). ‘Tampoco el vuelco en las relaciones de clase consti- © Bnaritto Ventora (Fernando Garrido), La Regeneractin de Espa, Madrid, 1860, p. 332, a4 Marta Bizearrondo tuye el propésito del otro gran tedrico de la democracia social en Espafia, Francisco Pi y Margall (1824-1901). Seguidot del idealismo filoséfico, de Kant y sobre todo de Hegei, Pi basa su planteamiento politico en la nocién de autonomia, como ha subrayado J. J. Trias. Frente a ella se alza el principio de autotidad, la hetcronomia, negacion de la libertad y fuente de optesién. Ahi reside el fondamento de su concepcion federalista, entendida como articwlacién de sucesivas autonomias. Por su parte, el orden opresivo encarna no s6lo en cl absolutismo, sino en las soluciones de los pastidos intermedios (mode- rados, progresistas). En su primera obra, La reaccin y la revolucién (1854), esta dureza del punto de partida le lleva @ trazit una clara oposiciéa frente a la religién, la explotscién econémica y el Estado, rasgo que explica su ulterior fortuna entre los lectores anarquistes: La reeolucién es, hoy como siempre, ia formula de la idea de justicia ‘en In dikima de sus evoluciones conocidas (...). Es, para condensar mejor mi pensamiento, en religion atea; en politica, anarguisa: anat~ quista en el sentido de que 0 considera el poder sino como una necesidad muy pasajera; ates, en el de que no reconoce ninguna religion, por ef mero hecho de seconocetles todas. La opcién democritica de Pi no es rousscauniana: se basa en el principio de la soberania individual, a partir de Ja cual s6lo cabe un entramado de pactos, La encarna- cién histrica de ese principio tiene lugar a través de las revoluciones, que ponen de manifiesto el protagonismo del pueblo. Una vez més entra en juego la contraposi- cién entre el polo positivo (el pueblo, caracterizado por el trabajo) y el negative (los apresores, en politica; los propictarios, pardsitos en economia). La libertad tiene, pues, ante todo un contenido econdmico, pero esa exi- gencia (socialista) de que el trabajador deje de depender «del capitalista y el empresario» no implica la revolucién social, aun cuando al defender las sociédades obreras Pi Enanos y gigantes: Bt socialismo espaiiol, 1835-1936 315 llegue a sofiar con una economia regida desde ellas. La emancipaci6n llegara por Ia via de las reformas, siendo la clave de las mismas el sufragio universal, con una orla de libertades (de imprenta, de conciencia, de ensefidnza, de asociacién, de reunién) cuyo soporte necesario es el armamento general del pueblo, La critica del capitalismo y Ia perspectiva federal llevan a Pia buscar apoyo en Proudhon, de cuya obra seri el principal promotor de cara a su difusion en Espafia. Transitoriamente, Pi se suma 2 los defensores de la reforma del crédito, pero mis tarde constata el fracas de semejante panacea, Se considera a si mismo socialista, pero ello, como sus reiteradas alusiones a ja «revolucién social», sugiere ante todo la intervencién estatal orienta- da a lograr un mayor papel de las asociaciones obreras. Desde sus colaboraciones en La Discusién a los trabajos de senectud, como Las huhas de nuesiras dias (1890), no abandona ni la perspectiva reformista ni la critica de la desigualdad. Una conjuncién cuyo predominio entre las clases trabajadoras» quebré con la entrada en Espafia de las ideas y de las pantas organizativas de la I Interna- cional 2, LA PENETRACION DEL MARXISMO Eric J. Hobsbawm ha explicado que lz difusién del marxismo depende de la atraccién ejercida por el movi- miento obrero organizado sobre los dos grupos sociales en los que, con mas probabilidades, podia encontrar apoyo: el proletariado (los trabajadores manuales) y los intelectuales. Una vez producida la recepcién, entraba en juego la oposicién oftecida por las dos ideologias alter nativas que mordian de un modo u otto sobre Ja misma dase social, el anarquismo y el nacionalismo. Por éltimo, xen términos niiméricos dependié en gran medida de la existencia de instituciones democriticas burguesas, dado 36 Marta Bizcarrondo, que sélo éstas autorizaban la difusién de la literatura socialista, In actividad de las organizaciones obretas y, sobre zodo, las elecciones con derecho a voto para la clase obrera», En el caso espafiol, las caracteristicas especificas de la evoluc:én econdmica, politica e intelectual a lo largo del siglo XIX marcaron otras tantas secuencias de estrangu- lamientos para la difusién de un pensamiento complejo como el expresado por Marx y Engels, Ya al reconstruir esquematicamente las cortientes del socialismo ut6pico en Espaiia, hemos podido comprobar cémo las mismas se veian afectadas por el predominio agrario y el attaso de la industrializacién, por un lado, y la orientacién resteictiva del sistema politico, por otro. A partir de 1869, pata los hombres que van edificando la plataforma ideologica sobre la cual se monta un pensamiento socia~ lista auténomo, no dependiente del republicanismo, las transformaciones capitalistas a la europea constituian més una expectativa que una realidad tangible. Cabia asi manterer el horizonte, heredado de las Luces, donde el futuro era contemplado a modo de un «Orden Natural», integrado por relaciones sociales arménicas, una vez que se superan los obstaculos derivados del privilegio. Se- mejante visién dualista encaja mucho mejor en el baku- ninismo que en el marxismo, del mismo modo que la critica de la explotacién econémica se adectia mejor al patron proudhoniano que a una explicacién marxista cuyo referente son los procesos econdmicos mis avanza- dos en el cuadto del capitalismo en Europa. La tasdia constitucién del mercado nacional también interviene, en idéntico sentido limitativo, al hacer practi= camente imposible el funcionamiento de organizaciones obreras de ambito nacional que estuvieran en condicio- 9 Bric J. Hobsbawm, ula dfusion del maexismo entee 1890 y 1905», Fates de Historia Soriad, otmms. 8-9, 1979, p. 12. Enanos y gigantes: El socialisino espatiol, 1835-1936 317 nes de responder en su prictica a las condiciones de un espacio econémico caracterizado por el atraso y Ia frag- mentacién, Como ha resumido.un historiador de la economia, la Espafia del XIX era «un pais atzasado, encerrado en si mismo, habiendo sufrido la amputacion de un imperio gigantesco, con una agricultura pobre, casi sin industria, con una poblacién en gran parte analfabeta» ®, Este dltimo aspecto también cuenta, 2 pesar del auto» didactismo casi herdico imperante en las minorias que impulsan al naciente movimiento obrero: en él echa sus raices el peculiar sentido de la cultura, dominante en la propaganda anarquista, y en otro sentido diferente, el de superioridad de que da seiteradas muestras el tipdgrafo Pablo Iglesias al ditigirse a os sindicalistas catalanes, afitmando su condicién de intelectual, o a sus propios compafieros madtilefios, 2 quienes basta con transmitir ‘das verdades escuetas», La situacién no era para menos. En el momento que nos ocupa, Ia década de 1860, s6lo el 31 por 100 de los hombres y el 9 por 100 de las mujeres saben leer y escribir, y por espacio de mucho tiempo los porcentajes de poblacién escolarizada mantienen el anal- fabetismo como rasgo cultural dominante de Ia sociedad espaiiola. De abi el preciso balance pesimista que estable- ciera un diputado reformador en las Cortes isabelinas: «La instruccién pabliea, si se hubiera atendido desde el principio del régimen constitucional como debiera ha- berse hecho, hubiera dado indudablemente resultados favorables y no hubiéramos tenido el contratiempo de que la generacién actual sea quiz4 mas atrasada y quiz menos liberal...» 1, 1® Gabriel Tortella, «La economia espaticla a finales del siglo xtx y principios del siglo 130, en J. L, Garcia Delgado, ed., La Espata de la Restaxrcibn, Madtid, 1985, p. 135 -_ 1 he aba Mavano Feet y Jor Las Pset, Lea Uninesdad Eipatia (silos Xin y XIX), Madsid, 1974, p. 462. 318 ‘Marca Bizearrondo ‘Todo ello explica el hecho de que tampoco a Maney a Engels les cayera simpética Espafia. Aun antes de que Jos bakuninistas espafioles provocasen la irritacién de los Padres Fundadores, los comentarios de Marx sobre el Bienio progresista incluian signos de estupor y malestar ante fendmenos tales como la devocién que las clases populares espafiolas sentian hacia Espartero. Mas descar- nado sera atin Mars en su correspondencia con Engels, al comentar la guerra entre Estados Unidos y México, definiendo al mexicano como «un espaiiol degencradon, no sin afladir que «os espafioles son ya seres degenera- dos», en contraste con los anglosajones. Para Marx, los rasgos de su caricter nacional serian la grandilocuencia, Ja fanfarroneria y el quijotismo ™. Nada tiene de extrafio que la prensa internacionalista espafiola no merezca una valoracién positiva suya, ni de Engels, quien elogia ea 1872 los articulos de Paul Lafargue en La Emancipacién de Madtid, afiadiendo que «hacen el efecto de un manan- tial fresco en el desierto de declamaciones abstractas que reinan entre los espaiioles» 13, ‘A csa sucesion de elementos limitativos se suma la percepciOn negativa del Estado. Defensor encarnizado del orden pablico, inclinado a una fuerte centralizacién, ptecario e ineficaz en sus actuaciones, contrario en sa fiscalidad y régimen militar a las clases populares, opues- to a la intervencién’ de éstas en el sistema politico, a Estado de la Espafia moderada crea una imagen cuyos rasgos principales se mantienen en Ia Restauraci6n. Frente a él s6lo caben la sumisién o el motin. No era facil defender una participacién politica en las institucio- nes desde un partido obrero. Si la imagen del diputado obrero supuso ya un simbolo de impotencia en el Sexe- 1 K, Marx, carta a F. Engels, 2-X1-1854, en Correspondance, 1V, Paris, 1932, p. 88. 1 R, Engels, cata a Laura Lafiegue, 11-11-1972, en E. Engels, Pao! y Laure Lafargue, Correspondance, 1 (1868-1886), Paris, 1956, p. 26 Enanos y gigantes: El socialismo espaol, 1835-1936 a9 nio, cuando hay sufragio universal, segén la apreciacion conocida de Anselmo Lorenzo, més inoperante resultaré ain cuando queden bien atados los hilos de la politica oligarquica en la Restauraci6n. Mas de tres décadas tarda al «partido obreto» en ver cOmo a Pablo Iglesias se le lige diputado. Dificil era en tales condiciones asumir en. ptofundidad la propuesta politica del marxismo. El radi- calismo y el sesgo antipolitico del primer PSOE hundea sus taices en ese estado de cosas: «Este obrerismo radical del PSOE aparece en cierto niimero de orientaciones politicas bien conocidas: indiferencia ante la forma de Estado y, consecuentemente, rechazo de toda alianza con los republicanos més avanzados, los cuales, por ¢l con- trario, resultan atacados violentamente por espacio de vatias décadas. Mas significativa atin es Ja ausencia de accion para arrancar reformasy 4. Encerrado en un mar- co artesanal, contando sdlo con un sector de aristocracia obrera en medio de unas claser trabajadoras dispersas, el obrerismo politico ravo escasas perspectivas de conse- guir un desarrollo floreciente. Su propia debilidad le obliga a un replicgue del que arranca una aueva limita cién, el apattamiento de Jos intelectuales, En este aspecto no faltaron en la filas socialistas quienes se dieran cuenta del coste de la propension obrerista. Es asi como el enttafiable cronista que fue Juan José Morato, en carta a Miguel de Unamuno, trata de romper esa batrera: «Necesitamos que la gente vea que no somos sdlo “cuatro trabajadores manuales” los que constituimos el socialismo espafiol, sino que hay, entte nosotros hombres de valia que viven de trabajos exclusivamente intelectuales. Quizis ciertos nombres, el de Vera, por ejemplo, nos han servido mas que todo el trabajo personal que ellos hayan realizado por el patti- Michel Rall, «L’Btat de la Restauration et Vant-Statisme ouvries» 22 Le Moment Socsh, nize. 128, jul-sepe. 1984, p. 33 320 Marea Bizcarrondo do» '5, Pero precisamente el ejemplo de Jaime Vera, a partir ce los testimonios del propio Morato, sirve para Gemostrar que la concepcién dominante se atuvo al canon obtetista y que la presencia de intelectuales y ptofesiones liberales, por lo menos hasta la segunda mitad de nuestro siglo, tuvo un caréctet marginal y poco menos que sospechoso en ¢! PSOE. : ‘Todo ello explica el claro predominio del aliancismo bakuniaista en la fase de implantacién de la I Internacio- nal y, més alla incluso, proyectindose como sombra que aleanza a los medios obreros que hacen profesion de fe marxista. No hay que buscar peripecias rocambolescas: cl instrumental tebrico con que se realizé la opetacion de introducir el pensamiento de la I Internacional encajaba antes con Bakunin y con Proudhon, que con Marx. Es sumamente ilustrativo lo que ocurte con Ja traduccién espafiola del Manifiesto inangural de Marx en la AIT, primer documento suyo difundido en Espafia a través del semanatio internacionalista La Federacién, en 1869. J. ‘Mautice ha valorado el alcance de las omisiones 0 vatiantes aportadas por el traductor, «hasta el punto de constituit un texto diferente del que redactara Marx, un texto truncado que presenta a los trabajadores espafioles tuna irterpretacién tendenciosa de los objetivos de ‘la ATT y de los anilisis que les sirven de basen. No hay que pensar en mala fe, sino en sintonia del traductor espaol con le cosmovisidn aliancista, En primer plano, con el lenguaje igualitario de la Alianza, colocando en el centro la oposicion miseria versus propiedad y dejando de Indo el anilisis marxista relative al papel de las reformas (ejemplo, los efectos de bil! de tas diez horas sobre las telaciones de trabajo en Inglaterra) asi como la insisten- Tj J, Monto, carta 2M. de Unamuno, 15-X11.1895, en Ms Dolotee’Gémez Molleds, E sovalismo espatol y ls inteletnaes, Carts he Uideres del oviniento obrero a Miguel de Unamano, Salamanca, 1980, p28. Banos y gigantes: El socialismo espaol, 1835-1936 221 cia final sobre la conquista del poder en cuanto deber politico del proletariado, En el tema del cooperativismo se le da la vuelta al argumento y la iniciacion del camino para la constitucién de partidos obreros resulta diluida en una alusion 2 «la lucha universal del proletariadon. A fin de cuentas, lo que se plantea no es un alternativa politica concreta, sino la adhesion a un marco orgénico que va cobrando forma a escala mundial. «Los adaptado- res —concluye J. Maurice— sabian fo que hacian. Es a los obreros, y Gnicamente a los obreros, a quienes se ditige el discurso de la version espaiiola. Les dice expli- cicamente que en todos los paises suften la misma suerte miserable, que tienen un adversario comin, el capital, y que para vencerle les basta con unirse sobre la base de intereses idénticos y con sumarse al gran movimiento que se desartolla en el mundo. E implicitamente se les sugiere que nada tienen que esperar de la proteccién del Estado» #6, De este modo queda Marx vaciado de histori- cidad y contenido politico, integrandose su texto en el discurso de la versin bakuninista de la Internacional. La mentalidad de los fundadores de nuestro partido obrero «marxistay se forja en el seno del aliancismo. La opcién tedrica que marca el grupo de La Emancipaciin, entre 1871 y 1873, asumiendo la propuesta de impulsar | un partido obrero, asi como la fidelidad al Consejo de F* Londres, no impide otta fidelidad, a las perspectivas estracégicas del aliancismo. En cuestiones centrales, tales como la actitud ante las huelgas o el antipoliticismo de |. fondo, predominan los que M. Ralle ha llamado areflejos primitivosy". La revolucién es pensada como fruto de la ducha social», no de la accién politica, y la interven- cién parlamentaria de los obreros resulta siempre juzga- 7 Jacques Maurice, «Sobre Ia penetracién del marsismo en Es- patian, Extadios de Historia Social, 1979, ims. 89, p. 72 | “Antonio Blorza y Miche! Ralle, La formacié doi PSOE, Barceto- xa; 1988, p. 8. 322 Marte Bizcarrondo da con desconfianza, A través de La Emancipasiin, 'a Nueva Federacién Madrilefia propone «la completa sepa~ raci6n de las clases obreras de toda la politica burguesan, cs decir, un radical antipoliticismo. Esta persistencia es tanto més singificativa cuanto que por los mismos dias Engels ejerce ug activo papel de mentor, a través de su cortespondencia con José Mesa, acumulando las adver- tencias contra toda precipitacion. Ante las admoniciones de Engels, Mesa admite a regafiadientes que una intento- na revolucionaria llevaria al desastre y que la Repablica de 1873 puede servir de algo, pero no renuncia a pensar que la revolucién social constituye Ja meta a corto plazo, incluso antes de haberse organizado el pastido obrero. ‘Al procucirse el cambio de régimen, la Nueva Federa- cin, desde sus mimisculas fuerzas, habia lanzado una declaracion de guerra contra la Repablica burguesa y conservadora, en nombre de «la Repablica del trabsjon. Habia que quemar etapas pot encima de la politica y en este terreno los incipientes «marxistas» veian las cosas de modo muy parecido a los seguidores del aliancismo. La trabajosa organizacion del «partido obreto», inicia- da en mayo de 1879, so cambia el panorama. Los primeres esbozos de programa reiteran la dependencia respecto de la mentalidad internacionalista y, por lo demés, tampoco Ia realidad politica de la Restauracion de Cénovas resultaba el ambiente politico mas adecuado para madurar Jas ideas. Frente al insurreccionalismo anarquista resultaba posible, ciertamente, mostrarse mas moderado, pero el sentimiento de impotencia que va creciendo al consolidarse el nuevo régimen hace viable un radicalismo verbal, basado en la auronomia frente al republicanismo, que de nuevo sitaa la politica del «pacti- do obrero» en el ambito del apoliticismo, La definicion estratégica del nuevo lider, Pablo Iglesias (1850-1925), constituye Ia expresion de ese ajuste de la palabra politi- ca y revolucionaria a una realidad donde Ja politica Enanos y gigantes: Hl socialismo espaol, 1835-1936 323 oftece expectativas casi nulas y la revolucién, aparente- mente tan proxima en el Sexenio, se aleja indefinida- mente. Profesionalmente, Iglesias forma parte de un sector de aristocracia obrera, los tipégeafos, ea el seno de los trabajadores de la imprenta, que se vefan justificadamen- te a si mismos como distintos y superiores a otras categories profesionales. Por otra parte, poseian una vinculacién con el mercado nacional que faltaba en otros, oficios. Es, pues, el portavoz de una élite obrera que ha adquirido. instruccién y que, conforme nos cuentan las crénicas de Morato, se hallaba por encima de otros oficios a los cuales Ginicamente cabia transmitir «algunas verdades y el aleance que en si tienen». Inicialmente, por lo menos, y siguiendo el ejemplo de José Mesa, Iglesias demuestra una receptivided que le permite aderezar sus planteamientos internacionalistas con la lectura de la propaganda guesdista. Jules Guesde ofrecia una vision esquemitica, muy rigida, del marxismo, reduccionista en el tema de la ley de bronce del salario que apuntalaba la visidn dualista de una sociedad dividida en burgueses y proletatios, donde los segundos no teniaa otro cometido que encontrar el recto camino hacia la revoluci6n social, Iglesias leyé los principales folletos de Guesde y Le Socialiste. Siguiendo sus pautas, y cuando inicie su publi cacién como semanario B/ Socialista, Iglesias efectia la primera sistematizacién de su ideario con la serie de articulos titulada «El programa de nuestro Partido» (marzo-abril de 1886). De hecho hasta su muerte, en diciembre de 1925, no abandona la labor como publicista entregado a defender las posiciones que juzga adecuadas pata la prosperidad politica del PSOE. No sélo en E/ Socialista, sino también en prensa democtatica, como Ed Liberal de Bilbao, Espaie Nueva y La Libertad de Ma- drid, ete. Su folleto Las organizaciones de resistencia (tam- bién serie de articulos de 1898) constituye el hito mas 324 Marea Bizcarrondo destacedo en medio de los articulos de prensa, Peto ya entonces, en el marco de uni anquilosamiento ideoldgico, debido a ls absorcién del trabajo como dirigente, que el ficl Morato no dejé de seftalar: «Iglesias disponia de petiddicos y de revistas de /as ideas, y tecibia, por recibirlos, el periddico, folletos y libros relativos a ellas; pero, ay, ahora carecia de tiempo para entregarse a otras lecturas que no fuesen las relativas al movimiento, a la accién de cada dia. Los libros, los folletos, iban cayendo unos sobre otros en espera de un rato desacupado» 18 Ast, desde su fundacién, el socialismo «marxista espaiiol refleja en su interior las carencias que el sistema de poder de la sociedad espafiola hace recaer, en el plano educativo, sobre las clases populares. Los estudios de P. Ribas sobre la difusion en Espafia de la bibliografia marxista nos informan de que el aleance de la difusion en Espafia de los principales textos socialistas fue mas bien escaso, atin cuando la puesta en marcha de una biblioteca de divulgacién fuera temprana (incluyendo, entre ottas obras, el Manifesto comunista, Sacialismo utépico 9 socialisma cientifica, de Engels, La ley de los talarios y sns conseenencias, de Jules Guesde, y el resumen de E/ Capital pot Gabtiel Deville). Un hito importante es, en 1891, la publicacién de la version espatiola de la Miseria de la filosofia, a cargo de José Mesa y con el propésito confesado de combatit al anarquismo espafiol inspirado en «a frascologia proudhonianan. «El genio de Marx —escribe Mesa a Engels— intuy6 con extraordinaria clarividencia todo el mal que la idea anarquista contenida en los libros de Proudhon debia hacer més tarde a la causa del proletaria- do, decidiendo matarla en germen.» Claro que el primer esbozo de traducciéa del libro por Mesa se remontaba a 1872. A partir de 1895, el socialista argentino Juan B. iJ. J. Morato, «Et marsitmo de Pablo Iglesiase, Dearoeracay Madeid, 26-X11-1935, Enanos y gigantes: El socialism espaol, 1835-1936 325 Justo inicia una traduccién castellana de El Capital (superando Ja imperfecta version previa de Correa y Zafrilla), pero tampoco su publicacién en 1897-1898, cefiida al primer volumen, cambié mucho las cosas, ya que muchos afios después Ia edicién seguia sin agotar- se!®, Tampoco es muy intenso el ritmo de traducciones del Manifiesto comunista, por lo cual tuvo prolongada validez el juicio emitido por Antonio Garcia Quejido en el cambio de siglo: «De esos modestos obreros que fandaron el"Partido Socialista, jévenes en su inmensa mayoria ain cuando varios de ellos procedieran de la disuelta Asociacién Internacional de los Trabajadores, el que mis, sélo conocia imperfectamente la edicién franice~ sa de El Capital; algunos habian leido el Manifiesto somunista y muchos ignoraban hasta los més rudimenta~ ios fundamentos de las modernas doctrinas socialis- tase 2, El socialismo de Pablo Iglesias, lo que coa el tiempo seri llamado «pablismo», constituia una respuesta ele- mental a las citadas carencias. Su planteamiento atranca- ba de suponer una dualidad insuperable en el seno de la sociedad capitalista entre la dos clases enfrentadas, but- gueses y proletarios, explotadores y explotados. Las restantes distinciones sociales se habrian borrado ya, 0 estarian en trance de desaparicién, incluso en Espaiia. La nitidez de esa confrontacion hacia innecesaria la entrada en anilisis 0 en matices mas complejos. Es como un torneo medieval donde los dos contendientes se encuen- tran ya sobre sus respectivas cabalgaduras y por ello no cabe buscar nuevos paladines ni intentar obstaculizarles fen sus respectivas ‘carreras. Mayor sencillez no cabe, ® Pedro Ribas, Ls introduce del marxismio en Espaia (1869-1939), Madrid, 1981, pp. 37-38. ® A, Garcia Quejido, «La ley de los salarios, cesté bien formnulada?s, La Nueva Era, tecogido cn el vol. Enayor de tzonomts social, Madtid, 1928, pp. 92-93 326 Marta Bizcarrondo segiin recoge su articulo «Burguesia y proletatiado», aparecido en El Socialista, el 31 de agosto de 1894: Con sentizse menos en nuestro pais que en los demés los efectos de la concenteacién eapitalista, no deja por eso de notarse que los dos hhandos que han de sostener ja dkima huchs, uno en nombre del ptivilegio y otro de la igualdad sociat y de la fraternidad, aeracn a si todos ios elementos que concuerdan con su modo de ser y con sus, aspiraciones J... Em cosa que esti tan clara no caben confusiones: con Jos utes © con los otros; 0 con la burguesia defendiendo si cexistencia y sus privilegios, o con e! proletariado, proclamando abiert- mente 93 exaltacion al poder, para que efectic, sin indemniacién alguna a los detentadores de la riqueze, Ia socializacion de todos los rmedios produetivos. Iglesias se ampara en un determinismo historico que, de entrada, gerantiza al proletariado Ja victoria final y, ademas, le permite cludir la confrontacién con las difi- cultades enormes con que tropieza la politica obrera, Si ésta no avanza lo suficiente, es culpa de una burguesia incapaz de conseguir ef desarsollo capitalista de Espaiia, ‘A parfir de fin de siglo, acudira una y otra vez a esta justificacion para explicar por qué no lega al punto de ebullicion Ia lucha de clases. El determinismo leva a cierta forma de pasividad, puesto que le fuerza de las cosas es tal que el deber del proletariado consiste ante todo en forjar una via auténoma, huyendo de las «falsas viasm: la dependencia politica de la burguesia republicana y la adhesion a la politica destructora de un anarquisme gue tiende a buscar el enfrentamiento antes de que los ttabajadores se encuenten preparados para ello EI radicalismo inicia asi una deriva de signo conserva. dor. La upolitica obrera» ha de centrarse en mantener la organizacién, inculcando a sus miembros los valores de moralidad y disciplina, de que carece la burguesia, y el convencimiento de su triunfo mediante una revolucién suspendida en el tiempo. La «clase obrera instraida» no ha de dudar de una victoria socialista favorecida por los Enanos y gigantes: El eocialisme expaiiol, 1835-1936 327 constantes errores de la burguesia. «Los que ante estos datos duden det triunfo del socialismo ~~concluye— no tienen derecho a gue se les considere mas que como ciegos 0 como imbéciles» (E/ Socialista, 12-1-1894), La dificultad consistia en articular dentro de este esquema un programa de reformas, componente necesa~ tio dada la moderacién que define al proyecto de Igle- sias. En principio, las reformas —y aqui reside la diviso- tia con el republicanismo— sélo tienen el valor de sadquitic nuevos brios y alientos», de fortalecer Ia vo- luntad de combate contra la burguesia. Y de mostrar la intransigencia de ésta al negar su concesion. Habra que integear, en cualquier caso, la accién econémica, atin cuando ésta permanezca encerrada en la camisa de fuerza de la chuelga reglamentariay, legado de la Internacional, por la cual la solidaridad con una huelga es acordada desde el vértice en consideraciones excepcionales y pen- sando s6lo en el prestigio de la organizaci6n. La accién reivindicativa en el plano econémico deberd estar presi- dida por la prudencia y por el reconocimiento de que las verdaderas reformas sélo se consiguen mediante la «poli- tica obrera». El sindicato se subordina al partido. «El efecto de la accién econdmica —escribe en Las organiza~ iones de resistencia — sucle sex inmediato; el de la accién politica es més tatdio, pero mientras el primero, por lo general, no logra més que pequefios beneficios, el segun- do alcanza’ grandes mejoras, que se afianzarin més cada dian Hasta sus Gltimos dias, Pablo Iglesias es fiel a su pro- puesta inicial. Solamente introducira modulaciones, como aguellas que a partir de 1909 hacen indispensable la alianza con los partidos republicanos, desplazando ahora la critica contra wa plutocraciay y la monarquia, causan- tes del blogeo histérico de Espatia, o las que desde 1917 Je llevan a insistir cada vez mas en la unidad de los obreros conscientes frente a la nueva «falsa via» (el 328 Marea Bizearrondo comunismo) y en el valor, antes olvidado, de Ia libertad y de la democracia. En Ia etapa final, la frustracién histrica ante el pobre balance conseguido por el PSOE en mas de cuarenta afios de vida, se cubre con las referencias al éxito socialista en paises extranjeros. Son uejemplos de fuera» los que corroboran la validez del diagnostico relative al triunfo del socialismo, siempre y cuando se atienda al mantenimiento de la organizacion de clase, El determinismo histérico sigue tapando las, imperfecciones de la realidad, «No; no hay motivo para dudar de que al conseguir el Socialismo la victoria sobre Ja burguesia podré garantizar la sarisfacci6n de sus nece- sidades materiales a todos los individuos», proclama con optimismo pocas semanas antes de morir (E/ Socialista, 26-X-1925). En cierto modo, el socialismo de Pablo Iglesias tenia Ja virtud de asumir el conjunto de limitaciones que gravitaba sobre una eventual politica obrera en la Es- patia de la Restauracién y de alentar la supervivencia de tun pequefio partido, moralista y disciplinado, convenci- do de su destino histérico. Las alternativas a su estrate- gia no prosperarin. Es lo que sucede, por ejemplo, en ia década de 1880 con el intento en Catalufia de fundar un partido socialista «oportunistay o «posibilistan, ligado a Ja tradicidn de colaborar con el republicanismo federal y al sindicato de las Tres Clases de Vapor. Sucesivamente fandido y separado del nicleo madrilefio, el «posibilis- mop encuentra su principal tedtico en el ex aliancista Josep Pamias, desde el semanario B/ Obrero (1881-1891). Se trata de combatir el predominio anarquista en Barce- Jona, le que explica la alianza temporal con el mintsculo grupo intransigente de Iglesias, y de impulsar un socia- lismo de reformas concretas, eminentemente prictico, fandado en la atencién a las upresentes necesidades» de los obreros, con el convencimiento. de que por las reformas se iba a la transformacién social. Los hombres Enanos y gigantes: Fl socialismo espafi, 1835-1936 329 de E/ Obrero asumian abiertamente su enlace con la democracia social anterior a 1868 y por ello no podian suscribir la intransigencia antisrepublicana de Iglesias. La alianza politica con el republicanismo constituye una clave de la estrategia de Pamias («somos partidarios de que, conservando intacta su bandera en circunstancias gue lo hagan neceario, se coaligue y pacte con los partidos de mayor afinidad»). La dependencia’ respecto de las Tres Clases de Vapor se traduce también en una actitud abiertamente favorable a las reformas econémi- cas, con la huelga como mal necesario, a partir de las sociedades de oficio, y, por dltimo, propicia a la arefor- ma industrial» llevada a cabo por medio de Ia legislacién estatal sobre cuestiones obreras, a modo de Ley de Trabajo o del establecimiento de los Jurados Mixtos. Era ul intento de situarse a caballo entze el movimiento obrero y ala gran familia democraticay, conforme precisa el manifiesto fundacional del Partido del Socialismo Opostunista, en diciembre de 1890. El aislamiento de los, teabajadors catalanas en el marco espafiol, el de las Tres Clases de Vapor en un medio de hegemonia anarquista y la escasa réceptividad de! marco politico de la Restaura cién, hasin que'el ensayo «oportunista» fracase apenas iniciado. ‘Tampoco las alternativas surgidas desde el interior del PSOE alcanzaron mejores resultados. En el plano te6ri- co, la pobreza «pablisca> pudiera haberse superado de conservar su iniciativa el médico Jaime Vera (1859- 1918), quizés la tnica cabeza con capacidad teérica dentro del primer PSOE, pero Vera permanece siempre marginado dentro de la vida politica socialista, més alld de su convocatoria para acudir a elecciones o redactar textos conmemorativos. En el Informe presentado en diciembre de 1884 a Ja Comision de Reformas Sociales, en nombre de Ii Agrupacién Socialista Madrileiia, Jaime Vera desarrolla una didfana exposicién justificaviva de las, 330 . Marta Bizcarrondo posiciones socialistas frente al capitalismo. Como ha subrayado T. Jiménez Araya, «Vera advierte con toda claridad los dos polos de la contradiccién fundamental del capitalismo, sefialada por Marx; produccién social y apropiacién individual, asi como la naturaleza histérica de tal proceson?!. Ahota bien, ello no impide que Vera quede atrapado en la vision guesdista de Ia ley de beonce det salario, ni que en su resumen marxista falte una ptoyeccién analitica sobre Espafia. El Informe es ante todo un buen texto de divulgacién. No obstante, las inicas referencias al sistema politico, aunque realizadas en términos muy genefales, entraban en conflicto con la perspectiva de Iglesias. Vera declara abiertamente que los obreros prefieren la cepblica a la monarquia y, dentro de la repiblica, sus formas mas avanzadas. Es muy consciente de la positividad de la libertad, de la democracia y de las reformas dentro de una marcha evolutiva que favorezca la aproximacién al socialismo: {.Jpreferimos siempre dentro de Ia monarquia aquellas siraaciones fen gue con més amplitad puedan ejercitarse los derechos politicos fa repiblica 2 le monarqula, y dentro de la repiblien los Gobiernos que camplan mejor la obligacién de mantener In iguaidad politica, pues sungue esta igualdad politica sea'de hecho imposible mientras sul Ia dependencia econ6mica, por imperfecta que ella sea, dari espacio a ‘que la dase obtera, siempre penosamente y a consta de grandes «sfucrzos, pueda organizarse, propagar sus ideas dentro de una legal- dad sin limiacién doctrinal y preparae el camino para la final desteuc- cién del capicalismo. De igual suerte favoreceremos aquetlas soluciones intermedias, ya econdmicas, ya politieas, que, sin resolver de leno ol problema social, preparen o ayuden la evolucién colectivista. Jaime Vera sostenia una visién evolucionista, demo- cratica, favorable a asumir el reformismo, que sera mar- dam Linn am Sno ei i el nore eee Vela on A Elon y © Iglesias, Darga) Protara Batcelone, 1973, p. 55, _ aa Enanos y gigantes: El socialismo espadol, 1835-1936 33 ginada de la linea politica del PSOE a partir de la discusién sobre las bases para la publicacién de E/ Socialista, en 1886. No pudo ser el Jean Jaurés espafiol. La base 4.* del semanario —ucombatir a todos los parti- dos burgueses, y especialmente las’ doctrinas de los avanzados»— motivo el apartamiento de Vera, asi como el de los hermanos Mora, también fundadores del parti- do. Tras una secuencia no muy amplia de intervenciones menores, Jaime Vera recupera su iniciativa solo en 1912, y al calor de la fundacién de la Escuela Nueva, donde por fin parece posible encajar las propuestas intelectuales con la base obsera. En su conferencia La verdad sovial y la accién, y ea un intento de definir lo que considera «accién inteligenten de los trabajadores, Jaime Vera advierte sobre la necesidad de articular el movimiento obrero —«corriente central automética poderosa incontrasta- ble con la entrada en juego de clas inteligencias ilustradas», armadas «con la dectrina cientifica del actual desarrollo histéricon. «El poder es fuerza e inteligencian, concluye, en las antipodas del obrerismo que sitviera de doctrina oficial a su partido. Pero su reflexion sigue manteniéndose en un plano muy general. ‘Tras dos décadas de vida del «partido obreron, otto fundador, Antonio Garcia Quejido (1856-1927), pone sobre el tapete reflexiones del mismo signo relativas a la falta de rigor tedrico del PSOE, Su intervencién, ani- mando la traduccién de E/ Capital por Juan B. Justo, y editindola luego, asi como la versién castellana de los Principios socialistas de Gabriel Deville, demuestra el valor que atribuia a una mayor preparacién teérica de los umarxistas» espafioles. Por eso edita entre 1901 y 1902 la revista La Nueva Bra, tomando el titulo de la prestigiosa Die Neze Zeit germana, La publicacién nace en un momento favorable, en medio de la crisis de conciencia que sigue al 98, cuando Juan José Morato, en polémica con Adolfo Posada, liegaba'a hablar de la 332 Marta Bizcarrondo popularidad de E/ Capital en Espafia®, Lo cierto es que, segiin muestra una carta del editor Sempere a Miguel de Unatmuno, la traduecién del extracto de Deville alcanz6 ua gtan éxito, manteniéndose el prestigio de la obra hasta los afios veinte 23, En La Nueva Era trat6 Garcia Quejido de superar las limitaciones del «clase contra clase» de taiz. guesdista, resaltando Ja exigencia de rechazar «la ley de broncen del salario. Destacaba la posibilidad de una accién eficaz de Icha por mejoras en las condiciones de trabajo de acuerde con una perspectiva reformista que, forzando Jas anaiogias, pudieta calificarse de «mencheviquen”, Pero sin llegar siquiera a Bernstein. La revista, en cierto modo, fundamenta el acercamiento a los republicanos que en 1903 defendera sin éxito el propio Garcia Queji- do. La presencia en sus piginas de colaboraciones y ficmas no socialistas (Joaquin Costa, Altamira, Pi y Margall, Unamuno) refuerza la imptesion de que el callejGa obterista esti siendo superado, Pero el intento fue de corta duracién, dependiendo’ enteramente del esfuerze de Garcia Quejido, quien hubo de suspender la revista tras la muerte de su madre. No parece que el PSOE acogiera con excesivo entusiasmo la aparicion de La Nueva Era. Y en 1903 las diferencias con Iglesias estallarcn definitivamente con el desplazamiento, me- diante una‘habilidosa maniobra, de Garcia Quejido del Pucsto que venia desempefiando como secretatio de la UGT. Con el tiempo, Antonio Garcia Quejido acentuar’ su talante critico, figurando enre los-fundadores del partido comunista. En sus tltimos afios, hizo un balance % Juan José Morato, «La “popularidad” de “El Capitals, Le Aaore Sol, Oviedo, mien B8, 28-71-1901 * 2) Rafael Pérez de la Dehesa, estudio preliminar a La wolacin de le Alofia ov Bspata, Ge Federieo ‘Urales, Barcelona, 1968, p. 33, 0. 48. 3 Manvel Pérez Ledesma, Amante’ Garcia Oued y la Nutva Eras Pansamiente socialste a comiengor de sigh, Madtid, 1974, p. 51. Enanos y gigantes: El socialismo espatiol, 1835-1936 333 pesimista (y discreto) de lo realizado por el movimiento socialista en Espafia, con ocasién de prologar La cma de 4m gigante, de Juan José Morato: a pesar de la consolida- cidn orginica, la dependencia respecto del capital, pro- vocada por «su téctica defensivan, se mantenia. El gigan- te seguia en la cuna. En realidad, Ia prolifica obra de Juan José Morato (1864-1938) se sitéa en la estela trazada por Garcia Quejido, aun cuando por encima de criticas y amarguras, —fue expulsado del partido al aceptar un trabajo como funcionario— se encuentre siempre la fidelidad a la causa socialista. Morato munca pretendid ser un tedrico, pero en sus Notas para la historia de los modos de producién en Espana (1897) efectué el primer intento de aplicar la tipologia marxista al conocimiento del pasado espafiol. Cariosamente, siendo todo menos un «pablistan, Morato contribuy6 decisivamente a fundamentar la imagen miti- ca de Pablo Iglesias como «educador de muchedum- bresy. Del mismo modo que el propio Garcia Quejido, habia perfilado los rasgos de Pablo Iglesias como lider indiscutible en el folleto Pablo Iglesias en el partido socials. 4a (1895), firmado con el elocuente pseudénimo de Fide Lo que cuenta es que, inspirindose en Deville, y a partir de sus colaboraciones en La Lucha de Clases de Bilbao, al finalizar el siglo, Juan José Morato impuls6, al lado de Garcia Quejido, la reconsideracion de Ia estrategia eco- ‘némica socialista, valorando Ja accién de las sociedades de resistencia, tanto para la mejora de la condicion obrera como para el propio progreso de 1a economia capitalista. 2 Carls Serrand,eJuan Jost Morato y la histori, prlogo ala edicidn de ls «Note, Eva b Hiri Soa, nim. 2628 1983 234 Marta Bizearrondo 3, VIRAJE INTELECTUAL: APROXIMACIONES Y¥ RECONOCIMIENTO La degradacién de Ja vida politica en la Restauracién conttibuyé a un mayor prestigio del Partido Socialista. ‘A pesar de sus reducidos logros en cuanto a implanta- cién y de su nula presencia parlamentaria, el «socialis mo» fue ganando paulatinamente una imagen de marca como ‘nica oposicién seria y honesta al régimen de «oligarquia y caciquismo». Aun antes del 98, algunos movimientos de intelectuales disconformes dan fe de ese prestigic del socialismo como alternativa, Es lo que encasna en 1897 la fundacién de la revista Germinal, dirigida por el dramaturgo populista Joaquin Dicenta, implicado ya afos antes en el intento de formar ua Partido de la Democeacia Social, y en torno al cual se agruparon varios publicistas, a mitad de camino entre la actitud critica y la bohemia: Ernesto Bark, Ricardo Fuente, Rafael Delorme, Manuel Paso, Eduardo Zama- cois. Entre sus propuestas se incluian el derecho a la vida y af trabajo, el fin de la «contribucion de sangre» en el servicio militar y el fomento de una industria naciona- lizada. Pronto se harfan con el control del diario El Pais, definiendo una linea de conjuncién entre la democracia y el socialismo: «La Repablica es el punto de arangue para el triunfo del socialism», definiran en su manifies- to, Fue un ensayo muy efimero, que ya en enero de 1898, tras un intento de organizar la buelga de los dependien- tes de ultramarinos, confesaban su fracaso. E/ Socialista les sometié a ataques sistemiticos”*, ‘Mis consistente fue el acercamiento de un hombre que precisamente se distinguié por sus criticas contra el «socialismon de los germinalistas: Miguel de Unamuno 2 Rafael Pésez de la Dehess, E/ grupo «Germinal», una clave del 98, Madrid, 1970, p. 71. Hoanos y gigantes: Fl socialismo espafiol, 1835-1936 335 (1864-1936). Es conocida la etapa de adhesién del escri- tor bilbaino a la causa socialista a través de La Lucha de Clases, el semanatio que sirve de drgano @ los socialistas, vizcainos. Segan ha resumido C. Blanco Aguinaga, «tras, una evolucién hacia el socialismo cientifico —compren- sible dentro de su racionalismo de juventud— abandona ‘Unamuno Ia filosofia oficial de los liberales que a ese socialismo le habla levado» (Kant, Hegel) para llegar a una concepcién del mundo tan marxiste, por lo menos, como la de los otros marxistas espafioles de entonces. Este «marxismo, tefiido de ideas de Spencer, le dura por lo menos dos afios y medio (a fijarse entre los casi tres afios que van de enero del 94 a octubre del 96)??. Las razones de esa vinculacién temporal de Unamuno al marxismo siguen siendo objeto de debate, pero tal vez hhabria que invegrar en los razonamientos su rechazo de Jas formas de desagregacién que aporta la transforma- cién burguesa de Bilbao en el marco de la violenta industsializacion de la 20na. Quiz4s Unamuno no fuera al marxismo desde los libros, sino a partir de la bitsque- da de una alternativa frente a una tealidad social y econémica a la que opone un terminante rechazo. La respuesta a ese proceso admitia variantes opuestas. Una de ellas es el nacionalismo, con el que flirtea e} Unamuno adolescente, para luego recusarlo de modo terminante. ‘Ouza es el socialismo, que ofrece ademas una alternativa éticamente sélida. En Ja bisqueda de una explicacién a lo que estaba sucediendo y en la definicion de una salida para los mis, Macx y otros escritores socialistas (0 economistas, como Loria) constituian un referente posi- ble, Merece la pena sevisar las valoraciones sobre «el Bilbao del porvenim que publica en E/ Nernién antes de emprender su militancia. Bl pasado es visto como un tiempo equilibrado, de aurea mediocridad para los habi- 7 Carlos Blanco Aguinaga, Juventud del 96, Madrid, 1970, p. 110. 236 Marea Bizcarrondo tantes de la villa, Ahora el ensiquecimicto de una mino- ria ha roto espectacularmente los equilibrios; ha acarrea- do el lujo, la carestia, la miseria de muchos. Bl socialis- ‘mo unaimuniano se apoya en Ia nostalgia de un pasado roto por el capitalismo. Es lo que desarrolla en la serie «Bilbao por dentro», de octubre de 1895.a enero de 1896, en La Lucha de Clases. Unamuno se enfrenta al protagonista de la vida en la ciudad, el capitalismo, «el monstruo colective que les devora {a los propios capitalistas] y se devoray. El materialismo histérico proporciona los esquemas que permiten analizar la necesidad del proceso de crecimien- to y destruccién, cayo punto de legada, no menos necesaric, es el socialismo. Pero el contenido de ese proceso es ante todo una degradacion moral y su supera~ cién es juzgada como «una sedenciénn. El contraste lo tenemos en Ja mencionada idealizacién del Bilbao prein- dustrial: «Animoso eta el Bilbao pequefio de mediados de siglo habia esctito dos aftos antes. Pero aquel Bilbao chiquito cuyo nucleo eran bien acomodados mer- caderes, no conocié tantas jaulas de grillos con nombre de casas, donde se almacenan obreros, no conocia las huelgas, no conocia el socialismo de los pobres.» De este modo, el «socialismo» de Unamuno se hace posible por la articulacién de dos niveles: uno, el andlisis de los procesos capitalistas, de la explotacién y de la lucha de clases, que explica la dindmica de formacién de una sociedad aberrante y asimismo la inexorabilidad de su abolicién; otro, la valoracién moral y subjetiva de ese mismo proceso, de donde surge el rechazo terminante del autor, asi como una expectativa ligada a una concep- cidn cristiana de'la existencia, conducente a la menciona- da «redenciém» y que en el fondo prevalece ‘sobre la anterior. Admite Unamuno que de Ja estructura econd- mica brotan los restantes-aspectos de la vida social, pero en la jerarquia de fines no son dos dinicos ni aun los Fnanos y gigantes: Bl socialismo espaiiol, 1835-1936 337 supremos», Segdn resume en otro articulo de diciembre de 1895: El socialism no es econSmico solo, abarca los aspectos todos de la vida, tno es dogma suyo ni mucho menos que @l fin econdmico sea ef supremo, lo sepetimos, pero tira derechamente a la revolucién econd- mica, seguro de que todo lo demés se nos data por afiadidura. Yes que, como en la constitucion econdmica repost Ia injusticia tadical, combatirla es combatis por el seino de Dios y su justicia. O como afirma en otro articulo, de febrero del mismo afio: Lo pasado bien pasado esti, ya no vuelve, El presente estado es tuiste y leno de miserias, pero de él saldré la redencién. Hay que tener fe, fe en Ia verdad, fe en el proceso econémico y social, por su fuerza interna, on virtud de su intima naturaleza, a pesar de los hombres, Hevari a la sociedad « una nueva era. En este breve momento de encuentro, es una mentali- dad de signo religioso to que sirve de fondo a la adscripeién socialista. En carta a Clarin, siempre de 1895, Unamuno reconoce su misticismo, pero éstas —-sus tendencias misticas— «van encarnando en el ideal socialista». «Suefio —afiade— con que el socialismo sea una verdadera reforma religiosa cuando se marchite el dogmatismo marxiano y se vea algo mas que lo pura- mente econémico.» Claro que por el momento esta propensidn religiosa era compatible con un esquema muy definido de estrategia socialista, siempre que de los, anilisis de E/ Capital se pasara al primado de la consigaa de unidad proletaria que cierra et Manifiesto comumista. Bs Jo que expone en «Las fuerzas mottices en el movimien- to socialista», ensayo publicado en Der Soxialistimhe Aka- demiker, c6mo no, en 1895. La concentracién obrera es el supuesto del triunfo del ideal socialista, resultando de su ptopia dinamiéa de formacién el perfil de su finalidad, la organizacion socialista de Ia sociedad humana», frato 338 ‘Marea Bizeartondo de «la conciencia colectivan de los trabajadores. A esa dinamica propia deben contribvir los intelectuales, no s6lo analizando los procesos econémicos y