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Teoría y práctica en la política de Fouché

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En este trabajo se presentan los resultados de la investigación realizada durante el curso 2007-2008, en el segundo año del programa de Doctorado “Ética, Política y Racionalidad en la sociedad global” de la Universitat de Barcelona, con el fin de obtener el DEA. La investigación se centra en la pretensión de sintetizar la teoría política de un personaje de finales del siglo XVIII y principios del XIX, Joseph Fouché, principalmente conocido por ser el Ministro de Policía de Napoleón. La dificultad radica básicamente en que se trata de un político casi exclusivamente práctico que, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no escribió ningún tratado teórico, y del que los historiadores parecen estar de acuerdo en su falta de sistema y en su oportunismo como base para la acción política.


Trabajo presentado por Marina Llobera para la obtención del Máster de Investigación del programa de doctorado de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona
En este trabajo se presentan los resultados de la investigación realizada durante el curso 2007-2008, en el segundo año del programa de Doctorado “Ética, Política y Racionalidad en la sociedad global” de la Universitat de Barcelona, con el fin de obtener el DEA. La investigación se centra en la pretensión de sintetizar la teoría política de un personaje de finales del siglo XVIII y principios del XIX, Joseph Fouché, principalmente conocido por ser el Ministro de Policía de Napoleón. La dificultad radica básicamente en que se trata de un político casi exclusivamente práctico que, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no escribió ningún tratado teórico, y del que los historiadores parecen estar de acuerdo en su falta de sistema y en su oportunismo como base para la acción política.


Trabajo presentado por Marina Llobera para la obtención del Máster de Investigación del programa de doctorado de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona

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Teoría y práctica en la política de Fouché

Marina Llobera Vicens

Trabajo de investigación para la obtención del DEA Tutor: Josep Maria Esquirol i Calaf Programa de doctorado “Ética, política y racionalidad en la sociedad global” Departamento de Filosofía Teorética y Práctica Universitat de Barcelona Bienio 2006-2008

“Hay tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que el que deja el estudio de lo que se hace para estudiar lo que se debería hacer aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella (…)” Maquiavelo, El Príncipe, XV

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ÍNDICE

1. Introducción ________________________________________ 1 2. Biografía política de Fouché ________________________ 5 3. Ideas y prácticas en la política de Fouché
3.1. Primera etapa (1792-1796) La revolución integral: _________________________ 14
A. Política educativa ________________________ 15 B. Política religiosa _________________________ 22 C. Política social ___________________________

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D. Política represiva _________________________ 37

3.2. Segunda etapa (1799- 1815) La regulación del régimen: ______________________ 45
A. Teoría policial ____________________________ 52 B. Política de equilibrio ___________________________ 62 C. Sobre la opinión, la oposición y la prensa _______ 68 D. Sobre la emigración y la religión _____________ 76

4. Conclusiones ________________________________________ 82 5. Referencias bibliográficas ___________________________ 88

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1. Introducción
En este trabajo se presentan los resultados de la investigación realizada durante el curso 2007-2008, en el segundo año del programa de Doctorado “Ética, Política y Racionalidad en la sociedad global” de la Universitat de Barcelona, con el fin de obtener el DEA. La investigación se centra en la pretensión de sintetizar la teoría política de un personaje de finales del siglo XVIII y principios del XIX, Joseph Fouché, principalmente conocido por ser el Ministro de Policía de Napoleón. La dificultad radica básicamente en que se trata de un político casi exclusivamente práctico que, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, no escribió ningún tratado teórico, y del que los historiadores parecen estar de acuerdo en su falta de sistema y en su oportunismo como base para la acción política. No consideramos que esta preeminencia de lo práctico en nuestro autor le reste valor o interés a sus ideas sino al contrario; y ello únicamente lo inscribe en una tradición realista respecto a la política, herencia de Aristóteles y de Maquiavelo, con la diferencia fundamental de que si bien éstos, al no contar con una situación de poder, tenían que limitarse a escribir sus ideas, Fouché en cambio las podía aplicar efectivamente. Joseph Fouché es un gran desconocido para la mayoría, pues siempre ejerció el poder desde cargos secundarios, y más en nuestro país que no es el suyo, y más en nuestra disciplina, ya que sólo se le da tratamiento como personaje histórico. Por eso no es de extrañar que cuando casualmente cayó en nuestras manos el Fouché. Retrat d’un home polític
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de Stefan Zweig,

nunca hubiésemos oído hablar de él. El libro de Zweig, que es una biografía novelada, nos contagió la fascinación hacia el personaje (un político atrevido, intrigante, sin escrúpulos) que deja transmitir el autor, y de ahí salió la idea de que podría ser interesante estudiar su pensamiento. Al realizar la primera búsqueda en los fondos bibliográficos de Cataluña, nos dimos
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ZWEIG, S., Fouché. Retrat d’un home polític; Barcelona, Quaderns Crema, 2004.

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cuenta de que, de su autoría, sólo se disponía de sus Memorias. Después de una lectura preliminar constatamos que, si bien entre la narración de los hechos históricos se encontraban algunas reflexiones de carácter teórico, éstas no eran suficientes para cimentar un trabajo de investigación; además, y ese era el principal problema, resultó que había dudas sobre la autenticidad de sus Memorias. 2 Así pues recurrimos inmediatamente a la bibliografía secundaria que encontramos sobre Fouché, lo cual nos permitió conocer otros textos suyos, principalmente cartas, decretos e instrucciones, que distintos historiadores citaban en sus libros. Consideramos como un punto débil de este trabajo no haber podido obtener estos textos de primera mano, sin intermediarios, pero el análisis exhaustivo de los archivos franceses (no sólo los de París, sino también los de distintas provincias) era una tarea que ni por tiempo ni por medios podíamos asumir. Así que los textos que en este trabajo se examinan provienen fundamentalmente de las citas con referencia de distintos autores y de los documentos informatizados de la Biblioteca Nacional Francesa. Analizando los trabajos monográficos sobre Fouché constatamos que básicamente son biografías, de las cuales la tesis doctoral de Louis Madelin, 3 publicada en 1901, constituye el estudio más completo y de referencia obligada para cualquiera que pretenda profundizar en la vida de Fouché y su contexto histórico. En el prefacio de su tesis, Madelin analiza el motivo por el cual se ha dejado siempre de lado a Fouché y lo atribuye a la mala reputación de la que, debido a ciertas opiniones, se vio cubierto el político. Ésta empezó por los comentarios negativos que hicieron de él sus
Las Memorias de Fouché causaron gran revuelo desde su publicación en 1824, cuatro años después de su muerte, cuando los herederos llevaron a juicio al editor, por considerarlas falsas y lo ganaron. No por eso se cerró el debate entre sus contemporáneos y entre los historiadores, que no dejaban de ver en el texto detalles e informaciones de los que sólo Fouché podía tener conocimiento. En este trabajo nos hemos inclinado por seguir el veredicto de Louis Madelin, considerado la principal autoridad sobre Fouché, quien cree que las Memorias han sido redactadas por Beauchamp (un colaborador de Fouché en el Ministerio), llenando los huecos y unificando el trayecto vital, a partir de fragmentos auténticos escritos por Fouché. Concluye que, si bien el primer tomo es esencialmente de Fouché, en el segundo es donde más se nota la intervención de Beauchamp, el cual además comete errores de datación. Por todo ello hemos optado por guardar una distancia prudencial con las Memorias y sólo serán citados, ocasionalmente, algunos fragmentos del primer tomo y siempre que encontremos ideas afines en sus textos indudablemente auténticos.
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MADELIN, L., Fouché (1759-1820); Paris, Librairie Plon, 1913.

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contemporáneos, a los cuales siempre en algún momento engañó, y se acabó de asentar por los propios contemporáneos de Madelin, los cuales también lo juzgaban negativamente, cada uno por motivos distintos, según si eran historiadores monárquicos, católicos, republicanos o napoleónicos. La posición de Madelin frente al personaje es la que lo describe como un político inteligente, probablemente desprovisto de sentido moral y, por ello, al servicio de los intereses antes que de los principios, pero más dispuesto al bien que al mal. En las biografías posteriores nos encontramos también con el mismo hecho de que el historiador siempre se posiciona frente a Fouché: así, por ejemplo, Jean Savant 4 no puede reprimir la irritación que le causa el personaje y lo trata de cobarde, de mentiroso, de camaleón; Henry Buisson, 5 en cambio, le es más favorable pero como explica la conducta de Fouché por la creencia de que era un miembro de la franco-masonería, tiene que obviar la etapa revolucionaria de éste; Hubert Cole, 6 aunque más medido en sus palabras, no deja de insistir también en su falta de principios. En fin, todas estas obras tienen una serie de rasgos comunes: la valoración moral, ya sea negativa o no tanto, del personaje público (pues todos están de acuerdo en que su vida privada es modélica); la necesidad entonces de explicarse, por medio de la psicología, su conducta; la creencia en su absoluta falta de sistema y principios, ya que el veredicto es que actúa por puro oportunismo; el cual justifica la falta de unidad durante toda su carrera política. El resultado de todo ello es que, al sobrevalorar el personaje, se va en detrimento de sus ideas y su pensamiento político, que es en lo que pretende centrarse el presente trabajo. Así pues podríamos decir que la tesis de esta investigación es defender la existencia, unidad y continuidad de la teoría política de Joseph Fouché, en la mayoría de los casos puestas en duda. Para ello, dejaremos de lado toda consideración de orden moral y nos centraremos en el análisis textual de sus decretos, cartas, informes o actos documentados.
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SAVANT, J., Así fue Fouché; Barcelona, Editorial A.H.R., 1957 BUISSON, H., Qui était Fouché duc d’Otrante ?; Bienne, Editions du Panorama, 1968. 6 COLE, H., Fouché. The Unprincipled Patriot; New York, McCall Publishing Company, 1971.

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Hemos considerado adecuado, antes de empezar con el análisis propiamente dicho, dedicar un punto del trabajo a una breve biografía política de Fouché que, cuando menos servirá para situarnos históricamente, pero también para dejar constancia de la relevancia de su actuación en la vida pública francesa. A continuación, se encuentra el cuerpo del trabajo que, siguiendo un criterio cronológico, hemos dividido en dos partes: en la primera encontramos las ideas del Fouché revolucionario y, en la segunda, las del Fouché ministro. Entre ambas etapas mediaron tres años de desgracia política para Fouché y el fin de la Revolución en sentido pleno, con lo que no es de extrañar que sus ideas evolucionen; sin embargo, se verá como un conjunto de ideas principales se mantienen.

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2. Biografía política de Fouché
Joseph Fouché (1759-1820) aparece en la vida pública francesa en 1792, cuando resulta elegido como diputado del departamento del Loira-Inferior a la Convención Nacional. Hasta ese momento había ejercido como profesor de física, lógica y matemáticas en distintos colegios de los Oratorianos pero, aunque había estudiado en el seminario, nunca llegó a hacer los votos mayores. Por entonces, Fouché se define como representante de una opción política muy moderada, en consonancia con el ambiente burgués de Nantes, y junto con otros siete diputados, se traslada a París. Allí va pasando por distintos comités de la Convención hasta que, a finales de año entra como miembro activo en el Comité de Instrucción Pública, en el cual trabajará hasta marzo del año siguiente. Ideológicamente, se sitúa de buen principio cerca del partido de la Gironda y se mantiene moderado hasta que, en el proceso de Luís XVI (enero de 1793), inesperadamente vota a favor de la muerte del rey. Desde ese momento pasa a sentarse en la parte de la Montaña, pero en su sector más radical, el de los llamados cordeliers, cuyo líder es Hébert, seguido por otros personajes célebres como Cloots, Chaumette, Ronsin, Collot… A partir del marzo del 93 es enviado como representante del pueblo en misión en distintas provincias. Primeramente, en el departamento del LoiraInferior con el fin de tomar medidas para reprimir la contrarrevolución monárquica y católica que pone en peligro las provincias de Anjou y de Bretaña. Luego, en junio, se le manda a los departamentos del Oeste y del Centro, en los cuales su principal tarea es la de reclutar voluntarios para ir a combatir la insurrección contrarrevolucionaria de la Vendée. No obstante, ya que su título (comisario de la Convención) le da poderes casi ilimitados, Fouché no se limita a cumplir su misión, sino que también lo utiliza para instaurar su programa de reformas revolucionarias. Mientras tanto, en París, había empezado una lucha interna en la Convención, de la Montaña contra la Gironda, ganando la primera. En julio, 5

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la sección hebertista ya era la dominante, habiéndose impuesto a Robespierre, con lo que Fouché actúa en provincias sabiéndose respaldado en París, y va pasando por Troyes, Dijon, Nevers, Clamecy, ciudades conservadoras donde recluta compañías que manda a combatir en la Vendée y en Lyon, ciudad también sublevada. Durante el mes de septiembre, que representa para los cordeliers su máximo auge, Fouché, a raíz de la visita que le hace en Nevers Chaumette (el procurador síndico de la Comuna de París) empieza a radicalizarse: legisla sobre todas las materias, bautiza, casa, divorcia, decreta la abolición del celibato, establece medidas contra el clero, contra la burguesía, contra los moderados… Mientras, la Revolución ha ganado la guerra en Lyon, y el partido robespierrista envía como representante a Couthon, el cual inaugura una política de indulgencia y moderación con los vencidos. Rápidamente, los

cordeliers hacen que el Comité de Salud Pública lo llame a París y mande, a
cambio, a uno de los suyos: Collot d’Herbois, el cual ha propuesto el decreto siguiente: “Lyon ha hecho la guerra a la libertad, Lyon no existe”, lo que significa que propone destruir la segunda ciudad de Francia. El 30 de octubre se decreta que en esta misión lo acompañaran Fouché y Albitte, un dantonista. Una vez allí, los representantes empiezan con decretos enfocados al comunismo y al ateísmo, y con un gran despliegue de medidas represivas; por ejemplo, como el tercio de la población son sospechosos y la guillotina opera muy lentamente, ensayan los ajusticiamientos con metralla, lo cual permite matar a decenas de personas de un solo golpe de cañón. A finales del año 93 se desencadena en la Convención la lucha entre la facción de Robespierre y la de Hébert, la primera de las cuales, a mitad de diciembre, ya ha recuperado la libertad de culto. Fouché, previendo la caída de su partido, empieza a adoptar una postura más moderada, tomando una serie de medidas enfocadas a cubrirse las espaldas en caso de ser acusado de radical. El problema es que, paradójicamente, Robespierre se transformará en el defensor del terror. En los primeros meses de 1794, en París, Robespierre ya ha conseguido el arresto de los principales componentes del partido hebertista, y sus opositores van siendo encarcelados o guillotinados.

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Mientras, Fouché sigue con sus políticas moderadas en Lyon, hasta que las quejas de los jacobinos provocan que en abril el Comité de Salud Pública lo llame a París para dar explicaciones sobre su comportamiento. Ahí empieza una disputa entre Fouché, que consigue que lo elijan presidente de la Sociedad de los Jacobinos, y Robespierre, que controla el resto de órganos oficiales. Fouché ve peligrar su cabeza y no aparece más en público, pero en las sombras empieza a trabajar en la conspiración contra el tirano (según el historiador que se consulte, le da más o menos protagonismo en la intriga). Fouché no vuelve por la Convención hasta después de la caída de Robespierre, quedando como uno de los últimos montañeses, pero entonces empieza un proceso de reacción, provocado por el pacto que se tuvo que hacer con la derecha para derrocar a Robespierre. Fouché teme que la reacción lo arrastre y como además no se siente recompensado por su participación en el golpe, a finales de año empieza a fustigar a los termidorianos a través de Babeuf y su Tribun du peuple. Este hecho, pues Fouché admite públicamente haber colaborado con Babeuf, sumado a unas cuantas revueltas jacobinas en la primavera del 95, hacen que se empiece a pedir el arresto de Fouché, aunque no hay pruebas de su implicación. Entonces llegan a la Convención grupos de gente de Nevers, de Clamecy, de Lyon para acusarlo públicamente de delitos cometidos durante sus misiones. En agosto se lee su acusación: abuso de poder e impuestos y arrestos arbitrarios; las masacres no se mencionan, ya que la mayor parte del tribunal tiene trapos sucios en sus conciencias. En la votación del veredicto gana por mayoría el arresto de Fouché, aunque hay dudas de que llegue a ir a la cárcel. A finales de año, con el final de la Convención Nacional y el inicio del Directorio, se beneficia de la amnistía otorgada, pero sin embargo queda apartado de la vida política. Empiezan para él tres años de miseria, de los que sobrevive gracias a los trabajos sucios que le ofrece Barras, uno de los directores. Por entonces la reacción monárquica avanzaba deprisa y se tuvieron que amañar las elecciones de mayo 1797. Fouché tantea el perdón de Luís XVIII, pero al ser despreciado, se opone a la Restauración y apoya el

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golpe del 18 de fructidor que, por la fuerza militar, depuró el cuerpo legislativo de realistas y contrarrevolucionarios. Es el momento en que muchos antiguos revolucionarios pueden entrar nuevamente en la vida política y Fouché, gracias a la influencia de Barras, es nombrado en octubre ministro plenipotenciario en Milán. A principios de 1799 vuelve a París y, con el golpe de prairal, los directores Barras y Sièyes, sus principales protectores, se han hecho con la hegemonía del Directorio, que ya empieza a agonizar. Por la influencia de aquellos, es nombrado plenipotenciario en Holanda, donde debe organizar su defensa contra los ingleses, pero los dos directores, que conspiran (Barras es partidario de la Restauración, mientras que Sièyes del cesarismo) a los pocos días lo llaman de nuevo a París para reemplazar a Bourguignon en el cargo de ministro de la Policía, que ocupa en julio de 1799. Fouché pronto muestra su independencia respecto a sus protectores y, nada más empezar, decide acabar con la anarquía reinante e instaurar el orden. Se pronuncia en contra de las Sociedades populares, cierra el Club de los Jacobinos, recomienda una ley contra la prensa de oposición y empieza a trabajar en la radiación de los emigrados, lo que le da cierta popularidad en la derecha. Aprovechándose de su situación hace fracasar las conversaciones entre Barras y Luís XVIII (que no le conviene por su pasado regicida) y, aliándose con Sièyes, se centran en el general Bonaparte para dar un nuevo rumbo al gobierno. La forma que tendrá Fouché de participar en el golpe del 18 de brumario, es la de no impedirlo, por eso finge sorpresa al enterarse de que se han trasladado los Consejos a Saint-Cloud y que el mando de París ha sido puesto en manos de Bonaparte. Fouché cierra las puertas de París y se mantiene a la espera, pues si el golpe no triunfa sin dudar arrestará a los conjurados. Pero todo sale según se había planeado y Fouché se mantiene en el Ministerio. Desde ese momento su principal tarea será la de impedir la reacción (da esperanzas a todos los partidos pero a la vez los neutraliza) y restablecer el orden: reorganiza el Ministerio, intenta una amnistía para los emigrados y pacifica los departamentos del Oeste y el Mediodía, en continuo conflicto por los chouanes, el reducto de monárquicos rebeldes. Al ser

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descubierta una conspiración realista, Fouché modificará su benevolencia con la derecha y para compensar las fuerzas políticas pone en libertad a los últimos seguidores de Babeuf y se muestra hostil a las medidas contra los antiguos terroristas. Napoleón desconfía de Fouché, lo que será una constante a lo largo de toda su carrera política, pero siempre lo acabará conservando porque, además de ser útil e indispensable, también es temible como adversario ya que tiene buenas relaciones indistintamente con los jacobinos, con los realistas, con la antigua aristocracia, con los liberales, con el clero constitucional… A finales de 1800, Napoleón sufre un atentado cuando se dirigía a la ópera y por el modus operandi, una bomba de metralla, el partido reactor lo atribuye a los jacobinos, ya que unas semanas antes se había descubierto a uno de ellos preparando una de estas llamadas máquinas infernales. Inmediatamente piden su destitución, pues suponen su complicidad en el atentado, pero Fouché afirma que se trata de un complot realista. Napoleón, como respuesta, hace confeccionar una lista de 130 antiguos terroristas a los que condena a deportación sin juicio y Fouché, que todavía no ha podido probar su tesis y que podría haber estado perfectamente en esa lista, la firma. No obstante, en dos semanas descubre a los culpables, efectivamente realistas, por lo que se le autoriza a arrestar a los principales jefes monárquicos de París. Pasa el tiempo y, en 1802, el partido reactor sigue insistiendo en hacer de Napoleón Cónsul vitalicio. Fouché se opone y como tiene mucha influencia en el Senado, lo convence de que Napoleón sólo quiere una prolongación del mandato, hecho por el cual el Senado, creyéndose muy generoso, le otorga diez años más de poder. De todas formas, Napoleón se hace atribuir el título vitalicio por un plebiscito pero, sabiendo que detrás de la maniobra del Senado estaba Fouché, decide apartarlo. Eso sí, no sin muchas precauciones pues no lo destituye, sino que simplemente dice suprimir el Ministerio de la Policía porque, debido a su buena gestión, ya no

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es necesario; además, lo nombra senador y, aparte de las rentas que ello supone, le da la mitad de los fondos de la policía. Durante dos años Fouché se centra en su vida privada, de la que todos los historiadores convergen en describir como moral, virtuosa y humilde; pero decidido a entrar nuevamente en la política y al notar las ansias de Napoleón de convertirse en Emperador se pone de su parte. Fouché convence al Senado y a los republicanos, que suponían el principal obstáculo, y gracias a su gestión en mayo de 1804 se proclama el Imperio. En junio vuelve a ocupar su cargo en el Ministerio de Policía y se pone manos a la obra ya que la situación interna es por entonces delicada: los republicanos están inquietos por la afrenta que les supone el Imperio, los monárquicos porque ven alejarse la vuelta de los Borbones, los antiguos nobles radiados se comportan con soberbia, el clero hace continuos “actos de intolerancia” con los antiguos revolucionarios y compradores de bienes nacionales, las conspiraciones provenientes de Londres vuelven a resurgir… Fouché se constituye pues como el defensor de la Revolución dentro del Imperio: reprime todo acto de intolerancia, aleja los emigrados de los altos cargos, palia los actos de insumisión de los jacobinos, hace entrar en el Senado a miembros del partido republicano, ordena volver a plantar los árboles de la libertad que habían sido arrancados y combate la restauración de los títulos nobiliarios. Además, ante las continuas campañas militares de Napoleón y temiendo por su vida, que significaría el fin del Imperio, Fouché se convierte en un firme defensor de la paz, aunque también del divorcio, pues si bien antes la pretendida esterilidad de Josefina le parecía la mejor garantía para la República, ahora se ha convertido en un obstáculo para la continuidad del Imperio. Fouché cada vez adquiere más influencia y por la reorganización de los Ministerios que lleva a cabo Napoleón en 1807, en la cual Talleyrand, Portalis y Berthier pierden sus cargos, queda como el político más antiguo y preponderante del Consejo de Ministros. Llega incluso a controlar dos carteras ministeriales, pues cuando en abril de 1809 Napoleón parte a la campaña de Alemania, Cretet, Ministro del Interior, cae enfermo y Fouché

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ocupa también su cargo. A finales de julio llega la noticia de un desembarco inglés en sus costas y como ni el Ministerio de la Guerra ni el de la Marina han sabido preparar una armada, Fouché de su propia autoridad hace levar la guardia nacional en todo el territorio amenazado y, por más osadía, la pone bajo el mando de Bernadotte, un general caído en desgracia por sus tensiones con Napoleón. El Consejo de Ministros que no se había atrevido a actuar sin saber la opinión del Emperador y, consternados por tanta independencia, le escriben una carta tras otra contando lo sucedido; la respuesta: Napoleón los regaña por no haber sabido reaccionar. De todas formas, Fouché no se conforma con haber repelido el ataque y empieza a generalizar la leva de la guardia nacional en todos los departamentos costeros, e incluso en París. Napoleón, aunque le hace una dura llamada de atención, en agosto lo nombra duque de Otranto, pero en octubre, cuando vuelve a París le retira el Ministerio del Interior, sin embargo lo mantiene en el de Policía. En diciembre se consuma el divorcio de Napoleón y Josefina, y Fouché, partidario de un casamiento con una hermana del Zar, empieza una campaña contra la Casa de Austria, que son del antiguo régimen y parientes de Luís XVI. De todos modos, no lo puede evitar y en abril de 1810 Napoleón se casa con María Luisa de Austria. Fouché desde 1804 deseaba ardientemente la paz con Inglaterra, que solo suponía problemas: el bloqueo, la caída de la Bolsa, las continuas conspiraciones… Y consigue que Napoleón haga un intento de negociación, pero como éste no quiere ceder en ningún punto, lógicamente fracasa. Fouché decide continuar por su cuenta con las negociaciones y por un intermediario llegan incluso a discutir las condiciones de paz, pero entonces Napoleón se entera y el 3 de junio de 1810 lo vuelve a destituir. Su sustituto es Savary, el cual le permite a Fouché retrasar su salida tres días para que le organice y clasifique un poco los documentos; en la práctica lo que hará el ex ministro será quemar sus archivos particulares. Napoleón, en mayo de 1813, queriéndolo alejar de París, lo llama a Dresde para darle una serie de misiones como la de reforzar las alianzas del

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Imperio y lo manda como gobernador a las provincias ilirianas. Éstas constituían un Estado heterogéneo, mal sumiso y amenazado por Austria e Inglaterra, con lo que su misión se resumió en proteger la retirada e impedir toda sublevación antes de la evacuación. Pero los hechos se precipitan; en agosto, Austria le declara la guerra a Napoleón y éste empieza a perder batallas. Fouché quiere ir lógicamente hacia París, que es dónde se van a decidir los asuntos importantes, pero Napoleón le manda quedarse en Nápoles con la tarea de mantener al rey Murat dentro de la alianza francesa, lo cual también fracasa. El 1 de marzo de 1814 Fouché parte hacia París atravesando la armada austro-napolitana, pero cuando llega el 8 de abril todas las intrigas ya han terminado: el 31 de marzo París había capitulado, el 1 de abril el Senado había nombrado el gobierno provisional con Talleyrand a la cabeza y, el 3, había proclamado rey a Luís XVIII. De todos modos, Talleyrand deja entrar a Fouché en las deliberaciones del gobierno provisional, pero éste, al ver que no le hacen caso, se retira a su castillo de Ferrières. Con el paso de los meses el gobierno monárquico empieza a ir a la deriva y a principios de marzo 1815 se tiene noticia de que Napoleón ha desembarcado en el continente; entonces le ofrecen a Fouché el Ministerio pero viendo éste que no hay nada que hacer lo rechaza. Como sospechan de él el prefecto de policía se persona en su casa con una orden para detenerle, pero Fouché hábilmente se escapa y se esconde hasta que el 20 de marzo Napoleón entra en las Tullerías. Por la noche Fouché ya es de nuevo el Ministro de la Policía. Para las elecciones de mayo Fouché trabaja para hacer elegir la Cámara que le conviene: liberales, republicanos, convencionales; también contacta con las potencias europeas y lo que parece más favorable es darle el mando a Luís XVIII. Así que, después de la derrota de Waterloo, Fouché corre el rumor de que Napoleón quiere disolver la Cámara y hace que ella pida la abdicación en favor de su hijo. Napoleón se resigna a firmar la abdicación “espontánea” que Fouché lee ante la Cámara, y allí mismo propone elegir una comisión de cinco miembros que se encargue de negociar

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con las potencias extranjeras, que avanzan hacia París; pero de Napoleón II no se dice ni una palabra. Se hace al momento la votación y gana Carnot, seguido de Fouché y el general Grenier; por su lado, la Cámara de los Pares nombran a Caulaincourt y a Quinette. Por una maniobra de Fouché, éste se atribuye la presidencia de esta comisión, que más que un consejo de regencia, es una comisión de gobierno y se instala en las Tullerías. Fouché se pone a negociar de espaldas a todos y, con los aliados a las puertas de París, ésta capitula el 5 de julio. El 7 ya es ministro de Luís XVIII, después de muchas conversaciones y de haber sugerido que sin él el rey difícilmente entraría en París. Sin embargo Fouché, en plena Restauración, todavía pretende ser el dique de la reacción, pero como el nuevo gobierno reclama cabezas no puede negarse a firmar listas de proscripción, si bien avisa o deja escapar a sus antiguos amigos. En agosto se celebran de nuevo elecciones a la Cámara y, aunque Fouché es elegido diputado por tres departamentos, ésta se llena de elementos de extrema derecha, por lo que se forma una cruzada contra el ministro regicida. La llegada de la duquesa de Angulema, hija de Luís XVI, sirve de pretexto para alejarlo de la vida pública y en un exilio encubierto se le nombra ministro del rey en Dresde. Fouché se resiste a abandonar la vida política pero en unos años se resigna, se instala en Trieste donde muere en diciembre de 1820, no sin antes haber hecho quemar otra parte de sus papeles.

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3. Ideas y prácticas en la política de Fouché
3.1. Primera etapa (1793-1796) La revolución integral:
El concepto de révolution integral aparece en la Instruction de Lyon, firmada por Collot d’Herbois y Fouché en noviembre de 1793, en la que se anima al pueblo a actuar con energía y realizar la revolución completa, la revolución integral. Con ello se refieren a hacer la revolución en todos los campos y hasta las últimas consecuencias, a completarla, pues si bien se ha acabado con la monarquía y con los privilegios del clero y la nobleza, todo ello no es suficiente; lo que pretenden es que se cumpla, sobre todo, el principio d’égalité, en el sentido de la nivelación de ricos y pobres, pero también, consideramos, en el aspecto de hacer de los ciudadanos un cuerpo único, con unas mismas creencias, una misma educación, una misma inclinación política y, en definitiva, una misma opinión. Este parece que será el objetivo de toda la época revolucionaria de Fouché y, como su situación de representante del pueblo en misión, le da poderes casi ilimitados Fouché tendrá libertad para actuar, controlar y legislar sobre todas las materias, sin restricciones y sin oposición. Es decir, tiene el poder de llevar a la práctica su programa político en toda su amplitud y sin condicionamientos, lo cual es algo que no se han podido permitir muchos teóricos políticos. Si bien se considera a Fouché como un político más práctico que teórico, sin convicción alguna y con un alto componente de improvisación, se intentará matizar este punto de vista demostrando como a sus actuaciones le preceden consideraciones teóricas de carácter general, con lo que si improvisa es en las aplicaciones concretas de sus directrices generales, lo que parece inevitable si se está llevando a cabo una práctica política nueva.

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El contenido de esta revolución integral la hemos separado en cuatro grandes bloques: política educativa, política religiosa, política social y política represiva. Sus ideas en materia educativa, si bien podríamos haberlas incluido en las de materia social, ya que propone una educación pública pagada por el Estado, o incluso en las de materia religiosa, pues aboga por un educación laica, al final hemos optado por hacer un apartado independiente, y que además será el primero en analizar, pues corresponde a sus primeras manifestaciones políticas, representa una idea original y un paso más hacia la educación pública y laica, y además nos avanza el programa de esa revolución integral, que no conceptualizará bajo este nombre hasta casi el final de su periodo revolucionario. Así pues, sus escritos sobre materia educativa nos llevan a sus consideraciones religiosas (que más bien son antirreligiosas), las cuales hacen de él uno de los pioneros de la descristianización, y también a su programa social, que nos lo presenta como a un precursor socialista. Para el cumplimiento de todas esas medidas lógicamente habrá que recurrir a medidas coactivas y por eso hemos añadido también un apartado dedicado a la política represiva, donde veremos sus reflexiones sobre la justicia, el terror y sus creaciones de un nuevo tipo de comité: los comités filantrópicos.

A. Política educativa A finales de octubre de 1792 Fouché entra como miembro activo en el Comité de Instrucción Pública de la Convención Nacional, en el cual se trabaja en la organización general de la instrucción pública del país, ya que hasta el momento estaba en manos de las distintas congregaciones religiosas, y cuenta con distinguidos miembros de la posteriormente llamada

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ideología, 7 como Condorcet, Daunou, Lakanal…
Fouché forma parte de un subcomité encargado de revisar la Ley del 18 de agosto de 1792, relativa a la supresión de las congregaciones seculares. El Rapport et projet de décret 8 presentado por Fouché a principios de noviembre defiende que, en tanto no se haga la reorganización educativa definitiva, conviene sostener los establecimientos de instrucción ya existentes. En definitiva, que la ley concerniente a la supresión de las congregaciones no afectará a los establecimientos de instrucción, de manera que la venta de sus bienes continuará siendo suspendida. Pero la discusión del proyecto se aplaza y no será hasta el 8 de marzo de 1793 que el decreto sea leído y adoptado en la Convención. Por entonces éste ha evolucionado y sus disposiciones principales establecen, en primer lugar, que todos los bienes de los establecimientos de instrucción serán vendidos de la misma forma que el resto de bienes nacionales, a excepción de los edificios destinados a la enseñanza y, en segundo lugar, que « le paiement des professeurs, tant des collèges que de tous les établissements d’instruction publique, français, seront à la charge de la nation, ainsi que l’entretien des bâtiments et des titulaires actuels des bourses ou places gratuites. » 9. Esta segunda disposición, que simplemente trata del tema de la financiación, es muy importante por lo que se refiere al proceso de la creación de una educación verdaderamente pública, competencia exclusiva del Estado, que hasta el momento había sido gestionada por la Iglesia. En esta misma época Fouché empieza a preparar un texto titulado

Réflexions sur l’éducation publique, 10 que no se hizo público hasta tres
meses después (cuando el partido moderado ya había perdido toda su
7

Ideología no tiene aquí el sentido despectivo o negativo que le dará Napoleón y más tarde el marxismo; es únicamente el término acuñado por Destutt de Tracy para designar la actividad que llevaban a cabo los miembros de la segunda clase del Institut, la cual tenía como objeto el conocimiento del hombre basado en el análisis de sus facultades. Para una ampliación del tema, vid. FERNÁNDEZ, J.M., Política e instituciones ideológicas durante la Revolución francesa; El Basilisco, (1983)15, p. 71-77, y del mismo autor, Ideología “brumarista” y Napoleón Bonaparte; El basilisco, (1994)17, p. 37-44. 8 FOUCHÉ, J., Rapport et projet de décret présentés au nom du Comité d’instruction publique ; Paris, Imprimerie Nationale, 1792. 9 Reimpresión de l’ancien Moniteur; Paris, Plon Frères, 1847, tom XV, p.652. 10 FOUCHÉ, J., Réflexions sur l’éducation publique; Paris, Imprimerie Nationale, 1793.

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influencia), en el que se da un paso más para hacer laica la educación. En realidad, Fouché está siguiendo los pasos de Condorcet, filósofo y miembro del Comité de Instrucción, el cual ya desde años atrás abogaba por apartar de la educación toda influencia sacerdotal, por el evidente obstáculo que ello suponía para el avance de los ideales ilustrados. De todos modos, la idea de la necesidad para el Estado de una educación pública ya la había expresado perfectamente Aristóteles dos mil años antes y, como veremos lo largo del trabajo, es evidente que Fouché había leído y le sacaba un buen provecho a la Política de Aristóteles: “Como el Estado todo sólo tiene un solo y mismo fin, la educación debe ser necesariamente una e idéntica para todos sus miembros, de donde se sigue que la educación debe ser objeto de una vigilancia pública y no particular, por más que este último sistema haya generalmente prevalecido, y que hoy cada cual educa a sus hijos en su casa según el método que le parece y en aquello que le place. Sin embargo, lo que es común debe aprenderse en común, y es un error grave creer que cada ciudadano sea dueño de sí mismo, siendo así que todos pertenecen al Estado, puesto que constituyen sus elementos y que los cuidados de que son objeto las partes deben concordar con aquellos de que es objeto el conjunto.” 11 Sigamos ahora la argumentación de Fouché en sus Réflexions sur

l’éducation publique:
“Ce n’est pas pour le plaisir stérile d’imprimer au monde un grand mouvement que nous avons fait une révolution, nous voulons surtout le perfectionnement & le bonheur de l’espèce humaine, nous voulons fonder l’empire éternel de la raison ; & persuadés que l’instruction seule peut nous amener à ce but, nous nous occupons, au moment même où tous les tyrans se coalisent pour nous subjuguer, des moyens de former des écoles primaires dans toutes les parties de la République. (…) C’est ici le moment de venger la nature des outrages qu’elle a reçus, de renverser tout ce qui peut étouffer le premier germe de la raison, cet instinct vierge & sacré, cette lumière pure, qui brille au fond des cœurs, comme le soleil au sein des mondes. Si nos écoles s’organisent promptement & selon nos vœux, la plus heureuse révolution est conformée ; (…) » 12
11 12

ARISTÓTELES, Política; Madrid, Espasa Calpe, 1997, p. 195. FOUCHÉ, Réflexions sur l’éducation publique; p. 1

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Fouché comparte los principios de la Revolución, que son en gran parte los de la Ilustración, y afirma, por tanto, que el cometido de la revolución es fundar el imperio eterno de la razón. Para ello, y Fouché lo sabe ya que lleva años ejerciendo de profesor, la base está en la educación. Ésta tiene una enorme importancia, pues constituye la forma de combatir la superstición, la ignorancia y avanzar hacia el triunfo de la razón y el progreso humano; pero también, como nos sugiere en el texto, es la forma de perpetuar la revolución que, al fin y al cabo, es ese imperio de la razón. Por ese motivo en Francia se ocupan de formar escuelas primarias mientras Europa se prepara para hacerle la guerra, porque para que triunfe la revolución tienen que darse dos factores: por un lado, vencer al enemigo tanto externo como interno, y por otro, que la revolución se institucionalice, se estabilice. Para ambas cosas hace falta que la sociedad civil se comprometa con la causa, hacen falta buenos revolucionarios (soldados que derroten al enemigo, voluntarios para ir al frente, patriotas que señalen al enemigo interno, que delaten las conspiraciones…) y, sobre todo, se necesita que los relevos, que las nuevas generaciones crezcan con el espíritu revolucionario ya interiorizado. Aquí entra en juego la educación, que no hace falta mencionar que constituye un mecanismo de poder eficaz para formar la conciencia necesaria (es decir, la que el Estado necesita); véanse como ejemplos históricos como los regímenes más o menos autoritarios controlan de muy cerca la enseñanza: la formación del espíritu nacional en la España franquista, la educación cívica en la Cuba castrista… Pero esta educación, que debe ser una educación de Estado y competencia exclusiva de éste, además tiene que estar del todo desligada de la religión, debe ser laica, ya que si no entrará en conflicto con los intereses de la Revolución. Veámoslo en palabras de Fouché : “En vain vous donnerez au peuple des instituteurs, si à côté des écoles de la philosophie & de la raison vous laissez subsister, vous salariez les écoles des préjugés & de la superstition. Les salarier, c’est en consacrer les maximes & les pratiques, c’est les prescrire, c’est se rendre complice, c’est mettre un obstacle invincible aux 18

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progrès de la vérité, c’est une prévarication contre la prospérité de la République, & un crime envers la génération qui s’élève. Comment, en effet, établir un accord entre les volontés, une harmonie sociale, tant qu’il n’y aura pas unité de principes & d’action entre nos institutions politiques ? » 13 En efecto, de nada sirve implantar la nueva educación, si se permite que las escuelas religiosas sigan enseñando, y peor aún, si lo hacen a costa de la nación, pues ello implica ser cómplice en el mantenimiento de la superstición (vemos como Fouché reitera la importancia de la financiación). El problema principal es que manteniendo dos tipos de educación a la vez, se está creando una sociedad dividida, e invocando a Rousseau y su contrato social, Fouché ve imposible el acuerdo si no hay unidad de principios entre los ciudadanos. Pero la cuestión va más allá: “Concevez l’existence douloureuse, le supplice que vous préparez à vos enfants, en leur donnant deux instituteurs, dont les maximes se croiseront, se heurteront & dont la morale sera sans cesse, en opposition ; deux instituteurs qui dirigeront en sens contraire, les premiers mouvements, les premières affections de leurs cœurs. L’un, parlant au nom d’un Dieu, dont il se dit l’interprète & le ministre, présentera sa religion comme la première vérité à croire& à adorer, comme la base de toute morale, & le seul moyen qui puisse ouvrir les portes du ciel. Il veut faire de l’homme un automate, chez qui l’habitude & l’obéissance tiennent lieu de raison. L’autre, qui ne connaît que le langage de la vérité, qui veut faire un homme de son élève, ne lui parlera des religions que pour en arracher le bandeau qui couvre leur origine ; il lui apprendra a connaître ses droits, ses devoirs, les règles qu’il doit suivre, pour faire dans ce monde, & non dans l’autre, son bonheur & celui de ses semblables. » 14 Lo que nos deja intuir Fouché en este fragmento es que el problema más grave no es que la Iglesia se encargue de la educación, sino que el problema es la religión en sí misma. Ello es debido a que las máximas de ambas doctrinas se contradicen, y existe el peligro de que las directrices que dé la
13 14

Ibid., p. 2 Idem.

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educación estatal (derechos, deberes, reglas a seguir, lo cual constituye la moral oficial), puedan ser puestas en entredicho por la moral religiosa. Aquí ya parece adelantarnos (lo cual veremos en el apartado siguiente), que la solución está no ya solamente en apartar la influencia religiosa del ámbito educativo, sino en eliminar su influencia de la sociedad en general. Veamos como se puede llevar a cabo: “Organisons les institutions sociales, les secours publics, l’instruction, les contributions & les fêtes nationales. Reléguons chez les despotes l’avilissante mendicité, l’ignorance barbare, & la superstition sanguinaire. Que dans toutes les sections de la République, l’infirmité de la misère trouve un asile, des secours, des égards dus au malheur, que l’instruction s’offre d’elle-même à celui qui est dans les ténèbres, qu’une honnête aisance accompagne l’industrie & le travail modéré, que le superflu seul de l’opulence expie, en ce moment, par un impôt progressif, par un emprunt forcé, ses crimes envers la liberté. Voilà les véritables obligations que le peuple nous a imposées ; voilà les seuls devoirs religieux qui puissent nous concilier l’estime des nations & la reconnaissance de la postérité. » 15 La solución para aislar la influencia de la religión es tan fácil como organizar desde el Estado la instrucción, los hospicios, las fiestas nacionales… en definitiva, los ámbitos que eran competencia de la Iglesia hasta entonces. Este fragmento constituye un resumen básico de su programa social, que llevará a cabo y desarrollará unos meses después cuando ejerza de representante en misión en provincias, donde para combatir la desigualdad económica, establecerá un impuesto progresivo que le quitará al rico lo superfluo. Y estos, en definitiva, deben ser los únicos deberes religiosos de la moral republicana. Esta última expresión no debe entenderse como una metáfora; a la Revolución le hace falta todo un aparato espiritual que sustituya al antiguo y por eso, dice Fouché, la Convención nacional no puede reconocer “d’autre religion que celle de la morale, d’autre culte que celui de la patrie, d’autre dogme que celui de la souveraineté du peuple. » 16 En fin, Fouché concluye sus reflexiones con estas palabras:
15 16

Ibid., p. 4 Ibid., p. 6

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« La politique, ainsi que la philosophie, nous commandent donc de remplacer promptement de trop longs préjugés, de vieilles erreurs, par des institutions dignes d’un grand peuple, par des études qui exercent, qui développent ses facultés, qui étendent ses idées, ennoblissent ses sentiments ; par des fêtes civiques célébrées, non avec cette pompe brillant & frivole, mais avec cet appareil simple, fier & Républicain qui touche l’âme, qui la remue, qui l’élève toute entière, qui l’intéresse, l’enflamme d’émulation & de gloire, porte le courage & la vertu au plus haut degré d’intensité qu’ils puissent avoir ; par des lois morales qui dirigent tellement ses opinions, ses goûts, ses affections, qu’il aime la liberté & l’humanité entière, par inclination, par passion, par nécessité, & qu’il jouisse enfin des innombrables avantages que la nature lui promet. Cet heureux résultat de l’éducation publique ne tardera pas à se réaliser : c’est du moins mon espoir. » 17 Así pues, la política y la filosofía, léase Ilustración, coinciden en lo que hay que hacer: renovar el viejo mundo con instituciones revolucionarias, con estudios, con fiestas cívicas (aquí nos adelanta el Culto de la Razón, que veremos más adelante) que exalten el sentimiento patriótico y con leyes morales que dirigirán las opiniones del pueblo. Con estas últimas palabras, Fouché nos deja ver que también en él se da esa contradicción propia de la Ilustración con respecto al pueblo: admiración por un lado, pero desprecio por el otro. Ese fuerte componente de preocupación pedagógica que tiene esa época, a la vez va íntimamente ligado a una cierta condescendencia paternalista para con el pueblo, al cual se le tiene que indicar qué es lo bueno y dirigir sus opiniones. Esta creencia se mantendrá constante en Fouché que, como veremos en la segunda parte del trabajo, le requerirá muchos esfuerzos en su intento de dirigir la opinión pública. Recapitulando, en este escrito hemos encontrado fundamentalmente dos ideas: por un lado, la anticipación de todo su programa revolucionario, y por el otro, la suposición de que éste no se podrá llevar a cabo si, como base, no existe una verdadera educación pública.

17

Ibid., p. 10

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B. Política religiosa Louis Madelin, en su enorme tesis dedicada a Fouché, y respecto a las

Réflexions sur l’éducation publique dice: « Jamais peut-être une si violente
attaque n’avait été rédigée non seulement contre l’enseignement congréganiste, non seulement contre les prêtes catholiques, mais contre toute religion. » 18. Y es cierto, bajo esas ideas sobre la educación subyace toda una teoría respecto a la religión, cuya forma es fundamentalmente crítica. Quizás Madelin exagere un poco en cuanto a la novedad del ataque a la religión, pues críticas siempre ha habido, y además, ese anticlericalismo que se revelará en Francia ciertamente no surge de la nada: en el contexto de la Revolución tiene que enmarcarse en un proceso evolutivo que empieza ya con la abolición del régimen feudal en 1789. Aulard, en su indispensable ensayo Le culte de la raison et le culte de

l’être suprême, 19 empieza por recordar las principales influencias de los
pensadores del s. XVIII que tuvieron los revolucionarios en materia religiosa, agrupándolas en dos tendencias: una más naturalista y atea, representada por Voltaire; y la otra, más espiritualista y deísta, con Rousseau y el abate Mably en sus filas. 20 Estas dos corrientes se corresponderán respectivamente con el Culto de la Razón y con el Culto del Ser Supremo 21. Pero respecto a la influencia real de estos filósofos sobre los políticos de la Revolución, dice Aulard: « Mais il ne faudrait pas croire que ces textes aient véritablement inspiré leurs actes, dirigé leur politique, ni que ces hommes d’action soient entrés dans l’arène pour réaliser les systèmes qu’ils avaient trouvés dans leurs lectures. Il nous semble qu’ils
MADELIN, Fouché; Paris, Librairie Plon, 1913, tom I, p. 49 AULARD, Le culte de la raison et le culte de l’être suprême ;(réimpression de l’édition de Paris 1892), Scienta Verlag Aalen, 1975 20 No podemos estar de acuerdo con la idea de que Voltaire fuera un representante de la tendencia ateísta, pues aunque era un ferviente defensor de la tolerancia y sus críticas a la Iglesia y a las doctrinas cristianas eran continuas, en su Tratado de Metafísica expone sus argumentos a favor de la existencia de Dios. Por ello, si hubiera que considerar a representantes de la corriente atea, nos inclinaríamos por materialistas como La Mettrie o D’Holbach. 21 De todos modos se verá un poco más adelante como el Culta de la Razón, al fin y al cabo, también era fundamentalmente deísta.
19 18

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écoutèrent surtout les conseils de l’expérience, de l’impérieuse nécessité. » 22 Decíamos pues que, desde el inicio de la revolución se desata, como hace notar Vovelle23, una dinámica de crisis entre religión y revolución que se va agravando con el paso del tiempo, incluso si oficialmente no había ninguna pretensión, en principio, de destruir o eliminar la religión. El proceso empieza en 1789 con la abolición de los privilegios del clero y la venta de sus bienes, pero como parte de la eliminación del sistema feudal; la Constituyente, en abril de 1790, declara que su adhesión al culto católico está fuera de toda duda; en julio, se aprueba la Constitución civil del clero, a la cual éste tiene que prestar juramento, pero con la intención de nacionalizar la Iglesia independizándola de Roma. Aulard nos recuerda que cuando Delacroix, en 1792, propuso en el club de los jacobinos destruir el culto católico, se declaró la moción inconstitucional; y la Constitución de junio de 1793 garantiza el libre ejercicio de culto. La idea de la descristianización, el ataque a la religión y al culto, no tiene lugar hasta el verano de 1793, cuando la Francia revolucionaria está en guerra contra La Vendée y contra Europa, y el clero se revela como el aliado interno de las potencias extranjeras que amenazan la patria. 24 Los historiadores convergen en afirmar que, si bien Chaumette es reconocido como el representante del anticlericalismo del grupo hébertista en París, el movimiento antirreligioso surge primeramente en las provincias, de la mano de los representantes en misión. Entre ellos encontramos a Fouché, el cual destacará por su prontitud y por la repercusión que alcanzaran sus decretos, algunos de los cuales serán incluso adoptados por la Comuna de París. Analicemos, ahora, los principales actos documentados y decretos de Fouché relacionados con su política religiosa. Empieza el 22 septiembre de
22 23

AULARD, Le culte de la raison et le culte de l’être suprême, p. 14 VOVELLE, M., La révolution contre l’église. De la raison à l’Être Suprême ; Paris, Editions Complexe, 1988, p. 29 24 Vovelle en su La révolution contra l’eglise, hace un interesante recorrido a través del imaginario social plasmado en imágenes (gravados, panfletos, dibujos…): de la imagen del cura amigo del pueblo, a la del cura enemigo de la patria.

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1793 cuando, aprovechando una visita de Chaumette a Nevers, ambos organizan una fiesta en honor a Brutus, que se desarrolla como una especie de procesión pagana, en la que asisten las autoridades y el pueblo, en la cual se honra a los ancianos y a los pobres. La marcha acaba en la iglesia de Saint-Cyr, donde Fouché y Chaumette pronuncian discursos exaltando a Brutus y criticando la religión. Unos días después, el Directorio departamental, inspirado por Fouché, decreta lo siguiente: “Sur la réquisition du citoyen Fouché, représentant du peuple, le conseil du département, considérant que dans une association politique tous les membres qui la composent doivent tendre au bien général ; qu’en s’isolant de la société, on devient nécessairement indifférent à son bonheur ; que depuis trop longtemps les prêtres vivent dans le célibat ; qu’ils n’ont rempli aucun des devoirs du vrai citoyen ; qu’étrangers aux charges publiques dont, avec les armes de l’imposture, ils ont toujours su se garantir, ils n’ont jusqu’à ce moment donné que l’exemple d’un égoïsme dangereux et contraire aux principes d’un régime républicain ; qu’il est temps que cette caste orgueilleuse, ramenée à la pureté des principes de la primitive église, rentre dans la classe des citoyens, renonce à une vie outrageante pour la nature et toujours favorable à la dépravation des mœurs, s’attache à la société en remplissant les devoirs et mérite de partager la protection du gouvernement en en supportant les charges, Arrête : Que tout ministre du culte ou autre prêtre pensionné par la nation, résidant dans ce département, sera tenu, dans le délai d’un mois, à compter du jour de la publication du présent arrêté, de se marier ou d’adopter un enfant, ou d’entretenir et nourrir à sa table un vieillard indigent ; Que faute d’adopter un de ces partis, ils seront censés avoir renoncé à l’exercice de leurs fonctions, dont ils demeureront déchus, ainsi que de leurs pensions dont à cette époque ils cesseront d’être payés. » 25 En resumen, no es suficiente con que el clero haya prestado juramento a la Constitución civil; para ser miembro de la sociedad (y, por tanto, ser protegido por el Estado) tiene que someterse al bien general, como hacen el resto de ciudadanos, lo cual representa la aplicación del protego ergo obligo de Hobbes. Es decir, antes que sacerdote, hay que ser ciudadano y como tal
25

Arrêté du 25 septembre 1793 (citado por BUISSON, H., Qui était Fouché duc d’Otrante ?; Bienne, Editions du Panorama, 1968, p. 98)

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cumplir sus deberes; y esta no es la conducta que ha seguido el clero, con lo que todo el preámbulo al decreto en sí es una especie de reprimenda. Ahora bien, el contenido positivo del decreto es explícitamente un castigo: como el clero es una raza orgullosa y egoísta, se le obligará a casarse o a adoptar hijos, lo cual entra en contradicción con sus principios y lo humilla. La justificación es que el celibato es un ultraje a la naturaleza. Al día siguiente, 26 septiembre, se traslada a Moulins y se declara encargado « de substituer aux cultes superstitieux et hypocrites, auxquels le peuple tient encore malheureusement, celui de la République et de la Morale » (aunque su verdadera misión consistía en reclutar ciudadanos para reprimir a los rebeldes de la Vendée), en una fiesta que se celebra en la catedral de Nôtre Dame, ya profanada. Allí se leen nuevos decretos, recuerda la abolición del celibato y encabeza una procesión que se dedica a destruir todos los signos exteriores de culto y que, como culminación, acaba con la abjuración del obispo Laurent, seguido por treinta de sus sacerdotes. Será unas semanas más tarde, el 10 de octubre, cuando aparecerá su célebre decreto sobre los cementerios, pues fue asumido por los representantes de los departamentos del suroeste e incluso Chaumette lo hizo adoptar a la Comuna de París. Dice así: « Considérant que le peuple français ne peut reconnaître d’autres signes privilégiés que ceux de la loi, de la justice et de la liberté, d’autre culte que celui de la Morale universelle, d’autre dogme que celui de sa souveraineté et de sa toute-puissance ; considérant que si, au moment où la République vient de déclarer solennellement qu’elle accorde une protection égale à l’exercice du culte de toutes les religions, il est permis à tous les sectaires d’établir sur les places publiques et dans les rues les enseignes de leurs sectes particulières, d’y célébrer leurs cérémonies religieuses, il s’ensuivrant de la confusion et du désordre dans la ville, ARRÊTE : ART. I – Tous les cultes des diverses religions ne pourront être exercés que dans leurs temples respectifs. ART. II – La République ne reconnaissant point de culte dominant ou privilégié, toutes les enseignes religieuses qui se trouvent sur les routes, sur les places et généralement dans tous les lieux publics seront anéanties.

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ART. III – Il est défendu sous peine de réclusion à tous les ministres, à tous les prêtres de paraître ailleurs que dans leurs temples avec leurs costumes religieux. ART. IV – Dans chaque municipalité, tous les citoyens morts, de quelque secte qu’ils soient, seront conduits, vingt-quatre heures après le décès, et quarante-huit en cas de mort subite, au lieu désigné pour la sépulture commune, couverts d’un voile funèbre sur lequel sera peint le sommeil, accompagnés d’un officier public, entourés de leurs amis revêtus de deuil et d’un détachement de leurs frères d’armes. ART. V – Le lieu commun où leurs cendres reposeront sera isolé de toute habitation, planté d’arbres, sous l’ombre desquels s’élèvera une statue représentant le sommeil. Tous les autres signes seront détruits. ART. VI- On lira sur la porte de ce champ consacré par un respect religieux aux mânes des morts cette inscription : « La mort est un sommeil éternel ». ART. VII- Tous ceux qui, après leur mort, seront jugés par les citoyens de leur commune avoir bien mérité de la patrie, auront sur leurs tombes une pierre figurée en couronne de chêne. ART. VIII – Le présent arrêté sera imprimé, lu, publié et affiché dans toute l’étendue du département, adressé à tous les conseils généraux des communes et aux curés, qui seront responsables du défaut d’exécution. 26 Si admitimos, con Fouché, que no hay otros signos privilegiados que los de la ley, la justicia y la libertad; otro culto que el de la moral universal; ni otro dogma que el de la soberanía del pueblo, entonces nos encontramos ante dos posibilidades: o bien se habla metafóricamente y no existe religión alguna, o bien existe una nueva religión, la cual es totalmente política: una religión de Estado. A lo largo de este apartado se intentará aclarar cuál es la posición de Fouché acerca de esta cuestión, pero primero analicemos el citado decreto. Los artículos I, II y III pretenden remediar el desorden y la confusión causados por el hecho de que los distintos cultos, ya que la Convención ha declarado igual protección para todos, celebren sus ceremonias y ubiquen sus insignias en lugares públicos. Son medidas, a nuestro modo de ver, perfectamente correctas, pues toda religión lleva en sí misma la convicción de que es la verdadera y para evitar posibles enfrentamientos si coexisten
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Arrêté du 9 octubre 1793; en Reimpresión de l’ ancien Moniteur, tom XVIII, p. 137

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en los mismos espacios, Fouché interpreta la protección igual para todos los cultos como ningún privilegio para cualquier culto. No está prohibiendo el ejercicio del culto, sino su ejercicio en lugares públicos; de lo que se trata, por tanto, es de alejar la religión de la vida pública, convertirla en una cuestión privada y así avanzar hacia el laicismo. Ahora bien, sobre el resto de artículos, dice Aulard que están inspirados por un espíritu que no es ni el de la ley, ni el de la Convención: “Ce qu’il faut signaler, c’est que Fouché imposait au peuple, en forme de culte public, une opinion philosophique alors rare, et qu’il voulait le rendre nationale, à l’exclusion des autres doctrines. C’était là une initiative audacieuse et toute personnelle, que rien n’avait pu faire prévoir, ni la politique de la Convention, ni même le philosophisme, assez large, de la Commune de Paris. » 27 Porque lo que el resto de artículos decretan, en definitiva, es que la muerte es un sueño eterno y ello, aunque de forma poética, revela la creencia en la no inmortalidad del alma y, por lo tanto, un fuerte componente de materialismo. Un tiempo después, Fouché de misión en Lyon seguirá con el saqueo de iglesias (riquezas que luego manda a la Convención), los bautizos, casamientos y divorcios civiles y los cambios de nombres de personas o lugares por otros más “revolucionarios”. Junto con Collot d’Herbois, por ejemplo, organizará una fiesta conmemorativa de Chalier (un revolucionario guillotinado por los contrarrevolucionarios), que se desarrolla en una especie de carnaval antirreligioso, incluyendo un burro adornado con mitra y crucifijo bebiendo de un cáliz, dedicado a saquear iglesias y a abatir todos los signos de culto. Y en la Instruction del 16 noviembre, le oímos decir sobre los sacerdotes: « Ce sont eux qui, depuis 1300 ans, ont élevé par degrés l’édifice de notre esclavage, l’ont orné de tous les colifichets sacrés qui pouvaient en dérober les défauts à l’œil de la raison et à la faux de la philosophie. Ce sont eux qui ont asservi l’esprit humain sous leurs imbéciles préjugés et qui, pour comble d’infamie, ont sacrifié par leurs impostures les erreurs dont ils ont enivré les siècles. Il
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AULARD, Le culte de la raison et le culte de l’être suprême, p. 29

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est évident que la Révolution, qui est le triomphe des lumières, ne peut voir qu’avec indignation la trop longue agonie de cette poignée de menteurs. Leur règne expire et fait place à l’empire du bon sens et de la raison. » 28 En fin, el posicionamiento de Fouché es decididamente contrario a la religión, pues juzga a ésta como el principal obstáculo para el desarrollo de la razón; la cual es la posición que mantienen los principales partidarios de la sección radical. Fouché va un poco más allá haciendo gala de cierto materialismo, como se aprecia en su decreto sobre los cementerios; ahora bien, de ahí a convertirlo en un representante del ateísmo, como nos parece que deja entender Aulard, va un gran paso. Fouché sabe que la nada no mueve a las personas, no llena ese espacio vacante que deja Dios y todos sus ritos, y sería un error no aprovechar ese vacío. Por eso, a la pregunta que nos hacíamos un poco más arriba, si Fouché se inclinaba por que no existiera religión alguna o por una religión confundida con lo político, parece que la segunda respuesta sería la más plausible. En cierta forma, en ello coincidiría con la idea que defiende Rousseau en el Contrato social: “Creo que desarrollando desde este punto de vista los hechos históricos, se refutarían fácilmente las opiniones opuestas de Bayle y de Warburton, uno de los cuales pretende que ninguna religión es útil al cuerpo político, y otro sostiene por el contrario que el cristianismo es el apoyo más firme. Al primero se le probaría que jamás se fundó Estado alguno al que la religión no sirviera de base, y al segundo que la ley cristiana es en el fondo más perjudicial que útil para la constitución fuerte del Estado.” 29 Fouché recoge de ello la idea de contemplar la religión desde el punto de vista de la utilidad que pueda tener para el Estado y coincide plenamente en que si bien algún tipo de religión puede servir para dar unidad al cuerpo social y hacer respetar las leyes, esa no puede ser tarea del cristianismo ya que desapega a sus creyentes del mundo terrenal. Ahora bien, esa

28 29

Instruction du 16 novembre 1793, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 130) ROUSSEAU, Del contrato social. Discursos; Madrid, Alianza Editorial, 1985, p. 135

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institución de una religión civil de la que nos habla Rousseau, no creemos que Fouché la acepte, y menos con esos dogmas que tratan de la existencia de la divinidad o de la vida más allá de la muerte. Parece que se inclina por un concepto de religión más laxa, sin rituales fijos, más espontánea y festiva, como enseguida veremos. Porque en el contexto de esa descristianización que empieza el verano del 93, se irá imponiendo el llamado Culto de la Razón. Éste poco a poco irá suplantando el lugar del catolicismo, hasta copiar fielmente su funcionamiento: las iglesias quedan convertidas en templos de la razón, las imágenes representan a las diosas Razón o Libertad, los rezos se convierten en alabanzas a la Razón… Al final, lo que diferencia el culto antiguo del nuevo es solamente una cuestión de nombres. Aulard, con acierto, pone en seria duda que el Culto de la Razón fuera ateo, pues en la mayoría de casos “la Raison, à laquelle on rend hommage, c’est ou Dieu considéré comme Raison suprême ou la Raison humaine comme une émanation et un don de la divinité » 30, y ni siquiera sus representantes más célebres como Cloots, Chaumette o Hébert hicieron profesión de ateísmo; más bien criticaban la religión, la Iglesia o el clero, pero no la existencia de un dios. 31 Fouché no se implicará seriamente en este culto que se ha acabado haciendo oficial, y del cual Aulard dice que nunca llegó a arraigar seriamente entre el pueblo, aunque tampoco lo critica; su postura es dirigirlo hacia un tipo de sentimiento del cual se puede sacar mucho provecho, y más estando en guerra: el patriotismo. Ya se ha visto que el pueblo siente mucho más fervor por Marat o Peletier, mártires de la patria, que por Descartes o Rousseau. Es ese sentimiento, entonces, el que hay que potenciar; en sus textos Fouché habla indistintamente de crear el imperio de la razón, el culto de la moral universal, el culto de la república y sentencia que “le républicain n’a d’autre divinité que sa patrie”. La forma de llevarlo a cabo ya nos la anticipó en sus
AULARD, Le culte de la raison et le culte de l’être suprême, p. 121 Aulard nos informa sobre casi la única voz crítica respecto al Culto de la Razón desde un punto de vista filosófico, ateo y serio: los artículos de Salaville en los Annales patriotiques et littéraires. Defiende que el culto puro de la razón no tiene que personificar seres morales, ni elevar templos a las virtudes, cambiando el catolicismo por un politeísmo; sino popularizar los principios metafísicos, “que el pueblo se acostumbre a ver en una estatua nada más que una piedra”. Resultaría interesante estudiarlo en profundidad.
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Réflexions sur l’éducation publique: aparte de nuevas instituciones y
estudios, hacían falta « fêtes civiques célébrées, non avec cette pompe brillant & frivole, mais avec cet appareil simple, fier & Républicain qui touche l’âme, qui la remue, qui l’élève toute entière, qui l’intéresse, l’enflamme d’émulation & de gloire, porte le courage & la vertu au plus haut degré d’intensité qu’ils puissent avoir ; » 32 Estas fiestas son las que Fouché organiza en sus distintas misiones: especies de carnavales grotescos, la paternidad de los cuales le atribuye Vovelle, 33 (y no esas ceremonias dignas y pomposas en honor a la Razón que se celebran en París), donde a la vez que se hace burla al cristianismo, se exalta el sentimiento patriótico y republicano, que remueve el alma y la hincha de coraje.

C. Política social En los textos de Fouché dedicados a la política social, encontramos básicamente dos temas: el primero, constituye un análisis de la situación y, el segundo, una serie de medidas para transformarla. Empecemos por el primero. En un comunicado a los ciudadanos de Nantes, de los cuáles él es el representante, y poco después del ajusticiamiento del rey, leemos lo siguiente: « L’égoïsme est aujourd’hui le plus dangereux des vices, les plus puissant obstacle au développement des vertus républicaines. Vous le savez, c’est lui qui depuis trois ans épuise tous nous courages, tous nous sentiments, c’est lui qui, pour les modérer, voudrait persuader que la révolution est faite, que l’égalité est établie. Hypocrites ! l’égalité établie ? Et nous voyons autour de nous celui qui a de superflu dédaigner celui qui manque du nécessaire, l’orgueilleux bourgeois se préférer à l’utile ouvrier et

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FOUCHÉ, Réflexions sur…, ya citado. VOVELLE, La révolution contre l’église, p. 171

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rejeter dans la révolution tout ce qui n’entre pas dans les combinaisons de son intérêt particulier. » 34 Fouché está advirtiendo de que la revolución no está terminada, ya que la igualdad, en sentido económico, todavía no se ha impuesto: hay quien tiene de superfluo y hay a quien le falta lo necesario, está el burgués y está el obrero… Pero además está captando en cierta forma el antagonismo de clases de la época moderna como lo enunciará el marxismo, lo cual queda aún más claro en el texto siguiente: « Malgré l’abolition de la noblesse et du clergé, il existe encore deux classes bien distinctes entre les citoyens : celle des oppresseurs et celle des opprimés ; les oppresseurs ce sont les riches égoïstes, les accapareurs, les monopoleurs ; les opprimés sont les indigents, les vieillards, les infirmes qui constituent la masse la plus respectable du peuple et néanmoins la plus souffrante. La mendicité est un effet de cette oppression et je ne puis concevoir comment, dans un moment où la République ne professe d’autres principes que l’égalité et où elle a solennellement déclaré dans la Constitution que tout individu avait le droit d’être nourri aux dépens de la société, il se trouve encore des hommes assez insensibles pour voir de sang-froid leurs semblables journellement livrés aux angoisses de la misère et du besoin quand ils vivent eux-mêmes au milieu de l’abondance, de la mollesse et de l’oisiveté. Pour moi, la cupidité, l’égoïsme et l’aristocratie des riches sont les sources fécondes de tous ces outrages à la souveraineté du peuple. Il est temps que le riche n’emploie plus ses richesses contre le peuple et soit forcé de lui partager son superflu. » 35 En definitiva, después de haber eliminado la nobleza y el clero, subsisten aún dos clases sociales en oposición: la de los opresores y la de los oprimidos, la de los ricos y la de los pobres, la de los burgueses y la de los obreros. Y esta oposición tiene que resolverse, ya que de nada habrá servido la Revolución si se permite que el lugar dominante que ostentaba la vieja nobleza, ahora lo ocupe la nueva burguesía. Pues, aunque más adelante Fouché se dará cuenta que la Revolución la ha hecho la burguesía, por lo menos y en principio, la Revolución se ha hecho para el pueblo:
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Fouché aux citoyens de Nantes, 1 février 1793, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 58) Arrêté du 26 septembre 1793, (citado por BUISSON, Qui était Fouché ?, p. 99)

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“La Revolució és feta per al poble, però no s’ha d’entendre com a tal la classe privilegiada per la seva riquesa, que s’ha emparat de tots els gaudis de la vida i de tots els béns de la societat. El poble és únicament el conjunt dels ciutadans francesos i, sobretot, la immensa classe dels pobres que defensen les fronteres de la nostra pàtria i alimenten la societat amb el seu treball. La Revolució seria un monstre polític i moral, si es preocupés només del benestar d’uns quants centenars d’individus i deixés perdurar la misèria de vint-i-quatre milions. Seria un engany injuriós a la humanitat, si es volgués parlar en nom de la igualtat mentre desigualtats tan monstruoses en el benestar continuen separant les persones.” 36 Así que el principio de igualdad, que tiene un fundamento moral, obliga a remediar la situación de miseria en la que vive el pueblo, que es sobre todo la inmensa clase de los trabajadores. Luego la Revolución tiene que preocuparse del bienestar de la mayoría de sus ciudadanos. Pero para completarla hace falta que vaya acompañada de una revolución interior, dentro de cada individuo: “No us enganyeu: per ser un veritable republicà, cada ciutadà ha de patir dintre seu una revolució semblant a la que ha canviat la faç de França. No pot persistir res en comú entre els súbdits dels tirans i els habitants d’un país lliure. Per això totes les seves accions, els seus sentiments, els seus costums, han de ser completament nous. Esteu oprimits i per això heu d’esclafar els vostres opressors; sou esclaus de la superstició eclesiàstica, per tant ara no podeu tenir altre culte que el de la llibertat…Tothom que desconeix aquest entusiasme, que coneix altres alegries i altres penes diferents de la felicitat del poble, que obre l’ànima a interessos freds, que calcula els beneficis que li reportaran el seu honor, la seva posició i el seu talent, i així es deslliga per un moment de la utilitat general, aquell la sang del qual no bull quan sent el nom d’opressió i d’opulència, aquell que vessa llàgrimes de compassió per un enemic del poble i no reserva els seus sentiments sols per als màrtirs de la llibertat, tots aquests menteixen si gosen dir-se republicans.” 37 De lo que se trata pues es de depurar las conciencias, de librarse de lo impuesto por el régimen anterior, para así formar una conciencia
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Instruction de Lyon, (citado por ZWEIG, Fouché. Retrat d’un home polític, p. 32) Idem.

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verdaderamente revolucionaria: rechazar el prejuicio religioso, los intereses y beneficios particulares y la compasión por los enemigos del pueblo. Interesarse solamente por la felicidad del pueblo y la utilidad general. Pero una vez analizada la situación y advertida la necesidad de transformarla, Fouché propone y aplica una serie de medidas para actuar en consecuencia. La primera de ellas y la más importante es establecer « le système le plus équitable, de l’impôt progressif, dire que celui qui n’a rien doit être pourvu, que celui qui n’a que le nécessaire le conserve en entier et que le superflu de l’opulent doit seul supporter les charges de la République » 38. La forma en que tiene que aplicarse esta medida, la desarrolla Fouché en la Instruction

de Lyon:
“Tot aquell qui posseeix més que no necessita ha de col·laborar en aquesta prestació d’ajuda extraordinària i la taxa ha de ser proporcional a les grans exigències de la pàtria: així doncs, primer de tot heu de comprovar, de manera generosa i realment revolucionària, quina quantitat ha d’aportar cadascú a la causa pública. No es tracta d’una verificació matemàtica i tampoc del mètode angoixós i vacil·lant que sovint s’utilitza en la deducció d’impostos: aquesta mesura especial s’ha d’atenir a les circumstàncies. Actueu, doncs, amb generositat i audàcia, preneu a cada ciutadà tot allò que no necessita, perquè allò superflu és una infracció palesa dels drets del poble. Perquè tot allò que un individu té més enllà de les seves necessitats, no pot fer-ho servir d’una altra manera que fent-ne abús. Deixeu-li, doncs, només allò que li és estrictament necessari, tota la resta pertany, durant la guerra, a la República i als seus exèrcits”. 39 Pero la recaudación de este impuesto no debe solamente sufragar los gastos de guerra de la Républica, sino también y sobre todo utilizarlos para igualar el bienestar de los ciudadanos, porque : « Si dans cette circonstance où les citoyens sont tourmentés par tous les fléaux de l’indigence, ce superflu n’est pas à la soulager, la République a le droit de s’en emparer pour cette destination. » 40 Y en esta misma línea se orienta el siguiente decreto de Fouché y Collot d’Herbois, representantes del pueblo en Lyon:

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Proclamation du 3 de mai 1793, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 75) Instruction de Lyon, (citado por ZWEIG, Fouché. Retrat d’un home polític, p. 32) 40 Fouché aux habitants du département de la Nièvre, 25 août 1793 (citado por MADELIN, Fouché, p. 94)

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« I. Tous les citoyens infirmes, vieillards, orphelins, indigents, seront logés, nourris et vêtus aux dépens des riches de leurs cantons respectifs. Les signes de la misère seront anéantis. II. La mendicité et l’oisiveté sont également proscrites ; tout mendiant ou oisif sera incarcéré. III. Il sera fourni aux citoyens valides du travail et les objets nécessaires à l’exercice de leurs métiers et de leur industrie. IV. Pour cet effet, les autorités constituées, de concert avec les comités de surveillance, lèveront dans chaque commune, sur les riches, une taxe révolutionnaire, proportionnée à leur fortune et à leur incivisme, jusqu’à la concurrence des frais nécessaires pour l’exécution des arrêtés ci-dessus. V. Tous les fonds requis seront versés dans une caisse particulière, entre les mains de chaque municipalité, qui en tiendra registre, et en fera la répartition sous sa responsabilité. VI. Ceux qui, dans le délai qui sera fixé, n’auront pas obéi aux réquisitions pécuniaires qui leur seront faites, seront déclarés suspects. VII. Les biens de ceux qui sont reconnus suspects ne pouvant être que dangereux entre leurs mains, seront séquestrés jusqu’à la paix, et il ne leur sera laissé que le strict nécessaire pour eux et pour leur famille. Les scellés seront mis sur leurs papiers, et inventaire sera fait dans tous leurs domaines. » 41 Así pues, los minusválidos, viejos y huérfanos serán mantenidos con lo superfluo de los ricos, pero los que tengan capacidad para trabajar, ya que se les proporcionarán los medios, tendrán que hacerlo, pues la mendicidad y la ociosidad se convierten en delito. La medida persigue tanto nivelar la riqueza, como eliminar los símbolos de la miseria, por ejemplo la mendicidad; pero a la vez es muy efectiva para tener a los ciudadanos ocupados y productivos, pues cualquiera sabe que de la ociosidad surgen las conspiraciones. Pero este decreto, continúa con dos artículos más, que son adoptados por la Comuna de París, y que hemos querido analizar por separado porque más que una disposición de carácter general, constituye una medida muy precisa y con función simbólica: es la del pan de la igualdad.

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Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XVIII, p. 505

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« VIII. La richesse et la pauvreté devant également disparaître du régime de l’égalité, il ne sera plus composé un pain de fleur de farine pour le riche, et un pain de son pour le pauvre. IX. Tous les boulangers seront tenus, sous peine d’incarcération, de faire une seule et bonne espèce de pain, le pain de l’égalité. » 42 Esta medida simbólica Fouché ya la había aplicado dos meses antes en Moulins (“J’arrête qu’il ne sera plus fabriqué qu’une seule espèce de pain dont le prix sera fixé à trois sous. Le pain que vous mangez en ce moment est de mauvaise qualité parce qu’on extrait la fleur de la farine qui le compose pour faire du pain pour le riche. Des indemnités seront accordées aux boulangers proportionnellement à leurs pertes. » 43), igual que la de la abolición de la mendicidad (« J’arrête que la mendicité est abolie dans le département de l’Allier. Toutes les autorités constituées établiront des hospices. Les municipalités lèveront sur les riches un impôt proportionnel au nombre de mendiants. » 44), lo que nos sirve para atribuirle a Fouché (pues el decreto está también firmado por Collot) la paternidad de las medidas. A modo de conclusión, Madelin en su tesis sobre Fouché y después de enumerar sus principales medidas, dice: “On voit quelle incohérence règne dans le système, si système il y a. Mais à travers ce socialisme sentimental ou ces mesures de circonstance, on discerne plus qu’un simple essai démagogique, l’embryon de certaines idées communistes. Celles-ci frappent assez les esprits pour que, tandis que les représentants du SudOuest s’emparent des théories religieuses de Fouché, la Commune de Paris adopte certaines de ses idées sociales. Certes, lorsqu’en mars 1793 Fouché était envoyé en mission dans l’Ouest, il n’était d’aucune façon chargé d’appliquer ni même de propager un programme politique, religieux et social. Lui-même eût été sans doute embarrassé de le formuler alors. Ses idées se développèrent, s’inspirant des circonstances, se tempérant ou s’exaltant suivant les mouvements de la Révolution et les exigences de la situation. Mais ce programme général d’une révolution intégrale conçu et développé pendant ses treize mois de mission était cependant en germe dans ce cerveau, et s’il ne s’y précisait pas encore en ces formules retentissantes qui firent
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Idem. Arrêté du 26 septembre 1793, (citado por BUISSON, Qui était Fouché ?, p. 99) 44 Idem.

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l’effroi des populations provinciales et l’admiration de la Commune de Paris, il était en substance dans la volonté énergique d’être… ou de paraître toujours à l’avant-garde du parti révolutionnaire.» 45 No nos queda otro remedio que discrepar respecto a que el sistema de Fouché sea incoherente; al contrario, nos parece que todas sus directrices de actuación generales ya se encontraban presentes en su escrito sobre la educación pública, y que armoniza perfectamente las consideraciones educativas, religiosas y sociales a favor de la revolución integral. Ahora bien, en lo que sí coincidimos es en que en su programa sea un precursor de la ideología comunista: por su penetración en el antagonismo de clases, la formación de la conciencia revolucionaria y por sus medidas, pues teniendo presentes las que Marx y Engels proponen en el Manifiesto comunista, a saber: “1ª Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos. 2ª Fuerte impuesto progresivo. 3ª Abolición del derecho de la herencia. 4ª Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes. 5ª Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio. 6ª Nacionalización de los transportes. 7ª Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo. 8ª Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo. 9ª Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad. 10ª Educación pública y gratuita para todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas en su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material.” 46 comprobamos como la 2ª, la 4ª, la 8ª y la 10ª, ya han sido explícitamente propuestas y aplicadas mediante decreto por Fouché cincuenta años antes.

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MADELIN, Fouché, tom I, p. 69 MARX y ENGELS, Manifiesto comunista, Madrid, Editorial Ayuso, 1975, p. 95

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También es posible que detrás de las consideraciones de tipo políticomoral de Fouché concernientes a la importancia de la utilidad general y de conseguir el mayor bienestar para la mayoría, como hemos visto más arriba, esté el utilitarismo de Bentham, el cual no olvidemos, habiendo publicado su

Introducción a los principios de moral y legislación, fue honrado por el
gobierno revolucionario como “ciudadano honorario” en 1792. En fin, por lo que respecta a las motivaciones de Fouché para aplicar tal programa, si creía sinceramente en la causa revolucionaria o solamente pretendía destacar, no son cuestiones que nos interesen de cara al presente estudio.

D. Política represiva Hablar de política represiva en el contexto de la Revolución francesa, y en la época en que Fouché está de representante en provincias, es hablar del Terror. Aulard, que considera que no había un sistema de terror aunque sí un régimen de terror, nos dice sobre sus causas: “La Révolution fit peur à ses ennemis dès le début, dès la prise de la Bastille, qui provoqua la première émigration. Cependant elle essaya de gouverner par la loi, par la liberté, jusqu’au 10 août 1792. Puis, les forces de résistance du passé s’étant coalisées, ayant amené une guerre civile et une guerre étrangère où la nation se sentit frappée par devant et par derrière, et craignit de périr, alors la Révolution voila, suspendit les principes de 89, et tourna contre ses ennemis les moyens violents d’ancien régime qu’ils employaient contre elle. Cette suspension des principes de 89, c’est bien en cela que consiste le Terreur, et cette suspension devint complète quand le péril fut le plus grand, et surtout quand Paris eut le plus conscience de ce péril, quand il en souffrit davantage, c’est-à-dire en août et en septembre 1793. » 47 En esos momentos, en agosto y septiembre del 93, el terror se ha hecho oficial y en la Convención se habla de “poner el terror a la orden del día”. En la práctica, esto se traduce por la supresión de toda libertad de prensa, de
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AULARD, Histoire politique de la révolution française ; Paris, Librairie Armand Colin, 1913, p. 358

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palabra y de pensamiento, por leyes contra los emigrados y con la creación de tribunales de excepción, más conocidos como tribunales revolucionarios, encargados de juzgar a los sospechosos. Se impone, en definitiva, salvar la patria y el método, que implica someter el individuo al interés general dejando de lado las precauciones, parece sacado de los consejos de Maquiavelo: “Esto es algo que merece ser notado e imitado por todo ciudadano que quiera aconsejar a su patria, pues en las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o a lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad.” 48 Fouché, como miembro del partido hebertista, se mostrará de acuerdo con esta dinámica y en su jurisdicción, esto es, en los distintos departamentos donde ejerce como representante del pueblo, aplicará ciertas medidas encaminadas a reprimir lo que considera los principales focos de peligro: el clero, la burguesía, los emigrados y, por supuesto también, los moderados. En cuanto al clero y a la burguesía, ya hemos visto en otro apartado, las consideraciones de Fouché al respecto, así como sus decretos, que constituyen en sí mismos medidas represivas: prohibición del culto exterior, abolición del celibato, impuesto progresivo… Veamos pues su posicionamiento en lo que respecta a los emigrados. El 10 de marzo del 93 Fouché presenta un informe a la Convención nacional alegando que las medidas contra los emigrados deben ser agravadas, a lo que cuatro días después sale publicado en el Moniteur Universel que « sur le rapport de Fouché, le décret suivant est rendu : La Convention nationale, instruite des manœuvres criminelles que les émigrés se proposent d’employer pour dérober leurs biens à la juste indemnité qui est due à la nation, et voulant les prévenir, décrète », en resumen, que todos los notarios tienen el plazo de un día para presentar al directorio de su departamento el listado de actas públicas que se refieran a la alienación o transmisión de
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MAQUIAVELO, Discursos sobre la primera década de Tito Livio; Madrid, Alianza, 2000, p. 433

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propiedades para que éstas sean cotejadas por los administradores y así identificar las de los emigrados. 49 Al fin y al cabo, de lo que se trata aquí es de un conflicto de intereses: los del individuo y los de la nación, y ese choque sólo puede tener una solución: « Les émigrés ont voulu la guerre, dira bientôt l’histoire, et elle les a dévorés… C’est leur orgueil blessé par l’égalité qui regimbe ! il faut qu’il pâtisse ; ce sont les intérêts de l’individualité qu’ils ont distraits de l’intérêt général et qu’ils veulent sauver à son préjudice, il faut que les intérêts individuels plient et soient sacrifiés. » 50 Así pues, la solución, que ya habría adelantado Rousseau en su contrato social, consiste en que esos intereses individuales sean sacrificados en favor del interés general, y esto Fouché lo aplicará con respecto a los emigrados, un mes más tarde, cuando llegue a Nantes y encargue a las administraciones locales las confiscaciones de sus bienes. 51 Por lo que concierne a la moderación política Fouché intentará depurar las administraciones del personal girondino, los cuales entran en la categoría de sospechosos, y dirá que es a través de los cuerpos sospechosos de timidez que hay que pasar las bayonetas. El final de la Instruction de

Lyon, de la que ya hemos visto algunos fragmentos más arriba, expresa muy
bien esta idea: “Exercirem amb tot el rigor l’autoritat que ens ha estat conferida, castigarem com a actes d’intenció malèvola tots aquells que, en altres circumstàncies, potser es considerarien fruit de la negligència, la debilitat o la lentitud. Però ja ha passat el temps
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Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XV, p. 712 Idem. 51 Curiosamente, en sus Memorias, escritas en plena Restauración y en las cuales fundamentalmente pretende exculparse de los excesos que cometió, respecto al tema de la emigración, vemos como, aunque cargue a la nación de la responsabilidad del secuestro de bienes y además se excuse en que otras habían actuado así en tal caso, no por ello deja de tener duras palabras contra los emigrados: “(…) los disidentes realistas, los contrarrevolucionarios, a falta de elementos que los apoyasen para plantear la guerra civil, viéndose privados de sus honores, recurrieron a la emigración, recurso de los débiles. No encontrando apoyo ninguno en el interior, corrieron a buscarlo en el exterior. A ejemplo de lo que habían hecho todas las naciones en caso semejante, la nuestra quiso que las propiedades de los emigrados les sirviese de rehén, tomando como motivo que los grandes se habían armado contra ella y pretendían armar también a Europa.” FOUCHÉ, Memorias, p. 28.

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de les mitges mesures i dels miraments. Ajudeu-nos a donar cops forts o cauran damunt vostre. Llibertat o mort! Vosaltres heu de triar!” 52 El realismo en política manda que en estado de guerra, y más tratándose de una revolución, lo que implica una guerra civil, no se permitan las medias tintas ni la moderación. Fouché parece entenderlo así, se impone la contundencia y sobre todo un posicionamiento claro respecto al bando elegido: o libertad o muerte. 53 Esta consigna en sí misma tiene tres sentidos: uno, a falta de libertad es preferible la muerte; dos, se está dispuesto a morir para conseguir la libertad; y tres, al que no esté del bando de la libertad le espera la muerte. Notamos que, para Fouché, el término libertad es bastante ambiguo. Tomando, para comparar, la definición de libertad moderna que hace Benjamin Constant 54 unos pocos años después, vemos como la de éste último, que es la que coincide con el liberalismo moderno, representa casi exactamente lo contrario de las medidas de Fouché. Así, para Constant, la libertad no es otra cosa que: “(…) el derecho de no estar sometido sino a las leyes, no poder ser detenido, ni preso, ni muerto, ni maltratado de manera alguna por el efecto de la voluntad arbitraria de uno o de muchos individuos: es el derecho de decir su opinión, de escoger su industria, de ejercerla, y de disponer de su propiedad, y aun de abusar si se quiere, de ir y venir a cualquier parte sin necesidad de obtener permiso, ni de dar cuenta a nadie de sus motivos o sus pasos: es el derecho de reunirse con otros individuos, sea para deliberar sobre sus intereses, sea para llenar los días o las horas de la manera más conforme a sus inclinaciones y caprichos: es, en fin, para todos el derecho de influir o en la administración del gobierno, o
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Instruction de Lyon, (citado por ZWEIG, Fouché. Retrat d’un home polític, p. 32) Nótese que “libertad o muerte” fue también la consigna usada en principio por la revolución cubana, para ser más tarde sustituida por “patria o muerte”. En definitiva, para una y otra revolución el término de libertad y patria son intercambiables pues, en definitiva, el contenido del primer término de la disyunción no se usa en su significado literal, sino como un concepto que engloba todo lo que representa la revolución. Por otro lado, esta exigencia de posicionamiento claro no es más que el “con nosotros o contra nosotros”, que tan familiar nos es en la política de guerra contemporánea. 54 El discurso de B. Constant Sobre la libertad en los antiguos y en los modernos está motivado por las necesidades del momento, porque la confusión de ambas, en su opinión, fue la causa de muchos males para la Francia de la Revolución. El error de esos revolucionarios fue el de querer establecer en la época moderna la libertad propia de la antigüedad.

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en el nombramiento de algunos o todos los funcionarios, sea por representaciones, por peticiones o por consultas, que la autoridad está más o menos obligada a tomar en consideración.” 55 Obviamente, Fouché no podría estar de acuerdo con ello, pues en estado de guerra esa libertad no favorece para ganarla, aparte de que sus ideas comunistas no le permitirían aceptar esas nociones sobre la propiedad y el abuso. La libertad para Fouché, siguiendo el discurso de Constant, es la libertad de los antiguos, la cual consistía en ejercer colectiva pero directamente muchas partes de la soberanía entera, en dividir el poder social entre todos los ciudadanos. Pero esta libertad colectiva tenía un precio, pues iba unida a una subordinación total del individuo a la colectividad, mediante una estricta vigilancia de las acciones privadas o individuales y, para ser soberanos de forma colectiva, tenían que renunciar a su independencia privada. La cuestión es que este tipo de libertad ni siquiera está instaurada; pero es la que Fouché persigue. Porque Fouché, en coherencia con su programa socialista, le concede la primacía al principio de igualdad y éste se relaciona en cierta forma con el de libertad. Esta relación es descrita de forma muy clara por Bobbio que dice que mientras que no tendría ningún sentido decir que sin libertad no hay igualdad, es perfectamente legítimo afirmar que sin igualdad (respecto del poder recíproco) no hay libertad. 56 Por eso, añade, la democracia, que es la forma de gobierno en la que todos tienen o deberían tener igual poder, se considera comúnmente como una práctica de libertad. Pero el peligro radica en que “para el igualitario el fin principal es el desarrollo de la comunidad en su conjunto, aun a costa de disminuir la esfera de la libertad de los individuos.” 57. Y es en este contexto hay que enmarcar el posicionamiento de Fouché: la igualdad tiene que ocupar el puesto privilegiado, aunque ello vaya en detrimento de la libertad individual. Ahora bien, para hacer efectivo ese principio de igualdad, hace falta que las medidas se cumplan y, para ello, establecer una serie de
CONSTANT, B., Sobre el espíritu de conquista; Madrid, Tecnos, 2002, p. 67 BOBBIO, N., Las ideologías y el poder en crisis; Barcelona, Ariel, 1988 57 BOBBIO, N., Liberalismo y democracia; México, FCE, 1989, p. 41
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instituciones coactivas que se encarguen de eso. En una proposición del 21 de marzo del 93, Fouché propone que el terror sea organizado por el establecimiento de un tribunal revolucionario ambulante en cada departamento, pero además, y para asegurar el cumplimiento de sus medidas sociales ordena que: « …Considérant que la Société doit la subsistance aux citoyens malheureux, soit en leur procurant du travail, soit en assurer les moyens d’existence à ceux qui sont hors d’état de travailler… il sera établi dans chaque chef-lieu un comité philanthropique, qui est autorisé à lever sur les riches une taxe proportionnée au nombre d’indigents. » 58 Respecto a estos nuevos comités, Madelin, con toda razón observa: «(…) le représentant a institué quelque chose d’odieux, les comités de philanthropie et de surveillance « chargés de s’assurer de la situation des indigents, de procurer du travail aux valides et de secours à ceux qui ne le sont pas » (Arrête du 8 octobre 1793). En apparence, rien de plus touchant ; en réalité, rien de plus abominablement tyrannique, puisqu’on arme ces comités du droit de surveiller le civisme des fonctionnaires, de consulter les administrés sur le plus ou moins de confiance qu’ils méritent, « de faire des visites domiciliaires, de séquestrer les biens en cas d’absence du propriétaire, de faire fouiller les châteaux, de réviser les fortunes, de faire restituer à la République celles qui ne proviendront que de malversations ou des monopoles usuriers, d’établir la taxe des riches égoïstes, et de la toucher ». Et rien de plus redoutable, puisque ces comités ont à leur disposition l’armée révolutionnaire également organisée par les soins du représentant à Moulins (Arrête du 25 septembre), puisque enfin Fouché laisse à ces terribles comités le droit de punir quiconque aura désobéi aux décrets de la Convention ou aux arrêtés du proconsul par l’exposition pendant quatre heures « sur l’échafaud, un jour de marché ». C’était organiser dans deux départements une véritable terreur sociale. » 59 Aunque, no obstante, lo terrible de estas instituciones está en perfecta armonía con sus consideraciones sobre lo que debe ser la justicia. Veamos aquí algunos ejemplos:

58 59

Arrêté du 19 septembre 1793, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 94) MADELIN, Fouché, tom I, p. 102

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O:

« Point d’indulgence, citoyens collègues, point de délai, point de lenteur dans la punition du crime, si vous voulez produire un effet salutaire. Les rois punissaient lentement, parce qu’ils étaient faibles et cruels ; la justice du peuple doit être aussi prompte que l’expression de sa volonté. Nous avons pris des moyens efficaces pour marquer sa toute-puissance, de manière à servir de leçons à tous les rebelles. » 60 « Notre pensée, notre existence tout entière sont fixées sur des ruines, sur des tombeaux où nous sommes menacés d’être ensevelis nous-mêmes, et cependant nous éprouvons de secrètes satisfactions, de solides jouissances ; la nature reprend ses droits, l’humanité nous semble vengée, la patrie consolée et la république sauvée, assise sur ses véritables bases, sur les cendres de ses lâches assassins. (…) La terreur, la salutaire terreur est vraiment ici à l’ordre du jour ; elle comprime tous les efforts des méchants, elle dépouille le crime de ses vêtements et de son or ; (…) » 61

Y también : « Soyons terribles, pour ne pas craindre de devenir faibles ou cruels ; anéantissons dans notre colère et d’un seul coup tous les rebelles, tous les conspirateurs, tous les traîtres, pour nous épargner la douleur, le long supplice de les punir en rois. Exerçons la justice à l’exemple de la nature, vengeons-nous en peuple, frappons comme la foudre, et que la cendre même de nos ennemis disparaisse du sol de la liberté. » 62 Así pues, la justicia por la que aboga es la justicia del pueblo y ésta está íntimamente ligada a la venganza: tiene que ser inmediata, terrible, sin garantías jurídicas que harían el proceso lento. La justicia tradicional no produciría un efecto saludable: no serviría de lección, no respondería a la justa impaciencia del pueblo y, al no eliminar de golpe a todos los rebeldes y

Carta de Collot y Fouché desde Lyon a la Convención, Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XVIII, p. 564 61 Carta de Albitte, Fouché, Laporte y Collot a la Convención, Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XVIII, p. 680
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Carta de Fouché a Collot d’Herbois, Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XIX, p. 37

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traidores, únicamente estaría favoreciendo las futuras revueltas y conspiraciones.

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3.2. Segunda etapa (1799-1815) La regulación del régimen:
La mayor parte de los estudios sobre Fouché no pueden evitar darle una enorme importancia a sus continuos cambios de partido o de bando y, en general, no disimulan cierto regocijo al hacer notar que, de revolucionario radical en sus inicios, acabó siendo duque del Imperio, ministro de Luís XVIII y una de las principales fortunas de Francia. Dependiendo del grado de simpatía que el personaje inspira en el autor lo critican fieramente o intentan justificar su conducta, pero la sentencia en todos ellos es similar: amoralidad, falta de principios y oportunismo. Este veredicto es posiblemente el causante de que no se hayan tomado seriamente sus ideas ya que, desde esa óptica, no pueden tener ningún valor las reflexiones de quién sólo actúa según su interés. Así, bajo esos juicios de orden moral, al ser negativos, quedan sepultadas sus ideas políticas. El presente trabajo intenta corregir esta dinámica para centrarse casi exclusivamente en su pensamiento; sólo de esta forma podemos apreciar, y es lo que intentamos demostrar, la unidad y continuidad de sus teorías. Esto no impide, obviamente, que su pensamiento vaya madurando (lo que le sucede a cualquier pensador sin que ello de lugar a recriminaciones), y por este motivo hemos dividido en dos etapas o períodos el estudio sobre sus ideas. Parece evidente que una vez pasada la fiebre revolucionaria y después de unos años apartados de la vida pública y en la más absoluta miseria, haya dado lugar a una nueva orientación en su pensamiento. Es posible que el hecho de que en esta segunda etapa deje más de lado la política social y se aparte de sus anteriores pretensiones de cambiar la sociedad, sea producido por la decepción al darse cuenta de que la Revolución había sido en realidad una revolución burguesa, como nos parece indicar en sus Memorias:

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“¿Quién provocó la Revolución y de dónde ha salido? De los salones de los grandes, de los gabinetes de los ministros; ha sido llamada, conjurada su aparición, literalmente, por los parlamentos y agentes del rey, por jóvenes oficiales, por damas de la corte, por hombres de letras pensionados y protegidos por duquesas que les servían de portavoces.” 63 De sus experiencias y posteriores reflexiones, Fouché saca unas conclusiones acerca de la dinámica de los cambios políticos, que apuntan a la independencia de los acontecimientos políticos respecto de sus actores. Leemos en una carta dirigida a Napoleón: « Les révolutions politiques, quels qu’en soient le principe et l’issue, ne sont point le résultat de la combinaison de quelques pensées, ni l’œuvre de quelques individus. Ceux qu’elles frappent en sont souvent les auteurs, ceux qui semblent les diriger ne font qu’en suivre le mouvement. Tous sont entraînés dans la sphère qu’elles agitent, tous y prennent part, tous y concourent par des motifs et des moyens différents. » 64 En sus palabras se puede ver reflejada esta dinámica propia que Fouché le parece atribuir a los sucesos políticos, y ésta creencia le servirá de base para construir encima su nueva estrategia de cara a la acción. Al dar por sentado que ciertos acontecimientos políticos no se pueden controlar, se trata entonces de adaptarse intentando imponerse a ellos, de dominarlos para no ser dominado por ellos. Esta idea la podemos ver reflejada en la siguiente reflexión de por qué Luís XVI perdió el trono: simplemente porque el rey no supo dirigir la revolución erigiéndose como su mayor representante. « Louis XVI fut faible, non parce qu’il ne viola pas la garantie nationale, en essayant de comprimer par la force les orateurs et les institutions révolutionnaires, mais parce qu’il ne sut pas s’attacher franchement à cette cause révolutionnaire, dont il avait pris les couleurs longtemps avant que la cocarde en fût le signe, parce qu’il ne sut pas accorder une confiance magnanime aux hommes exaltés, mais patriotes et généreux, qui les premier s’élancèrent dans une carrière non frayée. » 65

FOUCHÉ, Memorias; Barcelona, Editorial Mateu, 1961, p. 24 Fouché à l’Empereur 23 avril 1815, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Librairie Plon, 1911, p. 332) 65 Lettre de Fouché à l’Empereur, 2 décembre 1804, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe I, p. 451)
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En esta segunda etapa, su cargo, como anteriormente, le sigue dando poderes casi ilimitados, con la diferencia fundamental de que ahora, como ministro de policía, su poder se amplía hasta abarcar el país entero y no sólo unas cuantas provincias. Fouché se esforzará en dar a su ministerio una extensión enorme, en lo relativo a sus competencias, lo que llevará a constantes conflictos con el resto de ministerios que se quejarán de la intromisión de la policía en sus propias funciones. Esta preponderancia ministerial, además del monopolio de la información que sólo a él le corresponde, lo convierte en la práctica en el primer ministro. Fouché hará valer esta posición privilegiada para llevar a cabo su programa. Pero para entender su programa es indispensable primero analizar alguna de sus consideraciones de política general y sobre todo su concepto de Estado: “Me parecía que dicho sistema [de la Gironda] tenía tendencia a dividir a Francia amotinándola, por zonas y por provincias, contra París. Yo presentía en ello un gran peligro, no viendo otra salvación para el Estado más que en la unidad e indivisibilidad del cuerpo político.” 66 En esa indivisibilidad del cuerpo político que Fouché proclama ya podemos apreciar que no es precisamente un defensor del parlamentarismo y he aquí su opinión sobre los partidos políticos: « Il est absurde de supposer qu’un parti obtiendrait maintenant quelque secours du dehors. Si un parti gouverne, des engagements particuliers plus forts que les engagements généraux de la monarchie en sont la cause. Ce ne sont plus les souverains qui maîtrisent la France, c’est alors une faction qui triomphe de la nation. La guerre civile n’a que changé les places ; les ultra royalistes sont les vainqueurs, et toute le reste des Français, les vaincus. Quel avantage pourrait-on tirer d’abandonner le gouvernement à un parti ? La tombe se fermerait bientôt sur son gouvernement ; la terreur même ne pourrait le soutenir, car le terreur s’évanouit à la première lueur de sécurité. Un autre parti s’élèverait à son tour, et aurait le dessus : que deviendrait la France, que deviendrait l’Europe, si nous étions déchirés par des changements de partis et par leurs victoires passagères ? Où trouverions-nous la nation dans un tel état de choses ? Il n’y aurait plus d’intérêt général ; tous les liens de la vie sociale
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FOUCHÉ, Memorias, p. 31

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seraient rompus ; le cœur de l’État serait blessé, il n’y aurait plus que l’ombre d’un pays. » 67 Un partido no es más que una parte, una parte de la nación; al dejar el gobierno en manos de un partido, es evidente que ya no se gobierna para todos, desaparece el interés general para quedar reducido al interés particular de los que integran esa parte de la nación, y por lo tanto hay que impedirlo. Esta es una idea que recupera en el siglo XX Carl Schmitt 68 y hemos considerado oportuno citar su caracterización de lo que denomina el Estado clásico europeo por lo acertado de su descripción y por lo que nos puede ayudar a comprender la relevancia que ha podido desarrollar nuestro autor en el marco de este tipo de Estado: “Es sabido que la fórmula “paz, seguridad y orden” constituía la definición de la policía. En el interior de este tipo de estados lo que había de hecho era únicamente policía, no política, a no ser que se consideren política las intrigas palaciegas, las rivalidades, las frondas y los intentos de rebelión de los descontentos, en una palabra, las “alteraciones”. (…) La política de gran estilo, la alta política era entonces únicamente política exterior, y la realizaba un Estado soberano como tal respecto de otros Estados soberanos a los que reconocía como tales, actuando sobre la base de este reconocimiento y en forma de decisiones sobre amistad, hostilidad o neutralidad recíprocas.” 69 Enseguida veremos que una de las máximas prioridades de Fouché fue, en efecto, impedir la política interior tal como la concebimos hoy en día; pero antes quisiéramos hacer notar que esta alta política, la exterior, de la que habla Schmitt, era en realidad la gran ambición de Fouché. Éste, desde su ministerio, no dejaba de inmiscuirse en las competencias del Ministerio de Relaciones Exteriores; su policía se extendía por las principales ciudades europeas y, muy pronto, Fouché se constituyó como el mayor defensor de la
Lettre de Fouché au duc de Wellington, (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observations sur la lettre de Fouché au duc de Wellington, Imprimerie de Le Normant, 1817, p. 90) 68 SCHMITT, C., El concepto de lo político; Madrid, Alianza, 1991, p. 62. Leemos: “La ecuación política = política de partido se hace posible cuando empieza a perder fuerza la idea de una unidad política (del “Estado”) capaz de relativizar a todos los partidos que operan en la política interior, con sus correspondientes rivalidades, con lo cual estas adquieren una intensidad superior a la de la oposición común, en la política exterior, respecto de otros Estados.” 69 Ibid., p. 40
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paz, ya que las continuas campañas militares de Napoleón ponían en riesgo la continuidad del régimen (a falta de sucesor) y la integridad del Estado, en caso de derrota. Así le escribe: « Au reste, et quoi qu’il soit, l’Empereur doit être convaincu que la nation désire la paix, aime la paix et préfère toujours le pacificateur au guerrier. Les folles idées de domination universelle peuvent enflammer de jeunes militaires, mais le chef doit sentir qu’il gouverne, pour elle-même, une nation qui veut jouir, et non s’éparpiller sur une surface immense. » 70 De todos modos resultaba imposible convencer al Emperador 71 y, su segunda caída en desgracia, fue a consecuencia de intentar pactar por su cuenta la paz con Inglaterra. Asimismo, después de la Primera Restauración, al ser llamado de nuevo al gobierno por Napoleón, pide ocupar el Ministerio de Exteriores, que le es negado, pero en unos días consigue la autorización para negociar con el extranjero, aunque lo único que podrá ya hacer será pactar la capitulación de París. Teniéndose que conformar pues con el control del interior del país, podemos afirmar con seguridad que la principal tarea de Fouché durante sus ministerios, ya bajo el Consulado, bajo el Imperio o bajo la Restauración fue la de impedir que triunfara algún partido concreto. Pues siguiendo sus indicaciones: “Cuando se tiene el poder, toda la habilidad consiste en mantener el régimen conservador. Toda teoría distinta de ésta, cuando brota

Lettre de Fouché à l’Empereur 2 décembre 1804, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe I, p. 455) 71 Vemos en esta carta de Napoleón cómo, harto de las continuas proclamas pacifistas de Fouché, expone su concepción ambigua de la paz: « A Cambacérès, 18-VI-13 Le ministre de la police, dans ses notes de police, (dont je suis en général très satisfait par beaucoup de détails qu’elles contiennent, et les preuves fréquentes de son zèle que j’y trouve), paraît chercher à me rendre pacifique. Cela ne peut avoir aucun résultat, et me blesse, parce que cela supposerait que je ne suis pas pacifique. Je veux la paix, mais non une paix qui me remette les armes à la main trois mois après et qui soit déshonorante. Je sais mieux que lui la situation de mes finances et de l’Empire ; il n’a donc rien à me dire là-dessus. Faites-lui comprendre ce que cette manière a d’inconvenant. Je ne suis pas un rodomont ; je ne fais pas de la guerre un métier, et personne n’est plus pacifique que moi ; mais le solennité de la paix, le désir qu’elle soit durable et l’ensemble des circonstances où se trouve mon empire, décideront seuls dans mes délibérations sur cette matière. » NAPOLÉON, Correspondance, p. 11

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de una revolución, no es más que ingenuidad o hipocresía descarada.” 72 Partiendo de ahí, Fouché se propondrá intentar defender lo que él llama los logros de la Revolución del continuo proceso de reacción. Su principal lema, bajo las distintas formas de gobierno, será impedir la reacción, ya sea del partido republicano, como del bonapartista, el aristocrático o el borbónico. Obviamente, cada nuevo régimen político en el cual participa, lo aleja más de los fundamentos revolucionarios, lo que no impide, no obstante, que siga aferrándose a su idea e intente contener la reacción. Hay que hacer notar que Fouché de forma hábil hace coincidir sus intereses con el del Estado: los males que hay que impedir, a saber, el triunfo de la reacción que implicaría el olvido de las bases de la revolución, el castigo de sus partidarios, el despojamiento de los compradores de bienes nacionales, etc., son los males que a él le afectarían. Al final, la reacción lo acaba arrastrando al no poder ya impedirla; lo paradójico del caso es que él mismo podríamos decir que se cava su tumba pues, tanto el Imperio como la Restauración, son obra suya (y es lo que respectivamente en un período anterior ha intentado impedir); pero el darles impulso en un momento dado es el precio que ha tenido que pagar para mantenerse en el poder. Su reflexión es que dado que la reacción no es algo evitable, es mejor que él esté en una situación de poder para intentar que los males sean menores. Así pues el principal punto de su programa es evitar la reacción haciendo desaparecer la política interior y ésta sustituirla por paz, seguridad y orden. Para hacer estos tres factores efectivos desarrolla una política de equilibrio, de moderación, inclinada a la clemencia 73 y al perdón, para conseguir la pacificación interna y alejar la posibilidad de guerra civil. Además, su idea de Estado como unidad política suprema nos llevará a ver las consecuentes consideraciones sobre la oposición, la opinión, la prensa, la religión y la emigración, que tendrán que tener una posición subordinada respecto a ese Estado casi absoluto.
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FOUCHÉ, Memorias, p. 45 La clemencia no tiene que confundirse con la debilidad, y Fouché lo matiza: « La clémence est une vertu, mais la faiblesse est un vice qui compromet la garantie sociale: elle est un crime quand elle s’exerce aux dépens de la sécurité publique. » Le ministre aux commissaires du gouvernement, (citado por MADELIN, Fouché, p. 311)

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De todos modos, en contra de esta pretendida unidad, consistencia y continuidad del pensamiento de Fouché, se podría objetar que todo ella se ha extraído a posteriori o artificialmente analizando sus escritos. Pero de la misma forma en que en el primer período encontramos de forma condensada en su primer escrito Réflexions sur l’éducation publique la mayoría de ideas que después fue aplicando a la práctica, lo cual descartaba la posibilidad de irreflexión o improvisación, en este segundo período nos encontramos una situación similar. Entre sus textos hemos encontrado una carta escrita ocho meses antes de ser nombrado ministro por el Directorio, cuando ejerce como embajador francés en la república cisalpina, dirigida al directorio ejecutivo de dicha república. En los consejos que le da a los gobernantes vemos ya en germen las ideas de la firmeza necesaria del gobierno, la necesidad de la policía, la independencia de los acontecimientos políticos respecto de sus actores y a los cuales hay que imponerse, la unidad inalterable de la nación y la limitación del concepto de libertad, lo cual siempre será una constante para él. « Prononcez donc avec fierté son indépendance et la vôtre ; maintenez avec fermeté les rênes du gouvernement qui vous sont confiées, sans vous embarrasser des perfides suggestions de la calomnie ; faites respecter votre autorité par une police vaste et judicieuse ; résistez à la malignité des passions en développant un grand caractère, et comprimez toutes les combinaisons de vos ennemis par une inflexible justice.(…) Citoyens directeurs, élevez vos âmes avec les événements : soyez plus grands qu’eux, si vous voulez les dominer ; n’ayez point d’inquiétude sur l’avenir : la solidité des républiques est dans la nature des choses ; la victoire et la liberté couvriront le monde. Recommandez l’union à tous vos concitoyens ; qu’un concert inaltérable les porte à la défense de leurs droits ; qu’ils mêlent leur courage, leur intrépidité et leur force pour frapper leurs ennemis communs. Cependant réglez leur activité brûlante, afin qu’elle soit féconde ; dites-leur que la liberté ne dispense pas des devoirs et des obligations de la société ; qu’ils sachent bien que l’énergie n’est pas le délire, et qu’être libre ce n’est pas être indépendant pour faire le mal. » 74
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Lettre de Fouché au directoire exécutif cisalpin, en Réimpression de l’ancien Moniteur, tom, XXIX, p. 557

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A. Teoría policial El Directorio, por la ley del 12 nivoso año IV (2 enero 1796) había creado el Ministerio de Policía general, al cual se le atribuyeron las competencias siguientes: « l’exécution des lois relatives à la police, à la sûreté et à la tranquillité intérieure de la République, la garde nationale sédentaire, la légion de la police et le service de la gendarmerie pour tout ce qui était relatif au maintien de l’ordre public, la police des prisons, maisons d’arrêt, de justice et de réclusion, la répression de la mendicité et du vagabondage. » 75 Obviamente esta formulación es sobre todo vaga e imprecisa, y deja mucho lugar a la discusión de qué engloba la seguridad del Estado o el mantenimiento del orden público. O más bien abre la pregunta de qué actuación queda legitimada por la seguridad estatal. ¿Es lícito violar las libertades individuales y las políticas para ello? ¿Y si en lugar de seguridad del Estado, estamos hablando de mero orden público? Posiblemente las implicaciones ético-políticas derivadas de estas reflexiones contribuyeron a la poca duración de los antecesores de Fouché en el cargo de ministro, pero sobre todo a que el ministerio en sí no adquiriera demasiada relevancia en esos primeros años que, por cierto, no quedaban nada lejos del período revolucionario y su retórica entorno al concepto de libertad. Al ponerse Fouché a la cabeza del Ministerio, no tiene dudas en ese aspecto, ya que su idea de estado absoluto lo justifica. Visto desde nuestros días, y teniendo en cuenta las experiencias del llamado socialismo real, no es descabellado pensar que ello es herencia de su pasado comunista, con el cual sería consecuente por lo menos en lo que respecta al hecho de la supremacía del Estado como regulador de todos los ámbitos de la sociedad.

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Loi du 12 nivôse an IV (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 450)

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Entre 1799 y 1815 Fouché ocupará el puesto de ministro en cuatro periodos, 76 que en total suman casi diez años, pero lo más característico de esta duración es que lo ejerce con el Directorio, con el Consulado, con el Imperio, en los Cien Días y con Luís XVIII en la Segunda Restauración. No en vano Fouché siempre considerará el Ministerio como su creación personal, como su máquina diseñada y construida por él. Sobre el primer período ministerial de Fouché, Madelin apunta: « Pendant les trois ans qu’avait duré son premier ministère, il avait travaillé à vivifier, fortifier, étendre la Police générale, à lui faire confier, sous prétexte de surveillance générale, la direction de la vie nationale intérieure tout entière. Il avait voulu, remontant ainsi aux doubles origines du ministère, réunir dans sa main les pouvoirs, droits, prérogatives, règles et procédés de la vieille lieutenance de police du XVIIIe siècle et des Comités de salut public et de sûreté générale de l’an II. » 77 Madelin, p. 451 Pues, siguiendo a este mismo autor, antes que Fouché, los lugartenientes del s. XVIII, al lado de la policía administrativa, ya habían organizado una policía política oculta muy desarrollada al servicio de la casa del rey, alimentada también por los productos del juego, con una armada irregular de espías encargados de recoger los rumores públicos o las conversaciones privadas y de introducir entre el público las noticias que al gobierno le importaban. De hecho, este sistema funcionaba desde inicios de siglo. Estos espías se reclutaban entre los caballeros de San Luís, abogados, hijos de familias arruinadas por el juego y mujeres de mala vida; y sus informes, junto con los de los agentes oficiales, y los de los empleados del gabinete negro, conformaban también un boletín cotidiano que el lugarteniente mandaba al ministro de la casa del rey. Por esto Madelin concluye que « nous devons constater que, sous plus d’un rapport, Fouché fut, en matière policière, un restaurateur plus qu’un initiateur ; l’administration du quai Voltaire ne se distinguait guère en somme de celle de la rue Neuve-des-Capucines que par le caractère de grande régularité que Fouché lui avait donné, et
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Del 29 julio 1799 al 15 septiembre 1802, bajo el Directorio y el Consulado; del 11 julio 1804 al 3 junio 1810, bajo el Imperio; del 21 marzo al 23 junio 1815, durante los Cien Días; y del 8 julio al 15 septiembre 1815, durante la Segunda Restauración. 77 MADELIN, Fouché, tom I, p. 451

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surtout par l’extension considérable que le grand ministre de la Police donna aux idées des Berryer, des Lenoir et des Sartine, en les appliquant non plus à la seule ville de Paris, mais à la France, pour ne pas dire à l’Europe tout entière. » 78 Veamos pues las ideas que tiene Fouché sobre la policía; hay que matizar no obstante que lo que aquí nos interesa son sus reflexiones generales sobre la policía (su definición, su cometido), sin entrar en los detalles de los procedimientos (por ejemplo, cómo llevar a cabo una investigación). Para empezar Fouché hace notar, y así lo reitera en sus circulares, la proximidad existente entre la policía y la justicia: « Les relations qu’ont entre elles l’action de la police et l’action de la justice se touchent réellement. Elles se pénètrent et semblent se confondre. Sans cesse, elles concourent aux mêmes actes. Combien cependant, en général, ce concours est loin d’être un accord ! » 79 Siguiendo el texto, la policía no perdona a la justicia su lentitud, así como la justicia no perdona a la policía su rapidez, y estos son reproches que la sociedad en general le hace a una y otra: la policía inquieta al inocente y, al haber estado entre las manos de los reyes, pasa a menudo por un instrumento del despotismo; la justicia en cambio no sabe prevenir el crimen y, al estar sometida a las leyes, parece estar extraviada entre sus oscuridades y contradicciones. Pero esta proximidad entre ambas no puede llevar a confusión y dice Fouché: « Qu’on porte un œil attentif sur les lieux et sur les moments de leur action, on pensera que la justice et la police ne peuvent exister, pour le véritable ordre social, ni l’une sans l’autre, ni entièrement confondues l’une dans l’autre. Les moments qui précèdent les arrêts de la justice et les moments qui les suivent, sont donc deux moments où la justice elle-même ne doit pas agir, et ces deux moments appartiennent à l’action de la police. C’est la police qui, ayant partout des regards et des bras, peut faire arrêter les coupables partout où les crimes peuvent être commis. » 80
78 79

Ibid., p. 452 Circulaire aux préfets, 21 novembre 1799, (citado por BUISSON, H., Qui était Fouché ?, p.290) 80 Idem.

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De esta forma entonces queda delimitado para Fouché el territorio de la actuación de ambas ramas; idea que encontramos expresada también en otros textos: « L’expérience des peuples qui, en rejetant le joug des despotes, n’ont voulu confier la sécurité et la paix intérieures qu’aux formes lentes de la justice, a trop prouvé que la justice et la loi sont vaines elles-mêmes, lorsqu’elles ne sont pas précédées et entourées d’une police vigilante et active. » 81 En definitiva: antes, después y alrededor de la justicia, la policía. ¿Significa esto que, a excepción del pequeño momento de protagonismo del que goza la justicia, ésta no tiene vigencia en lo que la actuación de la policía se refiere? La respuesta es presuntamente positiva, a la luz de declaraciones como estas: “La police est un service public et magistral qui, outre ses fonctions particulières, doit s’efforcer par des mesures irrégulières, mais justes et utiles d’augmenter la force et les ressources du gouvernement. La publicité des procédés d’un tel pouvoir en arrête naturellement l’efficacité ; on l’emploie beaucoup dans les grands objets ; les autres sont perdus dans la foule, et y échappent. » 82 En este contexto hay que entender el término justes no como un derivado de justicia, sino como sinónimo de útil para cierto fin (el cual quizás es justo); lo cual coincide a la perfección con la siguiente afirmación aristotélica: “El bien en política es la justicia; en otros términos, la utilidad general.” 83 En fin, teniendo en cuenta este matiz y que, en muchos casos, el ministro dictaba la reclusión de individuos simplemente sospechosos, o por faltas de pruebas, hasta nueva orden, nos lleva a pensar que, por lo menos, en lo que a los asuntos importantes se refiere, la policía actuaba de forma absoluta y sin trabas legales; por mucho que durante los Cien Días, cuando adquiere protagonismo la Cámara liberal, Fouché lance proclamas sobre la

Instructions aux commissaires généraux et aux préfets des départements, 1800 (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, p. 32) 82 Lettre de Fouché au duc de Wellington (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observations sur la lettre de Fouché au duc de Wellington, p. 76) 83 ARISTÓTELES, Política, p. 133

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liberalidad de la policía, culpando de su absolutismo a la gestión que ha hecho de ella la Primera Restauración. Aclarada ya la posición de la policía respecto de la justicia, veamos ahora en palabras de Fouché cuál es el objeto y el objetivo de esta policía: “Elle est une surveillance continuelle de l’ordre dans toutes les parties de la société. Cette idée que j’en donne, et qui est très simple, n’énonce et ne caractérise aucun des actes de la police en particulier, elle les indique et les embrasse tous, elle trace à tous le caractère et la limite que tous doivent avoir. Il résulte de cette définition, que la police a dans la nature de ses actes des bornes assez circonscrites, et qu’elle n’en a point pour les objets sur lesquels elle s’exerce. Le regard de la police est partout et presque toujours son action se borne à voir. » 84 Este fragmento de unas instrucciones para los comisarios y prefectos resulta de lo más interesante pues condensa en pocas palabras muchas ideas. Primero, la policía queda definida como la vigilancia continua del orden en todas las partes de la sociedad (lo que justificará, como veremos un poco más abajo, todo el aparato de policía secreta); segundo, de ello se desprende que no tiene límites respecto a los objetos sobre los cuales se ejerce (lo que justifica la absoluta preponderancia del Ministerio de Policía sobre cualquier otro órgano de gobierno y las continuas injerencias en las funciones del resto de ministerios); tercero, en cuanto a los actos de la policía estos sí tienen límites y casi siempre, repito, casi siempre, su actuación se limita a ver, a mirar, pues la mirada de la policía está por todos lados. En cuanto a la segunda idea, para ejemplificar que, tal como declara Fouché, la policía no tiene límites en cuanto a los objetos sobre los cuales se ejerce, ella, además de observar todo tipo de individuos y colectivos, vigilaba las costas y las fronteras del Imperio, el contrabando, el bandidaje, la deserción, los presos de guerra; tenía la competencia de la entrega de pasaportes, de la radiación de los emigrados así como de su vigilancia; regulaba la prostitución, vigilaba el juego, las prisiones, los teatros; tenía en

Instructions aux commissaires généraux et aux préfets des départements, 1800 (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, p. 33)

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sus manos la censura dramática, de la prensa, de la imprenta, de las canciones y a falta de buenas (léase, adeptas al régimen) obras o artículos, tenía a sueldo poetas y literatos encargados de llenar el vacío. Es en este sentido que se puede decir que la policía imprimía y suprimía, deshacía y hacía la opinión, e incluso, según Cobb, creaba acontecimientos: « But if the Jacobin dictatorship and Thermidor were regimes polices, in which a multitude of polices fought it out among themselves (always a happy situation for the ordinary citizen), the Directory and, above all, the Empire were regimes policiers, in which a multitude of polices, now in harmony, not only continued to inform, even more voluminously, but also ruled. A police that informs will slant its information to the authorities to be informed, it has to be careful about the choice of its information, and will generally seek to please; a police that rules can create its own information, it can even create events.” 85 Respecto a la tercera idea que se desprende de aquella definición de la policía, esa insistencia en que lo fundamental de la actuación policial es vigilar, es mirar, nos hace pensar automáticamente en el Panóptico de Bentham. Años atrás, el 25 de noviembre de 1791, Bentham había dirigido a la Asamblea Nacional francesa, en la persona del presidente del Tribunal de Casación, el señor Garran de Coulon, la memoria del Panóptico preparada por su amigo Dumont y la comisión de legislación ordenó su impresión. Bentham mandó también el texto a Condorcet, entre otros, el cual poco después sería colega de Fouché en el Comité de Instrucción Pública. Aunque existe la posibilidad de que tal memoria hubiera llegado a las manos de Fouché, por la similitud estructural, hay que decir que no hay ninguna prueba de ello, ninguna cita ni referencia en sus textos; sin embargo, Fouché en el diseño y desarrollo de su “máquina” policial parece haber dado vida a las palabras con las que empieza la obra de Bentham: “Si hom trobés un mitjà per fer-se senyor de tot allò que pot esdevenir a un cert nombre d’homes, d’estructurar tot allò que els envolta, del mètode per obtenir la impressió que hom vol produir, d’assegurar-se de llurs actes, llurs relacions, totes les circumstàncies de llur vida, de tal manera que res no pogués
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COBB, R., The police and the people. French popular protest 1789-1820; Oxford University Press, 1970, p. 17

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escapar-se ni oposar-se a l’efecte desitjat, hom no pot dubtar que un ressort d’aquest tipus seria un instrument tan enèrgic i tan profitós que els governs podrien fer-ne ús per a assolir objectius de la més gran importància.” 86 No importa que Fouché lo hubiera leído o no, sino que la idea que subyace al Panóptico, siguiendo el análisis de Foucault, es decir, que ese no debe entenderse como un sistema arquitectónico, sino como una tecnología política desligada de todo uso específico, como un mecanismo de poder referido a su forma ideal, es lo que encontramos materializado en la gestión de Fouché. Porque: “El esquema panóptico es un intensificador para cualquier aparato de poder: garantiza su economía (en material, en tiempo); garantiza su eficacia por su poder preventivo, su funcionamiento continuo y sus mecanismos automáticos.” 87 Esa es la gran ventaja del panoptismo, ya que como su característica esencial es que el que hace de inspector ve sin ser visto, al final ya casi ni hace falta vigilar, pues la simple sospecha de ser observado ya reprime por sí sólo la actuación. En cierta forma, esta economía, este automatismo lo aprovecha Fouché y nos lo cuenta en sus

Memorias:
“En mi segunda gestión ministerial actué a menudo más por amenazas, advertencias y temor que por castigos efectivos y empleo de la fuerza. Hice revivir la antigua máxima de la policía, a saber, que tres hombres no podían reunirse y hablar indiscretamente de los negocios públicos sin que al día siguiente estuviese informado de ello el ministro. Es cierto que tuve la habilidad de hacer creer a la gente que, de cada tres hombres que se reunían para hablar, había siempre un policía a mi servicio. Sin duda que tal creencia contribuía a la corrupción y al envilecimiento general; pero, por otra parte, ¡cuánto arrepentimiento, cuántos males y lágrimas no ha evitado esta medida!” 88 Pero además encontramos otras características del panoptismo recogidas por el aparato policial de Fouché, como sería el interés por la individualización. Leemos en Foucault:

BENTHAM, J., “Panòptic. Memòria sobre un nou principi per a construir cases d’inspecció, i especialmente centres penitenciaris”, en El panòptic; Barcelona, Edicions 62, 1985, p. 31 87 FOUCAULT, M., Vigilar y castigar; Madrid, Siglo XXI, 1986, p. 209 88 FOUCHÉ, Memorias, p. 169

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“Pero se encuentra en el programa del Panóptico la preocupación análoga de la observación individualizadora, de la caracterización y de la individualización, de la disposición analítica del espacio. El Panóptico es una colección zoológica real; el animal está reemplazado por el hombre, por la agrupación específica la distribución individual, y el rey por la maquinaria de un poder furtivo. Con esta diferencia: el Panóptico, también, hace obra de naturalista. Permite establecer las diferencias (…)” 89 Esto se traduce en la práctica por dos obras de las que Fouché siempre estuvo muy orgulloso, y a las que llamaba “su atlas”; ellas son la topografía y la biografía chouánica. La topografía chouanica se componía de todos los documentos relativos al movimiento rebelde realista-borbónico propio sobre todo de provincias (el cual se mantuvo en lucha desde el triunfo de la Revolución hasta la Restauración misma) en cuanto a las localidades y barrios más favorables, los puntos de desembarco conocidos, las rutas y los alojamientos de espías y bandoleros, los lugares de reagrupación, de concentración y de ataques. Por el otro lado, la biografía chouánica se constituía de entre 1000 y 1200 fichas individuales relativas a los sospechosos de ser chouanes, es decir, antiguos oficiales de la Vendée, antiguos jefes de bandas, y además sus parientes y amigos, arrendadores y marineros sospechosos de colaborar. De todos ellos había una detallada descripción física, incluyendo marcas o defectos de nacimiento por los que se les podría reconocer aun disfrazados, y los alias o sobrenombres conocidos. No obstante, aunque evidentemente el interés de Fouché es por lo que él llama la alta policía, es decir la policía política, no por ello descuidó la administración y, si el Ministerio con él adquiere extensión, regularidad y eficacia, es debido a que lo organiza cuidadosamente. Así, el Ministerio queda constituido de la siguiente manera: la Administración central de la Policía General se parte en seis divisiones: la primera la dirige el secretario íntimo del ministro, y trata los asuntos de los que se reserva el conocimiento exclusivo; la segunda, de seguridad general y de policía secreta, se encarga de los complots y asuntos secretos, de la policía de prisiones y del espionaje de los presidiarios; la tercera es la relativa a la (añádase, represión de)
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FOUCAULT, Vigilar y castigar, p. 206

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libertad individual y la libertad de prensa; la cuarta se encarga de los emigrados, su radiación y su vigilancia; la quinta se encarga de la contabilidad y la sexta la constituyen los archivos. En provincia dispone, bajo sus órdenes de los comisarios generales, los prefectos, los comisarios especiales y los comisarios particulares, los primeros de los cuales pueden requerir si la necesitan la guardia nacional y la gendarmería. El prefecto de policía en París tiene las mismas prerrogativas que los comisarios generales y, aunque la prefectura tiene cierta autonomía respecto de la Policía, ya que pertenece a Interior, para los asuntos policiales le está subordinada, igual como la Gendarmería. Al lado de la policía administrativa con todos sus agentes, está la policía secreta, con sus agentes oficiales, pero también con sus agentes irregulares, llamados indistintamente “correspondientes”, “informadores”, “observadores” o, como los apela Fouché en sus Memorias, “reguladores de la opinión”. Al concebir, según ya hemos visto, la policía como la vigilancia de todas las partes del orden público, tiene que tener informantes en todos los ámbitos, pues como dice en su primera declaración pública como ministro, “veiller pour tous, et sur tous, tel est le devoir qui m’est imposé” 90. Así que, en torno al emperador, en las asambleas, en los ministerios y alrededor de los ministros, en los ambientes aristocráticos, en los obreros, en las embajadas extranjeras, entre los realistas, entre el clero, entre el personal doméstico de los altos funcionarios, entre los jacobinos, entre los chouanes, en las casas de juego, tiene que haber quien escuche y observe. Pero, igualmente, en el extranjero: en Hamburgo, en Berlín, Viena, Roma, Nueva York, Londres, en y detrás de la armada del emperador, entorno a las embajadas... Fouché parece tener clara la ecuación de que el monopolio de la información equivale a poder, por lo que tiene sus fuentes personales de información (evidentemente pagadas con fondos no personales) y contrasta de forma crítica sus informes. Por ejemplo, entorno al Emperador tiene a su

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Proclamation du ministre de la police générale aux citoyens français, 16 thermidor an VII, en Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XXIX, p. 763

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servicio a Josefina, la mujer de Napoleón, y al secretario personal de éste, conque puede comparar fácilmente la información recibida de uno y del otro sobre un mismo asunto. Pero además hay que tener en cuenta que es en él en quien converge toda la información debido a la fuerte centralización de la policía. Así se expresa en una de sus instrucciones a los lugartenientes, los cuales tienen que recoger “les faits observés sur tous les points de la circonférence et en rapporter les résultats à un centre unique » 91, el cual es él. Además, que todo lo observado en distintos lugares se concentre en un único punto, le da una ventaja, la de ver la información en su conjunto y el ministro es muy consciente de ello: « Je ne demande et ne veux connaître que des faits, des faits recueillis avec soin, présentés avec exactitude et simplicité, développés avec tous les détails qui peuvent en faire sentir les conséquences, en indiquer les rapports, en faciliter le rapprochement. Vous remarquerez, toutefois, que resserrée dans d’étroites limites, votre surveillance ne peut juger l’importance des faits qu’elle observe. Tel événement peu remarquable, en apparence, dans la sphère d’un département, peut avoir un grand intérêt dans l’ordre général, par ses liaisons avec des analogues que vous n’avez pu connaître ; c’est pourquoi je ne dois rien ignorer de ce qui se passe d’extraordinaire ou selon le cours habituel des choses.» 92 En definitiva, el ministro es siempre el mejor informado, ya que posee toda la información en cuanto a cantidad, pero también en cuanto la tiene contextualizada en su conjunto.

91 92

Instruction pour les lieutenants de police, 1815 (citado por BUISSON, Qui était Fouché ?, p. 306) Circulaire aux préfets, 31 mars 1815 (citado por ibid. p. 305)

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B. Política de equilibrio No obstante, la función fundamental que Fouché atribuye a la policía no es la meramente represiva, sino una más ambiciosa y totalmente relacionada con la política interior. Leemos: « Ma doctrine ne pouvait pas convenir à ceux qui voulaient faire de la police, non pas un département de la magistrature qui enveloppait sous une protection commune tous les partis qui s’étaient élevés dans la révolution, et tous ceux qui avaient lutté contre elle, mais une inquisition qui recevait leurs dénonciations secrètes. » 93 Así pues la principal tarea de la policía es la de proteger de forma igual a todos los partidos políticos. Hay que matizar que esta protección no significa defenderlos de ataques externos o similares; protección quiere decir reducirlos hasta la inofensividad para que así puedan seguir existiendo. Ya dijimos más arriba que buena parte del programa de Fouché se basa en eliminar la política interior, es decir, la política de partidos. Ello responde a la idea de que los partidos suponen un obstáculo a la consecución del bien común, que ya la encontramos formulada en Rousseau: “Pero cuando se forman intrigas, asociaciones parciales a expensas de la grande, la voluntad de cada una de estas asociaciones se vuelve general respecto a sus miembros, y particular respecto al Estado; se puede decir entonces que ya no hay tantos votantes como hombres, sino solamente tantos como asociaciones. Las diferencias se hacen menos numerosas y dan un resultado menos general. Finalmente, cuando una de estas asociaciones es tan grande que se impone sobre todas las demás, ya no tenéis por resultado una suma de pequeñas diferencias, sino una diferencia única; entonces ya no hay voluntad general, y la opinión que se le impone no es más que una opinión particular.” 94 Así que la solución está, para Rousseau, en impedir que haya sociedades parciales dentro del Estado. En el contexto de la Revolución francesa esto es
Lettre de Fouché au duc de Wellington (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observation sur la lettre de Fouché…, p. 79) 94 ROUSSEAU, Del contrato social, p. 35
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algo imposible; no obstante, el interés de partido sigue siendo un problema para el interés general. Esta contradicción será resuelta por lo que se formuló como el principio de no sometimiento a mandato imperativo, principio que, al menos de forma teórica, sigue vigente en los sistemas representativos actuales. Según éste, un parlamentario de cualquier partido que sea, a la hora de gobernar, ya no puede regirse por los intereses de su partido, sino por los intereses de toda la comunidad. Sièyes, a quien se le atribuye la teoría, analiza de forma parecida a Rousseau la cuestión de los intereses: « Remarquons dans le cœur des hommes trois espèces d’intérêt : 1º. Celui par lequel les Citoyens se ressemblent ; il présente la juste étendue de l’intérêt commun. 2º. Celui par lequel un individu s’allie à quelques autres seulement ; c’est l’intérêt de corps ; et enfin, 3º. Celui par lequel chacun s’isole, ne songeant qu’à soi ; c’est l’intérêt personnel. L’intérêt par lequel un homme s’accorde avec tous ses co-associés, est évidemment l’objet de la volonté de tous, et celui de l’assemblée commune. Chaque Votant peut apporter à l’Assemblée ses deux autres intérêts ; soit. Mais d’abord, l’intérêt personnel n’est point à craindre ; il est isolé. Chacun a le sien. Sa diversité est son véritable remède. La grande difficulté vient donc de l’intérêt par lequel un Citoyen s’accorde avec quelques autres seulement. Celui-ci permet de se concerter, de se liguer ; par lui se combinent les projets dangereux pour la communauté ; par lui se forment les ennemis publics les plus redoutables. » 95 Así pues, el interés común, el interés general, es el que tiene que prevalecer por encima de todo, y el interés de una parte, de un partido, constituye un verdadero conflicto en un sistema representativo, en cuanto que hace peligrar el interés de toda la comunidad. Por ello enuncia Sièyes el remedio: « Mais ici, les Députés d’un District ne sont pas seulement les Représentants du Bailliage qui les a nommés, ils sont encore appelés à représenter la généralité des Citoyens, à voter pour tout le Royaume. Il faut donc une règle commune, et des conditions, dussent-elles déplaire à certains Commettants, qui puissent

SIÈYES, E-J., Qu’est-ce que le Teirs-état ?; [microforma], Micro Graphix, cop. 1993 (ed. orig. Paris, 1789), p. 159

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rassurer la totalité de la Nation contre le caprice de quelques Electeurs. » 96 Enseguida veremos como Fouché parece aferrarse a esta teoría, pero además intentando siempre que no domine ningún partido. El porqué está en que en Francia, desde la Revolución, se operan continuos cambios de gobierno; a Fouché no parece importarle mucho la forma de gobierno en sí, sino, y siguiendo en cierta forma a Aristóteles, lo que le interesa es su duración, su estabilidad. « El bien para cada cosa es precisamente lo que asegura su existencia» 97, dice Aristóteles y Fouché lo aplica a la política de su momento. Pero, si Fouché no le da importancia al hecho de que sea un régimen representativo, o golpista, o hereditario, o dictatorial; que gobiernen cinco, tres o un solo individuo; que éste sea un Cónsul, un Emperador o un Rey; ¿qué es lo que pretende que tenga durabilidad? Evidentemente no el régimen, sino eso que él llama los logros de la Revolución, es decir, un cierto espíritu, ciertos principios (obviamente, no todos, ni siquiera la mayoría) y medidas como el patriotismo, el triunfo de la razón, la importancia del pueblo, la supremacía del Estado sobre la Iglesia, que pueden subsistir sea cual sea la forma de gobierno. Así lo expresa Fouché en los primeros meses del Imperio: « Il ne faut pas penser que parce que le jacobinisme et l’opposition ont forcé et flétri tous les sentiments, il ne se trouve plus aucune trace de cet élan de 89 et que les principes salutaires auxquels toute une génération a été sacrifiée, par la faute de quelques esprits abusés, soient moins vrais, soient moins nécessaires dans leur application à la sécurité commune, et moins invoqués dans ces moments terribles, où les fausses lueurs s’éclipsent, où la vérité brille et pénètre dans les cachots.» 98 Por lo tanto, después de la Revolución, tienen que perdurar esos logros ya que « ce n’est pas le couronnement de l’édifice qui constitue sa solidité, ce sont les fondations que l’on n’aperçoit pas, et le colonnes les plus simples » 99, y esos logros se han convertido en fundamentos. Olvidar o eliminar esos
96 97

Ibid., p. 46 ARISTÓTELES, Política, p. 69 98 Lettre de Fouché à l’Empereur, 2 décembre 1804, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe I, p. 452) 99 Idem.

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fundamentos sólo puede tener consecuencias negativas: significaría atentar contra una gran parte de la población que ha luchado por esos principios, dividiría profundamente la Nación haciendo posible y probable la guerra civil, y donde hay guerra no puede haber estabilidad. En palabras de Fouché: « La pacification et la stabilité étaient les seuls moyens de salut : le contraire de la pacification, c’est la réaction ; le contraire de la stabilité, c’est de déplacer le trône de ses fondements actuels pour lui en donner d’autres…» 100 Así que de lo que se trata, y esa fue la principal tarea de Fouché bajo todos los regímenes que sirvió, es de evitar la reacción ya que « toute réaction serait un crime politique ; elle serait subversive de la stabilité, troublerait le repos de l’État en détruisant toute confiance… » 101 Porque la reacción tiene la doble capacidad de acabar con un Estado; por un lado, al cambiar los fundamentos, puede hacer enfrentar las dos partes de la sociedad, y sin estabilidad y paz interior no hay unidad ni Estado; por otro lado, al querer castigar o reprimir a los partidarios del antiguo estado de cosas, se cae en la ilegalidad, lo que lleva a la población a la desconfianza general para con el gobierno, el cual también pierde solidez y estabilidad. Aristóteles, en su exposición sobre los medios de conservación de las diferentes formas de gobierno, apunta: “En todos los Estados bien constituidos, lo primero que debe cuidarse es de no derogar ni en lo más mínimo la ley, y evitar con el más escrupuloso esmero el atentar contra ella ni en poco ni en mucho. La ilegalidad mina sordamente al Estado, al modo que los pequeños gastos muchas veces repetidos concluyen por minar las fortunas.” 102 Fouché parece estar de acuerdo en este punto y, justo después de la primera Restauración, intentando poner diques a las previsibles reacciones, avisa al Emperador:

100 101

Le duc d’Otrante à Louis XVIII, 15 septembre 1815, (citado por MADELIN, Fouché, tom II, p. 486) Le duc d’Otrante aux préfets, (citado por ibid., p. 459) 102 ARISTÓTELES, Política, p. 298

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“Que la liberté civile soit trop visiblement attaquée, que l’égalité de protection ne paraisse pas observée, que quelques individus soient inquiétés pour des délits qu’on pardonne ou qu’on poursuit arbitrairement, l’effroi se répand aussitôt dans toutes les classes. La plus légère violation des principes fait craindre que l’on ne continue de les enfreindre, on se prive des ressources indéfinies de l’opinion publique, c’est-à-dire de l’assentiment de tous les gens sages et éclairés de l’Europe. » 103 Y durante la segunda Restauración, su discurso sobre la seguridad legal sigue siendo el mismo: « Certes je n’avais pas l’intention de tromper le Roi, lorsque je le sollicitait d’apaiser les esprits, en tranquillisant chacun sur sa sûreté personnelle ; c’était le seul moyen de donner de la solidité à l’État, et de la durée au gouvernement. » 104 Pero además, para convencer al gobernante de turno de lo negativo de la reacción, Fouché recurre a esa teoría ya mencionada de la independencia de los acontecimientos respecto de sus actores, propia de las revoluciones, pero también de las reacciones, que en el fondo son exactamente lo mismo. « On sait bien où on commence les réactions, on ne sait pas où on les arrête. Elles entraînent tout, elles entraînent surtout la puissance souveraine, devant laquelle les résistances ne deviennent sensibles et visibles qu’à l’instant où elles sont plus fortes que cette puissance même. » 105 Por lo tanto, la estrategia que se impone es que el gobierno, sea cual sea, preserve la seguridad personal de todos los individuos; pero también que asegure la existencia y la tranquilidad a todos los partidos. Ya hemos dicho más arriba que Fouché se creía encargado de proteger a todos los partidos, pero dado que éstos sólo representan a una parte de la nación, se trata de impedir que ninguno adquiera relevancia, que se mantengan todos equilibrados. Así lo expresa a Luís XVIII: « Le roi serait tout-puissant si toutes les opinions, tous les intérêts trouvaient en lui bienveillance et justice, si chaque Français était assuré de trouver sous son sceptre appui et protection. Il serait réellement le père des Français, si aucun parti ne pouvait se
Fouché à l’Empereur, 23 avril 1815, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, p. 336) Lettre de Fouché au duc de Wellington, (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observations sur la lettre…, p. 61) 105 Lettre de Fouché au comte de Blacas, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, p. 297)
104 103

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Teoría y práctica en la política de Fouché flatter d’une garantis. » 106 préférence, si tous se

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Y precisamente, por lo que analizaba Sièyes un poco más arriba, porque, en cuanto partidos, no representan el interés común, por lo que si uno de ellos obtiene el poder, será problemático para la estabilidad; no en vano ya advertía Aristóteles en su Política de que era conveniente impedir la superioridad desproporcionada de cualquier partido, y cómo él se refería básicamente a los ricos y los pobres, le oponía la clase media, la cual restablecía el equilibrio. De todos modos, la solución se encaminaba en “convencer a unos y a otros de que sólo encontrarán seguridad en el poder” 107, lo cual se adecua muy bien a la retórica de Fouché acerca de la protección de los partidos. Así que, en definitiva, y zanjando la cuestión del conflicto de intereses, dice Fouché que « …le gouvernement, quel qu’il soit, saura vivre quand il maintiendra pour tous, ce que tous les partis n’ont voulu établir que pour eux. » 108 Pero, si lo que hay que impedir es el triunfo de la reacción, hay que proponer otra forma de conducirse políticamente, y para Fouché, ella es la que coincide con la moderación. Hay que hacer notar que esto se corresponde también con uno de esos consejos que da Aristóteles sobre cómo conservar los Estados: “Es preciso, sobre todo, guardarse mucho de despreciar lo que en la actualidad todos los gobiernos corruptos desprecian, que es la moderación y la mesura en todas las cosas.” 109 Fouché es un firme defensor de esta opción, ya que conlleva equilibrio y, por tanto, estabilidad; por eso, cuando habla de moderación, se refiere a « cette modération qui peut être moins une vertu qu’une politique.» 110 En fin, y recapitulando todo lo dicho, las bases que establece Fouché para la duración y la estabilidad del Estado son básicamente la pervivencia del espíritu del 89, la lucha contra la reacción y la preponderancia de

106 107

Ibid., p. 295 ARISTÓTELES, Política, p. 320 108 Lettre de Fouché à l’Empereur, 2 décembre 1804, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe I, p. 452) 109 ARISTÓTELES, Política, p. 304 110 Le duc d’Otrante au préfet du Gard, 25 août 1815, (citado por MADELIN, Fouché, tom II, p. 461)

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cualquier partido, poniendo en su lugar la moderación y la legalidad, y evitando de esa forma todo conflicto o política interior.

C. Sobre la opinión, la oposición y la prensa Cobb, en su estudio sobre la policía francesa y el pueblo, nos dice: “They were obsessed, in particular, with something called esprit public –not just “public opinion”, not just what could be picked up and pieced together from snatches of open conversation, café talk, table talk, Terrasse des Tuileries talk, quai-side talk, market gossip and rumour, Pont-Neuf complainte or sedition, but also what people thought, or were supposed to be thinking. They believed that, with sufficient information, they could penetrate people’s minds, and they would have liked to have had the powers of le Passe-Muraille, an oppressed clerk in an insurance office who accidentally discovered that he could move painlessly through walls, penetrate the intimacy of locked rooms, and receive, in a purple-walled bedrooms, les secrets de l’oreiller.” 111 Y en eso acierta, porque desde el principio de la Revolución francesa, el llamado espíritu público adquiere una especial importancia para el gobierno. Ello se debe quizás a algo que anunció ya Aristóteles en su tiempo, a saber, que las costumbres particulares afianzan el sostenimiento del Estado y, de esta forma, “las costumbres democráticas conservan la democracia, así como las costumbres oligárquicas conservan la oligarquía, y cuanto más puras son las costumbres, tanto más se afianza el Estado.” 112 Y dado que la forma de pensar dirige las costumbres, se revela como prioridad saber cuál es el estado, digamos, mental del pueblo, ya que para Fouché aquel representa la fuerza: « La tranquillité des États ne dépend pas des choses qui n’affectent que les classes les plus élevées de la société, ou de la nature des dispositions qu’on y remarque. L’ambition des grands n’a d’influence politique, que quand elle est unie avec les intérêts du peuple. Leurs intrigues, leurs

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COBB, The police and the people, p. 49 ARISTÓTELES, Política, p. 195

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conspirations, n’ont de force que lorsque la multitude y a une part active. » 113 Claro que, aparte de conocer, se impone moldear ese estado mental y la solución, nos la da también Aristóteles: “El punto más importante entre todos aquellos de que hemos hablado respecto de la estabilidad de los Estados, si bien hoy no se hace aprecio de él, es el de acomodar la educación al principio mismo de la constitución.” 114 Fouché obviamente reconoce la importancia de este aspecto, ya en su primer periodo defendía, como vimos, la necesidad de una educación pública que diera unidad de principios (la interiorización del espíritu revolucionario) entre los ciudadanos y la vigencia de unas leyes morales que dirigieran las opiniones del pueblo. En ello se revelaba esa preocupación pedagógica de la que ya hablamos, pero que llevaba implícita un paternalismo para con el pueblo, lo que constituía una especie de contradicción porque, si bien el pueblo era considerado como la parte más importante de la sociedad, sin embargo desde las clases dirigentes había una total falta de confianza hacia él, en el sentido de creer que el pueblo no podía saber lo que le convenía a sí mismo, por lo que una élite con más luces debía guiarlo. En el segundo periodo de Fouché encontramos en él igualmente esta falta de confianza, esta especie de desprecio hacia el pueblo llano, sobre todo en lo que respecta al tema de la opinión. Esto se nota en la distinción que hace entre el concepto de opinión pública y el de espíritu público. Así, para él : « L’opinion ne s’attache fortement qu’aux principes et aux intérêts généraux. C’est elle qui prépare, adopte ou rejette ces systèmes de morale et de politique auxquels se rallient les nations. Elle se forme dans le silence et par le temps, se manifeste rarement par la violence, mais se défend toujours avec obstination. » 115 Pero además : « Elle ne se prononce que sur des sujets importants, les détails lui sont inconnus, elle juge les grands effets, elle les juge sans retour.
113 114

Lettre de Fouché au duc de Wellington, (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observations…, p. 78) ARISTÓTELES, Política, p. 305 115 Instruction pour les lieutenants de police, (citado por BUISSON, Qui était Fouché ?, p. 306)

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On ne la comprime pas, et c’est l’opinion muette qui fait la force de l’opinion parlée ! L’écho de cette opinion est au fond des cœurs purs, désintéressés, on la lira toujours avec assez de certitude dans les notions les plus communes, partant les plus sublimes de la morale et de l’équité.» 116 Por estas definiciones se puede apreciar que, al fin y al cabo, Fouché no tiene una consideración negativa respecto a lo que constituye la opinión pública: la asocia a los intereses generales, a la reflexión y a la moral; pero quizás debido a que considera que pertenece, o más bien, que emana de “tous les gens sages et éclairés de l’Europe.” En cambio, « L’esprit public appartient plus au moment, il tient plus à des satisfactions ou à des mécontentements passagers, à des intérêts plus ou moins personnels ; il s’attache volontiers à des guides, les suit, s’en dégoûte et les abandonne. Souvent irrespectueux, toujours irritable, il a plus d’effervescence que d’opiniâtreté, plus de superficie que de profondeur ; instruisez-moi de ses fluctuations diverses, qu’elles soient favorables ou contraires au gouvernement et aux intérêts nationaux, en harmonie ou en discordance avec la véritable opinion publique. » 117 En las últimas palabras vemos como contrapone este espíritu público (cargado de connotaciones negativas) a la verdadera opinión pública, lo cual implica que el primero es una forma inferior de opinión. Pero como ambas existen, la estrategia general que se impone es de conocerlas sin despreciar ninguna, si bien la que realmente tiene importancia es la opinión pública debido a que es la que puede ejercer influencia sobre el gobierno, pues « L’opinion publique, ingrédient tout à fait nouveau dans l’ordre social, a acquis tant de considération et de pouvoir, qu’elle est devenue rivale du gouvernement. » 118 Y como « On ne la domine pas, on ne la comprime, et elle entraîne » 119, entonces « Loin de la braver, il faut le satisfaire, la devancer si l’on peut, lui céder, quand elle se prononce.» 120
116

Lettre de Fouché à l’Empereur, 2 décembre 1804, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe I, p. 452) 117 Instruction pour les lieutenants de police, 1815, (citado por BUISSON, Qui était Fouché ?, p. 306) 118 Lettre de Fouché au duc de Wellington, (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observations…, p. 74) 119 Instruction pour les lieutenants de police, 1815, (citado por BUISSON, Qui était Fouché ?, p. 306) 120 Lettre de Fouché à l’Empereur, 2 décembre 1804, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe I, p. 452)

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La táctica, como vemos, es la misma que la que, como se vio más arriba, se imponía con los acontecimientos políticos. Dado que éstos eran autónomos de los actores, había que adaptarse a ellos para, en cierta forma, dominarlos, para impedir que lo arrastraran a uno con ellos. Igualmente hay que hacer respecto a la opinión: anticiparse si se puede, y si no, ceder a ella y satisfacerla. Porque « On peut punir la résistance, mais il faut plus de moyens et d’adresse pour la soumettre. Le pouvoir peut faire exécuter les ordres, mais le langage de la violence a peu de considération s’il n’est soutenu par la persuasion et fondé sur la raison. Pour être étendue des différents partis, il faut entrer dans leurs passions, parler à chacun sa propre langue. Il n’y a plus d’éloquence universelle. » 121 Con esto creemos que queda explicada su conducta política, tantas veces juzgada, relativa a la ambigüedad con la que se movía entre los distintos partidos: respondía, simplemente, a la necesidad de comunicarse con éxito, para persuadirlos, con todos los partidos. Esta opinión pública, como hemos visto, ha adquirido tanta relevancia que ejerce, junto con los partidos, la función de oposición. Así lo afirma Fouché, distinguiendo entre dos tipos de oposición: « En France, l’opposition était de deux sortes, l’une légale, l’autre arbitraire. L’opposition légale était exercée par les parlements, les États des provinces, quelquefois par le clergé. L’opposition arbitraire était dans le corps même de la nation. Il existait au sein de la nation des notions délicates de justice, d’ordre public, d’honneur et même de bienséance. Ces notions n’étaient écrites nulle part, mais elles étaient généralement senties, et elles avaient engendré une puissance qu’on appelait l’opinion publique, à laquelle la conduite des dépositaires de l’autorité et celle du monarque lui-même n’échappaient pas. » 122 Así pues, la opinión pública se correspondería con la oposición arbitraria, mientras que la legal sería la representada en las Cámaras o en los Consejos; no obstante una y otra se funden, pues ciertos colectivos, como los

121

Lettre de Fouché au duc de Wellington, (citado por SAINT-VICTOR, Quelques observations…, p. 74)

De l’opposition sous le Gouvernement impérial, 1807, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe II, p. 458)

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liberales o los realistas, si bien tienen representación en el Parlamento eso no impide que ejerzan oposición también en su forma arbitraria. Fouché reconoce la existencia real de la oposición en Francia y, durante el Imperio, la clasifica de esta manera: « Ces éléments d’opposition sont donc : 1º les hommes de lettres en général ; 2º une portion assez remarquable des bourgeois de Paris ; 3º les fidèles de la maison des Bourbons. On trouvera encore des éléments d’opposition dans la secrète inquiétude que l’ordre civil conçoit de l’armée, et que l’ordre civil et l’armée conçoivent du clergé. » 123 Pero lo más importante no es el qué y cuál es la oposición, ya que esta variará según la forma de gobierno del momento, sino de qué forma hay que actuar con respecto a ella. En el texto De l’opposition sous le Gouvernement

imperial, unas líneas después de la cita anterior, concluye: « Il résulte de ce
qu’on vient de dire qu’il reste en France des hommes de lettres à convertir, des bourgeois de Paris à ramener, des bourboniens à surveiller, l’ordre civil à tranquilliser, des philosophes à apaiser. » 124 En ello ya podemos apreciar que de lo que se trata es de dominar la oposición, de someterla, (no por la fuerza pues ya vimos que el método más hábil y eficiente era hacerlo por medio de la persuasión) con el objetivo de restarle toda influencia. Para esa tarea neutralizadora, Fouché se propone a sí mismo como el más indicado: « On ne peut se reposer du soin de diriger l’opposition que sur un ministre, je dis de diriger et non de détruire, car, si l’opposition n’existait pas, il faudrait en faire une. De tous les ministres, celui que sa position rend le plus propre à ce dessein est sans contredit celui de la police. » 125 En efecto, lo que hay que hacer con la oposición, igualmente que con la opinión y los partidos, es dirigirla, no destruirla, y eso debido a que Fouché considera necesaria la existencia (que no la influencia) de ciertos elementos de cara a la estabilidad de la nación. De la misma forma en que hacía falta que hubiera partidos políticos para que, equilibrándose así las fuerzas,
123 124

Ibid., p. 460 Ibid., p. 462 125 Idem.

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ninguno adquiriera la supremacía, por lo que no correría peligro la unidad del Estado, también se revela necesaria la oposición para asegurar la tranquilidad interior: « Il circule dans les corps politiques, qu’on appelle sociétés, comme dans les corps humains, une certaine dose d’humeurs qui s’aigrissent quelquefois et finiraient par corrompre la masse entière, si un art salutaire ne leur avait à l’avance préparé une issue. Cette issue est l’opposition, et la tranquillité d’une société est plus ou moins assurée, dans la proportion de l’adresse avec laquelle cette opposition a été organisée. » 126 Esta idea de la necesidad de una salida de escape parece que Fouché la haya sacado de la lectura de Maquiavelo, ya que incluso utiliza la misma metáfora, pero si bien Maquiavelo la aplica a la importancia de que los ciudadanos tengan derecho a acusar públicamente, Fouché la adapta a la oposición política. Citamos a continuación el fragmento de Maquiavelo para dejar patente la gran similitud entre ambos textos: “La otra [ventaja de poder acusar es], que se ofrece un camino para desfogar los humores que, de un modo u otro, crecen en las repúblicas contra tal o cual ciudadano, y que, si no está previsto un camino para que se desfoguen, lo hacen por vías extraordinarias que pueden arruinar la república entera. Y por esto nada hace tan estable y firme una república como ordenar en ella la manera en que estas alteraciones de humores que la agitan tengan una salida prevista por la ley.” 127 En definitiva, se trata de que la oposición exista (para evitar conflictos con las pretensiones políticas de los partidos) pero de forma organizada, lo que significa completamente neutralizada. Durante la Primera Restauración, en la cual Fouché no ejerce ningún cargo, aconseja al rey que una forma de ganarse el afecto de la opinión es la de propiciar los debates políticos y legislativos en las Cámaras, pero sin embargo, en la conclusión se muestra partidario de la misma postura: « Il est impossible qu’il ne se manifeste pas une opposition dans les Chambres. Je demande que les hommes les plus

126 127

Ibid., p. 457 MAQUIAVELO, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, p. 52

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attachés au roi en soient les chefs, afin que toutes les oppositions viennent expirer entre leurs mains. » 128 En el fondo no es más que una oposición ficticia la que defiende, con ella se cubre de las apariencias de absolutismo, pero al fin y al cabo se pretende evitar toda oposición real, así como toda política interior. Todo ello es admitido por Fouché, pues en ese mismo texto sobre la oposición durante el Imperio, en que Fouché se proponía como el más idóneo para dirigir la oposición, argumentaba en su favor los cinco años que llevaba ejerciendo una política perfecta en ese género. Con gran orgullo, así lo explicaba, aceptando el cargo de destructor de la política interior y la muestra de que, como él decía, no existe la elocuencia universal a la hora de tratar con los partidos: « A Paris et dans le reste de la France, les Jacobins espérèrent dans le ministre de la Police ; ils lui adressèrent le résultat de leur mauvaise humeur, et telle de leurs productions qui eût incendié dix départements vint s’amortir dans l’intérieur de ses bureaux. Quelques sacrifices légers entretinrent leur confiance, on leur laissa le temps et on leur offrit les moyens de mourir avec grâce. Cependant, le même ministre forçait les chouans et les émigrés d’espérer en lui, et plus d’une fois Bourmont et Méhée se sont frottés l’un contre l’autre dans les défilés de son hôtel. Enfin, en se prononçant pour les prêtres constitutionnels, il a entretenu leur zèle qui était nécessaire encore, tranquillisé ces prêtres sur la rentrée de leurs ennemis, et préparé, pour le gouvernement, le moment où il serait possible de fondre les uns et les autres dans une même institution. Ce rôle, manié avec beaucoup d’adresse, a paru aux hommes clairvoyants un chef-d’œuvre de politique. » 129 Una vez vista la postura de Fouché relativa a los partidos, la opinión y la oposición, no es difícil imaginarse cuál será su modo de proceder con respecto a la prensa. Éste queda perfectamente reflejado en una sola frase suya: “Le mal que les journaux peuvent faire, il est trop tard de le juger après l’impression. » 130

Lettre de Fouché au comte de Blacas, 23 juin 1814 (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, p. 298) 129 De l’opposition sous le Gouvernement impérial, 1807, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe II, p. 459) 130 Compte rendí de l’an VIII, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 447)

128

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Por un decreto de enero de 1800, se estableció que, mientras durara la guerra, en París sólo podían circular trece periódicos políticos ; lo que implicaba que fueron suprimidos más de sesenta. Esos trece restantes (de los cuales sólo subsistían cuatro en 1811) quedaban avisados de que sería suprimido todo artículo contrario al respeto debido al pacto social, a la soberanía del pueblo y la armada, así como al gobierno o a las naciones aliadas; y la vigilancia para que ello se cumpliera correspondía a la oficina de prensa, instalada en el Ministerio de Policía. Sin embargo, aunque Fouché tenía carta blanca sobre este asunto, y aun teniendo en cuenta la opinión que la prensa le merecía, se le puede considerar moderado en comparación con la postura absolutista de Bonaparte, el cual, como se ve en su correspondencia, le hace continuos reproches al ministro sobre lo mal vigilados que están los periódicos. Su intención era que los periódicos se limitaran a publicar lo mismo que decía el Moniteur, el diario oficial, además de artículos que o bien acercaran el espíritu público al gobierno, o bien engañaran a las potencias enemigas en lo relativo a tropas, movimientos del ejército, armamento… Ahora bien, esto no impide que Fouché también la utilice para sus fines: por ejemplo, hasta que fue suprimido, el Journal des hommes libres estaba subvencionado (con fondos públicos del Ministerio) por Fouché, escrito por autores por él elegidos y en el cual se hacía hincapié en los crímenes cometidos por los realistas y en el peligro de la contrarrevolución. Y es que el ministro usa la prerrogativa de la censura como contribución a su política de equilibrio: así, si las fuerzas entre los partidos se descompensaban (lo que ocurría normalmente a favor de los partidos más propensos a la reacción), Fouché intentaba potenciar al que se debilitaba, y una de las formas era hacerlo por medio de la prensa o la censura: o bien haciendo publicar ciertos artículos (a favor o en contra de tal partido), o bien censurando otros y dándolo a conocer. Por ejemplo, poco después del 18 de brumario Fouché hace censurar una obra de teatro de corte reaccionario, pero eso sí, lo hace público, para que de un lado los jacobinos vean que se les

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defiende y, por el otro, para que los realistas sepan que no permitirá la reacción. Esta es la nota que Fouché hace inserir en el Moniteur: « La révolution du 18 brumaire, citoyens, ne ressemble à aucune de celles qui l’ont précédée : elle n’aura point de réaction ; c’est la résolution du gouvernement. Si les factions persécutent lorsqu’elles obtiennent l’une sur l’autre quelque léger avantage, la république, lorsqu’elle les écrase toutes, triomphe avec générosité. Une pièce intitulée les Mariniers de Saint-Cloud a été jouée sur votre théâtre : l’intention en est louable, sans doute, mais trop de détails rappellent amèrement d’anciens souvenirs qu’il faut effacer. Quant toutes les passions doivent se taire devant la loi, quand nous devons immoler au désir de la paix intérieure tous nos ressentiments, et que la volonté de le faire est fortement exprimée par le peuple et par ses magistrats ; quand ils en donnent le touchant exemple, il n’est permis à personne de contrarier ce vœu. Vous y obéirez, citoyens, et j’augure assez bien de votre patriotisme pour croire que vous ferez, sans que je vous en donne l’ordre, le sacrifice de votre pièce, puisque la tranquillité publique vous l’impose. » 131

D. Sobre la emigración y la religión En este último apartado hemos querido analizar el posicionamiento del Fouché ministro en lo tocante a dos temas, o más bien a dos problemas, que ya trató en su primera etapa: la emigración y la religión. Por lo que respecta a la cuestión de la emigración, Fouché, que unos años atrás la trataba en unos términos muy duros, se muestra partidario de abrir la puerta para la vuelta de la mayoría de ellos. Si bien en muchos casos alega motivos humanitarios, en realidad todo ello responde a razones políticas, ya que ve la necesidad de acabar con esa fuente de continuos conflictos. Pues, como explica d’Hauterive: « Dans une incontestable largeur d’idées, il considère les émigrés comme plus dangereux au dehors par leurs intrigues qu’ils ne le seront à l’intérieur, si on les surveille après leur avoir permis d’y
131

Le ministre de la police générale aux administrateurs du théâtre de l’Opéra-Comique national, 24 brumaire an VIII, en Réimpression de l’ancien Moniteur, tom XXIX, p. 908.

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rentrer et si on les écarte, provisoirement du moins, des fonctions publiques. » 132 Durante el Directorio, a instigación de Fouché, ya se había acordado la radiación de algunos emigrados; pero es bajo el Consulado que presenta un proyecto más ambicioso: la reentrada por categorías. Analizando la lista de los emigrados, que cuenta con 145000 nombres (muchos repetidos, ya que se había hecho a partir de listas parciales de las autoridades locales), Fouché señala las categorías que merecen ser radiadas: los representantes, herederos o hijos de emigrados comprendidos en la ley de proscripción; los artesanos y cultivadores; las mujeres dependientes del marido en el momento de la emigración, y los curas deportados por las leyes revolucionarias. De esta forma, la lista quedaría reducida a 3373 nombres. Napoleón no lo acepta y sólo admite las radiaciones individuales y, preocupado por la gran popularidad que incluso éstas le dan a Fouché, traspasa la competencia al Ministerio de Justicia; aunque sigue siendo Fouché quien trasmite las propuestas de radiación, por lo que continúa beneficiándose del reconocimiento. De todos modos, Fouché insiste en su sistema mandando un informe tras otro al Primer Cónsul. Pero entonces se entera de que los cónsules planean adoptar un decreto por el cual en lugar de dejar entrar categorías considerables de emigrados en nombre de la humanidad, quieren hacer una comisión que revise individualmente todos los casos. Fouché protesta, con un nuevo informe, en que hace notar la alta probabilidad de corrupción entre los funcionarios, la dificultad de que la comisión revise más de cien mil casos sin que el asunto se eternice y la pérdida de reconocimiento hacia el gobierno que supondría convertir el perdón en una medida de justicia. Resumiendo: « L’amnistie a un triple avantage : elle termine rapidement l’affaire de l’émigration ; elle conserve au gouvernement le mérite de la clémence et de la générosité ; elle donne à la République une garantie de

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D’HAUTERIVE, E., Napoléon et sa police; Paris, Flammarion, 1943, p. 79

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plus des dispositions ultérieures des émigrés. » 133 Bonaparte paraliza el proyecto de los cónsules, pero con el senadoconsulto de 1802, que lo convierte en Emperador, pronuncia una amnistía plena, bajo condición de un juramento de fidelidad al gobierno. Incluso, a los que muestran buen comportamiento, quiere dejarlos participar en política y como él no tiene antigüedad ni prestigio de linaje no le parece mal rodearse de la antigua nobleza. Fouché, obviamente, no puede hacer nada para impedirlo siempre los tiene bajo vigilancia, los aleja sistemáticamente de los consejos generales y de los estados mayores de la guardia nacional, y se queja siempre que puede del descontento que crea la entrada a las Tullerías de los nobles del antiguo régimen, y de las presiones que éstos ejercen sobre los compradores de bienes nacionalizados. Este sistema, de guardar una distancia prudencial y de resolver el problema en beneficio de la utilidad, también lo aplica Fouché a la religión. Una vez pasada la Revolución y la posterior guerra civil, y calmada la persecución antirreligiosa, de la cual vimos que Fouché fue uno de los máximos exponentes, legalmente estaba garantizado en Francia el libre ejercicio de culto y, por la Constitución Civil del Clero, a la cual había que prestar juramento, la Iglesia quedó nacionalizada, independiente del poder de Roma. Fouché, que en su época revolucionaria no se conformaba con ese juramento, cuando vuelve al poder acepta la Iglesia Constitucional, que ya está bien establecida, y se centra en la persecución policial de los curas refractarios. En 1801, a la víspera del Concordato con Roma, que constituye uno de los artículos del programa de la reacción, se convierte en el defensor de la Iglesia Constitucional y no deja de esgrimir razones en contra de la vuelta de la Iglesia Romana, poco favorable por principio a las ideas de la Revolución. Pero, en fin, Bonaparte inicia negociaciones con el Papa para preparar un Concordato que se firma el 15 de julio de 1801, con lo que vuelven a sus funciones los sacerdotes refractarios. Pero al texto Napoleón le adjunta una serie de artículos orgánicos (de los cuales el Papa dijo no tener

Rapport du ministre au Premier Cónsul, 16 brumaire an X, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 348)

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conocimiento) por los cuales se asegura la supremacía del gobierno francés sobre la corte romana en lo que a la dirección de los asuntos religiosos se refiere, ya que Bonaparte se atribuye la competencia de la nominación de los obispos. Fouché aprovechará la indiferencia (sobre si el clero es constitucional o refractario) del Primer Cónsul para nombrar obispos constitucionales y dará órdenes de dar preferencia a éstos para llenar puestos vacantes. Una vez ya establecido el Concordato, Fouché no se preocupa más de los refractarios sino del clero oficial porque si bien la alta jerarquía eclesiástica es adepta y sumisa a la Constitución y al Emperador, no así el bajo clero que, aunque acepta el régimen imperial, fortificado por el viaje del Papa a París, no acepta ni las ideas ni los principios de la Revolución, que ven contradictorios con su fe. Esto se traduce en lo que Fouché denuncia en sus Boletines como “actos de intolerancia”: rechazos de comunión, últimos sacramentos o sepultura religiosa a los divorciados, a sus hijos, a los compradores de los antiguos bienes eclesiásticos, sermones inconsiderados contra la Constitución Civil del clero, contra los artículos orgánicos del Concordato… Fouché no lo puede tolerar y reprime severamente todo acto de intolerancia, todo ataque contra el poder laico y la revolución, denuncia a cientos de sacerdotes al Ministro de los cultos, proscribe procesiones, erecciones de cruces y celebraciones abolidas por el Concordato; mostrándose favorable al partido filosófico, el cual desde el Institut, no deja de señalar como peligroso la resurrección de las cofradías y las casas de educación. Fouché temía la posible influencia que el clero pudiera ejercer sobre Napoleón, por lo que siéndole hostil intentaba que el Emperador compartiera su postura, pero a partir de 1808, que empiezan las tensiones con el Papa (lo que acabará con la invasión de los Estados Romanos y el arresto del Papa, seguido de la consecuente excomunión para Napoleón) Fouché se muestra un poco más benevolente, si bien no deja de mantener al clero bajo una continua y estricta vigilancia. La postura de Fouché se puede resumir básicamente en dos puntos, y con la cual coincide Napoleón: que la Iglesia se subordine a los intereses del

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Estado, y que se respete la igualdad y libertad de culto. Por lo que respecta al primer punto, vemos como las consideraciones de Fouché han sufrido pocos cambios desde su periodo revolucionario, en el que identificaba religión y patria, mientras que ahora, si bien se deja subsistir la religión, ésta tiene que adaptarse, o más bien, hacer suyos los intereses del Estado, lo cual viene a ser casi lo mismo. Lo vemos en el siguiente texto: « Que les temples de toutes les religions soient donc ouverts, que toutes les consciences soient libres; que tous les cultes soient également respectés, mais que leurs autels s’élèvent paisiblement à côté de ceux de la patrie et que la première des vertus publiques, l’amour de l’Ordre, préside à toutes les cérémonies, inspire tous les discours et dirige tous les esprits ! » 134 Pues Fouché, no en vano se ha pasado la mitad de su vida en un seminario como para no saber la gran influencia que puede ejercer la religión sobre las conciencias y el gran provecho que se le puede sacar si se la orienta a favor de los intereses generales. De esta forma expresa, en una carta a un obispo, la complicidad de ambas actuaciones que él desearía: « Monsieur l’Évêque, Il y a plus d’un rapport entre vos fonctions et les miennes. Les vôtres sont de prêcher une religion de paix et d’étouffer dans le fond des âmes la pensée du crime. Les miennes sont d’empêcher qu’il y ait des coupables et de maintenir l’ordre au milieu d’un grand Empire. Notre but commun est de répandre une morale qui, si elle était suivie, serait à elle seule le meilleur ordre social. » 135

Porque, al fin y al cabo, Fouché únicamente se interesa por la religión por lo que ella pueda tener de útil, lo que parece influencia de Maquiavelo, y la relega a una función puramente instrumental: someter a la Constitución, por medio de la fe, a aquellos que la razón no ha podido persuadir. Esto es otra forma de materializar aquello que vimos más arriba sobre que, a cada partido, hay que hablarle en su propio lenguaje. También sobre el segundo punto, el respeto por la igualdad y libertad de culto, Fouché sigue concibiéndolo así como lo hacía en su primera etapa,
134 135

Aux préfets des départements, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe IV, p. 470) Lettre à Monsieur l’Évêque, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe VII, p. 473)

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es decir, que la protección igual para todos los cultos se debe entender como ningún privilegio para ninguno. Y ello por una razón muy clara: « Enfin, Citoyen Préfet, vous ne devez jamais perdre de vue que c’est la liberté entière des consciences que vous protégez, en concourant à l’exécution des lois organiques du Concordat. La majorité de la nation n’a pas le droit d’imposer son culte à la minorité, le domaine des consciences n’est au pouvoir d’aucune puissance humaine. » 136 En cierta forma Fouché concibe las distintas religiones como si fueran partidos, y así como no se podía permitir la preponderancia de uno, pues ello sería contrario a los intereses generales; tampoco se puede permitir la supremacía de una religión concreta, que además podría incluso rivalizar con el gobierno si se lo propusiera. Para acabar este apartado, no quisiéramos dejar de tener en cuenta un texto en el que Fouché afirma que ese punto tan importante en su programa, el de la política de equilibrio, esa idea tan aristotélica del término medio entre dos excesos, es extensible a todos los géneros, por lo que la aplica también a la política religiosa. Y según él, en materia religiosa, ese término medio tiene que ocuparlo el clero concordatario sumiso: « Prince de l’Église, ce titre vous sera contesté quelque temps encore et par un petit nombre d’évêques de l’ancien régime, qui ont abandonné l’union catholique, et par quelques prêtres dont la Révolution a exalté les passions et n’a pas étendu les lumières. La prétention des premiers est d’être plus fidèles que vous à la foi de nos pères, celle des seconds d’appartenir plus que vous à la Révolution et à ses vrais principes. Votre place est entre des excès contraires, c’est précisément dans tous les genres, la place de la sagesse et de la vérité. » 137

Le ministre de la police générale aux préfets des départements, 7 juin 1802, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe VI, p. 472) 137 Lettre à Monsieur l’Évêque, (citado por DESPATYS, Un ami de Fouché, Annexe VII, p. 473)

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4. Conclusiones
Una vez llegados a este punto, no nos queda ya más que recapitular para demostrar en qué medida ha quedado probada la tesis presentada en la introducción. Se había expresado la pretensión de demostrar la existencia, unidad y continuidad de la teoría política de Joseph Fouché, que habían sido puestas en duda en la mayoría de los casos. Vayamos ahora por partes. Por un lado, podemos resumir la primera etapa de Fouché como el intento de hacer cumplir el principio de igualdad en tres sentidos distintos: igualdad en cuanto al reparto de poder expresada en la soberanía del pueblo; en cuanto a la nivelación de la riqueza; y en cuanto a la uniformización del cuerpo social. Todo ello vimos como ya estaba contenido en su primer escrito Réflexions sur l’éducation publique. Para hacerlo efectivo, propuso una educación pública al servicio del Estado, donde se inculcaría la moral oficial, que resultaba incompatible con la religiosa: lo cual justificaba que la religión quedara relegada al ámbito privado, que la protección igual al ejercicio de los cultos se interpretara como ningún privilegio para ninguno de ellos y que éstos, en el ámbito público, fueran sustituidos por el culto de la República: un culto-instrumento para exaltar el patriotismo. Además, planteó el establecimiento del impuesto progresivo para paliar las desigualdades económicas y una serie de medidas represivas para obligar a que los intereses individuales se plegaran a los generales. Por otro lado, la segunda etapa de Fouché puede quedar sintetizada como el intento de asegurar la duración y estabilidad de un Estado que conserve los logros revolucionarios, sustituyendo la política interior por la policía (paz, seguridad y orden) y evitando la reacción, mediante el equilibrio y la moderación. La idea de la urgencia de un gobierno firme, que se imponga a los acontecimientos, que una el cuerpo social y con necesidad de una amplia policía, ya está contenido en su carta al Directorio Cisalpino, escrita ocho meses antes de ser nombrado Ministro de Policía. Para llevar a

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la práctica su programa propone una misma estrategia a seguir tanto con los partidos políticos, con la opinión, la oposición, la prensa o la religión: dejar que existan, pero totalmente neutralizados, dirigidos y sometidos al gobierno. Se podría concluir que, dejando de lado una serie de diferencias concretas en el paso de una etapa a la otra, como el abandono de la parte social de su programa, el cambio de métodos radicales por otros más sutiles, o el descubrimiento de la importancia de la información, subyacen unos principios y unas ideas que se mantienen constantes, y que constituyen el núcleo de su teoría. En ella Fouché defiende la primacía de un Estado (da igual su forma de gobierno) fuerte, durable y estable, regido únicamente por los intereses generales y que, por lo tanto, no permita la política interior, al representar ésta el triunfo de los intereses particulares. Consecuentemente, este Estado, entendido como la unidad política suprema, tiene que regular e instrumentalizar, a favor de su conservación, todos los ámbitos de lo social: educación, expresión, costumbres, religión… Se hace evidente que el posicionamiento de Fouché es producto de considerar las cuestiones políticas

ex parte principis y no desde el punto de vista de los gobernados, por lo cual
se manifiesta como una constante la infravaloración del concepto de libertad en sentido moderno, es decir, como libertad individual, ya que juzga la colectividad como un valor superior. De todo lo dicho se deduce que Fouché tiene una teoría política, centrada sobre todo en cómo tiene que ser el Estado y cómo tiene que actuar políticamente para ser así y continuar siéndolo; que ésta se mantiene en lo esencial a lo largo de su carrera política; y que ésta precede a la aplicación práctica, lo que lo demuestra los dos textos citados unas líneas más arriba. A lo largo del análisis de sus textos hemos comprobado que, al estar destinados a la actuación, Fouché no hace referencias explícitas a ningún filósofo o teórico político precedente. No obstante, resulta evidente que en el pensamiento de Fouché se encuentra una clara influencia de algunos autores asociados a una tradición de realismo político y de absolutismo. Con Aristóteles, por ejemplo, tiene en común el interés por conservar el Estado y

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el método considerado más efectivo para ello: la estabilidad; pero también la importancia que se le atribuye a la educación como forma de prolongarlo. También son continuos los guiños a Maquiavelo, de quien recoge la concepción de la política como una técnica de cual importa el resultado (conseguir el bien común), en detrimento de la moralidad de los medios usados para ello. Resulta también interesante ver como Fouché parece suscribir el método de Maquiavelo para saber cómo actuar, lo que se nota en la gran similitud que hemos encontrado en estos dos fragmentos. El primero es el método descrito por Maquiavelo: “Se ve fácilmente, si se consideran las cosas presentes y las antiguas, que todas las ciudades y todos los pueblos tienen los mismos deseos y los mismos humores, y así ha sido siempre. De modo que, a quien examina diligentemente las cosas pasadas, le es fácil prever las futuras en cualquier república, y aplicar los remedios empleados por los antiguos, o, si no encuentra ninguno usado por ellos, pensar unos nuevos teniendo en cuenta la similitud de las circunstancias.” 138 Y a continuación, el método de Fouché, en un texto donde, hablando de sí mismo, se proponía como representante al inicio de su carrera política: « Celle de M. Fouché, nourrie par les lectures sérieuses et des études solides, a pu trouver dans le spectacle des événements d’aujourd’hui l’histoire des crimes d’autrefois : il a reconnu que les passions de l’homme sont de tous les temps, mais que l’art du politique est de les employer au bien commun, comme la science du moraliste est de les diriger pour l’avantage individuel. » 139 Pero también encontramos grandes similitudes con otros autores: de Hobbes aprovecha su concepto de Estado fuerte que protege a cambio de obediencia y que, por temor, aleja la anarquía; mientras que con el Rousseau del

Contrato social converge en la primacía del interés general sobre el
particular, con la consecuente problemática que conllevan las asociaciones. En cierta manera, esa forma de asociación que proponía Rousseau, que implicaba una total absorción del individuo por parte de la sociedad, es la que intenta poner en práctica Fouché. De todos modos, eso es algo que tiene
MAQUIAVELO, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, p. 134 Manifeste aux électeurs du département de la Loire-Inferieur, (citado por MADELIN, Fouché, tom I, p. 39)
139 138

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en común con todos estos autores: la supremacía de la colectividad sobre el individuo, para la conservación del Estado y, por lo tanto, un concepto muy limitado de libertad. Además, de los tres últimos recoge la idea de la religión como un instrumento al servicio de los intereses del Estado. Lo que encontramos de específico en Fouché es que su teoría está ligada a la práctica en sentido estricto, es decir, el único interés que puede tener una teoría es en cuanto que tiene una vertiente de aplicación práctica directa. Así, no entra en el debate de si el hombre es un ser social o del supuesto origen de la sociedad por medio de un contrato; de lo único sobre lo que teoriza es sobre aquello que sea susceptible de aplicación, en las dos posibles interpretaciones del término: en el sentido de que tenga una consecuencia clara sobre la práctica, y en el sentido de que sea aplicable de forma realista. Con esta última significación parece haber interiorizado lo que dice Aristóteles de que “cada cual es dueño de crear hipótesis a su gusto, pero no deben tocarse los límites de lo imposible.” 140 Igualmente, tampoco especula sobre la tan discurrida discusión acerca de cuál es la mejor forma de gobierno, más bien parece inclinarse, ya que no muestra especial predilección por ninguna, por la que sepa mejor adaptarse a la necesidad del Estado, en definitiva, la que mejor (más eficazmente) lo estabilice y lo conserve. Por ello, una vez asentados los fundamentos teórico-prácticos, el grueso de la obra de Fouché podría compararse a una especie de compendio de estrategias, o de manual para la acción política, al estilo de, por ejemplo

El príncipe de Maquiavelo, con el principal interés de que, más que consejos,
constituirían métodos comprobados. Llegados a este punto, nos parece haber cumplido satisfactoriamente los objetivos que, antes de empezar este trabajo nos habíamos propuesto: localizar un objeto de estudio, definiendo una tesis, desarrollar su argumentación seleccionando unas herramientas, que en este caso han sido el examen bibliográfico y la interpretación de textos, para finalmente, exponer los resultados obtenidos en estas conclusiones. De todos modos, no quisiéramos dar por terminado este trabajo, sin antes hacer referencia a una
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serie de cuestiones que, derivadas de esta investigación que consideramos más bien un ejercicio, se nos plantean como conflictos propios del debate político actual y que podrían ser interesantes de cara a una investigación futura. Señalamos básicamente tres cuestiones, que podrían ser formuladas como las siguientes preguntas: -¿De qué forma sería posible combinar el máximo de libertad con el máximo de igualdad, sin que una vaya en detrimento de la otra? Pues el concepto de libertad puede entenderse en el sentido de libertad individual, por lo que rechaza la injerencia del poder político, o en el sentido de libertad colectiva que, restándole importancia a la individual, tiene más que ver con la igualdad política. Por otro lado, la igualdad puede entenderse respecto a la riqueza, a las oportunidades o a la participación política: respecto a la riqueza o a las oportunidades requiere la injerencia política y, por tanto, coarta la libertad individual; la igualdad respecto a la política se relaciona con la democracia. Por eso el debate se ha hecho comúnmente en términos de la relación entre liberalismo y democracia pero, sin embargo, el problema está lejos de resolverse pues, en las democracias liberales actuales vemos que, si bien la libertad individual es tan amplia como la conservación del Estado se lo puede permitir, la libertad política, es decir, la igualdad respecto a la participación parece tener un claro déficit. -¿Son compatibles los intereses generales con los intereses de partido, sin que ello perjudique a la nación? Teóricamente sigue vigente el principio de no sometimiento a mandato imperativo entre los parlamentarios, sin embargo es discutible hasta qué punto, al formar gobierno, un partido defiende los intereses de todos y no los de su parte. Pues es evidente que cada partido defiende una opción y salta a la vista que uno que defiende, por ejemplo, los intereses de los trabajadores, o los de los empresarios, o los de una cierta comunidad autónoma, o los del centralismo, obviamente no representará el interés general al llegar al poder. Otra cuestión relacionada con ésta es el problema que supone la injerencia del ámbito económico, en

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forma de multinacionales por ejemplo, en las decisiones políticas, pues es de prever que sea contrario al interés general. -¿De qué forma sería posible limitar la opacidad que parece llevar implícita el poder político? Con el Estado absoluto quedaba legitimado el secretismo en política, la razón de Estado y la restricción informativa de cara a la ciudadanía. De todos modos, vemos como en la época de las democracias liberales el problema sigue vigente, y no sólo porque se han conservado terrenos lícitamente opacos, como el de la seguridad nacional o las cuestiones económicas, sino también porque los mecanismos de control social sobre el poder estatal, a la luz de los continuos escándalos y tramas de corrupción, se han revelado muy débiles.

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