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Cómo hacer el amor... con amor. Por Dagmar O'Connor

Cómo hacer el amor... con amor. Por Dagmar O'Connor

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Si le tenes desconfianza a los libros de autoayuda en este caso bajá las defensas. Este libro esta escrito sobre bases cientificas por una profesional de la materia. La autora habia escrito otro libro que fue bestseller tambien donde ponia enfasis en la parte corporal, con los años se dio cuenta de que la parte emocional/espiritual/mental es basica y que cuando eso se da lo demás viene solo, sin posiciones raras, siliconas o aditivos de sex-shops. Este libro apunta a eso, a la conciencia.

La calidad del scanneo deja que desear (aunque tiene OCR) pero la idea es poder ver el libro y comprarlo porque no es caro.
Si le tenes desconfianza a los libros de autoayuda en este caso bajá las defensas. Este libro esta escrito sobre bases cientificas por una profesional de la materia. La autora habia escrito otro libro que fue bestseller tambien donde ponia enfasis en la parte corporal, con los años se dio cuenta de que la parte emocional/espiritual/mental es basica y que cuando eso se da lo demás viene solo, sin posiciones raras, siliconas o aditivos de sex-shops. Este libro apunta a eso, a la conciencia.

La calidad del scanneo deja que desear (aunque tiene OCR) pero la idea es poder ver el libro y comprarlo porque no es caro.

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original

--

DAGMAR O'CONNOR
Córno hacer el amor
con amor
EDICIONES URANO
Argentina - Chile - Colombia - España
México - Venezuela
Título original:
Editor original:
Traducci6n:
How fo Puf the Love Back ;nto Making LO/N'
Doubleday, Nueva York
Marice! Ford
Reservados todos los derechos. Queda
rigurosamente prohibida, sin la autori-
zación escrita de los titulares del
Copyright, bajo las sanciones estableci-
das en las leyes, la reproducción parcial
o total de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, incluidos la reprografía
y el tratamiento informático, así como
la distribución de ejemplares mediante
alquiler o préstamo públicos.
© 1989 by Dagmar O'Connor
© 1998 by EDICIONES URANO, S.A.
Aribau, 142, pral. - 08036 Barcelona
info@cdicionesurano.com
ISBN, 84.7953-270·X
Depósito legal: B.44.060-98
Fotocomposición: Autoedició FD, S.L. - Muntaner, 217 - 08036 Barcelona
Impreso por Romanya Valls, S.A. - Verdaguer, 1 - 08786 Capellades (Barcelona)
Impreso en España - Printed in Spai¡¡
Para H. P.
Agradecimientos
Deseo expresar mi agradecimiento a mi amigo y colaborador
Daniel M, Klein, sin cuya ayuda este libro no hubiese sido es-
crito.
Agradezco a Ruth Maxwell, al doctor Lothar Gidro Frank y
al doctor Alexander Elder sus comentarios y asesoramiento pro-
fesional.
También quiero expresar mi gratitud a mis amigos ]effrey
Sandler, April Singer y Birgitta y Stu Tray por sus coment<lrios, a
Sylvia Lacter, Sarah Busk y William Mears por el apoyo que me
dieron, a mi agente Mel Berger, a mi asesor legal Lawrence
Gould y a mi editora ]ennifer Brehl.
Vaya mi agradecimiento especial a Ian y Eric por soportar a
mami y otro libro.
D.A.O.
La autora
Dagmar O'Connor, nacida en Suecia, estudió con Masters y
Johnson en Sto Louis (EE. UU.). Ejerce su profesión de terapeu-
ta sexúá1 en Nueva York, donde es directora de! Programa de
Terapia Sexual en el Departamento de Psiquiatría del Sto Luke's-
Rooseve!t Hospital Center. También enseña psiquiatría en la
Universidad de Columbia. Hace más de quince años que ejerce
como terapeuta sexual.
Índice
Introducción .............................................................. ....... 11
PRIMERA PARTE: ¿QuIf:N QUITÓ EL' AMOR AL HACER
EL A,IUI<?
1. ¿ Practica el coiro o hace el amor? .. ........ ........... ....... 19
2. El matrimonio de un minuto ................................. 27
3. Los tipos recios no hacen nümos ............................ 42
4. Las mujeres liberadas no tienen sobresaltos
sentimentales ..................................................... 55
5. El ttueque más antiguo del mundo: sexo por amor
6.
7.
8.
y Viceversa .............. , ............................. o •••••• •• , ••••
Deslealmente tuyo ................................................. .
Sexo seguro: todo tiene una faceta positiva ............ .
La usión del amor y el sexo ................................. ..
SEGUNDA PARTE: Cé)MO SE VUELVE A PONER AMOR
CUAN[)U SE HACE EL AMOR
Los ejercicios sensuales graduales
9. "Pasemos por alto esta parte del libro,
75
95
111
123
¿no, querida?» ...... " .................. " ....... " ............... 141
10. «Quiero que me toques ... ¡ya!» ............................ .... 153
11. Caricias diferentes para personas diferentes ............ 173
12. Haga de su vida amorosa un banquete .................... 185
13. Comparta su secreto más íntimo ............................ 199
14. El fruto precioso..................................................... 208
15. Muestre y cuente, toque y retírese .................... ... ... 213
16. El amor que usted hace .......................................... 235
10
Introducción
«Hemos perdido el sentimiento amoroso."
Actualmente esta expresión resuena como un eco en mi con-
sultorio. Las parejas vienen a contarme que pueden practicar el
coito -e! equipo todavía funciona- pero no pueden «hacer
el amor».
y ése es un problema grave.
En algún pUnto de! camino el sexo y el amor se han separado,
y no hay ningún libro para mejorar las técnicas sexuales o para
<<lograr el superorgasmo» que sea capaz de reunirlos de nuevo.
Leyendo esos libros podemos aumentar nuestra adicción al sexo,
pero seguiremos sintiéndonos emocionalmente hambrientos.
Falta la conexión entre los dos que comparten los sentimien-
tos. Falta intimidad.
Mi objetivo como terapeuta sexual ha sido siempre encon-
trar el camino hacia el auténtico hacer el amor, descubrir cómo
conseguir que vuelvan a fluir los sentimientos amorosos e inte-
grarlos en una vida sexual satisfactoria. Limitarse a «arreglar» un
problema sexual no conmueve el corazón. A menudo e! sexo es
solamente una manera de evitar los sentimientos.
Mi primer libro, Cómo hacer el amor con la misma persona
para el resto de su vida (y con el mismo entusiasmo), se centraba en
un problema eterno: cómo mantener vivas las relaciones sexua-
11
les dentro del matrimonio o de cualquier relación estaL:". Se
estudiaban las mil maneras en que la rutina puede quitar la emo-
ción a una vida sexual libre, relajada y variada. Cómo "de'er el
amor con amor es lo contrario del libro anterior.
Estudia por qué separamos el amor del sexo, cómo para ((realizar
el coito» suprimimos las emociones y cómo usamos el sexo geni-
tal para evitar los sentimientos amorosos. Pero lo más importan-
te que ofrece mi libro es la «receta» básica para volver a reunir el
amor y el sexo.
Cómo hacer el amor con amor es una respuesta a la joven que me
dijo:
-El sexo hace que me sienta cada vez más sola. Como si evi-
denciar" lo poco que hay entre mi marido y yo.
y también contesta al hombre maduro que me preguntó:
-¿Cómo puedo obligarme a hacer el amor si no tengo
«amor» para eso?
Yes una guía para los centenares de hombres y mujeres que
vienen a mi consulta preguntándome:
-¿Podré volver a sentir la verdadera intimidad sexual algu-
na vez?
Mi respuesta es un estl:ntóreo «¡Síh), si están dispuestos a
intentarlo. El programa que se ofrece en este libro puede condu-
cirlos al ámbilo de la intimidad sexual de una manera que quizá
nunca hayan experimentado.
Pero la verdad es que espero que mi programa les dé mucho
más que eso. Aprendiendo (o reaprendiendo) a hacer el amor con
sentimientos genuinos, confío en que puedan mejorar todos los
aspectos de su relación, tanto dentro como fUera del dormitorio. Lle-
gando directamente hasta sus sentimientos más íntimos, podrán
traspasar las capas de culpa, recriminaciones y dependencia que
han ido estableciéndose durante años entre usted y su cónyuge.
Desde hace poco tiempo entre mi clientela se incluye un
gran número, en aumento, de psicoterapeutas convencionales y
12
sus cónyuges, que tienen problemas sexuales. Mientras esas pare-
jas avanzaban por mis Ejercicios Sensuales Graduales,.se sor-
prendían al descubrir el amplio espectro de cambios en su mane-
ra de relacionarse con el otrO miembro de la pareja; COmenzaron
a escucharse con lnás paciencia, a comunicarse con mayor facili-
dad y a discutir mellOS y reír más. Pero 10 que realmente dejó
atónitos a esos (('¡,apentas fue el hecho de que también se expan-
dían como ú¡diuir/uos, sintiendo más alegría, espontaneidad y
emoción en toJos los a$pect0S de su vida.
Un psicoanalista Ole conlentÓ riendo cuando terminó el pro-
grama:
-Me siento maravillosamente, excepto por una cosa: ¿cómo
podré volver a hacer rerapia exclusivamente verbal sabiendo
ahora que una caricia vale por mil palabras?
También ocurrió que muchas parejas que conozco, que ha-
blan pasado mucho tiempo «discutiendo sobre su relación» sin
obtener ningún avance, finalmente establecieron contacto de
una manera realnlente íntima cuando siguieron mi consejo:
«Callar y dejar que los cuerpos se hagan amigos».
Muchas personas de todo el mundo me escribieron después
de leer mi primer libro para decirme que yo había comprendido
perfectamente sus problemas. Pero gran parte de esa gente aca-
baba diciendo que yo les había dicho todo sobre sus problemas
pero no 10 bastante sobre qué h,u'er al respecro. Y preguntaban:
«¿Cómo cambiar? ¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra
vida amorosa?)),
Cómo hacer el amor con amor está basado, igual que mi primer
libro, en los casos, individuales y de parejas, que he tratado en el
transcurso de diecisiete años como terapeuta sexual en un hospi-
tal, en la universidad y en el consultorio privado. La Parte Il,
concretamente, se basa en las experiencias obtenidas en mis
Talleres de Expansión Sexual, con parejas que duncionan nor-
malmente) pero que sienten que ambicionan más - sobre todo
13
más sentimiento- en sus relaciones sexuales. Y volveré a adoptar
el mismo enfoque: la convicción de que la mayoría de nosotros
tenemos problemas similares, aunque varíen los «síntomas», y la
convicción de que la ternura, la paciencia y el humor hacen
mucho para ayudarnos a superar los problemas.
En la primera parte del libro, «¿Quién quitó el amor al hacer
el amor?», examinaré los motivos por los que tantos de nosotros
disociamos el amor del sexo. Trataré sobre la «angustia del
amon>, los distintos miedos que la originan y la forma en que se
separan «el coito» de «hacer el amor». Demostraré cómo la preo-
cupación por «tenerlo todo» nos ha proporcionado el Matrimo-
nio de un Minuto en el que, de manera eficiente, introducimos
el sexo en nuestros horarios, y cómo en el proceso dejamos la
relación desprovista de sentimientos. 'Documentaré cómo los
antiguos y nuevos mitos del género, tanto el mito masculino
«Los tipos recios no hacen mimos» como el femenino «Las
mujeres liberadas no tienen sobresaltos sentimentales», conti-
núan disociando el amor del sexo. Demostraré cómo negociar sexo
por amor y amor por sexo puede anular todos los sentimientos
en una relación, tanto los etllocionales como los sensuales. En
«Deslealmente tuyO» les contaré cómo la confusión entre el sexo
y el amor es uno de los componentes del dilema de la infideli-
dad. Y también demostraré cómo, en una época de auténticos
temores sexuales, el sexo seguro ofrece una «funda de plata»
compuesta por la liberación de la sinceridad sexual y por el reno-
vado interés en el componente emocional del sexo. Finalmente,
trataré de lo que significa la fllsión práctica y emocional del
amor y el sexo.
La Parte 11 le guiará paso a paso por los Ejercicios Sensuales
Graduales, una terapia «de toque» que despierta las emociones,
un recorrido por los sentidos que llega directamente al corazón.
Se trata de un conjunto de ejercicios que explorando nuestra
sensualidad liberan nuestra capacidad para sentir y manifestar el
amor. Es un programa que funciona y obra maravillas si usted
no lo coarta. En el primer capítulo, «Pasemos por alto esta parte
14
del libro, ¿no, querida?», trataré sobre la resistencia natural de
usted y su pareja a probar estos ejercicios y le demostraré cuánto
tiene por ganar si supera esa resistencia. En «Quiero que me
toques ... ¡ya!» explicaré detalladamente cómo es la Primera
Semana de los ejercicios, mientras que en «Caricias diferentes
para personas diferentes» describiré la variedad de placeres y sor-
presas que pudo haber experimentado durante esa Primera
Selnana. Después, en «Haga de su vida amorosa un banquete»,
le mostraré cómo llevar a lo largo de la Segunda Semana los ejer-
cicios a un nivel más alto de sensualidad; cómo desinhibirse con
un sencillo cambio de costumbres y cómo puede hacer vibrar
todo su cuerpo con nuevas caricias. En «Comparta su secreto
más íntimo» le diré cómo pasar la última barrera emocional y
sexual para llegar a la verdadera intimidad. En «El fruto precio-
so» y «Muestre y cuente, toque y retírese» le conduciré paso a
paso a aventuras genitales que son, al mismo tiempo, eróticas y
sin riesgos. Finalmente, en «El amor que usted hace» le hablaré
sobre lo que ha experimentado por la integración de los ejerci-
cios con el compromiso amoroso para toda la vida.
Hace poco una mujer joven me contó que se sintió como si
fuera a desmayarse cuando vio, al pasar un automóvil, -una pare-
ja que se besaba con ternura y pasión.
Me dijo:
-Después de que la revolución sexual terminó, eso que vi es
lo que queremos. Todavía deseo esos sentimientos y esa clase de
amor.
La comprendí perfectamente.
Todos hemos visto muchísimos libros sobre la mecánica del
sexo genital que declaran tratar sobre cómo se hace el amor. Pero
presiento, como la mayoría de las personas que conozco, que en
esos libros se tratan las cosas al revés. Estamos preocupados por
nuestros corazones, no sólo por los genitales. Y por eso escribí
este libro.
15
¿JOWB P J;}:)Bl[ lB
JOlUB F:l
1
¿Practica el coito o hace el amor?
-¿Todo bien?
-Si.
-¿Sólo bien? Sé que tuviste ... estee ... ya sabes.
-¿Orgasmos? Tuve dos.
-¡Qué suerte! Pero ... ¿te ocurre algo?
-Me siento como si estuviera vacía ... Y más sola que antes de
empezar.
-Ah, quizá deberíamos hacerlo otra vez.
Practicar el coito resulta la manera perfecta de suprimirtos senti-
mientos y la intimidad al mismo tiempo. Podemos hacerlo con
entusiasmo, piel a piel; podemos obtener orgasmos espléndidos
y convencernos de que los dos nos hemos puesto en contacto de
una manera profunda e intima. Después de todo, hemos estado
haciendo el «amor», ¿no?
Pero no conseguimos engañarnos durante mucho tiempo.
Notamos que nos falta algo, algo fundamental, y comenzamos a
sentirnos aislados y emocionalmente hambrientos.
Así que lo intentamos de nuevo. Practicamos el coito con
más entusiasmo y habilidad. Buscamos la «zona G» y los «focos
sexuales». Coleccionamos material erótico para mejorar la
técnica; todo aquello que nos permita hacerlo con mayor fre-
19
cuencia y lograr orgasmos maravillosos. Si todo eso fracasa, bus-
camos un nuevo compañero para el sexo.
y entonces empezamos a sentir la soledad.
Porque realmente practicar el coito nunca resulta un buen
sustituto de hacer el amor. Centrarse en la sensación genital y en
el clímax -el terminar de una vez- nos roba la mejor oportuni-
dad que tenemos de sentirnos como seres humanos compleros.
Durante todo el día dominamos las emociones y actuamos
en forma civilizada en lugar de gritar cuando nos enojamos, bos-
tezar cuando nos aburrimos y reírnos de lo absurdo. Desnudos y
a solas con nuestro cónyuge ansiamos sentirnos completos nue-
vamente, ansiamos dejar libres nuestros sentimientos. Y espe-
cialmente soñamos con aquellos tiernos sentimientos, los amo-
rosos, que nos penniten la magia de fusionarnos uno con otro
aunque "'s610 sea por unas horas.
Oigo a alguien en la última fila exclamando:
-No te hagas la mística con nosotros; Dagmar. Lo que estds
diciendo se resume en que hay una gran diforencia entre hacerlo
rdpido y hacerlo lema mente, ¿no?
Espero estar diciendo mucho más que eso, aunque lo más
probable es que se necesite todo un libro para explicar L ,[iíc-
rencia entre practicar el coito y hacer el amor. Pero sí, es verdad
que hacer el amor lleva tiempo. Comienza con la actitud de no
centrarse en los genitales y los orgasmos y, en cambio, ponerse
en contacto lánguidamente mediante todo un espectro de senti-
mientos: sensuales, emocionales y también sexuales.
Con esos sentimientos está hecho el amor.
y también ésos son los sentimientos que nos aterran.
La terapeuta sensual
En todos Il1is años de experiencia COlno terapeuta nunca ha
venido a verme tanta gente para decirme que los «sentimientos
amorosos» no ftguran en sus relaciones sexuales. Hombres y
20
mujeres me cu.:ntan que se sienten «fríos») con sus compañeros,
como si fueran observadores de lo que ocurre en sus propios
dormitorios; que la única fOrIna en que logran «excitarse» es fan-
taseando con otra persona. Conftesan con pena:
-Me sucede algo muy grave. No puedo sentir.
Pero tanlbién-ocurre que nunca tuve tantas parejas que me
consultan porque han construido sus vidas y relaciones de tal
manera que les resulta virtualmente imposible tener contacto
sensual de forma regular y sostenida. Sin darse cuenta han ido
evitando la fuente que origina esos sentimientos que ansían vol-
ver a experimentar.
Esas parejas desean que yo vuelva a hacerlas sentir amorosa-
mente mediante el «arreglo» de algún problema sexual que ten-
gan o enseñándoles a «hacerlo» mejor.
-Olvídense del sexo -les digo-o Ahora sólo está interfiriendo
en sus sentimientos. Lo que necesitan, lo que todos necesita-
mos, es aprenda a ponernos en contacto sensualmente. Una vez
que hayamos aprendido eso, el sexo y el amor se producirán de
una manera narnral.
¿Una terapeuta sexual que aconseje «olviden el sexo)}?
tsa soy yo. Quizá debería cambiar mi título profesional por
el de «Dagmar O'Connor. Terapeuta Sensual». Mi experiencia
me dice que los sentimientos sexuales, por maravillosos que
sean, son sólo una fracción de los sentimientos que pueden pro-
ducirse cuando se hace el amor.
Cuando se hace verdaderalnente el amor se liberan nuestros
sentimientos, y las sensaciones corporales se producen de una
manera espontánea, sin que las lTIolesten las «ideas» sobre el
sexo. Es fácil ver que el amor y el sexo estaban separados en la
época victoriana: el sexo era (sucio» y el amor, divino. Y nunca
podían encontrarse. Pero todavía en nuestra época existe la divi-
sión, aunque sea de una manera diferente. El sexo ya no es
inmf\ral, en realidad se considera «bueno» el erotismo y al atleta
sexual, pero todavía tiene poco que ver con nuestros sentimien-
tos de intimidad.
21
Cuando nos permitimos acariciar al otro de pies a cabeza,
cuando mantenemos el estado de excitación sin apurarnos por
pasar a la etapa siguiente, la frialdad da paso a las sensaciones y
comienzan a derrumbarse los muros que nos separan. Caen una
por una las capas de defensa; los residuos de ira y desconfianza
se evaporan. Y quedamos frente a frente con una nueva y sor-
prendente desnudez. Ése es el sentimiento que estamos perdien-
do; ésa es la verdadera intimidad que acabará con nuestra sensa-
ción de soledad. Agita los recuerdos inconscientes sobre lo más
cerca que hemos estado alguna vez de otro ser humano; somos
como bebés sensuales fusionándose con sus mamás.
y ahí comienza el terror que yo llamo «angustia del amon>.
¡Socorro! ¡Me siento demasiado bien!
Cada vez que una pareja comienza su primera sesión contándo-
me esas «maravillosas vacaciones» que pasaron -largas tardes de
amor en la cama de la habitación con vistas al mar- temo lo
peor. Lo que sigue siempre es la historia de una terrible pelea
durante el viaje de regreso, semanas o meses sin contacto físico o
solamente unas relaciones sexuales impersonales o, lo peor, una
infidelidad cometida en la semana de la vuelta al hogar.
Una mujer exclamó:
-¿Cómo pudo hacerlo? Acabábamos de pasar la semana más
tierna y más llena de amor de toda nuestra vida, haciendo el
amor durante horas, y dos días después se acostó con una mujer
a la que apenas conocía. ¡No tiene sentimientos!
-Por el contrario -respondí-o Después de haber hecho el
amor de una forma tan intensa, lo más probable es que él haya
experimentado demasiados sentimientos que no ha podido
manejar. El coito con una extrafia fue su modo de escapar de
esos sentimientos avasalladores.
Volver a casa a la rutina del sexo sin sentimientos, o a no
tener relaciones sexuales, es también otra manera de encerrar los
22
poderosos sentimientos que se liberaron durante ese periodo en
que se hizo el amor en otra forma diferente de la de costumbre.
Es triste pero natural. Hasta que usted se acostumbre a esos
poderosos sentimientos nuevos, hasta que aprenda a confiar en
que están bajo su control, usted los rechazará.
La angustia del amor es un asunto que da miedo.
Una vulnerabilidad aterradora es la otra cara de la maravillo-
sa intimidad que se produce cuando se hace el amor. Nos senti-
mos realmente como un bebé en los brazos de mamá, pero bajo
la sensación de comodidad y bienestar yace el terror a que ella
nos devore, a que nos despoje de nuestra independencia e iden-
tidad. Perderemos el control de todas nuestras emociones. 0,
peor aún, mamá nos abandonará.
La mayoría de nosotros conoce ese reflejo que nos hace volver
al plano consciente cuando empezamos a adormecernos. Se pro-
duce con mayor frecuencia cuando estamos demasiado cansados
y hemos empezado a caer en la inconsciencia de una manera tan
rápida que nos sentimos como cayendo desde un balcón. Un
reflejo similar puede traernos bruscamente a la realidad cuando
comenzamos a flotar en una nube de sensualidad con nuestro
compañero; volvemos a la realidad aterrorizados por la posibili-
dad de perder el control. En algún lugar del subconsciente senti-
mos que si no recuperamos rápidamente ese control;-jamás nos
levantaremos de la cama; nos quedaremos allí acariciándonos,
mimándonos, besándonos, muy juntos para siempre. Estaremos
atrapados por esa relación. Sentimos que es tan fuerte nuestra
necesidad de esa conexión íntima que si siguiéramos así nunca
más podríamos volver a funcionar como adultos maduros. ¿Cómo
puedo yo, esta mujer voluptuosa y húmeda, volver a dirigir el depar-
tamento legal o preparar la cena para cinco personas?
y entonces cortamos esos sentimientos y nos atenemos
estrictamente al coito. Nos centramos en las sensaciones genita-
les y buscamos directamente el orgasmo. El orgasmo se convier-
te en la manera de poner la tapa sobre la experiencia total para
poder dominar de nuevo las emociones.
23
Oh, Dios, ¿qué ¡Jacla )'0 flotando en esa nube del t:llJlteíJo seu-
sual? Es hora de volv,'r a la normalidad, al trabajo. ¿Dónde (,¡aú"?
Ah, si..., tra/mIdo de tener orgasmos.
Contrariamente popular mito del sexo y el amor, cuando
se produce el orgasmo se acaba el período de fusión. Es un
hecho fisiológico. Cuando uno está al borde del orgasmo no
puede dedicarse a su compañero ni a nada. Uno está solo. Como
dice nuestro principal especialista en cuestiones sexuales, Woody
Allen: «El amor produce estrés, el sexo lo alivia».
La paradoja amorosa: control y rienda suelta
Creo que muy pocas personas saben cómo hacer el amor ínti-
mo. Se-ttata de un proceso de varios pasos, físicos y emociona-
les, muchos de los cuales no damos habitualmente.
y es una lástima. Porque hoy en día la mayoría siente más
que nunca la necesidad de la conexión amorosa. En un mundo
adulto, lleno de riesgos y brutalmente competitivo, ansiamos las
cualidades más tiernas de la vida. Ansiamos la alegría y los pla-
ceres de la intimidad dd amor.
La buena noticia es que podemos aprender a tenerlo todo: el
contacto Íntimo con el ser amado y un sentimiento de
individualidad. Podemos aprender a fusionarnos durante toda
una tarde larga y sensual ,-iu sucumbir al temor a ser absorbidos.
El proceso consiste en aprcnder a dar rienda suelta a nuestras
emociones mientras experimentamos la seguridad de que las
controlamos perfectamente. Sólo entonces podremos volver una
y otra vez a los placeres íntimos sin sucumbir a los terrores de la
angustia del amor.
Debemos empezar por reconocer nuestra necesidad de vol-
ver a meternos en el cascarón cuando los sentimientos nos ava-
sallan. E, un reflejo de autoconservación. Sí, después de esas
vacaciones maravillosas en las que tomábamos todo el tiempo
del mundo para hacer el amor todos los días, o dejando en carne
24
viva nuestras ernucio1lcs, tit.:ne sentido que no queramos com-
p<Htir ni una por no hablar de las caricias, durante el
viaje de a Lasa. PO[l-lue por un breve tiempo se derrum-
bJ.ron los nluros entre nosotros y nos perdimos, y ahora tene-
mos que reencontrarnos, teneInos que buscar aire en la superfi-
cie. Sentimos la n...:cesidad de separarnos) de empezar a planificar
un viaje de negocios, de bajar la cabeza y leer el diario, de hablar
con alguien desconocido. Y debemos reconocer que nuestro
compañero desea lo misnlo, sin ver eso como rechazo, traición
ni frialdad.
Una vez que tengamos clara la situación, una vez que haya-
mos admitido que el COntacto demasiado íntimo nos asusta, ya
no tendremos necesidad de volver a casa a vivir en el purgatorio
de meses sin' relaciones sexuales o Con relaciones frías o, peor
aún, cometiendo infidelidades.
Pero ... ¿cómo se aprende a hacer el amor íntimamente?
Mediante una serie de ejercicios sensuales graduales que sua-
VCInente despiertan los Sentinlientos amorosos al mismo tiempo
que desensibilizan respecto a los terrores de la angustia del amor.
Paso a paso vamos permitiendo que esos sentimientos vayan
haciéndose lnás poderosos, que Huyan por nosotros y entre
nosotros. Y cada día, cuando saliInos intactos del lecho sensual,
poseyendo todo el control de nuestras emociones, sabemos que
vamos a unirnos todavía nlás la próxima vez. En el transcurso de
los meses aprendemos el difícil arte de controlar mientras damos
rienda suelta.
Para aquellos .que tenemos la suerte de tener una relación
estable y duradera puede ser una experiencia que cambie nuestra
vida y que llene de sentimiento y sexualidad cada aspecto de
nuestra existencia.
Escucho las protestas de docenas de ustedes.
-Basta, Dagmar. Durante "fío,- has estado diciéndonos que deje-
mos de ver el sexo con tanta seriedad y que nos divirtamos en la
cama en lugar de buscarle el «sentido». Y ahora, de repente, se supo-
ne que debemos hacer el amor en lugar del coito. ¿Qué estd SU(e-
25
diendo? ¡Estds empezando a sonar como un predicador y no como
una terapeuta sexual divertida!
No me entiendan mal. Lo último que haría en este mundo
sería convertir sus vidas sexuales en asuntos tremendamente for-
males. No creo, ni por un instante, que debamos abandonar esos
encantadores «rápidos» ni los eróticos «revolcones en el heno».
Pero en algún lugar del camino muchísimos de nosotros renun-
ciamos a las emociones más íntimas, las sacrificamos en aras del
sexo sin sentimientos que nos ha dejado fríos y solos. Y sólo
haciendo el amor podremos recuperar esos sentimientos.
26
2
El matrimonio de un minuto
Craig C. entró en mi consultorio, delante de su esposa Eliza-
beth, con paso vivo y sin vacilaciones. Craig, productor de tele-
visión que viaja todas las semanas a la Costa Oeste, pidió que el
horario de las citas para el tratamiento fuera flexible debido a las
exigencias laborales de él y de su mujer. Elizabeth es la gerente
editora de una revista con sede en Nueva York.
-¡Qué les trae por aquí? -pregunté cuando nos sentamos.
-Termino demasiado rápido -dijo Craig mirándome direc-
tamente a los ojos.
Asentí sin sorpresa. Después de más de diecisiete años de tra-
bajo como terapeuta sexual puedo advertir la existencta-de ese
síntoma en los hombres. Craig tenía las características propias
del eyaculador precoz: una forma rápida y cortante de hablar
y caminar y una actitud ansiosa por llegar a lo esencial. Yal pa-
recer se comportaba de la misma manera en la cama que en
el resto del mundo. Excepto que la cama era el único lugar
en el que no recibía recompensa por su conducta eficiente y ga-
nadora.
-¡Termina demasiado rápido para qué? -pregunté.
-Para ella, por supuesto -contestó Craig sintiéndose un poco
molesto-. Por lo general todo acaba para mí en unos minutos y
mi mujer necesita más tiempo para su orgasmo.
-Por lo menos cinco minutos más -dijo Elizabeth franca-
27
mente-o De otra 111ant:ra me quedo colgada, con esa sensación
de algo inconcluso.
Los miré. Los dos eran muy atractivos, mayores de treinta
años, enérgicos, llenos de vitalidad y talentosos; eran la clase de
personas de éxito que aparecen en la revista que edita Elizabeth.
Ambos estaban acostumbrados a que las cosas se hicieran a su
manera, yeso incluía el sexo. Elizabeth se refería a las relaciones
sexuales como una tarea que había que cumplir y hasta había
medido el tiempo: cinco minutos para sentir que la había termi-
nado. Los dos parecían pedirme: «Arregle nuestra vida sexual y
rápido».
Me dirigí a Elizabeth diciendo:
-Creo que la mejor solución para los dos sería que usted
aprendiera a terminar tan rápidamente como Craig. Quizá con
la prác"fÍca podríamos reducir todo el asunto a un minuto.
Los dos me miraron con incredulidad. y entonces, por suer-
te, rompieron a reír. Esa risa señalaba el primer paso hacia una
relación más feliz, hacia la toma de conciencia de que el sexo
supereficienre poco tiene que ver con los placeres de hacer
el amor.
«¿Recuerdan cUlmdo hacer el amor significaba
pasar todo el dEa en la cama?»
Después del muy comentado libro The One Minute Pa¡c;;t [El
padre por un minuto], creo que no tardaremos en ver un libro
titulado El matrimonio de un minuto: un manual de autoayuda
para introducir la intimidad de alta calidad y el sexo en los
matrimonios ocupadísimos. Tendría un capítulo sobre cómo
comunicarse eficientemente con el compañero (cómo hablar
sobre los chicos, las cuentas y el imperecedero amor entre los
dos con fra,cs claras, concisas y que atraigan la atención) y otro
sobre cómo lograr que el cónyuge aumente su produétividad en
la «miniempresa» marital. Y desde luego habría un capítulo, que
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constill1iría d clímax dtllibro, que enseñaría a reducir la rela-
ción sexual a lo m3.s ..::scncial: cómo conseguir el sexo de un minu-
to. Dios sabe que la mitad de las parejas que vienen a consultar-
me parecen estar buscando esos consejos, por lo menos hasta
que yo intervengo.
Las relaciones «ef'icicm:cs») lne ponen de muy mal humor. Si
hay algo que puede acabar con mi calma de terapeuta es una
pareja de personas inteligentes y educadas que me explica que
ambos trabajan Inás de setentJ. horas semanales (con frecuencia
no las mismas setenta horas), que no cenan juntos la mayor
parte de las veces, que después del trabaj o alivian el estrés en dis-
tintoS clubs de salud y que quieren saber por qué anda mal su
vida sexual. Y me preguntan con in1paciencia si voy a arreglárse-
la rápido.
Esos devotos dd minuto me dan ganas de gritar:
-¡J lacer el amor no es otro ítem de la lista de cosas para
haced ¡No es otra tarea que cumplir! ¿Recuerdan cuando hacer
el amor significaba pasar todo el día en la cama?
Hacen que me sienta terriblemente anticuada y, gracias a
Dios, muy romántica.
Christine, una joven ejecutiva de una empresa de sistemas de
datos, me dijo:
-No sé qué nos ha pasado. Hob (su marido) y yo solíamos
tener relaciones dos o tres veces po r semana por más ocupados
que estuviéramos. No era un problema. Pero hace unos seis
nles.:s enlpezamos a disminuir la frecuencia y ahora ya no tene-
mos vida sexual.
Pronto descubrí que la joven pareja pasaba menos de una
hora despierta y junta durante las noches de ht semana. Antes
había sido capaz de «meten> la relación sexual en ese tiempo,
pero después, como dijo Bob:
-Perdí las ganas.
-No creo que las ganas hayan desertado; es usted quien
desertó -le dije-o Creo 'lue no se toma tiempo necesario para
sentir realmente y su organismo ,e declaró en huelga.
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Más adelante Christine admitió que estaba tan preocupada
por todo lo que tenía que hacer que su mente empezaba a dedi-
carse a lo que vendría después del sexo antes de haberse excitado.
-Pienso en todas las cosas que debo tener listas para el día
siguiente y empiezo a preocuparme pensando si vaya poder dor-
mir lo suficiente -dijo Christine-. y mi mente pasa por alto el
sexo. Nunca podría estar aquf ahora.
A pesar de la creencia de que la pareja que lleva una vida ocu-
pada e independiente tiene unas relaciones más relajadas y sus
miembros se exigen menos mutuamente, las parejas productivas
e independientes que conozco tienen las mismas exigencias que
las demás y muchísimo menos tiempo para satisfacerlas. Con un
ojo en el reloj deben introducir las charlas íntimas y el contacro
físico entre las cuestiones de la familia y el hogar. Yes un hecho
que las emociones mds intimas y los sentimientos sensuales no admi-
ten el apuro.
Cuando se imponen restricciones a la intimidad, algo debe
ceder, y por lo común es el cuerpo el que se rinde primero. Cada
vez más, los problemas sexuales que atiendo en el consultorio
son los de las víctimas de un estilo de vida en el que reina la
obsesión y la compulsión. Esos hombres y mujeres están dedica-
dos a producir y no quieren perder un minuto, pero el «niño
interior» tiene necesidad de verdadero amor y se rebela; como
resultado, el sexo se reduce a nada: o él termina con demasiada
rapidez o ella no llega al orgasmo.
Por la forma en que Craig y Elizabeth habían planificado sus
vidas, él sentía que no tenía tiempo para gozar de la excitación,
así que la dejaba de lado y eyaculaba en pocos minutos. La eya-
culación prematura es casi siempre un síntoma del sexo ansioso
que tiene un despertador mental funcionando desde el comien-
zo. En forma similar, las mujeres anorgásmicas suelen ser vícti-
mas de su percepción de la presión del tiempo: están seguras de
que les tomará «demasiado tiempo» llegar al orgasmo y enronces
{(renuncian}) y no lo experimentan. En generaciones anteriores
los dos síntomas se originaron en Jos asientos posteriores de Jos
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automóviles estacionados y en los sótanos de sus casas, en los
que cuanto antes se terminara el coito menos probable era que
la pareja fuera sorprendida in fraganti. Pero en esta época pare-
cen tener origen en las escuelas comerciales y las pensiones;
alcanzar el objetivo cuanto antes es la idea fija, y es difícil dejar
una idea fija fuera del dormitorio.
Sobre todo si el compañero también está apurado.
Sospechaba, desde el principio, que Elizabeth era tan respon-
sable como Craig de su relación sexual a toda velocidad. Cuan-
do empecé a hacerle algunas preguntas sobre sus hábitos sexua-
les -en particular sobre sus maneras preferidas de llegar al
orgasmo- me dio respuestas cortas, con alguna petulancia, y
finalmente opinó que eso «no tenía que ven> con el problema.
-Quiero ayudar -dijo ella-, pero ¿no tendría que estar usted
trabajando con Craig?
-¿Mientras usted observa? -pregunté-o Eso suena parecido a
lo que pasa en el dormitorio.
Al terminar la primera sesión les pedi que intentaran un
experimento:
-Mientras Craig está en California quiero que me prometan
que van a masturbarse aunque sólo sea una vez.
Como verán cuando tratemos el tema en el último capítulo, la
sola mención de la masturbación puede llegar a producir..u.n tor-
bellino de conciencia de sí mismo y vergüenza en la mayoría de
las parejas: es el último «secretito» que guardaban sus miembros.
-No tienen que hablar del asunto -les aconsejé-o Háganlo.
Ni siquiera tienen que perder mucho tiempo.
Cuando se presentaron en mi consultorio para la visita
siguiente, me di cuenta enseguida de que entre ellos habia
menos tensión. Sobre todo Craig pareda más relajado.
-Me siento como si hubiera podido alejarme del sentimien-
to de culpa por ser un amante tipo gallito -comentó sonrien-
do-o Como si hubiera delegado parte de la responsabilidad.
y por cierto, había delegado en Elizabeth la responsabilidad
de sus orgasmos. Y ella también admitió que se sentía mejor,
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aunq ue en forma menos entusiasta. Al no haber dependido de
Craig para sus orgasmos, no sentía que algo quedaba en el aire
ni experimentaba frustración o enojo. Y al reconocer que el coito
no era la única forma en que Elizabeth podía acabar, los dos se
sentían ahora libres para dedicarse a la excitación y a todos los
sentimientos que ella produce. La verdad es que como terapeuta
sexual no trabajo mucho sobre los orgasmos, no me preocupa
cómo la gente tennina el coito o no 10 tamina; todo eso se arre-
gla sólo una vez que se aprende a gozar plenamente de los senti-
mientos que los preceden.
-Ahora que tienen orgasmos completos -les dije-, pueden
pasar a la cuestión realmente importante: hacer el amor.
Pero para hacer el amor, Craig y Elizabtth tuvieron que pasar
mucho tiempo sin hacer «nada}> el uno con el otrO; tarea nada
fác"U-en un matrimonio de un minuto.
Del amor triunfal al amor pueril
Hay un viejo chiste que solía contar un amigo sueco sobre un
hombre llamado Sven que trabajaba en una gran empresa en
Estocolmo. Una primavera el jefe de Sven empezó a irse de la
oficina todos los miércoles al mediodía. Después de unas sema-
nas, todos los compañeros de trabajo de Sven escapaban en
cuanto salía el jefe, excepto Sven: él permanecía en el escritorio
h a ~ t a las cinco en punto. Los (oL.:gas de Sven S(: burL.o;.2it Ji: d
sin piedad; le decían que era un esclavo, que padecía de un exce-
so de lealtad, hasta que por fin un miércoles Sven se rindió y se
fue con los otros. Llegó a su casa, subió por la escalera y apenas
abrió la puerta del dormitorio vio a su esposa con el jefe en la
cama. Sven cerró la puerta con sigilo, regresó a la oficina lo 111ás
rápido que pudo y se quedó allí hasta las cinco. El miércoles
siguiente sus compañeros le preguntaron si pensaba tomarse la
tarde libre otra vez.
-No -dijo Sven-. ¡Casi me pescan el miércoles pasado!
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La lógica de Sven no me parece más loca que la de muchas
de las parejas que he conocido últimamente. Es un hecho fre-
cuente encontrar parejas que hacen de su tiempo para la intimi-
dad el mds disponible para otras cosas. A los miembros de la pare-
ja les resulta mucho más fácil decir no a una cita de ambos en la
cama que decir hU a una oportunidad de trabajo o a una invita-
ción a una fiesta.
-Siempre pitmo que podremos recuperar el tiempo perdido
-me explicó \lna mujer- hasta que me doy cuenta de que, año
tras año, la única vez que pasamos toda la mañana en la cama es
durante las vacaciones. Prácticamente hemos erradicado el sexo
de nuestra vida.
El matrimonio ha proporcionado siempre el escenario per-
fecto para evitar el sexo y todas las culpas y angustias que lo
acompañan. Podemos pelearnos por las cuentas justo antes de
acostarnos; podemos culpar él los chicos por no tener intimidad;
podemos ver el noticiario de las once de la noche en el televisor
del dormitorio. Pero últimamente los componentes de la pareja
han encontrado la solución perfecta para el problema de la inti-
midad: casi nunca estdn en casa y despiertos al mismo tiempo.
Craig y Elizabeth son un ejemplo típico de las parejas que
han quitado el acto de amor de sus vidas. Para otros puede ser
diferente el síntoma inicial (ella puede tener una libido dismi-
nuida; él puede ser impotente; los dos pueden "funcionar bien»
aunque sólo tUViC>fOH un encuentro sexual en los últimos ocho
meses) pero el común denominador es que los dos abominan
tomarse tiempo para los placeres. Terminar a toda velocidad es sólo
uno de los métodos más eficaces para el coito y para evitar los
sentimientos que provoca hacer el amor sensualmente. El parti-
do termina casi allks l.lc ernpczar: listo, eso es todo. Ya poden10s
dedicarnos a la próxima rarCl. La actividad siguiente que pro-
gramé para Elizabeth y (:r.üg era practicar el primero de los ejer-
cicios sensuales gra ... huks. En la Parte Il de este libro les guiaré
por estos ejercicios, paso a paso, hasta llegar al ámbito de lo que
es realn1ente hacer el auwr. Por ahora solamente les diré que el
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propósito de los ejercicios es volver a relacionarnos con los pla-
ceres deliciosos del contacto corporal sin apuro. con el gozo de
demorarse en las caricias, de explorar una oreja con la lengua o
de sentir el pelo rozando suavemente el vientre o un muslo.
Al mismo tiempo, esos ejercicios están destinados a desensi-
bilizarnos en forma gradual respecto a las ansiedades que acom-
pañan a la intimidad prolongada: los temores a ser «tragado» por
el compañero, a perder todo el control de nuestras emociones, a
no poder funcionar como persona independiente. Como por
arte de magia, a medida que redescubrimos la alegría de la sen-
sualidad sin apuro, empezamos a encontrar tiempo para hacer el
amor. En realidad, el Tiempo de Intimidad Juntos se convierte,
de repente, en el menos disponible de los tiempos para otras
cosas.
Es difícil empezar a hacer los ejercicios; en los devotos del
rninuto, sobre todo, la resistencia es formidable.
Por lo general, un devoto del minuto centra toda su atención
en lo que va sucediendo en el consultorio más que en lo que ocu-
rrirá más tarde en su dormitorio. Llega a mi cita con puntualidad,
escucha cada palabra que digo y al salir mira el reloj para contro-
lar si ha estado la hora completa que ha pagado. Sin embargo,
pasan semanas hasta que encuentra tiempo para hacer los ejerci-
cios sensuales graduales. Una mujer venía siempre al consultorio
con un cuadernito y tomaba meticulosas notas de todo lo que se
decía (me recordaba a esos padres que observan el nacimiento del
hijo a través de la lente de la cámara fotográfica para no tener que
ver el proceso con sus propios ojos), pero esta mujer tan aplicada
«olvidó» durante un mes practicar el ejercicio que le indiqué.
Con frecuencia las parejas protestan diciendo que si hacen
los ejercicios como «deberes» el sexo perderá espontaneidad. Les
hago ver, con la mayor suavidad posible, que la espontaneidad
salió de sus vidas tan ocupadas hace mucho tiempo.
-Vuelvan a ponerse en contacto con el placer -les digo-o Y la
espontaneidad retornará de forma natural.
A menudo. marido y mujer lue insisten en acelerar el proceso.
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-Ya hicimos ese ejercicio -me dicen-o ¿Por qué no hacemos
el siguiente?
En la misma forma en que Thelonious Monk respondió al
que le preguntó qué «significaba» su jazz, yo les digo:
-Si tienen que hacer preguntas, no están preparados para las
respuestas. Lo estarán cuando se sientan tan relajados que no
tengan ganas de quemar etapas.
Otras parejas usan una franqueza brutal:
-No podemos invertir dos o tres semanas en este asunto
-dicen-o ¿Quién tiene tiempo para eso?
Suelen ser personas que se angustian si no hacen por lo
menos dos cosas a la vez: no pueden salir a correr sin el walk-
man, y mejor aún si escuchan un curso sobre macroeconomía.
Entonces sugiero que encaren los ejercicios sensuales como :un
proyecto de investigación.
-Tengan el diagrama mental de sus zonas más sensibles -les
digo-o Escríbanse un memorándum informándose de cómo se
sienten mientras les acarician.
Todo empieza como una distracción familiar, pero pronto
cada uno se centra en sí mismo, aquí y ahora, y la caricia adquie-
re más importancia que el memorándum.
Para motivar a algunas de esas parejas pasadas de revolucio-
nes para hacer los deberes debo hablar en términos econémicos:
-¿Acaso no quieren algo que valga el dinero invertido? -pre-
gunto.
¿Quién hubiera pensado que cuesta tanto trabajo vender la
sensualidad?
La forma en que uno de los miembros de la pareja se resiste a un
ejercicio suele iluminar algún problema fundamental en la rela-
ción. Para la primera semana de ejercicios de Elizabeth y Craig
le pedí a ella que actuara como Iniciador: el que decide cuándo
van a practicar. De manera automática, el Iniciador se convierte
en el Acariciado, la persona que recibe las caricias durante todo
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el tiempo que las desee. Le dije a Craig que tendría que esperar
-sin molestar- a que Elizabeth cumpliera su turno para que le
llegara el suyo.
Cuando llegaron a la siguiente sesión, Elizabeth me informó
alegremente de que habían pasado una espléndida semana j un-
tos, que ella se sentía tan cerca de Craig como no se había senti-
do en años, pero ... que no habían hecho los deberes.
-¿Temían que el ejercicio sensual perturbara esos sentimien-
tos de unión? -pregunté.
Elizabeth alzó las cejas como si yo estuviera diciendo tonte-
rías. Al terminar la hora les pedí que intentaran hacer el ejerci-
cio en la semana siguiente, con Elizabeth como Iniciador.
Se repitió la situación: no lo hicieron. Elizabeth me dijo que su
de trabajo se había complicado y que tuvieron huéspedes
en la quinta durante el fin de semana. Esta vez la presioné más.
-¿Le pone nerviosa la sola idea de quedarse quieta y que
Craig la acaricie? -pregunté.
-No -dijo ella encogiéndose de hombros.
Miré a Craig. En lugar de sentirse desgraciado (después de
todo, la actitud de Elizabeth podría interpretarse como rechazo)
lucía una sonrisa picaresca. Se sentía reivindicado.
-Nunca pude iniciar nada placentero Craig-. Va
contra su ética. Tengo que rogarle durante horas para que vaya-
mos a la playa o nos sentemos a ver un film. Nunca hay tiempo.
Siempre hay algo más importante que hacer.
En ese momento Elizabeth se derrumbó y empezaron a bro-
tarle las lágrimas. Por fin habíamos llegado a lo esencial.
Todo el tiempo las acciones y actitudes de Elizabeth habían
estado diciéndole a Craig: «No puedes esperar que yo esté tendi-
da en la cama contigo durante una hora sin producir nada. Soy
una mujer seria. No pierdo tiempo en algo tan frívolo como el
placer sensual».
y así fue como Craig, el trabajador eficiente que siempre
daba lo que se le exigía, había aprendido a terminar rápidamen-
te para que Elizabeth no tuviera que «perder tiempo con el pla-
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cen>. Elizabeth haLía comunicado a Craig, de forma sutil, su
necesidad. No era corno la mujer de un eyaculador precoz que
conocí, que sobmente quería hacer el amor justo antes de salir
para una reunión. Aquélla era una mujer que sabía cómo hacer
que el despertador sonara con fuerza. Había sido necesaria la
resistencia de Elizabeth a los ejercicios sensuales para que Craig
fuera consciente del reloj de alarma que ella usaba para todas las
actividades placenteras.
Sin embargo, Elizabeth no quería que Craig eyaculara antes
de que ella estuviaa excitada. La frustración que sentía por eso
había hecho que acudiera en busca de ayuda. Elizabeth estaba
en medio de una contradicción: quería más tiempo para poder
llegar al orgasmo y nada de tiempo para la excitación. Y las cosas
no funcionan así. Si todo lo que queremos es «meten} la relación
entre otras cosas, quitamos el placer. Para Elizabeth el mero
hecho de probar el primer ejercicio implicaba hacer frente al
miedo a «rendirse» a la sensualidad: estaba aterrorizada. Eso sig-
nificaría perder el empuje, el trabajo, el control de su vida. En
su ll1ente, la única alternativa al totalmente eficiente Amor
Triunfal era el irresponsable Amor Pueril.
Pero ... ¿por qué sonreía Craig?
Sí, por fin se daba cuenta de que no tenía que cargar sobre
sus hombros toda la culpa de la insatisfactoria vida sexual de la
pareja. Más aún: el equilibrio d" poder entre él y su mujer se
había desplazado notablemente. En lugar de ser él quien había
quitado toda emoción al sexo, ahora se había convertido en la
Persona que Propicia el Placer. Después de todo, Craig había
intentado valientemente llevar a Elizabeth a la playa y ella se
había resistido. Ni siquiera podía actuar como Iniciadora en un
ejercicio sensual, ¿no?
Como veremos en los capítulos siguientes, los miembros de
la pareja tienen el don de polarizarse: uno es la Persona que Pro-
picia el Placer y el otro es la Persona que se Resiste al Placer.
-Él es demasiado serio -dice la mujer atractiva que entra en
el consultor· arrastrando altnarido-. Y yo soy tan mimosa ...
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Pero las etiquetas suelen despegarse en cuanto se empieza a
investigar. En realidad Craig se resistía tanto como Elizabeth
a entregarse al placer con tranquilidad. Pero ya que Elizabeth se
resistía a cualquier placer, como dijo Craig, él podía sentirse en
la posición de frustrado Propiciador de Placer sin tener que
hacer frente a sus propias angustias.
Pero la sonrisa de Craig y las lágrimas de Elizabeth les ofre-
cieron la oportunidad de quebrar sus resistencias. Le pedí a
Craig que fuera el Iniciador durante la semana siguiente y, por
supuesto, en su papel de Propiciador de! Placer no pudo negar-
se. En cuanto a Elizabeth, había reconocido por fin que su resis-
tencia era sólo miedo. Habíamos ganado la mitad de la batalla.
Esta vez todo funcionó: los dos fueron capaces de «some-
terse» al placer durante quince minutos. Y en el proceso empe-
zaron a comprender las dos grandes lecciones de los ejercicios
sensuales graduales: e! placer es la recompensa y no les destru-
ye. Durante los dos meses siguientes, Elizabeth y Craig encon-
traron cada vez más tiempo para permitir que el «placer sin
objetivo)} entrara en sus vidas, para «hacer nada» juntos. Cuan-
do gradualmente fueron haciendo e! amor con más tranquili-
dad, sin apuro, comenzaron a apreciar el proceso de ponerse en
contacto sensualmente, sin perseguir la finalidad del orgasmo,
y pensaron que e! síntoma de Craig (ya curado) había sido una
bendición.
-Fue el toque de atención -comentó Craig alegremente-o
Mi pene era lo único romántico de mi organismo. Estaba
diciendo: «Eh, se tranquilizan o renuncio}). Sabía que estábamos
perdiéndonos algo maravilloso.
Un bebé: el producto final
En una comedia futurista de Woody Allen, éste despierta en
un mundo nuevo en el que la reproducción se maneja en el
laboratorio y el sexo se ha reducido a visitas rápidas, sin com-
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pafíía, al «orgasmatrón»: eficiencia total. El público ríe a carca-
jadas.
El futuro está ahí. En respuesta a la pareja de cada seis que
tiene problemas de infertilidad, la tecnología de la reproducción
ha creado un montón de opciones sorprendentes: la inseminación
artificial, la fertilización in vitro, las madres portadoras. Para los
estériles se trata de milagros. Pero esas maravillas del laboratorio
no se reservan para ellos: se han convertido en opciones para los
matrimonios de un minuto. Para la pareja supereficiente, la ayuda
del laboratorio en la confección del bebé garantiza la entrega del
producto a término sin inconvenientes: incluido el de hacer el amor.
Siempre aparecen en la terapia sexual las cuestiones referidas a
la reproducción. Con frecuencia veo a mujeres a quienes aterrori-
za el embarazo de tal manera que no pueden dejarse ir en la cama
y por consiguiente impiden los orgasmos. Cada vez veo a más
hombres y mujeres con problemas de esterilidad que han reduci-
do la vida sexual al proyecto de tener un bebé: la única forma de
sexo que practican es el coito y solamente cuando la temperatuta
rectal de ella es la correcta. En los dos casos insto a las personas
a que admitan que pueden gozar del sexo que nada tiene que ver
con la reproducción. Para pe nosotros -religiosos o no- el
sexo dedicado exclusivamente al placer, totalmente independiente
de la reproducción, puede producir angustias muy fuertes..l'or eso
muchas personas se resisten a,probar las alternativas al coito: en lo
más íntimo sienten que no deberían hacer esas cosas que sólo cau-
san placer, que son En la misma forma, hay
muchas mujeres inteligentes y educadas que nunca se informan
bien sobre los métodos anticonceptivos porque eso las obligaría a
aceptar que casi siempre sólo desean el placer, no un bebé.
Así que siempre he instado a las parejas a diferenciar entre
«hacer bebés)) y gritar: «¡Hurra!».
Les digo:
-En cuanto acepten el hecho de que no están tratando de
conseguir un bebé cada vez que hacen el amor, podrán empezar
a divertirse sexualmente de muchas maneras.
39
;;,
Pero cuando comenzaron a llegar los Devotos del Minulo,
empecé a pensar de forma diferente. Para muchas de esas parejas
que quieren terminar de una buena vez cuando tienen relacio-
nes sexuales, hacer bebés y hacer el amor son dos cosas distintas.
dem,asiado diferentes. Ven la reproducción eOfilO otro problclua
de «eficiencia». Y al bebé como el producto que hay que fa-
bricar.
-Tengo treinta y seis años, mi reloj biológico sigue su mar-
cha, y voy a tener un ascenso importante el año que viene, así
que quisiera tener el bebé antes -me dijo una publicista llamada
Joanna-. Por eso vaya la clínica para inseminación artificial.
-¿Y por qué vino aquí? -pregunté
El marido bajó la vista.
-Porque ya no hacemos el amor -dijo él.
"Sacudí la cabaa en un gesto de incredulidad. Era como si
los dos problemas -hacer el amor y hacer bebés- necesitaran dos
soluciones totalmcnte diferentes. ¿Tendría que ilustrar a la pare-
ja sobre las abejas y los pajaritos?
-Mis reglas son: o esperan a tener el bebé por inseminación
artificial y después inician la terapia, o esperan un año después
de la terapia para la inseminación artificial, si es que la necesi-
tan. Pero no pueden trabajar los dos problemas de manera
simultánea C01110 si se tratara de asuntos diferentes.
Joanna me miró con disgusto.
-Espero que prefieran empezar por trabajar en la manera de
hacer el amor -elije-o Hacer el amor esperando concebir un hijo
puede ser lo más bello del mundo. Pero ni el amor ni los bebés
pueden hacerse con apuro.
Tomarse el tiempo para eso fue lo mejor que pudo sucederle a
esa pareja. Por fin se sintieron capaces de expresar sus sentimientos
y naturalmente tuvieron una vida sexual más activa. Algo más se
produjo también de manera natural. Me alegra decirles que un año
y medio después Joanna quedó embarazada al estilo antiguo.
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-Es un milagro -me dijo ella por teléfono.
Por cierto que lo es ... siempre.
Fred, mi club de salud
Un colega me dijo hace poco:
-Me siento confundido. La mitad de las personas que vienen
a consultarme viven solas y les arerroriza pensar que van a pasar
solas d resto de la vida. Y la oua mitad están casadas y han arre-
glado sus vidas de manera 'lue ven a sus cónyuges una noche por
semana. ¿Eso es lo que quiere la primera mitad? ¿Un matrimo-
nio igual a una cita de tres horas?
Yo creo que los dos grupos desean mucho más que eso. Mi
teoría predilecta es que en lo profundo de su corazón esos Devo-
tos del Minuto son románricos incurables. En todos esos matri-
monios en que n a d i ~ está en casa se esconde un amante de la
sensualidad qu" lo que desea en realidad es quedarse en casa
todo el día, y si es posible en la cama con su cónyuge. Corremos
tan velozmente porque ansiarnos quedarnos quietos; vivimos en
fonna superindependientc porque ansiamos que nos acaricien y
nos consuelen C0l110 a los niños. Y tenemos miedo, si cedemos a
todos esos deseos, a no poder ser capaces de vivir en esa forma
independiente.
Pero muchos de los Devotos del Minuto que conozco están
descubriendo que no ganaron m<Ís independencia por pasar cada
vez menos tiempo con el cónyuge: sólo ganaron una nueva
forma de soledad y frustración, incluida la frustración sexual. Y
COInc ahora están empezando a estar más tiempo juntos, gran
parte del «haciendo nada) en la cama, se encuentran con que
están desarollando un sentido más fuerte y más calmo de inde-
pendencia cuando se levanran.
-No es que nos hayamos convertido de repente en campesi-
nos o algo así -comentó una ex Devota del Minuto-. Pero para
empezar renunciamos a los clubs de salud para pasar más tiem-
po juntos. Ahora Fred es mi club de salud. Así es.
41
3
Los tipos recios no hacen mimos
La escena se repite casi a diario en mi consultorio.
ELLA (con fuego y/o ldgrimas en los ojos): ¡Nunca me besa!
¡Nunca me acaricia! ¡Ni siquiera me coge la mano. Siempre
quiere ir derecho al grano: ¡entrar y salir! Yo no le importo. ¡Este
hombre no tiene sentimientos!
ÉL (con ofoscamiento y/o rencor en los ojos): ¡Por supuesto que
me importa! Pero es imposible hacer folíz a esta mujer.
Hay infinitas variaciones pero el tema es siempre el mismo:
él es frío y egoísta y no demuestra sentimientos, y ella está tan
hambrienta de afecto que ya no se excita con él, no puede lograr
orgasmos o quizás haya renunciado a hacer el amor con él. Y
todo es culpa de él.
Debo admitir que últimamente los hombres tienen mala
prensa. A menudo me encuentro con otros teóricos en psicolo-
gía que prueban, más allá de roda duda, que el 90 por ciento de
los hombres odia a las mujeres o, por lo menos, es incapaz
de amarlas. Es una teoría que sirve a las mujeres: pueden culpar
a los hombres de las relaciones insatisfactorias; nuestra única
culpabilidad es la supuesta necesidad de ser víctimas. Creo que
esas teorías son peyorativas para ambos sexos. He descubierto
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que la mayoría de los hombres está tan sedienta de amor como
las mujeres; y casi todas las mujeres que conozco no son maso-
quistas sino que están asustadas por su propia y saludable agresi-
vidad. Es verdad que la mayoría de los hombres que atiendo en
el consultorio no expresan la emoción y el afecto tan fácilmente
como sus compañeras ... por lo menos al comienzo de la terapia. Y
sí, casi todos se centran en los genitales y los orgasmos más que
ellas ... por lo menos al comienzo de la terapia. Pero detrás de cada
hombre «frío e insensible» no hay siempre una mujer tipo «fel-
pudo» que tiene hambre de amor; con frecuencia el «felpudo» es
una mujer que controla su angustia alentando a su «amante de
corazón frío}) para que siga siendo asÍ.
¡Eh, que yo no soy un homosexual!
Arnold 'y Eva G. me recordaron enseguida a la pareja formada
por George Segal y Sandy Dennis en la película ¿ Quién teme a
Virginia WoolJ? Arnold tiene poco más de treinta años, es buen
mozo, de aspecto muy juvenil, y demuestra una gran confianza
en sí mismo que le ha sido útiLen su cargo de ejecutivo de ven-
tas de una empresa textil. Eva es totalmente opuesta: diminu-
ta, delicadamente bonita y tímida; habla con una V"0Cecita
infantil y parece estar siempre al borde de las lágrimas. En rea-
lidad tenía los ojos húmedos cuando me confesó que había
perdido todo interés en el sexo después de un incidente ocurri-
do seis meses antes.
-Arnold había estado una semana en Adanta en una confe-
rencia de ventas -comenzó a decir- y en cuanto llegó a casa
empezó a tocarme como si yo fuera un pedazo de carne. Ni
besos ni abrazos, nada. Me arrastró hasta el dormitorio como un
hombre de las cavernas y me poseyó. Pero no tuvo nada que ver
conmigo. Me sentí usada y humillada. Fue como una violación.
-¡Fue pasión no violación! -exclamó Arnold-. ¿Tienes que
castigarme toda la vida porque me excitas?
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-¿Pasión? -preguntó Eva-. Ni siquiera me miraste; la única
vez que nos miramos es cuando estás encima de mí. Y casi nunca
hablas. Dios sabe que no parece que me quieras cuando tene-
mos relaciones. y después te duermes con una pierna sobre mí
como si yo fuera una almohada.
-Pero te he dicho muchísimas veces que te quiero -gritó
Arnold-. Hace diez años que hacemos el amor y siempre tuviste
orgasmos. ¿Qué hace falta, por Dios? Las mujeres nunca están
satisfechas. ¿Qué quieres de mí?
-Quiero ternura -susurró Eva.
En ese momento Arnold levantó sus manos. Por cierto que
era un Tipo Recio que no podía entender que alguien quisiera
mimos. No tenía la menor idea de lo qne faltaba en sn relación
de pareja. En realidad, si Eva hubiera dejado de 'qnejarse y
huoieran empezado de nuevo a tener relaciones sexuales, él se
habría sentido muy feliz.
Pero en la mente de Eva aquella noche se había convertido
en el símbolo de todo lo qne faltaba en la relación entre ambos.
Para ella el sexo sin afecto era equivalente a la violación, y por
eso había dejado de interesarle. Los dos estaLan atascados, pola-
rizados. Arnold era el Villano Sexnal y Eva era la Mujer Eterna-
mente Insatisfecha. Y durante los seis meses posteriores a aquella
noche traumática cada nno se había posesionado más de su
papel.
-Hasta temo darle la espalda --dijo Eva-. Siempre está pelliz-
cándome el trasero o tocándome los pechos o refregándose con-
tra mí como un perro. Siempre estoy rechazátldolo.
-¿Y usted sigue pidiendo más? -le pregunté a Arnold-. Creo
que le gusta que lo rechacen. De otro modo se acercaría a ella de
una m"anera más gentil.
-Mire -dijo Arnold enfurruñado-, no soy romántico y ella
lo sabe.
Aquel ejecutivo de treinta y cuatro años podía haber dicho:
«Epa, no soy un mariquita),
44
«Sea sensible, pero sea un hombre de verdad»
Los hombres no nacen Recios, se hacen. Todo empieza con
mamá y se desarrolla en el patio de la escuela. Cuando un
muchachito da sus primeros pasos hacia la independencia de su
madre, también los da en la negación de la necesidad de la cali-
dez y el afecto maternos. A los dos o tres años ya siente que debe
apartarse de mamá o jamás crecerá hasta ser un hombre activo e
independiente como papá; su hermana puede continuar identi-
ficándose con la mamá «emocional» mientras va independizán-
dose. El muchacho, el chico, delimita su identidad como Ha-
cedor, opuesta a la de Sensible. Ha comenzado a separar la
acción del sentimiento y mientras va creciendo la brecha va agran-
dáodose. Con el tiempo esa brecha separará el Sexo del Amor.
Incluso en la era feminista, casi todos los varones se crían
creyendo que cogerse de la l11ano, abrazarse y besarse son «cosas
de nenas» que solamente practican los nenes de mamá. En la
pubertad, la aversión del jovencito hacia los sentimientos "feme-
ninos» le impide dar y recibir muestras de afecto. Le aterroriza
que la ternura pueda hacerlo sensible, afeminado, hasta gayo Pero
el sexo es otra cosa, por supuesto. En las primeras lecciones
sobre el sexo, recibidas en el patio de la escuela, aprende que el
sexo masculino es activo y agresivo; es lo que el Hombre hace a
la Mujer. Un hombre de verdad va directamente (podríamos
decir horizontalmente) a lo 'lue le interesa: el sexo comienza con
su erección y termina con su orgasmo. Quizá, s.i es muy consi-
derado, le proporciona a la compañera un poco de juego previo,
pero solamente como un medio para llegar al fin, algo para cebar
la bomba, no para gozar por sí mismo. Los sentimientos no
tienen nada que ver con ese juego.
Pero todo el tiempo el hombre está anulando sus sentimien-
tos, suprimiendo la necesidad de ternura, consuelo y cariño que
comenzó a negar hace tanto tiempo. Y cuanto más niega esa
necesidad, más fuerte se hace. Es como la persona que sigue una
dieta y ha estado negando el hambre dnrante tanto tiempo que
45
la mera visión de una torta de chocolate le produce pánico.
Suele suceder que la negada necesidad de afecto de un hombre
adulto se haya hecho tan grande que en cuanto se encuentra en
la cama con su mujer siente el pánico de ser avasallado por la
necesidad. La única alternativa para él es entregarse de lleno a
la acción y con rapidez: ¡hacer el coito!
La masculinidad se ha definido por tradición como lo opues-
to a la feminidad: los hombres son duros, no blandos; fuertes,
no débiles; activos, no pasivos; racionales, no emocionales; con
control, no vulnerables. Y en vista de esta definición, un hom-
bre de verdad no puede permitirse el lujo femenino del «placer
sin objetivo»; el lujo de besar y acariciar muchísimo sin ir direc-
tamente hacia el orgasmo; de yacer en la cama pasivamente
mientras su mujer le acaricia; de quedarse en los brazos de su
compañera como un bebé; de compartir esa intimidad que es
muchísimo más profunda que los mutuos orgasmos, que las
lágrimas de ambos. Todos ésos son placeres prohibidos para un
verdadero hombre: podrian convertirlo en una mujer. Y ése es su
mayor temor. El hombre que se entrega a esos placeres «femeni-
nos» siente terror ante la posibilidad de que ese lado «femenino»
se apodere de él. Entonces se volvería blando y débil; impotente.
O, peor todavía, llegaría a ser gayo Los dos pánicos -el temor a la
impotencia y el miedo a la propia homosexualidad inconscien-
te- se encuentran bajo la superficie de los más <<normales» de los
hombres.
En un nivel primitivo, un pene erecto sigue siendo el símbo-
lo y la fuente del poder del hombre. Es su espada y su cetro. La
palabra «potente» califica todas sus fuerzas: las políticas, las
financieras y también la sexual. Y un pene blando sigue siendo
el símbolo de todo lo opuesto: debilidad e incompetencia. Siem-
pre pensé en lo humillado que debe de sentirse un hombre con
un pene fláccido aun en circunstancias en que no haya motivos
para que esté rígido. Un ejemplo es el caso de algunos hombres
que se sienten humillados después de eyacular, cuando, natural-
mente, se pierde la erección. Experimentan 10 que los franceses
46
denominan la petite mort-«Ia pequeña muertc»-, cuando su
torre de fuerza masculina se derrumba. No hay más potencia: se
ha agotado. La espada ha vuelto a ser un gusano.
Irónicamente, muchos hombres que sufren problemas de
impotencia con su esposa intentan curarse procurando mante-
ner sus relaciones sexuales con mayor decisión, en lugar de ave-
riguar qué sienten realmente por ella. «No estoy haciéndolo
bieH», piensan, en lugar de: «Quizás haya un motivo por el que
ahora no tengo ganas de hacerlo con ella». La diferencia entre
hacerlo y sentirlo suele ser lo que los ha llevado a esa situación.
Es grande la probabilidad de que la impotencia se deba a una
ira escondida en lo profundo de su ser que no se ha podido
manifestar por temor a perder la compañera. Pero ese sentimien-
to tendrá que expresarse para que el pene «se comporte bien».
El pánico a la homosexualidad es tan insidioso y aún más
limitante que el temor a la impotencia. Cada vez que el machis-
mo se pone de moda -como ocurre ahora- el pánico a la homo-
sexualidad anda cerca. La preocupación actual por las «virtudes»
masculinas -con el luchador/patriota recio e intrépido, con el
cuerpo muy musculoso y la cara barbuda, con la actitud conte-
nida del hombre silencioso y fuerte, como un héroe de película-
creo que está relacionada con el estigma que el sida ha impuesto
a la homosexualidad. Hoy en día, los hombres heterosexuáles
que antes se sentían seguros con sus lados flacos están distan-
ciándose de nuevo de la conducta «femenina». Ya no se está a
salvo si se es juguetón, sensible, vulnerable o sensual. Un hom-
bre debe ser un Tipo Recio por razones de supervivencia.
No puede negarse que el crecimiento del poder femenino
-en el trabajo, el hogar y hasta en el gimnasio- tuvo el desgra-
ciado efecto de empujar a muchos hombres a negar, aún más,
sus actitudes emocionales ¿Cómo podrían arries-
garse a ser emocionales -y vulnerables- cuando ya resulta bas-
tante difícil "permanecer arriba»? Cuando las mujeres adoptaron
las «virtudes» masculinas se vieron obligados a ser supermasculi-
nos y, de nuevo, sacrificaron los sentimientos en ese proceso.
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A Arnold G. le resultaba imposible la existl.:ilCia de
una faceta amable y sensible en su personalidad y su necesidad
de terllura y cariño. Cuando lo vi a solas, le pregunté sobre su
infancia y me describió a su padre, un obrero metalúrgico, como
«perperualnentc ocupado», y a su madre conlO «eternalneIlte
soliraria». Recordó que sn padre solía ir a trabajar cuando termi-
naba de cenar, mientras su madre le retenía en la mesa para
«charlar de cualquier cosa. Siempre decía que yo era un buen
oyente, lo que era bastante ridículo ya que yo no le prestaba
atención)).
La madre de Arnold, sedienta de contacto emocional, había
puesto sobre los hombros de su hijo una pesada carga de emo-
ciones, pidiéndole que fuera el amigo sensible que su marido
no había sido jamás. Arnold recordó que su madre le había
h"écho prometer que no sería obrero en ninguna fábrica por-
que, de lo contrario, no tendría tiempo para estar en casa con
la familia; este comentario sirvió para exacerbar los
tos amargos de Arnold hacia su padre.
-Pero no es que ella no quisiera al viejo -me aseguró Arnold
enseguida-o Mamá siempre alardeaba de que mi padre era más
fuerte que los más jóvenes de la fábrica.
Muy pronto [Uve el cuadro de una madre que había transmi-
tido a su hijo el clásico mensaje: Sé sensible, pero sé un hombre de
verdad.
-Creo que su madre era una mujer difícil de conformar -le
dije a Arnold.
-¡Imposible! -exclamó alzando las manos con el mismo gesto
de resignación que había hecho cuando contestó a las exigencias
«imposibles» de su mujer.
Entonces Arnold se inclinó hacia delante como si fuera a ini-
ciar un nuevo tema y me preguntó:
-¿Qué puedo hacer para que Eva me responda? Estoy deses-
perado. Intentaré todo lo que usted me sugiera.
Le sonteí. Sin darse cuenta, él, intuitivamente, había aso-
ciado a su madre con su esposa. El hombre que nunca pudo
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complacer a la lHAJle ahora quería conocer cuál era el ardid
para complacer a srl mujer. Estaba haciéndome la misma pre-
gunta que los hUlJ10reS formulan con mayor frecuencia:
¿Cómo puedo lograr que mi mujer me responda mejor? ¿Qué
técnica \(lllistcriusJ.» la excitará? Es un tema arriesgado que no
suelen encarar los Tipos Recios, y mi respuesta es casi siempre
la misma:
-Para empezar, ¡conténgase! Deje de toquetear a Eva. Y deje
de tratar de ser un J.m8.nte experto. No tiene que complacer a
nadie más que a usl cd.
-Un momento -interrumpió Arnold asombrado-o Creía que
Eva quería que yo fuera ¡-nenos egoísta, no más. ¿De parte de
quién está usted?
-De parte de los sentimientos -respondí-o Los suyos y los de
Eva. Hasta que cada uno empiece a centrarse en sus propios sen-
timientos no podLin fclil'cS juntos.
Estaba claro que J'.rnold nunca había sido un hombre que se
demorara en la exciral:i('il1, así que cuando conversé con Eva le
pregunté:
-¿Alguna vez pensó por qué eligió casarse con un hombre
que 110 fuera tierno?
-Creo que enlonces no sabía lo que quería -contestó ella.
Sospeché que debía de haber existido algo más. El medio en
que creció Eva era el complemento perfecto para el de
Era la hija menor y la única mujer de una familia numerosa;
para su padre era como las niñas de sus ojos. Eva contaba cómo
su padre la hada saltar en sus rodillas, cómo solían tomar el
desayuno, a solas, en el jardín y cómo bailaba para él. Dijo que
su padre había sido un hombre muy afectuoso.
-¿También con su mamá? -pregunté.
Eva se encogió de hombros como si le hubiera hecho una
pregunta indiscreta.
Supuse que también Eva se había criado en un hogar con un
doble mensaje: un padre seductor pero en un ambiente en el que
el sexo estaba rodeado de vergüenza. Pensé en qué forma res-
49
pondería Eva si Arnold dejara de ser un Tipo Recio. Tres sema-
nas después de comenzar los ejercicios sensuales graduales tuve
la respuesta.
Durante las dos primeras semanas Arnold se había resistido
tremendamente a sentir cuando le tocaba el turno de yacer plá-
cidamente en la cama mientras Eva lo acariciaba. Era como si su
cuerpo estuviera dormido excepto por los genitales. Eva se que-
jaba y decía que no había esperanza. Pero, por fin, a la tercera
semana Arnold bajó la guardia, se entregó a la experiencia y dijo
que los sentimientos que fluyeron fueron fantásticos.
-Me sentía estupendamente, enamorado de Eva y del
mundo entero -dijo-o En la cima del mundo, hasta que Eva me
tiró abajo.
Parece que al terminar el ejercicio Eva preguntó a Arnold si
había reservado la mesa para la cena y cuando él le dijo que se
olvidó de hacerlo, ella se puso furiosa y dijo que no podía con-
fiar en él para nada.
-¡Qué raro en ese momento! -le comenté a Eva-. Ahí estaba
Arnold, acostado a su lado, por fin carifíoso y sensible y us-
ted eligió ese momento para acusarlo de no cumplir con sus
encargos ...
Eva bajó la vista avergonzada. Sí, estaba hambrienta de
ternura pero en cuanto Arnold mostró signos de vulnerabili-
dad -de no ser el hombre fuerte, como papá, con el que se
había casado- se sintió atrapada por la angustia y trató de
poner fin a la situación. La ambivalencia de Eva envió a Arnold
el mismo doble mensaje que había recibido él cuando era
chico. Sé sensible pero sé un hombre de verdad. En ese momen-
to, en mi consultorio, Eva miró a su marido y le sonrió con
tristeza.
-Lo siento -musitó-o Este asunto me asusta a mí también.
El Villano Sexual y la Mujer Eternamente Insatisfecha esta-
ban preparados, por fin, para hacer el amor.
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Más dotado que tú para el sexo
Los Tipos Recios se presentan con distintos disfraces y el que
más decepciona es el de pseudorromeo. Al principio de un
romance aparece como un hombre sensual que puede pasar
horas lamiendo, succionando y acariciando, pero una vez la rela-
ción se hace estable esa sensualidad sale volando por la ventana.
En algunos casos esa sensualidad inicial ha sido una farsa, la
extensión física de la «línea que tira el seducton,. Una vez que ha
conquistado a la mujer con su manera de hacer el amor, consi-
derada, romántica'y sin apuro, puede olvidarla para siempre y
dedicarse al puro sexo genital. De todos modos, para él todo el
otro asunto era parte del juego de seducción, algo que se hace
antes de que empiece la diversión.
Yen realidad nunca sintió demasiado mientras representaba
el papel.
Pero para la mayoría de los pSéudorromeos la fase sensual de
la relación no es una farsa: goza con ella mientras dura. Sin
embargo, queda condenada al ostracismo en cuanto la relación
se hace estable y comprometida. Ese tipo de hombre sólo puede
permitirse la intimidad sensual cuando tiene un pie fuera de la
cama. Es sensual mientras se siente libre. En la relación compro-
metida se siente avasallado por la angustia del amor y vuelV"e-a la
conducta típica del Tipo Recio: hace el acto sexual y no el amor.
-¿Qué se hizo de mi maravilloso amante latino? -se quejó
Deirdre, una recién casada-o Michael era increíble. Podía pasar
una hora haciendo el amor a un dedo del pie, por Dios, y yo
sentía un hormigueo en todo el cuerpo. Pero cuando nos casa-
mos se convirtió en un robot sexual. Gruñe, gime yeso es todo
-me escribió Deirdre.
Esa queja es muy común. Antes solíamos explicar la conduc-
ta de Michael en función del complejo «madonna/prostituta»:
en cuanto una mujer se convierte en la esposa, como la madre
de él, se convierte también en santa, y el sexo se limita entonces
al apto para la reproducción, al «formal»: coito rápido y poco
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frecuente. Pero. Jesde hace.un tiempo, he observado que hay
muchos hombres casados capaces de emplear con su esposa las
variaciones «informales» -incluido el sexo oral-genital- pero que
son incapaces de retornar a la manera tranquila y sensual de
hacer el amor que les gustaba antes del matrimonio. La expe-
riencia eroticogenital, sí; pero el cariño íntimo, no. Yo creo que
esa inhibición tiene más que ver con el miedo masculino a per-
der el poder que con las madonnas y prostitutas. Como hom-
bres sin ligazones no temían tanto ser dominados y devorados
por la sensualidad: sabían que, llegado el momento, se irían a
casa solos, intactos y bajo su propio control. Pero como hom-
bres casados aparecen todas las viejas angustias: tienen miedo de
ser atrapados, de perder el control, de ablandarse, de volver a ser
los desvalidos chicos de mamá.
"A1gunos Tipos Recios hacen frente a esas angustias convir-
tiéndose en agresivos amantes «llenos de salvajismo y locura».
Dicen a su compañera:
-Quiero probarlo todo. Superemos las inhibiciones.
Snelo admirar a esos aventureros, sobre todo porque muchí-
simos hombres casados se limitan a una sexualidad monótona.
Pero esa clase de Tipo Recio no es realmente un aventnrero:
es un atropellador que insta a la compañera a «soltarse» y a
«seguirle la corriente» mientras la presiona para probar variacio-
nes sexuales para las qne ella aún no está preparada.
-Siempre termino sintiéndome culpable porque no puedo
hacer en la cama todo lo que él quiere -me contó una joven
casada-o Yo también quiero probar cosas nuevas, pero tengo que
hacerlo poco a poco. Me ocurre lo que con los films eróticos:
para ver uno pornográfico tengo que prepararme antes viendo
alguna película común con escenas audaces.
Cada vez que esta mujer estaba en la cama con su marido, él
asumía el papel de maestro y retador. Siempre estaba diciéndole
que era una «chiquilina cerrada» que tenía miedo al sexo. Pero
cuando les pedí que hicieran los ejercicios que requerían que el
hombre mantuviera el estado de excitación sin pasar al coito, se
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cerró más que una novia virginal. El prodigioso atleta sexual se
aterrorizó ante la mera ideo Je limitarse a yacer y sentir. Todas
sus bravatas sexuales habían sido una cortina de humo para
esconder sus propios miedos. Como Don Juan, era roda control
y muy poco sentimiento. Actuando como el máximo Buscador
de Placeres, intimidando a su mujer con la actitud de superiori-
dad, «estoy más dotado que tú para el sexo», no tenía que hacer
frente a su terror a la intimidad. A él las escenas audaces le asus-
taban más que las pornográficas.
Entran como tigres; salen como corderos
Por lo general los Tipos Recios entran en mi consultorio patean-
do y chillando, arrastrados por su mujer. Enseguida me comuni-
can que están allí para conformar a la esposa.
-Yo no tengo problemas con nuestra vida sexual-me dicen-o
Ella los tiene.
Y, :l regañadientes, se someten a rni sistema como si fuera un
bautismo de fuego para hacerlos aceptables por su mujer. Si
«hacen» los ejercicios sensuales quizás ella deje de quejarse y
vuelva a la cama.
Pero los ejercicios trabajan de manera misteriosa. Un Tipo
Recio sólo puede acariciar y recibir caricias si no permite que se
cuele algo de sentimiento. Ptro cuando eso sucede, un pequeño
sentimiento conduce de forma inevitable al deseo de sentir más.
De manera gradual los placeres de la intimidad sensual disminu-
yen las ansiedades típicamente masculinas. Para empezar, el
hombre no resulta JcvoraJo por un beso cariñoso y húmedo; en
realidad se siente mny bien. No se convierte en un niño desvali-
do en brazos de su mujer; en realidad se siente más tranquilo y
seguro de lo que se ha sentido en mucho tiempo. No se transfor-
ma en mujer si se queda tranquilo en la cama mientras su esposa
lo acaricia; en realidad se excita de una manera mucho más per-
sonal que antes. Y lo cierto es que no pierde su potencia si deja
53
que las erecciones desaparezcan y vuelvan a producirse en el
transcurso del tiempo en que hacen el amor; en realidad se sien-
te totalmente seguro de su potencia cuando llega a la fase geni-
tal/orgásmica.
-Ahora toda mi vida es más rica, no sólo mi vida amorosa
-dijo un hombre maduro que había entrado en mi consultorio,
pateando y chillando, arrastrado por su mujer-o La comida tiene
mejor gusto, el jardín se ve precioso y un largo baño caliente de
inmersión es mi idea del cielo. Se me ocurrió estando en la cama
mientras mi mujer me acariciaba: el placer está en todo.
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Las mujeres liberadas no tienen
sobresaltos sentimentales
Primero fueron los ataques cardíacos. Las estadísticas demostra-
ron que las mujeres estaban sufriéndolos más que antes, sobre
todo las que ocupan cargos que producen estrés. Los médicos
nos dijeton que los ataques cardíacos venían en el mismo paque-
te con el territorio laboral masculino: muchas horas de trabajo,
muchos martinis y cigarrillos y el estrés incesante.
Un cardiólogo que conozco agregó:
-y el control de las los trabajos que exigen
un resultado excelente hay que estar dominando
te las emociones para no volverse vulnerable a la competencia.
Pero el control de las emociones es malo para las arterias; tan
malo como los bistecs y los helados.
También es dañino para la vida amorosa. Actualmente las
mujeres tenemos más ataques cardíacos pero menos sobresaltos
sentimentales. En nuestra lucha por la igualdad de poder algu-
nas de nosotras hemos controlado las emociones de tal manera
que han desaparecido de nuestra existencia. En nuestro terror a
ser dominadas por los hombres -tanto en el trabajo como en el
hogar- algunas de nosotras hemos cerrado el corazón a todos los
sentimientos amorosos. Dondequiera que miremos se ven adver-
tencias referentes a que si amásemos demasiado perderíamos la
55
independencia, así qne nos alejamos del amor. Y entonces, como
esos hombres a los que antes despreciábamos, nos volvemos
frías, desprovistas de sentimientos y sexualmente indiferentes.
Oigo protestar a las mujeres de la primera fila:
-Lo que pensaba, Dagmar. ¡En el fondo eres sexista y antifemi-
nista! Supongo que ahora nos dirds que nos convirtamos en amoro-
sas y pasivas amas de casa.
De ninguna manera. Pero cuando todos los días vienen a
verme tnujeres que se lamentan de que «ya no sienten nada)) con
sus maridos o amantes, sé que algo ha salido de cauce. He visto,
en los últimos años, la aparición de un nuevo conjunto de que-
j as de las mujeres sobre su vida sexual y la mayor parte de éstas,
como los ataques cardíacos, estuvieron en un tiempo reservadas
a los hombres. Si querer evitar las desventajas «masculinas» me
tránsforma en sexista, me declaro culpable. Y si desear la combi-
nación de la capad dad para la ternura y el cariño con un claro
sentido de la independencia hace que pierda el estatus de femi-
nista, que así sea. Todavía estoy de acuerdo con Freud en lo fun-
damental: una vida feliz exige trabajo y amor.
El complejo del «chico del coro
de la pa1'1'oquialsementab,
-Me siento -dijo Ann:l K., una conocida experta
en pintura-o En casa con Peter y los chicos soy un am.a de casa
modelo, eficiente y prolija, y mi vida sexual es tan fogosa como
una partida de scrabble. Pero cuando actúo en mi faz profesio-
nal y viajo estoy eternamente excitada. Siempre tengo fantasías
eróticas con el hombre que está a mi lado en el avión o detrás de
mí en el ascensor. Realmente debo hao:r un esfuerzo para no
alzarme la falda y decir: «Eh, amigo, ¿qué tal uno rápiJo antes
de llegar a la planta baja?». Lo único que me detiene es la sensa-
ción de culpa, pero lo que me espera en casa como alternativa
no va a detenerme por mucho tiempo lllás.
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Dos días anteS había venido Anna, remolcando a su marido,
quejándose de que su vida sexual era tan chata que se había con-
vertido en una tarea que había que cumplir y que ya ni siquiera
llegaba al clímax. Describió una rutina sexual demasiado típica:
sólo tenían relaciones los sábados por la noche y raramente se
besaban o se acariciaban otros días; los encuentros se limitaban a
la «posición del misionero» con Peter encima de ella; el juego
previo no duraba más de diez minutos y todo se hacía en la
oscuridad y el silencio absolutos.
Durante el relato de Anna sobre ese estado de estupor de los
sábados por la noche, Peter, un profesor de derecho, cruzaba y
descruzaba las piernas y miraba al suelo. Era evidente que se sen-
tía incómodo con su cuerpo y con el tema del sexo. El único
comentario que hizo después de esperar cortésmente a que Anna
terminara de hablar fue que él también pensaba que «se podría
mejorar la situación}). En 11l0luento no dudé de lo que había
dicho Anna: que Peter no era «Míster Travesuras)) en la cama.
A solas con Anlla pregunté cómo habían sido sus experien-
cias sexuales antes dt: casarse.
-¡Fabulosas! -dijo ella con los ojos brillantes-. Me encanta-
ban los cuerpos musculosos, sobre todo los cuerpos duros y
sudorosos, y aprovccluba todas las oportunidades. Era una gour-
mande sexual. Una v ...'.z lo hice en un ascensor: el de un museo
en el que estaba trabajando. Tuve dos orgasmos en tres pisos.
y ahora rara vez llegaba al clímax.
-¿Veía con regularidad a ese hombre del «rápido»? -le pre-
gunté.
-Poquísimo -contestó Anna riendo-o Era un guardián con
la mitad de mi edad.
En realidad, entre la facultad y la boda casi todos los encuen-
tros sexuales de Anna habían sido asuntos de una noche con
hombres que eran más jóvenes)' mucho menos instruidos que
ella; hombres de pocas palabras y cuerpos atléticos. Los encuen-
tros sexuales solían ser rápidos), y sumamente eróticos.
Hasta que conoció a Peter, cuando ella tenía veintinueve años,
57
Anna nunca había salido con el mismo hombre más de cuatro o
cinco veces.
Pero ¿por qué esta atleta sexual confesa había elegido para
casarse a un hombre tan reticente sexualmente?
-En todo lo demás Peter es un hombre maravilloso -dijo
Anna con sinceridad-o Es muy inteligente, un compafiero y un
padre espléndido, estable y que me apoya en mi carrera; tiene
todo. Fui envidiada por todas las mujeres de treinta afios de mi
barrio. En cuanto lo conocí, supe que sería un gran esposo.
-¿Cómo pudo saberlo? -pregunté-o ¿Acaso porque no la
excitaba?
-¡Es injusto! -exclamó Anna enojada.
Pero como sabemos, la justicia nada tiene que ver con eso.
Anna es un ejemplo clásico del síndrome, en rápida expansión,
que he denominado complejo del «chico del coro de la parro-
quia/sementa]". Es la versión femenina del complejo «madon-
na/prostituta» y veinticinco años atrás era tan raro como el águi-
la calva. Para las mujeres que padecen el síndrome, los hombres
son buenos amantes o buenos maridos, pero jamds las dos cosas
a la vez. Con los «sementales}) esas mujeres pueden darse toclos
los gustos por caprichosos que sean, mientras la relaci6n sea
impersonal y ellas mantengan el control. Y una forma de tener la
garantía de que sea impersonal es eligiendo aman res a los que
perciben como socialmente «inferiores»: hombres más jóvenes y
menos instruidos que ellas. Y por supuesto que los buenos mari-
dos son lo opuesto. Provienen de «buenas» familias, tienen carre-
ras sólidas, son estables y responsables y, lo más importante, no
son sexualmente excitantes. El marido perfecto no constituye un
riesgo; es sexualmente ingenuo e inhibido: el chico del coro de
la parroquia.
El complejo «chico del coro de la parroquia/semental» se ori-
ginó, en parte, durante la revolución sexual. Cuando se rompie-
ron los tabúes del sexo muchísimas mujeres se animaron a admi-
58
tir sus propios y poderosos deseos sexuales y tuvieron el valor, y
el apoyo de sus parejas, para actuar en consecuencia. Pero única-
mente esto no explica por qué tantas mujeres empezaron a divi-
dir a la población masculina en objetos sexuales y futuros can-
didatos al matrimonio. La libertad sexual no es algo que indeftc-
tiblemente haya que pracricar con un desconocido; hasta hace
poco tiempo, ésta era tradicionalm.ente una distinción que ha-
dan los hombres.
Anna me contó una observación que había hecho. En un
curso de psicología en la facultad la habían designado para reco-
pilar las fantasías sexuales para el libro de Nancy Fri-
day Men in Love [Hombres enamorados]. y Anna se había que-
dado perpleja con lo que encontró.
-¡Era como si leyera algo mío! Todo ese asunto
típicamente masculino; el sexo directo, desear ir al grano ense-
guida, con furia, y luego irse solo a casa; ésa era mi idea del sexo
y sigue siéndolo. El sexo es algo corporal, no mental ni senti-
mental. Yel objetivo del sexo es tener un orgasmo o dos o tres ...
¿qué otra cosa? ¿Por qué ese libro se llama HOMBRES enamora-
dos? ¿Acaso soy hombre?
Anna se sintió terriblemente confundida, como tantas otras
mujeres, sobre su papel sexual en esta nueva sociedad. Los
modelos del género que existieron mientras ella crecía le habían
ofrecido sólo dos opciones rígidamente circunscriptas: ser un
ama de casa como mamá, pasiva y dependiente inclusive en lo
concerniente al sexo y finalmente resentida, o ser una profesio-
nal como papá, activa e independiente en todo, incluido el sexo.
Había que tomar una opción o nada. No existían modelos de
mujer independiente y profesional y al mismo tiempo esposa
activa sexualmente.
No es sorprendente que Anna. se sintiera esquizofrénica.
Había «resuelto» el dilema siguiendo el ejemplo de papá y com-
portándose «como un hombre» en su vida profesional. (Me
resultó significativo que la mayor parte de sus fantasías eróticas
se produjeran cuando actuaba profesionalmente.) Y, siguiendo
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L.'::' pclC¡r.;i:; L';.:: se comf;G.·.:.;;:',l·<:0:no una -:n 1 ... ·,;,,:L
doméstica; según su propia descripción, eIJ. un Jrna Ji.? .:asa
nl0delo: eficiente, prolijJ. y virtualnlcntc asexual. CO!UO descu-
brí con rapidez, Anna no solamente había elegido como marido
a un hombre sexualmente reticente sino que ella misma se había
inhibid" respecto al sexo con ese hombre. Esas noches de sába-
do, sin ninguna excitación, eran tanto el resulta(lo de la indife-
rencia de Anna como de la pasividad de su marido. Después de
trabajar durante varias semanas, Anna me confesó que se aver-
gonzaba de que Peter viera que tenía un orgasmo. iEso dijo la
mujer que había sentido dos orgasmos con un desconocido en el
ascensor! Igual que los hombres que sufren el complejo «madon-
na/prostituta» (<<Nunca podría hacer eso con la madre de mis
hijos») disminuyen la sexualidad con su esposa, las mujeres con
ercomplejo del «chico del coro de la parroquia/sement"h son
pasivas y no reaccionan en la cama con su marido. Y de manera
inevitable terminan frustradas y, como Anna, aterrorizadas ante
la posibilidad de ser infiel.
¿Cuáles eran las opciones de Anna?
No quería ni pensar en el divorcio. Amaba demasiado a Peter
y a los chicos y la idea de volver a vivir sola la llenaba de angns-
tia. En honor a su entendimiento hay que decir que Anna ya
sabía que sería frígida con cualquier hombre con quien se casara.
Otra opción sería la doble vida que llevan muchos hombres:
practicar el sexo erótico fuera de casa con amantes impersonales
y seguir con el sexo sin sentimientos dentro del hogar. A su
manera eso ha funcionado duranre siglos en algunas civilizacio-
nes: las amantes y las prostitutas son para la diversión sexual y
las espo!:>as son para la vida doméstica, y con ellas, cuanto menos
sexo, mejor. He conversado con mujeres que han optado por esa
forma tradicionalmente masculina de encarar el complejo
«madonna/prostituta». Esas mujeres pasan con facilidad de un
besito en la mejilla al padre de sus hijos al abrazo ardoroso con
el amante en el cuarto de hotel. Por lo general son mujeres que
«tienen todo» porque acomodan todo -especialmente las perso-
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p:.r.l tejer, (on 0uas relajarse y contar chisnles; tie-
nen algunas amisto,ks con las que efectuar salidas familiares y
otras para las reuniones formales. Desde luego el problema resi-
de en que acaban sintiéndose fragnlentadas y superficiales. Para
Anna esa solución hubiese sido como una extensión de la vida
que llevaba en ese 1l100nento; pero entonces actuarían sus fanta-
sías sociales, y Auna pensó que no podría manejar una situación
como ésa.
-Quizá todavía no l11é liberé del todo -me dijo-, porque si
las aventuras se convirtieran en algo estable para mí, creo que
me avergonzaría volver a casa y estar con los chicos. Me sentiría
hipócrita con ellos.
y fue así como a Anna le quedó la opción por la que había
venido a mi consultorio: tratar de tener una vida sexual satisfac-
. . ,
tona con su manuo.
-Le mentiría si k prometiera que con unas caricias Peter va a
convenirse en un seJ'llí . .:nul-le Jije a Anna-. Pero ... ¿quién sabe?
Puede haber un Supcrmán sensual escondido detrás del modes-
to Clark Kent.
Le dije que, Je lodas maneras, su trabajo consistiría en olvi-
dar las inhibiciones ele Peter y Cén trarse en las de ella. Anna era
el equivalente femenino dd Tipo Recio: tenía miedo de hacer el
amor íntimamelJh' con el ((chico del coro Je la parroquia» y tam-
bién C011 el semeIlt..ll. Con sus aIuantes eróticos había evitado la
intimidad practiClIH!O el ano sexual; con su marido había evita-
do la intimidad nu hacienJo casi nada. Y su miedo a abando-
narse a la temura )' la excitación era idéntico al temor del Tipo
Recio; sentía terror a convertirse en una mujer dependiente,
pasiva y resentida C01"no su madre. Entonces sería «impotente»
como profesional activa e independiente. Sucumbiría al placer
sin objetivo y jamás recuperaría el control de su vida.
Suele suceder que cuando el chico del coro comienza a reac-
cionar a los ejercicios sensuales su mujer retrocede de inmediato.
Esto no era lo que ella buscaba cuando eligió a un hombre tímido
61
y reservado. Un marido reticente al sexo decidió de repente que
quería acariciar el cuerpo desnudo de su mujer sobre la mesa de la
cocina, como si fuera a «darse un espléndido banquete»,
La esposa, que con frecuencia tenía aventuraS con hombres
más jóvenes que ella, se horrorizó cuando e! marido abandonó
su papel habitual.
-¡Ayúdeme! ¡Se ha vuelto maniático! -me dijo ella.
Le dije que lo que ella sentía era miedo de excitarse con e!
marido.
Peter, e! marido de Anna, nunca se convirtió en Míster Tra-
vesuras, y si lo hubiera hecho es probable que hubiese asustado a
su mujer. Peter siguió siendo tÍmido pero se convirtió en un
amante tierno. Y después de meses de ejercicios sensuales Anna
descubrió que sentía placer con e! cuerpo de Peter aunque no
fuera el cuerpo de un extraño. Y cuando aprendió
a demorarse en la excitación encontró que los orgasmos ya no
constituían ,un problema. Ambos comenzaron a acariciarse y
besarse a menudo y a hacer el amor con mayor frecuencia. Anna
todavía tiene sus fantasías con los ascensores (en realidad las
tiene todo e! tiempo) pero ya no las ve ni como tentaciones ni
como amenaza a su matrimonio.
-Creo que siempre extrañaré las aventuras arriesgadas -me
dijo Anna hace poco-o Pero hay una dulzura al hacer el amor
con Peter que antes no existía. ¿Estoy conformándome? Quizá.
Pero me siento mucho mejor siendo una persona amorosa que
dos personas desesperadas.
Los largos y los cortos
Es verdad. Ninguna mujer ha entrado en mi consultorio y con-
fesado:
-¡Acabo demasiado rápido!
Esa queja es estrictamente masculina, y suele ser la esposa la
que la formula. Las mujeres se quejan de que tardan demasiado
62
en lograr e! orgasmo, de que cuando están cerca de obtenerlo e!
marido ya está exhausto.
He empezado a ver los «orgasmos prematuros» de las mujeres
como un problema creciente entre las graduadas que trabajan
mucho. Pero fue la queja sobre los orgasmos imatisfactorios lo que
me dio la primera clave de que cada vez más mujeres terminan
demasiado pronto. Algunas llegan al consultorio lamentándose de
que sus orgasmos son menos intensos. Otras llegan preguntándose
si en realidad han tenido orgasmos: no están totalmente seguras.
En un número sorprendente de casos descubrí que esas mujeres se
apuraban para llegar al orgasmo en pocos minutos, a veces en cues-
tión de segundos. Éste es otro síntoma típicamente mascwino que
las mujeres han adoptado para abreviar e! período de excitación y
así consumar e! acto sexual en lugar de hacer e! amor.
Desde luego existe una diferencia obvia entre la eyaculación
prematura de! hombre y e! orgasmo prematuro de la mujer.
Cuando un hombre termina desaparece la erección y la compa-
ñera no puede lograr su orgasmo, por lo menos mediante el
coito. Cuando una mujer acaba, sigue siendo físicamente capaz
de continuar e! coito hasta que su compañero llega al orgasmo,
con algunas notables excepciones que veremos.
Pero tanto para la mujer como para e! hombre, los orgasmos
prematuros sirven para el mismo fin: permiten evitar los terrorEs
y maravillas de la intimidad sensual. Les permite a ambos termi-
nar lo antes posible con el asunto y con un buen punto final: e!
orgasmo. Las mujeres con e! síntoma 'de! orgasmo prematuro no
sólo pierden la sensualidad, sino que tienen orgasmos menos
intensos y satisfactorios.
Veamos e! caso de Gabby F., cuyo marido Ronald se quejaba
de que ella terminaba demasiado rápido. Ofrezco su historia no
sólo porque tiene las características típicas -aunque como histo-
ria es bastante rara- sino porque ilustra en forma vívida e! pro-
blema general de! orgasmo femenino prematuro.
A los sesenta y dos años Ronald era e! director de una firma
de inversiones pequeña pero prestigiosa. Tres años antes había
63
muerto su esposa, la compañera durante más de treinta y cinco
años; un año después se casó con Gabby, de treinta y dos años,
vicepresidenta de la compañía, Como caballero «a la antigua»
no había querido tener relaciones con Gabby hasta que se casa-
ran, Y le esperaba una gran desilusión,
La única mujer que Ronald había conocido sexualmente
había sido su esposa, con quien gozó de una relación plena de
sensualidad. Hacían el amor con frecuencia, tres o cuatro veces
por semana, cuando ya tenían más de cincuenta años. Pero lo
que más nos interesa aquí es que pasaban horas haciendo e!
amor, incluyendo un largo pedodo cuando ya había comenzado
el acto sexuaL A pesar de sus maneras formales y su apariencia
aristocrática, Ronald era un sensuaL Por desgracia supuso que
Gabby también lo era,
.-- La belleza voluptuosa de Gabby, su manera provocativa de
vestir y su tenden.cia a la coquetería, hubiera hecho pensar a
cualquier hombre que era una mujer con un gran apetito sexuaL
Según ella, tenía una «saludable» capacidad para el sexo. Había
tenido amantes desde los dieciséis años y me contó que muchos
de ellos habían admirado su facilidad para el sexo.
-Nunca tuve problemas de orgasmo como otras jóvenes que
conocía -me contó Gabby-. Siempre terminaba con rapidez.
Recuerdo que podía llegar al orgasmo apretando las piernas en
e! último asiento de! ómnibus de! colegio.
Pero terminar con .rapidez era precisamente lo que, según
Ronald, había convertido la vida sexual de los dos en un desas-
tre. Él esperó gozar con Gabby de la misma clase de vida sexual
que había tenido con su primera esposa. En realidad había pen-
sado que con esta mujer, más joven y voluptuosa. «en la cumbre
de sus poderes sexuales», habría de ser aún más sensuaL Pero no
sólo Gabby terminaba pocos minutos después de iniciado e!
coito, sino que cuatro o cinco minutos más tarde comenzaba a
quejarse de sequedad vaginal y otras molestias y a insistir para
que él retirara el pene. Insatisfecho, Ronald debía masturbarse
hasta e! orgasmo.
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-Nunca conocí a un honlbre que tardara tanto -se lamentó
Gabby-. Si fuera por él, demoraría toda la noche. Yo siempre
pensé que el sexo era una [unción natural, pero él es fetichista al
respecto.
Gabby me confesó que la edad de Ronald y sus modales
caballerescos la habían inducido a pensar qne el sexo tendría un
papel sin importancia en la vida matrimoniaL Quedaba clato
que eso era lo que ella había deseado.
¿Tardaba dentasiado Ronald para acabar? ¿Padecería de lo
que en psiquiatría se llama «eyaculaciones retardadas»? ¿O
Gabby terminaba demasiado rápidamente? ¿Tendría ella lo que
yo llamo «orgasmos prematuros»?
Cualquier caracterización como «demasiado largo» o «dema-
siado corto» es por lo general una expresión de la conducta de-
seada. y con frecuencia, el juicio al respecto refleja una tendencia
de la que no se habla de otra manera. Al hombre que termina
un minuto después de comenzado el coito se lo llama «eyacula-
dor precoz)); a la mujer que tiene su orgasmo al minuto se
la llama «fácilmente orgásmica». Y se considera disfuncional a la
mujer que logra e! orgasmo una hora después de la penetración.
mientras que al hombre en las mismas condiciones se lo consi-
dera poseedor de una admirable resistencia sexual. La solución
liberal de este dilema sería admitir que esos conceptos pueden
aplicarse a algunos individuos y conviene usarlos sólo de esa
manera. Por consiguiente, todo lo que diremos es que Gabby
termina demasiado rápido y que Ronald necesita mucho tiempo
para Gabby.
Pero tampoco me satisface esa forma de pensar. Mi opinión
no sorprenderá a nadie: para lní, el hOlnbre, o la mujer, termina
con demasiada rapidez cuando quiere evitar la intimidad sen-
sual; es decir, si practica el coito en lugar de hacer el amor. Igual-
mente, el hombre o la mujer demora mucho el orgasmo si no
manifiesta los sentinlÍentos para evitar la angustia asociada con
la intitniJad sensuJ.l; otra VeZ, eso es realizar el acto sexual y no
hacer e! amor. Y para mí, con eso se relaciona lo corto y lo largo.
65
Por ejemplo, creo que un hombre tiene el problema de la
eyaculación retardada si advierto que necesita tener siempre el
control del sexo y jamás se permite los placeres de la pasividad
con su compañera. Tarda una hora en terminar (o no acaba
nunca) porque sólo puede experimentar el sexo como un logro
similar al de una prueba de atletismo. Es un Amante Estrella y
su compañera es el público. Para él, el sexo es mucha maestría y
nada de placer porque le aterroriza ser vulnerable. Entonces creo
que ese hombre tiene un problema. Pero yo pensaba que Ronald
no demoraba tanto tiempo porque quisiera dominar a Gabby,
sino que lo que deseaba en realidad era que los dos gozaran del
abandono a la sensualidad, como lo habían hecho él y su prime-
ra esposa. El problema de Ronald era su falta de paciencia y su
sensibilidad a los temores y vulnerabilidad de Gabby.
De la misma manera considero que una mujer es «fácilmen-
te orgásmica» si advierto que fluye desde el orgasmo rápido
hacia otras experiencias sensuales y Juego, quizás, hacia otro
orgasmo más intenso. Pero si entiendo que sus orgasmos al
minuto son cortocircuitos para no manifestar los sentimientos,
una manera de acabar de una vez con todo el asunto, creo que
ella tiene. un problema que se interpone en el placer de hacer el
amor. y tenía varias claves que me indicaban eso en el caso de
Gabby. Hasta el vocabulario que empleaba para referirse al sexo
-«una función naturah- suena más a la conducta en el cuarto
de baño que a encuentros románticos. En Suecia, donde me
crié, la gente hablaba de sexo en términos prosaicos y mecáni-
cos, y allá también eso reflejaba con claridad una actitud an-
tirromántica. Otra clave fue la descripción que hizo Gabby de
sus orgasmos rápidos en el ómnibus cuando iba al colegio.
Muchas de las mujeres que trato y que se quejan de tener orgas-
mos débiles experimentaron los primeros frotando los muslos,
en secreto, de la misma manera. La masturbación en la infancia
es un placer que no quisiera que nadie se perdiera; para una
chica, puede ser una experiencia liberadora que señala su capaci-
dad para el placer sensual. Pero (y esto es válido también para
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los varones) la masturbación clandestina, superveloz para evitar
ser descubiertos y tener que hacer frente a la culpa, puede ser la
preparación para un sexo puramente genital, ansioso y nada sen-
sual, y ptoducir orgasmos débiles e insatisfactorios.
La sequedad vaginal postorgásmica de Gabby y el consi-
guiente dolor fueron las claves más esclarecedoras. No quiero
entrar ahora en argumentos mente/cuerpo; sé bien que las inca-
pacidades físicas producen muchos problemas sexuales, y por
eso siempre a mis pacientes con disfunciones les pido que se
hagan examinar por urólogos o ginecólogos. También sé que las
paredes vaginales de algunas mujeres no se lubrican en forma
adecuada por motivos orgánicos, pero Gabby no tenía proble-
mas de lubricación antes del orgasmo: en realidad se lubricaba
rápida y copiosamente. Solamente experimentaba sequedad des-
pués del orgasmo, y tanta que no podía tolerar el acto sexual. Mi
pálpito era que se debía a razones psicogénicas: desde lo profun-
do de su psique ordenaba a las zonas sexuales que se secaran y
cerraran. Mi suposición resultó correcta.
Cuando supe más de Gabby descubrí que era casi el equiva-
lente femenino del eyaculador precoz. Estaba dedicada a una
carrera exigente y muy competitiva. Veía casi todas las cosas de
la vida como objetivos y pensaba en los modos más eficientes
para lograrlos. Simplemente no podía «esperar» y no toleraoo."l
placer sin objetivo. Sólo practicando el sexo de un minuto man-
tenía el control y no se distraía perdiendo de vista sus metas. Y
como era tan atractiva sexual mente y «experimentada» en las
técnicas sexuales, lograba por lo común que sus amantes llega-
ran al orgasmo con la misma velocidad que ella. Aquéllos eran,
sin duda, los hombres que habían elogiado su facilidad sexual:
ella acababa en un minuto y ellos también. Todos podían dedi-
carse enseguida al trabajo. Me recordaba al personaje de Faye
Dunawayen la película Network, que hablaba con entusiasmo
sobre nuevos conceptos de programación mientras acariciaba a
su amante, Willian Holden: no perdía ni un latido en la vagina
cuando llegaba al orgasmo.
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Por un presentimiento pregunté a Gabby si había sufrido
algún acto de discriminación debido a su belleza.
-¡Por snpuesto que sil -respondió con amargura.
Me explicó que desde que era chiquita tanto los padres como
sus maestros se habían centrado en sus atributos físicos con
exclusividad, sin dar importancia a su inteligencia. Ella era
linda; el hermano era inteligente. Como muchas chicas listas de
su generación, Gabby se sintió, con razón, explotada y rebajada
por esa opinión. Desde joven decidió demostrar que era más que
una cara bonita, y tuvo mucho éxito.
-No niego que mi aspecto me abrió una o dos puertas -me
contó-, pero una vez dentro yo sabía ejercer mi profesión tan
bien como cualquier otra licenciada de la facultad. En lugar de
ser explotada por mis atractivos pude probar mi capacidad.
'·-Pero como muchos otros, mujeres y hombres, que usan el
atractivo sexual para ganar el público o el poder, Gabby tuvo
que sacrificar sus sentimientos sexuales. «Ceder» a esos senti-
mientos era equivalente a perder el poder que le había propor-
cionado el atractivo sexual. y estaríJ. Je vuelta al }>rincipio: la
niñita bella peto incapaz. Para Gabby, «acabar enseguida» era
casi lo mismo que no hacerlo: la mantenía a salvo de ser esclavi-
zada por sus sentimientos.
Cuando Ronald y Gabby llegaron al consultor;" eSlaban
enojados. Ronald se sentía totalmente frustrado por su vida
sexual insatisfactoria y muy desilusionado por la aparen te falta
de sexualidad de Gabby. Por otra parte, ella estaba muy ofendi-
da por la comparación constante que hacia Ronald entre ella y
su primera mujer, y se sentía presionada por sus exigencias
sexuales. Pasaron meses de discusiones, sesiones separadas y ejer-
cicios sensuales graduales hasta que los dos empezaron a acercar-
se. Ronald tuvo que aprender a considerar a Gabby como indi-
viduo y no como la mala copia de.sn primera esposa; tuvo que
aprender a tener en cuenta los deseos y los temores de ella aun-
que no fueran los que él esperara. Y Gabby aprendió que no
siempre se excluyen el placer y el poder: que podía sentirse segu-
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ra en el salón del directorio y en la cama. Para llevarla a esa situa-
ción trabajé con ella en un grupo de mujeres en el que aprendió
a masturbarse lentamente, deteniéndose en la excitación, dejan-
do que el orgasmo fuera formándose poco a poco en lugar de
apurarlo. Gabby descubrió que podía entregarse a lo sensual
durante una o dos horas con su marido sin sentirse explotada,
controlada ni rebajada, y en el proceso descubrió que cada vez
tardaba más en terminar y que no experimentaba sequedad entre
sus varios orgasnlos .intensos y deliciosos.
La Mujer Maravilla se chupa el pulgar
Hace años veía con frecuencia a pasivas mujeres «niñas» que
pensaban que el sexo era algo feo y se asustaban ante él. A menu-
do sufrían fobias sexuales tales como el miedo a sofocarse duran-
te el coito. Todo lo que esas mujeres deseaban de su marido eran
abrazos paternales y besitos secos; apoyo, no sensualidad. Era
típico que esas 1l1ujerc.:s no tuvieran carrera universitaria y que
no se consideraran iguales a los hombres. La única forma en
que podían aprender a gozar haciendo el amor de manera madu-
ra era aprendiendo antes a tener lnás seguridad y mayor autoes-
tima. Como soy optimista, creí que el movimiento feminista
marcaría el final de este síndrome.
Pero no fue así. Todavía atiendo a mujeres que tienen las
fobias sexuales de la Nenita, pero ahora se trata de médicas. abo-
gadas, productoras y hasta banqueras. Es indiscutible que son
iguales a cualquier hombre que yo conozca en el mundo de los
adultos y. por cicrto, ,Son pocas las que muestran inseguridad en
su trabajo. Pero cn el hogar, con su marido, son sexualmente
inseguras y temerosas y necesitan de manera desesperada el con-
suelo paternal asexual. Los maridos se sienten confusos. Nunca
sospecharon que la Mujer Maravilla se chupara el pulgar.
Vela a Martha W. en televisión mucho antes de que aparecie-
ra en mi CO¡¡·".ultorio con su esposo Mark. Martha es miembro
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del cuerpo de prensa de Washington TV; inteligente, agresiva y
muy poderosa, es conocida por obtener información de los más
renuentes funcionarios del Gobierno. Mark, secretario de prensa
del Congreso, confesó enseguida que se enamoró de Martha al
verla «trabajar al presidente» en una conferencia de prensa.
-Nunca vi tanto ingenio y energía en todo Washington. Me
dejó estupefacto -comentó Mark.
Pero" después de dos años de matrimonio, Mark veía en casa
a una persona completamente diferente.
-Casi no puede terminar de cenar sin verter algunas lágri-
mas por algún motivo -dijo Mark-. Por lo general es porque
alguien la ofendió en el estudio o por algún reportaje para el que
siente que no está preparada; se derrumba delante de mí. Y yo
tengo que acercarme a ella, tornarla de la mano, llevarla al diván,
acariciarle el pelo y decirle que todo va a salir bien. Por lo gene-
ral termino musitando una canción de cuna.
Una noche determinada Mark se sorprendió por el contraste
tan marcado entre las dos personalidades.
-Martha estaba recostada en el sofá, con la cabeza en mis
rodillas, lloriqueando, cuando de repente la vi en el televisor
haciendo puré a alguien del Departamento de Estado, en el
noticiario de las siete -dijo Mark y sacudió la cabeza-o Allá esta-
ba la Formidable Martha, de quien yo me había enamorado,
pero apenas podía oírla por el ruido de los sollozos de la pobre-
cita Mártha con la que me había casado.
_-Ahora sabe la verdad -dijo Martha con amarga ironía-o soy
el Mago de Oz. No soy la persona que usted ve en la pantalla
del televisor. Soy humana; con todos los sentimientos y algunas
inseguridades. Por primera vez en mi vida adulta creí que tenía a
alguien con quien compartir esos sentimientos, alguien en quien
confiar, tanto que bajé la guardia. Pero me equivoqué. Ahora
está diciéndome: ibasta!
-No, tú eres la que está diciéndome siempre, «¡Bastab -inte-
rrumpió Mark muy enojado-o iCada vez que quiero hacer el
amor!
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-iNo puedo evitarlo! -se lamentó Martha-. iMe duele!
Ése era el quid del asunto. En los dos afíos de casados Mar-
tha y Mark habían hecho el amor menos de una docena de veces
porque la mera perspectiva del coito asustaba y angustiaba a
Martha. Ella decía que le dolía aunque el ginecólogo no pudo
encontrar ninguna razón orgánica del coito doloroso. Ella decía
que estaba demasiado exhausta para el sexo pero continuaba
siendo una de las periodistas más enérgicas de Washington.
Y entonces desarrolló la fobia de la Nenita: explicó que sentía
que se sofocaba cuando Mark estaba encima de ella. Cada sín-
toma resultaba nuevo para ella pues.se desarrollaron después de
casarse.
Mark dijo que se sentía estafado. No sólo había esperado que
Martha siguiera manteniendo conversaciones estimulantes
durante la cena sino también que siguiera siendo una buena
amante en la cama.
-Me hubiera dado lo mismo casarme con mi secretaria que
tiene diecinueve afíos -se quejó M a r k ~ . Aunque por lo menos
habría preparado la comida antes de derrumbarse.
Martha, según el síndrome de «chico del coro de la parro-
quia/sementa]", había dividido su vida en dos partes: la profe-
sional, en la que era dinámica e independiente, y la doméstica,
donde era dependiente y pasiva. Pero representaba esos papeles
con una variación. En la vida profesional, Martha dedicaba sus
energías al trabajo exclusivamente, no también a fantasear
sexualmente. Pero en el hogar, con el «hombre de la casa», volvía
a su primer modelo femenino: la «Nenita de Papá», insegura,
asustada de las críticas y aterrorizada por el sexo. Irónicamente,
las únicas formas de contacto físico que aceptaba eran los mimos
y las caricias, una parte significativa de lo que he descubierto
que suele faltar en las relaciones de pareja. Esas ternezas son lo
que los Tipos Recios -tanto masculinos corno femeninos- nece-
sitan tanto. Pero a Martha le faltaba la otra parte del acto del
amor. Si bien ella ansiaba que la acariciaran, era incapaz de aca-
riciar a su marido, porque entonces perdería su estatus de nenita
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desvalida y dependiente. Y lo más importante era que no podía
pasar ,de la ternura a la excitación sexual. Alguna de sus fobias le
impedía hacer el amor. Asustada, desvalida e inflexible, Manha
estaba lejos de ser capaz de gozar del acto de amor maduro.
Pero, como veremos, también ésa era la situación de Mark.
Una vez más los ejercicios sensuales revelaron a un Amante Inhi-
bido tras el disfraz de Buscador de Placeres. Cuando le tocaba a
Mark yacer pasivamente mientras Manha lo acariciaba, le resul-
taba imposible relajarse. Constantemente dirigía y criticaba los
movimientos de Martha.
-Me toca de una manera tan tímida que apenas siento las
caricias -se quejó en el consultorio después de más de un mes de
practicar los ejercicios, durante el cual Martha se había vuelto
mucho más activa.
":"No, usted nú siente nada porque no quiere perder el con-
trol-le dije-o Ahora que Martha dejó de ser la Nenita, usted
debe dejar de s ~ : el Papá.
Si bien Mark había declarado que le sorprendió muchísimo
la transformación de la Formidable Martha con quien se casó
en la nenita que se chupaba el pulgar en casa, supuse que su
radar masculino había detectado a la Nenita Dependiente
escondida en Manha mucho antes de que se casaran. Como
muchos hombres «liberados» que he conocido en los últimos
años, Mark realmente quería que su mujer tuviera las dos face-
tas: agresiva y realizada ante el público (el equivalente triunfal
de la corista que se lleva del brazo) y la dependiente y no ame-
nazante en casa.
Al final fue Martha la capaz de crecer, de superar las fobias y
de fusionar la ternura con el sexo. Pero, desgraciadamente, Mark
no pudo aceptar a esa Manha menos necesitada y más activa
sexualmente. Se sintió amenazado por lo que percibió en ella
como nuevas exigencias; hasta dijo que empezaba a sentirse
sofocado con ella en la cama y no quiso continuar la terapia.
Unos meses después se separaron.
Manha me llamó por teléfono hace poco y me dijo:
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-Estoy triste, por supuesto. Pero ahora sé que el matrimonio
pudo haber durado si ninguno de los dos hubiera cambiado. Y
sé que realmente no quiero ser la esposa tipo Nenita Asustada
por el resto de mi vida. Nada de culpas, como dice el ¡-Chingo
La próxima vez será mejor.
Los hombres que necesitan caricias
y las mujeres que los asaltan
Si Mark hubiera sido capaz de continuar lo suficiente con los
ejercicios sensuales para superar su angustia por perder el con-
trol, habría descubierto los gozos de sentir que se le está hacien-
do el amor: algo raro y delicioso para la mayoría. Uno de los
aspecros más gratificantes de mi trabajo es escuchar a los hom-
bres cuando me dicen cuánto placer les causa ese descubrimien-
to.
-No tenía idea de lo que estaba perdiendo hasta que final-
mente me entregué, me quedé tranquilo y dejé que mi mujer
me acariciara -me contó un marido-o ¡Qué sentimiento increí-
ble! ¡Y había vivido sin eso toda mi vida!
Es cierto que casi todos los hombres se ven privados de la
ternura desde que crecen para convertirse en muchachos. Mien-
tras sus hermanas reciben abrazos y caricias, ellos reciben palma-
das en el hombro o pellizcos en la nuca. Muchos varones llegan
a la edad adulta sin darse cuenta de que están sedientos del afec-
to, la intimidad y el consuelo que podría proporcionarles la ter-
nura. Por eso cuando son capaces de aceptarla les resulta lo más
hermoso de la vida.
Ésa es la buena noticia. La mala es que muchísimas mujeres
son incapaces de dar a su amante o su cónyuge el afecto que ellos
desean. Las mujeres con el complejo «chico del coro de la parro-
quia/semental>, se dedican sólo al sexo genital y excluyen la tier-
na sensualidad. En la misma forma, las que son prematuramen-
te orgásmicas quitan la ternura del sexo yendo directamente al
73
grano. Y las tipo «Mujer Maravilla que se chupa el pulgar»,
como Martha, pueden recibir afecto todo el día, mientras no
conduzca al sexo erótico y mientras no tengan que devolver las
manifestaciones de ternura. En un aspecto esas mujeres libera-
das son exactamente iguales a nuestras hermanas de otros tiem-
pos: las virginales «buenas chicas», las tímidas <<nenitas» y las
atrevidas, «coquetas»: todas tienen miedo de hacer el amor.
Pero hacen falta dos para la pareja. Nuestra elección para
casarnos refleja más las inhibiciones que las ambiciones sexuales.
Los Tipos Recios que no hacen mimos se casan con las Mujeres
Liberadas que no tienen sobresaltos sentimentales, y después de
un tiempo, ninguno de los dos se siente satisfecho. Hay que
romper los moldes rígidos y limitantes.
y todo comienza con un toque, un lento toque sensual...
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El trueque más antiguo del mundo:
Sexo por amor y viceversa
El Sexo es para los hombres, y el Amor, para las mujeres.
Esto es lo que promete el negocio mds antiguo de la historia:
el matrimonio.
Si lo anterior le suena como una doctrina de la historia antigua,
deténgase y piénselo de nuevo. Aun expuesta en forma tan direc-
ta no hubiera chocado a muchas de nuestras madres y abuelas.
Conozco a muchísimas mujeres que recuerdan a sus madres
subiendo la escalera hacia el dormitorio con un suspiro, un
encogimiento de hombros y quizás una ironía como: «Uf, llegó
la hora de mis deberes conyugales ... Iré a complacer a papá».
Se entiende que mamá soportaba los lances sexuales de papá
no porque le produjeran placer, sino porque era parte del
«trato». Lo tenía bien claro: él le proporcionaba un hogar, una
familia, seguridad y respetabilidad: los elementos que ella suma-
ba como «amor». y eso daba a papá el derecho de «satisfacerse»
con ella dos veces por semana. Lo que es más, esa conducta ase-
guraba a mamá que él no iría a satisfacerse en otra parte.
La mayoría de mis amistades de la adolescencia estaba escan-
dalizada por el «trato» que había entre sus padres.
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-El matrimonio es la prostitución legalizada -solía decir una
de mis amigas con disgusro.
Esa chica juraba que jamás habría hecho un trato así aunque
hubiera tenido que permanecer sola por el resto de su vida. No
iba a permitir que ni ella ni sus sueños de amor se rebajaran de
esa manera. Pero la chica se casó unos cinco años después como
hicimos casi todas.
Nosotras, mujeres modernas -con educación, profesiones,
conocimientos y autoestima-, ¿establecimos matrimonios que
no contuvieran algunos de esos tratos?
No todas nosotras. Siento decir que pienso que el cambio de
amor por sexo y viceversa suele seguir siendo la regla del juego.
Consideremos algunos hechos:
En la vasta mayoría de los matrimonios modernos continúa
el sexo como si estuviera dedicado principalmente
a los hombres: es prerrogativa de ellos, no de las mujeres. La
mejor indicación de este fenómeno son las estadísticas sobre
quién inicia la relación sexual con más frecuencia en el matri-
monio; según los datos obtenidos en el último año de la Década
de la Mujer, en cuatro de cada cinco matrimonios es el hombre.
Aunque en una fiesta, o en la oficina, ese hombre pueda abogar
con elocuencia (y sinceridad) por la igualdad de los sexos, la pro-
babilidad es alta de que debajo de la sábana sea él quien apoye la
mano sobre el vientre de la mujer y diga: "Ya hace una semana,
¿no, querida?».
Por otra parte parece que ambos cónyuges piensan que el
amor y la ternura son privativos de la mujer. Pregúntenle a Ann
Landers. Hace pocos años, la famosa columnista hizo una
encuesta para saber qué era lo que más deseaban las mujeres de
sus maridos y, créanme, la respuesta no fue «orgasmos múlti-
ples». No, las mujeres querían que les dijeran dulces tonterías en
el oído, que les regalaran flores o bombones y, sobre todo, que-
rían mimos. ¿Y después de los mimos? Nada, gracias. En reali-
dad, un gran número de las mujeres que respondieron a la pre-
gunta dijeron que estarían dispuestas a cambiar un revolcón en
76
el heno por un abrazo lleno de ternura. En resumen, con todo
gusto cambiarían el sexo por el amor. Dudo que un hombre de
cada cien aceptara el misnlo sacrificio.
Así parece que la vieja premisa sigue siendo valedera: no es
hisroria antigua. El viejo y tradicional convenio sigue en pie para
quienes quieran usarlo. Pero en esta era de «esclarecimiento»
entre los sexos, las cosas se hacen de forma más astuta y los con-
venios son más oscuros. Sobre todo ahora que hemos vivido la
Revolución Sexual y el orgasmo femenino pesa en la balanza.
«De todos modos, ¿de quién es el orgasmo?»
Cuando Diana y Louis P. entraron en mi consultorio, ella me
informó, con una sinlpática sonrisa, de que venía por su mari-
do. Había sido idea de él, me dijo esa jefa de oficina vestida y
peinada de forma impecable. Él había pedido la cita y él era el
que se sentía perturbado.
Le pregunté a Louis, un funcionario del correo, por qué esta-
ba perturbado. Me respondió con tranquilidad:
-Se trata de Diana. No tiene orgasmos.
Así que Diana venía por Louis y él por ella. Por lo menos en
apariencia ambos parecían muy altruistas.
-No sé por qué Louis le da tanta importancia -prosiguió
Diana ,con calor-o Creo que nuestra relación es muy satisfac-
toria. Quiero decir que podemos ser muy felices sin tener ...
esteee ... «orgasmos».
Cuando emitió la palabra «orgasmo», Diana alzó la ceja y
ofreció una semisonrisa como si la mera idea del orgasmo estu-
viera por debajo del valor de su persona. Parecía estar diciendo:
«No soy una de esas luujeres ordinarias».
Miré a Louis, que estaba sacudiendo la cabeza con len-
titud.
-Bien. Si Diana no está afligida porque no tiene orgasmos,
¿por qué lo está usted? -pregunté.
77
-No está bien -murmuró, evidentemente conteniendo una
exclamación de ira-o No es natural.
-¿Quiere decir que Diana no los tiene adrede? -dije.
Louis enrojeció y Diana comenzó a toser de forma incontro-
lable. Parecía que yo había dado en el clavo. No era por el bien-
estar mutuo por lo que estaban allí conmigo.
La noción de que toda mujer es capaz de sentir orgasmos y tiene
derecho a ellos es relativamente nueva. Una o dos generaciones
atrás se suponía, en general, que solatnente algunas mujeres te-
nían orgasmos y en forma no frecuente. Muchos médicos su-
ponían que existía una razón fisica para eso. Algunas teorías fue-
ron tan lejos como para postular que la hembra humana se había
desarrollado físicamente más allá del orgasmo: dado que no era
necesario, según e! modelo darwiniano de reproducción de la
especie, el sistema nervioso femenino había comenzado a desa-
lojar la sensación de! orgasmo. Por consiguiente, muchísimas
mujeres supusieron que era probable que no pudieran llegar al
orgasmo y no se desilusionaron mucho cuando la presunción
resultó acertada. Puede que se sintieran frustradas, pero acepta-
ron que eso les había tocado en la vida. Sin duda alguna, el sexo
era para los hombres. Podemos estar seguras de que cuando
mamá subía la escalera para ir a complacer a papá no estaba pen-
sando en ningún éxtasis erótico para ella; si pensaba en algún
placer se trataba de los abrazos y los besos: el amor y la ternura.
Pero en las décadas de los cincuenta y sesenta todo eso empe-
zó a cambiar. Mirabile dictu, los investigadores sobre e! sexo
anunciaron que las mujeres podían tener orgasmos: todas las
mujeres. Después de todo, e! sexo era democrático. Quizá no
todas las mujeres pudieran tener orgasmos vaginales todas las
veces, pero sí orgasmos clitorianos. Así que, aunque una mujer
no tuviera orgasmos durante el coito, podría tenerlo con estí-
mulo manual u oral. Fue un paso gigantesco hacia la igualdad
femenina: literalmente hacia la igualdad sexual. Por cierto que
78
esto acabaría con el trueque de sexo por amor en el matrimonio.
Hombres y mujeres se proporcionarían unos a otros e! placer
sexual. Fue la época de! regocijo.
Pero no rodas estaban contentos. De repente, tanto los hom-
bres como las mujeres se vieron frente a un conjunto nuevo de
experiencias, exigencias y frustraciones sexuales. El Orgasmo
femenino -la O mayúscula- se convirtió de inmediato en un
desafío y una prueba. Lo que debería haber sido puro gozo
sexual se convirtió en poco tiempo en el gran premio en la polí-
tica sexual.
Las mujeres pensaron: «Si no tengo un orgasmo soy una fra-
casada)). Y, por supuesto, esa tensión bastaba para impedir a
muchas de ellas incluso acercarse al clímax.
Al mismo tiempo, sus amantes °sus maridos pensaban: «Si
no tiene un orgasmo, soy un fracasado». Tomaron el orgasmo
femenino como un ensayo de laboratorio que determinaba si
eran o no buenos amantes, como la respuesta decisiva a la eterna
pregunta masculina.
¡En qué cosa alegre se había convertido hacer el amor!
Desde todos los dormitorios del mundo se oía al coro mas-
culino preguntando: «¿También anduvo bien para ti?».
Al principio la pregunta se form'uíaba con timidez, con preo-
cupación. «¿Te hice vibrar? ¿Me comporté bien? ¿Demo", lo
suficiente? Oh, Dios, quizás estoy haciéndolo mal.»
Si la mujer contestaba con un rotundo sí, significando que
había tenido un orgasmo, el hombre se sentía sumamente com-
placido y aliviado. Tenía la recompensa. tI le había producido el
orgasmo.
y justamente ahí empezaron a desarrollarse todos los resenti-
mientos.
-Mi marido siempre tiene esa expresión de presumido cuan-
do sabe que he tenido un orgasmo -me contó una mujer-o Es
como si él solo hubiera hecho algo maravilloso. Y se supone que
yo debo mostrarme agradecidísima porque él es tan macho. La
expresión de su cara no tiene nada que ver con el amor.
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Pero si la mujer decía que no, que 110 había terminado, el
amante se enfurecía. Se sentÍa fracasado y entonces áCtUJOa
corno tal, es decir, se la tomaba con quien estuviera nlás cerca.
La próxima vez que preguntaba: «¿También anduvo bien p"ra
ti?», su voz expresaría desesperación y enojo al misnl0 tierupo.
Las mujeres en esta situación empezaron con frecuencia a
simular e! orgasmo. Qué decepcionante debe de ser mentir respec-
to a lo que se siente en e! momento del clímax de! más íntimo de
los actos. Para mí esa mentira es totalmente opuesta a la intimi-
dad. Y, sin embargo, muchísimas mujeres que han tenido dificul-
tades para llegar al orgasmo se sienten obligadas a cumplir con la
farsa cada vez qUe tienen relaciones con su marido o su amante.
Una mujer me dijo:
-Sé que es una mentira tonta, pero es preferible a la alterna-
tiva:i:enerlo a él cabizbajo y airado toda la semana. Nadie resul-
ta herido y él se siente 111ucho mejor.
Ah, sí, otra vez el altruismo. Ella está regalándole al marido
su orgasmo fraudulento.
Otras nlujeres parecían menos caritativas cuando me relata-
ban por qué actuaban en el dormitorio representando la escena
con un crescendo de gemidos y una sonrisa de beatitud. (Inspi-
rados por la versión de Hollywood de! éxtasis sexual, creo que
los orgasmos sitnulados son muchísimo más espectaculares
que los reales.)
-Lo hago para que no me fastidie -me dijo una mujer-o De
otra mallera él querría hacerlo en todos sus ratos libres hasta que
finalmente lograra el premio. Supongo que sería divertido si no
fuera porque se trata de un objetivo tan poco placentero.
Esta mujer estaba en camino de comprender a quién se enga-
ña con el orgasmo simulado: a una misma. Simular el orgasmo
es e! acto máximo de dedicaci6n a los sentimientos de! compa-
ñero y no a los propios; resulta una garantía de que una no sen-
tirá absolutamente nada. Es notable que cuando varias mujeres
de mis grupos dejaron de fingir orgasmos, descubrieron que
habían estado lográndolos todo el tiempo. Habían estado tan
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dedicadas a hacer una buena representación que negaban los
sentimientos aut¿nú':üs est::...bJ.n detrás de la escena.
Hay algunas nlU]Cr.:::; sienren presionadas para drama-
tizar los orgasmos ':::'-1,:n Ylyicndo y así aplacar al marido que
insiste en que ella no es lo basrante expresiva.
-Por lo general conrcngo la respiración cuando se inicia el
clínlax -comentó una esposa-o Pero como mi marido se quejaba
de que yo no tenía orgasmos intensos, empecé a lanzar algunos
gemidos y grititos. Ahora él se siente feliz, pero yo me entrego
tanto a la actuación que a veces pierdo la sensación.
El peligro de la actuación es que puede perderse el senti-
miento real. Yo solía decir que simular el orgasmo es un méro-
do seguro para evitarlo, pero hace pocos años descubrí una
excepción importante a la regla. A algunas de las mujeres de
mis grupos preorgásmicos les aterroriza parecer demasiado
sexuales (y por consiguiente ordinarias) y necesitan «practican),
deben escucharse ginlicndo, conteniendo la respiración y
girando los ojos. En resunlen: necesitan ensayar los signos
externos del orgasmo unas cuantas veces para superar las inhi-
biciones sobre su al obtenerlo. Necesitan saber cómo
son cuando pierden el control. Solatuente entonces pueden
permitirse dedicarse a los sentimientos que las harán gozar del
orgasmo.
Pero aun cuando los orgasmos de algunas mujeres sean simu-
lados, negados o inexistentes, la moda de la "o" mayúscula ha
complicado los acuerdos del matrimonio. Los hombres busca-
ban satisfacer su ego; las mujeres buscaban la paz. Y en algún
punto de la transacción volvieron a perderse los sentimientos
íntimos.
«Te quiero •.• (Pausa.) ¡Maldición! ¡Dime algo!»
-Esto no ocurrió con ninguna otra -declaró Louis en cuanto 10
vi a solas.
81
y después, como muchos maridos y amantes de mujeres pre-
orgásmicas han hecho antes, Louis me mostró la lista de mujeres
con las cuales se había acostado que hasta habían tenido orgas-
mos múltiples. Louis era un hombre musculoso, de unos treinta
y cinco años, con mirada sensible, que parecía hacer un gran
esfuerzo por mostrarse más fuerte y más macho de lo que era en
realidad. No me sorprendí cuando me contó que era el menor
de cuatro hermanos, el que tuvo que seguir el ritmo de los otros.
Ahora lo que quería Louis era dejar bien aclarado que su «equi-
po» funcionaba perfectamente. Que estaba en inmejorables con-
diciones para practicar el sexo.
-Pero después de todas esas rnujeres eligió a Diana para
casarse: la única que no tiene orgasmos con usted -dije después
de que él hubo dado un vistazo a toda la lista-o Tal vez debería-
mos empezar por averiguar por qué motivos se casó con Diana.
Louis me contó que Diana era maravillosa en los demás
aspectos: era muy eficiente en su trabajo, una anfitriona encan-
tadora, buena madre y una esposa muy considerada. Por ejem-
plo, siempre le esperaba para cenar. Era evidente que Louis
admiraba a su esposa. Pensaba que el trabajo de ella era más
prestigioso que el suyo, que era más refinada socialmente. Resul-
taba obvio que Louis creía que se había casado con alguien supe-
rior a él y tenía a Diana sobre un pedestal. Pero, al mismo tiem-
po, la Diana que Louis describía se asemejaba a una geisha: una
mujer que practica el arte de proporcionar placer a su hombre
sin atreverse a complacerse ella misma.
Le pregunté a Louis si alguna vez Diana había iniciado la
relación sexual y me contestó que no en un tono que indicaba
que mi suposición era absurda. Le pregunté si alguna vez Diana
se había negado al coito cuando él lo había iniciado, y me dijo
que nunca, aunque siempre le hacía esperar hasta que estaba
completamente segura de que los chicos dormían, lo que a veces
demoraba la situación hasta muy tarde. Louis se quejó también
de que Diana solía decirle que tenía que limpiar el dormitorio y
luego demoraba preparándose: se duchaba, frotaba con talco
82
o el cuerpo, se peinaba y se ponía un lindo camisón
según contaba Louis, a Diana le
a el antes de
=si. usted sIempre le dice: «Yo también»? -pregunté.
-¿Aunque no lo sienta?
Louis vaciló ... y asintió.
El ritual de decir «te quiero» « b' .
. '. 1 Y yo tam lén te qUIero» antes de
e acto sexual tiene una larga historia que se remont- a
era
acto sexual porque debía d r antes e permItIr el
, asegurarse e que su amante se ued
na con ella para ayudarla con el resultado del sexo' los h ..
q
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a
-

) pero necesIto saber SI los quieres tú tamb' 'P ,
que cuidarás de ellos D' . len. rometeme
H .... Ime que me qUIeres».
tiva. losdremanentes de esa conducta primi-
om res ma uros que ca d
eran adodlescentes,
a manera e meter la m n b' I bl
una chica era diciéndole pal b d a o ajo a usa de
a ras e amor.
Uno de esos hombres me explicó:
reglas juego que la chica «no lo permitiría» a
ue uno convencIera de que realmente la quería. Así
liado y a a mIrarlas expresión de carnero dego-
de algún generalmente extraídas
desnudo. Dios nos librara ;:n
q
:
e
de aca:iciar un pecho
le gustaba. a CIca permItIera eso porque
l!n cliché en las pelfculas de la década dI'
una Jovencita temerosa em . d . e os CinCUenta era
pUJan o a su Jadeante enamorado
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para alejarlo de su cuerpo, diciéndole: «No me querrás sólo para
el sexo, ¿no?», a lo que él respondía con una enfática negativa y
terminaba expresando sus intenciones serias dándole a la chica
el anillo de la escuela secundaria: el símbolo del amor. Él quería
sexo, por supuesto, pero sabía cuál era el precio.
Aunque los tiempos han cambiado, a veces me pregunto si
las diferencias no son solamente de estilo. Aun a fines de la déca-
da de los noventa hay muchas mujeres, como Diana, que necesi-
tan oír las consabidas palabritas antes de aceptar el contacto
sexual. Quizá la mayoría de ellas no obligue al hombre a efec-
tuar la declaraci6n como clave de la relaci6n sexual, pero la exi-
gencia todavía se hace sentir.
Siempre pensé que la necesidad de decir «yo también» inme-
diatamente después de que el compañero dice «te quiero» es un
asunto bastante peliagudo.
Un ejeluplo es el episodio siguiente que me contó Steven, un
joven casado.
-Beth (su mujer) y yo estábamos dando un paseo en auto
por el campo y pasándolo muy bien cuando de repente me dio
un beso y me dijo «te quiero». Espléndido. Siempre me gusta
que me lo diga. Pero en aquel momento no sentí la necesidad de
decir «yo también». Pensé que no hacía falta ya que los dos está-
bamos tan bien. ¡Craso error! Beth siguió mirándome con esa
expresión de: «¿No vas a decir nada?», y pronto estuvo de mal
humor y no volvi6 a dirigirme la palabra. Me incliné hacia ella y
la besé pero gir6 la cara. Nada de besos: yo no había cumplido
con el reglamento.
La necesidad de seguridad de esa mujer había convertido la
más íntima de las expresiones en sólo «buenas maneras»; el «te
quiero» no difería de «gracias», «con permiso» o «que pases un
buen día». La etiqueta dictaba lo que había que decir aunque no
se sintiera. Desgraciadamente, cuando ({te quiercP) se convirtió
en un requisito para efectuar el coito esas palabras quedaron des-
provistas de su contenido emocional. En realidad, cuando un
hombre dice esas palabras para obtener sexo -aun como parte
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de un ritual inocuo como en el caso de Louis- está efectuando
el equivalente masculino del orgasmo simulado. Cuando dice
«te quiero» por encargo se arriesga a no experimentar nunca los
sentimientos íntimos que hay detrás de esas palabras.
De nuevo oigo las palabras de protesta de aquella mujer en
la última fila:
-¡Un momento, Dagmar! Todo lo que queremos es volver a tener
un poco de amor en nuestra vida sexual. Y tú, especialmente tú, no
puedes culparnos por eso.
No las culpo ni por un instante ya que mi objetivo es unir el
amor y el sexo en la relaci6n. Pero cualquier intento de trueque
entre uno y otro está destinado a separarlos. Y el resultado de
esto son dos personas solitarias y frustradas.
Las experiencias sexuales de Louis con su esposa, como él me las
describi6, me sonaron especialmente solitarias. Una vez cumplido
el protocolario «te quiero", Diana se precipitaba al asunto. Tomaba
el pene de Louis, lo manipulaba hasta la erección -otra vez pensé
en Diana como una geisha--, lo guiaba dentro de ella mientras colo-
caba una almohada bajo los glúteos. A pesar de su «equipo eficien-
te" Louis se las arreglaba para durar bastante tiempo en la etapa de
excitaci6n y luego, después de tantos años, formulaba la pregunta
que los torturaba a ambos: "¿ 7ilmbién estuvo bien para ti?".
Según Louis, Diana no fingía jamás haber tenido un orgas-
mo. Solía responderle a Louis: "No tiene importancia, querido.
Alguna vez tendré el orgasmo. Pero me hace sentir muy bien que
para ti todo haya funcionado".
Sé de buena fuente que esa clase de respuesta basta para
poner al hombre contra la pared. Estoy segura de que Diana era
sincera, pero esa respuesta contenía un elemento de martirio.
Louis confes6 que siempre se senda terriblemente mal, aunque
hasta ese momento ignoraba el motivo.
Creo que Diana trataba de enviar ciertos mensajes a Louis
con su respuesta. Primero: al decir que «no tiene importancia»
estaba sugiriendo que ella estaba '<por encima» de los orgasmos y
que Louis, como hombre que necesitaba sexo y era meramente
85
carnal, estaba por debajo de ella. La forma en que Louis tenía a
Diana en un pedestal indicaba que él creía eso, aun cuando
empezaba a no gustarle la idea. Pero la parte más peligrosa del
mensaje era la que fortalecía la sensaci6n de Louis de que en rea-
lidad estaba haciendo todo solo.
Además, lo que expresaba Diana con «alguna vez tendré el
orgasmo)} me sonaba como una incitación para que él siguiera
intentando producírselo. A pesar de decir que no tenía impor-
tancia, ella quería que la zanahoria siguiera bailando delante de
la nariz de Louis. Una parte de Diana quería mantener viva la
idea de que si él le frotara el lugar adecuado de la manera apro-
piada, ella lo recompensaría con un orgasmo.
Pero era el tono de mártir del final de la respuesta de Diana
(<<Me hace sentir muy bien que para ti todo haya funcionado»)
lo que transmitía el mensaje más significativo: ella se había sacri-
ficado por él y Louis le debía algo por eso. Ése era el contenido real
de todo: el trueque. Ella le había dado sexo; ahora quería algo a
cambio: algo más grande que el sexo.
En casi todas las parejas que conozco hay algún elemento de
«me debes algo», sobre todo en lo concerniente a la relaci6n
sexual. Ella lo estimula en forma oral-genital pero él no le devuel-
ve el favor: él debe uno. Ella no quiso la última vez que él inici6 el
sexo: ella le debe uno. Ella dijo «te quiero» y él solamente sonri6: él
debe uno. Ella termin6 dos veces y él s6lo una: ella debe uno.
Pero ¿d6nde estaba Louis en esa sexualidad «de roma y
daca})? Él arrastró a Diana a mi consultorio; él sentía que era un
problema que Diana no tuviera orgasmos. ¿Acaso era otro hom-
bre tratando de «llamar la atenci6n de su mujer» para poder sen-
tirse como un semental en lugar de un fracasado sexual? ¿Estaba
haciendo la cuenta «me debes uno» cuando preguntaba siempre
«¿también anduvo bien para ti?», Y lo más importante: ¿era él el
que se dedicaba al sexo de desempeño con exclusi6n de los sen-
timientos amorosos?
Es verdad que la nota destacada de la imagen que daba Louis
era de macho puro: la lista de mujeres a las que había proporcio-
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nado orgasmos, por ejemplo. Pero conversando apareci6 otra
mceta de Louis, una que demostraba que era peor la soledad que
sentía en la cama con Diana que la sensaci6n de fracaso como
amante.
-¿De qué me acusa Diana? -me pregunt6 Louis-. ¿Qué cree
usted que ella quiere de mí?
-Lo mismo que usted quiere de ella -le dije-o Y es más que
un orgasmo. Ella quiere que usted le brinde sentimientos.
Pero ninguno de esos «dadores» compulsivos podrá sentir
demasiado hasta que él o ella empiece, egoístamente, a experi-
mentar su propio placer.
«.lá no me traes flores»
Una vez, la administradora de un hospital me dijo que estaba
costándole mucho trabajo encontrar una persona calificada
para manejar el departamento de archivos referentes a los
pacientes.
-No es fácil-dijo ella-o Necesito a alguien inteligente y res-
ponsable, que tenga en cuenta los detalles y sepa dirigir un
departamento.
-Sé d6nde podría encontrar una docena de candidatas ¡u:t-
fectas para ese trabajo -dije guiñando un ojo-. Elija a cualquiera
de las mujeres de mi grupo preorgásmico.
Es verdad. A fines de la década de los setenta empecé a
darme cuenta de que en esos grupos de mujeres que jamás ha-
bían tenido un orgasmo se encontraba un número despropor-
cionado de mujeres muy inteligentes, con mucha disciplina y
superrealizadas. Por ejemplo, de los centenares con las que he
trabajado, s6lo unas pocas habían obtenido, en el secundario,
las notas necesarias para aprobar y nada más. Las que estaban
empleadas en general ocupaban cargos profesionales o de geren-
cia, muy bien pagados. Las que eran amas de casa estaban consi-
deradas como notablemente eficientes: mantenían su hogar -y a
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sus habitantes- en excelentes condiciones. Además estas lllUjeres
de! grupo se caracterizaban por e! arreglo esmerado, e! vestir
bien y el peinado adecuado. En resumen: eran «las nenitas bue-
nas» que habían llegado a ser mujeres "perfectas».
Por cierto que casi todas las mujeres de los grupos preorgás.
micos se describían como la clase de chica que nunca se ensucia-
ba e! guardapolvo, que ayudaba en las tareas domésticas, cuida-
ba a los hermanitos menores, hacía los deberes enseguida
y nunca llevaba a casa una mala nota. Con frecuencia se tra-
taba de la hija mayor de una bmilia con padres exige mes y
difíciles de satisfacer; en realidad ella estaba segura de que la úni-
ca forma de complacerlos alguna vez era negando sus propios
impulsos y necesidades. No sorprende que en esos grupos sean
numerosÍsimas las «chicas buenas)) que nunca se masturba-
ron:tJna vez dada la pauta, esas chicas aprendieron a renun-
ciar a su propio placer en pro de la aprobación y el amor de sus
padres. Y ahora, como mujeres adultas, esas chicas siguen negán-
dose el placer en sus relaciones -no sólo el sexual- con la es-
peranza de lograr amor a cambio. Todavía tratan de compla-
cer a la autoridad, excepto que ahora la autoridad es el hombre
de su vida.
Pero ¿qué pasa si el hombre decide de repente que 10 que más
desea en el mundo es que ella tenga un orgasmo?
Diana cumplía todas las características de la mujer preorgás-
mica. Era la hija mayor, niña modelo y estudiante modelo: la
buena chica por excelencia. Y en la actualidad una ejecutiva de
primera clase y una esposa y madre modelo: era la mujer perfec-
ta. Cuando llegó al consultorio vestía un traje sastre de tweed, de
corte perfecto, y no tenía un pelo fuera de lugar.
Las primeras palabras que me dirigió Diana fueron, de
nuevo, para Jecirnle que estaba totalmente satisfecha con su
matrimonio tal como era y que el único motivo por el que había
venido porque Louis había insistido en ello. Dijo todo esto
con mucha calma y en forma muy educada.
-Mire, Diana, ¿por qué no nos ahorramos algún tiempo
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aquí? -le pregunté muy seriamente-o ¡Por qué no vuelve a casa y
empieza a simular orgasmos para hacer feliz a Louis?
-Porque no vaya empezar a mentide a Louis -respondió
Diana con frialdad.
-Me alegra oír eso -dije. Pero como me daba cuenta de que
no llegaría can Di:uu a ninguna parte a menos que le hiciera
perder un poco el control, continué-: Entonces, ¿por qué no
vuelve a casa y trata de lograr un orgasmo de verdad?
Diana me miró con reS¡;ntillúcnto y contestó:
-Porque no creo que sea tan fácil.
-¿Para usted, Diana? Creí 'lue era alguien que lograba todo
lo que se proponía.
Diana me miró un segundo, se tapó la cara con las manos y
de repente rodaron lágrimas por sus mejillas. Le di un pañue-
lo de papel y le dije con suavidad:
-Eso la enojó, ¿no? Usted no ha hecho jamás algo para su
propio placer, ¿no es cierto?
Diana estaba llorando porqne alguien la había acusado de
ser menos que perfecta. Peor aún, le había echado en cara el más
reprensible de sus fracasos: no tener el control total de sí misma.
Como para tantas otras buenas chicas, el afecto y la aprobación
le habían llegado sólo cuando se había comportado en forma
perfecta, y ahora le aterrorizaba perder la aprobación si caía por
debajo del estándar.
Diana había quedado atrapada en una contradicción imposi-
ble. Ser una buena chica signitlcaba mantener el control perfec-
to, y control perfecto significaba sacrificar sus sentimientos,
incluidos los sentimientos sexuales. Pero para ser la
esposa perfecta para su marido debía tener orgasmos. Para servir
a su marido tenía que dejar de ser buena. No podía ganar de otra
forma que no fuera perdiendo.
-No puede tener un orgasmo para Louis -le dije a Diana-.
No funciona de esa manera. Solamente puede tener un orgas-
mo para usted. Y creo que llegó la hora de decidir que se lo
merece.
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-Lo que usted me dice me da toda la responsabilidad en
cuanto a tenerlo o no -dijo Diana recobrando la compostura.
-De usted depende -dije-o Quizá debería pensar en lo que
teme perder si tiene un orgasmo.
Diana estaba atrapada en una paradoja que la inmovilizaba.
Ahí estaba, el modelo del auto control, tratando de negar que
tenía el control de sus orgasmos. Implicando a su marido como
responsable de los orgasmos de ella -{) de su falta- podía seguir
siendo perfecta; en ese proyecto el fracaso no era de ella sino de
él. Pero al mismo tiempo, eso significaba que Louis tenía el
poder de producirle orgasmos o no. Y ése, me parece, es el máxi-
mo poder que alguien puede tener. Diana se sintió a merced de
Louis. Al sentirse de esa manera debía encontrar la forma
de recuperar algo de poder. Por eso negaba que le interesaran los
orgasmos y procedía a no tener ninguno. (Más adelante admitió
que solía repasar listas mientras hacían el acto sexual con Louis:
listas de llamadas telefónicas que debía efectuar y de tareas a rea-
lizar. Un método seguro para garantizar la falta de reacción
sexual.) Al contener la excitación y el orgasmo estaba en pose-
sión del control. Si tuviera un orgasmo -y por consiguiente per-
diera el control- se arriesgaba a perderlo todo, lo que incluía
principalmente el amor y la aprobación de Louis. Había investi-
do a Louis de tanto poder que si no lo controlaba, él podría
sacarla de su vida.
Por otra parte, Diana ofrecía a Louis el siguiente convenio:
"Seré la esposa y la geisha perfecta. Tendré relaciones contigo
todas las veces que quieras. A cambio de eso te quedarás conmi-
go, no me engañarás y pensarás que soy maravillosa. Pero no
esperes "atraparme" porque yo no necesito el sexo».
Pero lo que Diana quería convenir de verdad era: «Te daré
sexo pero hazme sentir algo. Excítame. Haz que me sienta
amada. Y, por encima de todas las cosas, ¡hazme sentir que estoy
amando!».
Como muchas buenas chicas adultas, Diana estaba sedienta
de sentimientos. Había pasado toda lo vid" dedicada a dar yeso
90
la había convertido en alguien incapaz de reaccionar. Para hacer
era una experta -incluso en el sexo- pero para sentir era una inú-
til-hasta para sentir el amor-o Y como muchas mujeres, no sólo
las buenas chicas, Diana estaba convencida de que el hombre
era responsable de que ella sintiera. «Ésa es la tarea del hombre,
hacernos sentir, ¿no?» El viejo trato: sexo por amor; amor por
sexo.
Después de hurgar un poco en el tema, Diana admitió que
Louis no cumplía su parte del trato. Y en cuanto empezó a
hablar de ello Diana se dio cuenta de que estaba muy enojada
con Louis.
-Nunca se desvive por hacer algo por mí -me contó Diana-.
Es muy raro que me traiga flores, golosinas o cualquier cosa.
Hasta tuve que recordarle que me hiciera el regalo de aniversario
el año pasado, y lo hice solamente para que quedara bien ante
los chicos.
Sobre la relación sexual, me dijo:
-Louis fue feliz durante siete afias teniendo sexo cada vez
que lo quería, sin hacer preguntas. y, créame, nunca fue muy
inspirado. Y ahora que tiene lo de mi orgasmo metido en la
cabeza, si pudiera lograrlo pellizcándome el codo, lo haría. Y yo
sólo quiero un orgasmo si va a ser un acto de amor.
Finalmente Diana había admitido que, por lo menos eIl"Cll1a
circunstancia, quería un orgasmo por ella misma.
Ahora podíamos empezar.
Un convenio que no aporta llada a nadie
Diana y Louis tenían algo en común con casi todas las parejas
que veo en estos tiempos: hacían el acto sexual frenéticamente
con la esperanza de lograr sentimientos amorosos. Louis se afa-
naba con desesperación buscando la «movida adecuada» que
lograra el orgasmo de Diana para no sentir que estaba solo en el
acto sexual. Trabajaba por ese brillo en los ojos de Diana que le
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demostrara que realmente 10 amaba. Y Diana, obediente, seguía
haciendo e! acto sexual todas las veces que Louis lo quisiera, con
perfumes, talco y almohada bajo los glúteos, mientras esperaba
que él, alguna vez, le hiciera experimentar sentimientos amo-
rosos.
El matrimonio de Diana y Louis era el típico trato de la déca-
da de los ochenta y, como es típico también, no funcionaba.
Louis se sentía solo, ansiando la intimidad; Diana no reac-
cionaba sexualmente, esperando los sentimientos. El convenio
no beneficiaba a nadie. Y e! motivo es sencillo: nadie crea senti-
mientos íntimos por el mero. acto sexual. Pregunten a los donjua-
nes de! mundo: cuanto más practican e! coito (y con cuantas
más compañeras) más solos se sienten.
La razón fundamental por la que Diana no podía experimen-
tar él"orgasmo era porque no podía sentir nada: ni ira, ni alegría,
ni amor. En mis grupos de mujeres preorgásmicas con frecuen-
cia resulta que una mujer ha estado alcanzando e! orgasmo, en
un sentido fisiológico, pero los ha perdido: es decir, no los sin-
tió. Esas mujeres son tan cerradas que no experimentan ninguna
sensación, incluso la de! orgasmo. Le dije a Diana que le sería
imposible lograr e! primer orgasmo con su marido porque ella
creería, en ese lTIoménto, que estaría entregando el único poder
que tenía en la relación. Tendría que aprender a tener orgasmos
por y para ella misma. Hace varios años, la terapeuta Lonnie
Barbach descubrió que trabajando con las mujeres preorgásmi-
cas sin la presencia de sus maridos tenía un éxito más grande del
que habían tenido Masters y Johnson trabajando exclusivamen-
te con los dos miembros de la pareja juntos. Le pregunté a
Diana si podía anotarla en uno de mis grupos de mujeres preor-
gásmicas.
-No sé -respondió ella mordiéndose el labio.
-¿Teme que Louis no lo apruebe?
Diana asintió.
-Él lo pidió -dije sontiendo, y, por primera vez, Diana son-
rió también.
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Siempre he dicho que uno de los motivos del gran éxito (más
del 80 por ciento de los casos) que se tiene con las mujeres pre-
orgásmicas se debe a que son excelentes alumnas. Son buenas
chicas que hacen sus deberes, que, en este caso, consisten en
pasar una hora por día, sola, examinando al principio su cuer-
pos y genitales y luego tocándolos y masturbándose. Conjun-
tamente experimentamos con algunos ejercicios para propor-
cionar autoconfianza, otra fonna de hacer volver algo de
sentimiento a estas eternas rechazadoras de sus placeres. Pero
para Diana, como para la mayoría de las mujeres de estos gru-
pos, la última barrera para permitirse e! placer del orgasmo era
el temor a la desaprobación del marido. Sí, Louis decía que dese-
aba que ella tuviera orgasmos, pero cuando era chica Diana
había aprendido que no se lograba la aprobación ni el cariño
siguiendo lo que indicaban sus sentimientos. ¿Por qué ahora
sería diferente?
Durante años muchas mujeres que aprendieron a lograr el
orgasmo en mis grupos volvían a casa y fingían ser aún preor-
gásmicas. Practicaban la inversa de la simulación del orgasmo:
fingían no tenerlo. Los dos tipos de ficción tienen el mismo
motivo: que las mujeres manteng,m a sus hOfilbres felices y des-
preocupados, y evitar que las abandonen.
Por desgracia hay algo de verdad en esos temores de las muje-
res. Muchísimas veces el mismo marido que arrastra a su mujer
preorgásmica al consultorio termina tratando de que vuelva a las
reuniones del grupo. El marido de esa clase se siente amenazado
en lo más íntimo: «¿Seré capaz de satisfacerla tanto como puede
satisfacerse ella sola?». O peor todavía: «¿Quiero a una mujer tan
sexual? ¿No me devorará?».
Algunos maridos se sienten avasallados cuando su esposa
vuelve a casa después del grupo y tiene orgasmos múltiples. Eso
es más de lo que querían. Tienen miedo a no ser capaces de
seguir su ritmo, de estar perdiendo una imaginaria contienda
sexual, y entonces comienzan a criticarla. Se quejan de que
el sexo se ha vuelto impersonal para ella, de que se muestra
93
demasiado distante. Pero nunca dicen lo que realmente les ocu-
rre: tienen miedo de que ellas se diviertan más que ellos.
Por suerte, en el caso de Louis ese temor fue infundado. Por
supuesto que antes Louis creía que él, solo, era responsable de
los orgasmos de Diana, tal como ella misma pensaba. Más aún:
después de unas pocas semanas en el grupo, Diana empezó a
tener la casa menos organizada; dejaba los platos para lavar al
día siguiente, se deterioró el cuidado de la casa, y ella empezó a
pedirle a Louis que trajera la cena hecha dos o tres veces por
semana. Diana gozaba con el descubrimiento del descuido y el
egoísmo. Pero al mismo tiempo estaba relacionándose con Louis
en una forma activa y amorosa por primera vez.
-No sé qué me pasó -contó Diana en el grupo-o Me acerqué
a Louis desde atrás y le pellizqué el traseto. Por un segundo tuve
miedo de la forma en que reaccionaría; pero él se dio la vuelta y
me pellizcó. Puede parecer ridículo, pero fLle el momento más
amoroso que había tenido con él hasta entonces.
Unas semanas después, Diana y Louis hacían el amor, con
orgasmos y todo. Habían encontrado el único convenio que
funciona: producirse placer para cada uno y entonces compartir
los sentimientos que fluyen de ese placer. El balance es perfecto.
y ese convenio es el mejor que se puede hacer.
94
6
Deslealmente tuyo
Me encantan esos siniestros artículós de revistas que exhiben la
lista de los «Cinco signos principales que denotan que su marido
vive una aventura,>.
El número 1 suele ser alguna manifestación de culpabilidad,
como no mirarla directamente a los ojos o sufrir ataques de
depresión, sobre todo en las reuniones familiares. El número 2
la alerta, la actitud misteriosa de él (<<¿Cierra la puerta antes de
atender el teléfono?»). El número 3le advierte de que él cuida
más su aspecto, mientras que el número 4 sugiere que usted
debe inspeccionar los recibos de las tarjetas de crédito para saber
si ha gastado en moteles (<<Sea sincera con usted misma: ¿ e x i . ~ e
algún motivo relacionado con el trabajo para que él alquile una
habitación en el Old Forge Motel un jueves por la noche?»).
y, por supuesto, el número 5 es terminante: él ya no le hace
el amor con la frecuencia de antes, y cuando lo hace parece cul-
pable y retraído.
La gente que escribe esos artículos debe de conocer a parejas
diferentes de las que yo conozco. Nunca vi artículos sobre los
signos de que su esposa tiene una aventura amorosa y, sin embar-
go, a juzgar por lo que sé de la práctica de mi profesión, las espo-
sas parecen tan activas como los maridos a ese respecto. De cual-
quier manera, si yo tuviera que hacer la lista de los cinco signos
más importantes de que el cónyuge vive una aventura amorosa,
95
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sobre la base de la información que recibo de las parejas que
atiendo, la lista sería algo como lo que sigue:
Él parece más liberado y alegre en casa que antes.
Él siembra claves para que yo me dé cuenta de que esrá sien
do infiel.
Come mejor.
Deja los recibos del Old Forge Motel encima de la cómoda
(vea nómero 2).
Quiere hacer el amor conmigo casi con doble frecuencia que
antes y, cuando lo hacemos, parece más relajado y desin-
hibido.
Desde luego exagero un poco, pero la verdad es que muchos
de ros hombres (y mujeres) infieles que conozco se sienten más
libres y mellOS inhibidos sexualmente con sus cónyuges que
antes de la aventura extramarital. El motivo de esa nueva exube-
rancia es que la aventura ha insuflado algo de aire en ese matri-
monio claustrofóbico; ha creado un poco de espacio en una rela-
ción que los dos habían empezado a sentir como una trampa.
Oigo exclamar a alguien:
-¡Un momento Dogmar! ¡ Terminó la década dc IOi sc.icllttl y el
matrimonio abierto fue una verdadera catdstrofe. Ttt, justamente
tú, ¿vas a tlbogar en pro de la infidelidad como método para reires-
car el matrimonio marchito?
Jamás. Cualesquiera que sean los beneficios a corto plazo que
pueda acarrear la infidelidad, su efecto a largo pl.lZO suele ser la
destrucción del matrimonio. Primero aparece la sensación de
libertad, pero luego vienen la culpa, las acusaciones y finalmente
se pierde la confianza. Y la parte más triste es que la pareja podría
respirar la misma libertad emocional y vivir la misma exuberancia
sexual en su matrimonio sin llegar a ese extremo autodestructivo.
Si hubieran sabido cómo hacerlo, los miembros de la pareja ha-
brían podido introducir la distancia necesaria en sus relaciones sin
tener que correr con la secretaria al Old Forge Motel.
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<<Justamente cumulo estábmnos sintiéndonos
tan cerca. .. »
-No sé qué estoy haciendo aquí -declaró Kelly Q. en cuanto
tomó asiento en mi consulrorio-. No creo que vaya a perdonar-
lo jamás por lo que me ha hecho.
Jack, su marido desde hacía diez años, se sentó aliado de
Kelly con una expresión de desolación absoluta y culpa en la
cara grande y juvenil. Hacía siete meses que Jack había iniciado
una relación con una modelo de la casa de modas en que traba-
jaba. Había roto la relación un mes atrás, antes de que Kelly la
descubriera. Lo más penoso, me dijo Kelly, fue descubrir cuán-
do había comenzado la aventura de Jack.
-Habíamos pasad" un fin de semana en nuestro hotel favo-
rito en Poconos -COntÓ ella-o Dejamos a los chicos en casa de
filamá así que nos qucllamos basta tarde, bailando, y pudimos
tomar el desayuno en la cama: el programa completo. Hicimos
el amor no sé cuantas Veces, como en los viejos tiempos antes
de casarnos. Fue como enamorarse de nuevo. Por lo menos
para mi.
Kelly se secó los ojos eOIl el p'lñuelo antes de proseguir.
-Al día siguiente, Jl}uellunes, él empezó con esa modelo.
Cuando yo estaba en casa soü.ando con Paconos él se entretenía
con ella. ¿Qué le parece?
-No lo planifiqué --protestó Jack débilmente-o Ocurrió.
-¿C01110 por arte de Illagia? -interrumpió Kelly con amargu-
ra-, Entonces, ¿cónlo puede saberse que no sucederá otra vez?
El mensaje de Kelly resonaba en el consultorio: ,,¡Hay que
castigar al hijo de puta! ¡Y bien, para que no vuelva a traicionar-
me! Cuando haya sufrido, entonces y sólo entonces podré pen-
sar en perdonarlo y seguir con nuestra relación»,
Otras mujeres burladas comunican el mensaje con mayor
sutileza, pero la idea es que mi tarea es reeducar al marido como
si fuera un delincuente juvenil. Jack, como muchos maridos
infieles, asumió el papel de «lual muchacho)) casi con alivio;
97
como veremos más adelante, ser el villano tiene ventajas emo-
cionales. Así que Jack era el Pecador y Kelly, la Santa.
Creo que hay un punto en que la paradoja se hace tan
común que deja de ser una paradoja. En la terapia sexual es casi
la regla que la persona con el «síntoma» sea, paradójicamente, el
«frente» del cónyuge con un problema más profundo. Si aparece
una esposa sexualmente fría y retraída, de inmediato busco al
marido que tiene inseguridades sexuales; si llega un marido que
es eyaculador precoz, busco una esposa que es sexualmente
ansiosa e impaciente. Yen caso de infidelidad, la persona con el
síntoma -el Pecador- suele estar ventilando un problema que,
por lo menos, es tanto del cónyuge como propio.
Pero ¿cuál era el problema que mostraba Jack?
Como a Kelly, me sorprendió el momento de su infidelidad.
Le pregunté si había sucedido algo desusado antes del fin de
semana en Poconos. Los dos se encogieron de hombros y dije-
ron que no.
-No peleamos, si eso quiere saber -dijo Kelly-. Estábamos
viviendo como cualquier pareja normal. En realidad más nor-
malmente que de costumbre, ya que por fin Jack no viajaba. Al
parecer, hacía un año que habían ascendido a Jack, de viajante a
gerente de ventas en las oficinas y desde entonces estaba en casa
todas las noches, cosa que nunca había ocurrido. ¡En casa todas
las noches después de años de viajar, a veces durante semanas!
Eso me sonaba como un difícil período de adaptación. Les pre-
gunté cómo había funcionado la relación física cuando Jack vol-
vía a casa todas las noches.
-Un poco lerda -respondió Jack-. Cuando yo viajaba, siem-
pre tenía el gran recibimiento en casa. Mucho-me-alegra-verte,
en la cama dos o tres noches seguidas. Pero cuando dejé de via-
jar las cosas no fueron tan entusiastas. Ya sabe: la rutina.
Pero la relación sexual mejoró mucho después del fin de
semana en Poconos y el inicio de la aventura de Jack.
-Eso es lo que realmente me hace arder -exclamó Kelly-.
Todos esos meses haciéndolo todas las noches como si hubiéra-
98
mos vuelto a enamorarnos y al mismo tiempo él teniendo relacio-
nes con la modelo. Hacíamos el amor en forma tan romántica ...
y entonces descubro que no se trataba de algo personal. Es
humillante.
-No se sienta humillada -le dije a Kelly-. La aventura de
Jack fue su manera de viajar, de volver al camino: para los dos.
Ya estaba armado el rompecabezas. Durante los primeros
nueve años de su matrimonio toda la relación se había basado
en las idas y venidas de Jack, reuniones y despedidas, períodos
de estar juntos y períodos de estar separados. Ese ritmo funcio-
naba para ambos y les permitía «recuperarse» de los arranques
de intimidad apasionada volviendo a encerrarse en sí mismos,
entre límites seguros. Pero de repente Jack estaba en casa todas
las noches y algo se había perdido en el matrimonio. Los dos per-
dieron algo de independencia, de espacio para respirar, yeso se
reflejó enseguida en la pérdida de brillo de la relación sexual.
Hasta Kelly admitió que habían caído en una rutina opaca en el
dormitorio, si bien no quiso tomar ninguna responsabilidad al
respecto. Y entonces, cuando pasaron aquel fin de semana
romántico en Poconos, con largas tardes de amor sensual, los
dos experimentaron la explosión delos sentimientos íntimos
hacia el otro: los sentimientos avasalladores. Pero no supieron
cómo volver a retraerse. No conocían la manera de hacerlo. Jaek
no iba a irse de viaje después de aquello: volvería a casa con su
mujer.
Le pregunté a Kelly si recordaba lo que había sentido en el
viaje de vuelta a casa después del fin de semana romántico y ella
sostuvo que se sentía enamorada y feliz.
-Yo no lo recuerdo así -interrumpió Jack-.Estuviste todo el
tiempo de muy mal humor. No hacías más que decir que había
terminado la diversión y volvíamos a·nuestras vidas aburridas.
Actuabas como los chicos cuando terminan las vacaciones. No
hacías más que quejarte: ,,¿Por qué no podemos estar siempre
como en el hotel? ¿Por qué no puedes ser romántico también en
casa?». Fue bastante pesado.
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Tan pesado que al día siguiente Jack se encontró en la cama
con otra mujer. Entre la fuerte intimidad del fin de semana y la
aparente exigencia de Kelly de un romance permanente, Jack
había huido direct,unente a los brazos de otra mujer. Ésa fue su
solución al pánico que produce la intimidad rotal. Para muchos
hombres infieles, una dimensión de ese pánico es el miedo al
abandono; cuando están más cerca de su mujer, el miedo a per-
derla es tan grande que coquetean con la idea de romper el
matrimonio: por lo menos así tendrán el control de su destino.
Teniendo relaciones con otra mujer, a la que no amaba, Jack
podía sentirse lo bastante «fuerte» para hacer el amor con su
mujer, íntima y felizmente, sin ceder al pánico .
Una aventura también puede ser la solución al terror a sofo-
carse en la intiInidad. Muchísimos maridos empiezan a tener
cuando su esposa está embarazada por primera vez y
con más frecuencia aún cuando está en su segundo embarazo.
La trampa de la vida familiar se cierra completamente: tener
relaciones con otra mujer es la última y desesperada declaración
de independencia. Pero, desde luego, no es para nada un signo de
independencia: es sólo uno de terror.
Cuando conversé a solas con Jack me aseguró que aquél
había sido el único affoire extramarital. Hasta a él le parecía raro.
-Todas esas historias sobre los viajantes son verdaderas -me
dijo-. Conozco docenas de viajantes que tienen una mujer en
cada ciudad de su zona. Es una de las características de los que
viven viajando, ¿no? Pero yo fui la excepción: el Marido Leal.
Hasta que volví para quedarme en casa.
Jack estaba empezando a ver la conexión entre (<volver para
quedarme en casa» -como un pájaro con las alas cortadas- y
volar a la cama de otra mujer.
¿Y qué pasaba con Kelly? ¿Era simplemente la mujer herida?
¿La santa y mártir que no había pedido a su marido más que
amor y lealtad? Mi suposición era que Kelly necesitaba tanta dis-
tancia en la relación como Jack; quizá más. Había una clave: la
forma en que Kelly había fastidiado a Jack pidiéndole «amor
100

interminable» en el viaje de vuelta. Era seguro que eso iba a
'ener en Jack el efecto opuesto y, en algún nivel preconsciente,
Kdly lo sabía. Estaba usando su exigencia de tomance como una
forma de apartar a Jack para poder recuperar su propio espacio.
«Dejarás de hacerme el amor de esa manera», gritaba invadida
por el pánico. Yen la profecía depositaba en Jack la culpa de
cualquier fracaso en la relación.
Peto, por supuesto, la conducta de Jacle también era paradó-
jica. Al embarcarse en su aventura sexual podía dar a Kelly el
romance interminable que ella le pedía. Jack se convirtió en un
amante libre y exuberante en casa. Y como cada vez pasaba más
tiempo fuera del hogar a causa de su aventura, también estaba
dando a Kelly e! espacio que ella necesitaba. Todo funcionó bien
hasta que Jack no pudo controlar más su sentimiento de culpa.
-¿Cómo pudo hacerme esto cuando estábamos sintiéndonos
tan cerca? -me preguntó Kelly.
y mi respuesta fue:
-Precisamente por eso. Y ninguno de los dos estaba prepara-
do para manejar esa intimidad.
¿Cómo se distinguen los Buenos Tipos
de los Malos Tipos?
Jack fue descubierto cuando dejó la llave de una habitación de
un hotel en el bolsillo de un traje que había pedido a Kelly que
enviara a la tintorería. Fue como dejar un arma llena de impre-
siones digitales en la escena del crimen. Así como «se había
encontrado en la cama con otra mujer», ahora «se encontró,}
atrapado por su descuido. Jack se las arregló para convencerse
de que ninguno de los dos fue un acro consciente y de esa
manera no tenía que asumir la responsabilidad ni del delito ni
del descuido. Cuando finalmente los sentimientos de culpa
fueron demasiado fuertes, Jack evitó la humillación infantil de
la confesión dejando que Kelly fuera la acusadora y la juez.
101
Ahora le tocaba a ella el turno de actuar; J ack s6lo tenía que
ser el mal tipo.
Dadas las alternativas, ser el Malo es trabajo fácil. El
Mal Tipo no tiene que hacer frente a sus sentimientos de debi-
lidad ni vulnerabilidad: puede limitarse a sentirse culpable. Y
si tiene mucha práctica en el papel de Mal Tipo, hasta puede
tenerse lástima cuando la castigadora le humilla. Los hombres
tienen una aptitud especial para ese papel; es «masculino» ser
malo, sobre todo sexual mente malo. Todavía sigue siendo
un papel activo y no de víctima. Un hombre de verdad puede
tener relaciones con muchas mujeres y, cuando lo descu-
bren, sabe aceptar el castigo. En realidad puede pasar por to-
das las etapas del ciclo sin experimentar demasiados senti-
mientos.
Aun así, es notable cuántos hombres infieles aceptan con
gusto la designación de Mal Tipo aunque su mujer también haya
sido infiel.
-Él empezó -me dijo una mujer muy enojada-o Lo que yo
hice después fue por reacción. Fue un intento desesperado de
vengarme.
El marido de aquella mujer no emitió palabra. Sus respec-
tivos papeles de Buena Mujer y Mal Tipo les sentaban de ma-
ravilla.
Asumir esos papeles con entusiasmo es la última forma, y la
más triste, de mantener el espacio en una relación. Antes Jack
había proporcionado la distancia con sus viajes y luego lo hizo
teniendo una aventura y, por último, aceptando e! papel de Mal
Tipo. Ahora podía quedarse en e! rincón mientras Kelly lo casti-
gaba verbalmente; de esa manera no corrían el riesgo de ahogar-
se en la intimidad.
Pero ni Kelly ni Jack querían romper e! matrimonio: por eso
habían buscado ayuda. Les pedí que si realmente querían dar un
paso para acercarse «dejaran que sus cuerpos se hicieran ami-
gos», y ambos accedieron a probar los ejercicios sensuales gra-
duales.
102

I
-Dedíquense a los sentimientos corporales mientras estén
haciendo los ejercicios -les dije-o Tienen el resto de! día para
sentir e! enojo y la culpa.
Pero por desgracia Kelly no podía dejar de lado la ira sobre
todo cuando era el turno de Jaek de acariciarla. Tan pronto como
empezaba, le obligaba a parar y se echaba a gritar y llorar de
nuevo.
-Todo lo que me hace me obliga a pensar en lo que le hizo a
ella -dijo Kelly con amargura en mi consultorio la semana
siguiente.
-¡Pero yo nunca la acaricié así! -exclamó Jack-. ¡Lo único
que hice con ella fue follar!
A su manera, Jack había resumido su infidelidad de una
manera perfecta. Practicando e! coito sin emoción fuera de casa
había podido continuar haciendo el amor con emoci6n con su
mujer. Mientras algunos hombres y mujeres evitan los terrores
de la intimidad haciendo el acto sexual con su cónyuge, ottoS,
como Jack, evitan esos terrores dividiendo su vida en dos: hacen
el amor aquí y e! acto sexual allá. Por supuesto que Kelly no se
calmó con esta explicación. La semana siguiente, después de
probar e! primer ejercicio sensual, me dijo que eso no funciona-
ba y que renunciaba a la terapia.
-¡No puede dedicar ni un momento a sus sentimientos .,.,n-
suales? -pregunté.
Kelly hizo un gesto de negación con la cabeza: "No».
-¡Mentirosa! -gritó Jack-. Por un ratito, cuando te pasa-
ba la mano por la espalda y las piernas, ronroneaste como una
gatita.
-¡Cerdo! -exclamó Kelly enrojeciendo.
Kelly se sentía humillada porque la había descubierto: ella
había expresado sus sentimientos sensuales aunque fuera por un
momento. Pero eso la perturbaba porque crela que si se permitía
experimentar esos sentimientos significaría que estaba «cedien-
do» ante Jack, rindiendo su orgullo y su identidad. Kelly era una
mujer sensual cuyas fuertes emociones al hacer el amor la inun-
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daban. Por eso n1i:ano necesitaba tanto espacio para rtcompo-
nerse después.
-Prueben una vez más -dije-o Pero esta vez, inmediatamente
después de terminar el ejercicio, quiero que uno de los dos se
vaya de la casa y no vuelva por lo menos en dos horas.
Funcionó. Lo supe en cuanto vi la sonrisa en sus rostros
cuando vinieron al consultorio la semana siguiente. Había sido
un éxito rotundo. Sabiendo que cada uno tendría su tiempo, en
privado, para reponerse, habían podido hacer el amor como
en la época en que Jack viajaba.
Hace poco Kelly me llamó por teléfono y me contó:
-Todavía necesitamos, a veces, la rutina del «paseo». Y en
pleno invierno resulta incómodo. Pero es muchísimo mejor que
la alternativa, ¿no? Y lo mejor es que en algún momento empecé
a contiar de nuevo en Jack.
«No se me ocurrió que me enamorar/a»
Nunca existió la suspecha de que: ]ack se hu.biera euamorado de
la otra mujer y, en parte, eso hizo que la infidelidad fuera más
fácil de perJollar y olvidar. La distinción entre hacer el acto
sexual y hacer el amor estaba clara. Pero en otros casos que atien-
do las cosas resultan más complicadas.
Miriam L., una ejecutiva de publicidad de aspecto llamativo,
vino sola a verme. Tenía treinta y cinco años, e:;taba casada y
tenía dos hijos. Me dijo que quería lüuchísimo a su marido y a
los hijos. También me contó que se había enamorado lo.camente
del hombre con quien estaba viviendo una aventura.
-Sé que esto suena cursi -me dijo-, pero no supuse que
sucedería. No se me ocurrió que nle enaluoratÍa. Nunca había
ocurrido.
En realidad, Miriam había tenido bastantes aventuras en el
curso de sus doce años de matrimonio.
-Fueron más calenturas que affaires -dijo ella-o Pero la vida
104
so..1.l2.l (on Greg [su filaridúl cra. basuntc 111.0nótoua, así que esa
excitación me hacía sentir viva de vez en cuando. Nadie salia
herido. Siempre pude mantener esas cosas separadas.
Miriam estaba describiendo una clase de vida que hasta hace
poco era prerrogativa masculina: ella tenía relaciones sin com-
promiso fuera de casa, con conlpañeros virtualmente anónimos,
y tenía la conexión emocional (sin hacer demasiado el amor) en
casa con su marido. El perfecto autoconvenio de la doble vida
en tanto ella pudiera lnantener <das cosas separadas».
Pero entonces Se enamoró de uno de los protagonistas de las
«calenturas).
-Es curioso -comelltó Miriam-. Brad [el amante] está casa-
do y es veterano en estas lides. Eso es lo que me hiw sentir tan
«a salvo» con él. Ni exigencias ni complicaciones. Solamente
gozar juntos e ir cada uno a su casa. Pero, poco a poco, empeza-
mos a cambiar.
Miriam me dijo que se dio cuenta de que la relación con
Brad había cambiado cuando empezaron a querer estar más
tiempo juntos.
-y no sólo para hacer el alnor -continuó Miriam-. A veces
nos quedábamos en la cama besándonos, acariciándonos,
abrazándonos, conversando, escuchando música, y cuando
mirábamos la hora nos dábanlos cuenta de que teníamos que
irnos y ni siquiera habíamos hecho el amor.
A mí me parecía que habían hecho el amor, no deseando
todas las veces pasar de la intimidad sensual a la sexualidad pura.
y se me ocurrió que Miriam estaba haciendo el amor (no el acto
sexual) por primera vez en muchísimo tiempo. Miriam me
contó que había experimentado en un tiempo esa intimidad sen-
sual sin apuro con otra persona: con Greg, su marido, durante el
. año que vivieron juntos antes de casarse.
-Pero todo eso terminó el día de la boda -dijo Miriam-. En
cuanto hicimos los votos, se convirtió en un remilgado asexual.
Al principio pensé que sólo se trataba de una fase que estaba
atravesando, pero nunca volvió a cambiar.
105
Parece que Greg, como tantos hombres y mujeres, había
adoptado el sexo sin pasión de Mamá-Papá en el instante de
convertirse en casado. El sexo con su esposa -la futura madre
de sus hijos y por consiguiente una copia de su propia madre-
no podía hacer las cosas sensuales y libres que a él tanto le habí-
an gustado con su amante. ¡Aunque su esposa y la amante fueran
la misma mujer!
Pero ¿por qué Miriam había dejado que su esposo siguiera
remilgado todos esos años? ¿Acaso él la había autorizado a tener
aventuras amorosas? ¿Y así podría ella mantener separados el
sexo y el amor de manera que nunca llegara a sentirse superada
por ninguno de los dos?
Antes de poder formular alguna de estas preguntas, tenía que
saber qué era lo que deseaba Miriam en ese momento.
-Quiero desaparecer -me dijo ella con los ojos llenos de
lágrimas-o Por fin tengo el amor y el sexo en la misma persona
pero ... no es la persona adecuada.
Le dije a Miriam que podría combinar el amor y el sexo con
la persona adecuada, Greg, si quisiera intentarlo. El motivo por
el que Miriam tenía el problema consistía en que ya era lo sufi-
cientemente madura para ser capaz de combinar los dos ... y ésa
es la parte difícil. Le dije que si ella y Greg querían probar,
podrían reanudar la relación donde había quedado al casarse.
Pero, para eso, ella tendría antes que terminar la aventura con
Brad. Yo no podía trabajar con Miriam y su esposo si ella man-
tenía relaciones sexuales con otra persona. Lo intenté y no sirve.
-Pero ¿qué pasaría si fuera demasiado tarde para que Greg y
yo reanudáramos nuestra vida sexual? -preguntó Miriam.
-No puedo darles una garantía -respondí-o Solamente espe-
ranzas.
Rebobinemos. No supe nada de Miriam durante casi un año
y cuando la vi me enteré de que había tratado de romper con
Brad varias veces pero seguía viéndolo.
-Era como tratar de dejar de filmar -dijo con una risita ner-
viosa.
106
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Pero finalmente se dio cuenta de que si no dejaba a Brad ten-
dría que dejar a Greg. Sabía que había llegado a un punto en
que el amor y el sexo tenían que estar juntos y con una sola per-
sona. No podía seguir separando las cosas en su corazón. Cuan-
do conversamos hacía dos meses que no veía a Brad.
-Esroy preparada para empezar de nuevo con Greg -dijo
Miriam-, pero no soporto la idea de contarle mi aventura con
Brad ni ninguna de las otras. Si lo hiciera, no tendríamos la
oportunidad.
Yo no doy consejos de moral: no es mi profesión. En algunos
casos percibo que un secreto puede emponzoñar una relación si
no se revela, pero creí que Miriam podía dejar atrás su pasado y
no dejarlo interferir en sus sentimientos hacia su marido. Y Greg
resultó extraordinariamente receptivo a la terapia mediante los
ejercicios sensuales. En unas semanas él y Miriam hacían el amor
tierno y sensual y estaban encantados.
-¿Cómo dejamos pasar tantos años sin hacer eso? -preguntó
Greg a Miriam en mi conswtorio.
Los ojos de Miriam se llenaron de lágrimas.
-Sólo quiero pensar en los años maravillosos que nos espe-
ran -dijo.
El corazón lujurioso de Aaron S.
En realidad, todos los casos de infidelidad que conozco se rela-
cionan con el dilema de combinar el amor con el sexo. Un hom-
bre escapa de su hogar y tiene una .actividad sexual salvaje con
una mujer a la que apenas conoce porque se siente incapaz de
tener relaciones apasionadas con la mujer a la que ama tierna-
mente: su esposa. Una mujer sensual elige a un hombre reticen-
te respecto al sexo para casarse y luego tiene aventuras con otros
hombres con los que no guarda ninguna conexión emocional.
Esas personas no pueden manejar el amor y el sexo en el mismo
lugar, así que terminan yendo de uno a otro.
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Últimamente he visto una nueva variación dé es" dicotomía
a la que llamo Aventura Extramarital Asexual. Una vez más el
sexo y el amor están separados, pero estavez el ,sexo sin lazo'
emocional está en el hogar con el cónyugey,el amor apásiona-
do, aunque no consumado, está porIo
general un compañero de trabajo. . ",' .,'< ,,', '" ,',
Aaron S., un médico de cuarenta
plo perfecro del síndrome. Hace quince años
con una atractiva enfermera que "con'oCi6: 'en"la
Facultad de Medicina, pero siempre estávivierídouna'aventura
casta pero terriblemente romántica con otiamu)er, por', lo "
común alguna médica de! hospital. En stl co.sa tiene rdacio;,.es
regulares con la esposa; en e! hospital tienealmúer:zos ,románti.
cos, mirando a los ojos a la amada de turno, y maldice la liljusti,
ciat1e la vida que los separa. , ' " ' "
La de Aaron parece bastante inocua" llÚo1t.1y-,·ú1ó'tiYos·
para que alguien se sienta herido. En realidad esas castasaVeflttlras"
podrían ser la manera de inyectar algo de espacio en la rdaci<5nen
el hogar. Pero al estar siempre ansiando a otra mujer, Aarci!i sé ha "
impedido tener sentimientos e,n casa. Los selltilnientos
por su esposa no podían competir con los encendidos sentimientos
románticos que él manifestaba en esas relaciones sin consumación
sexual. Como los verdaderos galanes, él había nuniobrado para
mantener separados el sexo y e! amor para no sentirse amenazado
por los dos, pero se sentía frustrado por ambos.
Le dije a Aaron:
-Creo que tendría que aprender a ser más «promiscuo>" no
menos. Ya que está siendo «infiel» a su esposa, ¿por qué no apro-
vecha y realiza esos coqueteos románticos con dos o tres mujeres
al mismo tiempo?
Como experimento, le pedí que almorzara en la cafetería del
hospital con alguna mujer atractiva, difereme cada día de la
semana, y se enamorara de todas las que pudiera.
Dos semanas después Aaron volvió a mi consultorio con una
somisa tonta en la cara. Por cierto que había sido muy conmovi-
108
do. por una segunda y luego una tercera médica interna muy
, bella en el hospital, pero en el proceso había ocurrido algo más:
había empezado a hacer el amor con su muj er con más senri-
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miento.
-Me rindo -dijo Aaron-. ¿Qué pasa?
qU,e sus no son tan exclusivos como
'l. áeía-1e díje-'-. En realidad usted puede enamorarse también de
su esp{)s.; jUnto con e! resto de las mujeres.
, . Per:o lo "más' inlport::l:úte es que los tres coqueteos simul-
'táneoslé proporcionaron a Aaron el espacio que necesitaba
'pa'ra' sen,tirse men,?s ,arne'nazado por la combinación de amor
"y seXo,·
" Dejando de lado a los candidatos a la Presidencia y a las per-
sonas'pro'fundamenrc religiosas, a la mayoría no le preocupa
, si,'algtúla vez siente deseo por alguien que no es precisamente
dcónyuge. Sólo se convierte en problema cuando alguien
descubre que fantasetz casi continuamente sobre otra persona
mientras realiza el aero sexual con el cónyuge. O, más peligro-
: soaún, cuando sobnlente se excita sexualmente con el cónyuge
si cierra los ojos e irnagina que está haciendo el amor con otra
persona: una estrella de cinc, el vecino de aliado o un antiguo
amante. Como la infidelidad, esas fantasías proporcionan la
distancia que la geme necesita para abandonarse a los senti-
mientos sexuales. Imaginando que están en la cama con otro
personaje, llenan el ambiente de! dormitorio de cierta irreali-
dad. Es como el sueño sexual, libre de lo cotidiano y de los
enojos mezquinos que inevitablemente se acumulan entre
marido y mujer.
No parece que eso haga daño a nadie, ¿ no?
Solamente cuando comienza a sentirse que la fantasía está
rebajando la experiencia, cuando se sieme que se está haciendo
el acto sexual y no e! amor.
Una mujer me contó:
109
-Estaba haciendo el amor con Robert Redford y entonces
abrí los ojos, besé a Harold y le dije que lo quería. ¡Me resultó
tan falso!
Casi todo el mundo tiene fantasías sexuales varias veces por
día. Pueden aparecer por un olor, el roce de un codo o e! recuer-
do de un antiguo amante. Estoy en favor de las fantasías. Nos
mantienen sexualmente alertas y vitales; abren brechas en nues-
tras armaduras contra la sensualidad cotidiana. Pero cuando la
fantasía se convierte en e! sustituto total de la verdadera intimi-
dad es inevitable que empecemos a quejarnos: «Me siento embo-
tada», «me siento solo después de! sexo» y «perdí aquellos senti-
mientos amorosos}}.
Sería un error abandonar de repente todas las fantasías, man-
tener los ojos muy abiertos y hacer volver a «Harold» brusca-
mente a nuestra vida amorosa. El efecto sería matar todos nues-
tros sentimientos, sexuales y románticos. Como un sistema
sobrecargado de electricidad, entraríamos en cortocircuito.
Yo le digo a la gente:
-No supriman las fantasías, pero empiecen a dejar que apa-
rezca en 'escena, de vez en cuando, su cónyuge.
Cuando está bañándose en agua caliente y se acaricia suave-
mente los pechos y el vientre, imagine por un momento que su
marido está acariciándola. Redford ya cumplió su turno; deje
que Harold cumpla e! suyo. Poco a poco usted puede dejar que
un Harold «imaginario» entre en su fantasía, y la próxima vez
que esté con él en la cama, con los ojos bien cerrados mientras el
Harold real la acaricia, puede hacer la fusión de los dos Harold.
Es un poco de gimnasia mental, pero puede ayudar a que se rea-
lice la fusión de! amor con el sexo: lo que se conoce como hacer
e! amor.
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7
Sexo seguro: todo tiene
una foceta positiva
No hay dudas al respecto: la epidemia de sida nos afecta a todos,
tanto a los heterosexuales como a los gay, a las mujeres como a
los hombres, a solteros y casados. Esta tragedia y el terror que la
acompaña han alterado e! sentido mismo de la sexualidad.
En e! hospital donde trabajo he visto los estragos que produ-
ce el sida en sus víctimas. Algunas han escrito en forma emotiva
y elocuente sobre su agonía; yo no voy a agregar nada a esa lite-
ratura del sufrimiento ni es mi intención aquí ofrecer una ins-
trucción técnica a las personas preocupadas. Hay manua]".
sobre e! sexo seguro y kits disponibles para gozar de! sexo
corriendo un mínimo riesgo. No,·mi propósito es investigar
cóm.o ~ l espectro de! sida influye en nuestros pensamientos y
sentlmlentos respecto a todo e! sexo: cómo confirma los miedos
irracionales así como los reales; cómo puede usarse como excusa
para evitar e! sexo; cómo afecta nuestra actitud frente a la mono-
gamia y la infidelidad, y cómo se introduce en nuestras fantasías
sexuales. Pero también quiero demostrar que el sida y otras
enfermedades que se transmiten por vía sexual (como el herpes)
han creado un clima nuevo de sinceridad entre los sexos y cómo,
finalmente, puede ayudarnos a convertirnos en expertos en
hacer el amor en forma íntima y sensual.
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La conspiración «tocar mata»
En momentos de total paranoia estoy segura de que existe una
conspiración para deshacer todo lo bueno que hayamos podido
lograr los terapeutas sexuales en el transcurso del tiempo. Acaba-
ba de convencer a mis grupos de mujeres de que la vagina es un
órgano fuerte y sano cuando, «¡pafh, apareció el síndrome del
shock tóxico. Y estaba empezando a convencer a las mujeres de
que no tenía nada de malo probar el semen cuando se descubrió
que era un medio potencial de transmisión del virus del sida. La
mitad de mi trabajo como terapeuta sexual es liberar a las perso-
nas de la creencia inhibidora de que el sexo es sucio y peligroso,
y ahora nos advierten en forma constante que es las dos cosas,
J ~ o r supuesto que no existe tal conspiración; no se trata de
plagas creadas por el hombre. Y los peligros de las enfermedades
transmitidas por vía sexual son muy reales. Pero también es cier-
to que algunos individuos y algunas instituciones están usando
el miedo al sida en pro de sus causas de castidad y aislamiento
sexual. Se está legalizando la inhibición sexual; la fobia sexual se
ha convertido en norma.
En la película David y Lisa, el clásico film sobre dos jóvenes
que se enamoran en una institución para enfermos mentales,
David se aterroriza ante cualquier contacto físico. «¡Tocar
matal», exclama, retrocediendo espantado ante la mano que se le
ofrece con afecto. En él han tomado cuerpo todas las adverten-
cias de una madre histérica: «¡No te pongas eso en la boca! ¡Hay
gérmenes en todas partesl» y «¡Lávate las manos! ¡No sabes quién
tocó esoh). David se retrajo en un mundo de aislamiento total,
en una cápsula antiséptica en la que se sentía totalmente a salvo.
E insoportablemente solitario.
Me preocupa pensar que el miedo al sida convierta a nuestra
sociedad en una que proclame: «¡Tocar mata!>,. Ya estoy empe-
zando a verla.
En las salas de psiquiatría del hospital vemos un número
cada vez más grande de psicóticos con exageradas fobias respec-
112
to al sida: una mujer que usa máscara quitúrgica en el ferrocarril
subterráneo porque Cree que puede contraerlo por el estornudo
de un enfermo; un hombre que hace sonar un silbato y grita:
,,¡La peste negra!», cada vez que ve en la calle a un homosexual
conspicuo. Como siempre, una ola de exageraciones patológicas
nos habla de los miedos que conmueven a la sociedad. Última-
mente, una cantidad perturbadora de gente "bien adaptada» ha
estado diciéndome que es un hecho que uno puede contraer el
sida en el asiento del inodoro. ¡Justamente cuando empezába-
mos a curarnos del mito de que podíamos quedar embarazadas
en el asiento del inodoro! Hace poco he estado en algunas reu-
niones en las que personas, supuestamente inteligentes y bien
informadas, se alejaban de sus amigos gay después de haberles
dado un besito en la mejilla.
Pero cuando cedemos a todos los miedos infundados por-
que «es mejor ,estar a salvo que arrepentido}») corremos el riesgo
de aislarnos totalmente. No solamente se renuncia al sexo, sino
también a todo contacto sensual. Hasta se sospecha de las cari-
cias y los besos. Los enemigos de la sensualidad ganan enton-
ces la batalla. El Presidente, la Iglesia y Mamá cantan en coro
triunfalmente: ,,¡Absténganse de todo! ¡Así está bien! ¡Tocar
mata!».
Todos los días resuena el eco de esa canción en mi consul-
torio.
En el hospital dirijo un grupo de Vírgenes Mayores de Trein-
ta Años, constituido en su mayoría por lllujeres con profesiones
liberales que ansían superar sus formidables inhibiciones y gozar,
por fin, de su primera experiencia sexual. Durante años fue uno
de los grupos más populares, con un elevado número de vírge-
nes que acudían en busca de ayuda. Pero hace poco el núme-
to empezó a disminuir en forma radical, y me preguntaba el
porqué.
-En estos tiempos ser virgen es una ventaja -me informó
una miembro del grupo-o Conozco a muchas vírgenes que
publican avisos en los diarios declarando su estado. Eso es lo
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que los hombres buscan en esta época, así que si se es virgen
conviene que se sepa.
En realidad me alegro de que alguna gente se beneficie de la
actual histeria, pero me pregunto cómo se comportarán cuando
los avisos fUncionen. Cuando los miedos y las inhibiciones
sexuales son necesarios para que el compañero sea aceptable sólo
podemos esperar muchos matrimonios sexualtnentc insatisfac-
torios. Los compañeros de sexo con garantía suelen ser amantes
pobres.
Lo que más me preocupa es que veo cada vez a más hombres
y mujeres solteros que se esconden tras las enfermedades que se
transmiten sexual mente para evitar el enfrentamiento con sus
problemas sexuales. Un dibujo aparecido en New Yorker hace
poco mostraba a un hombre de aspecto rígido sentado solo en
un sofá, con un traje de tres piezas, mirando la televisi6n. La
leyenda bajo el dibujo era: «Sexo seguro».
El sida es un regalo del cielo para los que tienen perturba-
ciones sexuales, la excusa mágica para evitar todo contacto con
el sexo opuesto. Un hombre joven con el que trabajaba sufría
de ataques esporádicos de impotencia. Desde el último episo-
dio humillante dej6 de salir con mujeres. En la terapia los dos
estábamos adentrándonos en la historia de su miedo a las
mujeres que databa de la primera infancia. El proceso era
penoso pero estábamos llegando a la raíz del problema cuando
de repente declar6, con indudable alivio, que aunque recupe-
rara la potencia «con el sida amenazando sería una locura
hacer algo». Ésas no eran palabras de un hombre que ansía
curarse.
En otro caso, una lnujer de treinta y cinco años con una
antigua fobia al beso me traía todas las semanas un artículo dis-
tinto en el que «se probaba» que el sida podía contagiarse por la
saliva. Como tantas otras personas, esta mujer prefería creer en
esos rumores histéricos que intentar la curación de sus propias
angustias sexuales. Esos pacientes me dicen: «¿Lo ve? ¡Tengo
raz6n! No estoy enfermo: soy prudente". Pero por supuesto
114
vuelven a casa igualmente perturbados y aislados ... Yel sida no
tiene nada que ver con eso.
El temor al sida (que por supuesto es una enfermedad fatal)
no s610 actúa sobre nuestros temores y fobias sexuales sino que,
además, alimenta la desconfianza neur6tica entre las personas.
Sobre todo, da pasto a la guerra entre los sexos. Los hombres
vuelven a ser vistos como sucios egoístas y las mujeres como
peligrosas Jezabeles. Cada advertencia histérica que nos hizo
mamá resulta confirmada: «Nunca se sabe d6nde puso "su cosa'
antes de meterla dentro de ti", y: «Es cierto, la chica es atractiva
pero es justamente la clase de chica.de la que podrías contagiarte
algo horrible».
Cuando el contacto normal heterosexual puede transmi tir
una enfermedad fatal, hombres y mujeres se vuelven enemigos.
«Tú lleva el vino, yo llevaré los preservativos»
Pero es verdad que existe una faceta positiva en todo esto. La
preocupaci6n por el sexo seguro nos ha obligado a ser más sin-
ceros con los eventuales compañeros de lo que antes hubiera
sido posible. Y como resultado, muchas de nosotras que podría-
mos habernos sentido demasiado culpables, asustadas o tímii:l'as
hasta para mencionar el sexo, ahora somos pacientes, francas y
hasta seguras sobre el sexo. Se arriesga demasiado en estos tiem-
pos como para querer mantener los sucios secretitos y resulta un
verdadero alivio ventilarlos.
Los restaurantes vibran con las conversaciones sobre la cues-
ti6n sexual. Con las ostras casino una joven le cuenta al mucha-
cho que la acompaña que en los últimos cuatro años tuvo tres
amantes consecutivos y que uno la preocup6 tanto que se hizo
practicar la prueba del sida. Dio negativa. ¿Y tú? En la mesa de
alIado, con espaguetis carbonara, un joven está contándole a su
acompañante que hace seis meses que no se acuesta con nadie
porque no puede admitir la informalidad sexual. Ahora s610 le
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interesaría una relación sexual estable. i Ya ti? Y en otra mesa
cercana, una mujer de aspecto recatado está diciéndole al hom-
bre que la acompaña que ella creía que nunca habría de acos-
tumbrarse a usar preservativos, pero ahora le agradan, sobre todo
los nuevos, de colores. ¿Y a ti?
-En esta época las primeras citas son las más largas que haya
registrado la historia -me contaba una mujer-o. Se producen ver-
daderas confesiones ... Es mejor que la terapia de grupo. Y cuan-
do nos despediuws con un beso cada uno sabe todo del otro:
con quién se acostó, cuándo le hicieron la última prueba, qué le
gusta hacer en la cama. Solamente después de enterarse de todo
eso se puede empezar a hablar de los films preferidos.
La mayoría de las personas solteras con las que he hablado
encuentran esa nueva gldsnost sexual muy liberadora. Y no sola-
mente porque se enteran de todo lo que querían saber sobre el
sexo, sino porque se rompe la tensión sexual entre los dos. Se
alivian rápidamente las culpas sexuales y se discuten con tran-
quilidad las predilecciones en la relación sexual.
Una mujer me contó:
-En cuanto iniciaba una relación temía la llegada del
momento en que debía relatar una sórdida aventura que tuve
hace años con uu hombre casado. No es algo que me enorgu-
llezca precisamente. Pero ahora la cuento enseguida porque así
desaparece mi tensión y entonces los dos podemos dedicarnos a
lo que sentimos el uno por el otro.
y un hombre solo, de edad madura, me dijo que siempre le
había resultado difícil hablar con una mujer dd sexo oral y,
mucho más, iniciarlo con ella. De esa dificultad resultaba que
casi siempre él se negaba esa forma de gratificación sexual.
-Ahora forma parte de la Conversación -me contó-o Yo digo
algo así como: "Oí que el cunnilingus sigue siendo seguro. Para
mí es espléndido porque es una de las cosas que más me gus-
tan», ll1ienrras estamos cenando.
Hay una especie de efecto suavizante en esta franqueza gene-
ral que aumenta la facilidad para hablar de temas sexuales, hasta
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en ese recinto en que las lenguas parecen paralizadas: el dormi-
torio.
-Nunca pude decirle a un amante que prefería algunas posi-
ciones -me contó una mujer de treinta y cinco años-o Ahora,
después de organizar quién lleva el vino y quién los preservati-
vos, es más fácil decir: «A propósito, de vez en cuando me gusta
estar encima».
Sin embargo, existe mucha gente -la mayoría hombres- a la
que puede producir rechazo esa forma tan franca de encarar
el sexo.
-Conocí a esa muj er muy atractiva en la fiesta de una boda
-me relató un hombre de unos cuarenta años-o Bailamos unas
cuantas piezas, cada vez más apretados, y entonces me hizo bajar
la cabeza y me susurró en e! oído: "Supongo que sabes que los
preservativos no se negocian», Ése es el tipo de conversación
amorosa de estos últitnos años.
Debemos establecer una nueva etiqueta sexual para la Era
del Sexo Seguro. La franqueza no signif,ca brutalidad ni tiene
por qué ser antirrolnántica. En lugar de decir que «los preserva:"
tivos no se negocian)) sería mejor decir: «Estaba esperando cono-
cer esta noche a alguien como tú, por eso vine preparada».
También puede resultar difícil decirle a un nuevo amante
que se haga la prueba del sida. A mis pacientes gay, que hace
muchos años han debido hacer frente al fantasma del sida, ahora
les resulta natural esa exigencia, pero la mayoría de los heterose-
xuales todavía está pensando en una buena manera -que no aleje
al eventual compañero- de hacer esa petición. Una prueba de
sida puede no ser negociable, pero puede pedirse de manera
positiva: «¿No sería maravilloso hacer el amor sin preocupacio-
nes? ¿Por qué no nos hacemos los dos la prueba? Nos haría sen-
tir totalmente seguros)).
Para muchas parejas hacerse juntos el análisis de! sida es
equivalente al juramento de fidelidad.
-Es la nueva forma de comprometerse -me dijo una joven
con sentido del humor-o Es como si entrara Betry Lou en el ves-
117
tuario, agitada y diciendo: «BilIy acaba de pedirme que nos
hagamos juntos la prueba del sida. ¡Creí que nunca se decla-
raríah>.
Pero, como ocurre con toda forma de compromiso, hay per-
sonas que se sentirían atropelladas por la petición de hacerse el
test de! sida. Pero siempre vale poner las cartas sobre la mesa.
-Estoy teniendo una aventura casual con un hombre -me
dijo una divorciada de treinta afios-. Y ahora quiere que
me haga la prueba con él. No estoy segura de querer algo tan serio.
-Puede hacerse la prueba sin prometer nada -dije-o Usted
no usaría su anillo de la escuela secundaria si no quisiera.
Pero como ha ocurrido siempre en las cuestiones de sexo,
hay veces en que se acaba con la etiqueta y se empieza con el
respeto a uno mismo y la seguridad. Con frecuencia escucho
historias de hombres que se sienten ofendidos con la mujer que
saca un preservativo de la cartera o del cajón de la mesa de
noche. Para algunos hombres esa actitud tan clara resulta
demasiado «agresiva» y «nada femenina», En otras palabras: se
sienten amenazados, hasta ofendidos' por ella. Yo tengo ahora
la misma reacción que tenía antes de que las enfermedades
transmitidas por vía sexual proyectaran U1.la sombra tan grande
en la conciencia: no deje que la convenzan de no hacer lo que
usted quiere hacer. Siempre se sentirá mejor si controla su propia
vida sexual.
Por la misma razón, no permita que nadie la convenza de
que las precauciones matan el romance. Tengo poca paciencia
con los hombres y mujeres que dicen que si uno corre a hacerse
la prueba del sida antes de ir a la cama, el sexo pierde todo el
aspecto romántico. Hace mucho tiempo oí el mismo argumento
en contra de la anticoncepci6n: que si se toma tiempo para colo-
carse e! diafragma se pierden las ganas. Tonterías. Así como se
puede convertir la colocación de! diafragma en un juego sexual,
puede hacerse lo mismo con e! preservativo, T nadie debe de
considerar el juego sexual como una interrupción. Mujeres,
desentollen e! preservativo lenta y sensualmente, acariciando el
118
pene y los testículos del compafiero. Y no es necesario que pon-
gan una expresión hosca mientras lo hacen.
-Al principio me parecía algo antiséptico -me dijo un
hombre-, me sentía como si me pusiera algo quirúrgico. Pero
luego mi compafiera empezó a hablarle al pene diciéndole:
«iQué bien te queda la nueVa gabardina inglesa!», y los dos
rompimos a reír.
Lo que tiene en común hacerse la prueba del sida, colocarse
el diafragma o e! preservativo es que lo convierte a uno, respon-
sable de sus actos. Y ser responsable de la propia vida sexual es el
primer paso para hacer el amor.
Lo que me lleva al principal motivo por e! que pienso que e!
sexo de las personas solas, en la era de! sida, tiene el potencial
para crear una nueva generación de amantes sensuales. Irónica-
mente, e! fantasma de las enfermedades transmitidas sexualmen-
te logra que tanto hombres como mujeres hagan lo que siempre
dije: tomarse la vida sexual con más calma. El temor ha obligado
a los eventuales amantes a concentrarse en los sentimientos y
atracciones que preceden al contacto genital; permanecer sin-
tiendo y dejar que esos sentimientos vayan desarrollándose gra-
dualmente y en forma consciente; llevar todo el cuerpo a hacer e!
amor mientras se goza de todas las sensaciones que despiertan
los besos y las caricias. -,-
-Yo era como una langosta salt:mdo de cama en cama hasta
que se desató el terror -me dijo un hombre soltero-o Y detesto
admitirlo, pero no sabía lo que estaba perdiéndome. Como
todas esas conversaciones sobre sexo que son tan excitantes. Y
acariciarse ... Siempre pensé que eso se daba solamente en las
películas de playa de la década de los cincuenta, pero ahora
todos se acarician. Es como si hubiéramos descubierto de nuevo
un arte perdido.
Una divorciada me comentó:
-Creo que en todas aquellas relaciones casuales yo estaba tra-
tando de averiguar si hay sentimientos en el sexo. Ahora esos
sentimientos son lo primero que busco.
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Lo más importante es que la precaución nos ha [oiZado a
volver al sexo a la antigua, cuandú había '-lue conocer a per-
sona y confiar en ella antes de acostarse.
Oigo a alguien que protesta:
-¡Ajd! Es lo que siempre pensé, Dagmar, eres tan anticuada
como los tipos del cimurón de castidad contra los que protestabas.
Falta que nos digas que conviene esperar a casarse para "hacerlo».
Error. Lo que me satisface es que las nuevas parejas no están
simplelnentc «haciéndolo», sino que están volviendo a los senti-
mientos íntimos que preceden al «hacerlm). Están descubriendo
que tocar no mata sino que, más bien, crea amor, seguridad y
vitalidad. Sólo me entristece que se haya necesitado una tragedia
para que lleguemos a comprender eso.
,'.
« Ya ni siquiera puedo tener una buena
fantasia extramarital»
Seamos sinceros: la monogamia nunca tuvO una recomendación
mejor. En la era dd sida es decididamente lo mejor. Sin embar-
go, la amenaza del sida proyecta su sombra también sobre el
dormitorio matrimonial, influyendo en los pensamientos, los
sentimientos y la conducta. Mientras algunas personas casadas
se sienten felices en la seguridad que les proporciona el matri-
monio, otras encuentran que la misma necesidad de estar a salvo
hace que el matrimonio produzca más claustrofobia que nunca.
Esta nueva presión sobre el funcionamiento dd matrimonio
-porque la alternativa acarrea un gran peligro- no resulta dema-
siado atrayente para muchos.
-Todos mis amigos casados están muy satisfechos -me
comentaba un marido hace poco-o Hablan sin parar sobre esta
época que es espantosa para vivir solo y: ,,¡Gracias a Dios que
estamos casados!». Pero yo creo que estar casado en estos tiem-
pos es también una cuestión muy complicada. Es como si lo
mejor que se pudiera decir del matrimonio es que es una empre-
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sa de bajo riesgo. Hasta la fidelidad ha dejado de ser símbolo de
amor y lealtad. Es sólo una cuestión de autoconservación.
Romántico, ¿no?
El sida ha dado una nueva definición del significado de la
fidelidad y ... de la infidelidad. La idea de que si el cónyuge tiene
una aventura amorosa fuera del matrimonio pondrá en peligro
la salud de los dos trasciende cualquier OtrO tipo de considera;
ción. Ya no se trata de la lealtad ni del ego; es una cuestión de
supervivencia. En particular, los hombres que antes no daban
importancia a sus relaciones ocasionales con prostitutas ahora
deben hacer frente a las eventuales consecuencias funestas de su
conducta. En mi consultorio, el asunto de las enfermedades que
se transmiten .',exualmente se presenta, por lo común, después
de una infidelidad. El grito: «¿Cómo pudiste hacerme eso?", es
el grito de alguien que ve la sombra de la muerte en la traición.
Antes de repamr los puentes -si existe la posibilidad- hay que
hacer una prueba del sida.
Pero también muchas personas casadas me han dicho que
ahora que ya no existe la opción del adulterio se sienten ali-
viadas.
-Es como si por fin tuviera una buena excusa para no ceder
a mi donjuanilsmo compulsivo -me comentó un marido.
Pero la falta de alternativas -tanto reales como imaginarias-
también tiene su precio. Una mujer casada, de cuarenta afios,
me contó:
-No tenía problemas para ser una esposa satisfecha y fiel
cuando todavía tenía la fantasía de que estaba haciéndolo con
un extraño alto y moreno, pero ahora ni siquiera puedo soñar
despierta sin que empiecen a sonar alarmas en mi cabeza. No sé
si le pasa a usted, pefO yo no puedo acabar con una fantasía
que es como la ruleta rusa. Así que termino por aceptar que mi
marido es el único hombre de la ciudad. La seguridad es abu-
rrida.
En el otro extremo del espectro, pero con el mismo resulta-
do, un hombre casado con el que trabajo me dijo:
121
-Salia envidiar a mis amigos divorciados y solteros. Me pare-
cía que se divertian mucho más que yo. Ahora ya no es asi y en
lugar de envidiarlos los compadezco.
La mujer de este hombre se quejaba de que él habia perdido
el interés por el sexo. Al parecer su motivación sexual había sido
la competencia con sus amigos solteros y esa motivación ya no
funcionaba. El sida, de manera indirecta, había llegado a con-
vertirse en la excusa para evitar el contacto íntimo con su mujer.
Ese hombre no es el único que experimenta los efectos amor-
tiguadores del sida en la vida sexual. Otras personas casadas me
han comentado que el mundo ya no es tan sexy como solía serlo
antes de que el sexo estuviera conectado inevitablemente con la
enfermedad y la muerte.
-El sexo, aunque se practique con la persona que uno sabe
que es segura, nunca se sentirá como algo tan libre como antes
-me dijo una esposa-o Ahora terminó oficialmente la Revolu-
ción Sexual. Y perdimos.
Pero si bien el sexo no se siente como algo libre, se experi-
menta como algo más intimo. Eso ocurre en la mayoría de las
personas casadas con las que converso. Me dicen que el hecho
de que el marido «sea el único hombre de la ciudad" hace que se
lo aprecie más, no menos. La conciencia de las alternativas de la
monogamia las ha obligado a centrarse más en los cónyuges y
eso agita en ellos sentimientos profundos.
-Siento que ahora la relación es mucho más personal-dijo
un esposo-o Es como si estuviéramos haciendo el amor muy tier-
namente en pleno ojo de la devastadora tormenta.
Una esposa lo expresó de una forma directa y emotiva:
-Ahora, cuando nos ofrecemos mutuamente el cuerpo, esta-
mos confiando nuestra vida. La fidelidad nunca significó tanto.
Hacer el amor es un acto de fe. Será por eso que siento intensa-
mente.
122
8
La fUsión del amor y el sexo
La historia de Lydia y Marc L. es triste, pero tiene un final feliz.
Se trata de dos personas que una vez se amaron profundamente,
pero que destruyeron ese amor porque ninguna de las dos supo
combinar los sentimientos amorosos con los sexuales. Cuando
llegaron a mi consultorio, al final de su segundo año de matri-
monio, su capacidad para la intimidad emocional estaba
muriendo rápidamente y la relación física habia degenerado en
rutina y contacto genital desapasionado. Hadan el acto sexual,
pero no hacían el amor.
-No me mira, no me besa, no me dice nada ... Es como tener
relaciones con un extraño -se quejó Lydia en la primera
nión-. Excepto que me siento más solitaria porque todavía me
acuerdo del amante maravilloso que fue Marc ...
-¡Y yo todavía me acuerdo de cuando tenias alma!
Marc con amargura.
La pareja estaba de acuerdo en una sola cosa: habian estado
locamente enamorados. Los dos eran famosos cardiólogos. Marc
tenía treinta años y Lydia veintinueve cuando se conocieron en
un congreso médico en Nueva Orleans en el que Marc expu-
so un trabajo sobre angioplastia con láser.
-Mi corazón casi se detuvo cuando le vi ahí, en el estra-
do -me dijo Lydia-. Me sentí como las damiselas de las novelas
rosa a las que se les debilitaban las piernas. Todo lo que pensa-
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ba era: ,,¿Quién será ese estupendo pedazo de hombre que está
hablando ahí, ante todos esos médicos ... ? ¿Podré tenerlo, por
favor?»,
Marc también recordaba con claridad la atracción instantá-
nea que sintió por Lydia cuando la conoció más tarde en la
recepción.
-Ella irradiaba -me dijo Marc-. No era solamente bella.
Irradiaba inteligencia, calidez, humor y feminidad. Se me ocu-
rrió al instante pedirle que se casara conmigo.
La aventura comenzó esa noche en el hotel de Nueva Orle-
ans. Para Lydia esa noche de amor fue distinta a las que había
vivido antes.
-Yo era relativamente inexperta para mi edad -dijo ella-o
Hahla estado tan ocupada con la facultad y la carrera que el sexo
no había sido frecuente y jamás fue muy satisfactorio hasta
aquella lloche. !Vlarc me hizo el amor hasta que se levantó el sol
y creo que tuve más orgasmos en esas diez horas que en toda mi
vida anterior.
Se casaton cinco meses después y casi enseguida Lydia em-
pezó a quejarse de que Marc no era el amante atento que ha-
bía sido.
-Siempre está hablando de aquella noche en Nueva Orleans
y quejándose de que no sea siempre de esa manera -explicó
Marc-. Es incansable quejándose. No me asombra que me haya
apartado de ella. Siempre siento que estoy rivalizando con mi
fantasma de Nueva Orleans.
-¡Peto cambiaste de un día para otro! -exclamó Lydia-. ¡En
cuanto nos casamos te convertiste en un autómata sexual!
En aquel momento me di cuenta de que la pareja quería que
actuara de árbitro en la eterna discusión sobre qué ocurrió pri-
mero, si las exigencias de Lydia de hacer el amor «como antes» o
el sexo frío y retraído de Marc. Como en muchas parejas estan-
cadas la relación se había reducido a la pelea infantil tipo: "iT ú
empezasteh, \<No, empezaste tÚh>. Pero para mí era lo mismo
que si discutieran quién nació primero, la gallina o el huevo, e
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igualmente inútil. Lo que ambos debían aceptar era que los dos
tenían graves problemas para fusionar los sentimientos amoro-
sos con los sentimientos sexuales.
Una de las grandes tragedias de la vida moderna es que
parezcan incompatibles el sexo y el amor. Estamos en una cultu-
ra que premia la monogamia, que nos hace buscar a alguien a
quien amar, cuidar y con quien tener relaciones sexuales por el
resto de nuestra vida y, cuando lo encontramos, descubrimos
que era más fácil el sexo con alguien a quien no queríamos
tanto. Parece que algo anda muy mal en todo el sistema.
-Quizá los antiguos mormones sabían algo que nosotros
ignoramos -me dijo una vez un hombre infeliz en su matrimo-
nio-. Si yo tuviera tres o cuatro esposas me sentiría menos sofo-
cado y más vital con cada una. Diablos, es probable que fuera
mejor esposo y amante para cada una de ellas de lo que lo soy
con mi única esposa ahora. ¿Por qué luchar contra eso?
¿Por qué?
El hecho es que, independientemente de su tipo de cultura,
casi todos los hombres y mujeres que conozco anhelan hacer el
amor con la misma persona. Todos, como Marc y Lydia, ansían
conocer el secreto para poder fusionar el amor y el sexo en una
sola relación.
«¡Te quiero! ¡ Vete!»
Cuando hablé con Marc a solas, a los pocos días, le pregunté
cómo hacía cuando no se sentía excitado por su esposa, y él me
contó que tenía que recurrir a juegos mentales para que «se
levantara». El juego mental fundamental de Marc consistía en
cerrar los ojos y simular que Lydia era otra persona. En ocasio-
nes casi todos agregan sal a la vida sexual fantaseando que hay
otra persona ahí, expectante, junto a ellos en la cama.
-La técnica ofrece la emoción de la variedad sin el problema
de la infidelidad -me dijo una amiga en forma muy elegante.
125
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No encuentro nada malo en eso. Para muchas personas
superponer alguna vez un amante imaginario al compañero de
siempre puede ser el primer paso para salir de la rutina; con
«alguien nuevo» les resulta más fácil probar «algo nuevo", diga-
mos que una nueva posición o una variación sexual que no ensa-
yaron antes por inhibición. Puede producir un mundo de fanta-
sía en el dormitorio que durante mucho tiempo ha estado
limitado a lo más elemental. Algunas parcjas hasta pueden com-
partir sus fantasías, convirtiéndolas en un juego abierto del que
participan ambos.
-Una vez por mes o algo así representamos una escena de
amor de alguna de nuestras películas favoritas de manera comple-
ta, desde Lo que el viento se llevó hasta Un hombre y una mujer-me
contó una esposa-o Si no nos reímos a carcajadas hacemos el amor
maravillosamente. Y si nos reÍlnos a carcajadas. ¿qué importa?
Por supuesto que no hice ninguna objeción. En realidad,
cuando se comparte una fantasía en ese grado hay menos riesgo
de «borrar» totalmente a la persona real que cuando es sólo uno
el que fantasea. Pero ¿qué pasa cuando el amante imaginario
reemplaza completamente al compañero, cuando el amante de
fantasía se convierte en indispensable para sentirse sexualmente
activo. como le ocurrió a Marc?
Pregunté a Marc si alguna mujer en particular era la «estre-
lla .. de sus fantasías y me contestó que no, que siempre era
alguien diferente, igual que durante su vida de soltero se había
acostado cada vez con alguien diferente.
-Parece una broma -dijo Marc con tristeza-o Uno de los
motivos de mi éxtasis cuando conocí a Lydia fue que por fin
podría acabar con esa vida vacía, cambiando siempre de compa-
ñera de sexo. Pensé que por fin había crecido. Finalmente me
conectaba con una mujer en todo e! sentido de la palabra, no
sólo el sexual. Ahora estoy como cuando empecé, pero peor.
A Marc la fantasía no lo hacía sentir más sexual sino más
solitario. No revitalizaba su relación con Lydia; por el contrario,
la reducía a un acto sexual mecánico y sin sentimientos.
126
Sería fácil pensar que Marc era un donjuán atrapado por la
costumbre de pasar de una mujer a otra, perdiendo el interés en
cuanto la había conquistado. Entonces podríamos decir que sus
sentimientos sexuales sólo aparecían ante un desafio y, d ~ s p u é s
de todo, una esposa no suele constituir un desafío. En realidad,
después del matrimonio, puede percibírsela más bien como una
obligación.
Pero la teoría de! donjuán no me satisfacía para describir las
actitudes de Marc. Resultó que aunque cuando era soltero cam-
biaba de mujer todas las noches, casi todas eran «repeticiones»:
mujeres con las que tenía relaciones a menudo pero no estables.
Me contó que, en general, esas mujeres eran «damas modernas
que no entraban en juegos sofisticados: iban derecho al grano
como hada él». Dijo también que no consideraba a esas mujeres
como «conquistas», y le creí.
También era tentador interpretar a Marc como víctima de!
complejo madonna/prostitura, como un hombre que dividía e!
mundo femenino en el de objetos impersonales, impuros yeró-
ticos y e! de las figuras amorosas, puras e intocables; e! primero
era para el sexo, yel segundo, para elegir a quién colocar sobre
el pedestal y casarse. Es característico de los hombres con este
complejo que sólo puedan desempeñarse sexualmente con muje-
res (<inferiores)} y que sólo puedan casarse con mujeres «inmac"lt-
ladas». Esa dicoromía conduce casi siempre a matrimonios ase-
xuales.
Pero tampoco Marc encajaba bien en esa categoría. Por un
lado las mujeres con quienes se había acostado antes de casarse
no eran inferiores a él; en realidad eran mujeres tan preparadas
como Lydia. Tampoco hubiera sido exacto calificar e! matrimo-
nio de Marc como asexual; él continuaba practicando el sexo
como un deber, con regularidad, con su esposa, sólo que no lo
hada con pasión ni sentimientos de intimidad.
Y entonces sospeché que lo que Marc más temía eran los sen-
timientos íntimos. La Lydia de quien se enamoró no era una
<lmadonna»), era algo mucho más amenazante para él: una perso-
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solamente el sexual". Reconoci6 que la acraeci6n que smtlO haCia
Lydia era madura, en un nivel superior a las que lo habían
impulsado hacia sus limitadas aventuras. Hasta aquel mOmélltO
se había sentido satisfecho con las diferentes companeras de
Cama pero insatisfecho emocionalmente, aislado, desconectado.
Pero ¿qué le impedía gozar de la satisfacción sexual y emocional
con una misma persona? ¿Por qué no podía amar a Lydia en
cuerpo y al mal
Le pregunté si haber hecho el amor toda la noche, tomán-
dose tiempo, al principio de la relación, le habla producido
angustia.
-¡Ah, si!, desde la primera noche que pasamos juntos -dijo
él, mirándome como si yo acabara de leerle la mente-. Hicimos el
amor, reimos, nos contamos la historia de nuestras vidas y
mos a haCer el amor, relmos de nuevo y hasta derramamos algu-
nas lágrimas tontas. Nunca me había sentido tan cerca de otro
ser humano en toda mi vida. Fue maravilloso sentir todos esos
sentimientos fluyendo por mis venas. Pero entonces, sí, empecé
a sentirme intranquilo y la inquietud se transformó en pánico.
No quiero ni admitirlo ante mí y por supuesto no quiero que
Lydia lo sepa, pero quise que se fuera. Estaba profundamente
enamorauo de ella, pero quería que se fuera lo antes posible para
quedarme un rato solo.
-¿Para recomponerse? -pregunté.
-Exactamente -respondió Marc, aliviado porque le había
entendido.
A pesar de toda la experiencia sexual de Mare, puede decirse
que la primera vez que habla «hecho el amon> había sido con
Lydia y que esa experiencia desató en él poderosos sentimientos
de in r¡midad y de vulnerabilidad emocional. Marc describió
sus reacciones, ante la irrupei6n de sentimientos, como
"panlCO». Por fin tenf 1·6 d 1
h
. d a una re aCl n «a U ta" y ;qué estaba
aClen 01 Reía y v t' al 1'· ,
S' . ó er la gunas« agnmas tontas» como un niño
lntl que estaba perdiendo el control de sí mismo h·
,y un
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brc, sobre todo, percibe eso como terribleme t j"
vez casado no podía huir del peligro espec t pe 19roso. Una
. .. . . . mente con una
¿sposa que eXlg1a lntJDl1dad en forma constante. Así que
racionalmente, volvió al Juétodo que conoda y le permicfa Con-
trolar sus emociones: hacer el acto sexual y no el am.or.
Pero practicar el acto sexual con Lydia no era fácil. Seguía
siendo la mujer que habb despertado en él todos aquellos pode-
rosos sentimientos; seguía siendo la mujer que amaba. La única
forma en que podía «continuar» era suprin1iendo todas sus emo-
ciones e imaginando que Lydia era otra mujer, con la que no
tenía ninguna ligazón. ¡Harc no se sen tia a salvo sí combinaba el
sexo con el amor, asi que opró por eL sexo sin sentimiento.
Si se les da la opción entre sexo y amor, la mayoría de los
hombres está segura de que puede vivir sin amor pero no sin
sexo: aunque la vida -,ex:",1 que tenga sea enteramente insatisfacto-
ria. Parece que no es la experiencia sexual misma lo que necesita
sino la idea de ella. El hombre cree que no es un hombre si no
«lo hace») un número determinado de veces por semana o por
mes. Gran número de hombres ha entrado en mi consulta bus-
cando el remedio para su vida sexual, aburrida o inexistente, y
declarando que se sienten anormales: anormales, no frustrados.
Pero muy raramente ha entrado un hombre en mi consultorio
para decirme que se sentiría anormal si no tuviera un largo abra-
zo o un momento de ternura con su mujer, por lo menos una
vez por semana. Y no creo que sea porque (illecesite) menos ese
abrazo.
Pero no solamente Lydia se senrÍa desgraciada con la relación
actual con Marc. Él también estaba muy mal. Se sentía más ais-
lado y solitario que cuando aún no sabía lo que era la verdadera
intimidad.
-Estoy convirtiéndome en el Hombre de Lata -me dijo
Mare-. Sin corazón. El sexo me hace sentir cada vez más aparta-
do de Lydia.
Al centrarnos en el miedo de Marc a la jn¡jmidad, resulta
fácil olvidar que él también ansiaba la intimidad. Esa necesidad
129
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era lo que lo había acercado a Lydia. Se ha escrito mucho sobre
el miedo de los hombres a comprometerse y sobre su incapaci-
dad para mantener la intimidad; editar libros sobre maridos que
siempre tienen la boca cerrada, los oídos tapados y un pie fuera
de la casa se ha convertido en una industria muy importante.
Pero sólo cuentan la mitad de la historia. Hemos aceptado con
demasiada facilidad el modelo simplista que muestra a las muje-
res sedientas de afecto e intimidad y a los hombres negándose-
los. No es el tema completo. Estudios recientes han demostrado
que la mayoría de los hombres ansían la intimidad tanto como
las mujeres y que la soledad que sienten cuando se les priva de
ella es igualmente devastadora. Al parecer, la mayor diferencia
entre los sexos a ese respecto es que los hombres tienen mayor
dificultad pafa admitir y expresar su deseo de intimidad que las
IDU)eres.
Marc estaba entonces tironeado por dos cosas opuestas: el
miedo a la intimidad y sus ansias de tenerla. Sí, el miedo lo
había llevado a practicar el sexo sin emoción de su época de sol-
tero. Estaba anulando sus emociones para mantener el desempe-
ño de sus genitales. Pero las cosas no terminaban ahí porque una
vez que Mare comenzaba a sentirse «desconectado)) volvía a
desear la intimidad. Hasta que pudiera fusionar el amor y el sexo
estaba condenado a sentirse insatisfecho.
Presionar para tener intimidad
Yo sospechaba que Marc no estaba solo en su ambivalencia res-
pecto de la intimidad. Si bien Lydia continuamente se quejaba
sobre «el sexo con la boca cerrada, los ojos cerrados y las manos
sobre el colchón» de Marc, yo tenía la seguridad de que por lo
menos una parte de ella alentaba al marido a seguir siendo un
amante de corazón frío.
Lo que me sorprendió de Lydia, desde la primera vez que la
vi, fue su forma provocativa de arreglarse. Usaba una blusa muy
130
escotada y una falda ajustada que, combinada con un maquillaje
bastante teatral, le daba un aspecto muy llamativo. Eso no coin-
cidía para nada con la imagen de la mujer que había estado tan
ocupada con la escuela y la carrera que hasta hacía poco tiempo
el sexo había revestido poca importancia para ella. Cuando vi a
Lydia a solas le pregunté si siempre se había arreglado de una
manera tan sexy.
-No -contestó encogiendo los hombros como si estuviera
molesta-. Pero no soy ahora tan mesurada como solía ser.
Mi sospecha era que el aspecto de Lydia no era el resultado
de una recientemente hallada confianza sexual. Debo admitir
que cada vez que veo a una mujer que se presenta de manera
provocativa sospecho de inmediato que no sólo trata de com-
pensar así su taIta de confianza en su sexo sino también la falta
de sentimiento sexual. La pose resulta a menudo un desafío que
expresa: «¿Eres lo suficientemente hombre para satisfacer a una
mujer como yo?». Y la respuesta es, desde luego, que ningún
hombre puede hacerle sentir nada porque ella no se lo permite.
El aspecto de Lydia me impresionó, como diciéndome: ,,¡Mlren-
me! ¡No puede ser culpa mía que mi marido no se excite conmigo.l>.
-¿Cree que es responsabilidad suya mantener a Marc perpe-
tuamente excitado? -le pregunté.
La expresión de Lydia decayó en ese instante y se transformó
en la de una suave tristeza. Me dijo:
-Si así fuera, parece que no estoy lográndolo',
-Pero ésa es una tarea imposible -exclamé-. Él es quien tiene
que excitarse ... y usted también.
y ése es, en resumen, el mensaje fundamental que trato de
transmitir a las parejas. Y parece que es el más difícil de creer.
Porque el corolario paradójico de este mensaje es que sólo cuan-
do usted ha olvidado a su compañero y empezado a dedicarse a
sus propios sentimientos, puede empezar a poner amor y sexo
jUntos. El egoísmo es el requisito para tener intimidad sexual y
emocional. Esto parece estar contra toda la «ética» que aprendi-
mos y contra todos los conceptos anticipados que indican que el
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amor es pura gencrosi,bd, pero es la verdad dinámica de \a re-
lación. Porque hasta que no se siente, no se tiene nada para
partir.
Hombres y mujeres deben dar un salto muy grande hacia
delante para aceptar esro, y Lydia no era la excepción. Resultaba
evidente que a Lydia la aterrorizaba que Marc la dejara si ella no
podía excitarlo. Desde el principio ella se había sentido fascina-
da sexualmente por Marc, declaró que aquella noche se había
sentido «sexualmente viva» cuando él le hizo el amor. Él le había
proporcionado los orgasmos que ella no había tenido antes. Él
era el hombre con experiencia sexual y ella era la novata. En la
mente de Lydia el sexo era lo que había creado la relación entre
los dos y lo que podía destruirla. Estaba convencida de que
necesitaba a Marc para sentir sexualmente y de que tenía que ser
excitante para mantenerlo a su lado. La más mínima señal de
que el ardor de Marc estaba decayendo provocaba en Lydia páni-
co e inseguridad yeso la llevaba a actuar en forma cada vez más
provocativa. Pero, irónica y desgraciadamente, todo eso alejaba
a Mare aún más.
Recuerdo la ruda exclamación de Marc: «¡Me acuerdo de
cuando tenías alma!». ¿Era el lamento de un hombre inseguro que
necesitaba que su mujer fuera inocente, recatada y sexualmente
reticente para poder él sentirse. macho y poseedor del control? No
lo creo. Pienso que Marc extraÍlaba la calidez, la vulnerabilidad y
el entusiasmo fácil de Lydia que habían hecho que él se sintiera
tan vivo al comienzo de la relación. Pero Lydia estaba tan centra-
da en su inseguridad sexual que no se daba cuenta de que ésas
eran las cualidades por las que su marido se había enamorado de
eUa. Marc necesitaba poco aliento para apartarse de la intimidad y
volver a su acostumbrado sexo impersonal, y Lydia estaba alen-
tándolo demasiado: estaba actuando como la caricatura de las
compañeras de cama anteriores de Marc que iban detechas al
grano y que él encontraba tan insatisfactorias. En realidad Lydia
estaba pidiéndole que hiciera el acto sexual con eUa, no el amor.
A! parecer también estaba asustada de la intimidad.
132
'Pero, a\ mismo tiempo que se comp9'rt'aha en forma provo-
cativa, también estaba castiga'ndo a }v+3-rc 'por actuar de una
manera fría y retraída, por haberse cOllVertido en un autómata
sexual. Superficialmente, parecía injusto que ella tuviera esa exi-
gencia en vista de su propia conducta, pero estoy segura de que
también Lydia.tenía sed de intimidad. Después de haber experi-
mentado con Marc lo que es hacer el amor íntima y sensualmen-
te al comienzo de la relación, el retraimiento de él la hizo sentir
frustrada, deprimida y con la sensación de que estaba perdién-
dolo.
Pero presionar para que vuelva a haber intimidad -queján-
dose continuamente de su falta- es la manera segura de no obte-
nerla. Como los Buscadores de Placer, los Buscadores de Intimi-
dad alejan a sus compañeros y, en algún nivel, creo que lo saben.
La mujer o el hombre que exclama: ,,¡Suéltate conmigoh) o
«¡Demuéstrame tus sentinlientos!n o «¡Acaríciame con
está practicando en realidad la forma más antigua de psicología
de inversión. Todavía no he conocido a nadie que se suelte, sea
vulnerable o tierno por encargo. Soltarse es un asunto arriesgado
y ¿quién quiere correr riesgos con un agresor? Muchas veces
pienso que el motivo por el que tantas mujeres rezongan a sus
hombres pidiéndoles ternura es que tienen terror a la intimidad
y presionar para obtenerla es la forma no culpable (y tramposa)
de evitarla. Raspen la superficie de la mujer que está siempre
pidiendo: «¡Suéltate conmigo!», y encontrarán a una persona
cerrada y asustada.
-Detesto querer a Marc más de lo que él me quiere -dijo
Lydia con lágrimas en los ojos.
-Entonces tranquilícese y déle la oportunidad de devolverle
amor -le dije con suavidad-o Nunca saldrá del rincón si usted
sigue actuando de esta manera.
El miedo de Lydia a que le destrozaran el corazón estaba
interponiéndose en el camino apto para obtener lo que quería.
Vivir Con el terror constante a que Marc la abandonara la angus-
tiaba tanto que se apresuraba a convertir su miedo en realidad: a
133
acabar con eso de una vez. Yel terror a la ruptura se convirtió
en el miedo a la intimidad; la única manera de evitar sentirse
herida o desilusionada por Marc era apartándose de sus senti-
mientos por él. Pero entonces, ella también volvía al punto de
partida como había hecho Marc.
«Es la hora de entrar en acción: acción sensual»
Después de tantos años de trabajar, siempre con parejas, me sor-
prenden todavía las formas complicadas que usan las personas
para evitar amar y ser amado. Marc y Lydia eran las víctimas de su
propio miedo y del miedo del otro a la intimidad. Él era frío
y retraído; ella, exigente e insultante. Él suprimía las emociones
para hacer el acto sexual; ella se centraba en el sexo para evitar que
él le destrozara el corazón. Habían constituido una vez la pa-
reja perfecta y ahora eran contendientes. Habían llegado a ser
exactamente lo opuesto de la pareja amorosa que ansiaban volver
a formar.
Mi corazón estaba con ellos. Habían tenido una relación per-
fecta, llena de amor y placer, y habían sacrificado ese amor por
sus miedos. Si los hubiera tratado con la terapia convencional
hubiésemos tenido que hablar durante semanas, abriéndonos
camino hacia los orígenes de los miedos. Y quizá después de
unos meses de introspección Marc hubiera sentido el deseo
de asegurarle a Lydia que él no pensaba romper la relación y
Lydia hubiese estado preparada para prometer a Marc que sería
menos exigente y «le daría más espacio» en la relación. Pero yo
sospechaba que las palabras de Mare nunca llegarían al lugar
recóndito que albergaba los miedos de Lydia, su terror al aban-
dono, ni las declaraciones de Lydia podrían calmar el pánico de
Marc a ahogarse en la relación.
-Las palabras no van a servirles -les dije-o Es hora de entrar
en acción: acción sensual.
La única manera que conozco de fusionar el amor con el
134
1
sexo es aprender a dar y recibir placer sensual. Es la forma en
que volvemos a experimentar los sentimientos y los comparti-
mos con el otro. No niego los elementos espirituales del amor,
ni los misterios de la química emocional ni las complejidades de
las necesidades y defensas psicológicas. Pero todavía creo que el
amor y el sexo se entrelazan en una relación cuando los compa-
ñeros son capaces de experimentar el placer sensual con relaja-
miento, sin sentirse amenazados ni siendo exigentes. Ése es el
punto de conexión, el punto en que empieza la verdadera rela-
ción. y todo comienza con un toque.
Para mí era evidente que si Marc y Lydia habían de volver a
hacer el amor sensualmente, con los sentimientos fluyendo de
nuevo, tenían que dejar de practicar el acto sexual de inmediato.
El acto sexual dejaba a Marc solitario y culpable y sólo servía
para aumentar el temor de Lydia a que Marc la dejara. Eso era
suficiente. Teníamos que cortar el nudo gordiano con un solo
golpe de espada.
-Pero el sexo es el único lazo entre nosotros -protestó tími-
damente Lydia.
-No es un lazo, es una trampa -dije-o Es la manera que uste-
des emplean para evitar la intimidad. Quiero que vuelvan a
hacer el amor yeso significa que deben recomenzar su vida
sexual desde cero. -...
Hacer el amor era algo plagado de peligros para esta pareja.
Despertaba sentimientos que los hacía sentir indefensos, angus-
tiados y asustados. Para que pudieran volver a experimentar el
maravilloso placer, la intimidad y la comodidad, tendrían que
dejar de sentirse avasallados por esos sentimientos.
-Vamos a ir paso a paso -les dije-o Y en cuanto se sientan
ansiosos, deténganse y retrocedan tres pasos. Quiero llevarlos
con mucha lentitud a aquel lugar en el que se sentían a salvo en
la intimidad.
Los ejercicios sensuales graduales llegan a lugares no alcanza-
dos por las palabras. En lugar de tratar de desenredar un comple-
jo ovillo de comportamiento insatisfactorio, uso los ejercicios para
135
:1
I
, ~
'1\
r.l'
!
'1
"1;].
'1) ,
II
1,.,
inaugurar un nuevo comporranliento. Para aprender a fusionar el
amor y el sexo, Mare necesitaba primero que sus sentimientos
sensuales y amorosos estuvieran separados del sexo y, entonces,
experimentar lo qUt: es atenerse a esos sentinlientos antes de d>:::s-
plazarse gradualmente hacia la excitaci6n sexual. S610 entonces
podría creer que tenía esos sentimientos bajo sn control y de esa
manera evitaría el pánico a ser ahogado por las emociones. Igual-
mente, para que Lydia aprendiera a fusionar sexo y amor necesita-
ba pedir directamente a Marc que la acariciara -para darle placer-
y después tener la experiencia de que él no desaparecia de su vida
por eso. 5610 entonces creería que Marc no la abandonaría si ella
dejaba en libertad sus sensaciones y emociones. Los pasos de los
ejercicios son lentos y desilusionan por su simplicidad, pero reor-
ganiEn poderosamente la conducta de la pareja.
Un terapeuta que conozco asocia un poco el sonido de la
palabra intimidad a su significado: in - ti - mi - dad (en - ti -
yo ... ). Cuando usted tiene intimidad con su amante, corre el
riesgo de que él la vea tal como es. No hay máscara para los sen-
timientos ni adornos cn las reacciones físicas.
-¡Mírame! -está diciendo usted-o ¡Así soy yo! ¡Así es como
siento!
En alguna etapa de los ejercicios sensuales graduales, pido a
los miembros de la pareja que compartan el secreto más íntimo:
les pido que vayan a casa y se masturbe cada uno frente al otro.
En la Parte II nos referiremos a la formidable resistencia que
opone la mayoría a este experimento. Lydia, como tantas otras,
protest6 y dijo que no podía pensar en nada «menos tomántico
y más impersonal».
-No pueden ser más impersonales de lo que son -le dije-o
Lleg6 el momento de empezar a ser reales entre ustedes.
Marc y Lydia necesitaban desmitificarse mutuamente para
poder gozar de la en-ti-yo ... Lydia necesitaba ver a Marc como a
un ser sexual, no s610 como su mentor y salvador. Y Marc nece-
sitaba ver a Lydia como sexualmente autosuficiente, no s610
como un ser dependiente y exigente. Pasaron semanas hasta que
136
pudieron compartir el secreto esencial, pero cuando lo lograron,
eso ejerció un efecto benéfico sobre -los dos.
-Creí que iba a ser algo ordinario y humillante -dijo des-
pués Marc-. Pero resultó increíblemente conmovedor y libera-
dor. LyJia file pareció (an inocente, tan vulnerable ... Me sentí
tan cerca de ella que mve que abrazarla.
En aquel momento se produjo e! «dio>: se fusionaron e!
amor y el sexo. Y todo siguió así. En unas pocas semanas termi-
naron con los ejercicios y cada vez estaban más cerca el uno del
otro. Era evidente que la magia había regresado: Marc y Lydia se
habían enamorado de nuevo.
-No sentimos esa intimidad especial cada vez que nos acos-
tamos -coment6 Lyrlia unos meses después-o Ni siquiera una
vez de cada dos. Pero es como una piedra de toque que forma
parte de nuestra rc!ación hasta cuando nos peleamos. Es algo a
lo que siempre podelllOs volver y lo sabemos.
-No tenemos relaciones sexuales tan a menudo -dijo Marc y
agregó sonriendo-. Pero a veces hacemos el amor.
En la Parte 1 he descrito algunas de las maneras en las que sepa-
ramos el amor y el sexo en nue'stras vidas: cómo «dedicándonos»
al sexo en pro de la eficiencia nos obligamos a perder los senti-
mientos amorosos; c6mo e! papel asignado a cada sexo, por
moderno y liberado que sea, puede impedir que nos arriesgue-
mos a la intimidad emocional con nuestros compañeros; cómo
al antiguo trueque de sexo por amor puede dejar a los dos aman-
tes sintiéndose burlados y solitarios; cómo la infidelidad intenta
cubrir nuestra necesidad de amor y de sexo practicando ambos
por separado y con personas distintas, y cómo ese intento rara
vez tiene éxito.
En la Parte II les mostraré cómo casi toda pareja que quiera
intentarlo puede aprender a reunir de nuevo el sexo y el amor.
No importa cuál sea e! origen de la separaci6n en una relaci6n.
Siempre se pueden volver a fusionar el amor y el sexo poniéndo-
137
se en contacto con los propios sentimientos y los del compañero
en una forma totalmente nueva. Dar ese paso es siempre un ries-
go emocional, pero he organizado el programa de tal manera
que los placeres que se reciben compensan los «peligros» que se
encuentran. Y si usted cumple hasta el fin estoy segura de que
habrá descubierto la intimidad -emocional y sexual- que ha
estado buscando.
138
Segunda parte
Cómo se vuelve a poner amor
cuando se hace el amor
Los ejercicios sensuales graduales
. ~
9
«Pasemos por alto esta parte
del libro, ¿no, querida?»
Vamos a empezar de nuevo con su vida sexual.
-¿Qué?
Ya me ha oído. Vamos a empezar desde el principio. Como
si fuera un extraterrestre que acaba de ocupar un cuerpo huma-
no y no distingue un orgasmo de una organización. Vamos a
tirar por la borda todo lo que alguna vez ha funcionado para
usted; todas las posiciones usadas, todas las rutinas familiares.
En realidad, durante unas pocas semanas quiero que no haga
nada excepto seguir al pie de la letra el régimen que le receto. Y
eso significa nada de coito hasta el final del programa.
- Pasemos por alto esta parte del libro, ¿no, querida?
Oiga, ya sé que todo esro le asusta mortalmente pero, por
favor, no lo pase por alto, pruébelo. Juro, sobre esta pila de libros
de autoayuda que nunca funcionaron, que éste lo hará. Si siguen
los simples ejercicios sensuales graduales no sólo su vida sexual
acabará por expandirse en formas que no pueden ni imaginar,
sino que despertarán a todo un mundo de sentimientos profun-
dos que fluirá entre los dos. Van a aprender a experimentar cada
etapa de hacer el amor como una entidad separada con un
espectro de sensaciones y sentimientos que han estado perdién-
dose durante años. Y van a aprender a gozar de esos sentimien-
141
tos sin experimentar angustia. Ésos son los sentimientos de que
está hecho el amor íntimo.
-¡Un momento, Dagmar! Estds hablando sobre esos ejercicios en
que los miembros de la pareja se tocan por turno, ¿no? ¿No estdn
destinados a parejas con serios problemas sexuales?
No, esos ejercicios son para todos aquellos que quieren mejo-
rar su vida amorosa. Y ése es el 95 por ciento de la población,
supongo. Es verdad que muchos de los conceptos originales de
estos ejercicios provienen del trabajo de Masters y]ohnson sobre
disfunciones sexuales específicas, pero en el curso de los años he
desarrollado y adaptado esos ejercicios para todo hombre y mujer
que simplemente quiera sentir más, sexual y etllocionalmente,
en la relación. Ya juzgar por los resultados espléndidos de mis
talleres de expansión sexual para parejas «que funcionan nor-
malmente», esos ejercicios sirven. Las parejas que sólo hacían el
acto sexual han descubierto el gozo de hacer el amor.
Pero antes de continuar hay algo que debería decir sobre los
«problemas sexuales graves)), y es que no creo que sean
tes de otras insatisfacciones que experimenta la mayoría de la
gente «normal». El hombre que es eyaculador precoz está sólo
unos pasos más allá del hombre que «funciona») normalmente,
pero está perdiendo, poco a poco, su interés en hacer el amor; y
la mujer anorgásmica está en el mismo espectro que la
ca que se queja de que se siente emocionalmente fría cuando
tiene relaciones con su marido. Los síntomas varían, pero lo que
tienen en común todos esos hombres y mujeres es que están
tanda los sentimientos: pasándolos de lado o aguantándolos. El
hecho es que la mujer que se siente emocionalmente vacía con
su marido por lo menos tiene tanto que ganar con los ejercicios
sensuales graduales como la mujer que no puede tener orgasmos
en el coito.
-¡Eh! Yo estoy muy conforme con mi vida sexual tal como es.
Espléndido. Sobre todo si es honesto con usted mismo. Pero
¿no se pregunta a veces si no está perdiéndose algo en su vida
amorosa? ¿Algún elemento de sensualidad? ¿La intimidad? ¿El
142

1
lf
romance? ¿La pasión? ¿Todas esas emociones que son mucho
más profundas que la sensación genital? ¿Lo que separa el coito
1 de hacer el amor?
-Siempre puede uno imaginar las cosas mejores de lo que son,
i pero yo he renunciado a torturarme con los sueños romdnticos del
sexo perficto o la relación profUndamente Intima. Soy realista. Es
un signo de madurez, ¿no?
Suena más como signo de resignación que de madurez. En
realidad, estoy convencida de que usted se conforma con menos
de lo que merece ... y ansía. Escuche, ¿es realmente tan horrible
admitir entre ustedes que su vida sexual podría ser mejor de lo
que es ahora? ¿Acaso no está leyendo este libro por eso?
-Estd bien. Las cosas podrían ser mejores ... sobre todo en el dor-
mitorio. Pero nuestros problemas no van a desaparecer por el hecho
de acariciarnos la espalda mutuamente. Son demasiado complejos.
Tenemos que quitar muchas capas de enojo. Tenemos tanto que
hablar antes de empezar a hacer el amor con algún sentimiento ...
Quizá. Pero sospecho que han estado hablando sobre el tema
desde hace meses, hasta años, yeso no está acercándoles. El
hecho es que usted abreviaría el proceso si dejara de hablar y
empezara a tocar. Sé que suena demasiado fácil, como alguna de
las panaceas de los afias sesenta, la de las caricias y los sentimien-
tos, pero el hecho es que funciona. -.'
Una pareja vino a verme después de haber visitado a una
media docena de psicoterapeutas y terapeutas familiares a lo
largo de muchos años. Los dos venían peleando por todo hacía
ya mucho tiempo, desde quién lavaría los platos hasta cuál debe-
ría ser la política estadounidense en América CentraL Una vez
por semana hacían el acto sexual antes de dormir -rápidamente
y con la luz apagada- pero el único sentimiento que generaba el
acto entre ellos era alienante. A la mañana siguiente empezaban
el dia peleando. Les dije que la divisa de mi programa era:
«Cállense y desvistanse».
-Eso iba en contra de todo lo que pensábamos -comentó
después Adrienne-. Luke y yo somos personas habladoras. Creía-
143
:11
';f,(
mos que si uno hablaba lo suficiente sobre un problema
traba la solución. Pero nada de eso había funcionado. Estába-
mos desesperados y resolvimos probar algo nuevo y muy simple.
Después de dos semanas de ejercicios sensuales n'fenc!o:-os la
pareja descubrió que había dejado de pelear, sobre todo sobre
cosas triviales.
-Cambió por complero nuestro mundo -me dijo Luke-.
Ahora me parece que todos aquellos años de pura charla estaban
evitando los sentinüentos entre nosotros. Era como si tuviéra-
mos una armadura de palabras. Pero no queda ninguna armadu-
ra cuando uno está desnudo y en silencio.
No quiero negar valor a la comunicación oral en una pareja,
pero estoy convencida de qne la terapia sensual, no verbal, es
una vía de comunicación que ninguna conversación puede abrir.
Eu'1ugar de decirse de manera incesante: «Eres insensible a mis
necesidades» y ((No me das espacio suficiente» y «No estamos en
la misma longitud de onda», se regresa a la comunicación pri-
maria dd toque. Entonces los sentimientos que fluyen de uno a
otro trascienden con rapidez cualquier acusación que hayan
estado haciéndose.
Hasta hace poco mi consultorio compartía la sala de espera
con el de un psicoterapeuta que también trataba a parejas. Un
día vivo a verme y me dijo que tenía un problema: que mis
paLielHes ponían nerviosos a sus pacientes.
-¿Cómo? -pregunté.
-Muchos de sus pacientes están haciéndose mimos en la sala
de espera. No pueden tener las manos quietas yeso molesta a
mis pacientes. Cuando entran en el consultorio están más depri-
midos que cuando llegaron, porque la mayoría hace meses que
no se muestra afectuoso con nadie.
-Qué pena -dije-o Pero pensemos en el aspecto positivo:
quizá mis parejas sirvan de ejemplo a las suyas.
Casi todos los miembros de las parejas se sienten cada vez
más afectuosos al par de semanas de hacer los ejercicios sensua-
les graduales. Antes se sentaban a mirar la televisión casi sin
144
to..::arse, mientras que ahora se sientan tomados de la mano,
pasando un brazo alrededor de los hombros o con la cabeza en
las faldas del comp"c¡cro". Antes dormían dándose la espalda y
ahora duermen vieJ.:.tT..:": contra espalda,-pierna por encima de la
cadera, cabeza con rra honlbro. La verdad: es que cuando los
componentes de la paro:.::j:l tocarse, casi de inmediato
comienzan a gustarse lllás, y cuanto más se gustan más desean
tocarse. Es un ciclo ddicioso.
-Nuestros cuerpos se han hecho tan amigos que no nos
dejan pelear más -me dijo riendo una mujer al final de la segun-
da semana de ejercicios. "
Así es como funciona el programa. Cuando el contacto sen-
sual comienza a desarrollar calidez y afecto entre ustedes, el
enojo empieza a desaparecer, las recriminaciones resultan irrele-
vantes y la culpa Se ",.'pora.
-No estoy segura de que quiera que el enojo desaparezca. Es real
y no quiero taparlo con algún ejercicio amoroso.
Usted quiere decir que el enojo es como un viejo amigo al
que no quiere renunciar. Entiendo eso. Pero los ejercicios no
niegan la ira. Puede seguir con los mismos rencores cuando se
levante de la cama. Los ejercicios sólo les proporcionan la opor-
tunidad de experimentar cómo se sienten cuando están amoro-
samente juntos. Es como un recordatorio de lo que podría ser su
vida y por qué quieren mejorarla.
-Empiezas a sonar un poco simplista, Dagmar. Si es tan fácil
establecer esa conexión entre los miembros de la pareja, ¿por qué no
hacen todas los ejercicios?
Si fuera por mi gUSto, todas lo harían. Pero como se habrá
dado cuenra, hacer que las personas se decidan es una tarea
ímproba. He visto en mi consultorio a parejas que vienen sema-
na tras semana sin haber hecho los ejercicios. Les digo que están
tirando el dinero, que lo que sucede en el consultorio no signifi-
ca nada si no trabajan en casa, y sin embargo continúan sin
hacer los ejercicios. La gente prefiere hablar ad nausearn de sus
problemas en lugar de desvestirse y tocarse. Creo que usred
145
",
misma no está del todo decidida a dar el salto con fe y probar
mi programa, ¿no?
-Bueno, tú misma deberías reconocer que resulta algo raro des-
vestirse J' meterse en la cama sin intenciones de hacer el amor. Las
perspectivas parecen tontas, juveniles y algo humillantes.
Escuchen, sentirse juveniles es la mitad de la diversión. Es el
primer paso para desprenderse de todas las reglas no escritas que
rodean su vida amorosa «madura» como es ahora, para que desa-
parezca toda esa rigidez que ha estancado la relación. Quizá deba
arriesgarse a sentirse un poco tonta para ganar algo nuevo en
su vida.
Pero sospecho que hay algo más fundamental que el temor al
ridículo lo que la hace retroceder, y es la misma cosa que inhibe
a la mayoría de las personas para dar el salto y probar mi progra-
ma: ¡Usted tiene miedo de que los ejercicios realmente funcionen!
En algún nivel preconsciente usted terne que si empiezan a
fluir sus sentimientos, si realmente van a estar conectados uste-
des dos, va a perder el control de su vida. Tiene miedo a que una
vez que se abran las compuertas que han estado conteniendo sus
sentimientos pueda ahogarse en ellos. Tiene miedo a que si se
relaja totalmente cuando su marido la acaricia pueda perder
todo el poder que tiene en la relación. Tiene miedo, si se aban-
dona a sus sentimientos, a convertirse en una criatura tembloro-
sa, desvalida y llorosa.
El hecho es que ese pánico yace bajo la superficie de todos
nosotros. Dentro de cada uno de nosotros hay una criatura que
ansía que la acaricien y la mimen en forma incesante. Dentro de
cada marido y mujer de Un Minuto, dentro de cada Tipo Recio
y de cada Mujer Maravilla, existe lo mismo. Yen la mayoría de
nosotros esa criatura ha sido negada durante tanto tiempo que
esas ansias se han hecho tan fuertes que la mera perspectiva de
ponerse en contacto con ella nos avasalla. Nos aterroriza pensar
que si soltarnos una vez a esa criatura seremos siempre ella.
Pero la verdad es que no seremos avasallados. Y ésa es la
maravilla de los ejercicios sensuales graduales. El programa está
146
:.,1 .. :"
,1
':.-: ..I · ' ~ . · . hecho de manera que siempre tendremos el control de nuestros
¡. sentimientos sin resultar víctimas de ellos. El motivo por el que
. ~ los ejercicios son graduales -en niveles ascendentes de sensuali-
. ~ dad- es que podamos acostumbrarnos gradualmente a esos sen-
i! timientos. Así es como descubriremos que podemos to'car al
. ~ . niño que hay dentro de nosotros teniendo, al mismo tiempo, la
. ~ confianza en que permaneceremos como adultos poderosos e
' ~ independientes. Solamente con esa confianza podremos dejar
'1+ que fluyan nuestros sentimientos. Y una vez que lo hayamos
':ij logrado, nos sentiremos más vivos, más completos, más enamo-
. ~ radas de lo que nos hemos sentido en mucho, mucho tiempo.
..¡ Así es de poderoso el programa.
.1 -No tengo la menor idea de lo que estds diciendo, Dagmar. Todo
''1
ir ese asunto del «niño interior» me suena -a charlatanería psicológica.
;J Si dentro de mí tengo a una criatura que desea ser tocada, no la he
::...... i ...~ oído ni eructar en todos estos años. Y si tengo miedo inconscíente-
~ mente de soltarme si mi marido me acaricia el vientre, estoy mds
J loca de lo que pensaba. Quiero decir que a mi edad ya puedo mane-
- : ' ~
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j
-'i,
. ~ -
jar esas cosas.
Espléndido. Entonces no hay nada que le impida probar el
primer ejercicio sensual gradual.
- Un momento. Necesito algunos detalles más antes de hacer
algo. ¿Cuánto tiempo llevará este asunto?
Cada sesión de toques dura entre quince minutos y tres
cuartos de hora. Pero cada sesión es en realidad doble, porque
usted actúa una vez como Acariciada y otra como Acariciado-
ra. Así que una sesión entera dura de media hora a una hora y
media. Y para sacar e! mejor partido posible de! programa,
deben hacerse tres sesiones dobles por semana durante seis
semanas .
-Debes de estar bromeando, Dagmar. ¿Una hora y media, tres
veces por semana, durante un mes y medio? ¿Quiénes tienen tiempo
para eso que no sean las damas ricas y las jubiladas? Tenemos em-
pleos, hijos, una casa para manejar. ¿Esperas que abandone todo
para hacer cariñitos a mi cónyuge? Piedad, Dagmar, piedad.
147
r '
"
Siempre es cuestión de tiempo, ¿no? En estos dlas nadie
parece disponer de una hora y media,' en dlas alternos, para sus
placeres «sin objetivos».
-Cuando por fin me voy aJa trabajado sin parar,
durante dieciocho horas -protestaba' una mujer cuando les
expliqué cómo era el programa a ella ya su marido-o No tengo
energía para nada que dure UIÚl hora y
-Entonces, ¿para qué vino aquí? -pregunté.,
-Usted lo sabe bien -contestó con acritud,-.Porque ya casi
no hacemos el amor.
¡Increíble! " , ,
Unos tras Otros me dicetlque cuando se acuestan están
demasiado cansados para hacer hablar «super. ,
pr.oducción» como los ejercicios sensuales'-.'¡Y,'quieren saber
enseguida cuál es el secreto para: tener una vida anlorósámás
satisfactoria! ' , '
Peto ¿qué ha hecho esta gente antes de irse a ¿Salie- '
ron a cenar con amigos? ¿Al.
cine? ¡Cuántas horas y en actividad,,,
sociales con colegas y amistades! ' , " '
-¿Y qué se supone que haga¡i¡os? ¿Que noscotlVirtamos in ermi-
t"ños durante seis semanas? S/fldría'tnos de circulación enseguida.
La gente se ofendería si empevh'amos a 'rechazar muchas invitacio-
nes. Pronto nos quedaríamos sin excusas;
Podrían decir a sus amistades que han resuelto pasar más
tiempo juntos ... en la cama.
-Seriedad, por favor.
Bien, entonces, ¿por qué no decir a los amigos que necesitan
más tiempo para el trabajo?
Piensen en qué es lo que hacen entre la cena y el momento
en que caen exhaustos en la cama. Si nos atenemos a las estadís-
ticas, hay una gran ptobabilidad de que lean el diario o miren el
noticiario en televisión. Siempre me asombra cuando la gente
me dice que se siente «incompleta» si no escucha las últimas
noticias antes de acostarse; es como si mirar el noticiario fuera
148
su manera de controlar el mundo. Lo que en realidad me impre-
siona es que están diciéndome que es más satisfactorio mirar las
noticias que dedicarse al sexo y el amor. Ésa es la forma en que
han establecido las prioridades.
Para no hablar de divertirse mirando la televisión., Las,esta-
dísticas de! tiempo que la gente pasa haciéndolo, incluyendo ver
películas, comparado con e! que pasa haciendo el amoJ resultan
verdadeJamente notables, sobre todo si se tiene en cuenta que
muchos de los films y programas que ve tienen un importante
cOritenidosexual. No nos parece problemático ver un film que
dura dos horas, lle¡jo de escenas eróticas, pero la perspectiva de
pasar una ,hora y' media tocándose sensualmente con el cónyuge
'parece uria imposición brutal. ¿Es que preferimos ver CÓmo
,ortos hacen el amor en lugar de hacerlo nosotros?
- ¿Estds tratando avergonzarme, Dagmar, para que siga tu
programa?
AveJgonzarla, no. Sólo tratando de ayudar a reordenar las
'príoridadesc Y éste es el momento para que haga la lista de sus
. a,rividadesen orden de importancia. ¿Qué puesto ocupan en la
lista b. sensualidad y el sexo? ¿Cuál sería el número de orden
ideal?Sea sincera. No ponga el número uno al sexo si sabe que
el trabajo y los chicos tienen precedencia. Pero además preste
atención al lugar que ocupa el (placer sin objetivo» en relación a
su vida social y recreativa. ¿Le parece realmente que el tiempo
sensual entre ustedes es filenos importante que la serie de TV,
caminar, lús ejercicios de aeróbic, sembrar los bulbos de tulipa-
nes, cortar leña, el masaje shiatzu y las clases de yoga?
Quizá le convenga hacer una nueva lista de prioridades si
deja de pensar en los ejercicios sensuales cbmo un deber aburri-
do y fatigoso. SI, al principio pueden producir angustia, pero
muy pronto resultan tranquilizantes, nada cansados y fascinan-
tes, no aburridos. y ahota llega la parte irónica de mi trabajo:
vaya tratar de convencerlos de los beneficios de la sensualidad e
incluso de algunos beneficios colaterales. ¡En la década de los
noventa!
149
La verdad es que los ejercicios sensuales graduales van a pro-
porcionarles muchos de los beneficios que están buscando en
algunas de sus actividades para disminuir el estrés. Ayudan a alI-
viar el estrés, no sólo las angustias sexuales. Tan bien como las
clases de yoga o el masaje profesional, esos ejercicios producen
relajamiento y los alejan de las preocupaciones del trabajo y los
problemas personales. Los resultados concretos inmediatos son
los mismos que derivan de otras actividades contra el estrés: dO,r-
mirán mejor y necesitarán menos horas de suefio, tendtan
menos jaquecas y resfriados. Y ahora, la propina: si convienen
la sensualidad sin apuro en una forma permanente de la VIda,
tienen probabilidades de vivir mds. (¿Qué les parece como máxi-
mo de eficiencia? En realidad ganarán tiempo.) Lo digo con
toda seriedad. Se sabe a ciencia cierta que el estrés aumenta el
riesgo de sufrir enfermedades graves cardíacas por
consiguiente, cuando disminuye el estrés, dIsmInuye el nesgo.
Pero también existe un cúmulo creciente de evidencias que
demuestran que el toque, humano en particular, tiene cualida-
des que alargan la vida. Hace años, el famoso estudio Fels sobre
los bebés huérfanos demostró que entre los bebés que eran aca-
riciados con regularidad había menos mortalidad que entre
aquellos que no eran acariciados nunca. Estudios recientes
implican que lo mismo es válido para los adultos: las personas
casadas viven más que las solteras; hasta las personas que tienen
animales domésticos viven más que las que no tienen a quienes
mimar. Todo eso va en pro de que pueden dejar el gimnasio y la
clase de yoga, hasta un día o dos de su paseo diario, para pasar
unas pocas horas juntos por semana dedicados al placer sin ob-
jetivo.
En el próximo capítulo hablaremos de la ubicación del tiem-
po para los ejercicios sin que los chicos interrumpan o el can-
sancio extremo los impidan, pero por ahora basta decir que hay
t.iempo para los ejercicios si ustedes quieren hacerlos. Y en reali-
dad ésa es la mitad del motivo para comprometerse a cumplir
esas tres sesiones dobles por semana. «I-Iacerse el tiempo» es ya
150
un ejercicio para mejorar la relación. Y seamos sinceros: no hay
forma de hacer el amor con calma si no quieren buscar tiempo
para eso.
-Estd bien, ya estoy convencida. Probaré los ejercicios. Pero mi
compromiso no vale nada ... a menos que los haga sola. Porque Bozo
nunca querrd hacerlos conmigo.
Ah, sí, el factor Bozo (a veces conocido cQmo el factor Lulú).
Cada pareja tiene uno. Un cónyuge quiere probar los ejercicios
yel otro piensa que es una pérdida de tiempo o, peor, que es
meterse en complicaciones. Él (o ella) dirá que se siente muy
feliz con su vida amorosa tal como es. Y entonces, cuando usted
dice que no está demasiado feliz, cuando le dice que ha perdido
algo de la sensación de aventura y romance, que últimamente se
ha sentido un poco insensible y apartada cuando practican el
coito, su cónyuge se siente profundamente ofendido.
Él exclamará:
-¿Quieres decir que ya no te gusta acostane conmigo? ¿No
te gusta como lo hago?
y usted tendrá que contestar:
-El problema no es el sexo sino los sentimientos. Parece que
estamos haciendo el acto sexual pero no el amor. Y se supone
que esos ejercicios van a devolvernos los sentimientos; así que
quiero probarlos. -.-
y entonces lo más probable es que él se enoje muchísimo
y diga:
-Eso significa que eres tú la que tiene el problema, no yo.
¿Por qué no te lo haces arreglar?
y entonces ya no le queda elección a usted. Porque es la per-
sona menos indicada para decirle que es probable que él esté tan
estancado como usted, que en lo profundo de su ser va a descu-
brir que también ansía un cambio en la relación, como si fuera
sincero sabría que también desea sentir más cuando hace el amor
y que también quisiera ser más sensual y que nada va a cambiar
a menos que pruebe algo tan nuevo y radical como los ejercicios
sensuales graduales. No, usted no puede decirle esas cosas a su
151
cónyuge. 0, dicho de otra manera, ésas no son las cosas que él
espera uir de usted. Entonces dígale algo que es igualmente cier-
to pero que suena más aceptable. Dígale:
-Hazlo por mí, querido. No puedo hacer los ejercicios sola.
Necesito tu ayuda. Por favor.
-¿Qué? ¿Humillarme de esta manera? ¡No! No voy a rogarle. ¿Y
si me dice: "Estd bien, haré los malditos ejercicios, pero s610 por ti»?
Entonces tiene suerte. Y dice: "Gracias». Hasta puede decirle
que no importa si detesta los ejercicios, que lo único que usted
necesita es que la ayude. Le aseguro que no los detestará mucho
tiempo. Y lo que usted debe comprender es que existe una
buena probabilidad de que la única forma de que él acceda a
hacerlos es «como un favor a usted». ° se sentiría demasiado
h\¡@lÍllado y ronto. Ya está entonces la línea de salida y los dos
están listos para iniciar la gran aventura.
Casi. Porque sin duda habrá otras excusas y coartadas para
demorar la iniciación que usted deberá superar. La primera sue-
le ser:
-Está bien, haré los ejercicios pero ahora es mal momento.
Tú sabes que estoy en un período de muchas presiones. ¿Por qué
no esperamos hasta las vacaciones? Los dos estaremos mejor para
eso, ¿no, querida?
A lo que usted responde:
-No, querido. Hace muchísimo tiempo que estás sufriendo
presiones. En realidad, creo que eso es parte del problema. Todo
lo que pido es un máximo de cuatro horas y media por semana,
y esas horas van a disminuir un poco tus presiones. Hagámoslo
ahora, ¿está bien?
Y ya están los dos preparados para empezar. Y ése es el
momento en que Bozo hace la última intentona para quitar de
un tirón la alfombra sobre la que se apoya el proyecto:
-Espeto que entiendas que estoy dispuesto a ayudarte sólo
una vez, querida.
Y usted dice:
-Muy bien. ¿Qué te parece ya?
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10
«Quiero que me toques ... ¡ya!»
Semana uno
)i Comiencen tirando una moneda al aire.
ji.. va a ser el primer Acaricia.do, el que inicia el pri-
1 mer eJercICIO sensual, el que reCibe las canelas antes.
• Escuchen: podrían empezar a hacerlo ahora. Conviene
f machacar en caliente, cuando se han comprometido a hacerlo.
t Dejen el libro por un segundo y arrojen la moneda al aire de
(.1.··. modo que, cuando sigan leyendo, ya saben quién es quién:
" quién es el primer Acariciador y el primer Acariciado.
J. Y he aquí lo que hace el que gana el tiro: en algún momento
de la semana que viene, ella (o él) dirá en voz alta «quiero que
me toques ya». Y entonces ella tomará de la mano al compañero
I y lo conducirá al dormitorio. Allí los dos se desnudarán con
la luz encendida y se acostarán. Y no olviden desconectar el te-
I léfono.
Desde ahora hasta que termine la sesión van a entrar en un
,:i' mundo nuevo centrado totalmente en las sensaciones. Nada
I de hablar hasta el final: ni una palabra. El único propósito de
'l" ambos, tanto del Acariciador como de la Acariciada, es concen-
; trarse en lo que sienten en el cuerpo y en el corazón.
.:;' Durante los siguientes quince a cuarenta y cinco minutos
-eso lo decide la persona Acariciada-la que acaricia tocará todo

1
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153
el cuerpo del c6nyuge con excepci6n de los pechos (incluidas las
tetillas masculinas) y los genitales. Respetando las excepciones,
traten de cubrir todo el territorio posible, desde los dedos de los
pies hasta el cuero cabelludo. La persona acariciada simplemen-
te yace ahí tan relajada como pueda, absorbiendo todo y resis-
tiendo la tentación de devolver las caricias. Ya llegará su turno. Y
tengan presente los dos que, no importa lo que se alce -literal o
figuradamente- entre ustedes, hay que atenerse a las reglas: nada
de estimulación genital, nada de coito, nada de orgasmos. Están
tomándose vacaciones de todo eso por una temporada. Tendrán
la vida por delante para hacer todo lo que quieran.
Cuando la Acariciada hace una señallleg6 el momento de
cambiar los papeles: la persona acariciada pasa a ser la Acaricia-
dora y viceversa. Nada de tomar un café para descansar. Ni de
una jugada en el Co. Solamente cambien los papeles y experi-
menten las sensaciones correspondientes.
Ésas son las bases de la primera sesi6n. No la comenten des-
pués, nada de críticas ni de necrol6gicas: vuelvan a vestirse y rea-
nuden la vida normal. Pero recuerden, en algún momento de los
días siguientes de esa primera' semana, que ahora le toca al otro
c6nyuge ser el iniciador de otra sesi6n doble que comienza con
el anuncio: «Quiero que me toques ya», Antes de terminar la
semana, cambien de nuevo de modo que el primero inicie la ter-
cera sesi6n doble.
-¿Eso es todo, Dagmar? ¿Ése es tu secreto para el amor y el sexo?
¿Dos personas que se tocan por turno, evitando los puntos clave, y
entonces, ¡bingo!, se convierten en amantes sensuales e íntimos?
Vamos, todo lo que resultard de eso serd una gran frustración. ¿Eso
es lo que quieres demostrar? ¿Quieres que hagamos el juego prelimi-
nar mds l a r g ~ de la historia para que cuando, por fin, nos dejes
hacerlo completo nos sintamos tan agradecidos que no podamos
menos que hacerlo bien?
No existe eso de «hacerlo biem). Hacer el amor no es desem-
peñarse en algo ni se trata de un acontecimiento deportivo. Sólo
hay sentimiento. Y de eso tratan los ejercicios. No es el juego pre-
154
liminar ya que los ejercicios no conducen a nada. Por sí mismos
constituyen un placer fontdstico. Y por tonto que parezca, sí, ése es
uno de mis «grandes secretos» referentes al amor y el sexo.
El mero hecho de acceder a tomarse un mínimo de quince
minutos para un placer pasivo hace que empiecen a adquirir el
refinado arte de Demorarse en la Sensualidad. Para las personas
acostumbradas a presionar el sexo dentro de horarios exigentes
puede ser el desafío más grande.
-Me sentí como en el Purgatorio -me contó un hombre de
su primera sesión como Acariciado-. Después de cinco minutos
no hacía más que mirar el reloj hasta que finalmente pude decir-
le a mi mujer: ya está.
Ése era un hombre que en el curso de los años había logrado
anular toda la sensualidad de su vida amorosa. Para él la línea de
llegada era el orgasmo -uno para él y otro para su mujer-, des-
pués del cual rodaba a un costado y dormía durante unas horas.
Era un experto eficiente para el acto sexual: podía «hacer todo el
trabajo}) en menos de quince minutos. ¿Cómo iba a «aguantan}
ese asunto de las caricias durante quince minutos?
-Cierre los ojos y olvide el reloj -le dije-o No hay objetivos
hoy, así que se queda estancado con las sensaciones que pudo
experimentar. En realidad, podría aprovecharlas mejor.
Durante las tres sesiones siguientes el hombre siguió sufrien-
do y manteniendo la mirada en el reloj. Pero en la cuarta sesi6n
ocurri6 algo.
-Fue como si alguien me hubiera conectado mediante una
llave --explic6 él-o De repente estaba experimentando esas sensa-
ciones fantásticas en el pecho, el vientre y los muslos. Era como si
me hubiese embriagado. Y cuando abrí los ojos, vi que había esta-
do inmerso en las sensaciones durante cuarenta y cinco minutos.
La «llave» fue su enfoque. Por fin se había permitido centrar-
se en lo que le estaba sucediendo en lugar de fijarse en lo que
faltaba para terminar la sesi6n.
Nuestra resistencia a Permanecer en lo Sensual Aquí y
Ahora es la causa de la mayor parte de las insatisfacciones
155
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sexuales. El «sexo de desempeño», lleno de angustia, puede lle-
var a algunos hombres a ser eyaculado res precoces y obligar a
muchas mujeres c. renunciar al orgasmo. Pero el sexo de Jesem-
peño, presionado por el tiempo, también cobra su cuota a los
que «funcionalnos nornlalmente» pero nos sentimos elllocio-
nalmente insatisfechos, con e! corazón frío y solitarios mien-
tras nos apuramos ene! acto sexual.· Por eso los ejercicios sen-
suales trabajan para todos nosotros, cualquiera que sea nuestra
insatisfacción. Ei secreto es centrarse en lo que está sintiendo
ahora sin apurarse y sin anticipar el paso siguiente. En Alcohó-
licos Anónimos y Al-Anon dicen que hay que dedicarse a vivir
e! dia de hoy día por día. En este ptograma quieto que se cen-
tren en una sensación por vez. Se sorprenderán de la diferencia
que eso señalará en sus vidas.
::'Yamos, Da!,'",,",, actúas como si todo lo que hubiéramos hecho
fuera bing bang, sexo impersonal, yeso no es cierto. Siempre nos
acariciamos antes de empezar.
Peto, realmente, ¿se demoran en la sensualidad? ¿Alguna vez
retardan tanto las cosas que pierden la noción de a qué van a lle-
gar? ¿Alguna vez llegan al punto en que lo que sienten en ese
momento es todo lo que hay en el mundo?
-¿Qué es eso, Dagmar, terapia sensual o budismo Zen? ¡Todo
suena tan misticoJ ¡ Y también tan artificial...!
Algo de misticismo hay en esto, se lo aseguro. Porque el
motivo por el que acariciar el cuerpo del compañero puede reve-
lar tantos sentinúentos profundos es un misterio exquisito. Por
supuesto que er, parte se debe a que las caricias despiertan
recuerdos de los mimos que nos hacían nuestros padres en la
primera infancia, pero ¿explica eso el poder del toque?
Pero me niego a aceptar el comentario de que mi forma de
encarar la sensualidad es artificial. Por el contrario, creo que los
ejercicios nos llevarán de vuelta a la forma más natural y funda-
mental de relacionarse con otra persona. Demorarse en la sen-
sualidad es natural. Por desgracia ha sido erradicado de nuestra
piel por una sociedad orientada hacia objetivos, por los egos
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inseguros preocupados por el desempeño sexual y por las nocio-
nes pop de la satisfacción erótica que nos mantienen tan fijados
en los genitales que olvidamos que también tenemos cuerpo y
corazón.
-Está bien, entiendo. Pero deberias admitir que exageras cuan-
do insistes en que no deben tocarse pechos ni genitales. Eso es artifi-
cial y ... un poco pervmo también.
No estoy exagerando sino compensando por los años de
hábitos insensibilizantcs que llevan al aislamiento. Como dije al
principio, estamos empezando de nuevo con su vida sexual. Y el
primer paso es sensibilizar todo su cuerpo, no sólo los genitales.
-Tuve ese recuerdo increíble, como un relámpago, cuando
Bob estaba acariciándome el reverso del brazo y la palma de la
mano -me contó una esposa-o Volví a vivir la sensación de la pri-
mera vez que un muchacho me tomó la mano en un baile del
secundario. Recuerdo que sentí como una corriente eléctrica. No
es la clase de emoción que suele tener una vieja señora casada.
-Me parece que la tuvo de nuevo -le dije-o Yeso es sólo el
principio.
Pasando por alto los pechos y los genitales en la primera
parte del programa se da la oportunidad al resto del cuerpo para
sensibilizarse. Ya es hora de que se quite de la cabeza la idea de
que los lugares son las únicas partes sexuales del
cuerpo. Va a dejar descansar los genitales durante un tiempo.
No pueden hacer todo por usted, no pueden ser los depósitos de
todas sus sensacioneS, no puedell: ser todo su cuerpo y su alma.
Cuando va relajando poco a poco los controles que tienen ador-
mecido e! resto de! cuerpo, éste empieza a ser sensible en todas
partes. Pronto va a tener codos eróticos y párpados apasionados,
rodillas conmovidas y lóbulos sensuales. Va a ser una zona eró-
gena de pies a cabeza. Y juro que eso es lo natural.
-Espléndido. Pero permite que te diga qué es artificial: hacer
una especie de superproducción del asunto de quien inicia la sesión.
«Quiero que me toques ya. ¡¡ i Vamos! ¿Dónde quedaron la sutileza y
la espontaneidad? ¿Qué pasó con el romance?
157
¿Quiere saber en realidad qué pasó con el viejo juego de las
suposiciones sobre «¿tendrá ella ganas de hacerlo ahora?», y qué
ocurrió con las negociaciones estilo «la última vez tú querías y
yo no, pero si lo haces ahora que no quieres pero yo sí, la próxi-
ma vez ... », y qué pasó con las señales intencionadas, que solían
enviarse (por lo general debajo de las sábanas con los pies cuan-
do ya estaban casi dormidos), ambiguas adrede de manera que si
no obtenían respuesta no había que tomar eso como un rechazo
personal?
Pues bien, toda la «sutileza», la «espontaneidad» y el «roman-
ce» tendrán que esperar unas pocas semanas mientras los reem-
plazan por la comunicación consciente más directa que se me
ocurre: «Quiero que me toques ya».
Un marido me confesó:
-Protesté corno loco cuando nos dijo aquello de: «T ócame
ahora», pero, en secreto, me sentí aliviado.
Hacía más de tres meses que ese hombre y su esposa no ha-
cían el amor.
-Terminarnos así después de que Rhea [su esposa] me recha-
zó tres veces seguidas -contó el marido-o No hubiera podido
aceptar otrO rechazo, así que dejé de pedírselo.
Y, por supuesto, la mujer tampoco lo pidió. Una regla no
escrita de la relación era que ella jamás podía iniciar el acto de
amor, cosa que Rhea había empezado a resentir. Así que ahí esta-
ban, estancados los dos. Pasamos algún tiempo analizando los
temores y resentimientos de los dos, pero yo sabía que el mejor
método para movilizarlos era cambiar «artificialmente» las
reglas. Les dije que, por turno, iniciaran las caricias sin hacer
preguntas. No será sutil, quizá tampoco romántico, pero era
infinitamente más satisfactorio que lo que ellos hacían o, mejor
dicho, no hacían.
Para muchas personas la iniciación de la relación sexual es
una tarea formidable. Pasan semanas y hasta meses sin que suce-
da nada porque Él tiene miedo de que Ella vuelva a rechazarlo o
Ella teme que a Él le parezca que es muy agresiva, así que Ella
158
sigue imaginando métodos para que Él crea que fue Él mismo a
quien se le ocurrió. O Él tiene tanto miedo de no ser potente
que prefiere no probar. O Ella siente pavor ante la posibilidad
de tardar tanto para terminar que prefiere ni intentarlo. O los
dos están esperando con tanta desesperación el momento mági-
co en que cada uno vuele hacia los brazos del otro, en el que
mutuamente se quiten las ropas y caigan en la cama sedientos de
amor, que una urgencia algo menor que ésa parece poca cosa
para ocuparse de ella. La lista de motivos que imaginarnos para
no excitarnos es interminable. Así que por unas cuantas semanas
vamos a tirar esa lista.
Hay solamente una razón por la que va a excitarse tres veces
por semana a partir de la semana que viene: porque ése es el pacto
que hicieron ustedes dos.
Y no, no es sutil ponerse de pie después del noticiario de las
diez y declarar que usted quiere que la toque ya. Es exactamente
lo opuesro: es algo directo, seguro y, lo que asusta mucho, es
consciente. El sexo no «ocurre)) casualmente, por circunstancias
que están fuera de su control; usted toma la responsabilidad de
lo que va a suceder. Usted está admitiendo ante sí misma y
declarando ante su cónyuge que quiere que él le proporcione
placer y que lo haga ya. Esto puede parecer crudo, nada femeni-
no ni romántico pero, créame, la hará sentirse muy bien respeé":
A
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to a usted misma y a su sexualidad. Aunque sea solamente un
ejercicio y estén siguiendo las «reglas de Dagman>, esa declara-
ción sincera de su deseo es un paso gigantesco para poner el
amor y el sexo bajo su propio control. Se acabó la espera: ahora
usted sale a la búsqueda de su placer.
Y no sólo su pedido hace que el sexo sea consciente, también
le hace egoísta en el mejor sentido de la palabra. Al tornar la
mano de su compañero cuando están sentados en el sofá usted
no está fingiendo que hay algo mutuo sobre la urgencia o el
momento elegido. Usted está diciendo: «Deseo que hagas algo
por mí ahora», no: «Deseo hacer algo por ti ahora". Yeso pone
fin al juego de las suposiciones: realmente no importa si su com-
159
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pañero tiene ganas o no, eso no forma parte del trato. Van a ini-
ciar las sesiones por turuo durante las semanas siguientes yeso es
perfectamente mutuo, perfectamente igualitario. Están por
embarcarse en las más espléndidas vacaciones de su vida en
común: vacaciones de la preocupación por lo que el compañero
desea y siente.
y finalmente puede dejar de sentir miedo a que el fracaso
sexual se interponga en la iniciación de las sesiones. Durante las
primeras etapas no tienen importancia las erecciones, la lubrica-
ción, la respiración pesada ni los orgasmos. No se puede fracasar
porque se han suprimido todos los objetivos. Si llega a tener un
orgasmo mientras él la acaricia, espléndido, y si usted tiene una
erección cuando ella le frota los muslos, muy bien: son sólo efec-
tos secundarios.

-¡Qué bien! Así que yo, conscientemente, declaro que quiero que
empiece a acariciarme. Eso significa que la humillación serd mucho
más foerte cuando él diga que no.
Pero no puede decir que no. Ésa es la base del programa: no
está pennicido el no. Cuando ustedes dos se comprometieron a
probar los ej¡;fcicios, se comprometieron a estar siempre a dispo-
sición del compañero. Sin hacer preguntas ni discutir.
Es crucial atenerse a ese compromiso. Cuando el compañero
dice: «Ahora), usted no puede argüir: ((Esta noche no, estoy
exhausta» ni «¿Quieres que te haga un vale? Tengo que terminar
el informe Bayley para mañana» ni «Estuve pensando todo
el día en el partido de fútboL,; ni siquiera puede decir: «¿ Por
qué no esperamos un poco hasta que nos cambiemos para ir a
dormir?).
Si no es inconsciente, puede lograrlo. No tiene que hacerlo
perfectamente: ni siquiera bien. Sólo tiene que hacerlo.
-Está bien y ¡lo hice! -protestó Ron, un marido, al terminar
la primera semana de ejercicios-o Me porté bien. Pero, maldi-
ción, sentí rencor rodo el tiempo. No voy a mentirle. Teri se
acercó al escritorio y me dijo: «Frotemos nuestros vientres
ahora)), cuando sabía perfectamente que yo tenía que terminar
160
un informe importante para el día siguiente. Si usted cree que
ésa es la manera de en un amante esposo ... ¡está más
loca de lo que pensé!
-¿Y cómo cree qlle me semÍ sabiendo que él estaba resenti-
do? -exclamó Teri (la esposa) con tono de reproche-o ¿Cómo se
supone que puedo gozar si él está de mal humor?
Por suerte los dos me echaban la culpa a mí y no entre ellos:
un paso adelanteen la relación. Como terapeuta a veces mi
mejor trabajo es servir de receptora de los golpes. Pero exis-
tía algo que debía recordarles sobre cómo era su relación antes
de que nadie hubiera mencionado los ejercicios sensuales gra-
duales.
-¿Qué ocurría antes, cuando Teri quería hacer el amor y
usted creía que estaba con mucho trabajo? -pregunté a Ron.
-Bueno, le explicaba que yo estaba bajo presión y que el
momento no era apropiado y que luego la compensaría -res-
pondió Ron.
-¿Y cómo la hacía sentir eso? -pregunté a Teri, sabiendo por
su expresión cuál habría de ser la respuesta.
-¡Horrible! -dijo ella-o Como una nenita a la que le explican
y protegen. Además, Ron estaba siempre bajo presión. No
puedo acordarme de haber elegido alguna vez el momento opor-
tuno.
En el transcurso de los años creo que he escuchado todas las
variaciones concebibles sobre el tema «Esta noche no, querida» y
ninguna ha abierto la puerta a la intimidad.
También está el rechazo petulante: «¿Qué te pasa? ¡Estás
obsesionada o algo así! ¡No piensas más que en el sexo!».
y está la mejor defensa, que es una buena ofensiva: ,,¡Tienes
la habilidad especial de elegir el peor momento para esas cosas!».
También está la aceptación tipo mártir que equivale a un
rechazo: «Está bien, si 10 necesitas tanto ... »).
En este programa se corta por lo sano con toda la carga de
culpas y rencores. Es un convenio puro y simple: estaré cuando
me necesites si tú estás cuando te necesite yo. Quid pro quo.
161
COIllO le dije a Ron, ese pacto es la ruta más rápida que conozco
hacia la intimidad. Es un convenio que se basa en la confianza,
en el deseo de complacerse mutuamente y que hace, por más
artificial que parezca, que los dos se sientan más cómodos cuan-
do están juntos, mucho más que después de un año entero de
discusiones angustiosas sobre quién es el que da más.
Pero Ron todavía no estaba convencido.
-Lo que dice está muy bien pero yo siempre vaya guardar
rencor si Teri me lleva al dormitorio cuando tengo muchísimo
trabajo -dijo él.
-Está bien. Guarde rencor -le dije-o Pero hágase un favor y
no trate de conservarlo si siente que está desapareciendo cuando
se descubra gozando de las caricias de Teri. Y más adelante, si
nota que hay algo refrescante en el asunto del juego masculino
que suele rodear la iniciación del sexo, sonría un poco, eestá
bien?
Pero ni Ron ni Teri estaban sonriendo.
-No sé cómo va a cambiar algo -dijo Teri-. Yo seguiré sin-
tiéndome terriblemente mal, y culpable, sabiendo que él preferi-
ría estar cumpliendo con su trabajo en lugar de estar conmigo
en la cama. ¿Qué placer vaya poder sentir?
-El placer estará allí -dije-, pero debe permitirse sentirlo.
Me parece que esrá tan dedicada a complacer en esta relación
que se olvida de sentir placer.
y entonces le dije a Teri algo que encontró muy difícil de
creer:
-En realidad va a obrener más de los ejercicios si puede decir:
«Quiero que me acaricies ... ya}}, en los momentos en que sabe que
Ron no quiere. Sé que esto suena muy perverso. Pero en este
punto es exactamente la clase de práctica que necesita. Tiene que
desafiarse a usted misma a no tener en cuenta las necesidades de
Ron y poder centrarse en sus propios sentimientos.
Para todos los que se comprometen a hacer los ejercicios, ésa
es su única obligación: dedicarse a lo que están sintiendo. Hay
que apartar todos los pensamientos sobre lo que debe estar sin-
162
,
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tiendo el compañero cuando la toca, hay que dejar de pensar en
si a él le gusta o no, si la encuentra atractiva, si está cansándose.
Cuando piensa en esas cosas está distrayendo la atención de sus
i sensaciones. Sobre todo no termine la sesión porque piense que
él está aburrido o cansado de tocarla. Tómese los cuarenta y
cinco minutos completos si eso es lo que quiere. Y si su compa-
ñero sólo quiso quince minutos cuando era el Acariciado, no
permita que eso influya en el tiempo que usted quiere ser la Aca-
riciada. Sienta todo el placer que pueda durante tanto tiempo
como quiera.
-}á sé cómo va a foncionar esto, ¿sabes? Finalmente tendré valor
para iniciar la primera sesión doble. Y cuando llegue el turno de
él... no lo hará. Nada. Pasará toda la semana sin hacerme ni siquie-
ra una señal hacia el dormitorio.
Nos preocuparemos por eso al final de la semana. Él podría
sorprenderla. Pero mientras tanto, le digo que hay una regla fun-
damental en este programa y es que usted no puede incitarlo. Ni
siquiera puede recordarle que está quedándose sin tiempo.
Ni un guiño, ni decirle que faltan diez minutos para mediano-
che o que es el último día de la semana. No se permite Presionar
para Obtener Placer. Eso rompería toda la estructura de la res-
ponsabilidad compartida que empezaron a construir aquÍ. Sólo
asegúrese de iniciar la primera sesión y de obtener en ella rO"
máximo posible.
-En teoría resulta fascinante, Dagtnar, pero seamos prdcticas,
¿no? Nuestro hijo de siete años tiene el sueño liviano y el de doce
años no se va a acostar hasta las once. ¿Cuándo vamos a hacer los
ejercicios? ¿Entre las dos y las tres de la mañana?
Si fuera necesario, sÍ. En realidad usted tiene derecho, como
su cónyuge, a despertar al otro en medio de la noche y decir:
«Quiero que me acaricies ... ya}}.
- Y él me dirá: «Ahora. Quiero divorciarme ... ya».
No lo hará. Porque tiene derecho a hacer lo mismo cuando
le llegue el turno. No quisiera parecer tan perversa pero a los dos
les resultará divertido ver hasta dónde pueden llegar con esto.
163
Vamos, despiértelo en mitad de la noche y diga: «Ahora». Y
usted, ,aquda cabeza de,debajodela ducha y diga: «Ahora»;
Averigüen cuáles son los Iimítes. Vea
ll
ustedes mismosJo diver-
tido que es jugar a
Pero lo cierto es que hay un aspecto práctico del programa
que usted debería considerar. Silo,s chicos les impide
ll
tener la
vida privada que ustedes necesitan para, estos ejercicios (como
puede que antes hayan impedido que tuvieranu,naYida,amor9sá
plena), ha llegado el momentó de hacer algunos \meglos. El pri-
mero (si no lo ha hecho ya) escóh:icar unacerraduraconUave eh
la puerta del dormitorio. Y ¿por qué Ilocontratariauna niñera y
alquilan una habitación primera sesión.?A
ustedes les gustó siempre salir <l:, cenar y al cine,¿porquéno'gas-
tan el mismo dinero (y usan la mis1f1a ,niñ,era)PáraproPS'Fcionar' "
séplacer seusual sin objetivo? Y detQdas,
malo darse unos gustos? ¿A '
hoy, por ejemplo? Más adelante, cuándo llacer sepsual-' ,
mente se haya convertido en ,
que la opción del «sexo fuera de prinéipio de la
lista de las cosas que quieren hacer cuando salgan de hoche,
y una idea que es tan obvia que me a tan 'pocos.
se les ocurra: pueden iniciar la sesión de ejercicios sensuales (o,
más adelante, hacer el amor) durante el dfa. Si" durallte eldia:
Pueden revolcarse en las parvas de heno a la luz del sol, sinnece-
sidad de la noche. Digamos que el sábado, en lugar.de recoger
las hojas dd jardín, o el domingo en lugar de leer los diarios del
principio al fin. Consigan que alguien invite a los chicos y uste-
des dos cítense en la cama. Hay demasiadas personas que pien-
san en hacer el amor solamente cuando ya se han desvestido y
acostado. La idea de quitarse la ropa solamente para dar placer
parece positivamente escandalosa. Pero lo escandaloso es mara-
villoso. En realidad cuanto más escandalosos e «ilegales» se sien-
tan, mejor será. Es hora de romper con las viejas rutinas. Es hora
de que advierta que están un poco en decadencia. Eso les servirá
para sentirse más sensuales.
164
1
;1
'La decisión de desnudarnos durante el día nos inhibe. Cuando
uno comienza a quitarse la ropa a las dos de la tarde no puede fin-
'gir que el «interludio sensual» simplemente ocurrió. No, usted está
haciendo que ocurra. Y lo hace porque quiere placer. Dios sabe que
nos resulta más fácil cambiarnos para jugar al tenis á mitad de la
tarde que desnudarnos para gozar sensualmente. Resulta interesan-
te lo que me han contado algunas personas, que se excitan cuando,
se cambian para íugar al tenis pero, desgraciadamente, no siguen
s!1sim¡JUlsosporque la pista está reservada y la gente está esperan-
" do. Pero ese sábado porla tarde nada espera; sólo sus cuerpos.
Ya que estoy en eso, vaya darles algunos detalles prácticos
más, No hay nada peor, que una habitación fría para hacer los
, ejercicios sensuales. No se siente lo mismo cuando hay que
hacerlos bajo la Potuna parte, la persona Acariciada ter-
minúi'ntiéndose sofocada: Les sugiero comprar una estufa por-
Játil parae\dormitorio.Enciéndanla cuando sepan que van a
inidarJ,lna sesión. (O quizá les convenga una hora a¿tes de
• empezar)Ah:ora acuéstense los dos desnudos, sin taparse ysin
'sentir frío durante la doblesesión. , '
,A algunas parejas les gusta agregar, música y velas perfuma
c
. das ellesas ocasiones. Muy bien. Más.adelailtevol:veremos a
, hablar sobre lo necesario en una casa sensual. Pero por
, presente que la Acariciada es la:que decide
todo: siva a haber música, de qué clase y si hacen falta velas o
no. La Acariciada está absolutamente a cargo de todo:
,':"Yuna vez que no", desnudamos) ella: estd acostada, ¿qué tengo
que hacer? [Pregunta del Acariciador.] ¿ Una especie de masaje
como en el gimnasio?
Tóquela como quiera -unos toques conlas yemas de los
dedos aquí, con los nudillos en los músculos tensos allá- y sepa
que si ella quiere otra cosa, se la pedirá. La persona Acariciada
siempre es la que guía. Ella le dirá con qué fuerza, ritmo y
durante cuánto tiempo quiere que la toqne. Es enteramente res-
ponsabilidad de la persona Acariciada, así que usted no tiene
que preocuparse ni pensar que lo hace mal.
165
No se supone que llegue a ser un experto en esto. No tiene
que dominar el «arte del masaje sensuab ni conocer los meri-
dianos de! shiatzu. Quiero ponerlos en contacto con sus instin-
tos, no con otra técnica. En lo que a mí respecta, pienso que
«la técnica» ha matado la sensualidad en nuestra época. Hay
demasiadas ideas referentes a ese punto recién descubierto que
es el secreto de la excitación, o a que si usted tonifica los mús-
culos vaginales o aplica crema allá, abre las puertas de la super-
sexualidad. Pero en e! camino nos hemos convencido
de que somos nada más que una serie de teclas de ordenador
que deben oprimirse en e! orden adecuado para producir e!
gran premio: e! Superorgasmo. No creo una sola palabra de
todo eso.
Primero, somos demasiado diferentes unos de otros para que
eso sea cierto: el «punto G» de una persona es el «Punto ZZZZ»
de otra. Nuestros cuerpos no sólo difieren en la sensibilidad sino
que e! mismo cuerpo varía la suya día a día. Un día resultan los
pies de! compañero las partes que más reaccionan, al día siguien-
te, es la nuca. Por eso uno debe dejarse guiar siempre por la per-
sona Acariciada. Ningún terapeuta, ni libro, puede decirle
dónde tocar ni cuándo; sólo puede hacerlo e! cónyuge. Y recuer-
de, ya no están investigando para encontrar los puntos eróge-
nos de ella. No están tratando de excitarse ni de tener o produ-
cir orgasmos. Están despertando un espectro total de sensacio-
nes y de emociones fluyendo entre los dos.
La otra razón por la que desdeño la «técnica» es porque quie-
ro que por un rato separen la mente de lo que están haciendo,
de manera que puedan seguir impulsos irracionales. Por una vez,
deje que sus dedos obedezcan a sus sentimientos en lugar de
cumplir con sus diagramas mentales para ser e! «amante perfec-
to». Porque ése es e! verdadero secreto: usted, e! Acariciador,
también va a experimentar algo sensual. No es el robot masajista
al servicio de su compañera; no sólo está pendiente de la reac-
ción de ella. También tiene sensibilidad en las manos. ¿Recuerda
cuando era adolescente aquella sensación al meter una mano
166
debajo de! suéter de su amiguita y al tocarle e! vientre con la
palma de la mano? Era algo eléctrico.
Aquella emoción le recorría todo e! cuerpo. Abara va a recu-
perarla.
-¿As! que solamente la toco con las manos?
Sí durante la primera semana. La próxima vez podrá ser más
creativo. Pero, por ahora, toque a su compañera nada más que
con las mimos Y resístase a jugar al ta-te-ti en la espalda o a dibu-
jar en los 'glúteos: podrían ser maneras de evitar los sentimien-
tos. Y nada de cosquillas: es lo más contrario a la sensualidad
que se puede hacer. Relájese pero no se inmovilice. Los Acaricia-
dores tienen tendencia a apoyarse en un codo y quedarse así
durante toda la sesión. En esa posición sólo abarcan lo que está
entre e! cuello y las rodillas, una verdadera lástima si se piensa
que a lo mejor ese día lo más sensible de la Acariciada es la cabe-
za y los pies. Desplácese. Levántese de la cama y vaya al otro
lado. Acuéstese al revés y quede con la cabeza junto a los pies de
la persona Acariciada. No va a agotarse por eso.
-¿Y yo qué hago? [Pregunta la persona Acariciada.] ¿Me quedo
ahí como si foera un montículo mientras él «(hace» todo?
Exactamente. Se queda ahí y sintoniza sus sentimientos.
-Pero ¿qué se supone que debo sentir?
Se supone que debe sentir lo que siente: nada más ni n"da
menos. No hay recetas. Si se siente excitada sexualmente, bien,
sienta la excitación. No piense ni por un instante que tiene que
actuar según esa sensación O que debe hacer algo. Yes muy posi-
ble que se sienta sexual mente insensible las primeras veces. Muy
bien. Es perfectamente normal. Limítese a sentir y observar lo
que siente. No caiga en la trampa de pensar: «Ya debería estar
excitada».
Puede sentirse incómoda, con hormigueo, picazón, yaturdi-
da. O tan somnolienta que empiece a quedarse dormida. Eso
también está bien. (Ya propósito, Acariciador, si la persona Aca-
riciada se duerme mientras la toca, no tome eso como un recha-
zo. Significa que está cómoda y relajada, nada más.)
167
Hasta puede sentirse triste. Muchos hombres r !Duieres llo-
ran a veces durante las sesiones. N:o ese Y,tall1-
poco lo cultive cuando sicma, que está alejándose. Deje', que, esa
emoción fluya como todas las demás" , ..... .
El hecho es que estos ejercicios despiertan cualquier clase de
sentimientos insospechados:' ,Pu:edé'n ,te,l\sos' ,en" un
momento y totalmente relajadosal.siguiente, tan. relajados que'
tienen la sensación de flotar. No. traten .. de tÚ predecir
las emociones. Permítanles sorprenderlos. .. '.
-¿ y si me sie;¡to angustiada?
iAh!, entonces es como todós los demás. se
sienten angustiadas la primera:"ez q\lehacenlos ejerd<;ios sen"
suales porque se sienten
a primer grado. La angustia,exprésa .el miedo a la regresión.
Otras se sienten expectatIvas no
realistas del primer ejercicio: qtie;-reSol:v:eÍ'Ía::t?d9S'
problemas de inmediato -de un s.olo y no lo hac,
están seguras de que sus problemas es pro:
bable que el motivo principal
sea que están preocupados porque'al'compa¡íerono le gusté:el
«trabajo». Están tan arentos a lo que siente el más
bien, a lo que Cleen que siente- queJo Únicó.que pueden .setitir
ellos es angustia. Pero cualquiera que nlotivodé1aangus'
tia, la mejor manera de superarloessiutie;'Qo.Tratede:atenerse
a eso. Todas esas ideas que le producen angl\Stia estáj1 s(¡lamerite.
en su cabeza. Y para lo único que si'rven es paráevitat sienta
el placer. .'.,' ..... ) .,'.' . '.
-No entiendo, Dagmar [dice la Acariciada]. No haces' que
decirme que no preste atención al compañero pera a. él le has dítho
que yo ser¿ su guía. ¿Cómo es esto?
Usted es su guía, está bien, pero a usted sólo le preocupa lo
que él hace, no cómo se siente. '
Mientras usted es la persona Acariciada tiene el derecho y la
responsabilidad de dirigir al Acariciador. Debe comunicarle con
exactitud qué es lo que desea: dónde quiere que la acaricie, si
168
con tuerza o con suavidad, si rápida o lentamente y por cuánto
tiempo. Corrija cualquier toque que no sea el deseado por usted.
y debe manifestar todo sin hablar. Eso significa, por lo común,
· poner su mano sobre la del Acariciador y, literalmente, guiarlo,
además de enseñarle cuáles son los deseos de su corazón y de su
· cuerpo.
-¿No resultarta mtÍs civilizado y menos agresivo comunicarle eso
con una o dos palabras ,tmables?
No. Las palabras suelen salir de cauce y convertir una simple
eJ;l una leta.nía de quejas'. «Suav.e en el vientre)})
p\lede llegar a ser rápidamente: «¿No sabes hacer nada con sua-
"idad?». Y enseguida estarán peleando, recordando ofensas del
. pasado ypsicoanalizándosemutuamente: cualquier cosa menos
· prestaratentión a las sensaciones corporales. Las palabras están
,enel cerebro, y lo que queremos es que olviQen el cerebro un
y' se ,en.los_sentimientos. '
Habráque prácticarunpoco, pero pronto desarrollarán un
leuguaje sin palabras, l¡oclio de gestos y toqUes, con el que cada
, \m.opodrá expresar al otro dónde quiere ser acariciado y cómo.
,En la mayoría de ¡as parejas eso significa quC;el Acariciado levan-
,.te larj1aQ,o del Acariciadc)f y l"apoyeeon fuerza desea
y vuelva a le;,antarlacuando desee men.os presión,
. guiandola :mano .en cuanto a ángul.o y velocidad hasta qué haga
., eX)lctam.ellte laque desea: Ese lenguaje nuf,ca terminará en un
, ' debate ni en una serie de' recriminaciones:,
de la manera siguiente: esa .com,.micacióll directa y ,
"f nó vetbaUos' libera a ambos de la recrimi- .
. . , nación. El Acariciador nó siente angustia porque acaricia ymah .
, porque sabe que el Acariciado corregiriel hástaque le·
torophizca.No tiene que preocuparse por ni por ser
. inadecuado y no tiene que presuponerqué eslo.que.'eI Acaricia-
. do desea, Se sorprenderán de la liberación',que produce. Lo
que-es-más, eso permite que el más y sea
creatIvo. Puede probar -aJos'quej:1tlnta arries-
gó antes porque sabe que si a usted no Jopará saber.
169
.,
y el Acariciado también se sieme liberado. No tiene que son-
reír y soportar las caricias que no le agradan, ni tiene que negar-
se lo que realmeme desea en pro de algún ridículo protocolo de
cama o por temor a parecer demasiado agresivo. El convenio que
han hecho les autoriza a pedir y conseguir el placer que desean.
-Supongo que podría alentarlo con unos golpecitos en la cabeza
cuando me acaricia justamente como me gusta.
No, su única obligación es hacer correcciones, no dar alien-
to. Una vez que usted comienza a «cumplimentan) a su pareja
por una tarea bien hecha -expresar, deliberadameme gimiente y
lastimera, su aprobación-, vuelve a distraer su atención de sus
propios sentimientos. Si un gemido espontáneo se escapa de
sus labios, bien, pero no actúe, por favor. Usted no tiene que alen-
tar al Acariciador; no debe preocuparse por mantenerlo contento.
-Eso me suena [interviene el Acariciador] a que voy a sentirme
como una especie de gigoló, un masajista contratado.
Dicho así suena espantoso. Pero usted terminará por com-
prender que la única vía por la que obtendrá algún resultado dis-
tinto de ése es centrándose en sus propias sensaciones. Cada uno
de ustedes, como Acariciador, puede elegir entre sentirse como
un esclavo robot o como un sensual con los dedos más sensiti-
vos del mundo. En última instancia es su elección.
-La sola idea de ordenarle a él que me acaricie ya me hace sen-
tir mal. "Tócame ahora. Tócame aquí. No tan duro, rdpido,
suave.» Me sentiré como una cerda ego/sta. Y me sentiré más culpa-
ble sabiendo que él lo hace por obligación.
Bien, disfrute siendo una cerda egoísta. Es probable que sea
justamente lo que necesita para ponerse en contacto con sus ver-
daderos sentimientos. y, maldita sea, ¡deje de preocuparse por lo
que él siente! Permítale estar de mal humor si eso es lo que quie-
re. Permítale incluso estar de un humor terrible, hasta resentido.
Toda esta insistencia en que él disfrute cada minuto de acariciar-
la no es más que el camino seguro para garantizar que nada sea
satisfactorio para usted. El hecho es que su preocupación por
saber cómo se siente él con cada actividad que realizan juntos
170
-no sólo el sexo- no es más que un camino para tratar de con-
trolarlo.
Después de haber aconsejado los ejercicios a centenares de
parejas, hay una cosa de la que estoy segura: su compañero va a
empezar a sentirse mucho mejor cuando usted deje de prestar
atención a cómo se siente él. Porque entonces, por fin, él podrá
tener el humor que quiera sin preocuparse por cómo le afecta a
usted. Por fin se ha roto el ciclo paralizante de <<fio-puedo-sen-
tir-eso-a-menos-que-tú-sientas-aquello». Y podrán dejar de for-
mularse la pregunta de siempre: «¿Estamos divirtiéndonos?".
Sí, éstos son ejercicios de egoísmo. Ustedes efectúan el juego
más dinámico de la relación: cada uno toma del otro sin moles-
tarse mutuamente. Y ese juego se realiza en el dormitorio donde
se han preparado para pensar en función de experiencias mutuas
y simultáneas. Ponemos el punto final a eso. La conducta educa-
da y social ha corrompido la relación sexual, porque siempre ha
buscado reacciones y el objetivo ha sido complacer. Pero el pri-
mer paso para hacer el amor sintiendo es amar las propias sensacio-
nes. Usted se convierte en un amante maravilloso en el momen-
to en que aprende a tomar cosas del cónyuge. Con los ejercicios
descubre que, al final, el gran obsequio que pueden hacerse
mutuamente es el egoísmo: el regalo de permitir que el compa-
ñero sea y sienta lo que quiera. Y entonces, si parece que no-está
gozando mientras la toca, en ese momento particular, usted no
se siente ni culpable ni agradecida. S6lo puede sentir el placer de
las caricias.
-¡Maravilloso, Dagmar! Así que el egoísmo es el camino hacia
la ftlicidad. Suena como el credo de los yuppies. Pero yo creía que
nos prometías el camino hacia la intimidad, y ése estd en el sentido
opuesto del egoísmo.
No, está en el mismo sentido. Para lograr la auténtica inti-
midad tienen que independizarse uno de otro. Primero deben
experimentar y respetar la indeperdencia. Deben reconocer que
sus sentimientos están separados de los de su cónyuge, y que no
están controlados por los deseos ni las actitudes de él. Sólo
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entonces pueden entregarse a sus emociones y dejarlas fluir entre
ustedes. Ésta no es una paradoja sino un proceso.' La.il1ayoría de
nosotros permanecemos aislados dentro,dehrd,ú;ión ·porque·
nos aterroriza la idea de que la ser'
egoístas nos animamos a tener intimidid.Si.tprínü'er¡do tódos
los contactos emocionales con su compalíer.o puede aprender a
amarlo. Porque sólo entonces tendrá la seguridad de que ustéd
no se perderá al amarlo y al hacer el amor.
-Lo hace sonar tan impersonal como si foéramos a aprender a
hacerlo con la rama de un drbol.
No, lo que quiero es que aprendan a suprimir las interaccio-
nes negativas, para que puedan empezar a hacer el amor de
nuevo de nlanera positiva.
Pero me ha llevado justamente a lo que no quería hacer:
argüiren abstracto sobre algo que tiene que experimentar por sí
misma. Y de eso tratan los ejercicios: sobre la experimentación
del proceso que la llevará desde el desapego hasta la intimidad.
Es una lección que el cuerpo da a la mente y al corazón.
Basta de hablar. Cierren el libro y no lo abran durante una
semana. Y recuerden que el experimento comienza en el
momento en que usted dice: «Quiero que me acaricies ... ¡ya!».
172
¡,
,
11
Caricias difirentes
para personas difirentes
Fin de la primera semana
Por lo generalipuedo saber aprovechó una pareja de su pri-
mera ronda de,ejercicios én cuanto entra en mi consultorio al
final de la .semana. Algunos entran tomados de la mano como'
adolescentes . enamorados: signosegurode que los ejercicios
están empezando a fun.,;onar; Otras personas entran con los
hombros caídos, lo quc'lndica ,que han evitado hacer los ejerci-
cios. Yestán 'las que empiezan a pelear antes de haber tomado
asiento: s'eñar de' que los ejercicios han puesto al descubierto .
algún problema que tienen desde hace años. Las reacciones va-
rían en formaradical, '.obre todo en esta etapa del programa,
pero skmpreexiste una reac(ión, Sólo pensar en hacer los
ejercicios hace que:bnpiecen a produCirse emociones.
Tendrá que"er q<;é es laque tuvo usted entre todas
las que aparecerán a co".lúnuación:no. creo que tenga dificulta-
des para reconoc<,th.· Pero Mgale "ún favor a su cOJllpañero y a
usted misma: ri'ousé éste 'capítulo cómo ,excus,' para volver
a "discutir la relación». Eso es justamente 10 que tratamos de
evitar. Solamente use ejemplos siguientes' para lograr que los
próximos ejercicios sensuales graduales sean más satisfactorios.
173
. "_f'"""
«Nunca nos decidimos a empezar los ejercicios.»
¡Por qué?
- Tuvimos muchísimo trabajo ... Los chicos fueron un proble-
ma ... Tuvimos visitas inesperadas ... Tuvimos invitados ... Casi
nunca estuvimos en casa al mismo tiempo ... etc., etc. [Elijan una.]
Las excusas tipo no-tuvimos-tiempo son inaceptables. Si no
tienen tiempo para hacer los ejercicios, no tienen tiempo para
hacer e! amor. Fin de la discusión.
Si ustedes estuvieran en mi consultorio, les recordaría que
han desperdiciado los honorarios de una semana. Lo que habla-
mos en la consulta -o en este libro- no tiene valor a menos que
ustedes hagan los ejercicios. Háganlos y dejen de comportarse
como criaturas.
-Ninguno de los dos tuvo ganas de hacerlos durante la semana.
No necesitan tener ganas para hacer los ejercicios. En reali-
dad, esperar a estar de humor adecuado es una manera de termi-
nar teniendo una vida sin amor. Dejen que los ejercicios influ-
yan en e! humor y no al revés.
-Pero yo sabía que no íbamos a lograr nada de los ejercicios
debido a mi estado de dnimo.
Se perdió una sorpresa.
-Oiga. no tuvimos mds remedio: necesitaba ese tiempo para
dormir.
No, no es cierto. Minuto a minuto los ejercicios reemplazan
e! tiempo que se duerme. Así son de regeneradores.
«Estábamos por hacer los ejercicios cuando de repente
tuvimos una pelea terrible.»
Ah, sí. ¡Qué coincidencia! Las parejas suelen empezar a pelear
antes de hacer e! primer ejercicio, de la misma manera que pe!e-
an cuando están por hacer e! amor. Eso es angustia, sencillamen-
te. El (tema» de la pelea puede ser el sexo o quién tiene que sacar
174
e! cubo de basura, pero el efecto es e! mismo: evita encarar las
emociones que despertaría la intimidad sexual. Es una reacción
bastante común. No se preocupen. Pero la próxima vez hagan
los ejercicios. Recuerden que no es imprescindible que se sien-
tan bien entre ustedes para iniciar los ejercicios. Tienen que
empezarlos y nada más.
-No lo creo. Estuve toda la semana furiosa por algo horrible que
él me dijo. No sé si usted puede, Dagmar, pero yo no puedo permitir
que me acaricie alguien con quien estoy furiosa.
No es fácil, lo sé. Pero piense por qué no puede dejar que su
compañero la acaricie aunque esté enojada con él. Porque lo más
probable es que usted goce con las sensaciones y entonces se sen-
tirá bien con él y ... pensará que él «ganó",
Pero no tiene por qué ser así. Usted puede gozar de! placer de
las caricias de su compañero sin percibirlo como una victoria
de él o una debilidad suya. En realidad, si usted se centra en su
propio placer puede vivir el ejercicio como su victoria personal.
Después de todo, usted se lo pidió. Está obteniendo de él lo que
quiere. Hasta se le permite tomarse una pequeña venganza cuan-
do le toque elegir e! momento. Por ejemplo, cuando su compañe-
ro se ha instalado a ver el partido. Entonces usted dice: «Ahora.
Quiero que me acaricies ahor",'. De esa manera no se sentirá per-
dedora. -,."
Para muchas parejas, en las primeras semanas de! programa
los ejercicios son los que llamamos de «indiferencia con amOf».
Usted aprende a dejar de dedicarse a los deseos de! compañero y,
al mismo tiempo, a permitir que sus propios sentimientos amo-
rosos crezcan y fluyan. Pero para algunos de ustedes, su depósito
de ira es tan grande que deben pasar por una etapa de <<indife-
rencia con ira» antes de vivir la indiferencia con amor. Cuando
su compañero empieza a tocarla, usted debe decirse para sus
adentros: «Vaya gozar de esto a pesar de estar furiosa con él. No
importa lo buenas que sean sus caricias, no va a dominarme con
ellas. No vaya sentirme agradecida ni débil. Y cuando nos
levantemos de la cama seguiré enojadísima».
175
i
1.[
¡
-¿ y t'SU .'Ji! fl Ilevarnus tl ¿1 illti.;;':iu'ú_d¡
En realidad sí. Purque cuanto mi . .,; egoÍStaJlegue a ser -cuan-
tO 111ás placer se pernlita tomar de SlJ.. cQiü¡ú.fi.ero-, menos erioja-
da e insatisfecha se sentirá. Y así a crecer la
intin1idad. Todo ese enojo que sienie __ 'su comp':;tflext? ,110
ha reemplazado los sentimientoSj1os)tiv()shacia' él: ha en ,errado
esos sentimientos positivos. Ésa es la primer'áetápade salida a
la luz de esos sentimientos . ,
-Pero yo no estoy simplementeenojadáconfl;eltoy enfurecida. '
Sipudiera elegirpreferiría pegarle y ""acariciad? '" ., >', ','
Si realmente la situación es tan tnala"qllÍ:;:á depáso!ta(un
poco de vapor antes de acostir;e'pata Iiá¿e(l()s eif:rdCios.Prue,-
be algunas de las técnicas de Esalen; COmO arrohlTse mutuamen-,
te de ping pong a diez pasos de distanCia. ,(A.lgunasde las
que conozco prefieren
que fluya la ira, pierdan presión. pna emoción embotellada
puede embotellar todas las demás. ,,' " '"
Otra forma de pelear que recomiendo d hacerlotómados"de ,
la mano. Pueden hacerlo mierúrasse,echan en:eáfalas:culpas '
de cada uno: sin interrupciones ni ,defensas. Con ,esta se
experimenta algo paradójico. Usted desahoga sn<;nojo púo está': "
obligada a escuchar las quejas del Y, máfavillidelas
maravillas, después de haberse gritadot()do, todavíaes!<Ínahí",
jUntos. La p,,"spectiva de seguir tomados'deJa mal}o 'hastad,
dormitorio llega aparecer el paso siguiente nátural. ,
Para algunos de ustedes, la ira es tan profunda 'luel}inglu1a:de,
estas técnicas sirve. Para ustedes he hecho la excepción de la régla' ,
de no hablar durante las sesiones. Durante las primeras; expresen "
el enojo a gritos mientras usted está acariciando o recibiend¡,las'
caricias. Permítase experimentar la paradoja de decir: «ReallIlehie '
no te sopOrto más))) mientras está sintiendo el placer de las.
cias que le hace el compañero. Descubrirá que la ira
sión a medida que se concentra usted en sus sensaciones. ., e _ .,: •
-¿ y qué pasa conmigo? [pregunta el Acariciador]. ¿Cómo podré.
seguir acaricidndola mientras la oigo decir que ya no me aguanta?
176
No tiene que prestarle atención. Limitese a hacer su trabajo:
sus deberes. Piense que está lustrando una mesa. Está apartado
de ella ahora. No se preocupe por lo que la «mesa" dice.
,«Yo estaba deseando hacer los ejercicios,
pero ella fue la primera Acariciadora
y nuncainiciÓ la sesión.»
No discuran el ptoblérna. Pero ahora mismo cambien de papel.
Usred es ahora la'primera persona Acariciadora. Y empiece lo
.:antes posible. . .
«Hicimos los ejercicios, pero ¡qué aburrimiento!
No $enti nada.»
¿Ábsolufamente nada? . .
Quizdsun hormigueo los primeros minutos, perópasó.
¿Podría ser que el hbrmigueo le produjo angustia? ¿Que
'empezÓ a darse cuenta del torrente de sentimientos que podría
, si lo permida, así que usted se retrajo, puso' la tapa
,ala experienciaydecidiÓ que en realidad ya no sentía nada
,:: más?
',",No. Simplemevte no sentí mucho. Excepto cuando empezó el
. cosquilleo/rnedi euentade que ya terminaba.
,E,l cosquilleo es un. signo de nerviosismo o, por lo menos, de
Si fuera un reflejo físico, usted misma podría pro-
¡, vocarsedcosquiíleo,y.no. puede. Quiero dejar bien claro en este
:. tnomentoqueustedcontrola sus propias sepsaci?nes. Cuando no
siel}te queins?rsibilidad mientras la toca
es porque sentir más que eso.
••. '
'¡ del antebrazo, izqiriFtdo con las
• ji' todos
.":,:>,,, ':\' ' '
. '
177
los pensamientos que le produzcan ansiedad, cierre los ojos y
céntrese en las sensaciones que experimenta.
Ahora repita lo mismo sin abandonar sus angustias. Piense
que estos ejercicios son molestos; piense en todas las cosas
podría (y debeda) estar haciendo ahora; concéntrese en los rUl-
dos que llegan de la habitación de alIado.
y compare lo que sintió con las dos caricias 0, mejor
compare lo que sintió con la misma caricia. Sin duda que la PrI-
mera le produjo más placer. .
Es algo simple pero sirve para recordar que no sentimos
«nada>} cuando no dejarnos que se manifieste nada.
-Estd bien, senti algo, pero nada que justifique contarlo.
¿Quiere decir que no se sintió excitada sexualmente?
-Si.
¿Y sentir algo menos que excitación sexual significa no sen-
tir nada? ¿De dónde sacó la idea de que cada vez que se apoya
una mano en su cuerpo desnudo debe, de inmediato, cargar-
se de sentimientos sexuales? Esa expectativa no solamente
garantizaría el fracaso de estos ejercicios sino su propio fra-
caso. Usted piensa: «Diez minutos y todavía no tengo una erec-
ción}). Y esa angustia se traduce en una defensa: «Me siento
insensible y aburrido y quiero acabar de una vez con esta ton-
tería».
Pero hay un cúmulo de profundos sentimientos sensuales a
nuestra disposición que no van directamente a los genitales y
nos preparan para el sexo inmediato. Una vez que usted se
siente cómodo con este hecho y deja de «esperan> las reaccio-
nes sexuales, puede empezar a apreciar la diferencia entre el
acto sexual y hacer el amor. Al permitirse «demorarse» con la
sensualidad va a empezar a maravillarle con cada pasito cuan-
do se hace el amor. y va a convertirse en un connaisseur de sus
propios sentimientos.
178
«Me acaricia en la misma forma en que hace el amor:
como una apisonadora. Es incapaz de acariciarme
sensualmente."
¿Qué hizo mal?
- Tiene las manos muy dsperas ... Tiene las manos filas ... Me pal-
mea como al perro ... Siempre vuelve a acariciarme en el mismo
lugar ... No es nada imaginativo ni inspirado ... etc., etc. [Elija las
variaciones que quiera.]
Me parece que usted se ha dedicado a sentir todo lo que no
le gusta y nada de lo que le hubiera agradado, así que, por
supuesto, no tiene nada para gozar.
Pero además no ha guiado bien al Acariciador, y ésa es res-
ponsabilidad suya. Si él la acaricia con demasiado vigor, mués-
trele exactamente cómo le gustaría que lo hiciera. Si tiene las
manos muy frías, caliénteselas. Haga algo. No puede echarle
toda la culpa por «no hacerlo bien».
-Pero él aprende con mucha lentitud Cuando llegó mi turno de
Acariciadora, lo toqué exactamente como me gustaría a mí. ¿Cree
que él entendió?
Pero cómo (y por cuánto tiempo) usted acaricia a su compa-
ñero no tiene nada que ver con lo que él hace ni con su manera
de acariciarla. Son experiencias totalmente separadas, no lec¿i·¿-
nes que se dan mutuamente. Ustedes son personas diferentes
con deseos y sensibilidades diferentes. Se requieren caricias dis-
tintas para personas distintas. Y amar es reconocer que usted no
siente la misma cosa en el mismo lugar ni momento.
-Le diré que es lo que más me enoja. Unos minutos después de
haberme acariciado como si tuviera las manos de plomo, lo vi alzar
al gato y mimarlo con toda delicadeza. Tuve envidia del gato.
Muy bien. Ahora sabe que él es capaz de tocarla justamen-
te como usted desea. Todo lo que tiene que hacer es comuni-
cárselo.
-Sí, pero cuando él es el Acariciador y yo muevo su mano, él la
deja donde yo la pongo hasta que la muevo otra vez. Y como si eso
179
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no fuera lo suficientemente malo, le veo bostezar todo el tiempo.
Vtzmos... ¿cómo vaya dejarme llevar por todas esas fuertes emociones
de las que habla cuando me acaricia un amante aburrido y nada
inspirado? ¿ También eso es culpa mía?
Déle la oportunidad de cambiar, ¿quiere? Lleva tiempo el
desarrollo de un lenguaje no verbal que le comunique en forma
inmediata lo que usted desea. También le toma tiempo a él rela-
jarse lo bastante para responder a sus deseos. Esos bostezos no
son de aburrimiento sino de angustia. Es probable que usted le
haga saber, más de una vez, que opina que él es un amante torpe,
así que se siente fracasado desde antes de comenzar el ejercicio.
No es fácil ser un amante que reacciona al instante (como es el
caso del Acariciador) cuando se siente juzgado.
Supongo que usted soñó con el amante experto que sabe
antesque usted dónde, cómo y por cuánto tiempo debe tocarla.
Pero ésa es la clase de sueño que le impide experimentar las sen-
saciones aquí y ahora. Créame, usted es la única experta en sus
propios deseos.
Lo diré una vez más. Concéntrense solamente en las propias
sensaciones, no en lo que creen que siente el compañero cuando
las toca.
«Mire, he tratado de guiarlo y corregirle
cuando me toca, pero se pone tan a la defensiva
que termino por renunciar y agnantar
lo que me hace.»
¿Cómo sabe que está a la defensiva?
-Cuando moví su mano por décima vez, él exclamó: ,,¡Nunca te
satisface nada de lo que yo haga! ¡Es inútil tratar de complacerte!
¡Eres imposiblei».
Eso apenas suena como una defensa, ¿no?
-¡No es una defensa, es la verdad! [dice el compañero]. Ella
nunca estd satisfocha. Yo no me quejo ni la corrijo todo el tiempo
180
~
;
el
,
f
cuando me acaricia, tampoco estoy diciendo que me gusta todo lo
que me hace, pero no voy a quejarme.
Nada de poses de mártir, por favor. Parece que todavía no
entendió que esas correcciones no son críticas personales sino
simples comunicaciones. En realidad es un método para liberar
al compañero de la preocupación de tocarla en una forma que a
ella no le guste.
Existe una sol; manera de romper el círéulo vicioso en que
se han metido. Durante la semana que viene, usted (el que está a
la defensiva) debe efecruar un mínimo de cinco correcciones
cuando le toque ser el Acariciado. Y usted (la criticona) no puede
hacer mds de cinco correcciones cuando es la Acariciada. Ahora
quizá dejen de competir y criticarse y puedan retornar a las sen-
saetones.
«No puedo creer en la forma que quiere que le toque.
Quiere que pase los nudillos por la espalda
y le haga masaje en las pantorrillas como si yo
fuera un instructor de gimnasia, no su amante.
Es como pensé: este hombre no tiene
un sentimiento sensual en todo el cuerpo.»
Por una vez en la vida déle a su compañero lo que quiere en
lugar de lo que usted cree que debería desear. Ése es el regalo
principaL Ése es el respeto que conduce a la intimidad.
«Ella eligió el peor momento para decirme:
"Quiero que me acaricies yi'. El partido que estaba
viendo andaba por la mitad.»
Es probable que por eso haya elegido ese momento: porque esta-
ba harta de verlo siempre dedicado a algo que no era ella.
-Pero ésa no es forma de predisponer para este asunto.
181
-'-"""
No sea tan delicado con su humor del momento. Ella logró
que usted la atendiera, ¿no?
<<Él eligió el peor momento para decir:
"Qniero que me acaricies ya'. Esperó hasta
las once y media y yo apenas podia mantener
los ojos abiertos.»
Es probable que él haya pensado toda la noche en decírselo y se
sentía tan ansioso que siguió posponiendo el pedido. Sin duda a
él le resulta difícil solicitar el placer de esa manera. No le guarde
rencor.
«Cuando él es el Acariciado siempre está mirando
l h di
"B " l' a ora y ce: asta , exactamente a os qmnce
minutos. Pero cuando yo soy la Acariciada
me gustaría tomarme más tiempo,
pero me siento culpable.»
No se sienta culpable, sino afortunada. Por suerte usted es capaz
de sacar más provecho del ejercicio. Tómese los cuarenta y cinco
minutos completos si eso es lo que quiere. Quizás eso ayudará a
que su compañero se tome más tiempo la próxima vez. Pero en
cuanto a usted (el Acariciado que sólo quiere quince minutos),
quiero que agregue cinco minutos a cada sesión desde la próxi-
ma: hasta que finalmente deje de tener la mirada en el reloj. Es
probable que todavía le intimide ser pasivo, que aún le moleste
gozar «egoístamente» del placer. Sólo puedo decirle: «Pruébelo,
le gustará». No perderá su fuerza ni desaparecerá en Un remoli-
no. Por el contrario. Será más fuerte y más vital.
182
«Hicimos trampa. Unos diez minutos después
de estar acariciándole el vientre no pude
resistir más y seguí con los pechos (o la vagina,
o las dos zonas) y fue fabuloso. Nunca nos
habíamos excitado tanto.»
Felicidades. Pero se han arreglado para perder el objetivo del
programa. Todavía están tan preocupados por el acto sexual que
continúan privándose de los gozos de demorarse en la sensuali-
dad, de flotar en medio del placer sin objetivo.
-Pero no entiende, Dagmar. Nuestra vida sexual había sido fría
durante años. Esa excitación fue algo raro. No quisimos que se nos
escapara.
No me entiendan mal: me alegra que hayan estado tan exci-
tados en esa oportunidad. Y les aseguro que ésa es una de las sor-
presas sensuales que les reservan los ejercicios. Quiero decir que
sentirán la misma excitación sexual muchísimas veces: no va a
desaparecer. A menos que ustedes persistan en tomar por los ata-
jos para dejar de lado el resto de los sentimientos. Lo que han
hecho es cortar toda una gama de otros sentimientos al zambullirse
en el sexo. Si se atienen al programa podrán tenerlo todo: senti-
mientos fuertes e íntimos y sexo potente.
«Hicimos trampa. Hicimos el amor.
Usted nos dijo que nos abandonáramos
a los sentimientos, ¿no? Nuestros sentimientos
nos llevaron directamente al sexo.
Escuchen: la excitación viene y se va. Acostúmbrense a eso
y entonces no tendrán ningún temor cuando la pierdan. No
tienen que aprovechar cualquier oportunidad como si fuera la
última.
-No estoy hablando de eso, Dagmar. Llegamos al punto en que
hubiera sido muy penoso retroceder. Pasé toda la adolescencia sin-
183
tiéndome frustrado; no veo el motivo por el que tengo que volver a
pasar por esa tortura.
¡Ah, si!, la famosa defensa de «las pelotas azules». Bueno, si
realmente siente que es tan horrible no «terminar» piense que
siempre podrá masturbarse al final de la sesión.
-¿Está brommndo? ¿Ahí, delante de ella?
Si siente timidez puede ir a otra habitación para hacerlo.
-Está llegando demasiado lejos, Dagmar. Está tratando de con-
vencernos de que no lo hagamos, ¿no?
Pero sin trampas: le digo CÓmo puede desahogarse. Por ahora
no entramos en el «secreto más íntimo)) si usted no quiere. Pode-
mos dejarlo para después.
«La señi'ána pasada sucedió algo fabuloso.
En las primeras dos sesiones no pasó gran cosa.
En realidad estábamos pensando en renunciar
al asunto. Pero durante la tercera sesión empecé a
sentir tanto que comencé a llorar. Me sentía segura,
querida, excitada y muy viva, todo al mismo
tiempo. Experimenté una inmensa gratitud
hacia mi compañero por el placer que estaba
proporcionándome. Pero esta vez la gratitud
no estaba mall¡;hada por la culpa ni por el temor
a ser avasallada por él. Era pura y podia sentir
mi amor por él fluyendo en m1.»
-Para mi también jite especial [dice el compañero l. Fue algo tan
liberador eso de olvidarme de ser un «buen amante» y dedicarme a
mis propias sensaciones. Fue como si todo mi cuerpo estuviera arras-
trándose para salir de! capullo. Y la ironla es que nunca la complací
tanto ni jamás me senti tan sexual.
Maravilloso. Están listos para pasar a la siguiente etapa.
184
I
1
12
Haga de su vida amorosa un banquete
Semana dos
Recuerdo a un amigo mio que fue a París a estudiar pintura.
Durante los primeros seis meses su maestro sóló le permitía
poner, además del blanco, un único color en la paleta.
-Aprendí muchísimo respecto a ver y crear eri aquellos seis
meses -me contÓ mi amigo a su regreso-o Nunca pude haber
imaginado todos los efectos que podía crear sólo con el verde.
Durante esta semana quiero que aprecien cuántos «efectos»
distintos pueden crear -cuán sensuales pueden llegar a ser
y cuántos tabúes pueden romper- sin tocar todavia pechos
ni genitales. El plan sigue siendo el mismo: turnos para ini-
ciar las tres dobles sesiones semanales. Pero ha llegado el
momentO de ser más creativos. Quiero que exploren todas
las maneras de tocarse y todos los lugares donde pueden acari-
ciarse.
Acaricie la espalda de su compañero con los pies. Roce el
vientre con su pelo. Explore el ombligo con la lengua. Pase sua-
vemente las uñas por las partes internas de los muslos del com-
pañero. Roce con su mejilla los glúteos de él. Las combinaciones
son innumerables y todas deliciosas. Todo es posible. A menos
que alguna haga sentir incómodo al cónyuge: el Acariciado tiene e!
derecho al veto y siempre puede hacer las correcciones.
185
e ... ~ __ : ~ ' - . ,
¿Se acuerda del deleite de un dulce aliento en la oreja?
¿Seguido por una caricia con la lengua? ¿O chupar la piel del
cuello de la amada? Demasiados de nosotros sacrificarnos esos
placeres en pro del sexo eficiente y genital. Traigamos esos place-
res de nuevo a nuestra vida. Demorémonos en ellos.
Llegó el momento de romper con la rutina orientada hacia
el objetivo, siempre relacionando sus cuerpos desnudos para
estimular los genitales al máximo. Piensen en todo lo que han
estado perdiéndose: los pobres, despreciados (y a menudo
tan sensuales) pies; la espalda sedienta de cariño; el ansioso
cuello.
Hagan trabajar la imaginación. Saquen artículos del arma-
rio, del botiquín, de la heladera, del lugar en que los chicos guar-
dan los juguetes. Pase una pluma juguetona por las piernas de
ella. Acaricie la espalda del compañero con su chaqueta de piel.
Frote los pies del compañero con aceite para bebé. Describa cír-
culos en los glúteos de ella con la brocha para empolvar. Dibuje
con los dedos un gato sobre el vientre de él. Busquen nuevas
sensaciones para dar y que les gustaría recibir.
Busquen también nuevos lugares para probarlas, así rompe-
rán viejas rutinas y reacciones habituales. Por una vez salgan del
dormitorio que exuda rutinas y expectativas. Llévela al salón,
estire una manta en el suelo y luego extiéndalá a ella sobre la
manta. Inicie una sesión bajo la ducha, con esponja y jabón.
Haga que él se acueste sobre la mesa del comedor y, ya que está
ahí, dése un banquete con su cuerpo. Recúbrale la espalda con
mermelada y quítela lamiendo. Vierta jarabe de melocotón en el
ombligo y bébalo. Y dése una fiesta con la crema batida que ha
puesto en el pecho y el vientre de sU compañero.
Suéltese, juegue y, sobre todo, ensucie.
Es virtualmente imposible abandonarse a la amplia gama de
los placeres sensuales si está preocupada por la limpieza. Empú-
jense con suavidad más allá de los límites de la pureza y el orden;
vuelvan un poco al delicioso mundo de la infancia con sus tortas
de barro y los juegos con la comida. Permítanse esas pequeñas e
186
inocuas transgresiones que pueden liberar muchísimos senti-
mientos. Al permitirse ser un poco sucia con la mermelada o la
crema batida, un poco atrevido con las pieles y las plumas, las
inhibiciones sexuales arraigadas se desprenden de la idea, siem-
pre presente, de que nuestros cuerpos son sucios y desagrada-
bles. Yen el proceso de "hacer un banquete de su vida amorosa»
descubrirán que la vida no se detiene, que no pierden el control
y que no les ataca la enfermedad.
Lo que realmente quiero es llevar sensualidad a todos los
aspectos de sus vidas. La sensualidad tiene un modo maravilloso
de extenderse de una parte de su vida a otra. Siempre he dicho
que si aprende a comer sensualmente -a masticar lentamente, a
pasar la lengua por el interior de la boca, a chasquear los labios,
a saborear la textura de cada bocado y las sutilezas de cada espe-
cia-, en forma automática empezará a hacer el amor con más
sensualidad y viceversa.
Las parejas que se encuentran en esta etapa de los ejercicios
sensuales nos informan sobre toda clase de sensaciones nuevas
que han entrado en sus vidas.
-Los compañeros de trabajo me dicen que me he convertido
en una hedonista -me dijo una mujer con orgullo no disimula-
do-o Siempre estoy rozando mi mejilla con un pañuelo de seda
o metiendo la mano bajo mi blusa para acariciarme el vientre.
Además, soy una sibarita.
Otra mujer me contó que había cambiado la ducha por el
baño con agua caliente solamente porque la hacía sentir muy
bien. Hasta me dijo que había descubierto algo sensual en lavar
los platos con agua jabonosa caliente.
Un marido me contó que de repente empezó a gustarle sacar
el perro a pasear "porque me agrada sentir el aire de la noche en
la piel».
En estas personas está renaciendo la sensualidad.
-Me siento como saliendo de la anestesia -dijo una mujer-o
No me daba cuenta de lo adormecida que estaba hasta que
empecé los ejercicios.
187
¡i
[ ~
i!
",>:
11
'1
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Lo más importante es que los miembros de la pareja pronto
empiezan a relacionarse de otra manera y eso también sucede en
un nivel sensual. Se descubren tocándose el uno al otro durante
el curso del día, en formas que habían perdido hacía años.
-Tenemos una cocina muy pequeña y siempre estábamos
evitándonos en ella -me dijo Evelyn-. Pero a raíz de los ejerci-
cios, ahora chocamos amistosamente y nos divierte. Hasta nos
hacemos algunos cariñitos. No sé qué está pasando pero me
gusta.
Durante años Evelyn había experimentado el sexo sólo como
su «deber de esposa». Pero los ejercicios sensuales no solamente
volvieron a sensibilizarla a los placeres del tacto sino que libera-
ron a Evelyn y a su marido de la idea de que cada toque era el
preludio al acto genital. Las caricias de los ejercicios son «sin
obligaciones» y no exigen el cumplimiento de ningún objetivo,
así que ella gozaba librelnente de los encontronazos por sí mis-
mos. La paradoja está en que fue esto lo que la preparó para
gozar, más adelante, con el sexo.
Pero no toJo termina ahí. El contacto sensual relajado abre
las puertas a una relación más amorosa. En realidad es algo sim-
ple: cuando se proporcionan placer mutuamente, empiezan a
gustarse más. A medida que van haciendo los ejercicios suele
ocurrir qUe discuten menos, sobre todo por cuestiones sin
importancia.
-No es que los motivos de discusión no existan -me explicó
un esposo que hacía años que peleaba con su mujer-o Todavía
tenemos las viejas diferencias pero ya no me enojo tanto como
antes.
-Usted quitó toda la diversión a las peleas -dijo la esposa
fingiendo enojo-o Ahora preferimos hacer algo aburrido como
tomarnos de la mano y tener una conversación agradable. Esta-
mos convirtiéndonos en una pareja vulgar.
Después de una semana de ejercicios las parejas me cuen-
tan que conversan de una manera mucho más satisfactoria.
Pienso que eso se debe a que los ejercicios nos permiten, concre-
188
tamente, experimentar la independencia entre los dos. Aprende-
mos que cuando ella siente lIna cosa,.él siente .otra, y que eso no
significa que la relación ande mal. Sólo sigrtificá que son perso-
nas distintas con sensibilidades diferentes. Y lo mismo suc.ede en
la conversación; descubrimos que cada uno puede escuchar al
otro tranquilamente --escuchar nuestras diferentes experiencias y
puntos de vista- sin sentirse amenazado: ya sabemos que no
vamos a perdernos.
La mejor anécdota sobre lo que pueden producir los ejerci-
cios sensuales me la contó una mujer, de treinta años, cuyos ojos
brillaban:
-Me ruboricé como una colegiala cuando vi que Carl [su
marido] había ido a buscarme a la oficina. Me sentí feliz cuando
lo vi; tan simple como eso, ¿se lo imagina?
Por supuesto que puedo imaginarlo. Esa mujer, joven y feliz,
estaba percibiendo de nuevo a su marido como una fuente de
placer y consuelo. Su cuerpo había vuelto a aprender y ahora
había salido un mensaje de su mente y corazón y, al parecer, de
las mejillas ruborizadas.
- Todo eso es muy lindo, Dagmar, excepto por una cosa: tengo la
sensación de estar cambiando el sexo por una especie de afieto tierno
y neutro. ¿Cudnto tiempo deberemos olvidarnos del sexo y seguir
relacionándonos como eunucos?
No se preocupe. Están en el proceso de excitarse cada vez
más, no menos. Pero por una vez no están limitándose a los sen-
timientos eroticogenitales. El sexo está ahí; no se escapará. Pero
no van a hacer nada al respecto. Todavía no.
Ahora quiero agregar un elemento a las sesiones que marcará
aún con más claridad la diferencia entre el acto sexual y hacer el
amor. Estoy hablando del beso.
Siempre me sorprende la cantidad de parejas que vienen a
verme, que practican el sexo con regularidad, incluyendo con
frecuencia el sexo oral genital, que han abandonado sin embar-
189
go el sensual beso en los labios. Algunos sólo se besan durante el
acto sexual; otros lo evitan hasta en esas circunstancias. Para
ellos el beso se ha reducido a un roce asexual y distante que es
más un saludo que un contacto Íntimo.
Hay un motivo para eso. A su modo, el beso es un acto más
Íntimo que el coito. Cara a cara no podemos negar la individua-
lidad de! otro. Cuando nos besamos no podemos despersonali-
zar la experiencia ni perdernos en fantasías con otra persona.
Todo eso resulta más fácil cuando frotamos juntos nuestros
órganos sexuales. Tengo la sensación que desde la Revolución
Sexual, cuando e! beso se volvió más casual y, por ende, menos
personal, este contacto aumentó considerablemente su carga
emocional. Eso se me ocurrió mientras conversaba con una
prostituta que me contó que el único acto que no realizaba con
sus clientes era e! beso; eso lo reservaba para su amante. Para ella
era lo más íntimo.
Pero con la intimidad llega la angustia. Para muchas perso-
nas los besos profundos y sensuales activan los miedos de la
infancia de ser «tragados» por mami. En algún lugar de la médu-
la recordamos cómo nos sentíamos de desvalidos cuando nos
sometíamos a los besuqueos húmedos de mamá, y algunos de
nosotros todavía nos sentimos indefensos cuando nos «somete-
mos» a los besos de! compañero. La humedad por sí misma
puede producir angustia a muchas personas. Es algo que parece
sucio y primitivo. Podemos afrontar la humedad de los genita-
les, total están «allá a b a j o ~ ) , pero «aquí arriba» parece que podría
ahogarnos.
La semana que viene vamos a empezar con usted besando la
vida de nuevo. En e! medio de cada sesión -cuando cambian los
papeles de Acariciado a Acariciador- quiero que tengan la expe-
riencia de! beso. Como en e! resto de estos ejercicios, deben
alternar e! pape! pasivo con e! activo. Y como siempre el pasivo
es e! que ejerce e! control. Si por algún motivo e! beso es dema-
siado para usted o le produce mucha angustia, puede apartarse o
disminuir la intensidad.
190
Al principio se les permite tener los ojos cerrados: vamos a
dejarlos intimar gradualmente. Y también al principio intenten
evitar que los cuerpos se toquen: vamos a centrar todas las sen-
saciones en los labios, la lengua y la boca. Otra vez, háganlo len-
tamente y concéntrense en las sensaciones. No presten atención
al compañero en cuanto a sus reacciones: eSO no tiene importan-
cia por e! momento. Roce con sus labios los de ella. Sienta la
suavidad y la tensión. Pase la lengua alrededor de los labios de
su compañera y después entre ellos. Oprima sus labios contra
los de ella con lentitud. Absorba y tire de ellos. Deslice lenta-
mente la lengua entre los labios. Sienta la calidez y la humedad.
Retírese en e! instante en que alguno de los dos se sienta incó-
modo o «invadido)}.
La primera vez limítense a cinco minutos cada uno. Pero la
siguiente dupliquen e! tiempo si ambos lo desean. También
la persona «pasiva" puede devolver e! beso si quiere, pero no
tiene obligación de hacerlo. Pueden empezar e! ejercicio con los
ojos abiertos y cerrarlos después.
El contacto de las miradas está repleto de angustias sobre la
intimidad. Dicen que los ojos son el espejo del alma, y nos
advierten de que las personas que rehuyen e! contacto visual
-que miran hacia abajo o al c,ostado cuando buscamos su mira-
da- están evitando la intimidad, escondiendo su alma. VariaS'de
las terapias de la Nueva Era que se originaron en la década de
los sesenta y que daban suma importancia a la franqueza y la
intimidad hacían de los ejercicios de contacto visual lo más
importante de la terapia de grupo y de pareja. Pero opino que si
se trata de forzar el contacto visual se corre e! riesgo de alejarnos
de la intimidad en lugar de acercarnos a ella. Puede convertirse
en una forma de intimidación, hasta de violencia, como en un
juego de «Más sincero y tierno que tú". Esos ejercicios se con-
vierten fácilmente en e! desafío infantil «Te miro hasta que te
rías», en el que hay que ocultar los sentimientos para poder
ganar. En una relación adulta, la obligación de mirarse uno a
otro puede distraernos de los sentimientos, en particular de los
191
sentimientos sensuales, así que debo calificarla como una deten-
ción en el camino hacia la intimidad. Pero, por otra parte, es
verdad que cuando son capaces de mirarse abiertamente, sin
estar a la defensiva, pueden fluir entre ustedes sentimientos
maravillosos y establecerse lazos increíbles. Así que quiero que
experitnenten con el contacto visual pero mientras tengan el
dominio total de la experiencia.
Empiece a «echar unas nliradas)) a su compañero durante la
segunda sesión con besos. No olvide los sentimientos: no trate
de enviar mensajes de amor con la mirada. Y no espere que den-
tro dI' usted se agiten sentimientos fuertes. En e! momento en
. qne cualquiera de los dos se sienta incómodo o «invadido», cie-
rre los ojos. No están permitidas las quejas ni las recriminacio-
nes. Como en e! restú de! programa estamos estableciendo e!
contacto-íntimo poco a poco. Debemos sentirnos cómodos en
cada paso antes de dar e! signiente.
y llegamos, en e! progralna para la segunda semana, a lo que
realmente tiene la apariencia de hacer los deberes. Quiero
que cada uno lleve un Diario Sensual en un cuaderno que ten-
drá aliado de la cama en algún cajón de su mesa de noche. E
inmediatamente después de cada sesión doble, quiero que cada
uno anote en su cuaderno las experiencias que acaba de tener,
respondiendo Con detalles cada pregunta de mi cuestionario.
-¡Pero Dagmar, justo cuando los ejercicios empezaban a pare-
cer divertidos los convierte en un proyecto de investigación! Nos
dice que salgamos de nuestra mente y entremos en los sentimientos
y enseguida nos dice que debemos llevar el diario. ¿Cómo se entien-
de?
Hay dos motivos. Las respuestas a las preguntas de! cuestio-
nario le obligarán a prestar más atención a las sensaciones.
Como result3do de esto, en la sesión siguiente estará más capa-
citado para advertir los variados matices de los sentimienws y
las distintas maneras que usted usa para impedirse sentir.
A corto plazo, llevar e! diario puede hacerle sentir que se retrae
en los sentimientos, pero al final le llevará a sentir más.
192
CUESTIONARIO
1. ¿Quién inició la sesión y cuándo?
Si fue usted, ¿qué sintió como iniciador? Detalle la respuesta
lo más posible. ¿Tuvo que hacer frente a una gran timidez o
al miedo al rechazo?
Una vez que inidó la sesión, ¿cómo se sintió respecto a usted
mismo? ¿ Orgulloso, avergonzado, aturdido?
2. ¿Inició la sesión fuera de! dormitorio?
Sí fue así, ¿cómo se sintió por eso? ¿Aguerrido,
asustado, aturdido, excitado?
3. ¿Qué le gusta más: ser e! Acariciador o e! Acariciado?
4. ¿Le puso nervioso ser e! Acariciado?
¿Le hizo sentirse culpable e! hecho de centrarse egoístamente
sólo en su propio placer? ¿O la noción de que usted y su
compañero actuarían igualmente por turno le facilitó la
aceptación de! placer sin sentir culpa?
(Hombres) ¿Se sintió débil y afeminado cuando yacía pasiva-
mente mientras su compañera le acariciaba? ¿O se sintió
como si estuviera atendido por una nlasajista o una geiJha?
¿Le resultó difícil resistir la tentación de devolver las caricias?
5. ¿Pudo olvidarse completamente de su compañero y centrar-
se sólo en sus propias sensaciones?
6. ¿Le preocupó excitarse sexualmente o no hacerlo?
(Hombres) ¿Advirtió si tuvo una erección?
(Mujeres) ¿Advirtió si aumentÓ la lubricación?
193
¿O pudieron olvidar los genitales y centrarse en las sensacio-
nes que estaban experimentando?
¿Le parecieron los ejercicios frustrantes sexualmente o pudo
demorarse en el estado de excitación sin obsesionarse con el
orgasmo?
7. ¿Dónde le gustó más que le tocara? Especifique lo más po-
sible.
¿Descubrió alguna parte de su cuerpo que se siente bien
cuando la acarician?
Haga un esquema de su cuerpo y señale las partes (frente y
espalda) que fueron más sensibles y reactivas.
8. ¿Qué clase de toques le producen más placer?
Describa la sensación. Describa con detalles, y poéticamen-
te, tanto como pueda.
9. ¿Le emocionaron las caricias? ¿Se sintió nervioso, tranquilo,
excitado sexual mente, soñador, transportado, amante, con-
movido, melancólico?
10. ¿Cómo fueron cambiando sus sentimientos en el curso de la
sesión?
11. ¿Cuántas veces «dirigió» y «corrigió» las caricias que le hacía
su compañero?
¿Tuvo ganas de hacer más correcciones pero sintió temor a
herir los sentimientos del compañero o de parecer demasia-
do exigente?
¿ Hubo algo en su compañero que le inhibió y no pudo corre-
gir más?
194
12. ¿Qué le hizo decidirse a mover la mano de su compañero de
una parte de su cuerpo a otra? ¿Sintió que algún punto ya
había tenido demasiado? ¿O que otro punto «ansiaba» algu-
na atención?
13. ¿Cuánto tiempo permite que le toquen?
¿Por qué decidió terminar la sesión? ¿Hubiera querido conti-
nuar pero pensó que eso le haría parecer un «cerdo»?
¿Cree que podrá dedicar más tiempo la próxima semana?
14. ¿Le aburrió ser el Acariciador?
¿Estaba ansiando que su compañero le dijera que ya era sufi-
ciente?
15. ¿Le preocupaba no hacer un buen trabajo?
¿Se sintió enojado, a la defensiva u ofendido cuando su com-
pañero le hacía correcciones? ¿Por qué le hicieron sentir de
esa manera?
16. ¿Era capaz de sentir placer tocando el cuerpo de su compa-
ñero o estaba demasiado preocupado por las reacciones de
su pareja para sentir algo propio?
17. ¿Le parece que algo ha cambiado para usted a raíz de la
sesión? ¿Apareció algún sentimiento nuevo?
18. ¿Aprendió algo de usted mismo que antes ignoraba?
Responder al cuestionario es una oportunidad para ser
honesto con usted mismo. Resista la tentación de escribir sola-
mente: «Fue muy bueno». Haga el esfuerzo de registrar hasta
los más mínimos detalles de la experiencia. Escriba (por ejem-
195
plo): «Al principio esraba dudando y me sentía culpable por
haberle pedido que me tocara, y durante los primeros minutos
no hice más que pensar en cómo se sentiría él en lugar de con-
centrarnle en lnis sentimientos .. ,», Créanme, cuando logran
distinguir una pequeña diferencia o fluctuación en sus sen-
timientos están en camino de convertirse en mucho más
sensuales que si simplemente se sienten «muy bien» todas las
veces.
y ahora llega lo difícil. Al final de esta segunda semana del
programa, quiero que tengan una cita para leerse mutuamente
los Diarios. Reúnanse fuera de casa, por ejemplo en un bar. Allí
cada uno leerá su Diario en voz alta.
-Debe de estar bromeando, Dagrnar. Está decidida a humillar-
nos, ¿no?
TodOlo contrario. No van a sentirse humillados sino alivia-
dos. Va a ser una de las experiencias más liberadoras que hayan
tenido, porque finalmente deberán reconocer que han tenido
experiencias distintas. Y qué alivio representa sentirse libre de esa
noción absurda de que deben sentir la misma cosa en el mismo
momento.
-Pero esa «confesión» va a quitar el último matiz de romance a
nuestra relación. Va a convertir todo en una terapia de grupo.
No, no lo hará. Porque las reglas son: no discutir, no criticar,
no analizarse. Mientras usted lee su Diario Sensual, su compa-
ñero sólo puede escucharla. No puede interrumpir, hacer gestos
ni abrir los ojos con asombro. Y cuando haya terminado, él no
puede criticar ni analizar el informe.
Dios sabe que tendrá ganas de hacerlo. Casi todos están
seguros de que la compafiera «cometió un erran> o «no entendió
de qué se trataba». Simplemente no pueden entender que la
compañera haya tenido una experiencia diferente a la de ellos.
Bill, por ejemplo, estaba convencido de que Ruth, su mujer,
siempre mentía en el Diario.
-Escribió que yo le apreté las pantorrillas, pero no lo hice:
sólo las palmoteé. Hasta se equivocó respecro a la temperatura
196
de la habitación: escribió que hacía frioy en realidad hacía bas-
tante calor.
-iNo experimentaron lo mismo! -le dije por décima vez-o
Lo que para usted es una palmada, para ella es un apretón. En
esto no hay verdades objetivas. Debe aprender a: escuchara Ruth
sin presionarla para que vea las cosas igual que usted.
Por supuesto Bill se sentía amenazado por la idea de no
poder controlar lo que su esposa estuviera sintiendo .. Tuvieron
que leer muchas veces los Diarios para que Bill descuhriera que
en realidad lo que sentía era alivio por no tener la responsabili-
dad de los sentimientos de la compañera, que no tefiía que sen-
tirse culpable porque ella no sintiera lo que él sehtir.
Algunas personas sienten la tentación de interrllmpir la lec-
tura del compañero porque se ofenden. Cuando un marido
informó de que se había aburrido tocando as'u ésta ex-
clamó: "
-Dios mío, y yo que me sentía tan bien. Afiora.me has arrui-
nado todo. " " "
-Pero usted se sintió bien -le dije-o Y nadi ddoque él diga
puede quitarle esas sensaciones. Una vez que de
eso, se sentirán los dos mucho mejor. . 1, .
La verdad es que nos resulta mucho más fácil aceptar que
nos sentimos mal mientras el compañero estaba pasándolo muy
bien que admitir que nos sentimos IUUy bien mientras nuestro
compañero se aburría. Como siempre, preferimos echarle la
culpa a él que sentirnos culpables nosotros.
Quizá la tentación más destructiva sea la de psicoanalizar las
respuestas del cónyuge. Una mujer hizo gestos de asentimiento
durante todo el informe de su marido y luego dijo:
-Acabas de probar lo que yo siempre dije: eres una persona
muy inhibida, como tu padre.
Dios nos libre de cónyuges que se sienten nuestros terapeu-
tas. Es uno de los flagelos de nuestra época. Con frecuencia lo
hacen en nombre de la «sinceridad» pero es el método más segu-
ro para evitar la intimidad en cualquier relación.
197
'.
,
:0"
Así que, para resumir: cállense la boca y respeten la indivi-
dualidad del cónyuge. Hay que tener valor para leer el Diario
Íntimo: valor y confianza. A algunas personas les resulta más
fácil leer las entradas respectivas si lo hacen tomadas de la mano,
frente a frente, con la mesa por medio. Después de que el com-
pañero ha leído sus entradas en el Diario Sensual, es su turno de
lectura. Y luego cierren los cuadernos y ordenen la cena.
198
13
Comparta su secreto mds íntimo
Semana tres
Han llegado a la etapa de los ejercicios sensuales graduales en
que el sexo genital va a entrar de nuevo en su vida.
Pero vamos a reintroducirlo de una manera totalmente
nueva. Por esta semana solamente, quiero que terminen cada
una de las tres sesiones dobles masturbándose en forma simul-
tánea los dos juntos: llamo a eso «masturbación en tándem».
Sé que puede parecer lo opuesto a la intimidad pero, créanme,
una vez que se animen a romper esa barrera, cuando compar-
tan el secreto más íntimo, llegarán a experimentar una intiñ1i-
dad tan profunda que enriquecerá todos los aspectos de la rela-
ción para siempre. Lo que les digo es cierto. Una vez tras otra
veo que la masturbación en tándem resulta un experimento
crucial para las parejas. Con ese acto desaparecen muchas capas
de inhibiciones y de malentendidos sexuales. De repente dos
personas que nunca tuvieron un contacto auténtico se conec-
tan íntimamente.
-Fue como si de repente me diera cuenta -me dijo Lester-.
Fue algo casi místico, sólo que totalmente vívido. Por primera
vez en la vida vi a Margot [su esposa] como una persona sexual,
con sentimientos y temores propios igual que yo. Fue como si
de repente se hubiera convertido en un ser real al que amo.
199
No todos viven la primera masturbación en tándem tan
intensamente como Lester, pero estoy acostumbrada a escuchar
que «desaparecieton las barreras» y, sobre todo, que el cónyuge
pareció «reah de repente. Lo más importante es que después de
vivir esa experiencia, la pareja comienza a relacionarse de forma
diferente, COn más empatía y bastante menos angustia y enojo.
Y, cuando se ponen en contacto sensual, sus sentimientos son
mucho más fuertes y el sentido de la intimidad, mucho más
intenso. Es un acto de revelación que funciona.
-Qué bien ... fonciona. Como la terapia de choque. Pero yo pre-
fiero una descarga eléctrica y no pasar por eso. Me niego a exponer-
me y humillarme delante de mi compañero. Me parece feo y total-
mente innecesario.
Mire, sé que la perspectiva de la masturbación compartida
~ -
asusta. Por eso mismo es tan importante que lo hagan: para
superar el miedo. Una vez que hayan probado el ejercicio descu-
brirán que no mueren de vergüenza ni aniquilan al compañero.
y una vez que han experimentado el hecho, se levanta una carga
enorme en la relación.
-¿Qué carga? Según lo que usted dice parece que siempre he lle-
vado el peso de querer masturbarme en tdndem. Jamds se me ocu-
rrió ni por asomo, ni en mis fantasías mds locas. Así que hacer la
cosa no me va a aliviar nada.
Sí, va a hacerlo. Porque en el transcurso de los años me he
convencido de que sus sentimientos sobre la masturbación, suya
y de su compañero, reflejan los sentimientos más fundamentales
sobre su propia sexualidad y la de su cónyuge. Le dice lo que
usted siente como «sucio» y como «egoísta» del sexo; lo que le
asusta de la sexualidad del compañero y lo que amenaza su pro-
pia sexualidad. Son notables los sentimientos ocultos que se
revelan cuando se prueba el ejercicio.
Muchísimas mujeres no han visto realmente eyacular a su
compañero y la sola perspectiva las repele.
-Puedo vivir muy feliz el resto de mi vida sin ver sus salpica-
duras por todos lados, gracias -me dijo Rhoda l., una esposa,
200
haciendo una mueca de disgusto-o Digámoslo· de .una vez: hay
cosas en la vida que es mejor no ver. .
-¿Quiere decir que prefiere que todo el material de las salpi-
caduras quede en su vagina, donde no tiene quevedo? "-:pregun-
té a Rhoda-. Entonces ,qué es su vagina? ,Un cubo de basura?
Pensaba que era particularmente importalltépara ella ver
eyacular a su marido. Estaba segura de que en realidad iba a ser
sumamente sencillo en comparación con lo que ella imaginaba.
y entonces podría dejar de considerar el sexo como algo feo y
degradante. En realidad, lo que ocurrió cuando contempló la
masturbación del marido y la eyaculación fue que se echó a reír.
-Al principio Max [el marido] se sintió ofendido -me contó
Rhoda-, pensaba que estaba burlándome de él. Pero entonces le
expliqué que me había reído de mí. Hacía veinte años que está-
bamos casados, lo había visto miles de veces en el baño; lo había
visto vomitar, desmayarse y tener convulsiones. ,Por qué ha-
bía dado tanta importancia a eso?
Gracias a esta situación, esta mujer había desmitificado el
sexo; se había desensibilizado respecto a la exageración de la
«suciedad» sexual que la había inhibido.
-¿Desmitificar? Has reducido el sexo a una función sanitaria.
¡Eh! ¿Qué se hizo del romance?
El romance no puede empezar hasta que dejemos de sentir-
nos tan angustiados el uno frente al otro. Para que Rhoda pudie-
ra amar el cuerpo de Max, primero tenía que verlo como real.
Sí, ése era el mismo cuerpo que ella había visto todos los días en
el baño: no era peligroso ni sucio. Era el cuerpo que a él le pro-
porcionaba placer. Y podría hacer lo mismo para ella.
Otro marido me dijo que la primera vez que probaron la
masturbación en tándem y cuando él estaba a punto de acabar,
su esposa se tapó las orejas. Tenía miedo de que él explotara ante
sus ojos. Esa mujer pudo querer el pene de su marido cuando
vio que no era como un petardo.
También hay muchos hombres que creen que si se mastur-
ban delante de su esposa ésta se sentirá ofendida.
201
-Lucy es una mujer muy sensible -me dijo Arnold en priva-
do-. No quiero que tenga que pasar por esto.
-,Quiere decir que ella es demasiado sensible para tener rela-
ciones sexuales? -pregunté.
Esta pareja hacía el amor cada vez menos y los dos declara-
ban que ya no sendan ganas. Pero yo estaba segura de que las
ganas estaban ahí, sepultadas por las angustias. Y una angustia
fundamental era el sentimiento de Amold de que su mujer
«estaba por encima» de la fealdad carnal. Había puesto a su
mujer en un pedestal y a él mismo en la alcantarilla. Con razón
habían perdido las ganas si ocupaban esas posiciones tan dis-
tantes.
La actitud de Arnold era similar a la de muchos hombres. Él
veía su propia sexualidad como sucia y destructiva. Podía lasti-
mar a una «mujer buena». Para que los dos pudieran proporcio-
narse placer había que desmitificar a la esposa, había que bajarla
del pedestal y meterla en la cama. Pues bien: la masturbación en
tándem la bajó rápidamente de ese pedestal. A ella le resultó más
fácil probar el ejercicio de lo que a Arnold se le había ocurrido.
Después de la primera sesión de tándem Arnold informó:
-¡Qué excitación!
Había hecho el descubrimiento notable de que su esposa era
tan sexual como él. Lejos de sentirse «herida» por verlo mastur-
barse, se había sentido aliviada y excitada por haber sido traída a
la tierra, al ámbito del placer relajado y «sucio». Le había dado
a ella el valor necesario para cumplir su parte del traro: mastur-
barse simultáneamente frente a Amold. Las ganas les habían
vuelto a los dos.
-Desde entonces somos dos personas diferentes -me dijo
Arnold unas semanas después-o Y lo mejor es no "Ser tan cuida-
dosos cuando estamos juntos.
La verdad es que la plaga que azota muchas relaciones es el
exceso de «cuidado», y así es casi imposible tener intimidad. El
regalo maravilloso de la masturbación en tándem es la acepta-
ción mutua. Los dos miembros de la pareja tienen una concien-
202
cia nueva respecto al otro: «Te he visto en tu momento más pri-
vado, en tu desnudez primitiva. Y tú me has visto también en
esa desnudez. Hemos compartido el secreto más íntimo y toda-
vía estamos abí, cada uno para el otro. Y ésa es la mayor intimi-
dad entre dos personas».
-Debo reconocerlo, Dagmar, sólo usted podia asociar la mastur-
bación con la intimidad. Pero muy convenientemente olvidó una
cosa: la masturbación es algo que se hace a solas. No se necesita a
nadie para eso.
Por eso la idea de ver masturbarse al compañero produce
tanta angustia. La persona se enfrenta a uno de sus mayores
temores: él (o ella) se satisface mejor solo que con usted. A los
hombres en particular les tortura ese miedo: «Yo nunca podría
aguantar tanto, hacerlo tan fuerte ni tan rápido. ,Quién po-
dría tocarla conociendo todos los resortes? ,Quién podría com-
petir con la mano de ella?».
Y, a la inversa, muchas personas cuyo compañero se ha
vuelto desatento sexualmente se resisten a la simple mención
de ese ejercicio porque les recuerda todos los rechazos que han
sufrido.
-La masturbación es mi única vida sexual -me dijo una
mujer madura-o Lo que lograría ese ejercicio es que recordara
eso, que hace muchísimo tiempo que no hacemos el amor. -J
-Saque ese secreto del armario por abora -le dije-o No puede
sentirse unida a su marido hasta que se sienta cómoda con su
propia sexualidad. Y ése es el primer paso hacia la vida sexual
entre los dos.
Muchas personas, sobre todo mujeres, se alteran ante la idea
de la masturbación en tándem por la faz positiva del motivo:
temen que el marido se sienta inadecuado.
-Sé que Henty va a estar pensando que soy mejor para eso
que él -me dijo Wendy-. No, peor, que él es tan mal aman-
te que yo tengo que satisfacerme sola.
-Corra el riesgo -le dije -. Pero yo sospecho que su marido
va a sentirse aliviado, quizá no al principio, sino más adelante.
203
Henry vivía con el tcmor de no ser un buen amante. Ese
miedo suele resultar una profecía. La carga de creer que su mujer
debe sentirse, cH fonna pennanente, sexualmente frustrada si él
no cumple bien con su «trabajo», había hecho que Henry rchu-
yera el trabajo. Era un círculo vicioso pero, por suerte, la mas-
turbación en tándem acabó con el círculo. En lugar de caer más
profundamente en su sensación de insuficiencia, Henry se sintió
aliviado enseguida al ver que Wendy podía satisfacer sus propias
necesidades sexuales. Eso le quitó la tensión. Wendy no depen-
día de él para tener orgasmos; ahora podían estar juntos sin
todas las angustias de una relación cargada con dependencias. Y
permitió a Henry seguir por el camino apropiado para conver-
tirse en un «amante mcjoP): el de la concentración en las propias
sensaciones sexuales.
U ~ ~ ; ' e z más, nos encontramos con que el egoísmo es la ruta a
la intimidad. En la masturbadón en tándem no puede olvidar
que, primero, usted tiene el control de su propia sexualidad y, segun-
do, que eSlalldo juntos, wted y su compañero tienen experiencias
sexuales separadas. Ésos son los dos principios cardinales que les
permiten llegar a hacer el amor romántica e íntimanlente.
Al reconocer que usted solo es responsable de su satisfacción
sexual, deja de echar la culpa al compañero por su experien-
cia sexual insatisfactoria. Pero esto también significa que queda
libre de las críticas illhibitorias del compañero. Basta de concen-
trarse en las reacciones sexuales del cónyuge sin experimentar
usted ningún placer sexual. La masturbación es el primer paso
para aceptar el hecho de que usted domina su sexualidad. Es
suya y los placeres son suyos. Cuando dé el paso siguiente y
comparta el sexo con su cónyuge, estará seguro de que no perde-
rá esos placeres.
Uno de los resultados del ejercicio que más liberación pro-
duce es que alguna noche, en el futuro, cuando uno de los com-
ponentes de la pareja esté exhausto o enfermo, podrá decir sin
sentirse culpable: «Estoy agotado, ¿quieres hacértelo tú mientras
yo miro?,),
204
Cuando se llega al punto en que se puede ser tan libre con el
cónyuge, la intimidad ba reemplazado a la vergüenza en la re-
lación.
-En teoría todo eso resulta foscinante, Dagmar, pero no tiene
nada que ver con la realidad. Te explico: nunca le dije a mi marido
que me masturbaba y, por lo que sé, él tampoco lo hace. No Plledo
ni pensar en hablar de eso, muchísimo menos en que lo hagamos el
uno delante delotro.
No me sorprende. En realidad estoy segura de que la mastur-
bación, yeso resulta sorprendente, es un secreto en casi todos
los matrimonios. He visto centenares de parejas, de personas
que comparten la cama desde hace muchos años, que han cria-
do juntas a sus hijos, que han calculado juntas los impuestos que
debían pagar, que han tratado de conocerse a fondo, pero
que jamás intentaron tratar el «tema prohibido». Cuando hablo
de masturbación con alguna pareja en el consultorio suele ocu-
rrir que los dos niegan haberlo hecho desde la adolescencia, pero
cuando estoy a solas con cada uno, los dos «confiesan) que la
practican con regularidad y que siempre lo han hecho. Hasta
hay personas a las que resulta más fácil admitir que han cometi-
do una infidelidad que confesar que se masturban.
La vergüenza asociada a la masturbación es algo muy pro-
fundo en todos nosotros. Es rara la persona que no ha empeza-
do a masturbarse en UIla nube de malos presagios. Si los padres
no le dijeron que era «abuso de uno mismo}), algún compañero
de la escuela le habrá dicho que le crecerán verrugas en las
manos o se le detendrá el crecimiento, o que será maricón.
y hasta quienes nunca creyeron en esas tonterías, siendo ya adul-
tos siguen sosteniendo el viejo mito destructivo de que la mas-
turbación es sólo para las personas feas y solitarias y que las perso-
nas normales no tienen que hacerlo «solas». Esos hombres dicen:
"No necesito hacerlo solo. Tengo esposa».
En los hogares en que las relaciones sexuales muy poco fre-
cuentes han llegado a ser un problema, admitir ante el cónyuge
que uno se masturba puede resultar muy humillante.
205
-Creo que yo confiaba en lo que ella creía: que yo había per-
dido el imerés por el sexo -me dijo el esposo de un matrimonio
que tenía pocas relaciones sexuales-o Pero cuando llegamos al
ejercicio de la masturbación en tándem, admití que todo el
tiempo había estado haciéndolo cuatro o cinco veces por sema-
na. Creí que eso iba a ser como una bofetada, pero entonces ella
se giró y me dijo que había estado haciendo lo mismo, y, en
lugar de sentirnos mal. nos echamos a reír. Creo que reímos por
el alivio que nos produjo haber sacado a la luz el terrible secreto.
Por cierto, muchas parejas experimentan gran alivio sólo por
el hecho de «confesar>, el secreto. Sin darse cuenta han estado
cargando con un pesado sentimiento de culpa. La confesión
-que suele ser reciproca- empieza de inmediato a mitigar la
culpa. Y el paso siguiente, la demostración del secreto, por lo
general acaba con el resto de la culpabilidad.
-Pero a lo mejor mi cónyuge nunca se masturbó. No todos lo
hacen ...
Lo sé. Pero a riesgo de que me llamen pervertida, debo decir
que todos deberían intentarlo de vez en cuando «para tener
buena mano», como dice uno de mis ingeniosos colegas. Hace
años, Masters y Johnson revolucionaron el campo de la sexuali-
dad declarando que, para empezar de nuevo a gozar del sexo,
debíamos revivir nuestras primeras experiencias sexuales. Ellos
se referían a acariciarse pero, en realidad, nuestra primera expe-
riencia sexual fue con nosotros mismos y por ahí tendríamos
que empezar. Puede resultar muy curativa esa experiencia que
nos hace sentir vivos sexualmente de nuevo.
A las personas que hace tiempo que no han tenido sexo de
ninguna clase les sugiero, por lo general, que empiecen a mas-
turbarse a solas, una vez por día. durante una semana. A menu-
do eso es todo lo que se requiere para despertar las «zonas
medias» de quienes han evitado los sentimientos sexuales duran-
te tanto tiempo que para ellas enfriarse se ha convertido en un
reflejo. Es un punto de partida. Les asegura que tienen una vida
sexual aunque aún no sea compartida. Los cambios en las reac-
206
ciones sexuales se inician solos. Si no se siente cómodo con esos
cambios cuando está solo, tendrá problemas para hacerlos junto
con el compañero. O, como dice Woody Allen en forma muy
positiva: «Soy un amante fabuloso porque practico mucho solo».
Recomiendo dos libros muy buenos que detallan cómo
puede explorar sus propios sentimientos sexuales mediante la
masturbación a solas: For Yourself [Por sí misma] de Lonnie Bar-
bach,para mujeres, y Male Sexuality [La sexualidad masculina]
de Bernie Zilbergeld, para hombres.
- Todavía creo que va a ser imposible hacerlo frente a mi compañe-
ro. Quizd mi vergüenza sea irracional, pero es parte de mí.
Será difícil, pero no imposible. Hacerlo los dos al mismo
tiempo alivia mucho la angustia. De esa manera ninguno de los
dos se siente exhibiéndose frente al otro, pues el compañero no
está centrado en lo que usted hace.
Algunos de ustedes preferirán hacer el ejercicio en forma gra-
dual, masturbándose primero debajo de la sábana o dándose la
espalda en la cama. En la siguiente ocasión pueden mostrarse un
poco más, paso a paso, hasta sentirse cómodos para hacer el ejer-
cicio abiertamente.
Mire, sé que va a resistirse a este ejercicio en todas las formas
que pueda. Asusta, de eso no cabe duda. Pero es una aventu-
ra que puede llegar a ser tan excitante como la primera vez que
hizo el amor. Y es un paso gigantesco hacia la intimidad.
207
14
El fruto precioso
Semana cuatro
Un joV;;n marido describió lo que denominó uno de los más
grandes enigmas de la vida:
-Todavía recuerdo con detalle la primera vez que toqué un
pecho desnudo -comenzó a decir-o Fue sin duda un momento
de delirio. Mi amiga y yo estábamos besándonos y yo deslicé la
mano debajo del suéter, ascendí por e! vientre y ¡Dios, qué fruto
precioso! ¡Qué suavidad! ¡Qué flexible! No era algo de este
mundo. Yo tenía catorce años y estaba en e! cielo. Acabé en
aquel instante. Eso ocurrió hace quince años. Ahora estoy casa-
do con una mujer que tiene unos pechos bellísimos pero cuando
los toco me siento como si le tocara los codos. No me excitan.
¿Qué pasó con el fruto precioso?
Escucho esos lamentos muy a menudo en mi consulta. ¿Qué
pasó con la emoción de! primer beso, de la primera caricia en
los pechos, de! primer acto de amor?
-¿Estarán fallándome las glándulas? -me preguntó un hom-
bre con toda seriedad.
No es posible volver a vivir igualmente la excitación de la
primera experiencia, ya sea la de! primer pecho desnudo que
tocó o la de la primera mousse de chocolate que comió. Esas
experiencias sólo pueden ser perfectamente únicas e inocentes
208
una vez. Pero eso no significa que la alternativa sea el aburri-
miento y la insensibilidad. Eso es algo que hacemos nosotros
bloqueando nuestros sentimientos. No nos quedamos sin glán-
dulas; nos quedamos sin sentimientos. Y parte de lo que tratan
de hacer estos ejercicios es devolvernos esos sentimientos y gran
parte de la emoción del «estrenm>.
-¡Ah!, ahora entiendo por qué no se nos permitió tocar los pechos
durante las primeras tres semanas. ¡Para convertirlos otra vez en los
frutos prohibidos! Nos tuvo respirando con foerza como a chiquillos
de catorce años antes de volver a romper el tabú. ¡Qué truco barato!
Oiga: si funciona, funciona. Pero no fue sólo la prohibición
la que los hizo respirar fuerte antes de tocar (o que le toquen)
los pechos. Todos los años que esruvieron centrados en la es ti-
mulación de los pechos (y los genitales) pueden haber ocasiona-
do la exclusión del resto del cuerpo. Los pechos eran las llaves
que había que tocar para «sintonizar» una reacción sexual. Te-
nían que hacer todo el trabajo y por eso, con el tiempo, perdie-
ron sensibilidad tanto para e! Acariciador como para la Acaricia-
da. Pero después de tres semanas de ejercicios sensuales todo el
cuerpo está más sensibilizado y los pechos están «descansados»,
listos y ansiosos.
Esta semana quiero que incluyan los pechos en los ejercicios
-no los genitales- en todas las sesiones dobles. Persona Acaricia-
da, tÚ decides cuándo quieres que el Acariciador te toque los
pechos. Ponle la mano ahí cuando estés lista. Esto quiere decir
que el Acariciador no puede centrarse en los pechos désde e!
principio y dedicarse totalmente a ellos excluyendo el resto del cuer-
po. Eso sería recaer en los malos hábitos. No, que antes tenga el
resto de! cuerpo vibrando; eso hará que e! toque en los pechos
produzca éxtasis.
Recuerden: el Acariciado es quien tiene todo e! control. Si
ella (o él) no se siente feliz con la forma en que es acariciada,
debe demostrar exactamente cómo quiere que e! otro lo haga.
Para ello puede poner la mano de ella sobre la de él y guiarlo.
O puede demostrarle lo que desea acariciando sus propios
209
.-:"',:' qL
pechos como «lección práctica). Y cuando quiera cambiar de
modo de acariciar también deberá indicarlo. Pero nada de ins-
trucciones verbales. «No me hables de amor, muéstramelo.» Por
último, si en algún momento ella no se siente cómoda o experi-
menta angustia tiene la opción de levantar la mano de! Acaricia-
dor y apoyarla en otra parte de! cuerpo.
Lo que es triste es que muchas mujeres pasen su vida de casa-
das permitiendo que sus maridos les toquen los pechos de una
manera que a ellas no les agrada porque son demasiado tímidas
o temerosas para pedir la clase de caricias que realmente quie-
ren. Ahora tienen la oportunidad de cambiar todo eso. Por este
motivo, muchas mujeres encuentran que esta etapa de los ejerci-
cios es especialmente placentera.
-Por primera vez en dieciocho años conseguí que Ralph
dejara de tironear mis pezones y empezara a acariciarlos con sua-
vidad -me contó Genevieve-. Fantaseaba con eso desde años
atrás, pero si no hubiera sido por e! ejercicio no creo que hubie-
ra tenido valor para pedírselo. y tampoco creo que él lo hubiera
tomado bien.
El marido de Genevieve no podía ser culpable de tocarle los
pechos de «forma equivocada» si ella guardaba el secreto referen-
te a la «buena manera». Pero, con ayuda de las reglas de los ejer-
cicios, ella rompió el hielo y le mostró lo que realmente quería.
Por su parte, Ralph había renunciado a parte del control para
respónder a los deseos de su esposa. Al final, los dos estaban más
felices. De ahí en adelante «se permitían) demostrar siempre lo
que deseaba cada uno.
-Juro que empecé a querer más a Ralph aquel día -me dijo
la esposa-o ¿Puede ser?
-Oscar Wilde dijo que el amor es la gratitud por el placer
recibido -le dije-o En un día pasó de soportar a su marido a
obtener placer de él. Eso suena ciertamente como un buen terre-
no para el amor.
El esposo de otra mujer estaba asombradísimo por la reac-
ción de su esposa en la primera sesión de toque de los pechos.
210
-Llevó mi cabeza hasta sus pechos y fue muy claro que que-
ría que le chupara los pezones. Quedé pasmado porque hacía
años que yo ansiaba hacer eso, pero estaba seguro de que a ella
le disgustaría. En realidad recuerdo que una vez me lo impidió.
-¿Cuándo? -pregunté.
El hombre se frotó los ojos y, sonriendo avergonzado, res-
pondió:
-Hará unos veinte años.
La anécdota puede parecer cómica pero la oigo, con varia-
ciones, casi rodas las semanas. Un miembro de la pareja le dice
al otro que no le gusta algo y entonces esa negativa queda como
una regla, grabada en granito, en la relación. Pero ocurre que
nuestros deseos y reacciones cambian de un dfa para otro, no
solamente de década en década. Yes probable que ninguna zona
del cuerpo femenino sea más variable que los pechos; la sensibi-
lidad de los pechos, cambia, en la mayoríade las mujeres, en
forma constante debido al ciclo menstrual. Por ejemplo, muchas
mujeres tienen los pechos doloridos durante la menstruación y
no quieren que se los roquen durante ese tiempo. Además, algu-
nas mujeres tienen más sensibilidad en los pechos que otras;
algunas pueden llegar al orgasmo estimulando únicamente los
pechos mientras que a otras casi no las excita ese estímulo. Pero
debo decir que muchísimas mujeres que pertenecían at'grupo
«insensible» descubrieron que reaccionaban mucho más a la esti-
mulación de los pechos en esta etapa de los ejercicios. Funciona
de la misma manera que los ejercicios anteriores: cuanto más
control siente que tiene, más cómoda se encuentra, y cuanto
más cómoda está más sensible es.
-Pero ¿qué pasa si él me acaricia como yo quiero y no me excito?
-¡Y qué pasa si le acaricio los pechos como yo quiero y no
tengo una erección?
Dejen de preocuparse por si se excitan o no. Todo lo que tie-
nen que sentir es lo que sienten. Concéntrense en esos senti-
mientos. ¡ Gocen de esos sentimientos! Todavía no van a llegar a
ninguna parte con ellos, así que eso es todo lo que pueden hacer.
211
y experimenten tanto como puedan. Vean-cuántas sensacio-
nes nuevas pueden deleitarlos. Puede ser que usted quiera que
su compañero le toque los pechos con las manos, pero también
podría desear que probara con los labios y la lengua. Y podría
ser que usted quiera saber que sentiría si acariciara su vientre
con los labios y la lengua. O le interesaría saber cómo es eso
de que él lama la crema batida colocada entre sus pechos, o saber
qué se siente si él le pasa una pluma por los pezones. Cualquier
cosa es válida si usted la permite. Y ésta es la oportunidad para
examinar todas esas variaciones que a lo mejor llenaban sus fan-
tasías.
Una última advertencia: he estado hablando como si las
mujeres fueran las únicas sensibles en los pechos y los pezones.
Pero no es así. Una de las grandes sorpresas que les esperan a
mientras hacen este ejercicio es el descubrimien-
to de que los pezones masculinos son tan sensibles y causan
tanto placer como los de ellas. Muchos hombres se enteran de
que se les ponen erectos los pezones cuando se los estimula sen-
sualmente. No se avergüencen ni sucumban ante la idea ridícula
de que ésa es una reacción femenina. Es sólo una respuesta sen-
sual que esrá a su disposición. Un placer más que se proporcio-
nan mutuamente.
212
15
Muestre y cuente, toque y retírese
Semana cinco
Practicar el coito es la mejor manera de no ver jamás sus genita-
les ni los de su compañero. Puede hacerlo todo, incluido el
orgasmo, sin mirar «allá abajo». Y si realmente es experta en
el coito, ni siquiera tiene que tocarlo con las manos: puede
alcanzar el objetivo por control remoto.
-Un momento, Dagmar, estd contradiciéndose otra vez. Creía
que protestaba porque las relaciones sexuales estaban demasiado
centradas en los genitales.
Es verdad. En la relación sexual las personas se dedican tanto
a la estimulación de los genitales que olvidan los otros senti-
mientos. Pero al mismo tiempo, el coito las distancia de los geni-
tales propios y de los de su compañero. Usted sabe que están
«allá abajo», haciendo lo que tienen que hacer, mientras usted
permanece «acá arriba», en su cabeza, esperando que se produz-
ca la emoción. Usted nunca reconoció sus genitales ni los del
compañero como partes integrales de ustedes. En realidad nunca
los quiso.
-Pero mis genitales me vuelven loca. Son las partes de mi cuer-
po que me proporcionan mds placer. Usted es la que ha estado
ignordndolos con los ejercicios de «tóquense en todas partes excepto
los ... ».
213

" ."
Si está tan loca por sus genitales, ¿por qué opone tanta resis-
tencia a que su compañero los vea? La triste verdad es que, en lo
profundo, casi todos nosotros nos sentimos, si no avergonzados,
por lo menos inseguros en lo que concierne al aspecto de nues-
tros genitales. Y son muchísimas las personas que se sienten
impresionadas desagradablemente por los genitales del com-
pañero.
Todo empezó con las hojas de parra de Adán y Eva. ,,¡Cubran
su desnudez!», les ordenó el Hacedor, y por desnudez Él se refi-
rió solamente a los genitales. Ésas eran las partes del cuerpo que
deberían ocultar al único otro ser humano en la Tierra. Desde
entonces venimos escuchando lo mismo de nuestros padres. Llá-
menlo modestia si quieren, pero la modestia está a un paso de la
vergüenza. A medida que crecíamos el mensaje se hacía cada vez
más claro: lávate bien las manos después de haberte tocado
abajo; nunca uses ropa interior de otra persona aunque se haya
lavado mil veces. «Allá abajo» está el cuarto de baño, el departa-
mento de la basura. ¿Entiendes? Allá abajo es sucio.
Más adelante nos bombardean otros mensajes de vergüenza.
Los únicos genitales -sobre todo femeninos- que vemos en
público son muchísimo más lindos que los nuestros (o que los
de nuestro compañero). ¿Cuántas veces han visto un desnudo
en público que tenga una mata de vello pubiano? Nunca. El
único vello pubiano que vemos en un cuadro ha sido idealizado
y parece pertenecer a una niña de once años. Dios nos ayude,
nuestros genitales no lucen asÍ. Los nuestros son peludos, carno-
sos o descarnados, cualquier cosa menos lindos. Y decidimos
que lo mejor es esconderlos de la vista: de la nuestra y la de nues-
tro amante. Es feo allá abajo.
Como si fuera poco estar avergonzadas de los genitales, tene-
mos que encarar el miedo profundo de nuestro compañero a
mirar y tocar nuestros genitales. Hay muchos hombres que se
sienten dominados por la angustia al ver una vagina; en algún
nivel preconsciente la ven como una tela de araña, la trampa de
la que nunca podrán escapar, un vacío que puede tragarlos. Esos
214
hombres sólo pueden hacer el acto sexual si no ven la vagina de
su compañera. También hay muchas mujeres que se aslistan a la
vista de un pene, sobre todo de un pene erecto; parece peligroso,
enorme, da miedo: es un arma. Las mujeres que tienen esos
temores prefieren el acto sexual a OScuras y bajo la sábana ... o lo
rechazan.
-Escuche, si hacerlo bajo la sábana es todo lo que hace filta para
que sea un buen coito, ¿qué importa? Si sirve, sirve, como usted dice
siempre.
Pero es que realmente no sirve. Mientras llevemos con noso-
tros esos miedos y vergüenzas no podremos hacer nunca el amor.
Mientras no aceptemos nuestras partes más íntimas nunca podremos
tener intimidad.
Así que antes de incluir los genitales en los ejercicios sensua-
les debemos conocerlos ... íntimamente.
En algún momento, antes de la doble sesión siguiente, quiero
que cada uno de ustedes, por separado, esté de pie, desnudo
ante un espejo largo, y se observe detenidamente. (Si no tienen
espejo largo, vayan a comprar uno; es hora de que vean su
cuerpo como un todo y no como una suma de partes aisladas.)
Mientras se mira de pies a cabeza, concéntrese en r6 que le
gusta de su cuerpo. Ya sabe lo que no le gusta; se ha centrado
en eso cientos de veces. Esta vez «aCentúe lo positivo y elimine
lo negativo», como dice la vieja canción. ¿Cuál es su mejor
«ángulo»? Diga lo que le gusta en voz alta. ¿Qué le gusta de sus
ojos? ¿De su boca? ¿De su tórax o sus pechos? Por una vez no
se detenga en la percepción de que son demasiado pequeños o
demasiado grandes, anchos o bajos. Cójalos por debajo con sus
manos y anuncie al mundo qué tienen de particularmente
atractivos. No los compare automáticamente con los de la
modelo de la portada del Cosmopolitan de esa semana, en reali-
dad no los compare con ningunos. Aunque haya llevado la
carga de una autoimagen desgraciada todos estos años, sé que
215
hay algo que le gusta de sus pechos, algo que debe de haberle
avergonzado 3dmitir incluso ante usted misma; digamos, por
ejemplo, la textura suave de la piel alrededor de los pezones.
Por una vez muestre lo que su cuerpo tiene de bello en lugar
de dedicarse a esconder lo que cree que no lo es. Supere el
miedo que le han inculcado de ser «demasiado orgullosa».
Supere toda la vergüenza. Encuentre por lo menos cinco cosas
de su cuerpo de las que pueda presumir y cantar alabanzas con
potencia y claridad. Termine el ejercicio diciéndole a su ima-
gen: «Te quiero».
-Eso es demasiado sofisticado para mí, Dagmar. No puedo
engañarme con mi aspecto por el solo hecho de pensar en forma posi-
tiva. Sigo siendo realista y estoy orgullosa de serlo.
¿PoWJué será que para los realistas sólo sOn reales las percep-
ciones negativas? No estoy pidiéndole que niegue lo feo de su
cuerpo. Sólo le pido que, por una vez, se concentre en lo que
su cuerpo tiene de atractivo. Eso también es real. A muchas per-
sonas les da gran trabajo sentir orgullo por su cuerpo, pero ¿qué
tiene que perder si hace lo que le pido?
Ahora llega la parte difícil: observar los genitales. La mera
perspectiva es capaz de marear al más sobrio. Para tener una
buena perspectiva conviene ayudarse con un espejo de mano.
Hombres, fíjense en todo: miren el perineo (ese pliegue sensi-
ble de la piel entre el ano y el escroto), sostengan los testículos
con las lnanos y sientan el peso, sientan cómo cambian según
la temperawra de la habitación, retiren el prepucio y miren
directamente el glande. Describa en voz alta todo lo que ve,
como si fuera un médico dictando los resultados de un examen
físico. Mujeres, ustedes tienen más recovecos para explorar.
Ayuda colocar un espejo de mano en el suelo y ponerse en
cuclillas encima de él. Separe los labios de la vagina y espíe.
Enrolle el capuchón, deje el clítoris al descubierto y examínelo
lo mejor posible. Es notable que muchísimas mujeres pasan la
vida sin haber visto jamás su órgano más sensible. Salúdelo.
Siéntase cómoda con él.
216
Por suerte, el simple ácto de. examinar en forma objetiva
nuestros genitales nos hace sentir Eh
realidad no son tan feos ni sucios como los imáginábarÍl,os ..
-Me aterroriza mirar mis ..,...me colitó una:: mujer
después de este ejercicio-o Durante tanto'tiempólos oído'
llamar con nombres desagradables o ..
que parecieran cosas salidas de La tienda de los hotrores.Y cuan-
do los vi tenían un aspecto suave, rosado ...
Otra mujer me dijo que siempre había sentido vergüenza
porque su vagina no era como la «flor inocente» que suele verse
en las estatuas. Pero se la miró bien durante el ejercicio. Y me
comentó riendo:
-Descubrí que por suerte no estoy hecha de mármol. Quizá
mi vagina no sea tan linda como la de la Venus de Milo, pero
tiene la ventaja de ser suave, caliente y rosada.
Llegó el momento de Muestre y Cuente. Antes de empezar la
siguiente sesión doble de ejercicios sensuales, quiero que com-
partan simultáneamente el uso del espejo. De pie frente al espe-
jo largo, por turno, descríbanse frente al compañero. Repito:
acentúen lo positivo. Si les avergüenza demasiado «alardear>,
sobre lo bueno, comenten un poco sobre algunos puntos malos
también, pero no se entusiasmen con ese platillo de la balanza.
Mientras el compañero hable sobre su cuerpo, usted no diga una
palabra. Nada de correcciones ni de cumplidos. Usted sabe lo
que le gusta del cuerpo de su compañero, ahora escuche lo que
él tiene que decir al respecto.
Cuando el compañero llegue a sus genitales, es probable que
los dos quieran efectuar el examen en la cama. Mire con aten-
ción entre las piernas de él. Póngase los anteojos para leer y use
una linterna para iluminar bien. Deje que el compañero guíe su
mano mientras anda por ahí «explorando» sus «partes puden-
das». Ninguno de los dos debería centrarse en las sensaciones de
excitación -ésa no es la idea todavía- así que, por favor, no se
217
,
alteren si no se sienten excitados. Están trabando una relación
amistosa con los genitales del compañero. Acostúmbrese a
moverlos. Al principio los dos estarán nerviosos y asustadizos, se
lo aseguro, pero pueden pasarlo bien con esta parte del ejercicio
si lo intentan. Pueden disminuir la tensión convirtiendo el ejer-
cicio en un juego. Jueguen al doctor, al explorador o, como hizo
un marido ingenioso, al ventrílocuo.
-Cuando llegó al pene -me contó su esposa- empezó a
moverlo de un lado a otro con la mano y a hablar con una voz
diferente: «Hola, soy Dick, el pene de ]onathan. ¿No la conozco
de alguna parte?». Me hizo morir de risa.
Conocer los genitales del cónyuge es uno de los más simples
y profundos actos de intimidad que conozco.
Una mujer me contó:
-Nunca me había sentido tan tímida con alguien desde la
adolescencia. Fue como si estuviera desnuda por primera vez
frente a Clayton, yeso parecía, en cierto modo ... inocente, como
si estuviéramos compartiendo algo nuevo.
Para esta mujer y su marido Muestre y Cuente fue el prelu-
dio a una nueva intimidad en su relación. Ya no tenían nada que
esconder.
-Maravilloso, Dagmar, pero me suena tan excitante como hacer
un muñeco de nieve. Estoy empezando a creer que estamos en el
laboratorio de un hospital, no en el dormitorio conyugal. Estd deci-
dida a quitar todo el misterio y el romance del sexo, ¿no?
No estoy quitando el misterio ni lo romántico del sexo, sólo
la vergüenza y el miedo. Mi objetivo es desensibilizarlos respec-
to a las aversiones, ocultas o manifiestas, que puedan tener por
los genitales del cónyuge. Observando bien esas "partes priva-
das» sin las presiones del desempeño sexual, con roda tranquili-
dad, puede hacer las paces con ellas. No, no son sucias ni de-
voradoras, ni feas ni peligrosas. Son partes maravillosas de
nuestro cuerpos que podemos compartir uno con el otro. No
hay nada excitante que se haya perdido, sino algo amoroso que
se ha ganado.
218
Ahora que ya están en la cama, están preparados para empe-
zar el primer ejercicio sensual de la semana. Como la semana
pasada, tomen un mínimo de quince minutos para acariciar/ser
acariciado, excepto en los pechos y genitales. Hacer el amor es
una experiencia de todo el cuerpo, no una experiencia de «puntos
calientes». Luego pase algún tiempo acariciando los pechos de la
Acariciada. Tómese tiempo. No mire la hora. Sea tan creativo
como ambos lo deseen: use los labios, la lengua, una pluma,
crema batida. Como siempre, concéntrese en sus propios senti-
mientos, no en las reacciones del compañero.
Cuando la persona Acariciada esté lista, llevará la mano del
Acariciador a sus genitales. Recuerde que la Acariciada es la que
ordena cudndo, cómo y por cudnto tiempo quiere que le acaricien
los genitales. Durante las tres primeras sesiones de toque genital,
la Acariciada debe tener su mano encima de la mano del Acari-
ciador todo el tiempo que esté en la zona genital. No me refiero
solamente para las correcciones: quiero decir todo el tiempo. La
Acariciada está a cargo de todo. La Acariciada es la maestra.
Acariciada: por ahora piense en la experiencia de estimularse
con la mano de la persona Acariciadora. Usted sabe lo que siente;
usted sabe lo que desea. Proporcióneselo. No se sienta tímida,
avergonzada ni incómoda: usted va a devolver el favor dentro de
un rato. Y piense que está a punto de enseñar a su cotripañero
algo que él siempre ha ansiado saber: cómo darle lo que desea
cuando lo desea.
Es realmente triste que una persona pueda pasar años, en
una relación, con miedo de mostrar al compañero qué es lo que
le daría placer. Prefiere soportar décadas de fantasías frustrantes
que tomar la mano del cónyuge y enseñarle que, por ejemplo,
unos toques suaves en los testículos con las yemas de los dedos o
unas cosquillas en la parte inferior de la cabeza del pene es lo
que él desea de inmediato. Pedirlo directamente le resulta dema-
siado egoísta y auto complaciente o, peor, descaradamente sen-
sual. Pero la horrible paradoja es que el cónyuge se siente fraca-
sado porque quiere darle placer pero no sabe cómo.
219
Pero ¿cómo, en nonlbre del cielo, vamos a saber exactamente
qué va a producir placer al compañero si no nos lo dice o, mejor
aún, muestra? ¿Se supone que deberíamos saberlo por intuición?
-Creía que eso era el amor -me dijo una vez unajoven-'c Si
él realmente me amara, sabría dónde rocarm¡i y cuándo. Sabría
exactamente córno excitarme.
-¿También debería saber cuándo va a estornudar? -le pre-
gunté-. ¿Y cuándo empieza a tener hambre y ló qué
comer? Tenga piedad. Él no está dentro de su piel. JyÍuéstrele
qué es lo que quiere. Entonces podrá demostrarle que la ama .
dándole exactamente lo que desea., • " ., '
Decídanse a acabar con ese ridículo secreto
Desde ahora: demuestren 10 que quieren; consigan Io:que
ren; den a su compañero lo que desea. Y recuerde que 10'que
gusta de forma constante. No,pueclememorizar los de-
seos de! compañero, pero siempre lq
que desea ahora. Así de simple. Y va ahacer:quese quieran
mucho más que antes. " , ,,', ",' "" '
-Un momento, Dagmar, no es tan simple.¿Quép4sá si tomo la '
mano de mi mujer y la pongo, digamos, sobre mis Ú?stféU!os,y ella
la quita espantada? ¿Cree que eso va a hacer que ,nos amemos toca
e
"
mente?
Es un riesgo, por supuesto. Pero ese riesgodebetían quer,e(
correrlo enseguida. De otra manera ninguno de dos
cer nunca. No creo que usted deba obligarla a hacer alg()' que
ella no quiere hacer, pero por la misma razón, ahora :toqt6 Aca';' ,
riciador, tiene usted la oportunidad de superar algunas inhibi-
ciones importantes. Trate de considerar su mano como algo ,"
totalmente pasivo cuando su compañera la lleva donde"quiete.
Por un raro, trate de disociarse de la mano, de adormecerse alas' '.;"
sensaciones que ella experimenta. Luego, a medida que van dls- "
minuyendo la angustia y la timidez, permita que gradualmente
vuelva el sentimiento y concéntrese en lo que siente tocando la
"parte prohibida» del compañero. No es tan malo, ¿no? Es sólo
otra parte del cuerpo. Realmente, si puede desensibilizarse res-
220
,
',',' ..
pecto de una inhibición con tanta facilidad y rapidez ... ¿quién
sabe? Hasta podría empezar a gustarle. Si no la primera vez,
quizá la próxima.
Hay' otro peligro que a veces tienen que afrontar las parejas
durante' los ejercicios: darse cuenta de que han estado siempre
acariciando mal al compañero y ponerse entonces a la defensiva
yebojarse. , '
'..,.Siempre iba derecho al clítoris y lo frotaba: co;" más fuerza y'
r;¡piclezde lo que yo quiero, tratando de que llegara al orgasmo
, 1<) más velozmente posible -me contaba una "sposa ya madura_:
, es mi oportunidad de enseñarle cómo me gusta: que descri-
baunos ,círculos con suavidad y lentitud alrededor de!clítoris
'ha:sbiqtie salga de! cap;'chÓn y no tan sensible. Entonces si
quiero la fuerza y la rapiclez. Así que guié su mano para eso. Y
de.)"epente, vi. que tenía expresión de am<;trgura!'como si
hybieraheridosus senfi.mientos. iQué manera de enfriarme! Ahí
:dippr tem'¡nacla la sesión ...
. '. -'No se preocupe por él-,Ie dije-o Es difícil ignorar esa reacción
per6deQe tratar de haéérlo. Enesé proceso puede crecer un poco y
que imposible que supiera cómo le gustaba a usted.
PHmeta.sesión.Ki!Jlital
. La' primaa seSi6ninc!uye lo; geriitaies como si fueran una pam:
más, del cuerpo, es decir, no'."ás erógena que los codos .. Esta vez
'np ,es la ·'Acariciada:;,s.i se
enllevarl" mano del cOIl)pañero a otra
· parte unratO; luego lIévela de nuevo a los geni-
La)deies que debe sentirse
toralmentecómoda:', .' .' ..• ' ....•...••.• . • ..•. .' ..•• ..•..•. "
· . atener que
.fopbitar.?:", '> ".' ". ...... . ..•.•
· ··...0!vide lps orgasmós por,ultirna vei,,(,sienrealidad el ejerci-
!cio rri,lsturbán-
; ,:' - " .• ,.', " '.,' "d, .,', '. -' ",' '. ·0,." "ce " '., ,. ., _
221
dose en tándem.) Pero por ahora quiero que tengan la experien-
cia de demorarse en la excitación. Concéntrense en los senti-
mientos de excitación y placer que van creciendo dentro de uste-
des. Sientan cómo se irradian por todo el cuerpo: el vientre, los
muslos, los pechos, e! ano, la nuca, las puntas de los pies. Son
las mismas sensaciones que cruzamos habirualmente para llegar
enseguida al orgasmo. Esta vez no va a haber un orgasmo, así
que puede tranquilizarse y absorber todo e! placer que su com-
pañero está proporcionándole. Muchas personas, cuando hacen
este ejercicio, entienden por fin e! propósito de! programa.
Aprenden la lección fundamental sobre e! placer sensual: no es
un medio para llegar a un fin; es un fin en sí mismo.
-No creo haberme excitado nunca en mi vida -me dijo un
esposo después de la primera sesión de toque genital-o E.staba
sintiendo cosas que nunca había sentido. Sentía un hormIgueo
en todo e! cuerpo y, por supuesto, una parte de mí ansiaba e!
orgasmo, pero yo no quería que todos esos sentimientos termi-
naran.
-La próxima vez no sólo verá la torta sino que podrá comer-
la -le dije-o Pero usted ya sabe que no gana nada apurándose
para llegar al orgasmo.
Demorarse en la excitación es una de las diferencias funda-
mentales entre hacer e! acto sexual y hacer e! amor. En e! estado
prolongado de excitación fluyen juntos los sentimientos emo-
cionales y las sensaciones sexuales.
-Antes de que se entusiasme, Dagmar, déjeme hacerle una pre-
gunta: ¿qué pasa si ella acaricia mis genitales y yo no me excito?
¿Qué pasa si no tengo una erección? ¿Qué sucede si no hay un estado
de excitación para demorarse en él?
No se preocupe por eso. Goce de los placeres que siente. Y si
todavía está angustiado, desplace la mano de la compañera a
otra parte de! cuerpo. Éste no es un desafío ni un concurso.
Algunos de ustedes pueden necesitar varias sesiones antes de sen-
tirse lo suficientemente relajados y cómodos para excitarse con
este ejercicio. No hay un límite de tiempo para excitarse.
222
Segunda sesión genital
Si los dos se excitaron sexual mente durante la primera sesión
genital ahora pueden experimentar con la excitación: sentir
cómo va creciendo, disminuyendo y aumentando nuevamente.
No, no es un juego perverso e! que estoy recetando, sino la
manera de multiplicar el placer por dos, por tres o por cuatro.
Pero antes de explicar cómo «jugar» con la excitación permítan-
me asegurarles que esta vez sí los orgasmos son parte del progra-
ma. Pero traten de postergarlos lo máximo posible. Si tienen ese
objetivo, deberá ser así: vean cuánto tiempo pueden quedarse en
la etapa de excitación antes de tener un orgasmo.
Como en la primera sesión genital, Acaticiada, haga que e!
compañero pase un buen tiempo acariciando el resto de! cuerpo
antes de llegar a los pechos y los genitales. Como antes, usted es
quien dirige e! ejercicio e indica dónde y cómo debe tocarla e!
compañero. Tenga su mano sobre la de él todo el tiempo cuan-
. do esté en la zona de los genitales. Pero esta vez, después de
haberse demorado con la excitación por un rato, mueva la mano
de él a otra parte de su cuerpo, permitiendo que disminuya la
excitación. Hombres: eso significa dejar que disminuya la erec-
ción antes de volver a llevar la mano de la compañera al pene.
-¿Y empezar todo de nuevo? ¿Qué eS esto, Dagmar? ¿U':¡á nueva
clase de tortura que ha inventado?
No es una nueva tortura sino ... ¡nueva seguridad! Porque,
téngalo por seguro, la excitación -y la erección- volverán. Una y
otra vez. Todo hombre necesita de cuando en cuando que le den
la seguridad de que algunas veces, aunque nunca haya «fallado
en su desempefio», perderá la erección y la recuperará. Casi
todos los hombres albergan e! miedo secreto de perder la erec-
ción, y perderla para siempre. La angustia que nace de ese miedo
es una de las principales razones por la que los hombres tienen
tendencia a apurarse en la relación sexual: quieren tener e! orgas-
mo antes de arriesgarse a perder la erección. Una vez más se
sacrifican los sentimientos ante la angustia sexual. Este ejercicio
223
desensibiliza frente a esa angustia en la forma más simple que
conozco: probarse experimentalmente que la erección está siem-
pre dispuesta a manifestarse cuando usted quiera.
Muchas mujeres albergan un temor similar. Están convenci-
das de que cuando pierden la excitación, la han perdido para
toda la jornada. Adiós y buena suerte, hasta la próxima vez. Y
creen que e! motivo por e! que han perdido la última oportuni-
dad de satisfacerse con e! sexo esa noche es que su amante se
tomó un descanso o cambió de mano, y terminan sintiendo hos-
tilidad hacia él. Qué desperdicio. La excitación de una mujer no
tiene que desaparecer más de lo que desaparece la masculina.
No la pierde. Disminuye, sí; e! clítoris puede quedar menos hin-
chado y sensible por un rato. Peto la excitación está ahí esperan-
do que,'ia reavive» cuando lleve de nuevo la mano de! compa-
ñero para que la estimule otra vez. Y lo que es más: esa vez
llegará a un nivel más alto de excitación. Mueva nuevamente la
mano de su compañero a otro lugar de! cuerpo y luego acérque-
la otra vez. Y ahí estará la excitación, esperando para ascender a
un nivel superior. Cuando finalmente la excitación no desapa-
rezca durant\: los «descansos», le resultará más fácil demorarse
en ella y no apresurarse para llegar al orgasmo.
-Toda mi vida pensé en e! orgasmo como en la sortija de los
caballitos-me informó una mujer después de haber hecho este
ejercicio--. Si no lo tenía a la primera vuelta, podría no tener otra
oportunidad. Así que en cuanto empezaba a sentirme excitada,
trataba de tener e! orgasmo lo más rápido posible. Ahora sé lo
que estuve perdiendo todos esos años. En realidad estaba per-
diendo orgasmos potentes, de esos que van formándose durante
horas.
Dejar que la excitación vaya y vuelva es un regalo, sobre todo
para las mujeres que viven preocupadas porque tardan mucho
en llegar al orgasmo. Muchas de estas mujeres renuncian sin
llegar al clímax porque se imponen límites de tiempo. Ahora,
después de aprender a «gozar de! viaje», tienen orgasmos casi
Siempre.
224
Cuando llegue al punto en que no pueda resistir más y quie-
ra e! orgasmo, mantenga la mano sobre la de su compañero
hasta e! fin y después. La mayoría se siente incómoda o hasta
dolorida si se estimula e! clítoris, o el pene, inmediatamente des-
pués del orgasmo, pero muchas personas se resisten en ese punto
a retirar la mano del compañero porque sienten que «rompen e!
estado de á n i m o > ~ o hieren los sentimientos de esa persona. Ton-
terías. Usted está a cargo de la situación y e! compañero necesita
saber qué es lo que le dará más placer. Es posible que ahora usted
desee que la abracen. O quizá que le acaricien la espalda, los glú-
teos o las piernas. La sesión no tiene que terminar porque usted
haya tenido un orgasmo. Continúe absorbiendo placer. Deje
que fluyan sus sentimientos.
Creo que es importante que todas las mujeres conozcan
muchas rutas al orgasmo, no sólo e! coito. Hay opciones para
usted y su compañero, y la existencia de esas opciones les quita
una carga de angustia. El orgasmo por estimulación manual a
cargo de su compañero es una de las opciones. Siempre está ahí,
esté él o no dispuesto para e! sexo en ese momento. Y como dice
uno de mis colegas: «Lo mejor de! sexo manual es que siempre
~ " "
esta a mano ».
Si tiene problemas para llegar al orgasmo con la mano de
él, use la suya mientras él descansa teniendo su mano sobre la
de usted. Puede que necesite practicar un poco hasta que
se sienta cómoda para sentir e! orgasmo. Después siga guian-
do la mano de él a su clítoris. Sosténgale la mano y mueva us-
ted e! cuerpo contra ella. De esa manera tiene e! control. En
la próxima sesión podrá dejar que el compañero la esti-
mule. Y de nuevo le advierto de que puede necesitar varias
sesiones para sentirse lo suficientemente tranquila para llegar
al orgasmo.
y hablando de comodidad, hombres: cuando acaricien e! clí-
toris de la compañera, dejen descansar la muñeca y que los
dedos hagan e! trabajo. No tiene sentido cansarse justo cuando
empieza la diversión.
225
y aquí estoy como una terapeuta sexual ensefiando técnicas,
después de haber jurado que casi todas ellas son para mecánicos
sexuales, no para amantes. Pero estas técnicas sIrven para aliv.iar
la angustia sexual y permitir que se manifiesten otros sentimien-
tos, sobre todo los amorosos.
-Cuando aprendí a tener un orgasmo producido por su
mano, dejé de sentirme dependiente de su ánimo -me dijo una
esposa-o No tendría que esperar siempre a que él se excitara
cuando yo tuviera ganas de sexo. Podría tener un orgasmo cuan-
do quisiera. Esa seguridad me hace feliz y ... amorosa.
Tercera sesión genital
Si los dos se sintieron cómodos en la última sesión, verán cómo
pueden alejar los límites aún más. Quizá quieran cambiar de
lugar otra vez, digamos que eligen el salón, donde el Acariciador
puede arrodillarse en la alfombra frente al sofá en el que yace
lánguidamente la Acariciada con las piernas bien abiertas. Inven-
teo. Sean imaginativos, usen cosas: una boa de plumas, un saco
de piel, aceites aromáticos. Como preludio al contacto oral geni-
tal pueden querer «adornan> los genitales del compañero con
algo sabroso y blando, como la mermelada de frambuesa o algo
de merengue. Háganlo.
Muchas personas se angustian ante la perspectiva del sexo
oral genital porque les preocupa que los genitales del compañero
no estén limpios. Tengo un método sutil para superar esa angus-
tia: ¡Iávelos usted! Lleve al compañero a la ducha, enjabónelo,
sobre todo el pene, hasta que todo esté reluciente. Pero les
advierto que algunos pueden pasarlo tan bien allí que se queda-
rán hasta que se acabe el agua caliente.
Conozco a una mujer de más de sesenta años que había fan-
taseado toda la vida con el sexo oral genital pero nunca se había
atrevido a pedirle a su marido que lo practicaran. Eso se debía a
que pensaba que los genitales no eran limpios ni «aptos para el
226
consumo». Les aconsejé que se pusieran bajo la ducha con un
jabón. Fue todo lo que hizo falta para que ella pudiera satisfacer
su fantasía.
-Ahora tenemos un problema nuevo -me dijo el marido-:
no deja que me duche solo.
En esta tercera sesión, lleguen como siempre, lentamente, a
los pechos y los genitales. No hay apuro. Ya saben que hay pla-
ceres que les esperan en cada paso del camino. Acariciada: siga
dirigiendo, conduzca las manos del compañero, especialmente
en la zona genital. Jueguen con la excitación. Déjenla crecer. Si
quiere que el compañero le acaricie los genitales con los labios y
la boca, acérquelo allí suavemente. Mantenga sus manos sobre la
cabeza de él y guíelo hasta el punto donde usted quiera que esté,
indicándole con sus movimientos si quiere que vaya más 'rápi-
do o más despacio y alejándolo si usted se siente incómoda. En
este punto está rompiendo barreras pero siempre mantiene el
control.
Ésta es la oportunidad perfecta para que la mujer que nunca
ha tenido orgasmos múltiples los busque. Como siempre, la
clave está en mantener el control de la experiencia. Guíe bien al
compañero. Aléjelo inmediatamente después del primer orgas-
mo y acérquelo cuando sienta que el clítoris ha entrado en el
capuchón. Demórese en la excitación tanto como pueda, pero
deje que se produzca ese segundo orgasmo. Algunas mujeres
creen que solamente las especialmente dotadas son capaces de
orgasmos múltiples. No es así. El único «don» que hace falta es
creer que usted merece el placer y tomarlo. Ése es el regalo que
usted misma puede hacerse ... con un poco de ayuda de su com-
pañero.
Muchas parejas encontrarán que es difícil entrar en las sesiones
genitales. De repente las «sesiones de aman> se han convertido
en «sexo de verdad», y todas sus angustias sobre el sexo pueden
retornar para vengarse. Quizá se encuentre aplicando todas las
227
viejas técnicas para evitar hacer frente a las angustias, empezan-
do una pelea antes de la sesión, por ejemplo. 0, peor, «olvidan-
do» iniciarla. Lo que significa esta resistencia es que usted está
muy cerca de cambiar. No renuncie ahora. Estos ejercicios hacen
que desaparezcan miedos y angustias de los que nunca fue cons-
ciente. Sobrepasarlos es e! único camino para que usted y su
relació n crezcan.
Semana seis
A estas alturas, ya casi todos ustedes sabrán, por experiencia, lo
que significa decir que la clave de la intimidad es el egoísmo
y que la clave del libre fluir de los sentimientos es e! control. No
son paradojas después de todo, son los secretos de dar y recibir
placer; son los secretos de hacer el amor.
Durante las pasadas cinco semanas ustedes han sido, alterna-
tivamente, el Acariciador y la persona Acariciada, e! dador y el
receptor. Han descubierto que no «se desarman», ni son «traga-
dos», ni «mueren de vergüenza», cuando se permiten, sin lími-
tes, el «placer sin objetivo». Por el contrario, casi todos se sien-
ten más integrados, vivaces y amantes. Cuando le ha tocado ser
la persona «pasiva» aprendió a centrarse en sus sentimientos y
sensaciones en lugar de estar siempre observando las reacciones
del compañero. Ha corrido el más liberador de los riesgos: per-
mitir que su compañero tenga su propia individualidad. Ahora
el ardid es tnantenerse centrado en el «egoísmo» cuando vuelven
a hacer el amor juntos.
Pero antes unas palabras sobre la simultaneidad. En algún
lugar del camino, el amor romántico quedó señalado por la
noción absurda de que los amantes debían hacer y sentir todo
en el mismo momento exactamente. Si ella está acariciándome
la cara, yo también debo estar haciendo lo mismo en ese instan-
te. Si ella está excitándose, yo tengo que estar excitándome. Y,
por supuesto, si ella tiene un orgasmo, yo también debo tenerlo
228
en forma simultánea. Los únicos orgasmos buenos son los simul-
táneos. De otra manera nuestro amor es imperfecto; de otra
manera debemos estar haciendo algo mal.
iTonterías!
Para mí, la verdadera intimidad siempre nos permite despla-
zarnos del Acariciador activo al pasivo Acariciado y a la inversa.
Es cierto que nunca puede concentrarse tanto en sus propias
sensaciones placenteras como cuando está absorbiéndolas en
forma pasiva, pero existe un goce especial en la reciprocidad. Es
como una danza en la que uno lleva y el otro acompaña e imita;
si él me toca, quiero tocarlo. Ida y vuelta. Esto es algo muy dife-
rente de una reacción compulsiva. Usted está respondiendo a
sus propios sentimientos, no a un sentido de obligación. Usted
sigue enfocada en lo que siente, no en lo que está sintiendo su
compañero.
Cuando hagan los ejercicios sensuales de esta semana
comiencen a jugar con la reciprocidad. Por turno serán Acaricia-
dor y Acariciado, y e! Acariciado seguirá teniendo e! control
pero, esta vez, cuando tenga ganas, puede responder a las cari-
cias. Puede tocar también. Pero en el momento en que se descu-
bra perdiendo contacto con sus sensaciones, debe volver al esta-
do de total pasividad hasta recuperar la concentración. El
Acariciador deberá avanzar lentamente, de nuevo, hasta los
pechos y los genitales. Demórese en cada sensación lo máximo
posible. Cuando lleguen a los genitales, muchos querrán cam-
biar los papeles de Acariciado y Acariciador, más que diluir la
concentración aspirando a tener orgasmos simultáneos. Todo
eso significa que están gozando cada uno del otro más que
nunca. Están amando el placer que se dan mutuamente, y
se sienten lo bastante libres para tomar tanto como les sea
posible.
-Me sentí como la chica de Dirty Dancing -me dijo una
mujer sobre esta etapa de! ejercicio-o Todos es ros años estuve
haciendo los «movimientos adecuados}) en la cama, pero era
como si otro hubiera creado la coreografía. Tuve que escuchar
229
los latidos de mi corazón, sentir mis propios sentimientos, y
entonces, de repente, estuve dentro de mi cuerpo sin
pensar en el baile. Creo que eso es hacer el amor, ¿no?
Ciertamente sÍ.
Semana siete
En Oriente hay yoguis que recomiendan que ninguno de los
miembros de la pareja se mueva, para nada, durante la primera
hora de la relación sexual. ¿Qué piensan de eso como demora en
la etapa de excitación? Bien, antes de que alguien se sienta ago-
biado por la angustia de competir con un yogui, les recuerdo
que éstos pueden dormitar sobre un colchón de clavos. Los
yoguis han hecho un objetivo del dominio de su cuerpo. Pero
aun así, el mero conocimiento de que un ser humano es capaz
de hacer el amor tomándose tanto tiempo es un recordatorio
saludable para todos nosotros. En Occidente somos demasiados
los que nos fuimos al extremo opuesto, al sexo de un minuto: en
el instante en que comienza el coito nos apresuramos furiosa-
mente para llegar al orgasmo. Y terminamos perdiendo la mayor
parte de los placeres del camino, los sensuales, emocionales y
también sexuales.
Cambiemos todo eso ahora.
Pero antes les ofrezco algunas sugerencias yoguis, de mi cole-
to, sobre el coito. Quiero aclarar un poco la confusión lingüísti-
ca que existe desde hace mucho y nos perjudica: la noción
absurda de que el coito es la única actividad que se califica como
«hacer el amOf». Para mí, todo lo que han estado practicando en
las seis semanas pasadas es hacer el amor; incluidas las sesiones
sin orgasmos. El coito es sólo una opción, otra manera de dar y
recibir placer, otra forma de lograr intimidad. El coito no es el
objetivo principal de este programa, ni la gloriosa coronación ni
la recompensa final. Los sentimientos, logrados como sea, son la
recompensa. Eso es el amor que usted hace.
230
En la primera reunión sensual de esta semana, pasen nueva-
mente por todas las etapas, con lentitud, antes de tocar los geni-
tales. No pasen nada por alto, ni una parte del cuerpo, ni una
sola sensación. Hace más de un mes que no realizan el coito, así
que vamos a acercarnos lentamente a él y desde otro «ángulo».
Llegó la hora de lo que llamo «una agradable visita».
Cuando los dos hayan estado jugando con la excitación
sexual durante un buen rato, deje que el compafíero yazca sobre
su espalda y usted (la mujer) colóquese encima de él, quedando
arrodillada en la cama. Tome el pene a unos cuarenta y cinco
grados del cuerpo masculino e inserte solamente la punta en la
vagina. Y hagan como los yoguis: no se muevan. Concéntrense
en todas las sensaciones que experimentan y luego retire el pene.
Ha terminado la primera Vuelvan a acariciarse y, aun-
que es posible que más tarde quieran otra visita, por hoy resistan
la tentación de introducir totalmente el pene. Demórense en la
excitación todo lo que puedan antes de seguir hasta el orgasmo;
es obvio que esta vez no han sido causados por el coito.
La «agradable visita» parece simple y quizás un poco tonta,
pero muchas personas, hombres y mujeres, me han dicho que
fue lo más parecido a la «primera vez» que jamás hayan sentido.', :,'
Fueron capaces de concentrarse en la maravilla del encuentro de .
sus genitales, sin cambiar de inmediato para concentfl!tse en el
orgasmo que supuestamente debía producir ese contacto.
-Había olvidado la sensación maravillosa de sentir el pene
dentro de mí -me dijo sonriendo una mujer madura-o ¡Por
Dios, me sentí como una virgen de cuarenta y siete años!
Esa mujer estuvo experimentando sensaciones que había
abandonado, hacía muchísimos afíos, por insensibilizan tes ruti-
nas sexuales.
-Pero yo no soy un yogui.:. así que, ¿qué pasa si pierdo la erec-
ción durante la inmovilidad de la visita?
Lo que ocurre es que se permite seguir gozando de todo lo
que están sintiendo usted y su compafíera. El pene no se insen-
sibiliza cuando disminuye la erección, ni la punta deja de sentir
231
placer en el interior de los labios de la vagina. Confío en que
abara descubra que hacer el amor no es algo que deba terminar
brusca y miserablemente cuando la erección comienza a dismi-
nuir. La erección volverá. Seguramente en el momento en que
deje de preocuparse por ella y esté centrado en lo que siente.
Supongo que va a sorprenderse mucho cuando advierta que
no es necesario estimular el pene continuamente para que man-
tenga la erección. Las sensaciones están ahí; eso es lo que nos
ensefian los yoguis. Tiene que relajarse y concentrarse en ellas.
En la siguiente sesión repitan la agradable visita pero, en forma
muy gradual, deje penetrar el pene completamente en la vagina.
Sienta cómo late dentro de usted ... Sienta cómo la llena. Sienta
la calidez yra h!1medad ... Y los dos observen bien cómo estdn uni-
dos. Para muchos ésta puede ser la primera vez que ven sus geni-
tales unidos, Durante años han efectuado el coito bajo las man-
tas, en la oscuridad o con los ojos cerrados, imposibilitados para
ver lo que estaba pasando «allá abajo». Ahora pueden maravillar-
se con esa visión. Pueden hacer de su sexualidad algo tan real
como nunca lo experimentaron antes, Caen los velos de todo lo '
que se han negado: esto estd sucediendo ahora. Puede ser un
momento increíblemente erótico. Y de intensa intimidad.
-Fue la primera vez que sentí que el pene estaba realmente
allí para mí -me contó una joven esposa-o Me sentí como una
encantadora anfitriona que lo hubiera invitado y que en cual-
quier momento podía decirle que se fuera. Esto también era
para mí, no solamente algo que se me hacía,
Era la manera en que esta mujer reconocía que cuando prac-
ticaban el coito ella siempre había renunciado a la propiedad de
su vagina y se la había entregado al esposo. Como muchísimas
mujeres, había supuesto que el coito estaba dedicado exclusiva-
mente a su hombre, y la ira que le producía ser invadida y con-
trolada por él había bloqueado sus sentimientos amorosos, Esta
simple y agradable visita resultó ser la interacción más
232
que habla tenido en afias. De repente la vagina le pertenecía y
servía también para su placer. Finalmente podía usarJapara
hacer el amor.
Llegó el momento de «recorrer rodo'elcamino».
zar a moverse hasta el orgasmo .. Ya tia' reri9ceder-más.
Vuelvo a pedir a la mujer que esté encima del hoinbrey se e,ncar-
gue de insertar el pene. En los casos, elholllbre es
quien tiene la responsabilidad del :40it6; el.iturnode la
mujer para controlar la situación: MU'cllasingjeies alcanzan
orgasmos en esta posición PQrqufi se sientf41l1ás li\nes,:l:lom-
bres: llegó la oportunidad '
del paisaje y dejen que ell;is -',,':j'.:
Una mujer, que nunca me
contó la experiencia:, ','" ",' ,,"':"' ,'. ",:
-Cuando finalmen,tetuYl'd YiÍlor;}r mesüJ.:,:i.énci
ll1
ade él,
me sentí inundada pó(unasens:lció,J\:d
e
' a
excitarme. Miré abaj<:>y'via'Bpb 'sorjdendo y alentándome.
Acabé con el pene dentrodernlporprlmeravezdesde que nos
casamos hace un millón ,dé años, YDiossabeque sentí que
había vuelto a enamorarmede·Bob;: '
En la sesión siguiente, en'caren los
dos de costado para que a111bostengaÍIí;rrt':hi'in¡niberrad de
movimientos. (En esta posidón',u;ÍIad" l,as·pietnás'de la mujer
está encima del compaf\ero; pierna que
está debajo en el hueco de la !§s hyesos de
los dos no se luego
comiencen a hacerlo sensa-
: ' ,', ',o ',', " -, _: i _ : . .' r"', : ' ':.
ciones y sentimientos, no id"a de cómo
deberían estar moviéndose",eti c<spo;plcomp"fier9 quiere que
se mueva. Escuchen los latidos de sus .corazqnes.;Sbn indepen-
,'. ':-:, ",, __ " ".' " ",
dientes pero ... están juntos.
233
-
y aquí dejo de dar instrucciones y recetas. Como dije al
comienzo del libro, no creo en la técnica sexual per se. No reco-
miendo posiciones «eróticas» especiales ni hago planos de las
zonas erógenas. Ni siquiera sugiero colgarse de la lámpara: eso lo
dejo para mis colegas a quienes agrade el atletismo. No creo que
existan placeres «secretos» que no puedan descubrir ustedes mis-
mos. Ustedes son sus propios «expertos». Ahora que pueden
dedicarse a las propias sensaciones, en libertad y sin vergüenza,
saben exactamente qué placeres desean y dónde, cuándo y cómo
los desean. Y afortunadamente esos placeres no volverán a ser
secretos; sobre todo para el compañero.
234
16
El amor que usted hace
A menudo me dicen las personas cuando llegan al final del pro-
grama: «¡Quiero festejarlo! ¡Quiero tener una fiesta de gradua-
ción! Mejor aún: ¡una segunda boda! Me siento como si empe-
záramos nuestra relación de nuevo}).
Ésos son los momentos felices de mi trabajo. Todavía lagri-
meo cuando veo que el proceso ha funcionado una vez más y
que dos personas han aprendido a gozar juntas al máximo. Por
unos momentos tengo la fantasía de que Cupido era un terapeu-
ta sexual.
Es cierto que llegó la hora de que la pareja celebre su renova-
da relación. Y unas cortas vacaciones me parecen lo mejor, aun-
qUe sea sólo una noche en un motel cercano. Pero la celebración
más duradera, que muchas parejas eligen, es hacer el hogar más
amoroso y sensual.
-Quería comprar algo especial para nosotros -me contó una
mujer por teléfono-, así que salí y compré sábanas de satén negro
para nuestra cama. Después fui al departamento de lencería y me
compré un camisón de seda negra para que hiciera juego.
El marido de esa mujer la sorprendió esa misma noche con
un regalo: un disco de boleros.
-Él dice que ésa es su nueva música -me contó la esposa-o
Dice que empieza lentamente y que se demora en la excitación
más que ninguna otra música que conozca.
235
Muchos hombres y mujeres me han contado que festejaron
la nueva sensualidad comprando ropa que fuera suave y sensual
al tacto, o compraron aceites y sales destinadas a sus largos
baños.
-Nunca tuve problemas para comprarme lo que quisiera
-me comentó una mujer-o Podía comprarme tres vestidos de
fiesta el mismo día, pero jamás había comprado unas medias
de seda sólo porque las sintiera voluptuosas. Ayer me compré
una docena de diferentes tonos.
El marido decidió que lo que él y su mujer necesitaban para
tener un «dormitorio sensual completo» era una pequeña neve-
ra. "Una nevera a la que se pudiera llegar desnudo sin preocu-
parse de que los chicos anduvieran por ahí.»
-En realidad es para tener a mano la nata batida -me dijo la
esposa r i ~ d O - . Desde la segunda semana de ejercicios se con-
virtió en algo indispensable cuando hacemos el amor.
Otro esposo fue directamente a la ferretería para "reforman>
su casa para la nueva vida amorosa.
-Compré cerraduras con llave para todas las puertas, inclui-
das las de la cocina y el comedor -me contó ese hombre-o Quizá
no parezca romántico, pero a ]ennifer la emocionaron más que
una docena de rosas. Por fin podríamos hacer el amor en cual-
quier habitación de la casa sin preocuparnos por la repentina
aparición de uno de los chicos.
Con el mismo ánimo, otro marido festejó la «graduación»
comprando persianas para todas las ventanas del salón de su
apartamento.
-Estaba declarando mi predilección por el sofá del sa-
lón -explicó guiñando el ojo-o Lamento desilusionar a los ve-
cinos.
Otras parejas file contaron que, aunque se sentían con ganas
de celebrar la nueva intimidad que experimentaban, temían que
no fuera duradera.
-Nada tan bueno como esto puede durar -dijo una joven
esposa que había experimentado orgasmos por primera vez con
236
su marido-o Me aterroriza pensar que dentro de unos meses vol-
vamos a ser los campeones de la insensibilidad.
-Ustedes pueden mantener esa forma de hacer el amor
durante toda la vida -les dije-o Han de tener presente que siem-
pre pueden volver al ejercicio número uno y los sentimientos
estarán esperándolos ahí.
En realidad muchas parejas vuelven a encontrar algún viejo
problema o síntoma que reaparece de repente, justo cuando
están al final del programa. Yo lo llamo el síndrome de "vea-
mos si las antiguas defensas todavía funcionan». Un ex eyacu-
lador precoz súbitamente vuelve a acabar en un minuto. Una
mujer ex preorgásmica de repente «no puede sentir nada» otra
vez. Es una forma de probarnos y ... torturarnos. Pero, por suer-
te, cuando termina el programa ya sabemos todos que no per-
demos el control: rodo lo que tenemos que hacer es dar los
pasos necesarios para llegar otra vez a los sentimientos. Ustedes
saben que se han curado los malos hábitos o síntomas por el
hecho de estar seguros de que pueden volver atrás y arreglarlos
de nuevo.
Todos nosotros volvemos una y otra vez a los elementos de
estos ejercicios. Muchos "graduados» de mi programa siguen
haciendo, por turno, de Acariciado y Acariciador, de manera
que no siguen aferrados a las viejas costumbres. Y muchísimos
gozan con regularidad de sesiones solamente de caricias, sin lle-
gar a los genitales ni al orgasmo.
-Ahora sé que el sexo no desaparecerá -me dijo una esposa-o
Pero también necesito sentirme bien con la ternura y el consue-
lo. Yeso ya no nos asusta a ninguno de los dos. Se ha convertido
en la piedra fundamental de nuestra relación.
También se incorpora a la relación la demostración «manual»
de dónde y cómo un amante desea que lo acaricien. Se convierte
en una parte natural de la manera de hacer el amor de una pare-
ja «graduada». Es algo natural y no consciente del convenio que
existe entre los miembros de la pareja de proporcionarse mutua-
mente todo el placer posible.
237
.,;:,,'-
Algunas parejas han incorporado a su vida alnorosa la mas-
turbación en tándem.
-Para volvernos a la realidad cuando lo necesitarnos -dijo un
hombre.
y otras parejas lne cuentan que empiezan el coito con una
«agradable visita».
-Es nuestra manera de decirnos: «Hola, estoy aquí para ini-
ciar la aventura contigo)}.
Pero sobre todo, el elemento de los ejercicios que, me com-
place decirlo, queda en forma permanente en todos mis gradua-
dos es la alegre confianza de ser capaz de abrir la puerta, entrar y
anunciar: «Ahora, quiero que me acaricies ahora, querida».
tsta será siempre la mejor manera de empezar a hacer el
amor: «Querido, quiero que me toques ... ¡yaJ".
238

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