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LOS NIÑOS HÉROES DE CHAPULTEPEC

El cerro de Chapultepec, desde cuya cima se domina el


espléndido Valle de México, y que había sido lugar de recreo
de los monarcas aztecas, fue escogido por el virrey Matías de
Gálvez, en el año 1783, como el lugar más indicado para
edificar una mansión que sirviera de casa de campo para solaz
de las primeras autoridades de la colonia. En el transcurso de
los años, el pueblo llamó a esa construcción el Castillo de
Chapultepec.

En 1866, el Castillo se transformó en residencia del


emperador Maximiliano, quien lo embelleció y comunicó con
la ciudad por medio del amplio y elegante Paseo de la
Reforma. Con posterioridad lo habitaron varios presidentes de
la República, hasta que el presidente Cárdenas dispuso que
fuese considerado mansión histórica. Actualmente el Castillo
alberga el Museo Nacional de Historia.

El parque que lo rodea y que tiene una frondosa


vegetación de ahuehuetes centenarios, cipreses, pinos, cedros,
sicómoros y otros árboles, está cruzado por varias calzadas y
contiene dos lagos, un jardín botánico, un parque zoológico,
el Auditorio, el grandioso Museo de Antropología, y el
histórico Molino del Rey, cerca del cual se encuentra la
residencia presidencial de Los Pinos.
Al Castillo se asciende por una rampa que bordea la parte
norte del cerro. En 1945 se reunió en él la Conferencia
Panamericana, cuyos resultados, que afirmaron la solidaridad
continental, quedaron establecidos en la llamada Acta de
Chapultepec.

La penetración norteamericana en el territorio mexicano


de Texas que en 1845 se anexó el gobierno de los Estados
Unidos, siguiendo una política de expansión territorial,
provocó la guerra de 1846-1848, entre ambas naciones. A
pesar de la tenacidad y el valor desplegados por los soldados
mexicanos en los campos de batalla, los desaciertos del
presdiente y general en jefe Santa Anna en la dirección de las
operaciones militares, fueron la causa de que no se pudiera
evitar el avance enemigo, que penetró hasta la ciudad de
México. La defensa de la bella capital mexicana dio origen a
acatos de heroísmo, el más admirable de los cuales ruvo por
escenario el Castillo de Chapultepec. En él, un grupo de niños
en cuyos corazones latía, infatigable y puro, el amor a la
Patria, iba a dar al invasor y al mundo entero una lección
inolvidable de heroísmo y sacrificio.

La acción de este grupo de adolescentes debe erigirse en


monumento perenne, para que las generaciones venideras
sigan su ejemplo en las luchas por la Libertad.
ASALTO AL CASTILLO DESPUÉS DE UN
INTENSO BOMBARDEO

Desde hacía varios años en el Castillo de Chapultepec se


encontraba instalado el Colegio Militar, que contaba
escasamente con un centenar de alumnos. Triunfante el
invasor, se dispuso a emprender el ataque contra él, a cuyo
efecto emplazó baterías en lugares estratégicos, desde cuyos
puntos podía batir fácilmente la parte alta del Castillo. Dada
la situación estratégica de éste, su guarnición se aprestó a la
defensa y parte de los alumnos del Colegio Militar
permaneció en el edificio, que habían jurado defender. Las
fuerzas defensoras, a las órdenes del general Nicolás Bravo,
glorioso héroes de la guerra de independencia, se componían
de poco más de 800 hombres, parte de los cuales guarnecía el
Castillo, y los demás se distribuyeron entre las vías de acceso
y las obras exteriores de defensa. Los muchachos, que habían
abrazado la carrera de las armas apenas hacía unos meses,
fueron los primeros en ofrecerse para cualquier misión, por
peligrosa que fuera.

El alumno Juan de la Barrera, teniente de Ingenieros, fue


destinado a la defensa del hornabeque o fortificación exterior,
en las afueras del Castillo. Agustín Melgar, ex-alumno, se
presentó a solicitar su reingreso al tener noticias del peligro
que corrían sus compañeros, y fue enviado a reforzar las
defensas del interior del Castillo, igual que los alumnos
Fernando Montes de Oca y Franciso Márquez, el más joven
del grupo, quien sólo contaba con quince años, mientra que
sus compañeros frisaban en los dieciocho.

Al alba del día 12 de septiembre de 1847, las baterías


enemigas abieron fuego contra el Castillo. Los cañones
rugieron sin interrupción durante toda la jornada, ocasionando
serios destrozos en las fortificaciones y fábrica del Castillo.
Al día siguiente, tras otro intenso bombardeo, la infantería
enemiga se dispuso a emprender el asalto de la fortaleza y
escaló las laderas sur y poniente del cerro. Pero tropezó con
una vigorosa defensa, y después de sangrienta lucha cuerpo a
cuerpo para poder ocupar las obras exteriores, el enemigo
abrió brecha en el Castillo. Los cadetes firmaron con sangre
su heroico destino.

Varios alumnos posesionáronse de una sala, desde la cual


hacían nutrido fuego sobre el invasor, cuando fueron
sorprendidos por un pelotón enemigo, dispuesto a hacer fuego
sobre ellos y sobre varios jefes y oficiales que estaban
heridos. Los alumnos, viendo que toda resistencia sería inútil,
y por salvar la vida de los indefensos, arrojaron contra la
pared los fusiles. Veamos ahora cuál fue la suerte de otros seis
heroicos cadetes.
SEIS ALUMNOS CAEN HEROICAMENTE EN LA
LUCHA

Juan de la Barrera cayó acribillado por las balas, al igual que


los soldados que estaban a sus órdenes en la defensa del
hornabeque.

Vicente Suárez, uno de los alumnos más jóvenes,


destacadado como centinela en la escalera de honor del
Castillo, se hizo fuerte en su puesto; blandiendo la bayoneta
trató de mantener el alud invasor que irrumpió en el lugar que
custodiaba. Se entabló un breve y mortal combate entre el
pequeño defensor y los asaltantes, cada vez más numerosos,
hasta que, al fin, el valiente y decidido cadete cayó herido de
muerte.

La lucha se generaliza en el interior de la fortaleza. En


las estancias, invadidas por numerosos soldados, suenan
atronadores disparos y se llenan de humo. Agustín Melgar,
parapetado detrás de unos colchones, mantiene a raya al
enemigo con su fusil, hasta que, habiéndosele agotado las
municiones, hace uso de la bayoneta y lucha cuerpo a cuerpo
con soldados superiores en fuerza y estatura. Finalmente se
desploma, herido de muerte por las balas y bayonetazos con
que vencen su patriótica resistencia. Tras dolorosa agonía,
expira al día siguiente, ofreciendo con su muerte un ejemplo
de singular heroísmo.
Juan Escutia luchó denodadamente, con el más exaltado
valor juvenil. Acosado por el enemigo, siguió batiéndose sin
tregua en lo alto de un escarpado declive hasta que, al ser
herido por una bala, cayó al abismo y se estrelló sobre las
rocas al pie del cerro.

El cadete Fernando Montes de Oca, parapetado detrás del


marco de una puerta, resiste con denuedo, hasta que al saltar
por una ventana, un soldado enemigo aparece a sus espaldas y
lo deja sin vida.

Y Francisco Márquez, el benjamín de los héroes, firme en


su puesto de honor, espera impasible que el enemigo se vaya
acercando. Un gigantesco soldado lo conmina a que se rinda.
Pero el chiquillo, por toda contestación, levanta rápidamente
el fusil y dispara. El enorme soldado se desploma en el
mismo instante en que una lluvia de balas abate al pequeño y
bravo defensor, que así rindió heroicamente su vida en
holocausto a la Patria.

Se cuenta que el general norteamericano, al ordenar que


se atendiera por igual a sus soldados heridos y a los
defensores del Castillo, advirtió el cuerpo inerte y
ensangrentado de Márquez y no pudo menos que exclamar
conmovido:

—¡Pero si era un niño!... ¡No era más que un niño!


HONRAS PÓSTUMAS DEDICADAS POR LA
PATRIA

El pueblo mexicano nunca había dejado de rendir homenaje


en recuerdo de los Niños Héroes del Castillo de Chapultepec
que sellaron con sus vidas una jornada histórica en los anales
de la Patria. Pero a la acendrada veneración le faltaba el lugar
concreto donde poder acudir en peregrinación periódica
mientras los restos de los héroes no fueran localizados.
Resignarse a adarlos por perdidos habría podido parecer una
ingratitud. Según narraciones de ex-alumnos del Colegio
Militar, algunos de ellos sobrevivientes de la gloriosa jornada,
los cadáveres de los seis cadetes habían sido enterrados en el
bosque de Chapultepec.

Cien años después de la inmortal hazaña, en 1947, tras


algunos días de laboriosas excavaciones, en un lugar situado a
“cincuenta metros al noroeste, ladera arriba del cerro, del
lugar primitivo”, según parte rendido por el subteniente de
zapadores encargado de las excavaciones, se hallaron los
esqueletos de los seis heroicos niños, que fueron conducidos
al Colegio Militar con los debidos honores y, posteriormente,
depositados en urnas de cristal.

Al pie de la loma en cuya cumbre se asienta el Castillo de


Chapultepec, se yerguen ahora las seis columnas que forman
el monumento levantado para perpetuar la memoria y guardar
los restos de aquellos que, según el poeta Amado Nervo:
¡Como renuevos cuyos aliños
un viento helado marchita en flor,
así cayeron los héroes niños
ante las balas del invasor!

México puede enorgullecerse, a justo título, de adornar


su historia con esta gloriosa página que trasunta el verdadero
hecho heroico, ya que fue escrita por un grupo de niños a
quienes un sentimiento inmaculado, libre de toda ambición,
llevó a ofrecer sus vida a la Patria.

El Nuevo Tesoro de la Juventud


Tomo 13. Págs.: 240-244.

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