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Seccién: Humanidades Fernando Vallespin, Joaquin Abellén, Rafael del Aguila, Atilano Dominguez, Juan Gil, Julio A. Pardos, Manuel Segura Ortega: Historia de la Teoria Politica, 2 Estado y teorfa politice moderna Compilacién de Fernando Vallespin x El Libro de Bolsillo Alianza Editorial Madrid a edicién en El Libro de Bolsillon: 1990 crate trio Uerechor-Bto-conformidall con lo dxpuesto en Clare 534bis del Codigo Penal vigente, podran ser catigadee con pemas de mula y peivacion de libertad quienes reprodujeren o plage Fa, en todo o en parte, una obra litera, atsieao centee Beda tn alguien tipo de soporte snl pecepiveaatriaciin. © de la compilacion: Fernando Vallespin © Ferando Vallespin, Joaguin Abellin, Rafael del Aguila, Atilano Domingues, Juan Gil, Julio A. Pardos, ‘Manuel Segura Ortega © Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1990, 1994, 1995 Calle Juan Ignacio Luca de Tens, 15; 28027 Madrid rlét 393 88 88 ISBN: 84.206-9833-4 (Obra completa) ISBN: 84.206-0484-4 (Tomo 2) “Depésito legal M. 9841/1995 ‘Compuesto e impreso en Fernindez Ciudad, S. L. Catalina Suarez, 19. 28007 Madrid Printed in Spain Introduccién Estado y téorfa politica moderna Fernando Vallespin En Ja Introduccién al primer volumen de esta colec- cién ya intentamos subrayar cémo siempre hay algo de arbitrario cuando trazamos limites al devenir histotico. La parcelacién del pensamiento politico —por referitnos a nuestro caso— en periodos mds o menos sujetos a pris- mas conceptuales previos es algo siempre arriesgado, Lo que se gana en esquematismo, el privilegio de lo emble mético, puede malograrse después por falta de rigor. No esté de més, por tanto, comenzar con algunas cautelas cuando abordamos el escabroso trénsito del Medievo a la Edad Moderna. Si ya nos fue dificil delimitar dénde acababa el Bajo Imperio romano y dénde comenzaba la Edad Media propiamente dicha, con mayor raz6n atin ten- dremos que vernos en dificultades a la hora de definir las rupturas que abren lo que luego se calificatia como mundo moderno. El salto de wn perfodo histérico a otro, que responde generalmente a criterios convencionales, nunca es brusco, sino pausado y sinuoso, Siempre queda alguna rebadilla-que nos recuerda lo anterior, igual que no se dan todavia en toda su plenitud aquellos rasgos que 7 . 8 Fernando Vellespin nego se acaban por imponer y sizven para definir fo que propiamente caracteriza la nueva époce (el mundo moder- no, por ejemplo). La historia, en cualquiera de sus mani- festaciones, es siempre un continuum cuyas diversas co- Totaciones y perfiles aprovechamos para esquematizar la realidad. ‘Algo asf nos ocurre cuando, de modo precipitado qui- 24, nos planteamos el problema de la modernidad en el pensamiento politico. Estd claro que la modernidad en politica va asociada al nacimiento del Estado, pero no es menos cierto también que esta institucién, aunque 20 adguiere sus rasgos propios hasta bien entrado el si glo x1v, se va gestando ya desde antes, y no culmina hasta el Renacimiento con el absolutismo monérquico. Desde luego, no es éste el lugar para narrar todo este proceso, sino simplemente para apuntar —con gruesos trazos, ademés— lo que cabe entender como algunas de Jas claves hermenéuticas para comprender toda esta diné- mica. No queda més remedio que estar de acuerdo con M. Oakeshott cuando nos dice que la filosofia: politica «ad- viene cuando... el movimiento de reflexién adopta una direccién determinada y alcanza un determinado nivel, siendo su caracteristica propia el establecer la relacién entre la vida publica, asi como los valores y propésitos que le son consustanciales, y la entera concepeién del mundo que pertenece a una civilizacién» ', Los presu- puestos de estos cambios, de la reestructuracién de la ‘ concepcién del mando que viene de siglos anteriores, hay {que ir a buscarlos, en primer lugar, en la paulatina pero incontenible quiebra de la perspectiva religiosa en el ém- Dito del pensamiento. Esto es consecuencia en gran me- ‘dida de la pérdida de poder politico que va sufriendo la Tglesia a Jo largo del Medievo, 0, cuando menos, de su capacidad para utilizar eficezmente su influencia sobre * elncroduetion> al, Leviatdn (Oxford: Blackwell, 1946), reco- aida en Hobbes on Civil Association (Oxford: Blackwell, 1975), pagina 3, Introduecién 9 los poderes civiles» *. Pero también, y muy especialmen-. te, de la pérdida de su dominio espiritual, producto de 2 Ia Reforma protestante, de un lado, y del. proceso de { secdlarizacién que comienza a generalizarse a partir del Renacimiento, de otro. Secclarizacién que se encarna en “ el proceso que conduce a Ia separacién entre el derecho natural y su fandamentacién religiosa. Este divorcio afec- ta, antes que nada, 2 los mismos sujetos que se acercan a Ja investigacién de la sociedad y Ia politica: los tedlogos van a pasar a un segundo plano, apareciendo ahora «fil6- sofos politizantes y juristas filosofantes» *, Pero este tras- vase, sintomatico a nivel formal de un cambio de menta- lidad, refleja un fondo bien concreto: las leyes naturales van a dejar de ser aquella parte integrante del orden de la creacién estractarado por a Jey eterna para convertirse en una puta construccién de la raz6n a partir de la natu- raleza instintive e impulsiva del ser humano. Ya no preo- cupa el entronque con Ia ley eterna, en el que Derecho natural y Derecho divino se dan la mano, sino reemplazar la revelacidn y ef fundamento religioso por Ia razén na- tural. El triunfo de las ciencias de la naturaleza modesnas y de la filosofia mecénica natural acabarén dando el golpe de gracia a Ia concepcién de la perticipatio de le razén humana en Ja lex aeterna divina Esta nueva concepcin de la raz6n remite a una nueva comprensién del papel del individwo. La pérdida de ce:- teza que supuso In quiebra de Ja cosmovisién medieval hubo de ser reemplezada por un suevo fundamento in- cuestionable, Y esta protensién sélo la consigue satisfacer el hombre revistiéndola sobre si mismo, buscando en su propio pensamiento la fuente de aquella infalible certi- TET inicio de este proceso, que no culmina realmente hasta bien entrada la Edad Moderna, hey que, it ¢ buscatlo en la aque: rella de las investidutas» (8. x1), cuando el papa Gregorio VIE, al reservatse frente al Empeiador Ja autonomia de Ie Tglesia para designar a sus obispos, reconoce implicitamente un dmbito de suronomfe propio ¥ exclusive al poder civil, SH. Wenzel, Introduecién a la filosofia del Derecho. Derecho natural y justicia material, Madtid, Aguilar, 1971, p. 112.