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LA HISTORIA EN AMÉRICA LATINA

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MALERBA, Jurandir La historia en América Latina. Ensayo de crítica historiográfica, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2010, 132 pp. - En este ensayo, Jurandir Malerba reflexiona sobre las líneas de fuerza que guiaron los rumbos de la historiografía latinoamericana en las últimas décadas. Su perspectiva, siempre crítica y polémica, no sólo supone un aporte a la comprensión del panorama historiográfico actual, sino que también pone en tensión el papel del conocimiento histórico en la sociedad contemporánea.
MALERBA, Jurandir La historia en América Latina. Ensayo de crítica historiográfica, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2010, 132 pp. - En este ensayo, Jurandir Malerba reflexiona sobre las líneas de fuerza que guiaron los rumbos de la historiografía latinoamericana en las últimas décadas. Su perspectiva, siempre crítica y polémica, no sólo supone un aporte a la comprensión del panorama historiográfico actual, sino que también pone en tensión el papel del conocimiento histórico en la sociedad contemporánea.

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Jurandir Malerba

La Historia en América Latina
Ensayo de crítica historiográ ca

Rosario, 2010

Malerba, Jurandir La historia en América Latina : ensayo de crítica historiográfica. 1a ed.-Rosario: Prohistoria Ediciones, 2010. 130 p.; 21x14 cm. - (Fundamentos / Darío G. Barriera; 3) ISBN 978-987-1304-47-9 1. Historiografía Latinoamericana. I. Título CDD 907.2 Fecha de catalogación: 11/12/2009

colección fundamentos – 3 Primera edición en portugués: FGV, Río de Janeiro, 2009 Primera edición argentina: prohistoria ediciones ISBN 978-987-1304-47-9 © Jurandir Malerba © de esta edición prohistoria ediciones. Tucumán 2253 (S2002JVA) – ROSARIO, Argentina Traducción: Milena De Souza Da Silva Revisión Técnica: M. Paula Polimene Diseño gráfico y formación: estudio.milano Diseño de Tapa: Marta Pereyra Esta edición de 300 ejemplares se terminó de imprimir en Talleres Gráficos FERVIL, Rosario, en el mes de febrero de 2010. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada, en cualquier formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del editor. Impreso en la Argentina – Printed in Argentina

Para Arcemiro, Aparecida y José Amélio, in memorian Dora y Giulia, celebración de la vida

Presentación Carlos Antonio Aguirre Rojas Prólogo

Índice

CAPÍTULO II Años 1980-1990 Historia política Historia cultural

CAPÍTULO I Años 1970-1980 La historia económica La historia social

INTRODUCCIÓN Antes de la década de 1960 Contexto histórico e intelectual de la “transición paradigmática” Las relaciones con los polos culturales hegemónicos Nuevos objetos Marxismo e historiografía latinoamericana

CONSIDERACIONES FINALES Orientación bibliográfica Bibliografía

Presentación

l libro de Jurandir Malerba, La Historia en América Latina. Ensayo de crítica historiográfica, es un esfuerzo importante y bastante pionero para darnos un panorama general de lo que han sido los estudios históricos latinoamericanos en los últimos siete u ocho lustros. Es decir, un intento de reconstruir para nosotros, los modos específicos y las formas concretas en que se ha reconfigurado y rehecho el mapa general del conjunto de las historiografías de toda América Latina, después de esa enorme fractura cultural, y también historiográfica, que ha representado la revolución cultural mundial de 1968. Entonces, y de los varios criterios posibles para organizar este complejo mapa de lo que han sido las líneas de evolución principales de la historiografía de América Latina en las ultimas cuatro décadas, nuestro autor ha elegido la de los campos temáticos sucesivamente abordados por esta historiografía latinoamericana, subrayando entonces la clara expansión de la historia económica y de la historia social durante las décadas de 1970 y 1980, y luego la irrupción y también fuerte difusión de la nueva historia política y de la historia cultural, durante los años 1980 y 1990. Pues en contra de la tradicional y limitada historia positivista, puramente descriptiva y monográfica, ampliamente restringida a los temas político, militar, diplomático y a lo évènementielle, que fue ampliamente dominante en toda América Latina hasta la ruptura ya mencionada de finales de los años 1960, en contra de este tipo de historia se desarrollaron, en los años 1970 y 1980 diferentes versiones de la historia crítica alimentada por los también varios marxismos entonces existentes y se produjo una clara recuperación y aclimatación de las lecciones principales de la mal llamada “Escuela” de los Annales francesa. Lo que entonces se popularizó e instauró, de pleno derecho, fue la historia económica y la historia social en la mayoría de los países de América Latina y especialmente y con mayor intensidad en las historiografías de México, Brasil, Argentina, Colombia y Perú. Pues a tono con la diversidad de los grados de desarrollo económico de los diferentes

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CARLOS ANTONIO AGUIRRE ROJAS

JURANDIR MALERBA

países de América Latina, también serían desiguales los ritmos de receptividad y despliegue de esas saludables consecuencias de las revoluciones culturales de 1968, dentro de las distintas historiografías de las varias naciones latinoamericanas. Así, y gracias a la libertad cultural conquistada por los movimientos sociales que protagonizaron las grandes rebeliones de 1968 en América Latina, florecieron esas nuevas corrientes, de las diferentes vertientes del marxismo y de las diversas reinterpretaciones del bagaje annalista, dentro de los estudios históricos latinoamericanos de 1970 y 1980. Pero, junto a estas dos matrices historiográficas venidas del exterior, y que prosperaron con fuerza en la Latinoamérica hace cuatro y tres décadas, se afirmó también una corriente innovadora y crítica muy interesante, que se gestó desde la propia cultura latinoamericana y que autobautizándose con el nombre de “teoría de la dependencia” influyó también de manera significativa en el seno de las historiografías de todo el semicontinente latinoamericano. Con lo cual, y a partir de estas tres fuentes de renovación intelectual, se recrean los distintos paisajes historiográficos nacionales de las diferentes regiones de América Latina, desplegando con fuerza los diversos temas y problemas de la historia económica y de la historia social, ya mencionadas. Renovación que, si en los años 1970 y 1980 se concentró en la apertura o instauración de esos campos de la historia económica y social, dentro de los espacios historiográficos latinoamericanos, en cambio mudó de ejes de concentración después de la también importante ruptura mundial simbolizada por la emblemática caída del Muro de Berlín de 1989. Pues si entre 1968 y 1989 las escuelas históricas de nuestro semicontinente latinoamericano se aplicaron con rigor y amplitud en el descubrimiento y cultivo de la historia social y económica, el período comprendido desde 1989 hasta la actualidad sería, en cambio, según la interpretación del profesor Jurandir Malerba, aquel en el que se promuevan y afirmen con mayor fuerza tanto las versiones de una “nueva” historia política, como y sobre todo, las muy diferentes y heterogéneas variantes de una igualmente autonombrada “nueva” historia cultural. Lo que, naturalmente, transformó otra vez las matrices intelectuales de referencia que alimentan a esta historia política y a esta historia cultural de los últimos lustros. Ya que si durante las décadas de 1970 y 1980 en América Latina se popularizaron y difundieron las obras de Marc Bloch, Fernand Braudel o Henri Pirenne, junto a los aportes de Marx y
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de las diferentes escuelas marxistas de la historia económica y social, los años 1990 y más recientes, en cambio, están marcados por la expansión y recuperación de los trabajos de Michel Foucault, Norbert Elias o Antonio Gramsci, junto a las lecciones de Edward Palmer Thompson, Clifford Geertz, Claude Lévi-Strauss o algunas de las distintas corrientes de la antropología cultural. Cambio de referentes intelectuales que, junto al desplazamiento de los ámbitos temáticos ya mencionado, confronta también una cierta difusión y presencia, en algunas de las historiografías de América Latina, de las posturas posmodernas irracionalistas dentro de la historia. Pues como resultado del llamado “giro lingüístico” y también de una cierta influencia de las ciencias sociales norteamericanas en nuestro semicontinente, prosperarían limitadamente esas desencantadas e irracionales visiones posmodernas que, dentro de la historia, pretenden reorientar privilegiadamente el trabajo del historiador hacia el análisis central de los discursos históricos, equiparando a absolutamente todas las interpretaciones históricas y negando cínicamente la posibilidad de alcanzar y establecer verdades históricas y científicas, como fruto del trabajo de investigación. Perspectiva posmoderna que, siendo débil y efímera en ciertos países, como es el caso de México, tuvo en cambio más fuerza y presencia en otros lugares, como por ejemplo Brasil. Pero que, en cualquiera de los casos, fue más un síntoma marginal de las transformaciones generales de la historiografía latinoamericana reciente que una tendencia fuerte de la misma. Lo que atinadamente es señalado por nuestro autor, y que se comprueba con el hecho de que estas visiones posmodernas han sido bastante estériles en cuanto a generar nuevos problemas o nuevas interpretaciones de los hechos históricos fundamentales de la historia de América Latina, limitándose en cambio a revisar, sin gran creatividad ni aportes, algunos de los discursos de los personajes de esta misma historia latinoamericana. Limitaciones enormes de esta empobrecida e irracionalista perspectiva posmoderna dentro de la historiografía latinoamericana reciente, que también serán adecuadamente señaladas y criticadas por el autor de este breve ensayo. Certeras críticas a esa irracional postura posmoderna en la historia, que se acompañan de un cuestionamiento radical a la extendida práctica de los historiadores latinoamericanos de limitarse a “copiar e imitar” acríticamente los modelos historiográficos importados de Europa o de
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Estados Unidos. Lo que lleva al profesor Jurandir Malerba a la paradójica conclusión de que, en un balance global de lo que han sido los logros esenciales de estos últimos cuarenta años de vida de la historiografía latinoamericana, lo más “nuevo” en ella no ha sido lo más reciente, sino lo más antiguo de este mismo período, es decir el aporte de la teoría de la dependencia. Lo que sin duda es cierto, si pensamos sobre todo desde el punto de vista de la posible originalidad del pensamiento latinoamericano y en clave de una critica racional y bien mesurada de un cierto eurocentrismo aún ampliamente difundido en nuestro semicontinente. Es decir, no desde la facilona postura fundamentalista del antieurocentrismo a ultranza, propia del pensamiento poscolonial, que imagina que todo pensamiento venido de Europa es malo sólo por ser europeo (deslegitimando así, por ejemplo, al pensamiento de Marx y al marxismo en general) y que todo pensamiento nacido en América Latina es bueno sólo por ser latinoamericano. Entonces, frente a todos estos desvaríos del pensamiento supuestamente poscolonial, posestructuralista y posmoderno que pretende descubrir “pensamientos fronterizos”, “transmodernidades” o “éticas de la liberación”, cuando solo repite mal y vulgarmente ciertos lugares comunes, nuestro autor reivindica con fuerza tanto la necesidad fundamental de la visión globalizante o totalizante dentro de los estudios históricos, como también el rol esencial de la teoría para el desarrollo crítico de esa misma historiografía actual. Pues no es por la vía de la fragmentación y del encerramiento de las nuevas identidades, que fragmentan también a la teoría y pretenden convertirla en múltiples teorías “regionales” o “locales”, que descifraremos los complejos problemas de la historia latinoamericana, ni tampoco lo haremos recayendo en un empirismo descriptivo que ya hemos conocido y padecido durante varias décadas del siglo XX. Así, lo que se impone ahora a nuestra historiografía latinoamericana es el enorme reto de incorporarse, en condiciones de igualdad total, al debate historiográfico mundial en curso. Y ello sin renegar de los inmensos aportes del pensamiento social crítico europeo, pero sin quedarse tampoco limitadamente en ellos, sino siendo capaz de trascenderlos creativa y heurísticamente. Pero, también, sin caer en las ridículas posiciones fundamentalistas antieurocéntricas del pensamiento
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poscolonial, aunque no renuncie a la necesaria y legítima crítica de ciertas expresiones y manifestaciones de ese eurocentrismo intelectual. Y todo esto desde una clara asunción de una perspectiva al mismo tiempo crítica y global. Es decir, desde una postura que rescata todas aquellas visiones que han intentado marchar en contra del pensamiento histórico dominante, para abrir nuevas miradas, problemas, territorios y paradigmas historiográficos de esa misma historia crítica. E, igualmente, desde un horizonte que reconoce la necesidad de mirar amplio, insertando siempre el específico y concreto problema abordado dentro de las sucesivas totalidades mayores que lo envuelven y que le dan sentido. Para lo cual, será siempre esencial el rol de la teoría en general y de las teorías generales en particular. Parámetros que el lector podrá encontrar también, aplicados y en acto, dentro de este útil y condensado texto sobre La Historia en América Latina, redactado por el profesor Jurandir Malerba. Algo que podrá ser juzgado por ese mismo lector, al abordar las páginas de este libro que ahora tiene entre sus manos y que hoy ve la luz en esta cuidada versión y edición en la bella lengua de Cervantes.

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a investigación que dio origen a este libro se inició a mediados de 2004, gracias a una invitación realizada por Héctor Pérez Brignoli y Estevâo Martins, los editores del último volumen de la História Geral da América Latina titulado Teoría y metodología en la Historia de América Latina (UNESCO-Trotta, París-Madrid, 2006, Vol. 9). Mi estrategia para escribir el capítulo sobre “perspectiva y problemas” en la historiografía latinoamericana fue realizar un recorte que cubriese, aproximadamente, desde la ruptura epistemológica ocurrida en la década de 1960 hasta la actualidad, cuando los efectos de aquella ruptura aún se hacen sentir. El capítulo que me habían encargado debía constar de 25 páginas y para ello produje un texto borrador de 75; esa versión extensa, revisada y acrecentada en más de 20 páginas –profundizando algunas cuestiones (como el contexto de la transición paradigmática) y acrecentando otros temas (como el debate sobre el marxismo en aquel mismo contexto) y ejemplos de las vertientes historiográficas analizadas– constituye el cuerpo de este libro. El lector podrá notar que el texto se estructura en dos ejes principales, uno lógico y otro cronológico. Desde el punto de vista lógico, se abordan las formas de escritura histórica que fueron preponderantes en América Latina (antes y) a partir de la fractura epistemológica iniciada en los años 1960 en los centros hegemónicos de la cultura occidental, con la emergencia del movimiento intelectual del postestructuralismo en las ciencias humanas; y su recepción paulatina, con relativo descompás cronológico, en los ambientes intelectuales latinoamericanos. Ese desajuste se explica, en buena medida, porque la historia económica y social se mantuvo aún, por casi dos décadas, como el registro historiográfico más importante entre los historiadores de la región, hacia mediados de los años 1980, cuando se inició la afluencia vertiginosa de las nuevas orientaciones temáticas y teóricas asentadas, grosso modo, en aquello que se bautizó como cultural turn en las ciencias humanas y en la Historia.

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Prólogo

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Cronológicamente, ese movimiento es presentado a partir de la crítica de los patrones historiográficos hegemónicos en la región desde los años 1970-80 y 1980-90 hasta la actualidad. En la introducción son tratados algunos elementos fundamentales para la comprensión de la dinámica de la historiografía latinoamericana en el período en cuestión, como el propio contexto de la transición paradigmática y las relaciones que los diferentes polos de producción intelectual (y, en particular, historiográfica) de nuestra región mantienen con los centros culturalmente hegemónicos; se enfatizarán especialmente las ascendencias intelectual e institucional norteamericana en los países del sur del continente. Un aspecto importante a subrayar es la estrategia argumentativa adoptada ya que, por la propia amplitud del objeto de análisis, hubo que operar inevitables recortes en el tratamiento de la historiografía latinoamericana; primero, al no poder contemplar las innumerables “canteras” de esa rica historiografía, el análisis se centra en aquellas formas de escritura entendidas como preponderantes en los respectivos períodos. Segundo, además de ese primer recorte, la necesidad de ilustrar las tesis propuestas con ejemplos tomados de la producción historiográfica latinoamericana impuso una inevitable selección de esos ejemplos; nuestros criterios de inclusión priman, en este particular, por la representatividad de la vertiente en cuestión, de modo que muchos autores y obras importantes quedaron fuera de este análisis, estructurado a partir de ejemplos. Por fin, una palabra de agradecimiento a aquellos que, de diferentes modos, contribuyeron a la producción de este libro: profesores Ciro Cardoso y Francisco Falcon, por la sugerencia de títulos importantes además de análisis que beneficiaron el propio; profesores Hendrik Kraay, Luiz Geraldo Silva y Carlos Aguirre Rojas, por la permanente interlocución; al consultor ad hoc de la Editorial de la FGV, cuya lectura notablemente profesional permitió limar asperezas y agregó calidad al producto final. Por fin, mis agradecimientos a la Editorial de la FGV, en la persona de la profesora Marieta de Morais Ferreira, por la distinción de la invitación para contribuir con la colección FGV de Bolso y al profesor Darío Barriera, que posibilitó la edición de este libro en Argentina. Jurandir Malerba Porto Alegre, octubre de 2009

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n un excelente balance de los estudios históricos sobre América Latina, escrito hace poco más de tres décadas, el historiador sueco Magnus Morner (1973) reconocía la dificultad de analizar, en pocas páginas, un asunto tan vasto y complejo como las “nuevas perspectivas y problemas en la historiografía latinoamericana”, especialmente si el autor no era Richard Morse (1964). Para la generación en que ambos célebres latinoamericanistas produjeron, aún era posible para un único historiador, como Morner o Morse, enfrentar un trabajo de tamaña envergadura. Desde entonces, sin embargo, se asiste a una verdadera explosión de la producción historiográfica, marcada por un cuadro de expansión de las historiografías nacionales, de consolidación de sus programas de postgrado, de los vehículos de difusión del conocimiento histórico, de una mayor inserción de los historiadores latinoamericanos en el debate internacional y de una relativa profesionalización del área en gran parte de los países de América Latina. Esa expansión, tanto cualitativa como cuantitativa, de producción en las últimas tres décadas, a su vez exige un esfuerzo de evaluación permanente, que fue practicado en la región por investigadores aislados o por los centros que comenzaban a surgir. Dada la extensión y diversidad que alcanzó la historiografía latinoamericana en las últimas décadas, la propuesta, hoy urgente e imperiosa, de evaluaciones críticas de sus itinerarios, demanda esfuerzos colectivos y coordinados, que sólo tímidamente se anuncian. En este sentido, el alcance y el objetivo de este pequeño libro son necesariamente heurísticos, en el sentido de que muchas de las afirmaciones aquí sostenidas tendrán el carácter de hipótesis de investigación, que deberán ser testeadas a la luz de investigaciones posteriores. Que sirva, entonces, como un estímulo a nuevas incursiones en el campo. Más oportuno que intentar mapear un cuadro general de la historiografía latinoamericana contemporánea, que redundaría en una tipología o en una clasificación estática y no más que descriptiva de las vertientes historiográficas del continente, me pareció presentarlas en una perspectiva histórica; o sea, rehacer sus itinerarios en las últimas cuatro décadas,

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INTRODUCCIÓN

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a partir de un cuadro interpretativo que posibilite percibir el proceso de transformación de esa historiografía en el mismo período. Aquí, dos puntos son fundamentales. Primero, el contexto histórico más amplio de transformaciones societales y epistemológicas catalizadas en la década de 1960, dentro de un escenario de crisis de valores de la cultura occidental, de la cual las intentonas revolucionarias de 1968 fueron la mejor expresión. En este sentido, los años 1960 deben ser tomados como un verdadero punto de inflexión como, además, lo fueron para toda la historia contemporánea, en una perspectiva de larga duración.1 Eso no tanto por la calidad y cantidad de lo que entonces se produjo allí, sino por el carácter casi traumático de la transformación del modo de concebir y escribir la historia. En esa dirección, mi argumento es que la historia de la historiografía de América Latina, en el período en cuestión, está marcada por una radical transición paradigmática, que ha llevado –más allá de la historiografía tradicional aún numéricamente mayoritaria y bajo el influjo de perspectivas innovadoras entonces emergentes– al abandono de las historias de carácter holístico y sintético que entonces se elaboraban, basadas en grandes teorías explicativas, en favor de nuevas modalidades analíticas de escritura histórica, centradas en objetos construidos en escala reducida. Los años 1968 y 1989 fueron dos momentos simbólicos fuertes de ese movimiento. Un segundo punto de referencia para comprender la trayectoria de la historiografía latinoamericana lo constituyen las fuertes y ambiguas relaciones que mantuvo con otros centros culturales en general, e historiográficos en particular, durante el período reseñado. Esos dos aspectos serán analizados en mayor detalle más adelante. Previamente es posible pintar, a grandes rasgos, el estado de la historiografía latinoamericana anterior al período de transformaciones que se inició en la década de 1960. Después de esbozar las circunstancias generales que han redundado en el acogimiento de nuevos objetos por parte de la misma, esta sección introductoria analizará el marxismo en el escenario continental, en función del papel central que cumplió en la renovación de la disci1

Aunque los propios líderes de aquel movimiento quieran negarlo. LICHFIELD, John “Ex-anarchist visits ‘enemy’ Sarkozy”, en The Independent, Londres, 17 de abril de 2008, sobre un libro recién lanzado donde Daniel Cohn-Bendit, “el rojo”, uno de los más prominentes líderes de las jornadas francesas de 1968, reniega de la importancia del movimiento y prácticamente “pide disculpas” por su actuación en él. 20

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plina desde su recepción por los circuitos académicos en la década de 1960; marxismo que no pasó incólume por las transformaciones epistemológicas radicales deflagradas desde aquella misma década, como se verá a continuación. Antes, sin embargo, dos acotaciones. Innecesario será intentar justificar el acento marcadamente brasileño presente en este análisis de la producción historiográfica latinoamericana y, sobre todo, en los ejemplos recordados. El propio objetivo del texto de dibujar tendencias lleva inevitablemente a la proposición de generalizaciones, que son un recurso del raciocinio y una estrategia argumentativa. Es natural que muchas de ellas valgan con mayor propiedad para un país que para otro, para una tradición que para otra, incluso por causa del descompás, de los ritmos y trayectorias diferenciadas de cada una de esas historiografías nacionales. Así, tal vez muchos trazos aquí destacados sean válidos para una parte y no para otra de América Latina, pues tanto en las esferas económica, social y política como en el ámbito historiográfico continúa existiendo una gradación de ritmos, de trayectorias. En los extremos, tenemos una América Latina más desarrollada y otra menos, de acuerdo con cualesquiera índices internacionales usados para esas mediciones siempre controvertidas. Esas diferencias surgen inevitablemente en el campo historiográfico también. Tal característica es marcada, por ejemplo, en lo que atañe a la propia periodización propuesta para los años 1970 a 1990. Ella debe ser concebida como instrumento de análisis y exposición y jamás ser considerada de manera rígida pues, generalista como es, en esta amplia periodización no se visualizan con detalle muchas sutiles diferencias nacionales. Por otro lado, la magnitud de la producción historiográfica latinoamericana en los últimos cuarenta años torna imposible contemplar en el análisis los innumerables y riquísimos campos de investigación en el área, imponiéndonos inevitables recortes. El criterio adoptado se basa en la mayor representatividad de determinados campos en el período estudiado, para la caracterización de las que considero las tendencias mayoritarias, las líneas fuerza de esa historiografía. Así, después de presentar el cuadro general de transición paradigmática –y sus consecuencias sobre la historiografía latinoamericana– se destacan los vastos y diversificados campos de la historia social y de la historia económica, representativos de lo que más y mejor caracteriza nuestra producción en los años 1970 y 1980 y la “nueva” historia política y cultural, para los
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Antes de la década de 1960 Es importante subrayar que se focalizarán aquellas prácticas y resultados historiográficos que pueden entenderse como innovadores. Antes de 1960 –y después de eso, como muestran diversos estudios historiográficos– prevalecía, en términos cuantitativos, un tipo de historia que se podría llamar “tradicional”, o sea, no profesional, producida por intelectuales autodidactas provenientes de las más diversas formaciones, pero también vinculados con instituciones de enseñanza o agrupaciones tradicionales como sociedades e institutos históricos. Para el historiador mexicano Álvaro Matute (1974), en una compilación sobre la naturaleza del conocimiento histórico con textos escritos en México entre 1940 y 1968 –período que marcaría el inicio de la profesionalización de la Historia en el país, con su establecimiento como carrera profesional en la Universidad Nacional– las dos principales posturas históricas asumidas por entonces eran el positivismo y el historicismo. Aunque con un énfasis tendencioso en la segunda, de la cual el editor es simpatizante, y aún lacunar, por no incluir nombres y vertientes ya importantes a aquella altura, esa obra indica el tipo de historia tradicional que se practicaba antes de 1960, no sólo en México sino también en otros centros historiográficos importantes, como Brasil. Aquí, donde la “profesionalización” fue mucho más tardía y todavía es incompleta (aun contando con historiadores profesionales, la profesión en sí no es reconocida por el Estado en la actualidad), la prevalencia de una historia centrada en el
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años 1980 y 1990. Vale aclarar la plena consciencia del alto grado de aleatoriedad inscripto en esas clasificaciones y cronologías, que aquí se adoptan con fines exclusivamente heurísticos y expositivos. El criterio de inclusión será, sin duda, mucho más fácil de justificar que los de exclusión, en tanto se reconoce la frustración de no contemplar en este ensayo vertientes importantísimas y con fuerte tradición en la producción historiográfica de la región, como la historia de las ideas, la historia intelectual y de los intelectuales, la historia administrativa, diplomática y de las relaciones internacionales, la historia de la Iglesia y de las religiones, la historia militar, la historia demográfica y la historia urbana y agraria; y otras, más recientes, pero no menos vigorosas, como la historia del deporte y la historia ambiental. Los campos incluidos son suficientes, con todo, para esbozar las tendencias generales de transformación en las concepciones del quehacer historiográfico en América Latina.

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Contexto histórico e intelectual de la “transición paradigmática” Se puede decir que la década de 1960 estuvo marcada por una violenta aceleración del tiempo histórico, que incidió en las formas del ser, pero también del hacer y del pensar históricos. Muchos de sus ecos se oyen claramente hasta hoy. En lo que concierne a la disciplina histórica, en 1979, el historiador inglés Lawrence Stone diagnosticaba en ella un cambio estructural: la historia-ciencia social, que postulaba la posibilidad de una explicación coherente de la transformación histórica, habría sido abiertamente rechazada. En su lugar emergía un renovado interés por los más variados aspectos de la existencia humana, acompañado de la convicción de que la cultura de grupo y el deseo mismo del individuo pueden ser, en determinadas circunstancias, vectores de mudanza potencialmente tan importantes cuanto las fuerzas impersonales del desarro23

Estado, historia oficial (cuando no oficiosa), apologética de las elites gobernantes, cuando no parroquial y biográfica, fue también la regla hasta avanzada la década de 1960. El profesor Francisco Falcon (2001), al analizar la historiografía brasileña en los años 1950 y 1960, revela el modo prosaico en que se concebía la Historia en un centro tan importante como la Facultad Nacional de Filosofía de Río de Janeiro, cuando la ausencia de discusión teórica era la norma, así como el ejercicio de la historia política y diplomática tradicionales, cuando el ejercicio de la investigación era prácticamente inexistente –cuadro que comenzó a cambiar con los sucesos históricos del golpe militar de 1964. Está claro que otras concepciones más innovadoras existían, como en el caso de Brasil –pero en general fuera del círculo de los historiadores. En otro ensayo, el Prof. Falcon (2004) muestra cómo, a lo largo de los años 1950, la historiografía propiamente dicha continuaba fiel al empirismo positivista, cultivando una historia del Estado y de sus agentes políticos, militares, administrativos y diplomáticos. La renovación, aún incipiente, acontecía fuera de la “academia”, como en la obra de autodidactas, sociólogos, juristas, etc. Personas como Caio Prado, Sérgio Buarque de Holanda y Raymundo Faoro en Brasil, Mario Góngora en Chile, Renato Rosaldo y Daniel Cosío Villegas en México, entre muchos pares en esos y en otros países latinoamericanos, practicaban historia creativa y rigurosa, comparable a cualquier producción de otros países “centrales”, como Francia y Estados Unidos. Todavía la regla era el predominio numérico de autores y obras rotuladas bajo el epíteto de “tradicional”.

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llo material y del crecimiento demográfico. Ese énfasis en las experiencias de seres humanos reales ha implicado el retorno a formas narrativas de historia. Ese “viraje” es un síntoma de un giro cultural mayor vivido en el mundo occidental, que se reveló de forma dramática en la propia concepción del ámbito y de los límites de las ciencias humanas y sociales, e implicó un reexamen crítico de la racionalidad científica entonces vigente. La historia orientada por la ciencia social, que dominó el escenario historiográfico en Occidente en el medio siglo que se extendió entre 1930 y 1970 aproximadamente, presuponía una relación positiva en dirección a un mundo industrial moderno y en expansión, donde ciencia y tecnología contribuirían para el crecimiento y el desarrollo. Esa fe en el progreso y en la civilización del mundo moderno fue puesta en jaque desde los años 1960, con los cuestionamientos radicales que culminaron en las revueltas antisistémicas de fines de la década. En una época en que los intelectuales de los países de economía central hablaban tranquilamente sobre el consenso, la sociedad sin clase y libre de conflictos, comenzaron a surgir estudios sobre los “excluidos”, pobres y excluidos en general, que no formaban parte del consenso. La mirada etnológica descubría al “otro” en el propio centro. Ese fue el fermento de innumerables movimientos (contra) culturales en el auge de la Guerra Fría y en el contexto de la Guerra de Vietnam, que evidenciaban los conflictos inherentes a la propia sociedad industrial, como la cuestión del sexismo y del racismo. La sociedad industrial desarrollada descubría los personajes colocados en el margen de su historia victoriosa. En un contexto políticamente agitado, marcado por contestaciones viscerales al colonialismo europeo, a las distintas expresiones del imperialismo económico y cultural, por la propagación vertiginosa de los medios de comunicación en masa y por un proceso creciente de acortamiento de las distancias y de los espacios, las viejas certezas que caracterizaban la razón occidental fueron radicalmente cuestionadas. La fe en la ciencia y en el progreso, base no sólo del marxismo sino también de la New Economic History, portavoz del liberalismo, fue conmovida por mayo de 1968. Los modelos macrohistóricos y macrosociales, basados en el Estado, en el mercado o en el antagonismo de clase, ya no podían dar cuenta de los anhelos del momento. Esa visión pesimista en torno al curso y a la calidad de la civilización occidental moderna ocupa un espacio central dentro de la “nueva
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historia cultural”. Ésta vino a intentar llenar las lagunas existentes; comparte con el marxismo el entendimiento de la función emancipadora de la historiografía (pero considera de manera distinta los límites que hombres y mujeres deben superar). Los modos de exploración y dominación no se encuentran más, por los menos primordialmente, en las estructuras institucionalizadas, en la política o en la economía, sino fundamentalmente en las diversas relaciones interpersonales en las cuales los seres humanos ejercen poder unos sobre otros. Así, la cuestión de género asume un papel importante. Foucault sustituye a Marx en tanto analista del poder y sus relaciones con el conocimiento (Iggers, 1997: 98). Así empezaba a definirse el estatuto epistemológico de una corriente de pensamiento que se denominó “postestructuralismo”, precursora del postmodernismo veinte años más tarde. No cabe aquí buscar una definición del concepto de postmoderno, ese sincretismo de diferentes teorías, tesis y reivindicaciones que tuvieron origen en la filosofía germánica moderna, especialmente en Nietzsche extendiéndose hasta Heidegger –y en la adaptación de esa filosofía por varios intelectuales franceses, particularmente los impulsores de las teorías postestructuralistas del lenguaje desde la década de 1960, como Michel Foucault y Roland Barthes. En un sentido muy general, el postmodernismo sustenta la proposición de que la sociedad occidental pasó, en las últimas décadas, por una transformación desde una era moderna hacia una “postmoderna”; que se caracterizaría por el repudio final de la herencia de la Ilustración, particularmente la creencia en la Razón y en el Progreso, y por una insistente incredulidad en las grandes meta-narrativas, que impondrían una dirección y un sentido a la Historia, en particular la noción de que la historia humana es un proceso de emancipación universal. En el lugar de esas grandes meta-narrativas surge ahora una multiplicidad de discursos y juegos de lenguaje, el cuestionamiento de la naturaleza del conocimiento junto con la disolución de la idea de verdad, y otros problemas de legitimación en varios campos. El impacto de las proposiciones postmodernas en la teoría de la historia, más específicamente, en la teoría de la historiografía, fue enorme. Antes de proseguir con las transformaciones paradigmáticas en la historiografía latinoamericana, cabe profundizar un poco esos dos postulados axiomáticos de la teoría del conocimiento postmoderna –si así podemos llamarla– que son su teoría del lenguaje y su vehemente nega25

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ción del realismo. Las dos bases del postmodernismo asientan su concepción en el lenguaje y en la negación del realismo. La primera es tributaria directa de los desdoblamientos del linguistic turn y de las negaciones postestructuralistas, que llevaron al paroxismo las apropiaciones que los primeros estructuralistas, como Lévi-Strauss, hicieron de la obra de Saussure. Se trata ahora de una filosofía del idealismo lingüístico o pan-lingüismo (panléxico) que afirma que el lenguaje constituye y define la realidad para las mentes humanas, v. g. que no existe realidad extralingüística independientemente de nuestras representaciones de esa realidad en el lenguaje o en el discurso. Ese idealismo lingüístico considera el lenguaje como un sistema de signos que se refieren sólo unos a los otros internamente, en procesos sin significación que nunca llegarán a un sentido establecido. La gran vulgarización de esa concepción de lenguaje en años recientes es un aspecto fuerte de aquello que se acordó en llamar linguistic turn en la Historia y en otras ciencias sociales. Así, el postmodernismo niega tanto la capacidad del lenguaje o del discurso de referir a un mundo independiente de hechos y cosas, cuanto la determinación final –o la “resolutibilidad”– del sentido textual. A partir de ahí, niega también la posibilidad del conocimiento objetivo y de la verdad como horizontes utópicos de cualquier investigación. El lector crítico, con todo, no tendrá dificultad en percibir que esa filosofía idealista es ella misma una especie de metafísica fundada en afirmaciones no probadas e improbables respecto de la naturaleza del lenguaje. La teoría postmoderna del lenguaje es producto de las sesgadas interpretaciones postestructuralistas del trabajo del lingüista suizo Ferdinand de Saussure, expuestas en su Curso de lingüística general, publicado póstumamente. Sólo para recordar los principales ejes de su teoría, Saussure se tornó el fundador de la lingüística estructural al enseñar que el objeto de las ciencias de la lingüística debía ser la langue o el estudio sincrónico, a-histórico del lenguaje como un sistema total, antes que la parole o el estudio diacrónico e histórico del lenguaje hablado. Su explicación del lenguaje como un sistema de signos distinguibles sólo por su oposición y diferencia –y su definición del signo como un significante arbitrariamente ligado al significado– no implicó, con todo, la renuncia al realismo o la negación de que palabras pueden referirse a objetos en el mundo. Aunque formado por una conexión arbitraria entre un sonido y un sentido particular, el signo, tal como Saussure lo definía, era un concepto con una relación referencial a la realidad. Saussure
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jamás supuso que el mundo fuera construido o fundado en el lenguaje y que no existiese independientemente de nuestras descripciones lingüísticas. Conforme demostraron numerosos intelectuales, como Perry Anderson (1984: 47 y ss.; 1992), esas opiniones idealistas no eran del propio Saussure, sino conclusiones sacadas de –e impuestas a– su trabajo por postestructuralistas y teóricos literarios subsecuentes, creadores de la filosofía postmoderna del lenguaje. En lo que nos respecta, los teóricos postmodernos son críticos de lo que ellos llaman la “práctica histórica normal” por algunas razones: lo que los incomoda son las cosas como la fe de los practicantes de esa “historia normal” en la posibilidad de una historia objetiva, su convicción temosa de que la historia no sólo está relacionada con textos y discursos, sino que aspira a proporcionar, en algún sentido, no absoluto aunque válido, una representación y un entendimiento verdaderos del pasado, y su supuesta complicidad con el soporte ideológico del statu quo político y económico. Uno de los más reconocidos teóricos historiadores postmodernos, Keith Jenkins, afirma que las diferentes interpretaciones existen porque la historia es, básicamente, un discurso en litigio, un campo ideológico de batalla donde personas, clases y grupos elaboran autobiográficamente sus interpretaciones del pasado. Todo consenso sólo sería alcanzado cuando las voces dominantes consiguiesen silenciar otras. “Al fin, la historia es teoría, la teoría es ideología y la ideología es pura y simplemente interés material” (Jenkins, 2001: 43). En ese litigio de interpretaciones, cualquier anhelo de buscar la verdad está definitivamente comprometido, ya que no existe un referente no lingüístico que garantice cualquier objetividad al texto del historiador. En ese sentido, todos los textos se equivalen y la búsqueda de la verdad y de la totalidad están definitivamente comprometidas, pues todo se resume, al final, a puntos de vista, perspectivas fundadas en textos que remiten a otros textos y que se configuran por fin en textos, pasibles, en tanto tales, de todo tipo de lectura, ya que el producto de la historia no es nada además de interpretación. Tales postulados formulados por postestructuralistas y, después, por sus herederos intelectuales postmodernos son fundamentales para la comprensión de la “nueva historia cultural” y, por extensión, de la “nueva historia política”, como veremos adelante para el caso de la historiografía latinoamericana. En Historia eso se ha proyectado en la creencia y en la práctica fácil de que el mundo no sería más que un campo de manifestación de discursos
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en conflicto. Así, cada uno puede crear lo suyo, sin que haya parámetro de crítica entre uno y otro, ya que cada cual funciona a partir de sus propios postulados –o dentro de “intradominios especializados”. El fundamento de esa nueva actitud epistemológica es la elevación –o la reducción– de todo conocimiento a un efecto de lenguaje, a un producto discursivo, en una palabra: la representación (Cardoso y Malerba, 2000). El abandono de las totalidades como horizontes utópicos es uno de los soportes de la vaga ecléctica de pensamiento que se bautizó como “postmodernidad”. En una palabra, y según Cardoso (1999), no habría más “historia” sino historias “de” y “para” determinados grupos definidos por posiciones dadas, por los “lugares desde donde se habla”. Para un gran número de autores postmodernos eso implica que, al escribir, un historiador se dirige, en realidad, a alguno de aquellos grupos, justamente aquél con el que comparta el mismo campo semántico. Esa pulverización de los sujetos del discurso ha culminado en la proposición de la existencia de una historia de las mujeres, una historia de los negros, una historia de los homosexuales, una historia construida en torno de intereses ecológicos, de jóvenes y viejos, en relación con diversos grupos étnicos o nacionales. Tal actitud es marcada en los estudios históricos en la década de 1990, incluso en América Latina, como se verá a continuación. Los presupuestos elementales de tal actitud cognoscitiva son la existencia de una sociedad fragmentada en subculturas, la desistencia de la búsqueda de horizontes holísticos, colectivos; como corolario, el abandono de cualquier propuesta de explicación de fenómenos sociales e históricos a partir de una comprensión totalizada y su desdoblamiento político, la recusación a cualquier tipo de movilización colectiva, bien característica de esta época de individualismo y narcisismo exacerbados. La actitud de procurar retirar a los seres humanos su potencial de agente transformador es una de las consecuencias directas de la proclamada “muerte de la Historia” y de la “muerte de las ideologías”. Los postmodernos consideran al “hombre” solamente en tanto miembro de comunidades de sentido, en una sociedad irrecuperablemente fragmentada. Es importante señalar que ese gran movimiento se desarrollaba en los polos hegemónicos de la cultura occidental, en los países de economía capitalista central. En América Latina, otra ola innovadora se propagaba aún bajo la égida de la racionalidad moderna, en las diversas expresiones de la teoría de la dependencia. La misma será abordada en particular más adelante.
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Las relaciones con los polos culturales hegemónicos Esbozado el cuadro general de profundas transformaciones que marcaron el pensamiento occidental en sus centros hegemónicos a lo largo de los años 1960 y antes de abordar la emergencia de un genuino pensamiento latinoamericano, representado por las teorías de la dependencia –que algunos autores identificaron como un nuevo “paradigma” (Bergquist, 1970)– es imperioso enunciar un segundo punto de referencia para la comprensión de la trayectoria de la historiografía latinoamericana, estableciendo las relaciones que ésta mantuvo y mantiene con otros polos culturales. Es claro que la historiografía latinoamericana no surgió ni se desarrolló “en el vacío”, sino íntimamente conectada con las matrices del pensamiento histórico occidental. Esa conexión es parte constituyente de su propia historia y reveladora del dilema de la crónica subordinación presente en esa relación. El fardo de la herencia colonial que cargan los pueblos de América Latina echa profundas raíces en la historia y en la cultura de la región, que las independencias del siglo XIX sólo en parte consiguieron superar. Este es un punto de partida para el entendimiento de nuestra historiografía y de nuestras culturas, de un modo general. La otra cara de la misma moneda está conformada por las relaciones culturales asimétricas establecidas entre las potencias capitalistas hegemónicas y la región a lo largo de los siglos XIX y XX. En esta perspectiva, no es correcto hablar de dependencia, ya que la cultura hegemónica en América (del Norte y del Sur) es también “europea”, en el sentido de que sus estructuras mentales, su ancestralidad intelectual, provienen de las matrices forjadas en el Viejo Mundo. Las lenguas oficiales en América Latina no casualmente son el español y el portugués (el inglés y el francés en menor extensión). No obstante, buena parte de los cuadros de las elites dirigentes de la región fue formada en las universidades metropolitanas, principalmente en el caso de la América portuguesa, donde la universidad se constituyó recién en el siglo XX –y aún bajo el patrocinio de una “misión francesa”. Durante el siglo XIX, París era la capital cultural de Occidente y dictaba las modas de pensamiento. Basta recordar la vitalidad que experimentó el positivismo comteano en América Latina. Esa posición hegemónica francesa se perdió en función de los reordenamientos geopolíticos de mediados del siglo XX, de la expoliación de la Segunda Guerra Mundial, a partir del advenimiento de Estados Unidos como potencia global. En relación con este último caso, constituye un lugar común entre los estudiosos, incluso entre los norteamericanos, la percepción de cierto
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“pragmatismo” dictando los intereses de investigación sobre temas de América Latina. El historiador Thomas Skidmore reconstruye el recorrido de la presencia del “tema” América Latina en la pauta de la academia americana y concluye que existió un relativo desinterés por la región entre los intelectuales americanos en general, y los historiadores en particular, a lo largo del siglo XX. Tal cuadro se habría alterado con la Revolución Cubana, cuando millones de dólares fueron inmediatamente puestos a disposición de los investigadores, denunciando el equívoco de la negligencia anterior. Solamente después de Fidel –verdadero patrono de los estudios latinoamericanistas en los Estados Unidos– se crearon allí sociedades de estudio como la Latin America Studies Association (LASA), el National Directory of Latin Americanists (NDLA) y la Conference of Latin American History (CLAH). El pragmatismo americano, en los inicios de la década de 1960, se evidenciaba en el compromiso de la intelectualidad, que se colocó al servicio de Washington en una verdadera “cruzada por la democracia”, representada por la “Alianza para el Progreso”; el objetivo era conocer la región para exportar el modelo americano de democracia liberal. Tal pragmatismo también se evidenció después, en la década de 1970, con el auge de los movimientos insurreccionales en América Central –Nicaragua y Guatemala– que captó la atención de la academia americana sobre una región hasta entonces completamente ignorada (Rosemberg, 1984). La intelligentsia americana fue constantemente estimulada a definir su agenda bajo el impulso más que convincente de la disponibilidad de fondos –que, a su vez, a lo largo de décadas estuvo fuertemente dictada por intereses estratégicos de los police-makers norteamericanos, fueran de orden geopolítico, económico, cultural o de cualquier otro. Algunos autores, por otro lado, entienden que la ola de intereses en América Latina por parte de los scholars americanos tendría por finalidad el imperialismo cultural y científico, buscando consolidar intereses ideológicos, económicos y políticos de los Estados Unidos en la región. Semejante entendimiento hasta sería plausible para el período inmediatamente posterior a la Revolución Cubana, en el auge de la Guerra Fría (Grover, 1988: 350). Desde mediados de la década de 1980, sin embargo, ya no tiene sentido pensar en una fuerza conspiradora y maquiavélica emanada de Washington, responsable del interés de la academia norteamericana por el sur del hemisferio. No pienso el “imperialismo científico” en términos simplistas, como que toda investigación producida en Estados Unidos
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es resultado de una política deliberada con motivaciones estratégicas. Pero no será difícil argumentar que cierto sesgo de “colonialismo” cultural (ese más evidente) y científico exista de una forma más sutil. Determinados campos de estudio se impusieron entre las prioridades de muchos investigadores latinoamericanos, incluyendo los historiadores (entre otros, los brasileños), como por ejemplo: las cuestiones ligadas con el problema ecológico, los derechos civiles, los derechos de las “minorías” –comprendiendo los estudios de las relaciones raciales, sexuales, religiosas, etc.–, las relaciones de poder interpersonales (entre hombres y mujeres, pero también las relaciones domésticas cotidianas, las relaciones en los lugares de trabajo o en la escuela), que vienen implantándose sutil e irreversiblemente en la agenda de los científicos sociales latinoamericanos desde hace dos décadas o un poco más. La entrada de nuevos personajes y temáticas en la agenda de los investigadores fue, para Carlos Aguirre Rojas (1998), uno de los efectos de 1968 sobre la historiografía occidental. Este historiador mexicano entiende que ese año se produjo una verdadera revolución cultural a escala mundial, que afectó las bases culturales de la civilización occidental –la familia, la escuela y los medios masivos de comunicación. Una de las características de esa revolución, que marcó profundamente el modo en que se concibió y escribió la historia en las décadas siguientes, se denominó “irrupción del presente en la historia”, según la cual el presente inmediato se manifestaría con mucho más fuerza en la historiografía, rompiendo con la rígida división, hasta entonces vigente, entre presente y pasado, e instalando la actualidad, la contemporaneidad como objetos de la investigación histórica. Esto se verificó con el surgimiento de muchos temas que ganaron importancia en los últimos treinta años; dentro de las perspectivas de la llamada antropología histórica, se destacaron tópicos como la privacidad, la intimidad, la sexualidad, la historia de las mujeres, de los niños, de la familia, de la locura, de los marginales, de la cultura popular, de las cuestiones raciales, ecológicas, etc. Según Aguirre Rojas, en la estela de Foucault, en 1968 se habría derrumbado la “episteme” vigente desde finales del siglo XIX. Desde el punto de vista de la institucionalización de los lugares de producción de conocimiento, aquella episteme se caracterizaría por la compartimentación del saber disciplinar, parcelado, atomizado y basado en la especialización –no obstante la percepción, por parte de sus representantes (principalmente del marxismo), de estructuras sociales y cortes históricos abordables teóricamente como totalidades coherentes. La crítica reiterada a ese modo de aproximación social fue una de las grandes impugnaciones de 1968, que influenció fuertemente
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Nuevos objetos La actual proliferación de objetos de investigación entre los historiadores latinoamericanos, si por un lado espeja la fragmentación general característica de la fase de transición paradigmática iniciada a finales de la década de 1960, por otro evidencia la dependencia –a falta de un mejor término– cultural, de la comunidad intelectual latinoamericana, de cánones producidos en otro lugar –principalmente en los países de economía central del sistema capitalista mundial.2 En 1985, John Johnson argumentaba que el desarrollo realmente significativo en la escritura de la historia moderna de América Latina en los Estados Unidos desde los
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al conjunto de las disciplinas sociales y a la historiografía posterior. Una pluralidad que se registraría también, como veremos adelante, en las demandas de los nuevos movimientos sociales, que dejaron de ser económicas o políticas para diversificarse y fragmentarse en feministas, pacifistas, ecologistas, urbanas, antirracistas, étnicas, comunitarias o de otras minorías reprimidas que afloraron en el contexto de las luchas sociales posteriores a 1968. Por fin, otro aspecto importante, que marca las relaciones de la comunidad académica latinoamericana en general –e historiográfica en particular– con los polos hegemónicos de la cultura occidental, y particularmente con los Estados Unidos, es el hecho de que muchos historiadores latinoamericanos han sido formados, entrenados, en instituciones americanas, desde la formación universitaria básica hasta el postgrado.

Por cierto que Europa desde siempre tuvo a América Latina como una gran área de influencia, incluso intelectual. Sin embargo, ese influjo fue notoriamente suplantado por la ascendencia norteamericana en la región desde la Segunda Guerra Mundial. Y esa ascendencia no necesariamente se hizo de manera directa. Europa fue destruida durante la guerra y su reconstrucción se ha beneficiado no sólo de los dólares americanos allí canalizados por el Plan Marshall, sino también por la llegada de historiadores y científicos sociales americanos (con sus teorías) a los nuevos centros de investigación que entonces se levantaron por todas partes, bajo los auspicios de la UNESCO. Acuerda François Dosse (1992: 105 y ss.) que si Francia no tenía más que veinte centros de investigación en ciencias sociales en 1955, diez años más tarde ya contaba con más de trescientos. Sería un estimulante objeto de investigación el estudio del “intercambio” de ideas entre la intelligentsia europea y la norteamericana. Basta recordar, por ejemplo, que si el postmodernismo fue destilado y ganó cuerpo en América del Norte con autores como Hyden White, sus bases teóricas eran eminentemente francesas: Barthes, Derrida, Deleuze, Lacan, Foucault. 32

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años 1960 tenía como marca distintiva el compromiso de los investigadores con una diversidad más amplia de nuevas cuestiones que incidían directamente en la vida cotidiana de hombres y mujeres. Entre esas nuevas cuestiones estarían la historia urbana, el creciente interés por la historia de los “desposeídos”, la “black experience” (y las cuestiones de raza) y la esclavitud (en nuevos abordajes de tipo microanáliticos), la historia social del trabajo y, particularmente, el crecimiento dramático de la historia de las mujeres (“un tema prácticamente inexistente como tópico de investigación antes de los años 1970”). Otros temas vendrían a conquistar el espacio académico posteriormente al análisis de Johnson como, por ejemplo, los estudios referentes a la sexualidad (gays y lesbianas) y a cuestiones ambientales (Johnson, 1985: 757 y ss.; Skidmore, 1998: 113 y ss.; Eakin, 1998: 550-561). Al referirse a la segunda generación de latinoamericanistas de su país, apodados “radicales”, el historiador norteamericano Thomas Skidmore (1998: 113) atribuye su importancia al hecho de que esa generación ayudó a sacudir el establishment intelectual en los Estados Unidos, al poner en evidencia la historia de los sujetos excluidos (por la historiografía oficial) de la historia: los esclavos, los indios, la población rural, los trabajadores urbanos, los fuera de la ley y las mujeres. La entrada de esos nuevos “objetos” –o antes, de esos nuevos sujetos– fuera del círculo de las elites, llevó efectivamente a una sofisticación metodológica inevitable, al demandar nuevos tratamientos para nuevos tipos de fuentes. Esa segunda generación de latinoamericanistas había sido “radical”, para Skidmore, no en el sentido político, sino porque ofreció una alternativa a la escritura de la historia centrada en las elites que entonces imperaba. Con raras excepciones que confirman la regla (González, 1973), esa transformación de foco aconteció con casi dos décadas de atraso en las historiografías latinoamericanas. En un estudio más reciente, Marshall Eakin pudo confirmar las predicciones anteriores. La tendencia general verificada por este autor para la historiografía norteamericana sobre América Latina puede, con alguna tolerancia, ser extrapolada para la evolución de la historiografía latinoamericana en el mismo período. Según Eakin (1998), se puede decir que en los años 1980 imperó la historia social, así como los años 1990 la “nueva” historia cultural, renovándose el estudio de grupos que no formaban parte de las elites, como los esclavos, las mujeres, los indios, los trabajadores y los campesinos. La influencia del postmodernismo, el lla33

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mado linguistic turn y los estudios postcoloniales con foco en los grupos subalternos surgieron como abordajes preponderantes. Además, los nuevos temas presentes en los estudios sobre América Latina, derivados de imperativos contemporáneos ligados a actitudes e intereses políticos y sociales, lo que se denominó “políticamente correcto”, reflejan anhelos y demandas de la cultura del investigador (extranjero) y no necesaria o prioritariamente los del pueblo investigado. La recepción acrítica de cánones y problemas exportados por la fuerte comunidad académica norteamericana sugiere la progresiva imposición de valores de la socialdemocracia liberal desde los Estados Unidos hacia el mundo, a altos costos, como vimos en la década de 1960 en América Latina –y hoy dramáticamente en el Oriente Medio. Hace treinta años, Magnus Morner constataba con reserva esa asintonía verificada en el collage de temas de investigación caros a las comunidades intelectuales de los países de economía central a las historias y culturas llamadas “periféricas”, asintonía que ya se verificaba en la propia elección de un tópico de investigación para una tesis académica. Observando la elección de temas en función de intereses claramente políticos e inmediatistas, como la onda de estudios sobre el militarismo latinoamericano por parte de los historiadores norteamericanos durante los años 1960, Morner predecía con mucho discernimiento lo que podría venir a ser estudiado en el futuro. El súbito y vertiginoso crecimiento de estudios sobre la esclavitud en América Latina por investigadores norteamericanos, un campo virgen hasta la década de 1960, fue prácticamente eco del movimiento por los derechos civiles –y, posteriormente, de la affirmative action– en los Estados Unidos, donde Jim Crow3 permanece como una herida abierta. Todavía, como lúcidamente ponderaba Morner, si tales objetivos
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Las leyes del Jim Crow constituyeron, a partir de 1876, la base legal de la discriminación contra los negros en los Estados del Sur prohibiendo hasta el hecho de que un estudiante pasara un libro escolar a otro que no fuese de la misma raza. En Alabama, ningún hospital podía contratar una enfermera blanca si en él estuviese siendo tratado un negro. Las estaciones de ómnibus debían tener salas de espera y ventanilla de billetes separados para cada raza. Los ómnibus tenían asientos separados. Y los restaurantes debían proveer separaciones de por lo menos siete pies de altura para negros y blancos. Estas Leis de Jim Crow eran distintas de los Black Codes (1800-1866) que restringían las libertades y derechos civiles de los afroamericanos. La segregación escolar patrocinada por el Estado fue declarada inconstitucional por la Suprema Corte en 1954 en el caso Brown v. Board of Education. Todas las otras leyes de Jim Crow fueron revocadas por el Civil Rights Act de 1964. Cfr. Ayers (1992) y Barnes (1983). 34

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son nobles y es deseable el compromiso de los estudiantes con sus temas, tal tipo de motivación, aunque posiblemente relevante para los americanos –o para los especialistas extranjeros en general– fácilmente se tornará etnocéntrica, anacrónica e irrelevante al país y región estudiados. Morner ponderaba más natural que se prestase mayor atención a las preocupaciones e intereses de los propios latinoamericanos... Sin entrar a discutir el mérito del valor intrínseco de aquellas temáticas, cada una altamente pertinente y relevante, deseo destacar solamente el hecho de que llegaron a América Latina “venidas de afuera”, como problemáticas urgentes típicas de sociedades liberales desarrolladas, que ya no tienen pendientes de resolución las cuestiones estructurales que caracterizan a la totalidad de las naciones latinoamericanas; estas circunstancias fueron denunciadas por las llamadas “teorías de la dependencia” en la década de 1960, vis-à-vis las relaciones económicas asimétricas con las economías centrales y las formas injustas procedentes de la inserción de esas mismas naciones latinoamericanas en el mercado mundial, como exportadoras de materia prima e importadoras de productos industrializados y tecnología. De esas condiciones se derivan problemas estructurales, ligados a cuestiones como la histórica concentración de la propiedad de la tierra, la constitución de elites políticas y económicas hegemónicas que se perpetúan en el poder, la mala distribución crónica de la renta, resultando en bajos niveles de educación, condiciones de salud, habitación, dificultades de acceso al trabajo y al conocimiento etc., en fin, diferentes modos de exclusión social para la inmensa mayoría de la población latinoamericana. Esas cuestiones estructurales acaban siendo descuidadas en favor de otros tópicos, que tienen mayor penetración en los medios de comunicación, que ofrecen mayores ocasiones de desarrollo institucional, como acceso a becas de estudio y status académico. Así, los conflictos que a menudo pautaron las relaciones entre académicos del norte y del sur no fueron el resultado solamente de “malos entendidos” de ambas partes. En una evaluación sobre el estado de las ciencias sociales en América Latina publicada en 1967, Manuel Diegues Jr. (1967: 3-5) ya enunciaba con propiedad el problema recurrente de los cambios académicos entre Estados Unidos y América Latina, que en muchos aspectos perdura hasta hoy. Refería, entonces, al hecho de que especialistas americanos, imbuidos de las mejores intenciones y señores de las mejores metodologías y técnicas de investigación, intentaran aplicar sus modelos a la realidad latinoamericana; pero acotaba que sus pro35

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blemas y temas, en general, no serían aquellos que interesaban directamente a los propios latinoamericanos. En la misma obra de balance, el sociólogo Florestan Fernandes (1967: 19) se posicionaba más severamente. Dijo, por entonces, que los norteamericanos venían con una agenda propia y que, al fin y al cabo, tenían poco interés para con el objeto de su investigación. No se trata aquí sólo de aquello que Octávio Ianni (1983) ha entendido como “parte del proceso de expansión del capitalismo en el tercer mundo” –estrategias maquiavélicas dibujadas sobre la mesa por businessmen y police-makers en el sentido de exportar el modelo económico capitalista y el de la socialdemocracia por el mundo– o, en particular, un “imperialismo intelectual” que contribuyó a subyugar América Latina a los intereses políticos y económicos de los Estados Unidos y de las corporaciones multinacionales, ya que la producción académica norteamericana parecía ser tendenciosa a favor del capitalismo y a la propagación del modelo de democracia norteamericano por el mundo. Tal vez ese análisis fuese incluso apropiado para lo que pasó hasta la década de 1960, en el auge de la Guerra Fría. Pero hoy, después de 1989, entender el fenómeno como solamente “la expansión del capitalismo en el tercer mundo” es simple, por maniqueísta, un análisis de alcance muy limitado. Esa imposición de agenda de valores y principios caros al modelo de democracia liberal practicado en sociedades de capitalismo central en la actualidad es un desdoblamiento de la llamada “globalización”, en sí un concepto amorfo y cargado de implicaciones ideológicas y posicionamientos políticos, que podría ser rápidamente definido como la época en que el capitalismo se libró de las trabas nacionales. El problema del intercambio académico Norte-Sur guarda elementos mucho más complejos que la competición académica o la “importación/exportación” de modelos metodológicos. La universalización del conocimiento es un hecho innegable de nuestro tiempo y métodos y técnicas circulan por el mundo. La cuestión es anterior y posterior al método: se refiere, antes de él, a la definición de las problemáticas (en una palabra, a la definición de la agenda) y, después, a la formulación de teorías que posibiliten la adecuada interpretación de los resultados de la investigación. Antes de observar la trayectoria de la historiografía latinoamericana en las décadas de 1970 a 1990, reflexionaremos sobre la presencia en ella del marxismo, como un aparato teórico, y al mismo tiempo ideoló36

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Marxismo e historiografía latinoamericana En la larga introducción a la antología sobre el marxismo en América Latina, el historiador Michael Löwy divide la historia del marxismo latinoamericano en tres grandes períodos. El primero se extiende de 1920 a 1935, cuando los marxistas tendían a enfatizar el socialismo y el antiimperialismo. El segundo período, dominado por el stalinismo, comienza a mediados de los años 1930 y va hasta 1959. Durante la mayor parte de ese período, la ascendencia soviética hacía definir la revolución por prácticas, situándose América Latina en la fase nacional democrática. Löwy (1992) observa que, no obstante el dogmatismo stalinista, algún pensamiento científico marxista más flexible brotó en la región durante el período. La tercera fase comienza con la Revolución Cubana e incluye corrientes radicales inspiradas en Ernesto “Che” Guevara, que pretendían alcanzar el socialismo por medio de la lucha armada. En la introducción, se esclarece cómo los pensamientos trotskista, castrista y maoísta desafiaron, en la región, el dogma del pensamiento tradicional orientado por las directrices soviéticas ejecutadas en cada parte por los partidos comunistas. De un modo general, se podría tomar esa periodización para acotar cronológicamente el marxismo en América Latina. Cabe aclarar, sin embargo, que el marxismo estuvo presente en todos los frentes del pensamiento humanístico y en las ciencias sociales en la región, prácticamente determinando la pauta de esas áreas: en la filosofía, en la sociología, en la ciencia política, en la antropología, en la lingüística y en la historiografía. Por eso, no cabrá en este breve ensayo siquiera mapear las polémicas que marcan el itinerario de las demás ciencias sociales en América Latina en el período en cuestión, sino sólo esbozar los desarrollos del marxismo dentro de la historiografía. Tal vez el mayor entre los grandes paradigmas historiográficos contemporáneos, el marxismo floreció en América Latina en la segunda mitad del siglo XX, alterando profundamente el curso de la historiografía que entonces se practicaba en la región. Con su difusión, se popularizó una nueva modalidad de escritura histórica de carácter estructural, científica y objetiva que, superando la narrativa lineal de los grandes indivi37

gico, que ha nutrido el debate dentro de las ciencias sociales y de la Historia a lo largo del período en foco –y que se ha constituido en la mayor referencia de renovación historiográfica en la región, a la par de la ascendencia intelectual de los Annales en nuestra historiografía.

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duos y hechos históricos, ambiciona ofrecer una visión global de la formación histórica de los pueblos latinoamericanos, con énfasis en su dimensión económica y social. Claro que el marxismo llegó mucho antes a América Latina y a él se pueden atribuir las primeras grandes aventuras intelectuales de comprensión de la realidad social e histórica del continente, como las emprendidas por figuras como el argentino Aníbal Ponce (1890-1938) y el peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930). Como prácticamente la totalidad de los pensadores de la primera mitad del siglo, esos pioneros marxistas latinoamericanos, aunque no siendo historiadores avant la letre, procuraban comprender la realidad latinoamericana desde una perspectiva histórica y marxista. En cuanto al primero, si bien se destaca su apego excesivo, muchas veces acrítico, a las tesis racistas de Sarmiento, hay que subrayar sus evaluaciones históricas pautadas en el análisis global de los efectos de la penetración del capital extranjero y las disputas imperialistas sobre la sociedad latinoamericana. Esa línea interpretativa de la evolución social y económica de los países latinoamericanos posteriormente a su emancipación política se convertiría en un verdadero modelo para toda la historiografía marxista posterior (Marinello, 1975: 14; Guerra Vilaboy, 2007). Los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de Carlos Mariátegui, son un verdadero ícono de esa historiografía marxista heroica de la primera mitad del siglo XX y testimonian el carácter ecléctico de esta generación. Aunque se autodenominase como marxista y socialista, Mariátegui era básicamente un economista político y un antropólogo cultural. En realidad, los Ensayos son un tratado académico sobre el desarrollo de Perú en la economía, la sociología, la educación, la religión, el gobierno y la literatura. La cuestión central que Mariátegui enfrenta es la clásica búsqueda de la explicación para la diferencia dramática entre las colonias de España e Inglaterra. En respuesta, Mariátegui ofrece un examen del bagaje cultural del pueblo peruano. El Perú se torna un microcosmos para analizar la política colonial española. Al explicar Perú, también explica la influencia de la Reforma, del capitalismo, de la industrialización y de la propiedad de la tierra en los desarrollos diversos de América del Norte y del Sur. En resumen, proporciona una llave para entender por qué en Perú no se desarrolló una fuerte clase media como en Brasil, Argentina y Chile, no experimentó una revolución social como México o Bolivia, por qué fue, por lo tanto, controlado
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por una aristocracia militar y por propietarios de tierra, caracterizado por un sistema económico extractivista y una estructura social rígidamente estratificada, resultando en que una gran parte de su población fuese compuesta de analfabetos, miserables, enfermos, viciados, en fin, de excluidos de la vida nacional. Una de las preocupaciones centrales de los Ensayos son las consecuencias de una sociedad basada en la esclavitud. De acuerdo con Mariátegui, la esclavización de los indios por los conquistadores y sus descendientes llevó a la economía de plantation. Ésta ha inhibido la difusión de la pequeña propiedad rural. Sin los valores de una clase media, Perú no llegó a desarrollar un gobierno democrático, un capitalismo mercantil próspero o un sistema educativo eficiente (Mariátegui, 1979; Guerra Vilaboy, 2007; Vanden, 1986). Sin embargo, en rigor, las primeras obras dedicadas a la historia latinoamericana propiamente dicha, elaboradas con un referencial marxista, no surgen sino en el inicio de los años 1930, con La lucha de clases a través de la historia de México (1932) del historiador mexicano Rafael Ramos Pedrueza (1897-1943) y con Evolução política do Brasil. Ensaio de interpretação materialista (1933), del brasileño Caio Prado Jr. (19071990), autores que pueden ser considerados como verdaderos iniciadores de la historiografía marxista en el continente. La historiografía marxista en México tuvo otros exponentes importantes como Alfonso Teja Zabre (1888-1962), Miguel Othón de Mendizábal (1890-1945), José Mancisidor (1894-1956), Luis Chávez Orozco (1901-1966), José C. Valadés (1901-1976), Agustín Cué Cánovas (1913-1971) y Armando y Germán Lizt Arzubide. Fue a partir de las obras pioneras de Ramos Pedrueza y Caio Prado Jr. que verdaderamente se iniciaron los primeros análisis históricos de países latinoamericanos, enfocados en la estructura socioeconómica y en la lucha de clases, inaugurándose una discreta producción historiográfica marxista de autores latinoamericanos, la mayoría de ellos vinculada con los partidos comunistas, y que en gran parte del continente prácticamente no tuvo representantes (Guerra Vilaboy, 2007; Matute, 1974: 13-14 y Huerta et al., 1979). En las décadas de 1950 y 1960, el historiador marxista más importante, al lado de Caio Prado Jr., tal vez haya sido el argentino Sergio Bagú, cuyos trabajos son verdaderos hitos en la discusión sobre la colonización de América Latina. Después de sus primeros estudios biográficos, sus tesis más famosas contra la idea del feudalismo en América Latina surgieron en obras como Economía de la sociedad colonial
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(1949) y Estructura social de la colonia (1952), ambos con el subtítulo de “Ensayo de historia comparada en América Latina”.4 En esas obras, basadas en un análisis meticuloso de la estructura socioeconómica latinoamericana, Bagú defiende la existencia de un capitalismo colonial ante la interpretación tradicional, acatada en la época por prácticamente toda la historiografía marxista, de un régimen feudal dominante en el imperio colonial español. Bagú diferencia claramente entre el modelo histórico del modo de producción capitalista y el capitalismo como sistema económico mundial. Sus tesis innovadoras guardan el embrión de lo que años más tarde vendrían a ser las teorías de la dependencia y del subdesarrollo, como condición del desarrollo capitalista, posteriormente retomadas en los años 1970 por la sociología “dependentista” latinoamericana (Bielschowsky, 2000; Lora, 1999; Rodríguez, 1981). Toda la rica historia social y económica practicada en América Latina entre finales de los años 1970 hasta la década de 1990 fue basada, en mayor o menor medida, en los soportes teóricos y metodológicos de la tradición marxista. Ésta, por su parte, no ha pasado incólume a las grandes transformaciones –a las verdaderas “revoluciones”– de la sociedad y del conocimiento en los últimos cuarenta años, cuyos episodios simbólicos fuertes son la revolución cultural de 1968 y la caída del muro de Berlín en 1989. Con el viraje cultural iniciado a fines de los años 1960, con las proposiciones iconoclastas de los postestructuralistas, culminando en el recetario pansemiótico de los postmodernos en los años 1990 –que redujo el proceso del conocimiento a un acto de comunicación, a un cambio simbólico– el marxismo se transforma, para dejar de tornarse el gran cuadro general de interpretación de la realidad para historiadores y científicos sociales. Por eso, antes de entrar en el análisis de la producción en los campos de la historia económica y social, cabe una reflexión de fondo, acerca de los motivos por los cuales esa importante tradición marxista fue sensiblemente debilitada en el contexto intelectual del último cuarto del siglo XX, de modo que hoy se asiste a la defensa de la necesidad de su superación, tal como proclama el llamado “postmarxismo”.
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Cfr. Bagú (1949; 1952). Otros textos importantes de Bagú son: La batalla por la presidencia de Estados Unidos (1948) y “Transformaciones sociales en América Hispana”, ensayo publicado en la revista mexicana Cuadernos Americanos en 1951. Cfr. Löwy (1980). 40

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Los hitos para el entendimiento de este fenómeno fueron dados anteriormente y se confunden con la emergencia del llamado postmodernismo. En 1990, Ronald Chilcote, editor de Latin American Perspectives, organizó un número de la revista dedicado al postmarxismo y definió las claves del debate. En rigor, el autor se posicionaba contra las proposiciones de Ernesto Laclau, científico político argentino que renegó del análisis de clase y descalificó el proyecto socialista. Resumiendo las proposiciones del pensamiento postmarxista, encontramos las siguientes tesis: la clase trabajadora no avanzó en la dirección de un movimiento revolucionario; intereses económicos de clase son relativamente autónomos de la ideología y de la política; la clase trabajadora no sustenta cualquier posición de base dentro del socialismo; una fuerza política puede formarse fuera de círculos políticos e ideológicos “populares”, independientemente de vínculos clasistas, de modo que fuerzas feministas, ecológicas, pacifistas y otras se tornan efectivas en una sociedad en transformación; un movimiento socialista puede desarrollarse independientemente de la clase; los objetivos del socialismo transcienden los intereses de clase; y la lucha por el socialismo congrega una pluralidad de resistencias a la desigualdad y a la opresión (Chilcote, 1990; Meiksins Wood, 1986). De un modo general, las raíces del pensamiento postmarxista pueden ser encontradas en los desarrollos del eurocomunismo y del eurosocialismo de los años 1970 y 1980, en el pensamiento que acompañó el discurso político sobre la socialdemocracia y el socialismo democrático en los países donde los partidos socialistas llegaron al poder, como Francia, Italia, España, Portugal y Grecia. Este discurso se ha centrado en la transición hacia el socialismo, en la necesidad de bloques de fuerzas de centroizquierda para garantizar la mayoría política dentro de un escenario multipartidario fragmentado, de reformas populares para atenuar las demandas de las clases populares (trabajadores y campesinos) y tolerancia para promover y desarrollar las fuerzas productivas dentro de la presente práctica de desarrollo capitalista. Las realidades de la política convencional parecen haber oscurecido la retórica revolucionaria de modo tal que términos como lucha de clases, clase trabajadora, dictadura del proletariado y aun los propios términos socialismo y “marxismo” fueron abolidos del diálogo de las izquierdas. Se puede afirmar que, de un modo general, el postmarxismo llegó primero a la esfera política (del poder y del Estado) y se reveló prácticamente en la acción de los gobernantes latinoamericanos desde los años 1990 hasta hoy, incluso en el
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caso del Brasil petista5 de Lula (basta recordar que el PT abolió el término “socialismo” en favor de su nueva meta utópica: la democracia). El profesor Ronaldo Munck, editor de la mencionada revista Latin American Perspectives y profesor de Sociología Política de la Universidad de Liverpool, presenta de modo comprometido las líneas generales de la emergencia del postmodernismo en América Latina. El punto de partida es la aceptación evidente del fin de la era de las teorías totalizantes y de la búsqueda de verdades fundacionales. Antes de entrar en el análisis de América Latina, deshila su rosario de credos postmodernos, deudor de la figura de Lyotard, por haber inventado el postmodernismo como el pensamiento que afirma la total incredulidad en las meta-narrativas. De Derrida, el autor toma el concepto de logocentrismo, que se refiere a la actitud moderna que impone una jerarquía dentro de oposiciones binarias acríticamente aceptadas tales como hombre/mujer, moderno/tradicional o centro/periferia, considerando a los primeros términos como pertenecientes al reino del logos –una presencia pura, invariante, exenta de la necesidad de cualquier explicación. De Foucault, adopta el concepto de poder ubicuo y descentrado (Munck, 2000: 11-26; Iggers, 1997; Pérez Zagorín, 1998). El autor se refiere al interés creciente en articular una visión postmoderna de desarrollo, la cual deberá reflejar una “crisis de la conciencia de la cultura europea” que, nuevamente, descubre que ya no es el incuestionable centro dominante del mundo. Los conceptos no se refieren más, dentro de los nuevos parámetros postmodernos, a la realidad sino a meros discursos, los verdaderos constructores del mundo. No se trata de atribuir más atención al lenguaje del desarrollo y a la deconstrucción de sus presupuestos, pero habría incluso un movimiento para “reinventar” el propio sentido de “desarrollo”. “Desarrollo”, de acuerdo con la crítica postmoderna, sería un arma ideológica acuñada en la modernidad; el postmodernismo deberá, entonces, llevar inevitablemente a un concepto de “postdesarrollo”. En ese sentido, la falencia de las meta-narrativas de desarrollo, modernización, dependencia y revolución implicarían la necesaria desistencia de respuestas globales, ya que sólo pueden alcanzar verdades parciales. El desencantamiento político estaría
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“Petista”: término derivado de la sigla del Partido de los Trabajadores, el partido político formado en los años 1980 dentro del movimiento obrero, que alcanzó la presidencia de la República de Brasil en 2003 con Luiz Inácio Lula da Silva. 42

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llevando inevitablemente a la fragmentación. Dentro de los debates latinoamericanos, las palabras clave son ahora “lo indeterminado, la problematización del centro, la discontinuidad, la simulación, y la precariedad” (Munck, 2000: passim ). Los términos más constantes en el texto de Munck son lenguajes, discurso, deconstrucción, reinvención, identidad, representación, hibridismo cultural, pluralismo, heterogeneidad. El argumento del autor es que debe abandonarse de una vez cualquier tentativa de pensar América Latina desde un abordaje globalizante, desde un punto de vista de supuesta totalidad, como una entidad única; la aproximación debe ser direccionada a unidades culturales locales, independientes de cualquier referencia de conjunto. El problema que yo veo, sin contemplar América Latina como un recipiente de culturas locales, sin una perspectiva holística (léase, histórica), es justamente la pérdida de la referencia a la totalidad en la cual ella se inserta, sea sincrónica, sea diacrónicamente. En esa perspectiva, será muy difícil explicar, por ejemplo, tanto el proceso de industrialización de la región (¡que no ha pasado por una revolución industrial!), como la diseminación de los íconos de la sociedad de consumo americana, de la “sociedad del automóvil” a los shopping centers, de la industria cultural hollywoodiana al Mc Donalds. En fin, cuestiones como el imperialismo y el colonialismo fueron desterrados de los “discursos postmodernos” o, cuando mucho, reducidos a efectos de lenguaje. Si las grandes teorías hoy elaboradas son eurocéntricas, el problema está en el eurocentrismo y no en la teoría. No se debe desistir de buscar perfeccionarla, sea a partir de una referencia marxista o no. Una de las claves del surgimiento del postmodernismo a fines de la década de 1980 fue el proclamado “fin del marxismo”, decretado a partir de la caída del muro de Berlín y de la disolución de la Unión Soviética. Ha sido de las ruinas de ese imperio que surgió ese movimiento bastante extraño que se propone recuperar algunos fragmentos de orientación marxista, a partir de las nuevas doctrinas postmodernas. Ese movimiento se apodó “postmarxismo”. Atilio Borón, profesor de Teoría Política en la Universidad de Buenos Aires, escribió un ensayo contundente deshilando las bases intelectuales del postmarxismo y efectuando su crítica. El interlocutor electo, exponente del postmarxismo, una vez más Ernesto Laclau, cuyo pensamiento está basado en Wittgenstein, Lacan, Foucault y Derrida. Para esbozar el “programa” postmarxista, Laclau parte del dato de la siempre reiterada “crisis” del marxismo, a exigir una revisión radical.
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Sobre la supuesta “muerte” del marxismo, que exigiría su definitiva superación (esa es la tesis de Laclau y su postmarxismo), Borón afirma que el marxismo, en tanto cuerpo teórico, ya demostró una notable capacidad de sobrevivir a las atrocidades y a la falencia de regímenes políticos y partidos fundados en su nombre. Además de eso, en el campo de la teoría social, se observa que en años recientes hubo una saludable vuelta e interés de las ideas de la tradición marxista, tanto en la Europa occidental como, en menor grado, en América Latina y Estados Unidos.6 La crítica a Laclau se funda en su argumento de que, como marxista, él desea conservar los mejores fragmentos de tal teoría. Esa, según Borón, sería una actitud eminentemente positivista de apropiarse de la realidad. Lucaks ya había indicado que lo que caracteriza al marxismo, lo que constituye su contribución más original, no es la primacía de lo económico, como propagan los aduladores de la vulgata, sino la “perspectiva de la totalidad”, o sea, la capacidad de reconstruir en teoría, en la abstracción del pensamiento, la complejidad contradictoria, dinámica y multifacetada de la realidad social. El pensamiento fragmentado es incapaz de entender la realidad en su totalidad: él descompone las partes y las hipostasia, como si ellas fuesen entidades autónomas e independientes. Por lo tanto, Marx no está ahí para ser “deconstruido” y apropiarse de sus mejores fragmentos. El pensamiento de Marx es vertebrado en la idea de totalidad. Los postmarxistas parecen no entender que toda esa operación intelectual reposa en un presupuesto mecanicista insustentable: la idea de que las teorías son meras colecciones de piezas y fragmentos que, como dominó, pueden ser recombinados ad infinitum. Para este momento del análisis, es importante recordar que durante los años 1960 y 1970, mucho antes del surgimiento de los postmarxismos, el análisis marxista propiamente dicho se ha tornado una alternativa vital y creativa, aunque lejos de ser hegemónica, para las principales corrientes en el campo de los estudios sociales y humanísticos del Occidente desarrollado. Allí, a diferencia de lo que pasaba en las sociedades periféricas del sistema capitalista como América Latina, los pensadores

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Cfr. Borón (2000: 49-79). Sobre el rescate del marxismo en el escenario de la postmodernidad, ver De Souza Santos (1995b). 44

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marxistas tenían libertad de pensamiento y fuentes abundantes de recursos para la investigación. Esas condiciones favorables eran parte y consecuencia de la posición histórica privilegiada de las sociedades capitalistas desarrolladas en un sistema económico mundial unificado. Corrientes marxistas comenzaron a alimentar a todas las ramas de los estudios históricos. Su contribución más creativa e influyente fue en el campo de la historia social, particularmente en los estudios de la cultura de la clase obrera, donde los trabajos de E. P. Thompson, Eric J. Hobsbawn y de sus otros colegas marxistas británicos pasaron a ser referencia obligatoria. Ese marxismo, como veremos adelante, fue la base de la historia social que se ha practicado desde los años 1970 en América Latina (Bergquist, 1970; Kaye, 1984). Al lado del marxismo, el movimiento historiográfico francés de los Annales contribuyó a la diseminación del modelo de historia más fructífero y sofisticado practicado en América Latina entre, a grueso modo, la década de 1970 y la de 1990. Por cierto, hasta hoy, historiadores formados en esa tradición –así como en la de los marxistas británicos– continúan practicando una historia inspirada en las enseñanzas de esos dos discursos eminentemente críticos, que tienen en común la búsqueda de la construcción de una historia fundada en la formulación de problemas, por lo tanto, que anhela un estatuto científico; una historia que tiene como parámetro teórico general concebir la sociedad en su devenir y en su totalidad, en una palabra, la historia global; por fin, una historia que, en el nivel problemático, privilegia el estudio de las estructuras fundamentales de la sociedad, por lo tanto, una historia eminentemente económica y social (Aguirre Rojas, 2000: 137-180). Esa tradición que mezcla los aportes de los Annales con los del marxismo más aireado, no dogmático, rindió lo mejor que se produjo en la historiografía latinoamericana en los últimos treinta años, en los campos de la historia económica y de la historia social. Un mapeo de esa producción será esbozado a continuación.

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