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Revolución Cultural Mundial

Estamos viendo y protagonizando un espectacular proceso de cambio


cultural y político a partir de la crisis del capitalismo mundial. Aclaramos:
un proceso en desarrollo político y cultural, que se opone frontalmente a
la vieja cultura impuesta por el sistema capitalista. Por lo tanto, existen
dos culturas al mismo tiempo: una en desarrollo y la otra en decadencia
¿Cuál es la mayoritaria? No importa, todo indica que tarde o temprano se
va a imponer una nueva cultura y una nueva política. Eso es lo que
prevemos a partir de la crisis y de las luchas obreras y populares a nivel
mundial.
Causas del cambio actual

Está cayendo el sistema capitalista – imperialista

El sistema capitalista nació cuando “descubrió” que el pago de un salario a cada


obrero, le brindaba una masa inmensa de consumidores, o sea de gente con
capacidad de compra. Los patrones ponían el capital, los trabajadores hacían
producir las fábricas y eran los que también, en gran medida, consumían lo
producido. O sea, los que compraban. Obreros y patrones se necesitaban
mutuamente. El patrón necesitaba que el obrero produzca y consuma, y el obrero
que el patrón le pague un salario. Eran como las dos caras de una misma moneda.

Lo nuevo de ésta situación es que el capitalismo, debido a sus propias


contradicciones, está haciendo desaparecer aceleradamente una de las caras de
esa moneda: la clase obrera. Y si desaparece una cara, deja de ser moneda, para
convertirse en un pedazo de metal.

La causa de ésta situación es que la competencia entre capitalistas industriales,


comerciales, y de servicios, los obliga a incorporar mucha más tecnología para bajar
los precios y poder vender. Y como todos hacen lo mismo, el resultado es una
impresionante revolución tecnológica, que desplaza mano de obra y deja cada vez
más trabajadores sin empleo.

El imperialismo está dejando de ser capitalismo, para convertirse en ¡vaya uno a


saber qué! ¡Donde trabajaban cientos, hoy sólo trabajan dos! Desaparece la
cultura del trabajo. Aclaramos que el capitalismo no puede detener la revolución
tecnológica, debido a que está obligado por la competencia a incorporar
permanentemente maquinarias cada vez más modernas.

El mismo sistema va dejando fuera de la cultura laboral a miles de millones de


trabajadores en el mundo. O sea gente que no puede ni siquiera ilusionarse en
insertarse en el sistema. Para fines del 2009, según el Premio Nobel de Economía,
Joseph Stiglitz, la desocupación en los Estados Unidos ya llegó a 20%. Y entre los
jóvenes negros el 50% está sin empleo. La marginación la sufren tanto los
trabajadores duchos, como los jóvenes que no tienen experiencia laboral.

Lo mismo pasa en Europa, donde los “parados” llegan en promedio al nivel de


Norteamérica. Y ni que hablar de los países latinoamericanos, asiáticos y africanos.
Esta no es una cuestión menor. El desempleo de la juventud significa resentimiento,
odio contra todo el sistema político y económico existente. Y en todos los casos
jóvenes desvalorizados por la sociedad y con la autoestima por el suelo. Eso es lo
que explica que este sector no tenga miedo a la muerte y que son personas
capaces de hacerse matar en un robo o en una pelea cualquiera.

Toda su conducta se va moldeando de una manera todavía no definida. Y como ya


lo dijimos, esto significa una nueva cultura. Pero dice la Ciencia que los restos de
los vegetales y animales en descomposición nutre a la tierra para dar nuevas
plantas, nuevas flores y nuevos animales. O sea, nuevas vidas más sanas y
robustas.

Si observamos bien, veremos que un sector de los jóvenes, son más rebeldes que
los mayores. Están rebelados contra las viejas costumbres laborales y contra las
viejas costumbres en general. Muchas veces los mayores no entienden a los
jóvenes y los jóvenes no entienden a los mayores.
Sectores cada vez más amplios de los adolescentes de nuestra época, que ya no
desean un trabajo. Odian la autoridad impuesta, la de los jefes y capataces. Odian
dejarse explotar como lo hacían a sus mayores. Se rebelan contra todas las
costumbres más o menos antiguas.
Decimos sectores cada vez más amplios, no toda la humanidad.

Hasta en la vestimenta se nota la rebeldía. Hace unos cuantos años, andar con la
falda de la camisa o la remera por fuera del pantalón significaba que era un
“desarrapado”, ahora es la moda. Andar con el pantalón roto era ser “un ciruja”, o
una persona abandonada, ahora es la moda. Todo lo que huele a antiguo es
rechazado por los jóvenes.

La desaparición de la autoridad

Todo empezó con la revolución tecnológica que venimos experimentando en todo el


mundo. Las máquinas modernas desplazan mano de obra y producen un dramático
cuadro de desocupación de miles de millones de trabajadores en todo el planeta.
Las Naciones Unidas acaban de informar que más de la mitad de la humanidad está
viviendo en la desnutrición. De esto se desprende que la pobreza es mucho mayor,
ya que no todos los pobres están desnutridos. ¿Cinco o seis mil millones de
personas viviendo en la pobreza a causa de la desocupación y de los bajos salarios?
No hay datos precisos.

En épocas anteriores, los hombres y mujeres, por ser el sostén económico de sus
hogares tenían la máxima autoridad en la casa y sus hijos por lo general respetaban
esa potestad sin discusión ni cuestionamientos. Sobre la figura del padre y la madre
se basaba la familia. Y cuando él o ella faltaba, la mayor parte de las veces, el
hogar entraba en crisis y se disolvía.

Esto es lo que está pasando ahora con el crecimiento de la desocupación. Pero la


caída de la autoridad de los padres en la familia, no es cualquier cosa. Sobre esa
autoridad se educaba y se formaba toda la cultura de las diferentes generaciones
durante siglos. Por eso, los antiguos obreros, al incorporarse a la fábrica, obedecían
la autoridad del capataz y demás jefes, en forma natural. El primer lugar donde la
gente aprendía a adaptarse al sistema capitalista a respetar a un jefe, era en la
familia.

Repetimos: el sistema capitalista se basa en la autoridad de un jefe. Si empezamos


desde abajo, después de la familia, el chico sigue aprendiendo a adaptarse al
sistema en la escuela, bajo la autoridad de docentes y directores. Allí se les enseña
a respetar las leyes y autoridades en todos los ordenes de la vida. Al entrar a
trabajar a una empresa, hay un jefe que impone las condiciones de las tareas,
sanciona y castiga a los que no se disciplinan al rigor impuesto por la compañía. A
su vez el directorio de la empresa, también tiene un jefe y ese jefe recibe órdenes
de los dueños, que a su vez son sus jefes.
Y si miramos el campo, están los jefes que manejan a los trabajadores como
patrones de estancia.
El sistema capitalista no puede existir sin jefes o con jefes sin poder ni autoridad.
Con ellos se mueve la industria, el campo, el comercio, los servicios, etc. Lo mismo
que las fuerzas armadas, y podemos seguir hasta los gobiernos municipales,
provinciales, los ministerio, hasta el Gobierno Nacional.
Todo empezaba por la familia, donde los seres humanos desde la cuna aprendían
el peso de la autoridad de los padres. Y si no se obedecía venía el castigo más o
menos suave a veces y otras con gran violencia física y psíquica. Los padres, los
jefes de familias, sin ser concientes, eran los primeros en educar a los chicos en
cómo adaptarse al sistema capitalista. Y éste pilar es lo que el propio sistema, a
causa de sus contradicciones está demoliendo y con él están volteando todo el
edificio que les costó siglos construir.

Cuando todavía el sistema capitalista gozaba de buena salud, cuando estaba en su


apogeo, la autoridad de los jefes en los diferentes ámbitos y en la mayoría de las
veces, aparecía para los trabajadores y el pueblo, como algo natural, no impuesta
por la fuerza. La violencia estaba más disimulada. Lo nuevo es que ahora la
violencia aparece abiertamente, sin disimulo y la autoridad de los jefes solo por la
fuerza se puede imponer.

Pero si se la impone por la fuerza, deja de ser una autoridad real. Además,
repetimos, la autoridad en todos los órdenes, era el principal pilar que permitía el
sostén del edificio capitalista. Por eso decimos que a partir de ahora este sistema
ya está herido de muerte. Una cuestión económica produce un increíble cambio
cultural y político.

En el socialismo los que tendrán el poder real de decidir serán los propios
trabajadores junto a todo el pueblo. El socialismo supone una organización sin jefes
impuestos por la fuerza, sino con dirigentes que se hayan ganado la autoridad
trabajando desinteresadamente para los demás y por eso, serán respetados por
todos. No se puede concebir un socialismo con jefes. Los únicos jefes son los
trabajadores y el pueblo. El pueblo manda, los dirigentes obedecen. Es por eso que
decimos que el propio capitalismo está creando las condiciones para el triunfo del
socialismo.

O sea que esto de la desocupación y la caída del prestigio de las autoridades en


todos los órdenes sociales, es una cuestión profundamente política y revolucionaria.

Una de las primeras condiciones para que desaparezca el capitalismo es la pérdida


de autoridad de los jefes. Y eso es lo que estamos presenciando con la nueva
cultura que está naciendo. Han perdido autoridad ante el pueblo las principales
instituciones del sistema, como lo son la Justicia y el Congreso, incluyendo sus jefes,
los militares, la policía, la gendarmería, del poder ejecutivo y los partidos políticos
representantes del capitalismo, etc.
El motor inconciente del cambio es la juventud

Existe un creciente sector de jóvenes que ha perdido por completo el sentido de la


autoridad en cualquier ámbito de la vida. Y por lo que dicen las Naciones Unidas, ya
son mayoría. Además estamos seguros que este sector de jóvenes y no tan jóvenes,
está creciendo.

Todo empieza así: al marginar los capitalistas a los trabajadores de las fábricas, los
campos o los comercios, al echarlos a la calle, estos caen en la más absoluta
pobreza. No tienen futuro en esta sociedad. Y si esto les pasa a los “jefes de hogar”,
¿qué pueden esperar los jóvenes de las clases pobres? Se encuentran
absolutamente marginados de todo el sistema.
Entonces toda la antigua cultura entra en contradicción. Se les presiona a los chicos
a que estudien pero cuando se reciben no tienen trabajo, o sea no tienen donde
aplicar sus conocimientos. En los primeros años de la crisis deambulaban de un lado
a otro en busca de empleo, la mayoría de las veces sin resultado. El sistema los
deja afuera de toda posibilidad de empleo con la pregunta: “¿Tiene experiencia”?

Una nueva camada de adolescentes ya lo sabe y por eso ha perdido todo interés en
el estudio, en el aprendizaje de un oficio y en la búsqueda de trabajo. Muy lejos en
el tiempo está quedando la cultura del trabajo. Es cierto que las clases ricas se
aprovechan de la ignorancia del pueblo para ejercer mejor su dominación. Se
necesita un pueblo instruido para defender sus intereses y pelear por el poder de
los trabajadores y el pueblo.

Pero no es menos cierto que los analfabetos también saben pelear y muchas veces
son más bravos que los instruidos y también saben lo que no quieren. Además, no
hay que olvidar que el sistema capitalista impone su ideología a los que van a la
escuela. Contradictoriamente, los menos influidos por el capitalismo son los jóvenes
marginados y por eso mismo, es que son los más rebeldes.

Leemos a Gustavo Iaies, experto en educación, Director del Centro de estudios en


políticas públicas.
“Enseñar no es lo que era” dicen muchas maestras, con un profundo malestar. La
crisis supera las cuestiones pedagógicas, no es un problema didáctico. Hemos
cambiado diseños curriculares, de gestión, discursos pedagógicos, sin lograr
cambios significativos. Vivimos una especie de nostalgia por “la escuela perdida”

¿Que pasó con esa escuela pública que nos constituyó como sociedad, nos integró y
dio identidad? Queremos volver a ella y ver a una maestra que cuelgue una lámina
de una familia que dijera “esto es una familia...
No entró en crisis solamente la concepción pedagógica de esa escuela, sino
fundamentalmente la arquitectura cultural que le daba sentido, los valores y las
ideas que la sostenían.

Perdió importancia la propia idea de la autoridad, no queremos que nos manden ni


mandar. Y eso les pasa a los maestros, pero también a los médicos, los policías, los
gobernadores y los propios padres. …nadie quiere atenerse a modelos.

Somos una generación de adultos (y jóvenes decimos nosotros) que ha entrado en


crisis con las jerarquías, preferimos ser todos más o menos iguales”…La idea de
que los docentes decidimos lo que los alumnos deben aprender y los modos de
hacerlo, sin consensuarlo con los chicos y los padres, ya no suena bien”.

(Publicado por el diario Clarín del 01/04/2010)

Los problemas se profundizan en el hogar

No sólo se los margina del aparato productivo o distributivo, sino también de la


familia. En el hogar no entra el dinero para hacer las compras de alimentos y demás
gastos. Por otra parte, la familia crece, pero no la casa. El espacio no alcanza para
todos y los muchachos y las chicas se sienten que allí están demás. Se crea en el
lugar una situación estresante y de histeria. Un ambiente insoportable.

En esta situación, el mejor lugar es la esquina, la junta con otros jóvenes en igual
situación. Ese espacio pasa a reemplazar a la familia. Allí todos pueden conversar
tranquilamente, se pueden divertir, y no falta la cerveza y desgraciadamente, hasta
la droga “para que la situación sea más llevadera”. Solo se acercan a la casa,
cuando ven que ya está todo en silencio y es únicamente para dormir. Prefieren
salir a la esquina, o en cualquier lugar donde no sean invadidos por los mayores.

Ante esta situación, los padres y las madres han perdido la consideración, el
respeto y la autoridad que gozaban antes. Y si a esos chicos se les obliga a ir a la
escuela, van de malas ganas. Durante la clase pueden ponerse los audífonos y
escuchar música, dedicarse a conversar con algún compañero o hacer cualquier
otra cosa, menos escuchar a la maestra o profesora. Eso es lo más suave, ya que
pueden llegar a pegarle a un profesor, violar a una compañera, pelearse y matarse
a la salida, entre otras cosas, como hemos visto en Argentina.

Habría que estar en el pellejo de los chicos. Se saben marginados, desvalorizados


por la sociedad. Cualquiera de nosotros, ¿no sentiría bronca y resentimiento?
Comienza a nacer una nueva cultura, que no tiene los valores del sistema
capitalista. Una cultura de los marginados que va creciendo en todo el mundo. Una
profesora le preguntó a un chico porqué no quiere estudiar. La respuesta fue “¿para
qué?”. Para que puedas trabajar cuando seas grande. “Todo es muy difícil, casi
imposible. Preferiría salir a robar”. Y un periodista le pregunta a un muchacho de un
barrio pobre su opinión sobre el trabajo, a lo que responde: “No hay trabajo y si
conseguís alguno, te pagan muy poco y te hacen trabajar como un burro. Con un
solo robo me puedo alzar con lo que se gana en un mes trabajando”

Un nuevo hogar para los jóvenes

Ha crecido la familia, pero no los ingresos económicos al hogar. No se pudieron


construir nuevas habitaciones, comprar un terreno para los hijos que han crecido.
Además faltan los alimentos. En la casa reina el disconformismo. Y muchas veces,
ese malestar se expresa de un miembro de la familia contra otro. La vivienda que
ha quedado chica, se hace inhabitable. Las madres acostumbradas a trabajar
libremente, de repente se encuentran que a toda hora del día están invadidas por
sus hijos adolescentes o su marido desocupado.

Los jóvenes se encuentran con que no tienen los medios para construirse una
vivienda, ni quieren estar más en la casa de los padres. La mayoría ni siquiera
cuentan con una habitación propia. Los padres tampoco pueden ayudarles, porque
están sin trabajo o porque ganan poco.

Muy atrás está quedando la hora de la mesa donde se reunía toda la familia.
Primero, porque muchas veces ya no hay qué comer. Pero además, porque están
todos peleados y no se soportan unos a los otros. ¡Adiós a la familia unida! El nuevo
hogar es la esquina, la canchita, o la vereda de alguna casa.

Preferimos vivir solos

Aunque todavía son minoritarias, vienen aumentando las personas que prefieren
vivir solas. Y crece la nueva cultura del no casamiento. A esto le han puesto
nombre: “toco y me voy”. Hay que agregarle el crecimiento de los divorcios y las
separaciones. Pero la cultura que había servido de base al sistema capitalista era
una familia donde existían los jefes y jefas de hogar, que criaba y educaba a los
hijos en el respeto a las autoridades. La clase obrera trabajaba y criaba a sus hijos
(proles). Por eso se la llamaba proletariado. ¿Cómo se puede mantener un sistema
capitalista si no se respeta las autoridades?
De no ser porque se sufre demasiado la crisis económica, deberíamos estar
festejando la caída cultural del sistema capitalista.
Recordemos que todo empieza cuando el obrero es desplazado por las máquinas
modernas. El casamiento se justificaba cuando el hombre podía garantizar el
mantenimiento de una familia. Pero cuando esto dejó de ser así, ya no se justifica el
matrimonio. Un hombre que no tenga trabajo, no puede mantener la familia, se
convierte en estorbo para el ama de casa y un peso, ya que ella tiene que salir a
trabajar para mantenerlo. Y lo peor es que no es fácil conseguir ese empleo.

En la Capital Federal el 52,2% de los que se casaron en el 2009 se divorciaron. Y


otro porcentaje se separa sin divorcio. En el resto del país hay menos divorcios,
porque eso cuesta plata, pero más separaciones. No tenemos cifras confiables.

¿Hacia donde va la nueva cultura?

No lo sabemos, pero si sabemos que a la cultura capitalista que se basaba en la


autoridad de los jefes y en el trabajo, ya no se vuelve. Se está muriendo y no existe
nadie que la pueda resucitar.
Viéndolo desde éste punto de vista la desocupación masiva es una verdadera
calamidad, pero el cambio de cultura que estamos viviendo, aunque todavía muy
contradictorio, es enormemente progresivo. Y más que progresivo, ¡revolucionario!
Esto quiere decir que lo revolucionario nunca es recto, ni las masas guardan una
conducta uniforme. En medio de un levantamiento popular vamos a ver todo tipo de
excesos, como fueron los saqueos, en época de De La Rúa, que empezaron por los
supermercados y terminaron vaciando los pequeños comercios y hasta casas de
familias.

Nos oponemos firmemente a las ideas pesimistas sobre la situación actual y no


creemos que haya que ponerse a llorar ante las contradicciones que se producen en
el seno de nuestro pueblo. No somos de los que creen que hay que esperar el futuro
para ver la revolución. Somos los que vemos que se está produciendo ahora mismo.
Sentimos un optimismo infinito y estamos felices de la vida de ver ahora la
revolución anticapitalista en marcha. Y aunque al que escribe le tocara morir en
mano de algún ladrón o drogadicto, les pide a sus compañeros, amigos y familiares,
que publiquen y defiendan éste punto de vista lleno de optimismo sobre el proceso
revolucionario que se está produciendo en la actualidad, en medio de las
contradicciones del sistema capitalista que lo está llevando aceleradamente a su
muerte.
Porque en muchos aspectos sigue siendo el sistema capitalista-imperialista, pero en
otros, esenciales, ya es otra cosa, a la que podríamos llamar un sistema en
transición, que con sus vaivenes podría dar a luz un sistema socialista.

Políticamente hablando, la caída de la autoridad en todos los niveles de la sociedad,


significa que las decisiones que se vayan tomando serán mucho más democráticas.
O sea, tendrán la participación de toda la sociedad y no serán los jefes los que
decidan todo. Se están creando las condiciones para el ejercicio de la democracia
directa, que es la democracia socialista, en contra de la democracia indirecta que
es la política del capitalismo. Un ejemplo de lo que decimos lo estamos viendo en
los sindicatos.

Nadie respeta más a los jefes (dirigentes burócratas de los sindicatos) y por todos
lados surgen movimientos de los trabajadores que reclaman una mayor democracia
sindical, al mismo tiempo que se desarrollan agrupaciones, listas opositoras y
nuevos sindicatos que buscan separarse de los aparatos burocráticos. ¿No es algo
parecido lo que pasa en el campo con los autoconvocados?