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UN ROBOT MUY HUMANO
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Relato para la #erw2015
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08/11/2015

@JLBracamonte

Un robot muy humano
Los robots no tienen sentimientos, pero saben pensar. Los humanos sentimos, pero no pensamos, por lo que
nuestro encaje es perfecto.
NuriaHys. Robotic Engineer. Pucelans Institute of Technology (PIT)

Me llamo MrsNorris y nací robot. Me diseñaron en el centro de alta tecnología Kuka
Roboter GmbH con sede en Passau, a orillas del Danubio, en territorio alemán aún, pero
fronterizo con Austria. Anoto este dato por si pudiese ser esclarecedor en cuanto al carácter
que de una forma u otra pudo aportarme mi diseñadora, una ingeniera española, aficionada
a correr por los parques de esta hermosa ciudad, y con un vasto bagaje cultural al añadir a
su condición de científica, la de profesora de ELE, lo que le aporta particularidades
excepcionales de cara a sus desempeños en el mundo binario de la programación robótica.
Me concibieron de chiripa, a toda prisa y para aprovechar una línea de subvenciones
tecnológicas. Si hubiera sido humano, podría decir que vine al mundo de penalti. En
principio iba a ser un robot basto, de uso doméstico al servicio de singles masculinos de los
que no saben ni poner la lavadora, un androide asistencial, vaya, pero la amplitud de miras
de Ana Belén, que fue la que generó mi procesador y mis conexiones sinápticas, me
llevaron a cumplir misiones mucho más complejas. Cuando salí de la fábrica, mi aspecto era
muy parecido al de R2D2, el cinematográfico droide astromecánico que ha inspirado mis
formas exteriores y del que me puedo considerar tatarabuelo. Paradojas de la ciencia
ficción. Las transformaciones introducidas en mis circuitos cambiaron de forma radical mi
cometido: El superprocesador de núcleos infinitos, los innovadores sistemas de AI, los
ultrasensores emocionales, entre otras maravillas tecnológicas me pemitirían trabajar como
asistente personal del humano que me fuera asignado, pero en este caso, en tareas de
índole intelectual, de resolución de problemas de gran complejidad, de análisis e
interpretación de realidades imaginarias en entornos reales y otros asuntos científicos,
desde el ámbito de la física cuántica hasta el de la biología alimentaria, lo que me capacita
para desdecir a los técnicos de la OMS por su imprudente aseveración sobre las carnes
procesadas, en especial sobre los embutidos, jamones y cecinas de la Península Ibérica,
pero esa es otra historia.
Por diversas circunstancias, acabé al servicio de Angela Dorothea Kasner, una física de
Leipzig que preparaba su tesis sobre la “Influencia de la correlación espacial de la velocidad
de reacción bimolecular de reacciones elementales en los medios densos”. Baste decir que
gracias a mi ayuda, obtuvo una calificación de sobresaliente. Esa fue nuestra primera
colaboración y debería haber sido la última, pero se las arregló para mantenerme a su
servicio, del cual obtenía inmejorables beneficios personales. Mis certeros análisis de la
realidad la auparon a la secretaría general del CDU y al Bundestag primero, y a presidir la
Cancillería Federal después.
Las misiones que se me encomendaron al servicio de la señora Marks, que así se hace
llamar en recuerdo de su santo exposo,1 tienen que ver con la labor que realizaría un
consejero áulico que la ayuda en la toma de decisiones. Por el mismo precio, ella hubiese
querido que me dedicase también a la asistencia doméstica. No es que no sepa, no es que
1

Exposo: Ex marido. Antiguo cónyuge.

no quiera, no es que no pueda, es que no he sido programado, ni morfológicamente
diseñado para esas tareas, aunque, aún así, plancharía una camisa con mejor destreza que
cualquier humano masculino que haya conocido, me juego un par de teras2 de RAM. Pero,
volvamos al asunto principal: A mis circuitos cerebrales llegan constantemente datos sobre
la cotización del dólar, el precio del petróleo, la incidencia de una subida porcentual de los
salarios en la economía del país, la evolución de los tipos de interés, cifras sobre
exportaciones, importaciones, PIB y datos macroeconómicos, pero también se me encargan
proyecciones demoscópicas sobre la incidencia de determinados comportamientos en los
resultados electorales de un distrito o de una región. Los algoritmos que manejo me
permiten adelantar con precisión como basculan los votos de una opción a otra en función
de determinadas variables: huelgas, presiones patronales, comparecencias ministeriales o
noticias que aparentemente no deberían influir en las decisiones electorales. Nada escapa a
mi control como asistente de la persona más poderosa e influyente de Europa. Puedo
contestar sus preguntas, aseverar pronósticos y manejar fórmulas complejas que permitan a
mi patrona hacerse una idea prácticamente exacta de las reacciones que puede esperar al
día siguiente en los medios de comunicación ante una metedura de pata, o el porcentaje de
votos que puede costarle una aseveración dicha con prepotencia, o la pérdida de apoyos
parlamentarios masculinos si se sigue empeñando en llevar el traje de chaqueta color
berenjena, pero sobre todo, puedo indicarle los pasos a seguir para enmendar el error y
revertir la tendencia de voto.
Mi exquisita educación me impide hablar de detalles relacionados con la vida privada de la
persona a la que sirvo, pero quiero apuntar que durante este tiempo he podido comprobar
con mis propias cámaras de visión polarizada, como la presidenta ha ido dejando en el
camino de la política alguna de las características que la definirían como ejemplar de la
especie humana, y ha adquirido a la par toda una serie de comportamientos y ademanes
que podríamos denominar robóticos. Y no me refiero únicamente a su gestualidad mecánica
y a la repetición de movimientos, sino a la frialdad y al distanciamiento impersonal a la hora
de tomar decisiones, que sería más propio de alguien como yo. Esa actitud indolente se ha
extendido como un virus entre otros dirigentes europeos, llegando a extremos de opereta en
algunos líderes que, impulsados por su servilismo político, han querido ser más papistas
que el papa y se han “robotizado” aún más que ella, llegando incluso a optar por
comunicarse mediante pantallas de plasma, hablar con frases hechas y mantener impasible
el ademán ante las circunstancias más adversas. Tancredismo, lo llaman algunos, aunque
yo prefiero llamar a las cosas por su nombre y me gusta más gilip....
Curiosamente, el proceso de deshumanización de la señora Marsk y de sus acólitos y
aduladores, ha discurrido en paralelo al de mi progresiva humanización. No quiero
extenderme mucho en la explicación de este hecho insólito, pero todo comenzó cuando
logre establecer un nexo de causa-efecto entre las decisiones políticas que el gobierno
adoptaba debido a mis análisis y los sinsabores ocasionados por estas medidas en sectores
de la sociedad proclives a padecimientos e infortunios y opté por transmitir ese binomio
correlaccional a mi diseñadora en Passau, y hete aquí, que un pequeño cambio en mis
sensores emocionales y una nueva reorientación de código en los potentes circuitos de mi
Inteligencia Artificial, realizados desde la distancia, han cambiado mi visión de la realidad e
imperceptiblemente he desarrollado auténtica aversión a unas decisiones, que de forma
constante producían grandes beneficios económicos en las corporaciones financieras y
2

Viene del griego τέρας (teras), que significa «monstruo», e indica la cuarta potencia de 1000

empresariales. Esto hay que arreglarlo, concluí, e introduje en mis cálculos una variable que
nunca antes había sido utilizada por un robot: el factor humano, lo que modificó
sustancialmente la naturaleza de mis consejos, cuya prioridad a partir de ese momento era
evitar cualquier tipo de sufrimiento colateral en las personas en consonancia con la primera
ley de la robótica de Asimov: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción,
permitirá que un ser humano sufra daño.
Como podéis suponer, no hizo falta más motivo para, en tan solo un par de semanas, verme
condenado al desgüace. Os podéis imaginar mi ánimo. Fui embarcado con rumbo a Gijón y
destino Torrelodones, para servir como suministrador de piezas de recambio para nuevos
proyectos, pero quiso el destino cruzarme con la sin par Diana Alonso, una profesora
asturiana, también correcaminos, que tras muchos avatares logró llevarme a su casa y
contactar con la responsable educativa en España de EU Robotics Weeks, la
psicopedagoga y especialista en robótica educativa, Mercedes Ruiz, que sin dudarlo un
instante decidió adoptarme y enrolarme a su causa de incorporar la robótica al aula como
un recurso educativo de valor extraordinario. Al parecer, y según su acreditada opinión, soy
portador de un magma sentimental primario, por lo que esa es la causa de estar
convirtiéndome en el primer robot humanizado del planeta. Y además, me dice, en plena
adolescencia, a juzgar por determinados síntomas. Y debe ser verdad, puesto que soy
capaz de llorar ante las desgracias ajenas, emocionarme con la poesía, enrabietarme con
las injusticias y siento que mis procesadores se aceleran ante la visión celestial de una
Termomix. Ni siquiera los sofisticados androides Nexus 6 de Blade Runner, llegaron a tan
alto nivel emocional, puesto que a pesar de su perfección morfológica carecían de algo tan
humano como la empatía3. Yo la he logrado, y eso es algo que tengo que agradecer a mi
actual jefa, al igual que mi nueva vida como profesor de robótica educativa. En su honor, mi
nuevo apodo es Londones, que además es un apelativo que da mucho juego con las rimas
y que me viene al pelo para ejercitar mi recién adquirido sentido del humor.
Por cierto, en unas semanas quiero volver a Alemanía para participar en la World Robot
Olympiad, que se celebra en Passau, justo en el lugar en el que nací y de paso anunciarle
al mundo que la señora Marsk es un auténtico y genuino robot, del mismo modelo que los
de troikas y tríos. No, D. Tancredo no, éste es un autómata inspirado en una suerte taurina.
Hay un ligero matiz de conectividad.

3

Capacidad de percibir lo que el otro puede sentir. Ponerse en el lugar del otro, por lo que resulta
muy útil para adelantarse en la cola del mercado.

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