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Bachelard Gaston - La Poetica Del Espacio

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cío, en el palacio donde lleva una vida ardiente, donde tiene rincones de-
signados, rincones a menudo rehabitados. Como "ese pequeño rincón os-
curo entre la chimenea y el arcón de encina donde ibas a acurrucarte" du-
rante las ausencias de la amiga. No esperaba a la infiel en el vasto palacio,
sino realmente en el rincón de las esperas tediosas donde se puede digerir
la ira. "Con las posaderas sobre el mármol duro y frío del enlosado, los ojos
perdidos en el falso cielo del techo, con un libro sin abrir en la mano, ¡qué
deliciosas horas de tristeza y espera, oh viejo zopenco, supiste vivir allí!" ¿No
es éste un refugio para una ambivalencia? El soñador está feliz de estar tris-
te, contento de estar solo y de esperar. En ese rincón se medita sobre la vi-
da y la muerte, como sucede siempre en las cimas de la pasión: "Vivir y mo-
rir en ese rincón sentimental, te decías; sí, vivir y morir; ¿por qué no, señor
de Pinamonte, amigo de los rinconcillos oscuros y polvorientos?"
Y todos los habitantes de los rincones vendrán a dar vida a la imagen, a
multiplicar todos los matices de ser del habitante de los rincones. Para los
grandes soñadores de rincones, de ángulos, de agujeros, nada está vacío, la
dialéctica de lo lleno y de lo vacío sólo corresponde a dos irrealidades geomé-
tricas. La función de habitar comunica lo lleno y lo vacío. Un ser vivo llena
un refugio vacío. Y las imágenes habitan. Todos los rincones están encanta-
dos, si no habitados. El soñador de rincones creado por Milosz, M. de Pina-
monte, instalado en un "antro", después de todo espacioso, entre el arcón y
la chimenea, continúa: "Aquí, la meditabunda araña vive poderosa y feliz;
aquí el pasado se agazapa y se hace pequeño, vieja mariquita asustada... iró-
nica y astuta mariquita; aquí el pasado vuelve a encontrarse y permanece inen-
contrable para los doctos anteojos de los coleccionistas de monerías". Y bajo
la varita mágica del poeta, ¿cómo no convertirse en mariquita, y no recoger
recuerdos y ensueños bajo los élitros del animal redondo, el más redondo de
los animales? ¡Qué bien ocultaba su facultad de volar esa bola terrestre de vi-
da roja! Se evade de su esfera como de un agujero. ¡Quizá en el cielo azul, co-
mo la niña de la novela, le viene el pensamiento fulgurante de que ella es ella!
¿Cómo dejar de soñar ante esta pequeña concha súbitamente voladora?
Y en las páginas de Milosz se.multiplican los intercambios de la vida ani-
mal y de la vida humana. Su cínico soñador dice aún: Aquí, en el rincón
entre el arcón y la chimenea, "encuentras mil remedios al tedio y una infi-
nidad de cosas dignas de ocupar tu espíritu durante la eternidad: El olor en-
moheciente de los minutos de hace tres siglos, el sentido secreto de los je-
roglíficos de excrementos de mosca; el arco triunfal de ese agujero de
ratones; el deshilachamiento de la tapicería donde se estira tu espalda re-
donda y huesuda; el ruido roedor de tus talones sobre el mármol; el sonido
de tu estornudo polvoriento... el alma, en fin, de todo este viejo polvo del
rincón de la sala olvidado por los plumeros".

LOS RINCONES

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Pero, salvo "los lectores del rincón" entre los cuales estamos nosotros,
¿quién continuará la lectura de estos nidos depolvo?Ta\ vez un Michel Lei-
ris quien, armado de un alfiler, iba a descubrir el polvo en las ranuras del
entarimado.3

Pero, una vez más, éstas son cosas que el mundo no confiesa.
Y sin embargo, en tales ensueños, ¡qué antigüedad tiene el pasado! En-
tran en el gran dominio del pasado sin fecha. Dejando vagar la imaginación
perlas criptas de la memoria, volvemos a encontrar, sin darnos cuenta, la
vida soñadora manejada en las minúsculas madrigueras de la casa, en el re-
fugio casi animal efe los sueños.
Pero la infancia vuelve sobre ese fondo lejano. En su rincón de medita-
«¿/i,el soñador de Milosz hace su examen de conciencia. El pasado remon-
ta para aflorar en el presente. Y el soñador se sorprende llorando: "Porque
deniño, tenías ya la afición de los sótanos de los castillos y de los rincones
debibliotecas con ruiseñores, y leías ávidamente, sin entender una palabra,
los privilegios holandeses de los infolios de Diafoirus... ¡Ah! bribón, ¡qué
horas deliciosas supiste vivir en tu perversidad en los reductos salpicados de
nostalgia del palazzo Merone! ¡Cómo perdías tu tiempo penetrando el al-
ma de las cosas que acabaron el suyo! ¡Con qué dicha te metamorfoseabas
envieja pantufla extraviada, evadida del arroyo, salvada de la basura!"
¿Es preciso quebrar aquí el ensueño, suspender la lectura? ¿Quién irá,
más allá de la araña, la mariquita y el ratón, hasta identificarse con las cosas
olvidadas en los rincones? Pero ¿qué es un sueño que se interrumpe? ¿Por qué
interrumpirlo por un escrúpulo o por buen gusto, por un desdén hacia las
cosas viejas? Milosz no se interrumpe. Soñando, guiado por su libro, más allá
de su libro, se sueña con él en un rincón que sería el sepulcro de una "mu-
ñu de madera olvidada en ese rincón de sala por una niña del siglo pasa-
do..." Sin duda hay que llevar el ensueño a fondo para conmoverse ante el
gran museo de las cosas insignificantes? ¿Puede acaso soñarse en una vieja
ensaque no sería el asilo de las cosas viejas, que no conservaría sus viejas co-
sas, que se llenara de antiguallas de exportación por una simple manía de co-
leccionador de chucherías? Para restituir el alma de los rincones, valen más
1Í vieja pantufla y la cabeza de muñeca que prenden la meditación del soña-
dor de Milosz: "¡Misterio de las cosas —continúa el poeta-, pequeños senti-
mientos en el tiempo, gran vacío de la eternidad! Todo el infinito encuentra
lugar en este ángulo de piedra, entre la chimenea y el cofre de encino... ¿dónde
están esas horas, dónde están, ¡por Dios!, tus grandes felicidades de araña, tus
protundas meditaciones de cosita mimada y muerta?"
entonces, desde el fondo de su rincón, el soñador se acuerda de todos
los objetos de soledad, de los objetos que son recuerdos de soledad y que

' Michel Leiris, Biffures. p. 9.

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