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Los Niños Héroes de Chapultepec

Los Niños Héroes de Chapultepec

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Publicado porErnesto Casas
México y su Historia. El maestro Amado Nervo escribió: "¡Como renuevos cuyos aliños; un viento helado marchita en flor; así cayeron los héroes niños; ante las balas del invasor!"
México y su Historia. El maestro Amado Nervo escribió: "¡Como renuevos cuyos aliños; un viento helado marchita en flor; así cayeron los héroes niños; ante las balas del invasor!"

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Published by: Ernesto Casas on Mar 11, 2010
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LOS NIÑOS HÉROES DE CHAPULTEPEC

El cerro de Chapultepec, desde cuya cima se domina el espléndido Valle de México, y que había sido lugar de recreo de los monarcas aztecas, fue escogido por el virrey Matías de Gálvez, en el año 1783, como el lugar más indicado para edificar una mansión que sirviera de casa de campo para solaz de las primeras autoridades de la colonia. En el transcurso de los años, el pueblo llamó a esa construcción el Castillo de Chapultepec. En 1866, el Castillo se transformó en residencia del emperador Maximiliano, quien lo embelleció y comunicó con la ciudad por medio del amplio y elegante Paseo de la Reforma. Con posterioridad lo habitaron varios presidentes de la República, hasta que el presidente Cárdenas dispuso que fuese considerado mansión histórica. Actualmente el Castillo alberga el Museo Nacional de Historia. El parque que lo rodea y que tiene una frondosa vegetación de ahuehuetes centenarios, cipreses, pinos, cedros, sicómoros y otros árboles, está cruzado por varias calzadas y contiene dos lagos, un jardín botánico, un parque zoológico, el Auditorio, el grandioso Museo de Antropología, y el histórico Molino del Rey, cerca del cual se encuentra la residencia presidencial de Los Pinos.

Al Castillo se asciende por una rampa que bordea la parte norte del cerro. En 1945 se reunió en él la Conferencia Panamericana, cuyos resultados, que afirmaron la solidaridad continental, quedaron establecidos en la llamada Acta de Chapultepec. La penetración norteamericana en el territorio mexicano de Texas que en 1845 se anexó el gobierno de los Estados Unidos, siguiendo una política de expansión territorial, provocó la guerra de 1846-1848, entre ambas naciones. A pesar de la tenacidad y el valor desplegados por los soldados mexicanos en los campos de batalla, los desaciertos del presdiente y general en jefe Santa Anna en la dirección de las operaciones militares, fueron la causa de que no se pudiera evitar el avance enemigo, que penetró hasta la ciudad de México. La defensa de la bella capital mexicana dio origen a acatos de heroísmo, el más admirable de los cuales ruvo por escenario el Castillo de Chapultepec. En él, un grupo de niños en cuyos corazones latía, infatigable y puro, el amor a la Patria, iba a dar al invasor y al mundo entero una lección inolvidable de heroísmo y sacrificio. La acción de este grupo de adolescentes debe erigirse en monumento perenne, para que las generaciones venideras sigan su ejemplo en las luchas por la Libertad.

ASALTO AL CASTILLO DESPUÉS DE UN INTENSO BOMBARDEO
Desde hacía varios años en el Castillo de Chapultepec se encontraba instalado el Colegio Militar, que contaba escasamente con un centenar de alumnos. Triunfante el invasor, se dispuso a emprender el ataque contra él, a cuyo efecto emplazó baterías en lugares estratégicos, desde cuyos puntos podía batir fácilmente la parte alta del Castillo. Dada la situación estratégica de éste, su guarnición se aprestó a la defensa y parte de los alumnos del Colegio Militar permaneció en el edificio, que habían jurado defender. Las fuerzas defensoras, a las órdenes del general Nicolás Bravo, glorioso héroes de la guerra de independencia, se componían de poco más de 800 hombres, parte de los cuales guarnecía el Castillo, y los demás se distribuyeron entre las vías de acceso y las obras exteriores de defensa. Los muchachos, que habían abrazado la carrera de las armas apenas hacía unos meses, fueron los primeros en ofrecerse para cualquier misión, por peligrosa que fuera. El alumno Juan de la Barrera, teniente de Ingenieros, fue destinado a la defensa del hornabeque o fortificación exterior, en las afueras del Castillo. Agustín Melgar, ex-alumno, se presentó a solicitar su reingreso al tener noticias del peligro que corrían sus compañeros, y fue enviado a reforzar las defensas del interior del Castillo, igual que los alumnos Fernando Montes de Oca y Franciso Márquez, el más joven

del grupo, quien sólo contaba con quince años, mientra que sus compañeros frisaban en los dieciocho. Al alba del día 12 de septiembre de 1847, las baterías enemigas abieron fuego contra el Castillo. Los cañones rugieron sin interrupción durante toda la jornada, ocasionando serios destrozos en las fortificaciones y fábrica del Castillo. Al día siguiente, tras otro intenso bombardeo, la infantería enemiga se dispuso a emprender el asalto de la fortaleza y escaló las laderas sur y poniente del cerro. Pero tropezó con una vigorosa defensa, y después de sangrienta lucha cuerpo a cuerpo para poder ocupar las obras exteriores, el enemigo abrió brecha en el Castillo. Los cadetes firmaron con sangre su heroico destino. Varios alumnos posesionáronse de una sala, desde la cual hacían nutrido fuego sobre el invasor, cuando fueron sorprendidos por un pelotón enemigo, dispuesto a hacer fuego sobre ellos y sobre varios jefes y oficiales que estaban heridos. Los alumnos, viendo que toda resistencia sería inútil, y por salvar la vida de los indefensos, arrojaron contra la pared los fusiles. Veamos ahora cuál fue la suerte de otros seis heroicos cadetes.

SEIS ALUMNOS CAEN HEROICAMENTE EN LA LUCHA
Juan de la Barrera cayó acribillado por las balas, al igual que los soldados que estaban a sus órdenes en la defensa del hornabeque. Vicente Suárez, uno de los alumnos más jóvenes, destacadado como centinela en la escalera de honor del Castillo, se hizo fuerte en su puesto; blandiendo la bayoneta trató de mantener el alud invasor que irrumpió en el lugar que custodiaba. Se entabló un breve y mortal combate entre el pequeño defensor y los asaltantes, cada vez más numerosos, hasta que, al fin, el valiente y decidido cadete cayó herido de muerte. La lucha se generaliza en el interior de la fortaleza. En las estancias, invadidas por numerosos soldados, suenan atronadores disparos y se llenan de humo. Agustín Melgar, parapetado detrás de unos colchones, mantiene a raya al enemigo con su fusil, hasta que, habiéndosele agotado las municiones, hace uso de la bayoneta y lucha cuerpo a cuerpo con soldados superiores en fuerza y estatura. Finalmente se desploma, herido de muerte por las balas y bayonetazos con que vencen su patriótica resistencia. Tras dolorosa agonía, expira al día siguiente, ofreciendo con su muerte un ejemplo de singular heroísmo.

Juan Escutia luchó denodadamente, con el más exaltado valor juvenil. Acosado por el enemigo, siguió batiéndose sin tregua en lo alto de un escarpado declive hasta que, al ser herido por una bala, cayó al abismo y se estrelló sobre las rocas al pie del cerro. El cadete Fernando Montes de Oca, parapetado detrás del marco de una puerta, resiste con denuedo, hasta que al saltar por una ventana, un soldado enemigo aparece a sus espaldas y lo deja sin vida. Y Francisco Márquez, el benjamín de los héroes, firme en su puesto de honor, espera impasible que el enemigo se vaya acercando. Un gigantesco soldado lo conmina a que se rinda. Pero el chiquillo, por toda contestación, levanta rápidamente el fusil y dispara. El enorme soldado se desploma en el mismo instante en que una lluvia de balas abate al pequeño y bravo defensor, que así rindió heroicamente su vida en holocausto a la Patria. Se cuenta que el general norteamericano, al ordenar que se atendiera por igual a sus soldados heridos y a los defensores del Castillo, advirtió el cuerpo inerte y ensangrentado de Márquez y no pudo menos que exclamar conmovido: —¡Pero si era un niño!... ¡No era más que un niño!

HONRAS PÓSTUMAS DEDICADAS POR LA PATRIA
El pueblo mexicano nunca había dejado de rendir homenaje en recuerdo de los Niños Héroes del Castillo de Chapultepec que sellaron con sus vidas una jornada histórica en los anales de la Patria. Pero a la acendrada veneración le faltaba el lugar concreto donde poder acudir en peregrinación periódica mientras los restos de los héroes no fueran localizados. Resignarse a adarlos por perdidos habría podido parecer una ingratitud. Según narraciones de ex-alumnos del Colegio Militar, algunos de ellos sobrevivientes de la gloriosa jornada, los cadáveres de los seis cadetes habían sido enterrados en el bosque de Chapultepec. Cien años después de la inmortal hazaña, en 1947, tras algunos días de laboriosas excavaciones, en un lugar situado a “cincuenta metros al noroeste, ladera arriba del cerro, del lugar primitivo”, según parte rendido por el subteniente de zapadores encargado de las excavaciones, se hallaron los esqueletos de los seis heroicos niños, que fueron conducidos al Colegio Militar con los debidos honores y, posteriormente, depositados en urnas de cristal. Al pie de la loma en cuya cumbre se asienta el Castillo de Chapultepec, se yerguen ahora las seis columnas que forman el monumento levantado para perpetuar la memoria y guardar los restos de aquellos que, según el poeta Amado Nervo:

¡Como renuevos cuyos aliños un viento helado marchita en flor, así cayeron los héroes niños ante las balas del invasor! México puede enorgullecerse, a justo título, de adornar su historia con esta gloriosa página que trasunta el verdadero hecho heroico, ya que fue escrita por un grupo de niños a quienes un sentimiento inmaculado, libre de toda ambición, llevó a ofrecer sus vida a la Patria.
El Nuevo Tesoro de la Juventud Tomo 13. Págs.: 240-244.

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