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NOVIEMBRE DE 2006

NOBLEZA DE ESPÍRITU. TRES ENSAYOS SOBRE UNA IDEA


OLVIDADA, DE ROB RIEMEN
POR CARLOS FRANZ

El título no es la menor valentía de este libro. La palabra “espíritu” no está de moda. Mucho
menos la palabra “nobleza”. En las sociedades democráticas que idolatran el utilitarismo,
“nobleza” y “espíritu” suenan a arrogancia, a grandilocuencia hueca. Riemen se arriesga y
retoma una de las ideas favoritas de Thomas Mann (esa “Adel des Geistes”) para alegar su
urgencia en tres ensayos seductores e inquietantes.
En “El tiempo mesurado de Thomas Mann”, Riemen nos recuerda el empeño de este por
defender los valores liberales de la sociedad burguesa europea contra las utopías sangrientas
del siglo XX. Ante la avalancha vociferante de comunistas y fascistas que prometen el Paraíso –
no importa si al precio del Apocalipsis–, Mann se queda valientemente solo asegurando que “la
política no está facultada para prometer la felicidad”. El arte y la literatura –cuando merecen
su nombre– son impopulares porque recuerdan lo que han olvidado las “ciencias sociales” y los
revolucionarios redentoristas de todo pelaje: la tragedia, el aspecto diabólico, de la
experiencia humana. En ese tembladeral volcánico de la tragedia la ingeniería social no tiene
nada que decir; la propia filosofía debería callar. La actitud honesta es la del arte honesto –
que por serlo es tan escaso– mirar de frente a la verdad de la tragedia.
En su prólogo George Steiner practica, entre otras elegancias, la de no explicitar esa afinidad
elemental entre su La muerte de la tragedia y esta Nobleza de espíritu. Cuando muere la
tragedia muere con ella la verdad (en cuanto conciencia cultural de que el mal absoluto –e
incluso la propia muerte– existen). Cuando ambas mueren fallece también la libertad, que
depende de atreverse a vivir en la verdad.
En “El filósofo-rey” Riemen conjuga varios diálogos. Naphta, el fascinante judío convertido en
católico y jesuita le asegura al humanista Settembrini que sólo el terror puede salvar a Europa
de la corrupción capitalista y del materialismo. El terror proporciona el mayor placer, que es
la obediencia, puesto que la libertad es fuente probada de tanta desdicha. El terror aterra
menos que la libertad. Ese diálogo enlaza con otro menos conocido. Aquel en Doktor Faustus,
cuando varios intelectuales de comienzos del siglo XX reconocen que, dada la irracionalidad
de la nueva era de las masas, para manejarlas se hará necesario inventarles cuentos, mitos,
quimeras. La manipulación propagandística de la política inventada por el fascismo y
perfeccionada en democracia.
A esos diálogos ficticios sigue uno real. Una noche de 1946 Malraux invita a su mansión en el
Bois de Boulogne a Koestler, Sartre y Camus. ¿Qué harán después de la guerra? Malraux piensa
en términos políticos (en lo que sirva al gaullismo). Koestler reclama que se denuncien las
tiranías estalinistas impuestas en la Europa del Este. Sartre se niega: las injusticias del
capitalismo no son menores y al menos el comunismo ofrece esperanza. Camus calla y al fin
pregunta: “¿No creen que todos somos responsables de esta falta de valores? ¿Y si
confesáramos públicamente que nos hemos equivocado, que existen valores morales, y que en
lo sucesivo haremos lo necesario para fundarlos e ilustrarlos?” La sesión se levantó
apresuradamente.
Riemen cita a Baltasar Gracián: “La gravedad material haze precioso al oro; y la moral a la
persona”. Si los intelectuales distinguidos han olvidado esta distinción, ¿quién la recordará? La
“nobleza de espíritu”, es decir, el amor a la verdad por sobre los prejuicios e intereses
circunstanciales, se prueba, agregaría yo, en la capacidad para quedarnos solos –como
Sócrates ante el juicio de Atenas, o Camus en la conversación del Bois de Boulogne-.
La presente prosperidad de Occidente, su relativa paz, el imperio de los derechos humanos,
no bastan. La libertad –siempre necesitada de defensa– tampoco. Hay algo más allá: la
nobleza de espíritu no es sólo requisito sino desafío. La tarea que resta –eterna– cuando se han
logrado esos privilegios, es darles sentido.
Un escritor proveniente del tercer mundo, como el que escribe para esta revista que hace de
puente entre aquel y el primero, subrayará que para apreciar mejor esas hermosas ideas es
conveniente haber desayunado. Es cierto que el alma, el logos, se reduce en todas partes,
como confirma melancólicamente Steiner en su prólogo. Pero nada se reduce donde el
estómago no alimenta ni las quejas del espíritu. Sin embargo, si la batalla por la prosperidad y
por la libertad que permita disfrutarla pudiera ganarse en nuestros países, Nobleza de espíritu
nos recuerda que restará todavía la del sentido.
Rob Riemen toma partido por los viejos estoicos –como Mann– contra los jóvenes epicúreos –
como cualquier intelectual a la page del relativismo contemporáneo. Pero no castiga ese
relativismo desde algún dogma, sino desde la incerteza liberal que no deja de buscar la
verdad. Civilización no es lo mismo que satisfacción.
Imprescindible apunte de estilo. Estos ensayos honran la mejor tradición del género: su
libertad estilística, precisamente. La deliberada ausencia de comillas en muchas de las citas
funde a éstas en un continuum cultural. Las reflexiones del autor intervienen en los diálogos
citados, que continúan al modo de relatos ficticios. Uno de estos cierra el volumen. La
Weltliteratur de Goethe, esa conversación universal de espíritus selectos, se escucha en estas
páginas. Merecen leerse, aunque sólo fuera por esa magnífica ilusión.
El libro fue presentado en Madrid en una pequeña reunión presidida por Mario Vargas Llosa y
el embajador de Holanda. El embajador, hombre culto e irónico, se puso de pie para rectificar
a Vargas Llosa, que acababa de fustigar a las instituciones holandesas por haber despojado de
su nacionalidad a la diputada de origen somalí Ayaan Hirsi Alí. Vargas Llosa contestó, con
firme cordialidad, en nombre de la libertad de conciencia. Rob Riemen terció para decir que,
no siendo él diplomático, podía aseverar libremente que la conducta del pueblo holandés –
partidario mayoritariamente del despojo a Alí de su ciudadanía– había sido una vergüenza.
Contra el poder, casi siempre contra las mayorías, escasa y solitaria, así es la nobleza de
espíritu. ~
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