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Seccién: Humanidades Fernando Vallespin, Carlos Garcia Gual, Javier Arce, Andrés Barcala Muiioz y M_ Jests Viguera Molins: Historia de la Teoria Politica, 1 ‘Compilacién de Fernando Vallespin El Libro de Bolsillo Alianza Editorial Madrid Este libro ha sido compuesto mediante una Ayuda las-Obras.qucnsoupanen. el Rass OB FRG leaioy cigntifierxgparol, concedida Ror I inisierio de Cilturé, ido=retterlorderechose-Be-conformidsd con lo dispuesto en share sberlin fal ign odran sr cago con nus de multe privacion de iberead quienes reprodvieren 0 pai ene todo 0 eo'parte, una obtpIitersrin artes 0 weniiea Hada fen cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorizacién, © dela compilacién: Fernando Vallespio © Fernando Vallespin, Carlos Garcia Gual, Javier Arce, ‘Andrés Barcala Mufioz y M* Jesis Viguera Molins © Alianza Editorial, S.A, Madrid, 1990, 1995 . Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madd; rlét 393 88 88 ISBN; 84:206-9833-4 (Obra completa) ISBN: 84.206.0435-6 (Fomo 1) Depésito legal: M. 9838/1995 Compuesto © impreso en Fernandes Ciudad, S.L. Catalina Suarez, 19, 28007 Madrid Printed in Spain Introduccién general Fernando Vallespin Embarcarse hoy en la elaboracién de una Historia de la Teorfa Politica no deja de ser una empresa ambiciosa cuando no ciertamente osada. Est resulta obvio para cualquiera mfnimamente familiarizado con un objeto tan esquivo como el que nos ocupa. Las primeras dificulta- des surgen ya desde el momento mismo en que es pre- iso «bautizars el proyecto, ¢Por qué Historia de la teoria, y no de las Ideas, filosofia, 0 pensamiento polt- tico? Hay alguna razén’sustantiva que haga preferible una denominacién a otras? Es posible que alguna vez Ja hubiera o que alg que otro autor, por su cuenta y riesgo, fuera capaz de inttoducir alguna diferencia més © menos relevante entre estos términos. Sin embargo, en Jos momentos actuales Ja opcién por uno u otto titulo parece responder més a la necesidad de cumplir con la denominacién convencional de las distintas especialidades académicas de cada pais que a auténticos ctiterios meto- dolégicos. Lo que en Francia es casi undnimemente cali- ficado como Histoire des Idées politiques viene a corres- ponder a la politische Theoriengeschichte alemana o a la 7 8 Femando Vallespin History of Political Thought © Theory anglosajona, que son los términos dominantes en esos paises. El titulo no prejuzga, pues, generalmente las diferencias metodolé6gi- ‘cas ni, en lo esencial, el contenido, que presuponen ya Ia adopcién de decisiones de mayor fuste teérico. Es en estas decisiones, y no en la eleccién de términos que vie- nen a ser casi sinénimos, donde nos encontramos las di- ferencias més importantes entre unas y otras Historias En lo que concierne a nuestro proyecto, aun conscien- tes de cierta arbitrariedad en la denominacién, hemos preferido el témino de #eorla, porque consideramos que se ajusta més a la divisién internacional de especialida- des hoy predominante. Dentro de ésta, la teoria y filo: sofia politica es 12 categorfa general que engloba los tres, enfoques principales: empitico, normativo e histérico '. A esto habrla que afiadir otro factor, que constituye una de las peculiatidades de auestro proyecto: la incorpora- cién de la teoria politica contemporinea. Por tanto, no Iimitaremos muestro objeto a lo que es propiamente «his- totia», sino que nos serviremos de ella para acceder tam- bién a Ia visién de lo que ocurre en el dmbito de la teo- xia social y politica de nuestro tiempo. Esta Historia de la Teorta Politica est animada por tuna conviccidn de base, que no por obvia debe dejar de} hacerse explicita: que el pensamiento politico es incon-; cebible sin su propia historia, sin una reflexién y didlogo| en profundidad con quienes ya antes que nosotros sus 1 En tos Estados Unidos suele simplificarse este esquema con Ja simple biparticién —de lindes no del todo claros— entre. teo- Hla politics empirica y normativa. Se supone que este titima abarca también el enfogue histérico. (Vid., por ejemplo, la. divi siGn de especialidades de la APSA o los mismos criterios de, or- ganizacién de los comentarios bibliogrificos de 1a American, Polé ficdl Science Revieto,) ‘De otto lado, estd claro que la historia de les Ideas poltieas fi fu.cys, desde a eparicgn de Ia primera nomenclature. de Te SCO, como subdivisién especifica dentro de 1a rébrica ge neral de Filosofia 0 Teoria politica, y constituye hoy con toda dignidad un rea de conosimiento independiente dentro de nuestro curriculum universitario, Introduccién generat 9 ytaron preguntas y avanzaron respuestas sobre los proble- mas fondamentales de la organizacién social y politica El sentido esencial de nuestra revisi6n del pasado no es as{ otro gue el de mantener viva Ia y centrarse en el contexto que roded el nacimiento de las obras ana- lizadas, Este se percibiria asi como (1980: xiii-xiv). Para acabar de iluminar esta tltima idea es preciso dar un paso més en nuestra exposicidn. Escribir 0 decir no sdlo es una forma de «describir» o «representar» ef mundo, sino también de actuar en él; es una forma de accién. Aqui Skinner y Dunn recurren expresamente a la teoria de los actos dél habla de J. L. Austin. Como es conocido, para este tiltimo autor la comprensiéa de un determinado aserto no sélo exige captar su significado «lo- cucionarion —lo que se dice—, sino también lo que l denominé la «fuerza» ilocucionaria del mismo, lo que su emisor estaba haciendo al emitir dicho aserto. Recu- rriremos a un ejemplo que utiliza el mismo Skinner (1972-b: 141 y ss.). Un policia ve a alguien patinar sobre el hielo de un estanque que no parece muy seguro y le dice: «el hielo alli es muy fino». Pazece obvio que una cosa es lo que estos términos significan y otra distinta lo que se hace al emitirlos. En este tltimo caso se reali- 32 Fernando Vallespin za un acto ilocucionario de aviso al patinador, Su sig- nificado completo quedarg, por tanto, oculto sino sabemos captar esa dimensién © «fuerza» ilocucionatia de adver- tencia. Pero, ademés, captar el significado o la compren- siGn global del aserto equivale a desvelar la intencién —lo primaria que se quiera— del policia al decir lo que dijo: advertir a esa persona de que el hiclo sobre el que estaba patinando no era seguro’. Se comprenderé ahora que para estos autores de lo que esencialmente se trata a la hora de interpretar los textos de la historia del pen- samiento es de decodificar esa fuerza ilocucionaria de Jas palabras, expresiones y conceptos que contienen. Ahi se cobijan las intenciones del autor. Ello presupone vam- ign, como acabamos de ver arriba, el estar al tanto de las convenciones lingtifsticas del momento y de otros as- pectos contextuales. Pongamos que queremos obtener el significado de Ja méxima de Maquiavelo que dice: «Los principes deben saber cudndo no ser virtuosds» (capi: tulo XVI del Principe). A decir de Skinner, aqui la pre- gunta crucial es: gqué estaba haciendo Maquiavelo al dar este consejo? Para calibrar este efecto ilocucionario es preciso acercarse al contexto; esto es, estudiar los su- uestos y convenciones generales de los libros tfpicos del género —los «Consejos de Principes», tan comunes en Ia época—,.su lenguaje y «tono» general, etc, Una vez hecho esto, se va iluminando lo que en aquellas cir- 7 Austin distingue entre tres «usos» distintos del Jenguaje © de una oracin, gue corresponden a tres formas distintas de ejecutar actos lingiisticos. Ademas de los ya vistos —los locucionarios ¢ ilocucionatios— introduce un tercer tipo de act los perlocucio- narios. Mientras que en el primer tipo, los loeuclonarios, se dice ‘go, son meramente constatatives; en’ los segundos se acta 0 hace algo «al decirlo» (in saying) (ator iar, advertir, ordenar etc.); ‘en los petlocucionarios se logra algo «dic sa} Sener sorprente,confunde ee), Eee toe to Shey kes, en el efecto pretendido por 1a accién lingiifstica. El aspecto «per Jocucionario» del ejemplo anterior residiria entonces en Jo que el police hublera conseguido a esr su asere (por ceampla, ae el patinador se asustara y dejara de patinar en ese estanque (How to do Things With Words, Harvard Univ, Press, 1962, J. O. Urm- son y M, Sbisa, eds.). | | Aspectos metadoldgicos en la Historia de In Teoria Politica 33 cunstancias bizo ese acto. En concreto: rechazar o desa- fiar una convencién moral generalizada en su ¢poca y Ambito geografico. Esta tavo que haber sido también la intencién de Maquiavelo, aunque su motivo més inme- diato bien pudo ser el deseo de «epatar» o escandalizar a su sociedad. Lo relevante para Skinner no es buscar esos, «motivos» que pueden estar también detrés de la obra de un autor, sino centrarse en las intenciones primsarias que se manifiestan a! utilizar determinadas expresiones 0 vocablos en el texto; aquellas que dentro del vinculo de comunicaciéa social entre un autor y su piblico se ajus- tan mds a Ja fuerza ilocucionaria del aserto o concepto analizado y tuvieron que haber sido gueridas por su au- tor’. Para Skinner la intencién de un autor no es inme- diatamente identificable a sus «motivos», Estos pueden verse como las «causas» que anteceden a la accién lin- sgiiistica; «aluden a la condicién contingente previa a la aparicién de una obra». Las intenciones del autor, por el contrario, «son rasgos de los mismos textos» (1972: 401): Jo que quiso ¢ hizo; o hizo porque asf lo quiso. Los actos perlocutorios de un autot, el efecto que queria provocar con sus actos de] habla —en nuestro caso, Maquiavelo, quiz4 congraciarse con los Medici para que lo volvieran @ tomar a su servicio—, es tan dificil de establecer con objetividad que no deberia merecer mayor consideracién, ‘Tampoco afiaditia nada al significado del texto. Skinner sostiene también, siguiendo algunas intuicio- nes de Strawson’, que la teorfa de Ia fuerza ilocucionaria de los actos del habla debe ser extendida para poder cap- tar también aquello que no se dice de modo explicito; lo que se oculta detrds del recurso a la ironfa o, incluso, los csilencios significativosy. Asi, por ejemplo, a cualquier conocedor de las convenciones que regulaban el debate sobre la obligacién politica en tiempos de J. Locke no La explicacién més extensa de las diferencias entre «motives» © sintenciones» se contiene ea Skinner, 19722. ° P. F. Strawson, (1974: 281; énfasis nuestro). Es decir, que ante la imposibilidad de abarcar todo el conjunto de obras y autores de una determinada época, a opciéa pot el estudio de los clésicos responde a un juicio pragmético que nos facilita la eleccién del tema (aqué merece la pena ser estudiado y qué vale més ignorar» (Ibid,). El re- curso a los eldsicos como objeto de estudio no obedece ala conviccién tradicional de que éstos contienen un valor extratemporal. Es més, y como ya hemos visto, los mis- mos imperativos metodolégicos de este enfoque presi ponen la inmersién de estos textos en un contexto mu- cho mas amplio. Dentro de les condiciones que son ne- cesatias pata su mejot comprensién, entra precisamente su contrastacién con todos los factores intelectuales pre- 36 Femando Vallespin sentes en la vida politica de una determinada época. Pue- de que, después de todo, la eleccién de comenzar por ellos ‘no sea para estos autores sino una forma inconfesada de plantarle cara a la teorfa tradicional donde més le duele. Se estudiarian los textos clésicos para demostrar que el canon convencional carece de sentido, La relevancia de tuna obra como el Leviatin, aparte de sus valores expresi- vos, no residiria asi tanto en su valor pata suscitar cues: tiones perennes cuanto en su capacidad para reflejar una determinada articulacién del debate politico de la época Su significado auténtico sigue preso inexorablemente de su dimensi6n historica; su identidad yace en su histori cidad. Como es obvio, ésta no es Ja opinién convencional so- bre la relevancia de los clésicos. Tampoco es éste el lugar para entrar en una digresidn sobre el canon o los cénones de «clasicismo». Lo haremos sélo en tanto ello nos per- mita seguir avanzando en nuestras reflexiones sobre los problemas metodolégicos de la disciplina, en particular pata. acceder a une mayor comprensién de lo que hasta ahora hemos venido denominando teorfa o enfoque tradi- cional. Para ésta, al menos en su versién més radicaliza- da, el canon de clasicismo equivale a algo asi como a «va. lidez atemporal». Los «grandes» autores del pasado son aquellos que nos muestran el conocimiento de los pris cipios que son universalmente aplicebles a todos fos hom: | bres en todas las épocas; aquellos que desvelan determi. nadas verdades sobre el hombre y su organizacién social y politica y son capaces de trascender el contexto tempo- ral en que se mueven. En su interpretacién més fuerte, | | f i | | coment representada quizd por L. Strauss, Voegelin y sus suce: | sores, estas verdades se entienden al pie de la letra: refle- jan la esencia «auténticas de la «condicién humana» (Arends). Lo que impotia, pues, es el contenido de ver dad de la teoria més que su capacidad para resolver pro- blemas sociales y politicos inmediatos o contribuir al de- bate intelectual presente en su momento historico. Es | fécil imaginar que con esta definicién no legamos dema- siado lejos y estamos expuestos a concluir, con Strauss, Aspectos metodoldgicos en la Historia de la Teoria Politica 37 que, en efecto, la filosofia politica como tal muere en el siglo xvit al convertirse en «ideologia»; esto es, al po- nerse al servicio del conflicto politico entre grupos y cla. ses sociales y olvidar su impronta «clésica» de reflexién sobre cuestiones que se escapan a tales contingencias " Hay, sin embargo, otra visidn de los clisicos que pare- ce mucho mas aceptable. Como se dice en la introduceién a un libro de recopilacién de estos autores, anos refeti- mos a un clisico del pensamieato politico, unicamente cuando su obra alguna vez —aunque sdlo sea durante un breve periodo de tiempo— ha estado en el centro de las ideas y percepciones politicas de su época, cuiando fue representativa de una sociedad y cuando —y ésta es una condicién ulterior nada despreciable— leva dentro de si la posibilidad de su extensién universal, asi como le fuerza para seguir influyendo en la historia» ®. Pero con esto no acabamos de resolver el problema, gue, a la pos- tre, es puramente evaluativo. ¢Deben darse ¢odas estas condiciones o basta con que estén presentes algunas de ellas? Y, cualquiera que sea Ja respuesta a esta pregun- ta, gbajo qué criterios hemos de enjuiciarlas? Hablar de arepercusiény, ya sea en su época o en momentos pos- tetiores, no aclara demasiado las cosas. No cabe duda que hay autores secundarios que han tenido més influen- cia en su época que otros generalmente consagtados como clésicos. Autores como Hotman, Botero o Tomasius, que hoy nadie citaria entre los clésicos, tuvieron una reper- cusidn en su época muy superior a la de Espinosa, por ejemplo, de quien hoy no desearfamos desprendernos. De otto lado, gcudndo y por qué decidimos que alguien «re- presenta auténticamente a su momento historico? Pa- tece que nadie, en principio, deja de reflejar las preocupa- ciones del momento en que vive. Y, por iiltimo, zeudles son los criterios constitutivos de esa supuesta’trascen- 4 L. Strauss, What is Political Philosophy? Nueva York: Free Pres, 1968, p90 (hay teadaceidn espafiola en Bexslonar Quad rama, 1965), a 2 Maicr/Rausch/Denzet, Klassiker des politisohen Denkens, Munich: C. Beck, 1968, vol. I, p. 6. 38 Fernando Vallespin i dencia 0 extensién universal? Aquello a lo que se refiere I. Berlin cuando dice que «a vitelidad de los clésicos | brota de alguna cualidad que trasciende su tiempo». | Para el enfoque que ahora nos ocupa ésta residiria, sin | duda, en la coherencia del sistema de pensamiento elabo- | rado, en la relevancia de su filosofia como puro construc: | to lgico y racional. Indudablemente, existen una serie | de problemas y temas que reaparecen contiauamente en | esta literatura, Entre otros, como bien dice S. Wolin, | ‘nos encontramos «las relaciones de poder entre gobernan- | tes y gobernados, la naturaleza de la autoridad, los pro- | blemas planteados por el conflicto social, el papel de de- | terminados fines o metas como objetivos de la accién | politica y el cardcter del conocimiento politico. Ningén | filésofo politico se ha interesado en todos estos proble- | mas con la misma intensided, aun asi ha habido un con- | senso lo suficientemente extendido sobre la identidad de | Jos problemas como para justificar la creencia de que exis | te una continuidad en las preocupaciones» (1960; 3). El objeto es comin, por mucho que varfen las respuesta. Y se supone que Io que distingue a los «grandes» no es solo | la cleceién, «introduccién» 0 reelaboracién de estos con- ceptos y problemas, sino Ja forma en que lo hacen: el rigor analitico, su capacidad para observat procedimien- tos Idgicos y, en fin, para articular un discurso coherente dentro de un sistema de pensamiento, tanto pera sus con tempordneos como para le doctrina postesior. Este es el elemento decisivo para el enfoque tradicional, que es esencialmente filos6fico-politieo, No es de extrafiar asf, como observa R. Ashcraft, que por cada artfculo que | estudia Ia relacién entre la obra de Hobbes y la au- diencia a le que iba dirigida hay treinta que analizan su teorfa del «derecho natural» o la «obligacién politica» (1980: 689). El enfoque contextualista en su sentido duro coincidi- xa con el més propiamente «lingiiisticon en su rechazo I ® I, Berlin, «Hobbes, Locke and Professor MacPherson», The | Political Quarterly, 25, 1964, p. 446. k Aspectos metadolégicos en Is Historia de Ie Teoria Politica 39 frontal a todas estas pretensiones de «atempotalidad», aunque aqui también existen importantes matices que les separan. Asf, para autores como Macpherson o la corrien- te prdxima a Tring Fetscher 0 W. Euchner, el reconoci- miento de la historicidad 0 condicionamiento social de las formas de pensamiento no exclaye neceseriamente un ané- lisis de la congruencia légica del texto, La diferencia es- tribaria para ellos en que tal estudio textual no es com prensible en su totalidad sino se contrasta con las Circunstancias histricas especificas que envolvieron su génesis. A su entender, el canon de clasicismo debe cen- frarse prioritariamente sobre la capacidad que poseen algunos textos para atrapar conceptualmente su época, sin perjuicio de lo que puedan seguir siendo capaces de contribuir a la discusién contempordnea. Este tiltimo ele- mento de la pervivencia nunca deja de estar del todo ausente del campo semdntico de Jo clisico. Ast, cuando alguien como Habermas trata de justificas en su tltima gran obra el porqué de su anilisis de nombres como We- ber, Mead, Durkheim y Parson, recurre al argumento de gue le interesan «como clisicos, es decir, como tedricos de la sociedad que todavia tienen algo que decirnos» ¥. Como conclusién provisional a estas breves observacio- rnes sobre los clisicos, slo nos resta subrayar como, a pesar de la coincidencia o consenso que pueda haber so- bre quienes pueden calificarse como tales, las razones 0 ctiterios por los que se les dota de tal relevancia varfan segiin la perspectiva epistemolégica adoptada. Puede que, después de todo, el tinico acuerdo que quepa alcanzar a le hora de definir un clésico se contenga en la propuesta de B. Willms: «se trata de un autor del que, en un sen- tido estricto, no se puede prescindir en Ja Historia. ¥, cabrla afiadit, por todas las razones que en cada caso s¢ juzguen convenientes. ¥ Theorie des kommunikativen Handeins, Frankturt: Subtkamp, 1981, vol, 1, pp. 89. 15'B, Willns, . Los puristas harfan suyo el presupuesto epistemoligico que siempre ha estado asociado al historicismo y afitma Ta excepcionalidad def acontecer histérico; enfatiza las diferencias més que las similitudes entre los fenémenos histéricos; por tanto, la imposibilidad ¢ indeseabilidad de todo enjuiciamiento del pasado desde criterios 0 cate- gorias presentes. Se traduce asi en una perspectiva rela fivista en tanto que condiciona la posibilidad de compren- der el acontecer bumano si no ha sido previamente inmerso en el contexto de la experiencia histérica al-que pertenece. No comparte, sin embargo, la visién del rele tivismo marxista de que el movimiento de la historia vaya encaminado necesatiamente, en progresién dialéctica, hacia una forma superior de organizacidn social; ai que tal movimiento sea accionado por el desarrollo de las — Aspectos metodoligicos en tn Historia de Ja Teoria Politica 41 fuerzas productivas dentro del correspondiente modo de produccién. No hay tal visién de que el pensamiento y los problemas humanos estén determinados por * Es muy comprensible el enorme prestigio que rodeé a las figuras de los primeros legisladores, tales como Li- curgo en Esparta o Dracéa y Solén en Atenas. Los basi- lets dejaron de detentar el manejo de la Themis mediante sus dikai, justas o torcidas; la Déke tomé cuerpo en el conjunto de némoi o leyes que el pueblo acaté como instancia decisiva del derecho. Lo que confiere su valor a esas Heyes es su fija osdenacién y su referencia 2 la comunidad civica, a lo comin, como destaca un frag- mento de Heréelito. Para el demos, para todo el cuerpo social, esos repertorios significan una conquista paulatina e itrenunciable hacia el progreso. La Dike se presenta en Ja legalidad justa, la Ewnomfa; muy repetido en esa épo- ca, ése es el gran lema de Tisteo y de Solén: la ennomia pacific y entiquece a la ciudad, con el amparo de los dioses. ‘Aunque més adelante ese reclamo de ennomia puede aparecer como un slogan conservador, en los tiempos de tuna democtacia muy avanzada, donde los radicales desean répidas reformas legales y los conservadores defienden Ja legalidad tradicional, en Ja época arcaica la aparicién de esos cédigos, de base y tendencia un tanto aristocré- 5 J.P, Vernant, p. 41. 0 Carlos Garefa Gust tica, como era de esperar, representan un enorme pro- gteso frente al estado de cosas contra el que alzaba su vor Hesfodo. Los atistécratas preferfan, sin duda, Ia eu- houlia, «el buen consejov o «la buena’ decisiény’ de los mejores (es deciz, los que tenfan en sus manos tradicio- nalmente el poder), y estaban dispuestos a asumir las competencias de los antiguos reyes dikaspdloi. Pero la partida estaba ya decidida en favor de las leyes eseritas ‘Quizé convenga reflexionar sobre el sentido del térmi- no ndmos (que se impone en Atico y jonio, desplazando a ‘otros, como el de ¢besmds, «fundamento, ley, decteto», © el de rhetra, que los dorios utilizan, por ejemplo, al tratar de la famosa ley 0 rhetra de Licurgo). Esté claro que, en un comienzo, el término tiene un sentido més amplio que el de «ley». Asi, en los primeros ejemplos, que estén en Hesiodo (Teogonia, v. 66, y Trab. 9 Dias, v. 277), ndmos parece significar todavia «uso, condicién habitual, norma» y sélo aprovechando ese sig- nificado amplio da lugar a una posible versién como «ley» (asi lo hemos traducido en el segundo ejemplo, antes ci- tado). Todavia en el uso de Ia época clésica sigue con- servando el doble sentido de «costumbre» 0 «convencién» junto al de «ley». En su contraposicién al vocablo physis, «naturaleza», némtos ha de traducirse por «convencién», y ese sentido tiene en la famosa oposicién destacada por Ja Sofistica. En latin puede tradueirse tanto por mos como por lex, segiin el contexto, Esa amplitud semantica del término es muy interesante y da mucho juego al con- cepto. Lo importante, con todo, es que, frente a la thémis (de una raiz, the- que significa «poner, imponers), que indica Ja ley eterna y la imposicién familiar, lo «licito» impuesto desde lo alto, ndmos tiene, por su misma ett mologia, un carécter Iano y comin. Las thémistes y las dikai estaban dictadas por una autoridad supesior, mien tras que los admoi son las leyes aceptadas por todos, y de esa aceptacién, convencional pero firme, reciben ‘su prestigio. (Es curioso que el tema de la legitimidad de las Jeyes no se haya suscitado en el pensamiento griego; el La Grecia antigua a Critén de Platén es muy sugerente en este respecto). La rafz nem significaba «repartir, y se encuentra en némos, y en términos derivados muy usuales, como nomfzo: «admitir como valido, aceptar, juzgar» (con una acepcién muy interesante en la frase nomizein theods, «creet en los dioses»), £4 némima, «lo habitual, las costumbres», y £3 némisma, «la moneda» (un valor convencional por ésen- cia), vocablos que indican algo usual y compartido. El mismo radical esté en el nombre de una divinidad muy vinculada a la Justicia, la estricta Némesis, que castiga los excesos de aquellos que han traspasado los limites de lo asignado. Un tema posterior, que discutirén algunos pensadotes de la Tlustracién del siglo v, como Herddoto y los sofis- tas, es el de la relatividad de los némoi, leyes y costum- bres, destacando que cada pueblo tiene usos y leyes pro- pios. Pero é&e es un problema teérico posterior, que no se presenta en la época arcaica y que no empafia el res- peto a las leyes de la pélis, en la legislacién propia. Para la constitucién de una auténtica pdlis consideraban los antiguos necesarios tres elementos bésicos: en primer Iugar, un territorio propio, que solfa comprender una zona utbana y una zona ristica, més extensa (la ampli- tud de una y otra era variable, y no afectaba a lo esen- cial); una ciesta suficiencia econémica, la auférkeia, que permite mantener una comunidad de poblacién estable; y, en tercer Inger, una independencia politica expresada cen sus leyes propias®. Este tltimo trazo, la autonomia, el servirse de leyes propias —tois autén némois chrés- thai-— es algo previo al estar constituida en una deter minada orientacién politica, en un régimen 0 politeia que podia luego ser més 0 menos democritico 0 aristo- erdtico. Como dice en un famoso pasaje Demarato al rey persa, los griegos son suibditos de la Ley, y obedecen al Nomos de su ciudad, como los bérbaros al Rey. (El texto © Sobre le variedad y lo escncial en Ja polis, ver el clisico estu- dio de Ebremberg (1960), 62 Carlos Garcia Gual de Herédoto, Historias VII 104, es enormemente atrac tivo para comprender el respeto de los espartanos, y los griegos en conjunto, hacia las leyes, como simbolo de su independencia y ciudadania; también lo es el ya citado dislogo platonico Critén.) Quisiera recordar, para destacar Ia valoracién y con- tenido del término, y para concluir ya este apartado, tres fragmentos de Heréclito (circa 530-470 aC.) «También es Jey obedecer Ia decisién de uno solo» (33 DR). La glosa es obvia: también una monarquie pue- de ser legal; Ja ley esta antes que una determinada cons- titucién cfviea; para un griego de la época, sin embargo, Jo lamativo resulta el admitir que la ciudad podia acep- int, a esas alturas, el mando de uno solo, una vez que no existia un basileds y que un tirano se ponfa, por su misma aceién de conquistar el poder, al margen de la ley. ‘«Debe el pueblo combatir por la ley como por la rm ralla» (44 DK) subraya algo ya apuntado: la ley es bafuar- te de defensa del pueblo, (Cabe otra versién del mismo texto; con un matiz diverso: «combatir desde la ley como desde 1a muralla» hyper tot némou okésper tof teicheos, que subrayaria que el demos se alza firme sobre una y otra.) «Los que hablan con inteligencia es preciso que se fortifiquen en lo que es comin a todos, como la ciudad en Ie ley. Pues todas las leyes humanas se nutren de la tinica divina, ya que ésta domina cuanto quiere y a todas las auxilia y abarcay (114 DK), La relacién que se apunta cntte la razén del hombre —Iégos— y la ley ~-ndmos— de la ciudad resulta clara: tanto una como otra se fur dan en lo comin, y son, por tanto, la base de la convi vencia y la racionalidad, y tienen un fundamento trascen dente en el Ambito celeste’. 7 Ver los libros de M. Gigante y de H. Heinimann, Sobre la polémica physisy némos volveremos mis adelante, La Grecia antigua 6 3 Entre los tiempos de Hesiodo. y los de Heréclito, es decir, en los siglos vir y v1, se han formado y consoli- dado las estructuras bdsicas de la Ciudad-estado. Esta etapa, decisiva para la consolidacién de Is polis como comunidad auténoma y aurérquica, es una época de pro- fundas crisis sociales y de experiencias revolucionarias, una época revuelta y creativa, en Ia que se operan algu- nos de fos cambios fundamentales en a organizacién de ese espacio cfvico, que constituye el marco ideoldgico institucional al que se referird toda Ia teoria politica grie- ga hasta los finales del helenismo. Es en esta etapa, que se suele denominar en oposicién al periodo clé- sico, cuando se definen los rasgos de las ciudades, nume- rosas y diversas, celosas de su independencia y de talante agtesivo hacia los vecinos; es Ja etapa colonial y agonal, segin J. Burckhardt. El auge de Ja colonizacién va acom- pafiado por In aparicién y la expansidn del comercio, y de profundos movimientos sociales, en los que la aristo- cracia tradicional se ve desplazada por miembros ascen- dentes de la clase inferior, enriquecidas familias y repre- sentantes de los nuevos defensores de la ciudad: los ho- plitas. La realeza estaba ya en franca desaparicién en muchas ciudades, 0 bien subsistia con claras limitaciones dentro de la nueva estructura politica, como sucede, por ejemplo, en Esparta, con los dos reyes (que dirigen las guetras, pero ven muy disminuidos sus poderes en asun- tos politicos en tiempos de paz). El cuadro que habia pintado Homero de la Itaca de Ulises en la Odisea, refle- jaba bien los problemas de una casa real frente a los nobles; el principe Telémaco no podia lograr el apoyo de la asamblea frente a los pretendientes, dispuestos a tepartitse 0 conquistar el dominio real mediante un buen arreglo*. El basileus era ya un primus inter pares; pronto ® Para una reconstrucciGn histérica del marco odiseico, ver el libro de M. J. Finley, El mundo de Odiseo, wad. espaiiola, México, 1970. 64 Carlos Garefe Gual desaparecié o se integré en el grupo de nobles que se repartian el mando compartido y limitado por Ja consti- tucién, que en su origen suele ser fuertemente aristocré- tica. Pero ese poder aristocrético es discutido y amens- zado por la evolucién econémica y social de muchas Poleis, No vamos a entrar ahora en los detalles del proceso histérico al que aludimos. Sefialaremos tan slo algunos fenémenos que son del mayor interés para Ia considera- cin critica del mismo: la significativa aparicién del ho- plita, la accién de los reformadores politicos, y las tise nnfas con su enorme influencia en el momento. La transformacin de las técnicas del combate y del armamento a mediados del siglo vir transforman no sélo el arte de la guerra, sino la imagen misma del guerrero y su puesto en el orden social. El hoplita es el combatiente de a pie, con armadura entera, pica y gran escudo, que pelea en formacién cerrada, coda con codo unido a sus fguales, en una formacién estricta, de falange primitiva, Es un nuevo tipo de guerrero, opuesto al antiguo jinete gpc,pele en slitacio acroja sus lanzas como los hres liddicos. Todos los ciudadanos que pueden costearse el pesado armamento del hoplita forman el cuadro solidario de esa tropa disciplinada, que defiende a la ciudad. No son ya fos caballeros de Ja aristocracia quienes forman el niicleo del ejército, sino estos hoplitas ciudadanos, equefios propietarios libres que, luego, hardn valer en la asamblea del demos sus derechos. «La democratizacién de le funcién militar —antiguo privilegio aristocrético— implica una renovacién comple. ta en Ia ética del guerrero. El héroe homérico, el buen conductor de carzos, podia sobrevivie atin en la persone del hippeus (el caballero); ya no tiene mucho de comén con el hoplita, este soldado-ciudadano. Lo que contaba para el primero exa Ja proeza individual, la hazaiia reali- zada en combate singular. En la batalla, ‘mosaico de due- Jos individuales en que se enfrentaban los prénrachoi, ef valor militar se afirmaba en forma de una aristeia, de uuna superiotidad enteramente personal, La audacia que [ La Grecia antigua 6 permitfa al guerrero realizar aquellas acciones brillantes la encontraba en una especie de exaltacién de furor béli 0, la Lyssa, a Ja que lo arrojaba, poniéndolo fuera de si, el menos, el ardor inspizado por un dios. Pero el hoplita | 90 conoce ya el combate singular; tiene que rechazat, si se le ofrece, Is tentacidn de una proeza puramente indi- vidual. Es ef hombre de la batalla codo a codo, de la lucha hombro a hombro. Se le ha adiestrado para guardar la fila, para marchar en orden, para lanzarse a un mismo piso con Jos demés contra ef enemigo, pare cuidat, en lo mas enconado del combate, de no abandonar su pues- to. La virtud guerrera no es ya fruto de la orden del thymés (el furor bélico); es resultado de la sophrosyne (la prudencia): un dominio completo de si, una constante vigilancia para someterse a una disciplina comin, 1a san- gre frfa necesaria para refrenar los impulsos_instintivos ue amenazan con perturbar el orden general de la for: macién. La falange hace del hoplita, como la ciudad del ciudadano, una unidad intercambiable, un elemento si- milar a todos los otros, y cuya aristeia, cuyo valor indi- vidual, no debe manifestarse ya nunca, sino dentro del orden impuesto por la maniobra de conjunto, I cohesién de grupo, el efecto de masa, nuevos instrumentos de victoria.» Estas lineas de J. P. Vernant subrayan con clatidad Jo esencial de la nueva concepeién del guerrero y del com- bate segdn la téctica hoplitica. La significacién de ese cambio en la conducta del guerrero tiene, como él sefia la, un simbolismo ético y politico evidente: democratize- cidn de la guerra, sometimiento al espiritu de comunidad. Los héroes de la Tlfada combatian por el honor y el botin personal, si bien ya, en el lado troyano, algunos, como Héctor, peleaban por su ciudad. Ahora, en la época de los hoplitas, todos combaten por su ciudad, y Tirteo, en Esparta, proclamard que «es hermoso morir por la patria». Es este poeta espartano que redacté sus poemas a media- dos del siglo vit, quien mejor representa y canta ef nuevo 9 J.P. Vernant, p. 49. 66 Carlos Garcia Gual tipo de guerra, exhortando a los espartanos al sangtiento choque de lanzas y escudos, con la téctica hoplitica: «Avancemos trabando muralla de edncavos escudos, / marchando en hileras Panfilios, Hileos y Dimanes, / y blandiendo en las manos, homicidas, las Janzas...». «Her moso es morir si uno cae en la vanguardia, como valiente guerrero que por su patria pelea.» 4 En otro de sus poemas Tirteo exponia los trazos de la constitucién del gobierno de Esparta, sia aludir (al me- nos en el breve fragmento conservado) a Licurgo, el legis- Jadot, sino presentindolos como un consejo del oréculo déifico. ‘Bsoucharon a Febo y de Delfos trajeron a Esparta las profecias del dios, sus palabras de cierto camplimiento, Asf el Soberano Certero del Arco de Plata, Apolo, el de dorads melena, les dijo en su suntuoso santuatio: «Que manden en consejo os reyes que los dioses estiman, ellos tiene a su cargo esta amable ciudad de Esparta, y los ancianos ilustes, y luego los hombres del pueblo, ‘que se pondrn de acuerdo para honestos decretos. Que expongan de palabra lo bueno y practiquen lo justo en todo, ¥ que nada torcdo maquinen en esta ciudad ‘También al conjunto det pueblo Je atafte el poder y el triunfow ‘As{ en este asunto hablé entonces Febo a nuestro pueblo El texto (frg. 3 Diehl) es muy interesante, en varios aspectos, Se ha pensado que Tirteo quiere apoyar la refor- ma de Licurgo presentando su esbozo politico como un consejo del ordculo délfico, consultado por los espartanos y, luego, adoptado mediante la famosa reira o ley funda- mental del legislador. El templo de Delfos tenia, en est &poca de Ja colonizacién, como en la época clésica, un enorme prestigio en tales materias (aunque la ambigiic- dad de sus respuestas favorecia muchos manejos poste: riores, y tal vez por ello también) y siempre sostuvo una ‘La Grecia antigua o especial simpatfa hacia Esparta ®. Como se ve, la otien- tacién de la reforma es muy clara: se intenta lograr un cierto equilibrio de poderes en la ciudad, mediante un buen acuerdo constitucional, Esa es la eunomia recomen- dada por el dios Apolo, (Euzomia es un buen titulo para el poema, al igual que otro famoso de Solén.) El hexé- metro que da el nombre del dios con sus epitetos, «sobe- ano cettero del arco de plata», es homérico; la funcién legislativa del ordculo ya no No se trata tanto de una auténtica constitucién mixta —como pretenden fuego algunos admiradores tardfos del régimen espartano— cuanto de un reparto de poderes y tun cierto equilibrio de competencias en favor de la esta- bilidad del gobierno y Ia paz interior. A los reyes —los dos herederos de ese cargo, de les dos familias tradicio- nales— se les reconoce su autoridad, pero deben mandar en el consejo (boulé) y en compaiiia de los ancianos (es decit, la gerousia, 0 consejo de ancianos elegicos, un se- nado particular) y también con los hombres del ‘pueblo, que les tesponderin para los rectos decretos o leyes (el término es el dorio de rhéira). En la linea final se sub- raya que tanto la decisién final como la victoria cortes- ponden al pueblo por entero. (Nike y kartos estén enco- mendados @ la «multitud del demos»). Aunque no se menciona a Licurgo, esté claro que este esbozo es el mismo de la constitucidn del legislador que, segtin sefiala Herddoto (I 69-66), fue ampliamente elo- giado y apoyado por el ordculo délfico, Falta en este esquema la mencidn de los éforos, los cinco magistrados legidos por el pueblo anualmente que ejercian un con- trol decisivo en los asuntos de la ciudad, enfrentados a menudo a los reyes; a los reyes les compete ditigir al ejército y las actividades bélicas, pero sus poderes estén recortados en asuntos politicos en Ia paz, ya que es el consejo de ancianos el que toma las decisiones, con le © CE H. W. Parke, Greet Oracles, Londres, 1987 (con biblio. arafia). 8 Carlos Garcfe Gual aprobacién del pueblo reunido en asamblea en tltima ins- tancia. Conocemos muy pocas constituciones de las péleés an- tiguas. La pérdida de la coleccién de esas constituciones Hevada a cabo pot Aristételes ha sido irreparable. ‘Tene- nos tan. sale datos elaros para Esparta y para Atenas, ‘Ahota bien, mientras en Atenas hubo notables cambios, Ja constitucién politica espartana quedé fijada en esta época arcaica. La conquista de Mesenia y el sometimiento de su poblacién como siervos de los espartanos conquis- tadores y ocupantes de sus tiertas convittié a Esparta en ‘un tégimen cerrado y siempre en estado de alerta militar, con un inmovilismo constitucional caracteristico. Esparta fue una ciudad sin mutos, porque el orgullo le hacia des- preciar la posibilidad de un ataque extranjero, pero los espartanos vivieron siempre en estado de alerta contra Jos hilotas y periecos, instalados en sus dominios. Hay ‘una ruptura entre la Esparca del siglo vir y la posterior a estas reformas y ala conquista de Mesenia, Esta ciudad de hoplitas se configura como un Estado cuyo objetivo es la estabilidad interior y la vietoria en las guerras. Se repudia cualquier desarrollo del comercio y la artesania, cualquier contacto con el exterior que aporte novedades se prohibe el Iujo y la ostentacidn, los refinamientos y Jas actividades intelectuales; en Ja austera Lacedemonia se menosprecia cl cultivo de las artes y las letras, que antes habian florecido. (Después de Aleman y de Tirteo ya no hay ningiin poeta de Esparta; como tampoco hay filésofos ‘ni artistas de ese origen). El valor patridtico, cantado por Tirteo, es la areté por excelencia en esa ciu- dad donde estén prohibidos el oro y a plata, cuyas mone- das son de hierro y donde el ruido de las armas de guerra es continuo. Lo que en los versos de Tirteo se llama «el conjunto del pueblo» esté formado por los Espartiatas, ciudads- nos de plenos derechos, que velan siempre sus atmas, que poseen un lote de tierra inalienable y reciben el titulo de «los iguales». Ellos son, con sus familias, el pueblo de Esparta, rodeados de los periecos y los hilotas some- ipa recia anti ‘ La Grecia antigua 3) A Sa tidos y serviciales, sin derechos de ciudadanfa, toralnBgZ 1B marginados de Ia politica. Una convivencia feroz con lot sometidos, una desconfianza y recelo continuo respecto de los vecinos marcan con trazos sombrios Ia historia de esta ciudad militarizeda, en la que se realiza el ideal hopli tico: avanzar contra el enemigo codo a codo. El indivi duo sometido la comunidad, en un Estado como el espattano, vive alerta y austeramente, sin otta gloria que la de Je victoria por Jas armas al servicio de la ciudad. Idealizada y acmirada por tantos, la vieja Esparta es un ejemplo politico en varios sentidos. Acorazada en su euo- mia patticalar se mantiene teacia a los cambios historicos, inmovilizada y extenudndose en su talante guerrero. Una polis arcaica con una perpetua constitucién que intenta rehuir a la historia, refugidndose en su austero heroismo, tal es su imagen . 3 En al libro T de sus Leyes, el viejo Platén (qu la Republica habla criticado. duramente el linge de Esparta) rechaza el ideal politico de esta ciudad, Hay que decir que Platén encuentra en el tipo dorio de con- vivencia mucho de admirable, en contraste con Ja vida relajada y libertaria de la democracia ateniense, pero cr tica la devocién excesiva de los ciudadanos al entrena- tmiento militar, porque ni el valor es le virtud maxima y linia, ni la victoria en las guerras es el objetivo final de la convivencia politica. No es a la guerra, sino a una vide feliz en armonia y paz a lo que debe orientarse a edu- cacién civica. No son los defectos constitucionales de la gloriosa Esparta, sino ia rigidez y limitada orientacin de toda Ja vida en una continua milicia, lo que le desacon- seja como modelo politico. A favor de Esparta estén sus tsiunfos en las guerras, el ascetismo de sus hombres y mujeres, y la estabilidad de sus leyes; en su contra, la 1 Sobze los problemas sociales de Esparta, ef, P. ‘sparta sus problemas sociales, trad. espaitola, Madrid, gage Perot 4 0 Carlos Garefa Guat rigidez de sus hébitos y la limitacién de sus horizontes. ‘Atentos a formar el cuerpo de sus ciudadanos para la guerra y las competiciones atléticas, los espartanos des- cuidaron la cultura del espirit y el cuidado del alma, segtin Platén, En todo caso, est clato que el ideal heroico espartano se funda en esa subordinacién del individuo a Ja ciudad, El hombre valioso en la guerra por la pattia —dice Tirteo en otro poema (9 Dichl}— sera xecordado con honor por Ja ciudad, si da su vida por ella. Los otros héroes, famo- 0s por su arrojo individual, su belleza 0 su rigueza, no merecen que el poeta Jos rememore. En otro contexto, un poeta jonio bien distinto, Jenéfanes de Colofén, critica los honores oftecidos a los vencedores en los juegos atlé- ticos, porque sus proezas son menos titiles a la ciudad que Ja sabidusia de los doctos y prudentes consejeros, como el propio poeta, duro critico de Homero . ‘Las palabras de JenGfanes son una clara protesta con tra esos héroes deportivos, que siempre gozaron en Gre- cia de un enorme prestigio. Pero 4 prefiere 1a sabiduria a la fuerza, y piensa que también asf debe hacerlo la ciu- dad, porque son los sabios y no los premiados atletes quienes mejoran el gobierno, la eunomiia, y la economia de la polis. También aqui se manifiesta esa mentalidad civica caracterfstica de la época que ve surgir a los pre meros poetas liricos con su afirmacién de un sentir per- sonal muy agresivo y a los primetos filésofos con sus nuevas visiones del universo y la sociedad, enmarcados tanto unos como otros en los destinos de su ciudad. La postura que Jendfanes adapta frente a los vence- dores en los juegos es muy significativa. Basta pensar, por contraste, en que ottos grandes poetas posteriores, como Pindaro 0 Baquilides, dedican espléndidas compo- siciones de encargo a exaltar las proezas de esos atletas desde una perspectiva aristocrética, El wiunfo y la gloria 2 Sobre Jenéfanes critica de Homero, cf, W. Jaeger en The Theslogy of Barly Greek Philosophers, Oxford, 1967 (=1940, pp. 38 ss, La Grecia antigua n recogida en Olimpia 0 Delfos, en Corinto o Nemea, reper. cute también en la fama de la ciudad del vencedor, que ¢s proclamada al tiempo que se difunde el nombre del campedn. Pero Jenéfanes adopta una ptica utilitaria: gquién es mds beneficioso para la ciudad, el atleta que se lleva esos premios o el sagaz consejero que pone su sophia al servicio de todos sus conciudadanos, del demos? La rapidez de los pies o Ja fuerza eran atributos de los viejos héroes, de un Aquiles 0 un Ayante, por ejemplo; en los nuevos tiempos, los de la téctica hoplitica, su valor €s mucho menor. La’ sophia, en cambio, vale’ siempre Es la época de los Siete Sabios 2%, Pero si pot la tapidez de sus pies la vietorie uno ogra, en el pentatfon —alli en el recinto sagrado de Zeus, junto al rfo de Pisa, en Olimpia—, o bien en la lucha, ‘en el pugilato que causa tremendos dolores, en ese espantoso certamen que llaman pancracio, muy glotioso se alza a los ojos de sus convecinos, y puede alcanzar la famosa proedrfa en los Juegos, y recibir alimentos a cargo del piblico erario, Yun presente de su ciudad, en concepto de premio. ‘También con sus caballos puede obtener todo es0, sin ser tan valioso como yo. Pues mejor que la fuerza de los eaballos y los hombres es nuestra sabiduris. Tedo ¢50, en efecto, se juzga con mucho desorden; injusto os preferizle al saber verdadero la fuerza corpérea. Porque, aungue en ef pueblo se halle un buen pégit, ‘un campedn del pentatlon o un as de la palestra, © alguien raudo de piernas, que es lo més apreciado en las prucbas de fuerza que en certamen compiten, fo va pot eso a tener la ciudad ua buen gobierno, Un minimo disfrute consigue sacar la ciudad de todo eso, de que alguno compita y triunfe en ia orilla de Pisa. Pues tal suceso no engrosard las areas del puebfo. Para la eurromsta (el buen gobierno) « que alude en un verso Jendfanes de nada sirven las hazafias individuales y deportivas. Los atistécratas que, con sus cuadras de ‘2S Sobre su significacion en su contexto histérico, ef, C, Garcia Gual, Los siete sabtos (y tres més), Alianza Editorial, Madrid, 1989. R Carlos Garcia Gual caballos, obtienen Jos premios més espléndidos (en fama, no en recompensas metilicas), son aclamados como elegi- dos de los dioses, y la gloria que recogen alcanza a toda su familia, Pero Jendfanes les opone un nuevo tipo de héroe civico (que, atin, no obtiene el reconocimiento de su ciudad, a no ser en muy contados casos, como cl de Li- ‘curgo 0 los Siete Sabios famosos): el individuo que, me diante su sophfa, hace avanzar el bien comin, Pot pri mera vez, el intelectual se contrapone al deportista, invo- cando el beneficio que procara a la ciudad. También éste es un tasgo de la época. (EI irénico Sécrates, Tevado a juicio, reclamard ese premio que se daba a los vencedores olimpicos: que !a ciudad de Atenas le mantenga en el pti- taneo como a un benefactor publico; ya conocemos el ésito de su peticién, contrapuesta a Ja pena solicitada por la acusacién, segtin la Apologia de Platén.) Pero un Sabio tan ctitico y audaz como Jendfanes no habrfa sido admitido, ciertamente, en la Esparta de su tiempo, a finales del siglo vr a.C. 6 Los avances hacia el nuevo ozden politico y eonémico van acompaiiados de trastornos sociales, de feroces ten- Sones y enfrentamientos entre los antiguos sefiores, aris- técratas y oligarcas que ven su situacién de privilegio amenazada por el ascenso de nuevos ciudadanos enrique- tidos, que reclaman una mayor participacién en Jos asun- tos de la polis. La concentracién de la propiedad terri- torial en manos de unos pocos, el empobrecimiento de Jos campesinos, el comercio y ia exportacién que favo- rece a los comerciantes y a los artesanos —sobre todo a los de la cerdmica y la metalurgia—, Ja ruina y endewds miento de muchos frente al provecho répido de otros, crean situaciones de grave crisis en las ciudades. En esos momentos aparecen las figuras de los tiranos, que usut- pan el poder civico con violencia pata detentar Ja auto- fidad con mano firme, por encima de las leyes. La Grecia antigua B Hubo tiranos en Grecia algo antes y mucho después, pero lo que puede lamarse «la edad de las tiranfas» ocu- pa el perfodo que va de mediados del siglo vir a fines del vr aC. (Cipselo de Corinto se hace con el poder hacia el 650 y los hijos de Pisistrato en Atenas son derribados en el 510.) Las circunstancias que piopician las tirantas fueron, como sefiala Andrewes, «de cardcter intetno, fun dadas en la opresion o la inadecuacién de los aristécratas para mantener el poder. Los tiranos marcan un punto de inflexién en el desarrollo politico de Grecia, en el mo- mento en que un orden viejo se quebraba y un orden nuevo atin no se habia establecido, Esto es lo que los hace interesantes como grapo, conjugado con el interés del perfodo mismo y la calidad individual de sus figu- ras? La palabra fyrannis, de origen no griego, aparece en el poeta Arquiloco (fr. 22 Diehl) en el siglo vir; el matiz peyorativo del término «tirano» es muy posterior, del siglo v y rv. En esta época, la actuacién de los tizanos resulté muy positiva para el progreso de la polis: fortalecieron la auto- ridad tinica y se apoyaron en el demos frente a los clanes Y grupos aristocraticos, activaron la expansién comercial y colonial de la ciudad, fomentaron las relaciones entre ciudades, y los cultos y fiestas populares. Los tiranos fueron, casi siempre, individuos ambicio- sos de una familia noble que se apoyaron en una tropa de mercenarios y en el demos para mantenerse en el po- der, conquistado con un audaz golpe de mano. Intentaron combinar su provecko personal con el interés de la comu- nidad, debilitando y desmochando a los arissécratas y consolidando una autoridad personal, por encima de las eyes. Feacasaron en su empefio de transformar esa tita- nia en un régimen dindstico. Quisieron ser como reyes en una época en que Ja monarqufa ya estaba abolida, y su poder fue un tanto despético, pero benévolo hacia el pueblo. Sdlo més tarde el odio de los aristécratas y la 1 A, Andrewes, The Greek Tyrants, Londtes, 1956, p. 8. 4 Carlos Garcia Gual degeneracién de sus epigonos transformé al tirano en un monstruo enemigo de la libertad Hubo tiranos en algunas de las ciudades més préspe- ras de Jonia, del Peloponeso y de la Magna Grecia. Fidén de Argos es un cjemplo muy temprano; Trasibulo_en Mileto, Damételes en Samos, Mitsilo en Mitilene, Clis- tenes en Sicién, Cipselo y su hijo Periandro en Corinto, Félatis de Agrigento (fainoso por su cruelded), Policra. tes de Samos, Ligadmis de Naxos, y, ya en la segunda mited del siglo vr, Pisistrato de Atenas, son los repre- sentantes mis desiacados de la serie; hombres audaces y de notable prestigio en sus tiempos. Asi, por ejemplo, Periandro fue el gobernante més poderoso hacia el 600 aC. Fomenté las artes y el comercio, prohibié Ia com- pra de esclavos y favorecié el trabajo y la artesania, ha- Giendo de Corinto una ciudad préspera como ninguna. Pisistrato, en época posterior, quiso también realzar el esplendor de Atenas, mediante un programa ambicioso de construcciones publica y fomentando las fiestas popu- ares, como los festivales draméticos y el culto a Dioniso. ‘Ya Clistenes de Sicién habla tratado de recortar los cultos privados a los héroes, y llegé a prohibir los recitados de Homero, en contra de los atistécratas locales. Aqui nos interesa menos estudiar las aportaciones his- tdricas de estas figuras que destacar su significacién en la evolucién politica de esta época, como personajes muchas veces de transicién entre un gobiemo oligirquico y aris- tocrdtico y una cierta democracia. El tirano es un perso- naje que serd evocado en todas las teorfas politicas helé- nicas, una figura tipica que obsesionard a pensadores y servird también a la reflexign en Ia escena trégica. Edt po y Creonte serén presentados como tiranos, no como reyes; en ia tragedia, el tirano enfrentado a la ciudad cobra un perfil ideolégico singular La conveniencia de un poder autoritario fuerte para imponerse sobre facciones enfrentadas y facilitar le ges- tién econémica y una cierta estabilidad hizo que en algén WD, Lanza, Il tiranno e il suo publico, Turin, 1977. La Grecia antigua 6 momento, a falta de un tirano uténtico, una ciudad eli- giera un airbitro» de la situacién, al que colocaron con poderes especiales por encima de las instituciones. Esta curiosa magistratura, ocasional y elegida por un cierto tiempo, recibe el nombre de aisymnétes. El ejemplo més conocido es el de Pitaco en Mitilene. La condicién de aisyranéies —que Atist6teles califica de ctiranta electivay (Pol, 1285a)— est muy préxima a la del tirano; le dife- rencia bésica es que el tirano se impone como autécrata mediante un golpe violento, y es de por vida. Otras veces los tiranos son jefes militares, que apto- vechan su dominio de un ejército y una situacién deter- minada para elevarse al trono, como sucedié en Sicilia Hipécrates de Gela y su hijo Gelén —que derroté a los cartagineses en 480— fueron caudillos militares de este tipo; como, més tarde, Dionisio I y su hijo Dionisio II, en Sizacusa, con los que tuvo tratos Platén. Ya estos iiltimos ofrecen la imagen del tirano en la etapa de deca dencia, que no se opone a los oligarcas en favor del demos y Ia unidad civica, sino que restringe Ja libertad para segir Ja politica a su capricho, rodeado de una corte oca sional. 7 Solén de Atenas fue posterior a Tirteo en una genera- cidn, Fue legislador y poeta, ¢ introdujo sus reformas en Ja constitucién ateniense siendo arconte en 594-593 aC. Rehusé la tentacién de Ja tianfa y se presenté como un auténtico mediador entre las facciones enfrentadas en una lucha econémica que amenazaba escindir a la ciudad, De un lado estaban los ricos propietarios, a los que el hhartazgo de tiquezas Ievaba a la desmesura; de otro, muchos ciadadanos pobres, empujados por sus deudas a la esclavitud y al destierro. Entre unos y otros se alza la figura del legislador que oftece un camino para la eunonfe buscando un medio justo para contener las am- biciones de los-unos y las ansias revolucionarias de los omros. 76 Carlos Garcia Gual Las reformas de Solén tienen un espirity muy claro: aliviar la situacién desesperada de los més pobres, con- tener el énimo de revancha del demos, y ofrecer 'a los més poderosos y a los més numerosos ‘un puesto en el gobierno equilibrado de la polis. De un lado, Solén probi- be Ia esclavitud por deudas y restituye a los campesinos endeudados de por vida sus tierras (mediante a seisdcb- theia, o «remocin de cargas»), acaba con la dura pre- si6n sobre los hectémoroi (condenados a pagar un sexto © cinco sextas partes de su cosecha al sefior de las tierras gue ellos cultivan), da una amnistia para el regreso de los exiliados, y oftece un marco legal claro para las recle- maciones de os maltratados por un poderoso, que pue- den presentat sus demandas ante un tribunal popular, en caso de agravio 0 injuria. Pero a Ia vez distribuye la poblacién en cuatro clases censitarias, segtin los ingresos y no segtin los origenes nobles o plebeyos de los cinda- anos. Las cuatro clases son las de: los pentacosiomédim. noi (con quinientas medidas de trigo o mds de renta), os Aippets (los ®, EL interés de este diflogo es doble, como apunta Mossé®, pues demuestra que se ha constituido ya una ciencia politica en tomo a la cuestién capital de cuél es el mejor gobierno, Ia politeia Sptima, y edmo se expre- saban los griegos al respecto de las ventajas y desventajas de los tes segimenes considerados fundamentales. ¢Cudl es el mejor tipo de constitucién? ¢Qué politeia puede dar mejores leyes a la polis como conjunto de los civ- dadanos? La palabra que Otanes ensalza, la isonomta, es un lema de Ia democracia en Atenas (equivale a ade- mocracias, pero es més antigua). Tanto el pueblo como al tirano pueden incurrir en Aybris, cada uno a su mane- za, recuerda Megabizo; ambos son brutales y descontro- Iados. Por ¢s0, prefiere un gobierno de los mejores, los Gristoi; los aristécratas saben las mejores decisiones (érista boulesimata), Las criticas que Megabizo hace, estaban en boca de algunos conservadores atenienses (como el Ila mado el Viejo Oligarca, que redacté una Constitucién de Jos atenienses), al resaltar Ja ignorancia y audacia del »_ vulgo, # 0.6, p. 158. 2 Mossé, p. 17. La Grecia antigua a7 Dario apoya su defensa de la monarquia en que es mas eficaz, ya que, tras las perturbaciones inevitables, los otros regimenes desembocan en ella, y en su cardcter tra dicional en Persia. Herédoto no parece tomar partido, recoge las ideas que estaban en el ambiente ilustrado de Atenas, donde Jos sofistas habfan enseiiado retérica y arte politico con ejemplos como esta discusién sobre las constituciones. Volveremos 2 encontrar ese tema en Platon y Aristételes, aunque en ellos cada politeia se desdobla en una forma correcta y otra degenerada, dando lugar asi a seis formas oliticas, que pueden derivar de unas a otras, en un cam- Bio o eilo de politeai, que es tambien un reflejo de la experiencia politica helénica ”. Herddoto habfa conocido, en sus viajes, gobiernos de diverso tipo y expone la con- versacién con un talante muy civilizado. Es interesante la alusi6n —en boca de Darfo— como «libertador de los persas» a ese Ciro que algunos escritores griegos, como Antistenes y Jenofonte, idealizarén como el monarca ejem- plar. 2 Cuando Herédoto redactaba sus Historias, Atenas tenia ese régimen politico que podia presentarse bajo l nom- bre que Otanes califica como «el mas hermoso de todos»: la isonomia, (El tétmino griego demokratia, que ya He- rédoto utiliza un par de veces, define menos la constitu- cidn dtica que esa referencia bésica a Ia , un tema muy de la épo- ca y al que la democracia atenicnse daba una respuesta clara, admitiendo que por naturaleza todos los ciudada- nos tenfan iguales capacidades y derechos. Los sofistas, que, como Protigoras, se proclamaban «maestros de ex. celencian (didaskaloi areéés), ponian su oficio al servicio de quienes querfan destacar en la politica, mejorando, me- diante sus ensefianzas, las capacidades revdticas y las ideas de los jévenes que podian pagar sus clases. Estos intelec- tuales venidos de muy distintas partes del mundo griego encontraron en Ie Atenas ilustrada de la época de Peri- cles un espacio aptopiado. La demanda de una educacién superior, que los sofistas venian a satisfacer, eneaja en ese ambiente de la ciudad préspera donde la maestria en el dominio de la palabra y Ja persuasién es un instra- La Grecia antigua 3B mento definitivo pata el triunfo, mucho més que la fami- lia noble o las riquezas™. No es nada extrafio que los sofistas fueran, en general, partidarios de la democracia y, como en el caso de Pro- tagoras, defensores de su ideologfa, en tanto que Pindaro de Tebas, cantor de los vencedores de los Juegos, que ten{a sus mejores clientes en las familias més nobles de Ja Hlade, exprese los ideales comprometidos de 1a aris- toctacia, ideales no de una ciudad, sino de una clase social. Bastante complejo es ef caso de Sécrates, con sus criticas al sistema democratico. (Cierto que es a través de Platén, hostil a la democracia de su tiempo, como conocemos esas resetvas; las certifica también el testimonio de Jenofonte, simpatizante de los ideales de Esparta.) El fildsofo ate- niense no niega en principio que Ia virtud sea ensefiable, pues piensa que es fundamentalmente un saber; sdlo afirma que taiabién en politica son los técnicos los que deben ditigiz los asuntos péblicos, porque la mayotla no posee un criterio suficientemente educado para ello. El enfrentamiento de Sécrates con la democracia de su tiem- po es un conflicto bien conocido y de final trdgico, como bien subrayé Hegel. No es éste lugar para detallar cl funcionamiento de las instituciones de la Atenas democritica. Pero quisiéramos anotar algunos trazos significativos de la misma para destacar su distancia frente a las democracias modernas. Recordemos, en primer lugar, Ia extensién limitada de la polis, tanto por su territorie como por su poblacién. En los momentos de su auge se calcula que el némero de ciudadanos no debié de superar las cuarenta mil perso- nas (y este niimero pudo ser una sexta parte de Ja pobla- cién teal del Atica), Ese limitacién era un rasgo funda- mental de una polis griega (y Atenas fue una de las mayores). En un famoso pasaje sefiald Aristételes (Poli- 2 La revaloraciéa del pensamiento de le sofistica es un trazo destacado de los estadios recientes sobre ella, CE., como ejemplo, el estudio de Guthrie citado en la nota bibliogrética, o mi articulo en Historia de la atice, 1, ed. V, Camps, Barcelona, 1987, pagi- nas 35 y ss. 4 Carlos Garefe Gual tica, 1326b): «Una polis compuesta por demasiados indi- viduos no seré un Estado verdadero, por la sencilla razén de que prdcticamente carecerd de auténtica constitucién. Pues, en efecto, gquién podria ser general de una masa de hombres tan excesivamente numerosa? ¢Y quién el heraldo, de no ser el mismo Estéator?» Ese niimero limitado de ciudadanos (pignsese que ya era muy grande el de Atenas, en comparacién con el de una ciudad modelo, como la que imaginaban Arist6teles, con 10,000 como méximo, o Platdn, sobre 5.000 y pico ciudadanos) era muy importante para que pudieran fun- cionar las instituciones. La Asamblea podia contar hasta con unos cinco mil asistentes, y el Consejo funcionaba con quinientos, elegidos por sorieo. Era un mundo donde to- davia la palabra hablada, no la escrita, era lo esencial. La patticipacién cfvica era directa y no por representa- cién, No habfa partidos politicos al modo como los en- tendemos hoy dia. La nacién era un municipio y la so- ciedad ateniense era lo que se ha llamado una sociedad «cara a cara», donde la mayoria de sus miembros signi- ficativos eran bien conocidos por los demés convecinos . Como es bien conocido, no todos los pobladores del Atica eran ciudadanos y podian, por tanto, actuar en po- Iftica. Ni los esclavos, ni los forasteros, ni las mujeres (y temporalmente tampoco los nifios) tenian esos dere chos. Aptos para ocupar as magistraturas y para hablar en piblico y votar en asuntos publicos eran sélo los hombres reconocidos como ciudadanos legitimos en edad inilitar. Los demécratas griegos no se planteaton Ia cues- tién de la legitimidad de la esclavitud. (Tan s6lo lo hi- cieron algunos sofistas, y Euripides y Aristoteles, aunque el filésofo encontré una solucién bastante reaccionaria al afirmar que la esclavitud es por naturaleza, aunque de hecho se presenten casos en que no son esclavos quienes estaban predestinados a ello.) Tampoco se pensé en setio en conceder derechos civicos a las mujeres. (Aunque en algunas comedias de Aristéfanes, como Lisistrata y La % Finley, pp. 25 y ss. La Grecia antigua 95 asamblea de las mujeres, se monta la farsa sobre el tema supuestamente cémico de la conquista del poder por ellas, mis hdbiles que los hombres para lograr la pax y la fies: ta”, También Platéa, en su Republica utdpica, parece dis- puesto a conceder a las mujeres a misma educacién y derechos que a los hombres, reconociéndolas idéntica ca- pacidad intelectual; pero eso queda como un trazo aislado ¥ ut6pico dentro de la misma propuesta platénica.) Los extranjeros residentes en la ciudad, los metecos, forma- ban un sector de la poblacién con ciertas libertades y de- rechos legales, y con gran importancia econémica; pero sin representacién politica. ‘La participaci6a del pueblo en las tareas del Estado era directa y casi todos los cargos tenfan una duracién muy breve y eran designados por sorteo; a excepcién de los jue tequerian algunos conocimientos y aptitudes bien ‘Llinidos, como, por ejemplo, los de tesoreros y estate. 0s, que Se cubrian por eleccidn. Los estrategos eran diez y se elegian anualmente, siendo reelegibles. Ese era el puesto que ocupaba Pericles en Ie época de su mayor influencia. Pero un estratego (equivalente a un general) no era un maestro en estrategia bélica, sino también un hombre de reconocida valia intelectual; no un profesio- nal militar, sino un buen jefe. La no existencia de partidos politicos fijos y las dife- rencias entre el instrumento supremo del gobierno, Ia ‘Asamblea, y cualquier parlamento moderno no necesitan comentarios prolijos. Todo dependia del voto popular y Jos grandes ditigentes de la politica debfan requeritlo una y otra vez con sus discursos ante la Asamblea, some- tiendo sus propuestas a la defiberacién de sus conciuda- danos. «Pata expresarlo en términos convencionales de polfti- ca constitucional, diremos que el pueblo detentaba no s6lo la elegibilidad para desempefiar cargos publicos y el ® La comedia de Atistéfanes oftece un vivo cuadro de Ia socic- dad ateniense, como queda patente en el atractivo libro de V. Eh- remberg The’ People of Aristophanes. A Sociology of Old Attic Comedy, Londres, 1961. erp nnnnennapeneneninnente te eh : 6 Carlos Garefe Gual derecho a escoger a los funcionarios, sino también el de decidir sobre todos los asuntos de fa’ gestién publica y el de juzgar, en cuanto jurado, todos los casos importantes, fueran del cariz que fueran: civiles, crimineles, publicos 9 privados. La concentracién de la autoridad en la Asam- blea, la fragmentacion y la rotacién de los puestos admi- nisttativos, la seleccién abandonada al azar, ln ausencia de una burocracia a sueldo, fos tribunales populares, todo ello servia para impedir fa creacién de una maquinaria de partido y, por tanto, de una minorfa politica institu- cionalizada. La direccién era directa y personal; no habia lugar para medioczes marionetas manipuladas por los “ver- daderos” ditigentes politicos entre bastidores. Hombres como Pericles constituian una “élite” politica, no hay duda; mas tal “élite” no podia perpetuarse a s{ misma; pertenecer a ella era algo que se lograba mediante Jn ac- tuacién piblica, ante todo en la Asamblea, El acceso estaba siempre abierto, y la permanencia continuada re. guerfa continuada actuacién» ” EI pueblo contaba ademés con algunos curiosos pro- cedimicatos para eliminar a alguien cuya influencia pa recia peligrosa: el oséracismo, votacién popular que sig- nificaba, en caso de condena, el destierto por unos afios de la persona en cuestién, y ua recurso para rectificar una decisién ya tomada: ia «denuncia de ilegalidady o graph parandmdn por la que podia ser recusada una decisiga de Ia Asemblea y castigado el que la propuso. ‘Ante un publico como ef ateniense cualquier ciudadano podia efercer su derecho a exponer su opinién, pero la Ssegoria tenia sus riesgos y In Asamblea era una ardua palestra intelectual, 4 La repetida victoria de los griegos en las Guetras Mé- dicas colocé a Avenas al frente de Ia alianza defensiva 9 Finley, pp. 34:35; La Grecia antigua 97 de las péleis contra la amenaza del reino persa. De ahi surgié la Liga Delo-Atica, de gran poderfo naval, cuya hegemonfa recay6 en Atenas. La Liga Matitima, que pronto se establecié como «ia més importante estructura de poder que haya sido fundada y dirigida por una polis stiegar, quedé sometida a Ja estrategia politica atenien- se, que la utilizd como un instrumento de poder no sélo frente a Persia, sino también frente a la Liga Peloponesia dirigida por Esparta, y como dmbito de un verdadero imperio. Es dificil calcular ef niimero de poleis que ens traron como aliadas en el momento de su fundacién, ins- pirada por Temistocles, hacia el 478 a.C.; pero en el 425 pagce que eran alnededor de cuatrocientas, La Lig exe yraba sus reuniones en Delos, y si bien cada Estado miembro disponia de un solo voto en sus asambleas, sea cual fuera la aportacién de la ciudad, desde un principio Atenas dominé la alianza, Los miembros de mayor capa- cidad aportaban navios de guerra y hombres, como Qufos, Samos y Lesbos, ademds de Atenas, que ofrecfe el mayor contingente naval. Los demas pagaban un tibuto anual como compensacién para ef mantenimiento de la flota Durante los cincuenta affos que van de las Guerras ‘Médicas a la Guerra del Peloponeso, esa época éurea lla- mada asf, la «Penteconteciar, «ios cincuenta aios», los tributos de la Liga Maritima’sirvieron para que Atenas cfeara una gran escuadra, en la que trabajaban como tripulantes y remeros muchos de sus ciudadanos més hu mildes, que asi recibian una page cotidiana. El poderio de Ja flota y el contingente popular favoreci6 la afir macién de la democracia radical de Efialtes y Pericles, al tiempo que de esos ingresos cuantiosos se surtia el pro- grama de reconstruccién y embellecimiento de la Acré- polis, trazado por Pericles con indudable magnificencia. Los aliados, convertidos poco a poco en sibditos, cos. tearon el esplendor de Atenas; con sus cuotas se pagaba a miltiples artesanos y obteros y a los pequefios cargos de la democracia también, para mayor gloria de Atenas, 31 Para todos los detalles envio al libro de Meigs, 98 Carlos Garefa Gual capital politica y cultural de este imperio, radiante escue- la de Grecia, La alianza concluyé por ser sentida como un duro va- sallaje por algunos miembros; pero Atenas se mostré implacable contra cualquier intento de desercién, como los de Tasos y, més tarde, Samos. Se sirvid también de la Liga para influir en la politica interior de las ciudades aliadas, favoreciendo la toma del poder por las facciones més afines a la democracia radical y 2 la amistad ate- niense. La democracia se deslizé asi, en st politica exte- rior, hacia una actitud imperialista, que cobraba un per- fil de titania sobre Jos aliados. Y ese afén llevé a la in- evitable confrontacién bélica con Esparta en la Guerra del Peloponeso (429-404 a.C.), en la que Atenas saldria derrotada. No deja de ser parad6jico y escandaloso que la ciudad que habia liberado a los griegos se convistiera, mediante un sutil artificio, en una potencia imperialista, con una democracia que, mientras sostenia le defensa admirable de las libertades y la igualdad y solidaridad para sus ciu- dadanos, se aprovechaba de los recursos econdmicos apor- tados por unos aliados cada vez més sometidos para cons- truir su grandeza, El esplendor de las construcciones pé- blicas estaba sufragado por las cuotas de los ingresos del tesoro federal. Se puede decir que ast logré Pericles «crear de un bien efimero obras para la etemnidad» (H. Bengison), y ciertamente el dinero de la Liga pudo haber tenido un empleo mucho menos noble que el pago a los que constrayeton los Propfleos, el Partenén y los otros templos luminosos de la Acrépolis, y a quienes daban un ejemplo magnénimo de democracia directa. En todo caso, Ja dialéctica del poder evé a Atenas a una posicidn agre- siva frente a otros Estados helénicos y, finalmente, a la guerra del Peloponeso, larga y sangrienta prueba pata sus ideales y tealizaciones. Tanto Euripides como Tucidides fueron testigos de ese proceso histérico; y en el relato del historiador tenemos la versién mds hicida_y trdgica de ese conflicto decisivo para los destinos de Grecia. La Grecia antigua 99 Resulta muy arriesgado y de dudoso rendimiento hav blar de la lucha de clases dentro de una sociedad antigua como ia de Atenas. En todo caso, el enfrentaimiento so- cial que corresponde a esa lucha es el de los «ricoss frente a los «pobres» dentro de los ciudadanos. Los «po- bres» son los hombres libres que trabajan para susten- tarse mediante un esfuerzo cotidiano: braceros y labra- dores sin tierras, artesanos y pequefios tenderos, asala- riados que podian servir en la marina y en la infanteria ligera. Los «zicos» vivian del trabajo de otros, de sus tierras y negocios, a veces entroncando en una familia eupdtrida por su origen o por matrimonio. Entre los unos y los otros podia formarse una clase intermedia, esa clase media que, segtin Aristételes, era poco anmerosa en la mayoria de las péleis (Pol., 1296 a), pero que podia ser un factor muy importante de estabilidad, Tanto escla- vos como extranjeros y metecos quedaban al margen de Jos enfrencamientos en la ciudad; la tensién constante que podia revelarse en una larga lucha civil o stasis era enite los nobles y afortunados y los desposefdos, dentro de los ciudadanos libres. Como Finley sefiala, esta simple Glasificacién binaria —o tiple, segiin Arist6teles— no se puede convertir en una estructura de clases socioldgica- mente precisa ®. Sin embargo, basta para nuestro propé- sito advertir cémo la prosperidad econémica de la Pen- tecontecia aporté un fortalecimiento de la democracia radical y de la cohesién interna de Ja ciudad de Atenas. («EI imperio aumentd en més del doble las rentes publi- cas atenienses, permitiendo al estado llevar adelante un vasto programa de construecién naval y de otras obras pti blicas, pagado en gran parte por Jos ingresos imperiales y el resto por los ciudadanos mas ricos; y para dar em- pleo @ Jos cindadanos mis pobres, especialmente en Ia Hota») ® Con la guerra y la derrota final las tensiones se recru- decieron y las crisis econémicas subsiguientes mostraron 2 Finley, p. 25. ~ 8 Finley, p. 31. eee et ern 100 Catlos Garcia Guat en su amarga crudeza la desmoralizacién y Ie precatiedad de Ia ideologia democritica basada en le solidaridad de Ia polis. Es muy significativo que a la primera generacién de sofistas, defensores de a democracia basada en Ia con- cordia y el consenso, que surge de la discusién en comtin, haya sucedido una generacién de pensadores de talante muy diferente, inmoralistas y partidarios del dezecho del més fuerte (como Calicles en el Gorgias platénico), © pesimistas en cuanto a la realizacién de la justicia (como Trasimaco en la Repiiblica, 1, para quien es sdlo Is impo- sicién Factica dela decisién y conveniencia de los que tienen el poder). Tanto Euripides como Tucidides, y nego Platdn, expresan bien sus criticas amargas contra una de- mocracia degradada; y esa actitud pesimista es el resul- tado de una dura experiencia histérica ‘Algunos de los més graves reveses de Atenas en la Guerra del Peloponeso, dejando aparte los estrictamente bélicos y militares, muestran los puntos débiles de su sis- tema de gobierno. La aglomeracién de la poblacién den- tro de los muros al comienzo de Ja guerra fue un factor decisive para la terrible peste de 42/8, en la que perc cié un gran méimero de sus gentes y el mismo Pericles Pero una mortandad tan grande apenas disminuyé la ca- pacidad de Atenas, capaz de pronta recuperacién (al con- irario que Esparta). Tremenda fae también Ia que causé la expedicién para la conquista de Sicilia, cn 415, que acabé en un desastre total; una empresa de conquista emprendida bajo el ansia de dominio de la Asamblea, pro- cia a tales aventuras. El episodio de Melos, en el que Ics atenienses aniquilaron la poblacién de una pequela Ciudad culpable tan slo de querer mantenerse indepen- diente © imparcial en ef conflicio entre las dos grandes potencias, fue elevado por Tucidides a ejemplo categérico de la ferocidad del poder y la raz6n del mas fuerte. El golpe de mano de 411, por el que unos cuantos intenta- zon restablecer un gobierno oligarquico mediante un Con- ‘sejo de los Cuatrocientos (que fracas6 al retornar Ja flota y teinstaurar la democracia anterior), nos revela las ten- siones y los empefios de los enemigos del sistema; inds La Grecia antigua 101 © menos los mismos que se harian con el poder tras la derrota, con el apoyo de Esparta, y que dominarfan la ciu- dad mediante el terror, siendo conocidos como los Trein- ta Tizanos. Pero la democracia era fuerte y se restablecié pronto, derrocéndolos y dando una admirable amnistia. Los hechos histéricos recién mencionados apenas reper cutieron en ef funcionamiento de las instituciones ni en una formulacién nueva de los ideales de la democracia. Por la buena razén de que, como dicen A. Momigliano y M. I. Finley, «nunca existié en Atenas una teorie at- ticulada de la ‘democracias *; es decit, de una manera expresa y programdtica. En segundo lugar, porque esos sucesos mostraron puntos débiles de la realizacidn, en circunstancias apuradas, del sistema, pero no fallos esen- ciales del mismo en su ideologla. Sin embargo, la expe- riencia histérica de los mismos es esencial para compren- der Ja actitud de pensadores opuestos @ esa democracia, como es el caso de Platén. (De quien resulta superfluo recordar que no conocié el esplendor de los afios de Pe- ticles, pues nacié a poco de morir éste, y si los desastres de la Guerra del Peloponeso y las torpezas de los polfti- cos de aquellos aiios.) Tucidides escribié la historia de Ia contienda como una leccién para los politicos, seleccionando para su relato esa perspective. Su visién de las relaciones de poder entre Jas ciudades y entre las facciones dentro de ellas esté hhecha con un rigor implacable, que no excluye una perso- nal predisposicién y una critica ideoldgica encubierta (Ast, cuando elogia la democracia dirigida por Pericles, y luego expresa sus reservas sobre la actuacién del demos acaudillado por individuos como Cleén, «el Curtidor de pieles», y otros demagogos.) Mientras Esquilo haba dado a sus tragedias un magnifico trasfondo ideolégico, un intelectual como Euripides se encontraba sin clatas cteen- cias que sustentar con su magisterio en la escena tréj ca. Sus héroes discuten bajo méscaras miticas temas del momento, como son, por ejemplo, los horrores de la gue- » Finley, p. 134. 102 Carlos Garcfa Gual tra, la ferocidad de les pasiones que triunfan sobre la razin (en contra de lo postulado por Sécrates), la precar tiedad de las estructaras de la ideologia en vigor (asf en Bacantes); pero sus héroes carecen de Ja grandeza heroica y se cuartean victimas del azar y del andlisis psicolégi- 20, y el tragico cazece de doctrina para el pueblo. La ctisis de sus héroes es la crisis del sentido trégico y el fin del auténtico teatro politico antiguo ®. La democracia ateniense encontrs un estadista verda- deramente inspirado para desarrollar las refotmas y en- fgrandecer con inmortales monumentos le ciudad: fue Pericles (c. 495-428), Su muerte, al comienzo de la Gue- 1a del Peloponeso, en la peste de Atenas, sapuso un cruel revés para el destino de la ciudad y de la guerza, Tuck dides, tan parco en clogios, no le ha regateado grandeza al apuntar su actuacién al frente de Atenas. (Con el cat go de estratego durante diez afios y mediante sus inter- venciones en la Asamblea siempre.) “alin tiempo de paz, mientras Pericles estuvo al frente del estado, Jo gobemné sabiamente, velando por él de modo firme, y fue bajo su mandato cuando conocis su mayor apogeo... Gracias @ su autoridad, a su inteligencia y a su reconocida integridad pudo respetar la libertad del blo a la par que Jo refrenaba. En vez de dejatse di por el pueblo, él lo dirigia; puesto que ninea habla busca- do el poder por medios ilegitimos, no necesitaba halager- los; de hecho, gozaba de un respeto tal que podia hablarles duramente y contradecitlos. Siempre que los vefa ir de- masiado lejos en une actitud de insolente confianza les hacia tomar conciencia de sus peligros; y cuando estaban desalentados sin motivo importante les devolvia la con- fianza, De este modo, bajo el nombre de democracia, el % CE V. Di Benedetto, Euripide: Tectro ¢ Societd, Turin, 1971. s Sobre Becantes, of, mi articulo «Penteo, el cazador cazacon en Mitos, viajes, béroes, Madrid, 1981. Acerca de Ia Icocién democré tica y' diddctica de la tragedia en Atenas, ver los articulos reunidos por J. Deter Euben en Greek Tragedy and Political Theory, Ber kkeley, Univ. California Press, 1987. La Grecia antigua 103 poder estaba realmente en manos del primer ciudadano» (Tuc., If, 65) Esta extraordinaria alabanza es ajustada al gran més to del ilustrado y progresista lider del pueblo, que logré marcar el rumbo de le polis con una soberbia inteligencia y una resuelta y magndnima concepcién del papel y el destino de Atenas, como no seré el sofista, podemos leer entre lineas, sino el auténtico educador, al filésofo que conoce la verdad, con una ciencia besada en un saber real, una epistéme, 9 no la mera opinién, la déxa inestable y. popular, a la que apela el sofista deseoso de Iucro y preocupado por su fama. Este tema es esencial en el pensamiento platSnico, atin no plenamente desarrollado. Que la politica pueda ser, y deba ser, un conocimiento reglado y andlogo a otros sa- betes cientificos es de primera importancia para las futu- tas teorias de Platén sobre el gobierno de los fildsofos. ‘Aqui no se critica a fondo la justificacién del sistema democrético presentado por Protigoras: Ia defensa del su- fragio universal no se rebate. La muchedumbre de los ciudadanos decide con sus votos los asuntos més impor tantes en la vida publica en Atenas, y Protégoras Jo jus- tifica, El politico simplemente encarrila, con su arte y sa retérica, esa decisién popular. El sofista es el maestro de los polfticos, y los hace progresar en la areté (Proté- gotus) 0, sencillamente, en habilidad revérica y persuasién (Gorgias). Es dudoso, ‘sin embargo, que el sofista posea de verdad una téchne politibé, en el sentido que va a darle Platén; ese saber zequiere una fandamentacién mu- cho més setia, un suelo menos inestable que la déxa y una orientacién més clara sobre la ética; en definitiva, hay que buscar a un verdadero maestro de ese arte de la convivencia civica. El Gorgias continita afios después Ja discusién de $é- crates contra los sofistas, con un tono mis grave y amar- go esta vez. (Platén ha vuelto de su primer viaje a Sicilia ‘esté més convencido que nunca de que sélo mediante Ia filosofia puede salvarse el individuo y la polis, ¥ n0 acepta ya ningin pacto con los sistemas politicos al uso.) Ahota Sécrates rebate a Gorgias y sus discipulos, defen- sores de la retérica como instrumento para el dominio del pueblo, e insiste en que el verdadero politico es quien busca la justicia.y el mejoramiento del alma de los ciuda- danos, no quien acrecienta sin freno su poder © quien lo 412 Carlos Garcia Gual gjerce para conquistas y entiquecimientos inicuos. Contra Galicles, el discfpulo inmoralista de Gorgias, partidario del derecho del mis fuerte, Sécrates se emplea a fondo, para demostrar que s6lo el sabio y justo es feliz, mientras que quien sélo desea el poder para satisfacer sus pasio- nes y ansias tirénicas va a precipitarse en la ruina, por su ignotancia del auténtico bien. (Y, como afiade Sécra- tes en un relato mitico, no sdlo en esta vida, sino también en el otro mundo.) En el Gorgias Plat6n tiene duras palabras de censura contra Jos més prestigiosos politicos de le democracia, contra Pericles y Temistocles, que sélo se preocupaton pot entiquecer y armar a la ciudad, y no por mejorar el espirita de sus conciudadanos. Tan s6lo Sécrares se ha ocupado de este perfeccionamiento moral; él es, en sus propies palabras, el tinico politico auténtico en’ Atenas. Calicles le adviette que vaya con cuidado en no enfren. tarse al pucblo ateniense, porque su actitud podsia cos. tarle la vida, La alusién —profética ex eventu— a la muette