Está en la página 1de 96
Ediciones New Life Ay. San Martin 4555, B1604CDG Florida Oeste Buenos Aires, Rep. Argentina 26 OCT. 2009 Direccién editorial: Pablo M. Claverie Diagramacién: Eval Sosa Tapa: Néstor Rasi IMPRESO EN LA ARGENTINA Printed in Argentina Primera edicion Primera reimpresion MMVII - 2M Es propiedad. © New Life (2003). Queda hecho el depésito que marca la ley 11.723. ISBN 978-950-769-054-9 (obra completa) ISBN 978-950-769-055-6 [ \Qué fiesta! : Animales ingeniosos / Compilado por Nidia Ester Silva de Primucci / Dirigida, por Pablo M. Claverie - 1° ed., 1? reimp. - Florida : New Life, 2007. 96 p./ 17x 11cm, ISBN 978-950-769-055-6 | 4. Literatura folclérica. I. Nidia Ester Silva de Primucci, comp. Il. Claverie, Pablo M., dir. | CDD 398.2 Se terminé de imprimir el 28 de septiembre de 2007 en talleres propios (Av. San Martin 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires). Prohibida la reproduccién total o parcial de esta publicacion (texto, imagenes y disefio), su manipulacién informatica y transmisi6n ya sea electronica, mecénica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor. —102493— PEGI BO earaia s+ chosthele o_ endllony + wsdl Se 5 1 Gitano, un ternero de exposici6n. .... 7 2 La bondad da resultados..........- 13 3 Franqui, el perro mestizo.........-- 19 4 El misterio del viejo olmo .......--- 23 5 Siete afios felices.......-.-+e sees 27 6 Lacabra belicosa....... Bel sting 33 Z Elcorderito perdido ...........++- 39 8 Herrumbre aprendié y Susana también 47 9 Zip, un perro bien educado.......-- 53 10 Yinyer, la abeja .... 1... - ee eee eee 57 11 Urano encabeza el desfile ........-- 61 12 Unmilagro de amor.......-++++5++ 67 13 Tostado se sana ........ 0c cee eens 73 14 Titdn, el héroe:. 6. oe ee nies 79 15 La decisién de Rhombé..........++ 83 16 Lamanada grande........----+++- 89 Préloge tT tenemos, o hemos tenido, alguna mascota, J algun animalito al que amamos y del que tam- bién recibimos alegria y carifio. Es que Dios creé a los animales para acompafiarnos en esta Tierra y ha- cernos més tiernos, sensibles y serviciales. Este pequefo librito, que es una recopilacién de las mejores historias de Zl amigo de los nifios, presen- ta relatos breves acerca de distintos animalitos que te conmoverdn el corazén. Ademas, te ensefiaran lecciones que te ayudar4n a ser mejor persona y a cuidar con mas esmero a tu mascota. Que Dios te bendiga, al contemplar el amor de Dios revelado en la amistad y el compafierismo que los distintos personajes que aparecen en este libro tuvieron con sus animales. LOS EDITORES (5) Gitaine, un ternero de expesicion Huando Walter se dio cuenta de que su padre se |. habfa lastimado gravemente la espalda, com- 2 ®& prendié que no podria ir a la escuela durante un tiempo. Habia cursado todos los grados que ofre- cia la escuela de campo del lugar donde vivia, y el plan era que comenzara a estudiar en la academia en el otofio; pero ahora todo habfa cambiado. El dinero que se habia ahorrado con ese propésito se dedica- ria a suplir las necesidades de la familia. Walter ten- dria que encontrar trabajo, mientras que su herma- no y hermana menores tendrian que ayudar a su ma- m4 en las tareas de la granja. — Aunque sélo tengo catorce afos —le dijo a su mama—, soy mas alto y mds fuerte que la mayorfa de los muchachos de mi edad. ,Crees que don Car- los me dard trabajo en su hacienda? —Espero que sf —respondié la madre —, por- que entonces podras regresar a casa cada noche, y eso significaré una gran ayuda para mf. E] doctor di- ce que papa no podré trabajar durante un afio. A la maiiana siguiente Walter tomé su bicicleta y se dirigié a la hacienda, que quedaba como a dos ki- (7) —_ 8 iQué fiesta! Animales ingeniosos Iémetros y medio. Iba con mucho recelo, porque ha- bfa ofdo decir que don Carlos tenfa muy mal genio, y que era un hombre dificil de tratar. No obstante, conocia al sefior Moreno, el capataz de Don Carlos, y le parecia que con él se Ilevarfa bien, Al llegar a la hacienda, la primera persona que encontré fue al sefior Moreno, quien le informé que Don Carlos habia salido con el camién hacia algunos minutos: —Supongo que ha ofdo decir que mi papaé no podra trabajar durante un tiempo —dijo Walter. —Si, siento mucho lo que le pasa. Justamente me preguntaba si tu familia estaria en condiciones de permitirte que trabajes aquf durante el verano. —Por eso vine, para ver si puedo conseguir tra- bajo —dijo sorprendido Walter —. Necesito traba- jat, y no solamente durante el verano, sino por lo menos durante un afio. —Precisamente ayer Don Carlos me dijo que tratara de encontrar un muchacho. Tt eres joven, pero pareces muy fuerte. Necesitamos un muchacho que se encargue de cuidar los terneros. Walter apenas podfa dar crédito a sus ofdos. —Me gusta trabajar con animales. Espero que pueda conseguir ese trabajo. Estoy seguro de que puedo hacerlo. —Aqui en el campo tenemos mds de doscientas cabezas de ganado y un gran ntimero de terneros. Le hablaré de ti a don Catlos. Vuelve mafiana de mafia~" na con tus ropas de trabajo. Creo que como estds Gitano, un ternero de exposicién 9 acostumbrado al trabajo de la granja, te dara el em- pleo. A la mafiana siguiente, el sefior Moreno le dijo a Walter: —Don Carlos cree que eres muy joven, pero es- t4 dispuesto a darte una oportunidad, porque le dije que podrias hacerlo. —Muchas gracias, sefior Moreno. | Me esforza- rél Walter almorzaba todos los dias en la hacienda, pero la cena y el desayuno los tomaba en la casa. Trabajaba durante largas horas, pero no le importa- ba, porque el trabajo le gustaba mucho. : Dos meses después de que Walter habia comen- zado su trabajo, el sefior Moreno le dijo a don Carlos: —Hemos encontrado un buen muchacho. No solamente cuida bien los terneros, sino que es rapi- do y esta dispuesto a realizar cualquier trabajo extra que se necesite hacer. —Sin embargo, no dejes de vigilarlo —dijo don Carlos—. Es probable que haga alguna tonterfa cuando uno menos lo espere. El verano se transformé6 en otofio y después en invierno. Walter tenfa que cuidar que los terneros estuvieran protegidos del frio. Todos en la hacienda estaban muy orgullosos de los animales y eran muy exigentes en sus cuidados. Homero, el hijo de doce afios de Don Carlos, ha- bia elegido un ternero para presentarlo en una expo- sicién en primavera. Lo cuidaba en las tardecitas y 10 iQue fiesta! Animales ingeniosos lo llamaba Gitano. Pero mientras Homero estaba en la escuela, Walter se encargaba de él. Un dia que Walter estaba cuidando los terneros, vio que Gitano se desviaba hacia una laguna que es- taba helada. Temiendo que el hielo se quebrara con el peso del ternero, Walter corrié tan répido como pudo para alejarlo del peligro, pero lleg6 unos segundos tarde, porque el hielo se habfa roto y el ternero habia desaparecido en el agua helada. El sefior Moreno no estaba lejos, y Walter le grité pidiendo ayuda. —Voy a buscar una soga —respondié el hombre mientras corria hacia el galpén—. ;Quédate alli! El ternero trataba de salir a flote, pero Walter estaba seguro de que sin ayuda se ahogarfa. Enton- ces salté al agua y, deslizandose por debajo del ter: nero, le sacé la cabeza fuera del agua. Pero esta era profunda y extremadamente fria, y Walter pensé que los dos se congelarfan antes de que el sefior Mo- reno volviera con la soga. Cuando Ilegé y le alcanz6 la soga, Walter tuvo que hacer un gran esfuerzo para atar el ternero, por- que sus propios brazos y piernas estaban casi conge- lados. Cuando finalmente ambos salieron del agua, el sefior Moreno comenzé a palmotear el cuerpo del ternero y, sacdndose su campera, envolvié el cuerpo del animal, que tiritaba sin pausa. Walter estaba sal- tando para tratar de sacudirse el agua de la ropa, pe- ro el frio era cada vez mayor. Corre a la casa y caliéntate. Yo me encargaré de Gitano. Gitane, un ternero de expesicién N Walter comenzé a correr, pero recordé que en esa casa no habja ropas secas para él. Tendria que ir hasta su casa, pero en bicicleta no llegarfa nunca... Mientras pensaba, vio el camién de don Carlos en el patio, y sin dudar salté a la cabina, lo puso en mar- cha y manejé hasta su casa. Cuando Walter entré en su casa con las ropas mojadas y congeladas, con los dientes castafietean- do, y temblando violentamente, su mamé corrié has- ta el bafto y comenzé a llenar la bafiera con agua ti- bia. Walter necesité ayuda para desvestirse, porque sus dedos tiesos no podian desprender los botones. {Qué maravillosa fue la sensacién del agua tibia en su cuerpo! Pero el frio le habfa calado los huesos, de modo que pasé un buen rato hasta que la tibieza del agua llegara hasta ellos. Mientras se vestfa con ropas abrigadas y secas, les conté a sus padres lo que habia sucedido. —Es mediodia —dijo la mama—. Debes comer antes de irte. —No —dijo Walter—, en la hacienda deben de estar preocupados. A lo mejor don Carlos piensa que me escapé con su camién. En su camino de regreso, Walter comenzé a preocuparse. Don Carlos {se enojaria porque se ha- bfa llevado el camién sin pedirle permiso? Serfa al- go terrible perder el trabajo, aunque su papa estaba mucho mejor. Si deseaba estudiar tenia que obtener recursos para poder hacerlo. Cuando entré en el patio, Walter vio a don Car- 12 iQué fiesta! Animales ingeniosos los parado en la galeria. Tenia el rostro enrojecido y parecia estar muy enojado. Mientras se bajaba del camién pudo ver que venfa a su encuentro, con los pufios cerrados. —j{Pillo! —grité—. ;Cémo te atreves a usar mi camié6n sin permiso? Ninguno de mis empleados ha- ria una cosa semejante. Tt ni siquiera tienes el car- né de conductor. jEstds despedido! — Pero, sefior, hay una buena razén... —jNo tengo tiempo para escuchar tus explica- ciones! —grité don Carlos—. jNo existen las bue- nas razones para los ladrones...! — Don Carlos! Walter reconocié al sefior Moreno, que se acer- caba répidamente hacia ellos. —Este muchacho arriesgé su vida para salvar a uno de sus terneros esta mafiana. Precisamente el que Homero ha elegido para la exposicién. — {Arriesgé su vida? ;Cémo es eso? —pregun- t6 don Carlos. —Gitano se cayé al agua cuando traté de cruzar la laguna, y este muchacho se zambullé y lo mantu- vo a flote hasta que yo Ilegué con una soga. Si no lo hubiera hecho, el ternero se hubiera ahogado. Cuan- do ambos salieron del agua estaban congelados. —Ahora entiendo —exclamé don Carlos —. Ol- vidate, muchacho, de lo que he dicho. Te agradezco que hayas salvado la vida del ternero y también la tuya. Vayan a la cocina... la comida est caliente y ustedes todavia no han almorzado. da resultados * + am, me gustaria hacer algo lindo para M darle una sorpresa a papa en el dia de su ne cumpleafios, pero no puedo pensar en nada. No tengo dinero, y no sé qué hacer —dijo Jo- sé. —Estoy segura de que podrds pensar en algo —le aseguré la mam4—. ;Recuerdas cudn contento estuvo el aiio pasado cuando prometiste que dedica- rfas media hora por dia a arrancar las malezas del jardin? Ese fue realmente un regalo de cumpleafios muy valioso. —Oh, a mf me gusta trabajar en el jardin con pa- pa, y lo haré de todas maneras. Pero este afio quisie- ra darle una sorpresa diferente. jSi yo pudiera ganar dinero! —Ahora me gustaria que le pusieras a Mancha- do la correa y fueras a la casa de abuelita para lle- varle estas galletas —dijo la mam4—. Quizds en el camino se te ocurra alguna idea. José silbé a Manchado, y este se acercé a él tro- tando. Entonces le abroché la correa en el collar. (13) 14 iQué fiesta! Animales ingenioses Luego los dos salieron rumbo a la casa de la abueli- ta de José. ,Qué podria darle a su papd en el dfa de su cumpleafios? Una hora mas tarde José entré en la casa como un torbellino, seguido de cerca por Manchado. — Oye, mamé, jtengo una gran idea! ;Te has fi- jado cémo Manchado siempre nos trae palitos y co- sas que encuentra? Le ensefiaré a traer el diario de la tarde para papa. Esa sera una sorpresa especial, {no es cierto? La madre estuvo de acuerdo en que esa era una idea genial. Al dia siguiente, tomando un periddico viejo, Jo- sé llevé a Manchado al porche de atras, y cerré la puerta para que el perro no pudiera escaparse. La madre escuchaba a José desde la cocina. La voz de José iba subiendo de tono. Y la madre no te- nfa dificultad en escuchar lo que decfa. —Aquf, Manchado, jlleva este diario! {Témalo! jVen aqui! ;|Témalo! Tienes que aprender a llevar este diario. ;Ahora, aqui! La madre salié al patio precisamente en el ins- tante en que José golpeaba al animal. El perro se es- cap6 por la puerta que daba a la casa, y se escondié debajo de la mesa. —Nunea conseguiré que Manchado aprenda es- to antes del cumpleafios de papé —refunfuaidé Jo- sé—. Pensé que tendria una buena sorpresa, pero Manchado no quiere cooperar. —Probablemente lo que pasa es lo contrario La bendad da resultades 5 —dijo la mama—. Tal vez tii no estés cooperando con Manchado. El es un perro inteligente. General- mente esta dispuesto a hacer las cosas que le pedi- mos que haga, si procedemos de tal manera que nos entienda. Permfteme que te cuente acerca de un cer- tamen que vi hace muchos afios. — {Un certamen de qué? —pregunté José sen- tandose en los escalones para escuchar a su madre. —Un certamen para determinar los caballos de quién tenfan mas fuerza. Para ello usan una especie de trineo, llamado rastra. En esa rastra apilan gran- des bloques de cemento. Cada hombre de los que participan en el certamen procura que sus caballos lleven la rastra lo mas lejos posible en un tiempo de- finido. Siempre habfa ofdo decir que esos certdme- nes eran muy crueles, y ese que estaba presenciando me parecié que asi lo era. El primer hombre que presenté sus caballos les grité, los azoté con las riendas, les dio puntapiés y unas buenas palmadas para lograr que se colocaran frente a la rastra. Los caballos eran los mds grandes que jamas yo hubiera visto. Sacudieron su hermosa cabeza y relincharon nerviosos, mientras esperaban. Cuando dieron la sefial, el hombre comenzé a azotar a los caballos con las riendas y a gritarles. Los ani- males pusieron tensos sus grandes mtsculos y cor- covearon mientras llevaban la rastra hasta la Ifnea y luego regresaban. Era un trabajo muy pesado, y ca- da vez que los caballos se detenfan un momento, el hombre los azuzaba con gritos as los azotaba con las 16 iQué fiesta! Animales ingenioses riendas. Cuando terminé el tiempo concedido, los caba- llos estaban bafiados en un sudor espumoso. Bufa- ban y resoplaban, respirando trabajosamente. Cuan- do se los desprendié de la rastra, estaban tan asusta- dos y excitados que se requirieron tres hombres pa- ra sostener las riendas y para evitar que escaparan. Entonces se adelanté el siguiente hombre con sus caballos. El sol se reflejaba en sus brillantes flan- cos. Tenfan las crines de la cola y de la melena tren- zados con cintas rojas. El hombre les hablé, y ellos ocuparon sus lugares frente a la rastra. Y mientras él revisaba los arreos, los caballos se quedaron quietos. El hombre acaricié el morro de cada uno de los ca- ballos y les hablé suavemente. Cuando dieron la se- fal de partida, tomé las riendas y las hizo sonar en el aire. Esos caballos llevaron la rastra hasta la lfnea y la trajeron de vuelta tres veces. Varias veces el hombre los detuvo para que descansaran unos se- gundos, de modo que no se fatigaran tanto. Duran- te todo el tiempo en que el hombre los condujo, les hablo en voz baja y les dio golpecitos suaves con las riendas. Cuando terminé su tiempo, los desaté y los llevo. — ,T% quieres decir que si tan sélo se habla a los caballos, pueden llevar la carga tres veces mas lejos que si se los azota? —pregunté José. —Aquellos caballos lo hicieron —dijo la ma- mad—. Y més atin, realizaron mds trabajo con menos esfuerzo, porque lo hicieron voluntariamente. Como La bendad da resultados 17 sabian que su amo los amaba, y que podian confiar en él, no tenfan miedo. Un animal hard todo lo que pueda por un amo al que ama. Pero no puede apren- der, ni trabajar bien, si esta excitado o tiene miedo. {Crees tt que podrias haber aprendido a andar en bicicleta si alguien te hubiera estado gritando o pe- gando para que aprendieras? Durante un rato José no dio nada. —Serd mejor que me ponga a trabajar —dijo fi- nalmente—. Manchado y yo tenemos mucho para hacer. Ven, Manchado. jEres un buen perro! Aqui tienes un bocado exquisito para ti. Ven, y levanta el diario. Llevé un tiempo hasta que Manchado perdié el temor que José le habfa infundido, y nuevamente aprendi6 a confiar en él. Unos dias mas tarde, Manchado cruzé la cocina y deposité el diario sobre la silla vacfa del papa. Jo- sé lo acompafié muy orgulloso. — {Viste eso, mama? ;No sera una sorpresa pa- ra papa? Y el vecino de al lado, el sefior Garefa, me dijo que me daria dos pesos si le ensefio a su perro a llevar el diario a la casa. En ese caso podré comprar- le a papa un verdadero regalo de cumpleafios. La madre sonrié. —Realmente vale la pena ser bondadoso y pa- ciente con los animales. —Son mas inteligentes de lo que pensamos —afiadis José. 7g wy Ali ated Franqui, el perro mestize “@ ra casi la hora de cenar. La mama salié a la puerta de atras y llamé: = —Tomas, vena lavarte las manos, Regresé a la cocina y puso algunas cosas ms so- bre la mesa. Entonces, como Tomasito atin no habfa llegado, llamé de nuevo: —jTomasito, ven pronto! De pronto se sobresalt6, porque se dio cuenta de que hacfa rato que no oia al nifio. Estaba acostum- brada a escucharlo cantar y hablar con Franqui, el perro. “Quiza se quedé dormido”, pensé. Miré por to- das partes, pero no lo encontré. Entré nuevamente en la casa y revisé las habitaciones, pero nada. Nue- vamente fue al patio y revisé cada rincén... En eso llegé el padre. — Querido, no encuentro a Tomasito, estoy muy preocupada. —jNo puede ser! —exclamé el padre—. Afuera esté helando, y se esta poniendo atin més frio. Debe- mos llamar a la policfa. (19) iQué fiesta! Animales ingeniosos Asf lo hicieron. Y la policfa llam6 por teléfono a la estacién de radio local. Antes de mucho, tres mil hombres y adolescentes recorrfan las inmediaciones, buscando a Tomasito. —Si tan sélo Franqui estuviera aqui —dijo la madre —. Lo pondriamos en el rastro y él guiaria a los hombres hasta donde esta Tomasito. Pero Franqui tampoco aparecfa por ningtin la- do. —Ojala hubiéramos tenido un perro de raza en lugar de ese mestizo —dijo el padre—. Si fuera de raza, se habria quedado aqui y ahora nos ayudaria. En cuanto podamos, conseguiremos un perro en el que podamos confiar. El padre salié apresuradamente para unirse a los hombres que buscaban a su hijito. El consejo de to- dos fue que la madre se quedara en la casa. {Cuan lentamente transcurrfan las horas! —Querido Dios —dijo muy apenada—, te rue- go que cuides de Tomasito y nos ayudes a encontrar- lo. Ya era medianoche. Hacfa siete horas que la ma- dre habia notado por primera vez la ausencia de su hijito, y se preguntaba durante cudnto tiempo podrfa un niiio de cuatro afios aguantar ese frio. Llegaron las dos de la mafiana. La tarea de regis- trar las inmediaciones era lenta, porque cerca de la casa habia una extensa zona boscosa. Eran ya las tres de la mafiana. La madre oyé vo- ces de gente que hablaba. jSe advertia gran excita- Frainqui, el perro mestize 21 cién! Las voces se ofan cada vez mds cerca. Toman- do un suéter, salié de la casa para ver qué pasaba. Por la calle venfan centenares de hombres y mu- chachos. Al frente caminaba el padre, llevando un bulto en sus brazos. Y a su lado, corriendo y ladran- do, al parecer tan feliz como cualquiera de los de- mas, venia Franqui. — Gracias a ese perro suyo, sefiora —dijo uno de los hombres tan pronto como el grupo se acercé lo suficiente—, encontramos al muchacho. La hierba era tan alta que nunca lo hubiéramos visto, de no ha- ber sido por este perro que estaba sentado a su lado, aullando tan fuerte que habria sido muy dificil pa- sarlo por alto. — {Sabes, mamita? —dijo Tomasito—. Franqui me abrigé. Todo el tiempo estuvo sentado a mi lado. Esa mafiana la mamé le dio a Franqui un desa- yuno tan abundante como él nunca hubiera sofiado en sus mds extravagantes imaginaciones perrunas. La estacién de radio lo premié con una medalla, y propalé la ceremonia de condecoracién. —Conseguir otro perro? —dijo el padre acari- cidndolo—. ;Para qué? j;Nunca encontrarfamos un perro mas fiel que Franqui! El misteric del viejo clme ‘Roberto y a Jaime les gustaba jugar en el vie- jo olmo que habia en el patio de la casa de Ro- 2 Bzelio. El padre de Rogelio les habia construido una casita en el Arbol y una escalera bien fuerte para treparse a ella. Los chicos jugaban a que eran aero- nautas que iban a la luna, o que eran exploradores en Africa, y que desde su casa vefan toda clase de ani- males salvajes. Por eso, cuando Rogelio lo llamé por teléfono, Jaime pensé que sencillamente se trataba de otro juego. —Tenemos un misterio que descifrar —le dijo Ro- gelio—. Hay algo muy misterioso en nuestra “casa”. —jFantastico! —respondié Jaime—. Lo llama- remos el misterio del viejo olmo. Cuando Jaime llegé a la casa del arbol, descu- brid que Rogelio no estaba imaginando algo. —Yo encontré esto en el piso —dijo Rogelio, y le pasé a Jaime un disco brillante. Jaime lo tomé y lo observé cuidadosamente. Era un disco de plata con una inscripcién que decia “En premio al valor”. —“Al valor” —leyé Jaime—. Pero, jde dénde vino? Nosotros somos los tinicos que entramos aqui. (23) 24 iQué fiesta! Animales ingeniosos —Pero es evidente que alguien estuvo aquf. — {Serd alguien que huy6 de la policfa? —se le ocurrié a Rogelio. Los muchachos bajaron apresuradamente de la casa del arbol y Ilevaron el disco de plata al destaca- mento de policia. El jefe de policfa hablé unos minutos con ellos. —Lo siento, muchachos. No encuentro que esto tenga ninguna relacién con ninguno de nuestros ca- sos. Pero les diré lo que pueden hacer. Llévenlo al es- critorio de objetos extraviados del sargento Rodrt- guez, y él vera si puede hallar al duefio. Los muchachos se sintieron un poco chasquea- dos. Querfan ayudar a resolver un caso importante. De todos modos les resulté interesante conversar con el jefe de policfa. El sargento Rodriguez fue también muy amable con ellos, y les conté acerca de algunas de las cosas extrafias que llegaban a veces al departamento de objetos extraviados. —Pero esto es diferente —les dijo—. Esto lo re- cibié alguien en reconocimiento de su valor, y estoy seguro de que esa persona tendré muchos deseos de recuperarlo. En casos asi, a veces ofrecen una re- compensa; y, si lo hace, ustedes la recibirdn. —Nosotros no queremos ninguna recompensa. Lo tnico que quisiéramos saber es cémo llegs a nuestra casa. —Eso es por cierto un misterio. Veremos si el que lo reclama nos aclara el misterio —dijo el sar- gento. El misterio del vieje elmo 25 Los muchachos agradecieron y regresaron a su casa del Arbol. — {Qué es esto? —pregunté Jaime inclinandose para levantar un objeto brillante que habfa en el suelo. _ {Qué cosa? —quiso saber Rogelio. —Parece que otra vez alguien ha estado aqui. Esta vez perdié un llavero —y Jaime mostré a Ro- gelio su hallazgo. — {Lo llevaremos también a la policia? —Tal vez... Pero no lo llevemos enseguida. Vea- mos si no podemos aclarar primero este misterio. —De acuerdo. Pero ycémo? —Esconddmonos. Puede ser que el intruso re- grese —propuso Jaime. —Vayamos al garaje —sugirié Rogelio —; desde la ventana podemos ver la casita. Miraron por la ventana, cuidando de no ser vis- tos desde afuera. En eso, vieron un gran cuervo ne- gro que volé hasta el olmo. Finalmente Rogelio se cansé de esperar —No creo que el que haya estado aqui vuelva hoy. Llevemos también el llavero al departamento de policfa. —Espérenme, quiero la manzana que dejé en la casita —le dijo Jaime, y subié corriendo la escalera. Al llegar al pentiltimo escalén, se detuvo. Oyé que del interior provenfa una voz que decfa: “;Hola! jHola! jHola!” Su primer impulso fue huir. Pero, ;cémo se acla- raria el misterio? De modo que entré. 26 iQué fiesta! Animales ingenioses Un gran cuervo salié volando. —jEh! jqué haces aqui? La manzana de Jaime estaba en el suelo, y habia sido picoteada por el cuervo. jAsi que ese era el misterioso visitante! —Este es nuestro vecino, el sefior Blanco —expli- c6 la madre, que aparecié en el patio con un caballe- ro—. Acababa de regresar del destacamento de policia. —Muchachos, quiero agradecerles —dijo el se- flor Blanco— por haber devuelto la medalla de pla- ta. Lo que sucede es que tengo un cuervo manso, que se lo pasa llevando objetos brillantes a su escondite. Desde que nos mudamos a esta casa he echado de menos varias cosas, y todavia no he logrado descu- brir su escondite —explicé. —A élle gusta nuestra casa —dijo Jaime, y le al- canzé el llavero—. ;Permitirfa usted que su cuervo sea nuestra mascota? Y, si pierde algo, btisquelo en nuestra casita. —Por mi parte esta bien —dijo el sefior Blan- co—. {Qué piensas ti, Rex? El cuervo descendié del arbol y se posé sobre el hombro del sefior Blanco. —jHola! jHola! —farfull6—. Luego, inclinando la cabeza hacia un lado, miré a los muchachos. —jEh! Exactamente como habfa dicho, cuando Jaime lo descubrié comiendo la manzana. Sera una mascota ruidosa ~se rié el sefior Blan- co—, pero creo que los tres se divertiran mucho. Siete anos felices ’@“iento mucho decirselo, pero no hay ningu- ae na esperanza. Su perrita esta completamen- ‘ te ciega. El sefior y la sefiora Borges se miraron muy tris- temente. El veterinario sacudié la cabeza y acaricié a la pequefia dachshund que estaba frente a él, en la mesa. —La pelicula que le recubre los ojos se ha exten- dido tanto que no hay esperanza de salvarle la vista —afirmé él. Y usé un término técnico muy dificil para expli- car su condicién, pero ninguno de los dos duefios de la perrita pudieron jamas recordarlo. —No hay nada que podamos hacer. Nada, ex- cepto... —el veterinario vacild, y luego continud de mala gana— excepto hacerla descansar. Cuando mi amiga May Borges me relaté ese in- cidente, pudo sonrefr, pero eso fue muchos afios des- pués. Me dijo que en aquella ocasién le saltaron las lagrimas. —Fue un momento muy triste, Kay —dijo ella—. No obstante, decidimos llevar de vuelta a ca- (27) f 28 iQué fiesta! Animales ingenioses sa a nuestra perrita. En ese momento no estabamos preparados para tomar la decisién de acortarle la vi- da. Hilda todavia podia ver la diferencia entre la luz y las tinieblas, de manera que decidimos esperar un poquito mas. May Borges sacudié la cabeza. Este matrimonio nunca habia tenido nifios, y en los dos afios que la afectuosa perrita habia vivido con ellos, les habia ga- nado el corazén. Cuando Hilda se sentfa feliz, su cuerpo regordete palpitaba de alegria y su cola pare- cia un metrénomo. Hilda siempre estaba feliz. Esa era su naturaleza. Su mundo era pequefio pero sere- no, y los dos seres humanos que lo regfan lo eran to- do para ella. Ahora Hilda estaba bajo la sentencia de muerte. Pero ella lo ignoraba. Estaba contenta, y todo lo que sabia era que sus amos eran ca- da vez mas bondado- sos con Siete aios felices 29 ella. Su plato de comida y su bebedero estaban siem- pre en el mismo lugar en la gran casa rodante donde los tres vivian. Hilda posefa un olfato tan agudo que no tenia ninguna dificultad para encontrar los pla- tos, y en cualquier momento podfa localizar a sus amos. El sefior Borges le consiguié a Hilda una pelota de goma que tenfa adentro una campanita y, cuando se la tiraba, Hilda podia encontrarla sin problemas, guidndose por el sonido. Luego la Ilevaba de vuelta a su amo, dando un ladrido de satisfaccién. Los tres nunca se cansaban de jugar a ese juego. A veces la sefiora Borges hasta se ol- vidaba de que Hilda era ciega, e Hilda, bueno, tal vez nunca lo su- po, y por cierto que nunca parecidé importarle. Jamas me olvidaré de la pri- mera vez que vi a Hilda. Se me dijo que las personas que vivian en la casa rodante azul, de cierta calle rural, deseaban 30 iQué fiesta! Animales ingeniosos que la biblioteca rodante llegara hasta su casa. Sien- do que estoy encargada de este servicio, le pedi a Maria, que era la encargada de manejar el gran ca- mién amarillo que constituia la biblioteca, que me llevara hasta alli. No tuvimos dificultad para encontrar la gran ca- sa rodante azul y, como habia lugar para dar vuelta, entramos hasta acercarnos a ella. Estaba rodeada por pilas de madera, y nos enteramos mas tarde de que el sefior Borges era constructor. A él y a su es- posa les resultaba conveniente vivir en una casa ro- dante, ya que por su trabajo tenfan que mudarse muy a menudo. Maria tocé la bocina del camién, y se abrid la puerta de la casa rodante. Una mujer de edad me- diana, de cara redonda y alegre, descendié la escale- rita de la casa, seguida por un perrito color castafio que saltaba confiadamente un escalén tras otro. Abri la biblioteca rodante, bajé la escalerita, y me quedé observando a la mujer y al perro mientras se acercaban. La sefiora Borges nos saludé sonrien- te y le hablé amablemente al perrito, que olfateaba cuidadosamente los talones de su ama. La sefiora Borges dio la vuelta alrededor de una pila de madera, y el perrito la siguiéd sin cometer un solo error. Fue tinicamente cuando llegé a la biblio- teca rodante cuando la sefiora Borges se incliné y ayudé al perrito a ascender la escalerilla. —Estos escalones le son desconocidos, pero ya se familiarizard con ellos —explicé la mujer—. Yo Siete ainos felices 31 soy la sefior Borges y ella es Hilda. La perrita inspeccioné la biblioteca rodante y ol- fated cuidadosamente a Marfa y a mf. Yo me presenté y le mostré a la sefiora Borges dénde estaban las diferentes categorias de libros. Me incliné y acaricié la satinada cabeza de Hilda. jFue tinicamente entonces cuando noté sus ojos! Es- taban completamente cubiertos por una pelicula de color blanco lechoso. Yo debo de haber manifestado mi sorpresa, porque la sefiora Borges explicé: —Si, Hilda es ciega. No puede ver nada. — Pero ella descendié por la escalera de su casa y cruzé el patio como si viera! —exclamé Marfa. La sefiora Borges asintié con la cabeza. — {No es maravilloso? Ella recuerda de memo- ria cada pulgada de nuestra casa y de nuestro patio, y aprende a orientarse répidamente en un lugar nue- vo —y miré carifiosamente a Hilda, que olfateaba sistemAticamente cada pulgada cuadrada de nuestro cami6n. Entonces la sefiora Borges se senté en un banco bajo y nos conté la historia de la ceguera de Hilda. La perrita se acercé a ella, se apoyé contra las rodillas de la mujer e incliné hacia atrds la cabeza, como si estu- viera admirdndola. Parecfa entender cada palabra. —Pero usted... no seguird la sugerencia del vete- rinario, ,verdad? —murmuré con simpatia. Una risa de felicidad brot6 de los labios de la se- fiora Borges. — El veterinario hizo esa sugerencia hace siete 32 iQué fiesta! Animales ingenioses afios! A medida que pasaba el tiempo nos fuimos dando cuenta cada vez mas de que no seria necesa- rio poner a descansar a Hilda. Se requirié paciencia y perseverancia, pero Hilda estuvo siempre ansiosa de aprender. Mi esposo y yo ordbamos todas las no- ches, y algo —yo sé que fue Dios— nos dijo que mientras Hilda no sufriera 0 no se sintiera infeliz, no teniamos derecho de quitarle la vida. Ella acaricié las orejas suaves de Hilda, y la pe- rrita se estremecié de emocién. —Ella nos ha dado siete aiios de felicidad, y creo que nosotros también la hemos hecho feliz. —Dios obra en forma misteriosa —susurré sua- vemente. Me quedé mirando la perrita y reflexioné: Creo que la perrita puede ver con su corazén. Unos instantes mas tarde la sefiora Borges aban- doné la biblioteca. Marfa y yo nos quedamos miran- dola mientras se alejaba, con Hilda pisandole los ta- lones, siguiendo los pasos de su ama, completamen- te confiada en ella. Entonces miré a Marfa. Sus expresivos ojos cas- tafios estaban llenos de lagrimas. — No es hermoso? —dijo. Yo asentf, y no me avergiienzo de decir que yo | también tenfa humedecidos los mfos. La cabra beliccsa * fadie entendid jamds por qué esa cabra odia- ba tanto a Trixie, pero esa era la realidad. ‘8 Desde el primer dia en que la trajimos a casa para proveer la leche fresca, la cabra convirtié a Tri- xie en el blanco de sus ataques. CZ. Trixie era una perrita pequefia y lanuda, de co- lor blanco y negro, querida por la familia, y especial- mente por los nifios. No parecfa tener ningtin enemi- go, y siempre habfa sido amada y mimada. Todo el patio de la casa era suyo. Dormia cuando queria y recibfa alimento cuando tenia hambre. Disfrutaba, pues, de una existencia tranquila y feliz. Pero el dia en que llegé la cabra, todo cambié. ‘Trixie trotaba hacia el galpén donde estaban los chi- cos jugando, cuando de pronto noté que la cabra le salfa al encuentro con la cabeza baja y sus amenaza- dores cuernos puntiagudos, como dagas afiladas. Felizmente, en el momento de darle la embestida, Trixie alcanz6 a escurrirse por debajo de la cerca y se escapé. No obstante, desde ese momento la vida de Tri- (33) 34 iQué fiesta! Animales ingenioses xie se convirtié en una pesadilla. | Llegé al galpén donde estaban los nifios y jugé con ellos, pero en el viaje de regreso a la casa vio que la cabra, que pastaba a corta distancia del galpén, no la perdfa de vista, de manera que la perrita se ubicé en el centro del grupo de los nifios y de allf no salié hasta que llegaron al patio de la casa. Uno de los muchachos trajo entonces un plato de comida para ella y Rebelde, un perro grande que también formaba parte de la familia, y lo colocé al lado de la galeria. Los dos perros estaban en lo me- jor de la comida, cuando de pronto oyeron que se abrfa la puerta de atras. Trixie levanté la cabeza. Al- guien se habfa olvidado de cerrar el pasador de la puerta, y la cabra entré y se dirigié a los perros. Y no parecfa venir con una misién muy pacifica. Trixie se escabullé y se metié debajo del sillén de jardin; en cambio, Rebelde siguié comiendo como si nada hubiera ocurrido, y acabé toda la comida, para gran pesar de Trixie. Desde ese dfa, Trixie no pudo comer tranquila, porque la cabra aprendié a abrir la puerta del patio y no sdlo la molestaba cuando co- mia; la perrita ya no era duefia de estar en ningtin la- do, a no ser que fuera debajo de los escalones. La familia se habrfa deshecho de la cabra gusto- samente. Pero Irene necesitaba esa leche fresca, y la cabra qued6 en la casa. No importaba el cuidado que pusieran para mantenerla encerrada, la cabra siempre lograba escaparse, de manera que Trixie te- nia que mantenerse en guardia constantemente, sin 36 iQué fiesta! Animales ingeniosos poder descansar un solo instante o echarse a dormir al sol. Entre los escondites donde Trixie podfa refu- giarse estaba también el automévil de la familia, de- bajo del cual pasé muchas horas la pobre perrita. El problema era llegar allf sin que la cabra lo notara. Parecfa como si ese animal no hubiera pensado en otra cosa que en hacerle la vida imposible a la pobre Trixie. A menudo los nifios pudieron observar cémo la perra esperaba el momento oportuno para cambiar de escondite. Miraba cuidadosamente para compro- bar si la cabra la vigilaba. Luego asomaba la cabeza por detrds de los escalones. Miraba nuevamente a la cabra, y si vefa que la observaba se quedaba quieta y se hacia la dormida. Cuando crefa que era seguro comenzaba a arrastrarse lentamente, se detenia, avanzaba de nuevo hasta que de pronto se lanzabaa toda carrera. Pero a veces tropezaba con alguna co- sa, momento que la cabra aprovechaba para atacar- la. Afortunadamente, Trixie casi siempre lograba meterse debajo del auto 0 en cualquier otro escondi- te que hubiera elegido, salvandose apenas del tope- tazo que le venfa, y allf se quedaba luego, débil y temblando. A los nifios les extrafiaba que se hubiera vuelto tan nerviosa y hubiera enflaquecido tanto. Ademas, siempre estaba con hambre. Pero por fin se dieron cuenta de que raras veces podfa terminar su comida en paz. De modo que decidieron darle de comer en La cabra belivosa 37 la galeria. Pero aun alli vieron que un dia la cabra estaba junto a la puerta de tejido con su habitual ac- titud antagénica hacia Trixie, contribuyendo asf a la nerviosidad y la mala nutrici6n de la infeliz perrita, ala que se le habfa puesto el pelo muy opaco y tenia aspecto de enferma. De modo que los nifios se dieron cuenta de que la tinica solucién serfa encontrarle un nuevo hogar. Un dia fue a visitarlos una familia que tenia un muchachito que habfa perdido su perro, y querfa te- ner otro. Ese nifio parecié encarifiarse con Trixie desde el primer instante y, como él la querfa, los ni- fios decidieron darsela. Aunque Trixie extraié mucho a los nifios de la granja, y también ellos la echaron mucho de menos, la perrita descubrio que en su nueva casa no habia una cabra que la persiguiera y le hiciera la vida mi- serable. Su nuevo amo la cuidé con todo carifio, y Trixie recuperé su temperamento juguetén y su dis- posicién amigable, y volvié a sentirse sana y feliz co- mo lo habja estado antes de que la cabra le declara- ra la guerra. 7 El corderite perdide igurd tenfa tantos brios que para él ascender la empinada ladera de la colina no era mds que un ejercicio comtin. Ahora se encontraba en la cima ye dando un salto de alegria, dejé atras tres arbustos en hilera. Al dar sobre el cuarto, una rama le enganché la pierna y cayé tendido en el suelo. Riendo, se puso de pie y continudé el descenso sin mayores incidentes. Desde hacfa una semana Sigurd habfa estado de visita en la casa de su hermana casada, que vivia a unos 16 kilémetros yendo por la carretera. Pero ese camino era demasiado aburrido para él. Amaba la naturaleza, de modo que tomé un atajo. Aunque era un camino més dificil, pasaba por la montafia, donde podia espantar las aves que se guarecian en los ar- bustos y asustar a los animalitos en sus escondrijos. Sigurd casi no podia esperar el momento en que divisaria el techo rojo de su casa. En su imaginacién aspiraba ya el aroma del buen pan que su madre siempre tenfa a mano. Sus giles piernas iban saltando sobre los troncos cafdos en el sendero, y pronto divisé la dilatada pra- dera que se extendfa al pie de la colina. Una parte de esa pradera podfa ser evitada. Habfa allf un pequefio (39) 40 iQué fiesta! Animales ingenioses lago alimentado por arroyos que descendian de la montafia, y el suelo de alrededor era un perpetuo pan- tano, que debja eludirse al transitar por la pradera. Sigurd dio un rodeo para evitarlo, y llegé a la ca- sa a tiempo para la cena. —Come rapido, Sigurd —dijo la madre. — {Por qué? —pregunté sorprendido. —Falta un cordero desde ayer —explicé ella—. Hemos buscado muchisimo, pero sin resultado. Sin duda que tt lo encontrards, porque conoces mejor los lugares donde las ovejas pacen. Un cefio de rebelidén se dibujé en el rostro de Si- gurd. — {Quieres que salga a buscar una oveja después de haber caminado 16 kilémetros? —Un cordero, hijo, no una oveja —corrigié su madre. —Cordero o lo que sea... una oveja es una oveja —contesté Sigurd. —Ademas —continué la mamé—, no hay tanta distancia hasta la colina. Ti no viniste por la carrete- ra, Sigurd. —Un muchacho que no puede caminar mas de 16 kilémetros es un enclenque —ajfiadié el padre de Sigurd. Sigurd no se proponfa aceptar ese insulto, de mo- do que tomando otro enorme bocado de pan, se le- vanté, tomé el rifle y la gorra, y se dirigié a la puerta. —No necesitards el rifle —dijo la madre—. Si llevas el cordero en los brazos, el rifle te molestara. El corderite perdido 4 — Quieres que me coman los osos? —Los osos no estén muertos de hambre —res- pondié la madre. — Entonces los lobos? —Tampoco los lobos —reparé ella—. Anda hijo. El pobre corderito puede estar sufriendo. Sigurd se encogidé de hombros. —Me parece que ya no lo estara. Un lobo se lo debe de haber comido. —Tal vez no. No deberias desistir sin probar —~insistié la madre. Sigurd salié, pero no dejé el rifle. El vigor que habia desplegado pocos momentos antes se habja di- sipado, y durante diez minutos caminé arrastrando los pies. Miré por todas partes tratando de ver un objeto blanco, pero sin resultado. Por segunda vez ese dia, orillé el pantano. Revi- s6 luego la ladera de la colina. Quedé escuchando. Pero todo lo que oyé fue el grito ronco de algtin ave nocturna o el aullido distante del lobo. jAh! Sus ojos vigilantes percibieron un objeto blanco alld en la colina. La excitacién que eso le pro- dujo le comunicé la energfa que necesitaba para as- cender la ladera. {Por qué se habré quedado el tonto del cordero tan lejos del rebaiio? ;No podia haber seguido a los dems cuando regresaron a la casa? Sintié deseos de tomar una vara y darle unos azotes, para hacerlo vol- ver rapidamente al redil. De pronto tropez, y tuvo que hacer acrobacias 42 : iQué fiesta! Animales ingenioses para no perder el equilibrio. Cuando miré de nuevo se dio cuenta de que el objeto blanco era sdlo una piedra grande que estaba detra4s de un arbusto. Su ascenso habjfa sido intitil. Disgustado, Sigurd se sent6 sobre un tronco y qued6 cavilando. Tenia planes de hacer muchas cosas esa noche. Habfa en- contrado un lindo drbol de Bjork, perfecto para fa- bricar un nuevo par de esquies. Y ahf estaba, desper- diciando su tiempo con un cordero perdido. Y, para colmo, inttilmente. El cordero debfa de haber sido devorado por algtn animal salvaje. Tomando una piedra, la arrojé contra un abeto. Su madre se chasquearfa si él no encontraba al cordero. Asi que continuarfa buscando... De todas maneras su noche estaba arruinada. Cargando el ri- fle, continué ascendiendo hacia la cumbre de la coli- na. Sabia que desde allf oirfa cualquier sonido que se produjera abajo. Cuando llegé a la cima estaba ja- deante, de modo que se detuvo hasta que se aquieta- ron los fuertes latidos de su corazén y pudo respirar normalmente. Se quedé escuchando durante unos cinco minu- tos. Entonces oy6 un sonido extrafio. Era algo seme- jante a un llanto quejumbroso, pero no se parecia al balido de una oveja. Escuché atentamente, pero todo lo que pudo ofr fue el sonido que hacfa el viento al agitar la copa de los arboles. No creia que ese grito extrafio proviniera del cordero perdido. Y, si lo era, indudablemente seria el ultimo balido antes de la muerte. En fin, la madre no podria decir que no ha- El corderite perdido 43 bia procurado rescatarlo. Sigurd se detuvo en su marcha descendente. Una vez més sus ofdos captaron el mismo sonido. Parecfa proceder del pantano. No dudé mas. Bajé precipita- damente por la ladera de la colina, saltando sobre ar- bustos y troncos. Una rama de abeto le arrancé la gorra, y perdid preciosos momentos recuperdndola. Dese6 entonces haber escuchado el consejo de su madre en cuanto al rifle. Era sélo una molestia. Por otra parte, no estarfa de mAs si algun animal estuvie- ra atacando al cordero. Se imaginé a un lobo gris acercdndose cautelosamente, cada vez mas, al aterro- rizado animalito. Sigurd corrié atin mds rapido, y en un instante se encontré al borde del pantano. Se detuvo y miré de- tenidamente. Era la hora del creptisculo, pero podfa ver bastante bien. Sus ojos registraron las malezas tratando de encontrar un objeto blanco, pero sin re- sultado. Tan concentrado estaba en su biisqueda, que la aparicién repentina de un sapo lo sobresalté. “Aqui no hay ninguna oveja”, murmur6. Eviden- temente ese extraiio sonido procedia de algtin pajaro o algo por el estilo. “Volveré a casa. Puedo regresar mafiana, si es que tengo que hacerlo”, pensé. Echan- dose de nuevo el rifle al hombro, salié caminando ha- cia la casa. ;Qué era una oveja mds o menos? “Todavia no es muy tarde como para volver a ca- sa”, arguy6é Sigurd consigo mismo. “Pensardn que he sido descuidado en la btisqueda. Me sentaré en este tronco y esperaré un poco”. Y jugé con su rifle a que 44 iQué fiesta! Animales ingeniesos apuntaba a enemigos imaginarios, hasta que no pudo ver mas. “Ahora pensardn que he pasado toda la ve- lada buscando el cordero, y estarn satisfechos”, dijo en voz alta poniéndose en marcha nuevamente hacia el hogar. {Una oveja perdida! ; Una oveja perdida!... ;Una oveja perdida! Era como si sus pasos fueran repitien- do esas palabras. ;Dénde las habfa escuchado? De pronto, recordé que Jestis habia hablado acerca de una oveja perdida. “Si un hombre tuviere cien ovejas y perdiere una, la buscarfa hasta hallarla”. Su madre le habia lefdo esas palabras muchas veces cuando él era pequefio. {Cémo era que las habia olvidado? Sintié remordimiento, porque no era un buen pastor. Sigurd inclin6 la cabeza y suplicé a su Padre ce- lestial que lo guiara. Entonces regres6 sobre sus pa- sos. Era posible que el cordero se hubiera extraviado en el pantano. En ese caso, serfa de cualquier color menos blanco. Se detuvo para escuchar. Oyé los sonidos habi- tuales de la noche: el zumbido de los mosquitos, el croar de las ranas y... ,qué era eso? Oyé muy cerca un gorgoteo ahogado. Provenia de lo que él habia considerado un matorral de juncos. De pronto, Si- gurd dio un grito de gozo, porque habfa localizado al cordero perdido. ;Si al menos no fuera demasiado tarde! El cordero tenia sélo la cabeza fuera del cie- no, y ya no podia seguir luchando. El muchacho dejé caer el rifle sobre el matorral y se adelanté osadamente hacia el cordero. A los cinco El corderito perdide 45 pasos se habfa hundido en el lodo hasta las rodillas. Una imprudencia semejante nunca lograrfa su pro- pésito. Si no era cuidadoso, pronto se encontraria en una condicién tan mala como la del cordero. Trabajosamente, Sigurd logré retroceder a tierra firme. Ahora tenfa que usar su cabeza. Corrié hacia la ladera y recogié una brazada de ramas. Echdndo- las sobre el pantano, comenzé a consiruir un sende- ro. No habfa tiempo que perder. Tenfa la esperanza de que el cordero no muriera antes de que lo alcan- zara. Hizo tres viajes para buscar ramas, y finalmen- te terminé la construccién del sendero. Le llev6 tiem- po, porque Sigurd habia tenido que avanzar gatean- do, para ir colocando las ramas frente a él a medida que avanzaba. Y cada vez que regresaba a buscar mds ramas, tenfa que hacerlo con mucha cautela. Finalmente pudo tocar al cordero. La desventu- rada criatura parecfa haber perdido toda esperanza de vivir. Demasiado débil para moverse, apoyé la ca- beza sobre las manos de Sigurd. Sigurd hundié los brazos en el lodo, para tomarlo por el cuerpo. Tird con todas sus fuerzas, pero el animal estaba realmen- te atascado. Logré levantarlo unos centfmetros, y luego tuvo que soltarlo para enderezarse él mismo. Una de las rodillas se le habfa hundido en el lodo. R4pidamente puso ramas debajo de la rodilla y probé de nuevo. Esta vez fue un poco mas facil. Las patas delanteras quedaron libres, y entonces acomo- dé mas ramas debajo de sus rodillas antes de tratar de sacarlo completamente. . 46 iQué fiesta! Animales ingenicsos Finalmente lo sacé, débil y goteando lodo, pero vivo. Lo puso sobre sus hombros y luego retrocedié cuidadosamente por el sendero que habia construi- do, hasta salir del pantano. ;Qué alivio! Agradecié entonces a Dios por su ayuda. Sigurd estaba cansado, pero camin6 répidamen- te hacia la casa, orgulloso porque habfa triunfado en su misién. En el primer arroyo que encontré se lavé y lav6 al cordero lo mejor que pudo. Al hacerlo des- cubrié que, para colmo de males, el animalito tenia una pata quebrada. Al llegar a la casa su madre po- dia arreglarsela, pensé él. Ya habfa andado por lo menos un kilémetro cuan- do se acordé del rifle. Gimié en voz alta. Comenzé a depositar su carga en el suelo, pero se dio cuenta de que no podfa dejarla ahf e irse. Era la hora en que sa- lian a rondar los merodeadores nocturnos, pero reco- rrié de nuevo el borde del pantano y localizé su rifle. Era realmente tarde cuando Sigurd entré muy cansado por la puerta de su casa y deposité su carga a los pies de su madre. —Mamé, me senti exactamente como el pastor que dejé las 99 ovejas y salié a buscar la perdida —dijo. El padre examiné6 al cordero rescatado. —Eres un fiel pastor, hijo —aprobé él. Y hoy Sigurd esta pastoreando corderos huma- nos como pastor, a miles de kilémetros de distancia de las montafias de Suecia, donde buscé y encontré al cordero que cayé en el pantano. 8 Herrumbre aprendié y Susana tambien ¢g-iisana rodeé con su brazo a su perrito He- Se —Tv eres un perrito bueno, He- s rrumbre, y también eres un perro muy guar- didn. —Hay una cosa mas que podriamos ensefiarle —dijo la mam4—. A Herrumbre no le gusta que lo manden a dormir. Ojala aprendiera a ir a su cucha cuando se lo indicamos. —Mami, a él no le gusta estar solo —respondié Susana. —Bueno, ahora es hora de ir a la cama; de mo- do que jven aqu{, Herrumbre! —llamé la mama abriendo la puerta del lavadero. Pero Herrumbre corrié y se escondié. La mamé lo llam6 repetidas ve- ces, pero él no hizo caso. — ,Dénde estas? —Tendremos que ir a buscarlo —ofrecié el papa poniendo a un lado el diario. Susy también lo buscé. A veces se escondia de- bajo de su cama, de modo que miré alli. No estaba debajo de la cama, ni tampoco debajo de la mesa de (47) 48 iQué fiesta! Animales ingenicses la cocina. Tampoco estaba en el pasillo, ni detras del sofa, Finalmente el papd lo encontré, pero hubo que rogarle bastante para que saliera de su escondite y fuera al sétano. — {Sabes una cosa, Susana? —dijo la mama—. Tu tienes un mal habito, como Herrumbre. Susana miré sorprendida. — {Qué quieres decir? —pero entonces record6 que cuando estaba jugando afuera con los chicos y la madre la llamaba, se hacfa la sorda. Sus padres ya habfan hablado con ella acerca de ese habito. Pocas semanas después la madre se impacienté porque tuvo que llamarla repetidas veces. Esa noche el papa y la mama conversaron sobre el asunto. —Tendremos que hacer algo para cambiar el mal habito de Susana, de no responder cuando se la llama —dijo la mama —. {Tienes alguna sugerencia? El papa se quedé pensando unos instantes. =—St tengo una buena idea. Démosle a Susana la tarea de ensefiarle a Herrumbre a ir a la cucha cada noche. Cuando Herrumbre se esconda y se haga el que no oye cuando ella lo Ilame, la dejaremos que lo busque hasta que lo encuentre. No la ayudaremos. Eso le ensefiaré paciencia y también le ayudaré a comprender cudn molesto es para ti tener que lla- marla repetidas veces cuando estds muy atareada. —Creo que es un buen plan. Debemos explicdr- selo completamente para que ella lo entienda. De manera que el papé le dijo a su hijita que des- 50 iQué fiesta! Animales ingenioses de ese dia su trabajo serfa ensefiarle a la perrita a ir a dormir. A la siguiente noche la mama llam6: —Susy, es hora de dormir. Cuando te hayas ba- fiado y hayas llevado a Herrumbre al lavadero, papa te leeré una historia. — {Qué lindo! A Susana le encantaba el momento de las histo- rias, de modo que corrié a bafiarse. Cuando terminé y se vistié con la ropa de dormir, corrié a sentarse al lado del papa para escuchar la historia. —jPero primero tienes que llevar a dormir a Herrumbre! —recordé el papa. —jOh, me habja olvidado! jHerrumbre! jHe- rrumbre! [Ven aqui! Recorrié el comedor y la sala buscando detras de todos los muebles. Miré detras del piano, del sill6n y del escritorio del papa. —Papa, he llamado y llamado —explicé—. La he buscado por todas partes, jy no viene! Es un pe- rro malo, que no quiere responder a mi llamado. —Ven, hijita. Quiero conversar contigo. Susana corrié hacia el papa, esperando que la ayudara a buscar a Herrumbre, pero él, atrayéndola hacia si, la miré a los ojos y le dijo: —Mami me dijo que a veces, cuando te llama, sigues jugando y no le contestas. Mamé tiene mucho trabajo aqui en la casa, y cuando te llama mientras prepara la cena, ella no puede dejar todo para bus- carte. Te das cuenta de qué feo es cuando alguien Herrumbre aprendié y Susana también 5I llama y nadie responde? —Si —dijo Susy. Susana comenzé a buscar de nuevo. En la coci- na, en los dormitorios. Entonces se le ocurrié una idea. Corrié y miré en el ropero que habia en el pa- sillo, y alli estaba Herrumbre escondidito en una es- quina. —Ven Herrumbre, es hora de ir a la cama —le dijo mientras tiraba del collar, pero el muy terco no se movid. Susana nuevamente tiré del collar y consiguid arrastrarlo algunos centimetros. Luego le dio un em- pujén y de un golpe cerré la puerta del ropero. —Susana, jte gustaria que mamd se enojara contigo, te empujara y te diera tirones? Herrumbre es solamente un perro; él no entiende, ni razona. Pe- ro los nifios pueden pensar, y deben aprender a for- mar buenos hdbitos. —He aprendido, papito, lo que quieres ensefiar- me, y voy a tratar de ensefiarle a Herrumbre con pa- ciencia para que él también aprenda. Zip, un 1 perro =, 21 pronto como Juanito llegé de la escuela se dio cuenta de que su perrito habfa vuelto a 3 hacer travesuras, porque no salié a recibirlo como era su costumbre. — (Zip! ;Zip! —llam6 Juanito. Zip se arrastré de debajo de un arbusto, con su cola metida entre las patas y sus ojos languidos. Jua- nito no pudo aguantar la risa, y cuando Zip oyé que Juanito se refa, comenzé a saltar y a correr en cfrcu- los asu alrededor. . —Juanito —dijo la mamé, que los miraba desde la puerta de la cocina—. Tienes que ensefiarle a Zip a portarse bien. Hoy cavé un hoyo debajo de la cer- ca, se cruzé a la casa de la vecina y deshizo totalmen- te un cantero con flores que ella tiene debajo de la ventana. —Sf, mamd —prometié Juanito. Zip era tan divertido y bonito que a todos les cos- taba retarlo y mucho mas a Juanito. Por el contrario, las piruetas y gracias de Zip le daban mucha risa, y el perrito se aprovechaba de esta actitud de Juanito. Al dia siguiente la mam lavé una de las frazadas y la colgé en el tendedero. No habfa pasado mucho (53) 54 iQué fiesta! Animales ingeniosos rato, cuando Zip descubrié la frazada que se movia con el viento, La tomé por un extremo con la boca, y comenzé a tironearla y a colgarse de ella. Tanto tiré y saltd, que los broches se salieron uno a uno, y pron- to la frazada estaba en el piso. Entonces la arrastré por todo el patio, se metié debajo de ella y nueva- mente la arrastré hasta cansarse. Ese dfa, cuando Juanito regresé de la escuela, la mama le dijo: —Hijo, debes hacer algo para educar a ese perro. Muéstrale la frazada —le dijo— y haz que entienda por qué lo castigas. Juanito traté de castigar a Zip, pero este se puso a saltar a su alrededor y a hacer payasadas. Final- mente salté a sus brazos y le lamié la cara. Fue en- tonces que Juanito se olvidé de todo lo que habia su- cedido, y comenzé a jugar con él. ~ Esa noche Juanito oyé que la mam le decfa a su papa. —Me parece que ya no hay nada para hacer con ese perro. Vamos a tener que regalarlo. Mas adelan- te conseguiremos un perro al que se le haya ensefia- do a obedecer. Juanito retuvo el aliento. No queria otro perro lindo y educado. Querfa a Zip... y sdlo a Zip. — Por qué no esperamos unos dias mas? —su- girié el papa—. Quizd Juanito pueda ensefiarle al perro a comportarse. Juanito no podfa dormir, Ahora le pesaba no ha- ber castigado a Zip por sus travesuras. De pronto, se Zip, un perro bien educade 55 acord6 de un cartel que habia visto en la veterinaria: “Se entrenan perros”, y decidié que visitarfa al sefior Lépez. De manera que al dia siguiente se levanté mds temprano que de costumbre y salié para la escuela. Al llegar a la veterinaria se detuvo y entré a conver- sar con el sefior Lépez. —Si, es verdad, yo entreno perros —le infor- m6 —, pero eso cuesta mucho dinero. —Tengo tres pesos y ochenta centavos ahorrados —respondié Juanito—. Lo que sucede es que si no le ensefio a Zip a portarse bien, mamé lo regalard. —Un perro desobediente es casi tan feo como un chico desobediente —comenté el sefior Lépez—. {De quién es el perro? —Es mfo —dijo Juanito. —{Quién es el responsable de su educacién? —volvi6 a preguntar el veterinario. Juanito qued6 pensativo. Siempre habia pensa- do que Zip era muy divertido, pero en realidad nun- ca se le habja ocurrido que era un maleducado. —Mira lo que haré. Te prestaré un libro que en- sefia cémo adiestrar perros. Si eres constante y pa- ciente, tti mismo lo puedes adiestrar. Evidentemente no es un perro malo, sino echado a perder... También le dio un collar y le mostré cémo debfa ponérselo a Zip. - — Lo lastimara? —quiso saber. —Solamente cuando desobedezca —le aseguré el sefior Lépez. Y ni aun entonces lo lastimara, pero 56 iQué fiesta! Animales ingenioses le recordara que debe obedecer. Esa misma tarde, al volver de la escuela, Juanito comenz6 a trabajar con Zip. Le puso el collar y en él até la correa. Luego, de acuerdo con las instruccio- nes del libro, le ordené que lo siguiera. Comenzé a caminar lentamente, manteniendo tirante la correa. Cada vez que Zip saltaba 0 trataba de adelantarse, el collar le apretaba el cuello. Zip dio unos aullidos y miré a su amo, como rogandole que lo soltara. Estuvo tentado a consolarlo, pero en cambio con- tinué dandole érdenes suavemente, hasta que Zip lo siguié bien de cerca, como se esperaba de él. Juani- to se dio cuenta de que Zip aprendfa con mucha fa- cilidad. En poco tiempo aprendié a obedecer las 6r- denes que su amo le daba. También aprendié a bus- car objetos y a traerlos, a mantenerse alejado de los canteros y las flores. Cuando hacfa bien lo que le or- denaba, Juanito lo elogiaba y lo acariciaba, y Zip pa- recfa estremecerse de alegria cuando recibfa la apro- bacién de Juanito. Los padres se quedaron asombrados ante los progresos del perro. Una tarde, Juanito estaba listo para buscar el diario de la tarde y acercarselo a su pap, y asi lo hizo. — Muy bien! —lo alabé la madre, acaricidndo- lo—. Llegards a ser un buen perro. Juanito interpreté el mensaje de mama. Podfa seguir teniendo a Zip. Ademds, era mucho més inte- resante ser el duefio de un perro bien educado que de un perro desobediente. Vinyer, la abeja % inyer vive en una colmena. Cuando nacié, era s6lo un gusano gordo, Sus hermanas ma- i yores, que vivian en la colmena, la alimenta- ron durante varios dfas con polen y néctar. Entonces Yinyer tejié un capullo a su alrededor. Doce dias més tarde salié del capullo hecha toda una abeja, y a ella y a todas sus hermanas mellizas se les asigné un trabajo. Algunas de sus hermanas trabajaban como nifie- ras, y estaban encargadas de alimentar a los nuevos bebés de la colmena. Otras tenian que hacer la lim- pieza: es decir, sacar de la colmena la cera vieja y las abejas muertas, y mantener todo limpio. Durante el verano, algunas de las abejas trabajaban como ven- tiladores. Se estacionaban en la puerta de la colme- na y agitaban sus alas, con las que introducfan aire fresco en ella. Yinyer también tuvo que hacer todos esos traba- jos, pero después de un tiempo le encargaron un tra- bajo diferente. Tenfa que hacer nuevas celdillas para la colmena. Con sus patas traseras se sacaba la cera (57) 58 iQué fiesta! Animales ingenioses que su cuerpo produefa, y con ella construfa las cel- dillas. Todos los dias construfa nuevas celdillas. Después de un periodo de tres semanas, el cuer- po de Yinyer dejé de producir cera. Entonces se la mando a trabajar al.campo con sus hermanas. Y nuevas abejas se encargaron de los trabajos que ella hacia. De modo que ahora, cada dia, Yinyer vuela al campo de trébol que rodea la colmena. Allf recorre las flores, y extrae de ellas el néctar. También reco- ge polen, que guarda en su cesta de polen. Y al visi- tar otras flores, va dejando parte del polen que lleva y recoge nuevo polen. En esa forma contribuye a la formacién de mds semillas. Cuando Yinyer llena la bolsa en la que va depo- sitando el néctar, vuelve a la colmena y allf lo depo- sita en una de las celdillas vacias, donde se lo deja para que madure. A las pocas semanas ese néctar se transforma en deliciosa miel. Yinyer recoge néctar todos los dias, desde la ma- fiana hasta la noche. Ella, como todas las abejas, ten- dra una vida que sdlo durard aproximadamente seis semanas. Pero, durante ellas, trabajaré ardua e in- cansablemente. Cuando ella muera, otras abejas se encargaran de hacer su trabajo. Aunque Yinyer hace el mismo trabajo todos los dias, nunca se queja. Y en eso nos da un buen ejemplo. Cuando somos pequefios, hacemos trabajos pe- queiios, como le tocé hacer a Yinyer; pero cuando Yinyer, la abeja 59 somos mas grandes, nuestras obligaciones también son mayores. Yinyer hace el trabajo que Dios le ha asignado. Si hacemos bien nuestro trabajo cuando somos pequeiios, Dios nos dara mayores responsabilidades cuando seamos grandes. Uraine encabeza el desfile scar regresé corriendo a su casa, procedente del Club de Aventureros, y se dirigis a la co- Gi cina. —Mama, los Aventureros tendran un concurso como el que hacen los Conquistadores, y el sefior Sudrez quiere que yo encabece el desfile con Urano. — Con Urano? ;Debes estar bromeando! La mamé dejé el vaso que tenfa en la mano y se volvié para mirar a Oscar. —En serio, mama. No estoy bromeando —dijo Oscar. —Pero, 4cémo puedes hacerlo? Tui sabes cudn terco puede ser Urano. No es mas que un mulo. —jPero, mama! Yo le prometi... —Oscar, ti no puedes prometer cualquier cosa. {Qué hards si Urano se empaca en la mitad de la ca- lle y detiene el desfile? —Yo... yo no sé. Oscar no habfa pensado en eso. Ahora le parecia que, después de todo, encabezar el desfile con Ura- no no resultarfa algo tan interesante. (39) €2 iQué fiesta! Animales ingeniosos —Tendré que pedirle a papa que le diga al sefior Suarez que no puedo hacerlo. En oportunidades anteriores, Oscar habia hecho promesas descabelladas, y el padre lo habfa ayuda- do. Y esta vez también lo ayudarfa, pens6 Oscar. El queria ir a ese desfile, pero... Silb6 llamando a su mulo. — Dénde estas? Urano no se dejé ver. Oscar corrié hacia la huer- ta que estaba detrds de la casa. El alambre de pia que cercaba el terreno del sefior Fernandez estaba roto. Urano habia entrado en la huerta del vecino y estaba comiendo una gran hoja de repollo. — Urano! —exclamé Oscar, y se quedé helado. Urano dejé caer la hoja. Sus grandes ojos casta- fios miraron a Oscar, y luego el mulo se encaminé hacia el muchacho pisando sobre las hileras de cebo- llas tiernas, deteniéndose un momento para comer algunas. —j{Travieso inutil! —exclamé Oscar tratando de hacer pasar al mulo del otro lado de la cerca. Pero de repente Urano se empacé. Eché la cabe- za hacia atras y todavia con la boca llena rebuzné. E] sefior Fernandez oyé el ruido y corrié hacia la huerta. —jOh, no! {Mi huerta! ;Mis cebollas! —excla- mo. —Lo siento, sefior Fernandez, pero no puedo sa- carlo de aqui. Oscar casi lloraba. Urano encabeza el desfile 63 E] sefior Fernandez empujé, y Oscar tir6. Urano se senté sobre sus patas traseras y rebuzné como si nada. —Probemos otra vez, Oscar —dijo el sefior Fer- ndndez, y le dio un gran empujén. Dando un rebuz- no, Urano salté. Y Oscar, que estaba tirando de la cuerda, cayé de espaldas. —Este mulo tuyo es una amenaza. Deberias atarlo con una cadena y encerrarlo en el galpén —dijo el sefior Fernandez ayudando a Oscar a le- vantarse. —Lo siento mucho, sefior Fernandez —repitid Oscar. Tiré de la soga de Urano, pero el mulo no se mo- vié una pulgada. Por fin a Oscar se le ocurrié una forma de sacar a Urano de la huerta del sefior Fer- nandez. Corrié al galpén y, tomando un gran pedazo de sal de roca, volvié a donde estaba el mulo miran- do al sefior Fernandez y a la huerta. Pero cuando vio a Oscar con la sal en la mano, levanté las orejas, dio un rebuzno y cruzé el alambrado, acercdndose a Os- car para lamer la sal. Valiéndose de ese ardid, Oscar lo hizo entrar en el galpén y lo encerré. A la hora de la cena, en lugar de comer, Oscar estaba jugando con la comida. Al fin se animé y di- jo: —Papé, jpodrfas decirle al sefior Sudrez que no puedo llevar a Urano al desfile? —jLe prometiste eso? —Si. 64 iQué fiesta! Animales ingenioses —jNo crees que esa ha sido una promesa dispa- ratada? Tu conoces a Urano. Como buen mulo, es imposible hacerlo obedecer. Pero si lo prometiste, debes cumplirlo. Desde ese momento Oscar pasaba todos los dfas un rato cepillando a Urano, y tratando de imaginar- se lo que harfa si este se empacaba en el desfile. Cuando llegé el dia, el papdé ayudé a Oscar a ador- nar a Urano con pompones azules y rojos en la ca- beza, y cascabeles en las patas. Luego lo cargaron en el camién y lo llevaron al parque de la ciudad. Al principio Urano camin6 a paso vivo en el des- file. Luego traté de quitarse los brazaletes sonoros que tenfa en las patas. Oscar le dio algunas galletitas que llevaba en el bolsillo. Urano comia y seguia ca- minando. Mientras caminaban se volvia para acari- ciar a Oscar con su morro. Cuando se le terminaron las galletitas, Oscar co- menzé6 a darle cubitos de azticar. Los chicos obser- vaban y se refan, pero a Oscar eso no le hacfa mu- cha gracia. Urano queria ms azticar, y cuando no hubo mas, le dio un mordiscén a Oscar. Este salté y cay6 tendido en la hierba que habia al lado del cami- no. — Urano! Oscar buscé en el bolsillo. Una hoja marchita de lechuga era todo lo que le quedaba. Urano se la co- mié y dio algunos pasos mds, pero repentinamente un globo exploté cerca de él. Urano agaché las ore- jas. Sacudié la cabeza, se senté y rebuzné." Urano ercabeza el destile 65 Oscar tiré de la soga, lo animé a caminar y has- ta lo empujé, pero la respuesta de Urano fue un re- buzno. Oscar le rogé, mientras trataba de idear un plan. Metié las manos bien profundo en los bolsillos y se las dejé oler al mulo, que se paré y levanté las orejas. Nuevamente introdujo las manos en los bol- sillos y las puso en la nariz de Urano, que comenzé a caminar r4pidamente detrds de Oscar hasta termi- nar a la cabeza del desfile. El padre los estaba esperando con el camién pa- ra llevar de vuelta a casa a Urano. Cuando vio que Oscar iba a la cabeza con Urano los aplaudié. —Estoy orgulloso de ti, hijo. Cumpliste tu pro- mesa ¢ hiciste lo mejor frente a esta tarea tan dificil, Oscar se secé el sudor de la frente y ayudé a su papa a meter a Urano en el cami6n. —jGracias, papi! Nunca mds haré una promesa disparatada. 12 Un milagre de amer * ntonio comenzé a llenar las bolsas con el car- bén que habia amontonado detrés de la casa. -¥ Cuando las seis bolsas estuvieron Ilenas, acercé el caballo y le até tres bolsas de cada lado de la montura. Una vez que terminé de acomodar la carga, se senté en la cerca para descansar unos ins- tantes. Eché el sombrero de paja hacia atras y con la manga de la camisa se enjugé el sudor de la frente. —jQué calor! —exclamé mirando a su ma- md—. Voy a ir hasta la ciudad. No esperes que re- grese pronto; quiero vender todo el carbén. La mam traté de sonrefr. A ella no le gustaba verlo trabajar tan duro. —Cufdate, hijo. Antonio tomé las riendas del caballo con una mano, y con la otra le dio una palmada, mientras le hablaba al ofdo. El caballo froté su nariz contra la nuca del muchacho, y luego salieron juntos por la calle que cruzaba la aldea, rumbo al camino de mon- tafia que conducfa a la ciudad. —Sancho, qué te parece si hoy, en lugar de ir (67) 68 iQué fiesta! Animales ingenicses por el camino de montafia, vamos por la via? El ca- mino es mds corto y mas directo. Los cascos del caballo producian un sonido rit- mico sobre los durmientes, a medida que los dos avanzaba por el centro de la via. Antonio, que cami- naba al lado de su caballo, silbaba suavemente. An- tonio aflojé las riendas, y el caballo levanté y bajé la cabeza repetidamente. —jJa, ja! —se rié Antonio—. Ahora me entien- des, Sancho. jEres un caballo tan bueno! ;No hay en todo el mundo otro caballo como ti! —dijo, aca- ricidndolo carifiosamente. El caballo relinché. —jAh, estas de acuerdo! Cuando ya estaban Ilegando al pueblo, Antonio not6 que un caballo y un jinete venfan hacia ellos en sentido contrario, Cuando estuvieron mds cerca es- cuché cémo el hombre azuzaba a su caballo clavan- dole los talones en los flancos, para que siguiera. An- tonio se dio cuenta de que ese viejo caballo no podia andar mas rapido ni por mucho mas tiempo. En el terraplén de las vias no habia lugar para que pasen los dos caballos, porque el de Antonio iba muy cargado. Antonio pensé que el hombre se des- montarfa para darle paso; pero, al contrario, azuzé al caballo, guidndolo hacia el centro de la via. Cuan- do los dos caballos se encontraron cara a cara, el hombre grande dio un tirén de las riendas y se detu- vo. —Bueno dias, sefior —salud6 cortésmente An- Un milagre de amor €9 tonio—. Mi caballo esté tan cargado de carbén que me cuesta mucho desviarlo de la senda. El hombre no se movid, de manera que Antonio traté de desviar a Sancho. Pero en ese mismo instan- te el hombre clavé los talones en los flancos del su- yo y le dio un latigazo. El animal, asustado, se ade- lanté y empujé a Sancho, que metié una de sus pa- tas entre los durmientes. El caballo tropezd, y cayé rodando hasta la zanja que estaba al fondo del terra- plén. Antonio bajé corriendo y se arrodillé junto a él. Luego traté de sacar las bolsas de carbén que es- taban bien atadas a la orilla de la montura. Miré al hombre, porque seguramente necesitarfa ayuda, pe- ro habia desaparecido. Sus manos acariciaban la frente larga de su ami- go y, con los ojos baiiados de lagrimas, contemplaba a su hermoso animal. Estaba tan cegado por las 14- grimas que no noté la llegada de tres hombres que se acercaron a él. —Nifio, jestas enfermo? —pregunté uno de ellos. —No, Sancho se cayé y se lastimé la pata —res- pondié Antonio tratando de tragar el nudo que le ce- rraba la garganta. —jAh, si es la pata es mejor que lo sacrifiques! —dijo otro de los hombres agachéndose para mirar el caballo. —jNo! ;No! —exclamé Antonio—. Yo lo cui- daré... Se mejorard... Mama y yo lo necesitamos; él es mi amigo. 70 iQué fiesta! Animales ingenioses Los hombres siguieron su camino. Antonio se in- corpors y le dijo: —No puedo dejarte aqui, al sol. No te muevas, te haré una cabafia. Te cuidaré; ya verds que sana- ras. Antonio y el caballo no estaban lejos del pueblo, y pronto varias personas se acercaron para ver qué habia ocurrido. Aunque todos pensaban lo mismo de la pata de Sancho, ayudaron a Antonio a construir un albergue con palos y ramas, para proteger al ani- mal del sol y la Iluvia. Luego, uno de los hombres trajo una red, que pasaron por debajo de la panza de Sancho, que luego ataron a dos palos del techo. An- tonio cavé un hoyo debajo de la pata lastimada, pa- ra evitar que el caballo apoyara la pata. Finalmente la curaron, la entablillaron y la vendaron. Antonio eché uno de sus brazos sobre la cabeza del caballo y le hablé al ofdo como siempre lo hacia. El animal parecié entender lo que le decia, pues vol- vié la cabeza y restregé el hocico contra la oreja del muchacho. Antonio avisé a su mama lo que habia sucedido, y no se separé de Sancho nada mas que para conseguir pasto y agua. De noche Antonio dor- mfa en su hamaca debajo del albergue, junto a San- cho, y desde ella le acariciaba la cabeza y le hablaba. Veinte dias después del accidente, a la salida del sol, varias personas del pueblo se acercaron hasta el refugio de Sancho. Todos estaban seguros de que el caballo no caminaria. Antonio llené cuidadosamente el hoyo que habfa Un milagre de amor 7 hecho debajo de la pata lastimada del caballo. Lue- go quité la red que lo sostenfa por el abdomen. El caballo no se movié. Antonio tomé cautelosamente las riendas, y condujo al animal fuera del cobertizo. Sancho caminé tan bien que apenas se noté que hu- biera tenido algtin problema. Luego levanté la cabe- za, relinché y sacudié la melena al viento. —j,Hurra! —exclamaron los aldeanos—. jEs un milagro de amor! 13 Toestade $e Sana * sfaaria secé el tiltimo de los platos del desayu- M: y colgé el repasador en el momento en que el papa entré en la casa. —Voy al cuadro de pastoreo ms lejano para ver si Manchada ya tuvo a su potrillo. ;Alguien quiere venir conmigo? —pregunté el papa haciendo una guifiada, —jYo quiero ir, papa! ;Yo quiero ir! —exclamé Maria dando saltos y palmadas. —Esperen hasta que guarde estos platos y yo también iré —les pidié la mama. Antes de mucho, los tres llegaron al cuadro don- de Manchada los recibié con un relincho de bienve- nida. Y a sus pies yacfa un hermoso potrillo palomi- no. 5 — Oh, papa! ;Oh, mama! —exclamé Maria—. 4No es hermoso? | Qué color precioso! Llamémoslo Tostado, jsf? La nifia se arrodillé junto al potrillo y acuné su cabecita en sus brazos. —Muy bien, Tostado se llamara —dijo sonrien- (73) 74 iQué fiesta! Animales ingenioses te el padre, y se arrodillé también junto al potrillo, examindndolo cuidadosamente. De pronto, se puso muy serio. —Debemos llevarlo inmediatamente al veterina- rio —dijo volviéndose hacia la madre —. Algo no an- da bien. Tiene un gran nudo en el vientre y no pue- de levantarse. Iré inmediatamente a buscar al veteri- nario. Mejor que té y Marfa esperen aqui. De modo que el papa fue a buscar al veterinario, mientras Maria se qued6 sentada en el suelo en si- lencio, acariciando el cuello de Tostado. Cuando el papa volvié con el veterinario, Tosta- do todavia no habia intentado ponerse de pie. El ve- terinario examiné al potrillo, y Marfa noté que sacu- did la cabeza y miré muy serio al papa. —Este potrillo tiene una hernia, y hay que ope- rarlo inmediatamente, pero quizds sea demasiado tarde. Maria y la mama regresaron a la casa mientras el papa quedé ayudando al veterinario. Maria esperé sentada en los escalones el regreso de su padre. Des- pués de lo que parecieron horas, vio que el papé lle- gaba a la casa en la camioneta. —j Como esté Tostado? —le pregunto. —Parece que sigue bien —respondié el papa en- trando con Marfa en la casa. — Vas a dejar al potrillo en el potrero mas ale- jado? —pregunté la madre. —Majiana tendremos que traer a Manchada y al potrillo al potrero que esta mas cerca de la casa, por- Tostade se sana 75 que debemos observarlos. El veterinario tiene que darle inyecciones cada dia para combatir la infec- cidn. Al dfa siguiente, el papa trajo a Manchada y al potrillo al potrero que estaba junto a la casa. Maria querfa jugar con Tostado, pero este no se movia. Te- nia hinchadas las articulaciones de las patas, y cuan- do trataba de caminar, lo hacfa con las patas tiesas. Marfa y la mama le frotaban las articulaciones hin- chadas con los medicamentos que les habia indicado el veterinario, pero su condicién empeor6, y pronto casi no pudo caminar. —Temo que si Tostado no mejora, tendremos que matarlo. Asi no esta bien, y no queremos que su- fra —dijo tristemente el papa. Marfa estaba muy afligida. Al dia siguiente fue al pueblo y se encontré con dos amigas, Julia y Barba- ra, y les conté lo que le ocurrfa a Tostado. —Preguntémosle a mamé si nos deja ir a ver a Tostado —dijo una de las nifias. —Sf{, mafiana pueden ir a la casa de Marfa para ver a Tostado. Yo necesito ver a la mama de Maria —contesté la mama. Al dia siguiente Maria estaba esperando a sus amigas; y tan pronto como Julia y Barbara descen- dieron del auto, las tres nifias corrieron para ver al potrillo. En ese momento Manchada lo estaba ama- mantando. Las nifias se acercaron y acariciaron el lomo del potrillo. —No tengas miedo de que te patee —le dijo Ma- 76 iQué fiesta! Animales ingenioses ria a Julia. Sus pobres patitas estan tan tiesas que casi no puede levantarlas, y menos patear. Las nifias lo acariciaron y le hablaron suavemen- te. El potrillo parecfa sentirse contento con la aten- cién que le daban. Ni se molesté cuando Maria le puso la mufieca sobre el lomo. Finalmente la sefiora Ilamé a las nifias. Era hora de regresar a casa. Cuando subieron al automévil para irse, la sefiora Martin dijo: —Es el potrillo més manso que jamds he visto. —Si —concordé la mama de Maria—. Es espe- cial para Maria; pero a menos que se mejore antes de pocos dfas, temo que tendremos que matarlo. Al dia siguiente Julia y Barbara regresaron para ver a Tostado. Después de acariciarlo y darle de co- mer avena, salieron rumbo a la casa. Manchada las sigui6; ella querfa mas avena. Tostado relinché. En- tonces siguié a su madre muy lentamente. Cuando el potrillo se estaba acercando a la madre, Maria los miré. —jMama! ;Mamé! | Ven enseguida! —llamé—. Tostado dio unas coces. La mama y la sefiora Martin salieron corriendo de la casa y vieron cémo Tostado coceaba nueva- mente con sus patas traseras. No levanté mucho las patas, pero lo hizo, y aunque todavia estaba tieso, corrié un poquito. —jMama! {Se mejorard Tostado? —pregunté Maria. La madre rodeé con su brazo a Maria y le dijo: Tostado se sana 77 —El amor puede obrar maravillas, querida; y de veras que ti has cuidado a Tostado con amor y ter- nura. Ahora debes dejar que Jestis haga el resto. Al ser pacientes y bondadosos con nuestros animales, comenzamos a entender un poquito el amor que Dios tiene por nosotros. Los animales dependen de nosotros para recibir carifio y cuidado, en la misma forma en que nosotros dependemos de nuestro Pa- dre celestial. Puede ser que eso es lo que quiere en- sefiarte Jestis por medio de Tostado, Marfa. — Yo sé que Jestis mejoraré a Tostado! —ex- clamé Marfa mirando a sus dos amigas. Y fue asi. Jestis sand a Tostado, porque desde ese dfa en adelante fue mejorando hasta que estuvo completamente sano. Un dfa Maria y Julia monta- ron a Manchada para dar un paseo. Tostado trotaba al lado de su madre. Cuando Manchada se detenja, Tostado también se detenfa y frotaba su nariz contra ella, como diciéndole: “Ahora soy un caballo gran- de”. Marfa se rid. —Barbara —llamé—, creo que Tostado quiere que alguien lo monte a él también. Barbara tomé su mufieca grande del cochecito de mufiecas que estaba debajo del arbol y la puso so- bre el lomo de Tostado. Las nifias se rieron al ver que el potrillo parecia orgulloso de llevar también un jinete. 14 Titan, el hérce * os tres nifios de la familia Monte estaban sen- ‘ tados en los escalones del frente de la casa. Margarita rodeaba con su brazo al perrito co- lor castafio. Santiago acariciaba la cabeza del perro con una mano, mientras que con la otra sostenia su mentén. Luisita se secaba una lagrima. —El es el mejor perrito del mundo —comen- td. \ —Ya lo sabe- mos, Luisa —murmur6 Santiago—. Pero jcdmo haremos para que los demas también lo crean? —Yo sé que Titdn no le hard dafio a nadie. La- dra mucho, pero no muerde. Yo no entiendo por qué el cartero tiene tanto miedo de un Bexife —dijo Margarita abrazando a Titan. —{Saben lo que pasa? Los nifios se volvieron para mirar a la madre, (79) 80 iQué fiesta! Animales ingenioses que habfa aparecido en la puerta. —Los ladridos de Titan parecen muy feroces —continué diciendo la mamd4—, y nadie quiere arriesgarse a ser mordido. Titan siempre ha recibido al cartero ladrando furiosamente, como si fuera a morderlo. Yo no sé por qué le ha dado por molestar al cartero; pero ustedes bien saben lo que él ha di- cho: “O se deshacen del perro o me niego a traer la correspondencia a esta casa”. —Pero, mama —protesté Santiago—, probemos otra vez. —4Y cémo, hijo? Lo hemos castigado, lo hemos retado y atado, y jqué hace? —Corta la soga con los dientes, y sale a ladrarle al cartero —respondié Luisita con voz desfallecien- te. —Esta noche, cuando papa regrese del trabajo, Ilevaremos a Titan a la granja de los Benjtez. Lo tra- taran bien, y una granja es un buen lugar para un perro. Alli él puede correr y ladrar a sus anchas. Esa tardecita los nifios Ilamaron a Titan para que entrara en el automévil. A él siempre le encantaba ir a pasear con la familia. Salt6 arriba, lamié a cada uno de los nifios y meneé el pedacito de cola que te- nfa, para mostrar cudn contento estaba. Pero los ni- fios no se sentian tan felices como él. En todo el ca- mino a la granja, nadie hablé una palabra. Cuando llegaron allf, Luisita no descendié del automévil; habfa demasiadas l4grimas que pugna- ban por salir de sus ojos. Pero Titan salté afuera tan Titan, el héree 81 pronto como se abrié la puerta del automovil. Corria y ladraba, meneando la cola, con sus orejas flotando al viento. Parecié no importarle cuando la familia Monte subié de nuevo al automévil y lo dejé con los Benitez. Titan se hizo amigo de los nifios de la familia Be- nitez y de los animales de la granja. Cuandoquiera que Margarita, Santiago y Luisa volvian a la granja, les daba una bienvenida especial, pero parecia sen- tirse muy bien en la casa donde estaba. Un dia, un perro forastero llegé a la granja. El recién Ilegado no noté la presencia de Titan, que dormfa cerca de los escalones de entrada a la casa, ni tampoco Titan noté la presencia del forastero hasta que se oyeron unos graznidos que provenian del gal- pon. “jCuac! j;Cuac!” Titan levanté la cabeza y vio a Nancy, la pata mansa, que corria por el patio, seguida por el perro extrafio. Titan se puso de pie de un salto y salié co- mo un rayo en persecucién del otro perro. Pero el perro tomé a Nancy en sus fauces y corrié més rapi- do que nunca. “;Guau, guau, guau! ;{Grrrr! jGuau, guau, guau!” Titan ladraba y refunfufiaba, como diciendo: “| Déjala, o ya veras!” No obstante, el perro extrafio corrfa cada vez mas répido. Pero Titan conocia algunos trucos y, to- mando por un atajo, pronto alcanzé al perro. La sefiora Benftez oyé el alboroto y corrié al pa- 82 iQué fiesta! Animales ingenioses tio para ver qué pasaba. Entonces advirtié que Titan saltaba sobre el otro perro y lo mordia. Dando un aullido, el perro dejé caer a Nancy y se volvié para pelear con Titan. En ese instante Titan arrebaté a la pata y la tiré sobre un arbusto; luego vird hacia el otro perro y pronto lo alejé de la escena, haciéndole proferir fuertes aullidos. La sefora Benitez se apresuré a ir en rescate de la pobre Nancy, a la que le latfa muy fuerte el cora- zon, ¥ jadeaba. Pero al revisarla cuidadosamente, descubrié que no estaba seriamente lastimada. Sélo una pequefia herida en un ala y una pocas marcas de los dientes del perro, que no tardarian en sanar. —j;T eres un buen perro! —dijo la sefiora Be- nitez, acariciando a Titén—. Espera hasta que se lo cuente a los chicos de Monte. Eres un verdadero hé- roe. Tan pronto como la sefiora Benitez se pudo co- municar por teléfono con la sefiora Monte, Margari- ta, Santiago y Luisita se enteraron de la aventura de Titan. —Nosotros esperabamos tanto como eso —son- rid Santiago. —Por supuesto, Titan es el mejor perro del mun- do —afiadié Luisita. —Y, adems, un verdadero héroe —dijo Marga- rita. S La decisién de Rhombé “@staba cansado. El ardiente sol africano caia E seria sobre su ensortijada cabe- 7 llera negra, y el polvo que se levantaba del an- gosto camino de tierra casi lo sofocaba. Y, para peor, los brazos le dolian hasta los huesos por la pesada carga que llevaba. —Abuelo, jno podemos detenernos a descan- sar? El anciano sacudié la cabeza. —No —respondié—. Debemos llegar a la aldea tan pronto como sea posible. La gente necesita estas rafces. {Qué importaba el calor y el polvo cuando habia tantos enfermos en la aldea, y las rafces que el abue- lo habfa desenterrado en la selva podfan ayudarlos a sanarse? Rhombé enderezé sus hombros y aceleré su paso mientras escuchaba la melodia que su abue- lo habfa comenzado a tararear. Era un canto que Rhombé nunca habfa oido, y eso que él estaba familiarizado con todos los cantos de la selva. Por alguna razén siempre habia odiado (83) 84 iQué fiesta! Animales ingeniosos esas melodfas, pero este canto era diferente. Parecta tan apacible y consolador que Rhombé se olvidé de su cansancio. — Qué estas cantando, abuelo? _Es un himno —replicé su abuelo—. Lo apren- di el sébado pasado en la reunién de los misioneros. — Oh! —murmuré Rhombé. El deseaba desesperadamente hacerle a su abue- lo muchas preguntas acerca de lo que ocurria en la casa blanca que estaba en la colina. Pero recordé la advertencia de su padre: “No te acerques a la casa embrujada del misionero blanco. Presenta muchas historias falsas acerca de un dios llamado Jests. El embrujé a tu abuelo. No creas nada de lo que tu abuelo te diga. Si escuchas sus historias, los malos espiritus te castigaran”. Rhombé se preguntaba temeroso si los malos es- pfritus lo castigarian por escuchar el himno. Pero jqué podia hacer? jEl abuelo segufa cantando! Poco tiempo después dejé de cantar y comenzé a hablar. —Rhombé —le dijo suavemente—, yo sé que tu padre no quiere que te hable de Jestis, pero siento que antes de mucho nos encontraremos en un gran peligro. Tendremos que pedirle a Jestis que nos pro- teja, y necesitaré tu ayuda para orar. —;4Para orar a Jestis?! —exclamé—. Jamas lo haré; los espiritus me castigarfan. _—Si realmente quieres orar, los malos espfritus no pueden impedirtelo —insistié el abuelo—. Si 86 iQué fiesta! Animales ingenioses confias en Jestis, sus Angeles mantendran alejados a los malos espfritus. El abuelo se detuvo en el camino. —No son los malos espiritus los que me preocu- pan —susurré—. Desde hace media hora, cuando comenzé6 a refrescar, escucho leves crujidos entre los arbustos. Seguiremos caminando, para ver si ti tam- bién puedes escucharlos. Pronto el aguzado ofdo del muchacho percibié el sonido del cual su abuelo habfa hablado. — {Qué es eso? —pregunté Rhombé. —Un leén —respondié su abuelo—. Nos esta si- guiendo, esperando que se haga de noche para ata- carnos. A pesar del calor, la sangre de Rhombé parecié heldrsele en las venas. — Llegaremos a casa antes del anochecer? —tartamudeé. No con estas raices. Tendremos dos horas de camino hasta llegar a la aldea, y la noche llegar en menos de una hora. Por eso, debemos pedirle a Je- stis que nos proteja. Te contaré todas las cosas que he aprendido en las reuniones acerca del Hijo de Dios, Cuando haya terminado, tti decidirds si deseas la ayuda de Jesis. Al principio a Rhombé le costé escuchar a su abuelo. Sdlo podfa escuchar el ruido que provenfa de los arbustos. Pero antes de mucho, las palabras de Jestis llenaron sus ofdos, luego su mente y final- mente su corazén. Cuando el abuelo dejé de hablar, 87 las sombras se alargaban sobre el camino. Ahora el ruido proveniente del matorral era bien audible. Poniendo sus manos en el brazo del abuelo, dijo: — Quiero orar, abuelo. —jMuy bien! —exclamé el abuelo, y comenzé a arrodillarse. Pero el nifio no pudo hacerlo. Algo mantenia sus rodillas rigidas, y una voz parecfa susurrarle: “Aqui no, arrodfllate a la izquierda del camino”. Rhombé repitié esas palabras en voz alta. Sor- prendido, el abuelo obedecié, pero no sin antes ad- vertirle: —No demasiado a la orilla. Estamos casi al bor- de de un acantilado. Cuando los dos terminaron de hacer sus oracio- nes, Rhombé otra vez sintié la voz, que le decia: “| Agachate!” También podfa escuchar claramente al leén acercarse. Nuevamente la voz le dijo: “jAga- chate!” Pero el abuelo no parecfa escucharla. Entonces, répidamente, como la luz de un relam- pago, Rhombé entendis. Tomé al abuelo por los hombros y lo empujé hacia abajo con todas sus fuer- zas. En el preciso momento en que los dos cayeron al suelo, un cuerpo oscuro pasé zumbando sobre sus cabezas, y cayé al abismo, por el acantilado. El abuelo se incorporé. —jEstamos a salvo, hijo! —susurré—. Pero {c6mo me tiraste al suelo en el momento preciso en el que el leén salt6? iQué fiesta! Animales ingeniosos Rhombé sonrié. —Los angeles de Jestis me dijeron que lo hicie- ra —respondié. Y entonces le conté al abuelo cémo la voz le habia dado las dos indicaciones. Luego afia- dié: —Me alegra el haberme decido a orar a Jestis. Y me alegro también porque sus Angeles me dijeron lo que debia hacer. Ahora puedo estar seguro de que siempre lo hardn. 16 La manada grande ué hermosas praderas y cielo azul! S —comenté Jorge, que iba sentado en la me i carreta, dejando colgar sus pies por la puerta trasera. —iSi! —exclam6é Jenny~. jEs tan bonito! —Es bonito, pero estoy cansado de viajar tanto. Espero que pronto Ileguemos a la Pradera del Brifa- lo. —Si puedes guardar un secreto, te diré algo —le dijo su hermana en un susurro. —Y a quién se lo voy a contar? Alas liebres y a las perdices? Hace dias que no vemos a nadie. —Bueno, a papa y a mama. — jAh! Otra vez has estado espiando. —No, lo of. Y si me prometes que no dirds nada, te lo diré. Papa le dijo a mama que hoy llegaremos a la Pradera del Buifalo. — Viva! —grité Jorge, y entonces se tapé la bo- ca con las manos—. jPerdona! —dijo en voz baja. Desde que los padres de Jorge y Jenny habjan decidido mudarse al oeste de los Estados Unidos, los (89) 90 iQué fiesta! Animales ingenioses dos nifios no habfan hablado de otra cosa sino de la Pradera del Béfalo. Durante toda su vida ellos ha- bian vivido en grandes ciudades, de manera que to- dos los planes relacionados con el viaje los entusias- maban mucho; la pesada carreta techada con lona y tirada por mulas los fascinaba. Y también llevaban a Chocolate, la petisa, que segufa a la carreta. — {Qué haré Chocolate cuando vea un biifalo? —jCual biifalo? —Los bifalos de la Pradera del Btifalo —res- pondié Jenny—. All debe haber un biifalo, o de otra manera no le hubieran puesto ese nombre. —Yo no sé lo que haré Chocolate. Tal vez crea que ella también es un bufalo. —Jorge, Jenny, vengan adelante. Tenemos una sorpresa para ustedes. Los nifios abrieron grandemente los ojos y son- rieron. —j(Disimula! jHaz como si no supieras nada! —susurré Jenny. — Alli esta la Pradera del Bufalo! Los nifios se sorprendieron. Todo lo que vieron fue un gran edificio construido con troncos de arbo- les. — {Eso es todo lo que hay en la Pradera del Bu- falo? —pregunté Jorge. —Si —respondié el padre —. Alli compraremos nuestras provisiones. El duefio, el sefior Talbot, tie- ne comestibles, medicinas y ropas, y la correspon- dencia llega una vez por mes. La manada grande a1 El padre detuvo las mulas frente al negocio. —Bajen —les dijo a la mamé y a los nifios—. Compraremos nuestras provisiones antes de buscar el lugar donde construiremos nuestra casita de tron- cos. Mientras la mamé y los nifios recorrfan el nego- cio eligiendo las provisiones, el papd conversaba con el sefior Talbot. Cuando el papa estaba pagando lo que habfan comprado, entré en el negocio un indio. Usaba un traje hecho de cuero. —j{Cémo le va, apache Pete! —lo saludé el se- fior Talbot—. Le presento a nuestros nuevos veci- nos, la familia Anderson. Iran ahora a elegir un lu- gar para su casita. —Creo que la Ilanura que qued6 atras, a unos cinco kilémetros, es un buen lugar —afadi6 el pa- dre. —jNo llanuras! —sacudié negativamente la ca- beza el apache Pete —. Peligro de manada grande. —Pete tiene razén —intervino el sefor Tal- bot —. Es mejor acercarse a las colinas. A veces los buifalos se ponen bravos en las planicies. Los nifios se sintieron un poco chasqueados. Les parecia que el lugar que el papa habfa mencionado era mejor. — {Qué habra querido decir el indio con eso de la manada grande? Jenny se encogié de hombros. No sabia por qué, pero no le gustaba el apache Pete. iQué fiesta! Animales ingenioses —Ojald no lo hubiéramos conocido —suspiré. El papd levanté la tienda junto a dos pinos altos, cerca de un farallén. Era un lugar lindo, pero a los chicos les gustaba més la pradera. Al dia siguiente, después del desayuno, le pidie- ron permiso al padre para ir a dar una vuelta en la petisa Chocolate. El padre dudé por un momento, y luego dijo: —Tal vez, pero no vayan lejos. Los chicos prometieron hacerlo, pero cuando comenzaron a andar resolvieron ir hasta la pradera, para echarle nada ms que un vistazo. Pero cuando llegaron alli, Jenny no se sentia muy feliz. —Serd mejor que volvamos. Va a llover. —jLlover! —repitié Jorge—. jCon un cielo azul? —Mira aquella nube y oye cémo truena. Jorge presté atencién. —jEse no es un trueno! Dura demasiado. Y ni siquiera se interrumpe. — {Y tampoco es una nube! jSe esta acercando! {Volvamos, Jorge! Cuando Jorge tiré de las riendas, Chocolate se detuvo tan violentamente que casi lo arrojé al suelo. —jOh, Chocolate! —grité Jenny. —jMira! {Eso no es una tormenta! jEs algo que se mueve en la tierra y levanta una nube de polvo! De pronto Jorge recordé las palabras del apa- che Pete; y el sefior Talbot habia mencionado los bi- La manada grande 93 falos. yA eso se habfan referido? ;Era esa nube el polvo que levantaba una manada de biifalos a la ca- rrera? Si era asf, {cémo se escaparfan Jenny y él de ser pisoteados? Cuando la manada de biifalos se acereé, Choco- late rehusé correr. A pesar de la instancia de Jorge, el asustado animal sélo atinaba a dar vueltas y bufar. — jJorge, hazla correr! —grité Jenny~. Sea lo que fuere, esa nube va a estar pronto aqui. —j{No puedo hacerla caminar! Jorge traté de aguijonearla con los talones, pero ella no se movid. Entonces, como un rayo, un caba- lito bayo pasé al lado y una mano oscura tomé las riendas de Chocolate, y esta comenzé a correr, Los nifios reconocieron en el jinete al apache Pete. —iTénganse fuerte! —les advirtié—. ;Escapa- remos! Los nifios no tenfan idea de ad6nde iban. Todo lo que pudieron hacer fue sostenerse y tratar de prote- gerse de la tierra que hacfan volar los cascos de los caballos. De pronto, ambos caballos se detuvieron brus- camente. — (Bajense! —orden6 el apache Pete—. Qué- dense cerca de mi caballo. Trataré de sostener el de ustedes. Cuando los chicos obedecieron, se dieron cuen- ta de que estaban detrds de un banco rocoso. El ca- ballito del indio habia retrocedido hasta que su flan- co tocaba las rocas. Los nifios se quedaron junto a él 94 iQué fiesta! Animales ingeniesos mientras el apache trataba de calmar a Chocolate. —Mi caballito y yo hemos estado antes en oca- siones como estas —les dijo el indio a los nifios—. El sabe que esta seguro cerca de las rocas. Jorge sefialé el banco de roca. — No lo saltaran los biifalos? —pregunté al apache Pete. —No, es muy empinado del otro lado —replicé el indio—. Mi caballo y yo estuvimos aqui en una ocasién anterior. Al llegar al banco, los biifalos se di- viden y pasan alrededor. Para entonces el indio tenfa que hablar a los gri- tos para hacerse ofr, porque el ruido se habia vuelto ensordecedor. Los nifios se taparon los ofdos con las manos, peo aun asf casi no podian aguantar el ruido. La nube comenzé ahora a ennegrecer sus caras, y apenas podian ver que Chocolate seguia retroce- diendo, a instancias de Pete, que trataba de mante- nerla cerca del banco. En eso, Jenny apreté el brazo de Jorge e incli- né la cabeza. Este también incliné la suya. Mientras oraban, los nifios no notaron que la nube se hacia mas espesa y el ruido mas intenso. Cuando Jenny miré de nuevo, vio que los biifa- los habian comenzado a pasar por ambos lados del refugio donde ellos se encontraban, tal como el apa- che Pete lo habia dicho. ; A veces algunos pasaban tan cerca que, con ex- tender la mano, los chicos podrian haberlos tocado. Finalmente Chocolate parecié acostumbrarse al rui- La manada grande 95 do que le habia inspirado tanto terror. Quedé quie- ta con la cabeza baja. Los flancos le temblaban. El indio mantuvo su mano sobre el cuello del animal. Los btifalos habfan aminorado la marcha. Casi caminaban. Cuando uno aminora el paso, los demds hacen lo mismo. De pronto, Pete grité: —jAhora estamos a salvo! {La manada ya casi termin6 de pasar! Pronto desaparecié la nube de polvo, porque el viento de atras la impulsaba hacia adelante, de ma- nera que precedfa a los animales. Los nifios pudie- ron ver cada biifalo, y el ruido atroz se esfumé. — {Nunca antes habia visto biifalos! ;Pero nun- ca mas quiero ver tantos como vimos hoy! —asegu- ré Jenny. —{Ni yo tampoco! —exclamé Jorge. En eso el indio sonrid. —Esta era una manada pequefia. En cierta oportunidad mi caballito y yo estuvimos aqui medio dia hasta que pasé la manada. —Queremos agradecerle a usted y al caballito por habernos trafdo hasta aqui. Ustedes nos salva- ron la vida. No pude lograr que Chocolate regresa- ra a casa. —Chocolate nunca hubiera podido sacarlos del peligro en esa forma —dijo el indio. Entonces, mirando a Jenny con una mirada ex- trafia, afiadid: —Y tampoco nosotros podrfamos habernos libe- 96 iQué fiesta! Animales ingenioses rado del peligro sin la ayuda del Gran Padre. Jenny se sorprendié. Se dio cuenta de que Pete los habia visto orar. — {Usted or6? —le pregunto. Pete hizo una sefial afirmativa. —Sin la ayuda del Gran Padre no podriamos ha- ber llegado al banco, y no podria haber refrenado este caballo asustado. El Gran Padre nos ayudé mu- cho hoy. Los nifios estaban convencidos de que el apache Pete tenia razén. Y sentfan una inmensa gratitud porque Dios los habia protegido de la manada de bifalos. Después de despedirse del indio, Jorge y Jenny lo vieron alejarse. —Deberfamos agradecer a Dios por habernos permitido conocer al apache Pete. — {Qué ocurrié con mi hermana, que dijo que hubiera preferido no conocer nunca al apache Pete? Jenny sonrié y admitié que habia sido una ton- ta al tenerle miedo. Apuraron el paso, pues no vefan el momento de llegar a casa para contar a sus padres cémo habjan escapado de la manada grande.