EGO EXISTUM

Por David Saiz

-¡¡El emperador se muere!! ¡¡El emperador se muere!! ¿Qué será ahora de nosotros…?- Gimoteaba el
senador Numerio.
-Todos los días con la misma cantinela… ¡Elegirán a otro, ni mas ni menos, como siempre!- Tulio perdía la
paciencia ante el temor generalizado.-Pareceis mujeres…
-¡Otro…! ¿Pero que podremos esperar de otro, Tulio? ¡Roma nunco estuvo tan bien gobernada desde
Augusto!
-Idolatrais demasiado a este niño por ser hijo de quien es. Te digo esto, Numerio: no es tan bueno como os
pensais. La mayoría de sus decisiones las toma por puro interés.
-Los años te han vuelto cínico… reconoce al menos que siempre será mejor que aquel monstruo vomitivo de
Tiberio.
-¡Por supuesto, cualquier cosa lo es! Aun así, Numerio, no olvides que está vinculado por sangre con el. Y al
principio, Tiberio también era magnánimo. El poder… corrompe. Mi cinismo solo es el resultado de lo que
he visto a lo largo de años. Tiempo al tiempo…
El diálogo entre los senadores Tulio y Numerio era acompañado por el sonido de los pasos de esclavos,
médicos y curanderos que no paraban en un ir y venir por los pasillos de palacio, agitados todos en busca de
una cura para el joven Cesar. Hacía siete meses que le habían coronado, y ahora había caído enfermo por
unas fiebres de origen desconocido que amenazaban su vida. Toda Roma rezaba a los dioses y ofrecía
sacrificios por la pronta recuperación del hijo del amado cónsul Germánico, que tras subir al trono, había
sustituido el terror en que degeneraron los últimos años del reinado de Tiberio, en los meses mas felices que
había vivido Roma jamás.
Dentro del dormitorio imperial…
…El joven Cayo Julio Cesar no sabía que hora era, ni que día, nisiquiera si estaba vivo o muerto… en
realidad deseaba estar muerto. El sudor, el calor corporal, las insorpotables letanías del sacerdote frente a la
estatuta de Isis… No podía soportarlo mas. Deseaba… matar. Matarlos a todos. Y luego matarse a el mismo
para descansar por fin.
Cerró los ojos. Sintió algo en el pie. Alguien le estaba… atando algo. La imagen, borrosa se fue aclarando.
Distinguió a un soldado de expresión risueña.
-¡Ya está!-Exclamó el soldado-Ahora, con estas cáligas, tu uniforme de legionario a medida está completo.El soldado le cogió por el torax y le levantó, riéndose con ternura. -¡Mirad, nuestro pequeño legionario ya
tiene sus cáligas!
Un puñado de soldados rodearon en círculo al legionario y al pequeño Cayo, de apenas dos años. El niño del
cónsul Germánico era de las pocas alegrías que tenian los soldados durante aquella dura campaña en el
norte. Les hacía reir verlo vestido con su pequeña armadura, reproducida hasta el más mínimo detalle,

incluso sus pequeñas cáligas atadas al pie con cuerdecillas. Jugaban con el en el campamento y le querían
como si fuese hijo suyo.
-¡Que gracioso está con sus cáligas! ¡Pequeño Calígula…! ¡Calígula…!
Los legionarios coreaban el nombre entre risas. Aquellos recuerdos de la infancia provocaron unas lágrimas
en los ojos de Cayo. Nunca había recordado cuando acompañó a su padre en sus campañas militares, era
demasiado pequeño. Se lo habían explicado, de ahí le venía ese apodo que amaba y odiaba a la vez,
“Calígula”…
Calígula… Calígula… las voces de los soldados reverberaban con ese ridículo nombre… Cayo empezó a
notar que sus pieles se oscurecían poco a poco… empezaron a fundirse, a desprenderse de su rostro. El resto
de la carne de los soldados se derretía. Pronto, quedaron reducidos a esqueletos apenas cubiertos de sangre,
venas y músculo, que le mantenían aprisionado en medio de un hediondo charco de porquería, mientras
seguían coreando el nombre entre monstruosas carcajadas.
Calígula… Calígula…
Despertó. Pero no estaba en su dormitorio, sino en una oscura sala. Una leve iluminación caía de algún lugar
indeterminado del techo, aunque Cayo no distinguió ninguna lámpara ni antorchas. Al incorporarse, vió que
estaba totalmente desnudo. Frente a el, había un espejo de cuerpo entero. Cayo observó el desagradable
reflejo de esa figura suya de la que nunca se sintió orgulloso. Todo el pelo del que su cada vez mas calva
cabeza carecía, estaba distribuido por su enclenque y desgarbado cuerpo. Pero… ahora… parecía tener mas
que antes… ¡Y ahora más! ¡Le estaba creciendo! Sintió un agudo dolor en las piernas, como si estuviesen a
punto de quebrarsele. Luego sintió lo mismo en su rostro y frente, como si algo tirara de ellas con una fuerza
sobrehumana. Su nariz y su rostro estaban deformándose, asemejándose cada vez mas al hocico de una
bestia… de su frente brotaban cuernos, y Cayo distinguió que sus rasgos estaban adoptando la forma de una
cabra. Trató de gritar… pero solo consiguió emitir un balido.
Desesperado se lanzo sobre el espejo, haciéndolo añicos. Vió entonces que había recuperado su forma
humana. ¿Qué era todo esto…? Cayo miró a su alrededor. El lugar no era reconocible. De hecho, parecía
cambiar cada vez que lo miraba. Había mucha oscuridad, pero aun así podía ver… notó un zarcillo de
tinieblas rozar la punta de su nariz… la visión se volvió borrosa…
Frente a el, se aparecieron tres fantasmales figuras femeninas. Distinguió a sus tres hermanas, desnudas.
Julia, Agripina… y su amada Drusila…
-Es sublime yacer con tus propias hermanas… ¿Recuerdas?
La frase había salido de la nada, pronunciada por una voz de timbre metálico y ronco.
-¿Quién eres? ¿¡Que eres!?-Gritó Cayo
-Cuando acaricias a Drusila sientes goce, es la única que te hace sentirlo… ¿Qué sientes con los demás…?
Cayo estaba confuso.-Yo…
-¿Qué sientes…? No sientes nada, ¿verdad? Tu no gozas acariciando… sino golpeando, arruinando,
destruyendo… no necesitas seguir las leyes de los hombres, estás mas allá de ellas. Yaces con tus hermanas,
como hacían Saturno o Júpiter. Los gustos de los dioses son sublimes, porque no son humanos. Tu tampoco
lo eres. ¿Has pensado alguna vez en yacer con un cadaver?
-¡Eso es repugnante!-Contestó Cayo

La voz rió, sarcástica.
-Repugnante… son nociones que pueden cambiar… tu las cambiaste…¿Recuerdas?
Frente a Cayo apareció otra visión fantasmagórica del pasado. Se vió a si mismo en su adolescencia, en casa
de su tío el emperador Tiberio. En la mazmorra, con la colección de “rarezas” de su tío… hombres con dos
cabezas… con tres ojos… cuerpos contrahechos o jorobados, extremidades desproporcionadas o arruinadas,
seres con ambos sexos… o con parásitos horribles pegados al tronco… y algunas criaturas inexplicables, que
quizá ni siquiera fuesen humanas…
-Recuerdo esto…-Dijo Cayo- Mi tío siempre mandaba a su guardia que le buscasen fenómenos insólitos, y
los coleccionaba…
-¿Recuerdas cuando os divertiais con ellos…?
-Si… mi tío a veces `participaba, otras nos miraba sentado, mientras jugaba con bebés sin destetar…- Cayo
sonrió al recordar cuando a veces orinaba sobre las criaturas para humillarlas.
-Ahora soy emperador… tengo otras responsabilidades…
-No te engañes. Tus responsabilidades no te satisfacen, Calígula…
-¡¡No me llames así!! ¡¡Mi nombre es Cayo!!
La voz rió una vez mas.
-Mira tras esa puerta…
Cayo estuvo a punto de preguntar que puerta, cuando la percibió justo en frente suyo. Una puerta con
entalladuras se sátiros y otros seres.
-¿Qué hay tras ella?
-Ábrela.. y mira… y serás un dios, y no ya simple mortal…
Cayo abrió la puerta. Miró.
Primero lloró. Luego, su llanto se convirtió en risa. Volvió a llorar. Volvió a reir. Sintió como se desvanecía
en el toda ligadura. Todo límite. Empezó a convulsionarse. A saltar. Ejecutaba una danza caótica cuyos pasos
improvisaba entre lágrimas y carcajadas histéricas.
-¡¡Yo existo!!- Gritó -¡¡¡YO EXISTO!!!

Cayo abrió los ojos. Estaba en el dormitorio. Se incorporó. Ya no sudaba.
-¿Cesar?-Preguntó el senador Numerio, que se encontraba en la habitación en ese instante junto a un criado¿Cómo estais…? ¡Por los dioses, ya no tiene fiebre! ¡Se ha recuperado! ¡Nuestras oraciones no han sido en
vano! ¡Rápido, trae un médico!
-Acercame-Dijo Cayo señalando a una mesa en un rincón, donde estaba la espada de su padre.-Acercame
esa espada…
Mientras el criado salía, Numerio cogió la espada y se la entregó al emperador.

-¡Alabado sea Júpiter!- decía Numerio- ¡Alabados sean los…!
Antes de que Numerio acabase la frase, su craneo se vió traspasado por la cuenca con la espada de Cayo.
Del extremo saliente brotaban sangre y trozos de materia cerebral. El médico y el criado llegaron a tiempo
de ver como el cuerpo del senador expiraba entre convulsiones y espasmos. Cayo espero pacientemente a
que el cuerpo cesara de moverse, extrajo el filo del craneo y lamió la sangre con su lengua. Después, con
una expresión atroz se dirigió a los dos hombres.
-¡¡Traedme mi toga!!

Frente al senado, Cayo sentía un inmenso asco al contemplar aquellas criaturas débiles, mas insignificantes
que los gusanos, a cuya raza sabia ya que no pertenecía, desde que miró tras la puerta. Escupió y declamo en
alto con su fuerte voz:
-¡¡Yo existo desde el principio del mundo, y durara mi existencias hasta que caiga la última estrella de la
noche!! Aunque he tomado la forma de Cayo llamado Calígula, no soy ningún hombre ¡y soy todos los
hombres!
¡¡Por que soy..
…un Dios!!!

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