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Introducción

-Estética
EL LÉXICO
Además de los símbolos examinados en el apartado anterior (el agua, el mar, el
camino, los árboles), hay en Machado, como en todo escritor, un lenguaje
predilecto.
- En el periodo de Soledades...estas palabras-clave están referidas, por una
parte, al campo semántico de la vejez y de la muerte, de la angustia y de la
soledad; y, por otra, con el del mundo brillante y vivo de los valores sensoriales
(visuales, auditivos y olfativos). A veces, estos dos registros se entremezclan como
en los dos versos siguientes:
Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas. [SGOP – VII]
- Toda la obra poética de Machado está marcada también por el empleo de un
vocabulario que evoca el tiempo que pasa, el ritmo de los meses y de las
estaciones, la caducidad de las cosas. En este sentido, hay que señalar un
vocabulario referido a lo que él mismo llamaba “signos del tiempo”. Siendo el
tiempo el tema vertebrador de su obra, las palabras que pueden funcionar como
deícticos temporales (adverbios —hoy, mañana, ayer, todavía, nunca, ya, aún—,
demostrativos —estos, aquellos—) aparecen de continuo en sus poemas. Estos
deícticos no suelen aparecer solos, sino que se combinan en antítesis
temporales para expresar vivencialmente la relación pasado-presente-futuro:
¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
al mañana, mañanaal infinito,
hombres de España, ni el pasado ha muerto,
ni está el mañana—ni el ayer— escrito.
El dios ibero [CC – CI]
Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea [...]
A veces habla solo, a veces canta.
Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamentemi cabeza cana.
Sonetos [NC – CLXV-IV]
Los adverbios de lugar (aquí, allá) y los demostrativos (estos, aquellos) tienen
también este valor deíctico; y sus antítesis espacio-temporales señalan también
antítesis correspondientes a estados de ánimo:
Allá en las tierras altas, [...]
mi corazón está vagando en sueños [...]
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo. [CC – CXXI]
- En oposición a estos signos del tiempo, el poeta utiliza un vocabulario
abstractopara referirse a lo que define como “revelaciones del ser en la
conciencia humana” relacionados con los universales del sentimiento: sueño,
mágico, alma, ilusión, encanto, armonía
- Una de las características más señaladas entre los escritores de la llamada
generación del ’98 es el uso —incluso la recuperación— del léxico arcaico y/o
rural: tahúr, albur, sayal, juglar arcadores, perailes, chicarrero...
- En Campos de Castillaes frecuente el uso de sustantivos y adjetivos que
evocan la rudezao la pobreza de esas tierras, junto con nombres seguidos de
complementos nominales formados con la preposición sin, indicando dicha
pobreza. Recordemos algunos ejemplos en un solo poema:
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, [...]
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces [...]
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. [...]
y cárdenos alcores sobre la parda tierra [...]
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero [...]
desnudos peñascales, algún humilde prado [...]
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones [...] A orillas del Duero
[CC - XCVIII]
Nos hemos limitado a señalar algunos ejemplos que creemos significativos del uso
del léxico en Antonio Machado. Naturalmente los campos léxico-semánticos son
mucho más numerosos y requerirían un estudio mucho más detallado en poemas
concretos.

LA MÉTRICA
La obra poética de Antonio Machado es variadísima en cuanto a los metros y
estrofas utilizados; pero, al mismo tiempo, en cuanto a musicalidad y efectos
rítmicos, sumamente natural y espontánea. Mezcla admirable de tradición y
modernidad, de sencillez y complejidad, de popularismo y clasicismo en Antonio
Machado se cumple la vieja aspiración poética de la difícil sencillez.

VERSOS
Los versos preferidos son los clásicos de la tradición española: el octosílabo, de
tradición popular, en todas sus variantes rítmicas; y el endecasílabo, de tradición
culta. Éste último es frecuente en ritmo enfático (acento en la primera sílaba) y
heroico(primer acento en la segunda sílaba). En numerosas ocasiones, el
endecasílabo aparece combinado con el heptasílabo.
Les sigue el alejandrino, verso característico del Modernismo —por influencia del
Parnasianismo francés—, que apenas se había empleado desde la Edad Media.
Otro verso de tradición medieval —se le llamó en el siglo XV verso de arte mayor
castellano por oposición al alejandrino, de origen francés, y al endecasílabo, de
origen italiano— es el dodecasílabo, del que Machado se valió especialmente en
su primera época. Se trata de otro de los versos rescatados por el Modernismo y
que también había utilizado Bécquer.
Otros versos manejados por Machado son: el hexadecasílabo, combinado con el
octosílabo; el heptasílabo y el hexasílabo. En una sola ocasión utiliza el
decasílabo y, en otra, el eneasílabo (a pesar de ser éste uno de los más
empleados por los poetas modernistas).
Cuerpo
-Estructura
-externa
Antonio Machado publicará este nuevo libro en dos etapas: la primera saldrá a la
luz en 1912, poco antes de la muerte de su esposa, Leonor Izquierdo; la segunda
aparecerá con la primera edición de sus Poesías Completas en 1917. En esta
última y definitiva versión no elimina (como hiciera con su primer libro) ningún
poema, pero sí añade otros, algunos de ellos de bellísima factura. Así pues, debe
tenerse en cuanta que ambas ediciones tienen como claro hecho diferenciador la
presencia o no de la enfermedad y la muerte de su esposa en ciertos poemas de
la segunda edición.
En 1907, el poeta es nombrado profesor de francés del Instituto General y Técnico
de Soria, tras haber ganado la plaza por oposición el año anterior. Soria contaba
entonces con poco más de siete mil habitantes. Situada a algo más de mil metros
de altitud, sobre dos colinas, a la orilla del Duero, rodeada de árboles —álamos,
olmos…—, con sus casas de color rojizo, es una ciudad de aspecto austero y
recogido. Una fortaleza en ruinas —hoy rehabilitada como Parador Nacional—
sobre una de las colinas domina las pequeñas calles, bordeadas de casas de
piedra labrada, muchas de ellas antiguas casas señoriales. Bellos monumentos
dan a la ciudad gran valor artístico. Abajo, siguiendo la orilla del río, un camino
umbroso va desde San Polo a la ermita de San Saturio, patrono de la ciudad. En
la misma orilla, una corona de cipreses rodea la vieja iglesia de los Templarios,
escenario de la leyenda de Bécquer titulada El monte de las ánimas. En un poema
de la serie Campos de Soria, retrata así la ciudad:
Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!
¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la media noche alulan,
cuando graznan las cornejas!
¡Soria fría! La campana
de la audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.
Campos de Soria [CXIII-VI]
Pero no será la ciudad lo que llame principalmente la atención a Machado, sino el
paisaje de las tierras altas de Soria, cuya impresión quedó profundamente
grabada para siempre en su alma.

-interna
EL PAISAJE
Algunas composiciones del nuevo libro responden “al simple amor a la Naturaleza,
que en mí supera infinitamente al del Arte” —es lo que, a partir de ahora,
consideraremos como “visión objetiva” del paisaje, dentro de la objetividad que
pueda permitir la lírica—. En otras, el paisaje se convierte en símbolo del
pasado histórico de Castilla. Por fin, en otros poemas, los elementos del
paisaje castellano se convierten en símbolo de realidades íntimas. Estos tres
modos de enfocar el paisaje castellano tendrán su exacto equivalente respecto al
paisaje andaluz en los poemas escritos para la segunda edición, durante su
estancia en Baeza, ciudad a la que —como veremos— “huirá” tras la muerte de su
esposa.

Pasado
En 1908, publica Antonio Machado un artículo en una publicación conjunta de la
prensa soriana, del que entresacamos este fragmento:
Sabemos que la patria no es una finca heredada de nuestros abuelos, buena no
más para ser defendida a la hora de la invasión extranjera. Sabemos que la patria
es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo.
El pueblo que la descuida o abandona, la pierde, aunque sepa morir. Sabemos
que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra: que no basta
vivir sobre él, sino para él: que allí donde no existe huella del esfuerzo
humano no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede
ser nuestra como de los buitres o de las águilas que sobre ella se ciernen.
¿Llamaréis patria a los calcáreos montes, hoy desnudos y antaño cubiertos de
espesos bosques, que rodean esta vieja y noble ciudad? Eso es un pedazo de
planeta por donde los hombres han pasado, no para hacer patria, sino para
deshacerla. No sois patriotas pensando que algunos días sabréis morir para
defender esos pelados cascotes; lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla,
con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y
desolados, donde la patria está por hacer.
Además de ideas o sentimientos, se esbozan aquí las imágenes mismas de
algunos poemas de Campos de Castilla; y podemos también observar cuán
profundamente penetraba ya en él el paisaje de Soria. En los poemas a que nos
referimos en este apartado, predomina la mera descripción objetiva del paisaje.
Así, la primera parte del titulado A orillas del Duero:
Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia delante
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor —romero, tomillo, salvia, espliego—.
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo
cruzaba solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero
en torno a Soria. —Soria es una barbacana,
hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.
Veía el horizonte cerrado por colinas
oscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba, rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos! —carros, jinetes y arrieros—,
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.
El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! […]
A orillas del Duero
[XCVIII]
En este fragmento, el poeta ha seleccionado los elementos que dan al paisaje una
configuración de dureza y aridez. Pero hay tres imágenes que llaman la atención:
“una redonda loma cual recamado escudo”; “por donde tuerce el Duero / para
formar la corva ballesta de un arquero” y “Soria es una barbacana, / que tiene
hacia Aragón la torre castellana”.
El pasado histórico de Castilla, especialmente aquellos rasgos que ofrecen
significaciones guerreras, se hace presente metafóricamente en los elementos del
paisaje. Esta identificación del paisaje castellano con su pasado histórico vuelve a
reflejarse en otras composiciones, donde se insiste en las mismas imágenes hasta
quedar éstas convertidas en elementos esenciales que identifican y definen el
paisaje:
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria,
[CXIII-VI]
…Soria mística y guerrera
[CXIII-VII]
…Soria —barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra—.
[CXIII-VIII]
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria,
[CXXI]
…Castilla, mística y guerrera,
[CXXV]
La dureza y aridez del paisaje a que antes aludíamos pueden ser también
expresadas, además de con los adjetivos, mediante sustantivos precedidos de
la preposición sin:
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
A orillas del Duero [XCVIII]
La segunda parte de A orillas del Duero es una transición lógica hacia el tema de
la historia de Castilla. Tras apuntar las connotaciones guerreras en los versos
anteriores, el poeta reflexiona sobre el contraste entre el ayer poderoso de Castilla
y su mezquino presente:
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
A orillas del Duero [XCVIII]
Es el paso del tiempo (expresado mediante una sucesión de verbos de
movimiento) el que ha producido el cambio. Pero el pasado se hace presente y
pervive en el paisaje y sus gentes:
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus ampos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.
A orillas del Duero [XCVIII]
El cambio no ha afectado a lo esencial del paisaje: la presencia en él de su
propio pasado, personificado en el fantasma errante.
Pero la pobreza de la tierra castellana puede ser también vista con ojos tiernos,
destacando lo humilde:
¡Primavera soriana, primavera,
humilde como el sueño de un bendito,
Orillas del Duero [CII]
Castilla la gentil, humilde y brava
[CXXV]
Cuando nuestro poeta marcha a Baeza, tras la muerte de Leonor, esta ciudad y
sus campos también recordarán su pasado histórico, relacionado con la época de
la dominación musulmana. Así, la curva de ballesta (arma cristiana) del Duero se
transforma en el Guadalquivir en un alfanje roto / y disperso (arma árabe):
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas, […]
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Caminos [CXVIII]
En mi rincón moruno
España en paz [CXLV]

La tierra de Alvargonzález
En septiembre de 1910, Antonio Machado, junto con unos amigos, realiza una
excursión a las fuentes del Duero. Llegaron a la cima del Urbión, de donde
descendieron hasta la Laguna Negra y, por el valle del Revinuesa, hasta Vinuesa.
La referencia al Génesis se debe, sin duda, al asesinato de Abel por parte de su
hermano Caín y la consiguiente maldición que recae sobre éste. El tema del
cainismo, como hemos visto, lo trata repetidamente Antonio Machado. En la
primera parte del romance leemos ya:
Mucha sangre de Caín
tiene la gente labriega,
y en el hogar campesino
armó la envidia pelea.
La tierra de Alvargonzález [CXIV, vv. 25-28]
El tema se desarrolla en un largo romance de 712 versos, dividido en 51 romances
cortos que se estructuran en diez partes.
El romance es esencialmente narrativo, pero contiene también descripciones en
las que predomina claramente el lirismo. El narrador no participa en lo relatado;
pero está siempre presente, incluso interrumpiendo lo narrado para expresar su
emoción:
¡Oh tierras de Alvargonzález,
en el corazón de España,
tierras pobres, tierras tristes,
tan tristes que tienen alma!
La tierra… [CXIV, vv. 563-566]
Pero, sobre todo, el lirismo está presente en la tonalidad de todo el poema,
especialmente a través de la reiterada intervención de la copla que anónimamente
canta el pueblo: de nuevo, el pueblo condensa la historia, borrando de la copla lo
anecdótico, para expresar el sentimiento esencial y universal que subyace en los
hechos narrados:
Ya el pueblo canta una copla
que narra el crimen pasado:
"A la orilla de la fuente
lo asesinaron.
¡Qué mala muerte le dieron
los hijos malos!
En la laguna sin fondo
al padre muerto arrojaron.
No duerme bajo la tierra
el que la tierra ha labrado."
La tierra… [CXIV, vv. 427-436]
Es el agua, símbolo del tiempo existencial, la que canta la canción del pueblo:
El agua, que va saltando,
parece que canta o cuenta:
"La tierra de Alvargonzález
se colmará de riqueza,
y el que la tierra ha labrado
no duerme bajo la tierra"
La tierra… [CXIV, vv. 427-436]

Proverbios y cantares
Campos de Castilla es, entre otras muchas cosas, el diario de una vida. Es
también, en otro sentido, el diario de unas reflexiones.
La sección titulada Proverbios y cantares[CXXXVI] expone, como anotadas día a
día, de manera deslavazada, a merced de la inspiración o del humor del momento,
una idea, una observación, alguna reflexión que adopta espontáneamente la forma
de un aforismo en verso.
Estos breves poemas son preciosos para penetrar en la personalidad de Antonio
Machado. Algunos se refieren al arte poética; otros expresan una especie de
sabiduría, de pensamiento gnómico, de fábula alegórica, que debe ser
interpretada; otros, una reflexión metafísica; otros, en fin, parecen el eco de
algún diálogo íntimo -unas veces ligero; otras, grave- reanudado e interrumpido
sin cesar en la abrumadora soledad de su vida:
No extrañéis, dulces amigos,
que esté mi frente arrugada:
yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entrañas.
[CXXXVI-XXIII]
Son, en total, cincuenta y tres composiciones, de las cuales ya se habían
publicado en la primera edición del libro (1912) los poemas I-XXVI, LI y LII.
Desde la primera estrofa, el lector halla de nuevo la imagen familiar del poeta
soñador que predominaba en Soledades…:
Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
hacia el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.
[CXXXVI-I]
Otra vez, la humildad y la bonhomía como declaración de principios, como
observábamos, por ejemplo, en el primer poema del libro (Retrato [XCVII]).
Hallamos también un rasgo característico de la personalidad poética de Antonio
Machado: el sentido y el gusto por la sentencia, la frase lacónica, pero
cargada de experiencia, que recuerda la lírica popular andaluza;
Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos…
[CXXXVI-XIII]
¿Dices que nada se crea?
Alfarero a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro.
[CXXXVI-XXXVIII]
Uno de los temas en que insiste Machado en estos breves poemas es el de Dios,
no como realidad afirmada, sino como necesidad de la imaginación del
hombre, del deseo de que lo imaginado sea realidad:
Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía…
Después soñé que soñaba.
[CXXXVI-XXI]
Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.
[CXXXVI-XXVIII]
La conciencia que está despierta a la razón es la certeza de la muerte, del mar. La
conciencia, no dormida, sino soñadora desea a Dios, la eternidad.
Es por esto que la vida, vista como un camino que se recorre, es representada
por el caminar sobre el mar: el vivir por encima de, más allá de la muerte:
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
[CXXXVI-XXIX]
Estelas que, como los momentos de la existencia, se borran, se pierden en la
nada del pasado, de lo muerto, del mar. Este "cantar" parece poetizar unas
palabras del filósofo francés Henri Bergson, al que en principio siguió Antonio
Machado, y uno de cuyos cursos siguió en París durante su estancia en la capital
francesa junto con su mujer en 1911.
La filosofía, pues, "desplumada" por Kant con su sistematismo, habría caído a
finales del siglo XIX en el positivismo, o aún en pragmatismo (lo que Machado
llamaría despectivamente "filosofía de mercaderes"). Pero ahora -cree Machado-
va a remontar el vuelo para volver a pensar en lo esencial.
Para "conocer", el hombre ha de luchar con "dos modos de conciencia": el
pensamiento lógico y el pensamiento intuitivo:
Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña y red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tú: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?
[CXXXVI-XXXV]
En este poema, el pensar lógico destruye a los seres vivientes al sacarlos del fluir
vital. El entendimiento produce conceptos que el hombre puede razonar. Pero
esos conceptos no tienen vida. El pensamiento poético no aporta ningún
concepto para el análisis, pero es el único modo de pensar que puede sentir
las cosas en su vitalidad existencial.
Ahora bien, la inteligencia, aunque no sirve para captar la vida y la realidad en su
totalidad, sí sirve para "colocarnos fuera de lo real, para crearnos un mundo
aparencial, ficticio, y en el cual no sabemos cómo podríamos vivir". La inteligencia,
además, no puede ser sustituida por ningún otro instrumento. Y, a continuación,
lanza Machado lo que quedará como su palabra básica y última ante la filosofía y
ante toda pretensión de conocimiento intelectual: "A mi juicio, el gran pecado de la
filosofía consiste en que nadie se atreve a ser escéptico. Es cierto que la
inteligencia no puede alcanzar la última realidad, mas no es cierto que haya otro
medio de llegar a ella".
Es decir, lo admirable del pensar lógico, a pesar de sus limitaciones, es su
inutilidad, su distanciamiento de la vida, su capacidad de crear un mundo -el del
pensamiento abstracto- como algo separado de la ciega vida: "Lo grande de la
inteligencia es su posición teórica, que no está al servicio de la vida, sino que, por
el contrario, pretende poner a la vida misma a su servicio, someterla a sus
normas".
El visionario del poema anterior -pensador intuitivo- no puede llegar a la última
realidad: "Conciencia de visionario / que mira […] / peces vivos, fugitivos, / que no
se pueden pescar […]". El pescador -pensador lógico- sólo puede formar
conceptos, pensamientos alejados de lo vivo-real: "[…] esa maldita faena / de ir
arrojando a la arena, / muertos, los peces del mar […]", es decir, sólo puede
someter a la vida a sus normas racionales para poder aprehenderlo.
Y ese escepticismo, cada vez más hondo, es lo que le permite justamente
preparar las condiciones previas a una auténtica creencia, no basada en ideas,
sino en el simple reconocimiento de que existe el prójimo (lo que él llamó "la
otredad del ser") y que hay que amarle, no como imagen y reflejo de mi "yo",
sino en su propia otredad
¿Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que bebe tu hermano.
[CXXXVI-XXXVII]
En su siguiente libro de poemas (Nuevas canciones; primera edición, 1924)
incluye otra larga serie de Proverbios y cantares en los que el tema de la otredad
se encuentra más desarrollado.
También hay en esta serie lugar para la crítica concreta de actitudes humanas:
-la ignorancia:
Ni vale el fruto
cogido sin sazón…
Ni aunque te elogie un bruto
ha de tener razón.
[CXXXVI-V]
-Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
-El vacío es más bien en la cabeza.
[CXXXVI-L]
-la hipocresía:
De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad.
[CXXXVI-VI]
-la envidia:
La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal.
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
es lo que se envidia más.
[CXXXVI-X]
-la vanidad:
El casca-nueces-vacías,
Colón de cien vanidades,
vive de supercherías
que vende como verdades.
[CXXXVI-XIX]
-el tema de España:
Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
[CXXXVI-VIII]

LA MUERTE
Si exceptuamos A un olmo seco, todos los poemas referidos a Leonor
pertenecientes a Campos de Castilla los escribió Machado durante su estancia en
Baeza, donde el recuerdo de su mujer, según acabamos de ver en la carta a
Unamuno y los testimonios de quienes lo trataron en aquellos años, fue constante
y obsesivo. En muchos de estos poemas, al recuerdo de su esposa se une el
recuerdo del paisaje soriano, por lo que es difícil a veces separar ambos temas.
La serie de poemas dedicados a este tema es corta, pero intensísima. En el
poema Caminos, el paisaje andaluz, normalmente alegre en otros poemas, se
carga de connotaciones de tristeza. También las personificaciones ("los montes
duermen / envueltos en la niebla", "tarde piadosa", "La luna está subiendo /
amoratada, jadeante y llena"…) indican el cansancio espiritual y la profunda
melancolía del poeta:
CAMINOS
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.
El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza.
Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Lejos los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.
Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!
[CXVIII]
-El poeta dialoga con la muerte:
Una noche de verano
-estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa-
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a mi lecho
-ni siquiera me miró-,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón.
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!
[CXXIII]
La muerte no responde. Dios tampoco. Y el poeta sólo puede clamar en el vacío
su soledad con la muerte:
Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
[CXIX]
Sin embargo, el recuerdo y el sueño hacen "re-vivir" lo que estaba muerto, y
esta vida en el recuerdo abre el camino a la esperanza:
Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón… No todo
se lo ha tragado la tierra.
[CXX]

***

Soñé que tú me llevabas


por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!…
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
[CXXII]
Pero el despertar del sueño es la vuelta a la soledad, la tristeza y esa tan suya
vejez espiritual:
Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
[CXXI]

TEMA DE ESPAÑA
El pueblo
Las tierras de Castilla descritas por Machado están frecuentemente pobladas de
presencias humanas. Desde sus primeros escritos, se ha mostrado atento a los
seres humanos. Sabe verlos y observarlos. Hay en él, hacia su prójimo, una
actitud vigilante. El poeta que cantó sus soledades no es insolidario con la gente
que le rodea. En su "mono-diálogo" ("Converso con el hombre que siempre va
conmigo") ha aprendido "el secreto de la filantropía".
Esta expresión de la otredad del ser -en términos del propio Machado- revela un
ideal de humanismo laico, una inclinación de su alma: un amor fraternal a los
seres humanos, aunque este amor no tenga que eludir una crítica profunda a los
vicios, especialmente a lo que la generación del '98 llamó el cainismo. Veamos un
ejemplo:
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.
Por tierras de España [XCIX]
A veces, el modelo se reduce a un detalle que refleja el espíritu del retratado. Así,
estos dos ejemplos opuestos:
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos.
El hospicio [C]
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.
En el tren [CX]
Pero es a los ojos a los que presta especial atención:
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
-bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-,
contempla silencioso la lumbre del hogar.
Al maestro "Azorín" por su libro
Castilla [CXVII]
Y ahora, en la misma venta, un extraño desconocido, un viajero misterioso, al que
hemos identificado como el propio Antonio Machado:
Sentado, ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la tinta en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
Al maestro "Azorín" por su libro
Castilla [CXVII]
También le gusta trazar con rasgo más acentuado lo que constituye una marca
indeleble (que unas veces representa la marca de Caín y otras, simplemente, la
huella de las preocupaciones), casi siempre descrita como un golpe de hacha en
el entrecejo:
En torno al fuego hay un lugar vacío
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
-tal el golpe de un hacha sobre un leño-
Campos de Soria [CXIII]
Pero más que retratos aislados, Machado se eleva a una visión de conjunto. Toma
conciencia de una colectividad cuyos modos de vida trata de expresar: pueblo de
ciudades o de campos, aldeanos, labradores, arrieros, buhoneros, pastores,
cazadores, venteros, hidalgos, burgueses, beatas… E, incluso, más allá de la
multitud de gente, se preocupa de descubrir el alma que se encarna en los
habitantes de Castilla.
Son, ante todo, los hombres del pueblo los que se complace en evocar. El poeta
nos muestra sus retratos, sus comportamientos; pero las más de las veces no son
más que una multitud anónima:
Labriegos transmarinos y pastores
trashumantes -arados y merinos-,
labriegos con talante de señores,
pastores del color de los caminos.
Desde mi rincón [CXLIII]
Frente a los negros ejemplos del alma cainita que veremos más adelante,
presenta Machado a los buenos campesinos, que son de la estirpe de Abel.
Normalmente se limita a sugerir algunas siluetas, sin entregarse a profundas
reflexiones, a describir algunas ocupaciones agrícolas y pecuarias, y a destacar el
espíritu silencioso, trabajador y paciente de estas gentes:
[…]los buenos aldeanos
que visten parda estameña,
y que cortan vuestra leña
con sus manos.
Las encinas [CIII]
El poeta ama a esta multitud en que se encarnan las grandes virtudes de la raza.
Su ternura hacia estos hombres se expresa en la bendición final de la serie
Campos de Soria:
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como a cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza! Campos de Soria [CXIII-IX]
La actitud que Machado adopta ante los habitantes de Castilla corresponde a una
forma de entenderlos característica de los intelectuales del '98. Son los hombres y
mujeres que constituyen la verdadera historia nacional, la intrahistoria, según
la expresión, tantas veces repetida de Unamuno.

El cainismo
Se trata de uno de los tópicos de la llamada generación del '98: la maldad
intrínseca del hombre, la codicia como origen de todos los males… la presencia,
en definitiva, del alma de Caín en nuestros prójimos.
Dos poemas, fundamentalmente, se centran en el tema del cainismo: Por tierras
de España y El Dios ibero:
- Por tierras de España [XCIX] es de ritmo grave, lento. La composición es, a la
vez, sencilla y bien estructurada:
Los dos primeros serventesios presentan, en singular colectivo, al hombre
castellano:
El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra. […]
Machado, poeta de los árboles, elige en primer lugar, para denunciar la villanía del
"hombre de estos campos", la actividad destructora que más podía conmoverlo. La
evocación deja paso a las consecuencias de tales actos en el presente: las tierras
devastadas son improductivas, "malditas":
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. […]
Miseria y desolación son los resultados. La palabra "lares" quiere expresar la
organización patriarcal de la familia, la casa a que está ligado el futuro de los hijos,
por lo que forma una antítesis violenta con "huyendo". La desolación causada por
los hombres se abate sobre la tierra misma: la tempestad arrastra los limos de los
campos y los hace áridos y estériles. Los ríos son sagrados pues, según el poeta,
el agua es bendita, lleva la vida. La maldición del último verso viene después de
palabras que evocan lo sagrado (lares, sagrados ríos). Todo es como si se
hubiese cometido un pecado irreparable. Y así, se insinúa la maldición de Caín:
"trabaja, sufre y yerra".
Los cuatro serventesios siguientes trazan un retrato físico y moral. Después de
evocar su origen ("Es hijo de una estirpe de rudos caminantes"), hace un retrato
admirable del "hombre malo del campo y de la aldea", como lo definirá una estrofa
más adelante:
Pequeño, ágil sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas. […]
El alma guerrera de Castilla, que habíamos visto reflejarse en el paisaje, asoma,
con la misma imagen, en el semblante del hombre: "cual arco de ballesta, […] las
cejas muy pobladas".
- El Dios ibero [CI], segundo poema al que hacemos referencia, presenta al
hombre ibérico en sus relaciones con Dios; relaciones interesadas según que el
fruto de su trabajo sea asolado por la tempestad o, al contrario, llegue a madurar.
La primera estrofa es la presentación del personaje:
Igual que el ballestero
tahúr de la cantiga,
tuviera una saeta el hombre ibero
para el Señor que apedreó la espiga
y malogró los frutos otoñales,
y un "gloria a ti" para el Señor que grana
centenos y trigales
que el pan bendito le darán mañana. […]
Se muestra un concepto primitivo de Dios, tan pronto malo como lleno de bondad.
El poeta, para introducir el tema y enmarcarlo en lo anónimo popular, se refiere a
una vieja cantiga en la que un tahúr, a pesar de sus trampas, pierde su dinero en
la partida y, culpando al cielo, dirige hacia él sus flechas. De la misma forma,
nuestro campesino lanzará sus blasfemias o sus agradecidas bendiciones a un
Dios caprichoso.
Las siete estrofas siguientes forman la peculiar oración imprecante que el hombre
ibero dirige a su Dios. Es la blasfemia de un hombre que se siente esclavo
(obsérvese cómo acentúa este sentido la rima con pena / cadena) de la
providencia. Un hombre que ha hablado del pan bendito de su trabajo, pero que
ahora lo ve como una maldición bíblica: "Señor, por quien arranco el pan con
pena". A continuación, se dirige a un Dios providencial y bienhechor ("Señor del
iris", "Señor del fruto") con sentimiento de profunda gratitud. En este tono de dicha,
se aluden algunos aspectos de la vida campesina de un modo cándido e ingenuo:
"tu soplo" es el viento; "tu lumbre", el sol; "tu santa mano", la intervención de una
divinidad propicia. Inmediatamente una interpretación maniquea: por un lado, el
Dios de la fortuna, de los ricos; de otro, el Dios de la desgracia, el de los pobres.
Este sentimiento deja al hombre impotente ante los caprichos de la divinidad:
"¡Oh dueño de fortuna y de pobreza,
ventura y malandanza,
que al rico das favores y pereza
y al pobre su fatiga y esperanza. […]
La doble intención (blasfemia y alabanza) se manifiesta en una esperanza que no
es una esperanza cristiana, sino la pagana rueda de la fortuna que se equipara a
la moneda o al dado en el juego:
"¡Señor, Señor: en la voltaria rueda
del año he visto mi simiente echada,
corriendo igual albur que la moneda
del jugador en el azar sembrada!
"¡Señor, hoy paternal, ayer cruento,
con doble faz de amor y de venganza,
a ti, en un dado de tahúr al viento
va mi oración, blasfemia y alabanza!" […]
Ha terminado la oración y el poeta vuelve a tomar la palabra, preguntándose por
qué el mismo hombre que ayer
[…] puso a Dios sobre la guerra
más allá de la suerte,
más allá de la tierra
más allá del mar y de la muerte […]
hoy lo insulta. El presente apenas es nombrado y se elude a favor del porvenir:
Mas hoy… ¡Qué importa un día!
Para los nuevos lares
estepas hay en la floresta umbría,
leña verde en los viejos encinares. […]
¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
al mañana, mañana al infinito,
hombres de España, ni el pasado ha muerto,
ni está el mañana -ni el ayer- escrito. […]
Se trata, en fin, de convencer al hombre ibero para que forje su destino, y espera
que aquel Dios austero vuelva para sustituir el concepto de divinidad caprichosa al
que el español dirigía antes su plegaria:
¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?
Mi corazón aguarda
al hombre ibero de la recia mano,
que tallará en el roble castellano
el Dios adusto de la tierra parda.
El Dios ibero [CI]

Dos retratos expresionistas


En los dos poemas anteriores, Antonio Machado nos hablaba del "pueblo" (el
protagonista de El hombre ibero -el título así lo indica- no es un hombre concreto,
sino una abstracción, una generalización). Se trata ahora de dos retratos
individualizados: un loco y un criminal.
 Un loco [CVI] pone en escena, en medio de un paisaje áspero y desabrido, a un
demente que gesticula y vocifera a solas con su sombra y su locura. Todo, paisaje
y personaje, está descrito con rasgos expresionistas:
Es una tarde mustia y desabrida
de un otoño sin frutos, en la tierra
estéril y raída
donde la sombra de un centauro yerra.
Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura
va el loco, hablando a gritos. […]
Es horrible y grotesca su figura;
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
ojos de calentura
iluminan su rostro demacrado. […]
La evocación a lo lejos de la ciudad de donde se aparta el loco permite al poeta
denunciar la mediocridad y la bajeza de la sociedad española, que intenta mostrar
a sus lectores:
Huye de la ciudad… Pobres maldades,
misérrimas virtudes y quehaceres
de chulos aburridos, y ruindades
de ociosos mercaderes. […]
Las imágenes del demente solitario y del siniestro paisaje se superponen. De la
mente extraviada del loco parece desprenderse un sueño de inocencia:
Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
-rojo de herrumbre y pardo de ceniza-
hay un sueño de lirio en lontananza. […]
Los últimos versos expresan el simbolismo del loco errante: es la personificación
del tedio sórdido, de la atmósfera sofocante de la ciudad de la que huye:
Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
-carne triste y espíritu villano-.
No fue por una trágica amargura
esta alma desgajada y rota:
purga un pecado ajeno: la cordura
la terrible cordura del idiota.
Un loco [CVI]
- Un criminal [CVIII] muestra otra imagen degenerada en esta galería de tipos
humanos. El poema describe la celebración de un juicio, el de un antiguo
seminarista, asesino de sus propios padres, cuyo retrato impresiona por el
contraste entre su figura infantil, sumisa y humilde, y la violencia de su mirada:
El acusado es pálido y lampiño.
Arde en sus ojos una fosca lumbre,
que repugna a su máscara de niño
y ademán de piadosa servidumbre.
Un criminal [CVIII]
Sofocado por un modo de vida opresor, el instinto brutal despierta y se apodera
del personaje. Comete el mismo crimen que Juan y Martín, los hijos mayores de
Alvargonzález, y al igual que ellos emplea un hacha. La escena de la Audiencia
permite a Machado componer un estudio costumbrista. La perspectiva se ha
desplazado del criminal a los personajes que lo rodean: jueces, jurado, abogado,
fiscal, escribano, ujier y público. Todo el aparato de la justicia, tratado con tono
satírico e irónico, produce un contraste irrisorio con la primera parte. Se describe
una justicia vengadora, la que espera el pueblo: la ley del talión, que es una nueva
ilustración del cainismo, del mal que habita en el corazón del hombre y
escandaliza al poeta.

Conclusión

Ningún poeta del siglo XX nos llega tan a lo hondo como Antonio Machado. Nadie
como él ha conseguido con unos pocos poemas en verso pobre, aconsonantado,
ripioso a veces, una emoción lírica, una densidad tal de sentimiento que lo colocan
entre los mayores de la historia de nuestra lengua. En un siglo de grandes
poemtas, como no los había desde el XVII, su libro Campos de Castilla, que nunca
fue un libro del todo, tiene los versos más enteros de su generación, la famosa del
98, e incluso de la siguiente, la célebre del 27. En su tiempo hay un poeta mayor,
Juan Ramón Jiménez; hay un precursor genial, Rubén Darío; y con él coexisten
jóvenes prodigiosos, como Cernuda, Alberti o Lorca; pero de todos ellos
seguramente el más profundo y duradero es Antonio Machado. Sobrevive incluso
a sus admiradores, virtud concedida a muy pocos elegidos.
La clave del esplendor seco y melancólico de la poesía machadiana tiene nombre
propio: Leonor. Así se llamó una de las dos mujeres de su vida, sin duda la
principal, un amor fatal, hermoso, paradójico, un poco grotesco y al que la muerte
puso fin de un tajo. Leonor era hija de un sargento retirado de la Guardia Civil,
Deferino Izquierdo, y de Isabel Cuevas, quienes se habían trasladado a Soria
desde el pueblo de Almenar y pusieron fonda. Allí apareció un día de 1907,
después de merodear por otras pensiones, el nuevo catedrático de Francés del
Instituo de Soria, nuestro poeta, con 33 años muy vividos, muy bebidos y muy
baqueteados. Leonor tenía 13.
El hombre que llegó a Soria solo, sin dinero y sin esperanzas, era un sevillano
nacido en 1875 y recriado en Madrid. Su padre fue un folclorista mamoso, Antonio
Machado Alvarez, Demófilo, que trabajó más recogiendo coplas que alimentando a
su prole, media docena de críos a la sombra de un abuelo catedrático. Los
Machado estudiaron en la Institución Libre de Enseñanza, bajo la dirección de
Francisco Giner de los ríos, pero Antonio fue un pésimo estudiante, no terminó el
bachillerato cuando le tocaba y tuvo que hacerlo a los 25 años. Nunca estudió una
carrera y sólo consiguió la cátedra de Francés porque no necesitaba título
universitario. Huérfano desde los 18 años, era bohemio, nocherniego, amigo del
flamenco, del vino y las hetairas, muy hermano de su hermano, pero sin su
brillantez. Era el hermano de Manuel, el mismo que acabó siendo el hermano de
Antonio. Tuvo veneración por su madre. Amigos de verdad, muy pocos, casi
ninguno. Trató de emigrar a Guatemala, de ser actor, de vivir en Paris por dos
veces. Todo fracasó.
Su primer libro, Soledades (1902), fue saludado elogiosamente por Rubén Darío y
Juan Ramón Jiménez, el no va más. Y el éxito se amplió en otra edición
transformada: Soledades, Galerías y otros poemas (1907). Pero sin más ingresos
que los líricos, con traducciones y encargos de lance, se moría de hambre. Un día,
después de alguna juerga de amarga resaca, decidió hacer caso a sus amigos de
la Institución y firmó unas oposiciones de Francés, para catedrático de Instituto.
Las ganó y le tocó Soria.
Y allí, en la Pensión Izquierdo, se enamoró de aquella chiquilla que aún parecía
más joven de lo que era. Estaba recién llegada del pueblo, escribía con faltas de
ortografía y, además, estaba don Ceferino al gatillo. Pero Antonio no era un simple
seductor de menores. O no sólo eso. Aquella pasión descabalada sólo podía
terminar en boda o en ataúd y fue, de momento, en boda. Tras cambiar de pensión
para guardar las formas se casó con Leonorcica, como la llamaban en casa, el 30
de julio de 1909. Quince años tenía la novia. Tras un primer año aparentemente
feliz, consiguió una beca oficial para llevar a Leonor a concer París, pero allí, un
14 de julio, la chiquilla tuvo un vómito de sangre. Diagnosticada la tuberculosis,
volvieron a Soria, Leonor se fue apagando en las manos de Antonio, que la paseó
por ultima vez, ya en silla de ruedas, en la primavera del 1912, con el primer
ejemplar de Campos de Castilla recién editado. Murió el primer día de agosto, a
los tres años y un día de matrimonio.
Machado estuvo a punto de suicidarse. Si no lo hizo e incluso si reanudó una
cierta meditación religiosa, fue por no resignarse a perder del todo a su mjer-niña.
Trasladado rápidamente a Baeza, vivió mucho tiempo en la ensoñación de Soria,
de Leonor, de la soledad terrible en la que había terminado aquel drama de amor y
muerte. Escribió entonces unos poemas sencillamente desesperados, hermosos y
tristes, en los que el amor a la tierra de Castilla y el sueño de amor perdido se
mezclan de forma indisoluble. Se publicaron en una segunda edición de Campos
de Castilla, rehecho de nuevo en sus Poesías completas. Esos poemas de los
últimos años en Soria y los primeros en Baeza -Campos de Soria, A un olmo seco,
A José María Palacio- son la culminación del modernismo y al tiempo algo nuevo,
personalísimo. Antes de ellos Machado es un gran poeta. Con ellos, sublime.
Después, Los complementarios, los heterónimos, que empezaron siendo Abel
Martín y Juan de Mairena y terminaron siendo legión (hasta un tal Antonio
Machado); muchos poemas dedicadosm, mucho oficio, pero nunca nada como lo
anterior.
A falta de Salamanca, huyó de Baeza a Segovia, donde frecuentaba unas ventas
muy tiradas al pie del Alcázar y dormía grandes curdas entre meretrices de
retirada, como él mismo. Publica su obra en sucesivas ediciones de un mismo
libro ampliado, Poesías Completas, y las Nuevas Canciones en 1924. Juan
Ramón rompe con él reprochándole su oportunismo literario y político. Antonio se
refugia en la familia, en especial en su hermano Manuel, con el que dio en escribir
varias obras de teatro que tuvieron muchísimo éxito, como Las Adelfas o La Lola
se va a los Puertos. Forma en el séquito intelectual de Ortega, que alcanzó su
máxima influencia durante la Dictadura de Primo de Rivera. Gracias a ella Antonio
llegó a académico de la Lengua en lugar de don Niceto Alcalá-Zamora, vetado por
el dictador. Fue una candidatura muy radical: lo presentaron el director de la
Academia de Artillería y el director del Seminario de Segovia, y en la docta casa lo
apadrinó Azorín.
Primo de Rivera incluso presidió con su hijo José Antonio un banquete en
homenaje a los Machado en 1929. sólo dos años después, con el mismo Ortega
que saludó elogiosamente a la Dictadura bajo la Monarquía, Machado fundó la
Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República, e incluso la proclamó en
Segovia en 1931. Durante esos años republicanos cultivó unos amores platónicos
y patéticos con Pilar Valderrama, a la que llamó Guiamar. Su buena estrella en el
teatro se extinguió. En 1936, tiene arteriosclerosis, úlcera, ha perdido casi la vista,
se hace masón y, a la vez, compañero de viaje de los comunistas. En fin, con la
guerra comenzó una tragedia que sólo algunos necios han querido transformar en
apoteosis del izquierdismo cívico.
Separado casualmente el 18 de julio de su hermano Manuel, que estaba en
Burgos; alejado también en Guiomar, que huyó a Portugar; Antonio, tan
desastrado, quedó a cargo de su madre, anciana y enferma, y de sus tres
hermanos con sus nueras. Se convirtió en una de las figuras del PCE y colaboró
en la muy digna revista Hora de España, pero prologó el libro de discursos de
Azaña Los españoles en guerra que políticamente estaba en las antípodas de los
comunistas. También publicó un libro de circunstancias, La guerra, con digujos de
su hermano José. En él, junto a una notable elegía a Lorca y un hermoso cuarteto
a Madrid, se halla un soneto dedicado a Líster que termina: «Si mi pluma valiera tu
pistola / de capitán, contento moriría». Semejante desvarío moral explica mejor
que una enciclopedia su situación.
Si la guerra fue terrible para casi todos, guardó para él un cáliz de indecible
amargura. Salió de España a pie, bajo la lluvia helada en finales de enero de
1939, con el turbión humano que pasó los Pirineos tras la caída sin lucha de
Barcelona, y quedó varado con su madre, José y su cuñada, en el pueblecito de
Colliure, en la pensión Quintana. Los inquilinos se preguntaban por qué no
bajaban nunca juntos al comedor los dos hermanos Machado. Al fin supieron que
sólo tenían una chaqueta y no querían aparecer sin ella en público. Se fue
muriendo en febrero, casi un mes de agonía, con su madre agonizando también
en la habitación de al lado. Antonio falleció un 22 de febrero; doña Ana, tres días
después.
En los bolsillos de su abrigo encontraron milagrosamente un papelito con un solo
verso, que es su testamento lírico: «Estos días azules y este sol de la infancia».
No hace falta más. He ahí de nuevo, desasido del tiempo y la amargura, el autor
de Campos de Castilla, el patriota melancólico, el hombre solo de la mano de una
niña, el escritor sublime, entrañable e inolvidable.

Juicio personal
Para mí este libro me ha gustado porque refleja perfectamente la opinión " experta
" de un gran escritor como es Antonio Machado.
En campos de Castilla, Antonio Machado nos transmite su dolor al dejar Castilla
para ir a Andalucía, al igual que nos lo transmite con la muerte de su amada.
También me ha gustado mucho porque yo también soy muy aficionado a los
poemas yo no me considero poeta, pero de vez en cuando cuando me viene la
inspiración, escribo algún poema o de invento algún verso. A mí me encantaría
poder realizar unos poemas como los Antonio Machado, llenos expresividad y de
sentimiento.
Antonio Machado es un gran ejemplo de fidelidad, tanto asimismo como a su
pueblo. Es un experto profundizando en los grandes problemas humanos, ya que
lo hace identificandolos con una tierra.