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Los lamentos de Enkidu.

En el mundo tan agitado y superficial en el que nuestras vidas giran


rápidamente, nos es difícil tomar aprecio de las cosas que nos enriquecen y
nos hacen felices, o comprender cuanto valen para nosotros y no valoramos lo
que tenemos, sino hasta que ya lo vemos perdido.

Nuestra familia, los amigos, el trabajo, el arte, los niños, los ancianos, los
animales, la naturaleza y nuestra propia vida, son algunos ejemplos de lo que
no apreciamos realmente e incluso muchas veces despreciamos, mientras
estamos ”bien” y solo recapacitamos de ello cuando ya no los tenemos o
cuando “las cosas andan mal”.

Es en este momento que se inicia dentro de nosotros mismos una lista de


lamentos, una serie de oraciones que se inician con el condicional “hubiera…”:
“si yo hubiera hecho tal cosa…”, “si hubiera ido…”, “hubiera dicho…”, o como
dice el propio Enkidu: “Si hubiese sabido, oh puerta(…)” (Tablilla VII, columna
I, versión asiria, verso 46.) y de esta manera lamentamos lo que hicimos mal, lo
que no hicimos, o lo que debimos haber hecho, creyendo que ya es muy tarde
para enmendarlo y no como una manera de meditar sobre el valor que le damos
a las cosas que poseemos, para evitar cometer los mismos errores.

Además de nuestros múltiples lamentos, no vemos claramente y nos cuesta


darnos cuenta y aceptar nuestros propios errores y defectos, así que como un
mecanismo de defensa ante la frustración y la angustia, tendemos a
proyectarlos en los demás intentando consciente o inconscientemente que el
otro se sienta peor, creando la ilusión de que nos encontramos mejor, o de que
no ha sido culpa nuestra el no haber valorado antes lo que teníamos.

Generalmente no nos hacemos responsables de nuestros propios actos, siempre


existe una o varias excusas por lo que hacemos, y en vez de corregir nuestros
defectos o empezar a valorar lo que nos queda, nos volvemos a los demás para
culparlos de nuestras desgracias, de lo que hemos perdido.

Tal es el caso de Enkidu, quien al ver que su vida se termina, se da cuenta de


que no supo apreciarla lo suficiente, que no se ocupó nunca de cuidarla, y
ahora no acepta que se acabe y en vez de valorar lo que aún posee, (su amistad
con Gilgamesh y el recuerdo de lo que vivió) refleja su pena en todo aquello
que lo condujo hasta su lecho de muerte, maldice a la puerta, al cazador y por
último a Shámkhat, la hieródula, si apreciar tampoco ninguna de las cosas que
esta hizo por él. A Enkidu ya no le vale de nada lamentarse por su vida, de lo
que hubiera podido hacer para evitar que esta terminase, pues no tiene una
segunda oportunidad, pero para aliviar un poco su dolor, se consuela asimismo
maldiciendo principalmente a la hieródula, maldiciendo sus encantos, su
destino, su familia, y la condena a no poseer todo lo que él ya no podrá tener
nunca. (Tablilla VII, columna III, versión asiria, versos 5 al 36.)
Podemos comparar lo sucedido por Enkidu y Shámkhat con las relaciones
amorosas, donde ambos disfrutan su compañía mientras las cosas caminen bien
y no se preocupan por cuidarla, basan su relación en la parte física, en la
relación sexual y no cultivan otros aspectos importantes; de esta forma,
cuando vienen las discusiones o los problemas, es cuando recapacitamos en lo
que teníamos y a su vez no supimos valorar y lo que no hicimos bien.

Siempre nos es más fácil críticar al otro para no aceptar lo que está mal en
nosotros, ponernos en la posición de “víctimas” y culpar a la pareja como
causante de que la relación se acabe o simplemente que ya no nos satisfaga.

Los seres humanos normalmente ignoramos los que tenemos y como ya


mencioné antes, no lo valoramos sino hasta que prescindimos de ello. Es ahora
que podemos hacer una pausa en nuestro rápido girar, para apreciar todo lo
que poseemos y lo que nos hace felices, pero no se trata solo de darnos cuenta,
si no también de cuidarlo y hacerles saber que son importantes para nosotros,
ya sean cosas materiales, amigos, pareja, familiares, “nuestras propias
hieródulas”, el medio ambiente o la misma vida.