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R O B ER T

ETIEN N E

LA VIDA COTIDIANA EN

ROBERT

ETIENNE

LA

VIDA

COTIDIANA

EN

POMPEYA

Traducción del francés

por

JOSE ANTONIO MIGUEZ

Con dos

notas de

A. GARCIA Y BELLIDO

C-----

(« O *

JL

TOLLE, LEGE

AGUILAR

ROBERT ÉTIENNE

LA VIDA COTIDIANA

- EN POMPEYA

Traducción del francés por JOSE ANTONIO MIGUEZ

Pompeya atrae todos los años millones de turistas; empero, visitantes de urgencia o mal informados, corren el riesgo las más de las veces de desconocer su verdadero rostro. Deslumbrados por el esplendor de sus pinturas muráles, olvidan el destino miserable de esta pequeña ciudad provinciana, asolada por el terrem oto del 5 de febrero del año 62 y que, parcialmente reconstruida, entró en la eternidad bajo un sudario de cenizas el 24 de agosto

del año 79. Robert ETIENNE, aprovechando los resultados de excavaciones ya seculares y utilizando más de once mil inscripciones, trata de dar una visión total de la historia de la ciudad. Vuelve a resucitar así la vida cotidiana de una población en la que se mezclan las razas, en la que se oponen las clases sociales y en la que todos disfrutan de los beneficios de la civilización romana, robustecida con la savia campania e injertada en una raíz griega. Toma el pulso de un m undo de los negocios en el que la escala de las fortunas es modesta y no oculta las miserias de un mundo del trabajo en el que no ha desaparecido, sin embargo, la esperanza de uña ascensión social. Sigue a los ricos y a los pobres en sus casas o camaranchones, los acompaña en los templos o en las

nuevo en las gradas de los teatros y

termas y los encuentra-de

anfiteatros. Pompeya se aparece entonces como una ciudad de piedad tanto como la ciudad de la felicidad, dé una felicidad llena d i vitalidad exuberante, de ostentación y de hum or mordaz, domo una ciudad en la que es posible burlárse del prójimo, del ejmperador e incluso de los dioses.

Esta obra ha sido publicada originariamente en francés, por la Librairie Hachette, de París, con el titulo de

LA VIE QUOTIDIENNE À POMPEI

D e pó sit o leg al . M. 29175.— 1970.

 

© L ib r a ir ie

H

a c h

e

t t

e

,

1967.

Agöilar,

S.

A.

d e

E

d i c i o

n

e

s

,

Juan

Bravo,

38,

Madrid

(España),

1971.

Printed

in

Spain.

Impreso

en

España

 

por

Ediciones

Gráficas,

 

Paseo

de

la

Dirección,

52,

Madrid,

1971.

A MI HIJO ROLAND

EN RECUERDO DE NUESTRA VIDA COTIDIANA EN POMPEYA,

EN

AGOSTO

DE

1962

F ig ,

1.

Adorno

de situla en bronce

de la casa de Menandro

A.

M a iu r i

:

Casa

del Menandro, fig. 168, pág. 437).

(según

ADVERTENCIA DEL AUTOR

Este libro nació de la amistosa insistencia de M. Jérôme Carcopino. Nuestro maestro, a quien debemos ya mucho, tiene derecho, una vez más, a toda nuestra afectuosa gratitud. En Pompeya, trágicamente desaparecida el 24 de agosto del año 79 de J. C., la vida se petrificó al final de esa mañana en la que toda una población se entregaba a sus ocupaciones habituales. Parece fácil y legitimo volver a poner en movimien­ to esta ciudad, hoy en día explorada en sus dos terceras partes, y dar a conocer sus trabajos y penalidades, sus alegrías y sus juegos. Pero Pompeya no debe ser confundida con Herculano ni con Estabia. Sin atribuir al puerto pompeyano una categoría casi internacional, debe comprenderse, sin embargo, que. las otras dos aglomeraciones de la Campania son esencialmente ciu­ dades de ocio y de residencia y que su vida cotidiana difiere sensiblemente de la de Pompeya.

Se aceptará,

pues,

de buen

grado

que nos hayamos pro­

puesto tan solo el descubrimiento del universo pompeyano para aprehender, mejor su alma.

Febrero de 1965.

RESUMEN BIBLIOGRAFICO

Una bibliografía sobre Pompeya exigiría un volumen. Nos vemos obligados, pues, a enviar al lector a las indicaciones de las notas, en las que están señalados los libros y artículos esenciales.

PRINCIPALES ABREVIATURAS

A.Í.I.N

Annali dell’lstituto Italiano di Numismática.

Annales E.S.C

Annales.

Economies,

Sociétés,

Civilisations.

A .E

Année

Epigraphique.

A.I.P

h

American

Journal

of Philology.

 

A th

Athenaeum.

 

B.C.H.

.,

Bulletin

de

Correspondance Hellénique.

B.E.F.A.R

Bibliothèque

des Ecoles Françaises d’Athènes

et

de

Roma,

B.S.A.

F

Bulletin de la Société Nationale des Antiquai­ res de France.

C.I.

L

Corpus Inscriptionum Latinarum.

D.

A

Daremberg, Saglio, Pottier,,. Dictionnaire des

 

Antiquités.

 

jF.A

Fasti Archeologici.

I.I

Inscriptiones

Italiae.

I.L.S

 

Dessau

Inscriptiones

Latinae Selectae.

l.G

Inscriptiones

Graecae.

J.R.S.

 

Journal of Roman Studies.

J.S M .A .A .R

Journal des Savants. Memoirs of the American Academy in Rome.

M.E.F.R

Mélanges

de l'Ecole Française

de Rome.

M.S.A.F

.

Mémoires de la Société Nationale des Anti­

 

quaires

de France.

N .S.A

 

Notizie degli Scavi di Antichità.

P-P

La parola

del Passato.

Κ·Α R .A .A.N

Revue Archéologique. Rendiconti della Accademia di Archeologia,

 

Lettere

e Belle Arti dl Napoli.

.A

R'E.L

RJ-C

jR.M

R.N

R.E

Real'Encyclopädie

wissenschaft.

der klassischen Altertums­

Revue des

Revue

des

Etudes Anciennes.

Etudes

E.

Latines.

Sydenham

M attingly,

H.

Römische

Revue

rial

Coinage,

Mitteilungen.

Numismatique.

Roman

Impe­

INDICE

GENERAL

 

IN D IC E

G E N E R A L

A

d v e r t e n c ia

d e l

a u t o r

 

Pág,

ix

P

r

in c ip a l e s

a b r e v ia tu r a s

 

X

 

LIBRO I

 
 

Catástrofes y resurrecciones

C

a p .

I.— La s

c

a

t á

s t r

o

f e s

3

JEl

terremoto

del

? de febrero

del

año

62,

pág.

3.;—La ciudad se

roconstru-

. ÿè

(62-79),

5.·—Medidas

administrativas

excepcionales,

ó.—Técnicas nuevas

 

de construcción, 7.—Inconclusión de la reconstrucción pública, 8.-—Esfuerzo

de reconstrucción, 9.—Dificultades de los particulares, 10.·—La erupción del Vesubio del 24 de agosto del año 79: El reportaje de Plinio él Joven, 13.·— Sus límites, 18. -Naturaleza del Vesubio, 19.—Estratigrafía de los materia­ les volcánicos, 20.—Historia verdadera de la erupción, 22.—Vaciado de los

cuerpos, 26.—La agonía de los

pompeyanos,

26.

 

C

a p .

Π .—

La s

r e s u r r e c c io n e s

 

3 2

Pompeya, condenada y olvidada, pág. 32.—1. La caza de los tesoros (80-

 

1860): Ficciones

,

33.—

y

ocasiones

perdidas,

34.—Direcciones

desordena­

das, 35.-—Francia ante los nuevos descubrimientos, 36.·—El papel de Winckel­

 

mann, 39,—Aceleración de las excavaciones, 41.—Lentitud de las excavacio­ nes, 42.—2. La era de la ciencia: Giuseppe Fiorelli y el establecimiento de un método científico, 44.—-De Michele Ruggiero (1875-1893) a Vittorio Spi- nazzola (1910-1924), 46.·—Michele Ruggiero, 46.—Giulio de Petra, 47.—Ettore Pais, 49.—-Antonio Sogliano (marzo de 1909-finales de 1910), 51.—Vittorio Spinazzola, 52.—Amedeo Maiuri. A) 1924-1941: Calle de la Abundancia, 55.

Plaza del Anfiteatro y Gran Palestra, 56.—Villa de los Misterios, 56.—Pozos

y

canalizaciones,

56.—Aislamiento de la muralla, 57.—Complemento de ex­

cavaciones de la región VIII, 57.—Excavaciones estratigráficas, 58.—Restau­ ración, 60.—B) 1941-1951, 60.—C) 1951-1961: Excavaciones de las regiones

I y

II,

61.—La

limpieza de

los

escombros

seculares,

62,—Deseos,

62.

 

LIBRO II

 

Actividades y hombres

C

a p .

I.— E l

p e s o

d e l

p a s a d o

 

67

1. Pompeya. griega por primera vez, antes del 524: Pompeya osea, pág. 68.—

El templo dórico, 68.—El culto a Apolo, 69··—2. Pompeya etrusca (524-474):

Cronología, 70.—Victoria de Cumas, 71.—Aportación etrusca, 71.—3. Pom­ peya griega por segunda vez (474-424), 72.—El debate, 73.—La fortificación

de Pompeya, 74.—La región VI, 75.—4. Pompeya samnita (424-89): Conquis­ ta, 76.—Cronología, 77.—Primera intervención romana, 80.—-El Estado ro­ mano-capuano, 81.—Dominación romana, 82,-—Influencia capuana, 83.—Fide­

lidad a Roma de la Campania frente a Pirro, 83.—-Solo Pompeya no traiciona

a

Roma frente a Aníbal, 84.—Fortificación, 85.—Extensión de la ciudad, 87.

5.

Pompeya romana: Ager Campanus, 89.—Probletaa de las tierras, 90.—

ΧΠΙ

91.—

Cicerón y Pompeya, 92.—La refriega del año 59 de J. C., 93.—El legado del pasado, 94.

La insurrección

de

los

pompeyanos, 91.—Sitio y derrota

de

la

ciudad,

Cap. II.—F ie b r e e l e c t o r a l Fidelidad a los emperadores, pág. 95.—Culto imperial, 96,—Popularidad de Nerón, 98-—Favor de Vespasiano, 99.—Humor político, 99.—Las institucio­ nes municipales: Instituciones samnitas, 100.—Municipio y colonia, 101.— Quinquennales, 102,—Funciones de los magistrados, 102.—Foro, 103.·—Comi­ tium, 105.—Curia, 105.—Mensa ponderaría, 106.—Basílica, 106.—Consecuen­ cias del incidente del año 59, 107.·—Colegios, 108.—“Ordo et populus”, 109. Las campañas elector-ales: Propaganda electoral, 110.—Cartel electoral, 111, Candidaturas de lista completa o candidaturas aisladas, 111.—Cualidades del candidato, 112.—Los patrocinadores de las elecciones, 114.—Papel de las gentes del barrio, 115.—-Las corporaciones, 115.—Las agrupaciones re­ ligiosas y culturales, 116-—“Cabarets” y elecciones, 117.—Las mujeres y las elecciones, 117.—Un candidato popular, 118,—Vigilancia electoral, 118.— Cronología electoral, 119.—La puerta estrecha, 121.

95

Cap. III.—E l m undo d e l o s n e g o c i o s

123

El mundo agrícola: Paraíso agrícola, pág. 123.—Vino, 124.—Aceite, 128.— Cereales, 128.—Cría de ganado, 129.—Jardinería, 129.—El mundo de la indus­ tria: Industrias alimenticias, 130.—Industria textil, 136.—Fábrica de curti­ dos, 141.—Construcción, 141.—Cerámica, 141.—El mundo del comercio: Pom­ peya, emporio comercial, 142.—Puerto de Pompeya, 142.·—Exportación de vino, 144.—Exportación de tejas, 146.—Diáspora pompeyana, 146.—Relaciones

, de productos extranjeros, 151.·—Comercio de la lana al por mayor, 152.— El mundo de la banca: Las cartas de pago de L. Caecilius Jucundus, 155.— Las estructuras sociales: Composición étnica, 161.—Nada de revolución so­ cial, 163.—Persistencia del gran dominio, 165.—-Extensión de la propiedad pompeyana, 166.—Tipos de propiedad y de propietarios, 167.—Equilibrio so­ cial, 170.—Concentración de la propiedad, 171.—Arrendamiento, 171.—¿Re­ volución industrial?, 172.—Lugar de los libertos, 173.—No hay clase inde­ pendiente de libertos, 174.

con

149.—Importaciones

el

Asia

147.—

la

Numidia,

148.—Atracción

,

C

a p. IV.— E l

m undo d e l trabajo

 

178

 

Mano de obra agrícola: La viña, pág. 178.—Aceite, 179.·—Cereales, 179.—

Legumbres,

180.—Frutas,

180.—Cría

de

ganado,

181.—Mano

de

obra

indus­

trial: Alimentación,

181.—Vestido

y

curtido,

181.—Construcción,

182.—Ma­

 

dera, 182.—Metales, 182.—Mano de obra comercial: Mercado, 183.—“Forum

holitorhim”, 183.—Buhoneros, 184.—Tiendas, 186.—Transportistas, 190.—Es­ clavos, 191·—Trabajadores libres, 193.—Circulación monetaria, 194.·—Escala de precios de algunos artículos, 196.—Coste de la vida, 197.—Tesoro de

Boscoreale,

199.·—Beneficio

agrícola y

coste

de una propiedad,

200.

 

C

a

p .

V.— P r esenc ia

d e

lo

s a g r a d o

202

Triada Hércules-Baco-Venus, pág. 203.—Triada capitolina, 209.—Origen del culto a Isis, 211.—Zeus frigio, 218.—¿Criptocristianos?, 220.·—-Culto impe­ rial, 222.—La Villa de los Misterios no es el local de una secta, 229.—Una ciudad piadosa, 235.

C a p.

LIBRO III

Placeres y juegos

I.— C a sa s

y

j a r d

I. Los elementos de la casa pompeyana: Vestíbulo, fauces y puerta de en­ trada, pág. 240.—“Atrium”, 241 .—“Tablinum y alae”, 242.—Habitaciones en torno al atrio, 242.·—Jardín-peristilo, 243.—Habitaciones, 243.—Comedor, 243. ‘'Triclinia*' al aire libre, 244.—“Oeci”, 245.—“Exedra”, 245.—Cocina, bafios y cuartos de desahogo, 745.—Piso, 246.—II. Una casa de ciudad: La casa

de Menandro: El recinto señorial en torno al atrio, 247.—

251.—AI

ristilo, 249-—Baño, 250¡—-Recinto rústico y servil

de los Miste-

, Este, 252,—A l Oeste, cocina y almacenes, 252,—III. La Villa

en torno

Sur,

al pe­

251·—AI

XIV

i n e s

23

rios, tipo de villa suburbana: Situación, ?¡53.—Plano general, 254.—Habita­ ciones del atrio, 254.—La parte señorial en torno al atrio, 256.—El atrio tetrástilo y el baño, 259.·—Habitaciones señoriales en torno al peristilo, 259. El patio de las cocinas, 260.—El criptopórtico, 260.—El recinto rústico y servil, 261,—Los establecimientos agrícolas, 261.—-IV. Las revoluciones ar­ quitectónicas: Revolución arquitectónica en la ciudad, 262.—Papel del peris­ tilo, 263.—V. Jardines y fuentes: Significación del jardín, 266.—Plantas de jardín, 266.—Arquitectura de los jardines, 267.—Agua, 267.—Fuentes, 268.— Animales, 269.—VI. Mobiliario y vajilla: Rareza del mobiliario, 269.—Vajilla de plata, 271.

Cap. II.— E l u n iv e r s o d e l a p in tu r a p om p eyan a

Técnica de la pintura: ¿Fresco o pintura a la encáustica?, pág. 277.—La verdadera técnica: caí saponificada, 278.—Cronología de la pintura: Mau ,

2179.·—

real, 282.—El gusto pervertido, 283.—La verdadera revolución: el cuadro, 284.

Las dos fases de la pintura decorativa, 284.·—Primacía de la arqueología,

285.—Error

ya, 287.—Ilusión de lo real, 289.—Elección en lo real: los “topia”, 290.—

292.—

Exotismo, 291.—Mezcla de lo humano y lo divino, 291.—El retrato

y su gramática de los estilos, 280.—Vitruvio y la imitación de lo

de

Mau

,

286.—

y de Maiuri, 287,—Los pintores de Pompe­

, y verdadero, 292.—Naturaleza muerta, 293.—Esce­

nas de la vida cotidiana, 294.—Educación de príncipe, 295.—Educación clá­ sica, 296.—Teatro, 296.—El ciclo homérico, 296.—Religión, 297.—Política

académico, 292.—

y moral,

297.

C

a p .

III.— Ca l l e s

d e

l o

s

v iv o s,

c a lles

d e

l o

s

m uer to s

 

La red de calles, pág. 299.—Calles y aceras, 300.—Dimensiones, 301.—Deno­ minaciones, 301.—La calle y el agua, 302.·—Calles y tráfico, 304.—Bobos y mendigos, 308.·— Músicos ambulantes, 309.—Otros tipos de calles, 309.— Calle y política, 310.—Calle y religión, 310.—La calle, mensajera de amor, 311,—Tumbas y jardines, 313.·—Tumbas y vida social, 314.—Otras necró­ polis, 322.

C

a p . IV .— E ducación y c u l t u r a

 

El bilingüismo en Pompeya, pág. 325.—Escuelas y maestros de escuela, 327. “Discentes”, 329.—Escuela técnica, 330.-—Nada de enseñanza superior, 330.— Escribientes, 331.—El latín de Pompeya, 332.—Gran Teatro, 333.—Odeón o teatro cubierto, 337.—Obras de teatro, 338.·—Mezcla de géneros, 339.—Ac­ tores, 343.—Límites de la cultura literaria, 344.—Los poetas citados, 345.·— Conclusión, 346.

C

a p . V.*— D eporte y ocio

 

Las

palestras:

Palestra

 

samnita,

pág.

348.—Gran

Palestra,

349.—Ejercicios

y

juegos,

351.—“Juventud” de Pompeya,

352.—Termas públicas:

Su importan­

cia, 354.—Termas de Estabia, 356.—Termas del Foro, 359.—Termas centra­ les, 362.—Progresos técnicos, 364.—Baños de agua de mar y de agua dulce,

366.—El anfiteatro y sus juegos: Situación, 367.—Fecha, 367.—Construcción,

368.—Estructura,

371.—Los

juegos,

374.·—Gladiadores,

376.

C

o n c l u s i ó n

Pompeya

y

Roma.

pág.

382.·—Oposición

de

clases,

382.—Pompeya,

ciudad

feliz,

383.—Ostentación

y

mordacidad,

384.

 

P

e q ueño

léxico

latino - e s p a ñ o l

 

I t o p o g r á f ic o

n d ic e

I de

ndice

ilustracio nes

 

LIBRO

CATASTROFES Y

PRIMERO

RESURRECCIONES

Fig.

2.

Mapa de

ΟΛΡΒΜδ

^ > g j g

*

™ -

la Campania (según M au -K e l se y , fig.

1, pág.

2).

LAS

CAPITULO

ï

CATASTROFES

El terremoto del 5 de febrero del año 62

601 se apareció un

cometa al norte de la constelación de Perseo ; durante ciento treinta y cinco días, hasta el 22 de diciembre, los astrónomos chinos lo si­ guieron hacia el sur de la constelación d e . Virgo. Esta aparición,

observada igualmente en el occidente romano bajo los consulados de C. Velleius Paterculus y M. Manilius Vopiscus, anunciaba para el período de un año lluvias, tempestades, vientos violentos. Como para confirmar la siniestra predicción, Acaya y Macedonia sufrieron en la primera mitad del año 61 temblores de tierra. Apenas repuestos los, espíritus de estas catástrofes cuando un año después, el 5 de febrero del año 622, bajo los consulados de P. Marius y L. Asinius, Pompeya era a su vez sacudida por movimientos sísmicos y com­ pletamente devastada. Se trataba dë una ciudad importante de la Campania, situada en la confluencia de las costas de Sorrento y de Estabia3, por una parte, y de Herculano, por otra, costas que dibujan con su doble arco un golfo agradable y aíslan a Pompeya del mar abierto (Fig. 2). La región, próxima al Vesubio, había recibido ya algunos avisos, pero, al no sufrir ningún daño, se sentía libre de todo temor. Esta vez el desastre fue considerable y no perdonó a las ciudades vecinas. He aquí las noticias que llegaron a Roma: una parte de la

/

En

el cielo de

China, el 9 de agosto

del año

1 J.

W i l l i a m s :

Observations

 

of

62

ou

63

P.C.?”,

en

Ant.

Class.,

Comets

extracted

from

the

Chinese

t

XVJII,

1949,

págs.

85-91,

y,

so-

Annals,

Londres,

1871,

páginas

bre todo,

G.

O ,

O n o r a t o :

“La data

11-12.

del terremoto

di Pompéi

5 febbraio

2 Sobre

esta

fecha,

tanto

tiempo

62

d.

C.”,

en Rendiconti,

A tti

del-

discutida

entre

62

y

63,

véase

R.

la

Acc.

Naz.

dei

Lincei,

ser.

VIII,

L e c o q :

“Quelle

date

assigner

à

la

t.

IV,

1949,

págs.

644-61.

première

catastrophe

de

Campanie,

 

3

S é n e c a :

Quaest. nat., VI,

1-3.

3

ciudad de Herculano se ha derrumbado y lo que queda de ella inspira temores. La colonia de Nuceria (Nocera), a 13 kilómetros al este de Pompeya, sin haber sido gravemente afectada, tiene mo­ tivos para lamentarse. El horroroso azote alcanzó ligeramente a Ná­ poles, donde los particulares sufrieron pérdidas, pero no así la ciu­ dad. Hubo villas que se desplomaron; otras experimentaron la sa­ cudida, pero sin sufrir daños. A todo esto había que añadir otros efectos: perdido un rebaño de seiscientos corderos, estatuas parti­ das por la mitad y gentes que vieron trastornado su espíritu, va­ gando todos como locos. La magnitud de estos males señalaba a Pempeya como epicentro del cataclismo. Dominando su emoción, Séneca escribió el libro VI de las Cues­ tiones naturales consagrado al terremoto; quería reanimar los espí­ ritus abatidos y liberarlos de su terror, porque durante mucho tiempo Pompeya no ofreció otra cosa que ruinas y desolación. No había allí más que templos derribados, casas destruidas, murallas venidas al suelo. Ningún edificio público, ningún monumento reli­ gioso, ninguna construcción privada, había podido ser salvada. Un escultor perpetuó con cierta torpeza sobre dos relieves de mármol que adornan el santuario particular del banquero L. Caecilius Iu- cundus el momento más dramático, aquel en que todo se desploma; sobre la gran plaza pública del foro un arco de triunfo va a derrum­ barse hacia el Oeste; el templo de Júpiter Capitolino y sus co­ lumnas, sus escaleras, la puerta de la celia„ son arrebatados por este movimiento fatal, que arrastra también dos estatuas ecuestres de ilustres pompeyanos. Al nordeste de la ciudad se encuentra la puerta del Vesubio, arrancada a la muralla samnita. Solo el cas­ tillo de agua, de ladrillo, de construcción más reciente, resiste, evitando a la ciudad, ya tan duramente castigada, los horrores de una inundación; la rotura de las conducciones de agua en la ciudad bastaba para complicar la tarea de los salvadores en lucha con múltiples incendios, en este mes de invierno en el que tantos braseros encendidos habían facilitado la propagación del fuego. Pero, a pesar de sus muertos, a pesar de su tragedia presente, a pesar de su temor por el futuro, los pompeyanos no se instalaron en una vida cotidiana temerosa del mañana, sino que trabajaron por la resurrección de su ciudad \

y

* Para Pompeya entre los años 62

79,

el

mejor

guía

es

A.

M a iu r i:

4

L’ultima fase edilizia di Pompei, Ro·

ma,

1942.

La ciudad se reconstruye (62-79)

El primer acto de la ciudad en duelo fue un acto religioso. Era

preciso aplacar la cólera de los dioses manifestada por el terremoto

y ofrecer sacrificios expiatorios. Pero ¿a quién dirigirlos? El Capi­ tolio ha quedado destruido—el templo de Júpiter Meilichios debe acoger los modelos reducidos en cerámica de Júpiter, Juno y Mi­

nerva·—, el templo de Apolo tampoco existe; son entonces los Lares quienes toman a su cargo la ciudad angustiada. Sobre el solar de una calle y de algunas casas particulares, entre el mercado

y el templo de Vespasiano, se decide construir en su honor un am­

plio atrium descubierto, rodeado por un ábside central y por dos grandes nichos laterales. Esta construcción expiatoria, que data del comienzo de los Flavios, es contemporánea de la erección del templo de Vespasiano, inacabado sin duda en el año 79, pero que acompaña necesariamente un edificio consagrado a los Lares. Desde el emperador Augusto, en efecto, los Lares públicos no se dis­ tinguen de los Lares augustos, en la medida misma en que el Es­ tado se confunde con el Augusto, es decir, con el emperador rei­ nante. Las encrucijadas reciben también los altares compitales, de­

corados con mucho gusto; los particulares tienen a gala la soli­ citud por el larario, salvaguardia de la continuidad doméstica tanto como de la vida pública: L. Caecilius Jucundus (V, 1, 26)5 adorna

el suyo con famosos bajorrelieves de mármol que recuerdan ciertos

momentos de la catástrofe, a la vez que exaltan los sacrificios reparadores. M. Obelliüs Firmus (IX, 10, 1-4) manifiesta su pietas con su larario cuidadosamente estucado en un momento en que la decoración parietal está todavía en su fase preparatoria. En la casa llamada del Criptopórtico (I, 6, 2), en plena transformación, el propietario dispone un gran larario pintado en el que el busto de Mercurio está tratado como una terracota votiva.

La piedad pública o privada comprometía así los recursos de

la colonia o los de los particulares. ¿Cómo podía la ciudad hacer

frente a esta situación? No pudo contar más que consigo misma. Ni el Estado ni el emperador vinieron en su ayuda; y Nerón, tan popular no obstante en Pompeya, no imitó a Tiberio, que socorrió con su liberalidad a las doce ciudades de Asia Menor, arruinadas

5 Acerca de las cifras que identifican cada casa, véase el capítulo siguiente.

por los terremotos de los años 17 y 23 δ. Es verdad que después del incendio de Roma del año 64, Nerón tenía bastante con hacer de la capital una “nueva ciudad7” sin ocuparse de la Campania. Los acontecimientos dramáticos de los años 68 y 69, en los que cuatro emperadores se disputaron el trono imperial, retardaron hasta Vespasiano toda manifestación imperial en favor de una ciu­ dad de la Campania. En Herculano, por la magnificencia de Vespa­ siano» fue restaurado el templo de la Mater Deum*\ con menos fortuna, Pompeya debió a la liberalidad de uno de sus hijos, N. Po­ pidius Celsinus, la primera restauración de un santuario dedicado a una divinidad extranjera, la del templo de Isis9. ¿Fueron los re­ cursos municipales sacados de su postración por préstamos impor­ tantes de los banqueros pompeyanos? Lo ignoramos; en todo caso, la contabilidad de L. Caecilius Jucundus, banquero que, de ordinario, se beneficiaba en la colonia del papel de arrendador de ciertos impuestos, se detiene justamente en enero del año 62; el terre­ moto resultó fatal para su actividad y hubo de contentarse con levantar su propia casa, dando gracias a los dioses por haberle dejado la vida a salvo.

Medidas administrativas excepcionales

Para poner remedio a las consecuencias de esta calamidad pú­ blica, Pompeya recurrió a medidas excepcionales. El juego normal de sus instituciones municipales no podía resolver todos los pro­ blemas nacidos del cataclismo ni, sobre todo, reglamentar las dispu­ tas jurídicas. Para suplir la ausencia del colegio regular de los duunviros y de los ediles, se ve a un magistrado extraordinario —un praefectus lege Petronia (un prefecto elegido según la ley de Petronio)—recibir del Senado una delegación de los poderes

municipales10.

de

la catástrofe: los archivos públicos de. la ciudad (tabularium) ha­

bían resultado dañados, cuando no parcialmente destruidos11; la

Esta medida

se

reveló

como

insuficiente

ante

la magnitud

 

6

T

á

c i t o

:

Ann.,

II,

47,

y

IV,

13.

10

Ï.

M a r q u a r d t :

Manuel

Antiq.

^

7

A .

B o e t h iu s

:

The Neronian No­

Rom., París,

1889,

VIII,

págs.

237-

va

Urbs

,

en

Corolla

Gustavo

240, y

C.l.L

X,

858.

Adolpho

dedicata,

1932,

págs.

84-

11 Cn. Alleius Nigidius Maius dará

97.

un gran espectáculo de anfiteatro pa­

8

C.I.L., X, 1406.

ra la restauración del tabularium :

9

Ibid., X, 846.

C.I.L., IV, 7993.

6

desaparición entre las víctimas de los propietarios y de los fiadores debió de favorecer las apropiaciones indebidas del suelo público por los particulares. Pasada la angustia de los primeros momentos, la colonia se encontró apurada de dinero, de bienes para adminis­ trar y para dar en alquiler, sin que apenas fuese posible el recurso a los archivos para ayudar a la solución de las discusiones jurí­ dicas. Era necesario, pues, un procedimiento de excepción: un magistrado que recibiría sus poderes de la autoridad misma del emperador César Vespasiano Augusto y que juzgaría sin apelación las causas que le fuesen presentadas. Tal fue el papel del tribuno T. Sue- dius Clemens12, al que Vespasiano envió a Pompeya con la misión imperativa de reivindicar los bienes públicos de la colonia usurpados o poseídos abusivamente por los propietarios particulares y cuyas decisiones permitieron reconstruir el catastro de los bienes patri­ moniales de la colonia, jalonados más allá de cada puerta por mo­ jones que recordaban su misión. A primera vista, el balance de la catástrofe hizo patente que ni los escasos recursos del erario público, ni las diponibilidades limitadas de los particulares, serían capaces de superarla rápida­ mente. Había que movilizar todas las empresas de construcción, todos los carpinteros, los herreros, los pintores, los estuquistas, los mosaístas, para levantar de nuevo una ciudad en ruinas. Ningún gremio de artesanos podría resultar suficiente, como tampoco lo serían los materiales de construcción que se escogiesen como más resistentes o mejor adaptados a nuevas modas, como la del la­ drillo.

Técnicas nuevas de construcción

Ciertamente, para actuar con más rapidez y aprovechamiento, los propietarios se sirvieron de los materiales recuperados en las ruinas, aunque en las escombreras públicas encontradas a 1,40 y 1,50 metros de altura entre la puerta de Herculano y la puerta del Vesubio no aparecieron más que materiales ligeros: restos de tejas, de pavimentos, de argamasa y de vajilla rústica. Pero para los paramentos se hace uso por entonces de técnicas nuevas: al lado del antiguo opus caementicium y del opus incertum—especie de argamasa a base de cal—florecen ya el opus reticulatum, que presenta una red de rombos de toba de colores diversos y tallados

12 Ibid., X, 1018.

7

a la perfección, empleado con frecuencia entre pilares de ladrillo; el opus lateñcium, todo en ladrillos que van del rojo coral y del amarillo paja al habano oscuro, unidos por filetes muy sutiles de argamasa, y, en fin, el opus mixtum, en el que alternan enrases de piedra (toba o caliza) y de ladrillo. Los muros agrietados y aún en pie son reparados con entramados de ladrillo, recubriéndolos de armazones horizontales hasta los nuevos pilares de ladrillo. Las pilastras y arcos de ladrillo se multiplican para sostener las bóvedas como en los pasadizos de los anfiteatros, y los arcos de descarga son corrientes en las paredes de ladrillo. Otra técnica notable: en la Gran Palestra, las columnas caídas son fijadas en su pedestal por una colada de plomo.

Inconclusión de la reconstrucción pública

Ante la penuria de medios técnicos y económicos, y no obs­ tante las atrevidas creaciones de los arquitectos, no ha de sorpren­ dernos que alguno de los monumentos civiles y religiosos del foro no hubiese podido ser terminado antes del año 79, ni que el foro presentase, tanto al Oeste como al Este, un pórtico travertino in­ acabado, ni que la plaza central esperase su pavimento, ni que las basas honoríficas permaneciesen despojadas de su revestimiento y de sus estatuas. El capitolio en ruinas desde el terremoto, la ba­ sílica con su columnata por tierra, la curia sin nadie que la ocupase, el comitium desnudo y todos los edificios del lado oriental in­ acabados, todo esto ofrecía a los pompeyanos un espectáculo idén­ tico al que contemplamos todavía hoy: una ruina imponente de un conjunto arquitectónico que entre los años 62 y 79 no hubo posibilidad de reconstruir. Los otros monumentos no se presentaban de.manera diferente:

de los dos edificios termales primitivos, no se pudo poner en ser­ vicio más que las termas del foro y únicamente su sección mascu­ lina, mientras se restauraban las termas de Estabia, cuyo vestíbulo y el apodyterium (el lugar que servía de guardarropa) habían recibido estucados al fresco y se construían enteramente nuevas las termas centrales; de los. dos teatros, el más grande presentaba sus gradas más elevadas en ruinas, y, por tanto, inutilizables, y el nuevo frons scenae, con su juego de nichos conforme al gusto neroniano- flavio, carecía todavía de columnas que lo decorasen. Se había procedido, sin embargo, a las restauraciones más urgentes del an-

8

fiteatro para que las representaciones pudiesen tener lugar regu­ larmente; la pasión por los juegos del circo había acarreado la transformación del noble paseo, que se extendía sobre cuatro lados más allá del Gran Teatro, en cuartel par§ las tropas de gladiadores.

Por el contrario, la Gran Palestra, lugar de los ejercicios, concursos

y juegos de la juventus, no estaba todavía terminada; no había

recibido su alimentación hidráulica y el suelo, aún recubierto de ruinas, no se encontraba nivelado. En fin, el aprovisionamiento de agua para la ciudad no estaba tampoco asegurado. En los primeros momentos de angustia, la ciu­ dad hubo de recurrir de nuevo a los pozos antiguos, que, con las cisternas de agua de lluvia, habían representado el primer sistema de aprovisionamiento de agua de la ciudad samnita. Había que restaurar el acueducto, las columnas elevadoras de cada barrio, las fuentes vecinas; sin duda, pilas y fuentes que encontramos en los jardines de algunas casas—de los Vettii (VI, 15, 1), Menandro (I, 10, 4), Efebo (I, 7, 10-12), Trebius Valens (III, 2, 1) y Loreius Tiburtinus (Π, 2, 2)—prueban que una parte al menos del sistema hidráulico, había sido reparada. Pero en el año 79 el castillo de agua estaba en completa reconstrucción. Se sustituían aún en mu­ chos lugares las viejas conducciones del acueducto, en tanto que una acometida secundaria alimentaba las casas ocupadas con el concurso de las tuberías que aún discurrían sobre las aceras de las calles. Sin embargo, las letrinas del foro, las piscinas de las termas, de la Gran Palestra, carecían de agua.

En fin, la puerta del Vesubio nos ha llegado tal como la había

dejado el

el muro de fortificación hacia el Este desmantelado en una buena

la bóveda enteramente hundida,

terremoto

del

año 62:

parte.

Esfuerzo

de reconstrucción

No obstante esta prueba de inconclusión, que tuvo molestas

repercusiones

mos menos de reconocer la magnitud del esfuerzo realizado por

la administración municipal para reparar la amplitud del desastre.

A excepción del mayor templo del foro, en el que no se reconoce

ninguna restauración, y de la basñica, en la que las reparaciones

se limitaron a los muros exteriores, no existe edificio público que no haya sido más o menos completamente reparado, a veces in-

en la recuperación de la vida pompeyana, no pode­

9

cluso enteramente renovado, en sus estructuras y aun en su deco­ ración: tenemos el ejemplo de las salas de la curia, del edificio de Eumachía, del templo de Vespasiano, del mercado, mientras que

se restauraba la decoración del templo de Apolo y de las termas del foro y se trabajaba en la reapertura al público del anfiteatro

y en la transformación del cuadripórtico del teatro en un cuartel

para las tropas de gladiadores. La reconstrucción de los edificios públicos se hizo respetando el urbanismo tradicional de la ciudad; en general, las nuevas fa­

chadas se alinearon sobre las antiguas, salvo ligeras modificaciones

a expensas de construcciones vecinas (templo de Isis) o de super­

ficies públicas (termas de Estabia y termas centrales). La red ha­ bitual de calles fue mantenida sin disminuir el privilegio de las familias ricas que disfrutaban de caminos particulares, lo que

constituía un obstáculo importante para una circulación fácil. No fue diseñada ninguna nueva plaza para hacer más fluido el tráfico en ciertos barrios. Sin embargo, sacando provecho de las ruinas acumuladas por la catástrofe, en uno de los puntos más centrales de la ciudad, cerca de la encrucijada en la que se cruzan el decu­ manus maximus y el cardo maximus, el urbanista en jefe elevó

las termas centrales, acaparando como suelo público toda una insula en la que, antes del año 62, únicamente 'podían construirse casas particulares. La construcción de un tercer baño público, en

el momento en que se renovaban estas termas del foro y se repa­

raban las termas de Estabia, no representa solo un perfecciona­ miento técnico en la instalación de un baño (se encuentra aquí un baño caliente, laconicum, un patio más amplio para instalar en él una mayor piscina de agua fría) y un progreso arquitectónico con su fachada de grandes ventanas que anuncia la arquitectura termal del Imperio, sino que responde a un plan racional destinado a me­ jorar el urbanismo de la ciudad, puesto que este barrio no contaba con baños. Con todo, este edificio también quedó inconcluso.

Dificultades de

Las dificultades de los particulares sobrepasaron las de los ma­ gistrados, y así se explica que en diecisiete años muy pocas casas particulares hubiesen sido completamente restauradas y que fuesen muy numerosas, por el contrario, aquellas en las que, en el mo­ mento de la erupción, los trabajos estaban todavía en curso. Entre

los particulares

10

las

medio patricio mercantil—casa de los Vettii (VI, 15, 1), del Poeta '

Trágico

primeras

(VI,

hemos

8,

5),

de

mencionar

las

mansiones

más

ricas

del

de los Holconii (VIII, 4, 4), de Epidius

Rufus

(IX,

las

1,

22),

de

Menandro (I,

10, 4)—, y entre las segundas, tanto

casas

del viejo patriciado, más

o menos

arruinado por la

ca­

tástrofe,

como

la

mayor

parte

de

las

viviendas

de

la

clase

media.

Algunas casas no fueron nunca reconstruidas; no podemos saber si se trata de un abandor j voluntario de los propietarios, por venta, por falta de dinero, o si desaparecieron sus dueños, víctimas del sismo. Así, diecisiete años y medio después de su primer desastre, la ciudad era todavía, tanto en lo que respecta a sus edificios públi­ cos como a sus casas particulares, un inmenso taller de construc­ ción. Sin duda, los muros habían sido restaurados en su totalidad, pero con frecuencia se los veía como obra bruta, desprovistos de decoración, en tanto que los suelos solían carecer de pavimentos de mosaico. Se había podido instruir, organizar y perfeccionar un verdadero ejército de albañiles, de ebanistas y de carpinteros. Ha­ bía resultado más difícil encontrar un número suficiente de pin­ tores, de mosaístas, de estuquistas, capaces de proseguir en toda la ciudad la serie sucesiva de las restauraciones. De ahí que aparez­ ca, en muchas casas ricas, una decoración incompleta—casa del Centenario (IX, 8, 3), Loreius Tiburtinus (II, 2, 2), Amores Dorados

en muchas otras, las paredes

desprovistas de revestimiento o, en todo caso, revestidas de una sola mano; por lo demás, los montones de cal depositados aquí y allá sobre el pavimento—y no solamente en la casa llamada de la Cal (VIII, 5, 28), sino también en la villa de los Misterios—, a veces incluso en medio de la calle; las semiánforas llenas de es­ tuco fino, los materiales mismos destinados a fabricarlo, ates« tiguan la actividad de la reconstrucción en el año 79. Los instrumen­ tos de los carpinteros, yeseros, pintores, pertenecían a los que. p. ej., en la casa de la Gran Fuente (VI, 8, 22) equipaban el tablinum, y los numerosos colorantes muestran claramente qüe no se trataba de una reparación normal, sino más bien de una reconstrucción general y ra­ dical. Exigía una mudanza completa de los muebles y la custodia de la vajilla en lugares seguros (casa de Menandro, I, 10, 4).

La rareza relativa de las empresas de pintura para hacer frente a la demanda da cuenta de ciertos aspectos particulares de la pin­ tura pompeyana en este último período de su vida. Incluso en las

(VI, 16, 7), Bodas de Plata (V, 2);

11

casas ricas, la pintura ornamental supera a la pintura figurada ; se caracteriza por un esquematismo excesivo, el abuso de la repe­ tición de los temas en plantilla, la preponderancia del impresio­ nismo en los paisajes; en fin, por la parte siempre mayor de la pin­ tura popular: escenas realistas en las tiendas, en las posadas y en las oficinas, pinturas de lararios y de altares de encrucijadas, y esa pintura publicitaria y religiosa constituye uno de los aspectos más singulares de la pintura pompeyana. En comparación con los edificios públicos y las casas particu­ lares fue más rápida la restauración de los tiendas, de las oficinas y de las humildes viviendas de todos los que ejercían un negocio, una industria, un oficio. Era necesario vivir y, sobre todo, revivir. Algunos barrios, algunas calles, los puntos de tráfico y de co­ mercio intensos nos hacen asistir, con sus inmuebles renovados, sus rótulos aún frescos, a la rápida recuperación de la vida comer­ cial de la ciudad; así, p. ej., la calle de la Abundancia, tal como nos la presentan las nuevas excavaciones con sus tiendas, “tascas”, industrias en plena actividad antes de la erupción. Por lo demás, la vida comercial no hacía más que iniciarse de nuevo-. Muchas tiendas ofrecen tan solo sus muros desnudos, sin señal visible de banco de venta, o de cualquier otra instalación destinada al ejer­ cicio de un oficio o de una industria. Sobre todo, el hecho de que el edificio de Eumachia, asiento de la corporación más rica y más influyente en el plano político, la de los bataneros, no estuviese terminado—los muros exteriores de los dos largos lados del crip- topórtico no alcanzaban más que la tercera parte de su altura nor­ mal, y barreños provisionales para hacer la argamasa de cal se habían instalado en él—da la medida de una recuperación muy precaria de la vida económica. El gran mercado—el macellum del foro·—no estaba aún terminado y se reconstruía el dodecágono de la thoîos central. Hecho extraordinario: los ricos ocupantes de casas señoriales no habían dudado en instalar tiendas, posadas, industrias, en habitaciones anteriormente consagradas a usos más nobles. Precisaban encontrar rápidamente los recursos necesarios para una completa restauración de su mansión, y la estética hubo de sufrir momentáneamente cuando las calderas de una nueva fullo­ nica llenaban de humo las columnas de un elegante pórtico en toba. A la edad de oro de una colonia sin historia sucedía la edad de hierro de una ciudad que recreaba su urbanismo y sus fuentes

12

de riquezas. En el momento en que iba a salir victoriosa de esta lucha contra las fuerzas de la Naturaleza, una implacable fata­ lidad vino a sellar para siempre su destino: he aquí, pues, una ciudad llena del deseo de vivir, que toma de nuevo gusto a la exis­ tencia y confía en el porvenir garantizado por los dioses, a la que el Vesubio hace entrar el 24 de agosto del año 79 en la eternidad, bajo un sudario de cenizas.

LA ERUPCION DEL VESUBIO DEL 24 DE AGOSTO DEL AÑO 79

Disponemos de un testigo ocular: se trata de Plinio el Joven, que en dos cartas famosas transmitió a la posteridad un docu­ mento que podría tentar a un director de cine; pero· ¿qué valor preciso tiene su testimonio para Pompeya, único tema que nos ocu­ pa, cuando el futuro panegirista de Trajano no tenía más que un único deseo: glorificar a su tío, el sabio Plinio el Viejo, muerto en el curso de la catástrofe?

El reportaje de Plinto el Joven

Escuchemos primero el dohle reportaje de Plinio el Joven:

Me pides13 que te refiera la muerte de mi tío para poder transmitirla más verazmente a la posteridad. Te lo agradezco porque considero que

a su muerte ha de seguir inmortal gloria si tú la celebras. En efecto,

aunque pereció en una desgracia que asoló pueblos y ciudades, y aunque su pérdida, ocurrida en acontecimiento memorable que destruyó hermo­

sas regiones, debe asegurarle en cierto modo la inmortalidad; aunque escribió muchas obras que no perecerán, confío, sin embargo, en que la

inmortalidad de las tuyas se añadirá a la que debe esperar. Por mi parte, considero dichosos aquellos hombres a los que los dioses concedieron

la gracia de realizar cosas dignas de ser escritas o de escribir obras dig­

nas de ser leídas, pero más dichosos todavía a los favorecidos con esta doble gracia. Cuento entre estos últimos a mi tío por sus libros y por los tuyos, y esto me mueve a cumplir con más gusto órdenes que yo mismo te habría pedido.

Encontrábase en Miseno, donde mandaba la flota. Era el noveno día

antes

de septiembre (24 de agosto), cerca de la hora

séptima (13 h.), cuando le advirtió mi madre que se descubría una nube de magnitud y forma extraordinarias. Había tomado su baño de sol, luego su baño frío y, echado sobre un lecho, estudiaba. Levantóse y subió

a un punto

distinguir

desde donde podía observar mejor este prodigio. Era difícil

de

las

calendas

de

qué

montaña

ascendía

aquella

nube;

pronto se

supo

que

13

P l i n i o :

Epist., VI,

16.

del monte Vesubio. La nube se parecía mucho a un pino, porque, des­

pués de elevarse en forma de tronco, desplegaba en los aires sus ramas; creo que era arrastrada por una súbita corriente de aire y que, cuando esta cedía, la nube, vencida por su propio peso, se dilataba y extendía,

apareciendo unas veces blanca, otras veces negruzca o de colores dife­ rentes, según que se encontrase más recargada de tierra o de cenizas. Este prodigio pareció a mí tío importante y digno de ser estudiado

más de cerca. Dispuso en seguida que preparasen su nave libúmica (nave pequeña de dos filas de remos) y me dejó en libertad de acompañarle

si lo deseaba; le respondí que prefería estudiar y, en efecto, él me había

proporcionado el tema. Salía de su habitación cuando recibió un aviso de Rectina, esposa de Casco, asustada del peligro que la amenazaba; de hecho, su villa estaba situada por debajo (del volcán) y no podía huir más que por el mar; le suplicaba, pues, que la librase de una suerte tan horrenda. Mi tío cambió entonces de parecer, y lo que había comenzado por amor a la ciencia lo realiza ahora por un heroico sentimiento del deber. Hace salir las cuatrirremes, se embarca en una y decide prestar ayuda no solo a Rectina, sino también a muchas otras gentes (porque es sabido que los atractivos de la costa llevaban a muchos hacia ella). Se

apresura

mente a donde mayor era el peligro, tan ajeno a él que todas las fases de esta catástrofe, todos sus aspectos, los dictaba o los anotaba él mismo

en cuanto los percibía. Pero a medida que se acercaban las naves caía sobre ellas ceniza, que se hacía cada vez más densa y más cálida; llovían también piedras

calcinadas, guijarros ennegrecidos, quemados y pulverizados por la fuerza

del fuego; parecía que el mar se retiraba y que las rocas desplomadas

impedían el acceso a la playa. Dudó un momento y pensó en retroceder;

aconsejaba, le dijo : “La fortuna

pero volviéndose a su piloto, que se lo

favorece al valor; pon rumbo a la casa de Pomponiano.” Este último se en­ contraba en Estabia, separado de él por la mitad del golfo (de hecho, el litoral forma allí un pequeño golfo que llena el mar). A este lugar,

y a la vista de un peligro que todavía estaba lejano, pero que cada vez

aumentaba y se acercaba más, Pomponiano había retirado su equipaje y lo había embarcado en las naves, decidido a huir en cuanto soplase viento

que no fuese contrario. Este mismo viento, muy favorable, llevó a mi

tío hacia él, a quien encontró temblando; le abraza., pues, le consuela

y le anima y, para que su propia seguridad aplacase sus temores, manda

que le conduzcan al baño ; una vez bañado, se sienta a la mesa, cena ale­

gremente, o, lo que no es menos admirable, afectando regocijo. Durante este tiempo, el Vesubio brillaba con enormes llamaradas por

muchos puntos y grandes columnas de fuego se desprendían de él, cuya intensidad hacían más ostensible las tinieblas de la noche. Sin embargo,

mi tío, para tranquilizar a los que le acompañaban, les repetía que lo

que veían arder eran hogares abandonados por campesinos aterrorizados

a llegar a la región de la que todos huían y se dirige directa­

o

villas dejadas solas por sus moradores. Se acostó, pues, y durmió con

un

sueño profundo. Los que pasaban por delante de su puerta oían per­

fectamente su respiración, por el fuerte y sonoro de sus ronquidos a causa de su corpulencia. Pero al fin comenzó a llenarse de tanta ceniza

14

mezclada con piedras pómez el patio por el que se entraba a su habi­ tación, que si mi tío hubiese permanecido por más tiempo, seguramente no habría podido salir de ella. Despertáronle, se levantó y marchó a re­ unirse con Pomponiano y todos los demás que no se habían acostado. Deliberan entonces si conviene permanecer en la casa o salir al campo, porque, en realidad, las casas amenazaban desplomarse como consecuen­ cia de los frecuentes e importantes terremotos; quebrantados sus ci­ mientos, parecían oscilar de un lado a otro. Al aire libre, por otra parte, era temible la caída de piedras pómez, a pesar de su ligereza y porosi­ dad. Entre estos dos peligros prefirieron el campo raso. Mi tío optó por la solución más razonable, pero los demás se dejaron vencer por el temor mayor. Salieron, pues,, cubriéndose la cabeza con almohadas atadas con pañuelos, única precaución contra todo lo que caía. Ya el día despuntaba por todas partes, pero aquí seguía siendo noche,

y noche más cerrada, más tenebrosa que todas las otras noches; apenas la interrumpían la luz de numerosos relámpagos y de muchos otros resplandores. Decidieron acercarse a la playa y examinar de cerca si era posible intentar la navegación; pero encontraron el mar muy agitado y con viento contrario. Mi tío se tendió sobre un manto y pidió por varias veces agua fresca, de la que bebió. Pronto, sin embargo, las llamas y el olor a azufre que las anunciaba pusieron en fuga a sus acompañantes, que le despiertan. Apoyándose en dos jóvenes esclavos, se levantó y cayó de nuevo en seguida. En mi opinión, la densa humareda le cortó la res­ piración y le cerró la laringe, que por naturaleza era débil, estrecha y, con frecuencia, le dificultaba la respiración. Cuando la luz disipó las tinieblas (y esto solo ocurrió tres días después), su cuerpo fue encon­ trado intacto, en perfecto estado, y cubierto con la misma ropa que llevaba al morir. Su actitud era más parecida a la de un hombre que descan­ saba que a la de un muerto.

Durante este tiempo, mi

madre y yo permanecimos en Miseno

Pero esto nada tiene que ver con la historia, ya que a ti no te interesa

otra cosa que la muerte de mi tío. Así, pues, concluyo, y añadiré tan solo que te he contado todo lo que vi u oí en aquellos momentos en que los relatos son más exactos. Tú, ahora, elegirás lo que te parezca más importante, porque escribir una carta es una cosa, y otra muy dis­ tinta escribir una página de la Historia; escribir a un amigo es, en verdad, algo muy diferente a escribir para la posteridad. Adiós.

Me

*

dices14 que la carta en la

*

que,

*

atendiendo

tu petición, te referí

la muerte

de mi

tío

te

ha

excitado

el

deseo

de

conocer

qué

temores

e

incluso

qué

peligros

he

atravesado

en

Miseno,

donde

él

me

había

dejado

(porque,

en

efecto,

allí

me

encontraba

cuando

interrumpí mi

relato).

Aunque

me

estremece

su

recuerdo,

comenzaré.

 

Después

de la marcha

de mi

tío,

continué entregado

al trabajo que

11 Id., ibid., VI,

20.

15

me había impedido seguirle. Tomé un baño, cené, me acosté y dormí un rato con un sueño inquieto. Durante muchos días, y como señal precursora, se habían dejado sentir terremotos que apenas nos inquie­ taban por lo habituales que son en la Campania. Pero durante esa noche adquirieron tal violencia que todo parecía, no ya temblar, sino

derrumbarse. Mi madre penetró bruscamente en mi habitación cuando yo me levantaba a mi vez para ir a despertaría si ella dormía. Nos sentamos en el patio de la casa, corto espacio que separaba la edifica­ ción del mar. No sé si hablar de mi firmeza o de mi imprudencia, porque tenía solo dieciocho años ; pero es el caso que pedí un libro de Tito Livio y, con la mayor tranquilidad, me puse a leerlo e incluso

a extractarlo, como ya había comenzado a hacerlo. Llega entonces un

amigo de mi tío, recién venido de España para verle. Al vemos sentados

a mi madre y a mí, y a mí particularmente con un libro en la mano,

nos recrimina a los dos, a mi madre por su pasividad y a mí por mi despreocupación, pues que con tanto interés me entregaba a la lectura.

Era ya la primera hora del día y apenas se observaba una luz incierta

y casi crepuscular; las edificaciones se resquebrajaban, y aunque nos­

otros estuviésemos al aire libre., la estrechez del lugar nos hacía temer grandes e inevitables peligros en caso de derrumbamiento. Fue entonces

cuando decidimos salir de la ciudad; el pueblo nos sigue, consternado, y— en el terror aún se encuentra algo de prudencia—cada uno confía más en la decisión ajena que en la suya propia; una inmensa columna oprime y empuja a los que parten. Una vez dejada atrás la zona edifi­ cada, nos detuvimos y experimentamos entonces muchas sorpresas y temores. En efecto, los carruajes que habíamos llevado, a pesar de ha­

llarse en terreno perfectamente llano, eran arrastrados a uno y otro lado, y aunque se los sujetase con piedras, no había manera de fijarlos en su lugar. Además, veíamos que el mar se retiraba como si fuese re­ chazado por las sacudidas. La playa, por tanto, era más ancha, y sobre

la arena que había quedado en seco se veían numerosos peces. Al

otro lado podía contemplarse una nube roja, verdaderamente horrible, surcada por fuegos rápidos y centelleantes que dejaban escapar largas llamaradas, semejantes a relámpagos, pero mucho más grandes. Volvió entonces el amigo de España, y con tono más enérgico y apremiante nos dijo : “Si tu hermano, si tu tío vive, desea, sin duda, que os salvéis; si ha muerto, habrá deseado que le sobreviváis. ¿Qué esperáis, pues, para poneros a salvo?” Le contestamos que no podíamos pensar en nuestra salvación mientras desconociésemos la suerte de mi tío. Sin tardar un momento más, se aparta de nosotros y escapa al peli­ gro en una desenfrenada huida. Poco tiempo después, la nube se abate sobre la tierra y cubre el mar, envolviendo la isla de Capri y ocultán­ dola a nuestra vista, así como el promontorio Miseno. Mi madre me rogó, me suplicó, me ordenó que me pusiera a salvo de cualquier ma­

nera que fuese;

que ella, vencida por los años y por su gordura, moriría contenta si no

era la causa de mi muerte;

me salvaría más que con ella. Así, pues, la cogí de la mano y la obligué

me decía que yo podía hacerlo, por mi juventud, y

yo,

por el contrario, le contesté que no

16

a apresurar el paso. Obedeció a regañadientes lamentando el retraso que

me originaba. En este momento comenzaba la caída de cenizas, aunque todavía en pequeñas cantidades. Vuelvo la cabeza y veo a mis espaldas una densa humareda que nos persigue, extendiéndose por el suelo a la manera de un torrente. “Mientras veamos—dije—, apartémonos de la calzada, no vaya a ocurrir que perezcamos derribados y aplastados en las tinieblas por la multitud.” Apenas nos habíamos sentado cuando la noche nos envolvió de tal manera que parecía, no una noche sin luna y oscura, sino la que se produce en un local cerrado, privado de toda luz. Solo se oían lamentos de las mujeres, llantos de los niños, gritos de los hombres ; unos llamaban a sus padres, otros a sus hijos, otros, en fin, a sus esposas, tratando de reconocerlos por la voz. Unos lloraban su propia desgracia, otros la de los suyos; había algunos incluso a los que el temor a la muerte los hacía invocar a la muerte misma. Muchos implo­ raban el auxilio de los dioses, y más de uno creía que no los había,

considerando que esta noche era la última y eterna noche del mundo.

No faltaban los que todavía aumentaban los peligros reales con terrores

decían, p. ej.t que en Miseno se había derrumbado

falsos e imaginarios:

un edificio, que otro ardía, y aunque todo era falso, el mismo miedo daba crédito a sus mentiras. Apareció entonces una débil claridad que

nos parecía, no la luz del día, sino la señal de la proximidad del fuego. Se mantuvo, sin embargo, a distancia de nosotros y de nuevo volvió la os­ curidad y la lluvia de cenizas se hizo más abundante y espesa. Teníamos que levantarnos de cuando en cuando para sacudir nuestras ropas, por­ que, de otro modo, pronto nos veríamos cubiertos y aplastados bajo su peso. Podría ufanarse de no haber dejado escapar una queja, una palabra de desaliento en medio de tantos peligros, si la consideración de que yo perecía con todo el mundo y de que todo el mundo perecía conmigo

no me hubiese servido de consuelo, amargo

reconfortante. En fin, aquella densa y negra niebla se disipó y desapareció a la manera de una humareda o de una nube. En seguida se vio la verdadera luz del día y brilló el sol, aunque con un color cárdeno semejante al de los eclipses. A nuestros ojos todavía medrosos todo se ofrecía bajo un nuevo aspecto, cubierto como de nieve de una espesa capa de ceniza. Volvimos a Miseno, donde reparamos nuestras fuerzas como mejor pudimos y pasamos una noche inquieta, compartida entre el temor y la esperanza. Pero el temor seguía dominando, porque, en efecto, los terremotos continuaban y la mayor parte de la gente aumentaba sus

desgracias y las ajenas con predicciones verdaderamente terroríficas. Sin embargo, ni aun entonces,, aunque conocíamos el peligro por experiencia

y nos sentíamos amenazados por él, se nos ocurrió la idea de retirarnos antes de saber noticias de mí tío.

ciertamente, pero al menos

Estos

son

los

hechos,

indignos

de

la

Historia,

y

que

leerás

sin

intención de incluirlos en tus obras;

solamente

debes

culparte

a

ti

mismo, que me los has pedido, si ni siquiera son Adiós.

dignos de una

carta.

17

Sus limites

Estos textos, considerados durante mucho tiempo como fun­ damentales, no bastan para darnos una luz suficiente sobre los acon­ tecimientos pompeyanos. En ningún momento Plinio el Joven o Plinio el Viejo fueron

a Pompeya ni pudieron recoger informaciones de primera mano so­ bre la agonía de la ciudad. La ruta de Plinio el Viejo es. fácil de seguir : salió de Miseno con la flota de grandes navios hacia Hercu­

lano, pero sobre las dieciséis horas la corriente de lava y la confusión reinante en la costa impedían todo desembarco; a las dieciocho horas desembarca en Estabia, y al amanecer del 25 de agosto, muere asfixiado en la playa misma de Estabia. En cuanto a Plinio el Joven, permaneció todo el 24 de agosto en Miseno y el 25 de agosto por la mañana abandona la ciudad para dirigirse al campo con una multitud aterrorizada. Por la tarde vuelve de nuevo a Miseno. Las horas no son más favorables que los lugares para permitir se­ guir la película de la erupción en Pompeya. Ciertamente, antes del 24 de agosto, movimientos sísmicos, tan habituales en la Campania que no son especialmente advertidos, anuncian la erupción pró­ xima. Pero a las trece horas, la nube en forma de pino observada por Plinio el Viejo pertenece a la tercera fase, es decir, al pleno desenvolvimiento de la erupción y no a sus comienzos. La nube en forma de pino parasol, el chorro periódicamente rítmico por

la emisión de cenizas y escorias, designa en la descripción de Plinio

el Joven el momento en que el nivel del magma muy explosivo se encuentra todavía a gran profundidad en el conducto volcánico después de la erupción del magma primitivo que lo recubría. Ade­ más, Plinio el Viejo recibe hacia las catorce horas el aviso de Rectina: fueron precisas de dos a tres horas al mensajero para recorrer los 38 kilómetros que separan la región de Herculano· de Miseno. La erupción debió de comenzar entre las diez y las once. La primera fase, así como la segunda, no pudieron ser observadas por Plinio el Joven. En cuanto a Plinio el Viejo, se acerca a la costa del Vesubio hacia las dieciséis horas y Pompeya ha quedado se­ pultada hace ya varias horas, recubierta de cenizas pisolíticas. En Herculano es una corriente fangosa, como se dice en el texto, co­ rriente en la que estratos de cenizas separan los raudales de lava, la que inunda y destruye la ciudad. Según las observaciones transmiti-

18

das a Plinio el Joven, la erupción alcanza su punto culminante en la mañana del 25 de agosto, cuando los movimientos sísmicos hacen desplomarse la villa de Pomponiano en Estabia y las cenizas y lapilli caen en gran cantidad, asfixiando a Plinio. La caída de las cenizas continúan, el. 25, eí 26, y. tan solo el 27 logra verse nueva­ mente la luz del sol. En Miseno, con el cambio de dirección del viento, que arrastra­ ba la nube de cenizas hacia el golfo, la ciudad se cubrió de cenizas blancas,; características de las capas profundas del foco magmá- tico ial final de la tercera fase; no se encuentran en Pompeya, sino en los materiales de la última corriente de lava en Herculano. Así, limitada en el espacio y el tiempo, la experiencia vivida por

eí tío y el sobrino, por dramática que aparezca, por rica de detalles

que nos haya llegado, apenas satisface nuestra curiosidad y estamos

lejos de asistir al mecanismo de la erupción inicial. Abandonamos con pesar estas páginas que refieren un hecho diverso de una dimensión excepcional, y por el análisis de los materiales arro­ jados por el volcán, materiales que el arqueólogo debe interpretar para resucitar la ciudad sepultada, trazamos de nuevo el desarrollo real de la erupción15.

Naturaleza del Vesubio

El Vesubio no es un volcán simple, sino un volcán compuesto

y, hablando con más propiedad, un volcán de. estratificación inversa,

porque aquí la sucesión de los fenómenos eruptivos es inversa a

la que se encuentra en un volcán compuesto de estratificación nor­ mal. Este, en efecto, comienza por lanzar un magma menos viscoso

y más básico; luego, un magma más viscoso y menos básico que

llega a ser ácido: el Vesubio presenta estos fenómenos en el orden contrario cuando se analizan las rocas volcánicas del Somma pri­ mitivo, del Somma antiguo, del Somma reciente y del Vesubio. He aquí otra diferencia. En un volcán en período de actividad persistente y de conducto abierto, todos los productos—lavas, es­ corias o cenizas—presentan una composición química constante ; ahora bien: desde hacía milenios, el Vesubio permanecía apagado. ¿No había sido construida Pompeya sobre un lecho de lavas pre­ históricas? Pero desde esta erupción, que se pierde en la noche

15

Seguimos a A.

R it t m a n n :

“L’e-

ruzione vesuviana del 79. Studio mag-

19

e

peiana, 1950, págs. 456-74.

maîogico

vulcanologico”, en Pom-

de los tiempos, el volcán había conocido un largo intervalo de absoluta inactividad16 externa, durante la cual el conducto volcá­ nico había permanecido herméticamente obstruido por un tapón de lava consolidada. En este caso el magma, en el conducto y en su foco, está en calma, es decir, no se ve removido por los gases emitidos cuando se encuentra en actividad persistente. Puede, pues, diferenciarse: los gases suben lentamente hacia lo alto y se acu­ mulan bajo el tapón, mientras que los cristales pesados descienden hacia la masa en fusión y se acumulan en las partes profundas del conducto y del foco. Si, luego de una tal diferenciación, el tapón del conducto cede a la presión de los gases magmáticos, sobreviene entonces la erupción inicial, durante la cual son lanzados con enor­ me fuerza explosiva, primero los trozos del tapón, y a continuación los fragmentos del magma muy ricos en gases y con pocos minerales pesados, que se transforman en el aire en piedras pómez esponjosas; vienen después los fragmentos del magma más pesado, y finalmente las cenizas, constituidas por el magma pulverizado, todavía más pesado, y por los bloques, lapilli y arenas arrancados a las paredes del conducto. Una tal erupción sacude el volcán en su misma base y produce numerosas grietas que facilitan la formación de un nuevo cráter cuando se desploman las paredes centrales del edificio vol­ cánico. Un flujo de lava, al final de la erupción, se derrama fácil­ mente a lo largo de las grietas que comunican directamente con el foco. El magma que sale afuera es entonces pobre en gases y bastante viscoso. Forma una corriente de lava que encierra ma­ terial diferenciado o eventualmente enriquecido con materiales pe­ sados.

Estratigrafía de los materiales volcánicos

Esta teoría se verifica cuando se estudia la estratigrafía de los materiales volcánicos en la Gran Palestra, en la que, lejos de los edificios, eçtamos seguros de poder “fotografiar” la sucesión cro­ nológica de los materiales volcánicos (Fig. 3). En primer lugar, a 2,60 metros de altura se encuentra Un depósito de piedras pómez acumuladas en un tiempo muy corto; inmediatamente, en unos 5 centímetros, piedras pómez muy esponjosas y numerosos lapilli que representan pequeños fragmentos del tapón de lava que obs­

16 Alrededor del siglo vin a. de J. C. sería posible una erupción. Greci

,

truía el conducto antes de la erupción, proviniendo otros fragmen» tos de lava de las paredes del conducto; luego, piedras pómez blancuzcas, más grisáceas y más pesadas.

A

2,50 metros

de altura, las piedras pómez son de color

gris

verdoso. Tal variación de la naturaleza de las piedras pómez priieba que antes de la erupción el magma se encontraba fuertemente dife-

Fig. 3.

m

Tierra vegetal

Cenizas pisoiíticas

Lapilli

-— -„Cenizas

Lapiili

f Cenizas y arena mezcladas \ con leños calcinados

Lapilli

Arena volcánica

Piedras pómez color gris verdoso

i

ü

,

■Piedras pómez grisáceas

°Λ

O

* *

p e* ‘ t ‘a %‘i

--y)

'Piedras pómez blancas

0L- «y·sV . i.¿Λtî'M- Murhn lapilli

Estratigrafía de los depósitos volcánicos

de

(según Pompeiana, fig. 59, pág. 46Ö).

21

la Gran Palestra

rendado en el conducto. Por la presencia de piedras arrancadas

a las paredes del conducto y de la fuente magmática, puede sa­

berse que, a 1,20 metros de altura, los elementos depositados pro­ vienen de una profundidad de un kilómetro; a 2,50 metros, de 5 a 6 kilómetros. A 2,60 metros se encuentra una capa de arena volcánica (0,05 metros) endurecida; luego, 0,03 metros de lapilli, 0,64 metros de cenizas mezcladas con madera calcinada, dos es­ tratos de lapilli que encierran una capa de cenizas, 0,30 metros de cenizas pisolíticas.

Historia verdadera de la erupción

Es fácil ahora reconstruir las fases de la erupción y describir lo que pasó en Pompeya el 24 de agosto del año 79. El Vesubio se despertó brutalmente sin que ninguna señal en los días anteriores hubiese permitido a los pompeyanos seguir los progresos de una actividad creciente, lo que tal vez habría podido evitar las pér­ didas humanas. Los movimientos sísmicos les hacían temer, como cosa peor, un terremoto. La erupción comenzó con un estruendo espantoso : un tapón de lava “saltó” y los trozos más pesados caye­ ron cerca del cráter. Apenas abierto, el conducto dejó salir con una violenta explosión el magma muy rico en gas a alta presión; así fueron proyectados al aire, a varios miles de metros de altura, fragmentos de lava que abandonaban sus gases y se convertían en piedras pómez muy esponjosas. La velocidad disminuía con la al­ tura y al mismo tiempo los fragmentos se ahuecaban emitiendo una gran cantidad de gases calientes. La columna de emisión gaseosa

se extendía rápidamente en altura por la fuerza expansiva de los gases. Una vez disminuida la fuerza de lanzamiento, las piedras pómez caían en gran número alrededor del monte y especialmente sobre las regiones meridionales y orientales, sepultando a Pompeya, tanto más cuanto que el viento arrastraba las cenizas hacia el Sud­ este. Después de esta fase caracterizada por el lanzamiento de las piedras pómez, que había vaciado todo el conducto, los gases no arrastraban ya más que pequeñas cantidades de magma, así como

la arena de las rocas arrancadas a las paredes del conducto, y pro­

vocaban la lluvia de cenizas arenosas de cuando en cuando; en el

momento en que disminuía la emisión gaseosa, las paredes de la parte superior del conducto se desplomaban y producían un obs­ táculo temporal a la emisión de los gases; pero, en seguida, la

22

presión de los gases lo arrancaba y proyectaba a los aires esos

trozos de escombros, originando por momentos lluvias de lapilli

y produciendo de nuevo con más fuerza la lluvia de cenizas. Por

lo demás, el vaciamiento del conducto había producido así mismo una disminución de la presión hidrostática sobre el magma del foco. El magma profundo se encontraba sobresaturado de gas, co­ menzaba a hacer espuma, ascendiendo por el conducto y liberando con formidables explosiones cenizas pulverulentas, constituidas en gran parte por los productos vitreos del magma; estamos en la fase culminante de la erupción; una gran parte de la Campania se encontraba recubierta de nubes densas de polvo cargadas de gas, en las que predominaban el vapor de agua y el ácido clorhídrico. En razón de la viscosidad del magma, la actividad explosiva no es

uniforme, revela ondas bajas y altas. Sacudidas y agrietamientos acompañaban las explosiones. Por otra parte, grandes cantidades de vapor de agua, arrojadas al mismo tiempo que las cenizas, se con­ densan y, al contacto con estas gotas, la ceniza cuaja y forma en el aire las pisolitas que encontramos en la capa superior de las cenizas de Pompeya. Poco a poco, la fuerza explosiva disminuye

a medida que el magma pierde sus gases y, con la simple emisión

de vapor de agua no acompañada de cenizas, la erupción entra en su fase final. Es entonces cuando el techo rocoso, una vez per­ dido el punto de apoyo, cede a su propio peso, y las grietas pro­ ducidas dejan pasar el magma a la vez que las corrientes de lava invaden regiones alejadas del volcán, como Castello di Cisterna:

pero no había ya ningún pompeyano para contarlo, el 26 de agosto

o la noche siguiente. Dión Casio17 registró la explosión del tapón, hablando de piedras de una masa extraordinaria que fueron lanzadas hasta la cima del monte y de la lluvia de cenizas18 que forma lo esencial, a decir ver­ dad, de la observación de Plinio el Joven. Por nuestra parte, pode­ mos trazar el cuadro de las páginas 24 y 25. El drama humano de Pompeya puede ser imaginado por lo que refiere Plinio el Joven acerca del final de su tío; pero, sobre todo, los muertos mismos de Pompeya, por su número, por su actitud, nos hacen asistir a los últimos momentos de su agonía19,

17

D ió n

C a s io ,

LXVI, 22.

18 Id., ibid., 23. 19 Véase E. C., conde Corti: Vie,

mort et résurrection d’Herculanum et Pompéi, París, 1953, págs. 75-84.

23

DIAS

24 agosto

10

13

16

18

h.

h.

h.

h.

noche

25 agosto

6-7 h.

tarde, final

del día

26 agosto

noche

27 agosto

SITUACION

DE

SITUACION

DE

OBSERVACIONES

DE

PLINIO

E L

VIEJO

P U N IO

E L

JOVEN

P U N IO

EL

VIEJO

 

Saliendo

del

Vesu­

Miseno.

Miseno.

bio nube

en

forma

 

de

pino

en

la

que

se encuentran

ceni­

zas

y

tierra.

 

Observación de llu­

En la costa, ha­

via

de cenizas, pie­

cia Herculano.

dras pómez.

 

Estabia.

Cerca de la costa; noche agitada y corta.

Hondonada en el mar. Litoral corta­ do <por rocas des­ plomadas, Lava de fango. Observa co­ lumnas de fuego que salen del Vesubio. Sopla el viento de Herculano hacia Es­ tabia

Se dirige a la

Sale de

la ciu­

playa, donde el olor a azufre le asfixia. Muere.

dad

Retorno

a Mi-

seno.

Descubrimien­

to

po en la playa.

de

su cuer­

24

o

b s e r

v

PLIN IO

a c io n e s

d e

EL

fOVËN

Grandes

denas.

sacudidas,

luces

cár­

Resquebrajamientos en las cal­ zadas, mar que se retira; vien­ to que sopla en sentido opues­ to. Nube que sale del Ve­ subio y que, abatida por el

viento,

el

promontorio miseno.

Cenizas blancas recubren Mi- seno como un sudario de nieve

le

oculta

Capri

y

Continúan los movimientos sís­ micos. Pero Miseno no ha su­ frido con ellos.

Día normal en Estabia.

EVOLUCION

REAL

DE

LA

ERUPCION

Durante varios días antes del 24 de agosto, movimientos sísmicos, signos precursores de la erupción.

1.a

f a s e

(10

h .)

:

explosión

del

tapón

de

lava.

 

2.a

f a s e

(10

h .

15):

finas

polvaredas

em­

pujadas por el viento hacia el Este. Sepul-

tamiento

3.a

sión del sepultamiento

toda vida en Pompeya. Lava de fango en Herculano.

de cenizas. Conclu­ de Pompeya. Fin de

de Pompeya por la mañana.

(13 h.):

lluvia

f a s e

Herculano, cortado, 16 h. Toda vida ha concluido en Herculano. 18 h.

Continúan

los

movimientos sísmicos.

Estabia,

sepultada.

4.a f a s e : corriente de lava en Castel-Cister-

na.

Fin de la erupción.

25

Vaciado de los cuerpos

Fiorelli fue el primero que, en febrero de 1863, tuvo la ingeniosa idea de vaciar los cuerpos de los pompeyanos que habían sido en­ contrados. Las piedras pómez candentes pudieron a veces asentarse sobre el cuerpo de los que cayeron en los primeros instantes de la erupción; las carnes entonces se consumían, y de ahí que se en­ cuentre el esqueleto completamente descarnado, tal como el de la Casa del Esqueleto (VII, 14, 9), Pero, con frecuencia, las cenizas húmedas se moldeaban ceñidamente sobre el cadáver, penetrando en todas las cavidades de su rostro, en los pliegues de sus vestidos. Al solidificarse alrededor del cuerpo cuyas carnes se conservaban, guardaban como en un molde la impronta del cuerpo y aprisiona­ ban el esqueleto. Bastaba con vaciar en este molde yeso líquido para que reapareciesen fielmente los rasgos, los gestos, la última actitud de los pompeyanos que hoy en día tanto nos conmueven. A diferencia de Herculano, amenazado y luego sepultado por el torrente de fuego y donde los habitantes aterrorizados no habían pensado encontrar su salvación más que en la huida, en Pompeya, las gentes, recordando la catástrofe del año 62, creyeron afirmar su seguridad refugiándose en las cuevas, bajo las bóvedas, en un criptopórtico o en reductos, para esperar allí el final de la pesadilla. Los que emprendieron la huida hubieron de abrirse paso a través de los lapilli, pero muchos murieron asfixiados por los vapores sulfurosos que acompañaban la recaída de las cenizas. La agonía de los animales fue tan dolorosa como lá de los hombres. En casa de Vesonius Primus (XI, 14, 20) quedó olvi­ dado el perro, atado con una cadena en el atrium. Por la abertura del compluvium las escorias caían en este lugar. El desgraciado animal trepaba por las cenizas todo lo que le permitía la longitud de su cadena. Finalmente vencido, el perro se volvió sobre sus es­ paldas en un esfuerzo de todos sus miembros para tratar de libe­ rarse y exhaló su último suspiro. Un horrible drama acontecía al mismo tiempo en la casa de las Vestales (VI, 1, 7), donde el perro devoró a su dueño.

La agonía de tos pompeyanos

En

la

casa

del

Fauno

(VI,

12,

2-5), los

propietarios

se

resis­

tían

a abandonar sus riquezas.

A toda prisa,

la dueña

de

la

casa

26

reunió sus joyas ;más preciadas : brazaletes de oro serpentiformes, sortijas, sujetadores de los cabellos, pendientes, un espejo de plata, una bolsa llena de monedas de oro, y se apresuró a huir. Enloque­ cida por las cenizas que caían, penetró en el tablinum; poco des­ pués, el techo se desplomó, sepultando a la infortunada y sus teso­ ros. Los demás habitantes perecieron asfixiados en sus escon­ drijos. En la casa de Pansa (VI, 6, 1), los habitantes habían tenido la pre­ caución de envolver las obras de arte, en particular el pequeño grupo de bronce Baco y el Sátiro, que tenían intención de llevarse. Pero apenas en el jardín, lo arrojaron en una vasija de cobre que allí se encontraba. Los propietarios lograron escapar; en cambio, cuatro mujeres, inquilinas de la misma casa, se quedaron en ella

y murieron

asfixiadas.

Si A. Cossius Libanus (VI, 2,4 = casa de Salustio) consiguió huir, su mujer perdió el tiempo buscando sus alhajas; acompañada de

tres mujeres de condición modesta, cayó en la calle con todo su dinero, su espejo y sus joyas. Todas las gentes de este barrio occidental no tenían más que una idea: dirigirse hacia Herculano, lo que constituía una loca in­ consecuencia, puesto que la nube de cenizas arrastrada por el viento caía sobre ellos y el torrente fangoso ahogaba la ciudad hermana. La calle de las Tumbas nunca mereció mejor su nombre: muchos pompeyanos fueron sorprendidos en ella cuando participaban en un banquete fúnebre, reclinados en los lechos del tnclinium. Otros creyeron que los mausoleos podían servir de refugio, como esa mujer y su hijo que fueron aplastados por las columnas. Bajo el pórtico de la derecha, hacia la villa de Diomedes, fueron alcan­ zadas una mujer cargada de joyas, que llevaba un niño en sus brazos, dos muchachas y otras dos personas, en desgarrador cor­ tejo fúnebre. La villa de Diomedes estaba adornada con un criptopórtico ilu­ minado sobre el jardín por medio de lucernarios. Se conservaban allí ánforas de vino cuya base puntiaguda estaba hundida en el suelo. El propietario creyó que estas bóvedas podían garantizar

la seguridad de la gente de la casa; condujo a ellas a los miembros

de sü familia y a catorce servidores. Su mujer, con sus joyas al cuello y en las muñecas, un niño en los brazos, estaba acompañada de su hijo y de su hija, cargada de alhajas de oro. El dueño de la casa les hizo llevar pan, frutas y otras provisiones para que pudie-

27

sen mantenerse en espera de que terminase el diluvio de cenizas. Escondió en un saco de tela 10 piezas de oro y 88 monedas de plata. Luego, llave en mano, se dirigió hacia la puerta de salida seguido de un esclavo. No llegaron lefos, sino que, en el mismo umbral, señor y esclavo cayeron sin vida sobre la capa de cenizas. Los refugiados del criptopórtico conocieron el mismo fin atroz, ahogados por las cenizas que penetraban por los lucernarios y, sobre todo, asfixiados por los gases deletéreos : la joven trató en vano de ocultar su cabeza en su túnica. Dieciocho víctimas quedaron allí sepultadas.

Un poco más

lejos, en la villa de los Misterios, se descubrie­

ron once cuerpos: tres mujeres que se encontraban en el primer piso fueron arrastradas por la caída de la parte superior de la casa y perecieron aplastadas. Los seis obreros ocupados en los trabajos de reparación de la villa se refugiaron en el sótano y allí murieron. Una joven sucumbió cerca de la puerta de la villa. El portero se refugió en un reducto exiguo, herméticamente ce­ rrado: la muerte le enterró allí. En todo el barrio meridional, donde las restauraciones habían sido particularmente rápidas y esmeradas, todo revela el mismo enloquecimiento, la misma preocupación por llevar los tesoros familiares, por poner a buen recaudo los objetos de arte y buscar la salvación en la huida hacia las puertas de la ciudad para, desde ahí, dirigirse al campo. En la casa llamada del Criptopórtico (I, 6, 2), solo un ala hacía en el año 79 oficio de bodega; algunos habitantes que decidieron probar fortuna antes que perecer asfixiados en esta galería sin aire, pasaron por uno de los lücernarios al jardín, donde se vieron aho­ gados por la caída de las cenizas. Una muchacha, en su desespe­ ración, agonizante, encontró un refugio en el regazo de su madre, donde reclinó su cabeza. En la casa llamada de Menandro (I, 10, 4), confiada al cuidado del liberto G. Poppaeus Eros, los habitantes se refugiaron en el tablinum: dos ancianos y dos adultos quedaron aplastados cerca de la entrada. Los esclavos del piso decidieron huir cuando vieron que los lapilli alcanzaban en el atrium 2,50 metros de altura. Por­ tador de una linterna de bronce, uno de ellos abría la marcha, y nueve hombres, que descendían los peldaños de madera de la escalera, cayeron entre la- escalera y la puerta. Dos mujeres se

28

refugiaron, por el contrario, en el primer piso y quedaron sepul­ tadas bajo los techos que cedieron. En la habitación posterior, el vigilante de los esclavos descendió a su aposento y se cubrió con cojines y almohadas. Pero ahí también los gases deletéreos hicieron su obra, y sus manos crispadas en la agonía dejaron escapar una bolsa de cuero con toda sU fortuna: dos monedas de oro, 90 piezas de plata, 13 piezas de bronce. Más feliz, P. Cornelius Tages (I, 7, 10-12) envió a buscar el Efebo al jardín, lo recubrió de ropa y escapó. Por el contrario, en casa del sacerdote Amandus (I, 7, 7), nueve miembros de la familia cayeron en el vestíbulo, antes de haber podido ganar la calle. En la casa de Paquius Proculus (I, 7, 1), siete niños se guarecían en la exedra : quedaron sepultados por los escombros del primer Pis°. Los edificios públicos o religiosos no ofrecieron protección más segura que las casas particulares. Los sacerdotes de Isis, reunidos en el triclinium alrededor de una mesa surtida de pan, de vino·, de aves de corral, de huevos y de pescados, hacían su comida. Ante la erupción decidieron confiar a uno de ellos el tesoro del templo: lo cargaron con un saco en el que habían escondido piezas de oro con la efigie de Tito, sellos, estatuitas de Isis, co­

pas

pasar el ángulo de la calle de la Abundancia y cayó dejando escapar el contenido de su fardo. Dos de sus compañeros fueron aplastados por la caída de una parte de la columnata del foro· triangular. Los otros murieron asfixiados cerca de una escalera, detrás de la cocina. Otro quiso buscar una salida: armado de un hacha, perforó dos tabiques, pero ya ante el tercero cayó desplomado. El cuartel de los gladiadores fue una trágica ratonera para

;

pero el desgraciado, a pesar de su rapidez, no pudo sobre­

sus ocupantes habituales. Dos que estaban encadenados perecieron sin que nadie se acordase de ellos. Los demás se refugiaron donde pudieron y la muerte acabó allí con 63 personas, entre las cuales se contaba una noble dama pompeyana, portadora de magníficas joyas—collar de esmeraldas, pendientes, brazaletes-—y que había venido a testimoniar su admiración a algún héroe de la arena. En la palestra, las gentes que escaparon a la caída del pórtico cayeron sobre las ardientes cenizas que cubrían la arena: un ciru­ jano que había llevado su estuche, un joven atleta que tenía dos estrigilas y su frasco de aceite. Los que se habían refugiado en las piezas de servicio, allí murieron; un servidor de Isis, que atra-

29

vesaba la arena, pereció en la ceniza al querer salvar sus vasos sagrados. En su carrera hacia las puertas meridionales—puerta de Estabia o puerta de Nocera—, los pompeyanos no escaparon a la implaca­ ble suerte. Sobre el foro, algunos quedaron aplastados por la caída de las columnas. En el callejón de los Esqueletos se contaron siete cuerpos: una mujer embarazada perdió mucho tiempo re­ uniendo sus joyas, su vajilla, su dinero y cerró con llave su casa. Retraso funesto que hubo de pagar con su vida. Detrás de ella aparecían una mujer y una muchacha de catorce años que, antes de morir, había apoyado en su brazo su cabeza recubierta con su vestido; un esclavo de talla gigante, qug las acompañaba, pereció

al lado

Espectáculo que mueve a compasión el de esta ciudad dé la que poco a poco desaparece toda vida. Pero no conozco nada más impresionante que las actitudes de los trece muertos más reciente­ mente descubiertos en Pompeya, en 1962, cerca de la puerta de

Nocera. Tres familias se habían reunido al abrigo de un techo

de las cenizas mezcladas

para resguardarse de los lapilli, luego

con la lluvia torrencial. Intentaron entonces una salida. Un esclavo marchaba delante, con un saco a sus espaldas, probablemente car­ gado de provisiones para el camino. Cayó, vencido por el peso y la fuerza del viento contra la que debía luchar. Tras él, dos niños, con las manos juntas, sostenían una teja o un trozo de hierro para protegerse. Seguíalos una pareja con una niña. La mujer cayó de rodillas, apretando contra su boca un trozo de tela para intentar protegerse de los vapores mortales. El hombre de edad que cerraba la marcha cayó a su vez y trató desesperadamente de levantarse sosteniéndose apenas sobre sus dos brazos para llevar ayuda a los suyos y lanzar sobre ellos una última mirada.

*

de ellas.

·,./

*

*

La muerte cumplió brutalmente su labor, tanto en Pompeya

como en la campiña circundante. El único verdadero camino

de

salvación era el del mar. ¿Cuántos pensaron en utilizarlo, cuántos

pudieron hacerlo? El mar tendría que ser removido y sus bajos fondos escudriñados, como en la costa de Herculano. Raros de­ bieron de ser los que partieron después de la primera explosión ; en todo caso, hubieran tenido que dejar atrás Estabia y Hercu-

30

laño: el mensajero de Rectina es un ejemplo de ello. Ante una catástrofe de esta naturaleza, el historiador no encuentra más que destinos personales sellados por los mismos sentimientos de terror y por el mismo instinto de conservación: de buena gana se dejaría llevar de su imaginación para repetir las últimas palabras, los úl­ timos pensamientos, los últimos gestos de cada uno. Sin ser mora­ lista, cree muy poco en las palabras históricas, en las preocu­ paciones metafísicas o en Jas actitudes teatrales de los últimos minutos. Porque es también una página cotidiana, tantas veces sór­ dida aun con su carácter impresionante, lo que descubre en Pom­ peya en esas horas del 24 de agosto del año 79, tan cortas para el historiador y -tan largas para los que sufrieron su atroz pasión.

31

LAS

CAPITULO

II

RESURRECCIONES

Pompeya, condenada y olvidada

No es corriente exclamar por las ciudades, lo mismo que por los soberanos: “ ¡La ciudad ha muerto! ¡Viva la ciudad!”, y el 27 de agosto del año 79, incluso los más optimistas de los pompeya­ nos escapados a la catástrofe no podían menos de 'rendirse a la evi­ dencia: Herculano había desaparecido, Pompeya estaba sepultada para siempre. Roma, que había recibido cenizas y polvareda arras­ tradas por el viento, envió una comisión de información1 de dos consulares restituendae Campaniae, que no pudo hacer otra cosa que mitigar la suerte de los refugiados y salvar lo que merecía serlo. En efecto, del foro sobresalían, a través de la capa de cuatro metros de lapilli y de cenizas, algunas columnas; se buscaron siste­ máticamente las estatuas religiosas, los objetos del culto· para que los dioses honrados en Pompeya no fuesen abandonados, y todo lo que emergía de las escorias fue rápidamente nivelado. Los ricos propietarios intentaron, con todo, hacerse de nuevo con sus ob­ jetos más preciados; contratistas de recuperación clandestina orga­ nizaron verdaderas partidas de piratas. Dejaron la señal de su desgraciado paso sobre los muros de Pompeya, escribiendo tal o cual frase en la que la Roma lejana es echada de m enos3. Algunos imprudentes pagaron con su vida su loco atrevimiento, pero poco a poco la hierba y los viñedos tomaron posesión de lo que había sido el territorio de la ciudad, se formó un humus sobre la capa de cenizas y el emperador Tito, en ocasión de un viaje por la Campania, se adhirió a la opinión de los senadores: la suerte de Pompeya estaba echada. Para perpetuar su reciierdo solo quedaban

1

S u e t o n io :

Titus,

VIII,

9.

DióN

Ca sio . LXVT,

23,

2 C.I.L., IV, 1227, 2995, 6697, 8114.

di

M.

d

e l

l a

C o r t e

:

“Esplorazioni

Pompei

alia

In Memoria

1934, págs. 96-109.

immediatamente

dell’

catástrofe

anno

Vasile Parvan,

32

successive

en

Bucarest,

79”,

los escritores: “ ¿Podrán creer los siglos futuros, cuando las mieses broten y reverdezcan estos desiertos, que ciudades y poblaciones han quedado engullidas bajo sus plantas y que los campos de sus antepasados desaparecieron en el mar inmediato?”, escribe Es­ tado"3; M arcial4, por su parte, llora las ciudades sepultadas:

He aquí el monte Vesbius (el Vesubio), ayer todavía reverdeciente y sombreado de pámpanos: aquí un noble vino de la tierra había hecho desbordar nuestras cubas mas de una vez, Y ahí están esas alturas que Baco amaba más que las colinas de Nisa; sobre esta montaña el coro de los Sátiros desplegaba hace poco sus danzas. Esta era la mansión de Venus, más agradable a sus ojos que la de Lacedemonia, y este lugar era famoso por el nombre de Hércules; pero todo se sumió en las llamas:

una lúgubre ceniza recubre el suelo y los dioses mismos hubieran que­ rido que esto no sucediese.

El cuarto libro de los oráculos sibilinos ve en ello el castigo que alcanza a Tito, vencedor de los judíos sublevados. Plinio el Joven documenta a Tácito sobre la desaparición de las ciudades de la Campania y sobre la muerte de su tío, Plinio el Viejo; Dión Casio refiere· a su vez la erupción del año 79. Pero pronto el nom­ bre de Pompeya desapareció: los campesinos llamaron a su em­ plazamiento civitas, cività, la ciudad. En adelante, hasta mediados del siglo XIX, hasta 1860, la caza de los tesoros quedaba abierta.

1. XA CAZA DE LOS TESOROS (80-1860)

No es inútil que señalemos sus peripecias 5. Podrá comprobarse así que nadie es profeta en su tierra y también que, no obstante la detestable técnica de las excavaciones señoriales y reales, la Europa del siglo xvm va a ser conquistada toda ella por Pompeya, que renace de sus cenizas y que seduce al mundo por las nuevas formas de su decoración.

Ficciones

Fue el Renacimiento quien dio la primera señal del gusto ar­ queológico: en 1488, la Cornucopia de Nicolo Perotto menciona las dos ciudades desaparecidas; en 1502, en la Arcadia, Sannazaro imagina el descubrimiento· de Pompeya en el lugar llamado Cività. Esta ficción poética atraía la atención sobre las ciudades de la

3

E s t a c i o

:

Silv

IV,

4,

79-84.

5 Lo

que

hizo ampliamente

E.

C.

4

M arcial,

IV,

44.

conde C orti, al que resumimos.

33

Campania sepultadas, lo mismo que la publicación de las cartas

de Plinio el Joven y la inscripción, en el mapa de

brogio Leone, de Herculanum oppidum en el emplazamiento de Por- tici. En 1561, en Nápoles, Léandre Alberti publica una descripción

de Italia en la que da la situación aproximada de las dos ciudades desaparecidas.

1513 de Am*

y ocasiones perdidas

Cuando, en 1592, el conde Muzzio Tuttavilla quiso llevar a su villa de Torre Annunziata las aguas del Sarno por un canal subte­ rráneo, tenía que atravesar el territorio de Pompeya; pero su arquitecto, el romano Domenico Fontana, ignoraba que bajo el montículo de Civitá yacía Pompeya. El trabajo apenas descubrió el anfiteatro y el templo de Isis próximo al foro. Era, en realidad, una hermosa ocasión perdida; algunos hallazgos fueron señalados en 1607 por el historiador napolitano Carpaccio, pero no se supo sacar partido de ellos: los descubrimientos epigráficos-—incluso de- curio Pompéis— no fueron mejor interpretados y se pensó tan solo en una villa de Pompeyo. La erupción de diciembre de 1631, qUe recordaba la del año 79 . por su desarrollo, por el espectáculo lamentable de 40.000 refugia­ dos que empujaba hacia adelante un río de fango, por los estragos inmensos que se pagaban con más muertos que en el año 79, por sus cinco metros de lava sobre Resina, despertó el interés hacia las ciudades engullidas. En 1637, Luc Holstenius, hamburgués que vivía en Roma, aseguró en sus Adnotationes que Pompeya debía identificarse con Civitá, pero no se le creyó, y en 1651 Camillo Pellegrino en sus Antigüedades compañías, lo mismo que Francesco Balzano en 1688, sitúan mal a Pompeya y Herculano. En 1689, al tratar de cavar un pozo, tuvo lugar la primera excavación: se des­ cubrieron los estratos horizontales de lapilli y de cenizas, objetos, inscripciones que hablaban de Pompéis. Se pasó una vez más al lado de la verdad y se pensó en la villa de un Pompeyo, Banchini, en 1699, protestó contra esta opinión en su Storia universale. Es verdad que en 1693 Giuseppe Macrini, en el De Vesuvio, afirmaba haber visto una ciudad, con motivo de excavaciones que prose-,

guían las

de

1689.

Las vicisitudes políticas hicieron que a comienzos del siglo xvm

Austria dominase la Italia meridional y Nápoles, por medio de

34

virreyes, y la ocupación

del

Vesubio, fue la señal de esas excavaciones señoriales y reales que iban a provocar la pasión del Imperio por Pompeya y Herculano.

denarse

austríaca, contra la que parecía desenca­

en

1707 a una nueva erupción

el

Cielo

dando suelta

Direcciones desordenadas

Fue Herculano la que sacó provecho en primer lugar de la acti­ vidad de Emmanuel-Maurice de Lorena, conde de Elbeüf. Las primeras excavaciones se hicieron en Resina por medio de pozos y galerías (cuniculi) en direcciones desordenadas. Creyó haber des­ cubierto el templo de Hércules, siendo así que se trataba det teatro en el que había encontrado tres estatuas. Las ofreció al príncipe de Saboya para adornar su castillo de Belvedere, en Viena. Esta dispersión de los primeros objetos de arte donados por eí subsuelo de la Campania provocó la protesta del Papa. Las excavaciones fueron entonces abandonadas. Carlos III de España, rey de las Dos Sicilias a partir de 1734, habría de dar, de 1738 a 1745, a las excavaciones de Herculano, y luego de Pompeya, una extensión completamente nueva. Contó con la ayuda de Rocco Gioacchino de Alcubierre, ingeniero agrimensor llegado de España *. En el teatro, bien identificado por una inscripción, se descubrieron estatuas, las gradas, una cuadriga, la estatua de Marcus Nonius Balbus, una pintura de Teseo humillando al Minotauro, iCon qué entusiasmo el humanista toscano, marqués don Marcello Venuti, hablaba de estos primeros hallazgos ! Pero corrieron verdadero peligro por la estupidez de un Alcubierre, que, no interesándose más que por

* Roque loaquín de Alcubierre genieros militares : el suizo Karl We­

nació a mediados de agosto de 1702 en Zaragoza. Fue ingeniero militar. Alcubierre excavó en las ciudades enterradas por el Vesubio durante cuarenta y dos años y especialmente en Pompeya desde el 2 de abril de 1748 hasta su muerte en 1780. De sus excavaciones salieron casi todas las grandes esculturas hoy gala del Museo de Nápoles. Fue mérito suyo el haber logrado convencer y animar a Carlos III de España para acometer las excavaciones, empresa a la cual se resistía Carlos III por temor a verse metido en gastos excesivos. A sus órdenes trabajaron otros dos in­

ber (desde 1750) y el español (na­ cido en Roma) Francisco de la Vega (desde 1764). Con ninguno de ellos se llevó bien Alcubierre, y buena parte de las acusaciones que circu­ laron entonces contra este (y de las que se hizo eco poco crítico Winckel- mann) fueron propaladas por estos

colaboradores

suyos,

por Weber.

especialmente

Véase

F é l ix

F e r n á n d e z

M u r g a : "Roque de Alcubierre, des-

cubridir de Herculano, Pompeya y Estabia”, Archivo Español de Ar­ queología, 35 (Madrid, 1962), 3 y si­ guientes (A. G. y B.).

35

las estatuas, arrojaba a las escombreras las letras de bronce de las inscripciones **. El rey había establecido un verdadero monopolio de las excavaciones en provecho de la corte: era una sabia deci­ sión para no dispersar los esfuerzos y, sobre todo, para evitar intro­ misiones. Nadie podía cavar, diseñar, tomar notas, sin la autoriza­ ción real, i Ay!, pero el rey no se rodeaba siempre de colaboradores de calidad para vigilar a Alcubierre, y en Herculano los trabajos se detuvieron en 1745. Fue el 23 de marzo de 1748 cuando el abate Martorelli, napolitano apoyado por Alcubierre, que creía dejar al descubierto Estabia, comenzó las excavaciones de Pompeya; así se explica que en 1948 se haya conmemorado el segundo cente­ nario de su comienzo oficial. La obra tuvo su inicio a 200 metros del templo de la Fortuna, cerca de la encrucijada de las calles de Estabia y de Ñola. El resultado obtenido fue interesante: ob­ jetos, monedas, estatuas, frescos, apareciendo el 19 de abril el primer cadáver. Pero Alcubierere se cansó pronto de esta labor, que oficialmente no era todavía la de Pompeya, y prosiguió nueva­ mente la excavación de Herculano, donde se descubrió la sorpren­ dente villa de los Papyri, cuyas estatuas y peristilos maravillaron al rey y a la reina; 1.800 rollos de papiros adornaban su biblioteca. En 1754 se reanudaron las excavaciones de Pompeya, y en 1763, gracias a la inscripción respublica Pompeianorum, pudo en fin iden­ tificarse sin error posible Cività con Pompeya.

Francia ante los nuevos descubrimientos

Francia6 se interesó

por

Pompeya y Herculano

desde

los pri­

meros descubrimientos. El conde Anne-Claude-Philippe de Caylus se encontraba allí en 1715. El presidente Des Brosses enviaba desde

** Este

fue

uno

de

los

infundios

6

P a r a

todo lo, que sigue,

J.

S e z n e c :

qije hizo circular Paderni, quien, co­ mo director del Museo, pretendía dirigir las excavaciones. El que la

“Herculanum and Pompei in French Literature of the eighteenth centu­ ry”, en Archaeology, t. H, 1949, pa­

autoridad de Winckelmann se hu­

ginas

150-58.

M.

P r a z :

Gusto

neo-

biese hecho eco de tal "estupidez”

classico,

2.a

ed.,

Nápoles,

1950.

Se

ha dado lugar a que siga siendo

puede

consultar

también

a

L.

B e r ­

muy difícil rectificar la pintoresca

t r a n d :

La fin

du

Classicisme

et

le

fábula. Para ello véase la nota adi­

retour

à

l’Antique

dans

la seconde

cional anterior

en

la

página

35,

y

moitié

du

XVIIIe siècle

et

les

pre­

principalmente M. R u g g ie r o :

Storia

mières

années

du

XIXe en

France,

degli scavi di Ercolano, Nápoles,

Paris,

1897.

L.

H a u t e c o e u r :

Rome

1885, 23 (A. G. y B.).

 

et

la Renaissance

de

l'Antique

à

la

fin du XVIIIe siècle, Paris,

1912.

Nápoles sus Lettres familières écrites d'Italie en 1739 et 1740, y presentaba en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras de París en 1749 la Descrizione delle prime scoperte della antica città d’Er- colano, publicada en 1748 por Marcello Venuti. Las noticias arqueológicas llegaban en efecto a París, pero no tuvieron influencia inmediata en la literatura francesa, y el despertar neoclásico siguió caminos indirectos. En 1748, Les Nouvelles Lit­ téraires, del abate Raynal, anuncian con escepticismo una diserta­ ción: Mémoire sur la ville souterraine découverte au pied du Mont Vésuve. En la Enciclopedia, en 1758 \ el caballero de Jaucourt publica un artículo entusiástico sobre Herculano, una breve noticia sobre Pompeya, que confirma el despertar del gusto por la Anti­ güedad en Francia en el siglo xviii. Los viajeros Marigny, Le Blanc

y Cochin, en 1751, aportan sus testimonios, pero durante mucho

tiempo las trabas administrativas pusieron a prueba a los curiosos. Al pie de las excavaciones, lo mismo que en el museo de Portici, no

se podía tomar notas sin la vigilancia de un guarda8. En 1754, Cochin

declara que toda Europa tiene hambre de detalles. Justamente, un esfuerzo para publicar los primeros resultados de las excavaciones acompañaba en Italia el trabajo propiamente arqueológico. En 1755, Carlos III fundó la Academia de Herculano, que, no obstante las intrigas muy “napolitanas”, favoreció el des­ arrollo de las excavaciones, tanto en Herculano como en Pompeya, donde la mansión de Julia Félix füe excavada y desgraciadamente sepultada de nuevo. Le Antichitá d’Ercoíano (Las Antigüedades de Herculano), obra de Francesco Valetta, presentó en 1757, gra­

badas en cobre, las pinturas.

El

embajador de Francia en

Nápoles, marqués de Ossun,

envió

en

marzo de 1759 la primera parte de la obra a Natoire, director de

la

Academia de Francia en Roma, con el encargo de remitirla a

Marigny, hermano de madame de Pompadour y director de los Edificios del rey; poco a poco los pensionados fueron autorizados a hacer ,el viaje desde Nápoles y a impregnarse de arte antiguo

que seguidamente habrían de aclimatar en París.

Caylus, en París, inspecciona los progresos de las excavaciones

de las que le informan Barthélémy y Paciaudi, que permanecen en

ellas. Había publicado en 1752 dibujos de objetos sustraídos a la

7 T. VIH, págs. 150-54.

difícil

obtener

acceso

al

museo

de

8 En 1843, G. de Nerval declara

Portici.

en una

carta a su padre que es muy

37

terrible vigilancia de los napolitanos. Sin embargo, los trabajos de los sabios y de los arqueólogos no suscitan entre las gentes de letras más que un interés irónico. La ruptura era clara entre la Academia francesa y la Academia de Inscripciones y Bellas Letras. Voltaire, tan curioso por todo, no dice una sola palabra de Pompeya en su fabulosa correspondencia; Montesquieu se burla de su amigo Guas­ eo, que realiza excavaciones en el Piamonte: “Sois todos unos charlatanes, vosotros los anticuarios” 9. La actitud de Diderot ilustra claramente este estado de espíritu. En 1769 da cuenta, en la Correspondance littéraire de Grimm, de la obra de un tal Fougereoux, Recherches sur les ruines d’Hercula­ mini 10: “Habéis hecho un mal libro,,., un catálogo muy imper­ fecto y muy seco.” No cesa de mofarse de Caylus, que quiso ha­ cerse enterrar en una urna etrusca:

Aquí yace un anticuario agrio de carácter y brusco. ¡Ah, qué bien alojado está en este cántaro etrusco!

Ciertamente, Diderot era sensible a la gran tradición clásica de Homero y de Virgilio, pero las “antigüedades” no son para él más que simpleza, y los coleccionistas, “pedantes y maniáticos que miran a la Antigüedad con los pequeños anteojos de la anticoma- nía”. Sin embargo, la obra paciente y minuciosa de los arqueólogos, ¿es, acaso, tan diferente de la tarea que se habría impuesto preci­ samente Diderot al publicar la Enciclopedia? ¿No se daba cuenta de que se trataba, tanto para ellos como para él, de dar a conocer un estado material de una civilización? Pero Diderot no se inte­ resaba más que por su siglo y la Enciclopedia perpetúa referencias arqueológicas tomadas de obras ya caducas. Esta Antigüedad excita la curiosidad de las gentes, como lo atestigua la moda. En 1763, Grimm escribe que en París todo se hace a la griega. Una comedia, L’Amateur, de Barthe, proclama:

“Todo es griego.” A través del arte contemporáneo, penetrado de alejandrinismo, los escritores se sienten seducidos por lo antiguo:

Chénier, aunque abrió sin duda algunas obras de arqueología, leía esencialmente a Homero y a los alejandrinos; la influencia de Herculano y de Pompeya sobre su poesía fiie indirecta, gracias a David, con el que tenía trato frecuente, y gracias al estilo Luis XVI,

9

Correspondance

de

Montesquieu

10

D

i d e r o

t

:

Œuvres

complètes, to­

ff,

Gebelin),

Burdeos,

1914,

t.

II,

mo VI,

págs.

378-79.

págs.

400 y

575.

que combina los motivos pompeyanos. Diderot se deleita11 en el

Salón de

en Fontainebleau, ejecutada según una pintura de Herculano, como lo afirma el catálogo

1763 con la Marchande à la toilette de Vien, hoy en día

Tan

sólo

el abate Barthélémy, que trabajó

en Portici

en

el

in­

vierno de 1756, escribió el Viaje del joven Anackarsis a Grecia,

aparecido en 1788, con el conocimiento íntimo de los objetos de Herculano y de Pompeya, extendido a Londres y a París por edi­

ciones reducidas de las planchas de las Antigüedades de Herculano. La obra de Barthélémy tuvo una influencia considerable durante

ej., Ja comida a la

la Revolución y el Imperio. Recuérdese,

griega en casa de madame Vigée-Lebrun en 1790: los manjares

p.

eran

griegos,

los

comensales

estaban

vestidos

a

la antigua

y

Le­

brun

representaba

a Píndaro.

El papel de Winckelmann

El alcance literario de los descubrimientos de la Campania es, pues, despreciable en Francia, pero· se halla abierto, por el contra­ rio, a las influencias del arte y de la moda. El entusiasmo se hace universal, tanto por la decoración (Fig. 1) y el mobiliario neoanti- guo, con sus trípodes y sus esfinges, como por el puritanismo es­ partano puesto de moda en 1760 por J.-J. Rousseau. En la corriente pompeyana, lo moral se enlaza con lo decorativo. A finales del siglo, puede decirse, pues, que Winckelmann—ese encantador en­ tusiasta, como le llama Grimm—, ese estético sentimental, ese arqueólogo sensible, había ganado la partida en Francia y en el resto de Europa, una Europa que conoce, en fin, el verdadero alcance de unos descubrimientos en los que, con malignidad, no se había querido ver con frecuencia más que "bromas napolitanas”. Hijo de un zapatero de Stendal en el Altmark, autodidacto, llegó a Italia en 1755 y en trece años adquirió un excelente conocimiento del arte antiguo. No estuvo remiso para criticar los métodos deplo­ rables de las excavaciones en Herculano y en Pompeya. No obstante una carta de introducción del Gran Elector de Sajonia, fue acogido como sospechoso en la corte de Portici y no se le concedió auto­ rización para contemplar las obras maestras reunidas en el museo.

11 Id., ibid.,

t

X,

págs.

177-78.

Studies

Robinson,

t.

Π,

págs.

1254-

13 F. Kimball:

“The reception of

1256.

the art of Herculanum in France”, en

39

En 1759, Carlos III abandonó contra su voluntad el reino de Ná­ poles para ocupar el trono de España. Gracias a las excavaciones que él había financiado con generosidad, dejaba al reino de Ná­ poles un museo único en el mundo, que consideraba como perte­ neciente al Estado y no a su familia. Algunos álbumes de Pasquale Carcani, y sobre todo las sabias comunicaciones de Winckelmann, con harta frecuencia acerbo crítico del método de las excavacio­ nes, extendieron su gloria por toda Europa. Era el momento en que Karl Weber proponía nuevas excavaciones, con el deseo de limpiar sistemáticamente Un sector y reunir la mano de obra en Cività. Los nuevos descubrimientos hechos en Pompeya, cerca de la puerta de Herculano: una posada, la sepultura de los Istacidii, la tumba

de la sacerdotisa Mamia, son conocidos en Europa13; por las epís­ tolas de Winckelmann, la moda de lo antiguo se propaga. En Francia, Philippe de Caylus tradujo la segunda carta de Winckel­ mann, lo que desató una violenta campaña contra el sajón en la

corte de Portici,

bargo, hermosos descubrimientos recompensaban las excavaciones

de Pompeya, donde el español Francisco de la Vega había sucedido

a Karl Weber: el teatro cubierto sale a la luz en 1764; luego, el

templo de Isis, en 1765, con la inscripción que menciona el nombre de su reconstructor. Los frescos de las habitaciones de los sacer­ dotes fueron confiados al padre de Giacomo Casanova, Battista, que había ilustrado la Historia de los monumentos antiguos, de Winck­ elmann, y, luego de haberse enemistado con él, le había enviado

que le cerró las puertas de su m useou. Sin em­

falsificaciones. En 1767, Winckelmann volvió a Nápoles a instancias del em­ bajador de Inglaterra, Hamilton, müy versado en arqueología. En

Pompeya, Winckelmann asistió a la liberación de un monumento que fue más tarde reconocido como el cuartel de los gladiadores. Poco después de la gran erupción de 1767, la vigésima séptima erup­ ción desde el año 79, Winckelmann conoció un fin sórdido, ase­ sinado en una posada en 1768. Sin duda, no había conseguido me­ jorar la técnica de las excavaciones, porque, en cuanto se conocía

el destino de un edificio, se abandonaba la excavación y se busca­

ban siempre los objetos preciosos, las alhajas de oro y de plata. Pio-

13 En lo que concierne a Inglate-

rra, C h . F. M u l l e t t : “Englishmen

discover Herculanum and Pompei”.

14

F.

M a iu r i ) :

L a t a p ie

(P.

B a r r iè r e

’’Description

des

A.

fouilles

y

de Pompéi”, en R.A.A.N., nueva ser.,

nero de la arqueología, había revelado a Europa Pompeya y Hercu­ lano. Ya para siempre la arqueología tendría que honrar su memoria.

Aceleración de las excavaciones

De 1770 a 1815 las excavaciones se aceleran, gracias al impulso

de las dos Carolinas.

%

El rey Fernando 1, incapaz y ligero, estaba casado con una hija de María Teresa, Carlota, que tomó el nombre de Carolina; esta se interesó por las excavaciones y llevó a su hermano José, que animó a Fernando a activar los trabajos. La villa de Diomedes fue liberada en 1771, y en diciembre de 1772 se descubrían diecio­ cho cuerpos en su corredor subterráneo; entre ellos, el de una muchacha que inspirará en 1852 a Teófilo Gautier su novela román­ tica Arria Marcella. Las publicaciones continuaban, pero sin sub­ vención real. El primer plan general de las excavaciones de Pompeya fue preparado por La Vega. Pero pocos obreros trabajaban en él. Después de la erupción de 1779, en la que pudo- creérsele muy ame­ nazado, el museo de Portici fue trasladado a Nápoles e instalado en un edificio construido en 1850, que se convirtió, después de su­ cesivas ampliaciones y modificaciones, en el Museo Nacional. El renombre de Pompeya se extiende: Goethe visita las excavaciones el 11 de marzo de 1787 y queda un tanto decepcionado. El emba­ jador inglés Hamilton, casado en segundas nupcias con Emma Lyons, asiste ininterrumpidamente a la exhumación de la ciudad :

el odeón es totalmente liberado, así como el teatro, en 1789. La guerra europea iniciada en 1792 paralizó las excavaciones. Un cañonazo decapitó la estatua ecuestre de M. Nonius Balbus,

y en 1798 el ejército del general Championnet ocupó Nápoles. Es­

píritu cultivado y muy al corriente de los descubrimientos de Pom­

peya, el general francés dio la orden de reanudar los trabajos, y en la región VIII, 2, 1-5, una casa lleva su nom bre15. Francia evacua

el reino en 1799 para ocuparlo de nuevo en 1806 y José Bonaparte

confió a un corso, Christophe Saliceti, la reanudación de las exca­ vaciones con 150 obreros. Pero la penuria de medios económicos limitó los trabajos, que fueron proseguidos solamente alrededor de

la casa de Salustío, calle de Mercurio. En 1808, José, destinado al

trono de Madrid, dejó su puesto a un M urat entusiasta de la ar­ queología. La reina Carolina no lo es menos; se instala en Portici,

1S A.

M a iu r i

:

Fra

case ed abitanti, págs. 3-8.

41

dirige las excavaciones y consagra a ellas su fortuna personal; multiplica en su correspondencia las noticias arqueológicas; hace visitar las excavaciones a sus huéspedes, p. ej., a la cuñada del zar, el 6 de abril de 1811, y les da como obsequio los dos volúmenes del Teatro de Herculano, de François Piranèse, hijo de Jean-Baptiste. Ch.-Fr. Mazois publica por entonces los dos primeros volúmenes de las Ruinas áe Pompeya, que son proseguidos por Gau de 1822 a 1839. Se delimita la ciudad, se libera la muralla hacia la calle Consular, se trabaja en el anfiteatro, en la basílica. Se descubren nuevos esqueletos y, muy cerca de ellos, un tesoro de monedas. El 11 de abril de 1815, Carolina vino todavía a inspeccionar los trabajos; el 17 llevó a Jerónimo; el 18, a José. Vencido Napoleón, Murat hubo de huir con Carolina, que se entregó como- prisionera y vivió en Trieste.

Lentitud de

las excavaciones

Con el retorno de los Borbones, las excavaciones se llevaron con lentitud hasta 1860. Fernando I, vuelto solo a Nápoles—Carolina de las Dos Sicilias había muerto—, no tenía mayor interés por la arqueología. La Vega, muerto en 1815, fue reemplazado por An­ tonio Bonnucci; los trabajos son casi realmente abandonados:

en 1818 se trabaja con 13 obreros. Pompeya se convierte esencial­

mente en un campo de atracciones, donde se reserva de antemano para huéspedes ilustres el descubrimiento de piezas enterradas po­ cos momentos antes. Se ponen en venta los terrenos comprados por Murat. Los disturbios de 1820 provocados por la insurrección del general Pepe, la erupción de 1822, detienen todavía más los

trabajos ; en 1823 se liberan el foro y

que rodea el teatro, el cuartel de los gladiadores, la parte oeste del recinto, los barrios próximos a la puerta de Herculano, una gran parte de la vía de los sepulcros, el anfiteatro, las casas que, al norte, bordean la calle de Estabia ; en 1824, el templo de la Fortuna Augusta, las termas del foro, donde se encuentran 718 lámparas de aceite. Francisco I, rey en 1825, se interesa por Pompeya más que su padre: se libera la casa al norte de las termas del foro, una panadería, la casa del Poeta Trágico; las visitas reales se multi­ plican: Leopoldo I de Bélgica, en 1826; Luis de Baviera, en 1829. El_ rey ordena reanudar las excavaciones de Herculano.

sus monumentos, el barrio

42

Su hijo Fernando II, que le sucede en 1830, manifiesta un interés menor. Se excava la casa del Fauno, donde se descubre el gran mosaico que representa a Alejandro en la batalla de Issos. Este descubrimiento produjo un inmediato e inmenso revuelo. Sin em­ bargo, los créditos faltan, los trabajos se realizan con lentitud en Pompeya y son interrumpidos en 1855 en Herculano·. Pío IX, refu­ giado en Gaeta en 1849, visita Pompeya; en 1851, el príncipe Ma­ ximiliano, hermano de Francisco José de Austria. Después del atentado del 8 de diciembre de 1856, Fernando II cede el trono

a Francisco II, que abandonó su reino ante el ataque de los garlbal- dinos en 1860; el 7 de septiembre, Garibaldi entra en Nápoles y los Borbones dan por terminada su resistencia en Gaeta, en 1861. Garibaldi ofreció a Alejandro Dumas, que le había ayudado, la dirección del museo y de las excavaciones, y el palacio Chiara- monti como residencia. Dumas proyectó hacer un llamamiento a los arquitectos franceses, pero los napolitanos manifestaron su oposición ante el palacio. De todas maneras, la figura de Gari­

baldi se eclipsa frente a la astucia de Cavour, el ejército piamontés

y Víctor Manuel II: una nueva época iba a abrirse para la arqueo­

logía pompeyana en el cuadro del nuevo reino de Italia. Si la capital política no es todavía Roma, la capital arqueológica sigue siendo

Pompeya.

2. LA ERA DE LA CIENCIA

Luego de las búsquedas de los anticuarios, esporádicas y de un método dudoso; luego de tantas cazas de tesoros en las que el museo contaba más que el campo de excavaciones y Pompeya, a su vez, servía para tantas comedias como se representaban en las diversas cabezas coronadas de Europa, era necesario que comen­ zase una investigación científica seria. Ya Chateaubriand quería que se dejase todo en su lugar, porque se aprende más, según él, paseando por Pompeya que leyendo los libros de los antiguos. Es un timbre de gloria de la dinastía piamontesa el haberlo compren­ dido así designando como directores de las excavaciones a los me­ jores arqueólogos. Con ello se emprendía dignamente la liberación racional de la

ciudad antigua y se resucitaba como es debido, permaneciendo fiel

a la verdad histórica, la vida de Pompeya: la vida no era el ayer, sería en adelante el hoy.

43

G iu s e p p e

F io r e l l i

y

e l

e st a b l e c im ie n t o

UN

MÉTODO

CIENTÍFICO16

d e

Víctor Manuel II comprendió inmediatamente, aunque no fuese más que por el renombre de la dinastía, el interés que supondría la prosecución de las excavaciones, desdeñadas o débilmente con­ ducidas bajo el reinado de los Borbones. Constituyó una cuenta corriente destinada a financiar las excavaciones, pero sobre todo supo nombrar, el 20 de diciembre de 1860, como director, al hom­ bre más apto para realizar esta función: Giuseppe Fiorelli. Era este un numismático, de treinta y siete años y apasionado por las excavaciones; en 1848 se le había llamado ya para describir objetos exhumados. Seres envidiosos acabaron con él en la cárcel, acusado de opiniones liberales. Privado de su puesto a su salida de la cárcel, tuvo la suerte de probar al hermano del rey Francisco II, el prín­ cipe de Siracusa, que los cadáveres romanos pretendidamente des­ cubiertos intactos en Cumas tenían el rostro remodelado en cera. Esta probidad científica y este espíritu crítico le valieron el cargo de secretario del príncipe de Siracusa. Pero fue Víctor Manuel quien le distinguió; nombrado profesor de arqueología en la Uni­ versidad de Nápoles, de 1860 a 1864 publicó una obra básica, Pom- peianarum Antiquitatum Historia, en tres volúmenes, que trazaban toda la historia de las excavaciones de Pompeya. El 7 de enero de 1861, 512 obreros trabajaban en las excavacio­ nes, es decir, que se necesitaba un método nuevo· para restituir el verdadero rostro de Pompeya. La primera condición exigida era la de llevar un diario detallado de las excavaciones y no una simple relación de las visitas principescas o un inventario vago de los hallazgos de objetos, que no ofrecían ni descripción de los muros, ni anotación alguna de los niveles de los descubrimientos. El diario de las excavaciones debía, pues, presentar como un primer examen científico de los objetos; pero esto no fue todavía suficiente. En 1876, las Notizie degïi Scavi dette Antickità comienzan a publicar informes regulares sobre las excavaciones, lo mismo que el Bollet- tino 'di Corrispondenza archeologica del Instituto germánico a par­ tir de 1874; se dispone también de la relación escrita por Fiorelli

16

Nos

inspiramos

en

A.

M a iu r i:

1948”,

en

Pompeiana,

1950,

pági-

"Gli

scavi

di

Pompei

dal

1879

al

nas 9-40.

 

44

mismo sobre sus años de dirección, Gli Scavi di Pompei dal 1861 al 1872, Nápoles, 1873. No olvidemos que antes de Fiorelli las excavaciones se hacían al azar, los desmontes se acumulaban en la proximidad de las excavaciones, de tal manera que, para poder visitar un edificio liberado, era necesario escalar previamente montículos de tiefra.

Expuestas a la intemperie, las partes del edificio liberado (colum­ nas, pinturas) se deterioraban rápidamente. Fiorelli, que firmó un convenio con un contratista para ejecutar los trabajos de descom­ bro, decidió alejar los escombros e, inmediatamente, reunir entre

sí las casas y los templos liberados. A tal efecto, había que trazar

un plano probable de las calles y callejas de la ciudad, lo que permitió a Fiorelli dividir Pompeya en regiones e islotes y otorgar

a cada casa, a cada tienda, un número de identificación. Este sis­

tema, apenas modificado, dura todavía. Además, se dejó de excavar primeramente las calles con el riesgo de que se desplomasen las

se procedió a la liberación

dé las casas penetrando por el techo. Se dispuso también de va­ gonetas que aseguraban, a medida idel avance realizado, la evacua­ ción de los escombras. Como la mayor parte de los barrios del Oeste habían sido ya descombrados, se procedió entonces con los del Este.

Fiorelli decidió no tocar para nada las pinturas y los frescos de los muros, sino dejarlos en su lugar. Fue él mismo quien, ejer­ ciendo una vigilancia estrecha y revisándolo todo, descubrió en 1863 el método de vaciado que permitió conservar las últimas acti­ tudes de los pompeyanos sorprendidos por la muerte. El drama de Pompeya se hacía de nuevo presente. Los menores detalles de

casas que las. bordeaban. En adelante

la

vida cotidiana estaban a salvo: la cesta que contenía las judías

y

cebollas carbonizadas descubierta en el Lupanar, los ochenta y

un panes carbonizados en el horno del panadero; de forma redonda,

partidos en ocho, se. parecen a los panes de una libra que se fabri­ can todavía en Nápoles y en sus alrededores. En 1869, Víctor Manuel, acompañado por Fiorelli, encontró la excavación tan inte­ resante que añadió 30.000 liras de su tesoro particular para finan­ ciar los trabajos. Entre los nuevos hallazgos, hemos de anotar el Lupanar, al que hacen identificar sin ninguna ambigüedad sus pe­ queñas habitaciones, el emplazamiento de los lechos, las pinturas

e

inscripciones, una panadería, la casa de Caecilius Jucundus (V,

1,

26). Fiorelli se interesó también por Herculano, donde reanudó

45

ios

dirección general de los museos y de las excavaciones. Sus alumnos iban a continuar su obra. Su mérito consiste en haber sido el inventor ' de un método y en haber tenido la voluntad tenaz de

aplicarlo.

1875 partió para Roma, donde asumió la

trabajos;

pero

en

D e

M ichele

R ug g iero

(1875-1893)

a

V ittorio

Spinazzola

(1910-1924)

 

Michele Ruggiero

Michele Ruggiero, colaborador de Fiorelli a partir de 1864 en calidad de arquitecto, asumió la dirección de las excavaciones

en 1875 y la conservó hasta 1893, teniendo como adjuntos, primero

a de Petra, luego a de Petra y a Sogliano. Por el entusiasmo en eí

trabajo, por la nueva orientación en la conducción de las restaura­ ciones, por los resultados de los descubrimientos, este período se cuenta entre los más brillantes de Pompeya y comenzó bajo felices

auspicios con la publicación de las cuentas descubiertas dos años antes en la casa de L. Caecilius Jucundus (V, 1, 26). En adelante, después de darse a conocer las grandes articula­ ciones del urbanismo pompeyano por Fiorelli, la excavación se en­

frentaba con los barrios altos de la ciudad tratando de aproximarse

a la puerta oriental del decumanus superior, la puerta de Ñola.

En 1877-1878, toda la superficie de las termas centrales es exca­ vada; aparecen incompletas, porque su construcción es posterior al terremoto del año 62; hacia el Este se escoge una de las casas más hermosas (IX, 8, 3) para consagrarla al decimoctavo centenario del trágico sepultamiento. Se descubren allí, además, la estatua del Sátiro y la pintura de Baco y del Vesubio; se excavan las insulae de la región IX (4, 5, 6, 7, en 1877-1880, y 8, en 1880-1881

y 1886-1889), luego las de la región V, en la calle de Ñola y en la

calle de Estabia (1 en 1875-1876; 2, 3, 4, en 1881-1887), y al pro­ seguir en 1891 con la insula 2 se descubre la casa de las Bodas de Plata (V, 2), cuyo oecus corintio muestra el más bello ejemplo de la influencia de la arquitectura helenística sobre la casa pom­

peyana. La excavación más difícil y más meritoria fue la de la insula 2 de la región VIII, realizada entre 1883 y 1891, en el barrio en el que las casas de pisos quedan flanqueadas por la antigua capa de

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lava. Se descubrió en 1866-1887, a lo largo de la muralla meridional, un grupo de tumbas instaladas sobre una vía que se supuso en­ lazaba con Nocera; en 1889 se liberó la puerta de Estabia y se encontraron dos tumbas. A partir de 1878, Ruggiero investiga la .antigua costa de Pompeya, y el descubrimiento de 48 esqueletos en la propiedad Valíante, hacia el Sarno, demuestra que la mayoría de las víctimas de la erupción habría que buscarlas entre los que, al huir por las puertas de la ciudad, no pudieron alcanzar el puerto

y la costa. Se comienzan entonces tímidos ensayos de excavaciones

estratigráficas : von Duhn y Jacobi en el templo griego del foro triangular (1889), Sogliano en el mismo lugar en 1890 e igualmente,

pero sin gran resultado, en el ángulo sudeste de la basílica (1884)

y en el área del macellum (1884). Pero lo mejor de la obra de Ruggiero reside en una clara visión del fenómeno del sepultamiento, y por sus trabajos de restauración supo ir más allá de los escrúpulos de Fiorelli, aun respetando sus estructuras originales. Sus dos éxitos son el atnum de la casa de las Bodas de Plata y la casa llamada del Balcón en voladizo (VII, 12, 28), De 700 pinturas que descubre, envía tan solo 50 al museo de Nápoles y rehace el muro de apoyo de las pinturas para con­ servarlas en ?u lugar.

Giulio de Petra

Giulio de Petra (1893-1901 y 1906-1910) era el sucesor que se imponía. Su reputación de sabio estaba sólidamente establecida desde la lectura y el desciframiento· de las tabulae ceratae de L. Cae­ cilius Jucundus y después de su actividad, ya antigua, como ins­ pector de las excavaciones. El septenio de Petra merece ser cali­ ficado como uno de los más laboriosos en la historia de las excava­ ciones. Los monumentos más famosos fueron sacados a la luz: la casa de los Vettü (VI, 15, 1), la casa de Lucretius Fronto (V, 4, 11)

y a continuación la villa de los Misterios. En los primeros años no se hizo—y con razón—más que conti­ nuar la liberáción de los barrios septentrionales de la ciudad, es decir, las regiones V y VI. En 1893 se liberaba finalmente de sus tierras el grandioso cavaedium de la casa de las Bodas de Plata (V, 2), así denominada como homenaje a la visita de Humberto y de Margarita de Saboya; de agosto de 1894 a noviembre de 1895 se excava la casa que se convertirá en la más hermosa mansión de

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Pompeya y en la más universalmente conocida: la casa de los Vettii

(VI, 15,

1) y toda la insula

15. Del 24 de febrero al 14 de septiem­

bre, se pone al descubierto la pequeña y deliciosa casa de M. Lu­

cretius Fronto (V, 4, 11), y en 1899 se hace el descombro parcial de la casa llamada de los Gladiadores (V, 5, 3) en la calle de Ñola.

Por estos años de 1897-1898 aparece un trozo de la muralla entre las torres X y XI; se comienza a excavar la terraza tras la basílica, donde se termina por reconocer los restos de un templo dedicado a la diosa tutelar de la ciudad, Venus pompeiana. Se hacen explo­ raciones superficiales en el templo de Júpiter, en el de Apolo y en la pretendida prisión (aerarium) del foro. Pero la atención mayor se centra en esta época en los importantes e inesperados descu­ brimientos que sobrevenían en la basílica y en la campiña pom­ peyana, Pareció necesario resolver los dos problemas fundamen­ tales de la antigua topografía de la ciudad: los emplazamientos del