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Horkheimer Max - Ocaso

Horkheimer Max - Ocaso

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Una de las primeras obras de Horkhiemer: un conjunto de aforismos en los que aparecen las que serán sus constantes: marxismo, Schopenhauer, religión, crítica social...
Una de las primeras obras de Horkhiemer: un conjunto de aforismos en los que aparecen las que serán sus constantes: marxismo, Schopenhauer, religión, crítica social...

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Published by: swann_rembrandt3143 on Mar 17, 2010
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08/17/2013

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No es posible metafísica alguna; ninguna afirmación positiva sobre lo absoluto es posible. Pero, sin
embargo, son posibles las afirmaciones sobre la contingencia, la finitud, el sinsentido del mundo sensible. Pero el
criterio de la necesidad, finitud, sinsentido, que funciona en tales negaciones no puede ser interpretado (como
en la doctrina de las ideas de Kant) como garante de la existencia de lo eterno en el espíritu humano, sino de
nuevo como meras representaciones humanas. Incluso el pensamiento de una instancia absolutamente justa y
buena, ante la cual desaparece la oscuridad terrenal, la bajeza y suciedad de este mundo, que hace existir y
triunfar la bondad desconocida y pisoteada por el hombre, es un pensamiento humano que desaparece y muere
con aquellos que lo conciben. Este es un conocimiento entristecedor.
Hagamos un experimento mental: la contingencia de lo real se hace especialmente clara si vamos hasta
el fondo del deseo de vivir bien tanto como sea posible. Lo podemos entender de muchas maneras. Entre otras,
de la siguiente: un hombre quisiera haber conocido todos los placeres, haber pensado todos los pensamientos,
haber practicado todas las artes, y a su muerte quisiera decir: «yo he conocido la vida». Pero ¿qué habría
conocido entonces? Se podría imaginar que se despertara en otro mundo, en el cual todos los placeres,
conocimientos y artes del mundo actual, en número y tipos, resultaran insignificantes; y, después de su nueva
muerte, despertara en otro, y así sucesivamente, con infinitos mundos diferentes, cada uno de los cuales reduce
a la nada las cosas más importantes de los otros. Este experimento mental permite, ante la infinitud de lo
posible, empequeñecer su saber actual hasta tal punto que la diferencia entre la «simplicidad» de la más
miserable de las criaturas humanas y su propia inteligencia se rompe en la nada. Es sabido que en relación con
una cantidad infinita, todas (149) las finitas, sin distinción, son infinitamente pequeñas, siendo indiferente la
magnitud de ellas.

También podemos concebir aquel deseo de modo que un hombre quisiera haber vivido bien, es decir,
moralmente bien. Sin embargo, tiene que entender que su concepto del bien es un concepto humano y puede
llegar un momento en que cambien todas sus ideas. Tiene que entender que este concepto no está santificado
por ningún poder supraterrenal, ni es elevado a ninguna eternidad. Toda conciencia puede cambiar. No hay una
memoria eterna.

La distinción entre buena y mala vida se refiere sólo al presente. Es en el presente donde la distinción es
decisiva, pero también es sólo la forma de la existencia. En ésta la distinción entre buena y mala vida significa
satisfacción o rechazo. También la amistad, la decencia, la justicia, son, para quien las practica, satisfacción de
sus impulsos. Entendidos como medios terrenales para fines eternos, como símbolos con significación profunda,
se convierten en ilusiones. La vida tiene tan poca significación profunda como el conocimiento. Estamos
interesados en el futuro, no por la perduración de la existencia individual en un más allá, sino por la solidaridad
con los hombres que en el más acá vienen después de nosotros.
Esta concepción está expuesta a la objeción de lo incompleto de nuestro saber. Quizá una vida impotente
y atormentada, plena de bondad, no está perdida, quizá haya un mañana eterno. No lo podemos saber. Pero
tampoco podemos saber si la bondad no se transformará en infierno, y no en paraíso, y si el gobierno en la
eternidad no será en realidad tan malo como se muestra en el tiempo. La contingencia del mundo y de nuestro

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conocimiento de él, o la imposibilidad de la metafísica, se expresa en que toda afirmación que trasciende lo
temporal está igualmente justificada como no justificada. Cuando los teólogos afirman una eternidad y, como
prueba de la naturaleza perfecta de esa eternidad, aducen la esperanza (150) que habita en nuestro corazón,
entonces olvidan que la angustia y la desconfianza constituyen igualmente fundamentos tan justificados para
concluir sobre lo absoluto como nuestra confianza en la justicia de Dios. ¿Por qué la esperanza, en la que los
buenos son engañados habitualmente por el poder, no debe cambiar precisamente cuando el poder supremo
tome la palabra? El sinsentido del mundo castiga a la metafísica, es decir, su total explicación de mentiras; pero
sólo puede engañar a quien lleva una vida humana por miedo a cualquier señor, y no por compasión de los
hombres.

Podemos amar y desear felicidad a seres humanos separados de nosotros por el espacio y el tiempo,
igual que ellos también nos podrían entender a nosotros. Pero más allá de la humanidad, de este conjunto de
seres finitos, no hay comprensión alguna de lo que nos es sagrado. En la medida en que los hombres no ponen
ellos mismos un orden al mundo, éste queda a merced de la naturaleza ciega. Fuera, en el universo, no habita ni
la bondad ni la justicia. El universo es mudo y despiadado. En la noche que la envuelve, la humanidad como
totalidad es igual que la joven de Lavaur, que despertándose después de una muerte aparente, encuentra
asesinados a todos los hombres de su pueblo. Ninguno participa de su despertar, para ningún otro tiene sentido
su vida. Nadie la oye. También la humanidad está completamente sola.

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