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Ataques y Agresiones Contra La Vida Humana

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Capítulo 6

Ataques y agresiones contra la vida humana

Cuando se mira hacia atrás, no se puede menos de constatar que el siglo pasado ha sido una época de ataques masivos contra la vida, de guerras continuas e interminables, de hecatombes, de destrucción permanente de vidas humanas. A pesar de los grandes progresos, la vida sigue estando amenazada. También sobre ella se cierne la crisis cultural y moral de nuestra época, oscureciendo o negando, a veces, su valor fundamental. Siempre ha estado amenazada la vida humana por la violencia y la muerte causada violentamente. Hoy no sólo disminuyen estas amenazas, sino que adquieren dimensiones alarmantes al ser incluso programadas de manera científica y sistemática. A veces, la muerte provocada violentamente llega a considerarse como expresión de progreso y civilización. Persisten las antiguas amenazas, fruto del odio, la violencia o intereses contrapuestos (homicidios, guerras, matanzas), agravadas actualmente por la desidia e insolidaridad humana. La violencia ejercida contra millones de seres humanos que malviven y mueren de hambre, el comercio escandaloso de armas que sigue vigente a pesar de tantas denuncias, el desajuste de los desequilibrios ecológicos, la difusión de la droga, los accidentes de tráfico, los atentados terroristas, causan verdaderos estragos en la humanidad. Desde su fase inicial hasta los momentos terminales, sufre la vida huma-

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na la incomprensible agresión de los mismos seres humanos. Hoy reviste caracteres nuevos el acoso a la vida naciente y terminal. En la conciencia colectiva tienden a perder el sentido de delito para asumir el de derecho. Por ello, nos detenemos en este capítulo, de manera particular, en ¡a reflexión en torno al aborto y la eutanasia, dos cuestiones sobre las que actualmente está abierto un amplio debate social.

Realidad social del aborto El aborto ha existido siempre. No es un problema nuevo en el mundo. Sin embargo, a lo largo del siglo XX adquiere una enorme amplitud y actualidad. Quizá la mayor preocupación sea el cambio de mentalidad que se ha verificado en amplios sectores sociales. Las actitudes y las legislaciones han experimentado un rápido crecimiento en su aceptación. El debate sobre el aborto aparece una y otra vez en la vida social.Quizá ninguna otra cuestión ha provocado tanto enfrentamiento y controversia. La confrontación entre quienes se oponen al aborto y quienes lo defienden, llega incluso a la violencia. No siempre es un debate limpio y sólido; con frecuencia se convierte en polémica sesgada, con lenguajes ambiguos y manipuladores. No es un debate fácil porque se trata de un fenómeno muy complejo que afecta a valores humanos primordiales y en el que entran también en juego muchos factores: científicos, sociales, jurídicos, políticos, éticos. A pesar de los datos científicos que afirman la existencia .de la vida humana desde el momento de la fecundación, y de las llamadas de atención sobre la protección y respeto que merece desde ese momento, crece hoy la realidad del aborto y una mentalidad favorable a su práctica. Hubo un tiempo en que el aborto constituía
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el último recurso de matrimonios agobiados, sin medios materiales. Esta perspectiva ha desaparecido. Hoy la práctica del aborto está estrechamente ligada al actual contexto socio-económico, a la sociedad del bienestar que se orienta por criterios de consumo y de eficacia y pierde la sensibilidad por los valores morales. Se ha llegado a estimar que actualmente los abortos alcanzan el 30% de los nacidos en los países donde está legalizado, y el 20% donde no lo está. Este alto porcentaje lleva a calificar a la sociedad actual c o m o una «sociedad abortista». Pero al hablar de la sociología del aborto hay que advertir la dificultad de poder dar cifras fiables. Incluso las cifras oficiales, han de tomarse con reserva. Por una parte, los indicadores que facilitan los distintos países son heterogéneos; por otra, en los países en que el aborto provocado está legalizado sólo en determinados supuestos, sucede con frecuencia que los abortos realizados por médicos complacientes no quedan registrados. Además, hay que añadir la fuerte resistencia de muchas mujeres a comunicarlo. De todos modos, su magnitud es muy grande. Ya hace algunos años la OMS avanzaba la cifra, difícilmente verificable, de hasta cuarenta millones de abortos al año, realizados en todo el mundo. Sólo en España, la tasa de abortos respecto a los nacidos se sitúa alrededor del 12%. Este número creciente de abortos representa uno de los síntomas más claros de la ruptura del mundo actual con la moralidad anterior. Es el símbolo de la quiebra de unas concepciones morales y religiosas que no han sido sustituidas por nada. Resulta significativo que el crecimiento cuantitativo de abortos lleve consigo también la formación de una mentalidad abortista. Los estudios recientes sobre la población española arrojan datos preocupantes. Si en 1981 el clima de opinión en España era mucho menos favorable a la despenalización 81

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del aborto que en los demás países de la Comunidad Europea, desde 1990 los datos indican que las posiciones de los españoles van convergiendo también en esto con las europeas. Hoy predominan claramente las actitudes abortistas.

Una legislación permisiva A lo largo del siglo XX y especialmente en los últimos treinta años, el aborto provocado ha sido despenalizado o legalizado con más o menos condiciones y requisitos en gran parte del mundo. Hasta el año 1967 era ilegal prácticamente en todas partes (a excepción de Suecia y Dinamarca). Hoy una legislación permisiva se extiende por casi todos los países, incluso bajo la bandera del progreso, instaurándose una incoherencia profunda en las mismas Constituciones de los Estados de- • mocráticos. Proclaman que «todos tienen derecho a la vida» y, al mismo tiempo, restringen y conculcan arbitrariamente tal derecho. Para instaurar legalmente el aborto se han seguido dos líneas: la de las «indicaciones» y la del período de gestación. Las legislaciones que siguen la primera, lo despenalizan en función de que se den en quienes lo solicitan determinadas indicaciones que, generalmente, se agrupan en cuatro tipos: médica (por motivos de salud), eugenésica (por malformaciones en el feto), ética (por casos de violación) y socioeconómica (por distintos motivos sociales y económicos). Es posible siempre un amplio margen de variación, según se admitan unas u otras indicaciones. En cambio, las que siguen la segunda pauta, constituyen el ordenamiento jurídico sobre el aborto, teniendo en cuenta el tiempo del embarazo. Es despenalizado o legalizado dependiendo del número de las semanas de gestación. En la práctica, se comienza
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legislando según la línea de las indicaciones para llegar después a la de plazos, tendiendo a provocar los abortos en semanas tempranas del embarazo. En España, la conocida vulgarmente como «ley del aborto» fue aprobada por el Senado el 30 de noviembre de 1983. Dicha ley despenaliza el aborto en tres supuestos: si es necesario para evitar un grave peligro para la vida o salud física o psíquica de la embarazada, si el embarazo ha sido consecuencia de un hecho constitutivo del delito de violación, si se presume que el feto va a nacer con graves taras físicas o psíquicas. Ante el recurso de inconstitucionalidad, la ley pasa al Tribunal Constitucional que dicta sentencia el 11 de abril de 1985. Teniendo en cuenta este fallo, la ley vuelve de nuevo al Congreso de Diputados y al Senado, para ser aprobada definitivamente y publicada en el BOE el 12 de julio de 1985. Posteriormente han existido varios intentos de reforma de esta ley para ampliar el aborto provocado, bien a través de un nuevo supuesto socioeconómico, bien por la adopción del sistema de plazos, pidiendo su implantación legal dentro de las doce primeras semanas de embarazo. Estos intentos no han prosperado, rechazando el Parlamento dichos proyectos. Sin embargo, se ha admitido la comercialización de la pildora abortiva RU486 (1997) y de la popularmente conocida como «pildora del día después» (2000). La pildora abortiva RU-486 fue aprobada por unanimidad en noviembre de 1997 por la Comisión de Sanidad del Congreso. En este acuerdo se instaba al Gobierno a iniciar los trámites para su comercialización. Desde febrero del año 2000, el fármaco se distribuye a todos los hospitales que lo solicitan y está financiado por la Seguridad Social. La pildora es eficaz hasta la séptima semana de gestación. Es decir, supone una alternativa al aborto quirúrgico en embarazos de hasta 49 días. Le-

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galmente, su uso es exclusivamente hospitalario y sólo puede administrarse en los tres supuestos contemplados en la legislación española (riesgos para la salud, malformación del feto, violación). En cuanto a la pildora del día después, desde el mes de febrero del año 2001 se puede adquirir en cualquier farmacia, mediante receta médica. Como ha sucedido en otros países, también en España su comercialización ha suscitado cierta polémica. Mientras que para algunos se trata de un anticonceptivo más, para otros, en cambio, representa una nueva forma de aborto; sería, en realidad, una pildora abortiva. Es cierto que la pildora del día después apenas se diferencia en su composición de la pildora anticonceptiva que se toma para impedir la gestación. Pero varía la dosis; y es esto lo que hace posible que la polémica pildora produzca otros efectos. La pildora anticonceptiva impide la fecundación del óvulo. La pildora del día después impide, en cambio, la implantación en el útero del óvulo ya fecundado. Impide, pues, el desarrollo del embrión;- provoca su destrucción. Por muy temprana que sea, se trata de la destrucción de un embrión humano. Por ello, el diagnóstico que cabe hacer también en relación con la pildora del día después, es el mismo que en el caso de la RU-486: el valor de la vida no puede depender del mayor o menor grado de desarrollo en el que se encuentre.

Causas y raíces El cambio social realizado a lo largo de estos treinta últimos años ha sido enorme. El nacimiento de un niño era un acontecimiento jubiloso que merecía la protección social y legal. Sin embargo se ha llegado a una situación diametralmente opuesta. Los ordenamientos ju84

rídicos de los países democráticos, como hemos visto, consienten o no castigan la agresión contra la vida humana ¡nocente. Conviven dos convicciones sociales contradictorias: por una parte, la adhesión a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama el derecho de todos a la vida; por otra, la relativización del valor de la vida de seres humanos concebidos y no nacidos. ¿Por qué se llega legalmente a la permisividad del aborto provocado? ¿Cuáles son las causas sociales del deterioro del valor fundamental de la vida humana del niño no nacido? La cuestión es sumamente compleja. Los factores que intervienen en una mentalidad tan extendida son muchos. Hoy la sociedad no aprecia tanto la maternidad como cuando se consideraba que la supervivencia humana dependía de la fecundidad femenina. Además, para muchas mujeres actuales, tener muchos niños supone una desventaja, un problema emocional y económico, un obstáculo para su realización. Ramón P¡ se ref i e r e a t r e s c a u s a s , que me p a r e c e n de e s p e c i a l relevancia: la trivialización de la institución matrimonial, la consideración de la calidad de vida como valor preferente a la vida misma y la llamada revolución sexual (C. Mellizo, 1999). En primer lugar, ciertamente, una percepción degradada del matrimonio da origen a la degradación de sus consecuencias y, entre ellas, la de la familia, a la que se confía la procreación y la educación de los nuevos miembros de la sociedad. Es un hecho constatable que la trivialización del matrimonio ha precedido a la actual irrelevancia práctica de las vidas humanas no nacidas. Para que pueda ser psicológica y socialmente aceptable la eliminación de los hijos concebidos y aún no nacidos es preciso que se haya degradado antes el concepto de familia. Desde el deterioro de la familia se llega a percibir el fenómeno del aborto provocado como eli85 t i

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minación de un problema, en vez de como la eliminación de un ser humano. Incluso se llega a pensar que se le hace un favor al hijo que va a ser abortado, teniendo en cuenta las precarias condiciones de vida que le aguardan. Esta constituye ya la segunda causa importante. Se trata de una extraña actitud compasiva que consiste en considerar que hay vidas que, por su precariedad, no son dignas de vivirse. De tal manera se sacraliza la calidad de la vida, que se llega a la convicción de que a ella hay que sacrificarlo todo, incluso la vida misma. Finalmente, es importante también el conjunto de creencias sociales que ha impulsado la llamada revolución sexual: la emancipación de la mujer en todos los terrenos, desde el doméstico al político y sexual; la exigencia de una igualdad radical entre hombre y mujer, junto con la reivindicación exclusiva por parte de la mujer de aquellas funciones que le son propias, como el embarazo y el parto. Esta concepción se manifiesta en eslóganes que pueden parecer zafios pero que calan en la sensibilidad social («Nosotras parimos, nosotras decidimos», por ejemplo). Además es muy notable el cambio experimentado en la misma concepción de la sexualidad humana. Del énfasis en la dimensión procreativa se ha pasado a subrayar el sentido comunicativo, amoroso y placentero. Con frecuencia no se percibe su carácter social, postulando una vivencia sexual muy subjetiva e intimista, considerándola simplemente como medio de satisfacción individual.

El derecho a la vida Independientemente de su legalidad o de su mayor o menor aceptación social, el aborto provoca serios interrogantes éticos. En el fondo, los razonamientos que se 86

esgrimen comparan las necesidades y derechos de la mujer con la naturaleza y los derechos del embrión o del feto. Para quienes consideran el embrión un ser humano con todos sus derechos, el aborto es un crimen; para los que el embrión no es una persona, los derechos de la mujer tienen prioridad. Pero, quizá, para la mayoría de las mujeres que se enfrentan con la dura realidad del embarazo indeseado, estos argumentos polémicos resultan demasiado teóricos y abstractos (L Rojas Marcos, 2001). Este es, sin duda, el problema más arduo. Teórica y objetivamente la valoración moral sobre el aborto puede ser muy simple. Se concentra, como dice P Singer, en estos términos: es injusto matar a un ser humano; un feto es un ser humano inocente; por consiguiente es injusto matar a un feto humano. La dificultad de la argumentación está en la segunda premisa, es decir, como ha señalado Julián Marías, en «la negación del carácter personal del hombre». Si la ciencia afirma hoy con claridad que el ser humano comienza a partir del óvulo fecundado, la valoración moral del aborto podría concluir enseguida en la afirmación de su prohibición y en la defensa de la vida humana iniciada. El aborto ha de ser siempre rechazado por constituir un delito contra el primer valor y el primer derecho del ser humano: la vida. Sin embargo, la afirmación del derecho a la vida de todo ser humano, no suprime las situaciones-límite ni los conflictos de derechos. Ningún valor moral es tan absoluto que no pueda en casos excepcionales entrar en conflicto con otro valor. Estos conflictos pueden surgir tanto de la complejidad misma de lo real, como de la contradicción vital del mundo que los seres humanos hemos construido. Entonces, si planteamos el aborto en estas situaciones, no se trata ya de un derecho de la mujer, sino de un recurso desesperado y trágico. Esto significa que, por ejemplo, algunos de los supuestos pre87

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vistos por la ley pueden dar lugar concreta y efectivamente a situaciones dramáticas. En tales situaciones conflictivas, frente a toda norma o imposición externa, las verdaderas actitudes éticas son la solidaridad, el respeto y el acompañamiento. Lo cual no significa abogar por la moralidad general del aborto en tales situaciones, que nunca pueden universalizarse. Significa abogar por el respeto.

a la vida, la afirmación valiente de su valor y de su derecho, la propia actitud y la propia esperanza, fecundan actitudes nuevas. La muerte genera muerte. Pero e\ amor engendra amor y la vida engendra vida.
En esta tarea, la política familiar encuentra un campo muy amplio para desarrollar medidas legislativas, económicas y asistenciales que estimulen la acogida del niño concebido, en vez de suscitar temores ante una nueva vida. Es posible, por ejemplo, prestar los subsidios necesarios a las familias que llevan el peso de un hijo minusválido, facilitar la adopción a tantas parejas como la desean, crear centros de ayuda psicológica y económica para las mujeres en dificultad. Pero, sobre todo, es necesario un amplio esfuerzo educativo y, especialmente, una oportuna educación sexual. La madre Teresa de Calcuta dijo en relación al aborto: «No los maten, dénmelos a mí». Dedicó toda su vida a recoger los desechos de esta sociedad injusta. Tenía derecho a hacer esta petición, que quizá puede parecer excesivamente simple e idealista: ¿Qué iba a hacer una sola mujer con cincuenta mil abortos diarios? Sin embargo, como ha comentado González Faus, estas palabras valientes y generosas podrían hacer surgir la idea y el compromiso a tantos como se proclaman defensores de la vida y que con tanta fuerza rechazan el aborto, de dedicar parte de las energías, del tiempo y de los recursos económicos a la fundación y al servicio de una organización mundial, cuya finalidad fuera recoger a los más posibles de los excluidos de ese derecho fundamental, dándoles la posibilidad de una vida digna. Iniciativas de este tipo se convertirían en una auténtica interpelación para nuestra sociedad.

Respuesta social El debate social sobre el aborto sigue en pie. A las actitudes y a las leyes permisivas se contrapone un firme y rotundo rechazo no sólo desde posturas religiosas sino también desde quienes buscan coherencia y respeto por el valor y el derecho a la vida de todos. Pero, ¿qué se puede hacer socialmente?, ¿qué respuestas ofrecer ante tan arduo y complejo problema? El rechazo del aborto, si quiere ser eficaz y no quedarse simplemente en condena, precisa arbitrar medidas sociales preventivas que ayuden a las personas a no tener que llegar a tales decisiones. Es esta una tarea que solicita la responsabilidad y el esfuerzo de todos. Ante todo, pensando en el verdadero significado del aborto, el esfuerzo ha de tender al aprecio y promoción del valor mismo de la vida. La vida es un El esfuerzo valor fundamental, que, sin embargo, soha de tender cialmente está en baja. No corren buenos tiempos para su defensa y tutela. Por muy al Precio y triste que sea, la verdad es que en nuespromoción tra sociedad su caída preocupa menos del valor que la caída de la bolsa. Urge, pues, inmismo de la vertir en el valor vida humana, de manera que pueda empezar a subir enteros en la vida cotización mundial. El sí de toda persona
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Aproximación a la eutanasia Junto al aborto, la eutanasia constituye una de las agresiones a la vida humana sobre las que se abre actualmente un debate social más amplio. Este debate ha saltado las barreras de la ciencia, la medicina, la ética o el derecho y ha llegado a la calle. Lo encontramos en la literatura, el cine, la televisión, la radio, los periódicos. Es un tema de interés social. De una manera o de otra, los medios de comunicación nos ponen continuamente ante la eutanasia. Sí hasta hace algunos años era objeto de reflexión por parte de grupos minoritarios, hoy, en cambio, se ha convertido en un tema sobre el que todo el mundo opina. La opinión pública se encuentra interesada y sensibilizada ante los problemas que plantea, aunque abunden las ideas confusas. Cuando en los medios de comunicación social o en la calle oímos hablar de eutanasia, percibimos fácilmente gran confusión y ambigüedad incluso en la misma utilización de los términos. Se habla de eutanasia para designar: la muerte sin dolor, la supresión de la vida de un enfermo incurable, el derecho a la propia muerte, la negativa a recurrir a medios extraordinarios para prolongar la existencia en la fase terminal, el tratamiento dirigido a eliminar o aliviar el dolor que puede implicar la aceleración de la muerte. Por ello, la primera exigencia al hablar de la eutanasia es precisar su significado. ¿Qué es y qué no es eutanasia? ¿Qué significa exactamente estar a favor o en contra de la eutanasia? Etimológicamente el término eutanasia procede del griego (eu-thanatos) y significa buena muerte. Su significado.primario no es acelerar la muerte, sino disminuir y aliviar los dolores; muerte fácil, buena, sin dolor. Pero la expresión pierde pronto su sentido etimológico y pasa a significar la aceleración de la muerte por un sentido de humanidad y misericordia. La muerte dolo90

rosa y la larga agonía se sustituyen por una muerte pronta, pacífica y sin dolor.
Se entiende, pues, por eutanasia, la práctica médica que procura la muerte o acelera su proceso, para evitar grandes dolores o molestias al paciente; y esto, a petición del propio paciente, de sus familiares o por iniciativa de otros. Se trata, pues, de una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar el dolor. Un aspecto que la distingue del homicidio o del suicidio es la proximidad a la muerte. Pero los rasgos que mejor la configuran, son la intención y los métodos utilizados. Es distinto inyectar una dosis de morfina para provocar la muerte de un enfermo, que emplearla simplemente como un analgésico para aliviar sus dolores. Además, hay que distinguir entre la eutanasia voluntaria y la eutanasia involuntaria o impuesta. En el primer caso, la persona misma requiere y solicita poner fin a su vida; en cambio en la eutanasia involuntaria se pone fin a la vida de alguien sin su expreso requerimiento o deseo. Hoy se acuña también el término distanasia para designar algo contrario a la eutanasia. La distanasia tiende a prolongar exageradamente el proceso de muerte de enfermos desahuciados y moribundos, sin esperanza de recuperación, utilizando para ello medios que se consideran extraordinarios, costosos, molestos, difíciles y desproporcionados. Sería algo próximo a lo que se denomina «encarnizamiento terapéutico». Finalmente, para salir al paso de posibles riesgos o abusos distanásicos se emplea la palabra ortotanasia, que quiere significar la muerte en el momento oportuno y que implica: la muerte digna del hombre y el derecho a la propia agonía y a morir humanamente. Con este neologismo se quieren expresar las siguientes exigencias: atender al moribundo con todos los medios que la ciencia médica posee actualmente, liberar la muerte del 91

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ocultamiento a que es sometida, asumirla conscientemente, proporcionar todos los remedios oportunos para calmar el doldr, aunque suponga abreviar ¡a vida. Significa, pues, la praxis médica que «deja morir en paz» porque la prolongación de la vida del paciente, abocado ya a la muerte, es irrazonable y desproporcionada. Se diferencia de la eutanasia en que no supone poner fin a la vida de un paciente. Aunque el proporcionar determinados calmantes puede significar abreviar su existencia, la intención del médico no es acabar rápidamente con la vida del enfermo; pretende aliviar los dolores humanos, humanizar el proceso de la muerte sin incurrir en prolongaciones abusivas aplicando medios desproporcionados.

dad, de la vejez, de la vida y de la muerte (S. Urraca, 1996). Por lo qué se refiere a la eutanasia, en el momento actual influyen especialmente tres aspectos: el progreso de la medicina, la reivindicación de la autonomía y el horizonte laico.
Hasta hace relativamente poco tiempo, el paso hacia la muerte estaba condicionado por el proceso biológico. Cuando el deterioro del ser humano ponía en peligro la dignidad de la persona, la muerte se encargaba de que este estado no se prolongara mucho. Hoy esto se ha visto frenado por el progreso de la medicina, que logra detenerla al menos temporalmente, pero que genera otros muchos problemas humanos, al prolongar una vida que no posee ya la calidad deseable. Pero el factor más importante en la reflexión actual sobre la eutanasia lo constituye la autonomía de los pacientes. Son muchos los que defienden que la decisión de morir constituye una de las libertades cívicas básicas y postulan el derecho a morir dignamente, que incluiría el derecho a pedir o rechazar la eutanasia, como un derecho humano fundamental. Si antes el enfermo quedaba en segundo plano y eran otros los que decidían (familiares, médicos), hoy el debate se centra en los derechos de los enfermos a que no se prolonguen los sufrimientos, no se llegue al deterioro de la dignidad y a que puedan decidir sobre su muerte. Es, pues, la época de la «eutanasia autónoma» (J. Gafo, 1990). Finalmente, el debate social sobre la eutanasia se inscribe en un horizonte laico. Si durante mucho tiempo ha prevalecido la visión judeocristiana de la vida y de la muerte, el empeño actual se concentra en interpretarla desde una perspectiva secular. Ni las creencias positivas, ni las creencias negativas, ha escrito J. Sádaba, entran en juego a la hora de dirimir la moralidad de la eutanasia. 93

Marco de referencia en el debate actual La cultura occidental ha considerado tradicionalmente que es una obligación moral irrenunciable conservar la vida. Tal convicción se asienta tanto en la ley divina como en la ley natural. La vida se considera el primer bien de la persona; es también un bien social y, para los creyentes, un don recibido de Dios. Poner fin a una vida, propia o ajena, es siempre un atentado social; va contra la comunidad. Desde los comienzos de la modernidad, con la ideología liberal, este planteamiento ha sufrido un cambio muy brusco, llegando muy pronto a la afirmación de que el hombre no puede disponer de la vida de los demás, pero sí de la suya propia. El actual cambio sociocultural, los grandes avances tecnológicos, la reivindicación de los derechos individuales, el crecimiento de la esperanza de vida, ia relevancia que adquiere su calidad, la familia nuclear, están suponiendo una alteración muy grande en la concepción e interpretación de la enferme92

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Legalización de la eutanasia El recuerdo de la época hitleriana ha pesado mucho tiempo en la conciencia social. Parecía imposible de olvidar cómo sus leyes a favor de la eutanasia pretendieron encubrir el genocidio eugenésico. Pero los intentos por despena/izar o legalizar la eutanasia se han sucedido en la segunda mitad del siglo XX en distintos países del mundo, aunque, a excepción de Holanda, en ningún país se ha llegado a conseguirlo. Por ello, la aprobación por parte del Parlamento holandés en noviembre del año 2000 de la ley «Control de la eutanasia asistida y asistencia a la muerte voluntaria», resulta un acontecimiento histórico. Ya desde hace algunos años existía en Holanda una práctica médica que, amparada por la ley, permitía el suicidio asistido en casos de enfermos terminales. Las condiciones eran que el sufrimiento (físico o moral) resultara insoportable al paciente y que expresara el deseo firme de morir, conociendo sus dolencias y las posibilidades existentes. La nueva ley ratifica esta práctica. Es posible que muy pronto otros países sigan la estela del Parlamento holandés. En Bélgica, por ejemplo, la legalización de la eutanasia figura ya en el orden del día político. Algunas experiencias legales han tenido también lugar en estos años en Australia y en algunos estados de los EE.UU. En España, el actual Código Penal equipara todavía la eutanasia y el suicidio asistido al homicidio. La decisión holandesa ha sacudido a la ciase política y, mientras algunos hablan de abrir un amplio debate social sobre el tema, otros grupos piensan ya en presentar algunas propuestas para que la eutanasia activa y voluntaria sea una realidad en nuestro país. ¿Qué pensar de la legalización de la eutanasia? ¿Puede una ley permitir la eutanasia voluntaria pedida por el propio enfermo? Hay que decir enseguida que la cuestión de la legalización de la eutanasia es muy ardua. De94

trás no está sólo la cuestión moral, ya en sí misma intrincada, sino también los muchos problemas sociales anejos. De hecho, hay muchos que consideran moral la eutanasia voluntaria, pero no se encuentran, sin embargo, dispuestos a su legalización; como también hay quienes, por el contrario, considerándola inmoral, tolerarían su legalización en una sociedad plural y democrática. Quienes se oponen a la legalización subrayan que la vida humana es un bien social y, por consiguiente, nadie tiene derecho a eliminar la propia vida. Pero este argumento hoy a muchos no les parece convincente y no aceptan que el ser humano no pueda disponer de su vida cuando, de manera lúcida, llega a la conclusión de que no vale la pena seguir viviendo. Insistir en esos momentos en la obligación de conservarla porque es un bien social, parece absurdo. Insisten también en que su legalización abre un precedente de resultados impredecibles; significaría el primer paso conducente a un deterioro progresivo del respeto por la vida humana. Si se establece, por ejemplo, el principio de poder pedir y conceder la muerte, alegando sufrimientos insoportables pero sin necesidad de pruebas objetivas, ¿cómo negar esta misma solución a otras personas que aleguen sufrimientos similares, aunque no sean de tipo médico? Una vez que se apruebe que matar es un medio válido de tratar este problema social, es seguro que las peticiones se van a extender enseguida más allá de los enfermos terminales. Y ¿cómo detener este proceso? Además, hay que reflexionar sobre las ambigüedades que encierra la misma petición de la eutanasia, así como el peligro de que algo que se quiere presentar como un derecho de la libertad, se convierta en realidad en un deber impuesto. Es decir, la legalización de la eutanasia situaría a muchos enfermos bajo una presión que los impulsaría a pedir el «servicio» de la eutanasia. Supondría una invitación al suicidio. 95

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No son argumentos banales, ni abstractos; son, realmente, razones sólidas que apuntan a la vida misma en toda su complejidad. Pero los partidarios de la legalización contemplan la eutanasia como una opción moral. Insisten en que ni juega con la vida, ni roba la muerte, sino que surge de la convicción del principio fundamental de que hay que evitar hacer sufrir a los individuos (J. Sádaba, 1991). Por ello, un Estado laico y pluralista ha de respetar la libre voluntad de cada ciudadano y especialmente su derecho a morir dignamente.

Acompañamiento humano Son diversas las actitudes y posturas personales que se adoptan ante los enfermos terminales; van desde el llamado encarnizamiento terapéutico hasta la eutanasia. En realidad, como advierte J. Masiá, las posturas en torno al fin de la vida humana son estas tres: recurso a los medios exagerados y desproporcionados (distanasia, encarnizamiento terapéutico), la eutanasia en sentido estricto y el fomento de los cuidados paliativos, como término medio entre la distanasia y la eutanasia; es decir, el recurso a la ortotanasia, entendida tal como la hemos descrito. Algunos señalan otras posturas posibles, que sitúan entre la distanasia y la eutanasia. Básicamente se podrían agrupar también en estos tres tipos: las que tienden a retrasar la muerte, las que buscan, en cambio, acelerarla, y aquellas que se orientan a un acompañamiento más humano. Esta última la entendemos en el sentido del recurso a los cuidados paliativos; las otras dos pueden suponer algunos nuevos matices en relación a la distinción que hemos establecido. Muchas veces, la preocupación se concentra, efectivamente, en prolongar la vida incluso contra toda lógica y contra toda esperanza. 96

Tanto la prolongación indebida de la agonía por medios desproporcionados como la anticipación y aceleración de la muerte implican que, en el fondo, existe miedo a la confrontación con la muerte. Y esta realidad, en el fondo un grave problema cultural, es lo que suscita la cuestión urgente del acompañamiento humano en el proceso del morir (J. Masiá, 1998). ¿Qué se puede hacer para ayudar al moribundo? Se trata, realmente, de ayudar a vivir antes de y hasta su muerte, e incluso de ayudarle a vivir su muerte. Quizá el primer paso se encuentra en ese saber estar sufriendo junto a la cabecera de quien va a morir, en sufrir por no poder acompañarle muriendo su muerte. Acompaña, ante todo, quien es capaz de sentir y decir «se me muere» y no simplemente «esta persona va a morir». Acompañar a morir significa saber estar junto al enfermo, apretar su mano, sentir su corazón, leer en su mirada, acompañarle en su sufrimiento. La ayuda mejor al enfermo no consiste simplemente en darle la medicina, la comida o ponerle la botella de oxígeno. Es posible que junto al lecho del enfermo en un hospital pasen diariamente veinte personas distintas (médicos, enfermeros, etc.) para tomar la temperatura o la tensión, cambiarle las sábanas, inyectarle, etc. y, sin embargo, es también posible que ninguno de ellos llegue a entablar una relación personal con él. Sólo pasan físicamente; afectivamente están muy lejos. Y, en cambio, la ayuda que él precisa implica también darle tiempo, disponibilidad y afecto. A los dolores físicos se les aplica un buen analgésico y es posible calmarlos. Pero es difícil encontrar un fármaco para disminuir la soledad y el miedo o para despertar la esperanza. Para llenar el trance de la muerte de humanidad, la clave está en el acompañamiento y cercanía, también de una cercanía religiosa, que lleva a compartir la fe y la esperanza. En este sentido, están adquiriendo hoy gran impor97

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tancia las Unidades de Cuidados Paliativos. Representan un servicio médico cualificado para atender a enfermos terminales en unidades especiales o incluso en su propia Casa. Atienden a pacientes que no tienen ya opciones curativas. Su objetivo es proporcionarles la mejor calidad de vida posible mientras vivan. La preocupación no está en que vivan más, sino en que vivan mejor. Y en esta calidad cuenta mucho la atención y dedicación personalizada, la comunicación con el enfermo y con la familia, el apoyo psicológico preciso. Es decir, no se trata simplemente de los medios técnicos sino de manifestar el rostro humano de la medicina que busca llegar a asumir y vivir del mejor modo posible todo el doloroso proceso de la muerte.

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