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ENTREMÉS DE LOVOCHANCHO

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JUAN ARIAS BERMEO

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Creí que por mi acervo matemático lo de contemplar se iba a reducir a
refundirme en la gélida perfección de lo geométrico, algo delicioso si uno se
pone a calcular el viaje de las estrellas de infinito en infinito: te pudres de dicha
abstracta en ello.
Desde que salí a mi montaña, o mejor asentado, cuando empecé a
ascender por mí mismo, solo, libre y salvaje, (al estilo carne y hueso, ese del
yo y mis fantasmas) hasta el ápice de algunos de los cerros tropicales a los que
me arreó anteriormente el famoso Kantoborgy, me infecté hasta la medula de
mi algoritmo con ese espacio que me doy para extasiarme con los mundos
minerales, animales y vegetales, que coexisten en el perímetro interior de mis
murallas. Tomé conciencia de mi capacidad para la contemplación mutante de
lo complejo, antípoda de la contemplación infinita de lo simple. Algo que se
mantiene en secreto sin que haga nada para que sea así; pues, los buenos
vecinos que me rodean, no se convencen que un matemático pueda tener más
imaginación que la masa primitiva junta, y que no se la pasa de sol a sol
bebiendo de la pureza de los símbolos. Estamos encarnados, cometemos
actos de animalidad a diario; ¿cómo despistar tanto y pretender ser, bajo el
yugo de la temporalidad corpórea, sólo espíritu?
Quise evitar esa suerte de osmosis psicofisiológica con lo biodegradable
por considerarlo una energía debilitante contra mi especialización abstracta,
justificando aquello para no caer en una dilatación estéril. Vivía repitiéndome
que lo pudrible de los animales y las hojas, y la transformación imperceptible o
fulminante de lo geológico, no era sano para la divinización de lo inmutable. Y
por eso mismo, por resistirme a la sensualidad de lo perecible, retornó a mí con
mayor fuerza esa predisposición para el asombro, lo hizo con el vigor y hechizo
de la niñez cursando en los atajitos de caña, abismado en los pollinos cantores
de Santa Ana, la finca prima hermana de San Agustín.
Ejemplo actualizado de esta rica realidad a la que no me niego más,
fascino con la cochinilla: con las cochinillas que no se cansan de incursionar en
mi templo experimental de lo mudable, y yo de sacarlas suavemente por las
ventanas bajas, gozando de su vuelo y sobretodo de su aterrizaje sonoro y
seco; ¡chac!... ¡chac!, retumban haciendo contacto con la baldosa de la vereda
exterior.
Consumada la rebelión de Adeilada -su escape definitivo del mundo “sin
garantías ni pretensiones” del matemático al mundo ejecutivo y plagado de
oportunidades que brinda la especialización hominina-, me abandonaron
también la televisión y otros artefactos electrónicos de punta que se llevó la
misma mujer que me los vendió de contado, a un precio jugoso de esto es el
símbolo de nuestra alianza… Perdí unos artefactos que pronto serán chatarra
en aras de adquirir lo último de la novedad racional; gané imaginación, ascendí
peldaños insospechados sobre mi nueva cotiniedad exenta de entretenimiento
artificial. Ahora yo soy el propietario de todas las acciones de la factoría
“imaginación”, y no necesito que un rectángulo empotrado en la pared me
provea, ¡gratis!, a granel, de imágenes y sonidos que degeneran mi capacidad
de ver sin amortiguadores. Por eso me enamoré de las cochinillas; y puedo
verlas como, a veces, caen de espaldas pataleando y luego de darse vuelta
corren con sus múltiples patitas a mimetizarse en las tunas, troncos y piedras.
Lo anotamos en nuestra bitácora del ciberespacio, no hace mucho, creo que
algo así: “…El grueso de esos organismos antediluvianos que salen volando
por mi ventana, porque este servidor las pone a volar, han adquirido una
técnica de aterrizaje invertebrado que sospecho -a la manera del profesor
Duvolosky- es debido a que aprendieron a jugar con uno, y disfrutan de la
sensación de flotar ingrávidos que les proporciona un ser espacial…”. Cuestión
elemental para un aspirante a ufólogo: ¿acaso uno no puede ser el alienígena
de otro animal terrestre?
A ojos de mis congéneres, he sido y seré el matemático guangopolero,
un sujeto positivo aparte, al que se respeta por lo inaccesible de la ciencia al
común mortal, cual se reduce a tomar los frutos de ella como lo haría un
primitivo que coge los higos dulces de la higuera sin pensar en su génesis,
inconsciente del portento evolutivo y de que la semilla se haya hecho un manjar
a través de millones de años. Hay que adquirir las golosinas de la tecnología y
engullirlas con la prisa que ponen en su negocio “ejemplar” los imagólogos de
la estupidación, y adorar cualesquier edulcurante que brinde el horno del
entretenimiento en masa. Por esto, mis vecinos, así me diese por hacer
piruetas tragicómicas en la calzada, no confundirían lo mío con la intangible
producción de un ser entregado a sí mismo. Soy a todas luces de los
parroquianos un “científico” que irradia inteligencia a kilómetro a la redonda de
su aislamiento. No tienen idea que invento, con la venia del gastrónomo
Pompilio Dela Cruz, los encurtidos, compotas y jamones de la casa
Chancholovo.

Adelaida, en nuestro idilio libre e indocumentado, me halagaba diciéndome


que éste, su servidor de potajes de la casa Chancholovo, emitía cierta paz,
semejante a la de un príncipe desencantado que rara vez se deja ver en el
humilde pueblito que domina desde su castillo: Guangopolo aletargado en la
vertiente noroccidental del cerro Ilaló.
En la vecindad de Guangopolo, uno todavía se regodea en su castillo, a
pesar de estar rodeado de multitudes bípedas que conforman el paisaje de
kilómetros de cuevas humanas, todas las que abarca el distrito metropolitano
de la capital de los ecuatorianos y sus ciudades satélites. Finalmente, en
conjunto, esa suma de barrios diversos -donde se puede viajar gradualmente
del primer mundo al quinto infierno-, hacen una enorme fábrica de detritos que
no se transforman en energía renovable a largo plazo, desperdiciándose de
una forma absurda el desperdicio que nos haría más ricos en un medio
ambiente saludable y no más pobres en un entorno putrefacto.
Con mis inmediatos vecinos de la doble cuadra que ocupamos, apenas
nos reconocemos, pues, igual vienen emparedados en sus mansiones por el
asco que provoca la miseria ajena; es decir, estamos juntos en este mundo
pero delimitados por nuestras murallas exteriores: las que me libran de
enterarme qué pasa dentro de sus interioridades, y, viceversa, ellos no huelen
lo que invento yo dentro de las mías.
Costeo mi estilo de vida chancholovesco en base a la sólida clientela
que tengo; “gracias a la credibilidad que usted transmite, a su vez, a nosotros
nos ha ido bien…”, me ha escrito uno de ellos satisfecho por la confianza que
depositó en mi trabajo. Para mis clientes transpiro, pecuniariamente hablando,
a través de las dos horas que le dedicó, cuatro veces por semana, a los
encargos que le hacen al matemático aplicado a la estadística. Hubiese querido
que me paguen por el tiempo que le doy a mi nirvana, la matemática pura; pero
no tengo la suerte de un Kantoborgy o de un Olegario Castro, para que me
subvencionen mis verdaderas aficiones directamente, porque indirectamente sí
lo hacen aunque no tengan noción de ello. La cosa en sí, es bastante obvia
para este especie de “profesional platónico”; mis clientes no me ven ni oyen,
arreglamos el asunto vía correo electrónico, me pagan por adelantado y el
especialista cumple higiénicamente su mandato.
Kantoborgy no se llama a engaño con mi apariencia de matemático
aplicado a la estadística, conoce bien al señor del mantel largo que hay detrás
del calculador, y por eso viene a negociar en mis aposentos, personalmente,
los jamones y el dulce cimarrón que fabrico para mí mismo y nadie más, con la
obligada excepción que hace factible la regla. Oh, dolor, Adelaida, se negó a
seguir siendo parte de la excepción; “¡a mí, señor Lovochancho, no más cositas
ricas del buey: o usted me da el toro entero o usted no me dé nada!”. Sí, te
extraño Adelaida, eras mi afirmación de la carne, quedamos en nada por lo de
los papelitos; más haló el críptico existente que el enamorado -del férvido
séptimo día- dispuesto a firmar el documento que le pongan por delante.
El gótico está enterado que somos bastante menos hermético que él y
su cofrade de radio Marañón, Olegario Castro; ninguno de los dos conocen a
sus contribuyentes ni de nombre, y no facturan como este humilde algoritmo lo
hace con sus clientes de carne hueso. A esos dos, las donaciones de sus
auspiciantes les llega “líquido y sonante”, ¡les cae de la nada!, cual arte de un
alquimista templario. Somos transparentes en lo del billetito que viene merced
a las ocho horas semanales que, en promedio, le brindo a mi instinto de
conservación de la mesa sibarita. Mis clientes sí son identidades con tarjetas
de plástico, sujetos de crédito en el ciberespacio y los templos del consumismo.
No chateo con ellos, nada de confianzas a lo hominino en busca de un millón
de amigos, en eso somos invisibles.
Nadie puede dar testimonio de los mecenas de radio Marañón, ¿cómo
hacerlo, si el propio Castro no los ha visto, ni oído, ni presentido por escrito? ;
imagino que él mismo especulará con esas formas intangibles. Igual, su colega
de dar pasos de la muerte en los riscos, Kantoborgy; éste, tampoco, tiene
información común del sujeto -o entidad- que corre con los gastos de sus viajes
al séptimo grado de dificultad en las paredes del miedo cósmico. Ese ¿ente?,
luego de sus maromas mortales sobre la altitud, le facilita los días de Loco
Divino en su mansión ecológica de cráter del Pululahua, circundado de una
guardia lobuna que le adora. ¡Por Dionisos!, qué más se puede pedir.

No hay horario fijo para mis diurnos mártires, esos, mis ojos, diseño de natura
que tomó millones de años para hacer el festín que aprendí a cocinar ya con
mis propios ingredientes. No dijo el vate de las ideas encarnadas y la flor en sí:
Ojos que despiden poesía: ¡ven!
Siendo que alzó a ver desde los ventanales (a prueba de los
extraterrestres que no me visitan porque no les interesa nada de lo que hago, y
a prueba de aparecidos que no los confundo con esos fugaces hologramas de
otros colegas en otras dimensiones), y me prendo de una alondra, de un
geranio, de un peyote, de todo lo que se alimenta el jardín y parque privado de
los instantes de uno. Es como si recién nacieran a mis sentidos los matices que
pillan mis orejas sintonizado el coloquio de los ruiseñores, intercalándose con
aguaceros y el contundente sol de aguas de la altiplanicie, formando ese
“himno a la vida” nietzscheano que se ha concentrado en el ramaje de los
árboles que heredé del gentil hombre que los sembró.
Orejas que estén atentas: escuchan el ronroneo de las cuerdas del
universo. Digo yo parafraseando a cualquiera de mis congéneres que lo haya
dicho antes, no vamos a crear historia por eso. “Copión, desvergonzado…
asimismo has de hacer con los jamones, las mermeladas y las matemáticas
que dices son tuyas…”, podría soltarme la mujer que finalmente no fue mi
mujer. Lo intentamos, Adelaida, pero eso de las incompatibilidades es una
realidad atroz en nosotros, las unidades de carbono, y no en las máquinas que
vendes y donde todo suena imparcial.
Mi amigo Bustamante, ojos y oídos del parque de la Independencia,
(buen conversador, sociólogo activo en lo suyo pero en la desocupación
industrial, pues, le faltó la especialización en Humanidades Modernas, se
atrasó a los cursillos de cómo hacer amigos metiéndose harto billete, merced a
los inocuos ácidos de la reprogramación neuronal triádica), me encontró ayer
mientras le tomaba el pulso cancerígeno a la ciudad. Genaro Bustamante es
fiel a las mesas de consumo libre de agua fresca, municipal, en el sin par café
Madrilón, compartiendo los puestos con los jubilados que a la larga sí facturan,
sí consumen café expreso en las mesas de mármol del solo establecimiento de
la capital que no se niega a dar de beber, -“el liquido vital”-, al sediento
conversador de traje raído y corbata.
A la verdad, yo también quería toparme con el sociólogo, ya oreándome
en la milla histórica, entre semana, como el turista que soy en La carita de
Dios. Me resultó harto relajante platicar con el citadino empedernido porque es
como el encuentro entre mundos, para qué espaciales si uno puede hacer de
balde el papel de éstos. De paso que lo invité a disfrutar del menú de los
miércoles del Madrilón (con su platillo estrella: Llapingachos a la hortelana),
para que les dé tregua a las mesas de los jubilados y al agua municipal de
vertiente andina que es la bendición de nosotros, los montañeses. Agüita de
taita Cotopaxi nomás es señor…
-¿Usted, amigo Lovochancho, se va a las altas cumbres a sacarse los
demonios? –cuestionó entre jodido y chistoso el ambientalista de plazas
memorables. Bustamante se intriga, igual que mi otro amigo eventual, el diurno
Vampiro de la Floresta Seca (porque les place creer que “arriba no hay nada”),
que subir las montañas es una suerte fútil antes que romántica. Y es así si uno
va a “conquistar” picos para las instantáneas del ascensionista-librito, ese que
se priva haciendo heroico resumen de ¡la expedición! en los medios, hipiando
como sólo los ochomieleros de campanillas, -que no hacen la más mínima
variante en las rutas de hace cincuenta años en los montes ochomiles-, saben
hacerlo.
(…Así mismo fue Marianita querida, ¡nos entrenamos para sufrir las del
criminal Caín!... Duro es este negocio que tenemos con las alturas del señor
Trueno Flamígero. No obstante, sabía este humilde expedicionario que con la
desinteresada ayuda de ciento treinta cargadores locales, un helicóptero de las
Naciones Unidas, toneladas de vituallas deliciosas de los cuatro puntos
cardinales y equipos de punta para escalar provenientes de los tigres asiáticos,
que nos hacen ver pintones en sus hogares, ¡como meros astronautas!, lo iba a
lograr… Hip, hip, hip… -disculpe Marianita, se me saltan las lágrimas de sólo
acordarme de lo que padecí-. No saben cuánto los extrañe a todos sin
distinción de color (más o menos blanqueados es igual si nos auspician
líquidamente con sus bendiciones) y origen metálico. Ámalos como a ti mismo
te amas calentito en el campo base, me dijo que les diga el señor de los
desniveles brutales, Trueno Flamígero, apenas hice la cumbre con otros
veinticuatro alumbrados colegas ochomieleros… Hip, hip, hip).

-Eso de los demonios me suena a comandos de las fuerzas especiales


de selva… ¡alerta demonio, enemigo a las once y a las quince! -repliqué de
buen talante, inspirándome en la vitrina de las calaveras de piraña cosechadas
en la hostería de bosque tropical, húmedo y lluvioso, que adorna el ala
pudiente del café Madrilón.
-No quiero ofenderlo, es que usted… sí, usted, amigo Lovochancho, toda
una eminencia de los números transfinitos, exquisito gastrónomo, -¡virgen de
los intrépidos psicoanalistas!-, ¿qué hace castigándose en lo agreste
indomable?, aunque según me ha dicho no llega al arriba feroz de los pioneros
nacionales del estoicismo vertical como son los Castros y los Kantoborgys...
-No pues, esos dos sí son unos…, morochamente hablando, en su
capacidad de sufrimiento escalador en la intemperie geológica, unos
abominables hombres de las nieves. ¡Vaya bestias de la altitud virginal en
solitario! Ellos dos son la versión ecuatorial de los descendientes mentales del
rinoceronte psicológico, Jurek Kukuczka; y del filósofo de la zona de la muerte,
R. Messner.
-Pero al Rucu Pichincha si se ha ido unas cuantas veces… -acotó
divertido Bustamante, intentando imaginar lo que sin la mínima experiencia
ascensionista le es prácticamente inimaginable-. Remojando el gaznate con el
vino suspira viéndose atacar su fuente de humeantes llapingachos.
-Sí, he hollado su ápice… ¿serán unas veinte veces?, y por la
kilométrica y escondida vertiente de “la Boa”, inolvidable... Yo soy un caminante
a lo “Lovochancho”, -ríase nomás Bustamante-, de media a tres cuartos de
montaña tropical.
-Digamos que lo envidio, ilustre Lovochancho, –repicó nostálgico-.
Alguna vez quise ascender como se dice “por mí mismo” al Rucu; empero, la
ilusión de creer poder hacerlo con el mínimo esfuerzo me mató antes de llegar
al páramo, al poético pajonal del caminante. Sí, con el teleférico llegué a donde
nunca antes había llegado en la montaña que me vio nacer, pero si antes me
desanimé porque creí que la cosa consistía en echar para delante con la sola
fuerza de mi ímpetu pasajero, está vez fue peor, como para no repetir la cosa:
me dio la náusea de lo gratuito…
-Por favor, Bustamante, ataque con fe primordial a los Llapingachos a la
hortelana.
-Muy amable, camarada Lovochancho… –dijo ufano, y, alzando la copa,
añadió recitando-:
Soy carne de perro callejero,
a falta de una especialización pecuniaria,
sueño con servirme el vino con llapingachos
/del Madrilón.
Sembrado a mi parcela de hidrocarburo;
la ciudad de humo,
es la plaza que me tiene preso
en mis especulaciones psicológicas.

Don Genaro Bustamante vive inspirándose en su patrimonio de humo. Entiendo


que tras esos aires de jubilado prematuro, sin un centavo en la faldriquera, -“…
ando pelado, la mensualidad se la paso íntegramente, cual si fuese su ángel
del billete, a doña Petra, quien divide y multiplica en los quehaceres
domésticos, una maga…”-, éste se solaza pateando la plaza de la
Independencia y, por inercia, sus contornos monumentales, más por afirmar su
libertad (concientemente nauseabunda) antes que por el encargo de ser ojos,
oídos y nariz, del padre Estado.
Así como uno asciende al paraíso de lo inmutable (y me pagan buenos
honorarios por ser espacial), al sociólogo pata al suelo le llega un “salario de
hambre” para ser especialmente terrenal, vigilante de la realidad en cueros,
termómetro de las fuerzas vivas desfilando a la sombra de la catedral.
Bustamante es un producto intransferible del casco histórico de la ciudad, no
tiene parangón en su íntima vocación para prolongarse plantado entre las
obras de arte colonial, se puede afirmar que los fantasmas de la Escuela
Quiteña lo vieron nacer, crecer y reproducirse dentro de su seno, y lo verán
morir en la tradicional esquina occidental de la Empanada, contigua a la
esquina oriental del Madrilón.
El discurso de un coloquio prosigue en ausencia de sus primeros
dueños, ya no les pertenece a los que lo iniciaron luego de que éstos
abandonan el cuerpo de su conversación, quedando el alma de la plática al
albedrío de la memoria que dispone como un rumiante de palabras, pudiendo
corregir y aumentar, encoger y estirar, o hacer eso que se da básicamente en
el universo: ensancharse. Es la antípoda de un teorema que una vez lanzado
desde mi cueva guangopolera, y recogido en el mundo matemático por veraz,
permanece gélidamente abstracto, aquí en la Mama Cuchara o en el desierto
de Gobi. De esto infiero que el sobreviviente Genaro Bustamante, -incrustado
entre los fantasmas del Palacio de Carondelet y los del Cabildo Metropolitano-,
sí habrá dicho con el empuje que le dio el vino austral y las viandas que atacó
con fruición, “…sufro de sedentarismo gnoseológico, estática psicobiológica,
ilustre Lovochancho”.
Navegando en el sabroso menú ancho y espeso del Madrilón (también
hay el largo estrecho de los días de regocijo nacional como el 24 de Mayo, todo
esto bajo la programación gastronómica que dicta el largo brazo del cocinero
Pompilio Dela Cruz, material que sube a las alturas pichinchanas desde su
templo del conocimiento primordial del arte coquinario en la cuenca media del
río Napo), supe responderle al otro, con un énfasis que se está haciendo
automático en mi lenguaje, que me voy a mi montaña tropical en función de
tranzar con los demonios subterráneos, a negociar espacios y límites para la
coexistencia del ser racional frente a mi animalidad boyante. Contradicción
viejísima que exige una receta propia para equilibrarla, en el maremagno de la
oferta de atomizaciones neuróticas de los mercachifles.
“Motivadores: emisarios del ángel del dinero… ¡Por Dios, que nos llueva
platita!, usted sabe lo que venden esos sentimentaloides: bienestar a ultranza,
conquistando nuestra mente con paraísos artificiales, aquí y ahora. (Antes nos
ofrecían el más allá, a cristazos, como debía de ser, y así lo hicieron los
primeros misioneros de la madre Iglesia Católica Romana, esos soñadores y
aventureros que nos inculcaron la sabiduría de las naves quemadas. Qué
delicia es quemar las naves, soy admirador de esa teoría porque en mí eso es,
pero usted, usted es practicante de aquello así las haga de hereje). Decía que
estos motivadores de la explotación a trochemoche nos tontifican a golpes de
consumismo, -¡consumid, sentimentaloides!-. Maldita eternidad que vengo
siendo asistente forzado de los cursillos que nos introduce subliminalmente su
jerga endiablada; nosotros, los servidores públicos de este país babeando ante
esos regios predicadores: ellos, los servidores itinerantes del ángel del dinero
transnacional, nos han llevado a la cumbre de la basura, a más desperdicio
más nos embarramos en las bondades del progreso escaleras abajo. ¿Usted
ha leído El Virus del Sentimentalismo? ¿Sabe a dónde nos vamos con esta
falta de austeridad, ¡todos!, si cada chino, si cada hindú, si cada muerto de
hambre de este planeta… hacemos realidad el sueño de vida occidental?”.
Así interroga Bustamante. Más bien dicho así se ilumina el sicólogo a la
hora del café, con un par de copetines de aguardiente agustino “para que baje
el puerco” y, (¡por el dios Pan!, dijimos con Chancholovo), sirviéndose el puro
Toboso que, cada uno, equivale en precio a un menú ancho y espeso, no
obstante “…entérese, mi conspicuo matemático, un tabaco Toboso, vale más
que todas estas viandas que hemos molido alegremente; a la hora de discernir
entre valor y precio, ¡servido estás Sanchito!”. El hombre del medio ambiente,
en la plaza que ampara los siglos detenidos en el arte que se fraguó en el crisol
de las naves quemadas, sabe dejarse invitar sin que se nos haga un nudo de
culpa en el bolsillo de ambos, pues, sabemos que el principal del Madrilón lo
invierte en el oxígeno que respiramos.

Arrastrado por las circunstancias de un no sé qué apetito primordial que me


agarra por reflujo de mis variopintos amores platónicos, en seguidilla, agarré el
gusto de irme solo con mis fantasmas a la montaña. Así lo prescribió el fallido
intento de una muerte geométrica en el ápice del Sincholagua; desde que no di
el paso hacia abajo, el pretendido suicidio se quedó en historia de una sima
inconclusa, haciéndome más propenso al menudeo, entiéndase por mudable
con los ojos abiertos. Ese paso al fondo de un amanecer radiante, en la cumbre
de mi soledad, que se negó a ejecutar Chancholovo, me quitó de la
autoeliminación perfecta, porque así iba a ser sino fuera por la fuerza que
ejerció el instinto de lenta putrefacción, haciendo que en segundos pase de la
euforia por brincar al vacío a la euforia de no haberlo hecho, “¡para contarla!”,
como chillaría el gallito de la catedral y su guijarro en el zapato.
-Desde luego, quise viajar y hacer eso del rumbo fijo a las europas para
sacar maestrías, o el escape a la medula del Imperio, cuando sonaba
romántico hacerlo todavía, a los veinte años con lo puesto, sin plata pero
hambriento de la gloria del viajero verraco: pragmatismo, eso de me las arreglé
para estudiar y meterme de alfombrita de todos un poco, casi me enamoró y
casi me dieron la residencia pero más tiró ser sociólogo monumental en la
plaza de la Escuela Quiteña que inspector/payasito desde Puerta de Alcalá a
Cibeles... Pero de que tenía que ser el invisible que soy entre muros coloniales,
estaba escrito por Genaro Bustamante.
Adelaida, contigo volaba bajo, a ras de la carne y el gusto de ir
acumulando fuerzas de hombre para derrocharlas en nuestro día clave, el
férvido séptimo. Y se lo menté a Bustamante, más bien le recomendé, -Favor
léase, ¡Mis vicios masculinos!, de T. Morris-, a cambio de la novedad que me
participó de que ya está circulando la crónica del Virus... Lastima, Adelaida,
que nuestro velero se fue al garete, era una relación cristiana, equilibrando en
lo de yo te doy el equivalente a lo que tu me des, una suerte de armonía nada
perfecta en su conjunto pero ideal para desilusionados seis días y el siguiente
ser pasión de dos que sin el amenguamiento de tus papeles/compromiso
hubiésemos durado largo.
Esa propensión al imposible de reinar en el corazón de una
dragoprincesa es lo que ahuyenta al macho Lovochancho de un compromiso
que redunde en familia y propiedad, como estimaba conveniente la predicha.
Lo alucinante de una dragoprincesa es que es carne y hueso en tierra, y a
pesar de esa gravedad que no la despega del imán planetario, insisto en mi
propuesta de fundirla con los luceros porque no se puede ser de otra manera si
la mitad de uno es fiel a las matemáticas puras.
-Y no se ha ido de ¡postres!... Donde las gatas que alguna vez me llevó
por la previa a cierta efeméride… ¿Qué fue lo que duplicó su generosidad
aquella tardecita, doctor Lovochancho…? Sí, sí, fue celebrando las vísperas de
la jornada del Tosco Ecuatorial, por esa higiénica costumbre que tiene el
caballero de adelantarse a los días de unción patria. Me tomó desprevenido,
más bien diría que así de agradable resultó la intempestiva fiesta del tosco
ecuatorial, de repente estuve circulando en la zona rosa de la ciudad longincua
que he decidido desconocer como mía fuera de estos muros coloniales.
Apenas pongo pie en la modernidad rutilante y me viene un escozor funesto,
que me hace retornar a mi esquina de la Empanada ipsofacto; pero ese
llamado a los ¡postres!, me subyugó; sí, sí… estamos conformes, eso sirve de
agravante, el no haber opuesto resistencia alguna de mi parte porque presentía
qué era aquello de los ¡postres!
A Adelaida le encantó mi presentación más allá de esa timidez al
desnudo, o por eso mismo de la sonrisa picara pero de soslayo. Nombre:
Lovochancho; ocupación: matemático puro, aún no me atrevo a decir
abiertamente lo que Kantoborgy y otros de su estatura espetan, sin
mosquearse, cuando les inquieren por su estado particular. Y, usted, joven, qué
hace: ¿existe también?
-Hice de mi tránsito en la Plaza Grande un martirio, -dándole la acepción
de antes a lo de “mártir”, la que usted y otros vates y montañeros usan, lo de
ser un testigo insobornable-, y para no caer en la tentación de mover el
esqueleto en casa de la Geisha andamos pelados, apenas cargando los
plásticos que identifican al ciudadano y al sociólogo en acción privada. Así no
sufro la ciudad ajena, o sea todo lo que está fuera de las raíces que eché en la
milla histórica, esas decenas de kilómetros de edificaciones contemporáneas
que dan fe de está metrópoli tercermundista aún bajo la esperanza de lo
manejable, si comparamos con las nuevas babilonias de cinco, diez, quince y
más de veinte millones de parroquianos... ¿Se da cuenta lo que significaría,
hipotéticamente, en términos energéticos, si cada chino, cada hindú, y, por
añadidura, cada muerto de hambre de esté planeta, que sueñan con tener una
casa con doscientos focos (y un árbol y un hijo y un manual de autogestión a la
excelencia), en logrando ese cometido, al unísono, encendieran todas sus
bombillas relajantes? Muerte por deslumbramiento general…
¿Dijo todo eso Bustamante o lo estamos inventando? Exageramos, y
como nuestro cerebro no distingue pasado, presente y futuro, sino lo que le
remite la fabrica de sensaciones, igual lo tomamos como si se tratase de una
acción vívida. Estoy pensando en Adelaida, será que sus “sonrisas y miradas”
tienen el poder de lo longincuo… ¡Ah, el viento de las cinco de tarde…! Mi
niñez (ahora sé que tuve una indomeñable que me va a perseguir hasta el fin
junto a la indefinible estulticia del platónico con un pie en tierra), en los días de
asueto, -entre recodos de árboles de que lo invitaban a uno a quemarse el
hocico intentando fumar chamicos liados con papel periódico para imitar a los
campesinos silbantes tras la hilera de borricos cargando verdes matas al
trapiche-, vino envuelta en el fragante amanecer de bollos y roscones que
criaron al devorador de perecibles que hoy pugna de igual con el racionalista.
Ya de colegial me enteré del poder terrenal que desarrollaba el otro,
Chancholovo, cuando promovía el encuentro con el menú de Guatería Manaba.
Una carta de platillos populares que tenía alborotado al incipiente epulón de
provincia que, durante las vacaciones septembrinas, levantaba a gritos al
tímido tragón de símbolos inmortales. A las seis de la mañana tocaba a diana
para codearse con la aristocracia de la gastronomía a lo macho, e ir a Guatería
Manaba a por un Levántate Lázaro, que me dejaba patidifuso porque ya no
rumiaba en las fórmulas que cuadraba en la mente el incipiente matemático,
sino en las esferas de la chica del servicio a la mesa que, por esa tendencia a
sublimizar, se tornaba en bocado predilecto de un libido humanista.

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