CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CRÓNICAS DE
UN CAPULLO

ANASTASIO
PREPUZIO
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Anastasio Prepuzio

« Sólo los valientes escupen hacia arriba ».

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

PRÓLOGO.
Hoy en día, la inteligencia y la cultura están absurdamente sobrevaloradas.
La persecución y el adiestramiento de las mismas son sin duda una empresa
destinada al descalabro, a menos que nos condenemos al más puro
ostracismo. Por ello, el perturbado autor de este aberrante compendio ha
llegado a la conclusión de que quiere ser gilipollas.
Es precisamente este sentimiento intrínseco de capullismo el primer paso
para alcanzarlo. Esta adherencia a la soberana elección de la gilipollez como
medio de expresión es particularmente fascinante, una opción embriagadora
y evocadora.
L a gilipollez es todo un mundo por colonizar, un universo que se
retroalimenta consigo mismo y postula un círculo crápula donde tiene
cabida cualquier cosa que pueda posicionarse en nuestro vertedero
intelectual. Nadie nos va a elogiar por nuestro distanciamiento de lo lineal,
de lo cotidiano. Todo lo más, seremos esa alimaña inusitada e inadaptada
que se admira de no afiliarse en ningún ámbito actual.
Burdo, devoto de la peluquería canina, de físico que se ajusta al canon
griego e incluso lo redefine, diestro en la manipulación de la plastelina,
pirómano, apasionado de la poesía norcoreana, coleccionista fervoroso de
chupicromos, macrocéfalo, depravado, vidente y ninja los domingos,
Anastasio Prepuzio intenta con este decrépito libro, a través de sus
pedestres e inconexos 86 capítulos, librar una inclemente contienda por
conseguir ser gilipollas.
Esta alienada y absurda obra es el fruto de varias horas de aburrimiento de
una mente degenerada; es la vuelta a la conciencia de un economista asocial,
es un yermo intento por convertirse en un avezado código moral para más
transtornados mentales.

El autor:
Anastasio Prepuzio
senorcapullo@gmail.com/ @srcapullo
© CRÓNICAS DE UN CAPULLO
Edicion Diciembre 2015

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 1.
ME HE ENAMORADO.
El pasado Domingo, fui a la misa parroquial de mi barrio. Me agrada
tararear las hermosas baladas que sin ningún tipo de rubor se cantan en la
celebración litúrgica. Ansío descubrir nuevos mensajes codificados en las
lecturas de los textos sagrados. Y, sin duda, adoro recibir la hostia
sacrosanta de manos del avezado capellán que de niño tanto cariño rectal
me había regalado.
Tras la eucaristía, decidí acudir a un conocido tugurio hamburguesil donde
te engordan como animal de degolladero y cuya firma voy a omitir. Engullí
el manjar oleaginoso cual orondo mamut hambriento.
Exhausto por las toxinas ingeridas, entré en la piscina de pelotas que la
conocida zahúrda dispone para la diversión infantil. Jugueteé con los
balones multicolores. Me restregaba tal mugriento hipopótamo en el fango.
Reía estentóreo, mientras arrojaba los balones de colores contra la decrépita
clientela. Lo estaba pasando francamente bien.
Vestida de amarillo inmaculado, marcando su cautivadora figura, un cuerpo
ondulante se dirigió hasta mí. Era una empleada del
establecimiento. Jacinta era el nombre que pude adivinar en su placa
identificativa. Aquella mujer se movía bajo aromas de flores frescas recién
cortadas con tintes de almizcle y misterio. Era preciosa. Mi fantasía tomó
las alas de la imaginación, atravesando lo que a mi perturbada mente le
estorbaba, entreviendo un cuerpo de apolíneas formas que parecían
moldeadas por legendarios escultores griegos.
- Por favor, imbécil… ¿ Puede salir de la piscina?. Esto es una atracción infantil ordenó con voz de camionero ucraniano.
Sus verdosos ojos rasgados de pestañas largas y rizadas, poblados de lagañas
del tamaño de cortezas de cerdo, se quedaron fijos en los míos durante una
eternidad. Mi colesterólico corazón comenzó a galopar desenfrenado,
golpeándome atrozmente en el pecho.
Jacinta tenía introducido su dedo índice en el orificio nasal. Lo movía
cuidadosamente en círculos. Palpó con la yema del dedo el preciado

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material y tras extraerlo, lo usó como aperitivo. Un miserable eructo me
hizo despertar del coma pasional.
De su cavidad nasal se desprendían pelos como varas de mimbre. Empecé a
sentir un sañudo hormigueo en el estómago.
Pero esta vez no era la úlcera gástrica: me estaba enamorando.
Hice caso a su petición. Ella me respondió con una seductora sonrisa que
dejó al descubierto unas encías ensangrentadas y unos negruzcos dientes
fragmentados y carcomidos por la caries.
Inmerso en una vorágine de estupidez pueril y en un acto irracional, le pedí
su número de teléfono. Ella, sin apenas inmutarse, tomó un trozo de papel,
anotó cuatro garabatos y me hizo entrega de la nota frunciendo el ceño,
acentuando aún más, la vellosidad de sus espantosas cejas. Si mediar
palabra, dio media vuelta para ubicarse de nuevo tras el mostrador del
establecimiento.
Me sentí ufano, feliz, azaroso. Había conseguido lo que tantas hembras me
habían denegado. Pero la muy cabrona, me anotó el número de su móvil en
números romanos.
Si logro descifrar el jodido código numérico, esta semana la llamaré.

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CAPÍTULO 2.
ÉXTASIS.
La lánguida luz del fanal que custodia la lóbrega esquina, intenta medrosamente
abrirse paso a través de unos escabiosos y deshilados visillos, hasta el interior
de la alcoba de este grotesco motel en el que he acabado refugiándome para
pasar la noche.
Una claridad todavía embrionaria empieza a pigmentar el cielo, desnudo de
nubes, con la rosácea transparencia que precede a un día luminoso, acerba
diacronía de la tenebrosidad dónde me encuentro sumido.
Mi boca, salpicada de esperma, tumefacta, supurando cárdeno flujo ulcerado,
me duele horriblemente.
Abrazado a mis rodillas junto a la ventana, tal estúpida quinceañera
melancólica, dejo transcurrir, consternado, las largas horas de la madrugada.
Percibo con nitidez los jadeos del viejo burdel que el sigilo noctívago
distorsiona dotándoles de propiedades perturbadoras y significados
sicalípticos.
Me siento mancillado, sucio, denigrado.
Registro los harapientos bolsillos de mis pantalones, y de entre un kleenex
petrificado, tomo las dos grageas de ácido lisérgico con las que aquél
toxicómano pagó mi servicio, una nauseabunda felación callejera, mi única
forma de conseguir ingresos estas últimas semanas.
Encojo los hombros en conformista disposición, y con un sorbo de brandy,
tomado de la sabulosa botella de cristal que reposa junto al camastro, engullo
ambas dosis en cuyas minúsculas caras llevan esculpidas una tétrica
representación del gazapo del Playboy.
Llevo a cabo la ingestión de las píldoras psicotrópicas discurriendo que, dadas
las circunstancias, son lo más parecido a un ágape.
Me dispongo a esperar que el estupefaciente produzca efecto.
Durante casi una hora no percibo sensación alguna, nada que invierta este
millonésimo y estruendoso zumbido en el cerebro que me injuria y se burla de
mi condición de meretriz, pero al poco comienzo a percibir un zarandeo en la

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cabeza, advirtiendo como el suelo y la pared en la que gravito se licuan como
manteca caliente.
Mi inconexión con la realidad y la sensación de bienestar postergan mis
sufrimientos.
Me siento ingrávido, liviano, vaporoso, aguachinado en un éxtasis de sosiego e
invulnerabilidad, como si hubiera retornado al útero maternal, que me cobija
estuoso y protector.
Escucho vociferar al gres y a las paredes emitir perniciosas risas que terminan
en expectoración.
Creo que soy un afamado actor, dipsómano de sexo, barbitúricos, excesos y
glamour. Sudo purpurina. Cabalgo sobre centenares de unicornios de
inenarrables coloraciones que unas veces relinchan con lasciva seducción y
otras salmodian en centenares dialectos distintos, pero perfectamente
inteligibles.
Oigo vítores, ovaciones, lisonjas.
Cientos, miles de Playmobils, de matices cambiantes, que al intentar beber
derraman el aguardiente por su espalda, corean mi nombre.
Me emociono por el apego que se hace palpable en el cómplice destello de
miles de ojos linóleos que me acarician, envolviéndome por un amor casto y
lumínico.
Las risas forman palabras, y éstas canciones. Todos cantamos. Lo hacemos en
hebreo, sin conocer su significado. El caos, el dislate, surrealista y placentero,
espasmo primigenio, es ensalzado en su sentido inmanente.
Mi cabeza es puro vahído, una espiral de aprecio en pura ascensión.
Intento ejecutar el célebre giro de David Bisbal. Parezco María Jiménez.
Los pequeños títeres de plástico se ríen de nuevo con fuerza, la expresión más
armoniosa de la felicidad. Carcajeo con ellos en suprema comunión.
El brandy empieza también a realizar su efecto. Percibo cierta destemplanza
intestinal. Mi estómago se remueve ahora con furia, dolor en las vísceras,
músculos y ligamentos en tensión.
Acompañado por la legión de juguetes de plástico, con temblores que
desestabilizan mi artificioso caminar, me dirijo al aseo.
Apoyo mis velludos apoyaderos en el retrate y procedo a constreñir con
desvelo el punto caliente de mi vientre, mientras mis nuevos amiguitos,
amenizan el sórdido momento tocando una bella melodía con el xilófono.

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Tras hercúleo esfuerzo logro expeler una hez gigantesca, soberbia, mayestática,
un titánico sedimento sanbernardiano. Una auténtica obra de arte, un
primoroso zurullo de al menos cuarenta centímetros de émbolo terroso, de
pulido virtuoso, inaudita legumbre de mis vísceras. Atónito advierto cómo el
perfecto mojón se desliza por el talud de porcelana, elegante, etéreo,
seráfico. Oigo cómo las polímeras marionetas vitorean de nuevo mi nombre.
-¡TÓ-MA-LO! ¡TÓ-MA-LO!- gritan presos por la enajenación, por la
autocracia de los contrarios a ordenar el caos.
Sin dudarlo un instante, tomo el zurullo con frenesí, con entusiasmo, cautivo
por la pasión.

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CAPÍTULO 3.
SHIP IN A BOTTLE.
¿Cuántas veces hemos observado con verdadero embebecimeinto un bello galeón en
miniatura, meticulosamente construido, dentro de una botella vacía?. Y siempre nos
asalta el mismo interrogante: ¿Pero cómo coño lo habrán hecho?.
¿Perseverancia?. ¿Destreza?. ¿Paciencia, quizá?. ¿Habilidad e ingenio?. Tal vez...
Mucho tiempo libre y mano firme, seguro.
Siempre me ha fascinado esta variante del modelismo naval. Pese a su nula
e infrutuosa utilidad, esta legendaria y quimérica práctica es un arduo
desafío a nuestra habilidad manual.
Lamentablemente, mis temblores en la mano, gratamente recibidos en el
vaciado de mi enteca vejiga, me impiden ensayar con esta nimia técnica
centenaria.
Según los diestros artesanos, el secreto de este rompecabezas mecánico
radica en delinear con características muy concretas las piezas, no solo para
que penetren por el cuello, sino que una vez dentro, puedan manejarse
como se desee: el mástil, previamente talado con una microsierra metálica,
debe montarse sobre un eje giratorio construido con una porción de
alambre; las cangrejas, botalones y pértigas han de pivotar en su punto de
anclaje; los hilos de maniobra deben dejarse lo suficientemente largos como
para poder manipularlos desde fuera de la botella una vez la jodida corbeta
esté dentro.
El velero, galeón o nave de Star Trek (para los más audaces), ha de
introducirse por su popa (o parte trasera para los profanos). Vencido el cuello de
botella, se pega el casco por su base e izamos los mástiles tirando de los
hilos y,... ¡¡A surcar los mares, marineros!!.
Tremendamente complejo, ¿no?. Sin lugar a dudas. Bien. A continuación
procedo a ilustrar lo que nadie ha descubierto hasta la fecha: como ejecutar
el paso opuesto, es decir, la correcta manera de retirar el barquito de los

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cojones de la botellita de cristal. Es lo que doctamente, y en un esfuerzo sin
precedentes, he bautizado como la "técnica del martillazo".
Cúbrase los ojos con unas lentes de protección laboral. Se admiten también
unas gafas de sol o unos prismáticos. Concéntrese. Respire profundo.
Inhale por la nariz y exhale por la boca. Escupa la flema si la hubiese.
Piense en un limón. Visualice el objetivo. Empuñe un martillo o mazo de
carpintero, y pam!, aseste contra la botella un martillazo seco y preciso.
He aquí un pedagógico croquis de esta sencilla y empírica técnica:

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CAPÍTULO 4.
CARICIAS ASIÁTICAS.
Espumeantes y salobres cúmulos halados por el mar, hermoso como pétalo
de centaura, humedecían nuestros encelados cuerpos. El azul, con unas
persistentes oleadas rizosas, orlaba una granulada orilla en la que teníamos
puerilmente los pies enterrados.
Las gaviotas, allí en lo alto, con sus lastimeros graznidos, avizoraban sus
argentadas presas, mientras en el horizonte, un suntuoso navío se hacía
escuchar con autoritaria música de trombón.
El aire cuajado, tórrido, perfumado de sal, contrastaba con un cielo
plomizo, pesado, torvo de lluvia.
El mayestático sol se había dejado subyugar por la fuerza hercúlea de las
nubes, macizas, vigorosas, henchidas de lluvia.
Oteando la vastedad del agua salada, escuchando la barahúnda de la
excitación marina, yacía tumbado en la arena acuosa junto a aquella mujer
de belleza oriental.
La había conocido la noche anterior en un tablado flamenco de Huelva y
pese a las limitaciones idiomáticas, nos enamoramos como cándidos
quinceañeros.
Cuerpo altivo, talle menudo, liso cabello atezado, hocico romo, párpados
caídos, rasgados ojos de perenne estreñimiento y piel de porcelana, nívea tal
pollastre del Carrefour.
Taiwanesa. Quizás camboyana o vietnamita. Coreana tal vez.
Esa mujer despertaba los vetustos secretos de nuestra existencia, los más
brumosos legados de la simiente de los troglodíticos primates e
incontroladas erecciones ecuestres.
Poseía la lujuria de una venus oriental, era cacique de la sensualidad,
emperatriz del erotismo y usufructuaria de toda belleza.

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Sus pechos descollaban con un busto casi perfecto, heleno, ubérrimo. El
escote que los adornaba abrazaba delicadamente unos pezones que se
adivinaban pétreos, exuberantes y perfectamente cilíndricos bajo la pulcra
tela de la camisola de colegiala.
Mientras su mirada escrutaba el piélago salado, su grácil melena era brizada
por el viento, y su rozagante flequillo, leal confidente, abrazaba su albina
frente, la contemplé con deseo, impudicia, liviandad.
Volteó su cabeza para acariciar mi hombro con ternura, sacudiendo cuántas
cortezas de caspa encontró. Le contesté con la rugosa fricción de mis
poceras manos en su cintura.
Nuestras fogosas miradas bailaron un chotis interminable, mientras
nuestros cuerpos se aproximaron cada vez más y las cinturas, isócronas,
esbozaron una soldadura carnal.
Nos fundimos en un beso impetuoso, sincero, eterno.
Acaricié sus pechos, recorriendo con mis amorcillados dedos aquellos dos
volcanes en erupción, haciéndola escupir jadeos quejumbrosos de placer.
Todo su cuerpo vibró, como gobernado por incorpóreas misivas de una
viola celestial. Su pecho se irguió, enromando unas areolas cobrizas,
anhelantes de caricias, de retozo, de bizarros magreos.
Mis dedos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenos de vital
entusiasmo por el liso vientre que convergía en el oscuro monte de altos y
negros ciprés.
Las posaderas firmes y epicúreas, embaladas por tersas medias sensuales y
finas, se descubrieron y emergieron como lo hace día tras día el sol por el
oriente. Parecían ondear y levitar con bravura.
Sus caderas sinuosas, con un arte que envidiaría la más marrana de las
danzarinas, esbozaban un velludo isósceles, empapado de secreciones
libídines.
Hipnotizado por aquella apertura vaginal, acaricié su pubis, deslizando con
maestría mi dedo índice hasta localizar el cítoris.

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Nos licuamos en un deseo inquebrantable, rijoso y desenfrenado, pero con
el comedimiento de dejarse llevar suavemente, con sedosidad, paladeando
cada segundo, cada caricia, cada rozadura, cada sapidez, cada efluvio, cada
movimiento.
Quise penetrarla.
Ella negó con la cabeza, con afásica sonrisa, el lenguaje internacional de las
expresiones luminosas.
Sólo caricias. Quería sólo caricias.
Ahora lo sé. Ella era japonesa. De Fukushima...

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CAPÍTULO 5.
MI PRIMERA CITA CON JACINTA.
Puesto mi traje, mi único traje, el que me enfundé en mi primera comunión
y que todavía sirve hoy para bodas y funerales, aguardé impacientemente la
llegada de Jacinta. Pretendí ser original así que elegí un elegante burdel
como lugar de encuentro.
Me fumé un cigarrillo en silencio, rápidamente, con avidez, dando vastas e
intensas caladas mientras repasaba mentalmente, por enésima vez, la
estrategia a seguir en nuestra primera cita.
Puntualmente, Jacinta apareció entre la multitud. Ataviada con un vestido
zarco horizonte, destellos maculares, manchas de aceite y tirantes
deshilvanados, Jacinta alzó la mano para saludarme.
Sus pechos velludos asomaban como soles de primavera y, la espalda
desnuda y arrugada, se ocultaba bajo una espeluznante y escamosa melena.
Venus había descendido a los abismos.
Con sonrisa de hiena, me besó con sus callosos labios en la mejilla. Hedor a
laca y grasa emanaba de sus cabellos. Su rostro estaba estucado por un
océano de protuberancias dérmicas y lunares hepáticos, con esa edad
indefinida que singulariza a las campesinas. Su maquillaje era un espanto de
epilepsia e inutilidad.
Entramos en la mancebía. Se hizo un mutismo sepulcral.
Cortesanas y decrépitos usuarios del sexo de pago quedaron paralizados en
un rictus de espanto y de horror al divisarnos. Nos acomodaron en la barra.
Pedimos dos batidos de chocolate con nata. Sonaba el “Guantanamera”.
Aquel antro de fornicio nocturno rezumaba sexo y feromonas por sus
paredes pintadas de color carmesí. Una carcajada, rápidamente reprimida, se
escapó de las fauces de una de las cortesanas, mientras dirigía una fugaz
mirada de aprobación a otra de las prostitutas, al tiempo que sentenciaba en
voz baja:
- ¡Es verdad, tienen cara de rata!”-.

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Hablamos. Charlamos. Conversamos durante horas. Le narré las congénitas
habilidades que atesoraba con la plastelina. Relaté ficticios sucesos que
supuestamente había vivido en misiones humanitarias en Zimbabwe. Mentí
acerca del origen de las cicatrices cefálicas de las pedradas que de niño había
recibido.
Jacinta asentía con leves gemidos y la mirada incrustada en la pústula
verrugosa que colgaba de mi ojo izquierdo, sin dejar de mordisquearse el
labio inferior. La estaba conquistando. Mi meticulosa estrategia estaba
dando sus frutos.
El camarero se acercó con un plato de tapas.
-Esta ración de tapas la paga el caballero del fondo- matizó.
Giré la cabeza. Un hirsuto obeso me saludaba con su copa alzada. Estaba
riéndose con regocijo. Esbocé una leve sonrisa y asentí con la cabeza,
agradeciéndole el gesto.
-¡Maldito cabrón!-. Las tapas eran una generosa ración de cáscaras de
cacahuetes, piel de plátano, huesos de aceitunas y espinas de pescado.
Un destellante flash, me llamó la atención. Uno de los clientes nos estaba
haciendo fotos como si de grotescos animales de espectáculo circense se
tratara.
Cogidos de la mano, tal estúpidos quinceañeros encaprichados, salimos del
local. Contemplamos el cielo preñado de estrellas. Paseamos por una obra
abandonada.
Eructamos burdamente provocando esas risitas nerviosas de los
enamorados. Destrozamos papeleras, retrovisores de automóvil y cuanto
mobiliario urbano se entrometió en nuestro camino.
El amor había surgido entre nosotros. Nos despedimos con un beso largo,
húmedo e intenso.

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CAPÍTULO 6.
EN BUSCA DE LA SETA PERDIDA.
Salí de la ducha tapado de cintura para abajo con una diminuta toalla
asperjada por supuraciones. Me miré al espejo. Quería ver mi faz. Negué
espontáneamente con la cabeza.
Comprobé la aberración personificada en mi rostro infestado de pústulas,
desfigurado, giboso y deforme. Unos rasgos que jamás podrían
desprenderse de mi ascendencia simia. Rabia. La rabia se apoderó de mi
cuerpo. No pude evitarlo.
Enfurecido golpeé el espejo con el puño cerrado. ’Crash. Crash’, crujió
bajo mis nudillos. Una rociada de sangre comenzó a fluir resbalando en
línea recta hasta la repisa de cristal. Apreté el puño contra el espejo
haciendo más fuerza con mi brazo hasta que un dolor agudo me hizo
retirar los dedos ensangrentados. Decenas de diminutos cristales
agujerearon mi leprosa y mórbida piel.
Me sentía vulnerable y tremendamente deprimido. Impulsivamente cogí
un blíster de pastillas antidiarreaicas, saqué tres y las engullí; a palo seco.
Una de ellas se atravesó en mi garganta causándome una molesta sensación
de asfixia. Me acerqué al botiquín, y de un trago, me bebí media botella de
agua oxigenada.
Me vestí apresuradamente un sucio mono azul de mecánico, agarré un
báculo y una cesta de mimbre y salí de mi casa. Tomé la carretera y, un rato
más tarde, un camino, hasta que llegué a un pinar. Silenciosamente cogí de
mi cesta, con extremada cautela, con sigilo, sin hacer ruido, un tetra brik de
néctar de naranja. Era zumo concentrado. No quería desconcentrarle. Lo
bebí de un sorbo. Me adentré en el bosque. Ni arbustos remachados, ni
marcas de huellas en el suelo.
Estaba claro que hacía tiempo que nadie pasaba por allí. Era una buena
señal. Los troncos de los árboles eran gruesos y de formas retorcidas. El
aire formaba un silbido especial al colisionar contra las largas hojas y la
temperatura era confortable. El estruendoso piular de un Carpintero Real
rompió el silencio sepulcral del bosque. Era un bellísimo ejemplar en
peligro de extinción. Su elegante plumaje era atezado en la mayor parte del

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cuerpo, con refinadas rayas albas. En la cabeza, ostentaba un llamativo y
primoroso copete rojo. Su pico, largo y afilado, era de color blanco marfil.
Custodiaba su nido en el hueco de un sobrio abeto. Cogí un pedrusco y lo
apedreé con certera puntería.
Las raíces se extendían por el suelo, lamiendo la verdosa superficie,
apareándose como fértiles animales ansiosos de descendencia. Las ramas se
elevaban clamorosas hacia el cielo. Me adentré en las entrañas del boscaje.
De tanto en tanto me paraba. Aparté con el bastón la capa de pinocha seca
y descubrí níscalos. Me agaché, los recogí y los metí en la cesta. Más allá
encontré lactarios. Con mi viejo cuaderno y un lapicero desgastado me
detenía periódicamente para dibujar las setas que tapizaban el camino y
murmuraba singulares vocablos con solemnidad eucarística:
- Gyroporus Castaneus -.
Seguí andando y, en un encinar, encontré rebozuelos, oronjas y agáricos. La
recolecta de la bucólica y mística experiencia de la vendimia micológica era
generosa. Decidí, para concluir mi jornada de acopio, recorrer las campas
bajas de la zona, feudo de algunas setas de cardo, y sobre todo, muchas
senderuelas.
Y allí lo enontré. Un ejemplar único, magnífico, fastuoso, opulento, de
quetotaxia dorsal elegante, forma fálica, no barbulado en la parte distal de la
cara ventral de la tibia palpal, de asombroso parecido pénico: el boletus
penicus no circundidatus.

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CAPÍTULO 7.
EL MILAGRO DE SAN SANDALIO.
El altar mayor centellea tal alienígena nave en ascensión, y un ígneo y
trémulo rocío parpadea en las ménsulas y las esculturas recubiertas de pan
de oro. Las escenas del Vía Crucis, con sus pomposos epitafios en latín,
poemas románticos de cristal, acojonan al más aguerrido.
Un monaguillo organista, de precoz alopecia, se acomoda frente
al clavicímbalo y con maestría suma preludia una melodía gregoriana. Le
acompaña un afrancesado orfeón. Los versículos de aquel espeluznante
cántico, resuenan impotentes en las bóvedas de la ermita.
El decrépito misacantano atraviesa con paso cachazudo el tenebroso
laberinto de sombrías crujías y se encamina a la sacristía. Los primeros
devotos empiezan a llegar urgidos por el ahínco matutino de los discípulos
de quién obra milagros.
He decidido acudir a tan bella basílica, adonde no arriba el ruido de
los negocios humanos, ni el vocerío de la gente de la vecina
ciudad, dispuesto a desenmascarar a este farsante travestido de sacerdote.
Cuentan en la aldea, que por orden divina y en la misa de San Sandalio, el
párroco sana a cuantos enfermos asisten a su eucaristía.
Sentado en una silla de ruedas, simulando con perita habilidad un trastorno
mental, aplaudo sin motivo y con furor, desconcertando a congregantes y
sacristanes.
El sacerdote se solaza todavía unos instantes en la vicaría; asoma su
macrocefálica cabeza, tal hurón fisgón antes de abandonar su guarida.
Otea el calendario colgado en la mármorea pared, justo al lado de una
imagen de una Virgen María risueña y carente de dos piezas dentales.
Se transfigura en célico querubín, acomodándose una albina sotana, afianza
la estola sobre sus curvados hombros e ingresa con rostro ultraterrenal en la
capilla.
Meditativo, eructa con gallardía mientras se dirige hacia el altar. Llega a su
altura, y realiza una leve pero angustiosa genuflexión.
Se ubica frente a los feligreses, escrutando con fingido apego los
parroquianos que aguardan con impaciencia el inicio de la eucaristía.

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Procede a unos prolongados minutos de taciturna meditación.
- ¡ Viva el vino ¡ - grito en un avezado intento de llamar su atención.
Una de las octogenarias despierta de su modorra de forma repentina,
mientras abre los ojos con turbación.
Decenas de vejestorios, prosélitos del licor e inmutables rencos, que
parecen rumiar sus oraciones en silencio, componen la caudalosa parroquia.
El clérigo carraspea, esputando las flemas asidas en la garganta, y sus
gruñidos mutilan el silencio del templo a través de la megafonía.
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el Evangelio según San
Mateo. Al bajar del monte, le siguió una gran muchedumbre, y, acercándosele un leproso,
se postró ante Él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Él, extendiendo la
mano, le tocó y dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra. Jesús le
advirtió: Mira, no lo digas a nadie, sino ve a mostrarte al sacerdote y ofrece la ofrenda
que Moisés mandó, para que les sirva de testimonio - desgrana el sacerdote con
avidez.
– Hermanos, hoy en réquiem de San Sandalio, vigésimo octavo apóstol del
Pentecostés, voy a curar a un feligrés –.
Los ojos de los congregantes parecen tomar fogoso interés, mientras sus
dedos emergen entre el gentío, esperando, exigiendo ser los elegidos.
Llega el momento de hacerme acreedor del empíreo milagro.
Agarro el balón de playa que descansa junto a las ruedas de mi silla y lo
lanzo entre la multitud, fingiendo incontinencia salival, emitiendo guturales
y mentecatos gruñidos.
El capellán calla y dirige su altanera mirada hacia mis ojos. Ve en ellos, las
necesidades no satisfechas, la enfermedad, el miedo, el horror.
- Domine exercituum, dedisti mihi celestibus, adiuva me, ut curem hac infelicimusita con satánica voz.
Advierto como las llamas de los pajizos cirios avivan espoleadas por una
brisa etérea, divina, sobrehumana.

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Mi corazón late fuerte, impávido. Un silencio matizado por el aleteo de las
moscas cándidas cubre la nave de la iglesia como celaje frío que en el
amanecer desnuda pasiones furtivas.
Me estoy acojonando. Aquel miserable mosén parece tener ímprobos
poderes.
Percibo unos espasmódicos y convulsivos movimientos en mi entrepierna.
- Curem hac infelici! - repite con acerada y honda dicción.
Advierto como mi bragueta es resquebrajada por la vigorosa fuerza del ser
alojado en mi pubis.
Es mi pene que, como rorro de alimaña indómita, cobra vida propia,
dispuesto a, con paso pausado pero firme, emanciparse.
- Camina pequeño, camina…- musita el pastor entre los vítores de los
devotos.

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CAPÍTULO 8.
ESTOY HARTO.
Estoy harto.
Estoy harto de esta dictadura travestida de democracia.
Estoy harto de esta antediluviana recua de desmañados que afirman
gobernarnos.
Estoy ahíto de estos mentecatos con ínfulas fascistoides en lo social y sin
rumbo lógico pero sí ideológico en lo económico, que apoltronados en
púlpitos, altarejos y juzgados ejecutan retrógradas medidas que mutilan
aquello que tanto nos costó: la conquista del progreso.
Estoy hastiado por el desempleo, indómito jinete del Apocalipsis, que nos
está zambullendo en una indigencia no vista desde la posguerra.
Cabreado con las autopistas sin coches. Colérico por los flamantes
aeropuertos, yermos decorados de cartón piedra sin aviones, que exhiben
estatuas honrando al fachoso promotor, enojado por los despilfarros sin
culpables.
Estoy harto del rescate a la banca, del griego que Grecia hace con el euro,
de la prima de riesgo, de los improcedentes recortes, de los leoninos
desahucios.
Cabreado con la ley del aborto, enésima medida de retroceso inaceptable,
empachado de toxicómanos, fulanas y adúlteros, adalides de la prensa rosa.
Estoy harto de sufragar los emolumentos de una monarquía caduca y
desvencijada. Harto de la troika, de la 'moderación' salarial, de la 'movilidad
exterior', del copago sanitario, de las indemnizaciones en diferido, de la
evasión de capitales de las grandes corporaciones que imploraron la reforma
laboral, de la hija celíaca del propietario de Mercadona.
Hastiado de que, bajo patrias banderas, se monopolice el pensamiento.
Estoy harto de adargas, de porras, de cargas policiales, de que los garrotes
sometan a las palabras.
Indignado por el tráfico de influencias, por la contabilidad furtiva, por el
latrocinio de guante blanco del peculio público, por las nirvanas fiscales y
por
la
jubilación
anticipada
con
sazonadas
prestaciones.

21

Anastasio Prepuzio

Estoy harto. Harto de los que están hartos. Harto de los hartos cabreados
con los que están hartos.
Los mentecatos, las cabezas de turco, somos nosotros, los ciudadanos.
Adolecemos de coraje, de espíritu francés. Incluso, de dos dedos de frente.
¡ Por favor !.
En este país hay problemas más importantes:

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 9.
LA GORDA DEL AUTOBÚS.
El autobús estaba vacío, yermo de usuarios, así que decidí abordarlo. El
conductor me saludó con el inquietante y aterrador gesto que caracteriza a
los autobuseros. Para ser tan feo, no era simpático.
Mientras me acomodaba en uno de los incómodos asientos individuales,
una hembra verraca que había aniquilado un mapache para calzárselo como
botas, una viciosilla que con sus desmesurados pendientes podría hacer el
hula-hop, y que se encontraba delante de mí, desocupaba su butaca.
Al levantarse pude observar con envilecimiento que llevaba un coqueto y
diminuto tanga celeste cuyos bordes ondulantes semejaban oleajes con
invitación a zambullirte en ellos. También percibí esos simpáticos hoyuelos
con los que la caprichosa naturaleza adorna a los traseros más hermosos.
Empecé a babear como un podenco rabioso. Las miradas cómplices de los
usuarios se sucedieron.
El colectivo se detuvo e hizo subir a una señora de cabello platino con
dificultades de peso. Portaba unos zapatos de largos talones que la
obligaban a andar como una cigüeña epiléptica. La señora de pelo canoso se
acomodó en un asiento doble que estaba muy cerca de la puerta de bajada y
que era reservado para discapacitados, ancianos y embarazadas.
Después de la señal de aviso, el bus comenzó a moverse, perezoso, dejando
atrás la estación y adentrándose en el atardecer. La rubeniana de cabello
platino intentó sentarse no sin esfuerzo, pero su sobrepeso se lo impidió.
Entonces intentó aposentarse en otro asiento y dio una rápida mirada a los
desocupados. Me di cuenta que el asiento que se encontraba delante de mí,
y que antes ocupó la fémina del minitanga, le gustaba.
Se me paró el tiempo, y empecé a verlo todo de color sepia. La ansiedad y la
zozobra empezaron a apoderarse de mí. Me mareé y la cabeza empezó a
darme vueltas. Estaba más acojonado que el urólogo de King Kong.
Una amiga de la infancia de adiposas y gigantescas dimensiones, y con una
velocidad tremenda para repartir tortazos, marcó mi niñez. Me pegaba, me

23

Anastasio Prepuzio

humillaba, me escupía y me apaleaba como a un perro mendigo. Desde
entonces padezco fobia a las tripudas, pánico a las orondas, terror a las
mantecosas, pavor a las adiposas, extrema grima a las atocinadas.
La rolliza se levantó torpemente e intentó llegar, jadeando por el esfuerzo y
sosteniéndose en las butacas, hasta el sillón de la muchacha del hermoso
culo. El bus frenó y la señora de cabello níveo se inclinó hacia atrás y luego,
sin frenos, se balanceó hacia delante.
Con ojos desorbitados la vi venirse encima de mí. Aquella alimaña medía no
más de 145 cm y pesaría unos 150 kg. Era una mujer grasienta, deforme y
vomitiva. Estaba convencido que llevaba la ropa interior al revés para que
durara otro mes. Hirsuta de pies a cabeza, parecía un perfecto híbrido entre
humano y orangután. Se me agolparon una sarta de ideas asociadas a las
mujeres que eran exhibidas como leviatanes en los espectáculos circenses.
Un ejemplar de hembra sucia, con las cejas pintadas en mitad de la frente,
con dantesco bigote y velludas patillas, con esa edad indefinida que
singulariza a las pueblerinas. Llevaba más carmín en los dientes que en los
labios. Su sebáceo cabello estaba aplastado por la parte posterior por la
siesta que se había pegado. Su rostro estaba estucado por un océano de
pliegues, protuberancias dérmicas y lunares.
Era un cuerpo siniestro, demacrado, horrible, colmado de granos y
verrugas, tullido de desprecios e insultos prepúberes. Empecé a sudar como
un gorrino preso del pánico y la angustia, recordando los despiadados
sopapos que aquella amiga de la infancia me propinaba en el recreo del
colegio.
En ráfagas de segundos ingenié un astuto plan para librarme de la brutal
aplastada que sufriría por aquel cachalote. Pude oler el sudor de sus axilas,
la grasa de sus cabellos, el hedor a pescado de su sexo.
Me levanté, y emulando a un quarterback detieniendo a su adversario en el
fútbol americano puse todo mi peso y fuerza en mis hombros.
La señora de cabello platino y sus más de cien kilos, se desplomaron
amortiguados por el choque justo en el asiento que la muchacha de
apolíneas nalgas abandonó unas paradas atrás.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

-¡Uf!. Gracias joven si no fuera por usted me caía quién sabe dónde - , me dijo
manoseándose los mórbidos pechos adolorida por el impacto.
Me abofeteó brutalmente la mejilla para agradecerme el gesto. Me hizo
saltar una palomita que hábilmente me había colocado a modo de empaste
casero por la pieza que perdiera por la tuberculosis.
Y lloré como un niño.
Cruelmente ultrajado, regresé humillado de nuevo a mi lugar pensando en
que estas cosas no sucederían si el hijo de puta del mecánico no se hubiera
demorado tanto en cambiar el aceite de mi coche.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 10.
COMO GANAR AL PIEDRA, PAPEL, TIJERA.
Como las historias que se cuentan y pasan de generación en generación,
los Juegos Tradicionales son unos entretenimientos que a lo largo del
tiempo han pasado de padres a hijos.
Estos absurdos pasatiempos, espontáneos, placenteros y tremendamente
simplones, se realizan sin ayuda de juguetes tecnológicamente complejos. Se
practican con el propio cuerpo o con recursos fácilmente disponibles en
la naturaleza (setas alucinógenas, huesos de animales previamente
degollados, flores en peligro de extinción, etc.) o entre objetos
caseros (cuerdas, bates de béisbol, enemas, dedales, consoladores, etc).
Uno de ellos, es el apasionante e injustamente menospreciado juego
del “Piedra, Papel o Tijera”.
Entiendo que todos ustedes conocen el funcionamiento de tan estúpido
ejercicio, pero lo recuerdo para los más gilipollas.
Esta grotesca distracción tiene tres obvios y posibles movimientos: piedra,
papel o tijera. Cada uno de estos candorosos movimientos deben estar
representados por una forma de la mano, puesto que con el pie, es
extremadamente difícil.
La ‘Piedra’: un puño cerrado, El ‘Papel’: todos los dedos extendidos, con la
palma de la mano mirando hacia abajo, arriba o de lado, y la ‘Tijera’: dedos
índice y corazón extendidos y separados formando preferentemente
una "V", ya que la “B”, sólo está al alcance de unos pocos
contorsionistas. Se juega en un electrizante uno contra uno. Se ponen
puerilmente las manos a la espalda y se cuenta : -“1, 2, 3, piedra, papel o tijera,
YA!”-, y al mismo tiempo ambos oponentes sacan la mano de detrás de la
espalda y la ponen delante, cada uno formando con su zarpa una de las tres
esperpénticas figuras, gritando a capela lo que han sacado.
El objetivo de este complejo juego es vencer al contrario eligiendo un arma
superior: la piedra mutila la tijera, la tijera secciona el papel y el papel
envuelve la piedra. Si hay empate se juega otra vez.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Es un mastuerzo y cavernícola deporte que en apariencia parece estar regido
por el azar pero, al igual que el ajedrez, la estrategia juega un papel
importantísimo.
Podríamos afirmar que se trata no sólo de una soberana gilipollez, sino que
es un juego de guerra, un arte, un exquisito deporte mental, una ciencia
telépata puesto que fomenta la capacidad de adivinar lo que piensa el
intrépido adversario.
Según los estudiosos de esta disciplina, los varones tienen tendencia en
sacar piedra en su primera jugada. Si se juega contra un macho es
aconsejable sacar papel. Los decrépitos principiantes por otro lado,
acostumbran a sacar lo que el adversario ha mostrado en la última jugada.
Las hembras, suelen iniciar la partida mostrando las tijeras. Mirar los dedos
del oponente es una estrategia interesante, pues éstos suelen estar
tensionados de diferente forma dependiendo de lo que se tenga intención
de sacar.
Este versado capítulo NO pretende convertir al lector en gran jugador,
sino en ganador de dicho juego. En pocas palabras: Ganar, cueste lo que
cueste.
Veamos las 5 técnicas para conseguirlo:
1ª-Técnica del gilipollas.
Es importante hacer creer al contrincante que estamos ideando un
maravilloso y macabro plan. Risas maléficas antes de cualquier movimiento
servirán, poniéndole nervioso y obligando a nuestro émulo a sacar una
piedra en su jugada como instintiva reacción de defensa.
Otra de las astutas fórmulas para distraer su atención son conversaciones
vacías de contenido, pero a la vez, intimidantes. Eructar o murmurar
sonidos inentendibles suele ser también un avispado método de despiste o
engaño. Gestos obscenos e incluso mostrar una navaja u objeto punzante,
pueden ser de gran utilidad.
2ª-Procedimiento del esputo.
Este taimado método consiste en escupir flemas sobre el rostro del rival, lo
que propiciará que éste, instintivamente, se seque el salivazo con la mano
abierta, momento en el que aprovecharemos hábilmente para sacar unas
tijeras.

27

Anastasio Prepuzio

3ª-Táctica de la pesquisa.
En esta simple pero perspicaz táctica, contrataremos a un amigo para que se
esconda sagazmente detrás de nuestro adversario, y ello, como es lógico,
nos ayudará a adivinar el próximo movimiento de nuestro rival.
4ª-Fórmula del carnicero.
Pese a no ser aconsejable, por aquello del espíritu deportivo, esta fórmula
consiste en amputar los dedos del contrincante. Es un método 100 % fiable,
que allanará el camino de nuestra victoria, ya que su única opción en cuanto
a movimientos será la piedra.
5ª- Maniobra del cambiazo.
Si transcurrido un tiempo, y agotadas todas las técnicas anteriormente
mencionadas, nos encontramos en desventaja numérica, quemaremos
nuestro último cartucho: 'La maniobra del Cambiazo' tal y como se muestra
en la foto de abajo, consiguiendo la confusión y posterior rendición de
nuestro oponente:

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 11.
EL PUNTO G.
Insomne y hastiado, acecho la llegada del alborecer, tendido sobre unas
sábanas revueltas, huérfano de prendas, rodeado por una orgía de
inmundicia
y
putrefactos
residuos.
El dormitorio permanece a oscuras, excepto por algunos tiznes de luz
velada y gualda que se filtran desde la calle formando dos ingentes figuras
fálicas
en
el
escarbado
techo
de
la
habitación.
Una colilla de tabaco negro flota, guillotinada, en el agua de un vaso sobre
la vieja mesita tomada por trozos de papel higiénico salpicados de esperma.
Olfateo el aire tal canino labrador, y éste me acarrea un fresco aroma a
tierra empapada.
Sello los
ojos. Inspiro hondo
y
exhalo el
aire, tardo, despacio,
pausado. Percibo el suntuoso silencio del alba. Me excito. Tengo una
erección.
Me incorporo sobre el jergón y apoyo los pies en el suelo de madera; el
tacto es raído y fragoso.
Comienzo a admirar la desnuda imagen que devuelve el espejo empotrado
en la agrietada pared.
Quedo vacilante, compungido, concentrado en la visualización de los
detalles. Mi semblante se ensombrece al escrutar aquellos decrépitos rasgos.
Un pútrido acné tapiza mi gibosa nariz y frente, dándole un nauseabundo
brillo grasiento. Cortezas de caspa reposan sobre mis desnudos hombros y
amargos gránulos de cera asoman por mis velludas orejas.
Escruto mis estrábicos ojos, rojos como el ocaso, y me detengo con
tribulación sobre las bolsas que descienden bajo mis cárdenos párpados
inferiores.
Examino mis manos, angostas y frías, surcadas por venas
prominentes, que arrogantes,
exhiben las secuelas de
una
gonorrea contraída en algún antro de lujuria y anonimato.
Suspiro con profundidad dilatada en el tiempo y me abandono por
completo a mi cuerpo desnudo, palpando los rincones más impenetrables.
Acaricio mi mórbido cuello, recorro mi transpirada nuca con los dedos y
tras lengüetearlos, paso impúdicamente la lengua por mis agrietados labios.

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Anastasio Prepuzio

Mi pulgar derecho comienza a juguetear osado con los pezones, sebosos,
vastos como el timbre de un castillo, percibiendo una excitación
dolorosa, mientras que con el izquierdo, cosquilleo el nacimiento de la
espalda, provocando derrames de lava que recorren mis arterias.
Muevo la pelvis torpe e instintivamente y me aferro a las sábanas. Las venas
de mi falo tremolan con lujuria y mi cuerpo palpita, como gobernado por
notas invisibles de una orquesta quimérica.
Cierro los ojos e imagino que mis manos son las de una bella mujer,
restregando las curvas de formas imprecisas y amorfas de mi torso.
Manoseo mi diminuto pene, tieso como una estaca, que despunta postinero
entre una maleza de vellos. Leve y cuidadosamente al principio. Exigente y
vehementemente, después.
Un leve jadeo escapa de mis labios. El placer se torna ahora más agudo y
experimento orgásmicas olas de electricidad recorriendo mi espina.
Los primeros rayos de sol triscan con mis pestañas cuando atino a abrir
levemente los ojos.
Estoy más excitado que un sodomita en un carro de pepinos.
Quiero más. Anhelo hallar el manantial de placer. Deseo encontrar el punto
G, ese portentoso tejido cuya mera estimulación desencadena cataratas de
flujo de hombre.
Procedo a abrir con las manos mis velludas nalgas dejando mi ano al
descubierto, y agarrando mis gangrenados testículos, me aventuro a
masajear el perineo. Con la yema del zurdo dedo primero, esbozando
pequeños círculos, incrustando mis picudas uñas sobre la zona bajoescrotal,
y con la palma de la mano después.
Me invade una sensación desagradable, irritante, dolorosa, padeciendo un
enojoso espasmo predefecal.
Hidrato astutamente con saliva una ambarina banana. Decido introducir la
entusiasta fruta por mi sombría cavidad rectal, guiándola a través de sus
inhóspitas paredes y desgarrando cuantos obstáculos encuentra por el
camino.
Me mantengo en silencio, vacío, sintiendo cada gesto, observando sin
juzgar. No puedo evitar que mis ojos esputen lágrimas de dolor.
Ni un vestigio del jodido músculo. El punto G se me está resistiendo.

30

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Decido lubricar un espigado bate de béisbol, y lo empotro contra mi
esfínter, mancillándolo, introduciéndolo con movimientos circulares,
horizontales, perpendiculares, verticales, elípticos, parabólicos, curvilíneos,
cinemáticos. Con el trozo de madrea alcanzo el duodeno, la vesícula biliar,
el páncreas, la laringe, el lóbulo parietal, pero ni rastro del punto G.
El dolor de mi culo ahora es insoportable, cruel, estomagante.
El silencio de mi habitación se ve interrumpido por una voz trastornada,
llena de demencia y de sonoridad inhumana que vocifera burlona: -“ ¡
Depravado !. ¡ A ver si me encuentras ¡”-.
Mi cerebro, vejado e iracundo, planea un astuto plan para localizar al punto
G.
-¡ Te voy a encontrar, cabrón !-.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 12.
MI AMIGO EL OSO PARDO.
Todos los crepúsculos tengo el mismo sueño: un recio oso pardo
hambriento viene a visitarme a mi miserable habitación y permanece inerte
a los pies de la cama.
El oso me otea y me habla con voz de Darth Vader que fuma Ducados, me
cuenta fábulas sobre infantes y princesas y elfos del amor. Está conmigo
varias horas y cuando me duermo, el oso pardo desaparece.
No le tengo miedo, al contrario, cada día lo quiero más, es el único ser que
me visita, que me cuenta parábolas, me anima para que compre un bidón de
gasolina y unas cerillas. Me incita para que intente la autofelación sin
partirme la crisma. Me alienta para que aplauda al vacío en plena calle para
desconcertar a los transeúntes. Me adiestra a decir sí, con voz nasal, sacando
los dientes a modo de coneja, a meterme un huevo kinder por el culo. Me
amaestra para vestirme de ninja en casa y saltar de mueble en mueble con
poses misteriosas. Me instruye a bailar sentado, a cruzar un paso de cebra y
parar a los coches con la mirada.
Es el único que me auxilia con mi desamparo e incomprensión. Sus cuentos
y consejos me sirven para olvidarme completamente del aislamiento que
soporto, ese vacío y ese sentirse inerme por las personas que más quiero.
Suplo el amor que quiero recibir por el de un ser animal que cada día me
visita y me cuenta esas leyendas de emperatrices, príncipes azules, alcazabas
encantadas y repugnantes orcos que siempre tienen un final feliz.
Hoy me desperté sobresaltado, sudando y con el pulso latiéndome
desorbitadamente.
Llevaba un rato haciendo esfuerzos sobrehumanos por despertarme y huir
de lo que estaba soñando. Deseaba tranquilizarme un poco, y no se me
ocurrió otra forma de hacerlo que no fuese masturbándome. Lo hice tres
veces. Estaba deprimido. Necesitaba hablar con el oso pardo, aquel animal
que tanto cariño me daba por las noches.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Me levanté de la cama y caminé hacia el comedor. Me quedé un momento
observándolo como si lo viera por primera vez. El llanto de un niño se
filtró por las paredes, martilleando mi cabeza. El aire estaba impregnado de
un fuerte olor a sudor.
El aparato de aire acondicionado vibraba cavernoso al escupir una floja
corriente. De la calle llegaba un apagado ruido de sirenas.
El ventanal del fondo daba a un cruce de tráfico denso, con un túnel de
lavabo, un burdel y un establecimiento de automóviles de segunda mano.
La sordidez general de mi vivienda me producía una lúgubre desesperación,
con las alfombras manchadas, mi ficus muerto en un rincón, las paredes
como de papel, salpicadas por aceite, y unas vistas que dejaban el ánimo por
los suelos. Me sentí un desgraciado.
Quería hablar con el oso pardo. Darle de comer. Explicarle como me sentía.
Me dirigí a la nevera, la abrí y tras echar un vistazo, me di cuenta que había
poco que mirar. Tomé medio tomate y me lo comí de un bocado. El tomate
explotó entre mis sarrosos dientes y su jugo chorreó por mi barbilla. Mis
dientes anaranjados tenían las caries como garbanzos de Castilla, por lo que
no podía comer alimento sólido.
Me vestí apresuradamente. La puerta del ascensor se abrió con un chirrido y
entré con paso vacilante. Respiré profundamente tratando de controlar los
jadeos que me dominaban.
Estaba triste, ansioso, deprimido. Las piernas comenzaron a temblarme. La
visión se me nubló debido al terror que se había apoderado de mi cuerpo
tras la pesadilla.
Con un supremo esfuerzo pude controlarme. Pero al salir del ascensor, mi
autocontrol se disipó y todo el inenarrable horror que sentía me surgió por
la boca en forma de líquido abrasador.
Vomité en una pequeña maceta que había en el portal, y todas las
regurgitaciones quedaron goteando en las verdes hojas de un geranio.
Con paso dispar, encorvado, parecido al de un primate, mientras mis
gastados zapatos chinos de un negro grisáceo, se arrastraban a cada
zancada, contoneándose, lastimando mi deforme cuerpo y articulaciones,
me dirigí al zoológico.

33

Anastasio Prepuzio

Me topé con riadas de transeúntes que accedían de todas las calles hacia el
zoo. Y allí lo encontré. A mi amigo, mi confidente, mi compañero, el oso
pardo.
Hablamos, charlamos, le expliqué como me sentía. Él como siempre me
escuchó, me animó, me dio el cariño que tanto precisaba.

34

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 12+1.
LOS PADRES DE ANASTASIO PREPUZIO.
Quero dedicar este capítulo, el decimotercer episodio de este deplorable
libro, a mis padres por todo lo que han hecho por mí.
Infatigables jornaleros para que jamás me faltara de nada, lo han hecho y lo
hacen incansablemente todavía hoy por verme ufano.
Sí, he heredado su atroz y aterradora genética, pero siempre han estado
pendientes de mi, entregándome todo el apego del mundo. Me han
alfabetizado en la importancia de ser afable con el semejante, en la
humildad, la tolerancia con todo tipo de individuos, culturas y pueblos, me
han adoctrinado en respetar todas las opiniones, a luchar por un mundo
mejor, a combatir las injusticias allá donde se den y no rendirme nunca en la
defensa de la democracia y los derechos humanos: Si soy como soy es
gracias a ellos. Son las personas junto a Jacinta más importantes de mi vida.
ANGELINO PREPUZIO:
Nacido el 31 de Febrero de 1942. Sí. El 31
de Febrero. Con dos cojones. Catedrático de
acordeón y armónica en la Universidad
Budista de Teherán y Diplomado en
Gimnasio Moderno por la Universidad de
El Cairo, ejerce actualmente de salvavidas en
playas nudistas. No
es demasiado
inteligente.Nunca sabé calcular un logaritmo
o una raiz cuadrada. Tampoco lo necesitará. Varón con notables carencias
en la riqueza de su vocabulario, ha compatibilizado su profesión con la
publicación como poeta y ensayista de una treintena de libros. De su obra
poética destaca " Que lindo es amar. Mucho mejor es follar"; y de la ensayística "
Los tres agujeritos de Lulú". Hombre de cejas como espantosas bufandas de
lana, se mantiene en buena forma física y mental. La primera la logra gracias
a la petanca; la segunda, con el coleccionismo de brocas para taladro.
Excéntrico y extravagente fue detenido en tres ocasiones por excavar el
jardín de su vecino en busca de un tesoro perdido. Enderechador de
plátanos y amante de los libros para colorear, me enseño a sopesar
voluntades en base a las inapetencias y de él adquirí la pasión por la zoofilia.

35

Anastasio Prepuzio

FROILANA TOCINO:
Nacida el 14 de Noviembre de 1947. Curso
avanzado de plastelina por el Institute of
Economic Affeirs de Harare ( República de
Zimbabue ), es recordada en la Universidad
por realizar los exámenes tocando el
tambor. Vino al mundo con una
enfermedad conocida como hipertricosis
que se caracteriza por un crecimiento
excesivo de vello y una dentición anormal
que en su caso es de un par de filas de dientes. Orgullosa, tenaz, persistente
y halitósica, es una mujer en apariencia impulsiva, contundente en sus
argumentaciones y de palabra tan incisiva como veloz. Hija de un humilde
vendedor ambulante de globos y confetis, Froilana Tocino, le encanta
conversar eructando, y lo mismo habla de cine que comenta su pasión por
los deportes de equipo o su escasa afición por leer novela. Modelo
frustrada, que devuelve los buenos días al presentador del telediario, imagen
misma del tesón, el trabajo y el talante negociador, esta atractiva mujer de
68 años regentó una humilde botica de calcomanías durante 10 años. Mujer
coqueta y vanidosa, su frágil apariencia se eclipsa ante la abrumadora
seguridad que irradia. Amante de la humillación de góticos vertiéndoles
pintura blanca por encima, es una adicta a derrochar el dinero de la compra
en las máquinas tragaperras y disfruta incinerando coches después de leer
revistas del corazón. De ella aprendí a aparentar ser idiota delante de un
idiota que aparenta ser inteligente. Me enseñó a resolver mis problemas
mediante el método mayéutico.

36

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 14.
MI SECUESTRO.
Saqué del bolsillo de mis zaragúelles el teléfono móvil para marcar el
número de una hermosa mujer que había conocido la noche anterior en una
discoteca. Morena, piel canela, curvas sugerentes y esos labios que
prometían lamer los rincones más íntimos con frenesí, con pasión. !Qué
ojos¡ ¡Qué pechos!. Me había gastado más de 100 € en invitarla a copas Mi
indecoroso rostro de se contrajo en una mueca indescriptible al colgar el
celular. Era el teléfono de un jodido camionero de Huelva. Había sido
engañado por enésima vez.
La correspondencia se acumulaba en una vieja mesa de roble; cartas,
facturas sin abonar, publicidad y alguna suscripción caducada de revistas de
zoofilia. Me llamó la atención una de las cartas que yacía inverosímil entre el
caótico montón de papeles. Un cenicero colmado de colillas ambientaba la
atmósfera. Encendí el mugriento flexo, apagué la tele y me incorporé. Miré
la carta con curiosidad. El remitente era “Juegos y Apuestas del Hestado”.
Tomé el sobre y lo abrí. Apenas podía leer. No por los nervios, sino por mi
atroz analfabetismo. En un momento de valentía efímero respiré profundo
y comencé a leer torpemente. Mi afición por la lectura se había basado solo
en leer la etiqueta del champú mientras cagaba. Esbocé una sonrisa de
satisfacción. Por fin una buena noticia en mi miserable vida. Había sido
premiado con un millón de €.
Me citaban en un apartado campo de naranjos para hacerme entrega del
premio y según relataba el escrito “debía ser discreto, muy discreto”.
Eran las 16.00 horas de la tarde. Apenas 3 horas me separaban de mi sueño.
Debía apresurarme. Me despojé de mi ropa y entré en la ducha. El contacto
con el agua fría fue agradable, reparador.
Alcancé una pastilla de jabón para frotarla contra mi sucio cuerpo con
movimientos circulares. El agua era gélida, glacial. Me habían cortado el
agua caliente. Noté un calorcito familiar en mis mugrientos muslos peludos
y en los pies, que compensaba la sensación de frío. Me estaba meando
encima.

37

Anastasio Prepuzio

Debía ser discreto, pasar inadvertido, así que me enfundé un uniforme
militar de camuflaje, me acomodé un casco de acero cubierto de paja y
hojarasca para pasar desapercibido, y me pinté la cara de verde y negro. Salí
a la calle. Miré a ambos lados de la avenida y me tendí al suelo en forma de
cruz. Con la mejilla adherida en el asfalto, empecé a recorrer la calle
arrastrando sigilosamente mi cuerpo por el pavimento.
Los transeúntes me miraban con lástima, pensando que era un ruin
demente. Algunos me tiraron unas monedas. Otros, un trozo de bocadillo.
Los más desalmados me pisaron, como si de una rata enferma de tratara.
Llegué al campo de naranjos. Tres sicarios con pasamontañas me vinieron
encima, uno de ellos apuntando mi cabeza con un revólver del 45.
Un puñetazo en la cabeza me tiró al suelo. Inconsciente en el pavimento,
empecé a recibir una brutal secuencia de patadas y puntapiés.
Me desperté en una especie de subterráneo en el que no entraba aire ni luz
solar. Una melancólica bombilla de 60 watts arrojaba una luz ambarina
sobre una pequeña celda de paredes carcomidas por el óxido. El ambiente
olía a metal, a mugre, a metadona.
Uno de los sicarios se acercó a mí, lentamente, pero con paso firme.
Flexionó su rodilla de manera que su rostro se situó frente al mío. Me
examinó y se acercó.
Estaba asustado. Mi rostro de murciélago estalló en lágrimas, gritando con
todas las fuerzas que aún albergaba. Un fétido tufo a heces advertía que me
había cagado encima. Nuestras mejillas llegaron a rozarse por un instante,
tiempo necesario para percibir como el escalofrío recorría mi cuerpo. Me
susurró con cara de Clint Eastwood cuando hace sol:
-Sabemos que has inventado la fórmula de la fusión nuclear con óxido de deuterio.
La has vendido a los hijos de puta iraníes-.
Mi rostro adquirió un rojo tono de congestión, mientras mi frente se
perlaba de sudor. Sin duda se trataba de un tremendo error. Me habían
confundido con un peligroso terrorista.

38

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Yo apenas sabía contar hasta diez por lo que evidentemente era imposible
que ingeniara una formulación configurada por complejos logaritmos
exponenciales.
Le escupí. Mi saliva impactó en la mejilla izquierda del raptor. La rabia
invadió su mirada a la misma velocidad con la que un escalofrío húmedo se
deslizaba por su cara.
Un ruido seco anunció que el codo derecho del sicario había hecho blanco
en mi mandíbula. El hilo de sangre que resbaló por mis labios, indicó que la
tenía rota.
-Bien- dijo el secuestrador. -Volvamos a empezar. Pero como pareces un tipo
duro, te aplicaremos un incentivo, gilipollas -.
Se aproximó a una mesa donde aguardaban objetos poco tranquilizadores
y cogió una pinza metálica. Cerró la pinza sobre unos de mis pezones.
Tensé el cuerpo y contuve un quejido. Estaba aterrado pero era
inmensamente feliz. Me sentía importante por primera vez en mi vida.
- ¡¡Jamás os daré la fórmula de la fixsión nuclear esa!!- chillé con regocijo
asumiendo un rol que no me pertenecía.- Yo la inventé y haré con ella los que
me salga de los huevos!!! - sentencié.
El secuestrador prendió unas tijeras de podar y, con precisión de cirujano,
amputó mi mano izquierda.
-Espero que esto te haga reflexionar- afirmó el secuestrador. - Mañana por la
mañana continuaremos. Tenemos preparada una divertida tortura de sodomización-.
Empecé a sudar. No por el dolor de mi mano mutilada, sino por diabólico
martirio que iba a sufrir mi recto. La angustia se apoderó de mi esfínter.
Cuando los sicarios abandonaron el zulo, empecé a tejer una estrategia para
escapar.
Sonaba la sintonía de Documentos TV a modo de cruel tortura. Casi
desvanecido, empecé a cavar un túnel con mi mano amputada. Las
gigantescas uñas de mi extremidad mutilada, aceleraron el trabajo.

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Anastasio Prepuzio

Tres horas más tarde logré salir al exterior, en un espeso boscaje. Me
arrastré torpemente por el suelo como una lombriz. El suelo frío pasó a ser
una húmeda superficie de musgo.
Había humedad. Notaba como mi cuerpo se enfriaba y mi ropa se
empapaba. Había cerca un riachuelo. El río estaba entarimado por largos
maderos y pinos descortezados. Seguro que encontraría socorro por esa
zona.
Cuando me acerqué a la orilla, puede ver a un campesino. Estaba salvado,
fuera de peligro, la pesadilla había terminado, mi culo libre de peligros. Con
las escasas fuerzas que tenía me aproximé al lugareño.
Levanté la vista y…

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 15.
EL COLECCIONISMO, ESA ESTÚPIDA AFICIÓN.
El ser humano, desde su nacimiento, por pura necesidad biológica, siente la
perentoria y estúpida necesidad de tener junto a él objetos de muy diversa
índole.
El instinto coleccionista emerge en edad temprana y va acrecentándose con
el paso de los años.
No existen preceptos a la hora de coleccionar objetos. El individuo racional
recopila una amplia gama de los mismos, muchos de los cuales pueden
parecer inverosímiles. Todo, absolutamente todo es coleccionable.
Las formas de colección son muy variadas, desde el necio que recopila uñas
podales al presuntuoso que busca la unicidad en una obra de arte.
Los objetos son indispensables para nuestra existencia, tienen un sentido,
un significado único, estableciéndose una relación sumamente estrecha
entre sujeto y objeto. La depravación, el deseo desorbitado ante una pieza,
puede llegar a establecer con ella una relación de culpabilidad.
Algunos coleccionistas las ocultan con el único propósito de que sólo
puedan ser contempladas por ellos mismos. La clandestinidad, el
secretismo, la enajenación hacia el objeto, lo convierten en materia de
lujuria.
Es la vehemencia llevada al límite, la fuerza de los sentimientos sobre la
razón, la victoria de lo visceral sobre el raciocinio.
Empezamos el mes de Enero con insensatos y utópicos propósitos: Dejar
de fumar, reducir la panza ‘cruzcampo’, publicar un best seller, apuntarse a
un curso de pirómano, aprender euskera con los productos Eroski , algún
misógino se propone coleccionar mujeres… y en cualquier kiosco,
tenderete o librería que se tercie, lo aprovechan para ofrecer asombrosos
coleccionables de dantescas muñecas, ridículos sellos, inútiles monedas,
anillas de extintores, rústicos abanicos, tapones de corcho, sobres de azúcar,
vulgares dedales, mugrientos posavasos, vitolas de puros, muñecas

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Anastasio Prepuzio

hinchables, minerales radioactivos, ballestas medievales, pistolas, escopetas,
rifles, bazocas, tanques, y un largo etcétera.
La estratagema radica en regalar los tres primeros fascículos del
coleccionable, para adquirir semanalmente la nueva entrega a precio
prohibitivo.
La mayoría de las colecciones duran años, lustros e incluso décadas. El
intrépido que logra finalizarla ha invertido su patrimonio en la jodida
colección. Y pese al fantástica estantería de madera hueca que nos regalan al
terminar la compilación, nos preguntamos. ¿ Ha merecido la pena?. La
respuesta es evidente.
Por ello, propongo para los amantes de esta estúpida afición una alternativa
sumamente económica, tremendamente original y particularmente
exclusiva: El coleccionismo de mierdas de perro en frasquitos de cristal.
Esta excelente iniciativa, nos permitirá etiquetar los excrementos perrunos
con fechas, lugares, por su valor sentimental e incluso de acuerdo con lo
que creemos que había comido el jodido canino.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 16.
LOS CABRONES DE MIS SUEGROS.
Era Domingo a mediodía. El sucio parabrisas de mi viejo coche
amortiguaba ligeramente el sol. La calefacción resollaba asmática y solo
proporcionaba cierto alivio contra el implacable frío.
Me sudaban las manos, las nalgas y los pies. Escupí un par de veces
mientras me limpiaba los labios con el torso de la mano tratando de apartar
el horrible sabor a vómito de mi basta boca. Me encendí un cigarrillo con la
facilidad de los fumadores principiantes, pero apenas pude sostenerlo
entre mis agrietados labios.
El pitillo me cayó dos veces y la llama del encendedor abrasó mi granulada
nariz. Estaba tremendamente nervioso. Habíamos quedado para almorzar
en casa de los padres de Jacinta.
Los hombres sienten un gran temor por conocer a su suegro. Temía, como
pasa en las películas cómicas, que su padre, extremadamente celoso,
analizara todas mis miradas, especialmente aquellas que hablan de deseo
carnal por su hija.
Apareció Jacinta por el portal de su casa, hermosa, radiante,
cautivadora. Vestía un sugerente top que a duras penas sostenía unos
desproporcionados pechos que dejaban al descubierto un velludo ombligo
perdido entre flácidos michelines.
Ataviada con minifalda, lucía unas sensuales medias de rejilla. Parecía un
redondo de ternera. Su burdo maquillaje dantescamente dibujado con
macrobrocha para ojos, pretendía simular el trazado del ojo de los papiros
egipcios.
-¿Voy bien?- preguntó besándome la mejilla.
- Estás espléndida-, respondí mientras mi pequeño amigo intrainguinal
empezaba a despertarse al admirar sus curvas.

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Anastasio Prepuzio

Subió al coche e iniciamos la marcha. Apenas 10 minutos nos separaban de
aquella infernal cita. Llegamos puntuales.
Saturnino, el padre de Jacinta, abrió la puerta. Vestía un mugriento chándal
de color vistoso, reflectante, como los chalecos de los basureros.
-¡¡Buenas tardes, cabrones!!- saludó enérgicamente mientras se acomodaba el
paquete testicular.
Besó a su hija y me miró fijamente, escrutándome.
Se acercó y me abrazó.
-Bienvenido a nuestra humilde morada, Anastasio. Ya teníamos ganas de conocerte .
Pude oler el tufo de sudor fresco mezclado con el dulzor nauseabundo del
anís.
-Pasemos al salón- sugirió con voz siniestra.
Saturnino me pasó un brazo por los hombros y sonriendo satisfecho me
susurró al oído:
-Así que tu eres el maricón que se tira a mi hija…bien, bien...-.
Apenas pude articular palabra. No por su jocoso comentario, sino por su
molesto y hediondo aliento.
Sentada en el sofá yacía Anacleta, la madre de Jacinta. Estaba ejercitándose
con uno libro para colorear. Absorta, se hurgaba la nariz con regocijo. Su
rostro se deformaba aún más de placer cuando conseguía pescar alguna de
las inmundicias que poblaban su mugrienta cavidad nasal.
- Mamá!. Ya estamos aquí!! - gritó Jacinta tal mercader de zoco.
Anacleta se levantó del sofá y abrazó a su hija: - Este es Anastasio, mamá -.
- Que feo es, hija…- murmuró aquella grotesca mujer mientras me
saludaba con su rezumada mano. Sin duda aquella desgraciada no se había
mirado al espejo.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Nos sentamos a la mesa. Tras un repugnante aperitivo a base de patatas
rancias, canapés con moho y aceitunas podridas, Anacleta sirvió la sopa de
tropezones.
La cara de Saturnino se iluminó tal semáforo en ámbar y se abalanzó sobre
el plato como un indómito depredador. Aquella criatura tenía hambre de
perro. Sorbió la sopa como un poseso, sin pronunciar palabra, golpeando el
vaso con los cubiertos tal compositor en plena inspiración musical. Que
estampa más miserable.
No pude evitar el estúpido parpadeo frenético que acompañan los tópicos
de la sorpresa. Probé la sopa. Sabía a bazofia, a puerto, a metales pesados.
Aquel caldo estaba guarnido con trozos de chorizo, limones, pelos rizados,
serrín, brocas de taladro, y un sinfín de inimaginables complementos
gastronómicos.
Excusándome en una reciente gastroenteritis, opté, en una decisión atinada,
por no acabármela. Aquel domingo se estaba convirtiendo en una
espeluznante pesadilla.
Saturnino se levantó para servir el segundo plato. Anacleta aprovechó su
breve ausencia para escupir dentro de la copa de su marido las infectas
expectoraciones de su cruel resfriado.
Me estaba mareando.
El padre de Jacinta apareció con el pollo adobado. Lo sirvió con sus
zarrapastrosas manos en el mismo plato de la sopa. Anacleta se abalanzó
sobre él tal cachalote atacando un banco de anchoas. Engullía sin
desmenuzar, como una alimaña surgida de las tinieblas. Con las manos
llenas de grasa, chupaba astutamente hasta el último hueso, para terminar
limpiándose las manos en el mantel.
El sudor bajaba a chorros de su papada hacia su profundo y arrugado
escote. Nadie osaba hablar. Todos zampaban. Los latidos de mi corazón
aumentaron dando retumbos como si quisiese salir de mi pecho con un solo
latido.
Ver el horrible efecto de sus masticaciones al unísono, me provocaba
náuseas. De repente noté como un deforme y maloliente pie acariciaba mi
zona escrotal.
Entendí que Jacinta, avergonzada de lo que allí estaba sucediendo, quería
confortarme. Le sonreí en un guiño forzado, agradeciéndole el gesto.

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Anastasio Prepuzio

Jacinta se levantó para traer el pastel.
Un estremecedor espasmo recorrió mi seboso cuerpo al tiempo que
empezaba a sudar: el pie seguía allí, en mi pubis, juguetando con mis
glándulas testiculares.
La cabeza me daba vueltas, prolegómeno de la crisis de vértigo que tanto
había padecido en situaciones de estrés.
Agarré un tenedor, y tal torero estocando al astado, hinqué con todas mis
fuerzas el cubierto contra el foráneo y amorfo pie.
Un grito, un atronador rugido, como el bramido de una bestia a la que están
degollando, quebró el silencio del salón. Era el cabrón de Anacleto que
dolorido, se frotaba el pie mutilado.
Llegó Jacinta con la tarta, sonriendo, dando groseros lengüetazos al pastel
como un sucio perro famélico. La vista se me empezó a nublar. Mi cabeza
daba vueltas y más vueltas. Se me escapó un sollozo de angustia y me
desvanecí.
Desperté aturdido 3 horas después. Acostada en mi cama aguardaba Jacinta.
Me besó la mejilla y susurró:
-Hola cariño. ¿Quieres un trozo de pastel?-.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 17.
IN MEMORIAM TOBY.
Toby, me abandonaste como lo hace un suspiro,
mi hipertrófico corazón exhalando mohíno gemido.
Tu mórbido y orondo cuerpo mecido en mi regazo,
al despeñarse tu hirsuta cabeza entre mis brazos.

Fidedigno aliado, noble camarada y amigo fiel,
renunciaste a esta mierda de mundo pancista y cruel.
Hocico gacho, ébanos ojos, pardo y sarnoso pelaje,
emprendiste, ahíto y rendido, fúnebre viaje.

Han sido quince años de aplacible y carnal compañía,
por doquier irradiabas hediondez, libídine y alegría.
Decían que tu pedigrí ahuyentaba quienes quieren hurtar,
¡ Cuántos rateros expoliaron nuestro humilde hogar !.

Fui incapaz de amansarte desde tu anhelada adopción,
defecabas, indómito, en el moqueta turca del salón.
Nunca, nunca logré en el pescuezo ponerte la argolla,
¡ Cabrón !, siempre hacías lo que te salía de la polla.

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Anastasio Prepuzio

Dedos y manos mutiladas, me seccionaste la yugular,
con tus mordiscos y dentelladas me quisiste capar.
Tus rastreros ladridos me despertaban en la alborada,
¡ Cuántas veces intenté silenciarte con una pedrada !.

Mirada sardónica, jocosa y mordaz, burlándote de mí,
enarbolando tu cola pajiza cual talluda mezquita yemení,
cuando lanzaba la pelotita entre los olivos en forestación.
¡ Hijo de la gran puta! , ¡ Busca!, ¡Busca el jodido balón!.

Pusilánime sabueso, canino cobarde y medroso,
con convulsos temblores cual epiléptico baboso,
al escuchar un trueno o percibir un argavieso fuerte,
timorato corrías en estampida a esconderte.

Con podencos, gatos, roedores y ovinos quisiste copular,
¡ Promiscuo cabrón !, no existía fármaco que te pudiera sanar.
Fiebre, disentería, pústulas, abscesos y úlceras genitales.
¡ Insensato!, contrajiste la gonorrea en alguna de tus bacanales.

Tu infecto corazón dejó de latir y sollozo, lloro tu partida,
Toby, no expirará en mi recuerdo tu mirada ardida.
En tu sepultura, allí en el vertedero, mis lágrimas remojo,
y ahora… ¿ Quién cojones cuidará de mi tercer ojo ?.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Fidedigno aliado, noble camarada y amigo fiel,
renunciaste a esta mierda de mundo pancista y cruel.
Hocico gacho, ébanos ojos, pardo y sarnoso pelaje,
emprendiste, ahíto y rendido, fúnebre viaje.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 18.
JODIDO CARNAVAL.
En el Carnaval no preocupan los edictos, es un mundo al revés, se libera el
temor impuesto por la exigencia de los códigos, se experimenta
una libertad por el comportamiento diabólico; la máscara traslada a la risa
la dificultad de vivir y ridiculiza la cultura oficial de la seriedad, se
transgrede, y no hay sentimiento de culpa ni remordimiento.
Este es el espíritu del jodido Carnaval. Una auténtica gilipollez. Conectada
la vida con el carnaval, el paso siguiente es amarrarnos a la fiesta, y con ella
la sociedad se libera de las normas impuestas, se burla de sus dioses,
principios y normas, se niega a sí misma.
El jolgorio como exceso, como desperdicio ritual. La fiesta es el
advenimiento de lo insólito, son días de excepción, tiene una lógica, una
moral que invierte la del resto de los días; es el caos original, la orgía de lo
grotesco, la bacanal de lo caricaturesco.
Desaparece la noción de orden; todo se ridiculiza, se invierten los términos,
se unen los contrarios, se niega la sociedad como conjunto ordenado de
normas y se afirma la creatividad y energía como fuerzas liberadoras.
Coloridas carrozas, trajes elaborados, niños bailando las rutinas,
octogenarios decadentes que se disfrazan de góticos para fornicar gratis; la
alegría, la espontaneidad y la estupidez integral.
Hombres que utilizan carnaval para disfrazarse de mujeres, pueriles
muchachas que lo utilizan como excusa para disfrazarse de zorras, gente
disfrazada de buzo que persigue el coche de Google Maps, individuos que
visten a sus perros con trajes de Nenuco.
Inquietantes, bellos y coloridos carros alegóricos que representan todo tipo
de personas, animales y criaturas míticas, groserías blasfematorias dirigidas a
las políticos y personajes públicos, colman las calles con bailarines en trajes
rococós a bordo de fiesta, y sus estúpidos amantes se enorgullecen de su
trabajo con más de un toque de rivalidad entre los participantes.
El carnevale, la celebración pagana, este año, me ha salido torcida. De
haberlo pensado con antelación me hubiera hecho con una capa jedi en
condiciones, o un disfraz de jamón para correr dando saltos por una
mezquita. Pero me interesé demasiado tarde en el asunto, y sólo pude

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

merodear por los tradicionales bazares de juguetes, siempre en crisis. La
última vez que participé a un carnaval fue cuando tenía ocho años. Me
vistieron de médico y me dieron un faraónico termómetro de plástico.
Capté la gracia del asunto muchos años después.
La constante de los disfraces de carnaval es que son míseros y ordinarios.
No podría ser de otra manera: sólo se llevan unas horas al año, y a la gente
no le interesa resultar creíble en su nueva y efímera identidad.
Creo que es una postura básicamente incorrecta, ya que llena el mundo de
ropajes mediocres y listos para el olvido. Un buen traje cuesta, pero brinda
la oportunidad de volver a reutilizarlo.
Al mirar el catálogo típico de trajes la ordinariez se respira en cada página:
tejidos de última categoría, tallas macroanchas universales, máscaras de
goma, horribles y aterradoras, sombreros grotescos y extravagantes, y un
largo etcétera. Por no mencionar las pelucas bermejas y diabólicas, o los
accesorios de plástico, especialmente fálicos.
Exprimiendo mi desbordante imaginación, decidí disfrazarme de Rafa
Nadal. Idolatrado por muchos por su forma de ser, y especialmente por sus
fornidos músculos, rayando la perfección, quise emular al esbelto manacorí,
que además de los ya conocidos deltoides, bíceps o tríceps, ha logrado
definir y desarrollar su musculatura de tal manera que músculos como los
braquiales, el extensor radial o el pectoral menor, saltan a simple vista.
Incomprensiblemente fui detenido por la policía.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 19.
EL JARDÍN DE LOS HIGOS.
Hoy es un día trágico, funesto, amargo.
Una jornada pesarosa, mohína y taciturna. El jodido Ayuntamiento de mi
ciudad, ha iniciado los trámites administrativos preceptivos para la
convocatoria de un concurso público cuya finalidad es ceder los derechos
de demolición del Parque de los Higos, un enclavamiento cargado de
historia.
Un majestuoso emplazamiento colmado de cultura y tradición. Un prodigio
de concentración de interés turístico.
Lo artístico y sentimental del parque se halla en sus centenarios ciprés, sus
bellas amapolas, ese intenso y refinado aroma a naranjos y jazmines. Su
intrincado laberinto.
Un patrimonio de la humanidad que guarda innumerables tesoros
insospechados y emocionantes, secretos inesperados, exóticos, que nos
hechizan.
El tiempo no pudo escapar de él y subyace en cada orquídea, en cada
bougavilla, surgiendo a borbotones y volcando su caudal de historia.
Mis ojos tristes, enlutados lentamente se humedecen, y no tengo
conjuntivitis. De pronto surge una gota de agua que empapa mis pupilas.
Sí. Estoy llorando. Estoy compungido, desolado, irascible. Mi estimado
parque se marchará para no volver.
Hoy, es una jornada aciaga, luctuosa, melancólica.
Hoy nos arrancan un pedazo de nuestra historia. Hoy mutilan nuestros
recuerdos de la infancia.
El consistorio municipal, ha decidido construir un casino, un centro
comercial y un párking subterráneo. Maldita especulación!!!.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

" El Parque de los Higos", enclavamiento cargado de historia.

Nos arrancan este bello paraje, nuestros recuerdos de infancia.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 20.
INMOLACIÓN FALLIDA.
Apuro un café en estado de ebullición. Estoy nervioso, turbado, bullicioso.
Las cáscaras de gamba colonizan el sucio empedrado de aquel tugurio de
precios prohibitivos. Me fumo el cigarrillo electrónico en silencio,
rápidamente, con avidez, dando pedestres e intensas caladas mientras
repaso mentalmente, por enésima vez, los detalles del atentado.
Transpiran mis manos, los pies, el ojo bruno. Mi agrietada frente empieza
también a ser pasto de la sudación.
Un individuo mórbido y de aspecto siniestro, engulle hamburguesas como
si no hubiera mañana. Tras él, dos decrépitas octogenarias, acicaladas con
maquillaje propio de una academia de payasos, juegan vehementemente al
parchís. Una taheña azafata de vuelo, de escasos cuarenta años amarrados
en una grotesca coleta, hurta los azucarillos del café mientras un degenerado
de ojos estrábicos cierra una revista de zoofilia, doblando con su diestra
mano la punta de la página 15 para posteriormente acomodarse el fardo
testicular con la zurda.
Aquellos decadentes e inocentes seres, en cuestión de minutos se
convertirán en víctimas de mi cruzada, damnificados colaterales.
Recuerdo ahora las lecturas clandestinas, aquellos textos que estimulaban mi
adrenalina pubescente, palabras que inyectaban la dosis de tósigo para ser
un insurrecto de esta sociedad, un sedicioso en rebeldía contra quienes
usurpan nuestras libertades.
Rememoro cómo escribía literatura contestataria, cómo secundaba huelgas
y motines callejeros, cómo redactaba fanzines de compromiso social.
Contumacia y obcecación, intolerancia y agresividad, son las actitudes
exacerbadas que he adoptado, ávido de rebeldía, para arremeter
pasionalmente contra la opresión, contra este pérfido e injusto genocidio
premeditadamente ignoto por nuestra sociedad.
La cafeína realiza su efecto y aclara mis ideas.
Me estoy cagando.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Rotunda convicción. Ferviente y chauvinista paladín de los derechos de los
más desamparados. Lo tengo decidido. No hay marcha atrás. Me convertiré
en mártir de noble causa. Me voy a inmolar.
750 gramos de explosivo plástico CN-42-3√12 adherido a mi cuerpo,
suficiente munición para reventar en mil pedazos el avión.
Una voz nasal, particularmente desagradable, alerta por megafonía que ha
llegado la hora de embarcar.
Vuelo 812 con destino a Islas Feroe. Puerta 62.
Abandono a toda prisa la cantina aeroportuaria mientras el noticiero ofrece
su ración diaria de adulterio entre celebridades: hablan de un descasamiento,
letanía populachera.
No la escucho.
Me dirijo apresurado por los pasillos del aeropuerto a la boca de embarque.
Silbo una balada de Manolo Escobar en una habilidosa maniobra de
distracción hacia los agentes de aduanas.
Simulando tartamudez con relativa facilidad, paso el arco detector sin
problemas pero inspeccionan minuciosamente mi maleta de mano.
Hijos de puta.
Me confiscan la petaca de orujo y mi colección de calcomanías.
Subo al aeroplano, busco mi asiento y levanto mi pequeño maletín hasta el
compartimiento que tengo sobre la cabeza. Me siento en la butaca del
pasillo esperando nerviosamente a que el Boeing 757 despegue.
Un afrancesado azafato, de hediondas axilas, recorre los asientos del avión
mientras hace recuento de los pasajeros.
La áspera voz del piloto retumba en los altavoces para comunicar a la torre
de control que se dispone a despegar.
Un océano de castañuelas metálicas emerge durante unos instantes por
encima del fragor de los motores.
El avión abandona tierra firme, elevándose por los aires tal pajarraco de
metal, dejando atrás, allí abajo, los pinos y las palmeras, el paisaje tono ocre
marchitado por el justiciero sol de Julio.
-Dong-. Se encienden las luces de los cinturones. - Recuerden que no está
permitido fumar- susurra una libidinosa voz por megafonía.
Levanto la cabeza y escruto por última vez el avión.

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Anastasio Prepuzio

El sudor empapa ahora mi cuerpo. Lo nervios me hacen hiperventilar.
Pienso en todos aquellos pasajeros, en sus allegados, en los posibles
sobrevivientes y en sus historias, en las entrevistas que concederán a la
prensa, en alguna escuela que bautizarán con mi nombre.
Medito en mi adorada Villanueva del Trabuco, en Eurodisney, en las
escasas personas relevantes en mi vida, en lo que bisbisearán en mi
velatorio, y en quién cojones heredará mis deudas, mis consoladores rectales
y mi colección de Falete.
No puedo evitar que una lágrima se derrame de mi legañoso ojo.
Ha llegado la hora.
Repito mentalmente aquella frase reivindicativa que tanto había vociferado
en las manifestaciones.
Me levanto de mi asiento...

-¡ No a la extinción de los gitanos pelirrojos!-:

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 21.
DÍA DE MUSEO.
Pese a que siempre creí que el ejercicio físico era una leyenda urbana, antes
solía sonreír cuando tenía que someterme al odioso ritual de subirme a la
bicicleta estática al amanecer y empezar a pedalear cual gilipollas rumbo a
ninguna parte mientras el sol se alzaba poco a poco e iluminaba mi pequeño
y mugriento apartamento.
Me divertía imaginar qué pensaría la gente si me viera, con mis sucios
pantalones de chándal, despeinado y ojos hinchados. Ahora me limitaba a
completar el ejercicio sin detenerme a pensar en el aspecto que tenía. Tenía
que dejar de ganar kilos para poder empezar a perderlos, ya que a mi edad,
los kilogramos se aferran a mis mórbidas carnes y se niegan a quemarse tan
rápido como cuando era más joven.
La inadecuada alimentación, el sedentarismo y el haber llegado a ser parte
del mobiliario del bar por el tiempo que pasaba dentro, me habían
convertido en un auténtico repolludo de manteca.
Apenas recordaba la noche anterior. Me levanté sin ganas de ejercitarme
con la jodida bicicleta. Era una mañana de ibuprofeno. Fui directamente al
baño. Me miré al espejo: barba de pocos días, exiguo pelo revuelto, aliento a
resaca y los clásicos moratones anónimos después de una noche de
borrachera. No tenía dolor de cabeza, pero si cierto malestar estomacal. Me
senté en el retrete y me puse a calcular integrales infinitesimales mientras
cagaba. Me limpié el trasero con papel higiénico robado de edificios
institucionales, una afición que todavía mantenía viva desde mi
adolescencia.
Vacíos de memoria sobre la noche anterior. Probablemente mantuve
conversaciones profundas con desconocidos, con esa curiosa habilidad para
hablar otros idiomas que otorga el estado de embriaguez. Vomité, y me
cepillé mis dientes carcomidos por la caries.
Escribí un sms a Jacinta, guiñando el ojo zurdo pues todavía iba ajumado.
No tenía ganas de verla.

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Anastasio Prepuzio

Decidí disfrutar de una jornada cultural en la más absoluta soledad. Una
visita al museo me ayudaría a despejar mi depravada mente. Me metí en la
ducha sin la alfombra deslizante y me saqué autofotos tal choni
quinceañera. Me vestí con una vieja y sucia camiseta y unos calcetines
vaqueros.
Llegué al museo, un edificio alto e imponente. En su fachada tenía
fotografías de importantes hechos históricos y estatuas cuneiformes que me
observaban ojipláticas.
Ya dentro de la galería, una decrépita guía, con la cara rebozada de colacao,
relataba el aporte de las culturas indígenas americanas al mundo actual.
Sonaba atronadoramente por los altavoces del museo la canción de
Vacaciones Santillana.
Quedé asombrado frente a la imponencia de las estatuas de los caciques de
las diferentes culturas que habían habitado el continente antes que nosotros.
Después pasamos a una vitrina en la que yacían expuestas cientos de
figurillas de oro y jade, que representaban dioses, actos místicos y
demonios. Aquellas efigies deberían tener un valor incalculable. Calibré la
posibilidad de hurtar con mi bolsa forrada de albal una de aquellas
esculturas.
En la siguiente parada, la guía, con gafas de nerd sin graduar y cara de sucia
cortesana, impartió un pequeño discurso sobre las culturas africanas, sus
rituales y su erudición en general. Advertí obvias diferencias en los aportes
folclóricos de las diferentes culturas, pero sin olvidar el valor de cada
civilización y su importancia a través del tiempo.
Cuando la guía terminó su explicación nos llevó a otra sala, pero ésta no era
sobre culturas antiguas sino que era una honra a la pintura del desnudo.
Nos relató que en el mundo del arte había sido constante la búsqueda de la
belleza del cuerpo humano, sobre todo femenino, dada la supremacía de
pintores varones.
Pero las trabas para pintar este tema habían sido innumerables. La iglesia
católica siempre había considerado el desnudo como algo tabú, inductor de
bajas pasiones, objeto de vergüenza y fuente primera de pecado y
apartamiento del evangelio.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

En aquella sala, predominaban la representación de los desnudos
femeninos, deidades madres, Venus, Afroditas y mujeres obesas o
embarazadas con grandes o resaltados senos mamarios. Quedé perplejo al
contemplar aquellas mujeres tan bellas, con esas figuras tan femeninas,
esbeltas, tan delicadas como la porcelana.
Me llamó la atención una pintura que representaba en primer plano un
pubis femenino, el de un tronco de mujer desnudo, reclinado sobre las
sábanas de un lecho y que tenía las piernas separadas.
La escala, el encuadre y el punto de vista elegidos por el artista debieron
suponer una radical novedad respecto de toda la tradición pictórica anterior.
Me produjo una fuerte impresión de sensualidad y erotismo.
Quedé hechizado por aquella auténtica obra de arte, hipnotizado por aquel
lienzo de belleza excepcional.
Incomprensiblemente, fui reducido por los agentes de la seguridad privada
del museo y expulsado a bofetones de la pinacoteca.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 22.
CONSEJOS CAPULLESCOS.
Extenuados del sosiego y la monotonía, prisioneros de lo previsible, llega
un momento en nuestra miserable y rutinaria vida que anhelamos un
cambio; un momento en el que estamos hasta los cojones de todo, una fase
en la vivimos desorientados y deprimidos, y en la que precisamos empezar
de nuevo, reconstruyendo positivamente los errores del pasado.
Retirar los muebles de la pared de nuestro destino y afrontar la muda.
Dar un giro de 180 grados. Metamorfosear.
Catar nuevas experiencias. Evolucionar. Ese es el motor de la supervivencia,
el catalizador de la existencia.
Ninguno de nosotros es un sistema cerrado, tapiado.
Creamos nuestras actitudes para entender el mundo que nos rodea y, por
tanto, nuestras actitudes están permanentemente abiertas a la influencia del
entorno.
He aquí una sagaz propuesta para alcanzar dicho objetivo. Créandme, habrá
un antes y un después tras la finalización del siguiente ejercicio:
Agarre un tenedor, espátula o paleta de cocina y diríjase a la avenida más
concurrida de su población.
Exija que le acompañen sus amigos, compañeros de trabajo, vecinos y
familiares.
No le explique qué va a hacer, será más emocionante.
Escoja minuciosamente el lugar más masificado. Una vez se sitúe en el
punto indicado, quédese mirando a los transeúntes a través de las púas de
su tenedor, como si estuvieses en la cárcel.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Grite aterrado:- ¡Socorro, sáquenme de aquí!. . ¡Soy inocente. Soy inocente!. ¡Quiero un
abogado!."-.
Exija que acuda la televisión, prensa y periodistas y cuando las fuerzas del
orden público le detengan, denúncieles por torturas y malos tratos.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 23.
LOS PELIRROJOS, ESOS INQUITANTES SERES.
Según la prestigiosa revista National Geographic un 4% de la población
mundial es pelirroja natural. Este peculiar rasgo es debido a una mutación
genética en el desconocido gen MC1R.
Apunta esta investigación que los neandertales eran ya pelirrojos y de piel
tremendamente albuginosa, como algunos humanos modernos que hoy
habitan el hemisferio norte de nuestro planeta. Esta es la primera
característica física que se conoce de estos humanoides, desaparecidos hace
unos 30.000 años, de los que se puede adivinar por los fósiles de sus
huesos.
Históricamente, los pelirrojos siempre fueron considerados hijos de Satán,
hasta tal punto que se les había llegado a enterrar vivos. En la mitología
griega se sospechaba que los cobrizos eran amigos de lo oscuro, aliados de
la vileza, socios de mefistófeles. El imperio romano asoció lo rojizo con la
perversión, la fogosidad, con la depravación diabólica.
A partir del siglo VIII, a Judas se le representa así, y luego ese atributo se
dilata a otros traidores, desde Caín al Mordred artúrico.
En la actualidad, estos singulares sujetos se caracterizan por tener el cabello
pigmentado de color rojizo y la piel macilenta, como los pollos
del Carrefour. Estos individuos son hipersensibles al Astro Rey, poseen
unos rostros estucados por cuantiosas pecas y son tremendamente
inteligentes.
Me perdonarán los pelirrojos, pero no hay que ser un lince para descubrirlo:
llama poderosamente la atención el modo de comportarse de estos
perspicaces personajes. Su inquietante y pavorosa manera de mirar, su
sosiego en el andar, su malévolo y dantesco modo de gesticular, su
misterioso estilo de escupir, su desconcertante y hórrida forma de
sonreír…Comprobadlo con el panocha protagonista de la serie de
forenses…Acojona. Joder si acojona.
Pienso que hay gazapo escondido. Estoy convencido: los pelirrojos están
tramando una conspiración. Sí. Una confabulación para dominar el planeta.
Primero fueron los francmasones y los Jesuitas. Después los Illuminatis.
Posteriormente los Templarios y los Thuleanos. Ahora los pelirrojos

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

intentan expandir sus postulados a toda costa, en un perverso plan diseñado
con el fin de imponer un gobierno único, urdiendo intrigas para lograr el
dominio del universo.
Los muy jodidos han situado a varios de sus inquietantes miembros en
todos los centros de poder con el fin de esclavizar al resto de la civilización.
Buscan la hecatombe financiera del orbe, el aniquilamiento del verano, la
destrucción de toda máquina de rayos UVA, la asunción de uno de su
especie como Papa, la imposición del punk como estilo de vida, el
debilitamiento de las religiones a causa de la promoción del libre
pensamiento y el control de la maquinaria cultural auspiciando el control
policial y mental del rebaño futuro.
Los pelirrojos se reúnen en lugares secretos, oscuros y ocultos, en torno a
uno de los máximos dirigentes, para discutir sobre los financiamientos de
sus horrísonos planes y la distribución de los recursos. Yo los he visto. Los
vigilo sutilmente. Astutamente los espío. Sí. A mi no me engañan.
Estas sociedades no se muestran como tales, sino que trajinan en la
clandestinidad, induciendo la responsabilidad de sus desafueros a quienes
más les estorban en sus sutiles propósitos, distorsionando la verdad,
inculcando a las masas con añagaza, al desprestigio y aniquilamiento de
quienes los adversan.
El mismo Barack Obama es pelirrojo. Sagazmente maquillado por sus
asesores de imagen, pero taheño como una mazorca de maíz. Chema, el
intrépido panadero y sospechoso amigo de Espinete, es rufo. Enrique de
Inglaterra es azafranado. Chuck Norrris es rubicundo…
¡Abramos los ojos!.¡Perdamos el miedo!.¡Permanezcamos en alerta!. Los
pelirrojos pretenden tomar el planeta.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 24.
LOS RESULTADOS DEL URÓLOGO.
Escribo estas palabras desde mi lúgubre silencio, afligido, atormentado,
vilmente desazonado. En este momento siento una despiadada rigidez en
mi pierna izquierda.
Comienza el temblor. Retornan los espasmos en el brazo derecho. Me doy
cuenta que hace dos horas me tomé la medicación a base de supositorios
del tamaño de un pepino. Apenas falta una hora para consumir por vía
rectal la siguiente dosis. Me froto con impetuosidad los eczemas inguinales,
que palpitan hinchados, atrozmente inflamados, acardenalados como si
fueran epidermis de glande.
Sangran mis uñas, y la colérica rascazón me obligaba a arañarme como un
poseso. Rabio de dolor. Me desabrocho el pantalón revelando un
cuerpo deforme, grotesco, ensanchado de parásitos. Sigue la tirantez en la
pierna, y el hombro izquierdo se contrae y se eleva. Aparece el dolor y los
calambres musculares. Más que el purgatorio esto parece la antesala del
infierno.
Devoro mikados como si fuera un castor en un burdo intento para
sosegarme. Las pruebas médicas revelaron una insólita patología genital.
Hace ya un mes del chequeo. Hoy debo recibir los resultados. Desde
entonces vivo abatido. La incertidumbre me corroe. Tengo el corazón
oprimido y maltrecho, sumergido en la más pura e inmunda depresión.
Maldita incertidumbre. Ésta se alimenta de mi soledad, de mi angustia, de
mi sufrimiento, de mi nerviosismo, de mi desesperación. Le agrada verme
llorar, verme deprimido. Su bebida preferida son mis desesperadas lágrimas.
No encuentro muchas razones para seguir. No entiendo cuál es mi razón de
ser, para qué vivo y existo. Ni imaginarme feliz puedo.
He perdido hasta ese mediocre recurso para seguir viviendo. Esta espera me
corroe, me carcome, me consume las entrañas. ¿Viviré?. Tal vez. Desvarío.
Todavía espero que Amaya Montero escriba la canción más bonita del
mundo. Siento ganas de llorar. Pero no puedo. No puedo. Y ese
sentimiento, esa sensación, va creciendo y se hace más fuerte, esa opresión
en el pecho, es como una prensa que no me deja respirar, me duele, me

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

castiga, me escupe. Solo quiero estar solo y a oscuras, que nadie se acerque,
que nadie me vea.
Suena el timbre. Con las piernas trémulas, gimiendo por el dolor de mi
entrepierna, me levanto de la butaca. Es un decrépito cartero con un sobre
blanco. Recojo la carta certificada con las manos tan temblorosas como mi
voz.
Son los resultados de las pruebas médicas que tanto ansiaba recibir. Abro la
carta rompiendo el sobre.
El corazón me late con tal fuerza que parece no haber envejecido con los
años. Me armo de valor para leer los resultados....
Respiro aliviado. Falsa alarma.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 25.
MODELOS CABRONES.
Desfilan y avizoran como gánsters narcisitas dispuestos a pasar un rato
solaz en la piscina de Al Capone después de rematar algún sangriento
encargo en el Chicago de la ley seca.
Son guapos, acaudalados, membrudos, galanos, musculosos, de
abdominales de cemento armado.
Cabrones.
Si se quitasen el sombrero y las prendas, y seguidamente les brotasen de la
espalda plumosas y níveas alas, nos hallaríamos ante un grupo de atléticos
querubines preparados para posar en el taller de un Michelangelo ávido de
crear esculturas de rasgos efébicos.
Es muy tenue la frontera entre el candor y la picardía. Basta una sonrisa
maliciosa de morueco aldeano para que este celeste serafín adquiera las
trazas de un leviatán irresistible.
Estos prodigiosos muchachos, dignos de reinar cualquier selva, se encargan
de presentar en las pasarelas de Milán, París o Nueva York la colección de
moda masculina de una prestigiosa marca.
Sí. Son los modelos publicitarios.
Aquellos individuos, cabrones, que jamás encontramos en el supermercado,
en la ferretería o en el IKEA. Esos personajes con los que nunca nos
cruzamos por la calle, ni coincidimos en la panadería o en la charcutería.
Y te observas ingenuamente frente al espejo, enfundado puerilmente con
sus prendas y te cercioras, cabreado y contrayendo una actitud derrotista,
que no eres tan atractivo como ellos, que la ordinariez reina tu vida.
En una cultura tan sexista, ancorada en lo visual, la apariencia física juega un
rol muy importante. Lo percibimos especialmente en medios de
comunicación. Dichos medios promueven estereotipos falaces, despertando
un pueril interés en las personas. Todo esto lleva a que la sociedad
discrimine a aquellos que no cumplan estos arquetipos. Es una cultura
condicionada estéticamente, dónde ser atractivo es el engranaje para
alcanzar la propia seguridad, convirtiéndose en un indicador social de
estatus, éxito y felicidad.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Así, en los últimos años, la delgadez y el atractivo físico se han vuelto un
ideal a seguir, y la obesidad y el desaliño facial conforman un estigma.
La realidad, no obstante, revela que los individuos normales hemos sido
afligidos atrozmente por la herencia genética o simplemente hemos sufrido
una errónea mutación darwiniana en nuestro decrépito cuerpo.
La gente corriente es fea por naturaleza. El varón es antiestético,
desagradable, repugnante, indecoroso, excluido de la reserva genética de la
humanidad.
Es así. No hay que derramar lágrimas ni rasgarse las vestiduras.
Para nuestro consuelo la gente del montón es intrínsecamente fea.
Somos seres cuyos rostros amplían el significado de la palabra crueldad;
personajes de horribles y espantosas facciones, excomulgados, rechazados,
implacablemente repudiados; individuos cuyos rasgos injurian a la propia
creación, con facciones abstractas concebidas en los más lúgubres sueños
de Lucifer.
Poseemos cara de roedor con disentería, ojos asimétricos y dientes de
castor. Rostros nauseabundos, vejadores de la sensibilidad, exentos de
encanto y prodigalidad, infames, estiercolizantes, que incitan a la
regurgitación, estimulantes de la náusea, inmarcesiblemente vergonzosos,
con el toque pernicioso de la bestialidad, paridos en la mente de un
psicópata.
Con medidas y hechuras políticamente incorrectas, e índices de masa
corporal incompatibles con el Discóbolo de Mirón, estoy esperando en la
parada del autobús.
Observo a los transeúntes. Allí están. Bajitos, alopécicos, mórbidos,
sudorosos, conscientes de su desventaja física. Estresados, repugnantes,
hediondos e inmundos, damnificados por su baja autoestima.
Lanudas orejas como velas de un bergatín. Piel con porosos despeñaderos
de estrías. Narices tendenciosas, ladeadas, caprichosas, rociadas, a veces casi
inexistentes como una calavera. Ojos atemorizantes, estrábicos, carentes de
pestañas. Bocas rodeadas de vello, comisuras colonizadas por larvas
salivales, con ambarinos dientes quebrados.

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Anastasio Prepuzio

Cada uno abstraído en su vida, obligación y devenir, pero feos retraídos,
todos feos, aquejados por el complejo de inferioridad.
Levanto la vista y advierto una marquesina con un sonriente modelo de
ropa interior cuyo geométrico cuerpo parece haber sido tallado en mármol.
Me mira burlón, por encima de mi hombro, con arrogantes ojos déspotas y
régulos. Ese desgraciado ha gastado en un mes en peluquería y gimnasio lo
que yo gano en media vida.
No quiero sentirme minimizado por aquel vástago de deidad helénica.
Consciente de mi desventaja corporal y adquisitiva, devuelvo la mirada a
esos ojos colmados de grandeza, que intentan demostrar su supremacía
sobre los demás.
- Yo no soy tan guapo, pero,,, ¡ tu no sabes hacer esto, cabrón!:

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 26.
JODIDA MIGRAÑA.
Son las 3.32 de la tórrida madrugada del 19 de Junio. San Romualdo y San
Protasio de Milán, ilustres beatos del décimo noveno día del sexto mes del
Año Internacional de la Estadística. 11 Tammuz de 5773, según el
calendario hebreo.
Tras la claraboya, hace horas que cayó la noche cubriendo con su atezado
manto la ciudad. Krypton pestañea en un cielo preñado de estrellas, pero ni
rastro alguno del cabrón de Superman. Argentada como una navaja
desgarrando la negrura, resplandece la luna, hercúlea, refulgente, alargando
la oscura y grotesca sombra de mi cabeza postrada en el cabezal.
Intento abrazarme a mi almohada salpicada de heces y estearinas seminales,
escuchando los lánguidos gemidos regurgitados por las vísceras de mi alma.
La fiebre me hace delirar. La razón se ha extraviado en los laberintos de mi
consciencia.
Boca pastosa. Destilación nasal. Opresión parietal. Letanía recalcitrante.
Martillos en la cabeza crepitando poesía norcoreana.
Jodida cefalea.
Mi macrocéfalo está a punto de detonar; las sienes se tambalean como bolas
de fierro abrasadoras contra las paredes de mi cráneo; un espeluznante
dolor de cabeza sacude mis entrañas.
Percibo los aguijonazos en las sienes, recurrentes pinchazos en la frente,
advierto una brusca tensión del nervio glosofaríngeo. El dolor, pulsátil y
punzante, irradia ya la mandíbula.
La inclemente voz, el lacerante tic tac del reloj se incrusta en mi cerebro,
burlándose de mí.
Extático, absorto, yerto, conecto el reproductor de música de la vieja mesita
de noche.
Escucho una gallarda ranchera de Bertín Osborne, intentando como los
epicúreos de antaño, amortiguar los puyazos de la sesera.
Tiene una voz dulce, refulgente, con el ‘vibrato’ magistralmente gobernado.
Su primorosa dicción calma el dolor unos instantes. Sólo unos instantes.
Cambio mi postrada postura ‘estrella de mar’ a posición ‘fetal’: columna en
ligera flexión, cabeza flexionada sobre el tronco, extremidades superiores
flexionadas sobre los brazos y sobre el tóraxy piernas flexionadas sobre los
muslos. Practico con éxito una autofelación.
Veo moléculas.

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Anastasio Prepuzio

La pesadez de la cabeza es insoportable. Un sudor frío recorre mi cuerpo,
embriagando cada uno de mis sentidos, paralizando el más leve intento de
mueca facial.
Empiezo a sentir temblores y náuseas, consecuencia lógica de dos semanas
sin dormir.
Percibo una familiar ardentía en mi entrepierna. Soy incapaz de controlar mi
esfínter uretral. Me orino en la cama.
Ahora es el crujir de la cañería que aporrea mi mollera.
Dejo que el agua fría de la toalla se deslice por mi macilenta frente como si
fuera una milagrosa y reconstituyente linfa bajo cuyo remojo desapareciera
la migraña.
Mi cabeza parece sangrar. Mi respiración es ahora jadeante. No puedo más.
Mi cuerpo se agarrota y mis ojos se cierran.
- ¡Ein gelocatil!-.
Este último alarido, en perfecto alemán, me sirve para expulsar los últimos
cartuchos de rabia que me quedan.
Me levanto, giróvago, de la cama. La cabeza me da vueltas, apenas puedo
sostenerme en pie. Con paso dispar, como quién esquiva a un curtido
francotirador, me dirijo al aseo, dirección a la ingesta masiva de somníferos.
Tambaleante, me apoyo con tiento en la pared. Llego exhausto al baño.
Quiero acabar con la migraña. Anhelo finiquitar mi sufrimiento.
Me miro por última vez en el espejo,,,

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 27.
LA PENESGRIMA.
Una de las características que diferencian al hombre como ser racional de
las demás criaturas de la creación, es su connatural capacidad de lograr
inventos.
Desde los comienzos de la aparición del hombre, éste se ha esforzado por
lograr elementos que hagan más fáciles algunas tareas, o que resuelvan
problemáticas que se les presentaban y a las que había que buscarles una
solución.
Los primeros inventos fueron realizados en piedra, elementales y rústicos, y
fueron evolucionando a través de los tiempos.
La imprenta fue inventada por Johannes Gutenberg, y las consecuencias
fueron toda una revolución en la disponibilidad de la información para las
masas; esto a su vez permitió el desarrollo en todas las áreas fundamentales
y claves en el posterior desarrollo del mundo: las artes, la ciencia, la
medicina, los anuncios de relax en los periódicos...
La bombilla eléctrica o ampolleta, inventada por Thomas Alva Edison fue
otro de los grandes descubrimientos. En este mismo instante, si es de noche
o está oscuro en nuestra habitación, tras acariciar sexualmente la pared
hasta encontrar el interruptor, estamos disfrutando del hallazgo de este gran
hombre.
Podemos mencionar al teléfono, obra de Alexander Graham Bell. Su
invento lo empleamos incontables veces durante nuestra vida diaria, ya sea
para llamadas a teléfonos eróticos, tarot, o simplemente por pura diversión
llamando a un número aleatorio preguntando por Rufete.
Otro majestuoso invento es el radar, que permite la detección de objetos
mediante la emisión de ondas de radio que rebotan en la superfice de dichos
materiales. Se puede determinar la distancia a la cual se encuentra un objeto
midiendo el tiempo que toma la onda en ir y volver a la fuente emisora de
ondas. Increíble. Fascinante. Quien inventó el radar fue Robert H. Rhine,
nacido el 30 de Agosto de 1922 en Boston, Massachusetts.
La penicilina. Descubrimiento que ha tenido un tremendo impacto en la
medicina, de manos de Alexander Flemming, quien en realidad la descubrió
por accidente, después de una observación casual en uno de sus cultivos de
bacterias.
Otros inventaron palabras en inglés para seguir tarareando una canción
anglosajona.

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Anastasio Prepuzio

La humanidad se vio enormemente beneficiada con la aparición de nuevos
elementos que transformaron el desarrollo de la vida, promovieron, a su
vez, otros grandes acontecimientos y cambiaron, por que no decirlo, la faz
de la historia.
Como aquellos grandes hombres, yo he concebido otro gran invento. Un
nuevo deporte que relegará en breve al fútbol a un segundo plano y
que nace por la necesidad de buscar un deporte que combine, por una
parte, los elementos clásicos de los deportes como actividad física,
reglamento, competición, y por otra parte, que tenga parámetros educativos
como la igualdad de oportunidades y la solidaridad entre los jugadores del
equipo: La Penesgrima.
La Penesgrima, variante europea de la esgrima, es un deporte de combate
fácil de practicar, donde se enfrentan dos contrincantes, que deben intentar
tocarse con su arma más preciada: el pene, y en el que la estrategia juega un
papel muy importante.
El objetivo del penesgrimista que compite es registrar el mayor número de
toques en la superficie válida del contrario. El tiempo reglamentario de un
asalto a cinco toques es de cuatro minutos. En caso de que los
penesgrimistas estén empatados y el tiempo permitido termina, se sortea
una ventaja y se da un minuto extra, el primero que toque gana. Dada la
gran repercusión alcanzada por este deporte, he decidido inscribirlo en el
registro de la propiedad.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 28.
PÚSTULA NASAL.
El gentío del subterráneo me engulle desdeñoso y distraído, pululando con
prisas en todas direcciones.
El violento temblor del andén y las chispas de los rieles anuncian la llegada
del convoy metropolitano.
Atestiguo la ausencia del típico pérfido aficionado a lanzar al distraído
viajero a las vías, y subo al metro trenzando bravía pelea por un lugar.
En él hallo fuego, barahúnda putrefacta, calor.
Vesicantes bebés llorando a pleno pulmón. Mantecosos provincianos
engullendo como si no hubiera mañana pálidos y tumefactos sándwiches de
chorizo. Rostros de jornaleros agarrados a los asideros que escupen contra
los vidrios del vagón. Posturas absurdas para intentar dormir. Grotescos
ejemplares de la especie anciana con talones que simulan cojera al
subir. Escuadrones de carteristas rumanos acechando a su próxima víctima.
Un universitario, venidero desempleado de lardosas rastafarías, se apresura
para subir al metro con esa gilipollez que caracteriza a quiénes corren con
mochila.
Las mugrientas puertas de fierro del vagón se cierran y el metro inicia su
marcha.
Escruto con esmero al gentío.
Escudriño la frente de la prieta muchedumbre. Observo embelesado las
gotas de sudor peregrinando por sus rostros, abrazando las imperfecciones
de sus caras; marcas de acné, vellosidades, verrugas hepáticas, cutáneos
forúnculos enquistados. Hombres de sotabarbas sin afeitar que, sin pudor,
desvelan sus gustos culinarios por el aroma de su aliento, ajenos a la traición
de su alquimia intestinal. Hirsutas hembras de sebáceos cabellos emanando
hediondez a ácidos gástricos, menstruación evadiéndose por sus poros.
Frente a la ventana, un barbilampiño y atezado paquistaní ofrece al rollizo
ejecutivo de azabachado traje un ramo de rosas.
-No gracias. Ya he follado- rechaza con altanería.

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Anastasio Prepuzio

Tras ellos, un homínido politoxicómano blasfema contra el mobiliario del
suburbano esbozando con spray un indescifrable graffiti.
Huelo el caos, la anarquía, la zafiedad.
El hedor agrio, macerado e hiriente de las axilas de esta caterva humana
revela el sofoco que han pasado. Percibo como los sobacos, mostrados al
levantar los brazos para asirse y no perder el equilibrio, están colmados de
vello cuajado, atestados de sudación, ponzoñosas podagras de agua color
ambarino que acumulan restos de su dermis, de la bazofia orgánica hacinada
en su cuerpo a lo largo del día.
Bajo la cabeza y descubro las uñas de sus pies, grotescas estructuras
turgentes, enlutadas, húmedas y malformadas que brotan desde unos dedos
deformes, impuros, sucios, tóxicos.
Es la saturnal de la incorrección, la vorágine de la vulgaridad, la autocracia
del desprecio a las normas escritas, escenario propicio para extirpar la costra
intranasal que tanto me ha incomodado estos últimos días.
Sin reparos, penetro con el dedo índice la zurda hendidura nasal, hasta que
consigo palpar el singular híbrido entre hidropesía y espinilla. La costra,
caliente e hirsuta, palpita por la inflamación.
Intento, con la uña sin podar, desraizar la postilla, rasguñando el absceso
hasta dejar el conducto en carne viva, exponiendo la epidermis nasal al
ataque de agentes patógenos.
Sangra mi hocico. El dolor hace lagrimear mis ojos, contrayendo mi bolsa
escrotal.
El nódulo gibaforme, vesícula de líquido al tacto, se está resistiendo.
Lo intento de nuevo aplicando vigorosa presión con los improvisados
alicates formados por índice y pulgar. Consigo tocar la sesera de la corteza
pustular, asida todavía en la pared medial de la nariz, pero fracaso en la
tentativa.
Lívido de rabia y exangüe de agonía, calibro la posibilidad de abandonar tan
desgarradora empresa.
Pero los rostros de los viajeros me observan en silencio, alentándome,
exhortando a no desfallecer en mi propósito.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Me aventuro ahora con el dedo corazón con astutos movimientos radiales.
Percibo como el cartílago se deforma, adquiriendo cóncava estructura,
permitiéndome maniobrar con mayor fluidez.
Es mi oportunidad. Tal vez la única.
Incrusto la uña en la cepa del forúnculo y con raudo movimiento vertical
consigo arrancar la costra nasal.
Entre los pomposos vítores y ovaciones de los pasajeros, procedo, cómo
no, a su ingesta.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 29.
TENGO EL PENE PEQUEÑO.
-¿Mamá tengo el pene pequeño? - pregunté una tediosa tarde de verano.
Mi madre en un laudable gesto, s ólo murmuró: -No te preocupes Anastasio, ya
crecerá-.
Acababa entonces de cumplir 35 años. No convencido con sus fariseas pero
alentadoras palabras, decidí acudir al urólogo.
-¿Tienes frío?, ¿Te han castrado?, ¿Tomas esteroides?, fueron los burlescas
preguntas que aquel cabrón graduado en medicina interpeló al examinar mi
diminuto falo.
Recuerdo cómo la decrépita enfermera observaba la escena divertida, tal
espectador de un vodevil, mientras el pelirrojo facultativo, equipado con
usados guantes de tacto rectal, hurgaba con alfileres y lupa mi zona genital.
Había reunido a los residentes de urología para contemplar mi atroz
dolencia, y un nutrido colectivo de científicos fotografiaban con asombro y
compunción mis liliputienses órganos sexuales.
Tras el reconocimiento y después de extirparme de mi vello púbico ladillas
del tamaño de centollos, el médico me diagnosticó un severo cuadro de
microfalosomía, o lo que viene siendo lo mismo, un pene con una longitud
sumamente corta.
Un nuevo revés me golpeó de manera cruel y despertó en mi algo corrupto
que anidaba aletargado en mi interior...
Salí de la consulta afligido, desazonado. Advertí cómo el ulular del viento
húmedo me embotaba los oídos.
Sentí a los perros reírse, a las lechuzas chotearse, a los mendigos
recochinearse, a los niños mofarse, a los motoristas menospreciarme, a las
ancianas escupirme. No aguanté más. Tensé mis tullidos brazos y cerré las

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

manos en puño como si combatiera contra el mismo universo y grité hasta
sentir mi faringe arder.
Abofeteé el aire con las manos. Me cagué en mi enjuto y demacrado pene.
Blasfemé contra todos los dioses existentes.
Mi gigantesca cabeza iba a detonar; las sienes se tambaleaban como bolas de
acero abrasadoras contra las paredes de mi cráneo.
No podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban en mi
enajenado interior mientras reflexionaba. Empecé a sentir la sofocación, el
sudor adueñándose de mi sucio pellejo, mis callosas manos trémulas, la
mente escuadriñando entre los estercoleros de mi cerebro.
Desvarié. Y comencé a oír pavorosas voces que proferían tremendas
imprecaciones: - Anatasioooooooo, Picha corta!!!. Eres un microprepucioooooo!!!-.
Era la voz del Horror que vomitaba horrendas y sarcásticas dicciones,
propagando en mí la demencia, la vesania, la enajenación.
Desde entonces la psicosis se extiende como la gangrena. Rondo por las
calles y los escucho, los observo. Están por todos sitios. Veo enormes
penes por la calle.
Diviso gigantescos falos en los balcones. Percibo hercúleos glandes en las
vallas publicitarias. Advierto descomunales bálanos paseando. Avisto
titánicos miembros planeando. Eso me descontrola e intento en vano
pegarles, arrojarles objetos, les abronco y lloro desesperadamente, pero no
notan mi presencia.
Me asaltan las dudas. Los titubeos vienen a incrementar mis sufrimientos.
Desde la trinchera de la congoja, me embiste el tormento de miles de voces:
- Anastasio, Micropeneeeeeeeeeeee! Necesitas un bombín para hincharla!!-.
Aunque mi parte más racional me indica que bajo ningún concepto debo
confundir la realidad con esas imágenes fálicas, me es imposible decidir,
discernir cual es el camino que he de tomar.

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Anastasio Prepuzio

Nada en mi visión puede ver con nitidez. Si me asomo por la ventana sólo
veo mi tristeza y mi aislamiento, y penes, miles de falos, sinnúmero de
glandes.
Sólo los árboles me comprenden. Y me contestan. Abrazarles me consuela.
Su voz es la única que no me lastima.
Hablan en silencio, y no hay juicio alguno en lo que dicen.
Siquiera puedo dormir. Soy un micropénico con insomnio. Es lacerante.
Sin embargo a veces sueño con un libro cuya lectura no puedo gobernar,
cuyas páginas pasan más raudas de lo que puedo leerlas.
Observo palabras carentes de sentido, números romanos, símbolos, efigies
y penes, muchos penes.
Es un compendio tosco, de tapas duras y parece vetusto. Tal vez a lo largo
de la perennidad lo termine interpretando, y encuentre allí la respuesta para
terminar con este sádico castigo.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 30.
LA VISITA DEL CABRÓN DE E.T.
Mutismo. Estaba todo en silencio, sólo quebrado por el tic-tac monótono y
exacto del rústico reloj ubicado en medio de la sala de estar. Eran las 2.35
de la madrugada de una fría noche de otoño.
Desperté en la butaca temblando y sudando como un jodido cortador de
kebabs. Todo había sido una simple pesadilla. Pero a su vez, era tan real...
Había tenido una zozobra aterradora, no recordaba haber soñado nada igual
en mi vida.
Recorrí el pequeño comedor con la mirada estrábica y temblorosa y me di
cuenta que estaba en casa. No obstante tuve pánico.
Busqué el vaso de orín que por costumbre ponía todas las noches en la
mesa escritorio a fin de ahuyentar a los malos espíritus. Me lo bebí de un
sorbo.
Estaba en penumbras, pero podía divisar perfectamente las cortinas níveas
que estaban encima de la gran ventana.
Las paredes, dantescamente salpicadas de esperma, daban la sensación de
que la sala de estar era más amplia; pocos muebles, una cama personal , un
pequeño televisor, una nevera, una butaca grotescamente tapizada con
simpáticas figuras de Bob Esponja, mi manceba colección de heces caninas,
una pequeña y oxidada puerta que daba a la cocina y nada más.
Decidí tomar un largo y reconfortante baño. Fue entonces cuando recordé
el espeluznante sueño que me había despertado, y mi corazón comenzó a
palpitar con rapidez. Tomé aire y me dije a mí mismo: -Es sólo una pesadilla.
Justin Bieber no es maricón. No ha podido violarme -.
Intenté relajarme jugueteando con los patitos de goma en la bañera.
Acaricié con pericia mi glande con el pico de uno de ellos, y me dejé llevar
por mis orgiásticos pensamientos. Tras eyacular, me depilé y me quedé
dormido de nuevo en la bañera.

79

Anastasio Prepuzio

Sentí el agua fría colmando mi boca y mi garganta, inundando mis
pulmones carcomidos por el tabaco. Y después la sensación de sofoco,
conteniendo la respiración para evitar inhalar el agua que me rodeaba; la
asfixia estallando dentro de mi cuerpo como una llamarada, haciéndome
patalear y agitarme en vano, luchando por escapar de esa jaula densa que me
oprimía. Desperté repentinamente, los ojos saliéndose de las órbitas, la
mandíbula desencajada y el trago desesperado buscando el aire. Gilipollas.
Casi me ahogo en la jodida bañera.
Salí de la tina temiendo por mi vida al no disponer de alfombrilla
antideslizante. Huérfano de prendas, me dirigí al salón. Encendí mi pc. La
extremada educación de mi computadora, me advertía: ¿Desea iniciar
Windows normalmente?. -Sí, igual de mal que siempre, hija de puta- pensé.
Cientos de moscas revoloteaban sobre mi cabeza, atraídas por la caspa y
mugre que poblaban mi cráneo.
Me sentí estúpidamente un peligroso delincuente mientras fumaba y
descargaba una película para adultos. Acompañaba la descarga con
palmadas para que ésta fuera más rápida, cuando de repente sentí una breve
brisa pasar detrás de mí, por mi espalda, rozando levemente mi oído.
Una sombra pasar como una ráfaga centelleante, a intérvalos, fugándose a
través de los huecos que dejaba la luz de la luna entre las nubes, allá fuera,
proyectada por el vidrio del ventanal a mi lado.
Noté el frío. Frío que me caló hasta los huesos. Había alguien en mi
apartamento.
Estaba más acojonado que una monja con retraso menstrual. Mis glándulas
salivales empezaron recargarse.
Agarré el cuchillo que utilizaba para afeitarme y me enfundé las gafas de
visión nocturna. Recorrí sigilosamente el comedor, dando saltos y
escondiéndome astutamente detrás de la butaca.
No había rastro alguno de aquella presencia. Fue entonces cuando noté una
respiración, un hálito lento y pausado que provenía de la cocina. Percibí un
aumento en mi frecuencia cardiaca y un atroz encogimiento escrotal.

80

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

-Ring, ring, ringggg- .
-¡Me cago en la puta!- susurré. Era la estúpida música del móvil. Me había
dado un susto de muerte.
-Teléeeefono- exclamó un aullido procedente de la cocina. Me detuve un
instante, intentando procesar lo que había escuchado. Aquella voz metálica
era familiar.
-Teléeeeeeeeeeeeeeeeeefono- insistió la voz.
Reuniendo todo mi valor, me acerqué a la cocina. Un escalofrío recorrió mi
espalda al abrir la puerta y se intensificó al asomar la cabeza. Allí estaba. Mi
amigo E.T. El Extraterrestre.
El decrépito alienígena, que había venido a visitarme.

81

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 31.
COMO METERSE EN UN CUBO DE BASURA.
El hombre es grotescamente curioso por naturaleza. Gracias a esa
curiosidad el ser humano ha desarrollado la capacidad de investigar el cómo,
cuándo, dónde, por qué y el para qué de la naturaleza de los objetos y seres
que se encuentran a nuestro alrededor.
La metodología de investigación es el proceso por medio del cual nosotros
podemos realizar una correcta investigación. Realizar una investigación
depende principalmente del tema a tratar y las fuentes donde se obtiene la
información, basándose en esto se podrá llegará una conclusión de la
investigación y expresar las ideas y opiniones.
Nuestra propia vida es un camino por descubrir. El ser capullo, tiene una
habilidad innata para la investigación. La mayoría de capullos, lo son, no
por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado
de duro esfuerzo personal. Hacen el papel del gilipollas. En realidad,
algunos sobresalen y hacen el mentecato cabal y perfectamente.
Naturalmente, son los últimos en saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre
aviso, pues la ignorancia de la estupidez equivale a la bienaventuranza.
Uno de los gajes del oficio del descubridor capullo es exponerse a encontrar
objetos valiosos o elementos sin valor.
No hay nada peor que descubrir que tras mucho tiempo, ahínco y anhelos,
se ha encontrado con algo que realmente no merece la pena. Por contra, no
hay nada más reconfortante que atinar con algo realmente preciado tras el
esfuerzo que nos ha costado. En ese momento nos sentimos estúpidos
triunfadores.
En este capítulo, voy a tratar de explicar la fascinante vivencia de meternos
en un cubo de basura.
Existen diversos métodos mediante los cuales un individuo puede meterse
en un contáiner de deshechos, en una de las experiencias más arrebatadoras
que un ser humano puede vivir.

82

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Los casticistas defienden el procedimiento tradicional. Penetrar con la
cabeza en primer lugar, y escrutar el imprevisible fondo con las palmas de
las manos con los pies colgando hacia afuera, para ir enderezando la
postura, con los consiguientes golpecitos molestos en los genitales. Los
zuecos y los calcetines de raquetas cruzadas, serán el extremo visible de la
parte de cuerpo que aún no ha sido deglutida.
Posteriormente, éstos dejarán de dibujar chilenas en el aire y resbalarán, con
parsimonia, plegándose como un acordeón en lo lúgubre del barreño. Es
como caerse en la boca de Carlos Baute.
Una vez pisamos restos de legumbres varias, colonizadas por millones de
gérmenes y toxinas, y revolcarnos entre los escombros, tal puerco en el
fango, uno se encuentra ya preparado para sacar la cabeza, esbozando una
sonrisa triunfadora, prestando especial cuidado en sortear un hipotético y
desagradable impacto contra la tapa, que podría haberse cerrado al no
encontrar oposición. La singularidad de este método es que una vez logrado
el cometido, uno se siente gilipollescamente ninja.
Por otro lado, los inconformistas abogan por derrotar al cubo y colocar su
abertura en postura horizontal, siendo un método no aconsejable para los
orondos. En este caso, es necesario imprimir sobre las manos
hercúlea fuerza para arrastrar nuestro siniestro cuerpo hacia el interior,
tratando de no verter su putrefacto y purulento contenido sobre la acera.
Cuando al menos dos terceras partes del cuerpo se encuentren depositadas
en el recipiente, se buscará una superficie estable, horizontal, que auxiliará
para poner en pie el cajón a medida que se va escalando con la ayuda de las
manos y los codos, tratando de no resbalar o precipitarse hacia el suelo
súbitamente si las ruedas del contenedor así lo propiciasen. La
particularidad de esta estúpida opción requiere de una fuerza física
pretoriana y escaso sentido del ridículo.
El tercer y último de los procedimientos es la llamada ‘técnica del
insensato’, en la cual, el individuo en cuestión, se arroja con los ojos
cerrados desde lo alto del techo de un automóvil o un segundo piso. Los
más intrépidos lo han intentado desde un ático. El salto ha de ser elegante,
limpio, mesurado y técnicamente perfecto, con la finalidad de enfundarse el

83

Anastasio Prepuzio

contenedor sin consecuencias que posteriormente hayan de lamentarse en la
camilla de un traumatólogo.
Una vez dentro, y suponiendo que el osado individuo ha ejercido su
derecho a la verticalidad, sobreviene un estado de reflexión, de meditación,
para alcanzar la armonización y sincronización de los dos hemisferios del
cerebro.
Es aconsejable masturbarse a fin de lograr la disminución del aporte del
oxígeno.
Cuando alcanzamos niveles de asfixia óptimos, es el momento de pensar
en sentido de la vida al abrigo de la indiferencia más absoluta.

84

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 32.
LA SIRENITA.
Cuenta la leyenda que en Guinea Ecuatorial, una menuda sirena de rasgos
peculiares, de imperecedera juventud, orgullosa y altiva, dotada de singular
encanto, platina y esbelta, habita en sus mares del sur, dónde el verano
envuelve gran parte del año, y el cielo y el agua se hacen uno entre los
cerros cubiertos de algas silvestres.
Es parte de los mitos de dichas tierras, siendo la criatura mágica más
solitaria y misteriosa de todas. Al cantar, parece ser hermosa doncella, y los
que sucumben ante su encanto, a quién atrae por su belleza y sus
canciones, otorga poderes fálicos sobrenaturales.
Obsesionado aleatoriamente como fuente de conocimiento y follabilidad,
decidí comprobar si la leyenda era cierta. Mi distanciamiento con Jacinta y
especialmente mi diminuto pene, bien merecía la pena tan arriesgada
aventura.
Llegué hasta el puerto de Barcelona y astutamente logré colarme en un
buque carguero que estaba haciendo escala. Sólo pude saber que se dirigía a
Sudáfrica. Con desesperación, inconsciencia pueril, un par de mancuernas,
tres bolsas de palomitas para pasar sed durante la travesía, una sonda rectal
para administrarme enemas en momentos de aburrimiento y una brújula
casera, me escondí en la bodega, debajo de los motores, en un pequeño zulo
que apenas me daba para extender mi metro sesenta.
Tras dos interminables semanas de viaje, deshidratado, aturdido por el ruido
de los motores, y ya sin posibilidades de racionar las palomitas que eran
parte del pasado, mi brújula advirtió que el barco surcaba la costa guineana.
Sigilosamente subí a popa y me tiré varonilmente al mar. Empecé a nadar
chulescamente estilo mariposa.
Apenas aguanté 100 metros. Pasé a hacerlo estilo crol, centrándome en
mantener la cabeza fuera del líquido. La visibilidad era nula. El cansancio
empezaba a hacer mella en mi cuerpo, y las mancuernas me pesaban como
si fuesen una coraza. Ya no controlaba el ritmo, y mi nado era irregular y
torpe. Braceaba ya como un canino que se está ahogando. El cansancio, los

85

Anastasio Prepuzio

calambres en las piernas y las pirañas que cruelmente mordisqueaban mi
escroto, me impedían mantenerme a flote. Pero yo era un guerrero del
dolor, un gladiador del calvario. Pensé en Falte y al momento empecé subir
hasta llegar a la superficie. Ya estaba cerca, podía notarlo.
La temperatura del agua había subido, lo cual me indicaba que me
encontraba cerca de la orilla. Empecé a ayudarme con mis pies dotados de
uñas como mejillones y manos en un arenal que yacía bajo el agua y que
subía hacia la playa, y así fui avanzando, por debajo del agua salada, hasta
llegar a la costa donde caí desmayado.
El océano se agitó de una manera extraña y con rumor formidable, mientras
un resplandor rojizo iluminó el cielo. Eran los primeros rayos de sol que me
despertaron de mi profundo sopor. Traté de poner en orden todo lo que
estaba pasando, y dediqué unos minutos a reflexionar. Recordé como
encontré a mi madre en Meetic.com.
Estaba completamente desnudo en una paradisíaca playa. Giré mi cabeza en
busca de mi zurrón, en el que celosamente custodiaba mis chupicromos y
las mancuernas, y suspiré aliviado, seguía a mi lado.
Las gaviotas chillaban atrozmente entre los abruptos roquedales y
picoteaban sin piedad los parásitos que anidaban en mi cabeza. Me agarré
los labios, intentando contener un alarido y lloré. Lloré desconsoladamente.
Estaba solo, abandonado. No había nadie que pudiera socorrerme. Miré mi
liliputiense pene. Él tenía la culpa de todo aquello. Maldito cabrón.
De repente, por la ladera de aquella frondosa selva que conducía a la playa,
oí caer unas piedras que rebotaron contra las palmeras silvestres.
Instintivamente me volví hacia aquel sitio, y vi una extraña silueta que se
ocultaba, con gran rapidez, tras el tronco de un ciprés.
Empecé a recordar tantas historias que había escuchado acerca de los
caníbales, pero aquella silueta era perfecta, esculpida tan celestialmente, tan
delicadamente, que no podía ser un antropófago. La silueta femenina, se
adentró corriendo como una madre en la selva. La seguí. Tenía un paso tan
ligero que se podía mover libremente por la jungla, observando sin ser
observada. Podía moverse con mucho sigilo. El ruido que hacía se podía
comparar con el de los ángeles tímidos.

86

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Primero retrocedía y me seguía como una sombra. Después aparecía de
repente por delante, y asomaba medio rostro, atisbando con un dorado ojo
desde detrás de un árbol. Bruscamente, la silueta dio media vuelta y, en un
borroso revoltijo en el que a duras penas puede distinguir su platino cabello,
se desvaneció para retroceder y situarse una vez más a mi espalda. Me giré
viendo como huía de mí por entre las malezas de un bosque nocturno
iluminado por luciérnagas colosales.
Empecé a cabrearme, lanzándole atrevidos insultos - ¡¡¡Zorra!!!, quieres dejar de
jugar al escondite!!. Sal de una puta vez!!!-.
Un eructo y el rumor de risotadas fueron su respuesta.
Un brutal collejón, me hizo girar jadeante. Pero no había nadie.
-Pichacorta!-susurró una voz desfalleciente.
-La madre que te parió, sal y da la cara só puta!!!!-le contesté contrariado.
Un enorme pedrusco impactó de lleno contra mi cabeza, causándome una
atroz brecha. Miré a ambos lados, volaba una mariposa pura como un
limón, ganando entre el agua y la luz, mirándome y riéndose de mí como
una demente. A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas
calceolarias pero ni rastro de la figura femenina. Me senté en un altozano.
Un hembra de chimpancé, tocando platillos, se acercó a mí. Estaba en celo,
quería poseerme. Cogí un trozo de madera carcomida y le solté un atroz
estacazo en la cabeza, dejándola moribunda en el suelo. Un búho,
observaba, con retorcido placer, la caída de su enemigo.
De pronto escuché un gemido agudo y seco. Provenía de la maleza. Sentí
cómo se paralizaron todos mis músculos. Dubitativo, emprendí el camino
en esa dirección.
Los árboles se confundían entre ellos, y sentía una especie de humedad que
me envolvía. Justo en la base de un árbol, desplomada de bruces, la figura
femenina, entre alegre y vergonzosa, se masturbaba con una especie de fruta
silvestre apepinada.

87

Anastasio Prepuzio

Era tan bella que parecía un ángel, un hermosísimo querubín; joven y vivos
colores en su rostro: sus mejillas estaban encarnadas y sus labios parecían de
coral, dejándome ver al sonreír su boca, de medio lado, aquellos dientes de
blancura inverosímil, compañeros inseparables de húmedos y amorosos
labios; sus mejillas mostraban aquel sonrosado que en las mestizas de cierta
tez escapa por su belleza a toda comparación.
Era la sirena. La había encontrado. La bella sirenita cerró los ojos y disparó
un potente destello de luz, encegador.
Desprendía una luz brillante aturdidora que me dejó sin visión durante unos
minutos. Al recobrar la vista, la sirena había desaparecido. Ni rastro de ella.
Se había disipado por completo.
Retomé el camino de regreso afligido, contrariado por no haber podido
entablar conversación con ella. Paré a orinar, y al coger mi pene aprecié con
inmensa alegría que éste había crecido 10 cm. La leyenda era cierta.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 33.
UN DÍA EN EL ZOO.
La lluvia amaraba con parsimonia, entreteniéndose, jugueteando. El rugido
de un bravío león atravesó la llovizna con suave temblor.
Un nervudo e incómodo viento galopaba entre los intrépidos individuos
que habían osado pagar el dinero que costaba la entrada del Zoo, en una
jornada en la que los meteorólogos habían pronosticado cuantiosas lluvias
torrenciales.
Paseábamos embelesados, radiantes, despreocupados, cogidos de la mano,
puerilmente enamorados.
Mientras la voz de Jacinta me susurraba paso a paso, los relinches de las
cebras y los peculiares graznidos de los flamencos parecían guiarnos bajo el
sonido de nuestras palabras.
Complacido, expresé la inmensa alegría de estar junto a ella con un
atronador eructo. Jacinta me sonrió con una maligna risa que terminó en
tuberculósica expectoración.
Era feliz. Me sentía ufano, azaroso, tremendamente afortunado. Al respirar
el aire apacible y húmedo, miré al infinito donde me sorprendió el cielo
cubierto por grisáceos nubarrones que me sosegaban como somníferos.
El granizo empezó a descender con violencia, apedreándonos
implacablemente la cabeza. El rumor del viento sobre las desnudas ramas
de los árboles se mezclaba con los berridos de dolor de los animales
salvajes.
Las brechas en nuestras cabezas sangraban profusamente, tal gorrino en el
degolladero. Pero no nos importaba. Éramos felices. No sentíamos dolor.
Caminábamos encariñados ajenos al escozor de aquellas heridas, bajo un
atroz vendaval de gigantescos pedriscos.

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Anastasio Prepuzio

Los cristalinos pero estrábicos ojos azules de Jacinta se detuvieron para
observar el apareamiento de unas moscas, mientras que con sus enjutas
manos devoraba una bolsa de pipas como si no hubiera mañana.
Estaba atrozmente empolvada. Necesitaría una pala para desmaquillarse.
La miré lascivamente, en un encomiable gesto para subirle la
autoestima. Utilizando todos sus músculos faciales, ella me devolvió el
guiño. Reiniciamos el paseo.
El miserable cielo continuaba lapidándonos con granizo del tamaño de
sandías. Nos detuvimos de nuevo. Esta vez para contemplar la grotesca
cópula entre dos primates.
Llevé la cámara a mis ojos, acercando y alejando la visión, buscando el
ángulo perfecto. Al ampliar la imagen logré un plano perfecto del macaco
hembra.
Aquella siniestra cuadrúpeda gemía como una posesa. Podía escuchar su
trabajosa respiración.
Sus pupilas gris pálido se movían temerosamente de un lado a otro. Me
froté los ojos con violencia, por la mayúscula incredulidad, y volví a
observar el simio. El parecido del orangután con Jacinta era terriblemente
asombroso.
Proseguimos con el itinerario. Un enorme elefante, que movía la cabeza
hacia ambos lados tratando de llegar con su larga nariz a un cacahuete que
moría a los pies de un turista, llamó mi atención.
Había algo de familiar en aquel paquidermo. Experimenté una pavorosa
sensación conocida.
-¡No!. ¡No!.- negué con la cabeza y apoyé las manos en las cuerdas que
delimitaban el perímetro. Se me erizó cada tejido cutáneo de mi cuerpo.
Mi vista trajo a mi confusa mente la noción temible e inesperada de que la
trompa del elefante no correspondía al hocico de un descendiente del
mamut.

90

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

No. No era una trompa. Era un pene. Uno de aquellos enormes falos que
tanta angustia me habían provocado.
La imagen sombría, fúnebre, me golpeó las sienes como un mazo para
dejarme desorientado.
Cerré lo ojos y divisé una efigie fálica, como el círculo negro que se graba
mucho tiempo en la vista del imprudente que ha mirado fijamente al sol.
Los fantasmas del pasado que me atormentaron habían regresado, aullando,
sollozando, como dantescas criaturas que tropiezan en la oscuridad de mi
cerebro.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 34.
LA PUTA CALVÍCIE.
La alopecia es una grimosa y atroz afección que ocasiona despiadados
parches
redondos
de
pérdida
del
cabello. Una
de
cada 20 personas padece de alopecia.
Yo soy uno de esos menesterosos sujetos. Perdí el pelo prematuramente, a
los 12 años. Fue una ignominiosa fatalidad. Una funesta hecatombe. Y sin
duda, una auténtica putada.
Aunque existen varios tipos de calvicie, la más común de ellas continúa
siendo la alopecia androgenética, monstruosa patología debida a un
conjunto de factores de orden hormonal y hereditario, y que a día de hoy
sigue resultando incurable a largo plazo.
El patrón típico de la calvicie masculina comienza en la línea de
implantación del cabello, la cual retrocede gradual e inexorablemente para
formar una "M". La maldita y jodida “M”.”M” de memo, de mamarracho,
de mermado, de mentecato.
El cabello que estoicamente resiste se vuelve afrancesado, mariposón,
tremendamente delgado y mucho más corto. El pelo de la coronilla también
comienza a adelgazarse cobarde y cruelmente, y finalmente el punto más
alto de la línea de implantación del cabello se une con la
corona miserablemente despoblada, dejando indemnes la zona posterior y
laterales.
La edad, el estrés, los trastornos hormonales, la deficiente alimentación o la
masturbación compulsiva son las causas de la desertización capilar. Sin
duda, yo ya identifiqué el origen de mi desoladora calvez…
Dicen quienes sufren esta inclemente afección capilar, que los calvos somos
testosterónicos insaciables, más varoniles y sexuales...¡¡Y un cojón!!. Sólo es
un farisaico argumento para justificar nuestro reluciente e yermo cráneo.
No obstante, recientes estudios científicos demuestran que la pérdida de
cabello puede deberse al sobrecalentamiento en el interior del encéfalo.
Dicho calentamiento se originaría por el uso reiterado de las neuronas del
celebro. Apunta esta investigación, que los alopécicos son sujetos fríos,
perspicaces, calculadores y tremendamente prácticos. A juzgar por el
pragmatismo que caracteriza mi forma de resolver los problemas (con una

92

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

hacha y una bolsa de plástico ), intuyo que dicha hipótesis puede ser
verídica.
En cualquier caso, no hay nada más antiestético, vulgar, repelente, enojoso
y repulsivo que un macho con una esperpéntica calvorota.
Los calvos vivimos en un pusilánime estado de sufrimiento. No somos
hombres sin pelo, ni consumidores potenciales de burdos sombreros, ni
individuos sin exigencia de peinarse, ni ahorradores de champú anticaspa.
Somos calvos. Putos clavos. Esa es la lacerante realidad. Se burlan de
nosotros en las cenas de trabajo, en la barbería, en la iglesia, en la
charcutería y a la salida de los colegios. Vivimos ese infortunio en silencio,
en el más absoluto secreto.
Groseros peluquines, agónicos injertos capilares o milagrosos champús, son
algunas
de
las
estúpidas
enmiendas
para
subsanar
la
alopecia. ¡¡¡Pantomimas!!!. La puta calvicie no tiene sanación. Pero si
podemos encubrirla con este sencillo método:
Adquiera en cualquier droguería un aerosol para garfitti del color de tu
cabello. Aplique directamente el spray sobre la zona despoblada y deje secar
la pintura durante 20 minutos:

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 35.
ESTOY LOCO.
2 de Mayo de 2013. 11:03 A.M.
Llorando.
Estoy llorando, frente al viejo y agrietado espejo, acoquinado por cuán
sepultados tengo los ojos. Diviso cómo un amazacotado pelaje de
asno resbala sobre mi testuz, cómo unas puntiagudas orejas de jumento
germinan de forma inmisericorde desde mis siniestras cavidades auditivas.
Ataviado con un grotesco bañador floreado, camisa de palmeras y un cordel
de sujeción para las gruesas y geriátricas lentes, siento como el corazón
aporrea mi pecho, pidiendo a gritos salir. Apenas soy capaz de respirar.
Oigo el aire cuchichear entre mis alvéolos dilatados, asmáticos, necrosados.
La polución exhalada por la sangre, metálica, ubérrima, perfecto fluido
carmesí, allí en el suelo, me rasca la garganta tal tos ferina.
Lloro y las lágrimas de espanto caen como chorros por mis mejillas,
espumando mareas de gilipollez, supurando aluviones de delirios
paranoicos.
Mi boca se deforma con mi llanto. La veo y me avergüenzo de ella, de mí
mismo, de este sopor insomne que ha alienado mis neuronas.
Escoltado por un arpa, balbuceo letanías. Aúllo en sánscrito, alargando las
sílabas al blasfemar.
La aversión, el odio, el pánico, la música de la piedad, gesticulan en torno a
mi estupidez, desafiando el protocolo, saludándome con su mano izquierda.
Exangüe, sigo llorando y mirándome en el espejo, oteando el lento temblor
de mis mandíbulas salientes. Me acerco para ver más de cerca cómo las
lágrimas brotan de entre mis párpados semicerrados, cenagosos, plomizos,
limítrofes a la capitulación.
Qué asco.
Siento animadversión por mi mismo.
Me reboso en todo tipo de oprobios y bochornos, perito de que la alquimia
vesánica es irreversible.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

¿Por qué lloro?, se preguntará usted, mis avezado lector. La respuesta es fácil
a la par que macabra.
La sala de máquinas de mi cacumen no funciona bien. Es el ímpetu
bubónico de la enajenación, arremolinándose, penetrando, inoculando con
impulsos neuronales mi cerebro. Estoy loco. Enajenado, demente,
perturbado, insurrecto de la cordura.
Acabo de darme cuenta que he amputado mis testículos con las espectrales
y gélidas hojas de unas tijeras previamente afiladas.
Intolerable arrebato de enajenación.
Y no sé porqué lo he hecho. ¡ No lo sé !.
Estoy loco.
Loco.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 36.
MERCEDES.
Había soñado con sustituir mi fláccido y diminuto pene por un majestuoso
falo hidráulico de oro macizo, incrustado de pedrería barroca. Me desperté
compungido, consciente que sólo había sido un dulce y utópico sueño.
El pabilo encendido bailoteaba en los restos de sebo líquido. La vela se
había agotado en el candelero. Su llama agonizante, apenas proyectaba un
fantasmal hilillo de luz que caía sobre mí. Me dolía el cuello otra vez.
Mierda de cuerpo, todo el rato igual, cuando no era el cuello era la muñeca,
el escroto, o la espalda entera. Miserable organismo defectuoso. Me sentía
un cautivo, al cabo del día, cada vez que iba al baño, cada vez que debía
comer o irme a dormir. Quería aliviar mi soledad con un melón calentado al
microondas, pero al abrir la nevera sólo encontré ese medio limón reseco
que la custodiaba.
Una frutera repugnante de generosas carnes, vive en mi barrio, propietaria
de una pequeña botica de fruta en que ofrece a la clientela una jugosa y
vitamínica oferta.
Pese a que se llama Mercedes, la apodan foca por dos razones,
por gorda sebosa y por el bigote; barba de tres días, un bozo a lo Pantoja y
michelines de dos décadas. Es una fanática del chocolate y del pan con
cualquier cosa. El hedor que emanaba la verdulera era insoportable, como
un sabor que recuerda el vinagre.
De su boca asomaban repugnantes gusanos retorciéndose entres fluidos
viscosos. Bebía gaseosas azucaradas si no encontraba Coca-Cola.
-El agua no me gusta - decía convencida.
Pese a regentar un comercio de verduras, odiaba las frutas y vegetales y
mataba por el pollo del McDonald's. Buscaba pretextos absurdos para no
alimentarse bien. Su decrépito rostro colonizado de lunares como las pipas
de la sandía, era aterrador y espeluznante. Pero tenía su punto: era todo un
carácter. Me recordaba mucho a un sargento que tuve cuando hice la mili en
Melilla.

96

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Cada vez que nos cruzabamos, ella me sonreía. Una sonrisa que aceleraba
mis ansias de vómito y me ponía del todo nervioso. No podía soportar
aquella mirada, ojos verdes e ictericiosos que me escrutaban a través de los
cristales de sus grotescas gafas de concha. Ella me deseaba ardientemente.
Una vez intenté aguantarle la mirada, me presté al juego, quise vencer en
aquel torneo vidrioso. Sacó su sucia lengua, tal bistec a medio rebozar, y
chupeteó un helado imaginario. Me fulminó. Me quemó. Perdí y me
derrumbé derrotado.
Desde entonces intenté esquivarla. Solo la miraba un instante, corto, fugaz,
pero suficiente para preguntarme como la caprichosa naturaleza podía
haber concebido una alimaña como aquella. Ella, sudorosa, con gran
dificultad de movimiento, con el colesterol a punto de
dejarla fulminada, sacaba sus bolsas cada noche llenas de fruta manoseada y
la lanzaba atrozmente al contenedor descargando toda su ira.
Decidí salir de mi guarida, debía abastecer de frutas mi lúgubre despensa.
Me puse el abrigo encima del pijama para salir a la calle. Hacía un día
espléndido. Un sábado maravilloso.
La radiante luz de un sol de otoño ambientaba la ciudad; las dos laderas del
rió estaban rebosantes de bares y terrazas, todo el mundo estaba en la calle
disfrutando de la jornada; Señoras que habían sacado una silla a la calle y
habían montado su propio Sálvame Deluxe; un cabrón iba regalando
pelucas a los calvos, mientras un decrépito demente señalaba a alguien
aleatorio y gritaba:-¡Es el elegido!!-.
Llegué a la frutería que estaba en pleno jolgorio. Me extrañó la abundancia
de personajes grotescos en aquel comercio. Un jubilado pidiendo dos
sandías y tres avances. Señoras que toqueteban la fruta y no se ponían
guantes. Pijas idiotas que se divertían poniéndose las pegatinas de las
verduras en la frente.
Y allí estaba la frutera. Peinaba media melena con tonos canosos, labios
agrietados y gastados rematando una boca rodeada de vello y ojos saltones
robados a un olivo andaluz. Que fea era la cabrona. Custodiaba el género
exclusivo, champiñones, setas, condimentos y las peras. Comía perejil como
si no hubiera mañana.

97

Anastasio Prepuzio

Pasé por las secciones de tubérculos, legumbres y hortalizas hasta que llegué
al escaparate de los melones. Tomé uno, elegí media docena de plátanos y
me acerqué a la caja.
Miré las piernas peludas, robustas y enraizadas en zuecos de aquella criatura,
ascendí hasta contemplar aquel rostro de sapo, redondo, con bigote negro
y ojos saltones. Medio hablé medio tartamudeé a la vez que escapaba de la
mirada imprudente de frutera. Ella me miró. Me había reconocido. Parecía
que se guiaba más por el tacto que por la vista.
Cada fruta era acariciada con el exterior de los dedos, igual que se
comprueba la temperatura en una persona. Sacudió la bolsa de papel y
metió el melón en la bolsa.
Después cogió uno de los plátanos y empezó a lamerlo con devoción, con
fervor, sin piedad. Me escrutaba con una mirada cómplice.
-A mí me gustan los hombres- le dije, mientras ella abría los ojos asombrada
y esperaba con más miedo que impaciencia a que acabase mi desatinada
frase.
Y yo, encaminado en la vorágine de la estupidez extendía los brazos e
inflaba los cachetes y concluía: - No me gustan las mujeres-.
No recuerdo el contexto en que se lo dije. Lo que sí recuerdo es que huí a
toda velocidad de la jodida frutería.

98

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 37.
MI AMIGO EVARISTO.
Evaristo era un camarada de la infancia, de rostro grotesco y
tremendamente giboso. La suya es la miserable historia de una niñez aciaga
e infeliz. La que nunca se cuenta. La que nadie quiere ver ni conocer porque
abrumaría en demasía. Nunca supo de matemáticas, ni tan siquiera conoció
lo que era una vocal o un trozo de plastelina. Jamás conoció el calor de una
clase de invierno, ni el olor de los rotuladores. Tampoco tuvo juguete
alguno. No lo precisó. Aprendió raudo a divertirse con el muñeco que tenía
entre las piernas.Un traumatismo encefálico, producto de una atroz colisión
craneal al tirarse de cabeza en la piscina vacía de nuestro barrio, le ocasionó
una severa y cruel tartamudez.
Recuerdo con pesadumbre cómo se dedicaba a la mendicidad y a los
pequeños hurtos. Me viene a mi torpe memoria cómo los desalmados
vecinos del barrio le lanzaban migajas de pan mientras murmuraban
santiguándose. Rememoro con tristeza cómo probaba fortuna con su cabra
famélica sobre una escalera de hierro mientras ponía en marcha un organillo
eléctrico que vomitaba una taciturna canción. Recuerdo con amargura cómo
algún buen samaritano, de noble corazón, le hacía entrega de un cartón de
leche que no era para él sino para el escuálido artiodáctilo. Amedrentaba,
robaba y maleaba por las calles. Usurpar era su manera de gritar esperanza.
Perdí el contacto con Evaristo dos lustros atrás.Su perversión y adicción a
las mujeres lo llevó a un centro de desintoxicación. El último acaecimiento
que tenía de él, era que había probado fortuna en Brasil como copiloto de
rallys, con menesteroso éxito.
Ayer Domingo me llamó. Fue una grata e inesperada sorpresa. Nos
pusimos al día acerca de nuestras fútiles vidas. Evaristo ejercía la docencia
en un suburbio marginal de Río de Janeiro. Impartía clases de punto de cruz
a ladronzuelos, traficantes y trileros. Su voz, harto siniestra por el inicuo
tartajeo, destilaba preocupación, angustia, congoja.
Había algo que le atormentaba. Efectivamente. Entre sobrecogedores
sollozos, me desveló su impotencia e incapacidad para impedir que sus
avispados alumnos copiaran en los exámenes. Estaba sumido en una

99

Anastasio Prepuzio

turbadora depresión. Evaristo requería de mi ayuda, de mi versado consejo.
No podía permitir que aquellos bribones martirizaran a mi buen amigo.Nos
despedimos, con mi firme promesa de hallar remedio a tan intrincado
problema.
Provisto de un estoicismo sin precedentes, calculé complejas formulaciones
axiomáticas. Realicé operaciones logarítmicas de muy diversa índole. Omití
la cardinalidad de la ecuación cuadrática de tercer grado para hallar la astuta
solución que imposibilitaría que los alumnos de Evaristo copiaran en los
exámenes.
He aquí mi sagaz conclusión:

100

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 38.
CONSEJOS CAPULLESCOS.
La mitad de los amantes europeos no están complacidos con su vida sexual
y les agradaría añadir un condimento extra, según revela un reciente estudio
sexológico: Un envidiable 49% de los encuestados encuentra que su vida
sexual es apasionante mientras que el 51% afirma que falta variedad entre
las sábanas.
También queda demostrado que nuestros confidentes son los amigos, ya
que el 52% de los sondeados habla de sexo con sus amistades. Aunque
casi ocho de cada 10 europeos practican sexo semanalmente, y más de un
tercio al menos tres veces por semana, no es suficiente para el 56% de los
encuestados que desean hacer el amor más a menudo.
Hoy por hoy, la actividad más practicada por las parejas es el sexo
vaginal (92% hombres, 96% mujeres) seguido del sexo oral (69% hombres y
78% mujeres). El 63% de los preguntados afirma rotundamente
que aumenta su libido con las fantasías sexuales y un 56% de los
hombres utiliza productos eróticos frente a un 43% de las mujeres. Dar o
recibir masajes –con cremitas y demás ungüentos- se ha convertido en una
estrategia muy gratificante para los europeos pues la practican un 69% de
los hombres y un 80% de las mujeres.
La encuesta pone de manifiesto un deseo entre la población de probar
nuevos artículos eróticos. Un 77% considera positivo que los productos
dirigidos a mejorar nuestra vida sexual estén disponibles en establecimientos
comerciales habituales.
Casi una cuarta parte manifiesta haber usado los estimuladores
personales (23%), y una tercera parte (33%), utiliza lubricantes.
Pero el jodido estudio no hace mención alguna de los miserables individuos
que debemos disfrutar del sexo en la más absoluta y ruin soledad. Para
todos ellos, para todos nosotros, en el consejo capullesco de este capítulo,
propongo un estimulante ejercicio que nos permitirá sumergirnos en un
mar de sensaciones, en un fluir rítmico, en un clímax de sosiego y bienestar.

101

Anastasio Prepuzio

Una técnica que nos impulsará para entrar en un espacio colmado de
misterio, en una experiencia interior de relajación tan intensa que la
sensación que la acompaña solo puede ser comparable a un estado
meditativo.
Una técnica única que nos ayudará a recuperar la armonía entre cuerpo,
mente y espíritu entre inciensos aromáticos y aceites de argán. Creándme,
habrá un antes y un bienaventurado después tras la ejecución de este
ejercicio: La masturbación viendo girar el microondas.

102

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 39.
EL PLÁTANO HOMICIDA.
Mi boca, arriba, exacerbaba ronquidos que parecían los gruñidos de mamut
malherido. Los jodidos geranios, cómplices de tantas noches de insomnio,
hurtaban impunemente el poco oxígeno que llegaba a mi dantesca alcoba.
Mi macrocéfalo, debajo de la almohada, como era habitual siempre que me
cuasi-desnucaba practicando con escaso éxito una autofelación antes de
dormirme. La frescura de las sábanas mitigaba el dolor espinal de tan
estúpido ejercicio. Mis pies, colonizados por callos del tamaño de pelotas de
golf, pendían fuera de la cama, ayudándome a refrescar mi mórbido cuerpo
ante el suave calor de verano de ese viernes trece de Diciembre. La luna, allí
fuera, se levantaba majestuosa en un cielo preñado de estrellas, como una
ciclópea aureola luminosa refugiada vigorosamente detrás de una fina nube
gris.
A las 3.82 de la madrugada, una afónica y siniestra voz, que parecía salir de
las paredes, me llamó por mi nombre:
- ¡Anastasio!, ¡Anastasio!- insistió varias veces.
Con los párpados pegados por unas costras de pus que me alertaban de las
bondades de unas futuras cataratas, y esa sensación de no poder abrir los
ojos, como cuando uno quiere despertarse antes de tiempo, intenté,
estérilmente, averiguar quién cojones me llamaba y de dónde coño provenía
aquella voz áfona y ronca, apenas conocida, escasamente perceptible.
Tanteé sexualmente sobre mi mesita de noche, queriendo encender la
lámpara. Sólo conseguí arrojar al suelo mi móvil, el vaso de whisky y un
ejemplar de gato saludador que hábilmente había hurtado en un bazar
chino.
Viendo que no conseguía nada, cejé en mi intento. Intrigado, opté por
responder a quien me hablaba.
- ¿Quién anda ahí?. Sergio Dalma, ¿ eres tú?- murmuré titubeando.
Lo único que se escuchó fue el mudo silencio sólo roto por el tic-tac
sedativo del reloj.
Sentí como el miedo se apoderaba de cada rincón de mi cuerpo,
oprimiéndome
el
pecho,
dilatando
mi
uretra.

103

Anastasio Prepuzio

Chupé el pomo de la puerta tratando de tranquilizarme, y tuve un orgasmo,
raudo, diligente, anónimo.
- Anastasio, cabrón, sé que está ahí!- exclamó la enronquecida voz una vez
más.
- ¿ Quién coño eres ?. Te advierto que voy armado!- respondí mientras agarraba
el ambientador del armario.
- Anastasio, desgraciado! , ¡Soy un plátano! -.
Dudé un instante, como intentando procesar aquella información, frotando
mis ojos, incrédulo y escéptico. Pero si los plátanos no insultan,,, ¿ Estaré
soñando todavía? ¿ O es alguna clase de broma? pensé al tiempo que
simulaba misteriosas poses bélicas.
- He venido a matarte, hijo de Satán !- añadió quién decía ser la fruta de
forma fálica y color amarillo.
La adrenalina, que guillotinaba ahora el miedo, me obligó a complacer la
curiosidad y acercarme al lugar de dónde provenían las macabras voces.
Caminé sin pensarlo dirección a la cocina, mientras me cosquilleaban en el
cuerpo
las
telarañas.
Una risa exagerada, pero aún así sin volumen muy fuerte, me alertó que
estaba cerca, muy cerca.
- Anastasio, vas a morir bastardo hijo de puta!- susurró de nuevo la áspera
voz.
Empecé a golpear monótonamente mi cabeza contra la puerta acolchada de
la cocina, desesperado, encolerizado.
- ¿Qué cojones quieres?- grité horrorizado.
- Anastasio, gilipollas, estás muerto!-.
Aquellas voces resonaban en mi mente y estallaban como bombas
vejatorias. Estaba atormentado, desquiciado, pero no podía permitir que
una fruta me humillase.
Entré decidido en la cocina, y al abrir la nevera, lo encontré, altivo y
rozagante, con una mirada fría, inquietante, y una sonrisa casi macabra.
Nos pusimos uno frente a otro, en silencio, frunciendo el ceño, sin cruzar
palabra, insulto o reproche, y nos enzarzamos en una varonil pelea, cuerpo
a
cuerpo.
Un movimiento felino del plátano, le permitió dar primero. Arremetió

104

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

contra mi mejilla, derribándome al suelo. Empecé entonces a recibir una
brutal secuencia de crueles puñetazos. Conseguí esquivar uno de ellos y
lanzar un manotazo en su vientre sacándole todo el aire.
Mi albastrina y deforme mano consiguió, no sin esfuerzo, cerrarse entorno a
su frágil garganta. El plátano asesino siseó y desplegó sus letales y
despiadados colmillos. Sus liliputienses ojos relampaguearon como una
estrella en verano, rapaces, caníbales. Con un astuto movimiento de avidez
voluptuosa, el plátano se desprendió de mi mano y se abalanzó contra mi
oreja, amputándomela de un mordisco.
Mi vista se nubló. Sentí un mareo, palidecí. Empecé a hiperventilar. Percibí
en los labios del plátano una sonrisa burlesca al contemplar mi rostro
mutilado.
Mancillado en el honor, saqué fuerzas de donde no las tenía, y preso de la
ira, empecé a propinarle guantazos por todo el cuerpo.
Finalmente, la jodida banana, exhausta, sucumbió ante un certero puñetazo
que aplastó su trémulo cerebro. En esta ocasión el rol de vengador me
tocaba a mí. Herido en el orgullo, no lo dudé.
Lo violé.

105

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 40.
EL GRAN CIRCO DE BUDAPEST.
Nuevamente fui despertado bruscamente por un atroz puñetazo que me
cayó encima de mi castigado rostro. Jacinta vestía ya un impecable traje
chaqueta y una falda cortita, en azul marino. Parecía que se había peinado
tocando un poste de alta tensión.
Mostraba nerviosamente sus dientes de castor, quebrados y carcomidos por
la caries, con varias capas de sarro. Una repulsiva y amarga acidez escaló
por mi estómago, provocándome copiosas arcadas al contemplar su
decrépito rostro.
Utilizaba histéricamente laca como insecticida. Su sueño siempre fue ser
artista. Ser parte de un circo. Aptitudes y rasgos no le faltaban para cumplir
su anhelo. Siempre se había imaginado actuando en ese mundo mágico y
misterioso, en un espectáculo circense lleno de leones, tigres, elefantes y
artistas, payasos y los acróbatas.
Ella deseaba con todo su corazón ser uno de ellos, y a veces como en ese
instante, soñaba despierta en que un día podría hacerse realidad su sueño.
Le había prometido que iríamos al Gran Circo de Budapest, que
recientemente
se
había
instalado
en
nuestra
ciudad.
Me metí en mi mucilaginosa ducha. Sentí un orvallo de agua fría, glacial,
cayéndome encima, en una sensación nueva para mí. Hacía semanas que no
me aseaba. La higiene y yo estábamos en pleno pugilato.
Tomé dos barras de jabón y las froté con gallardía por todo mi cuerpo, con
rabia contra mi rostro, con rencor entre mis manos. Empotraba grandes
dosis de lejía entre mis uñas roñosas de pocero. Lijaba mi espalda con un
estropajo viejo empapado en bicarbonato.
Comencé a pasarme las manos por mi cuerpo deforme y primitivo. Bajé
por el cuello, despacio, acariciando mis mugrientos pectorales y tocándome
traviesamente los pezones. Bajé aún más, hasta llegar a mi vientre mórbido.
Jugueteé con mi peludo ombligo, y seguí la tupida y repugnante línea de

106

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

vello oscuro y grasiento que me nacía bajo el ombligo hasta mi pubis, donde
se perdieron mis dedos en busca del tesoro perdido en la selva de vello
rizado.
Salimos a la calle cogidos de la mano, sonriéndonos como dos enamorados,
tomados de las palmas, caminando juntos, lado a lado, paso a paso, y
mirándonos sin cesar, tan adentro y profundo, que con solo la mirada
sabíamos lo que queríamos decirnos sin palabras.
Nos paramos a mirar un punto en alto indefinido y creamos una ingenua
multitud curiosa. Nos reímos con complicidad. Eructamos burdamente
provocando esas risitas nerviosas de los enamorados.
Llegamos al circo y nos acomodamos en primera fila.
-¿ Nerviosa?- le pregunté mientras la abrazaba.
- Sí un poco- respondió con voz temblorosa.
-¿Es la primera vez?-.
–No ya había estado nerviosa antes - replicó la pobre desgraciada.
Trompetas por todos lados, panderetas, trombones vozarrones, vuvuzelas,
un bombo y un piano que sonaba dulce. Colores, muchos colores, y las
luces majestuosas, luces que llenaban la oscuridad bajo la carpa del circo. Se
apagaron los focos. Entonces, en una esquina del entoldado, algo comenzó
a tomar forma.
Un decadente gigante, con rostro de bogavante estreñido, apareció en el
escenario. El brillo rojo nos cegó por un instante. Y la nariz roja habló:
–¿Cómo etán utedes?-.
-Bieeeeeen!!- respondió una multitud entregada.
Cogí una moneda de 2 € y la lancé brutalmente contra el rostro de aquel
caduco payaso, ocasionándole una aparatosa brecha en la frente. Los
colores parecían vibrar con la música y ahora la delicada melodía del
organillo era acompañada por los bombos y platillos.

107

Anastasio Prepuzio

Se escuchó un rugido: era la inconfundible voz del decadente payaso herido.
Jacinta aplaudía hechizada mientras comía palomitas como si no hubiera
mañana.
- Hola don Pepito- gritaba con voz de Joaquín Sabina fumando Ducados.
- Hola Don José- respondía el imbécil auditorio.
Tras la burda actuación de aquel asqueroso payaso, apareció en escena
el trapecista. Iluminado por dos potentes focos, aquel hombre de brazos
musculosos, desafiando todas las leyes de la gravedad, se balanceaba
saltando de columpio en columpio con precisión casi milimétrica.
Tras el eterno redoble de tambores, aquel extraordinario atleta nos deleitó
con un irrepetible cuádruple salto, por supuesto, mortal.
Tras retirar el cadáver, brotó entre una densa capa de humo, el
contorsionista, que entre la espectacularidad de dos hermosos tigres de
bengala enjaulados, que rugían con una fastuosidad imborrable, nos
embelesó con su show en el que consiguió practicarse una autofelación.
Tras su formidable actuación, comenzó la música, se abrió el telón y
aparecieron los animales, uno detrás del otro, haciendo piruetas alrededor
de la pista. Eran bellísimos, con sus disfraces de colores intensos.
Algunos usaban ropas o adornos, cuellos, moños, chalecos, botones,
pulseras o collares, para que lucieran más hermosos. Lemures caucásicos,
mapaches, orcos, osos hormigueros, hienas y buitres salvajes, en una
comparsa casi perfecta.
De pronto redoblaron tambores, se encendió un reflector que iluminó la
pista y apareció un grotesco y seboso individuo vestido de blanco: galera,
botas, traje y guantes. Tenía unos bigotes como manubrio de bicicleta y
usaba un antifaz negro. Saludó haciendo una irrisoria reverencia. Los
espectadores aplaudieron. Todos menos yo.
Él hizo ademán de silencio y esperamos oír sus palabras. Con una voz
aflautada que nada tenía que ver con su apariencia de gordo mantecoso dijo:

108

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

-Para acabar el show les voy a presentar la estrella de nuestro circo: El Hombre
Mono!!!. Un fuerte aplauso para Monky!!!-.
De entre los telones pareció una alimaña cruce de chimpacé africano y
hembra de la tribu burundunga. Tenía cara de macaco y cuerpo de humano.
Un faraónico pene colgaba de su pubis. La envidia y la ira se apoderon de
mí. Qué falo tenía aquella bestia...
Ejecutó espectáculos con varios objetos a la vez, volteándolos,
manteniéndolos en equilibrio o arrojándolos al aire alternativamente, sin
dejar que cayeran al suelo. Los juegos malabares eran de gran belleza.
Aquella criatura poseía una innata habilidad psicomotriz.
Lo sobrecogedor de su actuación fue, que a diferencia del malabarista
convencional que se sirve principalmente de las manos, Monky utilizó su
pene para realizar tan extraordinario espectáculo.

109

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 41.
¿ DÓNDE COÑO ESTÁS, JENNIFER?.
Sí, soy capullo, un miserable ignaro, pero sin ti no soy nada,
Una gota de lluvia mojando mi cara,
Mi mundo es pequeño y mi corazón pedacitos de hielo,
Y es que con la jodida canción de Amaral me flagelo.
No soy romántico, no soy hombre si no estás,
Las busco, pero no encuentro palabras para hablar,
Lloro, mi perversa mente se nubla, pierdo la bondad,
Mi pene mengua, soy mísero preso de mi incapacidad.
Mi amor, mi cariño, mi apego por ti va más allá de la razón,
Custodiando con recelo nuestra malsana pasión en mi cabezón,
No me huyas, dime qué sientes por mí, no te quiero ningún mal,
Bien sabes tú, que por ti me administraba un enema rectal.
Si mi grotesco mundo se llena de unicornios, de rosas,
De vida, de ositos amorosos, de luz y jodidas mariposas,
Es sólo por el hecho de verte, de poseerte,
Jennifer,,,, es por la simple razón de tenerte.
Sé que sólo eres una grotesca y sucia muñeca,
Pero tus azulados ojos me hacen olvidar la puta hipoteca,
Quisiera ser brisa para tus labios poder besar,
Y en momentos de soledad, tu púbico orificio perforar.
Quizás esta gilipollez no tenga valor para ti,
Tal vez prefieras joyas o algún rubí,
Pero en cada letra se separa mi enfermizo corazón,
Y al juntarlas tendrás todo, todo mi amor.

110

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Te has ido, has huido miserablemente como un conejo,
¡Cabrona! ¿Te asustaste de mi cortejo?,
Mi devastadora calvicie añora tus suaves caricias,
La luz de tu sonrisa en mi mirada, tus brutales palizas.
¿Jennifer, dónde coño estás?, ¿Por qué te has escondido?,
No volverá a suceder, no te salpicaré con mi fluido,
Estoy cansado de buscarte, Jennifer sal de tu madriguera,
A Dios pongo por testigo, que no te pegaré como a una perra.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 42.
LAS PUTAS COLAS DEL SUPER.
Ayer fui al supermercado. Siempre lo hago los miércoles para evitar la
masificación de los sábados. Qué gilipollas...
El panorama era dantesco, irritante, exasperante.
A nadie le gusta hacer cola. Yo las detesto. Son inmundas. Someterse a esa
tediosa, lenta e interminable agonía disfrazada de cola, me produce ardor de
estómago.
Son minutos en los que no te mueves. Minutos en los que todo te exaspera.
Minutos en los que aparece violentamente un deseo irrefrenable de sacar del
camino a hostia limpia a todo aquel que está delante de ti.
Instantes en los que anhelas extraer el cuchillo a la charcutera para
demostrarle que tú eres más eficaz cortando la mortadela. Interminables
colas para pagar. Roñosas colas para que te paguen.
Colas para que te peguen, e incluso colas para que te cuelen. Y siempre
tenemos el infortunio de escoger la cola más lenta. Siempre.
Detrás de la octogenaria que se coloca las gafitas en busca del choped de
oferta; detrás del palurdo que está cargando de embutido su carro para
abastecer a un pueblo entero; detrás del insensato de la ferretería que parece
estar comprando un pedido para el Equipo A; detrás de la choni que revisa
su ticket de compra antes de salir de la caja. Desesperante!.
Y ayer, en la sección de charcutería, fue uno de esos días. Mientras me hacía
dos coletas con los pelos de mi nariz intentando sosegar la ira que esa
absurda situación me estaba provocando, mi torpe y perturbada mente
empezó a tejer una astuta solución.
Llegué a mi casa e impulsivamente agarré un rotulador, unas tijeras y un
folio. Y dibujé. Vaya si dibujé.

112

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Maquiné el funcional método para evitar esas insufribles colas: unos
artesanos tickets hechos a mano, numerados del 1 al 100, y de sencilla
utilización: tan sólo debemos esperar con paciencia a que uno de los
números sean cantados por el dependiente, y en ese instante, hacer uso
inmediato del ticket correspondiente.

113

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 43.
LA ISLA XINING.
La jornada transcurrió apacible, cautivadora, maravillosa. El sol brillaba con
vigorosa intensidad y la calidez de sus rayos abrasaba mi albina cutícula para
enriquecer a algún decrépito perito en dermatología. El azul del cielo tenía
una intensidad que sosegaba el ánimo del más deprimido. Soplaba una brisa
salada que rozaba suavemente mi piel huérfana de prendas y musitaba en
los multiformes cocoteros. Las cigarras cantaban con fuerza, las tortugas
marinas jugueteaban con sus genitales y los macacos tropicales probaban
puntería con cocos y piedras contra los escasos turistas que holgazaneaban
en las hamacas saboreando exóticas bebidas.
El rumor del agua, que rezumaba en aquel empíreo territorio, me susurraba
dulcemente, sabiéndose protagonista, seduciéndome con celestes
imposibles, acariciando con suavidad la arena blanca de aquella playa,
consiguiendo
enamorar
a
las
palmeras.
Había decidido tomarme unas merecidas vacaciones para alejarme del
bullicio urbano y los problemas que me atormentaban. Precisaba descansar
en algún recóndito paraje que pudiera ofrecerme naturaleza en estado puro
y playas vírgenes donde relajarme. Y en Xinging, en aquella isla asiática, en
ese atolón de serenidad rústica, con el único tráfico de los campesinos con
sombreros cónicos y el pastoreo de su ganado, podría meditar sobre el
perdón a mi amada Jacinta tras su infidelidad.
Aquella playa parecía eterna. Era una orgía de colores y sabores, donde el
reloj parecía haber detenido su frenética carrera para llevar un ritmo más
calmo. Y allí me encontraba yo; recreándome burdamente con la
construcción de castillos de arena, eructando por el masivo consumo de
bebidas carbonatadas, restregándome con la fina arenisca de ese paraíso,
nadando sin pudor con mis nuevos manguitos, sin la mirada inquisitiva de
los demás bañistas.
La radiación del sol había hecho que mi escroto y velludas nalgas se
cubrieran de manchas ardientes y llagas purulentas. Decidí postrarme bajo
una centenaria palmera.

114

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

El armonioso silencio era sólo roto por la diáfana sintonía del vaivén
espumoso de las olas. Leí una vez más la carta que Jacinta me había
remitido:

Aquella misiva parecía pura, sincera, generosa, escrita desde lo más hondo
de su corazón. Cerré los ojos por un instante, intentando procesar las
nobles palabras que destilaba el manuscrito. ¿Debía perdonarla? me
pregunté meditativo una y otra vez.
Al abrir los ojos, la vi. Una bella lugareña, una silueta esplendorosa, de ojos
rasgados y pequeños, sencilla, femenina y esbelta, nadando como una
hermosa sirena entre la última franja de luz anaranjada que se escondía tras
el
horizonte.

115

Anastasio Prepuzio

Tuve que pellizcarme los testículos para cerciorarme que no estaba
soñando.
La magia de ese momento, de esa postal, me hizo sentir como el
protagonista de un cuadro que no necesita lienzo.
La estaba observando fascinado, hechizado, cuando nuestras miradas se
cruzaron. Me dedicó una sonrisa a modo de saludo que me turbó y me hizo
bajar los ojos como a un pueril adolescente, reacción que ella percibió de
inmediato y le provocó una nueva sonrisa.
Me levanté escondiendo de forma astuta mi mórbida barriga, me enfundé
las gafas y el tubo de snorkel y me lancé al agua como un avezado nadador.
Quería
impresionarla.
Empecé a nadar hacia ella, chulescamente, estilo mariposa. Apenas
aguanté 10 metros. Ella me miraba, con ojos tímidos que parecían
susurrarme:
-Ven,,,Tómame,,,,mancíllame,,, -.
Pasé a hacerlo estilo crol, con menesteroso resultado. Cuando ya no
controlaba el ritmo, y mi nado era irregular y torpe, braceando tal canino
ahogándose,
llegué
ante
su
bella
y
exótica
presencia.
Sin mediar palabra, nos miramos y nos besamos apasionadamente.
Mi boca paladeó sus besos mezclados con sal y arena, el perfume a pescado
de su cuerpo. Percibí la presión de sus pequeñas extremidades recorriendo
mi
espalda,
el
vigor
de
su
aliento
en
mi
rostro.
El tiempo se detuvo, el pasado y el futuro dejaron de existir, sólo contaba
ese instante, nuestro instante.
Ella mantenía juntas nuestras cabezas, y yo, juntaba nuestros torsos
sumergiendo mis dedos en los lugares más prohibidos de su cuerpo.
Envolví su pelvis con una de mis piernas. Todo mi cuerpo latía al compás
de su corazón extasiado.
- Cásate conmigo- murmuré embelesado. El instante era mágico, celestial,
llegando casi a comprender eso que algunos llaman nirvana.

116

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Ella respondió con un gesto de desaprobación, indicando que lo nuestro era
un romance imposible.
Hicimos el amor, una y otra vez,,,

117

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 44.
EL PIE DE ATLETA.
Una sed voraz me despierta a media noche. No me quiero levantar, pero mi
boca está tan seca que la lengua parece haberse convertido en sucio esparto.
El hercúleo esfuerzo invertido en rascar el herpes podal, ha consumido mis
reservas de líquidos. Me pica mucho el dedo grueso del pie. Rasco, hurgo,
escarbo de forma frenética, pero eso sólo agrava el picor, un escozor tan
rítmico como mi respiración. Con la impericia de movimientos del recién
levantado, intento soplar estúpidamente sobre la ulceración carnosa de mi
dedo. Mis amorcillados labios están secos y duros. Expectoro de nuevo, la
picazón es vesicante, trato de deshacerme del nudo que tengo en la
garganta escupiendo y carraspeando. Mi escroto se ha encogido, más duro
que el hormigón armado.
-¡ Maldita infección micótica !.
Con ojos vidriosos, inyectados en sangre, contemplo con desazón mi pie
magullado, cómo supura la llaga del hallux. El nauseabundo hedor que
destila la pústula se incrusta en mi nariz, y el inenarrable comezón que
siento se manifiesta por la boca en forma de líquido abrasador
.
Remojo mi pie en el agua del retrete, en una astuta operación para calmar el
prurito, pero la materia fecal adosada a la sucia pared del urinario se incrusta
en la llaga, infectándola, haciendo aumentar su temperatura.
Con lágrimas dentro de mis párpados, maldigo mi suerte. Blasfemo contra
aquella decrépita masajista, que bajo el pretexto de que los pies son la
proyección cartográfica de los órganos, alegando que una correcta
estimulación del primer dedo del pie tendría un efecto benéfico sobre mi
pene, masajeó sin piedad con ácido nítrico la base de mi mórbida pezuña.
Hija de puta.
El ardor ahora es casi insoportable. Hablo en albanés, canto en arameo,
insulto en hebreo, bautizo nuevos muebles del IKEA. Dialogo con suelo
del aseo, colonizado por charcos de orina junto a pedazos aplastados de
excrementos hacia los que las cucarachas se acercan para alimentarse. Pero

118

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

las sucias y frías baldosas del excusado me ignoran, me desprecian, se
burlan de mí.
Una desagradable sensación de neblina inunda mis pupilas, haciendo
entrecerrar levemente mis párpados. Levanto la vista, junto al desodorante
y el consolador rectal, diviso un frasco de analgésico tópico. Sin pensarlo,
agarro el envase, lo agito como si de una grotesca maraca se tratara, y aplico
el spray directamente sobre el absceso.
Hago una mueca de dolor y cierro los ojos, reprimiendo un grito ahogado
por la angustia. Una sensación insufrible, como si me clavaran en el
dedo una aguja incandescente, recorre mi pie derecho.Parece que el tiempo
se para. Casi arañándome me seco las lágrimas con las manos. Cada
segundo se hace eterno. Puta madre. Soy un genio. El frasco es un jodido
bote de Reflex.
Congestionado por el dolor, con los ojos amenazando desprenderse de sus
órbitas, y la lengua amoratada y pastosa colgando a modo de corbata,
escruto mi pezuña, exploro detenidamente el pie de atleta. Observo
aterrado como el herpes cobra vida propia, late, palpita. Advierto acojonado
como mi pie no recibe irrigación, adoptando un sospechoso color
negruzco. No hay duda. Tengo gangrena.
Los calambres en mi brazo izquierdo aumentan exponencialmente, al
tiempo que se me seca la boca y mi frente se perla de sudor.
El picor me hace delirar. Desvarío, enloquezco. Comienzo a rapear a los
geranios para que éstos crezcan más. Veo a un unicornio fornicando con un
delfín. Frente a ellos, Nacho Vidal es operado de fimosis, mientras
la Duquesa de Alba calcula logaritmos. Veo muertos rascándose los pies,
cabras lamiéndose las pezuñas, velociraptors lengüeteando sus zarpas.
Grito como jamás he gritado nunca. Una idea da vueltas en mi enfermiza
mente, circula fugaz e irreversible. Se llama suicidio. Siento que ya no quiero
seguir, que quiero terminar con este infierno en el que vivo. Los dientes
comienzan a castañetear, empiezo a tener miedo.
Con mi mano derecha siento mi corazón, tengo la sensación de
percibir pausas en su latido, un escalofrío me hace temblar y me paraliza.
No puedo más con este escozor. Necesito acabar con este suplicio. Barajo
la idea de lanzarme desde una decimonovena planta pero considero que no

119

Anastasio Prepuzio

voy suficientemente bien vestido y, desde luego, en el trayecto corro el
riesgo de que se me desabroche la parte superior del chándal. El matarratas
con sabor a anís, está descartado, sólo conseguiría una porfiada diarrea.
Recuerdo entonces la escopeta que heredé de mi abuelo. Es
el momento oportuno de hacer uso de aquella arma. La cargo con dos
cartuchos de bala. La escopeta recompone mi ego. Elevo los ojos, relajo mis
brazos. Reúno testiculina. Respiro profundo.
-¡PAM!-.
Un certero proyectil rompe el aire haciendo blanco en su objetivo.

120

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 45.
LA COBRA DE BANGLADESH.
Dejé los periódicos encima de la cama. Me senté en la vieja silla y bebí
raudo mi café. Estaba demasiado caliente, cual lava volcánica, como a mí
me gustaba. Busqué un cigarrillo de mi chaqueta, lo prendí y empecé a
fumar. Sentí como el humo del pitillo tiznaba mis piezas dentales, como
recorría mi garganta y enfermaba mis pulmones corroídos.
Hacía mucho calor. Gotas de sudor empapaban mis tupidas axilas, mi
cuerpo, inundando mis ojos, cegándome de escozor. Miré los periódicos
abiertos sobre la cama y me puse extremadamente nervioso.
Había travestido a los políticos de los rotativos a base de bigotes y pestañas
postizas, y aquello me horrorizaba. Parecían hablarme, humillarme,
injuriarme.
La música de bar de abajo se filtraba por la ventana. Acompañé
estúpidamente
el
ritmo
de
la
música
con
palmadas.
Tenía hambre. Me rasqué ostentosamente mis velludas nalgas, hasta llegar
astutamente al esfínter, para recolectar restos del chile picante de la cena de
la noche anterior, y los usé como tentempié. No tenían mal sabor.
Escaneé visualmente por la ventana, sin ver, el pequeño parque de la calle.
Un hombre, con triquinosis y corbata, esperaba debajo de un árbol,
rascándose sus genitales. Llegó una mujer de pelo lacado, hiperhormonada y
mórbida. Hablaron un poco, se escupieron, y se marcharon cogidos de la
mano. Escasos metros más allá, un decadente vagabundo iba regalando
pelucas a los calvos. En frente una pelea de aguantar la mirada entre dos
decrépitas ancianas desconocidas. Frente a una entidad financiera, una
decena de exaltados manifestantes se habían congregado en defensa de un
equipo nacional de natación sincronizada masculina. Pobres imbéciles.
Era Domingo y la gente salía a pasear o iba a la misa parroquial. Cerca del
parque, coches y motos pasaban presurosos hacia el centro de la ciudad.
Hacían mucho ruido, pero yo no oía nada. Sólo fumaba mi cigarrillo y
hablaba para mí, recitando poesía de Espronceda.

121

Anastasio Prepuzio

Caminé hacia la nevera. La abrí y tras echar un vistazo, me di cuenta que
había poco que mirar. Cogí media cebolla y me la comí de un bocado.
La liliácea explotó entre mis sarrosos dientes y su jugo chorreó por mi
barbilla.
Volví a mi habitación. Me senté encima de la cama y empecé a leer los
periódicos otra vez. Sección de necrológicas. Venían tres pequeñas e
interesantes biografías de tres personas de cada una de las cuales podría
escribirse una novela bizarra: una vieja multimillonaria que tuvo que tomar
una gran cantidad de agua, sin ir al baño, para ganar una consola
Wii. Lamentablemente, lo único que obtuvo fue una muerte por
hiperhidratación.
La de un joven toledano que, cansado de tener sexo con miembros de su
propia especie, decidió dejarse montar analmente por un semental en una
mesetaria granja de Guadalajara. El placer le duró muy poco, pues sufrió
una perforación del colon que desembocó en una letal peritonitis. Y la de
un octogenario electrocutado por un vibrador rectal.
Bajo la página de esquelas, un anuncio rezaba: “Prestigioso encantador de
serpientes regala excelente cobra de Bangladesh, adiestrada, 5 meses de edad,
desparasitada y muy cariñosa. Se entrega con terrario de 2 metros y suelo de viruta de
madera, la cartilla sanitaria, todas las vacunas, con hoja de consejos básicos de
alimentación e higiene. Tel. de contacto: IX LXXVII- CCLXXII- DLXXXI.
Anuncio serio. ”.
Siempre había considerado a la serpiente como un animal asociado a
mitologías y leyendas. Por su capacidad de deambular sin patas, tragar
presas enteras, mudar su piel o zigzaguear al compás de la melodía de un
flautín. Aquel anuncio me brindaba una oportunidad de adoptar una
mascota.
Tras descifrar el jodido número de teléfono que el hijo de puta del
anunciante había incrustado en el periódico, lo llamé. Acordamos vernos en
su domicilio, a escasas 5 manzanas de mi apartamento.
El domicilio del hacendado del anuncio era un chamizo sin forma definida,
construida de cartón y hoja de lata. Su interior, lúgubre y dantesco, estaba
tapizado de viejas esteras, con dos sillas de mimbre muy destartaladas y una
cama de varas. Sobre ésta, a la cabecera, colgado al desnivel, se encontraba

122

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

un brillante cuadro de El Dioni. Los ojos luminosos del intrépido ladrón de
furgones blindados dominaban toda la extensión de la humilde choza.
-Adelante Sr. Prepuzio. Pase, pase, estoy en la habitación- gritó el anfitrión.
La hediondez de la barraca, henchida de desperdicios, basuras y heces
humanas, se hacía sentir por toda la chabola. Anduve unos metros,
intentando esquivar las regurgitaciones que aderezaban el suelo.
En la habitación, un sonriente y atractivo treintañero, con la lozanía de un
cutis amasado en canela, de facciones espartanas y cuyo cuerpo parecía
haber sido tallado en mármol, aguardaba mi llegada sentado en un viejo
sofá.
- Señor Machado- susurré con voz retraída. – Vengo a buscar la serpiente-.
La inmensidad de su presencia empequeñecía la habitación. Apenas pude
reprimir una mueca de sorpresa ante aquel rostro asexuado, ante aquel
cuerpo huérfano de prendas. No pude evitar fijarme en su pubis. Un
enorme pene colgaba de su entrepierna, grueso tal tallo de olivo de Sojuela.
La rugosa y depilada piel de su escroto dejaba al descubierto unos testículos
faraónicos, como si de unas turmas de gorila se tratara.
- Señor Prepuzio, ¿ Se encuentra bien ?- preguntó el mulato, mientras
ordenaba las hojas de vacunas del reptil. Su boca rancia me obsequió con
una sonrisa desdentada.
Tragué saliva, angustiado, con mi corazón palpitando acelerado.
- Sí…Disculpe, es que tengo prisa…- murmuré más nervioso que Frodo en
una joyería.– Si quiere entregarme la cobra…-.
- Por supuesto- añadió el mestizo. – Termino con la documentación, un autógrafo
y la cobra es suya-.
Pude ver a la jodida serpiente en el suelo, enroscada, inmóvil, más tiesa que
un gato de porcelana. Toda aquella situación no cuadraba en absoluto. Una
mezcla incierta de desconfianza y rebeldía me apretaba el corazón, con una
creciente sensación de que me había timado.

123

Anastasio Prepuzio

- Oiga…Pero si la cobra,,,¿ Está muerta ?– pregunté perplejo mientras mi
cabeza atravesaba las brumas de una premonición.
- No – añadió el mulato visiblemente irritado. - Está dormida. Si quiere
despertarla para llevársela, tendrá que tocar la flauta-.

124

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 46.
ODA A LA LUMBALGIA.
Desde la médula espinal hasta al agujero oscuro, baja un dolor
No hallan explicación médica a este trastorno castrador
Ha enfermado mi región sacra, las lumbares y los riñones
De la almohadilla eléctrica y analgésicos estoy hasta los cojones
Un dolor que penetra hondo, me veda permanecer erguido
Grito de dolor, vocifero en arameo, pues el lomo tengo herido
Parezco un simio, hercúleos cabezazos contra las farolas doy
No puedo pasear erecto, traumatizado por reuma estoy
Maldita lumbalgia, que me haces caminar inclinado
“Chepao”, “Jorobado”, “Mochilero”, soy vilipendiado
Lacerante y dolorosa, la ciencia todavía no alcanzó a curar
Ni tan siquiera Ibuprufeno, Voltaren o Hemoal la puede aliviar
Días enteros sin salir de casa, rehén del jodido dolor de espalda
Tardes de hastío, con el espinazo tieso como La Giralda
Como un anciano se ha curvado mi dorso y astillado mi hombro
Me duele la espalda, los brazos, el escroto, soy un escombro
Vivo en una cárcel tenebrosa, la infame turbe me increpa:
“Camello “, “Sincuello”, “Cuasimodo”, ¡Ay mi pobre chepa!
Doblada mi espalda, con la cabeza gacha, me lanzan cacahuetes
Blanco de chacotas, desprecios y burlas de los mozalbetes
Soy incapaz de abrir la bragueta hasta el último botón
Para orinar o acariciar mi pene peludito y cabezón
Te maldigo lumbago, que me haces andar ladeado
Me duele el lomo, ni tan siquiera capaz soy de cagar sentado

125

Anastasio Prepuzio

Trato de ponerme recto y erguido, en un intento en vano
Crujen mis huesos, raquis molido, desgarros en el ano
Lumbago, cabrona, ¿ Por qué me obligas a caminar torcido ?
¿ Es tal vez un satánico castigo merecido ?
Desde la médula espinal hasta al agujero oscuro, baja un dolor
No hallan explicación médica a ese trastorno castrador
Ha enfermado mi región sacra, las lumbares, los riñones
De la almohadilla eléctrica y analgésicos estoy hasta los cojones

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 47.
ADIÓS TITA ADELFA.
Había dejado para mañana lo que ayer había dejado para hoy, en una de las
luchas incansables que libraba en pro de la organización del tiempo. Y esa
secuencia de astutas decisiones me intranquilizaba. Apagué el viejo televisor
y me suministré un enema rectal, un efectivo método casero para relajarme,
para ahuyentar ese pensamiento que me atormentaba. Me quedé
grotescamente dormido en el retrete. A las cuatro de la mañana sonó el
teléfono y me levanté sobresaltado.
Era mi madre.
-Anastasio- dijo aclarándose la voz. Su respiración era confusa, honda y
agitada. Me sorprendí al oírla. Algo debía haber ocurrido. En cuestión de
segundos ya estaba completamente despierto.
-Es Tita Adelfa...Está en coma. Estamos en el hospital. Fallo multiorgánico por
ingesta masiva de hamburguesas... – prosiguió con voz entrecortada.
Una gota de sudor se deslizó por mi sien, llegando hasta mi achicado
escroto. Noté como mi vello púbico se erizaba, mi corazón galopaba sin
frenos preso del pánico. Apenas pude articular palabra.
- Creo que tendrías que venir para despedirte de ella. Es cuestión de horas,
Anastasio. Tita Adelfa se muere...- concluyó entre sollozos.
-¿ Ha redactado el testamento?- exclamé pasándome la mano por mi exiguo
pelo con aire trastornado. No hubo respuesta en el otro lado del aparato.
Tras colgar el teléfono, miré durante unos instantes la fotografía colgada en
el techo de la primera comunión de Tita Adelfa, ruborizándome, y guardé
un largo silencio. Sentí pena por ella. Pobre desgraciada.
Tita Adelfa era una mujer obesa, de fuerza hercúlea, hedionda, mantecosa,
misántropa, y de carácter muy fuerte, que hablaba eructando con
estruendosas carcajadas que siempre terminaban en tos asquerosa y
enfermiza. Era una comedora compulsiva de hamburguesas.
Su acuciante adicción la llevó a un peregrinaje hospitalario con estériles
resultados.

127

Anastasio Prepuzio

Abordé un taxi para dirigirme hacia la clínica donde se encontraba mi tía. Al
llegar, huí corriendo como una liebre para evitar pagar al jodido taxista.
Entré por la puerta de urgencias, subí a cuidados intensivos y miré nervioso
a todos lados, pasé por un corredor y al final de éste encontré a mi madre
desconsolada, sentada y trémula, que, entre lágrimas y sollozos, no dudó en
envolverme con sus frágiles y tenues brazos para deshacerse en llanto
nombrando con voz quebradiza a su única hermana, en busca de un afligido
consuelo.
Mi lengua humedeció los labios con dificultad. Fruncí el ceño para reunir el
valor necesario y abracé a mi madre, besándole la cabeza nevada de caspa,
acariciando su velluda espalda, pegándole sonoros bofetones tratando de
consolar lo inconsolable.
Le pregunté dónde estaba mi tía. Mamá, con el rostro ajado y cubierto,
donde sólo se le podían ver sus resquebrajados palatales y trocitos
diminutos de saliva que embadurnaban sus ralos bigotes, señaló con una
mano temblorosa la habitación dónde se concentraba su infinita pena. Me
dirigí a la habitación iluminada. El silencio reinante era sólo interrumpido
por los zumbidos de los insectos, revoloteando, acechantes, husmeando el
sebo, oliendo astutamente la muerte.
Pude advertir, arrojados por el suelo, paja, cacahuetes, plátanos y dos
camillas blancas. En ellas, mi tía tumbada, gorda, boquiabierta, entumecida,
intubada a media docena de siniestros aparatos, postrada como un cachalote
ajusticiado entre sábanas salpicadas de heces. Su asquerosa piel cobriza
ahora era amarillenta y su rostro retorcido, con una mirada desvanecida.
Un individuo de blanco acariciaba discretamente sus senos, sus nalgas,
besaba su cuello, rociando su sucio aliento en ella, susurrándole frases
obscenas al oído. Había deslizado sigilosamente su mano derecha por el
interior de su bragueta. Hijo de puta.
-¡Tséeeee!- grité contrariado.
El individuo, de aspecto bellaco y castigador, hizo una grotesca reverencia,
enmascarando su sorpresa, y salió corriendo de la habitación.
Me acerqué a mi tía. Sus manos estaban juntas sobre sus mórbidos pechos,

128

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

ofreciendo una posición de oración fervorosa. Estaba tumbada,
agonizando, con respiración crepitante, librando una batalla perdida contra
la dama de negro, contra la muerte, negándose a formar parte del jardín de
altos ciprés. Jugueteé con una de las máquinas a las que estaba conectada,
apagando y encendiendo sus luminosos botones. El molesto pitido del
aparato advirtió que algo no iba bien. Efectivamente, había desconectado a
mi tía de la respiración artificial.
Empezó a convulsionar, con movimientos espasmódicos, como poseída
por el mismo Satanás. Tía Adelfa nos dejaba, se iba para siempre.
Abrió los ojos para despedirse, y pronunció sus últimas y angustiantes
palabras:
- Anastasio, hijo puta, quiero una hamburguesa...- .

129

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 48.
BRICOLAJE PARA GILIPOLLAS.
El bricolaje ( del francés ‘bricoler’= ¡Hágalo usted mismo, cabrón! ) consiste en la
fascinante, maravillosa y pedagógica actividad de realizar trabajos de
optimización del hogar, muebles o siniestros artefactos con los medios y
escasos conocimientos que maneja cada persona, sin la necesidad de
auxiliarse de instrucción técnica o base teórica. Es decir, simplemente
contando con la avidez y la motivación para aprender a crear, mantener,
reparar o mejorar cualquier objeto de nuestra morada. Se trata pues de una
grotesca actividad creativa, con incontestables beneficios terapéuticos y
adelgazantes, que reutiliza lo preexistente por medio del empleo de los más
variopintos recursos.
Sus infelices y fervorosos defensores argumentan que no hace falta
contratar los servicios de un experto en decoración o una empresa para
hacer determinadas reformas sencillas, ya que la satisfacción que supone
disfrutar de unas baldas, un práctico armario empotrado o un suelo de
lámina flotante, es muy superior cuando el autor del cambio ha sido uno
mismo.
Regodeo, inmensa felicidad y distracción que se traducen en calidad de vida
en el hogar, ahorro, terapia anti-estrés, hobby y seguridad para los nuestros.
Es sumamente complejo hallar una actividad que satisfaga más en esa
mañana de sábado como el jodido bricolaje. Con todo el día por delante,
con una jornada huérfana de preocupaciones laborales, no existe nada más
gratificante que un peregrinaje ferretero para comprar los clavos necesarios
para colgar los rieles de las cortinas o la estantería de pladur. Una
disciplina capaz de hacerte sudar como un cortador de kebabs, dejándote las
manos con unas llagas del tamaño de centollos, los dedos mutilados por el
taladro y una agradable laceración en la espalada que irradia hacia las
costillas
bajando
hasta
el
escroto.
Maravilloso.
¡A tomar por culo el fútbol!. ¡Yo quiero hacer briolaje!.
Enfundados con el viejo chándal, nos dispondremos a tunear unos viejos
muebles usurpados en un vertedero, provistos de un mazo, unos alicates, el

130

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

destornillador y un poco de superglue, y hechizados por esta actividad,
mimetizados por este seductor hobby, sin poder evitarlo, compondremos
una lámpara con un toque renacentista, pasando por la comodilla de un
armario, y acabaremos construyendo un bungalow a tamaño real, con
fachada impermeabilizada y comedor para aves incluido. Y, donde antes
teníamos dos agujeros de taladro, ahora tenemos las ruinas de Atenas,
enyesando gilipipollescamente con plastilina ese mar de perforaciones.
¡Ahhhh, qué gusto da ser un manitas!.
En esto del bricolaje, como en tantas otras actividades, la experiencia es un
grado, y es conveniente empezar con proyectos sencillos hasta ir
dominando técnicas y herramientas.
Desgraciadamente, el bricolaje, un saber transmitido de generación en
generación, de código abierto y sin derechos de autor, ha sufrido múltiples
ataques del capitalismo, de la producción masiva y la dictadura de las
marcas.
Para recuperar la tradición del hackeo de la tecnología doméstica, en el taller
de hoy, haciendo uso de nuestra imaginación y creatividad, aprendermos a
construir con materiales reciclados, seguros e higiénicos, uno de los útiles
artefactos que este maravilloso entretenimiento puede ofrecernos.
Un artilugio de naturaleza 100 % manual, que nos transportará a un océano
de nuevas sensaciones. Un producto tremendamente flexible, suave,
agradable al tacto y al contacto con su interior.
Inicie un inolvidable viaje sin retorno al mundo del erotismo. Experimente
y descubra un placer antes inimaginable.
El recorrido interior se encuentra hábil y económicamente texturado para
provocar mayores sensaciones. De diseño ergonómico, se adapta
perfectamente a cualquier tamaño, manteniendo la presión debido a su
capacidad de estiramiento. Fácil de mantener, es totalmente lavable y
reutilizable,
y
permite
su
desmontaje.

131

Anastasio Prepuzio

Todo lujuria con sólo una botella de La Casera, dos esponjas de baño, celo
y un rollo de film alveolar ( plástico de burbujas para embalar). Debo
advertir que crea dependencia.
¡Viva el bricolaje!

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 49.
MAÑANA DE CÓLERA.
Miércoles, 6 de la mañana. Hace un frío de tres pares de cojones.
Encogimiento escrotal. Incontinencia mucolítica. Pezones erectos, alegría
desbordada. Retumba de nuevo el jodido despertador excesivamente
pronto, recordándome que debo ir a trabajar. Gracias, cabrón, muchas
gracias. Otro día condenado a la esclavitud del cabrón de mi jefe. Después
de emular el grito de tarzán con un bostezo monstruoso, zanganeo bajo las
sábanas que algún día habían sido blancas, aprovechando hábilmente las
últimas prorratas de sueño. Cuando llegue a 3 me levanto de la puta cama,
lo juro: 1... 2.. 2⅞... 2⅝... 2⅔... 2¼... 2½... 2¾... 2÷√1245x⅜≤∆x∞/1²,,,.
Finalmente, no sin hercúleo esfuerzo, me levanto comprobando que
colonizan mis ojos lagañas del tamaño de cortezas de cerdo. Deambulo
medio dormido hasta el baño. Golpeo torpemente mi macrocéfalo contra
las litografías que decoran siniestramente el pasadizo. Parezco un hediondo
zombie de The Walking Dead. Meada interminable. Me ducho con el agua
en estado de ebullición. Me aseo los pocos dientes que me quedan, a cámara
lenta, preguntándome perplejo quién cojones se dedica a poner las rayas
azules en la puta pasta dentífrica. Me miro al espejo con cara de pocos
amigos, asustándome por lo que veo. Posteriormente desayuno leyendo la
etiqueta en portugués de la caja de cereales, me visto apresuradamente y
salgo de casa a toda prisa.
Entro en el coche, dispuesto a penetrar en el bullicio de la jungla urbana.
Puta madre, el atasco es monumental. Asfixiado por el sucio vaho de los
tubos de escape, por el polvo de las obras colindantes y el enojoso ruido de
las bocinas, enciendo la radio para sobrellevar el tedio y la desesperación de
ese momento. Observo como el decrépito conductor de mi izquierda,
seboso y alopécico, se hurga la nariz con regocijo. Su grotesco rostro se
deforma de placer cuando consigue hallar alguna de las
inmundicias afincadas en su mugrienta cavidad nasal. Tras examinarlas con
deleite, las usa como tentempié. El parecido con mi jefe es asombroso. Me
dan ganas de escupirle, de apedrear aquella cabeza despoblada, de meterle
un huevo Kinder por el culo.

133

Anastasio Prepuzio

El tráfico es denso y los vehículos, en fila, circulan lentamente. Cierro los
ojos, y le veo, a mi jefe, riéndose de mi. Me fumo el octavo cigarrillo del día,
tratando de sosegarme. Apenas hace una hora que me levanté. A este ritmo,
por la noche enfermo de neumonía. Otro semáforo. Noveno cigarrillo.
Durante unos interminables minutos soy espectador impaciente del cambio
de secuencia lumínica del semáforo, sin avanzar un metro.
Ahora, los coches empiezan a circular con mayor fluidez. Miro el reloj.
Llego cinco minutos tarde, justo el día en el que vienen los japoneses a
firmar el proyecto en el que tanto había trabajado. Aparco delante del
trabajo como quien entra en boxes. Entro en la oficina a toda prisa,
asmático, haciéndome el distraído para no saludar al personal de recepción.
Ya en mi despacho, dejo mis cosas sobre la mesa y enciendo con desgana el
ordenador. Con la intención de iniciar la jornada laboral echando un vistazo
al correo electrónico, recibo la llamada del jefe, quien, atosigado y de mal
humor, me comunica con cierta hostilidad que hay que repetir el jodido
informe trimestral de ventas.
Con aquella soberbia que le caracteriza, demostrando una vez más quien
tiene la autoridad, asegura que se trata de un asunto urgente, exigiéndome
que posponga el resto de asuntos pendientes para tenerlo concluido cuanto
antes. Una ruin forma de mantenerme ocupado mientras él firma el acuerdo
mercantil con los nipones.
¡Bastardo hijo de puta!.
Nada más colgar el teléfono me invade una intensa sensación de ira. Y
mientras percibo como ésta es cada vez mayor, pienso en pegarle hostias de
dos en dos hasta que salga impar. Deseo apalearlo como a un perro rabioso.
Quiero matarlo. Pero me falta testiculina. No puedo arriesgarme a una
condena de cárcel. Mi culo, suave y terso, sería un blanco perfecto para
holgazanes famélicos de sexo. Presentarle el puto informe de ventas en
números romanos puede aliviarme sí, a corto plazo, pero después debería,
por enésima vez, redactar el dossier de nuevo. Suscribir a mi jefe a alguna
revista de paranoias psicóticas, puede cabrearlo, pero precisa de
desembolso.

134

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

No puedo más. Necesito putearle. De forma inmediata. Voy al aseo. Me
estoy cagando. Me quedo abstraído mirando el rollo de papel higiénico. Mi
ojos humedecen, noto como mi corazón galopa desbocado. Tengo la
solución.
¡ Te vas a enterar cabrón!.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 50.
LA AGENTE INMOBILIARIA.
Amanecí como hombre solitario con mi almohada aún caliente de
espumarajos. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue primero, si causa o
consecuencia, si la soledad o la maldad. La cuestión es que cosechaba
enemistades minuto a minuto. Y lo hacía porqué me apetecía. Buscaba la
animadversión ajena sólo por autocomplacencia y eso me sumía en un
aislamiento social perenne.
Entré en el baño. A mis pies descansaba la escobilla del wáter. El
artefacto, repugnantemente untado con el producto que había barrido, tenía
una dudosa tonalidad cobriza. Contemplé el utensilio durante unos
instantes. Mi mirada, bizca y estrábica, era impúdica, obscena, depravada.
Dudé. Finalmente me agaché, extendí mi dedo índice y…
El aseo tenía una ducha con cortinas sucias y viejas, pero cumplían su
misión. Entré en la bañera y empecé a enjabonarme concienzudamente.
Frotaba con intensidad y atroz violencia mi indecente y seboso cuerpo.
Con la ayuda de un estropajo de cocina conseguí extirpar las costras que se
me habían formado en la piel y que se deprendían a modo de caspa.
Descubrí, desconcertado y perplejo, que el verdadero color de mi pelo era
rubio.
En un acto reflejo e impulsivo, empecé a estimularme la hedionda bestia
que tenía en el pubis. Primero tímidamente. Posteriormente con
ensañamiento y rudeza. Cerré los ojos. No por la excitación sino por la
cantidad de lagañas que poblaban mis nublados ojos.
El agua de la ducha acariciaba mi pecho, el vientre, mi espalda velluda, mi
devastadora calvicie. Tomé un consolador de goma que había adquirido
en un bazar chino y lo introduje en mi cavidad rectal, con movimientos
circulares, perpendiculares, horizontales, verticales, elípticos, parabólicos,
curvilíneos, cinemáticos. Jadeaba como un jabalí excitado. Gemía como una
perra en parto.
Me sobraba demasiado mes al final del sueldo, así que había decidido buscar
un piso de alquiler más económico.
Tenía una cita con una agente inmobiliaria que disponía de un pequeño
apartamento que reunía las características de lo que estaba buscando. Me
vestí apresuradamente. Bajé en el Distrito Oeste.

136

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Había empezado a llover. Los cubos de basura y los periódicos mojados en
el suelo poblaban aquel suburbio pedigüeño y marginal. El olor a orines y
aguas putrefactas eran tan concentrado que a punto estuve de arrojar por
vía aérea lo que con tanto gusto me había metido en la panza.
Las meretrices de baja estofa se asomaban al zaguán de las ventanas sin
disimulo y algún trasnochador embozado hasta las orejas se deslizaba con
sigilo por las esquinas. Borrachos y mendigos aflojaban sin pudor sus
vejigas ante la displicente mirada de los toxicómanos que buscaban mierda
para inyectarse.
De pronto se oyó un grito. No parecía venir de lejos.
Corrí. Galopé lo más rápido que pude hacia el callejón de donde procedían
los chillidos, tropezándome con un pedrusco oculto a mis ojos,
cayéndome y manchándome la cara de barro.
Me erguí, no muy ágilmente, y volví a escuchar otro grito:
- Socorro!!!, Ayúdenme!!! -.
Un mendigo de aspecto siniestro y desaliñado, con los pantalones bajados a
la altura de las rodillas lloraba desconsoladamente. Aún sin aliento por la
carrera, me acerqué al vagabundo.
-¿Qué te ha pasado?- pregunté con voz entrecortada.
- Estaba meando y una abeja me ha picado en el pene! Joder como duele!respondió aquel bohemio ambulante.
Tenía la cara tiznada de aceite y grasa oscura, y la ropa sucia y transpirada.
Su aliento apestaba a dientes podridos macerados en ginebra barata.
-Llamaré a una ambulancia - repliqué nerviosamente mientras sacaba el
teléfono móvil del bolsillo de mis sucios pantalones.
- No!! No hay tiempo para llamar a la ambulancia. Soy alérgico a las picaduras de
las abejas - contestó despavorecido el vagabundo. - Voy a sufrir un choque
anafiláctico!! . Joder me voy a morir!! -.

137

Anastasio Prepuzio

-¿Y qué quieres que haga?- consulté aterrado.
-Tendrás que succionarme el veneno para que no me infecte la sangre. Rápido!!.
No hay tiempo que perder!! La voy a palmar!!.- sentenció el mísero holgazán.
Sin dudar un instante, altruistamente, me rebajé arrodillándome a la altura
de sus caderas dispuesto a salvar la vida de aquel miserable mendigo.
Toda su bragueta despedía un intenso hedor a esmegma, orín y amoníaco.
Bajé la cremallera y abrí la boca dudando, titubeando, vacilando. Un sexto
sentido me decía que algo no andaba bien.
-A qué esperas!!. Me muero!!- chilló aquel pordiosero maloliente.
Tomé su falo y me lo metí en la boca. Si el olor era repugnante el sabor era
todavía peor. Aquel trozo de carne en barra, circuncidado, hediondo y
roñoso, sabía a puerto, a metales pesados, a anciano, a hepatitis.
El mendigo me puso las manos en su cabeza para facilitar el movimiento
mientras soltaba algún que otro suspiro.
-Así, así, succiona el veneno!! - susurraba agitado el mendigo.
Mientras respiraba el aire viciado del sexo de aquel desgraciado, sentí ganas
de regurgitar. Divagaba sin que ello estorbara la cadencia de mis babas y
lametazos. Había sido engañado enésima vez.
Humillado por el engaño, llegué al piso que quería escrutar. Tras llamar al
timbre, apareció una joven preciosa de altura mediana pelo rubio, húmedo,
liso. Vestía minifalda tejana ajustada y camisa transparente que dejaba al
descubierto sus hermosísimos pechos. Sus ojos eran negros azabache y
desprendía un olor embriagador de perfume francés chanel. Me sonrió
dejando ver sus dientes blancos como perlas.
Me enseño el apartamento. 20 m2, sin ventanas y el aseo era comunitario.
Justo lo que precisaba. Noté cómo ella reflexionaba mientras me miraba de
arriba abajo, como si pensara quizá “este me pueda hacer un buen apaño”.
Tengo que reconocer que en ese momento sentí pánico: mi relación con
Jacinta iba mejor que nunca, y aquello quizá pudiera derivar en algo

138

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

más. Era muy obvio que había mucha química y atracción entre nosotros
dos. Efectivamente,
al
momento, nos
estábamos
besando
apasionadamente.
Nuestras lenguas se entrelazaban y mis manos empezaron a acariciar sus
senos perfectos, rígidos, magreando sus muslos, sus nalgas, sus infinitas
piernas. De pronto noté un porrazo en mi zona genital.
Me quedé sin respirar, consternado, abrumado, desconcertado. Me aparté
bruscamente y descubrí que la bella agente inmobiliaria era portadora de un
poderoso pene. Sin mediar palabra, huí del apartamento como si no hubiera
mañana.
Había sido humillado de nuevo.

139

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 51.
DEFENSA PERSONAL
Vivimos en una sociedad insensible, deshumanizada y hostigada por un
bombardeo permanente de violencia. Subsistimos en una comunidad en la
que la impune permisibilidad, el vandalismo callejero, la tolerancia a la
mezcolanza, la agresividad en todos los ambientes, el egoísmo encolerizado,
la intransigencia y la insensatez generalizada tiranizan unos pueblos
cimentados en la Ley de la Fuerza Bruta y en la que aparecen rasgos de
primitivismo y aculturalización.
Coexistimos en una sociedad cada vez más violenta en la
cual, el desacertado, el perdedor, es considerado un repudiado. Seguimos
criminalizando al que perpetró un error, al extraviado, al que razona
distinto.
Ensalzamos al invicto, al vencedor, homologándolo como superior.
Valoramos el espíritu de contienda empresarial, el denuesto e incluso la
afrenta al oponente. Está socialmente aceptado que venza el mejor, y el
sujeto calculador que destruye a sus competidores, es temido y enaltecido
por la colectividad.
Ataques de pánico, fobias, depresiones y un sin número de padecimientos
son comunes al ser humano en la vida actual. Históricamente, la violencia
encontraba mejor caldo de cultivo en zonas marginales y deprimidas
socioeconómicas, con una fuerte tasa de desempleo y con bajos niveles
culturales. Actualmente, la hallamos en cualquier rincón del planeta.
Este miserable escenario nos obliga a desarrollar estrategias que nos
permitan afrontar de forma efectiva la violencia. Debemos evitar hasta
donde nos sea posible ser blanco fácil. Debemos prepararnos para la
defensa.

合気道氣道

), es una innovadora
El “Simple Punch” o puñetazo simple (
técnica de defensa personal que mi perturbada mente ha concebido y que
busca la armonización o neutralización del contrario en situaciones de
conflicto, dando lugar a la derrota del adversario sin lastimarlo, a menos de

140

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

ser necesario. Este funcional método propicia la educación del instinto
propio, la auto-reflexión y la evolución del oponente.
En lugar destruirle o humillarle el “Simple Punch” pretende fomentar la
meditación del adversario.
Veamos cómo funciona:
1. Para los diestros, poner la pierna zurda atrás para que sirva de apoyo.
Nada de dar saltitos afrancesados ni de pararse con las piernas abiertas y
dejar vulnerables tus genitales. (paso inverso para los zurdos ).
2. Dirigir astutamente la mirada (en un fingido gesto de asombro), hacia el
ángulo muerto de nuestro contendiente.
3. Señalar sagazmente con el dedo un objeto o individuo para llamar su
atención.
4. Y pam! extender el brazo derecho con fuerza hacia la cara de tu
oponente. Dejar el tronco recto, y las piernas bien apoyadas. No flexionar el
brazo ni girar el cuerpo para sacar el golpe con impulso.
He aquí un didáctico croquis de esta técnica:

141

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 52.
EL VIAJE EN AVIÓN.
Caminando con intermitencia por el aeropuerto, con gafas de sol,
sintiéndome estúpidamente como una estrella de cine, me encontré un euro
en el suelo. Me agaché a recogerlo como si no hubiera mañana, y se me
escapó una involuntaria flatulencia sonora que asustó a un perro lazarillo
embutido en un jersey de cuadros escoceses. La señora que lo paseaba,
vendedora de cupones, dio un sobresalto y soltó instintivamente la correa.
El canino corrió despavorido huyendo del metano expulsado y, al mismo
tiempo, asustado por el brinco de su patrona, cruzando el security check, y
siendo brutalmente abatido por la Guardia Civil.
Gracias a la inutilidad tecnológica de mi vecino que me proporcionaba
conexión a internet, saqué un billete de Ryanair. Había decido viajar a
Australia a por un abrazo de un koala, un sueño que todavía no había
podido cumplir. Me esperaba 24 horas de agradable vuelo dentro de la
aeronave. Adoro volar. Hay sólo cuatro momentos de un viaje en avión que
me producen terror: antes del despegue, cuando comienza a elevarse,
mientras vuela y cuando aterriza.
Di un paseo hablando solo por las tiendas de la terminal. Paré en en seco
para dramatizar la conversación. Un Mercedes 4x4 último modelo era
exhibido
como
reclamo
comercial.
Un
cartel
rezaba "
algopasaconmercedes.com".
Un escalofrío recorrió mi siniestro cuerpo.
-¿Qué le pasaría a Mercedes?- me pregunté tremendamente alarmado y
meditabundo, sin dejar de pensar el repugante rostro de Mercedes, la frutera
del barrio.
-Mercedes!!, ¿Mercedes, dónde estás?-, ¿ Te encuentras bien?- grité compungido
creando una multitud curiosa.
Nadie contestó. Sólo algunas inescrutables miradas de compasión y
desprecio por parte de algunos pasajeros fueron la respuesta. Compré un
par de revisitas de zoofilia, unos cacahuetes y un osito de peluche.

142

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Quedaban casi dos horas para partir, así que decidí quedarme mirando con
curiosidad las pantallas que anunciaban los vuelos, intentando descifrar
algún mensaje encriptado. Una voz nasal, particularmente desagradable,
alertó por megafonía que había llegado la hora de embarcar.
El avión era un Airbus380. Una atractiva azafata de faz pálida me
acompañó a mi butaca. Nº 32 C. Al lado, en el 32A y 32B, un gordo seboso
intentaba sacar los brazos por las ventanillas mientras devoraba, con la boca
abierta y haciendo ruido, un bocadillo de atún. Su rostro estaba estucado
por un mar de pliegues, protuberancias dérmicas y lunares. Era un cuerpo
siniestro, demacrado, horrible, lleno de granos y verrugas, tullido de
desprecios e insultos prepúberes.
Me senté al lado del obeso y una vez dejé de hojear el periódico, presté
atención a la azafata, huérfana de prendas por aquello del ahorro de costes,
que afirmaba que el chaleco se podía inflar soplando por unos tubitos de
todo a cien.
Comprobé debajo de mi asiento si se hallaba el maldito chaleco amarillo,
encontrando en su lugar una bolsa de magdalenas caducadas.
Posteriormente, tras unas indicaciones tal lenguaje de sordos para señalar
las salidas de emergencia, nos explicó lo de la despresurización. Respiré
aliviado.
Unas mascarillas de oxígeno me podrían salvar la vida. Tras arreglar la
hidráulica del avión con cinta aislante, la torre autorizó de inmediato el
despegue, y el piloto procedió a ingresar a la pista; echó vistazo al indicador
de temperatura y a la brújula; ambos estaban bien.
Un repaso rápido al altímetro confirmaba que estaba configurado acorde a
la elevación del terreno. Incrementó la potencia muy suavemente e inició la
carrera de despegue concentrándose en mantener la rueda de nariz en la
línea de centro de pista.
El viento estaba en calma, menos de cinco nudos, y casi de frente. La
carrera de despegue fue normal, sin quejas del motor. El despegue para mi
fue tremendo, sentir que me arrancaban de la tierra, notando como mi

143

Anastasio Prepuzio

compañero de pasaje, con el chaleco enfundado, se agarraba de mi escroto
asustado. Tras veinte interminables minutos, el avión tomó velocidad de
crucero. La media docena de diazepán empezó a hacer sus efectos. Me
quedé profundamente dormido. Dormité 6 o 7 horas ininterrumpidas.
La luz del cinturón se encendió y el piloto comenzó a parlotear. Me
desperté confundido, con la visión borrosa para escuchar, pero no entendí
gran cosa del mensaje ya que era en vietnamita.
De todos modos, las caras de espanto del pasaje y el nerviosismo de la
tripulación transmitían que algo no iba nada bien; lo primero que pensé fue
que íbamos a perecer todos. Los rostros se crisparon llenos de pavor, los
cuerpos atenazados se clavaron en los asientos, y yo, desconcertado,
buscaba algún tipo de indicio.
Me encontraba en medio de una tragedia griega y algún espabilado me había
birlado el libreto; no sabía si me tocaba ser héroe, villano o simplemente
uno más del coro. Incluso en tales circunstancias era incapaz de empatizar
con mis compañeros de viaje al más allá. El gordo se levantó asustado,
gritando, buscando desesperadamente un paracaídas. Pude oler el sudor de
sus axilas, la grasa de sus cabellos, el hedor a sífilis de su sexo.
La chica morena de la fila de delante movía nerviosa su cabeza de un sitio a
otro, parecía buscar a alguien.
De repente, me miró. Era preciosa, pulcra, hermosa, como flor temprana;
rosa fresca y perfumada. La chica atezada se cambió al asiento vacío que
estaba delante del mío.
Tendría unos treinta años, sus dientes brillaban como perlas, y era la
indoeuropea más guapa que había visto en mi vida. Supe que ella era
especial. Empezó a parlotear en búlgaro y yo, estupefacto, me limitaba a
balbucear en mi perfecto inglés:
-Ai dong anderstang-.
Ella tenía miedo, y ante eso, lo único que yo podía hacer era admirar sus
ojos brillantes que se llenaban de lágrimas.

144

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

De repente, empezó a lamer lascivamente un helado imaginario, moviendo
la lengua en perfectos círculos. Le di el paquete de cacahuetes, pues pensaba
que tenía hambre. Visiblemente contrariada, empezó a acariciarse su
hermoso cuello, hasta llegar a sus pechos, a los que comenzó a acariciar
suavemente. Saqué de mi bolsillo, un paquete de clinnex, entendiendo que
sudaba por el nerviosismo de la situación.
Cabreada, me lanzó el paquete de pañuelos al tiempo que movía su
pelvis mediante la articulación lumbo-sacra. Debía ser epliléptica. Le
entregué el último diazepán que me quedaba en el bolsillo.
Renegó, negando con la cabeza, con voz de Joaquín Sabina fumando
Ducados. Abrió sus piernas y se despojó del diminuto tanga, mostrándome
su sexo. Entonces lo entendí. No quería resignarse a morir sola. Quería
copular conmigo.
Fornicamos como bellacos, poseídos salvajemente, como animales en celo,
entre los chillidos del resto de pasajeros. Al acabar, nos quedamos mirando
al techo, cubriendo nuestros presentimientos de silencio. Ella lo sabía y yo
lo sabía: la muerte se aproximaba. Nos dormimos cogidos de la mano.
Dos horas más tarde, ya en Sydney, fuimos despertados por la brigada de
limpieza del avión.
Estábamos vivos. Todo había sido un simulacro.

145

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 53.
LA HERENCIA DE MI ABUELO.
Aunque mi abuelo Belcebú Prepuzio no era criptólogo, tenía,
indirectamente, algunas nociones de simbología.
De hecho, su profesión era hamaquero de una playa de Salou. Su suegro,
profesor y virtuoso de la plastelina, fue uno de los primeros en usar
símbolos matemáticos para expresar procesos lógicos y fue elegido
miembro de la Royal Society por sus trabajos sobre la moderna lógica
simbólica. Y mi abuelo adquirió de él la pasión por los numeritos. Belcebú
Prepuzio era un hombre que iba a contracorriente por mera superioridad
intelectual y no sabía pronunciar la palabra pizza. Murió en chándal por el
ataque en la calle de un evangelista desalmado.
En su humilde y menesteroso testamento me donó un viejo pergamino.
El manuscrito mostraba curiosos arabescos que parecían delgados penes,
figuras femeninas desnudas, estrellas y constelaciones, coordenadas naúticas
y cientos de plantas de extraño aspecto. El pergamino, la caligrafía y la
historia conocida del manuscrito me indicaban que podía ser de origen
medieval, y la abundancia de especímenes vegetales sugería que podía
tratarse de un herbario, un libro de texto mitad científico, mitad mágico,
que describía las cualidades místicas y médicas de las plantas y su
preparación.
Pero esto era una simple conjetura, ya que estaba escrito en un lenguaje que
no podía identificar. Aunque el texto podía ser descompuesto en palabras,
cuyas letras eran familiares a medias, no tenían sentido. Sólo pude suponer
que estaban escritas en un idioma poco conocido, tal vez en arameo, en un
dialecto o en un código. Sí. Era sin duda un código. Mi abuelo me había
legado un código secreto de misterioso significado.
Quizá Belcebú Prepuzio había ingeniado un sistema de lógica simbólica, o
quizá simplemente había elaborado un código para camuflar sus
investigaciones en torno a la piedra filosofal y el elixir de la vida, eludiendo
así la acusación de practicar la magia negra. Tal vez había descubierto la
fórmula de la eterna erección.

146

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Muchos especialistas trabajaron privadamente con el manuscrito,
considerado, con razón, como el mayor desafío al que jamás se habían
enfrentado. Biólogos, arqueólogos, mamporreros, tarotistas, trapecistas,
hombres anuncio e incluso deshuesadores de aceitunas fueron incapaces de
resolver el significado del jodido pergamino. La misma NASA lo consideró
como un texto indescifrable, escrito por algún bromista. Pero yo estaba
convencido que mi abuelo quería contarme algo con aquel críptico
hológrafo. -"Háblame, háblame"- susurraba con vehemencia mientras
examinaba aquel trozo de papel.
Pero fue mi amada Jacinta, la honesta empleada del McDonald's, quien, con
la ayuda de unas gafas 3D, logró descodificar el enigmático papiro.

147

Anastasio Prepuzio

El pergamino relataba minuciosamente, paso a paso, como construir unas
gafas, aparentemente convencionales, y cuya propiedad era la de dejar pasar
la luz a través de la aleación magnesio-potasio25, material plateado
constituyente de las famosas tarjetas "Rasca y Gana".
Gracias abuelo.

148

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 54.
SOY PÁJARO.
Con los ojos inyectados en sangre, me hallo posado sobre la reluciente taza
mayólica, sudando, apretando con rudeza el punto canicular de mi andorga.
Con una maniobra de naturaleza animal, y precedida de desgarradores
gritos, consigo expulsar un mojón de sansónicas dimensiones.
Me aseo pulcramente el tercer ojo con un pañuelo balsámico. Tengo una
extraña sensación, percepción lóbrega, una intuición tal vez.
Me acerco al retrete para escrutar la aleación ambarina de mi orín, girando
en ponzoñosos remolinos de espuma, sobre los que surcan pelos ondulados
que serpentean antes de ser engullidos por el desagüe.
Observo el recorrido gelatinoso del fruto podrido de mis vísceras,
resbalando con denuedo a través de la taza. El rastro tiene una inquietante
tonalidad azulenca.
Algo no marcha bien.
Reúno testiculina, penetro mi brazo derecho por el excusado y recojo un
generoso trozo de materia fecal, todavía caliente, para su estudio.
El sedimento excrementicio emana un aguzado hedor a ázoe. De él, se
desprenden como las hojas secas arbolinas en otoño, pequeñas plumas
grisáceas, plomizas, cenizosas.
No hay duda. Estoy sufriendo alguna especie de metamorfosis genética.
Un nudo recorre mi garganta, haciendo erizar mi vello púbico.
Me miro al espejo, y aprecio un amorfo cuerpo sustentado en un pierna,
mientras la otra extremidad es retraída a la altura del vientre, en una
acrobática postura grotesca.
Observo, titubeante, como mi cuello se estira y mi cabeza ladea, con
raudos movimientos, tal gucamayo tropical.
Los ojos, oscuros y sombríos, son mayúsculos en proporción al diminuto
tamaño de la cabeza, y se encuentran sepultados en las cuencas. Irrumpe

149

Anastasio Prepuzio

bajo una prominente y agrietada frente, una nariz aguileña, ganchuda, un
poderoso apéndice cartilaginoso, corvo y arqueado.
Mi garganta, tierna como carne de seno materno y de forma lanceolada, es
erizada, dándole un aspecto hirsuto.
Un felino y reflejo movimiento me lanza al suelo. De forma maquinal,
picoteo las baldosas del baño. Es un cacahuete.
Mi miro de nuevo en el espejo quebrado y mugriento, petrificado, sin
parpadear, saco un peine y trato de restituir la poca dignidad perdida
tapando mi mugrienta alopecia con el atezado mechón de pelo lacio y
grasiento.
No es algo metafórico ni poético, tengo cara de pájaro, rostro de ave, soy
una jodida tórtola.
Subo al tejado de mi morada.
Escruto el horizonte de azoteas que asoman sobre la superficie de la urbe
como picudas madréporas. El ronco grazno de un planeador córvido llama
mi atención. Cola acuñada, cabeza saliente, esfínter dilatado. Su vuelo me
sorprende por la agilidad y los repentinos cambios de dirección. Tras él, una
jauría de fámulas palomas acicala sosegados bisbiseos de aire, expeliendo
impunemente sus níveoaceitunadas heces.
Con fogosos anillos de nubes en el confín, diviso como un gorrión alterado
genéticamente por la inclemente contaminación, de pico ganchudo y
ásperas garras, baila en círculos con sus alas nítidas y rudas. La elegancia
innata en el movimiento de sus extremidades, me deja perplejo.
Padezco una insólita erupción de decoro, libertad y fascinación.
Pienso, contumaz, que quiero ser como ellos. Soy como ellos.
Un cloqueante y metálico bramido exhala de mi garganta.
-¡Praaak, praaak!- gorjeo de forma refleja.
Es la señal.

150

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Brioso y exultante de energías, subo al alféizar de escasos 30 centímetros de
ancho. Extiendo los brazos y cierro los ojos. Respiro y percibo la plenitud
del instante. Soy soberano de las alturas. El aire ahora acaricia mi avícola
faz.
Espero pacientemente la llegada del corriente de aire ascendente. Es la
victoria del espíritu libre sobre la materialidad inerte.
Voy a volar.

151

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 55.
LA DONACIÓN DE ESPERMA.
Leía, con ciertas dificultades, recientemente un artículo en un periódico: "
La donación de semen se considera un acto altruista para ayudar a parejas estériles. La
legislación española prevé una generosa compensación económica por las molestias y
desplazamientos que deberá realizar el donante. Debido al auge que tienen en los últimos
años las técnicas de reproducción asistida, en estos momentos en España existe mucha
más demanda que oferta de donantes a poder ser donante de semen se deben cumplir
muchos requisitos que hacen que el porcentaje de candidatos descartados sea muy alto.
Los donantes no sólo deben tener una salud perfecta, sino que además deben tener un
semen de gran calidad y unos antecedentes familiares en los que no aparezcan
enfermedades hereditarias. En cuanto a la inteligencia basta con tener un cociente
intelectual normal para ser donante. Es preciso ser una persona joven. La mayor parte de
las clínicas admiten donaciones de hombres de entre 18 y 35 años, aunque por ley se
pueden admitir donantes de hasta 50. Además es imprescindible no tener problemas de
salud, especialmente enfermedades genéticas o infecciosas. Tampoco se puede sufrir
ninguna enfermedad mental. Otro requisito importante es que no se pueden haber
engendrado más de 6 hijos para poder realizar donaciones. Si se cumplen con las
condiciones anteriores, se realiza una primera muestra de prueba para comprobar la
calidad del semen. Se observa la concentración de espermatozoides por cm³, la movilidad y
morfología. Además se realiza una prueba de congelación/descongelación de la muestra,
pues no todas resisten este proceso".
Aquel interesante artículo del rotativo me hizo reflexionar.
Era obvio que no reunía ninguno de los requisitos, pero decidí llamar a
cobro revertido a una clínica de reproducción asistida.
Una decrépita recepcionista, con voz de tornero húngaro, me informó que
debía mantenerme en un periodo de abstinencia sexual de entre 4 y 7 días y
presentar unas recientes analíticas de sangre. Acordé una cita para una
semana después, pues necesitaba algo de dinero.
Las exigencias eran una quimera para mí, así que decidí poner en marcha un
perspicaz plan para cumplir las cláusulas. Decreté que la mejor forma para
mantener la castidad durante una semana, sería enyesarme el pene con
cemento dotado de atroces descargas eléctricas al ser tocado, puesto que
para un individuo como yo, que se autoestimula una docena de veces al día,
sería inviable no juguetear con mis genitales sin un brillante método como
el que ingenié.

152

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Posteriormente empecé a tejer una confabulación para presentar los análisis
de sangre. Los últimos que me practicaron, recogían unos niveles de
colesterol dignos del mismo Pavarotti, por no mencionar el rico ecosistema
de enfermedades venéreas que colonizaban mi sangre. Pedí hora al médico
de cabecera para que me realizara las analíticas. Seguro que encontraría
algún niño que debería pasar una rutinaria revisión médica y me daría la
oportunidad de realizar el 'cambiazo' del frasco de plasma.
En el consultorio, enfundado hábilmente con una peluca para parecer más
joven, descubrí que tengo malas venas para hacer puntería con una jeringa.
No acertó la jodida enfermera, picándome en el brazo derecho. Después se
desquitó, acertando en el izquierdo. Empecé a tiritar, notaba que mi presión
bajaba, sudores repentinos, los oídos empezaron a silbarme una melodía
de Tomatete, la vista a empañarse. Eran los típicos síntomas de un predesmayo. Cuando empezaba a hablar lenguas muertas, descubrí a mi
derecha a un sacerdote que estaba pasando por el mismo calvario, mientras
abría y cerraba el puño. Ese era mi objetivo.
Tras la analítica, me encerré astutamente en los conductos de ventilación del
ambulatorio, esperando a que éste cerrara. Emitía grotescos chasquidos
bucales intentando imitar el sonido de los roedores, a fin de mitigar el
aburrimiento. El calor era asfixiante, sofocante, opresivo. Me desmayé. 3
horas más tarde desperté hiperventilando. Seguro que durante el síncope
me había tocado y el jodido cemento me había electrocutado.
Miré los pasillos y las puertas. No había nadie. Todo oscuridad. La
adrenalina y el nerviosismo corrían por mis venas con ímpetu. Respiré
entrecortadamente antes de aguantar mi respiración y lanzarme al suelo en
forma de cruz. Me arrastré hacia el laboratorio. El contacto de mi pene
enyesado con el parqué del ambulatorio, era particularmente molesto.
Llegué jadeando, empapado de sudor.
En aquella sala reinaba una seguridad absoluta, ya que era allí donde se
guardaban los frascos de sangre. Intenté forzar la puerta utilizando la tarjeta
cliente de Mercadona, con estéril resultado. Lo probé con la ganzúa que
llevaba conmigo, con exacto desenlace. Cabreado, decidí hacerlo con el
método tradicional: hercúlea patada y rotura de cerradura.
Entré en el laboratorio y me dirigí a la cámara frigorífica que custodiaba las
muestras de plasma. En seguida pude descubrir la mía. Tenía un tono
verdoso, y el moho había colonizado la ampolleta de cristal.
Efectivamente, un adhesivo rezaba: “Muestra 1934-N. Anastasio
Prepuzio”. Escuadriñé toda la nevera hasta encontrar el frasco “Muestra

153

Anastasio Prepuzio

2015-Z. Jezabel Usías”. Sin duda, aquella era la analítica del jodido
sacerdote. Hábilmente cambié las etiquetas de los frascos y salí huyendo del
ambulatorio.
Tres días más tarde, llegué a la clínica, dónde debía entregar mi muestra de
ADN. Salivaba pensando en el material gráfico que tendrían a mi
disposición para estimular y facilitar la recogida del esperma. Me imaginaba
machacándomela con la portada del Playboy.
Tras examinar las analíticas y comprobar que éstas eran óptimas, el doctor
me explicó como se procedía para la donación de esperma. -“La técnica que
utilizamos para extraer el semen es la llamada citoscopia”-. Aquellas palabras me
intranquilizaron. El cabrón del facultativo continuó con su explicación: “Con una sonda especial, dotada de un aspirador en su extremo, se introduce el citoscopio
por la uretra hasta los testículos para succionar posteriormente el semen de la vesícula
seminal. Es un método que nos permite que el esperma no se contamine.”-. Empecé a
sudar, a emitir psicofonías en hebreo, y un atroz encogimiento escrotal se
apoderó de mis testículos.
Antes que el médico me ordenara desnudarme, me despedí de él, con la
firme promesa de llevarle una muestra de mi ADN, utilizando un método
succionador, algo más casero,,,

154

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 56.
¡¡VA POR TI RAMIRO!!
Ramiro, quiero darte las gracias por todo lo que me has dado; por tu
compañía, tu sostén, tu comprensión y presencia. Por brindarme la
oportunidad de tener a mi lado a alguien como tú, en quien confiar, con
quien divertirme, con quién soñar, con quien jugar...
Gracias por permitirme ser máxima autoridad en temas irrelevantes.
Gracias, calvo de mierda, por regalarme ese compendio para hacer amigos,
por enseñarme a poner el dedo de seguridad en los cubatas. Te agradezco
que me hayas abierto los ojos para percatarme que tengo el futuro más
negro que una verbena Amish. Por enseñarme a realizar sumas simples
utilizando mis dedos de pocero. Por obligarme a matar a gente de mi
promoción para bajar la nota de corte, por enseñarme a emparejar mis
calcetines.
Te doy las gracias por esclarecerme la delgada línea existente entre el
coleccionismo y el síndrome de Diógenes, por enseñarme a tocar el
acordeón con los codos, por aleccionarme en cómo me puedo hacer dos
coletas con los pelos de mi nariz.
Gracias por instruirme a sacar en el wc al siniestro topo de la madriguera
sin que me salpique el agua en mi velludo culo. Gracias por ilustrarme en el
noble arte de observar como los coches se oxidan, por enseñarme a apreciar
la infinita belleza del escaparate de una ortopedia.
Te pido perdón por todo lo que yo haya podido molestarte, por intentar
hacer perderte la virginidad a través del Diario de Patricia, por sacudirte
cuando estabas cansado, por haberte enfermado por mi falta de
responsabilidad, por hacerte pisar descalzo una pieza del Lego, por no ser
tan buen amigo como tú; por haber faltado alguna vez en lealtad, ayuda,
comprensión o apoyo.
En verdad me arrepiento de todos los errores que hayan mermado mucho o
poco nuestra amistad, y ten por seguro que fueron inconscientes.

155

Anastasio Prepuzio

Tú fuiste siempre algo importante y especial para mí y lo sigues siendo.
Formas parte de mi vida; de mis pensamientos, sentimientos, decisiones y
emociones. Eres el ojo que todo lo ve. Eres mi otro ojo. No podría
quedarte alguna duda de lo que significas para mí, ni de tu lugar en mi ser.
Mi cariño por ti es muy grande, has sabido ganártelo a pulso con tu especial
forma de ser y de entregar tu amistad. Por eso, no a cualquiera le llamo "mi
amigo". Y tú eres mi amigo.
Gracias Ramiro.

156

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 57.
MIS NUEVOS ZAPATOS.
Eran las 11.00 h. de la mañana. Sentado en el roñoso sofá que antaño había
sido blanco, divisé a través de la ventana como las nubes se tornaban de
color plomizo; casi negro. A lo lejos, el centelleo de un aguacero, con
enérgico aparato eléctrico iba tomando cuerpo. El estruendo de un trueno
acalló cualquier duda. Me estaba corroyendo la pereza y la inacción. Desde
mi reciente inactividad, al embargarme el Ayuntamiento mi puesto
ambulante de globos y confetis, mi actividad diaria se limitaba a lecturas
acerca de demencias esquizoides y al cálculo de complejos logaritmos.
Estaba hastiado. Ladeando mi macrocefálica cabeza observé durante unos
instantes el teléfono que reposaba en la encarroñada mesita del salón que
astutamente había usurpado de un mercadillo.
Con voz hierática llamé a la policía. Empecé a respirar honda y
sosegadamente, y tras segundos de silencio meditativo, confesé un crimen
que no había cometido. Tras colgar, comencé a reír en silencio de forma
espantosa.
El teléfono empezó a timbrar. Un escalofrío recorrió mi deformado y
mantecoso cuerpo al tiempo que se me erizaba el vello púbico. A la policía
no le agradaba aquel tipo de bromas.
-Hola buenos días. Mi nombre es Jennifer Villegas. Le llamo de Yazteld. ¿Es
usted el titular de la línea?-.
-¡Me cago en la puta! - susurré elegantemente en voz baja. Aquella
desgraciada me había dado un susto de muerte-.
-No. Soy un ladrón, y ahora mismo estoy muy ocupado- contesté enojado
mientras colgaba con ensañamiento el teléfono.
Me acordé entonces de las chanzas y fechorías que perpetrábamos de
pequeños con mi buen amigo Evaristo. Recordé como cabreábamos al
heladero de nuestro barrio hablándole en un lenguaje inventado y que sólo
nosotros conocíamos.
Decidí romper con la monotonía y poner en práctica aquella técnica que
tanto nos había divertido. Tremendamente desaseado, me enfundé mi viejo
chándal de lona gris y unas deportivas, y me dirigí a una afamada tienda de
moda masculina. Quería explayarme. Necesitaba distraerme.

157

Anastasio Prepuzio

Precisaba desahogarme. Entré en el establecimiento a cuatro patas,
manteniendo el cuerpo ligeramente oblicuo, tal primate merodeando por la
jungla. Aquel comercio rezumaba elegancia y distinción por sus cuatro
paredes. Decorada en tonos ocres y amoblada con exquisitas butacas en
terciopelo rojo, el establecimiento ofrecía trajes y calzado de primeras
marcas a precios onerosos e inasequibles. Con la mejor de las sonrisas e
insólita amabilidad tras verme caminar como un vulgar macaco, una
dependienta de labios siliconados se acercó a mí:
-Buenos días, caballero. ¿En qué puedo ayudarle?.
-Grhhh muksa pinkora mui - contesté en un gruñido salvaje, casi en
decibelios imposibles.
-¿Perdón?. No le entiendo...¿Cómo dice?- rogó atónita la bella dependienta.
-Grhhh muksa pinkora mui, ¡¡sucia cenutria!!- repliqué en un evidente signo
de contrariedad. Frunciendo el ceño, la empleada me miró aturdida. El
desconcierto la hacía parecer aún más seductora. Pude descubrir en su
mirada un sentimiento mixto de cólera y compasión.
-Grhhh muksa pinkora mui, ¡payasa!- repetí en una simulada indignación
por no entenderme. La vendedora, estoicamente paciente, negaba vacilante
con la cabeza mientras escrutaba mi miserable aspecto.
-Grhhh gupy tus tus, birmyé, ¡coño!- bramé imitando el lazado de unos
zapatos.
-Ahh!!!...Usted quiere unos zapatos.-, dedujo rápidamente.
De su rostro se había borrado por completo la risueña sonrisa.
-Si quiere acompañarme..- me sugirió con desazón.
Seguí a gatas a la cenceña muchacha sin poder reprimir una carcajada. Los
empleados y clientes me miraron atónitos de arriba a abajo, chismorreando
entre ellos.
Con un eructal berrido, indescifrable, le señalé el calzado de ante claro que
quería probarme. Entré en un elegante probador estucado en madera. Sus
focos desprendían un calor infernal. Me enfundé los zapatos de ante egipcio
y empecé a ejercitarme con tres series de 75 abdominales, con un triple
objetivo: sudar, sudar y sudar. Después de la primera serie, mi psoriásica
frente se perló de sudor. Tras la segunda, mis sucias manos gotearon como
el rocío en la noche. Al finalizar la tercera, mis velludos pies transpiraron de
tal manera que el calzado había quedado totalmente impregnado de mis

158

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

hediondas secreciones sudoríparas. Devolví los zapatos ya teñidos. Con un
salvaje gruñido de jabalí malherido, indiqué a la señorita que aquel botín no
era de mi talla. Visiblemente encrespada, me hizo entrega de otro zueco de
talla superior. Repetí la operación. Pero esta vez con flexiones. El calor de
aquel vestuario era opresivo. Tras la conclusión del ejercicio, friccioné
burdamente los zapatos contra mis axilas tal toalla después de una relajante
ducha.
-No, no. Mrcham gtus gtus puis- advertí a la empleada.
La mujer me observó con ojos inyectados en sangre, en una mirada
colmada de odio. Me ofreció otro calzado talla 44. Quedaba mi último
ejercicio de aquella improvisada tabla de gimnasia: 100 repeticiones del
célebre giro de David Bisbal. Atrozmente aturdido al finalizar mi actuación
por la complejidad de aquellas piruetas, y totalmente empapado de pestífera
sudación, froté con violencia los zapatos de piel albina contra mi zona
escrotal. Salí del probador con fingida actitud de cabreo. Lancé con
desprecio el calzado contra el mostrador. Pero entonces los vi.
No tenía intención alguna de adquirir unos zapatos nuevos, pero aquel par
de zuecos me fascinaron. Cazado italiano,finos, de cuero genuino. Sin
dudarlo un instante los compré indicándole a la dependienta que sólo
necesitaba el zapato del pie derecho.

159

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 58.
EL TÚNEL DEL TERROR.
El irritante aleteo de unos hercúleos murciélagos me despierta en medio de
la lobreguez.
El sudor gotea por mi exiguo entramado de cabellos que conforma ese
creativo peinado que utilizamos quiénes adolecemos de cuero cabelludo.
Me incorporo sobre los codos, febril, azorado, escrutando mi alrededor sin
llegar a reconocer el inhóspito lugar dónde acabo de recuperar el dominio
de mi burda conciencia.
La oscuridad reinante, saturada de niebla, resulta casi palpable, como si
tuviera un fino vendaje atezado sobre mis ojos.
Hiperventilo emitiendo psicofonías en suajili.
Disnea, náuseas, incontinencia fecal.
La humedad es sofocante. Un calor calígine desciende por la espalda, rocía
mis muslos, empapando mis glándulas testiculares, el velludo surco de mis
nalgas.
Ya erguido, oigo caer una gota en un efervescente charco invisible.
Mis sentidos se agudizan cual hurón acechado por su depredador.
Con presteza, me lanzo al suelo y serpenteo mi orondo cuerpo hacia la
pared, hurtándolo a las miradas que puedan provenir de lo más recóndito
de la oscuridad.
El paredón es áspero, mucilaginoso, cuajado de frondosas protuberancias
abruptas.
- ¿ Dónde coño estoy ?- susurro acojonado.
El eco de mis palabras, distante y amortiguado, resuena en la oquedad
insondable de lo que parece ser una inextricable espelunca en forma de
lúgubre cueva.
La madriguera cavernosa destila una horrísona podredumbre de metales
pesados, dársena y tuberculosis. El pútrido hedor penetra hasta el último
rincón de mi cerebro.
Me acuerdo del mechero custodiado por el bolsillo de mis pantalones.
Atizo al encendedor y lo mantengo en alto arrojando una luz nerviosa que
ilumina la vasta caverna.

160

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

De las paredes, revestidas por una bermeja túnica mucosa, afloran
innumerables abscesos viscosos que parecen palpitar con vida propia.
Expelen flujos epidémicos.
El suelo es como una mullida alfombra ambarina que exhala infectos
vapores.
Permanezco impertérrito ante las inmundicias que se alzan ante mí.
El mortuorio mutismo de la de la cueva es solo roto por la sonora
percusión de los aullidos de los murciélagos. Observo perplejo cómo los
quirópteros, fruto de la evolución, lucen pequeñas máscaras en sus hocicos
para protegerse de los corrosivos gases.
Con andar errático, camino despacio, paso a paso, cabeza hacia atrás y los
brazos gilipollescamente extendidos. Pasos giróvagos por espumosas
marismas y arenales gelatinosos.
Mi instinto de supervivencia mitiga el dolor abrasador del dedo pulgar que
mantiene encendido el mechero.
Dirija dónde dirija mi briosa vista, no logro encontrar ningún objeto que me
sirva de referencia para alcanzar el camino de salida.
Emulando la perspicaz estrategia de aquella legendaria fábula, eyaculo cada
veinte metros como sagaz huella para hallar el camino de vuelta.
Avanzo unos metros más.
Mi encendedor comienza a expirar. Pronto estaré perdido, a merced de la
negrura total de las entrañas de la tierra.
Bajo la luz evanescente, lanzo un exasperado grito de socorro.
Segundos después, el silencio ultraterrenal de la gruta es interrumpido por
insidiosos y siniestros sonidos que erizan mi vello púbico.
Una musculosa y espigada alimaña de un único ojo, como surgida de otra
dimensión, penetra la cueva abarcando la mayor parte del espacio.
Acompañada por un fétido hedor salífero, acomete contra todo lo que
encuentra a su paso, esputando un pestífero líquido glutinoso.
Se desvanecen en la oscuridad las últimas chispas espasmódicas de mi
mechero.
El gigantesco helminto extiende y contrae su níscalo macrocéfalo
derribándome contra la pared.
Aturdido, me aferro a la vida con determinación ciega, implorando al ser
supremo.

161

Anastasio Prepuzio

La forma lustrosa acomete de nuevo. Esta vez, con un golpe seco, atiza mis
piernas, dejándome moribundo.
Tumbado en el suelo, cuasi mortecino, diviso en el fondo de la sima un
débil resplandor.
Debe ser la carrera más rápida de mi vida. Alcanzar la abertura. Huir de este
infierno.
Sabiéndome atrapado, consigo ponerme en pie, y evitando el tercer
impacto, arranco vertiginosamente a correr.
Corro, corro y corro.
Veo como en el horizonte se va dibujando la escabrosa orografía de un
monte circundado por onduladas laderas de densa y sucia vegetación.
Estoy cerca. Lo voy a conseguir…

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 59.
MI PRIMERA NOVIA.
Siempre he intentado ser fiel, leal, monógamo. Lo he intentado, con escaso
éxito. Cuando era niño me imaginaba con una única mujer a la cual amaba
hasta que el óbito nos separara. En la adolescencia, tal idea me parecía
propia de mi edad pueril, y lo que anhelaba era tener la mayor cantidad de
féminas promiscuas al mismo tiempo para poder pavonear a mis amigos de
mis conquistas; pero en el fondo mis latidos y erecciones espontáneas eran
por la enamoradita de turno.
Ahora, de adulto perverso, siento que una sola no es suficiente, dos son
compañía, tres son multitud y cinco el Equipo A. Como resultado: siempre
he decepcionado a todas las féminas que me quisieron y, también, a las que
no. Y a Jacinta la he decepcionado.
Una de las primeras que defraudé fue a Herófila. Me encantaba su nombre
por si alguna vez tenía un perro. Teníamos dieciocho años y, según ella,
pese a ser feo, se enamoró de mí porque la hacía reír. Y lo que me enamoró
de ella fue una colosal parte de su cuerpo: sus tetas morbosas, sus pechos
hercúleos, sus ingentes senos. Me embelesó su pechera de ballena. Me
fascinaron sus pezones gigantescos como el timbre de un castillo.
Su rostro, no obstante, era un espanto: ojo a la virulé a lo Letícia Sabater,
entrecejo con la capacidad de amortiguar el impacto de una bala,
gigantescas orejas rebosantes de un rico ecosistema de cerumen, boca
rodeada de denso vello, nariz especiada con granos y pus emergente,
piel granulada, seca, rasposa, grasa, sudorosa, tal pared estucada, y cara
poblada de moratones anónimos producto de sus asiduas borracheras.
Era la típica indecorosa que fornicaba como los ángeles. La clásica hembra
que en facebook no sabrías si agregarla o agredirla. Y sí que me enamoré
de Herófila. Petaca en el liguero, pronunciaba con altas dosis de
guturalidad. Siempre se encontraba en un estado de melopea que por la
mañana se exteriorizaba con salmodias y estribillos de corte republicano, y
al atardecer en tonadillas regionales cantadas frente al ventilador.

163

Anastasio Prepuzio

Éramos un binomio indisoluble, perenne, imperecedero. Íbamos juntos al
cementerio por la noche para escuchar psicofonías. Recitaba soliloquios en
ucraniano mientras yo le acompañaba con el arpa. Practicábamos deporte,
delante de la tele. Quedábamos después de comer un par de montaditos de
chorizo picante para ir a andar en chándal pareciendo una banda de
delincuentes. Nos insultábamos mutuamente de forma desmesurada
durante el coito. Emitíamos sonidos como de anciano al sentarse e
incorporarse. Nos divertíamos haciendo macramé y travestiendo a políticos
en los periódicos a base de bigotes y pestañas postizas. Asustábamos a los
niños del metro cuando sus madres no miraban. Lo hacíamos todo juntos,
lo compartíamos todo, no salíamos el uno sin el otro y decíamos: nosotros,
nosotros, nosotros. Incluso defecábamos juntos.
No recuerdo las circunstancias con las que terminé en posesión de su
grotesco bolso. Sólo recuerdo que ella llamó a mi casa meditabunda
pensando que lo había extraviado y me rogaba no revisarlo, pues en él, se
encontraba mi regalo de aniversario por nuestra primera onomástica juntos,
que sería dentro de dos semanas. Juré no hacerlo. Mentí como un bellaco.
Estaba preocupado, porque en quince días tendría que juntar el suficiente
dinero para superar aquel regalo: era un reloj “Lotus”, deportivo con correa
de cuero naranja que estaba enfundada en una hermosa caja metálica con el
sello de la marca. Me lo probé y me quedaba perfecto. Luego, seguí
revisando y encontré los clásicos aperos que lleva una hembra en un bolso;
compresas, condones, bolas chinas, un par de vibradores, cuerda para saltar
la conga y una petaca de ginebra.
También encontré una billetera con dinero que hábilmente hurté junto a
unas calcomanías, documentos y fotos que me llamaron la atención: fotos
tamaño carnet de papá y mamá; media docena de supositorios, algunas
fotos recientes de ella que una robé para mí. Pero dentro de todo ese
revoltijo encontré un antiguo pase de biblioteca escolar; en él, sonreía una
quinceañera adiposa con enormes cachetes que achinaban sus ojos.
Era Herófila, mi tesoro, mi amor, que estaba irreconocible.
-¡Que gorda, la muy desgraciada!!- dije decepcionado.

164

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Aquella imagen mutiló de un tirón la idealización ciega que tenía de ella. Ya
no era más la enteca angelical con enormes tetas. Era la rolliza del pase de
biblioteca.
La mantecosa con más carmín en los dientes que en los labios. La atocinada
modelo para una pintura de Pieter Paul Rubens. Esa noche del
descubrimiento, no pude dormir. Tuve espantosas pesadillas. Sólo pensaba
en lo gorda que había sido -y podía volver a ser- Herófila. Esa noche,
inconscientemente, le dije adiós a mi primer amor.
Durante los días siguientes las cosas cambiaron con Herófila: inventaba
excusas para irme con los amigos abandonados, y el dinero que debía juntar
para el regalo de aniversario me lo gasté en cervezas y en dos noches de
hotel con distintas chicas fáciles que no recuerdo ni sus rostros.
Aún recuerdo excusándome ante la baratija que le regalé el día de nuestro
aniversario, y ella recibiéndolo feliz. Cinco días después ella terminaba
conmigo ante la confesión de mi infidelidad con aquellas chicas que no
recuerdo su rostro. Cada lágrima que derramó aquel día todavía me cuesta
secar en las noches que la recuerdo, o cuando me topo entre mis cosas con
el reloj que aún conservo junto a la fotografía que robé aquel día.
Los tiempos cambian y te cambian; y el amor más barato es el que se paga.

165

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 60.
NO ME ENCUENTRO MUY BIEN.
Todo empezó con unas placas en la laringe. Había estado probando
fármacos experimentales para ganarme unos euros. Normalmente cuando
estoy estresado mis defensas suelen bajar y mi punto débil suele ser la
garganta, así que para que no me pasara como otras veces, acudí al médico a
que me recetara antibiótico para que la faringitis no fuera a peor.
Mi médico, que me detesta profundamente, no le dio mayor importancia,
me recetó un antibiótico por vía rectal y unos antidepresivos.
Una semana más tarde, cuando se suponía que la infección debía remitir, ya
no sólo tenía esas placas, sino que se me empezaron a inflamar muchísimo
las encías y me salió un flemón inusitado en el escroto. Empecé a sentir una
opresión en el pecho que me ahogaba, llevaba varios días durmiendo
mal, notando una extraña presencia en mi habitación, soñando aterradoras
pesadillas de unicornios vomitando arcoíris.
Tenía un humor de perros, había sentido algún dolor de riñones durante el
día con expulsión rectal de una especie de tapón mucoso, y, por si fuera
poco, estaba perdiendo el apetito sexual.
Me despertaba hablando hebreo, con lagañas del tamaño de cortezas de
cerdo. Me atormentaba el círculo vicioso de no encontrar las gafas
bifocales porque no las veía, y al correr las cortinas tenía orgasmos.
En los largos paseos que hacía con mi pez, topaba con un brillo blanco,
navegando en las lúgubres aguas de un charco en llamas, fragmento
luminoso, deslizado en dominios del lodo, sobreviviendo.
Bajaba de la nube y caminaba sobre la tempestad. La luz no era tal, parecía
papel, creía tomarlo, lo levantaba pero caía a chorros de regreso al agua en
forma de nota con extraña inscripción que no revelaba.
Me alteraba y escuchaba voces internas que me obligaban a arriesgar mi
vida lamiendo el cuchillo lleno de nocilla, a enviar burofaxes de amor a

166

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

monjas de clausura, a copular con maniquís. Aquellas siniestras voces me
forzaban a alzar los brazos al cielo en plena calle gritando: Nooooooooo!!!, a
correr por una mezquita disfrazado de jamón, a matar a mi jefe con un
hacha, a apalear ancianas de pañuelo negro cubriendo las canas de luto
eterno. E incluso en ocasiones, el susurro del alma era lo bastante
condescendiente como para simplemente decir -cierra los ojos, hazte el
dormido, no las escuches-.
Llegaba a ponerme morado, edematoso, de contener la respiración e incluso
el aliento, se me retenían los orines y respiraba después jadeante, mientras
para mí pensaba: -Es sólo fruto de tu imaginación-.
Había algo en mí que estaba cambiando. Aquellos fármacos experimentales
me estaban causando algún tipo de desconocida mutación genética.
El pasado Domingo mientras robaba dinero de la iglesia para pagar mis
deudas caí desmayado.
Desperté de la anestesia lentamente. Mi boca, seca como el esparto, ansiaba
desesperadamente algo de agua. El respirador que me mantenía vivo,
oprimía mi garganta y me provocaba un repugnante sabor a plástico.
Tumbado en la cama del viejo hospital, cuyas paredes se resquebrajaban
bajo mi atenta mirada, había perdido la noción el tiempo.
Mi consciencia, también había desparecido, debido a las grandes dosis de
calmantes y sedantes que me administraban, sin ellos, el dolor genital era
tan fuerte que desearía haber muerto aquella tarde.
Llegó un momento en el que entré en una especie de aureola y a pesar de
no poder despertar de ese sueño inducido artificialmente, oía con nitidez los
acontecimientos que me rodeaban.
Así fue como se abrí paso a través de mi memoria y conseguí recordar todo
lo sucedido y reconstruir un puzzle que había quedado desdibujado en mi
mente.
Mi cuerpo permanecía vendado y cubierto por mantas térmicas, que
conseguían a duras penas apartar el frío que había calado en mi cuerpo.

167

Anastasio Prepuzio

Quise ver mis genitales, que desprendían un dolor insoportable. Con
hérculeo esfuerzo conseguí sentarme en la cama para bajarme los
pantalones.
Cuando me contemplé, reprimí un grito ahogado, estrangulado. Era un
espectáculo atroz, horrendo e inclemente. De mi velludo pubis había
crecido un segundo pene.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 61.
SOMOS FISGONES.
El ser humano es cotilla y morboso de nacimiento. La curiosidad por la
vida ajena es inherente al hombre. No obstante hemos llegado a un punto
en que ese interés pueril y candoroso se ha convertido en un afán
desmesurado por conocer la vida íntima de nuestro prójimo. La prensa rosa
y la televisión, que nos bombardean con escabrosos detalles acerca de las
vidas de famosillos, frikis y esperpénticos personajillos autoproclamados
figuras públicas, juegan un papel decisivo.
Aristóteles ya advirtió que “si hacemos ciencia y filosofía es porque somos curiosos
por naturaleza”. Y Matthew McConaughey matizó “Un hombre debe oler a
hombre. Hace 20 años que no uso desodorante”. Pero esto ahora no viene
a cuento.
Nos gusta meter el hocico en los asuntos ajenos. Nuestro cerebro es
entrometido y está tremendamente preparado para desentrañar los misterios
que pueden ayudarnos a sobrevivir.
Pero ¿por qué disfrutamos tanto sabiendo los pormenores de vidas
ajenas?. Pues no tengo ni puta idea. Tal vez el origen del chismorreo
responda a la falta de información. Al no disponer de suficientes datos en
una situación concreta, el fisgoneo empieza a urdir la enmarañada ruta en
búsqueda de la información restante. Tal vez sea el morbo de alcanzar un
hito difícil lo que nos lleva a entrometernos en la vida ajena.
Nos agrada inmiscuirnos en los asuntos de los demás, transformando sus
problemas en una burlesca forma de entretenimiento personal. Engullimos
los detalles más execrables y recónditos con la ferocidad con la que un león
devora a su presa, sin que asociemos los desdichados puntos que exponen
la imagen completa en toda su lascerante realidad.
Si nos encontráramos solos en una casa ajena, sin que nadie pudiera
observarnos, nadie, absolutamente nadie se resistiría a abrir un cajón del
bufet para descubrir lo que hay dentro. Querríamos satisfacer la atracción
por la intimidad foránea.

169

Anastasio Prepuzio

¿Quién no ha leído las pegatinas de los cerrajeros 24 horas? ¿Quién no ha
apagado la luz de nuestra habitación para espiar ruinmente al/la vecino/a
de enfrente? ¿Acaso nadie ha ha pulsado el botón 'mute' del mando a
distancia intentado escuchar la grotesca discusión de los vecinos del 1ºA?
Hoy vamos a aprender con un sencillo método cómo hurgar en el buzón de
nuestro vecino. Todos, en alguna ocasión, hemos intentado hurtar aquel
extracto bancario del cabrón del 2º C, con menesterosos resultados:
mutilación de nudillos, fracturas de metacarpianos, desmembramiento de
uñas…
Con este completo kit profesional de hurto podrá revivir el placer de
fisgonear la correspondencia del vecindario de su comunidad de forma
práctica y tremendamente efectiva.
Sagazmente diseñado para el ladrón casual de vivienda, concibe un nuevo
sistema de extracción en buzones mediante gancho con pantalla adhesiva
ajustable, a la que quedarán adheridas las cartas de manera instantánea.
He aquí un ilustrativo diagrama de esta versada técnica:

170

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 62.
CONSEJOS CAPULLESCOS.
Debo confesarlo, amo los coches, estimo los autos, venero los bólidos; en
fin, en cualquiera de sus acepciones el término que define a un aparato con
cuatro ruedas, un motor bajo el capó, un volante de piel y antena cola de
zorro, ha sido un objeto de especial y embelesado hechizo para mí y por
supuesto, no soy el único. Hay un extraño embrujo entre los varones y los
coches. Es un binomio indisoluble.
Sin ninguna mordacidad y ni por asomo actitud misógina, conducir es algo
intrínsecamente masculino, varonil, testicular y no excluyente por supuesto.
Pero el tener en tus manos un volante, el acariciar afrancesadamente el
cambio de marchas y el freno de mano, la música relajando nuestros
tímpanos a un volumen considerable, escuchar el sonido armónico del
motor, sentir su potencia, especialmente si es de un auto que hemos
elegido a pesar del jodido préstamo personal, es parte de nuestro estilo y
personalidad, y más que un mero medio de transporte, el coche se
convierte en parte de nuestra genética, en nuestra carta de presentación, en
nuestro pequeño gran símbolo personal y se convierte, relegando al pene,
en nuestro juguete favorito cuando somos mayores.
Gozamos inclinándonos para tomar las curvas. Disfrutamos conduciendo
cuando el de atrás nos mete prisa. Nos recreamos circulando astutamente
en punto muerto en un descenso para ahorrar combustible. Nos
regocijamos sacando nuestra cabeza por la ventana para escupir la flema
mucolítica.
Para los niños que nunca hemos dejado de ser, e independientemente del
que tengamos dentro, siempre disfrutamos mirando las líneas de los autos
clásicos o sintiendo aquel hormigueo en el vientre al observar los autos
deportivos en Internet.
Se nos despierta ese placer intenso y oculto que a los que ya pasamos los 40,
nos despertaba el ver furtivamente las chicas del Interviu en nuestra
estúpida adolescencia.

171

Anastasio Prepuzio

Para algunos sentir el placer del pie en el acelerador y acariciar el tacto del
volante en nuestras transpiradas manos, es más excitante que la caricia de
una bella mujer.
En otro de los estúpidos consejos de este grotesco libro, propongo una
versión que convertirá, más aun si cabe, el conducir en un placer
incomparable e indescriptible, que nos transportará a un océano de nuevas
sensaciones, a un piélago de libertad, en una fruición de gozo, relax y
tranquilidad. Un placer genial, sensual y único:
Conducir con el pene.

172

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 63.
ABDUCIDO.
Sentado en el bosque, chupaba con ahínco unas cabezas de gambas que
había encontrado en una papelera de mi barrio. Había finalizado una
fructífera jornada de búsqueda de setas y empezaba a oscurecer. Después de
soltar un fétido eructo, me limpié los dientes con el plástico de mi paquete
de tabaco. Mi grimosa uña del dedo meñique era utilizada hábilmente para
extraer el amargo cerumen de mi oreja.
Estaba pálido, sudaba como un cerdo apestoso. Tenía hinchado el colon
que me pedía a gritos evacuar las setas que con tanto gusto me había
comido. Me encendí un cigarrillo, me bajé los pantalones y me puse en
cuclillas al lado de un abeto. Me balanceaba de un lado a otro, apretando
con fuerza el punto caliente de mi vientre.
Tenía los ojos rasgados y vidriosos de tanto constreñir los intestinos.
Chillaba como un perro al que están apaleando brutalmente, gritando como
si tuviera que defecar afilados cristales. Después de un esfuerzo enorme
logré expulsar una hez gigantesca, descomunal, imponente, un sedimento
sanbernardiano. Una auténtica obra de arte.
Levanté, aliviado, la mirada y quedé extasiado al observar el cielo preñado
de estrellas. De pronto algo llamó mi atención; un gran disco de color
naranja, surcó el cielo de forma fugaz.
Posteriormente, una luz potentísima, un destello deslumbrante,
con secuencia de intensísimos relámpagos que silenciosos estallaban a mi
alrededor iluminando el follaje, me dejó encegado. En ese momento me
encontraba demasiado obnubilado por la experiencia que había presenciado
para razonar con posibilidades de deducción lógica.
Recuperada parcialmente la visión, divisé una figura macrocéfala de dos
metros de estatura y unos 300 kilos que bajaba por un terraplén. Se
inclinaba hacia adelante al andar, manteniendo los brazos en la misma
dirección, de modo que parecía imposible que pudiera mantener el
equilibrio. Los brazos parecían salir de su pecho, no de sus hombros.

173

Anastasio Prepuzio

El ser, desnudo, con gigantescos pechos llevaba un gorro de piscina que
sólo me permitió distinguir dos ojos redondos. Dos rayos de luz, estrechos
como lápices, se proyectaron desde las pupilas de la figura y me
alcanzaron de lleno. Me desvanecí.
Una vez dentro de la nave, me despojaron de mis ropas y se me sometieron
a un reconocimiento médico en una cámara contigua, de aspecto clínico,
con paredes blancas y una mesa de operaciones, semejantes a las de los
quirófanos, en el centro del habitáculo.
Me operaron de fimosis y me practicaron una colonoscopia.
Desperté hablando alemán. Me quedé un rato acostado, mientras intentaba
recordar los hechos ocurridos el día anterior.
La llovizna caía en el exterior en cascadas sobre los campos esteparios,
golpeando la tierra hasta convertirla en fango, diluyendo el fango en ríos
rojizos que se deslizaban por entre las rocas y desembocaban en un mar
batido por la lluvia.
Me levanté de la camilla y divisé a una especie de humanoide inmóvil
custodiando a la puerta.
Era una alimaña cuasihumana, hembra, totalmente desnuda, de adiposas y
gigantescas dimensiones. Hirsuta de pies a cabeza, parecía un perfecto
híbrido entre orco y orangután.
Llevaba una cinta roja en el cabello negro y lacio; su rostro era pálido y
famélico, y sus ojos celestes, líquidos y transparentes, estaban clavados en
mi diminuto pene. Empecé a acojonarme. No sabía dónde estaba.
Temblando con una debilidad nerviosa incontrolable, me acerqué a aquella
tripuda.
- ¿Dónde coño estoy?- pregunté asustado.
La oronda criatura me respondió eructando con altas dosis de guturalidad
en un dialecto desconocido para mí. Con un gesto me indicó que la
siguiera. Los pies descalzos de la mantecosa resonaron sobre el piso de

174

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

hormigón, jadeando por el esfuerzo, con el cuerpo encorvado por el peso
de sus faraónicos pechos.
Entramos en una especie de ascensor. Las puertas automáticas se nos
cerraron en la cara, y una flecha verde se encendió en la parte superior para
indicar que bajaba a toda velocidad.
Observé con los ojos entrecerrados a aquella asquerosa atocinada
con sentidos rodomagnéticos, y de pronto lo comprendí. Una sensación de
frío pánico me invadió. Había sido abducido.
La ardiente y bochornosa brisa nos cortejaba en toda la travesía por un
desangelado e inhóspito páramo. No existía ni un mínimo vestigio de
vegetación. Efectuamos una parada para almorzar en un inhóspito lugar
dentro de aquel monótono y desguarnecido paisaje cargado de fumarolas,
solfataras y pozas de lodos hirvientes.
La rolliza sacó de una pequeña mochila una generosa ración de una especie
de panceta, y empezó a deglutirla como si no hubiera mañana. Parecía un
mamut hambriento. Le sudaban las manos y le olían los pies. La grasa
mantecosa brotaba de su piel brillante y sebosa. Con las manos llenas de
grasa, chupaba astutamente hasta el último hueso. Tenía el cuerpo
parasitado de pústulas execrables, rebosantes de putrefactos fluidos y
obscenidades esmeraldas.
Proseguimos la ruta en dirección sur. Había parado de llover. La luz de la
mañana nos daba en los ojos, y el olor dulzón de la madera aserrada y del
humo de leña flotaba en el aire. Sufrí un shock emocional al llegar a un
pequeño monte rocoso.
Aquello era la gran hermandad de las gordas. Cientos de adiposas,
totalmente desnudas, aguardaban mi llegada.
La reina, enorme, pesada y dotada de abundancia de carnes, grasa y
manteca, estaba sentada huérfana de prendas sobre una roca, inmóvil. Sus
ojillos se veían disminuidos tras los gruesos cristales de sus anteojos y
su aspecto general era descuidado y enfermizo, con escamas por todo el
cuerpo. La criatura me recibió con una tímida sonrisa, extendiendo una
gigantesca y sudorosa mano hacia mí, que la torné amablemente.

175

Anastasio Prepuzio

Los planos angulosos de su rostro rubicundo indicaban una fuerza poco
común. Un gesto lascivo de aquella criatura, chupando un helado
imaginario, y la ausencia de machos en aquel hosco planeta, me alertaron de
cuales eran sus intenciones.
Había sido elegido para perpetuar su especie.
Durante cinco agónicos y moribunos días, me obligaron a copular con
todas ellas. Llegué a bautizar a mi pene como Messi, pues no podía parar de
meterla. El sexto día, con quince kilos perdidos por el esfuerzo, caí
desmayado.
Desperté confuso en aquel bosque en el que había plantado un pino.
Sentimientos de ira y alivio se entremezclaban en mi mente. Nunca volvería
a ver a mis futuros hijos, pero me ahorraría la pensión.

176

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 64.
¡NO AL PIERCING VAGINAL!.
En las diferentes culturas del mundo el piercing es concebido como rito o
señal de pertenencia a una u otra tribu.
El piercing es una técnica que nació hace miles de años en culturas de
origen indio. Éstos se colocaban fragmentos de materiales varios y
pequeños trozos de huesos de animales.
Estos extravagantes aborígenes llevaban a cabo esta práctica porque su
creencia se basaba en que este tipo de mutilación los defendería de malos
espíritus o tragedias, según qué se colocaran, y en qué zona del cuerpo lo
hicieran.
Ya en la Roma de los centuriones, los hercúleos miembros de la guardia del
Cesar llevaban aros en los pezones como muestra de su virilidad y coraje así
como un accesorio de sus vestimentas ya que les permitían colgar en ellos
las cortas capas que usaban.
Otro de los orígenes de la perforación corporal está en las tribus masai, en
concreto en su atractiva población femenina, que deforman y desfiguran
terroríficamente su cavidad bucal con discos para aumentar de tamaño la
boca y alargan sus lóbulos llevando unos gigantescos y espantosos carretes
metálicos.
En la actualidad, esta técnica amputativa es concebida como una forma de
escape ante la incapacidad de transformar la sociedad, un mecanismo de
encuentro mitológico con el placer o simplemente como un elemento de
ornamentación y belleza. Las perforaciones o piercings han transformado el
cuerpo en un portador de credos culturales, sociales, políticos o personales,
en un territorio de expresión de la humanidad. Existe gente que venera esta
dolorosa técnica, que desea que le perforen y mutilen sus labios, cejas u
orejas. Yo personalmente prefiero que me susurren al oído la canción de las
Galletas Fontaneda. Así que contra gustos no hay nada escrito.
Esta atroz práctica milenaria y cavernícola, ha tenido un gran auge
recientemente, y ya no solo se ve en adolescentes, sino en un grupo cada
vez mayor de adultos e incluso en grotescos octogenarios, y ha adquirido
una importante y llamativa connotación cosmética en nuestros tiempos, así
como distintivo de rebeldía, fetichismo o masoquismo.

177

Anastasio Prepuzio

Existen piercings en las orejas, piercings que parecen verrugas, piercings en
las cejas, en los labios, en el ombligo, en la nariz, en la lengua. Existe
también Piercing Brosnan. Pero este es un actor.
Pero centrémonos en los piercings genitales femeninos.
Los piercings vaginales son generalmente sinónimo de placer. Son utilizados
para amenizar la sexualidad y aumentar y potenciar la intensidad. Ciertas
mujeres llevan el piercing en el capuchón del clítoris para sentir una
sensación de placer permanente. Otras aprecian su estética y buscan en el
acto una manera de afirmar su identidad, como una exploración del cuerpo.
Sí, sí. Para muchas, el pendiente genital aporta sensaciones totalmente
nuevas y ofrece un plus de extravagancia en las relaciones sexuales. Me
parece totalmente respetable.
¿Pero qué pasa con sus parejas sexuales?
Nadie ha alertado de los peligros que entraña este tipo de excavación genital
femenina. Nadie. Por ello, con este humilde post me agradaría advertir a las
parejas de quienes han sido mutiladas de los funestos y desgarradores
riesgos de esta moda.
¡No al piercing vaginal!

178

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 65.
CARTA A LA CORTESANA.
"

Condado

de

Barcelona,

4

de

Septiembre

de

2013.

Muy lozana y manceba doncella,
Tras estériles intentos por contactar con vuestra merced, os escribo este remilgado
manuscrito con la esperanza de que ilustréis alguna razón a mi sombría existencia, pues
hace hoy un año que arrendé vuestras viciosas artes copulativas con el propósito limar el
acero de mi exigua y famélica espada, y desde entonces no he dejado de pensar en vos.
Una añada atrás, vuestra merced y quién rubrica este humilde ológrafo, nos entregamos a
lúbrica fruición, vasallos de la impudicia y siervos de la liviandad cabalgamos tal becerros
en el fango, con las pupilas cerradas, dipsómanos de una mística que convertía en vacuos
los fonemas y alumbraba nuevas formas de fornicio.
Aquella vagina que me ofrecisteis, aquella velluda almeja abierta al crepúsculo, aquel
aterciopelado cogollo de carbón destilador de pútrido aroma salmónido, hechizó mi ser,
extasiándolo, y entre sudor, gemidos y pasión, la tomé, embistiéndola con mi diminuto
florete, penetrándola con tan hercúlea fuerza que rompiose la profiláctica funda.
Sabed, aviesa ramera, que pasó ya doce meses sin poder lavar ni emplear mi noble
apéndice, y es tal el hedor que exhala mi bajo vientre que las pulcras damiselas rehuyen
mi presencia, los gorriones cesan sus gorjeos a mi paso y el picor de la entrepierna, la
áspera y deforme textura de reptil saurio arrugado de mi bragadura, se convierte en
tormento que me hostiga día y noche y me aboca al ruin vicio de rascarme sin decoro ni
pudor.
Desde entonces, apuesta meretriz, impedido he estado para envainar mi sable, incapaz de
hallar doncella que acceda a sobar mi tuerto, tropezándome únicamente con artesanos
chocolateros que, incomprensiblemente, me acechan como sombras en las noches de
luna, mientras me rasco sin sosiego mis partes pudendas.
Anhelo que al recibir la presente se encuentre vuestra merced en benigno estado de salud y
que la lepra gonocócica no os haya sometido.
Como comprenderá vuestra merced, esta tesitura en la que me hallo no es plato de buen
gusto, ni para pervertido templario ni para santo caballero, y me he visto obligado a
abandonar el arte de brochetear la nutria, pues como os he explicado, soy chacota de toda
dama que no cesa de reír a mi costa.
Hoy he tenido la fortuna de cruzarme con un apuesto penitente, y él ha tenido por
misericordia el mostrarme el sendero que conduce a los aposentos de un comerciante
circense en cuyo espectáculo tengo la firme decisión de formar parte, y poder, por fin, sacar
próspero provecho a la infecciosa ofrenda que vos me regalasteis.

179

Anastasio Prepuzio

No me veo preparado para ejercer de progenitor del posible bastardo concebido en nuestro
fugaz encuentro tal y como os prometí, y menos aún para entregarme en connubio a
vuestra merced.
Perdonadme, marrana concubina, si os he faltado a mi promesa y dejad que limpie y
restituya mi herida dignidad, pues imposible empresa es restablecer mi masculinidad.
Muy lozana y manceba doncella,
Vendería vuestra merced su alma al mismísimo diablo si os arremetiera esta hórrida
picazón que me tiene en carne viva las varoniles partes del mucho rascar, vendería su
alma como digo por una medicina que sanara las ulceraciones y pústulas que germinaron
tras nuestro carnal encuentro. Yo venderé la mía por tan sólo volverla a ver por unos
instantes
y
apalearla
sin
piedad.
Que nuestro Señor sacie a vuestra merced de venturas, dulce portadora de venéreas
septicemias, que aventuras ya tuvimos bastantes, hija de puta.
Siempre
vuestro
más
fiel
caballerizo,
Anastasio de Prepuzio."

180

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 66.
MI DEBUT COMO PELUQUERO.
Más de 150 salones de peluquería y un incremento por año de 50 nuevos
locales eran algunas de las cifras que habían situado a Pancracia
Comino, hermana de Mercedes, la frutera del barrio, como una de las
cadenas más consolidadas del mercado nacional. Un poderío que, sin
embargo, no había relajado sus ánimos de éxito, puesto que había diseñado
un ambicioso plan de expansión con el objetivo de triplicar su número
establecimientos.
Su compañía había sabido aprovechar todas las ventajas de la fórmula para
expandir su concepto de “salones de arte” por todo el territorio nacional,
un proyecto que había dado sus frutos gracias al esfuerzo de su fundadora.
Fue en una mañana gris, de un lúgubre día anónimo de otoño, cuando
recibí una llamada a cobro revertido de Pancracia.
Conocedor de mis diestras habilidades en peluquería canina, me suplicó si
podía realizar un corte de pelo a una vecina que se casaba aquella misma
tarde por el rito budista.
Tenía de baja por psoriasis a dos de sus decrépitas peluqueras, dos
mugrientas chonis que conseguían que las octogenarias del barrio que iban
pletóricas al salón de belleza, salieran llorando. Sin dudarlo un instante, por
la idiosincrasia de mi talante, acepté aquel favor.
Entré en la peluquería, y allí me encontré otra de esas niñatas, secador en
mano, rubia platinada, de pasado oscuro, que se creía actriz de cine, medio
bizca, luciendo inquietantes tiritas en los dedos por todo diploma de pericia
profesional. No más de 50 metros cuadrados daban cabida a conversaciones
maravillosas sobre la Pantoja y sus frustraciones por parte de miserables
señoras con el tinte puesto y leyendo revistas.
Me enfundé una chaquetilla de manga corta, mostrando mis brazos
redondeados y peludos, e hice pasar a la novia, bellísima, esbelta, de larga
melena, que aguardaba impaciente, en el cuartito para lavarle la cabeza.

181

Anastasio Prepuzio

Sentada con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, la bella muchacha se
relajó con los chorros de agua templada.
Mis mórbidas manos empezaron a continuación con un espumoso masaje
sobre su cabeza. Me esmeré con éste de forma prolongada, acariciando más
que frotando su cuero cabelludo, con movimientos hiperflexos de mis
brazos, intentando emular a un peluquero afrancesado. Concluido el
secado, le así por los hombros y fui presionando con los dedos en un
masaje de lo más deleitoso.
-Está usted muy tensa. Esto le vendrá muy bien- susurré mientras le propinaba
media docena de collejas.
Para buena suerte mía, ella fue muy comprensiva. La acompañé a la sala de
cortes. Se acomodó en la butaca, vistiéndose con una capa y cogió una
revista del corazón. Pude observar entonces su cuello esbelto, desnudo,
como un escote.
El olor de su pelo me empezó a enloquecer, ya tenía involucrado todo mi
seboso cuerpo en esta aventura olfativa. Le seguí acariciando su larga
melena, suave, de delgados hilos, jugaba con ellos y me sentía
estúpidamente como si fuera el viento que la despeinaba. Empecé a tener
erecciones involuntarias. Cerré los ojos y con mi mano derecha empecé a
tocarme socarronamente.
-Shhhhheé!- murmuró una de las repugnantes ancianas.
-Joder!- la decrépita vieja me había despertado de mi narcosis erótica.
Posteriormente, procedí a aplicar la queratina, con una paletita, mechón a
mechón. Dejé que actuara diez minutos, tiempo que aproveché para ir al
servicio para acabar de completar el ejercicio onanista.
Tras el placentero receso, empecé peinando todo el pelo hacia abajo,
aplastado, por encima de las orejas, y peiné el penacho hacia delante,
haciendo una coleta en la garganta, bajo la barbilla, tal pañuelo de doña
Rogelia y con las tijeras inicié el corte.
-Zas!- Le mutilé medio flequillo. Aquello no tenía buena pinta, así que
procedí a igualar el otro medio tupé. Mi severo bizqueo hizo que le cortara
el mechón a la altura de la raíz del cuero cabelludo.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

- ¡La madre que me parió!- susurré en voz baja mientras mis velludas axilas
se empapaban de sudor frío.
Aquello se estaba complicando. La linda muchachita lucía ya más frente que
Mr. Prooper. Empecé a sudar como el cortador de kebabs. Tal vez podía
paliar aquella calamidad con un hábil corte de cabello de la parte de atrás.
La novia tenía la cara fina, y el pelo cayendo recto no le queda nada bien, así
que me animé a darle un poquito de movimiento.
-Zas! Zas!-. Melena amputada con forma de serpentina, tal mordisco de
escualo aquejado de escorbuto. Empecé a hiperventilar. Comencé a hablar
lenguas muertas. Aquello no tenía remedio. La mejor opción sería pasar la
máquina de corte número dos para devastar mi obra de arte y
posteriormente pulirla con las tijeras.
Tras la operación, me quedé mirando a la linda moza, con ojos achinados,
como intentando ver un dibujo oculto. Parecía un satánico gorrión mojado.
Un siniestro cataclismo irreparable. Tenía que solucionar como fuera
aquella catástrofe.
Utilizando mi desbordante imaginación, y con la falsa excusa de que
debíamos dejar secar el pelo, me ausenté cinco minutos para ir a la
charcutería.

183

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 67.
LA FASCINANTE EXPERIENCIA DEL TACTO RECTAL.
El tacto rectal es una confortable, placentera y sencilla exploración del
recto, de alta rentabilidad diagnóstica en la evaluación de la Hipertrofia
Benigna de Próstata (HBP) y otros procesos ano-rectales; permite la
exploración del esfínter anal, columnas hemorroidales, ampolla rectal,
próstata y, en ocasiones, de las vesículas seminales y de la base vesical. En
algunos ambientes existe cierta mitificación sobre las molestias que pueda
ocasionar. Existen también infundados perjuicios vinculados al dolor, a la
‘falta de hombría’, y a la dificultad de interpretación que, pretendo hacer
olvidar en lo posible, con este capítulo.
Veamos cual es la técnica empleada en esta placentera inspección perineal.
A continuación procedo a detallar unos sencillos pero versados consejos,
exentos de tecnicismos, que nos ayudarán a practicar con éxito esta
inofensiva y amenizada exploración a familiares, amigos, vecinos y
compañeros de trabajo.
El tacto rectal debe realizarse, a ser posible, con guante de cocina
abundantemente lubrificado. Se admite guante de carnicero o jardinero. Es
tremendamente importante que se recree un ambiente relajado y se evite la
turbación del paciente; la tensión emocional hace que el esfínter se
contraiga y que la maniobra puede resultar atrozmente dolorosa. Baladas
de “El Fary “, o decorar las paredes con múltiples espejos pueden ayudar a
crear una atmósfera sosegada y apacible. Si esto ocurre, el paciente mostrará
cierta disposición ante la posibilidad de tener que repetir la exploración e
incluso existen casos de pacientes que voluntaria y gozosamente repiten
dicho reconocimiento.
No es infrecuente notar numantina 'resistencia' del enfermo, sobre todo si
se trata de una persona joven, a la que las glándulas testiculares se le ponen
por corbata. En ocasiones, también los pacientes de tercera edad plantean
cierto pudor si la exploración se la va a realizar una atractiva mujer. En
cualquier caso, un manejo hábil de la situación, restándole la importancia
que no tiene o mostrándoles macrodedos ortopédicos, suele resolver este
inconveniente cuando se plantea. Es importante empatizar con el enfermo,
no dar excesiva importancia a la exploración que se va a realizar, e

184

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

informarle someramente qué se le va a hacer y porqué, dándole todo tipo de
detalles, haciéndole con ello partícipe del rastreo rectal. Puede ser de gran
ayuda obligar al paciente a cantar una tierna canción.
El dedo que suele permitir un mejor reconocimiento de la cavidad anal es el
índice. Algunos utilizamos por hábito el dedo corazón de nuestra mano
dominante, obteniendo también mayor comodidad en la auscultación. Y los
peritos en esta técnica, utilizan el meñique. La situación del intrépido
explorador debe ser a la derecha del paciente si es diestro, y a la izquierda,
en caso contrario.
Existen distintas maneras de colocar al paciente, pero yo aconsejo la
denigrante postura Decúbito Supino. Tiene incuestionables ventajas:
permite la exploración abdominal y genital, sin tener que movilizar
nuevamente al paciente, y posibilita el azote de brutales collejas sin riesgo de
ser repelido por el enfermo. Seguidamente se le indica que flexione
humillantemente las rodillas y las separe, lo que permite un fácil acceso al
periné y al recto. Llegamos así al culminante y sórdido momento del
frotamiento anal: La penetración del dedito.
La introducción del dedo debe hacerse lentamente, con inicial presión suave
con la yema del dedo sobre el orificio oscuro para acabar penetrándolo
hasta la decimoctava falange. Es conveniente recrearse en esta oprobiosa
fase: contemos chistes, recitemos poesía o susurremos psicofonías en
polaco.
Con un vejatorio bofetón en las nalgas, comunicamos a nuestro paciente
que la exploración ha concluido.

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Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 68.
LA VECINA DEL 5º 1ª.
La habitación era lúgubre. Los muebles que la adornaban eran pobres, casi
miserables: una vieja mesa de pino salpicada de heces y orines; dos sillas
desvencijadas; baúl de antaño; una mesita de noche y una tabla ancha
clavada en la pared en sentido horizontal a modo de estantería en la que se
hallaban simétricamente expuestas mierdas de perro en tarritos de cristal,
pues como todos ustedes ya sabrán, amo el coleccionismo.
Cubrían sus roñosas paredes litografías de mujeres en pelotas que me
servían de pretexto para masturbarme compulsivamente.
La noche nos había ganado y nuestra única luz era el televisor que vomitaba
anuncios del teletienda. Jacinta dormía y yo la observaba fascinado. Sin
duda, su aprendizaje de hábitos de cuidado e higiene personal, había sido
lento y extremadamente limitado.
Estaba magnetizado con sus graciosos ronquidos, casi gruñidos salvajes, tal
mamut malherido; deslumbrado del sube y baja que eran sus decrépitos
pechos en su respiración agitada. Sucias pecas hepáticas relampagueaban
por sus senos.
Era propietaria de un rostro que ampliaba el significado de la palabra
crueldad, hererdera de unas facciones de murciélago. Capturaba su
aliento.Un aliento que desprendía un hedor insoportable tal jauria de perros
en estado de descomposición. Robaba su boca.
Quería secuestrarla para tenerla conmigo hasta el nuevo amanecer. Pero ella
despertó, carnal y acaramelada. Se encendió un cigarrillo, anónima, gris y
muda, absorta en lo cotidiano.
Colocaba meticulosamente las cenizas de su cigarro sobre una cucaracha de
verano posada y aburrida en la mesita de noche.
Al tomar conciencia del gesto, sintió algo de vergüenza. La sangre, le
goteaba de su espantosa nariz, con esa textura tan fina, la viscosidad justa, el

186

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

bermellón perfecto. Su cabello era un cometa que me embrujaba con su
fragancia; hedor a laca emanaba de su mugrienta cabeza.
Gafas grotescas, estrambóticas, cadenetas de plata sobre los pellejos
arrugados, sus lorzas mórbidas, frías y blandas. Era carne de momia
perfumada. Con una sonrisa socarrona me indicó que me acercara. Me
regaló un beso. Y otro, y otro. Los piñazos de sus afilados pelos, que
colonizaban aterradoramente su mostacho, fueron particularmente
molestos.
Nuestros labios quemaban de tanto besarnos y mis ropas aún conservaban
sus puestos. El juego de lenguas y mordiditas era adictivo. Nos
manoseábamos de forma frenética y maquinal, fría, anónima, con cierto
grado de violencia y evidente falta de tacto.
Jacinta empezó a besarme suave y ruidosamente las mejillas, acariciando mi
exiguo pelo. No pude contenerme más y pasé mi mano por su cintura
rubeniana, y bajé hasta sus velludas nalgas que eran flácidas como la
gelatina. Ella me pasó sus brazos sobre mis hombros. Un insoportable
hedor a sudor rancio desprendía sus peludas axilas.
Nos miramos a los ojos, y nos besamos apasionadamente, como unos
quinceañeros. Mi lengua exploraba su boca con ansiedad, descubriendo sus
muelas podridas y carcomidas por la caries. Mordisqueaba su lengua. Ella
me respondió con la misma pasión, nuestras lenguas se encontraron casi
entrelazándose entre sí. Me paso el chicle que estaba masticando. Su
sabor me era familiar.
¡Maldita cabrona!. No era un chicle, estaba resfriada. Nos levantamos de la
cama entre toqueteos y lametones, que continuaron en el pasillo. Jacinta
me comía el morro sin soltar mi pene tieso como una estaca, agarrándolo
con fuerza sobre mis pantalones, y a mi me faltaban manos para sobarla por
todas partes. Qué imagen más patética.
Salimos a trompicones de la habitación y llegamos hasta el baño. Queríamos
fornicar en el wáter, como en aquellas películas X que tanto había
disfrutado de pequeño.

187

Anastasio Prepuzio

Entramos al baño sin decirnos una palabra, empezamos a besarnos
desaforadamente, me quitó los calzones con locura, me besó el cuerpo con
pasión, puso su boca en nuevos lugares, y al instante estaba descubriendo
mi mundo y yo sintiendo el suyo.
Los dos estábamos cegados por la pasión del momento. Empezó a
quitarme la camiseta y a besarme y morderme los pezones, con su mano
tapaba mi boca para que los vecinos no oyesen mis gemidos.
Una aterradora ventosidad, mutiló aquel momento de pasión. Asustados,
comprobamos como una decrépita anciana apretaba con esmero su vientre
para vaciar el yantar podrido de sus entrañas. Era la vecina del 5º 1ª.
- ¡Queréis dejarme cagar tranquila!- gritó visiblemente irritada.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 69.
COMO EVITAR QUE NOS ROBEN EN EL CAJERO
AUTOMÁTICO.
La gran mayoría de los lectores de éste, mi absurdo libro, se quejarán de mi
ordinariez en la publicación, de lo proclive que soy a la imbecilidad
demente. Yo, desde mi poltrona, asiento y procedo a ignorar tales
comentarios. No obstante, en este capítulo, presento una nueva entrega
dogmática y visionaria, un axioma indeleble que, con el paso del tiempo, me
reportará beneficios y reconocimientos que aún son incalculables.
Hace algunos meses en un programa de radio se discutía con banqueros
sobre la crisis que azota cruelmente nuestro país, (en España no sólo hay
crisis de empleo, sino también de sentido común), al incrementarse
fuertemente el número de personas que no podrían hacer frente a sus
adeudos de tarjetas de crédito. El cleptómano y cabrón del banquero
entrevistado, aseguró que se contaban con suficientes reservas para hacer
frente a un gran incremento en morosidad.
La crisis es responsable directa del aumento en la morosidad, las personas al
perder sus empleos pierden sus fuente de ingresos, y sin éstos es imposible
pagar deudas. Por otro lado ha habido aumentos importantes en las tasas de
interés que cobran en tarjetas de crédito los jodidos y cuatreros bancos. De
por si antes ya eran muy onerosas dichas tasas, los incrementos sólo causan
que más de sus clientes, caigan en quiebra y la bancarrota.
Por último hay muchas personas que por falta de cultura financiera pierden
el control de lo que van gastando (invertir el dinero que no se tiene en
fiestas o gastarse el dinero del taxi en más cubatas y llegar a casa en
ambulancia), hasta que llegan a niveles de endeudamiento dónde las
altísimas tasas de interés cobradas, hacen imposible reducir los adeudos y
eventualmente hacerles frente.
Recientemente, se ha presentado un interesante estudio que demuestra la
vulnerabilidad de los sistemas de seguridad utilizados por los cajeros
automáticos para la validación de los PIN asociados a las tarjetas de
crédito.

189

Anastasio Prepuzio

Las tarjetas de crédito son un clásico ejemplo de un sistema de
autenticación de doble factor, ya que se combina un elemento físico que es
necesario poseer (la tarjeta de plástico con su banda magnética) con un
elemento que teóricamente sólo conoce el titular de la tarjeta de crédito (el
PIN, un código numérico habitualmente de cuatro caracteres), que
físicamente no reside en ningún sitio. Para poder utilizar la tarjeta de crédito
en un cajero automático es necesario disponer de estos dos elementos al
mismo tiempo. Con la ausencia de uno de estos componentes,
evidentemente es imposible retirar efectivo.
Obtener el plástico tarjeta de crédito es una tarea relativamente simple. Son
un elemento de libre distribución y comercialización. Falsificar la banda
magnética también es una operación no demasiado complicada, como
hemos leído infinidad de veces en las noticias sobre estafas que,
periódicamente, publican los medios de comunicación.
Lo que, en teoría, ya no es tan fácil obtener o identificar es el PIN que el
usuario ha seleccionado para la tarjeta de crédito. En teoría, la única forma
de identificar este PIN es o bien obligando con una brutal y despiadada
paliza al titular de la tarjeta a que lo revele, o probando infinitas
combinaciones para su identificación.
En el caso de aleaciones aleatorias, la teoría conocida hasta la fecha es que
para identificar el PIN asociado a la tarjeta son necesarios, de promedio,
unos 5.000 intentos. Y existe gente suficientemente gilipollas para lograr tal
quimérica proeza.
A pesar de que seas precavido en cajero automático que utilizas todavía
podemos ser víctima del robo de identidad por personas que ponen
aparatos en las máquinas para robar la información de la banda magnética
en la tarjeta en una estafa conocida como Skimming. El fraude más común
es conseguir el PIN de la tarjeta para después obtener dinero en efectivo.
Para hacerse con el PIN se utilizan muchos métodos, desde a la
superposición de teclados falsos o incluso cajeros falsos, la utilización de la
tecnología BlueTooth para transmitir información tanto de la tarjeta como
de su PIN a un portátil cercano y el más frecuente, el uso de pequeñas
cámaras espías.

190

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Actualmente están proliferando los ladrones que alteran los cajeros
automáticos de diferente manera para tratar de clonar la banda magnética de
tarjetas y las contraseñas (PIN). Solamente se toma unos segundos para
instalar cámaras sobre el teclado numérico.
Cajeros automáticos no solamente son los lugares preferidos, estos aparatos
también pueden conectados en las máquinas para pagar gasolina y tiendas
comerciantes. Aun así, para muchas entidades financieras, cuando se realiza
una operación fraudulenta utilizando el PIN, se entiende que la operación
ha sido realizada por el titular, y así incluyen en sus contratos cláusulas por
las que hacen responsable al titular de la tarjeta en todos los casos en los
que se utilice el número personal. Qué cabrones.
Enojado, colérico e iracundo ante esta situación, decidí crear un ingenioso y
práctico ocultador del número secreto (PIN). Este fantástico artilugio
diseñado de material opaco de primera calidad y con fácil sujetador en el
antebrazo mediante elegante muñequera de velcro, impedirá que cualquier
persona pueda ser testimonio del número tecleado.

191

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 70.
LA JODIDA ESPINILLA.
El vaho de la ducha se había disipado casi por completo. Apuré con la
toalla los últimos retazos de espejo empañados, con cuidado de no
emborronarlo. Sonreí al espejo y él me devolvió el gesto con dedo corazón
levantado como respuesta. Entonces la vi.
En mi mano izquierda, la que utilizo para orinar. Con evidente mala fe, la
pesadilla de aquella puta espinilla, aquella repugnante impureza cutánea
volvía a hacerse realidad.
Volví a limpiar el espejo, esta vez sin cebarme en delicadezas, pero no era
una mugrienta mancha. No del espejo.
Boquiabierto comprobé como mi piel tersa se hinchó lentamente en los
confines de mis labios. No pude evitar el estúpido parpadeo frenético que
acompañan los tópicos de la sorpresa, pero sabía bien que no era una
ilusión.
Me había salido un grano. La visión me ruborizó y el bulto enrojecía. Sentí
presión, y no sólo física. El calor se estaba extendiendo, se enraizaba en la
muñeca, trepaba sobre mis dedos de pocero. Tenía que hacer de tripas
salchichón.
Apreté con una combinación digital pinzante la zona anexa, y pronto me di
cuenta que si quería conseguir resultados debía presionar con más
intensidad aquella zona, obligar a aquella jodida espinilla a dar la cara.
Aquel primer intento fallido sirvió para que la espinilla reaccionara y al poco
tiempo asomara su pequeña cabeza, que no era como pudiera pensarse de
color negruzco, sino de una bella e insólita tonalidad amarilla.
Para mi sorpresa, al poco de empezar a asomar esa cabecilla, noté que si
presionaba con la suficiente intensidad, la espinilla comenzaba a aflorar,
realmente de su interior surgía un delgado filamento blanquecinoamarillento a consecuencia de mis maniobras opresoras digitales.

192

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Mis índices lo acorralaban ferozmente, y ocurrió lo inesperado. El tiempo
se detuvo, el cristal se empañó de nuevo, pero esta vez no fue por la ducha;
era mi cabeza.
Volví a ver el nacimiento de la pequeña pústula, un recuerdo que me
asaltaba una y otra vez, hasta que por fin me di cuenta. Las dudas acerca de
la exacta naturaleza y las intenciones de aquel filamento que de su interior
surgía, mi temor cada vez mayor a que aquella sustancia formara parte del
tuétano de mi zarpa, y mis visitas a homeópatas en busca de una explicación
racional empezaron a convertirse en una obsesión.
Algo había nacido junto a la abominación, un gemelo de la excrecencia,
incorpórea, pero no por ello menos turbadora.
Fascinación para científicos y facultativos. Descubrí mi espalda, mis tupidas
axilas y mi escroto bañados en sudor helado al reconocer lo que siento por
la anomalía.
No podía estar pasando, no debería, pero era así, o así lo interpretaban mis
dedos, que se separaban sin apenas darme cuenta. Mi conciencia había
quedado nuevamente dividida, exorcizada.
Punzadas de marginación, desprecio, brusquedad, odio y dolor. La espinilla
se había convertido en una protuberancia del tamaño de un huevo y el
simple roce me resultaba un suplicio.
Pensé que lo mejor era lavarlo como me habían dicho, así que dirigí un
chorro suave de agua tibia que no hizo mas que acrecentar la molestia, y
notar como el jodido huevo empezaba a palpitar como si tuviera que cobrar
vida.
El olor llegó a mis grotescas fosas nasales y me recordó el hedor de carne
podrida de mi pueblo los dos días de la matanza.
Los retortijones y las arcadas me invadieron y empecé a vomitar el escaso
desayuno que había tomado. Trozos de tostada, nocilla, fruta y pizza, se
mezclaron entonces con el pus que supuraba de su herida creando una masa
pegajosa que intenté retirar con un poco de agua y una gasa.

193

Anastasio Prepuzio

Sobre la colina terciopelada había nacido una obscenidad esmeralda,
rebosante de fluidos y autoridad.
Parecía contenido, como si quisiera revelarme a gritos una verdad universal
pero la guardase para un último momento.
No me atreví a tocarlo, ni siquiera a dejar de mirarlo. No sabía si lo que
resbala por mis mejillas eran lágrimas o pus. La piel se había convertido en
escamas cubiertas de parásitos de la carne. Empecé a delirar.
Noté como el miedo me llenaba la mente y vacaba la vejiga al mismo
tiempo. El corazón se disparaba.
Con evidente excedente de testiculina, cogí un enorme cuchillo de cocina y
me amputé la mano.

194

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 71.
REENCARNÁNDOME EN MUJER.
Al vivir en un vigésimo séptimo piso sin ascensor siempre me había
resultado difícil tener un sótano propio. Sin embargo nunca fui un hombre
cobarde que se diese por vencido al mínimo contratiempo que se cruzara en
mi camino. Me considero un ser audaz, valiente, que tiene más de veinte
pestañas abiertas en google chrome para demostrar mi hombría e
intrepidez.
Así pues, tras indagaciones y sobornos, di con una empresa que prometió
realizarme muy eficientemente las obras necesarias para que pudiese así
gozar de una cripta secreta, herramienta básica para cualquiera con unas
aspiraciones como las mías: ser genio de la ciencia.
Con el sótano recién terminado por unos rudos obreros de la Europa del
Este, amueblé mi tétrico escondite con acristaladas geometrías, tubos de
ensayo, burbujeantes calduchos fluorescentes, microscopios, computadoras
y palancas chirriantes.
Estar el borde de la muerte por deshidratación en mi cama todos los
domingos, siempre había despertado en mí interrogantes acerca del deceso.
La muerte la deseamos constantemente a nuestros enemigos, que casi
siempre son acérrimos, pero nadie le agrada hablar de la suya. Y es que
tarde o temprano a todo el mundo le llega su hora, y no hablo de fingir tu
propia muerte tras tropezar y caer en público.
Me refiero a dormir eternamente, a reposar perpetuamente, el perenne
descanso. Devorado por pastores alemanes, un inesperado resbalón en la
ducha o en una simple intervención quirúrgica de fimosis, pueden ser
motivos de prematura despedida a nuestra vida. Adiós al jodido trabajo,
adiós a la gonorrea, adiós a la asquerosa de Jacinta. Pero también dicha idea
despertaba en mí otro interrogante:
-¿Y si existe la reencarnación?-.

195

Anastasio Prepuzio

Esa idea me fascinaba. El abanico de posibilidades a las que optaría
rebasaba mi imaginación. Pero mi auténtica obsesión era reencarnarme en
un clítoris.
Acorazado por su capuchón, permisividad sexual, siendo revoloteado por
una lengua ajena sobre mí, repitiendo este movimiento rápida y
generosamente, variando la dirección de cada movimiento y haciendo
pausas entre cada embestida de la lengua.
Al no disponer de la infraestructura mínima en mi laboratorio para lograr
mi anhelo, decidí reencarnarme en mujer.
El anestésico casero que me inyecté en mi pequeño sótano mediante un
enema artesanal, me permitió realizar hendiduras sin dolor alguno, pero
también con estéril precisión y, por eso, el post operatorio, se convirtió en
una resaca del infierno. El narcótico inyectado por vía rectal, me hacía
mezclar los personajes de las series.
La amputación del pene y testículos, la realicé torpemente con una pala de
jardinero. En la etiqueta del frasco no hacía referencia alguna de efectos
secundarios, sólo leí Hemoal benzocaína 30 miligramos y efedrina
hidrocloruro 2 miligramos, un anestésico de calidad zimbabwesa
comprobada.
Los pechos los construí hábilmente con dos lonchas de lomo, a las que
diestramente pegué dos puntas sintéticas de biberón a modo de pezones.
El injerto capilar fue empresa más complicada. Tuve que asesinar a una
anciana y con precisión quirúrgica, arrancar uno por uno su vello púbico
para implantarlo en mi despoblada cabeza.
Pelo rizado, como siempre me han gustado las mujeres. Pese a la carencia
de enfermera y mi pulso trémulo, el resultado alcanzó milagrosamente las
cotas de excelencia que estas operaciones requieren.
Observé mi silueta en el espejo y me sorprendí del nuevo cuerpo celestial
que acababa de crear.

196

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Si bien es cierto que existían ángulos rectos en lugar de curvas, aparecían
extremidades en lugares inimaginables, como la nuez en mi ojo derecho, el
vello esfínterico en la nariz o la uñas podales colgando de mis orejas, las
medidas eran de escándalo: 180 – 135 – 225.
Mi primera acción como mujer fue una evidente, prolongada e interesante
autoexploración.
Acaricié mis senos, y procedí a masajear mi clítoris artificial, un berberecho,
de grandes dimensiones, diestramente adherido en mi entrepierna con
Super Glue 3.
Pese a mis mórbidos y peludos pectorales, y mi espalda colonizada por una
fornida alfombra de vello rizado, había conseguido enfundarme en una
nueva vida femenina.
Me maquillé tal pintura de Picasso y salí a la calle con vida nueva. Esperaré
impacientemente la menstruación.

197

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 72.
EL SÍNDROME POST-VACACIONAL.
Cuando se acaban las deseadas vacaciones nos enfrentamos muchas veces a
nuestra cruda realidad. No sólo hemos recuperado los kilos que tanto
esfuerzo nos costó perder antes del verano, sino que hemos cogido alguno
más.
En época de vacaciones no hay límites. No hay exigencias. Es la orgia de la
anarquía, la bacanal de la acracia, el desenfreno de la desidia. Algunos
comen como cerdos y fornican como berracos. Otros beben como cosacos.
Y yo, no cago hasta volver a casa.
Nos divertimos haciendo los complejos ejercicios de Vacaciones Santillana.
Todo vale. Es el premio que nos ofrecemos a nosotros mismos por tanto
esfuerzo dedicado durante la interminable jornada de trabajo anual.
El síndrome post-vacacional es algo tremendamente jodido que tod@s
sufrimos a excepción de los funcionarios, que constituyen el único colectivo
que con su galbana burocrática, no son propensos a dicho síntoma, ya que
no existe diferencia entre su esfuerzo en vacaciones y el esfuerzo en período
laboralmente activo.
No es algo que se deba tomar en broma, es una depresión transitoria, es un
malestar, una falta de concentración. Así pues, el síndrome post-vacacional
nos afecta a todos, en mayor o menor medida.
Unas vacaciones prolongadas como las de verano, para aquel que pueda
tenerlas, pueden provocar problemas al volver al trabajo: mala adaptación,
olvidarse completamente de escribir y leer, estrés, nerviosismo, falta
absoluta de motivación. Esta situación se conoce como síndrome postvacacional.
Estamos ante un conjunto de síntomas que reflejan un estado de ánimo
como reacción de rechazo al trabajo tras un período más o menos
prolongado de descanso.

198

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Estos síntomas pueden situarse próximos a la depresión, irritabilidad,
alcoholdependencia, astenia, dolor escrotal, tristeza, apatía, gonorrea,
ansiedad, insomnio, dolores musculares, tensión, náuseas, taquicardias,
sensación de ahogo y problemas de estómago, entre otros.
Los expertos opinan que el entorno de trabajo es un elemento
fundamental junto a la percepción que de dicho entorno tenemos. Así, la
relación con jefes, colaboradores y compañeros ha de basarse en una
comunicación fluida, que puede hacer más llevadero el proceso de
adaptación al regreso.
Se aconseja repartir o dividir el periodo de vacaciones de modo que
podamos disfrutarlas en dos periodos siempre que sea posible. Una vez que
el fin de las vacaciones está próximo, no dejar todo para última hora, sino
regresar tres o cuatro días antes e ir adaptando nuestro ritmo al habitual.
Al incorporarnos a nuestro puesto de trabajo, comenzar de manera gradual,
siendo conscientes de que nuestro rendimiento irá creciendo en un par de
días.
Nos debemos integrar en la actividad profesional cuanto antes y si
podemos, nos apoyaremos con una buena dosis de comunicación con
nuestros colegas. La coincidencia de que el primer día sea lunes puede
agravar esta situación. Dichos versados en la materia, aconsejan hacer la
vuelta en un día diferente de la semana, así reduciremos el impacto
psicológico de vuelta al trabajo.
Retomar la vuelta al trabajo con una actitud positiva, con visión de
reencuentro con la normalidad y nuestra tarea, será nuestra meta en los
primeros días sin tratar de alargar este proceso.
Pero la realidad es totalmente diferente.
Inútilmente, el ordenador se ha aliado con nosotros, en toda la mañana se
ha producido un fallo informático que ha ralentizado el trabajo. Una
mañana de leer correos atascados durante nuestra ausencia. Interesantes
correos en los que chicas rusas nos declaran matrimonio, e.mails que nos
ofrecen artilugios para alargar el pene y nuestro jodido banco, que nos pide
el pin porque por problemas tecnológicos lo ha perdido. Correos con

199

Anastasio Prepuzio

circulares que uno archiva para leerlos con mayor detenimiento, teléfonos
que vuelven a sonar como martillazos en la cabeza y ¡joder¡, una pereza
enorme para retomar asuntos que quedaron pendientes; visitas
programadas, reuniones con el personal, vistazos a las estadísticas,
comentarios sobre incidencias durante nuestra ausencia. De nuevo las
asquerosas caras de los compañeros que ya regresaron como nosotros y que
de nuevo empiezan a tocarnos los cojones:
La decrépita de personal que nos enseña las fotos de su hijo, con rostro de
lémur obeso, en su estancia en Eurodisney; el mantecoso de contabilidad,
que sudoroso, nos muestra las instantáneas capturadas con su nueva cámara
en el hotel de Peñíscola. El nuevo de márketing, que alardea de sus
conquistas en el Pachá de Ibiza. La octogenaria mujer de la limpieza, con
marcados rasgos de campesina, que nos hace entrega de la morcilla de
Badajoz. La inoportuna visita del jefe que nos relata con todo lujo de
detalles su viaje a Bali. Y nosotros queremos estar solos. Bostezar en la más
absoluta soledad, observar con fascinación las musarañas, rascarnos las
pelotas sin que nadie nos moleste.
Para ello, he ingeniado un astuto y tremenadamente eficaz método que nos
garantizará que el día de nuestra reincorporación laboral sea plácida, y que
ningún compañero ose entrar en nuestro despacho: el colirio para ojos con
extracto de cebolla:

200

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 73.
LA PESADILLA
He tenido el mismo sueño todos los días desde hace dos semanas. Me
vuelve loco. Sueño que salgo de misa corriendo, disfrazado de niño, y me
detengo frente a una farola gigante, con forma de falo. Por la parte de atrás
tiene una puerta con un letrero que dice “prohibido el paso”. Yo me quedo
ahí, quieto en mi lugar, y veo a una vagina. Ella entra en la farola y me mira
de reojo.
La figura encorvada de la vagina asoma por encima de un montículo de
basura y se recorta con nitidez entre la línea irregular del horizonte y el cielo
gris.
Ella se asusta y huye, cerrando la puerta. Yo la sigo, con los pies descalzos,
clavando mis uñas podales en el asfalto, pero ella corre más rápido.
Logro oír que ella grita entrecortadamente: -¡Debo... salir... ahora!-, y cuando
apenas estoy a un palmo de alcanzarla, desaparece. Me pregunto entonces
como un elefante puede balancearse sobre una tela de una araña.
Quiero descuartizar a un cruasán, pegar a un peluche para pedirle
mentalmente
disculpas.
Corro por las escaleras directo a una bodega llena de vaginas. Tengo una
erección.
Gloriosas vulvas cerraditas, abiertas, carnosas. Sentada frente al piano una
almeja con un piercing toca una suave melodía en una alegoría a su
hermoso rostro. Experimento una intensa sensación de desprendimiento
junto con la vibración descompensada de mi ser entregado a una succión
que se apodera de toda mi energía orgánica.
Sin previo aviso un influjo retorna multiplicado en intensidad, me llena de
imágenes conocidas que capto como si estuviese de retroceso. Observo
otras dos conchas que se cuchichean y me miran con ojos de desprecio.
Una vagina peluda se arrastra por las sucias y mojadas baldosas de su
guarida, y se acerca a mí. Me saluda uniendo sus dos marronosos labios. Al

201

Anastasio Prepuzio

fondo media docena de felpudos de diferentes tamaños y texturas:
pequeños, estrechos, con poco fondo y poco lubricados, enormes,
insondables, de una profundidad extrema, y anchos como Castilla, danzan
una tonadilla lúgubre y fantasmagórica.
En el sauce, cuelga una hamaca hecha con dos cuerdas sucias y una madera
gruesa e hinchada por la humedad, y un chumino tatuado, se balancea
alegremente. Sentada en una vieja butaca, una longeva papaya,
tremendamente velluda, fuma Ducados mientras recita versos en hebreo. A
su lado, una joven concha, pela judías mientras ve la televisión. Una
asquerosa, pueril y Tampax vagina, que en un futuro será Tena Lady, se saca
autofotos con su móvil última generación.
El sonido ensordecedor de un relámpago anuncia la llegada de la noche. Se
comienza a escuchar el canto agudo de los cuervos en la oscuridad. Los
cielos se tornan de un negro agudo jamás antes visto. Un relámpago rojo,
azota violentamente el suelo del exterior, haciéndolo crujir y agrietarse.
Desde las profundidades del pavimento de la bodega comienza a salir la
lava ardiente junto con miles de vulvas rasuradas de figuras espectrales
acechantes, armadas con dagas y tridentes, con sed de sangre creando un
ambiente de maldición y depresión.
-No, No!!!-. Quiero huir de aquella pesadilla en carro de caballos y látigo
en mano.
Intento mover mi brazo. Me doy cuenta de la realidad en la que me
encuentro, pues estoy completamente inmovilizado con cuerdas sujetas a lo
que parece un artefacto de tortura. Miro hacia las paredes: una estructura de
metal con manchas de un rojo tan vivo que dudosamente pasaría por
pintura.
-¿Dónde estoy?, ¿Quiénes son esas vaginas?, ¿Qué quieren?-.
El sonido de una puerta abriéndose, interrumpe súbitamente mis
pensamientos. Comienzo a sudar frío, me orino encima, y mis latidos
sobrepasan las 180 pulsaciones por minuto, a punto de un ataque cardíaco.
Veo un potorro arrugado, que emana un hedor a perro muerto, a pescado
podrido, que entra por la puerta y se dirige sigiloso hacia la palanca que está
a un costado mío, para acabar mi ruina.

202

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

La palanca parece activar el complejo mecanismo de poleas que hacia
funcionar la máquina a la que me hallo atado.
Mi cerebro busca desesperadamente un argumento que contradiga aquel
miedo irracional y absurdo; pero mi cuerpo no responde, se obstina en
mantener los músculos tensos.
Mis fosas nasales, dilatadas para inhalar la mayor cantidad de oxígeno
posible, parecen las de un animal acorralado.
Entonces despierto, sudando, atormentado por la pesadilla. Respiro con
alivio y mitigación. Es sólo una pesadilla, una dantesca alucinación, una
horrenda zozobra.
Voy a miccionar y me miro al espejo...

203

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 74.
MI PASIÓN POR EL OLFATO.
Los olores son como una frase corta, pueden ser breves pero intensos,
vehementes, ardorosos. Siempre me ha gustado usar el olfato como
instrumento para mi perversa excitación. De chiquillo solía escrutar
extasiado en la ropa sucia para oliscar braguitas usadas, ya fueran de
octogenarias o quinceañeras.
Aún recuerdo el placer que sentía con ese aroma intenso, entre orines y
secreciones antiguas. Mi nariz sobre la tela, activaba mis centros de placer
de una manera incomparable. Me escabullía entre la gente y corría al baño a
intrusear en el embudo del lavado. Sacerdotes, vecinos y hermanos de mis
amigas, todos eran acosados en su íntima vestimenta. Sus hedores eran mi
placer, el desecho de muchos era el regocijo propio. Lo reconozco, era un
pequeño cerdo degenerado ( y aún lo soy ) pero mis necesidades eran
adictivas. Una profunda inhalada y ascendía en el paraíso. Un olor
sugerente, sea natural o artificial, puede marcar la diferencia entre un "hasta
luego" y un "¿cuándo nos volvemos a ver?. Existían unos inodoros
asépticos e higienizados que no me agradaban. Otros eran los fuertes,
almizclados o ácidos que encendían mi pasión. Siempre anhelé entrar en un
baño de un aeropuerto de Botswana.
-¡Que envilecido soy, pero que complacido me siento!, pensaba mientras
inspiraba una vez más. Con el rostro sudoroso de un depravado sexual,
dilataba las pupilas observando a los que orinaban arrimándome a los
urinarios de puntillas y el trasero empinado como un mandril. Cuando los
urinarios quedaban libres, me acercaba para ver la mezcla amarilla de los
orines, girando en apestosos remolinos de espuma, sobre los que navegaban
pelos púbicos ondulados que serpenteaban antes de ser tragados por los
sumideros. Un poco de mi aliento tibio activaba al máximo el aroma y
obligaba a tocarme la entrepierna. Olores intensos, placeres momentáneos,
pudores inmediatos, culpa instantánea. Maldita educación católica, ¿culpa
por el placer?. Sí. Me sentía culpable.
Apasionado como siempre, buscaba lugares que dieran a mis fosas nasales
nuevos placeres. Busqué en los conciertos a los fans que siempre huelen a

204

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

pantano. Indagué cajeros automáticos dónde dormían sucios vagabundos.
Rastreé al paciente recién salido del dentista cuya muela cariada desprendía
hedor a fosa séptica. Exploré hasta encontrar halitósicos a los que jamás
habían regalado un set de higiene bucal. Descubrí una esquina en la calle
que los machos usaban para orinar. Me acercaba, y el potente hálito me
golpeaba. Pasaba la primera reacción desagradable y disfrutaba las
feromonas vertidas ahí. Nuevamente el asco y la culpa se apropiaban de mí.
Tiempo después descubrí el olor del hombre, en vivo y en directo. Algunos
fuertes, casi desagradables, otros deliciosos como una taza de café recién
hecho. Sus axilas transpiradas y sus testículos prisioneros entre algodón
durante una jornada completa. Mi nariz recordaba por horas el aroma de
ese hombre. Era el cura de mi barrio. Culo, pico, pliegues, todos mezclados
en un bouquet único e irrepetible. Sobacos, nalgas, pies, recuerdos fuertes
pero pasajeros en mi memoria nasal.
Muchas veces quise revivirlos al día siguiente, sin éxito alguno. Muchas
otras éstos me impedían dormir y debía volver a tocarme. Tabaco, alcohol y
sudor fermentado secretados naturalmente en justa proporción. Hombres
perfumados por sus propias glándulas. Hombres que huelen como deben
oler los machos. Cuerpos con una esencia maldita que me obliga a
desearlos. Aromas que mi olfato no ha podido olvidar. Pero no soy gay.

205

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 75.
LA BODA DE MI HERMANA HURRACA
Ayer fue el gran día. Mi hermana Hurraca es una
mujer particularmente fea. Sus ojos saltones y
miopes tienen unas venas como las arterias del
cuello de un cantaor. Se pinta la raya negra hasta
la sien , haciéndola parecer un repugnante
mapache. Sus orejas grandes, lobuladas y
peludas, su nariz torcida y larga como el morro
de un tiburón, colmada de puntos negros
como un error del buscaminas, y su boca con
labios agrietados y lengua como un bistec a
medio rebozar, le confieren un
aspecto
aterrador. Su rostro parece haber sido concebido
en los sueños máslúgubres de Satanás.
E inexplicablemente, Hurraca se casaba ayer
con un apuesto y acomodado empresario
hijo de aristócratas.
La ceremonia fue solemne, exquisita y cargada de toda la pompa y boato
con la que el Cabildo de la Catedral barcelonesa nos tiene acostumbrados.
Todo fue digno de admiración: la selecta música, interpretada por la coral
Santa María de las Ardillas, la solemne procesión claustral y la magnífica
casulla que para la ocasión lució el obispo de la diócesis, algo que pone de
manifiesto que en temas de liturgia el Cabildo cuida todos los detalles.
No obstante, para que todo hubiera sido redondo, faltó un detalle, algo que
puede rozar en lo anecdótico o secundario, pero que sin duda le hubiera
dado mayor esplendor a la ceremonia. Este detalle, no fue otro que las
señoras no cantaron alto en misa por miedo a Ramoncín.
Por lo demás, la ceremonia se vivió en un ambiente de absoluto
recogimiento, donde solo quedaba roto al reververar la grave voz del obispo
maricón (uno de aquellos curas que está en contra del aborto para que
hayan más criaturas), dirigiéndose a unos fieles que seguían con atención la
intensa homilía del prelado. Después de dar el sí en la ceremonia religiosa,
los invitados disfrutamos de los diversos bocadillos, homenaje a la
gastronomía mediterránea, en la terraza chill out, saboreando el cocktail de
bienvenida y seguidamente del aperitivo.En la mesa principal, de forma

206

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

rectangular, estuvieron ubicados los novios, mis padres, los padres de mi
cuñado y personalidades de mayor rango.
Los invitados fueron distribuidos en más de 1.500 mesas de ocho a diez
comensales cada una. Por lo que tocó a la mesa presidencial se sirvió en
vajilla de gala, cristalería de Baccarat y cubertería de Alfonso XII " el Sabio
" (en realidad ignoro qué Alfonso era).
El resto de los asistentes utilizaron vajilla, cubertería, sillas y mantelería
alquilada. Las mesas estaban decoradas con unos centros de flores azules,
blancas y grises, entre rosas, tulipanes, verónicas, orquídeas, retamas,
algunas hojas de marihuana y varias más. Sonaba música de Sergio Dalma.
Si él hubiera estado allí, le hubiese dado un caramelo mentolado.
Jacinta y yo nos sentamos junto a los hermanos y primos del novio,
reputados abogados, reconocidos médicos y nobles aristócratas. Debíamos
comportarnos ante tanta sobriedad.
Se abrió con tartaleta de patata frita con changurro -centollo picado fino-,
croquetas de jamón de pata negra, quesos manchegos, secos y semitiernos.
Yo esperaba que me sirvieran un plato de spaghettis y una hamburguesa
con patatas.
La conversación era culta, elegante. Jacinta y yo no sentíamos incómodos.
Pero al fin y al cabo, era a boda de mi hermana, así que decidimos
comportarnos tal y como somos. Jacinta musitaba blasfemias mientras
masticaba a dos carrillos, expulsando miguitas con fuerza para que llegaran
a los platos de los demás. Pedía perdón mientras se las arrancaba a
manotazos.
Y yo me levantaba de la silla cada cinco minutos, y daba una vuelta a la
mesa con los brazos extendidos haciendo fragores de avión, ante la atónita
mirada de nuestros compañeros de bufete.
Me hacía pasar por mudo y me comunicaba con mis camaradas de mesa
con gestos obscenos. Conversaban del Euribor, de fondos de inversión y de
empresas de capital riesgo, mientras Jacinta narraba con todo lujo de
detalles su historial con hombres, mujeres, animales y objetos fálicos. Les
preguntaba por sus experiencias con muertos.

207

Anastasio Prepuzio

Yo me levanté para ir a los servicios, y a la vuelta dejé mi ropa interior
encima del respaldo de la silla de la hermana del novio. Expliqué con todo
lujo de detalles el por qué tenía que secarse. La sonrojada familia del novio
nos observaba con desprecio, grima y pena, mientras yo comía de los platos
de los demás sin pedir permiso, dejándoles muestras de mi plato.
Había escupido antes encima huesos de aceitunas e intentando afinar la
puntería, probando con el plato de enfrente o con las copas de
vino. Guardé los huesos, y dije que eran para mi madre, porque resultaba
muy caro alimentarla. Los limpié con cariño.
Pedí al hermano de la novia que me cambiara de sitio. Le justifiqué que era
porque tenía más cerca la salida de emergencia, mientras actuaba con
nerviosismo.
En la segunda parte se sirvió hojaldre de bogavante sobre lecho de puerros
y verduras y un capón con salsa.
Acompañaron, a medida que avanzaba el festín gastronómico, finos vinos:
manzanilla, un cava rosado, vino blanco Albariño joven y vino Rioja. Jacinta
tras hacer comentarios en voz alta sobre la gente en las mesas de alrededor,
mirarles y sacarles la lengua, se escondió debajo de la mesa, llevándose con
voracidad su plato.
La tarta nupcial a cargo de un gran maestro pastelero, fue de 150 kilos de
peso y casi dos metros de altura. Se acompañó con un cava brut catalán y el
moscatel de la vieja tradición mediterránea. Aquel pastel estaba delicioso.
Chupé mi plato y los de los demás. Invité a que sorbieran del mío, mientras
Jacinta se mocaba su cruel resfriado en la manga del vecino de la derecha.
El banquete, selecto y glamuroso fue un momento privilegiado para
compartir, de unión, de amistad y cercanía con nuestra reciente familia
política.

208

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 76.
COMO METERSE UNA BOTELLA DE VINO POR EL CULO.
Todo ser humano, incluso los decrépitos capullos como el que manuscribe
este burdo capítulo, tarde o temprano, se plantea el por qué y el para qué de
su existencia, por mísera que ésta sea. Se pregunta de dónde viene y a dónde
va, quién cojones es. Se interroga por qué Amaia Montero no ha escrito
todavía la canción más bonita del mundo. Se plantea lo que podría hacer en
su vida; Se pregunta. Es en esto, en lo que precisamente se distingue de los
animales.
El animal vive de un día para otro: come, bebe, duerme, crece, corretea,
copula, copula, copula y afortunadamente muere, en muchos casos por la
pedrada lanzada por algún desalmado. Pero ese es otro asunto que abordaré
en otra ocasión.
Una vida así, es cándida y común para un animal, pero no para un ser
humano. Los filósofos de la antigüedad llegaron a decir -tal vez de una
forma algo ruda-que si una persona no se plantea las preguntas
fundamentales de la vida y solamente vive de un día para otro, habrá
fracasado en su existencia. En lo más profundo de su ser no habrá llegado a
encontrarse a sí mismo; no se habrá convertido en hombre.
Dicho de manera sencilla: su existencia no habrá sido digna de ser la de un
hombre. Desde que nacemos estamos explorando, descubriendo,
ensayando, experimentando, preguntándonos, acertando y equivocándonos,
y esto es, aprendiendo.
Con una mente abierta, para establecer hechos nuevos, resolver problemas
nuevos o existentes, probar nuevas ideas, o desarrollar nuevas teorías. Es
puro instinto humano.
Es esa adrenalina que nos corre por las venas cuando competimos con
nosotros mismos, cuando alcanzar una meta se torna posible, cuando al
resolver un misterio nos sentimos magos. El Hombre es un ser inacabado
en búsqueda de la PLENITUD. Es un ser contingente, porque recibe la
existencia, tiene el ser peor no es el ser. La categoría del tener, recibir, exige

209

Anastasio Prepuzio

una razón, un más allá del ente finito; el hombre no es su existencia sino
que la recibe de alguien.
Y la anhelada plenitud, sólo se alcanza, metiéndonos una botella de vino
por el culo. Sí, por el culo, por pedestre y escatológico que parezca. Por
ello, en el post de hoy, intentaré dilucidar cómo lograr la armonía, el
equilibrio y la simetría con uno mismo.
Algunos ignaros de lúgubre intelecto, ya desde tiempos inmemoriales, lo
han intentado con un desatascador de sifones, zanahorias, botes de
desodorante roll-on, mangos de los peines, fundas de puro metálicas, y en
algunos casos, con hercúleos destornilladores previamente lubricados y
clavados en una caja de cartón, para posteriormente sentarse. Lógicamente
ninguno de ellos conquistó dicha proeza.
Existen infundados perjuicios vinculados al dolor, a la ‘falta de hombría’ y a
ser el hazmerreir del hospital que, pretendo hacer olvidar en lo posible, con
este capítulo.
Veamos cual es la técnica empleada para alcanzar la PLENITUD:
La acción, a ser posible, debe realizarse con una botella de vino francés,
previamente ingerido para lograr un estado de embriaguez óptimo, y
abundantemente lubrificada con vaselina.
Es tremendamente importante que se recree un ambiente relajado y se evite
la turbación del experimentador; la tensión emocional hace que el esfínter
se contraiga y que la maniobra puede resultar atrozmente dolorosa. Baladas
de Falete, o decorar las paredes con múltiples espejos pueden ayudar a crear
una atmósfera sosegada y apacible. Puede ser de gran ayuda cantar una
ranchera de Bertín Osborne.
El dedo que suele permitir un mejor reconocimiento de la cavidad anal es el
índice, así que untaremos generosamente dicho dedo, y lo introduciremos
por nuestro recto con movimientos circulares a fin de relajar y dilatar el
ano. Existen distintas maneras de colocarse, pero yo aconsejo la
denigrante postura Decúbito Supino. Flexionamos humillantemente las
rodillas y las separamos, llegando así al culminante y sórdido momento de la
introducción de la botella.

210

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

La penetración de la ampolla debe hacerse lentamente, con inicial presión
suave con la base del frasco sobre el orificio oscuro. Con suaves
movimientos orbiculares, procederemos a encajar la botella.
En esta parte del procedimiento, que no debe durar más de tres minutos, se
permiten insultos e injurias contra familiares, amigos o compañeros de
trabajo. Es desaconsejable recrearse en esta oprobiosa etapa.
Finalmente, procederemos a un momento de relajación, inhalando por la
nariz y exhalando por la boca.
Pensaremos en una hortaliza, y con un mazo, ZAS!, asestamos contra la
botella un martillazo seco y preciso para incrustarla en nuestro culo.
He aquí un pedagógico croquis de tan fascinante experiencia:

211

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 77.
ADIÓS.
Transito desbordado por la tristeza, el cielo amenaza con ponerse a
gimotear sobre mi cabeza devastada por la alopecia. Eructo como
intentando expulsar los demonios que moran mi alma.
Miro al frente esperando no otear nada, y así poco a poco el tiempo
transcurre. Hace mucho que el sol no centellea en mi interior y que el
mundo ha dejado de tener sentido para mí. Paso los días aprehendido y a
salvo de cualquier sensación o sentimiento, aislado del mundo que me ha
decepcionado.
Se ha disipado la ilusión por seguir viviendo. Lo tengo decidido, voy a
suicidarme. Y lo haré sin depilarme. Hoy dictamino por voluntad propia y
sin ninguna clase de coacción externa, poner fin a mi siniestra vida, y lo
hago siendo plenamente consciente de que lo que me espera al otro lado no
es sino el vacío más absoluto, la nada, la no existencia, el abismo sodomita.
Voy a irrumpir en el infierno por la puerta grande y a hombros de algún
desalmado. Ha llegado el momento de saltar, de que el sonido de la bala
libere mi espíritu mutilado por los crueles achaques de este injusto destino.
La sola idea, hace que mi pulso se acelere, que tenga una erección
involuntaria y la sangre se me congele en mi mórbido pecho. Me masturbo
escuchando como una cámara rebobina un carrete en un vano intento por
tranquilizarme. Es una decisión que ha sido calibrada con mesura.
Pero ni siquiera soy capaz de levantar la mirada ante semejante visión y no
estremecerme de terror, pero la idea de permanecer un minuto más en este
mundo es aún peor. No hay marcha atrás. Me despido de esta orbe. Un
mundo salvaje, egoísta y cruel. Abrí mi corazón de par en par, dejé que
cogieran todo cuanto quisieran hasta que me dejaron sin nada.
Sí. Todos vosotros sois los culpables. Por vuestros insultos, afrentas e
injurias. Estoy cansado de vegetar los Lunes, los Martes, los Miércoles, los
Jueves, los Viernes y los Sábados, cansado de saludar a alguien,

212

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

equivocarme, y saludar al infinito, de disparar balas de plata a varones muy
peludos.
Estoy harto de la eterna duda de si es una papelera o un paragüero. Dolido
por haber nacido porque la farmacia estaba cerrada, rendido por escuchar
ópera en un sutil intento por integrarme a la élite. Agotado de probar
fármacos para ganarme la vida. Fatigado de despertar animales por
aburrimiento, exhausto de prostituirme pagando yo.
Tremendamente preocupado por el cambio climático, por no disponer de
Whatsapp. Hundido por haber descubierto a mis 40 años que fornicar no es
una empresa de alquiler de vehículos.
He dedicado toda mi vida por entero a los demás, sin preocuparme por mi
propia felicidad. He dado todo lo que tenía y más, pero a cambio solamente
he recibido incomprensión, brutales palizas, desprecio y la más absoluta y
dolorosa ignorancia.
El amor y la amistad son dos caminos vedados para mí, y mis estrábicos
ojos se empantanan de lágrimas cada vez que pienso que me iré sin haber
conocido a una sola persona con la que compartir todo lo que llevo dentro
de mi ser. Cansado de coger taxis llorando y ordenar al taxista "a la luna".
Hastiado de mi vida, abatido por las propuestas que los agricultores me
ofrecen para que sea su espantapájaros.
Estoy harto de darme de bruces una y otra vez con una realidad que ya no
me agrada. Ya no me quedan ganas de seguir.
Extenuado de vivir con miedo de que me quiten lo bailao. Cada día me
cuesta más mantener la figura, y mi desfigurado rostro, lejos de conservar la
tersura de los veinte años, no cesa de arrugarse en un intento por
amargarme la existencia.
Me siento solo y aburrido en una vida absurda y vacía que me abofetea
jornada tras jornada.
Ya es demasiado tarde para la autocompasión, no puedo abandonar este
mundo con mi corazón cargado de rencor y frustración.

213

Anastasio Prepuzio

Mi vida comenzó gracias a Falete y ahora termina con una leve melodía de
trasfondo que grita desde mi interior - Capuuuuulllllloooo-.
La última muestra de valentía de un cobarde tal vez.
Yo maté a JFK.
Alguien toca a mi puerta. Es la muerte que viene a acompañarme. Ha
llegado mi hora. Cierro por última vez mis ojos. Veo a Napoleón.
Me voy.
Adiós.

214

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 78.
EL REENCUENTRO CON CARACIOLA.
El taxímetro rogaba diez euros y medio. El taxista, sentado en un grotesco
asiento de bolitas de madera, subió el volumen de la radio cuando notó que
me gustaba la canción. Sonaba Falete. Se detuvo justo al lado de la puerta
de un motel mugriento hasta en las luces de neón.
Pagué con un billete falso, cogí mi mochila que custodiaba un tetra brick de
vino Mercadona y dos vasos de plástico, y me dirigí hacia mi perdición,
suite 302, tal como había quedado por teléfono con Caraciola.
Caraciola había sido mi profesora de acordeón en el Instituto. Recuerdo
como 25 años atrás, sus inmensos ojos negros atraparon la mirada de todos
los mocosos de la clase y despertaron la envidia entre las chicas, callando las
voces ensordecedoras del aula cuando se abrió la puerta de la clase y entró
ella, la nueva profesora sustituta de Música.
Era morena de pelo rizado, alta, esbelta, delicada, piel blanca, y pechos
pequeños pero firmes.
Mi corazón latió como no recuerdo que nunca lo haya hecho. De repente
me sorprendí a mí mismo, prestando atención a las explicaciones que
aquellos increíbles labios carnosos, pintados en rosa suave, estaban
dando. Terminó la lección y ni siquiera había interrumpido a la maestra una
sola vez, como solía hacer, cuando de repente me sacaron del trance unas
carcajadas. Miré, y eran mis estúpidos compañeros escrutándome. Todos se
habían dado cuenta, la profesora había cautivado, mi ya, colesterólico
corazón.
La profesora miró sonriendo mientras abandonaba la clase; ella se había
dado cuenta también. Mi temperatura subió cual cafetera en ebullición,
todos se reían de mi cara carmesí. Mi pene sufrió una gigantesca erección.
La vergüenza no era habitual en mí, pero en esos momentos hubiese dado
cualquier cosa por no estar allí.
Era el centro de atención de docenas de ojos sonrientes, burlescos,
chacóticos. A partir de ese día cuando la maestra sustituta entraba en clase,
comenzaban las miradas hacia mí y, las carcajadas, codazos del compañero

215

Anastasio Prepuzio

de pupitre, tremendas collejas, pataditas en la silla por los camaradas que se
sentaban detrás y toda la clase pendiente de mi persona.
Me había masturbado infinidad de veces pensando en ella.
Caraciola se creía una estratega militar reubicando alumnos en los
exámenes. En uno de ellos, mientras repartía la prueba, nuestros ojos no
pudieron apartarse los unos de los otros. Sus pupilas brillaban como lo
haría, en una noche tranquila, la luna llena reflejada sobre el mar.
Confié en mi desbordante imaginación para aprobar el examen. Al finalizar
la prueba ocurrió una cosa que me dejó perplejo, confuso y vacilante.
Cuando todos mis compañeros estaban recogiendo, Caraciola se acercó a
mi mesa y me dijo que tenía que hablar conmigo acerca de un trabajo que
había presentado un par de semanas atrás.
Tenía alguna duda sobre lo que había escrito y quería que yo se lo aclarara.
Debía pasarme al final de esa mañana por su despacho.
Fui a su despacho decidido. Al entrar, un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Caraciola estaba desnuda, huérfana de prendas; su vestido colgaba del
perchero del despacho. Sus bragas negras estaban bajadas hasta los tobillos
y un sujetador del mismo color cubría sus hermosos pechos.
- ¡Destrózame Anastasio! - susurró con voz lasciva.
Indeciso, le pegué un brutal puñetazo que le izo saltar sus carcomidos
incisivos, seguido de una feroz y vándala secuencia de patadas en su bajo
vientre.
-Imbécil, que me folles!- aclaró desde el suelo sangrando como una liebre a
la que han decapitado.
Me desnudé nervioso y tras varios intentos fallidos al equivocarme de
orificio, copulamos como conejos. Aquella mañana de Mayo, perdí la
inocencia con Caraciola.
Tres golpes en la puerta y un eructo, así lo habíamos acordado. Estaba más
nervioso que una monja con retraso menstrual.

216

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Un haz de luz vertical iluminó la zona central de su cara. Se detuvo unos
segundos en el umbral de la puerta y, acto seguido, nuestros cuerpos se
unieron frenéticamente en esa desapacible habitación, lejos de las miradas
ajenas.
Mis nervios iniciales habían desaparecido, pero ella no podía disimular los
suyos. Sus hermosas pupilas no podían mantenerme la mirada. Sentía tener
el control de la situación.
Su fragilidad incentivaba a protegerla. Nos enamoramos como se enamoran
los chiquillos de quince años. Sin malicia. Puro cosquilleo en la barriga no
por la úlcera. Miradas que no tenían final, y siempre con una canción de
Bertín Osborne.
Los años apenas habían pasado por ella, aún seguía siendo la mujer más
bella que había visto. Morena, cautivadora, celestial. Igual de hermosa.
Fui lentamente acercándome a ella para besarla, y Caraciola cerró los ojos,
pareciendo aceptar lo que iba a hacer.
Fue nuestro primer beso tras 25 años. Un beso resonante, lleno de
ingenuidad, con hábiles intercambios de fluidos salivales, recordando la
fragancia de su largo y rizado cabello negro, que aspiraba lascivamente,
mientras le cantaba con susurros en el oído la parte favorita de nuestra
canción.
Un trueno escalofriante nos sobresaltó a ambos. Caraciola, aterrada, se
abrazó a mí fuertemente por la cintura, dejando escapar sonoras
flatulencias. Yo la envolví con mis flácidos brazos, protector, como hacía
años que no lo hacía.
Luego de un rato pareció amainar la lluvia. Esto nos dió a ambos la
oportunidad de separarnos. Oportunidad que no aprovechamos, porque no
quisimos.
Le arranqué el vestido negro, largo hasta los tobillos, como si me hubiese
trasladado a mi adolescencia y tocara por primera vez a una hembra.

217

Anastasio Prepuzio

Con la piel de gallina, mis estrábicas pupilas dilatadas, y el corazón a mil, me
dejé llevar por un arrebato de libertino que jamás había probado.
Minutos después, la dantesca escena ofrecía un cuadro con ropa dispersada,
la lámpara en el suelo, heces sobre las sábanas y nuestros cuerpos, ya
relajados, estirados en la cama boca arriba, con el pitillo colgando de la
oreja, mirando el techo en silencio.
Cantamos con devoción una canción de Enrique y Ana. Habíamos
fornicado como cerdos. De hecho el silencio y las colillas que escupían aros
de humo, se habían convertido en los protagonistas durante todo el proceso
copulativo, sólo interrumpido por agudos gemidos de placer.
Alargué el brazo hasta mi mochila de la que saqué el tetra brick de vino y un
paquete de tabaco. Brindamos.
El humo y el morapio pasaron a ser unos invitados más del libidinoso y
becerril encuentro.
Unimos nuestros labios por última vez en un beso puro, sincero y
abandonamos el motel.

218

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 79.
LA APARICIÓN DE UN ÁNGEL.
En general, en este absurdo y ordinario libro, no he dejado traslucir mis
creencias religiosas más allá de no ser católico, protestante, musulmán,
presbiteriano, copto, mormón, budista ni credos semejantes.
Pero todo cambió el pasado Sábado...
Me levanté ebrio, a regañadientes, despidiéndome de mi querida almohada.
Era temprano. Me senté al borde de la cama y me caí al suelo golpeándome
atrozmente la cabeza. La borrachera de la noche anterior seguía haciéndole
estragos por dentro. Sólo recordaba que acabé dipsómano en una cuneta
con señoras que tarareaban -“Induráin, Induráin! ”-.
Decidí ir al baño, hundir mi sebosa cabeza en el inodoro y regurgitar la
comida para gatos de la cena de la noche anterior. Me miré al espejo y divisé
esa cara de imbécil que te queda cuando los jodidos estornudos deciden no
salir. Densas ojeras rodeaban mis cuencas oculares. Solo podía utilizar un
ojo, ya que el otro lo tenía casi bloqueado por la deformidad de mi
decrépito rostro. Un rostro inexpresivo, nauseabundo, homenaje al caos y a
la venganza. Trozos de piel putrefactas se balanceaban desde mi faz y una
sonrisa maligna se formaban con las trizas de labios que aún me quedaban.
Había algo de prehistórico en aquellos rasgos.
Me rasqué el cráneo. Para evitar que los parásitos anidaran en mi cabeza, mi
peluquero, me mantenía con el pelo tan raído que se apreciaban claramente
las cicatrices de las pedradas que de impúber había recibido. Olía a
vertedero, a gato mojado, a cebolla rancia. Era una aberración de la
naturaleza, con genes humanos mezclados con genes de perro
de Chernobyl.
Mi boca combada no terminaba nunca de cerrarse, mostrando una
dentadura ulcerada y repugnante. Mis cejas eran asquerosamente tupidas, y
se me agrietaban las costras de mugre cuando sonreía. Empecé a
masturbarme con frenesí, aún absorto por la melopea nocturna. Me di una
ducha breve y me enfundé un uniforme militar.

219

Anastasio Prepuzio

El cabrón de Saturnino me había invitado a una jornada de caza del
jabalí. Había quedado con él a las ocho de la mañana en el mesón del
pueblo. Al llegar, vi la taberna con numerosos camiones aparcados fuera,
por lo que deduje que se trataba de un burdel. Subimos al monte en su
todoterreno recién estrenado.
Tomó su escopeta de cacería y a mí, me hizo entrega de una pistola de agua.
Hijo de puta.
En esa zona el terreno era de una pendiente considerable, el suelo arcilloso
con abundancia de piedras resguardadas bajo las matas de boj, tomillo y
alguna que otra joven encina en las solanas. Los barrancos y las umbrías
eran frondosos, dónde predominaban los robles y sabinas, aunque también
existían zonas que se repoblaron con pinos, por lo que la zona de caza era
un variopinto tapiz de vegetación de secano con unas pinceladas de alpino.
El lugar era bellísimo, ideal para llevar a cabo mis más siniestros anhelos
pirómanos. Las manecillas del reloj rondaban ya las nueve de la mañana.
Desayunamos. Me comí una cajita de mikados como si fuera un castor,
acompañado de un yogur sabor a putas del bosque. Saturnino tras comer
sólo el chocolate blanco de un bote de Nocilla, bebió ron como si tuviese
un hijo en la cárcel, cuando de pronto se escuchó un gran estruendo de
piedras a nuestra espalda.
Saturnino salió del abrigo del joven roble, levantó el rifle mientras liberaba
el seguro y se quedó mirando a su derecha, por dónde suponía debía
aparecer la silvestre criatura.
El jabalí no se hizo esperar. Saturnino dio un paso hacia delante,
percatándose el puerco salvaje de ello, quién en vez de cambiar a una
marcha más larga, echó el freno de mano, quedándose éste parado en la
entrada del sendero al tiempo se daba la vuelta para tomar una vía de escape
alternativa. Yo estaba más acojonado que el urólogo de King Kong. Mi
pistola de agua, sin duda, no sería una arma efectiva para detener aquel
cerdo indómito.

220

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Antes de que el jabalí abandonara tan bello sendero, Saturnino le soltó un
certero disparo que penetró por encima del nacimiento de la cola, haciendo
añicos su espina dorsal y parte de la cadera. Maldito cabrón.
Era una hembra joven de jabalí. La reconocí por el olor ferruginoso de su
sangre. Tengo la facultad de adivinar el sexo de cualquier criatura,
especialmente si son hembras, puesto que éstas me excitan. El riquísimo
olor metálico de su sangre, escapando a través de los poros de su
piel. Ignoro si estaba menstruando. No sé de dónde venía el hedor, o puede
que sí, que viniera de sus entrepiernas, pero yo olía libidinoso sus pieles, sus
pelos, sus genitales.
El silencio volvió a ser el terrateniente del pinar y poco a poco, empecé a
convertir la excitación en felicidad y sosiego, como quién se deshace de un
pesado lastre.
Subimos cogidos tiernamente de la mano monte arriba en busca de
perdices. Escogíamos al azar una palabra y cantábamos una canción
improvisada con ese vocablo. Saturnino utilizaba el bastón como
gadgetobrazo, abriéndose paso entre la maleza.
De pronto, divisamos a cierta distancia, sobre la cúspide de los árboles,
dirigiéndose hacia el saliente, una luz más blanca que la nieve,
distinguiéndose la forma de una joven transparente y más brillante que el
cristal traspasado por los rayos del sol. Al acercarnos más, pudimos
discernir y distinguir los rasgos. Estábamos sorprendidos y asombrados.
Llegamos hasta su adorable presencia. Mucho nos sorprendimos por la
manera que, sobre toda ponderación, destacaba su maravillosa majestad: sus
vestiduras resplandecían como el sol, como que reverberaban, y la piedra, el
risco en que estaba de pie, como que lanzaba flechas de luz; su excelsa
aureola semejaba al jade más precioso, a una joya, la tierra como que bullía
de resplandores, cual el arco iris en la niebla.
Ante su presencia nos postramos. Escuchamos su venerable aliento, su
amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo majestuosa,
fascinante, como de un amor que del todo se entrega.
Era una ángel, inmaculada, mayestática. Se nos había aparecido un serafín
celestial, señorial, solemne, sublime, esplendoroso, magnífico, grandioso,

221

Anastasio Prepuzio

regio. Sus cabellos eran cortos, castaños y apenas ondeados, su tez muy
pálida y sus ojos grandes, azules y expresivos, con una mirada profunda que
nos estremeció cuando nos miró dando la impresión que nada se escapaba
de ella.
Estaba rodeada de una luz dorada y llevaba su cabeza coronada con una
aureola con cinco estrellas. En el centro del pecho se veía su inmaculado
corazón luminoso. Con un lenguaje de autoridad y amor que nos llevó a no
temer, invitándonos a que le entregáramos nuestro corazón, nos susurró:
- Hijos míos, yo soy un querubín. Oraréis el Metta-Karuna todos los días para
convertir corazones. Difundid mi mensaje, y pegad una somanta de collejas a los directivos
de Bankia. Y tu Antastasio, hijo mío, cuídate esa gonorrea. Tiene muy mala
pinta. Ahora vuelvo nuevamente a mi reino. Os quiero pequeños bastardos-.
Esta aparición silenciosa, duró apenas unos instantes, desapareciendo al
igual que las palpitaciones que la precedieron.

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CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 80.
SE HA MUERTO MI MASCOTA.
Isósceles se marchó ayer.
Isósceles es mi devota mascota. Tenía unos siete meses cuando me hice
cargo de él. Pardo, cobrizo y con los ojos esmeraldas. Se tumbaba sobre mi
pecho y con su arrebatador bisbiseo me llevaba al maravilloso mundo de los
sueños. Correteábamos por ejidos dorados en el dulce otoño, por valles de
amapolas en primavera, por los hospitalarios parajes de Siberia en invierno
y en verano nos tumbábamos en el suelo para refrescarnos.
El muy cabrón, al abrir la puerta para recoger la correspondencia, se
escapaba con la intención de conocer el mundo, pero cuando le ponía la
comida, el agua y su caja de tierra en el portal, siempre volvía, ebrio y
desvalido por las reyertas callejeras, con sus ojos brillantes y tan vivos, con
su nariz aplastada y aquella viveza con la que saltaba y corría.
Quien desarrolla amor por las mascotas, ha descubierto uno de los
sentimientos más puro asociado a los afectos. Es adaptar a otro ser y
habituarse a convivir con una especie distinta a la humana. Conexión sin
idiomas e intuitiva. Son eternos afectos que nos profesan, incondicionales y
absolutos.
Las mascotas no entienden de pasado ni futuro, sólo viven y disfrutan del
presente con quienes les brindan protección. Presente, dónde la emoción
principal es esperarnos, recibirnos, buscar nuestra mirada y segundos de
atención.
La espera puede ser de horas o de décadas, pero siempre nos esperan. Y si
no llegamos, hasta el último día de su existencia, mantienen el dolor por la
ausencia y la esperanza de volvernos a ver.
Isósceles es un caracol, es mi mascota, y nos queremos.
Ahora recuerdo con melancolía, esas conversaciones nocturnas que se nos
iban de las manos. Rememoro con tristeza como le hacía masajes con
lechugas, como nos profesábamos cariño vilipendiándonos. Recuerdo con

223

Anastasio Prepuzio

nostalgia cómo realizábamos fotocopias de hojas en blanco para tener más,
como nos hacíamos los circunspectos en la puerta de la discoteca cuando
íbamos borrachos. Rememoro como bostezábamos emulando el grito de
Tarzán, provocando en nosotros esa estúpida risotada de los quinceañeros
enamorados.
Le compré un collar de cuero y una correa para llevarlo conmigo, siempre
lo llevaba conmigo. Le daban miedo las canciones de Camilo Sexto, las
alcantarillas y los cohetes; probablemente cuando era chico algún
desalmado lo debió asustar echándole algún petardo o metiéndolo en una
alcantarilla.
Todos los días lo sacaba cuando todavía era cachorro. Era noble y servicial;
me trataba de usted. Cuando llegaba de trabajar, las escasas veces que he
tenido trabajo, daba saltos de alegría y saludaba con su peculiar gañido.
Era generoso y fiel, juguetón como un cachorro felino.
Ayer me marché a buscar trabajo, como suelo hacer una vez al mes, y
cuando volví lo encontré allí postrado, tendido, sin poderse mover. Un
gélido escalofrío recorrió mi cuerpo causándome contracciones
ventriculares prematuras.
Tenía casi tres años y allí estaba gimiendo. Me miró con los ojos mohínos,
intentó levantarse pero no pudo.
Me acerqué a él y cuando lo acaricié, se quedó en silencio como si en mis
caricias hubiera encontrado alivio a su dolor.
Lo llevé al veterinario para saber qué le ocurría. El veterinario me dijo que
tenía hepatitis. Siempre había sido muy promiscuo en lo que a sus
relaciones sexuales se refiere. Regresamos a casa, le di agua y con paños
fríos le frotaba cariñosamente por la cabeza y le refrescaba el cuerpo.
Con sus ojos tristes y su llanto amargo, pasé varias horas junto a él,
recitándole poemas nordcoreanos, como a él le gustaba. Me miró con los
ojos aún más taciturnos y guardó silencio. Su llama se estaba apagando.

224

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Lo cogí entre mis brazos, lo bajé hasta el coche y lo volví a llevar al
veterinario. El veterinario lo examinó exhaustivamente.
Su veredicto ya no fue el de hepatitis, sino el de una enfermedad
de transmisión sexual.
–Sífilis- dijo con voz seca. –Esta dolencia paraliza las extremidades y lo va
matando poco a poco. Creo que habrá que sacrificarlo-, sentenció con lexía metálica.
Lo llevamos a la perrera municipal. Cuando lo bajé del coche no gemía
apenas.
Lo puse en una de aquellas jaulas dotadas de un buen colchón de paja seca.
Allí lo acaricié por última vez.
Lo miré a los ojos fijamente, él me miró con una mirada de agradecimiento
que recordaré mientras viva.
Sus ojos se apagaron para siempre.
Te quiero Isósceles.

225

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 81.
LA REBELIÓN DE LOS CARNICEROS.
Año 2.575.
Con la mirada perdida hacia la ambarina laguna, que esta mañana centellea
con una espectral luminiscencia expedida por un sol perversamente
garfioso, reposo tras toda la noche de ímproba huída a través del
desangelado páramo de nogales convertidos en leña.
Quietud. Calma. No percibo señal alguna de persecución, ningún zarandeo
de pisadas, ninguna voz. Tras tres días desde el hurto de la tajada de carne,
he logrado despistarlos.
Con trémulo pulso, vigilando el macuto dónde escondo la carnadura
sustraída, empuño mi punzante daga y con precisión parkinsoniana la
inyecto en mi velludo ano. Con radiales y desgarradores movimientos
consigo extraer el chip de localización que aquellos cabrones me engarzaron
por vía rectal.
El inhóspito paisaje, henchido de solfataras y pozas de lodos hirvientes,
cuyas protuberancias bulbosas, lóbregas al pie, se aureolan en cumbres
nevadas con un vago fulgor de penumbra, alcanza un grado tan aterrador
como bucólico.
Jodida máquina del tiempo.
La humanidad ha degenerado en el caos, a pesar del pétreo progreso
tecnológico. La estructura de la sociedad es semejante al feudalismo.
Excluyendo a patricios, milicianos y presbíteros, la penuria es extrema. Es el
cesarismo de los carniceros, la dictadura de los charcuteros, la tropelía de
los matarifes, desolladores que han tomado el control absoluto en una
vesania de horror.
Una sañuda pandemia de gonorrea prácticamente ha aniquilado la
humanidad. Los supervivientes somos perseguidos despiadadamente por los
profesionales en la cisura de carne.
Sólo subsistimos unos pocos, los elegidos tal vez. Subsistimos usurpando de
los desolladeros solomillos y filetes, los bienes más preciados, escasos y
cotizados, empleados como unidades monetarias.
Las mujeres son velludas, vigorosas y tienen nuez. Los machos
menstruamos. No existe contacto coital entre varones y hembras.Sólo feroz
contienda por apoderarse de una triza de carne.

226

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Estoy exánime, pero debo proseguir.
Reemprendo la marcha con el birrete de esparto enfundado en la sien, el
zurrón centinela del entrecot y los tropiezos de la premura rasguñándome
las rodillas.
El galope de unos unicornios indómitos colma de polvo el aire con
estrépito semejante al que hace una botella cuando se descorcha.
Camino dirección a la colina que custodia el océano, mi única vía de escape,
mi última opción para sobrevivir.
Impulsado por un miedo cegado, irracional, que me obliga a vigilar por
encima del hombro cada pocos pasos, confío en llegar al mar antes del
crepúsculo.
Las nubes que comenzaron a estilizarse ofreciendo perfiles fálicos, vuelven
a aborregarse.
Nadie me sigue en apariencia, sin embargo, de una manera instintiva, más
allá de cualquier raciocinio, percibo la presencia de mi perseguidor,
husmeando mi rastro, acosándome sin tregua, codicioso por recuperar la
carne usurpada, ávido por descuartizarme.
Piso por fin piso senda trazada por la mano del hombre. El hedor aquí es
nauseabundo. Las moscas acuden en turba devorando los trozos de carne
desgarrada de los cadáveres colgados en los árboles. Las macabras cabezas
de los desahuciados que se arquean implorantes hacia el cielo, son
engullidas por bermejos parásitos famélicos de carroña.
El suelo está teñido de rojo y las ciénagas de sangre se convierten en
arroyos que, movidos por el declive de la pendiente, manan hacia la laguna.
Los carniceros lo arrasaron todo a su paso y ningún humano pudo escapar
de sus diabólicas garras.
Me detengo a orinar, dejando mi diminuto pene al aire libre.
Craso error, descuido de principiante. El hedor a churrasco de mi falo alerta
a los carniceros de mi presencia.
La tierra se resquebraja, detonando en medio de la combustión del
purgatorio, liberando gases herrumbres. Los chuchillos chirrían como un
fúnebre coro de voces guturales devorador de cuantos seres encuentra a su
paso.
Cientos de grotescos charcuteros emergen del atezado y tenebroso lodo
terrestre, y ascienden como leviatanes alados rodeados por una tétrica nube
crepuscular. Los cuerpos talludos y desproporcionados de los matarifes,

227

Anastasio Prepuzio

recortan el cielo con siniestra amenaza, arremolinándose en una horda
sedienta de sangre, rodeándome como a una presa cercada.
Un fibroso carnicero avanza hacia mí, agitando su cuchillo en un siniestro
frenesí.
Advierto en sus ojos el odio, la rabia, la venganza. Anhela rescatar la
rebanada de ternera.
Empuña el machete con perversa sonrisa. Con paso firme se dirige hacia
mí.
Es la lóbrega imagen del juicio final. Qué discutible honor el mío. Asistir al
colofón de la humanidad.
Tomo el trozo de carne para morir como un héroe, adalid de la causa…
-¡ Libertad !-.

228

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 82
UNA PROSTITUTA ME AGREDE BRUTALMENTE.
Decidí encender mi ordenador para entrar en el ciberespacio y recorrer las
mejores webs eróticas. Lo hacía cuando estaba desazonado y
me tranquilizaba navegar por las páginas de contenido fetichista. Probé con
varias configuraciones que se me ocurrieron y, con sorpresa, accedí a una
web. Hice clic en entrar, tras varios intentos fallidos por los notorios
temblores en las manos que tanto había agradecido cuando iba a orinar. La
pantalla del PC mostró la pagina principal en cuyo encabezado
advertía: “señoritas de compañía”.
Las féminas de alterne estaban clasificadas por raza y color de pelo. Preferí
abrir el espacio correspondiente a las rubias. En una franja corrediza
aparecieron ante mis depravados ojos, las imágenes en tamaño reducido de
las prostitutas con su nombre debajo. Con una sensación de absoluta
taquicardia, elegí a Jennifer. La foto revelaba una rubia muy sexy y
extremadamente
bronceada.
Estaba
arrodillada,
desnuda,
comiéndose incomprensiblemente un plátano, y mostraba un cuerpo
escultural con unas curvas sencillamente peligrosas. Un verdadero sueño de
chica. Sus pechos colgaban pesadamente. Tenía el pelo alborotado que
parecía apuntar en todas direcciones e inmensos y temibles ojos celestes
enmarcados por unas largas y bellas pestañas. Denotaba elegancia, con un
aspecto muy pulcro.
En la descripción decía tener: "22 años. Medidas: 90-60-90, 1,72 de altura y
55 kilos". Debajo figuraba el número de su móvil y una frase reveladora
indicaba "Atiendo clientes a domicilio. Espero verte pronto. 200 € la hora".
Sus pezones y el fino vello de su pubis me atrajeron provocándome el
bulimia creciente del deseo. Comencé a sentir una calima familiar en la
entrepierna. Realicé una llamada al móvil. Acordamos que la cortesana me
visitaría en un par de horas. Ella se despidió cariñosamente con una risa
muy ensayada.
Estaba nervioso por la cita. Mis rodillas temblaban, el corazón cabalgaba
atropellado y mi estómago se revolvía incómodo en su minúsculo
habitáculo. Me vestí con americana y corbata. El traje me caía como una

229

Anastasio Prepuzio

especie de trapo que alguien había olvidado en un mostrador y el nudo de
mi corbata era un espanto de epilepsia. Expectoré y nada más hacerlo, noté
una generosa cantidad de flema que ascendía desde mis pulmones. Tenía
que ir al baño. Mi cuerpo quedó de pie en el espejo que poseía el aseo. Las
pupilas se me dilataron al extremo de la locura. Una mueca macabra se
proyectó en el espejo al ver mi rostro desfigurado.
Languidecía por momentos. Mi pierna derecha sufrió un tembleque,
constante e imparable. El miedo me petrificó al momento. Cada músculo,
articulación, agarrotados por completo. Estaba viendo una figura humana
mezcla de híbrido y hombre leproso repulsivo y atávico. Estaba
contemplando un molusco de náusea, fermento y horror. Un ser asqueroso,
repugnante y surrealista. Un hombre inmarcesiblemente estiercolizante y
monstruoso.
Sonó el timbre. Era la hora. Con los nervios a flor de piel, miré por la
mirilla de la puerta y la vi. Era Jenny, lozana, exuberante, hermosa.
Abrí la puerta. La prostituta se estremeció de aversión al ver mi rostro
nauseabundo, seboso y repulsivo, cubierto de llagas y úlceras. Deposité dos
besos en sus mejillas. Jenny los sintió como dos pinchazos de repugnancia
y grima.
La invité a pasar. Llevaba unos pantalones entallados y una blusa de
algodón que dejaba ver unos pechos opulentos. Me sentía nervioso y
emocionado. Apenas cerré la puerta, la muchacha comenzó a despojarse
maquinalmente de sus prendas.
-¿Tienes prisa, furcia?- le pregunté educadamente. La fulana se detuvo,
abriendo desmesuradamente los ojos al volver a contemplar tanta fealdad.
- No. Es la costumbre- contestó.
Me acerqué y empezé a acariciarle el pelo. La besé. Ella en un acto reflejo
cerró los ojos. No de pasión. De vahído, de horror. Le cogí de su mano y la
acompañé hasta mi habitación. Me senté en la cama desajustándome la
corbata y señalando con la cabeza el espacio a la derecha del colchón para
que mi acompañante se sentase a mi lado.
-Primero págame- advirtió.

230

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Saqué del cajón de la mesita de noche 200 € y se los entregué.
-Son 600 € - recriminó la muchacha.
-¿Como que 600€, perra?, ¡Si me dijiste que eran 200 la hora!!!”- le respondí
contrariado.
-La tarifas por los servicios de zoofilia son 600.- concluyó la prostituta.
Me había cobrado el triple. Por feo.
Enojado accedí a su petición y le aboné la cantidad. Nos empezamos a
desnudar. Mis calzoncillos parecían de escayola. Estaban tiesos como si los
hubieran confeccionado con la vendas de una momia. La parte baja era
como un nido de golondrinas, duro como las piedras, lleno de pelusa por
dentro y haciendo en el medio una cazoleta muy apropiada para guardar mis
glándulas testiculares.
Ella desnuda, medio arropada por una sábana blanca, fingía una media
sonrisa. Me abandoné por completo a su cuerpo desnudo, palpando sus
rincones más secretos. Lamía con vicio sus pechos perfectos, besando sus
nalgas duras y tersas. Sus labios tiernos, sabían a fresa.
Mi lengua recorría la piel de aquella diosa, bañada en la luz de la luna y
neón. Mis dedos exploraban la turgencia de sus genitales. Jenny cerraba los
ojos ante tan horripilante imagen, obstaculizando su visión con las manos
para no ver a ese excremento humano. Cuando más excitado me
encontraba, ella se apartó súbitamente, se asomó a la orilla de la cama y
vomitó copiosamente.
Una desconsoladora tristeza se apoderó de mí. Que ruin y sórdido
momento. Los apodos, los insultos que desde niño me habían acompañado
irrumpieron en mi cabeza: “Sapo, marrano, sucio, puerco, obeso, gordo,
hipopótamo, seboso, hediondo, batracio...”.
Inútilmente traté de eliminarlos. Sentía lástima de mi mismo. Que estúpido
modo de engañarse con amores que desnudaban y vaciaban el alma. Sentía
como las si imágenes de una pesadilla se materializaran con una ferocidad
inaudita. Sí, era un hombre feo, repugnante, seboso, un aquelarre de ser
humano, repulsivo y nauseabundo que había conquistado el cielo de los

231

Anastasio Prepuzio

marranos, pero para un cliente con dinero, cualquier cosa es posible en el
mundo de la prostitución. No hay tabúes ni fetiches demasiado raros que el
dinero no pueda hacer posible.
-Ahora tómame- ordené a la muchacha.
Jenny me miró con rostro de aflicción y ojos de carnero degollado. Sus
pupilas seguían arrojando odio y repulsión. Se acercó a mis labios y pudo
percibir mi fétida exhalación. Reteniendo el aliento, sin siquiera poder
pestañear, con la fuerza justa para no caer desmayada y apartando a
manotazos la nube de mosquitos que rodeaban mi boca, Jenny se dispuso a
besarme. El ofrecimiento monetario era demasiado goloso para que las
excusas saltaran.
Una sensación de náuseas y arcadas se apoderaron de nuevo de la
prostituta. Vomitó. Esta vez sobre mi cuerpo deforme y mórbido.
Jenny, antes de que me diera cuenta de lo sucedido, y en un acto reflejo,
agarró la lámpara de cerámica de la mesita de noche y me atizó con ella en
la cabeza. Lanzó un certero golpe contra mi cráneo, de media vuelta,
incrustándome el candelero en mi mugrienta cabeza, seguido de un quejido,
como el crujir de los huesos.
Otro y otro más, en una brutal seguidilla de golpes, con los dientes
apretados, muy prietos y una inusitada fuerza. Con una energía descomunal
causada por la propia exaltación y repulsa hacia esa bazofia humana, siguió
dándome golpes, con el puño y luego con un taburete que por allí encontró.
Yo sangraba por la nariz, por la boca, por los ojos y por todas aquellas
heridas ocasionadas por la maldita paliza que me estaba propinando
merecidamente aquella prostituta.
Cuando mi cuerpo yació inmóvil, ensangrentado e inerte, Jenny dejó de
apalearme, y presa del pánico, abandonó apresurada aquel apartamento
apestoso, no sin antes patear, escupir y maldecir de nuevo mi cuerpo
lardoso y seboso.
Jacinta me encontró dos horas después. Con extremada cautela, curó mis
heridas. No me preguntó lo ocurrido. Ella es fea, repugnante, pero me ama.

232

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 83.
MI PRIMER SOBRINO.
Jacinta se confinó en el cuarto de baño, durante una hora. Se aseguró de
trabar la puerta con el pestillo que hizo instalar el mismo día en el que se
mudó a mi casa. No sabía lo que ocurría allí adentro.
Apareció tras mi larga espera, con las cejas pintadas en mitad de la frente,
vestida con un traje de Abba, atrevida y grotesco peinado de tres pisos.
Me sedujo al instante, despertando brutalmente mis instintos carnales más
primarios. En aquél momento hubiera ajusticiado una ballena a
chancletazos. Empezamos
a
besarnos
apasionadamente. Jacinta
me amordazó a cuatro argollas fijadas a la cama de roble. Me vendó mis
estrábicos ojos y con una pluma de paloma, recorrió mi cara, mi cuello, las
costillas, mis tupidas axilas, las plantas de mis pies... Jadeaba de placer. Ella
comenzó a recorrer su leprosa lengua por mi pecho e ingles, dejando un
rastro de mucosidad aceitunada a su paso. Acarició mi mejilla y, de pronto,
una tremenda bofetada me hizo girar el rostro. Me despojé de las argollas
confundido. Empecé a besar las ronchas cetrinas de su pecho, las uñas de
sus pies que se desprendían con facilidad, sus nalgas y caderas, intentando
imitar lo que había visto en las películas para adultos. La martirizaba
restregando mis mejillas sin afeitar sobre su pubis, regalándole íntimas
caricias que le provocaban ahogados suspiros.
Le lamía el lóbulo de la oreja mientras que le susurraba dulces y tiernas
palabras que la hacían vibrar de deseo.
-Fea- le musitaba en el oído.
La tumbé en la cama y me agarré a sus robustos y adiposos jamones y
empecé a lamerle el sexo. Primero con la lengua. Después con una
mascarilla de esas que se usan para pulir el suelo. En un acto instintivo,
empezamos a realizar la maniobra del 69. Descubrí, atónito, que el
Arzobispo de Toledo había muerto. Jacinta tenía el siniestro hábito de
lavarse el culo con papel de periódico. Una ráfaga de metano caliente
saliendo en tromba por su ano me dejó casi noqueado. Cabalgamos con los
ojos cerrados, embebidos de esa mística que convierte en futiles los
fonemas y alumbra nuevas formas de entenderse, en dulces movimientos de
fresa abiertos al crepúsculo, en una desenfrenada pasión aterciopelada y
gentil.

233

Anastasio Prepuzio

Sonó el teléfono. Era mi hermana Hurraca, que estaba de parto. Nos
vestimos con presteza y cogimos un taxi rumbo al hospital. Un retoño
estaba a punto de ampliar la familia Prepuzio.
Vigilando nervioso el taxímetro preocupado por si no me llegaba el dinero,
Jacinta utilizando todos sus músculos faciales, me guiñó socarronamente un
ojo, en una clara alusión al macabro fornicio que habíamos consumado.
Llegamos al hospital y nos dirigimos al mostrador.
Antes que pudiera preguntar, la recepcionista me respondió: - Cirugía
Estética, Quinta planta-. Hija de puta.
Cogimos el ascensor rebosante de familiares de convalecientes. Se hizo el
característico silencio de cuando nadie conoce a nadie.
En un intento por romper la incómoda tensión que destilaba el elevador,
vociferé -Se preguntarán por qué les he reunido aquí-, desatando las carcajadas de
aquellos imbéciles.
Llegamos a la planta de maternidad. El edificio era familiar para mí, pues en
alguna infausta ocasión ya había tenido que visitarlo. Las enfermeras con
sus eróticos pijamas de hospital recorrían de un lado a otro el edificio.
Intenté adivinar qué tipo de ropa interior estaban recubriendo su
cuerpo. En el rellano, sentados en la sala de espera, estaban mis padres
cogidos de la mano, un decrépito adulto de unos 40 años y mi cuñado, más
nervioso que una monja con retraso menstrual. Nos comentaron
que Lucifer, el nombre escogido para mi sobrino, pesaba cerca de 7 kilos,
por lo que era necesaria una macrocesárea. En apenas 20 minutos
conoceríamos al pequeño retoño. Aproveché la espera para bajar a la planta
de urología para que me practicaran un voluntario tacto rectal.
Al subir de nuevo mi cuñado sostenía al bebé entre brazos. Sus llantos eran
insoportables. Tembloroso y emocionado, quise coger a mi sobrino.
Entendí entonces por qué pesaba 7 kilos.

234

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CAPÍTULO 84.
LA SUBASTA.
Tras descender del autobús, rodeé su rubeniana cintura con el brazo, tal y
como solía hacer siempre, aunque ella comprendió, por la forma de llevarla,
que lo había hecho de forma instintiva. Sin embargo, Jacinta me
correspondió haciendo lo mismo. Mientras caminábamos hacia sala de
subastas, ella se llevó la mano libre a su lardoso cabello de tres pisos,
atusándolo levemente, dando a entender que la suave brisa que soplaba le
había descolocado su espeluznante flequillo. Tan sólo era una excusa para
poder girar la cabeza hacia mí y verme la cara.
Desilusionada, vio que la expresión de mi rostro no había cambiado. Ver
aquella alimaña me causaba náuseas. Dudaba entre besarla o agredirla.
Tenía una nariz espantosa, era ciclópea, con la punta caída y globulosa, la
tenía desviada, y la arrugaba como un conejo para parecer más adorable. Su
cara era espantosa, llena de llagas y cicatrices, un rostro que abría al resto
del mundo nuevos senderos en el campo de la lástima.
Parecía tan ausente que, por un instante, temió que yo no estuviera allí
realmente. Inconscientemente, Jacinta puso su mantecosa mano sobre
la mía, apretándola contra su cintura para reafirmar su presencia.
Di un pequeño respingo, como si despertara de un sueño, y giré la cabeza.
Ella sonrió usando todos sus músculos faciales y dejando al descubierto
unos truculentos, desiguales y arqueados dientes de castor. Le devolví una
sonrisa forzada.
Por un instante, pensó que había vuelto, y se sintió estúpidamente feliz de
volver a ser el centro de mi atención.
Llegamos a la sala de subastas rebosante de actividad para que nos
explicaran las preceptos de la licitación. Nos sentamos en primera
fila. Jacinta se revolvió en su asiento. El tacto de la tela de la falda sobre su
piel le recordó que no llevaba ropa interior. Se excitó levemente. Sonrió
socarronamente. Siempre le ocurría igual.

235

Anastasio Prepuzio

El subastador colgó el primer retrato sobre la mesa de roble, para que todos
pudieran contemplarlo.
Lo cuidó con mimo y comenzó la puja. Se trataba de un severo y dantesco
retrato de aquellos cuadros de antepasados que se colocan sobre chimeneas
de caserones.
-Muy bien, señores, comencemos. ¿Cuánto ofrecen por este retrato?-.
Se hizo el silencio, aunque enseguida empezaron a oírse susurros y algún
que otro eructo en la sala.
Un mórbido hombre, de aspecto grotesco que mostraba amplias manchas
de sudor en las axilas, dotado de un enorme barriga que le deformaba una
camisa que se abría delatando un ombligo peludo con la capacidad de
fabricar jerseys para abastecer un H&M, ofreció 500 €.
Pobre cabrón.
-500 € a la una, a las dos, a las tres....¡Vendido! Vendido por 500 € al miserable
señor del fondo- exclamó el subastador, adjudicando el retrato al grasiento
individuo, que había sido el único interesado en comprar el cuadro.
Al oír el mazazo sobre la mesa de subastas, Jacinta se asustó como una
coneja.
-Continuemos los remates con este retrato de Fernando de Austria. ¿Quién ofrece por
este retrato?-.
Hubo un gran silencio. El parecido de aquel decrépito monarca con Lady
Gaga era asombroso.
Entonces una gutural y desagradable voz del fondo de la habitación gritó:
-¡Queremos ver las pinturas de calidad! ¡Olvídese de ésta!"-.
Sin embargo el subastador persistió: -¿Alguien ofrece algo por esta pintura?,
¿1.000 €?, ¿2.000 €?"-.
El subastador continuaba su misión: -Fernando de Austria!!, ¡¿Quién se lleva
Fernando de Austria?- .

236

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Finalmente, una voz se oyó desde muy atrás del cuarto: -¡Yo doy diez € por la
jodida pintura!-.
Era una sudorosa y vieja gorda, con voz de fumadora de Ducados y con un
muslo de pollo en la mano.
-¡Tenemos 10 €!, ¡¿Quién da 20?!- gritó el subastador.
-¡Dásela por 10 € !. ¡Muéstranos de una puta vez las obras maestras!"- dijo otro
exasperado.
Jacinta, había perdido la dignidad al quedarse dormida con la boca
abierta encima de mi hombro. La desadormecí de un despiadado bofetón.
Despertó de golpe con aquella cara que se le queda a tu padre cuando le
confiesas que te va la zoofilia.
La multitud se estaba poniendo enojada. Nadie más quería aquella pintura.
El subastador golpeó por fin el mazo:
-Va una, van dos, ¡VENDIDA por 10 € a la gorda sebosa del fondo!-.
Un hombre que estaba sentado en segunda fila gritó feliz:
-¡Ahora empecemos con la jodida colección!-.
El subastador, sin contagiarse, continuó arengando a su público.
-El siguiente lote es una magnífica colección de pelo púbico de Marujita Díaz ¿Cuánto vale esta reliquia?-. Digan ustedes.- ¿Quién me da, por lo menos, 1.000 €?El público se miró cómplice y tímidamente, mientras los organizadores
empinaban copas de vino para reducir la ansiedad.
Un maníaco sexual gritó - 2.000 €- mientras se frotaba compulsivamente los
genitales.
-El perturbado del abrigo negro ofrece 2.000. Alguien brinda 2.500?-.

237

Anastasio Prepuzio

Silencio sepulcral.
-2.000 a la una, 2.000 a las 2, y…adjudicado al impúdico caballero del abrigo negro-.
Yo estaba construyendo hábilmente un avión de papel con el catálogo sin
prestar atención al objeto que en aquellos momentos estaba siendo
subastado.
De inmediato levanté la vista hacia el subastador para ver qué objeto se
encontraba en aquellos momentos en la puja.
Un cuadro de Luizzi Gilarddino. El misterioso cuadro captó por completo
mi atención, hechizándome, seduciéndome, y tras comprobar el dinero que
podía gastarme decidí concentrarme en la subasta.
Pronto salió a puja tan codiciado ejemplar, por el cual confiaba en que nadie
pujara.
-Se inicia la puja en 200 €.-.
El silencio continuó, lo que favorecía mis expectativas de adquirirlo. El
pobre hombre que conducía la subasta intentaba por todos los medios
animar la puja, pero no había manera.
Nadie parecía mostrar el más mínimo interés por un trozo de papel
pintado.
Levanté mi cartulina.
-El asqueroso caballero con la máscara de spiderman ofrece 200 €.- Doscientos a la
una.- .
Mi expectación iba en aumento a medida que se acercaba el final.
- Doscientas a las dos.-.
Me imaginaba pasando mis manos por cuadro. El subastador hizo una
breve pausa antes de pronunciar la sentencia definitiva que correría la obra.

238

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Sin duda buscaba crear algo de expectación esperando que alguien
hiciera una contra oferta. Pero nada de eso sucedió, y el retrato cayó en mi
poder.
-Doscientas a las tres. Adjudicado al señor Prepuzio.-

239

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 85.
LA VISITA DE LOS REYES MAGOS.
Con la llegada de las Fiestas de Navidad, también llegó el acontecimiento
que más ilusión me suscitaba: la visita de los Reyes Magos de Oriente.
Esos míticos y grotescos personajes, coronados legendarios y desgreñados;
aquellos tres mugrientos y barbados caballeros montados en sus camellos,
que todavía hoy, colman puerilmente mi corazón de alegría, y me devuelven
la ilusión perdida de la inocencia.
Siempre había sospechado que tres hombres, maduros y varoniles, visitasen
hogares año tras año, con la simple finalidad de hacer regalos. Era
consciente que aquellos payasos transgredían la ley, entrando impunemente
en casas ajenas.
Pero a mis 40 años, continuaba ingenuamente enamorado de un sueño,
hechizado por la aruspicina de esa noche mágica y profética, acongojado
por no saber aún si mis deseos habrían sido o no concedidos, empecinado
en verificar en primera persona la frase que tantas veces me habían
repetido: ” Los Reyes Magos son como tus ojos. El tercero es negro”.
La oscuridad de la noche allá fuera, rota por los centelleos de neón y el
resplandor de los escaparates adornados con motivos navideños, creaba un
ambiente de algazara que lo inundaba todo.
Salí al balcón provisto de unos binoculares que hábilmente había hurtado de
un Leroy Merlín, dispuesto a contemplar la Estrella de Belén, brillando
como una lentejuela sobre terciopelo nocturno.
Tras un par de horas de tediosa espera, y con evidentes signos de
hipotermia, cerré furioso la ventana y escupí la bilis con un gruñido. Ni
rastro del jodido cometa.
- ¡Maldita contaminación!- susurré contrariado mientras me frotaba con
fervorosidad los genitales para entrar en calor.

240

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Los zapatos relucientes, 3 gramos de cocaína y una botella de cognac para
los reyes, y el césped, arrebatado del jardín de mi vecino, hábilmente
mezclado con cianuro para los camellos, aguardaban impacientes bajo el
árbol de navidad.
Estúpidamente nervioso, decidí disponerme a depender de mi viejo
televisor para sobrellevar las horas previas a la medianoche. En el canal 5,
un partido de exhibición de tenis femenino llamó mi atención. De forma
astuta, subí el volumen para hacer creer a mis vecinos que estaba follando.
Me tumbé en la cama con sobredosis de café. No quería que me pasase lo
mismo que años anteriores, cuando fui incapaz de levantarme al oír aquellos
esperados ruidos en el salón. Los Reyes de Oriente iban a volver aquella
noche, puntuales a su cita anual y no estaba dispuesto a perdérmelo.
Lo tenía todo previsto. Un plan minucioso. Detrás de la puerta, entre el
mugriento sofá y la grotesca lámpara de pie, estaba mi escondite secreto,
aquel que había servido tantas veces a mi padre para ocultarse de mi madre
cuando ésta iba borracha.
A las 24.00 horas, apagué la luz del dormitorio y salí sigilosamente de mi
habitación, tumbado en el suelo en forma de cruz, y arrastrándome tal
marine en misión secreta, me coloqué en aquel rincón que sería mi puesto
de vigilancia durante todo el crepúsculo.
El viejo reloj cucú marcó las tres de la madrugada. Ni rastro de aquellos
cabrones. Yacía inmóvil, hastiado, tremendamente aburrido en aquella
jodida guarida.
Una cruel y bizarra idea se cruzó por mi cabeza. Cogí el calcetín que
adornaba el árbol de navidad, me lo enfundé en el pene a modo de
profiláctico, y me masturbé. Cuatro veces. Cuando empezaba la quinta
autoestimulación, oí como si un gato estuviera arañando las maderas del
balcón.
Con el corazón casi saliéndome por la garganta, posé mi dedo índice sobre
el interruptor, pero no me atreví a encender la luz.

241

Anastasio Prepuzio

- ¡ Ya están aquí los Reyes Magos !- exclamé entre sollozos y con voz
entrecortada.
Asomé la cabeza para observar como dos sombras deambulaban
siniestramente por el salón a gran velocidad.
Lo primero que me llamó la atención es que no vestían con sus largas y
pomposas túnicas, sino que iban en chándal y calzaban zapatillas. Atribuí el
hecho a la crisis. Entre ruidos, oía voces, pero tan bajas que no entendía lo
que decían.
Decidí asomar de nuevo la cabeza. Ahí estaban Melchor y Baltasar,
aspirando por su nariz el estupefaciente y sorbiendo el brandy que les había
dejado preparado. Aquellos desgraciados se estaban dando un fastuoso
festín.
Pero ni rastro alguno de los regalos. Ni rastro de Gaspar.
Mis manos no habían dejado de temblar, y la tristeza se apoderó mí.
Noté como mi corazón se ahogaba en el fango, dagas de hielo clavadas en
mi alma.
El dolor me invadió suplicando a mis ojos que derramaran lágrimas. Los
Reyes Magos se habían olvidado una vez más de mí.
-¡Anastasio, Anastasio!- susurró una voz afrancesada.
Acurrucado en la esquina, me froté los ojos.
-¿ Quién es? ¿Quién me habla?- exclamé perplejo.
-¿ Por qué lloras, hijoputa?- añadió aquella hercúlea figura con tono
conciliador.
-¿ Quién eres?- murmuré acojonado.
- Soy Gaaaaspar, tu rey favorito. No me he olvidado de ti, cabrón. He venido desde
tierras lejanas para hacerte un regalo muy especial-respondió aquella voz con
evidentes signos de embriaguez.

242

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

Una emoción indescriptible se apoderó de todo mi ser; sentí que la voz se
me anudaba en la garganta, estallé en un sollozo inmenso.
Gaspar por fin no se había olvidado de mi.
Con el rostro bañado en lágrimas, encendí la luz del salón. Y allí estaba él,
soberbio, divino, célico.

243

Anastasio Prepuzio

CAPÍTULO 86.
FOTOMONTAJES PERIPATÉTICOS. ( Twitter. @srcapullo )

AL PA CHINO

ELFO NTANERO

244

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

GNOMOSEXUAL

YAK SPARROW

245

Anastasio Prepuzio

BON YOGUI

iPHONSO XIII

246

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

MIGUEL DEL IBEX 35

TETANIC

247

Anastasio Prepuzio

SYLVESTER ESTALÓN

PACNORMAL ACTIVITY

248

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

TOM TOM HANKS

WINNIE THE POOH(TAS)

249

Anastasio Prepuzio

SANDRA BULLDOG

SHAKIRA O’NEAL

250

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

JOHN TRAVOLTAIRE

NACHO VIDALF

251

Anastasio Prepuzio

YODO

CERVANTES Y DESPUÉS

252

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

BARAK ALDO

EL ÚLTIMO TE LA AFILA

253

Anastasio Prepuzio

EDUARD PUNKSET

OBI-WAN KENOBE

254

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

ENRIQUE Y ANNAN

ARAMISH FUSTER

255

Anastasio Prepuzio

YODA BERROCAL

JULIETA VENDEGAS

256

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

CHARLIE SHEEN PELO

BIOM BÓR

257

Anastasio Prepuzio

SHALKILA

CATHERINE PETA-ZETA JONES

258

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

ASMA LETAL

AL CUPONE

259

Anastasio Prepuzio

FRANK SINASTRA

DREW BARRE MORE

260

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

JULIO Y GEISHAS

MARTIN ROUTER KING

261

Anastasio Prepuzio

LA DUQUESA DE ABBA

MARIBEL VERMÚ

262

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

ARANCHA SÁNCHEZ SICARIO

VATER POLO

263

Anastasio Prepuzio

NISSAN PA TROLL

ESPÁRRAGOS TRILEROS

264

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

TUBBIE OR NOT TUBBIE

MASTIN LUTHER KING

265

Anastasio Prepuzio

TREX EN RAYA

LAS MININAS DE VELÁZQUEZ

266

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

SAMUEL ¡ELE! JACKSON

JORDI HA HURTADO

267

Anastasio Prepuzio

USAIN DE UBRIQUE

IÑAQUI JEVILONDO

268

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

PARADA DE METRO

PAQUITO EL CHOCOLATERO

269

Anastasio Prepuzio

EN EL NOMBRE DEL PADEL

MESSIEL

270

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

TWITTER PAN

SEGA

271

Anastasio Prepuzio

FRANK SIN NATA

LANZALLAMAS

272

CRÓNICAS DE UN CAPULLO

RASTREATHOR

MARX MÁRQUEZ

273

Anastasio Prepuzio

« Aprender árabe leyendo la etiqueta del champú minetras cagas ».

274

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