Está en la página 1de 19

LIBR O

X

En que se muestra

la existencia

de otra trinidad

del hombre

en el entendimiento

y aparece con más evidencia

y

en

la

voluntad.

en

en él alma

memoria,

la

E L

CAPÍTULO

I

AMOR EN UN ALMA ESTUDIOSA,

ES DECIR, QUE DESEA SABER,

NO ES AMOR DE LO DESCONOCIDO

1. Para explicar ahora estas mismas cosas con mayor

claridad, es menester una atención más tensa. En primer término, pues nadie puede amar una cosa por completo ig- norada, examinemos con diligencia de qué naturaleza es el amor de los estudiantes; es decir, de los que no saben, pero desean saber.

En las realidades donde la palabra estudio no es usual pueden existir ciertos amores de oídas; así, el alma se en- ciende en deseos do visión y de gozo con la fama de una belleza cualquiera, porque posee en general una noción de

la belleza corpórea, por haber visto muchas, y en su interior

existe algo que aprueba lo que en la periferia con ardor codicia. Cuando esto sucede, el amor no es pasión de una cosa ignorada, pues ya -conoce su género. Cuando amamos

a

un varón bondadoso cuyo rostro no hemos vksto jamás,

lo

amamos por la noticia de sus virtudes, que ya conocemos

en la misma verdad. No es tampoco infrecuente el que nos estimule al estudio de nuevas'doctrinas la autoridad del que las loa y ensalza; con todo, de no tener impresa en el alma una ligera noción de la ciencia, no arderíamos en deseos de aprenderla. ¿Quién, pongo el caso, gastaría tiempo y afanes en aprender retó- rica si no sabe con antelación que es el arte de bien decir?

X,

1,

2

DE

LA

SANTÍSIMA

TRTNTDAD

575

Admiramos a veces los resultados de esas ciencias por

haberlas oído ponderar o por propia experiencia, y nos inflamamos en deseos de aprender con la ilusión de llegar

a dicho fin. Es como si a un analfabeto se le dijese que

existe un arte, al alcance de todos, por medio del cual se puede enviar a una persona que vive muy lejos unas pala-

bras dibujadas a mano y en silencio, y aquel a quien van dirigidas las entiende, no con los oídos, sino con los ojos,

y comprueba que esto es verdad: ¿acaso, si desea aprender

a escribir, no dirigirá sus esfuerzos a esta meta ya cono-

cida? De esta manera se encienden los ánimos de los apren- dices; porque lo que en absoluto se ignora, bajo ningún concepto se puede amar.

2. Y otro tanto sucede si alguien oye un sonido des-

conocido, por ejemplo, el de una palabra cuyo significado ignora y anhela conocerlo; esto es, desea conocer el objeto designado por dicho sonido. Supongamos que oye la pala-

br

Es necesario sepa ya que es un signo; es decir, no un vacuo sonido, sino pleno de significación; además este trisílabo ya es conocido, y mediante el sentido del oído se imprimió, al deletrearlo, su noticia en el alma. ¿Qué más se puede exi- gir para su mayor conocimiento, si nos son familiares todas sus letras y los espacios todos de sus sonidos, sino porque al mismo tiempo sabemos que es un signo y nos espolea el deseo de saber de qué objeto es signo? Cuanto más se conoce, sin llegar al conocimiento pleno, con tanto mayor empeño anhela el alma saber lo que resta. Si alguien conociera tan sólo la existencia de esta palabra e ignorara que era signo de alguna realidad, suspendería su búsqueda, contento ya con su percepción sensible. Pero como conoce ya no sólo que es palabra, sino también signo, anhe- la su conocimiento perfecto. Ningún signo se conoce plena- mente si se ignora do qué cosa es signo. Y el que con ardorosa diligencia estudia para saber y se inflama y persevera en su esfuerzo, ¿estará ayuno de amor? ¿Qué es, pues, lo que ama? No es posible, en verdad, amar una cosa sin conocerla. No ama estas tres sílabas el que ya las conoce. ¿Se dirá que lo que ama en ellas es el saber quo tienen un significado? No se trata ahora de esto; no es esto lo que se busca saber: en el que se afana por conocer preguntamos qué es lo que él ama y aún no conoce; y p r e . cisamente nos admira su amor, porque sabemos con toda certeza que sólo es dable amar lo conocido.

a

temetum

1

y,

en su ignorancia,

pregunta

qué

significa.

1

Temetum,

latinitatis

totius

el vino. De temum^mithy. (Patavii 1940).

Cf. FORCELLINI,

Lexicón

X,

1,

2

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

577

la

belleza de la ciencia, en la que se contienen las nociones

de todos los signos, y la utilidad de un arte que hace po- sible a los hombres comunicar entre sí sus pensamientos, para que la sociedad humana no sea algo peor que la so- ledad estéril, como sucedería de no poder comunicarse los

hombres sus ideas por medio del

El alma ve, conoce y ama este útil y bello ideal, y todo

aquel que inquiere el significado de las palabras que ig- nora, se esfuerza cuanto puede por perfeccionarse en dicha ciencia. Pero una cosa es contemplar en la luz de la ver- dad este ideal, y otra, asaz diferente, lo que su facultad ambiciona. Intuye en el esplendor de la verdad cuan gran- de y bueno es comprender y hablar las lenguas de todos los pueblos y no oír o hablar ninguna como extranjero.

Y su pensamiento percibe la belleza de este saber, y en-

tonces se ama una cosa conocida; y de tal manera su vi-

sión inflama los anhelos de los aprendices, que todo gira

Ama porque

conoce e intuye

en las razones

del ser

lenguaje.

y

se mueve a su alrededor y es meta de cuantos afanes,

se

toman por adquirir dicha ciencia y abrazar en la prác-

tica lo que su inteligencia preconoce; y cuanto más pró- xima es la esperanza de hablar estas lenguas, más se acre- cienta la llama de su amor. Con ardor más vehemente se entrega uno al estudio de las ciencias si no se desespera

poder comprenderlas; porque quien no tiene esperanza de conseguir lo que ansia, aunque vea su belleza, o con tibie-

za la ama o, sencillamente, no la ama. Y pues casi todos

desconfían poseer el dominio de todas las lenguas, de ahí ique cada uno se afane por conocer la de su nación; y, dado que haya alguien que se sienta incapaz de dominarla con toda perfección, nadie hay tan haragán que no sienta cu- riosidad por conocer el significado de una palabra desco- nocida; y si puede, se informa y la aprende. Y, al infor- marse, es evidente que siente deseos de aprender, y parece amar una cosa desconocida, pero en realidad no es así.

Su alma es acariciada por aquel ideal conocido en el que piensa, y en el que se refleja la hermosura de las almas fusionadas en el aglutinante del lenguaje; y esta hermo- sura enciende en él un deseo vivísimo de aprender lo que ignora, aunque ya intuye y ama el ideal conocido hacia el que tiende su esfuerzo. En consecuencia, si al que pre- gunta, verbigracia, qué es el temetum—es nuestro ejem- plo—se le contesta con un "¿Qué te importa?", responde- rá: "No sea que oiga hablar y no entienda, o bien lea esta palabra en alguna parte e ignore el pensamiento de su autor". Y ¿quién hay que le replique: "No quieras enten- der lo que oyes ni conocer lo que lees"? A casi todas las

X, 1, 3

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

579

almas racionales es manifiesta la belleza de un arte que per- mite a los hombres conocer mutuamente sus pensamientos por medio de la simple enunciación de palabras henchidas de significado. Y a causa de esta belleza conocida se busca con ilusión la palabra ignorada; y cuando oye y conoce que los antiguos llamaban al vino temetum—palabra desterrada de la circulación actual—, es posible que su conocimiento le sea necesario para inteligencia de algunos libros vetustos. Mas, si los juzga inútiles, pensará que no merece la pena con- servar dicha palabra en la memoria, pues ve que no perte- nece a aquel ideal de doctrina que la razón ama e intuye. 3. Por ende, todo amor del alma estudiosa, es decir, ansiosa de saber lo que ignora, no es amor de cosa igno- rada, sino conocida, y por ella suspira conocer lo que ig-

es-

polea, no otra causa conocida, este nuestro curioso se ha

de discernir del verdadero estudiante, pero ni aun así ama lo desconocido, sino que más propiamente diríamos que odia

sa-

berlo todo. Mas si alguien nos propone otra cuestión más difícil, diciendo que es tan imposible aborrecer lo que se ignora como amar lo que se desconoce, no haré violencia a la ver- dad; pero no es lo mismo decir: "Ama saber lo que ignora", y afirmar: "Ama lo incógnito". Es posible haya alguien que ame conocer lo que ignora, pero nadie ama lo desconocido. Ni sin motivo está puesto el verbo saber, porque el que codicia saber lo que ignora, ama el saber, no lo ignoto. Sin este saber no podría decir con firmeza que ignora o conoce. Es, pues, necesario que sepa qué es el saber, no sólo el que dice: "Lo sé", y dice verdad, sino incluso el que dice: "Lo ignoro", y lo afirma con aplomo y verdad, y sabe que dice verdad, y sabe qué es saber; porque distingue al ignorante del sabio cuando, al examinarse a sí mismo, dice con sinceridad: "No lo sé"; cuando sabe que dice verdad, ¿cómo lo sabe, si ignora lo que es el saber?

nora.

Y

si

es tan

curioso que sólo el deseo de saber

le

lo incógnito,

pues la ignorancia

aborrece

el que desea

X .

2,

4

NADI E

DE

LA SANTÍSIMA

TRINIDAD

CAPITULO

II

AMA

L O

DESCONOCID O

58 1

'4. Ningún hombre estudioso, ningún curioso ama lo desconocido, ni aun en la hipótesis de insistir con ardor en conocer lo que ignora. Conoce ya en general lo que ama, pero

anhela percibir el detalle; o de las mismas cosas singulares que él no conoce, al oírlas alabar, se imprime en su alma una forma imaginaria que le impulsa al amor. Y ¿de dónde surge esta ficción sino de las cosas ya conocidas? Y si en- cuentra lo que oye ensalzar disconforme con la imagen ideal impresa en su pensamiento y en su ánimo, quizá no lo ame;

y si lo ama, el principio de este amor radica en lo conocido. Poco antes muy otra era la imagen amada que su alma so- lía exhibir al formarla.

Y si la encuentra semejante a la imagen que la fama

pregona, a la que pueda decir con verdad: "Ya te amaba",

ni aun entonces amaba lo desconocido, pues ya le era cono- cida en esta semejanza. O vemos y amamos algo en el es- plendor de la razón sempiterna y cuando, reproducida en la imagen de un objeto temporal, se brinda ¡a nuestra fe y a nuestro amor mediante el elogio de los que experimentado

la

han, nada desconocido amamos, según más arriba probé;

o

bien amamos algo conocido, y esto nos impulsa a inqui-

rir lo ignorado; entonces no es lo desconocido objeto de

nuestro amor, sino lo conocido, al que conocemos pertenecer

a fin de conocer aquello que aun ignorado buscamos, según senté poco ha al hablar de la palabra secreta.

O, finalmente, se ama el saber, verdad que nadie sedien-

to de ciencia puede ignorar. Por estas razones parece aman

lo ignoto aquellos que ansian conocer lo ignorado: mas éstos,

por su ardiente deseo de aprender, no puede afirmarse estén sin amor. Creo haber demostrado a los contempladores de

la verdad no ser así, siendo imposible amar lo ignorado. Mas como los ejemplos aducidas se refieren tan sólo a los que anhelan conocer realidades fuera de sí, veamos si surge alguna novedad cuando es la mente la que anhela conocer-

se a sí misma.

X, 3, 5

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

583

CAPÍTULO

III

CONOCIMIENTO DEL ALMA POR EL ALMA

5. ¿ Qué ama la mente cuando con pasión ardorosa bus-

ca conocerse, si es para sí una desconocida? He aquí a la mente, que busca conocerse y se inflama en este deseo. Ama, es cierto; pero ¿qué ama? ¿Se ama a sí misma? ¿Cómo se ama, si aún no se conoce y nadie puede amar lo ignorado? ¿Es acaso que la fama pregonó su hermosura cual solemos oír de las cosas ausentes? Quizá entonces no se ama a sí misma, sino la idea que se finge de sí misma, muy diferente acaso de lo que ella es. Y si'la mente tiene de sí una idea exacta, entonces al amar esta ficción se amaría antes de conocerse. Ve lo que le es seme- jante; conoció otras mentes y por ellas se finge a sí misma y, según esta idea genérica, ya se conoce.

Pero entonces, ¿cómo conoce a otras mentes y se ?gnora

a sí misma, si nada hay tan presente a sí misma como ella

misma? Y si le sucede como a los ojos del cuerpo, que co- nocen mejor los ojos ajenos que los propios, entonces no se afane en la búsqueda, pues jamás se ha de encontrai. Sin un espejo nunca verán los ojos su imagen; mas en las cosas incorpóreas no es dable emplear un medio parecido:

la mente no puede verse en un espejo.

¿Será, acaso, en la razón de la eterna verdad donde ve ja hermosura del autoeonoeiniiento, y ama lo que intuye y suspira por la realización en sí -misma? Si no sé conoce, conoce al menos cuan bello es conocerse. Ciertamente es muy de admirar el que no se conozca y conozca la belleza de conocerse. ¿Es que ve algún fin excelso, esto es, su seguridad y su

dicha, merced a una

en su peregrinación hacia lejanas playas, y cree no poder alcanzar esta meta sin conocerse a sí misma? Y así, mien-

secreta memoria 2

que no le abandona

per qtiíimdam occultam memoriam. Aquí, como en las Con- cesiones (io, IQ, 28), la palabra memoria rebasa la acepción psicoló- gica actual, recuerdo del pasado, v la aplica Agustín a cuanto está

en elalm a

presente. Para Gilson, un término equivalente en la psi-

cología moderna sería el de inconsciente y subconsciente (Intro&uc-

tion a l'étv.&e de S. Aug., p. 135, nota z).

2

X .

4,

6

DE

LA

SANTÍSIMA

TRINIDAD

58 5

tras ama aquello, busca esto: ama el fin conocido y busca

el medio ignorado.

Mas entonces, ¿cómo pudo subsistir el recuerdo de su felicidad sin que el recuerdo de ella misma perdure? ¿No se conocerá ella que quiere llegar, y conocerá la meta adonde ansia llegar? O ¿es que, cuando ama conocerse, no se ama a sí misma, pues aún se ignora, pero ama el conocer y amar- gamente soporta en sí esta falta de ciencia, por la que an- hela comprenderlo todo? Luego conoce qué es conocer, y por esto que ya conoce desea conocerse.

Mas ¿ dónde conoció su saber, si no se conoce ? Sabe, sí, que conoce otras cosas y ella se ignora, y de ahí el conocer qué es conocer. Pero ¿cómo sabe que sabe algo, si se ignora

a sí misma? No conoce una mente que conoce, sino a sí

misma. Luego se conoce. Además, cuando se busca para co-

nocerse, conoce su búsqueda. Luego ya se conoce. Es, por consiguiente, imposible un desconocimiento absoluto del yo,

.porque, si. sabe que no sabe, se conoce, y si ignora que ignora, no se busca para conocerse. Por el mero hecho de buscarse, ¿no prueba ya que es para sí más conocida que ignorada? Al buscarse para conocer, sabe que se busca y

se

se

ignora.

 

CAPÍTULO

IV

 

E L

ALMA

SE

CONOCE

TOTALMENTE

 

6.

¿Qué diremos? ¿Que en parte se conoce y en parte

se

ignora? Es un absurdo afirmar que el alma toda no sabe

lo

que sabe. No digo: "Lo sabe todo"; pero lo que sabe lo

sabe toda. Cuando conoce algo suyo, cosa imposible de no saberlo toda, se conoce totalmente. Sabe que sabe algo, y es imposible saber algo si no lo sabe- totalmente. Luego toda

se conoce. ¿Qué hay para ella tan conocido como su propio

vivir? No es posible ser mente sin vivir, siendo, a mayor abundamiento, inteligencia; las almas de los brutos tienen vida, pero no inteligencia. Esta mente es toda mente y toda vida. Conoce su vivir. Luego se conoce totalmente. Por fin, cuando la mente busca conocerse, conoce que es mente; de otra suerte ignoraría que se busca y quizá busca- se una cosa por otra. Puede ser que ella no sea mente, y así,

X ,

5,

7

DE

LA SANTÍSIMA

TRINIDAD

58 7

al buscar conocer la mente, no se busca a sí misma. En con- secuencia, al inquirir la mente qué es la mente, conoce que se busca; luego conoce que ella es mente. Y si conoce que es mente y toda es mente, se conoce totalmente. Mas supongamos que ignora, cuando se busca, que es mente y conoce tan sólo que se busca. Si esto ignora, cabe también que busque una cosa por otra; para no buscar una

Y si

conoce lo que busca y se busca a sí misma, se conoce. ¿Por qué, pues, busca aún? Y si en parte se conoce y en parte

se ignora, entonces no se busca a sí misma, sino que busca

Pero, cuando se habla de ella, se habla del

alma toda. Además, si conoce que no se ha encontrado to- talmente, conoce su grandeza total. Busca lo que falta a su conocimiento, 'como se busca habitualmente un recuerdo ol- vidado, aunque no totalmente; pues al despertar el recuer- do reconocemos ser el mismo que buscábamos.

¿Cómo puede la mente hacerse presente a la mente? ¿Puede la mente no estar en la mente? Añadamos que si, encontrada una parte, no se busca toda, sin embargo toda busca. Toda está presente: a sí misma y no es lo que aún busca; falta lo que busca, no ella, que busca. Luego, al bus- carse toda, nada de ella misma le falta. Y si toda no se bus- ca, sino que la parte ya encontrada busca a la parte quo aún no se ha encontrado, entonces no se busca la mente a sí misma, porque ninguna parte de ella es objeto de bús- queda. La parte ya encontrada no se busca; ni se busca la parte que aún no se ha encontrado, pues es buscada por la parte que ya se encontró. Luego, si no se busca toda la mente, ninguna parte de ella se busca; por consiguiente, la mente de ninguna mane-

ra

cosa por otra, sin duda, ha de conocer lo que busca.

una parte suya

se busca 3 .

CAPÍTULO

PRECEFTO

DE CONOCERSE.

V

ERRORES

7. ¿Para qué se le preceptúa conocerse? Es , creo, con

el fin de que piense en sí y viva conforme a su naturaleza;

es decir, para que apetezca ser moderada, como lo exige su

3 Problemática con- sabor plotiniano. El autoconocimiento va im- plícito en el acto de conocer. E n la conciencia del yo se identifican objeto y sujeto. El conocimiento del alma por el alma es verdad in- concusa. La mente es para sí objeto y sujeto de conocimiento, y,., cuando se conoce toda, conoce y se conoce también totalmente.

X, 5, 7

DE LV SANTÍSIMA TRINIDAD

589

esencia, bajo aquel a quien debe estar sometida, sobre la criatura, que ella debe señorear; bajo aquel por quien debe ser regida, isóbre las cosas que debe gobernar. Muchas ve- ces obra como olvidada de sí e impulsada por una apetencia malsana. Ve ciertas cosas intrínsecamente bellas en una esencia

más noble, que es Dios 4 ; y cuando debiera mantenerse en pie para gozar de estos bienes, se los apropia, y, no querien- do ser semejante a El por El, sino que trata de ser seme- jante a Dios por sí misma, y así se aleja de El, se desliza

y cae de menos en menos cuando creía ir de más en más;

porque ni puede abastarse a sí misma ni la contenta bien alguno, distanciada de Aquel que es el único suficiente. Su indigencia y penuria le hacen en exceso estar atenta a sus actividades y a los placeres turbulentos que recoge; y, espo- leada por la apetencia de adquirir nuevos conocimientos de las cosas exteriores—cosas que ama y siente perder si no las retiene a fuerza de grandes cuidados—, pierde la seguridad y tanto menos piensa en sí misma cuanto más segura está de no poder perderse.

Así, siendo una cosa no conocerse y otra no pensarse (de un sabio versado en muchas disciplinas no decimos que' ignore la gramática si, por tener el pensamiento ocupado en la medicina, no piensa en ella), siendo, repito, una cosa ignorarse y otra no pensarse, tanta es la vivacidad del amor, que atrae hacia sí las realidades con amor por largo tiempo pensadas si está apegado a ellas con el aglutinante del cui- dado, y las lleva consigo cuando entra en sí para—en cier- to modo—pensarse. Y como las cosas que por los sentidos de la carne amó son cuerpos y se halla mezclada por una

luenga familiaridad con ellos, al no poderlos llevar consigo a su interior, región reservada a la naturaleza incorpórea, en- rolla sus imágenes y arrebata las formadas en si misma de

sí misma 5 . Les da, pues,

tancia ; pero conserva su libertad para juzgar de esas imáge- nes. Y esta facultad es la mente, es decir, la inteligencia

para su formación, algo de su subs-

4 Es preciso que el lector despoje esta afirmación agustiniana de todo sabor ontologista. La belleza creada, en el pensamiento del Doctor de la Gracia, es pálido reflejo de la hermosura increada, v sólo en la patria, fijando nuestra pupila en la belleza esencial de Dios, conoceremos las hermosuras de la tierra. Cf. Introducción.

Estas semejanzas corporales que el alma forma en sí misma de

sí misma cuando responde a impresiones sensibles, las produce de su

misma substancia, porque estas imágenes escapan al flujo universal de las cosas, mientras las impresiones de los sentidos están en per-

petuo movimiento. Cf. De vera relig., 31, 57 : P L .32, 12.37.

3

X ,

7,

9

DE

LA

SANTÍSIMA

TRINIDAD

59 1

racional, a la que está reservado el juicio. Porque las partes del alma que son informadas por las semejanzas de los cuer- pos, sabemos que nos son comunes con los animales 6 .

CAPÍTULO

VI

JUICIO ERRÓNEO DE LA MENTE ACERCA DE SÍ MISMA

8. Yerra, pues, la mente cuando se une a estas imá-

genes con amor tan extremado que llega a creerse de una misma naturaleza con ellas. Y así se conforma en cierta me- dida a ellas, no en la realidad, sino en el pensamiento; no porque se juzgue una imagen, sino porque se identifica con el objeto cuya imagen lleva en sí misma. No obstante, con- serva la facultad de discernir entre el cuerpo que afuera que- da y la imagen que lleva consigo, a no ser que se finjan estas imágenes como si en realidad, no en el pensamiento, existiesen, cual acaecer suele en el sueño, en la locura y en el éxtasis 7 .

CAPÍTULO

VII

OPINIONES DE LOS FILÓSOFOS ACERCA DE LA NATURALEZA DEL ALMA. E L ERROR DE LOS QUE OPINAN QUE EL ALMA ES CORPÓREA PROVIENE, NO DE FALTA DE CONOCIMIENTO EN EL ALMA, SINO DE QUE LE AÑADEN ALGÚN ELEMENTO EXTRAÑO. QUÉ SEA EN- CONTRAR

9. Cuando se juzga

una de estas cosas, piensa

que es

cuerpo. Y, pues conoce muy bien su señorío sobre el cuer-

po que rige, sucedió que algunos se preguntaron qué es lo

6 «El alma—dice el P. Capanaga—, para enfrentarse consigo, ne- cesita pensarse. La mente es para Agustín como ona central eléc- trica, reguladora de la energía anímica, confluencia de acciones vi- tales. El juicio es una de las tres operaciones de la inteligencia, facultad del conocer abstracto y universal». Cf. P. V. CAPANAGA, La doctrina agustiniana sobre la intuición: Religión v Cultura, t. 15

, ' Señala aquí y en el capítulo anterior Agustín el origen_ de los

principales errores psicológicos. Posee la mente virtud para discernir

en casos

patológicos, éxtasis, ¡locuras y ensueños, se graban éstas con tanta viveza, que semejan una proyección periférica, y la mente se con- funde con lo que tiene. La palabra éxtasis en el léxico agustiniano puede significar delirio o visión espiritual.

entre su ser y las especies impresas en los sentidos, mas

(1931)-

,

.

,

.

,

X ,

7,

1 0

DE

LA SANTÍSIMA

TRINIDAD

59 3

que en el cuerpo vale más que el cuerpo, y opinaron que era la mente o el alma toda. Y así, unos la creyeron san- gre, otros cerebro, otros corazón, y no en el sentido de la Escritura cuando dice: Te alabo, Señor, con todo mi co- razón; y en otra parte: Amarás al Señor, tú Dios, con todo tu corazón, pues en estos pasajes, por catacresis abusiva* el corazón se toma por el alma, sino que creyeron que era esa partecita del cuerpo que vemos latir al desgarrarse las entrañas.

Otros la imaginaron compuesta de moléculas muy di- minutas e indivisibles, llamadas átomos. Otros dijeron que su substancia era aire o fuego. Otros, que no era substancia, por ser incapaces de imaginar substancia alguna incorpó- rea, y veían que el alma no era cuerpo, y así opinaron que era simple constitución temperamental o conjunto de ele- mentos primordiales a los que nuestro cuerpo se ensambla. En consecuencia, todos éstos juzgaban que era mortal, pues no es posible permanecer inmortal siendo cuerpo o amal- gama corpórea.

Los que afirman que es una cierta substancia vital e in- corpórea, pues, según constataron, todo cuerpo vivo posee una vida que lo vivifica y anima, consecuentes con su sen- tir, intentaron probar, cada uno como pudo, la inmortali- dad del alma, porque la vida no puede carecer de vida. No creo sea menester disputar largamente en este lugar sobre un no sé qué quinto elemento que algunos añaden a los cuatro ya conocidos de este mundo y lo denominan alma. En efecto, o llaman cuerpo a lo que nosotros llamamos así, cuya parte en el espacio local es menor que el todo, y en- tonces éstos se han de catalogar entre los partidarios de la materialidad de la mente, o llaman cuerpo a toda substan- cia o naturaleza mudable, aunque saben que no ocupa en el espacio latitud, longitud ni altura, y con éstos no hemos de disputar por cuestión de palabras.

1,0. En todas estas sentencias ve cualquiera que el alma es substancia y no es corpórea, es decir, que no ocupa en el espacio un lugar mayor o menor, según que sus partes sean más o menos extensas; y al mismo tiempo observe cómo lo» defensores de la corporeidad de la mente desbarran, no por carecer en absoluto de ideas -acerca del alma, sino porque le suman algún elemento, sin el cual son impotentes para imaginar ninguna naturaleza. Cuanto se les mande pensar sin ayuda de los fantasmas corpóreos, lo juzgan inexistente. En consecuencia, la mente no se busque como si estuviera ausente de sí misma.

¿Qué existe tan presente al pensamiento como lo que

X

,

S,

1 1

DE

LA

SANTÍSIMA

TRINIDA D

f¡$)¡>

está presente en la mente? Y ¿qué hay tan presente en la

mente como la mente ? La palabra invención, si nos atenemos

a su origen etimológico, ¿qué otra cosa significa, sino venir

a lo que se busca ?

nen a la mente en el lenguaje corriente no se dicen invencio- nes, aunque sí conocimientos, porque no tendíamos por la* búsqueda hacia ellos con el fin de llegar a su conocimiento, es decir, de encontrarlos. Por tanto, así como, cuando el ojo

o algún otro sentido corpóreo busca una cosa, es la mente

8

Las ideas que espontáneamente nos vie-

la que busca, pues ella es la que mueve y dirige el sentido

carnal y la que halla, cuando este sentido choca con la cosa buscada, y lo mismo en las realidades que ella por sí misma, sin intervención de sentido alguno corpóreo, conoce, cuando llega a ellas las encuentra, ya sea en una naturaleza tras- cendente, es decir, en Dios, ya en las otras partes del alma, cual sucede al juzgar de las imágenes de los cuerpos. Es dentro, en el alma, donde las descubre impresas a través de los sentidos del cuerpo.

CAPITUL O

BÚSQUED A

Y

ERRO R

VII I

DE L

ALMA

11. Es una cuestión admirable averiguar cómo la mente

se buisca y se encuentra, adonde tiende en su búsqueda y adonde llega para encontrarse. ¿Qué hay tan en la mente como la mente ? Pero como está en las cosas que piensa con amor y está familiarizada por el afecto con los objetos sensibles o corpóreos, no es capaz de estar en sí misma sin las imágenes de dichos objetos. De ahí nace la fealdad dé su error, pues no puede separar de sí las imágenes de lo sensible y verse sola. Estas imágenes se apegaron a ella con el gluten del amor de una manera maravillosa, y ésta es su inmundi- cia, pues cuando se esfuerza por pensarse, se cree la imagen, sin la cual no puede pensarse.

Cuando se le preceptúa conocerse, no se busque como si estuviera arrancada de su ser, siho despójese de lo que se añadió. Ella es algo más íntimo que estas cosas sensibles, ubicadas evidentemente en la periferia, e incluso que sus

* Invenire

se deriva, según San Agustín, de venire

in.

X , 9, 12

DE í.\ SANTÍSIMA TRINIDAD

597

imágenes, depositadas en cierta porción de su alma; imáge- nes que también las bestias, huérfanas de inteligencia, po- seen; facultad ésta propia de la méate. Siendo la mente algo

interior, sale,'en cierto modo, de sí misma al poner su afecto amoroso en estas imágenes, que son como vestigios de sus múltiples atenciones. Estos vestigios se han como impreso en la memoria al momento de percibir estas cosas corporales

y externas, de suerte que aun en su ausencia se presentan

sus imágenes a los que las piensan. Conózcase, pues, a sí misma y no se busque como ausente; fije en sí la atención

de su voluntad vagabunda y piénsese, y verá entonces cómo nunca ha dejado de amarse y cómo jamás se rgnoró; sólo que, al amar consigo otras cosas, se confundió y en cierto modo tomó consistencia con ellas, y así como un compuesto abraza elementos diversos, así abrazó esta diversidad como

si fuera unidad y se figuró ser uno lo que es múltiple.

S E

CAPITULO

IX

CONOCE EL ALMA AL CONOCER

EL PRECEPTO DE CONOCERSE

12. No trate el alma de verse como ausente; cuide, sí,

de discernir su presencia. Ni se conozca como si se hubiera

ignorado, pero sepa distinguirse de toda otra cosa que ella conozca. Cuando oye el "Conócete a ti misma", ¿cómo poner

en ello diligencia, si ignora qué es "conócete" y qué es "a ti misma"? Si conoce ambas cosas, se conoce a sí misma; por-

que no se le dice

que conozca a un querube o a un serafín. Creemos que estos espíritus para nosotros ausentes son potestades celestes. Ni se ha de entender como cuando se dice: "Conoce la voluntad de aquel hombre"; voluntad que no podemos perci- bir ni comprender si no es mediante signos corpóreos, y esto más por fe que por inteligencia. Ni, finalmente, en el sent'do que se dice al hombre: "Mira tu rostro"; cosa imposible sin un espejo, pues nuestro rostro está ausente para nuestros ojos, dado que no pueden fijar en él su pupila. Pero cuando se le dice a la mente: "Conócete a ti misma", al momento de oír "a ti misma", si lo entiende, ya se conoce, no por otra razón, sino porque está presente a sí misma. Y si no entiende lo que se le diee, no lo hace. Se le manda que haga esto, y, al comprender el precepto, lo cumple.

a la mente que se conozca como se le dice

X

,

10,

1 3

DE

LA

SANTÍSIMA

TRINIDAD

 

599

 

CAPITUL O

X

E L

ALMA

SABE

CON

CERTEZA

QUE

EXISTE,

VIVE

Y

ENTIENDE

13.

No

añada

nada

la

mente

a

lo que

de

misma

conoce cuando se le ordena conocerse. Tiene certeza que es a ella a quien se le preceptúa, es decir, a ella que existe, vive y comprende. Existe el cadáver y vive el bruto; mas ni el cadáver ni el bruto entienden. Ella sabe que existe y vive como vive y existe la inteligencia. Cuando, por ejem- plo, la mente cree que es aire, opina que el aire entiende,

pero sabe que ella comprende; que sea aire no lo sabe, se lo

figura. Deje a un lado lo que opina

sabe; quédese con lo que sin dudar admitieron aquellos que opinaron ser la mente este o aquel cuerpo. No todas las men- tes creyeron ser aire, pues unas se tenían por fuego, otras por cerebro, otras por otros cuerpos, y algunas por otra cosa, según recordé poco antes; pero todas conocieron que exis- tían, vivían y entendían; mas el entender lo referían al objeto da su conocimiento; el existir y él vivir, a sí mis- mas. Comprender sin Vivir y vivir sin existir no es posi- ble. Esto nadie lo pone en tela de juicio. En consecuencia, el que entiende, vive y existe, y no como el cadáver, que existe y no vive, ni como vive el alma que no entiende, sino de un modo peculiar y más noble.

Además, saben que quieren, y conocen igualmente que

lo que

de sí y atienda

a

nadie puede querer si no existe y vive; asimismo refieren su querer a algo que quieren mediante la facultad volitiva. Sa- ben también que recuerdan, y al mismo tiempo saben que, sin existir y vivir, nadie recuerda; la memoria la referimos

a todo lo que recordamos por ella. Dos de estas tres poten-

cias, la memoria y la inteligencia, contienen en si la noticia

y el conocimiento de multitud de cosas; la voluntad, por la

cual disfrutamos y usamos de ellas, está presente. Goza- mos de las cosas conocidas, en las que la voluntad, como buscándose a sí misma, descansa con placer; usamos de aquellas que nos sirven como de medio para alcanzar la posesión fruitiva. Y no existe para el hombre otra vida vi- ciosa y culpable que la que usa y goza mal de las cosáis. Sobre esta cuestión no disputaremos ahora 9 .

9

logro

des-

Es un desorden poner el corazón en lo criado, con olvido absoluto

El

uso

amor

Dios.

fruitivo

de

las

que

140,

cosas

sólo

3-4

:

en

P L

creadas

Dios

ha

de

ordenarse

su

al

del

canso.

de

verdadero,

Cí.

Epist.

encuentra

completo

33, 539.

X ,

10 ,

1 5

DE

LA

SANTÍSIMA

TRINIDAD

,

60 1

se apartemos de nuestra consideración todos aquellos conoci- mientos que nos vienen del exterior por el conducto de los sentidos del cuerpo, y estudiemos con mayor diligencia el problema planteado, a saber: que todas las mentes se co-

nocen a sí mismas con certidumbre absoluta. Han los hom- bres dudado si la facultad de vivir, recordar, entender, que- rer, pensar, saber y juzgar provenia del aire, del fuego, del cerebro, de la sangre, de los átomos; o si, al margen de estos cuatro elementos, provenía de un quinto cuerpo de naturaleza ignorada, o era trabazón temperamental de nues- tra carne; y hubo quienes defendieron esta o aquella opi- nión. Sin embargo, ¿quién duda que vive, recuerda, entien-

; puesto que, si duda,

de, quiere, piensa, conoce y juzga?

vive; si duda, recuerda su duda; si duda, entiende que duda;

si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe

que no sabe; si duda, juzga que no conviene asentir teme- rariamente. Y aunque dude de todas las demás cosas, de éstas jamás debe dudar; porque, si no existiesen, sería im r posible la duda.

15. Los que opinan que la mente es un cuerpo o la cohe-

sión y equilibrio de un cuerpo, quieren que todas estas co- sas sean vistas en un determinado sujeto, de suerte que

la substancia sea fuego, éter o un elemento cualquiera; en

su opinión esto es la mente, y la inteligencia informaría este

cuerpo como atributo. El cuerpo sería el sujeto, ésta radi- caría en dicho sujeto. Es decir, la mente—pues la juzgaron

corpórea—^es el sujeto; la inteligencia y las facultades men- cionadas poco ha, de las cuales tenemos certeza, accidentes de este sujeto. Así piensan también aquellos que niegan la corporeidad del alma, pero la hacen constitución orgánica

o temperamento del cuerpo. Con esta diferencia: que unos

afirman la sutostancialidad del alma, en la cual radicaría, como en propio sujeto, la inteligencia, mientras éstos sos- tienen que la mente radica en un sujeto, es decir, en el cuerpo, cuya composición temperamental es. Por consiguien- te, ¿en qué sujeto han de colocar la inteligencia, sino en el sujeto cuerpo?

114.

Mas como de la naturaleza

de la mente

trata

10

quid ijjilur simi ? Rescogitans . Quid est

hoc? Nempe dubitans, hiU'lli^riis, nffirmniis, volens, nolcns, imajíi- nans quoque et sentiens» '(Mcdil., 2, ed. Adnm-Tannery, t. 7, p. 27). El calco cartesiano es evidente.

L. Blanchet, en un liliro utilizado por lodos los escritores de

nuestro siglo, lia quizá ex;i«enido liis semejanzas doctrinales, esfor- zándose en demostrar la existencia entre limbos filósofos de una filiación real de pensamiento, cu virtud del conocimiento directo e indirecto que el autor de la duda metódica tuvo del De Trinitate.

Cf. L. BLANCHET, Les antécédents hlstoriques di* «Je pense, done

je suis» (París 1920), p. 108-139. Cf. Introducción, p. 68.

10

Cf.

Descartes :

«Sed

X,

10,

16

DE

LA

SANTÍSIMA

TRINIDAD

603

16. Todos éstos no advierten que la mente se conoce cuando se busca, según ya probamos. No se puede con razón

afirmar que se conoce una cosa si se ignora su naturaleza.

Po r tanto , si la ment e ¡se conoce, conoce s u esencia, y s i est á

cierta de su existencia, está también cierta de su naturaleza. Tiene de su existencia certeza, como nos lo prueban los ar- gumentos aducidos: Que ella sea aire, fuego, cuerpo o ele- mento corpóreo, no está cierta. ¿Luego no es ninguna de estas cosas. El precepto de conocerse a sí misma tiende a darle certeza de que no es ninguna de aquellas realidades de las que ella no tiene certeza. Sólo debe tener certeza de su existencia, pues es lo único que sabe con toda certeza.

Piensa en el fuego, en el aire o en cualquier otro cuerpo; mas es en absoluto imposible pensar en lo que es ella como

piensa en lo que ella no es. En el fuego, en <el aire, en este

o

aquél cuerpo, en alguna parte constitutiva y orgámca

de

la materia, en todas estas cosas piensa mediante fantas-

mas imaginarios; mas no se dice que el alma sea a un tiempo toda s esta s realidades, sino un a de! ellas. Mas, si fuera en verdad alguna de estas cosas, pensaría en ella muy de otra manera que en las demás. Es decir, no pensaría en ellas mediante las ficciones de la fantasía, como se piensa en las cosas ausentes que han estado en contacto con los sentidos, bien se trate de ellas mismas, bien de otras muy semejantes, sino por medio de una presencia íntima y real, no imaginaria (nada hay a la mente más presente que ella misma); asi es como piensa que ella vive, comprende y ama. Esto lo conoce en sí misma y no se imagina que lo percibe, como lo corpóreo y tangible, por los sentidos, cual si estuviera en los aledaños

estos fantasma s y

no cree que ella sea alguna de estas cosas, lo que de ella mis- ma quede, esto solo 'es ella " .

de isí misma. Si logr a despojarse de todos

11 «La reflexión, conversio incorpórea, con que la mente se abraza

a sí misma, es un hecho primordial de la vida humana, fuente de las

, hombre : la verdad existenciul y ontológica, porque se abraza el ser mismo que nos constituye ; la verdad lógica o ideal, porque aun en el hecho de la duda basta para establecer las verdades ideales o universales ; finalmente, la verdad teológica, pues en toda verdad, aun particular, existe como último fundamento un Principio univer- sal, soporte de todo lo verdadero» (¿P. V. CAPÁNAGA, Obras de San Agustín, Introducción general [BAC], t. i, p. 215).

crucero de tres verdades fundamentales para el

primeras certezas

X,

11,

18

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

CAPITULO

XI

'

605

E N LA MEMORIA RADICA LA CIENCIA, EN LA INTELIGENCIA EL IN- GENIO, Y LA ACCIÓN EN LA VOLUNTAD. MEMORIA, ENTENDIMIENTO Y VOLUNTAD SON UNIDAD ESENCIAL Y TRILOGÍA RELATIVA

17. Dejadas, por un momento, aparte las demás cosas que el alma reconoce en sí con toda certeza, estudiemos sus tres facultades: memoria, inteligencia y voluntad. En es-

tas tres potencias se refleja y conoce la naturaleza e índole

de los párvulos. Cuanto con mayor tenacidad y facilidad re-

cuerde el niño, y mayor sea su agudeza -en entender, y estudie con mayor ardor, tanto será su ingenio más lau- dable . Cuand o ¡se trat a d e un a disciplin a cualquiera , n o s e

pregunta con cuánta firmeza y facilidad recuerda o cuál es

la

penetración de su ingenio, sino qué es lo que recuerda

y

comprende. Y siendo el alma laudable no sólo por su

ciencia, sino también por su bondad, se ha de tener en cuenta no lo que recuerda y comprende, sino qué es lo que quiere, y no con el ardor que lo quiere, sino que primero

consideramos el objeto de su querer y luego cómo lo quiere. Un alma vehemente y apasionada es sólo loable en la hi- pótesis que haya de amarse con pasión lo que ama. Al nombrar estas tres cosas, ingenio, doctrina y acción,

el primer punto a examinar en las tres facultades será qué

es lo que cada uno puede con su memoria, con su inteli- gencia y con su voluntad. En segundo término, qué es lo que cada uno posee en su memoria y en su inteligencia y hasta dónde llega su voluntad estudiosa. Viene, en terce r lugar , la acción de la. voluntad, cuando repasa lo que hay en su memoria y en su

inteligencia, bien lo refiera a un fin concreto, ya repose con gozoso deleite en el fin. Usar es poner alguna cosa a dispo-

sición de la voluntad;

una esperanza, sino de una realidad. Por consiguiente, todo aquel que goza usa, pues pone al servicio de la voluntad una cosa teniendo por fin el deleite; mas no todo el que usa disfruta: es el caso del que pone a disposición de la potencia volitiva un bien que no apetece como fin, sino como medio.

18. Y estas tres facultados, memoria, inteligencia y voluntad, así como no son tres vidas, sino una vida, ni tres

gozar es el uso placentero, no de

X ,

11 ,

1 8

DE

LA SANTÍSIMA

TRINIDAD

60 7

mentes, sino una sola mente, tampoco son tres substancias,

. La memoria, como vida, razón

y substancia, es en sí algo absoluto; pero en cuanto memo-

sino una sola substancia

12

ria

tiene sentido relativo. Lo mismo es dable afirmar por

lo

que a la inteligencia y a la voluntad se refiere,

pues se

denominan inteligencia y voluntad en cuanto dicen relación

a

algo. En sí mismas, cada una es vida, mente y esencia.

Y

estas tres cosas, por el hecho de ser una vida, una men-

te,

una substancia, son una sola realidad. Y así, cuanto se

refiere a cada una de estas cosas le doy un nombre singular,

no plural, incluso cuando las considero en conjunto.

Son tres según sus relaciones recíprocas; y si no fueran iguales, no sólo cuando una dice habitud a otra, sino inclu-

so cuando una de ellas se refiere a todas, no se comprende-

rían mutuamente. Se conocen una a una, y una conoce a todas ellas. Recuerdo que tengo memoria, inteligencia y vo- luntad; comprendo que entiendo, quiero y recuerdo; quiero querer, recordar y entender, y al mismo tiempo recuerdo toda mi memoria, inteligencia y voluntad. Lo que de mi me- moria no recuerdo, no está en mi memoria. Nada en mi me- moria existe tan presente como la memoria. Luego en su totalidad la recuerdo.

De idéntica manera sé que entiendo todo lo que entien- do, sé que quiero todo lo que quiero, recuerdo todo lo que

sé. Por consiguiente, recuerdo toda mi inteligencia y toda

mi voluntad. Asimismo, comprendo estas tres cosas, y las

comprendo todas a un tiempo. Nada inteligible existe que

no comprenda, sino lo que ignoro. Lo que ignoro, ni lo re-

cuerdo ni lo quiero. En consecuencia, cuanto no comprendo

y sea inteligible, ni lo recuerdo ni lo amo. Por el contra-

rio, todo lo inteligible que recuerde y ame es para mí com- prensible. Mi voluntad, siempre que uso de lo que entiendo

y recuerdo, abarca toda mi inteligencia y toda mi memo-

ria. En conclusión, cuanto todas y cada una mutuamente

se

comprenden, existe igualdad entre el todo y la parte, y

las

tres son unidad: una vida, una mente, una esencia.

12 Este texto lo consideran los_ agustinianos de! medievo como decisivo para probar la identificación absoluta entre el alma y sus facultades. Esta unidad esencial lo exige la teoría del alma como imagen de la Trinidad. La constitución del_ est>íritu_ humano es mara- villosamente análoga al misterio de la Trinidad divina, y este mis- terio hace penetrar en la constitución del espíritu humano. Memoria, entendimiento y voluntad son como términos de tres relaciones reales en una esencia. La semejanza con la Trinidad se dibuja con acusados perfiles. Una esencia y tres personas : una esencia v tres facultades.

X,

12,

19

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

CAPITULO

XII

609

EL ALMA, IMAGEN DE LA TRINIDAD EN SU MEMORIA,

ENTENDIMIENTO

Y VOLUNTAD

19. ¿Hemos ya de elevarnos, con las fuerzas de nuestra

atención, sean las que fueren, hasta aquella soberana y altísi- ma esencia, cuya imperfecta imagen es la mente humana, pero imagen al fin? ¿Será aún menester estudiar más cla- ramente en el alma aquellas tres facultades, apoyándonos en los objetos que externamente se perciben por el sentido del cuerpo, donde de una manera transitoria se imprime la noticia de las cosas materiales? Notamos ya la presencia de la mente en la memoria, en la inteligencia y en la voluntad; y pues encontramos que siempre se conocía y siempre se amaba, debía también re- cordarse y comprender que se conocía y amaba; aunque bien es cierto que no siempre se cree distinta de aquellas cosas que no son lo que es ella, y por esto era difícil distin- guir en ella la memoria y la inteligencia de sí. Semejaba como si no fueran dos facultades, sino una, expresada con dos nombres distintos, pues tan unidas aparecen en la men- te que una de ellas no precede a la otra en el tiempo; el amor no es perceptiWe si la indigencia no lo traiciona, pues siempre tiene presente el objeto que ama. Por lo cual, aun para los rudos de ingenio pueden aclararse estas dificulta- des cuando se trata de realidades que el alma experimenta en el tiempo o le acaecen temporalmente, al recordar lo que antes no recordaba, ver lo que antes no veía y amar lo que antes no amaba.

Mas este tratado pide otro exordio, a causa de la exten- sión de este libro.

S. Ai!

«

20