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Sudamérica a pedal

Memorias de un viaje en bicicleta

Sudamérica a pedal Memorias de un viaje en bicicleta -3-

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© Sudamérica a pedal. Memorias de un viaje en bicicleta SAP Ediciones Quito, 2011 Coordinación

© Sudamérica a pedal. Memorias de un viaje en bicicleta SAP Ediciones Quito, 2011

Coordinación editorial:

David Coral y Andrés Landázuri

Crónica de viaje y pies de foto (pp. 9-157):

Andrés Landázuri

Artículos (pp. 158-196):

Santiago Vizcaíno, Juan Fernando Dueñas, Andrea Vallejo, Mario Salvador, José Loza, David Coral y Carla Pérez.

Fotografías:

Archivo SAP (detalles en la página 197)

Diseño y diagramación:

Andrés Landázuri y Mario Salvador

Logotipo SAP:

Pancho Viñachi

Sudamérica a pedal

Memorias de un viaje en bicicleta

Sudamérica a pedal Memorias de un viaje en bicicleta SAP Ediciones • Quito, 2011 -5-

SAP Ediciones • Quito, 2011

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Contenido

En bici por los caminos de Sudamérica

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Los días del ensueño (Quito-Trujillo)

15

Los días de la aventura (Trujillo-Cusco)

39

Los días del misterio (Cusco-Potosí)

63

Los días de la discordia (Potosí-Tucumán)

87

Los días del ocaso (Tucumán-Mendoza)

111

Los días no imaginados (Mendoza-Bariloche)

135

El viaje en perspectiva (palabras de los viajeros)

159

Ciclista de mala muerte

160

Salir del letargo

165

Una nueva en el grupo

169

Entre el cielo y la tierra

173

La casa rodante

181

En un lugar cualquiera entre Quito y Mendoza

183

El primer viaje en bicicleta

193

Retratos

196

Guía de fotografías

197

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En bici por los caminos de Sudamérica

S udamérica a pedal fue la materialización de un

sueño que existió por lo menos diez años antes

de su inicio, cuando la mayor parte de los invo-

lucrados en él todavía cursábamos estudios de colegio y no todos sus integrantes nos conocíamos aún. Desde entonces, muchos de los que a la postre conformamos este grupo nos imaginábamos ya enfrentándonos al sig- nificativo reto que supone recorrer un fragmento no tan pequeño de este planeta sin más compañía que nuestras bicicletas y las pocas cosas que uno puede transportar en ellas. Desde entonces, también, concebíamos la bi- cicleta como un pilar importante de nuestra formación humana y uno de los instrumentos claves que habíamos descubierto para buscar a través de él nuestro lugar en la existencia. La bici fue siempre para nosotros un intenso juego, una alegre forma de aventurarnos por los caminos del mundo y de enfrentarnos a los más íntimos límites y valores de nuestras conciencias individuales. Decir esto de una manera tan directa puede resultar extravagante. Habrá quienes lo consideren fuera de lugar, pero eso no nos quita el ánimo. Queremos dejar en claro desde el inicio que Sudamérica a pedal no nació como un esfuerzo por promover mensajes idealistas o principios de valor, ni siquiera como una manera de extender el uso

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de la bicicleta como medio de transporte —algo que de por sí consideramos muy necesario y totalmente acorde a nuestra filosofía de vida. Nuestro deseo por recorrer un gran tramo de nuestro continente en bicicleta se originó simplemente en ciertas virtudes muy íntimas que cada uno de nosotros mantenemos en relación al ciclismo como camino de crecimiento personal y a la manera pe- culiar y profunda que para nosotros significa viajar sobre dos ruedas para conocer lugares y personas. Fue a principios de 2007 que Sudamérica a pedal dejó de ser un sueño de adolescencia para convertirse en un proyecto real y en marcha; y lo hizo a través de un simple correo electrónico. Si bien por años la idea de viajar al sur había estado latente en la mente de más de uno de nosotros, bastó un solo mensaje —no tan breve, pero bastante sencillo—, enviado por uno de los involucra- dos, para que la idea se catapultase y empezase a crecer desaforadamente en nuestras mentes. El mail que recibie- ron tres de los posteriores viajeros de Sudamérica a pedal proponía viajar de Quito a Buenos Aires en bicicleta a lo largo de cuatro meses, siguiendo una ruta trazada a tra- vés de Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Cuatro fuimos los ciclistas inicialmente involucrados en ese plan: Andrés Landázuri (quien envió el mensaje con la propuesta), Da-

vid Coral, Juan Fernando Dueñas y Mario Salvador (quie- nes lo acogieron de buen agrado desde el instante en que leyeron las primeras líneas). Los siguientes meses fueron de preguntas y planes ge- nerales. Varias ideas se propusieron en cuanto a lo que queríamos conocer, las regiones que queríamos atravesar, la forma en la que nos financiaríamos, el tiempo que nos tomaría completar la ruta, el equipo que nos sería nece- sario, la época más conveniente para pedalear, etc. Poco a poco se fueron delimitando los planes definitivos para el viaje y se fue popularizando la idea entre familiares y amigos. Hacia mediados del año ya teníamos claro el planteamiento general de la travesía: pedalearíamos desde Quito, Ecuador, hasta la ciudad de Mendoza, en Argen- tina, siguiendo una ruta que uniría las ciudades de Lima, Cusco, La Paz y Jujuy, por presentar solamente las que entonces creíamos más notables o importantes dentro de nuestro esquema. Para ello teníamos previsto viajar du- rante 120 días —divididos en 90 días de pedaleo y 30 de descanso—, e invertir en ello algo así como unos 3.000 dólares por persona, suma en la que se contaba el retorno en avión a Quito al término del viaje. Habíamos estable- cido que el total de la travesía sumaría alrededor de 6.125 kilómetros y que lo ideal sería hacerlo entre diciembre del 2007 y marzo del 2008. Ese planteamiento se mantuvo casi sin modificacio- nes hasta que iniciamos a pedalear, pero el resultado final tuvo algunas diferencias notables. Para empezar, la fecha

de inicio se desplazó más de un mes, hasta el 13 de ene- ro de 2008, y la distancia recorrida hasta Mendoza fue mayor a la estipulada en casi 730 kilómetros. La ruta se desplazó considerablemente en la etapa peruana —pues nunca pasamos por Lima, pero abordamos formidables caminos no planificados en la Sierra central de ese país—, y al final uno de los integrantes del grupo extendió el viaje casi por un mes al recorrer unos 1.600 km más por el centro y sur de Chile, en solitario, y terminar el viaje en San Carlos de Bariloche, de nuevo en territorio argentino, con un total de 8.678 km recorridos y 150 días de viaje desde la salida de Quito. Haya sido cual haya sido el plan del viaje con el que partimos, un poco más complicado fue afianzar el gru- po que pedalearía. Los cuatro “fundadores” del proyecto mantuvimos un entusiasmo casi incondicional, aunque hubo unas cuantas semanas hacia finales del 2007 en las que Mario pretendió echarse para atrás (cosa de la que por suerte recapacitó a tiempo). Los demás integrantes fueron interesándose e involucrándose en distintas mag- nitudes a lo largo del año. Hubo quienes coquetearon con el proyecto y luego prefirieron alejarse. Al final, Car- la Pérez, Andrea Vallejo, José Loza y Santiago Vizcaíno fueron quienes completaron la nómina de Sudamérica a pedal. Todos éramos jóvenes profesionales, de entre 24 y 28 años, no hace mucho tiempo graduados de la universi- dad y sin mayores compromisos laborales o familiares

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que nos ataran a Quito tan firmemente como para im- pedirnos dedicar un buen tiempo a dar forma concreta a nuestro anhelo. A todos nos pareció, por tanto, que era el momento justo para emprender la marcha hacia el sur y alcanzar ese objetivo distante y difícil que era entonces la ciudad de Mendoza. Tratar de dejar en claro los motivos que nos movieron a viajar en bicicleta es tarea poco menos que imposible. Algo hemos tratado de aclarar en los primeros párrafos de esta introducción, pero resulta evidente que la res- puesta a esa interrogante yace demasiado en el interior de cada uno de nosotros como para dejarla expuesta de buenas a primeras. Podríamos decir, simplemente, que el ciclismo de grandes rutas —o “cicloturismo”, como algunos lo llaman— ha demostrado ser una divertida y tremendamente enriquecedora manera de juntar en un mismo plano dos actividades muy provechosas de por sí: el deporte de aventura, con toda su carga de emoción, riesgo y empuje; y el viaje de descubrimiento, entendido éste como una exploración sincera y directa de los diver- sos entornos geográficos y humanos que nuestro mundo tiene para ofrecer. Más allá de eso, sin embargo, en el hecho de viajar en bicicleta reside una actitud ante la vida que nos atreve- mos a tildar de libre, desafiante, alegre, solidaria y hasta esperanzadora. Son pocos los límites de lo cotidiano que reconoce y acata sin reparos quien transita abiertamente durante meses por llanuras y montañas sin más empuje

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que el de su voluntad; y son muchas las fortalezas que en dicho proceso se forjan en el yo profundo de quien viaja. El resultado, en conjunto —al menos en nuestro caso—, fue una amplia y jubilosa visión de la vida y sus sorpresas, lo cual se cifraba reiterativamente en la bondad desintere- sada de la gente que nos salía al paso, en la majestuosidad solemne de la geografía que atravesábamos, en la camara- dería y confianza de nuestra convivencia diaria, etc. El reto a vencer en nuestro viaje nunca fueron ver- daderamente las evidentes trabas que la complicada to- pografía de los Andes nos impuso con una constancia abrumadora, ni tampoco las inclemencias de un clima que a menudo nos llevó a momentos de extrema cons- ternación y fatiga. El desafío al que nos enfrentamos día

a día en Sudamérica a pedal fue el de afrontar nuestras

debilidades íntimas, nuestras barreras y complicaciones personales, nuestras indecisiones y pequeños fracasos co- tidianos, siempre con la seguridad intuitiva de que lo que hacíamos tenía un sentido más profundo que el simple hecho de subirse a una bicicleta y pedalear. En ese sen- tido, como en muchos otros más, nuestro viaje fue un completo éxito. Ahora bien, si bien desde el inicio tuvimos en cla- ro que el proyecto habría de ser básicamente costeado por nosotros mismos —para lo cual debíamos trabajar

y ahorrar a lo largo de todo el 2007—, decidimos em-

prender ciertas iniciativas para conseguir financiamiento

y soporte externo, pues pensábamos que un proyecto de

la naturaleza del nuestro podría despertar el interés de ciertos sectores, especialmente del ámbito deportivo. El resultado de esas iniciativas —que seguramente hubiesen podido llegar a términos mayores de haber tenido noso- tros más tiempo y empeño en su organización— fue la obtención del apoyo de algunas instituciones y marcas que decidieron unirse a Sudamérica a pedal tanto para buscar promoción a través nuestra como para sencilla- mente dar alas a nuestro atrevimiento. La marca chilena Lippi, que se especializa en equipo de montañismo y deportes de aventura, a través del al- macén Andes6000, que opera en Quito, contribuyó con elementos esenciales del equipo que necesitaríamos. Mediante la donación de carpas, colchonetas thermarest, buzos, zapatos y demás, Lippi y Andes6000 dieron un apoyo fundamental a la expedición de Sudamérica a pe- dal. Mauricio Reinoso fue el principal responsable de esta ayuda tan conveniente, por lo que no podemos dejar de agradecerle de corazón en estas líneas. Otros apoyos vinieron de entidades como la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, cuya oficina de publicaciones costeó la impresión de algunos cientos de calcomanías para promocionar el viaje; Summer, que re- dujo al mínimo los costos de elaboración de camisetas de Sudamérica a pedal que luego vendimos para conseguir algo de dinero; Powerade, que nos regaló varias fundas de producto en polvo para que lo llevemos en el viaje; nu- merosos medios de comunicación, que nos entrevistaron

y se mantuvieron al día con respecto al desarrollo de la aventura, etc. El espaldarazo final que el grupo necesita- ba para emprender la marcha fue dado por la fundación Ciclópolis, que gracias a la gentileza de su entonces di- rector, Diego Puente, nos brindó espacio en sus activida- des y boletines, y además organizó una despedida masiva para Sudamérica a pedal el domingo 13 de enero como parte del ciclopaseo que realiza habitualmente cada quin- ce días en Quito. A todas esas personas, además de a los muchísimos familiares, amigos, conocidos, curiosos y demás que han mantenido despierto su interés y su apoyo durante todo el tiempo que este proyecto ha dado de qué hablar, les enviamos un enorme abrazo agradecido y sincero. En honor a este esfuerzo colectivo, ahora presentamos este libro de memorias que reúne un pequeño porcentaje del material fotográfico acumulado durante la travesía, así como una crónica general escrita por Andrés Landázuri, quien pedaleó la ruta entera desde Quito hasta Bariloche. La edición se completa con artículos personales prepara- dos por cada uno de los viajeros. ¡Gracias de nuevo por ayudarnos a hacer posible este sueño inolvidable!

Andrés, Mario, David, Juan Fernando, Carla, Andrea, José Luis y Santiago

Sudamérica a pedal

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Quito

Trujillo Cusc o
Trujillo
Cusc o

5 países 150 días de viaje 100 jornadas de pedaleo 8.678 kilómetros en bici

Potosí

Tucumán

Mendoza

o 5 países 150 días de viaje 100 jornadas de pedaleo 8.678 kilómetros en bici Potosí

Bariloche

o 5 países 150 días de viaje 100 jornadas de pedaleo 8.678 kilómetros en bici Potosí
o 5 países 150 días de viaje 100 jornadas de pedaleo 8.678 kilómetros en bici Potosí

Los días del ensueño

Quito-Trujillo, 1.447 km

(13 de enero a 7 de febrero de 2008)

Q uito nos dejó partir tras una despedida de vedettes. Más de 100 personas llegaron a estar presentes en la Plaza de los Presidentes, al norte de la ciu-

dad, en la mañana del domingo 13 de enero de 2008. Seguramente, la mayor parte de la comitiva correspondía a familiares y amigos, pero la impresión que tuvimos en- tonces fue que era una multitud de desconocidos la que había acudido a despedirnos y desearnos suerte. La pre- sencia de camarógrafos y periodistas que nos solicitaban al tiempo que repartíamos abrazos y saludos aumentó la sensación de irrealidad que nos embargó durante esa ma- ñana. Empezaba finalmente el viaje soñado: risas, fotos, despedidas, ajetreos, perspectivas, esperanzas y hasta lá- grimas fueron sus pasos iniciales. Había llegado el día y el alboroto que vino con él nos impedía ser verdaderamente capaces de comprender la magnitud de lo que se iniciaba con los primeros kilómetros. Apenas un día después, mientras descendíamos solos en medio de una leve llovizna desde los páramos fríos y ventosos del nudo del Boliche, el mundo ya era otro. Se habían disipado los bombos y platillos, se habían alejado los vítores y atrás había quedado la agitada emoción de la organización y la espera. Algo clave, sin embargo, se mantenía: el sentimiento de ilusión. Mendoza era un des- tino tan lejano e inverosímil aún que nadie podía dejar de pensar en lo que el viaje habría de ser para pensar en lo que el viaje era ya de por sí. Pedaleábamos, pero como si no hubiésemos tenido horizonte definitivo a la vista.

Avanzábamos, pero aún así permanecíamos. Las prime- ras jornadas del viaje fueron un empezar sin empezar, un no darnos cuenta del reto que abordábamos, un seguir imaginando ansiosamente lo que habría de venir, un so- ñar sin pausa. Y aunque esa sensación de ensueño no ha- bría de abandonarnos nunca —ni siquiera ahora, en que el viaje es ya cosa del pasado—, fueron las primeras se- manas las que de manera más determinante nos hicieron sentir que no éramos sino parte de una fantasía imposible que nunca acabaría de ocurrir en realidad. De los ocho que estábamos involucrados en el pro- yecto, solamente cuatro cubrimos el tramo programado para el territorio ecuatoriano: Andrea, Mario, Andrés y Santiago. Los demás (Juan Fernando, David, Carla y José Luis) habían permanecido en Quito por diversos motivos personales y tenían previsto unirse a la expedición apenas tuviesen la posibilidad. Santiago, además, solamente ha- bía planificado viajar hasta la frontera con el Perú, por lo que hubo un momento en que toda la tropa de Sudaméri- ca a pedal se redujo a tres personas: la etapa más solitaria de la travesía, a excepción de la última. Fuimos los antes mentados, sin Santiago, quienes tuvimos que conquistar la primera frontera internacional y bregar con fatiga por los agobiantes, conmovedores y desolados desiertos del norte del Perú. Antes de llegar a eso, sin embargo, teníamos que aban- donar la Sierra ecuatoriana y atravesar parte de la cuenca del Guayas en nuestra marcha hacia las llanuras banane-

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Conforme la expectativa aumentaba y el día de partida se acercaba, el grupo realizó diversas

Conforme la expectativa aumentaba y el día de partida se acercaba, el grupo realizó diversas acrividades destinadas a presentar el pro- yecto públicamente, dar un espacio de publicidad a nuestros aus- piciantes e involucrar a los interesados mediante la venta de stickers y camisetas. El domingo 30 de diciembre de 2007, algunos miem-

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bros de la expedición estuvieron presentes en el Ciclopaseo n. 100, organizado por la Fundación Ciclópolis. Así mismo, el viernes 4 de enero se ofreció una rueda de prensa en una salda de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Todo ello contribuyó a que el día de la primera pedaleada fuese mucho más multitudinario de lo que esperábamos.

ras de El Oro y el alboroto comercial de Huaquillas. Lo hicimos por una ruta casi tan desafiante como simbólica, Ambato-Guaranda, a los pies del macizo más elevado de nuestro país y alcanzando una cota que por un mes sería el récord de altitud del viaje: los 4.180 msnm a los que llega la carretera en el páramo de El Arenal, cerca de la entrada carrozable al refugio de montaña que usan los andinistas para visitar el Chimborazo. Ese tramo en particular, y el siguiente (Guaranda- Montalvo), fueron nuestro bautizo para muchas cosas:

desniveles increíbles en la ruta, frío penetrante en las alturas, lluvia casi imbatible, lodo a cucharadas, parajes abandonados, caídas, frenos inutilizados por el agua, ago- tamiento… El ascenso al páramo del Chimborazo y el posterior descenso a las planicies que rodean a Babahoyo fue un desafío agobiante y aleccionador que nos mostró lo duro de la empresa que teníamos adelante. Aún ahora, luego de haber atravesado con éxito cinco países de nues- tro continente, esos dos días reposan en nuestra memoria como algunas de las etapas más difíciles de todas. Transitando por nuestra deslumbrante Sierra y aleján- donos de casa bajo el calor frondoso de nuestra Costa se iniciaron las primeras palabras y los primeros contactos del periplo. Pronto nos habríamos de dar cuenta que el viaje no solo tenía que ver con la provocación de mon- tañas y planicies, quebradas y collados, selvas y desiertos:

el viaje era fundamentalmente un descubrimiento de la enorme y variopinta realidad humana que puebla y dota

de sentido al camino que recorrimos. Desde el primer día habríamos de entablar relación con un sin fin de personas que nos brindaron un apoyo sin el cual ningún reto de este tipo sería posible. Comida, hospedaje, experiencias, conocimientos, energía, amistad, apoyo: lo que recibi- mos de los muchos personajes con los que nos fuimos cruzando fue mucho más de lo que habíamos imaginado merecer. Ya nuestra primera noche en Machachi la pasamos al resguardo de quienes serían nuestros más grandes amigos en todo el viaje: los bomberos. Muy pocas fueron las oca- siones en que recibimos una respuesta negativa de parte de esos guerreros rojos cuando nos acercamos descara- damente a solicitar su ayuda; y fueron muchas —¡muchí- simas!— las veces en que lo hicimos. Cerca del 70% de las 150 noches que pasamos fuera de casa lo hicimos sin necesidad de pagar por hospedaje, y habría que añadir que el 30% restante, en que pagamos por una habitación

o un espacio para nuestras carpas, respondió casi siempre

a la falta de voluntad que la fatiga nos obligaba a mostrar ante las tentaciones de un alojamiento con comodidades tan básicas como un colchón o una ducha caliente. En Machala, última capital ecuatoriana de la ruta y verdadero inicio de la aventura hacia regiones hasta en- tonces desconocidas para la mayoría, tuvimos la suerte de contactarnos con Kléber Armijos, un familiar algo lejano de Santiago que nos acogió en su humilde hogar y, junto con su novia María Elisa, nos ayudó a reponernos de la

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Las primeras jornadas, como podía suponerse, fueron de aprendiza- je. Empezábamos a acostumbrarnos a mantener

Las primeras jornadas, como podía suponerse, fueron de aprendiza- je. Empezábamos a acostumbrarnos a mantener organizado nuestro equipaje, registrar lo que vivíamos con fotografías y video, soportar las exigencias físicas del pedaleo y elaborar implícitamente una di- námica de convivencia. Quizá no nos dimos cuenta del tamaño de

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la empresa en la que estábamos metidos hasta llegar al tercer día, cuya ruta cubrió el difícil ascenso a los páramos del Chimborazo, la travesía por la altura y una angustiosa bajada de lluvia y oscuridad hasta Guaranda. Luego de ese día, nunca volvimos a estar verdade- ramente “presentables”.

Lo que en un inicio prometía ser un descenso placentero y acogedor hacia las llanuras

Lo que en un inicio prometía ser un descenso placentero y acogedor hacia las llanuras de la Costa, hacia mediados de la jornada en que abandonamos Guaranda se transformó en un verdadero martirio. Si- guiendo los consejos de los lugareños, evitamos la carretera asfalta- da e ingresamos, por una región denominada “El Guayco”, hacia las

abruptas curvas de “El Torneado”. Por ahí realizamos lo que sería uno de los descensos más bruscos de todo el viaje. Mientras la lluvia nos hacía tiritar, el lodo hizo que nuestros frenos se vuelvan inservibles, lo cual ocasionó caídas y preocupación. Una vez en Montalvo, todos coincidimos en que la bajada había sido divertidísima.

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Nuestras impresiones del paso por la Costa se podría resumir en dos palabras: calor y

Nuestras impresiones del paso por la Costa se podría resumir en dos palabras: calor y lluvia. De lo segundo habríamos de librarnos por mucho tiempo apenas nos acercamos a la frontera con el Perú. Lo primero, en cambio, fue cada vez más sofocante hasta que de- cidimos volver a las montañas. Al menos en Ecuador era posible

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encontrar paraderos bajo los cuales disfrutar de sombra, un lujo muy ocasional en los desiertos peruanos. Por suerte, el invierno esperó a que sellemos papeles en migración para terminar de desatarse con furia: ya en Túmbes, y durante gran parte de los siguientes meses, recibimos noticias de lo que en Ecuador fue el peor invierno en años.

La llegada a Perú significó automáticamente un cambio en la natura - leza circundante y,

La llegada a Perú significó automáticamente un cambio en la natura- leza circundante y, por ende, en la modalidad del viaje. Los parajes desérticos y ventosos fueron, pasado el asombro de la novedad, una fatiga constante. A alguno de nosotros se le ocurrió que sería buena idea racionar el uso de protector solar para “curtir” nuestras

pieles y así ser más resistentes al embate del sol. Sin que nadie haya creído por entero en la validez de tal teoría, casi todos nos arriesga- mos a probarla. El caso más exagerado fue el de Andrés, que, una vez agotada su provisión en Trujillo, no volvió a usar una sola gota de bloqueador solar durante los siguientes cuatro meses de su viaje.

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primera semana de pedaleo. Poco más al sur, en la peri- metral de Santa Rosa, el mentado Santiago se separó del grupo tras haber recorrido poco más de 600 km y haber atravesado siete provincias de nuestro país. Su despedida fue también nuestra despedida al Ecuador y el despegue definitivo para la travesía. A la entrada de Huaquillas esa misma tarde, quizá como un incentivo destinado a advertirnos sobre los asombros del futuro al que nos dirigíamos, nuestro na- ciente viaje cruzó camino con dos alemanes cuyo quin- to año de recorrido ciclístico por el mundo acumulaba ya memorias de países de Europa, Medio Oriente, Asia central, Indochina, Oceanía y Sudamérica. Esa noche la pasamos con cierta ansiedad, inquietos por la expectati- va, impacientes por la sorpresa futura. Nuestros celulares zanjaron la separación con Quito agotando minutos en adioses, promesas, bromas y deseos. La siguiente mañana ingresamos al Perú. Quien nos recibió del otro lado de la frontera fue un sol aplastante y el desafío de una secuencia de de- siertos cada vez más grandes y desolados. Redi Mañigas, un ciclista local que se acercó a nosotros mientras con- seguíamos repuestos en una bicicletería de Tumbes, fue nuestro estrafalario guía a lo largo de una buena parte de la costanera por la que empezamos a adentrarnos en el vecino del sur. Entusiasmado —pero nada sorpren- dido— por el carácter de nuestra empresa, Redi no se portó perezoso para empezar a aventurarse él mismo y

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portó perezoso para empezar a aventurarse él mismo y -23- Redi Mañigas acompañarnos durante dos días.

Redi Mañigas

acompañarnos durante dos días. El problema con nues- tro amigable compañero era que, aunque mostraba tener mucho interés por ser parte de algún pedazo del futuro de nuestro viaje, no parecía tenerlo al momento de pagar cuentas de almuerzos, desayunos, rellenos de agua o go- losinas energéticas. Tampoco parecía hacer esfuerzos por comprender las ironías con las que procurábamos decirle que estábamos de acuerdo en que nos acompañase, pero que no podríamos costear su viaje más allá de un par de jornadas. Cuando finalmente se separó de nosotros en Máncora —o más bien, cuando finalmente hicimos que se separe de nosotros—, su rostro no pudo ocultar algo

de despecho romántico: quizá él también se imaginó a sí mismo viajando en plena libertad por los caminos de su país. Los juegos en los que fuimos sumidos durante los acalorados kilómetros del norte del Perú nos dejaron literalmente al rojo vivo para cuando llegamos a Talara y prácticamente carbonizados para cuando alcanzamos Piura. Esos fueron los días de nuestro celebrado “Pro- yecto Morsa”, que consistía en pedalear con la menor cantidad de ropa posible bajo el exagerado sol de los de- siertos, en parte aliviando con ello el ahogo pesado de nuestras ropas, en parte buscando diversión en la temeri- dad que suponía desafiar la fortaleza vertical del astro. La intención era una locura, más si pensamos que el día en que llegamos a Sullana hubo un momento en que nuestro termómetro llegó a marcar más de 50 grados centígrados bajo un sol sencillamente voraz. Para cuando nos dimos cuenta de lo osado de nuestro empeño, no podíamos mover un dedo sin sentir el ardor de las quemaduras y dábamos de alaridos con tan solo una mosca posándose sobre nuestras espaldas amoratadas. Andrea fue la más cautelosa con el juego, lo que le valió una piel no tan adolorida y el título oficial de enfermera de los otros dos, continuamente sedientos de cremas rehidratantes. Con el constante apoyo de nuestros hospitalarios y disparejos huéspedes —como los ceñudos oficiales de la Policía de Carreteras de Zorritos, que nos cedieron espa- cio en un cobertizo para extender nuestros aislantes; o el

septuagenario y bonachón bombero que nos recibió en Talara cuyo nombre nunca olvidaremos: Santos Perfecto Jara Ruidía; o el silencioso padre Ángel, que sin hacer muchas preguntas nos abrió las puertas de una casa pa- rroquial junto a la iglesia principal de Sullana; o Hércules Guerrero, guardián nocturno de un antiguo colegio sa- lesiano de Piura, que involuntariamente nos hizo pensar que el edificio estaba lleno de fantasmas; etc.—, llegamos finalmente al borde del atemorizante desierto de Sechura:

más de 200 km de tierra baldía, prácticamente abandona- da y por momentos vacía de nada que no fuera el manto amarillo de la arena y el exiguo decoro de la franja oscura de pavimento por sobre la cual tendríamos que avanzar sin refugio posible para escondernos del sol. Aunque siempre estuvo previsto que esa sería la pri- mera vez en la que no habría un poblado esperándonos al caer la noche, ese conocimiento previo no ayudó a amainar los nervios de la víspera. Cerca de diez litros de agua por persona, además de copiosas provisiones que incluían más de un kilo de mortadela comprada “por error”, hicieron del equipaje un peso más cansino que de costumbre en la madrugada en que nos alejamos de Piura rumbo al interior de ese enorme yermo de arena. Al menos no había necesidad de preocuparse por el mal clima: un campesino de las afueras del desierto nos con- tó que sobre su casa no había llovido desde 1997. Pero había que avanzar, pese a todo, y eso fue lo que hicimos ese día agotador que se despidió de nosotros con un es-

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Los desiertos del norte del Perú fueron nuestra etapa de afianza - miento tanto físico

Los desiertos del norte del Perú fueron nuestra etapa de afianza- miento tanto físico como anímico. La escasa presencia de desnive- les considerables apenas era un alivio: a cambio debíamos enfrentar fuerte calor y abundante viento en contra. Cuando todavía no alcan- zábamos un nivel de fuerza que nos permitiese relajarnos, los días

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solían empezar muy temprano, lo cual nos daba menos tiempo de sueño del que hubiésemos querido tener para recuperarnos. Algu- nos llegaron a afirmar haber estado a punto de quedarse dormidos mientras pedaleaban, y casi nadie desperdiciaba un momento for- zado de descanso —como los pinchazos— para tomar una siesta.

El primer campamento del viaje tuvo lugar en uno de los parajes más increíbles: el

El primer campamento del viaje tuvo lugar en uno de los parajes más increíbles: el desierto de Sechura. Dormimos en un punto de la ca- rretera en el que no era visible ningún tipo de vegetación hasta el fin del horizonte. Escogimos la presencia de un par de pequeñas dunas con la esperanza de que ellas nos ocultasen del tráfico vehicular y

así reducir al mínimo la probabilidad de un robo. A pesar de eso, todas las alforjas durmieron en una de las carpas junto con Andrea. Las bicicletas permanecieron apiladas en el exterior, pero atadas a nosotros con correas y elásticos en un sistema de alarma que por suerte nunca tuvo que probar su efectividad.

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Entretenidos en el trajín de levantar el campamento y elaborar algún tipo de merienda con

Entretenidos en el trajín de levantar el campamento y elaborar algún tipo de merienda con las provisiones que habíamos llevado, casi no nos dimos cuenta del avance de la tarde. Cuando el ocaso finalmen- te encendió casi todas las nubes sobre nuestras cabezas, perma- necimos boquiabiertos y en silencio ante un horizonte que creíamos

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verdaderamente irrepetible. Esos minutos fueron una sonrisa que nos ofrecía el cielo de ese rincón peruano como premio a los esfuer- zos de la hasta entonces jornada más larga del trayecto. Aunque es imposible establecer momentos favoritos en un viaje tan intenso, ese día es sin duda uno de los más recordados.

Los bomberos del Perú trabajan como voluntarios, por lo que no reciben remuneración directa y

Los bomberos del Perú trabajan como voluntarios, por lo que no reciben remuneración directa y a menudo deben trabajar sin presu- puesto. Quizá esa sea la causa para que casi todos los que conoci- mos hayan sido gente dedicada por completo al trabajo comunitario y la ayuda al prójimo. Son contadas las ocasiones en que no quisie-

ron abrirnos sus puertas con el mejor de los ánimos. No solo ocurría con nosotros: fue en la estación de bomberos de Chiclayo en donde conocimos a Guillermo de la Vega, caminante por la paz, quien por entonces había recorrido ya tres países a pie desde que había salido de Medellín con cinco dólares en el bolsillo.

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pléndido ocaso —quizá el más vistoso de todo el viaje—, lentamente descendido sobre nuestras carpas ancladas en el solitario vacío de Sechura. Al día siguiente, mientras íbamos pensando en la ale- gría de nuestra nueva victoria conforme salíamos del de- sierto, recibimos en Mórrope las asombrosas noticias de alguien de quien ya habíamos escuchado desde nuestro paso por El Naranjal: el viajero colombiano Guillermo de la Vega. “El caminante de la paz”, como él mismo se hacía llamar, había salido del desierto ese mismo día por la mañana y seguramente estaría ya en Lambayeque, a es- casos 15 o 20 km de donde nos encontrábamos entonces. “Don Guille”, a quien finalmente conocimos al siguiente día en la Compañía de Bomberos Voluntarios B-27 de Chiclayo, venía cubriendo una ruta mucho más extensa que la nuestra y con el enorme mérito —o la enorme locura, si se quiere— de hacerlo por entero a pie. Había salido de Medellín, Colombia, cuatro meses y cuatro días antes de que nuestros caminos se cruzasen en ese rincón del Perú, y desde entonces había caminado de aventura en aventura por más de 3.000 km. Más que la caótica locura de Chiclayo o los fascinantes vestigios mochicas que se exhiben en la zona de Lambayeque, fue don Gui- lle quien nos dejó la impresión más severa y rica para el resto de nuestro recorrido. Su viaje, que aún continúa, es un viaje de resurrección espiritual, un viaje dedicado a Dios por haberlo sacado de un terrible pozo, una clau- sura simbólica para una historia llena de grandes caídas

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y de grandes cumbres. Por su espíritu resuelto, jovial y rabiosamente libre, don Guille, sin duda, es el viajero más radical y auténtico de todos los que conocimos durante los días de Sudamérica a pedal. 1 Pero ni siquiera don Guille ocuparía el puesto pre- ponderante en nuestras memorias de ese Perú desértico y ventoso que atravesamos antes de llegar a Trujillo. Quien merece nuestro saludo más profuso es el humilde y apa- sionado Luis Ramírez D’Angelo, conocido por ciclistas de todo el mundo por administrar la “Casa de la Amis- tad”, un refugio para viajeros por donde han pasado ya más de 1.000 personas en los últimos 20 años. Lucho, llevado por su incondicional amor al ciclismo, no pide nada a cambio a ninguno de los muchos que de él reciben posada y amistad. Repleta de historias y presencias, su casa se ha convertido en un templo para quienes viajan por el mundo ya sea a pedal, a pie, o de cualquier otra forma. En los libros de memoria de la casa encontramos, además de relatos escritos por gente a la que hasta enton- ces conocíamos solo como leyenda, un nutrido cuerpo de datos, consejos y advertencias francamente inspiradoras para nuestra empresa.

1 Mientras se escriben estas líneas, en los últimos días del año 2008, don Guille continúa su marcha a pie por el continente. Desde que nos despedimos de él en Chiclayo, ha cruzado con éxito Perú, Bolivia y Paraguay. Por lo pronto se encuentra en Brasil, cerca de Sao Paulo, desde donde seguirá hacia Uruguay, Argentina y Chile. Su objetivo es visitar todos esos países y volver a su hogar, también a pie, por la misma ruta por la que ha caminado de ida. Así demostrará a quienes lo hemos visto que todo es posible si se pone el suficiente empeño para lograrlo. Según lo previsto, don Guille caminará de nuevo por el Ecuador durante algún período del año 2010.

Trujillo, ciudad curiosamente fundada el mismo día que Quito, nos ofreció un descanso de cinco

Trujillo, ciudad curiosamente fundada el mismo día que Quito, nos ofreció un descanso de cinco días, todos los cuales los pasamos en la Casa de la Amistad del famoso Luis Ramírez. Además de po- sada y soporte mecánico, Lucho nos regaló uno de los contactos humanos más enriquecedores de nuestro paso por Perú. Su espo-

sa Aracely y su hija Ángela, acostumbradas al constante paso de ciclistas y viajeros, no tardaron en tratarnos como si hubiésemos sido viejos amigos. El segundo hijo de esta familia es, como casi todo en esa casa, un homenaje al deporte: Lucho lo bautizó André François Lance, usando nombres de tres ciclistas a los que él admira.

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Junto a Lucho y su familia dimos por concluida la pri- mera gran etapa de nuestra aventura durante cinco largos días de descanso en la ciudad de Trujillo. Para ello tuvi- mos primero que cumplir dos etapas en extremo agota- doras a fin de cubrir la distancia faltante desde Chiclayo. En ese tramo, la costa del Perú continuó con su alter- nancia entre extensos yermos desoladores —de los que Sechura, en realidad, es solo un ejemplo— y coloridos valles cultivados con minuciosa exageración. Por ser un ambiente tan seco, la vida depende casi por completo de las lluvias que empapan la Sierra y los consecuentes ríos que se descuelgan desde ahí: de cada uno de ellos se fa- brican los deltas más anchos posibles, dentro de los cua- les florecen ciudades, praderas, bosques y hasta cultivos tan húmedos como el arroz; fuera de ellos, en cambio, la dramática soledad de los desiertos apenas se ve inquieta- da por los escarpados cerros que adornan las ramificacio- nes occidentales de los Andes. Durante esos días, el pequeño puerto de Pacasmayo nos sorprendió por la vitalidad pintoresca de su muelle, mientras que Paiján nos atemorizó por una supuesta ban- da de asaltantes de la que habíamos sido advertidos aun antes de entrar al Perú. La propia policía pareció preocu- pada por nuestro paso, tanto que fuimos escoltados por patrullas hasta el peaje de Chicama y luego, en relevo, hasta el mismo centro de la ciudad de Trujillo. Llega- mos, como solíamos decir nosotros, “pidiendo perdón”, completamente exhaustos por la exigencia de la ruta y

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completamente exhaustos por la exigencia de la ruta y -31- Lucho Ramírez la presión que involuntariamente

Lucho Ramírez

la presión que involuntariamente ejercían sobre nosotros nuestros escoltas uniformados. Los abrazos con Lucho, que nos recibió sin esperarlo, fueron más somnolientos que emocionados, fiel evidencia de la fatiga que, por pri- mera vez, triunfaba sobre nuestro impulso de continuar sin reparos.

Luego de Trujillo, nunca en el viaje volvimos a ver el mar subidos en una

Luego de Trujillo, nunca en el viaje volvimos a ver el mar subidos en una bicicleta. Gracias a los consejos de Lucho, decidimos alte- rar nuestra ruta —que originalmente debía pasar por Lima—, para adentrarnos hacia las alturas de la sierra peruana. Esa decisión nos obligó a despedirnos de algunas ventajas evidentes (pavimento,

poco desnivel, cercanía a centros poblados importantes, disponibili- dad de servicios, etc.) Sin jamás arrepentirnos, no fueron pocas las ocasiones en los siguientes meses en que algunos de nosotros creí- mos extrañar el calor costeño, la comida, el bullicio de la gente y los espléndidos atardeceres, como éste en el muelle de Pacasmayo.

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El letargo y el extravío en los que nos vimos envueltos durante los siguientes días en Trujillo —al tiempo espe- rábamos el arribo desde Quito de dos nuevos integran- tes de la travesía, Juan Fer y José Luis—, resultó ser una constante para todos los días de descanso que vivimos desde entonces. Quizá para nosotros ya nada podía igua- larse a la emoción del camino y el trajín diario de la ruta:

tan feliz, tan insólito, tan libre nos resultaba todo ello. Al tiempo que visitábamos como fantasmas las calles del centro colonial, las playas del famoso Huanchaco o algu- nos de los muchos monumentos preincaicos que viven

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en torno a Trujillo, nada más había en nuestras mentes que el siguiente paso que debíamos dar en pos de nuestro sueño. La mastodóntica cordillera de los Andes simple- mente descansaba en aparente silencio: ella no nos espe- raba, no nos necesitaba, no se percataba de nuestro afán. Nosotros, en cambio, habíamos aguardado por años esa oportunidad de subir a su espinazo y descubrir sobre él los meandros de nuestras más ansiadas aventuras. Por eso la contemplábamos con ansia desde la ribera del mar.

El Boliche, Ecuador. Día 2. -34-

El Boliche, Ecuador. Día 2.

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-35- Pacasmayo, Perú. Día 20.

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Pacasmayo, Perú. Día 20.

DÍA

DESTINO

KM

1

Machachi (provincia de Pichincha, 2.935 msnm)

58

2

Ambato (Tungurahua, 2.665 msnm)

99

3

Guaranda (Bolívar, 2.630 msnm)

99

4

Descanso en Guaranda

-

5

Juan Montalvo (Los Ríos, 50 msnm)

72

6

Milagro (Guayas, 35 msnm)

81

7

El Naranjal (Guayas, 30 msnm)

73

8

Machala (El Oro, 10 msnm)

98

9

Descanso en Machala y alrededores Huaquillas (El Oro, 20 msnm) Zorritos (departamento de Tumbes, Perú, 0 msnm) Los Órganos (Piura, 0 msnm) Talara (Piura, 0 msnm) Sullana (Piura, 60 msnm) Piura (Piura, 25 msnm) Descanso en Piura Desierto de Sechura (Lambayeque, 30 msnm) Chiclayo (Lambayeque, 25 msnm) Descanso en Chiclayo y alrededores Pacasmayo (La Libertad, 0 msnm) Trujillo (La Libertad, 15 msnm) Descanso en Trujillo y alrededores

-

10

76

11

66

12

87

13

66

14

82

15

53

16

-

17

117

18

97

19

-

20

106

21

117

22-26

-

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Altura máxima

4.180 msnm Páramo de El Arenal (Ambato-Guaranda)

Altura mínima

0 msnm (costa del Pacífico)

 

1.515

m

Mayor desnivel

(subida)

Ambato-El Arenal

(48 km)

 

2.580

m

Mayor desnivel

(bajada)

El Guayco-Montalvo (50 km)

Día más largo (hrs. pedaleadas)

Ambato-Guaranda

7h 25m

Día más corto (hrs. pedaleadas)

Sullana-Piura

3h 20m

Día más rápido (vel. máxima)

Machachi-Ambato

65 km/h

Día más lento (vel. promedio)

Ambato-Guaranda

13,2 km/h

Distancia total

 

recorrida desde

1.447 km

Quito

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total   recorrida desde 1.447 km Quito -37- N Quito Machachi Ambato Guaranda Montalvo Milagro El

N

Quito  recorrida desde 1.447 km Quito -37- N Machachi Ambato Guaranda Montalvo Milagro El Naranjal

Machachi  recorrida desde 1.447 km Quito -37- N Quito Ambato Guaranda Montalvo Milagro El Naranjal Machala

Ambatorecorrida desde 1.447 km Quito -37- N Quito Machachi Guaranda Montalvo Milagro El Naranjal Machala o

Guaranda Montalvo Milagro El Naranjal Machala
Guaranda
Montalvo
Milagro
El Naranjal
Machala

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Milagro El Naranjal Machala o r r i t o s Huaquillas s a Sullana Piura

HuaquillasMilagro El Naranjal Machala o r r i t o s s a Sullana Piura Desierto

s a Sullana Piura
s
a
Sullana
Piura
El Naranjal Machala o r r i t o s Huaquillas s a Sullana Piura Desierto

Desierto de Sechura

Chiclayo Pacasmayo
Chiclayo
Pacasmayo

Trujillo

El Naranjal Machala o r r i t o s Huaquillas s a Sullana Piura Desierto

Los días de la aventura

Trujillo-Cusco, 1.856 km

(8 de febrero a 18 de marzo de 2008)

El descanso de Trujillo trajo consigo un cambio muy significativo: la in - clusión en

El descanso de Trujillo trajo consigo un cambio muy significativo: la in- clusión en nuestra tropa de Juan Fernando y José Luis. Ellos recibie- ron con mayor sorpresa que los demás (Andrea, Andrés y Mario) la noticia del cambio de ruta, pues los obligaba a iniciarse en el recorri- do con el enorme desafío que suponía el ascenso a la cordillera. Las

preocupaciones no fueron vanas. El primer día de ascenso, Juan Fernando se separó involuntariamente del grupo y tuvo que esperar durante horas bajo un sol potente. Hacia la tarde sufría de insolación y principios de deshidratación. Al siguiente día, fue José Luis quien colapsó a causa del calor y la dificultad de la subida.

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E l Cañón del Pato es una enorme quebradura en el

costado occidental de los Andes por donde se des-

cuelga el río Santa, que viene desde los páramos

del sur de la Cordillera Blanca, atraviesa todo el Callejón de Huaylas en dirección norte, y luego desciende abrup-

tamente hacia la Costa para desembocar en el Océano Pacífico cerca de Chimbote, unos 500 km al norte de Lima. Por la ruta de ese cañón y junto a ese río habríamos de avanzar durante cinco inolvidables días en nuestro as- censo a las montañas. Un día más, abandonando al Santa ya muy cerca de sus orígenes, fue todo lo que hizo falta para alcanzar una de las conquistas más portentosas —al menos al nivel de dificultades en la ruta— de nuestro via- je: los 4.825 msnm del abra de Yanashallash, muy cerca ya de los glaciares que cubren el nevado Pastoruri. Esa pequeña hazaña sería el cautivante inicio de la etapa más difícil, agotadora, desafiante y alegre de Suda- mérica a pedal. Los Andes centrales del Perú, con toda su espectacular magnitud y su descollante prepotencia de piedra vertical, fueron el escenario de nuestra mayor aventura. Todo en esos días sucedió de manera tan inten- sa y acelerada que apenas podíamos darnos cuenta de lo que veíamos y conocíamos a un ritmo abrumador. No bien habíamos salido de los desiertos costeños y ya nos encontrábamos en un mundo de fantasía embriagante, erguido entre cerros descomunales, tajos abruptos, calei- doscopios de colores y poblaciones, curvas y más cur- vas que enroscaban laderas, grutas, cañones y valles. La

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emoción de la marcha fue en esos días total, tan total que apenas dejó espacio para otras historias y otros pensa- mientos. Los días de la sierra peruana fueron los días que más inmersos estuvimos en la ruta, más desconectados de todo lo que no fuese disfrutar el viaje, más felices por vivir lo que habíamos decidido vivir. Superada la Cordillera Blanca fuimos avanzando bá- sicamente hacia el Oriente por regiones que resultaban remotas e inhóspitas incluso para la gran mayoría de pe- ruanos. Un policía rural que conversó con nosotros cerca de Tingo Chico, el día que llegamos a Acobamba, casi no podía comprender la razón de nuestra presencia en esos parajes al tiempo que maldecía su suerte por haber sido enviado a ese rincón maldito de su país. Para nosotros, sin embargo, ese rincón era magia y belleza pura, era audacia e intriga, era, sobre todo, una enorme y radiante libertad. Por varios días no tuvimos la comodidad del pavimen- to, y hasta llegamos a olvidar lo relativamente fáciles que podían llegar a ser los días sin pinchazos, sin lodazales, sin pedruscos y arroyos poblando la carretera. Quizá el culmen de ese estado fue el brutal descenso a la ciudad de Huánuco desde las alturas de la Corona del Inca: más de 50 km —y 2.000 metros en cuanto al desnivel— de lastre duro, agudamente pedregoso, plagado de perros moles- tos por nuestro paso y de doloroso traqueteo en brazos, manos y cuello. Anochecía cuando, al final del descenso, ya casi no nos importaba esquivar las piedras al tiempo que bajábamos como diablos y los corazones a mil.

Más endemoniado aún fue el ascenso a Cerro de Pas- co, de nuevo por sobre los 4.000 msnm. A la salida de Huánuco nos sorprendió un paro campesino que había bloqueado la carretera en las ciudades de Ambo y San Rafael. La gente protestaba por el excesivo precio del fer- tilizante de papas (120 a 150 soles por quintal, frente a los escasos 30 céntimos de sol en que se comercializaba un quintal del producto agrícola). La congestión de buses y camiones, junto con la expresión violenta de muchos de los pobladores y el estrés con el que la fuerza pública trataba de organizar el desorden, nos llegaron a asustar en más de una ocasión. Un poco más arriba, en Huaria- ca, luego de una noche sucia por la falta de agua en las instalaciones que nos prestó la junta parroquial del pue- blo, el grupo empezó a tambalear por la fatiga que exigía el esfuerzo del terrible ascenso. La aproximación final a Cerro de Pasco la hicimos en medio de un aguacero inso- portable del que por suerte pudimos escapar poco antes de empezar a tener problemas de hipotermia. En Cerro, la maravilla. Cerro de Pasco es una ciudad que demuestra los límites —o la falta de límites— del espíritu humano. El pretexto de una inmensa mina que se abre en medio de la ciudad mantiene a una población espectral en un páramo inclemente y desolador. Todo en esa ciudad es, por decirlo de alguna manera, peculiar. La sensación de exagerada extrañeza pasea por las calles y plazas, invadiendo los espíritus como el frío rebota en- tre portales y hombres. Para nosotros fue una ciudad de

completa locura, encaramada en una altitud casi increíble (a los 4.4000 msnm, se declara a sí misma la ciudad más alta del mundo), caótica como ella sola, oscura y eterna- mente nostálgica de su esplendoroso pasado minero de “Nuevo Potosí”. Bastó fijarse en la leyenda que decoraba un escudo ostentado en la entrada de la ciudad para darse cuenta de esa alma tortuosa que impera en ella: “Tierra de machos, no de muchos”. Nos alejamos de ese pequeño y conmovedor infierno de la altura a través de la “Meseta de Bombón”, una am- plia explanada circundada por montañas —primer ver- dadero altiplano que enfrentamos— cuyo nombre causó en alguno de nosotros mucho más que simple risa, y por donde nos abrimos camino a otra población sacada de un mal sueño: La Oroya. Allí, en esa desordenada ciudad que, en torno a una enorme fábrica que procesa los di- versos minerales obtenidos en Cerro, se encarama por los riscos lunares que crea el río Mantaro poco después de su nacimiento, pasamos la noche. Como en muchas otras ocasiones, lo hicimos gracias a la gentileza de la Policía Nacional del Perú, al tiempo que esperábamos noticias de Carla y David, los dos últimos integrantes de Sudamé- rica a pedal que finalmente habían salido en bus de Quito y se unirían al grupo en cualquier momento. Sin todavía encontrarnos con ellos pedaleamos una larga jornada llena de anécdotas que nos depositó en Huancayo, tercera urbe en importancia de la serranía pe- ruana, luego de Arequipa y Cusco. Carla y David final-

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A pesar de que los encañonados que acompañaron nuestra subida eran a momentos completameånte abismales,

A pesar de que los encañonados que acompañaron nuestra subida eran a momentos completameånte abismales, el ascenso a la sierra de Ancash se logró con bastante mayor fluidez de la esperada. La causa de esta supuesta facilidad fue el trazado de la carretera, la cual sigue casi sin interrupciones el lecho del río Santa. Solamente

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en los sectores más abruptos, como los desfiladeros de Yuramarca

o la zona del Cañón del Pato, el camino se encarama por las laderas

o corta camino a través de túneles. El resto del tiempo la subida es moderada, aunque eterna. Una vez que nos dimos cuenta de que el ascenso era en realidad posible, nuestra fuerza se multiplicó.

La carretera en la zona del Cañón del Pato propiamente dicha está sembrada de túneles.

La carretera en la zona del Cañón del Pato propiamente dicha está sembrada de túneles. En dos días, llegamos a contar más de cuarenta. La mayoría de ellos apenas alcanzaba los doscientos o trescientos metros, pero hubo muchos que se prolongaron más y nos obligarona utilizar linternas frontales para no perder el rumbo. Lo

preocupante en esos casos era el posible paso de alguno de los múltiples camiones de carga que pueblan esa zona minera del Perú. Quienes pasaban en primer lugar esperaban en el otro extremo la llegada del resto del grupo para así advertir a los conductores de nuestra presencia.

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El paso de Yanashallash (4.825 msnm) resultó ser el punto más ele - vado por

El paso de Yanashallash (4.825 msnm) resultó ser el punto más ele- vado por el que pasamos en todo el viaje. El día en que lo atraveza- mos comenzó en Carpa, un pequeño puesto de control en el interior del Parque Nacional Huascarán, en donde habíamos sido recibidos con rondas de pisco y un breve campeonato de 21 patrocinado por

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José, el guardaparques. Todo a la siguiente mañana fue subir y subir sin descanso. Cuando alcanzamos los 4.710 msnm, un collado nos hizo pensar que lo habíamos logrado, pero a la vuelta descendimos unos 200 metros que hubo que recuperar antes de alcanzar la ver- dadera cumbre. Ese fue el primer día en que nevó sobre nosotros.

Artesanías de Huancayo mente aparecieron, pero con una sorpresa: no se que- darían a esperar

Artesanías de Huancayo

mente aparecieron, pero con una sorpresa: no se que- darían a esperar que la tropa recupere el aliento en los dos días de descanso programados en Huancayo. Impa- cientes por emprender la marcha y algo nerviosos por “no estar a la altura” de quienes habían pedaleado por ya casi dos meses, decidieron avanzar con un día de antici- pación, siguiendo la idea de hacer etapas menos bruscas y juntarse definitivamente con los demás en Ayacucho, cuatro o cinco días después. Las jornadas que se sucedieron fueron espectaculares. El pavimento que habíamos recuperado en Huánuco so- lamente nos acompañó hasta Izcuchaca. Luego de eso todo fue polvo, piedras, lodo y diversión. Fuimos siguien- do los pasos de nuestros compañeros adelantados, de quienes tuvimos abundantes noticias gracias a los diver-

sos pobladores locales con los que conversamos. El día que dormimos en el pequeño caserío de Huajoto —y que seguramente recordaremos toda la vida como uno de los mejores de viaje—, una tropa de niños nos bombardeó con su entusiasmo y nos informó de todas las penurias de David y Carla, con quienes también habían trabado amistad la noche anterior. Algo similar ocurrió un poco más adelante, en Mayocc, donde la dueña de una fonda nos dio de comer lo mismo con que había alimentado a nuestros amigos esa misma mañana.

El día en que todos llegamos a Ayacucho, unos por la mañana y otros por la tarde, finalmente se consolidó la tropa que lo había planeado todo desde Quito, y Suda- mérica a pedal entró en su fase más fraternal y festiva. Ya no había poder en el mundo que nos arrebatase el logro que suponía estar ahí, en ese momento y entre esa gente,

y mucho menos cabía la posibilidad de que algo opacase

nuestro triunfo de continuar viajando en bicicleta por el Perú, por Sudamérica, por el mundo.

La reunión no alteró el ritmo de la aventura. Los acon- tecimientos se volcaron sobre nosotros con una fuerza casi febril, y recordarlos ahora hace que nos invada la sensación de que aún están aconteciendo Caluroso es el día en el que salimos de Ayacucho, por primera vez juntos siete aventureros. No, mentira: José Luis se ha quedado arreglando un asunto con respecto

a los pasajes aéreos de su futuro retorno a Quito desde

Cusco. Nos alcanzará un par de horas más tarde, a bordo

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Más aun que Cerro de Pasco, La Oroya es la causante de la agresiva contaminación

Más aun que Cerro de Pasco, La Oroya es la causante de la agresiva contaminación que sufre el río Mantaro, uno de los más importantes de la sierra central del país y principal fuente de agua para el enorme valle que lleva su nombre, por muchos considerado el “granero del Perú”. La ciudad sorprende tanto por su ubicación en una estrecha

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quebrada sin vegetación alguna a los 3.680 msnm como por su aspecto caótico, empobrecido y marginal. Carla y David empezaron su viaje en este punto, aunque por problemas de comunicación no llegaron a encontrarse con el resto sino dos días después, cuando arribaron a Huancayo, capital del departamento de Junín.

Luego de Huancayo, transitamos muchos días por caminos de se- gundo orden y vías alternas

Luego de Huancayo, transitamos muchos días por caminos de se- gundo orden y vías alternas que supuestamente nos harían evitar las cumbres de cada páramo que atravesábamos. Caminos en malas condiciones y enormes desniveles fueron la tónica constante de la marcha. Ya que Carla y David decidieron hacer la ruta Huancayo-

Ayacucho con un día de ventaja a pretexto de “nivelarse”, fue sola- mente en esa última ciudad donde por fin nos encontramos todos (a excepción de Santiago, que solamente pedaléo en Ecuador). El grupo entero coincide en que esas fueron las semanas más difíciles, agotadoras y divertidas de todo el trayecto.

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de uno de los miles de mototaxis que se derraman por las ciudades de todo el Perú. La mañana transcurre so- bre enormes serpientes empolvadas que trepan por los cerros; la ciudad se queda abajo, juega a esconderse tras cada curva, con cada quebrada. Esperamos en un chozón que nos provee de alimento. José Luis no llega: ha reven- tado llanta su mototaxi y las complicaciones y anécdotas que eso genera son varias. Llamadas por teléfono, planes incomprendidos, charlas confusas con los campesinos… ¿Subirá? Cuando finalmente llega, a espaldas de un camión que traquetea su vejez junto a una nube de humo blancuzco, hemos malgastado la mañana en charlas que rememoran nuestra adolescencia e imprecaciones burlescas en contra del ausente. La marcha continúa sin mayor colaboración de nuestros vehículos: varias ruedas se resisten a seguir y sueltan su aire con un desdén casi divertido, algunas cadenas plantan quejas por la sequedad de sus goznes, alguno de nosotros empieza a perder el aliento. En fin, la tarde avanza más que nosotros y de pronto nos en- contramos nuevamente con lijas, gomas y parches, dando rescate a un nuevo tubo en el silencio oscuro de la noche que ha descendido sobre los sembríos multicolores que rodean el poblado de Matará. Por suerte Andrea y Juan Fer han adelantado marcha y esperan al grupo en compa- ñía de una familia que ha accedido a cocinarnos un plato de comida y gracias a la cual se ha gestionado el uso de una fría casa comunal donde podemos pernoctar.

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¿El amanecer? Frío, nubloso, lleno de jovial intriga para nuestros pesados caballitos. La misma familia nos tiene listo un desayuno a lo campesino, tan simple como generoso. En seguida continuamos el ascenso y al poco tiempo empiezan a rodearnos los pajonales de altura. No será fácil alcanzar el paso este día: el lodo complica la marcha y no son pocas las veces que decidimos cortar camino por la mitad de la loma, pedaleando sobre prados almohadillados con un pasto tímido pero tupido, pidien- do paso a rebaños de abultadas ovejas y boquiabiertos ante la solemne magnitud del valle que va quedando a nuestras espaldas. Cada descanso repite charlas de una trascendencia entonces oculta: se piensa en la amistad, en la alegría que provoca estar en la ruta, en lo que somos y habremos de ser una vez concluida la penuria de ese páramo. Arriba jugueteamos sobre las rocas indiferentes que algún gigante ha derramado en el manto amarillento del collado. Unos arreglan alforjas, se arropan en espera del viento que parece prometer el horizonte; otros abren el mapa, hacen cálculos sobre los kilómetros que faltan para alcanzar la cima —quizá tres, cuatro curvas—; todos posamos para acrecentar el número de fotos que vamos cargando a cuestas en una memoria que parece no saber qué hacer con tanta cosa importante que le ha llovido en estas últimas semanas. Del otro lado de la cuchilla —a la que finalmente llegamos cerca del mediodía— nos sor- prende un descomunal encañonado del que se puede ver

El carnaval que presenciamos en Abancay fue una revelación com- pletamente sorpresiva. Los festejos, sin

El carnaval que presenciamos en Abancay fue una revelación com- pletamente sorpresiva. Los festejos, sin presencia de otros turistas que nosotros y uno que otro visitante esporádico más, convoca- ron a decenas de comunidades de Apurímac y los departamentos adyacentes (Huancavelica, Ayacucho, Cusco y hasta Puno). Entre

bailes, comparsas, chicha, hoja de coca y cerveza, lo que más nos asombró fue la violencia de las representaciones. En los 15 o 20 minutos que tenían para presentar su comparsa, algunas comunida- des lograban emborracharse completamente y hacer del baile una desenfrenada pelea de pedradas y latigazos.

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Lo que hizo de la sierra central del Perú la zona más desafiante del viaje

Lo que hizo de la sierra central del Perú la zona más desafiante del viaje fue sin duda su rugosidad. Los Andes peruanos son mucho más bruscos que nuestro callejón interandino. Aparte de algunas excepciones mínimas, el relieve jamás nos dio tregua: tuvimos que acostumbrarnos a fluctuar entre los 2.000 y los 4.000 msnm (a ve-

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ces más) casi todos los días. La presencia solemne y maciza de las cumbres nubladas nunca nos intimidó, pero nos recordaba contí- nuamente el respeto y el esfuerzo que debíamos tributarles. Luego de esa prueba de fuego, ya casi daba lo mismo si el viaje debía con- tinuar por mil o por diez mil kilómetros más. Éramos ya muy fuertes.

Niñas campesinas de Huancavelica la entrada, mas por ningún lado la salida. Al fondo, el

Niñas campesinas de Huancavelica

la entrada, mas por ningún lado la salida. Al fondo, el río Blanco, uno más de la ya nutrida cuenta que hemos co- leccionado en los Andes del Perú. Todo lo que sube baja, dicen, y todos ansiamos desde hace rato reposar músculos tanto como huir de ese aire

helado y penetrante que aparece sobre los 4.000 msnm. La bajada, sin embargo, aviva antiguos dolores en bra- zos, manos y cuellos, pues el lastre es pedregoso y está cuajado por grietas y abultamientos que hacen temblar nuestro móvil equipaje. Almorzamos en Ocros, pueblo que reclama ser cuna de Andrés Avelino Cáceres, uno de los grandes héroes —junto con Miguel Grau y Francisco Bolognesi— de la Guerra del Pacífico, antigua derrota cuyas llagas abiertas en la conciencia peruana no dejamos de encontrar en nuestro recorrido diario. Más abajo, la vegetación se transforma en un bosque seco de algarrobos y cactus por el cual se vuelve a esca- bullir la tarde tornasolada. Una vez traspuesto el río Blan- co, no queda más que continuar a oscuras en busca de la población de Ahuairo, único lugar de la zona donde podremos encontrar posada según nos han dicho algunos caminantes. No faltan algunas palabras cruzadas y peleas ocasionadas por el mal genio del retraso y el temor natural de la noche. En el fondo, sin embargo, todos sabemos que, si Ahuairo no aparece, bien habrá un alma generosa dispuesta a ayudarnos o por lo menos un recodo del ca- mino lo suficientemente acogedor para permitirnos pasar la noche: es en estos momentos cuando aquello de que nada puede detenernos suena como una verdad incólume. Ahuairo aparece, y con ella una nueva familia dispues- ta a socorrernos. Un par de jóvenes hermanas nos guían por el pueblo en busca de albergue y nos cuentan acerca del paso de no pocos viajeros similares a nosotros en el

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A Quillobamba arribamos luego de un pronunciado descenso desde Sondor, un complejo arqueológico de la

A Quillobamba arribamos luego de un pronunciado descenso desde Sondor, un complejo arqueológico de la cultura Chanca. Quienes llegaron primero establecieron contacto con la gente local en un pe- queño comedor en el que solamente vimos mujeres y niños. En el interior, al cual nos invitaron a comer un plato de yuyo con papas, la

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camaradería que mostraban las mujeres entre sí hizo palidecer nues- tras payasadas habituales. El asombro era mutuo: mientras nosotros tratábamos de descifrar en qué consistía el plato que nos habían dado, ellas se reían a carcajadas de nuestra ignorancia y hacían co- mentarios burlones en un quechua, para nosotros, incomprensible.

transcurso de los últimos años. Luego de algunos diálo- gos, ruegos y preguntas, nos acomodamos en el salón de la misma fonda que sacia nuestra voracidad y ahí pa- samos una noche algo apretada. Descansamos en pre- paración para el siguiente día, el más corto de todo el viaje: apenas 30 kilómetros de ascenso nunca interrum-

Mascar hoja de coca se volvió una costumbre nece- saria, aunque insuficiente para evitar momentos de ago- tamiento total como la entrada a Andahuaylas, caída ya la noche, precedida de un par de caídas aparatosas y sin más sustento en las tripas que unas pocas galletitas de colores. Y quizá ningún día tan aplastante como aquel

pido son suficientes para acabar con nuestras fuerzas a la entrada de la población de Uripa, más de mil metros más arriba en las laderas del mismo encañonado. Es de nuevo

en el que arribamos a Abancay, de nuevo con la noche a cuestas, tan rendidos como satisfechos por nuestro logro. Las atrevidas comparsas —émulos de batallas campales e

el

turno de la Policía del Perú para acoger a los visitantes

ignotos festejos— que presenciamos en esa ciudad como

y

compartir algo de sus vidas con los extraños viajeros

parte del carnaval indígena más auténtico del Perú fueron

que han llegado a sus puertas, mientras afuera se desboca un aguacero tal que en poco tiempo las callejuelas del pueblo se han convertido en torrentes cargados de una danza violenta… Ranracancha, Talavera, Pacucha, Sondor, Quillobam- ba, Matapuquio, Huancarama, Limatambo… En esos días de aproximación al Cusco, los pueblos desfilaron bajo nuestra marcha como piedritas ligeras en el fondo de un río revoltoso. A cada descanso, el camino se des- plegaba para nosotros como una sugestiva metáfora del tiempo: ya sea que mirásemos hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo que habíamos recorrido ya, o hacia delante, hacia el futuro, hacia lo que habríamos de recorrer enseguida, siempre una extraña intensidad cubría ese filo de navaja que nos resultaba el presente, el polvo sobre el que rodá- bamos, las nubes bajo las que transitábamos, las rocas y acequias que íbamos esquivando.

mucho más que una recompensa a nuestro esfuerzo: fue- ron una verdadera epifanía. Finalmente, el ombligo del mundo. Cusco, tan imperial y solemne como embustera y seducida por mercaderes al servicio de un turismo de cartón, permitió que la reco- rriéramos en una mezcla de sincero asombro y decepcio- nante tedio. Todos los sitios monumentales que rodean a esta antigua capital son impactantes —Sacsayhuamán, Pi- saq, Ollantaytambo, Chinchero…—, pero la inagotable masa de turistas los ha convertido en atracciones artificia- les, donde todo gira continua y groseramente alrededor de una industria diseñada para gustar fácilmente y para drenar la mayor cantidad de dinero posible a quienes la visitan. Nuestra apertura de viajeros vagabundos y since- ros no congenió con esa farsa predeterminada, y en más de una ocasión fuimos a dormir con una desazón cercana al deseo de ya no ser parte de ese juego.

-54--54-

Pedalear por el Perú fue siempre una combinación de asombro, can- sancio y alegría. El

Pedalear por el Perú fue siempre una combinación de asombro, can- sancio y alegría. El país en el que permanecimos por más tiempo fue también el que mejor conocimos y el que más sentimos como propio. A la vez, los cambios continuos de parajes y situaciones nos mantuvieron como flotando en las nubes: cada vez que despertába-

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mos en la mañana, terminábamos una ensimismada conversación o salíamos de un cyber-café, nos costaba reconocer el lugar en el que estábamos y volver a conectarnos con el momento presente. Cada paisaje espectacular avivaba en nosotros la misma sensación de maravilla: “¿Dónde estamos? ¿¡Cómo hemos llegado hasta aquí!?”

Todo lo que se puede saber de Cusco gracias a su fama mundial es un

Todo lo que se puede saber de Cusco gracias a su fama mundial es un pálido reflejo frente a la experiencia que supone visitar la ciudad en carne y hueso. La presencia de lo precolombino es tan evidente que a momentos nos seníamos caminando en otra época. La elegancia y sobriedad del estilo imperial inca, presente en casi todo el casco his-

tórico, hace de la ciudad entera un enorme monumento cargado de memoria y misterio, sin que ello le quite importancia a la grandeza de lo colonial europeo. El punto negativo fue el turismo excesivo: más dine- ro gastamos durante durante los diez días que pasamos en Cusco y sus alrededores que durante los dos meses que nos tomó llegar ahí.

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Nada, sin embargo, pudo opacar el encuentro con Macchu Pichu. A pesar de encaminarnos a esas ruinas legendarias con el temor oculto de encontrar en ellas nada más que una postal viviente, todos volvimos con un trastorno en el espíritu y la certidumbre renovada de que la vastedad del mundo es inagotable. Fue como si en esas piedras viésemos pruebas fehacientes de la búsque- da que secretamente motivaba nuestra marcha. Macchu Pichu, enigma encumbrado en el abismo, nos recordó a gritos que infinitos mundos son posibles en este mundo,

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que muchas vidas son posibles en esta vida. Pasar por alto esa posibilidad de lo distinto equivalía a no ver más en esas piedras que un monumento muerto, que una ciudad perdida. Pero en Macchu Pichu los muertos de un pasa- do imposiblemente antiguo nos advirtieron —y lo harán por siempre— que hay, hubo y habrá mucho más para el ser humano de lo que éste imagina desde sus estrechos límites cotidianos. Y quizá era justamente aquello lo que buscábamos, sin saberlo, en cada día de nuestro viaje.

Cañón del Pato, Perú. Día 30. -58-

Cañón del Pato, Perú. Día 30.

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Pisaq, Perú. Día 64. -59-

Pisaq, Perú. Día 64.

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DÍA

DESTINO

KM

27

Chao Chao (departamento (departamento de de La La Libertad, Libertad, 90 90 msnm) msnm)

66

28

Chavimochic Chavimochic (La (La Libertad, Libertad, 412 412 msnm) msnm)

71

29

Huarochirí Huarochirí (Ancash, (Ancash, 1.010 1.010 msnm) msnm)

53

30

Caraz Caraz (Ancash, (Ancash, 2.225 2.225 msnm) msnm)

66

31

Huaraz Huaraz (Ancash, (Ancash, 3.050 3.050 msnm) msnm)

70

32

Descanso Descanso en en Huaraz Huaraz

-

33

Carpa Carpa (Ancash, (Ancash, 4.130 4.130 msnm) msnm)

58

34

Huallanca Huallanca (Ancash, (Ancash, 3.490 3.490 msnm) msnm)

70

35

Acobamba Acobamba (Huánuco, (Huánuco, 3.000 3.000 msnm) msnm)

61

36

Huánuco Huánuco (Huánuco, (Huánuco, 1.855 1.855 msnm) msnm)

99

37

Descanso Descanso en en Huánuco Huánuco

-

38

Huariaca Huariaca (Pasco, (Pasco, 2.910 2.910 msnm) msnm)

70

39

Cerro Cerro de de Pasco Pasco (Pasco, (Pasco, 4.380 4.380 msnm) msnm)

53

40

Carhuamayo Carhuamayo (Junín, (Junín, 4.060 4.060 msnm) msnm)

45

41

La La Oroya Oroya (Junín, (Junín, 3.680 3.680 msnm) msnm)

90

42

Huancayo Huancayo (Junín, (Junín, 3.270 3.270 msnm) msnm)

122

43-44

Descanso Descanso en en Huancayo Huancayo

-

45

Izcuchaca Izcuchaca (Huancavelica, (Huancavelica, 2.880 2.880 msnm) msnm)

70

46

Huajoto Huajoto (Huancavelica, (Huancavelica, 2.665 2.665 msnm) msnm)

72

47

Huanta Huanta (Ayacucho, (Ayacucho, 2.585 2.585 msnm) msnm)

82

48

Ayacucho Ayacucho (Ayacucho, (Ayacucho, 2.740 2.740 msnm) msnm)

50

49-50

Descanso Descanso en en Ayacucho Ayacucho y y alrededores alrededores

-

51

Matará Matará (Ayacucho, (Ayacucho, 3.340 3.340 msnm) msnm)

66

52

Ahuairo Ahuairo (Apurímac, (Apurímac, 2.025 2.025 msnm) msnm)

79

53

Uripa Uripa (Apurímac, (Apurímac, 3.185 3.185 msnm) msnm)

29

54

Andahuaylas Andahuaylas (Apurímac, (Apurímac, 2.895 2.895 msnm) msnm)

67

55

Matapuquio Matapuquio (Apurímac, (Apurímac, 3.025 3.025 msnm) msnm)

58

56

Abancay Abancay (Apurímac, (Apurímac, 2.340 2.340 msnm) msnm)

90

57

Descanso Descanso en en Abancay Abancay

-

58

Curahuasi Curahuasi (Apurímac, (Apurímac, 2.650 2.650 msnm) msnm)

71

59

Pampaconga Pampaconga (Cusco, (Cusco, 3.400 3.400 msnm) msnm)

63

60

Cusco Cusco (Cusco, (Cusco, 3.300 3.300 msnm) msnm)

65

61-66

Descanso Descanso en en Cusco Cusco y y alrededores alrededores

-

-60- -60-

Cusco Cusco y y alrededores alrededores - -60- -60- N   4.825 msnm Altura máxima Yanashallash

N

 

4.825 msnm

Altura máxima

Yanashallash

(Carpa-Huallanca)

 

90 msnm

Altura mínima

Chao

 

1.640

m

Mayor desnivel

(subida)

Abancay-Páramo

(36 km)

 

2.145

m

Mayor desnivel

(bajada)

Corona del Inca-Huánuco (60 km)

Día más largo (hrs. pedaleadas)

Acobamba-Huánuco 7h 10m

Día más corto (hrs. pedaleadas)

Cerro de P.-Carhuamayo 2h 36m

Día más rápido (vel. máxima)

Curahuasi-Pampaconga 62,7 km/h

Día más lento (vel. promedio)

Ahuairo-Uripa

8,3 km/h

Distancia total

 

recorrida desde

3.303 km

Quito

Trujillo

Trujillo Chavimochic Chao Caraz Huarochirí Acobamba Huaraz Carpa Huallanca Huánuco Huariaca Cerro de Pasco

Chavimochic

Chao Caraz
Chao
Caraz

Huarochirí

Trujillo Chavimochic Chao Caraz Huarochirí Acobamba Huaraz Carpa Huallanca Huánuco Huariaca Cerro de Pasco

Acobamba

Huaraz Carpa Huallanca
Huaraz
Carpa
Huallanca

Huánuco

Huariaca

Huariaca

Cerro de Pasco

Cerro de Pasco

Carhuamayo

Carhuamayo

La Oroya

La Oroya
Huariaca Cerro de Pasco Carhuamayo La Oroya Huancayo Izcuchaca Huajoto H u a n t a

Huancayo

Izcuchaca

de Pasco Carhuamayo La Oroya Huancayo Izcuchaca Huajoto H u a n t a Ayacucho Matará

Huajoto

Huanta

La Oroya Huancayo Izcuchaca Huajoto H u a n t a Ayacucho Matará Ahuairo Pampaconga Matapuquio

Ayacucho

Matará Ahuairo Pampaconga Matapuquio Uripa Cusco Andahuaylas Curahuasi Abancay
Matará
Ahuairo
Pampaconga
Matapuquio
Uripa
Cusco
Andahuaylas
Curahuasi
Abancay

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Los días del misterio

Cusco-Potosí, 1.257 km

(19 de marzo a 15 de abril de 2008)

Luego de pasar el páramo de La Raya, se abrieron ante nosotros los inicios del

Luego de pasar el páramo de La Raya, se abrieron ante nosotros los inicios del altiplano por el que habríamos de viajar al menos un mes. Ese día, antes de concluir la subida previa al paso del abra, nos en- contramos de casualidad con otros dos ciclistas viajeros, Christian y Claire. El quiteño y la norteamericana habían iniciado su viaje en San-

tiago de Chile unos cuantos meses atrás, y se dirigían hacia el norte con destino en Quito. Cuando nos encontramos, tanto su odómetro como el nuestro marcaban alrededor de 3.500 kilómetros. De ma- nera casual, se había producido un encuentro en la mitad de ambos viajes.

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A bandonar Cusco fue también abandonar una geo- grafía y una modalidad particular del viaje. Poco más allá de las cordilleras que rodean la antigua

ciudad imperial y sus numerosas ruinas aledañas, fuimos ascendiendo hacia la conjunción de tres grandes nudos montañosos que dan fin a la enorme serranía central del Perú, tierra de continuos y asombrosos desniveles, y sirve de acceso al enorme altiplano que se extiende por cien- tos de kilómetros hacia las alturas occidentales de Bolivia. Luego de una larga sesión de fotos junto a los macizos de la zona —en el punto más alto que alcanza la carretera que sigue de la ciudad de Sicuani hacia el sureste—, y tras reír maliciosamente bajo el enorme cartel que indica el nombre del lugar —“Abra La Raya”—, 1 entramos al último territorio que habríamos de recorrer en el Perú: el departamento de Puno. El altiplano peruano-boliviano —el más extenso del mundo— había sido por años una de nuestras expecta- tivas más fuertes. Todo lo que habíamos podido averi- guar sobre la zona era, por decir lo menos, tan intrigante como atractivo. Que Bolivia era demasiado despoblada (lo cual nos ocasionaría problemas de abastecimiento), que en el altiplano las temperaturas podían descender a muchos grados bajo cero en las noches (lo cual dificulta- ría pernoctar en carpa), que el territorio aimara puede ser

1 En el Perú, se denomina “abra” a lo que en el Ecuador se llamaría “collado” o “nudo”. Se trata de una abertura entre montañas que sirve de paso de un lado de la cordillera a otro. El abra La Raya es el límite natural entre los departamentos de Cusco y Puno, en lo que a la postre resultaría casi la mitad exacta de nuestro viaje hasta Mendoza.

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hostil e incomprensible (lo que haría complicada nuestra relación con la gente local), que los paisajes serían tan de- soladores como espectaculares… En fin, aunque nada de esto resultó ser del todo cierto —ni del todo falso—, la verdad fue que Bolivia nos acogió con todo el esplendor de su misterio y nos dio la oportunidad de vivir los días de mayor asombro y aprendizaje ante las inquietas extra- ñezas de nuestro continente. De todos los países que visitamos durante el recorri- do, Bolivia fue el más original. Convulsionado por un complejo entramado de conflictos políticos y sociales, el país más pobre de América del Sur fue para nosotros una peculiar fuente de contacto con la riqueza humana más sorprendente del viaje. Y la más incomprensible, también. La rivalidad crecientemente aguda entre las pro- vincias de la Sierra (La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba y Chuquisaca) y sus hermanas rivales de “la Media Luna” (Pando, Beni, Tarija y, especialmente, la pujante e insti- gadora Santa Cruz), entre otras cosas, provocan un des- asosiego inclemente que en varias ocasiones ha llevado al país al borde de la desintegración y el caos. Frente a ello, sin embargo, a menudo da la impresión de que la pétrea población indígena del altiplano mantiene una actitud de silencio, de ausencia, como si nada de ello le incumbiese o, más aún, como si nada de ello mereciera su atención. Para nosotros, que poco o nada acertado podemos decir acerca del corazón profundo de Bolivia y sus irre- mediables problemas, el contacto con los hombres y

Santa Rosa fue la primera población del altiplano en la que pasamos una noche. La

Santa Rosa fue la primera población del altiplano en la que pasamos una noche. La luz del atardecer fue especialmente benévola para permitirnos observar la infinita llanura flanqueada de cerros. Una vez en la plaza del pueblo, una señora (Ruth) se acercó y trabamos amis- tad. Al rato nos invitó a su casa y nos hizo probar un plato regional

típico en la época de Semana Santa, algo similar a la fanesca. No pudimos quedarnos con ella por falta de espacio, pero, gracias a su ayuda y la intervención del sacerdote local (padre Pablo), conse- guimos hotel por apenas cinco soles. Fue la única vez en el Perú, exceptuando el Cusco, en la que pagamos por hospedaje.

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las mujeres ancestrales de esas alturas fue un motivo de sorpresa casi atemorizante. Por primera vez en nuestra aventura nos enfrentábamos a un entorno humano que no éramos capaces de comprender: el idioma, las actitu- des de la gente, sus reacciones, sus formas de interpretar nuestras preguntas y contemplar en silencio nuestro paso, todo tenía un carácter propio, inquisidor, distinto. Si bien atravesar el Perú, al menos en términos generales, había significado el descubrimiento de un pueblo al que agra- decidamente podíamos denominar “hermano”, nuestro paso por Bolivia nos reveló una ignorancia abismal que jamás supimos cómo superar y que empapó nuestra per- cepción de ese país con un aroma de enigma. Los días finales del Perú, por su parte, estuvieron lle- nos de una serenidad creciente que venía inspirada, en buena medida, por ese nuevo entorno al que habíamos ingresado tras franquear los páramos de La Raya. El al- tiplano, a menudo monótono y poco acogedor, nunca dejó de tener para nosotros una extraña fuerza plena de encanto: quizá un vago sentido de vastedad y calma, una perenne idea de libertad que viajaba con nosotros por las llanuras y se nos anunciaba con el viento. Luego de dos meses de explorar a nuestro gigante vecino del sur, pa- recía increíble que la Cordillera Real de Bolivia estuviese por fin al alcance de nuestra mano. Mientras, sin perder- la de vista, dábamos contorno al Titicaca a lo largo de los últimos kilómetros peruanos destinados a presenciar nuestro paso, Bolivia dejaba de ser una meta imaginada

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para convertirse en el nuevo escenario vivo de Sudamé- rica a pedal. El día que atravesamos la frontera no fue especial- mente singular. Fuera de un problema que David y Carla tuvieron que enfrentar en migración por haber excedido la cantidad de tiempo para la que habían sido autorizados de permanecer en el Perú —y por el cual hubo un mo- mento en que los ánimos de los oficiales peruanos se cal- dearon más de lo que hubiésemos querido—, además de un memorable almuerzo de tallarines verdes y papas con maní en Yunguyo, última población en la ribera peruana del gran lago, llegamos a Copacabana sin grandes aspa- vientos. Atrás habían quedado las calles increíblemente alborotadas de Juliaca, el baño helado en el Titicaca junto a las islas de los Uros y las extrañamente monumentales iglesias de Juli, el llamado “Vaticano del Perú”. Puno, el puerto lacustre más elevado del planeta, nos vio partir con la misma solemnidad fría y silenciosa con la que nos había visto llegar. Del lado boliviano, en Copacabana, sucumbimos por primera vez desde Cusco a la tentación de pagar por una habitación de hotel. La debilidad de aquel día no nos supo a traición debido a los escasos diez bolivianos que entregamos: algo menos de un dólar y medio a cambio de cuartos, camas, baños y hasta una ducha caliente, lu- jos a los que no estábamos acostumbrados en esos días. Sin embargo, bastó ese desliz para que nuestro temple se relaje y hagamos costumbre de esa práctica que hasta

Nuestro encuentro con el Titicaca no fue brusco. Al contrario, pasa- mos casi todo un

Nuestro encuentro con el Titicaca no fue brusco. Al contrario, pasa- mos casi todo un día bordeándolo sin verlo, pues pedaleábamos a la misma altura de su ribera y la vegetación, aunque muy baja, nos impedía observar la superficie del agua. Fue ya muy cerca de Puno cuando una elevación nos permitió observar parte de su magnitud.

De ahí en adelante, las vistas panorámicas del lago y sus bordes fueron el paisaje regular por cuatro o cinco días. La vista más espec- tuacular la tuvimos desde las alturas de la Península de Copacabana, poco antes de bajar al estrecho de Tiquina, por donde cruzamos en barcaza hacia la ribera opuesta del lago para adentrarnos en Bolivia.

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Los días de transición entre Perú y Bolivia fueron bastante más re- lajados que los

Los días de transición entre Perú y Bolivia fueron bastante más re- lajados que los días anteriores al Cusco. Empezamos a acostum- brarnos a iniciar la pedaleada cada vez más tarde, y hubo muchos días en los que dejamos de preocuparnos por “perder el tiempo” en actividades que no contribuyeran al avance. A la salida de Puno

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pasamos un buen rato tratando de escalar un peñón de roca. Ya del otro lado del Titicaca, cerca de Huarinas, organizamos un partido de fútbol contra niños que encontramos junto a la carretera. También nos diveríamos pedaleando mucho tiempo juntos y conversando, algo no muy común en lo que se vino después.

El Movimiento al Socialismo , grupo que llevó a Evo Morales al poder, tiene fuerte

El Movimiento al Socialismo, grupo que llevó a Evo Morales al poder, tiene fuerte oposición en grandes territorios de Bolivia.

entonces había estado tácitamente prohibida. Bolivia fue el país en donde más veces utilizamos los servicios de ho- tel, aunque no fueron pocas las ocasiones en que tuvimos que volver a aplicar nuestra diplomacia para encontrar albergue en lugares donde más se soñaba con agua co- rriente o luz eléctrica que en hostales o dólares aportados por turistas. Salir de la península en donde Copacabana se halla enclavada nos llevó toda una mañana. Los paisajes de ese pequeño tramo fueron particularmente formidables debido a la presencia de unos nudos montañosos que se adentran en las aguas como si tratasen de dividirlas, cosa que por poco logran en Tiquina, punto en donde el ancho del lago apenas alcanza unos 300 metros y por

donde se realizan los cruces de orilla a orilla a bordo de amplias gabarras acondicionadas para soportar el peso de buses y automóviles. En cierto punto, cuando atravesába- mos un pajonal completamente yermo y aparentemente inhabitado, un hombre apareció del borde de una loma y, con toalla al hombro, se fue acercando relajadamente hacia el punto de la carretera en donde nos encontrába- mos descansando. Para nuestro asombro, el desconoci- do no tardó en saludarnos y, tras algunas frases de rigor, nos preguntó si acaso llevábamos con nosotros alguna afeitadora que pudiésemos venderle. La teníamos, de he- cho, y se la regalamos. El hombre agradeció y emprendió marcha por donde había venido, sin percatarse del asom- bro que nos había causado el encuentro. De dónde venía aquel individuo y hacia dónde se encaminaba a encontrar lo que buscaba es algo que nunca logramos descifrar. A nosotros nos tomó por lo menos una hora más de fuerte pedaleo encontrar algo que pudiésemos llamar civiliza- ción, y aún entonces nos resultaba increíble que alguien pudiera aventurarse a un trayecto tal con el solo objeto de conseguir un artículo tan nimio como una afeitadora des- echable. Pero estábamos ya en Bolivia: poco habríamos de comprender de ahí en adelante. No tardamos mucho en cruzar el estrecho de Tiqui- na. Lo que nos esperaba del otro lado era otra sorpresa “a la boliviana”: un cuartel de la Armada. Sí, de la Ar- mada. Eduardo Abaroa, el heroico defensor de Atacama durante la Guerra del Pacífico, preside semi-postrado un

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Copacabana es un puerto lacustre muy famoso por la belleza de su entorno y porque

Copacabana es un puerto lacustre muy famoso por la belleza de su entorno y porque es el punto de partida para diversos paseos en los alrededores y al interior del Titicaca. Nosotros, que habíamos visto al lago desde muy diversas perspectivas, decidimos saltarnos el turismo y avanzar directamente hacia La Paz, otra de las ciudades

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“hito” de nuestro recorrido. A pesar del poco tiempo que estuvimos en el puerto, éste no dejó de sorprendernos. Encontramos por ca- sualidad a un amigo quiteño que vacacionaba en la zona, visitamos el santuario de la Virgen de Copacabana y descubrimos las ventajas económicas que Bolivia habría de ofrecernos en lo sucesivo.

La Paz es una ciudad de asombrosos contrastes incluso para gente que, como nosotros, ha

La Paz es una ciudad de asombrosos contrastes incluso para gente que, como nosotros, ha vivido siempre en un entorno donde la desigualdad es evidente. El amplio muni- cipio de El Alto a momentos parece una ciudad en ruinas en comparación a los barrios paceños que se encañonan

hacia el sur, manifiestamente opulentos y modernizados. El enclave geográfico de la ciudad es también un émulo de esas diferencias: la planicie fría de El Alto no se parece en nada al vertical abismo por donde se descuelgan los barrios que bajan hacia el centro y el sur.

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monumento que resume, no carente de ironía amarga, la nostalgia boliviana por el Pacífico. Y no sería esa la última vez que tal sentimiento dejase de aflorar ante nosotros. Al contrario: la conciencia boliviana está irremediablemente marcada por el hecho de haber perdido su salida al mar. Más injusta aún que nuestra pérdida del Amazonas, la antigua derrota de Bolivia ante Chile está muy lejos de sanar: en todas las grandes ciudades bolivianas se puede encontrar alguna suerte de “museo del litoral”, y hasta las canciones populares del país aún habla de las provincias marítimas. En términos territoriales (al igual que noso- tros), Bolivia no ha hecho otra cosa que perder —parte de su amazonía ante Brasil, el Chaco ante Paraguay, el Pacífico ante Chile—, y esta serie de fracasos (de nuevo, como en el Ecuador), es parte fundamental de una iden- tidad conflictiva y bullente desde sus raíces. Avanzar por este país de fantasía jamás dio tregua a lo inesperado. Apenas habíamos franqueado las puertas del Titicaca cuando se desplegó ante nuestro cansancio la inmensidad casi mística de las praderas del altiplano que circundan la ciudad de La Paz. Íbamos cantando, pretendiendo ser una escuadra militar en medio de una avanzada de guerra, divertidos con la música que brotaba de unos pequeños parlantes que habíamos acoplado en una de nuestras bicicletas, cuando, a la vista de los maci- zos brillantes del Illimani y el Illampu, dimos pie con un grupo de niños que jugaba fútbol en una cancha distante por apenas diez o quince metros de las aguas del Titicaca.

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Se nos ocurrió retarlos, y casi de inmediato estábamos ya enfrascados en un alegre enfrentamiento que se perdía en los confines de la tarde. La tropa de rapaces no pro- nunció palabra alguna mientras nosotros armábamos un verdadero escándalo de gritos y risas en ese duelo que se cerró con un brindis de Quina Kola. Perdimos tres a uno. Ese día dormimos sobre colchones de paja en Huari- na, un pueblo fantasma que decía ser la cuna del famoso Mariscal de Zepita, Andrés de Santa Cruz, de quien algo sabíamos, entre otras cosas, por su participación en la campaña de liberación de Quito bajo el comando de Su- cre, en 1822. Aún no anochecía en la siguiente jornada cuando, apenas traspuesto el desorden paupérrimo de El Alto, ya teníamos a la vista el vasto encañonado por don- de se descuelga La Paz, capital política de Bolivia y una de las ciudades más impresionantes que visitamos en la ruta. Al entrar volando a esa ciudad rompimos no solo el récord de velocidad logrado hasta entonces (71,2 km/h), sino también la marca de los 4.000 km, poco menos de la mitad de lo que el viaje acumularía en su totalidad. Es tan difícil sintetizar en apenas unas líneas todo lo que un lugar como ese pudo mostrarnos durante los tres o cuatro días que nos acogió que quizá no cabe intentar- lo. De La Paz guardaremos tanto el recuerdo de su magna extrañeza como la dificultad que supuso descubrir en sus calles algunas de las peores contradicciones del alma boli- viana y, por extensión, de nuestras propias incoherencias. La Paz es una ciudad que comparte muchas semejanzas

Oruro, a pesar de su importancia en el contexto boliviano, fue para nosotros otra ciudad

Oruro, a pesar de su importancia en el contexto boliviano, fue para nosotros otra ciudad de paso. Aunque tratamos de buscar hospe- daje gratuito golpeando la puerta de muchos lugares, finalmente tu- vimos que pernoctar en un hostal. A la mañana siguiente desayuna- mos en uno de los mercados de la ciudad, en donde nos curamos

del frío gracias a empanadas de harina con queso (muy parecidas a nuestras empanadas de viento) y algunos brebajes de sabores deliciosos y muy energizantes. Muchas veces en Bolivia fueron los mercados populares el sustituto a las habituales “fondas” del camino en las que normalmente parábamos en busca de comida.

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En la ruta hacia Potosí, hubo un momento en que nos alejamos del altiplano y

En la ruta hacia Potosí, hubo un momento en que nos alejamos del altiplano y nos adentramos en un flanco de la cordillera. Esa fue la zona más despoblada que encontramos en Bolivia. Recorríamos decenas de kilómetros en completa soledad para encontrar pobla- ciones en las que apenas vivía un puñado de personas. A pesar

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de ello, de vez en cuando aparecía en la carretera algún oriundo que caminaba, pastaba llamas o simplemente pedía caridad. Nunca comprendimos bien de dónde podía salir esa gente, ni cómo había podido llegar a ese lugar en el que nosotros no divisábamos un alma. La dificultad idiomática nos impedió averiguarlo.

con Quito, y aunque es difícil explicar por qué, el meollo del asunto no reside únicamente en arquitecturas o traza- dos urbanos, sino más bien en una similitud de espíritus, en la actitud de sus habitantes, en el carácter humano que impone la peculiar inclinación de los cerros por los que habita, crece y se descompone una ciudad así. Poco a poco nos fuimos adentrando en una Bolivia más remota y sorprendente. Hacia el sur de La Paz se abre soberbio el altiplano en toda su magnitud de belleza

y abandono. El ritmo febril que habíamos adquirido en el

transcurso de las últimas semanas nos llevaron en apenas tres días a Oruro y en cuatro más a Potosí, culmen de nuestro tercer episodio. Antes de ello habríamos de atra-

vesar algunos de los rincones más solitarios del trayecto,

a menudo sin ver más que un puñado de vehículos y aún

menos casas en toda una jornada de pedaleo. Es posible que eso haya sido lo que paulatinamente reemplazó los inagotables juegos y bromas en los que transcurrían inde- finidamente nuestros días de marcha en el Perú por eta-

pas más silenciosas y reflexivas. Hubo días en los que, sin necesidad de bajarnos de nuestras bicicletas, pasábamos horas de horas conversando de nuestras preocupaciones más serias y más cotidianas: la familia, el amor, la amis- tad, el futuro, la vida laboral… También los hubo en que, casi sin vernos, pedaleamos por horas y horas de solitario ensimismamiento a lo largo de extensas hondonadas que parecían hechas precisamente para eso: para obligarnos

a pensar.

La monotonía del altiplano fue finalmente rota cuan- do, en Challapata, algo más de 100 km al sur de Oruro, nos desviamos hacia el Este y empezamos a recorrer los altibajos de la llamada Cordillera de Los Frailes. El úni- co pueblo que encontramos en ese día fue el caserío de Thola Palca, un paradigma de la extrañeza y el abandono que nosotros veíamos en esas alturas de Bolivia. Apenas habíamos detenido la marcha cuando entablamos con- versación con una mujer local. La confusión de ese diálo- go difícil fue algo a lo que ya empezábamos a estar acos- tumbrados. Nosotros tratábamos de pedirle información para saber qué posibilidades tendríamos de conseguir alojamiento en ese caserío. Además de ello, le ofrecíamos un poco de dinero a cambio de que nos preparase algo para comer en la noche. Ella respondía con reticencia en un castellano entrecortado, y su actitud daba a entender que interpretaba nuestro diálogo como una suerte de co- queteo atrevido o algo parecido. “Estás muy equivoca- do”, le decía a Juan Fer; “mi marido te va a golpear”. Enseguida reía a carcajadas. Rendidos ya por no lograr entendernos en algo que para nosotros parecía tan simple, optamos por establecer contacto a través de nuestra delegación femenina. An- drea y Carla probaron suerte en muchas puertas antes de lograr algún tipo de conversación que superase los in- eludibles saludos iniciales. En una ocasión, inclusive, un grupo de mujeres campesinas interrumpió su descanso en el pórtico de una choza y cerró puertas y ventanas

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Thola Palca fue el lugar en donde menos conexión logramos entablar con los lugareños. Mientras

Thola Palca fue el lugar en donde menos conexión logramos entablar con los lugareños. Mientras unos nos discutían entre malentendidos y confusiones, otros se reían de nosotros y la mayoría nos ignora- ba olímpicamente. El paraje era tan aislado que no había posibilidad alguna de continuar para buscar refugio en otra parte. Tampoco dis-

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poníamos de las provisiones suficientes para alimentarnos adecua- damente. Sin embargo, el asunto no era propiamente un problema de apertura, sino de comunicación: una vez que logramos explicar de una manera aceptable nuestra situación, la gente nos ayudó a conseguir posada y comida como en cualquier otra parte.

“El Tío”, guardián y señor de las minas potosinas antes de permitir que las dos

“El Tío”, guardián y señor de las minas potosinas

antes de permitir que las dos visitantes se acercasen a decirles algo. Prácticamente tuvimos que allanar las ins- talaciones de la escuelita local a fin de conseguir un lugar para pasar la noche (aunque de todas formas luego paga- mos algo a un hombre que se hizo pasar por responsable

del lugar). Más tarde terminamos por alimentarnos con un plato —bastante incomestible a nuestro juicio— en casa de una familia que por compañía nos ofreció una película americana en VCD que no solo estaba mal tra- ducida, sino que presentaba errores en el audio que la volvían incomprensible, cosa que no impedía que uno de los niños de ese hogar dijera por adelantado cada una de las líneas incompletas y distorsionadas que pronunciaban los personajes de la pantalla. A través de ese ambiente irreal avanzamos hasta con- quistar la casi mítica ciudad de Potosí, en cuyo entorno pasamos una semana entera. Los desorganizados paseos por la ciudad más elevada de Bolivia, el divertido y alo- cado viaje a Sucre, capital constitucional del país, la casi atemorizante visita a los socavones del Cerro Rico, ese enorme cementerio que por ironías de la historia aún bu- lle de actividad minera en su interior, fueron parte del colofón que le dimos a ese pedazo de la travesía. Los tres últimos días de descanso los pasamos de turistas en la región suroccidental del país, recorriendo el espectáculo surreal de los desiertos que rodean el salar de Uyuni y atravesando con admiración esa planicie que parece ha- ber venido de la luna. Esos días en Potosí y sus alrededores fueron quizá los últimos de nuestro pueril romance con la grandeza del viaje. El misterio de Bolivia parecía demandarnos una dura cuota de fatiga espiritual, como si de alguna manera todos supiésemos que no era justo continuar sin antes

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El mundo de las minas de Potosí fue uno de los paisajes humanos más sorprendentes

El mundo de las minas de Potosí fue uno de los paisajes humanos más sorprendentes que tuvimos la oportunidad de conocer. El peso inevitable de la historia que envuelve a la actividad minera del Cerro Rico hace que su presencia en la actualidad adopte resonancias simbólicas continentales.Si a eso se le suman las condiciones de

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vida de los mineros y la severidad de su rutina diaria, el panorama general es asombroso. Las pocas horas que pasamos deambulan- do por uno de los cientos de túneles que horadan la montaña fue suficiente para dejarnos una impresión definitiva. Es casi temor lo que uno siente al conocer un lugar así: temor al ser humano.

Como paisaje natural fuera de lo común, Uyuni y sus alrededores se llevan el primer

Como paisaje natural fuera de lo común, Uyuni y sus alrededores se llevan el primer premio. todo el sudoeste boliviano es un enorme desierto de altura sembrado de lugares imposibles de imaginar sin haberlos visto: lagunas verdes o rojas pobladas de puntitos rosa que se desplazan con parsimonia o violencia, yermos ventosos extendi-

dos bajo nubes que hacen pensar en platillos voladores, bosques de piedra cuyos árboles se sostienen como por arte de magia, géisers

olorosos que calientan un páramo a los 4.200 msnm

región es surreal, mágico. Los días del viaje al salar fueron un mo- mento de misticismo que ninguno de nosotros pasó por alto.

Todo en esa

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haber apaleado un poco el peso de la avalancha que lle- vábamos a cuestas. Pero la calma necesaria para asimilar vivencias y sacar conclusiones fue un lujo al que nunca tuvimos acceso mientras nos mantuvimos en camino ha- cia Mendoza. Por más que pretendimos demorarnos en la ciudad de las minas, el reto de la marcha exigía cum- plirse, y finalmente una mañana anaranjada nos vio partir cabizbajos hacia las remotas localidades que nos espera- ban más al sur.

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¿Cabizbajos? Difícil decirlo así… De lo que no cabe duda es que, para entonces, algo extraño había hecho en nosotros el país del altiplano. Sin entender de qué mane- ra el paso por Potosí había alterado el ánimo de nuestra expedición, lo único que pudimos hacer fue resignarnos a continuar. Y así lo hicimos. Pronto nos daríamos cuenta de que la ruta ante nuestras narices se desplegaba con una intensidad distinta.

Calapuja, Perú. Día 70. -82-

Calapuja, Perú. Día 70.

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-83- Uyuni, Bolivia. Día 91.

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Uyuni, Bolivia. Día 91.

Cus Quiq Si
Cus
Quiq
Si

DÍA

DESTINO

 

KM

67

Quiquijana (departamento de Cusco, 3.200 msnm)

70

68

Sicuani (Cusco, 3.515 msnm)

 

69

69

Santa Rosa (Puno, 3.935 msnm)

68

70

116

Calapuja (Puno, 3.805 msnm)

 

71

Puno (Puno, 3.730 msnm)

69

72

Descanso en Puno

-

73

Juli (Puno, 3.800 msnm)

83

74

Copacabana (departamento de La Paz, Bolivia, 3.800 msnm)

65

75

Huarina (La Paz, 3.800 msnm)

80

76

La Paz (La Paz, 3.600 msnm)

79

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Descanso en La Paz y alrededores N

Villa Loza (La Paz, 3.955 msnm)

Konani (La Paz, 3.770 msnm) Oruro (Oruro, 3.685 msnm) Pazña (Oruro, 3.685 msnm) Thola Palca (Oruro, 4.085 msnm) Cieneguillas (Potosí, 3.475 msnm) Potosí (Potosí, 3.970 msnm) Descanso en Potosí y alrededores

-

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81

72

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82

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103

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45

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-

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sco

uiquijana

Sicuani

sco uiquijana Sicuani Santa Rosa Calapuja Puno Juli Copacabana Huarina La Paz Villa Loza Konani Oruro

Santa Rosa

Calapuja Puno Juli
Calapuja
Puno
Juli

Copacabana Huarina

Sicuani Santa Rosa Calapuja Puno Juli Copacabana Huarina La Paz Villa Loza Konani Oruro Pazña  
Sicuani Santa Rosa Calapuja Puno Juli Copacabana Huarina La Paz Villa Loza Konani Oruro Pazña  

La PazSicuani Santa Rosa Calapuja Puno Juli Copacabana Huarina Villa Loza Konani Oruro Pazña   4.338 msnm

Villa LozaSanta Rosa Calapuja Puno Juli Copacabana Huarina La Paz Konani Oruro Pazña   4.338 msnm Altura

Calapuja Puno Juli Copacabana Huarina La Paz Villa Loza Konani Oruro Pazña   4.338 msnm Altura

Konani

Oruro Pazña
Oruro
Pazña
 

4.338

msnm

Altura máxima

La Raya (Sicuani-Santa Rosa)

 

3.200

msnm

Altura mínima

Quiquijana

 

823

m

Mayor desnivel

(subida)

Sicuani-La Raya

(35 km)

 

610

m

Mayor desnivel

(bajada)

Descenso a Cieneguillas

(20 km)

Día más largo (hrs. pedaleadas)

Santa Rosa-Calapuja 5h 38m

Día más corto (hrs. pedaleadas)

Cusco-Quiquijana 3h 26 min

Día más rápido (vel. máxima)

Thola Palca-Cieneguillas 75,9 km/h

Día más lento (vel. promedio)

Cieneguillas-Potosí

10,8 km/h

Distancia total

 

recorrida desde

4.560 km

Quito

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10,8 km/h Distancia total   recorrida desde 4.560 km Quito -85- Thola Palca Cieneguillas Potosí

Thola Palca Cieneguillas

10,8 km/h Distancia total   recorrida desde 4.560 km Quito -85- Thola Palca Cieneguillas Potosí
10,8 km/h Distancia total   recorrida desde 4.560 km Quito -85- Thola Palca Cieneguillas Potosí

Potosí

Los días de la discordia

Potosí-Tucumán, 1.208 km

(16 de abril a 4 de mayo de 2008)

Los días finales de Bolivia fueron definitivamente agotadores. De nue - vo sobre lastre y

Los días finales de Bolivia fueron definitivamente agotadores. De nue- vo sobre lastre y por un costado del altiplano (sin gozar, por tanto, de su llanura), avanzamos 350 kilómetros en cuatro días. Andrea no nos acompañaba y Mario convalecía por enfermedad y falta de dinero. Finalmente en Villazón se tomó la decisión de que era imposible con-

tinuar juntos. Su despedida fue uno de los momentos más tristes del viaje y sin duda alguna un importante punto de giro. Hasta ahí llegó la jovial aventura libre de todo límite; luego de ello se inició el proceso de clausura. El siguiente mes de viaje tuvo un carácter sumamente distinto a lo que hasta entonces habíamos vivido.

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M ás que discordia, los días transcurridos en el sur boliviano y el noroeste argentino estuvieron lle- nos de una intranquilidad causada por nuestro

despertar ante una realidad inevitable: la caducidad del viaje. Las salidas de Santiago y José Luis, los dos miem- bros de Sudamérica a pedal que ya no estaban presentes en la aventura, habían sido más o menos programadas desde Quito, por lo que a la larga no habían sido asu- midas más que como procesos habituales del proyecto y nadie había visto en ellas un augurio definitivo de clausu- ra. Ahora, en cambio, empezaban a ser cercanas las pri- meras separaciones no previstas, los primeros retornos auténticos de los seis viajeros que formábamos el grue- so de la tropa. Además, llegábamos ya al último país de los programados originalmente para la ruta, Argentina; y Mendoza, lejos de ser un objetivo teórico y casi imposible por lejano, era ya una palabra constante en nuestros ma- pas y nuestros itinerarios diarios. Empezábamos a darnos cuenta de que nuestro sueño no podía ser eterno. Andrea tuvo un fuerte enojo con el grupo y, cansada de la actitud eternamente infantil de casi todos, se separó por dos semanas de la expedición. Aunque finalmente volvió a integrarse —en parte por los ruegos de perdón que imploró el resto y en parte consciente de que sería impropio dejar pasar esa oportunidad única que tenía- mos de cumplir con la meta—, cuando lo hizo habían pasado casi 700 kilómetros y el grupo había cruzado la última frontera internacional de su itinerario. Mario, por

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su parte, había gastado ya casi todos sus ahorros y empe- zaba a sobrevivir con préstamos itinerantes que le hacían tanto los demás miembros de Sudamérica a pedal como algunos familiares comedidos que seguían las noticias de nuestra empresa desde Quito. Tras una fuerte amigdalitis que lo obligó a buscar atención en el hospital de Vitichi —donde pasamos la noche— y tomar bus para descansar durante las dos últimas etapas bolivianas, el robo de su cámara de fotos en la desabrida población fronteriza de Villazón lo decidieron finalmente a abandonar la marcha y retornar al Ecuador con lo poco que le quedaba. Su salida privó al resto del espíritu más alegre y desenfadado de todos, una pérdida que transformó el carácter de la expedición y la tornó más introspectiva y formal. A Juan Fer, por otro lado, se le empezaba a acabar el tiempo: debía volver a Quito para defender su tesis y graduarse de Biólogo, antes de lo cual lo esperaban obli- gadamente en Buenos Aires para unos días de descanso. Era obvio, pues, que ya no le sería posible llegar a peda- lear por las calles de Mendoza. Carla se debatía en dudas similares, y no fue hasta casi el final en que estuvo clara su intención de alcanzar el destino último de la capital men- docina. Solamente David y Andrés persistían en la idea de continuar sin miramientos, éste último decidido ya a no dar fin a la marcha en esa ciudad, sino mucho más allá. A pesar de todo ello, ese “síndrome de clausura”, que habría de acentuarse paulatinamente hasta ser casi un agobio en los días finales, era todavía una intuición

confusa y muy poco asimilada durante las jornadas que nos despidieron de Bolivia. Si bien antes de Potosí nos había sorprendido la magnitud “lunar” de los paisajes del altiplano, los horizontes de ese sur imperturbable nos su- mieron en entero desconcierto. Bastó el ascenso dramáti- co a los 4.200 msnm por el que tuvimos que flanquear el Cerro Rico y abrirnos paso hacia el sur para advertirnos que lo que se venía era duro. Y mucho. A apenas 50 km de Potosí volvimos a encontrarnos con el lastre que no habíamos visto desde Abancay y desde entonces —a ex- cepción de unos tramos asfaltados esporádicos comple- tamente renovadores— tuvimos cuatro jornadas tremen- das hasta la frontera con Argentina. Poco antes de llegar a Santiago de Cotagaita atravesa- mos el desafiante valle de Tumusla, dando fin a un reco- rrido simbólico que habíamos realizado casi sin saberlo desde las costas septentrionales del Perú. 1 La noche en Cotagaita no fue por ello menos fría o incómoda, aun cuando las autoridades de la escuela que nos dio posada se esforzaron por conseguirnos unas colchonetas mucho más confortables que nuestros habituales aislantes. Ese fue el último día en que Mario pedaleó con el grupo, pues

1 Al llegar a Tumusla, cumplíamos casi a cabalidad la ruta que habían seguido los Li- bertadores en la campaña que realizaron en pro de las independencias de Perú y Bolivia en 1823-1825. Desde los cañones que ascienden a la Cordillera Blanca, por las pampas de Junín y el llano de Ayacucho, Tumusla fue la población más austral a la que llegó el gene- ral Sucre, y donde se libró el último enfrentamiento militar entre patriotas y realistas que América hubo de presenciar durante los años de la Independencia. Nuestro tránsito por Potosí, esa cima mineral de América en donde Bolívar llevó al extremo su genial locura, ratificaba de alguna forma la vigencia en nosotros de ese viejo sueño de unidad americana.

hasta Villazón tuvo que adelantarse en bus para no seguir poniendo en riesgo su precaria salud. Lo que evitó con ello fueron los dos días más cansados de la ruta boliviana, dos días en que el camino quiso mostrarse abiertamen- te hostil a nuestros propósitos y en que el paisaje, quizá a manera de compensación, no quiso darnos tregua de asombro. Bolivia nos hizo un guiño de ojos al despedirse con una luna enorme engalanando el atardecer. Argenti- na, ensombrecida, estaba finalmente a la vista. Tras una pausa no prevista en Villazón —a la que estuvimos obligados para reparar algunos imperfectos mecánicos causados por los cuatro días de lastre y para despedirnos de Mario, que tomó bus de regreso hacia el norte—, ingresamos al país de las pampas con una sen- sación de incertidumbre. Absorbidos por las incógnitas de Bolivia, muy poco era lo que habíamos averiguado previamente sobre la ruta argentina. No teníamos sino un mapa muy simple y algunas indicaciones dadas por la gente que encontrábamos en el camino. No sabíamos qué esperar en cuanto a distancias y geografías, y tenía- mos apenas una vaga idea de lo que serían las próximas ciudades en términos de apariencia y espíritu. Recorrimos el altiplano jujeño casi con violencia, pues la mañana de ese día la habíamos perdido en los trámi- tes migratorios y adquiriendo repuestos en la población fronteriza de La Quiaca; todo el trayecto de esa jornada lo tuvimos que hacer en las horas de la tarde. Aunque luego nos dimos cuenta de que Jujuy tiene un carácter

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La frontera boliviano-argentina fue la más tensa de las que atrave- zamos. La no tan

La frontera boliviano-argentina fue la más tensa de las que atrave- zamos. La no tan clara diferencia de expresiones culturales entre los pueblos del sur de Potosí y del norte de Jujuy se vuelve tajante debido a las claras diferencias económicas. El control de la frontera es estricto y tedioso. Los productos se transportan de un lado a

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otro sobre las espaldas de cientos de trabajadores, casi todos ellos indígenas bolivianos. Villazón, en general, nos trató mal: no pudimos encontrar soporte técnico para reparar las bicicletas, sufrimos un robo y hasta un policía de la frontera trató de engañarnos para que le diésemos dinero.

La primera población argentina a la que llegamos a dormir nos ofreció el espacio de

La primera población argentina a la que llegamos a dormir nos ofreció el espacio de un coliseo local para que instalemos nuestros colcho- nes. Además del cambio en el tipo de comida y la forma de expre- sarse de la gente, una de las primeras sorpresas fue la constatación de la obsesión nacional argentina por el fútbol. La persona que nos

aceptó dentro del coliseo resultó ser un profesor de educación física que no habló de otra cosa en todo el tiempo en que conversamos. Además, debido a políticas de las instalaciones que nos prestaron, tuvimos que esperar a que los partidos previstos para esa noche terminen cerca de la una de la mañana antes de poder ir a dormir.

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El altiplano jujeño es una continuación de la misma formación geográ- fica que se inicia

El altiplano jujeño es una continuación de la misma formación geográ- fica que se inicia en el suroriente de Perú y atraviesa una cuarta parte del territorio boliviano. Es, por tanto, la continuación del mismo paisa- je y de la misma forma de viaje que habíamos experimentado durante los días centrales de Bolivia. Al igual que allí, la gente del sector a

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menudo camina o se moviliza en bicicleta desde un punto a otro. Con los niños que encontrábamos en la ruta solíamos conversar o entablar pequeñas competencias de velocidad. La fuerza de los más de 5.000 km que llevábamos a cuestas no fue suficiente para evitar que esa tarde fuésemos derrotados una vez más.

Alcanzar el fin de la Zona Intertropical en la mitad del descenso de la Quebrada

Alcanzar el fin de la Zona Intertropical en la mitad del descenso de la Quebrada de Humahuaca nos hizo caer en cuenta nuevamente de la magnitud de lo que estábamos tratando de lograr. Habíamos salido casi exactamente de la línea equinoccial y, en poco más de tres meses de intensa marcha, habíamos alcanzado una latitud sur

de 23º. Al cabo de los siguientes dos meses, el recorrido se habría casi duplicado, pues Bariloche se halla a 41º. Todo sumado equivale a casi un octavo del perímetro total del globo. Si pensamos que ese dato revela una distancia en línea recta (sin tomar en cuenta las sinuosidades del camino), en realidad el espacio recorrido fue mayor.

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peculiar y diferente al común del resto de la Argentina que conocimos, recibimos el cambio de país con cierta brusquedad. La Quiaca fue en seguida más comprensible para nosotros, más libre de incógnitas. En toda Bolivia no habíamos recibido una explicación de la ruta próxima tan clara y extensa como la que nos dio el amable dueño de una bicecletería local, y tampoco habíamos comido un plato tan completo —ni costoso, claro— desde que Gonzalo Fernández, uno de nuestros innumerables anfi- triones, nos había llevado a conocer los barrios opulentos de La Paz. Un poco más al sur de Abrapampa, donde pudimos dormir en una bodega del coliseo municipal luego de es- perar que un campeonato local de fútbol de salón libere las instalaciones a la una de la mañana, entramos al sua- ve descenso de la famosa Quebrada de Humahuaca por una abertura a los 3.870 msnm. Más tarde ese mismo día, abandonamos definitivamente la cota de los 3.000 metros de altura de la que no habíamos salido, salvo contadas excepciones, desde antes de llegar al Cusco, más de cua- renta días atrás. A pesar de que ese hecho no significó el fin de nuestro tránsito por los Andes —hasta el último día Sudamérica a pedal deambuló bajo la mirada de ese esqueleto continental—, sí significó un cambio radical de paisajes, exigencias de la ruta, intensidad y clima. Humahuaca fue una fiesta de colores y formas capri- chosas. Declarada como Patrimonio Natural de la Hu- manidad por la UNESCO, esta amplia abertura que baja

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- manidad por la UNESCO, esta amplia abertura que baja -95- Martín Pueyrredón desde la puna

Martín Pueyrredón

desde la puna hacia las yungas húmedas que rodean a San Salvador de Jujuy fue el encuadre de dos días llenos de un paisaje completamente novedoso para nosotros. Al amparo de esos cerros estriados de naranjas, rojos y ama- rillos, bajo la vista de esas rugosas laderas de sedimentos verticales, tuvimos un encuentro inolvidable con un ci- clista único: el porteño Martín Pueyrredón, que cargaba a sus 76 años un espíritu más valeroso que el nuestro y la emoción de saber saborear la breve plenitud que esconde en potencia cada recodo del camino. Él iba ascendiendo por donde nosotros bajábamos, y su objetivo no era otro que disfrutar con alegría de esa libertad. Se dirigía a Iru- ya, a dos o tres días de distancia, habiendo pedaleado ya

Los Torrejón son una familia de siete personas que vive en una casa de tres

Los Torrejón son una familia de siete personas que vive en una casa de tres dormitorios. Eso no fue problema al momento en que cinco ciclistas llegaron a sus puertas a pedir posada por unos días. Ya que Benjamín y Ana Rosa trabajan de sol a sol para velar por su extensa familia, los pequeños pasan mucho tiempo solos. Es sorprendente el

nivel de organización y unión que mantienen en medio de un aparen- te revoltijo. La noche en que llegamos a la casa, Yahuar, de apenas 6 años, había abierto una botella de licor de café y la bebía bajo el pretexto de que se lo permitían para que se acostumbrase. Cuando Benjamín se enteró de ello, lo reprendió enfurecido.

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otros tantos desde la capital jujeña. Verlo ascender con agotamiento por Humahuaca fue para nosotros renova- dor e inquietante: caímos en cuenta de que a un viaje así solo le hace falta el empuje visceral del ánimo para llevar- se a cabo, no necesariamente el temple de la disciplina o la fortaleza física. Recordamos gracias a él que la victoria solamente dependía de nosotros. Esa noche dormimos en las oficinas de la Comisaría de Huacalera tras una tarde de pedalear en contra de un viento imposible. Para el siguiente atardecer habíamos alcanzado ya la ciudad de Jujuy y, en el transcurso, ha- bíamos superado un hito importante: el Trópico de Ca- pricornio. Para cuando salimos de la abertura de Huma- huaca, a más de 5.000 kilómetros de casa, todos sentimos una fuerte sensación de lejanía, de orfandad, como si de pronto cayésemos en cuenta de la distancia real que nos separaba de nuestros hogares y nuestras olvidadas vidas habituales. Quizá en respuesta a eso fue que Jujuy nos ofreció bienvenida en el seno de un verdadero hogar. Andrea, a quien no habíamos visto desde una noche conflictiva en Sucre, había adelantado marcha en bus has- ta Jujuy y nos esperaba con el contacto de una familia muy especial. Benjamín Torrejón y su mujer Ana Rosa no tuvieron reparos en permitir que los cinco viajeros que quedábamos en Sudamérica a pedal nos instalásemos en su pequeña casa durante un par de acogedoras noches. Lo sorprendente de ello no era propiamente la hospita- lidad tan humilde como desinteresada que nos ofrecie-

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ron sin compromiso los dueños de casa, sino la enorme tropa que conformaba la familia: Danny, Laura, Belén, Karim, Nahuel, Yahuar y Misquinina. Gracias a su ale- gría y desenfreno, de todos ellos nos enamoramos casi de inmediato, por lo que no fue sorpresa sentir un desgarro interno cuando al poco tiempo tuvimos que dejar atrás el encanto de San Salvador. Las dos noches que pasamos donde los Torrejón fue- ron algunas de las más cálidas de todas. Benjamín nos relataba el largo viaje en bicicleta que hace muchos años había realizado por casi todos los rincones de Argenti- na al ritmo de la música que llevaba y la esperanza que compartía al enseñar a sus jóvenes compatriotas la ela- boración de instrumentos de música popular y el arte del mimo que él mismo practicaba entonces. Ana Rosa, por su parte, pasó no poco tiempo aleccionándonos acerca de temas como el amor familiar y la convivencia. Sin quedarse atrás, la horda de rapazuelos —a excepción de Laura y Danny, que ya superaban los quince años y se mostraban un poco más recelosos— nos envolvió en un paroxismo de cariño, griteríos, juegos y conversaciones que nos arrolló como una tormenta. A ese ritmo, una hora de descanso en Jujuy equivalía a una mañana entera de pedaleo. Gracias a los consejos de Benjamín nos encaminamos hacia Salta por un camino alterno que reposa en nuestra memoria como una ruta de verdadera maravilla. Fue un día largo y cansadísimo, que concluimos, a los tiempos,

Las contínuas sugerencias de nuestros anfitriones nos permitieron tomar caminos secundarios que se mantenían pegados

Las contínuas sugerencias de nuestros anfitriones nos permitieron tomar caminos secundarios que se mantenían pegados a las monta- ñas y aplazar así nuestro encuentro con las pampas occidentales de Argentina. Entre Jujuy y Salta, en lugar de transitar por una enorme carretera plana, cargada de tránsito y llena de letreros que prohibían

el paso de ciclistas, tomamos una ruta que pasaba por las poblacio- nes de El Carmen y La Caldera. Aunque el día fue lleno de pincha- zos y demoras imprevistas, todos los que la recorrimos estamos de acuerdo en afirmar que fue uno de los caminos más pintorescos y especiales de la etapa argentina.

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El valle de Cafayate, al sur de Salta, presenta laderas de formaciones rocosas erosionadas sumamente

El valle de Cafayate, al sur de Salta, presenta laderas de formaciones rocosas erosionadas sumamente atractivas. Desde que habíamos descendido a Jujuy (1.285 msnm), el clima había cambiado radical- mente y el calor, cosa olvidada durante nuestro paso por el altiplano, había vuelto a ser asunto presente en nuestras jornadas diarias. A

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menudo pedaleábamos sin camiseta para aprovechar la sensación térmica del viento sobre la piel. También fue común utilizar la misma camiseta o cualquier otro trapo a manera de pañuelo para la cabeza. Eso nos permitía evitar molestias por la abundancia de sudor. A esas alturas del viaje, el casco ya no nos parecía equipo indispensable.

Tina, madre de Ramón Marín en la oscuridad de la noche. La ruta de “la

Tina, madre de Ramón Marín

en la oscuridad de la noche. La ruta de “la cornisa”, como la llaman los locales, zigzaguea por arrugadas laderas no muy empinadas —muy lejos, por suerte, de la estática pampa por donde avanza en línea recta la autopista prin- cipal— en medio de una vegetación tan tupida como ex- traña a nuestros ojos. La presencia de unos cuantos lagos artificiales y un suave declive hacia el final de la tarde completaron ese magnífico día de aproximación a Salta, al que ni siquiera los constantes problemas de pinchazos pudieron opacar. Los contactos previos que Andrea había hecho durante sus días de separación del grupo nos aseguraron un nue- vo apoyo en esa segunda gran ciudad argentina a la que

arribábamos esa tarde. Esta vez la ayuda vino de mano de Ramón Marín y su familia. Él, aprendiz y voluntario de la

Cruz Roja Argentina, tiene el sueño de salir en su bicicleta

y viajar por el mundo durante el mayor tiempo que le sea

posible. Para ello, una de las estrategias que ha ideado es

hacer de su hogar una casa de ciclistas viajeros: así asegura una amplia fuente de contactos y corazones agradecidos dispuestos a recibirlo el día en que sea él quien tome las riendas de la aventura. Su intención ha sido cabalmente secundada por sus hermanas y especialmente por su ma- dre, Tina, quien hizo esfuerzos mucho mayores a lo que nosotros esperábamos para que nos sintamos cómodos y en casa durante nuestro día de descanso. Tras la separación con esta familia de nuevos amigos, emprendimos la marcha por una ruta no menos fenome- nal que aquella por la que habíamos llegado a Salta. Ra- món fue enfático en hacernos entender que no podíamos ni siquiera considerar la marcha por la autopista principal que conducía al sur por el costado oriental de la precordi- llera. Al contrario, debíamos adentrarnos por esa serranía para ingresar al amplio cauce de los valles calchaquíes y atravesar por ellos las impresionantes formaciones que enmarcan las poblaciones de La Viña, Cafayate, Amaicha

y Tafí del Valle, entre otras. El entorno por esos caminos poco transitados fue de un abrupto esplendoroso, de un prepotente hervidero de cerros y muescas coloradas por el que nos movimos con fascinación. No haber antici- pado nada de ese camino fenomenal contribuyó a que

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Los Valles Calchaquíes son un sistema de hoyas y pequeños nudos precordilleranos que se extienden

Los Valles Calchaquíes son un sistema de hoyas y pequeños nudos precordilleranos que se extienden por cientos de kilómetros entre las provincias argentinas de Catamarca, Tucumán y Salta, casi hasta la conjunción con la Quebrada de Humahuaca, en Jujuy. Nosotros los recorrimos parcialmente y luego descendimos por un costado

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oriental hacia las llanuras de San Miguel de Tucumán. La identidad particular de esta Argentina andina resultó enteramente novedosa para nosotros, que apenas conocíamos el país desde la distancia y completamente cegados por el influjo centralizador que ejerce la ciudad de Buenos Aires.

El inolvidable episodio de El Infiernillo fue un primer anuncio de lo que luego sería

El inolvidable episodio de El Infiernillo fue un primer anuncio de lo que luego sería el frío solitario del sur. Desde Amaicha del Valle (2.000 msnm) iniciamos un largo ascenso de más de 30 kilómetros hasta una altura de 3.024 msnm. Allí ingresamos en una nube fría cargada de llovizna que en un primer momento nos pareció inofensiva y hasta

refrescante. Sin embargo, cuando empezamos el descenso por el otro lado del collado, el frío intenso no tardó más que unos minutos para helarnos dedos y rostros hasta el entumecimiento. Lo que ini- cialmente fue causa de broma, a los pocos kilómebros fue un asunto preocupante que hizo que uno de nosotros soltase lágrimas.

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nuestra pesada fatiga se anulase ante la maravilla de un paisaje lleno de sorpresas. El primer atardecer de esa ruta lo demoramos entre pinchazos y esperas no planificadas. Llegamos a La Viña, una vez más, en la noche, pero no nos fue difícil encon- trar refugio gracias al alegre apoyo de una muchacha y sus dos hermanos menores. Katri, a quien encontramos por casualidad en los predios de la iglesia, nos condujo a un complejo deportivo del gobierno local en donde pa- samos la noche gratis y a la disposición de colchones y duchas. Mientras nos paseaba por el pueblo y nos hacía partícipes de su fama —ella, a sus dieciséis años, era la celebrada locutora local de más de un programa radial en donde aconsejaba a propios y extraños acerca de diversos problemas amorosos—, nos dio a conocer parte del ama- ble espíritu de esos rincones argentinos que poco o nada habíamos previsto. Y eso nos deslumbró. Aunque hablar sobre lo que el viaje nos ofrecía y nos mostraba era pan de cada día en nuestras aventuras, fue en el poblado de Cafayate donde por primera vez tuvi- mos una seria y sincera evaluación grupal de lo que está- bamos haciendo. Por iniciativa de Andrea, nos reunimos a charlar en torno a la mesa de un camping rodeado por una noche cerrada. Ella —quien más empeño había de- bido echar al asunto de la convivencia debido a que era la única del grupo que no se conocía con casi todo el resto desde la adolescencia— quería exponer al resto sus emociones y pensamientos concernientes al enfado que

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la había separado del grupo desde Potosí y su posterior reintegración en Jujuy. También quería que cada uno de los demás expusiese sus sentimientos con respecto al grupo y el viaje en general. En medio de palabras preten- didamente sesudas y gestos a los que el grupo no estaba acostumbrado, esa noche sigilosamente fría fue una no- che de reconciliación, el fin de la discordia. Dos días más y estuvimos en San Miguel de Tucu- mán, un universo de llanura muy diferente a aquel de los valles calchaquíes y los cerros encendidos de Cafa- yate. De alguna forma resultaba claro para todos que en algún momento en las pasadas tres semanas el viaje se nos había volcado para adentro. Los eventos que hace no mucho habíamos vivido en el divertido Perú parecían haber ocurrido hace años; las ausencias y las sorpresas agridulces de nuestro prolongado recorrido habían dado muchos giros a nuestra forma de comprender y asimilar lo que nos ocurría con tanta vehemencia. Eso, junto al gran esfuerzo que significó atravesar el páramo helado de El Infiernillo (yermo de las alturas tucumanas en el que sufrimos un doloroso episodio de hielo que causó algo más que entumecimiento en manos y pies) y descender casi 2.000 metros junto al cauce del río Sosa (camino en el que literalmente alcanzamos “El fin del mundo”, según rezaba un cartel en el camino), hizo que lleguemos a la capital tucumana en un estado cercano a la parálisis. Los tres días de descanso en Tucumán fueron de una dispersión y un abandono mental que llegó a molestar

a nuestros nuevos anfitriones. Quien principalmente se

hizo cargo de nosotros en ese lapso fue Héctor Martínez, un amigo de la adolescencia de Carla y David que enton- ces vivía en San Miguel planeando su futuro de promotor turístico. También conocimos a Santiago Garrido y Paula

Boldrini, ambos familiares de amigos quiteños, con quie- nes pasamos al menos una velada de risas y desmanes. Con ellos, en el estrecho pero acogedor departamento de Héctor (y gracias a su completo desinterés en recibirnos y ayudarnos), tratamos de recuperar energías para iniciar

el conteo final: Mendoza parecía estar ya a la vuelta de la

esquina. Finalmente, por diversas obligaciones, Juan Fer anun- ció que no continuaría más; Tucumán fue el lugar propi- cio para dar término a su marcha de casi tres meses. Los

otros cuatro, más acostumbrados que decididos, conti- nuamos en ruta. Sin embargo, en el fondo nos gobernaba la fatiga: una fatiga acumulada y acentuada por la preocu- pación del futuro que estaba más allá de Mendoza y que no alcanzábamos a ver, por la incertidumbre de la reali- dad que nos esperaba inevitablemente después de los días de Sudamérica a pedal. Y por más que nos esforzábamos en aprovechar la intensidad del trecho considerablemente grande que aún nos restaba, y enfocarnos en los descu- brimientos que aún habrían de venir dentro y fuera de ese camino, ya casi nadie podía dejar de pensar en lo que vendría después. Los días luego de nuestro paso por Tu- cumán fueron el nervioso silencio que sucede a una ex- plosión formidable, cuando las esquirlas y los guijarros arrojados por el aire aún no terminan de caer al suelo.

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Al día siguiente de superado el infierno frío del páramo previo a Tafí del Valle,

Al día siguiente de superado el infierno frío del páramo previo a Tafí del Valle, avanzamos por una zona lacustre muy turística y finalmen- te abandonamos los Valles Calchaquíes por un descenso que se anunciaba con este sugestivo cartel. Ya que ese fue oficialmente el día que abandonamos la cordillera por primera vez desde que

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salimos de la costa del Perú, el lugar resultaba en verdad, para noso- tros, la culminación de un gran episodio. Las pampas, escenario de la semana que siguió a nuestro paso por San Miguel de Tucumán, fueron una experiencia radicalmente distinta. Todos llegamos a extra- ñar las montañas hasta que volvimos a ellas.

Villazón, Bolivia. Día 98. -106-

Villazón, Bolivia. Día 98.

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-107- Tucumán, Argentina. Día 110.

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Tucumán, Argentina. Día 110.

DÍA

DESTINO

KM

95

Vitichi (departamento de Potosí, 2.985 msnm) Cotagaita (Potosí, 2.605 msnm) Tupiza (Potosí, 2.950 msnm) Villazón (Potosí, 3.400 msnm) Descanso en Villazón Abrapampa (provincia de Jujuy, Argentina, 3.480 msnm) Huacalera (Jujuy, 2.450 msnm) San Salvador de Jujuy (Jujuy, 1.320 msnm) Descanso en Jujuy Salta (Salta, 1.192 msnm) Descanso en Salta La Viña (Salta, 1.285 msnm) Cafayate (Salta, 1.645 msnm) Amaicha del Valle (Tucumán, 2.000 msnm) Tafí del Valle (Tucumán, 2.055 msnm) San Miguel de Tucumán (Tucumán, 390 msnm) Descanso en San Miguel de Tucumán

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3.480 msnm

Altura máxima

Abrapampa

Altura mínima

390 msnm San Miguel de Tucumán

 

1.024

m

Mayor desnivel

(subida)

Amaicha-El Infiernillo (32 km)

 

1.130

m

Mayor desnivel

(bajada)

Tumbayá-Jujuy

(40 km)

Día más largo (hrs. pedaleadas)

Tupiza-Villazón

6h 58m

Día más corto (hrs. pedaleadas)

VIllazón-Abrapampa

3h 33m

Día más rápido (vel. máxima)

Potosí-Vitichi

69 km/h

Día más lento (vel. promedio)

Amaicha-Tafí del Valle 11,3 km/h

Distancia total

 

recorrida desde

5.768 km

Quito

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Potosítotal   recorrida desde 5.768 km Quito -109- Vitichi Cotagaita Tupiza Villazón Abrapampa Huacalera San

Vitichi  recorrida desde 5.768 km Quito -109- Potosí Cotagaita Tupiza Villazón Abrapampa Huacalera San Salvador

Cotagaita Tupiza
Cotagaita
Tupiza

Villazón5.768 km Quito -109- Potosí Vitichi Cotagaita Tupiza Abrapampa Huacalera San Salvador de Jujuy Salta La

AbrapampaQuito -109- Potosí Vitichi Cotagaita Tupiza Villazón Huacalera San Salvador de Jujuy Salta La Viña Ta

-109- Potosí Vitichi Cotagaita Tupiza Villazón Abrapampa Huacalera San Salvador de Jujuy Salta La Viña Ta

Huacalera

San Salvador de Jujuy

San Salvador de Jujuy

Salta

Salta

La Viña

La Viña

Abrapampa Huacalera San Salvador de Jujuy Salta La Viña Ta fí del Va ll e Cafayate

Ta fí del Va ll e

CafayateVillazón Abrapampa Huacalera San Salvador de Jujuy Salta La Viña Ta fí del Va ll e

Amaicha del Valle

Abrapampa Huacalera San Salvador de Jujuy Salta La Viña Ta fí del Va ll e Cafayate

Tucumán

Los días del ocaso

Tucumán-Mendoza, 1.081 km

(5 a 17 mayo de 2008)

Los días de mayor desgano de nuestra aventura fueron los poste- riores a San Miguel

Los días de mayor desgano de nuestra aventura fueron los poste- riores a San Miguel de Tucumán. Tanto la proximidad del fin del viaje, como la parcial desarticulación del grupo y el tedio de pedalear en las infinitas rectas de las pampas contribuyeron a que en el grupo rei- nase, al menos por unos cuantos días, una sensación de abandono

y nostalgia. A pesar de todo, nunca perdimos el ánimo de continuar ni pensamos jamás en abandonar la marcha hacia Mendoza. Quizá esos días de ocaso eran parte del proceso habitual que debíamos atravesar para aceptar la conclusión de los intensos días de Suda- mérica a pedal.

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N unca se nos había ocurrido, desde nuestra salida

de Quito cuatro meses atrás, que la espontanei-

dad de nuestra aventura habría en algún momen-

to de tornarse una cuestión de rutina. Tras la salida de Juan Fer y el ingreso a las pampas pre-cordilleranas del oeste argentino, la marcha cotidiana empezó a llenarse de un ahogo cercano al tedio. Los días, que hasta enton- ces se consumían en una dinámica repetitiva pero jamás aburrida, empezaron a mostrar un rostro de agotamiento anímico que nos tuvo algo deprimidos y distantes durante las primeras jornadas que sucedieron a nuestra salida de San Miguel de Tucumán. Era ya evidente que el viaje al- canzaba sus últimos fulgores, que los kilómetros habrían de agotarse pronto y no habría más remedio que volver a casa. Quizá por eso las jornadas hacia la región del Cuyo estuvieron pobladas por una suerte de dolor secreto que cada uno de los cuatro viajeros restantes tuvimos que asu- mir en silencio. Es difícil saber en qué momento el hecho de viajar en bicicleta había dejado de ser para nosotros un motivo de asombro. Empezamos a extrañarnos cada vez más de la sorpresa que mostraba la gente que nos daba encuentro en el camino. El viaje por el que estábamos allí, que a casi todos parecía algo poco menos que imposible, era para nosotros ya un asunto cotidiano. Por tonto que suene, haber recorrido más de 6.000 km a pedal por las exten- siones de cuatro países nos llegó a parecer algo normal, lógico, carente de merecimiento o brillo. Desplazarnos

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cada día equivalía simplemente a fijar y cumplir pasos pequeños. El destino era siempre un punto incierto en el mapa que no estaba sino a unas cuantas decenas de kilómetros, nada más. El resto pertenecía a días descono- cidos, y había poco espacio en nuestra rutina para posar nuestros pensamientos en ello. Movernos por grandes distancias llegó a ser, de esa manera, una cuestión de es- perar que el tiempo pasase mientras cumplíamos un en- cargo repetitivo. Y eso nos cegó. Hubo unos cuantos días en los que daba la impresión

de que pedaleábamos con desesperación. Conforme Men- doza se acercaba y los días por planificar empezaban a ser cada vez más escasos, tuvimos la reacción de acelerarnos

y exigir a nuestras jornadas una velocidad casi obsesiva. Se volvió normal empezar a pedalear a las diez de la mañana

o aún más y aún así avanzar distancias superiores a los 100

km —cosa hasta entonces muy rara. A ello contribuía no solamente nuestra incapacidad de encontrar en la ruta la satisfacción que antes inundaba la aventura y la marcha —o quizá la nostalgia de esa pérdida—, sino también una nueva configuración de la geografía que ahora atravesába- mos: la inmensidad de las pampas y las inagotables rectas

que frente a nosotros se disparaban hacia el horizonte dio

a nuestro cansancio una monotonía por momentos inso-

portable. No por irónico fue menos cierto que, luego de haber pasado meses enteros por los difíciles altibajos de los Andes, era entonces, en la facilidad del llano, donde más cansado y abrumador nos resultaba seguir avanzando.

De todas formas, por encima del cansancio y la ilu- sión de tedio que nos asaltó durante esos días estaba aún la poderosa vibración de los kilómetros que se sucedían sin remedio. Resoplábamos, sí, nos agotábamos; entor- pecíamos nuestras perspectivas por el agobio de los días aparentemente repetidos y la dificultad de aceptar un fin inevitable, pero nada de eso negaba que estábamos ahí, que seguíamos avanzando y descubriendo, que nuevos mundos y nuevas personas nos seguían permitiendo ser artífices únicos de un sueño que, luego de pasar en vilo por una década, era entonces una palpable realidad. Po- ner peros al presente no era más que una torpeza; para llegar a Mendoza, ciudad aún no conquistada, faltaba pe- dalear casi una sexta parte del viaje. La respuesta a nues- tras pretendidas amarguras era la misma de siempre: sim- plemente teníamos que continuar. Con todo esto en la cabeza a manera de un torbelli- no informe y apresurado, atravesamos rápidamente las llanuras del sur de Tucumán. Los riesgos a los que nos obligó la pesadez del tráfico y el pequeño espacio de la banquina causó una caída y no poco temor durante ese nuevo primer día. A pesar de haber salido tarde, había- mos alcanzado la población de Alberdi mucho antes de la caída del sol, y esa noche tuvimos suficiente tiempo para hacer abundantes compras de comida y regalos, co- cinar en una pequeña hornilla que nos prestaron y hasta bailar entre nosotros luego de habernos bebido un par de botellas del bueno y barato vino local —costumbre

que se había vuelto casi hábito durante las noches ar- gentinas. El siguiente día lo emprendimos tras una larga com- plicación con una de las llantas de Carla, por lo cual per- dimos una buena parte de la mañana. En esos kilómetros, el verdor de los llanos tucumanos fue dando paso a los interminables trigales y plantaciones de soja en las que entonces se basaba la producción de una extensa zona central del país y, en realidad, un pedazo no tan pequeño de la economía nacional. De hecho, el tema de la soja fue un problema agudo durante toda nuestra permanencia en Argentina. Con el fin de aumentar el control estatal del producto y procurar mayores ingresos para el Estado —que por lo pronto estaban supuestamente siendo aca- parados de manera injusta por un grupo reducido—, el gobierno había aplicado un incremento brusco a las tari- fas de exportación de la soja y otros productos agrícolas. El resultado de esa medida había sido una protesta ge- neralizada y hasta violenta por parte de amplios sectores agro-productivos que paralizaron el país y se atascaron en una lucha irracional (de parte y parte), testaruda e irre- soluble. Para nosotros eso significaba precios excesivos —al menos así los describían las personas locales— en insumos básicos como el pan y la carne. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que las pro- testas desmesuradas y las exageraciones acerca de la si- tuación fiscal respondían más al temperamento gruñón y exaltado de los argentinos que a un verdadero estanca-

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Hubo días en los que llegamos a registrar hasta 40 o 50 kilómetros sin la

Hubo días en los que llegamos a registrar hasta 40 o 50 kilómetros sin la más ligera curva, a pesar de que no nos hallábamos plena- mente inmersos en las praderas pampeanas. Cuando comenzamos

nuestro ánimo mejoró. Resultó sorpresivo descubrir que a menor exigencia en la ruta, mayor era el esfuerzo que debíamos realizar para seguir avanzando. El desafío en esos momentos momentos llegó

a

ascender ligeramente de vuelta en dirección a la precordillera y

a ser meramente mental, pues la ausencia de distracciones en el

la

carretera adoptó ligeros desniveles o giros casi imperceptibles,

camino nos obligaba a un ensimismamiento mucho más agobiante.

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Fue común a lo largo de toda la llamada “Ruta del Vino” —que fue la

Fue común a lo largo de toda la llamada “Ruta del Vino” —que fue la que básicamente seguimos desde Jujuy hasta Mendoza— encon- trar pequeños puestos al borde del camino en los que podíamos encontrar todo tipo de manjares, desde frutas, la mayor parte de veces, hasta dulce de leche, alfajores de varios ingredientes, nueces

en diversas presentaciones y, sobre todo, vino. Algunos de esos puestos de ventas nos venían verdaderamente “caídos del cielo”, y eran un perfecto pretexto para echarse a descansar. La gente no demoraba en regalarnos algo de comida, sobre todo cuando andá- bamos hambrientos y nuestras compras eran substanciosas.

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A partir de la región de Catamarca y hacia el sur, el paisaje se tornó

A partir de la región de Catamarca y hacia el sur, el paisaje se tornó paulatinamente más seco. Los cañaverales y extensos plantíos de soja que encontramos al sur de Tucumán fueron perdiendo espacio frente a olivares, nogales y plantas espinosas, más propias de un clima con poca humedad. Eso nos permitió sudar menos mientras

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pedaleábamos, pero a la vez nos llevó por carreteras muy poco po- bladas y bastante aburridas. El día en que alcanzamos La Rioja, el más largo en kilometraje hasta ese momento, fue un eterno discurrir por paisajes poblados de espinares. Alcanzamos la ciudad al borde del anochecer, completamente agotados y orgullosos.

El cálculo original fue superado en más de 2.500 km miento de la economía. De

El cálculo original fue superado en más de 2.500 km

miento de la economía. De manera más notoria que en los demás países que visitamos, quejarse del propio país resulta, en Argentina, casi un deporte nacional, y como tal se practica con gusto y desenfado. O más aún: con pasión. El término medio parece ser muy poca cosa para el argentino común, y casi no importa si se trata del pre- cio de la harina, la política del gobierno o un partido de fútbol; todo defecto es digno de merecedor de expresivas frases del tipo: “¡Es una mierda!” o “¡Que se vaya a ca- gar!”, etc.

Durante la marcha decidimos que no valía la pena aminorar el ritmo para visitar la siguiente capital de la ruta: San Fernando del Valle de Catamarca. Luego de una noche en la que plantamos carpas en el patio de un pe- queño restaurante del poblado de La Merced, pasamos por la capital catamarqueña casi sin mirarla, aunque al menos nos detuvimos en ella para dar cuenta de un des- proporcionado almuerzo “al peso” cuyas consecuencias fueron sufridas horas de pesadez y agotamiento para lle- gar a Huillapima. En esa pequeña población obtuvimos permiso nuevamente para ubicar nuestras carpas en un patio, esta vez al costado de la iglesia local. A la postre, sin embargo, la ligera llovizna nos hizo preferir un ado- quinado techado a la suavidad del césped. El naciente frío fue burlado gracias al aporte de Jerónimo, un hombre de sesenta y nueve años que nos regaló todo lo necesario para cebar mate por un par de horas y nos conversó con franqueza acerca de la vida en la región. Todo eso sirvió de antesala para un día cansadísimo, el más largo de todos hasta ese momento y uno de especial contenido simbólico. Una zona de olivares y nogales des- parramados por la planicie fueron desgastando nuestra mente durante largas horas de pedaleo agobiante. Casi en el punto exacto que marcaba la división entre las provin- cias de Catamarca y La Rioja, alcanzamos la marca de los 6.125 km que habíamos calculado inicialmente como dis- tancia total entre Quito y Mendoza. El registro de tiempo acumulado indicaba, además, 383 horas con 12 minutos:

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Luego de un monumental almuerzo de milanesa a la napolitana que encontramos en un restaurante

Luego de un monumental almuerzo de milanesa a la napolitana que encontramos en un restaurante en principio nada prometedor, justo en un punto en que la carretera ofrecía un desvío hacia Santiago del Estero en rumbo sur desde Tucumán, enfrentamos un sinuo- so ascenso, bastante caliente y húmedo, de por lo menos 400 m.

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Mientras pudimos mantenernos juntos, conversamos acerca de los pormenores del viaje que nos habían parecido buenos y de aquellos que nos habían molestado. Fue una de las primeras veces que tra- tamos de poner el viaje en perspectiva, y una de las primeras veces que tratamos de hacer evaluaciones grupales.

Argentina fue el país en donde más usamos nuestras carpas para pasar las noches, en

Argentina fue el país en donde más usamos nuestras carpas para pasar las noches, en parte porque resultaba mucho más cómodo ahora que éramos solo cuatro, y en parte porque el país prestaba infraestructura para hacerlo. En casi cualquier población mediana- mente grande existen lugares adecuados para camping, los cuales

cobran un precio módico por el derecho de plantar carpas y ofrecen comodidades como seguridad y duchas. En otros lugares, simple- mente pedíamos permiso para armar nuestros hogares móviles en los exteriores de alguna fonda, escuela o iglesia, y allí pernoctába- mos.

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el equivalente a 16 días de marcha no interrumpida (de los 117 que llevábamos desde el día de la largada). La emoción de estos datos no impidió que los 130 km de ese día fuesen completamente demoledores, y que lleguemos a la capital riojana deshechos de cansancio. Quien nos acogió en La Rioja, luego de numerosas pesquisas y peticiones que se extendieron hasta la media noche, fue una escuela de oficiales de la Policía Nacional Argentina, en uno de cuyos salones pasamos dos veladas reparadoras. Para cuando emprendimos nuevamente la marcha hacia el sur, de vuelta a la presión de las rectas inagotables y la repetitiva llanura, habían pasado ya los peores días de ansiedad descontrolada y empezamos de alguna manera a saborear el peculiar gusto de una victo- ria imposible de evitar. Conforme nos aproximamos a Mendoza durante la última semana de recorrido grupal, nuestro alborotado espíritu fue dando paso a un sosiego dulce, triste a momentos, pero definitivamente luminoso. Como quien está a punto de terminar de leer por primera vez su novela favorita, o como quien sabe que vive los últimos momentos de un amor irrepetible, el viaje se tor- nó un gozo de nostalgia anticipada, una satisfacción de atardecer, incluso un suspiro de alivio. El verdadero fin de nuestros días de tedio fue el aleja- miento de las pampas y el renacimiento de nuestro idilio con la cordillera. Aunque en realidad hasta Mendoza no atravesamos sino regiones pre-cordilleranas, el día que salimos de la población de Patquía —en la que habíamos

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de la población de Patquía —en la que habíamos -121- Niños de Patquía entusiasmados por nuestro

Niños de Patquía entusiasmados por nuestro paso

pasado una incómoda noche sobre el piso frío de la ter- minal terrestre— giramos directamente hacia el oeste y empezamos a aproximarnos rápidamente a la rugosidad de las montañas. Cuarenta kilómetros sin la más ligera curva nos sacaron de las llanuras y nos llevaron a la re- gión fantasmal del Parque Provincial de Ischigualasto y la Reserva Natural del Valle de la Luna, en la provincia de San Juan. De nuevo rodeados por serranías descon- certantes y sorpresivas, la noche que dormimos en Los Baldecitos —pueblo vacío que nos llevó a conversar de la Comala de Rulfo por una buena media hora— fue una

La aproximación a las elevaciones de la pre-cordillera hizo que to- dos volvamos a sacar

La aproximación a las elevaciones de la pre-cordillera hizo que to- dos volvamos a sacar nuestras cámaras, las cuales habían pasado bastante subutilizadas durante los días de las planicies tucumanas y riojanas. La zona por la que nos aproximamos a la capital de San Juan nos mostró una serie de parajes que ya no teníamos pensado

ver, como la sequedad rugosa del Valle Fértil o el misterio silencioso que rodea Ischigualasto y el Valle de la Luna. Una vez en la provincia de San Juan, el ánimo del grupo fue de completo sosiego, de quieta espectativa. Los últimos días hasta Mendoza los pedaleamos con una alegre serenidad.

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El día que llegamos a la frontera provincial entre La Rioja y San Juan tuvo

El día que llegamos a la frontera provincial entre La Rioja y San Juan tuvo un final de mucha energía. Una vez superado un pequeño nudo de colinas en el sector de La Torre, tuvimos un gratificante descenso de unos cuantos kilómetros y luego largas rectas por las que avan- zamos a gran velocidad. Por una decena de kilómetros la carretera

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apuntaba directamente hacia el oeste, por lo que el sol nos pega- ba de frente y nos obligaba a avanzar con la mirada clavada en el piso. Al rato nos desviamos hacia el sur y nos detuvimos junto a los carteles que indicaban el cambio de provincia. El ocaso adornó el pavimento con nuestras prolongadas sombras.

Bermejo es famosa por albergar el mayor santuario que existe de San Expedito, un mártir

Bermejo es famosa por albergar el mayor santuario que existe de San Expedito, un mártir romano del siglo III que por azar del destino ha movido mucha fe en este rincón sudamericano. Junto a él, el Gauchito Gil (suerte de mítico Robin Hood de las pampas que es respetado y venerado en todo el país) y la Difunta Correa (mujer le-

gendaria que murió de sed en el desierto y cuyo hijo sobrevivió ama- mantándose de su cadáver) son algunos de los “santos” populares de la Argentina en cuyo honor encontramos cientos de pequeños santuarios a lo largo de la ruta. En Bermejo dormimos en el patio trasero de la capilla dedicada a San Expedito.

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noche especial: sin más vueltas que darle, en menos de una semana habríamos culminado la aventura. La región, por otro lado, tenía sobre sus hombros toda una leyenda ciclística. Según fuimos receptando rumo- res y versiones de toda índole, logramos reconstruir una historia macabra que había sucedido no mucho tiempo atrás. El asunto iba más o menos así: una joven suiza, que viajaba por Argentina en bicicleta, había desaparecido misteriosamente en algún lugar cercano a las poblaciones de Villa Unión y Jáchal. Su novio —que por algún motivo

ignoto se hallaba en La Rioja en el momento en que ocu- rrió el siniestro— movió cielo y tierra para encontrarla. El tema llegó a involucrar a representantes de los gobier- nos suizo y argentino, e hizo no poco revuelo en la pren- sa de ambos países; pero jamás se dio con el paradero de

la viajera. Apenas se logró encontrar, un año después de

su desaparición, lo que quedaba de su bicicleta. El tema era casi terrorífico y había quienes llegaban

a involucrar en él a notables personalidades regionales

o incluso hechos paranormales. Nosotros, acostumbra- dos a hacer broma hasta del agotamiento, sacamos de todo ello un plan truculento para dar vida al crimen per- fecto. Durante un par de días pasamos amenazándonos mutuamente con un supuesto asesinato que —cometido ingeniosamente por los otros tres— nos libraría de uno de los miembros del grupo —quien, por amarga suerte del destino, era en nuestros planes casi siempre la risueña Carlita.

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en nuestros planes casi siempre la risueña Carlita. -125- Memorial en honor a la Difunta Correa

Memorial en honor a la Difunta Correa

Quizá fue todo ello lo que le dio a esos días un tono de alegre extrañeza, como si sospecháramos de repente que alguna suerte aciaga podía aún privarnos de alcan- zar nuestro destino. Pero nada sucedió. Los días volaron y casi sin que pudiésemos darnos cuenta estuvimos ya en San Juan, disfrutando de nuestro último día de des- canso a apenas unos 150 kilómetros de la meta grupal. Habíamos atravesado con éxito los contornos del Parque Provincial Valle Fértil y, tras una noche especial en la de- vota población de Bermejo, habíamos contemplado por primera vez lo que entonces pensamos que era el Acon-

cagua. Aunque luego caímos en cuenta de que en realidad se trataba de otro monte (Blanco las Cuevas, según nos dijeron), ese momento sirvió como punto culminante de nuestra inquieta angustia: el viaje estaba hecho. Entre San Juan y Mendoza bastó volar sobre una ex- tensa llanura árida y casi vacía que apenas nos ofreció resistencia, aunque no por ello dejamos de fatigarnos en dos largas jornadas de viento y pedaleo silencioso con un nudo en la garganta. Un pequeño puesto de control vehi- cular en la frontera entre las dos provincias nos ofreció la hospitalidad de los Rojas, una familia habituada al vaga- bundeo de viajeros extravagantes y sin lugar para dormir en la mitad del desierto. Con su ayuda pasamos la última noche en una pequeña habitación (con la comodidad de camas para las mujeres) y pudimos comer en abundancia en su acogedor paradero. Entonces llegó el día en que Mendoza fue tierra firme en el horizonte de nuestro mar. Piedra sobre piedra, árbol tras árbol, calle junto a calle, la ciudad que nos recibía con desgano, con una indiferencia casi insultante, era fi- nalmente real. Entramos con parsimonia por las calles flanqueadas de acequias y abovedadas por los pesados árboles que dan un carácter único a esa capital del interior argentino. En la Plaza de la Independencia, centro pro- fundo de la ciudad, descorchamos una botella de champag- ne y fingimos, con abrazos y exclamaciones, una emoción mucho menos real que nuestro desconcierto. El trayecto se cumplía finalmente tras cuatro meses de viaje y el des-

cubrimiento acelerado de lo que sentíamos como toda una vida cifrada en las maravillas y tragedias de la ruta. Llegar a Mendoza fue mucho más que dar término a nuestra aventura. Llegar a Mendoza fue el fin de una época, el fin de un mundo. Por exagerado que parezca, ese logro concentró tantas expectativas y emociones, tan- ta fuerza y hermosura, que en realidad lo que con él se clausuraba era toda una etapa de nuestras vidas. Me atre- vo a decir que el día en que alcanzamos Mendoza fue el último día de nuestra tardía adolescencia; y no lo digo en afán de dar a ese momento una grandeza que no le corresponde, sino como parte de la aceptación de una existencia que hoy en día, más de un año después del tér- mino definitivo de Sudamérica a pedal, todavía tratamos de asimilar como perturbadoramente distinta a la que te- níamos antes de dar inicio a nuestra empresa de viajar al sur en bicicleta. Todavía es imposible, incluso para nosotros (o quizá sea mejor decir especialmente para nosotros), comprender la magnitud de todo el polvo que el viaje levantó al in- terior de cada una de nuestras conciencias. Me inclino a pensar, en realidad, que siempre será imposible hacerlo:

el terreno de las metamorfosis del espíritu es tan ambi- guo y voluble que jamás da pie para certezas de ningún tipo, y en ese carácter incierto es justamente en donde puede reposar todo su potencial de asombro, renovación y transformación verdadera. De lo que no dejo de estar convencido es de que nada hubo de común y corriente

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Las últimas dos jornadas de viaje antes de llegar a Mendoza trans- currieron por un

Las últimas dos jornadas de viaje antes de llegar a Mendoza trans- currieron por un desierto completamente plano que bordea las lade- ras orientales de los Andes. Desde ahí podíamos vislumbrar, entre brumas, algunos picos nevados de la cordillera, y en algún punto llegamos a creer que habíamos visto el Aconcagua. Conforme nos

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acercamos a la ciudad aparecieron nuevamente las grandes exten- siones de viñedos flanqueados por alamedas verde-amarillentas. Ya en Mendoza, el contraste que más llamó nuestra atención fue la cantidad de altos árboles que pueblan las calles. Casi todo el centro de la ciudad da la sensación de ser una red de túneles abovedados.

La familia Rojas maneja un pequeño restaurante al borde de la ca- rretera que conecta

La familia Rojas maneja un pequeño restaurante al borde de la ca- rretera que conecta San Juan con Mendoza. Allí descansamos por largo tiempo comiendo sánduches y charlando sobre la vida en ese rincón desértico. Cuando preguntamos si nos permitían armar las carpas en su patio para pasar la noche, nos respondieron ofrecién-

donos un cuarto con dos camas. Estábamos tan cansados que ni siquiera preguntamos si tenían una ducha que pudiesen prestarnos. Simplemente nos distribuimos en la habitación y al poco rato estába- mos dormidos. La mañana siguiente fue la última en que Sudamérica a pedal pedaleó en grupo.

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en esos días de Sudamérica a pedal, de que el habernos arrojado con candidez y optimismo a una aventura tal nos abrió la oportunidad de vivir esas metamorfosis —inevitables avatares de toda existencia— en un nivel radicalmente distinto al de la vida cotidiana que llevába- mos antes de ella, un nivel donde primó la intensidad, la rapidez, el ímpetu, la conmoción, la sorpresa, la amis- tad… Y tantas, tantas cosas más. El momento mismo de llegar a Mendoza no estuvo acompañado por ninguna algarabía ni ningún estruendo:

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nadie nos preguntó lo que hacíamos, nadie nos felicitó, a nadie pareció importarle nuestra presencia. Y, sin embar - go, en ese momento el mundo estalló. Al menos eso es lo que ahora creo que sentimos entonces. O al menos eso es lo que creo (ahora, también) que tuvo un peso tan dra- mático sobre mi actitud en el viaje durante los días que vinieron: aquellos de mi marcha solitaria por el centro y sur de Chile, y el inicio de la formidable Patagonia.

La Rioja, Argentina. Día 119. -130-

La Rioja, Argentina. Día 119.

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-131- Mendoza, Argentina. Día 126.

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Mendoza, Argentina. Día 126.

DÍA

DESTINO

KM

114

Juan Bautista Alberdi (provincia de Tucumán, 390 msnm) La Merced (Catamarca, 840 msnm) Huillapima (Catamarca, 455 msnm) La Rioja (La Rioja, 480 msnm) Descanso en La Rioja Patquía (La Rioja, 405 msnm) Los Baldecitos (San Juan, 1.240 msnm) Astica (San Juan, 710 msnm) Bermejo (San Juan, 570 msnm) San Juan (San Juan, 670 msnm) Descanso en San Juan San Carlos (límite entre San Juan y Mendoza, 600 msnm) Mendoza (Mendoza, 830 msnm) Descanso en Mendoza

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Tucumán N Juan Bautista Alberdi   La Merced Altura máxima 1.350 msnm Zona Los Baldecitos

Tucumán

Tucumán N Juan Bautista Alberdi   La Merced Altura máxima 1.350 msnm Zona Los Baldecitos Altura

N

Juan Bautista Alberdi

N Juan Bautista Alberdi
 
  La Merced

La Merced

Altura máxima

1.350 msnm Zona Los Baldecitos

Altura mínima

390 msnm J. B. Alberdi

 

835

m

Mayor desnivel

(subida)

Patquía-Los Baldecitos (93 km)

 

400

m

Mayor desnivel

(bajada)

Llegada a La Merced (20 km)

Día más largo (hrs. pedaleadas)

Huillapima-La Rioja

7h 11m

Día más corto (hrs. pedaleadas)

La Rioja-Patquía

3h 50m

Día más rápido (vel. máxima)

Astica-Bermejo

56,7 km/h

Día más lento (vel. promedio)

J. B. Alberdi-La Merced 15,4 km/h

Distancia total

 

recorrida desde

6.849 km

Quito

Baldecitos

  recorrida desde 6.849 km Quito Baldecitos La Rioja Patquía San Juan -133- Astica Bermejo San
  recorrida desde 6.849 km Quito Baldecitos La Rioja Patquía San Juan -133- Astica Bermejo San

La Rioja  recorrida desde 6.849 km Quito Baldecitos Patquía San Juan -133- Astica Bermejo San Carlos Mendoza

Patquíarecorrida desde 6.849 km Quito Baldecitos La Rioja San Juan -133- Astica Bermejo San Carlos Mendoza

San Juan

desde 6.849 km Quito Baldecitos La Rioja Patquía San Juan -133- Astica Bermejo San Carlos Mendoza

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Astica Bermejo San Carlos Mendoza
Astica
Bermejo
San Carlos
Mendoza

Huillapima

Los días no imaginados

Mendoza-Bariloche, 1.608 km

(21 de mayo a 9 de junio de 2008)

S alí de Mendoza antes de que el sol iluminara la

ciudad. Dejándome llevar por un peculiar sentido

de lo melodramático, dejé que un par de lágrimas

se colase por mi rostro y hasta recité unas cuantas pala- bras en voz alta tratando de augurar lo que pasaría en los siguientes kilómetros. Los abrazos cruzados con David y Carla junto a la puerta de un humilde hostal mendoci- no y la repentina —aunque de cierta manera intuida— noticia de que Andrea no me acompañaría durante esas nuevas etapas me habían llenado de una emoción difícil de procesar. Por unos momentos me di cuenta de lo ra- dicalmente distinto y valioso que sería —o podría ser— todo lo que faltaba por pedalear, ahora en solitario. A mi derecha, apenas distante y cada vez más delineada por el ascenso del sol, la enorme cordillera de los Andes repo- saba silenciosa y opaca bajo una gruesa nube de lluvia negra. Sentí escalofríos. Veintiún días después, mil seiscientos kilómetros más tarde, caminé ahogado de nostalgia por un sendero cu- bierto de nieve que circunda una buena parte del cerro Catedral, en la entrada de la Patagonia argentina, y as- ciende por un bosque de alucinante hermosura hacia un pequeño refugio de montaña. A mis espaldas quedaba la ciudad de Bariloche, y en ella descansaba mi bicicleta, quizá tan nostálgica como yo, tras haber cumplido exito- samente con el peculiar cometido al que nos habíamos abocado juntos en los pasados cinco meses. Esa última expedición por el sendero blanco del Catedral la hice

completamente solo, sin ella y sin ver a ni un solo ser humano durante las siete u ocho horas en las que pasé lidiando con la nieve. Esa fue mi despedida, mi atardecer. No sé si volví a dejar que afloren lágrimas a mi rostro, pero en mi interior todo era llanto. Llanto de alegría, de poder, de esperanza, de pena. Mi mente, aunque impedida de reposo, permanecía estática en la contemplación de cada recodo del camino y cada crujir del piso. Fuera de ello, el pasado era una avalancha y el futuro no más que una bruma intuida. Ca- minaba como si no caminase, o como si caminase en cír- culos alrededor de un poste liso, imposible de trepar. El poste era yo mismo, sin duda; mis pasos en círculo no eran otra cosa que la incertidumbre causada por el miedo. Vaya caso: no tuve jamás temor de emprender la marcha de Sudamérica a pedal, pero aún ahora no supero el es- panto que me causó dejarla. Tal fue el encanto de esos meses imborrables. Para conquistar Chile, el último país por visitar en el recorrido, fueron necesarias tres jornadas cautivantes a partir de esa mañana en que abandoné a mis amigos en Mendoza. La intriga de la cordillera, a la que volvía lue- go de haberme alejado al bajar de los valles calchaquíes hacia la capital tucumana, tres semanas atrás, me llamaba con una ansiedad irrenunciable. Casi todos —y todo— me decían que no era oportuno intentar el paso elevado de las montañas: la nieve había obligado a cerrar la ruta, no habría amparo suficiente en la altura para protegerme si

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La cordillera, vista desde la carretera que asciende a Uspallata desde Mendoza por la vía

La cordillera, vista desde la carretera que asciende a Uspallata desde Mendoza por la vía de Potrerillos, fue durante toda la primera jornada de viaje en solitario una amenazante nube negra. Más que el miedo a la lluvia, lo que de ahí en adelante fue una constante preocupa- ción durante la marcha fue el frío intenso que venía con ella. Aunque

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ese día la suerte me sonrió y me mantuve seco y abrigado hasta la noche, hubieron muchas jornadas posteriores en que tuve que pedalear empapado y tiritando de frío durante horas. Los arco iris en el horizonte par mí no eran motivo de asombro ante la belleza, sino de temor al agua.

se avenía un temporal, los camiones se enfilaban por cen- tenas, de lado y lado de los montes, a sabiendas de la im- posibilidad del paso, las predicciones anunciaban de todo menos días mejores… Yo, sin embargo, continué. Lo hice por el sencillo hecho de que no podía hacer ninguna otra cosa. Había llegado a ese lugar y a ese momento con el único objeto de continuar la marcha, de seguir adelan- te, de acercarme a mi destino al otro lado de la cordillera. Cualquier otra cosa carecía de sentido. A Uspallata llegué en plena conciencia de que no ha- bía broma en lo que había decidido hacer. Tras horas de luchar a ciegas contra un viento sencillamente furibundo, asombrado por la novedad que encontraba en toda la be- lleza del paisaje circundante, esa primera noche en solita- rio la dormí con una mezcla paradójica de nerviosismo y dejadez. Estaba claro para mí que no había otra opción que armar alforjas a la mañana siguiente y, pasase lo que pasase, tratar de aproximarme al túnel que separa los dos países en lo alto de la montaña; pero esa seguridad no me brindaba la calma necesaria para dejarme arrastrar por la inconsciencia del sueño. Quizá dormía abandonado entre hojas de álamo secas y una tupida colección de camisetas y buzos, pero nada dentro de mí reposaba: el desafío de la cordillera no me daba tregua. Tuve un regalo quizá único durante las primeras horas del siguiente día. Aparte de la violenta y penetrante luz de la mañana, en ningún recodo interrumpida por nu- bes o obliteraciones de ningún tipo, toda la carretera que

acompaña el ascenso del río Mendoza estuvo enteramen- te a mi disposición. Luego de convencer a los oficiales de tránsito que permanecería refugiado en alguno de los pe- queños pueblos del camino en caso de que se presentase alguna complicación mayor, avancé en completa soledad

por un camino formidable, tendido entre murallones ro- jizos y pendientes escarpadas que se perdían mucho más allá de las coronas blancas de los cerros aledaños. Por un par de horas transité tan embelesado como abandonado y convencido de mi completa libertad. La fantasía habría de romperse hacia las diez u once

de la mañana, cuando junto a mí empezó a desfilar una

interminable caravana de placas chilenas que se apresura- ban por alcanzar la cumbre y dar término a la espera que habían sufrido en los pasados días. Bien sabía yo que eso,

aparte de significar una temporal apertura de la frontera que de nada me servía si no se repetía al siguiente día, suponía el avance de cientos de enormes camiones que habrían también de intentar el paso hacia el vecino Chi-

le. Y nada pude hacer más que esperar la llegada de esa tromba y luego soportarla casi con pánico al borde de las curvas que ascienden —como lo haría una de las colum- nas del ejército de San Martín en 1817— hacia el famoso paso de Uspallata. La hilera de camiones estuvo a punto de desesperar- me en varios momentos, pero jamás me atreví pensar que

mi empresa no tendría un final exitoso. Los eventos, sin

embargo, seguían mostrándose adversos. Al tiempo que

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Lo que el viaje perdió en algarabía una vez que me separé de mis compañeros,

Lo que el viaje perdió en algarabía una vez que me separé de mis compañeros, lo ganó en introspección. Consignar algo de todo lo que pensaba y vivía por escrito se volvió una necesidad imperiosa durante las noches del último mes. De ahí en adelante empezé a tratar de darle un sentido racional a todo lo que había vivido, y, si

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bien nunca me conformé con mis conclusiones temporales, eso me ayudó a darle un valor nuevo a lo que estaba haciendo. La primera noche en solitario me despedí de nuestra divertida costumbre grupal de compartir vino por las noches. Lo hice bebiéndome una botella entera solo.

Conforme avanzaba hacia las alturas del Paso de los Libertadores, fue frecuente hallar amplios estacionamientos

Conforme avanzaba hacia las alturas del Paso de los Libertadores, fue frecuente hallar amplios estacionamientos repletos de camiones que esperaban aperturas temporales del túnel fronterizo. Mi preocu- pación crecía mientras más y más gente me decía que había que esperar que hiciese buen clima, especialmente durante la noche,

para que los tractores pudiesen despejar la nieve que cubría la ca- rretera y el flujo vehicular pudiese establecerse al menos por algunas horas. También me decían que si hubiese llegado un mes más tarde, el paso hubiese sido imposible. Lo único que me obligaba a seguir era la ausencia de un lugar al cual pudiese volver.

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